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JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Signos y Obras

 

 

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“BIBLIOTECA AMAUTA”

LIMA-PERÚ

 

 

 

 

 

 

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F R A N C I A

 

DOS GENERACIONES Y DOS HOMBRES:

HENRI DE MONTHERLANT Y ANDRE CHAMSON*

 

André Chamson, el escritor de L'Homme contre l'histoire** y de La Revolución del 19 (Europe, Nos. 70 y 71), habla a nombre de la generación que cumplió diez y ocho a veinte años en 1918. La adolescencia de esta generación transcurrió bajo el régimen -disciplina y desorden- de la guerra. Raymond Radiguet decía, con coquetería infantil, que para esta generación la guerra ha­bía sido unas vacaciones demasiado largas. Le Diable au Corps*** corresponde, como documen­to, a esta apreciación. Pero otros testigos, otros documentos, no consienten atenerse a esta frase de joven y precoz literato, parisinamente pronto a la rigolade.**** André Chamson, por ejemplo, en su reciente versión del estado de ánimo, de la experiencia espiritual de esta generación que no llegó a las trincheras, y que por esto no co­noció su intoxicación, nos persuade de que en la conciencia de esa juventud la guerra planteó esos problemas de la concepción misma de la vida y el mundo que a pocas generaciones toca afrontar. Para esta generación la guerra fue, dice Chamson, «una obligación moral de trabajo y de meditación». La verdad profunda de esta ado­lescencia singular y dramática dista mucho de la pueril imagen escolar registrada por Radi­guet.*****

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 2 de febrero de 1929.

** El hombre contra la historia.

*** El Diablo en el cuerpo.

**** Broma.

*****Ver el ensayo sobre Raymond Rodiguet, en El Artista y la Época.

 

 

 

 

 

 

 

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Esta generación se siente, ante todo, una ge­neración de mayores. Los que pasaron los pri­meros años de su juventud en las trincheras in­gresaban en la vida con una distinta prepara­ción psíquica y conceptual. No les había sido dado este tremendo y patético esfuerzo de revisar desde sus bases las ideas en curso normal, obligatorio, antes de la guerra. Pertenecían, qui­zá, al pasado, mucho más que sus inmediatos predecesores. «La guerra los alejó de nosotros -escribe Chamson- e hizo de ellos otros hom­bres. ¿Qué clase de hombres? No nos corres­ponde decirlo. Pero cuando, restablecida la paz, se comprimieron las generaciones disminuidas y ellos vinieron a ocupar sus puestos a nuestro lado y entraron en la vida con nosotros, tuvimos la impresión de habernos tornado sus mayores o, al menos, de haber roto los lazos que debían unirnos a ellos. La generación que nos prece­día devino nuestra hermana menor. Había guardado, ante la muerte posible, ese espíritu de juego que nosotros habíamos perdido a hora tem­prana. Los ocios y los estudios, las más simples necesidades de la vida nos parecían contener más elementos de madurez que las batallas: el guerrero seguía siendo un niño o se transfor­maba en otro hombre. Una separación moral so­brevivía así a la separación material».

 

Montherlant, que acaba de causar tanta curio­sidad y comentario con la publicación de Aux Fontaines du Desir,* es un representante extre­mo de esa generación que «pasó sus primeros años en las trincheras y que guardó ante la muerte posible, un espíritu de juego». Apologis­ta del deporte y del torneo, deportista y torea­dor, toda su fuerza, todo su arte, no lo libran de la clasifica-ción de decadente. Su decadentis­mo es mucho menos retórico y bizantino que el decadentismo d'annunziano -no hay que olvidar los años que los separan-; pero ni su tono ni su brío agresivos, disimulan su fondo finisecular. La pasión con que Montherlant busca el placer, el goce, se alimenta todavía de los sentimientos del combatiente, mejor, del sobreviviente. Des‑

 

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* A las fuentes del deseo.

 

 

 

 

 

 

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pués de la gran prueba, en medio de un mundo que no se muestra muy seguro, y que por un largo momento ha dado la impresión de derrum­barse, el ansia instintiva de su generación es un ansia irrefrenada de gozar. Montherlant profesa un hedonismo y un egotismo absolutos. Su acti­tud puede valer para el artista de talento, capaz de sacar partido de las más extremas aserciones. En él hombre vulgar, en el hombre mediocre, sería insoportable y ridícula.

 

El autor de Aux Fontains du Desir desprecia la inteligencia. Le bastan los sentidos y el instinto. Se siente un fuerte y joven animal de pre­sa. El resto no tiene importancia. «Realizando sus deseos -afirma- dicho de otro modo, realizándose a sí mismo, el hombre realiza el ab­soluto». «No es menester dejar una obra. No es menester haber sido un gran espíritu ni un gran corazón; menos todavía haber obrado (lo que lla­man "obrar"). No es menester salvar la patria, ni la humanidad que aparecerá un día, un ideal tan decaído como Dios, ni una idea, pues no hay idea que valga ser salvada, ni el alma, pues el alma no lo necesita. Si yo cumpliera estas nobles tareas; me dejarían torturado de desesperación, cruelmente cierto de haber perdido mi vida y de haber sido burlado. Estoy obsedido por la locura que representa el esfuerzo de los hombres. No hay sino un fin, que es el de ser dichoso. Noblemente o no. Con o sin la admiración de los hom­bres. Con o sin el consentimiento de los hombres».

 

Así hablaría D'Annunzio si tuviese hoy la edad de Henri de Montherlant. Porque esta profe­sión de fe, esta religión del placer y del instinto, como el propio Montherlant lo reconoce, no sin desesperación -y esta es la nota dramática de su actitud- no tiene valor sino en la juventud victoriosa. «Lo trágico es -dice- que no te­niendo fe sino en mis sentidos (siempre el mons­truo Sociedad que acecha), no me quedarán sino cosas en las cuales no tengo fe. Si el placer se me escapa, entonces, ¿qué? Hacer de gran hombre durante treinta años. Alzar el mentón en un cuello almidonado. Presidir ligas de patriotas (quiero decir de "europeos" seamos 1928)». Mon-

 

 

 

 

 

 

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therlant sabe bien a qué atenerse respecto a los que a la mitad de su vida «eligen una discipli­na». No puede ser, según él, sino «a consecuencia de la quiebra de sus sentidos, de la quiebra de su tentativa de vivir una vida abundante y ar­diente».

 

La entonación ultraísta de estas afirmaciones, se explica, en parte, por el carácter polémico de las páginas a que pertenecen: un Epílogo en las Fontains du Desir, en que Montherlant responde a aquellos que, entre los jóvenes y a propósito de este libro, lo han interpelado quejosos. Y, sin duda, al replicar a este auditorio descontento, decepcionado de no encontrar el guía que espe­raba, Montherlant contesta en su mejor y más propio acento: «Cuando yo tenía vuestra edad, he seguido a muchos de mis mayores, como es natural. No me habría venido la idea, sin embar­go, el anhelar que fuesen otra cosa que ellos mis­mos y no se apartasen de su ruta para mostrarme la mía. Habría tenido vergüenza por mí de pedírselos, y por ellos si me hubieran obedecido».

 

Por ser un gesto de juventud exuberante -y a la vez algo enfermiza- el hedonismo y el ego­tismo absolutos de Montherlant no ofrecen sino un interés literario, cuya estimación depende del valor del artista que los profesa. Como las de D'Annunzio, todas estas explosiones acaban por ceder a un razonable acatamiento de la ética tradicional, del orden burgués, Montherlant no será, probablemente, una excepción de esta regla.

 

"CALIBAN PARLE",*  POR JEAN GUEHENNO**

 

He aquí otro libro que da fe de la insuficien­cia de todos los vaniloquios del «idealismo» no­vecentista para descartar de las tareas del pen­samiento y la literatura la preocupación de lo temporal y de lo histórico. La inteligencia ha in­ventado en los últimos años una serie de ma‑

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* Calibán habla. .

** Publicado en Variedades: Lima, 31 de Julio de 1929.19

 

 

 

 

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neras de eludir o ignorar el problema de la re­volución. Ninguna le sirve al intelectual riguro­samente fiel a los deberes del espíritu para dis­currir y meditar como si el socialismo y el pro­letariado no existieran. En esto se reconoce una de las pruebas de la inutilidad de todo intento de restauración del principio de la inteligencia pura o ahistórica.

 

Jean Guéhenno es un escritor que procede del proletariado y que no reniega su origen; pero que, en la imposibilidad de encontrar una respuesta a sus inte-rrogaciones en la filosofía cla­sista del obrero, busca en el arsenal de la más moderna y exigente cultura las razones de una convicción revolucionaria o, por lo menos, no-conformista. Caliban parle es una requisitoria contra la hipocresía intelectual y contra los com­promisos del pensamiento, cuyos ecos se confun­den hoy un poco con los de Morte de la pensée bourgeoise,* de Emmanuel Berl.

 

Guehenno, humorista, se rebela contra el jue­go de una compósita legión de intelectuales y artistas que, en el nombre de un refinado nove­centismo, querrían sacrificar la humanidad a las humanidades. El crítico y el hombre están de­masiado vigilantes y vivos en él. Le es imposi­ble no entender y denunciar el cinismo de este pensamiento de Barrés: «Que los pobres tengan el sentimiento de su impotencia, he ahí una con­dición primaria de la paz social». El fariseísmo del intelectual ante el proletariado, empuja a Guéhenno, deferente y atento, pero no por esto menos nauseado, a tomar abiertamente el partido de Calibán. En la clase que lucra por un orden nuevo, están todos los valores morales de la ci­vilización. Al innoble razonamiento de Barrés, opone este juicio ciertamente más filosófico y verdadero: «La rebelión es la nobleza del pobre».

 

Guéhenno presta estas palabras a Calibán: «En un mundo de egoísmo y de lucro, me ocurre ser la sola potencia desinteresada. Se ha visto a los míos renunciar al éxito, a las sinecuras, a los puestos, fuertes y puros. Algunos que se vendie­ron fueron pagados a alto precio: obtuvieron los

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* Muerte del pensamiento burgués.

 

 

 

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primeros cargos en los Estados. Pero la masa de los Calibanes fue apenas quebrantada por esto. Continúa diciendo no a un mundo, en el cual no reconoce la belleza de sus sueños. Y toda nobleza viene a Europa de este movimiento que pone en ella los gestos de Calibán, las multitudes obreras que, en el instante en que reclaman pan, piensan todavía en organizar el mundo». «¿Entre la Bolsa de Trabajo y el Instituto, quién sabe, después de todo, dónde se hace el menester más humano? Si los secretarios de sindicatos y sabios de aca­demias consintieran un instante en mirarse, no se despreciarían tanto. Yo los veo a unos apli­cados al trabajo de deshacer y desatar, un hilo después de otro, la red que la obstinada fatalidad no cesa de tejer alrededor nuestro, vencer esas leyes de bronce a las que nos somete la pesada economía del mundo. En el más fatal de los si­glos, buscan los medios de tornarse amos de las cosas, nuestras duras dominadoras, e intentan, con un maravilloso coraje, restituir al corazón y a la razón la supervigilancia y el control del universo». «Nuestro verdadero mérito al fin del último siglo habrá sido el organizar la insumisión y la batalla».

 

El autor de Calibán Parle no se ha formado en esta lucha. A la meditación del sentido moral y humano de las reivindicaciones de las masas, ha Llegado por la vía cara a M. Julien Benda, por la vía del clerc.* Su libro de nada está tan distante como de ser el resultado de una crítica de ins­piración marxista. Guéhenno es un intelectual puro, en el sentido de que no obedece sino a la lógica de su especulación. No proviene de nin­gún equipo marxista ni de ninguna Casa del Pueblo. Ha hecho su aprendizaje de pensador, meditando a autores tan diversos como Michelet, Taine, Renán, Proudhon, Jaurés, Barrés, Peguy, etc. En el segundo capítulo de su libro, al hablar de la "difícil fideli-dad", Guéhenno expone su pro­pio drama. El obrero que se transforma en un Intelectual, pierde su fe, su sentimiento de cla­se. Usando el término de Barrés podría decirse que se deraciné, se desarraiga. El espíritu en‑

 

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* El intelectual.

 

 

 

 

 

 

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gaña, la belleza seduce, la felicidad descasta. Y yo sentía una suerte de felicidad. Era un blando abandono, animación todavía, pero en la paz; des­pués de meses de tensión apasionada, una em­briaguez indulgente. No se lee impunemente los libros. La única luz que me guiaba, antes de que los hubiese leído, no se dejaba ver ya en el jue­go de sus mil pequeñas flamas. Yo adoraba antes un solo ídolo: los dioses se habían multiplicado. La cultura tiene a veces al principio este efecto de destruir el carácter. Nos hace parecer a esos actores que, a fuerza de ensayar todas las transformaciones, terminan por perder toda persona­lidad». Así habla Calibán, o mejor, así habla Guéhenno después de un largo trato con las ideas.

 

Guéhenno ha descubierto el pragmatismo de las ideas, la servidumbre del pensamiento. «La cultura -tal como la conciben los "pedantes au­toritarios" con quienes polemiza- no tiene otro objeto que el de hacer jefes y el de justificarlos a la vez. A la ciencia que determinaba lo que debe ser y que descubría mundos más generosos, ellos no le demandan más que legitimar lo que es. Una extraña y monstruosa connivencia asocia la cultura así sofisticada y la autoridad social, el saber y la riqueza, y es la característica más eminente de lo que ellos llaman civilización», No es distinto, fundamentalmente, el lenguaje de los marxistas. Pero lo que confiere especial valor al testimonio de Guéhenno es, precisamente, su no marxismo. Todas sus meditaciones revelan una rigurosa preocupación de no traicionar al Espíri­tu, de no emplear sino razonamientos de huma­nista.

 

Las páginas más eficaces de su libro son, acaso, aquéllas en que denuncia el bizantinismo y el diletantismo de la Ciencia y el Arte de la decadencia. Guéhenno conoce de cerca a esta gente y podría describirnos minuciosamente a cada uno de sus especimenes. ¿Cuál es la imagen más exacta que de ellos nos ofrece? «Me los repre­sento siempre -dice- en una cámara rodeada de espejos. Cada uno mima delante de su innu­merable imagen un drama patético, se pone su-

 

 

 

 

 

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cesivamente las máscaras del cínico, del epicú­reo, del estoico y declama a veces con florido lenguaje. Viene el aburrimiento y el drama se interrumpe por el tiempo necesario para hacer una nueva provisión de máscaras y de imágenes».

 

¿En qué época de la historia, se encuentra a la "inteligencia" y al "espíritu" entregados al mis­mo juego banal y elegante? La respuesta de Guéhenno coincide con la de otros pensadores sagaces: Graeculi esurientes. «Es así como peque­ños griegos hambrientos, que habían tenido la misión de mezclar el espíritu a la pesada masa romana, se cansaron un día. No Eschu-charon más al genio liberador que largo tiempo les había ha­blado. Tenían hambre y no se preocuparon, para comer y vivir, más que de divertir a sus amos y de fortificar laboriosamente los prejuicios que aseguraban su dominación. El espíritu carecía de coraje y la sabiduría de atención. Entonces hombres innumerables de quienes nunca se hu­biera pensado que tenían también un alma des­truyeron este mundo fútil. La ciudad; que la ra­zón caduca les negaba, se derrumbó. Ellos bus­caron en una fe nueva la comunión humana».

 

Testimonio de intelectual, requisitoria de hu­manista, el hermoso libro de Jean Guéhenno convida a las más actuales y fecundas reflexiones. Es un enérgico estimulante del juicio histórico, del examen de conciencia de una generación que oscila entre la desesperanza y la traición.

 

PHILIPPE SOUPAULT*

 

I

 

En Philippe Soupault, hasta ahora, me intere­sa más el artista que la obra. Esto no quiere decir absolutamente que la obra sea negligible. Los li­bros de Soupault nos ofrecen siempre un gesto

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* Las dos partes de que consta el ensayo sobre Philippe Soupault aparecieron en las ediciones de Mundial y Variedades correspondientes al 11 de diciembre de 1926 y al 29 de mayo de 1929, respectivamente. La pri­mera, bajo el epígrafe de Un libro de Philippe Sou­pault; la segunda, con el título de Les derniéres nuits de Paris, por Philippe Soupault.

 

 

 

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original e impávido de su espíritu. Tiene un puesto distinguido e individual en la mejor lite­ratura francesa de este tiempo. Pero el artista honrado, inquieto, nervioso, que lo ha escrito, ocupa un puesto más alto y singular aún.

 

Soupault pertenece a la combativa falange su­prarrealista que reúne en sus cuadros a los me­jores valores de vanguardia de las letras fran­cesas: Louis Aragón, André Bretón, Paul Eluard. Sobre la generosa batalla y la iluminada espe­ranza de este manípulo he dicho ya algo a propósito de su acercamiento al equipo de Clarté.

 

El suprarrealismo que tiene en Soupault uno de sus agonistas representativos no se presenta sólo como una escuela o un movimiento de la vanguardia francesa sino, más bien, como una corriente primaria, como un fenómeno sustantivo de la literatura contemporánea. El norteamerica­no Waldo Frank, el rumano Panait Istrati -para citar dos nombres nuevos pero notorios a nuestro público- acusan en su arte una definida orien­tación suprarrealista. La obra de Pirandello en sus calidades esenciales es también suprarrealis­ta, aunque -como por lo demás ocurre siempre al genio- no se haya incubado en la atmósfera de la escuela suprarrealista y, antes bien, la haya precedido y anticipado.

 

Los suprarrealistas restauran en el arte el im­perio de la imaginación. Pero no renuncian a ninguna de las adquisiciones del realismo: las superan. Su trabajo coincide absolutamente con el impulso y el rumbo actuales del arte. La fantasía, como ya una vez lo he dicho, recupera sus fueros y sus posiciones. Oscar Wilde, hasta cierto punto, resulta un maestro de la estética contem-poránea. Sus paradojas cobran actualidad. Pero no es, absolutamente, una paradoja decir hoy que el realismo nos aleja de la realidad. Porque no la captaba en su esencia viviente. Y la experiencia ha demostrado que con el vuelo de la fantasía es como mejor se puede abarcar todas las profundidades de la realidad. No, por supuesto, falsificándola o inventándola. La fan­tasía no surge de la nada. Y no tiene valor sino cuando crea algo real.

 

 

 

 

 

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Esta revalorización del rol de la fantasía ha impreso un fecundo impulso a la literatura ac­tual. La flaqueza de ésta no está en su exceso de ficciones, sino en la falta de una gran ficción, de una gran esperanza.

 

Philippe Soupault siente bien este drama. El libro que tengo ahora delante de los ojos En Joue (Bernard Grasset. París), es la novela de un hombre moder-no, escritor y deportista, que su­fre la angustia y la tortura terrible de tener vacía el alma. Julián, el protagonista de Soupault, carece ante todo, de una meta. Su elán* se agota, se destruye en un vuelo sin objeto.

 

Como apunta uno de sus críticos, En Joue es a la vez un carácter de La Bruyére y la confe­sión de un hijo del siglo (todos los epítetos que se han acostumbrado a aplicar a nuestra época: febril, sensible, múltiple, inquieta, etc., convie­nen a Julián) filmados y proyectados ante noso­tros al ritmo atropellado de Entr'acte** de René Clair. Y estas imágenes sucesivas, incisivas, que terminan en un aceleré*** patético, deslumbran casi doloro-samente nuestro espíritu, sugestionan nuestra atención y retienen nuestros sentimien­tos tan perfectamente como cualquier historia lógicamente conducida.

 

Este juicio me parece exacto. Como también la constatación de que con sus nuevas novelas, que sigue tan de cerca a Les fréres D'Uran­deau**** Soupault ha dado plenamente en el blanco. Soupault ha escrito un hermoso libro que reafirma todas las calidades esenciales de su ar­te, del cual puede decirse que es suprarrealista porque es trágica y dolorosamente humano.

 

II

 

Los suprarrealistas, según Emmanuel Berl, han fundado «un club de la desesperanza, una literatura de la desesperanza». Ni Berl acierta, en

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* Espíritu animador.

** "Entreacto".

*** Aceleramiento.

**** Los hermanos D'Urandeau.

 

 

 

 

 

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general, en su juicio, sobre los suprarrealistas que, mejor que él, han hallado el camino de la Revolución, ni Soupault milita ya en el grupo que capitanean, por turno caprichoso, Bretón, Aragón y Eluard. Pero, excluido de este grupo por su colaboración en 900, la revista de Máximo Bontempelli, Philippe Soupault continúa siendo en sus obras, un novelista de la desesperanza. Bajo este aspecto, la filiación de su literatura si­gue siendo suprarrealista, dentro de la defini­ción de Emmanuel Berl

 

La atmósfera, el clima de Les Derniéres Nuits de Paris,* son, ante todo, la atmósfera y el clima de la desesperanza. La desesperanza alcanza en Soupault un lirismo patético, una tensión miste­riosa que sólo los elementos de ternura y de sue­ño que tiene siempre la poesía de Soupault nos consienten sentir sin malestar ni fiebre.

 

Los personajes de Les Derniéres Nuits de Pa­ris vagan por los parajes nocturnos de un París intemporal, pero verdadero, con algo, del auto­matismo de los sonámbulos. Son personajes de la noche, criaturas de la noche, con un destino, un itinerario y una realidad rigurosamente noc­turnos. Y estas últimas noches de París no tie­nen nada de común con las noches galantes, exó­ticas, suntuosas, venéreas de Paul Morand. De las noches de Soupault están pros-critda el placer, el lujo, la riqueza, el jazz-band, la iluminación excesiva. Sus protagonistas no encuentran su ambiente sino en un París algo sombrío, estric­tamente nocturno. Por las avenidas y las calle­jas de este París, no pasan ya los convidados del Conde d'Orgel ni de la duquesa de Guermantes. Estamos lejos de Marcel Proust. Y de Raymond Radiguet como de Morand y Giraudoux. Phi­lippe Soupault inaugura la noche absoluta. Su novela es, hasta cierto punto, un retorno a la noche baudeleriana, la "noche amiga del criminal".

 

Pero la noche de Soupault no llega a lo más dramáticamente nocturno sin visiones de aquelarre, de hospital, de taberna. Soupault la exone­ra de todo lo que la literatura le había anexado:

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* Las últimas noches de Paris.

 

 

 

 

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en sus noches los ayes y los espasmos pierden su antiguo carácter de atributos sustantivos; en sus noches no hay fantasmas. Baudelaire conti­nuaba la antigua mitología de la noche; Soupault preludia su mitología moderna, urbana, no-vecentista. Mitología que se quedará trunca, larvada, inconclusa: elaboración tardía de la mala vida nocturna de la urbe burguesa.

 

La noche de Soupault no es ya sensual, volup­tuosa, pecadora, mórbida. Soupault no puede prescindir del amor ni del crimen. Pero el amor carece, en su novela, de representación pagana y venérea y de simbolización epitalá-mica. El amor, en Les Derniéres Nuits de Paris es al mismo tiempo más lírico y material. En su descripción, Soupault lo obliga a una economía casi ascética de deseo, de goce y de espasmo. El acto sexual es un hecho mecánico que abomina y escapa a toda morosa especulación descriptiva y que sólo así, fugitivo, secreto, adquiere su plenitud poé­tica. La explicación le resta intensidad.

 

Georgette, la protagonista de la novela, es una encarnación extraña y femenina de la noche de París. Su misterio es su carencia de mis­terio: la naturalidad con que atraviesa un escenario terrorífico e incomprensible para el espec­tador; la indiferencia con que obedece su desti­no de buscona nocturna; la ignorancia del vicio, del amor, de la perversidad, en su existencia de ra-mera, como las estrellas, exacta siempre en el recorrido de su órbita. Soupault la crea con los elementos de una fantasía noctámbula. Su retrato es, además, un esquema trazado con lí­neas de sueño y de ternura. «Mirándola atentamente no se podía imaginarla viviente durante el día. Ella era la noche misma y su belleza era nocturna. Lo mismo que se repite con una per­fecta inconsciencia: claro como el día, no era po­sible impedirse encontrar a Georgette bella como la noche. Pienso en sus ojos, en sus dientes, en sus manos, en esa palidez que la cubría toda en­tera. Y no olvido esa frescura que la acompaña­ba. Me parece que Georgette se tornaba más de­seable cuando avanzaba la noche, que cada hora la despojaba de un vestido y volvía su desnudez

 

 

 

 

 

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más visible. Todo esto son recuerdos que se ex­travían y se encienden, todo esto son deseos de la noche, mas Georgette había comprendido que, para ser bella y deseada, tenía que identificarse con la noche, con el misterio cotidia-no». Geor­gette no es sino una pobre chica que se prosti­tuye, que en todas las callejuelas de su recorri­do conoce hoteles minúsculos y oscuros, que en sus cuartos vulgares y anónimos se desnuda li­gera y ausente para seguir un minuto después su vuelo, graciosa y menuda como un pájaro; pero es también, en su banalidad y en su mise­ria, una criatura genuina y exclusiva-mente pa­risina; que es la pálida paseante nocturna que roza los más trágicos secretos de París, que en el ambiente hosco, en las logias canallas del vi­cio, conserva la señorilidad de una musa; últi­ma representante de la tradición de una capital refinada hasta en su galantería bohemia y calle­jera. Volpe, el jefe del pequeño mundo de ladrones y souteneurs* de Les Derniéres Nuits de Paris la define a su modo en estas palabras: «Georgette, vive fuera de lo que nosotros, vos como yo, creemos que ella sea. No he podido admitir jamás que ella no fuese sino la que pasa, la que obedece. Georgette es una mujer. Esto es lo que puedo decir. Ella vive, he ahí todo. Vos no sabéis el rol que juega entre las gentes que habéis encontrado en mi compañía. Se le podría comparar al de un fetiche o al de una mascota». Es todo, sin duda, lo que sobre ella puede pensar Volpe, explotador de mujeres y de ladrones. Pero su interlocutor siente que Georgette es, con su misterio pueril, la única poesía supérstite en la noche de París.

 

Hastío, desesperanza, locura: el incendio que devasta a medianoche un sector de París nace de la fantasía de su hampa, y no de un César como en Roma; fermentan, en la noche de Pa­rís, deseos lívidos y deformes como los cadáveres varados en las riberas del Sena por las co­rrientes del crimen y el suicidio. Soupault nos comunica, en imágenes suprarrealistas, la emo‑

 

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* Rufianes.

 

 

 

 

 

 

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ción de la decadencia de una ciudad donde pros­peran clubes de la desespe-ranza y una literatura de la desesperanza.

 

«París se hinchaba de fastidio, después dormi­taba como para digerirlo». «El alba se anunciaba y yo asistía al despertar de esta banlleuse* la­mentable como un moribundo pudriéndose al borde del Sena». «Como la Tierra, París se en­friaba y devenía simplemente una idea. ¿Por cuántos años todavía conservaría esta potencia de ilusión?». La noche galante, gozosa, iluminada, artificial, termina. Y comienza, en la literatura francesa, la noche absoluta.

 

ANDRE GIDE Y LA "NOUVELLE REVUE FRANCAISE * *

 

No es posible hablar de la Nouvelle Revue Française*** sin hablar de André Gide. La N.R.F. fue fundada por Gide y sus amigos hace 16 años. En breve plazo, bajo la égida de Gide, se colocó a la cabeza de las revistas de letras de Francia. Su tendencia y su estilo correspondían plenamente al humor de la época. Pero en la actualidad Gide no dirige la N.R.F. Y esta revista, por otra parte, no continúa acaparando la representación de la modernidad y sus grandes nombres. Otras revistas, Europe, verbi gracia, muy moderna y muy europea, empiezan a reemplazarla en el fa­vor del público. La N.R.F., más que una gran revista es una gran casa editora. Es la Librería Ga­llimard. En la historia de la N.R.F. ha terminado el capítulo André Gide. El protagonista del nue­vo capítulo no es un literato sino un librero, Gas­tón Gallimard. Sin embargo, André Gide sigue siendo para todo el mundo el caudillo, el verbo y el ánima de la N.R.F.

 

Ni la revista ni las ediciones de Gastón Ga­ilimard pueden ser declaradas propiedad de una

 

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*De las afueras, de extramuros.

** Publicado en Variedades: Lima, 14 de Noviembre de 1925.

*** La Nueva Revista Francesa. (Trad. lit.).

 

 

 

 

 

 

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escuela o una capilla. Como dice Frangois Mau­riac, la N.R.F. ha hecho en cierta forma un trust de todos los valores franceses de hoy. Gallimard edita libros de escritores tan diversos como Paul Claudel y Marcel Prevost, André Gide y Charles Louis Philippe, Georges Duhamel y Paul Mo­rand. La N.R.F. es, presentemente, por su elenco de autores y de obras, la primera casa de ediciones de Francia. Y en la misma revista la dis­paridad y la pluralidad de credos y de géneros es el secreto del éxito. En la Nouvelle Revue Française se juntan el dandismo de los deca­dentes y el misticismo de los revolucionarios. La N.R.F. aloja el nacionalismo de Montherlant, el tradicionalismo de Gheon, el cosmopolitismo de Mac Orlan y Valery Larbaud, el clasicismo de Paul Valery, el revolucionarismo de Jean Ri­chard Bloch, el superrealismo de Delteil y de Eluard, etc. La N.R.F. edita, de otro lado, la Revue Juive,* demasiado internacional para que se le dirija una acusación específica de gidis­mo. Sus primeros números nos han descubierto algunos escritos inéditos de Proust, pero también nos han descubierto escritos inéditos de Henri Frank. (Revelar algún inédito de Proust es, por otra parte, un número obligado de toda nueva revista francesa).

 

Pero en la conciencia de sus críticos y del pú­blico nada de esto consigue. separar a la N.R.F. de André Gide. Aunque las ediciones de Gallimard son una consecuencia de la revista que les presta su nombre, críticos y público distinguen a ésta de aquéllas. La editorial es una cosa, la revista es otra, por mucho que la editorial fran­quee preferentemente sus puertas a los escritores de la revista. Y en la Nouvelle Revue Fran­çaise el gidismo, en diversas dosis, imprime a la revista su carácter. La N.R.F. reúne en sus pá­ginas a muchos y muy diversos escritores. Mas los que dan el tono son Gide y sus discípulos. Jacques Riviére -muerto hace poco-, sucesor de Gide en la dirección de la revista, era un caso genuino de gidismo. Se puede decir que a

 

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* Revista judía.

 

 

 

 

 

 

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través de Riviére, Gide continuó dirigiendo la N.R.F. En la casa de la Nouvelle Revue Fran­çaise se adora como a los dioses penates a Gide y a Proust, en quienes reconoce la crítica dos fe­nómenos solidarios y consan-guíneos de la mo­derna literatura francesa.

 

Existe -al menos según sus críticos- un es­píritu N.R.F., vale decir un espíritu André Gide. ¿Cuáles son sus características? El gordo Henri Béraud, autor de El Martirio del Obeso, lo cali­fica de esnobismo hugonote. Otro escritor lo designa con el término más o menos equivalente de "calvinismo intelectual". Pero estas expresio­nes, si bien sugieren algo, no definen nada. Más categó-ricos, más precisos son Roland Dorgelés, novelista, Henri Massis, polemista, católicos am­bos. Dorgelés condena a André Gide, no sólo en nombre del espíritu católico, «sino en nombre de su salud moral». «Nosotros somos por lo menos tónicos -explica; él es por el veneno. Él cree iluminar las almas. Qué error. El las turba. No son las virtudes lo que le interesa; son las taras. El mal tiene más atracción que el bien y por esto tantos jóvenes van a Gide. Pero yo estoy tran­quilo: lo dejarán. Su moda pasará como tantas otras». Massis considera «el desorden de la joven literatura» como una consecuencia del subjeti­vismo filosófico. Observa Massis que para los es­critores de la N.R.F. no parecen existir sino rea­lidades psicológicas. «El yo, he aquí el único objeto, la sola realidad cognoscible. Estos escribanos son, ante todo, críticos, no son creadores. En sus obras no hay acontecimientos, no hay personajes; no pasa nada. ¿Pueden aspirar estas obras a en­riquecer nuestra humanidad? Pues es esto lo que hace una obra verdaderamente clásica. Pero hace falta una sociedad; y ahora bien, desde la revolu­ción romántica, no existe en Francia un espíritu público que contrapese el individualismo del ar­tista; éste se hunde más y más en la singulari­dad: el arte está cada vez menos en contacto con el medio social».

 

En estos términos exponen su posición ante la N.R.F. los representantes de la tradición. En la polémica entre la N.R.F. y sus impugnadores se

 

 

 

 

 

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quiere ver el conflicto entre el clasicismo y el romanticismo. Maurras define la nueva poesía francesa como «la cola de la cola del simbolis­mo». Para los escritores de L'Action Française, en la política y en la literatura todos los males vienen de la Revolución. Basta volver a la escuela clásica y a la tradición monárquica para que las letras recobren su equilibrio. Esta obse­sión los empuja a la repudiación integral y ab­soluta de más de un siglo de historia humana. O sea, al más radical y bizarro de todos los roman­ticismos. Pero, en su crítica del espíritu de la literatura de Gide, sientan a veces principios que, aunque parezca absurdo, pueden ser aceptados por una crítica revolucionaria. La literatura mo­derna sufre, realmente, una crisis de individua­lismo y subjetivismo. Gide es un signo de esta crisis. A este respecto, los revolucio-narios no tienen dificultad para declararse de acuerdo con los tradicionalistas. El acuerdo se acaba violen­tamente cuando del diagnóstico se pasa al tratamiento. Los tradicionalistas creen que Santo Tomás y la Iglesia pueden imponer a las almas inquietas y turbadas de los artistas su discipli­na. Los revolucionarios se sonríen ante este anti-romanticismo romántico. Piensan y sienten que sólo de una nueva fe puede nacer una disciplina nueva. Mucho se ha escrito, en los últimos tiem­pos, en revistas y periódicos franceses contra Gide y la N.R.F. Henri Béraud ha contestado el derecho de Gide a clasificarse entre los mante­nedores de la lengua francesa. Expurgando la obra de Gide, ha hallado el terrible Béraud al­gunas deficiencias gramaticales. Pero estos y otros ataques del mismo género no tienen sino un valor anecdótico. La obra de Gide no puede ser asesinada desde una encrucijada de la gramáti­ca y de la acade-mia. Los juicios dignos de ser tomados en consideración son los que parten de puntos de vista políticos y filosóficos.

 

Es absurdo y grosero empeñarse en demostrar que Gide escribe mal. O, por lo menos, que Gide no escribe bien. A despecho de cualquiera negligencia gramatical de una que otra de sus páginas, su obra es técnica y estéticamente la de

 

 

 

 

 

 

 

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un maestro de la literatura francesa contempo­ránea. Los reparos que pueden y deben hacérsele son de otro orden. Una critica penetrante tiene que clasi-ficarla, por ejemplo, como una obra de influencia disolvente. Gide representa en Fran­cia, espiritual e intelectualmente, una fuerza de disolución y de anarquía. Un hombre de alma apasionada y de inteligencia constructiva no encuentra en sus libros nada que alimente su fe ni estimule su elán. Gide enerva y afloja los nervios como un baño tibio. No sale nunca de un libro de Gide sino un poco de laxitud volup­tuosa. El autor de L'Enfant Prodigue* y La Pastoral contagia una especie de desgano elegante.

 

No es prematuro predecir el próximo tramonto de su influencia. Dorgelés tiene razón. La moda de Gide pasará como tantas otras. En parte no es más que un reflejo del éxito de Proust y del apogeo de la novela psicológica. La N.R.F. si quiere sobrevivir al gidismo, no tendrá más remedio que renovarse. La muerte de Jacques Riviére facilita probablemente su evolución. Una gran casa de ediciones está obligada a ser un poco oportunista. Y ya hemos visto cómo, en la actualidad, la N.R.F. más que una revista es una editorial. La primera editorial francesa.

 

"EUROPE", REVISTA DE LA CULTURA INTERNACIONAL**

 

Entre las revistas francesas de mayor autori­dad y mayor prestigio se cuenta, desde hace al­gún tiempo, la revista Europe, que cumple en diciembre su tercer año de vida. El rápido éxito de Europe se explica perfectamente. Fundada por tres escritores de la calidad de Albert Gre­mieux, Paul Colin y René Arcos, Europe es un órgano de la inteligencia europea. Detrás de esta revista está una gran casa de ediciones: F. Rieder et Cie. Y, sobre todo, en la plana ma‑

 

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* "El hijo pródigo".

** Publicado en Variedades: Lima, 21 de Noviembre de 1925.

 

 

 

 

 

 

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yor de colaboradores de Europe figuran varios grandes europeos: Unamuno, Sternheim, Gorki, Boris Pilniak, Sigrid Undset, Kasimir Edsch­midt, Piran-dello, Tilgher, etc. Europe se presen­ta como una "revista francesa de cultura internacional". Se reconoce claramente en su programa la inspiración de Romain Rolland, preo­cupado en toda su obra por el servicio de la unidad moral de la civilización. Europe, como Romain Rolland, se coloca au dessus de la melée.*

 

Y así como se defiende de todo nacionalismo, Europe se defiende también de toda escuela literaria y de toda doctrina política. En su elen­co se juntan los nombres de Henri Barbusse y de Henri de Montherlant. Tiene, sin embargo, una personalidad. La personalidad que le impri­me, el rollandismo. Romain Rolland y sus ami­gos, Georges Duhamel, René Arcos, Paul Colin, Charles Vildrac, Pierre Hamp, etc., dan el tono a la revista.

 

Uno de los sucesos más resonantes de la vida de Europe fue, hace cerca de un año, la sensa­cional publicación de un extracto del diario del fallecido diplo-mático Georges Louis. Las notas de Georges Louis -Director de Negocios Políticos del Ministerio del Exterior, durante mucho tiempo Embajador de Francia en San Petesbur­go,** hasta la ascensión de Poincaré a la Presi­dencia de la República- constituyeron una gra­vísima revelación respecto a las responsabilidades de la guerra. Georges Louis, diplomático de fina inte-ligencia y de espíritu pacifista, había anotado en su carnet, día a día, sus conversaciones con estadistas y diplomáticos de Francia, Ingla­terra, Rusia, Italia, etc. Estas conversaciones, an­teriores casi todas a la guerra, desnudaban de toda hipocresía la política pre-bélica de Poinca­ré. Proyectaban, sobre todo, una luz muy viva en la sombría interioridad de la política intrigante de la Rusia de los Zares, descubriendo las maquinaciones y los maquiavelismos de sus dos más conspicuos agentes: Sazonof e Isvolsky.

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* Por encima de la contienda.

** Hoy Leningrado,

 

 

 

 

 

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Poincaré, defendiéndose de los cargos categóricos de Georges Louis, pretendió insinuar que sus carnets, antes de ser publicados en Francia, ha­bían sufrido una esencial manipulación en Alemania. Pero la viuda de Georges Louis desmin­tió netamente esta especie, declarando que los papeles del ex-Embajador no habían salido jamás de Francia ni habían estado en otro poder que en el suyo. Europe, publicó de otro lado una fotografía de una página del carnet y demostró que éste estaba escrito de puño y letra de Geor­ges Louis. El estruendo de la revelación -que siguió al documentado y vigoroso libro de Alfred Fabre Luce, La Victoire*- atrajo sobre Europe la atención mundial.

 

Las ediciones de F. Rieder et Cie. coinciden con el programa y el espíritu de Europe. En su valiosa colección Cristianismo, la Casa Rieder ha publicado en francés el último libro de don Mi­guel de Unamuno La Agonía del Cristia-nismo. En su colección de "prosadores extranjeros mo­dernos" ha editado obras de los norteamericanos Henri Thoreau, Waldo Frank y Teodoro Dreiser, de los alemanes Gottfried Keller y René Schi­kelé, etc. Rieder y Europe han revelado a Fran­cia y al mundo al desconcertante rumano Panait Istrati. Los tres libros de Istrati han aparecido en una selectísima biblioteca de Rieder dirigida por uno de los más puros y altos representantes de la nueva literatura francesa: Jean Richard Bloch. A este J. R. Bloch lo hemos encontrado ya en la N.R.F., editora de todos o casi todos sus libros. Lo volveremos a encontrar cuando visi­temos la casa y revisemos la historia y la colec­ción de Clarté. Su obra reclama, por otra parte, un artículo especial.

 

PAUL MORAND**

 

El rasgo más notorio de la literatura de Paul Morand es su cosmopolitismo. Hija del siglo de la geografía y de la "Compañía de los Grandes

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* La Victoria.

** Publicado en Variedades: Lima, 9 de Enero de 1926.

 

 

 

 

 

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Expresos Europeos", esta literatura tiene la com­posición pluricolor y un poco licenciosa de un helado napolitano. Paul Morand no es internacionalista, pero sí internacional. Es un produc­to de diversos climas, diversas latitudes, diversas lenguas. El proceso de su cosmopolitismo empieza en sus antepa-sados. Morand procede de una familia de franceses de Rusia. En un repor­taje de Frederic Lefevre, hablándonos de su es­tirpe y de su formación, Morand nos dice que la familia de su padre era una familia de france­ses de Rusia desde 1846. Su abuelo dirigió la Fundición Imperial de Bronces de Petro-grado. En esta ciudad nació su padre. En París, la in­fancia de Paul Morand se desenvolvió dentro de un entourage* de ingleses y un ambiente de an­glofilia. Por consejo de Lord Alfred Douglas, Morand fue enviado a estudiar a Oxford. Más tarde, la carrera diplomática confirmó su sino.

 

Pero este cosmopolitismo no borra en Paul Mo­rand al francés. El acento de sus libros es un acento inconfundible de parisién. Morand piensa que la vida en el extranjero pone al hombre en un plano superior que lo revela más completamente a sí. mismo. «Todos los que han marcado una época -observa refiriéndose a las letras francesas- son nobles desertores: Chateaubriand para el principio del siglo diecinueve; Stendhal para 1880; Claudel para 1900; en nuestros días Gobineau, Lautreamont, Rimbaud».

 

El cosmopolitismo de su literatura nace del in­ternacionalismo de su vida. Paul Morand no es una "rana viajera" del género de Julio Camba. De la rana, tiene el espíritu noctívago y lunar. Pero, para ser una rana perfecta le sobra dandismo. Morand es demasiado elegante y diplo­mático. En su literatura, se descubre siempre, más o menos disimulado, al adjunto de embajada. Tampoco se le puede llamar vagabundo. El va­gabundo viaja al azar y con fatiga. Su vida es una sucesión de partidas y de andanzas. El hombre cosmopolita como Paul Morand, en cambio, no da casi ninguna impresión de movimiento. Se desplaza con tanta velocidad que no parece que se

 

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* Circulo, séquito.

 

 

 

 

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moviera de su sitio. (La obra de Paul Morand, entre otras cosas, es algo así como una prueba de la relatividad del espacio). Además, el hombre cosmo-polita no es en ninguna parte un extran­jero. Tiene todas las nacionalidades.

Paul Morand ha escrito los siguientes libros:

Lampes a arc (Au Sans Pareil, 1919)

Feuiller de Temperature (Au Sans Pareil, 1920)

Tendres Stocks (N.R.F., 1921)

Ouvert la Nuit (N.R.F., 1922)

Fermé la nuit (N.R.F., 1923)

Lewis et Irene (Bernard Grasset, 1924)

L'Europe galante (Bernard Grasset, 1925).

