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JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI

 

 

 

 

 

 

 

Figuras y Aspectos

De la

Vida Mundial

III

(1929-1930)

 

 

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“BIBLIOTECA AMAUTA”

LIMA-PERÚ

 

 

 

 

 

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1929

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA INSURRECCION EN ESPAÑA*

 

 

El general Primo de Rivera ha sorteado, por una serie de circunstancias fa-vorables, el más grave de los peligros que, desde el golpe de es­tado de Bar-celona, han amenazado su aventura reaccionaria. El azar continúa siendo fiel a Pri­mo de Rivera, en su accidentado itinerario del casino al gobierno. Según la crónica cablegráfi­ca, si el ex-Presidente del Consejo, Sr. Sánchez Guerra, hubiese llegado a Valencia, conforme al plan insurreccional, que acaba de abortar, dos días antes, la dictadura habría sido casi segu­ramente liquidada en algunas horas.

 

Pero el azar, al mismo tiempo que ha salvado a Primo de Rivera, ha descu-bierto la flaque­za y el desgaste de su gobierno. La magnitud de la Conjuración militar que ha estado a punto de echar alegre y marcialmente del poder al dicta­dor, indica hasta qué punto está minado el te­rreno que éste pisa. La conspiración cunde en el ejército —cosa que ya sentía Primo de Rivera desde el proceso al general Wyler y sus compañeros— y en la nobleza. Esto mismo facilita a Primo de Rivera el solícito empleo de las armas de la provocación y el espionaje; pero lo desca­lifica, aun ante sus propios amigos y padrinos de la monarquía, como régimen militar.

 

Primo de Rivera, como todos los reacciona­rios, no tiene mejor cargo que hacer al régimen parlamentario que el de sus pocas garantías de estabilidad. Los ministerios de los Estados demo-liberales, al decir de los retores o de los sim‑

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 9 de Febrero de 1929.

 

 

 

 

 

 

 

 

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ples profiteurs de la reacción, gastan sus me­jores energías en defenderse de las conspiracio­nes y zancadillas parlamentarias. Cualquier oportuna intriga de corredor puede traerlos aba­jo repentinamente. Las dictaduras establecidas por golpes de mano tan afortunados como el del ex-capitán general de Barcelona, no estarían sujetas a análogos riesgos. Su principal ventaja estribaría en su seguridad. Libres de las preo­cupaciones de la política parlamentaria, podrían entregarse absolutamente a una austera y tran­quila administración.

 

Esta es la teoría. Mas la experiencia de Primo de Rivera está muy lejos de confirmarla. La suerte de su gobierno se presenta permanentemente insidiada por una serie de taras internas, a la vez que atacada por toda clase de enemi-gos externos. Contra la dictadura no se pronuncian solamente los partidos de centro y de izquierda —liberales, republicanos, socialistas, etc.,—  sino también una gran parte de los grupos de la derecha, de la aristocracia, del ejército, del capita­lismo. El propio favor del monarca no es muy seguro. De-pende de las ventajas que pueda en­contrar eventualmente Alfonso XIII en licenciar a la dictadura, para restablecer -amnistiado por la opinión liberal-, a la Constitución.

 

Si todos los elementos liberales se hubiesen decidido ya a renunciar a toda indagación de responsabilidades, y a perdonar al rey su esca­pada a la ilega-lidad, hace tiempo, probablemen­te, que Primo de Rivera habría sido enviado a aumentar la variopinta escala de "emigrados" que las revoluciones han pro-ducido en la Europa post-bélica. Unamuno es uno de los más enérgi­ca y efi-cazmente adversos a la fórmula de "bo­rrón y cuenta nueva". Con el desterrado de Hen­daya, coinciden los mejores hombres del libera­lismo español, en que la hora de la restauración de la legalidad debe ser también la del ajuste

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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de cuentas con la monarquía, irremisiblemente comprometida por su com-plicidad con Primo de Rivera.

 

La situación española, por esto, —a medida que Primo de Rivera y sus me-diocres rábulas aparentemente se consolidaban en el poder—, se ha ido ha-ciendo cada día más revolucionaria. La cuestión de régimen que, desde la afirmación de un orden demo-liberal en España, parecía descartada, vuelve a plantearse. El propio Sánchez Guerra, conservador ortodoxo, habría llevado su oposición a la dictadura, a términos de censura y ataque a la monarquía.

 

La mejor solución para la monarquía habría sido, sin embargo, la victoria de Sánchez Gue­rra. Es difícil que, dueño del poder, el jefe con­servador se hu-biese decidido a usar su fuerza contra la institución monárquica. La influencia de la aristocracia, hubiese pesado, en forma muy viva, sobre sus resoluciones. Prisionero y procesado Sánchez Guerra, es inevitable el prevalecimiento, en la oposición, de las tendencias liberal y revolucionaria. La solidaridad del rey Alfonso y de la monarquía con Primo de Rivera se ratifica. Las responsabi-lidades del rey y del dictador aparecen inseparables. Esto aparte de que Sán-chez Guerra resulta el huésped más incómodo de las prisiones de la dictadura. Ya ha habido que afrontar una tentativa para libertarlo. La prisión y el proceso subrayarán los ras­gos de su carácter y energía. Es un hombre al que no se puede mantener indefinidamente en una fortaleza, sin preocupar seriamente a la gente conservadora respecto al régimen bajo el cual se dan casos como éste de rebelión, enjuiciamiento y condena.

 

El general Primo de Rivera se imagina decir una cosa muy satisfactoria para él cuando afir­ma que ha pasado la época de las revoluciones

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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políticas y que ahora sólo es temible y posible —¡claro que no en España!— una revolución de causas sociales y económicas. El proletariado revolucio-nario coincide, sin duda, con Primo de Rivera —con quien es tan difícil coincidir en algo— en la parte afirmativa de su apreciación, en la de que hoy no se puede llamar revolución sino a la que se proponga fines sociales y econó­micos. Pero, aparte de que su política en general no tienda sino a apurar esta revolución social y política. Primo de Rivera olvida que su régimen no cuenta enteramente con la confianza de la propia clase a nombre de la cual gobierna. La burguesía española en gran parte le es adversa. La propia aristo-cracia, a pesar de cuanto la ha­laga el restablecimiento del absolutismo, no le es íntegramente adicta. Y el proletariado, en todo caso, tiene que estar por el restablecimiento de la legalidad; y tiene que operar de modo de ayudar al triunfo de la revolución política, con la esperanza y la voluntad de transfor-marla en revolución social y económica.

 

No admitir que ésta es la realidad objetiva de la situación equivaldría a pre-tender que se puede gobernar indefinidamente a España con la sedicente Unión Patriótica, el señor Yangas, el general Martínez Anido, el señor Calvo Sotelo y doña Concha Espina, contra los elementos solventes de las derechas y contra la unanimi­dad más uno de las izquierdas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA LIQUIDACION DE LA CUESTION ROMANA*

 

 

El fascismo concluye, en estos momentos, uno de los trabajos para que se sintió instintivamen­te predestinado desde antes, acaso, de su ascen­sión al poder. Ni sus orígenes anti-clericales, agresivamente teñidos de paganismo marinettia­no y futurista —el programa de Marinetti com­prendía la expulsión del Papa y su corte y la venta del Vaticano y sus museos—; ni las reyer­tas entre campesinos católicos y legionarios fas­cistas en los tiempos de belige-rancia del parti­do de Don Sturzo; ni las violentas requisitorias de Farinacci entra el anti-fascismo recalcitrante —inittiano addirittura!— del Cardenal Gasparri; ni la condena por los tribunales fascistas de al­gunos curas triestinos; ni la terminante exclu­sión del scoutismo católico como concurrente de la organización mussolinista de la adolescen­cia; ninguno de los actos o concep-tos, individuos o situaciones que han opuesto tantas veces el fascio littorio y el cetro de San Pedro, ha frus­trado la ambición del Dux de reconciliar el Qui­rinal y el Vaticano, el Estado y la Iglesia.

 

¿Quién ha capitulado, después de tantos lustros de intransigente reafirmación de sus propios derechos? Verdaderamente, la cuestión romana, como montaña casi insalvable entre el Quirinal y el Vaticano, había desaparecido poco a poco. Incorporada la Italia del Risorgimento en la buena sociedad europea, el Vaticano había visto tramontar, año tras año, la esperanza

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 16 de Febrero de 1929.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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de que un nuevo ordenamiento de las relaciones internacionales consintiese la reivindicación del Estado pontificio. Dictaban su ley no sólo a la buena so-ciedad europea, sino a la sociedad mun­dial, naciones protestantes y sajonas con muy pocos motivos de aprecio por la ortodoxia romana; le imponía su etiqueta diplomática una nación latina, —Francia—, entregada, desde su revolución, a la más severa y formalista laici­dad franc-masona. La Iglesia Romana, en el curso del ochocientos, habría dado muchos pasos hacia la democracia burguesa, separando teóri­ca y prácticamente su destino del de la feudali­dad y la autocracia. El liberalismo italiano, a su vez, no había osado tocar el dogma, llevando a su pueblo al protestantismo, a la iglesia na­cional. La cuestión romana había sido reducida por los gobernantes del "transfor-mismo" italia­no, a las proporciones de una cuestión jurídica. En realidad, descartados sus aspectos político, religioso y moral, no era casi otra cosa. Si el Va­ticano aceptaba el dogma de la soberanía po­pular y, por ende, el derecho del pueblo italia­no a adoptar en su organización los principios del Estado moderno, no tenía que reclamar, sino contra la unilateralidad arbitraria de la Ley delle Guarentigie. Esta ley era inválida por haber pretendido resolver, sin preocuparse del consenso ni las razones del Papado, una cues­tión que afectaba a sus derechos.

 

Pero, en tiempos de parlamentarismo demo-liberal, un arreglo estaba excluido por el juego mismo de la política de cámara y pasillos. Aparte de que todos los líderes coincidían tácitamen­te con la tendencia giolittiana a aplazar, por tiempo indefinido, cualquiera solución. La po­lítica —o la administración— giolittiana tenía que ménager de una parte, a los clericales, gradualmente atraídos a una democracia sose­gada, progresista, tolerante, exenta de todo ex‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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cesivo sectarismo, de toda peligrosa duda teo­lógica; y de otra parte, a los demo-liberales y demo-masones, empeñados en sentirse legítimos y vigilantes del patrimonio ideal del Risorgi­mento.

 

La crisis post-bélica, la transformación cada día más acentuada de la política de partidos en política de clases, la consiguiente aparición del partido popular italiano bajó la dirección de Don Sturzo, cambiaron después de la guerra los tér­minos de la situación. La catolicidad, que polí­ticamente había carecido hasta entonces en Ita­lia de representación propia, comenzó a dispo­ner de una fuerza electoral y parlamentaria que pesaba decisivamente, dada la actitud de los so­cialistas, en la composición de la mayoría y el gobierno.

 

Pero estaba vigente aún la tradición del Es­tado liberal y laico surgido del Risorgimento. La distancia entre el Estado y la Iglesia se había acortado. Mas el Estado no podía dar, por su parte, el paso indispensable para salvarla. La Iglesia, a su vez, esperaba la iniciativa del Es­tado. Histórica y diplomática-mente, no le toca­ba abrir las negociaciones.

 

Mussolini ha operado en condiciones diver­sas. En primer lugar, el gobierno fascista, como he recordado ya en otra ocasión, tratando este mismo tópico1, no se considera vinculado a los conceptos que inspiraron invariablemente a este respecto, la política de los anteriores gobier­nos de Italia. Frente a la "cuestión romana", co­mo frente a todas las otras cuestiones de Ita­lia, el fas-cismo no se siente responsable del pa­sado. El fascismo pregona su voluntad de cons­truir el Estado fascista sobre bases y principios absolutamente diversos de los que durante tan‑

 

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1 Véase el artículo "El Vaticano y el Quirinal", en el t. II de Figuras y Aspec-tos de la Vida Mundial. (N. de los E.)

 

 

 

 

 

 

 

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tos años ha sostenido el Estado liberal. El Es­tado fascista aspira a ser la antí-tesis y la nega­ción del Estado liberal. Al mismo tiempo, el fas­cismo desen-vuelve, con astuto oportunismo, una política de acercamiento a la Iglesia, cuyo rol como instrumento de italianidad y latinidad ha sido imperialistamen-te exaltado por Mussolini. En materia religiosa, el fascismo ha realizado el programa del partido popular o católico fundado en 1919 por Don Sturzo. Lo ha realizado a tal punto que ha hecho inútil la existencia en Italia de un par-tido católico. (Hay que agregar que, en ningún caso, después del Aventino, la habría permitido como existencia de un partido demo­crático). "El Papa puede despedir a Don Stur­zo", escribía ya hace cinco años Mario Missiro­li. El acer-camiento del fascismo, a la Iglesia, no sólo se ha operado en el orden práctico, me­diante una restauración más o menos política en la escuela. También se ha intentado la aproxima­ción en el orden teórico. Los intelectuales fas­cistas de Gentile, a Giusso y Pellizzi, se han esmerado en el elogio de la Iglesia. Los más autorizados teóricos del fáscio littorio, han encon­trado en el tomismo no pocos de los fundamen­tos filosóficos de su doctrina. La ex-comunión de L'Action Française, ha comprometido un po­co esta demarche reaccionaria. Frente al mismo fascismo, el Vaticano ha reivindicado discretamente el con-cepto católico del Estado, incom­patible con el dogma fascista del Estado ético y soberano.

 

Mas, si a este respecto el acuerdo resultara siempre difícil, no ocurría lo mis-mo con la "cues­tión romana". Precisamente, en este terreno, el fascismo podía ceder sin peligro. Y reconocer al Papado la soberanía sobre los palacios vati-ca­nos, una indemnización y otras prerrogativas, no es ceder demasiado. Lo mismo habría dado, presuroso, Cavour. Sólo que entonces habría parecido muy poco.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL EXILIO DE TROTSKY*

 

 

Trotsky, desterrado de la Rusia de los So­viets: he aquí un acontecimiento al que fácilmente no puede acostumbrarse la opinión revo­lucionaria del mundo. Nunca admitió el optimis­mo revolucionario la posibilidad de que esta revo-lución concluyera, como la francesa, condenando a sus héroes. Pero, sensa-tamente, lo que no debió jamás esperarse es que la empresa de or­ganizar el primer gran estado socialista fuese cumplida por un partido de más de un millón de militantes apasionados, con el acuerdo de la unanimidad más uno, sin debates ni conflictos violentos.

 

La opinión trotskista tiene una función útil en la política soviética. Represen-ta, si se quie­re definirla en dos palabras, la ortodoxia mar­xista, frente a la fluencia desbordada e indócil de la realidad rusa. Traduce el sentido obrero, urbano, industrial, de la revolución socialista. La revolución rusa debe su valor internacional, ecuménico, su carácter de fenómeno precursor del sur-gimiento de una nueva civilización, al pen­samiento de Trotsky y sus compa-ñeros reivin­dican en todo su vigor y consecuencias. Sin una crítica vigilante, que es la mejor prueba de la vitalidad del partido bolchevique, el gobierno soviético correría probablemente el riesgo de caer en un burocratismo for-malista, mecánico.

 

Pero, hasta este momento, los hechos no dan la razón al trotskismo desde el punto de vista

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 23 de Febrero de 1929.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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de su aptitud para reemplazar a Stalin en el poder, con mayor capacidad ob-jetiva de realiza­ción del programa marxista. La parte esencial de la platafor-ma de la oposición trotskista es su parte crítica. Pero en la estimación de los elementos que pueden insidiar la política sovié­tica, ni Stalin ni Bukharin an-dan muy lejos de suscribir la mayor parte de los conceptos fun­damentales de Trotsky y sus adeptos. Las proposiciones, las soluciones trotskistas no tienen, en cambio, la misma solidez. En la mayor parte de lo que concierne a la polí-tica agraria e in­dustrial, a la lucha contra el burocratismo y el espíritu nep, el trotskismo sabe de un radica­lismo teórico que no logra condensarse en fór­mulas concretas y precisas. En este terreno, Sta­lin y la mayoría, junto con la responsabilidad de la administración, poseen un sentido más real de las posi-bilidades.

 

La revolución rusa que, como toda gran re­volución histórica, avanza por una trocha difícil, que se va abriendo ella misma con su im­pulso, no conoce hasta ahora días fáciles ni ociosos.1 Es la obra de hombres heroicos y excepciona-les, y, por este mismo hecho, no ha sido posible sino con una máxima y tre-menda ten­sión creadora. El partido bolchevique, por tanto, no es ni puede ser una apacible y unánime academia. Lenin le impuso hasta poco antes de su muerte su dirección genial; pero ni aún bajo la inmensa y única autoridad de este jefe extraordinario, escasearon dentro del partido los debates violentos. Lenin ganó su autoridad con sus propias fuerzas; la mantuvo, luego, con la su­perioridad y clarividencia de su pensamiento.

 

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1 La primera parte de este párrafo, que se refiere a anteriores opiniones de J. C. M. aparecidas en Variedades acerca de la separación de Trotsky del Par-tido Comunista ruso, fue suprimida por el autor en el original que conser­vamos. (N. de los E.)

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sus puntos de vista prevalecían siempre por ser los que mejor correspondían a la realidad. Tenían sin embargo, muchas veces que vencer la resistencia de sus propios tenientes de la vieja guardia bolchevique.

 

La muerte de Lenin, que dejó vacante el puesto del jefe genial, de inmensa autoridad perso­nal, habría sido seguida por un período de profundo desequi-librio en cualquier partido menos disciplinado y orgánico que el partido co-munista ruso. Trotsky se destacaba sobre todos sus com­pañeros por el relieve brillante de su personali­dad. Pero no sólo le faltaba vinculación sólida y an-tigua con el equipo leninista. Sus relaciones con la mayoría de sus miembros habían sido, antes de la revolución, muy poco cordiales. Trotsky, como es notorio, tuvo hasta 1917 una posición casi individual en el campo revolucio­nario ruso. No pertenecía al partido bolchevi­que, con cuyos líderes, sin ex-ceptuar al propio Lenin, polemizó más de una vez acremente. Le­nin, apre-ciaba inteligente y generosamente el valor de la colaboración de Trotsky, quien, a su vez, -como lo atestigua el volumen en que están reunidos sus escritos sobre el jefe de la revolución-, acató sin celos ni reservas una auto-ridad consagrada por la obra más sugestiva y avasalladora para la conciencia de un revolucio­nario. Pero si entre Lenin y Trotsky pudo bo­rrarse casi toda distancia, entre Trotsky y el partido mismo la identificación no pudo ser igualmente completa. Trotsky no contaba con la confianza total del partido, por mucho que su actuación como comisario del pueblo mereciese unánime admiración. El mecanismo del partido estaba en manos de hombres de la vieja guar­dia leninista que sentían siempre un poco ex­traño y ajeno a Trotsky, quien, por su parte, no conseguía consustanciarse con ellos en un úni­co blo-que. Trotsky, según parece, no posee las

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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dotes específicas de político que en tan sumo grado tenía Lenin. No sabe captarse a los hom­bres; no conoce los secretos del manejo de un partido. Su posición singular —equidistante del bolchevismo y del menchevismo— du-rante los años corridos entre 1905 y 1917, además de desconectarlo de los equipos revolucionarios que con Lenin prepararon y realizaron la revolución, hubo de deshabituarlo a la práctica concreta de líder de partido.

 

Mientras duró la movilización de todas las energías revolucionarias contra las amenazas de la reacción, la unidad bolchevique estaba ase­gurada por el pathos bélico. Pero desde que co­menzó el trabajo de estabilización y nor-maliza­ción, las discrepancias de hombres y de tenden­cias no podían dejar de manifestarse. La falta de una personalidad de excepción como Trotsky, habría reducido la oposición a términos más modestos. No se habría llegado, en ese caso, al cisma violento. Pero con Trotsky en el puesto de comando, la opo-sición en poco tiempo ha tomado un tono insurreccional y combativo al cual la mayoría y el gobierno no podían ser indife­rentes. Trotsky, por otra parte, es un hombre de cosmópolis. Zinoviev lo acusaba en otro tiem­po, en un congre-so comunista, de ignorar y ne­gligir demasiado al campesino. Tiene, en todo caso, un sentido internacional de la revolución socialista. Sus notables escritos sobre la transi­toria estabilización del capitalismo, lo colocan entre los más alertas y sagaces críticos de la época. Pero este mismo sentido internacional de la revolución, que le otorga tanto prestigio en la escena mundial, le quita fuerza momentáneamente en la práctica de la política rusa. La re­volución rusa está en un período de organiza­ción nacional. No se trata, por el momento, de establecer el socialismo en el mundo, sino de realizarlo en una nación que, aunque es una na‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ción de ciento treinta millones de habitantes que se desbordan sobre dos continentes, no deja de constituir por eso, geográfica e históricamen­te, una unidad. Es lógico que en esta etapa, la revolución rusa esté representada por los hom­bres que más hondamente siente su carácter y sus problemas nacio-nales. Stalin, eslavo puro, es de estos hombres. Pertenece a una falanje de revolucionarios que se mantuvo siempre arraigada al suelo ruso. Mientras tanto Trotsky, como Radek, como Rakovsky, pertenece a una falanje que pasó la mayor parte de su vida en el destierro. En el destierro hicieron su apren­dizaje de revolucionarios mundiales, ese apren­dizaje que ha dado a la revo-lución rusa su lenguaje universalista, su visión ecuménica.

 

La revolución rusa se encuentra en un perío­do forzoso de economía. Trotsky, desconectado personalmente del equipo stalinista, es una figura excesiva en un plano de realizaciones na­cionales. Se le imagina predestinado para llevar en triunfo, con energía y majestad napoleónicas, a la cabeza del ejército rojo, por toda Europa, el evangelio socialista. No se le concibe, con la misma faci-lidad, llenando el oficio modesto de ministro de tiempos normales. La Nep lo conde­na al regreso de su beligerante posición de po­lemista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA MISION DE ISRAEL*

 

 

Como nota René Guillouin, en un reciente artículo de "La Nouvelle Revue Française", el problema de Occidente, aunque se han apagado mucho los ecos del libro de Henri de Massis, "no ha perdido nada de su interés esencial". El problema de Israel, en estos tiempos de organi­zación y propaganda sionistas, constituye, sin duda, uno de sus aspectos más interesantes. Qui­zá el que mejor consiente esclarecerlo, respon­diendo a la interrogación: ¿Oriente u Occiden­te? Después de haber dado su aporte ingente a la civilización occidental o euro-pea ¿tienden los judíos a restituirse a Asia, a reintegrarse a Oriente, por la vía de un nacionalismo de oríge­nes y estímulos totalmente occidentales?

 

Si alguna misión actual, moderna, tiene el pueblo judío es la de servir, a través de su acti­vidad ecuménica, al advenimiento de una civili­zación universal. Si puede creer el pueblo judío en una predestinación, tiene que ser en la de ac-tuar como levadura internacional de una so­ciedad nueva. He aquí como, a mi juicio, se plantea ante todo la cuestión. El pueblo judío que yo amo, no habla exclusivamente hebreo ni yiddish; es políglota, viajero, supranacional. A fuerza de identificarse con todas las razas, po­see los sentimientos y las artes de todas ellas. Su destino se ha mezclado al de todos los pue­blos que no lo han repudiado (y aún al de aque­llos que lo han tratado como huésped odioso, cuyo nacionalismo debe en gran parte su carác­ter a esta clausura). El máximo valor mundial de Israel está en su variedad, en su pluralidad, en su diferen-ciación, dones por excelencia de un pueblo cosmopolita. Israel no es una raza, una nación, un Estado, un idioma, una cultura;

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 3 de Mayo de 1929.

 

 

 

 

 

 

 

 

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es la superación de todas estas cosas a la vez en algo tan moderno, tan des-conocido, que no tie­ne nombre todavía. Dando una nueva acepción a este término, podemos decir que es un com­plejo. Un complejo supranacional, la trama elemental, primaria, suelta aún de un orden ecunémico.

 

Las burguesías nacionales, la británica en primer término, querrían reducir a los judíos a una Nación, a un Estado. Esta actitud, no es quizá, subsconcien-temente, sino la última perse­cución de Israel. Persecución hipócrita, diplomá-tica, parlamentaria, sagaz, que ofrece a los judíos un nuevo "ghetto". En la edad de la So­ciedad de las Naciones y del imperialismo en gran estilo, este nuevo."ghetto" no podía ser menor que Palestina, ni podía faltarle el pres­tigio sentimental de la tierra de origen. El "ghetto" tradicional correspondía típica-mente al medioevo: a la edad de las ciudades y de las comunas. Nacionalistas leales, de pueblos de agu­do anti-semitismo, han confesado más o menos ex-plícitamente su esperanza de que el naciona­lismo de Israel libere a sus patrias del proble­ma judío.

 

Israel ha dado ya todo su tributo a la civi­lización capitalista. La feudalidad negó a los ju­díos el acceso a la agricultura, a la nobleza, a la milicia. No sabía que, obligándolos a servi­cios de artesano, los empujaba a la Industria, y obli-gándolos a servicios de prestamista y de mercaderes, los preparaba para la Banca y el Comercio, o sea que les entregaba el secreto de los tres grandes factores del capitalismo, vale decir el orden que la había de destruir y suce­der. El judío, con estas herramientas, se abrió a la vez que las puertas de la Polí-tica, del Es­tado, otras puertas que el Medioevo cristiano había mantenido oficialmente cerradas para él: las de la Ciencia y el Saber. La Ciencia y el Saber que, en este nuevo orden, tenían que for­marse no en los castillos de la nobleza, ni en los claustros de los monjes, sino en los talleres de una econo-mía urbana e industrial. El judío,

 

 

 

 

 

 

 

 

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banquero o industrial, podía dominar desde la ciudad demoburguesa y liberal al campo aristo­crático o frondeur.

 

Pero, desde Marx, el último de sus profetas, Israel ha superado espiritual, ideológicamente, al capitalismo. La sociedad capitalista, declina por su inca-pacidad para organizar internacionalmente la producción. La más irremedia-ble de sus contradicciones es, tal vez la existente entre sus exacerbados an-tagónicos nacionalismos y su economía forzosamente internacional. Los judíos han contribuido, en la época revolucionaria y organizadora del nacio-nalismo, a la afirmación de varias nacionalidades. Han empleado en la obra de crear varios Estados la energía que se les propone emplear, —ahora que el mundo ca­pitalista está definitivamente distribuido entre algunos Estados—, en establecerse, a su imagen y semejanza, como Estado judío.

 

Por la pendiente de esta tentación el pueblo judío está en peligro de caer en su más grave pecado de orgullo, de egoísmo, de vanidad. La construcción de un Estado judío, aunque no pe­sase sobre él el protectorado abierto u oculto de ningún Imperio, no puede constituir la ambi­ción de Israel hoy que su realidad no es nacio­nal sino supranacional. El tamaño y el objeto de esta ambición tienen que ser mucho más grandes. El judaísmo ha dado varios Disraeli a otros Estados en la época organizadora y afir­mativa de su nacionalismo; no ha reservado nin­guno para sí. Sería un signo de decadencia y de fatiga, que se esforzase en procurárselo en esta época del Super-estado.

 

Internacionalismo igual Supranacionalismo. El internacionalismo no es como se imaginan muchos obtusos de derecha y de izquierda la negación del nacio-nalismo, sino su superación. Es una negación dialécticamente, en el sentido de que contradice al nacionalismo; pero no en el sentido de que, como cualquier utopismo, lo condena y descalifique como necesidad históri­ca de una época. Raymond Lefevre estaba en

 

 

 

 

 

 

 

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lo cierto, cuando respondiendo a los contradic­tores que en el congreso so-cialista de Tours lo interrumpían para acusarlo de poca ortodoxia internacio-nalista, afirmó que el internacionalis­mo es superpatriotismo. El patriotismo judío no puede ya resolverse en nacionalismo. Y al de­cir no puede, no me refiero a un deber, sino a una imposibilidad.

 

Porque el peligro de la tentación sionista no existe sino para una parte de los judíos. La mayor parte de los judíos no es ya dueña de elegir su destino: unos están comprometidos a firme en la empresa del capitalismo; otros están empe-ñados a fondo en la empresa de la re­volución. Sión, el pequeño Estado creado para restablecer a Israel en Asia, en Oriente, no debe ser sino un hogar cultu-ral, una tierra de experimentación.

 

Palestina no representa sino el pasado de Israel. No representa siquiera su tradición, porque desde el principio de su ostracismo, esto es desde hace mu-chos siglos, la tradición de Israel, la cultura de Israel están hechas de muchas cosas más. Israel no puede renegar a la cristiandad ni renunciar a Occidente, para clau­surarse hoscamente en su solar nativo y en su historia pre-cristiana.

 

El judaísmo debe a la cristiandad la univer­salización de sus valores. Su os-tracismo ha sido el agente más activo de su expansión y de su grandeza. Es a partir del instante en que viven sin patria que los judíos juegan un gran rol en la civilización occidental. Con Cristo y Saulo, ascienden al plano más alto de la his­toria. Palestina los habría localizado en Asia, li­mitando mezquinamente sus posibilidades de crecimiento. Israel, sin la cristiandad: no sería hoy más que Persia o el Egipto. Sería mucho menos. Georges Sorel no se engaña, cuando re­cordando unas palabras de Renán en su His­toria del Pueblo de Israel sobre el judaísmo después de la destrucción del reino de Judá, dice: "Es precisamente cuando no tuvieron más

 

 

 

 

 

 

 

 

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patria que los judíos llegaron a dar a su reli­gión una existencia definitiva; du-rante el tiempo de la independencia nacional, habían estado muy propensos a un sincretismo odioso a los profetas; devinieron fanáticamente adoradores de lahvé cuando fueron sometidos a los paganos. El desarrollo del código sacer-dotal, los salmos cuya importancia teológica debía ser tan grande, el segundo Isaías, son de esta época". La cristiandad obligó, más tarde, a Israel a reno­var su esfuerzo. Gracias a la cristiandad, sus antepasados lo son también de Occi-dente y la Biblia no es hoy el libro sagrado de un peque­ño país asiático. El judaísmo ganó al perder su suelo, el derecho a hacer su patria de Europa y América. En Asia, después de los siglos de ostracismo creador, el judío es hoy más extran­jero que en estos continentes, si en ellos se pue­de decir que lo sea. El puritano de los Estados Unidos, el marxista de Alemania y Rusia, el cató-lico de España o Italia, le es más próximo histórica y espiritualmente que el árabe de Pa­lestina.

 

Israel, en veinte siglos, ha ligado su destino al de Occidente. Y hoy que la burguesía occi­dental, como Roma en su declinio, renunciando a sus propios mitos busca su salud en éxtasis exóticos, Israel es más Occidente que Occi-den­te mismo. Entre Israel y Occidente ha habido una interacción fecunda. Si Israel ha dado mucho a Occidente, también mucho ha adquirido y transfor-mado. El judío permanece así fiel a su filosofía de la acción condensada en esta frase del rabino italiano: "l'uomo conosce Dio oprando". Y Occidente, en tránsito del capitalismo al socialismo, no es ya una forma antagónica ni enemiga de Oriente, sino la teoría de una civi­lización universal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA DERROTA DE LOS CONSERVADORES EN INGLATERRA*

 

 

El Labour Party ha logrado, en las últimas elecciones, la revancha que pa-cientemente preparaba desde que el Partido Conservador, ga­nando con el auxilio del falso documento de Zi­noviev una mayoría, puso término en No-viem­bre de 1924, al breve experimento del primer ministerio laborista. Los laboristas, en esas elec­ciones, no obtuvieron menor número de votos que en las de Abril del mismo año. Perdieron puestos por la concentración de los votos de la burguesía, antes divididos entre dos partidos, a favor de los can-didatos conservadores, en todos los distritos electorales donde no había otro medio de hacer frente a los candidatos laboristas; pero, numéricamente, su electorado aumentó, continuando, por consiguiente, el partido su as­censión en la estadística eleccionaria de la Gran Bretaña. Y mayor derrota sufrió, sin duda, en tal ocasión, el Partido Liberal que, como conse­cuencia de un fenó-meno de polarización de la burguesía y la pequeña burguesía británicas alre­dedor de la bandera conservadora, perdía defini­tivamente su rol tradicional en el parlamento y la política inglesas. Mas, el Labour Party, en noviembre de 1924, no había ido a las elecciones simplemente para mantener y acrecentar sus po­siciones eleccionarias, sino para ganar la mayoría. Y el electorado con-cedió esta mayoría a los conservadores, asegurándoles cinco años de gobierno sólidamente garantizados contra la agi­tación parlamentaria. El Labour Party, en mino‑

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 5 de Junio de 1929.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ría en el parlamento por el voto adverso de los liberales, había consultado al país si contaba o no con su confianza para continuar en el poder, con efectiva facultad de administrar. Y la ma­yoría había respondido votando por los con-ser­vadores.

 

Sin duda, el Labour Party había llegado al poder prematura y accidental-mente. La primera votación de 1924 no había dado la mayoría a los laboristas, sino la había negado a todos los par­tidos, y en primer lugar al que ejercía el poder, el conservador. Aunque los conservadores rete­nían el primer lugar en el parlamento, el escru­tinio significaba la censura. Los laboristas, que por primera vez ocupaban el segundo lugar en el parlamento, fueron llamados, conforme a la práctica inglesa, a constituir el gobierno. Pero los laboristas no podían mantenerse en el po­der, sin los votos de los liberales. La duración del experimento gubernamental del Labour Par­ty, dependía del consenso par-lamentario de un partido de principios diversos e intereses pro­pios, poco dis-puesto a admitir que el desplazamiento de las fuerzas electorales tuviese un ca­rácter definitivo, propenso a intentar de nuevo la prueba electoral, dirigido por un político esencialmente oportunista como Lloyd George de humor un tanto versátil y afición un tanto aventurera. Lloyd George y su hueste parla-men­taria en servicio de sus propios principios e in­tereses, sostuvieron el mi-nisterio laborista el tiempo necesario para que, con asuntos de or­dinaria ad-ministración, resolviera la cuestión del presupuesto. El criterio hacendario del laboris­mo coincidía en este asunto con el de los libe­rales. Todos los factores eran adversos a la pro­longación del experimento laborista. El mismo Labour Party no tenía motivos para sentirse muy seguro y cómodo en el poder, antes de ha­ber confirmado su avance en una nueva votación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Durante los cinco años de administración conservadora transcurridos desde entonces, el Labour Party no ha llegado a adoptar una nueva línea política, decidida y segura. El personal de intelectuales y funcionarios que sigue a Mac Donald y Thomas, ha desenvuelto su actividad bajo el influjo de dos opuestas preocupaciones: la de ganarse a las capas fluctuantes del electo­rado, reacias a suscribir un programa insuficien­temente evolucionista y británico; y la de anu­lar los efectos de la crítica de los elementos de izquierda del partido en las masas obreras, cu­yos intereses de clase reclaman del laborismo una dirección más explícitamente antiburguesa y proletaria. Los líderes laboristas, obsecu-entes a un criterio electoral y parlamentario, han ten­dido a hacer las mayores concesiones a la pri­mera imprecisa y aleatoria clientela. Pero, esta estrategia, por una parte comprometía la uni­dad de acción y doctrina del Labour Party, con el engrosamiento de la corriente Cox-Maxton y la justificación de sus cargos contra el grupo dirigente y por otra parte, disminuía la energía com-bativa del laborismo y sus medios morales y programáticos de agitar Vigo-rosamente a la opinión media, resolviéndola a un cambio. El Labour Party se presentaba casi asustado de la gravedad de sus objetivos y de la trascendencia de sus principios. Y no era éste, ciertamente, el mejor modo de infundir al pueblo confianza en su voluntad y aptitud de solucionar los proble­mas vitales de Inglaterra. La concurrencia de un político tan diestro como Lloyd George en el arte de impresionar a la opinión, resultaba, no obstante la visible deca-dencia teórica y prác­tica del liberalismo, singularmente inoportuna.

