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JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cartas

de

Italia

 

 

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“BIBLIOTECA AMAUTA”

LIMA-PERÚ

 

 

 

 

 

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LA ENTENTE Y LOS SOVIETS*

 

 

La política de la Entente respecto de los So­viets ha cambiado de fisonomía. Hasta hace mes y medio la voz de Clemenceau ululaba co­mo un clarín, en la cámara francesa, contra la impúber república sovietista. Anunciaba que ninguna inteligencia, ningún pacto, ninguna tran­sacción, moral ni física, era posible con ella. Y expresaba su fe en que la cruzada anti-bolchevi­que, comandada por Polonia -dueña de todas las complacencias del viejo tigre- acabaría por barrer de Rusia el maximalismo. Pero desde la fecha en que Clemenceau hablaba de tal guisa a esta fecha, en que el problema ruso está sobre el tapete de la Conferencia de Londres, los acontecimientos han variado mucho el punto de vista de la Entente y, por ende, el de Francia.

 

Clemenceau mismo, en la conferencia de París del mes pasado, -la última en que repre­sentó a Francia-, hubo de contribuir con su voto al acuerdo, propuesto por Lloyd George, de entrar en relaciones comerciales con las coope­rativas rusas. El texto de ese acuerdo contiene, es cierto, la declaración de que él no significa ningún cambio en la línea de conducta de los aliados acerca de los Soviets. Pero esta decla­ración resulta virtualmente contradicha por los compromisos derivados del acuerdo. Resulta con­tradicha por el acuerdo en sí. Como la prensa lo ha hecho notar, las cooperativas rusas dependen totalmente de los Soviets. Los Soviets re­glamentarán y regirán sus operaciones con los aliados. La Entente tratará así con los Soviets a través de las cooperativas.

 

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* Fechado en Roma, 12 de febrero de 1920; publicado en El Tiempo, Lima, 9 de julio de 1920.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Algunos diarios de Inglaterra y Francia, por esto, han denunciado el acuerdo como el disfraz de un acercamiento al bolchevismo ruso y han sostenido que sería preferible de una vez, sin eufemismos y sin ambages, su reconocimiento franco y explícito.

 

Posteriormente al acuerdo se ha visto, en efecto, que el reconocimiento está en camino. Su incubación comenzará muy pronto al calor de las relaciones comerciales. No es sino una cuestión de plazo y de formalidades más o formalidades menos.

 

Varios y complejos son los factores de esta mudanza. No es fácil definirlos exacta, ordenada y jurídicamente, en un momento en que no se cuenta aún con todos los elementos de jui­cio. Se puede, sin embargo, señalar a grandes rasgos los principales.

 

Un factor, es sin duda alguna, el factor interno. En Inglaterra, Italia y Francia, las clases trabajadoras han demandado la paz con los So­viets. Los gobiernos no han podido conservar una política adversa al sentimiento popular. Y en Italia e Inglaterra la presión de los traba­jadores ha sido particularmente vigorosa por la fuerza parlamentaria de que disponen.

 

En Italia, los socialistas no han conseguido que la Cámara invitase al gobierno a reconocer los Soviets; pero sí han conseguido que le reco­mendase el patro-cinio del reconocimiento en el seno de la Entente. Entre los socialistas y la ma­yoría de la Cámara no ha habido, pues, sino una divergencia adjetiva de criterio. La mayoría no ha opinado contrariamente al reconocimiento de los Soviets. Ha creído que Italia no podía proceder independientemente a este reconocimiento y que debía, por tanto, procurar su aceptación previa por las demás potencias aliadas.

 

En Inglaterra, además del partido Laborista, se ha manifestado partidario de la paz con los bolcheviques, el partido liberal fiel a Mr. Asquith.

 

 

 

 

 

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El antiguo Premier ha censurado la política bri­tánica de agresión a los Soviets y ha agregado recientemente que debía obligarse a los Estados bálticos a firmar la paz con ellos confor­me al ejemplo de Estonia. Toda la opinión inglesa opuesta al gobierno de Lloyd George se ha pronunciado, por consi-guiente, contra la in­tervención en la política doméstica de Rusia.

 

Otro factor ha sido el factor militar. Mientras se ha operado el proceso interno antedi­cho, los bolcheviques han ganado sucesivas y contundentes victorias. Unos tras otros se han desbandado los ejércitos armados, provisionados y socorridos por la Entente para combatir al ejér­cito rojo. Denikini, Kolchak, Judenitch, han fra­casado en su empresa. Probablemente, en parte, porque ninguno de los tres ha personificado una ideología noble ni ha enarbolado una bandera prestigiosa. Los tres no han servido a la Enten­te más que de grava-men y desembolso.

 

Vencedor de sus enemigos, el ejército rojo ha sido mirado como una amenaza. Y no sólo como una amenaza para los intereses europeos del Oriente, donde la propaganda bolchevique trabaja por socavar la posición de Inglaterra. No han faltado quienes lo han mirado como una amenaza para el Occidente. Se ha temido por la suerte de Polonia, de los Estados bálticos. Se ha vislumbrado una probable hegemonía rusa en el vasto sector eslavo. Se ha pensado que la Rusia de Trotzky y Lenin era una resurrec­ción de Francia napoleónica.

 

El tercer factor ha sido el factor económico. Europa quiere independizarse en lo posible de Norte América. Vuelve los ojos a Rusia, su anti­guo granero. Rusia ha menester de las manufac­turas de Europa Occidental. Europa Occi-dental ha menester de las materias primas, de los cereales, de la leña de Rusia. El bloqueo de los bolcheviques cuesta mucho a la Entente, es una prolonga-ción de la guerra con la consiguiente carga para el presupuesto y gravitación sobre el "cambio". Mantenerlo es para los aliados pri-

 

 

 

 

 

 

 

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varse por sí mismos de su fuente natural de abastecimiento.

 

En la Conferencia de Londres, que se efec­tuará esta semana, los tres premiers estudiarán el problema ruso. Las orientaciones que salgan de ella serán, se-guramente, favorables al mayor acercamiento de la distancia diplomática que separa del gobierno bolchevique a los gobiernos occidentales. Las declara-ciones más cercanas del premier inglés y del premier italiano permiten calcularlo.

 

Mr. Lloyd George acaba de afirmar en la Cámara de los Comunes que Europa no puede reconstituirse sin los recursos que le ofrece Rusia y de que no es posible triunfar del blochevis­mo por las armas. ¿Suponiendo que todos los estados limítrofes de Rusia estuviesen dispues­tos a atacar a los bolcheviques, quién pagaría el equipamiento de los ejércitos y el sosteni­miento de la campaña?, ha preguntado Lloyd George. Ni Francia, ni Estados Unidos, ni Ingla­terra quieren hacerlo. Hay, pues, que hacer la paz con los bolcheviques: "pero -ha agregado-, la experiencia, y la observación deben constatar primero que los bolcheviques han re­nunciado a sus métodos bárbaros y que su gobierno se ha convertido al principio de la civi­lización". "Nosotros, además, podemos volver a Rusia al buen sentido por medio del comercio. La Europa, en fin, necesita aquello que Rusia está en condiciones de darle. Antes de la gue­rra, Rusia suministraba al mundo la cuarta parte del trigo que en el mundo se importaba, las cuatro quintas partes de su lino, la tercera parte de su manteca. Ella proveía al extranjero de más de cinco millones de toneladas de granos, Hoy en Francia, en Inglaterra, en Italia, el pre­cio de la vida aumenta, la Europa del Centro sufre hambre, en tanto que los almacenes rusos rebosan de granos". Y Lloyd George ha negado la perspectiva de un peligro militar ruso. A su jui­cio, el ejército rojo puede vencer a ejércitos mal organizados y mal armados; pero no podría

 

 

 

 

 

 

 

 

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vencer a un ejército occidental. Los rusos care­cen de artillería pesada, aeroplanos, tanques y otros elementos, y no pueden fabricarlos. El mi­lagro napoleónico es, por esta razón, materialmente imposible.

 

Nitti ha expuesto su pensamiento sobre el problema ruso, hace cinco días, en la cámara, italiana. Ha dicho que no se hace ilusiones so­bre la producción y las reservas alimenticias de Rusia; pero sin embargo propende con bue­na voluntad a la reanudación de las relaciones. Está convencido de que "el contacto de la civi­lización occidental obligará al gobierno bolchevi­que a ejercitar sobre sí mismo una acción moderadora".

 

 

Millerand no ha sido tan preciso como Lloyd George y Nitti en sus declara-ciones. En su respuesta a las interpelaciones del diputado socialista Cachin ha bordeado el problema, comen­tando más bien sus aspectos adjetivos que su aspecto fundamental. Probablemente su situa­ción parlamentaria de heredero solitario y man­comunado de Clemenceau no le ha consentido coincidir con la opinión de los otros "premiers".

 

Las declaraciones de Lloyd George y Nitti, son, evidentemente, los prolegó-menos del reco­nocimiento de los Soviets. Las relaciones co­merciales son el primer paso a ese reconocimien­to. Tras del establecimiento de las relaciones hay, aparte del doble interés económico, un do­ble interés político. Lloyd George piensa que se debe usar nuevas armas contra el bolchevismo. Que el comercio puede minarlo mejor que la guerra. Los bolcheviques por su parte, desean aprovechar de sus granos, de sus maderas y de su lino para conseguir la tregua necesaria a la consolidación de su régimen político y social en Rusia. Le Temps, de París, asevera que los bolcheviques tratan de seducir a la burguesía in­glesa con las perspectivas comerciales. Juzga las cooperativas como un "camouflage" maximalis­ta. Los bolcheviques según Le Temps cubren sus Soviets rojos con el manto de las coope­rativas.

 

 

 

 

 

 

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Actualmente se efectúan de uno y de otro lado los aprestos para la iniciación del intercambio. Una comisión interaliada va a trasla­darse a Rusia a negociar con las cooperativas. Mientras tanto se alistarán todos los elementos mate-riales precisos para los transportes. Y no sólo Europa Occidental se prepara a comerciar con la República de los Soviets, también se prepara Estados Unidos. En los centros manufac­tureros yanquis domina la opinión de que se debe actuar en relación con las cooperativas bolcheviques.

 

Los bolcheviques, a su turno, han empezado a transformar al ejército rojo en ejército de trabajo. Militarizan así el trabajo y mantienen militarizados a los trabajadores. Aguardan firmar la paz con Colonia y los Estados bálticos para terminar esta metamorfosis del ejército de guerra en ejército de paz.

 

La tendencia diplomática de los Soviets, por una razón aparentemente paradojal, es a la coordinación de sus intereses actuales con los intereses de Inglaterra. Piensan los bolcheviques que Inglaterra representa la crema de la socie­dad capitalista. Sienten que la política inglesa está dictada por consi-deraciones de política mundial, por las altas conveniencias de la sociedad capitalista en su conjunto. Y que es, pues, con Inglaterra con quien deben negociar y pac­tar de potencia a potencia. Confiado en su fuer­za, el bol-chevismo ruso no se asustará de estre­char la enguantada y fina mano de Inglaterra. Confiado en su inteligencia, el capitalismo bri­tánico tampoco se asustará de estrechar la mano proletaria y áspera de Rusia. La paz entre Inglaterra y Rusia no será la paz entre dos na­ciones. No será la paz entre dos imperialismos. No será una paz local. Será la paz entre el es­tado mayor del capitalismo y el estado mayor de la revolución social. Una paz, que en el fondo no será, naturalmente, sino un armisticio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LOS CULPABLES DE LA GUERRA*

 

 

Vamos a asistir muy pronto al proceso ju­dicial más grande y sonoro de la historia del mundo. El proceso de los culpables de la gue­rra. Alemania misma será el juez. Debían serlo las potencias aliadas. Pero no parece posible. Ale-mania se halla incapacitada para cumplir la cláusula del Tratado de Versailles que la obli­ga a entregar a los acusados. No hay en Alema­nia un funcionario, un militar o un gendarme que quiera servir de ejecutor de esta cláusula. La aprehensión y la entrega de los acusados son materialmente impracticables. Frente a este hecho, la Entente ha tenido que transigir. Se ha avenido con que Alemania juzgue a los culpables, sin renunciar al derecho que le acuer­da el Tratado, en el caso de que Alemania no acredite plenamente la lealtad de su intención de esclarecer responsabilidades y punir a los delincuentes.

 

La justicia alemana está, pues, sometida a prueba. Los aliados acusan ante ella a ochocien­tos noventa ciudadanos alemanes, muchos de ellos ilustres, entre los cuales figuran el ex-Kom­prinz, el príncipe Reupprecht, de Baviera, Hindenburg, Ludendorf, Von Tirpitz, Von Cluck, Von Mackensen. Los responsables son de cinco cla­ses: 1º responsables de la política del gobierno generadora de la guerra; 2° responsables de la ejecución de medidas militares; 3° responsables de la ejecución de medidas sin carácter militar; 4° respon-sables de atrocidades con los prisione­ros; y 5° responsables de los crímenes de la campaña submarina.

 

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* Fechado en Roma, 17 de febrero de 1920; publicado en El Tiempo, Lima, 14 de julio de 1920.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Alemania no ha creído digno consignar a los acusados en manos de sus vencedores. Los so­cialistas germanos, colocándose fuera de esta creencia, han sostenido que esa consignación sería un acto de valor moral, probatorio de que la Alemania de hoy no es solidaria con la Alemania de ayer. Pero han clamado en el desier­to. Alemania no ha escuchado más voz que la de su corazón.

 

Evidentemente, muy doloroso y muy amargo habría sido para Alemania obedecer la estipu­lación del Tratado de Versailles. Cualesquiera que sean sus pecados, los hombres a quienes debía entregar son los hombres que han peleado por ella, son los generales de su ejército, son los personajes de su historia contemporá­nea. Pero, sin embargo, habría sido tal vez me­jor para ella que fuesen tribunales extranjeros y no sus propios tribunales quienes los juzguen.

 

El proceso judicial alemán será válido si los aliados lo aprueban. Será válido, por ende, si conduce al castigo de los culpables. Mas si no conduce a este castigo, las potencias aliadas lo desaprobarán, lo declararán nulo y demanda-rán nuevamente la aplicación integral del Tratado. Por consiguiente, nada se habrá avanzado en la solución del enredado problema.

 

Alemania se encuentra coercitivamente empu­jada a la severidad. Los jueces alemanes que van a decidir si, dentro de la actual Organiza­ción del mundo, cabe la punición legal de los responsables de una guerra y sus desmanes, no pueden decidirlo negativamente si desean que su fallo sea acatado.

 

Los aliados no pueden contentarse con penas morales. Ciertamente, las penas morales son las mayores para la jerarquía a que pertenecen acusados como Guillermo de Hohenzollern, co­mo Bettmana Holweg, como Hindenburg. Un gobernante, un estadista, un general no pueden sufrir pena más acerba que el ostracismo, que la derrota, que el fracaso. Pero estas penas son,

 

 

 

 

 

 

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ciertamente, también, susceptibles de amnistía y de olvido. Y aquí reside, precisamente, la preo­cupación de la Entente. La Entente teme, con funda-mento, que los hombres de la Alemania imperialista vuelvan a ser dueños de los desti­nos de su pueblo.

 

El problema que deben resolver los jueces de Leipzig está planteado en estos términos. Unánimemente se reconoce que, dentro de un punto de vista es-trictamente moral, los autores de una guerra deben ser castigados. Pero, a continuación de este punto de partida común, la opinión mundial se divide en dos bandos. Conforme a uno, la sanción de los delincuentes de la guerra máxima es una base indispensa­ble de la futura organización jurídica de la humanidad. Conforme al otro, existen, efectivamente, un derecho de gentes y un derecho in­ternacional violados por los alemanes; pero no existen aún jueces competentes para juzgar es­tas violaciones que no se han cometido por pri­mera vez en el mundo. Para castigar al indivi­duo que mata o que roba, hay una sociedad de individuos con tribunales y códigos penales pre-establecidos. Para castigar a los individuos que llevan a una nación a la matanza y al latroci­nio no hay una sociedad de pueblos pre-estable­da ni hay tribunales ni códigos penales análo­gos. Además, no están en causa tan sólo los autores de crímenes vulgares: fusilamientos, sa­queos, extorsiones contra las poblaciones civiles. Están en causa, asimismo, los gestores de la política que antecedió a la guerra. Y la puni­ción legal de éstos sería totalmente lógica den­tro de una sociedad de pueblos que tuviera proscrita la guerra; pero no dentro de una sociedad de pueblos que deja a cada uno de sus miembros el derecho a conservar su aptitud béli­ca que es, en buena cuenta, el derecho a la guerra.

 

Para los aliados, el juzgamiento de los alemanes delincuentes por la Corte de Leipzig es conveniente por altas razones políticas. En pri­mer lugar, los exo-nera de humillar a Alemania,

 

 

 

 

 

 

 

 

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imponiéndole la obediencia a una cláusula dura del tratado de paz cuya ejecución aumentaría en ella los gérmenes de un revanchismo apasio­nado y romántico. En segundo lugar, los libra de convertir en héroes y mártires, ante los ojos de los alemanes, a sus principales acusados. Su sentencia por un tribunal aliado despertaría en favor de los estadistas y generales de guerra -que actualmente son mirados, en su mayor parte, con indiferencia si no con rencor-, una reacción sentimental del pueblo alemán. Una sentencia de la Corte de Leipzig produciría efec­tos diametralmente opuestos. Eliminaría todo peligro de que los Hindenburg o los Baviera re­sulten más tarde los empresa-rios de una re­surrección imperialista.

 

El gobierno francés, con todo, no ha sido partidario de la transacción, a pesar del carácter condicional de ésta. Han sido los gobiernos bri­tánico e italiano quienes la han patrocinado. Y, en la imposibilidad de atraerlos a su tesis, Millerand ha tenido que adherirse a la de Lloyd George y Nitti.

 

El caso del ex-Kaiser no está, como se sabe, confundido con los demás casos de responsa­bilidad. La Entente lo considera y lo trata por cuerda separada. No es con Alemania sino con Holanda con quien lo discute. Esto, naturalmen­te, hace más complicada la gestión respectiva. La Entente no puede usar con Holanda un tono exigente porque Holanda no tiene, como Alemania, ningún tratado ni ningún compromiso que respetar.

 

Con muy buenas maneras y muy sagaces palabras, Holanda se niega rotun-damente a conceder la extradición del prófugo acogido a su hospitalidad. La Entente acaba de insistir en su petición, recordando a Holanda los altos intere­ses de la tranquilidad europea que reclaman el aislamiento del ex-Kaiser, sobre cuya conduc­ta, como gobernante de Alemania y causante de la guerra, Holanda calla su opinión.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Se aguarda que este segundo requerimiento tenga mejor suerte que el primero. Entre otras cosas, porque en él la Entente se muestra incli­nada a una solución conciliadora del problema. Los aliados comprenden que Holanda no consen-tirá la extradición del ex-Kaiser. Se contentarían, por esto, con que Holanda lo internase en una de sus colonias. La internación sería suficiente para ellos. Porque no los mueve, respecto del ex-Kaiser, un implacable propósito de castigo sino una previsión cauta del peligro de que Gui­llermo conspire por enseñorearse otra vez en Alemania. Peligro que, por ahora, no es muy serio, pero que mañana, -cuando alrededor del hoy solitario castellano comiencen a reunirse los descontentos de la República de Ebert-, puede serlo en demasía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LAS FUERZAS SOCIALISTAS ITALIANAS*

 

 

En esta hora en que tanto se habla de la importancia de las fuerzas socialistas italianas y de su influencia en la política interna y exter­na de Italia, es opor-tuno informar, global y su­mariamente, al público peruano sobre la historia, la organización y las orientaciones de esas fuerzas socialistas.

 

El Partido Socialista Oficial representa, co­mo es sabido, la gran masa del socialismo ita­liano. La otra agrupación socialista, llamada la Unión Socialista Italiana, es una agrupación se­cundaria. Sus fundadores han sido socialistas reformistas que, por razón de su criterio colabo­racionista, no han podido permanecer en el So­cialismo oficial. Y tanto durante la guerra co­mo después de ella la Unión Socialista Italiana se ha diferenciado del Partido Socialista oficial en su posición en el socialismo internacional. Así, durante la guerra, la Unión Socialista Ita­liana fue favorable a la intervención. Algunos de sus hombres principales, como Leónidas Bissolati e Ivanoe Bonomi, participaron en el go­bierno. Después de la guerra, la Unión Socialis­ta Italiana mantuvo su adhesión a la Segunda Internacional, en tanto que el Partido Socialis­ta oficial se afiliaba a la internacional de Mos­cú. Últimamente, sin embargo, la Unión Socialista no ha podido sustraerse a los efectos del fenómeno de polarización que se presenta en todos los campos políticos europeos. Y, gradualmente, ha vuelto a orientarse hacia la extrema izquierda. Lo que ha motivado que se aparten de ella los socialistas autónomos de la cámara, a excepción de Arturo Labriola y algún otro. Di­chos socialistas autónomos han colaborado y

 

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* Fechado en Roma, abril de 1920; publicado en El Tiem­po, Lima, 28 de julio de 1920.

 

 

 

 

 

 

 

 

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colaboran con el gobierno de Nitti contra los acuerdos de la Unión Socialista. El socialismo autónomo resulta, pues, dividido en una forma que refleja típi-camente el carácter de la polari­zación. A un lado se han puesto los diputados, o sea los elementos profesionalmente políticos de la agrupación. Al otro lado, la organización obrera, o sea los elementos de clase.

 

Es, por consiguiente, el Partido Socialista oficial el que debe ser tomado en cuenta co­mo expresión del socialismo italiano. Es el par­tido que ha ganado ciento cincuenta y seis dipu­taciones en las últimas elecciones generales. Y el que, por ende, pesa decisivamente en la po­lítica italiana.

 

El partido "popular" tiene puntos de contac­to con el socialismo en el terreno de las realiza­ciones políticas. Pertenece al matiz socialista cristiano. Ha nacido recientemente agitando la bandera de audaces reformas económicas y so­ciales. Pero no puede ser considerado efectivamente como una fuerza socialista. Más que por su mentalidad espiritualista adversa a la men­talidad materialista del marxismo, por la auto­ridad que ejerce sobre su dirección el Vaticano. Además, el Partido Socialista extrema sus ata­ques contra esta agrupación más que con nin­guna otra. Por ser la única que le disputa el ascendiente sobre las clases trabajadoras. Por ser la que opone, sobre todo en el campo, los sindicatos blancos a los sindicatos rojos.

 

A propósito. Es necesario puntualizar que el progreso del Partido Socialista, la autoridad que ha adquirido, se deben al respaldo de las organizaciones obre-ras. Los socialistas italianos han cuidado siempre de estar próximos al prole-tariado. Mientras otros partidos socialista de Europa han vivido alejados y otras veces divor­ciados de los sindicatos obreros, el Partido So­cialista Italiano ha hecho de estos sindicatos su base y su asiento. La Confederación General del Trabajo es el órgano económico de las clases

 

 

 

 

 

 

 

 

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trabajadoras; el Partido Socialista es un órgano político.

 

La existencia del partido data del año 1890; en ese año fue fundado con el nombre de Par­tido de los Trabajadores Italianos. Dos años más tarde se efectuó en Génova su primer con­greso. En el Congreso de Génova adoptó el nom­bre de Partido Socialista de los Trabajadores Italianos junto con el programa que ha conser­vado intacto hasta el Congreso de Bolonia, cele­brado en octubre del año último, bajo la influencia ideológica de la revolución rusa. En el mismo congreso de Génova los discípulos de Ba­kunine, que hasta entonces habían contribuido a su organización, se apartaron del partido, por discrepar de su programa marxista, y tornaron a constituir autónomos grupos libertarios.

 

A partir del Congreso de Génova comenzó el partido a desarrollarse rápida-mente. Muchos in­telectuales se adhirieron a él entusiastamente. Entre ellos, Enrique Ferri, diputado radical y orador renombrado, que ocupó en seguida po­sición eminente en el socialismo italiano. El go­bierno persiguió la pro-paganda socialista tanto o más que otros gobiernos de Europa. El ter­cer congreso, que debió reunirse en Imola en 1895, fue prohibido. Tuvo que realizarse secre­tamente en Parma. En él se adoptó, finalmente, el nombre de Partido Socialista Italiano.

 

En 1896, en el congreso de Florencia, resol­vió el partido la fundación del Avanti que apareció en el mes de diciembre del mismo año y que hasta hoy es su órgano oficial. Dueño de un diario y de representación parlamentaria, el partido continuó creciendo y vigorizándose.

 

Durante los años siguientes se manifestaron en su seno las mismas diferencias de criterios que en las demás agrupaciones socialistas europeas. Unos elemen-tos preconizaban la actuación preferencial del programa mínimo. Otros preco­nizaban la fidelidad absoluta a un programa único, el programa máximo. Los matices en que

 

 

 

 

 

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se dividía el partido eran cuatro. Uno reformis­ta, representado por Turati; otro integralista, representado por Morgari; otro revolucionario, representado por Ferri; y otro sindicalista, repre­sentado por Labriola y Enrique Leone, escritor sindicalista universalmente conocido.

 

En el Congreso de 1908, efectuado asimismo en Florencia, prevaleció tam-bién la corriente re­formista. Los sindicalistas se separaron en esa ocasión del partido, siempre con Labriola y Leone a la cabeza. En el congreso de Milán de 1910, los reformistas se impusieron otra vez. Pero la tendencia revolucio-naria había adquiri­do mucho cuerpo. Y en el congreso posterior, reunido en Modena, volvieron a manifestarse cuatro corrientes y ninguna de ellas logró predominar. En 1912, en el congreso de Regio Emi­lia, el partido se mostró francamente antico­laboracionista. Cuatro diputados fueron expul­sados de su seno: Bissolati, Bonomi y Cabrini, culpables de haber visitado al rey después del atentado del 4 de mayo; y Podrecca, culpable de haber apoyado la expe-dición del Trípoli. A renglón seguido de su expulsión, estos cuatro diputados fundaron el "partido socialista autó­nomo".

 

Cuando estalló la guerra, el partido acaba­ba de obtener grandes éxitos. Cincuenta socialis­tas habían entrado a la cámara. Las secciones del partido habían llegado a 1800. Y en las elec­ciones municipales, las listas socialistas habían ganado en cuatrocientas comunas, las de Milán y Bolonia, entre ellas. En medio de estos éxitos la guerra ocasionó la escisión. Varios socialistas se pronunciaron a favor de la intervención ita­liana. Mussolini, director del Avanti, renunció su cargo y fundó Il Giornale del Popolo, diario interven-cionista. En la directiva del partido pre­valeció la opinión neutralista a'utran-ce. Pro­ducida la intervención, el partido fijó así su acti­tud: no se adhería a la guerra; pero tampoco la saboteaba. (Los derivados de la palabra sabo­taje no son muy españoles que, digamos; pero

 

 

 

 

 

 

 

 

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acabarán por parecer tales. El léxico nos fami­liarizará con ellos).

 

Más tarde, fracción del Partido inició una propaganda pacifista. La revolución rusa dio en esta propaganda muchos estímulos. Y el gobier­no, como es notorio, la reprimió duramente. Constantino Lazzari, miembro de la directiva, Nicolás Bombassi, uno de los líderes de hoy, y Serrati, director del Avanti fueron condenados a prisión por derrotismo.

 

Después del armisticio, el progreso del Par­tido Socialista, turbado por las divergencias suscitadas por la guerra, recuperó su intensidad. La corriente maximalista se extendió, simultá­neamente, en sus filas. Reunida en marzo del año pasado, la directiva acordó romper con el Bureau Internacional, acusado de haber traicio­nado la causa proletaria, y adherirse a la Terce­ra Internacional, o sea la fundada en Moscú a la sombra de la bandera bolchevique. Dentro de este ambiente se preparó el congreso de Bolo­nia del mes de octubre, realizado en vísperas de las elecciones en que el Partido debía triunfar tan ruidosa e inesperadamente.

 

En el congreso de Bolonia hubo tres tenden­cias. Una maximalista absten-cionista, encabezada por Bordiga, contraria a la participación del Partido en las elecciones. La segunda maximalis­ta eleccionista, encabezada por Serrati. Y la tercera, evolucionista, encabezada por Treves y Turati.

 

Fue la segunda tendencia la que venció. En virtud de una orden del día de Serrati, el par­tido declaró su adhesión a la Internacional de Moscú y, en consideración al programa de Géno­va superado por los acontecimientos y por las condiciones internacionales creadas por la gue­rra, introdujo en él varias reformas. Conforme a estas reformas, el partido conceptúa que los Instru-mentos de dominación del estado burgués no pueden en ninguna forma transformarse en órganos de liberación del proletariado. Que a

 

 

 

 

 

 

 

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ellos deben ser opuestos nuevos órganos proleta­rios -consejos de obreros, de campesinos, etc.-, que, funcionando por ahora bajo la dominación burguesa como instrumentos de lucha, serán mañana los órganos de transformación social y económica del orden de cosas comunista. Que el régimen transitorio de la dictadura del pro­letariado debe marcar el paso del poder de la burguesía a los trabajadores. Y que mediante este régimen el período histórico de transfor­mación social podrá ser abreviado.

 

La moción que reformó así el programa de Génova fue aprobada por 48,411 votos, contra 14,880, alcanzados por la moción centrista de Lazzari a la cual se adhirieron Treves y Turati, y contra 3,417, alcanzados por la moción comunista que pretendía la conversión del partido en partido comunista.

 

Las direcciones sancionadas por el congreso de Bolonia han sido ratificadas por el Consejo Nacional del Partido que acaba de reunirse en Milán; pero han sido interpretadas con moderación y sagacidad. En obedecimiento al progra-ma de Génova, se ha resuelto proceder a la constitución de soviets, destinados a servir al mismo tiempo como elementos de lucha y de preparación del proletariado para el ejercicio del poder; pero esos soviets serán limitados a las grandes ciudades, a los grandes núcleos de tra­bajadores.

 

El grupo parlamentario socialista actúa compacto y disciplinado. Pero, se advierte en él, más definida aún que en Bolonia, las tres tenden­cias del Congreso. La tendencia acaudillada por Turati y Treves -que son dos conspicuas figu­ras intelectuales del partido- ha sido llamada, repentinamente, tendencia colaboracionista. Mas, en verdad, el colaboracionismo no es tan colaboracionismo. Turati y Treves no desean que el partido vaya al gobierno bajo la monarquía. Saben que un gabinete socialista no constaría con la aprobación de las masas y que estas, sin darle su apoyo, le exigirán "la lu­na en el pozo" como dice Turati Ellos no

 

 

 

 

 

 

 

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son, por consiguiente, colaboracionistas. Pero disienten del criterio dominante en el partido acerca del rol del grupo parlamentario. Piensan que el grupo parlamentario socialista debe arran­car al régimen actual todas las reformas posi­bles. No convienen con la mayoría maximalista en que el rol de los socialistas en el parlamen­to debe ser un rol negativo y no un rol positivo.

 

En el fondo, los términos de la discrepancia son los siguientes: una parte del Partido Socialista no cree en la posibilidad de la revolución inmediata. Más aún. No cree en la capacidad actual del proletariado para asumir el poder. Y juzga que hay que ocuparse de crearle esta ca­pacidad. Y que hay que utilizar la fuerza parla­mentaria del socialismo. Los ciento cincuenta y seis votos socialistas pueden servir para muchas reformas urgentes. Para todas aquellas reformas a las cuales no negarían su voto otros gru­pos de la izquierda parla-mentaria. En tanto, otra parte del Partido Socialista, la parte extre­mista, cree en la posibilidad de la revolución. Juzga necesario que la acción del Partido se re­duzca a organizarla, a precipitarla. Estima que el Partido debe reservar su labor constructiva para cuando el poder esté íntegramente en manos del proletariado. Que no proceder así es retardar la revolución y colaborar con la bur­guesía.