 

Los primeros poemas de Paul Morand descu­brieron a un poeta de espíritu y técnica ultra-modernos. En la poesía de Lampes a arc estaban ya embozados el dandismo y el cosmopolitismo que debían constituir después los elementos fun­damentales de la literatura de Morand. Pero en esa poesía había, al mismo tiempo que un exqui­sito imaginismo, un lirismo muy puro. No sólo valían los versos por esas metáforas visuales y esas imágenes fotogénicas de que tan buen gus­tador es Guillermo de Torre.

 

En uno de los poemas de Lampes a arc, después de ofrecernos un cuadro cabal y vivo del hotel de lujo, a la hora del dinner,* Paul Morand tie­ne esta honda nota lírica:

«Mais voici qu'inmobiles aux fenêtres

[maintenant obscures

laissant choir leur fatigue et leur dégout

parmi le linge fripé et les ecrins vides,

les domestiques

comme un betail noir,

viennet poser leur joues

contre l'acier de la nuits.**

Pero la poesía pura no bastaba a este coleccio­nista de noches, de paisajes y de ciudades. Paul Morand no se conformaba con dar su miel a

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* Cena.

** Pero, he aquí que inmóviles a las ventanas ahora obs­curas / dejan caer su fatiga y su disgusto / entre la ropa ajada y los estuches vacíos, / los domésticos / como ganado negro / vienen a posar sus mejillas / contra el acero de la noche. (Trad. lit.).

 

 

 

 

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unos pocos elegidos. Quería ofrecerse al públi­co, no en una preciosa edición de Au Sans Pareil sino en centenares de ediciones de la Nouvelle Revue Française o de Bernard Grasset. El diablo lo ayudó en esta empresa. En las novelas de Ouvert la Nuit, Paul Morand descubrió el secre­to de aderezar con sus imágenes un manjar del gusto del público. Ouvert la Nuit colocó a Paul Morand entre los primeros escritores de su generación. (Es incontestable que Paul Morand reúne para ocupar un puesto entre los mejores, grandes dotes de estilo, de imaginación, de sensibilidad, etc.). La primera serie de "noches" pasó en poco tiempo de la edición centésima; y la segunda serie -Fermé la Nuit- no se hizo esperar mucho tiempo ni alcanzó menos fortuna.

 

Vino después de estos libros de cuentos, una novela: Lewis et Irene. Esta vez, Paul Morand, no dio en el blanco. El público encontró el plato un poco insípido. La historia del matrimonio de Lewis e Irene, diluida en varios episodios cine­matográficos, del mismo porte de las "noches", carecía de tensión. El estilo y la técnica Morand se prestan más a la novela corta,

 

Y, tal vez por esto, en su último libro, L'Europe galante, Paul Morand vuelve al cuento. En L'Eu­rope galante, nos pasea, como en sus noches, por un mundo fatigado, hiperestésico, mórbido. Pero los aciertos de psicología y de estilo han dismi­nuido. Los defectos de Ouvert la Nuit y de Fermé la Nuit, en cambio, se han acentuado. Morand sufre la embriaguez del éxito editorial. El primer cuento del volumen, La glace a trois faces,* es un cuento de tema pirandelliano. Tres mujeres, amantes de un mismo hombre, nos dan tres versiones absolutamente diversas de él. El personaje es uno solo; el espejo de tres lunas refleja tres personalidades distintas. Como en Pirandello: negación del carácter, negación de la personalidad. Pero mientras Pirandello es todo fuerza, Morand es todo languidez. En Les Plaisirs Rhenans,** Morand nos sirve algunos finos atis­bos de psicología femenina. Los tres personajes

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* El espejo de tres lunas.

** "Los placeres renales".

 

 

 

 

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de la aventura están muy bien diseñados. Mas no es esto todo lo que se quiere y se exige de un li­terato famoso.

 

Esta literatura es, inequívocamente, una lite­ratura de decadencia. Paul Morand se complace en presentarnos, uno tras otro, sus casos de neu­rosis; la fauna de sus novelas es una fauna ele­gante y mundanamente teratológica. Como los artistas del circo, los personajes de Morand han menester de la luz de las lámparas de arco. Su escenario es la noche. Paul Morand los hace vivir en la temperatura tibia de sus noches, como se hace vivir a los cultivos de gérmenes en la es­tufa de los laboratorios.

 

El propio Paul Morand siente que su obra, su arte y su alma, corresponden a una decadencia, a un crepúsculo. En uno de los cuentos de L'Eu­rope galante nos habla de «la familia capitalis­ta, a la cual no está ya orgulloso, pero, a pesar de todo, sí bastante feliz de pertenecer».

 

LA "JUANA DE ARCO" DE JOSEPH DELTEIL*

 

Jeanne d'Arc, de Joseph Delteil, ha ganado el premio Fémina. Pero me complazco en decla­rar que no es por esto que lo pongo aquí. Una consa-gración académica no me parece un mo­tivo para leer un libro. Me parece, más bien, un motivo para no leerlo. El premio Fémina no quita ni agrega nada al mérito del romance de Joseph Delteil.

 

El interés de este libro está, sobre todo, en el interés actual del tema. Juana de Arco es un tema de la época. En la obra de Joseph Delteil, en la obra de Bernard Shaw, no se puede ver fundamentalmente una criatura de la fantasía y de la voluntad, han aprehendido una emoción del espíritu contemporáneo.

 

Cualquier tiempo puede producir una vida de Juana de Arco más o menos profana. Pero no una interpretación viva ni una imagen nueva

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* Publicado en Variedades: Lima, 6 de Febrero de 1926. Desde el quinto párrafo apareció como una nota crí­tica a la citada obra en Libros y Revistas: Nº 2, pp. 9-11; Lima, Marzo y Abril de 1926.

 

 

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de la Doncella y de su mundo. Y el deseo de lograr esta interpretación, esta imagen, es, pre­cisamente, el sentimiento que inspira así el li­bro de Delteil, como el de Shaw.

 

Los personajes de la historia o de la fanta­sía humanas, como los estilos y las escuelas ar­tísticas o literarias, no tienen la misma suerte ni el mismo valor en todas las épocas. Cada épo­ca los entiende y los conoce desde su peculiar punto de vista, según su propio estado de áni­mo. El pasado muere y renace en cada generación. Los valores de la historia, como los del comercio, tienen altas y bajas. Una época ra­cionalista y positivista no podía amar a la Don­cella. Su concepción de Juana de Arco era la destilada, laboriosa y lentamente, por el maligno alambique de Anatole France. Pero, en esta épo­ca, sacudida por las fuertes corrientes de lo irra­cional y lo subconsciente, es lógico que el espí­ritu humano se sienta más cerca de Juana de Arco y más apto para comprenderla y estimarla. Juana de Arco ha venido a nosotros en una ola de nuestra propia tormenta.

 

Joseph Delteil, con su bizarra vehemencia, cree ser hoy el solo hombre capaz de comprender a esta criatura. Elle m'est aussi aussi naturelle que'une soeur,* escribe Delteil en el prefacio de su libro. Pero no le hagamos caso. De la misma manera pretenden acaparar a Juana de Arco todos los que la declaran suya. Y, en particular, aquellos de quienes el espíritu de la Doncella -espíritu esencialmente revolucionario- está más distante. Los monarquistas de L'Action Fran­çaise, verbigracia.

 

Mas se debe reconocer a Delteil el mérito li­terario de ofrecernos la más fresca y viva ima­gen moderna de la Doncella. Su Juana de Ar­co brota de la tierra. Delteil no intenta expli­car lo inexplicable. En su romance, la Doncella dialoga con Santa Catalina y Santa Margarita, como dos muchachas de la campiña. No hay pathos, no hay éxtasis, lo maravilloso es presentado con toda inge-nuidad, con toda sencillez, como en las fábulas de los niños. Lo inverosímil

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* Ella me es tan natural.

 

 

 

 

 

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no pretende ser verosímil. Conserva intacto y virginal su candor. Pero no reside en esta com­binación de lo maravilloso y lo natural el acier­to del novelista. Reside, más bien, en el simple y fuerte realismo de la imagen. La Jeanne d'Arc de Delteil, es ante todo, humana, muy humana. Es una sencilla y robusta criatura, sana de cuer­po y alma, sin complejidades y sin sombras. Es una lozana hija del pueblo, nacida para la vida, el amor y la creación.

 

En un capítulo de su romance, Delteil traza un «pequeño retrato a gruesas líneas» de su ago­nista.

 

Empieza por fijar su propia posición filosófica: «Toda acción verdaderamente grande comporta una parte de desconocido, de divino. El fenóme­no no admite explicación humana. Lo maravilloso rompe la razón. La actitud racionalista es ab­solutamente mezquina ante una Juana de. Arco. Las fuerzas de la naturale-za, el genio, la felici­dad, el arte, escapan al razonamiento».

 

Delteil sitúa a la Doncella en un plano divino. «No hay asimilación posible entre Juana y Na­poleón. La una es del dominio de Dios, el otro del dominio del Genio. (Y cuando yo digo Dios, ruego a los no creyentes reemplazar a su guisa esta palabra por otra: Pan, Ser Supremo, Gran Todo, etc.)».

 

Pero, en seguida, Delteil desciende de la abs­tracción. «Y sin embargo -escribe- Juana de Arco no es un puro milagro. Esta flor tiene raíces. Las apariencias razonables, racionales (digo apariencias) están hasta cierto punto salvaguar­dadas. En Juana los planos divino y humano coin­ciden. Juana poseía todas las cualidades huma­nas capaces de hacer una Juana de Arco». La criatura que Delteil nos muestra es una per­fecta y viviente criatura de carne y hueso. «Jua­na es toda salud. ¡Qué tontería hablar de histe­ria! Es una bella campesina de Francia, nutrida de alimentos simples, carnes indígenas, legum-bres frescas, bien plantada sobre sus fuertes mus­los, los sólidos pies sobre la tierra. El sistema respiratorio y circulatorio intactos. Un poco sanguínea, tal vez, con sangre espesa en sus gran‑

 

 

 

 

 

 

 

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des venas, una carne tranquila de franco ani­mal, la piel elástica y profunda. Su cuerpo es un templo antiguo, sin florituras, pero construi­do sobre bases eternas. Todo en ella es síntesis, densidad y proporción».

 

Este es el barro. Esto es lo físico, lo material. ¿Cómo es lo espiritual, lo síquico? Delteil en­cuentra para su definición fórmulas breves y jus­tas. «Al servicio de este amplio cuerpo, un tem­peramento de fuego. La salud física es un elemento estático. El temperamento es el princi­pio dinámico. La salud tiene un sentido quieto. El temperamento tiene un tono revolucionario. En Juana las dos potencias se alían y se com­penetran. Es impulsiva, impetuosa. Si su carne es toda salud, su alma es toda pasión. Respira, come, quiere, ama, odia, con vehemencia».

 

He ahí la mujer. La heroína, la santa, no se dejan captar tan esquemática-mente. Delteil nos invita a admirar, ante todo, su magnífica audacia, hija de su juventud. «Sólo la juventud -escribe Delteil- puede salvar al mundo. La ex­periencia y la vejez son los más temibles mi­crobios del hombre». Luego sostiene que la su­prema virtud de Juana es su ignorancia. Juana desconoce la duda, desconoce la teoría. «Infali­ble como una paloma mensajera, Juana de Arco es la glorificación del Instinto». Joseph Delteil se complace en constatar que «todas sus victo­rias son irregulares» y que «a una bella derrota, conforme con las reglas, prefiere una victoria de­fectuosa». Pero esta ignorancia y esta ingenui­dad son las del genio. En el fondo de tanto transparente candor, rutila la malicia de la campesina. La doncella de Donremy es aguda, alegre, lista. «Como todos los seres fundamentalmente buenos tenía en el alma un ápice de burla». Todas sus decisiones están llenas de buen sentido.

 

Bernard Shaw ha escrito una obra relativis­ta. Joseph Delteil, una obra apolo-gética. El dra­maturgo británico se pone en el punto de vista de Juana y de sus jueces. El novelista francés no conoce ni admite otro punto de vista que el de Juana de Arco. La Pucelle* combate el Mal, el

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* La Doncella.

 

 

 

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Error, el Pecado. La obra de Shaw, más que una defensa de Juana, es una defensa del Obispo Cauchón. Delteil no se ocupa de Cauchón sino para maldecirlo y vituperarlo. Lo llama «el obis­po de alma de asno, el bastardo de Judas, el cerdo de la Historia».

 

El romance de Delteil es una apología fervo­rosa de la Santa. Delteil ha escrito su romance con amor, con pasión. La prensa ortodoxa, sin embargo, lo ha condenado. ¿Por qué? El natu­ralismo de ciertas páginas le parece sacrílego. La Iglesia no puede admitir que se hable de una santa como de una mujer.

 

Los nacionalistas de L'Action Française se han mostrado, en cambio, incli-nados a adoptar esta Jeanne d'Arc, si Delteil consiente en la supre­sión de algunas frases irreverentes. Y tenemos así a Delteil en flirt con la extrema derecha or­leanista, en el mismo momento en que el grupo superrealista, siguiendo la trayectoria lógica de su pensamiento y aceptando las últimas conse­cuencias de su protesta, se fusiona con el grupo clartista,* bajo la bandera de la revolución.

 

Joseph Delteil se declara "casi" católico. Hasta hace poco teníamos derecho para considerarlo, además, casi superrealista. O sea casi revolucio­nario. Y aquí está el lado flaco de su persona­lidad y de su obra. Esta palabra que él mismo ha buscado para calificarse, sin comprometerse de­masiado, explica y define todo Delteil: Presque, casi. Su Jeanne d'Arc, que encierra tantas bellezas y define tantos aciertos, podría, tal vez, haber sido una obra maestra. Pero después de leerla, se siente que algo ha fallado en ella. También en su libro, Joseph Delteil se ha detenido en el casi.

 

"JESUS", DE HENRI BARBUSSE**

 

Los libros de Henri Barbusse se cuentan entre los que más pronto y solícita-mente son traduci­dos al español. Y aunque no esté motivada por una valoración austera del mérito de Barbusse,

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* Clarté, revista dirigida por Henri Barbusse.

** Publicado en Variedades: Lima, 25 de Junio de 1927.

 

 

 

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hay que anotar esta solicitud editorial en el haber de los libreros de España. En Barbusse se reconoce la estirpe de Zola hasta en el hecho de que sus libros conquistan el gran público sin renunciar jamás a un alto apostolado humano ni a una noble calidad artística.

 

La obra de Barbusse constituye una de las obras literarias contemporáneas que contradicen la discutida tesis de la deshumanización. Es, en las letras france-sas de hoy, el más legítimo vás­tago de la tradición racionalista de la Francia del setecientos y del ochocientos. Si alguna exa­geración lo separa un poco de nuestro siglo es, sin duda, la de su racionalismo. Supérstite espi­ritual de la Enciclopedia y la Convención, Bar­busse persigue el ideal de la racionaliza-ción del arte y de la vida. Su doctrina, en postrero aná­lisis, es la de la soberanía de la razón y la inte­ligencia. Este racionalismo, que llega a ser a veces asaz anti-histórico y abstractista, singula­riza a Barbusse en el campo ideológico revolu­cionario. El socialismo marxista se caracteriza por su fondo hegeliano y su método dialéctico que faltan, evidentemente, en Barbusse, quien no admite lo real como racional. Pero, malgrado este racionalismo a ultranza, Barbusse se distin­gue también, y sobre todo, por su piedad huma­na, por su emoción humana. El autor de Jesús piensa que no existe nada fuera del hombre. Que lo divino está en lo humano. Que la divinidad reside en los hombres. En Jesús vigila, alerta siempre, este pensamiento. «El reino de los cie­los está dentro de nosotros y aquél que se co­noce a sí mismo, lo encuen-tra». «El cielo no es un objeto que se gana alzando los brazos en el aire. Tened el cielo en vosotros mismos». «Y la Revolución no irá del cielo a la tierra sino de la tierra al cielo».

 

Jesús es una valiente tentativa de artista y de pensador. Barbusse se propone ofrecernos en este libro una nueva imagen de Cristo que él rei­vindica, ante todo, como suyo. La obra se resien­te de este subjetivismo. Todos los que antes y después de Renán han pretendido explorar el misterio de Jesús, con método de historiador,

 

 

 

 

 

 

 

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han confesado ya la imposibilidad de asir netamente al personaje histórico. En Jesús, lo divino asume una realidad más contrastable que lo hu­mano. Jesús Dios es más evidente que Jesús Hombre. Barbusse ha querido recrear a Jesús Hombre. Y no ha logrado su intento. Su versión nos coloca ante un Jesús demasiado racionalis­ta, demasiado barbussiano. La historia es a veces poesía; pero en el libro de Barbusse hay más poesía que historia. El milagro no se deja expli­car. Es accesible sólo a los que renuncian a analizarlo.

 

Parte Barbusse de un sentimiento profundo del destino y del deber de los hombres. «Es ne­cesario -escribe- que cada uno se recree siem­pre todo entero: su fe, sus certidumbres. Y su confianza en otro. Su confianza a saber: la gran riqueza que se tiene cuando no se tiene nada». De su agonía cristiana, ha nacido este Cristo que trae a los hombres de nuestro tiempo su verbo de caridad, de protesta y de esperanza. El empeño de comunicar a Jesús con estos hom­bres, identificando la lucha de hace veinte siglos con la lucha de ahora, es al mismo tiempo el mérito y el defecto de la obra.

 

Barbusse siente a Jesús deformado y mistifi­cado por el cristianismo. Esta actitud no es, cier­tamente, original. Jesús renace en cada cristia­no auténtico. Todos los hombres que lo llevan en su pecho, lo disputan como Barbusse a los demás. La eternidad de Jesús se manifiesta acaso en la posibilidad inagotable de reivindicación de su verbo. Pero esta reivindicación rebasa sus límites cuando conduce a una condena en blo­que del cristianismo de veinte siglos. El men­saje de Jesús nos arriba a través de estos veinte siglos. Concebir la cristiandad simplemente co­mo una larga sucesión de mistificaciones es incurrir en un romanticismo y un mesianismo que no se avienen con la definición del "idealista práctico" sugerida a Barbusse por las vidas de Lenin y Gandhi. Barbusse dice que hay que tomar a los hombres como son. Lo mismo debería pensar de la historia. No es posible históricamente ver en San Pablo un gran mistificador de

 

 

 

 

 

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la idea de Cristo sino el primero y más grande de sus realizadores.

 

A este respecto, están indudablemente en lo cierto las críticas encontradas ya por el último libro de Barbusse en una parte del sector mar­xista. Pierre Maville en Clarté escribe agudamente: «Por qué Pablo eligió a Jesús como ejem­plo y por qué Jesús tuvo necesidad de Barbusse veinte siglos después de su muerte, más bien que de Pablo, su contemporáneo, para predicar su verdadera doctrina y restablecer el sentido de su acción, es algo que no se sabrá jamás».

 

«Cada uno reconstruye a cada hora el mundo a su imagen». Barbusse nos habla en este libro con un contagioso lirismo. Cuando evoca la figura de José, el padre de Jesús, nos dice: «Fue a tal punto carpintero que sus manos eran de ma­dera».

 

Cualesquiera que sean las reservas posibles so­bre su romanticismo, es indiscutible que Bar­busse ha escrito una vez más un libro hermoso y humano. Si este libro no tiene sino el valor de una tentativa, hay que reconocerle a esta tenta­tiva toda su grandeza.

 

"MONDE"*

 

Con su gran hebdomadario Monde,** Henri Barbusse reanuda, en cierto modo, el experimen­to de Clarté, primera época. El comité director de Monde está compuesto por Einstein, Gorki, Upton Sinclair, Manuel Ugarte, Unamu-no, León Ba­zalgette, M. Morhardt y León Werth. No es, pues, un comité de partido. Pero tampoco es un comité heterogéneo. Todos los grandes escritores que lo constituyen, tienen ante los problemas de hoy un gesto más o menos semejante, dentro de sus diferencias de temperamento y disciplina. Todos son hombres de izquierda, en la acepción general de esta clasificación quizás un poco abs­tracta.

 

Monde no habría sido posible sin la serie de

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* Publicado en Variedades: Lima, 24 de Noviembre de 1926.

** El Mundo.

 

 

 

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ensayos que significó la existencia de Clarté, desde su aparición como órgano de una Internacional del Pensamiento, hasta su transforma­ción en una revista doctrinaria de extrema iz­quierda: La luite de classes.* El experimento Clarté, como el de la frustrada Internacional de la Inteligencia, han probado la imposibilidad de obtener de la cooperación de un sector muy am­plio, y por tanto fuertemente matizado, de in­telectuales de izquierda, una acción doctrinal bien concertada. Unamuno no podría suscribir, en muchos puntos, el pensa-miento de Barbusse, militante del comunismo, del mismo modo que a Morhardt, no sería sensato exigirle una adhe­sión rigurosa a las ideas de Upton Sinclair en El libro de la Revolución. Pero Morhardt, que ha aportado al proceso de las responsabilidades de la gran guerra un testimonio documentado y vigoroso, tiene por este lado un estrecho contacto con sus colegas del comité director, pare­cidamente al sabio Einstein que si, consagrado a otras disciplinas intelectuales, no milita en los rangos del marxismo, colabora en cambio abiertamente con los revolucionarios en la lu­cha contra el imperia-lismo. La línea doctrinal es función de partido. Los intelectuales, en cuanto intelectuales, no pueden asociarse para establecerla. Su misión, a este respecto, debe contentarse con la aportación de elementos de crítica, de investigación y debate.

 

Mas, si se ha demostrado imposible, sobre es­tas bases demasiado extensas, una revista de doctrina, no está en el mismo caso una revista de información. Y este es el carácter de Monde, que se presenta como hebdomadario de informa­ción literaria, artística, científica, económica y social. Periódico de combate, periódico con filia­ción, porque lucha contra todas las fuerzas y tendencias reaccionarias; pero no de partido, porque representa la cooperación de muchos escri­tores y artistas, solidarios sólo en la oposición a las corrientes regresivas y, con menor inten­sidad y eficacia, en la adhesión a los esfuerzos por crear un orden nuevo.

 

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* La lucha de clases.

 

 

 

 

 

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El periódico de partido tiene una limitación inevitable: la de un público y un elenco propios. Para los lectores extraños a su política, no tiene generalmente sino un interés polémico. Este hecho favorece a una prensa industrial que mientras se titula prensa de información y, por ende, neutral, en realidad es la más eficaz e insi­diosa propagandista de las ideas y hechos con­servadores y la más irresponsable mistificadora de las ideas y hechos revolucionarios.

 

Hace absoluta falta, por esto, dar vida a pe­riódicos de información, dirigidos a un público muy vasto, que asuman la defensa de la civi­lidad y del nuevo orden, que denuncien impla­cablemente la reacción y sus métodos y que agrupen, en una labor metódica, al mayor número de escritores y artistas avanzados. Estos periódicos son susceptibles de adaptación progre­siva al tipo industrial, si el criterio administra­tivo se impone al criterio docente, y de desvia­ción reformista, si los absorbe gradualmente la corriente democrática con sus resquemores y prejuicios anti-revolucionarios. Pero, de toda suerte, constituyen una empresa que es necesario aco­meter, sin preocuparse excesivamente de sus riesgos.

 

La presencia de Henri Barbusse, revolucionario honrado de gran corazón e inteligencia, en la dirección de Monde es una garantía de que esta revista, no obstante la liberalidad que se permite en la elección de sus colaboradores, sabrá mantenerse en su línea inicial. Barbusse encuen­tra, por sus anteceden-tes, por su talento, por su obra, un largo crédito de confianza en todos los sectores revolucionarios. La extrema izquier­da de sus compañeros de Clarié -bajo cuya di­rección y responsabilidad se cumplió la segunda etapa de este experimento- le reprocha su insuficiente marxismo. Pero esta es una cuestión juzgada ya, con incontestable competencia, por la crítica rusa. La formación intelectual de Bar­busse aumenta el valor de su adhesión a la causa revolucio-naria, acrecienta el alcance de su ruptura con el viejo orden social.

 

La encuesta que Monde ha abierto sobre la

 

 

 

 

 

48  FALTA

 

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su drama, de su espíritu, en las "polonesas", pre­ludios, mazurkas, nocturnos, etc. El novelista, el psiquiatra, debe carecer de pudor en la inda­gación. Su arte, por esto, está precisamente a las antípodas del arte de Guy de Portalés.

 

Portalés no se permitiría, por nada del mun­do, ninguna audacia imaginativa, en un asun­to tan serio como la vida de Chopin. Su relato quiere ser severo, seguro, puntual. Portalés tie­ne un gusto suizo de la biografía; en su trabajo se reconoce y aprecia las cualidades de un pue­blo que a la construcción de rascacielos, zepe­lines y máquinas monstruosas, prefiere su pro­ducción, lo genuino o lo exacto, chocolates, re­lojes, quesos, objetivos fotográficos. Pueblo pul­cro, aseado, estricto, por pudoroso. Virtudes que vigila el libro de Portalés, vedándole toda ins­pección indiscreta en la intimidad de Chopin, todo psicoanálisis descortés de sus actos fallidos, de sus sueños musicales.

 

Por su objetividad respetuosa, por su mesura imaginativa, esta vida de Chopin, entre otros mé­ritos, tiene el de reivindicar, en cierto grado a George Sand y Chopin, antes que el de vitu­perio de la novelista, fácilmente descrita como una vampiresa que atormentó sádicamente los últimos años de su amante. El honrado relato de Portalés justifica a George Sand, contra esta bara­ta leyenda. George Sand y Chopin eran indiferen­tes, antagónicos, incom-patibles. La duración de su amor primero, de su amistad después, es una prueba de que George Sand hizo por su parte todo lo posible por atenuar este conflicto; Chopin, hesitante, susceptible, esquivo, no podía ha­cer mucho. George Sand tuvo, al lado de Chopin, un oficio algo maternal. Si esta imagen de ma­dre les parece a muchos excesiva, a algunos tal vez sacrílega, puede escogerse entre la de nodriza y la de enfermera. George Sand combinó sabiamente en la terapéutica sentimental y sí­quica -de Chopin- los estimu-lantes intelectua­les y estéticos del amor, con las solicitudes mate­riales del cuidado materno y médico. Ella era para él excitante y sedativo; erotismo creativo y orden doméstico; vigilia y reposo; exaltación

 

 

 

 

 

 

 

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y método; fiebre pasional y tratamiento recons­tituyente.

 

Ella le garantizaba, con su sagaz instinto, la temperatura de la pasión en un clima sanitario, en un horario higiénico.

 

Las más interesantes páginas de esta biogra­fía son las de George Sand. Portalés copia dos cartas de George Sand al conde Albert Gerzmal­da, amigo íntimo de Chopin. George, como es sabido, sobresalía en este género, que exige aca­so cualidades femeninas. Puede olvidársele por sus novelas; pero para todo el que haya leído la carta al doctor Pagelo, que Máurras transcribe en su libro Les Amants de Venise,* George será siempre inolvidable. En la carta de Gerzmalda, correspondiente a los primeros tiempos de su amor por Chopin, una delicada preocupación por la felicidad de éste, se une a una sincera y a la vez inteligente confesión de sus verdaderos sen­timientos sobre el amor. Ella explica así su ex­periencia amorosa: «Me he fiado mucho en mis instintos que han sido siempre nobles; me he engañado algunas veces sobre las personas, jamás sobre mí misma. Tengo muchas tonterías que reprochar-me, mas no vulgaridades ni mal­dades. He de decir muchas cosas sobre las cues­tiones de la moral humana, de pudor y de vir­tud social. Todo esto no es todavía claro pa­ra mí».

 

«Jamás he llegado a una conclusión al res­pecto. No soy sin embargo indi-ferente a estas preocupaciones; os confieso que el deseo de acor­dar una teoría cualquiera con mis sentimientos ha sido siempre más fuerte que los razona­mientos, y los límites que yo he querido ponerme no me han servido nunca para nada. He cambiado veinte veces de idea. He creído por encima de todo en la fidelidad, la he predicado, la he exigido. Los otros han faltado a ella y yo también. Y, con todo, no he sentido remordi­mientos porque había siempre sufrido en mis infidelidades una especie de fatalidad, un instinto del ideal, que me empujaba a dejar lo imper­fecto por lo que me parecía acercarse a lo per‑

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* Los Amantes de Venecia.

 

 

 

 

 

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fecto. Amor de artista, amor de mujer, amor de religiosa, amor de poeta, qué se yo. Los ha ha­bido que han nacido y muerto en mí el mismo día, sin haberse revelado al objeto que los inspiraba. Los ha habido que han martirizado mi vida y me han llevado a la desesperación, casi a la locura. Los ha habido que me han tenido clausurada, durante años, en un espiritualismo excesivo. Todo esto ha sido perfectamente sincero. Mi ser entraba en estas fases diversas, como el sol, decía Saint Beuve, entra en los sig­nos del zodíaco. A quien me hubiese seguido su­perficialmente, yo habría parecido loca o hipó­crita; a quien me ha seguido, leyendo en el fon­do de mí misma, he parecido lo que soy en efec­to, entusiasta de lo bello, hambrienta de verdad, muy sensible de corazón, muy débil de juicio, frecuentemente absurda, de buena fe siempre, jamás pequeña ni vengativa, bastante colérica, y, gracias a Dios, perfectamente pronta a olvidar las malas cosas y las malas gentes». Hipócrita es el califica-tivo que esta misma carta merecerá a quien la lea de prisa, sin ahondar en el secre­to de sus contradicciones. George Sand no era sino una romántica.

 

A propósito de otra biografía,* he escrito que en el amor, como en la literatura, sólo hay dos grandes categorías: clásicos y románticos. Para los clásicos, el amor es eterno; su arquetipo son las parejas históricas: Romeo y Julieta. Para los románticos, el amor es algo menos individuali­zado y permanente: no existe el amor sino el estado amoroso. George Sand es quizá la pro­tagonista por antonomasia del amor romántico. Musset, en el amor, tendía al ideal clásico. Cons­tance Gladkowska, Delfina Potokca, María Wodzinska, cualquiera de estas mujeres pudo haber sido el amor de toda su vida. En su amor con George Sand, hay la nostalgia del amor clásico.

 

Pero a este amor debe Chopin una parte rica y vasta de su obra. Los ocho años de su amor con George Sand, son acaso los de su producción más intensa. Y en su biografía, este capítulo de

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* Se refiere a su obra La Novela y la Vida, Siegfried y eI Profesor Canella.

 

 

 

 

 

 

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su vida, es el que llena más páginas. La de Guy de Portales en gran parte, es la historia del amor de George Sand.

 

"UN HOMME SE PENCHE SUR SON PASSE",

POR CONSTANTIN-WEYER*

 

Aun sin la consagración del premio Goncourt, este libro de M. Constantin-Weyer, «tan extraño al gusto del día como un traje de cow-boy en la Avenida de la Opera», tal vez por esto mismo no se confundiría en los densos rasgos de la producción francesa de 1928, con las novelas de éxito común. Constantin-Weyer tiene desde su novela Manitoba un sitio destacado y propio en­tre los novelistas franceses contemporáneos. Un homme se penche sur son passé** confirma cua­lidades de narrador potente que ya nos había revelado. La Academia Goncourt no se ha anti­cipado, en este caso, al veredicto del más atento público y de la más justiciera y vigilante crítica.

Constantin-Weyer es un hombre que ha inver­tido el itinerario de Arthur Rimbaud. El poeta extraordinario de Illuminations dejó la literatura por la colonización. Constantin-Weyer escribe sus novelas, de regreso de su aventurosa existencia de domador de la pradera canadiense y de ex­plorador del Gran Nord.*** Es un pionner**** que escribe y que, por este hecho, cesa quizá de ser pionner. El itinerario de Constantin-Weyer es, necesaria-mente, más moderno, más actual, y en esto se conforma al principio rimbau-diano -il faut éter absolument moderne*****-; pero había más grandeza en el destino de Rimbaud. La literatura de Constantin-Weyer se alimenta de su rica y fuerte experiencia de hombre. Por sus libros circula la sangre de su existencia que en la plenitud ha encontrado un sano equilibrio vital. Pero el hombre que se agita y vive en esta

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* Publicado en Variedades: Lima, 12 de junio de 1929.

** "Un hombre que se inclina sobre su pasado". (Tra­ducción literal).

*** Gran Norte.

**** Forjador, iniciador.

***** Hay que ser absolutamente moderno.

 

 

 

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literatura ha terminado. ¿Qué es hoy M. Cons­tantin-Weyer? El título de su libro nos da la respuesta. Por independiente que sea de su prota­gonista, él mismo es también un hombre, que se inclina sobre su pasado.

 

La epopeya del Canadá, como episodio espiri­tual del mundo capitalista, ha concluido. La pra­dera, limitada, conquistada, industrializada, hace ya mucho tiempo que no ofrece al ímpetu nómade, al galope libérrimo del colonizador del Ca­nadá, perspectivas infinitas y salvajes. El prota­gonista de Constantin-Weyer que en esto se iden­tifica con Constantin-Weyer, llega tarde al Ca­nadá, para participar en esta etapa, heroica y ab­solutamente individualista de la epopeya cana­diense. Tiene la nostalgia del tiempo de los scalp,* que él no había jamás conocido. Pero la pradera, colonizada, dispone aún para retorno de la fuer­za cautivante de toda creación, de toda conquis­ta. «La marisma, el bosque y el clima mismo, estos humildes labradores, los O'Molley, los Mac Pherson, los Grant, los Campbell, los Jones, los Atkins, los Lavallés, los Brosseault. Irlandeses, escoceses, ingleses, canadienses, franceses, todos los verdaderos obreros del Imperio trabajan aquí por la prosperidad y el desarrollo de la gigantesca empresa bajo el signo de la Unión. Hermoso espectáculo todavía, propio para ocupar algunos años de mi vida».

 

El protagonista de Constantin-Weyer, demasia­do propenso a la aventura, a la andanza, es incapaz, sin embargo, de contentarse indefinidamente con este destino sedentario. La gracia lo­zana, la atracción fresca de Hannah O'Molley, prometida de un irlandés, pero pronta a sonreír a un frenchy** gallardo, diestro en la doma de potros, dueño de esa extraña seducción del ex­tranjero, lo fijan temporalmente en una colonia de irlandeses perezosos y escoceses puritanos. Mas el ritmo de la novela no se acordaría con una existencia agrícola. Frenchy es un ser fun­damentalmente viajero, vagabundo. Su objeto no es mostrarnos un retazo colonizado y productivo

 

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* Arrancar la piel del cráneo. Castigo de los primitivos pieles rojas a los prisioneros de guerra,

** Afrancesado.

 

 

 

 

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de la pradera. Ya que la pradera ha perdido los encantos bárbaros de su primitividad americana, nos llevará lejos, a la región de las nieves y de los lobos. Frenchy sabe ser alternativamente cow-boy, cazador, colono. Carece del apego al agro del campesino francés. Tiene, más bien, un instinto bohemio, andariego, inmigrante. No ha venido al Canadá para presidir patriarcalmen­te las veladas de una familia numerosa en una alquería próspera. Este instinto lo ha conducido otras veces al Norte donde ha aprendido como ninguno a guiar una brava y veterana jauría. No son las ganancias de un buen acopio de pieles las que lo mueven a amar las largas y duras andanzas del cazador; es su gusto por la aventura, por el riesgo, por el empleo total, ple­no, victorioso de sus sentidos y sus energías. Lo acompaña un compatriota, Paul Durand, que morirá en el viaje. El relato de este viaje es qui­zá la parte más bella de la novela. Constantin-Weyer logra admirablemente la expresión del esfuerzo gozoso y tremendo del explorador. Hay algo como una poesía bárbara y darwiniana en la victoria del hombre que atraviesa la estepa inmensa, en la voluntad sana del cazador que bebe a grandes sorbos la sangre caliente y tónica del lobo que acaba de matar, en la herida borbo­tante.

 

Montherlant se esmeraría narrando estas cosas, en la apología exultante del instinto, en la exal­tación pagana de los sentidos. Contra su inten­ción incurriría en un exceso decadente y litera­rio. Constantin-Weyer es bíblicamente sano y simple en la aversión de la lucha, de la pena y de la alegría del explorador. La conquista de la estepa, la caza del lobo no son posibles como deporte mór-bido. Un descendiente espiritual de Barrés puede buscar su placer en el diletantis­mo del toreo; pero le serían siempre inasequibles los goces severos y difíciles de Constantin-Weyer en su posesión del Canadá.

 

Y el destino de Frenchy, en el tercer tiempo de la novela, continúa reacio a la domestici­dad agrícola. El pionner desposa a Hannah; pero algo tendrá que arrancarlo de su tierra y de

 

 

 

 

 

 

 

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su hogar de colonizador. La floresta, la caza, bastan por el momento a su apetencia de viaje, a su hábito de lucha. Mas Frenchy sentirá otra vez una necesidad absoluta de partir de nuevo. El drama lo liberta de esta paz monótona, seden­taria, agrícola. Frenchy vuelve a ser corredor in­trépido de tierras del Norte montaraces y primiti­vas. Vuelve a serlo más plena y patéticamente que nunca cuando persigue con instinto de caza­dor al hombre, al rival que huye con su mujer y su hija. Y sólo el drama puede detenerlo: la cruz de pino clavada por los culpables sobre la tierra donde reposa la niña muerta en la penosa marcha.

 

La novela termina con esta nota de piedad. Porque el dolor también en esta vida que, sin dolor, sería menos humana, menos fuerte y menos verdadera. Y la más pura excelencia del arte de Constantin-Weyer es que sabe ser siem­pre fuerte, humano y verdadero.

 

LEON BAZALGETTE*

 

Europe consagra uno de sus últimos números a León Bazalgette, muerto hace siete meses. Homenaje justiciero a la memoria de su admirable redactor en jefe y generoso animador. Ya Monde, de cuyo comité director formaba también parte Bazalgette, lo había iniciado en tres números en que despidie-ron al biógrafo de Henry Thoreau, al traductor de Walt Withman, las voces fraternas de Barbusse, de Jean Richard Bloch, de Jean Guehenno, de René Arcos, de Georges Duhamel, de Franz Masereel, de Miguel de Unamuno. Varios de estos escritores y artistas participan en el homenaje de Europe que preside Romain Rolland. En este homenaje están presentes cuatro norteame-ricanos: Waldo Frank, Max Eastman, John dos Pasos, Sherwood Anderson. Presencia que no se explica sólo por el carácter interna­cional de Europe, revista más internacional que europea, como su nombre quiere significarlo. La

 

 

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* Publicado en Mundial: Lima, 9 de Agosto de 1929.

 

 

 

 

 

 

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más pura y moderna literatura norteamericana tiene especiales razones de reconocimiento y de devoción a Bazalgette. Pocos franceses conocían y amaban esa literatura como este magro y fer­voroso puritano de París. Bazalgette reveló a Francia a Walt Withman y Henry Thoreau. Como director de la magnífica y selecta colección de prosadores extranjeros de Rieder, contribuyó a la divulgación de algunos de los mejores valores de la literatura yanqui: Sherwood Anderson, Carl Sandburg, Waldo Frank, John dos Pasos. Si Walt Withman, a través de los unanimistas, ha influido en un sector de la poesía francesa, el mérito toca en parte a Bazalgette que puso su arte escrupuloso y severo de artesano medioeval, y su gusto perfecto de crítico moderno, en el trabajo de verter al francés los versos del gran americano.

 

Singularmente justas y seguras son estas palabras de Romain Rolland que rinden homenaje a la verdadera Francia tanto como a Bazalgette: «Era uno de los últimos representantes de una gran generación francesa, en quien el desinterés era el pan cotidiano. La especie no ha desapare­cido y no desapare-cerá jamás aunque la "feria en la plaza" de hoy, en la cual participan los más ilustres de nuestros jóvenes, haga ostenta­ción de apetitos que nos escandalizan menos de lo que nos hacen sonreír. (¡Se contentan con po­co!). Bajo la eterna agitación de esta carrera tras la fortuna, la verdadera Francia continúa su labor eterna, silenciosa, pobre, proba, serena. Así fue ayer, así será mañana». Stefan Zweig dice que «el alma misma de Walt Withman ha revivido en Bazalgette». A tal punto juzga ma­ravillosa su obra de traductor. Waldo Frank evoca su admirativa sorpresa al descubrir en Fran­cia un hombre que tan profunda y sagazmente comprendía el espíritu norteamericano. Bazalgette no adquirió este conocimiento de Norte­américa en ninguna aventurera, diplomática y reclamística indagación a lo Paul Morand. «Europe —dice Frank— nos envía analistas, obser­vadores penetrantes; y bien, se les siente siem­pre huraños al cuadro que trazan de la vida ame‑

 

 

 

 

 

 

 

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ricana. Escriben en hombres de ciencia, en cari­caturistas, en críticos o en apologistas; pero siem­pre de fuera. Sólo este hombre, que no había venido en persona, llevaba en el fondo de sí mismo el soplo, las palpitaciones de una realidad viva». John dos Pasos elogia en Bazalgette el mismo extraordinario don: «Por Withman y Tho­reau, ha conocido -escribe-, una América diversa-mente vasta y más fundamental que este país de jazz, de rascacielos y de rudos negros tan a la moda en la Francia de nuestros días». Sherwood Anderson lo estima un cosmopolita.

 

Le debo una eficaz invitación al conocimiento y a la meditación de Henry Thoreau, a quien em­pecé a amar en su libro. Le debo mi primer fuerte contacto con la más acendrada y entrañable Norteamérica. Sin ser francés, en un tiempo en que la orientación de mi cultura dependía en gran parte de mi suerte en la elección de guías, experimenté su sana influencia. Lo seguí en Clarté, en Europe, en Monde. Y, sin haberlo visto nunca, me lo imaginaba tal como lo describen los que tuvieron la fortuna de ser sus familiares; obstinado, generoso, alacre, paciente here­dero y continuador de la más noble tradición francesa.

 

"ALLEN", POR VALERY LARBAUD*

 

Si Francia estuviera bajo un régimen fascista, con León Daudet y Charles Maurrás como men­tores, este libro de Valéry Larbaud habría tal vez originado la repetición, en otra escena y con otros actores, del dialogo sobre Strapaese** y Siracittá que en Italia dividió en dos campos, a raíz de la aparición de 900, la literatura fas­cista. Ninguna duda es posible, respecto a la po­sición que en este diálogo, menos amical y aca‑

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 26 de Febrero de 1930.

** Sobre el significado de los términos strapaese y stra­cittá, véase, en El Artista y la Época, el ensayo titu­lado Una polémica literaria. No basta captar en ellos su equivalencia literal (extrapueblo y extraciudad, respectivamente), pues el debate literario les asignó un contenido sociológico y cultural que allí se ex­plica.

 

 

 

 

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démico que el de Allen, habría tenido Valéry Larbaud. No obstante su amor por el Ducado, el autor de A. O. Barnabooth habría estado obligado por su gusto y comercio cosmopolitas a tomar la posición de Bontempelli.