 

La estruendosa derrota sufrida por el Parti­do Conservador, a pesar de todas estas circuns­tancies, demuestra la evidencia absoluta del fra­caso de la política de Baldwin. Los laboristas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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no han necesitado sino insistir en la mediocri­dad gubernamental de los con-servadores frente a la crisis económica e industrial de la Gran Bretaña, para afirmarse como partido de opo­sición pronto para confrontar, con mejor éxito, las dificultades del gobierno. Cinco años de administración, han debilitado al Partido Conser­vador, con más eficacia quizá que el crecimien­to natural y la madurez histórica del partido del proletariado. La crisis de la industria y el co­mercio ingleses, que causa la desocupación de millón y medio de hombres, onerosa y enervante para el fisco y la producción, se ha manifesta­do superior a la técnica conservadora. La crisis de la economía británica es una crisis de capitalismo; y es Lógico que la autoridad y el crédi­to de las fuerzas y teorías de gobierno de este sistema se resientan con su prolongamiento y complica-ciones. El pueblo inglés empieza a desconfiar de la eficiencia política y ad-ministrati­va del capitalismo. No es tiempo todavía de que conceda un crédito firme al socialismo. Pero se inclina ya a favorecer el ensayo de sus métodos, muy atenuados por supuesto, en la so­lución de los problemas nacionales. Los líderes reformistas del Labour Party han hecho, ade­más, muy poco por con-seguir un consenso más decidido para la política socialista.

 

El Partido Liberal sale, por segunda vez, de las elecciones, reducido a un elemento de equi­librio y de combinación. Está en la situación ad­jetiva, secun-daria, del Partido Laborista, antes de que entrara en su mayor edad, con la dife­rencia de que se encuentra en ella por envejeci­miento. El tiempo no tra-baja a su favor, como en el caso del Labour Party, cuando, vivo aun en Inglaterra el sistema bipartito, la juventud del laborismo significaba por sí sola una esperan­za. Baldwin ha experimentado una gran derro­ta; pero Lloyd George no ha experimentado una derrota menor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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A los liberales les toca votar en el nuevo parlamento contra Baldwin. No se-rían coherentes de otro modo con su campaña eleccionaria. El Labour Party reasumirá el poder. ¿Qué actitud tomarán entonces los liberales? Una inme-diata disolución del parlamento, una segunda consulta al sufragio universal, no sería, por ningún motivo, favorable a los liberales. Lloyd George y su facción afrontarían la prueba con menos elementos que nunca. La lucha sería un duelo entre laboristas y conservadores. A los liberales no les interesa pre-cipitar ese duelo.

 

Las izquierdas recobran, en Europa, con el triunfo del Labour Party, el te-rreno que han parecido perder incesantemente desde que comenzó con una fuerte marejada reaccionaria, el ac­tual período de estabilización capitalista. Des­pués de cinco años de política conservadora. In­glaterra retorna, con más convicción que en 1924, al experimento laborista. Muy pronto sabremos a qué atenernos respecto a la duración y alcan­ces de este segundo tiempo de re-forma.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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RUSIA Y CHINA*

 

 

El ataque a la U.R.S.S. por uno de los Estados que la diplomacia y la finanza de los impe­rialismos capitalistas puede movilizar contra la revolución rusa estaba demasiado previsto desde que a la etapa del reconocimiento de los So­viets por los gobiernos de Occidente —empujados en parte a esta actitud, según lo observa Álvarez del Vayo, por la esperanza de que los negocios en Rusia aliviasen su crisis industrial— siguió la etapa de hostilidad y agresión inaugu­rada por el allanamiento de la casa Arcos en Londres. Desde entonces es evidente la reapa­rición en las potencias capitalistas de un acre humor an-tisoviético. Mr. Baldwin no trepidó en aceptar las responsabilidades de la ruptura de las relaciones diplomáticas, restablecidas por el primer gabinete Mac Donald. Y en Francia una estridente campaña de prensa, subsidiada y dirigida por la más notoria plutocracia, exigió el retiro del Embajador Ra-kovsky.

 

Pero, generalmente, se pensaba que la ofen­siva comenzaría otra vez en Occi-dente. Polonia se ha impuesto el oficio de gendarme de la reac­ción. Y el ge-neral Pilsudsky, en vena siempre de aventuras más o menos napoleónicas, se ha entrenado bastante en la conspiración y la ma­niobra antisoviéticas. Ruma-nia, favorecida por la paz con la anexión de la Besarabia, a expen­sas de Rusia y del principio de libre determina­ción de las nacionalidades, es otro foco de in­trigas y rencores contra la U.R.S.S. Y, en gene‑

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 26 de Julio de 1929.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ral, a ningún trabajo se han mostrado tan aten­tas las potencias de Occidente como al de interponer entra la U.R.S.S. y la vieja Europa demo-burguesa una sólida muralla de Estados incon­dicionalmente adictos a la política imperialista del capitalismo.

 

La amenaza a que más sensible se manifesta­ba esta política era, sin embargo, la de la cre­ciente influencia de Rusia en Oriente. Y era ló­gico, por consigui-ente, que la nueva ofensiva anti-rusa eligiese para sus operaciones los paí­ses asiáticos. En esto, el Imperio Británico, so­bre todo, continuaba, su tradición. Inglaterra, desde los tiempos de Disraeli, ha sentido en Ru­sia a su mayor rival en Asia.

 

En la política de Persia, la mano de Inglate­rra se ha movido activamente contra Rusia en los últimos tiempos, en modo demasiado osten­sible. Y, a partir del nuevo curso de la política china, que ha hecho del Kuo-Ming-Tang y sus generales un instrumento más perfecto y mo­derno de los intereses im-perialistas que los an­tiguos caudillos feudales, la excitación de China contra Rusia no ha cesado un instante. La acti­tud de las autoridades de la Manchuria expul­sando intempestivamente a los rusos de esa parte de la China y apode-rándose de modo violento del ferrocarril oriental, no es sino un efecto de un trabajo, cuyos antecedentes hay que buscar en la lucha de los imperialismos capitalistas con los Soviets durante la acción nacionalista revolucionaria del Kuo-Ming-Tang.

 

El Japón juega, sin duda, en la preparación de este conflicto un rol prepon-derante. Las inversiones del Japón en la Manchuria alcanzan una cifra cons-picua. La penetración japonesa en la China, en general, avanza a grandes pa-sos desde la guerra que hizo del Japón algo así co­mo el fiduciario de la Enten-te en el Extremo

 

 

 

 

 

 

 

 

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Oriente. La Conferencia de Washington sobre los asuntos chinos, tuvo entre sus principales obje­tos el de contener la expansión japonesa en la China. Estos intereses económicos se han refle­jado incesantemente en el desarrollo de la po­lítica. El Japón, occidentalizado y progresista, se ha esmerado a este res-pecto en la colabora­ción con los elementos más retrógrados de la China. El Club An-Fú fue su partido predilecto. Luego Chang-So-Ling, el dictador de la Manchu­ria, acaparó sus simpatías. Y las ambiciones del Japón sobre la Man-churia son de vieja data. El ferrocarril ruso de la Manchuria recuerda, preci-samente, al Japón una de sus derrotas diplo­máticas. Su victoria militar sobre la China en 1895 le pareció título bastante para instalarse en la península de Liao-Tung, en Port Arthur, en Dalny, en Wei-Hai-Wei y la Corea. Pero, en-ton­ces, este apetito excesivo y poco razonable estaba en absoluto conflicto con los intereses de las potencias europeas. Rusia zarista, particularmente, que acababa de construir la línea transi­beriana, no podía avenirse a las pretensio-nes desmesuradas del Japón. La diplomacia de Ru­sia, Francia y Alemania obligó al Japón a soltar la presa. Y, más tarde, Rusia se hacía adju­dicar el Liao Tung con Port Arthur y Dalny y obtenía la autorización de construir el ferroca­rril de la Manchuria. Rusia perdió en la guerra con el Japón una parte de estas posesiones; pero entre otras, juzgadas inconstestables, conser­vó la del ferrocarril. Y en 1924, el propio gobier­no de Chan-So-Ling reconoció a Rusia sus dere­chos sobre esta vía férrea. La diplomacia revo­lucionaria de los So-viets había roto con la tradi­ción del zarismo en sus relaciones con China, renunciando a los derechos de extraterritorialidad y otros que los tratados vigentes con las poten­cias europeas le reconocían. Rusia había inau­gurado una nueva etapa en las relaciones de Eu­ropa con China, tratándola de igual a igual.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Chang-So-Ling, dictador feudal del más reaccionario espíritu, no era por cierto un gobernante dispuesto a apreciar debidamente este lado de la nueva política rusa. Pero los derechos de Ru­sia aparecían tan indiscutibles que el tratado no podía conducir sino a su ratificación.

 

La conducta de la China va contra toda norma de derecho. Un telegrama de Ginebra comu­nica "que los juristas de Ginebra y La Haya se muestran gene-ralmente inclinados a favorecer la actitud de los abogados de Moscú, quienes insis­ten en que la China no ha tenido ninguna causa justificada para proceder en la violenta y repen­tina forma que lo hiciera, sin tratar siquiera de justificar su actitud mediante avisos previos". Esta opinión, dada la ninguna simpatía de que goza la Rusia soviética en el ambiente de la So­ciedad de las Naciones, revela que la sutileza de los jurisconsultos no encuentra excusa seria pa­ra el proceder chino. Se invoca, como de costum­bre, el pretexto, bastante desacre-ditado, de la propaganda comunista. Pero esta propaganda, en caso de estar comprobada, podría haber sido una razón para medidas circunscritas contra los ele­mentos no deseables. Es imposible explicar con el argumento de la propaganda comunista, las prisiones y exportaciones en masa y la confisca-ción del ferrocarril.

 

La política del Japón en la China obedece a intereses distintos y aún rivales de los que dic­tan la política yanqui. Habían dejado de coinci­dir aún con los de la política británica. La lu­cha entre los imperialismos rivales es, sin duda, un obstáculo para un inmediato frente único, antisoviético, de las grandes poten-cias capitalis­tas. Pero la intención de este frente está en los estadistas de sus burguesías. El pacto, Kellogg confronta su primera gran prueba, lo mismo que la diplomacia laborista. La China feudal y mi-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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litarista, la China de Chang Hseuh Liang y Chang Kai Shek, carece de volun-tad en este conflicto. No será ella, en el fondo, la que dé la respuesta que aguarda la demanda soviética.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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GRAN BRETAÑA CONTRA EL PLAN YOUNG*

 

 

El plan Dawes constituyó un arreglo provisorio de la cuestión de las repara-ciones. El año de 1923 había señalado la extrema exacer­bación de este pro-blema con la ocupación del territorio del Ruhr. Ese año había marcado tam-bién, después de una vigorosa ofensiva, el retroceso de las fuerzas proletarias. El Occiden­te capitalista había visto demasiado cercana la amenaza de la re-volución en Alemania para desconocer la necesidad de una política de com-pro­miso. Francia, —fracasada la empresa del Ruhr como medio de obtener de Alemania la satisfac­ción de sus obligaciones financieras—, se avino, bajo la instancia de Inglaterra y Estados Unidos, a una fórmula transaccional. Alema-nia, en ban­carrota, solicitaba nuevos plazos, ayuda finan‑

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 15 de Agosto de 1929. Con es­tas notas inició J.C. M. su sección "Lo que el cable no dice", precedida de las siguientes líneas de introducción de Mundial:

 

"Y no es, precisamente, que la censura oficie de cancer­bero. El laconismo del cable lo imponen mil otras circuns­tancias materiales y de tiempo. Nos da la noticia escueta. Seca. Es el esquema de la realidad que el lector completa. Pero, por lo mismo, se requiere un hombre que sepa am­pliar, con el comentario sesudo y verídico, lo que la no­ticia nos da sin más detalles. Este raro sentido de la noti­cia, gracia de la que están tocados muy raros seres sobre la tierra, es un don permanente de uno de nuestros primeros periodistas: José Carlos Mariátegui. El querido colega que conoce, más allá de los colores y la configuración, aden­tro de la corteza, el mapa político e intelectual del mundo, va a decirnos, inaugurando desde ahora la sección "Lo que el cable no dice". Nadie más capacitado para divulgar en la masa de lectores lo que expresan las informaciones coti­dianas. José Carlos Mariátegui que es un trabajador infati­gable, que en el puente de su nave heroica, otea los buenos tiempos de la humanidad, hablará, desde Mundial, de lo que, al través del lente noticioso, descu-bren sus ojos de vigía aler­ta siempre a la verdad". (N. de los E.)

 

 

 

 

 

 

 

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ciera. Si no se quería arrostrar los peligros de una crisis más grave aún, había que concedérselos. 1924 robusteció y consolidó definitivamente los elementos de la estabilización capitalista. Fue, por esto mismo, el año de la primera vic­toria de los laboristas en Inglaterra y de la de­rrota de Poincaré en Francia. El plan Dawes aportó la solución temporal de la crisis de las reparaciones. Esta-dos Unidos, por intermedio de sus banqueros, asumía una función decisiva en la normalización de la economía europea, impo­niendo a todos, como condi-ción de su asisten­cia, vale decir de sus créditos, la renuncia de todo empeño agresivo e intransigente que pudie­se significar un riesgo para el orden demo-bur­gués.

 

El plan Young, sometido a la deliberación de la actual Conferencia de Repa-raciones de La Haya, y al que el gobierno inglés, con el discurso de Snowden, acaba de retirar su asentimiento, tiene por objeto resolver definitiva e inte-gralmente el problema de las reparaciones, estable­ciendo no sólo la escala de los pagos de Alema­nia a los aliados, a partir del 1º de Setiembre próximo, sino también las facilitaciones que se podían otorgar al Reich en caso de que transito­riamente no le fuese posible cumplir sus obliga­ciones sin desastrosas consecuencias en el curso de su moneda, los derechos de cada una de las po-tencias aliadas sobre las entregas en dinero y especies, las relaciones entre la amortiza­ción de la deuda alemana y la de las deudas ín­ter-aliadas, etc.

 

Que la Gran Bretaña, conciliadora en 1924, cuando le tocaba propiciar y conseguir el acuer­do entre Alemania y Francia, rehuse ahora en términos inesperados, su consentimiento a la en­trada en vigor del plan de los expertos financieros, tal como está concebido, no es tan inexpli­cable como a primera vista puede parecer. En

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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estos cinco años de vigencia del plan Dawes, el conflicto entre los intereses del Imperio Britá­nico y los Estados Unidos no ha cesado de acen­tuarse. Las consecuencias del crecimiento y ex­pansión norteamericanas, han evidenciado prác­ticamente el irreductible antagonismo entre am­bos imperios. El reacti-vamiento de la industria alemana, a la que se asocia en vasta escala el ca­pital yanqui, resucita, por otra parte, en cierta medida, la rivalidad que engendró la guerra de 1914. La prosperidad industrial de Alemania, no es posible sin daño para las exportaciones bri­tánicas. Francia y Alemania, desde antes del colo-quio Briand-Stresseman que precedió a Locarno, han empezado a considerar su mutua nece­sidad de cooperación económica. Los intereses metalúrgicos iniciaron un acuerdo, una colabo­ración, que los diálogos diplomáticos se han li­mitado a traducir a un lenguaje político. El plan del comité de expertos de 1929 no tiene, en fin, una fisonomía menos norteamericana que el del comité de expertos de 1924. Mr. Owen D. Young, un norteamericano, ha presidido las labores del comité y dado su nombre al dictamen. El me­canismo de las reparaciones que en el plan Da­wes conservaba un carácter político o adminis­trativo, en el plan Young adquiere un carácter netamente financiero. Se crea un banco especial, constituido por los bancos centrales de los sie­te países del comité de reparaciones, con un ca­pital de 100'000,000 de dólares, para todas las operaciones concernientes al movimiento y dis­tribución de las anuali-dades. Un banco; esto es el organismo más del gusto del país que ensan­cha incesantemente en el mundo su radio y su poder de prestamista y que actúa su política a través de sus institutos financieros más bien que a través de sus embajadas y departamentos ad­ministrativos.

 

Inglaterra se estima excesivamente sacrifica-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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da por el plan Young a los intereses de sus ex-aliados y de Alemania. Halla, sin duda, dema­siado favorecida a Francia, país al cual el comi­té de expertos reconoce derechos preferenciales. El plan, con el objeto de asegurar la nece-saria elasticidad a los plazos dentro de los cuales, deben efectuarse los pagos de Alemania, distingue dos anualidades, una incondicional y otra diferi­ble. Y de la anualidad incondicional de 660 millo­nes de marcos, asigna a Francia 500 millones, con la obligación para este país de constituir un fondo de ga-rantía destinado a cubrir las dife­rencias que resultasen de una suspensión en el pago de la parte diferible de la cuota anual. El plan Dawes, estableció el pago en mercaderías; el plan Young lo mantiene por diez años. Ingla­terra, obligada a recibir parte de estas merca­derías, siente repercutir esta facilitación en su crisis industrial. El problema de las reparacio­nes se complica, bajo este as-pecto, con el pro­blema de su industria.

 

El cable anuncia que al golpe de escena de Snowden o, mejor, del gobierno británico, puesto que Ramsay Mac Donald ampara plenamente los puntos de vista de su Ministro de Finanzas, ha seguido un período de tregua, en el curso del cual se negociará un arreglo. Pero, a este respec­to, la conclusión del in-forme de los expertos impone una seria reserva. Como sus predecesores del comité Dawes, los peritos del comité Young advierten: "Consideramos nues-tro informe como un todo indivisible. Estimamos que no es posi­ble llegar a un resultado feliz adoptando ciertas recomendaciones y descartando las otras".

 

LA CONSTITUCION DE PRIMO DE RIVERA

 

Desde su súbita elevación al poder, algo asom­brado probablemente de su propia réussite, Pri­mo de Rivera no ha insistido en nada tanto co-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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mo en las seguridades de su provisoriedad. Al revés del duce fascista, que no fija plazos a su régimen, porque le atribuye la misión de construir una nueva "grandeza romana", Primo de Rivera, en el gobierno, ha tenido siempre el aire de un hombre que pide excusas por su presencia en ese puesto y que no se siente estable en él sino a condición de que sus compatriotas no duden de su interinidad.

 

La convocatoria a la asamblea nacional, el debate sobre la nueva constitución, la prepara­ción de las elecciones que restablecerán la lega­lidad en España, etc., todos los tópicos del mo­nólogo gubernamental no han tenido otro senti­do po-lítico que una renovada garantía de la fun­ción transitoria de la dictadura.

 

Después de haber tronado desgarbadamente contra los políticos del "viejo régimen", Primo de Rivera no aspira hoy a mejor éxito que a la participación en su asamblea nacional del ma­yor número de ex-ministros. La Unión Gene-ral de Trabajadores no obstante su reformismo oportunista, ha respondido a su invitación con un no rotundo. Y si abundan los Romanones que se presten a la colaboración, tanto mejor para la liquidación de pseudo-liberalismo español.

 

 

EL 10° ANIVERSARIO DE LA REPUBLICA ALEMANA

 

La República Alemana ha celebrado, bajo la presidencia del Mariscal Hin-denburg, el décimo aniversario de la Constitución de Weimar. El monar-quismo, como programa de restauración del Kaiser, llega a este aniversario visiblemente liquidado. El partido nacionalista, contra la re­calcitrante protesta de su derecha, no ha tenido más remedio que aceptar la condición de par­tido republicano para mantener su influencia en el gobierno del país. Quedan, sin duda, muchos

 

 

 

 

 

 

 

 

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monárquicos en Alemania. Y una marejada reac­cionaria, acrecentaría su nú-mero quién sabe en qué proporción. Pero la República reposa en el cimiento de una sólida mayoría.

 

De este resultado, se ufana, en primera línea, la social-democracia que, insta-lada en el poder, de nada se preocupó tanto como de usar de él con prudencia. Pero, el análisis de los aconteci­mientos, enseña algo muy diverso. El estado ma­yor de teóricos y burócratas del partido social-demócrata, no se había planteado nunca la cues­tión de la toma del poder. El derrumbamiento de la monarquía los obligó a asumir el gobierno antes de que hubiesen tenido tiempo de reponerse de la impresión de este cambio, que excedía violenta y desmesuradamente los más osados cálculos de su determinismo y las más distantes esperanzas de su educación parlamentaria. Y si la marea reacciona-ria, que siguió el fracaso de la última ofensiva del proletariado, no resta­bleció la monarquía, el mérito del salvataje de la República, en esa crisis, no per-tenece ciertamente a la social-democracia. La República, si se prescinde del apoyo que le prestaba el con­senso pasivo de ciertas capas sociales, guberna­mentales por inercia o por precaución, no esta­ba defendida válidamente sino por el proleta­riado. La huelga general que obligó a capitular al general Kapp, a los pocos días de su golpe de mano de Berlín, reveló a la burguesía indus-trial y financiera de Alemania el peligro de jugar a la restauración.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA CONFERENCIA DE LAS REPARACIONES*

 

 

La estabilización capitalista descansa en fór­mulas provisionales. La interi-nidad de los acuer­dos es su característica dominante. La constitu­ción de los Estados Unidos de Europa sería el medio de organizar a la Europa burguesa en una liga que, resolviendo los conflictos internos de política y la economía europeas, opusiese un compacto bloque, de un lado a la influencia ideoló­gica de la U.R.S.S. y de otro a la expansión eco­nómica de Norteamérica. Pero, a cada paso, sur­ge un incidente que descubre la persistencia, — más todavía, la sorda exacerbación—, de los an­tagonismos que alejan o descartan la posibi-lidad de unificar a la Europa capitalista. Ramsay Mac Donald se cuenta entre los estadistas que prevén que en el decenio próximo se preparará algo así co-mo los Estados Unidos de Europa; pero esto no le impide asumir en la con-ferencia de las re­paraciones de La Haya una actitud tan estrictamente ajustada al interés y el sentimiento nacio­nales como la que tomaría, en el mismo caso, Winston Churchill. Las siete potencias interesadas en la cuestión de las repa-raciones y de los créditos de guerra, después de algunos coloquios, pueden entenderse provisoriamente respecto a este problema; pero mucho más difícil es que pacten un plan definitivo, una solución integral. Formular el plan Young, ha sido, por esto, más laborioso y complicado que formular el plan Dawes. Se trata ahora de fijar totalmente las obligaciones de Alemania hasta la extinción de su deuda, la participación de los aliados —o me‑

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 21 de Agosto de 1929.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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jor, ex-aliados— en estas cantidades y la vincu­lación entre los pagos alema-nes y las deudas in­teraliadas. Y, antes de suscribir un convenio que compro-mete irremediablemente su política en el porvenir, cada uno de los principales interesados extrema sus precauciones. Como el régimen Dawes debe cesar el 31 de este mes, si el régi­men Young no queda sancionado en La Haya, la con-ferencia de las reparaciones se verá en el caso de adoptar, mientras se elabora un acuerdo completo, alguna disposición provisoria.

 

El plan Young, según sus autores, es un todo invisible. Todas sus partes están en relación unas con otras. Tocar el capítulo del pago en especies, por ejem-plo, es tocar el monto de la indemniza­ción, y, por consiguiente, la escala de las anua­lidades. Los expertos de Estados Unidos, Ingla­terra, Francia, Italia, Bélgica, el Japón y Alema­nia, no han conseguido montar esta ingeniosa ma-quinaria sino después de un larguísimo tra­bajo de coordinación de sus engra-najes. Si se mueve una sola de sus ruedas, la maquinaria no funcionará: habrá que reconstruirla totalmente.

 

Los expertos han establecido, en primer tér­mino, un sistema de cierta elasti-cidad. Distribuir el total de la deuda alemana en un número de años, y señalar la cuota fija de amortización anual, habría sido fácil; pero un sistema de esta rigidez habría reclamado, en conflicto con las circunstancias, constantes re-visiones prácticas. El plan de los expertos tenía que considerar la capacidad de pago de Alemania como un factor sujeto a posibles variaciones. Dentro de un programa de regulación definitiva de los pagos y las deudas, necesitaba dejar un margen al juego de las contingencias. El plan Young, objeto actualmente de los reparos de Inglaterra, adopta una escala de amortizaciones que prevé la cancela­ción de la deuda alemana en el plazo de 59 años. Pero divide las anua-lidades en dos partes: una

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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incondicional y otra dependiente de la capacidad de pago de Alemania. El Reich pagará en divisas extranjeras, en cuotas mensuales, sin ningún de­recho de suspensión, 660 millones de marcos al año. Esta suma corresponde a la que el plan Dawes exige obtener de las entradas de los ferrocarriles alemanes. Durante diez años, Alema­nia conserva el derecho de efectuar en merca­derías una parte adicional de los pagos, confor­me a una escala que fija esta cuota, para el pri­mer año, en 750 millones de marcos, reducién­dola anualmente en 50 millones, de suerte que la décima anualidad sea sólo de 300 millones. El pago del resto de la anualidad, —que fijada en 1.707,9 millones de marcos oro para el ejercicio 1930-31, sube a 2.428,8 millones para 1965-66—, es diferible si circunstancias especiales lo deman­dan. La apreciación de estas circunstancias queda encargada a un comité consultivo, convocado por el Banco de régléments internacionales que el plan Young propone como orga-nismo es­pecial de recaudación y administración de las reparaciones. Los plazos que, en virtud de este margen, pueden ser concedidos a Alemania tie­nen por objeto protegerla "contra las consecuen­cias posibles de un período de depresión relati­vamente corta que, por razones de orden interno o externo, podría amenazar suficientemente los cambios como para tornar peligrosas las trans­ferencias al exterior". El gobierno alemán, en este caso, tiene el derecho de suspender estos abo­nos por un plazo máximo de dos años.

 

Las observaciones de Inglaterra no conciernen a este aspecto del plan Young —las obliga­ciones de Alemania y el método de hacerlas efec­tivas sin daño de la economía alemana en el caso de eventuales crisis— sino a la participación bri­tánica en las anualidades y al mantenimiento por diez años del pago en mercaderías. La industria británica sufre las consecuencias de esta estipu-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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lación del plan Dawes que imponen a la Gran Bretaña, en plena crisis indus-trial por el descen­so de sus exportaciones, absorber anualmente una cantidad de manufacturas alemanas. Snowden reclama que se asignen a su país 48 millo­nes más de marcos en el reparto de las anuali­dades alemanas. Cualquiera rectificación, en uno y otro aspecto, importa la revisión total del plan Young. Si se suprime o reduce la cuota en espe­cies, toda la escala de amortización de la deuda alemana tendría que ser reformada. Por consiguiente, nuevo debate respecto a la capacidad de pago del Reich en los 59 años próximos. Si se acuerdan a Inglaterra los millones suplementa­rios que demanda, ¿a quién o a quiénes se reba­jaría su parte? Francia defiende celosamente su prioridad. Italia piensa que es ya bastante exi­gua su participación.

 

Inglaterra, en todo caso, no está dispuesta a prestar su asentimiento a ninguna fórmula que perjudique sus intereses, visiblemente distintos de los de Francia, Alemania y Estados Unidos. Hasta hace pocos años, las mayores dificultades para el arreglo de la cuestión de las reparacio­nes parecían provenir del con-flicto entre los in­tereses alemanes y franceses. Ahora resulta evi­dente que la oposición entre los intereses alema­nes y británicos es todavía mayor. Alema-nia no puede prosperar y restaurarse industrialmente sino a expensas, en cierto grado, de la recons­trucción británica. Y no se hable del conflicto todavía más profundo e irreductible que se ma­nifiesta entre los intereses de la Gran Breta-ña y Estados Unidos. La conferencia de reparaciones de La Haya ha venido a revelar la fatalidad y crecimiento de estas contradicciones, en instantes que preferirían quizá trascurrir bajo el sig­no del espíritu de Locarno, mientras la amena­za guerrera reaparece en Oriente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CHINA Y LA OFENSIVA ANTISOVIETICA*

 

 

En los tiempos en que la revolución naciona­lista amenaza los privilegios de las grandes po­tencias occidentales en la China, las agencias te­legráficas cui-daban de acentuar los colores som­bríos en el cuadro de la República de Sun Yat Sen. La China revolucionaria, amiga de la Rusia soviética, no podía ins-pirar sino sospecha y dis­gusto al Occidente capitalista. La marejada chi­na era descrita como una de las tormentas en que estaban a punto de zozobrar los más egre­gios valores de la civilización. Los lugares comu­nes de la época de la expedición contra los boxers sobre la China bárbara, tornaban a ser puestos en circulación, ligeramente entonados al estilo post-bélico.

 

Ahora que un Kuo-Min-Tang domesticado y una República benévola a los intereses imperia­listas, después de haber ahogado en sangre las reivindicacio-nes proletarias y de haber despedi­do a los consejeros rusos y chinos de Sun Yat Sen, ofrecen a las grandes potencias occidenta­les el modo de mantener su influencia en la Chi­na, a través de intermediarios más eficaces, el tono del cable sobre la política de Nanking ha cambiado totalmente. Y, en cuanto a la política de Mukden, que desde Chang So Lin cuenta con la simpatía de la democracia capitalista, poco falta para que se le recomiende como modelo de sagacidad y moderación a la civilidad occidental. El cable se contrae activa-mente, con sus noticias y sugestiones, al trabajo de atenuar la impresión

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 23 de Agosto de 1929, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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de que las autoridades de la Manchuria han procedido violenta e insólitamente al rasgar el tra­tado ruso-chino de 1924, apoderarse del ferroca­rril oriental y apresar o expulsar a los funciona­rios consulares y administrativos rusos. La Chi­na se niega a satisfacer las reclamaciones rusas por estas violencias; con-centra sus tropas en la frontera con el pretexto de que Rusia se apres­ta a in-vadir su territorio; tolera y excita la au­dacia de las bandas aventureras de rusos blan­cos que, ansiosos de revancha contra la re­volución, juegan en la frontera el rol de provo­cadores. Y, sin embargo, la actitud de la China resulta perfectamente pacifista y ortodoxamente wilsoniana.

 

La intención de esta propaganda es obvia. La China forma parte de la Socie-dad de las Nacio­nes. Ha suscrito, como la mayoría de los Estados, Rusia inclusive, el pacto Kellogg. Necesita obtener que las autoridades de la Liga declaren a Rusia la nación agresora. Esta declaración conforme al estatuto de la Sociedad de las Nacio­nes y al pacto Kellogg, serviría nada menos que para autorizar un nuevo bloqueo de Rusia. La guerra contra la U.R.S.S. sería, así, una de las inmediatas consecuencias de las cábalas de la paz.

 

El juego, por supuesto, no está exento de riesgos desde sus primeras escara-muzas. Las grandes potencias de Europa no pueden azuzar a la China contra la U.R.S.S. con el argumento de que debe ser ama en su casa, sin reavivar el fuego de un nacionalismo, cuyo enardecimiento comprometería los intereses imperialistas. Ya el gobierno de Nanking ha pensado que era opor­tuno abrir una conversación sobre la abolición de los derechos de extraterritorialidad de que gozan actualmente las potencias. Y es evidente que la propaganda sovié-tica encontrará en el frente de combate vías de penetración mucho

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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más seguras y múltiples que el ferrocarril orien­tal en tiempos de pacífico comercio. Del valor moral y técnico del ejército ruso, algo han ha­blado repor-tajes recientes, entre los que el más a la mano en español es siempre el de Álvarez del Vayo. La guerra es todavía la carta que le resta a los Estados adversarios de la Rusia so­viética. Pero la guerra contra-revolucionaria ha sido ya otras veces el mejor agente de la revo­lución.

 

 

EL SEGUNDO EXPERIMENTO LABORISTA

 

No es todavía tiempo de enjuiciar definitivamente el segundo experimento laborista; pero sí de descartar la posibilidad de que importe, en alguna forma, la inauguración de una política socialista en el gobierno de la Gran Bretaña. El Labour Party no tiene ningún deseo de encontrar unidos en el parlamento los votos de los conser­vadores y los liberales, en alguna cuestión adminis-trativa. Para que no le falten los votos de los liberales, sin los cuales quedaría en minoría, el partido laborista tendrá que hacer una polí­tica liberal que no se diferenciará de la que po­dría haber actuado el viejo y ralo partido de los whigs sino en la ausencia del estilo personal de Mr. Lloyd George. Esta es, sin duda, la últi­ma victoria del liberalismo. No lo compensará de sus derrotas electorales; pero queda desde ahora, inscrita al mismo título, en la historia.

 

A algunos les puede haber chocado que Mr. William Jowit, elegido diputado con el voto de los liberales, se enrolase en los rangos del La­bour Party al día siguiente de su victoria. Este cambio de etiqueta ha permitido a Mr. Jowit obtener en el gabinete de Mac Donald el puesto de attorney general. Pero, en verdad, no ha impues­to al distinguido abogado ningún grave despla­zamiento ideológico. El liberalismo, como praxis, está reducido en nuestros días a un oportunis-

 

 

 

 

 

 

 

 

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mo que no excluye la suscripción del método de una social democracia tem-perante y parsimo­niosa. Mr. Jowit ha dado su adhesión no a un partido sino a un gobierno del que, prácticamen­te, ninguna realidad lo separa.

 

El partido laborista no ha afirmado hasta ahora más que su intención de desa-rrollar un programa pacifista. Mac Donald personalmente era ya pacifista en los días en que la Gran Bre­taña estaba aún en guerra con los imperios cen­trales. Pacifismo de consciencious objector que puede impedirle formar parte, como Henderson, de un ministerio de guerra; pero que no lo conmina a combatir activamente la guerra misma. El programa de paz del ministerio laborista comprendía la reanudación de las relaciones con los Soviets. Y ya hemos visto cómo este propó­sito ha quedado diferido. El antagonismo más profundo de la época es el que día a día se exa­cerba sordamente entre la Gran Bretaña y los Estados Unidos. Los gobiernos británico y nor­teamericano son, sin embargo, los que mayor empleo hacen de fórmulas pacifistas: pacto Ke-llogg, limitación de armamentos, etc. Ni siquiera en esto, el Labour Party tiene en el poder un rol original. Entendido literalmente, Mr. Kellogg no era menos pacifista que Mr. Henderson.

