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JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI

 

 

 

 

 

 

 

 

Historia de la

Crisis Mundial

 

Conferencias (años 1923 y 1924)

 

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“BIBLIOTECA AMAUTA”

LIMA-PERÚ

 

 

 

 

 

 

 

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PROGRAMA DE LAS CONFERENCIAS EN LA UNIVERSIDAD POPULAR*

 

 

La guerra europea.- Sus causas económicas y políticas. La conducta de los partidos socialistas en los países beligerantes. El fracaso de la II In­ternacional. La Triple Alianza y la Triple Entente. Mentalidad de ambos grupos belige-rantes. «La Unión Sacré». La colaboración socialista. Política de estadismo e intervencionismo. Caracterís­ticas fisonómicas de la guerra. La intervención de Italia. Primera y segunda fase de la guerra italia­na. La intervención de Estados Unidos. Wilson y su Programa Democrático. Resonancia de la pro­paganda wilsoniana en el frente alemán.

 

La Revolución Rusa.- Kerensky. Lenin. Rusia y la Entente después de la Revolución. Proceso inicial de creación y consolidación de las institu­ciones rusas. La Tercera Internacional. De las con­ferencias de Kiental y Ziemmer-wald al Congreso de Moscú.

 

La Revolución Alemana.- El gobierno de la social-democracia. El esparta-quismo. Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Kurt Eisner. La disolución de Austria-Hungría. La Revolución Húngara. El Conde Karolyi. Bela Kun. Horthy.

 

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* Publicado en Claridad: Año I, Nº 2. Lima, Julio de 1923.

 

 

 

 

 

 

 

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La Paz de Versalles.- El fracaso del programa wilsoniano. Fisonomía general y particular del Tratado. La Liga de las Naciones. La abstención de los Estados Unidos.

 

La agitación proletaria en Europa.- Italia al borde de la revolución. Las elecciones de 1919. La ocupación de las fábricas. El cisma socialista. El d'annunzianismo. El fascismo. La táctica de la III Internacional. La Interna-cional centrista o Internacional dos y medio.

 

El problema de las reparaciones.- Los déficits fiscales de Francia, Italia, Alemania, etc. El problema del cambio, el problema de la desocupación y otros problemas de la paz. La política de reconstrucción europea. Los libros de Keynes, Cai­lleaux, Nitti, Walter Rathenau y otros. El hambre en Rusia. La Conferencia de Génova. La crisis política en Alemania. Hugo Stinnes y el Partido Popular Alemán. Sus puntos de vista sobre los problemas de Alemania.

 

La crisis de la democracia.- La dictadura fascista en Italia. La democracia cristiana. El Parti­do Popular Italiano. El Centro Católico Alemán. La Segunda y Tercera Internacionales. El frente único proletario.

 

La paz de Sévres.- La guerra greco-turca. Mus­tafá Kemal y el resurgimiento turco. La derrota griega. Los problemas de Egipto. La India. La caída de Lloyd George. La Conferencia de Lausana.

 

La crisis filosófica.- La decadencia del histori­cismo, del racionalismo, del positivismo. El escep‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ticismo, el relativismo, el subjetivismo. Einstein. Oswaldo Spengler.

 

La repercusión de la crisis en América.- Los Estados Unidos. La revolución mexicana. Su obra constructiva. La situación argentina. La situación chilena. La situación peruana.

 

Síntesis de la situación actual de Europa.- La ocupación del Ruhr. Aspectos de la política internacional francesa. La función del fascismo en el gobierno italiano. La nueva política económica de los Soviets.*

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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* Por diferentes razones, este programa fue objeto de modificaciones en el curso de su desarrollo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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PRIMERA CONFERENCIA*

 

LA CRISIS MUNDIAL Y EL PROLETARIADO PERUANO

 

EN esta conferencia -llamémosla conversa­ción más bien que conferencia- voy a limitarme a exponer el programa del curso, al mismo tiem­po que algunas consideraciones sobre la necesi­dad de difundir en el proletariado el conoci-mien­to de la crisis mundial. En el Perú falta, por desgracia, una prensa docente que siga con atención, con inteligencia y con filiación ideológica el de­sarrollo de esta gran crisis; faltan, asimismo, maestros universitarios, del tipo de José Ingenieros, capaces de apasionarse por las ideas de renovación que actualmente transforman el mun­do y de liberarse de la influencia y de los prejuicios de una cultura y de una educación con­servadoras y burguesas; faltan grupos socialis­tas y sindicalistas, dueños de instrumentos pro­pios de cultura popular, y en aptitud, por tanto, de interesar al pueblo por el estudio de la crisis. La única cátedra de educación popular, con es­píritu revolucionario, es esta cátedra en forma­ción de la Universidad Popular. A ella le toca, por consiguiente, superando el modesto plano de su labor inicial, presentar al pueblo la realidad contemporánea, explicar al pueblo que está viviendo una de las horas más trascendentales y grandes de la historia, contagiar al pueblo de la fecunda inquietud que agita actualmente a los demás pueblos civilizados del mundo.

 

En esta gran crisis contemporánea el proleta‑

 

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* Pronunciada el viernes 15 de junio de 1923, en el local de la Federación de Estudiantes (Palacio de la Exposi­ción), con el titulo de "La Revolución Social en marcha a través de los diversos pueblos de Europa". Con el tí­tulo que aparece en esta recopilación se publicó en Amauta, Nº 30, Lima, abril-mayo de 1930, después de la muerte de José Carlos Mariátegui y cuando la histórica revista era dirigida por Ricardo Martínez de la Torre.

 

 

 

 

 

 

 

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riado no es un espectador; es un actor. Se va a resolver en ella la suerte del proletariado mun­dial. De ella va a surgir, según todas las proba­bilidades y según todas las previsiones, la civi­lización proletaria, la civilización so-cialista, destinada a suceder a la declinante, a la decadente, a la moribunda civilización capitalista, indivi­dualista y burguesa. El proletariado necesita, ahora como nunca, saber lo que pasa en el mun­do. Y no puede saberlo a través de las infor­maciones fragmentarias, episódicas, homeopáti­cas del cable cotidiano, mal traducidas y peor redactadas en la mayoría de los casos, y prove­nientes siempre de agencias reaccionarias, encargadas de desacreditar a los partidos, a las or­ganizaciones y a los hombres de la Revolución y desalen-tar y desorientar al proletariado mundial.

 

En la crisis europea se están jugando los destinos de todos los trabajadores del mundo. El de­sarrollo de la crisis debe interesar, pues, por igual, a los trabajadores del Perú que a los tra­bajadores del Extremo Oriente. La crisis tiene como teatro principal Europa; pero la crisis de las instituciones europeas es la crisis de las ins­tituciones de la civilización occidental. Y el Perú, como los demás pueblos de América, gira dentro de la órbita de esta civilización, no sólo porque se trata de países políticamente indepen­dientes pero económica-mente coloniales, ligados al carro del capitalismo británico, del capitalis­mo americano o del capitalismo francés, sino porque europea es nuestra cultura, europeo es el tipo de nuestras instituciones. Y son, precisamen­te, estas instituciones democráticas, que nosotros copiamos de Europa, esta cultura, que nosotros copiamos de Europa también, las que en Europa están ahora en un período de crisis definitiva, de crisis total. Sobre todo, la civilización capitalista ha internacionalizado la vida de la humanidad, ha creado entre todos los pueblos lazos materiales que establecen entre ellos una solida­ridad inevitable. El internacionalismo no es sólo un ideal; es una realidad histórica, El progreso hace que los intereses, las ideas, las costumbres, los regímenes de los pueblos se unifiquen y se

 

 

 

 

 

 

 

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confundan. El Perú, como los demás pueblos americanos, no está, por tanto, fuera de la cri­sis: está dentro de ella. La crisis mundial ha repercutido ya en estos pueblos. Y, por supuesto, seguirá repercutiendo. Un período de reacción en Europa será también un período de reacción en América. Un período de revolución en Europa será también un período de revolución en América. Hace más de un siglo, cuando la vida de la humanidad no era tan solidaria como hoy, cuando no existían los medios de comunicación que hoy existen, cuando las naciones no tenían el contacto inmediato y constante que hoy tienen, cuando no había prensa, cuando éramos aún es­pectadores lejanos de los acontecimientos europeos, la Revolución Francesa dio origen a la Guerra de la Independencia y al surgimiento de todas estas repúblicas. Este recuerdo basta para que nos demos cuenta de la rapidez con que la transformación de la sociedad se reflejará en las sociedades americanas. Aquellos que dicen que el Perú, y América en general, viven muy dis­tantes de la revolución europea, no tienen no­ción de la vida contemporánea, ni tienen una comprensión, aproxi-mada siquiera, de la histo­ria. Esa gente se sorprende de que lleguen al Perú los ideales más avanzados de Europa; pero no se sorprende en cambio de que lleguen el ae­roplano, el transatlántico, el telégrafo sin hilos, el radio; todas las expresiones más avanzadas, en fin, del progreso material de Europa. La misma razón para ignorar el movimiento socialista habría para ignorar, por ejemplo, la teoría de la relatividad de Einstein. Y estoy seguro de que al más reaccionario de nuestros intelectuales -casi todos son impermeables reaccionarios- no se le ocurrirá que debe ser proscrita del estudio y de la vulgarización la nueva física, de la cual Einstein es el más eminente y máximo represen­tante.

 

Y si el proletariado, en general, tiene necesi­dad de enterarse de los grandes aspectos de la crisis mundial, esta .necesidad es aún mayor en aquella parte del proletariado, socialista, labo­rista, sindicalista o libertaria que constituye su

 

 

 

 

 

 

 

 

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vanguardia; en aquella parte del proletariado más combativa y consciente, más luchadora y preparada; en aquella parte del proletariado encargada de la dirección de las grandes acciones proletarias; en aquella parte del proletariado a la que toca el rol histórico de representar al pro­letariado peruano en el presente instante social; en aquella parte del proletariado, en una palabra, que cualquiera que sea su credo particular, tiene conciencia de clase, tiene conciencia revo­lucionaria. Yo dedico, sobre todo, mis disertacio­nes, a esta vanguardia del proletariado peruano. Nadie más que los grupos proletarios de vanguardia necesitan estudiar la crisis mundial. Yo no tengo la pretensión de venir a esta tribuna libre de una universidad libre a enseñarles la historia de esa crisis mundial, sino a estudiarla yo mis­mo con ellos. Yo no os enseño, compañeros, desde esta tribuna, la historia de la crisis mundial; yo la estudio con vosotros. Yo no tengo en este estudio sino el mérito modestísimo de aportar a él las observaciones personales de tres y medio años de vida europea, o sea de los tres y medio años culminantes de la crisis, y los ecos del pen­samiento europeo contemporáneo.

 

Yo invito muy especialmente a la vanguardia del proletariado a estudiar conmigo el proceso de la crisis mundial por varias razones trascen­dentales. Voy a enumerarlas sumariamente. La primera razón es que la preparación revolucio­naria, la cultura revolucionaria, la orientación re­volucionaria de esa vanguardia proletaria, se ha formado a base de la literatura socialista, sindi-calista y anarquista anterior a la guerra europea. O anterior por lo menos al período culmi­nante de la crisis. Libros socialistas, sindicalistas, libertarios, de vieja data, son los que, generalmente, circulan entre nosotros. Aquí se conoce un poco la literatura clásica del socialismo y del sindicalismo; no se conoce la nueva literatura revolucionaria. La cultura revolucionaria es aquí una cultura clásica, además de ser, como voso­tros, compañeros, lo sabéis muy bien, una cul­tura muy incipiente, muy inorgánica, muy de­sordenada, muy incompleta. Ahora bien, toda

 

 

 

 

 

 

 

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esa literatura socialista y sindicalista anterior a la guerra, está en revisión. Y esta revisión no es una revisión impuesta por el capricho de los teóricos, sino por la fuerza de los hechos. Esa literatura, por consiguiente, no puede ser usada hoy sin beneficio de inventario. No se trata, na­turalmente, de que no siga siendo exacta en sus principios, en sus bases, en todo lo que hay en ella de ideal y de eterno; sino que ha dejado de ser exacta, muchas veces, en sus inspiraciones tácticas, en sus consideraciones históricas, en todo lo que significa acción, procedimiento, medio de lucha. La meta de los trabajadores sigue siendo la misma; lo que ha cambiado, necesariamen­te, a causa de los últimos acontecimientos histó­ricos, son los caminos elegidos para arribar, o para aproximarse siquiera, a esa meta ideal. De aquí que el estudio de estos acontecimientos his­tóricos, y de su trascendencia, resulte indispen­sable para los trabajadores militantes en las or­ganizaciones clasistas.

 

Vosotros sabéis, compañeros, que las fuerzas proletarias europeas se hallan divididas en dos grandes bandos: reformistas y revolucionarios. Hay una Internacional Obrera reformista, cola­boracionista, evolucionista y otra Internacional Obrera maximalista, anticolaboracionista, revo­lucionaria. Entre una y otra ha tratado de surgir una Internacional intermedia. Pero que ha concluido por hacer causa común con la primera contra la segunda. En uno y otro bando hay diversos matices; pero los bandos son neta e inconfundible-mente sólo dos. El bando de los que quieren realizar el socialismo colabo-rando políticamente con la burguesía; y bando de los que quieren realizar el socialismo conquistando íntegramente para el proletariado el poder polí­tico. Y bien, la existencia de estos dos bandos proviene de la existencia de dos concepciones diferentes, de dos concepciones opuestas, de dos concepciones antitéticas del actual momento his­tórico. Una parte del proletariado cree que el momento no es revolucionario; que la burguesía no ha agotado aún su función histórica; que, por el contrario, la burguesía es todavía bastante

 

 

 

 

 

 

 

 

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fuerte para conservar el poder político; que no ha llegado, en suma, la hora de la revolución social. La otra parte del proletariado cree que el actual momento histórico es revolucionario; que la burguesía es incapaz de reconstruir la rique­za social destruida por la guerra e incapaz, por tanto, de solucionar los problemas de la paz; que la guerra ha originado una crisis cuya solución no puede ser sino una solución proletaria, una solu­ción socialista; y que con la Revolución Rusa ha comenzado la revolución social.

 

Hay, pues, dos ejércitos proletarios porque hay en el proletariado dos concep-ciones opuestas del momento histórico, dos interpretaciones distintas de la crisis mundial. La fuerza numérica de uno y otro ejércitos proletarios depende de que los acontecimientos parezcan o no confirmar su res­pectiva concepción histórica. Es por esto que los pensadores, los teóricos, los hombres de estudio de uno y otro ejércitos proletarios, se esfuerzan, sobre todo, en ahondar el sentido de la crisis, en comprender su carácter, en descubrir su signi­ficación.

 

Antes de la guerra, dos tendencias se dividían el predominio en el proleta-riado: la tendencia so­cialista y la tendencia sindicalista. La tendencia socialista era, dominantemente, reformista, so­cial-democrática, colaboracio-nista. Los socialis­tas pensaban que la hora de la revolución social estaba lejana y luchaban por la conquista gra­dual a través de la acción legalitaria y de la colaboración gubernamental o, por lo menos, le­gislativa. Esta acción política debilitó en algunos países excesivamente la voluntad y el espíritu revolucionarios del socialismo. El socialismo se aburguesó considerable-mente. Como reacción con­tra este aburguesamiento del socialismo, tuvimos al sindicalismo. El sindicalismo opuso a la ac­ción política de los partidos socialistas la acción directa de los sindicatos. En el sindicalismo se refugiaron los espíritus más revolucionarios y más intransigentes del proletariado. Pero también el sindicalismo resultó, en el fondo, un tanto colaboracionista y reformístico. También el sin­dicalismo estaba dominado por una burocracia

 

 

 

 

 

 

 

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sindical sin verdadera psicología revolucionaria. Y sindicalismo y socialismo se mostraban más o menos solidarios y mancomunados en algunos países, como Italia, donde el Partido Socialista no participaba en el gobierno y se mantenía fiel a otros principios formales de independencia. Co­mo sea, las tendencias, más o menos beligerantes o más o menos próximas, según las naciones, eran dos: sindicalistas y socialistas. A este período de la lucha social corresponde casi íntegramente la literatura revolucionaria de que se ha nutrido la mentalidad de nuestros proletarios dirigentes.

 

Pero, después de la guerra, la situación ha cam­biado. El campo proletario, como acabamos de recordar, no está ya dividido en socialistas y sin­dicalistas; sino en reformistas y revolucionarios. Hemos asistido primero a una escisión, a una división en el campo socialista. Una parte del socia­lismo se ha afirmado en su orientación social-democrática, colaboracionista; la otra parte ha seguido una orientación anti-colaboracionista, re­volucionaria. Y esta parte del socialismo es la que, para diferenciarse netamente de la prime­ra, ha adoptado el nombre de comunismo. La división se ha producido, también, en la misma forma en el campo sindicalista. Una parte de los sindicatos apoya a los social-democráticos; la otra parte apoya a los comunistas. El aspecto de la lucha social europea ha mudado, por tanto, radicalmente. Hemos visto a muchos sindicalis­tas intransigentes de antes de la guerra tomar rumbo hacia el reformismo. Hemos visto, en cam­bio, a otros seguir al comunismo. Y entre éstos, se ha contado, nada menos, como en una conver­sación lo recordaba no hace mucho al compañe­ro Fonkén, el más grande y más ilustre teórico del sindicalismo: el francés Georges Sorel. Sorel, cuya muerte ha sido un luto amargo para el proletariado y para la intelectualidad de Francia, dio toda su adhesión a la Revolución Rusa y a los hombres de la Revolución Rusa.

 

Aquí, como en Europa, los proletarios tienen, pues, que dividirse no en sindi-calistas y socialis­tas —clasificación anacrónica— sino en colaboracionistas y anticolaboracionistas, en reformis-

 

 

 

 

 

 

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tas y maximalistas. Pero para que esta clasifica­ción se produzca con nitidez, con coherencia, es indispensable que el proletariado conozca y com­prenda en sus grandes lineamientos, la gran cri­sis contemporánea. De otra manera, el confusio­nismo es inevitable.

 

Yo participo de la opinión de los que creen que la humanidad vive un período revoluciona­rio. Y estoy convencido del próximo ocaso de todas las tesis social-democráticas, de todas las tesis reformistas, de todas las tesis evolucio-nistas.

 

Antes de la guerra, estas tesis eran explicables, porque correspondían a condiciones históricas di­ferentes. El capitalismo estaba en su apogeo. La producción era superabundante. El capitalismo podía permitirse el lujo de hacer sucesivas concesiones económicas al proletariado. Y sus már­genes de utilidad eran tales que fue posible la formación de una numerosa clase media, de una numerosa pequeña-burguesía que gozaba de un tenor de vida cómodo y confortable. El obrero europeo ganaba lo bastante para comer discretamente y en algunas naciones, como Inglaterra y Alemania, le era dado satisfacer algunas nece­sidades del espíritu. No había, pues, ambiente para la revolución. Después de la guerra, todo ha cambiado. La riqueza social europea ha sido, en gran parte, destruida. El capitalismo, respon­sable de la guerra, necesita reconstruir esa ri­queza a costa del proletariado. Y quiere, por tanto, que los socialistas colaboren en el gobierno, para fortalecer las instituciones demo-cráticas; pero no para progresar en el camino de las reali­zaciones socialistas. Antes, los socialistas colabo­raban para mejorar, paulatinamente, las condi­ciones de vida de los trabajadores. Ahora cola­borarían para renunciar a toda conquista prole­taria. La burguesía para reconstruir a Europa ne­cesita que el proletariado se avenga a producir más y consumir menos. Y el proletariado se re­siste a una y otra cosa y se dice a sí mismo que no vale la pena consolidar en el poder a una cla­se social culpable de la guerra y destinada, fatalmente, a conducir a la humanidad a una gue­rra más cruenta todavía. Las condiciones de una

 

 

 

 

 

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colaboración de la burguesía con el proletariado son, por su naturaleza, tales que el colabora­cionismo tiene, necesariamente, que perder, poco a poco, su actual numeroso proselitismo.

 

El capitalismo no puede hacer concesiones al socialismo. A los Estados europeos para recons­truirse les precisa un régimen de rigurosa eco­nomía fiscal, el aumento de las horas de trabajo, la disminución de los salarios, en una palabra, el restablecimiento de conceptos y de métodos económicos abolidos en homenaje a la voluntad proletaria. El proletariado no puede, lógicamente, consentir este retroceso. No puede ni quiere consentirle. Toda posibilidad de reconstrucción de la economía capitalista está, pues, eliminada. Esta es la tragedia de la Europa actual. La reac­ción va cancelando en los países de Europa las concesiones económicas hechas al socialismo; pero, mientras de un lado, esta política reacciona­ria no puede ser lo suficientemente enérgica ni eficaz para restablecer la desangrada riqueza pú­blica, de otro lado, contra esta política reaccio­naria, se prepara, lentamente, el frente único del proletariado. Temerosa a la revolución, la reacción cancela, por esto, no sólo las conquis­tas económicas de las masas, sino que atenta tam­bién contra las conquistas políticas. Asistimos, así, en Italia a la dictadura fascista. Pero la bur­guesía socava y mina y hiere así de muerte a las instituciones democrá-ticas. Y pierde toda su fuer­za moral y todo su prestigio ideológico.

 

Por otra parte, en el orden de las relaciones internacionales, la reacción pone la política externa en manos de las minorías nacionalistas y antidemocráticas. Y estas minorías nacionalistas saturan de chauvinismo esa política externa. E impiden, con sus orientaciones imperialistas, con su lucha por la hegemonía europea, el restable­cimiento de una atmósfera de solidaridad europea, que consienta a los Estados entenderse acer­ca de un programa de cooperación y de trabajo. La obra de ese nacionalismo, de ese reacciona­rismo, la tenemos a la vista en la ocupación del Ruhr.

 

La crisis mundial es, pues, crisis económica y

 

 

 

 

 

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crisis política. Y es, además, sobre todo, crisis ideológica. Las filosofías afirmativas, positivistas, de la sociedad burguesa, están, desde hace mucho tiempo, minadas por una corriente de escepticis­mo, de relativismo. El racionalismo, el historicis­mo, el positivismo, declinan irremediablemente. Este es, indudablemente, el aspecto más hondo, el síntoma más grave de la crisis. Este es el in­dicio más definido y profundo de que no está en crisis únicamente la economía de la sociedad burguesa, sino de que está en crisis integralmen­te la civilización capitalista, la civilización occi­dental, la civili-zación europea.

 

Ahora bien. Los ideólogos de la Revolución Social, Marx y Bakounine, Engels y Kropotki­n, vivieron en la época de apogeo de la civiliza­ción capitalista y de la filosofía historicista y positivista. Por consiguiente, no pudieron prever que la ascensión del proletariado tendría que producirse en virtud de la decadencia de la civi­lización occidental. Al proletariado le estaba destinado crear un tipo nuevo de civilización y cul­tura. La ruina económica de la burguesía iba a ser al mismo tiempo la ruina de la civilización burguesa. Y que el socialismo iba a encontrarse en la necesidad de gobernar no en una época de plenitud, de riqueza y de plétora, sino en una época de pobreza, de miseria y de escasez. Los socialistas reformistas, acostumbrados a la idea de que el régimen socialista más que un régimen de producción lo es de distri-bución, creen ver en esto el síntoma de que la misión histórica de la burguesía no está agotada y de que el instante no está aún maduro para la realización socialis­ta. En un reportaje a La Crónica yo recordaba aquellas frases de que la tragedia de Europa es ésta: el capitalismo no puede más y el socialismo no puede todavía. Esa frase que da la sensación, efectivamente, de la tragedia europea, es la frase de un reformista, es una frase saturada de mentalidad evolucionista, e impregnada de la con­cepción de un paso lento, gradual y beatífico, sin convulsiones y sin sacudidas, de la sociedad individualista, a la sociedad colectivista. Y la his­toria nos enseña que todo nuevo estado social

 

 

 

 

 

 

 

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se ha formado sobre las ruinas del estado social precedente. Y que entre el surgimiento del uno y el derrumbamiento del otro ha habido, lógicamente, un período intermedio de crisis.

 

Presenciamos la disgregación, la agonía de una sociedad caduca, senil, decrépita; y, al mismo tiempo, presenciamos la gestación, la formación, la elaboración lenta e inquieta de la sociedad nueva. Todos los hombres, a los cuales, una sincera filiación ideológica nos vincula a la socie­dad nueva y nos separa de la sociedad vieja, de­bemos fijar hondamente la mirada en este período trascendental, agitado e intenso de la histo­ria humana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SEGUNDA CONFERENCIA*

 

LITERATURA DE GUERRA

 

Las notas del autor:

LITERATURA de guerra. La prensa, instru­mento bélico. Su función tóxica. Su calidad de instrumento capitalista. Su carencia de altas di­recciones mora-les. El mito de la guerra de la Ci­vilización contra la Barbarie. "Concluye la novela; comienza la historia", dijo Bernard Shaw. In tempo di guerra piú bugie che terra.

 

Causas económicas de la guerra: el desarrollo del industrialismo británico y el desarrollo del industrialismo alemán. La guerra económica en­tre Inglaterra y Alemania. La lucha por los mer­cados, por las colonias. Efectos del pro-teccionis­mo en la economía de los países europeos. La función de la finanza internacional. Las rivalida­des de los grupos capitalistas. Entonces como ahora una política de cooperación, de solidaridad económicas, habría podido evitar la catástrofe.

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* Pronunciada en el local de la Federación de Estudiantes (Palacio de la Exposición), el viernes 22 de junio de 1923. Al no hallarse la versión completa, puede inferirse que José Carlos Mariátegui no llegó a escribirla. Solamente re­dactó las notas que le sirvieron de pauta para desarrollarla. De las versiones periodísticas que insertamos, a conti­nuación de los propios apuntes del autor, se colige claramente el plan que siguió José Carlos Mariátegui en el desarrollo de esta conferencia. Al iniciarla, ofreció una visión panorámica dé lo que el autor denomina "literatura de guerra". Esta, a través de la prensa, el libro, la cátedra, etc., nutre la mente del gran público de todos los países. Mariátegui disipa, metódicamente, tan densa "cor­tina de humo", para usar una expresión convencional de muchos periodistas de hoy. El conferenciante penetra en las raíces profundas de los acontecimientos mundiales y divide a las causas de la guerra en: económicas, políticas y diplomáticas. Llama poderosamente la atención su vati­cinio: «Y que se diga el proletariado si vale la pena reconstruir la sociedad burguesa, para que dentro de cua­renta o cincuenta años, antes tal vez, vuelva a encenderse en el mundo otra conflagración y a producirse otra car­nicería». Esto lo dijo José Carlos Mariátegui el 22 de junio de 1923, cuando él tenía 28 años de edad. Dieciséis años después (1939) estalló la nueva conflagración.

 

 

 

 

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El fenómeno demográfico ocupa un puesto impor­tante en los orígenes de la guerra. Palabras de Adriano Tilgher: página 106 de La Crisis Mun­dial. En un siglo la población europea pasó de 180 a 450 millones. El industrialismo, estímulo del crecimiento de la población. Reducción de las tres causas de despoblación: peste, hambre, guerra. Alemania, incomunicada, no podía alimentar a 70 millones de habitantes. Italia no po­día permanecer neutral.

 

Causas políticas: El proceso de las causas de la guerra, según Bernard Shaw. La política y la posición tradicionales de Inglaterra, potencia in­sular. El desarrollo del poder naval de Alema­nia. Inglaterra, Francia y Bélgica se entienden. La alianza franco-rusa. Secreta inteligencia mi­litar anglo-francesa. La violación de la neutra­lidad belga sacó a Inglaterra de un embarazo. Pero hay noticias y antecedentes que establecen la clase de compromiso existente entre Inglate­rra y Francia. Si Inglaterra hubiese realmente querido evitar la guerra, dice Shaw, no habría tenido sino que anunciar que combatiría al lado de la nación atacada. La hipótesis de un lazo, de una trampa. Más verosímil es la hipótesis de la imposibilidad de que el gobierno inglés revelase su acuerdo militar con Francia. Luego, desde este punto de vista, la guerra resulta una conse­cuencia de la diplomacia francesa.

 

Otra causa: el revanchismo francés, el Deusch­land uber elles alemán. El nacionalismo europeo, en una palabra. Psicología de la pequeña bur­guesía francesa y de .la burocracia alemana. Alemania se sentía desposeída al lado de naciones privilegiadas. Poincaré. El Kaiser. El Zar. Palabras de Lloyd George en el Parlamento británi­co; página 39 del libro de Cailleaux.

 

Otra causa: la paz armada. El equilibrio de las potencias. Existía en Europa una atmósfera inflamable.

 

La causa diplomática: el asesinato del heredero de Austria. La guerra ha podido estallar antes. En ocasión de la guerra ruso-japonesa y del incidente de Agadir de 1912. Palabras de Vivia­ni a Rapoport: página 33 del libro de éste.

 

 

 

 

 

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Contraste de la organización capitalista. Ne­cesita de la solidaridad internacio-nal como con­dición de vida y fomenta el nacionalismo en oposición a la lucha de clases. Cómo se precipi­ta a un pueblo a la guerra. La novela Clarté.

 

Guerra absoluta y guerra relativa. Guerra de naciones y guerra de ejércitos. El mito de la guerra democrática. La dirección de la opinión en Inglaterra, en Italia, Austria y Rusia, en tanto, no hubo un ideal que solidarizara al pueblo con la empresa militar de sus gobiernos res­pectivos.

 

La conducta de los partidos socialistas y las organizaciones sindicalistas. La posición de la Se­gunda Internacional. Las declaraciones de Stutt­gart y Basilea. La cuestión técnica de los medios de evitar la guerra fue dejada al Congreso de Viena que debió reunirse en 1914. Antes sobrevino la guerra. La misión de Miller en Fran­cia. La muerte de Jaures. El caso de Gustavo Hervé.

 

Por encima de la contienda. El manifiesto de los 93 intelectuales alemanes. El contramanifiesto del fisiólogo Nicolai, del físico Einstein, del fi­lósofo Buek, del astrónomo Foerster, sorprendi­do este último por los 93 intelectuales. Romain Rolland.

 

Medite el proletariado en las causas de esta gran tragedia. Piense en que unos cuantos hom­bres y unos cuantos intereses han podido de­sencadenar una guerra que ha causado quince millones de muertos, que ha sembrado de odios Europa, que ha destruido tanta riqueza econó­mica y que ha intoxicado deletéreamente el am­biente moral de Europa. Y que se diga el pro­letariado si vale la pena reconstruir la sociedad capitalista, reconstruir la sociedad bur-guesa, pa­ra que dentro de cuarenta o cincuenta años, antes tal vez, vuelva a encenderse en el mundo otra conflagración y a producirse otra carnicería.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La reseña periodística:

 

EN LA UNIVERSIDAD POPULAR GONZÁLEZ PRADA

 

SEGUNDA CONFERENCIA DE MARIATEGUI

SOBRE LA CRISIS MUNDIAL*

 

El viernes dio José Carlos Mariátegui en la Universidad Popular González Prada la segunda conferencia de su curso sobre la historia de la crisis mundial. Había en la sala de la Federación de Estudiantes un público más numeroso aún que en la conferencia anterior.

 

El obrero Paredes, de la Federación Obrera Local, evocó la figura de Kurt Wilkens, en nom­bre de esa organización trabajadora, y fue vivamente aplaudido.

 

Luego, comenzó Mariátegui su disertación. Ha­bló primeramente de la litera-tura de guerra que, durante el período bélico, había sido utilizada por uno y otro grupo beligerante, a fin de ase­gurarse la solidaridad de la opinión popular interna y captarse a la opinión extranjera. La pren­sa, durante la guerra última, ha sido usada como instrumento bélico: Los Estados beligerantes se han servido de ella para alimentar en las masas populares un estado de ánimo agresivo, naciona­lista, delirante. Y la prensa ha tenido así una intensa función de tóxico espiritual. Ha sido, en la gran guerra, una novísima arma de combate, una especie de gas asfixiante. Merced a la pren­sa, los Estados beligerantes han conseguido so­focar toda tentativa de indisciplina de la opinión popular, todo germen de protesta contra la gue­rra, toda reacción de los ideales pacifistas. Y análoga función han tenido el libro, el folleto, la cátedra. La literatura, la ciencia, la inteligen­cia en una palabra, han estado absolutamente

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* El Tiempo, Nº 4166, pág. 3. Lima, martes 26 de junio de 1923. (Casi idéntica versión periodística fue publi­cada por el diario La Crónica, Nº 4054 del miércoles 27 de junio de 1923).

 

 

 

 

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a órdenes de los generalísimos. Por eso, Bernard Shaw en su libro "Peace Conferencia Hints" decía en 1919: Comienza la historia; concluye la novela. Porque hasta después de la paz, en uno y otro grupo de naciones beligerantes, acerca de la guerra no se ha hecho historia sino novela. Y Nitti, en su libro "Europa sin Paz", denuncia el valor convencional de la literatura de guerra y recuerda un viejo aforismo italiano: "En tiempo de guerra más mentiras que tierra". En el Perú -dijo Mariátegui- como en casi todo el mundo, nos hemos alimentado de la literatura de guerra de la Entente; hemos respirado el ambiente béli­co del frente aliado. La propaganda alemana fra­casó fuera de Alemania y fracasó también, finalmente, dentro de Alemania. Mientras los aliados crearon el mito de la guerra de la Democracia contra la Autocracia, de la Civilización contra la Barbarie, los Imperios Centrales no dieron a la guerra alemana ninguna alta meta idealista. La guerra alemana no llegó a ser sólida y verdade­ramente popular en Alemania misma. Los pueblos aliados creían batirse por grandes ideales huma­nos. El pueblo alemán y el pueblo austríaco creían batirse tan sólo en defensa de la nación alemana y de la nación Aus-tríaca. Y fue principalmente, por esto, que Wilson, con su programa de paz sin anexiones ni indemnizaciones, quebrantó la resis­tencia austro-alemana, minó interiormente el fren­te austro-alemán.

 

Continuó Mariátegui expresando que, únicamen­te después de la paz, se ha empezado a escribir la historia de la guerra. Únicamente después de la paz se ha dispuesto de la suficiente cantidad de documentos, de testimonios y de serenidad intelec­tual para analizar objetiva e imparcialmente las causas de la guerra. Este examen objetivo e im­parcial ha desvanecido el folletín de la guerra de la Democracia contra la Autocracia y la leyenda de la responsabili-dad exclusiva y feroz del milita­rismo prusiano. Los mitos del período bélico an-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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dan ya totalmente desacreditados. Apenas si, de vez en cuando, reaparecen en uno que otro do­cumento de literatura oficial.

 

Entró Mariátegui, en seguida, en la exposición de las causas económicas de la guerra. Habló del desarrollo pre-bélico del industrialismo británico y del industrialismo alemán, de la guerra econó­mica entre Inglaterra y Alemania, de la lucha por los mercados, por las colonias, por las materias primas. Y señaló, asimismo, la importancia del fenómeno demográfico en la historia de la guerra.

 

Se ocupó después, de las causas políticas de la guerra y de su vinculación con las causas econó­micas. Hizo una síntesis rápida del estudio de Bernard Shaw sobre la forma como se generó el conflicto europeo. Señaló la influencia del nacio­nalismo de uno y otro lado en este proceso de incubación bélica. Se refirió a la paz armada. Y llegó a la conclusión de que existía en 1914 en Europa una atmósfera inflamable, de que se ha­bían juntado circunstancias destinadas inevitablemente a desencadenar la guerra. Recordó las palabras de Lloyd George en el Parlamento británi­co, en diciembre de 1920: «Cuanto más se lee las memorias y los libros sobre los acontecimientos posteriores a agosto de 1914, más se comprende que ninguno de los que ocupaban los puestos dirigentes en ese tiempo ha querido realmente la guerra».

 

Pasó al examen de la conducta de los partidos socialistas y de las organiza-ciones sindicales en uno y otro grupo de naciones beligerantes. Expuso algunos aspectos del ambiente de ofusca­ción nacionalista que dominó en Europa. Y tributó un homenaje a las voces aisladas que, en medio de ese ambiente, afirmaron su adhesión a elevados ideales de solidaridad humana. Se refirió, por una parte, a Romain Rolland, autor de las her­mosas páginas de "Au dessus de la Melée"; y, por otra parte, a los cuatro intelectuales alema­nes que protestaron contra el célebre "Manifies-

 

 

 

 

 

 

 

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to de los noventitrés": el fisiólogo Nicolai, el físico Einstein, el filósofo Buek y el astrónomo Foerster.

 

Al terminar su disertación Mariátegui invitó al proletariado a afirmarse en sus ideales de frater­nidad universal. Sus palabras fueron vivamente aplaudidas. Y la concurrencia cantó "La Internacional".

 

La tercera conferencia sobre la historia de la crisis mundial tendrá lugar el próximo viernes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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TERCERA CONFERENCIA*

 

EL FRACASO DE LA SEGUNDA INTERNACIONAL

 

Las notas del autor:

 

NO omitiré la exposición del movimiento anar­quista. No traeré ningún espíritu sectario. Creo oportuno ratificarme en estas declaraciones. Al­gunos compañeros temen que yo sea muy poco imparcial y muy poco objetivo en mi curso. Pero soy partidario antes que nada del frente único proletario. Tenemos que emprender juntos muchas largas jornadas. Causa común contra el amari-llismo. Antes que agrupar a los trabajadores en sectas o partidos agruparlos en una sola federación. Cada cual tenga su filiación, pero todos el lazo común del credo clasista. Estudie­mos juntos las horas emocionantes del presente.

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* Pronunciada el sábado 30 de junio de 1923 en el local de la F.E.P. (Palacio de la Exposición), Lima. Debe­mos hacer hincapié, en primer lugar, en la importan­cia de la parte introductiva que figura en los apun­tes de José Carlos Mariátegui, y que ha pasado inadvertida en la versión periodística. Poseen plena vigencia sus afirmaciones: «Soy partidario antes que nada del frente único proletario»... «Cada cual tenga su filiación, pero todos el lazo común del credo clasistas»... Treinticinco años después de lanzada, esta voz de orden sigue ajus­tándose a una línea justa, en el plano de las luchas rei­vindicativas del proletariado peruano. El autor, en vivi­sección admirable, analiza las causas del fracaso de la II Internacional, el cual se gestó en vísperas de la Prime­ra Guerra Mundial y se desarrolló en el curso de la misma. Pero, también, debemos insistir -si cabe este tér­mino antinómico- en las profecías científicas del confe­renciante. Este, al escudriñar las características de la eco­nomía de las grandes potencias en el período bélico 1914-1918, anticipa en varios lustros las características corres­pondientes a la segunda conflagración mundial, en lo que a los países capitalistas atañe: trabajo abundante, salarios artificialmente elevados, control económico del Estado, freno a la lucha de clases, espejismo sobre el porvenir que esperaba a la clase trabajadora, cuando se apagase el estruendo bélico, etc. En la parte final, es jus­ta su tesis de que las guerras son inevitables dentro del sistema capita-lista. Sin embargo, la aparición de otros sistemas y el ascenso de la conciencia pacifista mundial, hoy día, hacen factible el hecho incomparable de que la guerra nuclear pueda ser evitada.

 

 

 

 

 

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Completaremos el examen de la conducta de los partidos socialistas y sindi-catos. Veremos có­mo y por qué el proletariado fue impotente para impedir la conflagración.

 

La guerra encontró impreparada a la Segunda Internacional. No había aún programa de acción concreto y práctico para asegurar la paz. Con­greso de Stuttgart. Moción de Lenin y Rosa Lu­xemburgo:

 

«En el caso de que estalle una guerra, los so­cialistas están obligados a trabajar por su rápido fin y a utilizar la crisis económica y política provocada por la guerra para sacudir al pueblo y acelerar la caída de la dominación capitalista».

 

Pero en la II Internacional había muy pocos Lenin y Rosa Luxemburgo.

 

Tres años después, el Congreso de Copenha­gue. Vaillant y Keir Hardi propusieron la huelga general. Se dejó la cuestión para Viena 1914.

En 1912 la situación grave obligó a la II Internacional a convocar un congreso extraordinario. Basilea 1912 noviembre. De este congreso salió un manifiesto. Y de nuevo se dejó la cuestión técnica para Viena, agosto de 1914.

Antes, Sarajevo. El Bureau Internacional de Bruselas convocó de urgencia para el 29 de ju­lio a los partidos socialistas de Europa. Por Fran­cia, Jaurés, Sembat, Vaillant, Guesde, Loguet. Por Alemania, Haase, Rosa Luxemburgo. Apresu­rar el congreso. París 9 de agosto en vez de Vie­na 23 de agosto. Declaración de la Oficina Internacional. Palabras de Jaurés en la noche del 29 de julio.

Dos días después Jaurés muerto. Muller en París, el 19 de agosto. Esterilidad de su misión. La guerra ya incontenible se desencadenó. El Congreso del 9 de agosto no pudo efectuarse. Páginas de Claridad describen con vivo color el ambiente de delirante patriotismo y nacionalis­mo. La mayoría ofuscada, contagiada por la at­mósfera guerrera, marcial, agresiva. La prensa y los intelectuales instigadores.

 

¿Por qué la Internacional no pudo oponer una barrera a este desborde de pasión nacionalista? ¿Por qué la Internacional no pudo conservarse

 

 

 

 

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fiel a sus principios de solidaridad clasista? Vea­mos las circunstancias que dictaron la conducta socialista.

Declaración de los diputados alemanes en el parlamento el 4 de agosto. Catorce votos, contra.

Declaración de los socialistas franceses en el parlamento el 6 de agosto. En Francia, nación agredida, la adhesión fue más ardorosa, más viva.

La actitud de los demás partidos obreros. "De la Segunda a la Tercera Inter-nacional".

La conducta de los socialistas italianos reclama especial mención. Manifestaron mayor lealtad al internacionalismo. El 26 de julio, manifiesto so­cialista. Lucha entre neutralistas e intervencio­nistas. Los fautores socialistas del intervencionis­mo. Arturo Labriola. Benito Mussolini. Anécdo­ta de ambos.

Fórmula de los socialistas italianos: "Ni adhe­rirse a la guerra ni sabotearla": Declaración so­cialista en la Cámara. La reunión de Zimmerwald en setiembre de 1915. Asistieron delegaciones alemana, francesa, italiana, rusa, polaca, balcáni­ca, sueca, noruega, holandesa y suiza. Inglate­rra negó los pasaportes. Lenin. El manifiesto de Zimmerwald primer despertar de la conciencia proletaria.

 

Pero este llamamiento no repercutía en todas las conciencias proletarias. Los fieles, en minoría. La unión sagrada. El frente único nacional. Tregua de la lucha de clases. Un solo partido: el de la defensa nacional.

 

Para asegurarse al proletariado, la burguesía le dio participación en el poder. Algunas conce­siones al programa mínimo. La guerra exigía la mayor disciplina nacional posible. Libertades res­tringidas. Esta política pareció la inauguración de la era socialista. Guerra revolucionaria.

 

El Estado subsidiaba a las familias de los com­batientes, ofrecía a bajo precio el pan y subven­cionaba largamente a la industria. Trabajo abun­dante bien remunerado. Con esto se adormecía en las masas la idea de la injusticia social, se atenuaban los motivos de la lucha de clases. El proletariado no se fijaba en que esta prodigali­dad del Estado acumulaba cargas para el por-

 

 

 

 

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venir. Concluida la guerra, los vencidos pagarían. Que el pueblo combatiese hasta el fin. Había que vencer.

 

Los aliados más que prédica de intereses, pré­dica de ideales. El pueblo inglés, creía combatir en defensa de los pueblos débiles. El pueblo francés contra la barbarie, la autocracia, el medioeva­lismo. El odio al boche.

 

La fuerza de los aliados consistió, precisamen­te, en estos mitos. Para los austro-alemanes, gue­rra militar. Para los aliados, guerra santa, cruzada por grandes y sacros ideales humanos. Los lí­deres, en gran parte, prestaron su concurso a esta propaganda. Adhesión efectiva de gran parte del proletariado. No hablaban sólo los políticos de la burguesía. En Austria y Alemania la adhe­sión era menos sólida. Guerra de defensa nacio­nal. Las minorías paci-fistas más fuertes. Liebk­necht, etc., disponían de mayor ambiente. Alemania rodeada de enemigos. Sensación victoria. En nombre defensa nacional y esperanza victoria, Alemania disponía de argumentos suficientes.

 

Todas estas circunstancias hicieron que durante cuatro años los proletarios europeos se asesi­nasen los unos a los otros. Así fracasó la Segunda Interna-cional. La experiencia enseña, que den­tro de este régimen las guerras no son inevitables. La democracia capitalista, la paz armada, la po­lítica de equilibrio, la diplomacia secreta. Se incuba permanentemente la guerra. Y el proleta­riado no puede hacer nada. Ahora la experiencia del conflicto franco-alemán. Pesan aún demasiados intereses y sentimientos nacionalistas.

 

Conforme a estas duras lecciones para comba­tir la guerra, no basta el grito de abajo la guerra. Grito de la II Internacional, de todos sus congre­sos, hasta de los pacifistas tipo Wilson. El grito del proletariado: Viva la sociedad proletaria. Pen­semos en construirla.

Y la gran frase de Jaurés no debe apartarse de nuestro recuerdo:

«Hay que impedir que el espectro de la guerra salga cada seis meses de su sepulcro para aterrorizar al mundo».