 

Una y otra fracción son consecuentes con su respectiva apreciación del momento históri­co. La diferencia de esta apreciación es lo que las separa. Es lógico que quienes consideran que es el momento de la revolución, se opon-gan a que el socialismo se ocupe de otra cosa que de acelerarla. Y es lógico que quienes consideran lo contrario quieran que el socialismo se cruce, ne­gativamente, de brazos, ante los problemas pre­sentes, que no afectan a una clase sino a todas y, principalmente, a las clases trabajadoras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA ENTENTE Y ALEMANIA*

 

Durante la guerra se creía que su expiación correspondería sólo a los venci-dos. Los vencedores endosarían a los vencidos su parte de expiación, su parte de expiación material por lo menos. Los vencidos pagarían indemnizaciones reparadoras. Y no podrían evitarlo porque estarían a merced de los vencedo-res. Estos podrían aplastarlos a su antojo.

 

En esos días feroces habrían parecido insen­satas las previsiones de quien hubiera anunciado que, vencedora finalmente, no podría la Entente aniquilar a Alemania, castigarla duramen­te por sus crímenes. Más insensatas aún habrían parecido, por supuesto, las previsiones de quien hubiera augurado que la Entente, en resguardo de sus propios intereses, acabaría por colaborar a la restauración de Alemania. Dentro de esa atmósfera saturada de gases asfixiantes, y de sus rencores más asfixiantes todavía, no era po­sible una valorización fría y cerebral de lo por venir.

 

Hoy, en cambio, a pesar de que se respira aún un aire inficionado por la guerra, todos admiten que la reconstitución de Alemania es indispensable a la reconstitución de los aliados. Admiten, también, algo más. Que la prosperidad económica de Alemania es indispensable a la (pros)peridad económica de los aliados.

 

Francia, el pueblo a quien cuesta más la gue­rra, el pueblo que más ha sopor-tado su peso y que es, por consiguiente, el que menos pron­to puede sentirse benévolo y transigente con el resurgimiento de Alemania, Francia misma conviene ya en que Alemania debe ser puesta en condiciones de restablecerse. Naturalmente,

 

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* Fechado en Roma, abril de 1920; publicado en El Tiem­po, Lima, 30 de agosto de 1920.

 

 

 

 

 

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Francia quiere que se le garantice formalmente que este restablecimiento no será para ella una amenaza. Pero no se opone a que se permita a Alemania alcanzarlo. Le Temps, uno de los dia­rios parisienses de mentalidad más nacionalis­ta, se declara favorable a que se proporcione a Alemania los medios de convalecer.

 

Y la actitud de la Entente no puede ser otra. El problema, concisamente planteado, es el si­guiente: Para que Alemania pague su indemni­zación es menester que reconstruya su indus­tria y su comercio. Y para que reconstruya su industria y su comercio es menester que los aliados le ayuden a proveerse de materias pri­mas y a exportar sus productos. Además, la in­demnización debe ser tal que no aflija mucho sus espaldas, que no grave demasiado sobre su porvenir. Que Alemania vea relativamente próxi­ma y fácil la liquidación de su deuda. No se trata únicamente de que Alemania pueda pagar la indem-nización. Se trata de crearle los estímu­los más eficaces para que trabaje y para que la pague. Es decir, se trata de darle la seguri­dad de que su trabajo, al mismo tiempo que para satisfacer sus compromisos, le servirá para restaurar su grandeza, para readquirir su posi­ción en Europa.

 

Porque, de otra manera, Alemania concluiría por encontrar excesiva e inso-portable la carga del tratado de paz. Y la posibilidad de que Alemania caiga en el desorden, en el ocio, en el em­brutecimiento, asusta a los aliados tal vez más que a los propios alemanes. La razón es clara. Si Alemania no se resta-bleciese, si no indemnizase a sus vencedores, ¿quién pagaría los gastos de la guerra? Tendrían que pagarlos los pue­blos que han vencido, el pueblo francés, el pue­blo británico, el pueblo italiano, el pueblo bel­ga. Y bien. Sería difícil que estos pueblos que han dado ya su sangre y su dinero se resigna­sen a dar más dinero. Lo fácil sería que se adue­ñase de ella un descontento mayor que el que ya los posee y que su descontento los llevase a la revolución social. Una perspectiva terrible,

 

 

 

 

 

 

 

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como se ve, para los gobiernos aliados y para los intereses que representan. Una perspectiva que inquieta, sobre todo, al gobierno inglés que es el que mejor aprecia las conveniencias de la sociedad capitalista.

 

Los aliados ceden, pues, en este punto a las demandas de Alemania. Recono-cen la necesidad de que Alemania se reconstruya prontamente. Pero no ceden en un segundo punto al parecer independiente, pero en realidad íntimamente vinculado al primero. El desarme alemán que Alemania quiere restringir: y que los aliados quieren que se conforme al Tratado de Versai­lles. Francia, principalmente, no acepta que Alemania conserve una fuerte organización militar. Su instinto vigilante le hace ver ahí un peligro. Aparte de que Francia, como sus aliados, desea el desarme de Alemania para reducir su ejército y aliviar su presupuesto.

 

Este es el conflicto actual. Francia y sus aliados exigen que Alemania licencie la mayor parte de su ejército. Y Alemania, mejor dicho el gobierno alemán, responde que no puede ha­cerlo. Y justifica muy sencillamente esta resis­tencia. Si se debilita el ejército no podrá resistir a los ataques del bolchevismo inter-no. El par­tido comunista se enseñoreará de Alemania con dos resultados. Primero, que Alemania no pagará un céntimo a los aliados. Y segundo, que el bolchevismo invadirá también a éstos. La ver­dadera fisonomía de la situación europea aparece íntimamente en este conflicto.

 

Alemania no puede volver a ser una poten­cia económica si no se deja que sea siempre una potencia militar. El régimen capitalista no puede poner en movimiento la maquinaria de su industria sin el respaldo de un gran ejército. Únicamente el régimen capitalista puede asegu­rar a los aliados el cumpli-miento de las cláu­sulas económicas del tratado de paz. Pero todo capitalismo es imperialista. Y si se consiente que resurja el capitalismo alemán, se con-siente que resurja el imperialismo alemán a renglón segui-

 

 

 

 

 

 

 

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do. Y que fructifique, por ende, el germen de otra guerra.

 

Ante tan complicado problema los gobiernos de la Entente se manifiestan indecisos sin concierto. Al gobierno francés lo arredra la posibi­lidad de un renacimiento de la Alemania mili­tarista. Y lo arredra fundadamente. Sería Fran­cia la primera en sufrir la embestida de esta Alemania. Al gobierno inglés le preocupa, más que nada, la defensa del actual orden social y eco­nómico, cuya más conspicua sede no es en bal­de Inglaterra. Y esta preocupación que lo hará pactar, de un lado, con la república de los so­viets, podría hacerlo pactar de otro lado, con el antiguo imperio de los Guillermos.

 

Un acuerdo absoluto y perfecto es, evidentemente, casi imposible. Pero un acuerdo cualquie­ra no puede tardar mucho. Están de por medio, para los gobiernos aliados, fundamentales intereses de clase. Lloyd George cree que la sola forma de combatir la difusión del comunis­mo es mejorar las condiciones de vida del pro­letariado. El proletariado sufre vivamente las consecuencias de la guerra. Urge adormecer su dolor con un soplo de bienestar. Para conseguir este bienestar es necesario que Europa recobre su antiguo equilibrio econó-mico. Que Alemania venda muchas manufacturas. Y que Rusia provea al continente del trigo, del petróleo y del azú­car de que ahora la proveen, a altos precios, los países de América.

 

Un acuerdo entre la Entente y Alemania será, desde estos puntos de vista, un acuerdo de las clases dirigentes de Europa, inspirado más que en sentimientos particulares de nación en sentimientos de clase. Por estas y otras razones se piensa actualmente que la guerra no ha sido revolucionaria, como siempre se ha dicho, sino, por el contrario, reaccionaria. Totalmente reaccionaria. Y este tema reclama un artículo aparte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL PARTIDO POPULAR ITALIANO*

 

 

Tiene un rol decisivo en la política italiana el Partido Popular que para unos representa el sentimiento socialista-cristiano y para otros representa simple-mente el sentimiento católico. El Partido Popular es el más joven de los partidos italianos. Su fundación no data sino del año últi­mo. Y es, sin embar-go, el más vigoroso e influ­yente después del Partido Socialista. Sus ciento un votos siguen a los ciento cincuenta y seis votos socialistas en la composición de la cáma­ra de diputados.

 

Los elementos católicos intervenían desde hacía mucho tiempo en la política de Italia; pero no bajo el nombre de elementos católicos. Se les veía gene-ralmente al lado de los liberales moderados, neutralizando el anti-clericalismo de los extremistas y evitando un predominio agre­sivo de la masonería. En los últimos tiempos su ascendiente creció mucho. Pero su situación como partido autónomo y como partido de fran­ca etiqueta católica no comenzó sino con la constitución del Partido Popular.

 

El Partido Popular es obra de un cura: Don Sturzo. (En Italia se dice "Don" a los curas). Don Sturzo no es sólo un coordinador de ele­mentos católicos. Es mucho más. Es el construc­tor del Partido Popular desde sus cimientos. La fundación del Partido Popular ha sido preparado por él poco a poco. Y ha sido preparada con tal acierto que se puede decir que a él, esen­cialmente a él, debe el Partido Popular su posi­ción y su autoridad actuales. Antes de dirigirse a la burguesía católica, Don Sturzo se dirigió al pueblo. Pasó largos años organi-zando sindica‑

 

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* Fechado en Roma, 28 de marzo de 1920; publicado en El Tiempo, Lima, 15 de setiembre de 1920.

 

 

 

 

 

 

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tos y federaciones de obreros católicos sobre la base de un programa socia-lista-cristiano. Y sólo cuando dispuso de una sólida masa popu­lar, creyó oportuno proceder a la constitución del partido católico. Y no quiso denomi-narlo partido católico sino Partido Popular, partido del pueblo.

 

Es Don Sturzo un admirable tipo de organi­zador inteligente y moderno. Des-pués de haber sido creador, continúa siendo todo para el Par­tido Popular: el líder, el apóstol, el caudillo. No ha aceptado entrar a la Cámara. Pero desde su puesto de Secretario Político dirige la marcha de la agrupación en sus meno-res detalles. Es original la figura de este curita menudo, nervioso, activo y meridional, tan práctico e idealista, tan flexible y firme al mismo tiempo. Se trata, según parece, de un hombre de extraordinaria facultad de captación y de una facultad de adap­tación más extraordinaria todavía.

 

Naturalmente nadie discute que en todo ins­tante ha trabajado de acuerdo con el Vaticano. Pero tampoco discute nadie que su obra ha sido, en todo instante también, muy personal en la forma, en las modalidades, en los medios. La meta ha sido señalada tal vez por el Vaticano el camino ha sido señalado siempre por Don Sturzo.

 

Un partido católico de espíritu netamente burgués, de programa sustancial-mente conserva­dor, habría fracasado sin remedio. Y habría fracasado, sobre todo, si, rígidamente católico en su acción, se hubiera declarado paladín de las reivindicaciones vaticanas. Ha mostrado un sen­tido profundamente oportu-nista y se ha situado dentro de la realidad y dentro de la época. Y por el programa del Partido Popular ninguna anacrónica aspiración confesional, de otro lado ha inscrito en él una serie de aspiraciones económicas, congruente con las orientaciones e in­tereses del proletariado y particularmente del proletariado de los campos. Don Sturzo ha per­cibido con igual claridad la realidad política de Italia y la realidad social del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

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Es verdad que en cuanto a la primera reali­dad, el criterio de la Santa Sede, antes cerra­do e intransigente en demasía, se ha modificado mucho. La última encíclica del Papa, que, po­niendo fin a una de las tradicionales formas de protesta de la Santa Sede, autoriza la visita ofi­cial al Vaticano de los príncipes y presidentes de los estados católicos, representa el síntoma de una evolución. En esta encíclica, como en las anteriores, la Santa Sede ha hablado de su "situación anormal" y aún ha añadido su confianza de que sea prontamente "regularizada". Pero ni las palabras ni la entonación han sido las mismas de otra encíclica de hace algunos años en que se mencionaba así al rey: "Aquel que deten­ta... ". La prensa romana ha hecho mucho hincapié a este respecto.

 

Pero si es verdad que en la actitud del Vatica­no frente al Quirinal se ha ope-rado una evolu­ción, es verdad también que ésta verdad no ha llegado ni puede llegar al punto de significar una renuncia de las pretensiones del Pontificado, y en verdad consideran que su deber de tales es exhibirse estrictamente fieles al Papa y hacer del restablecimiento de su poder temporal la fi­nalidad sustan-tiva y manifiesta de su acción po­lítica. Don Sturzo ha tenido, pues, que conci­liar con esta situación la necesidad de dar al Partido Popular una orientación afirmativa y co­laboracionista y no una orientación negativa y abstencionista.

 

El partido católico, desde el punto de vista religioso, sustenta el siguiente programa míni­mo: La política del gobierno no debe ser con­fesional y masó-nica. Debe permitirse, sin tardan­za, la libertad de enseñanza.

 

Únicamente a cambio de la aceptación de este programa mínimo, puede obligarse el Parti­do Popular a apoyar el gobierno. La libertad de enseñanza quiere decir, naturalmente, la auto­rización de la enseñanza religiosa. Creen los ca­tólicos que es en la escuela donde hay que li­brar la batalla definitiva. Y que es en la escue-

 

 

 

 

 

 

 

 

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la donde hay que intentar la conquista política de Italia.

 

Las facciones monarquistas convienen plenamente con las populares respecto a la neutrali­dad religiosa del estado, pero no convienen res­pecto a la libertad de la enseñanza. No es admi­sible, a su juicio, que los populares traten de arrancar una claudicación al liberalismo, prevalidos de su transitoria posición de árbitros del parlamento. Su deber es ayudar a los partidos constitucionales a sacar a Italia de sus dificul­tades presentes y a salir victoriosos de los ata­ques socialistas. Los populares están delante de este dilema: o colaboran con los liberales o cola­boran con los socialistas. Lo primero representa la salvación del Estado actual; lo segundo, su fracaso y la institución del estado socialista.

 

Pero los populares, sin embargo, mantienen su programa mínimo. No se conforman con eso, mientras de un lado, no se ha inscrito en el programa del gobierno las reformas económicas y sociales destinadas, según su opinión, a conser­varles la adhesión de su proselitismo popular. Reclaman también la inclusión de la reforma de la enseñanza. Exigen finalmente que la neutrali­dad religiosa del liberalismo entrañe su neutra­lidad ante varias iniciativas socialistas, la del divorcio por ejemplo.

 

Las facciones extremistas del liberalismo re­chazan de plano esta limitación de su libertad. Más aún. En lo que concierne a la enseñanza están resueltos a dejar solos a los católicos y a unir sus votos a los votos socialistas. Los socia-listas, como los liberales, son adversos a la enseñanza religiosa. Patrocinan la enseñanza laica de inspiración absolutamente científica. Además, los socia-listas, por razón de estrategia política, tienen interés especial en procurar la batalla par­lamentaria sobre la enseñanza y el divorcio pa­ra determinar una crisis en las relaciones de los partidos del gobierno con sus eventuales aliados los populares.

 

La solidaridad del partido católico con los

 

 

 

 

 

 

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otros partidos constitucionales se halla, pues, constante y seriamente amena-zada. Sin embar­go, esa solidaridad es indispensable para la sub­sistencia de un gabinete. Sin los votos católicos, la suerte de un gabinete cualquiera quedaría a merced de los votos socialistas. Y como los so­cialistas no atenúan su anti-colaboracionismo, no habría forma de constituir un gabinete estable. Italia no podría ser gobernada.

 

He aquí por qué el Partido Popular tiene hoy un rol decisivo en la política de Italia. Un rol que es decisivo, al mismo tiempo, para el pro­pio Partido Popu-lar. Porque, como ya hemos visto, el Partido Popular extrae sus fuerzas del proletariado. De aquella parte del proletariado atraída por la bandera del socialismo-cristiano. Y bien. Si el Partido Popular no consigue que el gobier-no desenvuelva una política acorde con sus principios programáticos, si por el contra­rio, se solidariza con una política de represión, perderá la confianza de sus masas proletarias. Los socialistas no desperdician, por esto, la ocasión de colocar a los populares entre los intere­ses de la burguesía y los intereses del prole­tariado para empujarles a un renuncio. Saben perfectamente cuál sería el efecto de dos o tres renuncios en la muchedumbre electora.

 

Don Sturzo ha logrado formar un partido de aristócratas, burgueses, curas y obreros, reuni­dos por el lazo de un espiritualismo cristiano en­frentando al materialismo maximalista. Un par­tido que, conforme a una frase de Claudio Tre­ves, el ilustre diputado socialista, puede ser com­parado a un árbol cuya copa es la aristocracia y cuyas raíces se alimentan del humus prole­tario. Este partido vivirá, luego, mientras el humus proletario no le falta; si no se marchitará y se secará.

 

Y en estos tiempos de lucha de clases, nada más difícil de conservar man-comunados y soli­darios a los católicos de arriba con los católicos de abajo. Aunque esté de por medio un Stur­zo, ecléctico, sagaz y persuasivo.

 

 

 

 

 

 

 

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LA SOCIEDAD DE LAS NACIONES*

 

La Liga de las Naciones acaba de dirigir su primera palabra al mundo desde la cima ilus­tre del Capitolio. Su consejo supremo ha cele­brado dos solemnes sesiones públicas en el Palacio de Campidoglio. Y, por supuesto, los presti-gios del Campidoglio histórico, del Campido­glio inmortal, han inspirado copiosa y variadamente tanto la retórica de los delegados como la retórica de la prensa. El Campidoglio no ha sido sólo un plinto, una tribuna y un albergue digno de la Liga sino también una base de todas las metáforas de los discursos y de las cróni­cas del acontecimiento. Sin el Campidoglio se habría visto apurado el numen de oradores y cronistas.

 

Esta reunión ha sido, sin duda alguna, un síntoma de vida. Un síntoma de vida recibido con alegría por todos los pueblos de buena vo­luntad que anhelan y esperan que la Liga eche raíces. Pero, por desgracia, un síntoma de vida apa-rente nomás.

 

La realidad es que la Liga de las Naciones, la Liga de las Naciones del Tratado de Versailles, la Liga de las Naciones actual, está moribunda. No basta que su consejo supremo se reúna en el Capitolio, no que sus treinta y siete adherentes sean convocados a una próxima asamblea para probar su salud. Basta, en cambio, para probar su crisis una sola nota negativa de la reunión: la ausencia de los Estados Unidos. Que es, de consuno, la ausencia de Wilson.

 

Será ésta la nota más impresionante, proba­blemente, para el público de los países que, co­mo el nuestro, asisten interesados a los episo‑

 

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* Fechado en Roma, 25 de mayo de 1920; publicado en El Tiempo, Lima. 17 de octubre de 1920.

 

 

 

 

 

 

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dios de la vida de la Liga. Nadie puede pensar en esos países que sin Wilson, sin el hombre que la concibió, que la propuso y que la convirtió en el objeto de la guerra, sea posible constituir seriamente la sociedad de las Naciones. En nin­guno de los hombres que hoy representa a la Liga se encuentra el fervor, el entusiasmo y la pasión que se encontraban en cada palabra y en cada gesto de Wilson. Y esto no es, únicamen­te, porque ninguno de ellos tiene la estatura mental de Wilson. Es, más bien, porque todos ellos son asaz inteligentes para advertir que el proyecto de la Liga de las Naciones no es rea­lizable. Y los actos que en su nombre se efec­túan no son sino ceremonias, convencionales ce­remonias.

 

Pero no es la actitud de los Estados Unidos el fracaso de la Liga de las Nacio-nes. Se tra­taría, si así fuera, de una crisis susceptible de remedio. Cabría la esperanza de que las eleccio­nes políticas de los Estados Unidos se pronuncia-ran, próximamente, en un sentido favorable al programa wilsoniano y de que, por consi­guiente, los Estados Unidos acabasen por apor­tar a la Liga su fuerte y vital concurso.

 

Al convencimiento de este fracaso nos conduce la contemplación de los hechos más graves y más profundos. De hechos, que, sobre todo, no son modificables. Procuraré resumirlos brevemente.

 

Tenemos, en primer lugar, las modalidades del funcionamiento del Consejo Supremo de los aliados. Este Consejo Supremo, este "consejo de los tres", resuelve sin preocuparse de la Liga los problemas que interesan a Europa. Al lado de este Consejo, el Consejo de la Liga no desempeña sino un rol buro-crático figurativo. La Enten­te toma las decisiones fuera de la Liga y, -no es preciso agregarlo-, fuera de su programa. A la Liga no le acuerda otro derecho que el muy modesto y accesorio de conocer y sancionar esas decisiones. Y, en algunos casos, de colaborar a su aplicación. Y tal procedimiento de la Enten­te, más que una de las causas para que la Liga

 

 

 

 

 

 

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no se formalice, es la demostración de que la Liga no existe y de que no puede existir. La Entente no cree en la Liga y se conduce de acuer­do con su con-vicción.

 

¿Por qué los gobiernos de la Entente no creen en la Liga? ¿Es que no quieren su existen­cia? Sería exagerado, y más aún, sería falso responder afirmativa-mente a esta segunda pregun­ta. Los gobiernos de la Entente quieren la exis­tencia de la Liga de las Naciones; pero la quie­ren condicionalmente. La quieren inofensiva e importante respecto de sus intereses. Y, en esta forma, la existencia de la Liga sería cómoda para las grandes potencias, pero mala para el resto de la humanidad.

 

Tenemos, en segundo lugar el sentimiento del proletariado de las grandes potencias. Si la actitud de estas potencias acerca de la Liga es tibia y platónica adhesión, la actitud del prole­tariado es de desdeñosa indiferencia cuando no de resuelta hostilidad. El proletariado socialista lucha por una "internacional" de clase, por una internacional netamente proletaria. Llámese se­gunda o tercera internacional, llámese de Gine­bra o de Moscú, la internacional obrera es fun­damentalmente una sola; en la Liga de las Na­ciones, el proletariado socialista no ve más que una asociación esencialmente burguesa, incapaz de evitar las guerras e incapaz de establecer la justicia en las relaciones interna-cionales de los pueblos. Y si no la combate es porque no lo cree necesario. Es porque está persuadido de que la Liga sucumbirá sin que sea menester com­batirla.

 

La Liga no cuenta, pues, ni con las clases burguesas ni con las clases traba-jadoras de las potencias aliadas. No es ni un ideal de los pueblos ni un ideal de los gobiernos. No apasiona a na­die ni favorable ni adversamente. Ningún inte­rés sólido lo respalda ni lo apoya. Carece de ambiente. Está en el vacío. Podría decirse que perece por falta de aire y calor.

 

Dentro de estas condiciones no es posible

 

 

 

 

 

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absolutamente aguardar que la Liga fructifique. Puede dar nuevos síntomas de vida, pero no serán menos aparentes que el que motiva el pre­sente comenta-rio.

 

Y aún en el caso de que, por un milagro, concluyese la Liga por ser una asociación de todos los países del mundo, no serían mucho ma­yores sus probabilidades de vida eficaz y dura­dera. Se reproducirían dentro de ella el equili­brio europeo y el equilibrio mundial a cuya reconstitución nos aproxi-mamos poco a poco. Unas naciones tomarían el partido de la "entente" actual, que es ya una "entente" sin "entente", y cuyo estado de crisis intermitente no se prevé todavía cómo se resolverá. Otras naciones tomarían el partido del bloque que se opondrá a esta "entente" y que establecerá así un nuevo equi­librio europeo. Nuevo equilibrio, dicho sea de paso, no menos peligroso que el anterior. La Liga de las Naciones sería el escenario de una lucha de inte-reses que ahogaría toda tendencia pura y elevadamente ideológica.

 

Por otra parte, una nación, la Rusia -una nación de ciento veinte millones de habitantes- quedaría siempre fuera de la Liga. Esa nación hablaría en nombre del proletariado socialista del mundo. En nombre, en una palabra, de la inter-nacional obrera que no estaría personificada, como antes, por el "bureau" de Bruselas o de Ginebra, sino por un estado vasto y podero­so, constituido conforme a su pauta doctrinaria.

 

Cuando se tiene delante de los ojos hechos tan nítidos, tan exactos, tan elocuentes, no se puede esperar, sin engañarse vanamente, que la Liga de las Naciones se salve. Exhibiéndola so­bre la cumbre del Capitolio, en medio de una apoteosis de banderas y discursos, no se ha hecho sino insuflarle un precario soplo de vida. No debemos dudarlo. La Liga ha sido una bella ilusión. Una bella ilusión de un grande y mo­derno Don Quijote, norteame-ricano, pedagogo y protestante, que ha tentado en balde el darle una jus-tificación a la guerra y una finalidad a la victoria.

 

 

 

 

 

 

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LA CONFERENCIA DE SPA*

 

 

La Conferencia de Spa, que acaba de termi­nar, constituye la inauguración oficial de una nueva política aliada respecto de Alemania. Esta nueva política tiene su origen en el conven­cimiento de que es indispensable a la convale­cencia europea que Alemania se restablezca eco­nómicamente. Que Alemania vuelva a ser un elemento productor y activo. Alemania ha probado a la Enten-te que el Tratado de Versailles le qui­ta los medios de cumplir las obligaciones que en el mismo Tratado se le imponen. Y se ha hecho necesario -ya que no se puede aligerar el pese del Tratado de Versailles-, ayudar a Alemania a soportarlo.

 

La Conferencia sí ha sido ya una dulcificación de la política aliada: los representantes de Alemania no han ido a Spa, como en Versailles, a oír hablar a Clemenceau del duro ajuste de cuentas. Han ido invitados por los gobiernos de la Entente a discutir y negociar con ellos de igual a igual. Los aliados los han llamado para cono­cer y considerar las razones de Alemania y pa­ra buscar la forma de conciliarlas con los dere­chos de la Entente.

 

Los acuerdos de la conferencia han sido de dos clases. Acuerdos domésticos de la Entente. Acuerdos de la Entente con Alemania. Uno y otros han sido de laboriosa gestación, pero, so­bre todo, los últimos. En más de un momento se ha temido que la conferencia concluyera sin que arribara a resultado alguno.

El principal acuerdo doméstico de la Enten‑

 

 

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* Publicado en El Tiempo, Lima, 1º de noviembre de 1920.

 

 

 

 

 

 

 

 

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te ha sido el relativo a Roma. La Entente ha resuelto en Spa negociar con los Soviets no sólo la reanudación de las relaciones comerciales sino también la reanudación de las relaciones políticas. Y ha propuesto a los Soviets una conferencia en Londres para fijar, con la concurren­cia de los Estados que formaban antes parte de la Rusia, los términos de la paz entre Europa Occidental y Europa leninista. Esta decisión de la Entente era conceptuada inminente desde hace algún tiempo. Y, además, Inglaterra le ha­bía abierto el camino desde la iniciación de sus negociaciones directas con Rusia. Pero le faltaba aún la adhesión oficial de Francia, reacia a se­guir las aguas de Inglaterra e Italia acerca de Rusia.

 

Los acuerdos con Alemania se han referido, casi totalmente, a la aplicación de dos cláusulas del Tratado de Versailles, La que obliga a Alemania a reducir su ejercito a cien mil hombres, Y la que la obliga a consignar mensualmente a los aliados dos millones de toneladas de car­bón, de las cuales un millón ochocientos mil son para Francia y doscientos mil para Italia, Otro acuerdo contempla el problema de los culpables de guerra, pero en forma tan poco precisa e imperativa para Alemania que se puede clasificar como un acuerdo secundario y de pura fórmula,

 

La Entente no ha cedido absolutamente en cuanto a la cantidad de carbón que Alemania debe entregar mensualmente, conforme al Tratado. Pero, en cambio, Alemania ha conseguido que se le conceda un pago de cinco marcos oro por cada tonelada y un préstamo inter-aliado de dos libras esterlinas, aproximadamente,  por cada tonelada también. El pago de cinco marcos oro le servirá a Alemania para mejorar las condiciones de los trabajadores de las minas de carbón, y el préstamo de dos libras esterlinas, que le creará un ingreso de cuatro millones de libras al mes,  para atender a la progresiva reorganización fiscal.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Los plazos para el desarme han sido nuevamente prorrogados. Francia ha exigido que Alemania le reconozca el derecho de ocupar mili­tarmente la cuenca del Ruhr si la cláusula del desarme no es cumplida estrictamente. Pero el uso de este derecho no sería tal vez menos perjudicial para Francia que para Alemania. La ocu­pación militar del Ruhr causaría la suspensión de las labores en las minas de carbón. Los cien mil obreros que en ellas trabajan se cruzarían de brazos en señal de protesta. Y en el interés de Francia está que la pro-ducción de carbón del Ruhr no disminuya y que mucho menos se pa­ralice.

 

En una palabra, la letra del Tratado de Ver­sailles no ha sido tomada en cuenta, y de esto se muestra satisfecha Francia. Pero, evidentemente, se ha dado el primer paso en el sentido de inter­pretar su espíritu sin rigidez y sin intransi-gen­cia. Francia ha obtenido que Alemania ratifique su sometimiento al Tratado. Pero Alemania ha obtenido que los aliados le hagan varias concesio-nes importantes. No se corrige el Tratado en su texto sino al margen de él.

 

Corresponde, en buena parte, a Italia el méri­to de esta nueva política aliada. La conferen­cia de Spa, por ejemplo, fue propuesta por Nitti. Lloyd George, práctico y ecléctico como siempre, acogió con entusiasmo la idea del sa­gaz e inteligente hombre de estado italiano. Millerand, más bien, le opuso algunas reservas y objeciones.

 

Y, aunque Nitti no es ya presidente del Con­sejo, la política internacional de Italia ha con­servado sus orientaciones sustantivas. En la con­ferencia de Spa el papel de Italia ha sido el mismo que en la conferencia de San Remo y que en otras conferencias interaliadas. Italia, repre­sentada por el Conde Sforza, Ministro de Rela­ciones Exteriores, ha hecho lo posible porque la Entente se inspire en su amplio concepto de so­lidaridad europea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Esta política italiana, desasosiega mucho a Francia. Una gran parte de la prensa francesa sospecha que Italia quiere valorizar su posición internacional reconquistándose la amistad de los vencidos y preparando un equilibrio europeo semejante al destruido por la guerra. Pero, por prejuzgar sobre las intenciones de Italia, esta parte de la prensa francesa, no se fija en que la situación es, efectivamente, la que Italia pre­senta. La reconstitución alemana es una cosa precisa a la reconstitución de las demás poten­cias europeas. Tal es la teoría italiana. El go­bierno italiano ve que los gobiernos de la Entente, por interés del régimen político y econó­mico que personifican, deben sentirse solidarios con el estado alemán. Y el estado alemán para subsistir necesita que su desarme se detenga en los prudentes límites marcados por su instinto de conservación. Y, necesita, asimismo, que sean aliviadas las cargas económi-cas de la presente generación por lo menos. Porque, si no, las cla­ses que lo sostienen, las clases conservadoras, carecerían de todo estímulo para con-tinuar lu­chando contra el asalto de las clases revolucio­narias.