 

LA CRISIS DE LAS REPARACIONES

 

El problema de las reparaciones está en cri­sis por enésima vez. La semana trascurrida desde mi anterior comentario de "Mundial"1 no ha aportado la fórmula de entendimiento que, des­pués de las declaraciones de Mr. Snowden, se anunció en camino. Torpedeado por el Ministro de Finanzas de la Gran Bretaña, a quien sostie‑

 

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1 Véase el artículo anterior "La Conferencia de las Repa­raciones" (N. de los E.)

 

 

 

 

 

 

 

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ne la unanimidad del parlamento de su país, el plan Young hace agua por dos o tres puntos. El 1º de Setiembre próximo debería entrar en vi­gor conforme al acuerdo de los expertos. El ré­gimen de reparaciones establecido por el plan Dawes cesa el 31 de agosto, según el mismo acuerdo. El gobierno alemán aca-ba de notificar discretamente a las potencias "aliadas" su propósito de no ate-nerse a partir del 1º de Setiem­bre al régimen Dawes sino al régimen Young, en cuanto a la cifra de amortización de su deuda. Rectificado en el capítulo del pago en especie y del reparto de las anualidades, el plan Young no sería el plan Young. Sus autores han dejado constancia expresa de que no es suscep-tible de retoque.

 

La conferencia de La Haya no puede encar­garse de la revisión de un aparato tan compli­cado. Lo más probable es que se contente con un acuerdo temporal respecto a los pagos próxi­mos, dejándose a una nueva conferencia la elabo-ración, con los materiales de la memoria de los expertos y las directivas que establezca el acuerdo de los gobiernos, del programa defini­tivo de reparacio-nes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL PROBLEMA DE PALESTINA*

 

 

El conflicto entre árabes y judíos en Palesti­na, ostensible, y manifiesto desde que se inició, bajo el auspicio de la Gran Bretaña, la organi­zación del Estado sionista, ha entrado en una etapa de aguda crisis. Los árabes se proponen, al parecer, la destrucción de las colonias fundadas en Palestina por los judíos. (El ataque ha sido particularmente encarnizado contra la nue­va ciudad hebrea de Tel Aviv). En todo caso, han reaccionado violenta y bárbaramente contra el restablecimiento de los judíos en un territorio históricamente suyo pero del que largos siglos de ostracismo habían cancelado sus títulos ma­teriales de propiedad. Los excesos perpetrados por los árabes contra los judíos en estas jorna­das de terror, reviven los días más siniestros de persecución del pueblo de Israel. Las hordas del Islam no han sido nunca más benignas cuando las ha impulsado el furor de la guerra santa, aunque esta vez la lucha es, pese a sus aparien­cias y al incidente de la Muralla de las Lamen­taciones en que tiene origen, una lucha de pue­blos, de razas, más bien que de religiones.

 

Los judíos son en el territorio de Palestina

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 30 de Agosto de 1929, en la sección "Lo que el cable no dice". La nota sobre "El Pro­blema de Palestina" fue reproducida en Repertorio Hebreo, Año I, Nos. 3 y 4, Lima, 1929, págs. 3-4, con la si-guiente nota de redacción: "Esta nota, breve pero sustancial, apa­reció en Mundial Nº 480 en la revista de los más importantes acontecimientos de la semana a cargo de J. C. Mariáte­gui (sección: "Lo que el cable no dice"). Su autor, el más destacado intelectual peruano, José Carlos Mariátegui —nues­tro querido e inapreciable colaborador— nos promete para el próximo número de Repertorio Hebreo, un estudio espe­cial sobre el mismo problema". (N. de los E.)

 

 

 

 

 

 

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una minoría nacional. Diez años de propaganda sionista, no han decidido a la repatriación sino a una parte de las masas más brutalmente hos­tilizadas por el anti-semitismo en la Europa Cen­tral y a algunos grupos de estudiantes e inte-lec­tuales, místicamente enamorados del ideal de la resurrección de la patria judía. La población ára­be invoca su derecho de posesión, contra los títulos tradicionales de la población judía que se instala en el territorio palestino. Y la Gran Bre­taña, obligada a prestar garantías a la formación del hogar nacional judío, por estar ese territo­rio bajo su protectorado, se encuentra ante un pro-blema gravemente complicado con su políti­ca colonial. La declaración Bal-four la empeñó más allá de sus posibilidades. Una enérgica in­tervención bri-tánica a favor de los judíos, exci­taría contra el dominio británico, no sólo a los árabes, de Palestina, sino a todo el mundo mu­sulmán. La Gran Bretaña teme que la cuestión sionista se convierta en un motivo más de agi­tación anti-británica de todos los pueblos maho­metanos que forman parte de su inmenso impe­rio oriental. La función del protectorado britá­nico en la Palestina tiene que inspirarse así en el interés de dar garantías a los árabes, hasta cuando formalmente se propone dar garantías a los judíos. El juego de estos intereses contra­dictorios paraliza la acción británica. La Gran Bretaña está demasiado familiarizada con estas antinomias, con estas dualidades en su política. La "hipocresía de la rubia Albión" es uno de los más viejos lugares comunes de la historia moder­na. Pero acontecimientos como los que se desa­rrollan actual-mente en la Palestina, rebasan los límites de su habilidad. La organización oficial sionista, aunque incondicionalmente enfeudada a la política británica, —conducta que la ha hecho perder toda influencia sobre las grandes masas judías—, se ha visto obligada a formular reivin­dicaciones que demuestran lo artificial de la cons-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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trucción del hogar nacional israelita. La Gran Bretaña quiere ser el hada ma-drina del Estado sionista. Pero no es capaz ni de reconocer a los judíos una verdadera independencia nacional, una efectiva soberanía en el territorio de Palestina, ni de protegerlos contra la reacción árabe con su autoridad y poder imperiales.

 

EL ACUERDO DE LA HAYA

 

Los últimos telegramas anuncian que, des­pués de prolongadas negociaciones, se ha Llegado a un acuerdo en la conferencia de las repa­raciones. La Gran Bretaña, según estas noticias, ha obtenido la satisfacción de una gran parte de sus exigencias. Sus ex-aliados se han visto obligados a hacerle sucesivas penosas concesio­nes, para evitar el fracaso de la reunión de La Haya. Falta todavía el asentimiento de los alemanes a las modificaciones que el acuerdo es­tablece en el programa de pagos del presente año.

 

Ya se anuncia el efecto de estas concesiones en París. La conducta de Briand en La Haya es objeto de acerbas críticas. El reparto de las cargas de la guerra, deja irreparablemente comprometida la amistad de los aliados de Versalles. La beligerancia de los intereses nacionalistas re­crudece, contra las esperanzas parlamentarias del astuto empresario de los Estados Unidos de Europa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA ASAMBLEA DE LA SOCIEDAD DE LAS NACIONES*

 

 

La más visible consecuencia de un gabinete laborista británico en la política internacional es, seguramente, la reanimación de la Sociedad de las Naciones. No es, por supuesto, que el Labour Party, en el gobierno de la Gran Bretaña represente sustancialmente un nuevo rumbo en la gestión de los negocios extranjeros de ese im­perio. La Gran Bretaña es un país fundamentalmente conservador en su política; pero en nin­gún aspecto lo es tanto como en el diplomático. Mas el estilo y el espíritu de los conservadores se avenía poco con el pool de empresarios de la Sociedad de las Naciones y de las asambleas de Ginebra. Los ministros conservadores asistían a las reuniones de la Socie-dad de las Naciones con un gesto demasiado cansado y escéptico. Los labo-ristas, en cambio, entrenan en este campo uno de sus más intactos entusias-mos. En conferencias como la de las reparaciones, estarán siempre dispuestos a defender los intereses de la Gran Bretaña, con mayor celo nacionalista que los conservadores, sin exceptuar a Chur­chill; pero en la Sociedad de las Naciones, en debates generales sobre el desarme y el arbitraje obligatorio, pueden consentirse generosos brin­dis pacifistas.

 

La nota más importante de la décima asam­blea de la Sociedad de las Naciones es hasta ahora la elección de Guerrero, delegado de la

 

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*Publicado en Mundial, Lima, 6 de Setiembre de 1929, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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República de El Salvador, como presidente del Consejo de la Liga. Y, segu-ramente, éste es un acto de inspiración británica. Se trata más que de atraer a la política de la Liga a los pequeños Estados, disimulando su carácter de trust de grandes potencias, de acentuar la participación de la América Latina en sus labores centrales. Guerrero, en la Conferencia Panamericana de La Habana, representó como se recordará la resis­tencia a la política yanqui. Hasta ahora, los Es­tados Unidos es la única gran potencia capitalis­ta ausente de la Liga, aunque intervenga en todos sus trabajos de colaboración internacional, econo-mía, higiene, trabajo, etc. Y. es obvio que, a medida que se acentúe el antago-nismo anglo-yanqui, la política de la Gran Bretaña tiene que esforzarse por sacar partido de esta circunstan­cia. Si bien Norteamérica está habituada a do­mesticar las veleidades anti-yanquis del nacio­nalismo centroamericano -se recuerda dema­siado los casos Sacasa y Moncada- su diploma­cia debe haber recibido con gesto un poco cris­pado el nombramiento del salvadoreño Gue-rrero como Presidente del Consejo de la Liga.

 

En general, la Sociedad de las Naciones se presenta esta vez bastante conva-lecida de sus crisis. La abstención yanqui se compensa, en parte, con la activa presencia de Alemania, representada por Stresseman, que necesita apro­vechar ese retorno de su país a la sociedad in­ternacional, después del largo aislamien-to a que la condenó la derrota. La Liga es, por otra parte, el centro de opera-ciones de Briand, speaker oficioso de los Estados Unidos de Europa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL GABINETE BRIAND, CONDENADO*

 

No va a tener larga vida, según parece, el ga­binete que preside Aristides Briand. Desde su aparición, era fácil advertir su fisonomía de go­bierno inte-rino. En el Ministerio de Gobierno, Tardieu, fiduciario de las derechas, es un líder de la burguesía que aguarda su hora. Pero Briand extraía una de sus mayores fuerzas de su iden­tificación con la política internacional francesa de los últimos años. Por algún tiempo todavía, el estilo diplomático de Briand parecía desti­nado a cierta fortuna en el juego de las grandes asambleas inter-nacionales. Estas asambleas no son sino un gran parlamento. Y a ellas traslada Briand, parlamentario nato, su arte de gran estratega del Palacio de Borbón.

 

Pero Briand no ha podido regresar de la Con­ferencia de las Reparaciones de La Haya con el Plan Young aprobado por los gobiernos del co­mité de exper-tos. El gobierno británico ha exi­gido y ha obtenido concesiones imprevistas. La racha de éxitos internacionales del elocuente líder ha terminado. Y en la asamblea de la Socie­dad de las Naciones, sus brindis por la consti­tución de los Estados Unidos de Europa han sido escuchados esta vez con menos com-placen­cia que otras veces. La Gran Bretaña marca visiblemente el compás de las deliberaciones de la Liga, a donde llega resentido el prestigio del nego-ciador de Locarno.

 

Los telegramas de París del 9 anuncian los aprestos de los grupos socialistas y radical-so‑

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 13 de Setiembre de 1929, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

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cialista para combatir a Briand. Si los radicales le niegan compactamente sus votos en la próxima jornada parlamentaria, Briand, a quien no faltan, por otro lado, opositores en otros sec­tores de la burguesía, no podrá conservar el po­der. Se dice que los socialistas se prestarían esta vez a un experimento de participación direc­ta en el gobierno. Por lo menos, Paul Boncour, que aspira sin duda a reemplazar a Briand en la escena internacional, empuja activamen-te a su partido por esta vía. Antes, el partido socialista francés, como es sabi-do, se había contentado con una política de apoyo parlamentario.

 

Este es el peligro de izquierda para el gabi­nete Briand. La amenaza de dere-cha es interna. Se incuba dentro del aleatorio bloque parlamen­tario en que este ministerio descansa. André Tar­dieu, Ministro del Interior, asegura no tener pri­sa de ocupar la presidencia del Consejo. Diri­giendo una política de encar-nizada represión del movimiento comunista, hace méritos para este puesto. Cuenta ya con la confianza de la mayor parte de la gente conservadora. Pero no quiere manifestarse impaciente.

 

Briand está habituado a sortear los riesgos de las más tormentosas estaciones parlamenta­rias. No es imposible que dome en una o más votaciones algunos humores beligerantes, en la proporción indispensable para salvar su mayoría. Mas, de toda suerte, no es probable que consiga otra cosa que una prórroga precaria de su internidad.

 

LA AMENAZA GUERRERA EN LA MANCHURIA

 

La situación en la Manchuria, después de un instante en que las negociaciones entre la U.R.S.S. y la China parecían haberse situado en un te­rreno favorable, se ha ensombrecido nuevamen­te. Al gobierno de Nanking, aún admitiendo que

 

 

 

 

 

 

 

 

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esté sinceramente dispuesto a evitar la guerra, le es muy difícil imponer su autoridad en la Man­churia, regida por un gobierno propio a esta administra-ción, sobre la que actúan más activamente si cabe que la de Nanking las ins-tigaciones imperialistas, le es a su turno casi imposible con­trolar a las bandas de rusos blancos y de chinos mercenarios, a sueldo de los enemigos de la U.R.S.S. Estas bandas tienen el rol de bandas provocadoras. Su misión es crear, por sucesivos choques de fronteras, un estado de guerra. Hasta ahora, trabajan con bastante éxito. El gobier­no de los Soviets ha exigido, como ele-mental condición de restablecimiento de relaciones de paz, el desarme o la internación de estas bandas; pero el gobierno de Mukden no es capaz de po­ner en ejecución esta medida.

 

No es un misterio el que el capitalismo yanqui codicia el Ferrocarril Oriental. La posibili­dad de que se restablezca la administración ru­so-china, mediante un arreglo que ratifique el tratado de 1924, contraría gravemente sus pla­nes. Los intereses imperialistas se entrecruzan complicadamente en la Manchuria. Coinciden en la ofensiva contra la U.R.S.S. Pero el Japón, se­guramente, prefiere que el Ferrocarril de Orien­te continúe controlado por Rusia. Si la China adquiriese totalmente su propiedad, en virtud de una operación finan-ciada por los banqueros, la concurrencia de los Estados Unidos en la Man­churia ganaría una gran posición.

 

Los Soviets, por razones obvias, necesitan la paz. Su preparación bélica es eficiente y moder­na; pero una guerra comprometería el desenvol­vimiento del plan de construcción económica en que están empeñados. La guerra retrasaría enor­memente la consolidación de la economía socialista rusa. Este interés no puede llevarlos, sin embargo, a la renuncia de sus derechos en la Manchuria ni a la tolerancia de los ultrajes chi-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nos. Los agentes provocadores, a órdenes del im­perialismo, saben bien esto. Y, por eso, no cejan en el empeño de crear entre rusos y chinos una irreme-diable situación bélica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ASPECTOS ACTUALES DE LA CRISIS

DE LA DEMOCRACIA EN FRANCIA*

 

 

En Francia no ha prosperado ninguna de las tentativas de fascismo, más o me-nos directamen­te inspiradas en el modelo italiano. Los equipos de L'Action Française han sufrido sucesivas derrotas. El Estado francés ha reprimido sus más belicosas efervescencias, aplicando el código a Leon Daudet; la Iglesia Romana ha puesto a Charles Maurras en el index de los autores he­réticos. Las patrullas fascistas de George Vau­lois y del renegado Gustavo Hervé no han teni­do más fortuna. Las derechas, en busca de un dictador, han creído encon-trarlo, por momentos, en un general: Castelnau el católico, Lyautey el África-no; pero todos estos preludios de fascistización de la Tercera República han durado po­co y han tenido un final chafado y pobre. La reacción, el fascismo, como movilización de todas las fuerzas del Estado y de la burguesía con­tra la agitación revolucionaria, sin embargo, no han cesado de ganar terreno. Los fascistas de estilo netamente escuadrista y dictatorial han fracasado en sus empeños; pero el fascismo — un fascismo francés, legu-leyo, poincarista, que ha hablado siempre el lenguaje de la legalidad aunque por esto no haya blan-dido menos rabio­samente el bastón reaccionario— han conquistado lentamen-te al gobierno instalando en el Mi­nisterio del Interior a André Tardieu, el lu-garteniente de Clemenceau, el negociador de Versa­lles, el reaccionario bocha-do en las elecciones

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 18 de Setiembre de 1929.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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del 11 de Mayo y reintegrado al Palacio Borbón por una elección suplemen-taria, apenas desen­cadenada la contraofensiva de las derechas. Desde el mo-mento en que el cartel de izquierdas, dirigido por Herriot, se reveló incapaz de actuar el programa victorioso en las urnas elecciona­rias el 11 de Mayo, con la restauración de Poin­caré, aunque realizada con algunas concesiones a los radicales-socialistas, era evidente este ri­corso. El gabinete del franco no era otra cosa que un retorno al bloque racional, a una política de concentración burguesa, actuada conforme a los principios de Poincaré y Clemenceau bé-licos. La Tercera República no se avenía a que la cri­sis del régimen demo-liberal y parlamentario le impusiera una dictadura personal y facciosa; se conformaba, por el momento, con una dictadura de clase, de estilo estricta-mente legal y republi­cano, amparada por una mayoría parlamentaria. Las in-vocaciones reaccionarias no habían llevado al poder al Dictador, aguardado con impaciencia por la burguesía tomista y católica a nombre de la cual René Johannet escribir su Elogio del bur­gués francés. Regresaba al gobierno Poincaré, un político de tradición netamente parlamentaria, aferrado a las convenciones jurídicas y republi­canas, con obstinación y ergotismos de abo-gado. La estabilización capitalista, en Francia, como en otros países, aportaba formalmente la estabiliza­ción democrática. Pero, bajo este ropaje, se inau­guraba en verdad una política cerradamente reaccionaria, enderezada a la represión fascista del proletariado. Con Poincaré, llegaba al gobier­no André Tardieu, el más agresivo y ambicioso líder de las derechas.

 

Esta fisonomía y esta práctica reaccionarias se han acentuado con el gabinete Briand. Tar­dieu, Ministro del Interior, se esmera en la ofen­siva antiproletaria. Emplea contra la organiza­ción y la propaganda comunista una especie de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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fascismo policial, en el que los polizontes hacen el trabajo de los "camisas negras", con menos estridencia y alaridos, pero con los mismos ob­jetivos. Briand, a quien su vejez no ha ahorrado ninguna claudicación, ni aun la de su laicismo de parlamentario de escuela demo-masónica, suscribe y auspicia esta política con su eterno es­cepticismo. Está demasiado habituado a las contra-dicciones de su destino para que su función de presidente de un ministerio derechista le cau­se algún disgusto. Teorizante de la huelga gene­ral en su debut de abogado socialista, le tocó reprimir una gran huelga en el gobierno. El más intransigente y celoso prefecto de Francia no lo hubiese superado en el méto-do. Briand, además, ocupa la presidencia del Consejo, pero es, sobre todo, en el gabinete precario que encabeza un ministro de negocios extranjeros. ¿Qué política interna, por otra parte, se le podría pedir?  Briand nunca ha tenido ninguna. La de Tardieu, como Ministro del Interior, no se diferencia sustan­cialmente de la de Sarrault. Briand está pronto a suscribir cualesquiera: la que las circunstan­cias y la mayoría parlamentaria consientan.

 

Los radical-socialistas, según los cablegramas de los últimos días, se aprestan a la batalla par­lamentaria contra este gabinete. El partido ra­dical-socialista es de un humor perennemente frondeur, cuando se sienta en los bancos de la oposición. Bajo este aspecto, sus preparativos de combate no tienen por qué suscitar excepcio­nal preocupación. Pero la tendencia a coaligar otra vez los votos parlamentarios del partido ra­dical-socialista y del partido socialista, reanudando el experimento del cartel de izquierdas, coin­cide con la presión reaccionaria por aumentar los poderes de Tardieu hasta colocar en sus manos la dirección misma del gobierno. Los socialistas pudieron llevar a las últimas consecuencias hace cinco años, la táctica colaboracionista que con-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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sintió la constitución del cartel de izquierdas. No se sabe, exactamente, qué misterioso pudor o qué ambicioso cálculo detuvo entonces, al líder de los socialistas Leon Blum, en la antesala de la colaboración ministerial. Blum no admitía que el Partido Socialista fuese más allá de la política de apoyo par-lamentario de un gabinete radical-socialista. El partido debía reservar sus hombres para la hora, que Blum anunciaba pró­xima, en que conquistada la mayoría parlamen­taria, asumiese íntegramente el poder. El vati­cinio de este augur escéptico, comentador agudo de Sthendal, sirena asmática del reformis-mo, no se ha cumplido aún. El Labour Party británico ha precedido a sus colegas del socialismo refor­mista francés en la asunción total del gobierno, vemos ya con qué resultados. La social-democra­cia alemana encabeza un ministerio de coalición, en el que más que rectora resulta prisionera de la aleatoria mayoría que preside. Y, en el actual parlamento francés, las fuerzas del cartel de iz­quierdas son menores que en el parlamento del 11 de mayo. La ofensiva radical-socialista bien podría tener como desenlace el apresuramien-to de un gabinete Tardieu.

 

La persecución policial del comunismo es la nota dominante de la política gubernamental francesa desde hace algún tiempo. Pero, acaso por esto mismo, el tema de la revolución es más debatido que nunca. Comentando un último es­crito de André Chamson escribe Jean Guehenno: "Estamos obsedidos por la Revolución. Desde hace seis meses, los escritores no hablan en Pa­ris sino de ella. Esto no quiere decir que la ha­rán ellos, sino a lo más que temen que se haga sin ellos o a pesar de ellos, lo que sería igualmente lesivo para su amor propio. Chamson está obsedido como todo el mundo. Se quiere revoluciona-rio, pero no llega a serlo sin dificultades". Y Jean Richard Bloch, en tono desencan‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tado y pesimista, constata en el mismo cuader­no de "Europe" la paganización del pensamiento moderno y ve a Francia encaminarse a grandes pasos hacia la situación dictatorial de Italia. Es­paña, y otros países, entre los cuales Bloch in­cluye a Rusia, que con la estabilización stalinis­ta del régimen soviético ha dejado de representar para él, abstractista y romántico, el mito re­volucionario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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NITTI Y LA BATALLA ANTIFASCISTA*

 

La resolución del duce del fascismo de dejar la mayor parte de los ministerios que había asu­mido en el curso de sus crisis de gabinete, ha seguido casi inme-diatamente a una serie de ar­tículos de política antifascista del ex presidente del Consejo más vivamente detestado por las brigadas de "camisas negras": Francisco Save­rio Nitti. No hay que atribuir, por cierto, a la ofensiva perio-dística de Nitti, diestro en la re­quisitoria, la virtud de haber hecho desistir a Mussolini de su porfía de acaparar las principa­les carteras. Es probable que desde hace algún tiempo el jefe del fascismo se sintiese poco cómodo con la responsabilidad de tantos ministe­rios a cuestas.

 

En casi todos, su gestión ha confrontado di­ficultades que no le han sido po-sible resolver con la prosa sumaria y perentoria de los decre­tos fascistas. El acaparamiento de carteras im­primía un color muy marcado de dictadura per­sonal al poder de Mussolini que, a pesar de todas sus fanfarronadas de condo-ttiere, no ha osado despojarse de la armadura constitucional, frente al ataque de la "variopinta" oposición. A Mussolini no le preocupan excesivamente los ar­gumentos que la concentración del poder en sus manos puede suministrar a los quebrantados partidos y facciones que lo combaten; pero sí lo preocupan los factores capaces de perjudicar la apariencia de consenso en que sus dis-cursos transforman la pasividad amedrentada de la gran masa neutra. Y lo preocupan, sobre todo, los es‑

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 20 de Setiembre de 1929, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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crúpulos de la finanza extranjera, y en especial norteamericana, de que depen-de el fascismo tan fieramente nacionalista. Mussolini no puede desentenderse del todo de las ambiciones de figu­ración de sus lugartenientes.

 

Los artículos de Nitti han tenido, desde lue­go, extensa resonancia en el am-biente burgués, —dispuesto a cierta indiferencia, y muchas veces a una franca tolerancia, ante los actos del fascismo—, de los países en que se han publica-do. Nitti emplea, en su crítica, argumentos que impresionan certeramente la sensibilidad, algo adiposa y lenta siempre, de las capas demo-bur­guesas. To-dos sus tiros dan en el blanco. Sus ar­tículos no son otra cosa que un rápido balance de los bluffs y de los fracasos, del rimbombante régimen de las cami-sas negras. Nitti opone las altaneras promesas a los magros resultados. Mu-ssolini ha conducido a Italia a diversas batallas que se han resuelto en cla-morosos descalabros. La "batalla del trigo" no ha hecho producir a Italia la cantidad de este cereal de que ha menester para alimentar a su población. Nitti cita las cifras estadísticas que prueban que la impor­tación de este artículo no ha disminuido. La "ba­talla del arroz" no ha sido más feliz. La expor­tación italiana de este producto ha descendido. La "batalla de la lira" ha estabilizado con grandes sacrificios el curso de la divisa italiana en un nivel artificial que estanca las ventas al ex­tranjero y paraliza el comercio y la industria. A Italia le habría valido más ahorrarse esta "vic­toria" financiera de Mussolini. La "batalla de la natalidad", ha sido una derrota completa. La ci­fra de los naci-mientos ha disminuido. El duce no ha tenido en cuenta que estas batallas no se ganan con enfáticas voces de mando. La natali­dad no obedece, en ninguna sociedad, a los dic­tadores. Si las subsistencias escasean, si los salarios des-cienden, si la desocupación se propaga,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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como ocurre en Italia, es absurdo conminar a las parejas a crecer y multipli-carse. Los solteros re­sisten inclusive al impuesto al celibato. La inse­guridad económica es más fuerte que cualquier orden general del comando fascista.

 

Nitti trata a Mussolini, en cuanto a cultura y competencia, con desdén y rigor. Mussolini, dice, carece de los más elementales conocimien­tos en los asuntos de Estado que aborda y re­suelve con arrogante estilo fascista. Es un auto­didacta sin profundidad, disciplina, ni circuns­pección intelectuales. "No pose-yendo ninguna cultura ni histórica ni económica ni filosófica y como los au-todidactas se atreve a hablar de todo. La lectura de los manuales populares de pocos centavos, le ha provisto de una especie de formulario. Pero, en el fondo, su acción se desarrolla de acuerdo a su temperamento. Per­tenece a esa catego-ría que Bacón llama idola theatri".

 

No serán, empero, los ataques periodísticos del autor de Europa sin paz los que socaven so­cial y políticamente el régimen fascista. La verda­dera batalla contra el fascismo se libra, calladamente, en Italia, en las fábricas, en las ciudades, por los obreros. El fascismo podría considerar tranquilo el porvenir si tuviese que hacer fren­te sólo a adversarios como el combativo ex mi­nistro y catedrático napolitano.

 

LA PREPARACION SENTIMENTAL DEL LECTOR

ANTE EL CONFLICTO RUSO-CHINO

 

Las agencias telegráficas norteamericanas continúan activamente su trabajo de prepara­ción sentimental del público para la aquiescen­cia o la incertidumbre ante la ofensiva contra la U.R.S.S. que preludian las violencias del gobier­no de Manchuria y las provocaciones de las bandas chinas y de los rusos blancos en la frontera

 

 

 

 

 

 

 

 

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de Siberia. Sus informaciones no han aludido jamás a la disposición de los banqueros norteamericanos para financiar la confiscación del Fe­rrocarril Oriental Ruso-Chino. El capital yanqui busca, como bien se sabe, inversiones producti­vas, con un sentido al mismo tiempo económico y político de los negocios. Y ninguna inversión afirmaría la penetración norteamericana en la China como la sustitución de la U.R.S.S. en el Ferrocarril Oriental de la Chi-na. El Japón no mi­ra con buenos ojos este proyecto. Inglaterra misma, aunque interesada en que se aseste un golpe decisivo a la influencia de la Rusia sovié-tica en el Oriente, no quedaría muy contenta con que la instalación de los norteamericanos en la Man­churia fuere el precio del desalojamiento de los rusos.

 

Estos son los intereses que se agitan en torno del conflicto ruso-chino. Pero no se encon­trará sino accidentalmente alguna velada men­ción de ellos en la in-formación que nos sirve el cable cotidianamente sobre el estado del conflicto. El objetivo de esta información es persuadir al público, que se desayuna con el diario de la mañana y carece de otros medios de enterarse de la marcha del mundo, de que Rusia invade y ataca a la China y de que lanza sus tropas sobre las poblaciones de la Manchuria.

 

La política antisoviética de los imperialismos mira a enemistar la U.R.S.S. con el Oriente. Ne­cesita absolutamente crear el fantasma de un imperialismo rojo, en el mismo sentido coloni­zador y militar del imperialismo capitalista pa­ra justificar la agresión de la U.R.S.S. A este fin tienden los esfuerzos de los corresponsales.

 

La consideración de este hecho confiere viva actualidad, en lo que respecta, al tema de "la norteamericanización de la prensa latinoameri­cana". El estudio que con este epígrafe publicó

 

 

 

 

 

 

 

 

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Genaro de Arbayza hace pocos meses en "La Plu­ma", la autorizada revista que en Montevideo dirige Alberto Zum Felde, ha tenido gran resonan­cia en todos los pueblos de habla española, Es­paña inclusive. Genaro de Arbayza examinaba la cuestión con gran objetividad y perfecta documentación. "Los periódicos más ricos —escribía — tienen corresponsales especiales en las capitales más importantes de Europa, pero la casi to­talidad de sus noticias más importantes son suministradas por las agencias norteamericanas. Así es como más de veinte millones de lectores, desde México al Cabo de Hornos, forma-dos por las clases media y gobernante, ven el mundo ex­terior exactamente a través de la forma como quieren los editores norteamericanos que lo vean. Este sistema de distribución de noticias ha convertido a toda la América Lati-na meramente en una provincia del mundo de noticias norteamericano". Glo-sando este artículo, la revista cubana "1929", otra cátedra de opinión libre, observaba que "un consorcio de grandes rotati­vos latinoamericanos haría, con toda probabili­dad, factible el establecimiento de una gran agencia noticiera mutua capaz, por lo menos, de comedir y mitigar el caudal informativo yan-qui". El optimismo de "1929" en este punto es quizás excesivo. Probablemen-te la agencia latinoameri­cana que preconiza, no ambicionaría, a la pos­tre, a mejor destino, que a ponerse a remolque del cable yanqui. Es más bien, la indagación vi­gilante de las revistas, el comentario alerta de los escritores independientes, el que puede defender al público de la intoxicación a que lo con­dena la trustificación del cable. Ya una revista nuestra, "Mercurio Perua-no", enfocó una vez esta cuestión, provocando la protesta del represen­tante de una agencia norteamericana. Los nume­rosos artículos que han seguido al es-tudio de Ar­bayza, le restituyen acrecentada toda su actua­lidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA RESACA FASCISTA EN AUSTRIA*

 

 

Viena tiene, desde hace tiempo, una tempe­ratura de excepción en las esta-ciones políticas de Europa. Hace dos años, cuando la marejada revolucionaria parecía apaciguada completamen­te en la Europa occidental, Viena sorprendió a los observadores de la estabilización capitalista con las jornadas insurreccio-nales de Julio. Hoy, cuando es la marejada fascista la que declina, los equipos de la Heimwehr se aprestan fanfa­rronamente para la marcha sobre Viena. La ciu­dad de monseñor Seipel y de Fritz Adler, guarda de sus fastuosas épocas de capital del imperio austro-húngaro, el gusto de un gran rol espec­tacular y la ambición de gran escenario europeo.

 

Se diría que Viena no ha tenido tiempo de habituarse a su modesto destino de capital de un pequeño estado, tutelado por la Sociedad de las Naciones. A la incorporación de este peque­ño estado en el Imperio alemán se opone termi-nantemente una cláusula del tratado de paz que ni Francia ni Italia se aven-drían a revisar, Fran­cia temerosa de una Alemania demasiado grande, Italia de una Alemania que asumiría el acti­vo y pasivo de esta Austria demasiado chi-ca. Pero Viena, con su sentimiento de gran ciudad internacional, resiste tam-bién, aunque no lo quie­ra, a la absorción espiritual y material del estado aus-triaco por la gran patria germana. Los partidos y las instituciones de Austria ostentan un estilo autónomo, frente a los partidos y a las instituciones de Alemania. La democracia cris‑

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 27 de Setiembre de 1929, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

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tiana de monseñor Seipel no es exactamente lo mismo que el centro católico de Wirth y de Marx, tal como el austro-marxismo no se iden­tifica exactamen-te con la social-democracia alemana. El fascismo austríaco no podía renun-ciar, por su parte, a distinguirse del alemán, bastante disminuido, a pesar de las periódicas paradas de los "cascos de acero", desde que los na­cionalistas redujeron a su más exigua expresión su monarquismo para acomodarse a las exigen­cias de su situación parlamentaria.

 

Es difícil pronosticar hasta qué punto la Heimwehr llevará adelante su ofen-siva. El fas­cismo, en todas las latitudes, recurre excesivamente al alarde y la amenaza. En la propia Ita­lia, en 1922, si el Estado hubiese querido y sabi­do resistirle seriamente, con cualquiera que no hubiese sido el pobre señor Facta en la presiden­cia del Consejo, el ejército y la policía habrían dado cuenta fácilmente de las brigadas de "camisas negras" lanzadas por Mussolini sobre Roma. El jefe de estas fuerzas en Austria asegura que está en grado de man-tener a raya a la Heim­wehr. Aunque adormecido por el pacifismo gra­so de su burocracia y sus parlamentarios de la social-democracia, el proletariado no debe haber perdido, en todo caso, el ímpetu combativo que mostró en las jor-nadas de Julio de 1929. A él le tocará decir la última palabra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL VIAJE DE MAC DONALD*

 

 

Ramsay Mac Donald, navegando hacia los Es­tados Unidos en el "Berengaria" continúa más que una línea del Labour Party, su trayectoria personal de pa-cifista y social-demócrata escocés. Durante la guerra, su vocación de pacifista lo alejó de la política mayoritaria de su partido. En los tiempos en que Hen-derson y Clynes colabo­raban en un gobierno de "unión sagrada", Ramsay Mac Donald era, por sus puritanas razones de consciencious objector parlamen-tario, el líder de una minoría suave y ponderada. Rectificada la atmósfera bélica, su pacifismo se convirtió en el más eficaz impulso de su ascensión políti­ca. El propugnador de la paz de las naciones era simultánea y consus-tancialmente, un predicador de la paz de las clases. Mac Donald se descubría acendrada y evangélicamente evolucionista. Con­denaba toda violencia, la nacional como la revo­lucionaria. En el poder, su esfuerzo tendería, ante todo, a la paz social. Los gustos, los ideales, el estilo de este pacifista acompasado, menos bri­llante y universitario que Wilson, con discreción y mesura de hom-bre del viejo mundo, afinado por una antigua civilización, convienen a la po­lítica del Imperio británico en esta etapa en que sus esfuerzos pugnan por contener sagazmente el avance brioso del Imperio yanqui. No es el imperia-lismo de hombres de la estirpe de Cecil Rhodes, Chamberlain, ni siquiera de Churchill, el que corresponde a las necesidades actuales de la diplomacia británica. El Imperio británico habla siempre el lenguaje de su política coloni‑

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 2 de Octubre de 1929.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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zadora; pero entonándolo ahora a las convenien­cias de un período de declinio, de defensiva, en que su hegemonía se siente condenada por el crecimiento del Imperio yanqui. Los gerentes, los cancilleres de la antigua política británica, representaban también una Gran Bretaña evolu­cionista, pronta a acudir a cualquier cita, a donde se le invitase a nombre de la paz y el pro­greso de la humanidad. Pero el de esos hombres era un evolucionismo agresivo, darwi-niano, que miraba en el Imperio británico la culminación de la historia huma-na y que identificaba la razón de Estado inglesa con el interés de la civiliza-ción. Un premier de esa estirpe o de esa época, no se habría embarcado en un transatlántico para los Estados Unidos a negociar el desarme. No ha­bría llegado a Washington sin cierto aire im­perial.