 

 

 

 

 

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La reseña periodística:

 

EN LA UNIVERSIDAD POPULAR GONZÁLEZ PRADA

 

TERCERA CONFERENCIA DE MARIATEGUI

SOBRE LA CRISIS MUNDIAL*      

 

Con motivo de la tercera conferencia de José Carlos Mariátegui sobre la historia de la crisis mundial, la sala de la Federación de Estudiantes donde funciona la Universidad Popular González Prada, estuvo extraordinariamente concurrida. Hubo en ella numerosísimo auditorio de estudiantes y trabajadores.

 

Mariátegui al iniciar su conferencia, recordó que en su anterior, examinadas las causas econó­micas y políticas del conflicto, había entrado en la exposición de la conducta de los partidos so­cialistas y las organizaciones sindicales en la gue­rra mundial. La guerra -dijo- encontró impre­parada a la Segunda Interna-cional. La Segunda Internacional no tenía un programa de acción concreto y práctico para asegurar la paz. En 1907, en el Congreso Internacional de Stuttgart, se trató la política colonial y de las guerras imperialistas. Y se aprobó una declaración pacifista y revolu­cionaria de Lenin y Rosa Luxem-burgo. En 1910, en el Congreso de Copenhague, Vaillant y Keir Nardi, propusieron que, en el caso de la guerra inminente, los obreros proclamaran la huelga ge­neral, al menos en la industria de municiones. Pero se decidió dejar la cuestión al Congreso si­guiente que debía reunirse en Viena en Agosto de 1914. El Bureau Internacional de Bruselas quedó encargado, entre tanto, de abrir una encuesta en­tre los partidos socialistas sobre la forma de evi­tar la guerra. En 1912, las inquietudes y las ame­nazas reinantes exigieron la convocatoria de un

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* El Tiempo, pág. 7. Lima, 28 de junio de 1923. (La Cró­nica, Nº 4059, pág. 12 del lunes 2 de julio de 1923, reproduce esta versión con muy ligeras variantes formales).

 

 

 

 

 

 

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congreso extraordinario. Este congreso se reunió en Basilea en Noviembre, pero no salió sino de él un brillante manifiesto pacifista. Nuevamente la cuestión técnica de los medios de defender la paz fue dejada al Congreso de Viena. Antes de que llegase la fecha de esta conferencia, sobrevino el incidente de Sarajevo. El 20 de julio, casi en vísperas de la guerra, la Oficina Internacional de Bruselas se reunió, convocada de urgencia, y re­solvió apre-surar el congreso internacional cele­brándolo en Paris el 9 de agosto en vez de cele­brarlo en Viena el 23. Pero la guerra, ya incon­tenible, estalló antes. El Congreso de París, que Jaurés aguardaba como una afirmación de la voluntad de paz y de justicia del proletariado, no pudo efectuarse.

 

Pasó Mariátegui a ocuparse de la actitud de los diversos partidos socialistas de Europa durante la guerra y de las condiciones políticas ambientales dentro de las cuales actuaron. Habló de la con­ferencia socialista internacional de Zimmerwald en 1915, primer gesto internacional de protesta proletaria contra la guerra. En ella no estuvieron representadas sino las pequeñas minorías pacifis­tas de las naciones beligerantes. El estruendo de la guerra ahogaba las voces de fraternidad uni­versal. Y ahogaba hasta las voces de unidad mo­ral de Europa. En todas las naciones beligeran­tes se había formado la "unión sagra-da", o sea el frente único nacional contra el enemigo.

 

Explicó Mariátegui las razones de la adhesión de los socialistas y los sindicatos a la "unión sa­grada". El proletariado fue llamado a participar en el poder. Hubo algunas concesiones aparentes y otras concesiones reales al programa mínimo del socialismo. Las necesidades de la guerra exigían que el Estado asumiese o interviniese en todas las funciones sociales. La libertad de industria, la li­bertad de comercio fueron restringidas. Fueron indispensables muchos sacrificios del individualis­mo. Las doctrinas liberales anduvieron de capa

 

 

 

 

 

 

 

 

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caída. El Estado lo controlaba todo, lo fiscalizaba todo. Esta política de intervencionalismo, de esta­dismo, pareció a muchos la inauguración de una era de realizaciones socialistas. Y se dijo que la guerra era una guerra revolucionaria.

 

Además, el Estado empleaba una parte del di­nero de los empréstitos de guerra en subsidiar a las familias de los combatientes, al ofrecer al pueblo a bajo precio el pan y otros artículos de primera necesidad y en enriquecer a la industria, que, convertida en industria de guerra, no rega­teaba altos salarios a sus trabajadores. La carestía estaba, pues, limitada; la mano de obra, solicita-da; el trabajo, bien remunerado. Estas cir­cunstancias adormecían en las clases trabajadoras la idea de la injusticia social, atenuaban, al menos, las causas y los estímulos de la lucha, de clases. El proletariado no se fijaba en que esta prodiga­lidad del Estado le acumulaba cargas para el porvenir; en que el Estado se endeudaba fantásticamente y, concluida la guerra, tendría que recurrir a una política de estricta economía fiscal; ni en que la industria, pasado el período de las pingües utilidades bélicas, tendría que reducir los sala­rios. El proletariado no pensaba en las sombras del porvenir. Y, en todo caso, allí estaban los go­biernos para decirles que los vencidos pagarían la deuda de los vencedores. Que, justamente por esto, había que combatir hasta el fin. Para no sufrir las consecuencias económicas de la guerra bastaba vencer, el vencedor se resarciría de sus gastos y sacrificios a costa del vencido.

 

Los Estados aliados, por otra parte, se asegu­raban la adhesión del proletariado a la guerra, más que con una prédica de intereses con una pré­dica de ideales. Para los pueblos aliados la gue­rra fue una guerra santa, una cruzada caba-lleres­ca por grandes y sacros ideales humanos. Para los austro-alemanes la guerra no fue sino una guerra militar, una guerra de defensa nacional.

Mariátegui dijo, terminando, que dejaba ex-

 

 

 

 

 

 

 

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puestas sumariamente las circunstancias que dictaron la conducta de los socialistas durante la gue­rra. Así fue como fracasó la Segunda Internacio­nal. Y agregó que, dentro del régimen capitalista, se incuba permanentemente la guerra.

 

Sus palabras finales fueron largamente aplau­didas.

 

La cuarta conferencia sobre la crisis mundial tendrá lugar el próximo viernes, que, como ya hemos anunciado, ha sido elegido el día para es­tas conferencias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CUARTA CONFERENCIA*

 

LA INTERVENCION DE ITALIA EN LA GUERRA

 

YO no olvido durante mis lecciones que este curso es, ante todo, un curso popular, un curso de vulgarización. Trato de emplear siempre un lenguaje sencillo y claro y no un lenguaje com­plicado y técnico. Pero, con todo, al hablar de tópicos políticos, económicos, sociales no se pue­de prescindir de ciertos términos que tal vez no son comprensibles a todos. Yo uso lo menos que puedo la terminología técnica; pero en muchos casos tengo que usarla, aunque siempre con mucha parquedad.

 

Mi deseo es que esta clase sea accesible no sólo a los iniciados en ciencias sociales y cien­cias económicas sino a todos los trabajadores de espíritu atento y estudioso. Y, por eso, cuando uso léxico oscuro, cuando uso términos poco usuales en el lenguaje vulgar, lo hago con mucha medida. Y trato de que estos períodos de mis lecciones resulten, en el peor de los casos, paréntesis pasaje-ros, cuya comprensión no sea indispensable para seguir y asimilar las ideas ge­nerales del curso. Esta advertencia me parece útil, de una parte para que los iniciados en cien­cias sociales y económicas se expliquen por qué, en muchos casos, no recurro a una terminología técnica que consentiría mayor concisión en la exposición de las ideas y en el comentario de los fenómenos; y de otra parte, no obstante mi voluntad, por qué no puedo en muchos casos em­plear un lenguaje popular y elemental.

 

A los no iniciados debo recordarles también

 

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* Pronunciada el viernes 6 de julio de 1923 en el local de la Federación de Estudiantes. Publicada en Amauta Nº 32. Lima agosto-setiembre de 1930. La Crónica en su edición del 8 de julio de 1923 dio una reseña periodística.

 

 

 

 

 

 

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que éstas son clases y no discurso. Por fuerza tienen que parecer a veces un poco áridas.

 

En las anteriores conferencias, primero al examinar la mentalidad de ambos grupos belige­rantes y, luego, al examinar la conducta de los partidos socia-listas y organizaciones sindicales, hemos determinado el carácter de la guerra mundial.

 

Y hemos visto por qué sus más profundos co­mentadores la han llamado guerra absoluta; Gue­rra absoluta, esto es guerra de naciones, guerra de pueblos y no guerra de ejércitos. Adriano Til­gher llega a la siguiente conclusión: «La guerra absoluta ha sido vencida por aquellos gobiernos que han sabido conducirla con su mentalidad adecuada, dándole fines capaces de resultar mitos, estados de ánimo, pasiones y sentimientos populares, en este sentido nadie más que Wil­son, con su predicación cuáquero-democrática* ha contribuido a reforzar los pueblos de la Entente en la persuasión inconmovible de la jus­ticia de su causa y en el propósito de continuar la guerra hasta la victoria final. Quien, en cam­bio, ha conducido la guerra absoluta con menta-lidad de guerra diplomática o relativa o ha sido vencido (Rusia, Austria, Alemania) o ha co­rrido gran riesgo de serlo (Italia)».

 

Esta conclusión de Adriano Tilgher define muy bien la significación principal de la intervención de los Estados Unidos, así como la fisonomía de la guerra italiana. Me ha parecido, por esto, opor­tuno, citarla al iniciar la clase de esta noche, en la cual nos ocuparemos, primeramente, de la intervención italiana y de la intervención norteamericana.

 

Italia intervino en la guerra, más en virtud de causas económicas que en virtud de causas diplomáticas y políticas. Su suelo no le permi­tía alimentar con sus propios productos agríco­las sino, escasamente, a dos tercios de su po­blación.

 

Italia tenía que importar trigo y otros artícu‑

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* Cuáquero, secta protestante, fundada en Inglaterra en el siglo XVII, por Guillermo Fox; pero fue William Penn quien la introdujo en los Estados Unidos.

 

 

 

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los indispensables a un tercio de su población, y tenía, al mismo tiempo, que exportar las manu­facturas, las mercaderías, los productos de su trabajo y de su industria en proporción sufi­ciente para pagar ese trigo y esos artículos ali-menticios y materias primas que le faltaban. Por consiguiente, Italia estaba a merced, como está también hoy, de la potencia dueña del dominio de los mares. Sus importaciones y sus exporta­ciones, indispensables a su vida, dependían, en una palabra, de Inglaterra.

 

Italia carecía de libertad de acción. Su neu­tralidad era imposible. Italia no podía ser, co­mo Suiza, como Holanda, una espectadora de la guerra. Su rol en la política europea era dema­siado considerable para que, desencadenada una guerra continental, no la arrastrase. No habién­dose puesto al lado de los austro-húngaros, era inevitable para Italia ponerse al lado de los alia­dos. Italia era verdadera prisionera de las na­ciones aliadas.

 

Estas circunstancias condujeron a Italia a la intervención. Las razones diplo-máticas eran, comparativamente, de menor cuantía. Probablemente no habrían bastado para obligar a Ita­lia a la intervención. Pero sirvieron, por supuesto, para que los elementos intervencionistas crearan una corriente de opinión favorable a la guerra. Los elementos intervencionistas eran en Italia de dos clases. Los unos se inspiraban en ideales nacionalistas y revanchistas y veían en la guerra ocasión de reincorporar a la nación italiana los territorios irre-dentos de Trento y Trieste. Veían, además, en la guerra, una aven­tura militar, fácil y gloriosa, destinada a engran­decer la posición de Italia en Europa y en el mundo. Los otros elementos intervencionistas se inspiraban en ideales democráticos, análogos a los que más tarde patrocinó Wilson, y veían en la guerra una cruzada contra el militarismo pru­siano y por la libertad de los pueblos. El go­bierno italiano tuvo en cuenta los ideales de los nacionalistas al concertar la intervención de Italia en la guerra.

 

Entre los aliados e Italia se suscribió el pacto

 

 

 

 

 

 

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secreto de Londres. Este pacto secreto, este céle­bre Pacto de Londres, publicado después por los bolcheviques, establecía la parte que tocaría a Italia en los frutos de la victoria. Este pacto, en suma, empequeñecía la entrada de Italia en la guerra. Italia no intervenía en la guerra en el nombre de un gran ideal, en el nombre de un gran mito, sino en el nombre de un interés na­cional. Pero ésta era la verdad oculta de las cosas. La verdad oficial era otra. Conforme a la verdad oficial, Italia se batía por la libertad de los pueblos débiles, etc. En una palabra, pa­ra el uso interno se adoptaban las razones de los intervencionistas nacionalistas y revanchistas; para el uso externo se adoptaban las razones de los intervencionistas democráticos. Y se callaba la razón fundamental: la necesidad en que Ita­lia se encontraba o se hallaba de intervenir en la contienda, en la imposibilidad material de per­manecer neutral. Por eso dice Adriano Tilgher que, en un principio, la guerra italiana fue conducida con mentalidad de guerra relativa, de guerra diplomática. Las consecuencias de esta política se hicieron sentir muy pronto.

 

Durante la primera fase de la guerra italiana, hubo en Italia una fuerte corriente de opinión neutralista. No solamente eran adversos a la guerra los socialistas. También lo eran los gio­littianos, Giolitti y sus partidarios, o sea un nu­meroso grupo burgués. Justamente la existencia de este núcleo de opinión burguesa neutralista consintió a los socialistas actuar con mayor li­bertad, con mayor eficacia, dentro de un am­biente bélico menos asfixiantemente bélico que los socialistas de los otros países beligerantes. Los socialistas aprovecha-ron de esta división del frente burgués para afirmar la voluntad pacifis­ta del proletariado.

 

La "unión sagrada", la fusión de todos los par­tidos en uno solo, el Partido de la Defensa Na­cional, no era, pues, completa en Italia. El pue­blo italiano no sentía unánimemente la guerra. Fueron estas causas políticas, estas causas psico­lógicas, más que toda causa militar, las que ori‑

 

 

 

 

 

 

 

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ginaron la derrota de Caporetto,* la retirada desastrosa de las tropas italianas ante la ofensiva austro-húngara. Y la prueba de esto la tenemos en la segunda fase de la guerra italiana.

 

Después de Caporetto, hubo una reacción en la política, en la opinión italiana. El pueblo em­pezó a sentir de veras la necesidad de empeñar en la guerra todos sus recursos.

 

Los neutralistas giolittianos se adhirieron a la "unión sagrada". Y desde ese momento no fue ya sólo el ejército italiano, respaldado por un gobierno y una corriente de opinión interven­cionista, quien combatió contra los austro-alemanes. Fue casi todo el pueblo italiano. La guerra dejó de ser para Italia guerra relativa. Y em­pezó a ser guerra absoluta.

 

Comentadores superficiales que atribuyeron a la derrota de Caporetto causas exclusivamente militares, atribuyeron luego a la reacción ita­liana causas militares también. Dieron una im­portancia exagerada a las tropas y a los recursos militares enviados por Francia al frente italia­no. Pero la historia objetiva y documentada de la guerra italiana nos enseña que estos refuer­zos fueron, en verdad, muy limitados y estuvie­ron destinados, más que a robus-tecer numéricamente el ejército italiano, a robustecerlo moralmente. Resulta, en efecto, que Italia, en cambio de los refuerzos franceses recibidos, envió a Francia algunos refuerzos italianos.

 

Hubo canje de tropas entre el frente italiano y el frente francés. Todo esto tuvo una impor­tancia secundaria en la reorganización del frente italiano. La reacción italiana no fue una reacción militar; fue una reacción moral, una reacción política.

 

Mientras fue débil el frente político italiano, fue débil también el frente militar. Desde que empezó a ser fuerte el frente político, empezó a

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* El 23 de setiembre de 1917, el ejército italiano sufrió un grave contraste militar frente al ejército alemán, al mando del General Otto von Bellow, en un frente de 25 kilómetros cuyo punto central era Caporetto, quedando en poder de éste 200,000 prisioneros italianos: 1800 ca­ñones y gran cantidad de pertrechos y municiones.

 

 

 

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ser fuerte también el frente militar. Porque, así en este aspecto de la guerra mundial, como en todos sus otros grandes aspectos, los factores po­líticos, los factores morales, los factores psicoló­gicos tuvieron mayor trascendencia que los fac­tores militares.

La confirmación de esta tesis la encontrare­mos en el examen de la eficacia de la interven­ción americana. Los Estados Unidos aportaron a los aliados no sólo un valioso concurso moral y político.

Los discursos y las proclamas de Wilson de­bilitaron el frente alemán más que los soldados norteamericanos y más que los materiales de guerra americanos, es decir, norteamericanos.

Así lo acreditan los documentos de la derrota alemana. Así lo establecen varios libros autori­zados, entre los cuales citaré, por ser uno de los más conocidos, el libro de Francisco Nitti Eu­ropa sin paz.* Los discursos y las proclamas de Wilson socavaron profundamente el frente aus­tro-alemán. Wilson hablaba del pueblo alemán como de un pueblo hermano. Wilson decía: (No­sotros no hacemos la guerra contra el pueblo ale­mán, sino contra el militarismo prusiano». Wil­son prometía al pueblo alemán una paz sin anexiones ni indemnizaciones.

Esta propaganda, que repercutió en todo el mundo, creando un gran volumen de opinión en favor de la causa aliada, repercutió también en Alemania y Austria. El pueblo alemán sintió que la guerra no era ya una guerra de defensa na­cional. Austria, naturalmente, fue conmovida mucho más que Alemania por la propaganda wil­soniana. La propaganda wilsoniana estimuló en Bohemia, en Hungría, en todos los pueblos in­corporados por la fuerza al Imperio Austro-Húngaro, sus antiguos ideales de independencia nacional.

Los efectos de este debilitamiento del frente político alemán y del frente político austríaco tenían que manifestarse, necesariamente, a ren­glón seguido del primer quebranto militar. Y

 

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* Ver el ensayo de José Carlos Mariátegui sobre F. Nitti en La Escena Contemporánea.

 

 

 

 

 

 

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así fue. Mientras el gobierno alemán y el gobier­no austríaco pudieron man-tener con vida la es­peranza de la victoria, pudieron, también, con­servar la adhesión de sus pueblos a la guerra. Apenas esa esperanza empezó a desaparecer las cosas cambiaron.

 

El gobierno alemán y el gobierno austríaco perdieron el control de las masas, minadas por la propaganda wilsoniana.

 

La ofensiva de los italianos en el Piave en­contró un ejército enemigo poco dispuesto a ba­tirse hasta el sacrificio. Divisiones enteras de checo-eslavos capitularon. El frente austríaco se deshizo. Y este desastre militar y moral reso­nó inmediatamente en el frente alemán. El fren­te alemán estaba, no obstante la vigorosa ofen­siva alemana, militarmente intacto. Pero el fren­te alemán estaba, en cambio, política y moralmente quebrantado y franqueado.

 

Hay documentos que describen el estado de ánimo de Alemania en los días que precedieron a la capitulación. Entre esos documentos citaré las Memorias de Ludendorff, las Memorias de Hin­denburg y las Memorias de Erzberger, el líder del Centro Católico alemán, asesinado por un nacionalista, por su adhesión a la Revolución y a la República Alemana y a la paz de Versalles. Tanto Ludendorff como Hindenburg y como Erz­berger nos enteran de que el Kaiser, considerando únicamente el aspecto militar de la situación, alentó hasta el último momento la esperanza de una reacción del ejército alemán que permi­tiese obtener la paz en las mejores condiciones.

 

El Kaiser pensaba: «Nuestro frente militar no ha sido roto». Quienes lo rodeaban sabían que ese frente militar, inexpugnable aparentemente al enemigo, estaba ganado por su propaganda política. No había sido aún roto materialmente; pero sí invalidado moralmente. Ese frente mi­litar no estaba dispuesto a obedecer a sus ge­neralísimos y a su gobierno. En las trincheras germinaba la revolución.

 

Hasta ahora los alemanes pangermanistas, los alemanes nacionalistas afirman orgullosamente: «Alemania no fue vencida militarmente». Es

 

 

 

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que esos pangermanistas, esos nacionalistas, tie­nen el viejo concepto de la guerra relativa, de la guerra militar, de la guerra diplomática. Ellos no ven del cuadro final de la guerra  sino lo que el Kaiser vio entonces: el frente militar alemán intacto.

 

Su error es el mismo error de los comentadores superficiales que vieron en la derrota italia­na de Caporetto únicamente las causas militares y que vieron, más tarde, en la reorganización del frente italiano, únicamente causas militares. Esos nacionalistas, esos pangermanistas, son im­permeables al nuevo concepto de la guerra ab­soluta.

 

Poco importa que la derrota de Alemania no fuese una derrota militar. En la guerra absoluta la derrota no puede ser una derrota militar sino una derrota al mismo tiempo política, moral, ideológica, porque en la guerra absoluta los factores militares están subordinados a los factores po­líticos, morales e ideológicos. En la guerra abso­luta la derrota no se llama derrota militar, aunque no deje de serlo; se llama derrota, simplemente. Derrota sin adjetivo, porque su defini­ción única es la derrota integral.

 

Los grandes críticos de la guerra mundial no son, por esto, críticos militares. No son los ge­neralísimos de la victoria ni los generalísimos de la derrota. No son Foch ni Hindenburg, Díaz ni Ludendorff. Los grandes críticos de la guerra mundial, son filósofos, políticos, sociólogos. Por primera vez la victoria ha sido cuestión de estra­tegia ideológica y no de estrategia militar. Desde ese punto de vista, vasto y panorámico, puede decirse, pues, que el generalísimo de la victoria ha sido Wilson. Y este concepto resume el valor de la intervención de los Estados Unidos.

 

No haremos ahora el examen del programa wilsoniano; no haremos ahora la crítica de la gran ilusión de la Liga de las Naciones. De acuer­do con el programa de este curso, que agrupa los grandes aspectos de la crisis mundial, con cierta arbitrariedad cronológica, necesaria para la mejor apreciación panorámica, dejaremos es-

 

 

 

 

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tas cosas para la clase relativa a la paz de Versalles.

 

Mi objeto en esta clase ha sido sólo el de fijar rápidamente el valor de la intervención de los Estados Unidos como factor de la victoria de los aliados.

 

La ideología de la intervención americana, la ideología de Wilson,* requiere examen aparte. Y este examen particular tiene que ser conectado con el examen de la paz de Versalles y de sus consecuencias económicas y políticas.

 

Hoy dedicaremos los minutos que aún nos quedan al estudio de aquel otro trascendental fe­nómeno de la guerra: la revolución rusa y la derrota rusa. Echaremos una ojeada a los pre­liminares y a la fase social-democrática de la Revolución rusa. Veremos cómo se llegó al go­bierno de Kerensky.

 

En la conferencia anterior, al exponer la con­ducta de los partidos socialistas de los países be­ligerantes, dije cuál había sido la posición de los socialistas rusos frente a la conflagración.

 

En Rusia, la mayoría del movimiento obrero y socialista fue contraria a la guerra. El grupo acaudillado por Plejanov no creía que la victo­ria robustecería al zarismo; pero la mayoría so­cialista y sindicalista comprendió que le tocaba combatir en dos frentes: contra el imperialismo alemán y contra el zarismo.

 

Muchos socialistas rusos fueron fieles a la declaración del Congreso de Suttgart que fijó así el deber de los socialistas ante la guerra: tra­bajar por la paz y aprovechar de las consecuen­cias económicas y políticas de la guerra para agi­tar al pueblo y apresurar la caída del régimen capitalista.

 

El gobierno zarista, es casi inútil decirlo, con­ducía la guerra con el criterio de guerra relati­va, de guerra militar, de guerra diplomática. La guerra rusa no contaba con la adhesión sólida del pueblo ruso. El frente político interno era en Rusia menos fuerte que en ningún otro país

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* Ver el ensayo dedicado a Wilson por José Carlos Mariá­tegui en La Escena Contemporánea.

 

 

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beligerante. Rusia fue, sin duda, por estas ra­zones, la primera vencida.

 

Dentro de la burguesía rusa había elementos democráticos y pacifistas in-conciliables con el zarismo. Y dentro de la corte del Zar había cons­piradores germanófilos que complotaban en fa­vor de Alemania. Todas estas circuns-tancias hacían inevitables la derrota y la revolución rusas.

 

Un interesante documento de los días que precedieron a la Revolución es el libro de Mauricio Paleologue, La Rusia de los Zares durante la Gran Guerra. Mauricio Paleologue era el embajador de Francia ante el Zar. Fue un explorador cer­cano de la caída del absolutismo ruso. Asistió a este espectáculo desde un palco de avant scene.*

 

Las páginas del libro de Mauricio Paleologue describen el ambiente oficial ruso del periodo de incubación revolucionaria. Los hombres del za­rismo presintieron anticipadamente la crisis. La presintieron igualmente los representantes diplo­máticos de las potencias aliadas. Y el empeño de unos y otros se dirigió no a conjurarla, porque habría sido vano intento, sino a encauzarla en la forma menos dañina a sus respectivos inte­reses.

 

Los embajadores aliados en Petrogrado trataban con los miembros aliadófilos del régimen za­rista y con los elementos aliadófilos de la demo­cracia y de la social-democracia rusas.

Paleologue nos cuenta cómo en su mesa co­mían Milukoff, el líder de los Kadetes,** y otros líderes de la democracia rusa.

El régimen zarista carecía de autoridad moral y de capacidad política para manejar con acierto los negocios de la guerra. Cerca de la Zarina in­trigaba una camarilla germanófila. La Zarina, de temperamento místico y fanático, era gobernada por el monje Rasputín, por aquella extraña figu­ra, alrededor de la cual se tejieron tantas leyen­das y se urdieron tantas fantasías.

El ejército se hallaba en condiciones morales y materiales desastrosas. Sus servicios de aprovi‑

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* Palco del proscenio.

** Partido político burgués que anhelaba una Constitu­ción liberal para Rusia. Se llamaba Constitucional Demócrata.

 

 

 

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sionamiento, amunicionamiento, transporte, fun­cionaban caóticamente. El descontento se exten­día entre los soldados. El Zar, personaje imbécil y medioeval, no permitía ni tampoco percibía la vecindad de la catástrofe.

 

Dentro de esta situación se produjo el asesinato del monje Rasputín, favorito de la Zarina, papa negro del zarismo. El Zar ordenó la prisión del príncipe Dimitri, acusado del asesinato de Ras­putín. Y comenzó entonces un conflicto entre el Zar y los personajes aliadófilos de la Corte que, avisadamente, presentían los peligros y las ame­nazas del porvenir. La nobleza demandó la libertad del príncipe Dimitri. El Zar se negó di­ciendo: «Un asesinato es siempre un asesinato».

 

Eran días de gran inquietud para la aristo­cracia rusa, que arrojaba sobre la Zarina la res­ponsabilidad de la situación. Algunos parientes del Zar se atrevieron a pedirle el alejamiento de la Zarina de la Corte.

 

El Zar resolvió tomar una actitud medioevalmente caballeresca e hidalga. Pensó que todos se confabulaban contra la Zarina porque era extranjera y porque era mujer. Y resolvió cu­brir las responsabilidades de la Zarina con su propia responsabilidad. La suerte del Imperio Ruso estaba en manos de este hombre insensato y enfermo. La Zarina, alucinada y delirante, dia­logaba con el espíritu de Rasputín y recogía sus inspiraciones.

 

El monje Rasputín, a través de la Zarina, inspiraba desde ultratumba al Zar de todas las Rusias. No había casi en Rusia quien no se diese cuenta de que una crisis política y social te­nía necesariamente que explosionar de un momento a otro.

 

Vale la pena relatar una curiosa anécdota de la corte rusa. Paleologue, el embajador francés, y su secretario, estuvieron invitados a almorzar el 10 de enero de 1917, el año de la Revolución, en el palacio de la gran duquesa María Pawlova. Paleologue y su secretario subieron la regia escala del palacio. Y al entrar en el gran salón no encontraron en él sino a una dama de honor de la gran duquesa: la señorita Olive. La señorita

 

 

 

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Olive, de pie ante la ventana del salón, contem­plaba pensativamente el panorama del Neva, en el cual se destacaban la catedral de San Pedro y San Pablo y las murallas de la Fortaleza, la prisión del Estado. Paleologue interrumpió cor­tésmente a la señorita Olive: «Yo acabo de sorprender, si no vuestros pensamientos, al menos la dirección de vuestros pensamientos. Me parece que Ud. mira muy atentamente la prisión». Ella respondió: Si; «yo contemplaba la prisión. En días como éstos no puede uno guardarse de mirarla». Y luego agregó, dirigiéndose al secreta­rio: «Señor de Chambrun, cuando yo esté allá, enfrente, sobre la paja de los calabozos, ¿vendrá Ud. a verme?».

 

La joven dama de honor, probablemente lec­tora voluptuosa y espeluznada de la historia de la Revolución Francesa, preveía que a la noble­za rusa le estaba deparado el mismo destino de la nobleza francesa del siglo dieciocho y que ella como, en otros tiempos, otras bellas y elegantes y finas damas de honor, estaba destinada a una trágica y sombría residencia en un calabozo de alguna Bastilla tétrica.

 

Los días de la autocracia rusa estaban conta­dos. La aristocracia y la burguesía trabajaban porque la caída del zarismo no fuese también su caída. Los representantes aliados trabajaban porque la transición del régimen zarista a un régimen nuevo no trajese un período de anarquía y de desorden que invalidase a Rusia como po­tencia aliada. Indirectamente, la aristocracia di­vorciada del Zar, la burguesía y los embajadores aliados no hacían otra cosa que apresurar la revolución. Interesados en canalizar la revolu­ción, en evitar sus desbordes y en limitar su magnitud, contribuían todos ellos a acrecentar los gérmenes revolucionarios. Y la revolución vino. El poder estuvo fugazmente en poder de un príncipe de la aristocracia aliadófila.

 

Pero la acción popular hizo que pasara en seguida a manos de hombres más próximos a los ideales revolucionarios de las masas. Se cons‑

 

 

 

 

 

 

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truyó, a base de Socialistas Revolucionarios* y de mencheviques,**  el gobierno de coalición de Ke­rensky. Kerensky era una figura anémica del revolucionarismo ruso. Miedoso de la revolución, temeroso de sus extremas consecuencias, no qui­so que su gobierno fuera un gobierno exclusivamente obrero, exclusivamente proletario, exclusi­vamente socialista. Hizo, por eso, un gobierno de coalición de los Socialistas Revolucionarios y de los men-cheviques con los kadetes y los li­berales.***

 

Dentro de este ambiente indeciso, dentro de esta situación vacilante, dentro de este régimen estructuralmente precario y provisional, fue ger­minada, poco a poco, la Revolución Bolchevique.

 

En la próxima clase veremos cómo se prepa­ró, cómo se produjo este gran acontecimiento, hacia el cual convergen las miradas del prole­tariado uni-versal, que por encima de todas las divisiones y de todas las discrepancias de doc­trina contempla, en la Revolución rusa, el pri­mer paso de la humanidad hacia un régimen de fraternidad, de paz y de justicia.

 

 

 

 

 

 

 

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* Partido de tendencias utópicas y anárquicas que uti­lizaba el terrorismo como medio de acción.

** Después del II Congreso de la Social-Democracia ru­sa, realizado en Londres, en 1903, se denominó men­cheviques (minoría) a quienes se opusieron a los partidarios de Lenin (bolcheviques: mayoría) que vencieron en la elección de los organismos centrales del Partido.

*** Sector político que bregaba por dar una Constitución a la Rusia zarista.

 

 

 

 

 

 

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QUINTA CONFERENCIA*

 

LA REVOLUCION RUSA

 

CONFORME al programa de este curso de His­toria de la Crisis Mundial, el tema de la confe­rencia de esta noche es la Revolución Rusa. El programa del curso señala a la conferencia de esta noche el siguiente sumario: La Revolu-ción Rusa. Kerenski. Lenin. La Paz de Brest Litovsk. Rusia y la Entente después de la Revolución. Proceso inicial de creación y consolidación de las instituciones rusas.

 

Antes de disertar sobre estos tópicos, conside­ro oportuna una advertencia. Las cosas que yo voy a decir sobre la Revolución Rusa son cosas elementales. Mejor dicho, son cosas que a otros públicos les parecerían demasiado elemen-tales, demasiado vulgarizadas, demasiado repetidas, porque esos públicos han sido abundantemente informados sobre la Revolución Rusa, sus hom­bres, sus episodios. La Revolución Rusa ha inte­resado y continúa interesando, en Europa, a la curiosidad unánime de las gentes. La Revolución Rusa ha sido, y continúa siendo, en Europa, un tema de estudio general. Sobre la Revolución Rusa se han publicado innumerables libros. La Revolución Rusa ha ocupado puesto de primer orden en todos los diarios y en todas las revistas europeas. El estudio de este acontecimiento no ha estado sectariamente reservado a sus partidarios, a sus propagandistas: ha sido abordado por todos los hombres investigadores, por todos los hom­bres de alguna curiosidad intelectual.

 

Los principales órganos de la burguesía europea, los más grandes rotativos del capitalismo

 

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* Pronunciada el viernes 13 de julio de 1923 en el local de la Federación de Estudiantes (Palacio de la Exposi­ción). La Crónica del miércoles 18 de julio de 1923 pu­blica una breve reseña periodística.

 

 

 

 

 

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europeo, han enviado corresponsales a Rusia, a fin de informar a su público sobre las institucio­nes rusas y sobre las figuras de la Revolución. Natural-mente, esos grandes diarios han atacado invariablemente a la Revolución Rusa, han hecho uso contra ella de múltiples armas polémicas, pero sus corresponsales, no todos naturalmente, pero sí muchos de ellos, han hablado con algu­na objetividad acerca de los acontecimientos ru­sos. Se han com-portado como simples cronistas de la situación de Rusia. Y esto ha sido, eviden­temente, no por razones de benevolencia con la Revolución Rusa, sino porque esos grandes dia­rios informativos, en su concurrencia, en su com-petencia por disputarse a los lectores, por dispu­tarse la clientela, se han visto obligados a satisfacer la curiosidad del público con alguna seriedad y con alguna circunspección. El público les reclamaba informaciones más o menos serias y más o menos circunspectas sobre Rusia, y ellos, sin disminuir su aversión a la Revolución Ru­sa, tenían que darle al público esas informacio­nes más o menos serias y más o menos circuns­pectas.

 

A Rusia han ido corresponsales de la Prensa Asociada de Nueva York, corresponsales del Co­rriere della Sera,* del Messaggero** y otros grandes rotativos burgueses de Italia, corresponsales del Berliner Tageblatt,* * * el gran diario demócrata de Teodoro Wolf, corresponsales de la prensa londi-nense. Han ido además, muchos grandes es­critores contemporáneos. Uno de ellos ha sido Wells. Lo cito al azar, lo cito porque la resonan­cia de la visita de Wells a Rusia y del libro que escribió Wells, de vuelta a Inglaterra, ha sido universal, ha sido extensísima, y porque Wells no es, ni aun entre nosotros, sospechoso de Bol­cheviquismo.

 

Urgidas por la demanda del público estudioso, las grandes casas editoriales de París, de Londres,

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* Correo de la tarde.

** Mensajero.

*** Hoja del Día Berlinesa, periódico del Partido De­mócrata alemán, dirigido por Walther Rathenau. Propiciaba un entendimiento con los socialistas moderados, sobre la base de impedir el cambio violento de la economía alemana.

 

 

 

 

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de Roma, de Berlín, han editado recopilaciones de las leyes rusas, ensayos sobre tal o cual as­pecto de la Revolución Rusa. Estos libros y estos opúsculos, no eran obra de la propaganda bol­chevique, eran únicamente un negocio editorial. Los grandes editores, los grandes libreros ganaban muy buenas sumas con esos libros y esos opúsculos. Y por eso los editaban y difundían. Se puede decir que la Revolución Rusa estaba de moda. Así como es de buen tono hablar del re­lativismo y de la teoría de Einstein, era de buen tono hablar de la Revolución Rusa y de sus jefes.

 

Esto en lo que toca al público burgués, al pú­blico amorfo. En lo que toca al proletariado, la curiosidad acerca de la Revolución Rusa ha sido naturalmente, mucho mayor. En todas las tribu­nas, en todos los periódicos, en todos los libros del proletariado se ha comentado, se ha estudiado y se ha discutido la Revolución Rusa. Así en el sector reformista y social-democrático como en el sector anarquista, en la derecha, como en la izquierda y en el centro de las organizaciones proletarias, la Revolución Rusa ha sido incesantemente examinada y observada.

 

Por estas razones, otros públicos tienen un co­nocimiento muy vasto de la Revolución Bolchevi­que, de las instituciones sovietistas, de la Paz de Brest Litovsk, de todas las cosas de que yo voy a ocuparme esta noche, y para esos públicos mi conferencia sería demasiado elemental, dema­siado rudimentaria. Pero yo debo tener en consi­deración la posición de nuestro público, mal informado acerca de este y otros grandes aconteci­mientos europeos. Respon-sabilidad que no es suya sino de nuestros intelectuales y de nuestros hombres de estudio que, realmente, no son tales intelectuales ni tales hombres de estudio sino caricaturas de hombres de estudio, caricaturas de intelectuales. Hablaré, pues, esta noche, como periodista, Narraré, relataré, contaré, escue-tamente, elementalmente, sin erudición y sin literatura.

 

*  *  *

En la conferencia pasada, después de haber examinado rápidamente la intervención de Italia

 

 

 

 

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y la intervención de Estados Unidos en la Gran Guerra, llegamos a la caída del zarismo, a los preliminares de la Revolución Rusa. Examinemos ahora los meses del gobierno de Kerensky. Ke­rensky, miembro conspicuo del Partido Socialis­ta-Revolucionario, a quien ya os he presentado, tal vez poco amable-mente, fue el jefe del gobier­no ruso durante los meses que precedieron a la Revolución de Octubre, esto es a la Revolución Bolchevique. Kerensky presidía el gobierno de coalición de los Socialistas Revolucionarios y los Mencheviques con los Kadetes y los Liberales. Este gobierno de coalición representaba a los grupos medios de la opinión rusa. Faltaban en esta coalición, de un lado los monarquistas, los reaccio­narios, la extrema derecha y, de otro lado, los Bolcheviques, los Revolucionarios Maximalistas, la extrema izquierda.

 

La ausencia de la extrema derecha era una cosa lógica, una cosa natural. La extrema derecha era el partido derrocado. Era el partido de la fami­lia real. En cambio, la presencia en la coalición, y, por lo tanto, en el ministerio presidido por Kerensky, de elementos burgueses, de elementos capitalistas, como los Liberales y los Kadetes, convertía la coalición y convertía el gobierno en una aleación, en una amalgama, en un conglomerado heterogéneo, anodino, incoloro.

 

Se concibe un gobierno de conciliación, un go­bierno de coalición, dentro de una situación de otro orden. Pero no se concibe un gobierno de conciliación dentro de una situación revoluciona­ria. Un gobierno revolucionario tiene que ser, por fuerza, un gobierno de facción, un gobierno de partido, debe repre-sentar únicamente a los nú­cleos revolucionarios de la opinión pública; no debe comprender a los grupos intermedios, no debe comprender a los núcleos virtualmente, tá­citamente conservadores. El gobierno de Kerens­ky adolecía, pues, de un grave defecto orgánico, de un grave vicio esencial. No encarnaba los ideales del proletariado ni los ideales de la burgue­sía. Vivía de concesio-nes, de compromisos, con uno y otro bando. Un día cedía a la derecha; otro día cedía a la izquierda. Todo esto cabe, repito,

 

 

 

 

 

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dentro de una situación evolucionista. Pero no cabe dentro de una situación de guerra civil, de lucha armada, de revolución violenta. Los bol­cheviques atacaron, desde un principio, al gobier­no de coalición, y reclamaron la constitución de un gobierno proletario, de un gobierno obrero, de un gobierno revolucionario en suma. Ahora bien, las agrupaciones proletarias, obreras, eran en Ru­sia cuatro. Cuatro eran los núcleos de opinión revolucionaria.

 

Los Mencheviques, o sea los minimalistas, en­cabezados por Martov y Chernov, gente de al­guna tradición y colaboracionista. Los Socialis­tas-revolucionarios, a cuyas filas pertenecían Ke­rensky, Zaretelli y otros, que se hallaban dividi­dos en dos grupos, uno de derecha, favorable a la coalición con la burguesía, y el de la izquier­da, inclinado a los Bolcheviques. Los Bol-cheviques o los maximalistas, el partido de Lenin, de Zinoviev y de Trotsky. Y los Anarquistas que, en la tierra de Kropoktin y de Bakunin, eran, natural-mente, numerosos En las tres primeras agru­paciones, mencheviques, social-revolucionarios y bolcheviques, se fraccionaban los socialistas. Porque, como es natural, en la época de la lucha con­tra el zarismo todas estas fuerzas prole-tarias ha­bían combatido juntas. Había habido discrepan­cias de programa; pero comunidad de fuerzas y sobre todo de esfuerzos contra la autocracia absoluta de los zares.

 

¿Cuál era la posición, cuál era la fisonomía, cuál era la fuerza de cada una de estas agrupa­ciones proletarias? Los mencheviques y los socialistas revolucio-narios dominaban en el campo, entre los trabajadores de la tierra. Sus núcleos centrales estaban hechos, más que a base de obreros manuales, a base de elementos de la clase me­dia, de hombres de profesiones liberales, abogados, médicos, ingenieros, etc. El ala izquierda de los socialistas revolucionarios reunía, en verdad, a muchos elementos netamente proletarios y ne­tamente clasistas, que, por esto mismo, se sen­tían atraídos por la táctica y la tendencia bol­cheviques, pero no se decidían a romper con el ala derecha de la agrupación.

 

 

 

 

 

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Los hombres de la derecha y del centro, como Kerensky, eran los que representaban a los so­cialistas revolucionarios. Ambos partidos, Menche-viques y Socialistas Revolucionarios, no eran, pues, verdaderos partidos revolucionarios. No representaban al sector más dinámico, más clasis­ta, más homogéneo del socialismo: el proletariado industrial, el proletariado de la ciudad. Los maximalistas eran débiles en el campo; pero eran fuertes en la ciudad.

 

Sus filas estaban constituidas a bases de ele­mentos netamente proletarios. En el estado ma­yor maximalista prevalecía el elemento intelec­tual; pero la masa de los afiliados era obrera.

 

Los maximalistas actuaban en contacto vivo, intenso, constante, con los trabajadores de las fá­bricas y de las usinas. Eran del partido del pro­letariado industrial de Petrogrado y Moscú. Los anarquistas eran también influyentes en el pro­letariado industrial; pero sus focos centrales eran focos intelectuales. Rusia era, tradicionalmente, el país de la intelectualidad anarquista, nihilista.

 

En los núcleos anarquistas predominaban inte­lectuales, estudiantes. Por supuesto, los anarquis­tas combatían tanto como los bolcheviques, y en algunos casos de acuerdo con éstos, a los menche­viques y a los socialistas revolucionarios de Ke­rensky.

 

Este era el panorama político del proletariado ruso bajo el gobierno de Kerensky. Conforme a esta síntesis de la situación, la mayoría era de los socialistas revolucionarios y de los menchevi­ques coaligados.

 

Las masas campesinas y la clase media estaban al lado de ellos. Y las masas campesinas sig­nificaban la mayoría en la nación agrícola, en una nación poco industrializada como Rusia. Pero en cambio, los bolcheviques contaban con los ele­mentos más combativos, más organizados, más eficaces, con el proletariado industrial, con los obreros de la ciudad.

 

Por otra parte, los mencheviques y los socialis­tas-revolucionarios no podían conservar su fuer­za, su predominio en las masas campesinas si no satisfacían dos arraigados ideales, dos urgen-

 

 

 

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tes exigencias de esas masas: la paz inmediata y el reparto de tierras.

 

El gobierno de Kerensky carecía de libertad para una y otra cosa. Carecía de libertad para la paz inmediata porque las potencias aliadas, de las cuales era ahijado y protegido, no le consen­tían entenderse separadamente con Alema-nia. Y carecía de libertad para el reparto de las tierras a los campesinos porque su alianza con los kade­tes y los liberales, sus compromisos con la burguesía, sus miramientos con los propietarios de las tierras lo cohibían, lo coactaban para esta audaz reforma revolucionaria.

 

Kerensky no hacía, pues, en el gobierno la po­lítica de las masas socialistas que representaba; hacía la política de la burguesía rusa y de las potencias aliadas. Esta política impacientaba a las masas. Las masas querían la paz. Y la paz no venía. Las masas querían el reparto de las tierras. Y el reparto de las tierras tampoco venía.

 

Pero esta impaciencia de las masas campesinas no habría bastado para traer abajo a Kerensky si hubiera sido, efectivamente, sólo impaciencia de las masas campesinas, en vez de ser, también, impaciencia del ejército. La guerra era impopu­lar en Rusia. He explicado ya cómo el gobierno zarista condujo la guerra con mentalidad de gue­rra relativa, esto es con mentalidad de guerra de ejércitos y no de guerra de naciones; y cómo, por consiguiente, el gobierno zarista no había sa­bido captarse la adhesión del pueblo a su empresa militar.

