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JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI

 

 

 

 

 

 

 

Figuras y Aspectos

De la

Vida Mundial

I

(1923-1925)

 

 

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“BIBLIOTECA AMAUTA”

LIMA-PERÚ

 

 

 

 

 

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HERR HUGO STINNES*

 

 

Herr Hugo Stinnes es actualmente la figura central de la política alemana. El ministerio de Stressemann tiene como bases sustantivas, co­mo bases prima-rias, a los populistas y a los so­cialistas. El partido populista (Volkspartei) es el partido de Stinnes. Stressemann, leader po­pulista, representa en el gobierno a Stinnes y a la alta industria. (Hilferding representa al pro­letariado social-democrático). El jefe del gobierno resulta, en una palabra, un apoderado, un intermediario del gran industrial rhenano. Alemania, por esto, sigue atenta-mente la carrera co­tidiana de la limousine de Hugo Stinnes.

 

¿Quien es este magnate que suena en la Alemania contemporánea más que la relativitaets­theorie? La potencia de Hugo Stinnes, como la desvalorización del marco, es un eco, un refle­jo de la guerra. Ambos fenómenos han tenido un proceso paralelo y sincrónico. A medida que el valor del marco ha disminui-do, el valor de Stinnes ha aumentado. A medida que el marco ha bajado, Stinnes ha subido. Hoy la cotización del marco alcanza una cifra astronómica como decía Rakovsky de la cotización del rublo. Y la figura de Hugo Stinnes domina la economía de Alemania sobre un mastodóntico pedestal de papel moneda.

 

Este Stinnes, hipertrofiado y tentacular, es un producto de la crisis europea. Antes de la guerra, Stinnes era un capitalista de proporcio‑

 

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 29 de Setiembre de 1923.

 

 

 

 

 

 

 

 

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nes normales, comunes. Era ya uno de los grandes productores de carbón de Alemania. Pero estaba distante todavía de la jerarquía plutocrá­tica de Rockefeller, de Morgan, de Vanderbilt. Alemania se transformó, con la gue-rra, en una inmensa usina siderúrgica. Stinnes alimentó con su hulla westpha-liana los hornos de la siderurgia tudesca. Fue uno de los generalísimos, uno de los dictadores, uno de los leaders de la gue­rra siderúrgica. Durante la guerra, sus dominios se ensancharon, se extendieron, se multiplicaron. Más tarde, las consecuencias económicas de la guerra favorecieron este crecimiento, esta hipertrofia de Stinnes y de otros industriales de su tipo. La crisis del cambio, como es sabido, ha empobrecido, en beneficio de los grandes in­dustriales, a innumerables capitalistas de tipo medio y tipo ínfimo. Los tenedores de deuda pú­blica, por ejemplo, han sufrido la disolución pro­gresiva de su capital. Los tenedores de propie­dad urbana, a su vez, han sufrido la evaporación de su renta. El Estado, en Alemania, ha llegado a las fronteras de la socialización de la propie­dad urbana: la tarifa fiscal ha aniquilado los alquileres. Una casa que, antes de la guerra, re­dituaba quinientos marcos oro mensuales a su propieta-rio, no le reditúa ahora sino una canti­dad flotante de billetes del Reichsbank equiva­lente a dos o tres marcos oro. Además, la indus­tria media y pequeña, desprovistas de crédito y materias primas, han ido enrareciendo y pereciendo. Su actividad y su campo han sido absorbidos por los trusts verticales y horizonta­les. Se ha operado, en suma, una vertiginosa con­centración capita-lista. Millares de antiguos ren­tistas han sido tragados por el torbellino de la baja del cambio. Y una modernísima categoría capitalista de nuevos ricos, de especuladores fe­lices de la Bolsa y de proveedores voraces del Estado, ha salido a flote. Sobre los escombros y las ruinas de la guerra y la paz, algunos gran‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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des industriales han construido gigantescas empresas, heteróclitos edificios capitalistas. En­tre estos industriales, Hugo Stinnes es el más osado, el más genial, el más técnico.

 

Stinnes ha creado un nuevo tipo de trust: el trust vertical. El tipo clásico de trust es el trust horizontal que enlaza a industrias de la misma familia. Crece, así, horizontalmente. El trust ver­tical asocia, escalonadamente, a todas las indus­trias destinadas a una misma producción. Cre­ce, por tanto, vertical-mente. Stinnes, verbigracia, ha reunido en un trust minas de carbón y hie­rro, altos hornos, usinas metalúrgicas y eléctri­cas. Y, una vez tejida esta compleja malla mi­nera y metalúrgica, ha penetrado en otras in­dustrias desorganizadas o anémicas: ha adqui­rido diarios, imprentas, hoteles, bosques, fábri­cas diversas. A través de sus capitales bancarios, Stinnes influencia todo el movimiento ecónómi­co alemán. A través de su prensa y sus edito­riales, influencia exten-sos sectores de la opinión pública. Sus periodistas y sus publicistas provo­can los estados de ánimo convenientes a sus intentos. Sus millares de dependien-tes, tributa­rios y colaboradores, su vasta claque electoral, son otros tantos gérmenes de difusión y de pro­paganda de sus ideas. Y su actividad comercial no se detiene en los confines nacionales. Stinnes ha incorporado en su feudo una parte de la in­dustria metalúrgica austríaca, ha comprado accio­nes de la industria metalúrgica italiana y ha diseminado sus agentes y sus raíces en toda la Europa central.

 

Estos hechos explican la posición singular de Stinnes en la política alemana. Stinnes es el leader de la plutocracia industrial de Alemania. En el nombre de esta plutocracia industrial, Stinnes negocia con los leaders del proletariado social-democrático. La clase media, la pequeña

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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burguesía, desmonetizadas y pauperizadas por la crisis, insurgen instinti-vamente contra estos pac­tos. Y se concentran en la derecha reaccionaria y nacionalista, cuyo núcleo central son los lati­fundistas, los terratenientes, los Junkers. Ca­pitalistas agrarios y rentistas medios, sienten desamparados sus intereses bajo un gobierno de coalición industrial-socialista. A expensas de ellos, populistas y socialistas coordinan dos puntos de su programa de go-bierno: requisición de las mo­nedas extranjeras necesarias para el saneamien­to del marco y fiscalización de los precios de la alimentación popular. Esta política contraría a latifundistas y rentistas. Aviva en ellos la nos­talgia de la monarquía. Y los empuja a la reac­ción.

 

Veamos el programa económico y político de Stinnes y de su Volkspartei. Stinnes piensa que el remedio de la crisis alemana está en el aumen­to de la producción industrial. Propugna una política que estimule y proteja este aumento. Y aconseja las siguientes medidas: supresión de la jornada de ocho horas, cesión al capital privado de los ferrocarriles y bosques del Estado, simplificación del mecanismo del Estado, exonerán­dolo de toda función de empresario, de indus­trial y de gerente de los servicios públicos. El punto de vista de Stinnes es típica y peculiarmente el punto de vista simplista de una indus­trial. Stinnes considera y resuelve la crisis alemana con un criterio característico de gerente de trust vertical. Para Stinnes, la salud y la po­tencia de sus consorcios y de sus carteles son la salud y la potencia de Alemania. Y, por eso, Stinnes no tiende sino a anexar a sus negocios la explotación de los ferrocarriles y los bosques demaniales, a intensificar el trabajo y sus rendi­mientos y a eliminar del mercado del trabajo la concurrencia del Estado empresario. El tra­bajo es hoy una mercadería, un valor que se

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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adquiere y se vende y que está, por ende, subor­dinado a la ley de oferta y demanda. El Estado, a fin de evitar la desocupación, emplea en las obras públicas a numerosos trabajadores. La industria alemana quiere que cese esta com­petencia del Estado y disminuya la demanda de trabajadores, para que los salarios no encarezcan. Stinnes desea convertir a Alemania en una gran fábrica colocada bajo su gerencia. Tiene plena fe en su capacidad, en su imaginación y en su pericia de gerente. Esta fe lo induce a creer que la fábrica andaría bien y haría buenos negocios. Stinnes está seguro de que conseguiría la solu­ción de todos los problemas administrativos y el financiamiento de todas las operaciones nece­sarias para el acrecentamiento de la produc­ción. Los expertos de economía le objetan res­petuosamente: Herr Stinnes, ¿a quiénes vendería, a dónde exportaría Alemania este exceso de producción? No se trata tan sólo de acumular enormes stocks. Se trata, principalmente, de encontrar mercados capaces de absorverlos. Y bien ¿Toleraría Francia, tolera-ría Inglaterra, so­bre todo, que Alemania inundase de mercade­rías el mundo? Herr Stinnes, cazurramente ri­sueño, calla. Pero, recónditamente, razona sin duda así: Está bien, Inglaterra y Francia no consentirán, naturalmente, un gran crecimiento industrial y comercial de Alemania. El tratado de Versailles, además, las provee de armas efi­caces para impedirlo. Pero existe una solu-ción. La solución reside, precisamente, en asociar a Francia o a Inglaterra, o a las dos conjuntamen­te, a la colosal empresa Stinnes. ¡Qué Francia o Inglaterra tengan participación en nuestros negocios! ¡Que Francia o Inglaterra sean nues­tro socio comanditario! Preferible sería, por supuesto, un entendimiento con Francia. 1º- Porque Francia tiene en sus manos los instrumentos de extorsión y de tortura de Alemania y en su áni­mo la tendencia a usarlos. 2º- Porque Ingla-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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terra, país hullero, metalúrgico y manufacturero, tendría que subordinar la actividad de la industria alemana a los intereses de su indus­tria nacional.

 

¿Aceptaría Francia esta cooperación franco-alemana? Entre industriales franceses y alema­nes hubo, antes de la ocupación del Ruhr, con­versaciones preliminares. El convenio Loucheur-Rathenau y el convenio Stinnes-Lubersac abrie­ron la vía del compromiso, de la entente. Pero, probablemente, una y otra parte encontra­ron recíprocamente excesivas sus pretensiones. Sobrevino la ocupación del Ruhr. Guerrera y dra­máticamente, los industriales alemanes opusie­ron a esta operación militar una actitud de re­sistencia y de desafío. Bajo su orden, las minas y las fábricas del Ruhr cesaron de producir. Tyssen y Krupp, en represalia, fueron juzgados por los tribunales marciales de Francia. Al mun­do le parecía asistir a un duelo a muerte. Pero los duelos a muerte eran cosa de la Edad Media. Poco a poco, los industriales alemanes se han fatigado de resistir. Los socialistas han pe­dido la suspensión de los subsidios al Ruhr, porque empobrecen la desangrada economía alemana. Finalmente Stresse-mann ha anunciado el abandono de la resistencia pasiva. Tras de Stres­semann anda Stinnes que planea, probablemen­te, un entendimiento con Francia. Esta política solivianta a la derecha reaccionaria y panger­manista que aprovecha de su número en Ba­viera, donde domina la burguesía agraria, para amenazar a Stressemann con una actitud sece­sionista. Y, al mismo tiempo, arrecian los asal­tos revolucionarios de los comunistas. El gobier­no es atacado, simultá-neamente, por el fascis­mo y el bolchevismo. La derecha trama un putsch; la izquierda organiza la revolución. Contra una y otra agresión. Stinnes y la social-democracia movilizan todos sus elementos de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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persuasión y de propaganda, su prensa, su ma­yoría parlamentaria. Un frente único periodísti­co, que comienza en la "Deutsche Allgemeine Zeitung", órgano de Stinnes, y termina en el "Vorwaerts", órgano oficial socialista, explica a Alemania la necesidad de la suspensión de la resistencia pasiva.

 

¿Durará esta entente entre los industriales y los socialistas? Provisoriamente, los socialis­tas transigen con los industriales, sobre la ba­se de una acción con-tra el hambre y la miseria. Pero, más tarde, Stinnes reclamará la abolición de la jornada de ocho horas y la entrega de los ferrocarriles a un trust privado. Los leaders de la social-democracia no podrán avenirse a es­tas medidas, sin riesgo de que las masas, descontentas y disgustadas, se pasen al comunis­mo. Stinnes tendría, entonces, que entenderse apresuradamente con la derecha. Pero, probablemente, tratará a toda costa de encontrar una nueva vía de com-promiso con la social-democracia. Y logrará, tal vez, conducir a Alemania a una política de cooperación con Francia. Estos grandes señores de la industria son, momentá­neamente, los orientadores de la política europea. Cailleaux los equipara a los burgraves de la Edad Media. Y agrega que Europa parece en vísperas de caer en un período de feudalis­mo anárquico.

 

Stinnes tiene abolengo y blasón de hullero, de burgués y de industrial. Su padre fue tam­bién un minero. Bruno, recio, sólido, Stinnes es un hombre forjado en hulla westphaliana. Posee, como un fragmento de carbón de piedra, una ingente cantidad potencial de energía. Es un gran creador, un gran cons-tructor de riqueza. Es un representante típico de la civilización ca­pitalista. Vive dentro de un mundo fantástico y extraño de telefonemas, de cotizacio-nes, de este-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nogramas y de cifras bursátiles. Ignora el ocio sensual y el ocio intelectual de los magnates de la Edad Antigua y de la Edad Media que se ro­deaban de artistas, de estatuas, de musas, de música, de literatura, de voluptuosidad y de fi­losofía. Stinnes se rodea de estenógrafos, de fi­nancistas y de ingenieros. Carece de toda acti­vidad teorética y de toda curiosidad metafísica. Adriano Tilgher observa, con suma exactitud, que los multimillonarios de este tipo, absorbi­dos por un trabajo febril, no conducen una vida grandemente diversa de la de uno de sus altos empleados. Y, definiendo la civilización ca­pitalista como "la civilización de la actividad absoluta" dice de ella que "ama la riqueza por la riqueza, independientemente de las satisfac­ciones que puede dar, de los placeres que permite procurarse". Stinnes se viste como cualquiera de sus ingenieros. Y, como cualquiera de sus ingenieros, no entiende las estatuas de Archi­penko, ni ama la música de Strauss, ni le im­portan las pinturas de Franz Mark, ni le preocu­pa Einstein ni le interesa Vaihingher.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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POINCARE Y LA POLÍTICA FRANCESA*

 

 

Europa continúa movilizada, conflagrada, be­ligerante. El régimen, las dis-ciplinas y la atmós­fera de la guerra pugnan por sobrevivir. Los ejércitos han sido desmovilizados; los espíritus, no. De la prolongación psicológica de la guerra brotan las dictaduras marciales de Mussolini, de Horthy, de Primo de Rivera. El estadista europeo Francesco Saverio Nitti nos describía, hace dos años, esta Europa senza pace. Su resonante libro nos demuestra que la paz no ha sido pactada todavía. El tratado de Versailles no es sino una reglamen-tación provisoria de la rendición de Alemania. Varias conferencias europeas -Spa, Génova, La Haya- han intentado ser una verdadera conferencia de paz. Pero nin­guna de ellas ha conseguido elaborar una paz válida, una paz defini-tiva. Subsiste, por esto, en Europa una situación guerrera.

 

La ocupación del Ruhr es un acto de guerra. Francia la titula una sanción. Pero todas las invasiones de la historia se han atribuido una intención puni-tiva. Un pueblo que ha vejado o extorsionado a otro pueblo, no ha confesado nunca la arbitrariedad ni la injusticia de su acto.

 

Esta política francesa significa una persis­tencia del estado de ánimo del período bélico. Mr. Raymond Poincaré ha sido uno de los artífi­ces, uno de los creadores de ese estado de áni­mo. Y cuatro años febriles de guerra lo han

 

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 6 de Octubre de 1923.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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desadaptado para las labores de la paz. Tal co­mo los instrumentos de guerra no pueden trans­formarse automáticamente en instrumentos de paz, los conductores de una guerra moderna no pueden transformarse tampoco en conductores de la paz. La guerra los inficiona, los satura de agresividad y de beligerancia. Y habitúa sus espíritus a una porfiada y tenaz actitud de com-bate. Este es el caso de Poincaré. Poincaré se ha sistematizado en la arenga y en la procla­ma. Su voz suena como un clarín. Su frase tiene un ritmo marcial. En su oratoria -entrenada hebdomadariamente en la inauguración de algún nuevo monumento a los caídos de la gue­rra- late la exultación de la victoria y la vo­luptuosidad de la represalia.

 

Y la situación espiritual del parlamento fran­cés corresponde a la situación espiritual de Poin­caré. Este parlamento fue elegido en 1919 en una época de excitación y de hiperestesia nacio­nalistas. Su elección constituyó un número so­lemne del programa de festejos de la victoria. Una apoteosis de la unión sacrée. Y, por tanto, la mayoría, cayó en poder de los grupos de derecha y de centro que componían el bloc na­cional. Algunos hombres del radicalismo, algunos hombres de izquierda, que se filtraron en este parlamento, tuvieron que esconder o atenuar su filiación y enmascararse de chauvinismo. El sector socialista de la cámara quedo reducido y aislado. La nueva cámara proclamó la infalibili­dad y la intangibilidad del tratado de Versailles. Más aún, algunos diputados incandescentemen­te extremistas lo declararon blando y tímido e insuficiente como instrumento de tortura de Alemania. Y, primero el gabinete de Leygues, des­pués el gabinete de Briand, vacilantes o tardíos en la aplica-ción severa y rígida del Tratado, fueron abatidos por los votos del bloc nacional, que encontró su leader en Poincaré. Poincaré,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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desde las crónicas políticas de "La Revue des Deux Mondes", denunciaba entonces la debili­dad y la abulia de la política de Briand. Poinca­ré era el "gran lorenés" y era el "presidente de la victoria". Poincaré resultaba el caudillo natu­ral del bloc. Inicialmente, la política de Poin­caré, pareció, sin embargo, demasiado contem­porizadora y suave a Andrés Tardieu, leader cle­mencista, y a otros diputados de la derecha. Pero, muy pronto, Poincaré, acalló todos los descontentos, adoptando ante Alemania una actitud implacable, polemizando briosamente con Ingla­terra y acometiendo la aventura del Ruhr. Tar­dieu y los suyos se han visto obligados a reco­nocer en los rumbos de Poincaré sus propios rumbos. Poincaré se ha asegurado, indefinidamente, la confianza unánime del bloc nacional y los sectores afines. El pequeño y pálido gru­po radical, dirigido por Herriot, es el único gru­po burgués ausente de su mayoría parlamentaria.

 

Pero esta cámara representa un estado de ánimo contingente y pretérito de la gran nación francesa. Representa el estado de la opinión en 1919. De entonces a hoy, los ardimientos nacio­nalistas se han atenuado mucho, malgrado la intensa y perseverante acción tóxica de una prensa chauvine. Todas las elecciones parciales, posteriores a 1919, han favorecido a las izquierdas. En julio último, en las elecciones de Seine-et Oise, las izquierdas infligieron una bu­lliciosa derrota al bloc nacional. Hubo cuatro juegos de candidatos: mi-nisterial, radical, socialista y comunista. La primera votación no dio mayoría suficiente a ningún bando. Los candida­tos de Poincaré, batidos por los ra-dicales, desistieron a favor de éstos. Los socialistas, igualmen­te faltos de chance, se retiraron también. En la segunda votación alcanzaron 77,000 votos Franklin-Bouillon y Goust, candidatos radicales, y 54,000 votos Marty y Paquereaux, candidatos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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comunistas. Estos resultados electorales, en una circunscripción de acentuada filiación naciona­lista, son un síntoma de que el estado de áni­mo del país no es ya el mismo de 1919. El bloc nacional lo advierte. De aquí que sus ministe­rios no hayan convocado a nuevas elecciones ge­nerales. Y de aquí que hayan resuelto el funcio­namiento de esta cámara hasta la extinción de su duración máxima de cinco años.

 

Poincaré, rigurosamente, no personifica a la actual opinión francesa. Es el leader del sector más saturado de chauvinismo, más intoxicado de belico-sidad. Su gobierno se apoya, primeramente, sobre los grupos, obsesionados por el miedo a la revancha enemiga, que tienden a la mutilación y al ani-quilamiento de Alemania. Se apoya, luego, sobre las masas de contribuyen-tes, fuertemente interesadas en que las deudas de guerra no graven su bolsa y honestamente convencidas de la necesidad de que Francia cons­triña a pagar a Alemania o se apodere de sus valores negociables. Y se apoya, finalmente, en el grupo plutocrático que aspira a la posesión de las minas de carbón alemanas y a la hegemo­nía metalúrgica en Europa. Este grupo plutocrá­tico es el que ha discutido con Stinnes y la in­dustria alemana las bases de una cooperación industrial franco-alemana. Si la vía de esta coope­ración se allanase, la pluto-cracia metalúrgica francesa reclamaría a otros hombres en el go­bierno. Ni Poincaré ni Tardieu podrían dirigir la nueva política. La actuación de ésta podría ser confiada, en cambio, a los radicales, a las izquierdas. La plutocracia industrial dispone de la mayor parte de los grandes rotativos. Todos estos instrumentos de propaganda serían puestos al servicio electoral del bloc de izquierdas. Y serían empleados en la destrucción, en el socabamiento de la vitalidad del bloc nacional. Sin embargo, no en vano toda la prensa francesa,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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con las solas excepciones de "L'Oeuvre", "L'Ere Nouvelle" y los periódicos socialistas, ha predicado la extorsión de Alemania. Esta predicación constante ha alimentado en el espíritu del pue­blo francés innumerables gérmenes nacio-nalis­tas. La plutocracia metalúrgica podría encon­trar, pues, en la opinión, muchas resistencias a un compromiso con Alemania forjadas por sus propios instrumentos de orientamiento y seduc­ción del público. Pero, de toda suerte, de las elecciones generales del año próximo saldrá un nuevo gobierno. Hasta entonces, hasta octubre o noviembre, durará probablemente la política de Poincaré. ¿Cuáles serán las consecuencias de un año más de esta política? Alemania extenuada y agotada por los subsidios a la población del Ruhr, ha abandonado la resistencia pasiva. Pero no ha renunciado a la lucha. Antes bien, Stressemann ha usado reiteradamente un lenguaje arrogante. Y ha dicho que, en caso nece­sario, la resistencia pasiva puede trocarse en resistencia activa. Los últimos cablegramas anun­cian la ruptura de Stressemann con los socialistas y la posibilidad de que reorganice el go­bierno con la colaboración de los pangermanis­tas. El gobierno alemán asimilaría, así, una bue­na dosis de la intransigencia de la extrema de­recha. Francia, en este caso, se instalaría en el Ruhr. Pero esto no constituiría sustancialmen­te una situación nueva. Fran-cia ha declarado su intención de no moverse del Ruhr mientras Alemania no le pague. ¿Y cómo no podría Alema­nia, con un presupuesto deficitario, una balanza comercial deficitaria también y una moneda totalmente desvalorizada, obligarse a ingentes pa­gos inmediatos?

 

Poincaré explica su política en un lenguaje forense. Francia es un acreedor que protesta las letras vencidas de Alemania y traba embargo de sus bienes. Esta dialéctica es muy propia de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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la psicología y de la mentalidad del leader lo­renés, Poincaré usa en la política métodos de abogado, ideas de jurista. Su técnica verbal y su técnica concep-tual son las de un abogado. En este capítulo de la historia humana, Poincaré da la sensación de un abogado, de un jurista, intransigente en la aplicación del viejo derecho y de los viejos códigos. La política y la economía del mundo han cambiado. La paz ha revelado la solidaridad y la interdependencia de las na­ciones occidentales. La paz ha bosquejado las direcciones de un derecho nuevo.  Poincaré, des­deñoso de las notificaciones de la realidad nue­va, sigue esgrimiendo su jurisprudencia tradi­cionalista y rígida. Y juzga posible, en estos tiempos, una política napoleónica, una política bismarkiana. Poincaré es integralmente reaccio­nario. Pero no es un reaccionario tempestuoso, tumul-tuario y violento del tipo de Mussolini. No es un reaccionario místico y despótico sino un reaccionario burocrático y republicano. Movili­za, como elementos de reacción, el parlamento, la burocracia, los tribunales, las leyes. Acaso, por esto, su tramonto es inevitable. Porque, si Europa se pacifica, si se inaugura una política de cooperación internacional, una política de reforma y de compromiso, Poincaré no podrá volver al poder. Y si, por el contrario, se acentúa en Europa una política reaccionaria y guerrera, tampoco podrá con-servarlo. Lo reemplazará, en­tonces, un reaccionario ultraísta, un reacciona­rio exento de sus prejuicios de abogado y de funcionario de la Tercera República Francesa. Lo reemplazará un camelot du roi, un caudillo de arnés medioeval. O, para estar más a tono con la moda, un caudillo de masa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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HILFERDING Y LA SOCIAL-DEMOCRACIA ALEMANA*

 

 

Mala fortuna tienen, en esta época, las enten­tes. La Entente anglo-franco-italiana, desaveni­da y descompaginada, cruje periódica y ruido­samente. La entente entre Stinnes y la social-democracia alemana resulta también una unión morganática frágil y quebradiza. Las relaciones entre los populistas y los socialistas alemanes son corteses en la mañana, contenciosas en la tarde. A consecuencia de estos malos humores consuetudinarios se desplomó dramáti-camente el ministerio Stressemann-Hilferding.

 

A la crónica de esa crisis ministerial —de la cual ha salido galvanizada y remendada la híbrida coalición industrial-socialista— está muy vinculado el nombre de Rudolph Hilferding, uno de los leaders primarios, uno de los con-ductores sustantivos de la social-democracia alema­na. La figura de Hilferding, agriamente contras­tada durante la crisis ministerial, tiene así contornos de actualidad y relieves de moda. Su pre­sentación en este proscenio hebdoma-dario de personajes y escenas mundiales es oportuna, además, para enfocar a la socialdemocracia en una postura difícil de su historia.

 

La política de Hilferding en el ministerio de finanzas obedecía a la necesidad de apaciguar la agitación y la miseria de las masas. Tendía, por esto, a reva-lorizar el marco y a fiscalizar los pre‑

 

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima. 20 de Octubre de 1923.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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cios de la alimentación popular. Hilferding pro­yectaba que el Estado se incau-tase de todas las divisas extranjeras existentes en Alemania. De­cretó la decla-ración forzosa de estos valores por sus propietarios. Y amenazó a los remisos con severos castigos. Esta política fiscal atacaba el interés de los rentistas, de los agricultores y de otros acaparadores habituales de monedas ex­tranjeras. Una gran parte de la burguesía alemana ululó contra la demagogia financiera del ministro socialista. No se trataba, en verdad, de un caso de demagogia personal. Hilferding actua­ba conminado por las masas, desconfiadas y mal-contentas del entendimiento con Stinnes, de­fensoras vigilantes de la jornada de ocho horas. Pero las críticas eran inevitablemente nominati­vas. Y apun-taban contra Hilferding. Vino la fractura del bloque populista-socialista. Se predijo la imposibilidad de soldarlo y la inminencia de que brotara de la crisis una dictadura. Un fren­te único de todos los partidos burgueses —pangerma-nistas, populistas, católicos y demócra­tas— bajo el auspicio y la dirección de Stres­semann. Pero los católicos y los demócratas —tendencialmente centristas y transaccionales— opinaron por la reconstrucción de un gobierno parlamen-tario emanado de la mayoría del Reichs­tag. Estas sugestiones centristas coin-cidieron con recíprocas concesiones de populistas y socialis­tas y promovieron la reconstitución del antiguo bloque mixto. Surgió así el actual gabinete Stres­semann. La estructura parlamentaria de este ga­binete es la misma del gabinete anterior; pero su personal es un poco diverso. Hilferding, por ejemplo, no ha vuelto al ministerio de finanzas.

 

Hilferding es uno de los economistas máxi­mos de la social-democracia. (El viejo Berstein marcha hacia su jubilación). El grupo socialista del Reichstag considera a Hilferding su mejor experto, su mejor técnico de finanzas. Una tarde,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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en el Reichstag, conversando con Breischeidt —otro leader de la social-democracia actualmen­te candidato al ministerio de negocios extranje­ros— quise de él algunos esclarecimientos con­cretos sobre el programa financiero del grupo socialista. Olvidaba la tendencia de los alema­nes a la especializa-ción, al tecnicismo, al enca­sillamiento. Breischeidt, especialista en cuestio­nes extranjeras, no se reconocía capacidad para hablar de cuestiones económicas. Y me remitió al especialista, al perito: Vea usted a Hil­ferding. Hilferding le expondrá nuestros puntos de vista. Presentado por Breischeidt, conocí a Hilferding. El marco —era el mes de noviembre del año último— caía ver-tiginosamente. Seguía la vía de la corona austríaca y del rublo mos­covita. Hilferding estudiaba los medios de estabi­lizarlo. Nuestra conversación, inactual ahora, versó, sobre este tópico.

 

Antiguo estudioso de economía, Hilferding es un exegeta original y hondo de las tesis económicas de Marx. Es autor de un libro notable, El Capital Financiero, dedicado al examen de los fenómenos de la concentración capi-talista. Hilferding observa en este libro que la concen­tración capitalista está cumplida en los países de economía desarrollada. En Alemania, por ejemplo, la producción se encuentra casi totalmente controlada por los grandes bancos. Y por consiguiente, la simple socialización de éstos sería la inauguración del régimen colectivista. Das Finanzkapital interesó mucho a la crítica marxis­ta. Y colocó a Hilferding en los rangos más cons­picuos de la socialdemocracia.

 

La posición de Hilferding en el socialismo alemán ha sido, en un tiempo, una posición de izquierda y de vanguardia. Pero Hilferding no ha jugado nunca un rol tribunicio ni tumultuario. Se ha comportado siempre exclusivamente como un hombre de estado mayor. Ha sido invaria-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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blemente un estadista científico, terso, gélido, cerebral; no ha sido un tipo de conductor ni de caudillo. Durante la guerra, el grupo socialista del Reichstag se cisionó. Una minoría, acaudillada por Liebnecht, Dittmann, Hilferding, Crispien, Haase, declaró su oposición a los créditos béli­cos. Y asumió una actitud hostil a la guerra. La mayoría expulsó de las filas de la social-demo­cracia a los diputados disidentes. Entonces la minoría fundó un hogar aparte: el partido socialista independiente. En 1918, emergió de la revo­lución ale-mana una tercera agrupación socialis­ta: los comunistas o espartaquistas de Karl Liebnecht y Rosa Luxemburgo. Los socialistas independientes ocuparon una posición centrista e intermedia. Diferenciaron su rumbo del de los socialistas mayoritarios y del de los comunistas. Hilferding dirigía el órgano de la facción: "Die Freiheit". En 1920, los socialistas independientes tuvieron en Halle su congreso histórico. Delibe­raron sobre las condiciones de adhesión a la Tercera Internacional y de unión a los comunis­tas. Una fracción, encabe-zada por Hoffmann, Stoecker y Daumig propugnaba la aceptación de las condiciones de Moscú; otra fracción. enca­bezada por Hilberding, Crispien y Ledebour, la combatía. Zinoviev, a nombre de la Tercera Internacional, asistió al congreso. Hilferding, orador oficial de la fracción esquiva y secesio­nista, polemizó con el leader bolchevique. El congreso produjo el cisma. La mayo-ría de los delegados votó por la adhesión a Moscú. Trescientos mil afiliados abandonaron los rangos del partido socialista independiente para sumarse a los comunistas. El resto de la agrupación reafirmó su autonomía y su cen-trismo. Pero aligerado de su lastre revolucionario, empezó muy pronto a sentir la atracción del viejo hogar so­cial-democrático. En el proletariado no existen sino dos intensos campos de gravitación: la re­volución y la reforma. Los núcleos desprendidos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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de la revolución están destinados, después de un intervalo errante, a ser atraídos y absorbidos por la reforma. Esto le aconteció a los socialis­tas independientes de Alemania. En octubre del año pasado reingresaron en los rangos de la so­cial-democracia y del "Vorvaerts". Y extinguie­ron la cismática "Freiheit". Únicamente Lede­bour y otros socialistas, bizarramente secesionis­tas y centrífugos, se resistieron a la unificación.

 

Hilferding está clasificado, dentro del socia­lismo europeo, como uno de los representantes de la ideología democrática y reformista. En la polémica, en la controversia entre bolchevismo y menchevismo, entre la Segunda y la Tercera Internacional, la posición de Hilferding no ha sido rigurosamente la misma de Kautsky. Hil­ferding ha tratado de conservar una actitud vir­tualmente revolu-cionaria. Ha impugnado la tác­tica putschista e insurreccional de los comu-nistas; pero no ha impugnado su ideología. Ha disentido de la praxis de la Tercera Internacio­nal: pero, no ha disentido explícitamente de su teoría. Ha dicho que era necesario crear las condiciones psicológicas, morales, ambi-entales de la revolución. Que no bastaba la existencia de las condiciones económicas. Que era elemental y primario el orientamiento espiritual de las masas. Pero esta dialéctica no era sino formal y exteriormente revolucionaria. Malgrado sus reservas mentales, Hilferding es un social-demo­crático, un social-evolucionista; no es un revolu­cionario. Su localización en la social-democracia no es arbitraria ni es casual.

 

Zinoviev, en su prosa beligerante, polémica y agresiva, define así al autor de Das Finanzkapi­tal: "Hilferding es una especie de subrogado de Kautsky. Y el Hilferding enmascarado es más aceptable que el Kautsky tontamente sincero. Sus relaciones con banqueros y agentes de bolsa han desarrollado en Hilferding una elasti-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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cidad que no posee su maestro Kaustky. Hil­ferding esquiva con una facilidad extraordinaria las cuestiones difíciles. Sabe callar ahí donde Kautsky profiere abiertamente insulceses con­trarrevolucionarias. En una palabra, es adapta­ble, elástico y prudente".

 

Pero este Hilferding, mordazmente excomul­gado y descalificado por la extre-ma izquierda, resulta, naturalmente, un peligroso y disolven­te demagogo para la extrema derecha. Su caída del ministerio de finanzas, por ejemplo, es un efecto de la incandescente ojeriza reaccionaria y conservadora. El compro-miso, la transacción entre la alta industria y la socialdemocracia, se basaron sobre el interés precariamente común de una política de saneamiento del marco y de mitigamiento del hambre y la miseria. La requi­sición de valores extranjeros de propiedad par­ticular y la fiscalización de los precios de los granos y las legumbres no molestaban a Stinnes ni a la alta industria. Pero herían intensamente a las varias jerarquías de agricultores, de co­merciantes, de intermediarios y de especuladores, interesados en sustraer sus divisas extran­jeras y sus precios al control del Estado. Y la social-democracia, en tanto, no podía renunciar a estas medidas elementales. Al mismo tiempo, no podía avenirse pasivamente a la abolición de la jornada de ocho horas ni al abandono de los ferrocarriles ni de los bosques demaniales a un trust privado. Aquí comenzó el choque, el con­flicto entre los socialistas y los populistas. Este choque, este conflicto reaparecen en la cues­tión de la emisión de una nueva moneda. A este respecto, los puntos de vista de la industria y de la agricultura, de los populistas y de los pangermanistas, casi coinciden y convergen. Hel­ferich, leader del partido de los Junkers y los terratenientes, propone la creación de un banco privado que emita una moneda estable respalda‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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da con cereales y oro por la agricultura y la in­dustria. Los industriales planean un banco de emisión con un capital de quinientos millones de marcos oro cubierto con suscripciones de la industria y del capital extranjero. Ambos proyectos trasladan del Estado a los particulares la función de emitir moneda. Esta es su caracte­rística esencial. Ahora bien. Los socialistas quie­ren abso-lutamente que la emisión de una mone­da estable sea efectuada por el Estado a base de enérgicas imposiciones a la gran propiedad. Un compromiso, un acuerdo resultan, por tanto, asaz difíciles y problemáticos. El capitalismo alemán intenta asumir directamente las funcio­nes económicas del Estado. Pretende, en suma, separar el Estado económico del Estado políti­co. La crisis del Estado contemporáneo, del Es­tado democrático se dibuja aquí en sus contor­nos sustanciales. El capitalismo alemán dice que, si no es indepen-dizada del Estado, la emisión del marco estará sujeta a nuevos exorbitantes inflamientos. Los ingresos del Estado no alcan­zan a cubrir ni un quince por ciento de los egre­sos. El Estado, por consiguiente no dispone de otro recurso que la impresión constante, verti­ginosa, desenfrenada de papel moneda. Estas observaciones descubren, indirectamente, la in­tención de los capitalistas. Despojado de la fun­ción de emitir moneda, subordinado a los auxi­lios volun-tarios de los capitalistas, el Estado caería en la bancarrota, en la falencia, en la miseria. Tendría que reducir al límite más modesto sus servicios y sus acti-vidades. Tendría que licenciar a un inmenso ejército de funcionarios, emplea-dos y trabajadores. La industria privada se libraría de la concurrencia del Estado empre­sario en el mercado del trabajo. Los acreedores de Alemania —Francia, etc. — no pudiendo ne­gociar ni pactar con el Estado insolvente y mendigo, negociarían y pactarían directamente con los trusts verticales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Los leaders de la social-democracia no pue­den aceptar esta política pluto-crática. La bur­guesía alemana tiende, por eso, a una dictadu­ra de las derechas. Y su actitud estimula en el proletariado la idea de una dictadura de las iz-quierdas. El gabinete de Stressemann puede ser muy bien el último gabinete parlamentario de Alemania. La tendencia histórica contempo­ránea es la tendencia al gobierno de clase. La situación del mundo se opone a que prospere la política de la transacción, de la reforma y del compromiso.Y la crisis de esta política, que es la crisis de la democracia, condena al ostracis­mo del poder y de la popularidad a los hombres de filiación democrática y reformista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAILLAUX*

 

 

La ola reaccionaria ha desalojado del poder a los estadistas de la democracia, a los leaders de la política de "reconstrucción europea". Y ha agravado así la crisis de la desocupación y del chômage. Mas esos estadistas, esos leaders no aceptan pasivamente la condición de desocu­pados. Invierten su tiempo en la propaganda, en la réclame de sus ideas y su táctica. Y como la reacción es un fenómeno internacional, no la combaten sólo en sus países respectivos: la com­baten sobre todo, en el mundo. No intentan úni­camente la conquista de la opinión nacional: in­tentan la conquista de la opinión mundial. Lloyd George, reemplazado en el gobierno de Inglate­rra por los conservadores, efectúa en Estados Unidos un estruendoso desembarco de su dialéc­tica y su ideología. Francesco S. Nitti, destituido de influencia en los rumbos de Italia por los fascistas, flirtea con la democracia norteamerica­na y con la democracia tu-desca. Joseph Caillaux, desterrado de Francia por el bloc nacional, emplea su exilio en una viva actividad teorética.

 

Pero Caillaux está más lejos de recuperar su influencia en Francia, que Lloyd George, que Nitti la suya en Inglaterra y en Italia. La vic­toria de los radicales y los socialistas no llevaría a Caillaux al gobierno. Sobre Caillaux pesa toda-vía una condena. Los leaders presentes del bloc de izquierdas son Herriot, Boncour, Painle­vé. A ellos les tocaría ocupar los puestos de Poincaré, de Tardieu, de Aragó y de los conduc‑

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 3 de Noviembre de 1923.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tores del bloc nacional. Ellos, además, una vez instalados en el poder, ten-drían que dosificar su radicalismo al estado de la opinión francesa, en la cual la intoxicación actual dejaría tantos se­dimientos reaccionarios y nacionalistas. Caillaux no es, por consiguiente, un candidato al gobier­no. Es apenas un candidato a la rehabilitación y a la amnistía francesas.

 

Hace cinco años Caillaux era un acusado. Era el protagonista de un dramático proceso de alta traición. Ahora no es sino un exiliado político. El mundo está unánimemente convencido de que el proceso de Caillaux fue un proceso político. Algo así como un accidente del trabajo. La gue­rra dio a la clase conservadora, a la alta bur­guesía francesa, una ocasión de represalia con­tra Caillaux. Esa clase conservadora, esa alta burguesía, detestaban a Caillaux por su radica­lismo. Durante la época de hegemonía en la política francesa del radicalismo y de sus mayores figuras —Waldeck-Rousseau, Combes, Caillaux— esa clase conservadora y esa alta bur­guesía almacenaron en su ánimo acendrados rencores contra la izquierda y sus hombres. La guerra produjo en Francia la unión sagrada. Y la unión sagrada, que creaba un estado de áni­mo nacionalista y guerrero, produjo el resurgi­miento de las derechas, ávidas de castigar la "demagogia financiera" de Caillaux y de desha­cerse de un adversario potente. Caillaux, de otro lado, no era un adherente incondi-cional y delirante de la unión sagrada. No tenía puesta la mirada únicamente en las batallas; la tenía puesta, más bien, en el porvenir y en la paz. Preveía que la reconstrucción de Europa, des­vastada y desangrada por la guerra, obligaría a Francia y a Alemania a la solidaridad y a la cooperación. Pensar así era entonces pensar he­réticamente. Y Caillaux era, por tanto, un sospe-choso de herejía en aquellos días de inquisi‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ción patriótica. Clemenceau, disidente del radi­calismo, conductor, animador y prisionero de la corriente reaccionaria, no retrocedió ante una acusación de inteligencia con el enemigo. Y, es­grimiendo esta acusación, mandó a Caillaux a la cárcel. El proceso vino después de la victo­ria, en un instante de apoteosis y de erección nacional. En un instante en que persistía agudamente la atmós-fera marcial de la guerra. La acusación contra Caillaux no exhibió ninguna prueba. Se fundó en sospechas, en conjeturas, en presunciones. Explotó los contactos casuales de Caillaux con personajes sospechosos o equívo­cos en Italia, en la Argentina y en Francia. El fallo, impregnado del convencimiento de la inculpabilidad de Caillaux, tuvo, sin embargo, que concluir con una sentencia. Caillaux salió del proceso absuelto y condenado al mismo tiempo.

 

Después, las cosas han cambiado gradualmente A medida que el ambiente francés se ha descargado de irritación bélica, la figura de Caillaux ha reco-brado su verdadero contorno moral. Los radicales-socialistas, que temieron solidarizarse demasiado con su leader en los días de la acusación, han anunciado su voluntad de conseguir la revisión del proceso.

 

Caillaux aguarda en el exilio esta revisión. Pero no ha gastado su actividad en una actitud de vindicación y de defensa de su personalidad y de su historia. Ha escrito un libro, Mes Prisons, denunciando la trastienda íntima de su persecución y de su condena. Y no ha vuelto a insistir sobre este tópico per-sonal y autobiográ­fico. En su libro posterior, ¿Oú va la France?  ¿Oú va l'Europe?, ha ocupado de nuevo su po­sición de polémica y de combate ideológicos.

 

En este libro, que tanto ha resonado en el mundo, estudia Caillaux, prelimi-narmente, el proceso de incubación de la guerra. Sostiene que

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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los gobernantes europeos de 1914 no defendie­ron suficientemente la paz. Y describe luego las condiciones actuales de Europa. Su descripción de la crisis europea no es menos panorámica y emocionante que la de Nitti. Y es, tal vez, más profunda y más técnica. Caillaux, enfoca, uno tras otro, los aspectos esenciales de la crisis. Los déficits, las deudas, el pasivo de la guerra que arroja sobre las espaldas de varias genera­ciones europeas una carga abruma-dora. La marejada campesina, la ola agraria, los intereses rurales que en la Europa central tienda a aislar al campo de la industria urbana y a restablecer una economía medioeval superada y anacrónica. La baja del cambio, la desvalorización de la mo­neda que arruina a una extensa categoría de pe­queños y medianos rentistas y que proletariza a la clase media. La hipertrofia, el crecimiento de los trusts gigantescos y de los carteles mastodónticos, cons-truídos sobre ruinas y escombros, que confieren a unos cuantos grandes capitalis­tas una influencia desmesurada en la suerte de los pueblos. Las corrientes nacionalistas que se oponen a una política de cooperación y asistencia internacionales y enemistan y separan a las naciones. Los intereses plutocráticos que obstru­yen la vía del compromiso y de la transacción entre la idea individualista y la idea socialista.

 

¿A dónde va Francia? ¿A dónde va Europa? Caillaux no admite el comu-nismo. Su resisten­cia al comunismo no es de orden ideológico sino de orden técnico. Caillaux piensa que el co­munismo no puede reorganizar eficiente-mente la producción europea. El comunismo centrali­za en el Estado todos los resortes de la produc­ción. Entrega, por ende, la solución de todas las cues-tiones económicas e industriales a una bu­rocracia política, omnipotente y dogmatica. Y bien. Caillaux considera aún necesaria la acción del interés privado en el funcionamiento de la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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producción. Sus objeciones al comunismo son objeciones de financista. Cai-llaux no discute la ética del comunismo. Discute su eficacia, su uti­lidad, su oportunidad. Pero Caillaux, que no acep­ta la revolución, tampoco acepta la reacción. Con mayor énfasis que las soluciones de la extre­ma izquierda, rechaza las soluciones de la extre­ma derecha. Quiere que se pacte con las masas a fin de restaurar su voluntad de trabajo y de cooperación y de des-viarlas de la atracción comunista. Advierte el envejecimiento del Estado individualista y el tramonto de la democra­cia jacobina. Y propone la re-construcción del Estado sobre la base de una transacción entre la democracia occidental y el sovietismo ruso. Pero, deteniéndose ante la concepción de Rathe­nau del Estado profesional, afirma que el Estado económico debe estar subordinado al Estado político. Según Caillaux hay "una gran cuestión que supera en mucho a la del comunismo y el capitalismo"; la cuestión de la ciencia y de sus relaciones con la economía del mundo. La cien­cia crea la inestabilidad económica y por consi­guiente, la inestabilidad política. Ac-tualmente las grandes usinas metalúrgicas se agrupan al lado de los yaci-mientos de hulla que abastecen los altos hornos. Más se predice la invención de un sistema nuevo de fabricación del acero. Y esta sola invención puede transformar la geogra­fía económica de Europa.