 

Y es significativo que Ramsay Mac Donal no encuentre en la presidencia de los Estados Uni­dos a un retor de la paz mundial como Wilson, ni a un líder de la democracia como Al Smith, sino a un neto representante de su industria y su finanza —ricas, jóvenes y prepotentes— co­mo el ingeniero H. Hoover. Estados Unidos está en la etapa a la que la Gran Bretaña ha dicho adiós, des-pués de conocer en Versalles su máxi­ma apoteosis. Los hombres de Estado del Impe­rio yanqui son en este momento sus industriales y sus banqueros. Todos los grandes negocios de la república, se resuelven en Wall Street.

 

Los dos estadistas proceden de la misma ma­triz espiritual; los dos descienden del puritanis­mo. Pero el puritanismo del pioneer de Norte­américa, por el mecanismo de transformación de su energía que nos ha explicado Waldo Frank, se prolonga en una estirpe de técnicos y capita­nes de industria, mien-tras el puritanismo de los doctores de Edimburgo produce, en el Imperio en tramonto, abogados elocuentes del desarme y

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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teóricos pragmatistas de un socialismo pacifista y teosófico.

 

El sentido práctico del británico vigila, sin embargo, en las promesas y en el programa de Ramsay Mac Donald. No sería propio de un pri­mer ministro de Inglaterra hacerse ilusiones ex­cesivas; menos propio aun sería consentir que se las hiciese un electorado. Mac Donald no promete a su país, inmediatamen-te, el desarme, ni al mundo la paz. Sus objetivos inmediatos son mucho más modestos. Se trata de obtener un acuerdo preliminar entre la Gran Bretaña y los Estados Unidos respecto a la limitación de sus armamentos navales, a fin de que la próxima conferencia del desarme trabaje sobre esta ba­se. La limi-tación de armamentos, como se sabe, no es propiamente el desarme. La U.R.S.S. es el único de los Estados del mundo que tiene al res­pecto un pro-grama radical. Lo que razones de economía imponen, por ahora, a las grandes po­tencias navales y militares, es cierto equilibrio en los armamentos. Y, en cuanto se empieza a discutir acerca de la escala de las necesidades de la defensa nacional de cada una, el acuerdo se presenta difícil. El primer obstá-culo es la competencia entre la Gran Bretaña y Norteamé­rica. Por eso, se plantea ante todo la cuestión del entendimiento anglo-americano. Confiado en su fortuna de jugador novel, Ramsay Mac Do­nald va a tirar esta carta.

 

Pero, como ya lo observan los comentadores más objetivos y claros, la riva-lidad entre los dos imperios, el británico y el yanqui, no se expresa en uni-dades navales sino en cifras de produc­ción y comercio. La competencia entre los Estados Unidos y la Gran Bretaña es económica, no militar y naval. El peligro de un conflicto bélico entre las dos potencias, no queda mínimamente conjurado con un pacto que fije el límite tem­poral de sus armamentos. La causa de la paz no

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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gana prácticamente nada con que Mac Donald y Hoover se entiendan, a nombre de sus respec­tivos imperios, sobre el número de barcos de guerra que construirán anualmente. Esa es una cuestión económica, muy premiosa, sin duda, para Inglaterra que tiene otros gastos a que hacer frente de urgencia. Mas no se conseguiría con ese acuerdo una garantía de paz más sólida que la firma del pacto Kellogg. La potencia bélica de los Estados modernos se calcula por su po­der financiero, por su organización industrial, por sus masas humanas. La posibilidad de transformar la industria de paz en industria de gue­rra en pocos días tiene en nuestra época mucha más importancia que el volumen del parque o el efectivo del ejército. El Japón ha reali­zado no hace mucho la más importante manio­bra militar, poniendo en pie de guerra por al­gunos días todas sus fábricas.

 

En las dos naciones, a nombre de las cuales Mac Donald y Hoover discutirán o negociarán en breve, los líderes y las masas revolucionarias denuncian la política imperialista de sus respec­tivos gobiernos como el más cierto factor de preparación de una nueva guerra mundial. Los propios laboristas británicos no suscriben uná­nimemente las esperanzas de su premier. El Independant Labour Party ha estado representado por Maxton y Coock en el 2º Congreso Antiim­perialista Mundial de Francfort. Este Congreso, donde los peligros de guerra han sido examinados sin diplomacia y sin reserva, ha sido, por esto mismo, un esfuerzo a favor de la paz y la unión futuras de los pueblos mucho más consi­derable que el que puede esperarse del diálogo Hoover-Mac Donald.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA REACCION AUSTRIACA*

 

 

Las brigadas de la Heimwehr no han realizado el 29 de Setiembre su amena-zada marcha a Viena; pero, con la anuencia de los nacionalistas y de los social-cristianos, se ha instalado en la presidencia del Consejo Schober, el jefe de las fuerzas de policía. Los reaccionarios se han abstenido de cumplir una operación riesgosa para sus fanfarronas milicias; pero la reacción ha afirmado sus posiciones. La marcha a Viena ha­bría provocado a la lucha al proletariado vienés, alerta y resuelto contra la ofensiva fascista, a despecho de la pasividad de la burocracia so­cial-demócrata. La maniobra que, después de una inocua crisis ministerial, arreglada en familia, ha colocado el gobierno en manos de Schober, consiente a la reacción obtener casi los mismos objetivos, con enor-me ahorro de energías y es­fuerzos.

 

Los partidos reaccionarios austríacos no perdonan a Viena su mayoría prole-taria y socialis­ta. La agitación fascista en Austria, se ha alimen­tado, en parte, del resentimiento de la campiña y del burgo conservadores contra la urbe indus­trial y obrera. Las facciones burguesas se sentían y sabían demasiado débiles en la capital para la victoria contra el proletariado. En plena crecien­te reaccionaria, los socialistas izaban la bande­ra de su partido en el palacio municipal de Vie­na. El fascismo italiano se proclama ruralista y provincial; la declamación contra la urbe es una de sus más caras actitudes retóricas. El fascis‑

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 4 de Octubre de 1929, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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mo austríaco, desprovisto de toda originalidad, se esmera en el plagio más vulgar de esta fraseolo­gía ultramontana. La marcha a Viena, bajo este aspecto, tendría el sentido de una revancha del agro retrógrado contra la urbe inquieta y mo­derna.

 

Schober, según el cable, se propone encua­drar dentro de la legalidad el movi-miento de la Heimwehr. Va a hacer un gobierno fascista, que no usará el len-guaje estridente ni los modales excesivos y chocantes de los "camisas negras", sino, más bien, los métodos policiales de André Tardieu y el prefecto del Sena. Con una u otra etiqueta, régimen reaccionario siempre.

 

Se sabe ya a dónde se dirige la política reac­cionaria y burguesa en Austria; pero se sabe menos hasta qué punto llegará el pacifismo del par­tido socialista, en su trabajo de frenar y aneste­siar a las masas proletarias.

 

 

LA EXPULSION DE EDUARDO ORTEGA Y GASSET

 

El reaccionarismo de Tardieu no se manifiesta únicamente en la extrema movilización de sus policías y tribunales contra "L'Humanité", la C. G. T. U. y el partido comunista. Tiene otras expresiones secundarias, de más aguda resonan­cia quizá en el extranjero, por la nacionalidad de las víctimas. A este número pertenece la ex­pulsión de Hendaya del político escritor liberal Eduardo Ortega y Gasset.

 

La presencia de Eduardo Ortega y Gasset en Hendaya, como la de Unamuno, resultaba sumamente molesta para la dictadura de Primo de Rivera. Ortega y Gasset publicaba en Hendaya, esto es en la frontera misma, con la colabora­ción ilustre de Unamuno, una pequeña revista,

 

 

 

 

 

 

 

 

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"Hojas Libres", que a pesar de una estricta cen­sura, circulaba considerable-mente en España. Las más violentas y sensacionales requisitorias de Unamu-no contra el régimen de Primo de Ri­vera se publicaron en "Hojas Libres".

 

Muchas veces se había anunciado la inmi­nente expulsión de Eduardo Ortega y Gasset ce­diendo a instancias del gobierno español al de Francia; pero siempre se había esperado que la mediación de los radicales-socialistas, y en ge­neral de las izquierdas burguesas, ahorraría aún por algún tiempo a la tradición liberal y repu­blicana de Francia este golpe. El propio Eduar­do Herriot había escrito protestando contra la amenazada expulsión. Pero lo que no se atrevió a hacer un gabinete Poincaré, lo está haciendo desde hace tiempo, con el mayor desenfado, ba­jo la dirección de André Tardieu, un gabinete Briand. Tardieu, que ha implantado el sistema de las prisiones y secuestros preventivos, sin im­portarle un ardite las quejas de la Liga de los Derechos del Hombre, no puede detenerse ante la expulsión de un político extranjero, aunque se trate de un ex ministro liberal como Eduardo Ortega y Gasset.

 

Hendaya es la obsesión de Primo de Rivera y sus gendarmes. Ahí vigila, aguerrido e intransi­gente, don Miguel de Unamuno. Y este solo hom­bre, por la pasión y donquijotismo con que com­bate, inquieta a la dictadura jesuítica más que cualquier morosa facción o partido. La experien­cia española, como la italiana, importa la liqui­dación de los viejos partidos. Primo de Rivera sabe que puede temer a un Sánchez Guerra, pero no a los conservadores, que puede temer a Unamuno, pero no a los liberales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MAC DONALD EN WASHINGTON

 

 

La visita de Ramsay Mac Donald al Presidente Hoover consagra la elevación de Washington a la categoría de gran metrópoli internacional. Los grandes negocios mundiales se discutían y resolvían hasta la paz de Versalles en Eu-ropa. Con la guerra, los Estados Unidos asumieron en la política mundial un rol que reivindicaba pa­ra Washington los mismos derechos de Londres, Paris, Berlín y Roma. La conferencia del trabajo de 1919, fue el acto de incorpora-ción de Wash­ington en el número de las sedes de los grandes debates inter-nacionales. La siguió la conferencia del Pacífico, destinada a contemplar la cuestión china. Pero en ese congreso se consideraba aún un problema colo-nial, asiático. Ahora, en el diá­logo entre Mac Donald y Hoover se va a tratar una cuestión esencialmente occidental. La con­currencia, el antagonismo entre los dos grandes imperios capitalistas da su fondo al debate.

 

La reducción de los armamentos navales de ambas potencias, no tendrá sino el alcance de una tregua formal en la oposición de sus inte­reses económicos y políticos. Este mismo acuer­do se presenta difícil. Las necesidades del pe­ríodo de estabilización capitalista lo exigen pe­rentoriamente. Por esto, se confía en alcanzarlo finalmente, a pesar de todo. Pero la rivalidad económica de los Estados Unidos y la Gran Bre­taña quedará en pie. Los dos imperios seguirán disputándose obstinadamente, sin posibilidad de acuerdo permanente, los mercados y las fuentes de materias primas.

 

Este problema central será probablemente evitado por Hoover y Mac Donald en sus colo­quios. El juego de la diplomacia tiene esta re­gla: no hay que per-mitirse a veces la menor alusión a aquello en que más se piensa. Pero si

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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el estilo de la diplomacia occidental es el mis­mo de anteguerra, el itinerario, la escena, han variado bastante. Con Wilson, los presidentes de los Estados Uni-dos de Norteamérica conocieron el camino de París y de Roma: con Mac Do-nald, los primeros ministros de la Gran Bretaña apren­den el viaje a Washing-ton.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL DUELO DE LA POLITICA DE LOCARNO O

DE LA SOCIEDAD DE LAS NACIONES*

 

 

Los estadistas, los parlamentarios más cons­picuos de Occidente, han despe-dido a su colega el Dr. Gustavo Stresseman con palabras emocionadas. El elogio de Stresseman ha desbordado del protocolo. Stresseman era un hombre de Estado que desempeñaba con arte y con fortuna la ge­rencia de la política exterior de Alemania. Sus colegas lo estimaban, sinceramente, por la valo­ración solidaria de su éxito y de su habilidad. Existe cierto sentimiento gre-mial, cierta solida­ridad profesional entre los ases, entre los "vir­tuosos" de la política y del gobierno. Y el duelo tiene en la política una fina y compleja grada­ción sentimental. La muerte de otros grandes ministros del Reich, -Erzberger, Rathenau­- causó una condolencia menos viva en el aréopa­go político del Occidente capitalista. Erzberger, Rathenau, caían asesinados por la bala de un reaccionario y, por consiguiente, de modo más dramático. Pero eran hombres, sobre todo Rathe­nau, de los que el instinto burgués de las poten­cias occidentales desconfiaba un poco. Rathenau profesaba ideas algo heterodoxas y bizarras de reforma social. Estaba en ese estado de ánimo, sospechoso a la ortodoxia burguesa, proclive a la aventura y al desvarío, del alemán resentido y humillado de post-guerra. Si su Defensa de Oc­cidente se hubiese escrito a tiempo para enjui­ciarlo, Henri Massis no habría dejado de señalarlo como un signo de orientalismo, de asiatis­mo de una Alemania disolvente e inmanentista.

 

 

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*Publicado en Variedades, Lima, 9 de Octubre de 1929.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Rathenau había firmado en Rapallo, al margen de la conferencia de Génova, con Tchitcherin y Rakovsky, ese tratado ruso-alemán, en virtud del cual Ale-mania, acosada por los aliados de Versalles, se volvía hacia la Rusia bolche-vique. Stres­seman, en tanto, es uno de los ministros de la estabilización capi-talista, uno de los diplomáti­cos de Locarno y Ginebra, uno de los artífices de la política que ha restituido al Occidente, después de la escapada de Rapallo, la fidelidad y la coo­peración de Alemania. Y ha caído, agotado y congestio-nado por un violento esfuerzo por dominar a una asamblea de partido, en la que se agitaba irreductible el resentimiento de una Alema­nia subconsciente-mente revanchista y militar. Los estadistas, los parlamentarios de Occidente sienten la muerte de Stresseman por este carác­ter patético de accidente del trabajo, mucho más viva y entrañablemente de lo que la habrían sen­tido en otras circunstancias. Stresseman es la víctima de un género eminente y raro de riesgo profesional. Y con Stresseman la burguesía oc­cidental pierde a uno de los más grandes y sagaces realizadores de sus planes de estabilización y economía.

 

Líder del Volkspartei, el doctor Gustavo Stres­seman representaba en la polí-tica alemana los intereses de la burguesía industrial y financiera. Su partido ha sido también el de Hugo Stinnes y el de la "Deutsche Allgemeine Zeitung". Partido de derecha que, piloteado por Stresseman con estrategia de diestro oportunista, no habría se­guido a los nacionalistas en la empresa de restau-ración de la monarquía, sino en caso de que esta restauración hubiese sido exigida por razo­nes reales y posibilidades concretas de la polí­tica alemana. Mientras la dirección de la Repú­blica estuvo en manos de los partidos de Weimar, mientras entre estos partidos, el de la so­cial-democracia no parecía aun bastante resisten-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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te al fermento revolucionario, el Volkspartei se mantuvo próximo a los na-cionalistas, en una ac­titud de conservatismo transaccional y realista. Pero desde que se mostró evidente que la esta­bilización capitalista necesitaba en Alemania las formas democráticas y parlamentarias, para ase­gurarse la cola-boración o, por lo menos, la pasi­vidad de la social-democracia, Stresseman se convirtió en uno de los más disciplinados sostenedores de la República de Weimar. Cierto que la República de Weimar, con el correr de los años, se había transformado también en la Repú­blica de Hindenburg. Pero, de toda suerte, im­ponía inexorable y duramente la liquidación de la impaciente espe-ranza monárquica de las derechas. La burguesía alemana tenía que aceptar los hechos consumados no sólo en la vida do­méstica sino también en la vida in-ternacional. Stresseman comprendió la necesidad de colabo­rar, dentro con la República y la social-demo­cracia, fuera con las potencias de la Entente y ante todo con Francia. Ni para el Volkspartei ni para Stresseman esta colabora-ción importaba un sacrificio. La burguesía contemporánea no es li­beral ni conservadora, no es monárquica ni re­publicana. Stresseman, monárquico bajo el Im­perio, anexionista durante la guerra, republica­no con Hindenburg, paci-fista después de la ocu­pación del Ruhr, es un representante típico del posi-bilismo burgués, del escepticismo operoso de una clase a la que preocupa la salvación de una sola institución y un solo principio: la propiedad.

 

Alemania no ha sobresalido nunca por su di­plomacia. El arte de los tratados, de los entendi­mientos, de las reservas, de los apartes, se ha mostrado un poco inasequible a sus políticos. Stresseman, en el Ministerio de Negocios Extran-jeros del Reich, adquiría por esto el relieve de una figura de excepción. En poco tiempo, en­tonó perfectamente su labor al espíritu de Lo-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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carno: espíritu de tregua y compromiso, reves­tido de elocuencia pacifista. No le costó ningún trabajo aconsejar a sus compatriotas la recon­ciliación con Francia y aun con Poincaré, el mi­nistro de la ocupación del Ruhr. Y, bajo este aspecto, su principal labor de diplomático y de componedor es la realizada en el Reichstag, en Alemania. Un ministro del socialismo, un minis­tro del parti-do demócrata y hasta un ministro del centro católico, aunque no hubiese sido más flexible que Stresseman, habría encontrado siem­pre crítica excesiva, vigilancia desconfiada en la Alemania conservadora y nacionalista. Contra Stresseman mismo, se han amotinado a veces las derechas. Pero a él, sus antecedentes, su po­sición de hombre de derecha lo preservaban de sospechas que habrían despertado las transaccio­nes de un hombre de otro sector político. La Alemania conservadora y nacionalista, burguesa y pequeño-burguesa, sabía bien que su actitud, en la política extranjera del Reich, se inspiraba es-trictamente en los intereses de orden capitalista. El Volskpartei es el partido de la indus­tria. Y tiene, por esto, una visión más realista, moderna y práctica de la política y la economía que el otro partido de derecha, el Deutsche Na­tional, representante de la nobleza y la gran propiedad agraria.

 

Stresseman, político de clase, estaba dotado de un sentido preciso de los in-tereses capitalis­tas. Toda su obra, toda su personalidad tienen el estilo de expresiones acabadas del espíritu burgués de nuestro tiempo. Desembarazado de principios, Stresseman lo mismo que como mi­nistro de la paz y la reconci-liación habría podi­do sobresalir como canciller de Guillermo II y de su impe-rialismo agresivo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL ENTENDIMIENTO HOOVER ‑ MAC DONALD*

 

 

La Gran Bretaña ha renunciado formalmente, en la conversación entre Mac Donald y Hoover, a la hegemonía mundial de potencia marítima. Este es el primer resultado concreto de las ne­gociaciones entre los dos presidentes, el de la República de U.S.A. y el del Consejo de Ministros de S. M. Británica. La paridad naval de los dos imperios anglosajones era, sin duda, la condición bá-sica de un acuerdo. El imperio yanqui ha lle­gado a un grado de su crecimiento y expansión en que no le es posible reconocer, en el plano de los armamentos navales, la superioridad británi­ca. La limitación de los gastos navales es una necesidad del tesoro británico; no del tesoro nor­teamericano. Por consiguien-te, la gestión del acuerdo y las concesiones elementales para alla­narlo corres-pondían a la Gran Bretaña. Mac Do­nald ha empezado por reconocer este hecho.

 

Obtenido el entendimiento de las dos poten­cias anglosajonas en los puntos fundamentales, sin esperar el regreso de Mac Donald a Londres se ha con-vocado para enero próximo a una nue­va conferencia sobre el desarme naval. La Con­ferencia se celebrará esta vez en Londres y a ella concurrirán sólo cinco potencias: la Gran Bretaña, los Estados Unidos, el Japón, Francia e Italia.

 

Ya se dibujan las irreductibles oposiciones de intereses que esa conferencia tratará de resol‑

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 11 de Octubre de 1929, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

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ver. La Gran Bretaña y los Estados Unidos propugnan la supresión de los submarinos como ar­ma naval. Y en este punto no se muestran dis­puestos a ceder Francia ni Italia. Para las poten­cias a las que no es posible sostener escuadras formadas por unidades costosas, el submarino es el arma por exce-lencia. Navalmente, Francia e Italia quedarían reducidas a una condición de suma inferioridad, si renunciaran a sus flotillas de submarinos. La prensa fascista, reaccionando rápidamente contra el plan Hoover-Mac Donald, lo denuncia como el pacto de dos imperios para imponer su ley al mundo. El Japón, a su vez, no se aviene a la escala de 5-5-3 que se pretende fijar en lo que le respecta. Y los Estados Unidos, sin duda, no querrán hacer concesiones al Japón en este terreno. No es el desarme, sino un equili­brio, fundado en la absoluta primacía anglo-ame­ricana, lo que se negocia, en este difícil y compli­cado proceso.

 

EL VACIO EN TORNO A PRIMO DE RIVERA

 

La designación de Sánchez Guerra, Alba y Eduardo Ortega y Gasset por el Colegio de Abo­gados de España para tres asientos en la Asam­blea Nacional, es un gesto de reto y de desdén a la dictadura de Primo de Rivera que confir-ma vivazmente el estado de ánimo de la nación es­pañola. La terna no puede ser, por las personas y por la intención, más hostil contra la desven­cijada y alegre dictadura del Marqués de Es­tella.

 

Sánchez Guerra no ha salido aún de la juris­dicción del tribunal militar que lo juzga por su tentativa de insurrección. Es el caudillo más agresivo y conspi-cuo de la lucha contra Primo de Rivera. Preso, después del fracaso del plan insurreccional, no pidió gracia ni excusa. No ate­nuó mínimamente su actitud de rebeldía contra

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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el régimen. La declaró legítima, ratificándose en su condena de este régimen y de sus proyectos de falsificar la legalidad con una reforma pseu­do-plebiscita-ria de la Constitución que ha puesto en suspenso. D. Santiago Alba es el ex minis­tro del antiguo régimen contra el que se ensañó tan porfiada y escanda-losamente en sus comienzos la belicosidad fanfarrona de Primo de Rive­ra. Ninguna reputación del liberalismo español fue entonces tan rabiosamente agredida como la de Alba por los paladines de la Unión Patriótica. Alba, por su parte, ha respondido siempre con beligerancia decidida a la ofensiva del somatenis­mo. Eduardo Ortega y Gasset, en fin, no es menos conocido por su obstinada oposición al ré­gimen que desde hace algunos años sufre su pa­tria. En mi última crónica, comenté precisamen­te su expulsión de Hendaya, a consecuencia de su tesonera y enérgica campaña contra Primo de Rivera en esa ciudad de la frontera franco-española, al frente de la revista "Hojas Libres". Su aclamación por el Colegio de Abogados ha se­guido por pocas semanas esta medida drástica de la policía francesa, solicitada empeñosa-mente por la Embajada de España en París.

 

Pero este hecho, con ser significativo, no agre­ga sustancialmente nada a lo que ya sabíamos respecto al aislamiento, a la soledad de Primo de Rivera y su clientela. El fascismo italiano se atrevió al acaparamiento total y despótico del gobierno y del parlamento, a base de una facción entrenada y aguerrida, militarmente disciplinada. El somatenismo español, en tanto, no ha llegado después de seis años de poder, a constituir un partido apto para desafiar a la oposición y or­ganizar sin ella y contra ella gobierno, parlamen­to y plebiscito. Ya me he referido a la proviso­riedad que Primo de Rivera ha invocado siem­pre como una excusa de su presencia en la jefa­tura del gobierno. Pasado su período de desplan-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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te y jactancia, Primo de Rivera ha cortejado a los mismos viejos partidos con-tra los que anti-gramaticalmente despotricara en las primeras jornadas de su aventura palaciega, para conse­guir su colaboración en la Asamblea Nacional y en la reforma de la Constitución. Algunos líde­res liberales, no han dejado de mostrarse opor­tunísticamente dispuestos a una componenda; pero se han guardado no menos oportunística­mente de situarse en un terreno de franco con­senso. El Partido Socialista y la Unión de Traba­jadores han tomado po-sición neta contra el si­mulacro de asamblea y de reforma. Como lo ha ob-servado bien nuestra inteligente y avisada ami­ga Carmen Saco, viajando de Barcelona a Valen­cia y Manises, el pueblo toma a risa el régimen de Primo de Rivera. Todo el mundo piensa que eso no es serio y no durará. Primo de Rivera con sus actitudes, con sus discursos, con sus presun­tuosos disparates de legislador, crea el vacío en torno suyo. Su política, bajo este aspecto, tiene un efecto automático, que él no se propone, pero que por esto mismo obtiene infaliblemente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA GUERRA EN LA CHINA*

 

 

Mientras en Europa occidental reina, no sa­bemos por cuánto tiempo, la paz de Locarno, la paz de Kellogg y de Mac Donald, y Briand regre­sa al Palais Bourbon con la rama de olivo de su proyecto de confederación europea en el pico, la guerra se enciende en el Extremo Oriente. Recomienzan las escaramu-zas en la frontera ruso-china, con altas cifras de muertos y heridos de ambas partes. Y en el Sur de la China, la revo­lución reanuda su proceso interrumpido por las jornadas thermidorianas de Chang Kai Shek. No es, precisamente, la guerra de Estados, sino la guerra de clases, la que en el Extremo Oriente da jaque mate al pacifismo. Contra las tropas de los Soviets combaten, en la China feudal y militar, espoleada por los imperialismos capitalistas, bandas de rusos blancos, de rusos reac­cionarios. La nacionalidad se borra, al colocarse los hombres en el terreno del orden social. El ruso blanco, supérstite de las fracasadas expedi­ciones de Denikin, Kolchak o Wrangel, fraterni­za con el chino feudal o burgués, veterano de Chang So Lin o Chang Kai Shek. En Moscú, cen­tenares de estudiantes chinos saludan como suya la bandera so-viética. Las voces de orden de la "defensa social" son ineficaces para consoli­dar la dictadura de Chang Kai Shek. Las versio­nes de curso oficial y forzoso sobre "la agresión del imperialismo soviético" no persuaden a las masas de la China del sur de la necesidad de la "unión sagrada" contra los Soviets. La admoni‑

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 18 de Octubre de 1929, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ción de Sun Yat Sen que, en su lecho de muerte, miraba en la amistad de la U.R.S.S. la más segu­ra fianza de la emancipación de la China, está presente y vigilante en la conciencia de una gran parte de su pueblo.

 

La situación militar del gobierno de Nanking, aunque recientes telegramas anuncian la captu­ra de uno de sus adversarios, el general Feng Yuh Siang, no parece absolutamente muy alegre. Lo importante en la lucha contra Chang Kai Shek no son los generales que temporalmente pueden apoderarse de alguna de las reivindicaciones de las masas. Es el contenido de clase de estas rei­vindicaciones. Chang Kai Shek y sus secuaces han podido detener momen-táneamente el curso de la revolución con su golpe de estado thermi­doriano y con los fusilamientos en masa de los organizadores y agitadores del proleta-riado. Pero no han podido suprimir el proletariado mismo. Y es aquí donde la revolución tiene su ina­gotable fermento.

 

 

LA CRISIS DINASTICA RUMANA

 

Cuando Maniu, líder de una gran agitación popular, asumió el poder en Ru-mania como jefe del gabinete, muchas voces expectantes le pidie­ron, desde todas las latitudes de la democracia, que arrancara con mano firme las raíces de la feudalidad contra la cual insurgía su pueblo. Pero Maniu, como la gran mayoría de los jefes de la pequeña burguesía, no es un político dispues­to a llevar a sus últimas consecuencias su programa. Entre barrer definitivamente la monarquía y gobernar como su canciller, juzgó más discreto este último partido. Hoy, la dinastía, que llegara a un grado tan estrecho y patente de mancomunidad con la política reaccionaria de los Bratianu, se siente bastante fuerte para intentar la ofensiva contra el gobierno de Maniu.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El nombramiento de un nuevo miembro del Con­sejo de la Regencia ha pro-vocado un conflicto entre la dinastía y el gobierno, que plantea, pese a la voluntad de Maniu, la cuestión monárquica. La reina María, según los cable-gramas, se mues­tra combativa. Ella y su corte sueñan, seguramente, con la restauración de un régimen poli­cial como el sedicentemente liberal de los Bratianu, que les devuelva todos sus fueros. Las as­piraciones populares reco-nocen como su más irreconciliable adversario el poder aristocrático.

 

También según el cable, Maniu ha hecho propuestas de lealtad al orden mo-nárquico. Pero él mismo no sabe, probablemente, hasta qué punto los acon-tecimientos le permitirán ser fiel a este empeño. Toda la política de Rumania de los años de post-guerra, se reduce en último análisis a la afirmación de los derechos y sentimientos po­pulares contra los privilegios de la aristocracia. El pueblo no tiende a otra cosa que a la liquida­ción de la feudalidad. Y éste es un resultado que la política de los partidos y estadistas monárqui­cos se muestra impotente para obtener. La refor­ma agraria no ha resuelto la cuestión social ru­mana. Pero ha fortalecido social y políticamen­te al campesinado, a cuya fuerza, enérgicamente rebelada contra la dictadura de Bratianu, tan cara a la reina María, debe Maniu la jefatura del gobierno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA CRISIS MINISTERIAL EN FRANCIA*

 

 

Como estaba anunciado, el gabinete Briand ha zozobrado al primer choque con la marea parlamentaria. Era un ministerio interino, que en su propio seno portaba sus elementos de des­trucción. André Tardieu, su Ministro del Inte­rior, aspira demasiado visiblemente a la presi­dencia del gabinete. Su ofensiva po-licial contra el proletariado revolucionario daba el tono al gobierno de Briand en la política interna. Tar­dieu, además, es uno de los hombres de Versa­lles. El hecho de que un antiguo clemencista co­mo Mandel, haya participado destaca-damente en el ataque parlamentario a la política de Briand, no carece de sig-nificación. Tardieu, probablemen­te, no lleva su solidaridad con la gestión de Briand, en los negocios extranjeros, sino hasta un límite prudente. Si en la de-recha y el centro del parlamento prevalece un humor nacionalista, Tardieu no podrá dejar de conformar a él su ac­titud. Es ya el jefe, el ministro de la reac-ción. Personalmente, está ligado a las garantías militares y territoriales del pacto de Versalles.

 

Briand ha sido batido por el ataque simultá­neo de Marin, Mandel y Montigny, esto es de dos líderes de su propia mayoría y uno del grupo radical socialista de Louis Marin votó a favor del ministerio; pero ya éste estaba en minoría. Todo esto entra en las reglas del juego parlamentario.

 

El papel de los socialistas, bajo la dirección refinadamente jesuítica de Leon Blum, no pare‑

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 25 de Octubre de 1929, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

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ce ser otro que el del salvataje del ministerio, al que oficialmente hace oposición. El partido so­cialista francés practica desde el 11 de mayo de 1924, una política de soutien. No importa que en el gobierno se encuentren los radicales-socialistas o el bloque nacional, Herriot o Poincaré. La política de sostén es actuada en el primer caso co­mo táctica de partido ministerial; en el segundo caso como de partido de oposición. No cambian sino los nombres, las formas; la estrategia y sus objetivos son los mismos. Los socialistas temen que el ministerio futuro sea más reaccionario, más adverso a los intereses de su partido, que el ministerio presente. Este miedo al porvenir, los paraliza para la lucha. El gobierno de Briand les parece, probablemente, el único medio de postergar el gobierno de Tardieu. Pero Tardieu go­bierna ya, aún con Briand en el Ministerio de Negocios Extranjeros, con la desventaja para las masas de que esta política fascista esta disimu­lada por el indumento y el tocado demo-cráticos y legales. En todo caso, para un partido como el socialista, que se imaginaba no hace mucho, cuando la creciente revolucionaria le consentía infi­nitas ilusiones sobre su porvenir próximo, que pronto estaría en grado de asumir íntegramente en sus manos el poder, es un rol bien pobre el de conde-narse, en el parlamento, a una táctica de saltavaje de Poincaré o Briand.

 

Con esta política se espera, sin duda, que Briand conserve el poder, organi-zando el nuevo gabinete. Que Briand suceda a Briand. Pero, amo­tinados por Caillaux contra la forma de poinca­rismo, muchos de los radicales-socialistas son un obstáculo para que Briand ensanche a izquierda las bases parlamenta-rias del gabinete. Las posi­bilidades de esta combinación residen en la afi­ción del socialismo de Leon Blum a jugar una política ministerial como partido de oposición.

 

Pero Tardieu aguarda su hora. Puede avenir-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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se a una renovación de la fórmula interina Briand, si su instinto parlamentario le indica que su hora no ha llegado todavía. Es difícil que Briand, en un nuevo período, prescinda de los servicios de un Ministro del Interior tan del gus­to y la confianza de la burguesía. Un gabinete Briand-Tardieu es quizás el que más conviene a los intereses y sentimientos de la burguesía francesa, aún de la más conservadora. De esta suerte, la política de represión, los métodos fascis­tas, son aplicados por el más agresivo parlamen­tario de la reacción, dentro de un ministerio de unión nacional, al que el propio partido socialis­ta presta su apo-yo, con la convicción de que así hace su propio juego y sirve maquiavélica-mente sus propios intereses.

 

 

LA NATALIDAD EN LA EUROPA OCCIDENTAL

 

Francia no ha resuelto, en los años de post-guerra, el problema de su des-población. Pero, al menos, ha visto extenderse ese problema en la Europa occidental. Ya no es posible oponer a una Francia malthusiana una Alemania prolífi­ca. El crecimiento demográfico de la vecina del otro lado del Rhin se ha detenido desde la gue­rra. En 1900, la estadística registraba en Alema­nia dos millones de nacimientos al año, con una población de 56 millones. En 1927, con 63 millo­nes, la cifra de nacimientos ha ascendido a 1,2. De 35,6 por mil, ha bajado a 18,3 por mil. La guerra costó a Alemania, en capital humano, aparte de las pérdidas del campo de batalla y del hambre en la retaguardia, la pérdida invisi­ble de los 3,5 millones de hombres que habrían debido nacer. "Monde" de París toma estos datos de una interesante obra publicada recien-temen­te en Alemania, sobre la materia, con el titulo de El descenso de la natalidad y la lucha contra él.

