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JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI

 

 

 

 

 

 

 

Figuras y Aspectos

De la

Vida Mundial

II

(1926-1928)

 

 

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“BIBLIOTECA AMAUTA”

LIMA-PERÚ

 

 

 

 

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1926

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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POLITICA ITALIANA*

 

Para los que en 1924 se emborracharon con exceso de ilusiones reformistas y democráticas, el balance de 1925 no puede ser más desconso­lador. El año se ha cerrado con fuertes pérdi­das para el reformismo y la democracia. En Francia, el cartel de izquierda ha entrado, en el curso de 1925, en un período de disolución. En Alemania, la elección de Hindenburg ha marcado un retorno de los principios conservadores y militaristas. En Italia, sobre todo, el régimen fascista, que en 1924 vacilaba, en 1925 ha contraatacado victoriosamente.

 

Durante más de un semestre, la heterogénea coalición del Aventino vivió en el error de creer que el boicot del parlamento bastaba para traer abajo a Musso-lini. El partido comunista le recordó en vano que un régimen instaurado por la fuerza no podía ser abatido sino por la fuerza. La democracia italiana no quiso discutir siquie­ra la proposición comunista de convertir el Aven­tino en un parlamento revolucionario. Los so­cialistas -unitarios y maximalistas- se solidarizaron con esta táctica pasiva. La batalla se li­braba en la prensa. La oposición, dueña de la mayor parte de los periódicos, se embriagaba con el estruendo de una ofensiva periodística en gran estilo.

 

Pero, naturalmente, por esta vía no se podía llegar a la meta soñada. Ni Mussolini era hom­bre de dejarse arredrar por una maniobra como la de la retirada al Aventino. Ni la oposición po‑

 

 

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*  Publicado en Variedades, Lima, 16 de Enero de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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día suscitar una agitación popular capaz de pro­ducir extra-parlamentariamente un nuevo gobier­no. El Aventino representaba un gesto negativo. No tenía un programa positivo, un método crea­dor. Y el tiempo, lógica y fatalmente, tra-bajaba por el fascismo. La tensión nerviosa producida por el asesinato de Matteotti se debilitaba a medi­da que los meses pasaban sin que el anti-fascismo empeñase el combate decisivo.

 

En enero pasado, constatadas ya hasta el exceso la impotencia de la oposición aventinista y la domesticidad de la oposición parlamentaria. Mussolini com-prendió que era el instante de con­traatacar. Los hechos han probado que no se equivocaba. Mussolini, en seis meses de defensi­va, le había tomado bien el pulso al adversario. Habia averiguado, por ejemplo, que no tenía intenciones de presentarle combate, por el momen­to, sino en el terreno periodístico. Y que, en consecuencia, la posición contra la cual debía diri­gir sus fuegos era la prensa.

 

La prensa no fue suprimida; pero si fueron suprimidos sus ataques. Mussolini sometió las noticias y los comentarios de la prensa a la jus­ticia sumaria y rápida de los prefectos. Sus au­toridades no se tomaban la molestia de la cen-sura previa. No prevenían; reprimían. Las edi­ciones que contenían una noticia o un comenta­rio demasiado heterodoxo eran secuestradas por la policía. Por consiguiente, los periódicos sufrían no sólo en su propaganda sino, además, en su economía.

 

Mediante este simple sistema de represión. Mussolini consiguió casi desarmar a la oposición. El bloque del Aventino pensó entonces en el re­greso a la cámara. A falta de la tribuna periodística, había que emplear la tribuna par-lamen­taria. Pero a este respecto él acuerdo no era fácil. A la resolución defi-nitiva, sobre todo, no

 

 

 

 

 

 

 

 

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se podía arribar prontamente. Algunos diputados del Aventino se manifesta-ban reacios al retorno a Montecitorio. Esta especie de declarato­ria de quiebra de una empresa acometida con tanta arrogancia y tanto énfasis les resultaba más difícil de aceptar que todas las dosis posi­bles de aceite de ricino.

 

Y tuvo así el Aventino un período de paráli­sis, durante el cual se incubaron acontecimien­tos sorpresivos, teatrales, destinados a obstruir el mismo camino del retorno. El golpe frustrado de Zaniboni contra el Duce vino, hace un mes, a mudar la situación. Zaniboni, ex-diputado so­cialista unitario, excombatiente condecorado con la medalla de oro al valor militar, fue sorprendido en un cuarto de hotel, estratégicamen­te ubicado, en instantes en que se preparaba a disparar sobre Mussolini los dos tiros de un fusil de precisión matemática.

 

El complot no podía ser atribuido a la opo­sición aventinista. La policía de Mussolini sabía que Zaniboni obraba de acuerdo con unos po­cos elementos demo-masones. No cabía siquiera el procesamiento de su partido. Los hilos de la conjuración no denunciaban la existencia de una red de preparativos revo-lucionarios. Denunciaban sólo un estado de desesperación en los temperamen-tos más ardorosos y tropicales del Aven­tino. Pero el fascismo necesitaba sacar de este acontecimiento todo el partido posible. Y, sin duda, lo ha sacado.

 

Mussolini prohibió a sus gregarios las repre­salias. Su orden fue obedecida. Mas, precisamen­te a la sombra de esta disciplinada abstención de actos espo-rádicos de violencia y de terror, la policía cargó a fondo contra la oposición. No ha habido en Italia, a raíz de la tentativa de Zani­boni, represalias indivi-duales de los "camisas no-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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gras". El gobierno fascista ha preferido usar, con el máximo rigor, la represión policial.

 

Todos los reductos legales de la oposición han sido asaltados. Y muchos han caído defini­tivamente en manos del fascismo. El régimen fascista ha aprove-chado la tentativa estúpida de Zaniboni para disolver al partido socialista unitario, para suprimir "La Giustizia", "La Voce Republicana" y otros diarios, para ocupar las lo­gias masónicas, etc. Los sindicatos fascistas se han instalado manu militare en el local de la cámara de trabajo de Milán, antigua ciudadela del proletariado socialista, considerada inexpugnable por mucho tiempo.

 

El episodio más resonante de esta ofensiva fascista ha sido, tal vez, la con-quista del "Corrie­re della Sera". "La Stampa" de Turín y el "Co­rriere della Sera" de Milán, sus dos mayores ro­tativos, eran las dos más fuertes posiciones del antifascismo en la prensa italiana. Mussolini po­día suprimirlos. Pero esto le parecía, sin duda, demasiado "escuadrista". Mucha gente ben pen­sante no le perdonaría nunca el asesinato de dos periódicos en cuya lectura cotidiana se había habituado a formar su criterio. Lanzada a los vientos la noticia del golpe fracasado, se presentaba, en tanto, la ocasión de ganar para el fas­cismo estas dos tribunas. "La Stampa" de Turín fue la primera en caer. El senador Fra-ssati, -percibido el peligro de la supresión lisa y llana del diario-, abandonó su dirección. Con el "Co­rriere della Sera" hubo que apelar a medios más enér-gicos. El secretario general del partido fas­cista, Farinacci, puso a los herma-nos Crespi, prin­cipales accionistas del "Corriere", frente a este dilema: o la suspensión del diario o su entrega al fascismo. Y los hermanos Crespi, pací-ficos in­dustriales lombardos, optaron en seguida por el segundo término. El olvido de una formalidad de la escritura celebrada en 1919 con el senador Al‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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bertini, director y accionista del "Corriere", amo absoluto de sus destinos y opiniones, les propor­cionó el pretexto para la anulación del contrato de sociedad. En la edición del 28 de noviembre último, el senador Luigi Alber-tini y su hermano Alberto Albertini, tuvieron que despedirse melancólica-mente de sus lectores.

 

Los hermanos Albertini, liberales de antigua estampa, pertenecen a una demo-cracia empeñada en no combatir al fascismo sino legalmente. No se puede negar al fascismo el mérito de ha­ber hecho todo lo posible para modificar su ac­titud y destruir su ilusión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL VATICANO Y EL QUIRINAL*

 

 

El cable anuncia la proximidad o, al menos, la probabilidad de una recon-ciliación oficial en­tre la Iglesia Católica y el Estado italiano. O sea la pro-babilidad de una liquidación definitiva de la vieja "cuestión romana". Y la política opor­tunísticamente filocatólica del fascismo podría autorizar esta vez la esperanza de un acuerdo entre el Vaticano y el Quirinal. Pero son dema-siado sólidas y concretas las razones que acon­sejan acoger el presuroso anuncio con escéptica reserva. Se trata de una noticia que, desde hace algún tiempo, era de vez en cuando por la pla­na cablegráfica de los rotativos. Los observadores del tiempo y del espacio políticos pueden definirla como un cometa de la post-guerra.

 

¿Cuál sería la fórmula del arreglo? Un telegrama ha hablado de una media-ción de la Liga de las Naciones destinada a dar al Papado un mandato sobre un pedazo de territorio. Pero el Vaticano se ha apresurado a demostrar lo absurda de esta fórmula. Ni el Vaticano puede someterse al fallo de una So-ciedad de Naciones, en la cual la Iglesia no está representada y en la cual la suspicacia de los nacionalismos latinos sospecha y denuncia una criatura del espíritu protestante y de la finanza judía. Ni el Estado italiano que, desde el advenimiento del fascis­mo al poder, se muestra hiperestésicamente ce‑

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima. 23 de Enero de 1926 Con este mismo título, aunque ciertamente con distinto contenido, publicó J.C.M. un artículo en El Tiempo, el 30 de Agosto de 1921, recopilado en Cartas de Italia, Vol. 15 de esta serie popular de Obras Completas. (N. de los E.)

 

 

 

 

 

 

 

 

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loso de su soberanía, puede encargar a la Socie­dad de las Naciones, por la cual manifiesta tan poca estimación, que resuelva un problema en el que el fascismo no puede ver sino un proble­ma interno.

 

Claro está que el gobierno fascista no se con­sidera vinculado a los conceptos que inspiraron invariablemente, a este respecto, la política de los anteriores gobiernos de Italia. Frente a la "cuestión romana", como frente a todas las otras cuestiones de Italia, el fascismo se siente libre o, en todo caso, no se siente responsable del pa­sado. El fascismo pregona, cada día con más fuerza, su voluntad de construir el Estado fas­cista sobre bases y principios absoluta-mente diversos de los que durante tantos años han sos­tenido al Estado liberal. El Estado fascista aspira a ser la antítesis y la negación del Estado liberal, calificado acerba y lapidariamente por la prosa agresiva de los "camisas negras".

 

El fascismo, sobre todo, —aunque sus gregarios hayan creído necesario mu-chas veces administrar una buena dosis de aceite de ricino o de cachiporrazos a los mílites demasiado ardo­rosos e intransigentes del partido católico—, desenvuelve en el gobierno una política de simpatía y de amistad a la Iglesia. Bien se puede afir­mar que el fascismo, en materia religiosa, —ac­titud del Estado ante la Iglesia—, ha realizado el programa del partido popular o ca-tólico fundado hace siete años por Don Sturzo en defensa de los intereses de la religión. Lo ha realizado a tal punto que ha hecho inútil la existencia de un partido católico. "El Papa puede despedir a Don Sturzo", escribía hace dos años y medio Mario Missiroli constatando el clericalismo de la política gu-bernamental de Mussolini. Y los hechos han venido a demostrar que no se equi­vocaba en esta afirmación que a no pocos pudo parecer entonces exce-siva.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El acercamiento del fascismo a la Iglesia, por otra parte, no sólo se ha operado en el orden práctico, mediante una restauración más o menos política del catolicismo en la escuela, antes irreductiblemente laica. También ha habido una remarcable aproximadación en el orden teórico. Los intelectuales fas-cistas, de Gentile a Pellizzi, se han complacido en el elogio de la Iglesia. Lo­renzo Giusso, comentando precisamente el libro de Missiroli a que pertenece la frase que acabo de citar, decía en diciembre de 1924 lo siguiente: "El Estado abstracto masónico, que declaraba la guerra a la religión, ha sido sustituido por un Estado concreto que ha exaltado todos los valo­res del espíritu, entre los cuales la religión tie­ne su sitio. Acusar al fascismo de anticlericalis­mo significa pronunciar su elogio. El fascismo ha instaurado una era nueva en las relaciones de la Iglesia con el Estado, curando la herida que impedía al católico ser ciudadano. El fascismo ha remediado este tremendo dualismo y ha li­quidado todas las supervivencias posibles de las abstracciones setecentistas". Y, más recientemente, otros teóricos del fascismo, afanosa-mente empeñados en la destilación de una doctrina fascista, han encontrado en el tomismo los fundamentos filosóficos de esta doctrina.

 

Nadie puede tomar en serio el sofístico esfuerzo de los que pretenden probar que, en el fondo, el fascismo no reniega ni contrasta de ningún modo al cris-tianismo. El conflicto espi­ritual y filosófico entre el nacionalismo fascista y el universalismo cristiano es demasiado patente. Lo es también la oposición entre la violencia fascista y el evangelio de Jesús. Las divergencias aparecen insanables hasta en este terreno político en que, con un poco de ductilidad y hermenéutica jesuitas; devienen posibles todos los en­tendimientos. "No obstante ciertas solidaridades practicas del instante -observa acertadamente

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mario Missiroli- la concepción del Estado propia del fascismo, del naciona-lismo, del libera­lismo gentiliano, es la negación radical del catolicismo, como aquélla que tiende, en último aná­lisis, a resolver la Iglesia en el Estado, reco-no­ciendo en el Estado la capacidad de interpretar el elemento divino de la vida. ¡Qué lejos estamos del tranquilo liberalismo cavouriano o de las pa-cificas tolerancias de la democracia y del mismo socialismo reformista! El Estado "fuerte", el Estado "ético", el Estado panteísta, no to­lera supremacías ni paridad. Puede conceder en las escuelas el Crucifijo y el catecismo; pero de­trás de este catecismo espían Lutero y Machia­vello. Los católicos, que tienen un vivo sentido de las posiciones teóricas, lo saben, y advierten en tal concepción del Estado un enemigo peligrosísimo. Y cuando Don Sturzo habla de na­ción "deificada" y De Gasperi recuerda a los pensadores clásicos del Estado moderno, -que contrastaron todos la doctrina católica-, no tie­nen una sino mil razones".

 

El hecho es, sin embargo, que, -doctrina y praxis aparte-, el Estado fascista trata de apo­yarse en el catolicismo. Y que, de acuerdo con este interés, actúa un programa de restauración del catecismo y del culto católicos que ya le ha ganado la adhesión de ortodoxos doctores de la Iglesia. Todo lo cual confiere, en verdad a Mus­solini una aptitud única para afrontar la famo­sa "cuestión romana".

 

Si cabe dudar de la probabilidad de un arre­glo, es por otras razones. Es, verbi gratia, porque el fascismo, que tanto ha hablado de ro­bustecer y valorizar la autoridad del Estado, no puede absolutamente, sin grave daño para su po­lítica, llevar al Estado a una abdicación, por muy atenuada que ésta aparezca a los ojos de Italia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Desde este punto de vista, la solución del viejo entredicho entre la Iglesia Católica y el Estado italiano no se presenta hoy menos difícil que antes. Mu-ssolini y el fascismo saben que pueden permitirse cualquier desmán verbal, cualquiera licencia oratoria, contra el tundido Estado demo-liberal-masónico, tratado de claudicante y abúlico. Pero que una cosa es renegar la heren­cia de Giolitti, de Nitti y de Orlando y otra se­ría renegar, en su sentido nacionalista y patrió­tico, el Risorgimento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA CRISIS ALEMANA Y EL REGIMEN PARLAMENTARIO*

 

 

La prolongada y exasperante crisis ministe­rial, resuelta en Alemania, después de una serie de maniobras y de fintas de los grupos parlamen­tarios, con el feble ministerio Luther, ha venido, casi en seguida de una análoga crisis francesa, a ratificar todo lo que ya sabíamos sobre la crisis del parlamenta-rismo. En Alemania, para obte­ner la mediocre y precaria solución Luther ha sido preciso que el mariscal Hindenburg, con un acento un poco marcial y bronco, recuerde a los partidos centristas, reacios a concertarse, el ca­tegórico dilema: parlamento o dictadura. Hin­denburg, con esta admonición, ha dado a enten­der demasiado claramente su inclinación, pru­dente y mesurada pero firme, por el segundo término.

 

El parlamento no puede producir en Alema­nia un ministerio sostenido por una sólida ma­yoría. El bloque de derechas que llevó a Hinden­burg a la presidencia del imperio está en minoría en el Reichstag. El bloque democrático y republi-cano que opuso la candidatura centrista de Marx a la candidatura derechista de Hindenburg, se encuentra, desde hace algún tiempo, roto, a consecuencia de un progresivo lógico viraje a derecha de los partidos demócrata y católico. Por consiguiente, la única fórmula ministerial posible es la que ha producido penosamente esta crisis. Un ministerio de tipo más burocrático que político, salido de una combinación, no muy

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 30 de Enero de 1926

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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segura, de las derechas moderadas (partido po­pular alemán y partido popular bávaro) y de las izquierdas burguesas (partido demócrata y centro católico).

 

Este ministerio más o menos centrista no tie­ne mayoría en el Reichstag. Pero, en cambio, no tiene tampoco una oposición compacta. Sus adversarios se reparten entre las dos alas extremas de la cámara. Son, a la derecha, los na-cionalis­tas y los fascistas; a la izquierda, los socialistas y los comunistas. Y estas dos, o cuatro, oposicio­nes, consideran los problemas y los negocios del Estado alemán desde diversos y opuestos puntos de vista.

 

La vida de un ministerio minoritario se explica por esta pluralidad y este antagonismo de las fuerzas adversarias. El ministerio vive del perenne desa-cuerdo entre las dos extremas. Su política consiste en buscar, en unos casos, el apo­yo de la derecha y, en otros casos, el de la iz­quierda. Es una política de balancín y de equi­librio que debe esquivar, a toda costa, el riesgo de una votación en que las dos extremas puedan encontrarse, en algún modo, de acuerdo en el sí o en el no, aunque partan, como es natural, de principios radicalmente adversos.

 

Luther cree contar con los nacionalistas para la aprobación de su política interna y con los socialistas para la de su política exterior. Sobre este cálculo reposa toda la combinación ministe­rial que preside y dirige. Su política debe ser, con una curiosa equidad, reaccionaria dentro, de­mocrática fuera. (Nada más alemán que esto, ob­servarán socarronamente los franceses).

 

Pero este mecanismo de péndulo es, en la práctica, excesivamente delicado. La menor arrit­mia puede malograrlo. El gabinete es una nave que navega entre dos filas de arrecifes y que, pa-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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­ra evitarlos, debe virar con precisión matemáti­ca unas veces a la derecha y otras veces a la iz­quierda. Al menor golpe de timón equivocado, encallará a un lado o a otro.

 

El régimen parlamentario se ha salvado una vez más en Alemania; pero esta vez, en verdad, se ha salvado en una tabla. El tono y los bigotes militares de Hindenburg no permiten, además, hacerse demasiadas ilusiones sobre su seguridad en las futuras tempestades. La primera tempes­tad que turbe dema-siado sus nervios puede de­cidir a Hindemburg a echarlo por la borda.

 

Los partidarios del parlamentarismo tienen razón para mostrarse melancó-licos. Su sistema funciona todavía, regularmente, en la Gran Bre­taña. Pero también ahí, cuando la amenaza de una huelga de mineros constriñe al gobierno con­servador a una concesión al laborismo, el rol de­cisivo de la mayoría parlamentaria aparece asaz desmedrado y disminuido.

 

Hasta hace poco los partidarios del parlamen­tarismo se mantenían optimistas sobre el porve­nir del régimen. Constatando los efectos del sistema de la representación proporcional, decían que había terminado la Época de los gobiernos de partido y que había empezado la época de coalición. Eso era todo. Pero los gobiernos de coalición funcionan cada día peor y menos. No sólo es excesivamente difícil sostenerlos. Más di­fícil todavía, si cabe, es componerlos. La alqui­mia de las coaliciones y de las amalgamas no ha en-contrado hasta ahora una fórmula siquie­ra aproximada.

 

Por el contrario, la experiencia de los años post-bélicos ha probado la im-posibilidad de cons­tituir coaliciones homogéneas y duraderas. Co­mo lo observa en Francia un diputado reaccio­nario, Mr. Mandel, las coaliciones no son realiza-

 

 

 

 

 

 

 

 

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bles sino "por un juego de concesiones recipro­cas, de ventajas descontadas que desgarran la doctrina, disminuyen el valor combativo de los partidos, los solidarizan el uno al otro, en un renunciamiento mutuo y una política negati-va". El método de coalición se resuelve en un método de parálisis y de impo-tencia. Y la inestabilidad de los ministerios acaba, de otro lado, por exaspe­rar a la opinión, por acendrada que sea su educación democrática, hasta persuadirla de la necesidad de una dictadura.

 

El remedio está para muchos en el abandono del sistema de la representación proporcional. Pero esta solución es de un simplismo extremo. La democracia, el parlamento, conducen fatalmente a la representación proporcional. La representación proporcional es una consecuencia, es un efecto. No se llega a ella por voluntad de los legisladores sino por necesidad del parlamen­tarismo. Y, en la presente estación del parlamen­tarismo, no se puede renunciar a la representa­ción proporcional sin renunciar al propio régi­men parlamentario. Como lo acaba de recordar Hindenburg a la democracia alemana, no hay modo de escapar al dilema: parlamento o dictadura.

 

En Alemania se observa, desde hace algún tiempo, un movimiento de con-centración burgue­sa. Los partidos democráticos de la burguesía se han se-parado del partido socialista. Del gabinete presidido por Luther, forma parte Marx, el opo­sitor de Hindenburg en las elecciones presidenciales. Marx, ministro de Hindenburg. He ahí, sin duda, un síntoma de que las diversas fuerzas burguesas se reconcilian. Todavía los demó­cratas y los católicos se sienten demasiado lejos de los nacionalistas, esto es de la extrema dere­cha. Pero, de toda suerte, las distancias se han acortado sensiblemente. Y por este camino se puede llegar a la constitución de un frente único de la burguesía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pero no se vislumbra, ni aún por este camino, la solución de la crisis del régimen parlamentario. Porque su vida no depende sólo de que crea en él la burguesía sino, sobre todo, de que crea en él la clase trabajadora. En cuanto el parlamento aparezca como un órgano típico del domi­nio de la burguesía, el socialismo reformista ce­derá totalmente el campo al socialismo revolucio-nario. O sea al socialismo que no espera nada del parlamento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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POLITICA INGLESA*

 

La política inglesa, a primera vista, parece un mar en calma. El gobierno de Baldwin dispone de la sólida mayoría parlamentaria, ganada por el partido conservador hace poco más de un año. ¿Qué puede amenazar su vida? Ingla-terra es el país del parlamentarismo y de la evolución. Es­tas consideraciones deciden fácilmente al espec­tador lejano de la situación política inglesa a de­clararla segura y estable.

 

Pero a poco que se ahonde en la realidad in­glesa se descubre que el orden conservador pre­sidido por Baldwin, reposa sobre bases mucho menos firmes de lo que se supone. Bajo la apa­rente quietud de la superficie parlamentaria, madura en la Gran Bretaña una crisis profunda. El gobierno de Baldwin tiene ante si problemas que no consienten una política tranquila. Problemas que, por el contrario, exigen una solución osada y que, en consecuencia, pueden comprometer la posición electoral del partido conservador.

 

Si Inglaterra no se mantuviera aún dentro del cauce democrático y parla-mentario, el partido conservador podría afrontar estos problemas con su propio criterio político y programático, sin preocuparse demasiado de las ondulaciones po­sibles de la opinión. Pero en la Gran Bretaña a un gobierno no le basta la mayoría del parlamen­to. Esta mayoría debe sentirse, a su vez, más o menos cierta de seguir representando a la ma­yoría del electorado. Cuando se trata de adoptar

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 13 de Febrero de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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una decisión de suma trascendencia para el im­perio, el gobierno no consulta a la cámara; consulta al país convocando a elecciones. Un gobier­no que no se condujese así en Inglaterra, no sería un gobierno de clásico tipo parlamen-tario.

 

El último caso de este género está muy próxi­mo. Como bien se recordará, en 1923 los conser­vadores estaban, cual ahora, en el poder. Y estaban, sobre todo, en mayoría en el parlamento. Sin embargo, para decidir si el Imperio debía o no optar por una orientación proteccionista, -combatidos por los liberales y los laboristas en el parlamento-, tuvieron que apelar al país. El fallo del electorado les fue adverso. No habien­do dado a ningún partido la mayoría, la elección produjo el experimento laborista.

 

Ahora, por segunda vez, la crisis económica de la post-guerra puede causar el naufragio de un ministerio conservador. El escollo no es ya el problema de las tarifas aduaneras sino el proble­ma de las minas de carbón. Esto es, de nuevo un problema económico.

 

La cuestión minera de Inglaterra es asaz co­nocida en sus rasgos sustantivos. Todos saben que la industria del carbón atraviesa en Inglate­rra una crisis penosa. Los industriales pretenden resolverla a expensas de los obreros. Se empeñan en reducir los salarios. Pero los obreros no aceptan la reducción. En defensa de la, integridad de sus salarios, están resueltos a dar una extrema batalla. No hay quien no recuerde que hace po­cos meses este conflicto ad-quirió una tremenda tensión. Los obreros acordaron la huelga. Y el gobierno de Baldwin sólo consiguió evitarla concediendo a los industriales un subsidio para el mantenimiento de los salarios por el tiempo que se juzgaba suficiente para buscar y hallar una solución.

 

El problema, por tanto subsiste en toda su

 

 

 

 

 

 

 

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gravedad. El gobierno de Baldwin firmó, para conjurar la huelga, una letra cuyo vencimiento se acerca. Una comisión especial estudia el pro­blema que no puede ser solucionado por medios ordinarios. El Partido Laborista pro-pugna la na­cionalización de las minas. El Partido Conserva­dor parece que, constreñido por la realidad, se inclina a aceptar una fórmula de semi-estadización que, por supuesto, los liberales juzgan exce­siva y los laboristas insuficiente. Y, por consi­guiente, no es improbable que los conservadores se vean, como para las tarifas aduaneras, en el caso de reclamar un voto neto de la mayoría electoral. No es ligera la responsabilidad de una medida que significarla un paso hacia la nacio­nalización de una industria sobre la cual reposa la economía británica.

 

Y ya no caben, sin definitivo desmedro de la posición del gobierno conser-vador, recursos y maniobras dilatorias. La amenaza de la huelga está ahí. El gobierno que hace poco, para aho­rrar a Inglaterra, el paro, se resolvió a sacrificar millones de esterlinas, conoce bien su magnitud. Y la ondulante masa neutra que decide siempre el resultado de las elecciones, y que en las elec­ciones de diciembre de 1924 dio la mayoría a los conservadores, no puede perdonarle un fracaso en este terreno.

 

El partido conservador venció en esas eleccio­nes por la mayor confianza que inspiraba a la burguesía y a la pequeña burguesía su capacidad y su programa de defensa del orden social. Y una huelga minera sería una batalla revolu-ciona­ria. ¡Cómo! -protestaría la capa gris o media del electorado ante un paro y sus consecuencias -. ¿Es ésta la paz social que los conservadores nos prometieron en los comicios? Baldwin y sus tenientes se sentirían muy embargados para responder.

 

Estas dificultades —y en general todas las

 

 

 

 

 

 

 

 

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que genera la crisis económica o industrial— tie­nen de muy mal humor a los conservadores de extrema derecha. Toda esta gente se declara par­tidaria de una ofensiva de estilo fascista contra el proletariado. No obstante la diferencia de cli­ma y de lugar, la gesta de Mussolini y los "camisas negras" tiene en Inglaterra, la tierra clá­sica del liberalismo, exasperados e incandescen­tes admiradores que, simplísticamente, piensan que el remedio de todos los complejos males del Imperio puede estar en el uso de la cachiporra y el aceite de ricino.

 

Los conservadores ultraístas, llamados los die-hards, acusan a Baldwin de temporizador. De­nuncian la propagación del espíritu revoluciona­rio en los rangos del labour Party. Reclaman una política de implacable represión y persecu­ción del comunismo, cuyos agitadores y propa­gandistas deben, a su juicio, ser puestos fuera de la ley. Sostienen que la crisis industrial depende del retraimiento de los capitales por miedo a una bancarrota del antiguo orden social. Recuer­dan que el partido conservador debió en parte su última victoria electoral a las garantías que ofrecía contra el "peligro comunista" patética-mente invocado por el conservantismo, en la víspera de elecciones, con una falsa carta de Zinoviev en la mano crispada.

 

La exacerbada y delirante vociferación de los die-hards ha conseguido, no hace mucho, de la justicia de Inglaterra, la condena de un grupo de comu-nistas a varios meses de prisión. Conde­na en la que Inglaterra ha renegado una parte de su liberalismo tradicional.

 

Pero los die-hards no se contentan de tan po­ca cosa. Quieren una política absoluta y categó­ricamente reaccionaria. Y aquí está otro de los fermentos de la crisis que, bajo una apariencia de calma, como conviene al estilo de la política británica, está madurando en Inglaterra.

 

 

 

 

 

 

 

 

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AUSTRIA, CASO PIRANDELLIANO*

 

 

A propósito de la escaramuza polémica entre Italia y Alemania sobre la frontera del Brennero no se ha nombrado casi a Austria. Pero, de toda suerte, este último incidente de la política europea, nos invita a dirigir la mirada a este Estado. El diálogo Mussolini-Stresseman sugiere necesa­riamente a los espectadores lejanos del episodio una pregunta: ¿Por qué se habla de la frontera ítalo-alemana? Para explicarse esta compleja cuestión es indispen-sable saber hasta qué punto Austria existe como Estado autónomo e inde-

pendiente.

 

El Estado austriaco aparece, en la Europa post-bélica, como el más paradójico de los Es­tados. Es un Estado que subsiste a pesar suyo. Es un Estado que vive porque los demás lo obli­gan a vivir. Si se nos consiente aplicar a los dra­mas de las naciones el léxico inventado para los dramas de los individuos, diremos que el caso de Austria se presenta como un caso piran­delliano.

 

Austria no quería ser un Estado libre. Su independencia, su autonomía, re-presentan un acto de fuerza de las grandes potencias del mundo. Cuando la victoria aliada produjo la disolución del imperio austro-húngaro, Austria, que después de haberse sentido por mucho tiempo desmesuradamente grande se sentía por primera vez in­sólitamente pequeña, no supo adaptarse a su nueva situación. Quiso suicidarse como nación. Expresó su deseo de entrar a formar parte del

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 20 de Febrero de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Imperio alemán. Pero entonces las potencias le negaron el derecho de desa-parecer. Y, en previ­sión de que insistiera más tarde en su deseo, decidieron tomar todas las medidas posibles para garantizarle su autonomía.

 

El famoso principio wilsoniano de la libre determinación de los pueblos sufrió aquí, preci­samente, el más artero golpe. El más artero y el más burlesco. Wilson había prometido a los pue­blos el derecho de disponer de sí mismos. Los artífices del tratado de paz quisieron poner en la formulación de este principio una punta de ironía. La independencia de un Estado no debía ser sólo un derecho; debía ser una obligación.

 

El tratado de paz prohíbe prácticamente a Austria la fusión con Alemania. Establece que, en cualquier caso, esta fusión requiere para ser sancionada el voto unánime del Consejo de la Sociedad de las Naciones.

 

Ahora bien. De este consejo forman parte Francia e Italia, dos potencias na-turalmente adversas a la unión de Alemania y Austria. Las dos vigilan, en la Sociedad de las Naciones, contra toda posible tentativa de incorporación de Aus­tria en el Reich.

 

A Francia, como es sabido, la desvela dema­siado la pesadilla del problema alemán. Para muchos de sus estadistas la única solución lógica de este pro-blema es la balkanización de Alema­nia. Bajo el gobierno del bloque nacional Fran­cia ha trabajado ineficaz pero pacientemente por suscitar en Alemania un movimiento separatista. Ha subsidiado elementos secesionistas de diver­sas calidades, empeñada en hacer prosperar un separatismo bávaro o un sepa-ratismo renano. La autonomía de Baviera, sobre todo, parecía uno de los objetivos del poincarismo. El impe­rialismo francés soñaba con cerrar el paso a la anexión de Austria al Reich mediante la consti-

 

 

 

 

 

 

 

 

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tución de un Estado compuesto por Baviera y Austria. Se tenía en vista el vínculo geográfico y el vínculo religioso. (Baviera y Austria son católicas mientras Prusia es pro­testante. Y aún étnicamente Austria se iden­tifica más con Baviera que con Prusia). Pero se olvidaba que su economía y su edu-cación in­dustriales habían generado, un cambio, en el pue­blo austriaco, una tendencia a confundirse y con­sustanciarse con la Alemania manufacturera y siderúrgica, más bien que con la Alemania rural. En todo caso, para que la idea del Estado báva­ro-austríaco prosperase, hacía falta que prendie­se, pre-viamente, en Baviera. Y esta esperanza, como es notorio, ha tramontado antes por el pro­pio poincarismo. Para Francia, por consiguiente, como un anexo o una secuela del problema ale­mán, existe un problema austriaco. "Basta echar una mirada sobre el mapa -escribe Marcel Du­nan en un libro sobre Austria- para comprender toda la importancia del problema austriaco, llave de la mayor parte de las cuestiones políti­cas que interesan a la Europa Central. Libre y abierta a la influencia de las grandes potencias occidentales, Austria asegura sus comunicacio­nes con sus aliados o clientes del cercano Orien­te danubiano y balkánico; abandonada por nosotros a las sugestiones de Berlín, se halla en gra­do de aislarnos de nuestros amigos eslavos. Co­rredor abierto a nuestra expansión o muro er­guido contra ella, Austria confirma o amena­za la seguridad de nuestra victoria y aún la de la paz europea".

 

Italia, a su vez, no puede pensar, sin inquie­tud y sin sobresalto, en la posibi-lidad de que resurja, más allá del Brennero, una Austria poderosa. El pro-pósito de restauración de los Haps­burgo en Hungría tuvo su más obstinado enemigo en la diplomacia italiana, preocupada por la probabilidad de que esa restauración produje‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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se a la larga la reconstitución de un Estado aus­tro-húngaro.

 

Pero, teórica y prácticamente, ninguna de las precauciones del Tratado de Paz y de sus ejecu­tores logra separar a Austria de Alemania. Y, es por esto, que, cuando se trata de las minorías nacionales encerradas dentro de los nuevos límites de Italia, no es Austria sino Alemania la que reivindica sus derechos o apadrina sus as­piraciones. Austria, en último análisis, no es sino un Estado alemán temporalmente separado del Reich.

 

La política de los dos partidos que, desde la caída de los Hapsburgo, com-parten la responsa­bilidad del poder en Austria, se encuentra estrechamente conectada con la de los partidos alemanes del mismo ideario y la misma estructura. El partido social-cristiano, que tiene en Monse­ñor Seipel su po-lítico más representativo, se mueve evidentemente en igual dirección que el centro católico alemán. Y entre el socialismo ale­mán y el socialismo aus-triaco, la conexión y la solidaridad son, como es natural, más señalados to-davía. Otto Bauer, por no citar sino un nom­bre, es una figura común -por lo menos en el terreno de la polémica socialista- a las dos social-democracias germanas. Y el partido socialis­ta austriaco, de otro lado, es el que más signi-ficadamente tiende en Austria a la unión política con Alemania.

 

Concurre a aumentar lo paradójico del caso austriaco el hecho de que este Estado funcione, presentemente, más o menos como una depen­dencia de la Sociedad de las Naciones. Destinado por la raza y la lengua a vivir bajo la influencia política y sentimental de Alemania, el Estado austriaco se halla, financieramente, bajo la tutela de la Sociedad de las Naciones o sea, hasta ahora, de los enemigos de Alemania.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El Austria contemporánea, es lo que no qui­siera ser. Aquí reside el pirande-llismo de su dra­ma. Los seis personajes en busca de autor afir­man exasperada-mente, en la farsa pirandelliana, su voluntad de ser. Austria guarda en el fondo de su alma, su voluntad, más pirandelliana si se quiere, de no ser. Pero el drama, hasta donde cabe un parecido entre los individuos y las naciones, es sustancialmente el mismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ALEMANIA EN LA SOCIEDAD DE LAS NACIONES*

 

 

En 1919, la entrada de Alemania en la Socie­dad de las Naciones, habría reforzado conside­rablemente a este organismo. En 1926 lo refuer­za muchí-simo menos. Los empresarios de la So­ciedad de las Naciones han hecho un pésimo ne­gocio negando a Alemania en 1919 el derecho que, siete años más tarde, se encuentran obligados a reconocerle y casi a ofrecerle.

 

El ingreso de Alemania en 1919 hubiese po­dido aprovechar a la realización de una política de pacifismo democrático y de internacionalis­mo wilsoniano. El Imperio alemán acababa de divorciarse de la monarquía para desposar la democracia. En la presidencia del Reich el sufragio popular había colocado, democráticamente, a un talabartero. En el gobierno y el parlamento domi-naban las fuerzas de la democracia. Por consi­guiente, al seno de la Sociedad de las Naciones. Alemania habría podido mandar hombres como Erzberger, como Rathenau, como Wirth, como Müller, capaces de colaborar, con po-sitivo senti­miento democrático, en los trabajos de la Liga. De otra parte, en ese tiempo, la Liga habría dic­tado a Alemania -y no Alemania a la Liga- las condiciones de admisión.

 

En siete años, el mundo ha dado muchas vueltas. Ha tramontado temprana-mente la ecuméni­ca ilusión witsoniana. La Sociedad de las Nacio­nes ha perdido gran parte de su crédito de la

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima. 27 de Febrero de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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primera hora. Los Estados Unidos le han rehu­sado su concurso. Ha surgido en Europa un régimen político —el régimen fascista— que, fundado teórica y prácticamente en la violencia, no disimula su desdén por la Liga y su ideolo-gía. El propio Estado alemán se ha transformado. No es ya la república social-democrática de Ebert, Erzberger y Rathenau. A la cabeza de la República se encuentra uno de los más cuadrados ge­nerales de la monarquía. Alemania no ingresa a la Liga de las Naciones para trabajar por una reorganización demo-crática del mundo sino pa­ra reclamar su parte en la distribución de colonias y materias primas.

 

Mussolini que sabe encontrar fórmulas agu­das, aunque a veces, como con-viene a su presti­gio de condottiere, prefiera un lenguaje un poco sibilino, ha definido la Sociedad de las Naciones como "una liga de los Estados viejos contra los Estados nuevos". El dictador italiano considera, por supuesto, entre los Estados nuevos, al Estado fascista. Pero, si se prescinde de esta parte subjetiva de su opinión, no se puede negar que su fórmula define bien la función real de la Liga. A pesar de pertenecer al más extremo caudillo de la reacción, cualquier revolucionario puede suscribirla. Como está constituida, la Sociedad de las Naciones, malgrado su programa y su retórica, no representa prácticamente otra cosa que los intereses del orden viejo en pugna con los intereses de un orden nuevo. (Para dar más precisión a la frase de Mussolini basta sustituir la palabra Estado por la palabra orden o régimen).

 

El caso de Alemania confirma esta tesis. La Liga se negó a admitir en su seno a Alemania en un tiempo en que Alemania parecía en tran­ce de devenir un Estado nuevo. (¿Quién puede dudar de que en la cuarentena del Reich no influyó la consideración de su crisis revoluciona‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ría? Entre 1919 y 1923. Alemania se presentaba como un pueblo en peligro de entregarse al bol­chevismo). En cambio ahora que, superado el período de ofensiva revolucionaria, Alemania se presenta en un periodo de estabilización capitalista, que amenaza con culminar en una restau­ración monárquica, los gobiernos que dirigen la política de la Liga no tienen ningún inconvenien­te en invitar al gobierno del Reich a tomar asien­to a su lado. Desde este punto de vista, la admisión de Alemania no aparece como el resul­tado de un proceso de democratización de Europa sino, por el contrario, como la consecuencia de un fenómeno de desdemocratización de Alemania.

 

Y esto no es el solo caso que denuncia el es­píritu esencialmente conservador de la Sociedad de las Naciones. La exclusión de la China del Consejo de la Liga tiene la misma filiación. Se ha dicho, para justificar esta exclusión, que la China, caída en la anarquía, carece de un go­bierno estable. Pero la verda-dera razón es otra. Lo que molesta y preocupa al capitalismo europeo, en la China, no es su estado de anarquía sino su estado de revolución. La situación políti­ca china no era en 1919 más estable que en 1923. Inglaterra no encon-traba en la China en 1923 más orden interno sino menos sumisión a su im-perialismo que en 1919. Un gobierno chino, por sólido que sea realmente, no lo será nunca para Inglaterra y, por ende, para la Sociedad de las Naciones si, como acontece en la actuali­dad, predomina en su composición el partido nacionalista revolucionario (Kuo-Min-Tang) de sospechosa actitud frente al bolchevismo ruso.

 

La incorporación de Alemania en la Liga es un matrimonio de conveniencia. No es a la Alemania de Weimar a la que las potencias que ga­naron la guerra abren las puertas de la Liga. Es más bien, a la Alemania de la restauración. Y

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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esta Alemania impregnada de sentimiento nacio­nalista y conservador, no se moverá dentro de los debates de la Liga sino en la dirección que le señalen los intereses de su expansión indus­trial. La reivindicación fundamental de Ale-mania no deja lugar a equívocos. Es una reivindica­ción de su industria y su comercio que se resuel­ve en un gesto imperialista: la demanda de co­lonias.

 

El finado León Bourgeois, uno de los padri­nos y uno de los retores de la Sociedad de las Naciones, tenía fe absoluta en el porvenir de esta fundación wilsoniana porque "la muerte no puede prevalecer sobre la vida". Pero en sus elocuentes alegatos, no llegaba a demostrar que en la Sociedad de las Nacio-nes estuviesen la salud y la vida del mundo. Se puede pensar, con el profesor de derecho internacional Georges Scelle, que "la evolución del nacionalismo al internacionalismo es una cosa científicamente tan fatal y tan natural como lo fue en el pasado la formación de los grandes Estados por enci­ma de las feudalidades o como lo son hoy las agrupaciones federalistas". Pero esto no obliga a creer en una Sociedad de las Naciones que se apoya en la ideología demo-burguesa, fundamen­talmente nacionalista en sus orígenes y en sus raíces históricas. La idea de la Sociedad de las Naciones intenta resolver el conflicto entre la política nacionalista y la economía internacionalista del orden burgués. Mas pretende resolverlo en servicio de este orden. No puede admitir ni tolerar la idea de su liquidación y de su banca­rrota.

 

Que la Alemania de Hindenburg y Luther se asocie a esta tentativa no tiene absolutamente ninguna trascendencia histórica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ARISTIDES BRIAND*

 

 

El sino de este viejo protagonista de la polí­tica francesa parece ser el de la contradicción y el del conflicto consigo mismo. Briand es —co­mo dicen J. Kessel y G. Suárez— el hombre "que después de haber predicado la revuelta debió reprimirla, después de haber clamado contra el ejército debió hacer la guerra, después de ha­ber combatido un tratado de paz debió aplicarlo". Kessel y Suárez agregan, diseñando un sobrio y fuerte retrato, que Briand "tiene un aire despreocupado y sin embargo atento, cansado y sin embargo pronto para la acción, desencantado y sin embargo curioso".