 

El pueblo y el ejército esperaban que de la revolución saliese la paz. La incapacidad de Ke­rensky para llegar a la paz, soliviantaba, pues, en contra de su gobierno al ejército, que no sen­tía, como los otros ejércitos aliados, el mito de la guerra de la Democracia contra la Autocracia, porque la guerra rusa había sido dirigida por la autocracia zarista. El ejército estaba cansado de la guerra, y reclamaba sordamente la paz.

 

Los bolcheviques orientaron su propaganda en un sentido sagazmente popu-lar. Demandaron la paz inmediata y demandaron el reparto de las tierras. Y le dijeron al proletariado: «Ni una ni

 

 

 

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otra cosa podrá ser hecha por un gobierno de coa­lición con la burguesía. Hay que reemplazar este gobierno con un gobierno proletario, con un go­bierno obrero, con un gobierno de los partidos de la clase trabajadora. Este gobierno debe ser el go­bierno de los Soviets». Y el grito de combate de los bolchevi-ques fue: «¡Todo el poder político a los Soviets!».

 

Los Soviets existieron desde la caída del za­rismo. La palabra soviet quiere decir, en ruso, consejo. Victoriosa la Revolución, derrocado el zarismo, el proletariado ruso procedió a la organi­zación de consejos de obreros, campe-sinos y soldados. Los soviets, los consejos de trabajadores de la tierra y de las fábricas, se agruparon en Soviets locales. Y los Soviets locales crearon un organismo nacional: el Congreso Pan-Ruso de los soviets. Los soviets representaban, pues, ínte­gramente al proletariado. En los soviets había mencheviques, socialistas-revolucionarios, bolche­viques, anarquistas y obreros sin partido.

 

Kerensky y los socialistas revolucionarios y mencheviques no habían querido que los soviets ejercitaran directa y exclusivamente el poder. Educados en la escuela de la democracia, respe­tuosos del parlamentarismo, habían querido que ejercitara el poder un ministerio de coalición con los partidos burgueses, con partidos sin base en los soviets. Los órganos del proletariado no eran los órganos de gobierno. Había en Rusia una si­tuación dual. El grito de los bolcheviques: "¡Todo el poder político a los Soviets!", no quería, por tanto, decir: "¡Todo el poder político al Par­tido Maximalista!"

 

Quería decir simplemente: «¡Todo el poder po­lítico al proletariado organi-zado!» Los bolchevi­ques estaban en minoría en los soviets, en los cuales prevalecían los socialistas revolucionarios. Pero su actividad, su dinamismo y su programa les fueron captando cada día mayores afiliados en los soviets de obreros y de soldados. Y pronto los bolcheviques llegaron a ser mayoría en los So­viets de la capital y de otros centros industriales.

 

Kerensky, por consiguiente, no era contrario al advenimiento exclusivo de los bolcheviques al

 

 

 

 

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gobierno. Era contrario a que el gobierno pasase a manos del proletariado, dentro de cuyos organis­mos contaba aún con la mayoría.

 

Kerensky y sus hombres procedían así porque tenían miedo de la revolución, porque los aterrorizaba la idea de que la revolución fuese llevada a sus extremas consecuencias, a su meta final, y porque comprendían que los bolcheviques, en parte por su valimento personal, y en parte por su programa que era el programa de las masas, aca­barían por conquistar la mayoría en el seno de los soviets.

 

Bajo la presión de los acontecimientos políticos y las sugestiones de las potencias aliadas, el go­bierno de Kerensky cometió una aventura fatal: la ofensiva del 18 de junio contra los austro­-alemanes. La ofensiva militar era para Kerensky una carta arriesgada y peligrosa. Pero era, al menos. un diversivo transitorio de la opinión pública.

 

El gobierno de Kerensky quiso distraer hacia el frente la atención popular. Los bolcheviques impugnaron vigorosamente la ofensiva. Los bol­cheviques, como ya he dicho, interpretaban los anhelos de paz de la opinión pública. Además, pensaban que la ofensiva militar entrañaba dos graves peligros para la revolución: si la ofensiva triunfaba, cosa improbable dadas las condiciones del ejército, uniría a la burguesía y a la pequeña burguesía, las fortalecería políticamente, y aisla­ría al proletariado revolucionario; si la ofensiva fraca-saba, cosa casi segura, la ofensiva originaría una completa disolución del ejército, una retirada ruinosa, la pérdida de nuevos territorios y la desilusión del proletariado

 

León Trotsky define así en su libro: De la Re­volución de Octubre a la Paz de Brest Litovsk, la posición de los bolcheviques ante la ofensiva.

 

La ofensiva, como se había previsto, tuvo la­mentables consecuencias. El ejército ruso sufrió un rudo golpe. El descontento de las masas contra Kerensky, el anhelo de la paz inmediata, se acentuaron y se extendieron. Los bolcheviques iniciaron una violenta campaña de agitación del proletariado.

 

 

 

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El gobierno de Kerensky reprimió, sin mira­mientos, esta campaña de agitación. Muchos bol­cheviques fueron arrestados, otros tuvieron que huir y esconderse. Y dentro de esta situación, sobrevino la tentativa reaccionaria del general Kornilov. Empujado por la burguesía, que com­plotaba intensamente contra la Revolución, se rebeló contra Kerensky. Pero su intentona reaccio-naria no tuvo eco en los soldados del frente, que deseaban la paz y miraban con hostilidad a los elementos reaccionarios, conocedores de su mentalidad chauvinista y nacionalista.

 

Y los obreros de Petrogrado insurgieron vigo­rosamente en defensa de la Revolución. La insu­rrección de Kornilov abortó completamente, pero sirvió para aumentar la vigilancia revoluciona­ria de las masas y para robustecer, consecuentemente, a los bolcheviques. Los bolcheviques redoblaron el grito: «¡Todo el poder gubernativo a los soviets!».

 

Los socialistas revolucionarios y los menchevi­ques recurrieron entonces, para calmar, para adormecer a las masas, a una maniobra artificio­sa: reunieron una conferencia democrática, asam­blea mixta de los soviets y de otros organismos autónomos, cuya composición aseguraba la ma­yoría a Kerensky. De la con-ferencia democrática salió un soviet democrático. Y este soviet democrático, completado con los representantes de los partidos burgueses aliados de Kerensky, se transformó en parlamento preliminar. Este parlamento preli-minar debía preceder a la Asamblea Constituyente. A los bolcheviques los tocaron, en el Parlamento preliminar, cincuenta puestos, pero los bolche-viques abandonaron el Parlamento preliminar. Invitaron a los socialistas-revolucio­narios de izquierda, a aquellos que condividían las opiniones de Kerensky, a abandonarlo tam­bién. Pero los socialistas revolucionarios de izquierda no se decidieron a romper con Kerens­ky y a unirse a los bolche-viques. La situación se hizo cada vez más agitada. La atmósfera cada vez más inflamable. Veamos cómo se encendió la chispa final.

 

 

 

 

 

 

 

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El soviet de Petrogrado, en defensa de la Re­volución, había constituido un Comité Militar Re­volucionario, destinado a preservar al ejército de tentativas reaccionarias como las de Kornilov. Este Comité Militar Revolucionario, organismo fundamentalmente revolucionario y proletario, vivía en pugna con el Estado Mayor de Kerensky. Kerensky conspiraba contra su existencia basán­dose en que no era posible que funcionasen en Petrogrado dos estados mayores.

 

El gobierno veía en el Comité Revolucionario el futuro foco de la revolución bolchevique. Re­solvió entonces tomar una serie de medidas mi­litares que le asegurasen el control militar de Petrogrado. Ordenó el alejamiento de Petrogra­do de las tropas adictas al soviet y obedientes al Comité Militar Revolucionario, y la llamada del frente de tropas nuevas. Estas disposiciones desencadenaron la revolución bolchevique.

 

El 22 de octubre, el Estado Mayor de Kerens­ky convidó a los cuerpos de la guarnición a en­viar, cada uno, dos delegados para acordar el alejamiento de las tropas revoltosas. Los cuer­pos de la guarnición respondieron que no obedecerían sino una resolución del Soviet de Pe­trogrado. Era la declaración explícita de la re­belión.

 

Algunas tropas, sin embargo, se mostraban aún vacilantes. Los bolcheviques realizaron con efi­caz actividad, una rápida propaganda para cap­tarlas a su causa. El gobierno de Kerensky llamó a tropas del frente, estas tropas se pusieron en comunicación con los bolcheviques quienes les ordenaron detener su avance. Y llegó la jorna­da final.

 

El 25 de octubre las tropas de Petrogrado ro­dearon el Palacio de Invierno, refugio del gobier­no de Kerensky, y León Trotsky, a nombre del Comité Militar Revolucionario, anunció al So­viet de Petrogrado que el gobierno de Kerensky cesaba de existir y que los poderes políticos pa­saban desde ese momento a manos del Comité Revolucionario Militar, en espera de la decisión del Congreso Pan-Ruso de los Soviets.

 

 

 

 

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El 26 de octubre se reunió el Congreso de los Soviets. Lenin y Zinoviev, perseguidos bajo el gobierno de Kerensky, reaparecieron, acogidos por grandes aplausos. Lenin presentó dos propo­siciones: la paz y el reparto de las tierras a los campesinos. Las dos fueron instantáneamente aprobadas.

 

Los bolcheviques invitaron a los socialistas re­volucionarios de izquierda a colaborar con ellos en la constitución del nuevo gobierno, pero los socialistas revolucionarios, vacilantes e irresolu­tos siempre, se excusaron de aceptar. Entonces el Partido Bolchevique asumió íntegramente la res­ponsabilidad del gobierno. El Congreso de los So­viets encargó el poder a un Soviet de Comisarios del. Pueblo.

 

La revolución bolchevique tuvo días de viva inquietud y constante amenaza. Los empleados y funcionarios públicos la sabotearon. Los alumnos de la Escuela Militar se insurreccionaron. Las tro­pas bolcheviques reprimieron esta insurrección. Kerensky, que había logrado fugar del palacio de gobierno, al frente de los cosacos del Gene­ral Crasnoff amenazó a Petrogrado, pero los bol­cheviques lo derrocaron en Zarskoyeselo. Y Ke­rensky fugó por segunda vez. Los bolcheviques enviaron mensajeros a todas las provincias comuni-cando la constitución del nuevo gobierno y la dación de los decretos de paz y de reparto de las tierras.

 

El telégrafo y los servicios de transporte boi­coteaban e incomunicaban. Las tropas del frente permanecieron fieles a ellos porque eran el par­tido de la paz.

 

Vino un período de negociaciones entre los So­viets y la Entente. Los Soviets propusieron a la Entente la negociación conjunta de la paz. Estas proposi-ciones no fueron tomadas en cuenta. Los bolcheviques se vieron obligados a dirigirse sepa­radamente a los alemanes. Se iniciaron las negociaciones de Brest Litovsk. Antes y después de ellas hubo conversaciones entre los represen­tantes diplomáticos de las potencias aliadas y Ru­sia. Pero fue imposible un acuerdo. Los aliados creían que los bolcheviques no durarían casi en

 

 

 

 

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El gobierno. La paz de Brest Litovsk fue inevitable.

 

*  *  *

 

Esta es, rápidamente sintetizada, la historia de la Revolución Rusa. Haré al final de este curso de conferencias, la historia de la República de los Soviets, la explicación de la legislación rusa, el estudio de las instituciones rusas, el análisis de la política sovietista. Conforme al programa del curso, que como ya he dicho agrupa los acon­tecimientos con cierta arbitrariedad, pero permite su mejor comprensión global, en la próxi­ma conferencia hablaré de la Revolución Alemana. Y llegaremos así a otro episodio sustancial, a otro capítulo primario, de la historia de la crisis mundial que es la historia de la descom­posición, y de la decadencia o del ocaso de la or­gullosa civilización capitalista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SEXTA CONFERENCIA*

 

 

LA REVOLUCION ALEMANA

 

EL tema de la conferencia de esta noche es la Revolución Alemana.

 

En las conferencias precedentes, he expuesto los aspectos principales del proceso de genera­ción, de incubación de la Revolución Alemana.

 

He dicho ya que la guerra no fue popular en Alemania; que el gobierno alemán condujo la guerra con el viejo criterio de guerra relativa, de guerra militar, de guerra no total; que el go­bierno alemán no supo crear ningún mito popular capaz de asegurarle la adhesión sólida de las clases populares; y que la guerra fue presentada al pueblo alemán exclusivamente como gue­rra de defensa nacional. Mientras el gobierno alemán mantuvo viva la esperanza de la victoria; mientras ningún fracaso militar desacreditó su aventura; mientras pudo evitar al pueblo el ham­bre y las privaciones, consiguió que la opinión pública sufriese, sin rebelión, la guerra. Pero no consiguió apasionar a las masas por sus ideales imperialistas. La guerra no era popular en el proletariado. Los intelectuales, la inteligencia alemana, se pusieron, en su mayoría, al servicio de la guerra, al servicio de la agresión, y crearon una cínica, una delirante literatura de guerra.

 

Los poetas alemanes cantaron la guerra y de­nigraron la paz. Tomás Mann escribió: «El hom­bre se malogra en la paz. El reposo perezoso es la tumba del corazón. La ley es la amiga del dé­bil; ella quiere aplanarlo todo; si ella pediera, achataría al mundo; pero la guerra hace surgir la fuerza».

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* Pronunciada el viernes 20 de Julio de 1923 en el local de la Federación de Estudiantes (Palacio de la Exposi­ción). Una reseña periodística de esta conferencia se encuentra en La Crónica del 23 de Julio del mismo año.

 

 

 

 

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Heinrich Vierordt escribió su Deutschland, ha­sse (Alemania, odia). El profesor Ostwald escri­bió: «Alemania quiere organizar Europa, pues Europa hasta ahora no ha estado organizada».

 

Finalmente, los famosos 93 intelectuales alema­nes suscribieron aquel célebre manifiesto auspi­ciando y defendiendo, servilmente, la guerra alemana. Pero, no obstante toda esta literatura bé­lica, únicamente la burguesía y la pequeña bur­guesía deliraron de nacionalismo. El proletariado declaró apoyar la guerra no por convicción, sino por deber. El proletariado no suscribió nunca los cínicos conceptos de los intelectuales burgueses y pequeño burgueses.

 

Además, casi desde el primer momento, apenas pasado el período de into-xicación y de confusión de la declaratoria, se alzaron en Alemania algu­nas honradas y valientes voces de protesta.

 

Cuatro sabios alemanes tomaron posición con­tra los noventitrés intelectuales del manifiesto y publicaron un contra-manifiesto. Ya os he ha­blado de estos cuatro sabios que fueron el físico Einstein, el fisiólogo Nicolai, el filósofo Buek y el astrónomo Foerster. El poeta Hermann Hesse, asilado como Romain Rolland en Suiza, escribió un canto a la paz y un llamado a los pensadores de Europa, invitándolos a salvar lo poco de paz que podía todavía ser salvado y a no saquear, ellos también, con su pluma el porvenir europeo. La revista Die Weissen Blaetter* fue un hogar de los intelectuales alemanes fieles a la cau­sa de la unidad moral de Europa y de la civili­zación occidental. Y varios líderes del proletariado, Karl Liebknecht, Rosa Luxemburgo, Kurt Eis­ner, Franz Mehring, Leon Joguiches y otros más, reaccionaron contra la guerra y denunciaron su meta imperialista y contra-revolucionaria. Carlos Liebknecht, fue uno de los catorce diputados contrarios a los créditos de guerra el 4 de Agos­to; pero estos catorce diputados no votaron con­tra los créditos en el Parlamento sino en el seno del grupo socialista parlamentario.

 

La gran mayoría del grupo acordó votar los créditos. Y los catorce diputados de la minoría,

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* Revista pacifista que agrupó a destacadas plumas eu­ropeas.

 

 

 

 

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Carlos Liebknecht entre ellos, resolvieron someterse a la decisión de la mayoría. Pero Carlos Liebknecht sintió muy pronto la necesidad de sal­var su propia y personal responsabilidad de líder y de intelectual socialista. Y en diciembre de 1914 votó contra los nuevos créditos de la guerra, sin hacer caso de la voluntad del grupo socialista parlamentario.

 

Por supuesto, dentro y fuera del Reichstag,* del parlamento alemán una tem-pestad se desen­cadenó contra Carlos Liebknecht. Y en enero de 1915 Carlos Liebknecht fue movilizado en el ejér­cito. Se le envió a Kustrin. Liebknecht se negó a aceptar el fusil. Se le trasladó entonces a una compañía de obreros, de sospechosos, a Lorena. Luego se le mandó al frente de Rusia. Y, desde el frente, Carlos Liebknecht escribió a sus hijos el 21 de diciembre: "Yo no dispararé". Asistió aún, a otras sesiones del Reichstag, donde nuevamente insurgió repetidas veces contra el gobierno ale­mán y contra la guerra. Los clamores de la Cámara cubrieron, ahogaron, acallaron invariablemente su voz solitaria y heroica. Pero Carlos Liebknecht no renunció a su propaganda, unido a Rosa Luxemburgo, a Franz Mehring, a Clara Zetkin, escribió aquellas célebres cartas, suscri­tas con el seudónimo de Spartacus,** que más tarde fue el nombre del Partido Comunista Alemán.

 

El 1º de Mayo de 1918 se realizó en Berlín la primera demostración pública contra la guerra. Carlos Liebknecht, disfrazado de civil, asistió a ella. Fue arrestado y procesado por traición a la Patria. El tribunal militar lo condenó entonces a cuatro años de trabajos forzadas. Un año más tarde, la revolución le abrió las puertas de la cár­cel. La figura de Liebknecht, como vemos, no era la única en las filas dirigentes del proletariado alemán que luchaba contra la guerra.

 

Al lado de Liebknecht se agrupan varias figu­ras gloriosas.

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* Una rama del Parlamento alemán compuesto por el Reichstag o reunión de los diputados del pueblo. La otra era el Bundstag o reunión de los delegados de los Estados.

** Ver Espartaco en el I.O.

 

 

 

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He mencionado ya a Rosa Luxemburgo, a Clara Zetkin, a Eugenio Levinés. Todos estos líderes reconocieron que su deber era combatir a la guerra, como reconocieron, más tarde, que su deber era llevar a su meta final la revolución. Todos ellos militaron, con Carlos Liebknecht, en el grupo Spartacus, célula inicial del Partido Co­munista Alemán. Pero de su conducta durante la revolución misma me ocuparé oportunamente Ahora no está en examen sino su conducta du­rante la pre-revolución, porque, basándome en ella, estoy sosteniendo que existía en el movi­miento proletario alemán un ambiente distinto acerca de la guerra que en el movimiento proleta­rio en las naciones aliadas. Un numeroso núcleo de opinión proletaria, reprimido, es verdad, marcialmente por la acción del gobierno, luchaba por rebelar contra la guerra al proletariado alemán. Y los cien diputados del socialismo alemán, la mayoría de los líderes de la social-democracia, no podían dar a la guerra una adhesión ardorosa, un apoyo incondicional. La burguesía y la clase me­dia alemanas peleaban por los ideales del milita­rismo prusiano, por el dominio del mundo, por el Deutschland Uber Alles,* por el ubervolk,** por el sometimiento de Europa a la organización alemana; pero el proletariado alemán, conforme a las palabras de orden de sus líderes mayorita­rios, no peleaba sino por un interés de defensa nacional. El proletariado alemán no sentía la ne­cesidad absoluta de la guerra jusqu'au bout,***de la guerra hasta el fin, de la guerra absoluta y, sobre todo, hasta el anonadamiento total del enemigo.

 

Wilson y su propaganda democrática, Wilson y sus Catorce Puntos, Wilson y sus ilusiones de un nuevo código de justicia internacional, en­contraron, por consiguiente, en el frente alemán, un frente permeable, un frente vulnerable, un frente franqueable. Ya he dicho la resonancia re­volucionaria que tuvo en el pueblo el progra­ma wilsoniano. Desde que al pueblo austriaco le fue dicho que los aliados no combatían contra

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* Alemania sobre todos.

** Sobre el pueblo.

*** Hasta el fin.

 

 

 

 

 

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ellos sino contra sus gobiernos, desde que les fue asegurado que no se les impondría una paz de anexiones, ni de indemnizaciones, el pueblo ale­mán y el pueblo austríaco empezaron a sentir cada vez menos la necesidad de la guerra. Ade­más, como ya he dicho también, la propaganda wilsoniana estimuló y despertó en las nacionali­dades encerradas en el Imperio Austro-Húngaro viejos y arraigados ideales de independencia na­cional.

 

Y, de otra parte, la Revolución Rusa reper­cutió también revolucionariamente en el prole­tariado austríaco y en el proletariado alemán. Dos propagandas se juntaron para minar y fran­quear el frente austro-alemán: la propaganda democrática de Wilson y la propaganda maximalis­ta de los bolcheviques.

 

Los efectos de estas propagandas tuvieron que manifestarse a continuación del primer quebran­to militar austro-alemán. La ofensiva italiana en el Piave encontró al ejército austríaco mal dis­puesto al sacrificio.

 

Las tropas checoeslovacas capitularon casi en masa. Y en el frente alemán, la noticia de este desastre y la ofensiva francesa, desencadenaron la explosión de los gérmenes revolucionarios du­rante tanto tiempo acumulados.

 

El pueblo alemán y el ejército alemán mani­festaron su voluntad de paz y de capitulación. E insurgieron contra el Kaiser y la monarquía, con­tra el régimen responsable de la guerra, culpa­ble de la derrota. Deslindaron la responsabi-lidad del gobierno y del pueblo alemán. Y barrieron a la monarquía y a todas sus instituciones.

 

El 9 de noviembre de 1918, a poco más de un año de distancia de la Revolución Rusa, se pro­dujo la Revolución Alemana. La historia de los acontecimientos de esos días es conocida. Estalló una huelga revolucionaria en Kiel y Hamburgo. Se insurreccionaron los marineros, quienes en automóviles marcharon sobre Berlín. La huelga general fue proclamada. Las tropas se negaron a reprimir al proletariado insurgente. El Kaiser abdicó y abandonó Berlín. Y los revolucionarios proclamaron la República en Alemania. La re-

 

 

 

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volución tuvo en ese instante un carácter netamente proletario.

 

Se constituyeron en Alemania los consejos de obreros y soldados, los soviets en suma. Y se formó un ministerio de socialistas mayoritarios. Pero este ministerio no comprendió al ala izquierda del socialismo, al grupo de Karl Liebknecht, Ro­sa Luxemburgo, Franz Mehring, Clara Zetkin, etc., contrario a un compromiso con los socialistas mayoritarios que habían amparado la guerra. Más aún, entre el grupo de Carlos Liebknecht y Rosa Luxemburgo y los socialistas gobernantes se abrieron rápidamente las hostilidades. Carlos Liebknecht fundó la Unión Spartacus, el Partido Comunista Alemán y el órgano periodístico de los espartaquistas Die Rote Fahne (La Bandera Roja).

 

Los espartaquistas propugnaron la realización del socialismo a través de la dictadura del pro­letariado, del gobierno de los soviets. Reclamaron la confiscación de todas las propiedades de la Corona en beneficio de la colectividad; la anu­lación de las deudas del Estado y los empréstitos de guerra; la expropiación de la propiedad agrí­cola grande y media y la cons-titución de coo­perativas agrícolas encargadas de administrarlas, mientras las pequeñas propiedades permanecían en manos de sus pequeños poseedores hasta que quisieran voluntariamente unirse a las coopera­tivas; la naciona-lización de todos los bancos, mi­nas, fábricas y grandes establecimientos indus­triales y comerciales. En suma, los espartaquistas propusieron la actuación en Alemania del programa actuado en Rusia por los maximalistas. Los socialistas mayoritarios, Ebert, Scheidemann, etc., eran adversos a este programa. Y las masas que los seguían no estaban espiritualmente preparadas para una transformación tan radical del régimen de Alemania. Los socialistas indepen­dientes, Kautsky, Hasse, Hilferding, etc., se mos­traron vacilantes. No se inclinaban por el limitado y opacado reformismo de los socialistas mayo­ritarios ni por el revolucionarismo de los espartaquistas. Los espartaquistas iniciaron, a la mane­ra bolchevique, una campaña de agitación pro-

 

 

 

 

 

 

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gresiva. Las figuras que acaudillaban la Unión Spartacus eran, ciertamente, figuras de primer rango en el movimiento proletario alemán. Carlos Liebknecht, era hijo de Guillermo Liebknecht, uno de los patriarcas del socialismo alemán. Era, pues, heredero de un nombre glorioso en la historia del socialismo alemán; además, dueño de una figuración brillante, intensa, continua en la vanguardia del proletariado. Su pura intranquilidad e intran-sigencia durante la guerra daba a su nombre una aureola llena de sugestión. Rosa Luxemburgo, figura internacional y figura intelectual y dinámica, tenía también una posición eminente en el socialismo alemán. Se veía, y se res-petaba en ella, su doble capaci­dad para la acción y para el pensamiento, para la realización y para la teoría. Al mismo tiem­po era Rosa Luxemburgo un cerebro y un brazo del proletariado alemán. Franz Mehring era uno de los teóricos más profundos, más luminosos y más eruditos del marxismo, autor de una serie de obras profundas y admirables, había escrito, precisamente, un libro fundamental sobre Marx y sobre el marxismo. Era viejo, tenía 72 años, pero conservaba el temple y el fervor de la ju­ventud. Eugenio Levinés, polaco ruso, que par­ticipó en Rusia en la revolución de 1905 y que entonces sufrió la prisión en Siberia, era otra noble y bizarra figura revolucionaria, provenía de una familia rica y poseía una vasta cultura literaria y científica. Había renun-ciado, sin em­bargo, a sus prerrogativas de intelectual y se ha­bía hecho obrero.

 

León Jogisches, periodista polaco, también era un notable tipo de agitador, de propagandista y de revolucionario, era el colaborador, el confi­dente, el amigo de Rosa Luxemburgo. En el par­tido socialista polaco había tenido una actuación sobresaliente, en la Unión Spartacus era el orga­nizador enérgico e incansable de la acción y de la propaganda.

 

Clara Zetkin, en fin, la única figura que sobrevive de este grupo de líderes, de conductores y de apóstoles, era de la misma estatura moral e intelectual.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Este fuerte, homogéneo e inteligente estado mayor del espartaquismo, consiguió agitar, sacu­dir potentemente al proletariado alemán. Las ma­sas obreras alemanas carecían de preparación es­piritual y revolucionaria, y de esto os hablaré dentro de un instante al hacer la crítica de la revolución. Sin embargo, los jefes espartaquistas consiguieron organizar una nueva van-guardia proletaria. Esta vanguardia proletaria era una vanguardia de acción; pero los jefes espartaquis­tas no pretendían lanzarla prematuramente a la conquista del poder. Se proponían usarla para despertar la conciencia del proletariado, capaci­tarla cada día más para la acción, robustecerla numéri-camente, prepararla para el asalto decisi­vo en la hora oportuna,

 

La táctica de los socialistas mayoritarios, del gobierno de Ebert y de Scheidemann, consistió por esto en precipitar la acción revolucionaria de los espartaquistas, en atraer a los espartaquis­tas al combate antes de tiempo, en obligarlos a empeñar la batalla inmaduramente. Los socialis­tas mayoritarios necesitaban de la violencia de los espartaquistas a fin de reprimir su violencia con una violencia mayor y eliminar de esta suerte a un enemigo creciente-mente peligroso. Las masas espartaquistas, imprudentemente, no midieron sus pasos. El gobernador de Berlin, Eichorn, era so­cialista de izquierda, un revolucionario, exten­samente popular en la capital alemana, Era un elemento indócil a la reacción y leal a la revo­lución y al proletariado. El gobierno socialista mayoritario resolvió exigirle su renuncia. Era és­ta una provocación al proletariado revoluciona­rio de Berlín,

 

El domingo 5 de Enero de 1919 hubo grandes demostraciones revolucionarias en Berlin. Al día siguiente se declaró la huelga. Las masas, indig­nadas contra el órgano oficial del Partido Socialista, el Vorwaerts,* del cual se habían adueñado algunos socialistas mayoritarios, resolvieron ocupar por la fuerza éste y algunos otros diarios. Construyeron barricadas, pero se esforzaron por

 

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* Periódico del socialismo mayoritario dirigido por Ebert y Scheideman que oponían el sentido revolucionario de los "espartaquistas" una moderada línea reformista.

 

 

 

 

 

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evitar efusiones de sangre, invitando a las tro­pas por medio de grandes carteles, a no dispa­rar contra sus hermanos proletarios. Los cho­ques comenzaron, sin embargo, muy en breve. Algunos agentes provocadores, según parece, fueron utilizados para encender la lucha. El caso es que entre las tropas y las masas espartaquistas se empeñó el combate. Noske, un socialista ma­yoritario, se encargó del Ministerio de Guerra y con el concurso entusiasta de los oficiales del antiguo régimen, organizaron la represión de los insurrectos. Hubo en Berlín varios días de san­grientas batallas.

 

El domingo 12 los espartaquistas que ocupaban el Vorwaerts enviaron seis parlamentarios desar­mados a negociar la paz con los sitiadores de la imprenta ocupada. Los seis parlamentarios fueron fusilados. Los combates prosiguie-ron. Los jefes espartaquistas no habían querido nunca conducir a las masas a la lucha, pero una vez empren­dida ésta, una vez iniciada la batalla, sintieron que su deber era ocupar su puesto al lado de las masas.

 

Las autoridades les atribuyeron la responsabi­lidad íntegra de la insurrección de las masas espartaquistas y se echaron en su persecución. En la tarde del 15 de Enero, Carlos Liebknecht y Ro­sa Luxemburgo, que se habían refugiado en una casa amiga, en un barrio del oeste de Berlin, en Wilmersdof, fueron arrestados por la tropa. Horas más tarde fueron asesinados

 

La versión oficial de su muerte dice que, tanto el uno como el otro, intentaron escapar de manos de sus custodios, y que éstos, para evitar la fuga, se vieron obligados entonces a disparar y ma­tarles. Pero la verdad fue otra.

 

Liebknecht y Rosa Luxemburgo cayeron en manos de oficiales del antiguo régimen, enemigos fanáticos de la revolución, reaccionarios deliran­tes, que odiaban a todos los autores de la caída del Kaiser por conceptuarlos respon-sables de la capitulación de Alemania. Y esta gente no quiso que los dos grandes revolucionarios ingresasen vivos en una prisión.

 

Pero con este sangriento episodio de la muerte

 

 

 

 

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de Carlos Liebknecht y Rosa Luxemburgo no se extinguió la ola revolucio-naria. La vanguardia del proletariado alemán seguía reclamando del gobierno una política socialista. Los socialistas mayoritarios que, con el concurso y el beneplá­cito de la burguesía, habían reprimido truculen­tamente la insurrección espartaquista, resultaban cada día más embarazados para desenvolver en el gobierno un programa de socialización.

 

En febrero y marzo el proletariado vuelve, gradualmente, a asumir una posición de combate. Se suceden de nuevo las huelgas que, de la región del Rhin y de Westfalia, se extienden a la Alemania central, a Baden, a Baviera, a Wur­tenberg. En estas huelgas los trabajadores pasan de las reclamaciones de aumento de salarios a la demanda de la socialización y de la instau­ración de un gobierno sovietista. El gobierno mayoritario aplaca estos movimientos con una serie de vagas y pomposas promesas. Y con es­tas promesas consigue aquietar a las masas. Pero una parte de ellas manifestó una decidida voluntad revolucionaria. Y se produjeron en Ber­lín nuevas jornadas sangrientas. Las víctimas de la represión se contaron una vez más por millares. Y el esparta-quismo perdió a otro de sus me­jores jefes. León Jogisches, capturado poco des­pués de las jornadas de marzo, tuvo una suerte análoga a Carlos Liebkne-cht y Rosa Luxemburgo. No fue asesinado en el camino de la prisión, sino en la prisión misma. Se dijo que había intentado fugar (la eterna historia de la fuga), y que por esto había sido preciso disparar contra él.

 

Pero con estas batallas de la vanguardia pro­letaria de Berlín no cesó aquel período de acti­vidad revolucionaria en Alemania. También el proletariado de Munich libró valientes batallas. Y la represión en Munich fue más sangrienta, más dura, más costosa todavía para el proletariado que la represión en Berlín.

 

En Munich, en Baviera, se llegó a instaurar el régimen de los soviets. La república sovietista de Munich, fue de un sovietismo artificial, de un comunismo de fachada, y esto era natural. Predo­minaban en este gobierno elementos reformistas,

 

 

 

 

 

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elementos semi-burgueses que no daban a la República Bávara una orien-tación realmente revo­lucionaria. La vida de esta república sovietista no podía, pues, ser larga. De una parte, porque este gobierno sovietista en la forma, reformista en el contenido, no era capaz de desarmar a la burguesía, de abolir sus privilegios ni de desa­lojarla de sus posiciones. De otra parte, porque la Baviera era la región de Alemania menos ade­cuada a la instauración del socialismo.

 

La Baviera es la región agrícola de Alemania. La Baviera es un país de haciendas y de latifun­dios: no es un país de fábricas.

 

El proletariado industrial, eje de la revolución proletaria, se encuentra, pues, en minoría. El proletariado agrícola, la clase media agrícola, predomina absolutamente. Y, como es sabido, el proletariado agrícola no tiene la suficiente satu­ración socialista, la suficiente educación clasista para servir de base al régimen socialista.

 

El instrumento de la revolución socialista será siempre el proletariado indus-trial, el proletariado de las ciudades. Además, no era posible la realización del socialismo en Baviera, subsistien­do en el resto de Alemania el régimen capitalista. No era concebible siquiera una Baviera so­cialista, una Baviera comunista dentro de una Alemania burguesa.

 

Vencida la revolución comunista en Berlín, estaba vencida también en Munich. Los comunis­tas bávaros no renunciaron, sin embargo, a la lu­cha, y combatieron sin tregua por transformar la república sovietista de Munich en una verda­dera república comunista. Poco a poco esta transformación empezó a operarse. La conciencia del proletariado bávaro se desarrolló más día a día. A los puestos directivos fueron llevados obreros efectivamente revolucio-narios. Ese fue, simultá­neamente, el instante de la contraofensiva bur­guesa. Vencedora del proletariado en Berlín, la burguesía alemana inició el ataque contra el pro­letariado en Munich. Las masas comunistas de Munich no tuvieron mejor fortuna que las de Berlín.

 

Y otro de los líderes del espartaquismo, Euge-

 

 

 

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nio Levinés, aquel intelectual polaco-ruso de que les he hablado hace pocos momentos, fue el már­tir de esta jornada revolucionaria. Eugenio Le­vinés no fue asesinado como Carlos Liebknecht, como Rosa Luxemburgo, etc., sino fusilado en una prisión de Munich. Se le siguió un proceso relámpago y se le condenó a muerte. Frente al pelotón de ejecución, Eugenio Levinés se portó valientemente. Y murió con el grito de "¡Viva la Revolución Universal!", en los labios.

 

Estos son, ligeramente narrados, los principales episodios espartaquistas de la Revolución Alema­na. Este fue el instante más agudo y culminante de la revolución.

 

El pueblo alemán, pasado este período de agi­tación que los líderes del espar-taquiamo crearon con su acción incansable, mostró una capacidad revolucio-naria, una voluntad revolucionaria cada día menor.

 

El poder estuvo, primeramente, en manos de los socialistas mayoritarios, apoyados por los so­cialistas independientes o sea los socialistas cen­tristas. Estuvo, después, en manos de los socialistas mayoritarios únicamente. Luego, los socialistas mayoritarios, educados en la escuela de­mocrática, necesitaron la colaboración de dos partidos burgueses: el Centro Católico, el Partido de Erzberger, y el Partido Demócrata, el partido de Walther Rathenau y del Berliner Tageblatt.

 

Como los socialistas mayoritarios, contrarios a la tesis de la dictadura del proletariado, habían convocado a elecciones parlamentarias, quedaron a merced de las combinaciones del equilibrio par­lamentario. Faltándoles la colaboración de una parte de los votos socialistas, tenían que buscar la cooperación de igual o mayor número de votos burgueses. La asamblea nacional sancionó en Weimar una constitución democrática; pero no una constitución socialista. Los socialistas mayo­ritarios, dentro del régimen parlamentarista, no podían conservar íntegramente el poder; pero eran indispensables para la constitución de una mayoría. Por eso, los hemos visto entrar en todos los gabinetes de coalición que se han sucedi­do. Pero en el gabinete actual, en el gabinete

 

 

 

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de Cuno, no figuran ya los socialistas mayori­tarios.

 

Su neutralidad benévola en el parlamento si­gue siendo necesaria para la vida del ministe­rio. Pero el ministerio no es ya un ministerio con participación de los socialistas mayoritarios, sino un ministerio de coalición de los partidos burgueses alemanes, coalición en la cual no falta sino la extrema derecha burguesa, el partido pan-germanista, o sea el partido de la monarquía.

 

La Revolución Alemana, después de la insu­rrección espartaquista, no ha hecho sino virar a la derecha, siempre a la derecha. Primero, el po­der fue ejercido por los socialistas de la derecha y del centro, unidos; después por los socialistas de la derecha solamente. Más tarde, por los socialistas de la derecha, en colaboración con los par­tidos burgueses más liberales.

 

Actualmente, por estos partidos burgueses, amparados en la neutralidad benévola de los so­cialistas de derecha, la Revolución Alemana ha ido perdiendo cada vez más todo carácter socialista, y afirmándose cada vez más en su carácter democrático, en su carácter burgués. Por eso, ahora; se dice que la Revolución Alemana no se ha consumado aún. Que la Revolución Alemana se ha iniciado no más.

 

Rodolfo Hilferding, antiguo líder de los socialistas independientes, dijo en el Congreso de Halle en 1920: «Nosotros hemos dicho siempre que el 9 de diciembre no fue en un cierto sentido una verdadera revolución. Nosotros hicimos todo lo posible, primero durante la guerra y después al comienzo de la revolución, por dar a ésta el as­pecto más decisivo». Y Walther Rathenau, líder demócrata, pensador notable de la burguesía alemana, que, como recordaréis, fue asesinado hace un año por un nacionalista alemán, en su notable libro La Triple Revolución, emite opinio­nes muy interesantes sobre la fisonomía y el al­cance de la Revolución Alemana. Walther Rathe­nau dice: «Nosotros llamamos Revolución Alemana, a algo que fue la huelga general de un ejército vencido»,

 

 

 

 

 

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A continuación Walther Rathenau señala que, mientras en Rusia existía una antigua prepara­ción revolucionaria, en Alemania no había pre­paración revolucionaria ninguna. El proletariado alemán carecía de estímulos revolucionarios. Gozaba de un tenor de vida discretamente cómodo. Le era permitido vivir con higiene, con desahogo, con limpieza. Y hasta le era permitido ahorrar modestamente. El Estado ayudaba a las familias numerosas. En el orden económico, el proletariado alemán había hecho mayores con-quistas que proletariado alguno. Y por esto mis­mo se había desinteresado de las conquistas en el orden político.

 

El Kaiser, la monarquía, se reservaban el manejo, la dirección de la política exterior e inte­rior del Estado. Al proletariado esto no le preo­cupaba casi porque no rozaba ningún interés inmediato suyo. En el proletariado alemán no había, por consiguiente, un real estado de conciencia revolucionaria. Mejor dicho, este estado de conciencia era demasiado embrionario, demasia­do naciente, demasiado incipiente. La revolución sorprendió, pues, impreparado al proletariado alemán. Naturalmente, de entonces acá la pre­paración revo-lucionaria del proletariado alemán ha hecho camino. Hoy esa preparación es mucho mayor que en 1918.

 

El Estado burgués vira cada día más a la de­recha; pero las masas populares viran cada día más a la izquierda. Cada día manifiestan mayor saturación, mayor conciencia, mayor preparación revolucionarias. Precisamente, este apartamiento de los socialistas mayoritarios del gobierno, se ha operado bajo la presión de las masas.

 

Por todas esas razones, los actuales aconteci­mientos alemanes no son sino episodios de la Revolución Alemana, el actual gobierno burgués de Alemania no es sino un período, un capítulo, de la Revolución Alemana. La Revolución Alemana no se ha consumado, porque una revolu­ción no se consuma en meses ni en años; pero tampoco ha abortado, tampoco ha fracasado. La Revo-lución Alemana se ha iniciado únicamente. Nosotros estamos presenciando su desarrollo.

 

 

 

 

 

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Un período de reacción burguesa es un perío­do de contra-ofensiva burguesa, pero no de de­rrota definitiva proletaria. Y, desde este punto de vista, que es lógico, que es justo, que es exacto, que es histórico, el gobierno fascista, la reacción fascista en Italia, es un episodio, un capítulo, un período de la Revolución Italiana, de la gue­rra civil italiana. El fascismo está en el gobier-no; pero el proletariado italiano no ha capitulado, no se ha desarmado, no se ha rendido. Se prepara para la revancha.

 

Mientras tanto, el fascismo para llegar al go­bierno ha necesitado pisotear los principios de la democracia, del parlamentarismo, socavar las bases institucio-nales del viejo orden de cosas, en­señar al pueblo que el poder se conquista a tra­vés de la violencia (1), demostrarle prácticamente que se conserva el poder sólo a través de la dic­tadura (1). Y todo esto es eminentemente revolucio­nario, profundamente revolucionario. Todo esto es un servicio a la causa de la revolución.

 

En la próxima conferencia me ocuparé de la disolución del Imperio Austro-Húngaro y de la Revolución Húngara. Y entraré luego en el exa­men de la Paz de Versalles, de aquella paz que ha sido el fracaso de las ilusiones democrá-ticas de Wilson, y que ha dejado a Europa la heren­cia de esta situación.

 

Pero esto no podrá ser el próximo viernes porque el próximo viernes será el 27 de julio, día de fuegos artificiales y de nochebuena, sino el viernes 4 de agosto.

 

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(1) subrayado nuestro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SEPTIMA CONFERENCIA*

 

 

LA REVOLUCION HUNGARA

 

REANUDAMOS esta noche nuestras conversa­ciones sobre la historia de la crisis mundial, inte­rrumpidas por tres semanas de vacaciones. Lle­gamos hoy a un capítulo intensamente dramáti­co de la historia de la crisis mundial. El progra­ma de este curso de conferencias nos señala así el tema. La Revolución Húngara. El Conde Ka­rolyi. Bela Kun. Horthy. Estos tres nombres, Ka­rolyi, Bela Kun, Horthy, sintetizan las fases de la Revolución Húngara: la fase insurreccional y democrática, la fase comunista y proletaria, la fase reaccio-naria y terrorística. Karolyi fue el hombre de la insurrección húngara; Bela Kun fue el hombre de la revolución proletaria; Hor­thy es el hombre de la reacción burguesa, del terror blanco y de la represión brutal y trucu­lenta del proletariado.

 

Aquí, donde se conoce mal la Revolución Rusa, se conoce menos todavía la Revolución Húngara, y esto se explica. La historia de la Revolución Rusa es la historia de una revolución victoriosa, mientras la historia de la Revolución Húngara es, hasta ahora, la historia de la revolución vencida. El cable no ha cesado de contarnos cosas espeluznantes de la Revolución Rusa y de sus hombres, pero casi nada nos ha contado de la reac­ción húngara ni de sus hombres. Y los buenos burgueses, tan consternados con el terror rojo, con el terror ruso, no se consternan absolutamen­te con el terror blanco, con el terror de la dictadura de Horthy en Hungría; sin embargo, nada más sangriento, nada más trágico que este pe‑

 

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* Pronunciada el viernes 18 de agosto de 1923 en el local de la Federación de Estudiantes (Palacio de la Exposi­ción), después de una pausa de tres semanas de vaca­ciones. No existe reseña periodística alguna de esta conferencia.

 

 

 

 

 

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ríodo sombrío y medioeval de la vida húngara. Ninguno de los crímenes imputados a la revolu­ción rusa es comparable a los crímenes cometi­dos por la reacción burguesa en Hungría.

 

Veamos, ordenadamente, las tres fases de la Revolución Húngara. He expli-cado ya el proce­so de la Revolución Alemana y de la Revolución Austríaca. Bien. El proceso de la Revolución Húngara es, en sus grandes lineamientos, el mismo. Pero tiene siempre algo de fisonómico, algo de particularmente propio. Además del can­sancio, de la fatiga, del descontento de la guerra, prepararon la Revolución Húngara los anhelos de independencia nacional súbitamente desper­tados, excitados y estimulados por la propaganda wilsoniana.

 

Wilson soliviantaba a los pueblos contra la au­tocracia y contra el absolutismo y los solivianta­ba, al mismo tiempo, contra el yugo extranjero. Hungría, como sabéis, sufría la dominación de la dinastía austríaca de los Habsburgo.

 

Los húngaros, diferentes como raza, como idio­ma y como historia, de los austríacos, no convi­vían voluntariamente con los austríacos dentro del Imperio Austro-Húngaro. La derrota, por eso, no causó en Austria-Hungría únicamente la re­volución: causó también la disolución. Las na­cionalidades que componían el Imperio Austro-Húngaro se independizaron y separaron. Y na­turalmente, las potencias vencedoras estimularon este fraccionamiento de Austria-Hungría en va­rios pequeños estados.