 

El gobierno inglés piensa como el gobierno italiano. Pero ha menester que el gobierno fran­cés apoye las vastas empresas de la política in­ternacional británica. Y, naturalmente, tiene muy pocas ganas de resentir a Francia, diciéndole que el Tratado de Versailles no puede ni debe ser tan intransigible como ella pretende. Ape­nas si, de vez en cuanto, se lo deja comprender.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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BENEDETTO CROCE Y EL DANTE*

 

 

Al margen del centenario del Dante, se ha producido un incidente en torno del cual se hace mucha política literaria y mucha literatura política. Benedetto Croce, el Ministro de Ins­trucción, se ha negado a dar los dos millones de liras solicitados para la celebración de ese centenario. Y tal negativa ha causado la renun­cia del comité organizador de las fiestas de Florencia.

 

La mayoría de la prensa vitupera bulliciosamente, con periodística teatralidad, la conducta gubernamental. La declara irreverente y desco­medida con el autor de la Divina Comedia. Pre­senta a Benedetto Croce como taimado enemi­go de la gloria del Dante, es decir, de una de las más altísimas glorias nacionales. Quiere que el país entero ponga el grito en el cielo.

 

Naturalmente, en esta campaña entra mucho la política periodística. Benedetto Croce, cuya fama de filósofo y literato es enorme, mundial y legítima, es uno de los hombres que han inocu­lado vitalidad y que han aportado prestigio al gabinete Giolitti. Debilitar a Benedetto Croce, como ministro es, pues, una manera de debili­tar al gabinete. Las necesidades exigen que se diga de Bene-detto Croce que es un Ministro de Instrucción fracasado, que debe volver sin tardanza a su cátedra y a sus libros y que no es más que un didáctico, un dialéctico, un erudi­to. Y exigen, también, a juicio de algunos, que se apro-veche la ocasión para arremeter, además, contra su personalidad literaria.

Benedetto Croce, reporteado por un diario,

 

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* Fechado en Génova, 14 de agosto de 1920; publicado en El Tiempo, Lima, 9 de diciembre de 1920.

 

 

 

 

 

 

 

 

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ha defendido su procedimiento con gran fran­queza y sinceridad. Ha de-mostrado, en primer lugar, que sea cierto que él niega arbitrariamen­te dos millones para festejar el centenario del Dante. Esos dos millones no han sido votados hasta ahora por el Parlamento. Claro está que esto podría ser reme-diado fácilmente. Bastaría que el gobierno presentase al parlamento el pro­yecto de ley respectivo. Pero es el caso que Benedetto Croce no encuentra conveniente que el gobierno presente el proyecto. Y no lo encuen­tra conve-niente porque no le parece que Italia, en esta hora de estrechez, deba gastar dos millones en conmemorar farandulescamente al Dante. En su concepto, hay que rendir al Dante un homenaje, sobre todo, espiritual. No un home­naje de discurso, de fanfarrias y de películas ci­nematográficas. El mejor homenaje sería, sin duda, aprender a ser austero como el Dante. Mos­trar que se le admira inspirándose en su ejem­plo.

 

Ha dicho Benedetto Croce que uno de los números del programa del cente-nario era el de emplear el cinematógrafo como un medio de di­vulgación popular del Dante. Y ha preguntado cómo es posible asociar, hermanar y juntar al Dante y al cinematógrafo. Ha dicho, luego, que otro de los números del programa era invitar a los más célebres hombres de letras contemporá-neos, a Rudyard Kipling, a Anatole France, a Henri Barbusse, a venir a Italia a participar en la conmemoración del Dante. Y ha expresado su duda de que esos hombres de letras conoz­can siquiera, efectivamente, la Divina Comedia. No es serio que el Estado patrocine mascaradas, ha agregado Benedetto Croce. Y mucho menos en la celebración del centenario del Dante. Que la patrocinen, las paguen y las organicen, en buena hora, los particulares. El Estado debe honrar a Dante de otra suerte.

 

La defensa de Benedetto Croce no ha calmado ni ha convencido por supuesto a la prensa oposicionista. Por el contrario, la ha solivianta-

 

 

 

 

 

 

 

 

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do más. Sostiene esta prensa que Benedetto Cro­ce no sólo no ha disminuido ni atenuado su desacierto contra el Dante, sino que lo ha agra­vado osada-mente. Y usa la más dramática de sus entonaciones para convencer a la opinión pública.

 

Pero la opinión pública no se conmueve abso­lutamente. Y es que no es tiempo de conmoverla en el nombre del Dante, ni de la Divina Come­dia. Son mucho menos inmateriales las cosas que actualmente pueden apasionarla. Está demasiado preocupada por la carestía de la vida, para que la preocupe también el centenario de un poeta, aunque este poeta sea un gran poeta y aunque este gran poeta sea el Dante.

 

Y a las muchedumbres no les importa que se conmemore o no se conmemore al Dante. Les importa, tal vez, en el caso de que la conme­moración del Dante debiese constituir una grande y bonita fiesta, capaz de divertirlas de veras. Lo que prueba que Benedetto Croce tiene razón en oponerse a que se celebre al Dante en la forma que querían los comités y los perió­dicos.

 

Escritores de mentalidad burguesa podrían encontrar en tan tristes constata-ciones copioso motivo para dolerse plañideramente de que las muchedumbres carezcan cada día más de idealismo y de espiritualismo. De que sean tan materialistas en sus preocupaciones. De que no amen al Dante ni piensen en Beatriz. Habría que re­cordarles entonces que cuando se tiene hambre no es posible ocuparse de la Divina Comedia. Y habría que recordarles, en parti-cular, que las muchedumbres no han leído la Divina Comedia, entre otras cosas porque han debido trabajar mucho, muy crudamente, muy pesadamente, pa­ra que una pequeña parte de la humanidad pudiese darse el lujo de leerla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ASPECTOS DEL PROBLEMA ADRIÁTICO*

 

 

La faz diplomática del problema de Fiume se ha modificado. Fiume acaba de declararse estado libre e independiente. Por consiguiente, ha sido eliminado uno de los puntos de discor­dia: la anexión de Fiume a Italia. Italia no ne­cesita ya reclamar la incorporación de Fiume a su territorio. No le resta sino defen-der su de­recho a la autodecisión.

 

La decisión de Fiume ha venido sin la inter­vención ni la sanción del gobierno italiano. El gobierno de Italia no ha querido decir al Gobier­no de Fiume si la aprobaba ni si la desaproba­ba. Lo ha dejado hacer libremente. Una comi­sión del Consejo Gubernamental de Fiume, veni­da a Roma para oír la opinión de Giolitti, ha debido marcharse sin ser recibida por éste. Sólo ha podido comu-nicarse con el Ministro de Relaciones Exteriores, quien le ha expresado que el gobierno no podía comprometer la libertad de su acción diplomática aconse-jando o desaconse­jando la constitución de Fiume en estado autó­nomo.

 

Pero esto no tiene sino un valor de necesi­dad oficial y formulista y de apa-riencia externa. La realidad es que, como no puede dejar de ser, el gobierno italiano respalda la actitud de Fiu­me. Y que la considera conveniente para la so­lución del problema Adriático.

 

Así es, en efecto. Dada la intransigencia yu­goeslava, a cuyo mantenimiento no son extra‑

 

 

 

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* Fechado en Génova, 23 de agosto; publicado en El Tiem­po, Lima 11 de diciembre de 1920

 

 

 

 

 

 

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ñas influencias y sugestiones extranjeras, el go­bierno de Italia se ve sin otra vía de solución que la aplicación del tratado de Londres. Que es lo que le piden los grupos nacionalistas. Mas la aplicación del tratado de Londres tiene sus desventajas. En este tratado se asigna a Italia la Istria, la Dalmacia y diversas islas de im­portancia estratégica; pero no se le asigna Fiu­me. Los grupos nacionalistas creen que Italia puede aplicar el tratado de Londres, sin perjui­cio de anexarse Fiume. Y en esto se engañan. Una solución de esa naturaleza no sólo no sería reconocida por los Estados Unidos, que no aceptan siquiera la aplicación del tratado de Lon­dres del cual no son signatarios. Tampoco sería reconocida por Inglaterra y Francia que se resisten a ir más allá del cumplimiento de la palabra empeñada.

 

Para conseguir la anexión de Fiume, el ga­binete anterior convenía, por esto, en que Ita­lia renunciase a una parte de los derechos que le acuerda el pacto de Londres. El ideal de Nitti era el acuerdo directo con los yugoeslavos. Esta política le valía el mote de Renunciatario en los apasionados comentarios de la prensa oposicio­nista. No, por supuesto, de la prensa oposicio­nista de la izquierda sino de la prensa oposicio­nista de la derecha. La extrema izquierda mi­raba más bien con simpatía dicha tendencia po­lítica de Nitti.

 

El gabinete actual sigue una política exter­na análoga a la del gabinete Nitti. Aunque en su composición han intervenido muchos de los ele­mentos guerrófilos que pocos años hace anate­matizaron a Giolitti, las orientaciones interna­cionales del nuevo gobierno no pueden tender a una política de nacionalismo y expansionismo, sino, por el contrario, a una política de pacifis­mo y desarme.

 

Ante esta situación, D'Annunzio se ha visto obligado a buscar una salida inmediata que salve su amor propio de poeta y de condotiero y que salve, al mismo tiempo, las finalidades de

 

 

 

 

 

 

 

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su aventura. Y la proclamación de Fiume como estado independiente ha sido esta salida.

 

Mediante ella, la vida de Fiume, que había comenzado a ser insostenible, podrá regularizarse poco a poco. Fiume podrá recuperar su acti­vidad, su trabajo, su industria. Podrá aprovisio­narse normalmente. No será más nece-sario que los legionarios se apoderen, filibusteramente, en alta mar, de los cargamentos de comestibles indispensables para alimentar a la ciudad algunos días.

 

D'Annunzio considera cumplido el objeto de su empresa; cumplido a medias, por lo menos. No obtiene la anexión de Fiume a Italia porque al gobierno italiano le falta, según él, la ener­gía de efectuarla. Pero asegura la italianidad de la bella ciudad adriática. Conforme a sus decla­raciones, la independencia de Fiume es un medio para conseguir, tan luego como sea posible, su incor-poración definitiva en el territorio na­cional.

 

A juicio de algunos conocedores de la vida de Fiume, las cosas no son como el poeta las ve. Para la italianidad de Fiume no es lo mis­mo la independencia que la anexión. La anexión habría garantizado el predominio absoluto del sentimiento italiano. La independencia no lo ga­rantizará. Aunque se hallan en minoría los ele­mentos eslavos, podrán, dentro del estado autó­nomo, ejercitar mucha influencia por alejar a Fiume de la madre patria, por obstaculizar su agregación a ella. La minoría conquistará en la administración política y municipal de la ciudad algunos puestos, desde los cuales no podrá diri­gir sus destinos, pero desde los cuales será un elemento de resistencia a la italianidad fiumana.

 

El poeta de "La Gioconda" no se inquieta de estas perspectivas. Contempla- su obra con un gran optimismo y con una gran fe. Habla el mismo lenguaje épico de sus pasadas arengas. Lo cual quiere decir que está en caja. Porque al menos a los poetas les toca ser en todos los

 

 

 

 

 

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tiempos -aun en éstos que corren-, un poco quijotescos y un poco líricos.

 

Una de las satisfacciones que muestra D'Annunzio es la de que su política defienda la italianidad de la Dalmacia. Por alcanzar la anexión de Fiume no tendrá ya que renunciar sus derechos a ese territorio. Podrá proceder a la aplicación integral del tratado de Londres, sin embarazo, sin dificultad, sin tropiezo alguno.

 

Y es ésta la impresión que parece dominar, en general, en Italia, acerca de la nueva situa­ción diplomática del problema Adriático. Que sacrificando su aspiración sobre Fiume, Italia no tiene por qué sacrificar ninguno de sus títulos sobre el territorio dálmata que el tratado de Londres le señala.

 

Pero, poco a poco, este optimismo se desvanecerá un tanto. Se sabe que los aliados no creen compatible sin la autodecisión de Fiume la eje­cución del tratado de Londres. Creen que si se reconoce a los habitantes de Fiume el derecho de la autodecisión debe ser reconocido también a los habitantes de Dalmacia. Consideran que el problema debe ser resuelto con una sola pauta. Y que esta pauta debe ser, o bien la ejecución del tratado de Londres, o bien la autodecisión usada por Fiume.

 

Y aun a la ejecución del Tratado de Londres animan a Italia los aliados. Su concepto es que ese tratado representa un derecho para Italia; pero que no conviene que Italia haga uso de él sin agotar los medios para llegar a un enten­dimiento cordial con los yugoeslavos.

 

Estos son los términos presentes del problema.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL ESTATUTO DEL ESTADO LIBRE DE FIUME*

 

 

Del D'Annunzio poeta al D'Annunzio soldado y D'Annunzio caudillo, hemos pasado al D'Annun­zio legislador. Lo que naturalmente no signifi­ca que D'Annunzio haya dejado de hacer lite­ratura, sino todo lo contrario. D'Annun-zio hace más literatura que nunca. Pero, en vez de hacer literatura lírica, literatura épica o literatura pa­triótica, hace literatura política. Y literatura constitucional.

 

Acaba de publicarse la Constitución del Es­tado libre de Fiume que D'Annun-zio ha escrito. Benito Mussolini la llama en el Popolo d'Italia una obra maestra de sabiduría política, animada de un potente soplo de arte. Los demás periodistas no la comentan casi. Se limitan a su­brayar sus mayores arranques líricos. Probablemente con la intención de desacreditarla.

 

Por supuesto, no puede ser de escaso interés un documento de esta clase. Se trata del tipo de organización política y social que para nues­tros tiempos concibe un gran poeta contempo­ráneo. Y no hay razón para no tomarlo en serio. Son tan malas las legislaciones que nos han dado los políticos que es posible esperar que los poetas estén destinados a darnos legislacio­nes mejores. Las leyes de un poeta estarán, por lo menos, artísticamente escritas. Y, por consiguiente, si con ella no ganamos mucho desde el punto de vista práctico, ganaremos bastante desde el punto de vista rítmico.

 

¿Cuál es el modelo en que se ha inspirado D'Annunzio? ¿Es acaso La República, de Platón?

 

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* Fechado en Génova, 1920; publicado en El Tiempo, Lima, 6 de febrero de 1921.

 

 

 

 

 

 

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¿O es, más bien, la ciudad de San Miguel de John Ruskin? Parece que D'Annunzio no ha podi­do dar rienda suelta a su ideal. Ha tenido que conciliarlo con algunas exigencias de la actuali­dad fiumana. Una institución esencialmente revo­lucionaria habría chocado con las resistencias de los elementos conservadores de la ciudad. Pre­cisamente con los elementos en los cuales se apoya el gobierno de D'Annunzio. D'Annunzio, pues, se ha visto obligado a redactar una cons­titución contra la cual no se rebele ningún fiu-mano. El Estatuto no es, por ende, un estatuto transformador de la sociedad, como habría sido de su gusto. (Se sabe de él que no hace mucho quiso entrar en relación con Lenin y que prometió a los sindicatos obreros de Fiume, a trueque de su adhesión absoluta, un estatuto so­cialista. Los sindicatos obreros no pudieron contraer ningún compromiso con el poeta por depender políti-camente de la Confederación Gene­ral del Trabajo y del Partido Socialista Italiano).

 

Por esto, la constitución d'annunziana es totalmente ecléctica. Es una mezcla de arcaísmo y modernismo, de jacobinismo y colectivismo, de conservado-rismo y revolucionarismo. Se aduna en ella el espíritu práctico del gobernador de la Insula Barataria con el espíritu de las leyes mosaicas, con el espíritu de las leyes griegas, con el espíritu de las leyes romanas y hasta con un poco del espíritu bolchevique. Es una constitución basada en la Biblia, en la ciudad ruskiniana, en la república de Platón, en el de­recho romano, en la revolución francesa y en los soviets rusos. Algo que podría definirse co­mo una consti-tución-cocktail si no fuera más respetuoso y justo definirla como una cons-titución-poema.

 

D'Annunzio da al estado libre de Fiume el nombre de Regencia Italiana del Carnaro. Cons­tituyen esta Regencia del Carnaro, la tierra de Fiume y las islas de antigua tradición véneta que por voto declaren su adhesión a ella. "Fiume -dice el prefacio de la constitución- é l'estrema custode italica delle Guilie, é l'estre‑

 

 

 

 

 

 

 

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ma rocca de la coltura latina, é l'ultima portatrice de segno dantesco, di vicenda in vicenda, di passione in passione, si serbó italano il Cár­naro d'Dante".

 

Garantiza la Constitución a los ciudadanos de ambos sexos: la instrucción primaria en escue­las salubres; la educación corporal en palestras abiertas; el trabajo remunerado con un mínimo de salario suficiente para bien vivir; la asisten­cia en la enfermedad, en la invalidez, en la deso­cupación. En el derecho a la pensión de reposo para la vejez; el uso de los bienes legítima-men­te adquiridos; la inviolabilidad del domicilio; el habeas corpus; el resarcimiento de los daños en caso de error judicial o de abuso del poder.

 

Declara la constitución que el Estado no reconoce la propiedad como el dominio absoluto de la persona sobre la cosa, sino que lo consi­dera como la más útil de las funciones sociales. No admite que un propietario deje inerte su propiedad o disponga de ella malamente. El úni­co título de dominio sobre cualquier medio de producción y de cambio -agrega- es el trabajo. Sólo el trabajo es patrón de los bienes hechos, máximamente fructuosos y máxima-mente prove­chosos a la economía general. Todos los capítu­los del estatuto enaltecen y elevan el trabajo. Una de las tres creencias religiosas proclamadas por el Estado, dice: "El trabajo, aun el más humilde, aun el más oscuro, si es bien ejecutado, tiende a la belleza y al beneficio del pueblo".

 

Los ciudadanos son divididos en diez corpo­raciones que desarrollan libre-mente sus energías y que libremente determinan sus obligaciones mutuas y sus mutuas providencias. A la prime­ra corporación pertenecen todos los obreros de la industria, de la agricultura, del comercio y de los transportes, y los pequeños propietarios de tierras que labren personalmente su parce­la. A la segunda corporación, los empleados téc­nicos y administrativos de toda empresa indus­trial y rural. A la tercera corporación los em-

 

 

 

 

 

 

 

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pleados de las empresas comerciales. A la cuar­ta corporación, los datores del trabajo, cuando no sean solamente propietarios o copropietarios sino "con-ductores sagaces y acrecentadores asi­duos de sus empresas". A la quinta corporación, los empleados del Estado y de los Muni­cipios. A la sexta cor-poración, "la flor intelec­tual del pueblo", la juventud estudiosa y sus maestros, los escultores, los pintores, los arqui­tectos, los músicos. A la séptima cor-poración, los que ejercitan profesiones liberales. A la octa­va corporación los representantes de las coope­rativas de producción y de consumo. A la nove­na corporación la gente de mar. Y la décima cor­poración, dice el estatuto que no tiene arte ni vocablo. Que su plenitud es esperada como aqué­lla de la décima musa. Que está reservada a las fuerzas misteriosas del pueblo en ascensión. Que es casi una figura votiva consagrada al genio ignoto. Que es represen-tada, en el santuario cívi­co, por una lámpara encendida que porta inscri­ta una antigua frase toscana de la época de los comunes, estupenda alusión a una forma espi­ritualizada del trabajo humano: "Datica senza datica". Cada corpo-ración elige sus cónsules, regula su economía, provee a sus necesidades, im­poniendo a sus asociados un impuesto en rela­ción con su estipendio y lucro profesional, procu­ra el perfecciona-miento de la técnica de las artes y oficios, inventa sus insignias, su músi­ca, sus cantos y sus oraciones, instituye sus ceremonias y sus ritos, venera sus muertos, hon­ra sus decanos y celebra sus héroes.

 

Ejercitan el poder legislativo, el Consejo de los Óptimos y el Consejo de los Provisores. El Consejo de los Óptimos es elegido por sufragio universal de tres en tres años. El Consejo de los Provisores es renovado de dos en dos años. Lo forman sesenta ciudadanos, de los cuales diez son designados por los obreros y campesi­nos, diez por la gente de mar, diez por los datores del trabajo, cinco por los técnicos agrarios e industriales, cinco por los empleados adminis­trativos de las empresas privadas, cinco por los

 

 

 

 

 

 

 

 

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profesores y universitarios, cinco por los profe­sionales libres, cinco por los empleados públi­cos y cinco por las cooperativas. El Consejo de los Óptimos y el Consejo de los Provisores se reúnen una vez al año, en asamblea nacional, bajo el titulo de Arengo del Carnaro.

 

El gobierno es colegiado. Lo ejercitan siete rectores, cuyo mandato dura un año. Tres de ellos, el de Relaciones Exteriores, el de Finanzas, el de Ins-trucción, son nombrados por el Arengo. Dos, el de Interior y Justicia y el de Defensa Nacional, son nombrados por el Conse­jo de los Óptimos. Y los otros dos, el de Econo­mía Pública y el de Trabajo, son nombrados por el Consejo de Provisores. El rector de Relaciones Exteriores asume el título de primer rector. En el caso de que la regencia sea decla­rada en peligro, el Arengo puede encargar del poder al Comandante, determinando el período de dura-ción de la dictadura. Durante este pe­ríodo el Comandante tiene todos los poderes políticos y militares, legislativos y ejecutivos.

 

Estos son los lineamientos principales de la constitución fiumana. En casi todos se siente el alma de un poeta metido a libertador y go­bernador de una ínsula. Y, aunque no sea sino por esto, la constitución d'annunziana vale más que las constituciones emanadas de dantonianas asambleas. Tiene siquiera el mérito de ser una bella obra poética.

 

Pero hay que declarar honradamente una co­sa: que, como obra poética de D'Annunzio, vale menos que "La Gioconda".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL GABINETE GIOLITTI Y LA CAMARA

 

EL ARREGLO ITALO-YUGOESLAVO*

 

 

No hace sino seis meses que Giolitti está en el gobierno. Y, sin embargo, ya comienza a ha­blarse insistentemente de la posibilidad de que caiga de un momento a otro. Todavía no existe verdadera inminencia de una crisis mi-nisterial. Pero empiezan a sonar voces agoreras que, por lo menos, son un síntoma de que la vitalidad del gabinete Giolitti se halla bastante minada.

 

Dentro de otra situación, esto no tendría na­da de particular. En estos países de régimen parlamentario la vida de los gabinetes suele ser muy corta. Pero, dentro de la actual situación italiana, el anuncio que el ministerio trepida, es un anuncio preocupante. No se puede olvidar que Giolitti ha sido llamado al gobierno por considerárselo el único hombre capaz de solu­cionar los pro-blemas presentes de Italia. Que se ha esperado de él una obra casi mesiánica. Que los socialistas le han declarado la última carta de la burguesía.

 

Y que, por consiguiente, es la vida de un gabinete taumatúrgico la que está en peligro esta vez.

 

Lo que acontece, no obstante, es algo que te­nía que acontecer. Giolitti no ha debido su vuel­ta al poder a sus propias fuerzas políticas. La ha debido a grupos que hasta ayer le eran hos­tiles. A los grupos responsables de la guerra. A los grupos que gobernaron durante la gue­rra. De estos grupos ha sacado los hombres que

 

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* Fechado en Roma, enero de 1921; publicado en El Tiempo, Lima, 9 de marzo de 1921.

 

 

 

 

 

 

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colaboran con él en el ministerio. La permanen­cia en el poder de Giolitti depende, pues, de los volubles intereses de grupos que no están vincu­lados a él, sino por una solidaridad precaria y circunstancial.

 

Giolitti hace una política que, necesariamen­te, no puede contentar a toda la burguesía. Y que, por supuesto, tampoco puede contentar a los socialistas. La situación dada, por ejemplo, al conflicto metalúrgico, le ha enajenado muchas simpatías en el campo capitalista; pero no ha podido captárselas en el campo proletario. El proletariado sabe perfectamente que ésa ha sido una victoria debida a su propia fuerza y no al espíritu de justicia del gabinete. El cual, al día siguiente de conceder a los obreros el control sindical, les ha quitado a uno de sus je­fes, al anarquista Malatesta, para entregarlo a la justicia de un juez enredista como todos los jueces.

 

La política de Giolitti no puede ser sustan­cialmente distinta a la política de Nitti. No pue­de serlo, porque la política de Nitti era la más inteligente que podía desarrollar un estadista de monarquía. Cosa que Giolitti, que además de ser un político de talento es un político de grande experiencia, comprende muy bien.

 

Como Nitti, Giolitti está en la imposibilidad de desenvolver una política reaccionaria. En pri­mer lugar, porque Giolitti es un estadista de convicciones liberales. Y en segundo lugar porque la situación política de Italia no se lo permite. Su gobierno tiene, luego, que dejar descontenta a una buena parte de las clases con­servadoras. A aquella parte de las clases conser­vadoras que, verbigracia, considera terriblemen­te injusto que el Estado grave demasiado la fortuna de las gentes ricas. Y que reclama una po­lítica de pretor contra los socialistas.

 

Las concesiones al socialismo son inevitables dentro de un gobierno de Giolitti como dentro de un gobierno de Nitti. Y, naturalmente, esas

 

 

 

 

 

 

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concesiones que bastan para escandalizar a los elementos reaccionarios, no consiguen atenuar la oposición de los socialistas, ni mucho menos captar para el gobierno su simpatía y su cola­boración.

 

Lo mismo que ocurre en el orden político y económico, ocurre en el orden internacional. Gio­litti no puede contentar a los elementos nacio­nalistas. Piensa, sensatamente, que Italia debe ser en Europa un elemento de paci-ficación y de cordialidad. E inspira su política internacional en este concepto. Y más que en este concepto, en la necesidad de Italia de reducir su presu­puesto de guerra. Los elementos nacionalistas agrupados en la derecha liberal de un lado, y en el grupo "rinnovamento" de otro lado, tie­nen que opinar, en consecuencia, que Giolitti es un gobernante empeñado, como Nitti, en desva­lorizar la victoria.

 

El gabinete Giolitti, en resumen, no se ha debilitado más ni menos de lo que era lógico prever que se debilitase. Es un gabinete que du­rante seis meses ha defendido del mejor modo posible la subsistencia del actual régimen. Pero que no ha podido hacer ningún milagro. Nin­guno de los milagros que de él parecía espe­rarse.

 

Por el momento no atraviesa, en verdad, nin­gún grave peligro. Pero, como le pasa que ha dejado definitivamente de ser un gabinete de atributos providen-ciales, es un gabinete a caer en cualquier momento. Tal como si fuese el más vulgar y humano de los gabinetes.

 

Si no existen probabilidades serias de crisis es, únicamente, porque los grupos parlamenta­rios de la mayoría no tienen aún interés ni urgen­cia de prevalecer. Ninguno de estos grupos cuen­ta con hombre que pueda servir de base a un gabinete que fuera más fuerte que el gabinete Giolitti. El Partido Popular, que es el partido constitucional que dispone de mayor número de votos en la cámara, sabe que no podría conse‑

 

 

 

 

 

 

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guir la constitución de un gabinete sometido a sus orientaciones políticas. Por consiguiente, aunque la gestión de Giolitti no le satisfaga y aunque Giolitti no tome más en cuenta que Nitti a los sindicatos obreros de Don Sturzo, no es fácil que retire su apoyo al gabinete. El estadista con más expectativas de ir al gobierno, entre los actuales líderes parlamentarios, continúa siendo Nitti. Y Nitti no tiene ninguna prisa de asumir de nuevo el poder. Más todavía. A Nitti no le conviene, por ningún motivo, reemplazar a Giolitti antes de que éste haya resuelto el problema del precio del pan y haya ultimado la sistematiza-ción de los asuntos adriáticos. Italia tiene hoy un problema menos: el pro-blema adriá­tico. Un problema que la embaraza seriamente para la solución de sus otros problemas. Porque mientras Italia no llegase aun acuerdo con Yugoeslavia, necesitaba continuar casi en pie de guerra. Y, por consiguiente, no podía reducir uno de los más onerosos renglones de su presupuesto, precisamente el que merecía mayores críticas de la izquierda socialista. Además, aumentaba los motivos de desconfianza y de temor que le impedían conseguir en los mercados extranjeros el crédito de que ha menester pa­ra aliviar su situación económica.

 

Tanto el gobierno de Nitti como el gobier­no de Giolitti han comprendido muy bien, en todo instante, que era urgente para Italia entenderse con Yugoeslavia. Pero han encontrado en los sectores de la derecha una resistencia sistemática a tal arreglo. Una parte de la opinión conservadora ha sostenido siempre que Italia no debía tratar amistosamente a la Yugoesla­via. Ha pretendido que Italia hablase a Yugoes­lavia en la misma forma dura y arrogante que Francia habla a Alemania. Y que no debía buscar una conciliación de sus intereses con los intereses yugoeslavos sino un sometimiento de los intereses yugoeslavos a los intereses italianos.

 

Las gentes que preconizaban esta política, decían que el gobierno no tenía por qué darse prisa en solucionar el problema adriático. Italia,

 

 

 

 

 

 

 

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en su concepto, debía dejar las cosas en el es­tado en que estaban. Debía esperar que dos su­cesos viniesen en su ayuda y le permitiesen im­poner su voluntad: la eliminación definitiva de Wilson, protector de los yugoeslavos, de la política universal, y un posible agravamiento de la crisis interna yugoeslava.

 

Pero el gobierno se negaba rotundamente a tomar en cuenta estos consejos. Sostenía que Italia estaba en el deber de comportarse honrada y lealmente. No era digno rehuir la solución del conflicto en espera de que Wilson cesase de influir en la política europea. Era indispen­sable, en cambio, que Italia diese una prueba de su deseo a contribuir, a costa de cualquier sacrificio, a la pacificación de Europa.

 

Los nacionalistas, fascistas y gentes afines, hallaban cándido y estúpido este honesto lenguaje del gobierno. No se daban cuenta siquiera de que Italia disminuyese sus gastos militares pa­ra aminorar su déficit fiscal. Les parecía que lo único importante era que Italia obtuviese el máximum de anexiones territoriales para que no sintiese empequeñecida ni mal cotizada su victoria militar.

 

Pero, afortunadamente, la opinión belicosa de estos grupos no era la opinión de la mayoría del país. La mayoría anhelaba una solución del problema. Era opuesta a que la política internacional de Italia tuviese el menor asomo de imperialismo. En la Cámara, los nacionalistas estaban en insignificante mayoría. Los liberales de la izquierda, los populares, los socialistas refor-mistas y los socialistas oficiales eran concor­de y totalmente adversos a su chauvinismo. La política conciliadora del gobierno contaba, pues, con el apoyo de casi toda la cámara.

 

Ha sido así como Giolitti ha podido, finalmente, lograr un convenio con Yugoeslavia. Un convenio que exhibe a Italia como la nación más sincera-mente pacifista y democrática de Europa. Como la que más prontamente ha sabido li­berarse de la intoxicación espiritual de la guerra.

 

 

 

 

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Yugoeslavia es una nación surgida de las rui­nas del imperio austro-húngaro. Italia ha podi­do ver en ella al país vencido. Sin embargo, no ha querido tratarla con tono de vencedor. Ha discutido con ella cordialmente. La ha demos­trado su intención honrada de mantener con ella buenas relaciones. Ha atendido sus razones.