 

Este retrato histórico y psicológico de Briand podría ser, también, el de la democracia occiden­tal. ¿No ha tenido igualmente la democracia el extraño destino de renegar todos sus grandes principios, todas sus grandes afirma-ciones? Briand es su personaje representativo. Briand, que como Viviani, como Clemenceau, como Millerand, como casi todos los mayores estadistas de los últimos veinte años de la historia de Francia, procede de ese socialismo que la crí­tica aguda y certera de George Sorel marcó a fuego.

 

En el socialismo, este parlamentario elocuen­te, cuyos ojos de desilusionado tienen a veces un resplandor dramático, debutó con una actitud extremista. Fue uno de los primeros teorizantes de la huelga general revolucionaria. Pero este ex­tremismo duró poco. Briand, nacido bajo el sig-

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima. 13 de Marzo de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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no de la democracia, no estaba destinado a la misión ascética de un Sorel. Había en su espíri­tu la movilidad y la inconstancia que en Italia debían sin-gularizar, más tarde, a Arturo Labrio­la, en su trayectoria del más intransigente sindi­calismo revolucionario a la más blanda profesión social-democrática.

 

Pocos años después de su gesto revolucionario, Briand se convertía, dentro del socialismo, en el abogado sagaz y dúctil de la entrada de Millerand en el gabinete de Waldeck-Rousseau. Ha­bía encontrado ya su camino. En la de-liberación y manipulación de las fórmulas equívocas, sobre las cuales se construyó en Francia la unidad so­cialista, había descubierto su innata aptitud de parlamentario. La hora era del parlamento, no de la revolución. ¿Qué cosa mejor que un parla­mentario podía ser entonces, Briand? En el gru­po de dipu-tados del partido socialista, el puesto de líder pertenecía por antonomasia y para toda la vida a Jaurés. Por consiguiente, había que sa­lir del socialismo. Millerand había señalado la vía.

 

Briand, por la misma vía, encontró pronto su ministerio. El fenómeno drey-fussista aseguraba a las izquierdas, al radicalismo demo-masónico y pequeño burgués, un largo período de gobier­no. Y sus experimentos, sus maniobras, sus fin­tas, reclamaban en algunos puestos de su bata­lla parlamentaria a hom-bres de filiación y estilo un poco rojos. A Briand se le llamó al poder pa­ra encargarle la aplicación de la ley de separa­ción de la Iglesia y el Estado. En consecuencia, por una larga temporada parlamentaria, si no el léxico socia-lista, Briand conservó al menos una elocuencia, un ademán y una melena asaz jaco­binos.

 

Poco a poco, de su pasado no le quedó sino la melena. Como jefe del gobierno, le tocó, final‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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mente, sentirse responsable de la suerte de la burguesía. El teórico de la huelga general revo­lucionaria aceptó, en la historia de la Tercera República, el rol de represor de una huelga de ferroviarios.

 

Vituperado por la extrema izquierda, calificado de "aventurero" por Jaurés, de quien había sido teniente en la plana mayor de "L'Humani­té", Briand se inscribió, definitivamente, en el elenco de las bonnes a tout faire de la Tercera República. Sin embargo, la "unión sagrada" marcó, en su biografía, una estación adversa. Las derechas, usufructuarias principales de la guerra, miraban con recelo a este parlamentario orgáni­co que en su larga carrera política había hecho tan copioso uso de las palabras Libertad, Paz, Demo-cracia, etc.

 

En las elecciones de 1919 Briand fue naturalmente uno de los candidatos del bloque nacional. Pero el predominio espiritual de las derechas en este vasto conglomerado, entrababa sus planes. Y Briand, por esto, empleó su astucia parlamen­taria en la empresa de dividirlo. A derecha, en el bloque nacional, había algunos jefes. Al cen­tro, en cambio, no había casi ninguno. La iz-quierda, batida en la persona de Caillaux, se contentaba con colaborar con cualquier gobierno que se tiñese de color republicano. Briand se da­ba cuenta de la facilidad de devenir la cabeza de esta mayoría acéfala. "Yo aconsejé al leader de la Entente republicana —ha contado el propio Briand— que se decidiera a una operación qui­rúrgica y a constituir dos grupos en lugar de uno. No estábamos en la cámara para actuar sentimentalmente". El proyecto nau-fragó. El blo­que nacional prefirió subsistir como había naci­do. Mas Briand logró siempre aprovecharse de su acefalía. Caído Leygues, sobre la base de esta heteróclita mayoría, constituyó por sétima vez en su vida, el gobierno de Francia. Su ministerio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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escolló en Cannes. No obstante su experiencia de piloto parlamentario, Briand no pudo evitar los arrecifes del belicismo declamatorio del bloque nacional que encontraban un apoyo activo en el presidente de la república, tentado por la am­bición de devenir en dictador de la victoria.

 

Pero con las elecciones de 1924 llegó su revan­cha. Su instinto electoral le había consentido asumir, oportunamente, una actitud de hombre de izquierda. El bloque de izquierdas lo contó entre sus diputados. Y, consiguientemente, en­tre sus líderes. El primer experimento guberna­mental le tocó a Herriot; el segundo a Painlevé. A la derecha del sabio geómetra, a quien la agre­siva prosa de León Daudet define como el solo presente cómico que las mate-máticas han hecho a la humanidad, Briand aguardaba su turno.

 

Situado a la derecha también, en el bloque radical-socialista Briand ha tenido a éste, en más de una ocasión, casi a merced de su pequeño grupo de dipu-tados. Y durante algunos meses, maniobrando diestramente en un mar en borrasca, ha sabido conservar a flote su octavo ministe­rio. Ha querido actuar una política más o menos derechista con un ministerio oficialmente sostenido por las izquierdas. Algo fatigado, sin duda, de contradecirse un tanto solo, ha preten­dido que con él se contradijera una entera coa­lición, de la cual forma parte el partido socialis­ta oficial que, en los tiempos de Guesde, Vaillant y Jaures lo reprobó y condenó por una desvia­ción después de todo menos grave.

 

Ha dejado creer, finalmente, que estaba dis­puesto, en última instancia, a imponer a Francia su dictadura. Poincaré se ha sonreído de esta posibilidad. ¿Briand, dictador? imposible. Un parlamentario clásico, no puede asestar un golpe de muerte al parlamentarismo francés. Cuando Francia se decida por un dictador, lo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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elegirá, como es lógico, en la derecha. (El Gene­ral Lyautey, desocupado des-de el fin de su regen­cia en Marruecos, se encuentra, por ejemplo, disponible). Esto es muy cierto. Pero es también muy sensible. Porque, después de sus variadas contradicciones, nada coronaría mejor la carrera del demócrata, del republicano, del parlamenta­rio, que un golpe de estado contra la democracia, contra la república y contra el parlamento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA CRISIS DE LA SOCIEDAD DE LAS NACIONES*

 

 

Con motivo de la última malandanza de Gi­nebra se ha agitado en todo el mundo el debate sobre la Sociedad de las Naciones. Esta vez, una buena parte de la propia opinión demo-burguesa se ha manifestado propensa a convenir en la quiebra, en el fracaso de la ecuménica y universitaria concepción de Wil-son. Nunca se había percibido tan neta y claramente su crisis.

 

Pero, en realidad, el episodio de Ginebra no ha revelado nada nuevo. Es un síntoma de la crisis; no es la crisis misma. La situación de la Liga, antes de esta reciente desventura, no era sustancialmente mejor. La sensación de fra-caso depende de que la reunión de Ginebra, en concepto de los fautores de la Liga, debía haber marcado, con la incorporación de Alemania, un gran progreso hacia la realización de la idea wil­soniana. Descontando este hecho, inflaron anti­cipadamente su importancia. Por eso, aunque en Ginebra la entrada de Alemania no ha quedado sino diferida, la diplomacia mundial ha salido esta vez con una decepción insólita.

 

La verdadera significación del incidente de Ginebra no está en lo que ha frustrado, que en verdad no ha sido mucho, sino en lo que ha descubierto o, más bien, evidenciado. Que el ingre­so de Alemania haya sido postergado por algu­nos meses, no tiene nada de alarmante y dra‑

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 27 de Marzo de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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mático. Pero no se puede decir lo mismo del conflicto de intereses y pasiones que ha causado la postergación. Ese conflicto demuestra incontestablemente que, de acuerdo con sus anti­guos hábitos diplomáticos, los Estados no van a la Liga para cooperar sino, más bien para combatirse. O, por lo menos, simplemente, para de­fenderse.

 

Según la doctrina wilsoniana, la Liga de las Naciones debía liquidar el sistema de alianzas y equilibrio internacionales que produjo la gran guerra. Mas, a despecho de la Liga, el sistema subsiste. Y la Liga se encuentra obligada a acep­tarlo en su propia constitución.

 

El pleito por los sillones del consejo supre­mo de la Liga no tiene otro sentido. Francia que no quiere sentirse sola en el Consejo reclama un puesto en él para su aliada Polonia. Alema­nia rehúsa entrar al consejo si no es en condi­ciones de perfecta igualdad con las otras poten­cias que forman ya parte de él. Los puestos fi­jados por el tratado de Versalles resultan insu­ficientes. Las potencias que los han ocupado no se avienen a perderlos. En tanto, los candidatos a nuevos sillones aguardan a la puerta. Y un eventual aumento del número se-ñalado en Versalles no tendría otra consecuencia que multi­plicarlos.

 

El voto de un miembro del Consejo ha detenido la entrada de Alemania. Francia —la Fran­cia del bloque nacional— responsable de la cláu­sula absurda que confiere este poder a un solo voto, puede haberse complacido de este alto su­frido por su adversaria en el umbral mismo de la Liga. Pero mañana, desde que Alemania in­grese en el Consejo, el poder de un voto solita­rio y recalci-trante en las deliberaciones de la Sociedad tiene que parecerle un poder exce-sivo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Se anuncia una revisión de los estatutos de la Sociedad de las Naciones. La enmienda de la Sociedad comenzó casi al día, siguiente de su creación. Mas no como avance sino como retroceso. La Sociedad de las Naciones se aleja cada día más del ideal de Wilson. Su salvación parece residir en la reducción de sus funciones, en la deformación de sus fines. Inglaterra declara oficial-mente que el Consejo debe estar compues­to exclusivamente por las grandes potencias. Se ha excluido ya a la China. El humor de la di­plomacia europea se muestra crecientemente adverso a conceder a un lejano país de América o Asia o a un pequeño país de la misma Europa el derecho de intervenir en una cuestión decisiva acaso para el destino de Occidente. La conducta del Brasil en Ginebra no puede dejar de esti­mular este sentimiento.

 

Si su consejo supremo se convierte en una conferencia de embajadores de las grandes po­tencias, como es el deseo de los conservadores británicos, ¿qué cosa quedará de la Sociedad de las Naciones? Un escritor reaccionario, Jacques Bainville, constata con razón que la "participa­ción de los Estados Americanos o asiáticos tien­de a tonarse honoraria". Definiendo la actual situación de la Liga, Bainville observa que "más o menos reducida a un rol europeo, es un meca­nismo análogo a la corte de la Haya, la cual no impide ninguna guerra".

 

Los que hablan del "espíritu de Locarno" tie­nen que aceptar, después de su derrota en Gi­nebra, que la difusión y la influencia en el mun­do de este espíritu de paz y de cooperación son aún muy limitadas. Italia que no parece extra­ña a la actitud del Brasil, es una de las grandes potencias que, teóricamente, debían representar ese espíritu. Bien sabemos, sin embargo, que no hace otra cosa que sabotearlo. El fascis­mo es, por naturaleza, guerrero. Sus escritores

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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se burlan acérrimamente de las ilusiones pacifis­tas. Y todo el porvenir del régimen fascista depende de la fortuna de la política internacional de Musso-lini para la cual sería funesto un equi­librio que consagrase la jerarquía inter-nacional establecida por los pactos de paz. Mussolini le ha prometido a su pueblo la restauración del Imperio romano.

 

Los más iluminados y sinceros fautores de la Sociedad de las Naciones la destinan por largo tiempo a un oficio muy modesto si se le com­para con el que le asignó el pensamiento de Wilson. "El verdadero trabajo, la efectiva y fecunda actividad de la S.D.N. —escribe Georges Scelle— consiste hoy y consistirá por mucho tiempo en reconocer, analizar, organizar y de­sarrollar la solidaridad entre las diversas comu­nidades sociales, estatales, etc., que la compo­nen. Para juzgar este rol importante dispone de organizaciones técnicas ya evolucionadas: orga­nización internacional del Trabajo, de las Comunica-ciones, de la Higiene; organización eco­nómica y financiera que acaba de restaurar la economía austriaca; comisión de cooperación in­telectual; servi-cios diversos que colaboran en la obra social y humanitaria de la Sociedad".

 

De esto a lo concebido por Wilson hay mucha distancia. Pero a nada más que a esto puede aspirar la civilización burguesa. Los servicios de estadística, de información y de estudio de la Liga, he ahí lo único que existe y funciona efec­tivamente. La Liga misma, como tal, no existe ni funciona sino en teoría. En la práctica, no es más que lo que acabamos de ver en la reu­nión de Ginebra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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FARINACCI*

 

 

Farinacci ha dado su nombre, su tono y su estilo a una tensa y acre jornada de la campaña fascista. Después de catorce meses de agresiva campaña, ha de-jado el puesto de secretario ge­neral del partido fascista, al cual fuera llamado cuando Mussolini, convencido de que la "vario-pinta" oposición del Aventino no era capaz de la insurrección, resolvió pasar a la ofensiva, inau­gurando una política de rígida represión de las campañas de la prensa y de tribuna de sus mu­chos y muy enconados pero heterogéneos y mal concertados adversarios.

 

Fascista de la primera hora, Farinacci procede de la pequeña burguesía y del socialismo. Fue en 1914 uno de los disidentes socialistas que pre­dicaron la intervención. En esta falange a la que, por diversos caminos, arribaban sindicalistas re­volucionarios como Corridoni, socialistas tempestuosos como Mussolini y socialistas reformistas y parlamentarios como Bissolati, era Farinacci un milite oscuro y terciario. No le destacaban siquiera el ánimo ardito, osado, ni la actitud temeraria, demagógica. Amigo y adepto del dipu-tado Bissolati, líder de un grupo de socialistas colaboracionistas, Farinacci tenía una franca posición reformista y democrática. La guerra exal­tó su temperamento y cambió su filiación. El gregario del reformismo bissolatiano se convir­tió en un ardiente secuaz de Mussolini.

 

En el fascismo, Farinacci encontró su camino y descubrió su personalidad, que no eran, —con‑

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 9 de Abril de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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trariamente a lo que hasta entonces podía haberse pronosticado—, los de un pávido y mesurado funcionario social-democrático, sino los de un frenético y encendido agitador fascista. El opaco ferroviario, se sintió elegido para jugar un rol en la historia de Italia.

 

Fue el organizador y el animador del fascis­mo en la provincia de Cremona, una de las pro­vincias septentrionales donde prendió más tem­pranamente el fuego mussoliniano. Esta actua­ción le franqueó en las elecciones de 1921 las puertas de la Cámara. Le tocó a Farinacci ser uno de los fascistas que ingre-saron entonces al Parlamento para denunciar, tumultuariamente, los impro-perios y los anatemas de los entonces innumerables diarios de oposición. Pero desde que el fascismo inició su contraofensiva, —a continuación de un famoso discurso de Mussoli­ni en la cámara, asumiendo toda la responsabi­lidad histórica y política de la violencia fascista y desafiando al bloque del Aventino a acusarlo categóricamente de culpabilidad en el asesinato de Matteotti—, Farinacci resultó designado fatalmente por la situación y los acontecimientos pa­ra ocupar el puesto de mando. La elección de Fa­rinacci como secretario general del fascismo co­rrespondió al nuevo humor escuadrista de los "camisas negras".

 

Esta designación era, más aún que el discur­so de Mussolini del 3 de enero, una enfática de­claratoria de guerra sin cuartel. Y no de otro modo sonó en los oídos y en los ánimos de los diputados del Aventino que, en seis meses de vo-ciferación antifascista, habían consumido su energía y perdido la oportunidad de derrocar al fascismo.

 

Durante más de un año, el puño y la frase crispados del terrible ferroviario de Cremona han marcado el compás de la política fascista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Los elementos templados y discretos del fascis­mo han tenido que sufrir, resignadamente, du­rante todo este tiempo, su implacable dictadura y su pésima sintaxis. Un seco y agrio úkase de Farinacci, a poco de su asunción de la secretaría general, expulsó del fascismo, marcándolo a fuego como un traidor, a uno de los más significados entre estos elementos, Aldo Oviglio, ex-mi­nistro de justicia del régimen fascista.

 

Pero un año de represión policial y de movi­lización escuadrista ha bastado al fascismo para liquidar al bloque del Aventino y para sentar las bases de una legislación fascista que radicalmen­te modifica el estatuto de Italia. Otras ofensivas escuadristas serán, sin duda, necesarias en lo porvenir. Mas, por ahora, el fascismo puede ha­cer reposar sus cachiporras. El juicio Matteotti ha concluido con la absolución de los responsa­bles, y hace año y medio era para el propio Duce del fascismo un crimen nefando. En la audien­cia de Chieti, Farinacci ha hecho no la defensa, sino más bien la apología, de Amerigo Du-mini y de sus secuaces. Después de este último golpe de manganello, no le quedaba a Farinacci na­da que hacer en la jefatura del fascismo donde, pasada la tempestad, su virulencia y su belico­sidad habían empezado a volverse embarazantes. Farinacci en 1925 era el jefe lógico del fas­cismo; en 1926, su misión ha concluido. Mussoli­ni, que, buen conocedor de la psicología de su gente, usa fórmulas solemnemente sibilinas, condensa el programa, fascista para este año en es­tas dos palabras: silencio y trabajo. Estas palabras, según el lenguaje del "Popolo d'Italia", definen el estilo fascista en 1926.

 

Los alalás de Farinacci no se compadecían con el nuevo estilo fascista. Por esto, —licenciado o no por Mussolini—, Farinacci ha dejado el comando del partido. Desde hace algún tiempo se señalaba y se comentaba su sordo disenso, su

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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silenciosa lucha con Federzoni. El ministro del interior, con Rocco, Mera-viglia, y otros, "nacio­nalistas", representa el sector moderado, tradicional, derechista del fascismo. Y por el momen­to, ésta es la gente que debe dar el tono al régi­men. El escuadrismo, momentáneamente, se retira a Cremona.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA NUEVA RUSIA Y LOS EMIGRADOS*

 

 

Hace tres años que Herriot, de regreso de una visita a los soviets, certificó en su libro La Rus­sie Nouvelle, el deceso de la vieja Rusia zaris­ta. "La vieja Rusia ha muerto para siempre", de­claró Herriot categórica y rotundamente. Su tes­timonio no era recusable ni sospechoso para la familia demócrata. Provenía de uno de sus más voluminosos y autorizados líderes. Próximo al gobierno, cauto y ponderado por temperamento, no podía suponerse a Herriot capaz de una aser­ción imprudente respecto a Rusia.

 

En el discurso de estos tres años la Rusia nue­va ha seguido creciendo. Des-pués del de Herriot, otros testimonios burgueses han confirmado su vitalidad.

 

Para reanimar su decaída campaña de pren­sa contra los soviets, la plutocracia francesa ha recurrido a un novelista y polemista, el señor Henri Beraud. Los novelistas no tienen ordina­riamente más imaginación que los políticos. Pero, aunque parezca imposible, tienen casi siem­pre menos escrúpulos. El señor Beraud, digno espécimen de una categoría venal y arribista, lo ha demostrado con un libro mendaz sobre Ru­sia, en cuya capital el obeso autor del Martyr de l'Obese ha pasado unos pocos días que le han parecido suficientes para fallar inapelablemente sobre la gran revolución.

 

Pero el propio libro del señor Beraud —a cuyo testimonio amoral podemos oponer el honesto

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 17 de Abril de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

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testimonio de Julio Alvarez del Vayo— no se atre­ve a negar la nueva Rusia. (No se propone sino deformarla y difamarla). Y, por supuesto, menos aún se atreve a creer en la supervivencia o en la resurrección de la vieja Rusia de los grandes duques.

 

Los únicos seres que osan, a este respecto, negar la evidencia, son los "emi-grados" rusos. Claro está, que todos no. La mayoría se ha resignado, final-mente, con su derrota. La sabe de­finitiva desde hace mucho tiempo. Es una minoría de políticos desalojados y licenciados la que, inocua y dispersamente, protesta todavía contra el régimen establecido por la revolución de oc­tubre.

 

Esta minoría se fracciona en diversas corrien­tes y obedece a distintos cau-dillos. El frente anti-bolchevique es abigarradamente pluricolor y heteróclito. Se compone de zaristas ortodoxos, liberales monárquicos, demócratas constitucionales o "cadetes", mencheviques, socialistas revolucionarios, anarquistas, etc. Agrupadas estas faccio­nes según sus afinidades teóricas, la oposición resulta dividida en tres tendencias: una tendencia que aspira a la restauración del zarismo, una ten­dencia que sueña con una monarquía constitucio­nal y una tendencia que propugna una repúbli­ca más o menos social-democrática.

 

La más desvaída y gastada de estas fuerzas, la monárquica, es la que ha adunado recientemente en Paris a sus corifeos. Sus deliberaciones no tienen ninguna trascendencia. El mismo lenguaje tartarinesco de este congreso de mayordo­mos y tinterillos de los primos y tíos del último zar, carece absolu-tamente de novedad. Los resi­duos del zarismo se han reunido muchas veces en análogas asambleas para discurrir bizarramen­te sobre los destinos de Rusia. La amenaza de una expedición decisiva contra los soviets ha si-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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do pronunciada con idéntico énfasis desde mu­chos otros escenarios.

 

Los "emigrados" no logran engañarse, segu­ramente, a sí mismos. No es probable que logren engañar tampoco a los banqueros de Nueva York que, según sus planes, deben financiar la cam­paña. El pobre gran duque Nicolás que anuncia su intención de marchar marcialmente a Rusia, no ha tenido ánimo para marchar burguesamen­te a París a asistir a la asamblea. El cable dice que corría el peligro de ser asesinado por los agentes del bolchevismo. Pero el bolchevismo no tiene probablemente interés en suprimir a un per-sonaje tan inofensivo y estólido.

 

Los soberanos y los banqueros de Occidente, que han armado contra los soviets en el período 1918-1923 una serie de expediciones, conocen dema-siado a esta gente. Conocen, sobre todo, su incapacidad y su impotencia. Se dan cuenta cla­ra de que lo que los ejércitos de Denikin, Jude­nitch, Kolchak, Wrangel, Polonia, etc., bien abas­tecidos de armas y de dinero, no pudieron conseguir en días más propicios, menos todavía pue­de conseguirlo ahora un ejército del gran duque Nicolás.

 

El caso Boris Savinkov esclarece muy bien el drama de los emigrados. (De los únicos emigrados que es dable tomar en cuenta). Savinkov, ministro del gobierno de Kerensky, socialista re­volucionario, con una larga foja de ser-vicios de conspirador y terrorista, fue el adversario más frenético y encar-nizado de los soviets. Desde la primera hora luchó sin tregua contra el bol-chevismo. Participó en todas las conspiraciones y todos los complots anti-sovietistas. Organizó atentados contra los jefes del régimen. Colabo­ró con monarquistas y extranjeros. Pero en estas campañas y fracasos acumuló una dolorosa ex­periencia. Y, después de obstinarse mil veces en

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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su rencor rabioso contra los soviets, acabó por reconocer que éstos repre-sentaban realmente los dos ideales de su larga vida de conspirador: la Revo-lución y la Patria. Temerario, intrépido, Bo­ris Savinkov no se contentó con una constatación melancólica de su error. Quiso repararlo heroi­camente. Y se presentó en Rusia. Sabía que en Rusia no podía encontrar sino la muerte. Mas su destino lo empujaba implacablemente.

 

El proceso de Savinkov es uno de los episo­dios más emocionantes y dramá-ticos de la revo­lución. El jefe terrorista, el líder revolucionario, confesó a sus jueces todas sus responsabilida­des. Pero reivindicó su derecho a renegar su error, a abjurar su herejía: "Ante el tribunal pro­letario de los representantes del pueblo ruso — dijo— yo declaro que me equivocaba. Yo reco­nozco el poder de los soviets. Yo digo a todos los emigrados: el que ame al pueblo ruso debe reconocer su gobierno. Esta declaración me es más penosa de lo que me será vuestro veredicto. He comprendido que el pueblo está con vosotros no ahora, cuando los fusiles me apuntan, sino hace un año, en Paris. Espero una condena a muerte, No demando piedad. Vuestra conciencia revolucionaria os recordará que fui revoluciona­rio". El tribunal condenó a muerte a Savinkov, pero gestionó, en seguida, la conmutación de la pena. El gobierno la conmutó por diez años de reclusión. Luego, convencido de la sinceridad de la conver-sión de su adversario, le acordó el in­dulto. Mas a Savinkov esto no le bastaba. Su vida de revolucionario incansable se resistía a con­cluir pasiva y oscura-mente en la inacción. Savin­kov se había sentido siempre nacido para servir a la revolución social. Si la revolución lo repu­diaba, ¿para qué quería su per-dón? La amnistía, el olvido, eran un castigo peor que la muerte. Demasiado impetuoso, demasiado impaciente pa-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ra esperar silencioso e inerte, Boris Savinkov se suicidó en la cárcel.

 

La vida romancesca y tormentosa de este per­sonaje compendia y resume el drama de la con­tra-revolución. Las bufas baladronadas de los grandes duques son sólo su anécdota cómica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LAS NUEVAS JORNADAS DE LA REVOLUCION CHINA*

 

 

He escrito dos veces en "Variedades" sobre la China. La primera vez bos-quejando a grandes trazos el proceso de la revolución. La segunda vez, exa-minando la agitación nacionalista con­tra los diversos imperialismos que se disputan el predominio en el territorio y la vida chinas.

 

El cuadro general no ha cambiado. En el dis­tante, inmenso y complejo esce-nario de la Chi­na, continúa su accidentado desarrollo una de las más vastas luchas de la época. Pero las po­siciones de los combatientes se presentan tem-poralmente modificadas. Los últimos episodios señalan una victoria parcial de la contraofensi­va reaccionaria e imperialista.

 

La agitación revolucionaria y nacionalista ad­quirió hace algunos meses una extensión insóli­ta. El espíritu anti-imperialista de Cantón, sede de la China republicana y progresista del Sur, arraigó y prosperó en Pekín, centro de una bu­rocracia y una plutocracia intrigantes y cortesa­nas. Las huelgas anti-imperialistas de Shanghai repercutieron profundamente en Pekín, donde los estudiantes organizaron enérgicas manifestacio­nes de protesta contra los ataques extranjeros a la independencia china.

 

Bajo la presión del sentimiento popular se constituyó en Pekín un ministerio de coalición, en el cual estaba fuertemente representado el

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima. 24 de Abril de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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partido Kuo-Ming-Tang, esto es el sector de iz­quierda. El Presidente de la República Tuan Chui Yi —cuya dimisión nos acabó de anunciar el cable— no representaba nada. El poder militar se encontraba en manos del general pro-testante Feng-Yu-Hsiang quien, ganado por el sentimien­to popular, se entre-gaba cada día más a la cau­sa revolucionaria.

 

El problema de la China asumió así una gra­vedad dramática precisamente en un período en que, diseñado un plan de reconstrucción capitalista, el Occi-dente sentía con más urgencia que antes la necesidad de ensanchar y reforzar su imperio colonial. Las potencias interesadas en la colonización de la China discutían desde hacía algún tiempo, con creciente preocupación, los medios de entenderse y concertarse para una ac­ción mancomunada. La marejada nacionalista de 1925 vino a colmar su impaciencia. Inglaterra, sobre todo, se mostró exasperada. Y, sin ningún reparo, usó con la China un lenguaje de violenta amenaza. Las potencias que, como principio su­premo de la paz, habían proclamado el derecho de las naciones a disponer de sí mismas y que, más tarde, habían declarado enfática y expresamente su respeto a la indepen-dencia de la China, hablaban ahora de una intervención marcial que renovase en el viejo imperio los truculentos días del general Waldersee.

 

El gobierno de Pekín fue acusado, como antes el gobierno de Cantón, de ser un instrumen­to del bolchevismo contra el occidente y la civi­lización. Kara-khan, embajador de los Soviets en Pekín, fue denunciado como el oculto empresa­rio y organizador de las protestas anti-imperia­listas.

 

Si se tiene en cuenta todas estas cosas, se comprende fácilmente el sentido de los últimos acontecimientos. Chang-So-Lin, el dictador de la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Manchuria, y Wu-Pei-Fu, el ex-dictador de Pekín, son dos personajes dema-siado conocidos de la China. Se ve claramente la mano que los mueve. La reconquista de Pekín representa inequívocamente una empresa imperialista y reaccionaria.

 

Chan-So-Lin, déspota de la China feudal del Norte, que hace varios años proclamó su inde­pendencia del resto del Imperio, es un notorio aliado del Japón. Hace aproximadamente un año y medio, arrojó de Pekín a Wu-Pei-Fu, amigo y servidor de Inglaterra, que aspiraba al restable­cimiento de la unidad china, sobre la base de un régimen centralista sedicentemente democrático. Después de colocar a Tun Chui-Yi en la presi­dencia de la república, el dictador manchú se retiró a Mukden. Pero en la China el presidente de la república es sólo un personaje decorativo. Por encima del presidente, está siempre un general. El general protestante Feng-Yu-Hsiang fue quien efec-tivamente ejerció el poder, como hemos visto, bajo la presidencia de Tuan-Chui-Yi.

 

Cuando el peligro de Feng-Yu-Hsiang empe­zó a parecer excesivo para todos, Chang-So-Lin y Wu-Pei-Fu convergieron sobre Pekín. Esta vez no para lanzarse el uno contra el otro sino para eliminar un enemigo común. El éxito de su cam­paña es lo que ahora tenemos delante en el intrincado tablero chino.

No hace falta saber más para darse cuenta de que estamos asistiendo al desenlace de sólo un episodio de la guerra civil en la China. Chang-So-Lin y Wu-Pei-Fu pueden coincidir frente a Feng-Yu-Hsiang y contra el movimiento Kuo-Ming-Tang. Pero, una vez recuperado Pekín, su so­lidaridad termina. Chang-So-Lin se sentirá de nuevo el aliado del Japón; Wu-Pei-Fu, el aliado de Inglaterra. Estados Unidos, rival en la China de Inglaterra y del Japón, movi-lizará contra uno y otro a un tuchun ambicioso. Y, de otro lado, el partido Kuo-Ming-Tang, que domina en Cantón,

 

 

 

 

 

 

 

 

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no se desarmará absolutamente. Los desmanes imperialistas le darán muy pronto una ocasión de reasumir la ofensiva.

 

La responsabilidad del caos chino aparece, pues, ante todo, como una res-ponsabilidad de los imperialismos que en el viejo imperio ora se contrastan, ora se entienden, ora se combaten, ora se combinan. Si estos imperialismos dejaran realizar libremente al pueblo chino su re­volución, es probable que un orden nuevo se ha­bría ya estabilizado en la China. El dinero del Japón, de Inglaterra, de los Estados Unidos, ali­menta incesantemente el desorden. La aventura de todo tuchun mercenario está siempre sub­sidiada por algún imperialismo extranjero.

 

En un país como la China, de enorme pobla­ción e inmenso territorio, donde subsiste una numerosa casta feudal, la empresa de mantener viva la revuelta no resulta difícil. Actúa, en pri­mer lugar, la fuerza centrífuga y secesionista de los sentimientos regionales de provincias que se semejan muy poco. En se-gundo lugar, la omni­potencia regional de los jefes militares (tuchuns) prontos a mudar de bandera. Un tuchun potente basta para desencadenar una revuelta.

 

La república, la revolución, no son sólidas sino en la China meridional, donde se apoyan en un vasto y fuerte estrato social. Cantón, la gran ciudad industrial y comercial del sur, es la ciu­dadela del Kuo-Ming-Tang. Su proletariado, su pequeña burguesía, son devotamente fieles a la doctrina revolucionaria del doctor Sun-Yat-Sen. Esta es la fuerza histórica que cualesquiera que sean los obstáculos que el capitalismo occiden­tal le amontone en el camino, acabará siempre por prevalecer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA HUELGA GENERAL EN INGLATERRA*

 

 

Para comprender la magnitud de esta huelga general, que paraliza la actividad del país más potente del mundo, basta considerar la trascen­dencia del pro-blema que la origina. No se trata de una mera cuestión de salarios. El prole-tariado británico lucha en apariencia contra la re­ducción de los salarios de los obreros de las mi­nas de carbón; pero, en realidad, lucha por el establecimiento de un nuevo orden económico. El problema de los salarios no es sino una cara del problema de las minas de carbón. Lo que se discute funda-mentalmente es la propiedad misma de las minas.

 

Los patrones pretenden que las condiciones de la industria no les permite mantener los salarios vigentes. Los obreros se niegan a aceptar la rebaja. Pero no se detienen en este rechazo. Puesto que los patrones se declaran incapaces para la gestión de la industria con los actuales salarios, los obreros proponen la nacionalización de las minas.

 

Esta fórmula no es de hoy. Los gremios mi­neros sostuvieron por ella en 1920 una huelga de tres meses. Les faltó entonces una solidaridad activa de los gremios ferroviarios y portuarios. Y esto les obligó a ceder por el momento. Mas al primer intento patronal de tocar los salarios, la reivindicación obrera ha resurgido. Hace varios meses el gobierno conservador evitó la huelga subsidiando a los industriales para que mantu­vieran los salarios mientras se buscaba una so‑

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 8 de Mayo de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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lución. El plazo se ha vencido sin que la solu­ción haya sido encontrada. Y como patrones y obreros no han modificado en tanto su actitud, el conflicto ha sobrevenido inexorable. Esta vez está con los mineros todo el proletariado británico.

 

Presenciamos, en la huelga general inglesa, una de las más trascendentes batallas socialis­tas. Los verdaderos contendientes no son los pa­trones y los obreros de las minas británicas. Son la concepción liberal y la concepción socialista del Estado. Las fuerzas del socialismo se encuen­tran frente a frente de las fuerzas del capitalis­mo. El frente único se ha formado automáticamente en uno y otro campo. La práctica no consiente los mismos equívocos que la teoría. Los reproches a la política conservadora que acom­pañan la declaración no disminuyen el valor de ésta. Y en el frente obrero, luchan juntos reformis-tas y revolucionarios. Thomas y Cook, Mac Donald y Savlatkala.

 

Inglaterra es la tierra clásica del compromi­so y de la transacción. Mas en esta cuestión de las minas el compromiso parece impracticable. En vano trabajan desde hace tiempo por encon­trarlo los reformistas de uno y otro bando. Sus esfuerzos no producen sino una complicada fór­mula de semiestadización de las minas, cuya eje­cución nadie se decide a intentar hasta ahora.

 

El problema de las minas constituye el pro­blema central de la economía y la política ingle­sas. Toda la economía de la Gran Bretaña repo­sa, como es bien sabido, sobre el carbón. Sin el carbón, el desarollo industrial británico no habría sido posible. Cuando el Labour Party propone la nacionalización de las hulleras, plantea el problema de transformar radicalmente el ré­gimen económico y político de Inglaterra. En un país agrícola como Rusia la lucha revoluciona‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ria era, principalmente, una lucha por la sociali­zación de la tierra. En un país industrial como Inglaterra la propiedad de la tierra tiene una im­portancia secundaria. La riqueza de la nación es su industria. La lucha revolucionaria se presenta, ante todo, como una lucha por la socialización del carbón.

 

El Estado liberal desde hace tiempo se ve constreñido a sucesivas y esporádi-cas concesio­nes al socialismo. Sus estadísticas han inventado el intervencio-nismo que no es sino la teorización del fatal retroceso de la idea liberal ante la idea colectivista. El período bélico requirió un empleo extenso del método intervencionista. Y, durante la post-guerra, no ha sido posible abandonarlo. El fascismo, que, en el plano económico, propug­naba un cierto liberalismo, incompatible desde luego con su concepto esencial del Estado, ha tenido que seguir en el poder una orientación in­tervencionista.

 

Pero el intervencionismo no es una política nueva. No es sino un expediente moderno de la vieja política demo-liberal. En Inglaterra, por ejemplo, ha podido hace meses postergar el con­flicto minero, pero no ha podido resolver la cues­tión que lo engendra. El Estado liberal se queda inevitablemente en estas cosas a mitad de camino.

 

Los hombres de Estado de la burguesía in­glesa saben que la única solución definitiva del problema es la nacionalización de las minas. Pero saben tam-bién que ésta es una solución so­cialista y, por ende, antiliberal. Y que el Estado burgués ha renegado ya una gran parte de su ideario, pero no puede renegarlo del todo, sin condenarse a sí mismo teórica y prácticamente.

 

Por esto ninguno de los proyectos de semi­estadización de las minas ha prosperado. Han

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tenido todos el defecto original de su hibridismo. Los han rechazado, de una parte, en nombre de la doctrina liberal y, de otra parte, en nombre de la doc-trina socialista. Y, sobre todo, a consecuencia de su propia deformidad, se han mos­trado inaplicables.

 

El gobierno conservador de Baldwin, que cuando, en la necesidad de evitar la huelga, concedió a la industria un subsidio, se manifestó intervencionista, representa en la lucha presen­te la concepción del Estado liberal. (Conservan­tismo y liberalismo son términos que designan actualmente en Inglaterra dos tonalidades, dos caras de un mismo régimen). Hace algunos me­ses su inter-vencionismo, denunciado como una abdicación ante la amenaza obrera, de-tuvo la huelga. Ahora su abstencionismo, esto es su li­beralismo, la ha dejado producirse.

 

No hagamos predicciones. El desarrollo de la batalla puede ser superior al que son capaces de prever los cálculos de probabilidades. Lo único evidente hasta ahora para un criterio ob­jetivo es que se ha empeñado en Inglaterra una for-midable batalla política y que sus resultados pueden comprometer definitiva-mente el destino de la democracia. Los ingleses tienen una apti­tud inagotable para la transacción. Pero esta vez la mejor de las transacciones sería para el ré­gimen capitalista una tremenda derrota.

 

Sólo la imposición cruda y neta de sus puntos de vista podría contener la oleada prole­taria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA PROTESTA DE LA INTELIGENCIA EN ESPANA*

 

 

Cada día se exaspera más en España el con­flicto entre la dictadura y la inte-ligencia. Desde el confinamiento de don Miguel de Unamuno y de Rodrigo Soriano en la isla de Fuerte Ven­tura, los ataques de la dictadura de Primo de Rivera a la libertad de pensamiento no han reconocido ningún límite. No le basta al dictador de España la supresión de la libertad de prensa y de tribuna o sea de los medios de expresión del pensamiento. Parece decidido a obtener la supresión del pensamiento mismo.

 

Es probable que a Primo de Rivera y a sus edecanes les parezca que éste es nada menos que un modo de regenerar a España. Un general que ha mostrado públicamente más respeto por una cortesana que por un filósofo no puede darse cuenta de que casi los únicos valores espa­ñoles que se cotizan aún en el mundo son sus valores intelectuales y espirituales. Los íbero-americanos so-bre todo, no creeríamos viva a España —viva en la civilización y en el espíri­tu— sin el testimonio de Unamuno y sin el tes­timonio de los que, en el castillo de Montjuich o en otra cárcel de esta inquisición marcial, dan fe de que no ha perecido la estirpe de don Qui­jote.

 

Una dictadura de Primo de Rivera y de Mar­tínez Anido, en tanto, carece para la historia contemporánea hasta del interés de constituir

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 15 de Mayo de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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un fenómeno original de reacción o de contra-reforma. Esta dictadura militar no es, como lo ha dicho Unamuno, sino una caricatura de la dictadura fascista. Entre el Marqués de la Estre­lla y Benito Mussolini la diferencia de catego­ría es demasiado evidente. Uno y otro representan la Reacción. Pero mientras Mussolini es un caso de condottierismo o cesarismo italianos, Primo de Ri-vera es apenas un caso de pretoria­nismo sudamericano, con todas las conse-cu­encias y características históricas de una y otra clasificación.

 

Jiménez de Asúa, confinado en las islas Cha­farinas por haber protestado contra este régi­men desde su cátedra de la Universidad de Ma­drid, es uno de los representantes de la inteli­gencia española que Hispano-América más conoce y admira. Este solo título debía haber hecho respetable su persona. España no tiene hoy otra efectiva continuación en América que la que le aseguran su ciencia y su literatura.

 

Las universidades hispanoamericanas, que han recibido a Jiménez de Asúa como un emba­jador de la inteligencia española, han saludado en él a la Es-paña verdadera. Por sus claustros habría pasado, en cambio, sin ningún eco una galoneada y condecorada figura oficial.

 

Y uno de los méritos de Jiménez de Asúa es, precisamente, la honrada fran-queza con que ha dicho a las juventudes hispanoamericanas su opinión sobre la dictadura de Primo de Rivera y el encendido optimismo con que les ha afir­mado su esperanza en la revolución española. Jiménez de Asúa no será uno de los conductores de esta revolución. No es un hombre de ac­ción; es sólo un hombre de ciencia. Su ideolo­gía política me parece imprecisa. Está nutrida de abstracciones más que de realidades. Pero revela, en todo caso, al intelectual honesto, al cual

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nada puede empujar a una tolerancia cómplice con el mal.

 

El acta de acusación de Jiménez de Asúa, le atribuye en primer lugar, una campaña de descrédito de España en los países de Hispano-América. Pero desgraciadamente, para Primo de Rivera los llamados a fallar sobre este punto, somos nosotros los hispanoamericanos. Y nosotros certificamos, por el contrario, que en estos países Jiménez de Asúa no ha dicho ni hecho na­da que no merezca ser juzgado como dicho y hecho en servicio de España. Y del único ibero-americanismo que tiene existencia real en esta época.

 

La deportación de Jiménez de Asúa, según las entrecortadas noticias cable-gráficas de España, forma parte de una extensa ofensiva con­tra la inteligencia. Don Miguel de Unamuno ha sido reemplazado en su cátedra de Salamanca, medida que determinó, justamente, la protesta de Jiménez de Asúa, reprimida con su reclusión en una isla de lúgubre historia. J. Álvarez del Vayo, el inteligente periodista a quien acaba de dar sonora notoriedad su honrado testimonio so­bre la situación rusa, ha sido apresado. Sánchez Rojas, culpable a lo que parece de una confe­rencia sobre la personalidad de Unamuno, ha sido confinado en Huelva. Y la lista de prisio­nes y deportaciones de intelectuales es seguramente mucho más larga. No la conocemos ínte­gramente por el celoso empeño de la dictadura de encerrar a España dentro de sus fronteras. Pero las palabras que nos han llegado de una protesta de los más esclarecidos y acrisolados escritores y artistas de España, indican una múl­tiple y sañuda represión del pensamiento.