 

Caillaux propugna la cooperación entre las naciones y la cooperación entre las clases. Afir­ma su adhesión a la idea democrática. Niega la eficacia de la revolución y de la reacción. Señala los grandes problemas, las grandes in-certidumbres contemporáneas. Busca una solución utilitaria, una solución técnica. Desecha toda so­lución dogmática. Pero su palabra intelectual, va-cilante, escrupulosa y científica, no emociona a las muchedumbres actuales, que sienten una necesidad mística de fe, de fanatismo y de mito.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL DIRECTORIO ESPANOL*

 

 

La dictadura del general Primo de Rivera es un episodio, un capítulo, un trance de la revo­lución española. En España existe desde hace varios años un estado revolucionario. Desde hace varios años se constata la descomposición del viejo régimen y se advierte el anquilosamiento de la burocrática y exangüe democracia nacio­nal. El parlamento, que en pueblos de más arrai­gada y honda democracia conserva todavía re­siduos de vitalidad, hacía tiempo que en España era un órgano entorpecido, atrofiado, impo­tente. El proletariado, que en otros pueblos europeos no vive ausente del parlamento, en Espa­ña tendía a recogerse y concentrarse agriamente bajo las banderas de un sindicalismo abstencio­nista y sorelliano. España era el país de la ac­ción directa. (Un libro muy actual, aunque un poco retórico, de Ortega Gasset, España Inverte-brada, retrata nítidamente este aspecto de la crisis española). Los partidos españoles, a cau­sa de su superada ideología y su antigua arqui­tectura, creían estar situados por encima de los intereses en contraste y de las clases en guerra. Consiguientemente, sus rangos se vaciaban, se reducían. La lucha política se transformaba de lucha de partidos en lucha de categorías, de corporaciones, de sindicatos. A causa de la escisión mundial del socialismo, el partido socialista español no podía atraer a sus filas a toda la clase trabajado-ra. Una parte de sus adherentes lo abandonaba para constituir un partido comunis­ta. Los sindicatos barceloneses seguían ligados

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 9 de Diciembre de 1923.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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a sus viejos mitos libertarios. El panorama político de España era un confuso y caótico pano­rama de escaramuzas entre las clases y las ca­tegorías sociales. Las asociaciones patronales de Barcelona oponían su acción directa a la acción directa de los sindicatos obreros.

 

Como era lógico dentro de este ambiente, en la oficialidad española se desa-rrolló también una acentuada consciencia gremial. Los oficiales se organiza-ron en sindicatos, cual los patrones y cual los obreros, para defender sus intereses de corporación y de casta. Nacieron las juntas mi­litares. La aparición de estas juntas fue una de las expresiones históricas más peculiares de la decadencia y de la debilidad del régimen es­pañol. Esas juntas no habrían germinado nunca frente a un Estado vigoroso. Pero en un pe­ríodo en que todas las categorías sociales libra­ban sus combates y pactaban sus treguas, al margen del Estado, era fatal que la oficialidad se colocase igualmente sobre el terreno de la acción directa. Acontecía, además, que en Espa­ña la oficialidad tenía típicos intereses gremia­les. España es un país de industrialismo limi­tado, de agricultura feudal, de economía un tanto rezagada. El ejército absorbe, por esto, a un número crecido de nobles y burgueses. Esta ra­zón económica engendra una hipertrofia de la burocracia militar. El número de oficiales españoles es de veinticinco mil. Se calcula que exis­te un oficial por cada trece soldados. El sosteni­miento de la numerosa burocracia militar, ocu­pada prin-cipalmente en la guerra marroquí, es una pesada carga fiscal. Los estadistas miraban en este pliego del presupuesto, un gasto excesi­vo y desproporcionado a la capacidad económi­ca del Estado español. Y esto estimulaba e inci­taba a los oficiales a sindicarse y mancomunarse vigilante y estrechamente.

 

La historia de las juntas militares es la his-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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toria de la dictadura de Primo de Rivera. Las juntas militares no brotaron de la aspiración de conquistar el poder; pero si de la intención de rebelarse contra él si un acto suyo atacaba un interés corporativo de la oficialidad. Las juntas trajeron abajo varios ministerios. El gobierno español, desprovisto de autori-dad para disolverlas, tenía que capitular ante ellas. Más de un decre­to guber-namental, amparado por la regia firma, fue vetado y repudiado por las juntas que insur­gían así contra el Estado y la dinastía. La con­tinua capitulación del Estado, cada vez más flaco y anémico, generó en las juntas la voluntad de enseñorearse de él. El poder civil o las jun­tas militares debían, por tanto, su-cumbir. Con­tra el poder civil conspiraba su falta de vitali­dad que se traducía en falta de sugestión y de ascendiente sobre la muchedumbre. En favor de las juntas militares obraba, en cambio, la desorientación mental de la clase media, inven­ciblemente propensa a simpatizar con una in­surrección que barriese del gobierno a la desa­creditada y desvalorizada burocracia política. Las viejas y arterioesclerosas facciones liberales y conservadoras se alternaban en el go-bier­no cada vez más acosadas y presionadas por la ofensiva sorda o clamorosa de las juntas.

 

Así llegó España al gobierno liberal de García Prieto. Ese gobierno represen-taba toda la gama liberal. Se apoyaba sobre una coalición parlamentaria en la cual se aglutinaban íntegramente las izquierdas dinásticas: García Prieto y Romanones, Alba y Melquiades Alvarez. Signi­ficaba una tentativa solidaria del liberalismo y del reformismo por revalorizar el parlamento y galvanizar el régimen. Era, históricamente, la última carta de la democracia hispana. El régi­men parlamentario, mal aclimatado en tierra es­pañola, había llegado a una etapa decisiva de su crisis, a un instante agudo de su descompo­

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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sición. El pronunciamiento militar, en incuba­ción desde el nacimiento de las juntas, encon­tró en esta situación sus estímulos y su motor.

 

¿Cuál es la semejanza, cuál es el parentesco entre la marcha a Roma del fascismo y la marcha a Madrid del general Primo de Rivera? Externamente, ambos movimientos son disími­les. Los fascistas se apoderaron del poder después de cuatro años de tendentes campañas de prensa, de alalás y de aceite de ricino. Las jun­tas militares han arribado al gobierno repenti­namente, en virtud de un pronunciamiento. Su actividad no estaba públicamente dirigida a la asunción del poder. Pero toda esta diferen­cia es formal y adjetiva. Está en la superficie; no en la entraña. Está en el cómo; no en el por qué. Sustancial-mente, espiritualmente, el fe­nómeno es el mismo. Uno y otro son regímenes de fuerza que desgarran la democracia para resistir más ágilmente el ataque de la revolu­ción. Son la contraofensiva violenta y marcial de la idea conservado-ra que responde a la ofen­siva tempestuosa de la idea revolucionaria. La demo-cracia no se halla en crisis únicamente en España. Se halla en crisis en Europa y en el mundo. La clase dominante no se siente ya suficientemente defendida por sus instituciones. El parlamento y el sufragio universal le estorban. Cle-menceau ha definido así la posición de la clase conservadora ante la clase revolucionaria: "Entre ellos y nosotros es una cuestión de fuerza".

 

Algunos cronistas localizan la revolución es­pañola en la inauguración de la dictadura militar de Primo de Rivera. Ahora bien. Este régi­men representa una insurrección, un pronunciamiento, un putsch. Es un fenómeno reaccio­nario. No es la revolución sino su antítesis. Es la contrarrevolución. Es la reacción, que, en todos los pueblos, se organiza al son de una músi-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ca demagógica y subversiva. (Los fascistas báva­ros se titulan "socialistas nacionales". El fascis­mo usó abundantemente, durante el training tumultua-rio, una prosa anticapitalista, anticleri­cal y aún antidinástica).

 

La buena fe de las muchedumbres reaccio­narias es indiscutible. Los propios condotieros de la contrarrevolución no son siempre protagonis­tas conscientes de ella. Sus fautores, sus pro­sélitos, creen honestamente qua su gesta es re­novadora, revolucionaria. No perciben que la clase conservadora se adueña de su movimien­to. En España es un dato histórico muy claro la adhesión dada al directorio por la extrema derecha. La insurrección de noviembre ha reflo­tado a las más olvidadas y arcaicas figuras de la política española; a los polvo-reentos y medio­evales hierofantes del jaimismo. En los somate­nes se han enrolado entusiastas los marqueses y los condes y otros desocupados de la aristocra­cia. Toda la extrema derecha siente su consan­guineidad con el directorio. Otras facciones con­servadoras se irán fusionando poco a poco con la facción militar. Maura, La Cierva no tardarán tal vez en aprovechar la coyuntura de exhu-mar su ideología arqueológica.

 

Pasemos a otro tópico. Examinemos la capa­cidad del directorio para reor-ganizar la política y la economía españolas. Primo de Rivera ha pedido mo-destamente tres meses para encarri­lar a España hacia la felicidad. Los tres meses van a vencerse. El directorio no ha anotado hasta ahora en su activo sino algunas medidas dis­ciplinarias y correccionales. Ha mandado a la cárcel a varios alcaldes deshonestos; ha podado ligeramente algunas ramas del árbol burocráti­co; ha reclamado implacable la observancia pun­tual de los horarios de los ministerios. Pero los grandes problemas de España están intactos. Veamos, por ejemplo, la posición del directorio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ante dos cuestiones urgentes: la guerra marroquí y el déficit fiscal.

 

España quiere la liquidación de la aventura bélica de Marruecos. Pero el ejército español, naturalmente, no es de la misma opinión. El abandono de Marruecos traería una crisis de desocupación militar. El directorio, que es una emanación de las juntas militares, no puede, pues, renunciar a la guerra de Marruecos. La psicología de todo gobierno militar es, de otro lado, una psi-cología conquistadora y guerrera. España e Italia acaban de tener un diálogo sintomáticamente imperialista. Han considerado la necesidad de desenvolver juntas una política que acreciente su influencia moral y económica en América. Esta tendencia, discreta y moderada hoy, crecerá mañana en otras direcciones. Es­paña sentirá la nostalgia de su antiguo rango en la política europea. Y entonces consideracio­nes de prestigio internacional se opondrán más que nunca al abandono de Marruecos.

 

El problema financiero es solidario del pro­blema de Marruecos. El déficit español ascendió en el último ejercicio a mil millones de pesetas. Ese déficit proviene principalmente de los gastos bélicos. Por consiguiente, si la guerra conti­núa, continuará el déficit. ¿De dónde va a extraer el directorio recursos extraordinarios? La indus­tria española, malgrado el proteccionismo de las tarifas, es una industria embrionaria y lánguida. La balanza comercial de España está gravemente desequilibrada. Las importaciones, son exorbitan-temente superiores a las exportaciones. La peseta anda mal cotizada. ¿Cómo van a resolver estos problemas complejamente técnicos los ge­nerales del directorio y sus oráculos jaimistas? La puntualidad en las oficinas y la punición de funcionarios prevaricadores no bastan para conferir autoridad y capacidad a un gobierno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El insulso y sandio José María Salaverría anuncia que la insurrección de setiembre ha sido festejada por toda la prensa de Londres, de París, de Berlín, etc. Salaverría, probablemente, no está enterado sino de la existencia de la pren­sa reaccionaria. Y la prensa reaccionaria, lógi­camente, se ha regocijado del putsch de Pri­mo de Rivera. No en vano la reacción es un fe­nómeno mun-dial. Pero aún se edita en Londres, París, Berlín, etc., prensa revolucionaria y pren­sa democrática. Y así, ante la dictadura de Pri­mo de Rivera, mientras "L'Action Française" exulta, el "Berlíner Tageblatt" se consterna. Un órgano sagaz de la plutocracia italiana "Il Co­rriere della Sera", ha publicado varios artículos de Filippo Saschi tan adversos al directorio que ha sido advertido por los fascistas milaneses con la colocación de un petardo en su imprenta de que no debe perseverar en esa actitud.

 

El fascismo saluda con sus alalás a los so­matenes, León Daudet, Charles Maurras, Hitler, Luddendorff, Horthy miran con ternura la reac­ción española. Pero Lloyd George, Nitti, Paul Boncour, Teodoro Wolf, los políticos y los fau­tares de la democracia y del reformismo, la con­sideran una escena, un sector, un episodio de la tragedia de Europa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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GRECIA, REPUBLICA*

 

 

¿Cómo ha llegado Grecia al umbral del régi­men republicano? La guerra mundial precipitó la decadencia de la monarquía helénica. El Rey Constantino vivía bajo la influencia alemana. Su actitud ante la guerra estuvo ligada a esta influencia. La suerte de su dinastía se solidarizó así con la suerte militar de Alemania. La derro­ta de Alemania, que causó la condena inmediata de las monarquías responsables de los Hohen­zollern y los Hapsburgo, socavó mortalmente a las monarquías mancomunadas o comprometidas con ellas. Sucesivamente, se han desplomado, por eso, las dinastías turca y griega. La dinastía búlgara anda tambaleante. Grecia no pudo co­mo Bulgaria y como Turquía entrar en la guerra al lado de Alemania y Austria. Existía en Gre­cia una densa y caudalosa corriente aliadófila. Venizelos, perspicaz y avisado, presentía la vic­toria de los aliados. Y veía que a ella estaba vinculada su fortuna política. Pugnaba, pues, por desviar a Grecia de Alemania y por empujarla al séquito de la Entente. La Entente, impaciente, intervino sin ningún recato en la política griega a favor del bando venizelista. Grecia fue marcialmente constreñida por la Entente a desembara­zarse del Rey Cons-tantino y a adherirse a la causa aliada. El sector republicano quiso aprovechar la ocasión para desalojar defi-nitivamen­te de Grecia a la monarquía. La Entente agita­ba demagógicamente a los pueblos contra Alemania en nombre de la Democracia y de la Li­bertad. Pero no le pareció prudente consentir la

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima. 29 de Diciembre de 1923.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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defunción definitiva de una dinastía. El radica­lismo griego fue inducido a aceptar la subsisten­cia del régimen monárquico. El príncipe heredero de Grecia no era persona grata a los aliados. Se colocó, por esto, la corona sobre la cabeza de otro hijo de Constantino que se avino a rei­nar con Venizelos y para la Entente. Grecia, ti­moneada por Venizelos, se incorporó, finalmen­te, en los rangos aliados.

 

Pero los métodos usados por la Entente en Grecia habían sido demasiados duros. Y habían perjudicado políticamente al partido aliadófilo. El pueblo griego se había sentido tratado como una colonia por los representantes de la Enten­te. La altanería y la acritud de la coacción alia­da habían engendrado una reacción del ánimo griego. Ganada la guerra, Grecia tuvo, gracias a Veniselos, una gruesa participación en el botín de la victoria. La Entente, obedeciendo las suges­tiones de Inglaterra, impuso a Turquía en Sevres un tratado de paz que la expoliaba y desvalijaba en beneficio de Grecia. Grecia recibía, en virtud de ese tratado, varios valiosos presentes territo­riales. El tratado le daba Smirna y otros terri­torios en el Asia Menor. Fue ese un período de fáciles éxitos de la política internacional de Ve­nizelos. Sin embargo, el gobierno de Venizelos no consiguió consolidarse a la sombra de esos éxitos. La oposición a Venizelos aumentaba día a día. Venizelos recurría a la fuerza para sostener-se. Los leaders constantinistas fueron expul­sados o encarcelados. Los leaders socialistas y sindicales se atrajeron, a causa de su propaganda pacifista, las mismas o peores persecuciones. Los venizelistas asaltaron y destruyeron las ofi­cinas del diario socialista "Rizospastis".

 

Esta política venizelista arrojó a Italia a gran número de personajes griegos. Gounaris, por ejemplo, se refugió en Italia. Y en Italia, en el verano de 1920, trabé amistad con uno de sus

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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mayores tenientes el ex-ministro Aristides Pro­topadakis, sensacionalmente fusilado dos años después, junto con Gounaris y otros cuatro mi­nistros del Rey Constantino, bajo el régimen militar de Plastiras y Gonatas. Protopadakis y su familia veraneaban en Vallombrosa en el mismo hotel en que veraneaba yo. Su amistad me ini­ció en la intimidad y la trastienda de la política griega. Era Protopadakis un viejo ingeniero, afable y cortés. Un hombre ancien régime de mentalidad política acendradamente conservadora y burguesa; pero de una bonhomía y una mundanidad atrayentes y risueñas. Juntos discu­rrimos muchas veces bajo la fronda de los abe­tos de Vallombrosa. Casi juntos aban-donamos Vallombrosa y nos trasladamos a Florencia, él para marchar a Ber-lín, yo para explorar curio­sa y detenidamente la ciudad de Giovanni Papini. Protopadakis preveía la pronta caída de Ve­nizelos. Temeroso a su resultado, Venizelos veía aplazando la convocatoria a elecciones polí­ticas. Pero tenía que arrastrarla de grado o de fuerza. Hacía cinco años que no se renovaba el parlamento griego. Las elecciones no podrían ser diferidas indefinidamente. Y su realización tendría que traer aparejada la caída del gobierno venizelista.

 

Así fue efectivamente. La previsión de Proto­padakis se cumplió con rapidez. Venizelos no quiso ni pudo postergar la convocatoria por más tiempo. Y en noviembre de 1920 se efectuaron las elecciones. Aparentemente la coyuntura era propicia para el leader griego. Su ideal de recons­truir una gran Grecia parecía en marcha. Pero el pueblo griego, disgustado y fatigado por la guerra, tendía a una política de paz. Adivinaba probablemente la imposibilidad de que Grecia se asimilase todas las poblaciones y los territo­rios que el tratado de Sevres le asignaba. El en­grandecimiento territorial de Grecia era un en-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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grandecimiento artificial. Constituía una aventu­ra grávida de peligros y de incertidumbres. Tur­quía, en vez de someterse pasivamente al tratado de Sevres, lo desconocía y lo repudiaba. La firma del gobierno de Constantinopla era una firma sin autoridad y sin validez. Acaudillado por Mustafá Kemal, el pueblo turco se disponía a oponerse con todas sus fuerzas a la vejatoria paz de Sevres. Smirna se convertía en un bocado excesivo para la capacidad diges-tiva de Grecia. El regreso del Rey Constantino significaba para el pueblo griego, en esa situación, el regreso a una política de paz. El Rey Constantino simbolizaba, sobre todo, la condenación de una política de ser­vidumbre a los aliados. Estas circunstancias de­cretaron la derrota electoral de Venizelos. Y dieron la victoria a los constantinistas. El Rey Constantino volvió a ocupar su trono. Venizelos fue desalojado del poder por Gounaris.

 

Mas el Rey Constantino y sus consejeros no eran dueños de adoptar una orientación interna­cional nueva. Vencida Alemania, destruida la Triple Alian-za, todas las pequeñas potencias europeas tenían que caer en el campo de gravitación de las potencias aliadas. Grecia era, en virtud de los compromisos aceptados y suscri­tos por Venizelos, un peón de Inglaterra en el tablero de la política oriental. El Rey Constantino heredó, por consiguiente, todas las respon­sabilidades y obligaciones de Venizelos. Y su po­lítica no pudo ser una política de paz. Grecia continuó, bajo el Rey Constantino y Gounaris, su aventura bélica contra Turquía.

 

La historia de esta aventura es conocida. Mustafá Kemal organizó vigorosa-mente la resis­tencia turca. Varios hechos lo auxiliaron y sos­tuvieron. Rusia se esforzaba en rebelar contra el capitalismo británico a los pueblos orientales. Francia tenía intereses diferentes de los de Inglaterra en el Asia Menor. Italia estaba celo‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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sa del crecimiento territorial y político de Gre­cia. El gobierno ruso estimulaba francamente a la lucha al gobierno de Mustafá Kemal. Pa­rís y Roma coque-teaban con Angora. Todas es­tas simpatías ayudaron a Mustafá Kemal a arrojar a las tropas griegas, minadas por el descon­tento, de las tierras de Asia Menor.

 

El desastre militar excitó el humor revolucio­nario que desde hacía tiempo se propagaba en Grecia. Una insurrección militar, dirigida por Plasziras y Gona-tas, expulsó del poder al parti­do de Constantino y Gounaris. El Rey Constan-tino tuvo que retirarse de Grecia. Y esta vez pa­ra siempre. Un tribunal militar, acremente re­volucionario, condenó a muerte a Gounaris, Pro­topadakis y cuatro ministros más. La ejecución siguió a la sentencia. El proceso revolu-cionario de Turquía se apresuró con estos acontecimien­tos. Más tarde, murió el Rey Constantino y la dinastía quedó sin cabeza. La posición del hijo de Constantino se tornó cada vez más débil.

 

Presenciamos hoy el último episodio de la decadencia de la monarquía griega. El Rey Jorge y su consorte han sido expulsados de Grecia. En el nuevo par-lamento griego prevalece la ten­dencia a reemplazar la monarquía con la re-pública. Grecia, pues, tendrá pronto una nueva carta constitucional que será una carta republica­na. Los venezelistas, reforzados y reorganizados, llaman a Grecia a su viejo leader. Venizelos, oportunista y redomado, colaborará en la orga­nización republicana de Grecia. Pero el proceso revolucionario de Grecia no se detendrá ahí. La revolución no sólo fermenta en Grecia. Fermen­ta en toda Europa, fermenta en todo el mundo. Su manifestación, su intensidad, sus síntomas varían según los climas y las latitudes políticas. Pero una sola es su raíz, una sola es su esen­cia y una sola es su historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA REVOLUCION Y LA REACCION EN BULGARIA*

 

 

Bulgaria es el país más conflagrado de los Balkanes. La derrota ha sido en Europa un po­deroso agente revolucionario. En toda Europa existe actualmente un estado revolucionario; pero es en los países vencidos donde ese estado revolucionario tiene un grado más intenso de desarrollo y fermentación. Los Balkanes son una prueba de tal fenómeno político. Mientras en Rumania y Serbia, engrandecidas territorialmen­te, el viejo régimen cuenta con numerosos sos­tenes, en Bulgaria reposa sobre bases cada día más minadas, exiguas: e inciertas.

 

El Zar Fernando de Bulgaria fue, más acen­tuadamente que el Rey Constantino de Grecia, un cliente de los Hohenzollern y de los Haps­burgo. El Rey Cons-tantino se limitó a la defen­sa de la neutralidad de Grecia. El Zar Fernan­do condujo a su pueblo a la intervención a fa­vor de los imperios centrales. La adhirió y se asoció plenamente a la causa alemana. Esta po­lítica, en Bulgaria, como en Grecia, originó la destitución del monarca germanófilo y aceleró la decadencia de su dinastía. Fernando de Bul­garia es hoy un monarca deso-cupado, un zar chômeur. El trono de su sucesor Boris, desprovisto de toda autoridad, ha estado a punto, en setiembre último, de ser barrido por el olea­je revolucionario.

 

En Bulgaria, más aguadamente aún que en

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 12 de Enero de 1924.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Grecia, la crisis no es de gobierno sino de régi­men. No es una crisis de la dinastía sino del Es­tado. Stamboulinski, derrocado y asesinado por la insu-rrección de junio, que instaló en el po­der a Zankov y su coalición, presidía un gobier­no de extensas raíces sociales. Era el leader de la Unión Agraria, par-tido en el cual se confun­dían terratenientes y campesinos pobres. Represen-taba en Bulgaria ese movimiento campesino que tan trascendente y vigorosa fisonomía tiene en toda la Europa Central. En un país agrícola como Bulgaria la Unión Agraria constituía, na­turalmente, el más sólido y numeroso sector político y social. Los socialistas de izquierda, a causa de su política pacifista, se habían atraído un vasto proselitismo popular. Habían formado un fuerte partido comunista, adherente orto­doxo de la Tercera Internacional seguido por la mayoría del proletariado urbano y algunos nú­cleos rurales. Pero las masas campesinas se agru­paban, en su mayor parte, en los rangos del partido agrario. Stamboulinsky ejercitaba sobre ellas una gran sugestión. Su gobierno era, por tanto, inmensamente popular en el campo. En las elecciones de noviembre de 1922, Stambou­linsky obtuvo una estruendosa victoria. La bur­guesía y la pe-queña burguesía urbanas, repre­sentadas por las facciones coaligadas actual-mente alrededor de Zankov, fueron batidas sensacionalmente. A favor de los agrarios y de los comunistas votó el setenta y cinco por ciento de los electo-res.

 

Mas, empezó entonces a incubarse el golpe de mano de Zankov, estimulado por la lección del fascismo que enseñó a todos los partidos reaccionarios a conquistar el poder insurreccio­nalmente. Stamboulinsky había perseguido y hos­tilizado a los comunistas. Había enemistado con su gobierno a los traba-jadores urbanos. Y no había, en tanto, desarmado a la burguesía urba-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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na que acechaba la ocasión de atacarlo y derri­barlo. Estas circunstancias prepararon el triun­fo de la coalición que gobierna presentemente Bulgaria. Derrocado y muerto Stamboulinsky, las masas rurales se encontraron sin caudillo y sin programa. Su fe en el estado mayor de la Unión Agraria estaba quebrantada y debilitada. Su aproximación al comunismo se iniciaba ape­nas. Además, los comunistas, paralizados por su enojo contra Stamboulinsky, no supieron reac­cionar inmediatamente contra el golpe de Estado. Zankov consiguió así dispersar a las bandas campesinas de Stamhoulinsky y afirmarse en el poder.

 

Pronto, sin embargo, comenzaron a entenderse y concertarse los comunistas y los agrarios y a amenazar la estabilidad del nuevo gobierno. Los comunistas se entregaron a un activo tra­bajo de organización revolucionaria que halló entusiasta apoyo en las masas aldeanas. La elección de una nueva cámara se acercaba. Esta elec­ción significaba para los comunistas una gran ocasión de agitación y propaganda. El gobier­no de Zankov se sintió gravemente ame-nazado por la ofensiva revolucionaria y se resolvió a echar mano de recursos marciales y extremos contra las comunistas. Varios leaders del comu­nismo, Kolarov entre ellos, fueron apresados. Las autoridades anunciaron el descu-brimiento de  una conspiración comunista y el propósito gu­bernamental de reprimirla severamente. Se inauguró un período de persecución del comu­nismo. A estas medidas respondieron espontá­neamente las masas trabajadoras y campesinas con violentas protestas. Las masas manifestaron una resuelta voluntad de combate. El Partido Comunista y la Unión Agraria pensaron que era indispensable empeñar una batalla decisiva. Y se colocaron a la cabeza de la insurrección cam­pesina. La lucha armada entre el gobierno y los

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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comunistas duró varios días. Hubo un instante en que los revolucionarios dominaron una gran parte del territorio búlgaro. La república fue proclamada en innumerables localidades rurales. Pero, finalmente, la revolución resultó ven­cida. El gobierno, dueño del control de las ciu­dades, reclutó en la bur-guesía y en la clase me­dia urbanas legiones de voluntarios bien armados y abastecidos. Movilizó contra los revolucio­narios al ejército del general ruso Wrangel asi­lado en Bulgaria desde que fue derrotado y expulsado de Rusia por los bolcheviques. Y usó también contra la revolución a varias tropas macedonias. Favoreció su victoria, sobre todo, la circunstancia de que la insurrección, propagada principalmente en el campo, tuvo escaso éxi­to urbano. Los revolucionarios no pudieron, por esto, proveerse de armas y municiones. No dis­pusieron sino del escaso parque colectado en el campo y en las aldeas.

 

Ahogada la insurrección, el gobierno reaccio­nario de Zankov ha encarcelado a innumerable militantes del comunismo y de la Unión Agraria. Millares de comunistas se han visto obligados a refugiarse en los países limítrofes para escapar a la represión. Kolarov y Dimitrov se han asilado en territorio yugo-eslavo.

 

Dentro de esta situación, se ha efectuado en noviembre último, las elecciones. Sus resultados han sido, por supuesto, favorables a la coalición acaudillada por Zankov. Los agrarios y los comunistas, procesados y perseguidos, no han po­dido acudir organizada y numerosamente a la votación. Sin embargo, vein-tiocho agrarios y nue­ve comunistas han sido elegidos diputados. Y en Sofía, malgrado la intensidad de la persecución, los comunistas han alcanzado varios millares de sufragios.

 

Los resultados de las elecciones no resuelven, por supuesto, ni aún parcial-mente la crisis po-

 

 

 

 

 

 

 

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lítica búlgara. Las facciones revolucionarias han sufrido una cruenta y do-lorosa derrota, pero no han capitulado. Los comunistas invitan a las ma­sas rurales y urbanas a concentrarse en torno de un programa común. Propugnan ardorosamente la constitución de un gobierno obrero y campesino. La Unión Agraria y el Partido Co­munista tiende a soldarse cada vez más. Saben  que no conquistarán el poder parlamentariamente. Y se preparan metódicamente para la acción violenta. (En estos tiempos, el parlamen­to no conserva alguna vita-lidad sino en los países, como Inglaterra y Alemania, de arraigada y profunda democracia. En las naciones de de­mocracia superficial y tenue es una institu-ción atrofiada).

 

Y en Bulgaria, como en el resto de Europa la reacción no elimina ni debilita el mayor factor revolucionario: el malestar económico y social. El gobierno de Zankov, del cual acaba de separarse un grupo de la derecha, los liberales nacionales, subordina su política a los intereses de la burguesía urbana. Y bien. Esta política no cura ni mejora las heridas abiertas por la gue­rra en la economía búlgara. Deja intactas las causas de descontento y de mal humor.

 

Se constata en Bulgaria, como en las demás naciones de Europa, la impoten-cia técnica de la reacción para resolver los problemas de la paz. La reacción consigue exterminar a muchos fau­tores de la revolución, establecer regímenes de fuerza, abolir la autoridad del parlamento. Pero no consigue normalizar el cambio, equili­brar los presupuestos, disminuir los tributos ni aumentar las exportaciones. Antes bien produce, fatalmente, un agravamiento de los pro-blemas económicos que estimulan y excitan la revolu­ción.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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TCHITCHERIN Y LA POLÍTICA EXTERIOR DE LOS SOVIETS*

 

 

Rusia ha sido readmitida formalmente, des­pués de siete años de ostracismo, en la sociedad internacional. Inglaterra, Italia, Noruega; han reconocido de Jure, al gobierno de los soviets. Otras declaraciones de reconocimiento vendrán tras de éstas. Caerán en breve del todo las últi­mas murallas del cerco dentro del cual las po­tencias capitalistas intentaron encerrar y asfixiar al sovietismo. ¡Qué lejano y qué inverosímil parece ahora el eco de aquel obce-cado ¡Jamais! con que respondiera Clemenceau en la cámara francesa a todos cuantos lo invitaban a tratar con Rusia! Francia se encamina hoy, poco a po­co, a la reanudación de sus relaciones con Mos­cú. Ha dado ya, en esta vía, varios pasos iniciales. Una delegación de la Bolsa de París ha visi­tado Rusia con el objeto de averiguar las posi­bilidades de negocios que ahí existen. El sena­dor De Monzie se ha hecho propugnador ardoro­so de un arreglo franco-ruso. Rusia ha sido in­vitada a la feria de Lyon. Charles Gide ha repre­sentado a los cooperatistas franceses en el re­ciente Jubileo de las cooperativas rusas y ha regresado a Paris lleno de simpatía por el Estado sovietal.

 

La política exterior de los soviets rusos ha tenido, en suma, varios éxitos sensacionales. Estos éxitos renuevan la confluencia de la curio­sidad mundial alrededor de la figura del comi­sario de negocios extranjeros de Rusia.

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 23 de Febrero de 1924.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ningún personaje de la diplomacia contempo­ránea es tan interesante y tan singular como Tchitcherin. Su método, su procedimiento, son característi-camente revolucionarios e insólitos. Durante mucho tiempo los mensajes de Tchitche­rin han sido los documentos más desconcertan­tes y estruendosos de la vida internacional. Sobre todo en los días de la gran ofensiva europea contra los soviets, la prosa de esos documentos era una prosa polémica, cáustica, agresiva. El gobierno ruso carecía de órganos de comunica­ción oficial con los demás gobiernos. Se encon­traba rigurosamente aislado, bloqueado. Tchitcherin, consiguientemente, se dirigía a los go­biernos y a los pueblos no por medio de notas sino por medio de radiogramas. El ministerio de negocios extranjeros de Rusia funcionaba en una estación de telegrafía sin hilos. La diplomacia secreta, condenada teóricamente por Wilson, era prácticamente abolida por Tchitcherin. El minis­tro de negocios extranjeros de Rusia dialogaba con el mundo en voz alta, sin reservas, sin eufe­mismos, sin protocolo. Y no sólo el lenguaje de la diplomacia bolchevique tenía este carácter. Toda su técnica, todos sus sistemas, eran radicalmente nuevos, peculiarmente revolucionarios. Un día publicaban los soviets los papeles secretos de la diplomacia zarista y revelaban los tratados y los planes imperialistas de Rusia y de sus aliados. Otro día alentaban a los pueblos coloniales a la revuelta contra las potencias de Occi­dente. El director de esta política exterior ico­noclasta y bolchevique no era, sin embargo, un advenedizo de la diplomacia, un individuo sin entre-namiento ni antecedentes diplomáticos. Tchitcherin es —dato notorio— un diplomático de carrera. Antes de 1908, antes de que su filia­ción ideológica lo obligara a dejar la mullida vida mundana y a entregarse a la tumultuosa vida revolucionaria, Tchitcherin sirvió en la di­plomacia rusa. Además, aristócrata de nacimien‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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to, es un individuo de prestancia y educación mundanas. El bolchevismo de su diplomacia re­sulta, por tanto, un fenómeno muy espontáneo, muy sincero, muy original.

 

La historia de la política exterior de los so­viets se divide en dos capítulos. El primero es breve. Corresponde al paso de Trotsky por el co­misariato de ne-gocios extranjeros. Y se cierra con la resistencia de Trotsky a la aceptación por Rusia de las condiciones de paz del militarismo alemán. Trotsky quiso entonces que Rusia asu­miera ante Alemania una actitud tolstoyana: que rasgase el tratado marcialmente dictado por los generales de Alemania y que desafiase románti­camente la invasión de su territorio. Lenin, con ese sagaz y vidente sentido del deber histórico de la revolución que casi todos sus críticos le reconocen, sostuvo la necesidad dolorosa e ine­vitable de capitular. Trotsky se trasladó en esa ocasión a un escenario más adecuado a su tem­peramento y a su capacidad organizadora: el ministerio de guerra. Y Tchitcherin se encargó del ministerio de negocios extranjeros. Timoneada por Tchitcherin, la política exterior de Ru­sia ha seguido, sin desviación y sin impaciencia, una dirección al mismo tiempo realista y recti­línea. La actitud de los soviets ante los estados capitalistas, durante estos cinco años de debate diplomático, no se ha modifi-cado sustancialmente en ningún momento. Tchitcherin la defi­nía y la expli-caba así en julio de 1921: "Los fun­damentos de nuestra política económica actual fueron establecidos desde el primer año de nues­tra existencia. Esta idea de relaciones económi­cas ha sido siempre nuestra idea favorita. No hemos sido nosotros quienes hemos inventado el alambre con púas del cerco econó-mico. El heroísmo del ejército rojo ha hecho caer esta barrera y, por consi-guiente, el sistema conteni­do en el fondo de nuestro pensamiento, y que

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nosotros habíamos expresado varias veces en nuestras notas y declaraciones, vuelve a ser, del modo más natural, una realidad inmediata, la política misma de nuestros enemigos ha contribuido a este resultado. Los hombres de Estado más clarividentes del mundo capitalista, o sea los de Inglaterra, han compren-dido desde hace largo tiempo que no conseguirían aplastarnos por la fuerza de las armas. Esperan domes­ticarnos por el comercio. Esta es la táctica oficial-mente confesada por Lloyd George. Nosotros no tenernos sino que prestarnos a ella, puesto que desde un principio hemos querido relacio­nes comerciales. Hemos mordido voluntariamen­te el cebo. Nuestra vía se ha confundido con la de Lloyd George. Ambos queremos comercio. Queremos, como dicen los ingleses, peace and trade. Son únicamente las perspectivas del porvenir las que difieren. Nosotros aguardamos la disgregación del sistema capitalista. Lloyd Geor­ge aguarda nuestro amansamiento. ¿Qué les im­porta a los ingleses que nuestras esperanzas sean otras, si prácticamente nosotros queremos la misma cosa que ellos? Comerciemos juntos, co­mo unos y otros deseamos, que en cuanto al buen fundamento de nuestras esperanzas el porvenir decidirá".

 

Rusia ha conseguido hoy su reconocimiento por Inglaterra en condiciones mejores todavía de las que habría aceptado en 1919 o 1921. Los términos del reconocimiento de Inglaterra no comportan para el gobierno de los soviets nin­gún sacrificio, ninguna obligación onerosa. Ram­say Mac Donald ha adoptado la siguiente fórmu­la: primero, el restablecimiento de las relacio­nes diplomáticas; después el arreglo de las cuestiones pendientes. El reconoci-miento del gobierno comunista no ha sido el precio de especiales concesiones de Rusia a Inglaterra. Y en la primera cláusula del tratado italo-ruso, Italia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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declara que reconoce ampliamente al gobierno de los soviets, sin que las demás cláusulas le aseguren en Rusia ventajas contrarias a la cons­titución comunista.

 

Estos hechos son trascendentes porque el conflicto entre los estados capita-listas y la Ru­sia de los Soviets nace del carácter de la cons­titución rusa. Los soviets representan un régi­men antagónico y opuesto en su esencia al régi­men capitalista. Constituyen la actuación del so­cialismo y de su doctrina sobre la propiedad. Los motivos concretos y sustantivos de la resis­tencia de los Esta-dos capitalistas a la admisión de la Rusia sovietista en la sociedad internacio­nal son, precisamente, estos dos: el repudio ru­so de la deuda externa del zarismo y la sociali­zación de las tierras y de las fábricas sin indem­nización a los propietarios extranjeros.

 

Conviene, acaso, recordar algunos aspectos de la beligerancia entre Rusia y la Entente. Apa­rentemente esta ruptura, o mejor dicho su vio­lencia, fue efecto de la defección de Rusia de la lucha contra Alemania. Mas la verdad es que los bolcheviques suscribieron el tratado de paz empujados por la actitud de la Entente respec­to a su gobierno. Durante los primeros meses de la revolución, los soviets se mostraron dispues­tos a llegar a un acuerdo con la Entente; pero demandaron, naturalmente, que la Entente de­clarase su programa de paz y que este progra­ma estuviese exento de toda intención imperia­lista. La diplomacia aliada se negó a toda discu­sión de estos tópicos. Sus embajadas se quedaron en Rusia no para tratar con los soviets sino para sabotearlos y socabarlos, rehusando toda co­laboración con ellos y alentando todos los complots reac-cionarios de la aristocracia y de la burguesía rusas. Únicamente el capitán Jacques Sadoul, adjunto de la embajada francesa, y algún otro diplomático aliado trabajaron leal-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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mente por una inteligencia entre la Entente y los soviets. Los demás miembros de las emba­jadas miraban en los bolcheviques unos deten­tadores transitorios, anecdóticos y bizarros del gobierno de Rusia.

 

La actitud aliada ante los soviets, en suma, estuvo dictada, integralmente, por razones po­líticas. Las democracias inglesa y francesa que no habían tenido inconveniente en aliarse con la autocracia zarista, se resistían a aceptar su sustitución por una dictadura proletaria. Ensa­yaron, por esto, todos los medios posibles para sofocar la revolución rusa. Abastecieron de armas y de dinero todas las tentativas revolu­cionarias. Movilizaron contra los soviets ejérci­tos polacos y tcheco-eslavos. Francia no tuvo reparo en reconocer como gobierno legítimo de Rusia el del general Wrangel que, poco tiempo después de ese espaldarazo solemne, liquidó ridículamente su aventura reaccionaria.

 

Sólo el fracaso sucesivo de todas estas expediciones y del bloqueo concebido por la imagi­nación felina de Clemenceau, indujo, poco a po­co, a las potencias aliadas a negociar y transigir con los bolcheviques. Inglaterra e Italia fueron las primeras en propugnar esta nueva política, cuya manifestación inaugural fue la invitación de Rusia a la conferencia de Génova. La confe­rencia de Génova, una vez eliminada de su programa la cuestión de las reparaciones, resultó entera aunque baldíamente destinada a la cues­tión rusa. Francia se opuso ahí obstinadamente a todo arreglo con Rusia que no reposase sobre una rendición total de los soviets. Pero, al margen de la conferencia, se produjo un aconteci­miento importante. Alemania suscribió en Rapa­llo un tratado de paz y de amistad con Rusia. Ese tratado era el primer reconocimiento de los soviets por un Estado capitalista. Frustraba el frente único del régimen capitalista contra el

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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bolchevismo. Luego, la conferencia de Génova tuvo como epílogo la reunión de La Haya, donde la esperanza de un acuerdo conjunto de Europa con Rusia se desvaneció totalmente. Ingla­terra anunció entonces su voluntad de entrar en negociaciones separadas con los soviets. La misma idea se abrió paso en Italia. Los estados ca­pitalistas, convencidos de la solidez del nuevo régimen, sintieron crecientemente la necesidad de entenderse con é1. Rusia es un in-menso depó­sito de materias primas y productos alimenticios y un rico merca-do para los productos de la in­dustria occidental. En el comercio con Rusia, la industria inglesa y la industria italiana miran, un remedio para su crisis y su chômage.

 

El factor principal de la nueva política de Europa ante los soviets rusos reside, así, en los intereses de la industria y del comercio europeos. Pero no es un factor negligible la presión socialista y democrática. Al sentimiento conser-vador le ha repugnado invariablemente el reconoci­miento de Rusia, aunque haya advertido su ne­cesidad y su conveniencia. Ese acto no ha po­dido ser cumplido cómodamente por estadistas educados en el antiguo concepto jurídico de la propiedad. Acabamos de ver que Baldwin, en la cámara de los comunes, ha criticado a Mac Donald por el reconocimiento de Rusia. Lloyd George y Asquith habrían llegado al reconoci­miento; pero después de algunos rodeos y con no pocas reservas. El Labour Party, en cambio, no ha tenido ningún embarazo mental ni doctrina­rio para tender la mano a Rusia porque, cualesquiera que sean su oportunismo, y su minimalismo, es un partido socialista, en cuyo progra­ma, entre otras cosas, está inscrita la nacionali­zación de las minas y de los ferrocarriles.

 

La trayectoria de la Revolución Rusa se ase­meja, desde este y otros puntos de vista, a la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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trayectoria de la Revolución francesa. Pero el proceso de esta revolución es más acelerado. La Revolución Rusa ha pasado ya el episodio de la Santa Alianza. Concluye su jornada guerrera. Y entra en un período en que los estados conservadores se avienen a una convivencia pacífica con los estados revolucionarios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL FASCISMO Y EL MONARQUISMO EN ALEMANIA*

 

 

El proceso de Hitler y Luddendorf no es sólo el proceso del fascismo bávaro. Es, sobre todo, el proceso de la segunda ofensiva monar­quista y reaccionaria en Alemania. Esta segunda ofensiva ha sido, en apariencia, menos extensa y dramática que la primera. Kapp y Lutwitz consiguieron, en marzo de 1920, apoderarse de Berlín. Impusieron a una parte de la nación alemana una dicta-dura de cuatro días. Fueron ven­cidos por la resistencia enérgica y disciplinada de todos los elementos republicanos, coaligados en un compacto frente único. Hitler y Ludden­dorf, en noviembre de 1923, no llegaron, en cam­bio, a domi-nar Munich. Su tentativa —anécdo­ta de opereta, conjuración de cervecería— abor­tó espontáneamente. La frustraron dos reaccio­narios, dos monarquistas, Von Kahr y Von Lossow, con cuya cooperación o neutralidad conta­ban los conjurados. Las audiencias de Munich han sido, con este motivo, una monó-tona quere­lla de Hitler y Luddendorf contra Von Kahr y Von Lossow.

 

Pero no se puede comprender ni juzgar la insurrección de Munich escindién-dola y aislán­dola de los acontecimientos que la antecedieron y circundaron. Esa insurrección constituyó el episodio final de un emocionante capítulo de la historia alemana inaugurado por ocupación del Ruhr. Fue el epílogo de la batalla librada

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 29 de Marzo de 1924.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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en Alemania durante tal período, entre las fuerzas de la Revolución y las fuerzas de la Reac­ción.

 

La ocupación del Ruhr creó en Alemania un estado de ánimo agudamente nacionalista. Favo­reció, por consiguiente, el desarrollo de las fac­ciones fas-cistas que, desde hacía tiempo, excitaban contra la república alemana, y contra sus capitulaciones ante Francia, a los elementos acce­sibles a una propaganda Jingoísta y guerrera. La carestía, el chômage, la escasez, la ruina del marco exasperaron, al mismo tiempo, la lucha de clases. Los comunistas trataron de empujar al proletariado a la Revolución.

 

Baviera era el foco de la agitación reacciona­ria y monárquica. Las derechas tenían ahí el go­bierno. Von Kahr ejercía el poder civil y Von Lossow el poder militar. A ambos les confirió el gobierno imperial una autoridad extraordina­ria y dictatorial. Y ambos la usaron, para rebelarse más de una vez contra el gobierno de Berlín, acusado por las derechas bávaras de exce­siva subordina-ción a las influencias socialistas. El gobierno del imperio decretó, por ejem-plo, la suspensión del diario de Hitler "Des Voelkische Beobachter", dedicado a una propaganda desem­bozadamente insurreccional. Kahr y Lossow desobe-decieron esta orden. Mientras sometían a los socialistas y comunistas bávaros a los rigo­res del estado de sitio, consentían la actividad subversiva de Hitler que incitaba y organizaba a sus brigadas fascistas para la marcha sobre Berlín.

 

Turinghia y Sajonia, en tanto, eran dos focos contiguos de agitación revolu-cionaria y comunis­ta. El poder estaba en ambos Estados alemanes en manos de los obreros. Los antiguos ministe­rios social-democráticos fueron reem-plazados por ministerios socialistas-comunistas. En Sajo-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nia la cartera de gobierno fue entregada a un comunista. Y todos los ministros comunistas empezaron a usar sus posiciones en el gobierno como bases de operaciones revolucionarias.

 

Alemania parecía próxima a la guerra civil. Baviera clamaba contra la rebe-lión de Turinghia y Sajonia. Turinghia y Sajonia clamaban contra la desobe-diencia de Baviera. En Baviera se orga­nizaba públicamente la reacción. En Turinghia y Sajonia se organizaba públicamente la revolución. Prusia, social-democrática y centrista, de­cidió entonces contener, ante todo, la ola comu­nista. El gobierno imperial de Berlín sometió a Sajonia y Turinghia a la autoridad extraordina­ria de un dictador militar. Y exigió la destitu­ción de los ministros comunistas. El partido co­munista contó sus fuerzas, compulsó sus proba­bilidades, amenazó con la insurrección. Pero solicitó inútilmente la solidaridad de los socialis­tas. Y prefirió replegarse, sin combatir, a sus posiciones defensivas. Juzgó inmadura la situa­ción para desencadenar una decisiva ofensiva re­volucionaria.