 

Esta política italiana es consecuente con las declaraciones formuladas en reiteradas ocasio­nes por Nitti y por Giolitti acerca de la necesi­dad de que los aliados ayuden a Alemania a restablecerse y a recuperar su rol en la activi­dad europea. Italia ha manifestado con los he­chos que, por su parte, está resuelta a sacrifi­car toda aspiración expansionista y dominadora. Nitti, en un reciente artículo para la United Press de Nueva York, ha dicho, respondiendo a un artículo de Poincaré, que su concepto sobre el Tratado de Versailles es también su concepto so­bre el Tratado de Saint Germain. Y que, por ende, Poincaré se engaña cuando lo cree capaz de mostrar en defensa del Tratado de Saint Ger­main, el celo que no muestra en defensa del Tratado de Versailles. La palabra de Nitti no es ya la del jefe de gobierno italiano. Pero tra­duce un pensamiento seguramente conforme con el que dirige actualmente la política de Giolitti.

 

En esta liberalidad, discreción y amplitud de la política internacional de Italia, hay que ver, sobre todo, la influencia de su organización de­mocrática. Italia es hoy un país verdaderamen­te pacifista, porque es un país donde los gobernan-tes no pueden dirigir la vida de la paz con prescindencia del sentimiento popu-lar. El con­trol del proletariado sirve para que las exagera­ciones nacionalistas y fascistas no tengan eco en la acción de la cancillería.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL PRECIO POLITICO DEL PAN*

 

 

El mantenimiento del precio político del pan empieza a afligir demasiado la hacienda públi­ca italiana. El pan se vende a una lira el kilo. Y el valor real de un kilo de pan es, más o menos, de tres liras y media. El Estado pierde las dos liras y media de diferencia entre el va­lor real del pan y su precio político Esta pérdida representa más de seis mil millones al año que, si la lira baja más aún, se convertirán con el tiempo en siete u ocho mil millones.

 

El gobierno considera, naturalmente, indis­pensable reducir al mínimum posible este gasto fiscal. El déficit ordinario asciende a tres mil quinientos millones de liras. Si a este défi­cit ordinario se junta un déficit extraordinario de más de seis mil millones, el Estado se ha­llará frente a un déficit total de cerca de diez mil millones al año. El alza del precio del pan es, por consi-guiente, para el gobierno el primer paso hacia la nivelación gradual del presupuesto.

 

Por supuesto, no se pretende todavía que el consumidor pague por el kilo de pan su valor efectivo. El gobierno sabe que el precio del pan tiene que con-tinuar siendo un precio político. Por el momento no se trata, pues, sino de conseguir que la cámara acuerde elevar el precio político del kilo de pan en cincuenta centavos aproximadamente. Se espera que, obtenida de la cámara esta alza, pueda obtenerse otras alzas sucesivas.

 

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* Fechado en Roma, diciembre de 1920; publicado en El Tiempo. Lima, 29 de marzo de 1921.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pero ni siquiera esta elevación puede ser fá­cilmente concedida por la mayoría de la cáma­ra, no obstante la solidaridad de esta mayoría con los conceptos económicos del gobierno. Exis­te un voto de la cámara, -voto propuesto por el grupo socialista, pero aprobado casi unáni­memente-, contrario a que el precio político del pan sea tocado. Y los socialistas reclaman que la cámara manten-ga ese voto suyo, en el cual se sostiene que para saldar el déficit del pan, el gobierno debe recurrir al aumento de las con­tribuciones que pesan sobre las clases ricas. Pa­ra sancionar el proyecto gubernamental, la ma­yoría de la Cámara tiene, pues, que vencer un intransigente obstruccionismo de las izquierdas.

 

El gobierno trata a toda costa de estimular el aumento de la producción de trigo del país para restringir en lo posible su adquisición en el exterior. En este sentido ha dictado una se­rie de providencias que se aguarda que determinen un considerable crecimiento de los culti­vos de trigo. Pero de esta política algunos eco­nomistas dicen que es muy equivocada. A juicio de ellos, lo que conviene a Italia no es dedicar sus tierras a los cultivos de cereales sino a los cultivos que rindan comercialmente más. Es pre­ferible al aumento de la producción de trigo la producción de cualquiera otra materia que ten­ga un precio mayor en los mercados. Lo im­portante no es que Italia produzca trigo sino que gane dinero con qué comprarlo.

 

Pero el trigo que se produce en Italia fija anualmente el precio que, examina-dos los gastos de producción, estima justo. Este precio, co­mo se comprende, es siempre muy inferior al que Italia, a causa de la depreciación de la lira, se ve obligada a pagar por el trigo extranjero. He aquí la razón por la que el gobierno desea que Italia reduzca su importación de trigo.

 

Los campesinos, conforme a la ley, están en la obligación de vender íntegra-mente su cosecha, no reservándose de ella sino la cantidad in-

 

 

 

 

 

 

 

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dispensable para su consumo y no pudiendo és­te sobrepasar los límites señalados al consumo de las poblaciones urbanas por el racionamien­to. Es imposible evitar, sin embargo, que se guarden parte mayor de la que deben. Y que por ende, en el campo se coma mejor pan que en la ciudad.

 

El aumento del precio político que actualmente se discute concluirá, indu-dablemente, por ser aprobado por la cámara. La mayoría de la cámara es favorable a él. El Partido Popular, que ha reunido a los partidos liberales, asegu­ra al gobierno el número de votos precisos pa­ra derrotar al Partido Socialista en el Parlamento, está resuelto a votar cualquier ala, aún a trueque de desencantar a los elementos pro­letarios a quienes debe su fuerza.

 

Pero, de toda suerte, será tanto el esfuerzo con que se arranque a la Cámara este aumen­to que resultará muy difícil intentar enseguida los nuevos aumen-tos necesarios para desgravar casi completamente al Estado del peso del precio político. Y el problema del pan, que es la síntesis de los problemas financieros de Italia, quedará, en buena cuenta, sin resolver.

 

Que la búsqueda de una solución cause la caída del gabinete, no sería por otra parte raro. El precio del pan ha provocado ya una crisis ministerial. Nitti perdió el poder a consecuen­cia de su intento de iniciar el alza. Este no fue el motivo fundamental de su caída. El motivo fundamental fue el descontento que su política suscitaba en las filas de su propia mayoría encargada de sostenerlo. Mas el aumento del pre­cio del pan proporcionó a este descontento la oportunidad de una manifestación explícita e irreparable.

 

Y lo mismo puede ocurrirle a Giolitti. Los grupos de la mayoría le darán el aumento que hoy les pide. Pero el día en que les pida un se­gundo aumento, si alguno de esos grupos tie‑

 

 

 

 

 

 

 

 

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ne interés de que Giolitti deje el gobierno, no podrá dárselo. Poco importa que la mayoría parlamentaria respalde íntegramente la menta­lidad del gobierno sobre la manera cómo Italia debe resolver sus problemas económicos. Las crisis ministeriales tienen generalmente su origen en razones partidistas. Las razones programáti­cas son siempre las que menos amenazan la vida de los gabinetes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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D'ANNUNZIO, DESPUES DE LA EPOPEYA*

 

 

El que fuera un día poeta de Eleonora Duse y otro día de la República de Fiume, descansa hoy a orillas del lago de Garda de sus jorna­das de soldado, de político, de aviador y de cau­dillo. Lógicamente, habría que suponerle dedicado a la poesía, al amor y a otras cosas no menos blandas, dulces e imperecederas. Porque, a orillas de un lago, en sociedad de una pianista bella, italiana, enamorada y "niente affátto" pla­tónica, un poeta no debería dedicarse a cosas distintas.

 

(Aunque es verdad que cuando se trata de un poeta no hay, que hacer ninguna suposición lógica. Sobre todo, cuando se trata de un poeta como D'Annunzio).

 

Pero, si bien no es de excluir que la poesía y el amor lo ocupen en parte, pare-ce que D'Annunzio no está exclusivamente consagrado a la actividad poética o a la actividad erótica en la tibia ribera del lago lombardo.

 

D'Annunzio, no es, como los demás, un poeta que vive fuera del tiempo y del espacio. Es un hombre inquieto, con tanta imaginación co­mo dinamismo, que no puede amar el aislamien­to aristocrático y eremítico de la torre de mar­fil. No es un cincelador benedictino de rimas y de sueños. No se aviene con la poesía sim­plemente estática y contemplativa. Quiere un puesto emocionante en la historia contemporá­nea. No un puesto de espectación y de crítica, sino un puesto de combate.

 

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* Fechado en Roma, marzo de 1921; publicado en El Tiem­po, Lima, 5 de junio de 1921.

 

 

 

 

 

 

 

 

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No puede, por consiguiente, pensarse que la malaventura de Fiume lo haya dejado desen­gañado y abatido de manera incurable y defini­tiva. Ni puede verse en su albergue del lago de Garda el retiro cenobítico de un poeta de-cepcionado que busca la "escondida senda" por donde iban los sabios en los tiempos de fray Luis de León.

 

Sin duda alguna, el fracaso de la empresa de Fiume ha sido duro y contun-dente. D'Annun­zio esperaba provocar un gran movimiento na­cional en favor de Fiume. Creía que el pueblo italiano detendría la mano amenazadora del gobierno de Giolitti. Por esto resistió a todas las intimidaciones y despidió a todos los parlamen­tarios. Confió en que si Giolitti ordenaba con­tra Fiume la coerción militar, desobedeciesen su orden las tropas destinadas a cumplirla. Y que ésta rebelión encontrase el apoyo de la masa civil. Pero nada de esto ocurrió. Las tropas obe­decieron al gobierno. El pueblo se desinteresó de la suerte de la "ciudad mártir" y de su co­mandante. Los batallones fascistas juzgaron pru­dente y discreto no solidarizarse con su heroici­dad. La conmo-ción aguardada no se produjo. D'Annunzio hubo de vertir en una proclama palabras acérrimas contra el pueblo que así lo abandonaba y a quien disgutaba probablemen­te que las trompetas de Fiume pretendiesen tur­bar la cena de Navidad.

 

Mas D'Annunzio tiene un alma demasiado acerada y marcial para sentirse irremediablemente abatido por una derrota, así sea de las más descomunales y dolorosas.

 

Hay que descartar, pues, toda probabilidad de que ponga término, con la aventura de Fiu­me, a su actividad política. La aventura de Fiu­me era una aventura caballeresca y quijotesca. Era una empresa épica. Como tal, era también una empresa anacrónica, mal avenida con los tiempos en los cuales ha sido acometida y rea­lizada. Carecía, por estas razones, de ambiente, de atmósfera. Estaba condenada a concluir

 

 

 

 

 

 

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asfixiada, como ha concluido. D'Annunzio no puede dejar de comprenderlo. Y como es un hombre que, revestido de su retórica clásica, cual de una armadura medieval, posee una agu­da sensibilidad moderna, su empresa futura tie­ne que ser por fuerza, en esta parte, una rec­tificación de su empresa pasada.

 

¿Cuál será la futura empresa de D'Annun­zio? No es posible adivinarlo. De D'Annunzio se sabe únicamente que actuará. No cómo actua­rá. Lo mismo podemos verlo reaccionario con el duque Aosta que revolucionario con Bombacci.

 

Porque lo fundamental en las empresas de D'Annunzio no es la ideología. La ideología es casi siempre lo menos concreto, lo menos pre­ciso, lo menos vigoroso. Lo fundamental es la acción. El propio D'Annunzio no es, segura-men­te, un enamorado de su ideología. Es en cambio, seguramente, un enamorado de su acción.

 

D'Annunzio comprende que vive en una hora grande y fecunda de la historia de la humani­dad. Percibe los latidos íntimos de la agita­ción contemporánea. Y siente la necesidad de participar, en primera línea, en la lucha. No aceptará que lo elimine de la escena universal otro factor que la Muerte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL CISMA DEL SOCIALISMO*

 

 

La escisión de los socialistas tiene en Italia la misma índole que en los otros países, pero no la misma fisonomía. Las modalidades de la escisión italiana son singulares. No hay aquí un partido que siga a la Tercera Internacional y otro que siga a la Segunda. No hay tampoco un partido que se pronuncie por los organizadores de una nueva Internacional. Esto es, por los "reconstruc-tores" que acaban de celebrar su primer congreso en Viena. Aquí hay un partido que sigue a la Tercera Internacional y otros que, según sus declara-ciones, quieren también seguirla. Los partidarios de la Segunda Internacional están desde hace mucho tiempo fuera del so­cialismo oficial italiano. Se titulan socialistas reformistas, socialistas nacionales. Se llaman Ivanoe Bonomi, Arturo Labriola, ministros del Rey. Son colaboradores de Nitti o Giolitti.

 

Aparentemente, pues, la división producida en el Congreso de Livorno no es una división lógica. Es más bien, una división inexplicable. Porque resulta una división de socialistas de igual fe programática y de igual orientación táctica.

 

Pero ésta no es sino la apariencia. En verdad no existe sino un partido efec-tivamente maximalista: el partido de Bombacci, de Bórdi­ga, de Graziadei. El partido que se ha separado del socialismo oficial en el Congreso de Livorno a causa de que la mayoría del socialis­mo oficial quería suscribir el programa de Mos­cú con varias reservas escritas y demasiadas re­servas mentales.

 

El otro partido, el partido mayoritario, no sigue a la Internacional de Moscú, aunque tam‑

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* Fechado en Roma, marzo de 1921; publicado en El Tiem­po, Lima, 12 de junio de 1921.

 

 

 

 

 

 

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poco sigue a la Internacional de Berna ni a la Internacional de Viena. Es un partido que, no obstante sus protestas de fidelidad a la Internacional de Mos-cú, está fuera de todas las in­ternacionales. Su posición dentro del socialismo: la tendencia derechista, representada por Turati, la tendencia centrista, re-presentada por Serrati; la tendencia izquierdista, representada por Bombacci. Sólo que la tendencia centrista hasta la víspera del Congreso de Livorno, casi no se había dejado sentir. Había preferido confundirse con la tendencia izquierdista en la lucha con­tra la tendencia de Turati. Únicamente a la víspera del Congreso de Livorno se apartó de la tendencia comunista, agitando la bandera de la unidad del partido. Bandera puramente formal, puesto que ha conducido a sus sostenedo­res a romper con sesenta mil comunistas por no romper con veinte mil social-democráticos.

 

La fracción derechista diferenciándose de las demás fracciones derechistas europeas, no esta­ba con la Segunda Internacional. Verbalmente, lo mismo que la fracción centrista estaba con la Internacional de Moscú. Pero realmente la adhesión de ambas al maximalismo, no era sino retórica, tal vez, más que de que se sintiesen con la Tercera Internacional, de que no se sen­tían con la Segunda.

 

Zinoviev, en sus polémicas con los centristas, ha explicado estas particulari-dades de la crisis del socialismo italiano. Ha dicho que los socialistas dere-chistas y centristas italianos parecen más a la izquierda que los derechistas y los centristas de otros partidos socialistas europeos, porque Italia se halla en un período revolucio­nario más avanzado. Pero que la Tercera Internacional no puede reputarles menos derechistas ni menos centristas que los derechistas y los centristas franceses, ingleses o alemanes.

 

La división ha sido, por esto, inevitable y ne­cesaria. La Tercera Internacional se ha mante­nido intransigente con las fracciones de mayoría. Ha hecho suyos los puntos de vista de la fracción minoritaria de Bombacci. Y, en conse-

 

 

 

 

 

 

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cuencia," no habiendo aceptado la mayoría de los puntos de vista, la fracción minoritaria ha tenido que constituir un partido independiente.

 

La división se ha producido en condiciones ventajosas para la mayoría, por la sugestión sentimental de la bandera de la unidad, tremo­lada por la fracción de Serrati, que se denomi­naba comunista sanitaria, que protestaba su fi­delidad al maximalismo y que arrastraba consi­go, por estos motivos, a muchos elemen-tos co­munistas vinculados a Serrati y seducidos por el Avanti.

 

Estos elementos son los que ahora contrapesan en el partido socialista la influencia del ala derecha. Pero su acción no puede evitar que el partido, después del Congreso de Livorno, vire a la derecha cada día más. Ni que el pensa­miento de Turati vaya readquiriendo en él su antigua influencia. Cosa natural, por otra parte, desde que Serrati, el líder unitario, carece de las con-diciones necesarias para dar al parti­do una dirección y un programa. No es más que un buen ejemplar de propagandista, de agi­tador, de orador de comi-cio, a quien la direc­ción de Avanti y una larga y honesta foja de servicios, han Conferido en la última crisis una autoridad superior a su estatura intelectual.

 

El Partido Comunista, entre tanto, ha reco­gido el programa maximalista adoptado por la mayoría socialista hace dos años en el Congre­so de Boloña y abandonado ayer en el Congre­so de Livorno. Obediente a ese programa, el Partido Comunista trabaja exclusivamente por la revolución y para la revo-lución. Esta pre­paración para la revolución no es como se com­prende, una preparación material. Es una pre­paración principalmente espiritual. Sus directores son, por esto, intelectuales. Son el abogado Terraccini de L'Ordine Nuovo, de Turín, el pro­fesor Graziadei, el ingeniero Bórdiga. La figura del Bombacci -evangélica barba, iluminados ojos, romántico chambergo-, pasa a ratos a se­gundo término. Como la figura del director de Avanti, en el sector mayoritario.

 

 

 

 

 

 

 

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VISPERAS DE ELECCIONES*

 

 

Los partidos se preparan para las eleccio­nes. Más los partidos constitucionales que los de extrema izquierda revolucionaria. La izquier­da extrema sabe que, a través del parlamento, no puede conquistar el poder político. Mira en el parla-mento una tribuna de acusación y de ataque. El número de votos parlamenta-rios no posee para ella ninguna importancia sustancial.

 

Para los partidos constitucionales sí la po­see. El número de votos en el Parla-mento determina las proporciones de su representación y su influencia en el gobierno.

 

En este caso, además, los partidos constitu­cionales están igualmente interesa-dos en restar a los partidos revolucionarios una parte de sus votos, no sólo por solidario sentimiento de clase, sino también por particular conveniencia de grupo. Mientras haya en la Cámara ciento cua­renta y seis socialistas ningún grupo constitu­cional puede predominar absolutamente sobre los demás. Un ministerio no puede sostenerse sin la fusión de todos ellos. De los más nume-ro­sos, por lo menos.

 

La posibilidad de conseguir la colaboración de una fracción socialista -esperanza alternati­va de Nitti y Giolitti- se ha ido debilitando progresivamen-te. Ha dejado de ser, aún para los más optimistas políticos, una posibilidad del pre­sente. Los socialistas oficiales, ni aun después de su separación de los comunistas, han mos­trado menor repugnancia a la idea de partici­par en el gobierno dentro de un régimen mo­nárquico.

 

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* Fechado en Roma, marzo de 1921; publicado en El Tiem­po, Lima, 15 de junio de 1921.

 

 

 

 

 

 

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La Cámara disuelta ha tenido, como es noto­rio, una vida tumultuosa y breve. Provenía de las emocionantes elecciones de noviembre de 1919. Elecciones que enrarecieron la derecha y engrosaron el centro y las izquierdas. Tanto que produjeron, en buena cuenta, un parlamento de las izquierdas. El gabinete Nitti y el gobierno Giolitti han gobernado con las izquierdas mo­nárquicas contra las izquierdas revolucionarias. Para tener mayoría se han apoyado en el cen­tro católico. La minúscula derecha liberal casi no ha pesado en la vida parlamentaria de este año y medio.

 

Dentro de una Cámara así compuesta, ni aún contando con la fidelidad de los votos cató­licos, podía un ministerio estar seguro de su inexpugnabilidad. Bastaba una defección, una versatilidad cualquiera de las filas constitucio­nales para que los votos disidentes, reuniéndo­se a los votos socialistas, a los votos republi­canos, a los votos "rinnovamento" y a otros vo­tos aislados de oposición, le pusieran en peli­gro de una votación adversa. Nitti tuvo la con-fianza de la Cámara por sólo veintiocho a cin­cuenta y seis votos de mayoría. Y si Giolitti ha dispuesto de algunos votos más, ha sido porque han votado siempre en su favor, no sin explí­citas reservas sobre su programa político, los liberales de la derecha.

 

La disolución de la Cámara se debe parcialmente a que los riesgos parlamen-tarios resultaban cada día mayores para el gabinete Giolitti. La mayoría ministerial estaba seriamente minada. En una de las últimas sesiones, el grupo "nittiano", fuerte de treinta votos, había tratado de derribar al ministerio su-mándose al gru­po socialista, al grupo comunista y al grupo del "rinnovamen-to". Nitti había iniciado su ofensi­va antiministerial.

 

Giolitti ha querido continuar gobernando con una mayoría escasa e insegura. Y ha encontrado oportuno el momento para una revancha elec­toral de los partidos monárquicos, no sólo con-

 

 

 

 

 

 

 

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tra los socialistas sino también, probablemente, contra los católicos, cuya colaboración les resul­ta cara y embarazosa.

 

El momento, en efecto, parece propicio para que las fuerzas constitucionales recuperen en la Cámara una parte de las posiciones que perdie­ron en noviem-bre de 1919. Las elecciones sorprenden divididos a los socialistas. Hallan al Partido Comunista incompletamente organizado. Cogen a las organizaciones proletarias, casi en general, en un período en que se repliegan agre­didas por el fascismo. Además, la tendencia antieleccionista, la aversión a la acción parla­mentaria, ha aumentado en la extrema izquier­da. Para lo cual, por otra parte, no es capital la adquisición ni la pérdida de veinte o trein­ta votos parlamenta-rios.

 

Sin embargo, los partidos constitucionales ne­cesitan coaligarse para luchar con los socialis­tas. En algunas provincias, las rivalidades de campanario o la incompatibilidad de candidatu­ras giolittianas y nittianas, no permiten la formación del "frente único" constitucional. Pero en las regiones más impor-tantes la constitución de este bloque está asegurada.

 

El partido católico o "popular" irá solo a las elecciones. Presentará listas propias de candida­tos. Mas esto no excluye que en algunas circuns­cripciones, exigencias de política local lo obli­guen a incorporarse al bloque.

 

Los grandes bandos contendientes son, pues, cuatro. El bloque de los partidos liberales y de­mocráticos, del Partido Católico, el Partido So­cialista y el Par-tido Comunista. .

 

Del bloque forman parte los libérales de la derecha, los liberales democráti-cos, los radicales, los combatientes, los "fascios" y los socialistas reformistas.  

 

El desmedrado partido republicano se batirá independientemente; pero su fuerza numérica no le asigna influencia en los resultados de la lu‑

 

 

 

 

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cha. Ganará una diputación en una que otra pro­vincia donde, por razones particulares, conser­va algún proselitismo.

 

Esta es, en síntesis, la posición de los parti­dos ante la próxima batalla elec-toral. Se prevé que de ella saldrá aumentada la representación parlamentaria de la derecha nacionalista y reac­cionaria a costa de la izquierda democrática. Así como saldrá aumentada la representación parlamentaria de los comunistas a costa de los socialistas oficiales. Lo que quiere decir que se fortalecerán las extremas. Y que difícilmente simplificaría el problema de conseguir una mayoría bien amalgamada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL PROGRAMA ELECTORAL DE NITTI*

 

 

Nitti ha formulado su programa en una carta política que ha dirigido a sus electores de la provincia de Basilicata, donde su nombre preside la lista de candidatos antiministeriales. Este programa era aguardado con expectación por ser la palabra del líder de la oposición consti­tucional. Que es, al mismo tiempo, el hombre de Estado más moderno, inteligente y sustanti­vo de la burguesía italiana.

 

En línea general, el programa no tiene el re­lieve impresionante que se deseaba en esa zona política que confina, por un lado, con la izquier­da monárquica y por otro lado con la derecha socialista. Nitti se muestra en su programa menos avanzado, menos radical, menos vecino al sentimiento de las masas de lo que se quiere verlo. Conveniencias tácticas de político que, para volver al gobier-no, necesita no suscitar desconfianzas ni aprensiones en la alta banca y en la gran industria, lo hacen disminuir la tona­lidad reformista y ecléctica de su política so­cial. Lo inducen, por ejemplo, a declarar inopor­tuno el momento para establecer el control obrero en las fábricas. Cierto que este concepto suyo no se basa en una aversión de principio al control obrero sino en la considera-ción de que no existe por ahora en las maestranzas volun­tad, colaboración indispensable para que el con­trol beneficie la producción y favorezca la industria. Y cierto también que la oposición al con­trol obrero viene, a renglón seguido, atenuada por la adhesión a la participación en las utili­dades. Pero de toda suerte, constituye una concesión a los intereses industriales y bancarios

 

 

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* Fechado en Roma, abril de 1921; publicado en El Tiem­po, Lima, 19 de junio de 1921.

 

 

 

 

 

 

 

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que disgusta a las masas proletarias, las cuales miran, precisamente, en la resistencia al proyec­to del control obrero, una faz de la ofensiva con­servadora contra las conquistas sindicales.

 

También en política internacional el progra­ma de Nitti parece poco decidido, completo y orgánico. Repite sus conocidas opiniones sobre la necesidad de que Italia haga una política de pacificación y moderación, no solidarizándose con ningún imperialismo. Estima que los daños de la guerra deben ser re-sarcidos por quien tiene más responsabilidad en ella; pero que es imposible resarcimiento alguno, si los países vencidos no pueden desarrollar su eco-nomía en plena independencia y si la demanda por los da­ños supera a su capacidad de producción. Recuerda su tesis de que la sociedad de las na-ciones, por ser un agente ejecutor de la volun­tad de los vencedores, tiene un defecto original insanable de nulidad.

 

Pero el programa no pasa de estas críticas a la política de la Entente. No señala a Italia una orientación neta y precisa. No resuelve el pro­blema de si Italia debe o no mantenerse al lado de la Entente como aliada o como simple amiga.

 

El resto del programa es un documento sólido, conciso, agudo, que examina integralmen­te la situación económica y política de Italia. No proclama con suficiente resolución el deber del gobierno de reprimir la degeneración del movimiento "fascista". Pero dice a la burguesía que hay que evitar que las masas miren con desconfianza al Estado. Y que todos los sueños de reacción deben caer.

 

Nitti no considera mejoradas -como la pren­sa ministerial- las condiciones de Italia. Por el contrario, las considera singularmente agravadas. La situación política -dice- no es cier­tamente serena y si núcleos de resistencia se han formado, el país amenaza verse en lucha cual no se ha visto nunca. Y la situación econó-

 

 

 

 

 

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mica -continúa- ha empeorado mucho. Las industrias que hace un año eran todas vitales y afrontaban con energía el período de transformación y de crisis, están en gran parte en peligro, sobre todo, a causa de las medidas tributarias adoptadas. Algunas de ellas se han detenido. Todos los índices económicos señalan un empeoramiento. El curso de los títulos pú­blicos y de las empresas comerciales, el curso de los cambios, el estado de la circulación, el te­naz aumento de los precios, indican una situa­ción que se ha venido agravando mucho más.

 

Confrontando este estado de cosas con el que dejó su gobierno, Nitti agrega que "si hoy no hay huelgas es porque falta la razón de conten­dor entre obreros y patrones, desde el momen­to en que algunas industrias se han paralizado en su desarrollo, otras han debido establecer turnos de trabajo y otras en fin, se hallan ame­nazadas en su existencia. Los obreros, preocu­pados por la amenaza del licenciamiento, no piensan en la huelga".

 

Frente a estos problemas, Nitti concreta en una palabra el deber de la nueva legislatura: reconstruir. Y pide, "más que vastos programas de reformas le-gislativas, que no son posibles o son dañosos, una obra continua y metódica de reconstrucción de la vida nacional. Una política exterior de moderación y de paz; una política interna de orden; una política financiera de re­ducciones y de renuncias; una política social de cooperación. Contra todos los extremis-mos, con­tra todas las ilusiones, contra todas las violen­cias, los partidos cons-titucionales deben impo­ner su programa que es todavía el programa de la vida nacional".

 

Estas declaraciones confirman que entre Gio­litti y Nitti no hay divergencias esenciales de doctrina. Nitti sostiene justamente que a los pro­blemas funda-mentales Giolitti ha dado la solu­ción señalada para él. Sus críticas al gobierno de Giolitti son sustancialmente críticas de pro­cedimiento. Programáticamente, ninguna distan­cia apreciable separa a ambos políticos.

 

 

 

 

 

 

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La diferencia que hay entre uno y otro resi­de en que Nitti tiene una visión más moder­na de las situaciones y un espíritu más ágil pa­ra adaptarse a ellas.

 

La plataforma electoral de Nitti no comprende por todo esto, sino dos recti-ficaciones de la política giolittiana. Nitti ofrece a las clases capitalistas no gravarlas con mayores tributos, no afligirlas con nuevas tasas. Y ofrece a las cla­ses trabajadoras defender sus conquistas políti­cas y sindicales del asalto de las facciones reac­cionarias. De la eficacia de estos dos puntos de su programa, que representan un compromiso con la derecha y otro con la izquierda, depen-de que Nitti vuelva próximamente al gobierno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL CONDE KAROLYI, EXPULSADO POR BOLCHEVIQUE*

 

 

El gobierno italiano ha creído conveniente echar del país al Conde Miguel Karolyi, ex Pre­sidente de Hungría, que desde hacía algún tiem­po residía en Florencia. Según él, saboreando además de los "spaghetti" a la toscana el "amargo pan del ostracismo". Y, según la policía, conspirando, conchavado con los comunistas ita­lianos, contra la seguridad del Estado.

 

La expulsión del Conde Karolyi ha seguido a la cruenta reacción de los comunistas contra los "fascistas" en Florencia. Y al anunciado y consecuente descubrimiento de un vasto com­plot comunista en la Toscana, en el cual el Conde Karolyi, conforme a la sumaria información del gobierno, aparece mezclado.

 

El Conde Karolyi ha hecho grandes protes­tas de inocencia y una buena parte de la opi­nión pública ha encontrado exageradas las expresiones y sospechas de la policía respecto de él. Pero el gobierno se ha mantenido en sus tre­ce. Y después de haber puesto en la frontera al ilustre huésped, se ha negado a reconsiderar su resolución.

 

Como bien se recuerda, este Conde Karolyi fue hace dos años, un personaje de actualidad en la miscelánea universal. La disolución del imperio austro-húngaro lo hizo Presidente de la República de Hungría. No era un republicano advenedizo y desconocido. Todo lo contrario. Era un conspicuo enemigo de la monarquía. Un ciu­dadano con larga historia de revolucionario. Uno

 

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* Fechado en Roma, marzo de 1921; publicado en El Tiem­po, Lima, 21 de junio de 1921.

 

 

 

 

 

 

 

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de esos nobles del tipo del Conde Carlos Calfiero, el amigo y mecenas de Bakunine, con ro­mánticas inclinaciones al espartaquismo.

 

No pudo sostenerse en el gobierno húngaro. Entre otras cosas por su psico-logía bizarramen­te revolucionaria que le concitaba las resisten­cias de la "Entente" vencedora y todopoderosa. Y cedió entonces el poder a Belakun, el famo­so líder comunista.

 

Desde esa época no figuraba en la crónica europea. Hasta hoy, que la policía italiana ha exhumado su nombre rodeándolo de tributos folletinescos, casi nadie se había vuelto a ocu­par de él.

 

Vivía en Florencia, la almenada ciudad de Machiavello, el Dante y de fray Gerónimo Sa­vonarola, con una vieja inglesa protestante, puritana y acua-relista, lectora de John Ruskin, del Baedecker, de la Biblia, de la Divina Comedia y de La Domenica del Corriere.