 

La inteligencia hispano-americana tiene que sentirse solidaria, sin duda, con la española, en este período de inquisición. Abundan ya las ex-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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presiones de esta solidaridad. No en balde Unamuno es uno de los más altos maestros de la juventud hispano-americana.

 

Pero la condenación histórica del régimen de Primo de Rivera y Martínez Anido no debe fundamentarse sustantivamente en su menosprecio ni en su hostilidad a los intelectuales. Este menosprecio, esta hostilidad no son sino una cara, una expresión de la política reaccionaria. El sentido histórico de esta política se juzga, ante todo, por los millares de oscuros presos del proleta-riado, que han pasado hasta ahora por las cárceles de Barcelona y Madrid.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PILSUDSKI Y LA POLITICA POLACA*

 

 

A través de una accidentada serie de experi­mentos y tanteos, Polonia busca su equilibrio. El tratado de paz le dio un extenso territorio, después de resta-blecer su existencia como na­ción libre. Pero le impuso al mismo tiempo, de acuerdo con el interés de los vencedores o, más precisamente, de acuerdo con el interés de Fran­cia y el interés de Inglaterra, una complicada función en el mecanismo político de Europa. Reconstituida con territorios que hasta la victoria aliada formaban parte de los imperios alemán, austriaco y ruso, Polo-nia tiene, por otra parte, una composición heteróclita que le impide recons-truir prontamente su unidad nacional. Su población se compone, en algunas provincias, de polacos, rusos, alemanes y judíos. Y a la plura­lidad de nacio-nalidades, se suma la pluralidad de religiones. Hay en Polonia católicos, orto­doxos, protestantes e israelitas. Predomina, na­turalmente, la masa polaca y católica, que cons­tituye una gran mayoría. Mas a esta nacionali­dad, un poco anquilosada por más de un siglo de dominio alemán o ruso, le resulta excesivo el difícil trabajo de asimilación de las minorías alógenas que la paz aliada le ha obsequiado.

 

En Polonia, el conflicto entre la ciudad y el campo estorba el proceso de clarificación política. La burguesía urbana no se entiende muy bien con la burguesía rural. El proletariado in­dustrial no se entiende tampoco bien con el pro­letariado campesino. En 1919, el Estado polaco

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 5 de Junio de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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se encontró frente a una urgente cuestión agra­ria. La ola verde que, estimu-lada por la revolu­ción rusa, amenazó el orden burgués en toda la Europa oriental, donde la propiedad de la tie­rra estaba acaparada por una poderosa aristo­cracia, invadió Polonia con el mismo ímpetu que en Rumania. Bulgaria, etc. Se dictó entonces una ley que, sancionando el principio de la expropia­ción forzosa, limitó la extensión de los fundos entre 160 y 900 hectáreas.

 

Pero la influencia de la clase latifundista, representada por los partidos de la derecha, ha evitado la ejecución integral de la reforma agra­ria. Por consi-guiente, las campiñas siguen agi­tadas por una lucha obstinada entre bandos que no desarman.

 

Pilsudski gobernó contra los partidos de la derecha que reclutan principal-mente sus adep­tos en la población rural. Uno de estos parti­dos, la federación popular nacional, se apoya en los grandes terratenientes. Otro, el partido obrero cristiano nacional, reúne en sus filas a los artesanos y campesinos obedientes al clero. Pero el partido agrario más numeroso es el acau­dillado por Witos, el político a quien Pilsudski acaba de arrojar del poder. Este par-tido durante el gobierno de Pilsudski ocupó en el parlamento polaco, en el cual contaba con 85 puestos, una posición centrista. Sus intereses electo­rales lo mantuvieron entonces al flanco del go­bierno.

 

Mas Pilsudski, políticamente, no obstante sus antecedentes socialistas, jugó en el poder un rol contrarrevolucionario. Lo obligaban a este rol los compromi-sos internacionales de Polonia. El capitalismo occidental necesitaba que Polo-nia fuera una barrera anti-sovietista. Y Pilsudski que, además alentaba sueños un poco napoleó­nicos, se lanzó a la aventura de una guerra con‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tra los soviets. Su plan era la federación de todos los estados limítrofes de Rusia, desde la Fin­landia hasta la Georgia, bajo la tutela de Polo­nia. Si Polo-nia hubiese salido victoriosa de esta empresa, Pilsudski se habría asegurado definiti­vamente en el poder.

 

Como esto no aconteció, Pilsudski vio decli­nar su estrella. Los elementos revolucionarios del proletariado, que desde los tiempos de Rosa Luxemburgo y Leo Joguisches lo habían comba­tido en el seno de la social-democracia, lo de­nunciaban como un instrumento de la burgue­sía. Los partidos conserva-dores no le perdonaban su pasado romántico de agitador. La burguesía, en general, miraba con desconfianza su condottierismo.

 

Y desde que Pilsudski dejó el poder, se inició lógicamente un período de reforzamiento y con­centración de las fuerzas conservadoras. Sofo­cando el impulso revolucionario, Pilsudski había favorecido a la reacción. Más aún: se había apo­yado en ella. El gobierno, por consiguiente, cuando cesó de ser pilsudskiano, devino francamente derechista.

 

Witos presidía hasta hace poco una concen­tración conservadora que no ocul-taba sus propósitos de rectificar profundamente, en un sen­tido reaccionario, la organización polaca. Su go­bierno, acérrimamente derechista, practicó hasta el fin una política de represión de la propa­ganda de las izquierdas. Esta política, en el te­rreno económico, se caracterizó por su espíritu adverso a la urbe y a la industria, campesino y antisemita.

 

Pilsudski ha reconquistado el poder con los elementos urbanos. Una parte del ejército fiel a su prestigio y a su continente marciales, lo ha seguido contra otra parte, más dócil a los inte-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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reses conservadores. Pero el factor decisivo de su victoria parece haber sido el proletariado ur­bano. La huelga general secundó el ataque mi­litar. Las izquier-das no podían abstenerse de concurrir al derrocamiento de un régimen especí-ficamente reaccionario.

 

Ahora Pilsudski se muestra, como siempre, un poco incierto. No ha aceptado la presidencia de la república. Pero su falta está, sin duda, en no haberse resuelto por el camino de la dictadura revolucionaria. Su romanticismo bona-par­tista le impide ver que su política, combatida por las derechas, necesita el consenso de las iz­quierdas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA ESCENA PORTUGUESA*

 

 

Sería injusto pensar, a propósito del recien­te golpe de estado portugués, que el Portugal está imitando a la España de Primo de Rivera y Martínez Anido. Al Portugal no se le puede negar el mérito de ser, en este siglo, bastante más original que España en su política y sus instituciones. Mientras los republica-nos españo­les no han sabido ni han podido hacer nada mejor que transigir con la monarquía borbó­nica, los republicanos portugueses han logrado, primero, fundar su república y, en seguida, de­fenderla contra la nostalgia de la dinastía de los Braganza. España, por germanofilia de su monarquía, no quiso salir de la neutralidad. El Portugal, por aliadofilia de la república, intervino en la guerra.

 

Estos contrastes no son en si mismos, evi­dentemente, una prueba de progres-ismo del Portugal y de conservantismo de España. Una república, muchas veces, no vale más que una monarquía. No es raro que valga aún menos. Y la participación en la gran guerra ha dejado de ser considerada como una bene-merencia desde que se fueron a pique, tragadas por los vórtices de los impe-rialismos, los beatos principios del Presidente Wilson.

 

Pero aquí no se trata sino de constatar el derecho del Portugal a sentirse di-ferente de Es­paña. Los antecedentes del reciente golpe militar —dirán con razón los portugueses— no es­tán en la gesta del general Primo de Rivera sino

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 19 de Junio de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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en la propia historia del Portugal. Todos los cambios de gobierno que ha experimentado el Portugal desde el derribamiento de la monar­quía en 1910, han reposado en un pronunciamiento militar. En sólo los años 1920 y 1921 se realizaron en el Portugal tres golpes de mano militares. La renovación del gobierno ha depen­dido casi siempre de la decisión de un manipu­lo de belico-sos oficiales. Y los oficiales se han presentado divididos en republicanos y monar­quistas y subdivididos en varias filiaciones me­nores, más o menos contingentes y accidentales.

 

El último pronunciamiento se distingue, empero, de los anteriores, aunque no sea sino for­malmente. Esta vez el ejército no ha puesto el peso de sus armas del lado de una de las fac­ciones políticas. Ha establecido una dictadura mar-cial que, por su lenguaje al menos, no carece de parecido con la de España. Este régi­men, por otra parte, se declara por encima de todos los partidos y se atribuye la representa­ción de los intereses nacionales. Y aquí el pa­rentesco de las dos dictaduras aparece incues­tionable. Las dos pertenecen incontestable-men­te a la misma familia histórica.

 

No sabemos todavía si, como, es caracterís­tico en todo movimiento fascista, los autores del golpe de estado del Portugal achacan todas las desgracias de la patria a la política y al par­lamentarismo. En el Portugal las quejas contra el parlamentarismo, en los labios de los oficiales, sería festivamente injustas. Pues en el Por­tugal, de la inestabilidad de los gobiernos el más responsable no ha sido nunca el parlamen­to sino, en todo caso, el ejército. Nadie puede pre-tender que en el Portugal haya habido un parlamentarismo excesivo. (Aunque si se quie­re confrontar este aspecto de la política de uno y otro país, resulta que tampoco en España existió parlamentarismo ni excesivo ni verdade‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ro. Y que en España la vida de los gabinetes encontró frecuentemente en las deliberaciones de las "juntas de defensa" mayor amenaza que en los debates del parlamento. La liquidación de la empresa de Marruecos, reclamada por el pue­blo, ¿no fue siempre estorbada por el temor al ejército?)

 

La guerra dejó al Portugal graves problemas financieros. No todo fue laureles y honores. El comercio de sardinas y de vinos obtuvo, durante la guerra, pingües beneficios; pero el Estado, embarcado en una serie de empréstitos consu­midos en la costosa aventura, quedó completamente exangüe. La re-pública, responsable de la intervención, se vio amenazada a consecuencia del malcontento nacido de la crisis económica. Los partidarios de la monarquía intentaron ex­plotar el mal humor popular. El gabinete se en­contró frente a un intrincado haz de problemas financieros y políticos. El presupuesto no con­seguía balancearse. Los déficits se acumulaban. La moneda se desvalorizaba a causa de la infla­ción y de la deuda pública. Y en esta atmósfera se incubaban sucesivas conspiraciones.

 

El golpe de estado militar demuestra que la crisis subsiste. Es en sus linea-mientos esenciales la misma crisis en que desde la guerra se debate el mundo occidental. Y ya sabemos que en ningún país la dictadura, más o menos mar­cial o más o menos fascista, ha sido una solu­ción. Al gobierno de Primo de Rivera todas sus fanfarronadas y todas sus violencias no le han servido para resolver ninguno de los viejos pro­blemas españoles. Apenas si le han bastado pa­ra crear algunos problemas nuevos. El del régimen, verbigracia. Ningún liberal español hon­rado puede perdonar a la monarquía su compli­cidad con Primo de Rivera. Los políticos y es­critores exilados plantean abiertamente, como una cuestión básica, la cuestión del régimen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Afirman que con Primo de Rivera debe echarse a Alfonso XIII.

 

En el Portugal la historia no puede ser dis­tinta. De otro lado, en el Portugal la inestabili­dad, la interinidad, parece desde hace mucho tiempo la característica sustantiva de todos los gobiernos. Ahí los malos gobiernos tienen siem­pre la ventaja de ser siempre breves. Un amigo un poco humorista que, justificando su indife­rencia por la prensa, sostenía la posibilidad de suponer aproximada-mente todas las novedades del cable, me decía una vez: —Apuesto que la novedad de hoy es un golpe de estado en Por­tugal—. Yo hubiera querido contradecirlo para defender mi costumbre de leer los diarios. Pero, desgra-ciadamente, lo que mi amigo suponía era esa vez cierto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL MINISTERIO BRIAND-CAILLAUX*

 

 

No ha tramontado aún, —como sus adversa­rios suponían o, más bien, anhelaban—, la es­trella de Joseph Caillaux. Cuando menos próxi­mo parecía Caillaux al poder, la marea política lo ha colocado de nuevo en el ministerio de fi­nanzas, esto es en el ministerio del cual depen­den ahora los destinos de Francia. En este mi­nisterio Caillaux no se siente un ministro; se siente un cónsul que "comparte el poder" con otro cónsul, Briand.

 

El trabajo de constituir un gabinete, ha sido esta vez demasiado arduo para el experimentado y cazurro Briand. Fracasada su primera ten­tativa, el encargo de formar el gobierno pasó a Herriot que representa una fórmula neta: el cartel de izquierdas. Pero el cartel de izquier­das está prácticamente liquidado y deshecho y no es ya tiempo de galvanizarlo. Herriot no podía tener esta vez mejor suerte que hace algunos meses cuando hasta el grupo co­munista, con el objeto de cerrar el camino a los reaccionarios, se declaró pronto a apoyar en el parlamento un programa de izquierda. Co­mo no es posible, dentro de la actual situación parlamentaria, organizar un gabinete sin el concurso de una parte de las izquierdas, Briand re­cibió de nuevo el encargo. La fórmula de Briand es la de una segunda "unión sagrada". Por el momento Herriot y el partido radical-socialista muéstranse reacios a aceptarla. Mas Briand sa­be que puede contar de toda suerte con su par-

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima. 3 de Julio de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ticipación en un ministerio centrista más o menos interino. Un gabinete de este tipo es el que acaba de presentarse a la cámara.

 

Pero este mismo gobierno no habría podido ser puesto a flote sobre la sola base del nom­bre de Briand. La base debía ser por fuerza un binomio, si no un trinomio. Briand necesitaba condividir el poder con un Líder. Lo hemos visto, por eso, solicitar a Poincaré primero y a Caillaux después. Y, en la imposibi-lidad de conseguir la colaboración de los dos, decidirse por la de Caillaux.

 

Briand es un líder, un jefe; pero no el líder ni el jefe de la derecha, de la izquierda o del centro. Su grupo no pasa del rango de una mo­desta patrulla parlamentaria. Y, justamente, por esto, Briand preside todavía el gobierno. Tiene su política la ventaja de no resultar com­prometida ni embarazada por ninguna doctrina, por ningún partido, por ningún programa. Opor­tunamente orgánico, Briand está dispuesto a ac­tuar cualquier política y a ponerse a la cabeza de cualquier coalición. Su fuerza reside en su virtud de combinar y amalgamar a grupos apa­rentemente heterogéneos y antagónicos pero en el fondo conciliables. Es el político de las fór­mulas compuestas y de los pro-gramas mixtos. Su fortuna procede ahora del fracaso del car­tel de izquierdas. El cartel es la mayoría; pero como el cartel no existe, la mayoría tampoco existe. Por consiguiente se impone el sistema de las mayorías artificiales y provisorias. Y para obtener estas mayorías aleatorias, Briand tiene la ciencia de la dosis. Lo hemos visto hoy aban­donar a Poincaré -dosis prematura de derecha- por Caillaux -dosis moderada de izquierda-, después de constatar que todavía no es tiempo de asociar ambas dosis.

 

Caillaux es en cierto modo un líder de géne-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ro análogo al de Briand. Tampoco es Caillaux el líder de un bloque ni de un partido. Sus rela­ciones con el partido al cual está afiliado —el radical-socialista— no son las de un militante ortodoxo. Pero los dos hombres son diferentes. Caillaux tiene, en todo caso, una filiación. Enemistado personal-mente con la derecha, juega un rol demasiado vivo de hombre de izquierda. Briand, en cambio, no tiene filiación ninguna, No se considera sino repu-blicano, lo que, prác­ticamente, no lo obliga a nada, puesto que el ré­gimen republicano no es repudiado en Francia sino por la fauna orleanista.

 

El binomio Briand-Caillaux constituye, pues, un nuevo Intermezzo centrista. Este binomio se propone nada menos que la solución del proble­ma hacendario y financiero de Francia. Pero una cosa son las promesas de un gobierno y otra co­sa son sus posibilidades. Si se examina sus ba­ses parlamentarias, se observa que el binomio Briand-Caillaux reposa sobre una inestable com­binación de fuerzas mal avenidas aún. Su equi­librio, por consiguiente, es muy difícil, muy incierto.

 

Si Caillaux lograse aplicar con éxito sus pla­nes financieros, tal vez mucha gente de izquier­da, de centro y de derecha pensaría seriamente en su "consu-lado". Los recursos del nuevo ga­binete son la audacia de Caillaux y la astucia de Briand. Pero, —aparte de que la solidaridad de los dos cónsules es relativa y contingente—, no es probable que un ministerio y un programa puedan mantenerse a flote en el tempestuoso mar de esta cámara. A la disolución de la cáma­ra tendrá que apelarse inevitablemente después de uno o más nuevos naufragios ministeriales.

 

Fracasado el bloque de izquierdas, tiene que reconstituirse un gran haz de fuerzas burguesas. Y esta nueva concentración no puede cumplirse

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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sino electoralmente. Si las elecciones demoran, se debe sin duda a que todavía la clarificación política no es completa. Se correría aún el ries­go de un nuevo experimento del bloque de iz­quierdas. Y si se repitiese, aunque fuese atenua­da, la situación de mayo de 1924, el desequilibrio actual se repetirla en la cámara próxima.

 

En cuanto al fascismo, casi todos convienen en que, por el momento, no inspira en Francia serios temores. Hace cuatro meses en las elec­ciones de dos diputados por Paris, los candida­tos comunistas, en torno de los cuales se concen­traron todas las fuerzas de izquierda, barrieron sensacionalmente a los candidatos fascistas. París en esta elección no votó, claro está, por la dic­tadura bolchevique. Pero sí voto, categóricamen­te, contra la dictadura fascista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA AGITACION REVOLUCIONARIA EN ESPAÑA*

 

 

Las noticias cablegráficas sobre el abortado movimiento contra la dictadura de Primo de Ri­vera, son insuficientes para comprender y juz­gar exactamente la nueva fase en que parece ha­ber entrado la política española. Con tan sumarios y oscuros elementos de juicio no se puede todavía apreciar el verdadero valor de la tenta­tiva revolucionaria en la que, según la repre­sión policial, resultan mezclados hombres tan diversos como Weyler y Marañón, Marcelino Domingo y el conde de Romanones.

 

La participación de Weyler, de Aguilera y de otros militares de alta jerarquía en el movi­miento contra Primo de Rivera demuestran que a la dictadura le faltan cada día más el consen­so de una gran parte del ejército.

 

Este hecho, —del cual se sintió la evidencia desde la primera hora del régi-men militar—, se conforma absolutamente con la tradición del militarismo español. Desde los más lejanos episo­dios de la batalla liberal, los militares se pre­sentan en España divididos en liberales y reac­cionarios. España careció en el período de su re­volución burguesa de grandes figuras civiles. Los que más eficazmente acaso combatieron por el liberalismo y la constitución fueron bizarros caudillos militares del tipo de "El Empecinado". Fundadamente piensan algunos hombres de es­tudio contemporáneos que la revolución liberal y burguesa de España se actuó en América, se

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 10 de Julio de 1916.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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resolvió en la revolución de la independencia hispanoamericana. La clase civil, el espíritu bur­gués, no lograron su plenitud sino en las co­lonias, debido a las circunstancias económicas e históricas que propiciaban su emancipación. España ha sufrido la tragedia de no tener una burguesía orgánica, vigorosa y revolucionaria. Por esto, ha subsistido en España, apenas ate­nuado por la constitución, el antiguo poder de la monarquía y la aristocracia. Las consti-tucio­nes no han constituido sino oportunistas conce­siones de la monarquía. "El pueblo —escribe Eduardo Ortega y Gasset en un reciente artículo de la revista "Europe"— estuvo siempre some­tido a una dura tutela que ha debido su supervivencia al hecho de que supo siempre transigir cada vez que se vio en peligro. Entonces los reyes, con la perfidia tradicional de los Borbones de España, sabían fingir que aceptaban las con­quistas del pueblo sin renunciar jamás a su po­der personal. A la agitación, a la cólera de la opinión pública, la política ha opuesto siempre las resistencias reales seguidas de aparentes concesiones". En este accidentado proceso de formación del feble régimen constitucional, he­rido de muerte por el golpe de estado de Primo de Rivera, el militarismo liberal ha jugado un rol activo, sobre todo cuando ha sido más sen­sible la ausencia de fuertes figuras civiles.

 

Pero si la tradición del ejército en el último siglo, ha sido en parte liberal, en cambio ha sido casi invariablemente monárquica. La idea republicana no ha prendido nunca seriamente en el espíritu militar español. Y la monarquía como es natural, ha cultivado celosamente el sentimiento monárquico en el ejército. "Todos los esfuerzos de Palacio —dice Eduardo Ortega y Gasset—, han tendido siempre a hacer del ejército no una fuerza nacional sino una fuerza monárquica".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La responsabilidad de Alfonso XIII en el desastre de Annual, más acaso que su complicidad asombrosa en la gestación de la dictadura, ha debilitado sin duda el prestigio personal del rey en la parte más sana y consciente del ejército. Pero no es probable que haya afectado a la mo­narquía misma.

Por consiguiente, es indudable que el movi­miento abortado, no obstante la intervención de elementos calificadamente izquierdistas y repu­blicanos, estaba dirigido sólo contra la dictadu­ra. Su programa se detenía en el res-tablecimien­to de la constitución. No llegaba, ni siquiera en principio, a la abolición de la monarquía. La presencia del conde de Romanones entre los conspiradores confirma los propósitos meramente restauradores de este frustrado contragolpe.

 

El viejo liberalismo, el antiguo constitucio­nalismo, dominaban inequívo-camente en el mo­vimiento que, tal vez por esta razón, ha sido batido. El estudio de las circunstancias que en­gendraron el régimen de Primo de Rivera y Martínez Anido prueba hasta la saciedad que el pueblo español no necesita una tímida restau­ración, sino una revolución verdadera y auténti­ca. No es ya tiempo de reconstruir un régimen monárquico-constitucional, que no sólo la crisis mundial de la democracia capitalista sino, ante todo, su particular experiencia de tantos años, condena definitivamente a la bancarrota y al tramonto.

 

Claro está que no se debe olvidar que todas las grandes revoluciones han tenido generalmente un principio muy modesto. La revolución rusa nació de un movimiento de la burguesía "cadete" y de la nobleza liberal. Pero en Rusia existía, además de una profunda agitación del pueblo, un partido revolucio-nario, conducido

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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por un genial hombre de acción, de miras cla­ras y netas.

 

Esto es lo que falta presentemente en Espa­ña. El partido socialista sigue a hombres dotados de estimables condiciones de inteligencia y probidad, pero desprovistos de efectivo espíri­tu revolucionario. El partido comunista, dema­siado joven, no constituye aún sino una fuerza de agitación y propaganda. Los intelectuales del Ateneo —que han sido, seguramente, los animadores origi-nales de la tentativa— representan conspicuamente un nuevo pensamiento científi­co y hasta filosófico; pero no representan específicamente un nuevo pensamiento político. Y una revolución política no puede ser obra sino de un pensamiento político también.

 

Pero nada de esto disminuye el interés de los últimos acontecimientos. Tiende sólo a fijar sus reales alcances. La tartarinesca dictadura de Pri­mo de Rivera y Martínez Anido se ha exhibido, al tambalearse, en toda su miseria intelectual y material. España ha entrado otra vez en la era un poco romántica de los pro-nunciamientos y de las conspiraciones. Sus grotescos dictadores no podrán ya dormir tranquilos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA ESCENA SUIZA*

 

 

El orden demo-liberal-burgués tiene su más acabada realización en la repú-blica federal suiza. Inglaterra es, ciertamente, la sede suprema del parlamenta-rismo, el liberalismo y el industrialis­mo, esto es de los principios y fenómenos fundamentales de la civilización capitalista. Pero In­glaterra es demasiado grande para que todas las instituciones posibles de la democracia hayan podido ser ensayadas y establecidas en su gobier­no. Inglaterra ha continuado siendo una monar­quía. Su aristocracia ha conservado todos sus fueros forma-les y algunos de sus privilegios reales. Inglaterra, sobre todo, es un imperio, de mo­do que internacionalmente no está en grado de aceptar y menos aún de aplicar las últimas consecuencias del pensamiento demo-liberal. Suiza, en cambio, hasta por su geografía de país de trá­fico internacional, se encuentra en condiciones de conformar tanto su, política interna como su política exte-rior a este ideario. La democracia puede funcionar en Suiza con la misma preci­sión con que funcionan sus relojes. El ordenado espíritu suizo ha dado a su democracia un me­canismo de relojería. En un país pequeño, de población densa y culta, exenta de ambiciones e intereses imperialistas, la experiencia democrá­tica ha conseguido cumplirse casi sin obstáculos.

 

El demos tiene en Suiza; como es sabido, todos los derechos. Tiene el dere-cho de referéndum y el derecho de iniciativa. El poder ejecu­tivo se renueva anualmente. El ciudadano suizo

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 17 de Julio de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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se siente gobernado por la mayoría. Le basta formar parte de la mayoría para que no le quepa la menor duda de que se gobierna a sí mismo. Y esto lo indu-ce, como es lógico, a gobernarse lo menos posible. Las mayorías hacen en Suiza el uso más prudente y ponderado de sus dere­chos. Lo que no es sólo una cuestión de educa­ción democrática sino también de comodidad po­lítica de todo suizo mayoritario.

 

En esta época de pustchismo y fascismo, Sui­za se presenta como el país más inmune a la dic­tadura. Ni el burgués, ni el pequeño burgués sui­zos pueden comprender todavía la necesidad de reemplazar su consejo federal por un directorio, ni su presidente de la república por un Musso­lini. Suiza no quiere césares ni condottieres. Mus­solini es el más impopular de los jefes de estado contemporáneos en la democracia helvética, no tanto por su propósito na-cionalista de reivindi­car el Ticino como por su personalidad megaló­mana de césar y dictador. El demos suizo está demasiado habituado a la ventaja de no sufrir, ni en la política ni en el gobierno, personalida­des exorbitantes y excesivas. Un buen presidente de la república puede ser en Suiza un reloje­ro. Motta, elegido varias veces para este cargo, tiene, por ejemplo, el prestigio de hablar correc­tamente las tres lenguas de este país trilingüe y de pronunciar hermosos discursos en las asam­bleas de la Sociedad de las Naciones.

 

La función de Suiza en la historia contempo­ránea parece ser —a consecuencia de su demo­cracia, de su urbanidad y de su geografía— la de servir de hogar a casi todos los experimentos y los ideales internacionalistas. Desde hace mu­chos años las organizaciones internacionales eli­gen generalmente una ciudad suiza como su sede central. A comenzar de la Cruz Roja, tienen su asiento en Suiza todas las centrales del internacionalismo humanitario y pacifista. No están

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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en Suiza las internacionales obreras. Pero a la historia de la Segunda Internacional se halla me­morablemente vinculado el país suizo, por ha­berse celebrado en Basilea el último de sus con­gresos prebélicos y en Berna el congreso que en 1919, concluida la guerra, estableció las bases de su re-construcción. Y en cuanto a la Tercera In­ternacional puede considerársele incubada en Suiza por haberse realizado en Zimmerwald y Kienthal, durante la guerra, las conferencias de las minorías socialistas precursoras del progra­ma de Moscú. De otro lado, la Suiza albergó hasta la víspera de la revolución, a sus principales actores, de Lenin a Lunatcharsky. En Zurich, en un modesto cuarto amueblado, habitaron y tra­bajaron Lenin y su mujer por varios años preparando esta revolución que, según sus propios adversarios, constituye el más colosal ensayo político y social de la época.

 

Mas el internacionalismo que característicamente reside en suelo suizo es el internaciona­lismo liberal, no el socialista. Ginebra, la ciudad de Rousseau y de Amiel, aloja periódicamente a los parlamentarios del desarme o de la paz. Ahí tiene su domicilio la Sociedad de las Naciones. Hace algunos años se firmó en Lausana la paz entre el Occidente y Turquía. Hace un año se firmó en Locarno la nueva paz europea. A orillas de un lago suizo, Europa se siente, invariablemente, pacifista.

 

¿Desmiente, entonces, Suiza la tesis de la irre­mediable decadencia de la de-mocracia? No la desmiente: la confirma. Ni su democracia ni su neutralidad han preservado a Suiza de la tre­menda crisis post-bélica. Suiza, país preva-lente­mente industrial, —el 78% de la población trabaja en la industria y el comercio—, vio declinar en 1919, a consecuencia de esta crisis, sus exporta­ciones. Sus principales industrias tuvieron que afrontar un período de duras dificultades. Los in-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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dustriales pretendieron naturalmente encontrar una solución a expensas de la clase trabajadora. El gran número de desocupados creó una at­mósfera de agitación y descontento. Se sucedie­ron, como en los demás países de Europa, las huelgas y lock-outs. La izquierda del socialismo suizo dio su adhesión al comunismo. Y la crisis, en general, evidenció que la democracia y sus ins-tituciones son impotentes ante la lucha de cla­ses. Suiza, malgrado su tradición de liberalismo, no ha sabido abstenerse de emplear medidas de excepción contra los comunistas. La democracia suiza no admite ninguna amenaza seria al dogma de la propiedad privada.

 

El sino de la democracia en Suiza tiene que ser, por otra parte, el mismo que en los otros pueblos de Occidente. No es en Suiza sino en Inglaterra, en Alemania, en Francia, donde se esclarece actualmente si la idea demo-liberal ha cumplido ya su función en la historia. Pero la experiencia suiza no estará, en ningún caso, per­dida para el progreso humano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL MINISTERIO DE CONCENTRACION

REPUBLICANA DE POINCARE*

 

 

El drama del franco ha decidido a la burgue­sía francesa a reconciliarse. Este gabinete de concentración republicana que encabeza Poinca­ré se reduce, en último análisis, a un gabinete de concentración burguesa. Todos los cuerpos y todos los líderes burgueses de la cámara están ahí. El bélico Tardieu y el ambiguo Briand, el opaco Leygues y el pávido Painlevé, el anodino Barthou y el desventurado Herriot, han aceptado la jefatura de Poincaré en un ministerio que pretende tener el aire de un ministerio de unión sagrada. Fuera de este gabinete, sólo están, a la derecha, la minúscula patrulla monarquista, y a la izquierda, algunos radicales-socialistas, los so­cialistas y los comunistas.

 

¿Qué ha pasado en el parlamento francés, di­vidido antes —sin contar las dos extremas, mo­narquista y comunista—, en dos campos, en dos coaliciones aparentemente inconciliables, el blo­que nacional y el cartel de izquierdas?

 

La cámara nacida de las elecciones de 14 de Mayo es, materialmente, por su composición y su estructura, la misma que ahora preside Raoul Peret y que se dispone a acordar al hombre de la ocupación del Ruhr los votos de confianza que necesite su política de estabilización del franco. Pero, psicológica y es-piritualmente, no es ya la Cámara que, encontrando insuficiente el licencia-miento del ministerio de Poincaré, reclamó y

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 31 de Julio de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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obtuvo en mayo de 1924 la renuncia de Millerand, presidente de la república. En dos anos, de los más tormentosos de la política parlamentaria francesa, se ha cumplido, con éxito negativo, el experimento político propugnado por la mayoría del 11 de mayo. El cartel de izquierdas, vencedor de las elecciones, roído desde su nacimiento por un mal insidioso y congénito, se ha disgregado gradualmente en estos dos años. Desde mucho antes de la caída del primer gabinete Herriot, asistimos al proceso dramático de su disolución. El último gabinete Herriot ha sido una postrera tentativa por mantener aún a flote por algún tiempo la esperanza y la ficción de un gobierno de las izquierdas. Hoy, naufragada en pocas horas esta tentativa tímida y tardía, vemos a una parte del cartel reunida al antiguo bloque nacio­nal mientras la otra parte —el partido socialis­ta— se siente de nuevo casi sola en la oposición.

 

El retorno de Poincaré representa simplemen­te un fracaso del reformismo. Pero no únicamen­te, —como querrán hacer creer los enemigos a ultranza de la idea socialista—, un fracaso del reformismo socialista, sino también, y sobre todo, del reformismo burgués. El cartel de izquier­das —coalición de los partidos avanzados de la burguesía, radical-socialista y republicano-socia­lista, con el partido moderado de la clase obre­ra— era una fórmula reformista. Se combinaban y entendían en esta fórmula dos evolucionismos: el de la bur-guesía y el del proletariado. Ninguna crítica de buena fe podía identificar lealmente al cartel de izquierdas como una fórmula revolucio­naria. Los comunistas franceses, antes y después del 11 de mayo, denunciaron incansa-blemente el verdadero carácter del cartel.

 

La quiebra de esta híbrida alianza no es, pues, una derrota de la revolución sino tan sólo una derrota de la democracia. Con el cartel naufra­ga exclusi-vamente la reforma. Los excelentes y

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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optimistas burgueses que, guiados por un risue­ño retor, se creyeron capaces el 11 de mayo de combatir a fondo por la democracia, contra su propia clase, regresan ahora, desilusionados y maltrechos, bajo la bandera equívoca de una con­centración republicana, a la teoría y la práctica de la unión sagrada de la burguesía. El partido socialista, por su parte, —liquidado desastrosamente el experimento reformista—, vuelve a asu­mir, en el parlamento, su función de partido del proletariado.

 

No hay otra cosa sustancial en la solución de la última crisis ministerial Fran-cesa. El éxito per­sonal de Poincaré es una cosa adjetiva. Si He­rriot, Painlevé, etc., se han visto obligados a acep­tar la dirección del "gran lorenés", no es menos cierto que éste, a su turno, se ha visto obligado a aceptar la colabora-ción de estos políticos que, en mayo de 1924, lo arrojaron estrepitosamente del poder, achacándole casi toda la responsabili­dad de la situación de Francia en la post-guerra. El bloque nacional poincarista no puede supri­mir definitiva-mente al radicalismo o, mejor dicho, al reformismo, sino a costa de digerirlo y asimilarlo.

 

De otro lado, es absurdo aguardar de Poin­caré una obra de taumaturgo. El drama del fran­co comenzó al día siguiente de la victoria fran­cesa. Poincaré cayó en mayo de 1924, precisamen­te por haberse mostrado impotente para resolverlo. Antes que los precarios ministerios que se han sucedido del 11 de mayo a la fecha, trató de reordenar las finanzas francesas un sólido mi­nisterio del bloque nacional dirigido por Poinca­ré. Los resultados de su gestión son demasiado notorios.

 

Poincaré no tiene un programa propio de res­tauración del franco. Su programa toma en prés­tamo algo a todos los programas del parlamento. El "gran lore-nés" no posee siquiera dotes de dic-

 

 

 

 

 

 

 

 

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tador. Crecido y formado en la atmósfera parla­mentaria de la Tercera Repú-blica, no puede rom­per con sus "inmortales" principios. Tiene la mentalidad y el espíritu de la pequeña burguesía francesa. Y es por esto que la pequeña burgue­sía lo adora.

 

Espíritu de clase media, impregnado de todos los prejuicios del parlamenta-rismo, Poinca­ré sabe muy bien que no es a él, en todo caso, a quien le tocará jugar en Francia el rol de dic­tador o condottiere. León Blum lo ha definido agudamente en una Interview. "Poincaré, —ha dicho—, ha menester de sentir en torno suyo el afecto y la devoción de los hombres. Para ob­tenerlos usa, en lo privado, la afabilidad y hasta la coquetería. Pero hay en él algo que detiene el impulso de los otros: una sequeda íntima, una meticulosidad excesiva y desconfiada, un amor propio siempre herido. Lo tiene al punto de que cuando toma una resolución, piensa en el artícu­lo que escribirá Tardieu al día si-guiente y de que su resolución es influenciada por este pen­samiento. Hay en él algunos lados imprevistos. Así, por ejemplo, la fuerza física lo atrae. Una alta estatura lo impresiona, le da miedo. No busquéis en otra cosa la extraña influencia que ejer­ce sobre é1 Maginot. Su ascendiente es exactamente el mismo que el gigante Gastón Bonvalot ejercía sobre el pobre Lemaitre". Blum completa su juicio, reconociendo a Poincaré grandes cua­lidades —orden, potencia intelectual y vasta cul­tura—, pero negándole el sentido de lo real, de la aplicación concreta, y declarando que sería admirable "en el papel de segundo de un hombre de genio".

 

El dinero, la burguesía, han dado a Poincaré, para el ministerio que acaba de constituir, un crédito de confianza. He ahí toda la clave de su ascensión al poder en traje de salvador de la patria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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DESPUES DE LA MUERTE DE DZERJINSKY*

 

 

La muerte de Dzerjinsky ha abierto otro cla­ro en el estado mayor de la Re-volución Rusa. Los soviets han perdido uno de sus mejores fun­cionarios; la revolución uno de sus más heroicos combatientes. Dzerjinsky pertenecía a la vieja guardia del bolchevismo. A esa vieja guardia que conoció la derrota en 1905, la cárcel y el destie­rro en todos sus largos y duros años de conspi­ración y la victoria de 1917. Y que, entonces, jus­tamente, empezó a vivir sus días más dramáti­cos, más agónicos, más exaltados.

 

Como la mayor parte de los hombres de la vieja guardia, Dzerjinski, era un revolucionario nato. Su biografía hasta octubre de 1917, es ab­solutamente la biografía de un agitador. A la edad de 17 años, estudiante de retórica en el colegio de Vilna, se enrola en el socialismo y se consagra a su propaganda. Tres años después dirige en Kovno las grandes huelgas de 1879, seña­lándose desde entonces a la policía zarista como un agitador peligroso. Deportado de Kovno, Dzer­jinski, se dedica a la organización del partido social-democrático en Varsovia, actividad que le cuesta primero la prisión, luego la deportación a Siberia. Escapa a esta última pena refugiándose en Alemania. El año trágico de 1905, lo encuen­tra en Varsovia en un puesto directivo de la so­cial- democracia polaca. Condenado nuevamente al exilio de Siberia, Dzerjinski logra fugar por segunda vez, pero regresa a su trabajo revolu­cionario en 1912 y la policía zarista cae implaca­ble sobre él. La revolución de Kerenski, le abre finalmente, en 1917, las puertas de la prisión. Y

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 21 de Agosto de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Dzerjinski, vuelve a su puesto de combate. Par­ticipa activa y principalmente en la revolución bolchevique, como miembro del Comité Militar Revolucio-nario, en primera fila en la responsa­bilidad y riesgo.

 

En el Gobierno revolucionario, su tarea es, co­mo siempre, una de las más penosas. Le toca pre­sidir la Cheka, tan mal afamada por su dura función de tribunal revolucionario. En 1919, es nombrado además ministro del interior. La re­volución, atacada en múltiples frentes, debe de­fenderse por todos los medios. Dzerjinsky lo sa­be. Y asume la responsabilidad histórica de la tre-menda batalla. La contrarrevolución es al fin vencida. La Cheka es reem-plazada por la G.P.U. Pero Dzerjinsky no está hecho para el reposo. Se le encarga el Ministerio de Vías de Comunica­ción. Rusia necesita regularizar sus desordenados transportes. Sólo la terrible energía de Dzerjins­ky es capaz de conseguirlo. Y, en efecto, los tre­nes al poco tiempo marchan normalmente. En fin, cuando Rykoff es llamado a la presidencia del Consejo de Comisarios del pueblo, Dzerjins­ky lo reemplaza en la presidencia del Consejo Nacional de Economía.

 

En este puesto, entregado a la labor gigan­tesca de disciplinar y reorganizar la economía rusa, lo ha sorprendido la muerte. Dzerjinsky ha dado a la revolu-ción, hasta su último instante, su energía y su potencia formidables de orga-nizador.

 

No era un teórico sino un práctico del marxis­mo. No deja obra teorética. En-contró siempre, claro y neto, su camino. No tuvo tiempo sino para la acción. Le faltaban dotes de leader, de cau­dillo. Pero Dzerjinsky no ambicionó nunca más de lo que debía ambicionar. Tenía el genio de la organización; no de la creación. Aunque parezca paradójico, es lo cierto que este agente de la revo-lución, que pasó la mayor parte de su vida en‑

 

 

 

 

 

 

 

 

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tre el complot, la prisión y el destierro, era fun­damentalmente un agente del orden.

 

La mayor parte de los hombres aceptan probablemente como la imagen verdadera de Dzer­jinsky, la fosca imagen del jefe de la Cheka inventada por las leyendas del cable. Pero ésta es, seguramente, la menos real de todas sus obras. Dzerjinsky, según el testimonio de los extranjeros que lo visitaron y conocieron en su despacho de Moscú, daba una impresión de asceta. Era, físicamente, un monje magro, dulce y triste. He­rriot, en su libro La Rusia Nueva, lo llama el Saint Just eslavo. Nos habla de su aire de asceta, de su figura de ícono. De su cuarto sin calefacción, desnudo y humilde como una celda, cuyo acceso no defendía ningún soldado.

 

Después de su muerte el cable anuncia coti­dianamente la reacción y el desor-den en Rusia. Se ha vivido tanto tiempo con la idea de que este frío eslavo, tenía a Rusia en un puño que, apenas se le ha sabido muerto, la esperanza de los enemigos de la revolución ha renacido. Las polémicas, los debates in-ternos del partido bolchevique, tan antiguos como el partido mis­mo, son presentados como las primeras escara­muzas de una sangrienta guerra civil. Quebrada la última esperanza de contrarrevolución, toda la esperanza del capitalismo occidental está en la posibilidad de un cisma del bolchevismo.

 

Este cisma, claro está, no es teórica ni prác­ticamente imposible. Pero sí improbable. El mismo alcance se atribuyó después de la muerte de Lenin al disenso entre el directorio del partido y Trotsky. Se dijo entonces que Trotsky había sido aprehendido y deportado. Que una parte del ejército rojo se había sublevado a su favor. Todo, invención absurda. Meses después, Trotsky, no obstante su oposición a la mayoría del di­rectorio, regresaba a ocupar disci-plinadamente su puesto en el gobierno de Rusia.

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA CRISIS GRIEGA*

 

 

Cuando en el Occidente europeo se habla de "política balkánica", se so-brentiende una políti­ca truculenta en la que se combinan y suceden por lo menos un golpe de estado militar, el arresto o la masacre de una familia real, el fu­silamiento del último ministerio, la tentativa de establecer el comunismo, la promulgación de una nueva carta política y, finalmente, su dero­gatoria como consecuencia del pronunciamiento de la marina. Los Balkanes, tienen en política un gusto de grand guignol. La escena política se caracteriza ahí por sus tragedias en cuatro o cinco actos fulminantes y tormentosos.