 

En la propia elección del título de la obra entra la preocupación cosmopolita. Allen, este elogio de la provincia natal, el Bourbonnais, no es una palabra francesa. Es la divisa escogida por el Duque Luis II de Borbón para los Caballeros del Escudo de Oro, a quienes arengó, al condecorarlos por haber liberado de los ingleses doce pla­zas de su Ducado, con estas palabras: «Allons tous ensemble au service de Dieu et soyons tous un en la deffense de nos pays et lá ou nous pourrons trover et conquester honneur par fait de chevaliere».* La palabra allen, todos, conden­sa este lema. Pero Valéry Larbaud nos dice que ha «elegido Allen sin hesitación, a causa de su carácter a la vez enigmático y preciso, de la be­lla anécdota histórica con que se relaciona, del discurso caballeresco de Luis II y del sonido que, pronunciado a la francesa, produce la palabra; y también porque su aspecto y su etimología la enlazan a la vida europea: Allen, dice algo a un tercio de los habitantes de nuestro continente y de las Américas; es un pasaporte para Alema­nia, una carta de introducción para la Gran Bre­taña, los Estados Unidos y Australia». Y no menos que el elogio del Bourbonnais, el tema del libro es la cuestión de la provincia. ¿Cuál es el sentido de la oposición entre la capital y la provincia? ¿En el conjunto de cosas que cons­tituye la provincia, a cuál se debe acordar la primacía? ¿Hay que creer más en la provincia sórdida e indolente que en la provincia poética y sabia? Valéry Larbaud ha escrito un diálogo en el que, recorriendo en automóvil la carretera que conduce de París al Bourbonnais, se volte­jea alrededor de estos tópicos. Cinco amigos, el autor, el poeta, el editor, el bibliófilo, el amateur, discurren elegante y sutilmente sobre la provin­cia, en viaje por una Francia añeja y tradicional,

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* Marchemos juntos al servicio de Dios y seamos uno en la defensa de nuestro país y ahí donde podamos en­contrar y conquistar honor por actos de caballería.

 

 

 

 

 

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en el automóvil del último de los interlocutores, el que lo es menos, tal vez porque en sus manos está la responsabilidad del volante. Para que sus amigos discutan y contemplen beatamente el problema y el paisaje, el amateur modera el tren de la carrera. En automóvil, a cuarenta kilóme­tros por hora se puede conversar con la misma fluidez y acompasamiento que en el salón inmó­vil de un hotel o en el salón viajero de un transa­tlántico, Hay ideas que no toleran una velocidad mayor en el diálogo. Y casi todas, a más de cien kilómetros, prefieren el monólogo.

 

Y Valéry Larbaud no quería monologar en esta carrera suave y cómoda a la provincia ideal. Tenía que admitir en este examen de la cuestión: "capital y provincia", ideas cuya responsabilidad necesitaba abandonar a sus interlo-cutores. Para esto le convenía admirablemente el diálogo, el diálogo a la manera de Fontenelle, W. S. Landor y Luciano, pero modernizado, adecuado a la movilidad de los tiempos, de los espíritus, arreglado a la velocidad del automóvil. Bajo este aspecto, su obra comprueba que ningún géne­ro literario ha envejecido lo bastante para no ser susceptible de feliz manejo, de acertada y natural inserción en la modernidad. El diálogo, instrumentalmente, como elemento de la novela o del teatro, no había podido decaer nunca; pero específicamente, en su autonomía de forma artística, había sufrido cierto relegamiento. El pen­samiento, el discurso moderno son, sin embargo, abso-lutamente dialécticos, polémicos. Y el diálo­go, en su tipo clásico, encuentra razones de sub­sistir y prosperar. El diálogo, sobre todo, logra mejor su desarrollo y su atmósfera con el ex­citante de la velocidad. El mismo diálogo clási­co es siempre algo peripatético.

 

Las ideas de la provincia se esclerosan y en­durecen por sedentarias. Las ideas de la ciudad o, mejor de la capital, son activas, operosas, viajeras, El secreto de la expansión y del poder de la urbe, está en su función de eje de un sistema de movimiento. Valéry Larbaud, con vie­ja ciudadanía en la capital, no puede ya restituirse íntegramente a la provincia. La visita y

 

 

 

 

 

 

 

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la restaura algo en turista, con amigos de Parrís desilusionados respecto a la poesía de la vida provincial, convictos de estar y moverse más a su gusto, de sentirse más en su casa en cualquiera capital del extranjero, que en una de provincia. Los libros, la prensa, la cultura y su estilo, marcan en Londres, París, Berlín, Roma, etc., la misma temperatura, señalan 1a misma hora. En la ciudad provinciana se siente que todos los relojes están atrasados. «Casi a puertas de París, la literatura, la pintura y música francesas contemporáneas son menos conocidas que en Barcelona, Varsovia, Buenos Aires o Salzbur-go». La provincia se apropia de la gente que se le reintegra aun después de una larga y perfecta educación citadina y metropolitana. Le impone su yugo, su horario, sus límites, sus hábitos. Uno de los interlocutores de Allen cuenta un caso: «He visto hace tiempo la rápida provincialización de una pareja de buenos burgueses parisienses, primos míos, que se ha­bían ido a vivir a una pequeña ciudad del Cen­tro-Oeste. Verdaderamente, un descenso, una decadencia como la que producen las drogas o el abuso de somníferos. Nuestro parentesco, razo­nes de conveniencia, me obligaban a hacerles una visita anual; y he visto cómo se dejaban in­vadir por la rusticidad de su nuevo medio; có­mo locuciones y pronunciaciones viciosas, al principio adoptadas por ellas por burla y que empleaban como entre comillas, se les hicieron naturales; y cómo sus maneras se modificaron a tal punto que era penoso comer con ellos en su mesa. El marido luchó durante algún tiem­po; él fue, los dos primeros años, el parisién de Saint-Machin-sur-Chose y sostuvo la idea que ahí se guardaba como un parisién. Pero la mujer se dejó en seguida arrastrar. Se descuidaba; pron­to me costó trabajo reconocer en ella a la mujer joven y elegante que había acompañado a conciertos y a exposiciones. Caía en una especie de puritanismo horrible, sin motivos religiosos, sin otra razón de ser que el temor de una opinión pública extraviada por la hipocresía y la envidia… Al cabo de cuatro años, los hallé a los

 

 

 

 

 

 

 

 

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dos al mismo nivel: rudos, hoscos, embebidos de un fastidio contagioso».

 

El debate de estas cosas anima un diálogo que se propone ser un elogio del país natal del autor. Porque en este diálogo, como advierte Valéry Larbaud, hay una tesis debatida, no sostenida. «En realidad -escribe- hay tesis, antítesis y síntesis, esta última dejada en parte al juicio y a la imaginación del lector». Valéry Larbaud, como muchos espíritus de su tiempo, que ena­morados de la modernidad, rehusan aceptarla con todas sus consecuencias, siente en nuestro tiempo cierta vaga y elegante nostalgia de una feudalidad en que la unidad de Europa estaba hecha de la individualidad de sus regiones, de sus comarcas. El Bourbonnais, en su sentimien­to, más bien que una provincia es un pequeño Estado. La nación ha sacrificado quizá excesi­vamente a un principio, a una medida algo abs­tractos, la personalidad y los matices de sus partes. Asistimos a un crepúsculo suave del na­cionalismo en un espíritu cosmopolita, viajero, con muchas relaciones internacionales, con ami­gos en Londres, Buenos Aires, Melbourne, Flo­rencia, Madrid. Allen es el reflejo de esta crisis sin sacudidas y sin estremecimentos, a cuarenta kilómetros de velocidad, en un auto último mo­delo. Crisis que apacigua el optimismo burgués de una esperanza de moda en el ideal de Briand: los Estados Unidos de Europa.

 

"ARIEL OU LA VIE DE SHELLEY", POR ANDRE MAUROIS*

 

Al renacimiento de la biografía como género literario, señalado ya por muchas pequeñas obras maestras, André Maurois novelista, aporta con su Ariel ou la Vie de Shelley** una feliz contri­bución. La biografía resurge porque se acerca a la poesía y a la novela. Abandona el plano árido y frígido de la cronología, del documento

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 12 de Enero de 1929.

** Ariel o la vida de Shelley.

 

 

 

 

 

 

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inerte. Las "vidas" de los personajes ganan así, a medida que devienen novelescas, en realidad y en belleza. Romain Rolland preludia acaso con su Beethoven, su Miguel Angel, su Tolstoy y su Mahatma Gandhi, este renacimiento. ¿Retorno a Plutarco, en estos tiempos en que Jean Pierrefeu, con su experiencia personal de redactor de los comunicados del frente francés en la gran gue­rra, nos afirma que Plutarco ha mentido? No. ¿Por qué hemos de tener siempre la preocupa­ción del retorno? En la biografía contemporánea, se prescinde generalmente del tono apologético del estilo épico. No busque-mos su tipo en el Dux de Margarita Sarfatti -obra de partido a pesar de su autora- sino más bien en este Shelley, de André Maurois. La manera nove-lesca restitu­ye al personaje aquello de que la fastidiosa bio­grafía erudita lo privaba: movimiento y atmós­fera. Tratados por el novelista, los personajes históricos se nos ofrecen más reales y vivientes. Y estas vidas modernas se distinguen de las vidas clásicas -"paralelas" o solitarias- en que el in­terés por el hombre prima sobre el interés por el héroe. El héroe no nos escamotea ya al hombre.

 

Maurois nos presenta, en esta vida de Shelley, al hombre, no al poeta. Y por este sencillo camino llegamos al poeta, mejor que por ningún otro. Percy Bysshe Shelley queda explicado psi­cológica y estéticamente. Lo que en el genio hay de misterioso y de inefable se nos escapa siempre; pero el novelista toca y arriba a un grado de comprensión que el biógrafo puntual no puede, entrever ni sospechar.

 

Este libro nos guía amigablemente en la in­timidad del gran poeta. Qué distante está André Maurois de esos puritanos regañones que, con la Biblia en la mano, reprochan a Shelley de sus infidelidades conyugales, aunque, menos severos que sus maestros de Oxford, le hayan perdonado el ateísmo exaltado de su juventud. Maurois ha logrado enamorarse de su personaje. Su retrato es amoroso. En algunos momentos, sin embargo, su temperamento conspira demasiado visiblemen­te contra su intención. Entre Shelley y Maurois se interpone la distancia que fatalmente separa

 

 

 

 

 

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a un romántico de un moderno. Para sentir ab­soluta, íntegramente, a Shelley, sin ápice de iro­nía, le falta a Maurois lirismo, le falta donqui­jotismo. No puede evitar en algunas páginas su acento de francés escéptico. En estas páginas, nos deleita al principio la gracia del novelista; pero en seguida echamos de menos, con un poco de disgusto, la emoción, el pathos* de una vida he­roica.

 

El encuentro de Shelley con Byron, el contraste entre los dos grandes ingleses pone a prue­ba la penetración de Maurois. Hay quizá un ex­cesivo parti pris** en el retrato de Lord Byron. «Arrojado del gran mundo -piensa Maurois de Byron- no amaba sino los éxitos mundanos. Mal marido, no respetaba sino el amor legítimo. Decía cosas cínicas, pero por represalias, no por convicción. Entre la depravación y el matrimo­nio, no concebía estado medio. Intentaba terri­ficar a Inglaterra jugando un rol audaz, pero era por desesperación de no haber podido con­quistarla en un empleo tradicional. Shelley bus­caba en las mujeres una fuente de exaltación, Byron una fuente de reposo. Shelley angélico, demasiado angélico, las veneraba; Byron huma­no, demasiado humano, las deseaba y tenía sobre ellas los discursos más despreciantes». La opo­sición, la diversidad, mejor, entre Shelley y Byron, me parece admirable-mente establecida; pero sus conclusiones no tratan a ambos artistas con la misma equidad. Maurois acierta, sin duda, cuando en el constante pathos amoroso de She­lley, encuentra uno de los elementos de su obra artística. Evidentemente, el amor era un estímu­lo indispensable, un resorte esencial del donquijotismo sentimental, de la fuerza creadora de Shelley quien, como dice Maurois «conserva­ba siempre en el segundo plano de su sensibili­dad esta imagen de perfecta belleza física unida a la belleza moral, este mito de una mujer encan­tadora y oprimida de la cual sería el caballero, Andrómeda de este Perseo, princesa de este San Jorge, mito que estaba en el fondo de todos los

 

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* Pasión violenta.

** Prejuicio.

 

 

 

 

 

 

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sentimientos amorosos que había conocido, que le había hecho raptar a Harriet para sustraerla a su padre, amar a Mary porque era desdichada, mezcla en proporciones desconocidas por él mismo, de sensualidad y de piedad, sentimiento tal vez oscuro en su origen, pero que él había sabido purificar y que exaltaba al más alto punto su potencia de creación poética». Pero si la emoción erótica tenía esta función en Shelley, ¿por qué, diversamente buscada y sentida, no la tenía también en Byron? Que en Byron la sen­sualidad prevaleciera sobre el mito, no signifi­ca que al amor, o al placer, no lo empujaran aná­logos impulsos, más sublimados sin duda en Shelley a causa de su misticismo. ¿Por qué ne­gar al amor, en el arte de Byron, el oficio que se le reconoce en el de Shelley? La voluptuosa veneciana Fornarina podía muy bien ser, en la vida de Byron, el equivalente del amor platónico de la dulcísima y pura Emilia Viviani, en la vida de Shelley. El lord satánico no tenía el mismo temperamento, ni la misma pureza que el ba­ronet* angélico.

 

Más certera es la crítica de Maurois a la hipo­cresía anglicana cuando inter-preta la diversa aco­gida que hallaron Byron y Shelley en Pisa, entre los ingleses. «Los más puritanos no podían usar largo tiempo de rigor con un Lord auténtico que les aportaba en suelo extranjero un compendio tan delicioso de Vanidades Británicas. Su deseo de escandalizar, ¿no demostraba, por otra parte, el respeto más ortodoxo? Si la indiferen­cia es una ofensa, ¿el desafío no es al contrario una forma de la humildad? ¿No se veía que él no podía vivir sin salones que visitar, mujeres que cortejar, comidas que retornar? Se fue con él muy indulgente. Pero cuando quiso imponer a Shelley, la resistencia fue obstinada. Shelley, en sociedad, se aburría y lo dejaba ver. En mo­ral, se adivinaba que prefería el Espíritu a la Letra, que creía en la redención de mejor gana que en el pecado original. La fe en la perfecti­bilidad del hombre es la más imperdonable: obli­garía a querer. La frivolidad, que la husmea de

 

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* Barón: título nobiliario.

 

 

 

 

 

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lejos, persigue siempre su destrucción; las mu­jeres verdaderamente distingui-das trataron a los Shelley como sospechosos».

 

Aquí, como casi siempre, Maurois ha sabido asir muy bien los sentimientos por su raíz. Qué bien está esa otra observación de que: «Los ena­morados creen siempre, muy equivocados, que el encuentro de un ser excepcional ha hecho na­cer su amor. La verdad es más bien que el amor pre-existente busca en el mundo su objeto y lo crea si no lo halla». Maurois, novelista de la más pura estirpe francesa, alcanza toda su estatura cuando indaga y expresa estas cosas.

 

"LA VIDA DE DISRAELI" POR ANDRE MAUROIS*

 

El método biográfico de André Maurois ofrece, al lado de muchas ventajas del dominio sólo del escritor de fina y diestra técnica psicológica, un riesgo que estas mismas dotes no consienten evi­tar. La biografía novelada, en su afán de expli­carnos al hombre, no al héroe, al ser interior e íntimo, no al exterior e histórico, tiende inexo­rablemente a sacrificar, a disminuir esta parte de la personalidad del biografiado. Las exquisitas biografías que han dado tanto renombre a André Maurois -Shelley y Disraeli- son la mejor confirma-ción de este aserto. En Ariel o la vida de Shelley, Maurois reconstruye deliciosamente, con un poco de sorna francesa, el mecanismo de la existencia del poeta, pero se le escapa del todo la clave de su poesía; la biografía de Maurois se preocupa del hombre hasta olvidar al poeta. ¿Y cuál de los dos es el personaje más real e histó­rico? La realidad de Shelley está más en su pensamiento y en su arte que en las vicisitudes sen­timentales y pecuniarias que el biógrafo puede narrarnos con arte prolijo y dejo escéptico e iró­nico. A la misma reflexión invita la Vida de Dis­raeli. Está ahí expresada con arte cautivador la existencia del dandy, más setecentista que by‑

 

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* Publicado en Variedades: Lima. 3 de Julio de 1929.

 

 

 

 

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roniano; pero no está propiamente la existencia del político, del estadista. Disraeli era, probablemente, el judío mimetista y aristocrático, extraordinaria-mente próximo al gusto francés, que Maurois nos presenta; pero era, al mismo tiempo, y seguramente, algo más que Maurois descuida. Y ese "algo más" es, sin duda, lo más disraeliano, lo más individual de Disraeli, la esencia misma de su personalidad política e histórica.

 

El retrato de Disraeli está hecho con más adhe­sión que el de Shelley. Se siente a André Mau­rois, en esta biografía, más enamorado de su personaje. El primer ministro conservador setecentista y victoriano del Imperio Británico, es necesariamente, para Maurois, un personaje de mayor sugestión que un gran poeta romántico. Shelley, nacido aristócrata, vive y piensa como un decla-sse;*  su liberación intelectual, su crea­ción artística le exigen el desprecio de sus pri­vilegios y sentimientos de clase. Disraeli, salido de una familia de burgueses judíos, emplea toda su sagacidad y su tacto mundanos en elevarse a la clase desertada voluntaria y bizarramente por Shelley y en adoptar su estilo y sus prejuicios.

 

Mas, la complacencia con que Maurois disefña la figura de Disraeli tiene paradójicamente un efecto opuesto al humour, con que trata el ro­manticismo de Shelley. El retrato es de un gusto perfecto. Pero Disraeli, después de habernos encantado con la elegancia displicente de sus peripecias, nos parece disminuido. Y esta no era, evidentemente, la intención de Maurois, absoluta-mente interesado en obtener el más gentil y nítido Disraeli.

 

Disraeli se apasiona por la política como por el deporte. La política no es para él sino el medio de triunfar más pomposamente. No le inte­resan las ideas que servirá como político. Adop­tará las que entonen más con su temperamento de mundano, con su escepticismo de dandy, en la era victoriana. ¿Conservador, liberal, radical? ¿Qué partido conviene más a la ambición de un hebreo elegante y sarcástico, bienquisto a las

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* Sin clase social, "desclasado".

 

 

 

 

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más bellas y graciosas ladies,* ávido de gloria fastuosa, lleno de deudas? That is the question.** Disraeli no habría podido ser sino conservador o radical. Entre estos dos extremos osciló desga­nada y práctica su fantasía. El liberalismo exi­gía cierta seriedad calvinista, cierta convicción manchesteriana, cierto fondo burgués, industrial y puritano, de que carecía este hebreo humanista, enamorado de la aristocracia inglesa, respetuoso por hedonismo y sensualidad de la tradición y las castas, reacio a la abstracción y a la doctrina. En la Inglaterra imperial del Siglo XIX, el con­servantismo podía ser descreído, el liberalismo no. La política liberal no era concebida sin hom­bres como Gladstone, severos, macizos, teoló­gicos, dotados de una energía física de guarda-bosques a lo Thoreau y de un rigor moral y pro­testante de fabricantes de Manchester.

 

La juventud de Disraeli es una serie de alec­cionadores fracasos. Disraeli tenía excesiva fan­tasía para ser un hombre de negocios. No pudo ser un Rotschild. Participó del interés de la In­glaterra de su época por la América Española; pero perdió siempre en las especulaciones sobre valores hispano-americanos. Jugó a la baja, cuando aun no era tiempo; jugó al alza, cuando ya no era el momento. Pero esta fantasía resultaba insuficiente en la novela. Disraeli escribía nove­las porque las circunstancias no lo dejaban ac­tuar. Su tempe-ramento lo empujaba de prefe­rencia a la acción, y únicamente después de haber perdido un negocio o una elección, intentó en su juventud buscar la inmortalidad en la li­teratura. Si Disraeli, en su juventud, hubiese ga­nado especulando con valores sudamericanos, una fabulosa fortuna, ¿habría escrito novelas y poe­mas? Y, si sus novelas hubiesen merecido cla­sificarse al lado de las de Sir Walter Scott, ¿ha­bría llegado a ser diputado y líder tory***? La biografia de André Maurois nos impone estas pre­guntas, a fuerza de insitir en el dandysmo, en la

 

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* Damas aristócratas.

** Esa es la cuestión.

*** Ala derecha del Parlamento inglés.

 

 

 

 

 

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inseguridad, en la nonchalance* de Disraeli po­lítico.

 

La subconsciencia política de esta biografía, como la de otras, en las que no por aprensión se descubre el empeño de rebajar al héroe, tien­de a presentar la obra del hombre de Estado, como algo que se puede hacer casi por azar, sin convicción, sin principios. Del mismo modo que se intenta la teorización de un arte deportivo, se ensaya el elogio de una política deportiva. Qui­zá en la Inglaterra victoriana y ochocentista, no se podía ya actuar con una política conservadora sino con una íntima indiferencia por los principios tories. Esto podría explicar el éxito de Disraeli, Primer Ministro de la Reina Victoria. Pero, sin duda, lo que André Maurois se propone vagamen­te es, más bien, la apología de una escuela o de un estilo que la interpretación de un hecho.

 

Disraeli pone en boca de un personaje de una de sus novelas palabras que no permiten supo­nerlo tan escéptico como Maurois se obstina en verlo. «El destino es nuestra voluntad y nuestra voluntad es la naturaleza. Todo es misterio, pero sólo un esclavo se niega a luchar para penetrar en el misterio». El espíritu de su estirpe, la filo­sofía de su raza se expresa en esta frase con demasiada elocuencia, para que, después de medi­tarla, Disraeli no nos parezca más disminuido que exaltado por esta biografía apologética y reve­rente.

 

LOS AMANTES DE VENECIA**

 

Sobre el amor de Alfredo de Musset y Jorge Sand*** se ha escrito muchos libros. Los primeros fueron, naturalmente, uno de Alfredo de Musset y otro de Jorge Sand. Pero ni éstos, por razones obvias, ni los demás que los han seguido, por ra­zones abstrusas, son una historia completa y ve­rídica del famoso amor. El único libro que pare‑

 

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* Indolencia.

** Publicado en El Tiempo: Lima, 11 de enero de 1921.

*** Pseudónimo de la escritora francesa Aurora Dupin.

 

 

 

 

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ce serlo es Los Amantes de Venecia de Charles Maurras, que acaba de ser reeditado.

 

En una estancia de un hotel del Lido, con las ventanas abiertas al panorama de Venecia y a la música de góndolas de la Laguna, he leído esta novísima edición de la otra de Maurras. Ha sido ésta una lectura casual. Pero yo he resuelto ima­ginármela intencionada. Porque es absolutamen­te necesario que, en estos días de setiembre, en que Venecia está poblada de gentes que vienen a veranear a la playa del Lido, y que no se preo­cupan de la historia de la república de los Dux,* algún peregrino más o menos sentimental se acuerde de los pobres amantes que aquí vivie­ron los capítulos más intensos de su novela.

 

El autor de Los Amantes de Venecia es el mis­mo Charles Maurras que dirige L'Action Fran­çaise, el mismo escritor mancomunado con el insoportable chauvinista León Daudet en la li­teraria empresa de predicar a los franceses la vuelta a la monarquía. Es, por ende, un tipo a quien habitualmente detesto. Pero esta vez me resulta simpático. Su libro es agradable. Tan agradable que, leyéndole, se olvida uno del edi­torialista de la absurda L'Action Française.

 

Los otros biógrafos de Los Amantes de Venecia no han sabido ser impar-ciales. Charles Maurras sabe serlo en su libro. No defiende ni detracta a ninguno de los amantes. Su justicia, al hablar de uno y otro, es tal que los mussetistas lo acusan de admirador de Jorge Sand y los sandistas de par­tidario de Musset.

 

La historia del amor de Musset y Jorge Sand apasiona todavía a mucha gente de Francia. Y en otros tiempos, como es sabido, apasionaba a más gente aún. Tiempos ha habido en que se po­lemizaba calurosamente sobre los más íntimos particulares del ilustre menage; de un lado se sostenía, por ejemplo, cosas como ésta: que Mu­sset y Jorge Sand no debían ser llamados los amantes de Venecia, porque en Venecia, si bien habían estado juntos, no habían sido efectivamente amantes. Y de otro lado, como es natural,

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* Príncipe magistrado supremo en las repúblicas de Gé­nova y Venecia.

 

 

 

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se sostenía lo contrario. Y se citaba testimonios que acreditaban que, en Venecia, Musset y la Sand habían compartido el mismo lecho más de una noche. Charles Maurras, precisamente, habla de una carta de Jorge Sand, en que se alude al día "en que fue cerrada la puerta que comunica­ba su dormi-torio con el de Musset", para demos­trar que esa puerta había estado abierta en un principio.

 

El libro de Maurras, lo repito, relata con mucha imparcialidad los diversos episodios del céle­bre amor. Pero el autor no puede evitar que su obra pruebe que Musset hizo lamentablemente el ridículo. Y que, mientras Jorge Sand aparece en su obra como una mujer inteligente y simpática, al par que pérfida y aviesa, Alfredo de Musset aparezca como un adolescente candelejón y tonto.

 

La novela de Alfredo de Musset y Jorge Sand puede sintetizarse así:

 

Jorge Sand fue amante de Musset antes de separarse oficialmente de su marido, el barón de Dudevant. Había sido ya amante de Jules San­deau y de Merimée. Esta pluralidad de amantes no quiere decir, por supuesto, que Jorge Sand fuese una hetaira. Quiere decir que Jorge Sand tenía el corazón dema-siado grande, generoso y hospitalario, esto es «casi incapaz del sentimien­to que la generalidad de las gentes llaman amor». «Dos clases de personas -escribe Maurras- parecen ser inadaptadas al amor, las primeras por una falta de sensibilidad, las segundas por un exceso de este don de sentir y de seguir el senti­miento».

 

Desde el primer capítulo aparecieron en la novela de amor de Musset y madame Dudevant las querellas y los pleitos. Cuando se dirigieron a Venecia -después de haber saboreado el amor metropolitanamente en París y geórgicamente en Fontainebleau-, no fue en viaje de luna de miel ni mucho menos. Como que hay quienes asegu­ran que habían ya dejado de ser amantes y que no eran sino dos buenos amigos. Venecia, como se sabe, ejercitó todo su encanto en el espíritu de Jorge Sand. Su inquieto corazón estaba, pues, muy propenso a palpitar por el primer venecia-

 

 

 

 

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no plácido que se le aproximase. Este veneciano fue el doctor Pagello, llamado a asistir a Alfre­do de Musset, atacado por una impertinente enfermedad. El doctor Pagello era un vigoroso y joven ejemplar de la fauna de Venecia. Jorge Sand, aunque sinceramente preocupada por la mala salud de su amante y fatigada por las vi­gilias pasadas al pie de su lecho, no podía dejar de apreciar estas cualidades. Y, como tampoco podía limitarse a apreciarlas, se enamoró de ellas. Fue así cómo Jorge Sand, al mismo tiempo que moría de ansiedad por Musset, moría de amor por el doctor Pagello. El pobre Musset, delirante en su cama, no estaba en aptitud de advertirlo. Ni aun el doctor Pagello, cuya temperatura y clarividencia eran normales, supo advertirlo oportunamente. Jorge Sand tuvo que declarárse­le en la forma más explícita posible. Su declara­ción no fue verbal sino escrita. No por ser la declaración de una escritora, sino por ser la decla­ración de una mujer que apenas hablaba el idio­ma del hombre amado.

 

Hay que felicitarse de que esta carta de Jorge Sand haya sido dada a luz, porque constituye, sin duda alguna, su página más maravillosa. «Tú eres extranjero -dice en sustancia Jorge Sand a Pagello-, tú no entiendes mi lengua y yo sé de­masiado mal la tuya para que podamos compren­dernos. Y, siendo de patria, de razas, de costum­bres diferentes, aunque pudiésemos comunicar nuestro pensamiento por el lenguaje, nuestros corazones continuarían siempre distantes el uno del otro». Luego ella le interroga con vehemencia: «¿Quién eres tú? ¿Qué puedes ser para mí? Se te ha educado quizá en la convicción de que las mujeres no tienen corazón. ¿Sabes tú que tienen también uno? ¿Eres tú, cristiano, musulmán, ci­vilizado, bárbaro? ¿Eres tú un hombre? ¿Qué hay en ese pecho masculino, en ese ojo de león, en esa frente soberbia?». El cuestionario se hace después más concreto. Jorge Sand pregunta a Pagello si es idealista o carnal en amor, bruto o poeta; si, cuando su amante se duerme entre sus brazos, sabe quedar despierto para mirarla, rogar a Dios y llorar: si los placeres del amor lo dejan jadean-

 

 

 

 

 

 

 

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te y embrutecido o si lo arrojan en un éxtasis divino. En seguida ella le agre-ga: «Yo no sé de tu vida pasada, de tu carácter, ni lo que los hombres que te conocen piensan de ti. No importa. Yo te amo sin saber si yo podré estimarte, y yo te amo porque tú me gustas».

 

Pero donde están encerradas toda la belleza, toda la poesía, toda la emoción inmensas de la carta, es en las frases siguientes: «Si tú fueses un hombre de mi patria, yo te interrogaría y tú me responderías, pero yo sería tal vez más desventurada todavía, porque entonces tú po­drías engañarme. Tú, tú, como eres, no me men­tirás, no me harás vanas promesas ni falsos ju­ramentos. Tú me amarás como tú puedes amar. Lo que yo he buscado en vano en los otros, no lo encontraré quizá en ti, pero podré creer que tú lo posees. Las miradas y las caricias de amor, que me han mentido siempre, tú me las dejarás explicar como yo quiera, sin añadir a ellas palabras mentirosas. Yo podré interpretar tu ensueño y hacer hablar elocuentemente tu silen­cio. Yo atribuiré a tus acciones la intención que yo te desearé. Yo no quisiera saber tu nombre. ¡Escóndeme tu alma! ¡Que yo pueda creerla siempre bella!». Esta carta fue escrita por Jorge Sand en presencia de Pagello. Pagello la miraba escribir nerviosa y apasiona-damente sin comprender. Y cuando ella metió las hojas dentro de un sobre en blanco, y sin decirle una palabra, puso el sobre en sus manos, Pagello pre-guntó a quién debía entregarlo. Entonces Jorge Sand le quitó el sobre de las manos para escribir encima: «Al estúpido de Pagello».

 

Consecuencia natural de esta carta fue que Jorge Sand y el médico de Venecia se entendie­ron no sólo en el terreno sentimental sino en otros terrenos limítrofes. Musset, en tanto, mejo­raba, lo que, probablemente, eliminaba de la conciencia de Madame Dudevant y de Pagello todo remordimiento. Después de todo -pensaban aca­so- sea cierto que traicionaban a Musset; pero era no menos cierto que lo traicionaban después de haberle salvado la vida con su amor y desvelos. Pero, con la salud, Musset recuperó la fa-

 

 

 

 

 

 

 

 

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cultad de darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Un día notó que al pasar tras un biom­bo Jorge Sand y Pagello se demoraban, el tiempo necesario a dos amantes, para abrazarse furtivamente. Otro día sorprendió a Jorge Sand escri­biendo a escondidas una carta. Otro día se fijó que en el saloncito donde Jorge Sand y Page­llo habían tomado té, la noche anterior, sólo ha­bía una taza. Lo que indicaba, inequívocamente, que habían bebido amarteladamente de una misma taza de té. Estas cosas pusieron terriblemen­te furioso al conva-leciente poeta. Pero Jorge Sand se dio mañana para convencerlo de que ella era una mujer adorable y de que él era un loco y un miserable al dudar de su lealtad. Y de que debía pedirle perdón de rodillas. Jorge Sand consiguió finalmente que Alfredo de Musset se marchase solo a Francia y la dejase gustar libremen­te la virilidad de Pagello. Más todavía, parece que Alfredo de Musset, alma cándida y buena, en una escena preparada por Jorge Sand con refinada astucia, unió antes de partir las manos de su ex amante y de su médico, diciéndoles: «Ustedes se aman. Sean felices». Lo cierto es que, después de su regreso a Francia, Musset mantuvo tierna correspondencia con Jorge Sand, quien le encargó que le mandase de París un frasco de Patchouli, su perfume preferido. Muy tarde comprendió Musset el rol que Jorge Sand le había hecho jugar. Antes, los amantes de Venecia cambiaron muchas cartas de reciprocas y románticas acusaciones. En las suyas Jorge Sand negó siempre haberse entregado a Pagello pri­mero que Musset partiese. Se empeñó, además, en presentar a Musset como el que había arran­cado a Pagello la confesión de su amor a ella. Y sostuvo, especialmente, que fue muy dueña de hacer lo que hizo, porque había dejado de pertenecr a Musset cuando abrió los brazos a Pagello. En una de sus cartas se encuentra esta pregunta: "¿Era yo tuya entonces?".

 

Yo creo que las gentes ilustres tienen, sin duda alguna, el mismo derecho de las gentes anó­nimas para que se respete la puerta de su cora­zón y de su dormitorio. Yo creo que no basta

 

 

 

 

 

 

 

 

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para descubrir así las intimidades espirituales y físicas de dos amantes la excusa de que se trata de dos escritores famosos. Pero carezco de la austeridad necesaria para abstenerme, por mi paste, de contribuir con un artículo de periódico a la notoriedad de esas intimidades.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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RUSIA

 

 

 

"LA OTRA EUROPA", POR LUC DURTAIN*

 

De su viaje a Moscú, Luc Durtain y Georges Duhamel han dado al público una versión en que la mesura y la sagesse** francesas se combinan estric-tamente con una sinceridad y una honradez intelectuales rigurosas. Ni Luc Durtain ni Geor­ges Duhamel son hombres de partido. No son tampoco revolucionarios. Pertenecen a esa línea de artistas y escritores apasionada-mente preocu­pados por la defensa de la civilización que reconoce su más alto líder en Romain Rolland. Sus nombres están inscritos en primer término en el escalafón de Europe. Pero ni siquiera en un "rollandismo" puro o rígido cabe situarlos, no sólo porque el "rollandismo" no existe como conducta de grupo -no es una actitud egregia y absolu­tamente personal- sino porque así Durtain como Duhamel, sobre todo el primero, tienen una curiosidad y un eclecti-cismo de artistas y muestran un goce un poco sensual en la indagación psico­lógica, en la "posesión del mundo" que no se avie­nen del todo con la manera un poco ascética del autor de Jean Christophe.***

 

Duhamel y Durtain se distinguen de casi la totalidad de los escritores que han visitado la Rusia soviética, en que no han ido a Moscú y Petrogrado**** a interrogar a los jefes del bolchevismo, ni a los contrarrevolucionarios de derecha e izquierda, ni a las cifras de la estadística -que desde fuera es posible obtener y comprobar- sino a interrogar directamente; con sus lúcidos sentidos, con su segura intuición de artistas; a

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* Publicado en Variedades: Lima, 8 de Diciembre de 1926.

** Prudencia. Sabiduría.

*** Juan Cristóbal, de Romain Rolland.

**** Leningrado actual.

 

 

 

 

 

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la vida, a la calle, a las almas, a la multitud. ¿Có­mo ha trascendido la revolución a las cosas, a las costumbres? ¿Cuál es su poder de elevación moral e intelectual? De este género son las preo­cupaciones que Durtain y Duhamel manifiestan en sus insospechables testimonios, tan distantes, tan diversos del "reportaje" truculento y vulgar con que nos obsequió hace dos años el escanda­lismo de Henri Béraud.

 

Luc Durtain, novelista y poeta -y médico co­mo Duhamel- tiene finamente entrenadas sus facultades de captación e interpretación de todo lo que hay que descubrir en un fenómeno de estas dimensiones históricas. Es uno de los escri­tores que, con más poderosa imaginación, a la vez que con más agudo análisis, ha explicado al­gunos profundos aspectos de la vida de Norteamérica. El éxito de L'Autre Europa* sigue al éxito de Quarangtieme Etage* y de Hollywood depassée.***

 

Y esta experiencia resulta particularmente útil al objeto de Luc Durtain, porque le permite me­dir la exacta distancia que separa a estos dos polos de un mundo moderno -Nueva York y Moscú, Estados Unidos y la U.R.S.S.- al mismo tiempo que el extraño parecido paradójicamente anexo a una radical oposición. Su conversación con el director de una de las grandes empresas del Estado ruso, le sugiere esta afirmación: «Hay más semejanza de la que se cree entre capitalis­mo y comunismo, que tienen la misma fecha y provienen del mismo año, iba a decir del mismo tonel. Estos hermanos siameses pueden aborre­cerse: se encuentran ligados por el milésimo co­mo por una membrana. El milésimo imparcial reina: el milésimo, es decir, el tanto de técnicas, de ideas, de pasiones, el tanto de necesidades idénticas que una misma época impone a los campos opuestos». La comparación o, al menos; la confron-tación entre Estados Unidos y Rusia reaparece en varios otros instantes del viaje de Durtain. En el capítulo que resume sus impresio-

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* "La otra Europa".

** Cuadragésimo piso".

*** Hollywood superado".

 

 

 

 

 

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nes, el paralelo se precisa. «Los dos países -ob­serva Durtain- se encuentran compuestos de Estados casi independientes los unos de los otros, en teoría, enérgicamente soldados ante el extran­jero por el interés y el orgullo. De una y otra parte, desdén por el imperialismo militar: las fuerzas de conquista confiadas aquí al dólar, allá a las ideas. En el fondo, teocracia, en Boston como en Moscú». Fiel a su método de investiga­ción psicológica Durtain busca la prueba de es­tas semejanzas, dentro de la oposición, en el hombre de la calle. «Mirad -dice- los rostros en las calles de Chicago; ved después los de Moscú. Escuchad, aquí y allá, hablar a los hom­bres. Buscad  la cantidad de satisfacción real...». Sin duda, Norteamérica asegura a sus hombres un confort material mucho mayor. Pero Rusia, donde el Estado de nada se preocupa tanto como del bienestar físico, con medios más modestos mantiene a los suyos en un equilibrio moral de fundamentos más nobles y humanos.

 

Para llegar a estas conclusiones, Luc Durtain se atiene a los datos obtenidos en sus propias pruebas, en sus propios sondajes. Sus notas so­bre las calles de Moscú, los tipos que circulan por ella, los mercados y los almacenes, el tránsito urbano, los bancos y las cooperativas, los restaurantes y los comes-tibles, la escuela, el li­bro y el teatro, las costumbres, la mujer y el niño, las fuerzas y los adversarios del régimen, constituyen un documento de gran valor infor­mativo y artístico que por sí solos convidan al más reacio, al más hostil, a la lectura del libro. Luc Durtain se ha acercado a la vida rusa con la más pura simpatía humana; pero no sin cier­ta cautela de cirujano, no sin cierta ironía pa­risiense, no sin cierta desconfianza semiburguesa, que ponen a su objetividad a cubierto de todas las fallas a que podría exponerse un espíritu propenso al entusiasmo y a la admiración.

 

Moscú y su Fe se subtitula el libro. Porque la fuerza creadora, la virtud sobrenatural de esta nueva Europa, reside para Luc Durtain en su fe revolu-cionaria, en esa creencia y en esa es­peranza, que dan tan extraordinario sentido his-

 

 

 

 

 

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tórico a los esfuerzos de la Rusia soviética. Dur­tain quiere comportarse con la sagesse de aquel cortesano que el 14 de julio del asalto a la Bas­tilla, decía a Luis XVI: «No es una revuelta, Sire, es una revolución». Hoy tal vez, hay que decir, según Durtain: «No es una revolución, es una religión nueva».

 

Su diagnóstico acepta la decadencia del Occi­dente europeo. «Los protagonis-tas de otro tiem­po, el genio latino, germánico, o anglosajón, retrocediendo a modo de comparsas hacia el fondo de la escena, en tanto que -viniendo de los lados opuestos de ésta, derecha e izquierda- actores inesperados, Moscú y Washington, avanzan a las candilejas: tal es la peripecia de los nuevos tiempos». El conflicto implacable, el choque eli­minatorio entre estos dos órdenes no parece, por lo demás, indispensable a corto plazo. Comunis­mo y capitalismo pueden coexistir mucho tiem­po como han coexistido y coexisten catolicismo y protestantismo. Porque para Luc Durtain la me­jor analogía, a este respecto, es siempre la que puede encontrarse en el paralelo de dos reli­giones.

 

EL CREPUSCULO DE LA CIVILIZACION*

 

Máximo Gorki, en un emocionante artículo, nos hablaba hace poco del "fin de Europa". Y esta no es una frase de literato. Es una realidad histó­rica. Estamos asistiendo, verdaderamente, al fin de esta civilización. Y, como esta civili-zación es esencialmente europea, su fin es, en cierto modo, el fin de Europa.

 

Nuestra generación, impregnada todavía de la idea de un progreso siempre ascensional, sin so­luciones de continuidad, no puede percibir ni comprender fácilmente esta realidad histórica. No puede alcanzársele que esta civilización, tan potente y tan maravillosa, no sea también infi­nita e imperecedera. Para ella, esta civilización no es "una civilización". Es "la Civilización" con letra mayúscula.

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 16 de Diciembre de 1922.

 

 

 

 

 

 

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Pero la filosofía contemporánea roe activamen­te ese espejismo. Oswald Spengler, uno de los pensadores más originales y sólidos de la Alemania actual, en un libro notable, desarrolla la tesis de que "el fenómeno más importante de la historia humana es el nacer, florecer, declinar y morir de las Culturas". (Spengler no dice Ci­vilizaciones sino Culturas). Toda cultura ha tenido sus características económicas, políticas, es­téticas y morales absolu-tamente propias. Toda cultura se ha alimentado de su propio pensamiento y. de su propia fantasía. Toda Cultura, después de un período de apogeo, llenada su misión, ha decaído y perecido. Y toda Cultura, sin embargo, ha tenido como la nuestra, la ilu­sión de su eternidad. Esta ilusión, por otra parte, ha constituido siempre un elemento moral indispensable de su desarrollo y de su vitalidad. Y, si empieza a flaquear en nuestra Civilización, socavada por el pensamiento relativista, es porque nuestra civilización se aproxima a su ocaso.

 

Ese es, precisamente, uno de los síntomas de decadencia de esta Cultura. Un síntoma sutil, pero trascendental. Un síntoma expresivo nada menos que de la crisis de las concepciones filo­sóficas sobre las cuales reposa esta civilización. Otros síntomas, más perceptibles y más inmedia­tos, son la crisis económica y la crisis política.

 

Política y económicamente, la sociedad europea ofrece el espectáculo de una sociedad en decadencia. Cada uno de los cuatro años poste­riores al armisticio, en vez de aportar la solución de los problemas de la paz, se respiraba en Europa una atmósfera más optimista que ahora. No hay Estado europeo, vencedor o vencido, pa­ra el cual la situación no sea hoy peor que hace cuatro años.