 

Hitler y Luddendorf, en tanto, vieron en la retirada comunista una coyuntura propicia pa­ra acometer la conquista de Alemania. Pensa­ron que, abortada la tentativa revolucionaria, na­da obstruiría el camino de una tentativa reaccio-naria. Mas a sus planes se oponían las riva­lidades y las ambiciones que dividen en dos bandos a las derechas bávaras. Hitler y Ludden­dorf trabajan por la restauración de un Hohcn­zollern en el trono del imperio. Von Kahr y sus secuaces aspiran a la sustitución de la dinastía prusiana de los Hohen-zollern por la dinastía bávara de los Wittelsbach. Su candidato es Rupprecht de Baviera.

 

Hitler y Luddendorf han descubierto, en suma, la falta de cohesión en las derechas alema-

 

 

 

 

 

 

 

 

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nas. El movimiento reaccionario alemán carece aún de unidad. Sus adherentes se reparten en­tre varias sectas y varios capitanes. El fascis­mo, en Baviera, se apoda demagógicamente "par­tido nacional-socialista", y sigue como jefe a Hitler. En el resto de Alemania, la mayor fac­ción reaccionaria es el partido pangermanista, uno de cuyos principales leaders es Helferich, parlamentario profesional. Los Junkers, los te­rratenientes, se agrupan en este partido tradi-cio­nal y agresivamente antisemita. Los industriales se concentran en el partido populista, representando ahora en el gobierno por Stressemann, uno de sus estadistas de más jerarquía. De los rangos del partido populista no están proscri­tos los judíos, ni de su programa, más o menos oportunista y flexible, que acepta la republica sin renegar la monarquía, ni están excluidos los com-promisos ni los pactos con la social-democracia.

 

Las peripecias de la política alemana conducen a algunos de sus observadores a la adop­ción de un prejuicio vulgar. Se duda obstinada­mente del republica-nismo de los alemanes. Se les supone espiritual y orgánicamente conformados al dominio de un monarca militar. Alema­nia, sin embargo, es una de las na-ciones más educadas y adaptadas a la democracia. El fenómeno fascista y monárquico ha sido alimentado ahí,  en gran parte, por las consecuencias del tratado de Versailles y de la política opresora y guerrera de Poincaré. Las facciones reaccio­narias reclutan sus adeptos en la clase media afligida por los rigores de una miseria insólita, desprovista de una ideología de una conscien­cia y propensa, por ende, a la nostalgia del antiguo régimen. Además la amenaza creciente de la revolución proletaria ha empujado a mucha gente incolora a una posición de extrema derecha. La polarización de las masas a derecha y

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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a izquierda, en Alemania, como en los demás países de avanzado proceso revolucionario, se cumple a expensas de los partidos centristas. Y, con todo, las fuerzas del centro y de la demo­cracia son aún en Alemania lo suficiente-mente numerosas para conservar el poder. El ministe­rio actual es un minis-terio centrista. Y, aunque las balas nacionalistas han abatido a algunos de los más robustos leaders de la democracia. —Erzberger, Rathenau—, la mayoría de la burguesía alemana persiste todavía en resistir a la revolución con los sistemas sagaces de una política oportunista y transaccional y no con los sistemas marciales de una política reaccionaria

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LAS ELECCIONES ITALIANAS Y LA DECADENCIA DEL LIBERALISMO*

 

 

La hora es de fiesta para los fautores y admi­radores de Mussolini y las "cami-sas negras". Los filofascistas de todos los climas y todas las lati­tudes recogen, exultantes, los ecos fragmentarios de las elecciones italianas que, exultante tam­bién, les trae el cable. Aclaman estruendosa y delirantemente la victoria del fascismo. El jú­bilo de los reaccionarios es natural y es lícito. No hay interés en contrastarlo. No hay interés en remarcarlo siquiera. Pero ocurre que en este coro filofascista se mezclan y confunden con los secuaces de la reacción muchos adherentes de la democracia. Una buena parte del centro se asocia al regocijo de la derecha. Y esta actitud si es acreedora de atención y estudio. Sus raíces y sus orígenes son muy interesantes.

 

El liberalismo y la democracia han renega­do, ante el fascismo, su teoría y su praxis. Su capitulación ha sido plena. Su apostasía ha sido total. El liberalismo y la democracia se han dejado desalojar, dominar y absorber por el fas­cismo. El fascismo, en sus métodos, en su programa y en su función, es esencialmen-te anti-democrático. Los extremistas del fascismo propugnan abiertamente el absolutismo y la dictadura. Mussolini se ha apoderado del poder me­diante la violencia y ha anunciado su intención de conservarlo sin cuidarse de la vo-luntad del parlamento ni del sufragio. Y los partidos de la democracia, sin em-bargo, no le han negado ni

 

 

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* Publicado en Variedades, lima, 12 de Abril de 1924.

 

 

 

 

 

 

 

 

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le han regateado casi su adhesión. Se han entre­gado incondicional y rendida-mente al dictador. La mayoría de la cámara extinta era liberal-democrática. Mussolini la tuvo, no obstante esto, a sus órdenes. Consiguió de ella los poderes extraordinarios que necesitaba para gobernar dic­tatorialmente, la sanción de los desmanes y desbordes de su política represora y reaccionaria y una ley electoral adecuada a la formación de un parlamento fascista. Y obtuvo del liberalis­mo y de la democracia la misma obediencia en todas partes. La prensa liberal, seducida o asus­tada por los fascistas, cayó, poco a poco, en la más categórica retractación de su ideario. Ape­nas si "Il Corriere della Sera" de Milán, "Il Mondo" de Roma y algún otro órgano del liberalis­mo opusieron alguna resistencia al régimen fascista.

 

La actitud de los liberales y demócratas de fuera de Italia coincide, pues, con la de los li­berales y demócratas de dentro. El liberalismo y la democracia tienen el mismo gesto ante la fuerza y el bastón fascistas, tanto si sufren co­mo si no sufren la coacción de sus amenazas y de sus golpes.

 

Las elecciones italianas, en verdad, significan, más que una derrota de la re-volución, una derro­ta del liberalismo y la democracia. Constituyen una fecha de su decadencia, un instante de su tra­monto. Marcan una rendición explícita de los liberales italianos al fascismo. Los partidos li­beral-democráticos han concurrido a estas elec­ciones uncidos mansa y resignadamente al carro de la dictadura fascista. Orlando, después de algunas coqueterías y reservas, ha figurado en la lista de candidatos ministeriales. Una parte de los demócratas cristianos ha desertado de las filas de Don Sturzo para enrolarse en las de Mussolini. Giolitti, con su sólita astucia, ha querido diferenciar su candidatura de las del

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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fascismo, presentándose con sus amigos pia­monteses en una lista indepen-diente: pero ha hecho plenas protestas de su confianza en el régimen fascista. La oposición liberal ha estado representada únicamente por Bonomi, leader de un pequeño grupo reformista y Amendola, uno de los tenientes de Nitti. Nitti se ha absteni­do de intervenir en las elecciones.

 

La victoria fascista, aparece, pues, en primer lugar, como una consecuencia de la descompo­sición y la abdicación del liberalismo. Los libe­rales italianos no sólo no han sabido ni han que­rido distinguirse en las elecciones de los fascis­tas sino que, como estos, se han uniformado de "camisa negra". Su proselitis-mo, por consiguien­te, se ha desbandado o se ha confundido con el del régimen fascista. La mayoría de aquellos electores antiguos  y habituales clientes de la democracia se ha sentido inclinada a dar su voto al fascismo. El líberalismo se ha presentado esta vez a sus ojos como una doctrina exangüe, superada, vacilante.

 

Pero este no ha sido sino uno de los elemen­tos de la victoria fascista. Otro elemento principal ha sido la nueva ley de elecciones. Las elecciones de 1919 y 1921 efectuaron en Ita­lia conforme al régimen proporcional. Este régimen asegura a cada partido en el parlamento una posición que refleja matemática-mente  su posición en la masa electoral. El fascismo lo consideró contrario a sus intereses. Y, en la nueva ley electoral, tornó Italia al antiguo sistema, que garantiza a la mayoría un predominio aplastante en el parlamento.

 

Las elecciones, además, se han realizado dentro de un ambiente preparado por varios años de coacción v de violencia. Antes de la "marcha a Roma" los fas-cistas destruyeron una gran parte de las cooperativas, periódicos, sindicatos y

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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demás instrumentos de propaganda socialista. Inaugurada su dictadura, usaron y abusaron de todos los resortes del poder para sofocar esa pro­paganda. El fascismo, por ejemplo, ha puesto la libertad de la prensa en manos de sus prefec­tos. La libertad de opinión en general ha teni­do los límites que le han fijado el bastón y el aceite de ricino abundantemente empleados por los fas-cistas contra sus adversarios. Mientras el fascismo ha movilizado para estas elecciones todas sus fuerzas legales y extra-legales, la oposi­ción casi no ha dispuesto de medios de organi­zación ni de propaganda.

 

Por consiguiente, tiene mucho valor el hecho de que, en este período de retirada y retroceso revolucionarios, los socialistas hayan conquistado sesenta y cinco asientos en la cámara (Veintiséis asientos han sido ganados por los socialistas maximalistas y diecisiete por los comunis­tas). Los tres partidos socialistas han alcanzado, en total, un millón cien mil votos. Trescientos mil de estos votos pertenecen a los comunistas que en la nueva cámara tienen uno o dos puestos más que en la vieja. Mas disminuida que la representación so-cialista ha salido la represen­tación católica. Los socialistas, en conjunto, eran 136 en la cámara vieja; son 65 en la cámara nueva. Los católicos eran 109 en la cámara vieja; en la cámara nueva no son sino 39 Y los grupos liberal-demo-cráticos no incorporados en el bloque ministerial han conquistado una repre­sentación menor todavía. Además, tanto estos grupos como la democracia cristiana de Don Sturzo, no son verdaderos partidos de oposición. En la democracia cristiana, sólo la fracción de izquierda Mauri-Miglioli tiene un tinte acentua­damente anti-fascista.

 

Las fuerzas de la democracia y del liberalis­mo italianos resultan, así, plegadas y rendidas al fascismo. Pero el fascismo se encuentra so-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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metido al trabajo de digerirlas y asimilarlas. Y la absorción de los liberales y demócratas no es para los fascistas una función fácil ni inocua. Los fascistas, que en sus días de ardimiento de­magógico, proclamaban su propósito de desalojar radicalmente del gobierno a los políticos del antiguo régimen, no se atreven ahora a prescin­dir de su colaboración. Acontece, a este respec­to, en Italia, algo de lo que acontece en Espa­ña. La dictadura ha anunciado estru-endosamen­te, en un principio, el ostracismo, la segrega­ción definitiva de los viejos políticos; pero ha concluido, después, por recurrir a los más fosilizados y arcaicos de ellos. Los fascistas, en las elecciones recientes, no han querido ni han podido formular una lista de candidatos neta y exclusivamente fascista. Han tenido que incluir entre sus candidatos a muchos liberales, demó­cratas y católicos. La lista vencedora es una lista ministerial; pero no es íntegramente una lista fascista. Ciento veinte de los cuatrocientos diputados de la mayoría fascista no están afi­liados al fascismo. A todos estos diputados el fascismo les ha impuesto sus tesis reaccionarias; pero no puede incorporarlos en su cortejo sin adquirir y sin contagiarse de algunos de sus hábitos mentales. La asimi-lación de la burocra­cia liberal y democrática modificará la estruc­tura y la actitud del fascismo. Se advierte, desde hace algún tiempo, en el fascismo, la existen­cia de una tendencia acentuadamente revisionis­ta. Esta tendencia ha sido, en los primeros mo­mentos, excomulgada por el estado mayor fas­cista. Pero ha aparecido tácitamente amparada por el propio Mussolini. El caso de Massimo Rocca es el incidente más notorio de este proceso revisionista. Massimo Rocca, ex-anarquista, conspicuo teniente de Mussolini, publicó algunos artículos que preconizaban la vuelta a la legali­dad y condenaban la persistencia en el fascis­mo de un humor beligerante y demagógico. El

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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directorio fascista censuró y expulsó del fascis­mo a Massimo Rocca; pero bajo la presión de Mussolini tuvo que reconsiderar su acuerdo. La tendencia revisionista, posteriormente, se ha acentuado. El fascismo tiende cada día más a adaptarse a las formas que antes quiso romper. Y si hoy exulta es, en parte, porque siente que estas elecciones legalizan, regularizan su ascen­sión al poder. Se habla, actualmente, de que el fascismo va cediendo el puesto al mussolinismo. Y de que el actual gobierno de Italia es más mussolinista que fascista.

 

Este rumbo de la política fascista era fatal. El fascismo no es una doctrina; es un movimien­to. Por más esfuerzos que ha hecho, no ha conseguido trazarse un programa ni una vía netamente fascistas. No hay ni puede haber una idea­rio fascista. Los fascistas, naturalmente, creen que el fascismo contiene no sólo una nueva con­cepción política sino hasta una nueva concep­ción filosó-fica. (La marcha a Roma tiene para ellos una importancia cósmica). Mas una opi­nión tan autorizada para el fascismo, como la de Benedetto Croce, se ha burlado exquisitamen­te de esa pretensión. Interrogado por un órga­no fascista "Il Corriere Italiano", Benedetto Cro­ce ha declarado: "En verdad, no me parece que se haya presentado hasta aquí otra cosa que algunas vagas indi-caciones de designios políti­cos y de constituciones nuevas. Lo que existe es más bien la fórmula genérica del Estado fascis­ta y el deseo de llenarla con un contenido ade­cuado. Yo he oído hablar del pensamiento nue­vo, de la nueva filosofía que estaría implícitamente contenida en el fascismo. Y bien, yo he tratado, por simple curiosidad intelectual, de de­ducir de los actos del fascismo la filosofía o la tendencia filosófica que, según se dice, deberían encerrar; y aunque yo tengo algún hábito y algu­na habilidad en estos análisis y estas síntesis

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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lógicas, en este arte de encontrar y formular principios, confieso que no he logrado mi obje­to. Temo que esa filosofía no exista y que no exista porque no puede existir".

 

La dictadura fascista, por ende, tendrá una fisonomía menos característica-mente fascista cada día. Sostenida por la sólida mayoría parlamentaria que ha ganado en las elecciones últi­mas, adquirirá un perfil análogo al de otras dic­taduras de esta Italia de la Unidad y de la di­nastía de Saboya. Crispi, Pelloux, el propio Gio­litti gobernaron Italia dictatorialmente. Sus dic­taduras estuvieron desprovistas de todo gesto demagógico y se conformaron con un rol y un carácter burocráticos. Y bien, la dictadura de Mussolini, estruendosa, retórica, olímpica y d'annunciana en sus orígenes, como conviene en esta época tem-pestuosa, acabará por contentarse con las modestas proporciones de una dic­tadura burocrática. Perderá poco a poco su énfa­sis heroico y su acento épico. Empleará para conservar el poder los recursos y expedientes oportunistas de la vieja democracia. (Ya Mus­solini ha invitado a colaborar en su gobierno a la Confederación General del Trabajo y a los leaders reformistas)

 

A las "camisas negras" les aguarda, en suma, la misma suerte que a las "cami-sas rojas" de Garibaldi. Dejarán de ser una prenda de mo­da aún entre los fascistas. Y su ocaso será, en verdad, el ocaso del fascismo. Porque este estrepitoso estremecimiento político no significa, realmente, para la Terza Italia, un cambio de doctrina sino apenas un cambio de camisa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA NUEVA FASE DEL PROBLEMA DE LAS REPARACIONES*

 

 

El debate del problema de las reparaciones entra, aparentemente, en un pe-ríodo decisivo la comisión de reparaciones, casi olvidada du­rante más de un año desde que la ocupación del Ruhr causó en su seno un agudo desacuer­do, vuelve a atraer la atención mundial. Torna a encenderse ahí la discusión sobre cuánto y cómo debe pagar Alemania a los aliados. Las bases del debate son, en parte, nuevas.

 

Hace pocos meses, en diciembre, la comisión de reparaciones encargó a dos comités de exper­tos el examen de la capacidad económica de Alemania. El primer comité ha estudiado los medios de equilibrar el presupuesto y sanear la moneda de Alemania. El segundo ha tenido a su cargo una investigación sobre los capitales alemanes emigrados al extranjero. Los expertos han estado en Berlín; se han informado abundantemente sobre las cuestiones sometidas a su investigación; han escuchado al Reichsbank y a otros órganos de la economía germana; han explorado la opinión de los grandes trusts inter­nacionales; y han emitido, finalmente, un dictamen universalmente notorio, que propone varias medidas dirigidas a la reorganización económica de Alemania. Ale-mania, a juicio de los exper­tos, necesita ante todo de la asistencia y la ayuda internacionales. El capital extranjero debe proporcionarle los recursos indis-pensables para la emisión de una moneda estable. Estos prés‑

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 26 de Abril de 1924.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tamos y estas inversiones tendrían naturalmen­te serias garantías. Los ferro-carriles alemanes serían administrados por un consorcio interna­cional. El estado alemán reduciría sus gastos. Licenciaría a una parte de su burocracia.

 

Los rasgos esenciales del plan acusan la men­talidad característicamente pluto-crática y capi­talista de sus autores. Los expertos comienzan por trasladar del Estado a las empresas privadas la emisión de la moneda y la explotación de las líneas férreas. Y, en todos los capítulos de su programa, se muestran preo-cupados casi ex­clusivamente de crear seguridad y confianza pa­ra la inversión de capitales en Alemania.

 

Alemania y Francia han declarado que acep­tan las conclusiones del dictamen como base de un arreglo. Mas esta aceptación no aproxima todavía sus encon-tradas tesis ni sus antagónicos intereses. Los expertos se han movido dentro de una órbita limitada. No han tocado, por ende, sino algunos aspectos de la cuestión de las re­paraciones. Su programa deja intactas todas las dificultades políticas: la controversia sobre la ocupación militar del Ruhr, por ejemplo. A este respecto los puntos de vista francés y alemán permanecen inconciliables y antitéticos. Ningún gobierno alemán renunciara a reclamar la eva­cuación del territorio del Ruhr. Ningún proba­ble gobierno francés, sucesor del de Poinca-ré, podrá, dentro del estado de ánimo creado por éste, decidirse fácilmente al abandono del Ruhr.

 

El plan de los expertos no fija, de otro lado, el monto de las reparaciones. Y también a este respecto un acuerdo es muy difícil. El ultimátum de mayo de 1921 —cuyas conclusiones, que parecieron entonces muy moderadas a la prensa francesa, no han podido actuarse— es­tablecía en 138,000 millones de marcos oro el total de la indemnización alemana. Pero esta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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suma, según las más autorizadas previsiones, es superior a la capacidad eco-nómica de Alemania. El gobierno alemán dijo hace poco más de un año que 30,000 millones eran el límite de sus recursos posibles. Keynes sostiene que Alema­nia no puede ni debe pagar más de 36.000 mi­llones y que de esta suma hay que descontar todo lo que los aliados han recibido o se han cobrado ya. Nitti indica, como una suma prudente y justa, 40,000 millones, agregando que Alemania tiene pagado al menos veinte mil. El desacuerdo no depende, ade-más, de una diferen­te estimación de la capacidad de pago de Alemania, sino de un diverso concepto de los daños que Alemania está obligada a reparar. Los go­biernos aliados confirman, en el ultimátum de Londres, que a Alema-nia le toca reembolsar a los aliados no sólo la restauración de los territorios desvastados sino también las pensiones y subsidios de guerra. Keynes, en sus libros, re­chaza vigorosamente esta tesis. Demuestra que, dentro de una ho-nesta interpretación de las con­diciones de paz solemnemente ofrecidas por Wilson a Alemania, no cabe sino la reparación de los daños sufridos por las poblaciones civi­les, cuyo costo, largamente calculado, no exce­de de treinta mil millones. El gobierno francés en fin, considera la cuestión de las repa-raciones ligada a la cuestión de las deudas interaliadas. A su juicio, ninguna reducción de la indemni­zación alemana es admisible si no la acompaña una reducción proporcional de los créditos de guerra de Estados Unidos e In-glaterra. Y el go­bierno italiano es, naturalmente, solidario con este punto de vista.

 

El dictamen de los expertos constituye, sin embargo, un progreso en la discu-sión. Antes de la ocupación del Ruhr, la diplomacia francesa negaba obstina-damente la incapacidad de Alemania para satisfacer sus obligaciones pecunia-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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rías. Francia regateaba tercamente a Alemania, en la comisión de reparacio-nes, la más mínima moratoria. Ahora los expertos preconizan una moratoria dilatada. Su dictamen reconoce que Alemania, en sus condiciones actuales, no pue­de absolutamente amortizar su deuda a los alia­dos. Que es necesario ayu-darle a ordenar sus fi­nanzas. Y que es indispensable, asimismo, respe­tar su unidad territorial y económica.

 

Otro progreso importante es la colaboración de Estados Unidos. El partido republicano, co­mo es sabido, condujo a Estados Unidos a una política de abstención ante las cuestiones europeas. Estados Unidos parecía desintere-

sarse de la crisis de Europa. Al menos esquivaba su concurso para una solu-ción. Hoy Estados Unidos cambia de actitud. Es que percibe que a la banca-rrota europea seguiría su propia bancarrota. Es que siente la conexión, la interdependencia de su vida económica y la vida económica europea. La crisis invade Norte América. Su fisono­mía es ahí diversa que en Europa: pero sus raíces y su sentido histórico son los mismos. La mayor parte de los países de Europa padecen de falta de oro y de la consiguiente desvalori­zación del papel moneda. Estados Unidos, en cambio, sufre una congestión de oro. A sus arcas ha ido a parar la mitad del stock total de oro del mundo. Y, como sus exporta-ciones son mayores que sus importaciones, Estados Unidos continúa drenando el oro de los otros países. Las consecuencias de esta abundancia son el abara-tamiento del dinero y el encarecimiento de la vida. Si Europa está amenazada por la ane­mia, Estados Unidos corre el riesgo de una apo­plegía. El empobre-cimiento de considerables mer­cados europeos no puede, de otra parte, ser indiferente a Estados Unidos. Afecta sus intereses y sus perspectivas indus-triales y agrícolas. Sig­nifica el peligro de una nueva crisis de desocu‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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pasión con todos sus reflejos sociales. Estados Unidos, en suma, se siente empujado de nuevo hacia Europa. Su interés le aconseja colocar una parte de su oro en los países europeos. Alemania es, entre estos países, el que más se presta a fuertes inversiones. Le urgen préstamos de oro y cré­ditos alimenticios y de materias primas. Pero Es­tados Unidos no puede conceder estos présta-mos ni estos créditos a una Alemania oprimida y perseguida por sus acree-dores europeos. Y tra­ta, por eso, de que Alemania y los aliados se entiendan, advirtiéndoles que únicamente a este precio obtendrán su cooperación en la obra de la reconstrucción europea.

 

Los móviles y los rumbos de la política nor­teamericana coinciden con los de la política in­glesa. También Inglaterra posee una buena mo­neda, un presu-puesto equilibrado, etc.; pero también la prosperidad de su industria está subor­dinada a la extensión de sus mercados exterio­res. Los conservadores propugnan una política proteccionista que concentre la actividad eco­nómica de Inglaterra dentro de sus dominios. Pero esta tesis resultó batida en las elecciones últimas. Los laboristas y los liberales creen que Inglaterra debe buscar la solución de los pro­blemas de su producción y de su comercio en el restablecimiento en Europa de una vida nor­mal.

 

La actitud actual de Francia y de Alemania ante el dictamen de los expertos es, finalmente, una actitud interina. Francia y Alemania se hallan en vísperas de elecciones políticas. En Alemania, probablemente, esas elecciones darán la razón a los partidos representados en el gobier­no centrista de Marx. En Fran-cia, en tanto, los escrutinios, casi seguramente, serán adversos a Poincaré. Y, en ese caso, el próximo gobierno francés, en el cual influirán intensamente las izquierdas, será más asequible a un arreglo. Se

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nota en Francia una acentuada tendencia a con­siderar con un criterio comer-cial y práctico la cuestión de las reparaciones. El diputado Paul Reynaud dijo en diciembre en la cámara fran­cesa: "El problema para nosotros consiste en obtener siete millones de toneladas de carbón a un precio bastante ventajoso para que nues­tra industria metalúrgica pueda sostener la con­currencia con las industrias inglesa y alemana".

 

El debate de las reparaciones resulta así, en su fase presente, un debate de negocios. No ha­blan hoy los políticos; hablan los banqueros, los trusts, la plutocracia. Se oye, con este motivo, un lenguaje comercial. Y se contempla sólo pla­nes y diseños comerciales. El programa de los expertos se inspira, sustancialmente, en la idea de asociar a todos los grandes países capitalis­tas a la reorganización económica de Alemania. Tiende a que cada uno de estos países tenga una participación proporcional en tal empresa. Quie­re que en el reactivamiento de la industria alemana esté interesada toda la finanza inter-nacio­nal. Pero la finanza internacional se halla divi­dida en varios grupos rivales, antagónicos, enemigos. Y cada uno de estos grupos es más sen­sible a la voz de sus intereses particulares que a la voz del interés general.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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HERRIOT Y EL BLOC DE IZQUIERDA*

 

 

Este año inaugura un período de política so­cial-democrática. Vuelven al poder, después de un largo exilio, radicales y radicaloides de todos los tintes. La marea reaccionaria declina en toda Europa. En los tres mayores países de Europa occidental —Inglaterra, Alemania y Francia—dominan hombres y tendencias liberales. La burguesía no ha encontrado en el experimento fascis-ta, en la praxis conservadora, la solución de sus problemas. En cambio, se ha cansado de la difícil postura guerrera a que se ha sentido obligada. Torna, por eso, de buena gana, a una posición centrista, oportunista y democrática. La vieja democracia, más o menos guarnecida de socialismo, desaloja del poder a la reacción y sus tartarines. Sobreviven aún las dictaduras de Mussolini y Primo de Rivera, pero una y otra están también condenadas a una próxima caída.

 

El método reaccionario prevaleció a continua­ción de una agresiva y tumul-tuosa ofensiva re­volucionaria. Se impuso a la turbada conscien‑

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 20 de Setiembre de 1924. Superada la grave crisis de su enfermedad, entre Mayo y Agosto de 1924, reanudó J.C.M. su sección "Figuras y Aspectos de la Vida Mundial". Variedades saludó con la siguiente nota de encabezamiento este hecho: "Tras de largo interregno, impuesto por tremenda dolencia, reanu­da su interesante colaboración nuestro querido compañe­ro José Carlos Mariátegui. Ha salido Mariátegui de la du­ra prueba tras de intensa lucha en que fueron factores decisivos tanto la eficacia de la ciencia médica como la admirable entereza de su espíritu. Siempre activo y opti­mista, se reintegra, con el mismo entusiasmo de otros días, a sus labores periodísticas, ofreciéndonos esta serena y concisa apreciación de la actualidad política francesa, que nuestros lectores han de leer con el vivo interés que inspira tan distinguido escritor". (N. de los E.)

 

 

 

 

 

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cia de Europa en una hora de miedo y desconcierto. El ensayo ha sido breve. Los capitanes de la reacción no han sabido restaurar el orden viejo ni reorga-nizar la economía capitalista. Han agravado, al contrario, la crisis. Hoy la burguesía, desencantada de las tundentes armas reaccionarias, desiste poco a poco de su empleo. Al mismo tiempo renace en la pequeña y media burguesía la antigua y decaída fe democrática.

 

La ascensión de Herriot y del bloc de izquierdas al gobierno de Francia forma parte de este extenso fenómeno político. El éxito de las elecciones de mayo estaba previsto. Era eviden­te un nuevo orientamiento de la mayoría de la opinión francesa. Curada parcialmente de la intoxicación y las ilusiones de la victoria esa mayoría de pequeños burgueses deseaba la organización de un gobierno ponderado y razonable. El programa de Herriot merecía, por ende, su adhesión su confianza. Herriot era además, pa­ra una parte de las masas electoras, un leader nuevo, un estadista no probado ni usado aún en el gobierno, contra quien no existía, por consiguiente, prejuicio ninguno.

 

La pequeña burguesía francesa espera de Herriot -pequeño burgués típico- una adminis­tración discreta y práctica que disminuya las cargas del contribu-yente, que modere los gastos militares, que obtenga de Alemania garantías y pagos seguros y que reconcilie a Francia con Rusia salve los ahorros franceses invertidos en empréstitos rusos. Se pide a Herriot una administración prudente que se guarde de las aventuras marciales de Poincaré, aunque se engalane, en cambio, de algunos ideales generosos e inocuos

 

Con Herriot se ha operado en la escena política francesa un vasto cambio de decoración de actores y de argumento. El gobierno del alcalde

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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de Lyon es, en verdad, renacimiento de la Fran­cia radical y laica de Waldeck-Rousseau, de Combes y de Caillaux. La actualidad francesa ofrece diversas señales de tal mudanza. Mientras de un lado se constata una disminución de la retórica chauvinista, de otro lado se ve a He­rriot inaugurar, lleno de respeto, el monumento a Zola. El Eliseo suspende de nuevo sus relaciones con el Vatica-no reanudadas por el bloc nacional después de la guerra. Se reclama el trasla-do de los restos del tribuno socialista Jau­rés, víctima de una bala reaccionaria, al panteón de los grandes hombres. Y, sobre todo, Francia rectifica su actitud ante Alemania y concede una adhesión real y fervorosa a la Sociedad de las Naciones, en la cual desea colaborar con los pue­blos vencidos y con la repú-blica bolchevique.

 

El programa del leader del bloc de izquier­das hace, ciertamente, muchas concesiones al nacionalismo poincarista. Con este motivo, una parte de la opinión internacional ha creído ver en Herriot casi un continuador de la po-lítica del bloc nacional frente a Alemania. Pero esto no es exacto. El gobierno del bloc de izquierdas, por su mentalidad y su composición, no puede aban­donar súbitamente ninguna de las reinvindicacio­nes esenciales de Poincaré. Más aún, depende en mucho de los mismos prejuicios y compromisos que el conservadurismo. Y tiene que acomodar sus movimientos a su situación en las cámaras. Las bases parlamentarias del ministerio de He­rriot no son muy anchas ni homogéneas. El bloc nacional tiene todavía una numerosa repre-sentación parlamentaria en la cámara de diputados; en el Senado persiste un humor chauvinista. He­rriot necesita, tanto en las cuestiones internas como en las externas, graduar su radicalismo a la temperatura parlamentaria. Final-mente, no puede olvidar que la plutocracia es dueña de una poderosa prensa experta en el arte de impresionar y excitar a la opinión pública.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pero, con todo, los fines de Herriot son fun­damentalmente distintos de los de Poincaré y las derechas. Herriot aspira lealmente a una cooperación, a una inteligencia franco-alemana. Poincaré, en cambio, se proponía la expoliación y la opresión sistemáticas de Alemania. Recien­temente, en una conversación con el escritor Norman Angell, publicada en la revista "The New Leader', Herriot ha anunciado categóricamente y explícitamente su intención de aso-ciar a Alemania a un amplio pacto de garantía y asis­tencia que asegure la paz europea.

 

Ante Rusia, la posición de Herriot es análoga. Herriot es autor de un honrado libro, La Russie Nouvelle, en el cual ha reunido las impresiones de su visita de hace dos años a la república de los soviets. Este libro -que es uno de los testimonios burgueses de la solidez y la probi­dad del régimen bolchevique y de su obra- se preocupa de demostrar la necesidad económica francesa de comerciar con Rusia. Contiene tam­bién algunas opiniones sobre el comunis-mo, al cual se opone Herriot no desde puntos de vista técnicos como Caillaux, sino, más bien, desde puntos de vista filosóficos. Su condición de buen Fran-cés, ortodoxamente patriota, lo induce a pre­ferir Jaurés a Marx. Y su condi-ción de hombre de letras nutrido de clacisismo, lo lleva a preferir el comu-nismo de Platón al comunismo marxista.

 

La política democrática, la política de la reforma y del compromiso, está así puesta a prue­ba en Francia y en otros países de Europa. Cuenta con la adhe-sión de un extenso y activo sector social. Su porvenir, sin embargo, aparece muy incierto y oscuro. Este método de go­bierno vive de transacciones y com-promisos con dos bandos inconciliables. Sufre los asaltos y las presiones de los reaccionarios y de los revolu­cionarios. Los ministerios de Herriot, de Mac

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Donald y de Marx deben guardar un difícil y angustioso equilibrio parlamen-tario. En cual­quier instante, un paso atrevido, una actitud aventurada, pueden causar su caída. Esta situa­ción constriñe a los leaders democráticos a abste-nerse de una política verdaderamente propia. Les toca, en realidad, actuar la política que les consienten los altos intereses financieros e in­dustriales. Los resultados de la conferencia de Londres no son debidos estrictamente al pa-cifis­mo de Mac Donald y Herriot. Han sido posibles por su concomitancia con urgentes necesidades y propósitos de la finanza y la industria. El pa­cifismo y la democracia prosperan actualmente porque el capitalismo ha menester de la coope­ración internacional. La teoría y la práctica na­cionalistas aíslan medio-evalmente a los pueblos, contrariamente a lo que conviene a la expansión y a la circulación del capital.

 

Cuando Herriot supone actuar su propia política realiza, en verdad, la del capital financiero anglo-franco-americano. El plan Dawes, por ejemplo, no es formalmente siquiera una con­cepción de políticos. Lo han elaborado directa-mente banqueros y negociantes. A los políticos no les ha sido acordada sino la función de adop­tar sus conclusiones. La democracia, sin el es­truendo ni la brutalidad de la reacción, conti­núa haciendo, en suma, la política de la clase capitalista. No es exagerada, por consiguiente, la previsión de que acabará por desacreditarse totalmente a los ojos de la clase proletaria. A la pacificación social no podría llegarse, democrá­ticamente, sino a través de una colaboración ver­dadera. Y, como dice Mussolini, que ama las fra­ses lapalissianas, per la colaborazlone bisogna essere in due.

 

Herriot, naturalmente, trata de servir sus propios fines democráticos mediante estos com­promisos y transacciones. Sus palabras son, ge-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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neralmente, las de un político de criterio y mé­todo realistas. A Normann Angell le ha dicho en­tre otras cosas: "Un pacifismo simplemente abs­tracto no basta". Los argumentos que ha usado en su campaña eleccionaria han sido idénticamen­te los de un hombre práctico y, por tanto, los más apropiados para ganarse el favor de los electores prudentes y utilitarios. Hombre del pueblo, hay que creerlo provisto del tradicional buen sentido popular. Sus ideales mismos no lo emba­razan nunca demasiado. Son los ideales cautos y modestos de un pequeño-burgues. Herriot quiere sentirse a igual distancia de la reacción y de la revolución. Es, a la manera pre-bélica, un enamorado y un fautor sincero del progreso, de la democracia, de la civilización y de los "inmor­tales Principios" de la Revolución Francesa. Teme los saltos violentos y las transiciones rápi­das y no tiene el gusto de la aventura ni del peligro.

 

Todo en Herriot rebosa bon sens. Mas es el caso que el buen sentido no basta en estos tiempos. Se trata, según todos los síntomas, de tiempos de excepción que reclaman hombres de excepción. Herriot es un hombre de talento pero de un talento un poco provinciano y pasado de moda. Spengler diría tal vez de Herriot que no es el hombre de la Urbe sino el hombre de la Ciudad. En efecto, Herriot no tiene el tem­peramento complejo de la Urbe. Su cara gorda, redonda y risueña es más la del alcalde de Lyon que la de un primer ministro de la Francia contemporánea. Es la cara de un ciudadano li­beral, pacifista, obeso y republicano. ¿Estas sim­ples, honestas y simpáticas condiciones, serán sufi-cientes para reorganizar una nación y un continente cuyo destino ha arrancado a Caillaux una interrogación tan angustiada y dramática?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PROYECCIONES DEL PROCESO MATTEOTTI*

 

 

El fascismo no quiere que el proceso de los asesinos de Matteotti se convierta en el proce­so de toda la gesta fascista. Contra el espontá­neo desarrollo de este proceso, el fascismo mo­viliza sus brigadas de "camisas negras" y su po­der gubernamental. El hecho judicial -dice- no debe transformarse en un hecho político. Y ha dado, con el propósito principal de impedir "indiscreciones" sobre el crimen y sus actores, un decreto-ley que reglamenta marcialmente la libertad de la prensa.

 

Pero no se gobierna la Historia. El propio fascismo -movimiento romántico, antihistórico, voluntarista- tiene sus raíces vitales en la His­toria y no en la ideología ni en la acción de sus creadores y animadores. Es un producto de esa Historia que pretende negar o torcer a golpes de cachiporra. El asesinato de Matteotti ha sido la culminación de una política de terror. Es por eso que, al reaccionar contra tal crimen, la

 

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* Publicado en Mundial, Lima. 26 de Setiembre de 1924. Con este artículo comenzó J.C.M. sus colaboraciones en Mundial, con la siguiente nota de encabezamiento de esa re-vista: "Comenzamos desde este número a publicar las colaboraciones del distinguido escri-tor nacional don José Carlos Mariátegui. La singular condición literaria de este intelectual, su brillante manera y su bien ganado prestigio de capacidad para apreciar las incidencias de la alta política europea van ha tener desde nuestras columnas una opor-tunidad más de reve-larse con beneficio para el afianzamiento de su persona-lidad intelectual y con bene­ficio mayor todavía para el público lector. El primer artículo de José Carlos Mariátegui analiza las proyeccio­nes del pro-ceso seguido en Italia por el asesinato del diputado socialista Matteotti y está lleno de esa justeza de apreciación que ha hecho del ilustre periodista un caso ejemplar de sinceridad de crítica", (N. de los E.)

 

 

 

 

 

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opinión italiana ha reaccionado contra todo el sistema que lo ha engendrado. El desenlace ju­dicial no importa nada. La cuestión moral y política no era de la competencia de los magistra­dos. Ha tenido, por ende, un fuero especial, un fuero superior. Y de su juicio sumario han sa­lido condenados el fascismo, su método y sus armas.

 

Cuando en la cámara italiana se denunció la desaparición del diputado socia-lista, Mussolini, inquietado por el viento de fronda que soplaba, sintió la ne-cesidad de decir con su acostumbrado tono dramático: "Giustizia sará fatta sino in fondo". Esta frase aparece ahora como una in­tuición histórica. En la intención del caudillo fascista era una promesa de que los jueces cas­tigarían austeramente a los culpables. Pero ha adquirido luego una realidad superior y adver­sa a la voluntad fascista. La historia se ha apo­derado de ella y la ha hecho suya. Se hará jus­ticia plenamente; pero no sólo contra los asesi­nos materiales, sino contra la política en que el crimen se ha incubado. Como ha dicho Musso­lini, giustizia sará fatta sino in fondo.

 

Veamos por qué el fascismo resulta tan comprometido en este proceso. Hay razones inmediatas. Los ejecutores del crimen eran hombres de confianza del estado mayor fascista. Uno de ellos, Dumini, delincuente orgánico, gozaba del
favor de los más altos funcionarios del Estado y del partido, pertenecía al personal del diario fascista "Il Corriere d'Italia" y se titulaba adjunto de la oficina de prensa del jefe del gobierno. Está averiguada una circunstancia a su respecto: el día del delito, Dumine aguardó en el Palacio Viminal, donde fun-ciona el ministerio del interior, al automóvil que debía conducirlo a secuestrar a Matteotti. El crimen fue ordenado, según las investigaciones judiciales, por Rossi y Marinelli, dos fascistas del primer rango y de la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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primera hora, miembros del cuadrunvirato su­premo del partido, y por Filipelli, director de "Il Corriere d'italia". El director de otro diario fascista "Il Nuevo Paese" acaba de ser llamado a Roma por edictos como otro de los respon-sables. El fascismo, en un principio, cuando le urgía calmar y satisfacer a la opinión pública, se esfor­zó por aislar la responsabilidad de los acusados. Los entregó a la justicia. Pero, poco a poco, un instinto más poderoso que su consciencia lo ha movido hacia ellas. En algunas demostraciones de los "camisas negras" se ha oído el grito de "Viva Dumini". Y se ha amenazado a la oposi-ción con una segunda marcha a Roma destinada, sin duda, a liberar a los encausados. Finalmente Farinacci, uno de los mayores lugartenientes de Mussolini, ha asumido la defensa de Dumini y ha intentado, como explicación del asesinato, atribuir a Rossi una conspiración con­tra Mussolini para reem-plazarlo en el poder. (Su tentativa ha tenido tan mala suerte, ha encontrado un público tan incrédulo y hostil, que Fa­rinacci no ha insistido en sus folletinescas revelaciones).

 

De otro lado el asesinato de Matteotti no es un acto solitario en la historia del fascismo. Es un acto terrorista perfectamente encuadrado dentro de la teoría y la práctica de los "camisas negras".

 

La gesta fascista está llena de hechos simi­les. Matteotti ha sido asesinado por una banda especializada en el delito. Dumini y sus cómpli­ces resultan ahora los autores del asalto a la casa del estadista Nitti y de las agresiones a los diputados Amendola, Mazzolani, Missuri y Forni, fascistas disidentes o cismáticos los dos últi­mos. Y, sobre todo, los capitanes del fascismo han alimentado siempre en sus brigadas un es­tado de ánimo agresivo y guerrero y, en algu­nos casos, han hecho la apología de la violencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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De este humor bélico, han logrado contagiar hasta a algunas personas tenidas antes por sa­bias y prudentes. Giovanni Gentile, explicando filosóficamente su fascismo, ha dicho que "toda fuerza es forma moral, cualquiera que sea el argumento empleado: la prédica o el garrote".

 

En este emocionante proceso acusan, pues, al fascismo muchas circunstancias y muchos testi­monios. Sus consecuencias han sido, por eso, instantáneas e inexorables. Las largas masas so­ciales que, por desconcierto o inconsciencia, o se­ducidas por su lenguaje quijotesco y megalóma­no, seguían al fascismo, han empezado a aban­donarlo. Las defecciones se multiplican. Las filas filo-fascistas pierden sus nombres más sono­ros: Ricciotti Garibaldi hijo, Sem Benelli, etc. Los grupos liberales que colaboraban con Mus­solini le retiran ahora su confianza. "Il Giornale d'Italia" de Roma, "Il Mattino" de Nápoles se apro-ximan a la oposición. Los mismos fascistas se dan cuenta de que se van que-dando solos. Mussolini, en la última asamblea del consejo nacional fascista, ha recomendado la conquista de las masas. Pero tanto el Duce como sus se­cuaces cometen cotidianos errores de psicología que aumentan la excitación popular. Además, se constata en todas las capas sociales una mayor sensibil-idad moral y política. Antes, los ataques a la libertad, los actos de terror del fascismo eran tolerados o aceptados pasivamente por la mayoría de la población. Hoy, encuentran en ella una repulsa y una condenación enérgicas y vigo­rosas. Los laureles de la marcha a Roma se han marchitado mucho.

 

Probablemente los fascistas intentarán sacar del asesinato de su compañero, el diputado Casa­lini, armas morales defensivas y contraofensi­vas. Pero este crimen no puede cancelar el que lo ha precedido. La responsabilidad de los hechos es diferente; su proyección tiene que ser‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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lo también. Se trata, en el nuevo caso, de un acto de violencia individual. El asesino ha procedido aisladamente, por su propia cuenta. No es posible filiarlo sino como un exaltado. Tras él no existe una organización terrorista dirigida por leaders de la oposición. Los grupos de la oposición han execrado, gene-ralmente, la vio­lencia. Alguno de ellos ha mostrado una mentalidad próxima al gandhismo y casi ha predicado la resistencia pasiva. Gracias, en parte, a esta clase de adversarios, la gesta fascista encon­tró franca y abierta la vía del gobierno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA REVOLUCION CHINA*

 

 

Ensayemos una interpretación sumaria de la actualidad china. Del destino de una nación que ocupa un puesto tan principal en el tiempo y en el espacio no es posible desinteresarse. La Chi­na pesa demasiado en la historia humana para que no nos atraigan sus hechos y sus hombres.

 

El tema es extenso y laberíntico. Los acon­tecimientos se agolpan, en esa vasta escena, tu­multuosa y confusamente. Los elementos de es­tudio y de juicio de que aquí disponemos son escasos, parciales y, a veces, ininteligibles. Este displicente país, tan poco estudioso y atento, no conoce casi de la China sino el coolie, algu­nas hierbas, algunas manufacturas y algunas su­persticiones. (Nuestro único caso de chinofilia es, tal vez, don Alberto Carranza). Sin embargo, espiritual y físicamente, la China está mucho más cerca de nosotros que Europa. La psicología de nuestro pueblo es de tinte más asiático que occidental.

 

En la China se cumple otra de las grandes revoluciones contemporáneas. Des-de hace trece años sacude a ese viejo y escéptico imperio una poderosa volun-tad de renovación. La revolución no tiene en la China la misma meta ni el mis­mo programa que en el Occidente. Es una re­volución burguesa y liberal. A través de ella, la China se mueve, con ágil paso, hacia la Democracia. Trece años son muy poca cosa. Más de un siglo han necesitado en Europa las institu‑

 

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* Publicado en Variedades. Lima. 4 de Octubre de 1924.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ciones capitalistas y democráticas para llegar a su plenitud.

 

Hasta sus primeros contactos con la civiliza­ción occidental, la China conservó sus antiguas formas políticas y sociales. La civilización china, una de las mayores civilizaciones de la historia, había arribado ya al punto final de su trayecto­ria. Era una civilización agotada, momificada, paralítica. El espíritu chino, más práctico que religioso, destilaba escepticismo. El contacto con el Occidente fue, más bien que un contacto, un choque. Los europeos entraron en la China con un ánimo brutal y rapaz de depredación y de conquista. Para los chinos era ésta una inva­sión de bárbaros. Las expoliaciones suscitaron en el alma china una reacción agria y feroz contra la civilización occidental y sus ávidos agentes. Provocaron un sentimiento xenófobo en el cual se incubó el movimiento boxer que atrajo so­bre la China una expedición marcial punitiva de los europeos. Esta beligerancia mantenía y es­timulaba la incomprensión recíproca. La China era visitada por muy pocos occidentales de la categoría de Bertrand Russell y muchos de la categoría del general Waldersee.