 

En esta época en que la Europa Occidental se presenta tentada de adoptar costumbres y métodos un poco balkánicos, nadie puede, por consiguiente, sorprenderse del desorden griego. Cabe, por el contrario, sorprenderse del relativo orden con que se produce. La dictadura ha sido derrocada pacífica-mente. Y hasta ahora la nota más dramática de la situación es una tentativa de fuga marítima de Pangalos, que bien puede indicar la influencia de las pelícu-las norteame­ricanas en la política balkánica moderna.

 

Pangalos, el Dictador tan cinematográficamente derribado y aprehendido, pretendía, por otra parte, emular e imitar a dos dictadores oc­cidentales como Mussolini y Primo de Rivera.

 

Durante el tiempo que ha detentado el poder se ha dedicado a una reprodu-cción un poco exa‑

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 28 de Agosto de 1926

 

 

 

 

 

 

 

 

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gerada —sin duda a causa de la diferencia his­tórica, sociológica y psicológica de Grecia— del sistema, del ideario y del lenguaje de ambos mo­delos de Occidente. Su gobierno no ha sido sino una traducción —nada importa que mala o de segunda mano— del gobierno fascista.

 

Presenciamos, pues, actualmente —más bien que un episodio de la mal afa-mada política bal­kánica— una anécdota de la modernísima polí­tica reaccio-naria. El fracaso del pobre Pangalos es un fracaso de la reacción. Pangalos se proponía nada menos que la reconstrucción de Gre­cia sobre un sólido cimien-to fascista y militar. Para esto empezó, naturalmente, por suprimir el Parla-mento, suspender la Constitución, abolir sus garantías y enviar al exilio o a la cárcel a los que protestaban. Su programa nacionalista e imperialista miraba, como en Italia y Espa­ña, a la radical y definitiva cancelación de la "vieja política" democrática y parlamentaria. Pero toda su energía se agotaba en un trabajo de represión y policía que no resolvía ninguno de los problemas vitales de Grecia. El lamentable y acéfalo coronel Pangalos no era capaz de darse cuenta de que la violencia en sí no es una política y mucho menos una política de regenera­ción nacional. Después de su desventurado ex­perimento, Grecia no tiene, por el momento, más remedio que el regreso a la vieja polí-tica y a sus usados Konduriotis y Kondilis. Por enésima vez, a la democracia griega, no se le ocurre más que llamar a Venizelos.

 

Por supuesto, Venizelos no es hoy una solu­ción del mismo modo que no lo fue hace dos años. Pero Grecia, a renglón seguido de la dura prueba del régimen Pangalos, no tiene casi otro hombre de quien echar mano. Venizelos, tiene por lo menos la garantía de ser un estadista de la antigua escuela, inaparente quizá para estos tiempos post-bélicos, pero asaz marrullero y ex-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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perimentado para sortear momentáneamente sus peligros.

 

La dificultad está en que ni siquiera respecto de Venizelos las fuerzas cons-titucionales se en­cuentran de acuerdo. Precisamente Venizelos es lo que más las separa. Se dividen, como es sa­bido, en dos grandes bandos, uno venizelista y otro antivenizelista. (Quedan naturalmente fue­ra de esta clasificación las fuerzas revoluciona­rias que, además de ser antivenizelistas, son anticonstitu-cionales ).

 

El equilibrio del régimen constitucional y de­mocrático, restablecido por Kondilis, con el con­senso, según parece, del ejército y de la marina, resulta en consecuencia muy problemático. Lo que tampoco constituye un fenómeno peculiar y específicamente griego, sino una simple faz del fenómeno mundial, o al menos occidental, de la crisis de la democracia y del parlamento.

 

En esta crisis, los reaccionarios griegos, no son capaces de descubrir más que la solución Pangalos. Los demo-liberales, a su vez, con de­plorable falta de imaginación, no son capaces de descubrir más que la solución Venizelos. Los re­volucionarios son los únicos que no tienen una fórmula tan fácil y tan simple. Porque la solu­ción por la cual ellos trabajan no la guarda hecha, en su bolsillo, un político redomado ni un coronel megalómano. Debe gestarla y parirla, trágica y dolorosamente, la historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LUTHER*

 

 

Hace poco más de tres años, en enero de 1923, César Falcón y yo visitamos la Rathaus de Essen con el objeto de solicitar una entrevista al Dr. Luther, alcalde de esa comuna. Era en los días dramáticos de la ocupación del Rhur. Fal­cón y yo, reunidos por el destino en Colonia, nos habíamos trasladado a Essen a ver con nuestros propios ojos la ocupación. Y queríamos conocer e interrogar a los principales actores de este grave episodio de la post-guerra. El Dr. Luther no sufrió nuestra inquisición. No pasamos de su antesala. Supimos después que —acaparado por sus trajines— no se prestaba a interviews periodísticas en esa hora febril. Sobrio en sus gestos, sobrio en sus palabras, evitaba la exhibi­ción.

 

No era el Dr. Luther un alcalde vulgar. Essen constituye un gran foco de la industria alemana. El Dr. Luther había probado en esta comuna es­tratégica su capacidad de administrador. Esta capacidad reclamaba un empleo más tras-cenden­te y una escena más amplia. El Reich había encargado, por eso, al Dr. Luther, el Ministerio de transportes y abastecimientos de la región ocupada. Su cabeza afeitada y su chaqué burgués, habían adquirido instantáneamente el grado má­ximo de familiaridad con el público.

 

El primer gran escenario de Luther fue ése. Puedo, pues, decir que asistí en el Rhur, hace tres años y meses, al nacimiento de su reputa‑

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 4 de Setiembre de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

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ción mundial. Registré en mi calendario el día en que el Dr. Luther —Herr Doktor Luther— em­pezó a ser Luther a secas.

 

Luther debutó en la alta política como gene­ralísimo de la batalla del Rhur. Dirigió la resis­tencia pasiva que costó al Reich muchos millo­nes de marcos papel. El Reich subsidiaba a los industriales para que pagasen a sus obreros; avituallaba las poblaciones ocupadas; sostenía en suma la huelga que, vol-viendo improductiva la cuenca del Rhur, debía persuadir a Francia de la inutilidad de guardar esta prenda. La ba­talla concluyó con la rendición de Alemania. El Estado alemán se sintió en Dresde al borde de la revolución. El marco papel se precipitó en la última sima de su bancarrota. Pero nadie miró en Luther al protagonista de una derrota. La del Rhur, en rigor, no lo fue casi para Alemania. La posesión del Rhur enseñó experimentalmen­te a los Fran-ceses que sus minas y sus fábricas valían bien poco si Alemania no continua-ba administrándolas y explotándolas.

 

Más tarde, cuando el difícil equilibrio de los partidos en el Reichstag hizo imposible el predominio gubernamental de un bando, Luther presidió un ministerio administrativo de tipo burocrático que unas veces se apoyaba en la dere­cha y otras veces en la izquierda.

 

Este ministerio, que colocó muy en alto en Alemania su testa monda y rosada, naufragó en los arrecifes de la política parlamentaria apenas fue posible la constitución de este gobierno que preside ahora Marx, el líder del centro ca-tóli­co. Marx representa un programa de concentra­ción burguesa que se parece mucho al que aho­ra encarna presentemente Poincaré.

 

Luther, de vacaciones, viaja ahora por América. Es decir, emplea sus vacaciones, su testa y

 

 

 

 

 

 

 

 

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su inteligencia en servicio del Reich. ¿Qué me­jor mensaje podría enviar el Reich a los alema­nes de América? Luther es el prototipo de una estirpe un poco acremente satirizada por Geor­ge Grosz, pero qué fuera y dentro de Alemania es saludada y respetada aún como la represen­tativa de la grandeza alemana. Luther es el es­pécimen más perfecto e ilustre del funcionario de Alemania. No se le puede acusar formalmen­te de monárquico ni de republi-cano. Monárqui­co bajo la monarquía, republicano bajo la república, Luther no está comprometido por nin­guna actividad facciosa en pro de una u otra idea. Clasificado como hombre de la derecha, se mantiene a prudente distancia del sector ex­tremo de ésta. Tiene, más o menos, la misma posición de Hinden-burg. Como hubo en la gue­rra una línea Hindenburg, hubo en la postguerra una línea Luther. A nadie le sorprendería que reemplazase a Hindenburg en la presiden­cia de la república. Para este cargo Luther tie­ne, entre otros títulos incontestables, el de afei­tarse la cabeza con el más ortodoxo gusto ger­mano.

 

No es Luther un líder ni un caudillo. Conser­va hasta ahora el continente y el ademán de burgomaestre de Essen. Pero en esto reside pre­cisamente su fuerza. Los líderes andan de capa caída. Poincaré, cuenta hasta ocho en su ministerio. A Luther le basta con su egregia foja de servicios de emérito funcionario, general de la más grave batalla de la paz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EUGENIO V. DEBS

(A Waldo Frank)

 

 

Eugenio V. Debs, el viejo Gene, como lo lla­maban sus camaradas norteame-ricanos, tuvo el alto destino de trabajar por el socialismo en el país donde más vigoroso y próspero es el capi­talismo y donde, por consiguiente, más sólidas y vitales se presentan sus instituciones y sus tesis. Su nombre llena un capitulo entero del so­cialismo norteamericano, que contra lo que creen, probablemen-te, muchos, no ha carecido de figu­ras heroicas. Daniel de león, marxista bri-llante y agudo que dirigió durante varios años el So­cialist Labour Party y John Reed, militante de gran envergadura, que acompañó a Lenin en las primeras jornadas de la revolución rusa y de la Primera Internacional, comparten con Eugenio Debs la cara y sombría gloria de haber sembra­do la semilla de la revolución en los Estados Unidos.

 

Menos célebre que Henry Ford cuya fama pregonan en el mundo millones de automóviles y affiches, Eugenio Debs, de quien el cable nos ha hablado en ocasión de su muerte como de una figura "pintoresca", era un representante del verdadero espíritu, de la auténtica tradición norteamericana. La mentali-dad y la obra del desnudo y modesto agitador socialista influyen en la historia de los Estados Unidos cien mil veces más que la obra y los millones del fabu-loso fabricante de automóviles. Esto naturalmente no

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 30 de Octubre de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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son capaces de comprenderlo quienes se imagi­nen que la civilización es sólo fenómeno material. Pero la historia de los pueblos no se preo­cupa, por fortu-na, de la sordera y la miopía de esta gente.

 

Debs entró en la historia de los Estados Uni­dos en 1901, año en que fundó con otros líderes el partido socialista norteamericano. Dos años más tarde este partido votó por Debs para la presidencia de la República. Este no era por supuesto sino un voto romántico. El socialista nor­teamericano no miraba en las elecciones presi­denciales sino una coyuntura de agitación y pro­paganda. El candidato venía a ser únicamente el líder de la campaña.

 

El partido socialista adoptó una táctica opor­tunista. Aspiraba a devenir el tercer partido de la política yanqui, en la cual, como se sabe, hasta las últimas elecciones no eran visibles sino dos campos, el republicano y el demócrata. Para realizar este propósito el partido transigió con el reformismo mediocre y burocrático de la Fe­deración Americana del Trabajo, sometida al ca­cicazgo de Samuel Gompers. Esta orientación era la que correspondía a la mentalidad peque­ño-burguesa de la mayoría del partido. Pero Debs, personalmente, se mostró siempre supe­rior a ella.

 

Cuando la guerra mundial produjo en los Es­tados Unidos una crisis del socialismo, por la adhesión de una parte de sus elementos al programa de reorganización mundial en el nombre del cual Wilson arrojó a su pueblo a la contien­da, Debs fue uno de los que sin vacilaciones ocu­pó su puesto de combate.

 

Por su propaganda anti-bélica, Debs, encar­celado y procesado como derro-tista, resultó fi­nalmente condenado a diez años de cárcel. Mientras la censura se lo permitió, Debs había im­pugnado la guerra y denunciado sus móviles por

 

 

 

 

 

 

 

 

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medio de la prensa socialista. Más tarde había continuado su campaña en reuniones y comicios. Sus jueces encontraron motivo para aplicarle la ley del espionaje.

 

Desdeñoso y altivo, Debs no quiso defenderse- "Me es indiferente lo que se ha depuesto con­tra mí, —declaró al Tribunal—. No me preocu­pa el sustraer-me a un veredicto desfavorable, así como no retiro ni una palabra de cuanto dije en Cantón (localidad de Ohio, donde pronun­ció el discurso pacifista que precedió a su arres­to) aún cuando supiese que haciendo esto me salvaría de una condena a muerte. ¡El impu­tado no soy yo! Es la libertad de palabra. De­lante del jurado están hoy las instituciones republicanas. El veredicto corresponde al porvenir".

 

El viejo agitador escuchó sin inmutarse la sentencia de sus jueces. De sus amigos presen­tes en la audiencia se despidió con estas palabras: "Decid a los camaradas que entro en la cárcel como ardiente revolucionario, la cabeza erguida, el espíritu intacto, el ánima inconquis­tada".

 

En la prisión, Debs recibió honrosos testimo­nios de solidaridad de los hom-bres grandes y libres y de las masas proletarias de Europa. In­terrogado una vez Bernard Shaw sobre las ra­zones por las que se negaba a visitar Estados Unidos, respondió que en ese país el único sitio digno de él era el mismo en que se encontraba su amigo y correligionario Eugenio Debs: la cárcel. La prisión de Debs fue juzgada, por todas las conciencias honradas del mundo, como la mayor mancha del gobierno de Wilson.

 

En las elecciones de 1920, Eugenio Debs fue una vez más el candidato presidencial de los socialistas norteamericanos. Las fuerzas socialistas se encontraban quebrantadas y divididas por la crisis post-bélica que había acentuado el conflicto entre los partidarios de la reforma y

 

 

 

 

 

 

 

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los fautores de la revolución. Sin embargo, el nombre de Debs, recogió en el país cerca de un millón de sufragios. Este millón de votantes, prácticamente no votaba. La lucha por la presi­dencia estaba limitada a Harding, candidato de los republicanos, y Cox, candidato de los demócratas. Los que votaban por Debs, protestaban contra el Estado capitalista. Votaban contra el presente, por el porvenir.

 

Amnistiado al fin, encontró Debs virtualmen­te concluida su misión. Los espí-ritus y las cosas habían sido mudados por la guerra. Se plantea­ba en Europa el problema de la revolución. En Estados Unidos se formaba una corriente co-mu­nista bajo un capitalismo todavía omnipotente. Había empezado un nuevo capítulo de la histo­ria del mundo. Debs no estaba en tiempo de recomenzar. Era un sobreviviente de la vieja guar­dia. Su destino histórico había terminado con el heroico episodio de su prisión.

 

Pero esto no empequeñece la significación de Debs. Su destino no era el de un triunfador. Y él lo supo muy bien desde los lejanos y brumo­sos altos en que, consciente de su peso, lo acep­tó con alegría. Abrazó el socialismo, la causa de Espartacus, en una época en que la estrella del capitalismo brillaba victoriosa y espléndida. No se vislumbraba el día de la revolución. Más aún, se le sabía muy remoto. Pero era necesario que hubiera quienes creyesen en é1. Y Debs quiso ser uno de sus confesores, uno de sus asertores.

 

Para los cortesanos del éxito, una vida de tan heroica contextura, no tiene, tal vez, senti­do. Eugenio Debs, no puede ser para ellos más que una figura "pintoresca" como hace pocos días lo llamó un corresponsal cualquiera. Pero el veredicto sobre estos hombres no lo pronun­cian por fortuna los correspon-sales y menos aún los corresponsales norteamericanos. Como ya lo dijo Debs, corresponde al porvenir.

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA TRAGEDIA DE ITALIA*

 

 

Hace un año, el fascismo tuvo razón para ce­lebrar el tercer aniversario de la marcha a Roma con ánimo exultante y victorioso. El balance de su tercer año de dictadura se cerraba fa­vorablemente. La secesión aventiniana estaba li­quidada. La contra-ofensiva iniciada con el de­safiante discurso pronunciado por Mussolini en la Cámara de Diputados el 3 de enero de ése año, había barrido a la oposición constitucional de las posiciones artificialmente mante-nidas hasta entonces. El equívoco del régimen constitu­cional parlamentario había quedado cancelado y la constitución misma había sido adoptada a las necesidades del gobierno fascista.

 

Todo esto, le había costado al fascismo ver­daderamente muy poco. Ni una huelga general, ni una agitación popular revolucionaria, habían respondido a la represión fascista. Al renunciar a estas armas en los dramáticos meses que si­guieron al asesinato de Matteotti y preferir el camino de la protesta parla-mentaria y de las ne­gociaciones clandestinas con la monarquía, la oposición constitucional se había invalidado para resistir revolucionariamente el ataque ilegal del poder.

 

No es el mismo el cuadro de Italia en el cuar­to aniversario de la dictadura mussoliniana. Cuatro atentados contra la vida de Mussolini, seña­lan el grado de exasperación de sus enemigos. Los cuatro atentados corresponden a este período de derogación de toda libertad, durante el

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 13 de Noviembre de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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cual el fascismo cree haber consolidado indefinidamente su dominio. Son el síntoma de la ten­sión de la atmósfera política y espiritual creada en Italia por los métodos de Mussolini y sus escuadras de "camisas negras".

 

El atentado individual contra reyes o minis­tros estaba reservado en Europa, hasta hace po­co tiempo, al anarquismo terrorista. Ningún par­tido, ninguna secta política podía racionalmente aceptarlo, ni aún por excepción, en su táctica o su praxis. El socialismo, sobre todo, —que con­cibe la revolución como acción de masas, como movimiento esencialmente multitudinario, co-lec­tivo—, repudiaba y condenaba la violencia indi­vidual, imponiendo, a su adeptos una disciplina y una ideología que la excluía absolutamente como arma de combate.

 

Hay que pensar, por consiguiente, que tienen que haber cambiado de un modo demasiado ra­dical los principios de la vida política italiana para que Italia vuelva a la edad sombría de los complots y de las represalias terroristas.

 

Ninguno de los partidos adversos a Mussoli­ni es evidentemente responsable de estos aten­tados. La muerte de Mussolini no beneficiaría a ninguno. Desen-cadenaría un caos en igual forma peligroso para todos, durante el cual, a menos que sobreviniese rápidamente una acción militar, reinaría anárquica y truculentamente en Italia la violencia del "fascio".

 

Pero los partidos han sido prácticamente -y ahora formalmente- disueltos por el gobier­no fascista, de suerte que junto con su organi­zación está aniquilada su disciplina. Los líderes no están en grado de controlar la acción de los gregarios. El gobierno los ha privado de todo medio de moverse legalmente.

 

Las explosiones esporádicas de violencia in­dividual resultan por ende inevitables, a pesar

 

 

 

 

 

 

 

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del interés que tendrían en impedidas los parti­dos proletarios, de los cuales el único activo es, en buena cuenta, el comunista. Cada atentado contra Musso-lini proporciona al fascismo un motivo para aumentar sus Instrumentos le-gales de represión, aparte de que nimba un poco más de milagro y leyenda la figura del condottiero.

 

El último atentado parece haber excitado hasta el delirio la cólera y la pre-potencia fascis­ta. Todas las garantías y derechos individuales han quedado indefinidamente suspendidos. Los partidos contrarios al fascismo han sido oficialmente disueltos. La prensa de oposición ha de­saparecido. Del parla-mento se ha expulsado, al mismo tiempo que a la oposición aventiniana, al grupo comunista, al cual no se puede acusar co­mo a aquélla de haber hecho abandono de sus asientos. Y aunque las noticias cablegráficas por la censura a que están sujetas, son imprecisas, no cabe duda de que al atentado contra Musso­lini han seguido esta vez, días de sangrienta re­presalia fascista.

 

El episodio que, en esta siniestra marejada reaccionaria, impresiona más a los intelectuales es el ataque al célebre filósofo Benedetto Croce y la destrucción de su biblioteca. Este episodio, por la significación y calidad del hombre agra­viada, adquiere una resonancia especial. Tiene la virtud de herir hasta la ener-vada sensibilidad de aquellos intelectuales que, prontos a deplorar el ultraje a un filósofo, no son capaces sin embar­go de decidirse a enjuiciar al fascismo.

 

Los orígenes de este desmán, cuyo proceso de incubación ha sido largo, no necesitan casi ser recordados. Todo el mundo sabe que en el curso de la agi-tación que suscitó en Italia el asesinato de Matteotti, Benedetto Croce, que ya se había cuidado de rehusar su voto al régimen fascista, sintió el deber de tomar una actitud franca con‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tra sus métodos y sus principios. Croce sostuvo entonces en la prensa una resonante polémica con Giovanni Gentile, el filósofo junto con quien com-batió durante mucho tiempo las batallas de la filosofía idealista y de quien lo separa, desde su conversión a la doctrina de la cachiporra, una austera y fiel adhesión a la idea de la libertad. Esa polémica no se redujo a un diálogo entre Croce y Gentile. Se propagó en el campo intelec­tual, motivando el agrupa-miento de los hombres de letras y ciencias en dos bandos antagónicos, asertor uno del principio de libertad y confesor el otro de la fe fascista. Y se suscri-bieron y pu­blicaron dos manifiestos, encabezados respecti­vamente por Croce y Gentile.

 

Es indudable, no obstante su jactancia, que el fascismo no debe considerarse muy seguro. Su porvenir depende de un factor tan incierto como el éxito de los planes imperialistas de Mus­solini, quien necesita mantener a su pueblo en una constante tensión guerrera para justificar el rigor de su política social y económica. Pero si el éxito tarda, los resortes del régimen fascis­ta corren grave peligro.

 

Mussolini, ha prometido a su pueblo un gran imperio. Si la historia no le permite cumplir esta promesa, su empresa esencial estará fracasada. Porque no es cierto que el movimiento fas­cista no se haya propuesto cumplir sino una función de policía y orden. Si así fuera, Italia habría hecho al dejarlo conquis-tar el poder, un mal negocio. Pues los días de violencia de la agi­tación revolu-cionaria no eran absolutamente ni más sangrientos ni más trágicos que éstos del régimen fascista. La verdadera tragedia ha em­pezado ahora.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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UNA ENCUESTA DE BARBUSSE EN LOS BALKANES*

 

 

En su nuevo libro Les Bourreaux (Ernest Flammarion, Editeur, Paris, 1926), Henry Barbus­se reúne las conclusiones de su encuesta sobre el terror blanco en Rumania, Bulgaria y Yugoeslavia. Henry Barbusse visitó estos países hace aproximadamente un año, acompañado de la doctora Paule Lamy, abogado del foro de Bruse­las, y de León Vernochet, secretario general de la interna-cional de los Trabajadores de la Ense­ñanza. Y, después de informarse seria-mente acer­ca del régimen de terror instaurado por los go­biernos de Bratiano, Zankoff y Patchitch, lo de­nunció documentada e inconfutablemente a la conciencia occidental.

 

Les Bourreaux no es, pues, un libro de li­terato, sino un libro de combatiente. Barbusse se siente, ante todo, un mílite de la causa huma­na. Pero este libro no se ocupa, sin embargo, ab­solutamente, de polémica doctrinal. Se limita a exponer desnudamente, con objetividad y con verdad, los hechos. A base de datos rigurosamen­te verificados, lanza una documentada acusación contra los gobiernos reaccionarios de esos tres estremecidos países balkánicos.

 

Estos países son, según frase de Barbusse, el infierno de Europa. El terror blanco, alimentado de los más feroces enconos de clase y de raza, se encar-niza ahí contra todo lo que sospecha adverso al viejo orden social. El revo-lucionario, el judío, están fuera de la ley. La represión po‑

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 20 de Noviembre de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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licial colabora con la acción ilegal de las bandas fascistas. Los más mons-truosos procesos exhi­ben en la más cínica servidumbre a la justicia y sus funcionarios. "Sobre esta Rumania de hoy —escribe Barbusse— sobre esta Yugoeslavia, so­bre esta Bulgaria que es el círculo más patético del infierno balkánico, el estrangulamiento me­tódico de toda pulsación de libertad se transfor­ma a los ojos en una calma que oprime el corazón porque es la calma de un cementerio. Se sabe bien que las cabezas que se han alzado han sido abatidas y que si aquí y allá se vuelven a alzar otras, lo serán también a su turno; que todas las fuerzas vivas y conscientes de los trabajadores de la ciudad y los campos han sido o serán aniquiladas. Esta mutilación colectiva puede hacer pensar en una apariencia de orden a quien no hace más que pasar por esta tierra de espanto. Pero la paz no es sino una mortaja y los sobrevi-vientes comprenden que su existencia depende del primer gesto, de la primera palabra"

 

Los gobiernos rumano y búlgaro se atribuyen la misión de defender a Europa del bolchevismo. La complicidad del capitalismo occidente en su despotismo sanguinario es, en todo caso evidente. Los gobiernos demo-liberales de Inglaterra y Francia presencian con tolerancia impasible sus ataques a los más fundamentales principios de la civilización. "Los gobiernos de Bratianu, Volkov, Patchitch, Pangalos y hasta ayer el gobierno de Horthy —constata Barbusse— no han tenido apoyo más firme que el de los representantes de la Francia de la Revolución y de la libre Inglaterra. Todos estos hombres se sonríen y se sostienen. Por otra parte, se parecen. Los unos no son otra cosa que la imagen más sangrienta de los otros. Encarnan en todas partes el mismo sistema, la misma idea".

 

Bulgaria se presenta como la más trágica escena de reacción. Los hechos que Barbusse de-

 

 

 

 

 

 

 

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nuncia no son desconocidos en conjunto. No obstante la complacencia que la gran prensa eu­ropea y sus agencias telegráficas usan con los regímenes rea-ccionarios, los ecos de la tragedia del pueblo búlgaro se han difundido hace tiem­po por el mundo. Pero ahora el testimonio de Barbusse, apoyado en pruebas directas, precisa y confirma cada uno de los crímenes que antes, a través de distintas versiones, podían parecer exagerados por la protesta revo-lucionaria.

 

El atentado de la catedral de Sofía, no fue, como ya sabíamos, el motivo de la truculenta represión: fue simplemente su efecto. El gobier­no búlgaro había emprendido, mucho antes de ese acto desesperado, una sañuda campaña con-tra los organizadores y adherentes de los parti­dos agrario y comunista, con la mira de su com­pleta destrucción. Varios diputados comunistas habían sido asesinados. Las cárceles estaban re­pletas. En medio de esta situación de pavor so­brevino el atentado de la catedral. Un tribunal honrado habría podido com-probar fácilmente la ninguna responsabilidad del partido comunista. La praxis comunista rechaza y condena en todos los países la violencia individual, ra-dicalmente extraña a la acción de masas. Pero en Bulgaria los procesos no son sino una fórmula. El gobier­no de Zankoff se acogió al pretexto del atentado para extremar la persecución así de comu­nistas como de agrarios. El número de victimas de esta persecución, según los datos obtenidos por Barbusse, pasa de cinco mil. Los tribunales condenaron a muerte sólo a trescientos procesa-dos. Las demás víctimas corresponden a las ma­sacres de los horribles días en que imperaba en Bulgaria la ley marcial. La ola de sangre llegó a tal punto que el Rey Boris se negó a firmar la sentencia de muerte de los tribunales. Y fue necesario que un vasto clamor de protesta se en­cendiera en el mundo para que la dictadura de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Zankoll, la más infame de las dictaduras bakánicas, se sintiera aplacada y satisfecha.

 

Barbusse, en su libro, enumera los crímenes. Su requisitoria está en pie. Nadie ha intentado validamente confutarla. Les Bourreaux aparece, por ende, como uno de los más graves docu­mentos de acusación contra el orden burgués.

 

Los mismos estados que ante las violencias de la revolución rusa, olvidando la historia de todas las grandes revoluciones, mostraron ayer no más una cons-ternación histérica, no han pro­nunciado una sola palabra para contener ni pa­ra reprobar el "terror blanco" en los países bal­kánicos. Bernard Shaw dice que los hombres que condujeron a Europa a la guerra traicionaron a la civiliza-ción. La admiración es vana. Después de la guerra, la traición continúa. Y su grado de responsabilidad aumenta.

 

La protesta de los intelectuales libres como Barbusse, como Shaw, es lo único que salva, en esta hora dramática, el honor de la Inteligencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL NUEVO ESTATUTO DEL IMPERIO BRITANICO*

 

 

Los acuerdos de la conferencia británica nos confirman que Inglaterra conti-núa su tradicio­nal política de compromiso. La transacción, la conciliación son su fórmula predilecta. El Im­perio Británico mismo reposa, como tal, en un compromiso. El Canadá, Sud-África, Australia, etc., no son colonias. Son naciones autónomas dentro de la comunidad británica. Pero el Im­perio sub-siste. Se salva a costa de concesiones. La unidad del Imperio no resulta posi-ble sin la libertad de los pueblos que lo constituyen.

 

El nuevo estatuto político del Imperio no modifica, en verdad, las relaciones de Inglate­rra con sus dominios. Lo que se establece aho­ra en la ley, en la teoría, estaba establecido ya en la práctica, en el hecho. Inglaterra tiene el arte de parecer muy larga en sus concesiones hasta cuando es más parca y más prudente.

 

Pero el principio sobre el cual descansa formal y solemnemente, a partir de este convenio, la organización del Imperio Británico, representa una con-quista decisiva de los antiguos domi­nios en el camino de su diferenciación histórica.

 

La Humanidad se encamina, bajo la acción de los factores de interdependen-cia de solida­rización de los intereses económicos, hacia la constitución de vastas federaciones. La idea de los Estados Unidos de Europa no es, en nuestro

 

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* Publicado en Variedades, Lima. 27 de Noviembre de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

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tiempo, una mera utopía revolucionaria. Pero, en tanto, se constata la ineluc-table crisis de los Imperios. El imperialismo, definido por Lenin como la última etapa del capitalismo, se presenta en abierto contraste con la nueva conciencia hu­mana. Los Imperios tienen su origen en la expan­sión de un pueblo a expensas de la autonomía y de la personalidad de los pueblos so-metidos a su poder. Las uniones o federaciones tienen, opuestamente, su fundamento en razones geo­gráficas, económicas y raciales y brotan de la li­bre determinación de los pueblos.

 

La transformación de un Imperio en una unión o federación del tipo de las que se prevén en la perspectiva histórica contemporánea, apa­rece imposible, a causa de la diferencia de géne­sis y de función de uno y otro sistema. El Impe-rio Británico, en el que, por la educación po­lítica y el espíritu evolucionista de los ingleses, se encuentra al menos las premisas espirituales de esa transfor-mación, niega precisamente esta posibilidad.

 

Las fuerzas que mueven a los dominios ha­cia la reivindicación de su autono-mía son, fuerzas centrífugas, separatistas. El Imperio Británi­co, es el compro-miso entre el poder de Inglate­rra y la necesidad de independencia de sus an­tiguas colonias. Estas tienen, por su falta de vin­culación geográfica, intereses internacionales diversos y hasta contrarios dentro de la vigente organización política y económica del mundo. El Canadá, por ejemplo, se siente lógica-mente más próximo a los Estados Unidos que a Inglaterra. A medida que progrese la rivalidad, evidente desde hace tiempo, entre los imperialismos británi­co y norteamericano, el Canadá se distanciará más y más de Inglaterra.

 

Desde los primeros días de la post-guerra, se adviene una oposición ostensible entre determi-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nados intereses de la política internacional de Inglaterra y la orientación diplomática de algu­nos de sus dominios. La renovación del tratado anglo-japonés, por ejemplo, encontró en los dominios del Pacifico una resistencia vigorosa en­gendrada por el temor de un futuro conflicto en­tre el Japón y los Estados Unidos.

 

La unidad del Imperio, por más que el lenguaje de la conferencia parezca demostrar lo contrario, se muestra cada vez más debilitada. Inglaterra no ejerce en sus dominios toda la au­toridad que convendría a su prestigio y a su fuerza internacionales. Frente a Turquía, se vio hace tres años forzada a ceder, debido en parte a consideraciones de su política colonial.

 

El problema de la India, o sea el mayor pro­blema del Imperio, está intacto. Con el nuevo estatuto no se avanza un paso hacia una solu­ción. Por el con-trario, se exaspera el resenti­miento de la India, tratado como una colonia menor de edad.

 

El pacto que acaba de suscribirse entre Ingla­terra y las naciones que aceptan continuar conviviendo bajo el techo común del imperio, corresponde abso-lutamente a este período llamado de estabilización capitalista en que el Occi­dente, aplacada temporalmente la tempestad revolucionaria, acomete la empresa de reorgani­zar aún su vida, al menos por cierto tiempo, so­bre las bases y los principios burgueses. Pero, admitida en sus lineamientos gene-rales la tesis de la decadencia de la civilización capitalista, la primera de sus premisas resulta indudablemen­te la decadencia de la Gran Bretaña. Trotsky, en su último libro, que tiene por titulo esta inte­rrogación: ¿A dónde va Inglaterra?, enfoca los aspectos esenciales de la crisis británica. Ber­nard Shaw, desde sus puntos de vista fabianos, bastante lejanos de los puntos de vista comu‑

 

 

 

 

 

 

 

 

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nistas del gran leader ruso, constata en el fondo la misma crisis.

 

La Gran Bretaña, metrópoli de esta civiliza­ción liberal, industrial, burguesa y protestante, arribó con la guerra a su apogeo. Pero al día siguiente de su vic-toria, empezó su descenso.

 

Actualmente, la realidad del Imperio es más económica que política. Londres conserva su función de capital financiera, comercial y bur­sátil del conjunto de pueblos que reconoce la autoridad cada día más platónica y simbólica del Rey de Inglaterra. El poder de Inglaterra es su dinero. Pero lo que está en crisis en el mun­do es, precisamente, este poder. Lo que se siente trepidar y fallar en Occidente es la economía del capital o del dinero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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K R A S S I N

 

 

La figura de Leonidas Borisovitch Krassin era, seguramente, la más familiar al Occidente entre todas las figuras de la Rusia Sovietista. El motivo de esta familiaridad es demasiado notoria. Krassin, comisario de Comercio Exterior, re­sultaba el más conspicuo agente viajero de los soviets. Intervino en las negociaciones de Brest Litovsk. Y desde entonces representó a los so­viets en casi todas sus transacciones con la Eu­ropa Occidental. Suscribió en 1920 el tratado co­mercial entre Rusia y Suecia. Negoció en 1921 el primer convenio comercial entre Inglaterra y los Soviets. Concurrió a las conferencias de Gé­nova y La Haya. Representó, en fin, a Rusia co­mo embajador en Inglaterra y Francia.

 

Agente comercial, más que agente diplomá­tico, Krassin ponía al servicio de la revolución rusa su capacidad y experiencia en los negocios. Rusia no habla en Occidente en nombre de ideales comunes sino de intereses recíprocos. Esto es lo que diferencia y caracteriza fundamentalmente a su diplomacia. Un emba-jador de Rusia en Londres, Paris, o New York, no necesita ser diplomático sino en la medida en que necesita serlo, por ejemplo, un banquero. En su servicio diplomático, a los soviets no les hacen falta lite­ratos ampulosamente elocuentes ni pisaverdes encantadoramente imbéciles. Les hacen falta téc­nicos de comercio y finanzas.

 

La prestancia de Krassin, en este campo, era extraordinaria. Krassin, uno de los más notables

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 4 de Diciembre de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

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ingenieros rusos, provenía de la más alta jerarquía técnica e industrial. Había llegado a ocu­par, con la guerra, la dirección de los negocios y establecimien-tos rusos de la poderosa firma alemana Siemens Shuckert.

 

Pero sólo esta capacidad técnica no lo habilitaba naturalmente para pasar a un puesto de compleja responsabilidad en el gobierno socialista de Rusia. Antes  que ingeniero y financista. Krassin era un revolucionario. Toda su historia lo atestiguaba. Salido de una familia burguesa, Krassin desde su juventud dio su adhesión al so­cialismo. Muchas veces la persecución de la policía zarista le forzó a interrumpir sus estudios Su inquietud espiritual, su sensibilidad moral, no le permitían clausurarse egoísta y cómodamente dentro de los confines de una profesión. Por esto, consagró todas sus energías a la pro­paganda revolu-cionaria. Y, más tarde, cuando sus aptitudes lo señalaron entre los más bri-llantes ingenieros de Rusia, Krassin mantuvo su fe y su filiación revolucio-narias. Tal como antes comprometieron sus estudios, esta filiación, esta fe, comprometían entonces su carrera. Krassin, sin embargo, continuaba traba-jando por la revolución. A la represión zarista estuvo siempre sin­dicado como un conspirador, vinculado a los más peligrosos enemigos del orden social. Únicamente su eminente situación profesional, sus potentes relaciones in-dustriales pudieron salvarlo de la deportación permanente a que estaban condenados virtualmente los líderes bolchevi­ques.

 

Krassin representa un caso poco frecuente en la burguesía profesional. En el ambiente de los negocios, es raro que un hombre conserve un amplio hori-zonte humano, un vasto panorama mental. Por lo general, muy pronto lo aprisionan y lo encierran los muros de un profesionalismo tubular o de un egoísmo utilitario y calculador.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Para saltar estas barreras, hay que ser un espíritu de excepción. Krassin lo era incontestablemente. En un período de victorioso despotismo reaccionario, cuyas encrucijadas sombrías o cu­yos dorados mirajes desviaban a los espíritus hesitantes y apocados. Krassin conservó intac­ta su esperanza en el triunfo final del proleta­riado y del socialismo.

 

Por eso Lenin, cuando este triunfo vino, lla­mo a Krassin a ocupar a su lado uno de los puestos de más responsabilidad en el gobierno revolucionario. El gran caudillo de la Revolución rusa sabía que Krassin no era sólo un técnico idóneo sino también un idóneo socialista.

 

Lenin, como lo recuerdan sus biógrafos, no se mostró nunca embarazado en su acción ni en sus decisiones por sentimientos de puritanismo estrecho ni por prejuicios de moral burguesa. Pero exigió siempre en los conductores de la revolución una historia de intachable fidelidad a este respecto. Su respuesta a un ex-socialista revolucionario alemán, enriquecido deshonestamente durante la guerra, que solicitó su permi­so para volver a su puesto en el movimiento pro­letario: "No se hace la revolución con las manos sucias".

 

No es posible pretender ciertamente que los adversarios naturales de la revo-lución tributen a las cualidades superiores de un hombre como Krassin el homenaje de respeto que no les rega­tea ninguna inteligencia libre y clara. Pero, al menos, hay derecho para exigirles que ante los despojos de un hombre cuya vida heroica y no­ble queda definitivamente incorporada en la historia, sepan comportarse con dignidad y altura polémicas. Complacerse en esta ocasión en pue­riles evocaciones del frac, la camisa y la vajilla del Emba-jador -porque no quiso prestarse a los juegos y diversiones estragadas de la bur‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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guesía occidental convirtiéndose, con ridícula cursilería demagógica, en el personaje pintoresco de los salones diplomáticos- es mostrarse incapaces de entender y apreciar el valor, el es­píritu y el idealismo del hombre. Los que sin duda han leído a Plutarco podrían tener una ac­titud más discreta.

 

Un hombre fuerte, puro, honrado -que ha servido abnegadamente una gran idea humana- ha cumplido su jornada. Su vida queda co­mo una lección y como un ejemplo. Su nombre está ya no sólo escrito en la historia de su patria sino en la historia del mundo. No es fácil decir lo mismo de todos los que inciensan próliga e inocuamente, en sus féretros, la prosa hi­perbólica de las necrologías periodísticas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA CRISIS DE LA MONARQUÍA EN RUMANIA*

 

 

La monarquía rumana, considerada como un sobreviviente de la tempestad bélica, aparece desde entonces destinada a naufragar a corto plazo. Al fin de la guerra se salvó en una tabla. Una dinastía Hohenzollern, acusada de ma-quia­vélicas conspiraciones contra la victoria aliada, no contaba naturalmente con muchas simpatías en los países vencedores. Pero el olvido del programa wilsoniano en los conciliábulos de la paz, no en vano albergados por Versalles y Trianón, consintió a la monarquía rumana acomodarse en el nuevo orden europeo.

 

Rumania salió engrandecida de la guerra en la cual su monarquía jugó cazu-rramente a dos cartas. La revolución rusa movió a la democra­cia aliada a pactar con esta monarquía, no obs­tante su parentesco con la monarquía derri-bada en Alemania. A Rumania le fue asignada la Be­sarabia para agrandar su territorio y su pobla­ción a expensas de Rusia, malquistada con el Oc­cidente capitalista por su régimen proletario.

 

La arbitrariedad de esta anexión es tan evi­dente, que casi nadie la discute en Europa. En la propia Rumania se reconoce que la de Besarabia ha sido una adquisición inesperada. "Políticos rumanos patriotas como el Dr. Lupu -apunta Barbusse después de una concienzuda encuesta- aunque pretenden que la población de Besarabia es fundamentalmente moldava-ruma‑

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 18 de diciembre de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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na, estiman que en esta circunstancia los alia­dos han sobrepasado su derechos y que es ab­solutamente necesario obtener el asentimiento de Rusia para regu-larizar semejante situación".

 

Todos estos presentes territoriales, que han colocado bajo la soberanía rumana a tres millo­nes de hombres de otras nacionalidades, han tenido por objeto crear una Rumania poderosa frente a la Rusia sovietista. La misma razón ha prorrogado y convalidado, después de la guerra, a la decadente monarquía cuya suerte compromete ahora la enfermedad del Rey Fernando.

 

Esta monarquía, rehabilitada por la paz des­pués de haber conocido con la guerra el peligro de la bancarrota, ha mostrado en los últimos años grandes ambiciones. Mediante el matrimo­nio de sus príncipes y sus princesas, la casa real de Rumania se aprestaba a establecer la hegemo­nía de su sangre en la Europa Oriental. Pero, desde la caída de la monarquía griega a la cual se encontraba doblemente enlazada, hasta el adulterio folletinesco y la abdica-ción conven­cional del príncipe heredero rumano, estos pla­nes han sufrido una serie de fracasos.

 

Hoy, el porvenir de la monarquía rumana se presenta incierto. Contra una eventual reivindi­cación del príncipe hederero, -con quien la rei­na María se ha reconciliado espectacularmente en París-, están los dos partidos que se alter­nan en el gobierno de Rumania, el de Bratiano y el de Averesco. Esto, claro está, no señala to­davía el fin de la monarquía rumana; pero de­nuncia su si-tuación respecto de los partidos re­presentativos de la burguesía de Rumania, co­nectados con los gobiernos de las grandes potencias. Bratiano y Averesco, le imponen su tuto­ría, disimulada con diplomáticas protestas de lealismo.

 

Si los gastos de la reina María en Estados

 

 

 

 

 

 

 

 

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Unidos los ha pagado, como se ha dicho, Henri Ford, con el propósito de ensayar un réclame nuevo, nadie se sorprenderá de que ésta sea la condición de la monarquía de Rumania. Una di­nastía, cuyos blasones pueden ponerse al servi­cio de un fabricante de automóviles y camiones, es como ninguna otra, una dinastía puramente decorativa.