 

Los países vencidos han caído en la ruina, en la postración, en el desorden que todo el mundo contempla. Austria, a consecuencia de la vivisec­ción del antiguo imperio austriaco, mutilada, em­pobrecida, desangrada, carece de medios de vida. Su anexión a un Estado limítrofe es su úni­ca esperanza, su único camino. En Viena reina una miseria apocalíptica. Las gentes perecen de

 

 

 

 

 

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hambre en las calles. Yo he visto caer de inani­ción a una mujer consumida, espectral. Hungría y Bulgaria disponen de más recursos que Aus­tria para alimentar a su población, pero tienen arruinada su economía y depreciada su mone­da. En Budapest mismo, donde no se siente la miseria que en Viena, me han contado que hay gente que no come sino dos veces a la semana. Y Alemania, finalmente, parece amenazada de una miseria análoga. La pobla-ción alemana ve empobrecerse más cada día su tenor de vida. El presupuesto de las familias de la clase media y de la clase proletaria es un presupuesto de ham­bre. Las industrias alemanas trabajan, producen y exportan abundante-mente a costa de la mise­ria de sus empleados y obreros. Y la situación de los países vencedores, si no es igualmente de­sesperada, tampoco tiende a normalizarse. In­glaterra tiene paralizada una parte de su activi­dad industrial. El número de desocupados ascien­de casi a dos millones. La cuestión irlandesa si­gue prácticamente sin solución. La victoria de los turcos sobre los griegos ha infligido un golpe a la dominación británica en Oriente. Y ha aumentado la amenaza de una insurrección is­lámica. Francia está agobiada por el déficit de su presupuesto que pasa de quince millones de francos. Como este déficit es cubierto con bonos del tesoro, o sea con créditos internos, la deuda pública francesa crece fantásticamente. El servi­cio de esta deuda reclamará sumas cada vez ma­yores que mantendrán el desequilibrio del presupuesto. Y, dentro de este caos hacendario, Fran­cia es solicitada por Inglaterra para iniciar el pago de los intereses de sus deudas de guerra. Francia pretende extraer de Alemania los millares de millones necesarios para la reconstruc­ción de las provincias devastadas y el convale­cimiento de su hacienda. Pero Alemania es insolvente. Su insolvencia aumentará a medida que se aumente la desvalori-zación del marco. Italia también está económicamente desequilibrada. Su déficit, no obstante las economías inauguradas, es de cinco mil millones de liras y no hay pers­pectivas de que disminuya. Al contrario, hay

 

 

 

 

 

 

 

 

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perspectivas de una nueva carga fiscal: el servi­cio de las acreencias de la guerra británicas y americanas. Además, Italia está devorada por la guerra civil. Fascistas y socialistas reviven en las ciudades italianas las luchas medioevales de güelfos y gibelinos. El fascismo se ha sustituido al Estado, en la acción contrarrevolucionaria, y ha acelerado así el desprestigio y la deca-dencia de éste. Los viejos partidos democráticos hablan de reorganizarse y restaurar la maltrecha auto­ridad del Estado. Pero el fascismo reclama para sí el gobierno. Y la vieja democracia no puede prescindir de sus servicios. La desmovilización, el desarme del fascismo, traería una inmediata contraofensiva revolucionaria.

 

De otro lado, la situación de los países vencedores está vinculada a la situación de los países vencidos. La experiencia de los cuatro últimos años prueba que no es posible la coexistencia de una Europa occidental norma-lizada y restableci­da y de una Europa central oprimida y famélica. La unidad económica de Europa se opone a la existencia sincrónica de la normalidad y del caos. El peligro de bancarrota alemana es, por esto, un peligro de bancarrota europea.

 

Algunos estadistas de la Europa vencedora comprenden esta verdad. Esos estadistas, Nitti, Caillaux, Keynes -en quienes el político preva­lece sobre el hombre de estudio-, creen, natu­ralmente, que aún hay remedio para esta crisis. Pero, mientras sus páginas que describen la cri­sis son de una clarividencia y de una robustez máximas, sus páginas que señalan las solucio­nes son las menos seguras y persuasivas. Sus li­bros dejan la impresión de que tocan la realidad en su parte crítica, pero no en su parte cons­tructiva.

 

Existe un programa de reconstrucción europea. Es un programa de colabo-ración y de compromi­so, de una parte entre los Estados vencedores y los Estados vencidos y, de otra parte, entre las clases sociales antagónicas. Tiende, en suma, a establecer una transacción entre el viejo orden de cosas y el orden de cosas naciente. Y, en la in­tención de algunos de sus patrocinadores, tien-

 

 

 

 

 

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de a evitar que una transición brusca de un ré­gimen a otro destruya la riqueza material, el progreso técnico, creados por la sociedad capitalista. A tal programa, se adhieren no sólo los ele­mentos más iluminados de la burguesía sino tam­bién los elementos más templados del socialis­mo, cuya colaboración gubernamental sería ne­cesaria para actuarlo.

 

Pero sólo en Inglaterra, que es por excelencia el país de las transformaciones graduales y pacíficas, este programa tiene probabilidades de ser actuado. Francia está todavía muy lejos de él. Lo demuestra claramente el hecho de que el po­lítico que lo preconiza, Caillaux, sea aún un po­lítico exilado de la política y hasta del territorio francés. Italia está más cercana a esa política. Nitti conserva alguna influencia en el parlamen­to italiano. Alrededor de un gobierno suyo po­drían conjuncionarse los populares y los socialis­tas de derecha. Pero un gobierno de ésta natura­leza tendría que ser un gobierno antifascista. Un gobierno que provocaría la insurrección del fas­cismo. Y que, por tanto, no es un gobierno pro­bable. Más chance de influencia en el gobierno tienen por ahora los fascistas, cuyo predominio en la política italiana multiplicaría, evidentemente, los gérmenes de guerra y de desorden en Europa. El fascismo, que aspira a apoderarse del gobierno de Italia, es un movimiento ultra-nacionalista. Su doctrina política no se diferen­cia de la vieja doctrina liberal sino por su deli­rante literatura nacionalista.

 

Y acontece, sobre todo, algo más grave. Que Francia, puesta a elegir entre una hipotética rui­na europea y una segura reconstrucción alema­na, opta por la primera. Y es que, como he es­crito en un artículo reciente, los estadistas franceses tienen una mentalidad demasiado reaccio­naria para aceptar que, por culpa de su política, la civilización capitalista corre peligro de muerte.

 

Y, en el fondo, tienen razón. No es el imperia­lismo francés lo que hace vacilar a Europa. El imperialismo francés es generado por la decaden­cia europea. Es un síntoma de la crisis. Y lo es también la imposibilidad en que se hallan las

 

 

 

 

 

 

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potencias vencedoras de concertarse alrededor de un programa común. Considerando aislada y su­perficialmente esas dificultades, se piensa que eliminándolas la crisis se solucionaría con faci­lidad. Pero, experimentalmente se constata que no es posible eliminarla porque son las expresio­nes, los efectos de la crisis mundial y no las cau­sas de ésta.

 

El "fin de Europa" aparece, pues, ineluctable. Esta civilización contiene el embrión de una civi­lización nueva. Y, como todas las civilizaciones, está destinada a extinguirse. El programa de los reformistas -reformistas de la burguesía y re­formistas del socialismo- es detener su ruina mediante un compromiso entre la sociedad vieja y la sociedad nueva. (Esta es otra mani-festa­ción de la decadencia y de la decrepitud de la sociedad vieja. Un régimen que pacta con la re­volución es un régimen que se siente vencido por ella).

 

Pero antes de que la sociedad nueva se orga­nice, la quiebra de la sociedad actual precipitará a la humanidad en una era oscura y caótica. Así como se ha apagado Viena, festiva luz de la Europa de avant-guerre,* se apagará más tarde Berlín. Se apagarán Milán, Paris y Londres. Y, último y grande foco de esta civilización, se apa­gara Nueva York. La antorcha de la estatua de la Libertad será la última luz de la civilización capitalista, de la civilización de los rascacielos, de las usinas, de los trusts, de los bancos, de los cabarets y del jazz band.

 

"LOS ARTAMONOV", NOVELA DE MAXIMO GORKI*

I

Esta tarde plúmbea, sorda, opaca, se parece ex‑

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* Bajo el epígrafe de La última novela de Máximo Gor­ki, la primera parte fue publicada en Mundial: Lima, 20 de julio de 1928. Y, con el título que aquí adopta­mos, en Repertorio Americano: Tomo XVII, Nº 9, p. 142; San José de Costa Rica, 10 de setiembre de 1928.

La segunda parte, titulada Máximo Gorki, Rusia y Cristóbal de Castro, fue publicada en Mundial: Lima, 3 de agosto de 1928.

 

 

 

 

 

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trañamente a la tarde en que descendí de un tren alemán, hace cinco años, en la estación de Saarow Ost, para visitar a Máximo Gorki. El paisaje de cartón de Saarow Ost era esa tarde igual a los paisajes que los niños iluminan con lápices de colores en sus cuadernos germanos. Paisajes que yo había gustado por primera vez en mi infancia con un alpestre y ladino sabor de leche Nestlé. Paisaje seguro, para niños convalecien­tes, donde uno no podría nunca extraviarse, porque sus caminos lo toman en seguida de la mano para guiarlo. Paisaje que le prescribe a uno dieta, apetito, sueño a las ocho, leche al pie de la vaca. No se concibe en este lugar menús in­digestos, con langostas, caviar, gänseloebepas­tte.* Berlín no dista sino cinco horas; pero pa­ra llegar aquí hay que pasar por un bosque de pinos y tomar en Furstenwalde un trencito veci­nal que corre sólo dos veces al día. En los pinos del camino, el viajero deja sus ideas citadinas, sus hábitos urbanos. Todas las figuras se dejarían recortar con una tijera. Las rutas tienen postes con letreros y flechas que conducen al lago, al bosque, al sanatorio, a la estación. Es impo­sible perderse, aunque se quiera.

 

Máximo Gorki convalecía en Saarow Ost de las jornadas de la Revolución rusa. Yo me pre­guntaba, mientras caminaba de la estación al Neue Sanato-rium,** cómo podía trabajar en este pueblo de convalecencia, infantil, albo y lactea­do, un rudo vagabundo de la estepa. Saarow Ost no es un pueblo sino un sanatorio. Un sanatorio encantado, con bosques, jardines, lagunas, chalets, tiendas, un café, gente sana y un ambiente sedante, esterilizado, higiénico. Las excitaciones están rigurosamente proscritas. El crepúsculo -espectáculo sentimental y voluptuoso- severamente prohibido. La población parece adminis­trada por una nurse,*** la naturaleza tiene un de­lantal blanco y no ha proferido jamás una mala palabra. ¿Qué podía escribir Gorki en esta aldea industrial, bacteriológicamente pura, de cuento

 

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* Pasta alemana preparada con grasa de ganso; pare­cida al pathé.

** Nuevo Sanatorio.

*** Niñera.

 

 

 

 

 

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de Navidad? Fue la primera cosa que le pre­gunté, después de estrechar su mano huraña. Gorki había escrito en Saarow Ost el relato de su infancia. Estaba contando a los hombres su historia. Quería contar la de otros hombres. Todos sus recuerdos eran matinales. La serie de sus grandes novelas realistas estaba interrumpida. Saarow Ost: en cada convalecencia me vi­sitan tus imágenes.

 

Ahora que acabo de leer Los Artamonov, siento que Gorki no podía volver a escribir así bajo los tilos y los pinos del Neue Sanatorium. Esta novela ha sido escrita probablemente en Italia, donde Gorki ha pasado los últimos años. Los ita­lianos son, generalmente, malos novelistas; pero Italia es propicia para la novela. Los enfermos se curan; pero el clima, la naturaleza, nos rodean de las mismas garantías científicas e higiéni­cas de la convalecencia. Todas las excitaciones operan libremente. Y aunque la novela italiana es escasa, toda la evolución de la novela moder­na cabe entre Manzoni y Pirandello. Muchas de las novelas de Gorki han sido escritas en Italia, en el clima especial, tónico, pagano, de Capri, Amalfi o Frascati. La fantasía de Gorki recupe­ra, ratifica, disciplina, en contacto con la natu­raleza excesiva, teatral, patética de Italia, sus dotes de sobriedad y concisión. Los Artamonov; en las 332 páginas de la traducción italiana (Mi­lano, Fratelli Treves) caben holgadamente tres genera-ciones, 55 años, la historia de la Rusia cam­pesina y provinciana, desde la abolición de la servidumbre hasta la Revolución Bolchevique. Zola no habría podido narrar todo esto sino en una serie como la de los Rougon Macquart,* con muchos raptos románticos y mucho diletantis­mo sociológico entre etapa y etapa de su biografía. Gorki desmiente con esta novela que haya muerto el realismo. ¿No tendrá razón René Ar­cos cuando nos dice que el realismo está ahora naciendo? Ciertamente, la tiene. La literatura de la burguesía no podía ser realista, del mismo mo­do que no ha podido serlo la política, la filoso-

 

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* Nombre de una novela de Zola en 20 tomos,

 

 

 

 

 

 

 

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fía. (La primera teoría y práctica de realpolitik* es el marxismo). La burguesía no ha logrado nunca liberarse de resabios románticos ni de mo­delos clásicos. El superrealismo es una etapa de preparación para el realismo verdadero. Llamé­mosle, más bien, adoptando el término de René Arcos, infrarrealismo. Había que soltar la fanta­sía, libertar la ficción de todas sus viejas ama­rras, para descubrir la realidad.

 

La burguesía larvada, frustrada, incompleta de Rusia nos enseña su alma y su carne en Los Ar­tamonov. La última novela de Gorki es una bio­grafía. Los Artamonov son una familia burguesa: espécimen de una burguesía retardada, pro­vinciana, alcohólica, cuya existencia histórica em­pezó en 1861 con la abolición de la servidumbre y que no alcanzó jamás a imponer a Rusia su doctrina ni su régimen. Sus comerciantes, sus industriales, no supieron superponerse al zaris­mo ni a la monarquía.

 

Para que el zarismo concediera a Rusia una constitución y un parlamento fue menester que amenazara la revolución socialista, la marejada proletaria y campesina. La burguesía rusa se agi­tó siempre en la impotencia. Entró en su etapa de decadencia sin conocer una etapa de plenitud. Miliukoff, su leader específico, no tuvo propiamente su hora de poder, ni aun cuando se de­rrumbó el absolutismo. Cuando sonó esa hora, un pequeño burgués socialista, Kerenski, ocupó su puesto. Las obras de los grandes novelistas rusos, son la historia clínica de una neurosis: la neurosis de una burguesía, que no pudo cons­truir un Estado democrático y capitalista. Esta burguesía produjo, desde su segunda generación, toda suerte de renegados, de nihilistas y de uto­pistas. No pudiendo realizarse en la sociedad ca­pitalista, sus hijos soñaban vagamente con rea­lizarse en la sociedad obrera. El fundador de la familia Artamonov es un siervo emancipado. Carece de esa cultura, de esa tradición que los bur­gueses occidentales adquirieron en un largo proceso de ascensión. Es fuerte, brutal, instintivo. Funda una familia burguesa y una empresa capi-

 

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* Política realista.

 

 

 

 

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talista que se disolverían antes de que muriese el último de sus hijos. Nikita Artamonov no consigue ser un monje; Pedro Artamonov no logra ser un industrial. En la primera generación, se agota un impulso histórico, apenas definido. Ni­kita se evade del monasterio. Pedro no sabe de qué evadirse: ¿de la fábrica, de la ciudad provin­ciana de Driomov, de su casa, de su mujer? ¿Cuál de estas cosas es su cárcel? No obtendrá una respuesta ni cuando, viejo demente, lo sorprende imprevista, inconcebible, la Revolución. No entiende el mundo que lo rodea. Se embriaga sin convicción. Termina sin comprender nada.

 

El epílogo de este drama absurdo lo están viviendo todavía algunos dispersos sobrevivientes que acaso no encontraremos en la próxima novela de Gorki. Porque la próxima novela de Gor­ki será, probablemente, una novela de la Revo­lución.

 

II

 

El júbilo, la emoción, el clamor con que el pue­blo ruso ha saludado el retorno de Gorki a su patria, refrendan plebiscitariamente el homenaje tributado por los Soviets al genial novelista en su sexagésimo cumpleaños. Este homenaje no fue un seco homenaje oficial o académico. Tuvo evidente calor popular. Pero la muchedumbre ha estado más visible y espectacularmente presen­te en la estruendosa bienvenida. El abrazo que ha esperado a Gorki en la estación de regreso ha sido el abrazó multitudinario de la Revolución.

 

Y Gorki ha vuelto a Rusia, solicitado por un irresistible y espontáneo impulso interior. Es, co­mo escribe Víctor Serge, el "testigo" de la Revo­lución, el testigo lúcido, alerta, ferviente. Serge define con certeras palabras este papel: «Gorki sabía, veía, juzgaba, comprendía todo. Veía le­jos, veía justo, de una manera que le era propia (y que además no era la nuestra). Otros, que hacían la revolución veían infinitamente me­jor que él, que no aspiraba a este rol, lo que se debía hacer, los fines y los caminos. Estos no

 

 

 

 

 

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tenían la aptitud de ahondar en el contenido hu­mano de sus propios actos, de comprender al enemigo de otro modo que como enemigo, de ver la Revo-lución diversamente que como una grande y ruda tarea por proseguir sin debilidad. Gorki era su igual y su hermano; pero un hermano diferente. La historia es hecha por las ma­sas; pero las masas se encarnan en hombres en las horas críticas de la historia. En esta hora de la Revolución, había un hombre que era el cere­bro de la República, otro que era su voluntad de vivir y su espada, un tercero inflexible y probo que era el Terror. Gorki era el "testigo". Me parece difícil precisar mejor la misión, el sino de Gorki frente a la Revolución rusa».

 

El testimonio del gran escritor no acepta ter­giversaciones. Ningún testimonio ha sido, sin em­bargo, tan tenazmente invocado y mistificado por los enemigos de los Soviets. Cuando Gorki, urgi­do por su campaña a favor de las víctimas del hambre, más que por su estado de salud, salió de Rusia en 1921, la prensa burguesa propagó las más insidiosas conjeturas sobre las relaciones entre el novelista y los Soviets. En diciembre de 1922, visité a Gorki en Saarow Ost. Le escuché entonces un terminante desmentido de los jui­cios que se le atribuían. Gorki, de incógnito en Saarow Ost, se negaba a todo reportaje. Esto no obstaba para que las agencias telegráficas difundiesen entrevistas a las que jamás se había pres­tado. Su posición no había cambiado: su admi­ración a Lenin, de la cual dio fe en páginas ar­chinotorias, se mantenía intacta. Volvería a Ru­sia apenas su salud lo consintiese y su trabajo lo reclamase. Así ha sucedido: convalecidas sus fuerzas en Saarow Ost y Capri, Gorki ha regresado a Rusia, nostalgioso de su gente, para escri­bir una novela de la vida obrera. Los Artamonov, su última obra, es una novela de la vida bur­guesa. La historia de los Artamonov concluye cuando la Revolución empieza. Para su nuevo trabajo, Gorki necesitaba documentarse en la misma Rusia.

 

No faltan hoy mismo periodistas bastante ines­crupulosos para mentir en torno de esto. El señor

 

 

 

 

 

 

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Cristóbal de Castro, en un artículo de La Li­bertad de Madrid, desahoga una vez más su odio inepto y mezquino a la Revolución rusa, exhu­mando las más mendaces versiones acerca de la actitud de Gorki ante los Soviets. Al revés de Gorki novelista, el señor Cristóbal de Castro no ha menester de documentarse para tratar un tema. Tiene la osadía irresponsable del gacetille­ro para afirmar cualquier cosa, sin ningún temor de engañarse. Le bastan los recuerdos dispersos de sus lecturas apresuradas y vulgares pa­ra escribir la historia. Puede trazar la biografía de Gorki, sin haberse jamás acercado a su obra ni a su vida: El hombre y los ex-hombres se titula el lamentable artículo de este lamentable Cristóbal que no descubrirá ninguna América, porque su autor tiene la curiosa sospecha de que el de los ex-hombres es el asunto central de la obra de Gorki. Escribe que «al estallar la revo­lución bolchevique, Máximo Gorki culminaba su apostolado por los ex-hombres», confundien­do proba-blemente a los ex-hombres con el pue­blo ruso. Esta afirmación nos persuade de que el señor de Castro no conoce la obra de Gorki sino de oídas, por lo que se conversa sobre ella en las cafés. De otra manera no se habría formado un juicio tan sumario y grosero.

 

Haré gracia al público de los demás truculentos lugares comunes de que el cronista de La Li­bertad se vale para explicar a su modo la posi­ción de Gorki ante los Soviets. Me interesa de­nunciar su más flagrante y original mentira, que constituye precisamente el motivo central de su divagación. No obstante su costumbre de servir a la glotonería de su público cualquiera vulga­ridad, el señor Cristóbal de Castro no habría escrito este artículo si no hubiese tenido algo que decir de la reciente novela de Gorki, aún no traducida al español, si no me equivoco. He aquí lo que dice: «En Capri, junto al mar azul, el apóstol de los ex-hombres fue metodizando sus cóleras por la reflexión y sus juicios por el documento hasta dar en su libro Los Artamonov, un robusto resumen del comunismo al través de tres generaciones: el mujik,* de la época de los

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* Campesino pobre.

 

 

 

 

 

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siervos; el industrial dilapidador de la época za­rista y el revolucionario bolchevique. Genera­ción aldeana y crédula. Generación industrial y ambiciosa. Generación revolucionaria y tiránica. Las tres generaciones de Artamonov no sólo se dañaron a sí mismas, sino que quitaron la fe y la paz a los siervos, a los mujiks, a los obreros de toda Rusia». Guardo muy frescos y precisos mis recuerdos de este libro, sobre el cual he es­crito.* (Me diferencia del señor de Castro el hábito de no comentar o resumir sino libros que he leído). Y me siento en grado de supo­ner que el señor Cristóbal de Castro no conoce Los Artamonov sino a través de uno de esos retazos de crónica, recogidos sin ningún discer­nimiento crítico, de que se sirve generalmente para su trabajo periodístico. Porque en caso de haber leído Los Artamonov, su absurda inter­pretación lo dejaría en muy mala postura. Resul­taría que el escritor de La Libertad no sólo está mal informado por gacetilleros presurosos y con­fusos, sino que es incapaz de informarse mejor por su cuenta. Habría leído Los Artamonov, pero sin entender una palabra del asunto ni de los personajes. Remito a los lectores a mi ante­rior artículo. Les será fácil enterarse de que ni el asunto ni los personajes de Los Artamonov tienen algo que ver con el comunismo. Las tres generaciones de la familia Artamonov que nos presenta Gorki son tres generaciones burguesas. El fundador de esta precaria dinastía de burgue­ses de provincia, procede del servicio de un principe expropiado. Es un siervo emancipado, como los que se encuentran en los orígenes de la bur­guesía de otros países. Es un campesino, pero no es un mujik. Proviene quizá de una genera­ción aldeana y crédula, pero él mismo no lo es. En él se reconoce, más bien, el impulso creador que mueve el surgi-miento de toda burguesía. Toda la obra de la familia Artamonov -una fábri­ca y su provecho-, es del viejo ex-doméstico. De sus hijos, uno lo sucede en el comando de

 

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* De acuerdo con una práctica del autor, suprimimos del texto una frase circunstancial y, por lo tanto, con destino precario: "Justamente para los lectores de Mundial, hace dos semanas".

 

 

 

 

 

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la fábrica, el otro, un jorobado, se refugia en un monasterio. Su sobrino, hijo natural de un no­ble, se prolonga en un industrial de cierta fa­cundia y presunción, contagiado de ideas refor­madoras y progresistas, que miran al afianzamiento del poder de la burguesía contra el po­der supérstite de la aristocracia. Uno de los Ar­tamonov de la tercera generación repudia la fá­brica y la familia. Los repudia por adhesión in­telectual al socialismo; pero escapa por este mis­mo acto al argumento de la novela. Es un perso­naje ausente, desertor. La ruina de los Artamo­nov tiene un testigo implacable, el viejo portero Tikhon. Cuando la revolución sobreviene, habla por sus labios. Pero tampoco Tikhon es comu­nista ni es obrero. No es sino un testigo renco­roso y desilusionado del drama al que le toca asistir.

 

Don Cristóbal de Castro concluye su artículo atribuyendo a Gorki una niña de pocos años. He visto en Crítica de Buenos Aires la fotografía en que aparece Gorki con esta niña y su madre. Y he reconocido en la última a la nuera de Gorki, la esposa de su hijo, precisamente la intérprete de mi entrevista. Es una lástima que desde un rincón de Sudamérica se pueda sorprender en tan grosero error a un periodista de Madrid, tro­tamundos y experimentado.

 

"CAMINANTES", POR LIDIA SEIFULINA*

 

Empieza a ser vertida al español la nueva lite­ratura rusa. (Ya se sabe que la nueva literatura rusa no es la de los "emigrados" sino la de la Revolución. La que se alimenta de la savia, la emoción, el impulso, el sentimiento del orden nuevo). La Biblioteca de La Revista de Occidente ha publicado el Tren blindado de Vsevolod Iva­nov y Caminantes de Lidia Seifulina. Esto, claro está, es todavía muy poco. Sólo después de co­nocer a Pilniak, Babel, Maya-kovski, Essenin, Fedin, Zamiatín, Lunts, Pasternak, Tikhonov, Leonov, Ehrenburg, etc., podrá el lector hispa‑

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 15 de Enero de 1927.

 

 

 

 

 

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no enjuiciar panorámicamente la literatura rusa de la Revolución. De los propios literatos del pe­ríodo anterior a la Revolución, tal vez los más representativos permanecen aun inéditos en español. Mencionaré a Blok, Briussov, Remisov y Biely. Y su conocimiento es necesario como intro-ducción en la literatura post-revolucionaria, a la cual Blok, Briussov y Biely han dado su apor­te, mientras Remisov, hostil al bolchevismo, ha extraído, sin embargo, de la nueva vida rusa, los temas de sus últimos trabajos.

 

Lidia Seifulina es, presentemente, la más in­teresante de las mujeres de letras de Rusia. La poetisa Ana Achmatova, cuyo nombre está más difundido fuera de Rusia, pertenece a la época pre-revolucionaria. La Seifulina, en cambio, procede absolutamente de la Revolución. En este período convulsivo se ha formado su personali­dad y su obra. Los libros que lleva publicados son señalados entre los mejores documentos de la literatura revolucionaria.

 

La Seifulina nos presenta, sobre todo, la vida de la provincia, de la campiña, bajo el nuevo ré­gimen. El fondo de su obra, como el de la obra de Pilniak y Babel, es totalmente campesino, aldeano. El campo, la aldea, aparecen en sus novelas como el cimiento y el humus de la nación. La ciudad es artificial, inestable, un poco inhu­mana. Las raíces de Rusia están en la campiña. El vaho mórbido de la ciudad disgusta a su recia naturaleza de aldeana. La Seifulina siente que el contacto de la ciudad excita y corrompe al campo.

 

Esta actitud de la Seifulina mueve a varios de sus críticos a considerarla íntimamente adversa a la Revolución comunista por ser el co­munismo en nuestro tiempo un fenómeno de origen y fermento esencialmente urbanos. Aunque comunista militante en los primeros años de la Revolución, la Seifulina no acusa, ciertamente, una inspiración ortodoxamente bolchevique. Es de los literatos que los bolcheviques denominan sagazmente "compañeros de viaje". Pero no es posible pedirle una literatura de rigurosa trama socialista. La Seifulina no es una teorizante, ni una funcionaria, sino una artista. (Trotsky ha planteado ya, en sus justos términos, la cuestión

 

 

 

 

 

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del arte proletario).

 

Me parece erróneo y ligero el juicio de la Mel­nikova cuando escribe que «en la Seifulina, la revolución es solamente el fondo sobre el cual se desenvuelven estos o aquellos acontecimien­tos de la vida campesina ya arrancada a su antiguo eje por obra de la guerra». Precisamente esta novela de Caminantes, que acaba de apa­recer en la Biblioteca de La Revista de Occidente prueba lo contrario. La presencia de la Revolu­ción con todos sus reflejos domina en Caminantes los episodios de la ciudad de provincia donde la novela se desarrolla. La novelista presenta en esta obra, con " un vigoroso realismo, a una colec­ción viviente de personajes, cuya vida está es­tremecida hasta lo más hondo por el huracán de la Revolución. Y la Seifulina no se detiene en la anécdota. Aborda el conflicto central del alma rusa de nuestra época: el conflicto entre el romanticismo "socialista revolucionario", nutrido de supersticiones humanitarias, intelectuales y pequeño-burguesas, y el realismo bolchevique, for­jado en la lucha social y purgado de hamletia­nismos neuró-ticos. El intelectual "socialista re­volucionario" que la Seifulina presenta, nos dela­ta el sentido íntimamente reaccionario de su re­sistencia a la dictadura revolucionaria cuando, prófugo de la ciudad, encuentra el terror blanco y, confortado por el roce de una banda de cosacos en son de avance, se siente a su turno triunfa­dor. El gesto que le descubre entonces la Seifu­lina es la prueba plena que el lector juez, mo­mentáneamente conmovido por su declamación idealista, necesita para condenarlo.

 

Caminantes adquiere, por esto, una entonación revolucionaria. Hay en esta novela algo más que un documento objetivo de la revolución. El tes­timonio de Lidia Seifulina añade una pieza más, de irrecusable sinceridad, a la requi-sitoria contra el socialismo kerenskyano, apodado en Rusia "Socialismo revolucionario".

 

Otras novelas de Lidia Seifulina -como Hu­mus, que he leído en la excelente traducción ita­liana de Ettore Lo Gatto- que describen más específica y localizadamente los efectos de la

 

 

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el de sus más significativos contemporáneos Feo­dor Sogolub, por ejemplo, es apenas conocido en español, a pesar de que en la literatura rusa del nove-cientos ocupa un puesto diez veces más conspicuo que Arzibachev.

 

El mundo de Arzibachev es generalmente menos atormentado y patético que el de Andreyev, pero tiene la misma filiación histórica. Su sen­sibilidad se emparenta asimismo, bajo algunos aspectos, con la de Andreyev. Escéptico, nihilis­ta, Arzibachev resume y expresa un estado de ánimo desolado y negativo. Sus personajes parecen invariablemente condenados al suicidio. Suicidas larvados y suicidas latentes, hasta los del coro mismo de sus obras. El destino del hom­bre es, en este mundo lívido, ineluctablemente igual. El símbolo de la Rusia agoniosa, una horca.

 

Esta literatura reflejaba la Rusia de la reac­ción sombría que siguió a la derrota de la revo­lución de 1905. Estudiantes tuberculosos, judíos alucinados, intelectuales deprimidos, componían la escuálida y monótona teoría que desfila por las novelas de Arzibachev bajo la sonrisa sarcás­tica de algún nietzschano de similor que acabará también. suicidándose.

 

Se dice que Sanin, que extremaba y exaspe­raba la tragedia rusa hasta lo indecible, produjo una reacción oportuna. Muchos jóvenes revolu­cionarios se reconocieron estremecidos en los retratos de Arzibachev. Después de sentirse im­pulsadas enfermizamente hacia la muerte y la nada, las almas volvieron a sentirse impulsadas hacia la vida y el mito.

 

La Rusia lívida de las dos novelas de Arziba­chev no era, además, toda la Rusia de ese tiem­po. El movimiento de 1905 no había sido sólo una derrota; había sido, también, una extraor­dinaria experiencia. La derrota había deshecho muchos espíritus débiles y hesitantes, pero ha­bía templado al mismo tiempo muchos espíritus fuertes y seguros. Precisamente los que, años más tarde, en 1917, debían desplegar victoriosa, sobre el Kremlin, la bandera de la Revolución.

 

Pero este otro lado, esta otra faz de Rusia, no podía ser conocida ni entendida por Arzibachev.

 

 

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Cuando pretendió crear un héroe, su imagina­ción de pequeño burgués individualista inventó a Sanin, un super-hombre de provincia que no sostiene ninguna lucha -ni siquiera una auten­tica agonía interior- y que exhibe como única prueba de su superioridad las victorias de su instinto fuerte y de su cuerpo lozano de animal de presa.

 

Las obras de Arzibachev, posteriores a estas novelas, no tuvieron la misma fortuna en el mer­cado mundial de las letras. El instante asido por los nervios de Arzibachev había pasado. Se estaba incubando un mundo nuevo cuyo mensaje le era ininteligible, Escribió Arzibachev, en su nueva jornada, tres obras de teatro, en las que se concretó casi a su tema predilecto: la cuestión sexual. Por la tesis aparente de estos dramas fue procesado sensacionalmente. Este proceso, que tuvo una vocinglera galería feme­nina, prolongó por algún tiempo su popularidad. Las novelas que escribió después, no son casi seña-ladas por la crítica de este período de la lite­ratura rusa.

 

Arzibachev era un representante de la inte­lighentsia, como se llama en Rusia, más que a una élite* o una generación, a un ciclo o una épo­ca de la literatura nacional. La intelighentsia era confusa y anárquicamente subversiva más bien que revolucionaria. Se nutría de ideales huma­nitarios, de utopías filan-trópicas y de quimeras nihilistas. Cuando la Revolución vino, la intelighe-nisia no fue capaz de comprenderla. No era la revolución vagamente soñada en los salones de Madame Zenaida Zipius entre la musitación exquisita de un poeta simbolista y las fantasías helenizantes de un humanista erudito.

 

El pobre Arzibachev, como otros representantes de la intelighentsia, se apresuró a protestar. Con un ardimiento de pequeño burgués desen­cantado, combatió la Revolución que llegaba ar­mada de dos fuerzas que Arzibachev no conoció

 

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* Grupo selecto. Ver el ensayo de José Carlos Mariátegui "El problema de las elites", en El Alma Matinal y Otras Estaciones del Hombre de Hoy.

 

 

 

 

 

 

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nunca y negó siempre: la ilusión y la esperanza. Por esto, sobreviviente de sí mismo, exilado de la historia, le ha tocado morir melancólicamente en Varsovia. Sobre la estepa rusa no se dibuja ya como antes el perfil de siete horcas.

 

"LOS MUJICS", POR CONSTANTINO FEDIN*

 

Fedin es, desde la aparición en español de Las Ciudades y Los Años, uno de los novelistas de la nueva Rusia más apreciados por el público hispano-americano. Cotización justa, estricta, que no debe nada al azar ni a la moda, la de Cons­tantino Fedin reposa en valores de circulación universal: originalidad, gusto, potencia, penetra­ción. Las Ciudades y los Años -acabada reali­zación artística- tiene esa atmósfera mixta de sueño y realidad de las novelas de Leonhard Frank y trascurre en ese tiempo cinematográfico inaugurado en la novela por los relojes del su­rrealismo y el expresionismo. Sin perder nin­guna de las sólidas cualidades del relato ruso. Fedin evita todos los tonos de lasitud y vaguedad en que se complace el preciosismo occidental, después de haberse adueñado de su técnica psi­coanalítica y de sus recursos poéticos.

 

Los Mujics y El Molinero, las dos novelas cor­tas que, bajo el primer título, nos ofrecen en un reciente volumen las Ediciones Oriente -mag­nífica empresa de cultura, nacida de la inquie­tud creadora de una España joven, sensible y alerta- nos muestran a Fedin en otra estación de su arte. Están las dos más dentro de la línea de la novelística rusa, no sólo porque el autor no necesita ya, como en Las Ciudades y los Años, mover una compleja maquinaria escenográfica, sino porque -consecuencia del bloqueo- retor­na a asuntos de clima pura y campesinamente rusos, en que el decorado se reduce a los elemen­tos más simples.

 

De las dos novelas, El Molinero, conocida en

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* Publicado en Variedades: Lima, 8 de Mayo de 1929.

 

 

 

 

 

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otras traducciones con el título de Transval, es la de más interés documental y artístico. Los Mujics es un buen relato; pero demasiado intem­poral para el gusto del lector contemporáneo que en la nueva novela campesina quiere encontrar siempre un rasgo de la aldea soviética del mujic revolucionario. La personalidad de Fedin no está ahí marcada con trazo propio y singular. ¿Qué mujics son éstos? -pregunta el lector- ¿los de ayer, los de hoy? Probablemente un poco es­céptico, Fedin contestará: —Los de siempre.

 

Pero no es sólo el testimonio riguroso y aristo­télico, de un católico italiano, como Guido Mi­glioli el que nos documenta la existencia de una "aldea sovié-tica", en la que el mujic no es ya el viejo mujic, y en la que el mismo viejo mujic aspira a ser rehabilitado, exigiéndonos el reconocimiento de su rol en el proceso revoluciona­ria. El norteamericano Williams, autor de Grandeza y Decadencia de Vasili el Patrak, nos per­suade, por medios puramente novelísticos, de que la vida campesina tiene hoy en Rusia dramas nuevos, problemas insólitos. .

 

Y El Molinero o Transval de Fedin afirma el mismo hecho, aunque, acaso con la intención subconsciente de negar al mujic, como mujic, la capacidad de transformar la aldea y su vida. Ba­jo la Revolución, el agente de los cambios más visibles en la existencia de la aldea, es William Swaaker, un extranjero, un aventurero, llegado de muy lejos. Swaaker, entra antes de la Revolu­ción en posesión de un molino «conocido en el distrito más por haber sufrido muchas repara­ciones que por haber funcionado normalmente». Se ausenta luego, misteriosamente, para ir a la ciudad. Regresa con la Revolución. Los mujics no se dan cuenta de lo que la Revolución significa: William Swaaker lo explica en su lenguaje con­fuso de forastero: todo el poder al pueblo. Es el único en el distrito que sabe lo que hay que hacer. Está por la Revolución y, con la mayor naturalidad, asume la presidencia del soviet local. Toma de nuevo posesión del molino; pero esta vez en nombre de la comunidad. El impulso de este hombre extraño y grotesco imprime al

 

 

 

 

 

 

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molino una actividad insólita. La molienda es activa, el trigo y la harina abundan, las aves se multiplican. Una sorpresa aguarda, sin embargo, a William Swaaker. Cuando llega al pueblo una comisión inspectora, desa-prueba la socialización del molino; la línea adoptada por el Estado respecto a la pequeña propiedad en el campo es diversa. Los molinos rurales están expresamente excluidos de la nacionalización. Entonces Swaa­ker exhibe sus títulos de propiedad. Si el molino debe ser devuelto a su propietario, pierde sus derechos políticos: no puede ser diputado del soviet, ni mucho menos presidente. Swaaker no se apura. Está pronto para todos los cambios. Con la misma prestancia, algo taumatúrgica con que desempeñó antes el cargo de presidente del soviet local, reasume su papel de propietario. El molino es bautizado con una palabra incompren­sible para los mujics: Transval. Mas los milagros de Swaaker no han terminado. De no se sabe dónde llega su mujer: una vieja enorme y callada. Swaaker visita la casa de los burgueses, Burma-kin, arruinados por la Revolución Pri­mero a título de presidente del soviet local, lue­go de amigo y propietario de Transval, interviene en su vida para evitarles el hambre. Los socorre con patos, pichones, harina y palabras de amis­tad y esperanza. El profesor Burmakin, su mujer Ana Plaflovna y su hija Nadejna Ivanovna, aunque ruborizados, confundidos no tienen más remedio que aceptar los favores de esta providencia estrafalaria y chusca. William Swaaker tiene su plan. Un día su mujer parte para siempre de Transval. Swaaker, poco después desposa a Nadejna Ivanovna que se instala con sus padres en el molino. La carestía y el hambre proporcionan a Swaaker la ocasión de asombrar más aun al pueblo. El molino está bien provisto de trigo y harina. Swaáker compró piedras a los campesi­nos, con su trigo. Más tarde, estas piedras le sirvieron de material para la fabricación de mue­las del molino. Swaaker, además de un molino y una granja, empezó a explotar una fábrica. Te­meroso de disgustos políticos por la presencia del profesor Burmakin en su casa, lo despidió,

 

 

 

 

 

 

 

 

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como antes a su vieja mujer, aunque con más provisiones y cortesía. Muerto el suegro, lo ente­rró piadosamente; pero despidió pronto a la suegra. Swaaker prosperaba, mientras el distri­to con sus muros cubiertos de carteles de las cooperativas, la instrucción y la industria so­viéticas, se transformaba también como a su impulso. El exótico propietario del molino Transval era el mago de su americanización. En su escritorio, una dactilógrafa, llegada de la ciudad, tenía delante una máquina de escribir y una de calcular. Conversando con su mujer, Swaaker, le hablaba ahora de sus planes de electrifica­ción de todas las aldeas vecinas. Y Nadejna no se maravillaba: —Creo, Williams, que tú lo pue­des todo.

 

Transval es un cuadro más humorístico que dramático de una aldea bajo la revolución. Fedin nos presenta un personaje y un caso excep­cionales. William Swaaker, el boer tuerto de la historia, tiene algo de pioneer de la americaniza-ción de la Rusia campesina. Y, bajo este as­pecto, no obstante su intención irónica, adquiere cierta fisonomía de símbolo. Ha sido necesaria la revolución comunista para llevar a la aldea rusa el espíritu y los instrumentos del capitalis­mo. El soviet no es el retorno a la horda como se imaginan sociólogos baratos. Hasta cuando más extravagante y paradójicamente realiza su trabajo, el soviet apela, como a sus medios ins­tintivos y naturales, a la máquina, a la electrici­dad, a los afiches de propaganda.

 

 

"HOMBRES Y MAQUINAS", POR LARISA REISSNER*

 

Alvarez del Vayo habla en dos de sus libros -Rusia a los doce años y La Senda Roja- de esta extraordinaria figura de mujer que un libro editado en español por la Editorial Cenit nos revela íntegra e impresionantemente: Larisa Reissner.

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* Publicado en Variedades: Lima, 28 de agosto de 1939. Y en Repertorio Americano: Tomo XXX, Nº 14, p, 215; San José de Costa Rica, 13 de octubre de 1929,

 

 

 

 

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Las agencias telegráficas, la gran prensa, no han señalado acaso nunca este nombre al públi­co internacional. Larisa Reissner es, sin embar­go, una figura histórica, una de las más grandes y admirables mujeres de nuestra época. Muerta en 1925, en plena juventud, en gozosa creación, no ha dejado sino dos libros: el que acaba de publicar la Editorial Cenit, Hombres y Máquinas, y otro de impresiones y escenas de la guerra ci­vil en Rusia, El Frente. Pero, heroína de la re­volución social, gran artista, gran escritora, Larisa Reissner no necesitaba escribir sino estas páginas vivientes, densas, logradas, de Hombres y máquinas para que su mensaje llegase a toda la humanidad.

 

El prólogo que Karl Radek ha escrito para la obra de Larisa Reissner, es una magnífica pre­sentación de la revolucionaria y la autora. Larisa nació en una ciudad de la Polonia oriental el 19 de Mayo de 1895. Su padre fue un profesor de estirpe báltica que en sus estudios y exilios en Europa occidental, sustituyó su vago idealismo de intelectual burgués por las sólidas concepcio­nes del intelectual marxista. En Alemania, dis­frutó del trato de hombres como Babel y Liebk­necht, mientras la pequeña Larisa se familiariza­ba en la escuela con esos niños obreros a los que años más tarde debía reencontrar en las jorna­das de la insurrección comunista. En la cátedra de Derecho de la Universidad de Petrogrado, persiguieron al profesor Reissner -fautor de la doctrina que, predicada por un manípulo heroi­co, ganaría en Octubre de 1917 el poder- las sórdidas ojerizas de los profesores que en esa Universidad representaban la ideología liberal o kadete. En esta lucha, librada con voluntad y convicción inquebrantables, se formó el espíritu de Larisa que a los dieciocho años, en 1913, aco­metió ambiciosamente su primera empresa litera­ria. Pero la verdadera iniciación de Larisa como escritora se cumplió bajo el signo de la guerra. La familia Reissner, con ese ingente y asombroso espíritu de sacrificio y de combate, de que se alimenta la historia de la Revolución de 1917 y que explica todas sus victorias, publicó bajo la

 

 

 

 

 

 

 

 

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guerra una revista que denunciaba la traición de los revolucionarios que en Rusia, como en los otros países, hallaron razones para justificar su consentimiento a la matanza. La Revolución tu­vo en Larisa a uno de sus intrépidos combatien­tes. Su instinto revolucionario no le permitía nin­guna ilusión respecto al régimen de Kerensky. La preservó, luego, de la hostilidad y la incompren­sión de la Inteligencia ante el advenimiento al poder de los consejos de obreros y soldados. «Esta mujer, profundamente creadora -explica Ra­dek- penetró en el sentido creador de la Revo­lución y por eso la abrazó en cuerpo y alma». En los primeros meses de la República Soviética, Larisa colaboró en la obra de Lunatcharsky, encargado de salvar de la tormenta revolucionaria los tesoros artísticos de Rusia, guardados en gran parte en las mansiones de la aristocracia caída. Pero Larisa, ansiosa de batallas más activas, no podía contentarse con este rol modesto de ex­perta en materia histórica y artística.