 

Hace tres meses tuve la oportunidad de co­nocerle allí. Los diarios habían revelado su pre­sencia incógnita con varios reportajes sobre la situación política húngara a la cual daba actua­lidad la condena a muerte de cuatro comisarios del pueblo del régimen de Belakun.

 

Hacia él convergía por esto la curiosidad flo­rentina y convergió también la mía trashumante y forastera.

 

Habitaba el conde en una pensión de ambien­te cosmopolita y turístico. Su vida tenía las apa­cibles apariencias de la vida de un pequeño bur­gués extran-jero que gusta del cielo toscano, de las pinacotecas y del vino Chianti.

 

Magro, largo, canijo y feo exhibía una catadura quijotesca muy bien avenida con su per­sonalidad de gentil hombre, que ha renegado del abolengo y que ha descendido de su alteza pa­tricia y de su posición heráldica a asociarse a la cruzada de los desposeídos, de los misera-

 

 

 

 

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bles, de los plebeyos. Hablaba mal el francés y peor en italiano. No estaba, pues, al alcance de todos penetrarlo y estudiarlo.

 

Conmigo conversó principalmente de la po­lítica húngara. Me ilustró sobre la personalidad de los cuatro comisarios del pueblo sentenciados a muerte, cuya suerte suscitaba la ansiedad piadosa de Europa. Me dijo que la reacción en Hungría era la más brutal, la más cruenta, la más delictuosa de las reacciones posibles en estos campos. Me definió al almirante Horthy, regente húngaro, como un gobernador de conciencia bárbara y medieval.

 

Pasamos luego a tópicos generales de políti­ca europea. Preocupaba al Conde el peligro de la restauración de la monarquía austro-húngara. Presentía la acentuación de una tendencia reac­cionaria en los gobiernos de la Entente. Temía que la política aliada en la Europa central y balkánica generase una guerra de estados men­digos, desangrados y famélicos.

 

Me declaró, después, su firme filiación socialista. Pero no quiso determinarme su posición en el socialismo. No quiso precisarme si era bolchevique o men-chevique. Si era partidario de la Segunda Internacional nueva. Yo le interro-gué insistentemente al respecto. El evadió la respuesta.

 

Comprendí, por consiguiente, que simpatiza­ba con el maximalismo. Si hu-biese sido minimalista se habría apresurado a manifestarlo a todos. Porque una declaración antibolchevique ha­bría sido útil a la tranquilidad de su estada en Italia. Y le habría servido para prevenirlo de las suspicacias de la policía.

 

No estoy convencido de que el Conde Ka­rolyi haya conspirado en Italia. Puede ser que la policía se equivoque. Puede ser que no. De lo que sí estoy convencido, en cambio, es de su inclinación maximalista. El Conde es, induda­blemente, bolchevique. Y, si no lo es, parece serlo. Tiene historia, psicología, continente, menta­lidad, aptitud, nacionalidad, leyenda y traza de tal.

 

 

 

 

 

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ALGO SOBRE FASCISMO

 

¿QUÉ ES, QUE QUIERE, QUE SE PROPONE HACER?*

 

 

¿Qué es "fascismo"? Esta pregunta la hacen tal vez miles de personas, adivi-nando, por el resto de la frase y por el carácter de las accio­nes en que los "fasciti" intervienen, el significado de la agrupación.

 

Dejemos la palabra a Cayetano Polvorelli, corresponsal político del Popolo d'Italia y uno de los más conspicuos miembros del "fascismo".

 

"Nació -dice- en Milán, en 1919, por inicia­tiva de Mussolini, Al cabo de dos años cuenta con más de mil secciones y varios centenares de miles de adhe-rentes. Es una milicia civil, cuyo propósito es salvaguardar al país, especial-men­te en estos momentos en que la propaganda leninista es más ardiente".

 

Hay en el "fascismo", añade, algo de místico y de ideal. Su lema es la paz social, sin caer en las exageraciones catastróficas de los agitadores leninistas, pues esa exageración conduciría, inevitablemente, a rehacer la unidad socia-lista

 

Uno de los deberes que se impuso primero. fue defender los resultados mate-riales y morales de la victoria, en un momento en que, retirados Sonnino y Orlando, el gobierno pasaba a manos de los derrotistas y de los socialistas Los oficiales, hasta aquellos que ostentaban en su pecho gloriosas condecoracio-nes, eran motivo de insultos en las calles y en las plazas públicas.

 

Los desertores, puestos en libertad, iban a engrosar las filas de los exaltados en la calle. El gobierno se disponía a una paz denigrante y

 

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* Publicado en El Tiempo, Lima, 29 de junio de 1921.

 

 

 

 

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vergonzosa. Los caporetistas resurgían dispues­tos a nuevas infamias y pre-potencias, llegando, en la infausta fecha del 16 de noviembre, a triun­far sobre el resto de la población.

 

Pero pasó aquel momento. Esas horas amargas quedan ya relegadas a la historia. La bata­lla, sin embargo, es áspera aún. Vinieron las revueltas comu-nistas, con la tiranía roja, y quien no era bolchevique no tenía derecho a la vida, negándosele hasta la alimentación, asistencia mé­dica, obstétrica, farmacia y demás.

 

Vino la rebelión de parte de los jóvenes que habían templado sus espíritus en la guerra. Los pacifistas a toda costa y los hombres de mala fe acusan de violencia a los "fascistas", pero no protestaban cuando la violencia era ejercida por los bolcheviques.

 

Es erróneo -continúa-, decir que el "fascis­mo" vaya contra el proletariado, vale decir, con­tra el pueblo. Está contra los especuladores, contra los pará-sitos, contra los déspotas del pue­blo, que siempre son burgueses de origen y oligarcas por temperamento.

 

Matteoti es un terrateniente que no renun­cia a sus tierras. Frola es un millo-nario que se ríe de la idea de socializar sus millones. Tre­ves vive de renta. Treves, Lucio, Serrati, Bussi, no desdeñan la comodidad para ellos. ¿Son proletarios estos apóstoles? ¿Con qué derecho pretenderían imponer una dictadura que no sería "del pueblo" sino "contra el pueblo"?.

 

Veamos ahora cuál es el programa del "fas­cio".

 

Declaran los dirigentes del mismo, que su brújula es la nación y que cónsul-tarán sus in­tereses supremos para resolver cualquier proble­ma, considerándola en su expresión general e histórica de colectividad étnica continuativa. Esti-man que el interés nacional es superior a los intereses personales, a los grupos y a las clases, a las contingencias mismas de una generación,

 

 

 

 

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pues con frecuencia debe sacrificarse una generación entera en interés de las generaciones futuras.

 

El destino nacional -dicen- es histórico, por cuanto constituye la profunda esencia, la razón y la explicación de la historia de cada pueblo. El interna-cionalismo, en cambio, es antihistóri­co, porque es negado por la historia universal. Para los "fasciti", existe un sólo internacionalis­mo, el que deriva de los imperios, de las religio­nes, de las manifestaciones geniales del pensamiento humano.

 

No creen en el pacifismo, estiman que los conflictos se contienen, se trans-forman, no se suprimen. El misterio pacifista bolchevique, Lenin, se vio obligado a llevar a efecto una gue­rra de carácter nacionalista contra Polonia, y una guerra imperialista en Asia, en camino de las Indias.

 

En cuanto se refiere a los problemas del mo­mento, el "fascio" entiende favo-recer el desa­rrollo de todas las energías nacionales, oponien­do, al criterio de clase socialista de la reparti­ción, el criterio nacionalista del aumento de la producción.

 

Este año han dedicado sus actividades a los trabajadores de la tierra para, favorecer la copar­ticipación y adquisición de la propiedad, decla­rándose enemigos del latifundismo y del siste­ma del asalariado (asasaliao). Otro año se proponen dedicarlo a los trabajadores marítimos para favorecer la expan-sión italiana en el mar, superando el egoísmo personal y la escasa actividad de algunos grupos.

 

Combatirán -dicen- las finanzas demagógi­cas, a fin de demostrarles cómo, atacando el famoso estómago de Menenio Agrippa, se suele terminar por destruir el propio, como ocurre, por ejemplo, con los automóviles. La tasa elevada sobre ellos ha reducido la producción, paralizó varias industrias, que daban trabajo a

 

 

 

 

 

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miles, de mecánicos y de obreros afines de la citada industria, así como el comercio con ella relacionados.

 

Para terminar, en lo que respecta a la auto­ridad del Estado, el programa "fascista" se propone devolverle el prestigio que tenía anteriormente, "qui-tándoles las funciones que no pue­de o no sabe cumplir". Creen que el Estado tiene sólo dos funciones políticas y jurídicas e (sic) industriales, y por eso emprenderán una viva campaña contra la nacionalización de mi­nas e indus-trias que consideran anticipos del socialismo. Sin embargo, dejarán al Estado el monopolio sobre la sal y el tabaco, que tenía ya antes de la guerra.

 

He aquí en forma sucinta, lo que significa el "fascismo" y qué son los "fas-cistas". Hasta dónde tendrán éxito sus propósitos, hasta dónde llegarán sus fuerzas, en qué forma interpreta­rán sus teorías, lo dirá el tiempo. Es tan grande la convulsión que hizo presa del mundo cuando el viejo continente comenzó a sentir los efestos de la horrenda sangría y tan profundo el vuelco sufrido por los hombres, las ideas y las conciencias, a raíz de la misma, que es preferi­ble dejar que los hechos respondan por noso­tros, sin correr el riesgo de prejuzgar o caer en el terreno de las presunciones. Hay momen­tos en la histo-ria de los pueblos, en que es im­posible saber dónde está el termómetro de los sentimientos humanos, dónde el pulso de la opi­nión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ESCENAS DE GUERRA CIVIL*

 

 

Parece a ratos que reviven fugazmente los tiempos de Güelfos y Gibelinos. Como en esos tiempos, hay en la actualidad en Italia dos bandos que se combaten sañuda y truculentamen­te. Y que, aunque no se llamen Güelfos y Gibelinos, sino "fascista" y socialista, renuevan inter­mitentemente, en este sugestivo e interesante país, los días de la Edad Media. Se hallan em­peñados en una lucha de asechanza, de embos­cada, de represalia y de "vendetta".

 

Ante esta lucha, el Estado se declara impar­cial. Pero ocurre que una de las partes belige­rantes se titula defensora de la autoridad del Estado. Y, por ende, la otra parte beligerante refuta al Estado su aliado y parcial.

 

Las dos facciones no son igualmente conoci­das fuera de Italia: una de ellas, el "fascismo" es demasiado nueva para los públicos lejanos. Conviene, pues, ilustrar, sus antecedentes.

 

El "fascismo" fue fundado en 1919 por Benito Mussolini y otros elementos de entusiasta fi­guración intervencionista, para preconizar un programa expansio-nista y nacionalista, contra quienes, a su juicio, desvalorizaban desde el gobierno la victoria italiana. Y, también, contra quienes habían sido opuestos a la intervención. En una palabra, tanto contra el nittismo paci­fista como contra el giolittismo neutralista. Constituyó el fascismo una secuela espiritual de la aventura de D'Annunzio.

 

La denominación de "fascismo" viene de la palabra "fascio", con la cual fue designado en

 

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* Fechado en Roma, en marzo de 1921 publicado en El Tiempo, Lima, 29 de junio de 1921.

 

 

 

 

 

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Italia, durante la guerra, el bloque de fuerzas políticas nacionales que en Francia se llamó "union sacrée". En el Parlamento italiano no hubo "unión sacrée" de partidos, sino "fascio" de partidos. Esto es, expresado en español, "haz" de partidos. La palabra "fascismo" tiene, pues, por este origen, un contenido nacionalista y guerrero.

 

Benito Mussolini, el animador del "fascismo", proviene de las filas del partido socialista. Ha sido director del Avanti. Es un disidente del socialismo desde la guerra, a causa de sus ideas intervencionistas que lo llevaron asociarse a la campaña por la participación de Italia en el con­flicto. Para contribuir a esta campaña, creó en Milán el diario Il Popolo d'Italia que es hoy el órgano ofi-cial del "fascismo". Mussolini es un escritor de brillante talento polémico y un par­tidario elocuente de D'Annunzio "condottiere" y de D'Annunzio político.

 

En un principio, el "fascismo" operó princi­palmente sobre una plataforma de política externa. Agitó la bandera de las máximas aspira­ciones territoriales. Preconizó la anexión de Fiu­me y la Dalmacia. Glorificó el gesto de D'Annun­zio. Procuró despertar vigorosamente en Italia ese mismo sentimiento de la victoria que en Francia produjo el Parlamento actual.

 

Más tarde, cuando este programa nacionalis­ta aglutinó alrededor de los "fascios" una mul­titud batalladora y férvida, el "fascismo" inició su ataque armado al socialismo situó siempre su acción en un terreno netamente nacionalis­ta. Calificó de agresiva su actividad, como una afirmación del patriotismo italiano contra la doc­trina internacionalista del socialismo y del anar­quismo.

 

El fenómeno "fascista" ha adquirido, a par­tir de entonces, una importancia mucho mayor. Hoy el "fascismo" es una milicia civil anti-revo­lucionaria. Ya no representa solamente el senti‑

 

 

 

 

 

 

 

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miento de la victoria. Ya no es exclusivamente una prolongación del ardor bélico de la guerra. Ahora significa una ofensiva de las clases bur­guesas contra la ascensión de las clases prole­tarias. Las clases burguesas aprovechan del fe­nómeno "fascista" para salir al encuentro de la revolución. Cansadas de la nerviosa espera de la ofensiva revolucionaria, abandonan su actitud defen-siva. Anticipan la reacción al hecho revo­lucionario. Las fuerzas conservadoras están se­guras de frustrar definitivamente la revolución, atacándola antes de que se ponga en marcha a la conquista del poder político.

 

Las fuerzas socialistas no participan íntegramente en la contienda. Los socialistas en armas contra el "fascismo" no son todos los militantes en las organizaciones proletarias sino, únicamen­te, su parte más exaltada y marcial. 0 sea la vanguardia del socialismo.

 

La mayoría de los elementos socialistas es contraria a este género de escara-muzas que, en su concepto, desangran inútilmente al proletariado. Considera esa mayoría que la violencia armada no debe servir sino para el asalto decisivo al poder.

 

El Estado, por supuesto, no puede ser ri­gurosamente imparcial. No puede aprobar ni excusar los procedimientos terroristas del "fas­cismo": incendio de las cámaras de trabajo, empastelamiento de las imprentas socialistas, agresión a los organizadores y propagandistas adversarios, etc. Pero tiene que ver en el mo­vimiento "fascista" un movimiento de las clases que quieren conservarlo contra las clases que quieren destruirlo y reemplazarlo. El "fascismo" es la acción ilegal de las clases conservadoras, temerosas de la insuficiencia de la acción legal del Estado, en defensa de la subsistencia de és­te. Es la acción ilegal burguesa contra la posible acción ilegal socialista: la revolución.

 

Esta identidad de intereses primarios hace que aparezcan reunidos en un mismo campo los

 

 

 

 

 

 

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"fascistas", esto es, los factores de la interven­ción, con los "giolittistas", esto es, los partidarios de la neutralidad a ultranza, los que antes de la guerra fueron acusados por aquéllos de traición a la patria y durante la guerra fueron tachados de derrotismo.

 

La actividad "fascista" en las próximas elec­ciones tendrá en buena cuenta, una fisonomía ministerialista, porque se dirigirá en el sector monárquico, contra Nitti que es, en ese sector, el adversario de Giolitti, el político que prepara desde ahora el asalto al ministerio, pero cuyo programa, así en el orden inter-no como en el orden eterno, no se diferencia distancialmente del programa de Giolitti. Ambos estadistas tie­nen, más o menos, la misma apreciación del instante y poseen idéntica habilidad para afrontarlo.

 

Mas los "fascistas" no transigen con Nitti. No pueden olvidar que Nitti ha sido para ellos el desvalorizador de la victoria. Prefieren olvi­dar que Giolitti fue el enemigo de la interven­ción.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA PRENSA ITALIANA*

 

 

En Italia, como en toda Europa, la prensa está dividida en dos grupos únicos: prensa bur­guesa y prensa revolucionaria. No existe en la actualidad prensa política. Todo diario pertene­ce necesariamente a uno u otro grupo. Los grandes diarios informativos son los principales órganos de la prensa anti-revolucionaria. Pare­cen destinados exclusivamente a la información; pero su información no es ni puede ser objeti­va. Es eminentemente antirrevolucio-naria, esen­cialmente conservadora. Y tiene que ser así. Un gran diario infor-mativo es una empresa indus­trial. Es una fuerte inversión capitalística. Sus intereses son, por consiguiente, los de las clases conservadoras.

 

Dentro de la lucha de clases no caben perió­dicos independientes, periódicos neutrales. Todos los periódicos tienen filiación. Todos los pe­riódicos son sectarios. Todos los periódicos son políticos.

 

Naturalmente este sectarismo tiene sus gra­daciones. En ambos grupos de la prensa hay diversos matices, distintas denominaciones. De un lado hay prensa reaccionaria, prensa radical, prensa reformista. De otro lado hay prensa socia-lista, prensa comunista, prensa anarquista. Pero clasificadas, despectivamente, en un solo bando.

 

Los diarios de la prensa antirrevolucionaria son, ante todo, de dos clases: diarios informati­vos y diarios polémicos. Los primeros reflejan los intereses generales de las clases dominantes. Los segundos, los intereses particulares de sus fracciones, de sus sectores diferentes. Política‑

 

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* Fechado en Roma, junio de 1921; publicado en El Tiempo, Lima, 10 de julio de 1921.

 

 

 

 

 

 

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mente los diarios polémicos son, por esto, más interesantes. No sólo porque abundan en comen­tarios y crítica. Sino porque, mientras los dia­rios informa-tivos son una simple opinión de clase, los diarios polémicos son una opinión per­sonal, una opinión de grupo. Traducen las ideas de un escritor o de una fracción determinada. El diario informativo vive relativamente indife­rente a los cambios de gobierno y de política. Es casi siempre ministerial. Cuando no es tampoco pasa a ser oposicionista. El diario político, en cambio, apasiona con los cambios de gobier­no. Es ministerial o antiministerial ardientemente.

 

La prensa italiana no se diferencia, bajo estos puntos de vista, del resto de la prensa europea. Sus particularidades son otras. La princi­pal, tal vez, es que la capital no la monopoliza ni la absorbe. La prensa francesa se concentra en París. La prensa inglesa se concentra en Londres. La prensa italiana no se concentra en Roma. El mayor rotativo italiano -Il Corriere della Sera- se publica en Milán. Los diarios romanos recogen hoy una noticia de L'Stampa de Turín, mañana un comentario del Popolo d'Italia de Milán. El lector de la capital lee a Treves o a Nitti en Il Resto del Carlias de Bo­logna. Y en Turín se edita el órgano del Partido Comunista.

 

Es que Italia tiene estructura, territorio y psicología de estado federal. Su esta-tuto ha cen­tralizado su gobierno; pero no ha centralizado su actividad, no ha centralizado su vida. La vieja Italia de las pequeñas repúblicas, de las regiones autónomas, de las comunas independien­tes, no ha desaparecido. Existe unidad nacional. Pero esta unidad nacional no es romana; es ita­liana. Milán, Turin, Génova, Nápoles, Florencia, conservan una vigorosa personalidad propia. La unidad nacional es el nexo que les une con Roma. Pero sin convertirlas en dependencias espi­rituales de la ciudad eterna.

 

El más poderoso y difundido diario de Ita­lia es, como ya hemos dicho, Il Corriere Della

 

 

 

 

 

 

 

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Sera. En todas las grandes ciudades italianas se le vocea cotidianamente. Lo dirige el senador Albertini. Está vinculado a la alta industria y a la alta banca. Pero es muy discreto, cauto y sa­gaz al servirlas. Lenin o alguien de su entuorage lo ha llamado "el órgano más inteligente de la burguesía italiana". Ha demostrado siempre in­clinación por Nitti; pero, dado a los intereses a que está ligado, no puede seguir hoy una po­lítica de áspera oposición. Fue parti-dario de la intervención en la guerra. No comparte, sin em­bargo, las ideas expansionistas y guerreras del nacionalismo. Antes bien las desaprueba e impugna.

 

Los principales diarios romanos son: Il Mes­sagero, Il Giornale d'Italla, Il Tempo, La Tribu­na, La Epoca, Il Corriere d'Italia e Il Paese. Además, son interesantes, por el sector político que representan, La Voce Republica-na, órgano del Partido Republicano, IlGiornalle dell Popolo, órgano de los socialistas y L'Osservatore Romano, órgano del Vaticano.

 

Il Messagero es uno de los diarios de más circulación en el país. Se le atribuyen como al Corriere della Sera vinculaciones con la gran in­dustria. Y tiene también el tipo, la psicología y la política del gran diario informativo. Ha sido adicto a Nitti. Pero hace poco se produjo un cambio en su personal de redacción. Asumió su dirección un escritor muy versado en política interna-cional,  Virginio Gayda, que desempeñaba su corresponsalía en Londres. Desde entonces Il Messagero es un diario ministerial.

 

Il Giornale d'Italia es uno de los más bulli­ciosos y leídos diarios de la tarde. Publica, ade­más, una edición meridiana titulada Il Piccolo. Su política es fervorosamente nacionalista. Está considerado como un diario de Sonnino, aunque éste se halla, por el momento, alejado de la acti­vidad política. Es uno de los más vehementes adversarios de Nitti. Pero su colaboración con Giolitti es sólo contingente y ocasional. Il Gior­nale d'Italia preferiría en el poder a Bonomi o a De Nicola. Transige con Giolitti, de quien fue

 

 

 

 

 

 

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amigo. durante la guerra, porque las candidatu­ras de Bonomi y De Nicola a la, presidencia del Consejo no están suficientemente maduras.

 

L'Idea Nazionale es la barricada del naciona­lismo. La prestigia la pluma del líder nacionalista Luis Federzoni, actual diputado por Roma y robusto tipo polemista. Como órgano de la extrema derecha, L'Idea Nazionale es, igual-men­te, adversa a Nitti.

 

Más moderados en su conservadorismo son Il Tempo, diario político de la mañana; La Tri­buna, que por su antigua tradición giolittiana tiene hoy en la prensa romana el rol de órgano del ministerio; y La Época, diario de la tarde; dirigido por Julio Giordana, escritor de filiación radical y estimable posición periodística.

 

Il Paese, un diario nuevo, representa la iz­quierda monárquica. Lo dirige, Alberto Giannini que perteneció al Il Messagero hasta el cambio del personal anteriormente mencionado. Colaboran en él algunos escritores de zona tem-plada del socialismo como Francisco Ciccotti y Angelo Cabrini. Il Paese acusa en su orientación una mentalidad sagaz, una sensibilidad moderna y una avanzada filiación democrática. Es acerbamente antiministerial y recondita-mente nittiano. Su campaña oposicionista lo ha convertido rápidamente en uno de los más leídos diarios romanos. Porque aquí, como en todas partes, prensa de oposición gusta al público.

 

Entre los diarios de otras ciudades italianas que tienen importancia y circu-lación nacionales, debe ser citada, en primera línea L'Stampa, de Turin. Es el más grande diario del Piamonte. Y Giolitti, político piamontes, cuenta en él su órgano más cercano. Su director era, hasta hace pocos meses, un conspicuo amigo y partida­rio de Giolitti, el senador Frassati, actualmente embajador en Alemania.

 

Deben ser mencionados también Il Resto del Carlins, de Bologna, Il Seccole XX, de Milán, La Nazione, de Florencia, Il Matino, de Nápo­les y la Gazzéta del Popolo, de Turin, que per‑

 

 

 

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sonifica la tendencia regional piamontesca adversa a la representada por L'Stampa.

 

El órgano del "fascismo" es Il Popolo d'Italia, de Milán, el diario de Benito Mussolini, Más que un periódico de grupo es un periódico personal de Mussolini, quien lo fundó a continuación de su disidencia del socialismo, para preconizar la guerra. Es, por esto, un diario polémico, que ha conservado la entonación guerrera y el espíritu marcial de su primera campaña. Su prosa es cálida, belicosa e hiperbólica.

 

Pasemos ahora a la prensa revolucionaria. A la prensa de la extrema izquier-da. Sus órganos sustantivos son: Avanti y L'Ordini Nuovo.

 

Avanti es el diario del Partido Socialista oficial. Se publica en Milán y en Roma. Se publi­caba, además, en Turin, pero esta tercera edición ha desapa-recido porque, predominando en la antigua sección socialista de Turin los comunistas, ha pasado a ellos la propiedad de la imprenta respectiva, en la cual se edita ahora L'Ordine Nuovo. Avanti está dirigido por Serrati, el líder de la tendencia  que prevaleció en el congreso de la cisión, el congreso de Livorno. Su circulación es inmensa.

 

L'Ordine Nuovo es el diario del Partido Co­munista. Está dirigido por dos de los más no­tables intelectuales de1 partido: Terracini y Gramsci.

 

Existe en la  prensa de la extrema izquierda otros periódicos representativos: Critica sociale, la revista de Felipe Tivati, órgano del Partido Socialista oficial. Bataglie Sindicale, órgano de la Confederación General del Trabajo o sea del movimiento sindicalista, Y L'Umanitá Nuova diario del líder anar-quista Enrique Malatesta, cuya publicación acaba de verse interrumpida a causa de la destrucción de sus oficinas por los "fascistas" de Milán.

 

Con L'Umanitá Nuova se llega materialmente e ideológicamente, al confín de la prensa italia­na, que es, como la nación, apasionada, elocuente, sugestiva y gallarda.

 

 

 

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LOS PROBLEMAS DE LA PAZ*

 

 

Alemania se ha sometido a la voluntad de los aliados. Y ha empezado a pagar la primera anualidad de la indemnización exigida. Esto ha evitado la resu-rrección del estado de guerra y ha puesto término a un instante de dramática tensión nerviosa del mundo. Pero esto no es la paz todavía.

 

Solucionado el problema de las reparaciones, ha surgido el problema de la Alta Silesia. Problema respecto del cual no sólo resulta difícil un acuerdo de los aliados con Alemania sino tam­bién un acuerdo entre los mismos aliados.

 

Además, tampoco el problema de las repa­raciones está solucionado definiti-vamente. Está solucionado en teoría. Así como, el Tratado de Versailles fue una solución teórica de los proble­mas de la guerra la aceptación por Alemania de las condiciones del ultimátum aliado es una solución teórica de los proble-mas de la paz.

 

La cifra de la indemnización y las modalidades de su cumplimiento han sido decididas unilateralmente. Y han sido impuestas a Alema­nia bajo la amenaza de la ocupación militar de una parte de su territorio. Alemania las sufre, pues, como una obligación declarada precisamen­te por ella superior a la capacidad, económica. Como una obligación que carece para su pue­blo de valor moral. Y a la cual se siente vincu­lada sólo por la fuerza.

 

La responsabilidad recae en gran parte sobre el gobierno alemán. Dominado por los intereses de las clases ricas y de las clases con-,

 

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* Fechado en Roma, mayo de 1921; publicado en El Tiempo, Lima, 15 de julio de 1921.

 

 

 

 

 

 

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servadoras, -deseosas de asegurarse un mínimum de cargas económicas, más que de asegu­rar a Alemania un máximum de paz y de tran­quilidad-, el go-bierno alemán ha polemnizado su lealtad, sin honradez y buena fe, con los gobiernos aliados acerca de las reparaciones. Ha sido poco sincero en sus cálculos y en sus cifras.

 

Ha maniobrado equivoca y dilatoriamente. Esta política tramposa no ha cesado sino con la desaparición del gabinete de Von Fereshim­bach y Von Simons y la constitución de un ga­binete apoyado en los socialistas mayoristas de Alemania. Porque en la conferencia de Boulogne­sur-mer, hace un año aproximadamente, Lloyd George y Millerand se mostraron propicios a estimular una indemnización relativamente moderada.

 

Si Alemania hubiese querido entonces llegar a un arreglo, habría encontrado en los gobier­nos aliados un espíritu transigente. No el espíritu hostil que ha creado después su contumacia. La cifra de la indemnización no habría pasado de cierto veinte millones de marcos oro. Y las facilitaciones para el pago habrían sido impor­tantes.

 

Alemania no ha sabido ser sagaz, conciliado­ra y oportuna. Se lo han impedido sus clases conservadoras. La falta es del gobierno alemán exclusivamente. No es del pueblo alemán. El pue­blo alemán es inocente de la política de sus Hugo Stimmes, de sus grandes industriales y de sus grandes señores. Lo mismo que el pueblo francés es inocente de la política dictada a su gobierno por una cámara reaccionaria, naciona­lista y marcial. Por una cámara cuyo ardimien­to patriótico comienza a parecer excesivo a los propios gobernantes franceses. Lo han confesado las palabras pronunciadas por Briand en la conferencia del ultimátum, explicando la imposi­bilidad de retroceder en sus exigencias. "Me encuentro de espaldas contra un vesuro".

 

No son únicamente los economistas alemanes

 

 

 

 

 

 

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quienes sostienen que la cantidad de la indemni­zación es abrumadora para Alemania. Son tam­bién algunos honestos y autorizados escritores aliados. Es, por ejemplo, -para no citar sino uno genuinamente nacionalista y burgués-, Mr. Maynard Keynes, representante del tesoro britá­nico en la conferencia de Versailles, profesor de Economía Política en la Universidad de Cambridge y autor del famoso libro "Consecuencias económicas de la paz". Mr. Keynes ha publicado en el Manchester Guardian, de Londres, como es notorio, una serie de artículos ilustrando el tratado de Versailles y estudiando, la aptitud eco­nómica de Alemania. Uno de sus últimos artícu­los trataba de la proyectada ocupación del Ruhr. Y en uno de sus acápites decía así: "Los alemanes pro-ponen un plan definitivo para la reconstrucción de las zonas devastadas y quieren empeñar su crédito en un empréstito internacio­nal del cual Francia gozará las ventajas. Han prometido suministrar carbón, potasa y otras mate-rias primas que les demandamos. Nos ofre­cen su trabajo y las utilidades de sus empre­sas. ¿Es justo recomenzar la guerra porque no quieren prometer sumas fabulosas que no poseen o que podrían pagar solamente desarrollando un comercio enorme, en concurrencia con el nuestro, lo que nosotros sabemos muy bien que no consentiremos?".

 

Las obligaciones asumidas por Alemania al someterse a las condiciones del ultimátum de Londres, representan la esclavitud económica del pueblo alemán durante cuarenta años. No pesa sólo sobre la generación contemporánea. Pe­sarán también sobre la generación venidera.

 

En medio de su infortunio actual, Alemania se ve trágicamente aislada. Úni-camente dos na­ciones podrían auxiliarla eficazmente, Inglate­rra y Estados Unidos. Y bien. Ninguna de las dos tiene interés en impedir su miseria ni en conjurar su bancarrota. A Inglaterra no le conviene el resurgimiento del poder económico ale­mán. El interés de Estados Unidos es idéntico.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Estados Unidos no es una nación platónica. Y es, en cambio, una nación manufacturera. ¿Qué puede inducirla, por el momento, a ayudar a una nación concurrente?

 

En la paz, como en la guerra, el pueblo alemán es, pues, la víctima de sus clases dominantes. En la paz,  como en la guerra, descuenta los pecados y las responsabilidades de éstas. En la guerra le tocó aceptar la suerte en las trin-cheras o el hambre en las ciudades. En la paz le toca aceptar la condena a cuarenta años de  esclavitud económica.