 

Pero la invasión occidental no llevó sólo a la China sus ametralladoras y sus mercaderes sino también sus máquinas, su técnica y otros instrumentos de su civilización. Penetró en la China el industrialismo. A su influjo, la economía y la mentalidad china empezaron a modi­ficarse. Un telar, una locomotora, un banco, contienen implícitamente todos los gérmenes de la democracia y de sus consecuencias. Al mismo tiempo, miles de chinos salían de su país, antes clausurado y huraño, a estudiar en las univer­sidades europeas y americanas. Adquirían ahí ideas, inquietudes y emociones que se apoderaban perdurable-mente de su inteligencia y su psicología.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La revolución aparece, así, como un trabajo de adaptación de la política china a una econo­mía y una consciencia nuevas. Las viejas insti­tuciones no corres-pondían, desde hacia tiempo, a los nuevos métodos de producción y a las nuevas formas de convivencia. La China está ya bas­tante poblada de fábricas, de bancos, de máqui­nas, de cosas y de ideas que no se avienen con un ré-gimen patriarcalmente primitivo. La indus­tria y la finanza necesitan para desarrollarse una atmósfera liberal y hasta demagógica. Sus in­tereses no pueden depender del despotismo asiá­tico ni de la ética budhista, taoísta o confucio­nista de un mandarin. La economía y la políti­ca de un pueblo tienen que funcionar solidariamente.

 

Actualmente, luchan en la China las corrien­tes democráticas contra los sedi-mentos absolu­tistas. Combaten los intereses de la grande y pe­queña burguesía contra los intereses de la cla­se feudal. Actores de este duelo son caudillos militares, tuchuns, como Chang-So-Lin o como el mismo Wu Pei Fu; pero se trata, en verdad, de simples instrumentos de faenas históricas superiores. El escritor chino F. H. Djen remarca a este respecto: "Se puede decir que la manifestación del espíritu popular no ha tenido hasta el presente sino un valor relativo, pues sus tenientes, sus campeones han sido constan­temente jefes militares en los cuales se puede sospechar siempre ambición y sueños de gloria personal. Pero no se debe olvidar que no está lejano el tiempo en que acon-tecía lo mismo en los grandes Estados occidentales. La personali­dad de los actores políticos, las intrigas tejidas por tal o cual potencia extranjera no de-ben impedir ver la fuerza política decisiva que es la voluntad popular".

 

Usemos, para ilustrar estos conceptos, un po­co de cronología.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La revolución china principió formalmente en octubre de 1911, en la pro-vincia de Hu Pei. La dinastía manchú se encontraba socabada por los ideales liberales de la nueva generación y descalificada, —por su conducta ante la represión europea de la revuelta boxer—, para seguir representando el senti-miento nacional. No podía, por consiguiente, oponer una resistencia seria a la ola insurreccional. En 1912 fue proclamada la república. Pero la tendencia republicana no era vigorosa sino en la población del sur, donde las condicio-nes de la propiedad y de la indus­tria favorecían la difusión de las ideas libe-rales sembradas por el doctor Sun Yat Sen y el partido Kuo-Ming-tang. En el norte prevalecían las fuerzas del feudalismo y el mandarinismo. Brotó de esta situación el gobierno de Yuan Shi Kay, republicano en su forma, monárquico y tuchun en su esencia. Yuan Shi Kay y sus se­cuaces procedían de la vieja clientela dinástica. Su política tendía hacia fines reaccionarios. Vino un período de tensión extrema entre ambas bandos. Yuan Shi Kay, finalmente, se proclamó emperador. Mas su imperio resultó muy fugaz. El pueblo insurgió contra su ambición y lo obli­gó a abdicar.

 

La historia de la república china fue, después de este episodio, una sucesión de tentativas reac­cionarias, prontamente combatidas por la revo­lución. Los conatos de restauración eran inva­riablemente frustrados por la persistencia del espírituu revolucionario. Pasaron por el gobierno de Pekín diversos tuchuns: Chang Huin, Tuan Ki Chui, etc.

 

Creció, durante este período, la oposición en­tre el Norte y el Sur. Se llegó, en fin, a una com­pleta secesión. El Sur se separó del resto del imperio en 1920; y en Cantón, su principal me­trópoli, antiguo foco de ideas revolucionarias, constituyose un gobierno republicano presidido

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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por Sun Yat Sen. Cantón, antítesis de Pekín, y donde la vida económica había adquirido un estilo análogo al de Occidente, alojaba las más avanzadas ideas y los más avanzados hombres. Algunos de sus sindicatos obreros permanecían bajo la influencia del partido Kuo-ming-tang; pero otros adoptaban la ideo-logía socialista.

 

En el Norte subsistió la guerra de facciones. El liberalismo continuó en armas contra todo intento de restauración del pasado. El general Wu Pei Fu, caudillo culto, se convirtió en el in­térprete y el depositario del vigilante sentimien­to republicano y nacionalista del pueblo. Chang So Lin, gobernador militar de la Manchuria, ca­cique y tuchun del viejo estilo, se lanzó a la conquista de Pekín, en cuyo gobierno quería colocar a Liang Shi Y. Pero Wu Pei Fu lo detuvo y le infligió, en los alrededores de Pekín, en mayo de 1922, una tremenda derrota. Este suce­so, seguido de la proclamación de la independen-cia de la Manchuria, le aseguró el dominio de la mayor parte de la China. Propugnador de la unidad de la China, Wu Pei Fn trabajó enton­ces por realizar esta idea, anu-dando relaciones con uno de los leaders del sur, Chen Chiung Ming. Mientras tanto Sun Yat Sen, acusado de ambi­ciosos planes, y cuyo liberalismo, en todo caso, parece bastante disminuido, coqueteaba con Chang So Lin.

 

Hoy luchan, nuevamente, Chang So Lin y Wu Pei Fu. El Japón, que aspira a la hegemonía de un gobierno dócil a sus sugestiones, favorece a Chang. En la penumbra de los acontecimientos chinos los japoneses juegan un papel pri-mario. El Japón se ha apoyado siempre en el partido Anfú y los intereses feudales. La corriente po­pular y revolucionaria le ha sido adversa. Por consigui-ente, la victoria de Chang So Lin no sería sino un nuevo episodio reaccionario que otro episodio no tardaría en cancelar. El impulso re-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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volucionario no puede declinar sino con la rea­lización de sus fines. Los jefes militares se mue­ven en la superficie del proceso de la Revolu­ción. Son el síntoma externo de una situación que pugna por producir una forma propia. Empujándolos o contrariándolos, actúan las fuerzas de la historia. Miles de intelectuales y de estu­diantes propagan en la China un ideario nuevo. Los estudiantes, agitadores por excelencia, son la levadura de la China naciente.

 

El proceso de la revolución china, finalmen­te, está vinculado a la dirección fluctuante de la política occidental. La China necesita para organizarse y desarrollarse un mínimun de li­bertad internacional. Necesita ser dueña de sus puertos, de sus aduanas, de sus riquezas, de su administración. Hasta hoy depende demasiado de las potencias extranjeras. El Occidente la sojuzga y la oprime. El pacto de Washington, por ejemplo, no ha sido sino un esfuerzo por esta­blecer las fronteras de la influencia y del domi­nio de cada potencia en la China.

 

Bertrand Russell, en su Problem of Chine, dice que la situación china tiene dos soluciones: la transformación de la China en una potencia militar eficiente para imponerse al respeto del extranjero o la inauguración en el mundo de una era socialista. La primera solución, no sólo es detestable, sino absurda. El poder militar no se improvisa en estos tiempos. Es una consecuencia del poder económico. La segunda solución, en cambio, parece hoy mucho menos lejana que en los días de acre reaccionarismo en que Bertrand Russell escribió su libro. La chance del socialismo ha mejorado de enton­ces a hoy. Basta recor-dar que los amigos y correligionarios de Bertrand Russell están en el gobierno de Inglaterra. Aunque, realmente, no la gobiernen todavía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IRLANDA E INGLATERRA*

 

 

El problema de Irlanda aún está vivo. De Valera, el caudillo de los sinn feiners vuelve a agitar la escena irlandesa. Irlanda no se aquie­ta. Desde 1922, le ha sido reconocido el derecho de vivir autónomamente dentro de la órbita y los confines morales, militares e internacionales de la Gran Bretaña. Pero no a todos los irlan­deses les basta esta independencia. Quieren sen­tirse libres de toda coerción, de toda tutela bri­tánica. No se conforman de tener una adminis­tración interna propia; aspiran a tener, tam­bién, una política exterior propia. Este senti­miento debe ser muy hondo cuando ni los com­promisos ni las derro-tas consiguen domesticarlo ni abatirlo. No es posible que un pueblo luche tanto por una ambición arbitraria.

 

Luis Araquistain escribía una vez que Irlan­da, católica y conservadora, fuera de la Gran Bretaña viviría menos democrática y liberalmen­te. Por consi-guiente, reteniéndola dentro de su imperio, y oprimiéndola un poco, Inglaterra servía los intereses de la Democracia y la Libertad. Este juicio paradójico y simplista correspondía muy bien a la mentalidad de un escritor demo­crático y aliadófilo como Araquistain entonces. Pero un examen atento de las cosas no lo confirmaba; lo contradecía. Las clases ricas y con­servadoras de Irlanda se han contentado, gene­ralmente, con un home rule. El proletariado, en cambio, se ha declarado siempre República­no, revolucionario, más o menos "feniano", y ha

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 25 de Octubre de 1924.

 

 

 

 

 

 

 

 

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reclamado la autonomía incondicional del país. Araquistain prejuzgaba la cuestión, antes de ahondar su estudio.

 

Sin embargo, la alusión a la catolicidad irlan­desa, lo colocaba aparentemente en buen cami­no, aprehendía imprecisamente una parte de la realidad. El conflicto entre el catolicismo y el protestantismo es, efectivamente, algo más que una querella metafísica, algo más que una sece­sión religiosa. La Reforma protestante contenta tácitamente la esencia, el germen de la idea li­beral. Pro-testantismo, liberalismo aparecieron sincrónica y solidariamente con los primeros ele­mentos de la economía capitalista. No por un mero azar, el capitalismo y el industrialismo han tenido su principal asíento en pueblos protestantes. La economía capitalista ha llegado a su plenitud sólo en Ingla-terra y Alemania. Y den­tro de estas naciones, los pueblos de confesión católica han conservado instintivamente gustos y hábitos rurales y medio-evales. Baviera, por ejemplo, es campesina. En su suelo se aclima­ta con dificultad la gran industria. Las nacio­nes católicas han experimentado el mismo fe­nómeno. Francia -que no puede ser juzgada sólo por el cosmopo-litismo de París- es prevalen­temente agrícola. Su población es trés paysanne. Italia ama la vida del agro. Su demografía la ha empujado por la vía del tra-bajo industrial. Milán, Turin, Génova, se han convertido, por eso, en grandes centros capitalistas. Pero en la Italia meridional sobreviven algunos residuos de la economía feudal. Y, mientras en las ciuda­des italianas del norte el movimiento modernis­ta fue una tentativa para rejuvenecer los dogmas cató-licos, el mediodía italiano no conoció nunca ninguna necesidad heterodoxa, ninguna inquietud herética. El protestantismo aparece, pues, en la historia, como la levadura espiritual del proceso capitalista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pero ahora que la economía capitalista, des­pués de haber logrado su plenitud, entra en un período de decadencia, ahora que en su entraña se desarrolla una nueva economía, que pugna por reemplazarla, los elementos espirituales de su crecimiento pierden, poco a poco, su valor histórico y su ánimo beligerante. ¿No es sinto­mático, no es nuevo, al menos, el hecho de que las diversas iglesias cristianas empiecen a aproxi­marse? Desde hace algún tiempo se debate la posibilidad de reunir en una sola a todas las iglesias cristianas y se constata que las causas de su enemistad y de su concurrencia se han debili-tado. El libre examen asusta a los católicos muchos menos que en los días de la lucha con­tra la Reforma. Y, al mismo tiempo, el libre examen parece menos combativo, menos cismá­tico que entonces.

 

No es, por ende, el choque entre el catolicis­mo y el protestantismo, tan amor-tiguado por los siglos y las cosas, lo que se opone a la convivencia cordial de Irlanda e Inglaterra. En Irlan­da la adhesión al catolicismo tiene un fondo de pasíón nacionalista. Para Irlanda su catolicidad, su lengua, son, sobre todo, una parte de su his­toria, una prueba de su derecho a disponer autonómica-mente de sus destinos. Irlanda defiende su religión como uno de los hechos que la di­ferencian de Inglaterra y que atestiguan su propia fisonomía nacional. Por todas estas válidas razones, un espectador objetivo no puede distin­guir en este conflicto únicamente una Irlanda reaccionaria y una Inglaterra democrá-tica y evo­lucionista.

 

Inglaterra ha usado, sagazmente, sus exten­sos medios de propaganda para persuadir al mundo de la exageración y de la exorbitancia de la rebeldía irlandesa. Ha inflado artificialmen­te la cuestión de Ulster con el fin de pre-sentarla como un obstáculo insuperable para la inde‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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pendencia irlandesa. Pero, malgrado sus esfuer­zos, —no se mistifica la historia— no ha podi­do ocultar la evidencia, la realidad de la nación irlande-sa, coercitiva y militarmente obligada a vivir conforme a los intereses y a las leyes de la nación británica. Inglaterra ha sido impotente para asímilarse al pueblo irlandés, impotente para soldarlo a su imperio, impotente para domar su acendrado sentimiento nacional. El método marcial que ha empleado para reducir a la obediencia a Irlanda, ha alimentado en el áni­mo de ésta una voluntad irreductible de resis­tencia. La historia de Irlanda, desde la invasíón de su territorio por los ingleses, es la historia de una rebeldía pasíva, latente, unas veces; gue­rrera y violenta otras. En el siglo pasado la dominación británica fue amenazada por tres grandes insurrecciones. Después, hacia el año 1870 Isaac Butt promovió un movimiento dirigido a obtener para Irlanda un home rule. Esta ten­dencia prosperó. Irlanda parecía contentarse con una autonomía discreta y abandonar la reinvin­dicación integral de su libertad. Consiguió así que una parte de la opinión inglesa considerase favorablemente su nueva y moderada reivin­dicación. El home rule de Irlanda adquirió en la Gran Breta-ña muchos partidarios. Se convir­tió, finalmente, en un proyecto, en una inten­ción de la mayoría del pueblo inglés. Pero vino la guerra mundial y el home rule de Irlanda fue olvidado. El nacionalismo irlandés recobró su carácter insurreccional. Esta situación pro­dujo la tentativa de 1916. Luego, Irlanda, tratada marcialmente por Inglaterra, se aprestó pa­ra una batalla de-finitiva. Los nacionalistas mo­derados, fautores del home rule, perdieron la dirección y el control del movimiento autonomista. Los reemplazaron los sinn feiners. La tendencia sinn feiner creada por Arthur Griffith, nació en 1906. En sus primeros años tuvo una actividad teorética y literaria; pero, modificada

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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gradualmente por los factores políticos y sociales, atrajo a sus rangos a los soldados más enér­gicos de la independencia irlandesa. En las elecciones de 1918, el partido nacionalista no obtu­vo sino seis puestos en el parlamento inglés. El partido sinn feiner conquistó setenta y tres. Los diputados sinn feiners decidieron boycotear la cámara británica y fundaron un parlamento irlandés. Esta es una declaración formal de gue­rra a Inglaterra. Tornó a flote entonces el pro­yecto de home rule irlandés que, aceptado fi­nalmente por el parlamento británico, concedía a Irlanda la autonomía de un dominion. Los sinn feiners, sin embargo, siguieron en armas. Dirigido por De Valera, su gran agitador, su gran leader, el pueblo irlandés no se contenta­ba con este home rule. Mas con el home rule Inglaterra logró dividir la opinión irlan-desa. Una escisión comenzó a bosquejarse en el movimien­to nacionalista. Inglaterra e Irlanda buscaron, en fin, a fines de 1921, una fórmula de tran-sacción. Triunfaba una vez más en la historia de Inglaterra la tendencia al compromiso. Los auto­nomistas irlandeses y el gobierno británico lle­garon en diciembre de 1921 a un acuerdo que dio a Irlanda su actual constitución. El partido sinn feiner se escindió. La mayoría -64 dipu­tados- votó en la cámara irlandesa a favor del compromiso con Inglaterra; la minoría de De Valera -57 diputados- votó en contra. La opo­sición entre los dos grupos era tan honda que causó una guerra civil. Vencieron los partida­rios del pacto con Inglaterra y De Valera fue encerrado en una cárcel. Ahora, en libertad otra vez, vuelve a la empresa de sacudir y emocio­nar revolucionariamente a su pueblo.

 

Estos románticos sinn feiners no serán ven­cidos nunca. Representan el per-sistente anhelo de libertad de Irlanda. La burguesía irlandesa ha capitulado ante Inglaterra; pero una parte

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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de la pequeña burguesía y el proletariado han continuado fieles a sus rei-vindicaciones nacio­nales. La lucha contra Inglaterra adquiere así un sentido revolucionario. El sentimiento nacio­nal se confunde, se identifica con un sentimien­to clasísta. Irlanda continuará combatiendo por su libertad hasta que la conquiste plenamente. Sólo cuando realicen su ideal perderá éste pa­ra los irlandeses su actual importancia.

 

Lo único que podrá, algún día, reconciliar y unir a ingleses e irlandeses es aquello que apa­rentemente los separan. La historia del mundo está llena de estas paradojas y de estas contradicciones que, en verdad, no son tales con-tradic­ciones ni tales paradojas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA LIBERTAD Y EL EGIPTO*

 

 

Despedida de algunos pueblos de Europa, la Libertad parece haber emigrado a los pueblos de Asia y de África, Renegada por una parte de los hombres blancos, parece haber encontrado nuevos discípulos en los hombres de color. El exilio y el viaje no son nuevos, no son insólitos en su vida. La pobre Libertad es, por naturaleza un poco nómade, un poco vagabunda, un po­co viajera. Está ya bastante vieja para los europeos. (Es la Libertad jacobina y democrática, la Libertad del gorro frigio, la Libertad de los derechos del hombre). Y hoy los europeos tienen otros amores. Los burgueses aman a la Reacción, su antigua rival, que reaparece armada del hacha de los lictores y un tanto modernizada, trucada,     empolvada, con un tocado a la moda, de gusto italiano. Los obreros han desposado a la igualdad. Algunos políticos y ca-pitanes de la burguesía osan afirmar que la Libertad ha muerto. "A la Dea Libertad —ha dicho Mussolini— la mataron los demagogos". La mayoría de la gente, en todo caso, la supone valetudinaria, acha­cosa, domesticada, de-primida. Sus propios escu­deros actuales Herriot, Mac Donald, etc., se sienten un poco atraídos por la igualdad, la dea pro­letaria la nueva dea; y su último caballero, el Presidente Wilson, quiso imponerle una discipli­na presbiteriana y un léxico universitario com­pletamente absurdos en una Libertad coqueta y entrada en años.

 

Probablemente, lo que más que todo resien‑

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 1º Noviembre de 1924.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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te a la vieja dama es que  los europeos no la consideren ya revolucionaria. El caso es que se propone, ostensiblemente, demostrarles que no es todavía estéril ni inocua. Una gran parte de la humanidad puede aún seguirla. Su seducción re­sulta vieja en Europa; pero no en los continen­tes que hasta ahora no la han poseído o que la han gozado incompletamente. Ahí la pobre di-vorciada  encontrará fácilmente quien la despose. ¿No ha sido acaso, en su nombre, que las democracias occidentales han combatido en la gran guerra, contra la gente germana, nibelunga, im­perialista y bárbara?

 

La Libertad jacobina y democrática no se equivoca. Es, en efecto, una Li-bertad vieja; pero en la guerra las democracias aliadas tuvie­ron que usarla, valorizarla y rejuvenecerla para agitar y emocionar al mundo contra Ale-mania. Wilson la llamaba la Nueva Libertad. Ella, mu­sa inagotable y clásica, inspiró los catorces puntos. Y más puntos les hubiera dado a los alia­dos si más puntos hubiesen necesitado éstos pa­ra vencer. Pero sólo catorce, todos varia-ciones del mismo motivo, -libertad de los mares, li­bertad de las naciones, libertad de los Dardane­los, etc.- bastaron al presidente Wilson y a las demo-cracias aliadas para ganar la guerra. La libertad, después de alcanzar su máxima apoteo­sis retórica, comenzó entonces a tramontar. Las democracias aliadas pensaron que la Libertad, tan útil, tan buena en tiempos de guerra, resul­taba excesiva e incómoda en tiempos de paz. En la conferencia de Ver-sailles le dieron un asíento muy modesto y, luego, en el tratado intentaron degollarla, tras de algunas fórmulas equívocas y falaces.

 

Pero la Libertad había huido ya a Egipto. Viajaba por el África, el Asia y parte de América. Agitaba a los hindúes, a los persas, a los

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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turcos, a los árabes. Desterrada del mundo capitalista, se alojaba en el mundo colonial. Su hermana menor, la igualdad, victoriosa en Ru­sia, la auxiliaba en esta campaña. Los hombres de color la aguardaban desde hacia mucho tiem-po. Y, ahora, la amaban apasionadamente. Maltratada en los mayores pueblos de Europa la anciana Libertad volvía a sentirse, como en su juventud, aven-turera, conspiradora, carbonaria, demagógica.

 

Este es uno de los dramas de post-guerra. No sólo acontece que Asia y África, como dice Gorky, han perdido su antiguo, supersticioso respeto a la superio-ridad de Europa, a la civili­zación de Occidente. Sucede también que los asíáticos y los africanos han aprendido a usar las armas y los mitos de los europeos. No todos condenan místicamente, como Gandhi, la "satánica civiliza-ción europea". Todos, en cam­bio, adoptan el culto de la Libertad y muchos coquetean con el Socialismo.

 

Inglaterra es, naturalmente, la nación más damnificada por esta agitación. Pero es, tam­bién, la que con más astutos medios defiende su imperio. A veces se desmanda en el uso de métodos marciales, crueles y sangrientos; pero vuelve, invariablemente, a sus métodos sagaces. La vía del compromiso es siempre su vía predi­lecta. Las colonias inglesas no se llaman hoy colonias; se llaman dominios. Inglaterra les ha concedido toda la autonomía compatible con la unidad imperial. Les ha consentido dejar el im­perio como vasallos para volver a él como aso­ciados. Mas no todas las colonias británicas se contentan con esta autonomía. El Egipto, por ejemplo, lucha esforzadamente por recon-quistar su independencia. Y no la quiere relativa, apa­rente, condicionada.

 

Hace más de cuarenta años que los ingleses

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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se instalaron militarmente en tierra egipcia. Al­gunos años antes habían de-sembarcado ya en el Egipto sus funcionarios, su dinero y sus merca­derías. Inglaterra y Francia había impuesto en 1879 a los egipcios su control finan-ciero. Luego, la insurrección de 1882 había sido aprovechada por Inglaterra para ocupar marcialmente el va­lle del Nilo.

 

El Egipto siguió siendo, formalmente, un país tributario de Turquía; pero, prácticamente, se convirtió en una colonia británica. Los funciona­rios, las finanzas y los soldados británicos mandaban en su administración, su política y su economía. Cuando vino la guerra, los últimos vínculos formales del Egipto con Turquia quedaron cortados. El khedive fue depuesto. Lo reem­plazó un sultán nombrado por Inglaterra. Se inauguró un período de franco y marcial protec­torado británico. Conseguida la victoria. Ingla­terra negó al Egipto participación en la Paz.  Zagloul Pachá debía haber representado a su pueblo en la conferencia; pero Inglaterra no aceptó la fastidiosa presencia de los delegados egipcios. Deportado a la isla de Malta, Zagloul Pa­chá debió guardar mejor coyuntura y mejores tiempos. El Egipto insurgió violentamente con­tra la Gran Bretaña. Los ingleses reprimieron duramente la insurrección. Mas comprendieron la urgencia de parlamentar con los egipcios. La crisis post-bélica desgarraba Europa. Los vencedores se sentían menos arrogantes y orgullosos que en los días de embriaguez del armisticio. Una misión de funcionarios británicos desembar­có en diciembre de 1919 en el Egipto para estudiar las condiciones de una autonomía com­patible con los intereses imperiales. El pueblo egipcio la boycotcó y la aisló. Pero, algunos me­ses después, llamados a Londres, los represen­tantes del nacionalismo egipcio debatieron con el gobierno británico las bases de un convenio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Las negociaciones fracasaron. Inglaterra quería conservar el Egipto bajo su control militar. Sus condiciones de paz eran inconciliables con las reivindi-caciones egipcias.

 

Gobernaban entonces el Egipto, acaudillados por Adly Pachá, los naciona-listas moderados, que eran impotentes para dominar la ola insurreccional. Hubo, por esto, una tentativa de enten­dimiento entre éstos y los nacionalistas integrales de Zagloul Facha. Pero la colaboración apa­recía inasequible. Adly Pachá continuó tratando sólo con los ingleses, sin avanzar en el cami­no de un acuerdo. La agitación, después de un compás de espera, volvió a hacerse intensa y tumultuosa. Varias explosiones nacionalistas pro­vocaron, otra vez, la represión y Zagloul Pachá, que había regresado al Egipto, aclamado por su pueblo, sufrió una nueva deportación. A prin­cipios de 1922 una parte de los nacionalistas egipcios pareció inclinada a adoptar los méto­dos gandhianos de la no-cooperación. Eran los días de plenitud del gandhismo. Inglaterra insis­tió, sin éxito, en sus ofrecimientos de paz.

 

Así arribó el conflicto a las últimas eleccio­nes egipcias, en las cuales una abrumadora ma­yoría votó por Zagloul Pachá. El sultán tuvo que llamar al gobierno al caudillo nacionalista. Su victoria coincidía, aproximadamente, con la del Labour Party en las elecciones inglesas. Y las negociaciones entraron, consecuentemente, en una etapa nueva. Pero esta etapa ha sido demasíado breve. Zagloul Pachá ha estado, recientemente, en Londres, y ha conversado con Mac Do­nald. El diálogo entre el laborista británico y el nacionalista egip-cio no ha podido desembocar en una solución. Se ha efectuado en días en que el gobierno laborista estaba vacilante. Zagloul Pa­chá ha vuelto, pues, a su país, con las manos vacias. La cuestión sigue integralmente en pie.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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No puede predecirse, exactamente, su porvenir. Es probable que, si Zagloul Pachá no consigue prontamente la independencia del Egipto, su ascendiente sobre las masas decaiga. Y que prosperen en el Egipto corriente más revolu-cio­narias y enérgicas que la suya. El poder ha pasado en el Egipto a tenden-cias cada vez más avanzadas. Primero lo conquistaron los naciona­listas moderados. Más tarde, tuvieron éstos que cederlo a los nacionalistas de Zagloul Pachá. La última palabra la dirán los obreros y los fellahs, en cuyas capas superiores se bosqueja un movimiento clasista.

 

La suerte del Egipto está vinculada a los acontecimientos políticos de Europa. De un go­bierno laborista podrían esperar los egipcios concesiones más libera-les que de cualquier otro go­bierno británico. Pero la posibilidad de que los laboristas gobiernen, plenamente, efectivamente, Inglaterra, no es inmediata. Les queda a los egipcios el camino de la insurrección y la violencia. ¿Elegirá esta vía Zagloul Pachá? Será di­ficil, ciertamente, que el Egipto se decida a la guerra, antes que Inglaterra a la transacción. Sin embargo, las cosas pueden llegar a un punto en que la transacción resulte imposible. Esto sería una lástima para el clásico método del compro­miso. ¿Pero acaso la crisis contem-poránea no es una crisis de todo lo clásico?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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GIOLITTI Y LA CRISIS DEL FASCISMO*

 

 

Desertada por los grupos de oposición cons­titucional y de oposición revolu-cionaria —demócratas sociales, demócratas liberales, populares, socialistas, maximalistas y comunistas— la cámara italiana sería monótonamente fascista y facciosa si Giovanni Giolitti y sus amigos se hu­biesen retirado también al Aventino. Pero Gio­litti ha preferido continuar ocupando su asíen­to de dipu-tado y asumir en la cámara una acti­tud oposicionista. Ha vuelto así a una función activa de leader.

 

Su presencia en una cámara abandonada por la oposición es, aparentemente, un acto de co­laboración con el fascismo. El consenso de un parlamento exclusiva y unánimemente embara­zaría mucho a Mussolini. A un gobierno la re­sistencia de una minoría parlamentaria le sirve, entre otras cosas, para sentirse y saberse en mayoría. Es cierto que el fascismo no gobierna cons-titucional sino dictatorialmente; pero es cierto, al mismo tiempo, que jamás se ha deci­dido a romper explícitamente con la constitu­ción. Los diputados de la oposición se han reti­rado de la cámara, con motivo del asesinato de Matteotti y han declarado que no tornarán a sus puestos mientras el fascismo no di-suelva su mi­licia armada y no renuncie a la violencia. Giolitti no podia soli-darizarse con esta táctica. Hasta los últimos acontecimientos, Giolitti había concedido al fascismo su confianza y su apoyo. No había querido confundirse con él; pero lo

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 29 de Noviembre de 1924.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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había sostenido. Aunque sus sentimientos res­pecto al fascismo hubiesen luego mudado, na­da lo obligaba, por consiguiente, a seguir a la oposición. Y, en realidad dentro de la cámara, Giolitti constituye para Mussolini un peligro ma­yor que fuera de ella. Ausente del parlamento, seria Giolitti un supernu-merario de la minoría antifascista. Presente en el Parlamento, es el eje de una secesión de la mayoría mussoliniana. So­leri, un lugarteniente de Giolitti, acaba de decir que la mayor parte de la nación italiana no está con el fascismo ni con la oposición. Esta frase equivale a una confesión de que Giolitti y sus amigos aspiran a conquistar esa vasta zo­na intermedia de la opinión italiana.

 

La conducta de Giolitti es un síntoma más de la decadencia del fascismo. El viejo estadis­ta piamontés es orgánicamente oportunista. Posee un fino olfato político. Presiente las fluctua­ciones de la opinión. Cuando el fascismo contó con el favor de la burguesía y de la pequeña burguesía italianas, Giolitti se mostró filo-fascis­ta. No se dejó absorber por los "camisas ne­gras"; pero cuidó de vivir en buenas relaciones con ellos. Hoy le parece comprometedora su amistad. Su agudo instinto no lo engaña nunca.

 

La figura de Giolitti llena enteramente un largo capítulo de la historia de la Terza Italia. Gio­litti debutó en la izquierda. Combatió la política conserva-dora. La combatió, sobre todo, por rea­lismo. Los ministerios de la derecha reprimían, con mano ruda, las inquietudes de las masas. Este método ro-mántico era el que menos convenía a la burguesía italiana. Italia necesitaba tranquilidad interna para su desarrollo econó­mico. Y no podía conseguir esa tranquilidad sino en virtud de una política sagaz que no im­pidiese, en el nombre de viejos principios, la expresión de las reivindicaciones proletarias. El mejor medio de evitar que se difundiese en el

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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proletariado un humor virulentamente subversi­vo era el de consentir su orga-nización y facili­tar su inserción en la política de Italia. Gio­litti llevó este programa al gobierno, en los varios períodos en que le tocó ejercerlo. Los criticos de la Terza Italia dicen que su labor en el poder no fue política sino administrativa. Adriano Tilgher escribe que "a través del trans­formismo de Depretis y de Giolitti la Monar­quía logró ahogar la política en la administra­ción, sofocar todo contraste político, toda lucha de partidos, toda batalla ideal e impedir el des­pertar de la idea liberal y revolucionaria". ¿Fue entonces el gobierno de Giolitti, en sus varios períodos, un gobierno mera y vulgarmente bu­rocrático? Exponiendo y comentando las tesis de un libro reciente de Mario Missiroli —El golpe de estado— Tilgher dice: "La monarquía y Giolitti han sabido gobernar según los modos de la civilización occidental un pueblo que con­tinuaba siendo comunal y medioeval en el áni­ma. Merced a una obra exclusivamente personal, lo han elevado por encima de su misma consciencia moral y de su atrasada costumbre es­timulándolo a ascender hacia la cons-ciencia del Estado moderno, hacia la libertad, contra sus naturales, instintivas tendencias, que lo llevan a negar el Resurgimiento, a volver al municipalis­mo y al clericalismo. Si el Estado moderno uni­tario y laico existe todavía en Italia, al menos formalmente, se debe exclusivamente su subsis­tencia a la monarquía y a sus ministros, cuya política transformista y reformista, lejos de apa­recer a Missiroli como el obstáculo principal pa­ra la formación de la consciencia moderna de los italianos, se le presenta ahora como la úni­ca política que permita, sobre el vivo espíri­tu medioeval, la lenta formación de esa consciencia".

 

Giolitti estaba en el poder cuando se produ­-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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jo la guerra. Su mentalidad y su hábito lo mo­vieron a considerarla con un criterio práctico y realista. Cauto, perspicaz, redomado, Giolitti no podía ver en la causa aliada la causa de la libertad, de la democracia y del derecho. No sentía, por ende, ninguna urgencia, ninguna ne­cesidad de que Italia intervi-niera en la sangrien­ta y destructora contienda. Deseaba que Italia reivindicara sus provincias irredentas sin salir de la neutralidad. Pero los tiempos de la gue­rra no eran tiempos de ordinaria administra­ción. Una minoría elocuente, volitiva, dinámica, insurgió contra el neutralismo giolittiano. Exper­tos agitadores empujaron a Italia al combate. Una parte del pueblo italiano se contagió del humor bélico de Europa. Esta ola guerrera derribó a Giolitti.

 

Pasada la guerra, sus exiguos frutos y sus muchos dolores generaron en las masas italianas un sentimiento adverso a los políticos de la in­tervención. Las elecciones de 1919 fueron ga­nadas por dos partidos pacifistas: el socialista y el popular. Vino la gran ofensiva revolucio­naria. Nitti usaba contra esta ofensiva una po­lítica de transacción y de compromiso. Las derechas lo acusaban de debilidad y de derrotismo. La izquierda socialista lo creía "el último ministro de la monarquía". Pugnaba, en consecuen­cia, por batirlo en una votación parlamentaria. Asaltado por una y otra corriente, Nitti perdió el poder. Volvió entonces a flote Giolitti. La bur­guesía italiana había menester de un político diestro en el arte de domar las agitaciones po­pulares. Giolitti cedió, al principio, como Nitti, ante las reivindicaciones tumultuosas de las masas. Cuando los obreros metalúrgicos ocuparon las fábricas, Giolitti se negó a emplear con­tra ellos la fuerza. Flanqueó y quebrantó el mo­vimiento proletario acep-tando su reivindica­ción: el derecho al control de las fábricas. Pe-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ro, agotado en ese episodio, el impulso revolu­cionario del proletariado, es-cindido el partido socialista en dos corrientes, la burguesía pasó de la defen-siva a la ofensiva. Giolitti y la bur­guesía armaron al fascismo. El fenómeno fascis­ta —efecto y no causa del fracaso de la ofensi­va revolucionaria— encontró una atmósfera fa­vorable para su desarrollo. A Giolitti le pareció oportuno el instante para debilitar la fuerza parlamentaria de los socialistas y de los popu­lares, tachados de antinacionales y derrotistas por el fascismo en su prensa y en sus comicios. Disolvió, por esto, la cámara. Mas su resolución fue demasíado apresurada. Los socialistas y los populares conservaban aún casí intactas sus po­siciones en la masa electora. Los resultados del escrutinio fueron contrarios a Giolitti. El estadista piamontés había cometido un error de oportunidad que pagó, naturalmente, con la pér­dida del poder. Lo sucedieron en el gobierno dos parlamentarios mediocres, amedrentados, pávidos: Bonomi y Facta. Y, finalmente, el fas­cismo movilizó sus brigadas sobre Roma. Mu-sso­lini inauguró su dictadura. La democracia y el liberalismo italianos abdi-caron ante los "cami­sas negras".

 

Dos años de experimento fascista, han desen­cantado a gran parte de la bur-guesía italiana respecto a las virtudes taumatúrgicas de Musso­lini. Después de varios años de tumulto y de tensión, la mayoría de los italianos siente la nostalgia de la paz. La oposición al fascismo es numerosa. La engrosan más cada día nuevos re­clutas. Contra Mussolini combaten "Il Corriere della Sera" de Milán, "La Stampa" de Turín, "Il Mondo" de Roma y otros grandes ro-tativos burgueses. En los rangos del fascismo y del filo-fascismo se propaga la tendencia a la defección. Innumerables grupos, ligas, asociaciones, trabajan "por la normalización". La "normalización"

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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es un anhelo extensamente difundido en todos los sectores de la opinión italiana. Los comunis­tas predican la revolución; pero los comunistas están en minoría. La mayoría no es revoluciona­ria sino "normalizadora". La norma-lización quie­re decir, como es lógico, la vuelta al régimen constitucional. El fascismo no puede, por consiguiente, aceptarla. Mussolini, sin embargo, es demasíado avisado para no darse cuenta de la urgencia de menager la opinión pública con algunas concesiones aparentes.

 

Pero la opinión pública no se deja mena­ger fácilmente. Giolitti lo comprende bien. Se apresura, en consecuencia, a diferenciarse cate­górica y claramente del fascismo y del filo-fas­cismo. Es probable que no le asuste ni le desa­grade la posibilidad de asumir una vez más el gobierno. Italia está habituada a mirar en Gio­litti una estadista con derecho vitalicio al go­bierno. Se cuenta, a propó-sito de esto, una anécdota de la visita del Rey de España a Roma. Alfonso XIII pidió al Papa opinión sobre el porvenir del fascismo. El Papa le respon-dió que el fascismo duraría mucho tiempo en el poder. Tal vez diez años, acaso veinte años. ¿Y des­pués? interrogó Alfonso XIII. ¿Después? —contestó el Papa—. Volverá, como es natural, Gio­litti.

 

Giolitti, octogenario, es aún, pues, un candidato a la presidencia del consejo de ministros de Italia. El fascismo se prometía aniquilar, inutilizar, sustituir a toda la vieja fauna políti­ca. Los resultados de su gesta no pueden ser más desfavorable a este propósito de su programa. El aguerrido ejército de los "camisas ne­gras" encuentra, actualmente, en un hombre de ochenta años, a uno de sus más astutos y temi­bles adversarios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA CRISIS DEL RÉGIMEN FASCISTA*

 

 

Con su sólita teatralidad, Mussolini ha acep­tado el reto de la oposición. Ha sometido al parlamento un proyecto de ley electoral. En la política italiana, este trámite precede invariablemente la disolución de la cámara y la con-vocatoria de nuevas elecciones. El acto del fascismo puede parecer un alarde de fuerza; pero en rea­lidad es un síntoma de debilidad. Más que una ofensiva constituye una retirada.

 

Mussolini se ha visto constreñido a reconocer finalmente que, boycoteada y desertada por la oposición, la cámara no puede funcionar. La cámara contiene aún una minoría. La minoría que acaudillan Giolitti y Orlando. Pero esta minoría, compuesta por elementos que hasta hace muy poco conservaron una actitud filo-fascista, amenaza también a la cámara con su defección. Además, es una minoría minúscula, que si no una fracción disidente de la clientela fascista. La opo­sición en masa se ha retirado al Aventino, co­mo, con la obs-tinada nostalgia de la antigüedad, se dice en el vocabulario político de la Italia de estos tiempos. Culpa del fascismo que ha resu­citado el hacha de los lictores y algunas otras cosas de la historia de Roma.

 

El fascismo se ha esforzado por atraer a la oposición al parlamento. Varias veces ha hablado Mussolini con una rama de olivo en la mano. Otras veces constatada la contumacia de la oposición, Mussolini y el fascismo, megaló-manos

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 25 de Diciembre de 1924.

 

 

 

 

 

 

 

 

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y olímpicos, han tenido el aire de desdeñarla. Han sustentado entonces la tesis de que la cámara podía trabajar indiferentemente con o sin los diputados opo-sicionistas. La imaginación de Mussolini se ha complacido, voluptuosamente, en la befa verbal de la "variopinta" oposición.

 

Pero el experimento de la tesis no ha corres­pondido a la esperanza fascista. El fascismo ha comprobado la impotencia y la invalidez del con­senso de una cámara facciosa. La oposición, retirándose al Aventino, lo ha obligado a capitu­lar. Ya no habla Mussolini, arrogantemente, de los derechos de la Revolución Fascista. Ya no se declara superior e indiferente a la opinión y al voto de los diputados. En su último discurso en el senado, ha empleado un tono y un lenguaje sagaces. Después, ha sentido la necesidad de in­tentar una política más o menos normalizadora y de licenciar a la cámara que la opo-sición esteriliza y descalifica con su ausencia.

 

Esta cámara nació viciada. Las elecciones de abril se realizaron canforme a una ley electo­ral forjada especialmente para uso del régimen fascista. Y, sobre todo, envileció marcialmente sus brigadas de "camisas negras" contra los grupos y los candidatos de oposición. Los partidos anti-fascistas carecieron ahí casí absolutamente de toda libertad de propaganda. El fascismo, además, no se presentó en las elecciones con una lista exclusivamente fascista. Solicitó la alianza de varios hombres y grupos no fascistas. Buscó sus principales candidatos en las asociaciones de combatientes y de mutilados de guerra. Malgra­do todo esto, los grupos de oposición, cada uno de los cuales concurrió a las elecciones por su propia cuenta, consiguieron una fuerte represen­tación en el parlamento. La heterogénea y plu­ricolor mayoría fascista se encontró en la cáma­ra frente a una minoría menos numerosa pero más compacta y gue-rrera que la de la cámara

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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anterior. Matteotti denunció, con dramático acen­to, en una de las sesiones de abril. La atmósfe­a de la nueva cámara fue una atmósfera tempestuosa. Se produjo, dentro de esta situación, el asesinato de Matteotti. La oposición abando­nó entonces la cámara. Y declaró su voluntad de no regresar a sus puestos mientras el fascis­mo no disolviese su milicia armada y no aceptase incondicionalmente la restauración de la le­galidad. Las sesiones de la cámara fueron suspendidas. El gobierno fascista esperaba encon­trar en los tres o cuatro meses de vacaciones parlamentarias el medio de inducir a la oposi­ción a volver al parlamento.

 

Pero durante ese plazo, la lucha, en vez de desaparecer, no ha cesado de exasperarse. El fascismo ha intentado amedrentar a la gente adversaria y a la gente neutral con una táctica agresiva. Ha restringido draconianamente la libertad de la prensa. Ha anunciado su intención formal de insertar la revolu-ción fascista en el Estatuto de la nación italiana. Mas esta política ha tenido efectos diversos de los que Mussolini esperaba y necesitaba. El fascismo se ha senti­do cada día más aislado y más bloqueado. Mu­chos de sus antiguos ami-gos se han negado a seguirlo por la vía de la intransigencia. Giolitti, Orlando, Sem Benelli, han pasado a la oposición. Las asociaciones de combatientes y mutilados de guerra, antes filo-fascistas, han declarado su independencia de toda facción y han reclamado del gobierno una política normalizadora. Los ataques de la prensa al fascismo han arreciado. Varios diarios liberales, que hasta el asesinato de Matteotti observaron una conducta filo-fascis­ta, han cambiado radicalmente de tono. "Il Gior­nale d'Italia" de Roma, órgano de los liberales de derecha, combate hoy al régimen fascista casí con la misma acidez que "Il Mondo", órgano de Améndola.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Esta crisis del régimen fascista maduraba gradualmente desde mucho tiempo antes del ase­sinato de Matteotti. El asesinato del diputado so­cialista no ha hecho sino acelerar su desarrollo y precipitar su desenlace. Esta crisis ha sido, ante todo, una crisis interna. Veamos sus causas. El fascismo no ha podido definirse a si mismo. Contenía y contiene todavía, elementos antitéticos, humores diversos, animas disimiles. Para con­servar la unidad de este movi-miento, Mussolini inventaba, sucesivamente, muchas fórmulas equí­vocas y oportunistas. Llenaba con sus abstrac­ciones y su retórica el programa hueco del par­tido fascista. Esta táctica le ha consentido rete­ner en sus filas durante mucho tiempo a gente que concebía el partido fascista como una espe­cie de partido del patriotismo; pero que no com­partía las ideas ni los sentimientos de sus con­dottieri respecto a la necesidad y a la oportu­nidad de reemplazar integramente el Estado de­mo-liberal con un Estado fascista y de desagra­dar, para esto, la Constitución de la Terza Italia. Por esta razón el fascismo ha sido, en la época de su apogeo, más que un partido político, un movimiento de militares, combatientes y muti­lados de guerra. Mussolini ha gustado de ro-dearse de los héroes de la guerra. Y ha querido siem­pre ver alineados en el primer rango del fascis­mo a los combatientes condecorados con la medalla de oro al valor militar. El fascismo ha acaparado, hasta hace poco, casi todas las "medallas de oro" de la guerra. Pero, a medida que ha prevalecido en el par-tido fascista la tenden­cia facciosa, a medida que se ha impuesto en su teoría y en su práctica la mentalidad de los condottleri y de los agitadores que lo de-finen como el instrumento de una revolución, las fórmulas vaga y abstracta-mente nacionalistas no han bastado ya para prolongar la artificial uni­dad fascista. Las dos almas, las dos mentalida-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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des del fascismo han empezado a diferenciarse y a separarse.

 

El fascismo ha dejado, poco a poco, de detentar la exclusiva o el privilegio del patriotis­mo. Los combatientes y los mutilados de filia­ción o de educación más o menos liberales y de­mocráticas le han retirado su apoyo sin temor a sus excomuniones. La Liga Itálica de San Be­nelli y la Italia Libera del general Peppino Ga­ribaldi niegan a los fascistas el derecho de aca­parar la representa-ción de la italianidad. Ambas ligas reclutan sus prosélitos en las categorías sociales adherentes antes al fascismo. Mussolini ha perdido dos de sus más conspicuas "medallas de oro": los diputados Viola y Ponzio de San Sebas-tiano. Otra medalla de oro, Raffele Rosetti, no sólo se declara anti-fascista sino además Repúblicano.