 

Como se sabe, uno de los objetivos centrales de la política fascista es el au-mento de la pobla-

 

 

 

 

 

 

 

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ción. Italia ha sido, tradicionalmente, un pueblo prolífico. El desequilibrio entre su crecimiento demográfico y sus recursos económicos, la cons­treñía a la exportación de una parte de su fuer­za de trabajo. Mussolini considera el aumento de la población como el elemento decisivo del porvenir de Italia. 45'000,000 de hombres no pue­den soñar con imponer su ley al mundo. No se concibe el resurgimiento de Roma imperial con las cifras demográficas ac-tuales. El fascismo, en­tre otras batallas pacíficas, se propone ganar la batalla de la natalidad.

 

Pero, como dice Nitti, "no se concibe nada más absurdo". Es imposible regu-lar la natalidad con discursos y decretos. El impuesto al celiba­to, no decide a los solteros, en tiempos de carestía y desocupación, a crecer y multiplicarse. Na­die se casa por evitar la tasa. "No conozco a na­die que haya tenido hijos bajo la sugestión del gobierno", anota burlonamente Nitti.

 

Las cifras estadísticas denuncian el fracaso de la política fascista en ese em-brollado terreno. En 1922, había en Italia 32,2 nacimientos por 1,000 habi-tantes; en 1927, ha habido sólo 26,9. La baja se ha acentuado en 1928.

 

La Europa occidental, en la post-guerra, co­mo en la guerra, se despuebla. La estabilización capitalista no ha logrado el equilibrio en este as­pecto de la producción y la economía. Un poco despechadamente, la Europa capitalista constata, con las cifras demográficas en las manos, que en la U.R.S.S. no obstante la guerra, el hambre, el terror, etc., la política soviética acusa distin­tos resultados. Ni el bolchevismo, ni el divorcio libérrimo, ni el aborto legal, ni la nueva moral de los sexos, han tenido las consecuencias que en la Europa occidental la nacionalización, el fascismo, etc.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA CRISIS FRANCESA*

 

LA TENTATIVA DE DALADIER Y LOS SOCIALISTAS

 

 

El partido socialista francés se ha pronunciado una vez más contra la par-ticipación socialis­ta en un ministerio de coalición; pero esta vez la orden del día anti-participacionista ha preva­lecido apenas en el consejo nacional del partido: por una mayoría de 1,590 contra 1,451 mandatos. Y, aunque en la extrema izquierda del socialismo francés se agita una fracción que se reclama de la doctrina y la praxis clasistas, la moción vic­toriosa no es propiamente anticolaboracionista, puesto que declara al partido pronto para "asu­mir las responsabilidades directas del poder solo o con el sostén de los grupos de la izquierda, cuya colaboración no rechazaría, pero conser­vando él la autoridad y la mayoría". Lo que se ha rechazado en el consejo no ha sido, pues, la colaboración ministerial, sino únicamente la co­laboración sin la hegemonía.

 

Los radicales-socialistas llegan bastante dis­minuidos a esta etapa de la crisis del parlamen­to y de los partidos. Al rendirse la política de unión sagrada y aceptar el papel de soportes del poincarismo, liquidando el programa del bloque de izquierda, los radicales-socialistas se descali­ficaron para ocupar en un futuro próximo, con éxito y prestancia, la dirección y el comando del go-bierno. En política, no se abdica impunemente.

 

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 14 de Noviembre de 1929, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

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Es cierto que a la cabeza del partido radical-socialista no se encuentra ya Herriot sino Dala­dier, líder nuevo, animoso y beligerante. Pero a Daladier no le ha sido posible persuadir a los socialistas de que sostengan, con todas sus fuerzas, su empresa. No son pocos los socialistas que esperan con un poco de impaciencia la hora de recibir una cartera. El partido socialista francés, hasta por su rol parlamentario, es un partido de gobierno, más que de oposición. Blum piensa, sin duda, que en otras elecciones, su partido pue­de ganar una mayoría como la del Labour Party de Inglaterra o siquiera como la de los social-demócratas en Alemania.

 

Mas los acontecimientos suelen ir más de pri­sa de lo que suponen en el mun-do los horósco­pos del reformismo. Antes de una nueva consulta electoral, el poder puede pasar a Tardieu y a la reacción con irreparables consecuencias en la sensibilidad y el mecanismo eleccionarios o los socialistas pueden dividirse para permitir a Boncour, Renaudel y sus amigos la entrada en un ministerio.

 

En Italia una política hesitante del partido socialista, que después de haber renunciado al camino de la revolución vacilaba para resolverse por el camino de la colaboración, franqueó a Mus­solini y a sus "camisas negras" la vía del poder. En Francia no existe la inminencia de un golpe de estado fascista de tipo italiano. Ahí, como ya he observado, la reacción prefiere fórmulas lega-les y métodos burocráticos. Tardieu es su hombre.

 

Los grandes intereses plutocráticos maniobran visiblemente contra un expe-rimento de las izquierdas. Ya en la Bolsa se ha insinuado una depresión al anuncio de un gobierno de estos partidos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SANCHEZ GUERRA, ABSUELTO

 

Asumida con entereza por Sánchez Guerra toda la responsabilidad de su ten-tativa de Valencia, el tribunal de la dictadura española que lo ha juzgado se habría visto apurado para condenarlo. ¿Qué pena le habría impuesto? Sánchez Guerra encarcelado es para el régimen de Primo de Ri­vera más molesto y más amenazante que Sán­chez Guerra libre. El tribunal no ha tenido más camino que el de la absolución. De este modo el régimen se libra de este prisionero obsesionante. Obligándolo en seguida a salir del país, por razo­nes de orden público, las cosas volverán al es­tado en que se encontraban antes de los suce-sos de Valencia.

 

Pero, en verdad, algo ha cambiado de enton­ces a hoy. El mundo ha asistido a un proceso en el que ha tocado toda la endeblez de este go­bierno de fuerza. La tentativa de insurrección de un ex presidente del Consejo, convicto y con­feso de su plan, no puede ser castigada. A duras penas ha podido llegarse a las au-diencias. El ré­gimen es demasiado débil para imponer una pe­na al jefe decla-rado de una conspiración.

 

Para que el tribunal y el proceso no carecie­se de toda justificación, se ha dis-tribuido algu­nos años de prisión entre algunos acusados se­cundarios. Sánchez Guerra debe haber escuchado con su más desdeñosa sonrisa la lectura de la sentencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL GABINETE TARDIEU*

 

 

La crisis ministerial ha seguido en Francia el curso previsto. Después de una tentativa de reconstrucción del cartel de izquierdas y de otra tentativa de con-centración de los partidos bur­gueses, Tardieu ha organizado el gabinete con las derechas y el centro. Es casi exactamente, por sus bases parlamentarias, el mismo gabinete, batido hace algunos días, el que se presenta a la cámara francesa, con Tardieu a la cabeza. La fórmula Briand-Tardieu, que encontraba más benigno al sector radical-socialista, ha sido reem­plazada por la fórmula Tardieu-Briand. Tardieu era en el ministerio presidido por Briand el hom­bre que daba el tono a la política interior del gobierno. En la cartera del interior, se le sentía respaldado por el consenso de la gran burguesía. Pero, ahora, la fórmula no se presta ya al menor equívoco. Cobra neta y formalmente su ca­rácter de fórmula semi-fascista. Tardieu, jefe de la reacción, ocupa directa-mente su verdadero puesto; a Briand se le relega al suyo. La clase conserva-dora necesita en la presidencia del Con­sejo y en el Ministerio del Interior a un político agresivo; en el Ministerio de Negocios Extranje­ros puede conservar al orador oficial de los Es­tados Unidos de Europa.

 

El fascismo, sin duda, no puede vestir en Francia el mismo traje que en Italia. Cada na­ción tiene su propio estilo político. Y la tercera República ama el legalismo. El romanticismo de los camelots du roi y del anti-romántico Maurras

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 8 de Noviembre de 1929, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

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encontrará siempre desconfiada a la burguesía francesa. Un lugarteniente de Clemenceau, un parlamentario como André Tardieu, es un cau­dillo más de su gusto que Mussolini. La bur­guesía francesa se arrulla a sí misma desde hace mucho tiempo con el ritornello aristocrático de que Francia es el país de la medida y del orden. Hasta hoy, Napoleón es un personaje exce­sivo para esta burguesía, que juzgaría un poco desentonada en Francia la retórica de Musso-lini. La Francia burguesa y pequeño-burguesa es esen­cialmente poincarista. A un incandescente condo­ttiero, formado en la polémica socialista, prefie­re un buen prefecto de policía. Y al rigor del es­cuadrismo fascista, el de polizontes y gendarmes.

 

Los radicales-socialistas han rehusado su apo­yo a Tardieu. Pero no de un modo unánime. La colaboración con Tardieu ha obtenido no pocos votos en el grupo parlamentario radical-socialis­ta. El briandismo no escasea en el partido de Herriot, Sarrault y Daladier, si no como séquito de Aristides Briand, al me-nos como adhesión y práctica de su oportunismo político. La presen­cia en el gabinete Tardieu de un republicano-so­cialista como Jean Hennesy, propietario de "L'Oeuvre" y "Le Quotidien" que no vaciló en recurrir en gran escala a la demagogia cuando necesitaba un trampolín para subir a un minis­terio, podría tener no pocos duplicados. A Tar­dieu no le costaría mucho trabajo hacer al-gunas concesiones a la izquierda burguesa para asegu­rarse su concurso en el trabajo de fascistización de Francia.

 

La duración del gabinete Tardieu depende de que Briand y los centristas lle-guen a un com­promiso estable respecto a algunos puntos de política interna-cional. Este compromiso garan­tizaría al ministerio Tardieu una mayoría cier­tamente muy pequeña; pero a favor de la cual trabajaría el oportunismo de una parte de los

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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radicales-socialistas y el hamletismo de los so­cialistas. A Tardieu le basta obtener los votos indispensables para conservar el poder. Cuenta, desde ahora, con su pericia de Ministro del In­terior para apelar a la consulta electoral en el momento oportuno. Está ya averiguado que con la composición parlamentaria actual, no es posi­ble un ministerio radical-socialista. Si tampoco es posible un gobierno de las derechas, las elec­ciones no podrán ser diferidas. Tardieu tiene menos escrúpulos que Poincaré para poner toda la fuerza del poder al servicio de sus intereses electorales.

 

El problema político de Francia, en lo sustan­cial, no se ha modificado. A la interinidad Brian-Tardieu, va a seguir la interinidad Tardieu-Briand. Es cierto que la estabilización capitalis­ta es, por definición, una época de interinidades. Pero Tardieu ambiciona un rol distinto. No se atiene como Briand al juego de las intrigas y acomodos parlamentarios. Quiere ser el condo­ttiere de la bur-guesía en su más decisiva ofensi­va contra-revolucionaria. Y si continúa la abdi­cación de los elementos liberales de esa burgue­sía, que han asistido sin inmutarse en la Repú­blica de los derechos del hombre al escándalo de las prisiones preventivas, Tardieu impondrá de­finitivamente su jefatura a las gentes que aún hesitan para aceptarla.

 

 

EL PROCESO DE GASTONIA

 

Un llamamiento suscrito por Upton Sinclair, uno de los más grandes nove-listas norteamerica­nos, John Dos Passos, autor de Manhattan Transfer, Michael Gold, director de "The New Mas­ses", y otros escritores de Estados Unidos, invita a todos los espíritus libres y justos a promover una gran agi-tación internacional para salvar de la silla eléctrica a 16 obreros de Gastonia procesados por homicidio. El proceso de los obreros de

 

 

 

 

 

 

 

 

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Gastonia es una reproducción, en más vasta escala; del proceso de Sacco y Vanzetti.

 

Y, en este caso, se trata más definida y ca­racterísticamente de un episodio de la lucha de clases. No se imputa esta vez a los obreros acu­sados la responsa-bilidad de un delito vulgar, cuya responsabilidad, no sabiéndose a quién atri­buirla con plena evidencia, era cómodo al senti­miento hoscamente reaccio-nario de un juez faná­tico hacer recaer en dos subversivos. En Gas­tonia los obreros en huelga fueron atacados el 7 de junio a balazos por las fuerzas de policía. Rechazaron el ataque en la misma forma. Y víc­tima del choque murió un comisario de policía. Con este incidente culminaba un violento conflic­to entre la clase patronal y el proletariado tex­til, provocado por el empeño de las empresas en reducir los salarios.

 

El número de inculpados por la muerte del comisario de policía fue, en el primer momento, de cincuentinueve. Entre éstos, una sumaria información policial, en la que se ha tenido espe­cialmente en cuenta las opiniones y ante-cedentes de los procesados, ha escogido dieciséis víc­timas. Se ha formado en los Estados Unidos un comité para la defensa de estos acusados, a los que una justicia implacable enviará a la silla eléctrica, si la presión de la opinión inter-nacio­nal no se deja sentir con más eficacia que en el caso de Sacco y Vanzetti. El llamamiento de Sin­clair, Dos Passos y Gold, ha recorrido ya el mun­do, sus-citando en todas partes un movimiento de protesta contra este nuevo proceso de clase.

 

La defensa ha obtenido el aplazamiento de la vista decisiva, para que se es-cuche nuevos testi­monios. Gracias a este triunfo jurídico, la con­dena aún no se ha producido. Pero el enconado e inexorable sentimiento de clase con que los jueces Thayer entienden su función, no consien-

 

 

 

 

 

 

 

 

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te dudas respecto al riesgo que corren las vidas de los procesados.

 

LAS RELACIONES ANGLO-RUSAS

 

La Cámara de los Comunes ha aprobado por 234 votos contra 199 la reaun-dación de las rela­ciones anglo-rusas, conforme al convenio cele­brado por Henderson con el representante de los Soviets, desechando una enmienda de Baldwin quien pretendía que no se restableciesen dichas relaciones hasta que las "condiciones prelimina­res" no fuesen satisfechas. Se sabe cuáles son las "condiciones preliminares". Henderson mis­mo ha tratado de imponerlas a los Soviets en la primera etapa de las negociaciones. La suspen­sión de éstas tuvo, precisamente, su origen en la insistencia británica en que antes de la reanuda­ción de las relaciones, el gobierno soviético arreglara con el de la Gran Bre-taña la cuestión de las deudas, etc. Baldwin no ignora por consiguiente, que a ningún gabinete británico le sería posible obtener de Rusia, en los actuales momentos, un convenio mejor. Pero el partido conservador ha agitado ante el electorado en las dos últimas elecciones la cuestión rusa en términos de los que no puede retractarse tan pronto. Su líder tenía que oponerse al arreglo pactado por el gobierno laborista, aunque no fuera sino por coherencia con su propio programa.

 

De toda suerte, sin embargo, resulta excesivo en un estadista tan devoto de los clásicos, decla­rar que "era humillante rendirse a Rusia" en los momentos en que se consideraba también, en la Cámara, con su asentimiento, el informe del Pri­mer Ministro de la Gran Bretaña sobre su viaje a Washington. El signo más importante de la disminución del Imperio Británico no es, por cierto, el envío de un encargado de negocios a la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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capital de los Soviets, después de algún tiempo de entredicho y ruptura. Es, más bien, la afirma­ción de la hegemonía norteamericana implícita en la nego-ciación de un acuerdo para la paridad de armamentos navales de los Estados Unidos y la Gran Bretaña.

 

La Gran Bretaña necesita estar representada en Moscú. La agitación anti-imperialista la acu­sa de dirigir la conspiración internacional contra el Estado soviético. A esta acusación un gabine­te laborista estaba obligado a dar la respuesta mínima del restablecimiento de las relaciones di­plomáticas. El Labour Party estaba comprome­tido a esta política por sus promesas electo­rales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA CRISIS DE LOS VALORES EN NUEVA YORK

Y LA ESTABILIZACION CAPITALISTA*

 

 

La relatividad de la estabilización capitalista no podría estar demostrada por ningún suceso con tanta nitidez como por la crisis del mercado de valores de Nueva York. No hace mucho que, comentando la acumulación de capitales en Estados Unidos, los más avisados economistas europeos recordaban que se muere de apoplejía lo mismo que de anemia. El exceso de oro tie­ne, entre otros efectos fatales, el de la inflación de las acciones. La especulación en-cuentra el más propicio factor en la abundancia de capitalistas que no saben cómo colocar su dinero.

 

La concentración de oro en Estados Unidos que, de un lado, empuja al capi-talismo yanqui a la exportación del capital, esto es los présta­mos o inversiones en la industria extranjera, de preferencia en los países coloniales, de otro lado aporta, necesariamente, la tendencia a superva­lorizar las acciones y los títulos en el mercado.

 

Las contradicciones de la economía capitalista aparecen, en este juego, a plena luz.

 

Las crisis financieras, como las crisis indus­triales, son inherentes a la mecá-nica del capi­talismo. Y la estabilización capitalista no im­porta, bajo ningún aspecto, su atenuación tem­poral. Por el contrario, todo induce a creer que en esta época de monopolio, trustificación y ca‑

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 22 de Noviembre de 1929, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

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pital financiero, las crisis se manifestarán con mayor violencia.

 

Los Estados Unidos son hoy la primera po­tencia capitalista. La democracia individualista conserva en ese país sus antiguos atributos. El poder está en manos del partido que representa los intereses y el espíritu de la gran bur-guesía. Nada anuncia ahí todavía inmediatamente un gran movimiento so-cialista. Sin embargo, nada de esto preserva a la economía yanqui de prue­bas como la de la caída de los valores en la bol­sa neoyorkina. El oro y sus sím-bolos bursátiles no viven en tranquilo equilibrio; su juego insi­dia irreparable-mente la salud del más joven y robusto capitalismo.

 

Hoover se comprometía en los sobrios dis­cursos de su campaña eleccionaria a mantener a los Estados Unidos dentro de su tradición de individualismo. Pero esa tradición entre otras características tiene la de esas repentinas auto­máticas destrucciones de una parte de la rique­za. Un liberal clásico verá en estas pér-didas algo así como esas sangrías heroicas sin las cua­les no se salva de la apoplejía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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GUÍA ELEMENTAL DE GEORGES CLEMENCEAU*

 

 

Entre los retratos que del Primer Ministro de la "unión sagrada" nos ofrecen sus biógrafos y críticos, ninguno retorna a mi recuerdo con la insistencia de este esquema de León Blum: "Lo que hay de más apasionante y de más pa-tético en aquel que se ha apodado el Tigre, es el dra­ma interior, el conflicto que sostienen en él dos seres. El uno, moral, está animado por un pesi­mismo absoluto, por la misantropía más aguda, más cínica, por la repugnancia de los hombres, de la acción, de todo. Lo habita un escepticismo espantoso. Lo obsede la vanidad de las cosas y del esfuerzo. Y su filosofía íntima es la del Nir­vana. El otro ser, físico, tiene, por el contrario, una necesidad desmesurada de acción, una devo­rante fiebre de energía, un temperamento de ím­petu, de ardor y de brutalidad. Así Clemenceau, desesperando de lo que hace a causa de la nada terrible que percibe al cabo de todo, es empujado por su actividad demoníaca a luchar por aquello de que duda, a defender aquello que secreta-mente desprecia y a desgarrar a quienes se oponen a aquello que él congeni-talmente estima inútil. Creo, sin embargo, que, en el fondo de este abismo de ecepticismo, hay en él un refugio sólido y firme como una roca: su amor por la Francia".

 

Este retrato atribuye a Clemenceau el mismo rasgo fijado en la célebre frase: "Ama a la Fran­cia y odia a los franceses". La oposición entre

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 27 de Noviembre de 1929

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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los dos seres que se agitaban en Clemenceau, entre su razón pesimista y su vida operante y combativa, está sagazmente expresado, de acuerdo con el gusto stendhaliano de León Blum por lo psicológico e íntimo. Clemenceau era, sin duda, un caso de escepticismo y desesperanza en una vocación y un destino de hombre de lucha y de presa. Ministro de la Tercera República, le tocó gobernar con una burguesía financiera y urbana que se sentía segura-mente más a gusto con Caillaux, el hombre a quien Clemenceau, implacable y ultrancista, hizo condenar. Las ideas, las instituciones por las que combatió, le eran, en último análisis, indiferentes. No asignó nunca a las grandes palabras que escribió en sus banderas de polemista más valor que el de santos y señas de combate. Libertad, Justicia, Democracia, abstracciones que no estorbaban, con escrúpulos incómodos, su estrategia de con­ductor.

 

Pero no se explica uno suficientemente el con­flicto interior, el drama personal de Clemen­ceau, si no lo relaciona con su época, si no lo sitúa en la historia. La fuerza, la pasión de Cle­menceau, estaba en contraste con los hechos y las ideas de la realidad sobre la cual actuaban. Este aldeano de la Vandée, este espécimen de una Francia anticlerical, campesina y frondeuse, era un jaco-bino supérstite, un convencional ex­traviado en el parlamento y la prensa de la Tercera República. No entendió jamás, por esto, verdadera y profundamente, los intereses ni la psicología de la clase que en dos oportunidades lo elevó al gobierno. Tenía el ímpetu demoledor de los tribunos de la Revolución Fran-cesa. En una Francia parlamentaria, industrial y bursá­til este ímpetu no podía hacer de él sino un polemista violento, un adversario inexorable de ministe-rios de los que nada sustancial lo sepa­raba ideológica y prácticamente. Pequeño-bur-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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gués de la Vandée, humanista, asaz voltairiano, Clemenceau no podía poner su fuerza al servicio del socialismo o del proletariado. El humanita­rismo y el pacifismo de los elocuentes parlamen­tarios de la escuela de Jaurés, se avenían poco, sin duda, con su humor jacobino. Pero lo que alejaba sobre todo a Cle-menceau del socialismo, más que su recalcitrante individualismo de pequeño-burgués de provincia, era su incompren­sión radical de la economía moderna. Esto lo condenaba a los impasses del radicalismo. Cle­menceau no podía ser sino un "hombre de iz­quierda", pronto a emplear su violencia, como Ministro del Interior, en la represión de las ma­sas revolucionarias izquierdistas.

 

La guerra dio a este temperamento la opor­tunidad de usar plenamente su energía, su rabia, su pasión. Clemenceau era en el elenco de la política Fran-cesa, el más perfecto ejemplar de hombre de presa. La guerra no podía ser dirigi­da en Francia con las hesitaciones y compromi­sos de los parlamentarios, de los estadistas de tiempos normales. Reclamaba un jefe como Cle­menceau, perpetuo viento de fronda ansioso de transformarse en huracán. Otro hombre, en el gobierno de Francia, habría negociado con menos rudeza la unidad de comando, habrían plan­teado y resuelto con menos agresividad las cues­tiones del frente interno. Otro hombre no habría sometido a Caillaux a la Corte de Justicia. La guerra bárbara, la guerra a muerte, exige jefes como Clemenceau. Sin la guerra, Clemenceau no habría jugado el rol histórico que avalora hoy mundialmente su biografía. Se le recordaría como una figura singular, poten-te, de la política francesa. Nada más.

 

Pero si la guerra sirvió para conocer la fuer­za destructora y ofensiva de Cle-menceau, sirvió también para señalar sus límites de estadista. La actuación de Clemenceau en la paz de Versa-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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lles, es la de un político clausurado en sus hori­zontes nacionales. El "Tigre" siguió comportán­dose en las negociaciones de la paz como en las operaciones de la guerra. El castigo de Alema­nia, la seguridad de Francia: estas dos pero-cupaciones inspiraban toda su conducta, impidién­dole proceder con una ancha visión internacio­nal. Keynes, en su versión de la conferencia de la paz, pre-senta a Clemenceau desdeñoso, indiferente a todo lo que no importaba a la revancha francesa contra Alemania. "Pensaba de la Fran­cia -escribe Keynes- lo que Pericles pensaba de Atenas; todo lo importante residía en ella, pero su teoría política era la de Bismark. Tenía una ilusión: la Francia; y una desilu-sión: la hu­manidad; a comenzar por los franceses y por sus colegas". Esta actitud permitió a Francia obte­ner del tratado de Versalles el máximo reco-nocimiento de los derechos de la victoria; pero per­mitió a la política imperial de Inglaterra, al mis­mo tiempo, vencer en la reglamentación de los problemas internacionales y coloniales con el vo­to de Francia. Francia llevó a Versalles un espí­ritu nacionalista; Inglaterra un espíritu imperia­lista. No es necesario aludir a otras diferencias para establecer la superioridad de la política britá-nica.

 

El patriotismo, el nacionalismo exacerbado de Clemenceau —sentido con exaltación de jacobi­no— era una fuerza decisiva, poderosa, en la guerra. En una paz, que no podía sustraerse al influjo de la independencia de las naciones y de sus intereses, cesaba de operar con la misma efi­cacia. Hacía falta, en esta nueva etapa política, una noción cosmopolita, moderna, de la econo­mía mun-dial, a cuyas sugestiones el genio algo provincial y huraño de Clemenceau, era íntimamente hostil.

 

El amigo de Georges Brandes y de Claudio Monet, consecuente con el senti-miento de que se

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nutrían en parte estas dos devociones, aplicaba a la política, por recónditas razones de temperamento, los principios del individualismo y del impresio-nismo. Era un individualista casi misán­tropo que no tenía fe sino en sí mismo. Despre­ciaba la sociedad en que vivía, aunque luchaba por imponerle su ley con exasperada voluntad de dominio. Y era también un impresionista. No deja teorías, sistemas, programas, sino impresio­nes, manchas, en que el color sa-crifica y desbor­da al dibujo.

 

La fuerza de su personalidad está en su beli­gerancia. Su perenne ademán de desafío y de combate, es lo que perdurará de él. No lo senti­mos moderno sino cuando constatamos que, sin profesarla, practicaba la filosofía de la actividad absoluta. En contraste con una demo-burguesía de compromisos y transaccio-nes infinitas, de poltronería refinada, Clemenceau se mantuvo obsti­nada, agre-sivamente, en un puesto de combate. Tal vez en el trato del pioneer norteame-ricano, del puritano industrial o colonizador, se acrecentó, excitada por el dinamismo de la vida yanqui, su voluntad de potencia. En la política, obede-ció siempre su instinto violento de hombre de pre­sa. "Entre los bolcheviques y nosotros —decía este jacobino tardío— no hay sino una cuestión de fuerza". Contra todo lo que pueda sugerir la obra de su primer gobierno, Clemenceau no po­día plantearse el problema de la lucha contra la revolución en términos de diplomacia y compro­miso. Pero le sobraban años, desilusión, adversiones para acaudillar a la burguesía de su pa­tria en esta batalla. Y, por esto, el con-greso del bloque nacional y de las elecciones de 1919, des­pués de glorificarlo como caudillo de la victoria, votó, —eligiendo presidente a un adversario a quien despreciaba—, su jubilación y su ostracis­mo del poder.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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FRANCIA Y ALEMANIA*

 

 

Aunque cuatro millones de electores han vo­tado en Alemania por los naciona-listas y contra el plan Young, las distancias que separaban a los dos adversa-rios de 1870 y de 1914 se mues­tran cada día más acortadas. El trabajo de las minorías de buena voluntad por una duradera inteligencia recíproca, prosigue alacre y tesone­ro. Si algo se interpone entre Alemania y Fran­cia es el senti-miento político reaccionario que en Alemania inspira el plebiscito nacionalista y en Francia dicta a Tardieu la resolución de demo­rar la evacuación de las zonas ocupadas.

 

Es probable que este plebiscito sea la postrera gran movilización del partido nacionalista. Las últimas elecciones municipales de Berlín han acusado un retroceso de los nacionalistas en el electorado de la capital alemana. Los fascistas, partido de extrema derecha, han ganado una parte de estos votos; pero el escrutinio, en ge­neral, se ha inclinado a la izquierda. Los comu­nistas han ganado —con asombro probablemen­te de los asmáticos augures de su liquidación definitiva— un número de asientos que los coloca en segundo lugar en el Municipio de Berlín. Y los socialistas han conservado el primer puesto.

 

Los libros de guerra, —cuyo éxito es para al­gunos críticos una consecuencia del actual pe­ríodo de estabilización capitalista—, no son el único signo de que Alemania revisa profundamente sus conceptos. El libro de Remarque, de un pacifismo entonado a los sentimientos de la

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 29 de Noviembre de 1929, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

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clientela de Ullstein, no está exento de naciona­lismo y de resentimiento. El autor satisface el más íntimo amor propio nacional, recalcando la abrumadora superioridad material de los alia­dos. En los últimos capítulos de Sin novedad en el frente, se nota cierta intención apologética al trazar el cuadro de la resis-tencia alemana. Una Alemania heroica vencida por la fatalidad, no es cierta-mente una de las más vagas imágenes que proyecta el libro en la conciencia del lector.

 

Fuera de la política, en los dominios de la li­teratura y del arte, se acentúa en Alemania el interés por conocer y comprender las cosas y el alma francesas y en Francia la atención por el pensamiento y la literatura alemanas. "La Revue Nouvelle" anuncia un número especialmente de­dicado al romanticismo ale-mán. "Europe", una de las primeras entre las revistas de París en incorporar en su equipo internacional colaboradores alemanes, persevera en su esfuerzo por el entendimiento de las minorías intelectuales de ambos pueblos.

 

En el número de octubre de esta revista, leo un artículo de Jean Guehenno so-bre el libro en que el profesor de la Universidad de Berlín Eduardo Wechssler confronta y estudia a los dos pueblos. Guehenno no encuentra al profesor Wechssler más emancipado de prevenciones na­cionalistas que al malogrado Jacques Riviere en una tentativa análoga sobre Alemania. Guehen­no resume, así la definición del francés y del ale­mán por Wechssler:

 

"El francés es un hombre de sensación, sus­ceptible, impresionable, excitado, tentado por los paraísos artificiales, sin gusto por la naturaleza y que, si no la domina, desconfía de ella, la desprecia, la odia. Si ama a los animales, ama a los que lo son menos: los gatos; no a los perros. Carece de amor por los niños. Tiene el horror de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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lo indefinido. Es eminentemente social y sociable. Es cortesano, burgués, hombre honrado, galan­te. El fin que persigue es la alegría de vivir. No teme nada tanto como el aburrimiento. Posee todos los talentos, pero no posee más que talentos. Lo atormenta sin cesar el espíritu de con­quista. Se daría al diablo con tal de que se le distinga. Ambicioso, glorioso, impone a las cosas su mar-ca. Sabe componer, elegir. Se quiere libre. La coacción, venga de donde ven-ga, lo irrita y desarrolla en él fanatismo y resentimiento. Es razón, inteligen-cia, espíritu; capaz de duda y de ironía. Su regla es el principio de identidad y el mundo de sus pensamientos, un mundo de cla­ridad".

 

"El alemán es profundo, "expresionista", preo­cupado siempre de captar el todo más que la parte. No se confía a las impresiones de momen­to, sino espe-ra todo de una lenta preparación de las cosas. Ama la naturaleza, se abandona a ella como a la creación de Dios. Ama a los ani­males —su amor por ellos es una herencia de la vieja sangre germánica— y a los niños. Tiene el sentido de lo infinito. Se baña en él con delicia. Su alma es un espejo del mundo. Es grave, adhe­rido al pasado, naturalmente atento, pesado. El pedantismo es para él el escollo. Aplicado y tra­bajador, se confía al porvenir. Es entusiasta, bené-volo, longánimo y paciente. Se remite a la in­tuición. Un sentimiento profundo de la unidad le permite acordar los contrarios. El mundo de sus pensamientos no es jamás un mundo cerra­do. Las palabras que emplea están rodeadas co­mo de un halo o un margen. Un alemán habla porque piensa, decía Jacob Grimm, y sabe que ningún lenguaje igualará jamás las potencias del alma".

 

Muchos de estos rasgos son exactos. Pero el profesor alemán idealiza ostensi-blemente a su pueblo. Describe al alemán, como se describiría

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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a sí mismo. Guehenno no está seguro de que éste sea un medio eficaz de reconciliación fran­co-alemana. El punto que le interesa sustancialmente es el que alude el título de sus meditacio­nes: "Cultura europea y desnacionaliza-ción". Gide ha escrito que "es un profundo error creer que se trabaja por la cultura europea con obras desnacionalizadas". Guehenno no conviene con Gide en este juicio porque avanzamos "hacia un tiem­po en que una gran obra de inspiración nacio­nal será prácticamente imposible". Pero éste es ya otro debate y, en estos apuntes, no quiero re­ferirme sino al recíproco esfuerzo de franceses y alemanes por comprenderse.

 

ESTILO FASCISTA

 

André Tardieu ha hecho una declaración de neto estilo fascista al anunciar su confianza de permanecer en el gobierno al menos cinco años. Es el tiempo que necesita para actuar su programa y espera que, por esta sola razón, conta­rá por ese plazo con mayoría en el congreso.

 

No es éste el lenguaje del parlamentarismo, sobre todo en un país como Francia de tan ines­tables mayorías. Ha habido ministerios de lar­ga duración; ha habido políticos como Briand que no se han despedido nunca del palacio, de la presidencia del Consejo sin la seguridad del regreso. Pero no se ha usado hasta hoy en Fran­cia estos anuncios de la certidumbre y la volun­tad de con-servar el poder por cinco años. Todos estos ademanes pertenecen al repertorio fascista. Claro que la megalomanía de Mussolini no pue­de fijar a su régimen el plazo modesto de un quinquenio. Mussolini prefiere no señalarse límites o afirmar que el fascismo representa un nuevo Estado. Pero por algo se comien-za. Tar­dieu tiene que representar la transacción entre el género fascista y el género parlamentario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Cómo hará Tardieu para quedarse en el po­der cinco años? Es evidente que desde hace al­gún tiempo, —desde antes de reemplazar a Briand en la presi-dencia del Consejo—, prepara sus elecciones. La disolución de la Cámara será, probablemente, la medida a que apelará. En vís­peras de las elecciones de 1924, decía que lo que discernía en el país era la voluntad clara de ser gober-nado y agregaba que "la dictadura es inú­til con un parlamento que funciona, con un go­bierno que es jefe de su mayoría". Tardieu no puede creer que este parlamento y esta mayoría existan. Su esfuerzo tiene que tender a formarlos. Los medios son los que ensaya y perfeccio­na desde hace algún tiempo como Ministro del Interior.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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OCCIDENTE Y EL PROBLEMA DE LOS NEGROS*

 

 

La moda de los motivos negros en la litera­tura y la música corresponde, en el plano políti­co, a un período de creciente interés del Occi­dente por las reivin-dicaciones de los negros. Pero, mientras el auge del folklore negro en la mú­sica y en la literatura, se nutre, en la sociedad burguesa, de un sentimiento de colonizadores amalgamado con la afición exotista de una cul­tura decadente, la atención que encuentra en los sectores revolucionarios y anti-imperialistas de Europa y América la cuestión de la raza negra obedece a una verdadera co-rriente internaciona­lista. Porque, como lo observa Stefan Zweig, no hay qué confundir cosmopolitismo e internacio­nalismo. El cosmopolitismo no excluye mínimamente los odios de pueblos y razas. Es, simplemente, el rasgo de un orden imperialista que ha acercado las distancias y multiplicado las comu­nicaciones, sin acercar ni coordinar íntimamente a las naciones. Paul Morand es un literato cos­mopolita. A nadie se le ocurriría clasificarlo co­mo interna-cionalista. Nada, en el fondo, es tan parisién como su arte.