 

Como ya he dicho en otra ocasión, el frente austríaco fue debilitado antes que el frente ale­mán, precisamente a causa de los ideales separa­tistas de las nacionalidades que formaban parte de Austria-Hungría, y, consecuentemente, el fren­te militar austríaco cedió antes que el frente militar alemán. Ante la ofensiva victoriosa de los italianos en el Piave, los soldados checoes­lavos y los soldados húngaros, fatigados de la guerra, improvisadamente tiraron las armas y se negaron a seguir combatiendo. Acontecía esto a fines de octubre de 1918. La rebelión de las tro­pas del frente contra la guerra, se propagó ve-

 

 

 

 

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lozmente en todo el ejército húngaro. Y se ini­ció así la Revolución Húngara que, al igual que la Revolución Alemana, fue, en un principio, la huelga general de un ejército vencido, conforme a la frase de Walther Rathenau. Como la Revo­lución Alemana, la Revolución Húngara empezó con la insurrección militar, pero en Hungría esta insurrección militar no fue seguida, inmediatamente, con una insurrección proletaria. El movi­miento proletario era todavía demasiado inmadu­ro, demasiado incipiente. El proletariado húnga­ro carecía aún de una sólida conciencia revolu­cionaria clasista. El Conde Miguel Karolyi pre­sidió el primer gobierno revolucionario. Este go­bierno, emergido de la insurrección del 31 de Oc­tubre, fue un gobierno de la burguesía radical coaligada con la social-democracia.

 

El conde Karolyi fue, en cierta forma, el Ke­rensky de la Revolución Húngara. Pero fue un Kerensky menos sectario, más revolucionario, más interesante, más sugestivo. El Conde Karolyi era un viejo agitador del nacionalismo húngaro. Un agitador de tipo radical, y proveniente de la aristocracia húngara, pero contagiado de la men­talidad social-democrática de su época. Un agi­tador de temperamento romántico, fácilmente inflamable, capaz de cualquier bizarra locura, exento de las supersticiones democráticas y bur­guesas del mediocre Kerensky.

 

La distancia mental y espiritual que separa a ambas figuras resulta más clara y ostensible des­pués de su gobierno que durante éste. Mientras Kerensky no ha cesado de orientarse hacia la derecha y de aproximarse a los capitalistas y hasta a los monárquicos rusos, Karolyi ha evolu­cionado cada día más hacia la izquierda. Tanto que hace dos años, aproximadamente, fue expul­sado de Italia, acusado de agente bolchevique. Yo tuve oportunidad de conocerlo en Florencia en enero de 1921. O sea hace dos años y medio. Era en vísperas del famoso Congreso Socialista de Livorno, donde el Partido Socialista italiano se escisionaría.

 

César Falcón y yo aguardábamos en Florencia, que no está sino a cuatro horas de Livorno, la

 

 

 

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fecha de la reunión del Congreso. Ocupábamos nuestro tiempo visitando los museos, los palacios y las iglesias de Florencia. Yo conocía ya Flo­rencia perfectamente. Hacía, pues, de cicerone de Falcón que, por primera vez, la visitaba.

 

Un día un periodista amigo nos enteró de que el Conde Karolyi residía de incógnito en una pensión de Florencia. Naturalmente, resolvimos en seguida buscarlo; el instante no era propicio para entrar en relación con el ex-presidente hún­garo. Los periodistas acababan de descubrir su presencia de incógnito en Florencia y lo asediaban para reportearlo. El conde Karolyi, por consiguiente, evitaba las entrevistas de los descono­cidos. Sin embargo, Falcón y yo conseguimos conversar con él. Charlamos extensamente sobre la situación europea en general y sobre la situa­ción húngara, en particular. En aquellos días, cinco comunistas húngaros, Agosto, Nyisz, Sga­bado, Bolsamgi y Kalmar, comisarios del pueblo del Gobierno de Bela Kun, habían sido condenados a muerte por el gobierno de Horthy. Karolyi estaba profunda-mente consternado por esta noti­cia, y puesto que su incógnito había sido violado por varios periodistas, decidió renunciar definiti­vamente a él para suscitar una campaña de opi­nión internacional en favor de los ex-comisarios del pueblo húngaro condenados a muerte.

 

Aprovechó de todos los reportajes que se le hicieron para solicitar la inter-vención de los es­píritus honrados de Europa en defensa de esas vidas nobles y próceres. A Falcón y a mí nos pidió que actuáramos en este sentido sobre los periodistas españoles.

 

En esa época, en suma, Karolyi hacía causa común con los comunistas húngaros, de igual suerte que Kerensky hacía causa común con los capitalistas y aun con los monarquistas rusos.

 

Esta nota anecdótica contribuye a delinear, a fijar la personalidad de Karolyi, y por esto la he intercalado en mi disertación. Pero volvamos ahora a la histo-ria ordenada de la Revolución. Examinemos el gobierno precario de Karolyi.

 

Al Gobierno de Karolyi en Hungría no obstante la disimilitud, la diferencia moral entre uno

 

 

 

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y otro líder, le acontecía aproximadamente lo mismo que al gobierno de Kerensky en Rusia. No representaba los ideales y los intereses del capita-lismo, y tampoco representaba los ideales y los intereses del proletariado.

 

Los soldados, de vuelta del frente y de la gue­rra, querían un pedazo de tierra, las viudas y los huérfanos de los caídos y los inválidos recla­maban el auxilio pecuniario del Estado. Y el go­bierno de Karolyi no podía satisfacer ni una ni otra demanda porque únicamente a expensas de la burguesía, a expensas del capitalismo, era po­sible satisfacerlas. Pero estas demandas insatis­fechas, crecían día a día cada vez más exaspe­radas.

 

El proletariado húngaro adquiría una concien­cia revolucionaria. Surgían aquí y allá consejos de fábrica. El ala izquierda del proletariado rom­pió con los social democráticos colaboracionistas y constituyó un Partido Comunista acaudillado por Bela Kun. Este Partido Comunista, al igual que los espar-taquistas alemanes, preconizaba la ejecución del programa maximalista. Algunas fá­bricas fueron ocupadas por los obreros. Esta cre­ciente ola revo-lucionaria alarmaba, por supuesto en grado extremo, a los elementos reaccionarios.

 

El capitalismo sentía amenazada la propiedad privada de las tierras y de las fábricas y organi­zaba rápida y activamente la reacción. Los no­bles, los latifundistas, los jefes militares, la extre­ma derecha en una palabra, se aprestaban para derrocar al débil gobierno de Karolyi, que no contentaba a las masas proletarias, pero tampoco garantizaba debidamente la seguridad del capi­talismo.

 

Simultáneamente, la situación internacional conspiraba también contra el gobierno de Ka­rolyi. Eran los días del armisticio y de la gesta­ción de la paz. Las potencias aliadas eran adversas a la constitución de una Hungría fuerte, o, más bien, estaban interesadas en que Yugoes­lavia, por una parte, y Checo-eslovaquia, por otra, se engrandecieran a costa del territorio húngaro.

 

Los elementos nacionalistas exigían de Karolyi una política enérgicamente reivindicacionista.

 

 

 

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Cada pérdida de terreno de Karolyi en el terreno internacional, era una pérdida de terreno en el terreno de la política interna.

 

Y llegó un día fatal para el gobierno de Ka­rolyi. Los gobiernos aliados le notificaron, por medio de su representante en Budapest, el Te­niente Coronel Vyx, que las fronteras de enton­ces de Hungría debían ser consideradas como definitivas. Estas fronteras significaban para Hungría la pérdida de enormes territorios. Ka­rolyi no podía someterse a estas condiciones. Si lo hubiera hecho, una revuelta chauvinista lo habría traído abajo en pocos días. No le quedó, pues, más camino que la dimisión, el abandono del poder, del cual se apoderó inmediatamente el proletariado. Frecuentemente se ha acusado a Karolyi de traición del orden burgués. Se le ha acusado de haber entregado el gobierno a la clase trabajadora. Pero, en realidad, los acontecimien­tos fueron superiores a la voluntad de Karolyi y a toda voluntad individual. De un lado la ola reaccionaria, y de otro lado la ola revolucionaria amenazaban el gobierno de Karolyi, condenado, por consiguiente, a desaparecer tragado por la una o por la otra. A un mismo tiempo, se preparaban para el asalto al poder la reacción y la revolución. Y bien, la hora era de la revolución. Abierto por el gobierno de Karolyi, el período revolucionario tenía que tocar a su máximo, tenía que llegar a su plenitud, antes de declinar. Y, cuando Karolyi dimitió, el proletariado se apre­suró a recoger en sus manos el poder, para evitar que se enseñorease en él la reacción de la no­bleza y de la burguesía más retrógrada.

 

Surgió así el gobierno de Bela Kun. El 21 de marzo de 1919, o sea a menos de cinco meses de la constitución del gobierno de Karolyi, se cons­tituyó el Consejo Gubernativo Revolucionario que declaró a Hungría República Sovietista.

 

A la creación de este gobierno revolucionario concurrieron comunistas y social-democráticos. Y este es el signo que distingue la revolución comunista húngara de la revolución comunista rusa. La dictadura del proletariado fue asumida en Rusia exclusivamente por el Partido Maxima-

 

 

 

 

 

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lista, con la neutralidad benévola de los social-revolucionarios de izquierda, pero con la aver­sión de los social-revolucionarios de derecha y centro y de los mencheviques. En Hungría, en cambio, la dictadura del proletariado fue ejerci­da por los comunistas y social-democráticos jun­tos. Aparentemente, esto daba fuerza al gobierno obrero de Hungría porque, en virtud del entendimien-to entre comunistas y social-democráticos, ese gobierno obrero representaba a la unanimi­dad del proletariado, a la unanimidad más uno. Todas las grandes tendencias proletarias en el poder; pero esto era, también, la debilidad de la República Sovietista Húngara.

 

El Partido Social Democrático no tenía sufi­ciente conciencia revolucionaria. Su masa diri­gente estaba compuesta de elementos reformistas, mental y espiritualmente adversos al maximalis­mo. Estos elementos provenían de la burocracia de los sindicatos. Eran viejos organizadores sindi­cales, envejecidos en la acción minimalista y con­tingente de la vida sindical, supersticiosamente respetuosos de la fuerza de la burguesía, despro­vistos de capacidad y de voluntad para colaborar solidariamente con los maximalistas, a quienes tachaban de jóvenes, inexpertos, de extremistas. ¿Por qué entonces los social-democráticos húnga­ros cooperaron y participaron decisivamente en la revolución? La explicación está en la situa­ción política de Hungría, bajo el gobierno de Karolyi, que he descrito anteriormente.

 

El gobierno de Karolyi, en el cual participaron los social-democráticos, estaba irremisiblemente condenado a caer arrollado por la revolución o por la reacción. Los social-democráticos se vieron, pues, en la necesidad de elegir entre la revolu­ción comunista y la reacción feudalista y aris­tocrática, y, naturalmente, tuvieron que optar por la revolución comunista. Algo más, tuvieron que apresurarla para eliminar el peligro de que la reacción ganase tiempo.

 

Cuando dimitió Karolyi, el directorio del Par­tido Comunista estaba en la cárcel. Los social-democráticos y los líderes comunistas trataron y pactaron entre ellos, pero, los primeros desde el

 

 

 

 

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poder, los segundos desde la prisión. Alrededor de los líderes comunistas estaba la mayoría de las masas, decidida a la revolución. Los social-democráticos no capitularon, luego, ante los lí­deres comunistas; capitulaban ante la mayoría del proletariado. Se rendían a la voluntad de las masas. Su capitulación fue, en apariencia, com­pleta. Los social-democráticos aceptaron íntegramente la ejecución del programa comunista. Pero la aceptaron sin convencimiento, sin fe, sin verdadera adhesión mental ni moral. La aceptaron, constreñidos, empujados, presionados por las circunstancias. En cambio de su adhesión al programa de los comunistas, no demandaron sino el derecho de participar en su realización.

 

Les dijeron a los comunistas: «Nosotros aceptamos vuestro programa; pero queremos colabo­rar en el gobierno destinado a ejecutarlo». Era una demanda lógica, era una demanda natural y era una demanda lícita. Los comunistas acce­dieron a ella. Y este fue su primer error. Porque, en virtud del carácter de la coalición social­-democrático-comunista, el gobierno sovietista de Hungría resultó un gobierno híbrido, un gobier­no mixto, un gobierno compuesto. El programa de este gobierno obrero era de un color unifor­me; pero los hombres encargados de cumplirlo eran de dos colores diferentes. Una parte del gobierno quería de veras la realización del programa, sentía su necesidad histórica; otra parte del gobierno no creía íntimamente en la posibi­lidad de la realización de ese programa, lo ha­bía admitido a regañadientes, sin opti-mismo, sin confianza. Los social-democráticos, en su mayoría, veían en la revolución general europea la única esperanza de salvación de la revolución proletaria húngara. Carecían de preparación in­telectual y espiritual para defender a la revolu­ción proletaria húngara, aun en el caso de que el prole-tariado de las grandes potencias europeas no respondiese al llamamiento, a la incitación de la Revolución Rusa. Esta es la causa espiritual, esta es la causa moral del fin de la dictadura del pro­letariado en Hungría.

 

Durante sus breves meses de existencia, a pe-

 

 

 

 

 

 

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sar del sabotaje sordo de los social-democráti­cos, el gobierno de Bela Kun desarrolló, en gran parte, el programa económico y social del prole­tariado. Procedió a la expropiación de los lati­fundios y haciendas, de los medios de produc­ción y de los establecimientos industriales. Los latifundios, las haciendas, antigua propiedad de la aristocracia húngara, fueron entregados a los campesinos, organizados en cooperativas de pro­ducción. En cada latifundio, en cada hacienda, en reemplazo del propietario feudal, surgió una cooperativa. Al mismo tiempo, se atendió solíci­tamente a las víctimas de la guerra, cuyas demandas no habían podido ser satisfechas por el gobierno de Karolyi, entrabado por sus mira­mientos y sus respetos al régimen capitalista. Los inválidos, los mutilados, las viudas, los huérfanos y los desocupados fueron socorridos. Los sanato­rios de lujo fueron transformados en hospitales populares. Los palacios, los castillos y los chalets de los aristócratas fueron destinados al alojamiento de los inválidos, de los viejos o de los niños proletarios enfermos. Simultáneamente, se reorganizaba clasísticamente, revolucionariamen­te, la instrucción pública, la cultura general, para conver-tirlas en instrumentos de educación socialista. Y para que la cultura, la capacidad técnica, antes patrimonio exclusivo de la burguesía, se socializasen a beneficio del proletariado.

 

Pero contra el gobierno de Bela Kun conspi­raban, de una parte el escepti-cismo y la resis­tencia de los social-democráticos, de otra parte las asechanzas de las potencias vencedoras. Las potencias capitalistas miraban en Hungría sovie­tista un peligroso foco de propagación de la idea comunista. Y se esfor-zaban en eliminarlo, empujando contra la República Húngara a las naciones vecinas, colocadas bajo la tutela de la Entente vencedora,

 

En tanto los social-democráticos limitaban y entrababan las medidas del gobierno obrero con­tra los preparativos y complots reaccionarios, encasti-llados en sus prejuicios democráticos y li­berales, en su superstición de la libertad, los so­cial-democráticos no consentían que el gobierno

 

 

 

 

 

 

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suspendiese las garantías individuales para los aristócratas, burgueses y militares conspiradores. El Ministro de Justicia del gobierno de Bela Kun era un social-democrático. Un social-democrático que parecía más preocupado de amparar la liber­tad de los elementos contrarrevolucionarios que de defender la existencia de la revolución.

 

La Revolución Húngara es atacada, por ende, en dos frentes, en el frente externo y en el frente interno. Externamente, la amenazaba la interven­ción contrarrevolucionaria de las potencias alia­das, que bloqueaban económica-mente a Hungría para sitiarla por hambre. Internamente, la amenazaba la impreparación revolucionaria de la social-democracia, la inconsistencia revoluciona­ria de una de las bases, de los soportes fundamentales de la Revolución, de uno de los dos partidos del gobierno.

 

En estas condiciones llegó el gobierno de Bela Kun, inaugurado el 21 de marzo, a la mitad de abril. Hacia la mitad de abril Rumania, uno de los peones de la Entente en esta gran partida política, invadió Hungría. Las tropas rumanas se apoderaron de la mejor zona agrícola de Hungría. Y avanzaron hasta el río Tibisco amenazando Budapest. Casi simultáneamente, los checos se movieron también contra la República Húngara. El ejército checo penetró en territorio húngaro, llegando a setenta u ochenta kilómetros tan sólo de Budapest. El instante era crítico. El 2 de mayo, en una sesión dramática del Consejo Obrero de Budapest, Bela Kun expuso la situación. Y planteó la siguiente cuestión: ¿Convenía organi­zar la resistencia o convenía rendirse a las poten­cias aliadas? Muchos social-democráticos se pro­nunciaron por la segunda tesis, pero el Consejo Obrero se adhirió a la tesis de Bela Kun. Había que resistir hasta el fin. No cabía sino una victo­ria completa o una derrota completa de la Revo­lución. No era posible un término medio. Capi­tular ante las potencias capitalistas, era renun­ciar totalmente a la Revolución y a sus conquis­tas. El Consejo Obrero votó por la resistencia a todo trance. Y el gobierno puso manos a la obra, los obreros de las fábricas de Budapest, la van-

 

 

 

 

 

 

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guardia del proletariado húngaro, constituyeron un gran ejército rojo que detuvo a la ofensiva de los rumanos e infligió una derrota total a los checoeslavos. Los revolucionarios húngaros penetraron en Checoslovaquia ocupando una gran porción del territorio checoslovaco. El instante se tornaba crítico para la ofensiva aliada contra Hungría sovietista. Cundían en el ejército che­coslovaco gérmenes revolucionarios.

 

La astuta diplomacia capitalista cambió enton­ces de táctica. Las potencias aliadas invitaron a Hungría a retirar el ejército rojo del territorio checoeslavo, ofreciéndole en compensación el retiro del ejército rumano del territorio ocupado más allá del río Tibisco. Los social-democráticos se pronunciaron por la aceptación de esta propuesta, y explotaron la impopularidad de la prosecución de la guerra en el ánimo del proleta­riado, agotado por los cinco años de fatigas bélicas. Los comunistas no pudieron contrarrestar enérgica-mente esta propaganda. Faltaban de Bu­dapest, los elementos más numerosos y comba­tivos del Partido Comunista, enrolados volunta­riamente en el ejército rojo. La vanguardia del proletariado de Budapest estaba en el frente com­batiendo contra los enemigos externos de la Re­volución. El gobierno y el Congreso de los So­viets, bajo la influencia de la atmósfera social-democrática de Budapest, acabaron, por esto, in­clinándose ante la propuesta aliada. El ejército rojo se retiró de Checoeslavia, descontento y deprimido en su voluntad combativa. Y su sacri­ficio fue inútil, las potencias aliadas no cumplie­ron, por su parte, su compromiso. Los rumanos no se retiraron del territorio húngaro.

 

Esta decepción, este fracaso descorazonaron in­mensamente al proletariado húngaro, cuya fe re­volucionaria era minada, de otro lado por la pro­paganda derrotista de los social-democráticos, quienes empezaron a negociar secre-tamente con los representantes diplomáticos de las potencias aliadas una solución transaccional.

 

La reacción entre tanto, se aprestaba para el asalto al poder. El 24 de Junio los elementos reaccionarios, unidos a trescientos alumnos de

 

 

 

 

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la ex-escuela militar, se adueñaron de los moni­tores del Danubio. Esta sedición fue dominada, pero los tribunales revolucionarios trataron con excesiva generosidad a los sediciosos. Los trescientos oficiales alumnos rebeldes fueron perdo­nados. Trece instigadores y organizadores de la insurrección fueron condenados a muerte; pero, cediendo a la presión de las misiones diplomáti­cas aliadas, se acabó también por indultarlos.

 

El régimen comunista, en tanto, continuaba lu­chando con enormes dificul-tades. A causa del bloqueo, por una parte, y a causa de la ocupa­ción rumana de la fértil región agrícola del Ti­bisco, por otra, escaseaban las provisiones. Los víveres disponibles no bastaban para el abastecimiento total de la población. Esta escasez contribuía a crear un ambiente de descontento y de desconfianza en el régimen comunista. El go­bierno de Bela Kun decidió entonces intentar una ofensiva contra los rumanos para desalojarlos de los territorios de más allá del Tibisco. Pero esta ofensiva, iniciada el 20 de Julio, no tuvo suerte. El ejército rojo, descorazonado por tan­tas decepciones, fue rechazado y derrotado por el ejército rumano. Este revés militar condenó a muerte al régimen comunista.

 

Los líderes social-democráticos y sindicales en­traron en negociaciones formales de paz con las misiones diplomáticas aliadas. Estas misiones prometieron el reconocimiento de un gobierno so­cial-democrático. Pusieron en suma, como precio de la paz, la eliminación de los comunistas y la destrucción de su obra.

 

El Partido Social-Democrático y los sindicatos, con la ilusión de que un gobierno social-democrá­tico, protegido por las misiones diplomáticas alia­das, podría conservar el poder, aceptaron las con­diciones de la Entente. Y cayó así el gobierno de Bela Kun.

 

El 2 de agosto, el Consejo de Comisarios del Pueblo abdicó el mando. Lo reemplazó un go­bierno social-democrático. Este gobierno social-democrático, para contentar y satisfacer a las po­tencias aliadas, derogó las leyes del gobierno co­munista. Restableció la propiedad privada de las

 

 

 

 

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fábricas, de los latifundios y las haciendas; res­tableció la libertad de comer-cio; restableció en sus cargos gubernativos a los funcionarios y empleados de la administración burguesa; resta­bleció, en suma, el régimen capitalista, indivi­dualista y burgués Pero, con todo, este gobier­no social-democrático no duró sino tres días. Ven­cida la Revolución, el poder tenía que caer inevita-blemente en manos de la reacción, y así fue. El gobierno social-democrático no duró sino el tiempo indispensable para abolir la legislación comunista y para que la aristocracia, el milita­rismo y el capitalismo organizaran el asalto al poder.

 

Los social-democráticos no podían resistir la ola reaccionaria, no contaban ni aún con las masas desengañadas del gobierno democrático desde su primera hora de vida, desde que emprendió la destrucción de la obra de la revolu­ción. Tuvieron que caer al primer embate de los reaccionarios.

 

Así concluyó el régimen comunista en Hun­gría. Así nació el gobierno reaccionario del Al­mirante Horthy. Así empezó el martirio del pro­letariado húngaro. Nunca una revolución prole­taria fue tan cruelmente castigada, tan brutalmente reprimida. El gobierno de Horthy se dio, en cuerpo y alma, a la persecución de todos los ciudadanos que habían participado en la adminis-tración comunista. El terror blanco asoló Hungría como un horrible flagelo. Se ensañó primero contra los comunistas, luego contra los social-democráticos, más tarde contra los hebreos, masones, protestantes, finalmente contra los pro­pios burgueses sospechosos de excesiva devoción liberal y democrática. Pero se encarnizó, sobre todo, contra el proletariado. Las ciudades y los pueblos culpables de entusiasmo revolucionario bajo el gobierno comunista fueron espantosamen­te castigados.

 

En las regiones transdanubianas algunas loca­lidades, caracterizadas por su sentimiento comu­nista, fueron verdaderamente diezmadas. Innu­merables trabajadores eran fusilados o masacrados; otros eran encarcelados; otros eran obligados

 

 

 

 

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a emigrar para escapar de análogos castigos o de constantes maltratos. A Austria, a Italia llegaban todos los días numerosos contingentes de prófugos, ejércitos de trabajadores que abando­naban Hungría huyendo del terror blanco. Viena estaba llena de refugiados húngaros. Y en casi todas las principales ciudades italianas recorri­das por mí, entonces, los refugiados húngaros eran también legión.

 

Toda descripción del terror blanco en Hungría resultará siempre pálida en relación con la rea­lidad.

 

A partir de agosto de 1919 en Hungría se han sucedido los fusilamientos, los descuartizamien­tos, los apresamientos, los incendios, las mutila­ciones, los estupros, los saqueos, como medios de represión y de castigo al proletariado. Ha sido necesario que la sed de sangre de los reacciona­rios se calme y que un grito de horror de hom­bres civilizados de Europa la cohiba, para que los crímenes y las persecuciones disminuyan y enrarezcan.

 

Tengo a la mano un libro que contiene algunos relatos sobre el terror blanco en Hungría.

 

Pero estos relatos podrían parecer exagerados a los corazones de los bur-gueses. Se dirá que esta es una versión italiana y que los italianos son siempre, como buenos latinos, excesivos y apasio­nados en sus impresiones.

 

Mas ocurre que las mismas cosas, aproximadamente, han sido contadas por una comisión de las Trade Unions* y del Partido Laborista Inglés, que visitó Hungría en mayo de 1920, para infor­marse directamente de lo que allí pasaba. El dictamen de la comisión británica es de una circunspección ejecutoriada, y, mucho más, el dic­tamen de una comisión de personas muy moderadas, muy graves y muy concienzudas de las Trade Unions y del Labour Party.**

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* Asociaciones de trabajadores organizados en Inglate­rra, actualmente agrupadas en vastas Federaciones que constituyen verdadera potencia social. No se ocupan de cuestiones políticas, aunque están adheridas al Parti­do Laborista. Su origen se remonta al siglo XVII, co­mo pequeñas sociedades obreras de socorros mutuos y fueron oficialmente reconocidas en 1825

** Partido Laborista.

 

 

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Formaban la delegación inglesa el Coronel Wedgwood, miembro de la Cámara de los Comu­nes, y cuatro miembros distinguidos de la buro­cracia de las Trade Unions y del Labour Party. La delegación no pudo, naturalmente, recorrer toda Hungría. No visitó sino Budapest y uno que otro centro poblado importante.

 

Durante su visita, además, hubo una tregua prudente del terror blanco. El gobierno reaccio­nario de Horthy trató de encubrir las cosas en lo posible. Los medios de información de la dele­gación fueron, en una palabra, limitados, insu­ficientes para el conocimiento de la verdadera magnitud, de la verdadera realidad del terro­rismo de las bandas de Horthy.

 

El dictamen de la Comisión inglesa, por consi­guiente, es una pálida, una benévola narración de los acontecimientos húngaros. Peca de moderación, peca de optimismo, sin embargo corrobo­ran las afirmaciones del libro del cual acabo de leer una página. Según los cálculos de la comi­sión, en la época en que ella estuvo en Hungría, el número de presos y detenidos políticos era al menos de doce mil. Según las informaciones oficiales eran de seis mil. El gobierno de Horthy confesaba que tenía encarceladas a seis mil per­sonas por motivos políticos. En su informe, la Comisión refiere que le había sido asegurado que el número complexivo de personas arrestadas o detenidas era superior a 25,000.

 

El informe de la Comisión británica contiene varias anécdotas atroces del terror blanco en Hungría. Voy a dar lectura a una de ellas para que os forméis una idea de la ferocidad con que se perseguía a los miembros y funcionarios del gobierno comunista y hasta a sus parientes.

 

Es el caso de la señora Hamburguer. El infor­me de la Comisión dice así:*

 

¿Para qué seguir? Ya sabéis cómo actuaba el "terror" rojo en Hungría. Ya sabéis muchas cosas que nos han contado los cablegramas de los dia­rios, tan pródigos en detalles espeluznantes cuan‑

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* Aquí el autor dio lectura a un fragmento del informe aludido.

 

 

 

 

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do se trata de narrar un fusilamiento en la Ru­sia de los Soviets.

 

El gobierno de Horthy semeja una misión pavorosa de la Edad Media. No en balde sus carac­terísticas son, precisamente, las de intentar res­tablecer en Hungría el medioevalismo y el feuda­lismo. La reacción en Hungría no es sólo enemiga del socialismo y del proletariado revolucionario. Es, además, enemiga del capitalismo industrial. Como el capitalismo industrial, como las fábricas, como la gran industria crean el proletariado in­dustrial, el proletariado organizado de la ciudad, o sea el instrumento de la revolución social, la reacción húngara detesta instintivamente el capi­talismo industrial, las grandes fábricas, la gran industria. El gobierno de Horthy es el imperio despótico y sanguinario del feudalismo agrícola, de los terratenientes y de los latifundistas. Horthy gobierna Hungría con el título de Regente, porque para la reacción Hungría sigue siendo un reino. Un reino sin rey, pero un reino siempre.

 

Hace año y medio, como recordaréis, Carlos de Austria, ex-Emperador de Austria-Hungría, hijo de Francisco José, fue llamado por los monar­quistas húngaros para restaurar la monarquía en Hungría. El plan abortó porque a la restauración de la dinastía de los Hapsburgos, de la antigua casa reinante de Austria-Hungría, son adversas todas las naciones independizadas a consecuencia de la disolución del Imperio Austro-Húngaro, te­merosas de que, instalada en Hungría, la monar­quía acabe por constituir el antiguo Imperio.

 

Abortó, además, porque a la restauración de la monarquía en Hungría es adversa, por las mismas razones, Italia, alarmada de la posibilidad de que renazca el Imperio Austro-Húngaro.

 

Todas estas naciones opusieron su veto a la reposición de Carlos en el trono de Hungría. Fi­nalmente contra esta reposición están los campesinos no aristócratas, hostiles al socialismo, pero hostiles igualmente al viejo régimen.

 

Por esto, no tenemos actualmente a Hungría transformada en una monarquía, absoluta, me­dioeval y feudal, con un rey a la cabeza. Pero, de hecho, el régimen del regente Horthy es un

 

 

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régimen absoluto, medioeval y feudal. Es el dominio del latifundio sobre la industria; es el dominio del campo sobre la ciudad. Hungría, a consecuencia de este régimen, está empobrecida. Su moneda depreciada carece de expectativas de convalecencia y de estabilización. La miseria del proletariado intelectual y manual es apocalíp­tica. Un periodista me dijo en Budapest, en junio del año pasado, que en esta ciudad existía gente que no podía comer sino interdiariamente, un día sí y un día no. Ese pobre periodista, que era sin duda un ser privilegiado al lado de otros tra­bajadores intelectuales, parecía afligido por el hambre y la miseria.

 

Conocí luego a un intelectual, autor de varios estudios sobre estética musical, que actuaba de portero en una casa de vecindad. La miseria lo había obligado a aceptar la función de portero. He ahí, en el orden económico, las conse-cuencias de la reacción y del terror blanco.

 

Pero un período de reacción, un período de ab­solutismo, no puede ser sino un período transi­torio, un período pasajero.

 

Una nación contemporánea, y mucho más una nación europea, no pueden retrogradar a un sistema de vida primitivo y bárbaro. Una resurrec­ción del feudalismo y del medioevalismo no pue­de ser duradera. Las necesidades de la vida mo­derna, la tendencia de las fuerzas productivas, la relación con las demás naciones no consienten la regresión de un pueblo a un régimen anti-industrial ni antiproletario.

 

Gradualmente, se reanima ya en Hungría el movimiento proletario. El Partido Social-Demo­crático, los sindicatos, conquistan de nuevo su derecho a una existencia legal.

 

Al parlamento húngaro han ingresado algu­nos diputados socialistas, tímidamente socialis­tas al fin y al cabo.

 

El Partido Comunista, condenado a una vida ilegal y clandestina, prepara sigilosamente la ho­ra de su reaparición. Algunos elementos demo­cráticos o liberales de la burguesía empiezan también a moverse y a polarizarse. Temeroso de este renacimiento de las fuerzas proletarias y de

 

 

 

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las fuerzas democráticas, se ha organizado, por eso, en Hungría, una banda fascista. Su caudillo es el famoso reaccionario Friedrich. Todo es sin­tomático.

 

Como ya dije a propósito de la Revolución Alemana, una revolución no es un golpe de estado, no es una insurrección, no es una de aquellas cosas que aquí llamamos revolución por uso ar­bitrario de esta palabra. Una revolución no se cumple sino en muchos años. Y con frecuencia tiene períodos alternados de predominio de las fuerzas revolucionarias y de predominio de las fuerzas contra-revolucionarias.

 

Así como el proceso de una guerra es un proceso de ofensivas y contra-ofensivas, de victorias y derrotas, mientras uno de los bandos combatientes no capitule definitivamente, mientras no renuncie a la lucha, no está vencido. Su derrota es transitoria; pero no total. Y, conforme a esta interpretación de la historia, la reacción, el te­rror blanco, el gobierno de Horthy no son sino episodios de la lucha de clases en Hungría, un capítulo ingrato de la Revolu-ción Húngara.

 

Este capítulo llegará algún día a su última pá­gina. Y empezará entonces un capítulo más, un capítulo que, tal vez sea el capítulo de la victoria del proletariado húngaro.

 

El gobierno de Horthy es para el proletariado húngaro una noche sombría, una pesadilla dolorosa. Pero esta noche sombría, esta pesadilla do­lorosa pasarán. Y vendrá entonces la aurora.

*  *  *

El próximo viernes, conforme al programa de este curso de conferencias, hablaré sobre la Con­ferencia y el tratado de Paz de Versalles. Haré la historia, la exposición y la crítica de ese tratado de paz que, como sabéis, no ha resul-tado un tratado de paz sino un tratado de guerra.

 

Expondré la fisonomía moral, el perfil ideológico de ese documento, fresco todavía y, ya totalmente desacreditado, tumba y lápida de las cándidas ilusiones democráticas del Presidente Wilson.

 

 

 

 

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OCTAVA CONFERENCIA*

Las notas del autor:

 

LA ACTUALIDAD POLITICA ALEMANA

 

LOS grandes grupos políticos alemanes son: pangermanistas, populistas, católicos, demócratas, socialistas, comunistas. Organización Cónsul, Organización Eschrish, fascismo bávaro de Hitler y Ludendorff.

 

Antecedentes de la situación actual: La caída del gabinete Wirth. La constitución del gabinete Cuno. Retorno al gobierno de los populistas de Hugo Stinnes. Posición de los socialistas frente a este gobierno. Efectos de la ocupación del Ruhr en la política alemana. La crisis alemana actual

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* Pronunciada en la Universidad Popular el viernes 24 de agosto de 1923. Es presumible que estos apuntes del autor -por haber cambiado el tema de su Conferencia, a pe­dido del auditorio- hallan sido elaborados al concluir la charla, bien sea con el fin de reconstruirla después, en forma orgánica; o, bien, para ponerlos en manos del cronista que hizo la reseña de la actuación. Lo cierto es que, de esta Conferencia, se infieren conclusiones del más positivo interés. Entre ellas, las mayormente signifi­cativas son: 1.- La mención del "fascismo bávaro de Hi­tler", diez años antes de que éste ocupara el poder; y cuando sólo era un figurón desorbitado. A la pupila zahorí de Mariátegui no se le escapaba ningún acontecimiento, aunque, en un momento dado, el hecho político ocupase un tercer o cuarto plano. 2.- El esclarecimiento del fenó­meno nacionalista, relacionándolo con el pauperismo de la pequeña burguesía. Su diagnosis -de que los gobier­nos pequeño-burgueses sólo pueden desenvolver una po­lítica capitalista- la confirmó el nazismo una década después. Como se sabe, Hitler llegó al poder, y se mantu­vo en él, gracias al apoyo de un hipertro-fiado nacionalis­mo multitudinario y a la ayuda económica de los grandes consorcios capitalistas de Alemania. Asimismo, mere­cen destacarse otros dos diagnósticos, el primero cumpli­do totalmente y el segundo sólo en parte. Mariátegui dice: «Los metalúrgicos (se refiere a los consorcios) aspiran a la posesión del carbón alemán». En la enorme cuenca del Rhur, este vaticinio se cumplió debido a la presión de los grandes monopolios germanos, Krupp a la cabeza. Fi­nalmente, el orador se refiere a la posibilidad de una alianza entre Alemania, Francia e Italia. Y, al margen de Francia, los nazistas alemanes y los fascistas italianos terminaron formando el nefasto "Eje Roma-Berlín", que más tarde se extendió hasta Tokio.

 

 

 

 

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no es sino la exasperación de la crisis política originada por el fracaso de la colaboración de la social-democracia con la burguesía. La renuncia de Cuno. El gabinete Stressemann. Hilferding, Ministro de Finanzas.

 

El separatismo renano. Las fracciones separa­tistas de Smeets y Dorten. Su agitación y su pró­xima fusión. El auspicio francés.

 

Las consecuencias de la ocupación del Ruhr en la economía alemana. La catástrofe del marco. Imposibilidad de que Alemania, mutilada, frac­cionada, se reorganice. Una nación constituye un organismo vivo. No es posible lesionarlo ni herirlo sin trastornar, sin desordenar su funcio­namiento. La ocupación del Ruhr condena a Alemania a la ruina, a la miseria. Pero una Alema­nia arruinada significa un agravamiento de la crisis económica europea. No pueden coexistir naciones moribundas, naciones hambrientas y na­ciones vitales, naciones pletóricas. El organismo económico del mundo se ha hecho demasiado so­lidario para que esto ocurra. Una nación primi­tiva, insignifican-te, poco evolucionada económicamente puede caer en la miseria sin afectar sen­siblemente a las demás naciones del continente. Pero una nación de un dinamismo internacional tan complejo y tan vasto no puede ser abatida y destruida sin daño mortal para sus vecinos. Los problemas de la paz han descubierto esta soli­daridad de vencedores y vencidos que impide a los primeros aplastar a los segundos.

 

Las causas verdaderas de la ocupación del Ruhr. Los chauvinistas, los nacionalistas, quieren el aniquilamiento de Alemania. Tienen la pesadi­lla de la reconstrucción alemana, de la revancha alemana. Los metalúrgicos aspiran a la posesión del carbón alemán. La prensa de los metalúrgicos explota el patriotismo de las clases pequeño-bur­guesas. El block nacional, el block de izquierdas y los comunistas.

 

El programa de Stinnes: la supresión de la jor­nada de ocho horas, la reducción del personal del Estado, la entrega de los ferrocarriles a empresas privadas. En una palabra, la abolición, la derogación de todas las conquistas del programa

 

 

 

 

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mínimo socialista. Una coalición burguesa carece de fuerza para actuar este plan.

 

La disensión en la social-democracia. La ten­dencia de derecha y la tendencia de izquierda. El temor a la concurrencia comunista.

 

La política de los comunistas alemanes Däcussig, Stöcker. Los consejos de fábrica. El fren­te único proletario. El gobierno obrero. La esta­dización del 51 por ciento de las empresas, bajo el control de los trabajadores. Los social-demo­cráticos y sus aprehensiones y miedos.

 

El fenómeno nacionalista. El pauperismo de las clases medias y pequeño-burguesas. La miseria de los intelectuales. Radek propone que se combata al fascismo no sólo con armas bélicas sino también con armas políticas. La clase media, dominada por el recuerdo de su pasado bienestar, tiende al restableci-miento del antiguo régimen. Le falta una mentalidad de clase, una concien­cia de clase. Un gobierno de la clase media no puede desenvolver sino una polí-tica capitalista. La clase media necesita incorporarse en la clase capitalista o en la clase asalariada. No cabe para ella una posición media ni independiente.

 

¿Cuáles son las perspectivas de la hora pre­sente? No es probable una rec-tificación inmedia­ta de la política francesa. La ocupación del Ruhr seguirá, pues, desorganizando, empobreciendo y arruinando a Alemania. Se habla de la posibili­dad de que los industriales alemanes y los in­dustriales franceses se coordinen y se arreglen. Esta alianza del capitalismo francés con el capita-lismo alemán no se haría sino a expensas de la clase trabajadora. Ya ha habido preludios de una inteligencia de esta naturaleza: el convenio Loucheur-Lubersac. Esta inteligencia inquietaría a Inglaterra. La industria alemana y la industria francesa constituirían un formidable block con­tinental. Igualmente se habla de la posibilidad de que Inglaterra proponga la constitución de un conglomerado anglo-franco-alemán. Mussolini fi­nalmente sueña con un block continental: Alema­nia, Francia e Italia. Pero todos estos proyectos tropiezan con la dificultad de los egoísmos nacio­nalistas. Cada potencia suspira por una alianza

 

 

 

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dentro de la cual le toque la parte del león. La atmósfera dejada por la guerra es una atmósfera emponzoñada y asfixiante. Está envenenada por odios, rencores y pasiones egoístas. El razonamiento de que el sentido común, el interés co­mún, predominara en la mentalidad de los diver­sos grupos capitalis-tas de Europa, es un razonamiento que desconoce la influencia oscura y misteriosa, pero decisiva que tienen en la marcha de la historia los factores psicológicos.

 

 

La reseña periodística:

 

EN LA UNIVERSIDAD POPULAR GONZALEZ PRADA

 

LA ACTUALIDAD POLITICA ALEMANA, OCTAVA CONFERENCIA DE JOSE CARLOS MARIATEGUI*

 

El tema de la octava conferencia de José Carlos Mariátegui, en la Universidad Popular, sobre la historia de la crisis mundial, era la Paz de Versalles. Pero muchas de las personas que frecuen­tan este curso de conferencias invitaron a Mariá­tegui a ocuparse de los acontecimientos alemanes que tanto atraen presentemente la atención del mundo. Difiriendo a esta invitación, Mariátegui dedicó su conferencia a la actualidad política alemana. La sala de la Federación de Estudiantes estaba, como de costumbre, muy concurrida.

 

Iniciando su disertación, explicó el conferen­cista la fisonomía, la posición y la fuerza de los políticos alemanes; nacionalistas, populistas, cen­tro católico, demócratas, socialistas y comunis­tas. Habló también de las fracciones separatistas de las provincias del Rhin (fracción Smeats y fracción Dorten), que, estimuladas por Francia, tienden a la creación de un estado renano independiente. Y se refirió finalmente a la organiza‑

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* La Crónica, Nº 4113, pág. 2. Lima, lunes 27 de agosto de 1923.

 

 

 

 

 

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ción Escherich (Org. Esch.)  y al fascismo acau­dillado en Baviera por Hitler.

 

Expuso los antecedentes próximos de la actual situación política alemana. Historió la caída del gabinete Wirth, la vida del gabinete Cuno y la cons-titución del gabinete Stressemann. Explicó la posición de los socialistas en este gobierno, en el cual los representa, entre otros, Hilferding, líder de los socialistas independientes fusionados hoy con los socialistas mayoritarios.

 

Pasó luego a examinar las consecuencias de la ocupación del Ruhr en la economía alemana; ver­tiginosa desvalorización del marco, desorganiza­ción de la producción industrial, aumento de la desocupación, caos fiscal, etc., etc. La ocupación del Ruhr -dijo-, conduce a Alemania a la rui­na. Pero la bancarrota alemana agrava y exas­pera la crisis económica europea. El organismo econó-mico del Viejo Continente es, en esta épo­ca, demasiado solidario. Una nación como Alemania, de una importancia internacional tan vasta, no puede ser desorganizada y empobrecida sin daño mortal para todo el organismo econó-mico de Europa. Esta solidaridad, esta unidad econó­mica del Continente Europeo niega a los vencedores de la gran guerra el derecho de castigo y de extorsión a los vencidos. A los vencedores les está vedada esta vez la mórbida voluptuosidad de la represalia y de la venganza.

 

Examinó Mariátegui, a continuación, las cau­sas ideales de la ocupación del Rhur. Y se ocupó, después, de los diversos puntos de vista de los políticos alemanes sobre los medios de solucionar los problemas de Alemania. Expuso el progra­ma de Hugo Stinnes que es el programa del Volks­partei (Partido Populista). E indicó la actitud de los socialistas y de los comunistas.

 

Comentó el fenómeno nacionalista y fascista, señalando, como uno de sus orígenes, el paupe­rismo, la proletarización de la clase media y pe­-

 

 

 

 

 

 

 

 

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queño-burguesa que, nostálgica de su pasado bie­nestar, y desprovista de una conciencia y una ideología clasistas, reacciona agresivamente con­tra el socialismo y el proletariado manual.

 

Terminó enumerando las perspectivas princi­pales de la hora presente en Alemania. Anunció, finalmente, que, conforme al programa de su curso, interrumpido por esta disertación extraordina­ria, sus próximos temas son la Paz de Versalles y la agitación proletaria en Europa en 1920.

 

Las últimas conferencias sobre la crisis mun­dial, como las primeras, seguirán realizándose los viernes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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NOVENA CONFERENCIA*

 

LA PAZ DE VERSALLES Y LA SOCIEDAD DE LAS NACIONES

 

LA Paz de Versalles es el punto de partida de todos los problemas econó-micos y políticos de hoy. El tratado de paz de Versalles no ha dado al mundo la tranquilidad ni el orden que de él esperaban los Estados. Por el contrario ha aportado nuevas causas de inquietud, de desorden y de malestar. Ni siquiera ha puesto definitivamente fin a las operaciones marciales. Esta paz no ha pacificado al mundo. Después de firmarla, Europa ha continuado en armas. Y hasta ha con­tinuado batiéndose y ensangrentándose parcialmente. Asistimos hoy mismo a la ocupación del Ruhr que es una operación militar. Y que crea entre Francia y Alemania una situación casi bélica. El tratado no merece, por tanto, el nombre de tratado de paz. Merece, más bien, el nombre de tratado de guerra.

 

Todos los estadistas, que acarician la ilusión de una reconstrucción europea, juzgan indispen­sable la revisión, la rectificación, casi la anula­ción de este tratado que separa, enemista y frac­ciona a las naciones europeas; que hace imposi­ble, por consiguiente, una política de colabora­ción y solidaridad europeas; y que destruye la economía de Alemania, parte vital del organis­mo europeo. Con este motivo, el tratado de paz está en discusión permanente. Su sanción, su ra­tificación, su suscripción resultan provisorias. Uno de los principales beligerantes, Estados Uni­dos, le ha negado su adhesión y su firma. Otros beligerantes lo han abandonado. Alemania, en

 

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* Pronunciada el viernes 31 de agosto de 1923 en el local de la Federación de Estudiantes (Palacio de la Exposi­ción). Se publicó íntegramente en Amauta, Nº 31, Lima, junio-julio de 1930. La reseña periodística apareció en La Crónica del 6 de noviembre de 1923.