 

En estas condiciones llega el fascismo al ca­pítulo de su historia. Mussolini juega con la con­vocatoria a elecciones su última carta. A las elecciones había que apelar tarde o temprano. Mussolini, regador de rápidas decisiones, pre-fiere que sea temprano y no tarde. Oportunista orgánico, ataca a los partidos de la "variopin­ta" oposición antes de que tengan tiempo de concertarse y articularse más. Pero la oposición le ha ganado ya la principal batalla, obli-gán­dolo a aceptar implícitamente la tesis de la nor­malización. El fascismo sostenía antes que su per­manencia en el poder era una cuestión de fuer­za. Ahora la cuestión de fuerza desaparece y se convierte en una cuestión de mayoría electoral y mayoría parlamentaria. Para un partido anti-parlamentario y anti-democrático la capitulación no puede ser sustancial ni más grave.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MILLERAND Y LAS DERECHAS*

 

Las elecciones de mayo último liquidaron en Francia el bloque nacional. Briand, que desde su caída del gobierno empezó a virar a izquier­da, se colocó en mayo al flanco de Herriot. Lou­cheur, ministro de Poincaré, se sintió tam-bién en mayo hombre de izquierda. Todo el sector más o menos intermedio, movedizo, fluctuante, del parlamento francés se apresuró a romper sus vínculos con el bloque nacional.

 

Por consiguiente, las derechas de la cámara francesa quedaron casí decapi-tadas. Poincaré maniobraba en el senado. Sobre é1 recaía, ade­más, oficial-mente, la responsabilidad de la de­rrota. Esto lo dcscalificaba un poco para con­servar el comando del bloque conservador. Tar­dieu, el lugarteniente de Clemenceau, vencido en las elecciones, como el gordo y virulento León Daudet, después de una tensa jornada electoral, sufría taciturnamente su ostracismo del parlamento. Mr. Alexandre Millerand, arrojado de la presi-dencia de la república, por la nueva mayoría, resultaba el único condottiere disponible. Las derechas tuvieron que saludarlo y reconocerlo como su jefe.

 

Millerand, ex-socialista, ex-radical, ex-presi­dente de la república, acecha hoy, a la cabeza de sus eventuales mesnadas, la oportunidad de volver a ser algo, presidente del consejo de mi­nistros, verbigracia. Por ahora se contenta con ser el leader, convicto y confeso de la reacción.

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 27 de Diciembre de 1924.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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A nombre de un heterogéneo conglomerado, en el cual se confunden y combinan residuos del régimen feudal y elementos de la Tercera República, Millerand condena la política social-de­mocrática y franc-masona del bloque de izquierdas.

 

Como Mussolini, Millerand procede de los rangos del socialismo. Pero el caso Millerand no se parece absolutamente al caso Mussolini. Mus­solini fue un socialista incandescente; Millerand fue un socialista tibio. Entre ambos hombres hay diferencias de educación, de mentalidad y de temperamento. Mussolini tiene un alma exu­berante, explosiva, efervescente; Millerand tie­ne un alma pacata, linfática, burguesa. Mussoli­ni es un agitador; Millerand es un rábula. Mus­solini militó en la extrema izquierda del socia­lismo; Millerand en su extrema derecha.

 

La trayectoria política de Millerand carece de oscilaciones violentas. Mille-rand debutó en el so­cialismo con prudencia y con mesura. No profe­sa nunca una fe revolucionaria. En 1893 figuró entre los diputados del policromo socialismo de ese tiempo. Pertenecía al grupo de socialistas independientes. Su escenario, desde esa época, no era el comicio ni el ágora. Era el parlamen-to o el periódico. Millerand pronunció su máximo discurso en un banquete político. Un discurso en el cual, bajo un socialismo superficial y abs­tracto, se traslucía un temperamento ministe­rial y parlamentario. A Millerand no se le puede clasíficar, por tanto, entre los socialistas domes­ticados por el capita-lismo. Millerand nació a la vida política perfectamente domesticado.

 

No representaba Millerand, a la manera de Jaurés, un socialismo idealista y democrático, reacio a la concepción marxista de la lucha de clases. Repre-sentaba únicamente un socialismo burocrático y oportunista. A través de Millerand,

 

 

 

 

 

 

 

 

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de Briand y de Viviani, la pequeña burguesía de la Tercera República rea-lizaba un inocuo ejer­cicio de dilettantismo socialista.

 

En 1899, malgrado el veto de sus principales compañeros del socialismo. Millerand aceptó una cartera en el gabinete de Waldeck-Rousseau. Los radicales franceses sentían la necesidad de teñirse un tanto de socialismo para encontrar apoyo en las masas. Inscribieron, por esto, en su programa, algunas reforrnas sociales. Y, como una garantía de su voluntad de actuarlas, soli-citaron los servicios profesionales de un diputado socialista, en quien su perspicacia les permitía adivi­nar un candidato latente a un ministerio. No se equivocaban. Las masas concedieron un largo fa­vor al gobierno de Waldeck-Rousseau. La con­ducta de Millerand tuvo fautores dentro de las propias filas del socialismo. Se calificaba al go­bierno radical de entonces como un go-bierno de defensa Repúblicana. Más o menos como se califica al gobierno radical-socialista de ahora. La participación de un socialista en el gobierno era explicada y justificada como una consecuen­cia de la lucha contra la reacción clerical y conservadora.

 

Pero vino el congreso de Amsterdam de la Segunda Internacional. La tesis colaboracionis­ta fue ahí debatida y rechazada. El movimiento socialista francés se orientó hacia una táctica intransigente. Se produjo la fusión de los va­rios grupos de filiación socialista. Nació el Par­tido Socialista (S.F.I.O.), síntesis del socialismo marxista de Jules Guesde y del socialismo idealista de Jean Jaurés. Todos los puentes teóricos y prácticos entre Millerand y el socialismo que­daron así cortados. Segregado de las filas de la revolución, Millerand fue definitivamente reab­sorbido por las filas de la burguesía. Había pa­seado por el campo socialista con un pasaje de ida y vuelta. El socialismo no había sido para

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Millerand una pasíón sino, más bien, una aven­tura.

 

Eliminado de la extrema izquierda, se mantuvo, durante algún tiempo, a una discreta dis­tancia de la derecha. Conservó su condición de funcionario de la República. Siguió, formalmen­te, al servicio de su dama, la Democracia. El movimiento de traslación de Mr. Alexandre Mi­llerand del sector revolucio-nario al sector reac­cionario se cumplía lenta, gradual, pausadamen­te. La guerra consiguió acelerarlo.

 

La "unión sagrada" borró un poco los confi­nes de los diversos partidos Fran-ceses. El estado de ánimo creado por la contienda favorecia la hegemonía espiritual de los grupos de derecha. A esta corriente reaccionaria no pudieron ser insensibles los políticos que ya habían empezado su aproximación a las ideas y los hombres del conservantismo. Millerand, por ejemplo, se consus-tanció totalmente con la derecha. La atmós­fera tempestuosa de la post-guerra acabó su conversión.

 

Millerand desenvolvio, en la presidencia del consejo de ministros, la misma agresiva política reaccionaria de Clemenceau. Reprimió marcialmente la agitación obrera. Licenció a varios millares de ferroviarios. Trabajó por la disolución de la Confederación General del Trabajo. Armó a Polonia contra la Rusia sovietista. Reconoció al general Wrangel, vulgarisimo aventurero, ins-talado en Crimea, como gobernante de Rusia. Estas fueron las benemerencias que lo conduje­ron a la presidencia de la república. El bloque nacional encon-tró en Mr. Alexnndre Millerand su hombre más representativo.

 

La presidencia de Millerand tenía, además, en la intención de algunos ele-mentos de la de­recha, un sentido más preciso. Millerand era un

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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asertor de una tesis adversa a la ortodoxia par­lamentaria de la Tercera Repú-blica. Quería que se atribuyese al presidente de la república ma­yores poderes. Que se le permitiese ejercer una influencia activa en la política del Estado. Por tanto, Millerand resultaba singularmente indicado para una eventual ofensiva contra el régimen parlamentario y contra el sufragio universal. Las derechas no se hacían demasíadas ilusiones sobre su posición electoral. Sa-bían que el éxito de las elecciones tenía que serles contrario. El ejemplo fascista las animaba a pensar en la vía de la violencia. Los hombres de las derechas, sin exceptuar al propio Millerand según notorias acusaciones, tendían al golpe de Estado. Así lo denunciaba inequívocamente su lenguaje. Uno de los amigos más conspicuos de Millerand, Gusta­ve Hervé, director de la "Victoire", escribía en el verano de 1923 al escritor italiano Curzio Suckert, teórico del fascismo, las siguientes líneas: "Yo soy en el fondo un fascista de izquierda. Y, en efecto, pensé en 1918 hacer en Francia, o me­jor dicho inten-tar en Francia, lo que Mussolini ha actuado tan bien en Italia. Las polémicas de "L'Action Française" el equivoco creado por ésta nos obligaron a renunciar a nuestro plan, o por lo menos a aplazarlo y a sustituir un movimiento fascista con nuestro movimiento del blo­que nacional, del cual he sido, creo, uno de los animadores y uno de los fundadores".

 

El bloque de izquierdas, triunfador en las elec­ciones de mayo, no se confor-mó, por eso, con desalojar del poder a Poincaré y a sus colabaradores. Sintió el deber de echar, además, a Mi­llerand, de la presidencia de la república. Boycoteado por la mayoría parlamentaria, Millerand se vio forzado a dimitir. En medio de una tempestad de invectivas y de clamores, se retiró del Elíseo. Quienes lo creían capaz de un gesto atrevido, tascaron malhumoradamente su agria desilusión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ahora, sin embargo, vuelven a rodear a Millerand. La reacción carece en Francia de hombres propios. Se abastece de conductores y de animadores entre los disidentes ancianos de la extre­ma izquierda o entre los viejos funcionarios de la Troisième Republique. La aserción de los de­rechos de la victoria está a cargo de un ex-anti­militarista, de un ex-internacionalista como Gus­tave Hervé. El caso no es único. También la de­fensa de los derechos de la catolicidad tiene uno de sus más ilustres y sustantivos corifeos en un literato de mentalidad pagana, anticristiana y atea como Charles Maurras y en un escritor de literatura pornográfica, inverecunda y obscena como León Daudet.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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POLÍTICA ALEMANA*

 

Las elecciones de diciembre no han modifi­cado el problema parlamentario de Alemania. La posición de los partidos en el Reichstag no ha variado funda-mentalmente. Vana ha sido esta nueva movilización de fuerzas electorales. El problema sigue planteado casí en los mismos términos que antes. Ningún bando ha vencido. La lucha tiene el fatigante proceso de una gue­rra de trin-cheras.

 

Para comprender esta lucha, conviene recor­dar previamente la demarcación de los sectores electorales y parlamentarios alemanes. Revistemos rápidamen-te los partidos y las tendencias.

 

La extrema derecha está formada por el par­tido fascista o Deutsch Voelkish, que comanda, marcialmente, el generalísimo Ludendorff. Viene luego el partido Deutsch National o pangerma­nista que reúne en sus rangos a los Junkers, a los grandes terratenientes y a todos los con­servadores de tipo clásico. Militan en esta fac­ción reaccionaria y anti-semita Von Tirpitz y otros monarquistas conspicuos. El plan Dawes dividió a los pangermanistas en dos fracciones. Una fracción se mantuvo fiel a la plataforma electoral del partido, agresivamente adversa a la aceptación del plan Dawes. La otra fracción abandonó esa plataforma intransigente. La dere­cha termina en el partido populista (Volks-Par­tei) acaudillado actualmente por Stresseman. Este partido es el órgano político de la gran in‑

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 17 de Enero de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

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dustria. En sus filas maniobraba Hugo Stinnes. Programáticamente monar-quista, acepta la repú­blica como un régimen eventual y transitorio. Una parte de los populistas propugna la coali­cion con los pangermanistas; otra parte se inclina a la colaboración con los grupos centristas.

 

Constituyen el centro los católicos y los de­mócratas. En el partido católico se destacan las figuras de los ex-cancilleres Marx y Wirth. La composición social del partido católico es hete­rogénea. Su cúspide es burguesa; su base, proletaria. Los sindicatos de obreros católicos tra­bajan por una política social-democrática; la burguesía católica, en tanto, se resiste a romper con las dere-chas. El partido demócrata es el par­tido de Bernstoff y del "Berliner Tage-blatt". Una bala nacionalista abatió en 1922 a su gran leader Walther Rathe-nau. Los demócratas tienden, en su mayoría, a la colaboración con los socia-lis­tas. Católicos y demócratas defienden la repú­blica contra la reacción monarquista.

 

La izquierda es, por antonomasía, el sector de la social-democracia. Está constituida por el par­tido socialista unificado. Los hombres más des­tacados de su estado mayor son Müller, Scheidemann, Hilferding. Breischeidt. Crispien. Ebert. Los socialistas forman el grupo más fuerte del nuevo Reichstag. En las elecciones de noviem­bre han conquistado 130 asientos. La extrema izquierda es el sector del comunismo. El parti­do comunista alemán, que procede del movi­miento espartaquista de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, desen-vuelve, como es notorio, una política intransigentemente clasista y revolu-cionaria.

 

Las elecciones de mayo crearon una compli­cada situación parlamentaria. Llevaron a la cámara una gruesa patrulla fascista y una más gruesa patrulla comunista. Reforzaron, a expen‑

 

 

 

 

 

 

 

 

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sas de los otros partidos burgueses, al partido pangermanista. Ninguna sólida combinación mi­nisterial era posible dentro de esta situación. El núcleo de un ministerio tenía que ser el cen­tro. Pero este ministerio centrista necesitaba apo­yarse, de una parte, en los votos de los populis­tas y, de otra parte, en los votos de los socialis­tas. Y un compromiso entre los populistas y los socialistas resultaba cada vez más difícil. Los populistas pugnaban porque el eje del gobierno se desplazase del centro a la derecha. Preconi­zaban una concentra-ción de los partidos burgue­ses. Quepan modificar las bases parlamentarias del gobierno, reemplazando a los socialistas con los pangermanistas. Los católi-cos y los demó­cratas se oponían, naturalmente, a esta combi­nación ministerial destinada a dar el predominio a las derechas. El centro se negaba a dejarse absorber por las derechas cediendo a los popu­listas su propio papel en el go-bierno.

 

Transitoriamente, la necesidad de negociar con las potencias aliadas respecto al plan Dawes impuso la reorganización del ministerio Marx-Stressemann. El leader católico y el leader po­pulista representaron a Alemania en la confe­rencia de Londres. Pactaron y suscribieron las condiciones de la ejecución del plan Dawes. Obtu­vieron, luego, su aprobación por el Reichstag. La solución Dawes convenía a los intereses de los populistas y los socialistas. Una mo-mentánea in­teligencia sobre este terreno fue, pues, posible. Los propios pan-germanista no pudieron negarle, unánime y compactamente, su voto.

 

Pero, una vez superada esta situación, el con­flicto entre la derecha y el centro reapareció en el ministerio Marx-Stressemann. Los demócratas y los católicos pensaron entonces que únicamen­te nuevas elecciones podían resolver este conflicto. La hora les parecía, además, propicia pa­ra apelar al voto del pueblo. Los primeros efec-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tos económicos del plan Dawes difundían en Alemania la sensación de un re-torno a la normali­dad. El malestar, el descontento, la exaspera­ción, que habían empujado en mayo a muchas personas a votar por los partidos extremistas, disminuían ahora en intensidad y en extensión. Los socialistas, por su parte, participaban tam­bién de estas previsiones.

 

La convocatoria a nuevas elecciones fue así decidida.

 

Los demócratas, los católicos y los socialis­tas movilizaron todas sus energías. Su bandera electoral era la defensa de la república. Esta afir­mación Repu-blicana significaba una respuesta a las maniobras de Stressemann y los populistas por llevar al poder a un partido explícita y ca­racterísticamente monarquista como el partido pangermanista o deutsch national. Los parti­dos Republicanos disponían de los recursos y ele­mentos necesarios para una gran campaña elec­toral. Su posición en el gobierno les consentía, además, una ilimitada propaganda. Los panger­manistas y los populistas, a su turno, no se encontraban por cierto en condiciones desventajo­sas. La plutocracia agraria y la plutocracia indus­trial financiaban, respectivamente, su campaña. Las cir-cunstancias de la lucha aparecían desfavorables únicamente para los fascistas y los comunistas. El fascismo tudesco jugó su única carta en el putsch de Munich. El fracaso de ese golpe de mano, incubado en una cervecería, desa­creditó a los condottieri fascistas, que la luz de tal episodio exhibió como dos grotescos y mediocres tartarines. Constatado su tramonto, los mecenas del fascismo no tenían ya, de otro lado, el mismo interés de antes en abastecer de fon­dos a esta facción. El comunismo, por su parte, llegaba a las elecciones encarnizadamente perseguido. La disolución de la cámara había señalado el principio de una vasta y metódica ofen-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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siva policial contra los agitadores y organizadores comunistas. El peculio del partido comunis­ta, finalmente, no había convalecido aún de los gastos de la campaña electoral de mayo.

 

Realizaba en estas condiciones, la votación de diciembre no ha correspondido a las esperanzas del bloque Repúblicano. Pero tampoco ha dado la razón a las derechas. La situación parla­mentaria no ha cambiado sustancialmente. Los pangermanistas y los populistas, los demócratas y los católicos han ganado unos pocos votos. Los socialistas, que han sido los más favorecidos por los escrutinios, han obtenido treinta asíentos más que en mayo. La peor parte ha tocado, co­mo era natural, a los fascistas. El número de sus diputados, que en mayo subió a treintidós, en diciembre ha descendido a catorce. Los comunis-tas eran sesenta en la cámara de mayo. En la nueva cámara son cuarentaicin-co.

 

Estos resultados electorales, que no resuel­ven ni definen nada, han causado una de las más enredadas crisis ministeriales. Reclamada por Stressemann la organización de un nuevo minis­terio con el concurso de los pangermanistas, el contraste entre la derecha y el centro ha teni­do que exacerbarse y agriarse. Marx no ha podido esta vez combinar un ministerio centrista, tolerado y asístido, a la derecha, por los popu­listas, y, a la izquierda, por los socialistas. La gastada fórmula centrista no ha conseguido pre­valecer. Mas Stressemann y su Volks-Partei tampoco han logrado imponer una fórmula derechista. El centro conserva sus antiguas fuerzas frente a las derechas. Los socialistas constitu­yen, además, una fuerza mayor que antes. No es el caso, por tanto, de pensar en una coalición de partidos burgueses bastante extensa y com­pacta para rechazar los ataques de los socialis­tas y los comunistas. Los demócratas y los ca­tólicos, al menos en sus estratos populares, no

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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pueden aceptar el papel de comparsas de un mi­nisterio reaccionario y monarquista.

 

Por esto, un ministerio de administración re­sulta el único ministerio posible. El doctor Lu­ther ha sido encargado de la ardua fatiga. Pero, cualquiera que sea el éxito de sus gestiones, a un ministerio de administración —ministerio de técnicos y burócratas— no se le puede pronos­ticar larga vida. Un gobierno de esta índole reposará en una mayoría aleatoria e inestable. Su equilibrio es muy difícil. Un gabinete que vive de consenso de partidos e intereses encontrados es como una nave que navega entre arrecifes. El forcejeo de los partidos ministeriales por acaparar la mayor suma de poder, tiene que fracturar inevitablemente, en el instante menos previsto, la convencional y precaria mayoría que sostenga un sedicente ministerio de adminis­tración.

 

Mientras viva parlamentaria y democráticamente, Alemania no podrá pasar de un gobierno de coalición a un gobierno de partido. En esto, evidentemente, la suerte de la democracia alemana no se diferencia de la suerte de las otras democracias. En la democracia inglesa, cierto, el partido conservador ha conseguido conquis­tar, —a despecho de la teoría de que los parla­mentos no pueden producir hoy sino gobiernos de coalición—, la totalidad del poder. Pero este caso sólo se puede dar en Inglaterra, que, en materia de partidos, como en todas las cosas, ha sido siempre un país de gustos muy sober­bios. En Inglaterra, de otro lado, se ha produci­do un fenómeno singular de concen-tración bur­guesa. Los liberales han sido casí completamen­te absorbidos por los laboristas. En Alemania a una concentración burguesa se opone el con-flicto entre los fautores de la república y los fau­tores de la monarquía. Alema-nia tiene que osci­lar forzosamente entre un bloque de derechas y

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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un bloque de izquierdas. Y ya vemos cuán difícil aparece, no sólo el preva-lecimiento de un bloque sobre otro, sino la misma organización, más o menos duradera, de uno y otro conglo­merado. El problema político de Alemania continuará, por mucho tiempo, sin solución. Y es que esta solución, según los más seguros indi­cios, no puede ser una solución electoral.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA BATALLA LIBERAL EN ITALIA*

 

 

Varias veces me he ocupado de la abdica­ción del liberalismo y la democracia ante el fas­cismo. La fortuna política de Mussolini y sus brigadas de "camisas negras" no se explica sino como una consecuencia de esa abdicación. La burguesía armó y financió al fascismo. La prensa demo-liberal le concedió su favor y su ternura. El Estado toleró sus raids y sus ex­pediciones anti-proletarias. Luego, cuando el fas­cismo, convertido en una prepotente facción armada, reclamó el gobierno, la burguesía italia­na casí no vaciló en confiar-selo.

 

La marcha sobre Roma encontró muy escasa resistencia en los fautores del ideario liberal y democrático. La burguesía puso a disposición del fascismo sus diarios, sus políticos, su dinero, todos o casí todos sus instrumentos de dominio de la opinión pública. Los diputados fascistas no eran sino treintai-cinco. A sus votos se sumaban en la cámara los de los nacionalistas, los agrarios y otros elementos de la extrema derecha; pero, aún con estas adi-ciones, el fascismo y el filo-fascismo constituían en el parlamento una mi-noría reducida. Cada uno de los partidos de masas, el socialista y el popular o católico, contaba en la cámara con una representación más numerosa que la de todos los grupos de dere­cha coaligados. Y los grupos liberales conservaban la mayoría absoluta. El liberalismo no qui­so, sin embargo, asumir la defensa de la lega­lidad. Aceptó y sancionó el golpe de estado mus‑

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 24 de Enero de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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soliniano. Y decidió con su ejemplo a los popu­lares a acordar también su adhesión al nuevo régimen. Pocos liberales se mantuvieron fieles al programa liberal: Nitti, Améndola, Sforza, Al­bertini. La gran mayoría, con Orlando, Giolitti y De Nicola a la cabeza, capituló ante el fascis­mo. (Salandra y sus liberales de derecha mar­chaban al flanco de Mussolini desde mucho tiem­po antes del golpe de estado). Los liberales y los populares dieron toda su co-laboración al pri­mer gabinete de Mussolini. Colonna di Cesaró, uno de los leaders hoy de la oposición del Aven­tino, fue uno de los ministros de ese gabinete.

 

Más tarde, el conflicto entre la mentalidad democrática y la mentalidad fascista, que nin­gún compromiso podía sofocar, empezó a ma­nifestarse. Los fascistas anunciaban su intención de sustituir el Estado demo-liberal por un Es­tado fascista. Este Estado fascista no era cla­ramente definido por sus teóricos. Se le asígna­ba, vagamente, un mecanismo sindical. Pero, en todo caso, se le atribuía un carácter esencialmen­te antidemocrático y anti-parlamentario. Sin embargo, larvada, confusa, caótica, la teoría fas­cista no impresionaba demasíado a la enervada democracia italiana, más sensible, sin duda, a la praxis fascista, asaz tundente y categórica. La cachiporra, el hacha del lictor y el aceite de ricino extirpaban, más eficaz y precisamente que cualquier argumento, todo equivoco sobre la fun­ción y el espiritu del fas-cismo. El grueso del partido popular, conducido e inspirado por Don Sturzo, se pronunció contra el método fascista. Colonna di Cesaró dejó el gobierno. Mas esta secesión maduraba muy lentamente.

 

Las elecciones de abril del año pasado encon­traron aún indecisa o claudicante a la mayoría de las dispersas fuerzas del liberalismo y la democracia. Musso-lini obtuvo su adhesión a una lista de candidatos ministeriales. Salandra, Orlan-

 

 

 

 

 

 

 

 

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do, De Nicola, Sem Benelli, figuraron en esta lista, mezclados y confundidos con los más in­candescentes "camisas negras". Giolitti, que en­cabezó en su circunscripción territorial una lista independiente, cuidó de afirmar su inde-pen­dencia de la oposición mucho más que su inde­pendencia del fascismo. Solo tres grupos demo-liberales, se enfrentaron al fascismo, regional y separadamente, en las elecciones de abril: el de Colonna di Cesaró en Sicilia, el de Bonomi en la Lombardía y el de Améndola en Nápoles y Salerno. El resto de los liberales no supo ni quiso diferenciarse del fascismo, no obstante que la incompatibilidad de la idea fascista y la idea liberal resultaba cada vez más evidente.

 

El asesinato de Matteotti mudó la situación. El fascismo, a medida que su responsabilidad se precisaba, perdía a sus aliados de la prime­ra y de la se-gunda hora. La actitud de la opo­sición liberal tuvo, además, que acentuarse. Junto con los socialistas y los comunistas abando­naron la cámara los Repu-blicanos, los populares, los demócratas-sociales de Colonna di Cesaró y los demócratas constitucionales de Améndola. Quedó constituido el bloque del Aventino. "Il Corriere della Sera" del senador Albertini, antes oposicionista tibio, abrió contra el fascismo una acre campaña. "Il Giornale d'ltalia", órgano que refleja marcadamente la opinión de la burguesía de la Italia meridional, rompió con el fascis­mo. Varios otros periódicos cambiaron, igualmente, de rumbo. El gobierno fascista empezó, además, a perder su antigua influencia sobre las asociaciones de combatientes y mutilados de guerra. Ricciotti y Peppino Garibaldi se plegaron a la oposición. Sem Benelli fundo la Liga Itálica específicamente adversa a la violencia fas­cista. Dos diputados fas-cistas, condecorados con la "medalla de oro", Viola y Ponzio di San Sebas-tiano, se separaron del fascismo. Dentro de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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la cámara, en torno de Giolitti y Orlando, pasados definitivamente a la oposición se formó una nueva minoría. A este bloque parlamentario se ha adherido últimamente Salandra, liberal de derecha, que hasta hace muy poco mantuvo cor­dialisimas relaciones con Mussolini y los "cami­sas negras".

 

El proceso Matteotti ha creado, según el blo­que del Aventino, una cuestión moral. Améndo­la, uno de los leaders del Aventino, la define así: "Una cues-tión moral, la cual envuelve todo el "régimen", domina la misma cuestión política. Todos entienden el sentido de estas palabras. Nosotros afirmamos que pertenece a la respon­snbilidad del régimen el haber practicado el de­lito, el haber cultivado el delito; nosotros re­chazamos la justificación revolucionaria (des­mentida por la verdad histórica y que el propio Mussolini dejó caer, en un cuarto de oro, ante el cadáver lacerado de Matteotti); nosotros afir­mamos la incompatibilidad entre el gobierno del Estado y los hombres que de las res-ponsabili­dades criminosas del régimen están más o menos directamente acusados o que de ellas deben responder políticamente. Nosotros afirma­mos, además, que el curso de la justicia, que persigue la indagación sobre el delito, es ohs­taculizado y obstruido por la presencia de tales hombres en el gobier-no". Estas palabras han sido pronunciadas en la asamblea celebrada hace mes y medio en Milan por la oposicion del Aventino. Precisando y completando más aún su sentido, ha dicho Améndola en este mismo dis­curso: "Sobre el terreno político es posible avan­zar o retroceder; sobre el terreno moral es necesario batirse hasta el extremo".

 

El programa de la oposición del Aventino se concreta en una sola palabra: Libertad. Cuan­do se plantea el programa de la libertad política, de la libertad civil, —dicen los grupos del

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Aventino para explicar su eventual coalición—, todos los demás problemas pasan a segundo tér­mino. No es el caso, sin embargo, de hablar de un rena-cimiento del liberalismo en Italia. Ya he­mos visto cómo para el bloque del Aventino la campaña contra el gobierno fascista se funda en una cuestión moral más que en una cuestión política. Se cree inhabilitado y descalificado al fas­cismo para seguir ejerciendo el poder, no tanto por su método dictatorial y despótico como por la responsabilidad que sobre sus hombres arroja el ase-sinato de Matteotti. Si Matteotti no hubiese sido asesinado por una notoria cuadrilla de "camisas negras", el liberalismo no ha­bría reaccionado tan resueltamente contra el fas­cismo. Lo que enemista a los fascistas y a los liberales más que la teoría y la praxis del fas­cismo son sus consecuencias y, sobre todo, sus responsabilidades. El fascismo de la marcha so­bre Roma no era diferente del fascismo del proceso Matteotti. Sin embargo, el liberalismo, que casí no sintió ninguna necesidad de combatir al primero, siente una urgencia vivísima de com­batir el segundo. La mayoría de los liberales y los demócratas, por tanto, no reacciona contra el fascismo; reacciona, más bien, contra su fra­caso. Es imposible ver en su actual oposición al fascismo un verdadero renacimiento de la idea liberal y democrática.

 

Por otra parte, en la oposición del Aventino se confunden burgueses y prole-tarios. Mussoli­ni la llama la "variopinta oposición" Y el térmi­no no es, en verdad, inexacto. Variopinto, pluri­color, heterogéneo, el bloque del Aventino lo es realmente. Contiene grupos y programas diver­sos y hasta antitéticos: liberales de varios matices ligados por una común adhesión a la mo­narquía constitucional; Republicanos de ideolo­gía mazziniana que trabajan por obte-ner de la presente crisis un acrecentamiento del proseli‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tismo de la república; populares o católicos a quienes su gran animador Don Sturzo ha dado un programa social-cristiano; socialistas unita­rios o reformis-tas prontos a colaborar en el go­bierno; socialistas maximalistas que oscilan entre la táctica colaboracionista y la táctica intransi­gente. Cada uno de estos grupos afirma, dentro del bloque del Aventino, la independencia de su propio programa.

 

Pero la batalla política que se libra presen­temente en Italia contra el fascismo, no obstan­te todo esto, es siempre una batalla liberal. Los grupos que comba-ten a Mussolini formulan este desiderátum común: la normalización. La normalizacion quiere decir la vuelta a la legalidad. Claro que existen matices y grados en este anhe­lo. Para unos la legalidad es, sobre todo, un régimen de orden. Para otros la legalidad es, por encima de todas las cosas, un régimen de liber­tad. Mas para unos y para otros significa la res­tauración del Estado demo-liberal. El bloque de la cámara y el bloque del Aventino propugnan, simple-mente, una restauración. Por la revolu­ción luchan sólo los comunistas. El partido co­munista ha intentado empujar a los grupos del Aventino por una vía revolucionaria. Los ha in­vitado a funcionar como parlamento del pueblo en oposición al parlamento del fascismo. El blo­que del Aventino se ha guardado mucho de es­cuchar esta invitación. A los intereses que repre­sentan Améndola, Colonna Di Cesaró, el senador Albertini y el conde Sforza les interesa mucho que caigan Mussolini y el fascismo; pero les in­teresa mucho más todavía que su caída no com­prometa la suerte de la burguesía. La burgue­sía torna a la idea liberal porque el experimen­to fascista la ha persuadido de que las institu­ciones y las leyes liberales son consustanciales con el desarrollo del capitalismo. El método fascista o reaccionario resucita truncamente la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Edad Media con sus candottieri, sus jerarquías y sus corporaciones. Resucita un ambiente his­tórico que estorba el libre juego de los intereses y las fuerzas de la economía capitalista. Estimu­la y exaspera en las masas la tendencia revo­lucionaria. El fascismo, en suma, resulta un arma de dos filos. Al Medio Evo no se puede volver sin grandes peligros y molestias para la burguesía. Preferible es para la burguesía el orden democratico. El orden democrático que, según muchos augures, parece destinado, o me­jor dicho condenado, a ceder el paso a un orden nuevo.

 

Este no es sólo el drama de la burguesía italiana. Es el drama de toda la bur-guesía europea. Imposibilidad de tornar al pasado imposibili­dad de aceptar el porvenir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL PARTIDO BOLCHEVIQUE Y TROTSKY*

 

 

Nunca la caída de un ministro ha tenido en el mundo una resonancia tan estensa y tan intensa como la caída de Trotsky. El parlamenta­rismo ha habi-tuado al mundo a las crisis minis­teriales. Pero la caída de Trotsky no es una cri­sis de ministerio sino una crisis de partido. Trotsky representa una fracción o una tenden­cia derrotadas dentro del bolchevismo. Y varias otras circunstan-cias concurren, en este caso, a la sonoridad excepcional de la caída. En primer lugar, la calidad del leader en desgracia. Trotsky es uno de los personajes más interesantes de la historia contemporánea: condottiere de la revo­lución rusa, organizador y animador del ejérci­to rojo, pensador y crítico brillante del co-munismo. Los revolucionarios de todos los países han seguido atentamente la polémica entre Trotsky y el estado mayor bolchevique. Y los reaccionarios no han disimulado su magra espe­ranza de que la disidencia de Trotsky marque el comienzo de la disolución de la república so­vietista.

 

Examinemos el proceso del conflicto.

 

El debate que ha causado la separación de Trotsky del gobierno de los soviets ha sido el más apasionado y ardoroso de todos los que han agitado al bolche-vismo desde 1917. Ha durado más de un año. Fue abierto por una memo­ria de Trotsky al comité central del partido co‑

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 31 de Enero de 1925. Véase "Trotsky'", en La Escena Contemporánea, Vol. I. psgs. 92-96, y los artículos "Trotsky y la oposición comunista" y "El exilio de Trotsky", reunidos en el segundo y en el tercer tomos de Figuras y Aspectos de la Vida Mundial, Vols. 16 y 19 de esta serie popular de Obras Completas. (N, de los E.)

 

 

 

 

 

 

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munista. En este documento, en octubre de 1923, Trotsky planteó a sus ca-maradas dos cuestiones urgentes: la necesidad de un "plan de orienta­ción" en la política económica y la necesidad de un régimen de "democracia obrera" en el parti­do. Sostenía Trotsky que la revolución rusa entraba en una nueva eta-pa. La política económi­ca debía dirigir sus esfuerzos hacia una mejor organi-zación de la producción industrial que res­tableciese el equilibrio entre los precios agríco­las y los precios industriales. Y debía hacerse efectiva en la vida del partido una verdadera "democracia obrera".

 

Esta cuestión de la "democracia obrera" que dominaba el conjunto de las opiniones, necesita ser esclarecida y precisada. La defensa de la re­volución forzó al partido bolchevique a aceptar una disciplina militar. El partido era gobernado por una jerarquía de funcionarios escogidos entre los elementos más probados y más adoctrinados. Lenin y su estado mayor fueron investidos por las masas de plenos poderes. No era posible defender de otro modo la obra de la revolución contra los asaltos y las acechanzas de sus adver­sarios. La admisión en el partido tuvo que ser severamente controlada para impedir que se filtrase en sus rangos gente arribista y equivoca. La "vieja guardia" bolchevique, como se denomi­naba a los bolcheviques de la primera hora, di­rigía todas las funciones y todas las actividades del partido. Los comunistas convenían unáni­memente en que la situación no permitía otra cosa. Pero, llegada la revolución a su sétimo aniversario, empezó a bosquejarse en el partido bolchevique un movimiento a favor de un régi­men de "democracia obrera". Los elementos nue­vos reclamaban que se les reconociese el dere­cho a una participación activa en la elección de los rumbos y los métodos del bolchevismo. Sie­te años de experimento revolucionario habían

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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preparado una nueva generación. Y en algunos núcleos de la juventud comu-nista no tardó en fermentar la impaciencia.

 

Trotsky, apoyando las reivindicaciones de los jóvenes, dijo que la vieja guardia constituía casí una burocracia. Criticaba su tendencia a considerar la cuestión de la educación ideológi­ca y revolucionaria de la juventud desde un punto de vista pedagógico más que desde un punto de vista político. "La inmensa autoridad del grupo de veteranos del partido —decía— es universal-mente reconocida. Pero sólo por una co­laboración constante con la nueva generación, en el cuadro de la democracia, conservará la vieja guardia su carácter de factor revoluciona­rlo. Si no, puede convertirse insensiblemente en la expresión más acabada del burocratismo. La historia nos ofrece más de un caso de este géne­ro. Citemos el ejemplo más reciente e impresio­nante: el de los jefes de los partidos de la Se­gunda internacional. Kautsky, Bernstein, Guesde, eran discípulos directos de Marx y de Engels. Sin embargo, en la atmósfera del parlamentaris­mo y bajo la influencia del desenvolvimiento automático del organismo del partido y de los sindicatos, estos leaders, total o parcialmente, cayeron en el oportunismo. En la víspera de la guerra, el for-midable mecanismo de la social-democracia, amparado por la autoridad de la antigua generación, se había vuelto el freno más potente del avance revolu-cionario. Y nosotros, los "viejos" debemos decirnos que nuestra generación, que juega naturalmente el rol dirigente en el partido, no estaría absolutamente premunida contra el debilitamiento del espíritu re­volucionario y proletario en su seno, si el parti­do tolerase el desarrollo de métodos burocráticos".

 

El estado mayor del bolchevismo no descono­cía la necesidad de la democra-tización del par-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tide; pero rechazó las razones en que Trotsky apoyaba su tesis. Y protestó vivamente contra el lenguaje de Trotsky. La polémica se tornó acre. Zinoviev confrontó los antecedentes de los hombres de la vieja guardia con los ante-cedentes de Trotsky. Los hombres de la vieja guardia —Zinoviev, Kamenev, Stalin, Rykov, etc eran los que, al flanco de Lenin, habían preparado, a través de un trabajo tenaz y coherente de muchos años, la revolución comu-nista. Trotsky, en cambio, había sido menchevique.

 

Alrededor de Trotsky se agruparon varios co­munistas destacados: Piatakov, Preobrajensky, Sapronov. etc. Karl Radek se declaró propugna­dor de una conciliación entre los puntos de vista del comité central y los puntos de vista de Trotsky. La "Pravda" dedicó muchas columnas a la polémica. Entre los estudiantes de Moscú las tesis de Trotsky encontraron un entusiasta proseli-tismo.

 

Mas el XIII congreso del partido comunista, reunido a principios del año pasado, dio la ra­zón a la vieja guardia que se declaró, en sus conclusiones, favorable a la fórmula de la de­mocratiación, anulando consiguientemente la bandera de Trotsky. Solo tres delegados votaron en contra de las conclusiones del comité central. Luego, el congreso de la Tercera Internacional ratificó este voto. Radek perdió su cargo en el comité de la Internacional. La posición del estado mayor leninista se fortaleció, además, a consecuencia del reconoci-miento de Rusia por las grandes potencias europeas y del mejoramiento de la situación económica rusa. Trotsky, sin embargo, conservó sus cargos en el comité central del partido comunista y en el consejo de comisarios del pueblo. El comité central expre­só su voluntad de seguir colaborando con él. Zinoviev dijo en un discurso que, a despecho de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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la tensión existente, Trotsky sería mantenido en sus puestos influyentes.

 

Un hecho nuevo vino a exasperar la situa­ción. Trotsky publicó un libro 1917 sobre el proceso de la revolución de octubre. No conozco aún este libro que hasta ahora no ha sido tra­ducido del ruso. Los últimos documentos polé­micos de Trotsky que tengo a la vista son los reunidos en su libro Curso Nuevo. Pero parece que 1917 es una requisitoria de Trotsky contra la conducta de los principales leaders de la vieja guardia en las jornadas de la insurrección. Un grupo de conspicuos leninistas —Zinoviev, Kamenev, Rykov, Miliutin y otros —discrepó en­tonces del parecer de Lenin. Y la disensión puso en peligro la unidad del partido bolchevique. Lenin propuso la conquista del poder. Contra esta tesis, aceptada por la mayoría del partido bolchevique, se pronunció dicho grupo. Trotsky, en tanto, sostuvo la tesis de Lenin y colaboró en su actuación. El nuevo libro de Trotsky, en suma, presenta a los actuales leaders de la vieja guardia, en las jornadas de octubre, bajo una luz adversa. Trotsky ha querido, sin duda, demostrar que quienes se equivocaron en 1917, en un instante decisivo para el bolchevismo, care­cen de derecho para pretenderse depositarios y herederos únicos de la mentalidad y del espíri­tu leninistas.

 

Y esta crítica, que ha encendido nuevamen­te la polémica, ha motivado la rup-tura. El estado mayor bolchevique debe haber respondido con una despiadada y agresiva revisión del pa­sado de Trotsky. Trotsky, como casí nadie igno­ra, no ha sido nunca un bolchevique ortodoxo. Perteneció al menchevismo hasta la guerra mun­dial. Únicamente a partir de entonces se aveci­nó al programa y a la táctica leninistas. Y sólo en julio de 1917 se enroló en el bolchevismo. Lenin votó en contra de su admisión en la re-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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dación de "Pravda". El acercamiento de. Lenin y Trotsky no quedó ratificado sino por las jor­nadas de octubre. Y la opinión de Lenin diver­gió de la opinión de Trotsky respecto a los pro­blemas más graves de la revolución. Trotsky no quiso aceptar la paz de Brest-Litovsk. Lenin comprendió rápidamente que contra la voluntad manifiesta de los campesinos, Rusia no podía prolongar el estado de guerra. Frente a las rei­vindicaciones de la insurrección de Cron-standt, Trotsky volvió a discrepar de Lenin, que percibió la realidad de la situación con su clarividen­cia genial. Lenin se dio cuenta de la urgencia de satisfacer las reinvindicaciones de los campesinos. Y dictó las medidas que inauguraron la nueva política económica de los soviets. Los leninistas tachan a Trotsky de no haber conse­guido asímilarse al bolchevismo. Es evidente, al menos, que Trotsky no ha podido fusionarse ni identificarse con la vieja guar-dia bolchevique. Mientras la figura de Lenin dominó todo el esce­nario ruso, la inteligencia y la colaboración entre la vieja guardia y Trotsky estaban asegu-radas por una común adhesión a la táctica leninista. Muerto Lenin, ese vínculo se quebraba. Zinoviev acusa a Trotsky de haber intentado con sus fau­tores el asalto del comando. Atribuye esta inten­ción a toda la campaña de Trotsky por la de­mocratización del partido bolchevique. Afirma que Trotsky ha manio-brado demagógicamente por oponer la nueva a la vieja generación. Trotsky, en todo caso, ha perdido su más grande batalla. Su partido lo ha ex-confesado y le ha retirado su confianza.

 

Pero los resultados de la polémica no engen­drarán un cisma. Los leaders de la vieja guar­dia bolchevique, como Lenin en el episodio de Cronstandt, después de reprimir la insurrección, realizarán sus reivindicaciones. Ya han dado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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explícitamente su adhesión a la tesis de la ne­cesidad de democratizar el partido.

 

No es la primera vez que el destino de una revolución quiere que ésta cumpla su trayecto­ria sin o contra sus caudillos. Lo que prueba, tal vez, que en la historia los grandes hombres juegan un papel más modesto que las grandes ideas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL PROCESO DEL DIRECTORIO*

 

 

Las maniobras del Conde de Romanones para organizar un frente único de los partidos constitucionales indican claramente que la crisis del régimen reaccio-nario inaugurado en España en setiembre de 1923 ha entrado en una fase aguda. El redomado conde no daría este paso si no estuviese seguro de su oportunidad. Su cauta ofensiva debe haberse asegurado, previamente, el consenso tácito o explícito de la monarquía. El rey no puede ser extraño a las maniobras del leader liberal como no fue extraño al golpe de Primo de Rivera. La aventura del Directorio no ha tenido fortuna. Alfonso XIII siente, por tanto, la urgencia de liquidarla prontamente. Exis­ten indicios inequívocos de que desea desembarazarse de los servicios y de la espada del mar­qués de la Estrella. La revista "Europe" de Paris, en un artículo sobre el Directorio, cuenta que Alfonso XIII, en agosto último, conversando en una playa del norte de Francia con uno de sus amigos sportsmen, tuvo esta frase: "Yo sabía que Primo de Rivera era un hombre muy poco serio, pero yo no lo creía tan estúpido".

 

Posteriormente, el disgusto del rey debe ha­berse acentuado. La posición de España en Ma­rruecos, no obstante los exasperados esfuerzos militares del Directorio, ha sufrido un tremen­do quebranto. Todos los problemas de la vida española, que el Directorio ofreció resolver tau­matúrgicamente en unos pocos meses, se han exacerbado bajo el nuevo tratamiento. El Direc‑

 

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 21 de Febrero de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

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torio se contenta con haberlos eliminado del debate público y, sobre todo, del debate periodís­tico. Como dice el Conde Romanones, en su li­bro Las Res-ponsabilidades del Antiguo Régimen, la llamada nueva política "logra el triunfo de suprimir esos males, no de la vida, que a tanto no llega, sino de la publicidad, para lo cual basta y sobra con la diligencia y celo del atareado censor".

 

El Directorio se proponía transformar radi­calmente España. La prosa hincha-da y petulan­te de sus manifiestos anunciaba la apertura de una era nueva en la vida española. El viejo ré­gimen y sus hombres, según Primo de Rivera y sus fautores, quedaban definitivamente cance­lados. Empezaba con el golpe de estado del 13 de setiembre un fúlgido capítulo de la historia de España. Primo de Rivera asígnaba al Directorio una misión providencial.

 

Los objetivos fundamentales de su dictadu­ra eran los siguientes: pacificación de Marruecos y liquidación, victoriosa naturalmente, de la guerra rifeña; solu-ción integral de los proble­mas económicos y fiscales de España; reafirmación de la unidad española y extirpación de toda tendencia separatista; licencia-miento y ostra­cismo del gobierno de los antiguos partidos, de sus hombres y de sus ideas; sofocación de las agitaciones revolucionarias del proletariado; organización de nuevas, sanas e impolutas fuerzas políticas que asumiesen el poder cuando el Directorio considerara cumplida su obra.

 

Examinemos, sumariamente, los resultados de la política del Directorio en estas diversas cuestiones.

 

Marruecos no sólo no está pacificado sino que está más conflagrado que nunca. Abd-el-Krim y sus tribus han infligido a las tropas espa-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ñolas una serie de derrotas. Orgulloso de su victoria, el caudillo rifeño adopta ante Espa­ña una actitud altanera. Pretende tratarla co­mo a una nación vencida. Amenaza con arrojar totalmente del territorio africano a los españoles. Apare-ce cada día más evidente que Espa­ña ha malgastado, estéril e insensatamente, su heroismo y su sangre en una empresa absurda. El problema marroquí se plantea hoy en peores terminos que ayer.