 

Cuando la reacción, subsidiada y excitada por los ex-aliados de Rusia, ame-nazó a los Soviets, Larisa marchó a ocupar un puesto en el frente. El brío de sus veintitrés años no se avenía con un trabajo de conservador de museo. Larisa peleó por los Soviets como un soldado, Fue una Juana de Arco prole-taria, que milagrosamente escapó muchas veces a la muerte en manos de los ene­migos de su fe. El Frente es el libro que recoge su testimonio de esta lucha.

 

En 1920, Larisa Reissner acompañó a Cabul a su marido Raskolnikow, nombrado Embajador de los Soviets en Afganistán. En la corte del Emir, la diplomacia imprevista de los Soviets de­bía sostener difícil batalla con la diplomacia pro­fesional y avezada de la Entente.* Tenía, por fortuna, un aliado: el vigilante sentimiento de inde­pendencia nacional, de este sentimiento nacía el lenguaje de la amistad. Toda la primera parte de Hombres y Máqui-nas es una serie de apuntes del Afganistán que conoció Larisa en los días más tormentosos de la Revolución. La danza de las

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* Alianza militar entre Inglaterra, Francia y Rusia du­rante la Primera Guerra Mundial (1914-18).

 

 

 

 

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tribus campesinas, expresa a Larisa, mejor que ningún otro mensaje, el amor del pueblo afgano a su libertad. Occidental por su educación y su raza, Larisa Reissner descifra, sin más ayuda que la de su aguda intuición de mujer y de artista, la sonrisa y el ritmo de Oriente.

 

A fines de 1923, en los días álgidos de la ofen­siva proletaria, que siguió a la ocupación del Ruhr y la bancarrota del marco, Larisa Reissner marchó a Alemania, a Dresden, frente más vasto y activo de la Revolución. En Rusia, bajo el comando de Lenin, el proletariado consagraba su esfuerzo a las jornadas sin romanticismo y sin alegría de la Nep.* Larisa amaba al proleta-riado alemán, desde los tiempos en que, durante un exilio de su padre, le tocó frecuentar la escuela de Zehlendorf.

 

La segunda parte de su libro está formada por sus escritos de esta etapa de agitadora "en el país de Hindenburg". Faltan las páginas de su folleto Hamburgo en las barricadas que la jus­ticia alemana condenó al fuego. No es la batalla proletaria lo que se describe en esta crónica de un viaje por la República Alemana. Larisa se propone, más bien, ofrecernos una versión del país de Hindenburg. Las páginas que dedica a la casa Ullstein, son un finísimo ensayo de psico-fisiolo­gía de la gran prensa. A través de las publica­ciones de Ullstein -Berliner Morgenpost, La ber­linesa práctica, B. Z. am Mittag, Illustrierte Zeitung Sport*-, Larisa analiza sagazmente los gus­tos del gran público y la técnica del periodismo que lo informa y orienta. Luego, sus cabales bo­cetos Junkers y Krupp y Essen, nos confirman su admirable y certero poder de representación de la Alemania de Hindenburg, mitad monár-quica, mitad republicana. No hay en esos escri­tos una sola descripción de panfletaria. La buida mirada de Larisa ilumina todos los ángulos internos del caso Junkers y del caso Krupp. Y es im­posible decir si la escritora acierta más en las dos rápidas biografías de la Alemania industrial y mi‑

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* "Nueva politica económica", adoptada en la Unión Soviética transitoria-mente. Consistió en un conjunto de medidas que perseguían una menor intervención del Estado.

 

 

 

 

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litar o en los patéticos retratos de tipos vistos "en los campos de la pobreza".

 

El drama de la desocupación, de la miseria subvencionada por el Estado con un subsidio que "si es poco para vivir es demasiado para morir", de la pobreza alojada en los viejos cuarteles de los suburbios de Berlín, está entera y terri-blemente expresado en estos breves relatos de Larisa.

 

Pero es la tercera parte del libro -Carbón, hierro y hombres vivientes- la que individualiza a la escritora. Sólo las mejores páginas de El Cemento de Gladkov son comparables a esta descripción potente de la epopeya obrera en la Rusia de los Soviets El escenario de los hechos que Larisa escruta es mucho más dramático que el de El Cemento. No es el proletariado de la usina, de la industria, el que Larisa nos mues­tra, sino el proletariado de las minas. La tre­menda fatiga de las muchedumbres que trabajan en los yacimientos de platino o en las galerías de carbón, es el tema de sus relatos. La mina, en la descripción de Larisa, no es sólo el averno negro y pétreo que la literatura corrientemente entrevé: el espíritu del hombre incansable en el descubri-miento de la belleza, sabe iluminarla también con su poesía. La lucha con una natu­raleza mineral y violenta, consume aquí todas las energías de los hombres pero aun así, hasta estos oscuros y distantes cauces de la savia humana, llegan inflexibles la voluntad y el esfuer­zo de crear un orden nuevo.

 

RUSIA A LOS DOCE AÑOS*

 

Alvarez del Vayo es un maestro en el arte del reportaje. Pocos como él, en el periodismo hispánico, saben moverse tan expertamente en el escenario europeo, en torno de los más grandes debates y los más conspicuos temas, bien ente­rados de su historial y de su trastienda, habitua­dos a interrogar a los protagonistas, dueños del secreto profesional de narrar sus incidentes al

 

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*Publicado en Variedades: Lima, 10 de Julio de 1019.

 

 

 

 

 

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público y de interesarlo por su desarrollo como por el de una gran novela. Lo conocí, hace años, en la Conferencia de Génova, cuando poseía ya una admirable pericia en este género absolutamente post-bélico de periodismo: seguir una tras otra las conferencias y asambleas internacionales para dar al público sobre cada una, observada en todos sus momentos, una versión animada, anec­dótica e integral, anticipándose al convencional resumen de los comunicados oficiales, desbordán­dolos con la indagación de corrillo y de bastido­res, situando el suceso en su clima y su atmós­fera particulares. De entonces a hoy, Alvarez del Vayo no ha faltado a ninguna gran cita europea.

 

Pero este dominio y esta práctica magistrales del gran reportaje no explican totalmente su acierto insuperado en informar al mundo hispáni­co sobre los hombres y los hechos de la Rusia Soviética con una visión verista, sagaz, inteli­gente, atenta ante todo a la creación y a la vida. El primer libro de Alvarez del Vayo sobre la U.R.S.S. es todavía el más interesante testimo­nio español respecto a la Revolución y sus perso­najes. Antes se habían publicado los de dos hom­bres de izquierda y de partido -Fernando de los Ríos y Angel Pestaña-. Uno y otro malogrados por el doctrinarismo social-demócrata y anar­co-sindical de los autores. El reformista se acer­có a la Revolución con la desconfianza burguesa, la reticencia universitaria, del hombre de cáte­dra y de leyes. El anarquista no pudo reprimir, después de la visita, la explosión de sus atavis­mos de subversivo español, individualista, egocéntrico, negativo. Alvarez del Vayo no era ni es un hombre de partido. Pero tampoco era el crítico glacial, riguroso, pedantemente objetivo, ese raro, abstracto y monstruoso espécimen de neu­tralidad y exactitud agnósticas al que algunos reservan el derecho de entender y explicar la historia contemporánea. Hombre sin partido, exento de doctrinarismo, Alvarez del Vayo es un espíritu sensible a la sugestión de todo gran esfuerzo humano, La Revolución rusa se impone a su sinceridad de espectador bien documentado de la escena occidental, como el acontecimien-

 

 

 

 

 

 

 

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to más grande, como el fenómeno más trascen­dental, como la más heroica batalla de la época. Alvarez del Vayo observa a Rusia con amistad y simpatía. Es un amigo veraz, severo, bastante inquisidor, que no cree sino en las cosas vistas y palpadas, que estudia la transformación revo­lucionaria en la calle, en las cosas, en los hom­bres; pero es, aunque pertenezca a la Europa occidental, y encuentre su atmósfera propia en la Unterdenlinden* más que en la Plaza Roja, un amigo de la "otra Europa" y de sus creadores. Y a su amistad y a su simpatía debe precisamente su comprensión de los hechos, su capaci­dad de presentarlos al lector vivientes y plás­ticos.

 

El nuevo libro de Alvarez del Vayo, Rusia a los doce años, continúa el primero: La Nueva Rusia. Es un film, logrado con la más estricta técnica periodística, de la vida rusa a los doce años de la Revolución. En la elección certera del detalle sugerente, algo ha adquirido quizá el periodista en el trato de los grandes cineastas: Eisenstein, Pudovkin, etc.

 

El volumen se divide en tres partes: La bata­lla en el campo. Industria y defensa. Teatro, "cine" y literatura. El autor, acaso se interesa personalmente más por los temas del tercer ca­pítulo. Pero de las cuestiones estudiadas en los dos primeros, su conocimiento general de las co­sas rusas le consiente lograr una exposición eficaz.

 

Alvarez del Vayo advierte que la batalla por la socialización de la economía agraria domina la actualidad rusa. Las plataformas de la oposi­ción trotskysta han tenido en gran parte su ori­gen en la impresión de que la política soviética estaba perdiendo demasiado terreno en el campo. Hoy Stalin parece haber hecho suyas en parte, a este respecto, las proposiciones trotskystas. La lu­cha contra el kulak** es la acción en que los so­viets han empleado en el año último su mejor energía. El kulak encarna un peligro al mismo tiempo económico y político: el surgimiento de una burguesía campesina y la repercusión de sus

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* Bajo los tilos, famosa avenida berlinesa.

** Campesino rico.

 

 

 

 

 

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intereses y el influjo de su mentalidad en la prác­tica administrativa. Pero en la persecución del kulak se corre el riesgo de excederse, atacando una mani-festación anexa a la resurrección de la campaña. El kulak puede ser un elemento de restauración capitalista; pero es también un sín­toma y un factor de la prosperidad que la Nep ha querido promover. La solución del problema no está, por eso, en la ofensiva contra el kulak, categoría a la que se asimila a veces el campesino apenas acomodado, propietario de unas po­cas vacas y un caballo, sino en el fomento de la explotación colectiva de la tierra, con máquinas y métodos que aumenten su rendimiento. En esta dirección, la política agraria de los Soviets ha hecho grandes progresos en los últimos tiempos. Está en aplicación un plan que prevé la transformación completa de las condiciones actuales de producción en el plazo de cinco años.

 

No esconde Alvarez del Vayo su admiración por la figura y la obra de Trotsky. Pero sus sen­timientos y su juicio respecto al gran líder de la oposición no le impiden estimar en todo su va­lor al jefe de la mayoría y del gobierno. «La si­lueta completa de Stalin -escribe Alvarez del Vayo- está todavía por hacer. Es un luchador de extraordinarias condiciones, y el recordar que en sus manos se encuentra el mecanismo del po­der no basta para definirlo. En cuanto a las otras versiones que lo presentan como el zar rojo rodeado de boato y sumido en la concupiscencia, ¿podrá uno a estas alturas hacer todavía a sus autores el honor de desmentirles? El cuarto de Stalin lo rechazaría por inconfortable cualquier empleado de Hacienda de los nuestros, y el ves­tido de la mujer del todopoderoso en poco se dis­tingue del de una modesta obrera. El, como los demás; así viven los gobernantes de la Rusia soviética». Y tampoco el homenaje a la capacidad y a la honradez de Stalin le estorba para el reco­nocimiento de las sólidas cualidades de Rykoff, cuyos puntos de vista sobre la política económica señalan el rumbo de la "desviación de derecha", severamente denunciada por Stalin después de la represión del trotskysmo o "desviación de  iz-

 

 

 

 

 

 

 

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quierda".

 

Paralelamente al esfuerzo por colectivizar la explotación del campo los Soviets desarrollan un formidable esfuerzo por acrecentar la industria. La decepción sufrida por muchos industriales eu­ropeos, después de la reanuda-ción de relaciones de sus países con Rusia, ante el desvanecimiento de su esperanza de invadir y saturar el mercado ruso con sus manufacturas, no es sino una conse­cuencia del cuidado que en proteger la industria nacional pone el monopolio soviético de las im­portaciones y exportaciones. Esta decepción ha influido en un recrudecimiento de la hostilidad de diversos países que complica no poco la si­tuación internacional de la U.R.S.S. y la induce a considerar inminente un nuevo ataque de los Estados capitalistas, dirigidos por la Gran Bre­taña. La política soviética tanto como a la crea­ción de una poderosa industria, atiende al man­tenimiento de las fuerzas de defensa nacional. Pero Rusia no se deja extenuar por una costosa paz armada. Más que del sostenimiento de gra­vosos efectivos, se cuida de cultivar esa inmensa reserva moral y material que constituye la ju­ventud comunista de ambos sexos. El ejército en Rusia, por otra parte, al mismo tiempo que un factor de defensa nacional, es un instrumento de educación revolucionaria y de conquista es­piritual y cultural del campesino. «En un cierto sentido -dice Alvarez del Vayo- el cuartel es en Rusia una especie de universidad popular, dentro de la cual la lucha contra el analfabetis­mo, cuya trascendencia anunciase por sí sola, no constituye sino el primer escalón). «De que la labor cultural desarrollada en los cuarteles no se reduce a un par de exhibiciones instaladas en la Casa del Ejército Rojo con el fin de asombrar al visitante extranjero, dan idea las siguientes ci­fras recientísimas: 700 clubs militares; cerca de 6,000 "coros de Lenin"; 9,500 bibliotecas, con un conjunto de siete millones y medio de libros; 700 "cines ambulantes"; quinientos grupos de radio-escuchas; 20 periódicos, aparte del órgano cen­tral -Krasnaya Svesda (La Estrella Roja)-, con una circulación total de más de medio millón de ejemplares.

 

 

 

 

 

 

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La tercera parte de este magnífico film de la Rusia actual -teatro, cine y literatura- recla­maría un artículo especial. Es un cuadro nota­ble de la estupenda actividad literaria y artísti­ca rusa. Alvarez del Vayo se siente a gusto entre artistas y autores. Y estos tópicos lo seducen como ningún otro. Pero, por ahora, bastan las citas ya apuntadas para dar una idea del interés y el valor de su último libro.

 

"EL DIARIO DE KOSTIA RIABTZEV"*

 

Pocos libros rusos han logrado, en tan breve plazo, la resonancia internacional de El Diario de hostia Riabtzev de G. Ognev, que Julio Alvarez del Vayo menciona como una de las más suges­tivas obras de la última literatura soviética. Pu­blicado en ruso en 1926, sus ediciones inglesa y francesa se han sucedido con gran éxito. Los públicos inglés y norteamericano, sobre todo, parecen haber reconocido en este diario uno de los más vivientes e intere-santes documentos de la nueva Rusia. El niño, el escolar, en naciones que se preocupan tanto de la educación, interesa más que el adulto. Y Kostia Riabtzev, alumno de un gimnasio soviético, precoz hombre de partido, tiene a pesar de sus dieciséis años, o justamente por sus dieciséis años, todas las condiciones necesarias para ser, en la imaginación de las girls** y los boys*** de Londres y Nueva York, el héroe por excelencia de la Revolución rusa. Se anuncia ya la traducción española de este diario. El in­terés hispánico por el diario del protagonista, aunque España, según la acusada versión de Wal­do Frank, es algo matriarcal, se me antoja que va a ser menor. Matriar-cado y pedagogía no son cosas coincidentes ni solidarias.

 

Kostia Riabtzev es un escolar de la Rusia de ahora, de la Rusia de la. Nep y de Stalin. Los tiempos de hambre y de sangre de la Revolución

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* Publicado en Variedades: Lima, 14 de Agosto de 1929.

** Muchachas.

*** Muchachos.

 

 

 

 

 

 

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han pasado, cuando él empieza a anotar, en un diario meticuloso y circuns-pecto de estudiante bolchevique, sus impresiones de la escuela y de la calle. El diario comienza, exactamente, el 15 de setiembre de 1923. El duelo de Rusia por la muerte de Lenin enluta las últimas páginas del primer cuaderno con su franja negra. Kostia Riabtzev ha adoptado el nombre de Vladlen (for­mado por las dos primeras sílabas de Vladimir Lenin). La muerte de Lenin; he ahí un suceso en cuya posibilidad él no había podido pensar nunca. «Me parece que es el fin del mundo y que espesas tinieblas han invadido la Tierra. Son ya las tres de la mañana... Sentado ante mi mesa, yo no puedo acordar mis ideas ni representarme lo que ha acontecido». Pero no son estas frases ni las que le siguen, la expresión más patética que logra en el diario de su emoción por este acontecimiento. Es más bien esta anotación en cursiva: «Las tres páginas siguientes del diario están totalmente borradas». Era así, con tres pá­ginas escritas primero premurosamente y en se­guida borradas, como Kostia Riabtzev tenía que registrar su duelo. Ocho días después, estas lí­neas agregan todo lo que era posible agregar: «Habría querido describir lo que he visto. Mas no lo puedo. Me harían falta palabras de que no dispongo. Todo lo que sé es que en estos días he envejecido diez años y que las palabras que un niño habría podido inventar, yo no las encuen­tro más».

 

La fidelidad con que están expresados los sen­timientos de un estudiante de segunda enseñan­za de la Rusia soviética, imprime al libro un acento verista que en ningún instante suena fal­so, un timbre de verdad que percute argen-tinamente en la subconsciencia de la niñez lejana o próxima del lector. Mientras recorremos las pá­ginas de este libro, tenemos siempre la impre­sión de comunicarnos directamente con Kostia Riabtzev, sin ninguna mediación de la literatura. El Diario de Kostia Riabtsev, no nos parece una obra literaria. La literatura decadente y "deshu­manizada" nos ha habituado tanto al ruido de su tramoya que esta obra en la que funcionan si­lenciosamente las ruedas y las poleas del artifi‑

 

 

 

 

 

 

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cio, nos llega con la naturalidad de un mensaje directo de la vida. Y ahí está, precisamente, la prueba de su excelencia literaria. He apuntado comentando Los Artamonov, de Máximo Gorki, que sólo el arte socialista o proletario podía ser verdaderamente realista. El cinema, la novela, el teatro ruso de hoy sufragan unánimes y fehacientes esta tesis. El realismo burgués o peque­ño burgués, no se ha desprendido nunca de una mitología, de una idealización, cuyo mecanismo secreto se le escapaba. Era un realismo a medias. El espíritu marxista exige que la base de toda concepción esté formada por hechos, por cosas. La fuerza del film ruso proviene de la severa y rigurosa elección de sus materiales. El valor de una creación no es asunto de técnica, de tema o de inspiración exclusivamente. El espíritu, el símbolo, la unidad de la obra se obtienen por la sabia armonía de sus elementos materiales -plásticos y dinámicos-. El creador debe pen­sar en imágenes vivientes y móviles.

 

Mantenedor ortodoxo de la fórmula heterodo­xa de Oscar Wilde, André Gide diría que Kostia Riabtzev no ha existido nunca en la vida, y que sólo ahora, creado ya por la literatura, empeza­rá a ser en la vida, un tipo frecuente y real. El arte suministra sus modelos a la vida. La vida copia, en serie desigual, los personajes que el arte crea obedeciendo a no se sabe qué ignorado designio. Tesis wildeana que Bontempelli ha reelaborado, con menos rigor, para uso del no­vecentismo italiano y que el suprarrealismo, pos­terior a Freud y usufruc-tuario de su experiencia, ha superado en la teoría y en la creación.

 

Volvamos a Kostia Riabtzev, desandando el fá­cil sendero de esta digresión. El diario del esco­lar soviético está a tal punto exento de todo vaniloquio apolo-gético, a tal punto construido fuera de todo plan corriente de "idealización" que no han faltado quienes le han sospechado intenciones satíricas. «Desde el punto de vista de la información documentada -anota el editor francés- no hay ninguna reserva que formular sobre la exactitud con que las costumbres escola­res de la Rusia roja son descritas en esta curio­sa obra».

 

 

 

 

 

 

 

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El colegio de Kostia Riabtzev adopta los mé­todos más científicos y perfectos de estudio e in­vestigación, aunque los libros y materiales indispensables escaseen. Los maestros están trazados, con los rasgos, entre ingenuos y caricaturescos, de los dibujos infantiles. El matemático Al­makfisch que, ante todos los problemas se ra­tifica en esta fórmula: «Cualitativamente, todas nuestras experiencias están más allá del bien y del mal y, cuantitativamente, prueban la rique­za de nuestra época»; Nikpetoje que en la teoría sigue siempre una línea exacta y, con su conduc­ta, no puede impedirse la falla sentimental de excederse en la simpatía por una de sus discí­pulas, falta que encontrará inexorable el ado­lescente Kostia; Zenaida Pavlowna oscilante entre un larvado sentimiento maternal de soltero­na y una severa responsa-bilidad de pedagoga de colegio mixto revolucionario, todos los adultos que actúan sobre la conciencia y los sentimien­tos de Kostia Riabtzev están pintados con el hu­mor y verismo de la genuina novela rusa.

 

Pero, los pequeños fracasos, los grandes contrastes, las desproporciones grandes y pequeñas entre el ideal y la realidad, no sirven en el libro, sino para dar mayor relieve y gravedad a este hecho: la formación de una juventud nueva, que resuelve con más fecundo empleo de su propia energía sus crisis de la adolescencia, que se siente precozmente responsable de una tarea histórica y que asegura, con sus impávidos y gallardos equipos de konzomolzen* el vigoroso desen­volvimiento futuro de la nueva Rusia.

 

"LA DERROTA", POR A. FADEIEV**

 

Las ediciones Europa-América, que nos han dado la mejor versión del extraordinario libro de John Reed Diez días que estremecieron el mundo y que anuncian una serie de escogidas traduc­ciones, han publicado en español La Derrota de A. Fadeiev. Gorki decía no hace mucho en el

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*Grupos de trabajo de la Juventud Comunista de la U.R.S.S.

**Publicado en Variedades: Lima, 25 de Diciembre de 1929,

 

 

 

 

 

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primer Congreso de Escritores Campesinos: «En toda la historia de la humanidad no será posible encontrar una época parecida a estos últimos diez años, desde el punto de vista de resurgi­miento creador de las grandes masas. ¿Quién no escribe entre nosotros? No hay profesión que no haya producido un escritor. Poseemos ya dos o tres docenas de escritores auténticos cuyas obras durarán y serán leídas durante muchos años. Tenemos obras maestras que no ceden en nada a las clásicas, aunque esta afirmación puede pare­cer atrevida». Nunca han seguido tan de cerca las editoriales españolas la producción literaria rusa. Por primera vez quizás una novela encuen­tra editor en español a los dos o tres años de su aparición en ruso. El remarcable muestrario de novelas de la nueva Rusia que tenemos traduci­das al español no alcanza, sin embargo, a repre­sentar sino fragmentariamente algunos sectores de la literatura soviética. Al menos veinte de los autores citados en las crónicas de esta literatura como puntos imprescindibles de un buen itine­rario, permanecen ignorados por el público his­pano y también, en gran parte, por el público francés e italiano, a cuyas lenguas se traduce solícita y directamente las obras más importantes.

 

Fadeiev, el autor de La Derrota, pertenece a uno de los equipos jóvenes de novelistas. No procede de la literatura profesional. Tiene sólo vein­tiocho años. Su juventud trascurrió en la Rusia oriental, donde Fadeiev, como mílite de la Re­volución, se batió contra Kolchak, contra los ja­poneses y contra el atamán Simoniov, de 1918 a 1920. En 1921 asistió como delegado al décimo Congre-so del Partido Bolchevique en Moscú. Su primer relato es de 1922-23; La Derrota de 1925-26.

 

Esta novela es la historia de una de las patru­llas revolucionarias que sostuvieron en Siberia la lucha contra la reacción. El heroísmo, la te­nacidad de estos destacamentos explican la vic­toria de los Soviets en un territorio inmenso y primitivo sobre enemigos tan poderosos y abas­tecidos. La Revolución se apoyaba, en la Siberia, en las masas trabajadoras y, por eso, era inven­cible. Las masas carecían de una conciencia po-

 

 

 

 

 

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lítica clara. Pero de ella salieron estas partidas bizarras que mantuvieron a la Rusia oriental en armas y alerta contra Kolchak y la reacción. Nombres como Levinson, el caudillo de la mon­tonera de La Derrota, representaban la fuerza y la inteligencia de esas masas; entendían y ha­blaban su lenguaje y les imprimían dirección y voluntad. La contra-revolución reclutaba sus cua­dros en un estrato social disgregado e inestable, ligado a la vieja Rusia en diso-lución. Su ejército de mercenarios y aventureros estaba compuesto, en sus bases, de una soldadesca inconsciente. Mientras tanto, en las partidas revolucionarias, el caudillo y el soldado fraternizaban, animados por el mismo sentimiento. Cada montonera era una unidad orgánica, por cuyas venas circulaba la misma sangre. El soldado no se daba cuenta co­mo el caudillo de los objetivos ni del sentido de la lucha. Pero reconocía en éste a su jefe propio, al hombre que sintiendo y pensando como él no podía engañarlo ni traicionarlo. Y la misma relación de cuerpo, de clase, existía entre la montonera y las masas obreras y campesinas. Las montoneras eran simplemente la parte más ac­tiva, batalladora y dinámica de las masas.

 

Levinson, el admirable tipo de comandante rojo que Fadeiev nos presenta en su novela, es tal vez en toda la pequeña brigada el único hom­bre que con precisión comprendía la fuerza real de sus hombres y de su causa y que, por esto, po­día tan eficazmente administrarla y dirigirla. «Tenía una fe profunda en la fuerza que los alen­taba. Sabía que no era sólo el instinto de conser­vación el que los conducía, sino otro instinto no menos importante que éste, que pasaba desa­percibido para una mirada superficial, y aun para la mayoría de ellos, pero por el cual todos los sufrimientos, hasta la misma muerte, se justificaban: era la meta final, sin la que ninguno de ellos hubiera ido voluntariamente a morir en las selvas de Ulajinsky. Pero sabía también que ese profundo instinto vivía en las personas bajo el peso de las innumerables necesidades de cada día, bajo las exigencias de cada personalidad pequeñita, pero viva». Levinson posee, como to-

 

 

 

 

 

 

 

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do conductor, don espontáneo de psicólogo. No se preocupa de adoctrinar a su gente: sabe ser en todo instante su jefe, entrar hasta el fondo de sus almas con su mirada segura. Cuando en una aldea siberiana, se encuentra perdido entre el avance de los japoneses y las bandas de blan­cos, una orden del centro de relación de los des­tacamentos rojos se convierte en su única y de­cisiva norma: «hay que mantener unidades de combate». Esta frase resume para él toda la si­tuación. Lo importante no es que su partida gane o pierda escaramuzas; lo importante es que dure. Su instinto certero se apropia de esta orden, la actúa, la sirve con energía milagrosa. Algunas decenas de unidades de combate como la de Le­vinson, castigadas, fugitivas, diezmadas, asegu­ran en la Siberia la victoria final sobre Kol­chak, Simoniov y los japoneses. No hace falta sino resistir, persistir. La Revolución contaba en el territorio, temporalmente dominado por el te­rror blanco, con muchos Levinson.

 

La patrulla de Levinson resiste, persiste, en medio de la tormenta contra-revolucionaria. Se abre paso, a través de las selvas y las estepas, hasta el valle de Tudo-Baku. Caen en los com­bates los mejores soldados. Mineros fuertes y duros, que se han aprestado instintivamente a defender la Revolución y en cada uno de los cua­les está vivo aún el mujik. A Tudo-Baku llegan sólo, con Levinson a la cabeza, dieciocho hom­bres. Y entonces, por primera vez, este hombre sin desfallecimientos ni vacilaciones, aunque de ingente ternura, llora como Varia, la mujer que ha acompañado en su anónima proeza, en su ig­nota epopeya a esta falange de mineros. Mas con el valle su mirada tocaba un horizonte de espe­ranza. Y Levinson se recupera. El y sus 18 gue­rrilleros son la certidumbre de un recomienzo. En ellos la Revolución está. Levinson echó una vez más su mirada aún húmeda y brillante al cielo y a la tierra serena que daba pan y descanso a ésa de la lejanía y dejó de llorar: había que vivir y cumplir con su deber.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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E S P A Ñ A

 

 

"LA AGONIA DEL CRISTIANISMO"

DE DON MIGUEL DE UNAMUNO*

 

Lo primero que nos recuerda este último libro de don Miguel de Unamuno es que su autor no es sólo filósofo sino también filólogo. Unamuno es un maestro en el arte de animar o reanimar las palabras. La palabra agonía, en el ardiente y viviente lenguaje de Unamuno, recobra su acep­ción original. Agonía no es preludio de la muerte, no es conclusión de la vida. Agonía -como Unamuno escribe en la introducción de su libro- quiere decir lucha. Agoniza aquel que vive lu­chando; luchando contra la vida misma. Y con­tra la muerte.

 

El tema del libro de Unamuno no es el tra­monto del cristianismo, sino su lucha. Tiene Unamuno una inteligencia demasiado apasionada, demasiado impetuosa, para oficiar hieráticamente la misa de réquiem de una decadencia, de un crepúsculo. Unamuno no se sentirá nunca acabar en ningún unter-gang.** Para él la muerte es vida y la vida es muerte. Su alma, llena al mismo tiempo de esperanza y de desesperanza, es un alma que, como la de Santa Teresa, «muere de no morir». Es el propio Unamuno quien evoca la frase de la agonista de Avila. La frase, no: la agonía. ¡Morir de no morir! ¿No es esta también la angustia de nuestra época, de nuestra civiliza­ción? ¿No es éste también el drama de Occiden­te? ¿Por qué nos parece tan terriblemente actual este grito agónico, esta frase agónica, esta emo­ción agónica? Un poeta superrealista francés -poeta de la nueva generación- ha escrito últi-

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 2 de Enero de 1926. Y en Amauta: Nº 1, pp. 35-36; Lima, setiembre de 1926.

** Ruina, decadencia.

 

 

 

 

 

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mamente un libro con este título: Mourir de ne pas mourir.* Otra alma agónica, como la de Unamuno, se agita en ese libro. Pero esta constata­ción nos mueve a otra: la de que el sabio sexa­genario de Salamanca y el poeta superrealista de París coinciden en Santa Teresa. Y en esto no es posible no ver un signo. Unamuno tiene algo de iluminado, algo de profético. En su pensamiento se descubre siempre alguna vaga pero cierta anticipación del porvenir. Varios años antes de la guerra, cuando el Occidente se mecía aún en sus ilusiones positivistas, cuando el espí­ritu de Sancho parecía regir la historia, Don Mi­guel de Unamuno predicó el evangelio de Don Quijote. Entonces el mundo se creía lejano de un retorno al donquijotismo, de una vuelta al romanticismo. Y el evangelio de Unamuno no fue entendido sino por unos cuantos alucinados, por unos cuantos creyentes. Mas hoy que por los caminos del mundo pasa de nuevo el Caballero de la Triste Figura, son muchos los que recuer­dan que el filósofo de Salamanca anunció su ve­nida. Que el maestro de Salamanca presintió y auguró una parte de esta tragedia de Europa, de este Untergang des Abendlandes,** de esta ago­nía de la civilización occidental.

 

«Lo que yo te voy a exponer aquí, lector, -dice Unamuno en su libro- es mi agonía, mi lucha cristiana, la agonía del cristianismo en mí, su muerte y su resurrección en cada instante de mi vida». ¿Qué es el cristianismo, según Unamuno? Unamuno afirma que Cristo vino a traernos la agonía, la lucha y no la paz. Y nos remite a las palabras del Evangelio en que Jesús nos dice que no trae la paz sino la espada y el fuego. Invo­cación en la que tampoco está solo. Nunca han parecido tan vivas como hoy estas palabras de Cristo. Giovanni Gentile, filósofo de la violen­cia, mílite del fascismo, las ha arrojado como una tea en la batalla de su patria, en la agonía de su Italia: «Non veni pacem mittere sed gla­dium. Ignem veni mittere in terram».*** Voces

 

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* Morir de no morir.

** Decadencia de Occidente.

*** No vine a traer la paz, sino la guerra. Vine a. poner fuego en la tierra.

 

 

 

 

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que vienen de diferentes puntos del espíritu se encuentran sin buscarse, sin llamarse, comba­tiéndose, contrastándose.

 

Unamuno piensa, como es lógico, que «hay que definir al cristianismo agónicamente, polémicamente, en función de lucha». (Así es, sin duda, como hay que definir no sólo al cristianismo sino toda religión, todo evangelio). «El cristianis­mo, la cristiandad -escribe Unamuno- desde que nació en San Pablo, no fue una doctrina aunque se expresase dialécticamente: fue vida, lu­cha, agonía. La doctrina era el Evangelio, la Buena Nueva. El cristianismo, la cristiandad, fue una preparación a la muerte y a la resurrección, a la vida eterna». Y, más adelante, agrega: «San Pablo, el judío fariseo espiritualista, buscó la re­surrección de la carne en Cristo, la buscó en la inmortalidad del alma cristiana, de la historia». Y Unamuno, en este punto, nos advierte que por histórico no entiende lo real sino lo ideal.

 

Explicándonos su pensamiento sobre la histo­ria que, de "otra parte es realidad, tanto o más que la naturaleza", Unamuno recae en una inter­pretación equivocada del marxismo. «Las doctri­nas personales de Karl Marx -escribe- el ju­dio saduceo que creía que las cosas hacen a los hombres, han producido cosas. Entre otras la ac­tual Revolución rusa». Lenin estaba mucho más cerca de la realidad histórica cuando, al obser­vársele que se alejaba de la realidad replicó: «¡Tanto peor para la realidad!» Este mismo con­cepto sobre Marx había aflorado ya en otros es­critos del autor de La Agonía del Cristianismo. Pero con menos precisión. En este nuevo libro reaparece en dos pasajes. Por consiguiente, urge contestarlo y rebatirlo.

 

La vehemencia política lleva aquí a Unamu­no a una aserción arbitraria y excesiva. No; no es cierto que Karl Marx creyese que las cosas hacen a los hombres. Unamuno conoce mal el marxismo. La verdadera imagen de Marx no es la del monótono materialista que nos presentan sus discípulos. A Marx hace falta estudiarlo en Marx mismo. Las exégesis son generalmente falaces. Son exégesis de la letra, no del espíritu. ¿Y

 

 

 

 

 

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no es acaso Unamuno el más celoso en preve­nirnos, a propósito del cristianismo, contra la inanidad y contra la falacia de la letra? En su libro, uno de los mejores capítulos es tal vez el que habla del verbo y la letra. «En San Pablo -dice Unamuno- el Verbo se hace letra, el Evangelio deviene libro, deviene Biblia. Y el protestantismo comienza la tiranía de la letra». «La letra -agrega luego- es muerta: en la le­tra no se puede buscar la vida». Marx no está presente, en espíritu, en todos sus supuestos dis­cípulos y herederos. Los que lo han continuado no han sido los pedantes profesores tudescos de la teoría de la plusvalía, incapaces de agregar nada a la doctrina, dedicados sólo a limi-tarla, a estereotiparla; han sido, más bien, los revolucio­narios, tachados de herejía, como Georges Sorel -otro agonizante diría Unamuno- que han osado enriquecer y desarrollar las consecuencias de la idea marxista. El "materialis-mo histórico" es mucho menos materialista de lo que comúnmen­te se piensa. Un filósofo liberal, un filósofo idealista, Benedetto Croce, le hace a este respecto plena justicia. «Es evidente -escribe Croce- que la idealidad o el absolutismo de la moral, en el sentido filosófico de tales palabras, es premisa necesaria del socialismo. El interés que nos mueve a construir un concepto de la plusvalía. ¿no es acaso un interés moral o social, como se quiera llamarlo? En pura economía, ¿se puede hablar de plusvalía? ¿No vende el proletario su fuerza de trabajo propia por lo que vale, dada su situación en la presente sociedad? Y, sin esta premisa moral, ¿cómo se explicaría junto con la acción política de Marx, el tono de violenta indignación y de sátira amarga que se advierte en cada página de El Capital?». Y Adriano Tilgher, que prologa una traducción de Unamuno al ita­liano -La Sfinge senza Edipo*- en sus ensayos críticos de marxismo y socialismo dice: Marx no es un puro economista, ni un puro sociólogo, ni un puro historicista: él no se contenta simplemente con describir: la realidad social como era en sus tiempos y con extraer de la observación

 

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* "La Esfinge sin Edipo".

 

 

 

 

 

 

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del presente las leyes empíricas de sus transfor­maciones por venir: él es esencialmente un re­volucionario, cuya mirada está obstinadamente fija en lo que debe ser». Yo estoy seguro de que si Unamuno medita más hondamente en Marx descubrirá en el creador del materialismo histó­rico no un judío saduceo, materialista, sino, más bien, como un Dostoyevsky, un cristiano, un alma agónica, un espíritu polémico. Y que quizá le dará razón a Vasconcelos cuando afirma que el atormentado Marx está más cerca de Cristo que el doctor de Aquino.

 

En este libro, como en todos los suyos, Unamuno concibe la vida como lucha, como combate, como agonía. Esta concepción de la vida que contiene más espíritu revolucionario que muchas toneladas de literatura socialista nos hará siem­pre amar al maestro de Salamanca. «Yo siento -escribe Unamuno- a la vez la política elevada a la altura de la religión y a la religión ele­vada a la altura de la política». Con la misma pasión hablan y sienten los marxistas, los revo­lucionarios. Aquellos en quienes el marxismo es espíritu, es verbo. Aquéllos en quienes el mar­xismo es lucha, es agonía.

 

DON MIGUEL DE UNAMUNO Y EL DIRECTORIO*

 

Los intelectuales españoles han contribuido ac­tivamente al socavamiento del viejo régimen, a la descalificación de sus métodos y al descrédi­to de sus políticos. Se les atribuye, por esto, una participación sustantiva en la génesis de la ac­tual dictadura. Y se juzga el advenimiento del Directorio como un suceso incubado al calor de sus conceptos.

 

¿Cómo es posible, entonces, que el Directorio libre contra esos intelectuales su más encarnizada batalla? La explicación es clara. Entre esos intelectuales y los generales del Directorio no existe ningún parentesco espiritual. Los intelec­tuales españoles denunciaron la incapacidad del

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* Publicado en Variedades: Lima, 19 de Marzo de 1924.

 

 

 

 

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régimen viejo y la corrupción de los partidos tur­nantes. Y propugnaron un régimen nuevo. Su actividad, voluntariamente o no, fue una activi­dad revolucionaria. El Directorio, en tanto, es un fenómeno inconfundible e inequívocamente reaccionario. Su objeto preciso es impedir que la revolución se actúe: su función es sustituir, en la defensa del viejo orden social, la complicada y desgastada autoridad del gobierno represen­tativo y democrático con la autoridad tundente del gobierno absoluto y autocrático.

 

Los intelectuales y los militares españoles no han coincidido, en suma, sino en la constatación de la ineptitud del antiguo sistema. El móvil de esa cons-tatación ha sido diverso. Los intelectua­les han juzgado a la antigua clase gobernante inepta para adaptarse a la nueva realidad histó­rica: los militares la han juzgado inepta para defenderse de ella. El malestar de España era diagnosticado por unos y por otros desde puntos de vista inconciliables y enemigos. Los intelec­tuales condenaban a las averiadas facciones libe­rales; pero no propugnaban la exhumación de las facciones absolutistas, tradicio-nalistas. Se de­claraban descontentos y quejosos del presente; pero no sentían ninguna nostalgia del pasado.

 

La propaganda y la crítica de los intelectuales ha aportado, a lo más, un elemento negativo, pasivo, a la formación del movimiento de setiem­bre. Y, luego, los intelectuales no han saludado a los generales del Directorio como a los repre­sentantes de una clase política vital sino como a los sepultadores de una clase política decrépita.

 

El conflicto entre los intelectuales y el Direc­torio no ha tardado, por todo esto, en manifestarse. Además, el programa, la actitud y la fiso­nomía del nuevo gobierno han disgustado parti­cularmente a los intelectuales desde que se han empezado a bosquejar. La composición de la clientela del Directorio ha desvanecido rápidamente en los menos perspicaces toda ilusión so­bre el verdadero carácter de esta dictadura de generales. Exhumando a los más rancios y mani­dos personajes tradicionalistas, recurriendo a su asistencia y consejo, complaciéndose de su adhe-

 

 

 

 

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sión y de su amistad, el Directorio ha descubier­to a toda España su estructura y su misión reac­cionarias. Se ha inhabilitado para merecer o re­cibir la adhe-sión de la gente sin filiación y pro­pensa a enamorarse de la primera novedad, estruendosa y afortunada.

 

Los intelectuales se han visto empujados a un disgusto creciente. El Direc-torio se ha defendido de su crítica sometiendo a la prensa a una cen­sura estricta. Pero la prensa no es la única ni la más pura tribuna del pensamiento. Desterrada de los periódicos y las revistas, la crítica de los intelectuales se ha refugiado en la Universidad y en el Ateneo. Y, no obstante la limitación de estos escenarios, su resonancia ha sido tan extensa, ha encontrado un ambiente tan favorable a su propagación que el Directorio ha sentido la necesidad de perseguirla y reprimirla extremamen­te. Así han desembocado el Directorio y sus opo­sitores en el conflicto contemporáneo.

 

Los actuales ataques del Directorio a la liber­tad de pensamiento, de prensa, de cátedra, etc., aparecen como una consecuencia de su política y de su función reaccionarias. No son medios ni resortes extraños a su praxis y a su ideario: sino congruentes y propios de éste y de aquélla. La reacción no ha usado en otros países coacciones y persecuciones tan violentas contra la libre ac­tividad de la inteligencia porque no ha chocado con tanta resistencia de ésta. Más aún, en otros países la reacción ha sabido crear estados de ánimo populares, ha sabido representar una pa­sión multitudinaria. En Italia, por ejemplo, el fascismo ha sido un movimiento de muchedum­bres intoxicadas de senti-mientos chauvinistas e imperialistas, y sagazmente excitadas contra el socialismo y el proletariado. Timoneado por ex­pertos demagogos y diestros agitadores, el fas­cismo ha movilizado contra la revolución a la clase media, cuyas pasiones y sentimientos ha explotado redomadamente. Ahí, por tanto, la reacción ha dispuesto de los recursos morales precisos para contar con una numerosa clientela intelectual. En Francia ha acontecido otro tanto. La victoria ha generado una atmósfera favo-­

 

 

 

 

 

 

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rable al desarrollo de un ánimo y una concien­cia reaccionarias. Consiguiente-mente, una nume­rosa categoría intelectual ha tomado abiertamen­te partido contra la revolución. La reacción en éstos y otros países ha conseguido captarse la adhesión o la neutralidad de una extensa zona intelectual. No se ha visto, por tanto, urgida a atacar los fueros de la inteligencia. En España, en cambio, el gobierno reaccionario no ha brotado de una corriente organizada de opinión ciu­dadana. Ha sido obra exclusiva de las juntas mi­litares, progre-sivamente rebeladas contra el po­der civil. Los somatenes no han tenido como los fasci* la virtud de atraerse masas fanáticas y de­lirantes de voluntarios. La reacción española, en suma, ha carecido de los elementos psicológicos y políticos necesarios para formarse un séquito intelectual importante.