 

Nada, absolutamente nade, puede esperar del presente. El presente es para el pueblo alemán implacablemente adverso. Sólo el porvenir puede reservarle mejor suerte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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COMO ESTA COMPUESTA LA NUEVA CÁMARA*

 

 

Las elecciones han producido una Cámara de Diputados que no es la que esperaban los par­tidos ministeriales. Y que no es la que esperaban los partidos oposicionistas. Los primeros, por exceso de optimismo y los segundos, por exceso de pesimismo.

 

Se preveía una cámara reaccionaria. La cámara anterior fue disuelta, precisa-mente porque se creía que representaba un estado de ánimo extinguido. Un estado de ánimo consecuente a la guerra. Un estado de ánimo atribuido, por una parte, a depresión y abulia de las clases bur­gueses, malcontentas de los resultados de la guerra, y por otra parte, a un instante de ilusión revolucionaria de las clases trabajadoras sugestionadas por el bolchevismo ruso.

 

Una cámara elegida hoy, tenía que ser, por consiguiente, una cámara diferente de la elegi­da ayer. Debía corresponder a un nuevo estado de ánimo. Y del nuevo estado de ánimo se veía una prueba en el "'fascismo". En el "fascismo" reanimador del adormecido sentimiento nacionalista. Sobre esta base de previsión, se calculaba que las elecciones serían una revancha de los grupos constitucionales contra la extrema iz­quierda socialista y también contra el centro católico.

 

Los propios socialistas participaban de este cálculo, aunque partiendo, na-turalmente, de otros puntos de vista. Conceptuaban debilitada su posición electoral por las siguientes razones: pri-

 

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* Fechado en Roma, mayo de 1921; publicado en El Tiempo, Lima, 24 de julio de 1921.

 

 

 

 

 

 

 

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mera, la escisión del partido que dividía los votos del proletariado en dos bandos inconciliables beneficiando a los grupos constitucionales fusionados en un bando solidario; y, segundo, la condición desventajosa en que los colo-caba la ofensiva "fascista" generalizada en todo el país e intensificada en las regiones de mayor saturación socialista. Las organizaciones proletarias se hallaban atacadas sistemática y sañudamente. La propaganda electoral del Socialismo resul­taba coactada o impedida.

 

Los resultados de las elecciones han sorpren­dido, por esto, en primer lugar, a los socialistas y a los populares o católicos, esto es, a los dos grupos, cuyo número de diputados se considera­ba seguro que saldría diezmado de los escrutinios.

 

La nueva cámara, conforme al último comunicado oficial, está compuesta de 273 constitucionales, 122 socialistas ofíciales, 108 populares, 15 comunistas, 7 republicanos, 5 eslavos, 4 germanos y 1 socialista autónomo.

 

Ahora bien. La Cámara disuelta estaba constituída así: 239 constitucionales, 100 populares, 138 socialistas oficiales, 18 Comunistas y 13 republicanos.

 

Quiere decir que, mientras los socialistas no han perdido sino dieciséis di-putados y los comunistas tres, los populares han ganado ocho. O sea que la situación parlamentaria no se ha alterado sustancialmente. El problema de una mayoría estable se ha producido en términos casi ­idénticos. Hoy como ayer, ningún ministerio podrá sostenerse sin la cooperación de los populares, quienes, con motivo de su nueva victoria electoral, aumentarán sus exigencias para colaborar con los constitucionales.

 

Los constitucionales han aumentado de 239 a 273. Pero esta clasificación genérica de constitucionales sirve para denominar los diversos partidos adic-tos al actual régimen constitucional. Comprende todos los grupos: liberal de

 

 

 

 

 

 

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derecha, liberal democrático, radical; socialista reformista, nacionalista, "fascista" y agrario. Y comprende los diputados nittianos, veinticinco más o menos, además de otros varios diputados elegidos Igualmente en oposición a las listas mi­nisteriales.

 

En su composición general, la cámara de hoy se diferencia poco de la cámara de ayer. Apenas si existe una que otra variación secundaria. Por ejemplo, la presencia de cinco diputados eslavos y cuatro germanos, provenientes de las provincias reincorporadas en el territorio italia­no, en dos de las cuales es alto el porcentaje de la población austriaca.

 

En la composición particular de algunos elec­tores de la cámara se nota, más bien, diferen­cia apreciable. En el sector socialista se observa un incremento de la tendencia derechista. Vuelven a la Cámara con Enrique Ferri, otros elemen-tos que en las elecciones pasadas fueron eliminados de las listas socialistas por la tenden­cia maximalista.

 

Pero los cambios son mayores en la composición del sector constitucional. Tenemos, por una parte, un aumento de la extrema derecha: liberales de de-recha y nacionalista. Y tenemos, por otra parte, la entrada en la cámara del "fascismo" que, según su líder Mussolini, es teóricamente republicano y profesa en el orden so­cial principios conservadores de la derecha constitu-cional. Si se considera que el grupo "fascista" mal avenido por estas dis-crepancias, programáticas con algunos grupos vecinos, consta de treinta y cinco diputados de psicología batalladora e inquieta, aparece, evidente la imposibili­dad de fusionar, en una mayoría compacta, los distintos matices de la gama monárquica

 

En resumen, en vez de conseguirse una polarización de las fuerzas constitu-cionales, se ha aumentado su dispersión. La composición de la masa consti-tucional se ha complicado en lugar de simplificarse, mientras la extrema iz-quierda

 

 

 

 

 

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socialista ha conservado casi intacta su posición parlamentaria y el centro popular ha mejorado la suya. 

 

El tono 'de la prensa es sintomático. Los órganos populares socialistas repican a gloria en sus campanarios editoriales. Los órganos mi­nisteriales, en tanto, se limitan a declarar que la nueva cámara es mejor que la vieja, y que la concen-tración liberal ha ampliado sus bases parlamentarias. Pero al mismo tiempo, arreme­tiendo contra la ley electoral, encuentran un ínti­mo descontento. Il Corriere della Sera, el órga­no más cauto de la prensa liberal, sintetiza así los resultados de las elecciones: "Todos parecen vencedores y hierven las dispu-tas buscando a los vencidos". Pero hay un punto en el cual todos los comen-tarios convergen: la derrota del gobierno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA ENTENTE EN DISCORDIA*

 

 

El problema de la Alta Silesia tiene descom­paginada a la Entente. Cada uno de los aliados lo aprecia de una manera distinta. Inglaterra quiere que se obedezcan integralmente los resul­tados del plebiscito. Francia pretende acomodar estos resultados a las conveniencias polacas. Ita­lia preconiza una solución más o menos transac­cional y ecléctica.

 

La historia del conflicto es conocida. El Tra­tado de Versailles ordena que un plebiscito de­cida la suerte de la Alta Silesia. Su agregación a Polonia o su reincorporación a Alemania. Aho­ra bien. El plebiscito ha arrojado una ma-yoría favorable a Alemania. Pero Polonia ha sostenido en seguida que a Alemania sólo debe ser dada la parte donde ha prevalecido la población alemana. Y que la parte donde ha prevalecido la población polaca, esto es, los distritos carboní­feros, debe pasar a formar parte de su territo­rio. Francia, deseosa de sustraer al dominio ale­mán la zona carbonífera, se ha hecho desde el primer momento patrocinadora de la tesis pola­ca. Inglaterra, en cambio, ha amparado la tesis alemana, o sea, la indivisibilidad del plebiscito, cuyas cifras deben ser computadas global y no parcialmente.

 

Polonia ha visto perdida su causa. Y ha confiado entonces a las bandas arma-das de Korfanty la misión de crear en la Alta Silesia una situación de hecho, que obstruyese la adjudica­ción de esa región a Alemania y cambiase la po­sición polaca en el debate diplomático.

 

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* Fechado en Roma, mayo de 1921; publicado en El Tiem­po, Lima, 6 de agosto de 1921.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Esta maniobra polaca ha reposado, por supuesto, en la esperanza de que la complicación del problema indujese a Inglaterra a ceder a la presión francesa.

 

Pero esta esperanza ha sido excesivamente optimista. Inglaterra, en vez de disminuir su oposición a las pretensiones de Polonia, la ha afirmado. Ha asumido una actitud de resuelta intransigencia con las finalidades de Kor-fanty. Y ha declarado que los aliados están en el de­ber de reducir sus legiones o de dejar que Alemania se encargue de reducirlas.

 

La rígida actitud inglesa ha disgustado grandemente al gobierno francés. Ha soliviantado los ánimos polacos. Y ha suscitado escandalizados comentarios de la prensa parisiense. No se suponía que el plan de separar la Alta Silesia de Alemania, no obstante los resultados del plebis­cito, encontrase una resistencia tan firme en el gobierno inglés.

 

El gobierno francés se ha creído en el caso de ponerse, a su vez, en sus trece y ha polemi­zado vivamente con el gobierno inglés en fa­vor de su ahijada Polonia.

 

Italia, por su parte, se ha mantenido equi­distante de la tesis de Inglaterra y de la tesis de Francia. Con el objeto, evidentemente, de servir de mediadora entre una y otra. Pero aumentando por el momento, en la apariencia al menos, las proposiciones de la discordia aliada.

 

Este es el estado actual del problema. Aunque son muchas las razones que aconsejan a las potencias aliadas no agravar la crisis de la Entente, no parece sencillo pasar de esta faz polé­mica a una faz resolutiva. La divergencia anglo-francesa sobre la Alta Silesia es una divergen­cia de intereses más que una divergencia de doc­trina. En la Alta Silesia el interés de Francia discrepa del interés de Inglaterra. El interés de Francia consiste en que el carbón de la Alta Silesia, al ser asignado a Polonia, caiga bajo su

 

 

 

 

 

 

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dominio económico. El interés de Inglaterra, gran nación carbonera, se opone a que Francia, patrona ya del Sarre, resulte monopolizando casi la producción carbonífera del continente.

 

Italia misma, la más platónica de las poten­cias aliadas, no puede considerar sentimentalmente el problema de la Alta Silesia. El carbón silesiano es con-sumido en gran escala por su industria y sus transportes. Por consiguiente, ese problema roza también un interés suyo. Un in­terés legítimo de su aprovisio-namiento.

 

El horizonte de la controversia se presenta, pues, inquietantemente, turbio. Inglaterra, en este caso, trabaja por la pacificación europea. Está segura, ade-más, de la colaboración de Italia. Su posición en la controversia es, por ende, mo­ral y materialmente fuerte. Pero Francia defen­derá tenazmente su punto de vista. Finalmente, el acuerdo vendrá. Pero, mientras tanto, saldrá acentuada de la polémica la crisis de la Entente.

 

Crisis que, del resto, es ya antigua. El perío­do idílico de la Entente terminó el día de la vic­toria. Al día siguiente comenzó el período críti­co. Desde entonces los entredichos se suceden. Ayer era el problema de las reparaciones un mo­tivo cotidiano de discrepancias. Hoy es el pro­blema de la Alta Silesia. Cada uno de los pro­blemas de la paz pone, sucesivamente, en contraste los intereses de los aliados y socava las bases de su mancomunidad.

 

La guerra unía a los aliados. La paz los divi­de. Probablemente el humorismo diplomático cree necesaria otra guerra para unirlos de nuevo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LOS PROGRAMAS DE SALANDRA Y ORLANDO*

 

 

Nitti expuso su programa electoral en una carta a sus electores de Potenza. Salandra y Orlando han expuesto el suyo en un discurso a sus respectivos electores de Bari y Palermo. Con estos discursos se ha clausurado la esta­ción polémica del proceso electoral.

 

Salandra es el líder de los liberales de dere­cha. Es el hombre de la reacción. Ha hablado como tal. No ha atenuado su  fe conservadora con concesiones oportunistas a las ideas social-democráticas. No ha seguido la moda tan gene-ralizada en los políticos actuales de coquetear con el socialismo moderado. Su discurso ha sido, honestamente, conservador.

 

Intransigente en su individualismo, Salandra quiere un inmediato abandono de los sistemas intervencionistas adoptados a partir de la gue­rra. Sostiene Salan-dra -apreciación muy obje­tiva- que la guerra ha sido un experimento socia-lista. ¿Por qué? Porque la producción, los cambios, los transportes, la distri-bución de las cosas necesarias a la vida, cayeron en poder del Estado.

 

Este experimento, según Salandra, ha fraca­sado. Hay que desistir, por consi-guiente, de toda transacción con el socialismo. Hay que res­tituir al Estado su viejo rol.

 

Salandra pide la restauración de la libertad económica: libertad de comercio, libertad de pro­ducción, libertad de industria."Facultad de tra‑

 

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Fechado en Roma, mayo de 1921; publicado en El Tiem­po, Lima, 14 de agosto de 1921.

 

 

 

 

 

 

 

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bajar cuándo, dónde y cómo se quiera -son sus palabras- y de gozar con seguridad los frutos del propio trabajo, reduciendo al mínimo posi­ble las coacciones, las intervenciones, las inge­rencias de las autoridades guberna-mentales o comunales, defendiendo debidamente al indivi­duo contra cual-quiera imposición, no recono­ciendo sobre él otros poderes que aquéllos que la ley crea y en los términos y modos que la ley ordena".

 

Y, opinando que "todo acto de autoridad no puede dejar de ser en su fin y en sus medios, disminución de libertad", agrega: "Recordémoslo cuando imponemos deberes siempre nuevos y mayores a los poderes públicos. Recordémoslo, también, cuando en las asociaciones y en los sin­dicatos espontáneamente instituimos sobre los nuestros, otros y no menos gravosos poderes".

 

Estas declaraciones son sustancialmente anti-socialistas. Están saturadas de aversión a los sin­dicatos y a las cooperativas. Y es que la palabra de Salandra es, en todo instante, la palabra de la extrema derecha, compuesta de elemen-tos acendradamente individualistas y acé­rrimamente enemigos de ensayos colectivistas y de organismos sindicales. Es la palabra de la burguesía pura. De aquélla que no acepta la más mínima dosis de socialismo en la adminis-tración pública. De aquella que, por ende, se mantiene aferrada a principios tradicionales que no consiguen ya entusiasmar a la mayoría de las clases bur-guesas, dominada por un concepto más sagaz, más elástico, más inteligente y más realista de la situación social del mundo.

 

Orlando, que tiene antecedentes de político radical y reformista, ha sido poco consecuente con ellos en su discurso electoral. Ha hecho de­masiadas conce-siones al nacionalismo, al "fas­cismo", al individualismo, a todas las manifes­taciones esenciales de la reacción. Y, para po­nerse a tono con el ambiente giolittiano-fascista, ha criticado con aspereza la política del gobier­no de Nitti. La ha calificado de demagógica y anarcoide.

 

 

 

 

 

 

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En el discurso de Orlando se encuentra aproximadamente la misma retórica nacionalis­ta de los editoriales de la prensa conservadora. Y hasta la misma animosidad, anti-sindicalista del discurso de Salandra. Y, en cambio, no se encuentra una reprobación de la exageración reaccionaria, una exconfesión de la violencia "fascista", un disentimiento cualquiera de la po­lítica del gabinete.

 

En resumen, Salandra, ratificando su progra­ma de hombre de la derecha, ha ocupado su po­sición lógica. Orlando, mientras tanto, pronun­ciando un dis-curso Lleno de transacciones mentales con la derecha, malgrado una que otra protesta de fidelidad a la izquierda, ha perdi­do o desdeñado la oportunidad de tomar una posición propia.

 

Salandra representa, por esto, una tendencia definida, neta, precisa, en la contienda política. Orlando no representa tendencia fija alguna. La repre-sentación de la izquierda monárquica queda monopolizada por Nitti. Orlando renuncia a sus derechos a compartir con él esa representa­ción. Se coloca así, voluntariamente, fuera de los candidatos al gobierno.

 

Porque si prevalece en el Parlamento el sen­timiento reaccionario, el sucesor de Giolitti se­ría Salandra. Y, si prevaleciera el sentimiento reformista, regre-saría al gobierno Nitti.

 

Y, en el caso de que fuese necesario un go­bierno de transición, un gobierno mixto, tampo­co tocaría a Orlando presidirlo. Lo encabezaría, más bien, De Nicola, a quien se asigna, por su actuación en la presidencia de la Cámara, máxi­mas condiciones para dirigir una política con­ciliadora y equilibrista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL VATICANO Y EL QUIRINAL*

 

 

Desde hace poco, la prensa italiana trata un tema que parecía eliminado de la actualidad pe­riodística: la posibilidad de un entendimiento entre la Santa Sede y la monarquía. El motivo inmediato y contingente de este debate ha sido la reanudación de las relaciones diplomáticas de Francia y el Vaticano. Algunos periódicos mo­nárquicos han llamado la atención sobre el hecho de que, mien-tras todas las grandes poten­cias están representadas en el Vaticano, Italia vive ausente de ese centro de actividad diplo­mática. Y han preguntado si no es el caso de que Italia busque la forma de solucionar la cuestión pendiente con la Iglesia.

 

Los periódicos católicos han recogido bené­volamente estas observaciones. No sólo Il Co­rriere d'Italia, órgano del Partido Popular, ha declarado concilia-bles las aspiraciones del Va­ticano y las aspiraciones del Quirinal. También L'Osservatore Romano, órgano del Vaticano, ha dado a comprender que la Santa Sede desea un arreglo.

 

El tono del debate ha revelado que la opor­tunidad de un acuerdo del papado con la mo­narquía italiana no está distante. Ni de parte del Vaticano ni de parte del Quirinal subsiste la antigua intransigencia rígida e inflexible. El Vaticano tiene el propósito de ser modesto en su desiderátum. Y el Quirinal, a su vez, tiene el propósito de considerarlo amistosamente.

 

El Papado no pretende ya el restablecimien­to de su fenecido poder temporal. Parece que se conformaría con el reconocimiento de su so‑

 

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* Fechado en Roma, 30 de junio de 1921; publicado en El Tiempo, Lima, 30 de agosto de 1921.

 

 

 

 

 

 

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beranía territorial en los palacios papales. Reconocimiento que, evidentemen-te, la monarquía no encontraría comprometedor acordarlo.

 

La cuestión, pues, es hoy más una cuestión de forma que de fondo.

 

Esta nueva situación se debe principalmente al cambio operado en la política italiana du­rante los últimos años. En los primeros tiem­pos de la Unidad dominaba absolutamente en la política de Italia el Partido Liberal, que era en esos tiempos un partido de mentalidad anti-confesional y de tendencia masó-nica. Superado el ideal jacobino, la hegemonía liberal ha con­cluido. Dos grandes fuerzas políticas están aho­ra frente al Partido Liberal: el Partido Socialista y el Partido Popular o Católico. Además, los liberales se dividen en demócratas liberales, liberales de derecha, nacionalistas y agra­rios. Y de acuerdo con las necesidades de los tiempos nuevos, no subordinan su progra-ma po­lítico a su tradición anticlerical. Los liberales, por consiguiente, aparte de ser menos organizados, compactos y fuertes que antes, son, asi­mismo, menos intransigentes en sus puntos de vista doctrinarios.

 

El Partido Popular participa actualmente en el gobierno. Sin la cooperación de sus ciento nueve votos parlamentarios, los grupos consti­tucionales no pueden constituir ningún gabinete.

 

El catolicismo italiano posee así una influen­cia política que no puede dejar de repercutir en la actitud de la monarquía respecto del Va­ticano. Esa influencia, que ha sido empleada ya para detener el divorcio, será empleada igualmente, con la ponderación y sagacidad preci­sas, para inducir al gobierno a negociar la paz con la Santa Sede.

 

Es sintomático que el líder del "fascismo", Benito Mussolini, político de in-sospechable filia­ción librepensadora, haya sostenido en su re­ciente discurso-programa en el Parlamento la

 

 

 

 

 

 

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conveniencia de solucionar la cuestión con el Vaticano. Mussolini se ha fun-dado, naturalmen­te, en razones nacionalistas. Ha dicho que la Iglesia Católica es en el mundo un gran agen­te de italianidad. Pero, en el fondo, las palabras del líder "fascista" constituyen un homenaje a la fuerza del Partido Popular. El "fascismo" ma­niobra por atraer a los populares a la derecha. Por evitar que se acentúe su inclinación a una colaboración con los socialistas.

 

Ciertamente, aún no estamos en vísperas de un arreglo entre el Vaticano y el Quirinal. Carecen de fundamento las intempestivas noticias de la prensa sen-sacionalista del extranjero. Pero sí estamos en el período preparatorio de ese arreglo. En el período del debate periodístico.

 

Algunos diarios descartan la posibilidad de un entendimiento y niegan su necesidad. Obser­van que sería peligroso crear un estado autóno­mo dentro del Estado italiano; que el Vaticano puede convertirse en un foco de aspiraciones diplomáticas; y que no existe apremio para sa­lir del modus vivendi actual.

 

Pero éstas son las naturales expresiones de la resistencia masónica. Por el momento, lo posi­tivo y lo interesante es que la prensa de ambas partes ha discutido el asunto mostrando por una solución transaccional una simpatía que hasta hace algunos años habría sido imposible. Y que en la Cámara el líder de un grupo, tendencial­mente republicano, pero prácticamente monár­quico, ha enaltecido, y no por pura retórica, la italianidad de la Iglesia Católica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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TENDENCIAS DE LA NUEVA CAMARA*

 

 

Están actualmente en discusión dos proble­mas de la situación parlamentaria: la orienta­ción socialista y la orientación "fascista". So­bre estos problemas polemiza exorbitantemente la prensa de todos los sectores.

 

Algunos periódicos han anunciado la inmi­nencia de la colaboración socialista. No de la colaboración simplemente legislativa, sino de la colaboración en el gobierno, de la colaboración con la monarquía.

 

Pero ésta es una previsión apresurada e ima­ginativa.

 

No hay duda de que el Partido Socialista vi­ra a la derecha. Serrati mismo -maximalista hace un año- lo confiesa en el Avanti. Y no sería indispensable que Serrati lo confesase. La política del Partido es visiblemente otra, desde el Congreso de Livorno. En ese Congreso, el so­cialismo cambió de rumbo. Por esto nació el Partido Comunista.

 

Además existe una razón contingente que pue­de aconsejar a los socialistas la participación en el gobierno. Esa razón es la necesidad de poner atajo y tér-mino al "fascismo". Para librarse del "fascismo", los socialistas tienen que elegir en­tre dos caminos únicos: la violencia o la lega­lidad. Contra la violen-cia se han declarado ya los órganos directivos de la agrupación. Por consi-guiente, ésta debe encauzar su acción dentro de la legalidad. Y el camino de la legalidad pue‑

 

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* Fechado en Roma, mayo de 1921; publicado en El Tiem­po, Lima, 5 de setiembre de 1921.

 

 

 

 

 

 

 

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de conducirla al gobierno. Porque sólo desde el gobierno el empleo de la legalidad puede ser efi­ciente para debelar y desarmar al "fascismo". Todo esto es muy cierto y en todo esto reposan las conjeturas de la prensa acerca de un pro­bable colaboracionismo socialista. Es evidente, sin embargo, que hay que descartar por ahora la posibilidad de tal colaboracionismo.

 

La política socialista está subordinada al veto del Congreso de Livorno. La mayoría socialistas disentió en el Congreso de Livorno de la minoría comu-nista. Pero mantuvo sus puntos de vista clasistas y revolucionarios. Aceptó casi ín­tegramente los veintiún principios del Comité de la Tercera Interna-cional. Y se colocó así, de nuevo, en el terreno intransigente de la lucha de clases.

 

Los socialistas oficiales no podrían, pues, orientarse hacia el colaboracio-nismo sin una revisión esencial de su programa y sin la revoca­ción de los acuerdos de Livorno. Esta revisión, esta revocación, tocarían a un congreso nacio­nal del partido. Congreso en el cual, dadas las circunstancias políticas presentes, difícilmente prevalecerían tendencias colaboracionistas.

 

La historia del Partido Socialista Italiano es la historia de un partido infle-xiblemente anti-colaboracionista. El Partido Socialista Italiano es uno de los partidos socialistas europeos que, ni aun en los días de la guerra, han parti-cipado en el gobierno. Virgen de todo ministerialisnio, no ha tolerado en su seno corrientes explícitamente colaboracionistas. En 1912, en el Congreso de Reggio Emilia, votó la expulsión de Bisso­latti, Bonomi y otros diputados partidarios de la colaboración con la monarquía.

 

Admitamos que estas consideraciones prin­cipistas e históricas hayan perdido un poco su fuerza Clásica. Son consideraciones fundamen­tales actuales las que más se oponen hoy a la colaboración socialista. La nueva Cámara provie-ne de unas elecciones convocadas contra el

 

 

 

 

 

 

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socialismo, para reducir la influencia socialista en el parlamento. Luego, aun-que la colaboración socialista esté madura, no es ésta la legislatura en que puede inaugurarse. El estado de ánimo de las masas socialistas no es propio para un acuerdo con la monarquía. Así lo sienten Turati, y Treves, los líderes de la derecha socialis­ta, a los que, por ende, correspondería decidir la oportu-nidad de una colaboración.

 

Los socialistas oficiales acentuarán, seguramente, su orientación a la derecha. Renuncia­rán a la táctica revolucionaria. Aumentarán su distanciamiento de los comunistas y de la Tercera Internacional. Pero, por el momento, no pasarán a un terreno colaboracionista. No aban­donarán intempestivamente sus premisas anti-monárquicas.

 

Hablar de colaboración socialista es, en consecuencia, prematuro. La orienta-ción socialista no mudará sustancialmente en esta legislatura. Los socialistas continuarán en la oposición. El ministerio, cualquiera que él sea, tendrá en con­tra sus ciento veintidós votos.

 

La orientación "fascista" es de una impor­tancia secundaria. Entre otras razo-nes, porque los diputados "fascistas" no son sino treinta y cinco. Mas una declaración de su líder Benito Mussolini ha suscitado el debate público res­pecto de ella. Mussolini ha dicho que los "fas­cistas" son tendencialmente republicanos. Y, na­turalmente, los partidos monárquicos se han so­bresaltado. Han llamado al orden al "fascismo" y a su caudillo. ¿Qué es eso de hacer cuestión de la forma de gobierno?

 

Los diputados "fascistas", más o menos mo­nárquicos en parte, se han apresu-rado a obser­var que, como Mussolini lo ha definido, el repu­blicanismo "fas-cista" es únicamente "tenden­cial". Pero ni aún esta aclaración ha tranquili­zado completamente a los partidos monárqui­cos. El republicanismo "fascista" los desconten­ta, aunque se califique teórico y convencional.

 

 

 

 

 

 

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Y esto es explicable. Italia no es una nación donde la crisis política sea pro-piamente una crisis de la monarquía. Pero es siempre una na­ción donde los partidos anti-dinásticos son ya tres —el Socialista, el Republicano y el Comu­nista— y donde otro partido -el del Centro Católico- por su adhesión a la Santa Sede no está muy vinculado a la dinastía de los Saboya.

 

La profesión de fe republicana del partido que se halla a la vanguardia de las fuerzas cons­titucionales en la ofensiva contra el socialismo revolucionario, no puede, pues, dejar de desa­zonar a los monárquicos celosos y vigilantes.

 

La amistad del "fascismo" con los partidos constitucionales se ha enfriado mucho, por este motivo, después de las elecciones. Los más redomados son-ríen escépticamente del republica­nismo de Mussolini, estimándolo absoluta-mente platónico y, por lo tanto, innocuo. Mussolini —observan— ha sido socialista hasta ayer y por coherencia con su pasado tiene que colorear de republicanismo su nuevo programa. Pero, con todo, las aprensiones no se desvanecen fácilmen­te. Y es que en los partidos constitucionales se desconfía del condotierro del "fascismo". Es­pecialmente cuando se recuerda que Mu-ssolini sueña con la dictadura de D'Annunzio y que D'Annunzio mismo es propensa a veleidades anti-dinásticas. Y hasta a poéticos proyectos de golpes de Estado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA CASA DE LOS CIEGOS DE GUERRA"

 

 

Desde mi ventana veo cotidianamente una vieja casona. Esta casona blanca, misteriosa y dra­mática como un panteón, es un monasterio. Y en ese monas-terio están los ciegos de guerra.

 

El paisaje es un paisaje de égloga, de epope­ya y de tarjeta postal iluminada. Hay aquí un cielo muy azul, un sol muy italiano, una campi­ña muy jocunda. En las colinas alinean militarmente sus pabellones los gayos viñedos latinos. Más allá, arriba, limitan el paisaje montes gra­ciosos y decorativos que son, además, montes cargados de leyenda y mitología. En la cima de uno de ellos se alzaba el Tusculum, la ciudad de Cicerón y de Catón el Viejo. En la cima de otro se alzaba el templo de Júpiter Lacial.

 

Abajo, del lado del mar, envuelto en las muse­linas de su atmósfera húmeda, brilla el panora­ma dorado de Roma la Eterna.

 

Todo es, en este paisaje, risueño como el vino de Frascati o elocuente como los discursos de Cicerón. Y todo es teatral. Todo es espec­tacular. Todo es retórico. Nada es sombrío. Na­da es triste.

 

Se respira unas veces el ambiente festivo de esos "recreos" con juegos de bochas y con músi­ca de mandolinas bajo el emparrado; y se respira otras veces el ambiente arqueológico de las ruinas ilustres.

 

Aquí vienen las gentes de Roma a beber en las hosterías de los Castelli Roma-ni el dulce vino latino. Aquí viven un episodio de su nove­la todas las coplas de enamorados y de aman‑

 

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* Fechado en Frascati, 14 de junio de 1921; publicado en El Tiempo, 10 de setiembre de 1921.

 

 

 

 

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tes. Aquí vagan, discurren y curiosean ingleses, americanos, rusos, turistas de todas las clase y todas las naciones que peregrinan por Italia con su máquina fotográfica, su vocabulario y su "Baedecker". Aquí, en fin, no hay campo para la tragedia. La única tragedia posible es la tra­gedia del amor. La tragedia de amor que es una tragedia de revólver, de cuchillo o de su­blimado; que es tan vulgar, tan animal y tan monótona; y que resulta, al lado de la tragedia de los ciegos de guerra, una cosa cómica y ridícula.

 

Sin embargo, aquí están los ciegos de gue­rra. ¿Qué hace en este teatro de farsa clásica y de fiesta dionisíaca su tragedia terrible, su auténtica tragedia?

 

Estos ciegos no son los ciegos de Maeterlinck. Estos ciegos no van por los bosques, con su pastor y su perro, como una manada melancólica. Estos ciegos son un doliente regimiento de inválidos. Estos ciegos vienen de una guerra tre­menda. Estos ciegos vuelven del campo de bata­lla. Su presencia transforma el monasterio en un cuartel de soldados atormentados e impo-tentes.

 

De las tragedias de estos ciegos, las gentes no conocen, generalmente, sino la optimista ver­sión confeccionada para uso y consumo univer­sal por la manía retórica de la humanidad. Esa versión dice que los ciegos de guerra son una legión de gloriosos inválidos, orgullosos de sus medallas, cintas y condeco-raciones, contentos de su sacrificio, ufanos de su victoria, resignados con su desventura.

 

En tanto, seguramente, los ciegos no recuer­dan siquiera que son beneméritos en grado he­roico a la patria y a la civilización. Y así como no les importa el panorama romano, ni la pri­mavera, ni el Tusculum, ni Cicerón, tampoco les importa su gloria ni sus méritos. Ninguna litera­tura es capaz de consolar su corazón. Para ellos no existe la visión de este escenario de turistas.