 

 

 

 

 

 

 

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vista de la ocupación del Ruhr, se ha negado a seguir cumpliendo las obliga-ciones económicas que sus cláusulas le imponen. El estudio del tra­tado es, pues, de gran actualidad.

 

A los hombres de vanguardia a los hombres de Filiación revolucionaria, el conocimiento y el exa­men de la Paz de Versalles nos interesa también extraordinariamente. Primero, porque este tra­tado y sus consecuencias económicas y políticas son la prueba de la decadencia, del ocaso y de la bancarrota de la organización individualista, capitalista y burguesa. Segundo, porque ese tra­tado, su impotencia y su desprestigio, significan la impotencia y el desprestigio de la ideología de­mocrática de los pacifistas burgueses del tipo de Wilson, que creen compatible la seguridad de la paz con la subsistencia del régimen capitalista.

 

Veamos qué cosa fue la Conferencia de Versa­lles. Y qué cosa es el tratado de paz. Tenemos que remontarnos a la capitulación, a la rendición de Alemania. Bien sabéis que Estados Unidos, por boca de Wilson, declararon oficialmente sus fines de guerra, a renglón seguido de su interven­ción. En enero de 1918, Wilson formuló sus ca­torce famosos puntos. Estos catorce puntos, co­mo bien sabéis, no eran otra cosa que las con­diciones de paz, por las cuales luchaban contra Alemania y Austria las potencias aliadas y aso­ciadas. Wilson ratificó, aclaró y precisó estas con­diciones de paz en varios discursos y mensajes, mientras los ejércitos se batían. Inglaterra, Fran­cia e Italia aceptaron los catorce puntos de Wil­son. Alemania estaba entonces en una posición militar ventajosa y superior. Como he explicado en mis anteriores conferencias, la propaganda wilsoniana debilitó primero y deshizo después la fortaleza del frente alemán, más que los refuer­zos materiales norteamericanos. Las con-diciones de paz preconizadas por Wilson ganaron a la ma­yoría de la opinión popular alemana. El pueblo alemán dejó sentir su cansancio de la tierra, su voluntad de no seguir batiéndose, su deseo de aceptar la paz ofrecida por Wilson. Los genera­lísimos alemanes advirtieron que esta misma atmósfera moral cundía en el ejército. Comprendie-

 

 

 

 

 

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ron que, en tales condiciones morales, era impo­sible proseguir la guerra. Y propusieron el en­tablamiento inmediato de negociaciones de paz. Lo propusieron, precisamente, como un medio de mantener la unidad moral del ejército. Porque era necesario demostrarle al ejército, en todo caso, que el gobierno alemán no prolongaba capri­chosamente los sacrificios de la guerra y que estaba dispuesto a ponerles término, a cambio de una paz honrosa. Bajo esta presión, el gobierno alemán comunicó al Presidente Wilson que aceptaba los catorce puntos y que solicitaba la aper­tura de negociaciones de paz. El 8 de octubre el Presidente Wilson preguntó a Alemania si, aceptadas las condiciones planteadas, su objeto era simplemente llegar a una inteligencia sobre los detalles de su aplicación. La respuesta de Alemania, de fecha 12 de octubre, fue afirma­tiva. Alemania se adhería, sin reservas, a los catorce puntos. El 14 de octubre, Wilson planteó las siguientes cuestiones previas: las condiciones del armisticio serían dictadas por los consejeros militares de los aliados; la guerra submarina cesaría inmediatamente; el gobierno alemán daría garantías de su carácter representativo. El 20 de octubre Alemania se declaró de acuerdo con las dos primeras cuestiones. En cuanto a la tercera respondió que el gobierno alemán estaba sujeto al control del Reichstag. El 23 de octubre Wilson comunicó a Alemania que había enterado oficialmente a los aliados de esta corresponden­cia, invitándoles a que, en el caso de que quisiesen la paz en las condiciones indicadas, encar­gasen a sus consejeros militares la redacción de las condiciones del armisticio. Los consejeros militares aliados, presididos por Foch, discutieron y elaboraron estas condiciones. En virtud de ellas, Alemania quedaba desarmada e incapacitada pa­ra proseguir la guerra. Alemania, sin embargo, se sometió. Nada tenía que temer de las condi­ciones de paz. Las condiciones de paz estaban ya acordadas explícitamente. Las negociaciones no tenían, por finalidad, sino la protocolización de la forma de aplicarlas.

 

Alemania capituló, pues, en virtud del compro-

 

 

 

 

 

 

 

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miso aliado de que la paz se ceñiría a los ca­torce puntos de Wilson y a las otras condiciones sustanciales enunciadas por Wilson en sus men­sajes y discursos. No se trataba sino de coordinar los detalles de una paz, cuyos lineamientos ge­nerales estaban ya fijados. La paz ofrecida por los aliados a Alemania era una paz sin anexiones ni indemnizaciones, una paz que aseguraba a los vencidos su integridad territorial, una paz que no echaba sobre sus espaldas el fardo de las obliga­ciones económicas de los vencedores, una paz que garantizaba a los vencidos su derecho a la vida, a la independencia, a la prosperidad. So­bre la base de estas garantías Alemania y Aus­tria depusie-ron las armas. ¡Qué importaba mo­ralmente que esas garantías no estuviesen aún escritas en un tratado, en un documento sus­crito por unos y otros beli-gerantes! No, por eso, eran menos categóricas, menos explícitas, ni menos terminantes.

 

Veamos ahora cómo fueron respetadas, cómo fueron cumplidas, cómo fueron mantenidas por los aliados. La historia de la Conferencia de Versalles es conocida en sus aspectos externos e íntimos. Varios de los hombres que intervinieron en la conferencia han publicado libros relativos a su funcio-namiento, a su labor y a su ambiente. Son universalmente conocidos el libro de Keynes, delegado económico de Inglaterra, el libro de Lansing, Secretario de Estado de Norteamérica, el libro de Andrés Tardieu, delegado de Francia y colaborador principal de Clemenceau, el libro de Nitti, delegado italiano y Ministro del Tesoro de Orlando. Además, Lloyd George, Clemenceau, Poincaré, Foch, han hecho diversas declaraciones acerca de las intimidades de la conferencia de Versalles. Se dispone, por tanto, de la cantidad necesaria de testimonios autorizados para juz­gar, documentadamente, la conferencia y el tra­tado. Todos los testimonios que he enumerado son testimonios aliados. No deseo recurrir a los testimonios alemanes para que no se les tache de parcialidad, de despecho, de encono.

 

Todas las potencias participantes enviaron a la conferencia delegaciones numerosas. Principal-

 

 

 

 

 

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mente, las grandes potencias aliadas rodearon sus delegados de verdaderos ejércitos de peritos, técnicos y auxiliares Pero estas comisiones no inter-vinieron sino en la elaboración de las cláu­sulas secundarias del tratado. Las cláusulas sus­tantivas, los puntos cardinales de la paz, fueron acordados exclusivamente por cuatro hombres: Wilson, Clemenceau, Lloyd George y Orlando. Estos cuatro hombres constituían el célebre Con­sejo de los Cuatro. Y de ellos Orlando tuvo en las labores del Consejo una intervención intermitente, localista y limitada. Orlando casi no se ocupó de las cuestiones especiales de Italia. La paz fue así, en consecuencia, obra de Wilson, Clemenceau y Lloyd George únicamente. De estos tres hom­bres, tan sólo Wilson ambicionaba seriamente una paz basada en los catorce puntos y en su ideo­logía democrática. Clemenceau aspiraba, sobre todo, a una paz ventajosa para Francia, dura, áspera, inexorable para Alemania. Lloyd George se oponía a que Alemania fuese tratada inclemen­temente, no por adhesión al programa wilsoniano sine por interés de que Alemania no resultase expoliada hasta el punto de comprometer su convalecencia y, por consiguiente, la reorganización capitalista de Europa. Pero Lloyd George tenía, al mismo tiempo, que considerar la posición par­lamentaria de su gobierno. La opinión pública inglesa quería una paz que impusiese a Alema­nia el pago de todas las deudas de guerra. El contribuyente inglés no quería que recayesen sobre él las obligaciones económicas de la gue­rra. Quería que recayesen sobre Alemania. Las elecciones legislativas se efectuaron en Inglate­rra antes de la suscripción de la paz. Y Lloyd George, para no ser vencido en las elecciones, tuvo que incorporar en su plataforma electoral esa aspiración del contribuyente inglés. Lloyd George, en su palabra, se comprometió con el pueblo inglés a obligar a Alemania al pago integral del costo de la guerra. Clemenceau, a su turno, era solicitado por la opinión públi­ca francesa en igual sentido. Eran los días delirantes de la victoria. Ni el pueblo francés, ni el pueblo inglés, disponían de serenidad para

 

 

 

 

 

 

 

 

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razonar, para reflexionar; su pasión y su instinto oscurecían su inteligencia, su discernimien­to. Tras de Clemenceau y tras de Lloyd George habían, por consiguiente, dos pueblos que de­seaban la expoliación de Alemania. Tras de Wil­son, no había, en tanto, un pueblo devotamen­te solidario con los catorce puntos. Antes bien, la opinión norteamericana se inclinaba, egoís­tamente, al abandono de algunos anhelos líri­cos de Wilson. Wilson trataba con jefes de Es­tado, parlamentariamente fuertes, dueños de ma­yorías numerosas en sus cámaras respectivas. A él le faltaba, en tanto, en los Estados Unidos, esta firme adhesión parlamentaria. Tenemos aquí una de las causas de las tran-sacciones y de las concesiones de Wilson en el curso de las confe­rencias. Pero otra de las causas no era, como ésta; una causa externa. Era una causa interna, una causa psicológica. Wilson se .encontraba fren­te a dos políticos redoma-dos, astutos, expertos en la trapacería, en el sofisma y en el engaño. Wil­son era un ingenuo profesor universitario, un personaje un poco sacerdotal, utopista y hieráti­co, un tipo algo místico de puritano y de pastor protestante. Clemenceau y Lloyd George eran, en cambio, dos políticos cautos, consu-mados y du­chos, largamente entrenados para el enredo diplomático. Dos estrategas hábiles y experimentados. Dos falaces zorros de la política burguesa. Keynes dice, además, que Wilson no llevó a la conferencia de la paz sino principios generales, pero no ideas concretas en cuanto a su aplica­ción. Wilson no conocía detalladamente las cues­tiones europeas consideradas por sus catorce puntos. A los aliados les fue fácil, por esto, presentarle la solución en cada una de estas cuestiones con un ropaje idealista y doctrinario. No rega­teaban a Wilson la adhesión a ninguno de sus principios; pero se daban maña para burlarlos en la práctica y en la realidad. Redactaban astutamente las cláusulas del tratado, de suerte que dejasen resquicio a las interpretaciones conve­nientes para invalidar los mismos principios que, aparentemente, esas cláusulas consagraban y reconocían. Wilson carecía de experiencia, de pers-

 

 

 

 

 

 

 

 

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picacia para descubrir el sentido de todas las in­terlíneas, de todos los giros gramaticales de cada cláusula. El tratado de Versalles ha sido, desde este punto de vista, una obra maestra de tinteri­llismo de los más sagaces y mañosos abogados del mundo.

 

El programa de Wilson garantizaba a Alema­nia la integridad de su territorio. El Tratado de Versalles separa de Alemania la región del Sarre, poblada por seiscientos mil alemanes. El senti­miento de esa región es indiscutiblemente ale­mán. El tratado establece, sin embargo, que des­pués de quince años un plebiscito decidirá la na­cionalidad definitiva de esa región. En seguida, el tratado amputa a Alemania otras poblaciones alemanas para dárselas a Polo-nia y a Checoeslo­vaquia. Finalmente decide la ocupación por quince años de las provincias de la ribera izquierda del Rhin, que contienen una población de seis millones de alemanes. Varios millones de alema­nes han sido arbitraria-mente colocados bajo ban­deras extrañas a su nacionalidad verdadera, en virtud de un tratado que, conforme al programa de Wilson, debió ser un tratado de paz sin anexio­nes de ninguna clase.

 

El programa de Wilson garantizaba a Alemania una paz sin indemnizaciones. Y el Tratado de Versalles la obliga, no sólo a la reparación de los daños causados a las poblaciones civiles, a la reconstrucción de las ciudades devastadas, sino también al pago de las pensiones de los parientes de las víctimas de la guerra y de los inválidos. Además, la computación de estas sumas es hecha inapelablemente por los aliados, interesados natu­ralmente en exagerar el monto de esas sumas. La fijación del monto de esta indemnización de gue­rra no ha sido aún concluida. Se discute ahora la cantidad que Alemania está en aptitud de pagar.

 

El programa de Wilson garantizaba la ejecución del principio de los pueblos a disponer de sí mismos. Y el tratado de paz niega a Austria este derecho. Los austríacos, como sabéis, son hombres de raza, de tradición y de sentimiento alema­nes. Las naciones de raza diferente, Bohemia,

 

 

 

 

 

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Hungría, Croacia, Dalmacia, incorporadas antes en el Imperio Austro-Húngaro, han sido inde­pendizadas de Austria que ha quedado reducida a una pequeña nación de población netamente germana, netamente alemana. A esta nación, el tratado de paz le niega el derecho de unirse a Alemania. No se lo niega explícitamente, porque el tratado, como ya he dicho, es un documen­to de refinada hipocresía; pero se lo niega dis­frazada e indirectamente. El tratado de paz dice que Austria no podrá unirse a otra nación sin la anuencia de la Sociedad de las Naciones. Y dice, en seguida, en una disposición de aparien-cia inocente, que el consentimiento de la Sociedad de las Naciones debe ser unánime. Unánime, esto es que si un miembro de la Sociedad de las Na­ciones, uno solo, Francia, por ejemplo, rehusa su consentimiento, Austria no puede disponer de sí misma. Esta es una de las astutas burlas de sus catorce puntos, que los gobernantes aliados consiguieron jugar a Wilson en el tratado de paz.

 

El tratado de paz, por otra parte, ha despojado a Alemania de todos sus bienes inmediatamente negociables. Alemania, en virtud del tra­tado, ha sido despo-seída no sólo de su marina de guerra sino, además, de su marina mercante. Al mismo tiempo, se le ha vetado, indirectamente, la reconstrucción de esta marina mercante, impo­niéndosele la obligación de construir en sus asti­lleros, durante cinco años, los vapores que los aliados necesiten. Alemania ha sido desposeída de todas sus colonias y de todas las propiedades del Estado alemán existentes en ellas: ferroca­rriles, obras públicas, etc. Los aliados se han reservado, además, el derecho de expropiar, sin in­demnización alguna, la propiedad privada de los súbditos alemanes residentes en esas colonias. Se han reservado el mismo derecho respecto a la propiedad de los súbditos alemanes residentes en Alsacia y Lorena y en los países aliados o sus colo-nias. Alemania ha sido desposeída de las minas de carbón del Sarre, que pasan a propie­dad definitiva de Francia, mientras a los habitantes de la región se les acuerda el derecho a ele­gir, dentro de quince años, la soberanía que pre-

 

 

 

 

 

 

 

 

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fieran. El pretexto de la entrega de estas minas de carbón a Alemania reside en los daños causados por la invasión alemana a las minas de car­bón de Francia; pero el tratado contempla en otra cláusula la reparación de estos daños, im­poniendo a Alemania la obligación de consignar anualmente a Francia una cantidad de carbón, igual a la diferencia entre la producción actual de las minas destruidas o dañadas y su producción de antes de la guerra. Esta imposición del tra­tado a Alemania asegura a Francia una cantidad de carbón anual idéntica a la que le daban sus minas antes de la invasión alemana. A pesar de esto, en el nombre de los daños sufridos por las minas francesas durante la guerra, se ha encon­trado necesario, además, despojar a Alemania de las minas del Sarre. Alemania, en fin, ha sido desposeía del derecho de abrir y cerrar sus fron­teras a quien le convenga. El tratado la obliga a dispensar a las naciones aliadas, sin derecho alguno a reciprocidad, el tratamiento aduanero acordado a la nación más favorecida. En una palabra, la obliga a que franquee sus fronteras a la invasión de mercaderías extranjeras, sin que sus mercaderías gocen de la misma franquicia aduanera para ingresar en los países aliados y asociados.

 

Para enumerar todas las expoliaciones que el tratado de paz inflige a Alema-nia necesitaría hablar toda la noche. Necesitaría, además, entrar en una serie de pormenores técnicos o estadísti­cos, fatigantes y áridos. Basta a mi juicio con la ligera enumeración que ya he hecho para que os forméis una idea de la magnitud de las cargas económicas arrojadas sobre Alemania por el tratado de paz. El tratado de paz ha quitado a Alemania todos los medios de restaurar su econo­mía; ha mutilado su territorio; y ha suprimido virtualmente su indepen-dencia y su soberanía. El tratado de paz ha dado a la Comisión de Repara-ciones, verdadero instrumento de extorsión y de tortura, la facultad de intervenir a su antojo en la vida económica alemana.

 

Los aliados han cuidado de que el tratado de paz ponga en sus manos la suerte económica de

 

 

 

 

 

 

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Alemania. Ellos mismos han tenido que renunciar a la aplicación de muchas cláusulas que les en­tregaban la vida de Alemania. El tratado, por ejemplo, da derecho a los aliados a reclamar el oro que posee el estado alemán; pero, como este oro es el respaldo de la moneda alemana, los aliados han tenido que abstenerse de exigir su entrega, para evitar que, por falta de respaldo metálico, la moneda alemana perdiese todo valor. El tratado es así, en gran parte, inejecutable. Y tiene por eso toda la virtualidad de un nudo corredizo puesto al cuello de Alemania. Los alia­dos no tienen sino que tirar de ese nudo corredizo para matar a Alemania. Actualmente la di­scusión entre Francia e Inglaterra no tiene otro sentido que éste: Francia cree en la conveniencia de asfixiar a Alemania, cuya vida está en sus manos; Inglaterra no cree en la conveniencia de acabar con la vida de Alemania: Teme que la descomposi-ción del cadáver alemán infecte mortalmente la atmósfera europea.

 

El tratado de paz, en suma, reniega los prin­cipios de Wilson, en el nombre de los cuales ca­pituló Alemania. El tratado de paz no ha respe­tado las condicio-nes ofrecidas a Alemania para inducirla a rendirse. Los aliados suelen decir que Alemania debe resignarse a su suerte de nación vencida. Que Alemania ha perdido la guerra. Que los vencedores son dueños de imponerle una paz dura. Pero estas afirmaciones tergiversan y adul­teran la verdad. El caso de Alemania no ha sido éste. Los aliados, precisamente con el objeto de decidir a Alemania a la paz, habían declarado previamente sus condiciones. Y se habían empe­ñado solemnemente a respetarlas y mantenerlas. Alemania capi-tuló, Alemania se rindió, Alemania depuso las armas, sobre la base de esas condiciones. No había, pues, derecho para im­poner a Alemania, desarmada, una paz dura e inclemente. No había derecho a cambiar las condiciones de paz.

 

¿Cómo pudo tolerar Wilson este desconocimien­to, esta violación de su programa? Ya he ex­plicado en parte este hecho. Wilson, en unos ca­sos, fue colocado ante una serie de tergiversacio-

 

 

 

 

 

 

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nes hábiles, tinterillescas, hipócritas, de la apli­cación de sus principios. Wilson, en otros casos, transigió con los puntos de vista de Francia, Bél­gica, Inglaterra, a sabiendas de que atacaban su programa. Pero transigió a cambio de la acepta­ción de la idea de la Sociedad de las Naciones. A juicio de Wilson, nada importaba que algunas de su aspiraciones, la libertad de los mares, por ejemplo, no consiguiese una realización inmedia­ta en el tratado. Lo esencial, lo importante era que el número cardinal de su programa no fracasase. Ese número cardinal de su programa era la Sociedad de las Nacio-nes. La Sociedad de las Naciones, pensaba Wilson, hará realizable maña­na lo que no es realizable hoy mismo. La reor­ganización del mundo, sobre la base de los catorce puntos, estaba automáticamente asegurada con la existencia de la Sociedad de las Naciones. Wilson se consolaba, en medio de sus más dolorosas concesiones, con la idea de que la Sociedad de las Naciones se salvaba.

 

Algo análogo pasó en el espíritu de Lloyd George. Lloyd George resistió a muchas de las exigencias francesas. Lloyd George combatió, por ejemplo, la ocupación militar de la ribera izquier­da del Rhin. Lloyd George se esforzó porque el tratado no mutilase ni atacase la unidad alema­na. Pero Lloyd George cedió a las demandas fran­cesas porque pensó que no era el momento de discutirlas. Creyó Lloyd George que, poco a poco, a medida que se desvaneciese el delirio de la victoria, se conseguiría la rectificación paulatina de las cláusulas inejecutables del tratado. Por el momento lo que urgía era entenderse. Lo que urgía era suscribir el tratado de paz, sin repa­rar en muchos de sus defectos. Todo lo que en el tratado existía de absurdo iría desapare-ciendo sucesivamente en virtud de progresivas rectifica­ciones y progresivos compromisos. Por lo pron­to, urgía firmar la paz. Más tarde se vería la ma­nera de mejorarla y de componerla. No había ne­cesidad de reñir teóricamente sobre las conse­cuencias del Tratado de Versalles. La realidad se encargaría de constreñir a las naciones inte­resadas a reconocer esas consecuencias y a aco-

 

 

 

 

 

 

 

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modar su conducta a las necesidades que esas consecuencias creasen.

 

El pensamiento de Wilson, en una palabra, era: El tratado es imperfecto; pero la Sociedad de las Naciones lo mejorará. El pensamiento de Lloyd George era: El Tratado es absurdo; pero la fuer­za de la realidad, la presión de los hechos se encargarán de corregirlo.

 

Pero la Sociedad de las Naciones era una ilu­sión de la ideología de Wilson. La Sociedad de las Naciones ha quedado reducida a un nuevo e impotente tribunal de La Haya. Conforme a la ilusión de Wilson, la Sociedad de las Naciones debía haber comprendido a todos los países de la civilización occidental. Y a través de ellos a todos los países del mundo, porque los países de la civilización occidental serían mandatarios de los países de las otras civilizaciones del África, Asia, etc. Pero la realidad es otra. La Sociedad de las Naciones no comprende siquiera a la totali­dad de las naciones vencedoras. Estados Unidos no ha ratificado el Tratado de Versalles ni se ha adherido a la Sociedad de las Naciones. Alema­nia, Austria, Turquía y otras naciones europeas son excluidas de la Sociedad y colocadas bajo su tutelaje. Rusia, que pesa en la economía europea con todo el peso de sus ciento veinte millo­nes de habitantes, no forma parte de la Sociedad de las Naciones. Más aún, domina en ella un ré­gimen antagónico del régimen representado por la Sociedad de las Naciones. Dentro de la Socie­dad de las Naciones se reproduciría el peli-groso equilibrio continental. Unas naciones se aliarían con otras. La Sociedad de las Naciones debía ha­ber puesto término al sistema de las alianzas. Ve­mos, sin embargo, que Checoeslavia, Yugoeslavia y Rumania han constituido una alianza, la Petite Entente; que los pactos de grupos de naciones se renuevan. La Sociedad de las Naciones, sobre todo, no es tal Sociedad de las Naciones. Es una so­ciedad de gobiernos; es una sociedad de Estados, es una liga del régimen capitalista. La Sociedad de las Naciones cuenta con la adhesión de la cla­se dominante; pero no cuenta con la adhesión de la clase dominada. La Sociedad de las Na-

 

 

 

 

 

 

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ciones es la Internacional del Capitalismo; pero no la Internacional de los Pueblos. Ninguna na­ción quiere renunciar a un derecho dado en favor de la Sociedad de las Naciones. Decidle a Fran­cia que someta el problema de las reparaciones a la Sociedad de las Naciones. Francia respon­derá que el problema de las reparaciones es un problema suyo; que no es un problema de la So­ciedad de las Naciones. La Sociedad de las Na­ciones es, a lo sumo, interesante como una expresión del fenómeno internacionalista. La bur­guesía ha concebido la idea de la Sociedad de las Naciones bajo la presión de fenómenos que le in­dican que la vida humana se ha solidarizado, se ha internacionalizado. La idea de la Sociedad de las Naciones es desde este punto de vista, com­pañeros, un homenaje involuntario de la burgue­sía a nuestro ideal proletario y clasista del Internacionalismo.

 

Yo he hablado, compañeros, de estas cuestio­nes, igualmente lejano de toda francofilia y de toda germanofilia. Yo no soy, no puedo ser ni germanófilo ni francófilo. Mis simpatías no están con una nación ni con otra. Mis simpatías están con el proletariado universal. Mis simpatías acompañan del mismo modo al proletariado ale­mán que al proletariado francés. Si yo hablo de la Francia oficial con alguna agresividad de lenguaje y de léxico es porque mi temperamento es un temperamento polémico, beligerante y com­bativo. Yo no sé hablar unciosamente, eufemísti­camente, mesuradamente, como hablan los cate­dráticos y los diplomáticos. Tengo ante las ideas, y ante los aconteci-mientos, una posición de polé­mica. Yo estudio los hechos con objetividad; pero me pronuncio sobre ellos sin limitar, sin cohi­bir mi sinceridad subjetiva. No aspiro al título de hombre imparcial; porque me ufano por el con­trario de mi parcialidad, que coloca mi pensa­miento, mi opinión y mi sentimiento al lado de los hombres que quieren construir, sobre los es­combros de la sociedad vieja, el armonioso edifi­cio de la sociedad nueva.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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DECIMA CONFERENCIA*

 

Las notas del autor:

 

LA AGITACION PROLETARIA EN EUROPA EN 1919 Y 1920

 

LA agitación proletaria en Europa. Italia al borde de la revolución. Las elecciones de 1919. La ocupación de las fábricas. La III Internacion­al. La Internacional centrista o Internacional dos y medio. El cismo socialista".

Veamos cómo se incubó este período de agitac­ión proletaria Durante la guerra, el régimen capitalista se vio obligado a hacer numerosas con‑

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Pronunciada el viernes 7 de Setiembre de 1923, en la universidad Popular "González Prada" (local de la Fe­deración de Estudiantes del Perú, antiguo Palacio de la Exposición). Estos apuntes -por ser los más extensos, junto con los correspondientes a la XIV Conferencia- definen mejor el pensamiento de Mariátegui. Los hitos marcados por el autor de los Siete Ensayos son, en si mismos, lo suficientemente luminosos. No obstante, haremos dos estancias en esa época pendular o, mejor dicho, de ascenso y descenso en la acción revolucionaria de las masas europeas. En primer término, debemos reconocer que la toma del poder por el fascismo desconcertó un tanto al autor. Su criterio de que "el fascismo es a reacción, pero acelera el proceso revolucionario porque destruye las instituciones democráticas", si bien correspondió a la etapa infantil del fascismo, no fue ratificado por el curso de la historia. Aclaremos que Mariáte­gui opinó de esta suerte cuando Mussolini acababa de formar gobierno, mientras Europa se estremecía por violentas sacudidas revolucionarias. Es justo establecer que, en ese momento histórico, aquella interpretación fue com­partida por esclarecidas figuras de la política y las letras. Muchos marxistas alemanes sufrieron un fenómeno similar, cuando Hitler insurgió -paranoico, vencedor y desbocado- en la escena política alemana. Y conste que para entonces, el precedente de Mussolini databa de hacía más de diez años. En segundo término, subrayamos un nuevo acierto de Mariátegui en su enfocamiento del panorama internacional. Nos referimos a la respuesta que él mismo da a su pregunta: «¿ Es posible el frente único de la burguesía?. Tal respuesta fue, amplia e históricamente, confirmada; en especial, durante la fase inter­imperialista de la Segunda Guerra Mundial. Y, hoy mis­mo, sigue operable y operante, pese a los disfraces de toda laya con que se trata de encubrir las leyes generales del desarrollo de la sociedad.

 

 

 

 

 

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cesiones a la clase trabajadora y a la idea socialista. Le era indispensable la colaboración del proletariado. El proletariado y su doctrina econó­mica consiguieron algunas conquistas, algunos progresos, que acrecentaron su fuerza y robus­tecieron su fe. Vino más tarde otra causa de afirmación proletaria: la revolución rusa. Los Es­tados europeos se esforzaron, por una parte, en asfixiar la revolución en Rusia y, por otra parte, en evitar su propagación al resto de Europa. Fue un momento de avance de la idea revolucionaria. Un momento de ofensiva del proletariado. Un ins­tante de apogeo de la revolución. La caracterís­tica de la lucha social era la iniciativa del pro­letariado en el ataque. En Alemania, Baviera, Austria, Hungría. Ante esta ofensiva, el régimen se vio forzado a retroceder, a replegarse. Los estadistas más avisados y perspicaces comprendie­ron entonces que no era posible salvarlo sin grandes sacrificios. Dominó una corriente avanzadamente reformista. La burguesía tomó una acti­tud renovadora. Afirmó su filiación democrática y evolucionista. Excecró la dictadura. Cantó a la paz. Exaltó el sufragio universal y el parlamen­tarismo. Cubrió la Paz de Versalles con la Socie­dad de las Naciones. Creó la Oficina Internacio­nal del Trabajo. Reunió en Washington el Pri­mer Congreso del Trabajo. Esta política tendía a dividir al proletariado, atrayendo al camino de la colaboración y de la reforma a sus mayores masas. Esta división se produjo. Una parte de los partidos socialistas y los sindicatos se pronunció por una política revolucionaria. Otra parte se pronunció por una política prudente y transac­cional que esquivase toda acción decisiva y violenta. Aquella creó la III Internacional. Esta reor­ganizó la II Internacional. Algunos elementos centristas, intermedios, conservaron su indepen­dencia. Se agruparon más tarde en la Interna­cional dos y medio.

 

La II Internacional. Berna, febrero 1919. Lucer­na, agosto 1919. Ginebra, 30 julio 1920. Interna­cional Sindical Reformista. Noviembre 1920.

 

La III Internacional. ler. Congreso 2-6 marzo 1919. 2º Congreso, julio 1920. Aquí quedaron fi-

 

 

 

 

 

 

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jadas las 21 condiciones que escisionaron a los partidos de Francia, Alemania, etc. En Alema­nia, Halle 12-17 octubre 1929. En Francia, Tours diciembre 1920. En Inglaterra, agosto de 1920.

La Internacional 2 y 1/2. Berna diciembre 1920, algunos meses después Viena.

 

Además, acciones de masas. En Inglaterra, en 1920 la huelga de los Carbo-neros. En Francia, la huelga de los ferroviarios en mayo 1920, que dio lugar al decreto de disolución de la C. G. T. y a prisión de Souvarine, Loriot y Dunois. En Alemania, después del golpe de Kapp la agitación en el Ruhr, en abril 1920. España y Japón. Las huelgas de solidaridad con Hungría proletaria contra la reacción de Horthy. Pero en Italia la agitación adquirió proporciones mayores todavía.

 

Las huelgas de julio de 1919. Las elecciones de noviembre de 1919. La huelga general de protes­ta contra el ataque a algunos diputados socialis­tas. Las huelgas de ferroviarios y postales de 1920. El precio económico del pan y la caída de Nitti. El gobierno de Giolitti.

 

La ocupación de las fábricas. Sus antecedentes. El 18 de junio los meta-lúrgicos reclamaron me­joramientos económicos en relación con la elevación del costo de la vida. Negociaciones, propuestas y contrapropuestas. El 13 de agosto, rup­tura de las negociaciones. El 21 de agosto se ini­ció el obstruccio-nismo. El 30 de agosto la Factoría Romeo de Milán, con cerca de 2,000, declaró el lock out. En seguida se tomó posesión de 300 factorías en Milán. En seguida, el movimiento se extendió a toda Italia.

 

Aspectos del régimen interno de la ocupación. La prosecución del trabajo. La disciplina. El fi­nanciamiento de los trabajos. La vigilancia. La actitud gubernamental. Los propietarios reclamaban el desalojamiento de los obreros a la fuerza. El debate entre la Confederación General del Trabajo y el Partido Socialista. El prevalecimien­to de la tesis de la Confederación. El control de las fábricas. La intervención del gobierno. El 15 de setiembre en Turín, reunión de obreros y pa­trones, presidida por Giolitti. Sometimiento de los industriales. Las negociaciones con los indus-

 

 

 

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triales sobre la paga de los días de trabajo. Desde el 15 de julio hasta agosto pago de los aumen­tos acordados. El decreto del gobierno. El Con­greso Metalúrgico aprobó el acuerdo. Se ratificó con un referéndum. 148,000 votos contra 42,000. El 24 de setiembre.

 

Más tarde, el Congreso de Livorno.

Terminó así el período revolucionario y comenzó el período reaccionario.

 

El fascismo es la reacción. Pero acelera el proceso revolucionario porque destruye las institu­ciones democráticas. El fascismo ha desvalorizado el parlamento y el sufragio. El fascismo ha en­señado el camino de la dictadura y de la violen­cia. Antes, la democracia oponía al bolchevismo ruso sus instituciones características: el parlamento y el sufragio universal. Ahora la burgue­sía desacredita ambas instituciones. Acabamos de asistir en España a un movimiento militar también anti-parlamentario.

 

¿Es posible el frente único de la burguesía? Si; pero sólo provisoriamente, sólo mientras se conjura un asalto decisivo de la revolución. Después, cada uno de los grupos de la burguesía trata de recobrar su autonomía. Ay del proletariado si la burguesía fuera uniformemente inspirada por una sola ideología y un solo interés. Dentro de la burguesía existen contrastes de ideología y de intereses, contrastes que nada puede suprimir. Los elementos radicales, democráticos, liberales de la burguesía, que son tales por razón de psi­cología y de posición en la sociedad, pueden consentir transitoriamente que una reacción conser­vadora los absorba, pero tienden, en seguida, a restablecer el antiguo equilibrio. ¿Por qué? Porque un frente único se hace sobre la base de una capitulación de los ideales democráticos y refor­mistas a los ideales conservadores. No se hace so­bre la base de una transacción, sino sobre la ba­se de un renuncio. Hay elementos capitalistas, hombres de la burguesía, convencidos de que es necesaria una transformación social, y que un régimen dictatorialmente reaccionario no puede durar sin exasperar la revolución y acrecentar su

 

 

 

 

 

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ímpetu destructor. Nitti, Caileaux, Walter Rathe­nau. El frente único no puede, pues, ser durade­ro; provocaría, además, el frente único del pro­letariado.

 

El mundo occidental se debate en este caos, en este conflicto. Sus institu-ciones políticas no co­rresponden a la nueva realidad económica. Una parte de las fuerzas conservadoras se pronun­cia por un programa de audaces reformas que transforme gradualmente la sociedad. Otra parte teme que una vez iniciadas las concesiones a la revolución, no sea posible detenerlas. E intentan, por eso, resistir. El proletariado necesita seguir atentamente el proceso de este conflicto.

 

La reseña periodística:

 

EN LA UNIVERSIDAD POPULAR GONZÁLEZ PRADA

 

LA HISTORIA DE LA CRISIS MUNDIAL
DECIMA CONFERENCIA DE JOSE CARLOS MARIATEGUI *

 

LA AGITACION PROLETARIA EN EUROPA EN 1919 Y 1920

 

El curso de conferencias de José Carlos Mariá­tegui en la Universidad Popular sobre la historia de la crisis mundial continúa frecuentado por un público numeroso y constante. A la décima confe­rencia de Mariátegui, como a las anteriores, asis­tieron muchos estudiantes y obreros.

 

Conforme al programa del curso, Mariátegui di­sertó sobre la agitación proletaria en Europa en 1919 y 1920. Explicó, primeramente, los orígenes, las raíces de este período revolucionario. Durante la guerra, el régimen capitalista se vio obligado a hacer numerosas concesiones a la idea socialista. El Estado necesitaba la adhesión de las cla‑

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* La Crónica, Nº 4127, 04. 14. Lima, lunes 10 de se­tiembre de 1923.

 

 

 

 

 

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ses trabajadoras a la empresa bélica; necesitaba la colaboración activa del socialismo y los sindi­catos; necesitaba adormecer en el proletariado toda voluntad revolucionaria. Por consiguiente, tuvo que adoptar una actitud conciliadora, transac­cional, reformista. Los trabajadores gozaron de mejores salarios.

 

Se aceleraron algunas reformas sociales. El Es­tado asimiló una ligera dosis de colectivismo. En­sayó una política de intervencionismo, de estadis­mo. Se encargó, por ejemplo, de la adquisición y de la distribución del trigo necesario para el pan de la población. El proletariado y el socialismo consiguieron, en suma, algunas conquistas, algu­nos progresos que acrecentaron su fuerza y vigo­rizaron su fe. Al mismo tiempo, las consecuencias de la guerra estimu-laron y renovaron sus ideales pacifistas. La Revolución Rusa, finalmente, inten­sificó y exasperó la lucha social. Se inició así un período de avance de la idea revolucionaria y de retroceso de la idea conservadora; un período de ofensiva del proletariado socialista y de replega­miento y retirada estratégica del conservadorismo. Los Estados europeos trataron, por una parte, de ahogar la revolución en Rusia y, por otra parte, de impedir su contagio, su propa-gación, su gene­ralización en Europa. Contra la Revolución Rusa usaron las armas marciales de la invasión y el bloqueo. Contra los peligros internos de revolu­ción emplearon las armas sagaces de la reforma y del mantenimiento y acrecentamiento de la polí­tica benévola inaugurada en el curso de la guerra. Los estadistas más avisados y perspicaces comprendieron que para detener la revolución había que recurrir a sacrificios más o menos audaces de la idea conservadora. En ese período, la política, la literatura y el programa burgueses fueron seña­ladamente reformistas y renovadores. La burgue­sía ratificó enton-ces su filiación democrática y evolucionista; exaltó el sufragio universal y el parlamentarismo; cubrió la paz de Versalles con

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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la hoja de parra de la Sociedad de las Naciones; creó la Oficina Internacional del Trabajo; reunió en Washington el primer congreso internacional del trabajo, destinado a iniciar una revisión, una rectificación universal de las relaciones entre el trabajo y el capital. Esta política tendía a atraer al camino de la colaboración y de la reforma a los elementos moderados del socialismo y de los sindicatos. Y, en efecto, provocó un vasto y hon­do cisma en el campo socialista. Los socialistas y sindicatos revolucionarios crearon la Tercera Internacional. Algunos elementos centristas, intermedios e indecisos, conservaron momentáneamen­te su independencia, intentaron más tarde consti­tuir una nueva federación internacional que la prensa europea bautizó con el mote de "Interna­cional dos y medio".

 

Hizo Mariátegui una historia sumaria de estos organismos internacionales de los partidos socialistas y de los sindicatos. Explicó su ideología. Y pasó, en seguida, a narrar los principales episodios de la agitación proletaria en Europa en los dos años siguientes a la guerra. Se ocupó exten­samente de la lucha social y política en Italia durante ese período. Concluyó diciendo que a ese período revolucionario había seguido un período reaccionario del cual se ocuparía en las confe­rencias destinadas por el programa de su curso a la crisis de la democracia y a la síntesis de la situación contemporánea. Y anunció que el tema de la conferencia próxima son los problemas eco­nómicos de la paz (reparaciones, deudas inter-aliadas, déficits fiscales europeos, inflamiento de la circulación monetaria, depreciación de las mo­nedas, etc.). Al terminar, Mariátegui fue muy aplaudido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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DECIMA PRIMERA CONFERENCIA*

 

LOS PROBLEMAS ECONOMICOS DE LA PAZ

 

NUESTRO tema de hoy, son los problemas eco­nómicos de la paz: reparaciones, déficits fiscales, deudas inter-aliadas, desocupación, cambio. Estos problemas son aspectos diversos de una misma cuestión: la decadencia del régimen capitalista apresurada por la guerra. La guerra ha des­truido una cantidad ingente de riqueza social. Los gastos de la guerra se calculan en un billón trescientos mil millones de francos oro.

 

Además la guerra ha dejado otras herencias trágicas: millones de inválidos, millones de tu­berculosos, millones de viudas y huérfanos, a los cuales los Estados europeos deben asistencia y protección; ciudades, territorios, fábricas y minas devastadas que los Estados europeos tienen que reconstruir.

 

A todas estas obligaciones económicas Europa podría hacer frente, aunque no sin grandes difi­cultades, si la guerra no hubiera disminuido exor­bitantemente su capacidad de producción, su capacidad de trabajo. Pero la guerra ha causado la muerte de diez millones de hombres y la invalidez de otros tantos. El capital humano de Eu­ropa ha disminuido, pues, considerablemente. Eu­ropa dispone hoy de muchos millones menos de brazos productores que antes de la guerra. Ade­más, en la Europa central la guerra ha causado la desnutrición, la sub-alimentación de la pobla­ción trabajadora. Esta desnutrición, consecuencia de largas privaciones alimenticias, ha reducido la productividad, la vitalidad de la población de la Europa central. Un hombre enfermo o dé­bil, produce menos, trabaja menos, que un hom‑

 

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*  Pronunciada el viernes 14 de setiembre de 1923 en el local de la Federación de Estudiantes (Palacio de la Exposición). La Crónica del lunes 17 de setiembre del mis­mo año publicó su acostumbrada nota periodística.

 

 

 

 

 

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bre sano y vioroso. Asimismo, un pueblo mal alimentado, extenuado por una serie de hambres y miserias, produce mucho menos, trabaja mucho menos que un pueblo bien nutrido.

 

Europa se encuentra en la necesidad de pro­ducir más y de consumir menos que antes de la guerra para ahorrar anualmente la cantidad co­rrespondiente al pago de las deudas dejadas por la guerra; y se encuentra, al mismo tiempo, en la imposibilidad de aumentar su producción y casi en la imposibilidad de disminuir su consu­mo. Porque las importaciones de Europa no son importa-ciones de artículos de lujo, de artículos industriales, sino importaciones de artículos ali­menticios, carne, trigo, grasa indispensables a la nutrición de sus poblaciones, o de materias pri­mas, metales, algodón, maderas indispensables a la actividad de sus fábricas y de sus industrias.

 

Para el aumento de la población existe, ade­más, un obstáculo insuperable: el agravamiento de la lucha de clases, la intensificación de la gue­rra social. Las clases trabajadoras no quieren colaborar a la reconstrucción del régimen capitalis­ta. Antes bien, una parte de ellas, la que marcha con la Tercera Internacional trata de conquistar definitivamente el poder y de poner fin al régi­men capitalista. Luego, por razones políticas o por razones económicas, las huelgas, los obstruc­cionismos, los lock-out,* se suceden aquí y allá. Y estas interrupciones completas o parciales del trabajo impiden no sólo el aumento de la pro­ducción sino también el mantenimiento de la producción normal. Los estadistas europeos que preconizan una política de reconstrucción econó­mica de Europa tienden, por esto, a una tregua, a un tratado de paz entre el capitalismo y el pro­letariado. Quieren un entendimiento, un acuerdo, una transacción, más o menos duradera, entre el capital y el trabajo. Pero, ¿cuáles podrían ser las bases, las condiciones de esta transacción, de este acuerdo? Tendrían que ser, necesariamente, la ra­tificación y el desarrollo de las conquistas del pro­letariado: jornada de ocho horas, seguros socia‑

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* Huelga de patronos mediante el cierre de sus fábricas.

 

 

 

 

 

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les, etc.; la extirpación de las especulaciones que encarecen la vida; salarios altos en relación con el costo de ésta; control de las fábricas; la na­cionalización de las minas y las florestas.

 

En una palabra, la colaboración del proletaria­do no podría ser adquirida sino mediante la acep­tación del programa mínimo de las clases tra­bajadoras. A esta transacción se oponen los in­tereses de los grandes capitanes de la industria y de la banca, de los Stinnes, de los Tyissen, de los Loucheur, y, sobre todo, de la nube de espe­culadores que prospera a la sombra. Y se oponen también la voluntad de las masas maximalistas, adherentes a la Tercera Internacional, que aspi­ran a la destrucción final del régimen capitalista y rechazan, por consiguiente, la hipótesis de que el proletariado concurra y colabore a su restau­ración y a su convalecencia. Además, es dudoso que, simultáneamente, se pueda conseguir la reconstrucción de la riqueza social destruida y el mejoramiento del tenor de vida del proletariado. Es probable, más bien, que por mucho que la producción crezca, por mucho que las ganancias de Europa aumenten, no den lo bastante para atender al pago de las deudas y al bienestar de los trabajadores. El socialismo más que un régi­men de producción es un régimen de distribu­ción. Y los problemas actuales del capitalismo son problemas de producción más que problemas de distribución. ¿Cómo podrá, pues, el régimen capitalista aceptar y actuar el programa mínimo del proletariado? He ahí la dificultad sustancial de la situación, ante la cual se desconciertan todos los economistas.

 

Algunos estadistas europeos, Lloyd George, entre ellos, acarician una intención audaz, un plan atrevido. Piensan que no es posible salvar el ré­gimen capitalista sino a condición de conceder un poco de bienestar a los trabaja-dores. Piensa que este poco de bienestar debe serles concedido, en parte a costa de los capitalistas. Pero que los sacrificios de los capitalistas no bastarán para mejorar considerablemente la vida de los trabajadores. Y que hay que buscar por consiguiente otros recursos.

 

 

 

 

 

 

 

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Estos recursos que no es posible encontrar en Europa, que no es posible encontrar en las na­ciones capitalistas, es posible a su juicio encon­trarlos, en cambio, en África, en Asia, en América, en las naciones coloniales.