 

Pero estas consideraciones sobre la posición del pensamiento español ante el Directorio no definen, no contienen totalmente el caso de Unamuno. Una-muno no cabe dentro de un juicio glo­bal, panorámico, sobre la generación española a que pertenece. Una de las características de su inteligencia es la de tener un perfil muy perso­nal, muy propio. A Unamuno no se le puede clasificar, no se le puede catalogar fácilmente como a un escritor de tal género y de tal familia. El pensamiento de Unamuno no sólo tiene mucho de individualista sino, sobre todo, de individual. Unamuno, de otro lado, no es una de las grandes inteligencias de España sino de Europa, de Occidente. Su obra no es nacional sino europea, mundial. A ningún escritor español contemporá­neo se conoce y se aprecia tanto en Europa como a Unamuno. Y este hecho no carece de significa­ción. Indica, antes bien, que la obra de Unamuno refleja inquietudes, preocupaciones y actitudes actuales del pensamiento mundial. La literatura de otros escritores españoles -de Azorín, verbi-gracia- que encuentra en Sudamérica un am­biente tan favorable, no logra interesar seriamen­te a la crítica y a la investigación europeas. Ape­nas si la conoce y la explora uno que otro erudito.

 

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* Fascistas.

 

 

 

 

 

 

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Aparece construida con elementos demasiado locales. Es, fuera de España, una literatura inac­tual y secundaria. Sus filtraciones europeas no han sido, pues, abundantes. Recuerdo la opinión de un crítico francés que ve en la obra de Azo­rín y de otros nada más que una prolongación y un apéndice de la obra de Larra. Larra, Azorín, etc., traducen una España malhumorada, malcon­tenta, melancólica, aislada de las corrientes es­pirituales del resto de Europa. Unamuno, en tanto, asume ante la vida una actitud original y nueva. Sus puntos de vista tienen una señalada afinidad espiritual con los puntos de vista de otros actualísimos escritores europeos. Su filosofía paradójica y subjetiva es una filosofía esen­cialmente relativista. Su arte tiende a la crea­ción libre de la ficción; no se dirige a la traduc­ción objetiva y patética de la realidad, como quería el decaído y superado gusto realista y natu­ralista. Unamuno, afirmando su orientación sub­jetivista, ha dicho alguna vez que Balzac no pa­saba su tiempo anotando lo que veía o escucha­ba de los otros, sino que llevaba el mundo den­tro de sí. Y bien, esta manera de pensar y de sentir es muy siglo veinte y es "muy moderna, audaz, cosmopolita".

 

Unamuno no es ortodoxamente revolucionario, entre otras cosas porque no es ortodoxamente nada, No se compadece con su agreste individualis­mo el ideario más o menos rígido de un partido ni de una agrupación. Hace poco, respondiendo a una carta de Rivas Cherif que lo invitaba pre­cisamente a presidir la acción de la intelectua­lidad joven, Unamuno escribía, entre otros con­ceptos, que «recababa la absoluta independen­cia de sus actos». Estas razones psicológicas han alejado a Unamuno de las muchedumbres y de sus reivindicaciones. Pero el pensamiento de Unamuno ha tenido siempre un sentido revoluciona­rio. Su influencia, sobre todo, ha sido hondamente revolucionaria. Últimamente, la políti­ca del Directorio había empujado a Unamuno más marcadamente aún hacia la Revolución. Su repugnancia intelectual y espiritual a la reac­ción y a su despotismo opresor de la Inteligen‑

 

 

 

 

 

 

 

 

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cia, lo había aproximado al proletariado y al socialismo. Una de sus más re-cientes actitu­des ha sido socialista o, al menos, filosocialista. En este punto de su trayectoria lo han detenido el ultraje y la agresión brutales del Directorio.

 

José Ortega y Gasset, a propósito de la muerte de Mauricio Barrés, dice que la entrada de un literato en la política acusa escrúpulos de conciencia estéticos. El argumento está muy seduc­toramente sostenido -como están siempre los argumentos de Ortega y Gasset- en un artículo ágil y elegante. Pero no es verdadero ni aun res­pecto de los literatos y artistas específicos. En los períodos tempestuosos de la historia, ningún espíritu sensible a la vida puede colocarse al margen de la política. La política en esos perío­dos no es una menuda actividad burocrática, sino la gestación y el parto de un nuevo orden social. Así como nadie puede ser indiferente al espec­táculo de una tempestad, nadie tampoco puede ser indiferente al espectáculo de una Revolución. La infidelidad al arte no es en estos casos una cuestión de flaqueza estética sino una cuestión de sensibilidad histórica. Dante intervino ardorosamente en la política y esa intervención no dismi­nuyó, por cierto, el caudal ni la prestancia de su poesía. A los casos en que Ortega y Gasset apoya capciosamente su tesis se podría oponer innume­rables casos que válidamente la aniquilan. ¿El contenido de la obra de Wagner no es, acaso, emi­nentemente político? ¿Y el pintor Courbet com­prometió acaso, con su participación en la Comu­na de París, algo de su calidad estética? Actualmente, la trama del teatro de Bernard Shaw es una trama política. La Inteligencia y el Senti­miento no pueden ser apolíticos. No pueden serlo sobre todo en una época principalmente política. La gran emoción contemporánea es la emoción revolucionaria. ¿Cómo puede entonces, un artista, un pensador, ser insensible a ella? ¡Pobres almas ramplonas, impotentes, femeninas, aquéllas que se duelen de que don Miguel de Unamuno haya abandonado la solemne austeridad de su cátedra de Salamanca para intervenir, batalladora y ga­llardamente, en la política de su pueblo! Nunca la personalidad de Unamuno ha sido tan admi-

 

 

 

 

 

 

 

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rable, tan mundial, tan contemporánea y tan fecunda.

 

GOMEZ CARRILLO*

 

Un entero capítulo del periodismo hispano-americano, el del apogeo del cronista, principia y termina con Enrique Gómez Carrillo. Capítulo concluido con la guerra, que desalojó de la pri­mera plana de los diarios los tópicos de misce­lánea, a favor de los tópicos de historia. Con su fin vino un período de decadencia, no precisamente de la crónica, sino del cronista. La cró­nica ha pasado a manos más graves, o más finas: Araquistain o Gómez de la Serna. El cronista tiene ahora un lugar subsidiario.

 

La opinión pública, "emperatriz nómade" co­mo la llama Lucien Romier, condecoró a Gómez Carrillo con el título de "príncipe de los cronis­tas". Coronación honoraria, parisiense, democrá­tica, efímera, con algo de la de reina de carnaval. Gómez Carrillo ejerció su principado con la ale­gría bohemia de una griseta. Tenía para todo, la maleabilidad y el mimetismo del criollo, su pasta blanca del mundano innato.

 

Pertenecía literariamente a una época en que el alma, de la América española se prendó de un París finisecular y en que la prosa y la poesía hispano-americanas se afrancesaron algo versallescamente. Rubén Darío, hijo del trópico como Gómez Carrillo, aunque como gran poeta más americano, menos deraciné,* condensa, reúne y preside este fenómeno a través del cual nuestra América no asimiló tanto a la Sorbona como al boulevard. Boulevard arriba, boulevard abajo, caminaba todavía Fray Candil, cuando, en 1919, me instalé yo por primera vez en la terraza de un Café de París a pocos pasos del Café Napoli­tano, donde Gómez Carrillo completaba una peña instable y compósita. Pero ya ni el boulevard ni Fray Candil interesaban como antes. Por el boulevard habían pasado la guerra, el armisticio,

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* Publicado en Variedades: Lima, 3 de Diciembre de 1927.

** Desarraigado.

 

 

 

 

 

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la victoria. Y a la América española le había nacido un alma nueva.

 

A las generaciones post-bélicas, Europa le sirve para descubrir y entender a América. Tra­monta, cada día más, esa literatura de "emigrados" que, en la crónica, representa Gómez Ca­rrillo. El cosmopolitismo -que puede parecer a algunos un rasgo común de una y otra época li­teraria- nos conduce al autoctonismo. Además el cosmopolitismo de ahora es distinto del de ayer, también cosa de boulevard, emoción de París. Gómez Carrillo visitó Jerusalén y el Japón, sin abandonar sentimental ni literariamente su café parisiense. Con él viajaban siempre sus recuer­dos literarios, sus clichés sentimentales. No nos dio nunca por esto una visión directa y profun­da de las ciudades, de los pueblos. Amó y sin­tió a los paisajes según su literatura. No descu­brió jamás un tópico origen, un sentimiento iné­dito. Por esto, ignoró siempre a América. Su nomadismo intelectual prefería el último exo­tismo de moda en un París más Henri Bataille que Paul Bourget. Jerusalén la Tierra Santa, El Japón Heroico y Galante, Flores de Penitencia son otras tantas estaciones de itinerario senti­mental de un burgués parisiense de su tiempo. Tiempo de voluptuoso y crepuscular esnobismo que se enamoraba versátil lo mismo de Mata Hari que de San Francisco. Anatole France, Gabriel D'Annunzio, diversos pero no contrarios, resumen su espíritu: culto galante de la "mujer fatal" sobre todas las mujeres, epicureísmo, huma­nismo y donjuanismo burgueses; helenismo de biblioteca y misticismo de menopausia; libídine fatigada y lujo industrial y rastacuero; La Falena y El Martirio de San Sebastián. Una decadencia no es siquiera la exasperada y frenética de La noche de Charlotemburgo. Porque no es todavía la noche sino el crepúsculo.

 

Gómez Carrillo, partía de un cabaret a la Te­baida. De su viaje libresco -literatura- no imaginación, regresaba con sus artificiales "flo­res de peni-tencia". Sabía que un público de gus­tos inestables se serviría sus morosos y ficticios

 

 

 

 

 

 

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éxtasis cristianos con la misma gana que su última crónica sobre un escándalo del demi­monde.*

 

Cortesano de los gustos de su clientela, Gómez Carrillo, esquivó lo difícil, se movió siempre so­bre la superficie de las cosas que era casi siem­pre lisa y brillante como un azulejo. La forma en Gómez Carrillo no era estructura ni volumen; no era sino superficie, y a lo sumo esmalte. El rasgo de la "crónica" de su tiempo era la facili­dad. Rasgo característico. Nuestro tiempo ama y busca lo difícil; no lo raro. La literatura difícil, como lo observa Thibaudet, conquista por primera vez la popularidad, el mercado.

 

El "cronista" típico carece de opiniones. Reem­plaza el pensamiento con impresiones que casi siempre coinciden con las del público. Gómez Carrillo era sobre todo un impresionista. Esto era lo que en él había de caracterís-ticamente tro­pical y criollo. Impresionismo, he allí el rasgo más peculiar de la América española o mestiza. Impresionismo: color, esmalte, superficie.

 

VICENTE BLASCO IBAÑEZ*

 

En oposición con su pasado imperialista y ecu­ménico, España es, dentro de Europa, como todos sabemos, un país bastante clausurado y do­méstico. Le falta en su presente lo que le sobró en su pasado: universalismo, internacio-nalismo. Sin la fidelidad y el  vasallaje literarios de las antiguas colonias de América, la literatura es­pañola de los últimos tiempos habría viajado muy poco. Intelectualmente, España no es una nación exportadora, sino en muy modesta escala.

 

Por esto, el primer aspecto que conviene destacar en la obra de Blasco Ibáñez es su carácter de artículo de exportación. La literatura de Blasco Ibáñez -y Blasco Ibáñez mismo- constitu­yen una de las principales exportaciones intelectuales de España en el primer cuarto del 900 co­mo, con gusto italianísimo, se llama ahora al si‑

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* Mundo de la llamada "alta sociedad".

** Publicado en Variedades: Lima, 4 de Febrero de 1928.

 

 

 

 

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glo XX. Unamuno y Blasco Ibáñez eran los es­critores españoles más conocidos en la Europa que yo visité del 19 al 23. Pero el renombre de Unamuno crecía en profundidad, mientras el de Blasco Ibáñez crecía en extensión. De suerte que éste era mucho más visible. Unamuno disfrutaba de una estimación cualitativa; Blasco Ibáñez go­zaba de una popularidad cuantitativa. Unamuno debía su difusión a su donquijotismo señero, a su genio castizo, a su individualismo áspero y, en general, a los elementos esenciales, permanen­tes, intrínsecos de su obra; Blasco Ibáñez debía su difusión a su ambulantismo mediterráneo, in­migrante, a su buena gracia de valenciano andariego, a su afinidad con los sentimientos de un mundo liberal, democrático y republicano; y en general a los elementos contingentes, tempora­les, extrínsecos de su literatura. Blasco Ibáñez era el escritor español más notorio no sólo al público sino a los editores, a los periódicos, a los críticos, a los novelistas. Profesaba ideales stan­darizados que le permitían estar de acuerdo con toda una Europa genéricamente progresista, hu­manitaria y democrática; escribía novelas de pro­paganda aliadófila, ampliamente vulgarizadas por la prensa más numerosa y potente del mundo y por la cinematografía mejor financiada y más industrializada; poseía una villa magnífica en Mentón, tres bibliotecas con cuarenta mil volú­menes, autógrafos de todos los divos del arte y de la política, retratos de todos los monarcas, capotes de todos los toreros; se alojaba en París en el Hotel Lutecia y en Madrid en el Ritz; ha­bía visitado la Argentina con Anatole France, de quien lo distinguía, aunque no fuera sino apa­rentemente, un optimismo radical de valenciano rico, boyante; se le suponía, entre otras propie­dades cuantiosas, cotos valencianos, estancias en la Argentina, minas en Patagonia, acciones en el Congo, bonos de los empréstitos chinos.

 

Blasco Ibáñez jugó siempre a las cartas más seguras: la democracia, el capitalismo, la Entente, la victoria de la Justicia y el Derecho, la novela

 

 

 

 

 

 

 

 

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realista. No podía fallarle ninguna de estas car­tas, a menos que viniese la revolución, pers­pectiva absurda para un hombre tan optimista, casi panglossiano.*

 

¿Cómo llegó a ser el novelista más famoso de España? Es evidente, incontes-tablemente, que es­cribió algunas buenas novelas; pero también las ha escrito, mejores por cierto, Pío Baroja, quien permanece, sin embargo, casi confinado dentro de las fronteras literarias de su patria, prisione­ro de sus rústicas costumbres de médico aldeano, solterón y malhumorado. Según una sumaria au­tobiografía reciente, Blasco Ibáñez quiso ser, de primera intención, marino. Una contumaz aver­sión a las matemáticas, que persistió en él hasta la vejez -y que lo coloca radicalmente fuera de la línea de Pascal y Descartes-, lo apartó de este destino. Buscó entonces una profesión stan­dard -él mismo lo confesaba- y recordando que, como reza el refrán, «todo español es abo­gado, mientras no pruebe lo contrario», optó por la carrera del Derecho. La vida de estudiante lo condujo a la política. Su intuición de capitalista larvado, de negociante en embrión, aunque inepto para las matemáticas, lo predisponía con­tra una institución monárquica llena de resabios absolutistas. Era aún el tiempo en que el repu­blicanismo español conservaba su prestigio inte­lectual. Blasco Ibáñez llegó a la demagogia más exaltada y turbulenta. Este republi-canismo le valió el destierro; pero le valió también a la lar­ga un puesto en el Parlamento. El republicanis­mo español se revelaba ya como un movimiento malogrado y estéril, al cual el socialismo despo­seía poco a poco de sus fuerzas populares. Blasco Ibáñez era un hombre nacido para el poder en una España republicana, capitalista, pingüe, democrática, exportadora al por mayor de vinos, carbón, anchoas, naranjas, alpargatas, hierro, etc., no para envejecerse en la oposición como dipu­tado republicano, en un parlamento inexorablemente condenado a ser disuelto por un Primo de

 

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* Locuaz, charlatán, por alusión al Dr. Pangloss, per­sonaje del "Cándido" de Voltaire: encarnación del optimismo.

 

 

 

 

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Rivera, dictador badulaque y jaranero. «Yo pensé -decía Blasco- que había veinte mil espa­ñoles que podían ser diputados y llenar su rol tan bien, si no mejor que yo, mientras había tal vez un poco menos de españoles capaces de escri­bir novelas pasables». La dovela dio a Blasco Ibáñez lo que no podían dar la marina, la abo­gacía, ni la política: celebridad, dinero, poder, etc. Su nombre tiene derecho a un puesto pre­ferente en un capítulo de la literatura españo­la. Se le llamaba el Zola español. Para serlo de veras le faltaba, sin duda, pasión, romanticis­mo, originalidad. Ensayó en la novela diversos caminos, coqueteando con agudo sentido prácti­co, con las tendencias más propicias al éxito y la fama. La Barraca, La Catedral, Sónica la cortesana, Sangre y Arena, Los cuatro jinetes del Apo­calipsis, Mare Nóstrum,* señalan las principales estaciones de su itinerario un poco versátil y oportu-nista. Entre los méritos artísticos de sus relatos, vale la pena recordar cierta alegría de naranjos en flor y de huerto valenciano, cierta claridad de Mar Mediterráneo, cierto vigor y concisión de novelista latino que representaron, acaso, las cualidades más resaltantes de su lite­ratura. España, quizá por esto mismo, está mucho menos presente en su obra que en la de Pío Baroja.

 

El último capítulo de su vida -episodio de bizarra beligerancia contra Primo de Rivera-, le costó una parte de su fortuna, pero le ganó, en el espíritu hispano-americano, una parte de las simpatías que le enajenaron sus ataques a Mé­xico revolucionario. Blasco Ibáñez ha terminado su carrera como la comenzó: de combatiente republicano. Hay que reconocerle, entre otras co­sas, que sus devociones fueron casi siempre las de un burgués honesto: la Revolución Francesa, los Derechos del Hombre, la fraternidad univer­sal. Me parece innecesario agregar que el poeta de su admiración era Víctor Hugo.

 

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* Mar Nuestro. Así denominaban los antiguos romanos al Mar Mediterráneo.

 

 

 

 

 

 

 

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"POLITICA, FIGURAS, PAISAJES", POR LUIS JIMENEZ DE ASUA*

 

Con tantos hombres de cátedra o de letras que, refugiándose en un cómodo y cobarde ag­nosticismo de la ciencia y el arte, se sienten exo­nerados de todo deber civil de combatir o resis­tir el retorno al despotismo, especialmente si tiene como condoliere** a un crudo e inculto pretor, Jiménez de Asúa habría podido clausurarse en su dominio técnico, sentirse penalista y cate­drático puro, ignorar la suerte de su pueblo, elu­dir su responsabilidad de ciudadano y de intelec­tual. Pero Jiménez de Asúa, como don Miguel de Unamuno, tan presente y esencial en todo pen­samiento que nos conduzca a España, como Gre­gorio Marañón, pertenece a un tipo de intelectua­les que no entienden los deberes de la inteligen­cia restringidos a un plano profesional sino extendidos a la defensa de todos los valores de la civilización que no se reducen cierta-mente a la ciencia, la cátedra, el arte. Hombres de sensi­bilidad exquisita, que reconocen en todo ritorno all'antico,*** en toda recaída en el absolutismo,

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* Publicado en Variedades: Lima, 19 de Setiembre de 1928. En armonía con una práctica del autor, y en atención a su carácter circunstancial, se ha supri­mido del texto un párrafo inicial, que expresaba lo siguiente: «En las noví-simas ediciones de Historia Nueva que constituyen la primera fase de una labor de "organización de la comunidad hispánica", ha apa­recido un libro de Jiménez de Asúa, Política, Figuras, Paisajes, que inaugura un capítulo de la copiosa bibliografía del brillante profesor español. En este vo­lumen, ha reunido Jiménez de Asúa sus recientes es­critos sobre temas políticos, culturales y estéticos, reintegrando a los primeros cuanto les amputara y recortara la censura, en las planas de La Libertad, de Madrid. Tenemos aquí entero y vivo, sin mutilaciones inquisitoriales, el juicio de Jiménez de Asúa sobre los objetivos de la batalla liberal contra la dictadura de Primo de Rivera, sobre la amnistía y el indulto acor­dados por este gobierno para cancelar las responsa­bilidades militares de Marruecos, sobre el derecho pe­nal militar tan entonado en España a los intereses y sentimientos de la burocracia marcial, etc. El libro es, ante todo, el alegato escrito de Jiménez de Asta contra la dictadura rijosa y flamenca que impone temporalmente a España un regreso especioso a la monarquía absolutas».

** Conductor, caudillo.

*** Retorno a lo antiguo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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en política, una agresión a la cultura, a la civili­zación, agresión que si no es rechazada victoriosamente comprometerá e insidiará el progreso de todas las actividades del espíritu, a comenzar por aquéllas que algunos suponen más autónomas.

 

Jiménez de Asúa ha empezado a reflexionar y a ocuparse en la política de su patria, solicitado por la necesidad de resistir una reacción de este género, que ya ha trascendido a la vida intelec­tual de su pueblo, de la manera que en alguna parte de su libro comenta. «La vocación por las ciencias del delito -escribe en el prólogo- me hizo desentenderme, durante largos años, de pero-cupaciones políticas y sociales. A tiempo he comprendido que los técnicos que abjuran de su cualidad ciudadana merecen el más denso menosprecio. El universo íntimo de mi ser se ha colonizado por nuevos pobladores, a los que se deben las páginas de esta obra. El Directorio* y los que continúan ahora sus maneras no son ajenos a esta evolución de mi intimidad, que contemplo con extremo regocijo».

 

El pensamiento político de Jiménez de Asúa no está netamente formulado en su obra. Más que una doctrina, se dibuja en sus escritos una ac­titud. Una actitud que no es únicamente suya y que se podría tal vez definir con esta palabra: neoliberalismo, porque la palabra liberalismo sa­be a cosa rancia, bastante desacreditada. Este li­beralismo no se estima, doctrinal ni práctica-mente, inconciliable con el socialismo. Por el contrario, descansa en la convicción de que la realización de la idea liberal, en lo que encierra de más esencial, es en nuestro tiempo misión del socialismo y de las clases obreras. Es, en sustan­cia, el liberalismo dinámico, dialéctico histórico, del cual ha sido siempre insigne y austero maes­tro Benedetto Croce, quien exento como pocos pensadores de la misma escuela, de toda gazmo­ñería liberal, o pseudo liberal, condenaba desde 1907 inexorablemente a la reacción, con estas palabras: «La pretensión de destruir el movimiento obrero, nacido del seno mismo de la burguesía, sería como pretender cancelar la Revolución

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* Dictadura española impuesta por el General Primo de Rivera.

 

 

 

 

 

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Francesa, la cual creó el dominio de la burgue­sía. Más aún, al absolutismo iluminado del siglo décimo octavo, que prepara la revolución, y, de grado en grado, suspirar por la restauración del feudalismo y del Sacro Imperio Romano y por añadidura el retorno de la historia a sus orí­genes, donde no sé si encontraría el comunismo primitivo de los sociólogos (y la lengua única del profesor Trombetti, pero no se encontraría, por cierto, la civilización). Quien se pone a combatir al socialismo no ya en este o tal momento de la vida de un país, sino en general (digamos así en su exigencia), está constreñido a negar la ci­vilización y el propio concepto moral sobre el cual la civilización se funda».. Liberales de esta estirpe, aunque no acepten siempre la etiqueta liberal, son en Europa don Miguel de Unamuno y Bertrand Russell y, en la América Latina, Sa­nín Cano.

 

Mas esto indica que el liberalismo no tiene continuación y actualidad sino en un plano netamente intelectual y filosófico; y que si se des­ciende al terreno de la política práctica y concreta, el liberalismo está representado por conser-vadores, atentos sólo a su técnica administrati­va y económica y ausentes de su espíritu revo­lucionario, que se obstinan en la tarea reacciona­ria de resistir al socialismo, al cual incumbe todo desarrollo posible y lógico de la idea liberal. Con penetrante percepción, un literato ajeno a teorizaciones políticas, como don Ramón del Va­lle Inclán, declara que el deber de todo libera­lismo consciente es hacerse socialista. El libera­lismo, por tanto, en cuanto quiere permanecer tal, carece de doctrina. Su programa económico es el del socia-lismo, que recibe todo su patri­monio histórico. Y, por consiguiente, no se ve cuál puede ser, en sentido revolucionario, el ofi­cio de los partidos liberales. El liberal verdade­ro proclama que su función ha pasado a los par­tidos socialistas, a la clase trabajadora. El drama del liberalismo está en su obligación de reco-no­cer que ha llegado la hora de su liquidación co­mo programa económico y como partido político.

 

Jiménez de Asúa constata que el neoliberalismo

 

 

 

 

 

 

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español no puede transigir con el regreso al an­tiguo régimen constitucional y a los hombres y métodos que lo representaron. «Con indepen­dencia de los añejos partidos republicanos, cuya única misión parecía la de dar ministros al mo­narca, se ha constituido ya un poderoso núcleo de acción republicana. España posee, en suma, hombres capaces de regir los destinos del país por rutas certeras y democráticas, pero esas ju­ventudes intelectuales, que combaten contra el Directorio y que repudian sus procedimientos, no sólo quieren luchar contra la episódica dic­tadura vigente sino que desean derrotar al ger­men de futuros despotismos. No se contentan, pues, con un cambio de métodos de gobierno, pretenden la sustitución del régimen monárqui­co, por una república democrática que viva en estrecha alianza con los obreros. La empresa de derrotar al Directorio no hubiera sido difícil si la intelectualidad liberal quisiera convivir con la monarquía; pero como sus aspiraciones flechan más dilatados horizontes, aún deberá soportar España la opresión por algún tiempo».

 

El Partido Socialista Español, a su turno, en su último congreso, ha revelado, a través de los discursos de Indalecio Prieto y Teodomiro Me­néndez, una acentuada preocupación respecto a la conveniencia de entonar su acción con las as­piraciones de la opinión liberal, hasta transfor­marse en el núcleo central de ésta. Prieto y Me­néndez son, sin duda, mucho más liberales que socialistas. Son dos liberales que se dan cuenta de que no hay nada que hacer en el liberalismo; pero en quienes los resabios de la política par­lamentaria y electoral, operan todavía lo bastante para que el liberalismo les parezca, por algún tiempo, la mejor política socialista.

 

Hace falta en España una clarificación mayor de las ideas para que se arribe a una concentra­ción decisiva de las fuerzas. Tanto las valua­ciones de Jiménez de Asúa como las del socialis­mo oficial, dicen que esa clarificación está aún lejos. Las unas y las otras denuncian este hecho: que los liberales no se deciden a ser absoluta y

 

 

 

 

 

 

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efectivamente liberales, tanto como los socialis­tas no se deciden a ser efectivamente socialistas.

 

LA CIENCIA Y LA POLITICA*

I

 

El último libro del doctor Gregorio Marañón, (Amor, Conveniencia y Eugenesia: Ediciones "Historia Nueva", Madrid 1929), no trata tópicos específicamente políticos, pero tiene ostensiblemente el valor y la intención de una actitud po­lítica. Marañón continúa en este libro -sincró­nico con otra actitud suya: su adhesión al socia­lismo- una labor pedagógica y ciudadana que, aunque circunscrita a sus meditaciones científi­cas, no trasciende menos, por esto, al campo del debate político. Ya desde los Tres Ensayos sobre la Vida Sexual, César Falcón había señalado, entre los primeros, al actualísimo significado político de la campaña de Marañón contra el don­juanismo y el flamenquismo españoles. Partien­do en guerra contra el concepto donjuanesco de la virilidad, Marañón atacaba a fondo la herencia mórbida en que tiene su origen la dictadura jac­tanciosa e inepta de Primo de Rivera.

 

En Amor, Conveniencia y Eugenesia, libro que toma su título del primero de los tres ensayos que lo componen, el propio Marañón confirma y precisa las conexiones estrechas de su prédi­ca de hombre de ciencia con las obligaciones que le impone su sentido de la ciudadanía. La consecuencia más nociva de un régimen de censu­ra y de absolutismo es, para Marañón, la dismi­nución, la atrofia que sufre la conciencia civil de los ciudadanos. Esto hace más vivo el deber de los hombres de pensamiento influyente de actuar sobre la opinión como factores de inquietud. «Por ello -dice Marañón- me decido a entregar al público estas preocupaciones mías, no directamente políticas, sino ciudadanas; aunque por ello,

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* Este ensayo fue publicado en dos partes: la primera con el mismo título en Mundial: Lima, 18 de Enero de 1930; y la segunda, bajo el epígrafe de "Amor, Conveniencia y Eugenesia, por Gregorio Marañón" apareció en Variedades el 22 de febrero de 1930.

 

 

 

 

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tal vez, esencialmente políticas. Porque en estos tiempos de radical trans-formación de cosas vie­jas, cuando los pueblos se preparan para cambiar su ruta histórica -y es, por ventura, el caso de España- no hay más política posible que la for­mación de esa ciudadanía. Política, no teórica, sino inmediata y directa. Muchos se lamentan de que en estos años de régimen excepcional, no hayan surgido partidos nuevos e ideologías po­líticas, pero éstas no se pueden inventar porque están ya hechas desde siempre. Lo que se precisa son los hombres que las encarnen. Y los hombres que exija el porvenir sólo se edificarán sobre con­ductas austeras y definidas. Esta y no otra es la obra de la oposición: crear personalidades de conducta ejemplar. Los progre-mas, los manifies­tos, no tienen la menor importancia. Si los hom­bres se forjan en moldes rectos, de conducta im­pecable, todo lo demás, por sí solo, vendrá. Pa­ra que una dictadura sea útil, esencialmente útil, a un país, basta con que a su sombra -a veces la sombra del destierro o de la cárcel- se forje esta minoría de gentes refractarias y tenaces, que serán mañana como el puñado de la semi­lla conservada con que se sembrarán las nuevas cosechas».

 

No se puede suscribir siempre, y menos aún en el nombre de los principios de la corriente política a la que Marañón se ha sumado, todos los conceptos del autor de Amor, Conveniencia y Eugenesia. Pero ninguna discrepancia, en cuanto a las conclusiones, compromete en lo más mínimo la estimación de la ejemplaridad de Ma­rañón, del rigor con que busca su línea de con­ducta personal. Marañón es el más convencido y ardoroso asertor de que la política como ejer­cicio del gobierno requiere una consagración es­pecial, una compe-tencia específica. No cree, pues, que la autoridad científica de un investi­gador, de un maestro, deba elevarle a una fun­ción gobernante. Pero esto no exime, absolutamente, al investigador, al maestro, de sus deberes de ciudadano. Todo lo contrario. «El hombre de ciencia, como el artista -sostiene Marañón- cuando ha rebasado los límites del anónimo y

 

 

 

 

 

 

 

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tiene ante una masa más o menos vasta de sus conciudadanos -o de sus contemporáneos si su renombre avasalla las fronteras- lo que se lla­ma "un prestigio", tiene una deuda permanente con esa masa que no valora su eficacia por el mérito de su obra misma, limitándose a poner en torno suyo una aureola de consideración indiferenciada, y en cierto modo mítica, cuya sig­nificación precisa es la de una suerte de ejem­plaridad, representativa de sus contempo-ráneos. Para cada pueblo, la bandera efectiva -bajo los colores convencionales del pabellón nacional- la constituyen en cada momento de la Historia esos hombres que culminan sobre el nivel de sus conciudadanos. Sabe ese pueblo que, a la larga, los valores ligados a la actualidad política o anec­dótica perecen y flotan sólo en el gran naufra­gio del tiempo los nombres adscritos a los valo­res eternos del bien y de la belleza. El Dante, San Francisco de Asís, Pasteur o Edison caracte­rizan a un país y a una época histórica muchos años después de haber desaparecido de la me­moria de los no eruditos los reyes y los gene­rales que por entonces manejaban el mecanismo social. ¿Quién duda que de nuestra España de ahora, Unamuno, perseguido y desterrado, sobre-vivirá a los hombres que ocupan el Poder? La cabeza solitaria que asoma sus canas sobre las bardas de la frontera, prevalecerá ante los si­glos venideros sobre el poder de los que tienen en sus manos la vida, la hacienda y el honor de todos los españoles. Pero ese prestigio que concede la muchedumbre ignara no es -como las condecoraciones oficiales- un acento de vanidad para que la familia del gran hombre lo disfrute y para que orne después su esquela de defun­ción. Sino; repitámoslo, una deuda que hay que pagar en vida -y con el sacrificio, si es necesa­rio, del bienestar material- en forma de lealtad a las crisis que los pueblos sufren en su evo­lución.

 

II

 

El Dr. Gregorio Marañón prosigue en su últi­mo libro -Amor, Conveniencia y Eugenesia- la

 

 

 

 

 

 

 

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tarea de educador y de adalid de una nueva Es­paña, comenzada con esa declaratoria de gue­rra al donjuanismo con que estrenó sus instru­mentos de sociólogo. Tarea de extraordinaria y legítima resonancia en todos los pueblos hispá­nicos, herederos naturales de la concepción don-juanesca del amor y la virilidad, llevada a sus más mórbidos sentimentalismos y a sus más oje­rosas sensualidades en la América palúdica y tro­pical. El "mito de don Juan" arribó a América con los conquistadores. Es en nuestros países tan antiguo como el castellano y la escolástica. La batalla de Marañón nos atañe como ninguna otra reacción de la España novecentista contra la herencia castiza.

 

Marañón ha establecido, con irrebatibles argu­mentos de biólogo que, sobre todo en nuestro tiempo, el tipo de Don Juan no es, como se ad­mitía errónea-mente, un alto y alegórico tipo de virilidad. La medida de la virilidad no tiene nada que ver con un vasto repertorio de aventu­ras eróticas. El dominio, la creación, el poder, los atributos varoniles por excelencia, están por encima del seductor profesional. El Don Juan es, más bien, algo femenino. Un retardado imitador de Casanova no representaría, en nuestra época, en ningún pueblo, un espécimen de éxito viril más elevado que un gran industrial, un gran es­tadista, un gran líder. La civilización occidental es una creación de pueblos extraños y hostiles al mito de Don Juan.

 

El trabajo de Marañón interesa vitalmente a todo el mundo hispánico, tan reacio por educa­ción a un planteamiento científico de los proble­mas de la sexualidad y a un esclarecimiento realista de los deberes de los sexos. El nuevo libro de Marañón no es una meditación exclusiva de estos temas. Toma su título del primero de los ensayos que lo forman. En los dos ensayos siguientes, Marañón estudia "El deber de las eda­des" y la acepción estricta de los términos "mo­dernidad y vejez de los pueblos". "Juventud, mo­dernidad, eternidad" titula Marañón este tercer ensayo. El breve prefacio, dedicando la obra a don Manuel B. Bossio, y estos dos últimos capí­tulos confieren al libro un valor de beligerancia

 

 

 

 

 

140 FALTA

 

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beres pasivos. La juventud es rebeldía. Es la es­tación en que se ejercitan y manifiestan nues­tros impulsos. Todo el élan que luego nos mo­verá en la existencia es el que adquirimos, el que revelamos entonces. «La juventud -escribe acertadamente Marañón- es la época en que la personalidad se construye sobre moldes inmuta­bles. Y además, la única ocasión en que esto pue­de realizarse. Toda la vida seremos lo que sea­mos capaces de ser desde jóvenes. Podrá llenarse o no de contenido eficaz el vaso cincelado en estos años de la santa rebeldía; podrá ese vaso llenarse pronta o tardíamente; pero el límite de nuestra eficacia está ya para siempre señalado por condiciones orgánicas inmodificables cuando lleguemos al alto de la cuesta juvenil y con el cuerpo y el espíritu equilibrados y las primeras canas en las sienes entremos en la planicie de la madurez. La madurez tiene deberes más arduos. Es la etapa de las realizaciones. La madurez exi­ge austeridad. La vejez, finalmente, se reduce a un proceso de adaptación".

 

El individualismo de Marañón se rebela con­tra el espíritu y la práctica de gremio, de con­gregación, por temor de que limite o merme los impulsos juveniles. Con gesto de liberal clásico, Marañón denuncia el sindicalismo "plaga de nuestros días, infiltrado en todas las clases sociales", como "enemigo de la perfección individual y especialmente vulnerante para la juventud, que no puede llamarse sindicalista sin renegar de su sagrado deber de rebeldía". Este juicio se ali­menta exclusivamente de prejuicios de profesor liberal. El sindicalismo es, como fácilmente se comprueba en la experiencia, una nueva escuela de la personalidad, como lo es en general el so­cialismo, al que Marañón se ha adherido obede­ciendo a sus más activos y eficaces sentimientos de liberal. Del mismo modo que Marañón no ha perdido ni disminuido su independencia y su be­ligerancia políticas enrolándose en el socialismo, sino por el contrario las ha afirmado y acrecen­tado, el joven que entra al sindicato y acepta sus tareas no renuncia a su rebeldía sino la disciplina, asignándole una responsabilidad.

 

 

 

 

 

 

 

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Y en el tercer ensayo, que contiene oportunas admoniciones a los que se atienen demasiado mesiánicamente al destino revolucionario de la "nueva generación", Marañón demuestra que «ju­ventud y vejez son conceptos biológicos; moder­nidad y antigüedad, son conceptos históricos o de biología histórica». Los jóvenes pueden poner su fuerza al servicio de un programa retrógrado; los viejos pueden sentir "de un modo entrañable los ideales más avanzados y profusivos".

 

Lo más sugestivo y cautivante en este libro de Marañón es, tal vez, la energía con que reacciona contra la tesis de la ciencia pura. Porque ha sa­bido rebasar los límites del científico de laboratorio o de cátedra, Marañón ha suscrito las pá­ginas y ha tomado las actitudes que más lo in­corporan en el movimiento creativo, en el proceso social de su época. «Mientras haya millones de hombres que ganan su pan con tanto dolor, y millones de hombres que sufren del dolor aún más agudo de no poder ganarlo; y con el pan el mínimo de fruiciones materiales que podemos exigir a la vida; mientras esto ocurra, todas las preocupaciones que nos entretienen, nos apasio­nan y aun nos ponen en trance de matarnos por ellas los unos a los otros, son meros divertimien­tos egoístas que debían avergonzarnos como algo que sustraemos a la preocu-pación del bien gene­ral». Al plantearse este problema, el liberal, el humanista que hay en Marañón, ha advertido, sin duda, que quienes, en nuestra época luchan, concretamente, por resolverlo no son los liberales sino los socialistas.

 

LOS MEDICOS Y EL SOCIALISMO*

 

La larga y magna secuencia que ha tenido en el gremio médico español la adhesión del doctor Marañón al Partido Socialista, convida a enfocar el tópico de las profesiones liberales y el socia­lismo. No cabe duda acerca de que si Marañón y otros ases de la Medicina han pedido su ins­cripción en los registros del Partido Socialista

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* Publicado en Mundial: Lima, 13 de Diciembre de 1921

 

 

 

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español, es porque previamente los había ga­nado ya la política. Tampoco cabe duda respec­to a que han entrado en el Partido Socialista, no por razones de expresa y excluyente suscrip­ción del programa proletario, sino porque sólo podían enrolarse en un partido viviente. Los partidos españoles están muertos. Lo que recha­za en ellos a los intelectuales activos e inquietos, sensibles y atentos a la vitalidad, no es tanto su ideología como su inanidad. El Partido Socialista español, en fin, más que una función revolucio­naria clasista tiene una función liberal.

 

Pero todo esto deja intacta la cuestión central: la permeabilidad de la medicina, entre las pro­fesiones liberales, a las ideas socialistas. Desde Marx y Engels está constatada la resistencia reaccionaria de los hombres de leyes a estas ideas. El abogado es, ante todo, un funcionario al servicio de la propiedad. Y la abogacía, por razones pragmáticas, se comporta como una pro­fesión conservadora. Este es un hecho que se ob­serva a partir de la Universidad. Los estudiantes de Derecho son, generalmente, los más reaccionarios. Los de Pedagogía constituyen el sector más avanzado. Los de Medicina, menos pro­clives, por su práctica científica, a la meditación política, no tienen otros motivos de reserva o abstención que los sentimientos here-dados de su ambiente familiar. Mas la Medicina como la Pedagogía no temen absolutamente al socialismo. Quienes las ejercen, saben que un régimen socialista, si algo supone respecto al porvenir de estas profesiones, es su utilización más intensa y extensa. El Estado socialista no ha menester, para su funcionamiento, de muchos hombres de leyes; pero, en cambio, ha menester de muchos médi­cos y de muchos educadores. Los ingenieros, por las mismas razones, cuentan igualmente con su favor.

 

Lo más sugestivo en el caso de Marañón y sus colegas de la Medicina española es que estos in­telectuales eminentes y célebres se incorporan, sin hesitación, en un partido fundado hace años por un obrero oscuro, por un tipógrafo, con otros hombres previdentes y abnegados del proleta­riado. El Partido Socialista español ha hecho solo

 

 

 

 

 

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y exiguo muchas largas jornadas antes de atraer a sus rangos a los magnates de la inteligencia. Marañón y sus colegas se dan cuenta de que sería absurda por su parte la tentativa de crear un partido nuevo. Los partidos no nacen de un conciliábulo académico. El diagnosticó de la si­tuación política española a que han llegado esos médicos insignes es bastante sagaz para com­prenderlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SUECIA

 

 

 

"L'AGE HEUREUX" Y "SIMONSEN", POR SIGRID UNDSET*

 

El Premio Nóbel de 1926 ha puesto en cir­culación en el mundo a uno de los grandes valores actuales de la literatura escandinava. Sigrid Undset es, ciertamente, una de las mejores novelistas de la época, quizá la de obra más só­lida y lograda. Entre las novelas de mujeres que he leído en los últimos años, sólo las de Li­dia Seifulina me parecen de la categoría artís­tica de L'Age Heureux y Simonsen, las dos novelas de Sigrid Undset que acabo de conocer en francés en las Ediciones Krá.

 

Diez años de su juventud, pasados en un al­macén de Oslo, no malograron la vocación lite­raria, el don creativo de Sigrid Undset. Le sirvieron, más bien, para el laborioso allegamiento de los materiales de sus novelas. Alguno de sus críticos la estima como la más notable intér­prete del alma femenina. Pero esto no es exacto sino a condición de que se defina y precise los límites históricos, temporales, de la interpreta­ción. Sigrid Undset es una novelista de la pe­queña burguesía. Sus diez años de empleada de comercio, gravitan potentemente en su trabajo artístico.

 

Los personajes de L'Age Heureux pertenecen todos al mundo familiar a Sigrid Undset em­pleada. Uni, Charlotte, Birgit, Christian, repre­sentan a la clase media de una ciudad un poco provinciana todavía en su estilo. Pequeña burguesía operosa, a la que sólo un camino se ofre­ce: el difícil ascenso a burguesía: Clase social de la que procede, por esto mismo, el mayor nú‑

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* Publicado en Variedades: Lima, 19 de Junio de 1929.

 

 

 

 

 

 

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mero de desclasados. El bovarismo* no se propaga en ningún estrato social con tanta facili­dad. La falta de equilibrio interno, la ausencia de destino propio es su tragedia.

 

Uni y Charlotte, inteligentes y sensitivas, su­fren por la limitación y la monotonía de la at­mósfera social en que han nacido. Uni cree encontrar la vía de su liberación en el teatro. Pero los comienzos en la escena son morosos y pesados. No se deviene estrella en un día. Uni, sobre todo, es una muchacha de algún talento, pero sin superiores dotes escénicas. Tiene un novio, Christian, al que ama ardientemente, pero que, empleado, también, gana aún muy poco para casarse. La boda se presenta distante. So­bre los dos pesa el fardo triste de una pobreza que hace insoportable él común anhelo de ser burguesamente felices. Christian necesitaría con­quistar una fortuna en pocos años: En Cristia­nía,** para un empleado, la cosa es imposible. El viaje a América es la única empresa que puede reportarle la felicidad deseada. De otro lado, la espera le parecerá insufrible. «¿Crees tú que no veo que todo esto no puede bastarte, no pue­de contentarte? Permanecer siempre pobres, sin amigos, pasar la vida con la mirada puesta en un pequeño punto luminoso a lo lejos, el porvenir... ». Los dos prometidos están solos: tie­nen a su alcance, al menos, concreta, inmediata, la ventura que su juventud y su pasión son capaces de darles. Ella más intrépida, más espon­tánea, no escuchará en ese instante otra voz que la de su deseo. Pero él no sabe pasar encima de ninguno de los tabús de su clase. Confie­sa que alguna vez lo visita la idea de que todo iría mejor si en secreto se concediesen un poco de felicidad. «Pero no sirve de nada razonar y decirse que uno es dueño de sí mismo. Hay un sentimiento en el fondo de nosotros mismos, contrario a todo buen sentido, a todas las mejores razones. Los jóvenes, los de la burguesía al menos, son así... Hay prejuicios innatos que se han vuelto para nosotros un dogma intangible.