 

El Occidente blanco y capitalista perfecciona e intensifica la explotación tradicional de los negros. En la gran guerra, las potencias imperia­listas de la Entente emplearon en gran escala el material humano que podían suminis-trarle sus colonias negras. Y hoy, desarrollada técnicamen­te a un grado inve-rosímil la explotación del tra‑

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 6 de Diciembre de 1929, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

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bajo, el consumo y la producción de los negros, nada más natural que la explotación de su arte. El negro continúa proveyendo de material a la civili-zación blanca. Disminuida, empobrecida, la fantasía artística de los europeos busca en los negros un rico filón para la industria literaria y artística.

 

El Segundo Congreso Anti-Imperialista Mun­dial en el que los pueblos negros estuvieron conspicuamente representados, ha consagrado gran parte de su tiempo al estudio del problema de esta raza. Las conclusiones votadas por este Congreso, constituyen, sin duda, el más avanzado y completo planteamiento político de la cuestión. Se sabe bien que los propios partidos socialis­tas de Europa, en la época de la Segunda Internacional, no llegaron a incorporar seriamente en sus preocupaciones este problema. La Segunda Internacional no representó, prácticamente, sino un movimiento blanco. La solidarización del mo­vimiento socialista de Occidente empieza sólo con la historia de la Tercera Internacional, cuya mancomunidad con las reivindicaciones de los pueblos coloniales no es uno de los menores pretextos de la burguesía occidental para acu­sar a la U.R.S.S. de asiatismo y de barbarie.

 

Entre los votos del Congreso de Francfort que normarán las actividades de las secciones nacio­nales de la Liga Anti-imperialista, se cuenta el que repudia la utopía del "retorno al África". Este movimiento es caracterizado por las con­clusiones respectivas del Congreso en los siguien­tes términos: "El Garveyis-mo es un movimiento nacional semejante al sionismo. Su tendencia es la de reunir a todos los negros en una sola nación que ocupe el continente negro, planteando esta reivindicación un prejuicio en el movimiento general de las masas negras. Arranca esta tendencia del sentimiento de comunidad que nace y renace sin cesar entre los negros, pro-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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vocado por una parte por la opresión general que sufren los negros a través de todo el mundo, y por otra del propósito de las clases negras po­sesoras de utili-zar este sentimiento a beneficio de sus fines económicos en su concurrencia co­mercial con los imperialismos".

 

 

EL PACTO KELLOGG Y LA CUESTION RUSO-CHINA

 

Pactada por China y Rusia la suspensión de las hostilidades en la Manchuria, y en rápida marcha las negociaciones del acuerdo destinado a resolver el conflicto provocado por las medi­das violentas de Chang, el gobierno norte-ameri­cano ha sentido la necesidad de recordar a la U.R.S.S. las obligaciones del Pacto Kellogg. No se explicaría esta tardía apelación al Pacto Kellogg en un país que se distingue por su sentido prác­tico y su técnica veloz, si no se tuvieran en cuen­ta, con los intereses particulares del capitalismo norteameri-cano en la eliminación de los rusos de la Manchuria, los objetivos últimos del pacto que Bernard Shaw llamó, sin escandalizar a na­die, un "monumento de estupidez".

 

Por mucho que se contente con las explica­ciones fragmentarias y tendenciosas de las agen­cias cablegráficas, el lector menos avisado com­prende que si la China, disciplinada bajo un ré­gimen militar, estuviese en grado de vencer a Rusia, los Estados Unidos encontrarían abun­dantes razones no sólo para exo-nerar transito­riamente a la China de todas sus obligaciones de Estado signata-rio del Pacto Kellogg sino para abastecerla de dinero y material en su empresa bélica. Y de que únicamente porque acontece lo contrario, el gobierno norte-americano blande extemporáneamente el inútil protocolo con un ges­to en el que se adivina el mal humor por las negociaciones que evitan la guerra en el Orien‑

 

 

 

 

 

 

 

 

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te. El verdadero objeto histórico del Pacto Ke­llogg queda así esclarecido.

 

Las potencias occidentales no pueden mirar sino con disgusto el curso de las negociaciones ruso-chinas y la suscripción del convenio que restablece el statu quo en la Manchuria. Con este arreglo, la posición internacional de Rusia se refuerza, sus relaciones con Asia se normalizan y las posibilidades de consolidación de su eco­nomía sobre cimientos socialistas se acrecientan. Se habría querido ver a la U.R.S.S. en guerra con un Estado asiático para tener pretexto de acusarla de imperialismo agresivo y para culti­var la esperanza de enemistarla con el Oriente.

 

Tampoco se disimula la molestia y la preocu­pación que causa un arreglo directo con la admi­nistración de Mukden. Para los soviets, el go­bierno de Mukden no es mejor ni más legítimo que el de Nanking. Pero es el que resol-vió y apli­có las medidas cuya reconsideración le importa y el que efectiva-mente ejerce el poder en la Manchuria. Los nacionalistas de Nanking, a pe­sar de su abdicación completa ante los elemen­tos más reaccionarios de Pekín y Mukden, no han logrado unificar la China. La Manchuria—tiene hoy, como en los tiempos de Chang So Lin, una administración autónoma con sede en Mukden. Por consiguiente era con Mukden y no con Nanking que había que entenderse.

 

Y lo importante para la paz del mundo, en estos momentos, no es una inne-cesaria y ten­denciosa experimentación de la fuerza y obligatoriedad del pacto Kellogg sino la suscripción del protocolo que resuelve el conflicto y que liqui-da definitivamente en el Extremo Oriente un estado de guerra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA GUERRA CIVIL EN LA CHINA*

 

 

Para que se le ratifiquen de nuevo sus poderes, Chang Kai Shek ha renunciado por enésima vez. La renuncia es el arma que mejor esgrime dentro de su par-tido. En todas las situaciones difíciles, Chang Kai Shek hace uso de ella con provecho inmediato para los fines de su caudilla­je, bastante maltrecho con la larga serie de fra­casos que siguen a la toma de Shanghai y al golpe de estado de 1927.

 

El programa de la dictadura de Chang Kai Shek era la unificación de la China bajo un go­bierno nacionalista que formalmente detentara los lemas del anti-guo Kuo-Ming-Tang. Para ob­tener esta unificación, Chang Kai Shek no retro-cedió ante ninguna transacción. Comenzó por ca­pitular ante los imperialismos extranjeros que pronto reconocieron en él un aliado y un servidor incondicio-nal.

 

La China, dividida y desgarrada por la gue­rra civil, denuncia cotidianamente la quiebra de este programa. La Manchuria sigue constituyendo, como en los tiempos de Chang So Ling, un Estado aparte. La provocación primero y la ce-sación después del estado de guerra con Rusia, han sido decididas por Muk-den y no por Nanking. La lucha de facciones y de caudillos rena­ce implaca-ble. El proletariado, pese al régimen de terror de Chang Kai Shek, continúa su acción de clase.

 

Aunque otra vez Chang Kai Shek domine a

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 13 de Diciembre de 1929, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

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Feng Yuh Siang y sus demás adversarios, el go­bierno de Nanking no alcan-zará la estabilidad a que aspira. El fermento revolucionario seguirá trabajando en la situación social, económica y política de la inmensa república feudal de los chinos. La rivalidad y la potencia de los caudillos militares no son sino una consecuencia de esa situación que el triunfo temporal de uno de esos condottieres no modificará sustancialmente.

 

La China no reserva sino sorpresas a los ob­servadores occidentales que la contemplan desde su particular punto de vista. El optimismo de los imperia-listas anunció con demasiada prisa la unificación de la China bajo el general que acababa de probar su ferocidad reaccionaria ma­sacrando en Shanghai y Cantón a los organizadores obreros. Traicionado por Chang Kai Shek, el pro-grama de Sun Yat San, puesto al día por sus legítimos herederos, tenía aún muchos adeptos vigilantes y fieles.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EUROPA Y LA BOLSA DE NEW YORK*

 

 

La Europa capitalista manifiesta cierto opti­mismo respecto a las consecuen-cias de la crisis financiera de Nueva York. La caída de los valo­res se ha dete-nido a la altura que la salud de Europa puede tolerar. Y el primer efecto que parece lógico predecir para las finanzas europeas es el regreso gradual al viejo continente de los capitales que lo habían abandonado buscando inversiones, si no más fructuosas, más segu­ras, al menos, en Norteamérica. Cambó, según anunció oportunamente el cable, se contó entre los primeros que señalaron este reflujo.

 

La estabilización capitalista se realiza en Eu­ropa con el concurso financiero norteamericano. No es por azar que dos norteamericanos, Dawes y Young, dan su nombre a los complicados acuerdos sobre las reparaciones. El capi-talismo yanqui es el principal empresario de la recons­trucción europea. Antes de que los Estados de la Entente pactaran con Norteamérica las condi­ciones de amortización de su deuda, su nuevo modus vivendi no se sentía estable-cido. Puede agregarse que en la estabilización capitalista eu­ropea los yanquis han mostrado, hasta cierto punto, más confianza que muchos capitalistas eu-ropeos, a quienes la amenaza de la revolución proletaria indujo en Alemania, Italia, Francia, a dirigir sus capitales a América.

 

Pero Europa no se resigna a convertirse, poco a poco, en un conjunto de colo-nias de los Esta‑

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 20 de Diciembre de 1929, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

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dos Unidos. El paneuropeísmo es la expresión de una corriente defensiva que mira en la fórmula de Briand la defensa válida de los intereses del capitalismo europeo contra el dominio yanqui. A los Estados europeos les satisface, por esto, la probabilidad de recuperar los capitales que se habían retirado de su industria y su comercio para aumentar la congestión de oro de Norte­américa. Estos capitales han sido advertidos enérgicamente por la crisis de Nueva York de los riesgos de la congestión.

 

Naturalmente, si el pánico bursátil de Nueva York hubiese rebasado el límite más allá del cual estaban profundamente en juego todos los intereses de la economía capitalista mundial, las constataciones y vaticinios de los observa-dores de Europa estarían muy lejos de este optimis­mo. Las consecuencias de la crisis en Europa no les consentirían ninguna esperanza de compen­sación satisfactoria. Aun como han ido las cosas, cuantiosos intereses europeos re-sultan afectados. Pero la caída de los valores en Nueva York ha sido frenada en el nivel que los nervios de los financistas europeos podían resistir sin que los ganase también el vértigo. Y esto es bastante, por el momento para la convalescencia de las es­peranzas de Europa.

 

 

LA NUEVA GENERACIÓN ESPAÑOLA Y LA POLÍTICA

 

Luis Emilio Soto examina en un artículo de "La Vida Literaria" de Buenos Aires la actitud de la joven generación literaria de España frente a la crisis política de su patria. El tópico es tra­tado con frecuencia. Y las constataciones del co­laborador de "La Vida Literaria" carecen de rigu­rosa novedad. Pero resulta siempre más actual e

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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interesante, en todo caso, que los insulsos artícu­los escritos para la United Press por el general Primo de Rivera, rematando los cuales este cas­tizo espé-cimen de donjuanismo y flamenquismo españoles escribe que "el Dios de todos los cris­tianos sabrá compensar a los que supieron con­sagrar su vida terrenal a ideales más altos y per­manente que los goces materiales o al ali-mento de las pasiones que enciende el espíritu diabóli­co en la flaca humani-dad".

 

Los intelectuales jóvenes de España están acusando, en estos años, menos sensibilidad po­lítica que los intelectuales maduros, aunque de algunos de estos últimos —José Ortega y Gasset, Eugenio d'Ors— reciban las más per-suasivas lecciones de displicencia. La zarandeada generación del 98 mostró, en su tiempo, interés mucho más vivo y arriesgado por lo político. Y la ge-neración siguiente está, sin duda, mucho más propiamente representada por Marañón y Jimé­nez de Asúa que por Ortega y d'Ors.

 

Soto anota, con razón, que por la abstención de la nueva generación literaria no puede ni debe procesarse a la juventud. Sería injusto olvi­dar las impetuosas jornadas de los estudiantes españoles contra la dictadura. La que está en cau-sa, específicamente, es la juventud represen­tada por "La Gaceta Literaria" de Madrid, cuyo director Giménez Caballero no tiene reparo en declarar que "Es-paña hoy descansa, engorda y se abanica". Soto no pide a estos equipos de in­telectuales jóvenes una agitación callejera, tu­multuaria. Suscribe la fórmula defendida por Araquistain en su periódico "España" en 1920: "acción difusa, crítica clarificadora, estimulante de creación, renovación de las ideas ambien-tes". Quiere, en cualquier caso, negar que "el silencio sea una actitud digna de los jóvenes frente al régimen que impera en la patria de Larra".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El equipo de "La Gaceta Literaria" no es toda la nueva generación intelectual española. Incu­rriría en una grave omisión el biógrafo de esta juventud que no recordase con la debida estima­ción el esfuerzo de los grupos de intelectuales jóvenes que, después de otras empresas incom­patibles con un régimen de censura, han inver­tido su energía en la creación de las Ediciones Oriente y Cenit. La revista "Post-Guerra", aunque efímera, ha sido un momento de la historia de esta generación.

 

La intelectualidad española no ha perdido, en general, su interés por las nue-vas corrientes po­líticas e ideológicas. El hecho de que una de las mejores versiones periodísticas de la nueva Ru­sia sea la de un español, Álvarez del Vayo, no carece de significación. La indiferencia, la absten­ción, caracterizan a la juventud literaria. Es la nueva gente de letras la que ha hecho suyo, ante lo político, el gesto de don José Ortega y Gasset. Propaganda literaria aparte, un Joaquín Maurin, trabajando oscuramente en París, vale bien por ahora, lo que un Giménez Caballero recorriendo ruidosamente Europa.

 

Pero aún circunscrita y demarcada de este modo, es indudable que se trata de una actitud singular. Es muy distinta la actitud de la juven­tud literaria de Alemania. También la de esa ju­ventud literaria de Francia, a la que los jóve-nes de España miran tan deferentemente. En Alema­nia, del teatro a la novela, de Piscator a Glaesser, la nota dominante en la vanguardia literaria es la beligerancia política. En Francia, tan burgue­sa y conservadora en sus varios estratos, la nue­va generación intelectual es uno de los más acti­vos fermentos ideológicos y pasionales. Un libro de un francés —Mort de la pensée bour-geoise de Emmanuel Berl—, precisamente, ha hecho viva impresión en uno de los más conspicuos repre-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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sentantes del equipo de "La Gaceta Literaria" de Madrid, residente desde hace algún tiempo en Buenos Aires, —Guillermo de Torre—. Lo sé por el propio Guillermo de Torre que atribuye tam­bién a los capítulos que conoce de mi Defensa del Marxismo, una influencia de que me com­plazco, en sus actuales preocupaciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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POLITICA ALEMANA*

 

 

Aunque acaba de obtener un triunfo enfático sobre la derecha nacionalista, el gabinete de coa­lición que preside Herman Müller está desha­ciéndose. La dimisión de su Ministro de Finanzas, Rudolf Hilferding, no es sino la abierta de­claración de una crisis que se incuba desde las primeras jornadas de este ministerio heteróclito. Hilferding es la personalidad de más relieve en­tre los socialistas que forman parte del equipo ministerial de Müller. La celebridad del autor de El Capital Financiero, como teórico del socialis­mo moderno, se apuntala desde hace más de dos lustros en las reiteradas citas que de ese libro contiene uno de los más universales volúmenes de Lenin. Luego, las requisi-torias comunistas contra el reformismo de este convicto y confeso fautor de la colaboración de clases, no han sido el combustible menos activo de la noto-riedad de su nombre. Pero ni su personalidad ni su refor­mismo lo han con-graciado suficientemente con la burguesía industrial o bancaria del Volks-par­tei. Herr Schacht es asaz poderoso para prevale­cer sobre el Ministro de Finanzas del partido más fuerte del Reichstag. Los millones de votos del partido socialista no pesan bastante al lado de la autoridad de este fiduciario implacable de la burguesía. Todo esto en régimen de estricta de­mocracia y sufragio universal.

 

La interinidad del ministerio Müller estaba prevista desde las difíciles gestio-nes de su cons­titución. Como todo ministerio de coalición en‑

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 28 de Diciembre de 1929, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

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tre fuerzas distintas y opuestas, el de Müller reposa en un compromiso pre-cario. Que los socialistas intenten ejecutar cualquier plan que toque seriamen-te algún grueso interés capitalista. El partido popularista les notificará sin de-mora la imposibilidad de contar con sus votos en el Reichstag.

 

Con la esperanza de salvar la coalición del naufragio, los socialistas se han avenido a echar por la borda a Rudolf Hilferding. El sacrificio de este Jonás meticuloso y escéptico, que no irá a predicar a ninguna Nínive capitalista, no conjura ni resuelve el verdadero problema. Lo que a la industria y la banca representadas electoral y parlamentariamente por el Volkspartei les in­teresa no es que la social-democracia sacrifique a Hilferding, sino que sacrifique íntegra y radi­calmente al socialismo. Con la misma condición gobierna en la Gran Bretaña el Labour Party y su elocuente pastor Mr. Mac Donald.

 

Los nacionalistas, como lo demuestra el ple­biscito contra el plan Young, están batidos. Esto también lo ha decidido, sin deliberación explíci­ta y visible, la burguesía de Schacht a la que también podríamos llamar en lenguaje más uni­versal la burguesía de Stresseman. El pangerma­nismo y la revancha constitu-yen un programa inoportuno y romántico para la industria alema­na, que, sin mucha nostalgia, se ha pronunciado por el ahorro resuelto de la monarquía. Los más incandescentes nacionalistas no significan una amenaza para la República.

 

Y, en tanto, las incógnitas de la estabilización capitalista, vale decir de la colaboración de cla­ses, residen siempre en la economía. Los parti­dos burgue-ses de Alemania, y aun el partido so­cialista, han anunciado demasiadas veces la li­quidación inminente y definitiva del partido co­munista por dispersión de sus masas. Pero, como

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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lo han demostrado recientemente las elecciones municipales de Berlin, mien-tras la desocupación siga arrojando obreros a la calle, a la extrema izquierda no le costará mucho esfuerzo mante­ner y aumentar sus efectivos electorales.

 

 

LA CRISIS DOCTRINAL DEL SOCIALISMO

 

"Monde" ha abierto una nueva encuesta, desti­nada a lograr más extensa re-sonancia que la de la literatura proletaria, que tanto contribuyó a la rápida popularización internacional del sema­nario fundado y dirigido por Henri Barbusse, con la contribución ilustre de hombres como Einstein, Gorki, Unamuno. Las encuestas, en la mayoría de los casos, no sirven lealmente al es­clarecimiento de una cuestión. Los periódicos y las revistas de partido no pueden conducir una encuesta con suficiente rigor. Las amañan gene­ralmente de acuerdo con la tesis que les intere­sa sacar victoriosa. Las encuestas, por esto, se encuentran bastante desacreditadas. Pero no por ser encuestas, sino más bien por no serlo. La característica de las encuestas de "Monde" es su recta intención, su severo esfuerzo por ser seriamente, verdaderamente, en-cuestas. El espíritu de "Monde", el estilo de "Monde", es en gran parte, en casi todas sus páginas, un espíritu y un estilo de encuesta. "Monde" quiere enseñar a sus lectores a juzgar por sí mismos. Es una revista de izquierda, dirigida a un público muy vasto y va­riado, cuya razón de existir reside precisamen­te en esta aptitud de comunicarse con una cate­goría muy amplia e internacional de lectores.

 

La nueva encuesta se propone indagar los fac­tores y aspectos de la "crisis doctrinal del so­cialismo". Esta crisis resulta, a juicio de "Monde", de que "los teóricos, encontrándose delante de una avalancha de hechos nuevos, los inter-pre­tan diferentemente". El socialismo del siglo XX

 

 

 

 

 

 

 

 

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tiene muchos hombres eminentes; pero no tiene ninguno tan genial como Marx que haya reali­zado el mismo prodigioso trabajo de síntesis e interpre-tación. Lenin ha desaparecido de la escena prematuramente. Las tareas de la revolu­ción rusa no le habrían dejado, además, tiempo ni energías para el exa-men de la situación mun­dial con absoluta consagración de estudioso. A Lenin le tocó un rol de realizador, de político más que de ideólogo. Una encuesta no puede pretender ciertamente, remediar todo esto. No aspira sino a promover un debate concreto.

 

"Monde" abre la encuesta con un artículo de Henri de Man, el autor de Más allá del Marxis­mo. Es de suponer que no se reconoce a de Man ninguna prioridad como revisionista para iniciar la discusión. "Monde" ha consultado a otros revi­sionistas: Vandervelde, Renner, etc., cuyas respuestas no se han publicado las primeras, segu­ramente por no haber llegado a la dirección de "Monde" antes de la de Henri de Man.

 

Si la encuesta sirve para que el estudio de las cuestiones fundamentales se enriquezca con algu­nas comprobaciones nuevas y válidas y para que gane más hondamente la atención de los inte­lectuales, "Monde" habrá logrado plena-mente su objeto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA LUCHA DE LA INDIA POR LA INDEPENDENCIA NACIONAL*

 

 

El más fácil pronóstico sobre las perspectivas de 1930 es el de que este año señalará una etapa culminante del movimiento nacionalista hindú. La reunión del Congreso Nacional Hindú está ro­deada de la más grande expectación mundial por la gravedad de las decisiones que esta vez le to­cará tomar. Desde hace dos años la lucha por la emancipación nacional de la India ha entrado en una fase de decisiva aceleración.

 

Las deliberaciones del Congreso Nacional reu­nido en Madras en diciembre de 1927 tuvieron un acentuado tono revolucionario. Malgrado la resistencia abierta o disfrazada de líderes moderados, propugnadores de una política tran-saccio­nal, el Congreso se pronunció en esa oportunidad a favor de la completa independencia de la In­dia. Aprobó también el Congreso una moción de soli-daridad con los revolucionarios chinos y con la Liga Mundial contra el Impe-rialismo, en cuyo segundo congreso, celebrado en Francfort en Ju­lio de 1929, las masas revolucionarias hindúes han estado conspicuamente representadas.

 

El año de 1928 se caracterizó por la agitación del proletariado industrial de Calcuta y Bombay, focos de la acción sindical hindú. Centenares de miles de obreros de las fábricas de tejidos reafirmaron en las jornadas de 1920 un pro-grama clasista. Este proletariado es, sin duda, el que desde el primer congreso sindical pan-hindú de

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 1° de Enero de 1930.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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octubre de 1928 comunica un sentido de clase, un fondo social y económico al movimiento na­cionalista de la India.

 

El gobierno de Baldwin encargó a una comi­sión parlamentaria, en el mismo año, el estudio de la cuestión hindú y la proposición de las me­didas que la Gran Bretaña debe adoptar. El nom­bramiento de esta comisión significa el recono­cimiento de la insuficiencia y del fracaso de la reforma con que la Gran Bretaña creyó cumplir en 1919 las promesas hechas a la India, como a todas sus colonias, durante la guerra, para ase­gurarse su cooperación y obediencia. Los orga­nismos nacionalistas acordaron el boycott de esta comisión, de la que la India no podía esperar sino una morosa encuesta y algunas tardías su-gestiones. La comisión Simon fue recibida con demostraciones hostiles, trá-gicamente selladas por la muerte del gran líder nacionalista Lala Lajpat Rai, a consecuencia de los maltratos sufridos en manos de la policía inglesa.

 

Lala Lajpat Rai, o Lalaji como se le llamaba usualmente, a los 63 años, con una foja de servi­cios políticos eminentes de cuarenta años, podía haberse abstenido de concurrir personalmente a las protestas de su pueblo contra la nueva ma­niobra del imperialismo británico. Pero hombre de acción ante todo, tenía que entregar a la cau­sa de la libertad hindú sus últimas energías. Par­ticipó en persona en la manifestación con que el pueblo recibió a Mr. John Simon y sus acom­pañantes en la estación de Lahore el 30 de Octu­bre de 1928. Los golpes de los policías ingleses causaron su muerte el 17 de Noviembre. Todos los adalides de la India lo despidieron con emo­cionadas y reverentes frases de reconocimiento de su obra. Rabindranath Tagore, Mahatma Gan­dhi, Motilal Nehru, tradujeron con elocuencia concisa el sentido del pueblo hindú.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El Congreso Nacional Hindú, cuyas resolucio­nes son aguardadas esta vez con tanta ansiedad, no ha surgido, como se sabe, directamente de la agitación de las masas nacionalistas. Durante largos años, prevaleció en él un espíritu fa-vora­ble a los intereses de la Gran Bretaña. Era una asamblea de la burguesía hindú, que tenía su origen en los sentimientos del sector liberal de ésta, pero a la que el Imperio Británico, cuyo poder en la India se apoyaba en la colabora-ción de las castas privilegiadas y de la riqueza, pudo mirar por mucho tiempo sin aprehensión.

 

Pero, a medida que la corriente nacionalista empezó a acentuarse y precisarse, y a movilizar a las masas, la actitud del Congreso Nacional Hindú frente a la dominación británica cambió completamente. En 1918 el Congreso tomó una posición revolucionaria. En los años siguientes, siguió la política de Gandhi y adoptó la fórmula de la no cooperación. Las fallas de este progra­ma, en cuya aplicación retrocedió el propio Gan­dhi, alarmado por los actos de violencia de la multitud, han demostrado luego a las masas la absoluta necesidad de una línea nueva. Al ensan­charse las bases del Congreso, que representa en cada reunión un número mayor de sufragios, las reivindicaciones de las masas han comenzado a pesar cuantiosamente en sus deliberaciones. El partido obrero y campesino, organizado en los dos años últimos, y cuya fuerza es un índice del declinamiento del gandhismo, actúa activamente en el seno del Congreso. La derecha colabora­cionista, pierde terreno y autoridad fatalmente, a pesar de que Gandhi y sus partidarios, me­diando entre los dos sectores extremos, pro-lon­gan la táctica de compromiso y la esperanza en las concesiones británicas. Precisamente en el Congreso de Calcuta, hace un año, la tendencia derechista hizo un esfuerzo por predominar, con un proyecto que establecía la autonomía dentro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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del Imperio. Pero los partidarios de la indepen­dencia total insurgieron vigo-rosamente contra esta maniobra. Y la derecha tuvo que limitar el alcance de su propuesta, fijando un plazo de un año para su realización.

 

En estas condiciones, se reúne hoy el Congre­so. El año previsto ha trascu-rrido. La comisión Simon no ha hecho conocer aún sus conclusio­nes. Una declaración del Virrey de la India anun­ciando el propósito del Gobierno de conceder a la India el régimen de un Dominio, ha provocado la protesta de liberales y conservadores, que acusan al gobierno laborista de proceder como si no existiera la comisión Simon. Los laboris­tas se han visto obligados a atenuar al mínimum la declaración de Lord Irwin. La Gran Bretaña les regatea a los hindúes el estatuto del Domi­nio, en plena creciente del movimiento naciona­lista por la emancipación completa. En las labo­res preparatorias del Congreso, Gandhi ha reasumido un rol ponderador. Pero esta vez la exis­tencia en el Congreso de una fuerza revoluciona­ria compacta, apoyada en las masas obreras y campesinas, y el desprestigio de las fórmulas conciliadoras, están destinados a imprimir un nuevo curso a los debates. El primer voto del Con-greso lo evidencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LOS VOTOS DEL CONGRESO NACIONAL HINDU*

 

 

Habría que ignorar toda la historia de la lu­cha del pueblo hindú por su inde-pendencia na­cional en la etapa que comienza en 1918, para sorprenderse del voto del Congreso Nacional de la India reunido en Lahore. El Congreso Na-cio­nal, al que las declaraciones británicas tratan de restar autoridad ahora porque ha cesado de ser una asamblea de espíritu colaboracionista, aus­piciada semi-oficialmente por los funcionarios del Imperio, no ha llegado a este voto, sino a través de una serie de experiencias, determinadas por el movimiento de las masas.

 

El primer paso positivo de esta asamblea ha­cia la emancipación de la India fue el de estable­cer en 1916 el acuerdo entre mahometanos e hin­duístas. La corriente nacionalista revolucionaria dominó en 1918 en el Congreso en forma que pa­recía anunciar una decidida lucha por la eman­cipación. Pero era esa la época de irresistible creciente del gandhismo. Las masas estaban ba­jo la sugestión de Gandhi, que se proponía obte­ner el triunfo de la causa swara-jista mediante la desobediencia civil. Repetidas veces se aplazó la aplicación de esta medida, destinada, no obs­tante su carácter pasivo, a conducir al pueblo hindú a un conflicto abierto con sus opresores. Pero este efecto contrarió a Gandhi, a quien las primeras escenas de violencia disgustaron como un ho-rrendo pecado. En los años siguientes a

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 4 de Enero de 1930, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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1924 el gandhismo tomó el carácter de una ex­periencia mística más bien que de un movimien­to político. Pero el anhelo de libertad vigilaba en las masas y la lucha de clases aseguraba la par­ticipación activa y resuelta del proletariado en la batalla por la independencia, que adquiría de este modo un sentido económico-social. Los ele­mentos de la burguesía hindú, partidarios de una reforma moderna que entregase a su clase el po­der, dentro del Imperio britá-nico, creyeron que era el momento de buscar una fórmula transac­cional. Mas la presión de las masas no dejaba de actuar sobre los debates del Congreso Nacional y sobre el partido swarajista. Y la reivindica­ción de la independen-cia completa se afirmó vic­toriosa en su reunión de diciembre de 1927. Un año después, el Congreso limitaba a un año el plazo dentro del cual aceptaba la autonomía den­tro del Imperio.

 

No debe olvidarse que los dos últimos años han sido de agitaciones de masas; a los movi­mientos huelguísticos de Bombay y Calcuta si­guieron en 1928 las demostraciones hostiles con que fuera recibida la comisión británica presidi­da por Mr. John Simon.

 

Hoy el Congreso Nacional, a propuesta de un líder como el Mahatma Gandhi a quien nadie tachará sin duda de violento, ha proclamado la independencia absoluta de la India, porque a esto la comprometían, en términos perentorios, sus propias anteriores deliberaciones y porque en este sentido se pronuncian, con energía cada vez más visible, las clases trabajadoras y campesinas. Los ingleses fingen subestimar el valor de este voto, con argumentos tan artifi-ciales como el de que este Congreso carece de facultades legales. Evidente-mente, no es compatible con el régimen colonial que pesa sobre la India el funcionamien­to de un parlamento del pueblo hindú de reco­nocidos poderes legislativos. Pero este Congreso

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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no por eso representa menos a las masas hin­dúes. El imperialismo se apresta a resistirlas en las fábricas, en las ciudades industriales, que se­rán los centros principales de la lucha revolucio­naria. Y la izquierda reclama la movilización inmediata de los sindicatos obreros.

 

El Congreso ha resuelto el boycott de las le­gislaturas provinciales. A estos burlescos consejos legislativos de provincias se reducía la parti­cipación que la constitución vigente de la India, implantada en 1919, concedía a los hindúes en la administración de su país. Su función es puramente consultiva, por lo que estuvieron siempre boycoteados por los nacionalistas. El número de elec-tores es, además, conforme a la ley, muy res­tringido. Con estas asambleas, serán boycoteados los cuerpos que asisten al gobernador en la ad­ministración de cada una de las nueve provin­cias de la India, pero cuyas decisiones pueden ser revisadas y contrariadas por el Virrey, su­prema autoridad.

 

El propósito de prolongar las sesiones del Congreso, que conforme a la cos-tumbre debería terminar sus labores el 19 de enero, es un dato significativo de la intención de la asamblea de no detenerse en una proclamación platónica de la independencia de su país.

 

 

EL GOBIERNO DE NANKING CONTRA LA EXTRATERRITORIALIDAD

 

Otro aguinaldo para el imperialismo británico en particular y para las poten-cias beneficiadas por el régimen de extraterritorialidad en gene­ral, ha sido la abrogación de esos privilegios por el gobierno de Nanking. No hay que ver, por supuesto en este acto, un signo de la voluntad re­volucionaria del gobierno de Nanking de poner en práctica el programa nacionalista que Chang Kai Shek renegó desde su golpe de estado. El

 

 

 

 

 

 

 

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derecho de extraterritorialidad, —que sustrae a los súbditos de los más pode-rosos Estados del mundo, con excepción de la U.R.S.S. que renun­ció expre-samente a todos estos privilegios, res­ponsables de un delito cualquiera a la acción de la justicia china y coloca en cambio todo acto en daño de sus inte-reses bajo el fuero de sus pro­pios jueces—, irrita y ofende profundamente al pueblo chino. Todas las ofensivas que ha tenido que afrontar hasta hoy el gobierno de Nanking, contra el cual una parte de la China sigue en ar­mas, reconocen su origen en el abandono de los principios de la revolución por Chang Kai Shek y sus colaboradores. César Falcón, comentando la situación del gobierno de Nanking, observaba recientemente que si el gobierno britá-nico hu­biese aceptado negociar sobre la extraterritoria­lidad, lo habría refor-zado. Negándole toda chan­ce en esta reivindicación, lo disminuía y debili­taba ante el pueblo. Las insurrecciones encon­traban un terreno favorable.

 

Son, pues, razones de política interna, las que mueven a Chang Kai Shek a batirse diplomáticamente por la extraterritorialidad. Su declaración ha sido posible, porque una profunda exigencia de las masas la demanda desde hace mucho tiem­po. Este hecho es garantía de que la China no retrocederá en la resolución adoptada. La extraterritorialidad está en crisis definitiva. Su anu­lación forma parte del proceso de la lucha anti-imperialista en ese país.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL TRAMONTO DE PRIMO DE RIVERA*

 

 

Con escepticismo de viejo mundano, no exen­to aún del habitual alarde fan-farrón, el Marqués de Estella prepara su partida del poder. El año 1930 seña-lará la liquidación de la dictadura mi­litar, inaugurada con hueca retórica fas-cista hace seis años.

 

Estos seis años de administración castrense debían haber servido según el programa de Pri­mo de Rivera, para una completa transforma­ción del régimen político y constitucional de Es­paña. Pero ésta es, precisamente, la promesa que no ha podido cumplir. Después de seis años de vacaciones, no muy ale-gres ni provechosas, la monarquía española regresa prudentemente a la vieja legalidad. El proyecto de reforma constitu­cional, boycoteado por los partidos, ha sido aban­donado. Primo de Rivera no ha podido persua­dir al rey de que debe correr hasta el final esta juerga. El rey prefiere restaurar, con gesto arre-pentido, la antigua constitución y los anti­guos partidos. A este mísero resulta-do llega una jactanciosa aventura que se propuso nada menos que el entierro de la vieja política.

 

Unamuno puede reír del tragicómico acto final de esta triste farsa con legíti-mo gozo de profeta. Los que encuentran siempre razones para vivir al minuto, pensando que "lo real es ra­cional", declararon exagerada y hasta ridícula la campaña de Unamuno en Hendaya. El filósofo de Salamanca, según ellos, debía comportarse con más diplomática reserva. Sus coléricas requisi‑

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 11 de Enero de 1930, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

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torias no les parecían de buen tono. Ahora quien da "zapatetas en el aire" no es el gran desterra­do de Hendaya. Es el efímero e ineficaz dicta­dor de España que, en el poder todavía, hace el balance de su gobierno frustrado. Sirvió hace seis años a su rey para una escapatoria de mo­narca calavera. Y ahora su rey lo licencia, para volver a la constitucionalidad.