 

¿Quiénes insurgen, quiénes se rebelan contra el régimen capitalista? Los trabajadores, los pro­letarios de los pueblos pertenecientes a la civili­zación capitalista, a la civilización occidental. La guerra social, la lucha de clases, es aguda, es culminante en Europa, es menor en los Estados Unidos, es menor aún en Sudamérica; pero en los países correspondientes a otras civilizaciones no existe casi, o existe bajo otras formas atenuadas y elementales. Luego, se trata de reorganizar y ensanchar la explotación económica de los paí­ses coloniales, de los países incompletamente evo­lucionados, de los países primitivos de África, Asia, América, Oceanía y de la misma Europa.

 

Se trata de esclavizar las poblaciones atrasadas a las poblaciones evolucio-nadas de la civili­zación occidental. Se trata de que el bracero de Oceanía, de América, de Asia o de África pague el mayor confort, el mayor bienestar, la mayor holgura del obrero europeo o americano. Se tra­ta de que el bracero colonial produzca a bajo precio la materia prima que el obrero europeo trans-forma en manufactura y que consuma abun­dantemente esta manufactura. Se trata de que aquella parte menos civilizada de la humanidad trabaje para la parte más civilizada.

 

Así se espera, no solucionar definitivamente la lucha social, porque la lucha social existirá mientras exista el salario, sino atenuar la lucha social, aplazar su crisis definitiva, postergar su último capítulo. Las generaciones humanas son egoístas. Y la actual generación capitalista se preocupa más de su propia suerte que de la suerte del régimen capitalista. Después de nosotros, el diluvio, se dicen a sí mismos. Pero su plan de reorganizar científicamente la explotación de los países coloniales, de transformarlos en sus solíci­tos proveedores de materias primas y en sus solícitos consumidores de artículos manufacturados, tropieza con una dificultad histórica. Esos

 

 

 

 

 

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países coloniales se agitan por conquistar su independencia nacional. El Oriente hindú se re­bela contra el dominio europeo. El Egipto, la In­dia, Persia, despiertan. La Rusia de los Soviets fomenta estas insurrecciones nacionalistas para atacar al capitalismo europeo en sus colonias. La independencia nacional de los países coloniales estorbaría su explotación metódica. Sin disponer de un protectorado o de un mandato sobre los países coloniales, Europa no puede imponerles, con entera facilidad, la entrega de sus materias primas o la absorción de sus manufacturas.

 

Un país políticamente independiente puede ser económicamente colonial. Estos países sudameri­canos, por ejemplo, políticamente independientes, son económicamente coloniales. Nuestros hacendados, nuestros mineros son vasallos, son tribu­tarios de los trusts, capitalistas europeos. Un al­godonero nuestro, por ejemplo, no es en buena cuenta sino un yanacón de los grandes indus­triales ingleses o norteamericanos que gobiernan el mercado de algodón. Europa puede, pues, acor­dar a los países coloniales la soberanía política, sin que estos países se independicen, por esto, políticamente. Pero, actualmente Europa necesita perfeccionar en vasta escala la explotación eco­nómica de esas colonias. Y necesita, por tanto, manejarlas a su antojo, disponer de la mayor agilidad y libertad de acción sobre ellas. Reservo para la conferencia en que me ocuparé de los problemas coloniales y de las cuestiones de Oriente el examen detenido de este aspecto de la crisis mundial.

 

Ahora no quiero sino señalar su vinculación con la crisis económica de Europa.

 

Veamos rápidamente en qué consisten cada uno de los problemas económicos de la paz. Princi­piemos por el problema de las reparaciones. ¿Qué son las reparaciones? Las reparaciones son las indemnizaciones que Alemania, en virtud del tra­tado de paz, debe pagar a los aliados. El tratado de paz de Versalles obliga a Alemania a pagar el costo de los territorios devastados de Francia, Bélgica e Italia, y el monto de las pensiones de

 

 

 

 

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los inválidos de guerra, de las viudas y de los huérfanos aliados.

 

Cuando se firmó la paz, los aliados, especialmente Francia, creían que Alemania podría pagar una indemnización fabulosa. Poco a poco, a me­dida que se conoció la verdadera situación de Alemania, la suma de la indemnización se fue reduciendo.

 

En 1919, Lord Cunliffe, hablaba de una anua­lidad de 28,000 millones de marcos de oro; en 1919, en setiembre, Mr. Klotz indicaba 18,000 millones; en abril de 1921 la Comisión de Repa­raciones reclamaba poco más de 8,000 millones; en mayo de 1921, el acuerdo aliado fijaba 4,600 millones. Este acuerdo de Londres establece en 138 mil millones el total de la indemnización debida por Alemania a los aliados. Esta suma parecía entonces el mínimo que los aliados po­dían exigir. Posteriormente ha comprobado la experiencia que esa misma suma era exagerada.

 

Actualmente se considera imposible que Alemania logre pagar una suma mayor de treinta o cuarenta mil millones de marcos oro. Alemania ha ofrecido a los aliados como un máximum la cantidad de treinta mil millones. Pero Francia se ha negado a discutir siquiera estas propieda­des o proposiciones que ha declarado irrisorias y temerarias.

 

Con el pretexto del incumplimiento por Alemania, de las condiciones del acuerdo de Lon­dres, Francia ha ocupado la región del Rhur que es la más rica región industrial y carbonífera de Alemania.

El pretexto específico ha sido la impuntuali­dad y la deficiencia de las entregas del carbón que Alemania, conforme al Tratado, tiene la obli­gación de hacer a Francia. Ahora bien. Efectivamente Alemania había empezado a suministrar a Francia carbón, pero en cantidad menor de la que estaba forzada a consignarle.

 

Pero desde que Francia se ha instalado en el Rhur ha extraído de esa región menos carbón todavía que el que Alemania le proporcionaba voluntariamente. Francia ha calificado siempre la ocupación del Rhur como la toma de una pren-

 

 

 

 

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da productiva. Ha dicho: ¿Qué hace un acreedor cuando su deudor no cumple con pagarle? Pone intervención en su negocio; le embarga uno de sus bienes para explotarlo hasta que la deuda quede cancelada.

 

Pero en este caso, el Rhur es para Francia no sólo una prenda improductiva sino, por el contrario, gravosa. El mantenimiento de las tro­pas del ejército administrativo destacadas por Francia en el Rhur para gobernar ésa, cons-tituye un gasto formidable. Teóricamente el pago de ese gasto corresponde a Alemania; pero prácti­camente Francia necesita extraer de su erario las cantidades precisas para satisfacerlo. Y es que, positivamente, los políticos que gobiernan actualmente Francia no quieren sinceramente que Alemania pague, sino que Alemania no pague, a fin de tener así un pretexto para desmembrarla y mutilarla. Tienen la pesadilla de que Alemania resurja, de que Alemania se reconstruya, y aspi­ran a librarse de esta pesadilla aniquilán-dola. Pero, como ya he dicho y, he tenido la oportuni­dad de explicar, la ruina económica de Alemania causaría la ruina económica de la Europa conti­nental.

 

El organismo económico de Europa es dema­siado solidario para que pueda soportar el que­brantamiento de Alemania que es uno de los órganos más vitales. Vemos así que la guerra que trajo como consecuencia la caída del marco ale­mán ocasionó una depreciación del franco fran­cés. Y este es un fenómeno claro. El crédito de Francia depende en parte de la solvencia de Alemania.

 

Para que el mecanismo de la producción europea recupere su ritmo normal es indispensable que Alemania recobre su funcionamiento tran­quilo. Y la política de Francia respecto a Alemania tiende, contrariamente a esta necesidad, a desmenuzar a Alemania. Muchos banqueros, economistas y peritos aliados han comprobado la imposibilidad de que Alemania pague una in­demnización exagerada. Sus argumentos son ló­gicos. Se podría sacar de Alemania una gran cantidad de dinero si se le devolviesen sus anti‑

 

 

 

 

 

 

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guos instrumentos de comercio; sus colonias, sus mercados extranjeros, su flota mercante; si se le consintiese incrementar infinitamente su produc­ción industrial; si se le facilitase la venta de esta producción al extranjero. Y estas franquicias son imposibles. Imposibles porque a la industria de Inglaterra, de Francia y de Italia no les convie­ne esta competencia de la industria alemana. Im­posible porque Francia no puede tolerar, por re­cibir de Alemania algunos o muchos millones de francos, que Alemania resurja más potente, más vigorosa que nunca.

 

Si las potencias vencedoras, si Francia, si Ita­lia no consiguen nivelar su presupuesto ni pagar sus deudas, es absurdo suponer que una potencia vencida pueda no sólo regularizar sus finanzas sino además llenar los bolsillos de los vencedores. La imposibilidad de que Alemania pague está, pues, documenta-damente demostrada. Sin embar­go, Francia insiste en que Alemania debe pagar, y en que debe pagar millares de millones, porque así dispone de un pretexto para castigarla, para desmembrarla, para quitarle sus más ricos te­rritorios. La reorganización de Europa según los técnicos, no es posible sino a condición de que se inaugure una política de solidaridad, de colabora­ción entre los países europeos. De aquí la impor­tancia del problema de las repa-raciones que enemista y aleja a Alemania y a Francia, a las dos naciones más importantes de la Europa conti­nental. El gobierno de Francia, cuando se le pone delante los peligros que constituye para el porvenir europeo este con-flicto franco-alemán, res­ponde que no es justo que Alemania sea exonerada de todo pago, mientras que Francia sigue obligada a pagar a EE. UU. sus deudas de guerra. Francia dice: que Inglaterra y EE. UU. nos perdonen nuestras deu-das si quieren que seamos generosos y blandos con Alemania.

 

Llegamos así a otro problema económico de la paz. Al problema de las deudas interaliadas, ín­timamente ligado al problema de las reparaciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

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DECIMA SEGUNDA CONFERENCIA*

 

Las notas del autor:

 

LA CRISIS DE LA DEMOCRACIA

 

DESDE antes de la guerra se percibían los sín­tomas de una crisis del régimen democrático. ¿Cuál ha sido el motor de esta crisis? El acre­centamiento y concentración paralelas del capita­lismo y del proletariado. La vida económica, las fuerzas económicas de los países, han pasado a las manos de estos dos grandes poderes, al lado de los cuales el Estado ha adquirido una posición no de árbitro sino más bien de mediador. Los conflictos, los contrastes entre una y otra fuerza, no han podido ser solucionadas por el Estado sino por transacciones, por compromisos directos entre ellas. El Estado en esas transacciones no ha jugado sino un rol de componedor. Dentro de las formas de la sociedad vieja se han ido gestando, se han ido incubando las formas de una sociedad nueva. La nación, en virtud de la nueva realidad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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* Pronunciada en el local de la Federación de Estudiantes del Perú el martes 25 de setiembre de 1923. Mariáte­gui expone, pedagógicamente, la estructura del Estado feudal y del Estado burgués, para plantear su tesis de que la democracia está en crisis: «La democracia burguesa ha cesado de corresponder a la or­ganización de las fuerzas económicas formidablemente transformadas y acrecentadas» y «El proletariado intenta el asalto decisivo del Estado y del poder político para transformar la sociedad».

 

 

 

 

 

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social, ha dejado de ser una entidad predomi­nantemente política para transformarse en una entidad predominantemente económica. Esta trans-formación sustancial de la nación ha determinado la crisis del Estado político. La historia nos enseña que las formas de organización social y política de una sociedad corresponden a la es­tructura, a la tendencia de las fuerzas produc-tivas. La sociedad burguesa, por ejemplo, no tie­ne otro origen que el naci-miento de la industria. Dentro de la sociedad medioeval, la burguesía era la clase industrial, la clase artesana. A medi­da que la burguesía se enriqueció, a medida que la industria se desarrolló, los privilegios de la aristocracia, de la nobleza se hicieron insoporta­bles. El obrero y el burgués se confundían en­tonces en una clase única: el pueblo. La burgue­sía era la vanguardia del pueblo y era la clase conductora de la revolución. Obrero y burgués coinci-dían en la aspiración de la abolición de los privilegios de la aristocracia. La caída de la aristocracia, del régimen medioeval fue, pues, determinada más que por razones abstractas de ideal por razones concretas de la aparición de una nue­va forma de producción: la industria. Bajo el ré­gimen democrático, bajo el régimen burgués, se ha creado nuevas formas de producción. La in­dustria se ha desarrollado extraordinariamente impulsada por la máquina. Han surgido enormes empresas industriales. La expansión de estas nuevas fuerzas productivas no permite la subsis­tencia de los antiguos moldes políticos. Ha transformado la estructura de las naciones y exige la transformación de la estructura del régimen. La democracia burguesa ha cesado de corresponder a la organización de las fuerzas económicas formidablemente transformadas y acrecentadas. Por esto la democracia está en crisis. La institución típica de la democracia es el parlamento. La cri­sis de la democracia es una crisis del parlamento. Hemos visto ya cómo los dos grandes poderes contemporáneos son el capital y el trabajo y có­mo, por encima del parlamento, estas fuerzas transigen o luchan. Los teóricos de la democracia podrían suponer que estas fuerzas están o deben

 

 

 

 

 

 

 

 

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estar proporcionalmente representadas en el parlamento. Pero no es así. Porque la sociedad no se divide netamente en capitalistas y proletarios. Entre la clase capitalista y la clase proletaria hay una serie de capas amorfas e intermedias. Además, así como toda la clase proletaria no tie­ne conciencia exacta de sus necesidades históri­cas y clasistas, así también toda la clase capitalista no está dotada de una conciencia precisa. La mentalidad del gran industrial o del gran banquero no es igual a la mentalidad del ren­tista medio o del comerciante minorista. Esta dis­persión de las clases sociales se refleja en el parlamento que no representa así netamente los dos grandes intereses en juego. El Estado políti­co resulta la representación integral de todas las capas sociales. Pero la fuerza conservadora y la fuerza revolucionaria se polariza en dos agrupa­ciones únicas de intereses: capitalismo y prole­tariado. Dentro del régimen parlamentario no caben sino gobiernos de coalición. Ahora se tiende a los gobiernos de facción.

 

Actualmente, la intensificación de la lucha de clases, el acrecentamiento de la guerra social, ha acentuado esta crisis de la democracia. El prole­tariado intenta el asalto decisivo del Estado y del poder político para transformar la sociedad. Su crecimiento en los parlamentos resulta amena­zante para la burguesía. Los instrumentos legales de la democracia han resultado insu-ficientes pa­ra conservar el régimen democrático. El conser­vadorismo ha necesitado apelar a la acción ile­gal, a los medios extra-legales. La clase media, la zona intermedia y heterogénea de la sociedad, ha sido el nervio de este movimiento. Desprovis­ta de una conciencia de clase propia, la clase media se considera igualmente distante y enemiga del capitalismo y del proletariado. Pero en ella están representados algunos sectores capitalistas. Y como la batalla actual se libra entre el capita­lismo y el proletariado toda intervención de un tercer elemento tiene que operarse en beneficio de la clase conservadora. El capitalismo y el pro­letariado son dos grandes y únicos campos de gra­vitación que atraen las fuerzas dispersas. Quien

 

 

 

 

 

 

 

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reacciona contra el proletariado sirve al capita­lismo. Esto le acontece a la clase media, en cuyas filas ha reclutado su proselitismo el movimiento fascista. El fascismo no es un fenómeno italiano, es un fenómeno inter-nacional. El primer país de Europa donde el fascismo ha aparecido ha sido Italia porque en Italia la lucha social estaba en un período más agudo, porque en Italia la situa­ción revolucionaria era más violenta y decisiva.

 

Proceso del fascismo. Su encumbramiento. Sus sistemas. Sus métodos.

 

El fascismo en Alemania, en Francia, en Hun­gría, etc. Lugones en la Argentina.

 

La reseña periodística:

EN LA UNIVERSIDAD POPULAR GONZÁLEZ PRADA

 

LA CRISIS DE LA DEMOCRACIA
CONFERENCIA DE JOSE CARLOS MARIATEG UI *

 

Conforme al programa de su curso de conferen­cias sobre la historia de la crisis mundial, José Carlos Mariátegui se ha ocupado, en su duodéci­ma disertación en la Universidad Popular, de la crisis de la democracia. En la sala de la Federa­ción de Estudiantes se dieron cita para escuchar su conferencia numerosos estudiantes y obreros.

 

Comenzó Mariátegui recordando que desde antes de la guerra se venía advirtiendo diversos sín­tomas de crisis del régimen democrático. El acrecentamiento y la concentración del capitalismo y del proletariado disminuían cada vez más de la eficacia del parlamento político. Esas dos grandes fuerzas tendían a resolver sus contrastes y sus conflictos mediante transacciones y compromisos directos. El estado político no podía ya contenerlas dentro de su antiguo mecanismo, que ellas pug‑

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* La Crónica, Nº 4142, pág. 12. Lima, martes 25 de se­tiembre de 1923.

 

 

 

 

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naban, con intensidad creciente, por romper y sus­tituir. El sentido de la crisis de las instituciones democráticas era éste: el Estado cesaba de corresponder a la nueva realidad. La nación ha dejado de ser en nuestra época una entidad prevalente­mente política para convertirse en una entidad predominantemente económica. Y, por consiguiente, el estado político -superado y sobrepasado por los nuevos problemas- ha entrado en un período de crisis.

 

Hizo Mariátegui un resumen sumario de los orí­genes del régimen represen-tativo democrático, conforme a la interpretación materialista de la his­toria que mira en los acontecimientos políticos una manifestación o un resultado de las transfor­maciones económicas. El régimen medioeval y aristocrático declinó y desapareció porque así lo imponía el desarrollo de las nuevas formas produc-tivas: porque el crecimiento de la industria ha­bía creado una burguesía rica y poderosa cuyos intereses eran incompatibles e inconciliables con los fueros y privilegios de la aristocracia. Igualmente ahora el antiguo régimen democrá-tico in­dividualista decae y envejece porque no se aviene con las nuevas tendencias y necesidades de pro­ducción. El parlamento político no representa neta y proporcionalmente los dos grandes intereses en juego: capital y trabajo, que libran, por consi­guiente, sus batallas y celebran sus pactos fuera del parlamento, al cual no le toca sino ratificar y perfeccionar los pactos de tregua concertados directamente entre las dos fuerzas de contraste. Sintetizó, en seguida, el conferencista, las razones por las cuales los parlamentos políticos carecen de las condiciones técnicas y del espíritu de continuidad necesarios para la solución científica de los complejos problemas económicos, educa-ciona­les, etc., que emergen de la realidad nueva. Citó las opiniones de algunos estadistas que se pronun­cian contra el sistema uniparlamentario. Se refi­rió entre ellos a Walter Rathenau, quien en su en-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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sayo "El Nuevo Estado", preconiza el sistema de estados especializados y sostiene que el estado eco­nómico puede apoyarse sobre consejos, el estado educador sobre parlamentos de especialistas y sim­ples ciudadanos y que el estado unitario, instan­cia superior y directriz, debe encarar el principio de la democracia en su teoría absoluta. Mencio­nó también la tesis de Caillaux, quien habla de "la síntesis de la democracia de tipo occidental y del sovie-tismo ruso" como la finalidad que hay que alcanzar.

 

A continuación estudió Mariátegui la influencia de los problemas económicos de la post-guerra en la crisis de la democracia; las consecuencias polí­ticas de la intensificación, del agravamiento de la guerra social, de la lucha de clases; y la posición de la clase media ante el contraste, ante el con­flicto entre los intereses conservadores y los in­tereses revolucionarios. Explicó las razones políticas, económicas y psicológicas que habían llevado a la clase media a abastecer las filas de los movimientos fascistas. Expuso cómo se generó y desarrolló el fascismo italiano. Y dijo que el fas­cismo no era un fenómeno exclusivamente italia­no sino un fenómeno europeo. Aludió a las organiza-ciones fascistas de Francia, Alemania, Hun­gría. Se ocupó, sobre todo, de la repercusión del reaccionarismo fascista en la crisis de la demo­cracia. El fascismo mina y desvaloriza las dos instituciones fundamentales del régimen democrá­tico: el parlamento y el sufragio universal. Señaló Mariátegui el proceso de la conquista del poder por Mussolini en Italia y por Primo de Rivera en España. Después de otras consideraciones y obser­vaciones, terminó anunciando que el tema de su conferencia del próximo viernes será la agitación en Oriente y los problemas orientales. La concurrencia lo aplaudió vivamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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DECIMA TERCERA CONFERENCIA*

 

LA AGITACION REVOLUCIONARIA Y

SOCIALISTA DEL MUNDO ORIENTAL

 

EL tema de esta noche es la agitación revolu­cionaria y nacionalista en Oriente. He explicado ya la conexión que existe entre la crisis eu­ropea y la insurrección del Oriente. Algunos estadistas europeos encuentran en una explotación más metódica, más científica y más intensa del mundo oriental, el remedio del malestar econó­mico del Occidente. Tienen el plan audaz de extraer de las naciones coloniales los recursos ne­cesarios para la convalecen-cia y la restauración de las naciones capitalistas. Que los braceros de la India, del Egipto, del África o de la América Colonial, produzcan el dinero nece-sario para conceder mejores salarios a los braceros de Ingla­terra, de Francia, de Alemania, de Estados Uni­dos, etc. El capitalismo europeo sueña con asociar a los trabajadores europeos a su empresa de explotación de los pue-blos coloniales. Europa intenta reconstruir su riqueza, dilapidada durante la guerra, con los tributos de las colonias. El capitalismo occidental no consigue la resignación del proletariado occidental a un tenor de vida miserable y paupérrimo. Se da cuenta de que el proletariado europeo no quiere que recaigan so­bre él las obligaciones económicas de la guerra. Y acomete, por esto, la colonial empresa de reor­ganizar y ensanchar la explotación de los pueblos orientales. El capitalismo europeo trata de sofocar la revolución social de Europa con la distribución entre los trabajadores europeos de las utilidades obtenidas con la explotación de los

 

 

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* Pronunciada el viernes 28 de setiembre de 1923, en el local de la Federación de Estudiantes (Palacio de la Exposición) Versión reproducida por la revista Caretas, Lima, Mayo de 1951, (Nº 8 Año II).

 

 

 

 

 

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trabajadores coloniales. Que los trescientos mi­llones de habitantes de Europa occidental y Es­tados Unidos esclavicen a los mil quinientos mi­llones de habitantes del resto de la tierra. A esto se reduce el programa del capitalismo europeo y norteamericano. Al esclavizamiento de la mayoría atrasada e inculta en beneficio de la minoría evolucionada y culta del mundo. Pero este plan es demasiado simplista para ser realizable. A su realización se oponen varios factores. Europa ha predicado durante mucho tiempo el derecho de los pueblos a la libertad y la independencia. La última guerra ha sido hecha por Inglaterra, por Francia, por los Estados Unidos y por Italia, en el nombre de la libertad y la democracia, con­tra el imperialismo y la conquista. Al lado de los soldados europeos, han luchado por estos mitos y por estos principios, mu-chos soldados africa­nos y asiáticos. Y estos mitos y estos principios, de los cuales el capitalismo aliado y norteame­ricano ha hecho tan imprudente y desmedido abuso, han echado raíces en el Oriente. La India, el Egipto, Persia, el África septentrio­nal, reclaman hoy, invocando la doctrina europea, el reconocimiento de su derecho a dispo­ner de sí mismos. El Asia y el África quie­ren emanciparse de la tutela de Europa, en el nombre de la ideología, en el nombre de la doc­trina que Europa les ha enseñado y que Europa les ha predicado. Existe; además, otro motivo psicológico para la insurrección del Oriente. Hasta antes de la guerra, las poblaciones orientales tenían un respeto supersticioso por las socieda­des europeas, por la civilización occidental, creadoras de tantas maravillas y depositarias de tanta cultura. La guerra y sus consecuencias han aminorado, han debilitado mucho ese respeto supersticio-so. Los pueblos de Oriente han visto a los pueblos de Europa combatirse, desgarrarse y devorarse con tanta crueldad, tanto encarnizamiento y tanta perfidia, que han dejado de creer en su superioridad y su progreso. Europa, más que su autoridad material sobre Asia y África, ha perdido su autoridad moral. Tiene todavía ar-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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mas suficientes para imponerse; pero sus armas morales son cada día menores.


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Además la conciencia moral de los países oc­cidentales ha avanzado también mucho para que una política de conquista y de opresión sea amparada y consentida por las masas populares. Antes, el proletariado, no oponía a la política co­lonizadora e imperialista de sus gobiernos una resistencia eficaz y convencida. Los trabajadores ingleses, franceses, alemanes, eran más o menos indiferentes a la suerte de los trabajadores asiá­ticos y africanos. El socialismo era una doctrina internacional; pero su internacionalismo concluía en los confines de Occidente, en los límites de la civilización occidental. Los socialistas, los sin­dicalistas, hablaban de liberar a la humanidad; pero, prácticamente, no se interesaban sino por la humanidad occidental. Los trabajadores occi­dentales consideraban tácitamente natural la es­clavitud de los trabajadores coloniales. Hombres occidentales, al fin y al cabo, educados dentro de los prejuicios de la civilización occidental, miraban a los trabaja-dores de Oriente como hombres bárbaros. Todo esto era natural, era justo. Entonces la civilización occidental vivía demasiado orgullosa de sí misma. Entonces no se hablaba de civilización occidental y civiliza­ciones orientales, sino se hablaba de civilización a secas. Entonces la cultura imperante no admi­tía la coexistencia de dos civilizaciones, no admitía la equivalencia de civilizaciones, ninguno de esos conceptos que impone ahora el relativis­mo histórico. Entonces, en los límites de la civili­zación occidental, comenzaba la barbarie egipcia, barbarie asiática, barbarie china, barbarie turca. Todo lo que no era occidental, todo lo que no era europeo, era bárbaro. Era natural, era lógico, por consiguiente, que dentro de esta atmósfera de ideas, el socialismo occidental, y el proletariado occidental, hubiesen hecho del internacionalis­mo una doctrina prácticamente europea también. En la Primera Internacional no estuvieron repre­sentados sino los trabajadores europeos y los

 

 

 

 

 

 

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trabajadores norteamericanos. En la Segunda In­ternacional ingresaron las vanguardias de los tra­bajadores sudamericanos y de otros trabajadores incorporados en la órbita del mundo europeo, del mundo occidental. Pero la Segunda Internacional continuó siendo una Internacional de los traba­jadores de Occidente, un fenómeno de la civili­zación y de la sociedad europeas. Todo esto era natural y era justo, además, porque la doctrina socialista, la doctrina proletaria, constituían una creación, un producto de la civilización europea y occidental. Ya he dicho, al disertar rápidamen­te sobre la crisis de la demo-cracia, que la doc­trina socialista y proletaria es hija de la socie­dad capitalista y burguesa. En el seno de la so­ciedad medioeval y aristocrática se generó y maduró la sociedad burguesa. De igual modo, en el seno de la sociedad burguesa se genera y madu­ra, actualmente, la sociedad proletaria. La lucha social no tiene, pues, el mismo carácter en los pueblos de Occidente y en los pueblos de Orien­te. En los pueblos de Oriente, sobrevive hasta el régimen esclavista. Los problemas de los pueblos de Oriente son diferentes de los pueblos de Occidente. Y la doctrina socialista, la doctrina pro­letaria, es un fruto de los problemas de los pue­blos de Occidente, un método de resolverlos. La solución aparece donde existe el problema. La solución no puede ser planteada donde el proble­ma no existe aún. En los países de Occidente la solución ha sido planteada porque el problema existe. El socialismo, el sindicalismo, las teorías que apasionaban a las muchedumbres europeas, dejaban por esto indiferentes a las muchedum­bres asiáticas, a las muche-dumbres orientales. No existía por esto en el mundo una solidaridad de muchedumbres explotadas, sino una solida­ridad de muchedumbres socialistas. Este era el sentido, éste era el alcance, ésta era la exten­sión de las antiguas internacionales, de la Pri­mera Internacional y de la Segunda Internacio­nal. Y de aquí que las masas trabajadoras de Eu­ropa no combatiesen enérgicamente la coloniza­ción de las masas trabajadoras de Oriente, tan distantes de sus costumbres, de sus sentimientos

 

 

 

 

 

 

 

 

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y de sus direcciones. Ahora, este estado de ánimo se ha modificado. Los socialistas empiezan a com­prender que la revolución social no debe ser una revolución europea, sino una revolución mundial. Los líderes de la revolución social perciben y comprenden la maniobra del capitalismo que busca en las colonias los recursos y los medios de evitar o de retardar la revolución en Europa. Y se esfuerzan por combatir al capitalismo, no sólo en Europa, no sólo en el Occidente, sino en las colonias. La Tercera Internacional inspira su tác­tica en esta nueva orientación. La Tercera In­ternacional estimula y fomenta la insurrección de los pueblos de Oriente, aunque esta insurrección carezca de un carácter proletario y de clases, y sea, antes bien, una insurrección naciona-lista. Muchos socialistas han polemizado, precisamen­te, por esta cuestión colonial, con la Tercera In­ternacional. Sin comprender el carácter decisivo que tiene para la revolución social la emancipa­ción de las colonias del dominio capitalista, esos socialistas han objetado a la Tercera Internacional la cooperación que este organismo presta a esa emancipación política de las colonias. Sus razones han sido éstas: El socialismo no debe amparar sino movimientos socialistas. Y la rebelión de los pueblos orientales es una rebelión nacio­nalista. No se trata de una insurrección proleta­ria, sino de una insurrección burguesa. Los tur­cos, los persas, los egipcios, no luchan por instaurar en sus países el socialismo, sino por in­dependizarse políticamente de Inglaterra y de Europa. Los proletarios combaten y se agitan en esos pueblos, confundidos y mezclados con los burgueses. En el Oriente no hay guerra social, sino guerras políticas, guerras de independencia. El socialismo no tiene nada de común con esas insurrecciones nacionalistas que no tienden a li­berar al proletariado del capitalismo, sino a li­berar a la burguesía india, o persa, o egipcia, de la burguesía inglesa. Esto dicen, esto sostienen algunos líderes socialistas que no estiman, que no advierten todo el valor histórico, todo el valor social de la insurrección del Oriente. En un congreso memorable, en el Congreso de Halle, Zi‑

 

 

 

 

 

 

 

 

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novief, a nombre de la Tercera Internacional, de­fendía la política colonial de ésta de los ataques de Hilferding, líder socialista, actual Ministro de Finanzas. Y en esa oportunidad decía Zinovief: «La Segunda Internacional estaba limitada a los hombres de color blanco; la Tercera no divide a los hombres según el color. Si vosotros queréis una revolución mundial, si vosotros queréis libe­rar al proletariado de las cadenas del capitalis­mo, no debéis pensar solamente en Europa. De­béis dirigir vuestras miradas también al Asia. Hilferding dirá despreciativamente: ¡Estos asiá­ticos, estos tártaros, estos chinos! Compañeros, yo os digo: una revolución mundial no es posible si no ponemos los pies también en el Asia. Allá habita una cantidad de hombres cuatro veces ma­yor que en Europa, y estos hombres son oprimi­dos y ultra-jados como nosotros». ¿Vamos a apro­ximarlos, a acercarles al socialismo o no debe­mos hacerlo? Si Marx ha dicho que una re­volución europea sin Inglaterra se parecería solamente, a una tempestad en un vaso de agua, nosotros os decimos, oh compañeros de Alema­nia, que una revolución proletaria sin el Asia no es una revolución mundial. Y esto tiene para nosotros mucha impor-tancia. También yo soy europeo como vosotros; pero siento que Europa es una pequeña parte del mundo. En el Congre­so de Moscú hemos comprendido qué cosa nos faltó hasta ahora en el movimiento proletario. Allá hemos sentido qué cosa es necesario para que arribe la revolución mundial. Y esta cosa es: el despertar de las masas oprimidas del Asia. Yo os confieso: cuando en Bakú vi centenares de persas y de turcos entonar con nosotros la Inter-nacional, sentí lágrimas en los ojos. Y enton­ces oí el soplo de la revolución mundial». Y es, por todo esto, que la Tercera Internacional no es ni ha querido ser una Internacional exclusivamente eu­ropea. Al congreso de fundación de la Tercera Internacional asistieron delegados del Partido Obrero Chino y de la Unión Obrera Coreana. A los congresos siguientes han asistido delegados persas, turquestanos, armenios y de otros pueblos orientales. Y el 14 de agosto de 1920 se reunió

 

 

 

 

 

 

 

 

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en Bakú ese gran congreso de los pueblos de Oriente, al cual alude Zinovief, al que concurrie­ron los delegados de 24 pueblos orientales. En ese congreso quedaron echados los cimientos de una Internacional del Oriente, no de una Internacional socialista, sino revolucionaria e insurrec­cional únicamente.

 

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Bajo la presión de estos acontecimientos y de estas ideas, los mismos so-cialistas reformistas, los mismos socialistas democráticos, tan saturados de los antiguos prejuicios occidentales, han con­cluido por interesarse mucho más que antes en la cuestión colonial. Y han comenzado a recono­cer la necesidad de que el proletariado se preo­cupe seriamente de combatir la opresión del Oriente y a amparar el derecho de estos pueblos a disponer de sí mismos. Esta actitud nueva de los partidos socialistas, cohíbe y coacta a las grandes nacio-nes capitalistas para emplear contra los pueblos de Oriente la fuerza de las expediciones guerreras. Y así, vimos el año pasado que Ingla­terra, desafiada por Mustafá Kemal en Turquía, no pudo responder a este reto con operaciones de guerra. El Partido Laborista inglés inició una violenta agitación contra el envío de tropas al Oriente. Los dominios ingleses, Australia, el Transvaal, declararon su voluntad de no consentir un ataque a Turquía. El gobierno inglés se vio obligado a transigir con Turquía, a ceder ante Turquía, a la cual, en otros tiempos, habría aplastado sin piedad. Igualmente, hace tres años, vimos al proletariado italiano oponerse resueltamente a la ocupación de Albania por Italia. El gobierno italiano fue obligado a retirar sus tro­pas del suelo albanés. Y a firmar un tratado amis­toso con la pequeña Albania. Estos hechos reve­lan una situación nueva en el mundo. Esta situa­ción nueva se puede resumir en tres observacio­nes: 1ª) Europa carece de autoridad material pa­ra sojuzgar a los pueblos coloniales; 2ª) Europa ha perdido su antigua autoridad moral sobre esos pueblos; 3ª) La conciencia moral de las naciones

 

 

 

 

 

 

 

 

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europeas no consiente en esta época, al régimen capitalista, una política brutalmente opresora y conquistadora contra el Oriente. Existen, en otras palabras, las condiciones históricas, los elementos políticos necesarios para que el Oriente resurja, para que el Oriente se independice, para que el Oriente se libere. Así como, a principios del siglo pasado, los pueblos de América se independizaron del dominio político de Europa, porque la situación del mundo era propicia, era oportuna para su liberación, así ahora los pueblos del Oriente se sacudirán también del dominio políti­co de Europa, porque la situación del mundo es propicia, es oportuna para su liberación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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DECIMA CUARTA CONFERENCIA*

 

Las notas del autor

 

EXPOSICION Y CRÍTICA DE LAS

INSTITUCIONES DEL REGIMEN RUSO

 

EL esquema de la constitución rusa es el si­guiente: Principio: Quien no trabaja no come. Fin: supresión de la explotación del hombre por el hombre. Medio: durante la lucha decisiva del proletariado contra sus explotadores el poder debe pertenecer exclusivamente a las masas tra­bajadoras.

 

La célula del régimen sovietal es el soviet o consejo urbano y rural. Estos soviets urbanos y rurales se agrupan primero en congreso de volost, luego en congresos distritales, en seguida en los congresos provinciales, después en los congresos regionales y finalmente en el congreso pan-ruso de los soviets, for-mado por delegados de los so­viets urbanos (uno por cada 25,000 habitantes)

 

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* Pronunciada el viernes 19 de octubre de 1923, en el local de la Federación de Estudiantes del Perú. Se desprende del guión o esbozo del autor, que éste ofreció a su auditorio un cuadro veraz y polifacético de la realidad soviética del momento. La patria de Lenin atravesaba, por aquel entonces, el primer período de la NEP (Nueva Política Económica), después de salir de la etapa cono­cida con el nombre de "Comunismo de Guerra", esto es: control de la grande, mediana y pequeña industria; mo­nopolio estatal del comercio del trigo; prohibición del co­mercio privado de cereales; trabajo general obligatorio, extensivo a todas las clases de la población ("el que no trabaja no come"), etc. Mariátegui, con claridad caracteriza certeramente el régimen de la NEP. El poder sovié­tico toleraba aún algunas formas de capitalismo. La in­dustria no había alcanzado el nivel de anteguerra. Las granjas del Estado (sovjoses) y las granjas colectivas (koljoses) representaban un porcentaje ínfimo de la econo­mía campesina. En el plano de la circulación de mer­cancías, el sector socialista únicamente conformaba un 50%, más o menos. Este es el cuadro que, con otras palabras, pinta el conferenciante. Su dominio del tema es excepcional, sobre todo, si se toma en consideración el desconocimiento general que había entonces de la reali­dad soviética y si se recuerda que Mariátegui nunca estuvo en la URSS.

 

 

 

 

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y por delegados de los congresos provinciales (uno por cada 125,000 habitantes). El congreso pan-ruso se reúne dos veces al año. Designa un comité central ejecutivo que es la suprema auto­ridad en los intervalos entre congreso y congre­so. El Comité Central Ejecutivo nombra de su seno a los comisarios del pueblo que constituyen un colegio o soviet a su vez. Los comisarios del pueblo son dieciocho.

 

El período de cada delegado es de tres meses. Pero todos los delegados son revocables en cual­quier momento. Son electores todos los trabajadores sin distinción de sexos, nacionalidades, religiones, etc.

 

No existe el dualismo democrático en el régi­men sovietal. Los soviets son al mismo tiempo órganos ejecutivos y legislativos. El consejo de comisarios del pueblo no es sino un comité direc­tivo, un estado mayor de la asamblea de los so­viets. El parlamento suele no corresponder, por envejecimiento, a las corrientes del instante. El soviet está en constante renovación, en constante cambio. Todas las ondulaciones de la opinión se reflejan en el soviet. El soviet es el órgano típico del régimen proletario así como el parlamento es el órgano típico del régimen democrá­tico. Es un régimen de representación profesio­nal y de representación de clase.

 

La dictadura del proletariado, por ende, no es una dictadura de partido sino una dictadura de clase, una dictadura de la clase trabajadora. Cuando se inauguró el régimen sovietista los bolche­viques no predominaban sino en los soviets ur­banos, en los centros industriales. En los soviets de campesinos predominaba el partido social-revolucionario que correspondía más exactamen­te a la mentalidad poco evolucionada y pequeño-burguesa de los campesinos. Pero los bolchevi­ques se atrajeron la colaboración de estas masas campesinas mediante la realización de su progra­ma: celebración de la paz y reparto de las tierras.

 

La economía, la política del régimen de los so­viets constituyen una tran-sacción entre los inte­reses de los obreros urbanos y los intereses de los trabajadores del campo. Estos últimos no están

 

 

 

 

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aún educados, preparados, capacitados para el co­munismo. Su actitud ha hecho necesaria por ejemplo la distribución de las tierras en vez de su gestión colectiva. Gorky mira la amenaza del porvenir en el campesino, en su egoísmo, en su ojeriza al obrero de la ciudad. La necesidad de excitar la producción hizo necesaria, por ejemplo, la libertad del pequeño comercio. En un princi­pio, bajo el régimen de las requisiciones, los cam­pesinos redujeron la producción. Ahora, la aumentan porque el comercio libre constituye un atractivo para ellos. Lo mismo ocurre con los obreros industriales. Les es permitido trabajar extraordinariamente para producir manufacturas destinadas al comercio libre. De esta suerte, el régimen consigue un aumento de la producción, y, en tanto que queda ésta normalizada sobre bases netamente comunistas, se confía a la ini­ciativa y al comercio particulares de obreros y campesinos la satisfacción de las necesidades que el Estado no puede todavía atender.

 

La política internacional de los soviets es emi­nentemente pacifista. La Federación de las Repúblicas Sovietistas está constituida sobre la ba­se del derecho de sus componentes a salir de ella. Constituye una asociación voluntaria de naciones. Rusia ha renunciado a toda reivindicación terri­torial en Polonia. Ha reconocido la independen­cia de Finlandia y de las provincias bálticas. El ejército rojo tiene por objeto sustancial la defen­sa de la Revolu-ción. Es un instrumento al servicio de la revolución mundial. El ejército rojo es ahora de 600,000 hombres.

 

Ha salvado al régimen de los asaltos contra­rrevolucionarios de Kolchak, Deninkin, Jude­nicht, Wrangel. Y ha impuesto a las potencias europeas el abandono de la política de interven­ción armada en Rusia. Rusia tiene acreditada embajada en Berlín, en Varsovia, en Angora. Tiene representantes oficiosos o comerciales en Inglaterra, Italia y otros países importantes. Ha concurrido a la Conferencia de Génova y luego a las de La Haya y Lausanne. Rusia ha concu­rrido, invitada oficialmente a la Feria de Lyon.

 

 

 

 

 

 

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Una comisión de banqueros franceses acaba de visitar Rusia.

 

El bloqueo, otra arma de la Entente, ha dañado extraordinariamente la producción rusa. Y ha causado la muerte de gran número de campesinos en la región del Volga.

 

La educación y la instrucción, son objeto de es­pecial cuidado. El obrero tiene acceso a la ins­trucción superior. En 1917 existían 23 bibliotecas en Petro-grado y 30 en Moscú. En 1919, eran 49 en Petrogrado y 85 en Moscú. Los institutos de Moscú han aumentado de 369 a 1357. La asis­tencia escolar que era de tres millones y medio ha aumentado a cinco millones. Se ha fundado doce mil escuelas nuevas. El número total de bi­bliotecas que en 1919 era de 13,500, en 1920 era de más de 32,000. Se han creado 24 universida­des obreras.

 

Gorky fue encargado de fundar la casa de los intelectuales, en gran parte hostiles a la Revolu­ción. Las artes reciben estímulo. He asistido a una expo-sición de arte ruso en Berlín. Rusia estuvo representada abundantemente en la últi­ma exposición internacional de Venecia.

 

Se observa rigurosamente la jornada de ocho horas. Para los que se dedican a un trabajo noc­turno la jornada es de siete horas. Cada traba­jador tiene derecho a 42 horas de reposo conti­nuo a la semana. Cada año tiene derecho a una vacación de un mes, transitoriamente reducida a quince días. El seguro social se extiende a toda la vida del trabajador: enfermedad, desocupación, acciden-te, vejez y maternidad. Funciona el con­trol obrero de la producción. Existen casas de reposo para los trabajadores. La residencia veraniega del ex gran duque Sergio en Ilinskoe es el principal sanatorio para obreros fatigados.

Las alianzas profesionales.

La atención a la infancia. Casas de salud para niños. Los niños reciben instrucción, alimento y ropa. La protección a la infancia comienza desde la maternidad. La mujer grávida tiene dere­cho a la asistencia desde ocho semanas antes del parto.

La mujer y los soviets. Las mujeres tienen to‑

 

 

 

 

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dos los derechos políticos y civiles. La primera ministro ha sido rusa: Alejandra Kollontain. En la delegación había varias mujeres. La propaganda entre las mujeres.

 

El problema religioso. Separación del Estado y de la Escuela de la Iglesia. La propaganda irre­ligiosa.

El matrimonio y su disolución. La demanda de una sola de las partes basta para el divorcio.

La N.E.P. El Consejo de Economía Pública. Mi­lliutin. La electrificación de Rusia. Las concesio­nes al capital extranjero.

La polémica con los social-democráticos y con los anarquistas. La política de los soviets ha emergido de la realidad, ha sido dictada por los hechos. En ella ha influido, finalmente, la situa­ción general europea.

Los tribunales populares y el tribunal revolu­cionario.

 

La reseña periodística:

EN LA UNIVERSIDAD POPULAR GONZÁLEZ PRADA

 

LAS INSTITUCIONES RUSAS
CONFERENCIA DE LOSE CARLOS MARIATEGUI*

 

Después de un intervalo de tres semanas, José Carlos Mariátegui ha reanu-dado en la Universi­dad Popular su curso de conferencias sobre la historia de la crisis mundial. El programa de su curso, que toca ya a su término; asignaba a esta conferencia un vasto tema: la exposición y críti­ca de las instituciones del régimen ruso. La amplia sala de la Federación de Estudiantes estaba llena de estudiantes y obreros.

 

Mariátegui inició su disertación exponiendo el esquema de la constitución rusa. Explicó luego la estructura y la composición del régimen sovietal,

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* La Crónica, Nº 4170, pág. 9. Lima, miércoles 23 de oc­tubre de 1923.

 

 

 

 

 

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cuya célula es el soviet rural o urbano. Dijo que la política económica de Rusia era una política de transacción entre la ideología del proletariado urbano e industrial y los intereses y orienta­ciones de las masas campesinas. La influencia del campesino es intensísima en un país agrícola co­mo Rusia. El campesino ruso no está educado ni adaptado al socialismo. Los soviets tratan de atraerlo a su doctrina; pero, en tanto, tienen que atenuar y mitigar todo choque de la economía colectivista con su interés y su psicología individua-lista, rurales y pequeño burgueses. Gorky mira, justamente, en la resistencia egoísta del cam­pesino un escollo fatal para la Revolución Rusa. Vislumbra un conflicto hondo y dramático entre la ciudad y el campo, entre la minoría urbana y la mayoría campesina. La nueva .política económi­ca de los Soviets está caracterizada por algunas concesiones, inevitables histórica y política-mente, a las exigencias de los campesinos. Por ejemplo, se ha restablecido en Rusia la libertad del peque­ño comercio y se ha conseguido así un aumento de la producción agrícola. Mientras estuvo prohi­bido el comercio libre, los campesinos redujeron su cantidad a la cantidad necesaria para su consumo propio y una pequeña contribución al Es­tado. Consiguientemente, los víveres enrarecieron en las ciudades, que tuvieron que someterse a un racionamiento riguroso.