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* Referencia a Madame Bovary, la célebre protagonista de Gustav Flaubert.

** Antiguo nombre de la Capital de Dinamarca.

 

 

 

 

 

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Y a los matrimonios forzados, por decir así, no son las dificultades pecunia-rias lo que los hace desgraciados, sino el que un joven burgués tiene siempre vergüenza de haber tomado a su novia como amante. Siento piedad por aquellos que deben vivir en esas condiciones. Raros son los hombres que pueden amar a una mujer con la cual han pecado...» Uni y Christian, no padecen la tutela ni la vigilancia de nadie. No tie­nen familia en Cristianía y viven de su propio esfuerzo. Son jóvenes y pobres, como dice Uni, pensando sin duda en que son, sobre todo, jó­venes. Ningún reproche, fuera del que ellos mis­mos pueden dirigirse les aguarda, pero les es imposible disponer de sí mismos. Christian pien­sa como deben pensar su clase, su mundo; no sabe ajustar su conducta a otras normas que las de los jóvenes de su condición social.

 

La pequeña burguesía de París ha puesto de lado estos tabús demasiado imperiosos aun en el espíritu de la clase media de Cristianía y Oslo. En general, las grandes urbes han creado há­bitos de libertad sexual; pero, en particular, Francia, como lo observa sagazmente Luc Dur­tain, a propósito de las costumbres de la Rusia soviética, ha encontrado un tono sagaz, una licencia discreta, en su conducta erótica. A la pequeña burguesía protestante de las ciudades escandinavas, no cabe exigirle la misma flexi­bilidad. Las muchachas de la clase media saben que su destino es el matrimonio, el hogar, la maternidad; pero cuando tienen el gusto de las cosas finas y elegantes, el demonio de la am­bición y la personalidad, se contrasta con la an­gustia, la perspectiva gris, aburrida de una exis­tencia conyugal oscura y pobre; duras fatigas co­tidianas, presupuesto mezquino, apetitos insatis­fechos, sociedad mediocre y fastidiosa, decencia miserable. Más acremente que Uni y Chris-tian, Charlotte siente la fatalidad de este ambiente. No se ha enamorado todavía; vive con su familia. Su amiga Birgit que trabaja en la ciudad, lejana de los suyos, puede al menos pensar en su hogar co­mo en un pequeño distante paraíso de provincia. Pero ella no: sin ausencia, esta dulce idealización

 

 

 

 

 

 

 

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es imposible. «A nuestra edad -dice a Uni- se quiere partir para luchar sola, fiándose a sus propias fuerzas. Entonces, yo podría confiar todo a mi madre, aun si fuera menos inteligente, menos instruida. Ella podría ser una vieja como cualquier otra que zurciese calcetines y se rascase con la aguja de crochet detrás de la oreja diciéndose que el Buen Dios arreglaría las cosas. Pero ver cada día los mismos ojos que conocen todas mis penas es un suplicio. Obligada a vivir con los míos años y años... ¡Estar lejos de su familia y pensar en el sitio de la más pequeña cosa, saber que los días transcurren dulcemente, pensar en las palabras indiferentes pronunciadas allá, en los actos que se repiten indefinidamen­te! ... ¡Pero vivir así, como yo, todo el tiempo! Se odia a veces cada silla, cada mesa, cada ob­jeto que nos ha mirado durante toda nuestra vida, confidentes de nuestras penas y de nues­tras derrotas más secretas. Despertarse en la ma­ñana y saber de antemano todas las pequeñas palabras, todos los pequeños hechos que ven­drán cada uno a su hora habi-tual». Charlotte acaba suicidándose; Uni encuentra su dicha y su destino en el matrimonio con Christian, des­pués de un período de ruptura, que habría sido definitiva si el teatro halagándola con las satisfacciones de una victoria completa hubiese podido retenerla. Pero, fracasada en un rol, Uni piensa que es más cierta, más vital, más verda­dera la felicidad que el amor de su Christian le reserva. Su instinto y su pasión le aconsejan. Es aún tiempo de recuperar a Christian, pro­penso quizá a pensar de nuevo en el viaje a América Uni va a buscarle a su oficina. Cenan juntos con champagne, en un café elegante. No se separarán esta vez sino después de haber aceptado, en el cuarto de Uni, sin gazmoñería, las consecuencias de su juventud, de su soledad y de su amor.

 

En Simonsen, el cuadro de los prejuicios, los egoísmos, los intereses de la pequeña burguesía arribista, estrecha, es aún más sombrío y te­dioso. En L'Age Heureux, el amor de dos jóve­nes ilumina las cosas, ahuyenta las sombras. En

 

 

 

 

 

 

 

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Simonsen el drama es sórdido.

 

Pero en las dos novelas se reconoce, igualmen­te, la potencia de un arte realista, humano, poé­tico, y de una narradora fuerte, sincera, admi­rable.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ITALIA

ANTOLOGIA DE LA POESIA ITALIANA*

 

Difícil oficio el de antologista. Es raro que la antología salga indemne de la crítica. La anto­logía no puede aspirar, razonablemente, sino a ser un muestrario aproximado de la poesía o la prosa de un pueblo o de una época. Pero se le exigen, habitualmente, cualidades absolutas: se quiere que sean completas, imparciales, exactas, perfectas. Este tipo de antología ideal está todavía por realizar; carece de antecedentes; no hay ningún motivo para creerlo posible; pero se le reclama siempre que aparece una antología cualquiera.

 

En francés (ediciones de Les Ecrivains Reu­nis**), Lionello Fiume y Armand Henneuse han publicado una Antología de la Poesía Italiana Contemporá-nea. El material de esta selección es la "maravillosa floración lírica" italiana posterior a D'Annunzio. Lionello Fiume, poeta de acen­drado sentido estético, precede el mejor equipo de vanguardia aducta. Tiene las condiciones de juventud y sensibilidad necesarias para enfocar con justeza el panorama de la poesía italiana de su época. Es un hombre de gusto, bastante le­jano de las actuales querellas de grupo o de par­tido, para apreciar el valor de sus contempo­ráneos.

 

No resistiría, sin embargo, esta antología, co­mo todas, la dura prueba de una crítica aferrada al canon abstracto de la antología perfecta. Por ella, el lector se puede formar una idea aproxi­mada del repertorio poético de la Italia post­d'annunziana. Si, relativamente, se contenta con esta idea aproximada, reconocerá en Fiume y Henneuse dos discretos cicerones.

 

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* Publicado en Mundial: Lima, 19 de Julio de 1929.

** "Los escritores reunidos".

 

 

 

 

 

 

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La selección parte de los crepusculares -Go­vani, Corazzno, Moretti, F, M. Martín- "esos poetas" -comentan los antologistas- que fueron los primeros en aportar, a la poesía italiana del nuevo siglo, la simplicidad de estilo, la humildad de tono, el estremecimiento de la emo­ción profundamente sentida, cuya necesidad se advertía tan grandemente después de las orgías oratorias y verbales de D'Annunzio. Continúa con los poetas futuristas: Marinetti, Buzzi, Pa­lazzeschi, Folgore, etc., con los de la Voce: Un­garetti, Jahier, Saba Moscardelli; con los del "vanguardismo", capitaneado precisamente por Fiume. Concluye con los de la Ronda y 900 sin olvidar a los independientes de la calidad de Ada Negri y Sibila Alxeramo, que escapan a toda clasifica-ción de capilla o de movimiento. (Este es el itinerario de la labor previa de agrupación y compilación, porque en el volumen se obser­va, regularmente, el orden alfabético).

 

Se constatan, desde la primera lectura, algunas gruesas omisiones, de las que no son responsa­bles quizá siempre los compiladores. Estos piden en el prólogo que se tenga en cuenta, en su descargo «las omisiones debidas a la hostilidad inex­plicable encontrada al demandar la autorización ritual». Autorización que en nuestros países, na­da rigurosos todavía en materia de propiedad literaria, no embaraza ni estorba, por cierto, a los antologistas.

 

Pero la explicación no basta para que no se eche de menos entre otros, en esta tabla post­-d'annunziana, a valores tan significativos como Papini y Soffici.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ESTADOS UNIDOS

 

 

"MANHATTAN TRANSFER", DE JOHN DOS PASOS*

 

I

 

John dos Pasos es como Waldo Frank un nor­teamericano que ha vivido en España y que ha estudiado amorosamente su psicología y sus cos­tumbres. Pero aunque después de sus hermosas novelas La iniciación de un hombre y Tres soldados, John dos Pasos se cuenta entre los valores más altamente cotizados de la nueva literatura norteamericana, sólo hoy comienza a ser tradu­cido al español. La Editorial Cenit acaba de pu­blicar su Manhattan Transfer, libro en el que las cualidades de novelista de John dos Pasos alcanzan su plenitud. La iniciación de un hombre y Tres soldados son dos libros de la guerra, asunto en el que dos Pasos sobresale pero que, quizás, han perdido su atracción de hace algunos años. Manhattan Transfer, además de corresponder a un período de maduración del arte y espíritu de John dos Pasos, refleja a Nueva York, la urbe gigante y cosmopolita, la más monu-mental crea­ción norteamericana. Es un documento de la vida yanqui de mérito análogo, quizá, al de El Cemento de Gladkov como documento de la vida rusa.

 

En Manhattan Transfer no hay una vida, morosamente analizada, sino una muchedumbre de vidas que se mezclen, se rozan, se ignoran, se agolpan. Los que gustan de la novela de argumento, no se sentirán felices en este mundo heterogéneo y tumultuoso, antípoda del de Proust

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* Las dos partes de que consta el presente ensayo fueron publicadas en las ediciones de Mundial y Variedades, correspondientes al 9 de agosto y 4 de setiembre de 1929, respectivamente.

 

 

 

 

 

 

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y de Giraudoux. Ninguna transición tan violenta tal vez para un lector de hoy como de Eglan­tine a Manhattan Transfer. Es la transición del baño tibio y largo a la ducha enérgica y rápida La técnica novelística, bajo la conminatoria del tema, se hace cinematográfica. Las escenas se suceden con una velocidad extrema; pero no por esto son menos vivas y plásticas. El traduc­tor español, que se ha permitido una libertad indispensable en la versión del diálogo, escribe lo siguiente en el prefacio: «Como en la pantalla del cine la acción que abarca veintitantos años, cambia bruscamente de lugar. Los personajes, más de ciento, andan de acá para allá, subiendo y bajando en los ascensores, yendo y viniendo en el metro, entrando y saliendo en los hoteles, en los vaposes, en las tiendas, en los music-halls,* en las peluquerías, en los teatros, en los rascacie­los, en los teléfonos, en los bancos. Y todas es­tas personas y perso-nillas que bullen por las pá­ginas de la novela, como por las aceras de la gran metrópoli, aparecen sin la convencional pre­sentación y se despiden del lector "a la fran­cesa". Cada cual tiene su personalidad bien marcada, pero todos se asemejan en la falta de es­crúpulos. Son gente materialista, dominada por el sexo y por el estómago, cuyo fin único parece ser la prosperidad económica. A unos los sor­prendemos emborrachándose discretamente; a otros, cohabi-tando detrás de las cortinas; a otros estafando al prójimo sin salir de la ley. Los abo­gados viven de chanchullos, los banqueros se­ducen a sus secretarias, los policías se dejan so­bornar y los médicos hacen abortar a las actri­ces. Los más decentes son los que atracan las tiendas con pistola de pega. Entre toda esta gen­tuza, se destaca Jimmy Herf, tipo de burgués idealista, repetido en otras obras de Dos Pasos. Pero el verdadero protagonista no es Jimmy sino Manhattan mismo, con sus viejas iglesias empotradas entre geométricos rascacielos, con sus cabarets resplandecientes, con sus puertos brumosos y humeantes y con sus carteles lumino­sos que parpadean de noche en las avenidas don‑

 

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* Salones donde se oye música.

 

 

 

 

 

 

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de la gente se atropella ensordecida por el tre­pidar de los trenes elevados. Estas líneas dan, en apretado esquema, una idea de la novela.

 

John dos Pasos continúa y renueva, con todos los elementos de una sensibi-lidad rigurosamente actual, la tradición realista. Manhattan Transfer es una nueva prueba de que el realismo no ha muerto sino en las rapsodias retardadas de los viejos realistas que nunca fueron realistas de veras. También, bajo este aspecto, hace pensar en El Cemento. Pero mientras El Cemento, en su realismo, tiene el acento de una nueva épica, en Manhattan Transfer, reflejo de un magnífico e imponente escenario de una vida cuyos impulsos ideales se han corrompido y degenerado, carece de esta contagiosa exaltación de masas creadoras y heroicas.

 

El decorado de Manhattan Transfer es simple y esquemático como en el teatro de vanguardia. La descripción, sumaria y elemental, es sostenida a grandes trazos. John dos Pasos emplea imáge­nes certeras y rápidas. Tiene algo del expresio­nismo y del suprarrealismo. Pero, vertiginoso co­mo la vida que traduce, no se detiene en ninguna de las estaciones de su itinerario.

 

II

 

Esta novela, en apariencia incongruente, desordenada, tumultuaria, en verdad tiene una es­tructura sólida de block-house,* "Es un rascacielos", me sopla al lado J. Eugenio Garro, tra­ductor de Waldo Frank, algo familiarizado ya con esta arquitectura de hierro y cemento armado. John dos Pasos ha construido su novela, desde sus cimientos, con arte de ingeniero yanqui. La estética de su trabajo obedece a las líneas y los materiales de su estructura. Todo es Geomé-tricamente cubista en Manhattan Transfer, sin barroquismo y sin arabescos. Por su puerta gira­toria, que no se detiene un segundo, entran y salen los habitantes de una urbe mecanizada y

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* Conjunto de casan con unidad arquitectónica.

 

 

 

 

 

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vertiginosa. Las estancias monótonamente igua­les de este rascacielos alojan dramas distintos; pero todos estos dramas son elementos de una sola balzaciana expresión de Nueva York.

 

La primera escena de Manhattan Transfer es una anónima y muda escena de maternidad. Una enfermera deposita una cesta con un recién na­cido al lado de otras, en una sala recalentada, con olor de alcohol y desinfectante. Minutos des­pués que otras criaturas, de las que en esta novela no volveremos a encontrar el rastro igno­to, llega al mundo Ellen Thatcher. La primera nota de Manhattan Transfer es un vagido. Joyce en Ulyses, con ritmo lento, nos lleva también a una clínica de partos; pero en Manhattan todo transcurre en tiempo cinematográfico. Ed. That­cher, contador, sueña con un porvenir apacible para su primera hija. No es un hombre ambi­cioso, en esta feria de codicia y de deseos. Le gustaría retirarse del trabajo con algunos aho­rros, a una casita a orillas del Hudson, cuyo jar­dín cuidaría en las tardes. Ellen sería una muchacha casera y tranquila. Honesto y tímido programa de clase media, acariciado horas después del alumbramiento en un bar de Manhattan, de­lante de un vaso de cerveza. Nueva York no es todavía sino un informe y confuso embrión de la urbe futura. Este día se firma el proyecto de en­sanche que hará de Nueva York la segunda me­trópoli del mundo. Ellen, Nueva York, crecen ignorantes de su destino.

 

Los personajes de la novela aparecen, uno tras otro, ligados al destino de la urbe. El inmigrante que desembarca en este puerto, porque sólo en él podían vararse su desesperanza y su incertidumbre; el homicida, fugitivo del campo, que ingresa con paso torpe y temeroso en esta babilonia que digerirá sin dificultad su remor­dimiento. George Baldwin, abogado novel y po­bre, espía la ocasión de debutar con fortuna, ga­nando un pleito de cuantía; Augustus Mc Niel, repartidor de una lechería, arrollado y mal heri­do por un tren de mer-cancías, que le ofrece la oportunidad buscada, gana con este accidente una indemnización y una cojera que lo jubilan

 

 

 

 

 

 

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en tan pobre oficio, para hacer más tarde de él un equívoco capataz de huelgas y uniones obreras, capaces de jugar un rol en el mercado de valores. Los dos obtienen de este azar lo que les hacía falta. Nellie, la mujer del lechero, es joven y bonita, y Baldwin, ayuno de placeres, hace presa en ella con el mismo apetito que en la compañía ferroviaria. Jimmy Herf, otro prota­gonista, arriba a Nueva York con su madre en el Harabic. No es sino un niño, que viene de Europa. El lector sigue las etapas de su desarro­llo; pero, lo mismo que en Ellen Thatcher: en esos instantes en que las almas de los niños tie­nen ya un par de alas nuevas o un par de alas menos. John dos Pasos necesita prescindir de todo moroso proceso narrativo. La técnica y el tiempo de su novela son los del cinema. Entre las escenas de Ellen y Jimmy infantiles, dos Pasos nos presenta muchos personajes, nos descubre muchas vidas. Todos, como Ellen recién nacida en el cesto de la Maternidad, parecen "retorcerse débilmente entre algodones como un hervidero de gusanos". Ellen, en un nuevo capítulo, no es ya una niña. Tiene excesiva belleza, juventud y dinamismo para corresponder a la ambición dul­ce y avara del contador Thatcher. Se ha casado, por lo pronto, con John Oglethorpe; pero se siente que esta boda no es sino la primera etapa, la ini­ciación de una muchacha neoyorkina. Ellen, ac­triz afor-tunada, dejará a Oglethorpe. La sitian muchas tentaciones; ella se enamora de Stan, joven, rico, alcohólico, en quien no ama sino la juventud; pero Stan, durante una borrachera, se casa en Niagara Falls* con Pearline, una rubia anodina e insignificante, con "un par de ojos azu­les como leche aguada". Stan y Pearline amane­cen un día quemados entre los escombros de un incendio como otro día amanecieron casados en Niagara Falls. Y una noche en que el empresa­rio Harry Goldweiser, elegante y rendido, le ha­bla de su arte, de la Bernhardt, de la Duse, Ellen mordida por su derrota, en vez de discurrir sobre estas cosas, que no consiguen ahora sino irritarla, le dice: «¿Puede Ud. comprender que una

 

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* Las Cataratas del Niágara.

 

 

 

 

 

 

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mujer quiera a veces ser una prostituta, una vulgar zorra?». Más tarde, nauseada de esta vida, Ellen no ambicionará sino una maternidad hon­rada, un amor sereno. Dejará el teatro, para marchar a Europa a servir en la Cruz Roja americana. Se casará en Europa con Jimmy Herf. Los dos regresarán a Nueva York, con un niño, felices y esperanzados todavía. Pero Nueva York devorará implacablemente los restos de su ilusión y de su dicha. Jimmy Herf, idealista, atormentado, revolucionario, es extraño al destino de esta mu­jer que se reintegrará, fatalmente, al mundo bri­llante e inmoral del que la guerra y el amor temporalmente la arrancaron. Ellen deja a Jimmy por el abogado Baldwin, rico, poderoso, que la ha asediado y la ha deseado siempre. George Baldwin, que ha llegado a donde ha querido, que se ha pagado el lujo de amantes espléndi­das, personifica una burguesía victoriosa a la que únicamente el placer puede hacer tolerable una existencia desierta, fallida, triste. Espera a Ellen, sonriendo "como una celebridad en la sección de rotograbados de un periódico". Pero le confiesa fatigado: «¡Si supiera usted cuán vacía ha sido mi vida durante años y años! He sido una especie de juguete mecánico, todo hueco por dentro». Y Herf, conversando con Congo, el in­migrante francés, anarquista y aventurero, que se enriquece traficando en champaña y licores, hace este inventario de su existencia: «La dife­rencia entre usted y yo, Armand, es que usted va subiendo en la escala social y yo voy bajando... Cuando usted era pinche en un vapor yo era un niño bien, con cara de papel mascado, que vivía en el Ritz. A mis padres les dio por el mármol de Vermont, por el nogal oscuro, la ca­sa era un bazar babilónico. Yo no puedo hacer nada más. Las mujeres son como ratas: aban­donan el barco que se hunde. Va a casarse con ese Baldwin, que acaba de ser nombrado fiscal del distrito...Se dice que le apadrinan para alcalde en una candidatura fusionada… La ilu­sión del poder, eso es lo que le come. Todas las mujeres se mueren por eso. Si creyera que me servía de algo, le juro que tendría energía bas-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tante para amasar un millón de dólares... Pero ya todo me da lo mismo. Necesito algo nuevo, diferente. Sus hijos serán así, Congo. Si me hu­bieran dado una educación decente y si hubiera empezado a tiempo, ahora sería quizá un gran sabio. Si hubiera tenido un temperamento más sexual sería artista o tal vez religioso... Pero aquí estoy, Cristo, con casi treinta años y ansio­so de vivir. Si fuera lo bastante romántico supongo que me hubiera matado hace ya tiempo, sólo para que la gente hablara de mí. Ya ni siquiera tengo la esperanza de llegar a ser un perfecto borracho».

 

El estilo de John dos Pasos, en esta novela, se identifica con la escena y el asunto. El autor extrae de la cantera de Nueva York el material de sus imágenes, Sus metáforas son siempre las que puedan pensarse en un bar de Broadway o en el muelle de Down Town. El estilo de dos Pasos se alimenta directamente de la prosa calle­jera de Nueva York. Sus imágenes son visuales, auditivas, olfativas, cuantitativas, mecánicas. Ci­taré, al azar, algunas: «Bajo la presión cada vez más fuerte de la noche, las ventanas escurren chorros de luz, los arcos voltaicos derraman leche brillante. La noche comprime los sombríos blo­ques de casas hasta hacerles gotear luces rojas, amarillas, verdes, en las calles donde resuenan millones de pisadas. La luz chorrea de los letre­ros que hay entre las ruedas, colorea toneladas de cielo». «La oficina olía a engrudo, a manifies­tos y a hombres en mangas de camisa». «Burbu­jas luminosas en un sandwich de mar y negru­ra»: «El crepúsculo de plomo pesa sobre los secos miembros de un viejo que marcha hacia Broadway. Al doblar la esquina, ocupada por un puesto de Nedik, algo salta en sus ojos como un muelle. Muñeco roto entre las filas de muñe­cos barnizados, articulados, se lanza cabizbajo al horno palpitante, a la incandescencia de los letreros luminosos». «Recuerdo cuando todo esto era campo», murmura al pequeño. «La octava Avenida estaba llena de una niebla que se les agarraba a la garganta. Las luces brillaban mor­tecinas a través de ella, las caras se esfumaban,

 

 

 

 

 

 

 

 

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se perfilaban en silueta y desaparecían como peces en un acuario turbio». «En la noche de hie­rro colado el viento soplaba más frío». «Se instalan refunfu-ñando en el fondo de sus lemosinas y se dejan llevar rápidamente hacia la calle cuarenta y tantas, calles sonoras, inundadas de luces blancas como gin, amarillas como whisky, efervescentes como sidra». «Rojo crepúsculo que perfora la niebla de Gulf Stream.* Vibrante garganta de cobre que brama por las calles de dedos ateridos. Atisbadores ojos vidriados de los rascacielos. Salpicaduras de minio sobre los fé­rreos muslos de los cinco puentes. Irritantes mau­llidos de remolcadores coléricos bajo los árboles de humo que vacilan en el puerto». «En su in­terior efervescía como gaseosa en dulces jarabes abrile-ños de fresa, de zarzaparrilla, de chocola­te, de cereza, de vainilla, goteando espuma en el aire tenue, azul como gasolina».

 

Epopeya prosaica y desolante de un Nueva York sin esperanza. En esta urbe, no hay sino gente que sufre, goza, cae, codicia, trabaja deses­peradamente. Jimmy Herf y su impotente idea­lismo, perdidos en esta babilonia, no son por fortuna el único fermento de un Nueva York nuevo, futuro. El himno que cantan los extranjeros undesirables,** al dejar Nueva York en los barcos que los deportan, es en Manhattan Transfer, la única voz de esta esperanza: International shall be the human race.***

 

"RAHAB", de WALDO FRANK****

 

El más fino retrato de mujer que he encontra­do, en una novela contempo-ránea, no pertenece a Paul Morand, ese donjuanesco coleccionista de noches cosmopolitas, de placeres internacionales y de mujeres finiseculares y neuróticas. No per­tenece siquiera a la literatura francesa que desde los tiempos del gran Balzac hasta los del pe­queño Bourget, debe una parte de su fama a su

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* Corriente del Golfo.

** Indeseables.

*** La raza humana será internacional.

***" Publicado en Variedades: Lima, 10 de Abril de 1926.

 

 

 

 

 

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galería de psicologías femeninas. Está en una novela de Waldo Frank. Es el retrato de esta Fanny Luve, sobre cuya vida Waldo Frank, escribe el nombre de "Rahab", la dulce prostituta de Jericó que albergó en su morada a los emisarios de Israel, porque su sencilla e ingenua ánima reconoció en ellos a un designio del Señor.

 

Rahab reúne las condiciones superiores de la novela psicológica; pero clasificarla sobre esta etiqueta sería tal vez rebajarla al nivel de un género en el que se admite una pornografía, más o menos disfrazada o mundana, que reemplaza en el gusto de las burguesitas a un romanticis­mo de similor. Fanny Luve es una adúltera que, repudiada, se extravía por los malos caminos de la ciudad tentacular. Pero ni su adulterio ni su caída son en sí mismos el tema, el fondo del ro­mance. El de Fanny Luve es el drama de una mu­jer que, en su adulterio y en su caída, busca su salud y su salvación. No se reduce a una aventuró sexual; se eleva a la altura de una aventura re­ligiosa. En el pecado y en la expiación, Fanny Luve no tiene otra meta que Dios y la verdad.

Fanny Luve podía haberse conformado con la mediocridad de una existencia ensombrecida por la mentira. Su pecado podía haber quedado ig­norado. Pero esta criatura mística se sentía capaz de cualquier renunciamiento, pero no de la verdad. Quería la dicha, pero la quería en la verdad. Fanny sabe bien qué cosa la diferen­cia de las demás. «Se puede vivir sin formu­lar preguntas. Pero tú no. Se puede tejer entre el corazón y el pensamiento una placa de acero. Pero tú no puedes hacerlo. Señor, sí, yo pensaré. Yo te prometo, Señor. Yo me acordaré de que he sufrido, de que muero, de que estoy aquí a fin de pensar...».

 

Esta angustia, esta tortura, tal vez sólo son po­sibles en una mujer sajona. La latina vive con más prudencia, con menos pasión. No tiene esta ansia de verdad. La española, sobre todo, es muy cauta y muy práctica. Waldo Frank, precisamen­te, la ha definido con precisión admirable. «La mujer española -ha escrito- es pragmatista en amor. Considera el amor como el medio de criar

 

 

 

 

 

 

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hijos para el cielo. No existe en Europa mujer menos sensual, menos amorosa. De muchacha es bonita; fresca esperanza colorea su tez y agranda sus negros ojos, Para ella, el matrimonio es el estado mes alto a que puede aspirar. Una vez casada desaparece en ella, cual una estación, la innata coquetería de la primavera: al momento se torna juiciosa, gruesa, maternal. ¡Es poderosa esta hembra llena de cordura en una tierra de furiosos soñadores!». En los Estados Unidos -en el prosaico país industrial del que los latinos ven la potencia material, sin suponerla una creación del espíritu- la religiosidad, la exaltación, el misticismo de Fanny son, en cambio, un producto típico de la tradición espiritual. El judío, el puri­tano no han muerto.

 

Es la propia Fanny la que, en el último episo­dio de su miseria, nos cuenta su historia. Joven, fuerte, intacta, se casó con un hombre joven y fuerte también. Sus cuerpos se atrajeron; sus almas se ignoraban. Se ignoraban no sólo la una a la otra; se ignoraban a sí mismas. El alma, madura, despierta, conoce después que el cuerpo. La pareja tuvo un hijo. Luego el esposo como se había dado a la hembra, se dio al vicio. El alco­hol separó al hombre de la mujer y del hijo. Fanny sufrió a su lado al esposo ausente y ex­traño. Luego la pérdida del esposo fue más com­pleta. El esposo partió. Fanny en su soledad, empu-jada hacia la vida, se entregó a un hombre al que no amaba. Este hombre era un judío. Había en él algo que atrajo irresistiblemente a Fanny. Algo que, después de la posesión, cesó de atraerla, porque a partir de ese momento, Fanny em­pezó a sentir ese algo en ella misma. La pose­sión del judío le reveló su propio ser. Fanny no encontró un amante; se encontró a sí misma. En el fondo de sí misma, encontró a su esposo, al ausente, al distante. El pecado la salvaba, la pu­rificaba. Fanny se reconoció salvada. Al conocer a un judío, a un hombre de esa raza enigmática que lleva en el alma y en los ojos un mensaje misterioso, Fanny se conoció a sí misma como era en verdad. El judío pasó por su vida; la po­sesión perduró. Pero no como abandono a un

 

 

 

 

 

 

 

 

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desconocido, a un pasajero de la ruta, sino como recuperación de su propia alma y, por ende, de su propio amor. El beso del judío había desper­tado su yo profundo.

 

El esposo, en tanto, también se había recuperado. Y volvía al lado de la mujer y del hijo. Tornaba para desagraviarlos. Para restituirse a ellos. Fanny lo recibió llena de amor, de ternura, de deseo. Nunca se había sentido tan suya como desde el instante que se entregó al judío, sin poder sentirse de él. El retorno del esposo la sorprendió tan exaltada por esta experiencia que Fanny no quiso ni supo callarla. Fanny no podía ya concebir su vida sino en la verdad y para la verdad. El esposo en su ausencia, había sido tocado por la gracia del evangelio. Traía en los labios sus palabras. Sin embargo, no la compren­dió ni la creyó. Le creyó que había pecado; pero no le creyó que, al pecar, se había salvado. Y la repudió y la arrojó.

 

Pero Fanny había adquirido una fuerza que no podía abandonarla: la fuerza de marchar en demanda de la verdad y de Dios. Podía sacrificar todo. Menos Dios. Menos la verdad. La pobreza, la soledad, la acechaban. Pero Fanny supo salir victoriosa de sus celadas. ¿Victoriosa, a pesar de sus derrotas, de sus caídas? Si, porque, en su desgracia, conservó la gracia de la verdad. Cuando la solicitó la felicidad mediocre de una unión sin amor, la rechazó, no obstante su necesidad de ternura y de apoyo. Se negó a ser una matro­na doméstica, maternal, burguesa. Prefirió una caída mayor. Enferma, vencida, aceptó el socorro de una amiga. Aceptó luego su vida y su socie­dad. Su amiga era la barragana de un judío. Fanny devino su compañera. Conoció un mundo loco y equívoco. Un mundo de funcionarios pre­varicadores y negociantes oscuros. Casi todos ju­díos. Fue indulgente con los otros pero no consigo misma. En medio de su miseria, su misticismo creció. Era tal vez una criatura perdida: pero era sin embargo y sobre todo una criatura que bus­caba su salud y su salvación. En la más turbia de sus horas, leía a Pascal.

 

Frank, como artista, está dentro del suprarrea-

 

 

 

 

 

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lismo. El procedimiento es moderno. Como lo remarca Armand Lunel, Frank «se guarda de su­bordinar los momentos múltiples y diversos de un alma a las exigencias de la cronología objeti­va. Presenta los acontecimientos en ese orden subjetivo de la experiencia íntima en la cual los aportes casi ininte-rrumpidos de la memoria amalgaman, como en Proust, el pasado al presente».

 

Pero lo que interesa fundamentalmente en Frank no es el procedimiento. Es la vida tra­ducida en su profundidad y en su misterio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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INDICE ONOMÁSTICO

 

 

ALVAREZ DEL VAYO, Julio (1885).- Político español republicano. Embajador en México (1933-1935). Al adve­nimiento del régimen franquista fue embajador de la España Republicana (en el exilio) ante la Sociedad de las Naciones. Su obra de escritor y periodista es abun­dante y polémica.

ANDERSON, Sherwood (1878-1941).- Escritor norteameri­cano. Por su temática, por ser autodidacto e impeni­tente viajero, se le ha comparado con Gorki. Su obra, sin embargo, ha tenido gran aceptación entre las es­feras académicas. Murió en Panamá. Entre sus libros se citan: El hombre mujer, El cuento del cuentista, Mu­chos casamientos, su autobiografía, etc.

ARAGON, Luis (1897).- Poeta y dramaturgo francés. Fue uno de los fundadores del grupo surrealista. En 1930 se separó del surrealismo para ingresar al Partido Comunista. En la última guerra mundial fue uno de los organizadores de la resistencia francesa contra los in­vasores: Durante la ocupación alemana sus libros fueron prohibidos, pero, pese a ello, alcanzaron gran po­pularidad. Pertenecen a esta etapa: Cantos a Elsa, Lo enojoso y Los ojos de Elsa. Ya en la post-guerra ha publicado una novela de cuatro tomos: Los Comunistas. Historia de Francia desde 1939 hasta 1945.

ARCOS, René (1880).- Escritor francés. Fue uno de los cinco integrantes del grupo de la Abbaye que postula­ba un humanismo no carente de preocupaciones peda­gógicas. Entre sus obras más leídas se hallan El bien común y Pays du soir.

AZORIN (1874).- Seudónimo del escritor español José Martínez Ruiz. Pertenece a la Llamada "generación del 98" y se distingue por su estilo diáfano, sencillo, breve y elegante que lo ha convertido en uno de los grandes prosistas del idioma. Entre sus obras más notables te­nemos: La ruta de Don Quijote, Al margen de los clá­sicos, Visión española, La cabeza de Castilla, etc.

BABEL, Isaac (1894).- Escritor ruso.

BALZAC, Honorato de (1799-1850).- fecundo novelista francés Ningún autor ha creado un número tan grande de personajes. Su obra, de dispares temas, refleja con genial penetración el ascenso y el sedimento so­cial de la burguesía; constituye un gran mural de la vida francesa de su tiempo y todo un estadio de la no­velística. Agobiado permanentemente por preocupacio­nes económicas trató de solucionarlas a base de su titánica capacidad creadora. En su vasta y valiosa pro­ducción sobresalen: Piel de zapa, Papá Goriot, Eugenia Grandet, El cura de Tours, etc.

BARBUSSE, Henri (1873-1935).-Novelista francés. En la contienda bélica europea (1914-1918) obtuvo dos veces la Cruz de Guerra, escribiendo, con su experiencia de

 

 

 

 

 

 

 

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soldado, su libro El Fuego, ganador de altos premios literarios. Militante del Partido Comunista, Otras novelas suyas son: El Infierno y Con el cuchillo entre los dien­tes. Fue gran admirador de José Carlos Mariátegui.

BARRES, Maurice (1862-1923).- Literato y político francés de ideas derechistas. Entre sus producciones más apre­ciadas se citan: Los desarraigados (su obra fundamen­tal, en 3 tomos), El Greco y los secretos de Toledo (profundo análisis de la psicología española) y La colina inspirada.

BAUDELAIRE, Charles (1821-1867).- Poeta francés catalo­gado entre "los malditos". Su delicada salud, su procli­vidad a los estímulos artificiales, el escaso éxito litera­rio alcanzado en vida, explican su melancólico pesimis­mo. Fue Víctor Hugo quien, muerto ya el poeta, señaló su talento, afirmando que su obra constituía "un nuevo temblor" en la lírica francesa. En efecto, de las páginas de Baudelaire nacieron el parnasianismo y el simbolismo y, más tarde, gran parte del humor surrea­lista. Admiró y tradujo a Edgar Allan Poe. Sus libros son: Las flores del mal, Los paraísos artificiales, Peque­ños poemas en prosa. Este último título, así como su Carnet y su Diario íntimo, fueron publicados póstumamente,

BEETHOVEN, Ludwig van (1170-1827).- Genial músico alemán. Innovador del arte musical, se caracterizó por su dramatismo y su fuerza. Todas sus creaciones, en ma­yor o menor grado, son extraordinarias. Son famosos sus nueve sinfonías, sus conciertos y sonatas.

BENDA, Jules (1867).- Literato francés. Ensayista nota­ble, criticó las ideas de Bergson y predicó a favor de la intervención de los intelectuales en la vida social. Ha escrito numerosos libros y fundado prestigiosas y com­bativas revistas.

BERAUD, Henri (1885).- Escritor y periodista francés. Ga­nó el "Premio Goncourt".

BLASCO IBANEZ, Vicente (1867-1928).- Fecundo y patético novelista español. En 1910 funda en la Argentina dos colonias para inmigrantes que fracasan por dificultades económicas. De esta experiencia nacería su famosa novela La Barraca. El cine norteamericano realizó al­gunas de sus novelas, como Los Cuatro Jinetes del Apo­calipsis, que marca todo un hito en la historia del ce­luloide. Entre sus obras, merecen especial mención: En­tre naranjos, Sangre y Arena, La Maja Desnuda y Mare Nostrum.

BLOCH, Richard Jean (1884-1947).- Literato y político francés. Director del periódico comunista Ce Soir, que actuó en España como representante del "Comité Mun­dial contra la Guerra". Se refugió en Rusia durante la ocupación alemana y volvió a Francia con las tropas aliadas en 1944. Sus obras, novelas y dramas, no se han traducido al castellano.

BLOCK, Alejandro (1880-1921),- Gran poeta ruso. Se adhi‑

 

 

 

 

 

 

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rió a la triunfante revolución comunista. Son célebres sus poemas: Los Doce y Los Escitas.

BONTEMPELLI, Massimo (1878).- Escritor italiano. Aunque practica también la poesía, el teatro y el ensayo, es, fundamentalmente un novelista de gran humor. En­tre sus obras figuran: La vida intensa y La última Eva. En 1950 fue excluido del Senado de su país, al que fue­ra electo en 1948, por sus ideas fascistas.

BRETON, André (1896).- Poeta y polemista francés, prin­cipal fundador de la escuela surrealista, a cuyos postu­lados continúa fiel. Entre sus obras más significativas se citan: Manifiesto del surrealismo, El surrealismo en la pintura, Nadja, Segundo manifiesto surrealista, Los va­sos comunicantes, etc. (Ver El artista y la época).

BYRON, George Gordon (1788-1824).- Poeta romántico in­glés, más conocido por Lord Byron. Su inquietud y un cierto desencanto por Inglaterra que no aplaudió sus primeras obras, lo hicieron realizar su primer gran viaje, durante el cual escribió Childe-Harold -posteriormente ampliado- que se convirtió en un éxito fulmi­nante, El Corsario y Lara agregaron nuevos laureles a su nombre. Retorna a Inglaterra y se casa. El escánda­lo promovido por su fracaso matrimonial, lo lanza nue­vamente a los viajes. Lamentaciones le significa un nuevo triunfo; pero es en Venecia donde escribe su obra maestra: Don Juan. Dio fortuna y vida por la liber­tad de Grecia.

CAMBA, Julio (1882).- Humorista español. Se hizo cono­cer por sus crónicas periodísticas y por numerosos li­bros como: Alemania, Aventuras de una peseta, La ra­na viajera, La casa de Lúculo, etc.

CASTRO, Cristóbal de (1879).- Periodista y escritor con­servador español. Fue uno de los fundadores de la Aca­demia de la Poesía Española y fundador de la Asocia­ción de Publicistas españoles y americanos. Obras: Los niños del registrador, Los insaciables y Rusia por dentro.

CLAIR, René (1896),- El más celebrado de los directores cinematográficos franceses, dedicado en la primera etapa de su vida al periodismo y a la literatura. Entre sus películas figuran: El sombrero de paja de Italia, El millón, Sucedió mañana, Diez negritos, Puerta de lilas, etc.

CLAUDEL, Paul (1868-1955).- Poeta, dramaturgo y escri­tor francés, de acendrada profesión católica. Su poesía -trazada en versículos inventados por él- busca sus raíces en "el arte obscuro" anterior al Renacimiento. Durante un tiempo ejerció la diplomacia. Entre sus piezas teatrales sobresalen: La Anunciación a María y Cristóbal Colón; entre su obras en verso: Cinco grandes odas, Corona Benignitatis Anni Dei y Poemas de guerra; entre sus obras en prosa: Figuras y Parábolas y la co­rrespondencia que sostuviera, principalmente, con Ri­viére y Gide.

CROCE, Benedetto (1866-1952).- Filósofo idealista italia­no. Buscó identificar la filosofía con la historia. Son valiosos sus aportes a la Estética. Permaneció siempre

 

 

 

 

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en contra del fascismo y dirigió, hasta fines de 1947, el Partido Liberal italiano. (Ver Figuras y aspectos de la vida mundial).

CHAUTEBRIAND, Francois René (1768-1848).- Literato y político francés. Se opuso a la Revolución Francesa. Sus libros principales son El genio del Cristianismo y sus Memorias de Ultratumba, verdadero compendio de su época.

CHOPIN, Federico (1810-1849).- Músico romántico polaco. Desde niño descolló como ejecutante de piano. Su viaje a Paris le fue de gran importancia; allí conoció a célebres músicos y a su gran amor: George Sand. Su vida fue una brega constante por la independencia de su patria.

D'ANNUNZIO, Gabriel (1863-1938).- Poeta y dramaturgo italiano. Su verdadero nombre es Gaetano Rapagneta. Tuvo su propio grupo de ideología fascista: los arditi. Destacan en su producción: La ciudad muerta, El suplicio de San Sebastián, La hija de Iorio y La antorcha escondida. (Ver Figuras y Aspectos de la Vida Mundial).

DARIO, Rubén (1867-1916).- Gran poeta y prosista nica­ragüense, fundador de la corriente literaria modernista. Su verdadero nombre era Félix Rubén García y Sar­miento. Sus libros más connotados son: Azul, Prosas profanas y otros poemas, Cantos de vida y esperanza.

DAUDET, León (1867-1942).- Literato y periodista, hijo del famoso novelista Alfonso Daudet. Abandonó la Me­dicina para dedicarse a las letras. A raíz del proceso Dreyfus se entregó a la política, dirigiendo el diario conservador L'Action Française (La Acción Francesa), desde el cual atacó duramente al republicanismo. Sus obras constan de más de 70 volúmenes, sobresaliendo entre ellas: El avance de la guerra y El estúpido si­glo XX.

DELTEIL, Joseph (1895).- Escritor francés. Autor de va­rias novelas. La mejor de ellas es Juana de Arco, donde humaniza la leyenda de la Doncella. (Ver Temas de Educación).

DESCARTES, René (1596-1650).- Filósofo y matemático francés, considerado el iniciador de la filosofía espiritua­lista moderna. Su adhesión al Racionalismo lo lleva a formular su propio sistema, fundado sobre el principio de la "duda metódica", que consiste en dudar anticipa­damente de todo y aceptar sólo como real lo que resis­te los embates de la duda; y consiste, también, en acep­tar que únicamente hay algo indudable: la existencia del hombre pensante, o, dicho en otras palabras, "el pensamiento". De ahí su célebre aforismo: Cogito, ergo sum, o sea, "pienso, luego existo". Su obra básica se llama Discurso sobre el Método.