 

Pero su disolución a pesar de todo, no es aún bastante para decidir su caída inmediata. La burguesía rumana no está en grado de licenciar a su manido monarca. La república es, en estos tiempos, una aventura peligrosa. La po-lítica reaccionaria trae consigo un resurgimiento ficti­cio de los mitos y sím-bolos de la edad media. Se apoya en valores y principios tramontados. Por consiguiente, no puede permitirse el lujo de un golpe de Estado republicano.

 

En Estados Unidos una reina o un rey no son útiles sino para réclame nove-doso de una ma­nufactura yanqui: pero en Rumania resultan efi­caces todavía para defender el viejo orden social.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA CRISIS ALEMANA*

 

 

La caída del gabinete presidido por Marx y simbolizado por Stresseman, plantea otra vez en Alemania la cuestión del parlamento y la dictadura. Este gabinete, constituido después de un laborioso trabajo de conciliación, era, como se sabe, un gabinete de minoría, que debía apo­yarse alternativamente en los votos de la dere­cha nacionalista y de la izquierda socialista. Ape­nas le negaran su concurso, en una situación cualquiera, nacionalistas y socialistas, este go­bierno quedaba en minoría en el Reichstag. Es decir quedaba reducido a sus propias fuerzas.

 

Tal situación se ha presentado hace una semana. El experimento del gobierno de minoría, —que se mantiene en el poder por un difícil equilibrio entre la derecha y la izquierda—, aparece en consecuencia cumplido. El nuevo gobier­no debe reposar en una mayoría y por ende gra­vitar a izquierda o a derecha.

 

La crisis que se desarrolla actualmente en Alemania, no es, pues, una crisis de gobierno sino de parlamento o, más precisamente aún, de régimen.

 

El ministerio Marx-Stresseman representó una fórmula transitoria, provisio-nal, de la cual se echó mano en vista de la imposibilidad de formar un go-bierno de mayoría. Ahora, los partidos gubernamentales, tienen que hacer un esfuerzo vigoroso y decisivo para salir de la inte­rinidad.

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 25 de Diciembre de 1926

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pero las dificultades de un año atrás subsis­ten íntegramente. Ni los nacio-nalistas ni los so­cialistas, que son los dos partidos más fuertes del Reichstag, pueden entrar en una coalición sin darle su tonalidad respectiva. Y en aceptar una u otra tonalidad no están conformes los tres partidos de posición más o menos centris­ta de la combinación Marx-Stresseman. Los de­mócratas y los católicos se niegan a colaborar en un gobierno en el que prevalezcan los nacio­nalistas, que por su monarquismo asaz agresi­vo no caben en un minis-terio republicano. Stres­seman y el partido popular, por su parte, se oponen a una coalición en que predominen los socialistas. Estos, en fin, repudian a Stresseman por sus vinculaciones con los magnates de la in­dustria, aunque en el terreno de la política in­ternacional estén dispuestos —como lo prueban sus votos del último año en el Reichstag— a aprobar, o al menos a aceptar pasi-vamente, sus conclusiones prácticas.

 

Este acuerdo entre Stresseman y los socialis­tas frente a los problemas de la política internacional ha sido precisamente uno de los factores vitales del ministerio encabezado por Marx. Su política exterior, oportunista y concilia-dora, que ha chocado vivamente al espíritu revanchista del partido Deustche national, ha obtenido en cam­bio el apoyo de los socialistas. Y se ha dado así el caso paradojal de que los socialistas aprue­ben en este gobierno justamente la gestión in­ternacional de quien, en la política interior, les es tan diverso y opuesto y representa intereses tan antagónicos.

 

La actitud de los nacionalistas ante los pro­blemas exteriores constituye la dificultad máxi­ma, el obstáculo casi insuperable en el camino de una con-centración burguesa. Su monarquis­mo -un poco atenuado y gastado ya- podía avenirse a compromisos discretos y sagaces del

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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género del que ha anulado prácticamente el monarquismo del Mariscal Hin-denburg. Pero el espíritu revanchista de los "alemanes naciona­les", resulta en tan abierto contraste con la rea­lidad que, como ya hemos visto, Stresseman próximo por su conservantismo a la derecha mo­nárquica, se encuentra en el terreno internacio­nal más vecino temporalmente a los socialistas.

 

Stresseman tiene en la política alemana la importancia que le confiere su calidad de perso­nero y fiduciario de la burguesía. A ésta sus in­tereses de clase no le consienten por el momen­to aparecer revanchista y monárquica. Más bien, le aconsejan manifestarse pacífica y republica­na. El momento no es de los nacionalistas. La industria y la banca alemanas que lo saben bien, sos-tienen, por eso, a Stresseman, quien con in­teligente oportunismo, así como se plegó ayer al espíritu de Weimar —inspirador del estatuto de la República alemana— se plega hoy al espí­ritu de Locarno—, inspirador del pacto de seguridad de Europa—.

 

Sin embargo, si la solución de la crisis es una solución de izquierdas la figura de Stres­seman, demasiado comprometida con la derecha, puede verse eclip-sada esta vez por la de Wirth, quien, por su republicanismo y democratismo, cuenta con la confianza de los socialistas.

 

Si los factores en juego en la política alemana no permiten esta solución, la crisis del régimen parlamentario entrará en Alemania en una fase aguda y extrema. Pero esto no bastará para que la prudente burguesía alemana se decida por la dictadura. Entre otras cosas, porque esta fórmula es de una simplicidad sólo aparente. Las combinaciones parlamentarias cuya dosifi-cación es cada día más difícil y compleja, resultan todavía preferibles. El parlamento no será descartado y suplantado sino cuando la lu-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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cha entre las dos clases que se contienden el po­der llegue a su período final. Y en esta etapa de "estabilización capitalista", la burguesía no tie­ne ningún inte-rés en apresurar y precipitar ese momento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL MOVIMIENTO SOCIALISTA EN EL JAPON*

 

 

Poco nos interesamos en Sud América por el Oriente y su nueva historia. Ya he tenido opor­tunidad de observado a propósito de la China. Ahora debo repetirlo a propósito del Japón. El Perú que, por su proceso histórico y su si-tua­ción geográfica, ha recibido sucesivos contingen­tes de inmigración ama-rilla, necesita particularmente, sin embargo, conocer mejor lo que en Europa se llama el Extremo Oriente. El Japón moderno, sobre todo, reclama nuestra atención, porque nos ofrece el ejemplo de un pueblo capaz de asimilar plena-mente la civilización occiden­tal sin perder su propio carácter ni abdicar su propio espíritu.

 

El Japón —según Felicien Challaye, uno de los hombres de estudio europeos que más dominan y entienden sus problemas— "se ha europeizado para re-sistir mejor a Europa y para continuar siendo japonés". Este concepto es exacto, como juicio sobre la evolución del Ja­pón de la feudalidad al capita-lismo. El verda­dero espíritu nacional, en el Japón como en los demás pueblos orientales en los que se ha ope­rado análoga europeización, ha estado represen­tado no por los impotentes y románticos hierofantes de la tradición, sino por los elementos di­námicos y progresistas que la han enriquecido y renovado con la experiencia occidental.

 

La revolución liberal y burguesa en el Japón

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 8 de enero de 1927.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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se inspiró en las ideas y los hechos de Occidente. Para salir de la incomuni-cación en que había querido mantenerse hasta la mitad del si­glo diecinueve, el Japón tuvo que abandonar a la vez que su voluntario enclaustramiento, sus envejecidas y anquilosadas instituciones. El viejo régimen resultó incom-patible con el trato de las naciones occidentales. Y el Japón comprendió que, mientras no podía renunciar al comer­cio y la relación con el Occidente sin peligro de ser conquistado marcialmente por sus naciones de presa, podía muy bien renunciar a las formas políticas y sociales que estorbaban su de­sarrollo.

 

Abatida la feudalidad por la revolución de 1868, el Japón entró en una edad de activo cre­cimiento capitalista. Durante los últimos dece­nios del siglo diecinueve, la formación de la gran industria transformó radicalmente la estructura de la economía y la sociedad japone­sas. Es notoria la rapidez con que se ha cum­plido en el Japón este proceso de industrializa­ción que lo ha convertido en una gran potencia en sólo cincuenta años. El Japón era, antes de su revolución, un pueblo de campesinos, artesanos y comerciantes -en lo que concierne a la composición de su clase productora-. El proce­so del desarrollo del capitalismo y el industria­lismo ha mudado totalmente su panorama so­cial. La gran industria ha creado un numeroso proletariado industrial, en el cual prontamente han prendido las ideas socialistas.

 

El acontecimiento sustantivo de la historia del Japón moderno es el surgi-miento o la apa­rición del socialismo que, del mismo modo que en otra época el capitalismo, no se presenta en ese país como la arbitraria importación de una doctrina exótica sino como una expresión natu­ral y una etapa lógica de su propia evolución

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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histórica. El socialismo, en el Japón, como en todas partes, ha nacido en las fábricas.

 

Sus primeros intérpretes han sido intelectua­les. Si se recuerda que los inte-lectuales fueron también los primeros profetas y agentes de la revolución liberal y burguesa de 1868, se constata que la "inteligencia" japonesa acusa una es­pecial sensibilidad histórica. No se comporta, académicamente, como una guardia pasiva de la tradición y del orden, sino, creadoramente, co­mo una avanzada vigilante y alerta de reforma y progreso. La cátedra universitaria ha sido una de las tribunas del socialismo en el Japón. A un catedrático, el doctor Fukuda, de la Universidad de Keio, le debe el Japón la traducción de las obras de Karl Marx y a dos escritores, Sakai Yoshihiko y Yamkawa Nitoshi, un libro de 1,500 páginas, fruto de diez años de trabajo, sobre la vida del profeta del socialismo moderno. (Don Miguel de Unamuno, refiriéndose a algunas apreciaciones mías sobre su juicio del marxis­mo en su libro La Agonía del Cristianismo, me escribe precisándolo y aclarándolo: "Si, en Marx había un profeta: no era un profesor").

 

Pero los actores primarios, los creadores sus­tantivos del socialismo japonés no han pertene­cido naturalmente al tipo del intelectual de ga­binete. Han sido hombres de acción que a una inteligencia lúcida han unido un carácter heroi­co. Los mayores líderes del socialismo japonés, Sakai, Kotoku y Katayama -figuras mundiales los tres- no pueden ser catalogados como sim­ples intelec-tuales. Su relieve  histórico depende de su contextura de héroes y apóstoles.

 

Sakai, escritor vigoroso, de sólida cultura marxista, fue hasta su muerte en 1923, el jefe reconocido del socialismo japonés. Escribió, en­tre otros libros, una Historia del Japón en que, como en toda su obra, aplicó el método del ma-

 

 

 

 

 

 

 

 

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terialismo histórico a la interpretación de los problemas y hechos de su país. En 1923, cuando la oleada reaccionaria aprovechó en el Ja­pón del terremoto de Tokio y Yokohama para atacar brutalmente al movimiento socialista, Sa­kai murió asesinado por agentes de la policía. (La misma suerte sufrieron el sin-dicalista Osu­gi y su familia).

 

Kotoku representó en la historia del socia­lismo japonés el espíritu y la doc-trina kropot­kinianos. Traductor de libros de Kropotkin, se pronunció por su comunismo anárquico. Sin embargo, con seguro instinto de la situación, trabajó mancomunadamente con Sakai. Ambos líderes expusieron sus ideas primero en el "Yorozo Choho" y después en el "Heimin Shimbun". Acusado en 1910 de complotar contra la vida del Emperador, fue condenado a muerte con veinti­cuatro procesados más. Su ejecución provocó enérgica protesta en Occidente. Todos los parti­dos socialistas, todas las federaciones obreras, todas las conciencias libres del mundo, condenaron a los jueces de Kotoku.

 

Katayama, antiguo y valiente propagandista y organizador, de larga actuación sindicalista, figura desde la guerra ruso-japonesa en la escena internacional. La corriente revolucionaria lo reconoce como su fiduciario, mientras la co-rriente reformista obedece como jefe a Bundzi-Sudzuki.

 

La gran industria no predomina aún en la economía japonesa. La mayoría de la población está compuesta hasta ahora de campesinos, ar­tesanos y pesca-dores. Pero la industria, acrecen­tada e impulsada por la guerra, Imprime su fisonomía y su carácter a la urbe, hogar y crisol de la conciencia nacional. El proletariado indus­trial, ya en gran parte organizado, es en el Ja­pón la fuerza del porvenir. Por otra parte, la concentración de la propiedad agraria, antes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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completamente fraccionada, está formando un proletariado rural, en el que se propaga gradualmente un sentimiento clasista.

 

El socialismo, finalmente, recluta gran canti­dad de adeptos en la juventud universitaria, en cuya mente la palabra de muchos maestros de verdad puso a tiempo su fecunda semilla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL NUEVO GABINETE ALEMAN*

 

 

El período de estabilización capitalista en que ha entrado Europa desde hace más o menos tres años, está liquidando inexorablemente las rezagadas ilu-siones del reformismo. Las ú1timas elecciones parlamentarias de Francia las ganaron, en una estruendosa jornada, las iz­quierdas. Y, sin necesidad de una nueva consulta al país, están en el gobierno las derechas, acaudilladas por Poincaré y solícitamente soste­nidas por el radicalismo bonachón y provincial de Herriot. En Alemania, donde la revolución izó en 1918 a la presidencia de la República a un obrero socialista, las últimas elecciones parla­mentarias las ganaron todavía los colores repu­blicanos. Esto es las izquierdas y el centro. Y, —lo mismo que en Francia Poincaré y su banda hace algunos meses—, se instalan ahora en el poder las derechas, en tierna colaboración con el centro, dentro de un ministerio encabezado por Marx, candidato de las izquierdas a la pre­sidencia de la República hace sólo dos años.

 

El proceso de esta reconciliación de los par­tidos burgueses no ha sido, en su apariencia ni en su ritmo, el mismo. Mientras en Francia son los burgueses de izquierda los que tienen el aire de haberse rendido a los de la derecha, acep­tando el regreso de Poincaré a la jefatura del gobierno, en Alemania son los nacionalistas, hasta antes de ayer impugnadores sañudos de la república, de su constitución y de su política, los que se enrolan en una coalición burguesa

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 5 de febrero de 1927.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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acaudillada por Marx, juran obediencia a la carta de Weimar y saludan la bandera republicana. Pero esto no es sino la superficie o, si se quie­re, la en-voltura del fenómeno. En su sustancia, éste no se diferencia. En Alemania como en Francia se ha producido una concentración bur­guesa, fuera de la cual no han quedado sino unos pocos disidentes, insuficientes para cons­tituir el núcleo de una nueva secesión reformis­ta mientras las condiciones del capitalismo no se modifiquen radicalmente.

 

El gobierno de minoría, encabezado también por Marx, que precedió a este gobierno de con­centración burguesa, se apoyaba alternativamen­te en la dere-cha nacionalista y en la izquierda socialista. Los votos de los socialistas le servían para llevar adelante la política internacional de Stresseman, condena-da por los nacionalistas. Y los votos de estos últimos le servían para impri­mir a su política interior un carácter conserva­dor. El partido socialista comprendió recientemente la necesidad de una clarificación, negan­do sus votos al gobier-no y dejándolo en minoría en el Reichstag. Vino así la crisis que acaba de resolver un nuevo ministerio Marx, del cual forman parte los nacionalistas.

 

Todos saben que los nacionalistas desde que se fundó la República en Alema-nia no se ocupan de otra cosa que de atacarla. Representan el an­tiguo régimen. Encarnan el sentimiento de re­vancha. Son los que en los últimos meses han lanzado tan incandescentes invectivas contra la adhesión de Alemania al llamado espíritu de Lo­carno. Nada de esto, empero, ha sido bastante fuerte para ponerlos contra el movimiento de concentración burguesa, reclamado en Alemania por la práctica de la estabilización capitalista. Los nacionalistas han revisado de urgencia su programa, mondándole todas, las reivindicacio­nes estridentes -monarquía, etc.- que pudiesen embarazar su participación en el poder. La revi-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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sión continuará, naturalmente, ahora que son un partido de gobierno. Pero no menos graves resultan las renuncias y los olvidos a que, por su parte, se ven forzados los católicos. El centro católico ha colabo­rado en toda la política republicana, tan acérrimamente condenada por los nacionalistas. Desde la Constitución de Weimar hasta el pacto de Locarno, todos los documentos de la nueva his­toria alemana llevan su firma. Erzberger, su máximo hombre de Estado, cayó asesinado por una bala nacionalista precisamente a consecuencia de su solidaridad -los nacionalistas alemanes dirían complicidad- con la república.

 

Los demócratas no se han decidido a beber este cáliz. Han preferido salir de la coalición ministerial. Componen la única fuerza reformis­ta de la burguesía reacia hasta ahora a la con­centración. (A la derecha, está fuera de ella el na-cionalismo extremista o racismo que, después del fracaso del putsch de Mu-nich quedó reduci­do a una exigua patrulla).

 

Los socialistas pasan, finalmente, a la oposi­ción. Fundadores de la república, predominaron, o participaron principalmente, en el poder, durante sus prime-ros años. Posteriormente, el mi­nisterio no ha podido prescindir de su consen-so. El ministerio actual es el primero que se constituye en Alemania, después de la revolución, contra el socialismo. La estabilización capitalis­ta les debe a los socialistas alemanes, por lo menos, una cooperación pasiva que no les sirve hoy de nada para entrabar a la reacción.

 

En la burguesía y en el proletariado, el re­formismo queda liquidado defini-tivamente. Esta es la constatación más importante de la ex­periencia política no sólo de Alemania sino de toda la Europa occidental. Únicamente en In-glaterra sobrevive aún, no obstante todas sus fallas recientes, la vieja ilusión democrática.

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL PROBLEMA DE LA CHINA*

 

 

El pueblo chino se encuentra en una de las más rudas jornadas de su epopeya revoluciona­ria. El ejército del gobierno revolucionario de Cantón amenaza Shanghai, o sea la ciudadela del imperialismo extranjero y, en particular, del imperialismo británico. La Gran Bretaña se apercibe para el combate, orga-nizando un de­sembarque militar en Shanghai, con el objeto, según su lenguaje oficial, de defender la vida y la propiedad de los súbditos británicos. Y, se­ñalando el peligro de una victoria decisiva de los cantoneses, denunciados como bolcheviques, se esfuerza por movilizar contra la China revo­lucionaria y nacionalista a todas las "grandes potencias".

 

El peligro, por supuesto, no existe sino para los imperialismos que se disputan o se reparten el dominio económico de la China. El gobierno de Cantón no reivindica más que la soberanía de los chinos en su propio país. No lo mueve ningún plan de conquista ni de ataque a otros pueblos. No lo empuja, como pretenden hacer creer sus adversarios, un enconado propósito de venganza contra el Occidente y su civilización. Es en la escuela de la civilización occi-dental donde la nueva China ha aprendido a ser fuerte. El pueblo chino lucha, simplemente, por su independencia. Después de un largo período de colapso moral, ha recobrado la conciencia de sus derechos y de sus destinos. Y por consiguiente, ha decidido repudiar y denunciar los tratados

 

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 12 de Febrero de 1927

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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que en otro tiempo le fueron impuestos, bajo la amenaza de los cañones, por las potencias de Occidente. Una monarquía claudicante y débil suscribió esos pactos. Hoy, establecido y consolidado en Cantón un gobierno popular que ejerce una soberanía efectiva sobre más o menos cien millones de chinos, —y que gradualmente ensancha el radio de esta soberanía—, los tratados humi-llantes y vejatorios que imponen a la China tarifas aduaneras contrarias a su in­terés y sustraen a los extranjeros a la jurisdic­ción de sus jueces y sus leyes, no pueden ser tolerados por más tiempo.

 

Estas reivindicaciones son las que el impe­rialismo occidental considera o califica como bolcheviques y subversivas. Pero lo que ningún imperialismo puede disimular ni mistificar es su carácter de reivindicaciones específica y fun­damentalmente chinas. Todos saben en el mun­do, por mucho que hayan turbado su visión las mendaces noticias difundidas por las agencias imperia-listas, que el gobierno de Cantón tiene su origen no en la revolución rusa de 1917 sino en la revolución china de 1912 que derribó a una monarquía abdi-cante y paralítica e instau­ró, en su lugar, una república constitucional. Que el líder de esa revolución, Sun Yat Sen, fue hasta su muerte, hace dos años, el jefe del go­bierno cantonés. Y que el Kuo-Min-Tang (Kuo: nación, Min: pueblo, Tang: partido), propugna y sostiene los principios de Sun Yat Sen, cau­dillo absolutamente chino, en quien la calumnia más irresponsable no podría descubrir un agen­te de la Internacional Comunista, ni nada pa­recido.

 

Si el imperialismo occidental, con la mira de mantener en la China un poder ilegitimo, no se hubiera interpuesto en el camino de la revolu­ción movili-zando contra esta las ambiciones de los caciques y generales reaccionarios, el nuevo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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orden político y social, representado por el gobierno de Cantón, imperaría ya en todo el país. Sin la intervención de Inglaterra, del Japón y de los Estados Unidos, que, alternativa o simul­táneamente, subsidian la insurrección ya de uno, ya de otro tuchun, la República China habría liquidado hace tiempo los residuos del viejo ré­gimen y habría asentado, sobre firmes bases, un régimen de paz y de trabajo.

 

Se explica, por esto, el espíritu vivamente na­cionalista -no antiextranjero- de la China re­volucionaria. El capitalismo extranjero, en la China, como en todos los países coloniales, es un aliado de la reacción. Chang-Tso-Lin, el dic­tador de la Manchuria, típico tuchun; Tuan-Chi-Jui, representante en Pekin del partido Anfu, esto es de la vieja feudalidad; Wu-Pei-Fu, cau­dillo militar que adoptó en un tiempo una pla­taforma más o menos liberal y se reveló, luego, como un servidor del imperialismo norteameri­cano; todos los enemigos, conscientes o incons­cientes, de la revolución china, habrían sido ya barridos definitivamente del poder, si las grandes potencias no los sostuvieran con su dinero y su auspicio.

 

Pero es tan fuerte el movimiento revolucio­nario que ninguna conjuración capitalista o militar, extranjera u nacional, puede atajarlo ni paralizarlo. El gobierno de Cantón reposa sobre un sólido cimiento popular. La agitación re-vo­lucionaria, —temporalmente detenida en el norte de la China por la victoria de las fuerzas alia­das de Chang-Tso-Lin y Wu-Pei-Fu sobre el general cris-tiano Feng-Yu-Siang—, toma cuerpo nuevamente. Feng-Yu-Siang está otra vez a la cabeza de un ejército popular que opera combinadamente con el ejército cantonés.

 

Con la política imperialista de la Gran Bre­taña que, en defensa de los inte-reses del capita-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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lismo occidental, se apresta a intervenir mar­cialmente en la China, se solida-rizan, sin duda, todas las fuerzas conservadoras y regresivas del mundo. Con la China revolucionaria y resurrecta están todas las fuerzas progresistas y reno­vadoras, de cuyo prevalecimiento final espera el mundo nuevo la reali-zación de sus ideales presentes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA EX-COMUNIÓN DE "L'ACTION FRANCAISE"*

 

La política de L'Action Française se definía, hasta hace poco, con estas Tres palabras: monar­quía, catolicismo, nacionalismo. Estas dos últi­mas aparecen en la historia en constante desa­venencia teórica, no obstante su frecuente en-ten­dimiento práctico. La idea de la Nación se pre­senta como un producto del espíritu renacentis­ta, denunciado por los doctores de la Iglesia co­mo herético y protestante. Por nacionalista — esto es, por herética y protestante en primer o último análisis— fue condenada a la hoguera Juana de Arco. Católico es universal. Pero Charles Maurrás, el filósofo de L'Action Française había encontrado siempre en el recetario de su monarquismo positivista la fórmula no sólo de reconciliar sino hasta de mancomunar catolicis­mo y nacionalismo.

 

El compromiso entre la iglesia Católica y el Estado demo-liberal, —afirmado y ratificado en todo el mundo a medida que el liberalismo, des­pués de ase-gurar el poder a la burguesía, perdió su sentido revolucionario—, favorecía paradojal­mente la tesis de Maurrás, enemigo irreductible del Estado demo-liberal, para él siempre heréti­co y absurdo. La extinción de la vieja polémica entre la Iglesia y la Nación suprimía los conflic­tos teóricos y prácticos que habrían saboteado en otro tiempo su especulación filosófica.

 

Pero ahora el Vaticano, que sabe de oportu‑

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 5 de Marzo de 1927.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nismo y de positivismo mucho mas que el emi­nente monarquista, liquida con esa declaración irrevocable el equivoco escondido en su progra­ma. L'Action Française ha sido excomulgada. Los libros de Charles Maurrás, puestos en el In­dex. Y L'Action Française, en vez de abjurar su herejía, la ha reafirmado. Charles Maurrás y León Daudet han respondido con un rotundo "Non poso-mus" a la sentencia papal. Puestos a elegir entre su catolicismo y su naciona-lismo, han optado por éste. O, mejor, por su monarquis­mo, eludiendo el dile-ma.

 

Naturalmente, lo que la Santa Sede ha con­denado no es el nacionalismo de L'Action Fran­çaise sino el paganismo de Maurrás. En estos tiempos de fascismo, el Vaticano, en flirt diplo­mático con el fascio littorio, no se aven-turaría a romper, imprudentemente, una lanza por el ca­rácter ecuménico, universal, —ergo antinaciona­lista—, de la catolicidad, a menos que muy fuertes y concretas razones se lo aconsejaran. El anatema cae sobre lo que hay de pagano y hasta de ateo en el fondo de la literatura y la filosofía de Maurrás. Todos saben que el catolicis­mo de Maurrás es inconfundiblemente oportunista y relativo. Maurrás no está por la Fe, sino por la Iglesia. Su catolicismo reposa en razones prácticas. Ha llegado a él por la vía del positi­vismo. Es católico por tradición nacional. La mo­narquía en Francia fue católica; él, legitimista ortodoxo, no puede ser sino católico.

 

Mas de esto estaban enterados desde hace mucho tiempo todos los lectores de Maurrás: adversos, amigos y neutros. La Iglesia era la úni­ca que parecía igno-rarlo. Le han sido necesarios al menos quince años más que a cualquiera pa­ra informarse cabal y definitivamente del espí­ritu de Maurrás y, por ende, del espíritu de L'Action Fran­çaise. (Y hay que referirse siem­pre a Maurrás y no a Daudet porque el que es‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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en causa es Maurrás. La filosofía de L'Action Fran­çaise es de Maurrás; la literatura, de Dau­det. O. mejor, en L'Action Fran­çaise, Maurrás es el ideó-logo. Daudet el panfletista). Los doctores del Vaticano, interpelados, respon-derían probablemente así: —Es cierto. Todo el mundo sa­bía que Maurrás no era un católico auténtico. Pero la Iglesia no podía comportarse como todo el mundo. La Iglesia era juez. Maurrás estaba procesado. Su juicio ha durado todo este tiempo.

 

Se dice, en efecto, que la condena definitiva de Maurrás estaba resuelta hace más de diez años. Parece que la guerra la detuvo. El Santo Oficio tenía do-cumentada la peligrosa heterodoxia del pontífice del legitimismo francés. Se vacilaba, por complicadas razones de oportuni­dad para fulminarlo con un anatema. Para re­solverse a condenarlo, el Papa mismo ha estu­diado toda su obra.

 

El golpe desde el punto de vista político, no es al nacionalismo. Es, más bien, al legitimismo, al monarquismo. Desde los tiempos del Concordato, el Va-ticano ha renunciado completamente a contestar y, más aún, a repudiar el orden bur­gués en Francia. Republicanos y demócratas son, al mismo tiempo, buenos católicos. El naciona­lismo no esta acaparado en Francia por la capi­lla de L'Action Fran­çaise. El movimiento reac­cionario se guarda de identificar-se con el movi­miento monarquista. El fascismo francés tiene otros capitanes. Tiene hasta otros órganos: el diario dirigido por George Valois. En tanto, se dice que el Vaticano le guarda cierto rencor al anglicanismo que, bajo la mo-narquía, opuso tan­tas veces la iglesia nacional a Roma.

 

Por esto mismo, L'Action Fran­çaise queda gravemente maltrecha. El dere-cho a llamarse católica le ha sido cancelado por la suma auto­ridad eclesiás-tica. El derecho a llamarse nacio-

 

 

 

 

 

 

 

 

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nal le es contestado cotidianamente por las frac­ciones concurrentes. A la gaceta polémica de Maurrás y Daudet no le queda, pues, realmente sino su legitimismo, su monarquismo Esto es, la bendición platónica del duque de Guisse. Y el paganismo de Maurrás, condenado por el Papa. Y la diatriba de Daudet, que no le interesa a la Iglesia, ni a la Historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL PROBLEMA DE BESARABIA*

 

 

La política anti-rusa de la Gran Bretaña aca­ba de obtener la sanción, por parte de las po­tencias occidentales, de la anexión de la Besarabia a Rumania. Esta anexión es el más grueso botín de guerra ganado por Rumania en premio de su cooperación con la Entente contra los Im­perios Centrales. Hasta 1920 tuvo el carácter de un mero acto de fuerza de Rumania. Sólo en octubre de ese año —también en días de ofensi­va antibolchevique— alcanzó el reconocimiento o la legalización de la Entente; en un tratado suscrito por los plenipotenciarios de Inglaterra, Francia, Italia y el Japón. Pero hasta hace pocos días este trata-do había sido ratificado únicamen­te por los gobiernos de Inglaterra y Francia.

 

Para la validez internacional del tratado era menester, conforme a una de las cláusulas, su ratificación por al menos tres de las potencias signatarias. La inteligente política de Tchitcherin neutralizó, temporalmente, al Japón con la firma de un tratado ruso-japonés. El convenio co­mercial italo-ruso, detuvo, de otro lado, a Italia en la vía de la ratificación. Mussolini ha queri­do aprovechar la situación de Italia en este pleito.

 

El acuerdo ítalo-rumano, concertado por Mus­solini y el general Averescu, contrapesó hace un año, más o menos, los efectos del convenio ítalo-ruso. Entre el dictador italiano y el líder del par­tido popular rumano se estableció un perfecto flirt. Pero Mussolini, evidentemente, no se deci‑

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 12 de Marzo de 1927.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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día a dar por tan poco su consenso decisivo a la anexión de la Besarabia.

Ahora este consenso le ha sido arrancado por la presión de la diplomacia inglesa, a cambio, sin duda, de especiales concesiones al plan de expansión del Imperio fascista en el Oriente. De un compromiso entre Inglaterra e Italia, a este respecto, se viene hablando, con creciente insis­tencia, desde que Mu-ssolini aceptó la invitación británica para cooperar en una acción manco­munada de las potencias occidentales contra la China revolucionaria. La diplomacia fascista re­sulta así sirviendo el juego de la diplomacia bri­tánica, a la cual se supone seguramente supe­rior en maquiavelismo. Es probable que las obli­gaciones secretamente contraídas por Inglaterra con Italia, en cambio de estos servicios, sean ca­pitales para los proyectos del imperialismo británi-co. Pero lo evidente y positivo, hasta hoy, es que Italia paga al contado, en el presente, las promesas de Inglaterra para el porvenir.

 

La acción de la cancillería británica mira al boycoteo de la Rusia Sovietista por el Occiden­te, en represalia de la ayuda prestada por Ru­sia a la insu-rrección de la China, y en general del Oriente, contra el imperialismo capi-talista. Italia, que necesita del comercio con Rusia, donde encuentra un vasto mercado para su indus­tria, al mismo tiempo que el más ventajoso depósito de petróleo, trigo y otras materias, se mostraba antes reacia a seguir a Inglaterra. Pero la ambición del apoyo británico a sus pretensiones coloniales parece pesar más, por el momento, en su oportunista política internacio­nal. Con el golpe de estado de Lituania, que ha colocado en el gobierno lituano a una fracción anti-bolchevique, el bloque anti-ruso de los países bálticos es de nuevo unánime. La última palabra sobre la actitud del Occidente ante Rusia debe pronunciarla Alemania, a la cual con el

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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pacto de Locarno se ha atraído al terreno de la cooperación occidental o, mejor, capitalista.

 

Este es el problema general de la lucha en­tre la revolución rusa y la Europa capitalista. Pero no es posible eludirlo al examinar el pro­blema particular de la Besarabia que, en verdad, constituye sólo una de sus facetas. Los rumanos se enseñorearon de la Besarabia al amparo de la movilización moral y material del Oc­cidente capitalista contra la Revolución Rusa. De otro modo, no se habrían sentido suficientemente fuertes para apoderarse de una región que forma parte de Rusia hace más de un siglo. El argumento étnico, después de un período tan, prolongado de posesión y, por ende, de asimila­ción rusa, no le habría bastado para asegurarse el apoyo de las naciones de Occidente.

 

Rumania reivindica la Besarabia alegando que predomina en su población la raza rumana. Pero este hecho, incontestable hace ciento doce años, cuando Rusia arrancó este territorio a Tur­quía, carece hoy de la fuerza que habría tenido entonces. La voluntad de esa población no ha sido absolutamente consultada. Ha sido, por el contrario, marcialmente violentada. Cuando los alemanes ocuparon Ucrania, la Besarabia, separada de Rusia, quedó en aptitud de gobernarse a sí misma. El Consejo Nacional, Staful Tse­rik, proclamó primero la autonomía de la Be­sarabia, bajo la denominación de República Moldava. Bajo la presión rumana, esta dieta regio­nal decidió la unión de la Besarabia a Ruma­nia, pero en una forma que le aseguraba aún cierto grado de autonomía. Posteriormente, sometido a la coerción de la ocupación militar del territorio por los rumanos, votó la anexión incondicional a Rumania, siendo, a renglón segui­do de este voto, disuelto por los invasores.

 

Luego, el gobierno rumano ha practicado en

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Besarabia una política brutal de "rumaniza­ción" que muestra lo artificial de dicho voto de una asamblea coactada en su libertad más elemental. Las insurrecciones se han sucedido en la Besarabia. Y se han sucedido las re-presiones truculentas del sentimiento de la población. Una de las páginas más espeluznantes del terror blanco en la Europa Central ha sido, como lo acredita la encuesta de Henri Barbusse, apoyada en mil testimonios fehacientes, la escrita por las bayonetas rumanas en la sufrida Besarabia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA TOMA DE SHANGHAI*

 

 

Con la ocupación de Shanghai por el ejército cantonés se abre una nueva etapa de la revolu­ción china. El derrocamiento de la claudicante y asmática dinastía manchú, la constitución del gobierno nacionalista revolucionario de Cantón y la captura de Shanghai por las tropas de Chiang-Kai-Shek, son hasta hoy los tres aconte­cimientos sustantivos de esta revolución de cuya realidad y trascendencia sólo ahora parece darse cuenta el mundo. En los quince días transcurridos después de la caída de la monar­quía, la revolución ha sufrido muchas derrotas y ha alcanzado muchas victorias. Pero entre és­tas, ninguna ha conmovido e impresionado al mundo como la de Shanghai. La razón es que esta victoria no aparece ganada por la revolu­ción sólo contra sus enemigos de la China sino, sobre todo, contra sus enemigos de Occidente.

 

La colaboración de las fuerzas reaccionarias de la China ha permitido durante mucho tiem­po a Europa detener la revolución y la indepen­dencia chinas. Ge-nerales mercenarios como Chan-So-Lin y Wu-Pei-Fu han conservado en sus manos, al amparo de las potencias imperialis­tas, el dominio de la mayor parte de la China. Por la subsistencia de una economía feudal, el norte de la China se ha mantenido, salvo breves intervalos, bajo el despotismo de los tuchuns. El fenómeno revolucionario, en no pocos mo­mentos, ha estado localizado en Cantón. Pero los revolucionarios chinos no han perdido nun‑

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 2 de Abril de 1927.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ca el tiempo. Entrenados por la lucha misma han aprendido a asestar certeros golpes al im­perialismo extranjero y a sus agentes y aliados de la China. El Kuo-Min-Tang se ha convertido en una formidable organización con un pro-gra­ma realista y con un arraigo profundo en las masas.

 

La toma de Shanghai es una victoria decisi­va de la revolución. El desbande de las tropas reaccionarias ante el avance de Chiang-Kai-Shek, indica el grado de desmoralización de las fuerzas que en la China sirven al imperialis­mo. Y el hecho de que las potencias imperialis­tas parlamenten con los revolucionarios —aunque los amenacen intermitentemente con sus cañones— denuncia la impotencia del Occidente capitalista para imponer hoy su ley al pueblo chino, como en los tiempos en que la rebelión de los boxers provocó el envío de la expedición militar del general Waldersee.

 

La China monárquica y conservadora de los emperadores manchúes no era capaz de otra co­sa que de capitular ante los cañones occidenta­les. Las grandes potencias la obligaron hace un cuarto de siglo a pagar los gastos de la inva-sión de su propio territorio con el pretexto del res­tablecimiento del orden y de la protección de las vidas y propiedades de los occidentales. No ha­bía humi-llación que rechazase por excesiva. La China revolucionaria, en cambio, se declara dueña de sus destinos. Al lenguaje insolente de los imperialismos occidentales responde con un lenguaje digno y firme. Su programa repudia todos los tratados que someten al pueblo chino al poder extranjero.

 

En otros tiempos, las potencias capitalistas habrían exigido a los chinos, con las armas en la mano, la ratificación humilde de esos tratados y el abandono inmediato de toda reivindica‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ción revisionista. Pero la posición de esas poten­cias en Oriente está profunda-mente socavada a consecuencia de la revolución rusa y en general de la crisis post-bélica. La Rusia zarista, ponía todo su poder al servicio de la opresión del Asia por los occidentales. Hoy la Rusia socialis­ta sostiene las reivindica-ciones del Asia contra todos sus opresores.

 

Se repite, en un escenario más vasto y con nuevos actores, el conflicto de hace cuatro años, entre la Gran Bretaña y el nacionalismo revolu­cionario turco. También entonces, después de proferir coléricas palabras de amenaza, la Gran Bretaña tuvo que resignarse a negociar con el gobierno de Angora. Se oponían a toda aventura guerrera la voluntad de sus Dominios y la conciencia del propio pueblo inglés.

 

Europa siente que su imperio en Oriente declina. Y sus hombres más ilumi-nados comprenden que la libertad de Oriente significa la más legítima de las expansiones de Occidente: la de su pensamiento. La guerra contra la China no podría ser ya aceptada por la opinión pública de ningún país, por muy dies-tramente que la envenenasen la prensa y la diplomacia imperia­listas.

 

Los revolucionarios chinos tienen franco el camino de Pekín. La conquista de la capital mi­lenaria no encuentra ya obstáculos insalvables. Inglaterra, el Japón, Estados Unidos, no cesarán de conspirar contra la revolución, explo-tando la ambición y la venalidad de los jefes militares asequibles a sus su-gestiones. Se advierte ya la intención de tentar a Chiang-Kai-Shek a quien el cable, tendenciosamente, presenta en conflicto con el Kuo-Min-Tang. Pero no es verosímil que Chiang-Kai-Shek caiga en el lazo. Hay que suponerle la altura necesaria para apreciar la di-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ferencia entre el rol histórico de un libertador y el de un traidor de su pueblo1.

 

Por lo pronto la revolución ha ganado con Shanghai una gran base material y moral. Hasta hace poco, Cantón, la ciudad de Sun-Yat-Sen, era su única gran fortaleza. Hoy Shanghai se agita bajo la sombra de sus banderas que lo transforman en uno de los mayores escenarios de la historia contemporánea.

 

Sobre Shanghai convergen las miradas más ansiosas del mundo. Unas llenas de temor y otras llenas de esperanza. Para todas, un episo­dio de la epopeya revolucionaria vale más que todos los episodios sincrónicos de la política capitalista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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1 Los sucesos posteriores, lamentablemente, demostraron que Chang-Kai Shek no supo situarse a la altura de su "rol histórico", prefiriendo el de "traidor de su pueblo" (N. de los E.)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ITALIA Y YUGOESLAVIA*

 

 

La actual tensión de las relaciones ítalo-yugo­eslavas señala uno de los muchos puntos vulne­rables de la paz europea. Italia, bajo el régimen fascista, practica una política de expansión que no disimula demasiado sus fines ni sus medios. El imperialismo fascista, acaso por su juventud y, sobre todo, porque sus conquistas y su suerte pertenecen íntegramente al futuro, es el que emplea un lenguaje más desembozado y explí­cito. Su política exterior tiene dos frentes: el mediterráneo y el balcánico. En los Balkanes, su política tropieza, en pri-mer término, con la resistencia yugoeslava.

 

El conflicto entre Italia y Yugoeslavia empezó en la conferencia de Versalles. Es el pri­mero que ensombreció la paz wilsoniana. Italia no sólo se sintió de-fraudada por los aliados en sus ambiciones territoriales. Declaró violado y falseado el propio programa de Wilson. Sostuvo su derecho a Fiume y a Zara, asignados a Yu­goeslavia en el nuevo mapa europeo.

 

El golpe de mano de D'Annunzio permitió a Italia, después de una difícil serie de negocia­ciones, redimir a Fiume. Pero, en cambio, Yugo­eslavia consiguió la ratificación de su soberanía en la Dalmacia reivindicada por el nacionalis­mo italiano en nombre del porcentaje de italia­nidad de su población. Italia ha aceptado este hecho; pero uno de los objetivos íntimos del im­perialismo fas-cista es la posesión del territorio dálmata.

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 21 de Abril de 1927

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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No es, sin embargo, este propósito recóndito lo que turba las relaciones entre Italia y Yugoeslavia. Italia no sostiene oficialmente ninguna reivindicación sobre la Dalmacia. Diplomática y formalmente, esta reivindicación no existe. El motivo de la tensión es el choque de la política italiana y la política yugo-eslava en Albania. Ita­lia y Yugoeslavia se disputan el predominio en este estado teóricamente autónomo, pero sometido de facto a la influencia italiana, con pe­ligro evidente para Yugoeslavia que lucha por desalojar de él a su ame-nazadora rival. Una y otra intrigan por colocar o mantener en el go­bierno de Albania al bando que les es adicto. Esta intervención, por parte de Italia, ad-quiere proporciones excesivas. Yugoeslavia las denun­cia y pretende limitar la expansión italiana en Albania.

 

La política italiana en los Balkanes mira al socavamiento de la influencia francesa en ese grupo de países. Francia, madrina de la Pequeña Entente, es-peraba asegurarse mediante el enfeudamiento de este bloque a su política, el con­trol de los Balkanes. Italia, con el tratado ítalo-rumano, se ha atraído a Rumania. Bulgaria está bajo un gobierno fascista que reconoce en Roma la metrópoli espiritual de la reacción. Grecia, por su posición respecto de Tur-quía, no tiene más remedio que entrar en una vía de enten­dimiento y coope-ración con Italia, cuya política balkánica, además, aparece sostenida y finan-ciada por Inglaterra que conserva su autoridad en Atenas.