 

Se ocupó Mariátegui, a continuación, de la po­lítica internacional de Rusia. La Federación de las Repúblicas Sovietistas Rusas es una asociación vo­luntaria de estados socialistas. Rusia ha reconoci­do la independencia de Finlandia y de las pro­vincias bálticas, Lituania, Estonia, Letonia, convertidas en pequeños estados autónomos. Y se abstiene de toda reivindicación territorial en Po­lonia. Además, la constitución rusa consagra el derecho de cada miembro de la federación de separarse de ella. Últimamente, las relaciones de Rusia con el resto de Europa han mejorado se-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ñaladamente. Rusia tiene embajada en Alemania, Polonia, Turquía. En Inglaterra, Italia y otras potencias, tiene representantes oficiosos y delega-ciones comerciales. Francia ha sido la potencia más esquiva al reanudamiento de relaciones con Rusia. Sin embargo, a mitad de este año una comisión de la bolsa de París y de algunos bancos franceses ha visitado Rusia y ha entrado en nego­ciaciones con los Soviets. Rusia ha concurrido, oficialmente invitada, a la Feria de Lyon. Y es probable que el gobierno ruso acredite próximamente una misión comercial ante el gobierno de Francia. El senador francés De Monzie, que acaba de llegar a París, de regreso de Rusia, donde ha practicado una encuesta probablemente oficiosa sobre la oportunidad del restablecimiento de las relaciones comerciales, ha dicho al "Excélsior" que la política de abs-tención en Rusia es contra­ria a los intereses de Francia y que se impone la política de la presencia. Ha agregado que Rusia está llena de misiones americanas. Finalmente, la concurrencia de Rusia, oficialmente invitada, a las conferencias europeas de Génova, La Haya y Lausanne, ha sido un recono-cimiento implícito, tácito, del régimen de los Soviets.

 

Examinó el conferencista, después, otros aspec­tos de la nueva vida rusa: la cuestión educacio­nal, la legislación del trabajo, la asistencia de la infancia, las relaciones con la Iglesia y el femi­nismo. Expuso las direcciones generales de la obra educacional de Lunachartsky. Y bosquejó la po­sición de la mujer en el estado ruso. La legisla­ción rusa reconoce a la mujer los mismos dere­chos civiles y políticos que al hombre. Una mujer eminente, Alejandra Kollontain ha sido comisaria del pueblo, esto es, ha desempeñado un minis­terio.

 

Concluyó Mariátegui con un resumen sumario de las críticas social-democráticas y anarquistas a la Revolución Rusa y de los argumentos centra-les de las polémicas con uno y otro sector ideológico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Anunció que el tema de su conferencia próxima, que tendrá lugar el viernes 26, es el siguiente: "Nacionalismo e Internacionalismo". A éste segui­rán las tres conferencias finales del curso.

 

La concurrencia aplaudió repetidamente al con­ferencista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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DECIMA QUINTA CONFERENCIA*

 

INTERNACIONALISMO Y NACIONALISMO

 

EN varias de mis conferencias he explicado cómo se ha solidarizado, cómo se ha conectado, cómo se ha internacionalizado la vida de la hu­manidad. Más exactamente, la vida de la huma­nidad occidental. Entre todas las naciones incorporadas en la civilización europea, en la civi­lización occidental, se han establecido vínculos y lazos nuevos en la historia humana. El internacionalis-mo no es únicamente un ideal; es una realidad histórica. El internacionalismo existe como ideal porque es la realidad nueva, la reali­dad naciente. No es un ideal arbitrario, no es un ideal absurdo de unos cuantos soñadores y de unos cuantos utopistas. Es aquel ideal que Hegel y Marx definen como la nueva y supe­rior realidad histórica que, encerrada dentro de las vísceras de la realidad actual, pugna por ac­tuarse y que, mientras no está actuada, mientras se va actuando, aparece como ideal frente a la realidad envejecida y decadente. Un gran ideal humano, una gran aspiración humana no brota del cerebro ni emerge de la imaginación de un hombre más o menos genial. Brota de la vida. Emerge de la realidad histórica. Es la rea­lidad histórica presente. La humani-dad no persigue nunca quimeras insensatas ni inalcanzables: la humanidad corre tras de aquellos ideales cuya realización presiente cercana, presiente madura y presiente posible. Con la humanidad acontece lo mismo que con el individuo. El individuo no anhela nunca una cosa absolutamente imposible. Anhela siempre una cosa relativamente posible,

 

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* Pronunciada el viernes 2 de noviembre de 1923, en el local de la Federación de Estudiantes (Palacio de la Exposición). Publicada íntegramente en Generación: Lima, abril-mayo de 1954. La versión periodística aparece en La Crónica del 6 de noviembre del mismo año.

 

 

 

 

 

 

 

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una cosa relativamente alcanzable. Un hombre humilde de una aldea, a menos que se trate de un loco, no sueña jamás con el amor de una prin­cesa ni de una multimillonaria lejana y desco­nocida, sueña en cambio con el amor de la muchacha aldeana a quien él puede hablar, a quien él puede conseguir. Al niño que sigue a la mari­posa puede ocurrirle que no la aprese, que no la coja jamás; pero para que corra tras ella es indispensable que la crea o que la sienta relati­vamente a su alcance. Si la mariposa va muy le­jos, si su vuelo es muy rápido, el niño renuncia a su imposible conquista. La misma es la acti­tud de la humanidad ante el ideal. Un ideal ca­prichoso, una utopía imposible, por bellos que sean, no conmueven nunca a las muchedumbres. Las muchedumbres se emocionan y se apasionan ante aquella teoría que constituye una meta Proxi-ma, una meta probable; ante aquella doctrina que se basa en la posibilidad; ante aquella doc­trina que no es sino la revelación de una nueva realidad en marcha, de una nueva realidad en camino. Veamos, por ejemplo, cómo aparecieron las ideas socialistas y por qué apasionaron a las muchedumbres. Kautsky, cuando aún era un so­cialista revolucionario, enseñaba, de acuerdo con la historia, que la voluntad de realizar el socia­lismo nació de la creación de la gran industria. Donde prevalece la pequeña industria, el ideal de los desposeídos no es la socialización de la propiedad sino la adquisición de un poco de propiedad individual. La pequeña industria genera siempre la vo-luntad de conservar la propiedad privada de los medios de producción y no la voluntad de socializar la propiedad, de instituir el socialismo. Esta voluntad surge allí donde la gran industria está desarrollada, donde no exista ya duda acerca de su superioridad sobre la pe­queña industria, donde el retorno a la pequeña industria sería un paso atrás, sería un retroceso social y económico. El crecimiento de la gran in­dustria, el surgimiento de las grandes fábricas mata a la pequeña industria y arruina al peque­ño artesano; pero al mismo tiempo crea la po­sibilidad material de la realización del socia-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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lismo y crea, sobre todo, la voluntad de llevar a cabo esa realización. La fábrica reúne a una gran masa de obreros; a quinientos, a mil, a dos mil obreros; y genera en esta masa no el deseo del trabajo individual y solitario, sino el deseo de la explotación colectiva y asociada de ese ins­trumento de riqueza. Fijaos cómo comprende y cómo siente el obrero de la fábrica la idea sindical y la idea colectivista; y fijaos, en cambio, cómo la misma idea es difícilmente comprensi­ble para el trabajador aislado del pequeño taller, para el obrero solitario que trabaja por su cuen­ta. La conciencia de clase germina fácilmente en las grandes masas de las fábricas y de las nego­ciaciones vastas; germina difícilmente en las masas dispersas del artesanado y de la pequeña industria. El latifundio industrial y el latifundio agrícola conducen al obrero primero a la organi­zación para la defensa de sus intereses de clase y, luego, a la voluntad de la expropiación del latifundio y de su explotación colectiva. El so­cialismo, el sindicalismo, no han emanado así de ningún libro genial. Han surgido de la nueva realidad social, de la nueva realidad económica. Y lo mismo acontece con el internacionalismo.

 

Desde hace muchos lustros, desde hace un si­glo aproximadamente, se comprueba en la civili­zación europea la tendencia a preparar una orga­nización internacional de las naciones de Occi­dente. Esta tendencia no tiene sólo manifesta­ciones proletarias; tiene también manifestacio­nes burguesas. Ahora bien. Ninguna de estas manifestaciones ha sido arbitraria ni se ha pro­ducido porque sí; ha sido siempre, por el contrario, el reconocimiento instintivo de un estado de cosas nuevo, latente. El régimen burgués, el régimen individualista, libertó de toda traba los intereses económicos. El capitalismo, dentro del régimen burgués, no produce para el mercado nacional; produce para el mercado internacional. Su necesidad de aumentar cada día más la pro­ducción lo lanza a la conquista de nuevos mer­cados. Su producto, su mercadería no reconoce fronteras; pugna por traspasar y por avasallar los confines políticos. La competencia, la concu‑

 

 

 

 

 

 

 

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rrencia entre los industriales es internacional. Los industriales, además de los mercados, se dis­putan internacionalmente las materias primas. La industria de un país se abastece del carbón, del petróleo, del mineral de países diversos y lejanos. A consecuencia de este tejido interna­cional de intereses económicos, los grandes bancos de Europa y de Estados Unidos resultan en­tidades comple-jamente internacionales y cosmo­politas. Esos bancos invierten capitales en Aus­tralia, en la India, en la China, en el Transvaal. La circulación del capital, a través de los bancos, es una circulación internacional. El rentista in­glés que deposita su dinero en un banco de Lon­dres ignora tal vez a dónde va a ser invertido su capital, de dónde va a proceder su rédito, su dividendo. Ignora si el banco va a destinar su ca­pital, por ejemplo, a la adquisición de acciones de la Peruvian Corporation, en este caso, el ren­tista inglés resulta, sin saberlo, copropietario de ferrocarriles en el Perú. La huelga del Ferroca­rril Central puede afectarlo, puede disminuir su dividendo. El rentista inglés lo ignora. Igualmen­te, el carrilano, el maquinista peruanos ignoran la existencia de ese rentista inglés, a cuya cartera irá a parar una parte de su trabajo. Este ejemplo, este caso, nos sirven para explicarnos la vinculación económica, la solidaridad econó­mica de la vida internacional de nuestra época. Y nos sirven para explicarnos el origen del in­ternacionalismo burgués y el origen del interna-cionalismo obrero que es un origen común y opuesto al mismo tiempo. El propietario de una fábrica de tejidos de Inglaterra tiene interés en pagar a sus obreros menor salario que el pro­pietario de una fábrica de tejidos de Estados Unidos, para que su mercancía pueda ser ven­dida más barata y más ventajosa y abundantemente. Y esto hace que el obrero textil norteamericano tenga interés en que no baje el salario del obrero textil inglés. Una baja de salarios en la industria textil inglesa es una amenaza para el obrero de Vitarte, para el obrero de Santa Ca­talina. En virtud de estos hechos, los trabajadores han proclamado su solidaridad y su frater-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nidad por encima de las fronteras y por encima de las nacionalidades. Los trabajadores han visto que cuando libraban una batalla no era sólo con­tra la clase capitalista de su país sino contra la clase capitalista del mundo. Cuando los obreros de Europa lucharon por la conquista de la jor­nada de las ocho horas, luchaban no sólo por el proletariado europeo sino por el proletariado mundial. A vosotros, trabajadores del Perú, os fue fácil conquistar la ley de ocho horas porque la ley de ocho horas estaba ya en marcha en Europa. El capitalismo peruano cedió ante vues­tra demanda porque sabía que el capi-talismo eu­ropeo cedía también. Y, del mismo modo, por supuesto, no son indiferentes a vuestra suerte las batallas que libran en la actualidad los trabajadores de Europa. Cada uno de los obreros que cae en estos momentos en las calles de Ber­lín o en las barricadas de Hamburgo no cae sólo por la causa del proletariado alemán. Cae tam­bién por vuestra causa, compañeros del Perú.

 

Es por esto, es por esta comprobación de un hecho histórico que desde hace más de medio si­glo, desde que Marx y Engels fundaron la Pri­mera Interna-cional, las clases trabajadoras del mundo tienden a crear asociaciones de solidari­dad internacional que vinculen su acción y uni­fiquen su ideal. Pero al mismo efecto de la vida económica mo­derna no es insensible, en el campo opuesto, la política capitalista. El liberalismo burgués, el li­beralismo econó-mico que consintió a los intereses capitalistas expandirse, conectarse y asociarse, por encima de los Estados y de las fronteras, tuvo por fuerza que incluir en su programa el libre cambio. El libre cambio, la teoría libre-cambista corresponde a una necesidad honda y concreta de un período de la producción capitalista. ¿Qué cosa es el libre-cambio? El libre-cambio, la libre circulación, es el libre comercio de las mercade­rías a través de todas las fronteras y de todos los países. Entre las naciones existen no sólo fron­teras políticas, fronteras geográficas. Existen tam­bién fronteras económicas. Esas fronteras econó­micas son las aduanas. Las aduanas que, a la

 

 

 

 

 

 

 

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entrada al país, gravan la mercadería con un impuesto. El libre-cambio pretende abatir esas fronteras económicas, abatir las aduanas, fran­quear el paso libre de las mercaderías en todos los países. En este período de apogeo de la teo­ría libre-cambista la burguesía fue, en suma, eminentemente inter-nacionalista. ¿Cuál era la causa de su librecambismo, cuál era la causa de su internacionalismo? Era la necesidad económi­ca, la necesidad comercial de la industria de ex­pandirse libremente en el mundo. El capitalis­mo de algunos países muy desarrollados econó­micamente encontraba un estorbo para su expansión en las fronteras económicas y pretendía abatirlas. Y este capita-lismo librecambista, que no abarca por supuesto todo el campo capitalista sino sólo una parte de él, fue también pacifista. Preconizaba la paz y preconizaba el desarme porque miraba en la guerra un elemento de perturbación y de desordenamiento de la produc­ción. El librecambismo era una ofensiva del capitalismo británico, el más evolucionado del mun­do, el más preparado para la concurrencia con­tra los capitalismos rivales. En realidad, el capi­talismo no podía dejar de ser internacionalista porque el capitalismo es por naturaleza y por necesidad imperialista. El capitalismo crea una nueva clase de conflictos históricos y conflictos bélicos. Los conflictos no entre las naciones, no entre las razas, no entre las nacionalidades an­tagónicas, sino los conflictos entre los bloques, entre los conglomerados de intereses económicos e industriales. Este conflicto entre dos capita­lismos adversarios, el británico y el alemán, con­dujo al mundo a la última gran guerra. Y de ella, como ya he tenido ocasión de explicaros, la so­ciedad burguesa ha salido hondamente minada y socavada, precisamente a causa del contraste entre las pasiones nacionalistas de los pueblos, que los enemistan y los separan, y la necesidad de la colaboración y la solidaridad y la amnis­tía recíproca entre ellos, como único medio de re-construcción común. La crisis capitalista, en uno de sus principales aspectos, reside justamen­te en esto: en la contradicción de la política de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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la sociedad capitalista con la economía de la sociedad capitalista. En la sociedad actual la po­lítica y la economía han cesado de coincidir, han cesado de concordar. La política de la sociedad actual es nacionalista; su economía es interna­cionalista. El Estado burgués está construido so­bre una base nacional; la economía burguesa necesita reposar sobre una base internacional. El Estado burgués ha educado al hombre en el culto de la nacionalidad, lo ha infi-cionado de ojerizas y desconfianzas y aun de odios respec­to de las otras nacionalidades; la economía bur­guesa necesita, en cambio, de acuerdos y de en­tendimientos entre nacionalidades distintas y aun enemigas. La enseñanza tradicionalmente nacio­nalista del Estado burgués, excitada y estimulada durante el período de la guerra, ha creado, sobre todo en la clase media, un estado de ánimo intensamente nacionalista. Y es ahora ese estado de ánimo el que impide que las naciones eu­ropeas se concierten y se coordinen en torno de un programa común de reconstrucción de la eco­nomía capitalista. Esta con-tradicción entre la es­tructura política del régimen capitalista y su estructura económica es el síntoma más hondo, más elocuente de la decadencia y de la disolu­ción de este orden social. Es, también, la reve­lación, la confirmación mejor dicho de que la antigua organización política de la sociedad no puede subsistir porque dentro de sus moldes, den­tro de sus formas rígidamente nacionalistas no pueden prosperar, no pueden desarrollarse las nuevas tendencias económicas y productivas del mundo, cuya característica es su internacionalis­mo. Este orden social declina y caduca porque no cabe ya dentro de él el desenvolvimiento de las fuerzas económicas y productivas del mundo. Estas fuerzas económicas y productivas aspiran a una organización internacional que consienta su desarrollo, su circulación y su creci­miento. Esa organización internacional no puede ser capitalista porque el Estado capita-lista, sin renegar de su estructura, sin renegar de su ori­gen, no puede dejar de ser Estado nacionalista.

 

Pero esta incapacidad de la sociedad capi-

 

 

 

 

 

 

 

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talista e individualista para transformarse, de acuerdo con las necesidades internacionales de la economía, no impide que aparezcan en ella las señales preliminares de una organización internacional de la humanidad. Dentro del régimen burgués, nacionalista y chauvinista, que aleja a los pueblos y los enemista, se teje una densa red de solidaridad internacional que prepara el futuro de la humanidad. La burguesía misma pue­de abstenerse de forjar con sus manos organis­mos e institutos internacionales que atenúen la rigidez de su teoría y de su práctica nacionalis­tas. Hemos visto así aparecer la Sociedad de las Naciones. La Sociedad de las Naciones, como lo dije en la conferencia respectiva, es en el fon­do un homenaje de la ideología burguesa a la ideología internacionalista. La Sociedad de las Naciones es una ilusión porque ningún poder hu­mano puede evitar que dentro de ella se repro­duzcan los conflictos, las enemistades y los dese­quilibrios inherentes a la organización capitalista y nacionalista de la sociedad. Suponiendo que la Sociedad de las Naciones llegara a comprender a todas las naciones del mundo, no por eso su acción sería eficientemente pacifista ni efi­cazmente reguladora de los conflictos y de los contrastes entre las naciones, porque la humani­dad, reflejada y sintetizada en su asamblea, sería siempre la misma humanidad nacionalista de antes. La Sociedad de las Naciones juntaría a los delegados de los pueblos; pero no juntaría a los pueblos mismos. No eliminaría los motivos de contraste entre éstos. Las mismas divisiones, las mismas rivalidades que aproximan o enemistan a las naciones en la geografía y en la historia, las aproximarían o las enemistarían dentro de la Sociedad de las Naciones. Subsistirían las alianzas, los compromisos, las ententes* que agru­pan a los pueblos en bloques antagónicos y ene­migos. La Sociedad de las Naciones  finalmente, sería una Internacional de clase, una internacio­nal de Estados; pero no sería una Internacional de pueblos. La Sociedad de las Naciones sería un

 

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* Uniones transitorias que adoptan los gobiernos de al­gunos Estados, con fines específicos de colaboración, principalmente bélicos.

 

 

 

 

 

 

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internacionalismo de etiqueta, un internaciona­lismo de fachada. Esto sería la Sociedad de las Naciones en el caso de que reuniese en su seno a todos los gobiernos, a todos los Estados. En el caso actual, en que no reúne sino a una parte de los gobiernos y a una parte de los Estados, la Sociedad de las Na-ciones es mucho menos to­davía. Es un tribunal sin autoridad, sin jurisdicción y sin fuerza, al margen del cual las nacio­nes contratan y litigan, negocian y se atacan.

 

Pero, con todo, la aparición, la existencia de la idea de la Sociedad de las Naciones, la ten­tativa de realizarla es un reconocimiento, es una declaración de la verdad evidente del internacio­nalismo de la vida contemporánea, de las nece­sidades internacionales de la vida de nuestros tiempos. Todo tiende a vincular, todo tiende a conectar en este siglo a los pueblos y a los hom­bres. En otro tiempo el escenario de una civiliza­ción era reducido, era pequeño; en nuestra épo­ca es casi todo el mundo. El colono inglés que se instala en un rincón salvaje del África lleva a ese rincón el teléfono, la telegrafía sin hilos, el automóvil. En ese rincón resuena el eco de la última arenga de Poincaré o del último discurso de Lloyd George. El progreso de las comunica­ciones ha conectado y ha solidarizado hasta un grado inverosímil la actividad y la historia de las naciones. Se da el caso de que el puñetazo que tumba a Firpo en el ring de Nueva York sea conocido en Lima, en esta pequeña capital suda­mericana, a los dos minutos de haber sido visto por los espectadores del match. Dos minutos des­pués de haber conmovido a los espectadores del coliseo norteamericano, ese puñetazo consternaba a las buenas personas que hacían cola a las puer­tas de los periódicos limeños. Recuerdo este ejem­plo para dar a ustedes la sensación exacta de la intensa comunicación que existe entre las nacio­nes del mundo occidental, debido al crecimiento y al per-feccionamiento de las comunicaciones. Las comunicaciones son el tejido nervioso de esta humanidad internacionalizada y solidaria. Una de las características de nuestra época es la rapidez, la velocidad con que se propagan

 

 

 

 

 

 

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las ideas, con que se trasmiten las corrientes del pensamiento y la cultura. Una idea nueva, brotada en Inglaterra, no es una idea inglesa, sino el tiempo necesario para que sea impresa. Una vez lanzada al espacio por el periódico esa idea, si traduce alguna verdad universal, puede transformarse instantá-neamente en una idea univer­sal también. ¿Cuánto habría tardado Einstein en otro tiempo para ser popular en el mundo? En estos tiempos, la teoría de la relatividad, no obs­tante su complicación y su tecnicismo, ha dado la vuelta al mundo en poquísimos años. Todos estos hechos son otros tantos signos del interna­cionalismo y de la solidaridad de la vida contemporánea.

 

En todas las actividades intelectuales, artísti­cas, científicas, filantrópicas, morales, etc., se nota hoy la tendencia a construir órganos interna­cionales de comunicación y de coordinación. En Suiza existen las sedes de más de ochenta aso­ciaciones internacionales. Hay una internacional de maestros, una internacional de periodistas, hay una internacional feminista, hay una internacio­nal estudiantil. Hasta los jugadores de ajedrez, si no me equivoco, tienen oficinas internaciona­les o cosa parecida. Los maestros de baile han tenido en París un congreso internacional en el cual han discutido sobre la conveniencia de mantener en boga el fox trot o de resucitar la pavana. Se ha echado así las bases de una interna­cional de los bailarines. Más aún. Entre las co­rrientes internacionalistas, entre los movimientos internacionalistas, se esboza una que es curiosa y paradójica como ninguna. Me refiero a la internacional fascista. Los movimientos fascistas son, como sabéis, rabiosa-mente chauvinistas, fe­rozmente patrioteros. Ocurre, sin embargo, que entre ellos se estimulan y se auxilian. Los fas­cistas italianos ayudan, según se dice, a los fas­cistas húngaros. Mussolini fue una vez invitado a visitar Munich por los fascistas alemanes. El gobierno fascista de Italia ha acogido con simpatía explícita y entusiasta el surgimiento del go­bierno filofascista de España. Hasta el naciona­lismo, pues, no puede prescindir de cierta fiso­nomía internacionalista.

 

 

 

 

 

 

 

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DECIMA SEXTA CONFERENCIA*

 

La reseña periodística:

EN LA UNIVERSIDAD POPULAR

 

LA REVOLUCION MEXICANA -

CONFERENCIA DE JOSE CARLOS MARIATEGUI**

 

Ante un numeroso auditorio ha ofrecido José Carlos Mariátegui en la Universidad Popular, su antepenúltima conferencia sobre la historia de la crisis mundial. El programa del curso asignaba a la conferencia un tema excepcionalmente intere­sante en los actuales momentos: La Revolución Mexicana. La Revolución Mexicana en el progra­ma del curso de conferencias de Mariátegui no es naturalmente la actual guerra civil entre el gobierno del General Obregón y la facción de De la Huerta sino todo el trascendental período revo­lucionario iniciado con el derrocamiento de la dictadura de Porfirio Díaz por Francisco Madero.

 

Mariátegui expuso los orígenes de la Revolución Mexicana. Explicó la importancia sustantiva de la cuestión agraria en los últimos acontecimientos de la historia de México. Y se ocupó de los aspec­tos social y económico de la Revolución.

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* Pese a la incesante búsqueda en que nos empeñamos los editores, a lo largo de varios meses, no ha sido hallado ningún texto, versión o notas del autor sobre esta Con­ferencia. Mas, no cabe duda alguna de que ella fue pronun-ciada, pues la reseña periodística así lo atestigua. El hecho del extravío no es insólito si se recuerda las con­tinuas pesquisas y saqueos de que fue víctima el hogar de J. C. Mariátegui, durante la dictadura leguiísta. No obstante, el lector podrá encontrar una clara definición del pensamiento mariateguista sobre la Revolución Mexi­cana -motivo de esta charla- en el libro Temas de Nuestra América, integrante de la presente colección. Asimismo, en la página 191 de este tomo el autor ofrece un resumen de los rasgos y acontecimientos más impor­tantes del movimiento revolucionario mexicano de 1910.

** Publicado en La Crónica, Nº 4233, pág. 15: Lima, martes 25 de diciembre de 1923.

 

 

 

 

 

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Historió el movimiento de Madero, las debili­dades y transacciones que socavaron el gobierno de este generoso caudillo, la actividad reacciona­ria que engendró el golpe de mano de Huerta, el asesinato de Madero. Pasó luego a examinar los sucesos que llevaron al poder al General Venustia­no Carranza. Y se ocupó de la Constitución de 1917, ilustrando, sobre todo, sus artículos 27 y 123.

 

Habló en seguida del régimen de Obregón y la reforma agraria. Y dedicó después gran parte de su conferencia a la exposición de la obra educa­cional de José Vasconcelos. Exaltó la gran figura de Vasconcelos, su ideología revolu-cionaria, su alto y puro idealismo.

 

Finalmente expuso los diversos aspectos del mo­vimiento social y proletario de México y conclu­yó invitando a los trabajadores a saludar en la Revolución Mexicana el primer albor de la transformación del mundo hispano-americano.

 

La concurrencia aplaudió largamente a Mariá­tegui y, a iniciativa del estudiante Luis F. Busta­mante, acordó invitar al proletariado organizado a suscribir un mensaje de saludo a Vasconcelos y encargar de su entrega a Víctor Raúl Haya de la Torre. El obrero Carbajo leyó una carta de Haya de la Torre, comunicando las primeras impresio­nes de su estada en México, que fue recibida con grandes aplausos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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DECIMA SETIMA CONFERENCIA*

 

Las notas del autor

 

ELOGIO DE LENIN

 

LENIN nació en Simbirsk en 1870, hijo de un director de escuela primaria. Estudió derecho en Petrogrado, donde su hermano Alexandro -eje­cutado a continuación de un atentado contra Alejandro III- lo hizo conocer El Capital. Se in­corporó en el movimiento socialista y se entregó plenamente a la causa obrera. Se dedicó no sólo al estudio de las teorías sino, principalmente, al estudio directo de los problemas y del alma del obrero. Fue desde su vida de estudiante un orga­nizador. Lo arrojaron, finalmente, de la Univer­sidad. A renglón seguido de una huelga de tex­tiles, fue enviado a Siberia. Allí completó sus es­tudios teóricos y sus observaciones prácticas so­bre la cuestión social en el mundo y en Rusia. Basó su ideología en la realidad proletaria; com­batió el confusionismo obrero, generado por la situación política rusa; luchó por diferenciar a los marxistas de los que no lo eran. Tomó parte

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* Pronunciada el sábado 26 de enero de 1924, en el local de Motoristas y Conductores (calle de Espalda de Santa Clara). Hasta donde hemos rastreado, J. C. Mariátegui sólo enfocó la figura de Lenin, directamente, en dos oportunidades: la primera, cuando el fundador del Parti­do Bolchevique vivía aún (Variedades, Nº 809, 22 de Se­tiembre de 1923); la segunda, a los pocos días del fallecimiento del forjador del Estado soviético, en la actuación reseñada por La Crónica. Cabe aclarar que este diario, en su edición del 30 de Enero, se refiere a "anteanoche", lo que significaría que el homenaje se realizó el día 28. Sin embargo, la Conferencia de Mariátegui fue dictada el sábado 26 de Enero. El error de La Crónica debe de haberse originado por la no inserción a tiempo de la reseña periodística. El guión que nos ha dejado Mariátegui es, naturalmente, un frío itinerario biobibliográfico. Por ello, duele hondamente el hecho de que el cronista de este diario sólo haya dedicado unas diez líneas a la pieza oratoria del insigne ensayista. Ella, con seguridad, estuvo cargada de emoción y de enseñanzas, pues a su tér­mino la Universidad Popular González Prada acordó la remisión de un cable de condolencia a los "Soviets de Rusia", por la muerte de Lenin, acaecida el 21 de enero de 1924.

 

 

 

 

 

 

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en la revolución de 1905 al lado de los obreros de Moscú. En 1907 emigró a Finlandia y luego al extranjero. En esa época escribió su libro Materialismo y Empiriocriticismo. En 1912 estuvo en Cracovia animando el movimiento obrero. En seguida en Suiza.

 

En 1907 en el congreso de Stuttgart, la Internacional aprobó una moción de Lenin y de Rosa Luxemburgo que en sus conclusiones decía: «Si amenaza el estallido de una guerra es deber de la clase obrera en los países interesados, con la ayuda de la Internacional, el coordinar todos sus esfuerzos para impedir la guerra por todos los medios que le parezcan adecuados y que varían naturalmente según la intensidad de la lucha de clases y la situación política general. Si, no obs­tante esto, estallase la guerra, los trabajadores tienen el deber de intervenir para hacerla cesar lo más pronto posible y utilizar con todas sus fuerzas la crisis económica y política creada por ella para agitar a las capas populares más profundas y precipitar la caída del régimen capi­talista».

 

Vinieron los congresos de Zimmerwald y Khien­tal, durante la guerra, a donde acudieron las fracciones sindicales y socialistas fieles a esos principios. Ahí empezó a germinar la Tercera Internacional.

 

El rol de Lenin en la revolución rusa.

 

Sus libros: La Revolución y el Estado, El ex­tremismo, enfermedad de infancia del comunis­mo, La dictadura del proletariado y el renegado Kautsky, La lucha por el pan, La obra de recons­trucción de los soviets, Apuntes críticos sobre una filosofía reaccionaria y otros.

 

Su colaboración en Pravda, Izvestia y la Revis­ta de la III Internacional.

 

Las páginas de Sorel Defensa de Lenin en su libro Reflexiones sobre la violencia.

 

 

 

 

 

 

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La reseña periodística:

EN LA UNIVERSIDAD POPULAR GONZÁLEZ PRADA

 

EL TERCER ANIVERSARIO DE SU FUNDACION

JOSE CARLOS MARIATEGUI CONMEMORA A LENIN*

 

Anteanoche celebró la Universidad Popular el tercer aniversario de su funda-ción, con una reu­nión en el local de la Sociedad de Motoristas Conductores, en el cual se congregó una enorme concurrencia de trabajadores. Estuvieron también presentes, además de los profesores de la Univer­sidad Popular, varios estudiantes.

 

El estudiante Jacobo Hurtwitz reseñó con en­tusiastas f rases las labores de la Universidad Po­pular durante los tres años transcurridos desde la inauguración. Dijo lo que la Universidad Popular representaba. Definió su acción reno-vadora y ex­presó la simpatía y la solidaridad que encontraba en las clases trabajadoras. Sus palabras fueron muy aplaudidas.

 

Habló en seguida el estudiante de medicina Luis F. Bustamante, quien se ocupó de la función de la Universidad Popular en el terreno de la educación higiénica y médica del pueblo. Se refirió a los cur­sos de vulgarización científica de la Universidad Popular y al interés que despertaban entre los obreros. Y se refirió, asimismo, a la propaganda antialcohólica de la Uni-versidad Popular y a los fecundos resultados obtenidos hasta ahora por ella. También Bustamante fue entusiastamente aplau­dido.

 

A continuación José Carlos Mariátegui subió a la tribuna para pronunciar, a nombre de la Uni­versidad Popular, el elogio de Lenin. Empezó Mariátegui recordando que todo el proletariado

 

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* La Crónica, Nº 4267, pág. 10. Lima, miércoles 30 de enero de 1924

 

 

 

 

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mundial se asocia actualmente al duelo de los tra­bajadores rusos y siente que ha desaparecido una gran figura del movimiento obrero. Hizo luego una rápida biografía de Lenin, remarcando espe­cialmente el hecho de que el líder ruso dedicó su vida, desde su período de estudiante, a la causa de los trabaja-dores. Trazó las primeras caracterís­ticas de la personalidad de Lenin y de la influen­cia que ha tenido en los nuevos tiempos. Y con­cluyó con palabras que arrancaron entusiastas aclamaciones a los concurrentes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VEINTICINCO AÑOS DE SUCESOS EXTRANJEROS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LOS veinticinco años de la existencia de Va­riedades* corresponden a uno de los períodos más singularmente intensos y agitados de la historia mundial. Es improbable que alguna vez se ha­yan sucedido y agolpado en sólo 25 años aconte­cimientos tan decisivos para los destinos de la humanidad. Los veinti-cinco años que comprenden la revolución francesa, la grandeza y decadencia de Napoleón y las primeras jornadas de la emancipación hispano-americana (1789-1814) son, en la historia de la civilización occidental, los que más se prestan a la comparación con los

 

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* En tanto que otros escritores tomaban a su cargo una sumaría revisión de la actividad política, literaria o pe­riodística desarrollada durante el cuarto de siglo que cumpliera, en 1929, la publicación de Variedades -y de Prisma, su antecesora-, José Carlos Mariátegui encaró la síntesis de los sucesos extranjeros. Eran éstos de su competencia, pues en la mencionada revista escribía se­manalmente bajo el rubro genérico de Figuras y aspectos de la vida mundial; pero a cualquier otro que no hubie­ra poseído su experiencia, su dominio del tema o su jus­ta visión de la época, le hubiera sido difícil cumplir ai­rosamente la tarea dentro de los límites forzosamente estrechos de un ensayo periodístico.

El propio José Carlos Mariátegui destacaba la dificul­tad de la síntesis -en párrafo que suprimimos del tex­to, porque interrumpe la inicial caracterización del mundo contemporáneo- e, implícitamente, disculpaba las necesarias omisiones de los hechos secundarios. Decía: «Una revista de todos estos sucesos, por sumaria y concisa que fuera, exigiría un entero volumen. Sólo una parte de los artículos en que estudié, de 1923 a 1925, los principales acontecimientos del mundo post-bélico, com­ponen un libro: La Escena Contemporánea (Lima, Edi­torial Minerva, 1925). Tengo que limitarme en este ar­tículo, a seguir como los grandes expresos, un itinera­rio rápido, deteniéndome brevemente nada más que en las principales estaciones del trayecto».

Alguna vez llama «crónicas a su ensayo, para dar a entender que sólo se propone la relación precisa y es­cueta de los hechos. Pero aquí y allá apunta algún con­cepto sobre la situación económica, sobre el equilibrio de las fuerzas políticas, sobre el grado de desarrollo de las agrupaciones revolucionarias y la firmeza de su ideo­logía, o sobre el entrecruzamiento de las influencias internacionales. De manera que constantemente rebasa los alcances de la "crónica", orientándose hacia el estudio crítico. Y, para mayor abundamiento, agrega un «breve epílogo», con el objeto de trazar la evolución de la filosofía social durante el lapso en cuestión.

Véase las ediciones de Variedades correspondientes a 6 y 13 de marzo de 1929. (A.T.)

 

 

 

 

 

 

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que el mundo empezó a vivir en 1904. Ese cuarto de siglo fue también el del advenimiento tem­pestuoso de un orden nuevo. Pero el radio de la revolución liberal no abarcó sino a Europa y a América. Y en Europa misma encontró inexpug­nables, al Este, los bastiones de la feudalidad y el absolutismo. En tanto, los acontecimientos do­minantes del último cuarto de siglo han rebasado todos los límites. Su escenario ha estado en los cinco continentes.

 

Ya el primero de estos acontecimientos, la gue­rra ruso-japonesa, importaba el definitivo ingre­so del Asia en la historia occidental. Surgió una nueva gran potencia, el Japón, y se esbozó en el horizonte la rivalidad yanqui-japonesa por el dominio del Pacífico. El Asia cesaba de ser única y esencialmente un inmenso campo de expansión del imperialismo blanco. Una nación asiática, armada de la ciencia y de las máquinas de Eu­ropa, tomaba asiento en el consejo de las grandes potencias. Luego, el proceso de occidentaliza­ción de la China desencadenó en este dormido pueblo la revolución democrática que, abatida la monarquía, tomó su carácter social y clasista. Empezó el movi-miento autonomista de la India y del Egipto, que afirmaba el despertar de los pueblos de Asia y África.

 

El Imperio de los Zares sufrió su primera gran derrota en la guerra con el Japón. Desde su ataque a la China, el Japón había demostrado su intención de abrirse paso en el Asia. Su ambi­ción estaba puesta en la Manchuria, hasta donde estiraba su garra el Imperio Ruso. Rusia no estaba en grado de disputar una colonia de esta situación a un pueblo con mejor organización capitalista. El Imperio de los Zares era, por su estructura y su economía, un imperio político-militar de antiguo tipo. Mientras debía su pro­pio desarrollo industrial a capitales y técnicos extranjeros, Rusia pretendía mantener y dilatar un inmenso dominio colonial. Su política molestaba y contrariaba los planes del imperialismo británico que encontró una manera de quebran­tarla por mano ajena, alentando el naciente im­perialismo japonés.

 

 

 

 

 

 

 

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El Japón, técnicamente mejor preparado que Rusia para la guerra, expulsó a los rusos del te­rritorio que codiciaba. La flota japonesa deshizo la armada rusa del Báltico, enviada por Rusia al Extremo Oriente, asegurándose desde ese mo­mento el dominio del mar.

 

La victoria japonesa rectificó a expensas de Rusia el status vigente hasta entonces en el Ex­tremo Oriente en el reparto colonial. El Japón recibió en virtud del tratado de paz, la parte me­ridional de la isla de Sakhalin y el sur de la pe­nínsula de Liao-Tung con las ciudades de Dalny y Puerto Arturo. La Corea quedó definitivamente bajo el poder del Japón, que estableció con la anexión de una parte de Liao-Tung, las bases de su actual posición en la Manchuria.

 

La guerra tuvo profunda resonancia en la si­tuación política y social de ambos países, parti­cularmente en la del país vencido, donde la ola de descontento popular amenazó seriamente en 1905 la estabilidad del zarismo.

 

 

1905-1914: EUROPA PRE-BELICA

 

Todo el período que concluye con la declara­toria de guerra se caracteriza, no obstante la po­lítica de deliberada preparación bélica, por una aparente afirma-ción de las fuerzas democráticas y pacifistas. No existía ninguna seria garantía jurídica para el mantenimiento de la paz. Pero se confiaba optimistamente en que el solo pro­greso moral e intelectual de los pueblos europeos constituía un dique inexpugnable frente al oleaje de las pasiones nacionales. La paz estaba prote­gida, en la opinión de la mayoría, por una nueva conciencia internacio-nal. La política exterior de todas las grandes potencias se atribuía como fin supremo la paz. Y el propio Kaiser Guiller­mo II, tan proclive a los desplantes marciales, gustaba de la pose pacifista.

 

La democracia liberal-burguesa se encontraba en su apogeo en Occidente. Y estaba tan segura de sus propias fuerzas, que no parecía preocuparla dema-siado el hecho de que el equilibrio

 

 

 

 

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europeo dependiese en gran parte de estados co­mo Rusia zarista, donde la política extranjera estaba completamente en manos de una monar­quía absoluta, fuera de todo control parlamenta­rio. El poder e influencia de los partidos socialistas habían aumentado incesantemente. La im­plantación del sufragio popular parecía destinada a transferir gradualmente el dominio del parlamento a los socialistas.

 

Este se presentaba como otro poderoso factor de paz. Pero, de una parte, la ascensión electo­ral del proletariado no se había operado sin un progresivo aburguesamiento de los partidos so­cialistas y de sus representaciones parla-menta­rias; y, de otra parte, a medida que el socialis­mo se había convertido en un movimiento de ma­sas, con activa participación en la política de cada país, su organización internacional, en apa­riencia acrecentada, descansaba, en cuanto a soli­daridad revolucionaria e internacionalista, en un complicado juego de compromisos. En los princi­pales congresos de la Internacional, anteriores a 1914, se planteó con apremio la cuestión de las medidas que debían emplear los partidos socialis­tas contra la guerra, en caso de inminencia bé­lica, pero no se llegó a conclusiones concretas. La política de la Interna-cional se basaba en una excesiva autonomía de sus secciones en los asun­tos nacionales, y era imposible que este meca­nismo no afectara a su coordinación y disciplina en materia internacional.

 

El Imperio Británico había consolidado su he­gemonía mundial. Las finanzas, el comercio y las ideas británicas dominaban directa e indirec­tamente en todas partes. Inglaterra había cele­brado con Rusia y Francia un pacto de alianza que ponía a sus flancos a estas dos potencias, después de muchos años de tra-dicional hostilidad o desconfianza. Tenía, independientemente, un tratado de alianza con el Japón que, en virtud de este pacto, asumía, tácitamente, la función de gendarme de reserva del imperialismo inglés en el Extremo Oriente. Estados Unidos no aspiraba, por el momento, sino a proseguir su estupendo desarrollo económico nacional que ofrecía aún

 

 

 

 

 

 

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un campo de inversiones al capital europeo. El imperio yanqui, aun formulado ya su evangelio expansionista, distaba mucho de anunciarse como un victorioso rival del Imperio británico. La ame­naza venía de Alemania que, en veloz progreso industrial y económico, hacía a la Gran Breta­ña, en gran número de mercados, una competen­cia cada vez más inquietante. Alemania se sen­tía destinada a conquistar el primer puesto. Esta era una convicción en la que acompañaban al Kaiser así los profesores universitarios como los capitanes de industria. El libro de Spengler Das Untergang des Abenlandes, es, en cierto aspecto, un reflejo póstumo de la conciencia alemana antes del fracaso de su ilusión imperialista. En Alemania, este proceso de desarrollo y expansión capitalista encontraba en la estructura y la men­talidad feudal y militar de la monarquía un inmediato encauzamiento a la preparación guerrera. Menos diestra políticamente que Inglaterra y más limitada por sus posibilidades, Alemania no pudo escoger libremente sus aliados. Tuvo que contentarse con ser el eje de una triple alianza en la que tenía a su lado a Austria e Italia, his­tóricamente mal avenidas. Su diplomacia no previno, al menos, la posibilidad de un convenio entre Italia y Francia, conforme al cual la prime­ra se obligaba a permanecer neutral, en caso de guerra con una de sus aliadas, si la segunda era agredida. El Canciller alemán sentía tan segura, tan inexpugnable la posición de su patria que, cuando alguien en el Reichstag aludió al conve­nio, declaró que el Imperio bien podía consentir a su aliada «una pequeña vuelta de vals» con Francia.

 

Francia, cuya clase dirigente nunca había re­nunciado a una eventual futura reivindicación de Alsacia-Lorena, había hallado en la alianza con Inglaterra, negociada por Delcassé, su más sólida garantía contra el prepotente creci-miento ale­mán. En realidad sus dos alianzas, la vinculaban inexorablemente a una política antigermana, a la cual Francia no podría en adelante sustraerse pa­ra actuar según su propio arbitrio. Rusia tenía intereses antagónicos con los Imperios Centrales

 

 

 

 

 

 

 

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en los Balcanes y el Oriente, oposición que llegó a pesar en su política más que sus viejos resen­timientos y rivalidades con el imperialismo bri­tánico. Inglaterra desde el momento en que Alemania aspiraba abiertamente a reemplazarla en la hegemonía mundial, tenía que dirigir todos sus esfuerzos contra ese Estado.

 

La política europea reflejaba, simplemente, en todas estas tendencias y problemas, las contradicciones de la economía capitalista, arribada a la meta de su desenvolvimiento. Por una parte, la democracia parlamentaria y el sufragio univer­sal, elevaban al gobierno programas y partidos que repudiaban la diplomacia secreta y propug­naban una política de paz, la reducción de arma­mentos y la proscripción de la guerra; por otra parte, el interés imperia-lista constreñía a los es­tados a anular en la práctica este progreso, continuando y aumentando su preparación bélica.