 

La continuación de la guerra de Marruecos mantiene el desequilibrio fiscal. El Directorio, como era fácil preverlo, resulta impotente para concebir siquiera un plan de reorganización de la economía española. Más impotente aún resul-ta, por supuesto, para actuarlo. Le falta capaci­dad técnica. Le falta autoridad política. La plu­tocracia española ve en Primo de Rivera un gendarme de sus intereses económicos. No pue­de consentirle, por consiguiente, ninguna veleidad, ningún experimento que los contraríe o los amenace. El método reaccionario, por otra parte, como se constata presentemente en Italia, crea un clima histórico adverso al propio desarrollo de la economía y la producción capitalistas. Los elementos más inteligentes de la burguesía europea se muestran desencantados del ensayo fas­cista.

 

Para suprimir el regionalismo, el Directorio emplea las mismas armas que para suprimir otros sentimientos de la vida española: persi­gue y reprime su expresión pública. Pero este sistema simplista y marcial es, evidentemente, el menos recomendable para ahogar el separatismo. Los fermentos separatistas, en lugar de debili­tarse, tienen que agriarse sordamente. Los ca­talanistas no son menos catalanistas que antes desde que Primo de Rivera les prohibe la osten­tación de su regionalismo. La política de la mano fuerte ha prestado, sin duda, un pésimo ser‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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vicio a la causa de la unidad española. No se tardará mucho en comprobarlo.

 

Los resultados obtenidos, en cuanto concier­ne a la proscripción de la vieja política y de sus caciques, no pueden haber sido menos cohe­rentes con los supuestos propósitos del Direc­torio. La dictadura exhumó las más ancianas reliquias de la política española. Algunos perso­najes de origen carlista y absolutista sintieron legada su hora. Toda la fauna reaccionaria salu­dó, exultante, al "nuevo régimen". Y, ahora, co­mo vemos, se aprestan otra vez, con la complacencia de la monarquía, a la reconquista del poder, los mismos grupos y los mismos hom­bres que Primo de Rivera y sus generales se hacían la ilusión de haber barrido para siempre del gobierno. La vieja política resu-cita. La ciru­gía militar parece haberle injertado algunas glándulas jóvenes.

 

Y, conexamente, ha fracasado la organización de un partido nuevo, heredero del espíritu y de la obra del Directorio. La larvada idea de la Unión Patriótica no ha conseguido prosperar. Los cuadros de la Unión Patriótica están com-puestos de elementos arribistas, desorientados, mediocres. No han logrado siquiera atraer a sus rangos a unos cuantos intelectuales más o menos decora-tivos y brillante. Muerto el Directorio, los febles y precarios cuadros de la Unión Patrióti­ca se dispersarán sin estrépito.

 

La represión de las ideas revolucionarias, en fin, ha sido análogamente ine-ficaz. El partido socialista sale más fuerte de la prueba. La ma­gra democracia española, que coquetea intelec­tualmente con los socialistas desde hace algún tiempo, reconoce ahora en ellos una fuerza deci­siva del porvenir. El movi-miento comunista ha crecido. Las persecuciones con que el Directo­rio lo distingue denuncian la preocupación que su desarrollo inspira.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Tal es, en rápido resumen, el balance del año y medio de dictadura del Di-rectorio. De ningún régimen se puede pretender ciertamente que en un corto plazo realice su programa. Pero si que demuestre al menos su aptitud para actuarlo gradualmente. El Directorio, de otro lado, no ha conseguido formular un programa verdadero. Se ha limitado a enumerar sus objetivos con un vanidoso alarde de su seguridad de alcan­zarlos.

 

El Directorio tiene en España la misma fun­ción hstórica que el fascismo en Italia. Pero el fenómeno reaccionario exhibe en ambos países estructura y potencia diferentes. En Italia es vigoroso y original; en España es anémico y caricaturesco. El fascismo es un partido, un movimiento, una marejada. El Directorio es un club de generales. No representa siquiera toda la pla­na mayor del ejército español. Primo de Rivera no tiene suficiente autoridad sobre sus colegas. El general Cavalcanti, uno de sus colaboradores del golpe de estado de setiembre, complotó, no hace mucho, por reemplazarlo en el poder El general Berenguer, responsable de sospechosos flirts con la "vieja política", acabó recluido en una prisión militar. Y las malandanzas militares de Primo de Rivera en Marruecos deben haber disminuido mucho su prestigio profe-sional en el ejército.

 

Esta junta de generales que gobierna todavía España no es sino una anécdota de este "anti­guo régimen" y de esa "vieja política" que tanto se complace en detractar. El antiguo régimen, la vieja política, subsisten. Uno de sus hombres representativos, el socarrón Conde de Romano­nes, nos lo asegura, mientras se dispone a reci­bir la herencia del Directorio. Se bosqueja la formación de un bloque constitucional y monár­quico. El próximo sábado enfocaré este sector de la política española.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ROMANONES Y EL FRENTE CONSTITUCIONAL EN ESPAÑA*

 

 

La escena política española se reanima poco a poco. El Conde de Romanones trabaja por unir a los grupos constitucionales en un frente único más o menos unánime. El fin del Direc­torio parece próximo. El debate político obtie­ne de la censura un rigor más elástico. El monó­logo de la "Gaceta", no acapara ya toda la aten­ción pública. Los políticos del "viejo régimen", después de un lar-go período de cazurro silen­cio, pasan a la ofensiva. Se aprestan a distribuirse equitativamente la herencia del Directorio.

 

El golpe de estado de Primo de Rivera no los sacó de quicio. Los partidos constituciona­les no encontraron prudente ni oportuno en ese instante resistir a la dictadura. El Rey ampara­ba con su autoridad a los generales que la ejer­cían. Había que esperar, por consiguiente, que el experimento reaccionario y abso-lutista se cumpliese. Convenía aguardar una hora más pro­picia para la defensa de la Constitución y del Parlamento. Los partidos constitucionales no sentían, por el momento, ninguna urgente nos­talgia de la Libertad. Aceptaban, transi-toriamen­te, su ostracismo.

 

Pero, a medida que se constataba el fraca­so del Directorio, a medida que el humor del Rey daba señales de embarazo y de inquietud, la nostalgia de la Libertad y de la Constitución se enseñoreó en el ánimo de los partidos cons‑

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 14 de Marzo de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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titucionales. El espíritu de los políticos del "viejo régimen" se iluminó de improviso. La políti­ca del Directorio se revelaba impotente y estóli­da. Luego, era tiempo de declararla mala. Esta declaración, sin embargo, debía ser for-mulada con un poco de precaución. Por ejemplo, en una carta privada que la indiscreción del Directorio se encargaría de descubrir y denunciar al publi­co. Don Antonio Maura empleó, con escaso éxi­to, este medio. El Conde de Romanones pensó entonces que, sin renunciar a ninguna de las re­servas aconsejadas por el tacto y la prudencia, era el caso de utilizar contra el Directorio un instrumento público.

 

En esta atmósfera se incubó su Libro Las Res­ponsabilidades del Antiguo Régimen, en el cual el Conde se limita a una ponderada defensa de los esta-distas de la Restauración o, mejor dicho, de los estadistas que han gobernado a España de 1875 a 1923. Libro, pues, no de ataque, sino apenas de contra-ataque. A la requisitoria acérri­ma y destemplada del Directorio contra la vieja política, sus ideas y sus hombres, no respon­de con una requisitoria contra la Reacción y sus generales. Libro de defensa lo llama en el prologo el Conde de Romanones. "Nadie espere —advierte— encontrar en este libro ni disonan­cias ni estridencias; no me he propuesto contes­tar a unos agravios con otros, ni siquiera llamar capítulo de responsabilidades a quienes deben aceptar buena parte de las que graciosamente arrojan sobre los demás". Acerca del Directo-rio, el Conde de Romanones se contenta con el augu­rio de que día llegará en que su Libro admita una segunda parte. "Al examen de la obra y de las res-ponsabilidades de ayer seguirá el examen de la obra y de las responsabilida-des de hoy".

 

En un grueso volumen, el Conde de Romano­nes hace una magra defensa del "antiguo régi­men". Con la estadística en la mano, explica co-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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mo España, en cincuenta años, ha progresado remarcablemente. La agricul-tura, la industria, la minería, la banca, se han desarrollado. Los ne­gocios prosperan. (La palabra del Conde de Ro­manones, pingüe capitalista, es a este respecto digna de todo crédito). La población del reino ha aumentado consi-derablemente. Y no porque los españoles sean más prolíficos que antes —el aumento depende de una menor mortalidad—sino porque viven en mejores condiciones higié­nicas. Es cierto que la prosperidad de España no puede absorber ni alimentar a esta sobre-población; pero tal desequilibrio encuentra en la emi-gración un remedio automático. España ha perdido en los últimos cincuenta años casí todos los restos de su poder colonial. El Conde de Roma-nones se ve obligado a constatar. Mas se consuela con la satisfacción de que España, instalada en el consejo de la Sociedad de las Na­ciones, se encontraba en 1922 menos aislada que en 1875.

 

En materia de política interna, el Conde tie­ne motivos para mostrarse menos optimista res­pecto a los resultados de medio siglo de beata monarquía cons-titucional. No puede hablar, apo­yándose en datos estadísticos y en hechos históricos, de un extraordinario progreso demo­crático. La democracia no ha echado raíces en España. El leader liberal lo reconoce melancóli­camente. Un hecho histórico de filiación inequí­voca —la dictadura de Primo de Rivera— des­vanece toda ilusión sobre la realidad de la de­mocracia española. Malgrado su inagotable opti­mismo, el Conde de Romanones tiene que conformarse con esta pobre realidad que, desgracia­damente, no puede ser contradicha, o ate-nuada al menos, por la estadística. Observa con triste­za que "antes se moría por la libertad, por ella se afrontaban persecuciones, mientras que hoy... hoy los nietos de aquellos que murieron o estu-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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vieron dispuestos a morir por la libertad, nie­gan esa libertad". La crisis de la libertad —una de las crisis contemporáneas— consterna al Conde. Un viejo y ortodoxo liberal no puede ex­plicársela. Le resulta absolutamente inasequible e impenetrable la idea de que la libertad no es el mito de esta época. O, más bien, de que la libertad tiene ahora otro nombre. La libertad jacobina y monár-quica del conde millonario no es, ciertamente, la libertad del Cuarto Estado. Al proletariado socialista no le interesa demasiado la libertad cara al Conde de Romanones. El Conde piensa que "un pueblo que permanece insensible ante la negación de su Estatuto fundamental y de las garantías más esenciales para su derecho y su vida, es un pueblo que no pue­de ofrecer apoyo alguno al gobierno para emprender una obra de aliento". Pero este es un mero error de perspectiva histórica. Las muche­dumbres contemporáneas, insensibles a su Estatuto fundamental, más insensibles todavía al verbo del Conde Romano-nes, no creen ya que el régimen monárquico-constitucional-parlamen­tario les asegura las "garantías esenciales para su derecho y su vida". Hacia la reivin-dicación de otras garantías, que no son las que bastan al Conde de Romano-nes, se mueven hoy las masas.

 

El propio conde, por otra parte, se muestra dispuesto a sacrificar práctica-mente muchos de los principios de su liberalismo. Propugna ac­tualmente la formación de un frente único cons­titucional. En este frente único se confun-dirían y se amalgamarían liberales y conservadores de todos los matices. Confusión y amalgama que ya se ha ensayado y practicado otras veces en España en servicio de las mismas institucio­nes: monarquía y parlamento. Confusión y amal­gama que, en estos tiempos, no constituyen ade­más la conciliación de dos términos antitéticos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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y contrarios. Los términos liberalismo y conser­vadorismo han perdido su antiguo sentido his­tórico. Entre liberales y conservadores no exis­te hoy ninguna diferencia insuperable. La polí­tica de los liberales no se distingue fundamen­talmente de la política de los conservadores. Ante la cuestión social, conservadores y liberales tienen casí la misma posición y el mismo gesto. El Conde de Romanones lo admite en va­rias páginas de su libro al constatar que la re-forma social no ha marchado en España más a prisa bajo los gobiernos liberales que bajo los gobiernos conservadores. Puede agregarse que teóri-camente los liberales se encuentran a veces más embarazados que los con-servadores pa­ra una política de reforma social. Sus ideas individualistas les impiden, frecuentemente, adaptarse a la concepción "intervencionista" del Estado.

 

El Conde de Romanones da, en cambio, en el blanco cuando dispara el vano y absurdo empeño de los hombres del Directorio de crear, con el titulo de Unión Patriótica y sobre una caóti­ca base, un partido nuevo. "Intentar substituir —escribe— los antiguos partidos por otros im­puestos de arriba a abajo, es con-tra naturale­za, es una monstruosidad política y social, que empéñese quien se empeñe, no fructificara. Porque los partidos tienen su biología, que no depen­de de los caprichos de los hombres ni de las arbitrariedades de los gobernan-tes. Y la primera ley reguladora de esa biología, es que nacen y crecen de abajo arriba".

 

No es posible, sin embargo, que Romanones se persuada de que los viejos partidos están, más o menos, en el mismo caso. Sus raíces his­tóricas se han envejecido, se han secado. Ha dejado de alimentarlas el "humus" del suelo. El Conde de Romanones no ignora, probablemente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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estas cosas; pero necesita, de todos modos, ne­garlas. Y de ahí que invite a todos los grupos constitucionales a la reconquista del gobierno bajo la bandera de la Constitución y la Monar­quía. Puesto que la España nueva no está aún madura, la España vieja reinvindica su derecho a la vida y al poder. El pan-fleto antimonárquico de Blasco Ibáñez conviene a los fines de los po­líticos y los partidos que se turnaban hasta 1923 en el gobierno de España. El inocuo y literario Republicanismo de Blasco Ibáñez llega a tiempo para probar la irrea-lidad del peligro República­no; pero llega a tiempo también para intimar a la Monarquía la vuelta a la Constitución. Los liberales y los demócratas españo-les se compla­cen de esta ocasión de ofrecer al Rey y de com­prometerse a no pedirle cuentas por el golpe de Estado de setiembre. El Intermezzo despótico, militar y reaccionario del Directorio será, en su recuerdo, una alegre aventura, una escapada noc­turna de un Rey un poco truhán y un poco bohemio.

 

Acaso por ésto, más que por la censura, Ro­manones y el frente constitucional no manifies­tan mucha agresividad contra el Directorio. El Directorio, después de todo, como anoté en otro artículo, no es sino un episodio, una anécdota de la "vieja política". Los cincuenta años de política y administración mediocres, que el Conde Romanones revista en su libro, tienen en el Directorio su fruto más genuino. El golpe de Estado de setiembre ha germinado en la entraña de la "vieja política". Ni el "antiguo régi­men" puede renegar al Directorio. Ni el Direc­torio puede renegar al "antiguo régimen". El fren­te constitucional tiene, en el fondo, ante los pro­blemas de España, la misma actitud que Pri­mo de Rivera y sus generales. Romanones no propone ninguna solución nueva, nin-gún remedio radical. El programa del frente constitucio‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nal es sólo un programa negativo. Se dirige a una meta asaz modesta: la res-tauración de la Restauración. En esta receta simplista parece condensarse y agotarse todo el ideal, todo el impulso y toda la doctrina de los leaders del régimen constitucional.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SUN YAT SEN*

 

 

La revolución china ha perdido su más cons­picua figura. En los mayores episodios de su historia, ocupó Sun Yat Sen una posición emi­nente. Sun Yat Sen ha sido el leader, el con­dottiere, el animador máximo de una revolución que ha sacudido a cuatrocientos millones de hombres.

 

Perteneció Sun Yat Sen a esa innumerable falange de estudiantes chinos que, nutridos de ideas democráticas y revolucionarias en las uni­versidades de la civilización occidental, se convir­tieron luego en dinámicos y vehementes agitadores de su pueblo.

 

El sino histórico de la China quiso que esta generación de agitadores, educada en las univer­sidades norteamericanas y europeas, crease en el escéptico y aletargado pueblo chino un estado de ánimo nacionalista y revolucionario en el cual debía formarse una vigorosa voluntad de resistencia al imperialismo norteamericano y europeo. Forzada por la conquista, la China salió de su clausura tradicional, para, luego, reentrar me­jor en si misma. El contacto con el Occidente fue fecundo. La ciencia y la filosofía occidenta­les no debilitaron ni relajaron el sentimiento na­cional chino. Al contrario, lo renovaron y lo reanima-ron. La transfusión de ideas nuevas rejuve­neció la vieja y narcotizada ánima china.

 

La China sufría, en ese tiempo, los vejámenes y las expoliaciones de la con-quista. Las poten‑

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 28 de Marzo de 1923.

 

 

 

 

 

 

 

 

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cías europeas se habían instalado en su terri­torio. El Japón se había apresu-rado a reclamar su parte en el metódico despojo. La revuelta boxer había costado a la China la pérdida de las últimas garantías de su independencia política y económica. Las finanzas de la nación se hallaban sometidas al control de las potencias extranjeras. La decrépita dinastía manchú, de otro lado, no podía oponer a la colonización de la China casí ninguna resistencia. No podía suscitar ni presidir un renacimiento de la energía nacional. Impo-tente, inválida, ante ninguna abdi­cación de la soberanía nacional era ya capaz de retroceder. No la asístían ni la adhesión ni la confianza populares. Exan-güe, anémica, extraña al pueblo, vegetaba lánguida y pálidamente. Represen-taba sólo una feudalidad moribunda, cu­yas raíces tradicionales aparecían cada vez más envejecidas y socavadas.

 

Las ideas nacionalistas y revolucionarias, difundidas por los estudiantes e intelectuales, en­contraron, por consiguiente, una atmósfera fa­vorable. Sun Yat Sen y el partido Kuo-Ming-Tang promovieron una poderosa corriente Re-publicana. La China se aprestó a adoptar la forma y las instituciones demo-liberales de la burguesía europea y americana. No cabía, absolutamente, en la China, la transformación de la monarquía absolu­ta en una monarquía consti-tucional. Las bases de la dinastía manchú estaban totalmente minadas. Una nueva dinastía no podía ser improvi­sada. Sun Yat Sen no proponía, por consiguien­te, una utopía. Había que intentar, de hecho, la fundación de una república, que no naciera, por supuesto, sólidamente cimentada, pero que, a través de las peripecias de un lento trabajo de afir­mación, encontraría al fin su equilibrio. Los acontecimientos dieron la razón a estas previsiones.  

 

La dinastía manchú se derrumbó, definitiva-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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mente, al primer embate recio de la revolucion. La insurrección estalló en Wu Chang, capital de la provincia de Hu-Pei, el 10 de octubre de 1911. La mo-narquía no pudo defenderse. Fue procla­mada la república. Sun Yat Sen, jefe de la re­volución, asumió el poder. Pero Sun Yat Sen se dio cuenta de que su partido no estaba aún maduro para el gobierno. La dinastía había sido fácil-mente vencida; pero los latilundistas, los tuchuns, los latifundistas del Norte conservaban sus posiciones. Las ideas liberales habían tructificado y pros-perado en el Sur donde la po­blación, mucho más densa, se componía princi­palmente de pequeños burgueses. En el Norte dominaba la gran propiedad. El partido Kum-Ming-Tang no había conseguido desarrollarse ahí.

 

Sun Yat Sen dejó el gobierno a Yuan Shi Kay que, dueño de un antiguo pres-tigio de estadista experto, contaba con el apoyo de la clase conservadora y de los jefes militares. El gobierno de Yuan Shi Kay representaba un compro-miso. Le tocaba desenvolver una política de conciliación de los intereses capitalistas y feudales con las ideas democráticas y republicanas de la revo-lución. Pero Yuan Shi Kay era un estadista del antiguo régimen. Un estadista escéptico respecto a los probables resultados del experimento republicano. Además, se apoderó pronto de él la ambición de devenir Emperador. Y en diciembre de 1915 creyó llegada la hora de realizar su proyecto. La restau-racion resultó precaria. El nue­vo imperio no duró sino ochentaitres días. El sentimiento re-volucionario, que se mantenía vigilante, volvió a imponerse. Abandonado por sus propios tenientes, Yuan shi Kai tuvo que abdicar

 

Pero, año medio después, otra tentativa de restauración monárquica puso en peligro la República. Y, vencida entonces, la reacción no ha desarmado hasta ahora. El mandarinismo, el feudalismo, que la revolución no ha podido to-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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davía liquidar, han conspirado incesantemente contra el régimen democrático. Tampoco la re­volución ha desmovilizado sus legiones. Sun Yat Sen ha segui-do siendo, hasta su muerte, uno de sus animadores.

 

En 1920, el conflicto entre las provincias del sur, dominadas por el partido Kuo-Ming-Tang y las provincias del norte dominadas por el partido An-Fu y por el caudillaje tuchun, produjo una secesión. Se constituyó en Canton un go­bierno independiente encabezado por Sun Yat Sen. Y este gobierno hizo de Cantón una ciuda­dela de la agitación nacionalista y revoluciona­ria. Condenó y rechazó el pacto suscrito en Washington en 1921 por las grandes potencias con el objeto de fijar los límites de su acción en la China. Combatió todos los esfuerzos de la dictadura del Norte por someter la China a un régimen excesi-vamente centralista, contrario a las aspiraciones de autonomía administrativa de las provincias. Contestó a la organización de un movuniento fascista, fi-nanciado por la alta bur­guesía de Canton, con la movilización armada del proletariado.

 

Educado en la escuela de la democracia, Sun Yat Sen supo, sin embargo, en su carrera política, traspasar los límites de la ideología liberal. Los mitos de la democracia (soberanía po­pular, sufragio universal, Etc.)  no se enseñorearon de su inteligencia clara y fuerte de idealis­ta práctico. La política imperialista de las grandes potencias occidentales lo ilustró plenamen­te respecto a la Calidad de la justicia democrá­tica. La revolución rusa, finalmente, lo iluminó sobre el sentido y el alcance de la crisis contemporánea. Su agudo instinto revolucionario lo orientó hacia Rusia y sus hombres. Sun Yat Sen veía en Rusia la liberadora de los pueblos de Oriente. No pretendió nunca repetir, mecánica-mente, en la China los experimentos europeos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Conformaba, ajustaba su acción revolucionaria a la realidad de su país. Quería que en la China se cumpliese una revolución china así como en Rusia se cumple, desde hace siete años, una re­volución rusa. Su conocimiento de la cultura y del pensamiento occidentales no desnacionaliza­ba, no desarraigaba su alma al mismo tiempo profundamente china y profundamente humana. Doctor de una universidad norteamericana, fren­te al imperialismo yanqui, frente al orgullo occi­dental, prefería sentirse solo un coolí. Sirvió austera, abnegada y dignamente el ideal de su pueblo, de su generación y de su época. Y a este ideal dio toda su capacidad y toda su vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAILLAUX Y LA ACTUALIDAD POLÍTICA FRANCESA*

 

 

Con el retorno de Caillaux ha empezado, en la escena política francesa, el segundo acto del episodio radical-socialista. Desde el reingreso de Caillaux en París, el ministerio de Herriot da la sensación de un ministerio interino. No parece siquiera que gobernase como antes. Parece que gobernase provisoria-mente. Herriot no tiene ya el aire de un jefe. Tiene, más bien, el aire de un vicario.

 

En verdad, esta interinidad de Herriot se ma­nifestaba larvadamente en su gobierno desde la primera hora. El retorno de Caillaux no ha hecho sino evidenciarla y precisarla. La luz del banquete de Magic-City ha revelado el verdadero contorno del ministerio de Herriot; no ha mo­dificado ni alterado su posi-ción ni su sustancia.

 

A Herriot le ha tocado, en este capítulo de la política francesa, una función transitoria: con­ducir a la batalla electoral, con un programa apropiado para ganar la mayoría de los sufra­gios, al bloque radical-socialista; desalojar y reemplazar íntegramente en el gobierno al bloque nacional desafiando todos los riesgos de un golpe de estado de Millerand y de las derechas; amnistiar a Caillaux y a Malvy y liquidar las más molestas y urgentes de las obligaciones adquiridas con la sucesión de Poincaré o contraídas ante el electorado por los candidatos de las izquierdas. En esta función, que su gobierno

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 4 de Abril de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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cumple cada vez con mayor fatiga, Herriot se ha gastado sensiblemente. Y en el bloque de izquierdas, han aparecido, amenazadoras, algu­nas graves fisuras.

 

Briand, que representa en la composición del bloque a los elementos menos seguros, ensayó, últimamente contra el ministerio una de las ma­niobras par-lamentarias en las cuales es experto, abandonando a Herriot en el asunto de la supre­sión de la embajada ante el Vaticano, o sea en un debate en el cual la oposicion, con especial ardimiento, lanzó a sus fuerzas al ataque. El redomado parlamentario que vive en perenne acecho del poder, impugnó la supresión de esa embajada a sabiendas de que el gobierno de Herriot no podía ceder en este asunto sin renegar una de las aserciones y una de las promesas más reiteradas de su programa. Bajo su intervención en el debate se disimulaba mal su deseo de torpedear a Herriot.

 

De otro lado, en el reciente congreso del partido socialista, los fautores del ministerio no obtuvieron fácilmente el acuerdo de la asamblea respecto a las condiciones del mantenimiento de la colaboración socialista. La tesis colabo-racio­nista salió victoriosa del debate y de la votación; pero no sin haber su-frido embates y críticas de los oradores minoritarios que la dejaron bastante mal parada La mayoría tuvo que acep­tar, parcialmente, las reservas de la minoría sobre el porvenir de las relaciones del socialismo con el radicalismo. Los oradores de la minoría pronunciaron una acida requisitoria contra la política de Herriot que no se ajusta estrictamen­te al programa electoral del cartel de izquierdas. El acuerdo de la asamblea, además, fue alcanzado en torno a una fórmula un tanto am­bigua.

 

Para seguir navegando entre estos arrecifes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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de la política parlamentaria, el bloque radical-socialista siente la necesidad de un piloto de más autoridad y experiencia que Herriot. La vuelta de Caillaux ha sido, por esto, saludada y festejada, con entusiasta y exultante espíritu, por los políticos de este conglomerado. Caillaux no ha asumido todavía la jefatura del bloque de izquierdas. No se ha reinstalado aún en la jefa­tura del consejo de ministros. Pero, de hecho, el jefe es ya él, En el banquete de Magic-City, radi-cales y socialistas de todos los matices, pre­sididos por un honesto y antiguo soldado de la democracia francesa, Ferdinand Buisson, lo han declarado su leader y su caudillo. Y en su dis­curso de ese día, en respuesta a quienes en nom­bre de la democracia francesa lo desagraviaban de los vejámenes y de los ultrajes del bloque nacional, el hombre del "Rubicón" ha bosquejado las líneas fundamentales de un programa de gobierno. A partir de esa fecha. M. Joseph Caillaux, rehabilitado políticamente después de algunos años de ostracismo, es el candidato de las izquierdas a la presidencia del consejo de ministros.

 

No es el caso, por supuesto, de juzgar inmi­nente una crisis ministerial. La candidatura de Caillaux a la presidencia del consejo oficial y parlamentaria-mente no existe todavía. Herriot cuenta todavía con la confianza de la mayoría parlamentaria. Pero, fuera del parlamento, la candidatura de Caillaux hace su camino. No im­porta que la interinidad de Herriot dure aún algún tiempo. Cualquiera que sea el tiempo que dure, sera siempre una interinidad.

 

Una buena parte de la burguesía francesa quiere un gobierno Republicano y democrático. Pero, sobre todo, quiere que este gobierno sea, además, un gobierno fuerte. ("Un gobierno que gobierne", como, decía en otro tiempo el propio Caillaux). Para encabezar este gobierno. Joseph

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Caillaux le parece un hombre a propósito. La finanza, la banca, especialmen-te, tienen en la capacidad de economista de Caillaux una ilimi­tada confianza. En las mismas filas de las dere­chas, Caillaux es considerado un estadista de talla excepcional. Un escritor reaccionario ha es­crito últimamente en "La Liberté" estas palabras: "Que se le ame o que se le odie, Caillaux es de todos modos alguien".

 

¿Cuál es el programa de gobierno de Caillaux? En su discurso de Magic-City, el leader radical se ha mostrado mesurado y prudente. Un co­mentador pene-trante ha definido así ese discur­so: "M. Caillaux ha jugado en Magic-City la carta audaz qua el diablo le ofrecía. Ha tentado de hacer entrar un programa conservador den­tro de un formulario demagógico". Este juicio precisa muy bien la posición teórica y práctica de Caillaux. El autor de ¿A dónde va Francia? ¿A dónde va Europa? cree que "hay que refor­mar y rehacer el Estado"; pero repudia toda reconstrucción que no acepte como base la eco-nomía capitalista. Se preocupa, principalmente, de reclamar orden y ahorro en la administración como medio de normalizar la situación eco­nómica y finan-ciera de Francia. Evita toda proposición demagógica que pueda enajenarle la confianza del capital financiero. Aunque su ambi­ción vuele muy alto, Cai-llaux no aparece, en esta época de excepción, como un reformador. Se con-forma con el rol asaz modesto de normalizador. Reformar o rehacer el Estado le interesa mucho menos que reordenar o reorganizar la hacienda y la economía france-sas.

 

En su famoso libro ¿A dónde va Francia? ¿A dónde va Europa?, Caillaux hablaba de "las condiciones de un orden nuevo". Aunque reafir­maba su filia-ción democrática, reconocía la decadencia de algunas formas, consideradas esen­ciales, de la democracia. Arribaba a esta conclu‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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sión: "Mantener las asambleas parlamentarias no dejándoles sino derechos políticos, nada más que una misión de control superior, confiar a nuevos organismos la dirección completa del Estado económico, hacer en una palabra la síntesis de la democracia de tipo occidental y del sovietismo ruso, tal es el objetivo por alcanzar". Pero Caillaux no formulaba concretamente las condi-ciones de un orden nuevo. Se contentaba con imaginar abstracta y ecléctica-mente algunos rasgos de un probable o deseable compromiso entre el capita-lismo y la revolución. Y de la fecha en que, exiliado de su país y de la polí-tica, escribía su libro, en esta otra fecha en que, amnistiado y vindicado, se prepara a la recon­quista del gobierno, Caillaux no ha avanzado na­da en la definición del orden nuevo tan vagamente esbozado en su plan de recons-trucción de Europa y de Francia.

 

Caillaux tiene, en la actualidad política francesa, el papel de caudillo de la Democracia. Lo vemos rodeado de los más ilustres adherentes a la Liga de los Derechos del Hombre y de los más ortodoxos partidarios de la Tercera Repú-blica. Sus opiniones nos demuestran, sin embar­go, que Caillaux es un demo-crata sin excesivas supersticiones democráticas. (Acerca de este aspecto de su personalidad, según sus adversa­rios de la derecha, el Rubicón y el plan anexo de un golpe de estado, cuyo secreto confió Caillaux a la insegura caja de se-guridad de un banco, nos ilustran más completamente).

 

El proceso, la condena, el destierro, están vir­tual y formalmente olvidados. Amigos y enemi­gos saben perfectamente que la "alta traición" de Caillaux no fue sino un "accidente del trabajo". Uno de los varios accidentes del trabajo a que se hallan expuestas la vida y la fortuna de los políticos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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POLÍTICA FRANCESA*

 

EL SECTOR SOCIALISTA**

 

En la escena política francesa, el partido so­cialista tiene un rol primario. Un periodista es­cribía recientemente en un diario de París: "los radicales-socialistas ejercen el gobierno, pero los socialistas lo inspiran". El acuerdo de las opi­niones, sobre este punto, es, por supuesto, abso­lutamente imposible. Las derechas declaran a Herriot prisionero del partido socialista. La ex­trerna izquierda, en tanto, considera al partido socialista prisionero de Herriot y de su política. Pero ni una ni otra tesis extrema impide ver en el partido socialista francés a un protagonista de la lucha política que, con la dimisión del mi­nistro de finanzas Clementel, ha adquirido una tensión dramática.

 

Para conocer la personalidad y comprender la posición del partido socialista francés no basta la luz de los últimos acontecimientos. Explo‑

 

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* En una serie de cuatro artículos, J.C.M. examinó la política francesa y los sectores ope-rantes en esa época. Los presentamos aquí agrupados tanto porque —con excepción del último, que apareció después del artículo "La elección de Hindenburg"— fueron publicados seguidamente, cuanto para mantener la unidad expositiva. La mayor parte del texto de dos de ellos, los referentes a los sectores socialista y comunista, fueron incorporados por el autor a La Escena Contemporánea, como se indica en las notas respectivas. (N.de los E.)

** Publicado en Variedades, Lima, 11 de Abril de 1925.

Con excepción de los cuatro párrafos que se presentan en esta compilación —los dos pri-meros y los dos últimos—, el resto del texto se encuentra conte-nido en "El socialismo en Francia". La Escena Contemporánea, págs. 122-127. Vol. 1 de esta serie popular de Obras Completas. (N. de los E.)

 

 

 

 

 

 

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remos, pues, velozmente, su composición, su ideología y su historia.

 

¿Los socialistas no son, entonces, sino una base parlamentaria del ministerio Herriot? ¿Sólo una base parlamentaria y no una base ideológica? la distinción entre una y otra cosa re­sultaría una distinción arbitraria y ficticia. Al asimi-larse una parte de la materia socialista, la burguesía radical no puede escapar al riesgo de asímilarse también una parte de la idea socialista. Herriot, si no se apoyase en los socialis­tas, no se inclinaría fácilmente a buscar la so­lución de la crisis financiera de Francia en un cupo al capital. Atenuada, deformada, suavizada en cualquier forma, esta medida aparece siempre como una medida de inspiración so­cialista.

 

¿Cuál tesis contiene, luego, mayor suma de verdad? ¿La de que el socialismo deviene de­mocrático? ¿O la de que la democracia deviene socialista? He ahí un interesante problema de nuestro tiempo.

 

LA CRISIS MINISTERIAL*

 

En la crisis política francesa se constata, so­bre todo, un conflicto entre dos métodos diferentes, entre dos concepciones antagónicas, en el campo econó-mico. El contraste de los intere­ses económicos domina y decide el rumbo de los acontecimientos políticos y parlamentarios. Las dramatis personae de la crisis, —Herriot, Poin­caré, Briand, Millerand—, se mueven en la su­perficie versátil de una marea histórica supe­rior a la influencia de sus personalidades y de sus ideas Ni el bloque nacional ni el cartel de

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 18 de Abril de 1925

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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izquierdas, no obstante la variedad de los mati­ces que en uno y otro se mez-clan, representan una contingente y arbitraria combinación par­lamentaria. En su composición más que la afinidad o la simpatía de los grupos se percibe la afinidad o la simpatía de los intereses. La actitud de uno y otro conglomerado, ante los problemas económicos de Francia, se inspira en los intereses de dis-tintas capas sociales. Por esto, sus puntos de vista resultan inconciliables. La base electoral de las derechas se compone de la alta burguesía y de los resi-duos feudales y aristocráticos. En cambio, el cartel de izquier­das se apoya en la pequeña burguesía y en una gruesa parte del proletariado. El enorme pasivo fiscal de Francia debe pesar, particularmente, sobre una u otra capa social. Al bloque nacional y al cartel de izquierdas les toca defender a su respectiva clientela. El bloque nacional se opone a que los nuevos tributos, reclamados por el servicio de la deuda francesa, sean pagados por los capitalistas. El cartel de izquierdas se resiste, a su vez, a que sean pagados por los pequeños pro­pietarios y la clase trabajadora.

 

En los primeros años de la post-guerra, el gobierno del bloque nacional adormeció al pue­blo francés con la categórica promesa de que la que pagaría los platos rotos de la guerra sería Alemania. La capacidad financiera de Alemania no fue absolutamente calculada. Klotz, ministro de finanzas de Clemenceau, estimó el monto de las reparaciones debidas por Alemania a los alia­dos en quince mil millones de libras esterlinas. Alemania, segun Klotz, debía satisfacer esta in­demnización y sus intereses en treinta y cuatro anua-lidades de mil millones. Francia recibiría quinientos cincuenta millones de libras anualmente.

 

Poco a poco, esta ilusión, contrastada por la realidad, tuvo que debilitarse. Pero, mientras

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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conservó el poder, el bloque nacional reposaba, casí íntegramente, sobre el miraje de una pingüe indemnización alemana. Sus ministros saboteaban, por eso, todo intento de fijarla en una cifra razonable. El acuerdo de Francia con sus alia­dos sufría las consecuencias de este sabotaje. Francia se aislaba más cada día en Europa. Alemania no pagaba. Mas nada de esto parecía im­portarle al bloque nacional obstinado en su rígi­da fórmula: "Alemania pagará".

 

Mientras tanto el pasivo fiscal de Francia cre­cía exorbitantemente. El Estado francés tenía que hacer frente a los gastos de la restauración de las zonas devastadas. Al lado del presupuesto ordinario existía un presupuesto extraor-dinario. El déficit fiscal se mantenía en cifras fantásti­cas. En 1919 ascendía a veinticuatro mil millo­nes de francos; en 1920 a diecinueve mil millo­nes; en 1921 a trece mil millones; en 1922 a once mil quinientos millones; en 1923 a ocho mil millo­nes. Para cubrir este déficit, el Estado no po­día hacer otra cosa que recurrir a su crédito interno. Las emisiones de empréstitos y de bo­nos del tesoro se sucedían. Las condiciones de estos empréstitos eran cada vez más onerosas. Había que ofrecer al capital y al ahorro elevados réditos. De otra suerte, resultaba imposible captarlos. Pero a este recurso no se podía apelar ilimitada e indefinidamente. La tesorería del Estado se veía obligada a sus-cribir obligaciones a corto plazo que muy pronto urgiría atender. Y, por otra parte, la absorción de una parte con­siderable del ahorro nacional por el déficit del fisco sustraía ese capital a las inversiones indus­triales y comerciales necesarias a la reconstruc­ción de la economía del país. El fisco drenaba imprudentemente las reservas públicas. La balan­za comercial se presentaba también deficitaria. El desequilibrio amenazaba, en fin, la estabilidad del franco asaz desvalorizado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En estas condiciones arribó el pueblo francés a las elecciones de mayo de 1924. Poincaré había jugado, sin fortuna, en la aventura del Ruhr, su última carta. A pesar de esta política de extorsión de Alemania, no habían empezado aún a ingresar al tesoro francés los quinientos cincuenta millones anuales de libras esterlinas anunciados para 1921 por la optimista prevision del ministro Klotz. El Ruhr producía una suma bastante más modesta. Alemania, en suma, no pagaba. Y no era, absolutamente, el caso de ha­blar de debilidad y de in-decisión de la política de Francia. El piloto de la política francesa, Poincaré, habia demostrado, con la ocupación del Ruhr, su cnergía guerrera y su temperamen­to marcial.

 

La mayoría del electorado, cansada de los fra­casos de las derechas, se pro-nunció a favor del cartel de izquierdas. El programa del cartel le prometía: una política exterior que liquidase con un criterio realista y práctico, el problema de las reparaciones; una política económica que, mediante un impuesto extraordinario al capital, obligase a las clases ricas a contribuir en proporción a sus recursos al saneamiento de las fi­nanzas públicas; una política interior, de inspi­ración Repúblicana y democrática que asegurase al país un mínimo satisfactorio de paz social eliminando, en lo posible, las causas de descon­tento que empujaban a las masas hacia el comu­nismo.

 

El cartel de izquierdas obtuvo una fuerte mayoría parlamentaria. Pero en la composición de esta mayoría no consiguió una suficiente ho­mogeneidad. Presintiendo el tramonto de la po­lítica de las derechas se había aliado oportunamente a las izquierdas una parte de la alta bur­guesía industrial y financiera. Briand, actor y cómplice en un tiempo de la política del bloque nacional, se había declarado de nuevo hombre

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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de izquierdas desde que la fortuna de las dere­chas había empezado a declinar. Loucheur, representante máximo de la gran industria, se había trasladado también al cartel. El desplazamiento del poder de la derecha a la izquierda no había podido efectuarse sin un congruo des­plazamiento de conspicuos y ágiles elementos oportunistas. El bloque de izquierdas no era, elec­toral ni parlamen-tariamente, un bloque compac­to. Los radicales-socialistas y los socialistas cons­tituían sus bases sustantivas; pero la política parlamentaria de estos nú-cleos, cuya coalición significaba ya un compromiso y una transacción, tenía además que hacer no pocas concesiones a los grupos más o menos alógenos de Briand y de Loucheur. La composición un tanto heterócli­ta de la mayoría se reflejó en la formación y en el espíritu del gabinete Herriot. Clementel, el ministro de finanzas, no participaba de la opi­nión de las izquierdas sobre el tributo extraordinario al capital. En la cámara, el ministerio tenía qua tomar en cuenta la oposición de Lou­cheur al impuesto al capital y la resistencia de Briand al retiro de la embajada en el Vaticano. En el senado, la política de Herriot dependía del sector centrista que pugnaba por imponerle su tutela conservadora.

 

Herriot, en el gobierno, como he tenido algu­na vez ocasíón de remarcarlo, daba una sensa­ción de interinidad. No parecía destinado a actuar el programa del cartel de izquierdas, sino, más bien, a preparar el terreno a este experi-mento. En remover del camino del cartel la cuestión de las reparaciones, la cuestión de la amnistía, la cuestión del reconocimiento de los soviets, etc., el ministerio Herriot usó y consumió su fuerza. No era posible que, con las exi-guas energías que le quedaron después de cumplir estas fatigas, pretendiese remover también la cuestión financiera. Sobre esta cuestión los intereses en con

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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traste están decididos a librar una obstinada batalla. Los financistas y los industriales, aliados de cartel, que aceptarían en materia económica la autoridad de Caillaux, no aceptan, en cambio, la autoridad de Herriot, más expuesto, a su jui­cio, a la influencia de la "demagogia socialista". Herriot estaba condenado a ser batido en la primera escaramuza grave de la cuestión finan­ciera.

 

Nadie puede sostener seriamente que Herriot sea responsable de la situación fiscal de Fran­cia. En materia de responsabilidades financieras, Poincaré es, evidentemente, mucho más vul­nerable. Herriot ha heredado la crisis actual de sus antecesores. No ha caído por haberla pro­ducido, sino por haber intentado resolverla. Su mayoría no se ha mostrado de acuerdo respec­to a su aptitud para esta empresa. ¿Por qué Herriot no ha diferido por más tiempo una dis-cusión en la cual tenía que ser forzosamente batido? Todos los incidentes de la caída de Herriot indican que esta discusión no podía ya ser diferida. El partido socialista urgía al mi­nisterio a que empeñase la batalla. El Banco de Francia exigía la legalización del aumento de la moneda fiduciaria. Se es-trechaban, en fin, día a día, los plazos de los vencimientos que el tesoro francés debe atender este año. Porque aho­ra el problema no es el desequilibrio del presupuesto. El déficit del año último no fue sino de dos mil quinientos millones de francos. Los ingresos y los egresos de 1925, por primera vez desde la guerra, se presentaron balanceados. El déficit de este año, según las previsiones del gobierno, será sólo de treintaicuatro millones. La recons-trucción de los territorios liberados está casi terminada. La balanza del co-mercio ex­terior ha recobrado su equilibrio. Las exporta­ciones superan en mil trescientos millones a las importaciones. Ahora el problema son los ven‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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cimientos. Las obligaciones a corto plazo contraídas por los antecesores de Herriot comien­zan a llamar a las ventanillas del tesoro. El mon­to de las obligaciones que se vencen en este año pasa de veintidós mil millones. Una parte de estas obligaciones podrá ser convertida; pero otra parte tendrá que ser saldada en mone­da contante. El fisco necesita, de toda suerte, encontrar veintidos mil millones de francos. Y no concluirá aquí el problema. Los acreedores de la guerra y de la post-guerra continuarán por muchos años presentando sus cuentas y sus cupones. La deuda interna de Francia asciende a 277,870 millones de francos-papel. La deuda exterior de guerra, a cuya condonación tanto Estados Unidos como Inglaterra se manifiestan muy poco inclinados, suma 110,000 millones. En cuanto Francia comience el servicio de esta deu­da, una nueva carga pesará sobre su tesoro. Francia tiene también deudores. Pero sus acreen­cias son menores y mucho menos realizables. A Francia le deben sus aliados o ex-aliados quince mil millones de francos; mas una parte de esta suma, prestada a Polonia, Tcheco-Slavia, Ru­mania, etc. a trueque de servicios políticos, no es fácilmente exigible. La acreencia más grue­sa de Francia es la que el plan Dawes le reco­noce en Alemania: 103,900 millones de francos-papel.

 

Estas cifras expresan, mejor que cualquier otra explicación, la gravedad de la situación fi­nanciera de Francia. El Estado francés se halla frente a un pasivo imponentemente mayor que su activo. La solución de este equilibrio podría ser dejada al porvenir, si una gran parte del pasivo no estuviese compuesta de obligaciones a plazo corto y perentorio. ¿Dónde encontrar el dinero o el crédito necesarios para afrontar es­tas obligaciones? El contribuyente francés pa­ga demasiados tributos. Su resistencia está col-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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mada. Nour prendrons l`argent où il est, he ahí, expresada en una frase de Renaudel, la formula socialista. "Tomaremos el dinero donde se halle". Bien. Pero el dinero no se decide a dejarse capturar. El dinero, que cuando persi­gue al socialismo se siente rabiosamente nacio­nalista, cuando es perseguido por el socialismo deviene en el acto internacionalista. La amena­za del cartel de izquierdas ha inducido a mu­chos capitalistas del más ortodoxo patriotismo a expatriar su capital. En la mayoría de los ca­sos el dinero naturalmente no puede emigrar. Tiene que quedarse en el país donde por hábi­to o por interés o por patriotismo trabaja; pero entonces moviliza todos sus medios para de­fenderse de las amenazas de la "demagogia so­cialista". Apenas el cartel de izquierdas ha bos­quejado seriamente su intención de realizar, muy moderada y atenuadamente, el proyecto de cu­po al capital. Loucheur ha insurgido contra su política y ha abierto la primera brecha en su mayoría.