 

Los Balkanes representaron antes de 1914 un foco de asechanzas para la paz europea, por el conflicto constante entre Rusia y los Imperios Centrales, alia-dos de Turquía. La paz de 1918 no ha neutralizado esta zona peligrosa. Cada día los Balkanes recobran más claramente su antigua función. Las protago-nistas del conflicto han

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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cambiado. El escenario no es exactamente el mismo. Pero el choque de las potencias se renueva.

 

La política fascista es, obligadamente, la que más inmediatamente agrava este problema. Mus­solini extrae su máxima fuerza de su programa de expansión. Ha prometido al pueblo italiano, que es empujado a la expansión por el dese-qui­librio entre su demografía y su economía, un imperio digno de la tradición romana. Esta promesa permite a Mussolini exigir de su pueblo un esfuerzo obediente y disciplinado para mejo­rar las condiciones financieras e industria-les de Italia. La situación europea —a pesar del tratado de Locarno y de la estabilización capitalis­ta— alimenta la esperanza fascista. No se pue­de prever cómo respondería Europa a un súbi­to golpe de mano de la Italia fascista. Mu-ssolini, oportunista y maquiavélico, acecha la ocasión de una audaz maniobra internacional. Si la espera resulta demasiado pesada e incierta, el mito fascista perderá su fuerza.

 

Marcel Fourrier observa con justicia que Ita­lia no puede alcanzar la expansión que ambicio­na "sino tomando la vía de un imperialismo agresivo". "De otra parte, el régimen fascista y el poder personal de Mussolini no pueden mante-nerse sino en el caso de que se manifiesten capaces de asegurar al capitalismo italiano la misma prosperidad que el bonapartismo y el bismarckismo habían asegurado, el uno al capita­lismo francés, después de 1850, el otro al capita-lismo alemán, después de 1871".

 

La Paz de Locarno, tiene que parecerle al más beato e iluso demócrata, dema-siado frágil y aleatoria mientras Mussolini amenace a Eu­ropa con sus sueños y sus gestos imperiales. El fascio Littorio es en la historia europea contem­poránea un gran punto de interrogación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Por esto, el contraste entre Italia y Yugoeslavia que, según las últimas noticias cablegráficas, parece exacerbarse, presenta un marcado interés. Servia tiene un oscuro destino en la historia de la Europa burguesa. En su suelo prendió en 1914 la chispa de la gran conflagra­ción. Ahora Servia se ha engrandecido. El reino servio ha sido reemplazado por el reino servio croata-esloveno, como también se llama a Yugoeslavia. Y tal vez con esto su capacidad de fric­ción siniestra se ha acrecentado. Las fronteras que le acordó la paz aliada, limitan por uno de los lados, en que su presión es mayor, al impe­rialismo fascista.

 

No es probable que el problema de Albania provoque, a corto plazo, el cho-que. Pero es evi­dente que constituye una de las causas de fric­ción que man-tiene encendidos e irritados los flancos que ahí se tocan de Italia y Yugoes­lavia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL PROCESO A LOS CONJURADOS DE LA NOCHE DE SAN JUAN*

 

 

El proceso que acaba de terminar, más que el proceso de Weyler, Aguilera, Domingo y demás conjurados de la noche de San Juan, ha sido el proceso de Primo de Rivera y sus tur­bios secuaces. Porque en el curso de las audien­cias, lo que ha golpeado más las mentes de los actores no ha sido la responsabili-dad de los acu­sados sino la del acusador. El reo auténtico no ha comparecido ante los jueces, escribanos y al­guaciles, sólo porque éstos se encuentran a su servicio y bajo su potestad. Pero su presencia en el juicio no ha sido, por esto, menos constante y eminente.

 

Los acusados militares, son todos gente a la que no se puede ciertamente ta-char de subver­siva y, menos todavía, de revolucionaria. Monar­quistas orto-doxos, constitucionales fervientes, de lo único que no se les puede suponer capa­ces es de atentar contra el orden y la ley. Mucho más subversivo aparece, sin duda, Primo de Rivera, que en otra noche menos novelesca y cristiana, se apoderó del gobierno de España, li­cenciando brusca y desgarbadamente, -sin más título que el de su virilidad, en el sentido que tan agudamente ha ilustrado Unamuno-, a los que constitucionalmente lo ejercían.

 

No seré yo, por supuesto, quien intente la defensa de estos últimos, que hasta cierto punto, han mostrado después merecer su suerte.

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 30 de Abril de 1927.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pero me parece evidente que nadie puede ob­jetar el hecho de que represen-taban en el poder la constitución y la legalidad.

 

Poco trabajo les ha costado, por ende, a los defensores de los generales y co-roneles proce­sados, probar que éstos no han concedido ni ejecutado en ningún momento, ni en la noche de San Juan, diseño alguno contrario a la Monarquía y a su "pacto con el pueblo", como lla­man a la vieja y maltrecha constitución los políticos liberales.

 

Si a Primo de Rivera se le pudiera atribuir humorismo e imaginación —dos cosas que no son frecuentes en los capitanes de España, desde los tiempos ya bastante lontanos del Gran Capitán— se le podría suponer capaz de haber procesado a Weyler, Aguilera, etc., seguro de su inocencia, sólo para animar la historia un poco monótona de estos años de censura con el epi­sodio ro-mancesco de una noche de San Juan más o menos melodramática y con su secuela de un juicio que diera oportunidad lícita de hablar a Melquíades Álvarez, Álvaro de Albor­noz y otros demócratas en receso forzoso. (La desocupación de esta gente, que no sabe en qué emplear su facundia, es un cuadro de partir el alma al más endurecido déspota).

 

Pero los hechos, demuestran, por lo menos según el tribunal, que Primo de Rivera ha procedido seriamente. Los tiranos de la Europa mo­derna son menos originales que los de la Europa medioeval. Y Primo de Rivera, no tenía nin-gún interés en provocar su propio proceso. Los acusados, en fin, se han mani-festado casi con­victos de haber querido restaurar en España la constitución deponiendo al Marqués de Estella.

 

Sabemos, ahora que en la noche de San Juan de 1926 los herederos de la mejor tradición

 

 

 

 

 

 

 

 

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ochocentista del ejército español, cumplieron un gesto histórico. Su derrota no anula el gesto mismo: su procesamiento lo esclarece. Primo de Rivera preten-día obrar en nombre del ejército. Ya muchos incidentes habían denunciado la fal­sedad del empeño de representar al ejército ín­tegramente mancomunado con los cabecillas del golpe de estado de 1923. Pero ninguno de esos inciden-tes —simple anécdota— bastaba históri­camente. Hacia falta que hombres representati­vos del ejército asumiesen una actitud belige­rante frente a la dictadura y en defensa de la constitución sometida a todos los ultrajes de una virilidad jactanciosa.

 

Weyler representa la tradición constitucional del ejército español. En él se ha procesado y condenado a una época: la épica de la lealtad militar a la Monar-quía y a la constitución de­mo-liberal. Primo de Rivera resucita los tiem­pos de los pronunciamientos reaccionarios y de los retornos absolutistas.

 

El Rey que cubre sus actos -cada día menos dueño de las consecuencias del golpe de Estado de 1923- pone la monarquía contra y fuera de la constitución. Los políticos que aguardan pacientemente el regreso a la legalidad quedan notificados de que ni su desocupación ni su espe­ranza tienen ya plazo.      

 

Frente a Primo de Rivera solo la esperanza de los revolucionarios descansa en la historia. La nostalgia de los constitucionales es pasiva. No se prepara a ven-cer a la dictadura. Espera que se caiga sola. Fracasada la aventura de Weyler y Aguilera, no le resta casi sino la elocuen­cia parlamentaria de Melquíades Álvarez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL DEBATE POLÍTICO EN INGLATERRA*

 

 

Se está librando hoy en Inglaterra una gran batalla parlamentaria, que precede, seguramen­te, a una gran batalla electoral. El partido con­servador, —empujado por los extremistas que han conseguido obligar a Baldwin a adoptar sus pun-tos de vista más reaccionarios—, ha iniciado una ofensiva de vastas proyec-ciones contra el laborismo.

 

Esta ofensiva, venía siendo propugnada con impaciencia creciente por la extrema derecha in­glesa casi desde que el partido conservador ga­nó las últi-mas elecciones. En Europa, arreciaba entonces la tempestad reaccionaria que parece haber galvanizado todas las energías del capitalismo, tan relajadas y agónicas después del período bélico. La extrema derecha inglesa qui­so uni-formarse al estilo fascista, predicando destempladamente una campaña contra la organi­zación obrera de la cual extrae su fuerza polí­tica el Labour Party.

 

Pero al principio prevaleció en el partido un criterio más o menos moderado. Baldwin, apa­rentemente, no se mostraba dispuesto a ceder a la presión extre-mista. Los conservadores habían ganado las elecciones con plataformas a las que era extraño el plan de limitar el poder y la acción de los sindicatos. El gabinete necesitaba empezar su labor dentro de una atmósfera de confianza pública.

 

La derrota sufrida por los obreros en la huel-

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 7 de Mayo de 1927

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ga general de mayo pasado, mudó la situación. Los reaccionarios, a partir de ese suceso, ganaron terreno en el partido y el Gobierno. La huel­ga general había permitido a la burguesía in­glesa, apreciar experimentalmente, al mismo tiempo, la debilidad y la fuerza del movimiento obrero. Se había visto clara-mente que la lucha sindical se habría transformado en una lucha revolucio-naria, si su comando no hubiese estado en manos de los jefes reformistas. Socavada cada vez más la autoridad de esos jefes, se regis­traba un progresivo orientamiento revoluciona­rio del Labour Party que no consentía dudas respecto a su futura política.

 

La posición política de los conservadores fa­voreció la corriente y la tesis reaccionarias. El Gobierno conservador, después de la huelga de mayo, no había conseguido solucionar la cues­tión de las minas. La rendición final de los obreros no había tenido más alcance que el de la aceptación de una tregua forzosa. Lloyd George, con su fino oportunismo y su sagaz perspicacia, había aprovechado la ocasión para asestar un golpe a la hegemonía conservadora, y rehabili­tar en algunos sectores de la opinión la esperan­za de ensayar una vez más en el gobierno la doc­trina liberal. Era lógico que a los conservadores no les quedase más camino que el de una polí­tica netamente reaccionaria.

 

Baldwin no ha tenido más remedio que decidirse por tal camino. Hoy está empeñado a fondo en esta política. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que el partido conservador no puede hacer otra cosa. Frente a Rusia, frente a China, frente al Labour Party, su actitud no puede ser distinta.

 

El envió de una nota agresiva al gobierno de los Soviets, el despacho de bar-cos y soldados a los puertos chinos y la presentación en el par-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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lamento de un bill anti-laborista, son tres actos congruentes, tres maniobras afines de una misma política. El capitalismo británico conducido por el me-surado Baldwin toma la ofensiva en todos los frentes. Emplea por ahora la manera fuerte. Sin perjuicio, naturalmente, de su liber­tad de reemplazarla, según sus resultados, por el método del compromiso, llamando de nuevo al servicio a Mr. Lloyd George que aguarda su momento con una sonrisa.

 

Los conservadores necesitan acentuar en la opinión burguesa y pequeño-burguesa la conciencia de los peligros revolucionarios, para desviarla de las proposiciones de Lloyd George que trabaja por atraer a los laboristas a una políti­ca de colaboración con el liberalismo. En las próximas elecciones les tocará colocar frente a frente el capitalismo y socialismo, en térmi­nos de irreductible oposición. De sus actuales operaciones depende la suerte de la política con­servadora en la batalla electoral inevitable.

 

Esta política se propone minar las bases elec­torales del Labour Party, abo-liendo la cuota política de los obreros a la caja del laborismo. Tal abolición tiene por objeto dejar al labour Party en una situación desventajosa en las elecciones. Hasta hoy su fondo político le ha permitido afrontar en las elec-ciones elevados gastos de pro­paganda.

 

Bernard Shaw, en el interesantísimo discur­so que pronunció en el banquete de su jubileo, denunciaba e ilustraba el alcance político del monopolio por y para la burguesía, de la comu­nicación radiográfica. El radio ponía a los de­fensores del capitalismo en condiciones de una gran superioridad respecto de los pro-pagandis­tas del socialismo. Cómodamente instalados en sus poltronas, los candidatos burgueses pueden dirigirse a la vez a millones de votantes, para

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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acusar a los laboristas de abrigar los más terri­bles propósitos contra la civi-lización, la patria, la familia, etc.

 

El bill anti-laborista del partido conservador, que declara la ilegalidad de la huelga general y ataca el fondo político del labour Party, demuestra que los conservadores van mucho más lejos de lo que Bernard Shaw suponía, en su plan de desarmar al proletariado en su lucha con el capitalismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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H. G. WELLS Y EL FASCISMO*

 

 

El juicio sobre el presente de un hombre diestro en traducir el pasado y en imaginar el porvenir, tiene siempre un interés conspicuo. So­bre todo si este hombre es Mr. H. G. Wells, al que no hay tal vez en el mundo quien no co-noz­ca como metódico explorador de la historia y la utopía. H. G. Wells, desde su gabinete de historiador y novelista, se ha puesto a observar "cómo marcha el mundo" y a comunicar al pú­blico, por medio de artículos, sus impresiones. Uno de los artículos más comentados hasta hoy de esta serie, es el que se propone absolver la pregunta: ¿Qué es el fascismo?

 

Wells, se ha decidido a enjuiciar y definir al fascismo cuando ha creído ya disponer de ma­teriales abundantes para este examen. Más pri­sa y menos prudencia tuvo para estudiar la re­volución bolchevique. El experimento so-vietista y el escenario moscovita lo atrajeron más, pro­bablemente por sus romancescos mirajes de utopía social. Y, de otro lado, su libro de impresio­nes sobre la Rusia de Lenin, releído a cierta dis­tancia, le debe haber revelado la diferencia que existe entre sus especulaciones habituales de historiador y novelista y la excepcional empre­sa de comprender y juzgar una revolución, su espíritu y sus hombres.

 

El fascismo no es ya la misma nebulosa que en los días de la marcha a Roma, cuando abdi­caban ante él muchos eminentes liberales te‑

 

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* Publicado en variedades, Lima, 14 de Mayo, de 1927. Revi­sado de acuerdo a las correcciones del original en nuestro poder (N. de los E)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nidos seguramente en gran estima por el autor de The Outline of History. El trabajo de estu­diarlo, se presenta, pues, bastante facilitado. El estudioso cuen-ta hoy con un nutrido acopio de conceptos que definen los diversos factores de la formación del fascismo. El experimento gu­bernamental de Mussolini ha llegado a su cuarto aniversario. El juicio de Wells se mueve, así, sobre una base amplia y segura.

 

No contiene, tal vez por esto, proposiciones originales respecto a los orígenes del movimien­to fascista. H. G. Wells, en este estudio, sigue más o menos el mismo itinerario que otros crí­ticos del fascismo. Encuentra las raíces espiri­tuales de éste en el d'annunzianismo y el "futurismo" marinettiano, clasifica-dos ya como fenómenos solidarios.

 

Y, lógicamente, tampoco en sus conclusiones Wells ofrece ninguna origina-lidad. Su actitud, es la actitud característica de un reformista, de un demó-crata, aunque atormentado por una serie de "dudas sobre la democracia" y de inquietudes respecto a la reforma. El fascismo le parece algo así como un cataclismo, más bien que como la consecuencia y el resultado en Italia de la quiebra de la democracia burguesa y la derrota de la revolución proletaria. Evolucionista conven­cido, Wells no puede concebir el fascismo, como un fenómeno posible dentro de la lógica de la historia. Tiene que entenderlo como un fenóme­no de excepción. Para Wells, el fascismo es un movimiento monstruoso, teratológico, dable sólo en un pueblo de educación defectuosa, propenso a todas las exuberancias de la acción y de la palabra. Mussolini, dice Wells, "es un producto de Italia, un producto mórbido". Y el pueblo ita­liano, un pueblo que no ha estudiado debidamente la geografía ni la historia univer-sales.

 

En ésta, como en casi todas las actitudes in-

 

 

 

 

 

 

 

 

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telectuales de H. G. Wells, se identifican fatalmente las cualidades y los de-fectos del pedago­go, el evolucionista y el inglés.

 

Acusa al pedagogo, no sólo el corte didáctico de la exposición sino el fondo mismo de su juicio. Wells piensa que una de las causas del fascismo es el deficiente desenvolvimiento de la enseñanza secundaria y superior en la na-ción italiana. Las malas escuelas, los insuficientes colegios, han sido a su juicio el primer factor del sentimiento fascista. Pero este concepto no tiene el sentido general que necesitaría para ser admitido y sancionado. Wells parece localizar el defecto en la enseñanza secundaria y universi­taria y, más espe-cíficamente todavía, en la en­señanza de la geografía y la historia universales.

 

Y este gesto denuncia al inglés. El Imperio Británico no sería concebible sobre la base de un pueblo poco instruido en la geografía univer­sal. El inglés es obligadamente el hombre para quien tiene más importancia la geografía. Un hombre culto de Bélgica o de Suiza, puede ig­norar esta ciencia; un inglés no. Sin un sólido conocimiento de la geografía, Inglaterra no es­taría en grado de conservar ni el dominio de los mares ni su imperio colonial en todos los con­tinentes. Se explica, por consiguiente, que un profesor inglés considere escasamente instruidos en geografía a todos los hombres de otras naciona-lidades. Y lo mismo sucede en lo tocante a la historia. La historia y la socio-logía, en con­cepto de un inglés, no tiene casi otro objeto que el de demostrar cómo todo el progreso humano culmina en el Imperio Británico y cómo la evo­lución de la especie culmina en el inglés.

 

Hay otra razón para que el fascismo le parezca a un profesor inglés el resul-tado de una particular ignorancia de la geografía e historia universales. Esa razón es que el fascismo es im‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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perialista. Los fascistas se proponen restaurar el imperio romano. El sueño de Mussolini mira a la reconstrucción de la Roma imperial. Por ende molesta particularmente el sentimiento im­perialista de todo ciudadano británico. Este no puede explicarse el ideal fascista sino como el fruto de una incipiente y retardada instrucción en geografía e historia.

 

El evolucionista no está, por cierto, menos presente y visible en H. G. Wells y sus opinio­nes. Como que es consustancial con el inglés y el pedagogo. Toda la pedagogía de ante-guerra reposa en una fe absoluta en el dogma del pro­greso. Y el evolucionismo, en todos sus planos, se precisa cada día más clara-mente como un pro­ducto típico de la mentalidad británica. Todas las tesis evolucionistas tienden a probar fundamentalmente que el futuro humano será una con­tinuación de la historia inglesa, que corona el esfuerzo de todas las razas y todas las culturas.

 

Si la Gran Bretaña y el evolucionismo no estuvieran en crisis, si muchos sín-tomas no seña­laran su decadencia, las opiniones de Mr. H. G Wells, sobre el fascismo, serían mucho más considerables y trascendentes. Pero en nuestros días, el fascismo, en verdad, tiene poco que temer de la crítica reformista y democrática, aunque provenga de un escritor de la estatura de Wells. Con el sencillo y gastado arsenal evolu­cionista y liberal no es posible ya una seria ofen­siva teórica contra el fascismo y su condottiero. El pensamiento y la acción revolucionarias, como el mismo Mr. Wells lo reconoce con sus "dudas sobre la democracia", tienen armas más modernas más tundentes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA DECADENCIA DE INGLATERRA*

 

 

La decadencia más cierta y más visible de esta hora —aunque no la haya ad-vertido todavía la crítica elegante de D. José Ortega y Gasset— es la decaden-cia de Inglaterra. El famoso Untergang des Abendlandes, de Spengler, se reduce, quizá políticamente, al Declin of England de León Trotsky. La tesis del profesor alemán, les parece sin duda a los intelectuales burgue­ses, más controlable y verificable que la tesis del revolucionario ruso. Pero la razón de esto es que la tesis de Spengler, representa una filo­sofía de la historia, mien-tras la tesis de Trotsky traduce la dialéctica de la revolución.

 

Del tramonto de Inglaterra tenemos mil pruebas concretas. Las dos últimas más irrecu­sables y fehacientes son: Primera, la pérdida de la concesión de Han Kow, ocupada militarmen­te por los revolucionarios chinos con grave ofen­sa para la majestad británica. Segunda, el alla­namiento de las oficinas de la Arcos Company y de la delegación comercial soviética en Lon­dres. El primer hecho señala, una gran derrota material y moral del imperio colonial británico en Asia. El segundo denuncia la quiebra de la corrección y del faire play en la conducta ofi­cial británica en Europa. Los dos hechos cons­tituyen dos síntomas diferentes, interno el uno, externo el otro, de la decadencia de la Gran Bre­taña. El procedimiento de invadir una oficina amparada usualmente por la inmunidad diplo­mática, secuestrar sus papeles, violar sus cajas

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 21 de Mayo de 1927.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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fuertes, registrar a sus empleados, hombres y mujeres, tiene todas las apari-encias de un pro­cedimiento bolchevique y revolucionario. Y es de un gran alcance su incorporación en la téc­nica de la policía de Inglaterra, porque indi-ca la ruptura de un resorte capital de la conducta británica.

 

Pero éstos son sólo los signos más evidentes y materiales de que Inglaterra declina. En su historia contemporánea encontramos signos más profundos de este fenómeno. Aparentemente, o más bien, materialmente, Inglaterra alcanzó el máximo de su potencia y de su expansión cuando se suscribieron los trata-dos de paz que pu­sieron término a la gran guerra. Mas, en reali­dad, las bases de la grandeza británica empe­zaron a mostrarse seriamente minadas desde antes. La decadencia de la Gran Bretaña comenzó en el instante en que en-traron en crisis el li­beralismo, parlamentarismo y el evolucionis­mo, más o menos ortodoxamente adoptados por la humanidad bajo la hegemonía britá-nica. Y económica y técnicamente, la Gran Bretaña per­dió la primacía, desde que la electricidad y el petróleo, revolucionaron la industria y los transportes. La industria británica y, por ende, el Im­perio Británico, reposaban sobre el carbón. Por consiguiente a medida que el petróleo y la elec­tricidad han reem-plazado al carbón en la indus­tria y los transportes, la omnipotencia británica ha quedado socavada. La lucha por el petróleo entre la Gran Bretaña y los Estados Unidos, se presenta así como la más importante competen­cia entre los dos grandes países industriales y capitalistas.

 

La revisión de las más características ideas del siglo XIX, no es en verdad sino una revisión de ideas inglesas. La Gran Bretaña ha sido, en los tiempos de su absoluto predominio, la proveedora de ideas y de cosas fundamentales de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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la humanidad. Los principios de la Antropología, la Sociología y otras cien-cias sustantivas han tenido origen e impronta británicos. Y han servido es-piritual e intelectualmente a reforzar y extender el imperio político de la gran Bretaña. El darwinismo, por ejemplo, que ha domi­nado por tanto tiempo el pensamiento científico del mundo, y que ya otra vez he calificado co­mo un producto típico del genio y la mentalidad británicos, ha alimentado y soste-nido un evo­lucionismo integral que entre otras cosas tien­de a justificar el triunfo y el imperio del pue­blo inglés sobre los demás pueblos. El monoge­nismo de la escuela sociológica inglesa que atri­buye a todas las sociedades el mismo proceso, tiene también los rasgos de una teoría destinada a confirmar la superioridad inglesa.

 

La Gran Bretaña ha conservado una casi ex­clusiva de las ideas directrices en las ciencias de mayor importancia política. En las otras ciencias no ha mos-trado igual empeño de predominio. Las ha abandonado en no pocos casos a otros pueblos occidentales. Y lo mismo ha procedido en el campo industrial. Se ha reservado la función de proveedora de las mercade­rías sustantivas. No le ha importado ceder a Francia la hegemonía de la moda femenina, pero ha acaparado la técnica y los materiales de la moda masculina. Ninguna con-vicción está tan difundida y arraigada en el mundo como aque­lla de la supe-rioridad de los casimires ingleses. El Imperio de la Gran Bretaña ha sido, ante todo, el imperio del carbón y del casimir. Ingla­terra ha cardado e hilado du-rante mucho tiem­po la lana del mundo para tejer la malla de su imperio. Y el hombre de tipo occidental y "civilizado", ha sido en este tiempo el hombre que se ha vestido y ha pensado a la inglesa.

 

Ahora todo este colosal andamiaje se de­rrumba. El evolucionismo, en todos sus aspec‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tos, sufre una revisión despiadada. La idea in­glesa —peculiar del imperialis-mo sajón— de la superioridad absoluta e incontestable del blanco caduca irremediablemente. El parlamento no mantiene ya su autoridad ni en la propia In­glaterra donde la lucha de clases atrofia poco a poco su función clásica. Los principios cardina­les y los productos mayores de la Gran Bretaña tienen que afrontar una concurrencia creciente, en condiciones cada vez más desventa-josas.

 

Bernard Shaw es probablemente uno de los ingleses que más lúcidamente se dan cuenta de la crisis británica. Pero el mismo Shaw no consigue liberarse plenamente de todas las supers­ticiones inglesas. Su socialismo en el fondo, es siempre un socialismo fabiano. Vale decir un socialismo de trama liberal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA RUPTURA ANGLO-RUSA*

 

 

No se puede decir en rigor que la ruptura de relaciones diplomáticas entre Inglaterra y Rusia, interrumpa o amenace la paz entre el capitalis­mo británico y el comunismo ruso, por la sencilla razón de que esa paz no ha existido nun-ca. El gobierno inglés y el gobierno bolchevique, en­traron primero en nego-ciaciones y después en re­laciones diplomáticas, para hacerse mejor la gue­rra. El estado de guerra, activo o latente, visible u oculto, no ha cesado entre uno y otro gobier­no desde el nacimiento del de los soviets. La lu­cha ha tenido en los nueve años transcurridos desde la revolución de octubre, diversos grados de intensidad, distintas fases de desarrollo, pero en ningún momento ha sido ni ha podido ser suspendida por una ni otra parte. No obstante el período llama-do de estabilización capitalista, ni el capitalismo ni el comunismo han desar­mado.

 

Inglaterra rompe con Rusia por razones de política inglesa. El gobierno con-servador, forzado por la lógica de la situación, más que por la presión de sus extremistas, se encuentra en el caso de actuar una política resueltamente reaccionaria. El éxito de esta ofensiva, —que en el orden interno tiene su expresión en el bill contra la huelga y en el orden interno en la rup­tura con Rusia—, es para los conservadores, más precisamente para el método con-servador, una cuestión de vida o muerte. La propaganda comu­nista no se ha hecho más amenazadora que antes en Europa. Por el contrario, en los países oc‑

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 4 de Junio de 1927

 

 

 

 

 

 

 

 

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cidentales, como una consecuencia de las ilusio­nes, y también de las realida-des, del período de estabilización capitalista, esa propaganda ha perdido te-rreno. Pero, en cambio, la agitación re­volucionaria se ha tornado inquietante en Asia y África, donde ataca y socava las posiciones del Imperio Británico. En especial, la revolución chi­na ha costado al imperio inglés —al "orgullo" y al "prestigio" ingleses— muy caras derrotas. Y de todo esto, el gobierno con-servador de Baldwin necesita culpar a Rusia, para justificar inte­gralmente su política agresiva frente a las revo­luciones nacionales de Oriente y frente a la propia clase obrera inglesa.

 

Lo que está inmediatamente en peligro es el Imperio Británico. El capitalismo occidental, puede subsistir, ciertamente, después de que ha­yan desaparecido la hegemonía y la potencia in­glesas. Mas al gobierno de Inglaterra le toca soste-ner que esto no es posible y que la suerte del Imperio Británico y de la socie-dad capitalista son consustanciales y están mancomunadas.

 

El hecho de que, verdaderamente, no lo sean, constituye el signo más evidente de que la Gran Bretaña ha perdido el primer puesto en la polí­tica mundial. El eje de la organización capitalis­ta se ha desplazado de Inglaterra a los Estados Unidos. ¿En qué instante se ha cumplido, preci­samente, este desplazamiento? Tal vez no sea po­sible decirlo, del mismo modo que no es posible asir exac-tamente el instante en que concluye el día, sin que por esto sea posible dudar luego de la llegada de la noche. Antes, la Gran Bretaña al hacer una política británica hacía una políti­ca europea y occidental. Uno y otro hecho, uno y otro término se identificaban. Ahora, vemos claramente que esto no sucede ya. La Gran Bre­taña ha dejado de representar los máximos inte­reses materiales y políticos de la civilización ca­pitalista. Económica, y por ende políticamente,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Europa cae, cada día más, bajo la dependencia de los Estados Unidos. Y la Gran Bretaña no pue­de sustraerse a este destino. Es probable que la señal del desplazamiento del eje capitalista de Inglaterra a Estados Unidos haya sido la sus­cripción del plan Dawes. Imponiendo a Europa este modo de arreglo de la deuda alemana, los Estados Unidos volvieron a asumir en la liqui­dación de la guerra la función que les dio Wilson en las conferencias de la paz antes del fracaso práctico de su programa de reorganización mundial.

 

Rusia y Estados Unidos son hoy los dos polos de la historia del mundo.

 

Por esto, al romper sus relaciones con Rusia, la Gran Bretaña ha ejecutado un acto de mucha menor trascendencia mundial que hace tres años al restable-cerlas. Entonces el reconocimiento bri­tánico, reforzó en el Occidente la po-sición del gobierno de los Soviets. Hoy la ruptura no la debilita, evidente-mente, en la misma medida. Alemania necesita mantener su colaboración co­mercial con Rusia. Italia, dentro del programa imperialista de Mussolini, tiene que seguir en sus asuntos internacionales, y sobre todo respec­to de Rusia, una línea italiana más bien que una línea británica. Francia, bajo la dirección de un piloto tan reaccionario y pequeño-burgués como Poincaré, seguirá denuncian-do estridentemente la revolución rusa como un crimen de lesa civili­zación; pero frente a Rusia, como frente a la China, se guardará de comprometer inú-tilmente su posición en obsequio a Inglaterra.

 

La actitud inglesa ha alcanzado su máxima potencia cuando han hablado aprobándola, por boca de uno de sus embajadores, los Estados Unidos. Pero esta declaración yanqui no podía faltar. Justamente porque los Estados Unidos son en la actualidad la sede del capitalismo, de‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ben sostener a la Gran Bretaña contra Rusia. Claro que esta solidaridad se limita a los intere­ses generales de la civilización occidental o ca­pitalista, sin abrazar, mínimamente, los intere­ses particulares del Imperio Británico, en fre­cuente contraste con los del Imperio yanqui.

 

Rusia ha pretendido en la Conferencia Econó­mica de Ginebra que los repre-sentantes de las naciones participantes en esa asamblea interna­cional, pro-clamasen como postulado fundamen­tal de la reconstrucción económica de Europa, el reconocimiento categórico de que el sistema capitalista y el sistema socialista pueden coexis­tir. La conferencia se ha clausurado sin resolver este problema; pero tampoco ha podido des­cartarlo. Y sus conclusiones entrañan la confe­sión tácita de que muy poco es lo que se puede avanzar efectivamente en un trabajo de restau­ración europea sin resolver el problema planteado por Rusia. La ruptura anglo-rusa significa un paso atrás en el camino de su so-lución. Este hecho define el sentido y el alcance de la conducta inglesa mejor que ningún otro. La presenta en oposición con intereses y necesidades de la eco­nomía europea que los técnicos de ese continen­te, reunidos en Ginebra, han tenido que reco­nocer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL PROBLEMA DEL DESARME*

 

 

El complicado proceso de la conferencia tri­partita de Ginebra para la limita-ción de los ar­mamentos navales, revela el carácter abstracto y teórico que tiene hasta hoy la idea del desar­me. No es improbable que el resultado para-dójico de estas y otras conferencias sea para algunos países la necesidad de aumentar sus cons­trucciones navales. El Japón, —que no se carac­teriza por cierto en nuestra época como un Es­tado pacifista—, encuentra inaceptable el tone­laje sobre el cual están dispuestos a entenderse Inglaterra y los Estados Unidos.

 

En estas conferencias no se trata de desarme propiamente dicho, sino tan sólo de limitación de armamentos. Ni sus debates ni sus acuerdos miran a asegurar la paz. Aspiran apenas a esta­blecer un equilibrio que evite, por un período dado, una competencia desordenada en las cons­trucciones navales.

 

Las grandes potencias buscan el acuerdo res­pecto a los armamentos por razo-nes esencialmente económicas. El trabajo de estabilización capitalista que del plan Dawes condujo al tra­tado de Locarno, exige ahora una reducción en los gastos navales de las potencias. Esta exigen­cia es especialmente imperiosa para Inglaterra que se esfuerza por adoptar una política de severas economías fiscales. Estados Unidos, em­presario de la civilización europea, tiene por su parte que renunciar a toda exageración de su

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 16 de Julio de 1927.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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política armamentista que ponga en peligro las finanzas europeas, en cuya convalescencia se en­cuentra profundamente interesado por el creci­miento de sus acreencias e inversiones en el viejo continente.

 

De esta angustiosa necesidad de la economía capitalista y no de los principios de la Sociedad de las Naciones —y mucho menos del llamado espíritu de Lo-carno, a cuyos más conspicuos in­térpretes ha tocado esta vez el premio Nobel de la paz— nace el difícil debate de la limitación de armamentos. Los Estados capitalistas, en es­pecial los europeos, han menester de un perío­do de prudente parsimonia en los gastos de barcos o cañones. No renuncian, absolutamente, a su derecho a hacerse la guerra en el porvenir. Sólo están más o menos acordes en suscribir un statu quo de pacífica rivalidad.

 

Pero el problema de la limitación de arma­mentos no es, prácticamente, un problema fácil de resolver. De un lado se opone a su solución la competencia de los imperialismos. De otro lado la estorba la propia organización industrial de las potencias. Desmovilizar la industria de guerra en una época en que las industrias de paz, si así es posible calificarlas, atraviesan una dura crisis de superproducción y chômage, re­sulta una empresa quimérica. Cierto que nadie habla de desmovilizarla en grande, del mismo modo que nadie habla de desar-me sino de limitación de armamentos; pero su tendencia al cre­cimiento no permite prever hasta qué punto sea posible frenarla, sin engendrar otros pro-blemas de desequilibrio en el plano económico.

 

Definitivamente tramontado el período de las esperanzas wilsonianas, la elocuencia pacifista de Paul Roncour y de los demás grandes retores de la democracia, no basta para que el mun­do se encamine hacia la paz y el desar-me. Los

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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grandes Estados capitalistas han entrado, fatal e inevitablemente, en la fase del imperialismo. La lucha por los mercados y las materias pri­mas no les permite fraternizar cristianamente. De modo inexorable, los empuja a la expansión.

 

¿Quién puede creer seriamente garantizada la paz europea mientras el Estado fascista cifre en la guerra y, en todo caso, en la fuerza la reali­zación de sus ideales imperialistas? El último discurso de Mussolini no consiente, a este res­pecto, ninguna ilusión pacifista. Mussolini prepara a su pueblo material y espiritualmente pa­ra la guerra. La suerte del Estado fascista es inseparable de los resultados y consecuencias de esta política. El duce del fascismo sabe que no es el momento de lanzar a Italia a una aventu­ra. Oportunista extraordina-rio, acecha su hora. Piensa íntimamente que el golpe de mano que lo convirtió en amo de los destinos de Italia hace cinco años, pueda tal vez repetirse en mayor escala. Por lo pronto se contenta con definir al espíritu fascista como un espíritu de guerra y de expansión. El Estado fascista impone al pue­blo, en nombre de sus fines imperialistas, una disciplina militar. (Mussolini se ha puesto a la cabeza de la lucha contra el celibato. Y, en su último discurso, denuncia el peligro de los matrimonios estériles. Italia necesita ser dentro de veinte o treinta años una nación de sesenta mi­llones de hombres).

 

Además de los imperios en acción, existen, pues, los imperios en potencia. Al lado de los imperialismos viejos, se oponen a la paz del mun­do los imperia-lismos jóvenes. Estos tienen un lenguaje más agresivo y ardoroso que los pri­meros.

 

La limitación de los armamentos navales, dis­cutida en Ginebra, puede pare-cerle a más de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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un pacifista de viejo tipo un paso hacia el de­sarme. Pero la experiencia his-tórica nos prueba en una forma demasiado inolvidable que, des­pués de varios pasos como éste, el mundo estará más cerca que nunca de la guerra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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AUSTRIA Y LA PAZ EUROPEA*

 

 

La llamarada súbitamente encendida en Vie­na, ha arrojado una luz demasiado inquietante sobre el panorama europeo que —según las des­cripciones, prolijas unas veces, simplistas otras, de sus observadores— parecía ya reajustado por el trabajo de estabilización capitalista, al cual están entregadas con alacre vo-luntad las nacio­nes de Occidente desde que Alemania y Francia signaron el plan Dawes. Ahora resulta evidente que las bases de esa estabilización, des-tinada según sus empresarios a asegurar la pacífica reconstrucción de Occi-dente, son asaz movedizas y convencionales. Cualquiera de los problemas de la paz sin solución todavía, puede comprometerlas irreparablemente. El pro-blema de Aus­tria, que acaba de hacerse presente, por ejemplo.

 

Este problema, a juicio de los optimistas, ha­bía sido, ante todo, un problema económico, — nacido de la separación de Austria de los pue­blos que antes habían compuesto juntos el Im­perio de los Hapsburgos—, que la gestión sa-gaz del Canciller, Monseñor Seippel, tenía prácticamente resuelto con los créditos patrocinados por la Sociedad de las Naciones. Las dificultades sub-sistentes aún, se resolverían mediante con­venios aduaneros con los Estados independizados, o por el gradual reactivamiento de la pro­ducción manufacturera.

 

En contraste completo con estas beatas con­jeturas, los últimos sucesos de Viena demues­tran que el proletariado austriaco no se siente

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 23 de Julio de 1927.

 

 

 

 

 

 

 

 

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demasiado distante de los días post-bélicos en que agitaba a las clases traba-jadoras europeas un espíritu de violencia. Los teóricos de la de­mocracia veían en esta violencia un mero fruto de la atmósfera material y moral dejada por la guerra. Es posible que en algunos casos episódi­cos haya sido acertado su diagnóstico; pero, en tesis general, hay que inclinarse a creer que la violencia proletaria acusa factores más propios. La marejada de Viena no ha sido menor que ninguna de las que, sin obedecer a un plan de golpe de Estado, se produ-jeron en Europa, por estallido espontáneo, en los primeros años de la post-guerra.

 

El hecho de que su origen no haya sido un conflicto del trabajo sino una sentencia judicial estimada injusta, no atenúa en lo más mínimo el valor de este movimiento como síntoma del es­tado de ánimo del proletariado austriaco. Y, por otra parte, es imposible que a la creación de este estado de ánimo no concurran los resultados negativos de la obra que se creía más o menos cum-plida por Monseñor Seippel en colaboración con los banqueros americanos  y europeos. Todos los datos últimos de la economía austriaca denuncian la sub-sistencia de una crisis industrial a la cual no es fácil encontrar salida. Austria, pueblo principalmente industrial, carece de ma­terias primas bastantes para la alimentación de su industria. Por la insuficiencia de su agricul­tura, tiene un fuerte déficit alimenticio. El de­sequilibrio entre la producción y el consumo mundiales, no le consiente esperar, de otro lado, un crecimiento salvador de su comercio extran­jero. Estas cosas no las resuelven los créditos de la Sociedad de las Naciones.

 

Los días de Viena no son ya tan duros como aquellos de 1922 —y de Julio precisamente— en que Cesar Falcón y yo vimos caer hambrienta y agónica a una mujer en una acera del Rhin. Pe-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ro la política austriaca continua como entonces sin encontrar su equilibrio. Lo prueba, políticamente, en forma incontestable, el hecho de que el socialismo, que tiene el rol de opositor, haya conservado íntegra, y tal vez acrecentada, su gran influencia sobre las masas. El gobierno de Monseñor Seippel ha tenido necesidad de la cooperación solicita del partido socialista para contener la insurrección. El próximo gobierno se constituirá, a lo que parece, con la par-ticipa­ción de los socialistas.

 

El partido socialista que, con el partido cristiano-social encabezado por Mon-señor Seippel, se divide la gran mayoría de los electores, tuvo en sus manos el poder de 1919 a 1920. Acomodó en ese período su política al mismo criterio re­formista que la social democracia de Ebert y Scheidemann en Alemania. En su activo no se registra sino una alerta defensa de las institu­ciones republica-nas y un conjunto de leyes so­ciales y obreras. Del gobierno lo desalojaron los cristianos-sociales y los nacionalistas que ocu­pan el tercer puesto entre los partidos austria­cos, aunque a buena distancia de los dos mayores. Pero, bajo el prudente gobierno de Monse­ñor Seippel, ha continuado influyendo, con una oposición más o menos colaboracionista, según los instantes en la política gubernamental de este período. Y, si ahora se habla de su retorno al poder o de una segunda coalición con los cristianos-sociales, es porque la política de éstos no ha sido capaz ni de realizar todo lo que prometió en el orden econó-mico e internacional ni de sustraer a las masas al dominio de los socialistas.

 

El socialismo austriaco no tiene, evidentemente, un criterio uniforme. Entre sus dos alas extremas, reformismo y comunismo —éste forma un partido autónomo, pero aplica a todas las luchas el método del frente único— no es

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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probable ningún compromiso teórico. Parten de puntos de vista radicalmente opuestos. Otto Bauer, el famoso leader del partido austriaco, es uno de los teóricos máximos de la social-de­mocracia. En esta oposición, le ha tocado, al lado de Kautsky y otros, sostener una polémica histórica con Lenin y Trotsky. El fracaso de la praxis social-democrática en Alemania, y en la misma Aus-tria, después de la Revolución de 1918, no ha modificado la actitud de Bauer. No hay, pues, que sorprenderse de encontrarlo una vez más en abierto con-flicto teórico y práctico con los comunistas de su país. Estos no consti­tuyen un partido de importancia numérica, pero en cambio se mantienen estrecha-mente arti­culados con las masas obreras, de suerte que en cualquier momento propicio pueden ejercer so­bre éstas un influjo inmensamente superior al que corresponde a su número.

 

El problema económico, político e internacional de Austria, —que, contra un tratado de­fendido tan celosamente por Italia y Francia, pugna por unirse a Alemania—, ha recordado de pronto a los buenos y a los malos europeos lo artificial y deleznable de la paz y el orden de Europa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL PARLAMENTO DE PRIMO DE RIVERA*

 

 

La dictadura española ha querido celebrar su cuarto aniversario con la con-vocatoria a la asamblea nacional tantas veces prometida por Primo de Rivera desde que, conchabado con don Alfonso XIII, restauró en España, con es-pecio­sos disfraces, la monarquía absoluta. Esta asam­blea debía haber sido -conforme al ambicioso designio de Primo de Rivera, cuando enfáticamente anunciaba la inauguración de un nuevo régimen destinado a rehacer España-, una asamblea con poderes de constituyente. Pero en estos 4 años los planes de la dictadura han su­frido más de una metamorfosis. La idea de la asamblea nacional ha encontrado, según se ha dicho, no poca resistencia en la propia monarquía, temerosa de dar un paso excesivo, supe­rior a su mediocre y achu-lado oportunismo bor­bónico. Varias veces la convocatoria a la asam­blea ha parecido inminente; otras tantas la ha frustrado el desgano de don Alfonso para esta gruesa jugada. Y en esta difícil gestación la asamblea se ha achicado a tal punto que ahora que nos la enseñan al fin nacida, casi no la reco­nocemos. No porque la esperásemos más o menos apta y válida, sino porque no es la misma de que Primo de Rivera, con jactanciosa paterni­dad, nos había antici-pado el diseño.