 

 

1914-1918: LA GRAN GUERRA

 

El juicio de las responsabilidades de la gue­rra europea está aún abierto. Ninguna duda cabe respecto a las intenciones agresivas y a los pla­nes im-perialistas del Kaiser alemán. Pero ningu­na duda cabe tampoco acerca de las maniobras con que Inglaterra, Rusia y Francia, aunque no fuera más que proponiéndose dar jaque mate al Kaiser, conducían a Europa a la guerra. Los tér­minos humillantes en que Austria trató a Servia, exigiéndole reparación por el asesinato de Sarajevo, no habrían sido tan inexorables y duros, si Austria, que sabía que tras de Servia estaba Rusia, no se hubiese sentido incondicio-nalmente respaldada, si no excitada, por Alemania. Rusia, a su vez, no habría sostenido tan resueltamente a Servia ni habría marchado tan de prisa a la movilización, si no hubiese estado segura de que tanto Francia como Ingla-terra, se habrían de lanzar con ella contra los Imperios Centrales. Un hombre de gobierno de uno de los principales pueblos combatientes, Lloyd George, ha conveni­do en que la tesis más prudente es la de que a la

 

 

 

 

 

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guerra se llegó no por premeditada y exclusiva voluntad de una sola de las partes, sino por una serie de actos irreflexivos, de todos o casi todos los beligerantes, que hicieron finalmente inevi­table el conflicto armado. Las memorias del embajador de Francia en Rusia, hasta 1912, Geor­ges Louis, entre otros documentos, acreditan la complicidad de la Cancillería francesa con los manejos de la diplomacia zarista más intrigante y peor intencionada. Escritores franceses como Fa­bre Luce y M. Morhardt, han demostrado en sus libros, documentada y seriamente, la inconsisten­cia de la versión que atribuye a los Imperios Cen­trales la responsabilidad total de la guerra, exi­miendo de culpa a los gobiernos aliados.

 

La crónica registra en el siguiente orden los hechos que señalaron el comienzo de la guerra: El 24 de junio Austria-Hungría envió a Servia un ultimátum para que le diese amplia repara­ción por el asesinato del príncipe heredero del Imperio en Sarajevo, reprimiendo a los cómpli­ces y la propaganda anti-austríaca. Poincaré y Viviani habían visitado al Zar, poco antes, en el instante de mayor tensión de las negociaciones. Todo hacía esperar entonces el ultimátum aus­tríaco. Hay sobrado indicio de que Poincaré, le­jos de emplear su esfuerzo en un sentido de mo­deración y prudencia, alentó con su lenguaje al Zar y a su ministro Sazonof a mantener una ac­titud inflexible frente a Austria, sin preocuparse de las consecuencias. El gobierno servio, eviden­temente manejado por Rusia, respondió al ulti­mátum de Austria en forma inconclu-yente y, en algunos puntos, reticente y dilatoria. El 28 de junio, un mes después del crimen de Sarajevo, Austria declaraba la guerra a Servia. El 29 presentó Sazonof al Zar el úkase de movilización general. El Zar lo sustituyó, por el momento, por una orden de movilización parcial; pero el 30 Sazonof le arrancó la movilización general. Este acto equivalía a decidir la guerra. El 31 de julio Alemania dirigía un ultimátum a Rusia y Fran­cia; el 19 de agosto declaraba la guerra a la pri­mera y el 2 a la segunda.

 

Alemania sabia que el éxito de sus operaciones

 

 

 

 

 

 

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contra Francia, dependía de la posibilidad de asestar a su poder militar golpes fulminantes y decisivos. Su ejército se lanzó al ataque a través de Bélgica violando la neutralidad de ese país. Invocando este hecho, Inglaterra entró en la gue­rra, al lado de sus aliados, el 4 de agosto. Menos de una semana había bastado para que la confla­gración se encendiese en toda Europa.

 

La crónica de la guerra misma se resume en las siguientes fechas y sucesos salientes:

 

- 3-12 de setiembre de 1914, Batalla del Marne. Francia contiene victoriosa el avance de los alemanes. Parada así la ofensiva, comienza entre los dos ejércitos, en un extensísimo frente, una guerra de trincheras que se prolonga hasta el armisti­cio.

- 26-29 de agosto de 1914, rechazo de los rusos en Tanenberg.

- 6 de agosto de 1915, en­trada de los alemanes en Varsovia.

- 23 de mayo de 19.15, Italia declara la guerra a Austria-Hungría, reivindicando Trento y Trieste.

- 21-26 de febrero de 1916, Batalla de Verdún.

- 4 de junio de 1916, ofensiva rusa dirigida por el ge­neral Brussilov, en el frente de Volhynia y Bu­kovina.

- 27 de agosto de 1916, Rumania se une a los aliados.

- Julio-noviembre de 1916, ofen­siva franco-británica del Somme.

- 7 de diciem­bre de 1916, los alemanes ocupan Bucarest.

- 12 de diciembre de 1916, Alemania propone la aper­tura de negociaciones de paz.

- Marzo-agosto de 1917, ofensiva italiana del Carso.

- 4 de abril de 1918, Estados Unidos declara la guerra a Alemania.

- 3 de marzo de 1918, Alemania y Rusia suscriben la paz en Brest-Litovsk.

- 21 de mar­zo de 1918, Batalla «del Kaiser», en un frente de 400 kilómetros, en la Picardía y Flandes.

- 27 de mayo de 1918, Chemin des Dames.

- 18 de junio, Capitulación de Austria-Hungría, a conse­cuencia de la victoria italiana de Vittorio Vene­to.

- 11 de noviembre de 1918, Capitulación de Alemania.

 

La fecha que cierra el período bélico es la de la suscripción del tratado de paz de Versalles el 28 de junio de 1919.

 

 

 

 

 

 

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REVOLUCION RUSA

 

La guerra con el Japón precipitó en Rusia los acontecimientos revolucionarios que venían madurando en ese país desde mucho tiempo atrás. Pero no existía aún en Rusia una sólida orga­nización revolucionaria. Los grupos liberales bur­gueses se caracterizaban por su optimismo. El partido bolchevique, que en 1917 debía conducir victoriosamente a las masas a la Revolución, daba sus primeros pasos. En 1903 se había sepa­rado de los mencheviques, pero había manteni­do aún lazos de acción común con esta fracción que sostenía la tesis del carácter necesariamente liberal burgués de esa etapa revolucionaria, subestimando el rol del proletariado en su proceso. La insurrección de 1905 fue dominada; pero, in­timidado por la agitación revolucionaria en el país, el Zar ofreció en un manifiesto la Consti­tución y el Parlamento.

 

Estas promesas fueron burladas bajo la pre­sión de los elementos reaccio-narios; pero la ex­periencia de 1905, inteligentemente utilizada por los bolcheviques, sirvió a la creación de una es­trategia y un organismo revo-lucionarios, que, doce años más tarde, iban a permitir al proleta­riado la conquista del poder. La guerra con los Imperios Centrales condenó a muerte al zarismo. En el curso de la guerra quedó demostrada, a más no poder, la incapacidad y la corrupción de este régimen. Los propios gobiernos aliados, alar­mados por la inepcia zarista y el descontento popular, se dieron cuenta de que la sustitución de este gobierno era inevitable y necesaria. Pero aparecía muy riesgosa toda tentativa de cana­lizar las fuerzas populares.

 

La falta de víveres se encargó de desencade­narlas. El 10 de marzo se declaró la huelga en las fábricas y tranvías. El 11 los soldados frater­nizaron con el pueblo. Los actos del Zar aumen­taron la tensión. Un úkase imperial ordenó la suspensión de la Duma. La Duma resistió. La insurrección estalló inconteni-ble. El 14 el zar, conminado a retirarse por Rodzianko, presidente de la Duma, abdicó a favor de su tío el gran

 

 

 

 

 

 

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duque Miguel. Pero éste, percatado de los peli­gros de la situación, declaró que no aceptaría el poder sino por mandato de una Asamblea Na­cional, elegida por el voto popular. El gobierno provisorio constituido por la Duma, bajo la presi­dencia del príncipe Livov, y con la participación de Rodzianko, Miliukov y Kerensky, se mostró pronto en desacuerdo con el espíritu revolucio­nario del movimiento. Kerensky asumió enton­ces la presidencia del gobierno.

 

Pero Kerensky no era tampoco el jefe que la revolución necesitaba. Dema-siado obsecuente con los gobiernos aliados, que se arrogaban en el derecho de asesorarlo por intermedio de sus embajadores, no osó romper abiertamente con todas las instituciones y hombres del zarismo. Menos aún osó actuar la política que el pueblo, por órgano de sus consejos de obreros y soldados, reclamaba con creciente instancia: la cesación de la guerra y el reparto de tierras. El partido so­cialista revolucionario al cual pertenecía Kerens­ky, reclutaba, sin embargo, sus fuerzas en el campesinado, que era la clase que más sentía ambas reivindicaciones.

 

La reacción, alentada por las hesitaciones y compromisos de Kerensky, empezó a amenazar las conquistas revolucionarias. Por mano del ge­neral Kornilov, intentó un golpe de estado que encontró alertas y vigilantes a las fuerzas prole­tarias, dirigidas cada vez con mayor autoridad, por el Partido Bolchevique.

 

Lenin, líder y animador de este partido, revo­lucionario y estadista genial, a quien la crítica menos sospechosa de parcialidad reconoce los rasgos y la grandeza de un Cromwell, encontró en la fórmula, «todo el poder a los Soviets», la voz de orden que debía llevar la victoria a la revolución. Los soviets de obreros y soldados te­nían el control de la situación, y al influjo de una enérgica propaganda y de un programa cla­ro y realista, pronto se pronunciaron a favor del bolchevismo.

 

El 24 de octubre, el gobierno provisorio de Kerensky fue depuesto por los soviets. En su reemplazo, se constituyó un gobierno revolucio‑

 

 

 

 

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nario encabezado por Lenin, quien desde el pri­mer momento manifestó su resolución de insti­tuir un Estado proletario sobre las ruinas del antiguo Estado ruso demolido hasta su cimientos.

 

No obstante las conspiraciones internas y externas que le ha tocado afrontar, este Estado pro­letario se mantiene hasta hoy en pie, represen­tando, según todos los testimonios, el único orden posible en Rusia. Dirigido por, hombres escogidos del partido de Lenin, el desarrollo y afianzamiento del Estado Soviético significa la realización victoriosa del Socialismo en un país de 150 millones de habitantes.

 

LA REVOLUCION ALEMANA

 

Según la frase de un político del Reich, la re­volución alemana, fue, ante todo, «la huelga ge­neral de un ejército vencido». La revolución se produjo en Alemania a consecuencia de la de­rrota, sin que existiera un partido revolu-ciona­rio con sentido preciso de su misión y del momento. El partido socialista no había tomado po­sición, contra la guerra. Había votado los créditos bélicos. Sólo en los últimos tiempos se ha­bía separado de la mayoría social-democrática un grupo de diputados opuestos a la guerra. Pero este mismo grupo parlamentario no realizaba un trabajo de preparación revolucionaria. Este tra­bajo se reducía a los esfuerzos de una minoría dirigida por Karl Liebknecht, Rosa Luxemburgo, León Jogisches, Franz Mehring y otros marxistas que sin descanso habían denunciado y combatido la degeneración parlamentaria y reformista de la social-democracia.

 

Forzada por los acontecimientos a organizar, a la abdicación del Kaiser, un gobierno revolu­cionario, la social-democracia no se creyó en gra­do de prescindir de los partidos burgueses. Los elementos reaccionarios, la oficialidad monárqui­ca, aprovecharon de esta situación para quebran­tar el impulso revolucionario, masacrando a las masas y asesinando a sus jefes. Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo cayeron en las jornadas de enero de 1919.

 

 

 

 

 

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Reprimido el movimiento espartaquista por el gobierno social-democrático, la asamblea nacio­nal elegida en enero dictó en Weimar la Constitu­ción de la República Alemana.

 

La social democracia, uno de cuyos líderes, Ebert, ocupó la Presidencia de la República en el primer período, perdió el poder bajo la pre­sión de la reacción conservadora, que culminó en 1924 con la elección del mariscal Hindenburg para el segundo período.

 

En las últimas elecciones volvió a inclinarse la mayoría a izquierda, ganando los socialistas el primer puesto en el Reichstag. Pero la compo­sición del parlamento no consiente sino un go­bierno de coalición, y esta fórmula no es viable para los socialistas sin concesiones excesivas a los partidos centrista, democrático y populista, sin los cuales es imposible la organización de un ministerio.

 

EL FASCISMO EN ITALIA

 

También en Italia la paz causó una situación revolucionaria. Italia se contaba entre las nacio­nes victoriosas; pero la paz no había satisfecho sus expecta-tivas. La crisis económica que siguió a la guerra agitó a las masas contra el régimen. Los partidos de masas, el Socialista y el Popular, ganaron una resonante victoria en las elecciones de 1919. El Partido Popular o Católico aceptó par­ticipar en el gobierno, absteniéndose de toda re­serva confesional. Pero el Partido Socialista, di­vidido en tres corrientes, no se decidió por la colaboración, ni por la revolución. Dominaba en sus rangos dirigentes, lo mismo que en la Confederación General del Trabajo, una mentalidad parlamentaria, bajo una habitual declamación subversiva. Una fracción del partido, la más joven, se pronunció por la estrategia comunista. Mas, en el Congreso de Livorno se juntaron con­tra ella las corrientes de centro y derecha. Poco antes se había producido la ocupación de las fá­bricas por los obreros metalúrgicos; y, ofrecido por Giolitti, el control obrero en la administra‑

 

 

 

 

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ción de las usinas, la Confederación General del Trabajo había rehusado hacer de ese movimiento el principio de una acción insurreccional, resolviendo la aceptación de las condiciones del go­bierno. Aprovechando diestramente esta derrota socialista, esta retirada obrera, Mussolini y su grupo de combatientes lograron encuadrar en el fascismo a una gran parte de la pequeña burgue­sía descontenta. El Partido Fascista que por un momento había aparecido como una fuerza de defensa del Estado, se impuso fácilmente a un liberalismo abdicante y fraccionado. En noviem­bre de 1922 el fascismo se apoderó del poder, es­tableciendo, con la aprobación de un parlamento intimidado, su dictadura.

 

El régimen fascista, después de suprimir la opo­sición legal, que realizó su más vigorosa ofensi­va a raíz del asesinato del diputado socialista Matteoti, ha reformado la organización del Estado Italiano.

 

 

LA REVOLUCION CHINA

 

La revolución china constituye el signo más extenso y profundo del despertar del Asia. Un pueblo de 400 millones de hombres, a través de este proceso lleno de alternativas y complicacio­nes, se esfuerza por encontrar la vía de su eman­cipación.

 

Hasta sus primeros contactos con la civilización occidental, la China conservó sus antiguas formas políticas y sociales. La civilización china, una de las mayores civilizaciones de la historia, ha­bía arribado ya al punto final de su trayectoria. Era una civilización agotada. El contacto con el Occidente, fue más bien que un contacto, un choque. Los europeos entraron en la China con un ánimo brutal y rapaz de depredación y de conquista. Para los chinos era ésta una invasión de bárbaros. Las expoliaciones suscitaron en el alma china una reacción agria y feroz contra la civilización occidental y sus ávidos agentes provocaron un sentimiento xenófobo en el (……)

 

 

 

 

 

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incubó el movimiento boxer,* que atrajo sobre la China una expedición marcial punitiva de los europeos dirigida por el general alemán Wal­dersee.

 

Pero la invasión de las potencias occidentales no llevó sólo a la China sus ametralladoras y sus mercaderes sino también sus máquinas, su téc­nica y otros instrumentos de su civilización. Pe­netró en la China el industrialismo. A su influjo la economía y la mentalidad chinas comenzaron a modificarse. Al mismo tiempo, miles de chinos salían de su país, antes clausurado y huraño, a estudiar en las universidades europeas y ameri­canas. Adquirían ahí ideas, inquietudes y emocio­nes que se apoderaban perdurablemente de su inteligencia y de su psicología.

 

La revolución aparece, así, como un trabajo de adaptación de la política china a una economía y una conciencia nuevas. Las viejas instituciones no corres-pondían, desde hacía tiempo a los nuevos métodos de producción y las nuevas formas de convivencia. La China está ya bastante poblada de fábricas, de bancos, de máquinas, de cosas y de ideas que no se avienen con un régimen patrialcalmente primitivo.

 

La revolución china principió formalmente en octubre de 1911, en la pro-vincia de Hu-Peu. La dinastía manchú se encontraba socavada por los

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* El movimiento boxer fue animado por una organización campesina, que demandaba reformas de carácter demo­crático. Pero la inepta dinastía reinante tuvo miedo a los posibles desbordes del movimiento, y por segunda vez buscó el auxilio de las potencias imperiales-tas, que ya habían contribuido a reprimir la rebelión Taiping, y que recientemente habían acentuado su penetración al establecer el sistema de las concesiones territoriales. El senti-miento anti-extranjero -alentado por el recuerdo de hechos tan ominosos como la «guerra del opio», la ac­ción armada contra la rebelión Taiping y las frecuentes depredaciones- reforzó entonces el movimiento boxer, dándole carácter patriótico.

En los manuales de Historia se conoce con el nombre de guerra de los boxer (1900-1901) a la lucha ar­mada contra los inermes demócratas y patriotas chinos, llevada a cabo por ejércitos de las potencias imperialis­tas -Inglaterra, Alemania, Italia, Francia, Rusia y Japón- con la franca simpatía del impopular gobierno imperial de China. Irónica y despectivamente la califica José Carlos Mariátegui como «expedición marcial punitiva de los europeos», y de ella parte para explicar la postura de transformación espiritual de China y los progresos del movimiento democrático (A.T.).

 

 

 

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ideales liberales de la nueva generación y descalificada, -por su conducta ante la represión eu­ropea de la revuelta boxer-, para seguir repre­sentando el sentimiento nacional. No podía, por consiguiente, poner una resistencia seria a la ola insurreccional.

 

En 1912 fue proclamada la república. Pero la tendencia republicana no era vigorosa sino en la población del Sur, donde las condiciones de la propiedad y de la industria favorecían la difusión de las ideas liberales sembradas por el doctor Sun Yat Sen y el Partido Kuo-Min-Tang. En el Norte prevalecían las fuerzas del feudalismo y el mandarinismo. Brotó de esta situación el go­bierno de Yuan Shi Kay republicano en su forma, monárquico y «tuchun»* en su esencia. Yuan Shi Kay y sus secuaces procedían de la vieja clientela dinástica. Su política tendía hacia fines reaccionarios. Vino un período de tensión extrema entre ambos bandos. Yuan Shi Kay, finalmente, se proclamó emperador. Mas su imperio fue muy fugaz. El pueblo insurgió contra su ambición y lo obligó a abdicar. La historia de la re­volución china fue, después de este episodio, una sucesión de tentativas reaccionarias prontamen­te com-batidas por la revolución. Los conatos de restauración eran invariablemente frustrados por la persistencia del espíritu revolucionario. Pasaron por el gobierno de Pekín diversos «tuchuns». Creció, durante este período, la oposición entre el Norte y el Sur. Se llegó, en fin, a una completa secesión. El Sur se separó del resto del imperio en 1920; y en Cantón su principal metrópoli, an­tiguo foco de ideas revolucionarias, constituyose un gobierno republicano presidido por Sun Yat Sent. Cantón, antítesis de Pekín, y donde la vida económica había adquirido un estilo análogo al de Occidente, alojaba las más avanzadas ideas y

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* Gobernador militar. En el período intermedio entre el derrocamiento de la monarquía y la organización de la república, la dirección de las provincias estuvo a cargo de gobernadores militares que, en determinados mo­mentos, hicieron valer su fuerza para pasar por el gobierno de Pekín. En consecuencia, cuando José Carlos Mariátegui agrega que pasaron por el gobierno de Pekín diversos «tuchuns*, debe entenderse que éstos servían a las fuerzas conserva-doras para contener o desviar los im­pulsos democráticos de la revolución. (A.T.).

 

 

 

 

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los más avanzados hombres. Algunos de sus sin­dicatos obreros permanecían completamente ba­jo la influencia doctrinal del partido Kuo-Min-Tang; pero otros adoptaban abiertamente la ideo­logía socialista.

 

Durante algunos años se dividieron el dominio de la China tres fuerzas: la nacionalista revolu­cionaria de Sun Yat Sen, la militar y optimista de Wu Pei Fu y la feudal y reaccionaria de Chang So Lin. La primera tenía sus bases en Cantón, la segunda gobernaba desde Pekín el centro del país y la tercera controlaba la Manchuria. Wu Pei Fu, que se presentó al principio como un político progresista y democrático, se manifestó luego completamente influido por los elemen­tos conservadores de Pekín, y, sobre todo, por la política y la finanza británicas. Derrotado por el reaccionario Chang So Lin, con el concurso de los revolucionarios del Sur, desapare­ció luego casi completa-mente del escenario po­lítico como figura de importancia. El Kuo-Min-Tang aprovechó este momento para llevar su ac­ción a Pekín, donde Sun Yat Sen fue recibido con entusiasmo. Se destacó en la lucha que precedió estos cambios, el general cristiano Fen Yu Hsiang que conserva hasta hoy en la China na­cionalista su zona de influencia. Y el Kuo-Min-Tang asumió un carácter cada día más revolu­cionario, al impulso de las masas obreras y campesinas que se movían bajo sus banderas.

 

Chang So Lin no tardó en encabezar una nue­va ofensiva reaccionaria. La posesión de Pekín engrandeció extraordinariamente su autoridad. El Kuo-Min-Tang, que perdió a su jefe Sun Yat Sen, siguió confinado en las provincias del Sur. Pero precisamente en este tiempo en que un ré­gimen reaccionario y dictatorial afirmó su auto­ridad en la China del Norte y del Centro, la cre­ciente revolucionaria alcanzó su máximo nivel. Chang So Lin fracasó en su intento de unificar la China bajo su comando. Los nacionalistas tomaron entonces victoriosamente la ofensiva.

 

Una nueva fase de la revolución empieza con el golpe de estado del jefe nacionalista Chang Kai Shek, después de la captura de Shangai, que

 

 

 

 

 

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marcaba un momento culminante de la revolu­ción. Desde entonces el Kuo-Min-Tang ha entrado en un período de crisis. Los jefes militares han hecho, de una parte, todo género de concesiones a la diplomacia imperialista; y de otra parte, han reprimido implacablemente como los peores «tu­chuns» a las masas obreras y campesinas revolu­cionarias. La revolución se ha detenido en su etapa burguesa y militar. Muerto Chang So Lin, los jefes nacionalistas han logrado unificar, casi totalmente, la China bajo su dominio.

 

 

EL MOVIMIENTO NACIONALISTA HINDU

 

Como afirma Romain Rolland, la India está en marcha. Se cumple en ese inmenso país un mo­vimiento emancipador, en el que los factores eco­nómicos y políticos se confunden con los reli­giosos y que, en gestación mucho tiempo atrás, ha entrado en una fase activa después de la gue­rra, bajo la dirección espiritual de Gandhi, cuyo nombre en breves años se ha impuesto a la esti-mación del mundo como el de un apóstol del resurgimiento oriental.

 

1919 encontró a Gandhi a la cabeza del mo­vimiento de emancipación de su pueblo. Hasta entonces Gandhi sirvió fielmente a la Gran Bre­taña. Durante la guerra colaboró con los ingle­ses. La India dio a la causa aliada una impor­tante contribución. Inglaterra se había comprome­tido a concederle los derechos de los demás «dominios». Terminada la contienda, Inglaterra ol­vidó su palabra y el principio wilsoniano de la libre determinación de los pueblos. Reformó superficialmente la administración de la India, en la cual acordó al pueblo hindú una participación muy secundaria. Respondió a las quejas hindúes con una represión marcial y cruenta. Ante este tratamiento pérfido, Gandhi rectificó su actitud y abandonó sus ilusiones. La India insurgía con­tra la Gran Bretaña y reclamaba su autonomía. La muerte de Tilak había puesto la dirección del movimiento nacionalista en manos de Gandhi que ejercía sobre su pueblo un gran ascendiente

 

 

 

 

 

 

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religioso. Gandhi aceptó la obligación de acau­dillar a sus compatriotas y los condujo a la no cooperación. La insurrección armada le repug­naba. Los medios debían ser, a su juicio, buenos y morales como los fines. Había que oponer a las armas británicas la resistencia del espíritu y del amor. La evangélica palabra de Gandhi in­flamó de misticismo y de fervor el alma indostana. El Mahatma acentuó, gradualmente, su mé­todo. Los hindúes fueron invitados a desertar de las escuelas y las universidades, la administra­ción y los tribunales. La táctica de la no coope­ración se encaminaba a sus últimas consecuen­cias: la desobediencia civil, el rehusamiento del pago de impuestos. La India aparecía próxima a la rebelión. Se produjeron entonces algunas violencias. Siguieron el proceso y la prisión de Gan­dhi. El movimiento emancipador, bruscamente contenido en su desarrollo, cayó en una etapa de depresión.

 

El Congreso Nacional Indio de 1923 marcó un descenso del gandhismo. Prevaleció en esta asam­blea la tendencia revolucionaria de la no coope­ración; pero se le enfrentó una tendencia dere­chista o revisionista que, contrariamente a la táctica gandhista, propugnaba la participación en los Consejos de Reforma creados por Inglate­rra para domesticar a la burguesía hindú. Al mismo tiempo apareció en la asamblea, emancipada del gandhismo una nueva corriente revoluciona­ria de inspiración socialista. El programa de esta corriente, dirigido desde Europa por núcleos de estudiantes y emigrados hindúes, proponía la se­paración completa de la India del Imperio Britá­nico, la abolición de la propiedad feudal de la tierra, la supresión de los impuestos indirectos, la nacionalización de las minas, ferrocarriles, te­légrafos y demás servicios públicos, la interven­ción del Estado en la gestión de la gran industria, una moderna legislación del trabajo, etc. Posteriormente la escisión continuó ahondándose. Las dos grandes fracciones mostraban un conte­nido y una fisonomía clasistas. La tendencia re­volucionaria era seguida por el proletariado qua, duramente explotado sin el amparo de leyes pro‑

 

 

 

 

 

 

 

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tectoras, sufría más la dominación inglesa. Los pobres, los humildes eran fieles a Gandhi y a la revolución. El proletariado industrial se organi­zaba en sindicatos en Bombay y otras ciudades indostanas. Las tendencias de derecha, en cam­bio, alojaban las castas ricas, los «parsis», comer­ciantes, latifundistas.

 

Cuando el gobierno laborista de Mac Donald lo amnistió y libertó, Gandhi encontró fraccio­nado y disminuido el movimiento nacionalista híndú. Poco tiempo antes, la mayoría del Con­greso Nacional, reunido extraordinariamente en Delhi en setiembre de 1923, se había declarado favorable al partido dirigido por C. R. Das, cuyo programa se conformaba con reclamar para la India los derechos de los «dominios» británicos y se preocupaba de obtener para el capitalismo hindú sólidas y seguras garantías.

 

En los últimos años, muerto C. R. Das, que posteriormente a 1923 se acercó mucho al gan­dhismo, Gandhi ha vuelto a la dirección activa del movimiento hindú, que insiste con nueva energía en sus reivindicaciones inclinándose otra vez a apelar al método de la no cooperación, cu­yos principios parecen haber seguido penetrando y definiéndose en la conciencia hindú, al influjo del Mahatma.

 

LA REVOLUCION MEXICANA

 

En la América Latina o Ibera, el fenómeno do­minante, por su trascendencia social y política, es la revolución mexicana. Este movimiento co­mienza con la insurrección popular contra la dic­tadura de Porfirio Díaz. El tema de la revolu­ción en su primera etapa era: «No reelección».

 

La política de Díaz fue una política esencialmente plutocrática. Falaces leyes despojaron al indio mexicanos de sus tierras en beneficio de los capitalistas nacionales y extranjeros. Los ejidos*

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* Ejidos: pueblos o colectividades de indios, que poseen en común una extensión de terrenos labrantíos; o los terrenos mismos. Los individuos de los ejidos reciben parcelas que, en el mejor de los casos, miden cuatro hectáreas; de ellas obtienen una utilidad que no suele exceder de un peso diario y que, en rigor, es el fruto del trabajo. (A.T.).

 

 

 

 

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fueron absorbidos por los latifundios. La clase campesina resultó totalmente proletarizada. Los plutócratas, los latifundistas y su clientela de abogados e intelectuales, constituían una oligar­quía que dominaba, con el apoyo del capital ex­tranjero, al país feudalizado. Su gendarme ideal era Porfirio Díaz. Pero un pueblo que tan porfiadamente se había batido antes por su derecho a la posesión de la tierra, no podía resignarse a este régimen feudal y renunciar a sus reivin­dicaciones. Además, el crecimiento de las fábri­cas creaba un proletariado industrial, en el cual la inmigración extranjera estimulaba la asimila­ción de las nuevas ideas sociales. Aparecían pe­queños núcleos socialistas y sindicalistas. Flores Magón, desde Los Ángeles, introducía en México con su propaganda algunos elementos de ideo­logía socialista.

 

Cuando se aproximaba el fin del sétimo período de Porfirio Díaz apareció el caudillo: Francisco Madero. Madero, que hasta aquel tiempo fue un agricultor sin significación política; pu­blicó un libro anti-reeleccionista. Este libro, que fue una requisitoria contra el gobierno de Díaz, tuvo un inmenso eco popular. Porfirio Díaz, con esa confianza vanidosa en su poder que ciega a los déspotas en su decadencia, no se preocu­pó al principio de la agitación popular susci-tada por Madero. Juzgaba a Madero un personaje secundario e impotente.

 

Entre otras medidas de represión, ordenó su encarcelamiento. La ofensiva reaccionaria dis­persó al partido anti-reeleccionista: los «científi­cos»* restablecieron su autoridad; Porfirio Díaz obtuvo su octava reelección y la celebración del centenario de México fue una faustosa apoteosis de su dictadura.

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* "Científicos" se denominó a los más conspicuos colabo­radores del General Porfirio Díaz porque se adhirieron a los postulados de la "ciencia" positivista, que sentó, sus reales en México mientras aquéllos usufructuaron del poder.

«La forma de gobierno del General Díaz se copiaba en casi todos los Estados de la República, en pequeño. Los Gobernadores permanecían en el poder indefinidamente; formaban sus grupos de parientes, amigos y favoritos, y protegían a los grandes propietarios y al comercio ex­tranjero», explica Alfonso Teja Zabre. Y agrega que «el

 

 

 

 

 

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Puesto en libertad condicional, Madero fugó a los Estados Unidos, donde se entregó a la or­ganización del movimiento revolucionario. Oroz­co reunió el primer ejército insurreccional. La rebelión se propagó velozmente. La clase gober­nante intentó vencerla con armas políticas. Se declaró dispuesta a satisfacer las aspiraciones populares. Dio una ley que cerraba el paso a otra reelección. Pero esta maniobra no contuvo el mo­vimiento en marcha. La bandera anti-reeleccio­nista era una bandera contingente. Alrededor de ella se concentraban todos los explotados, todos los rebeldes. La revolución no tenía aún un programa; pero éste empezaba ya a bosquejarse, y su primera rei-vindicación concreta era la reivin­dicación de la tierra. El lema «Tierra y Libertad» se juntaba al lema «no-reelección», excediéndolo y superándolo.

 

La oligarquía se apresuró a negociar con los revolucionarios. En 1912, Porfirio Díaz dejó el gobierno a De la Barra, quien presidió las elec­ciones. Madero llegó al poder a través de un compromiso con los «científicos». Conservó el antiguo parlamento. Estas transacciones lo soca­varon, Los científicos saboteaban el programa re­volucionario. Se preparaban, al mismo tiempo, a la reconquista del poder. Vino la insurrección de Félix Díaz. Y tras de ella vino la traición de Vic­toriano Huerta, quien, sobre los cadáveres de Madero y Pino Suárez, asaltó al gobierno. La reacción «científica» apareció victoriosa. Pero el pronunciamiento de un jefe militar no podía detener la marcha de la revolución mexicana. Todas las raíces de esta revolución estaban vivas. El general Venustiano Carranza recogió la ban­dera de Madero y, después de un período de lu­cha, expulsó del poder a Victoriano Huerta. Las reivindicaciones de la revolución se acentuaron

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éxito rápido en la primera etapa revolucionaria, se debió a la descomposición y cansancio del régimen anterior, que había llegado a su extremo de senilidad en hombres, instituciones y doctrinas, y al brusco alzamiento de las energías proletarias y populares que habían estado ador­mecidas, pero no muertas ni satisfechas».

Madero cometió el error de pactar con aquella laya de políticos y fue, por eso, su víctima, como justamente hace ver José Carlos Mariátegui. (A.T.).

 

 

 

 

 

 

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y definieron mejor; y México revisó y reformó su carta constitucional de acuerdo con ellas.

 

Pero Carranza, elegido presidente, carecía de condiciones para realizar el programa revolucio­nario; su calidad de terrateniente y sus com­promisos con la clase latifundista le impedían cumplir la reforma agraria. El régimen de Carranza bajo la autoridad patriarcal del anciano caudillo, se burocratizó y desprestigió gradualmente. Carranza intentó, en fin, designar su suce­sor. El país agitado incesantemente por las fac­ciones revolucionarias, insurgió contra este propósito. Carranza, virtualmente destituido, murió en manos de una banda irregular. Bajo la presi­dencia provisional de Adolfo de la Huerta, se efectuaron las elecciones, siendo elegido presi­dente el General Alvaro Obregón que, durante la campaña revolucionaria, se había destacado co­mo caudillo con más condiciones de mando.

 

El gobierno de Obregón significó una etapa de estabilización y realización revolucionarias. Em­pezó el fraccionamiento de los latifundios. La instrucción pública, bajo la dirección de Vascon­celos, adquirió un magnífico desarrollo y adoptó un programa que se inspiraba en los ideales so­ciales y de la revolu-ción. Elegido el General Plutarco Elías Calles, en reemplazo de Obregón, continuó en sus rasgos esenciales la política de éste. Le tocó afrontar un fuerte movimiento cle­rical, que lo obligó a emplear medidas extremas en defensa de los principios revolucionarios so­bre las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Mantuvo, sobre todo, la difícil unidad del parti­do revolucionario, basada en la colaboración de los sindicatos obreros y campesinos, en su mayor parte adherentes a la Confederación Regional Obrera Mexicana (C. R . O . M .) con la pequeña burguesía revolucionaria dirigida por jefes mi­litares y parlamen-tarios. Al concluir el mandato Calles, la candidatura de Obregón apareció como la única que podía conservar unido este blo­que de fuerzas populares: Invocando el principio anti-reeleccionista se rebelaron los generales Gó­mez y Serrano. Los dos fueron batidos y fusilados y su rebelión provocó una momentánea rea‑

 

 

 

 

 

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firmación del frente revolucionario. Elegido el General Obregón, la solución del problema po­lítico parecía obtenida, cuando se produjo en un banquete el asesinato del popular caudillo por un católico fanático. Este hecho trajo la ruptura del bloque con el cual habían gobernado Obre­gón y Calles. Los jefes de la CROM fueron acu­sados por algunos líderes obregonistas como instigadores del asesinato de su jefe. Se obligó a Calles a separarlos del gobierno. Y empezó una lucha en la cual se manifiesta el desarrollo de una corriente anti-revolucionaria dentro del an­tiguo bloque gubernamental. Terminado el pe­ríodo de Calles, se ha encargado provisoriamente del gobierno, por designación del Parlamento, el licenciado Portes Gil, que representa la tenden­cia en pugna con la C.R.O.M.

 

CONCLUSION

 

Al período de agitación post-bélica ha seguido en Europa un período de estabilización capitalista y democrática que, si ha dejado en pie las conse-cuencias de la marejada reaccionaria, las dictaduras italiana y española, ha detenido, en cambio, el progreso de las tendencias políticas de este carácter en los principales estados occi­dentales. En este período se ha acentuado la pre­ponderancia económica de los Estados Unidos, al mismo tiempo que se ha reforzado la organiza­ción del estado socialista ruso. No faltan quienes se inclinen a creer que capitalismo y socialismo pueden convivir largamente en el mundo. La es­tabilización de uno y otro sistemas, aunque con distinto carácter, es el hecho en que se basa esta predicción.

 

BREVE EPILOGO*

 

Es obvio que la historia de los últimos 25 años no se deja aprehender en un itinerario de los grandes sucesos. Muchas de las grandes corrien‑

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* Publicado en Variedades, Lima, 13 de marzo de 1929.

 

 

 

 

 

 

 

tes de una época no afloran a la superficie de ellos. Circulan por cauces que se hunden en el subsuelo, cuando una guerra acapara los escena­rios. El suceso es un síndrome. Traduce o señala una crisis cuyas fuerzas operan fuera de sus propios límites de espacio y tiempo.

 

La guerra de 1914-19 nunca se explica menos que cuando se pretende com-prenderla sólo a través de su gestación diplomático-militar. La diplomacia no puede exceder sus posibilidades. Su juego está secretamente regido por humores e impulsos que no le es dado escoger. Así, la guerra se preparó, ante todo, en el crecimiento industrial y comercial de Alemania; y bajo este aspecto, el proceso del capitalismo mundial cela sus factores primarios En la etapa final del cre­cimiento económico e imperialista de Alemania, en Europa, se movilizaron y desarrollaron las fuerzas que hicieron posible la guerra, tal como se organizaron en la mentalidad alemana los ele­mentos que empleó Spengler en la construcción de su Decadencia de Occidente. (Aquéllos produjeron sus efectos más pronto que éstos). El suce­so llegó antes del libro y rebasó, con violento desborde, el confín de sus intenciones. Y en la prepara-ción del clima guerrero intervinieron, en dosis imponderables y con diversa función, desde la filosofía de Henri Bergson hasta la estéti­ca de Marinetti y los futuristas, del mismo mo­do que en la preparación de la atmósfera revo­lucionaria colaboraron desde la teoría de los mitos de Georges Sorel hasta la desesperación del poeta Alejandro Blok.

 

La Evolución Creadora, constituye, en todo caso, en la historia de estos 25 años, un aconteci­miento mucho más considerable que la creación del reino servio-croata-esloveno, conocido tam­bién con el nombre de Yugoeslavia.* El bergso‑

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* Puede considerarse insólito que un socialista menosprecie la estructuración de un estado, al juzgar como «acontecimiento mucho más considerable» la aparición de un libro filosófi-co. Atiéndase, sin embargo, al signifi­cado de ambos hechos. El reino yugoeslavo se había constituido mediante la incorporación de croatas y es­lovenos a la antigua Servia, no obstante el desprestigio de las compensaciones territoriales y el reconocimiento del derecho de los pueblos a su libre determinación; de

 

 

 

 

 

 

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nismo ha influido en hechos tan distintos y aun opuestos, y de variada jerarquía, como la litera­tura de Bernard Shaw, la insurrección Dadá, la teoría del sindicalismo revolucionario, el escua­drismo fascista, las novelas de Marcel Proust, la propagación del neo-tomismo de la Christian Science, la teosofía, y la confusión mental de los universitarios latinoamericanos. Bergson tiene discípulos de derecha e izquierda como los tuvo Hegel, aunque se abrigue personalmente tras de las almenas del orden, actitud personal que no compromete mínimamente el sentido de su filo­sofía. Históricamente, la filosofía de Bergson ha concurrido, como ningún otro elemento intelec­tual, a la ruina del idealismo y racionalismo bur­gueses y a la muerte del antiguo absoluto, aunque, por contragolpe, haya favorecido el reflo­tamiento de descompuestas supersticiones. Por este hecho, representa una estación en la trayec­toria del pensamiento moderno. A su lado, pali­dece el variado reper-torio de filosofías alemanas que, cerrado el gran ciclo kantiano, tienden en verdad, a la capitulación de los antiguos mis­terios.

 

En los últimos lustros, el mundo ha asistido al accidentado y acelerado tramonto del pensamien­to liberal, individualista, que después de sus ex­tremas expresiones anarquistas ha renegado, por reacción contra el socialismo, sus fundamentos dinámicos y revolucionarios. Habría que buscar a sus legítimos continuadores en Benedetto Croce y Bertrand Russell, para quienes el socialismo sucede históricamente al liberalismo, como prin­cipio de civili-zación y progreso. El verdadero li­beral se reconoce vedado de oponerse doctrinal y prácticamente al socialismo y obligado a admitir el envejecimiento de las instituciones y pro‑

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manera que se le podía estimar como anacrónico y re­tardatario para nuestra época, y de influencia tal vez negativa para el desarrollo de los pueblos afectados. En cambio, la filosofía de Bergson se proyecta señeramente sobre la cultura contemporánea, al descubrir nuevas ma­neras de enriquecer los datos del conocimiento y auxi­liar la vinculación entre el pensamiento y la realidad. Quiere decir José Carlos Mariátegui que la filosofía berg­soniana contribuye al progreso humano con mayor efi­cacia que el estado yugoeslavo y, en tal virtud, es un «acontecimiento mucho más considerable». (A T.).

 

 

 

 

 

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gramas liberales, porque otra actitud sería anti-liberal en el sentido más profundo y viviente de su filosofía. Este es el drama del liberalismo, drama que en la praxis pocos liberales han ex­presado y apuntado, tan puntualmente como Ma­rio Missiroli, y que en la teoría, en la especula­ción pura, ningún pensador liberal ha afrontado tal vez con la lucidez de Croce. Si no son muchos los liberales que asumen la misma actitud, es porque casi la totalidad de los liberales que aún quedan, milita en el campo socialista y carece de título y motivo para hablar en nombre del liberalismo.

 

Paralelamente a este proceso, se ha desarro­llado el de la afirmación y es-clarecimiento de un espíritu y un pensamiento genuinamente socialistas. El movimiento proletario -sindicatos y partidos- había crecido tanto en este siglo, bajo la tutela y el estandarte de la democracia ocho­centista. Desde este punto de vista se había superado el pensamiento de Marx, que echó las bases filosóficas de la revolución proletaria. En los parlamentarios y capitanes del proletariado se prolongaba, casi sin rectificaciones, el iluminis­mo y el progresismo de la burguesía. Georges So­rel, es el pensador que con su obra inicia más enérgica y maduramente la ruptura con este período lassalliano. Sus Reflexiones sobre la vio­lencia, representan, por su magnitud y con-secuen­cias históricas, otro de los libros del nuevo siglo. Sorel preludia una filosofía política anti-liberal, guerrera, eminentemente revolucionaria por su función estimulante contra el enervamiento evo­lucionista del proletariado, dentro de una demo­cracia basada en la transacción y el compromiso; pero de la que, al mismo tiempo, tenían que servirse, invirtiéndola, los reaccionarios, en el esfuerzo por defender el orden mediante una de­rogación lisa y llana de las conquistas liberales. El pensamiento socialista se afirma antiliberal por necesidad dialéctica, a causa de que el So­cialismo aparece, en la historia, como la antíte­sis del liberalismo, definido concretamente como la doctrina de la sociedad capitalista. Pero no renuncia al patrimonio liberal, en su valor civili‑

 

 

 

 

 

 

 

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zador, del mismo modo que no renuncia a la he­rencia capitalista, en cuanto constituye progreso técnico. Por esto, revolucionarios como Piero Gobetti, a quien podríamos llamar «crociano de izquierda», consideran la revolución socialista como el desenvolvimiento lógico de la revolución liberal.

 

Fenómeno característico de nuestro tiempo, en el plano de las ideologías políticas, es la apari­ción de dos violentas negaciones de la democra­cia liberal; una de izquierda y otra de derecha, una revolucionaria y otra reaccionaria. Comunis­mo y Fascismo. Lenin crea la revolución rusa, la iglesia y el Evan-gelio intransigentemente anti-burgueses que Sorel esperaba ver surgir del sindicalismo revolucionario. Mussolini, cismático del socialismo, adopta una doctrina que repudia en bloque, desde sus orígenes, la revolución liberal, y que conduce a la teocracia del medioevo.

 

La ciencia a pesar de los pesimistas augurios de quienes precipitadamente proclamaron su ban­carrota cuando se acentuaron los desencantos fi­niseculares anexos al ocaso del positivismo, ha continuado en el Occidente pre-bélico su acción revolucionaria.

 

Einstein ha suministrado a la especulación fi­losófica con sus descubrimientos de física y matemática, un material tan rico y vasto como im­previsto. Freud ha extraído de las investigacio­nes clínicas sobre el tratamiento de la histeria, una teoría genial, cuya sospecha flotaba ya en la atmósfera de la época, como lo demuestra, más que su rápida propagación, la presencia precur­sora de una intención psicoanalítica, de clara fi­liación freudiana, en la obra de Pirandello, antes que comenzase la influencia del Psicoanálisis en la literatura. En los dos polos de la historia contemporánea, Estados Unidos y U.R.S.S., se en­cuentra la misma fervorosa aplicación y valori­zación de la ciencia. Pero, ni en la sede del capi­tal ni en la del socialismo, la ciencia pretende dictar leyes a la política, ni a la literatura, ni al arte. Y en esto nos hemos distanciado, provecho­samente, del «cientifismo» ochocentista.

 

Y no ha sido menos trascendente ni extensa, en

 

 

 

 

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estos cinco lustros, la revolución literaria y ar­tística. Se ha reivindicado, contra la chata orto­doxia realista, los fueros de la imaginación creadora, lo que ha traído ventajas asombrosas para el descubrimiento de la realidad. Pues con los derechos de la fantasía, y la fantasía, se ha ave­riguado sus fines, que es como decir sus límites.

 

Y, con todo esto, nos hallamos sólo en el um­bral del 900. O del evo que esta cifra intenta se­ñalarnos. Porque los siglos, en la historia, son la más subalterna y convencional de las mediciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INDICE ONOMASTICO

 

BAKUNIN, Miguel (1814-1876).- Anarquista ruso. Fundó la Alianza de la Democracia Socialista y los Hermanos In­ternacionales. Entre sus obras destacan: Dios y el Es­tado, El Catecismo Revolucionario y Los Principios de la Revolución.

BERGSON, Henri Louis (1859-1941).-Filósofo idealista francés. En