 

La dictadura flamenca del Marqués de Este­lla no ha cumplido siquiera el propósito de jubi­lar definitivamente a los viejos políticos. Los más acatarra-dos liberales y conservadores se aprestan a reanudar el rutinario trabajo inte­rrumpido en 1923. Primo de Rivera es un jugador que ha perdido la partida. No jugaba por cuenta suya, sino por la del rey. Y Alfonso XIII no le ha dejado al menos terminar su juego.

 

LA CONFERENCIA DE LA HAYA

 

La nueva conferencia de La Haya relega a se­gundo término a los diplomáticos de la paz capi­talista. Esta vez es Tardieu y no Briand quien tiene la palabra a nombre de Francia. Mientras Tardieu exige la inclusión en el protocolo sobre el pago de las reparaciones de las sanciones mi­litares que se adoptarán en caso de incumpli­miento de Alemania, Briand prepara las frases que pronunciará en Ginebra, en el Consejo de la Liga de las Naciones. Los propios delegados financieros pasan a segundo término. Tárdieu necesita satisfacer el naciona-lismo del electorado en que se apoya su gobierno. Y hasta ahora, a lo que parece, los antiguos aliados de Francia lo sostienen. Briand ha quedado des-plazado del puesto de responsabilidad. Tardieu ensancha sus poderes en el ministerio que preside y en el que desempeña la cartera del Interior. Nego-ciador del Tratado de Versalles, le toca hoy firmar el protocolo que pone en vigencia, ligeramente re‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tocado, el plan Young para el pago de las repa­raciones. Hace doce años, en Versalles, le habría sido difícil prever que el capítulo del arreglo de las repa-raciones resultase tan largo. Tal vez, en sus previsiones íntimas de entonces, su propia ascensión a la jefatura del gobierno aparecía calculada para mucho antes de 1929. El gobierno alemán, en visible crisis desde la renuncia de Hilferding, sacrificado al implacable director del Reichsbank, puede regresar seriamente disminui­do en su prestigio a Berlín, si Tardieu obtiene en La Haya la suscripción de sus condiciones.

 

 

LA LIMITACION DE LOS ARMAMENTOS NAVALES

 

En otra estación se encuentra el debate sobre la limitación de los armamentos navales de las grandes potencias. La conferencia de las cinco potencias ven-cedoras en la guerra mundial, -Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón, Francia e Italia-, que se reunirá en Londres no cuenta con más base de trabajo que el entendimiento anglo-americano. Para arribar a un acuerdo de las cinco poten-cias, hace falta todavía concertar las reivindicaciones del Japón, Francia e Italia entre sí y con el equilibrio y la primacía de las escuadras de la Gran Bretaña y Estados Unidos. El Japón aspira una proporción mayor de la que estas dos potencias le han fijado. Francia resis­te a la supresión del submarino como arma na­val. Italia reclama la paridad franco-italiana. An­teriormente, Italia era también favorable al submarino; pero conforme a los últimos cable-gra­mas parece ahora ganada a la tesis adversa. En cambio, se muestra irre-ductible en cuanto al de­recho a tener una escuadra igual a la de Fran­cia. Este derecho, por mucho tiempo, sería sólo teórico. Su uso estaría condicionado por las po­sibilidades económicas del país. Mas el gobierno fascista considera la paridad como una cuestión

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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de prestigio. Un régimen que se propone resti­tuir a Italia su rol imperial, no puede suscribir un pacto naval que la coloque en un rango infe­rior al de Francia.

 

Francia, a su vez, sentiría afectado su presti­gio político por la paridad de ar-mamentos na­vales con Italia. Aceptar esta paridad sería consentir en una disminución de su jerarquía de gran potencia o convenir en la ascensión de Ita­lia al lado de una Francia estacionaria no obs­tante la victoria de 1918. Tardieu no es el gober­nante más dispuesto a este género de concesio­nes que podrían comprometer su compósita ma­yoría parlamentaria.

 

Las perspectivas de la conferencia son, por tanto, muy oscuras. No existe sino un punto de partida: el acuerdo de los Estados Unidos y la Gran Bretaña para dividirse la supremacía ma­rítima. Y, por supuesto, no es el caso de hablar absolutamente de desarme.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL DR. SCHACHT Y EL PLAN YOUNG*

 

 

Los delegados de Alemania han tenido que aceptar, en la segunda conferencia de las repa­raciones, el plan Young, tal como ha quedado después de su reto-que por las potencias vencedoras. Esto hace recaer sobre el ministerio de coa-lición y, en particular sobre la social democracia, toda la responsabilidad de los compromi­sos contraídos por Alemania en virtud de ese plan. El doctor Schacht, presidente del Reichs­bank, ha jugado de suerte que aparece indemne de esa responsabilidad. La burguesía industrial y financiera estará tras él, a la hora de benefi­ciarse políticamente de sus reservas, si esa hora llega. El senti-miento nacionalista es una de las cartas a que juegan la burguesía en todos los países de Occidente, a pesar de que los propios intereses del capitalismo no pueden soportar el aislamiento nacional. La subsistencia del capita­lismo no es concebible sino en un plano interna­cional. Pero la burguesía cuida como de los re­sortes sentimentales y políticos más decisivos de su extrema defensa del sentimiento nacionalista. El doctor Schacht ha obrado, en todo este proceso de las reparaciones, como un representante de su clase.

 

 

LA REPÚBLICA DE MONGOLIA.

 

Cuando el gobierno nacionalista, revisando apresuradamente la línea del Kuo Ming Tang despidió desgarbadamente a Borodin y sus otros

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 18 de Enero de 1930, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

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consejeros rusos, las potencias capitalistas a­ludaron exultantes este signo del definitivo tra­monto de la influencia soviética en la China. El ascendiente de la diplomacia soviética, la presen­cia activa de sus emisarios en Cantón, Peking y el mismo Mukden, eran la pesadilla de la políti­ca occidental. Chang Kai Shek aparecía como un hombre providencial porque aceptaba y asumía la misión de liquidar la influencia rusa en su país.

 

Hoy, después del tratado ruso-chino, que po­ne término a la cuestión del ferro-carril orien­tal, la posición de Rusia en la China se presenta reforzada. Y de aquí el recelo que suscitan en Occidente los anuncios de la próxima creación de la República Soviética de la Mongolia. La Mongolia fue el centro de las actividades de los rusos blancos, después de las jornadas de Kol­chak en la Siberia. Empezó luego, con la pacifi­cación de la Siberia y la consolidación en todo su territorio del orden soviético, la penetración natural de la política bol-chevique en Barga y Hailar. En este proceso, lo que el imperialismo capitalis-ta se obstina en no ver es, sin duda, lo más importante: la acción espontánea del senti­miento de los pueblos de Oriente para organi­zarse nacionalmente, que sólo para la política soviética no es un peligro, pero a la que todas las políticas imperialistas temen como a la más som­bría amenaza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL PLAN YOUNG EN VIGENCIA*

 

 

Finalmente, los vencedores de Versalles han suscrito con Alemania una regla-mentación defi­nitiva del pago de las reparaciones. La reunión de La Haya, en que se ha concluido y firmado el acuerdo que pone en vigencia el Plan Young, no ha trascurrido sin incidentes. Un mes antes de la conferencia, el Dr. Schacht, director del Reichsbank, había insurgido contra las concesio­nes del gobierno a las potencias acreedoras, sos­teniendo que el régimen fiscal que imponían a Alemania no era el que convenía a la convalescencia de sus finan-zas. Actitud política, antes que financiera, la del Dr. Schacht, no aspiraba na-turalmente a detener a Alemania en la vía se­guida, sino a echar sobre el gabi-nete de coali­ción, y particularmente sobre el partido socialista, la responsa-bilidad de estos compromisos. El Dr. Schacht ha formado parte de la delega­ción alemana, aunque no haya sido sino para te­ner oportunidad de confirmar su posición indi­vidual.

 

El arreglo de las reparaciones quedó obteni­do, provisoriamente, con el plan Dawes. Desde entonces, los gobiernos interesados fijaron las líneas generales del sistema de amortización v distribución de la deuda alemana. Pero el plan Dawes, adoptado en instante en que era prema­turo decidir el monto de la indemnización alemana, había dejado pendiente esta cuestión. Era una solu-ción interina que hacía falta experimen­tar. Pero en esta solución interina estaban ya

 

 

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*Publicado en Mundial, Lima, 25 de Enero de 1930, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

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sancionados los principios que deberían carac­terizar el régimen de repara-ciones: ante todo, su funcionamiento bajo la tutela de la finanza norteameri-cana.

 

La estabilización capitalista empieza propiamente con el plan Dawes. Mien-tras Francia hu­biese continuado empeñada en exigir de Alema­nia el pago de las armadas que podía reclamar blandiendo el pacto de Versalles, habría sido vano todo esfuerzo por restaurar la economía ca­pitalista del Reich. No fue un azar que el plan Dawes siguiera a la ofensiva revolucionaria de 1923 en dos Estados del Reich. El plan Young significa, por consiguiente, la ratificación del es­tatuto de la estabilización capitalista, después de algunos años de expe-rimentación.

 

 

TARDIEU Y EL PARLAMENTO FRANCÉS

 

La mayoría parlamentaria de Tardieu ha ba­jado fuertemente en las últimas votaciones. Soplan vientos de fronda en el sector radical so­cialista. Pero de vuelta de La Haya, con el pro­tocolo del plan Young en el bolsillo, no puede esperar a Tardieu y su ministerio sino un voto de confianza, al que no negarán su adhesión mu­chos de los que se supone dispuestos a provo­car una crisis.

 

El gabinete Tardieu no habría podido cons­tituirse sin la abdicación tácita de las fuerzas que habrían debido oponérsele con extrema ener­gía. Tardieu, a su vez, sabe menager a este sector parlamentario. No ha ocupado la presiden­cia del Consejo con una explícita declaración fascista. Se ha hablado mucho de é1 como de un joven condottiero. Pero solícitamente, quienes más interesados están en sostenerlo, han recti­ficado los comentarios presurosos de quienes lo saludaban como al iniciador de una nueva po­lítica. "M. Tardieu —ha escrito M. Maurice Col‑

 

 

 

 

 

 

 

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rat— tiene más años y prudencia de las que le atribuyen ciertos historiógrafos. A su edad, ha­bría dicho Floquet, Bonaparte había muerto. Además, ningún gesto en su actitud, ningún tér­mino en sus decisiones traiciona la menor velei-dad de rebelión, la menor intención de disiden­cia. André Tardieu ha aparecido más bien como un heredero, como un sucesor, que como un insurgente. A ejemplo de M. Briand y de M. Poin­card, ha tratado al principio de agrupar alrede­dor de él a las fuerzas republicanas y de formar un ministerio de conser-vación, ofreciendo siete carteras a los radicales-socialistas". Equivoco, com-promiso, transacción, —parlamentarismo para decirlo en una sola palabra— de una y otra parte. Tardieu no es el dictador con el que so­ñaban el snobismo y la teorización reaccionarias en Francia. No en vano su escuela ha sido la del parlamento y la del periodismo.

 

Su programa es, modestamente, sobre todo, un programa de policía. Su mi-sión, dar jaque mate, aun a costa de la tradición republicana y liberal de Fran-cia, a las fuerzas revolucionarias. Su política no significa ni puede significar una ruptura con el estilo parlamentario. Tardieu en la presidencia del Consejo es la reacción con ma­yoría parlamentaria, obtenida mediante un ex­perto y prudente juego de fintas y concesiones. Lo que caracteriza al gobierno de Tardieu es su función policial, su técnica policial, su espíritu policial. Marcel Fourrier escribe en el último número de "La Revolution Surrealiste": "La policía es esencialmente un estado de espíritu de la bur­guesía". El minis-terio Tardieu es el más bur­gués, bajo este punto de vista, de los ministerios de la Tercera República.

 

Pero el parlamento mismo está permeado de este espíritu, que algunos llama-rán por disimulo de "defensa social", pero que es simplemente de "seguridad pública", en la acepción policial, co-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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rriente, del término. Y aquí reside todo el secre­to de la fuerza de Tardieu en el parlamento.

 

 

LA CONFERENCIA NAVAL DE LONDRES

 

Como un último homenaje a la clásica hege­monía naval de la Gran Bretaña, la reina de los mares, se celebra en Londres la conferencia en que las cinco prin-cipales potencias marítimas esperan ponerse de acuerdo respecto a la limita­ción o equilibrio de sus flotas. Acordada previamente entre los Estados Uni-dos y la Gran Bre­taña, la paridad naval de ambas potencias, lo primero que la conferencia va a sancionar es la defunción de la hegemonía naval inglesa.

 

Es posible que éste sea el único resultado fi­nal de la conferencia que entonces no habría ser­vido sino para refrendar y perfeccionar el enten­dimiento entre Estados Unidos y la Gran Breta­ña, logrado por Mac Donald en su visita a Wash­ington.

 

Los problemas más intrincados por resolver son, como se sabe, el de la pa-ridad naval de Francia e Italia, reivindicada por el gobierno ita­liano y a la que difícilmente podría renunciar la diplomacia fascista; el de la abolición de los submarinos, como arma de guerra, punto en el que Francia se ha mostrado siempre irreducti­ble y en el que sus intereses chocan inconcilia­blemente con los de Inglaterra; y el del progra­ma de armamentos navales del Japón, basado en sus miras en el Pacífico.

 

El ministerio laborista, batido en la Cámara de los Lores en la votación de la ley sobre seguro de los desocupados, se presenta a la Con­ferencia con dismi-nuida fuerza política. La In­glaterra tradicional, aristocrática, acaba de marcar su discrepancia con el laborismo, tan pávido y modesto sin embargo en la aplicación de su programa sobre los desocupados.

 

 

 

 

 

 

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LA JUVENTUD ESPAÑOLA CONTRA PRIMO DE RIVERA*

 

 

Otra vez, la juventud de las universidades es­pañolas se encuentra en acérrimo conflicto con la dictadura del general Primo de Rivera. La agitación univer-sitaria coincide esta vez con la crisis, definitiva al parecer, del gobierno que preside el Marqués de Estella que acaba de solicitar, según el cable, el sufra-gio de los capita­nes generales del ejército, la armada y la policía para saber si debe retener el poder.

 

La huelga universitaria de hace cerca de un

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 29 de Enero de 1930.

A propósito de la represión contra los intelectuales y estudiantes universitarios desatada por la dictadura de Pri­mo de Rivera, Amauta (Nº 22, abril de 1929) publicó, en la sección "Notas" de "Panorama Móvil" el texto siguiente:

"PRIMO DE RIVERA CONTRA ESPAÑA. La dictadu­ra de Primo de Rivera ha entra-do, con la crisis universita­ria, en un período de visible y escandalosa descomposición. Primo de Rivera parece dispuesto a cerrar una tras otra, todas las Universidades de España. Todo lo que se rebela contra su despotismo, está demás en España. Este es el principio de su política simplista y obscena. Por este camino, llegará Primo de Rivera, a la agresión, al ultraje a España entera.

"La monarquía acecha, sin duda, el momento de qui­tarle el hombro. Pero está tan compro-metida en la aventura dictatorial y absolutista, que ante cada oportunidad retrocede. Se sabe condenada a caer con Primo de Rivera. Su instinto de conservación, su miedo a la responsabilidad, la empuja irresistiblemente a emplear todas sus fuerzas en retardar esta caída. Por grande que sea la tendencia a la com­ponenda, el hábito de cortesanía, en los políticos españo­les, es imposible que prevalezcan sobre el inapelable juicio que la opinión mundial ha pronunciado contra el Rey y la monarquía. España republicana, España socialista, nacerán de esta crisis.

"Amauta envía su saludo fraternal a los estudiantes e intelectuales revolucionarios de España en su lucha contra la Reacción". (N. de los E.)

 

 

 

 

 

 

 

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año movilizó contra Primo de Rivera, con la vehemencia que todos recuerdan, la opinión de los estudiantes. La dictadura se halló de pron­to en incómoda lucha con la juventud del claus­tro, fallida totalmente la esperanza de enrolar fascísticamente a una parte de ésta, con una eti­queta más o menos romántica, en los rangos de la Reacción. Unamuno, el gran maestro de Sa­lamanca, saludó desde su destierro esta insu­rrección de la juventud española contra un ré­gimen que sólo por insensibilidad anacrónica o escepticismo precoz habría podido obtener la neutralidad o la resignación de esa juventud.

 

Los que se imaginaron que el régimen de Pri­mo de Rivera tenía las mismas posibilidades de duración que el régimen de Mussolini sólo por reposar como éste en la fuerza, negligían o ig­noraban uno de los aspectos fundamentales del fascismo: el romántico aislamiento de grandes contingentes de la juventud italiana bajo las banderas de Mussolini al canto de ¡Giovinezza, giovinezza!

 

El fascismo antes de ser una dictadura había sido un movimiento, un partido, una milicia. Sus condottieri, sus agitadores habían usado expertamente, en la excitación de la ju­ventud burguesa y pequeño-burguesa, un lenguaje d'annun-ziano y futurista que imprimía al fas­cismo un tono estrictamente nacional y le otor­gaba una tradición aunque no fuese política sino literaria o sentimental, en el proceso histó­rico de Italia. Primo de Rivera y sus eventua­les colaboradores, antes y después de su golpe de Estado, eran impotentes para un trabajo seme-jante.

 

Asistido por generales, nobles y bachilleres de muy mediocre inteligencia y nulo ascendien­te, Primo de Rivera no ha sabido maniobrar de suerte de ga-narse; por alguna vía indirecta al menos, cierto séquito en la juventud uni-versitaria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La juventud no es, necesariamente, revolu­cionaria. El doctor Marañón que en su último libro proclama como su primer deber la rebeldía, conviene sagaz-mente en que el ímpetu com­bativo de la juventud puede ponerse al servicio de una política reaccionaria. "Lo típico de la juventud —escribe— es la rebeldía, la noble di­ficultad con que acomoda el ritmo generoso de su vida que empie-za, al ritmo mesurado del ambiente; pero se concibe un joven, que se siente henchido de esta juventud y que sea, por lo tanto biológicamente joven, y que apliqué su rebeldía a sostener una causa profundamente antigua. Los camelots du roi, que en Francia lu­chan bravamente por un ideal incompatible con el tono de nuestros tiempos, como es el de re­sucitar en su país una monarquía reaccionaria, son todo lo anticuados que se quiera, pero tan legítimamente jó-venes como los comunistas que propugnan la implantación de un estado social fantástico de puro remoto. Y en nuestra patria podrían citarse muchos casos, algunos bien re­cientes (juventudes carlistas, juventudes conser­vadoras, jóve-nes de la Unión Patriótica, etc.) de cómo una auténtica juventud biológica florecía en gentes que sostenían criterios que trascen­dían a moho de vetustez". No es ésta la ocasión de rectificar el juicio que este párrafo contiene sobre el comunismo. En el hombre de ciencia y de cátedra, de espíritu liberal y hu-manista, que concede sin reservas al partido socialista de su patria, con un certificado de salud, un testimonio de simpatía y confianza, y que pre­dica como un ideal de su tiempo la eugenesia, la palabra comunismo puede susci-tar supersti­ciosas aprensiones, aunque la práctica del úni­co estado comunista del mundo —la U.R.S.S. — le enseñe que no existe entre los dos térmi­nos más conflicto que el originado por el cisma entre reformistas y revolucionario, y por la necesidad práctica eventual de distinguir es-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tos dos campos con dos rótulos diversos. Lo que viene a cuento subrayar es la negación de que la juventud emplee natural y espontáneamente su energía y su entusiasmo en una empresa revolucionaria.

 

La dictadura en España no ha sido apta ni aún para crearse un influyente equi-po intelec­tual. El estado de espíritu de una buena parte de los intelectuales, como lo atestigua la con­ducta de "La Gaceta Literaria" y de don José Or­tega y Gasset, le habría permitido asegurarse cierto activo consenso de la literatura y la cá­tedra, con sólo esquivar conflictos demasiado estridentes con ciertos fueros de la inteligencia. Pero Primo de Rivera no ha tenido esta habili­dad elemental. La insolvencia espiritual e ideológica de su régimen lo ha conde-nado a reiterados gestos de agravio y desacato contra toda ins­titución liberal. Su actitud contra los estudiantes en 1928 le acarreó, entre otras, la renuncia del propio Ortega y Gasset.

 

La presencia de los más autorizados maes­tros en las filas de la oposición, ha ejercido igualmente un fuerte influjo antidictatorial. La juventud española ha seguido, sin duda, las lec­ciones políticas de Marañón, Jiménez de Asúa, Bes-teiro, etc., más atentamente que sus leccio­nes científicas. Hay épocas en que la preocupa­ción política está por encima de todas las otras preocupaciones, por una exigencia que Mara­ñón llamaría tal vez biológica.

 

¿A dónde va España? se preguntan vigilantes críticos de la situación española. Si la huel­ga universitaria sirve para acelerar la descom­posición de la dictadu-ra, y con ella la de la mo­narquía, la generación estudiantil de 1930, en lucha con Primo de Rivera, entrará a los veinte años en la historia. Debut precoz que no signi­ficará ciertamente la inauguración de una po‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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lítica ni de un régimen de la "nueva generación", como con facilidad latino-americana se ambicio­naría en algún claustro de nuestro Continente en pareci-das circunstancias, sino el impulso de­sinteresado, instintivo, espontáneo, de los jó­venes en una vasta, larga y difícil batalla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA LIQUIDACION DE LA DICTADURA EN ESPAÑA*

 

 

Desde el instante en que Primo de Rivera abandonó el proyecto de dar a Es-paña una nue­va constitución y se resignó al restablecimiento del antiguo ré-gimen legal, estaba formalmente declarada la quiebra de la dictadura militar. El gobierno de Primo de Rivera no tenía ya objeto ni programa. Por boca de su propio condottiero, había aceptado su fracaso.

 

La dictadura de Primo de Rivera y sus con­sortes se había propuesto dar a España un nue­vo régimen constitucional. Con este pretexto, Primo de Rivera había retenido el poder, del que en el primer momento no había sido su in­tención aparente usufructuar sino por un breve plazo. Para estudiar y sancio-nar esta reforma, se había convocado a una asamblea nacional.

 

Cierto que esta asamblea había sido boicoteada por todos los grupos y fuerzas a los que se podía asignar alguna representación de la opi­nión ciudadana. Pero a un régimen menos en­deble le habría bastado una asamblea facciosa para acometer y cumplir la reforma constitucio­nal. Primo de Rivera habría, tal vez, tentado fortuna en este juego. Pero el Rey Alfonso se lo impidió, después de un período de fintas y vaci­laciones.

 

Se sabía, pues, que la liquidación de la dic­tadura de Primo de Rivera sería uno de los acon‑

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 1º de Febrero de 1930, en la sección "Lo que el cable no dice"

 

 

 

 

 

 

 

 

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tecimientos políticos de 1930. Este era el pronós­tico más fácil para los orá-culos de la política mundial. Pero no se creía que el plazo de esta liquidación fuese tan breve. Primo de Rivera ofrecía retirarse a mediados de año si los espa­ñoles no le daban motivo para hacerles sufrir por más tiempo su gobierno.

 

Mas un gobierno cuyas razones de vivir se encuentran ostensiblemente des-truidas, puede caer al primer accidente. Ningún plazo, en este caso, es válido ni posible. La presión de la opi­nión pública para echar abajo a la bamboleante y carcomida dictadura tenía que crecer verti­ginosamente sin, hallar ya en ella una seria vo­luntad de persistencia. La huelga universitaria, que preludiaba una decidida ofensiva popular, ha acelerado la ineluctable caída.

 

La liquidación completa de este episodio de la historia política de España, -la dictadura mi­litar-, que tiene su antecedente y preparación y otro episodio -las juntas de defensa- no puede operarse instantáneamente. Va a ser la función del gobierno presidido por el general Berenguer. La dictadura militar no ter-mina sino a medias con el retiro de Primo de Rivera. Entre el ré­gimen de experimentación fascista, tan desastro­samente ensayado por el Marqués de Estella, y el régimen que lo sucederá definitivamente es necesario un minis-terio de transición y transac­ción. Lo que no se puede fijar es la duración de este intermezzo. Los liquidadores o síndicos de una quiebra gubernamental toman a veces de­masiada afición a su tarea. Las interinidades suelen durar más de lo que su función o su ob­jeto conscienten prever.

 

La misión de las fuerzas conservadoras de la España actual es la defensa de la monarquía, fundamentalmente comprometida por el golpe de Estado de 1923. La responsabilidad de la dic-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tadura, como entre los primeros lo sostuvo Unamuno y como lo admitió a partir de la convoca­toria a la asamblea nacional un jefe conserva­dor como Sánchez Guerra, alcanza y comprende a la monarquía. El golpe de estado fue una traición al pacto en el que descansa la autoridad del Rey. El liberalismo, el republicanismo espa­ñoles se mostrarían excesivamente abdicantes y febles si no plantearan la cuestión de la respon­sabilidad real. De líderes parlamenta-rios como el Conde de Romanones, no cabe esperar eviden­temente actitudes de este género. Los liberales, los republicanos de España, a quienes se puede reconocer responsabilidad, autoridad y valor — Jiménez de Asúa, Marañón, etc.— empiezan a convenir en que en España sólo la política so­cialista tiene una función liberal y republicana. La actitud que asuma el partido socialista español, frente a la presente situación política, será por esto de una influencia decisiva. ¿Colabora­rán los socialistas en un retorno tranquilo a la vieja lega-lidad? ¿No aprovecharán el momento para reclamar una Asamblea Constitu-yente y una nueva Constitución? Unamuno ha denunciado, implacablemente, en sus artículos de Henda­ya, el interés del Rey en obtener el consenso de los partidos y los caudillos del viejo régimen pa­ra una política de "borrón y cuen-ta nueva".

 

El partido socialista español obedece casi completamente la dirección de una burocracia reformista que, bajo el régimen de Primo de Ri­vera, se ha com-portado con extrema tendencia a la conciliación o a la pasividad. Pero una si­tuación revolucionaria puede echar por la borda a esta dirección o imponerle la adopción de vo­ces de orden que tengan en cuenta el sentimien­to de las ma-sas. El boycott de la asamblea nacio­nal, el repudio de los planes de la dicta-dura, han sido posibles por la moción de una minoría que agitó a las masas del partido contra la tenden‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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cia de sus jefes al compromiso o a la neutrali­dad. Prieto, Menéndez y demás jefes de la opo­sición socialista no son, sin duda, propugnadores de una verda-dera línea revolucionaria. Todos los antecedentes de Indalecio Prieto se en­cuentran vinculados al parlamentarismo. Mas los efectos de su actitud en las masas del par­tido acusan la creciente voluntad de lucha de éstas.

 

La caída de Primo de Rivera es, ante todo, una victoria de los que, frente a su dictadura, asumieron una actitud de intransigente y tenaz resistencia, y, por esto mismo, es, ante todo, una derrota de los que, con el pretexto barato de que es el momento de los gobiernos dictatoriales, de los regímenes fascistas, se dispusieron prontamente a la cooperación. Más razón que todos los escép-ticos, que todos los oportunistas, que se preciaban de realismo, ha tenido frente a Primo de Rivera el idealismo obstinado de don Miguel de Unamuno, el esfuerzo oscuro y tesonero de los que han mantenido en el proletariado español, contra todos los consejos de resignación y prudencia, un vigilante sentimiento clasista. El régimen instaurado por el golpe de Estado de 1923 ha sido abatido por la acción de los que desde el primer momento se decidieron a ir "con­tra la corriente", de los que, a la zalamera invi­tación de Primo de Rive-ra para que participaran en su asamblea y en su reforma, respondie­ron con un terminante "no", de los que se atu­vieron en la lucha a este simple lema: "no cejar". Acción puramente negativa, sin duda, que no se ha propuesto la crea-ción de un nuevo ré­gimen. Por carencia de fuerzas afirmativas organizadas, la caída de Primo de Rivera no señala la primera jornada de una revolución. Pero una negación contiene a veces en potencia los elementos primarios de una acción positiva, creadora.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA POLITICA DE "BORRON Y CUENTA NUEVA" EN ESPANA*

 

 

El gobierno de Berenguer caracteriza bien los intereses y los propósitos del retorno a la constitucionalidad en España. El objeto de esta maniobra, a que se ha visto forzada la monar­quía ante la amenaza de una insurrección, se reduce al salvamento del régimen, seriamente comprometido por la aventura de Primo de Ri­vera. La elección de Berenguer para el gobierno de España en el período de liquidación de la dic­tadura, confirma y continúa el espíritu de la po­lítica que condujo a la monarquía al golpe de estado de 1923. Las razones de Estado de la suspensión del orden parlamentario y constitucio­nal residían en la cuestión de las responsabili­dades de la guerra en Marruecos, estruendo-samente agitada por la oposición, con inmensa re­sonancia en el pueblo. Es síntoma, por tanto, que el Rey eche mano de Berenguer, el general encausado por esas responsabilidades, para li­quidar la dictadura y restablecer la Constitu­ción. Berenguer, adversario o rival de Primo de Rivera, reúne para esta tarea condiciones que no se encontrarían en otro jefe del ejército. Es uno de esos generales de monarquía parlamentaria, relacionado políticamente con los li-berales y con­servadores que se turnan en la función ministe­rial. Alfonso XIII cuenta con que la opinión tendrá más en cuenta su oposición a la dictadu­ra que sus antecedentes de generalísimo de una campaña perdida.

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 8 de Febrero de 1930, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La vieja constitución resulta ahora el mejor y único baluarte de la monarquía. Primo de Ri­vera no asignó a su dictadura, sancionada y usufructuada por el Rey, otra empresa que la de derogarla y sustituirla. Pero fracasado este Em-peño, Alfonso XIII no dispone de arma más pre­ciosa para defender y con-servar el régimen.

 

La transición, conforme a las previsiones mo­nárquicas, debía haberse cum-plido más suavemente. Se tenía la esperanza de disponer del plazo de algunos meses para la preparación sentimental y práctica del cambio. Pero los acon­tecimientos, a última hora, se han precipitado, arrojando una luz demasiado viva sobre el fra­caso de la política del Rey. El cambio se ha operado de un modo brusco. Primo de Rivera se ha visto lanzado del poder. Ha sido ostensi­ble para todos el carácter de apresurado acto de salvamento de la monarquía que tiene la constitución del ministerio de Berenguer.

 

La composición del ministerio corresponde a su función. Si el gabinete de transición se hu­biese formado en condiciones normales de sua­ve restauración de la constitucionalidad, habrían aceptado colaborar en él algunas primeras figu­ras de los partidos monárquicos. Berenguer no ha podido obtener ni aun la participación ais­lada de Cambó, que se reserva para más altos destinos. Su gobierno está compuesto —salvo el Duque de Alba, personaje dinástico más bien que hombre político— por figuras secundarias del elenco constitucional.

 

Sin duda, el Rey Alfonso dispone de los diversos Bugallal v Romanones del viejo sistema parlamentario para la defensa de la constitución y de la monar-quía. Pero a estos mismos conse­jeros les habría parecido excesiva y prematura su presencia en un gobierno de transición, cons­tituido de manera festinatoria y violenta. Todos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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esos antiguos consejeros, además, han envejeci­do mucho políticamente du-rante la crisis del ré­gimen constitucional. La burguesía española se sentiría, por esto, más eficaz y directamente representada por un hombre como Cambó, que a la encarnación y entendimiento de los intereses políticos, une su agnos-ticismo doctrinario, su ca­rencia de escrúpulos liberales, su desdén de las fórmulas parlamentarias.

 

El manifiesto del Partido Socialista y de la Unión de Trabajadores es el do-cumento más im­portante y explícito de la serie de declaraciones políticas que han seguido a la caída de Primo de Rivera. El cable, al menos, no nos ha dado noticia de ningún otro de análoga responsabili­dad y beligerancia, aunque puede sospecharse fácilmente la existencia de alguna declaración de los co-munistas. Los socialistas han planteado, aunque en términos moderados, la cuestión del régimen. Han tomado posición contra Be­renguer, reafirmando su posición republicana. Los republicanos y reformistas se comportan con más prudente reserva. Para Melquíades Ál­varez, el único ideal posible es, cierta-mente, el regreso a un parlamentarismo acompasado y sedentario, en el que su elocuencia tenga por tur­nos la batuta. Pero falta aún saber si los ele­mentos que más beligerante actitud han mante­nido frente a la dictadura de Primo de Rivera, se conforman finalmente con una política de "borrón y cuenta nueva".

 

El manifiesto socialista puede ser el prelu­dio de una ofensiva contra el régi-men dinástico, lo mismo que puede quedar cómo una platónica actitud doc-trinaria. La palabra, ingrata a Alfon­so XIII, que debe sonar en las elecciones es la que ya en 1923 intimidó hasta el pánico a la Cor­te: "responsabilidades". ¿Exigirán los opositores, de filiación liberal o constitucional, el deslindamien-to y sanción de las responsabilidades

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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dictatoriales? España está en un intermezzo. Con la caída de Primo de Rivera, no ha concluido sino el primer acto de un drama cuyo desenlace no será por cierto el idilio parlamentario y cons­titucional con que sueñan los Melquíades Álva­rez en reposo.

 

 

SCHOBER Y MUSSOLINI

 

El coloquio entre Schober y Mussolini tien­de al entendimiento amistoso entre los fascistas de Italia y de Austria. La política reaccionaria reserva grandes sorpresas, ante todo, para el nacionalismo. Italia —y sobre todo Mussolini—ha mirado con recelo y disgusto el sentimiento pangermanista de los naciona-listas austríacos. Pero la solidaridad reaccionaria se sobrepone ahora a los odios racistas. El ejemplo italiano ha enseñado bastante a los reaccionarios aus­tríacos en su lucha contra los socialistas. Y la marcha a Viena —inspirada en la marcha a Roma— es para el fascismo austríaco el símbolo de la con-quista de la capital social-demócrata.

 

La diplomacia austríaca necesita orillar, en su pacto con la diplomacia roma-na, el peligro de resentir o alarmar a Alemania. No se sabe en qué forma este convenio tutelará los derechos de los austríacos de las tierras redentas, tan destempladamente tratados por el fascismo ita­liano. El nacionalismo de los reaccionarios es fácil y pronto al olvido. Lo evidente parece, en todo caso, que el fascismo austríaco se siente sentimental e históricamente más cerca del go­bierno imperialista de Italia, —tan despectivo con todo lo austríaco—, que del gobierno democrático de Alemania.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL INTERMEZZO BERENGUER*

 

 

La agitación política a que debe hacer frente en España el gobierno de tran-sición del general Berenguer, no ha tardado en cobrar un acentuado tono antimonárquico. Unamuno, recibido ju­bilosamente en España, a nada se ha apresurado tanto como a reafirmar su posición republi­cana. No habría podido tomar otra actitud, des­pués de sus vehementes campañas de Hendaya. Pero, probablemente, en los cálculos del resta­blecimiento del régimen constitucio-nal entraba cierta confianza de que la satisfacción por la caída de Primo de Rivera atenuase en los polí­ticos en ostracismo el enojo contra la monar­quía.