 

¿Volverá entonces, más o menos pronto, el poder a las derechas? Los fautores de Poincaré y Millerand exultan demasiado temprano. Ni aún la conversión en masa de todos los elementos movedizos y fluctuantes, oportunísticamente plegados al cartel, podría dar a las derechas la ma­yoría indispensable para gobernar. ¿No se rom­perá, al menos, en estas crisis, la alianza de los socialis-tas y los radicales-socialistas? Es poco probable que los radicales-socialistas resuelvan suicidarse electoralmente. En una coalición con las derechas aca-barían absorbidos y dominados. El abandono de su programa les haría perder, en beneficio de los socialistas, la mayor parte de su clientela electoral. Los dos principales grupos del cartel tienen, por ende, que seguir coaligados. El experimento radical-socialista no ha concluido. Por el momento, ya hemos visto

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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cómo el veto de los socialistas ha cerrado el paso a una combinación minis-terial dirigida y presidida por Briand. Al partido socialista fran­cés la colabora-ción en el cartel le ha hecho be­ber muchos amargos cálices. Pero este cáliz de un ministerio Briand le ha parecido, sin duda, amargo en demasía.

 

La solución de la crisis no marcará, proba­blemente, sino un Intermezzo, en el episodio radical-socialista. Herriot ha caído antes de que Caillaux pueda sus-tituirlo. El político del Rubi­cón no ha tenido aún tiempo de reincorporarse en el parlamento. La interinidad, en suma, recomienza con otro nombre.

 

 

EL MINISTERIO PAINLEVE*

 

M. Paul Painlevé da su nombre al segundo acto del episodio radical-socialista. El nombre solamente. La dirección, el rumbo, los darán otros. ¿Quiénes? Exclusiva y continuamente, na­die. Alternativa y contingentemente, Caillaux, Briand, Loucheur, Blum, etc. El socialismo re­formista y la plutocracia radica-loide. Painlevé gobierna entre dos expresidentes del consejo. Entre Aristide Briand y Joseph Caillaux. Por consiguiente, no gobierna; preside el gobierno. En su gabinete, dos hombres, dos leaders, que aspiran al poder, se controlan y se contrapesan. Briand, en el ministerio del exterior, Caillaux en el ministerio de finanzas. El gabinete se apoya, en la cámara, a la derecha en Loucheur y el capital industrial y financiero; a la izquierda en Blum y la S.F.I.O. (Sección Francesa de la Internacional Obrera). En un gabinete, emanado de un compro-miso, que se balancea entre es­tas dos fuerzas, entre estos dos sectores. Pain‑

 

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* Publicado en Variedades. Lima, 25 de Abril de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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levé es únicamente el presidente de sus debates y el portavoz de sus delibe-raciones. Es el fiel de la balanza. Designio, sin duda, de su destino de matemático.

 

La caída de Herriot se produjo un poco pre­maturamente. Ni Briand ni Cai-llaux podían ir a la presidencia del consejo. A Briand le faltaba el consenso de los socialistas. A Caillaux le to­caba cumplir su última cuarentena. Su rehabi­litación política no era todavía completa. Sus amigos no han tenido todavía tiempo de elegirlo senador o diputado. Y el régimen parlamen­tario quiere que el jefe del gobierno salga del parlamento. No era, pues, absolutamente, el caso de pensar en Caillaux. Briand, en perenne acecho del poder en su escaño, resultaba demasiado maduro para la sucesión; Caillaux, recién tornado a la política, ausente aún de la cámara, resultaba en cambio demasiado verde. La solu­ción Painlevé apareció por esto, como la única solución posible. Painlevé podía formar un mi­nisterio de concentración. Podía compartir el po­der con Briand y Caillaux al mismo tiempo.

 

El nuevo ministerio ha heredado del minis­terio Herriot, junto con su mayoría, su interi­nidad. Representa, Además, un compromiso. En la mayoría parlamen-taria del cartel de izquier­das, la cuestión financiera y la cuestión religiosa ha-bía causado una fractura. La izquierda "moderada" se había rebelado contra la políti­ca financiera y la política religiosa de Herriot. La mayoría del cartel ha sido soldada, durante la crisis, mediante una transacción. De una parte, el gobierno no atacará por el momento al capital; de otra parte, mantendrá un represen­tante en el Vaticano. Caillaux y Briand son la garantía de que el go-bierno de Painlevé segui­rá, en ambas cuestiones, una línea discreta y pruden-te. (La línea de gobierno de un geóme-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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­tra como Painlevé tiene que ser una llama geo­désica).

 

La vitalidad del ministerio es aleatoria; el programa aleatorio también. Nada podrá hacer Painlevé sin el voto de Loucheur y de su grupo industrial y fi-nanciero. Nada podrá hacer tampoco sin el voto de los socialistas, obligados a dosificar las concesiones de su política parla­mentaria al estado de ánimo de su clientela electoral más o menos permeable a la influencia comunista. La vida del ministerio está a mer­ced de un accidente parlamentario. Su duración de-pende, en todo caso, de su política financie­ra. En este terreno, el gobierno de Painlevé no puede intentar una solución radical u, mejor dicho, una solución definitiva. Tiene que contentarse con una acción provisoria. Tiene que con-tentarse con resolver los problemas más urgentes,

 

Probablemente por esto. Caillaux no ha expuesto, en la cámara, un verdadero programa. ¿Para qué hablar de medidas lejanas y generales cuando apenas habrá tiempo de actuar algu­nas medidas inmediatas y particulares? Caillaux no va al ministerio de finanzas a ensayar un plan completo de reorganización de la econo­mía francesa. Va simplemente a tratar algunos negocios y atender algunas necesidades de urgen­cia. Su función está limitada por las circunstan­cias. La solución de los problemas de la econo­mía francesa no puede ser de carácter esencialmente técnico. Está, además, vinculada a la solu­ción general de los problemas de Europa. A la obra de la reconstrucción europea como le gusta llamarla a J. M. Keynes. Desde la cartera de finanzas no se domina, por tanto, la cuestión económica de Francia. Y no es probable una só­lida colabo-ración Caillaux-Briand. En el nuevo ministerio, Caillaux y Briand no son dos estadistas que colaboran, sino, más bien, dos candidatos que se vigilan.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La personalidad de Painlevé se dejará sentir escasamente en el experimento político que lle­va su nombre. No se trata, por cierto, de una personalidad insignificante. Painlevé es un hom­bre de talento y, acaso, hasta un hombre de ca­rácter. Pero no es, absolutamente, un hombre político. Es un eminente hom-bre de ciencia, que discurre, por distracción, en el campo político.

 

Como otros hombres de ciencia de su época, se sintió atraído desde su juven-tud por una política demo-social. Perteneció a esa generación de intelectuales que, en los quietos tiempos pre-­bélicos, coqueteó inocuamente con el socia-lismo y admiró sinceramente la elocuencia de Jaurés. Entró en la política, sin cálculo alguno segura­mente, movido por su ideología filo-socialista, empu-jado por su fe Republicana. En la cámara se llamó siempre Republicano-socialista. Educado en la escuela de la democracia, Painlevé vela en el so-cialismo algo así como una consecuencia, como una meta o como un ideal de la república. Enviado a la cámara por el sufragio popular creía en la eficacia perfectible de los métodos y las instituciones Republicanas. El títu­lo de republicano-socialista correspondía, realmente, a sus convicciones. No era, como en otros, un mero señuelo electoral. En la guerra, como jefe del gobier-no, se comportó conforme a sus sentimientos de patriota y de francés. Pero las derechas le tuvieron en cuenta sus opiniones Republicano-socialistas. Francia atravesaba, además, horas muy difíciles, de gran tensión nerviosa. Painlevé, consiguientemente, no pudo conservar por mucho tiempo el poder. La victo-ria, explo­tada reaccionariamente, lo trató hostilmente. Las elecciones de 1919 se hicieron a expensas de las izquierdas. En el parlamento brotado de esas elecciones Painlevé tuvo un rol opaco. Continuó siendo una figura de la iz-quierda; pero no fue nunca una figura combativa y beligerante. El

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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triunfo del cartel de izquierdas lo volvió a colocar, en mayo del año último, en primer término. El cartel presentó su candidatura a la presiden­cia de la república; pero una maniobra del senado dio la victoria a la candidatura de Dou­mergue. Painlevé hubo de contentarse con la presidencia de la cámara. En este puesto, era un simpático hierofante del régimen parlamen­tario. Dirigía los debates de la cámara como ha­bría dirigido los debates de la Academia. Le disgustaban, tal vez, las sesiones tempestuosas en que ululaba la extrema derecha o la extrema izquierda; pero el servicio de la república constituía para él una fuente tan grande de compla­cencias como el cálculo diferencial abso-luto o la geometría del espacio curvo. Sólo el servicio de la república ha podido desplazarlo ahora de la presidencia de la cámara a la presidencia del consejo.

 

Painlevé es de la estirpe, un poco diezmada, de los idealistas de la república y la democra­cia y de los sacerdotes de los Derechos del Hombre y del Ciuda-dano. Procede de la misma austera escuela Republicana de Ferdinand Bui-sson. Formado en el clima histórico de antes de la guerra, no puede renegar ninguno de los mitos de la democracia. Su recetario político es el mismo de hace veinte años. Tiene, pues, muchas excelencias; pero tiene el grave defecto de no corresponder a la nueva realidad humana. El mundo ha cambiado mu-cho políticamente en estos veinte altos. Preocupado por sus especula­ciones científicas, Painlevé no parece haberlo advertido. Para este anti-dogmático no existe nin­gún dogma salvo el dogma laico de la democracia. La fórmula "orden y progreso", desgarrada por la guerra, se mantiene intacta y pura en el ideario y en el espíritu de Painlevé, como el supremo desiderátum de la Civi-lización y de la Humanidad. (En la literatura de la democracia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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estas dos palabras se escriben siempre con ma­yúscula y se piensan también con mayúscula).

 

El programa de Painlevé está lleno de rectos propósitos y de hermosas pala-bras. De la buena fe de este ilustre profesor del Colegio de Fran­cia no es po-sible dudar mínimamente. Pero si es licito dudar de que esta buena fe baste para resolver la crisis política, económica y espiritual que turba actualmente la vida y la conciencia de Francia.

 

EL SECTOR COMUNISTA*

 

Intermitentemente, las derechas francesas de­nuncian el "peligro comunista" y conminan al gobierno radical-socialista a sofocarlo. El "peli­gro comunista" es, según parece, el más eficaz ritornello de la política reaccionaria. Las dere-chas se sirven de él para mantener amedrentada a la burguesía. Y para comba-tir al gobierno del cartel de izquierdas, acusado en la prensa y en la cámara, de flaqueza y de negligencia en la defensa del orden capitalista. La prensa conser­vadora descubre, cada vez que conviene a su po­lítica, un espeluznante complot bolchevique. Los comunistas, a su turno, culpan al gobierno de debilidad ante la movilización y la organización fascistas de las derechas. La democracia, -di­cen los comunistas- abdica ante la reacción. Bajo el gobierno de los radicales socialistas, se prepara y se arma la ofensiva fascista.

 

La confrontación de estas dos tesis secta un inútil ejercicio teorético. Nos conduciría, al lee‑

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* Publicado en Variedades, Lima, 9 de Mayo de 1929. Este artículo, con excepción de los dos párrafos recogidos en esta compilación, fue incluido por el autor en La Escena Contemporánea con el título "El Partido Comunista Fran­cés", pág. 131-136, Vol. 1 de esta serie de Obras Completas. (N. de los E.)

 

 

 

 

 

 

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tor y a mí, después de una serie de análisis, a la conclusión lapalissiana de que se trata de dos tesis inconciliables, —absolutamente incon­ciliables como la Revolución y la Reacción— o a la conclusión relativista de que ambas tesis son igualmente válidas y verdaderas, cada una para su sistema o su mando respectivo. Prefe­rible es que, el lector y yo, demos de antema­no por adquirido cualquiera de esos resultados. Y que, ahorrándonos la fatiga de una interpre­tación total de la crisis francesa, nos contente­mos por ahora con examinar parcialmente uno de los elementos, uno de los factores de esa crisis. Hemos explorado ya, sucesivamente, diversos sectores de la política francesa. Explo-re­mos ahora el sector comunista. Y averigüemos, ante todo, su historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA ELECCION DE HINDENBURG*

 

 

¿Por que ha sido elegido Paul von Hindenburg, presidente del Reich? Los factores de esta elec­ción son menos simples y más variados de lo que parecen. No es posible reducirlos a un factor úni­co: el sentimiento monárquico, con-servador e imperialista del pueblo alemán. No; el juicio así formulado resulta demasiado sumario, demasia­do exclusivo, demasiado unilateral. La elección de Hindenburg no aparece absolutamente como un resultado lógico de la situación política de Alemania. En la victoria post-bélica del casi octo­genario mariscal de los lagos mazurianos, han intervenido elementos complejos y dispares que no se puede condensar en la sencilla fórmula del "resurgimiento del militarismo alemán". Para explicarse el cómo y el por qué de esta elec­ción, hay que revisar ordenada y sagazmente su proceso.

 

Hindenburg ha sido elegido en la segunda vo­tación. En la primera votación, efectuada hace más de un mes, el candidato de las derechas fue Jarres. Este candidato no obtuvo la unani­midad de los sufragios de la reacción. Ni el partido fascista ni el partido popular bávaro le dieron su adhesión. Uno y otro exhibieron can­didatos propios. Pero esta secesión no impidió al electorado considerar a Jarres, sostenido por los dos grandes partidos conservadores, como el candidato de la monarquía. La candidatura fascista de Ludendorff, a quien Alemania reco­noce casi el mismo derecho que Hindenburg a

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 2 de Marzo de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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los infructuosos laureles de la empresa bélica, fue, no obstante esta suprema benemerencia, la más negligible e insignificante de todas las can­didaturas. Además, sumados íntegramente, los votos de la reacción arrojaron un total inferior al de los votos de la república. Sobre veintiséis millones y medio de sufragios, doce millones to­caron a la monarquía, trece a la república y uno y medio al comunismo. El "sentimiento mo­nárquico, conservador e imperia-lista" salió ba­tido de la votación. Los tres partidos de la república -demócrata, católico y socialista— que acudieron separadamente a las elecciones, alcan-zaron, en conjunto, la mayoría. Seguros de que el presidente no sería desig-nado en la primera votación, cada uno quiso tener su candidato. Mas los tres estaban de acuerdo, en principio, acer­ca de la necesidad de un candidato común. ¿Por que aplazaron este acuerdo? Ninguna cuestión esencial se oponía a la inmediata constitución de un frente único Republicano; pero había siem-pre que eliminar algunas cuestiones adjeti­vas. Cada partido quería menager los intere­ses y las aspiraciones de su propia clientela electoral. Al partido socialista, por ejemplo, resuelto a sostener la candidatura de Marx, le conve-nía satisfacer en alguna forma al proletariado, ofreciéndole la impresión de trabajar hasta el último instante por la candidatura de un socialista.

 

La candidatura de Hindenburg se ha formado en el Intermezzo de las dos votaciones. No ha sido una candidatura espontáneamente emergida, desde la primera hora, de una unánime co­rriente nacionalista, sino una candidatura labo­riosamente gastada en el mismo seno de la ex­periencia electoral. Antes de probar fortuna con el nombre de Hindenburg, las derechas probaron fortuna con el nombre de Jarres y con el nombre de Ludendorff. Antes de jugar la carta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hindenburg, jugaron la carta Jarres y la carta Ludendorff. Jarres era la carta del partido nacional alemán y del partido popular (nacionalis­mo moderado y oportunista). Ludendorff era la carta del partido fascista (nacionalismo ul-traísta, "racismo" incandescente). La candidatura Hindenburg ha emanado de un compromiso en­tre todas las tendencias y todos los matices del naciona-lismo. Ha madurado al calor eventual de las circunstancias del combate, sugerida y plan­teada por una oportunista y sagaz estimación de las fuerzas electorales de la reacción. Se ha alzado sobre un minucioso cálculo de sus posi­bilidades, sobre un frío cómputo de sus venta­jas; no se ha alzado ori-ginariamente sobre una impetuosa marejada sentimental. La marejada sentimental ha venido después. Ha sido el éxi­to de la mise en scene de la candidatura. Los empresarios de la cándida e impoluta gloria del viejo ma-riscal han pescado a río revuelto la pre­sidencia del Imperio.

 

El Reichstag es el índice y el compendio de las fuerzas numéricas o electo-rales de los par­tidos alemanes. Expresa los resultados de una votación de hace pocos meses, más o menos confirmados por los de la votación presidencial de hace un mes. Y en el Reichstag la reacción está en minoría. El ministerio Luther reposa sobre el voto aleatorio del partido católico o sea de un partido del bloque Republicano. El propio escrutinio de la victoria de Hindenburg no asigna a la reacción una verdadera mayoría. Según ese escrutinio, Hindenburg ha obtenido el domingo un poco más de cuarentainueve por ciento de los sufragios. No obstante la concurren­cia a la votación de una gran masa agnós-tica y abstencionista, casi el cincuentaiuno por ciento de los electores se ha pronunciado por la repú­blica o por la revolución.

 

Los factores primarios de la elección de Hin-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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denburg no son, pues, exclusivamente, de orden político. El bloque monár-quico debe sus nove­cientos mil votos de mayoría sobre el bloque republicano a una violenta erección de la vieja sentimentalidad germana que ha moviliza-do ocasionalmente, detrás de las banderas de Hinden­burg y del nacionalismo, a una gran cantidad de gente electoralmente neutra. Los debe al su­fragio femenino, cuyo ensayo acredita que las mujeres, en su mayor parte, por su exigua o nula educación política, no son en la lucha contemporánea una fuerza renovadora sino una fuerza reaccionaria. Los debe, en fin, a la polí­tica comunista. A Marx le han hecho falta no­vecientos mil votos. El partido comunista ha­bría podido darle más de un millón novecien­tos mil votos que, seguros de su minoría, cons­cientes de su acto, han sostenido intransigente-mente, frente a la monarquía y frente a la República, a su propio candidato el comunista Thaelmann. Ni uno solo de estos votos habría favorecido indivi-dualmente a Hindenburg si la lucha hubiese quedado reducida a un duelo entre Hindenburg y Marx. Y, sin embargo, en la lucha tripartita, han decidido colectivamente el triunfo del candidato de la reacción. Los políticos de la república vituperan, acremente, por esta maniobra, a los políticos del comu-nismo. Y, seguramente, una parte de los mismos sim­patizantes de la revolu-ción, se ha negado en es­tas elecciones a seguir al comunismo. Lo indica la cifra de los votos comunistas. En las eleccio­nes parlamentarias, en las cuales se trataba de enviar al parlamento el mayor número posible de diputados comunistas, el partido de la revo­lución recogió dos millones setecientos mil su­fragios. En estas otras elecciones, en las cuales no se ha tratado de colocar en la presidencia del Reich a un comunista sino de realizar una demostración de fuerza y disciplina electorales,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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estos sufragios han sumado sólo un millón no­vecientos mil.

 

Este es uno de los aspectos de la reciente batalla electoral que, si se quiere desentrañar el sentido histórico de la crisis alemana, resul­ta indispensable analizar, Un observador super­ficial de la batalla declarara sin duda, absurda y errónea la posición comunista. Creerá encon­trarse ante la más inaudita inco-herencia de la revolución. ¿Es concebible -se preguntará- que el comunismo, forzado a votar por la monar­quía o la república, haya votado virtualmente por la monarquía? Toda la cuestión no está contenida ni planteada en la pregunta. Pero, de todos modos, bien se puede absolverla afirmativamente. Si; es con-cebible, es perfectamente con­cebible que el voto negativo del comunismo, debilitando a la república, haya dado prácti­camente la razón a. la monarquía. En In­glaterra podía y debía el diminuto partido comunista inglés votar en las elecciones por los candidatos del Labour Party. Le tocaba ahí al comunismo apurar el experimento guberna­mental del laborismo. En Alemania, el experi­mento gubernamental del socialismo se ha cum­plido ya. Y die Kommunis-tische Partei es una falanje organizada y poderosa que, en dos opor­tunidades, ha estado a punto de desencadenar la revolución. En Alemania, sobre todo, el go­bierno de la social-democracia mantenía en el ánimo de una gran parte de las masas las bea­tas ilusiones del sufragio universal. El partido socialista se enervaba en el poder. Esto no le habría importado al partido comunista dentro de un concepto demagógico de concurrencia electoral. Pero la política revo-lucionaria no pue­de regirse por esta clase de conceptos. A la po­lítica revolu-cionaria le importaba y le preocupa­ba el hecho de que el poder socialista enervase, con el partido y su burocracia, al grueso del pro‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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letariado. La política comunista, de otro lado, no hace diferencia, entre la monarquía y la república. Una concepción al mismo tiempo realista y mística de la historia la mueve a com­batir con la misma energía a la reacción y a la democracia. Y, tal vez, hasta con más vehemen­cia polémica a ésta que a aquélla. Porque, mientras la reacción, en su empeño romántico de reconstruir el pasado, socava el orden en cuya de­fensa insurge teóricamente, la demo-cracia seduce con el miraje de la revolución y de la reforma a una parte de las muchedumbres y de los hombres que desean crear un orden nuevo. La reacción, atacando y negando los mitos de la democracia, reanima la belige-rancia y la com­batividad del socialismo y aún del liberalismo, que en el poder se relajan y se desfibran.

 

No cabe dentro de los límites de mi artículo una prolija exposición de esta compleja teoría, esbozada por mí otras veces. A este artículo no le corres-ponde ni le preocupa más que fijar las reales proporciones y esclarecer los ver­daderos agentes de la victoria de Hindenburg. Que es una victoria de la reacción, claro está; pero victoria incompleta todavía. La reacción ha con-quistado la presidencia de la república tudes­ca; pero no ha conquistado aún el poder. La de­mocracia conserva intactas sus posiciones en el parlamento. Y bien puede acontecer que al reac­cionario Hindenburg le toque gobernar con los fautores de la democracia como al socialista Ebert le tocó gobernar con no pocos fautores de la reacción.

 

Hindenburg, por otra parte, representa asaz atenuada y mediocremente el es-píritu de la reacción. Este octogenario Lohengrin de la vieja Alemania tiene un ánimo menos marcial y agresivo de lo que su oficio y su novela inducen a imagi­nar. Lloyd George ha exagerado ciertamente cuando lo ha definido como un anciano tranqui-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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lo con muy pocas ganas de meterse en tremen­das aventuras. Pero, en prin-cipio, ha enfocado bien al hombre del día. Hindenburg tiene el aire de un viejo burgrave sedentario, protestante, pacífico y un poco reumático. No se sabe, por ejemplo, lo que piense Hindenburg del "racis­mo" de Ludendorff; pero, si piensa algo, me parece que no debe exceder los límites de lo que puede pensar cualquier inocuo burgués de Han­nover. Carece Hindenburg de estilo y de relieves fascistas. Nada denuncia en él al caudillo. Su biografía que, sin el episodio bélico, sería una biografía opaca, es la de un personaje de senci­llos contornos. Hindenburg no es un leader. No es un conductor. Es un militar obediente, conser­vador, monarquista, casado. Como a todos los ale-manes le gusta la cerveza y el ganso asado. En su casa existe seguramente una efigie de Federico el Grande. Tiene 77 años de edad, tem­peramento frío y reservado y muchos y muy gloriosos años de servicio en el ejército del Empe-rador y del Imperio. Ahora, en atención a estos méritos, sus compatriotas lo han elegido Pre­sidente de la República. He ahí todo el hom­bre y he ahí también todo el episodio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA ESCENA HUNGARA*

 

 

Hungría ocupa un puesto muy modesto y muy eventual en las planas del servicio cablegráfico de la prensa americana. Sobre Hungría se sabe y se escribe en general muy poco. En la propia Europa, la nación magiar resulta un tanto olvidada. Nitti es uno de los pocos estadistas europeos que la recuerda y la defiende en sus libros y en sus artículos. Para los demás leaders de la polí-tica occidental no existe, con la misma intensidad que para Nitti, un problema húngaro. Parece que, al separarse de Aus­tria, Hungría se ha separado también algo de Occidente.

 

Sin embargo, Hungría ha sido el escenario de uno de los episodios más dra-máticos de la crisis post-bélica. Y el tratado de Trianón apa­rece desde hace tiempo como uno de los tratados de paz que alimentan en la Europa Cen­tral una sorda acumulación de rencores nacio­nalistas y de pasiones guerreras. Ese tratado mutila el territorio húngaro a favor de Ruma­nía, de Checo-Eslavia y de Yugo-Eslavia. Según las cifras de un libro de Nitti, La Decadencia de Europa, basadas en un prolijo estudio de este tema, Hungría ha perdido el 63 por ciento de su antigua población. Han sido anexados a Rumanía, a Checo-Eslavia y a Yugo-Eslavia, res­pectivamente, cinco, tres y uno y medio millo-nes de hombres que antes convivían dentro de los confines húngaros. Dentro de la Hungría pre-bélica había minorías no húngaras: pero las

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 15 de Mayo de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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amputaciones del territorio húngaro decididas con este pretexto por el tratado de Trianón han sido excesivas. Han resuelto aparentemente la cuestión de las minorías alógenas de Hungría; mas han creado la cuestión de las minorías hún­garas de Checo-Eslavia, Yugo-Eslavia y Ruma­nía. Estas tres naciones, naturalmente, no quie­ren que se hable siquiera de una revisión del tratado que las beneficia. La posibilidad de que Hungría reivindique algún día sus tierras y sus hombres las mantiene en constante alarma. Y Hungría, a su vez, aguarda la hora de que se le haga justicia. Nitti escribe a este respecto: Hun­gría es, entre los países vencidos, aquel que tie­ne el más profundo espíritu nacional: nadie cree que el pueblo húngaro, orgulloso y persistente, no se levante de nuevo; nadie admite que Hun­gría puede vivir largamente bajo las duras con-diciones del tratado de Trianón. Y, desde el car­denal arzobispo de Budapest hasta el último campesino, nadie se ha resignado al destino actual. El proble-ma húngaro, en suma, se pre­senta como uno de los que más sensiblemente amenazan la paz de Europa. El tratado de Tria­nón no interesa directamente sólo a Hungría y la Pequeña Entente. Interesa, igualmente, a Italia que tiende a una cooperación con Hungría; pero que es contraria a una eventual restaura­ción de la unión austro-húngara. La historia de la gran guerra enseña, además, que cualquiera de los intrincadísimos conflictos de esta zona de Europa puede ser la chispa de una confla­gración europea.

 

Europa siguió muy atentamente la política húngara durante el experimento comunista de Bela Kun. Hungría era entonces un foco de bol­chevismo en el vértice de la Europa central y oriente. El problema húngaro se ofrecía grávido de peligros para el orden de Occidente. Ahogada la revolución comunista, languideció el inte-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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rés europeo por las cosas húngaras. Los ecos del "terror blanco" lo reanimaron todavía por un período más o menos largo. Pero, durante este tiempo, la aten-ción fue menos unánime. A las clases conservadoras de Europa no les preocu-paba absolutamente la truculencia de la reacción húngara. El método marcial del almirante Nicolás Horthy contaba de antemano con su aprobación.

 

El almirante Horthv ejerce el gobierno de Hungría desde esa época. Su go-bierno parece tener en un puño al pueblo magiar. ¿Qué otra cosa puede im-portar, seriamente, a la clase con­servadora de Europa? Existe, es cierto, en Hun­gría, una crisis financiera que compromete mu­chos intereses de la finanza internacional. Hun­gría molesta un poco con el espectáculo de su bancarrota y de su pobreza. Pero para estas cuestiones menores tienen las potencias vence-doras a la Sociedad de las Naciones.

 

*  *  *

 

Horthy gobierna Hungría con el título de Regente. Hungría es, teóricamente, una monarquía. El almirante Horthy guarda su puesto al rey. Pero también esto es un poco teórico. Cuando en marzo de 1921 el rey Carlos, coludido con los hombres que gobernaban entonces en Fran­cia, se presentó en Budapest a reclamar el po­der. Horthy rehusó entregárselo. Su resistencia dio tiempo, para que las protestas de la Pequeña Entente, de Italia y de Inglaterra —que, de otro lado, se habrían encontrado ante un hecho consumado— actuasen efi-cazmente contra esta tentativa de restauración. La Regencia de Horthy, por consiguiente, es una regencia bastante relativa.

 

¿A qué categoría, a que tipo de gobernantes, de la Europa contemporánea pertenece este almi-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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rante? Su clasificación no resulta fácil. Horthy no tiene similitud con los otros hombres de go­bierno surgidos de la crisis post-bélica. No es un condottiero dramático de la reacción como Benito Mussolini. No es un estadista nato como Sebastián Benes. Es un marino y un funciona­rio del antiguo régimen austro-húngaro a quien la disolución del imperio de los Hapsburgo y la caída de la república de Bela Kun, han colocado a la cabeza de un gobierno. El azar de una marca histórica lo ha puesto donde está. Todo su mérito —mérito de viejo marino— consiste en haberse sabido conservar a flote después del tem-poral. Por algunos rasgos de su personali­dad, se emparenta extrañamente a la estirpe de los caudillos hispano-americanos. Por otros ras­gos, se aproxima a la especie de los déspotas asiáticos. En todo caso, es un gobernante balká­nico más bien que un gobernante occidental.

 

Un documento instructivo acerca de su psicología es la crónica de la aventura de marzo de 1921 escrita por Carlos de Hapsburgo. Esta cróni­ca, —dictada por Carlos a su secretario Karl Werkmann y publicada recientemente en un vo­lumen de notas o memorias del difunto ex-emperador— proyecta una luz muy viva sobre la figura de Horthy y las causas del fracaso de la tentativa de restauración. Carlos cuenta cómo, después de haber atravesado en automóvil la frontera, munido de un pasaporte español, arribó a Steinamanger al palacio del arzobispo, a donde acudieron a rodearlo solícitos el coronel Lehar y otros personajes legitimistas. Confia­do en la autoridad y la divinidad de su linaje, el heredero de los Hapsburgo, sentía ganada la partida. No podía suponer a su vasallo Horthy capaz de negarse a devolverle el poder. De Stei­narnanger pro-siguió viaje a Budapest en automóvil. Y, de improviso y de incógnito, traspu­so el umbral del palacio regio. Una gran decep‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ción lo aguardaba. En los semblantes de los po­cos presentes notó hostilidad. Horthy lo recibió consternado. La entrevista duró dos horas. Fue una lucha por el poder —escribe Carlos— en la cual él, "desarmado frente a Horthy, tuvo que sucumbir, malgrado sus desesperados es­fuerzos, a la infidelísima, traidora, y baja avi­dez del regente". Horthy comenzó por pregun­tar a su so-berano qué cosa le ofrecía si le deja­ba el gobierno. El heredero de la corona apenas podía creer lo que oía. Fingió haber compren­dido mal. El Regente precisó categóricamente su pregunta: "¿Qué me da S. M. en cambio?" Este vulgar mercado nauseó al ex-emperador. Le dejó sin embargo ánimo para decir a Horthy que sería "su brazo derecho". Mas el regente no era hombre de contentarse con una metáfo­ra. Exigió una promesa más concreta. Carlos le prometió, sucesiva y acumulativamente, la confirmación del título de Duque que él mismo se había otorgado, el comando supremo del ejér­cito y de la flota y el toisón de oro. Pero todo esto no fue suficiente para inducir a Horthy a retirarse. Se lo vedaba —decía— su juramento a la asamblea nacional. Com-batiendo sus apren­siones, Carlos le aseguró que su reposición en el trono no traería ninguna grave molestia internacional. Le reveló que contaba con la palabra de un autorizadísimo personaje francés. El regente quiso conocer el nombre de este personaje. Declaró que este nombre, si realmente era autori-zado, podía inducirlo a ceder. A instancias del rey, se comprometió a guardar el secreto y a rendirse ante la decisiva revelación. El monar­ca pronunció el misterioso nombre. Mas nuevamente Horthy encontró una evasiva. No estaba aún madura la situación —decía— para la vuel­ta de Carlos a su trono. De incógnito, como ha­bía entrado, Carlos salió del palacio y de Bu­dapest. En Steinamanger, lo esperaba ya la no-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ticia de que el gobierno había dado órdenes pa­ra obligarlo a abandonar Hungría.

 

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¿Cómo escaló Horthy el poder? La historia es bastante conocida. La victoria aliada no sólo produjo en Austria-Hungría, como en Alema­nia, el derrumba-miento del régimen. Produjo, además la disgregación del imperio, compuesto de pueblos heterogéneos a los que una prolongada convivencia, bajo el seño-río de los Hapsbur­go, no había logrado fusionar nacionalmente. Hungría se independizó. El conde Miguel Ka­rolyi asumió el poder con el título de pre-sidente de la república. Su gobierno se apoyaba en los elementos demócratas y socialistas. Karolyi, que procedía de la aristocracia magiar, tenía una inte-resante historia de revolucionario y de pa­triota. Pero la política de las poten-cias vencedo­ras no le consintió durar en el poder. La revo­lución húngara se hallaba frente a difíciles pro­blemas. El más grave de todos era el de las nuevas fronteras nacionales. El patriotismo de los húngaros se rebelaba contra las mutilacio­nes que la Entente había decidido imponerle. En la imposibilidad de suscribir el tratado de paz que sancionaba estas mutilaciones, Karolyi resignó el poder en manos del partido social-de­mocrático. Los leaders de este partido pensaron que, atacados de un lado por los reaccionarios y de otro por los comunistas, no tenían ningu­na chance de mantenerse en el poder. Resolvie­ron, por tanto, entenderse con los comunistas. El partido comunista húngaro, dirigido por Bela Kun, era muy joven. Era un partido emergi­do de la revolu-ción. Pero había conquistado un gran ascendiente sobre las masas y había atraí­do a su flanco a la izquierda de la social-demo­cracia. Los social-democráticos, aconsejados por estas circunstancias, aceptaron el programa de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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los comunistas y les entregaron la dirección del experimento gubernamental. Nació, de este modo, la república sovietista húngara. Bela Kun y sus cola-boradores trabajaron empeñosamente, durante los cuatro meses que duró el ensayo, por actuar su programa y construir, sobre los escombros del viejo régimen, el nuevo Estado so­cialista. La gran propiedad industrial fue nacio-nalizada. La gran propiedad agraria fue entre­gada a los campesinos organiza-dos en coopera­tivas. Mas todo este trabajo estaba condenado al fracaso. El partido comunista, demasiado in­cipiente, carecía de preparación y de homo-genei­dad. Al partido social-democrático, que compar­tía con él las funciones del gobierno, le faltaban espíritu y educación revolucionarias La burocra­cia sindical seguía, desganada y amedrentada, a Bela Kun. Y, sobre lodo, la En-tente acechaba la hora de estrangular a la revolución. Checo-Eslavia y Ruma-nía fueron movilizadas contra Hungría. La república húngara se defendió denodadamente; pero al fin resultó vencida. Derro­tado por sus enemigos de fuera, el comunismo no pudo continuar resistiendo a sus enemigos de dentro. Los social-democráticos pactaron con los agentes de la Entente. A cambio de la paz, la Entente exigía la sustitución del régimen comunista por un régimen democrático‑parlamentario. Sus condiciones fueron aceptadas. Bela Kun dejó el poder a los leaders social-democráticos. No pudieron éstos, empero, con-servarlo. La ola reaccionaria barrió en cuatro días el endeble y pávido gobier-no de la social-democracia. Y colocó en su lugar al gobierno de Horthy. La reac­ción, monarquista y tradicionalista, necesitaba un regente. Necesitaba también un dictador mi­litar. Ambos oficios podía llenarlos un almiran­te de la armada de los Hapsburgos. Su gobierno duraría el tiempo necesario para li-quidar, con las potencias de la Entente, las responsabilida-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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des y las consecuencias de la guerra y para preparar el camino a la restaura-ción monárquica.

 

Horthy inauguró un período de "terror blan­co". Todos los actores, todos los fautores de la revolución, sufrieron una persecución sañuda, implacable, rabiosa. Una comisión de diputados británicos, encabezada por el coronel Wedgwood, que visitó Hungría en esa época, realizó una sen­sacional encues-ta. El número de detenidos políticos era de doce mil. La delegación constató una serie de asesinatos, de fusilamientos y de masacres. Sus denuncias, rigu-rosamente docu­mentadas, provocaron en Europa un vasto movimiento de protestas. Este movimiento consi­guió evitar la ejecución de cinco miembros del gobierno de Bela Kun condenados a muerte.

 

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El gobierno de Horthy inspira su política en los intereses de la propiedad agraria. Sus actos acusan una tendencia inconsciente a reconstruir en Hungría una economía medioeval. Bajo la re­gencia de Horthy, el campo domina a la ciudad. La industria, la urbe, languidecen. Hace tres años aproximadamente visité Budapest. Hallé ahí una miseria comparable sólo a la de Viena. El prole­tariado industrial ganaba una ración de hambre. La pequeña burguesía urbana, pauperizada, se proletarizaba rápidamente. César Falcón y yo, discu-rriendo por los suburbios de Budapest, descubrimos a un intelectual —autor de dos libros de estética musical— reducido a la condición de portero de una "casa de vecindad". Un periodis­ta nos dijo que había personas que no podían hacer sino tres o cuatro comidas a la semana. Meses después la falencia de Hungría arribó a un grado extremo. El gobierno de Horthy reclamó la asis-tencia de los aliados. Desde entonces.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hungría, como Austria, se halla bajo la tutela financiera de la Sociedad de las Naciones. Y ba­jo la autoridad de los altos comisarios de la banca inter-aliada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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FRIDTJOF NANSEN, EL CABALLERO ANDANTE DE LA PAZ*

 

De la Sociedad de las Naciones, de sus debates y de sus fatigas, es lícito pensar y decir mal. Pero no es lícito ignorar la benemerencia de algunos hombres que en la Sociedad de las Naciones trabajan honrada y noblemente por la Paz. El doctor Fridtjof Nansen es el más emi­nente de esos hombres. Máximo Gorki constató una vez, en un artículo de desesperada angustia por el destino de Europa, que Nansen y Nitti pertenecían al escaso número de eu-ropeos que se esforzaban por servir los intereses morales de la Civilización Occidental. Si la Sociedad de las Naciones no se ornamentasen con algunas figuras de este rango, su crédito mundial, tan quebrantado por el precoz de-ceso del protocolo de Ginebra, sería mucho más exiguo. La colabo­ración de Nansen tiene para la Sociedad de las Naciones mayor importancia que la colaboración convencional y desganada de la diplomacia de cualquier Estado.

 

Nansen es, en nuestra época, uno de los últi­mos grandes representantes de esa burguesía sólida, liberal, austera, de apariencia un poco fría, un poco seca, un poco impermeable, que Jean Cristophe, el héroe de Romain Rolland, en­trevé en la ciudad suiza a donde lo arroja su tormentosa suerte. De esa burguesía de los dra­mas de Ibsen, protestante, nórdica, religiosa, de la que Escandinavia guarda aún la recia estirpe. De esa burguesía algo provinciana en sus senti‑

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 30 de Mayo de 1925

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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mientos y en su estilo, según el juicio de Spen­gler, que no ha perdido su per-sonalidad en el cosmopolitismo de la Urbe moderna. Nansen, sin embargo, no se contenta con ser un buen norue­go, un buen escandinavo. Sabe ser un buen europeo.

 

El pacifismo de Nansen se distingue del pa­cifismo poltrón y pasivo de la bur-guesía deca­dente, generado, sin duda, más por el miedo a la guerra que por el amor a la paz. Nansen no tienen nada de común con la gente que, enervada y arrullada por el bienestar pre-bélico, se sintió voluptuosamente tolstoyana y humanitaria después de haber gustado, como un opio raro y nuevo, en el mór-bido lecho de una horizontal, la filosofía del autor de La Guerra y la Paz y La Sonata de Kreutzer. El pacifismo de Nansen es un pacifismo militante, combatiente, activo.

 

Este hombre fuerte y severo no ha peleado en la guerra: pero ha explorado el Polo Norte. En plena paz, cuando la mayoría de los europeos quería vivre aves douceur, este escandina­vo quiso vivir con peligro. No se alistó en los tercios de ninguna de las naciones que expoliaban y asesinaban a los indíge-nas de Asia o de África. Puso su vida al servicio de una aventu­ra más alta. Se enroló en las legiones lanzadas con la curiosidad científica a la desinteresada conquista de los secretos del planeta. Fridtjof Nansen desafió la muerte duran-te tres años, en­tre los témpanos de hielo de la región ártica, buscando el eje de la Tierra. No llego al mismo Polo; pero franqueó el paso a sus descubrido­res. Abrió una ruta nueva hacia el misterio que la ciencia ambicionaba conocer. Sufrió en su car­ne y en su alma el silencio gélido de la noche polar. Vivió el drama del hombre primitivo. Luchó ciclópeamente con las avalanchas hela-das. Se perdió entre los ventisqueros. Plantó su tien­da donde nadie antes que él había arribado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En un libro, Hacia el Polo. Nansen ha con­tado esta aventura de tres años que inscribe de­finitivamente su nombre en la historia de la ci­vilización occidental. Este diario de viaje, que no ha tenido un empresario yanqui como la novela del mendaz profesor Fernando Ossen­dovsky, es uno de los relatos, es uno de los do­cumentos más interesantes de nuestra época, de su afán de investigación y de su sed de conocimiento.

 

Fridtjof Nansen habría podido conformarse con esta aventura, habría podido sentarse a digerir, burocráticamente, su gloria, en la cáte­dra de una Univer-sidad o en el escaño de una Real Sociedad Geográfica. Pero prefirió seguir siendo un caballero andante. Prefirió conservar su aire y su gesto de explo-rador y de pioneer. Su pacifismo heroico, su humanitarismo belige­rante, lo empujaron, por ejemplo, hacia la Cruz Roja.

 

Le tocó a Nansen, hace tres años, en una de estas caballerescas andanzas de su quijotismo li­beral v escandinavo, representar, como se ha dicho de Sadoul, "un instante de la conciencia hu­mana". Nansen vio, oyó y palpó la tragedia del hambre en Rusia. Viajó por las regiones devas­tadas por la sequía. Asistió a las más conster­nadoras escenas de agonía y miseria. Y se echó a andar por el mundo civilizado para comuni­car a las gentes su propia emoción. Habló en todas las grandes urbes de Occidente contando lo que en Rusia acontecía. Veinte millones de hombres estaban en peligro de morir de hambre. La causa de su miseria era un fenómeno tísico: una sequía. La responsabilidad del peligro no recaía sobre los hombres que gobernaban la na­ción rusa. Recaía, más bien, sobre los gobier­nos extranjeros que, por odio a estos hombres y a sus ideas, habían impuesto a esa nación el duro castigo de tres o cuatro años de bloqueo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Para salvar de la muerte a veinte millones de hombres, Nansen pedía a los gobiernos del mun­do sólo cinco millones de libras esterlinas. "Ape­nas la mitad —remarcaba— del precio de uno de los acorazados de guerra". Y, como no se ilu­sionaba demasiado respecto a la sensibilidad de Europa, Nan-sen no se dirigía exclusivamente a los sentimientos de caridad y solidaridad huma­nas. Invocaba el interés económico de Europa. Recordaba que Europa no podía permitir que su más grande granero se transformase en un desierto desnudo. "Se dice y se repite —excla­maba— que a Europa no le es posible hoy pa­garse el lujo de salvar a Rusia y yo respondo, con toda mi fuerza, que a Europa no le es po­sible hoy pagarse el lujo de dejar de salvar a Rusia".

 

Jugó Nansen así el rol de caudillo de una gran cruzada moderna. No fue su culpa si no lo siguieron los herederos oficiales de las cruzadas del cristia-nismo. Su palabra sobria, pero elocuente y profética, amenazó en vano a las na­ciones "civilizadas" con el juicio de la posteri­dad. "Pensad —decía Nansen a la multitud con­gregada en París, en la Sala del Trocadero, pa­ra escucharlo— pensad en lo que ha costado a los gobiernos producir la guerra que hemos visto y pensad que costaría poco en comparación salvar a millones de vidas humanas. Si nosotros permanecemos con los brazos cruzados ¿qué pen­sara de nosotros la historia, qué pensarán nues­tros hijos, las generaciones futuras? Nos inscri­birán en la historia como una generación a la que cinco años de guerra tornaron tan cruel y tan egoísta que pudo asistir, mudo el corazón, a la muerte de millones de sus hermanos". Los go­biernos, insensibles a todas estas razones, no se movieron. Nansen no consiguió para los ham­brientos rusos sino el socorro privado. Las so­ciedades de la "Cruz Roja" y las organizaciones

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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obreras reunieron a prisa algunos millones. Este auxilio fue impotente para salvar a toda la inmensa masa famélica y agonizante.

 

¿Necesita Fridtjof Nansen otros títulos para tener derecho a la gratitud y al respeto huma­nos? Pacifista y demócrata sincero, emplea su ancianidad ilustre en la Sociedad de las Na­ciones que, no obstante su incipiencia y su anemia, aparece a sus ojos azules y normandos de hombre de ciencia y de escandi-navo, como un laboratorio donde, penosa pero infatigablemente, se prepara y se ensaya el arduo procedimiento que algún día dará la paz al mundo. Hombre de orden, esquivo a la política, fiel a la burguesía y a sus mitos, no lo mueve ningún sentimiento revolucionario. Lo preocupan los intereses mo­rales de la civilización europea que su concep­ción idealista de la historia coloca por encima de la lucha contemporánea. Y por eso este hom­bre que tanto ha com-batido, este hombre que ha sabido vivir peligrosamente, trabaja por la paz. Mejor dicho trabaja contra la guerra. Le parece estúpido que los hombres se maten y se hieran unos a los otros por una disputa de ra­za o de bandera. No sueña, por supuesto, con una humanidad beatamente poltrona. Su vida es un ejemplo de vida beligerante. Y un testimonio magnífico de que el heroísmo de un hom­bre civilizado no necesita como escenario una sombría trinchera ni como motivo una oscura, en todo caso, mediocre razón de Estado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA ESCENA CHECOESLOVACA*

 

 

El Estado de Masarick y Benes aparece, ante todo, como una consecuencia política de la gran guerra. O, más precisamente, de la derrota austro-alemana. El nacimiento del Estado checo­eslovaco ha sido una de las principales fases o etapas de la disolución del Imperio de los Hapsburgos.