 

La asamblea de Primo de Rivera, conforme a la descripción que nos ofrece de todas sus piezas y funciones el decreto de convocatoria, es un modesto ins-trumento de legislación, de fa‑

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 17 de Setiembre de 1927.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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cultades muy restringidas, que recibe sólo el encargo de elaborar el ante-proyecto de la refor­ma constitucional. El personal, de elección real, preten-derá representar nada menos que a la na­ción, pero, en verdad, no representará sino a la clientela de la dictadura. La representación subsidiariamente acor-dada a algunas categorías del trabajo intelectual o manual no alcanzará a conferir una autoridad siquiera aparente a este parlamento larvado.

 

Habría sido bastante comprometedor para la monarquía española el confiar a una asamblea designada por el rey la reforma de la Constitu­ción. Por esto, la facultad de la asamblea ha quedado reducida a la mera confección del pro­yecto respectivo. La reforma resulta así aplazada al menos por los tres años fijados como tér­mino a la asamblea. Este plazo de tres años es también, en consecuencia, el que provisoriamen­te se señala a sí misma la dictadura para conti­nuar su experimento.

 

Desde su aparición, esta dictadura se ha presentado modestamente como un gobierno a pla­zo fijo. No ha osado atribuirse la misión de reorganizar por si misma el Estado español. Pri­mo de Rivera ha comprendido siempre que de­bía renovar periódicamente a sus compatriotas la garantía de su interinidad. El lenguaje de su gobierno, hasta en sus más fanfarronas procla­mas, es íntima-mente el de un gobierno provi­sorio.

 

Esta es una de las cosas que más profundamente diferencian a la dictadura de Primo de Rivera de la de Mussolini. El fascismo no conoce la preocupación del plazo. Se siente definiti­vo y perdurable. Emprende sus reformas, direc­ta e inmediatamente. Tiene una idea mística de su función histórica. Además de todo lo que per­sonal e intelectualmente separa a Mussolini de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Primo de Rivera, los distingue y distancia, desde un punto de vista político, el hecho de que el primero tiene tras de si un partido fuertemente organizado, mientras el segundo se apo­ya en un sequito precario de elementos sin cohe­sión, congregados eventualmente en turno suyo por el influjo del poder.

 

Primo de Rivera tiene siempre el aire de pe­dir permiso para seguir. Mussolini obra como si estuviera totalmente seguro del consenso indefi­nido de su pue-blo. El general juerguista ignora aún la magnitud de su aventura. Teme mucho los riesgos de exagerarla. Puede ser que ambi­cione la duración ilimitada de su poder. Pero se propone ganarla por prórrogas sucesivas, co­mo una suma de interinidades.

 

Basta este rasgo para juzgar la incurable me­diocridad de la dictadura españo-la, cuya subsis­tencia se explica únicamente como el resultado de un conjunto de circunstancias y elementos negativos: la descomposición de los viejos partidos constitucionales; el descrédito del régimen parlamentario; la impo-tencia de los líderes li­berales o reformistas; la inmadurez del proletariado, cuya educación revolucionaria ha sufrido de una parte la influencia enervante del socia­lismo domesticado y de otra parte el efecto disolvente del sindica-lismo anarquista.

 

La esperanza de los políticos desalojados del gobierno y del parlamento por el golpe de estado de Primo de Rivera, se ha alimentado hasta ahora de la con-fianza en la incapacidad cons­tructiva de la dictadura, sin tener en cuenta su propia insolvencia en este plano. En vez de una actitud positiva y combatien-te, han preferido oponerle una actitud pasiva y expectante. Licen­ciados por el rey, no han sabido rebelarse con­tra la monarquía desleal al pacto del cual ema­na su autoridad. Hoy mismo, la convocatoria de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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esta asamblea, que cancela sus ilusiones —porque dentro de tres años el desamparo de los vie­jos políticos será más grande aún que ahora—en vez de empujarlos a una acción de resuelta defensa de los principios liberales contra la mo­narquía, les inspira apenas el gesto inocuo e im­potente de retirarse a la vida privada o de re­prochar, melancólicamente, al rey, una infidelidad que están, sin embargo, dispuestos a perdonarle. El único documento serio, entre los que recogen la protesta o la queja de los políticos despedidos del servicio real, parece ser la carta de Sánchez Guerra, porque recuerda a Alfonso XIII que su familia reina en España por haber representado el principio de la mo-narquía consti­tucional en oposición al principio de la monar­quía absoluta encarnado por el carlismo.

 

Si esta tesis hubiese sido sostenida por todos los líderes de los grupos cons-titucionales en una forma beligerante y agresiva es probable que Al­fonso XIII, no habría autorizado a Primo de Ri­vera a esta continuación de su aventura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MAXIMILIANO HARDEN*

 

 

Si nos atenemos a cierta versión, a la cual se ha concedido siempre largo crédito, la biogra­fía política del célebre panfletista Maximiliano Harden, que acaba de fallecer en Suiza, no representaría sino el agitado epílogo del drama de Bismarck. La oposición de Bismarck a Guiller­mo II, —condenada a em-boscarse en unas me­morias destinadas por el creador del Imperio Alemán a una posteridad que no se imaginó nunca tan próxima—, sería originaria y fundamentalmente responsable, según esa versión, de las ardorosas campañas de Harden contra el régimen que se derrumbó en Alemania en 1918. Opinio-nes adictas a Harden han pretendido, por lo menos, que si Bismarck hubiera permanecido en el Gobierno, el destino del director de "Die Zukunft" habría sido muy diverso. En vez de agotarse en un trabajo negativo, Harden hubie­ra jugado en la historia de su patria un rol cons­tructivo y realizador.

 

Pero esta hipótesis, enderezada a defender a Harden del reproche que le han dirigido reitera­damente las izquierdas doctrinarias, aludiendo al carácter in-dividual y arbitrario de su obra, reposa sólo en el dato de la amistad que ligó al tormentoso polemista con Bismarck, en los últimos años de éste. Y pres-cinde con excesiva parcialidad de la influencia, sin duda decisiva, que tuvo en la aproximación y el consorcio de estos hombres, el amargado ostracismo del po­der en que se encontraba el viejo Bismarck.

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 5 de Noviembre de 1927.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El "Vorwaerts" ha reafirmado la antigua tacha en el adusto responso que ha pronunciado sobre la tumba de Harden. El cable nos ha co­municado solíci-tamente las sarcásticas palabras con que el órgano social-democrático, sitúa en el pasado al aguerrido panfletista que, al dirigir durante treinta años un periódico titulado "Die Zukunft" (El Porvenir) se remita, desdeñoso de su presente, al juicio de la posteridad.

 

El sino de Maximiliano Harden ha sido el de vivir perpetuamente exilado. Le tocó combatir al Imperio, al parecer por causa de la caída de su Gran Canci-ller, y en todo caso, sin que su temperamento ni sus mismas ideas, fuesen inconciliables con el régimen imperial. Y, sin em­bargo, el espíritu de Weimar, que habla ahora por boca de "Vorwaerts" no sabría, más tarde, adoptarlo. Ni el Imperio ni la República lo reconocen suyo. Y el futuro, al cual apeló deses-pe­radamente, lo devolverá inexorable al pasado contra el cual tronó colérico.

 

Era, ciertamente, un espíritu sin órbita. Uno de esos espíritus cometas que inquietan y perturban con sus apariciones un orden que parece serles peren-nemente extraño. Su obra cambió muchas veces de rumbo. Tuvo, casi inva-riablemente, una función negativa, disidente. No le preocupó jamás la cohe-rencia, ni siquiera la coherencia consigo mismo. A pesar de sus intrépidas campañas contra el Kaiser y su corte, no le correspondió, por eso, un papel activo en la revolución. La nueva Alemania, le rehusa el de­recho de ocupar un sitio en sus rangos. No obs­tante el renombre mundial que alcanzó durante un proceso, en el cual se comportó valientemen­te, acusando a poderosos mag-nates de la Cor­te, Harden era de la familia romántica de los que se quedan en la anécdota, después de tocar te­soneramente a las puertas de la Historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Le falta para entrar en la Historia, el título que únicamente se gana en el com-bate regular. Porque aunque combatió como pocos, su acción fue siempre de guerrillero, de franco tirador. Y, por indisciplinada, por arbitraria, careció de vir­tud creadora. Individualista, caprichoso, Har­den luchó contra el pasado pero no por el porvenir. Parecía predestinado a la contradicción. La guerra, lo tomó pacifista; la paz lo volvía guerrero.

 

Sería injusto, sin embargo, regatearle el mé­rito de haber batallado bizarra-mente, contra Guillermo II y su corte en una época en que la propia social-democracia, —esto es el ejército de la revolución—, se mostraba excesi-vamente res­petuosa a la Monarquía, satisfecha de su cómodo crecimiento dentro del marco dorado del Im­perio. Harden, un disidente de la monarquía, se comportaba ante ésta con mucho más atrevi­miento que los prosélitos de la república socialista.

 

Por este mérito, el fanatismo nacionalista y monárquico, le tenía un odio aca-nito. En 1922, este odio llegó al atentado personal. Fue el año del asesinato de Walter Rathenau, el líder de­mócrata. Con Rathenau tramontó para siempre la esperanza fatigada del veterano polemista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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OCCIDENTE Y ORIENTE*

 

 

No es, en verdad, infundada la tesis de que la corriente del orientalismo me-siánico desde hace algún tiempo se propaga entre los intelectuales y artistas europeos, acusa un sentimiento de decadencia, derrotismo y desilusión. En la actitud de algunos "orientalistas" sería excesivo ver otra cosa que legítima curiosidad por culturas y tra­diciones, cuyo valor reivindican de un lado, el relativismo histórico, y de otro lado, el espíritu universalista, dominantes ambos en la inteligen­cia contemporánea. Pero en la actitud de otros "orien-talistas" —de los que melancólica y súbi­tamente desencantados de Occidente, se vuelven ansiosos al Asia por pura decepción— aparece evidente la abdi-cación de las mejores cua­lidades creadoras del pensamiento occidental. El Occidente es, ante todo, acción, voluntad, ener­gía. Su civilización es la obra magnífica de estas fuerzas que han alcanzado un grado místico de exaltación creadora. Por consiguiente, todo éx­tasis morboso, ante los misterios asiáticos, no puede dejar de conducirla a la desilusión.

 

Desde este punto de vista, es indudable que la defensa de Occidente, aún como la concibe el neotomismo, presenta un lado positivo y contie­ne un prin-cipio de salud. El "orientalismo" en la medida en que conspira contra el acti-vismo y el voluntarismo occidentales, constituye un ve­neno. (En la América Indo-ibérica, tan proclive al deliquio y la divagación, este veneno acentúa su toxicidad). Los "llamados del Oriente", más

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 26 de Noviembre de 1927.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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que una esperanza, traducen una desilusión. Representan un orientalismo capitoso y delicues­cente a cuyos mirajes se entrega con facilidad no sólo la generación neurótica y desesperada de Drieu La Rochelle, sino también la generación más experimentada y menos instable de Mae­terlinck. Y aunque a su atracción son particu­larmente sensibles por su decepción rencorosa, las mentalidades reaccionarias, está observado que se rinden también a ella, enervadas por la estabilización capitalista, no pocas consciencias revolucio-narias. Testimonio de esta nociva influencia, a pesar de las intenciones que atenúan su significación, es la invocación dirigida al gran Lama por los suprarrealistas franceses precisamente en los días de su aproximación al comu­nismo.

 

Mas, ni Henri Massis, ni ninguno de los ideólogos reaccionarios estudia con objetividad el orientalismo. En vez de esclarecer y demarcar sus alcances se entretienen en... 1

tan los efectos de la obra de Spengler, Keyserling, Herman Hesse, etc., para atribuir a Alema­nia la responsabilidad del mal. Y, satisfecho su odio a Alema-nia, se obstina enseguida en iden­tificar bolchevismo y "orientalismo", denun-ciando como un síntoma de relajamiento occidental, el gusto de la literatura rusa. Bolchevistas y emigrados —dice Massis— repudian el occiden­talismo y se proclaman "euroasiáticos". Conclu­sión subjetiva y presurosa que reposa sólo en los sentimientos reaccionarios y chauvinistas de Massis.

 

Y si el diagnóstico es arbitrario, el remedio, como en anteriores artículos he-mos visto, no lo es menos. El Cristianismo no puede repudiar

 

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1 Falta una línea en la publicación de Variedades; carecemos de original en nuestro archivo para completar este párrafo. (N. de las E.)

 

 

 

 

 

 

 

 

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al Oriente sin disminuir su origen y su misión. El esfuerzo neotomista por consustanciar el ca­tolicismo con la latinidad y asentar sobre estas bases únicas la cultura occidental, olvida que la doctrina cristiana vino de Palestina y que se nutrió en su infancia, según tienen averiguado sus historiógrafos, de los mitos orientales asimilados por los griegos. Y que la ruina de la civiliza­ción romana tuvo, sin duda, su principio en la decadencia del orden moral y jurídico sobre el cual descansaba. Más que neotomismo se reco­noce neo-paganismo en la tentativa que reivindi­ca como valores primarios de la cultura occi­dental, el derecho romano y la filosofía aristoté­lica. El futurismo Mari-nettiano, antes de su ab­sorción por el régimen fascista, se colocaba, franca y ultraistamente en el terreno pagano, es­tigmatizando como degeneraciones o supersti­ciones incompatibles con la modernidad las tendencias humanitarias y pacifistas y aun la mo­ral cristiana. Pero el futurismo, que lógicamente no se proponía ninguna anacrónica restauración del Medioevo, partía de una radical y estridente condena del cristianismo y del Papado, en la que cualesquiera que sean sus contagios paganos, no osarían jamás acompañarle los neoto­mistas franceses o italianos.

 

No se encontraría tampoco entre éstos uno solo que no convenga en que el título moral de Occidente, para extender en el mundo, con su civilización, su autoridad, procede del Evangelio de Jesús y no de la tradición greco-romana, cuyo envejecimiento quedó prácticamente demos­trado con la caída de Roma. Las cruzadas primero, la conquista de América después y todas las conquistas occidentales en seguida, como empre­sas del espíritu pertenecen a una civili-zación fe­cundada y elevada por el cristianismo. El derecho romano y la lógica aristotélica no habría bastado al Occidente en los últimos veinte siglos pa-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ra convencer al mundo de la superioridad de su cultura No le habrían bastado siquiera a Santo Tomás para elaborar la Summa que, sin el potente soplo cris-tiano, —oriental—, carecería ciertamente de virtud para engendrar hoy el neo-tomismo de Massis.

 

La precipitada definición del orientalismo co­mo sucedáneo o equivalente del bolchevismo, arranca del erróneo hábito mental de solidarizar absolutamente la civilización occidental con el orden burgués. La revolución rusa, por mucho que su trayectoria la conduzca hoy al Orien­te, no es en su espíritu un fenóme-no oriental sino occidental. Su doctrina es el marxismo, que como teoría y como práctica no habría sido po­sible sin el capitalismo, esto es, sin una expe­riencia específicamente occidental. Lenin, Trotsky y demás líderes de la revo-lución rusa, son notoriamente hombres de inteligencia y educa­ción occidenta-les. Su precursor teórico Plejanov, se caracterizó fundamentalmente como discípu­lo y expositor de Marx. Y si además de la de Marx, se nota alguna imponente presencia en la obra y el pensamiento de Lenin, es sin duda la de Sorel, francés, y occidental como Massis. Y como Massis, "burgués francés", agregaría Henri Johannet, empeñado en probarnos que la gran­deza y la cultura y la aristocracia de Francia, son genuinamente burguesas, porque burguesía, para Johannet, no es la misma cosa que capi­talismo.

 

El Occidente, sin Marx, sin Engels, sin Sorel, sin el socialismo teórico y práctico en una palabra, se habría ahorrado al bolchevismo. Marx —gritará el anti-semitismo de los reaccionarios—no era occidental, era judío. Pero no se podrá decir lo mismo de Engels y, sobre todo, de Sorel, que amaba tan poco a los hebreos.

 

El Occidente no se presenta nunca tan desar­-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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mado ante el Oriente renacido y tormentoso, — agitado por el pensamiento occidental—, como cuando pretende reducir su riqueza espiritual a lo pura-mente europeo, sea germano o latino. Su defensa exige que la civilización occidental no sea sólo civilización capitalista ni sea sólo civi­lización romana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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RUSIA EN GINEBRA*

 

 

Sin la presencia de Rusia, la conferencia preliminar del desarme, que acaba de celebrarse en Ginebra, habría transcurrido más o menos mo­nótonamente. Un magnifico discurso de Paul Boncour habría acaparado, como tantas otras veces, los mejores aplausos, conmoviendo hasta las lágrimas a esos suizos perfectos, demócratas ortodoxos, de quietas y azules perspectivas lacustres, nutridos de excelentes ideales y sanos lacticinios, que constituyen por anto-nomasia la barra típica de todas las grandes asambleas de la paz. Discurso lleno de mesura francesa, de claridad latina y de idealismo internacional, pul­cra y sabiamente dosificado.

 

Pero con Rusia, la asamblea no podía tener ya este tranquilo curso. Rusia trastorna todos los itinerarios. La burguesía occidental emplea en su propa-ganda anti-soviética dos tesis que se contradicen y que, en consecuencia, se anulan y destruyen entre sí. Según la primera, Rusia representa el caos, la locura, el hambre, la utopía, el amor libre, el comunismo y el tifus exantemá­tico. Según la otra, la revolución ha fracasado, el Estado ha vuelto al capi-talismo, Stalin es un reaccionario, la "nep" ha cancelado el socialis­mo y no queda ya nada en el Kremlin que re­cuerde ni la doctrina de Marx ni la praxis de Lenin. Cuando un burgués de alta inteligencia y gran corazón como Geor-ge Duhamel visita Rusia, desmiente el caos, la locura, el hambre, etc., y en-cuentra viva aún la revolución. Pero el mejor

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 10 de Diciembre de 1927.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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desmentido y la más resonante ratificación le tocan siempre a la propia Rusia sovietisla, cada vez que la Europa capitalista la convida a dis­cutir un tema de reconstrucción mundial y a confrontar las ideas bolcheviques —supuestas bárbaras y asiáticas— con las ideas reformistas —occidentales, modernas y civiles—. En la Con­ferencia Económica, Rusia propuso al Occiden­te, como base de cooperación estable y efectiva, el principio de la legítima coexistencia de Estados de economía socialista y Estados de economía capitalista. Y, ahora, en la Conferencia Prelimitar de Desarme, Litvinov y Lunatcharsky sostienen la doctrina del desarme radical, contra los propugnadores del semi-desarme homeopático: limitación de armamentos, difícil equilibrio, paz armada; sistema que, asegurando y garantizando ante todo el poder de los grandes imperios, mantiene el poderío bélico. En ambas ocasiones, la palabra de los delegados rusos ha sido la de los embajadores de un nuevo orden social. La Revolución se ha mostrado alerta y activa, a pe­sar de la tendencia europea a la estabilización.

 

Boncour ha opuesto al espíritu de Moscú, el espíritu de Locarno: Los pactos de seguridad son, a su juicio, el camino más seguro del de­sarme y, por tanto de la paz. Pero únicamente pueden suscribir de buen grado esta teoría los países como Francia, interesados en que se rati­fique el actual reparto terri-torial. Alemania aspira a la revisión del tratado de Versalles. No aceptará ningún pacto con Polonia que sancio­ne definitivamente el corredor de Danzitg y la división de la Alta Silesia. Polonia, por su parte, pretende que Alemania reconozca solemnemente sus fronteras del Este. Italia codicia mandatos terri-toriales. El dux del fascismo no disi­mula su política imperialista.

 

Estos dos factores desahucian, por ahora, la esperanza de Paul Boncour, cuya elocuente pré-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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dica pacifista traduce, de otro lado, con demasiada nitidez, los intereses de la política france­sa. De suerte que si el Occidente capitalista no puede aceptar, en cuanto al desarme, la doctri­na revolucionaria, tampoco puede actuar, efec-tivamente, la doctrina reformista. El reciente fracaso de las negociaciones entre Inglaterra, Es­tados Unidos y el Japón para la limitación de los armamen-tos navales, no permite excesivas ilusiones respecto a la próxima conferencia de desarme.

 

No es posible, sin embargo, desconocer la sig­nificación de que en una solem-ne asamblea, en la que participan los mayores Estados del mun­do, se discuta un tema que hasta hace muy poco parecía del dominio exclusivo de utopistas y pa­cifistas privados y se escuchen proposiciones co­mo las de la Rusia so-vietista. Este hecho indica, contra todos los signos reaccionarios, que se avanza, aunque sea lenta y penosamente, hacia ideales de paz y solidaridad que aún los Estados que menos los aprecian, se ven forzados a salu­dar con respeto.

 

Los soviets han mandado a Ginebra a dos de sus hombres de espíritu más occidental y de cul­tura más europea. Litvinov, miembro del Con­sejo de Nego-cios Extranjeros, que reemplaza a Tchitcherin en este portafolio en todas sus au­sencias, es uno de los más experimentados e in­teligentes diplomáticos de la nueva Rusia. Lu­natcharsky, humanista erudito, que hasta la re­volución residió en Europa occidental y que desde 1917 trabaja alacremente por afirmar el Es­tado ruso sobre un sólido cimiento de ciencia y de cultura, es también un hombre profundamen­te familiarizado con los tópicos y los hechos de Occi-dente. No es probable que Litvinov ni Lu­natcharsky hayan sugerido a los asambleístas de Ginebra esa fatídica imagen de una Rusia orien­tal y bárbara con que se empeñan en asustar a

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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la Europa burguesa algunos intelectuales fanta­sistas. Ni Litvinov ni Lunat-charsky —aunque agentes viajeros de la revolución— tienen traza de enemi-gos de la civilización occidental. Las calles de Ginebra y de Zurich guardan muchos recuerdos de la biografía de desterrado y estu­dioso de Anatolio Lunatcharsky.

 

La ruptura anglo-rusa no ha bloqueado a los Soviets. La Sociedad de las Naciones sabe que su trabajo no puede prosperar sin la colabora­ción de Rusia, cuyo aislamiento, empujándola hacia el Asia, puede en cambio perjudicar a Eu­ropa mucho más que a Rusia misma. Este es el criterio que, a pesar del incidente Rakowsky, domina en el gobierno francés, obligado a inspirarse en los intereses de sus innumerables tenedo­res de deuda rusa.

 

He ahí las principales indicaciones de la con­ferencia preliminar del desarme. El desarme mismo, por el momento, no es sino un pretexto. Lo más intere-sante es la maniobra de cada na­ción en torno a este tema.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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TROTSKY Y LA OPOSICION COMUNISTA*

 

 

La expulsión de Trotsky y Zinoviev del Partido Comunista ruso y las medidas sancionadas por este contra la oposición trotskysta, reclaman una ojeada a la política interna de Rusia. La crí­tica contrarrevolucionaria, tantas veces defrau­dada por los acontecimientos rusos, se entretiene ya en pronosticar la inmi-nente caída del régimen sovietista a consecuencia de su desgarramiento in-testino. Los más avisados y prudentes de sus escritores prefieren conformarse con la esperan­za de que la política de Stalin y el partido repre­senten simple y llanamente la marcha hacia el capitalismo y sus instituciones. Pero basta una rápida ojeada a la situación rusa para conven­cerse de que las expectativas interesadas de la burguesía occidental no son esta vez más solven­tes que en los días de Kolchak y Wrangel.

 

La revolución rusa, que como toda gran revo­lución histórica, avanza por una trocha difícil que se va abriendo ella misma con su impulso, no conoce hasta ahora días fáciles ni ociosos. Es la obra de hombres heroicos y excepcionales, y, por este mismo hecho, no ha sido posible sino con una máxima y tremenda tensión creadora. El partido bolchevique, por tanto, no es ni puede ser una apacible y unánime academia. Lenin le impuso hasta poco antes de su muerte su direc­ción genial; pero ni aún bajo la inmensa y única autoridad de este jefe extraordinario, escasearon

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 25 de Febrero de 1928. Revisado confor-me al original que poseemos: el autor ha interpolado algunas palabras y supri-mido o molificado algunos párrafos. (N. de los E.)

 

 

 

 

 

 

 

 

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dentro del partido los debates violentos. Lenin ganó su autoridad con sus propias fuerzas; la mantuvo, luego, con la superioridad y clarividen­cia de su pensamiento. Sus puntos de vista pre­valecían siempre por ser los que mejor corres­pondían a la realidad. Tenían, sin embargo, muchas veces que vencer la resistencia de sus pro­pios tenientes de la vieja guardia bolchevique.

 

La muerte de Lenin, que dejó vacante el puesto de un jefe genial, de inmensa autoridad per­sonal, habría sido seguida por un período de profundo dese-quilibrio en cualquier partido menos disciplinado y orgánico que el partido comunis­ta ruso. Trotsky se destacaba sobre todos sus compañeros por el relieve brillante de su perso­nalidad. Pero no sólo le faltaba vinculación sóli­da y antigua con el equipo leninista. Sus relacio­nes con la mayoría de sus miem-bros habían sido, antes de la revolución, muy poco cordiales. Trotsky, como es notorio, tuvo hasta 1917 una posición casi individual en el campo revolu-ciona­rio ruso. No pertenecía al partido bolchevique, con cuyos líderes, sin exceptuar al propio Lenin, polemizó más de una vez acremente. Lenin apre­ciaba inteligente y generosamente el valor de la colaboración de Trotsky, quien, a su vez, —como lo atestigua el volumen en que están reunidos sus escritos sobre el jefe de la revolución—, acató sin celos ni reservas una auto-ridad consagrada por la obra más sugestiva y avasalladora para la consciencia de un revolucionario. Pero, si entre Lenin y Trotsky pudo borrarse casi toda distan­cia, entre Trotsky y el partido mismo la identi­ficación no pudo ser igualmente completa. Trots­ky no contaba con la confianza total del partido, por mucho que su actuación como comisario del pueblo mereciese unánime admiración. El meca­nismo del partido estaba en manos de hombres de la vieja guardia leninista que sentían siempre un poco extraño y ajeno a Trotsky, quien, por su

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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parte, no conseguía consustanciarse con ellos en un único bloque. Por otra parte, Trotsky, según parece, no posee las dotes específicas de políti­co que en tan sumo grado tenía Lenin. No sabe captarse a los hombres; no conoce los secretos del manejo de un partido. Su posición singu­lar —equidistante del bolchevismo y del men­chevismo— durante los años corridos entre 1905 y 1917, además de desconectarlo de los equipos revolucionarios que con Lenin prepararon y rea­lizaron la revolución, hubo de deshabituado a la práctica concreta de líder de partido.

 

El conflicto entre Trotsky y la mayoría bolchevique, que arriba a un punto culminante con la exclusión del trotskysmo de los rangos del partido, ha tenido un largo proceso. Tomó un carácter de neta oposición en 1924 con los ata­ques de Trotsky a la política del Comité Central, contenidos en los docu-mentos que, traducidos al francés, se publicaron bajo el título de Cours Nouveau. Las instancias de Trotsky para que se adoptara un régimen de democratización en el partido comunista miraban al socavamiento del poder de Stalin. La polémica fue agria. Mas en­tre la posición del Comité y la de Trotsky cabía aún el compromiso. Trotsky cometió entonces el error político de publicar un libro sobre 1917, del cual no salían muy bien parados Zino-viev, Kamenev y otros miembros del gobierno, duramente calificados por Lenin en ese tiempo por sus titubeos para reconocer el carácter revolu­cionario de la situación. El debate se reavivó, con un violento recrudecimiento del ataque per­sonal. Zinoviev y Kamenev, que hacían causa co­mún con Stalin, no ahorraron a Trotsky ningún molesto recuerdo de sus querellas con el bolche­vismo, antes de 1917. Pero, después de una con­troversia ardorosa, el espíritu de compromiso volvió a prevalecer. Trotsky se reincorporó en el Comité Central, después de una temporada de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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descanso en una estación climática. Y tomó a ocupar un puesto en la Admi-nistración

 

Mas la corriente oposicionista, en el siguiente congreso del partido, reapareció engrosada. Zi­noviev, Kamenev y otros miembros del Comité Central, se su-maron a Trotsky, quien resulto así el líder de una composición heterogénea, en la cual se mezclaban elementos sospechosos de des­viación derechista y social-democrática con ele­mentos incandescentemente extremistas, amotina-dos contra las concesiones de la Nep a los kulaks.

 

Trotsky, por otra parte, es un hombre de cos­mópolis. Zinoviev, lo acusaba en otro tiempo, en un congreso comunista, de ignorar y negligir demasiado al campesino. Tiene, en todo caso, un sentido internacional de la revolución socialis­ta. Sus notables escritos sobre la transitoria es­tabilización del capita-lismo lo colocan entre los más alertas y sagaces críticos de la época. Pero este mismo sentido internacional de la revolu­ción, que le otorga tanto prestigio en la escena mundial, le quita fuerza momentáneamente en la práctica de la po-lítica rusa. La revolución rusa está en un período de organización nacio­nal. No se trata por el momento, de establecer el socialismo en el mundo, sino de realizarlo en una nación que, aunque es una nación de ciento treinta millones de habitantes que se desbordan sobre dos continentes, no deja de constituir por eso, geográfica e históricamente, una unidad. Es lógico que en esta etapa, la re­volución rusa esté representada por los hom­bres que más hondamente sienten su carácter y sus problemas nacionales.

 

Stalin, eslavo puro, es de estos hombres. Per­tenece a una falange de revo-lucionarios que se mantuvo siempre arraigada al suelo ruso. Mientras tanto Trotsky, como Radek, como Rakovsky,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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pertenece a una falange que pasó la mayor parte de su vida en el destierro. En el destierro hi­cieron su aprendizaje de revolucionarios mun­diales, ese apren-dizaje que ha dado a la revolu­ción rusa su lenguaje universalista, su visión ecuménica. Por ahora, a solas con sus proble­mas, Rusia prefiere hombres más simples y puramente rusos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ESTACION ELECTORAL EN FRANCIA*

 

 

Este año promete una buena cosecha a la de­mocracia. Es un año esencial y unánimemente electoral. Habrá elecciones en Francia, Inglate­rra, Alemania, la Argentina, etc. Y no sería normal, ni lógico que la democracia saliera ejecu­tada de una votación. El sufragio universal se traicionaría a sí mismo si con-denase el parlamento y la democracia. Puede inclinarse alter­nativamente a la izquierda o a derecha; pero no puede suprimir la derecha ni la izquierda. Ni la revolución ni la reacción muestran, por eso, nin­guna ternura electoral o par-lamentaria. Las elec­ciones son, así para los reaccionarios como para los re-volucionarios, una simple oportunidad de predicar el cambio de régimen y de denun­ciar la quiebra de la democracia. Las elecciones italianas de 1921, convocadas en plena creciente fascista, dieron la mayoría a las izquierdas y trajeron abajo a Giolitti. El fascismo ganó apenas treintaicinco asientos en la cámara. Pero el año siguiente, después de la marcha a Roma, ob­tuvo de la misma cámara un voto de confianza. Poco importa que la reacción o la re-volución estén próximas. Las elecciones, formalmente, ofi­cialmente, nece-sitan dar siempre la razón a la democracia. La víspera misma de ganar el go­bierno, los bolcheviques perdieron las eleccio­nes. Los socialdemócratas de Kerensky tenían la cándida pretensión de que, dueños ya del po­der, Lenin y sus correligionarios reconociesen a una asamblea que los condenaba a priori. Le-

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 31 de Marzo de 1928.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nin, como bien se sabe, prefirió licenciar esta asamblea extemporánea y retó-rica.

 

El momento, por otra parte, es de temporal estabilización capitalista, que es como decir de estabilización democrática. Porque la burguesía puede haber empleado el golpe de estado fascis­ta para conseguir o afianzar su estabili-zación; pero sólo en los países donde la democracia no era muy extensa ni muy efectiva. En Inglaterra, en Alemania, en Francia, el capitalismo se ha defendido dentro de la democracia, aunque se haya valido a ratos de leyes de excepción con­tra sus adversarios. La burguesía no es precisa o estrictamente el capitalismo; pero el capitalis­mo si es, forzosamente, la democracia bur-guesa.

 

Los resultados de las elecciones no importan demasiado. El 11 de Mayo de 1924, el bloque na­cional y el cartel de izquierdas se disputaron acanitamente en Francia la victoria electoral. El escrutinio de ese día no se contentó con derribar a Poincaré de la presidencia del consejo. No pareció satisfecho sino después de arrojar a Millerand de la presidencia de la república. Caillaux, el condenado del bloque nacional, regresó a Francia con cierto aire de césar democrático. Y, sin embargo, dos años después el cartel se disolvía, para dar paso a una nueva fórmula: un gabinete presidido por Poincaré, con Herriot en el Ministerio de Instrucción y Briand en el del Exterior. El 11 de Mayo no tocó, en consecuencia, la sustancia de las cosas. Herriot acabó colaborando en un ministerio poincarisla y Poin­caré concluyó presidiendo un gobierno apo-yado en los radicales-socialistas. Esta vez, como la an­terior, cualquiera que sea el resultado de las elec­ciones solo podrá sostenerse en el gobierno un ministerio de "opinión". El escrutinio no produ­cirá, por ningún motivo, un gobierno de partido. Ni un bloque de derechas ni un cartel de izquier­das sería lo suficientemente sólido. El gobierno

 

 

 

 

 

 

 

 

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futuro tendrá que contar, como el de Poincaré, con el favor de la pequeña bur-guesía no menos que con la venia de la alta finanza y la gran in­dustria. Una victoria del partido socialista sería, sin duda, la única posibilidad de aconteci­mientos imprevistos e insólitos. Pero ningún partido asumiría el poder con más miedo a sus responsabilidad ni con más miramiento a la opinión que el partido socialista. Los socialistas franceses se inclinan, por esto, a una recons-titu­ción, más o menos adaptada a las circunstan­cias, de la fórmula radical-socialista. León Blum rehusaba en 1925 y 26, la participación de los socia-listas en el gobierno en espera, según él, de que les llegara la oportunidad de asumirlo íntegramentee por su cuenta. Esta política apresuró el regreso de Poincaré y el restablecimiento de la unión nacional, con el programa de reva-lori­zación del franco. Mas la oportunidad aguardada, con tanta certidumbre, por Leon Blum, no parece haber llegado todavía. Los socialistas no podrían hacer en el poder sino una de estas dos políticas: o una política revolucionaria, sosteni­da por todas las fuerzas del proletariado, que conduciría inevitablemen-te a la guerra social, o una política conservadora, de concesiones ince­santes a los intereses y la opinión burgueses, co­mo la practicada por los laboristas ingleses du­rante el experimento Mac Donald. En el segundo caso, un minis-terio socialista duraría menos aún que el primer ministerio Herriot después de las elecciones victoriosas del 11 de Mayo. En el primer caso, salvo la acción de jefes superiores, con dotes excepcionales del comando, los socialistas se-rían finalmente desalojados del poder por los comunistas.

 

El destino del partido socialista francés po­dría bien ser el de reemplazar al partido radi­cal-socialista. Pero este proceso requiere tiempo. Los radicales socialistas, aunque pierdan súbi‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tamente su ascendiente sobre las masas peque­ño-burguesas de las grandes ciudades, conserva­rán por algún tiempo, sus clientelas electorales de provin-cias. Tienen viejas raíces que los defienden de una rápida absorción, sea por parte de la izquierda socialista, sea por parte de la derecha plutocrática. Su función no ha terminado: Y, mientras la estabilización democrática no se encuentre seriamente amenazada, su chance electoral seguirá siendo consi-derable.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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GIOVANNI GIOLITTI*

 

 

Los días que corren no son propicios para una equitativa valoración de Gioli-tti. El fascis­mo no puede mostrarse demasiado indulgente con el político que más conspicua y específicamente representa la Italia demo-liberal, positi­vista, tendera burocrática de los últimos lustros pre-bélicos. El antifascismo post-aventiniano, — aunque grato a la firmeza con que Giolitti votó en el Parla-mento contra la política anti-liberal del fascismo—, no puede perdonar al estadista piamontés su parte en los errores tácticos de gobierno que consin-tieron la marcha sobre Roma y la abdicación y desmoronamiento del Es­tado liberal. La apología de Francesco Crispi y de los hombres de la antigua dere-cha, se acomo­da al gusto y al interés de la dictadura fascista mucho más que el reconocimiento de las bene­merencias de Giolitti, que debió su fortuna polí­tica a la derrota del método crispiano. .

 

Nunca se ha despotricado tanto en Italia contra la democracia sanchopances-ca, utilitaria, negociante, giolittiana, en una palabra, de la "monarquía socia-lista" como desde que Musso­lini, en la necesidad de sofocar toda protesta contra el régimen, anunció su intención de reemplazar definitivamente y formalmente al viejo Estado liberal por el Estado fascista. Gio­litti ha escu-chado sin inmutarse, en sus pos­treros años, las más exorbitantes y estruendo-sas requisitorias contra su sentido prudente, realista, práctico, administrativo, de la política.

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 28 de Julio de 1928.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La Italia de Vittorio Veneto, que el fascismo siente espiritual e históricamente tan suya, debe a la obra giolittiana, ordenadora y parsimo­niosa, los elementos fundamentales de su costosa victoria. En largos años de una admi­nistración, que sacrificó los tópicos clásicos del Risorgimento a los hechos prosaicos de un tra­bajo de crecimiento y equilibrio capitalistas Giolitti, el neutralista, pre-paró a Italia para la guerra, capacitándola para ascender del desas­tre de Adua al triunfo de Vittorio Veneto.

 

El rencor de la Italia d'annunziana, retórica, militarista contra el sobrio y par-co estadista piamontes, se ha tomado la más exultante y completa revancha contra el régimen fascista. Sería fácil, sin embargo, probar que el fascismo debe su persistencia y estabilización, más que a sus medidas de violencia, a su método opor­tunista, a su estrategia social, a una praxis, en suma, heredada del giolittismo, con la diferen­cia de que éste prescindía de la declamación idea-lista y asignaba a su función fines más mo­destos e inmediatos.

 

Giolitti era la antítesis del político progra­mático y doctrinario. Pero, profe-saba, sin duda íntimamente un ideal, que ahora se destaca más netamente que nunca como el resorte espiritual de su obra: el ideal de hacer de Italia un esta-do moderno, apto para superar definitivamente una pesada tradición clerical, comunal, güelfa, anti-unitaria.

 

Para consolidar el Estado liberal, monárqui­co y unitario, surgido de las luchas del Risorgimento, Giolitti comprendió que era necesario abandonar el dog-matismo y la intransigencia de Crispi y licenciar definitivamente una buena parte de las frases e ideas del Risorgimento mismo. La política del Estado, en la medida en que podía ser reformadora y progresista, en el

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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orden político, tenía que apoyarse en las masas obreras, cada vez más ganadas al socialismo. El ideario liberal significaba un constante fermen­to de tenden-cias e impulsos republicanos. Gio­litti liquidó la cuestión institucional acor-dando a las masas el derecho de huelga y asociación, el sufragio universal, el mejoramiento econó­mico.

 

Críticas liberales como Mario Missiroli no le han ahorrado invectivas por su empirismo opor­tunista, exento al parecer de toda convicción doctrinal. Pero, precisamente, Missiroli, que acusaba a Giolitti de haber destruido el patri-monio ideal del Risorgimento con su política transformista de transacción y compromiso, ha acabado por reconocer, el fondo voluntarista e ideal de la política giolittiana. La experiencia de la crisis post-bélica, lo obligó a admitir que "la política giolittiana era la sola conveniente a un pueblo incapaz de superar las contradiccio­nes de su historia milenaria". "Fue después de la catástrofe del socialismo y de la democracia —escribe Missiroli— cuando comprendí la ine­luctabilidad de la política giolittiana y la gran­deza de Giolitti. Fue entonces cuando intuí su profundo pesimismo, su patriotismo ascético, su infalible sentido de la historia. La grandeza de Giovanni Giolitti consiste en haber sabido go­bernar, según los modos de la civilidad occiden­tal, un pueblo que había permanecido extraño a las formaciones espirituales de la moder-nidad y en haberlo elevado, merced a una obra exclu­sivamente personal, por encima de su propia conciencia moral y de sus hábitos atrasados".

 

Piero Gobetti no anda muy lejos de Missiroli cuando define a Giolitti como "la sublimación más rara y casi única de la ordinaria adminis­tración". Giolitti, realmente, resolvía la política en la administración; pero sin perder de vista los fines superiores del Estado liberal. Incorpo‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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rando a las masas en la vida política, como partido de clase, opuso a las in-clinaciones conser­vadoras de la burguesía el contrapeso indispen­sable para que no condujesen al Estado al re­negamiento gradual de los principios del libera­lismo. El socialismo le permitió salvar al Estado de la estratificación burocrática y de la reac­ción ultramontana. La función del socialismo, como Missiroli también lo acepta en el prefacío de su segunda edición de La Mo-narquía Socialista, que rectifica en parte las aserciones ori­ginales de la obra, fue eminentemente liberal en el período giolittiano.