 

La dictadura de Primo de Rivera ha tenido el paradójico resultado de resucitar en España al Partido Republicano. Los socialistas habían ido desplazando, poco a poco, a los republicanos antes de esta crisis de la legalidad, de sus po­siciones electorales. Durante la dictadura, el Partido Socialista ha acrecentado su poder y su influencia. Pero, en parte, ha sido por el rol de­mocrático que su oposición le asigna en el futu­ro próximo de España. Más que un partido so-cialista desde el punto de vista de la mentali­dad y la ideología, es un partido demo-social-re­publicano. El republicanismo, el antimonarquis­mo es el as-pecto que más espectación enciende hoy en torno a su política. Y es lógico que en esta situación, los antiguos republicanos se sientan también llamados a jugar un rol. La dicta‑

 

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*Publicado en Mundial, Lima, 15 de Febrero de 1930, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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dura militar no miraba a otra cosa que a un retorno absolutista. Su fracaso reabre la cues­tión del régimen —la cuestión monarquía o república— que los partidos constitucionales creían definitivamente superada o abandonada, con el desarrollo de un movimiento socialista que trasladaba las reivindicaciones de las ma­sas al terreno económico y social.

 

La monarquía está comprendida en el proce­so a Primo de Rivera. El conde de Romanones ha hecho, según el cable, declaraciones que in­dican su preocu-pación respecto a la suerte del orden monárquico en España. A su juicio, los acontecimientos exigen una transformación del régimen. España necesita una monarquía cons­titucional, un orden parlamentario como el de Inglaterra. El viejo ideal de los monárquicos li­berales reaparece, en la mente y la práctica de éstos, como la fórmula salvadora. La subsisten­cia del régimen monárquico no tiene otra ga­rantía.

 

El gobierno de transición de Berenguer, como ya he tenido oportunidad de remarcarlo, asume el encargó de liquidar la dictadura militar: pero es todavía la continuación de esta dictadura, con nuevo personal y diverso programa. La le­galidad no está restablecida. El objeto de este gobierno es la normalización; pero la normali­zación no puede obtenerse por decreto real. La suspensión parcial de la constitución se mantie­ne vigente. Berenguer, por ejemplo, tiene que seguir usando la censura de la prensa. La agita­ción de los partidos y las masas lo coloca fren­te a una grave cuestión de procedimiento: ¿Pue­de su gobierno autorizar o tolerar, inmediatamente, mítines, manifiestos, campañas que son, legalmente, normales? Si la Constitución conti­núa en suspenso, si los derechos de reunión, de prensa, de asociación, no son restituidos al pue­blo, ¿cómo podrá hablarse de restablecimiento

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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de la legalidad? Las medidas restrictivas, en ins­tantes de efervescencia popu-lar, provocarán protestas. Y éstas, a su vez, incitarán al gobierno a la repre-sión.

 

Cuando las condiciones políticas de un país llegan a este punto, la revolución puede comenzar en un tumulto. Después de una aventura como la de Primo de Rivera, la vuelta a la Cons­titución no puede cumplirse sin riesgos. Los parti-dos de oposición entienden, lógicamente, la de­rrota del dictador como su propia victoria. Los victoriosos no se conforman fácilmente con que a la hora de la paz se les escamotee las venta­jas de la derrota, del fracaso del enemigo. Las cosas se complican con la complicidad notoria de Alfonso XIII, con su interés personal en el golpe de Estado del Marqués de Estella.

 

La monarquía, ante la bancarrota de la po­lítica de Primo de Rivera, ha ofre-cido para sal­varse la vuelta lisa y llana a la Constitución. Esto es todo lo que la monarquía puede prometer. Pero es mucho más lo que la oposición se en­cuentra con derecho y con fuerzas para recla­mar. El conde de Romanones, viejo y astuto ser­vidor del régimen, pide que la monarquía se convierta en una monarquía liberal del tipo inglés. Es la reivindicación de un cortesano y de un parlamentario, la reivindicación mínima. Los republicanos quieren la Repú-blica; los socialistas denuncian la incompatibilidad de la monarquía actual con un orden democrático. Lo que las masas demandarán en la calle, en los comi-cios, si se les consiente formular públicamente sus desiderata, será no unas Cortes ordinarias, nor­malizadoras, sino una Constituyente. Quien dice Consti-tuyente, en las presentes circunstancias, dice Revolución.

 

El segundo acto de este drama, después del intermezzo Berenguer, si las fuer-zas republica‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nas y socialistas no son en España suficientemente activas y eficaces para empujar al país por este camino, puede ser, por ende, la dictadura absolutista. Ya se ha hablado de la inten­ción de Alfonso XIII de jugar, eventualmente, a la misma carta que Alejandro, el Rey de Yugoes­lavia. La Unión Patriótica, en previsión de las emergencias posibles, no desarma sus cuadros. Berenguer, conforme a un cablegrama último, se ha visto obligado a telegrafiar a los capi-ta­nes generales del reino "recordándoles que la función militar es incompati-ble con la actuación política y que, en consecuencia, los militares que actua-ban en el partido de la Unión Patriótica deben abandonar esa labor política".

 

¿Quiénes obrarán más enérgica y prontamen­te? ¿Los agentes de la reacción batidos en la ba­talla de Primo de Rivera, o las fuerzas de la re­volución, sor-prendidas por los acontecimientos y carentes de una organización de com-bate?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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TARDIEU BATIDO*

 

Cuando un gabinete descansa en la estrecha mayoría de la combinación Tardieu-Briand, no es posible sorprenderse de que caiga de impro­viso, batido accidentalmente por un voto adver­so del parlamento en una votación ordina-ria. Se asignaba, prematuramente, a Tardieu la misión de inaugurar en Francia una política fuerte que significara, entre otras cosas, la liquidación del viejo parlamentarismo. Tardieu mismo declaró su confianza en la larga duración de su gobier­no. Su programa reclamaba para su ejecución al menos cinco años.

 

Pero la composición de la cámara no autori­zaba este optimismo. Tardieu, en realidad, no ha hecho con esta cámara sino una política poin­carista. La Ter-cera República no ha salido to­davía de una era que trascurre, gubernamental-mente, bajo el signo de Poincaré. El gabinete Tardieu estaba obligado a un difícil equilibrio, que no ha tardado en fallar al primer paso en falso del Ministro Cheron.

 

Sin duda, la repentina crisis no excluye la posibilidad de que Tardieu presida el nuevo ga­binete. Pero es evidente, que no podrá asumir esta tarea sin com-promisos que ensanchen la base parlamentaria del gobierno. La atenuación de la fisonomía fascista, derechista, de la fór­mula Tardieu será la primera coa-lición de una tregua o un entendimiento con los radicales-socialistas. Tardieu no puede aspirar a más que

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 22 de Febrero de 1930, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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a la sucesión de Poincaré, si quiere ganar la confianza de la pequeña bur-guesía francesa, rea­cia a la experimentación de cualquier mussoli­nismo altisonante y megalómano.

 

El hecho de que, apenas producida la crisis, reaparezca en la escena Poincaré, si no como or­ganizador del nuevo gobierno, como consejero principal y deci-sivo de la fórmula a que se ajus­tará, está adelantado el espíritu poincarista de la receta gubernamental y parlamentaria que se va a aplicar.

 

Tardieu representa, sobre todo, en el gobier­no, un método policial. Ha ascen-dido a la presi­dencia del Consejo por las gradas del Ministerio del Interior. Es el funcionario impávido que demanda en ese puesto la alarma de los Coty, la aprehensión de una burguesía exonerada de los principios de la gran Revolu-ción, la algazara de todos los que especulan sobre el pánico de los rentistas y los tenderos, denunciando el peligro rojo y las maniobras de Moscú.

 

No es este método lo que ha desaproba­do, por pocos votos de mayoría, la Cámara de Diputados. Tardieu, como Ministro del Interior, como ejecutor de un plan policial, como jefe de una represión que no choque excesivamente a los gustos legales y jurídicos de una Francia poincarista y moderada, queda indemne. Si Tar­dieu reasume sus funciones en el nuevo minis­terio, aunque sea con el consenso y la colabora­ción de los radicales socialistas, continuará su obra policial. Sus amigos se han apresurado por esto a declarar que la Cámara ha censurado a Cheron, no a Tardieu.

 

Pero una cuestión hacendaria o financiera no es, políticamente, una cuestión de segundo orden. El poincarismo se define, en su apogeo, co­mo la política de la estabilización del franco.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Poincaré es para la pequeña burguesía francesa el hombre que ha salvado el franco. La autori­dad de los hombres se asienta en los intereses económicos. Tardieu ha llegado al puesto de líder por haberse granjeado la confianza de la burguesía industrial, del capital financiero. Su orden policial, su maquinaria de represión no tiene otro objeto que asegurar el tranquilo de­senvolvimiento de un programa de racionaliza­ción capitalista. El proceso de la crisis ministe­rial promete ser interesante como ilustración de las fuerzas y los métodos realmente en conflic­to en el parlamento y en la política de Francia. La con-sulta al electorado puede aparecer indis­pensable antes de lo generalmente previsto.

 

 

LA CONFERENCIA DE LONDRES

 

Las bases de un acuerdo naval anglo-ameri­cano, convenidas en las entrevistas de Mac Do­nald y Hoover en Washington, no han bastado, como fácilmente se preveía, para que la Confe­rencia de Londres logre la conciliación de los inte-reses de las cinco mayores potencias navales sobre la limitación de los arma-mentos. El propio acuerdo anglo-americano no era comple­to. Estaba trazado solamente en sus líneas prin­cipales y su actuación depende del entendimien­to con Japón, Francia e Italia, acerca de sus respectivos programas navales. Que el Japón acepte la proporción que le concede la fórmula de Washington, es la condición de que Estados Unidos no extreme sus precauciones en el Pací­fico, con consecuencias en su programa de cons­trucciones navales que no puede resistir la eco­nomía británica. Que Francia e Italia se allanen a la abolición del submarino como arma de gue­rra es una garantía esencial de la seguridad del dominio de los mares por el poder angloame­ricano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El compromiso de que los submarinos no se­rán empleados en una posible guerra contra los buques mercantes, no puede ser más tonto. La experiencia de la guerra mundial no permite abrigar ninguna ilusión respecto a la auto-ridad de estos convenios solemnes. La guerra, si estalla, no reconocerá lí-mites. No será menos sino más implacable que la de 1914-18. No la harán estadistas ni funcionarios, formados en el clima benigno y jurídico de Ginebra y La Haya, sino caudillos de la estirpe de Clemenceau, inexora­bles en la vo-luntad de ir en todo jusqu' au bout. El más hipócrita o ingenuo pacifismo no puede prestar ninguna fe a la estipulación sobre el respeto de los buques mer-cantes por los submari­nos de guerra. En la guerra no hay buques mercantes.

 

La crisis ministerial francesa no estorba sino incidental y secundariamente la marcha de la Conferencia de Londres. Lo que desde sus pri­meros pasos la tiene en panne son los inconta­bles intereses de las potencias deliberantes. Esta Conferencia se ha inaugurado, formalmente, bajo mejores auspicios que la de Ginebra de 1927. La entente anglo-americana sobre la pari­dad es una base de discusión que en 1927 no existía. El carácter de limitación, de equi-librio de los armamentos, perfectamente extraño a todo efectivo plan de desarme está, además, per­fectamente establecido. Pero el conflicto de los intereses imperialistas sigue actuando en ésta como en otras cuestiones. La contradicción irreductible entre las exigencias internacionales de la estabi-lización capitalista y las pasiones e in­tereses nacionalistas que con el impe-rialismo en­tran exasperadamente en juego, opone su resis­tencia aún a este modestísimo entendimiento temporal, fundado en la paridad anglo-america­na, que encubre a su vez un profundo contraste, una obstinada y fatal rivalidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA CRISIS FRANCESA*

 

 

La tentativa de Chautemps ha ido más allá del punto que alcanzó la tentativa Daladier; pero no ha podido afrontar con éxito la primera batalla parlamen-taria. En torno del gabinete for­mado por el partido radical-socialista, con el concurso de Briand, Loucheur y algún otro miem­bro del gobierno de Tardieu, se han concentrado 277 votos solamente, contra 299 adversos a este experi-mento.

 

Se habla de disolución del parlamento y convocatoria a elecciones, como único medio de ob­tener un gobierno de mayoría estable. Pero na­da garantiza, en caso de elecciones, este resul­tado. A pesar de la ley de elecciones, que favo­rece a los cacicazgos electorales en daño de los partidos de masas y de sus candidaturas, el es­crutinio último, en el apogeo del poincarismo, envió a la Cámara un número de socialistas y radicales-socialistas que impide a cual-quier jefe de la derecha o del centro contar con una mayoría sólida y segura. La mayoría poincarista, aunque entonada sin discrepancias a un espíritu or­todoxamente conservador, no es bastante compacta. Su unidad reposa en el acuerdo de diver­sos grupos. Puede fallar en cualquier votación difícil, por un leve desmoronamiento de grupo. No logra estabilidad sino con la colabora-ción de elementos como Briand y Loucheur, oportunis­tas diestros, prontos como se sabe a entrar tam­bién en una fórmula de izquierdas.

 

Tardieu ha trabajado activamente en el Mi‑

 

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*  Publicado en Mundial, Lima, 1º de Marzo de 1930, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

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nisterio del Interior con miras a "sus eleccio­nes". La preparación técnica, po-licial, de unas elecciones derechistas está, sin duda, bien avan­zada; pero no se puede decir lo mismo de la preparación sentimental, política. El humor del electorado francés amenaza siempre con sorpre­sas. Si el resultado del pró-ximo escrutinio fuese aproximadamente el del pasado, sería una derro­ta para los que piden al electorado una cerrada mayoría conservadora. Habría que recurrir de nuevo a las combinaciones y a los compromisos, con mengua del crédito de la estrategia reaccio­naria y de sus hombres.

 

La consulta al electorado se presenta como una operación riesgosa, a la que Tardieu prefie­re, ciertamente, una concentración burguesa, en la que entren con sus huestes, las de Chautemps, Herriot y Daladier. Es decir una suite poinca­rista, una reanudación de la mayoría de estabi­lización del franco. Dentro de esta combinación, propensa a romperse en cualquier ruda prueba parlamentaria, Tardieu maniobraría por atraer agua a su molino electoral.

 

Más de una vez he escrito que la estabiliza­ción capitalista importaba, en cierto grado, la estabilización democrática y parlamentaria, con­tra lo que podía sugerir su génesis más o menos fascista. Europa occidental tiende a un mis­mo nivel en uno y otro plano. En Inglaterra, los laboristas gobiernan aunque sin mayoría; en Alemania los socialistas se mantienen en el poder, a costa de con-cesiones a los grupos que los acompañan en la coalición dirigida por Müller. Dife­rida la amenaza revolucionaria, la burguesía y la pequeña burguesía re-consideran una parte de sus quejas contra la democracia y el parlamen­to. Se avienen a un régimen de escasa mayoría, de composición aleatoria, de com-plicado equi­librio. Francia, dentro de esta situación europea, no puede deci-dirse por una fórmula categórica-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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mente derechista. El tono de su política tiene que seguir siendo poincarista por algún tiempo.

 

 

MOVILIZACION ANTI-SOVIETICA

 

Los espectadores perspicaces, o simplemen­te atentos, de la política mundial, no se deja­rán confundir, ciertamente, por la multiplica­ción de las noticias desfavorables al curso de la política soviética en la información telegráfica cotidiana. Pero, estos espectadores, que no se dejan aturdir por la algazara cablegráfica y que se documentan en fuentes más claras, son una mi­noría. El público está formado, en su mayoría, por personas a las que una ola de noti-cias im­presiona siempre en el sentido que el cable quie­re. Sobre los nervios de estas capas del público, se proponen actuar los cablegramas que registra dia-riamente la prensa desde hace algunas semanas.

 

Presenciamos una nueva movilización antiso­viética. Fallida la maniobra chi-na, el capitalismo occidental prepara su ofensiva con otros elemen­tos. Trata de amotinar contra la U.R.S.S., con el pretexto religioso, la sentimentalidad de públi­cos soliviantados por una ducha matinal y otra ducha vespertina de telegramas crispantes y de crónicas patéticas.

 

No es por azar que coinciden las gesticulacio­nes de la prensa conservadora o amarilla de Pa­rís contra la embajada soviética en Francia, con la ruptura por México de sus relaciones diplo­máticas con la U.R.S.S. y con las versiones dra­máticas de la campaña anti-religiosa en los So­viets. Todo esto obedece a un perfecto plan de movilización, cuyos hilos sólo no son percepti­bles a los que en la política mundial se atienen al cuadro esquemático y festinatorio de la información cablegráfica.

 

 

 

 

 

 

 

 

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La U.R.S.S. no está ensayando, como algunos podrían imaginarse, una nueva política religio­sa. La línea del gobierno, frente a esta cuestión, como lo tes-timonia con autoridad irrecusable, la iglesia rusa, es la misma de años atrás. Las so­ciedades ateístas continúan su propaganda; pero el Estado no se ocupa en la persecución de las ideas religiosas con ningún repentino ensa­ñamiento que, en este renacimiento de fervores medioevales que caracterizan en parte la Reac­ción en Occidente, pueda exigir una cruzada. Esto lo saben todos los que siguen el curso de la vida rusa, a través de una documentación seria.

 

Testimonios insospechados han desvanecido en los últimos años todas las leyendas inventadas por el cable, en el período de las campañas de Yudenitch, Denikin, Kolchak, Wrangel, etc., sobre el bolchevismo. En español, se han publi­cado libros como los de Álvarez del Vayo y co­mo el de Hidalgo (Un Notario Español en Rusia), que destruyen, con la fuerza de testimonios pro­cedentes de visitantes objetivos y escrupulosos, las patrañas flotantes en nuestra atmósfera in­telectual.

 

La ofensiva anti-soviética toca, por eso, para la preparación sentimental de sus campañas, otros resortes. No se insiste ya en la socializa­ción de las mujeres, ni en el terror rojo, ni en el despojo de los campesinos. Se resucita la cues­tión religiosa, vastamente agitada ya en los días en que el cable nos trasmitía pun-tualmente todas las palabras y gestos del Patriarca Tikhonx, prisionero de la Tcheka.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA CRISIS DEL REGIMEN MONARQUICO EN ESPAÑA*

 

La tendencia antimonárquica del movimiento antidictatorial en España, que desde la caída de Primo de Rivera, antes de que los líderes de la heterogénea oposición tuvieran tiempo de pro­nunciarse sobre el cambio operado con la cons­titución del gabinete Berenguer, era fácil indi­car como el rasgo dominan-te de la nueva situa­ción, no ha tardado mucho en alarmar a los su­cesores del Marqués de Estella hasta el punto de obligarlos a una censura tan rígida, a una in­terdicción tan sistemática de toda manifestación pública del pensamiento de los partidos y los caudillos como las que rigieron durante el go­bierno fracasa-do.

 

Berenguer insiste, naturalmente, en que su misión es el restablecimiento de la legalidad y la realización, dentro de un ambiente de libertad, de las elecciones con que se retornará al régi­men constitucional. Pero, actualmente, está prohi-bida toda propaganda con el pretexto de que en las presentes circunstancias puede comprometer la tranquilidad pública.

 

El discurso de Sánchez Guerra ha revelado a todos la gravedad de la crisis del régimen mo­nárquico. Berenguer cuidó primero de retardar estas declaraciones con la esperanza sin duda de que los mensajeros y abogados del Rey disuadie­ran al líder conservador del propósito de plantear de nuevo la cuestión de las responsabilida‑

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 11 de Marzo de 1930, en la sección "Lo que el cable no dice".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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des de la monarquía. Pero Sánchez Guerra ha querido ser coherente con su actitud frente a la dictadura de Primo de Rivera.

 

Que un jefe conservador, con larga foja de servicios a la monarquía, afirme que no es po­sible ya servir al Rey y que no es contestable el derecho ni la ca-pacidad del pueblo español para reemplazar la monarquía por la república, no puede ser sino un signo del descrédito y de la descomposición irremediables del régimen monárquico. Sánchez Guerra no podía decir más. No le toca hacer la apología del sistema repu­blicano ni la crítica del monárquico. Es un po­lítico del viejo régimen, un hombre de orden, un antiguo presidente del consejo, conservador y constitucional ortodoxo, que toma posición contra el Rey por razones contingentes, accidentales, no por consideraciones de prin-cipio ni de programa. El Rey Alfonso XIII ha faltado al pacto de la monarquía con el pueblo español. Un político leal a la constitución y al orden, no puede prestarse a la componenda de una políti­ca de "borrón y cuenta nueva". Esta es la posi­ción de Sánchez Guerra. Sería absurdo pedirle veleidades republicanas y revolucionarias. Sán­chez Guerra no se convierte tardíamente al republica-nismo, por decepción respecto a la mo­narquía, ni por abandono de sus ideas conser­vadoras y constitucionales. Su causa sigue siendo la de la Constitución. Está contra el Rey porque el Rey es culpable de haberla traicio­nado.

 

No es de excluir la posibilidad de que sedicen­tes liberales o reformistas pre-fieran una actitud más conciliadora o equívoca. Del Conde de Ro­manones, que ha dicho ya sin embargo que la salvación de la monarquía está en un parlamen­tarismo de tipo inglés, cabe esperar todas las ambigüedades. El retorno a una censura cerra­da, después de la emoción producida por las de-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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claraciones de Sánchez Guerra, nos ha impedido conocer lo que piensa Mel-quíades Álvarez, a quien la actual crisis ofrece la oportunidad de reintegrarse al republicanismo, por haber cadu­cado las razones que lo indujeron a adoptar la fórmula reformista.

 

Pero la posición de Sánchez Guerra tendrá, necesariamente, entre otras con-secuencias, la de excitar y animar a los otros líderes a acentuar el tono de sus reivindicaciones. Quedarán en de­plorable ridículo todos los liberales, refor-mistas y republicanos que se muestren menos liberales, reformistas y repu-blicanos que el viejo jefe con­servador.

 

La tarea fundamental de Berenguer, como lo apunté desde el primer comen-tario sobre la cri­sis española, no es por supuesto el restableci­miento de la legalidad sino el salvamento de la monarquía. Su programa es el regreso a la Cons­titución porque se piensa que éste es el mejor medio de salvar al régi-men. Pero si en los preliminares del período eleccionario, se comprue­ba que la restauración de la legalidad, significa una peligrosa restauración del dere-cho de críti­ca, reunión, tribuna, etc., que conducirá al juz­gamiento de las responsabilidades de la monar­quía, el intermezzo Berenguer precederá y preparará simplemente un nuevo golpe de Estado. Ya se anuncia la amenaza de un pronunciamien­to reaccionario de los jefes militares de Barcelona. Se organiza un frente único monárquico, al cual la interdicción temporal de reuniones pú­blicas no impedirá una teatral parada, protegida por la policía de Berenguer. Con el nombre de juventud monárquica, se moviliza una guardia blanca, con facultad de vapulear en las calles a los que se expresen irrespe-tuosamente sobre el Rey y las instituciones. Todo esto no constitu­ye sino una vasta preparación fascista. Alfonso XIII está más propenso que nunca a jugar la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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carta del absolutismo. ¿Se dejarán sorprender las fuerzas antidictatoriales por un nuevo golpe de Estado? Esta es la incógnita de la hora pre­sente.

 

 

 

OTRA VEZ TARDIEU

 

Con el apoyo individual de algunos radicales-socialistas, André Tardieu ha constituido su se­gundo ministerio. El partido radical-socialista, después del fracaso de la tentativa de Chautemps, rehusó entrar en el gabinete de concen­tración, propuesto por Tardieu al recibir del Presidente de la República el encargo de orga­nizar el gobierno. Tardieu se verá obligado a acentuar el carácter poincarista de su programa, para obtener los votos de mayoría que consen­tirán a su ministerio vivir hasta el inevitable choque con otro escollo parlamentario.

 

La interinidad de este gobierno aparece evi­dente a los observadores. La ma-yoría de Tar­dieu no es hoy más sólida ni más segura que ayer. La tendencia de una parte de la burguesía francesa a retornar a la fórmula democrática, para resistir mejor a las masas, se acentúa, en tanto, poco a poco. Este proceso no tardará en reflejarse en el curso del debate parlamentario.

 

La defección de algunos radicales-socialistas no asegura a Tardieu la estabili-dad. Destiñe, en cambio, su programa como programa derechis­ta. Pese al fracaso de Chautemps, los bonos de la derecha están en baja en Francia. Las elec­ciones, si a ellas se acude a breve plazo, no da­rán a Tardieu una mayoría derechista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CROQUIS DE LA CRISIS ESPAÑOLA*

 

 

Los factores inmediatos de la rápida caída de Primo de Rivera, —seguida a tan breve tér­mino por su deceso—, que el cable dejó en los primeros días en la sombra, son ya detalladamente conocidos por las revelaciones de Eduar­do Ortega y Gasset, Marcelino Domingo, Inda­lecio Prieto y otros líderes de la oposición al régimen. Se sabe que un movimiento destinado a deponer, con la dictadura, al monarca que la instigó y autorizó; debía haber estallado entre el 5 y el 8 de febrero. El general Goded, goberna­dor militar de Cádiz, trabajaba desde el mes de octubre de acuerdo con los elementos cons­titucionales para producir un vasto pronunciamiento militar. Casi todas las guarniciones de Andalucía estaban comprometidas para esta ac­ción revolucionaria. Alfonso XIII y Martínez Anido tuvieron informes de la conspiración, ante los cuales Primo de Rivera decidió la desti­tución del General Coded y del Infante don Carlos, Capitán General de Sevilla, no sin enviar a Cádiz un emisario, encar-gado de negociar un arreglo con Coded, quien asumió una actitud de rebeldía, declarando que no tenía que obedecer ninguna orden de destitución. Este conflicto mo­vió a Primo de Rivera a la desdichada consulta a los jefes mili-tares y al Rey a reemplazarlo por el general Berenguer, capitulando ante la tenden­cia constitucionalista del ejército. Coded se con­sideró exonerado de todo compromiso con esta solución. Se trasladó a Madrid, donde le aguardaba un importante nombramiento. Eduardo

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 26 de Marzo de 1930.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ortega y Gasset que, bajo su firma, ha explicado de este modo la génesis del ministerio Beren­guer, en un artículo titulado "Cómo ha salvado su trono Alfonso XIII", agrega que muchos ofi­ciales quisieron seguir adelante sin Goded, pero que "la indecisión se propagó desde entonces en todas las orga-nizaciones".

 

Antes que la restauración del orden constitu­cional, la misión del gobierno de Berenguer es el salvamento de la monarquía. Este es el juicio que, apenas anunciado el cambio, emití sobre su significado, y en el que me confirma el conoci­miento de sus antecedentes. Alfonso XIII se en­cuentra ante un dilema: el absolutismo o la Constitución. No tiene sino estos dos caminos. Tomará cualquiera de los dos para salvarse. Pa­sará de uno a otro, sin la menor hesi-tación, si las circunstancias se lo imponen. Por el momen­to, prefiere el camino del regreso a la legalidad. Pero este camino puede llevar muy lejos; a la Cons-tituyente, a la reforma de la Constitución, al juzgamiento de las responsabili-dades, a la pro­clamación de la República.

 

Liquidar seis años de dictadura no es un asunto de ordinaria administración. Alfonso XIII ha dado este encargo a un gabinete de familiares, que puede reemplazar en cualquier momen­to para volver a la manera fuerte. En el ins-tante en que se decidió por la rendición a la ten­dencia constitucional, no le quedaba otra cosa que hacer. Martínez Anido no compartía la confianza de Primo de Rivera sobre la posibilidad de dominar el espíritu de rebelión que cundía en el ejército. El Rey tenía los informes privados del Infante don Carlos, Capitán General de Sevilla y de otros jefes. Se dice que en una opor­tunidad, advertido del peligro de que el Rey lo echara por la borda para arreglarse de nuevo con los grupos constitucionales, Primo de Rive­ra afirmó: "¡A mí no me borbonea este Bor-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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bón!" La decepción de que, años después, no fuese otra su suerte, debe haber amargado profundamente los últimos días del derrotado dic­tador.

 

Una monarquía constitucional, así sea la de España, no puede abandonar impunemente la legalidad más de seis años, para restablecerla cuando los acontecimientos se lo impongan con­minatoriamente. Viejos servidores de la monar­quía como Sánchez Guerra, ajenos a toda velei­dad republicana, han cumplido el deber de noti­ficar a Alfonso XIII sobre las irreparables conse-cuencias de la responsabilidad en que ha in­currido violando el pacto consti-tucional, en que descansaba su autoridad. Alfonso XIII querría que se "le amnistiase alegremente, con todos sus compañeros de aventura, por estos 6 años de va­caciones. Pero aun entre los más ortodoxos mo­nárquicos encuentra censores severos, jueces inexorables como Sánchez Guerra, cuya actitud descubre hasta qué punto está comprometido y socavado el régimen monár-quico de España.

 

¿Cómo va a restablecer la legalidad el gobier­no de Berenguer, sin que se ponga en el tapete la cuestión del régimen y las responsabilidades? Ya hemos visto cómo este ministerio normali­zador ha tenido que detenerse y retroceder en la primera modestísima etapa de la normaliza­ción. La censura de la prensa sigue vigente. ¿Cuándo se restituirá a los ciudadanos y a los partidos la liber-tad de reunión y de tribuna? Si el discurso de un líder conservador tiene una resonancia revolucionaria tan amenazadora, es fácil prever las aprehensiones que van a seguir a los discursos de los líderes republicanos, so­cialistas, comu-nistas. Y mientras estas elemen­tales libertades no hayan sido restablecidas, ¿qué campaña eleccionaria ni qué convocatoria a elecciones serán posibles?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Estas son las dificultades del régimen en el orden político. Habría que exa-minar aparte las que confronta actualmente en el orden económi­co. La política hacendaria y financiera de la dic­tadura ha sido el factor decisivo de su quie-bra. Cambó no ha aceptado, en el gabinete de Beren­guer, el Ministerio de las Finanzas, para no cargar con esta ingrata y riesgosa herencia. ¿Qué autoridad tiene un gobierno de transición, de interinidad manifiesta, para abordar eficaz-mente este problema? La misma que tiene para supri­mir la censura de la pren-sa, resistir la crítica de la opinión, tolerar los comicios de los partidos e ir al encuentro de elecciones normales.

 

No existe, sin duda, en España, un partido bastante poderoso y organizado para llevar al pueblo victoriosamente a la revolución. Si exis­tiese, la insu-rrección no habría estado a merced, en los primeros días de febrero, de la defección del general Goded, posiblemente confabulado con el Rey. El par-tido socialista es el único partido de masas; pero carece, en su burocracia, de es­píritu y voluntad revolucionarios. La crisis del régimen confiere grandes posibilidades de ac­ción a la concentración de los elementos repu­blicanos. Pero lo característico de las situacio­nes revolucionarias es la celeridad con que crean las fuerzas y el programa de una revolución. La dinastía española tiene añeja experiencia de esta clase de vicisitudes. Y tan pronto está, pro­bablemente, a festejar en la plaza su retorno al pacto con el pueblo, como a preparar en las ca­pitanías generales un segundo golpe de estado, jugándose, si los riesgos de las elecciones y la constituyente le parecen excesivos, la carta de­sesperada del absolutismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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INDICE

 

Nota Editorial                                                                                   5

De esta Compilación                                                                        7

Prólogo por Emilio Choy                                                                  9

 

1929

 

La insurrección en España                                                                19

La liquidación de la cuestión romana                                                 23

El exilo de Trotsky                                                                           27

La misión de Israel                                                                           32

La derrota de los conservadores en Inglaterra                                    37

Rusia y China                                                                                   42

Gran Bretaña contra el plan Young                                                    47

La constitución de Primo de Rivera                                                   50

El 10º aniversario de la República Alemana                              51

La conferencia de las reparaciones                                                    53

China y la ofensiva antisoviética                                                        57

El segundo experimento laborista                                                      59

La crisis de las reparaciones                                                             60

El problema de Palestina                                                                   62

El acuerdo de La Haya                                                                     64

La Asamblea de la Sociedad de las Naciones                                     65

El gabinete Briand, condenado                                                          67

La amenaza guerrera en la Manchuria                                       68

Aspectos actuales de la crisis de la democracia en Francia                 71

Nitti y la batalla antifascista                                                               76

La preparación sentimental del lector ante el conflicto ruso-chino       78

La resaca fascista en Austria                                                             81

 

 

 

 

 

 

 

198

 

El viaje de Mac Donald                                                                     83

La reacción austriaca                                                                        87

La expulsión de Eduardo Ortega y Gasset                                         88

Mac Donald en Washington                                                              90

El duelo de la política de Locarno o de la Sociedad de las Naciones 92

El entendimiento Hoover-Mac Donald                                               96

El vacío en torno a Primo de Rivera                                                  97

La guerra en la China                                                                        100

La crisis dinástica rumana                                                                 101

La crisis ministerial en Francia                                                           103

La natalidad en la Europa Occidental                                                 105

La crisis francesa. La tentativa de Daladier y los socialistas                107

Sánchez Guerra, absuelto                                                                 109

El gabinete Tardieu                                                                           110

El proceso de Gastonia                                                                    112

Las relaciones anglo-rusas                                                                114

La crisis de los valores en New York y la estabilización capitalista      116

Guía elemental de Georges Clemenceau                                            118

Francia y Alemania                                                                           123

Estilo fascista                                                                                   126

Occidente y el problema de los negros                                              128

El pacto Kellogg y la cuestión ruso-china                                          130

La guerra civil en la China                                                                 132

Europa y la Bolsa de New York                                                        134

La nueva generación española y la política                                         135

Política alemana                                                                               139

La crisis doctrinal del socialismo                                                       141

 

1930

La lucha de la India por la independencia nacional                             145

Los votos del Congreso Nacional Hindú                                           149

El gobierno de Nanking contra la extraterritorialidad                           151

El tramonto de Primo de Rivera                                                        153

La conferencia de La Haya                                                               154

La limitación de los armamentos navales                                            155

 

 

 

 

199

 

El Dr. Schacht y el plan Young                                                         157

La República de Mongolia                                                                157

El plan Young en vigencia                                                                 159

Tardieu y el parlamento francés                                                         160

La conferencia naval de Londres                                                       162

La juventud española contra Primo de Rivera                                    163

La liquidación de la dictadura en España                                           168

La política de "borrón y cuenta nueva" en España                                       172

Schober y Mussolini                                                                         175

El Intermezzo Berenguer                                                                   176

Tardieu batido                                                                                  180

La conferencia de Londres                                                               182

La crisis francesa                                                                             184

Movilización anti-soviética                                                                186

La crisis del régimen monárquico en España                                      188

Otra vez Tardieu                                                                              191

Croquis de la crisis española                                                             192

 

 

 

Quinta edición, abril de 1986.