DISRAELI, Benjamin (1804-1881).- Estadista inglés. Ele­gido diputado por los radicales, se pasó al año siguiente al Partido Conservador, iniciando una famosa carrera política que lo llevó a desempeñarse varias veces como Ministro de Hacienda y a gobernar con poderes casi absolutos, entre los años 1874 y 1880. Fue uno de los fundadores del imperio inglés. La historia le considera

 

 

 

 

 

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un estadista terco y sagaz, un orador brillante, un maestro del epigrama y la sátira, un literato mediocre y un gigante del género epistolar.

DORGELES, Roland (1886).- Novelista francés. Sus expe­riencias como soldado en la primera guerra mundial las volcó en su libro Les Croix de Bois, que le significó su consagración literaria. Miembro de la Academia Gon­court. Otras obras suyas son: El cabaret de la bella mujer, Saint-Magliori, Carnet de identidad, El horizonte azul, etc.

DREISSER, Theodore (1871-1945).- Escritor norteamerica­no preocupado por denunciar los conflictos del desnivel social de su patria. Su primera obra, impresa por él, y vendida por él mismo en las calles, Hermana Carrie, fue prohibida por las autoridades. Pero su novela, Una tragedia americana -desvirtuada en el cine con el tí­tulo de Ambiciones que matan- constituyó un triunfo inocultable. Otras grandes novelas suyas son: El finan­cista, El titán, El genio, El estoico.

DUHAMEL, Georges (1884).- Novelista, crítico y poeta francés. Fundó, junto con Romaine, Vildrac y otros, el grupo "unanimista". Entre su vasta obra han alcan­zado mayor acogida: Civilización, Los hombres abando­nados, Escenas de la vida futura, Diario de un aspirante a santo, etc.

DURTAIN, Luc (1881).- Seudónimo del escritor francés André Nepven. Su producción, bastante copiosa, abarca todos los géneros literarios. Cuadragésimo piso y La otra Europa son sus libros más leídos.

EHRENBURG, Illia (1891).- Escritor ruso, cuya literatu­ra se caracteriza por su espíritu anti-burgués y revolu­cionario. Obtuvo en 1942 el Premio Stalin por su novela La caída de París, y volvió a ganarlo en 1947 con su novela La tempestad. Otras buenas novelas suyas son: El día segundo, Julio Kurenito, Citroen, La séptima ola. Es también notable su ensayo: Hollywood: fábrica de sueños.

EINSTEIN, Alberto (1879-1951).- Eminente sabio alemán. Fundador de la Física moderna. Premio Nóbel de Física en 1821. Autor de la Teoría de la Relatividad. Sus postulados sirven de base para la ciencia del átomo de nuestra época.

EISENSTEIN, Sergio (1885).- Director cinematográfico ru­so. Su película El acorazado Potemkin, señala un hito en la historia del cine y los técnicos la consideran la mejor del séptimo arte. Otras grandes cintas son: Ale­jandro Nevski e Iván el Terrible. Su grandioso film Viva México continúa inconcluso por razones políticas.

ELUARD, Paul (1895-1952).- Poeta francés. Uno de los fundadores del surrealismo, corriente que abandonó al in­gresar al Partido Comunista. Durante la ocupación alemana, en la Segunda Guerra Mundial, fue el cantor de la resistencia. Los últimos libros que escribiera marcan la culminación de un estilo admirable por su deslum­bradora sencillez. Entre sus libros más famosos Se citan: (etapa surrealista) Capital del dolor, La Inmaculada

 

 

 

 

 

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Concepción (conjuntamente con Bretón), La rosa pu­blicada; (etapa comunista) Poesía y verdad, Poesía in­terrumpida, Cuerpo memorable y Poemas Politicos, Poemas de la Resistencia, Phenix, etc.

ESSENIN, Sergio (1895-1925).- Poeta lírico ruso. Recorrió toda Rusia y viajó por América y Europa. Se casó con la famosa bailarina Isadora Duncan, y después, en se­gundas nupcias, con una nieta de Tolstoy. Su poesía se inspiró en la vida campesina y popular, con un marcado dejo místico. Se le considera el mejor poeta de su generación. A los 30 años se suicidó. El gobierno soviético ha dado el nombre de Esenino a Constanti­novo: ciudad natal del poeta.

FADEIEV, Alexander (1901).-Novelista ruso de ten­dencia realista. Perteneció a los grupos revolucionarios bolcheviques e hizo de su afición literaria una bande­ra de vanguardia social. Sostuvo ardientemente que la novela sólo se explica como género si traduce el estado de un pueblo conmovido hasta sus cimientos por una revolución liberadora. Dentro de este ordenamiento, el novelista es el pintor de un gran cuadro humano en que la hazaña del hombre es la lucha por su libertad y por su justicia. "La Derrota" es la novela que más divulgó su nombre en los ambientes literarios occiden­tales.

FRANCE, Anatole (1844-1924).- Escritor francés, cuyo ver­dadero nombre es Anatole Francois Thibault. Premio Nóbel de Literatura en 1921. Se caracteriza por su per­fección de forma y su irónico escepticismo. En su copiosa obra sobresalen: El jardín de Epicuro, La azucena roja, La isla de los pingüinos (novelas) y El Genio Latino (reunión de sus ensayos).

FRANK, Waldo (1889).- Escritor norteamericano. Lo fun­damental de su tarea literaria versa sobre la América Latina y España, cuya faz y problemas ha intentado captar en libros tan difundidos como: Nuestra América, Ustedes y nosotros, En la selva americana, España Vir­gen, etc.

FREUD, Sigmund (1856-1939).- Médico y neurólogo aus­tríaco. Creador del Psicoanálisis, teoría basada en la se­xualidad del ser humano y sus represiones y deforma­ciones. Sus estudios sentaron las bases para la moder­na ciencia que se ocupa de los transtornos mentales y nerviosos. Escribió numerosas obras en las cuales expu­so su pensamiento. (Ver Defensa del Marxismo y El Ar­tista y la Época).

GHANDI, Mahatma (1869-1948).- Jefe del nacionalismo hindú. Contribuyó como nadie a la independencia de la India. Murió asesinado por un fanático en Nueva Delhi. Predicaba la política de "no violencia".

GENTILE, Giovanni (1875-1944).- Filósofo italiano. Apli­có sus ideas al campo educativo durante el régimen fascista.

GHEON, Henri (1875-1944).- Dramaturgo francés. Durante la Primera Guerra Mundial dejó la medicina y el ateísmo para escribir y representar teatro religioso. Sus obras, reviviendo modas medioevales, fueron de prefe‑

 

 

 

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rencía "misterios" y "moralidades". Fundó el grupo de comediantes Los compañeros de Notre-Dame.

GIDE, André (1869-1951).- Novelista, dramaturgo y ensa­yista francés. Entre sus libros más notables se hallan: El inmoralista, Los alimentos terrestres, Los monederos falsos y su Diario. (Ver Signos y Obras).

GIRAUDOUX, Jean (1882-1944).- Dramaturgo y poeta fran­cés, cultivó una literatura lírica y fantástica. Sus piezas teatrales más representadas son Judith, El Apolo de Bellas y Ondine.

GLADKOV, Fedor (1883).- Escritor ruso. De maestro de escuela se convirtió en soldado de la revolución bolche­vique y, más tarde, en famoso novelista, principalmente por su obra Cemento que trata sobre la construcción de la vida socialista. El año 1949 se le otorgó el Premio Stalin.

GLADSTONE, William (1809-1898).- Estadista inglés. Ac­tuó en política durante 60 años, muchos de ellos como Ministro de Hacienda y de Colonias. Sus presupuestos estatales constituyen un ejemplo clásico de buenas fi­nanzas. En política exterior, se esforzó por conciliar los intereses imperiales de Inglaterra con sus personales principios de justicia. Su gestión como Jefe de Gobier­no se caracterizó por medidas de tipo liberal. Escribió un libro: El Estado y sus relaciones con la Iglesia.

GOBINEAU, Arthur Conde de (1816-1882).- Escritor y di­plomático francés. Sus libros, como Ensayo sobre la de­sigualdad de las razas humanas, trataron de demostrar la superioridad de la raza aria y la decadencia de la cultura por culpa del mestizaje racial, dando origen al gobinismo, tendencia que alimentó la literatura nazi.

GOMEZ CARRILLO, Enrique (1873-1927).- Escritor guate­malteco. Fue considerado "el príncipe de los cronistas". Su libro En el corazón de la tragedia obtuvo el primer premio de la Academia Francesa en 1917. Dejó nume­rosos libros de viaje y ágiles ensayos.

GORKI, Máximo (1869-1936).- Seudónimo de Alexei Maxi­minovich Pieckov que significa "el amargo". Gran no­velista ruso de estilo realista. Apoyó el régimen bolche­vique. La Madre, Ex-hombres y Mis universidades son sus libros más difundidos. (Ver Signos y Obras).

GUEHENNO, Jean (1890).- Escritor francés. Es autor de una biografía de Rousseau, cuyo título es Jean Jacques: 1758-78 y de un Diario sobre la resistencia francesa du­rante la ocupación alemana de la última guerra.

HAMP, Pierre (1876).- Seudónimo del novelista francés Pierre Bourillon. Sus libros retratan la vida y penu­rias de la clase obrera francesa en los comienzos de nuestro siglo. Entre ellos destacan: La victoria meca­nizada y Mademoiselle Moloch.

HINDENBURG, Paul von (1847-1934).- Militar y político alemán. Establecida la República, una fuerte corriente de opinión lo llevó a la Presidencia en 1921. Cum­plido su período constitucional postuló su reelección, venciendo a Adolfo Hitler por escaso margen de votes: 1928. La creciente fuerza del nazismo lo obligó a nom-

 

 

 

 

 

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brar a Hitler Canciller, muriendo al poco tiempo, ven­cido por los años y las enfermedades.

HUGO, Víctor (1802-1885).- Escritor francés. En 1827 pu­blica Cromwell, cuyo Prefacio constituye todo un Ma­nifiesto del Romanticismo, escuela de la que negó a ser una especie de Pontífice. Al llevar a escena su Hernani, desata una polémica en contra del Clasicismo, cuyos ecos resuenan a lo largo del siglo 19. Su popula­ridad lo lleva a la política, terreno en el cual sus ideas republicanas le ganan el destierro por orden del Empe­rador Luis Napoleón, contra quien escribiera su candente Napoleón, el pequeño. Aunque fuera esencialmen­te un poeta, su fama se acrecienta por sus novelas, prin­cipalmente por Los Miserables, donde se dibujan ideas de un socialismo romántico.

ISTRATI, Panatt (1884-1937).- Escritor rumano, vagabun­do y bohemio. Intento suicidarse por desesperación y hambre. La oportuna intervención de Romain Rolland, a quien escribió antes de su acto frustrado, lo rescató. Su novela más famosa es Kyra Kyralina. (Ver El Artis­ta y la Época).

JAURES, Jean (1859-1914).- Político socialista francés. Fundador del diario L'Humanité. Fue asesinado, por oponerse a la Primera Guerra Mundial, en la víspera de la iniciación del conflicto.

JIMENEZ DE ASUA, Luis (1889).- Político y penalista republicano español. El franquismo triunfante le abrió proceso y le condenó a penas diversas. Viajó a América, donde le abrió sus puertas la Universidad de la Plata. Ha desarrollado brillantes conferencias en las principales universidades americanas. Entre sus impor­tantes obras figuran: Derecho penal, El Estado peligroso, Libertad de amar y derecho a morir, etc.

KELLER, Gottfried (1819-1890).- Novelista suizo de míse­ra infancia, adolescencia consagrada a la pintura y ten­dencia conservadora. Literato ya, fue enviado a estu­diar a Alemania, país en el cual se arraiga al extremo de convertirse en uno de los grandes prosadores de su lengua. Sus principales obras son: Der grüne Heinrich, Martín Salander y Die Leute von Seldwyla.

KERENSKI (1881).- Político ruso. Al triunfar la revuelta contra el zar fue nombrado Presidente del Consejo de Ministros del Estado Revolucionario. Derrocado por la Revolución Comunista huyó al extranjero. Vive actualmente en Londres. Ha escrito un libro de memorias: La catástrofe.

LARBAUD, Valery (1881).- Escritor francés contemporáneo. Obra: Fermina Márquez, A. O. Barnabooth, Juanita, azul, blanco, París de Francia y Sous l'invocation de Saint Jeróme.

LA BRUYERE, Jean de (1845-1898).- Escritor francés. Su formación clásica se revela en el cultivo de las máximas y sentencias, tal como sucede en su obra básica: Los caracteres. Gran mérito de su obra reside en sus cua­dros sociales, en la grácil ironía con la que pinta al

 

 

 

 

 

 

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rey, a la nobleza y a la ascendente clase burguesa. De él se ha dicho que escribió con un alfiler.

LAUTREAMONT, Conde de (1846-1870).- Poeta francés, aunque nacido en Uruguay, considerado entre los "poe­tas malditos". Su único libro, Los cantos de Maldoror, pasó casi desapercibido en su tiempo; pero la fiebre surrealista lo rescató del olvido, convirtiéndolo en una suerte de Evangelio negro.

LENIN (1870-1924) - Político ruso. Su verdadero nombre fue Vladimir Ilich Ulianov. Jefe del comunismo ruso. Fundador del Partido Comunista bolchevique. Jefe de la Revolución que llevó al poder a su partido. Funda­dor de la III Internacional. Desarrolló el marxismo, aplicándolo a la etapa imperialista. Dejó gran número de libros, entre ellos: ¿Qué hacer?, Materialismo y Em­piriocriticismo, El imperialismo: etapa superior del ca­pitalismo, etc. Junto con Marx y Engels, constituye la autoridad máxima en la filosofía del materialismo his­tórico.

LEONOV (1899).- Novelista ruso. Su reconocida cultura clásica la ha empleado en reflejar, principalmente, el efecto de la Revolución Bolchevique en la vida del campesino. En 1946 se le otorgó el Premio Lenin. Sus obras principales son: Bassuki, traducida al castellano con el título de Tejones; Vos, traducida al castellano como El ladrón y Doroga na Okean, traducida al cas­tellano como El camino hacia el Océano.

LIEBKNECHT, Karl (1871-1919).- Jefe del Partido Comu­nista alemán. Diputado al Reichstag, apoyó abiertamente la revolución comunista en Rusia. Estuvo preso varios años. Sus partidarios se llamaban "espartaquistas" y combatían al socialismo moderado. Murió durante una insurrección popular.

MAC ORLAN, Pierre (1883).- Escritor francés. En 1950 fue elegido miembro de la Academia Goncourt. Sus libros, bastante numerosos, pueden considerarse como novelas de aventuras. Destacan: Margarita de la noche, Villa, La Bandera, Verdún, Montmartre, etc.

MAIACOVSKI, Vladimiro (1894-1930).- Poeta ruso. Cantor de la Revolución Comunista, renovó la estética tradicio­nal. En su primera etapa fue futurista y a ella pertene­ce su célebre poema La nube en pantalones. Sus obras completes se han publicado en castellano. Su poema más difundido es Formidable. Cultivó el drama y el ensayo.

MARAÑON, Gregorio (1887).- Médico y escritor español. Su facilidad para el ensayo y su manejo del psicoanáli­sis, le han permitido escribir libros tan resonantes co­mo: Amor, conveniencia y eugenesia, Los estados inter-sexuales en la especie humana y, principalmente, Vida e historia, donde analiza a personalidades y personajes, tales como Amiel, Leonardo de Vinci o Don Juan. Como médico endocrínico no es menos brillante: "el signo de Marañón" es un aporte suyo en el campo de las enfer­medades nerviosas de origen glandular.

 

 

 

 

 

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MARINETTI, Filippo (1876-1944).- Poeta italiano, fundó el Movimiento Futurista, cuyo Manifiesto primigenio apareció en el Fígaro de Paris en 1909, y cuyos mejores frutos se hallan en la revista Poesía, fundada por él y su grupo. Su movimiento propiciaba una imaginación ilimite, destrucción de la sintaxis y el culto de lo vital y lo fonético. Sus libros más representativos son Zang-Tumb-Bunmb y Futurismo y Fascismo.

MARX, Karl (1818-1883).- Filósofo alemán. Fundador del socialismo científico: base ideológica del movimiento co­munista actual. Vivió perseguido por varios años. Re­dactó el primer Manifiesto Comunista, ayudado por Engels. Su obra básica, en tres tomos, es El Capital.

MAURIAC, Francois (1885).- Escritor francés, Se caracte­riza por su hondo catolicismo. Los clásicos problemas místicos, volcados en el mundo contemporáneo, consti­tuyen la trama de su literatura. Miembro de la Academia Francesa. En 1952 obtuvo el Premio Nóbel de Li­teratura. Famosas novelas suyas son: Genitrix, Teresa Desqueyroux y Los caminos del mar, y es notable su ensayo: El pensamiento vivo de Pascal.

MAUROIS, André (1885).- Escritor francés, llamado Emi­le Herzog. Su obra es varia y prestigiada. Ha escrito bio­grafías maestras, como Vida de Disraeli, Byron, Ariel o la vida de Shelley, historias sucintas como la Historia de Inglaterra y numerosos cuentos, ensayos y novelas.

MAURRAS, Charles (1868-1953).- Político francés de ideas monárquicas y fascistas. Dirigió el periódico L'Action Française. Consejero de Petain durante la última ocu­pación alemana de Francia. Finalizada la guerra, fue condenado a prisión por colaboracionista. (Ver Signos y Obras).

MICHELET, Karl Ludwig (1801-1893).- Filósofo alemán. Profesor de la Universidad de Berlín. Perteneció al ala izquierda del hegelianismo, contribuyendo con sus crí­ticas a la revisión de Hegel que emprendió Marx. Sus libros no se han traducido al castellano.

MIGUEL ANGEL (1475-1564).- Su nombre completo es Mi­guel Angel Buonarroti. Genial escultor, pintor, arqui­tecto italiano del Renacimiento. Son famosos sus fres­cos de la Capilla Sixtina (principalmente el Juicio Fi­nal); sus planos para la bóveda de San Pedro y sus esculturas: La piedad, Moisés y David joven.

MONTHERLANT, Henri de (1896).- Novelista francés. Su obra se halla muy ligada a España por libros como Las bestias -referente a los toros- La pequeña infanta de Castilla y otras notables páginas. Por el año 1930, su literatura solar y deportiva se la opuso a la "crepuscu­lar" de Gide, en base a sus libros Vida y muerte y Olímpicas. Durante la ocupación alemana (segunda guerra mundial), el autor de Canto fúnebre a los muer­tos de Verdún, colaboró abiertamente con los alema­nes. Tiene el Gran Premio de Literatura de la Acade­mia Francesa.

MORAND, Paul (1888).-Escritor francés nacido en Rusia. Su ingenio y su don descriptivo le crearon un prestigio

 

 

 

 

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extraliterario. Con Abierto de noche y Cerrado de noche obtuvo universal renombre, pues logró expresar la Europa de la primera tras-guerra mundial, con mayor éxito que algún otro novelista de su generación. Los viajes le arrancaron otros testimonios. Ha escrito teatro y poesía.

MUSSET, Alfredo de (1810-1857).- Poeta romántico fran­cés. Desde uno de sus libros iniciales, Canto de España y de Italia, avanza cada vez más a un romanticismo doloroso e íntimo que constituye la esencia de su serie poética (varios tomos escritos en diversos años), Noches, cuya culminación se produce en Recuerdo. En tal desa­rrollo ejerció gran influencia su compartido y luego roto amor por George Sand. Su obra, Confesiones de un hijo del siglo, es uno de los grandes documentos del Romanticismo.

ORTEGA Y GASSET, José (1883-1955).- Filósofo y escri­tor español, cuyo pensamiento discurrió por los más diversos problemas de nuestra época. Ejerció una gran influencia en el actual humanismo crítico. Sus obras más notables son: El tema de nuestro tiempo, España Invertebrada, Meditaciones del Quijote, La deshuma­nización del Arte, La rebelión de las masas, etc. Fundó y animó por largo tiempo La Revista de Occidente, compendio vivido de las preocupaciones de su hora. (Ver Figuras y Aspectos de la Vida Mundial).

PAPINI, Giovanni (1881-1956).- Escritor italiano. En forma póstuma obtuvo el "Lapicero de Oro": máximo ga­lardón literario de Italia. Famoso por sus crisis religio­sas, reflejadas en sus libros, como: Memorias de Dios, Historia de Cristo y Lo que el demonio me dijo.

PASCAL (1623-1662).- Pensador, escritor y hombre de cien­cia francés. A los 18 años había escrito su primer ensa­yo e inventado una máquina calculadora: la pascalina. Como físico, sus experimentos sobre el vacío, la gravedad del aire y el equilibrio de los líquidos, son esenciales en la historia de la Física, considerándosele uno de los fundadores de la Hidrodinámica, junto con Galileo y Torricelli. Como pensador, se sintió íntimamente uni­do al "jansenismo" -doctrina que da preeminencia a la voluntad divina sobre la humana en la práctica del bien-; pero, en el fondo, fue un personalista, un místi­co donde el naciente racionalismo de la época abría fuertes brechas, un espíritu en permanente debate en­tre la duda y la fe. Todo esto se refleja en su obra Pensamientos.

PASSOS John dos (1898).- Novelista norteamericano. La protesta social implícita en sus primeros libros, se ha ido evaporando en el desarrollo de su carrera literaria. Asimismo, su estilo, originariamente personal y cine­matográfico, ha derivado a lo corriente y clásico. Sus más famosas novelas son: Manhattan Transfer (1925), Paralelo 42 (1930), El Gran Dinero (1936), Número uno (1943) y El gran designio (1949).

PASTERNAK, Boris (1890).- Escritor ruso, A los 14 años publicó su primer libro, iniciando la carrera literaria que llego a convertirlo en uno de los grandes poetas de

 

 

 

 

 

 

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su patria. Durante muchos años se dedicó a traducir al ruso a Shakespeare, Jonson, Swinburne, etc. El año 1957 publicó su novela El doctor Zhivago y al año si­guiente se le otorgó el Premio Nóbel de Literatura, el cual rechazó, por consideraciones personales y políticas.

PEGUY, Charles (1873-1914).- Escritor y publicista fran­cés. Discípulo de Bergson, encarnó durante su vida un socialismo cristiano, progresista y nacional. La mayor parte de su obra y muchas de sus contemporáneos, apareció en los Cuadernos que él fundara y dirigiera. Murió en la batalla de Verdún. Entre sus obras más difundidas están: Juana de Arco, De la ciudad socialista, El misterio de los Santos Inocentes, Eva, etc.

PHILIPPE, Charles Louis (1874-1909).- Novelista francés. Su obra nos entrega el París trágico, pero vestido con la tierna piedad del autor. Su prestigio parece acrecen­tarse con el correr de los años. Son famosas sus novelas: Buba de Montparnase y Charles Blancard, así como su libro, en cierta medida autobiográfico: La madre y el niño.

PILNIAK, Boris (1894).- Novelista ruso, cuyo verdadero nombre es Boris Andieievich. Aunque comenzó su ca­rrera literaria en 1915, su fama la alcanzó durante la época soviética, principalmente con su novela El año de la miseria, publicada en 1922, en la que describe la hambruna que azotó a Rusia entre 1918 y 1919 y que puso en peligro a la flamante Revolución. Otras leídas obras suyas son: El Volga desemboca en el Mar Caspio, Árboles rojos y El nacimiento de un hombre.

PIRANDELLO, Luigi (1867-1929).- Dramaturgo y novelista italiano. Ganó el Premio Nóbel de Literatura en 1934. Su obra cumbre, Seis personajes en busca de autor, transformó la técnica teatral contemporánea.

PLUTARCO DE QUERONEA (46-120).- Escritor e historia­dor griego. Obra: Vidas paralelas y Moralia.

POINCARE, Raymond (1860-1934).- Presidente de la República Francesa durante la I Guerra Mundial. (Ver Fi­guras y Aspectos de la Vida Mundial).

PREVOST, Marcel (1862-1941).- Fecundo novelista fran­cés. Su literatura, pretendidamente psicológica, es más bien, dueña de un elegante erotismo. Obras suyas son: La confesión de un amante, Cartas de mujeres, El jar­dín secreto, Manón, etc.

PROUDHON, Pierre Joseph (1809-1865).- Economista y político francés. Su libro en el que sostiene que la propie­dad privada es un robo, inicia esa larga lucha que fue su vida. Por sus ataques a Napoleón III fue encarcelado (1849-1855) y enviado luego al destierro. Su obra, Siste­ma de Contradicciones Económicas, ejerció una gran influencia en el movimiento sindical de su época. Proudhon fue el primero en exponer la idea de la "lucha de clases". Sus seguidores se llamaron "mutualistas".

RADIGUET, Raymond (1903-1924).- Escritor francés. Su novela más lograda es El diablo en el cuerpo.

REED, Jobn.- Escritor y periodista norteamericano. Tes-

 

 

 

 

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tigo de la Revolución Bolchevique, escribió su famoso libro Diez días que conmovieron al mundo. Amigo per­sonal de Lenin. Radicado un tiempo en México, escribió México bárbaro, un gran documento sobre la dictadura de Porfirio Díaz.

RENAN, Ernesto (1823-1892).- Brillante y profundo escri­tor, filólogo e historiador francés. En 1862 obtuvo la cá­tedra de lenguas orientales en el Colegio de Francia, que perdió al publicar Vida de Jesús, su obra más importante y que constituye la primera parte de su Historia de los orígenes del Cristianismo.

RIMBAUD, Arthur (1854-1891).- Poeta francés de precoz genialidad literaria. A los 19 años -edad en la que abandona las letras- había creado ya una poesía que constituye, a la par que uno de los momentos más altos de la poesía francesa, el germen de todo el movimiento simbolista. Al poeta Paul Verlaine se debe en gran parte el que se difundiera su talento. Obra: Una sesión en el infierno (de la cual forma parte su famoso soneto a las vocales) y Las iluminaciones. En forma póstuma se publicaron algunas de sus Cartas.

PRIMO DE RIVERA, Miguel (1870-1930).- General español. Dio un golpe de Estado en 1923. Su dictadura duró hasta 1930. Se llamó El Directorio. (Ver Figuras y Aspectos de la Vida Mundial).

RIVIERE, Jacques (1886-1925).- Crítico y ensayista cató­lico francés. Director de La Nouvelle Revue Française (La Nueva Revista Francesa), famosa publicación lite­raria. Han alcanzado justa fama su libro Estudios, relativos a figuras de la literatura francesa moderna y contemporánea; Rimbaud, ensayo bibliográfico, y sus monografías sobre músicos ilustres, desde Bach hasta Stravinski.

ROLLAND, Romain (1866-1944).- Escritor francés, ganó el Premio Nóbel de Literatura en 1915. Gran humanista y apóstol del pacifismo, ejerció gran influencia espirlitual entre los escritores de su tiempo. Dejó, entre otros libros notables, dos obras básicas: Juan Cristóbal y La fuente encantada.

RUSSELL, Bertrand (1872).- Científico y escritor británi­co, encarcelado por pacifista durante la I Guerra Mun­dial. Obtuvo el Premio Nóbel de Literatura en 1950, Eminente lógico, matemático, ensayista y filósofo.

SAINT BEUVE, Charles Agustín (1804-1869).- Escritor y ensayista francés, considerado el mejor crítico literario de la primera mitad del siglo 19. Su temperamento ar­tístico lo alejó de la Medicina; sus ideas, teñidas de radicalismo, lo alejaron de la política y de su condición de Senador del Imperio; sus afanes por conciliar el ro­manticismo con el clasicismo, lo alejaron de Víctor Hugo y el romanticismo. Delineado el campo de sus ideas, se dedicó a la creación de una forma crítica, fruto de la cual es su obra básica, Historia de Port-Royal, vasta, hermosa e iluminada vitrina de la literatura de su tiempo.

SAND, George (1804-1876).- Novelista francesa, cuyo nom-

 

 

 

 

 

 

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bre verdadero fue Amandine Aurora Lucie Dupin. Se recortó el nombre y el cabello y usó, durante la mayoría de su vida, indumentaria y modos masculinos, sin sacrificio de su exquisita femineidad. Amante de Musset, escribió, al romper con él, un patético libro de versos; amante de Chopin, escribió sus días más venturosos en el libro Un viaje a Mallorca: la isla encantada de sus amores; amante, ante todo, de la literatura, creó nove­las tan perdurables como Indiana, La marca del Dia­blo, El Marqués de Villemer y Jean de la Roche.

SANDBURG, Carl (1878).- Poeta norteamericano. Ganador dos veces del Premio Pulitzer de Poesía, los años 1919 y 1925, y una vez del Premio Pulitzer de Historia, por su obra biográfica: Abraham Lincoln: Los Años de la Guerra. Su poesía incorpora giros populares, principalmente negroides, al lenguaje lírico y se muestra so­lidaria con el dolor de los oprimidos. Con motivo de conmemorarse el 150º aniversario de la muerte de Lin­coln, el año 1959, dijo, en el Congreso de Estados Uni­dos, una admirable oración en su memoria.

SANIN CANO, Baldomero (1861-1958).- Escritor y periodis­ta colombiano. Rector de la Universidad de Cauca. Se le otorgó el "Premio Lenin de la Paz", Obra: La civi­lización manual, Indagaciones e Imágenes, Divagacio­nes filológicas, Tipos, obras, ideas.

SCOTT, Walter (1771-1832).- Poeta y novelista escocés, figura principal del Romanticismo en Gran Bretaña y uno de los fundadores de la novela histórica. En su obra renacen temas y modos de la Edad Media. Entre sus novelas sobresalen: El anticuario, Bob Roy e Ivanhoe: las dos últimas llevadas al cine. Escribió también, en su estilo novelesco, una visión del antiguo Perú.

SHAW, Bernard (1856-1950).- Dramaturgo inglés. Premio Nóbel de Literatura en 1952. Entre sus piezas más difundidas figuran: Pigmalión, Santa Juana, La Coman­dante Bárbara, Retorno a Matusalén, La otra isla de John Bull, Hombre y Superhombre, etc. Gran propulsor del teatro realista y de problemática social. Fue un so­cialista moderado pero intransigente.

SHELLEY, Percy Bysshe (1792-1822).- Poeta inglés y ada­lid de la escuela romántica. Combatió la opresión y el colonialismo de su tiempo. En su obra, destacan los poemas de gran aliento: Queen Mab, La revuelta del Islam y Adonais.

SINCLAIR, Upton (1878).- Novelista norteamericano. Em­pezó a escribir desde muy joven; pero sólo en 1906 al­canzó pleno éxito con su novela Los envenenadores de Chicago. Desde entonces sus obras constituyen un cálido alegato contra la plutocracia de su país. Francamente socialista, ha invertido el dinero ganado con sus libros en empresas de bien común. El año 1943 obtuvo el Premio Pulitzer de Novela. Sus libros con mayor eco son: Los amores de Pilgrimage, Dragon's Teeth, Agente Presidencial y su, novela en diez volúmenes El fin del mundo.

 

 

 

 

 

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SOREL, George (1847-1922).- Sociólogo francés. Defensor del sindicalismo revolucionario. Su obra más importante es Reflexiones sobre la violencia. (Ver Defensa del Marxismo).

SOUDAY, Paul (1869-1929).- Literato y crítico francés. Obra: Livres du temps, Marcel Proust, Paul Valery y André Gide y La sociedad de los grandes espíritus. Su celebrado artículo, Voltaire dramaturgo, se publicó ane­xo a las Memorias de éste.

SOUPAULT, Philippe (1897).- Escritor surrealista francés. Principales obras en verso: Los campos magnéticos, Georgia, El arma secreta. Principales novelas: La negra y Los moribundos. Es también muy difundida su biografía sobre Baudelaire.

STALIN (1879-1953).- Político comunista ruso, cuyo nom­bre verdadero es José Vissarionovich. Su adolescencia es una cadena de prisiones, destierros y fugas. Triun­fante la Revolución, es elegido miembro del Comité Central del Partido Comunista y, muerto Lenin, su Secretario General. Gobierna 29 años, durante los cua­les el P. C. se enfrenta victoriosamente al trotskismo, convierte a la Unión Soviética en un país socialista, vence a la Alemania hitlerista y echa las bases de un comunismo moderado. Después de su fallecimiento, su figura fue muy discutida, acusándosele de "culto a la personalidad", con detrimento de la "legalidad soviéti­ca" y la práctica del "centralismo democrático". Entre sus numerosos libros sobresalen: Cuestiones del leninismo y La cuestión nacional y los pueblos coloniales.

STENDAHL (1783-1842).- Su verdadero nombre es Henri Beyle. Notable novelista francés. Su libro más popula­rizado es Rojo y Negro.

STERNHEIM, Carl (1878-1924).- Dramaturgo y novelista alemán. Su literatura ridiculiza al mundo burgués, me­diante una ironía que manejó con destreza. El único libro suyo traducido al castellano es su novela Europa.

TAINE, Hipólito Adolfo (1828-1893).- Filósofo, critico e historiador francés. Desató famosa polémica con su tesis doctoral sobre las fábulas de La Fontaine y por su libro sobre Tito Livio; por su oposición a Luis Napoleón, que le valió encarnizadas persecuciones; por el es­cándalo promovido al negarle la Academia Francesa el premio que obtuvo con su obra Historia de la literatura inglesa, aduciendo su condición de ateo. La segunda etapa de su vida comprende su éxito literario y perio­dístico internacional, su retorno a Francia, su ingreso a la Academia Francesa y el aplauso a su labor por parte de los conservadores de su país. Obra: Vida y opiniones de Thomas Graindorge, De la inteligencia, Filosofía del Arte, El positivismo inglés, El idealismo inglés y Oríge­nes de la Francia contemporánea.

THOREAU, Henry (1817-1862).-Escritor norteamericano. Vivió largas temporadas en bosques desolados, creando una literatura donde alienta su amor a la naturaleza y su credo individualista. Obra: Walden, or life in the

 

 

 

 

 

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Woods (su diario en la soledad), Un yanqui en Canadá y Poemas de la Naturaleza.

TILGHER, Adriano (1887-1941).- Crítico y filósofo ita­liano. Gran defensor de Pirandello, a cuyo triunfo con­tribuyó. Entre sus libros más notables se cita Relativis­mo contemporáneo.

TOLSTOI, León (1828-1910).- Su nombre verdadero es Lev Nicolaievich. Escritor ruso, místico, internacionalista, pacifista. Sus novelas campesinas y su apasionada de­fensa de un arte sencillo y popular, ayudaron a preparar la revolución comunista rusa. Sus libros más famosos son La guerra y la paz, Ana Karenina, La sonata a Kreutzer, Resurrección, todas ellas llevadas al cine. Escribió más de 70 libros. (Ver El Artista y la Época).

TORRE, Guillermo de (1902).- Escritor español. Obra: Ma­nifiesto ultraísta vertical, Literaturas europeas de vanguardia, Examen de conciencia o problemas estéticos de la nueva generación, Valoración literaria del existencia­lismo, etc.

TROTSKI, León (1879-1940).- Político y escritor ruso. Lue­go de una agitada juventud revolucionaria, tomó parte activa en la revolución comunista de 1917. Presidente del Soviet de Moscú. Ministro de Relaciones Exteriores y de Guerra. Principal forjador del Ejército Rojo. Sus anti­guas discrepancias con Lenin se acentuaron con Stalin y creó su propia teoría política. Fundó la IV Internacio­nal. Desterrado de Rusia, vivió en el extranjero la exis­tencia de un doble perseguido político. Escribió numero­sos libros y artículos. Fue asesinado en México. Sus obras más significativas son La Revolución Rusa, La revolución permanente, La revolución traicionada, Vida de Lenin, El organizador de derrotas y su autobiografía. (Ver La Escena Contemporánea).

UGARTE, Manuel (1878-1951).- Escritor y publicista ar­gentino. Destacó en el terreno sociológico. Entre su vasta producción sobresalen: Cuentos de la pampa, La joven literatura hispanoamericana, El destino de un continente, América Latina para los latinoamericanos, etc. (Ver Peruanicemos al Perú).

UNAMUNO, Miguel de (1864-1936).- Literato y ensayista español, cuyo pensamiento brillante, contradictorio y poderoso, ejerció notable influencia entre sus contem­poráneos y generaciones siguientes. Extraordinario conocedor de la lengua castellana, enriqueció la filología de nuestro idioma. Sus virajes religiosos y políticos fueron siempre motivo de violentísimas polémicas. En su eru­dita y copiosa producción sobresalen: La agonía del Cristianismo, El sentimiento trágico de la vida, Vida de Don Quijote y Sancho (libros de ensayo); Nada menos que todo un hombre, Niebla (novelas); Fedra (teatro); Teresa, rimas de un poeta desconocido (poesía).   -

UNDSET, Sigrid (1882-1949).- Novelista noruega. Sus pri­meras novelas reflejan la influencia del naturalismo de Zola, como sucede en: Jenny, Pobres seres, La pri‑

 

 

 

 

 

 

 

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mavera, etc., pero suavizado por su hálito poético. Sin embargo, fueron sus novelas de carácter histórico -exaltación de la Edad Media y la Iglesia- las que le va­lieron el Premio Nóbel de Literatura correspondiente a 1928. Considérase decisiva para su consagración, su trilogíaa novelística Kristin Lavransdatter. Empero, el gran público conoce de esta modalidad suya La leyenda del Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda. Al ser ocupado su país por los alemanes, durante la Segunda Guerra Mundial, huyó a los Estados Unidos donde, el año 1943, reverdeció sus viejos lauros al publicar su gran novela Retorno al futuro.

VALERY, Paul (1871-1945).- Medular poeta y ensayista francés, se afilió muy joven al simbolismo, escuela lite­raria que ha llegado a representar. Casó con una hija de Mallarmé. Su obra maestra es La jeune parque, a la cual pertenece su largo y famoso poema El cementerio mari­no. Ocupó en la Academia Francesa el sillón dejado por Anatole France y dio la bienvenida a ésta al Ma­riscal Petain. La poesía de Valéry es intelectual, obscu­ra, pero muy brillante.

VALLE INCLAN, Ramón del (1870-1936).- Escritor español, de magnifico estilo. Obra: Sonatas, El Marqués de Bra­domín, Tirano Banderas y El ruedo ibérico.

VILDRAC, Charles (1882).- Dramaturgo francés. Entre sus piezas sobresalen: Michel Auclair, El indigente, El pa­quebote Tenacity, Madame Beliard y El jardín de Samos.

WAGNER, Richard (1813-1883).- Compositor de música alemán: Aunque lentamente, y aún conociendo algu­nos sorpresivos fracasos, su genio se fue imponiendo hasta convertirse en la personalidad musical más re­presentativa de su tiempo. Fue notorio su interés por vincular la literatura a la música, sin sacrificar la pri­macía de la última. Es famosa su amistad con Nietzsche. De su copiosa producción sobresalen: Los Maestros Can­tores, Lohegrin, Tannhauser, Tristán e Isolda, Parsifal, etc.

WERTH, León (1879-1949).- Crítico de arte y novelista francés, se hizo conocer por los estudios que hiciera sobre la obra de pintores como Puvis de Chavannes, Bonnard y Monet. Fue uno de los colaboradores ex­tranjeros del diario madrileño El Sol.

WHITMAN, Walt (1819-1892).- Genial poeta norteamerica­no, inaugura una nueva etapa en la poética universal. Cantor del naciente capitalismo progresivo y del hom­bre y sus cuotidianos oficios; propulsor de un nuevo vitalismo y de una nueva moral naturalista. Sus obras fundamentales son Hojas de hierba y Canto a mi mismo.

WILDE, Oscar (1854-1900).- Insigne escritor y dramaturgo inglés. Preconizó, una nueva estética basada en "el arte por el arte". Obra: Salomé, El retrato de Dorian Gray, De profundis, Balada de la cárcel de Reading y bellos cuentos. Célebre por sus finas paradojas.

ZOLA, Emilio (1840-1902).- Novelista francés, jefe de la

 

 

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escuela literaria naturalista. Ardiente defensor del ca­pitán Dreyfus, publicó un folleto famoso, Yo acuso, que ayudó grandemente a restablecer la inocencia del citado militar. Entre sus obras más famosas se citan: La bestia humana, Germinal, Fecundidad, etc.

ZWEIG, Stefan (1881-1942).-Novelista francés de origen judío. Su adolescencia es un gran viaje por Europa, Asia y América del Norte. Durante la primera guerra mundial milita entre los intelectuales pacifistas capi­taneados por Romain Rolland. Su literatura posterior al conflicto expresa su anhelo pacifista. En 1928 visita la Unión Soviética, invitado para conmemorar el Cen­tenario de Tolstoy, y sus crónicas sobre la literatura de ese país aparecieron en el ABC de Madrid. Impresionado por el estallido de la Segunda Guerra Mundial, se refu­gia en el Brasil, país donde se suicida en compañía de su esposa. Cultivó tanto la novela como la biografía novelada. En el primer aspecto sobresalen: Amok, 24 horas en la vida de una mujer, Impaciencia del cora­zón, Confusión de sentimientos, Kaleidoscopio, etc. En el segundo aspecto, sus libros sobre Maria Antonieta, Erasmo. Nietzsche, Magallanes, Casanova, Fouché, Sten­dahl, etc.

 

 

 

 

 

 

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INDICE

NOTA EDITORIAL                                                                       5

PRESENTACION                                                                          7

 

FRANCIA

 

Dos generaciones y dos hombres: Henri de Mon‑

therlant y André Chamson                                                                15

Caliban parle, por Jean Guéhenno                                                    18

Philippe Soupault                                                                                      22

André Gide y la Nouvelle Revue Francaise                                                 28

Europe, revista de la cultura internacional                                          32

Paul Morand                                                                                   34

La Juana de Arco de Joseph Delteil                                                  38

Jesús, de Henri Barbusse                                                                           42

Monde                                                                                            45

Chopin ou le poéte, por Guy de Pourtales                                        48

Un homme se penche sur son passé, por Constantin-Weyer              52

León Bazalgette                                                                               55

Allen, por Valéry Larbaud                                                                57

Ariel ou la Vie de Shelley, por André Maurois                                   61

La vida de Disraeli, por André Maurois                                            65

Los Amantes de Venecia                                                                           68

 

RUSIA

 

La otra Europa, por Luc Durtain                                                      75

El crepúsculo de la civilización                                                                  78

Los Artamonov, novela de Máximo Gorki                                        83

Caminantes, por Lidia Seifulina                                                        91

Miguel Arzibachev                                                                           94

Los Mujics, por Constantino Fedin                                                  97

Hombres y Máquinas, por Larisa Reissner                                        100

Rusia a los 12 años                                                                          104

El diario de Kostia Riabtzev                                                             109

La derrota, por A. Fadeiev                                                               112

 

 

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ESPAÑA

La agonía del Cristianismo, de don Miguel de Unamuno                             116

Don Miguel de Unamuno y el Directorio                                           120

Gómez Carrillo                                                                                126

Vicente Blasco Ibáñez                                                                     128

Política, Figuras y Paisajes, por Luis Jiménez de Asúa                      132

e. La Ciencia y la Política                                                                 136

Los médicos y el Socialismo                                                            142

 

SUECIA

 

L'Age Heureux y Simonsen, por Sigrid Undset                                 145

 

ITALIA

 

Antología de la poesía italiana                                                                   150

 

ESTADOS UNIDOS

 

Manhattan Transfer, de John dos Passos                                          152

Rahab, de Waldo Frank                                                                            159

 

INDICE ONOMÁSTICO                                                                167

 

 

Quinta edición, enero de 1977