 

Pero esta política sólo podía desenvolverse libremente en la época en que las masas se aco­modaban con facilidad a una acción reformista. Desde que la guerra abrió un período revolucio­nario, el socialismo se tornó amenazador e in­quietante. Giolitti, siguiendo su estrategia equi­librista de contrapeso y antinomias, pensó que podía servirse de las brigadas fascistas para volver a la razón a los socialistas. Luego, sería fácil reducir al orden a los fasci di combati­mento. Su último gran servicio a la burguesía y al orden fue su actitud contemporizadora ante la ocupación de las fábricas. La resistencia del gobierno a la reivindicación obrera del con­trol de las fábricas, habría provo-cado probablemente la revolución. Giolitti prefirió ceder a la demanda de las masas, quitándoles de este móvil concreto que las impulsaba a la lucha. Pero erró, en cambio, en su cálculo cuando disolvió a la cámara en 1921, con la esperanza de asegu­rarse, con el concurso de la violencia fascista, una mayoría manejable. Este error franqueó a los fascistas el camino del poder. Mussolini le debe toda su fortuna política. Si el ministro "de la mala vida" como le llamaban algunos por sus concomitancias con la plutocracia septentrional y las oligarquías y caciquismos meridionales,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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hubiese acerado en su maniobra electoral, la conquista de Roma por el fas-cismo habría quedado conjurada. Giolitti no se daba cuenta de la naturaleza extraordinaria, excepcional, de los nuevos tiempos. Con su calma y su so-carrone­ría piamontesas, creía que todas las efervescen­cias y exuberancias post-bélicas acabarían por apaciguarse y desvanecerse. Presentía, más pró­xima de lo que en verdad estaba, la estabiliza­ción. Este error histórico, esta falla política, han puesto en revisión toda su fatigosa obra de parlamentario y gobernante; y le han restado, en su última hora, la satisfacción de verse conti­nuado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL GOBIERNO DE LA GRAN COALICION EN ALEMANIA*

 

 

La laboriosa gestación del gabinete que preside el líder socialista Herman Müller, denuncia la dificultad del compromiso logrado entre la Social-democracia y el Volkspartei para consti­tuir un gobierno de coalición en Ale-mania. Los socialistas, que en las últimas elecciones obtuvieron una magnífi-ca victoria, han hecho las mayores concesiones posibles a los populistas y Stresseman (Volkspartei), que en dichas elec­ciones perdieron no pocos asientos parlamenta­rios. La social-democracia ha vuelto al poder; pero a condición de compartirlo con el partido que representa más específicamente los intere­ses de la burguesía alemana. El programa del gabinete Müller-Stresseman es un programa de transacción, en cuya práctica tienen que surgir frecuentes contrastes. A eliminar en lo posible las causas de conflicto, han estado destinadas, sin duda, las largas negociaciones que han precedido la formación del gobierno. Pero el com­promiso, por sagaces que sean sus tér-minos, está siempre subordinado en su aplicación al jue­go de las contingen-cias. La culminación de la victoria de los socialistas habría sido el restable-cimiento de la coalición de Weimar: socialis­tas, centristas y demócratas; la asunción del po­der por la coalición negro-blanco y oro; la restauración en el gobierno de los colores y el es­píritu republicanos y democráticos. Pero una victoria electoral no es la garantía de una vic‑

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 11 de Agosto de 1928.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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toria parlamentaria. Las elecciones francesas del 11 de mayo de 1924 dieron la mayoría al bloque de izquierdas; pero la asamblea salida de ellas concluyó por restablecer en el gobierno a Poin­caré. El parlamento y el gobierno parecen ser, además, en Alemania, desde hace algún tiempo, una escuela de prudencia y ponderación. Los partidos creen servir mejor sus doctrinas por la transa-cción que por la táctica opuesta. Alemania está resuelta a dar al mundo, —que la re­prochó siempre su tiesura, su rigidez y su len­titud—, las más voluntarias seguridades de su flexibilidad, de su agilidad, de su ponderación. La elección de Hindenburg, candidato del blo­que de las derechas, que recibía de los na-ciona­listas el tono y el verbo, fue estimada por mu­chos como el comienzo de una restauración mo­nárquica y conservadora, que en poco tiempo había can-celado el espíritu y la letra de la cons­titución de Weimar.

 

Mas la ascensión de Hindenburg a la presi­dencia tuvo, por el contrario, la virtud de conciliar, poco a poco, a las derechas con las ins­tituciones demo-cráticas. El partido populista ya había superado esta prueba. Pero el partido na­cionalista conservaba aún, enardecido por la marejada reaccionaria, su intransigencia anti-repu­blicana. El paso de la oposición al poder, lo obli­gó a abandonarla, al mismo tiempo que a sua­vizar, en obsequio a la política inter-nacional de Stresseman, su aspereza revanchista. No obstan­te sus críticas y reservas, los nacionalistas han aceptado prácticamente la política de recon-cilia­ción de Alemania con los vencedores, hábilmente actuada por Stresse-man. Y han relegado, durante largo tiempo, a último término, sus reivindi­caciones monárquicas. Su colaboración con la república, aunque dosificada a las circunstancias, ha servido a la estabilización democrática y repu­blicana del Reich. Los nacionalistas han salido

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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diezmados de las últimas elecciones, en las cua­les, en cambio, los partidos del proletariado, socialistas y comunistas, han hecho una impo­nente afirmación de su fuerza popular. Los so­cialistas no han podido, a su turno, sustraerse al influjo de esta atmósfera de moderación y compromiso. El retorno a la coa-lición de Weimar no les ha parecido inoportuno y aventurado sólo a los cen-tristas, sino también a los pro­pios directores de la social-democracia. Por esto la participación de Stresseman y el Volkspar­tei en el gobierno, reclamada también seguramente por Hindenburg, ha exigido una gestión empeñosa, en la cual los jefes socialistas se han sentido impulsados a una estrategia muy cauta. Stresseman, ha discutido con ellos en una posi­ción ventajosa. Algunos votos menos en el parlamento, no han restado a su partido absolutamente nada de su significación de órgano político de la gran industria y la alta finanza. La social-democracia sabe perfectamente que al parlamentar con los populistas, trata con el estado mayor de la burguesía alemana.

 

Y, desde este punto de vista, el proceso de estabilización democrática de Ale-mania nos descubre, en sus raíces, un aspecto de la crisis del parlamentaris-mo o sea de la democracia. La po­tencia de un partido, como lo demuestra este caso, no depende estrictamente de su fuerza elec­toral y parlamentaria. El su-fragio universal pue­de disminuir sus votos en la cámara, sin tocar su influen-cia política. Un partido de industriales y banqueros, no es lo mismo que un partido de heterogéneo proselitismo. Al partido socialista, que es un partido de clase, sus ciento cin­cuenta y tantos votos parlamentarios, si le bastan para asumir la organización del gabinete, no lo autorizan a excluir de éste a la banca y la industria, a menos que opte por un camino re­volucionario que no es el suyo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La gran coalición no deja fuera de la mayoría parlamentaria, sino de un lado a los naciona­listas fascistas y, de otro lado, a los comunistas. A la extrema de-recha y a la extrema izquierda. Los comunistas, —que a consecuencia del fra-caso de la agitación revolucionaria de 1923 han atravesado un período de crisis interna—, han realizado en las últimas elecciones una extraor­dinaria movilización de sus efectivos. Grandes masas de simpatizantes, han vuelto a favorecer con sus votos al partido revolucionario. La pri­mera consecuencia de la victoria de la clase obrera en la política ha sido, por esto, la amnistía para todos los perseguidos y procesados políti­co-sociales. Esta amnistía fue uno de los votos del pueblo. El gobierno no podía dejar de san­cionarlo.

 

Los socialistas tienen cuatro ministros en el gabinete: Müller, canciller; Hil-ferding, Finanzas; Severing, Interior; y Wisel, Trabajo. Pero esta cuantiosa participación en el poder, no es la que corresponde a la fuerza electoral del proletariado. Stresseman y sus amigos pesan en el gobier­no de la gran coa-lición, tanto como los ministros de la socialdemocracia. El equilibrio de este go­bierno, por lo tanto, resulta artificial y contin­gente en grado sumo. Ya se habla de la proba­bilidad de apuntalarlo en el atoño próximo, con un remiendo. Y esto es lógico. La gran coalición es un frente demasiado extenso para no ser provisional e interino.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA CAMPAÑA ELECTORAL EN LOS ESTADOS UNIDOS*

 

 

En el actual instante de la historia mundial, la elección de presidente de la república norteamericana es un acontecimiento de un interés internacional como nunca lo ha sido, ni aún cuando, —pendiente de este pacto la entrada de Estados Unidos en la Sociedad de las Naciones—, tocó al electorado yanqui elegir al sucesor de Mr. Wilson. Era entonces demasiado evidente el descenso de Wilson para que se abrigase excesivas esperanzas respecto a la suerte del Partido De­mócrata en los escrutinios. La elección de 1924 halló a los Estados Unidos en un grado más de su crecimiento como imperio y potencia mun­dial. Pero en esta elección las fuerzas electoras se dividieron no en dos, sino en tres grandes co­rrientes, con ostensible beneficio para el partido de la gran burgue-sía. El Partido Demócrata con­currió a la elección con una candidatura de dé­bil ascendiente personal. Y la aparición de un tercer partido, con el senador La Follette a la ca­beza, no podía ir más allá de una imponente mo­vilización de fuerzas.

 

Esta vez, el electorado se concentra de nue­vo en dos grandes corrientes. La política elec­toral norteamericana recobra su antiguo ritmo bipartito. La can-didatura demócrata dispone de considerable y excepcional influjo popular; y su programa se diferencia del programa republica­no con más vivacidad que en anteriores oportu­nidades. Otros factores singulares, además de la

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 29 de Setiembre de 1928.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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personalidad del candidato, juegan esta vez en la elección: la religión de Al Smith, cuya victo­ria significaría la ascensión de un católico por primera vez a la presidencia de los Estados Uni­dos; y su posición anti-prohibicionista que agita un ardoroso contraste de opiniones y aún de in­tereses. La actitud de los republicanos frente a los desiderata de los agricultores, a pesar de los es-fuerzos del partido de Herbert Hoover por atenuar los efectos de su política económica en el electorado rural, aparece como otro agente de orientación eleccionaria que complica la situa­ción.

 

La candidatura del Partido Republicano es caracteristica del actual sentido de su misión. La designación de Herbert Hoover es debida, en gran parte, a su condición específica de hombre de negocios. La burguesía yanqui colocó siem­pre en la presidencia de la república a un estadista o un magistrado, a una figura que no sig­nificase una ruptura de la más encumbrada tra­dición de Washington y Lincoln. A un tipo de capitalista puro, se prefirió siempre un tipo burocrático o intermediario. Para esta elección, el partido republicano ha buscado un jefe en el mundo de los negocios. En un artículo del "Ma­gazin of Wall Street" enjuiciando las cualidades de los principales candidatos como hombres de negocios, se consigna la siguiente apreciación so­bre Hoover, oportunamente remarcada por Bu­kharin en un discurso en la III Internacional: "No es exagerado decir que él (Hoover) se considera y es realmente dirigente del mundo de negocios americanos. No hubo nunca en ningu­na parte una institución tan estrechamente li­gada al mundo de los negocios como el depar­tamento de Hoover... El respeta al gran capi­tal y admira a los grandes capi-talistas. Tiene la opinión de que una sola persona que hace una gran cosa es mejor que una docena de sabios so‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ñadores que hablan de lo que no han intentado nunca hacer y que nunca sa-brán hacer. Es incontestable que Hoover presidente, no se seme­jará a ninguno de sus predecesores. Será un bu­siness-president dinámico, en tanto que Coo-lid­ge era un business-president estático. Será el pri­mer business-president en oposición a los presi­dentes políticos que hemos tenido hasta ahora".

 

Smith representa la tradición demócrata. Es el tipo de estadista, formado en la práctica de la administración, más magistrado que caudillo. Poco propenso a la filosofía política, se mantie­ne casi a igual distancia de Bryan que de Wil-son. Su carácter, su figura, hablan al electorado de­mócrata mejor que su ideo-logía. En su nomina­ción, el Partido Demócrata se ha mostrado más conserva-dor que el Republicano, desde el punto de vista de la fidelidad a la tradición política norteamericana. Smith corresponde al tipo de presidente, configurado según el principio yan­qui de que cualquier ciudadano puede elevarse a la presidencia de la república, mucho más que Hoover. La elección de Hoover, del gran hombre de negocios, con cierta prescindencia de invete­rados mira-mientos democráticos -y demagógi­cos- sería, bajo este aspecto, un acto más atre­vido que la elección de Al Smith, antiprohibi­cionista y católico.

 

¿Cuál de estos dos candidatos conviene más a los intereses del imperio nor-teamericano? He aquí la cuestión que el instinto histórico de su media y pequeña burguesía tiene que resolver, pronunciándose en su mayoría por Al Smith o por Herbert Hoover.

 

El resultado de los escrutinios no depende automáticamente de las estrictas fuerzas elec­torales de cada partido. Un cálculo, basado rígidamente en los porcentajes de las últimas vo­taciones, resulta, como es natural, desfavorable

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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para los demócratas. En la elección, pueden influir en mayor o menor grado los factores espe­ciales ya anotados, la personalidad del candida­to demócrata, popularísima en el Estado de New York, el sentimiento público sobre la de-batida cuestión del prohibicionismo, la influencia de los intereses agrícolas, la repercusión del programa de Al Smith en las masas populares. etc. Según un sistema de cálculo electoral, que Bru­ce Bliven llama una diversión inocente, los ele­mentos que en esta oportunidad decidirán el vo­to de un elector son los siguientes: hábito (lealtad. partidista), "prohibicionismo", religión, personali-dad del candidato. A estos factores se les asigna sobre una escala de 100, los siguientes puntos respectivamente: 60. 50, 55, 25. Según su prevalecimiento particular en cada estado, se predice el probable orientamiento de los estados cuyo resultado es dudoso. Pero más seguro es atenerse al estudio concreto de cada electorado Y a este trabajo andan entregados en Estados Unidos los expertos.

 

La chance de Smith se basa en sus proba­bilidades de una gran victoria en los estados del Sur. Estos Estados pueden dar 114 votos elec­torales. A estos votos se agregarán los de los Es­tados demócratas de Kentucky, Tennessee y Okla-homa. La decisión del resultado global la darán los escrutinios de Massa-chusetts, Connec­ticut, Rhode Island, New York, New Jersey, Maryland, Illinois, Missouri, Wisconsin y Montana. Después de un atento examen de los coeficientes electorales de estos Estados, Bruce Bliven opina que Smith puede vencer en Rhode Island, New York, Maryland, Missouri, Wisconsin y Mon-tana, mientras Hoover cuenta con mayores elementos de triunfo en los otros Estados mencionados. Del éxito con que maniobren los demócratas pa­ra atraerse los millones de votos que le favore­cieron al senador La Follette, de-penderá en gran parte la suerte de su candidato.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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AL SMITH Y LA BATALLA DEMOCRATA*

 

 

El partido demócrata norteamericano combate su actual batalla electoral con la energía de sus mejores tiempos. Como ya he tenido opor­tunidad de recor-darlo, su movilización de votantes en 1924 careció de los estímulos y elemen­tos que ahora la favorecen. La presencia del se­nador La Follette en el campo eleccionario, por una parte, y la descolorida personalidad de Mr. Davis, por otra, impedían al partido demócrata, en esa ocasión, imprimir a su campaña frente al partido republicano, el carácter vigorosamen­te polémico y antagó-nico, que ahora le granjea un extenso y activo proselitismo en la opinión liberal, en ese tercer partido latente, potencial, que mientras no ocupe este puesto el socialismo, esperan algunos ver surgir de la conjunción de los ele-mentos no asimilados por los demócratas. Esta vez, ante la campaña de Al Smith, se ha­bla en este sector liberal, "avancista", de una rehabilitación del Partido Demócrata. La candi­datura y la personalidad del Gobernador de Nueva York han tenido la virtud de operar el milagro.

 

Este hecho prueba, ante todo, lo absurdo de la hipótesis de que en los Estados Unidos pue­da desarrollarse un tercer gran partido que no sea aún, por espe-cíficas razones americanas, so­cialista, revolucionario. Para el diálogo, para la oposición, dentro de la ideología demo-liberal, bastan dos partidos, el repu-blicano y el demó­crata. El tercer partido, como partido "progre­sista", "avan-cista", sobra absolutamente. Sólo

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 28 de Octubre de 1928.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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aleatorias y contingentes corrientes electorales, originadas por un gesto o un tipo de secesión, pueden encender, de tarde en tarde, esta ilusión. Apenas el Partido Demócrata desciende a la arena, con un líder fuerte y un lenguaje beligeran­te, recupera su poder de polarización y absor­ción de todas las ten-dencias genéricamente radicales o democráticas. El tercer gran partido se incuba, no en dispersos núcleos o capillas "independientes", sino en una clase, el proletariado, enfeudada aún en su mayoría al oportunismo y al empirismo de la Federación Americana del Trabajo.

 

Por ahora, la única función que las circuns­tancias históricas encargan a los imponderables elementos sueltos del tercer partido latente, es la de reinte-grarse a la vieja corriente demócrata, tan luego como acierta a atraer a su cauce los arroyos colaterales, aptos para conservar su independencia sólo en las épocas de floja y man­sa avenida. La adhesión de estos elementos sirve al veterano Partido Demócrata para recobrar el tono guerrero de los años en que W. I. Bryan, lejano aún de sus días de ancianidad ortodoxa y "trascenden-talista", tronaba contra tos trusts im­perialistas.

 

Y no hay que sorprenderse de que iconoclas­tas habituales como el famoso H. L. Mencken, sostengan con entusiasmo y esperanza la candi­datura de Al Smith, reconociéndolo un liberal de verdad que "ha mantenido como Gober-nador del Estado de Nueva York, la libertad de palabra, las asambleas libres y todos los demás de­rechos y garantías del Bill de Derechos". El sen­tido prác-tico, muy anglo-sajón, de estos adver­sarios de la plutocracia republicana, representada por Hoover, apreció ante todo las posibilida­des concretas de triunfo con que cuenta la can­didatura de Al Smith, que en el caso de derrota constituiría al menos una imponente afirmación demócrata.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Todos los propugnadores de la candidatura de Al Smith se preocupan, funda-mentalmente, de comunicar a sus lectores, su convicción de que, con una in-tensa y extrema movilización electoral, la chance del gobernador demócrata es muy grande. El análisis de la situación elec­toral de cada Estado, y en espe-cial de los que, republicanos ordinariamente, pueden dar esta vez su voto al candidato demócrata, se convier­te en la especulación favorita de escritores que ofrecen a Smith una adhesión estrictamente doc­trinal, política.

 

Las bases electorales de los demócratas se encuentran, como es notorio, en los Estados del Sur. Toda confianza en la victoria de Smith reposa en la con-vicción de que el Partido Demó­crata está seguro del Solid South. He enume­rado ya los Estados de cuyo voto depende el resultado final de la lucha. Las razones por las que se atribuye a Smith probabilidades de ga­nar en estos Esta-dos, son muy variadas e ilus­trativas. En Rhode Island, por ejemplo, donde Mr. Davis obtuvo en 1924 el 36 por ciento de los votos, Al Smith dispone de un electorado mucho más numeroso, por ser católica casi la mitad de los votan-tes. En Nueva York, estado de ma­yoría republicana, el factor favorable es el as­cendiente personal de Smith que debe a su po­pularidad tres victorias sobre los republicanos. El porcentaje de votos católicos, que es sólo de 27 a 28, juega en Nueva York un rol secundario. En Wisconsin, donde los demó-cratas únicamen­te obtuvieron el ocho por ciento de los sufragios en 1924, se asigna a Smith posibilidades de triun­fo por la opinión anti-prohibicionista que en este Estado prevalece.

 

En el Sur, ciudadela de los demócratas, los republicanos explotarán contra Smith la intran­sigencia protestante; pero contra Hoover, y por ende a favor de Smith, opera en esos Estados

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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un sentimiento reaccionario: la aversión a los negros. Hoover, según lo cons-tata, precisamen­te, Mencken, ha herido este sentimiento, por no haber man-tenido, como Secretario de Comercio, en las Oficina del Censo, la distinción racial. "En el Sur —dice Mencken— temen y odian a los negros más que al mismo Papa".

 

Si Smith sale electo, no deberá su victoria a lo que de liberal hay en su pro-grama y de avan­zado o reformista en su proselitismo, ni aún a sus cualidades de estadista y líder democrático, sino a la complicada interacción de factores tan diversos como el sentimiento de religión o de raza o la opinión respecto a la ley anti-alcohólica.

 

La política internacional que Smith, confor­me a su programa, se propone desenvolver, es de reconciliación con la América Latina. En los propios re-publicanos no son pocos los que co­mo el senador Borah consideran excesiva y cen­surable la política actuada por Coolidge, carac­terizada por medidas como la intervención en Nicaragua, que tan categóricamente desmiente el presunto pacifismo del pacto Kellogg. Lo más probable, en general, es que al imperialismo yan­qui le convenga actualmente una atenuación sa­gaz de sus métodos en los países latinoamerica­nos. Y, de otro lado, el crédito que puede conce­derse a la capacidad de una administración de­mócrata para no usar sino buenas maneras con estos países, aparece forzosamente muy limitado. El gobierno de los Estados Unidos, como lo probó el de Wilson, tiene que rea-lizar la política internacional que le imponen las necesidades de su economía capitalista. Y, en todo caso, la vic­toria de Smith, como ya hemos visto, no significaría precisamente la victoria de su programa. Y, menos, que de nin-guna, la de esta parte —las relaciones con la América Latina— que ocupa un lugar tan secundario en la atención del pue­blo norteamericano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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HERBERT HOOVER Y LA CAMPAÑA REPUBLICANA*

 

 

Mr. Herbert Hoover, candidato del Partido Republicano a la presidencia de los Estados Uni­dos, dirige su campaña electoral con la misma fría y severa estra-tegia con que dirigía una cam­paña económica desde el Ministerio de Comer­cio o, mejor aún, desde su bufete de business man. Es, según parece, el mejor candidato que el Partido Republicano podía enfrentar a Al Smith, quien como ya hemos visto es, a su vez, el mejor candidato que el Partido Demócrata podía escoger entre sus directores. Ningún otro

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 3 de Noviembre de 1928.

 

Producida la elección de Herbert Hoover, éste efectuó una visita a América Latina. Así comentó la revista Amauta (Nº 19, noviembre-diciembre de 1928), en la sección "Notas" de "Panorama Móvil" la gira de Hoover y su paso por Lima:

 

"LA VISITA DEL SEÑOR HOOVER"

 

"¿Qué clase de mensaje ha traído a la América Latina el señor Herbert Hoover, presidente electo de los Estados Unidos? El señor Hoover es, ante todo, un hombre de ne­gocios y ha dicho pocas y sobrias palabras. En Lima, ha ha­blado de la excelencia de la aviación comer-cial como medio de acercar a los pueblos de América. Su viaje, según propia definición, es un viaje de buena voluntad. El ingeniero y el puritano, el capitalista y el explorador, apare-cen siempre en sus gestos y en su lenguaje.

 

"El señor Hoover ha trabajado en minas de Australia y la China, en finanzas de Europa, en la industria y la ad­ministración de Estados Unidos. Le faltaba este viaje a la América latina para redondear su experiencia personal del mundo. Antes de ocupar la presidencia de Estados Unidos, ha querido concluir su aprendizaje Imperialista.

 

"Porque el señor Hoover, en la presidencia de los Estados Unidos, representa al mismo tiempo que el capitalismo puro, una concepción plenamente Imperialista de la política yanqui. El capitalismo, con esta elección, prescinde de in-

 

 

 

 

 

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candidato permitiría a los demócratas movilizar a sus votantes con las mismas probabilidades de victoria. Con cualquier otro opositor, el candidato republi-cano estaría absolutamente seguro de su elección. Los dos grandes partidos con­frontan a sus mejores hombres, como se dice, un poco deportivamente, en lenguaje anglo-ame­ricano.

 

Ya he tenido oportunidad de observar cómo eligiendo a Smith, la democracia norteamerica­na se mantendría más dentro de su tradición, —y por ende se mostraría, en cierto sentido, más conservadora—, que si prefiriese a Hoover, por corresponder Smith al tipo especifico de admi­nistrador, de gobernante, de estadista, que la república de Washington, Lincoln y Jefferson ha estimado invariablemente como su tipo presiden­cial, aún dentro de la más rigurosa política imperialista y plutocrática.

 

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termediarios, en la más típica de sus democracias: no busca ya su jefe de gobierno entre tipos de magistrados, estadistas o profesores, sino directamente entre tipos de industriales y financistas de versación mundial, con servicios en los 5 Continentes. Llegamos a la etapa en que el hombre de Estado se identifica absolutamente con el hombre de negocios.

 

"El mensaje del señor Hoover no es, por ende, el de sus millones de electores. —que al elegirlo han votado unos por el protestantismo, otros por el prohibicionismo, otros por el mas cuáquero y norteamericano de los candidatos—, ni es siquiera el mensaje del Partido Republicano, que fue el del gran leñador Lincoln y hoy se contenta con ser el de la pluto-cracia de Wall Strett; es el mensaje de la diplomacia del dólar, la misma cuando habla por boca del señor Coolidge que cuando habla por boca del señor Borah. Cues­tión de roles.

 

"La crónica, si es exacta, registrara que el señorr Hoover encontró en Lima, como es lógico, cortesía oficial, atencio­nes protocolarias; pero que el pueblo, en todas sus capas, presenció su llegada con la más absoluta y compacta indi­ferencia. No tenía por qué mostrar otro gesto. Con prisa norteamericana, con velocidad de recordman, el señor Hoover quiere llevarse una impresión cinematográfica de la América Latina. Esta impresión debe ser lo mas superficial y física que resulte posible". (N. de los E.)

 

 

 

 

 

 

 

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Hoover procede directamente del estado ma­yor de la industria y la finanza. Es, personal e inmediatamente, un capitalista, un hombre de negocios. Tiene la formación espiritual más in­tegral y característica de líder industrial y finan-ciero del imperio yanqui. No viene de una facultad de humanidades o de dere-cho. Es un ingeniero, modelado desde su juventud por la disciplina tecnológi-ca del industrialismo. Hizo, apenas salido de la Universidad, su aprendizaje de colonizador en minas de Australia y de la China. En su madurez, como Direc-tor de Auxi­lios, amplió y completó en Europa su experiencia de los intereses imperiales de los Estados Unidos.

 

Este último es, al mismo tiempo, el cargo del cual arranca su carrera política. Porque, sin haber pasado por el servicio público y haberse acreditado compe-tente en él, es evidente que nin­gún business man norteamericano, aún en una época de extrema afirmación capitalista, estaría en grado de obtener el voto de sus correligiona­rios para la presidencia de la República.

 

Por profesar con entusiasmo y énfasis ilimi­tados el más norteamericano indi-vidualismo, Hoover pertenece, sin duda, a la estirpe del pio­neer, del coloniza-dor, del capitalista, mucho más que Smith. Su protestantismo hace también de Hoover un hombre de más cabal filiación capi­talista. Hoover reivindica, con intransigencia, la doctrina del Estado liberal, contra las proclivi­dades inter-vencionistas y humanitarias del de­mócrata Smith. Pero esto, en los tiempos que corren, no importa propiamente fidelidad a la economía liberal clásica. El individualismo de Hoover no es el de la economía de la libre con­currencia, sino el de la economía del monopolis­mo, de la cartelización. Contra las em-presas, negocios y restricciones estatales Hoover defien­de a las grandes em-presas particulares. Por su boca, no habla el capitalismo liberal del perío-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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do de libre concurrencia, sino el capitalismo de los trusts y monopolios.

 

Hoover es uno de los líderes de la "raciona­lización de la producción". Como una de sus mayores benemerencias, se recuerda su acción, en el Ministerio de Comercio, para conseguir la máxima economía en la producción industrial, mediante la disminución de los tipos de manu­facturas y productos. El más cabal éxito de Hoover, como secretario de Comercio, consiste en haber lo-grado reducir de 66 a 4 las varieda­des de adoquines, de 88 a 9 las de grados de asfalto, de 1,351 a 496 las de limas y escofinas, de 78 a 12 las de frazadas, etc. Paradójico destino el del gobernante individualista, en esta edad del ca-pitalismo: trabajar, con todas sus fuerzas, por la estandarización, esto es por un método indus­trial que reduce al mínimo los tipos de artículos y manufac-turas, imponiendo al público y a la vida el mayor ahorro de individualismo.

 

Quizá igualmente paradójico sea el destino del capitalista e imperialista ab-soluto en el orden político. Contribuyendo a que el proceso ca­pitalista se cumpla rigurosamente, sin preocupa­ciones humanitarias y democráticas, sin conce­siones oportunistas a la opinión y a la ideología medias, un gobernante del tipo de Hoover, apre­surará probablemente mejor que un gobernante del tipo de Smith, el avance de la revolución y, por tanto, la evolución económica y política de la humanidad. La experiencia democrática de­magógica de la Europa occidental, parece confirmar plenamente la concepción soreliana de la guerra de clases en la economía y la política. El capitalismo necesita ser, vi-gorosa y enérgicamente, capitalista. En la medida en que se inspira en sus propios fines, y en que obedece sus propios principios sirve al progreso huma-no, mucho más que en la medida en que los olvida,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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debilitada su voluntad de potencia, disminuido su impulso creador.

 

Hilferding, el ministro de la social-democra­cia alemana, —más estimable sin duda como teórico del Finanzkapital— decía no hace mucho que, puesto que el capitalismo seguía ade­lante, no era posible dudar de que se avanzaba hacia la revolución, porque nada es más revolu­cionario que el capitalismo. El juicio de Hilfer­ding, como conviene a la posición de un reformista algo escéptico, acusa un determinismo demasiado mecanista, incompatible con un verda­dero espíritu socialista y revolucionario. Pero, es útil y oportuna su cita en este caso, como elemento de investigación del sino de la candida­tura Hoover. Los que en la política norteameri­cana operan en una dirección revolucionaria, pueden admitir íntimamente que la victoria de Hoover, dentro de un orden de circunstancias que es el más probable en un período de tem­poral estabiliza-ción capitalista, convendría a la transformación final del régimen económico y social del mundo, más que la victoria del demó­crata Smith. Pero no les es dado o lícito pensar esto, sino a condición de oponerse con toda su energía, a esa misma victoria de Hoover, aún a trueque de ir al encuentro de la victoria de Smith. Porque la historia quiere que cada cual cumpla, con máxima acción, su propio rol. Y que no haya triunfo sino para los que son capaces de ganarlo con sus propias fuerzas, en inexo­rable combate.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA CRISIS MINISTERIAL FRANCESA*

 

 

Los radicales socialistas franceses no han po­dido conciliar su posibilismo y su programa hasta el punto de renegar toda la tradición laicista de su partido —y con ella toda la política de Waldeck-Rousseau y Combes— acompañando a Poincaré en el restablecimiento de las congrega­ciones religiosas. Un vivo cla-mor se alzó en los rangos radicales socialistas contra esta medida del gobierno de Poincaré aconsejada por razo­nes de prestigio y expansión internacionales, a las cuales se habrían rendido seguramente los propios ministros radicales socialistas Herriot, Sarraut, etc., sin la agitación culminada con el voto del partido adverso a este capítulo de la política poincarista.

 

Poincaré ha reorganizado el gabinete con una numerosa participación de los republicano-so­cialistas— Briand, Painlevé, Hennessy, etc.—; pero la pre-sencia de este grupo no confiere ab­solutamente a su gobierno el carácter con el cual apareció, en el período agudo de la crisis del franco, y con el cual se confirmó en la campaña eleccionaria. Los radicales-socialistas, aunque sus jefes no sean en verdad muy proclives a una duradera beligerancia, —Herriot tiene una per­fecta psicología de pacifista burgués y Sarraut es, ante todo, or-gánicamente, un prefecto—, han pasado a la oposición, después de tres años de renuncia a actuar su propia política. La gran coalición burguesa, presidida por Poincaré pa­ra hacer frente a la crisis del franco, ha terminado.

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 11 de Noviembre de 1928.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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No tiene mucha importancia el hecho de que uno de los grupos que cons-tituyeron el 11 de Mayo de 1924 el bloque de izquierdas, —los republicanos socialistas— permanezca al lado de Poincaré, que le ha acordado una repre-sentación excesiva en el poder: cinco portafolios. Los republicanos socialistas componen un grupo par­lamentario —más propiamente que un partido— nu-méricamente débil, cuya fuerza reside en la habilidad estratégica de Briand y otros de sus diputados para maniobrar en el Parlamento. Briand y los repu-blicanos socialistas, lo mismo que Loucheur y sus "radicales de izquierda" acompañaron al bloque nacional hasta la víspe­ra de su derrota del 11 de Mayo. Loucheur, mag­nate de la industria, tiene intereses económicos incom-patibles con la oposición.

 

Pero Briand y Loucheur en el ministerio son el signo de que Poincaré es aún la carta más fuerte. Las últimas elecciones han servido a Poincaré para que-brantar y disminuir la posi­ción de los radicales socialistas. Bajo el estandarte ministerial, los radicales socialistas no pudieron esta vez presentarse al país con un programa de izquierda. Tuvieron que contentarse con un desteñido rol subsidiario. Poincaré les escamoteó diestramente la estrecha mayoría que le quitaron en 1924.

 

Para rehacer el bloque de izquierda, hace fal­ta tiempo. Los radicales socia-listas reanudarán necesariamente su inteligencia con los socialis­tas; pero reconstituirán el bloque con una auto­ridad disminuida por el fracaso de su política de coalición. Si en 1924 se acusaba a Herriot de obedecer a las suges-tiones de León Blum, ahora en el poder de los socialistas, dentro de nuevo bloque de izquierdas, se mostrará lógicamente acrecentado. La oposición acechará la primera fisura en el gabinete, para traer abajo a Poincaré. La cuestión de la participación en el poder

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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volverá a plantearse entonces a los socialistas. La última crisis, la ha puesto de nuevo en debate. Un período de graves deliberaciones co­mienza para el par-tido socialista que, siendo de hecho un partido de gobierno, no se resuelve todavía a aceptar los riesgos y los honores de la participación directa en el poder.

 

Quienes pueden regocijarse del sentido de la crisis son los elementos clerica-les. El gobierno de la Tercera República, después de varios lus­tros de política anticlerical, reconoce necesarias a la expansión de Francia en el extranjero las congregaciones religiosas. Lo que antes se canceló, en nombre de la laicidad, ahora es resta­blecido en nombre de conveniencias nacionales. Se descubre que las congregaciones, intolera­bles como agentes de la Iglesia en el interior, son buenos instrumentos de la política internacional del Estado. El partido radical-socialista no ha podido suscribir esta política. Mas en esto hay que ver, sobre todo, una consecuencia de su rol gubernamental secundario. Es probable que, con la jefatura y las responsabilidades del gobierno en sus manos, le hubiera sido menos inconcebi­ble rectificarse. Herriot y Sarraut habrían en­contrado entonces argumentos persuasivos para aplacar la excitada asamblea de sus correligio­narios. En una condición de inferioridad y obe­diencia, la abdicación se agravaba extremamente.

 

Tardieu, en el Ministerio del Interior, en reemplazo de Sarraut, imprime un fuerte color derechista al programa interno del nuevo go­bierno. León Blum ha dicho que Tardieu es un hombre de izquierda por su temperamento; pero que las circunstancias lo han llamado a ju­gar la función de hombre de derecha. El inte­rés de apelar al instinto de conservación y de­fensa de las clases conserva-doras para mantener en el poder a Poincaré y su coalición, obligará a Tardieu, en este caso, a acentuar su tendencia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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reaccionaria. Sarraut, como Ministro del Inte­rior, resultó un típico prefecto de policía. Tar­dieu, conservador de gran estilo, tratará de ha­cer sentir más su fuerza personal. Es, entre los nuevos ministros, el que más evidentemente se entrena para suceder a Poincaré en el puesto de condottiero de las fueras conservadoras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL PROBLEMA DE YUGOESLAVIA

LOS CROATAS CONTRA BELGRADO*

 

 

La historia de Belgrado, la capital del reino servio ayer, del reino servio-croata-esloveno desde la victoria aliada, parece marcada por un sig­no trágico. Los capítulos de su política se cierran con uno o varios asesinatos, como los más trucu­lentos dramas de otro tiempo. El reinado de Pedro Karageorgevich arrancó de la más balká­nica de las tragedias reales. (El asesinato de Sarajevo. que prendió fuego a Europa en 1914 es un episodio de la historia de Belgra-do). Hoy, el asesinato de los jefes de la oposición croata, en plena sesión del parlamento de Belgrado, el 20 de junio último, es la señal de una lucha a muerte que no concluirá probablemente sino con el derrocamiento de una dinastía. Según afirma Vladimiro Raditch, hijo del célebre Esteban Raditch, muerto en agosto último a consecuencia de las heridas que recibiera en esa sesión san­grienta, ese asesinato "ha enterrado definitivamente, y para siempre, la estructura actual del Estado. Este régimen no existe más para el pue­blo croata".

 

Se recuerda la insólita tragedia. Dos diputados de la oposición croata Pavlé Raditch y Gjou­re Bassaritchev fueron muertos ese día en el Parlamento. Las balas de los diputados ministeriales hirieron mortalmente al viejo Raditch, jefe del partido campesino croata, a quien en la lu­cha contra el centralismo servio seguían masas fanáticas. Los Diputados croatas y servios que

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 15 de Diciembre de 1928.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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pertenecen a la coalición agrario-demócrata se retiraron del parlamento nacional. Y, reunidos en Zagreb, en la dieta crota, declararon el desconoci-miento de esta asamblea y de todo el ré­gimen constitucional. Desde ese instante, las fuerzas políticas que componen la coalición, se encuentran en abierta rebelión contra el Estado y la carta constitucional en que éste reposa.

 

Con esta declaración, la oposición croata no hace más que volver a su primitiva actitud. La constitución del reino servio-croata-esloveno careció desde su origen del consenso croata. Croa­tas y eslovenos que, dentro de Austro-Hungría, habían conservado ciertos derechos administra­tivos y se habían elevado a un nivel de educación política superior al de los servios, fieles aún al estilo balkánico, propugnaban un régimen fede­rativo que ase-gurase a cada una de las partes del nuevo Estado una relativa autonomía ad-ministrativa. Pero la clase gobernante servia, que se sentía absolutamente apoyada por las poten­cias vencedoras, no estaba dispuesta a renunciar a su predominio. Y aprovechó de esta ventaja para imponer al país una consti-tución de su gusto. Los grupos croatas y eslovenos hicieron, desde entonces, de la revisión de esta Carta la más esencial de sus reivindicaciones. Y el par­tido campesino acaudillado por Raditch se des­tacó en esta agitación por el numeroso prose­litismo con que contaba en las masas su progra­ma agrario.

 

Hubo un tiempo en que, puesto casi fuera de la ley, este partido daba la im-presión de en­trar en una vía insurreccional. Esteban Raditch adhirió a trabajos revolucionarios, con sede en Moscú, para crear una internacional campesi­na. La cooperación del partido agrario y del par­tido comunista parecía probable. Los comunistas habían obtenido, a poco de la organización de sus filas, dos-cientos mil votos sobre millón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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y medio de sufragios nacionales y 59 asientos en la cámara sobre un total de 419. No obstante la represión gubernamental, constituían una fuer­za enorme. Los campesinos de Raditch tenían para actuar enérgica y eficazmente contra el ré­gimen el doble estímulo de la cuestión agraria y de la cuestión consti-tucional. 

 

Pero de pronto se produjo un cambio de conversión en Raditch y sus adeptos. El número de puestos ganado por este partido en las elec­ciones de represen-tantes y la amenaza constante de una insurrección indujeron a Patchitch, el patriarca de la burguesía servia y jefe de la reacción, a atraer a Esteban Ra-ditch a una po­lítica colaboracionista. Los políticos ingleses, se­gún declara el propio Vladimiro Raditch, deci­dieron al líder croata a situarse en el terreno parlamentario y seguir una línea transaccional. Entre el compromiso, acon-sejado por Londres y la revolución, propuesta por Moscú, Esteban Raditch prefirió el compromiso. Hay que hacer a su resolución el honor de suponerla ajena a toda sugestión mezquina. Pero una vez más se comprobó en la historia el peligro de que la suerte de un partido de masas esté en manos de un cau-dillo de autoridad absoluta y tipo tauma­túrgico. Raditch se equivocó. Ha pa-gado su error con su vida; pero a su causa este error le ha costado todavía más.

 

Después de un fugaz período de participación en el gobierno y de asistencia al parlamento, la oposición campesina vuelve a la lucha ilegal. El asesinato de tres de sus representantes y su máximo caudillo, ha abierto entre ella y el par-lamento de Belgrado un abismo que el puente de ninguna transacción puede ya salvar. Vladi­mir Raditch anuncia la voluntad de las masas de luchar hasta el fin. Esta misma era su volun­tad cuando hace cuatro años Esteban Raditch

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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las condujo al compromiso y las obligó a la espera.

 

Para defender al régimen no vigila ya en Belgrado el viejo Patchitch. La corte de Belgrado ha perdido con este veterano servidor, a su más experto político. Se habla, de vez en vez, como de una solución para el problema de Macedo-nia, de la reunión en un solo Estado de Bulga­ria y Yugoeslavia como también se llama el reino servio-croata-esloveno. Pero esta idea no podría realizarse sino después de otra guerra y con otro Patchitch, más experto y redomado todavía, como gerente. Además, en el plano de las previsiones y proyectos para el porvenir, la ha desplazado ya una idea más grande: la de la Fe­deración de los Estados Balkánicos. Federación igual a desbalkanización, ha insinuado ya alguien.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I N D I C E

 

Nota Editorial                                                                           5

De esta Compilación                                                                 7

Prólogo por Alejandro Romualdo                                              9

1926

Política italiana                                                                          19

El Vaticano y el Quirinal                                                  24

La crisis alemana y el régimen parlamentario                     29

Política inglesa                                                                          34

Austria, caso pirandelliano                                                         38

Alemania en la Sociedad de las Naciones                                   43

Aristides Briand                                                                        47

La crisis de la Sociedad de las Naciones                                    52

Farinacci                                                                                  56

La nueva Rusia y los emigrados                                                 60
Las nuevas jornadas de la revolución china                                65

La huelga general en Inglaterra                                                   69

La protesta de la inteligencia en España                                      73

Pilsudski y la política polaca                                                     77

La escena portuguesa                                                                81

El ministerio Briand-Caillaux                                                      85

La agitación revolucionaria en España                                        89

La escena Suiza                                                                        93
El ministerio de concentración republicana de Poincaré              97

Después de la muerte de Dzerjinsky                                           101

La crisis griega                                                                          104

Luther                                                                                      107

Eugenio V. Debs                                                                       110

La tragedia de Italia                                                                   114
Una encuesta de Barbusse en los Balkanes                                 118

 

 

 

 

254

 

El nuevo estatuto del imperio británico                             122

Krassin                                                                                     126

La crisis de la monarquía en Rumania                                        130

La crisis alemana                                                                       133

1927

El movimiento socialista en el Japón                                          139

El nuevo gabinete alemán                                                           144

El problema de la China                                                            147

La excomunión de L'Action Française                                       151

El problema de Besarabia                                                          155

La toma de Shanghai                                                                 159

Italia y Yugoeslavia                                                                   163

El proceso a los conjurados de la noche de San Juan                 167

El debate político en Inglaterra                                                  170

H. C. Wells y el fascismo                                                          174

La decadencia de Inglaterra                                                       178

La ruptura anglo-rusa                                                                182

El problema del desarme                                                           186

Austria y la paz europea                                                            190

El parlamento de Primo de Rivera                                              194

Maximiliano Harden                                                                  198

Occidente y Oriente                                                                  201

Rusia en Ginebra                                                                      206

1928

Trotsky y 1a oposición comunista                                             213

Estación electoral en Francia                                                     218

Giovanni Giolitti                                                                        222

El gobierno de la gran coalición en Alemania                              227

La campaña electoral en los Estados Unidos                                        231

Al Smith y la batalla demócrata                                        235

Herbert Hoover y la campaña republicana                                  239

La crisis ministerial francesa                                                      244

El problema de Yugoeslavia. Los croatas contra Belgrado          248

 

Segunda edición, enero de 1977