 

 

 

 

 

 

 

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La visión que dura en sus ojos inútiles es la visión de la trinchera horrible.

 

En este paisaje anacreóntico no concibo, pues, la casa de los ciegos de guerra. La concebiría en San Gimignano, la ciudad doliente de la Divi­na Comedia. Aquí no. Aquí no hay ambiente pa­ra comprender ni para percibir el dolor ence­rrado en el inmenso asilo. Cuando se pasa y se pregunta, señalándolo, "¿qué es eso?", la respues­ta de que es el asilo de los ciegos de guerra parece una respuesta absurda. No es posible convencerse de que aquí tanto dolor se concentre. Es necesario cerrar los ojos, olvidar el lugar, sustraerse al ambiente para pensar en este dolor.

 

Nadie lo siente, nadie lo ve, nadie lo conoce por esto. Ni aún las madres de caridad, que viven en medio de él. Yo estoy seguro de que estas madres de caridad son infinitamente bue­nas y santas. Pero estoy seguro también de que son como el paisaje, el sol, la campiña y la tra­dición quieren que sean todas las gentes en este sitio. Yo estoy seguro, por ejemplo, de que aman apasiona-damente el vino y los macarrones. Y de que prefieren íntimamente los versos pa­ganos de Horacio a la prosa ascética de Kempis. Y de que querrían a veces tener, como las demás mujeres de la campiña, su casita, su ma­rido y sus "bambinos". Y de que, todos los días, después de haber almorzado romana-mente, duer­men, despreocupadas, gordas y felices, una sies­ta beatísima.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ASPECTOS DE LA CRISIS MINISTERIAL*

 

 

Después de un áspero año de gobierno ha caído Giolitti. Ha caído víctima de la Cámara de Diputados proveniente de las elecciones con­vocadas por él para gobernar sin fastidios ni zancadillas parlamentarias.

 

La Cámara se ha declarado en desacuerdo con su política internacional. La moción respec­tiva del líder socialista Turati no ha obtenido numéricamente la mayoría. Antes bien, los vo­tos del gobierno han superado en treinta y cua­tro a los votos de la oposición. Pero uno de los grupos monárquicos más numerosos -la Demo­cracia Social- ha estado al lado del gobierno solamente por fórmula. Ha votado en contra de la moción socialista, pero con muchas reservas y reticencias. Además, como los votos ministe­riales comprenden los veintisiete votos de los ministros diputados -aquí los ministros partici­pan en la votación- resulta que el gabinete no ha contado con treinta y cuatro votos de mayoría sino con siete únicamente.

 

Giolitti se ha sentido batido. Y ha presentado en seguida su dimisión. Con la colaboración vacilante y condicional de los democráticos so­ciales no le era posible proseguir en el gobierno.

 

La prensa ministerial pretende que, en reali­dad, la Cámara no ha retirado su confianza a Giolitti, sino a Sforza, el Ministro de Relacio­nes Exteriores. Pero este distingo es demasiado artificioso y casuístico. La política internacional, especialmente ahora, es una cosa sustantiva en el programa de un gabinete europeo. Es la po­lítica de los partidos que gobiernan, la política

 

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* Fechado en Roma, 28 de junio de 1921; publicado en El Tiempo, Lima, 26 de setiembre de 1921.

 

 

 

 

 

 

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del Presidente del Consejo; no la política per­sonal del Ministro de Relaciones Exteriores. Gio­litti es, por consiguiente, solidario con Sforza. La política de Sforza ha sido la política de su gobierno. Así lo ha reconocido leal y categóri­camente el viejo político piamontés en su exposición a la Cámara.

 

La crisis estaba prevista. Es una consecuen­cia fatal del resultado de las elecciones. Las elec­ciones fueron convocadas porque se creía que la Cámara anterior correspondía a un estado de ánimo extinguido ya. Se esperaba que en una nueva Cámara los grupos constitucionales recu­perasen su antiguo preva-lecimiento. Contrariamente a esta suposición, los populares han me­jorado su posición parlamentaria y los socialis­tas, no obstante su cisma reciente, han conser­vado aproximadamente la suya. Los grupos constitucionales han vuelto a la Cámara en el mis­mo número importante para gobernar sin la cooperación de los populares o de los socialis­tas. Las elecciones han sido un error del minis­terio Giolitti. Un error que inevitablemente te­nía que pagar con su caída.

 

Se sabía, por lo tanto, que el ministerio estaba irremisiblemente condenado a caer. Pero no se sabía, en cambio, la oportunidad en que caería. Porque era fácil que la mayoría de la Cámara se acordase para batir al gabinete; pero, en cambio, difícil que se acordase para ase­gurar a un gabinete una existencia vital y du­radera.

 

En el interés de Giolitti, hábil, veterano y redomado parlamentario, ha estado, por esto, precipitar la crisis, anticiparse a la coordinación de los grupos de la Cámara. Marchándose del gobierno, antes de que esta coordinación lo tra­jese ruidosamente abajo ha conseguido que su caída sea mucho menos violenta y sonora. Que casi no parezca una caída sino un "aterrizaje". Y que, en vez de sucederle un gabinete madu­rado con tiempo, lo suceda un gabinete improvi-sado y, por ende, precario. Un gabinete que

 

 

 

 

 

 

 

 

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pueda preparar la vuelta al gobierno del mismo Giolitti, en el caso de que éste consiga crearse nuevas bases parlamentarias.

 

Durante el debate que ha seguido al discurso de la corona y que precedió a la votación cau­sante de la crisis, se han definido y concretado las diferentes tendencias constitucionales de la Cámara.

 

El grupo del renovamiento se ha fusionado con el grupo radical, constitu-yendo la "democra­cia social". La democracia social ha tratado de atraer a su órbita a los socialistas reformistas. Pero, si bien éstos han preferido subsistir co­mo grupo autónomo, no se han negado a mantener cordiales relaciones de vecindad y paren­tesco con los democráticos sociales. La demo­cracia social y el reformismo son así considerados como un solo sector parlamentario. En él se concentran noventa votos aproximadamente.

 

Al lado de este grupo se halla el grupo de­mocrático liberal compuesto de ochenta dipu­tados. Este grupo tiende a la colaboración con la democracia social y forma con ella un blo­que de ciento setenta diputados, base de toda combinación ministerial, mientras no se decidan a participar en el gobierno los socialistas ofi­ciales.

 

El "fascismo", malgrado su etiqueta republi­cana y renovadora, se ha situado en la extrema derecha. Y, congruentemente con esta ubicación parlamentaria, Mussolini, el líder fascista, ha pronunciado un discurso-programa definido por él mismo como un discurso antisocialista y reac­cionario.

 

La derecha resulta compuesta, en consecuen­cia, por los "fascistas:', los nacio-nalistas y los liberales salandrinos. Un total de setenta votos, más o menos.

 

Los otros sectores de la Cámara: centro popular y extrema izquierda socialista —ciento nueve y treintacinco votos, respectivamente— con‑

 

 

 

 

 

 

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servan el rol que tuvieron en la Cámara ante­rior: de colaboración indispen-sable el primero, de oposición intransigente el segundo.

 

En suma, la composición de la Cámara es menos propicia aún que antes a la organización de una mayoría homogénea y sólida. Un gabine­te popular socia-lista —que Sería seguramente apoyado por el grueso de la izquierda constitu­cional— podría disponer de una numerosa y leal mayoría. Pero los socialistas oficiales persisten en su anticolaboracionismo.

 

Se trabaja por un gabinete de transición: un gabinete del centro popular y de la izquierda constitucional, encabezado por De Nicola que, como presidente de la Cámara, ha revelado con­diciones de político ponderado y sagaz. Pero De Nicola no encuentra de su gusto presidir un go­bierno anodino. Desea reservar su candidatura para octubre, fecha en que los socialistas ha­brán resuelto en un congreso nacional del par­tido, el punto de su asunción al poder en colabora-ción con la burguesía.

 

Vendrá, pues, un misterioso Bonomi. Bonomi es el líder de los socialistas re-formistas, gru­po de escasa clientela popular, amalgamado desde hace algunos años con la izquierda monár­quica. El ministerio que formará será un ministe-rio de corta vida.

 

Se dice que Bonomi está encargado de guardar el puesto a Giolitti. Y que Giolitti parte del palacio de gobierno con boleto de ida y vuelta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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NUEVA FAZ DEL PROBLEMA DE IRLANDA*

 

 

Parece que el viejo problema de Irlanda en­tra finalmente en su faz decisiva. Lloyd George pone en juego, en estos momentos, toda su in­teligente saga-cidad, para arribar a un arreglo transaccional con De Valera, líder irlandés. Y también De Valera se encuentra deseoso de en­contrar un modo de concilia-ción de las aspira­ciones irlandesas con las necesidades de la po­lítica británica.

 

Pero para una solución no basta la buena vo­luntad personal de los represen-tantes de Ingla­terra e Irlanda. Y es, además, muy intrincado. No es difícil solamente un acuerdo entre Ingla­terra e Irlanda. Es difícil también un acuerdo de la opinión pública inglesa.

 

Una parte de la opinión pública inglesa, que precisamente está numerosamen-te representada en la zona política de Lloyd George, es hostil a la autonomía de Irlanda. Entre las razones nue­vas de su hostilidad a la autonomía, figura ésta: la que permitiría a los ciudadanos de Irlan­da crearse una situación tri-butaria privilegiada y sustraerse a las cargas económicas que pesan sobre los demás ciudadanos del Reino Unido a consecuencia del déficit financiero.

 

Los principales propugnadores de la autono­mía irlandesa se cuentan en el campo contrario al "premier". Asquith, el líder liberal, que fue el patrocinador del "home rule", -la autonomía que el Parlamento británico creyó posible, hace algunos años, conceder a Irlanda y que Irlan‑

 

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* Fechado en Roma, agosto de 1921; publicado en El Tiem­po, Lima, 30 de octubre de 1921.

 

 

 

 

 

 

 

 

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da la rechazó como algo muy inferior a sus aspi­raciones mínimas-, es hoy el patrocinador de una fórmula más amplia de autonomía.

 

Lloyd George halla así, en su propio campo parlamentario y no en el enemigo, las mayores resistencias a excesivas concesiones a Irlanda.

 

Pero esto no es lo sustancial en el problema. Lo sustancial es que las aspira-ciones irlandesas, al menos en su forma, no admiten reducción y que, por consiguiente, no pueden ser aceptadas por Inglaterra. Irlanda aspira no a su auto­nomía, sino a su independencia, a su indepen­dencia absoluta. E Inglaterra apenas si está dis­puesta a acordarle la autonomía, que tanto le ha regateado siempre y que, como acabamos de ver, una parte de la opinión inglesa aun ahora quiere condicionada y restringida.

 

Irlanda es demasiado vecina de Inglaterra pa­ra que Inglaterra le permita ser libre sin taxati­vas. Una Irlanda independiente sería un peligro para la política internacional de la Gran Breta­ña. Más todavía. En estos tiempos de imperia­lismo y militarismo, sería un peligro para la se­guridad del territorio inglés.

 

Pasemos a otro aspecto del problema: la pre­sunta imposibilidad de conviven-cia de la Irlan­da católica y la Irlanda protestante dentro de un estado autóno-mo.

 

Inglaterra ha hecho de la voluntad de la Irlanda protestante -opuesta al separatismo de la Irlanda católica y partidaria del mantenimien­to de la unión con Inglaterra- su más valioso argumento contra la independencia irlandesa. Inglaterra ha hablado mucho de su deber de tutelar los derechos de esta mi-noría, en la cual ha señalado, al mismo tiempo, el núcleo más progresista y adelantado de la población de Irlanda.

 

Mas según los "sinn feiner", se trata, en verdad, de un "bluff" inglés. La población de Ulster constituye una pequeña minoría. Inglaterra

 

 

 

 

 

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mientras, por una parte, ha estimulado a esta minoría a una intransigente resistencia a la vo­luntad del resto de Irlanda, por otra parte la ha presentado a los ojos del mundo como un sector considerable e irreductible de la opinión irlandesa. En una palabra, Inglaterra ha inflado el problema de Ulster. Y ha difundido en el mundo una impresión equivocada respecto de él. Sus enormes medios de propaganda se lo han consentido.

 

La autonomía concedida por Inglaterra a Irlanda -el "home rule"-, promulgada y esta­blecida contra la voluntad de Irlanda, está ins­pirada en esta exageración intencional de la cuestión de Ulster. Dicha fórmula de autonomía se preocupa más de los derechos de la minoría de Ulster que de los derechos de la mayoría de la isla. Y crea dentro del Estado irlandés un Ulster mayor del Ulster ver-dadero. Anexa al te­rritorio de Ulster diversos territorios de pobla­ción separa-tista.

 

Ahora bien. El resultado electoral de esta delimitación de Ulster -la elección de numero­sos separatistas como miembros del parlamento ulsteriano- es indicado por los "sinn feiner" como una prueba de que la minoría protestante y unionista de Irlanda es mucho menos impor­tante de lo que Inglaterra pre-tende.

 

Además, este resultado electoral hace del pro­blema irlandés un curioso pro-blema concéntri­co. Irlanda no quiere depender de Inglaterra. Y, dentro de Irlanda, hay una fracción rebelde -Ulster- que no quiere depender de Irlanda sino de Inglaterra. Y, a su vez, dentro de Ulster hay una fracción rebelde que no quiere depen­der de Ulster sino de Irlanda.

 

¿Cómo se puede solucionar este enredo? Muy sencillamente -responden los "sinn feiner"-, dejando que nos entendamos libre y directamen­te con los unionistas de Ulster. Faltos de res­paldo británico, los unionistas serían más razo­nables. Comprenderían la necesidad de una con‑

 

 

 

 

 

 

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vivencia cordial con la mayoría irlandesa. Y li­mitarían sus exigencias. Pero allanada la cues­tión de Ulster, surge la cuestión fundamental. Y se comprueba entonces que el problema no consiste en la divergencia entre los separatis­tas y los unionistas sino en la incompatibilidad de la independencia de Irlanda con los intereses de Inglaterra.

 

Inglaterra, rectificando sus antiguos puntos de vista, acaba de declararse re-suelta a acordar a Irlanda la misma autonomía del Canadá, Aus­tralia y otros dominios. Pero Irlanda no se conforma con ser un dominio. Insiste en ser una nación libre e independiente.

 

Es de prever, sin embargo, que la urgencia de poner término a una lucha truculenta, induz­ca a Inglaterra y a Irlanda a buscar un tem­peramento tran-saccional. La última respuesta de De Valera a Lloyd George es, en el fondo, con­ciliadora. Contiene la declaración de que Irlan­da puede aceptar unirse a Inglaterra, pero a condición de que su unión sea libre y volunta­ria, esto es, de que se reconozca antes su inde­pendencia.

 

Por esta vía la controversia principal entre Inglaterra e Irlanda podría redu-cirse a una cues­tión de forma. Inglaterra no tendría inconve­niente en ceder. Irlanda sería libre por fin. Li­bre e independiente. Pero no podría usar de su libertad y de su independencia sino para unirse de nuevo a Inglaterra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL PARTIDO SOCIALISTA ITALIANO

Y LA TERCERA INTERNACIONAL*

 

 

Vuelve a la actualidad periodística la cues­tión del Partido Socialista Italiano y la Tercera Internacional. Una cuestión que se había consi­derado concluida en el Congreso de Livorno. Porque en él, como se recordará, la mayoría del Par-tido Socialista se pronunció contra el más sustancial de los veintiún puntos de Moscú. Y la fracción minoritaria rompió entonces con las diversas fracciones mayoritarias y fundó el Par­tido Comunista, sección italiana de la Tercera Internacional.

 

Pero ahora ocurre que la Tercera Internacio­nal, en su tercer congreso, recien-temente cele­brado en Moscú, después de deliberar largamen­te sobre la posi-ción de los socialistas italianos, ha resuelto no cerrarles para siempre sus puer­tas sino invitarlos por última vez a la obedien­cia y a la disciplina.

 

La delegación socialista- italiana llevó a Mos­cú el encargo de explicar el voto de Livorno, justificándolo como una necesidad ambiental de la lucha en Italia. Y ha traído de Moscú un ultimátum. En este ultimátum la Tercera Internacio-nal dice a los socialistas italianos que pue­den aún ser admitidos en su seno a condición de apartarse inmediatamente de los elementos dere­chistas que enca-beza Turati y de fusionarse con el joven Partido Comunista.

 

Esta invitación va a ser discutida por los so­cialistas en el próximo congreso nacional de Milán.

 

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* Fechado en Roma, agosto de 1921; publicado en El Tiem­po. Lima, 3 de noviembre de 1921.

 

 

 

 

 

 

 

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Para ese congreso se delinean otra vez tres tendencias. Una que acaudillan los delegados en­viados al Congreso de Moscú -Lazari, Maffi y Riboldi- y que es favorable a la ejecución del ultimátum, esto es, la expulsión del grupo refor-mista que sigue a Turati, Treves y Modiglia­ni. Otra que mantiene el punto de vista de Li­vorno, o sea la conservación de la unidad del partido, declarándose concorde, en lo demás, con los veintiún puntos de la Tercera Internacional a cuyas puertas insiste tocar. Y otra que repre­senta la derecha turatiana, y que, en consecuen­cia, coincide con la tendencia unitaria en la defensa de la unidad del partido, pero no en la apreciación de los veintiún puntos del progra­ma maximalista.

 

Aparecen, pues, como en Livorno, tres faccio­nes. La derecha, el centro y la izquierda. Y, co­mo en Livorno, la izquierda quiere la expulsión de la derecha mientras el centro tiende a la con­tinuación de uno y otro grupo dentro del partido.

 

Pero esta vez el congreso no se limitará a dis­cutir si el partido debe o no obe-decer a la Tercera Internacional. Tornará a discutir su orien­tación y su táctica. Se pronunciará sobre la po­lítica que la situación aconseja seguir. En una pala-bra, pondrá en claro si el partido cabe o no dentro de la Tercera Internacional.

 

Este debate resulta un poco extraño para quie­nes creían que los socialistas italianos tenían fijada definitivamente su orientación. Y consti­tuye realmente la prueba de que una gran parte de ellos no comparte absolutamente los prin-cipios de la Tercera Internacional y, por consi­guiente, no debe ser admitida en sus filas.

 

La cuestión del colaboracionismo y la intran­sigencia, había quedado, en efec-to, totalmente resuelta hace nueve años en el Congreso de Reggio Emilia, en el cual se afirmó la índole revolucio­naria e intransigente del socialismo ita-liano y se expelió de él a los elementos colaboracionistas.

 

 

 

 

 

 

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Y esta orientación programática había sido ca­tegóricamente ratificada hace dos años por el Congreso de Bologna que acordó la adhesión a la Tercera Internacional.

 

De colaboracionismo no debía hablarse, por tanto, en el socialismo italiano. Turati y su gru­po, al poner nuevamente en debate la cuestión se fundan en que la situación no es hoy la de hace nueve años y ni siquiera la de hace dos. Hace nueve años el partido socialista italiano distaba mucho de alcanzar su máximo grado de organización y desarrollo. Estaba en un perío­do de evangelización y propaganda. La colabora­ción en el gobierno, entonces, habría sido una cola-boración a pura pérdida, dado que el par­tido, careciendo de fuerza para impo-ner sus puntos de vista, no habría podido realizar ninguna de las cosas sus-tantivas de su programa. Y hace dos años el partido, sugestionado por la re­volución rusa, atravesaba un instante de entu­siasmo y de ilusión maximalistas. Ahora, en tanto, mientras por una parte, el partido dueño de más de dos mil municipalidades, de centenares de cooperativas y de una numerosa represen-ta­ción parlamentaria, se halla en el período de las realizaciones, por otra parte ha perdido la espe­ranza de la revolución inmediata.

 

Además, Turati y su fracción observan que dos son las concepciones socia-listas de la actua­lidad, basadas naturalmente en una diversa apre­ciación del instante histórico. La primera es la concepción maximalista de que frente a la cri­sis burguesa, la acción socialista debe ser exclu­sivamente insurreccional y revolucionaria. Y la segunda es la concepción evolucionista de que la acción socialista debe ser constructiva y no debe despreocuparse de los problemas de la crisis sino, más bien, trabajar porque aboquen a so­luciones socialistas, o semisocialistas. En suma, que el socialismo debe preparar dentro de la socie-dad actual las bases de la sociedad futura,

 

La primera concepción -dicen los turatianos- ha sido desechada en el Congre-so de Li‑

 

 

 

 

 

 

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vorno. Luego la concepción del Partido Socialista tiene que ser por fuerza la segunda. La fracción unitaria o sea la fracción centrista, dice ser adversa a todo colaboracionismo y fiel al cri­terio intransigente de la Tercera Interna-cional. Pero no encuentra inconveniente en convivir en la misma agrupación con la fracción colaboracio­nista. Y esto es lo que la Tercera Internacional y el Partido Comunista le reprochan. Y lo que una fracción del partido ha termi-nado por de­clarar ilógico e insostenible.

 

Se prevé que en el Congreso de Milán, como en el Congreso de Livorno, prevalecerá la frac­ción unitaria. Las mociones que en ese Congre­so se aprue-ben no aceptarán la tesis colabora­cionista de Turati y de sus partidarios, pero tampoco aceptarán la tesis de la Tercera Interna­cional de que Turati y sus partidarios deben ser expelidos.

 

Probablemente, una parte de los elementos agrupados en la fracción favorable a la tesis de la Tercera Internacional no querrá continuar en las filas del par-tido. Pero la escisión será pe­queña., En general, las opiniones disidentes se someterán a la opinión de la mayoría. Y el par­tido socialista italiano se colo-cará definitivamen­te fuera de la Tercera Internacional. Turati y sus compa-ñeros se encargarán, más tarde, de conducirlo gradualmente al colaboracio-nismo y, al minimalismo. A pesar del maximalismo y del revolucionarismo verbales de los jefes de la actual mayoría.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA PAZ INTERNA Y EL "FASCISMO"*

 

 

Teóricamente, ha cesado la contienda civil. El "fascismo" y el socialismo han suscrito un tratado de paz que estipula formalmente la suspensión recíproca de toda beligerancia. Pero la paz no ha sido aún establecida. En varias pro­vincias prosigue sañuda y trágica.

 

El "fascismo" se resiste al desarme y a la desmovilización. Las huestes no escuchan la voz pacificadora de los jefes. Y en la Romagna y la Toscana los propios "condottieri" regionales desconocen y desobedecen el pacto firmado por los delegados del Comité Central. Benito Mussoli­ni; indignado por estas rebeldías y cansado de combatirlas sin eficacia, ha concluido por re­nunciar a su investidura de líder. Y en su dia­rio Il Popolo d'Italia ha declarado que el "fas­cismo" ha vencido en la guerra, pero ha per­dido en la paz. El Partido Socialista, disciplinado y compacto, ha respetado la palabra de sus jefes, mientras el "fascismo" anarquizado y tur­bulento, se ha amotinado contra los suyos. Esta es -dice Mussolini- una victoria del socia­lismo y una derrota del "fascismo".

 

Pero la verdad es otra. La verdad es que, terminado el estado de guerra civil, la debacle, la disolución, la liquidación eran inevitables para el "fascismo". El "fascismo" podía vencer en la guerra; no podía vencer en la paz. El "fascis-mo" no es, un partido; es un ejército. Es un ejército contrarrevolucionario, movilizado contra la re­volución proletaria, en un instante de fiebre y de beli-cosidad, por los diversos grupos y clases conservadores. El "fascismo" es, por consiguien­te, un instrumento de guerra. Su acción no pue‑

 

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* Fechado en Roma, agosto de 1921; publicado en El Tiempo, Lima, 12 de noviembre de 1921.

 

 

 

 

 

 

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de ser sino violenta. La paz significa para él la inacción, la desocupación.

 

Los "fascistas" provienen de los diferentes partidos y sectores burgueses. El "fascismo" no constituye por tanto, un conglomerado homo­géneo. En sus filas hay elementos de filiación y origen netamente reaccionarios y conservadores. En ellas está representada toda la vasta ga­ma social en que se recluta el pro-selitismo libe­ral, radical, democrático, republicano y nacio­nalista.

 

Todos estos elementos, de distintas proceden­cias, podían reunirse en una acción violenta con­trarrevolucionaria. Pero, una vez librada esta ac­ción, no pueden seguir conviviendo en un mismo bando. Desmovilizados, vuelven a sus respec­tivos sectores. El "fascismo" no es para ellos un programa sino una acción. Las cosas escritas en el programa general del "fascismo" están es­critas con más precisión en otros programas de la política italiana.

 

En un futuro partido "fascista" no se congre­garían, pues, sino los elementos dispersos, sin filiación y sin vínculos anteriores, atraídos a su órbita por su retórica nacionalista, sonora y marcial.

 

El primer síntoma de la imposibilidad de cohesión y homogeneidad del "fascismo" fue pro­vocado, no obstante su mesura, por la primera enunciación programática de Mussolini; la de que el "fascismo" era tendencialmente republi­cano". Aunque Mussolini se limitó prudentemen­te a llamar tendencial su republicanismo, los "fascistas" no pudieron ponerse de acuerdo al respecto y polemizaron vivamente en pro y en contra del vago principio inscrito por Mussolini en su bandera.

 

Comenzó entonces la insurrección del "fas­cismo" contra su líder que, más tarde, con mo­tivo del tratado de paz, debía originar la crisis actual.

 

En el campo socialista, -como Mussolini lo

 

 

 

 

 

 

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señala y elogia-, el tratado de paz ha sido obe­decido, pero no ha encontrado aprobación unáni­me ni mucho menos. Muchos socialistas creen que el partido no ha podido tratar ni mucho menos pactar con el "fascismo". Y acusan a su junta directiva de apocamiento y debilidad. La junta directiva se defiende sosteniendo que el tratado de paz con los "fascistas", aparte de no comprome-ter los principios de la lucha de cla­ses, era exigido por la necesidad de librar a las organizaciones, cámaras de trabajo y cooperati­vas socialistas de la vio-lencia "fascista". El tratado de tregua. Y la tregua es una necesidad frecuente en la Lucha de clases. El compromiso que sigue a una huelga, por ejemplo, no significa la renuncia de los obreros a nuevas batallas. No significa, sobre todo, la renuncia a sus aspiracio­nes máximas. El mismo valor, el mismo alcan­ce, tiene el compromiso con el "fascismo". Ade­más, la guerra civil no ha sido querida ni iniciada por los socialistas. Los socialistas se han mantenido a la ofensiva. Por consiguiente, no podían obstaculizar una pacificación destinada a poner término a una contienda no provocada ni deseada por ellos. Tales son los argumentos que los jefes socialistas oponen a las críticas de las masas.

 

La paz, de otro lado, no podía ser absoluta ni aun en el caso de que "fascistas" y socialis­as observasen rigurosamente el pacto. Porque el pacto no ha sido suscrito por los comunistas. El partido comunista no ha aceptado compromiso alguno con el "fascismo". Los "fascistas" no desarmarán, pues, contra los comunistas. Y, si el partido comunista no estuviera en un pe­ríodo de organi-zación y captación, si su prepara­ción le permitiera ser una inminente amenaza revolucionaria, el "fascismo" no pensaría siquie­ra en la desmovilización y en la paz. Pasaría a una segunda gran ofensiva. Y, consecuentemen­te, no estaría en crisis. Lo veríamos por el con­trario, más aguerrido, solidario y mancomu-nado que nunca.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL HAMBRE EN RUSIA*

 

 

El vasto y misterioso país de Nicolás Gogol, de Fedor Dostoiewsky y de León Tolstoy atra­viesa una hora amarga y dramática. Diez millo­nes de sus habi-tantes perecen de hambre. Para estos diez millones de desventurados, Máximo Gorki pide el auxilio de los hombres de buena voluntad. Y su voz no clama en el desierto. Los pueblos de Europa y de América empiezan ya a mandar al pueblo ruso el pan de que ha menester.

 

Pero, desgraciadamente, esta solidaridad del mundo con el dolor ruso no puede ser absolu­ta. El gobierno ruso es para los otros gobiernos actuales un peligro enemigo. El gobierno ruso representa para ellos la revolución. Temen, por eso, que ayudar a Rusia sea ayudar la revolu­ción. Y esta preocupación política controla y entraba su impulso humanitario.

 

A su vez, el gobierno ruso recela que el socorro de los gobiernos europeos oculte una ac­ción contrarrevolucionaria. Y que las comisiones que ingresen en territorio ruso para auxiliar a las poblaciones hambrientas, porten, al mismo tiempo, la misión de minar el régimen sovietista.

 

De aquí la dificultad de un acuerdo entre el gobierno ruso y los gobiernos de la "Entente". Los gobiernos aliados quieren que una comisión interaliada visite Rusia para estudiar los medios de cambiar la miseria. Pero la presencia de Noulens, ex embajador francés en Rusia, al fren­te de la comisión, hace dudar a los soviets de la lealtad de los propósitos de ésta. Los soviets recuer-dan que Noulens, como Embajador en Ru­sia, conspiró activa y principalmente contra la revolución.

 

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* Fechado en Roma, agosto de 1921; publicado en El Tiem­po, Lima, 17 de noviembre de 1921.

 

 

 

 

 

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Rusia desea celebrar con los aliados respec­to de los socorros, un tratado igual al que ha celebrado con Estados Unidos. Mas no cree en la buena fe de los gobiernos aliados. Y prevé, por consiguiente, que será casi imposible arri­bar con ellos a un arreglo eficaz para las po­blaciones hambrientas.

 

Los gobiernos aliados echan sobre las espal­das del gobierno ruso la respon-sabilidad de la situación. Y los soviets se defienden atribuyendo, a su turno, esa responsabilidad a los gobier­nos aliados. Rusia no puede aprovisionarse en el extranjero -observan- a causa del bloqueo de­cretado contra ella por la Entente. Luego, cuando, como hoy, sus propias cosechas no bastan para su alimentación, el hambre es fatal e ine­vitable. Además, el hambre es en Rusia un fe­nómeno casi periódico. En 1891 una sequía se­mejante a la reciente, devastó también una inmensa región agrícola y el gobierno del zar no pudo entonces prevenir el flagelo, como no ha podido prevenirlo ahora el gobierno de los so­viets. En cambio pudo atenuar mejor sus consecuencias. Ningún bloqueo aislaba a Rusia en esa época del resto del mundo.

 

Pero, evidentemente, ante diez millones de hombres sin pan, no se debería perder el tiem­po en discutir la culpabilidad de su miseria. No se debería pen-sar sino en aliviarla. No se debería tener en cuenta sino que esos diez millo­nes de hambrientos constituyen la más vasta tra­gedia de la historia contemporá-nea. Así lo han comprendido, por fortuna, muchos elementos intelectuales y filantrópicos de las clases sociales adversas al bolchevismo. En Italia, Gabriel D'Annunzio, gran inteligencia y gran corazón se ha apresurado a dar su ejem-plo generoso, con­tribuyendo con diez mil liras a la colecta del Partido Comu-nista.

 

Estados Unidos, Alemania, Suecia, Noruega, Dinamarca y Turquía, han enviado ya a Rusia sus primeros auxilios.

 

Naturalmente, el pueblo ruso, tiene, sobre to‑

 

 

 

 

 

 

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do, en estos duros momentos, la solidaridad del proletariado universal. Todas las organizaciones socialistas y sindicalistas del mundo, tanto aquéllas que siguen la táctica maximalista como aquéllas que la impugnan, colectan fondos pro Ru­sia.