 

La espada aliada cortó los lazos que unían, bajo la corona de los Hapsburgos, a pueblos de diverso origen y distinta raza. Estos pueblos, en su obligada convivencia dentro del Imperio, no habían perdido su sentimiento nacional. Pero tampoco habían sabido, antes de la guerra, afir­marlo eficazmente frente al poder austriaco. El pueblo húngaro, el que más enérgicamente ha­bía reivindicado siempre su libertad, había conquistado cierto grado de autonomía adminis­trativa. Su antigua inquietud secesionista esta­ba enervada. El senti-miento nacional de hún­garos, bohemios, etc., no tenía un carácter beligerante y combativo sino en una minoría más o menos romántica.

 

La guerra provocó una viva reacción de este sentimiento. Los sufrimientos y las penurias de una empresa que se prolongaba angustiosamente, con cre-ciente incertidumbre de los austro-alemanes sobre su éxito final, generaron en los sectores alógenos del Imperio de los Hapsburgos un difuso y extenso des-contento contra la política de la monarquía. La predicación democrá­tica de Wilson, y, sobre todo su doctrina del de‑

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 13 de Junio de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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recho del libre determinación de las nacionali­dades, encontraron, en conse-cuencia, un terreno favorable a la fructificación de los ideales nacionalistas que se proponían suscitar en el hete­rogéneo conglomerado austro-húngaro.

 

Mas, desatado el haz austro-húngaro, resultó prácticamente imposible la libre agrupación de sus elementos según sus afinidades. Las poten­cias aliadas querían que la nueva organización de la Europa Central no contrariase, abso-lutamente, ninguno de sus intereses de predominio. Necesitaban que en esa nueva organización ocu­pasen una posición dominante los pueblos que más eficiente y conspicuamente las habían ayu­dado contra la monarquía austriaca. Checoeslo­vaquia obtuvo, por tanto, en la conferencia de la paz, un tratamiento de especial favor. Los checoeslovacos consiguieron anexarse poblacio­nes húngaras, alemanas, ruthenas.

 

Esta protección no sólo se explica por el interés de la Entente de colocar al flanco de la vencida Alemania un Estado fuerte. Se explica también por la importante participación de los leaders del nacionalismo checoeslovaco en el so­cavamiento del frente austriaco. Masarick, Be­nes y Stefanick, presintiendo que del resultado de la guerra dependía la independización de su pueblo, habían dirigido desde el extranjero un movimiento subterráneo de agitación contra la monarquía austríaca, destinado a producir su derrumbamiento ape-nas se quebrantara la es­peranza de alemanes y austro-húngaros en la victoria. Desde Paris, Masarick había vivido, en los últimos años de la guerra, en constante y secreta comunicación con sus secuaces de Checo­eslovaquia, fomentando en los regimientos checo­eslovacos, mediante una sorda propa-ganda, sen­timientos que debían moverlos a la deserción del frente austriaco. Esta agitación nacionalista che­coeslovaca, con la colaboración poderosa de los

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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gobiernos aliados, había empujado a combatir al lado de la Entente a los soldados checoeslova­cos hechos prisioneros por sus ejércitos.

 

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Masarick y Benes pertenecen, pues, típicamente, a la categoría de hombres de Estado emergida de la post-guerra. Heteróclita y varicolor categoría de la que forman parte, de un lado, los leaders del Estado bolchevique y, de otro lado, Mussolini, Pilsudskv, Horthy, etc. Hasta el día de la victoria aliada, Masarick y Benes no fueron —sobre todo en concepto de la mo­narquía austriaca— sino dos obcecados agitadores. Dos hombres negligibles en el plano de la política europea. La victoria aliada los convirtió, de golpe, en los conductores de una nación de trece millones de hombres. O sea en personajes bastante más con-siderables que el ex-emperador Carlos de Hapsburgo y que sus cancilleres.

 

Más conocido que Banes era Masarick. De su historia y de su figura, mucho más antiguas, se tenía difusa noticia en todos los sectores de la internacional socialista.

 

Hijo de un cochero de Moravia, Masarick se destacó, desde su batalladora juventud, en el seno de la social-democracia checa. Su inteligen­cia y su dinamismo le abrieron las puertas de la Universidad de Praga. Su posición frente a la monarquía austriaca le valió varios procesos por delitos contra la seguridad del Estado. En esos tiempos Masarick escribió un libro de crí­tica marxista que hizo notorio su nombre en las revistas y periódicos de la social-democracia europea: Die philosophiscben und soziologischen Grundlagen des Marxismus.

 

Pero la notoriedad de Masarick no traspasó, en esos arduos tiempos de combate, los confi-

 

 

 

 

 

 

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nes del mundo social-democrático. En los parlamentos, en las academias y en los grandes ro­tativos, el nombre del profesor Th. G. Masarick, autor de varios ensayos sobre el marxismo, era completamente desconocido. Le correspon­día a la guerra descubrirlo y revelarlo. Y transformarlo en el nombre del presi-dente de una imprevista República checoeslovaca.

 

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Por su rol en la creación de Checoeslovaquia le tocó a la social-democracia checoeslovaca asumir, en colaboración con los elementos liberales de la burguesía nacional, la responsabilidad no siempre honrosa y no siempre fácil del poder. La asamblea nacional elevó a la presidencia de la nueva república al profesor Masarick. La política y la legislación del Estado checoeslovaco se decoraron de principios social-democráticos. El Estado checoeslovaco se caracterizó por su necesidad de mostrarse como uno de los Estados europeos más avanzados en materia de le­gislación social. Bajo la presión de las masas, la política del Estado checoeslovaco hizo varias concesiones a las reivindica-ciones proletarias. La mayor de todas fue, acaso, la aceptación de la fórmula de los Consejos de Empresa, que sig­nifica un paso hacia la participación de los obreros en la administración de las fábricas.

 

Esta tendencia no ha sido abandonada. El Instituto Checoeslovaco de Estudios Sociales, en un reciente opúsculo sobre la política social en Checoeslovaquia, dice: "Checoeslovaquia rivaliza con los estados más progresistas de Europa en cuanto concierne a la protección de los obreros, los seguros sociales, la asis-tencia a los sin trabajo, a los inválidos de guerra, a los niños, a los indigentes, la lucha contra la crisis de los aloja­mientos, etc. En ciertas materias de política so­cial sus leyes van más allá de las exigencias de

 

 

 

 

 

 

 

 

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las convenciones internacionales. Pero no quie­re detenerse en tan buen ca-mino; sabe que el progreso —en los límites compatibles con la prosperidad económica del país— debe ser ince­sante".

 

Mas la acción de la social-democracia en Che­coeslovaquia ha estado para-lizada por las mismas razones que en Alemania. La social-demo­cracia checoeslovaca, forzada a colaborar con la burguesía, se ha comprometido con sus ideas, sus intereses y sus hombres. La constatación de esta progresiva adaptación del partido socialis­ta checoeslovaco al mundo burgués, causó en 1920, como en los otros partidos socialistas de Europa, un cisma en su estado mayor y en su proselitismo. La izquierda de la social-democracia se pronun-ció por una política revolucionaria, fiel al principio de la lucha de clases. Y su tesis alcanzó el congreso del partido el ochenta por ciento de los votos de los delegados. La escisión dividió a la social-democracia en dos partidos: uno ministerial y otro revolucionario. Este últi­mo se adhirió en mayo de 1921 a la Tercera In­ternacional. Es, presentemente, no obstante las depuraciones que ha sufrido, uno de los más vi­gorosos partidos comunistas de Europa. Tiene un numeroso grupo parlamentario. Y publica tres diarios.

 

La más trascendente de las reformas actua­das por el gobierno checoeslovaco es la de la propiedad de la tierra. La ley de abril de 1919 establece el derecho del Estado a confiscar la gran propiedad agraria y a repartirla entre los cam-pesinos pobres. Esta ley considera la posibi­lidad o la conveniencia de crear, en otros casos, cooperativas agrícolas. Según los datos que tengo a la vista del "Annuaire du Travail", hasta el 31 de diciembre de 1921, el Estado había con­fiscado el 16.3% de la superficie total de las tie­rras de cultivo. La confisca-ción reconoce al te-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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rrateniente expropiado el derecho a una indemnización calculada conforme al valor de la tierra entre 1913 y 1915. Le reconoce, además, el dere­cho de con-servar la propiedad hasta de quinien­tas hectáreas.

 

Este lado de la política checoeslovaca es el que atrae, preferentemente, la atención de los es­tudiosos de asuntos económicos y políticos. El gobierno de Masarick ha aplicado con parsimo­nia la ley agraria. La ha aplicado, sobre todo, contra los latifundistas alemanes y húngaros, mo­vido por un sentimiento nacionalista. La mayor parte de la propiedad agraria continúa en manos de los ricos terratenientes. Pero la sola ley representa una conquista revolucionaria que nin­gún acontecimiento reaccionario podrá ya anu­lar. Esa ley no inaugura en Checoeslovaquia un régimen socialista. Más liquida, por lo menos, un rezago del régimen feudal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL IMPERIALISMO Y LA CHINA*

 

 

Desde hace aproximadamente un mes, el con­flicto entre los intereses impe-rialistas de las grandes potencias y el sentimiento nacionalista y revolucio-nario de la China asume un carácter violento. El pueblo chino se muestra más soli­viantado que nunca contra los diversos imperia­lismos que chocan en su suelo. Las grandes po­tencias, a su vez, consideran urgente ahogar esta agi-tación revolucionaria y nacionalista. Para reducir a la obediencia a la inquieta China de hoy, se proponen emplear, primero, sus armas diplomáticas y fi-nancieras; recurrir después a armas más tundentes y coactivas.

 

El imperialismo capitalista declara respon­sable de la agitación china a los soviets. Habla, por esto, de convertir la ofensiva contra la China en una nueva ofensiva contra Rusia. El go­bierno conservador de Inglaterra amenaza al gobierno de los soviets con la ruptura de las re­laciones diplomáticas reanu-dadas hace poco más de un año. Y moviliza contra los soviets rusos a sus agentes de la Sociedad de las Naciones. Pero la situación internacional de

Rusia no es ya la misma de 1918. El imperialismo británico, como cualquier otro imperialismo, es impoten­te en la actualidad para decretar un segundo bloqueo de Rusia. Los soviets, en siete años, han maniobrado diestramente. Han roto para siem­pre el cerco diplomático, económico y militar dentro del cual la fobia de Clemenceau soñó aislarlos y asfixiarlos. La Gran Bretaña puede

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 11 de Julio de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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retirar de Moscú a su embajador y despedir de Londres a Rakovsky; pero no puede inducir a las demás potencias capitalistas a seguir su ejem­plo. El Japón, por ejemplo, que en 1918 ataca­ba a Rusia en el Extremo Oriente, conforme a la consigna de la diplomacia aliada, no renunciará ahora, por un interés o una necesidad britá­nica, a las ventajas de su reciente tratado de amistad y de comercio con los soviets. Y, entre las mismas potencias aliadas, no es fácil un en­tendimiento. Italia no tiene intereses en la Chi­na. Le importa, en cambio, comerciar con Rusia. La política internacional de Mussolini es dema­siado maquiavélica para no conservar en su jue­go la carta rusa. Francia misma, más próxima a los puntos de vista de la Gran Bretaña, no parece dispuesta a perder el terreno ganado en lo relativo a la reconciliación franco-rusa por la diplo-macia del bloc de izquierdas.

 

El juicio del imperialismo británico sobre la agitación china resulta, por otra parte, dema­siado simplista. Decir que la Tercera Internacio­nal mueve todos los hilos de esta agitación es desconocer las raíces históricas de un fenómeno mucho más complejo y hondo. La revolución rusa ha influido poderosamente en el despertar de la China y de todo el Oriente. Pero no en la forma que un criterio exclusivamente policial es capaz de suponer.

 

Rusia, bajo el zarismo, colaboraba con las otras grandes potencias en la expoliación de la China. La caída del zarismo, ha privado al im­perialismo occidental de esta colaboración po­derosa. El nuevo régimen ruso, además, ha re­nunciado a todos los privilegios contrarios a la soberanía china, de que Rusia zarista, como las otras grandes potencias, gozaba en el imperio amarillo.

 

Estos privilegios, como es notorio, lesionan

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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y excitan profundamente el sentimiento nacio­nal chino. El pueblo chino se siente tratado, en su propio territorio, como un pueblo inferior y bárbaro. Los súbditos de las grandes potencias se encuentran protegidos por un derecho espe­cial de extra-territorialidad. Los tribunales chinos, cualesquiera que sean sus desmanes o sus delitos, no pueden juzgarlos. El Estado chino carece del derecho de elevar su tarifa aduanera. Las aduanas se hallan en manos del capitalis­mo extranjero. Las obligaciones impuestas a la China por las grandes potencias no le consien­ten cobrar un impuesto de importación de más del 7 y 1/2 por ciento. Las mercaderías extran­jeras invaden casi libremente los mer-cados chinos. La China no puede proteger su industria. No puede disponer de sus propias finanzas.

 

El ascendiente de Rusia sobre la China proviene de que los soviets la tratan diferentemen­te. Los soviets han proclamado, de una manera práctica, el de-recho de la China a disponer de sí misma. La China, gracias a la revolución ru­sa, ha adquirido un aliado. La revolución ha hecho de Rusia el más válido sostén de las reivindicaciones chinas. El pueblo chino lo perci­be claramente. Y las diversas facciones o gobier­nos chinos, que representan ideas e intereses políticos diferentes, coinciden sin embargo en conceder una importancia sus-tantiva a sus relacio­nes con los soviets. El gobierno de Mukden lo mismo que el gobierno de Pekín se encuentran representados en Moscú. En cuanto al parti­do Kuo-Ming-Tang, que domina en la China del Sur, es bien sabido que simpatiza fervorosamen­te con la revolución rusa. Los comunistas chinos componen el ala izquierda del movimiento Kuo-Ming-Tang.

 

Las raíces de la agitación anti-imperialis­tas son totalmente chinas. No es esta la prime­ra vez que el pueblo chino lucha por su indepen-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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dencia. Los métodos del imperialismo capitalista son más eficaces para em-pujarlo a la rebelión que las presuntas maniobras de la Tercera Internacional. El Occidente a este respecto tiene una vasta experiencia. No es posible, sin duda, qua haya olvidado la explosión xenófoba que produjo el movimiento de los boxers El senti­miento chino no ha tenido, de entonces a hoy, ningún mo-tivo para tornarse favorable a las grandes potencias. Por el contrario, su anti-imperialismo ha aumentado. La China, en los años trascurridos después de la expedición puni­tiva del general Waldersee, ha adquirido una consciencia nueva. En sus capas populares ha prendido la idea de la revolución. Y para aho­gar esta idea, el Occidente no puede contar ya con Rusia, como en los tiempos del zarismo. Ru­sia está ahora al lado del pueblo chino. Pero las reivindicaciones de la China revolucionaria no constituyen, por esto, una invención ni una maniobra de la Tercera Internacional. Los diversos impe-rialismos deben buscar los orígenes de la agitación china en su propia conducta.

 

En la conferencia de Washington estos varios imperialismos trataron de entenderse sobre la mejor manera de explotar en comandita la China. El Japón, aprovechando de la guerra, se había asegurado en la China una po-sición que los Estados Unidos, sobre todo, juzgaban desproporcionada. El imperialismo japonés fue obligado, en Washington, a renunciar a una parte de las concesiones que había arrancado a la China. Pero el tratado de Washing-ton, proclamó el principio de la "puerta abierta". No consiguió delimitar la participación de cada imperialismo en la explotación de la China. En la China se contrastan y se oponen, por consiguiente, imperialismos rivales. El acuerdo permanente entre sus intereses es imposible. Esta es otra de las

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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circunstancias que favorece el movimiento revo­lucionario y nacionalista chino.

 

Finalmente, el proletariado europeo, más sen­sible y más poderoso que en la época de los boxers, se mueve también contra el imperialis­mo. Se extiende, presentemente, en Europa, con el lema de "¡No toquéis a la China!", una organización destinada a crear una corriente de opi­nión contraria a todo ataque a la independencia del pueblo chino. La causa de la China, en suma, encuentra en la nueva consciencia moral del mundo, su mejor y más activa defensa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL TERROR EN BULGARIA*

 

 

Bulgaria es en los Balkanes el principal foco de la Revolución. Esto quiere decir, dentro de la lógica de la historia contemporánea, que, en los Balkanes, Bulgaria es también el principal centro de la Reacción. La lucha es ahí extrema entre estas dos ideas, entre estos dos movimien­tos. En Bulgaria la política no tiene sectores ni matices intermedios. Las palabras "compromi­so", "transacción", "reforma", que conservan todavía en el Occidente una parte de su viejo pres­tigio, en Bulgaria carecen de sentido actual. Los partidos liberales y democráticos forman la base del régimen reaccionario de Zankov que representa, prácticamente, la antítesis del liberalismo y la democracia. La dictadura de Zankov puede dar lecciones de ferocidad reaccionaria al más truculento y ultraísta fascismo.

 

La historia de los dos últimos años de política búlgara es la historia de dos años de violen­cia y de terror. Zankov y su coalición se apo­deraron del poder en 1923 mediante un golpe de fuerza. El jefe del gobierno derrocado, Stam-bulinsky, y muchos de sus partidarios, después de una encarnizada perse-cución, acabaron asesinados. Zankov y sus aliados inauguraron un régimen marcial. El gobierno de Stambulinsky, leader de los campesinos, reposaba sobre una extensa base popular. La Unión Agraria, o sea el partido de Stam-bulinsky, era la primera de las fuerzas políticas de Bulgaria. (La segunda, por su número y su potencia, era el partido comu‑

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 25 de Julio de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nista, contra el cual estaba también dirigido el golpe de Zankov). Los partidos que desalojaron del gobierno a la Unión Agraria constituían una minoría. Se apoyaban exclusivamente en la bur­guesía y en la pequeña burguesía urbanas, que en un país agrícola como Bulgaria, no podían dentro de un régimen constitucional y demo­crático prevalecer sobre la población campesi­na. Por consiguiente, para mantenerse en el po­der tenían que recurrir a un método desemboza­damente dictatorial. Y en las masas, agitadas re­volucionariamente por la guerra, la represión y la violencia gubernativas, esta política debía fatalmente alimentar y exasperar un estado de ánimo insurreccional.

 

El régimen de Zankov encarnaba los intere­ses del capital industrial, comercial y financiero. Significaba una revancha y una victoria de la burguesía urbana sobre las masas campesi­nas, movilizadas por las consecuencias políticas y económicas de la guerra contra la tiranía de la ciudad: Estas masas no podían renunciar a sus reivindicaciones. La derrota sufrida no bastaba para obligarlas a desarmar. Momentáneamente se presentaban decapitadas. La reacción había asesinado a su leader. Pero el partido co­munista, que reclutaba sus adeptos no sólo en el proletariado urbano sino también entre los campesinos pobres, empezaba a darles un nue­vo programa y un nuevo rumbo revolucionarios. El proselitismo proletario o semiproletario de la Unión Agraria empujó a esta agrupación al flanco del partido comunista. Se organizó así un vasto movi-miento de masas.

 

En las últimas elecciones, preparadas por Zankov a través de una larga per-secución del co­munismo y de los campesinos, los dos partidos de masas consiguieron, sin embargo, reafirmar electoralmente su fuerza popular. La Reacción no pudo fabricarse un Narodno Sobranie (par-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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lamento) dócil a su política. Los agrarios y los comunistas enviaron al Sobra-nie un numeroso grupo parlamentario.

 

La lucha recomenzó más agria que nunca en el terreno extra-parlamentario. El gobierno sin­tió la necesidad de una gran ofensiva fascista contra las masas, cada vez más saturadas de ideas revolucionarias. La represión policial no resultaba suficiente. Se organizó, como en Bar­celona, una banda terrorista. Varios organizadores comunistas cayeron asesinados. A los actos de terror de un bando respondieron los actos de terror del otro bando. El régimen de Zan-kov provocó un estado de guerra civil. La legalidad quedó definitivamente suspendida. Llegó un ins­tante en que la reacción aniquiló totalmente al grupo parlamentario comunista. Los diputados comunistas, que no habían sido asesinados, se encontraban encarcelados o exiliados.

 

En esta atmósfera de violencia se incubó el atentado de la Catedral de Sofía. Fue este aten­tado la explosión del rencor y del odio acumu­lados, en los focos más exaltados y extremistas, por los dos años de persecución sanguinaria. El gobierno de Zankov, por supuesto, no quiso reconocerlo así. Hizo responsa-bles directos del te­rrible acto terrorista a los partidos agrarios y comunista. Encarceló a varios millares de ciu­dadanos. Y, sin proceso ninguno, fusiló a los más señalados por su actividad revolucionaria. Las bandas armadas de Zankov cazaban como a fieras en sus escondites a los agitadores comu­nistas y agrarios. El coronel Weedgwood, dipu­tado británico, que visitó Sofía en los días de la represión, ha denunciado documentada y pun­tualmente a todas las conciencias honradas del mundo este período de terror fascista. A sus denun-cias, que han conmovido profundamente la consciencia europea, el gobierno de Bulgaria no ha podido oponer sino débiles y capciosos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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desmentidos. Y, después de un proceso sumarí­simo, ha hecho ahorcar espec-tacularmente, co­mo en el más oscuro Medio Evo, en la plaza principal de Sofía, a varios acusados comunistas.

 

Estos métodos, estas escenas, serian incom­prensibles en Europa Occidental. El clima histó­rico es diferente. Los hombres tienen otra sen­sibilidad y otra educación. Pero en los Balka­nes estos métodos y estas escenas se encuentran casi dentro de la tradición política. El Occiden­te salió hace tiempo de la Edad Media. Los Balkanes, no. En este turbulento rincón de Europa el espíritu y las costumbres del Oriente han persistido enraizadas en una economía feudal. En el lenguaje de la democracia occidental el térmi­no "política balkánica" ha sido equivalente del término "política sudamericana" en la época en que Sud-américa no era conocida sino por su desorden y su caudillismo La violencia sudame­ricana no tuvo nunca la misma ferocidad que la violencia balkánica. Mas, en el fondo, tradujo las mismas cosas.

 

En los Balkanes subsisten rezagos de feuda­lidad. La revolución, como en Rusia, se propo­ne, en primer lugar, liquidar lo que resta ahí de política y de economía medioevales. Por eso en Bulgaria agrarios y comunistas se con-funden en un mismo ejército, mientras la burguesía urbana asume, junto con la defensa de sus pro­pios intereses, la de los intereses de la aristocracia latifundista.

 

Pero una política terrorista, por truculenta y extremada que sea, no puede resolver los pro­blemas búlgaros. Tiene, por el contrario, que exasperarlos. El terror, en materia económica, no es nunca una solución.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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WILLIAM J. BRYAN*

 

 

Clasifiquemos a Mr. William Jennings Bryan entre los más ilustres represen-tantes de la de­mocracia y del puritanismo norteamericano. Digamos ante todo que representaba un capítulo concluido, una época tramontada de la historia de los Estados Unidos. Su carrera de orador ha terminado hace pocos días con su deceso repenti­no. Pero su carrera de político había terminado hace varios años. El período wilsoniano señaló la última esperanza y la póstuma ilusión de la escuela democrática en la cual militaba William J. Bryan. Ya entonces Bryan no pudo personi­ficar la gastada doctrina democrática.

 

Bryan y su propaganda correspondieron a los tiempos, un poco lejanos, en que el capitalismo y el imperialismo norteamericanos adquirieron, junto con la conciencia de sus fines, el impulso de su actual potencia. El fenómeno capitalista norteamericano tenía su expresión económica en el desarrollo mastodóntico de los trusts y tenía su expresión política en el expansiona-miento panamericanista. Bryan quiso oponerse a que este fenómeno histórico se cumpliera en toda su in­tegridad y en toda su injusticia. Pero Bryan no era un economista. No era casi tampoco un político. Su protesta contra la injus-ticia social y contra la injusticia internacional carecía de una base realista. Bryan era un idealista, de viejo estilo, extraviado en una inmensa usina materialista. Su resistencia a este materialismo no se apoyaba concretamente. Bryan ignoraba la eco‑

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 31 de Julio de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nomía. Condenaba el método de la clase domi­nante en el nombre de la ética que había heredado de sus ancestrales puritanos y del dere­cho que había aprendido en las universidades de la nueva Inglaterra.

 

Waldo Frank, en su libro Nuestra América, que recomiendo vivamente a la lectura de la nueva generación, define certeramente este aspec­to de la per-sonalidad de Bryan: Escribe Waldo Frank: "William Jenning Bryan, —que la Améri­ca se empeña en satirizar—, denunció el impe­rialismo y presintió y deseó una justicia social, una calidad de vida que él no podía nombrar porque no la conocía absolutamente. Bryan era una voz que se perdió, hablando en 1896 como si Karl Marx no hubiera jamás existido, porque no había escuelas para enseñarle cómo dar a su sueño una consistencia y no había cerebros asaz maduros para recibir sus palabras y extraer de ellas la idea. Bryan no consi-guió ser presi­dente; pero si lo hubiera conseguido no por esto habría fracasado menos, pues su palabra iba contra el movimiento de todo un mundo. La gue­rra española no hizo sino aguzar las ganas del águila americana y Roosevelt subió al poder por­tado sobre el huracán que Bryan se había esforzado por conjurar".

 

Este juicio de uno de los más agudos escri­tores contemporáneos de los Esta-dos Unidos si­túa a Bryan en su verdadero plano. Será super­fluo todo senti-mental transporte de sus correligionarios anhelantes de hacer de Bryan algo más que un frustrado leader de la democracia yanqui. Será también vano todo rencoroso inten­to de sus adversarios de los trusts y de Wall Street por empe-queñecer y ridiculizar a este pre­dicador inocuo de mediocres utopías.

 

El caso Bryan podría ser la más interesante y objetiva de todas las lecciones de la historia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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contemporánea para los que, a despecho de la experiencia y de la realidad, suponen todavía en los principios y en las instituciones del régimen demo-liberad-burgués la aptitud y la posibilidad de rejuvenecer y reanimarse. Bryan no pudo ni quiso, ser un revolucionario. En el fondo adaptó siempre sus ideales a su psicología de burgués honesto protestante. Mientras en los Estados Unidos la lucha política se libró únicamente entre republicanos y demócratas. —o sea entre los intereses de los trusts y los ideales de la pe-queña burguesía—, las masas afluyeron al partido de Bryan. Pero desde que en los Estados Unidos em­pezó a germinar el socialismo la sugestión de las oraciones democráticas de este pastor un poco demagogo perdió toda su primitiva fuerza. El proletariado norteamericano en gran número em­pezó a desertar de las filas de la democracia. El partido demócrata, a consecuencia de esta evolución del proletariado, dejó de jugar, con la misma intensidad que antes, el rol de partido enemigo de los trusts y de los barones de la industria y la finanza. Bryan cesó automáticamente de ser un conductor. Y a este des-plazamiento interno el propio Bryan no pudo ser insensible. Todo su pasado se volatilizó poco a po­co en la pesada y prosaica atmósfera del más potente capitalismo del mundo. Bryan pasó a ser un inofensivo ideólogo de la repú-blica de los trusts y de Pierpont Morgan. Su carrera política había terminado. Nada significaba el hecho de que continuase sonando su nombre en el elenco del partido demócrata.

 

Pero, liquidado el político, no se sintió tam­bién liquidado el puritano prose-litista y trashu­mante. Y Bryan pasó de la propaganda política a la propaganda religiosa. Tramontados sus sueños sobre la política, su espíritu se refugió en las esperanzas de la religión. No le era posible renunciar a sus arraigadas aficiones de propa-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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gandista. Y como además su fe era militante y activa, Bryan no podía con-tentarse con las com­placencias de un misticismo solitario o silencioso.

 

Su última batalla ha sido en defensa del dogma religioso. Este demócrata, este liberal de otros tiempos se había vuelto, con los años y los desencantos un personaje de impotentes gus­tos inquisitoriales. Su denodada elocuencia ha estado, hasta el día de su muerte, al servicio de los enemigos de una teoría científica como la de la evolución que en sus largos años de existencia se ha revelado tan íntimamente connaturalizada con el espíritu del liberalismo. Bryan no quería que se enseñase en los Estados Unidos la teoría de la evolu-ción. No hubiese comprendido que evolucionismo y liberalismo son en la historia dos fenómenos consanguíneos.

 

La culpa no es toda de Bryan. La historia parece querer que, en su decadencia, el liberalismo reniegue cada día una parte de su tradi­ción y una parte de su ideario. Bryan además se presenta, en la historia de los Estados Uni­dos, como un hombre predestinado para moverse en sentido contrario a todas las ava-lanchas de su tiempo. Por esto la muerte lo ha sorprendi­do, contra los ideales imprecisos de su juventud, en el campo de la reacción. Es la suerte, injusta tal vez pero inexorable e histórica, de todos los demócratas de su escuela y de todos los idealis­tas de su estirpe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL IMPERIALISMO Y MARRUECOS*

 

 

El Rif libra en estos días una batalla decisiva. España y Francia, rivales durante mucho tiempo en Marruecos, combinan presentemente sus fuerzas para sofocar la revolución de la independencia rifeña. La civilización Occi-dental se siente amenazada por Abd-el-Krim. Es por lo menos, lo que afirma en sus nerviosos artículos uno de los más conspicuos abogados y conduc­tores de la reacción en Europa, Mr. Raimond Poincaré. Y en este lenguaje coinci-den casi los hombres de la reacción y los hombres de la democracia. Painlevé, honesto demócrata, piensa que Francia tiene la misión histórica de civilizar Marruecos.

 

Las democracias occidentales, desde este punto de vista, no han representado un progreso respecto de los antiguos imperios. Europa, des­pués de su revo-lución burguesa, se ha sentido más o menos liberal en su propia casa. Pero no se ha sentido absolutamente liberal en casa ajena. Los derechos del hombre y del ciudada­no, los "inmortales principios" de la revolución y de la democra-cia, no le han parecido buenos y válidos sino dentro del mundo Occidental. Du­rante el último siglo, que fue precisamente el del desarrollo de la demo-cracia y de sus órga­nos característicos —sufragio universal y régi­men parla-mentario— Europa se repartió el dominio de Asia y de África con la misma falta de escrúpulos con que realizaba sus conquistas la Roma de los Césares. En otras épocas, el

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 11 de Agosto de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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imperialismo cumplía sus anexiones y sus inva­siones en el nombre del Em-perador o de la Igle­sia; en nuestra época democrática y capitalista, las cumple en el nombre de la Civilización. El lema ha cambiado. Pero el hecho sustan-cial si­gue siendo el mismo.

 

La táctica de la conquista también se ha mo­dificado en muchos casos. Ingla-terra, por ejem­plo, ha usado una praxis flexible. Puesto que a la civilización capitalista no le importa que los indígenas de sus colonias muden de creencias re­ligiosas, deja que los pueblos conquistados con­serven su religión y sus ritos. Tolera igualmen­te que, en lo que no se opone a los derechos del Imperio, guarden sus instituciones y sus gus­tos políticos. Los ingleses no necesitan en este tiempo como los españoles en el de la conquis­ta de América obligar a los indígenas de sus colonias adoptar sus ideas y su confesión reli­giosa. El do-minio del espíritu los tiene, más o menos, sin cuidado. Lo que les interesa es el dominio de la materia.

 

Esta ha sido también la política colonial de Francia. Francia ha desembarcado sus soldados en África y en Asia para que sus banqueros y sus comerciantes ensancharan el radio de sus negocios. El aspecto bélico de la empresa era muy secundario. Lyautey, verbigracia, ha sido encomiado en Francia no como un gran gue­rrero, sino más bien como un buen adminis­trador. La función de Lyautey en Marruecos con­sistía, mucho más que en aumentar la gloria militar y política de Francia, en asegurarles un sólido mercado a su finanza y a su comercio. Por consiguiente, solía usar con los marroquíes el lenguaje de un general de la Tercera Repú­blica. Rodeaba al Sultán y a su corte, sabién­dolos perfectamente domesticados, de toda clase de honores inocuos y de cortesías diplomáticas. La apertura de un camino era un objetivo más

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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importante para su administración que el tru­cidamiento de un rebelde.

 

España había intentado ensayar análogo sistema. Pero en sus colonizadores persistía el instinto de la inquisición. Los soldados y los fun­cionarios espa-ñoles representaban en Marruecos un capitalismo. Pero preferían comportarse co­mo si representasen exclusivamente a los Reyes de España. Por esto, Espa-ña no pudo instalarse tranquilamente en Marruecos a la mane­ra de Francia. Ahd-el-Krim, en un reciente reportaje de un periodista italiano, cuenta cómo los rifeños fueron empujados, poco a poco, a la insurrección, por la propia política española. Su padre, Caid de Tafersit —recuerda Abd-el-Krim—­ com-prendió desde que Francia tomó posesión de Marruecos, que el Rif no podía dejar de entrar en la orbita de la civilización europea. "Los cambios comer-ciales —agrega el jefe rifeño— fueron intensificados, las manifestaciones de sim­patía no escasearon, y todo hizo suponer la pa­cífica venida de los españo-les en tierra hospitalaria. Pero los herederos de los "conquistadores" procla-maron de improviso aquel programa de "desmusul-manización" que fue el capítulo prin­cipal del programa de Isabel la Católica". Esta política engendró la rebelión. El hijo de un Cid pacífico se convirtió en el general y el caudillo de una gran epopeya guerrera.

 

Las consecuencias políticas de la guerra reforzaron, sin duda, el movimiento nacionalista del Rif. Provocaron ese extenso fenómeno de resurrección de los pueblos orientales que actualmente socava las raíces de la potencia occidental. El Rif no se sintió más solo en la lucha por su independencia. La revolución rifeña cesó de ser un hecho aislado para convertirse en un episodio y en un sector de la revolución mun­dial. Y Francia, que hasta entonces había consi-derado a Abd-el-Krim únicamente como un ene-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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migo de España, empezó a mirarlo como un adversario del occidente capitalista.

 

Esta es la génesis del acuerdo Franco-español. Francia y España se entienden, después de ha­berse querellado largamente en Marruecos, porque reconocen en Abd-el-Krim un peligro co­mún. Francia, bajo el gobierno del bloque na­cional, dirigía su política hacia la posesión del Rif. Pensaba que España, decepcio-nada por sus malandanzas militares en Marruecos, se resigna­ría fácilmente a cederle la empresa de someter a Abd-el-Krim. El gobierno del cartel de iz-quier­das rectificó en parte esta política, pero no pudo ni quiso renunciar a sus consecuencias. Fran­cia, bajo el gobierno de Herriot, se aprestó a la campaña contra Abd-el-Krim. Y ahora Francia y España, si no se ponen de acuerdo definitivamente respecto a la última meta de su imperia­lismo en Marruecos, reconocen por lo menos la necesidad de moverse combinada y manco­munadamente contra los rifeños.

 

El Rif ha sido, en este caso, el que ha atacado. Pero Abd-el-Krim, como él muy bien lo explica, se ha encontrado en la necesidad de to­mar la ofensiva. Derrotado Primo de Rivera, el adversario militar de la independencia del Rif era Lyautey. Abd-el-Krim lo sabía perfectamen­te. No le quedaba por consi-guiente más remedio que lanzar contra Lyautey sus legiones antes de que los preparativos franceses estuviesen más avanzados. Los documentos publicados últimamente en Paris revelan que, desde el año pasado, Lyautey organizaba la campaña contra el Rif.

 

Francia y España pretenden imponer al Rif una paz imperialista. Abd-el-Krim y sus legiones se sienten fuertes para combatir hasta el fin. Y, sobre todo, como más arriba observo, no se sienten solos. En la propia Francia una parte

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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de la opinión sostiene el derecho del Rif a de­cidir de sus destinos. Painlevé y Briand han tenido que declarar en la cámara francesa que Francia no tiene intenciones de conquista. La nueva generación hispano-americana saluda en la empresa de Ahd-el-Krim la repetición de la empresa de San Martín y de Bolívar. Y se da cuenta de que en Marruecos está en juego algo más que la simple independencia rifeña. Abd­-el-Krim representa, en esa contienda, la causa humana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA ESCENA YUGOESLAVA*

 

A medida que se complican los tiempos post-bélicos, resulta más y más evi-dente que la Paz de Wilson, Lloyd George y Clemenceau, no ha resuelto ni aún en teoría el problema de las na­cionalidades; pero que lo ha planteado en la práctica.

 

La Paz no ha sabido crear un sólo Estado nuevo que pueda ser reconocido como una na­cionalidad homogénea y orgánica. No sólo porque se ha ins-pirado en los intereses políticos de las potencias vencedoras, sino también porque es en sí muy difícil demarcar -de suerte que coincidan absolutamente- los confines geográfi­cos, sentimentales y étnicos de una nacionalidad. Y, cuando estos confines han sido aproximadamente encontrados, queda por averiguar si la nacionalidad constituye o no, al mismo tiempo, un organismo económico. El sentimiento nacio­nal de un pueblo es a veces su pasado, en tanto que su realidad económica es en todos los casos su presente. Hungría convivía de mala gana con Austria dentro del imperio austro-húngaro. Di-suelto este imperio, Hungría no es más feliz ni más libre que antes. A los húnga­ros les hacen tanta falta las manufacturas de la industria austriaca o checa como a los aus­triacos los productos del suelo magiar. Esto aparte de que el yugo extranjero de un empera­dor austriaco no era en Hungría más duro que el yugo vernáculo de un regente nacionalista.

 

Yugoeslavia es una de las creaciones de la

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 29 de Agosto de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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paz. Como Minerva nació armada de la testa de Jupiter, el Estado yugoeslavo salió listo de la testa, un poco menos mitológica del Presidente Wilson. Antes de la paz no existía sino el Es­tado servio. Un Estado balkánico con una po-blación de tres millones de servios y una superficie territorial de 48,000 ki-lómetros cuadrados. Sobre la base de este Estado servio, la Confe­rencia de la Paz formó el Estado yugoeslavo con doce millones de habitantes y 248,000 kilóme­tros cuadrados.

 

Presidió la rápida concepción de este Estado el propósito de fusionar con el pueblo servio a pueblos del mismo origen, incorporados hasta entonces en el disuelto imperio austro-húngaro, que reivindicaban su derecho a disponer de si mismo. Servios, croatas y eslovenos, aunque ha­blaban distintos dialectos, eran de la misma ra­za. Se pensó, por ende, que nada podía convenirles mejor que unirse y soldarse en un solo Estado. Y, por diversas razones, se anexó al nue­vo Estado una parte de Hungría y el reino de Montenegro. (Las minorías alógenas componen dentro de la combinación servio-croata-eslovena el 16 por ciento de la población).

 

Pero en el organismo del nuevo Estado, la hegemonía de servia fue, natu-ralmente, favore­cida. Las potencias aliadas tenían que pagar su deuda de gratitud a la monarquía de los Karageorgevich. La Conferencia de la Paz no se preocupó del sentimiento seguramente anti-dinástico y republicano de la mayoría croata-eslovena. Olvidó, por otra parte, que los croatas y los eslo-venos se sentían culturalmente superiores a los servios. La convivencia con Austria los ha­bía diferenciado. En el pueblo servio veían un pueblo balkánico, más oriental que occidental.

 

El idilio tripartito no duró, pues, mucho tiempo. La burguesía servia acaparó para si todo el

 

 

 

 

 

 

 

 

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poder, provocando vivo descontento entre los croatas y los eslovenos. Se produjo una aguda agitación anti-servia. El partido comunista, que trabajaba por dar a las reivindicaciones popu­lares un sentido revolucionario, encontró gran favor entre las masas. En las elecciones de no­viembre de 1920, el co-munismo recogió 210,000 votos en el país y ganó 59 asientos en el parla-mento.

 

Pasitch, viejo leader de la política servia, re­primió estos fermentos revo-lucionarios dictato­rial y violentamente. El movimiento comunista quedó temporalmente quebrantado. Pero esto no bastaba. Los campesinos croatas reclamaban una reforma agraria que el gobierno no era capaz de actuar. El leader del partido campesino, Stephan Raditch, que bajo el gobierno imperial de los Hapsburgos había visto prohibir la circu­lación de sus libros de socio-logía y política, pensaba que la libertad y el bienestar de su pue­blo no habían ganado gran cosa bajo la monar­quía servia de Karageorgevich. Y asumía, empu­jado por el impulso de las masas, una actitud cada vez más revolucio-naria.

 

Raditch tuvo varios gestos de acercamiento a la revolución social. Visitó la Rusia de los soviets. Se adhirió a la política de la Internacio­nal Campesina. El escándalo fue enorme en la clase conservadora yugoeslava. El gobierno de-mocrático de Davidvich, que durante algún tiem­po reemplazó al ministerio reaccionario de Pa­sitch, desapareció barrido por una nueva ola de la Reacción. Pasitch volvió al poder. Y, a su lado, como ministro del Interior, llamó a Prebicevich, reputado como un feroz enemigo de los croatas.

 

Mientras tanto, la campaña de Raditch arreciaba. Raditch amenazaba atrevida-mente con la revolución. Propugnaba la proclamación de una

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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república campesina croata. La represión de esta campaña, conducida por Pasitch, no ahorró, por tanto, violencias ni intemperancias. Raditch y su estado mayor fueron encarcelados.

 

La persecución aumentó su prestigio popu­lar. En las elecciones de febrero último, el par­tido campesino de Raditch, no perdió sino dos puestos en el parlamento. Raditch y sus tenien­tes, sin embargo, continuaban en la cárcel. ¿Qué iba a pasar? No se veía la posibilidad de una so­lución legal de la situación. Condenar a Raditch por complot contra el Estado o traición a la patria, era la meta lógica de la política guberna­mental.

 

Mas, de ambos lados, debe haberse operado un brusco cambio de humor. Los dos encarni­zados adversarios, en vez de librar la batalla prevista, han acabado por tenderse la mano. Du­rante los últimos meses de la prisión de Ra­ditch, se había negociado un entendimiento. En virtud de este acuerdo, Raditch y sus amigos han sido puestos en libertad incondicional. Han cesado automática-mente de ser reos de conspi­ración contra la seguridad del Estado. Previcevich ha salido del ministerio. El gobierno ha sido reorganizado bajo la presidencia de Pasitch, pero con la participación de cuatro miembros del partido de Raditch.

 

Los que no se fían de las apariencias de la política balkánica, cuya tradición de perfidias y de engaños es notoria, dudan mucho de la bue­na fe reciproca de este abrazo. Pero estas pre­sunciones nada agregan ni quitan a la situación en sí. El hecho presente, tangible, positivo, es que Raditch ha capitulado. Su programa resul­ta sacrificado en el compromiso.

 

Ahora lo que importa averiguar es si los campesinos croatas capitularán tam-bién. El pro‑

 

 

 

 

 

 

 

 

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grama de Raditch no estaba hecho de abstrac­ciones de caudillo. Estaba hecho de reivindi­caciones concretas de la masa campesina. A los campesinos les tocará, pues, decir la última palabra.

 

Parece que el sentido de la rendición de Ra­ditch es éste: las varias burguesías yugoeslavas avanzan en el camino de una inteligencia. Los elementos de la nación yugoeslava se sueldan, arriba y abajo. La lucha deja de ser lucha de regionalismo para convertirse netamente en lu­cha de clases.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA ESCENA RUMANA*

 

 

Los libros del genial vagabundo Panait Istra­ti nos han revelado a Rumania. Nos han asomado a la llanura áspera por donde, mitad caballe­ros, mitad bandidos, galopan o vivaquean los haldues. Nos han comunicado con el alma de un pueblo más oriental que europeo, permeado de sentimientos y de aromas asiáticos. Pero la imagen de Rumania que las novelas o los relatos de Istrati nos ofrecen es la imagen de la vie­ja Rumania. De la vieja Rumania, medioeval, agraria, abrupta, que la crisis bélica ha sacudi­do, mudado y turbado, profundamente.

 

Rumania es uno de los países de Europa en los cuales la guerra ha abatido la feudalidad. En Rumania, la guerra ha inaugurado una era libe­ral burguesa. Para decidir a las masas a la lucha contra Alemania, la burguesía rumana les prometió dos cosas: el reparto de tierras y el sufragio universal. El sufragio universal no les importaba mucho a los campesinos. Pero el reparto de tierras si. Por la posesión de la tierra, los campesinos rumanos habían insurgido muchas veces.

 

La victoria aliada planteó, en términos pe­rentorios, la cuestión. La revolución rusa esti­muló y robusteció la reivindicación campesina En el territorio de la Besarabia, asignado por el tratado de paz a Rumania, los campesinos se apo-deraron de hecho de las tierras. Sopló en Rumania un viento revolucionario. Y asumió el po-

 

 

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* Publicado en Variedades, Lima, 5 de Setiembre de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

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der un gabinete, presidido por el general Averes­cu, apoyado en la masa agraria y en la pequeña burguesía.

 

Modificaron así la estructura y la organiza­ción políticas de Rumania, en los primeros años post-bélicos, la reforma agraria y la reforma cons­titucional, que en toda la historia de Occidente aparecen como una consecuencia natural de la economía capitalista. La aristocracia rumana que, como todas las aristocra-cias, tenía en la propie­dad de la tierra la raíz de su poder, sufrió un golpe mortal con la ley de fraccionamiento de los latifundios. La burguesía urbana, usufructua­ria del sufragio universal, la desalojó de sus po­siciones tradicio-nales en la política de Rumania.

 

Esta transformación política no fue el único fenómeno que acercó a Rumania al Occidente. Otro fenómeno de no menor trascendencia en la occidentaliza-ción de Rumania trajo en su seno la paz. Rumania, en virtud del tratado de paz, vio duplicada su población y duplicado su terri­torio. Los hacedores de la paz le donaron la Be­sarabia, la Bukovina, la Transilvania, el Banat y otros territorios. Dentro de los nuevos confi­nes de Rumania dejaron encerradas numerosas y homogéneas minorías nacionales. (Dos millo­nes de húngaros. Quinientos mil austriacos. Trescientos mil rutenos. Ciento setenta mil búlga­ros. Setenta mil rusos).

 

Los intereses internacionales de Rumania ex­perimentaron un vasto despla-zamiento a conse­cuencia de estas anexiones. Rumania tuvo nece­sidad de celebrar pactos y acuerdos que la pre­cavieran, sobre todo, contra cualquier reivindi­cación rusa y húngara. La Entente empleó a Ru­mania para ahogar la revolución húngara. Y, luego, la mantuvo apercibida para el combate contra Rusia. La solidaridad de intereses internacionales de Checoeslovaquia, Yugoeslavia y

 

 

 

 

 

 

 

 

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Rumania anudó entre estas naciones un acuer­do que, posteriormente, aumentó los vínculos de Rumania con el Occidente.