 

No sólo la Internacional de Moscú ha invitado a las masas trabajadoras a socorrer al pue­blo ruso. La Internacional sindicalista de Ams­terdam, tantas veces anatematizada por los bol­cheviques, ha dirigido a sus adherentes la misma invitación. Y otro tanto ha hecho con los su­yos Federico Adler, el líder de la Internacional de Viena.

 

Y es que para el proletariado, -cualesquie­ra que sean sus divergencias y sus discrepan­cias sobre los principios maximalistas-, la Re­volución Rusa es siempre el principio de la re­volución social. Para el proletariado, Rusia es siempre la primera república del experimento socialista.

 

Muchos grupos socialistas no comparten la concepción maximalista del socialismo. No creen que se pueda pasar violentamente de la sociedad burguesa a la sociedad comunista. No conside­ran terminada la función de la burguesía. No aceptan la tesis de la dictadura del proletariado. Y, por tal razón, estos grupos socialistas es­tán fuera de la Internacional de Moscú y están, a veces, contra la Internacional de Moscú. Pero todos ellos están unidos al proletariado ru­so por el lazo de un ideal común: el socialismo. Y todos ellos ven en el proletariado ruso la vanguardia del proletariado universal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA ÚLTIMA CRISIS ITALIANA

CRISIS DE GOBIERNO Y CRISIS DE CAMARA*

 

 

Acaba de solucionarse la crisis ministerial más larga y más complicada de la historia de Italia. La mayoría parlamentaria, -apremiada por la necesidad de varar un ministerio cualquiera-, ha concluido varando un ministerio presidido por De Facta, uno de los principales lugartenientes de Giolitti. Ministerio de subse­cretarios de Estado lo llama uno de los mayores rotativos romanos. Es decir, ministerio de figuras secundarias y terciarias de la Cámara.

 

Esta crisis no ha sido, evidentemente, sólo una crisis de gobierno. Ha sido, sobre todo, una crisis de Parlamento. Para explicársela hay que examinar, por esto, la situación parlamentaria.

 

La Cámara italiana está dividida en tres grandes sectores: constitucionales, populares y socialistas. Los constitucionales forman la mitad de la Cámara. Pero, mientras los socialistas ofi­ciales y los populares son dos fuerzas homo-gé­neas y compactas, los constitucionales se frac­cionan en varios grupos que, con muchas reser­vas y condiciones, se han polarizado en dos bandos: derecha e izquierda. Dada la variedad de la gama constitucional, que va del "fascismo" al socialismo reformista, no puede constituirse, pues, un gobierno exclusiva-mente constitucional. La colaboración de los populares, o sea del cen­tro católico, es indispensable para la vida del gabinete.

 

Las bases parlamentarias del gabinete Bonomi eran las mismas de los prece-dentes ministe‑

 

 

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* Fechado en Roma, 24 de febrero de 1922; publicado en El Tiempo, Lima 13 de abril de 1922.

 

 

 

 

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ríos: el centro católico y la izquierda constitu­cional. Los grupos constitucio-nales ganaban sus votos según las oscilaciones de la política interna.

 

Últimamente, la izquierda constitucional mo­vida por los elementos giolittia-nos, retiró su apo­yo a Bonomi. Al lado de éste quedaron, más o menos solos, los populares. Y bien. Los popu­lares se rebelaron ante la maniobra antimi-niste­rial. Considerando intolerable que los constitu­cionales deshiciesen una vez más sin ellos un gabinete que no pueden rehacer sino con ellos, se de-clararon cansados de que se les llamase y consultase para solucionar las crisis ministeria­les, pero no para producirlas. La represalia, ade­más, les fue fácil: el veto a la organización del ministerio por el líder de los causantes de la crisis, esto es, por Giolitti. El político automáti­camente designado según la tradición parlamen­taria para solucionar la crisis quedó así excluido de su función natu-ral. Y, por tanto, tuvo que buscarse los sucesores de Bonomi y sus mi­nistros en elementos que no creían necesario por el momento un cambio ministerial.

 

Un factor nuevo influyó para que la solución de la crisis se orientase de esta manera: los so­cialistas oficiales. Desde su separación de los co­munistas, se vigoriza entre los socialistas oficiales la tendencia colaboracionista. La ma-yoría del grupo parlamentario es, con más o menos atenuantes, favorable a esa tendencia. Y esta mayoría habría conducido ya al socialismo a la violación de sus viejos votos de castidad si el Congreso de Milán no hubiera dejado una orden del día anticolaboracionista y un comité encar­gado de aplicarla.

 

El grupo parlamentario socialista avanzó mucho, sin embargo, en el camino de la colabora­ción, durante esta crisis. Por primera vez en su historia, ofreció contribuir con su abstención del voto y, en caso indispensable, con su voto favo­rable, al sostenimiento de un gobierno de la izquierda y, por ende, de programa adverso al

 

 

 

 

 

 

 

 

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"fascismo" y al nacionalismo conservadores y reaccionarios.

 

El político más adaptado para presidir el go­bierno de esta orientación sería Nitti. Pero la vuelta de Nitti al poder no está todavía madu­ra. Nitti tendría en su contra a toda la derecha y a una parte de la izquierda constitucional adicta a Giolitti y Orlando. De otro lado, su programa de política internacional, explí-citamente favorable a la revisión de la Paz de Versailles y a la cooperación de los vencedores y los ven­cidos en la obra de la reconstrucción europea, resulta-ría aún un poco prematuro.

 

Eliminado, por estas razones, Nitti, apareció la candidatura de De Nicola, quien, como presi­dente de la Cámara, ha revelado un temperamen­to sagaz-mente conciliador y ecléctico que le ha captado la amistad de los propios socialistas.

 

Pero tampoco De Nicola encontró madura la situación para un gobierno suyo. Y algo desga­nadamente intentó, por encargo del Rey, la orga­nización del ministerio sobre la base de una só­lida conjunción del centro católico y la izquier­da constitucional amparada por la neutralidad benévola de los socia-listas. Los elementos gio­littianos obstaculizaron esta "entente" regateando a los católicos ministeriales concesiones programáticas. Y, tanto a causa de esta resistencia como a causa de su desgano, De Nicola abando­nó la tentativa.

 

El encargo pasó a Orlando. Mas Orlando no tuvo mejor suerte que De Nicola. Los populares, en represalia por el torpedeamiento de la com­binación De Nicola, que ellos miraban con sim­patía, torpedearon a su vez a la combina-ción Orlando.

 

Se volvió así transitoriamente a Bonomi. Pero no a un gobierno de Bonomi reforzado en su personal sino al mismo maltrecho gobierno de Bonomi desde hacía meses vacilante y minado. El Rey desechó sus dimisiones. Y el minis-terio se

 

 

 

 

 

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presentó de nuevo a la Cámara donde, naturalmente, no consiguió reunir a su alrededor una mayoría cualquiera.

 

La crisis se reabrió, pues con un carácter más grave y más apremiante. Y, por segunda vez el encargo de organizar el gabinete pasó a Giolitti, a De Nicola y de éste a Orlando. Des­pués, fracasadas estas soluciones, se intentó, un gabi-nete de concentración constituido por Orlando, De Nicola y Facta. Pero Facta, cuya partici­pación exigían Orlando y De Nicola, en prenda del apoyo seguro de los giolittianos, se negó a favorecer esta combinación.

 

Y de este modo se ha llegado al ministerio Facta que representa un gobierno giolittiano sin Liulitti. Los católicos, satisfechos de impedir que Giolitti go-bierne personalmente, no han tenido inconveniente para aceptar que gobierno por me­dio de un apoderado,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I

 

LA FIGURA EUROPEA DE NITTI*

 

 

Durante estos veintitrés días de crisis minis­terial casi todos los parlamentarios representa­tivos de Italia han figurado como posibles pre­sidentes del Consejo, Giolitti, De Nicola, Orlando, Bonomi, Tittoni. Sólo los líderes Salandra y Nitti, han permanecido en la sombra. El primero, porque ya no es tiempo de un gobierno de la derecha. Y el segundo, porque todavía no es tiempo de un gobierno de la izquierda.

 

Pero no han sido únicamente razones parla­mentarias, razones domésticas, las que han eli­minado a Nitti de la competición. Han sido más bien, razones internacionales. Mientras Giolitti, De Nicola, Orlando, Bonomi, son esencial-mente figuras de la política italiana, ésta está, su­bordinada a la suerte de sus ideas en la movedi­za política europea.

 

En ésta como en aquélla, Nitti es un hombre de la izquierda. Preconiza la revisión de los tra­tados de paz. Quiere que Alemania sea asociada a la obra de la reconstrucción europea. Sostie­ne que el aislamiento y la persecución de la Ru­sia de los Soviets enfervoriza y fortalece su ex­tremismo y aumenta la sugestión de su bandera en las clases trabajadoras europeas. Y que ne­gociar y pactar con ella, atraerla a la sociedad continental, sin aprensiones ni prejuicios doc­trinarios es el único medio de volverla inofen­siva e inocua.

 

Todo esto explica que Nitti no pueda aún re­gresar al poder. La situación euro-pea y, por ende, la situación italiana no están plenamente madu­ras para un gobierno suyo. La conferencia de

 

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* Fechado en Roma, 10 de marzo de 1922; publicado en El Tiempo, Lima, 21 de mayo de 1922.

 

 

 

 

 

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Génova preludia una nueva política. Pero la ne­cesidad de esta nueva política no es todavía bien comprendida por las clases dirigentes de las na­ciones alia-das. Nitti podría colaborar con Lloyd George, con quien ha colaborado ya. Pero en cambio no podría colaborar con Poincaré. Con Poincaré ha polemi-zado periodísticamente una vez por haberse Poincaré lamentado, en la Revue des Deux Mondes, de que la paz de Versailles fuese vituperada y socavada por un ex presidente de Consejo de una de las potencias a ella mancomuna-das.

 

La presencia de Nitti en el gobierno de Ita­lia habría acentuado tanto la fiso-nomía revisio­nista de la Conferencia de Génova que, probablemente, Francia se habría abstenido de partici­par en ella y habría puesto más empeño en sa­botear y torpedear el programa coordinado en Cannes.

 

En su reciente libro "L'Europa senza pace", Nitti ha resumido sus ideas sobre el malestar mundial. Ese libro, más que su precedente pro­paganda periodís-tica, lo consagra como uno de los pioneros máximos de una política revisio-nista.

 

El programa europeo de Nitti es éste. En la Sociedad de las Naciones que, actualmente, ape­nas si es una alianza de los vencedores, deben ser incor-porados los vencidos. Así modificada y vigorizada, la Sociedad de las Naciones debe revisar los tratados de paz, extirpando de ellos aquellas estipulaciones que mantienen en el mun­do la atmósfera de violencia dejada por la gue­rra. La comisión de reparaciones, instrumento de súplica y de tortura, debe ser instantáneamente suprimida.

 

La solución del problema de los créditos in­teraliados no puede ser otra que su recíproca condenación. Calculando su monto en cien mil millones, Nitti sugiere que en el peor de los ca­sos, no sea condenado sino un ochenta por ciento, quedando el veinte por ciento restante a cargo de Alemania como una parte de su indemni­zación de guerra.

 

 

 

 

 

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Nitti dice que hay que salir de la ilusión de una indemnización fabulosa. Si los vencedores no pueden pagar siquiera los intereses de sus deudas, es insensato suponer que Alemania, per­didas su flota, sus colonias, su fierro, y una parte de su carbón, y desorganizado su comercio exterior, pueda dar a sus acree-dores varios millares de millones anuales. Una cifra razonable no puede pasar de sesenta mil millones, de los cuales deben descontarse veinte mil millones que Alemania ha pagado ya con su flota, sus colo­nias, etc. A Alemania se le exigiría el pago de di­nero y mercaderías de veinte mil millones solamente. Los otros veinte mil millones serían la parte que se le cargase de la deuda interaliada.

 

No encuentra Nitti injustificadas las apren­siones y las inquietudes francesas por el porve­nir. Y, por eso, admite que es necesario dar a Francia, en cambio de las cláusulas insosteni­bles del Tratado de Versailles, un tratado de ga­rantía de una duración no menor de veinte años.

 

Su programa de política europea parte, remarca Nitti para captarse la opinión pública de su país, de un punto de vista totalmente italia­no. Nitti piensa que trabajar por su realización es para Italia no sólo una cuestión de ideal y de sentimiento sino, principalmente, una cues­tión de interés. Del agravamiento de la crisis continental, Italia no tiene que esperar sino da­ños y desventuras. Lo lógico es, pues, que se esfuerce por evitarlo. Italia no puede convivir sino con una Europa respetuosa de la libertad y fiel a la democracia. A Italia no le conviene que florezca en Europa ningún imperialismo. El rol que le toca a Italia en Europa y en el mun­do es, por fuerza, un rol moderador y democrá-tico.

 

Naturalmente, la opinión pública italiana no puede ser ganada por Nitti en un día. Pero, po­co a poco, se advierte en ella una gradual saturación de sus ideas. La reacción "fascista" que, a la caída de Nitti, arreció bulliciosamente, con­denándolo a un período de impopularidad, entra

 

 

 

 

 

 

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en la curva del descenso. Hasta hace pocos me­ses la prensa italiana era casi unánimemente adversa a Nitti. Ahora, tres grandes diarios romanos, Il Mondo, L'Epoca e Il Paese auspician su política.

 

Toda la derecha es irreconciliable adversaria suya. Y en la izquierda cons-titucional prevalece Giolitti. Pero el programa internacional del centro cató-lico confina con el de Nitti. Los so­cialistas oficiales, que día a día se afirman en el camino del colaboracionismo, pueden muy bien entenderse un día con él. Aparte de que, en el caso de una renovación de la Cámara, mientras los católicos y socialistas no perderían su posición numérica, cambiarían la com-posición y la mentalidad del sector constitucional.

 

Nitti, por esto, no tiene prisa de volver al gobierno. El momento es de transi-ción. Y los gobiernos también. A Nitti le toca aguardar que la transición se cumpla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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II

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA SANTIFICACION DE JUANA DE ARCO Y LA MUJER FRANCESA*

 

 

En las páginas del año cristiano, escalafón de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, han sido inscrito dos nuevos nombres de mujer. Hace cuatro días ha sido santificada Margarita de Alacoque. Ayer ha sido santificada Juana de Arco. La ceremonia ha sido la misma en ambas canonizaciones, la misma también, aproximadamente, la muchedumbre de peregrinos y turis­tas que las han presenciado. La misma la marcha tocada por las trompetas de plata de los gendarmes pontificios cuando el Papa ha entrado en la Basílica de San Pedro, en hombros de sus pajes, bendiciendo a las gentes desde la si­lla gestatoria. La misma la manifestación silen­ciosa de las gentes ora saludándolo con sus pa­ñuelos, ora recibiendo de rodillas su bendición.

 

La misma la misa oficiada en el altar papal, en el ilustre altar de las cuatro columnas de bronce de Bernini. Las mismas voces graves de los coros de la Capilla Sixtina. La misma so­lemnidad y el mismo fausto.

 

Pero, aunque la liturgia no ha restringido una canonización de la otra, ha sido una la que ha resonado en el mundo casi exclusivamente: la de Juana de Arco. Podrían decirse que ambas canonizaciones han sido iguales dentro de San Pedro. Fuera de San Pedro apenas si ha res­plandecido la dulce figura de Margarita de Alacoque. No ha resplandecido plenamente sino la figura de Juana de Arco. A la fiesta de Juana de Arco se ha asociado oficialmente el gobier­no francés. Una embajada presidida por Ha­nataux lo ha representado.

 

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* Publicado en El Tiempo, Lima, 23 de agosto de 1920.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Acontece que al mismo tiempo que la gloria personal de Juana de Arco ha obrado el ambien­te político del instante. La guerra ha puesto en alza los valores militares. Mientras Margarita Alacoque no es más que un valor místico, Jua­na Arco además de ser un valor místico es un valor militar y político. Francia acaba de salir victoriosa de las más grandes de sus batallas. La victoria ha exaltado sus sentimientos milita­ristas y guerreros. Todo esto favorece en ese pueblo y aun fuera de él la apoteosis de la he­roína. Celebrar a Juana de Arco es una forma de celebrar la victoria.

 

No falta quién, a propósito, diga que la ca­nonización de Juana de Arco habría sido diferi­da por algún tiempo si los resultados de la gue­rra hubiese sido otros. O sea que en la elec­ción de la oportunidad han influido consideracio­nes políticas. Mas, los escritores de la Iglesia protestan contra esta sospecha. Aseguran que la Iglesia ve en Juana de Arco a la Santa, na­da más que a la santa. Niegan que Juana de Arco sea hoy el símbolo de ese extremo espíri­tu nacionalista tan poco avenido con la fraterni­dad humana que la guerra ha avivado en las acciones vencedoras.

 

Como sea. La santificación de Juana de Arco ha servido a la reconciliación del Vaticano con el gobierno francés. La Iglesia ha rendido homenaje a la gran Santa Católica. El gobierno francés ha rendido homenaje a la gran patriota francesa. La Iglesia y el gobierno francés han recorrido diversos caminos para llegar ante el altar de Juana de Arco. Pero ante ese altar se han hinojado con idéntica devoción.

 

Entre los aspectos de la santificación de Jua­na de Arco me place más uno que no ponen en relieve los cronistas demasiado atraídos, como buenos cronistas, por las aristas políticas del suceso. Mi aspecto es un aspecto común de las dos satisfacciones: lo que representa como enal­tecimiento y como ponderación de la mujer francesa. Pero Juana de Arco es la que inspira

 

 

 

 

 

 

 

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todos los comentarios y la que, por consiguien­te, inspira también el mío.

 

Bien se sabe que de la mujer francesa se suele hablar con injusticia y desamor. La mu­jer francesa nos ha dado y nos da pruebas dia­rias de su superioridad.

 

Las mujeres de letras más merecidamente famosas son francesas. Desde Madame Stael hasta George Sand y desde la Rachilde hasta la condesa de Noailles, la mujer de letras france­sa muestra mayor personalidad, mayor relieve, mayor contenido.

 

Abundan en la literatura francesa, como abundan en las demás literaturas, las manifes­taciones de ese diletantismo femenino que fa­vorecido por los privile-gios del sexo, se desman­da a su antojo en la revista y aun en el libro. Pero, en cambio, en la literatura francesa se encuentran casos femeninos más genuina-mente literarios que en las otras literaturas. Más ge­nuina y más auténticamen-te literarios. Y la plu­ralidad de las escritoras "pur sang" nos hace olvidar más fácilmente en ésta que en ninguna literatura la pluralidad de los géneros de los dile­tantes.

 

Y tan eminente como el tipo intelectual es en la mujer francesa el tipo senti-mental y el tipo místico. Hallamos además en ella, y justamente en Juana de Arco, el tipo que podría­mos llamar taumatúrgico. Porque esta extraña don-cella, iluminada y sibilina, es una de las mu­jeres más extraordinarias del mundo. Para buscar una mujer de atributos tan altos y puros hay que salir de la historia. Hay que ir a bus­carla en las páginas de la Biblia. O en las pági­nas de la fábula. ¿Qué mujer posee en la his­toria mayor relieve heroico? Una de las muje­res más conspicuas de la historia como señora de pueblos y multitu-des, Cleopatra fue una he­taira vulgar que no sintió el orgullo de la raza y de la civilización egipcia, que se arrodilló servilmente ante la civilización romana. Y que ga-

 

 

 

 

 

 

 

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sus mejores laureles en las noches clandesti­nas de los lupanares romanos.

 

Juana de Arco fue vidente, fue santa, fue caudillo, fue capitán, fue mártir. Una mujer co­mo ella, guerrera y fanática, pudo ser cruel e in­quisidora. Y bien. Está averiguado cuánta dul­zura y cuánta caridad desbordaron siempre de su corazón. El fuego de la profetiza no secó nunca la ternura de la virgen. En la vida de Juana de Arco no faltó nada. Faltó sólo el amor humano. El amor humano que hubiera, sin duda, turbado y entrabado su alma de visionaria.

 

Ningún pueblo, ninguna raza pueden enorgu­llecerse de una mujer igual. Ha habido muchos ejemplares excelsos de misticismo. Pero de un misticismo generalmente estático y contemplati­vo. No de un misticismo tan dinámico. No de un misticismo tan poderoso, tan capaz de co­municar su lema, su fe, y su alucinación a muchedumbres y ejércitos. La mística más grande, más singular, es, evidentemente, Juana de Arco. Es, pues, una mujer francesa.

 

Esto no impide, naturalmente, que las gentes, de austero gusto y de rancio paladar, con­tinúen pensando en las muñecas de boulevard o en instrumento de placer cuando piensan en la mujer francesa, y en la mujer parisina especial-mente. Y que continúen hablando de frivo­lidad y de pecado cuando hablan de una mujer que tan sobresalientes pruebas de hondura mental y espiritual nos ofrece en todos los tiempos. ¡En hora buena! Puede responderse a esas gentes que sí, que también en la frivolidad la mu­jer francesa es la primera. Que efectivamente, cuando la mujer francesa es frívola sabe serlo.

 

Es divinamente frívola; las frívolas del Tria­non, las frívolas del siglo diez y ocho, las frívo­las de Wateau, serán eternamente las más deli­ciosas, las más admirables. Las frívolas supremas.

 

Pero no es ocasión de hacer su elogio en la oportunidad de la apoteosis de Juana de Arco...

 

 

 

 

 

 

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LA SEÑORA LLOYD GEORGE, LA JUSTICIA Y LA MUJER*

 

 

Uno de los más interesantes personajes de Leonidas Andreiev, en uno de sus más interesantes cuentos, dice que ha habido y habrá muchas mujeres buenas, que ha habido y habrá muchas mujeres inteligentes, pero que no ha habido ni habrá jamás una mujer justa. El personaje de Andreiev es un loco. Mas su opinión podría bastar para poner en duda su locura. Es una opinión rebozante de lucidez. Parece, en verdad, que a la mujer le faltase el sentido de la justicia. El fallo de la mujer peca de de­bilidad o peca de dureza. La mujer es demasia-do indulgente o demasiado severa. Y, generalmente, tiene como el gato, una traviesa inclina­ción a la crueldad. Todo lo que había de cruel en Nerón corresponde matemáticamente a todo lo que había en él de afeminado.

 

Nada significa que la justicia sea tradicionalmente representada por una mujer y una balan­za. Probablemente es así por razones de estéti­ca decorativa. No habría sido bonito ni elegan­te representar a la justicia por una balanza sola-mente. Y ni siquiera hubiera sido rigurosamente exacto en estos tiempos en que no se puede confiar ni en las balanzas. La dama de la justicia es, luego, tan convencional como la balanza. Además acerca de ella cabe una observa-ción: que no se trata de una mujer sino, más bien, de una diosa. Y, aunque todas las muje­res son, a veces, más o menos diosas, no todas las diosas son absolutamente mujeres.

 

Acontece sin embargo, que las mujeres, que

 

 

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* Fechado en Roma, 30 de Mayo de 1920; publicado en El Tiempo, Lima, 3 de setiembre de 1920.

 

 

 

 

 

 

 

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ya son legisladoras, van también a ser jueces. Más aún. Han comenzado a serlo. Tenemos ya una mujer, la señora Lloyd George en funciones de juez, sobre un pedestal de celebridad, de jurisprudencia y de papel sellado. Cierto que una golondrina no hace verano. Y una golondri­na inglesa mucho menos. Pero esta moda de las mujeres jueces está destinada a propagarse por el mun-do con la misma facilidad de todas las modas inconvenientes y de todas las modas fe­meninas.

 

Si pensásemos como los cronistas del acon­tecimiento no habría de qué alar-marse. La seño­ra Lloyd George no es la primera juez de la historia del mundo. La primera juez fue Débora. Y esta lejana experiencia dejó buenos recuerdos a la humanidad. El libro de los jueces cuenta que Débora se portó con suma justicia y máxi­ma sabiduría.

 

Pero seguramente, esto no es más que una galantería del libro de los jueces. Me conside­ro obligado a suponerlo a pesar de mi amor y mi respeto a la Biblia. La razón es ésta. Si las cosas hubieran pasado como narra la Biblia, Dé­bora no habría sido la única juez de la histo­ria hasta nuestros días. Así como ha habido muchas mujeres estadistas, habría habido igualmente, des-pués de Débora, muchas mujeres jue­ces. Lo sensato, pues, es pensar que Débora lo hizo tan mal que la humanidad quedó escar­mentada de la expe-riencia. Y que ha sido ne­cesario que transcurran millares de años y que llegue a esta hora de disparates y desatinos pa­ra que Débora tenga sucesoras.

 

La mujer no ha nacido para juez. Ha naci­do, en todo caso, para abogado. Sus aptitudes para el casuismo, para el enredo, para la chica­nería, son extraordi-narias. Y, al juicio de un amigo mío, muy pesimista, la mujer ha nacido también para médico. Si la mujer reemplazace totalmente al hombre en la profesión de médico podría prestarle a la humanidad un servicio inapreciable. El servicio inapreciable de hacerla desaparecer en pocos días.

 

 

 

 

 

 

 

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Por otra parte, yo no creo que las mujeres tengan mucho interés en ser jueces, como tampoco creo, por esto, peligroso. Estoy seguro de que no todas las mujeres tengan mucho inte­rés en ser legisladoras. El sufragio femenino dará generalmente su voto por los hombres. Y, aunque los hombres somos ordina-riamente po­co cuerdos, no se nos antojará nunca dar nues­tro voto por las mujeres. La composición de las asambleas legislativas no se modificará sensiblemente. Entrarán en ellas algunas mujeres; pero no será de mujeres la mayoría. Lo cual, precisamente, les conviene a las mujeres porque se dice que las minorías tienen siempre razón. De las minorías femeninas se dirá, pues, lo mismo. A menos que, tan luego como las minorías parlamentarias sean de mujeres, la impre­sión del público sobre las mayorías cambie ra­dicalmente.

 

Mas no obstante todo lo escrito precedentemente, yo no pienso que se deba votar en con­tra de la magistratura femenina solamente por la consideración de Leonidas Andreiev. No. Hay que votar en contra por consideraciones más agradables a las mujeres.

 

No se trata de evitar que las mujeres sean jueces por el pueril egoísmo de negarles el masculino placer de administrar justicia. Se tra­ta de evitar que sean jueces por una razón del más elevado feminismo. Para que continúen viendo algo mejor, algo más bello, algo más plácido; para que continúen siendo mujeres. La justicia está muy desacreditada. Dejen las mu­jeres que se continúen llamando la justicia de los hombres.

 

De otro lado, yo veo un peligro horrible pa­ra la poesía en que las mujeres ocupan los juzgados. El peligro horrible de que la poesía se quede sin una de sus últimas fuentes de ali­mentación. Sin la que era y es, en concepto de todos, su fuente perenne. Porque, malgrado el mo­dernismo, una mujer será siempre para un poe­ta más hermosa que un automóvil, que un hi-

 

 

 

 

 

 

 

 

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droplano, que una locomotora y que un submarino.

 

Yo presiento que el día en que las mujeres sean jueces no van a ser más las mismas pa­ra los poetas. Los poetas no van a poder can­tarlas como antes y ni siquiera como ahora. ¿Cree alguien por ventura en la posibilidad de un ma-drigal a un juez de primera instancia? No, indudablemente. Los poetas han detestado siem­pre a los jueces. Es la suya una adversión orgá­nica, natural, instintiva.

 

Y bien, la poesía tiene necesidad de las mu­jeres. Esta necesidad no es sólo lírica y senti­mental sino también económica e interesada. Dígase lo que se diga los poetas viven de la poe­sía. La poesía no constituye siempre para ellos una renta, -aunque exigua, renta al fin y al ca­bo-. Pero constituye, invariable-mente, un título para no pagarle a nadie, un título para vivir en un estado de crónica insolvencia y un título sobre todo para morirse de hambre en último caso. Atentar; pues, contra la subsistencia de la mu­jer como eterno tema de la poesía es atentar contra la subsistencia de los poetas. Es privarlos de su ma-teria prima. Y la verdad es que los poetas no merecen tanto de la ingratitud humana.

 

Estos son los principales fundamentos de mi voto contra la magistratura femenina. Estos y no los que aparecen al principio de mi artículo. Aquello de que no hay mujeres justas es, sin duda alguna, muy cierto, además de ser muy rotundo. Es muy cierto, muy cierto. Pero es preciso preguntarse: ¿Acaso los hombres somos justos? Puede ser, precisamente, que demos una prueba de que no lo somos cuando afirmamos que las mujeres no han sido, no lo son, ni lo serán jamás...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL DIV0RCIO EN ITALIA*

 

 

El divorcio está en debate en Italia. Eran ya muchos los problemas en debate, El problema social y el problema hacendario, el problema del carbón y el problema del cambio, el problema de Flume y el problema de las comunica-ciones con Marte, No faltaba sino el proble­ma del divorcio, Y, por esto, ha sido puesto en debate también, Para que no falte nada en el campo polémico,

 

Para una parte de las gentes, el divorcio existe aquí de hecho. Dos esposos que convie­nen en separarse no tienen sino que trasladarse a Francia o Suiza para conseguirlo. Allá se desembarazan del vínculo indisoluble y vuelven a Italia cada uno por su lado. Pero, por supues­to, este medio no está al alcance de todos los esposos mal avenidos. Una estada en Francia o Suiza, con el aditamento de gastos judiciales, es un lujo inaccesible para las gentes pobres.

 

Por este motivo, los socialistas han presen­tado a la cámara un proyecto de divorcio. El divorcio resulta, pues, planteado, más que en nombre de las sólidas consideraciones morales y filosóficas, en nombre de una conside-ración social y económica.

 

Pero al lado de la razón política de los so­cialistas, que reclaman que el divorcio cese de ser un privilegio de las gentes ricas, hay una razón que podríamos llamar de actualidad. Una razón de actualidad que hace del problema del divorcio uno de los problemas de la liquidación de la guerra.

 

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* Fechado en Florencia, 30 de junio de 1920; publicado en El Tiempo, Lima, 10 de octubre de 1920.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ocurre que las esposas de muchos de los que combatían no se entretuvieron, como Penélope, en tejer y destejer la tela de la fidelidad. Pro­bablemente porque las mujeres modernas no te­jen, por lo general, tela alguna. La román-tica mujer de la rueca pertenece a la leyenda. O per­tenece a la poesía que es una cosa que comien­za a pertenecer también a la leyenda.

 

El derecho al divorcio se presenta como algo indispensable para los militares, menos afortu­nados que Ulises, olvidados por sus mujeres du­rante la ausencia. Y el Estado se siente en el deber de amparar a esos soldados. En el deber de ponerlos en aptitud de reconstruirse un hogar. El país no puede ser indiferente a la desgracia de esos soldados que han sido traicionados mientras se batían por la patria.

 

Conviene advertir entre paréntesis, que no sólo sobre la mujer italiana pesan acusaciones de dicho jaez por su conducta en la guerra. Precisamente en estos momentos hace escán­dalo en Francia un libro sobre la conducta de la mujer francesa. Según ese libro, la mujer fran­cesa ha prodigado en los días trágicos aquello que debía haber prodigado menos.

 

Además, tanto en defensa de las mujeres ita­lianas como de las mujeres Fran-cesas y de las mujeres alemanas que se han distinguido por tal prodigalidad, podría suponerse que todas ellas han creído, patriótica y convencidamente, que su obligación era ser ilimitadamente afec­tuosas con los hombres, en quienes, no han visto sino los defensores del país. Y ya que no han podido serlo con los que estaban en las trincheras lo han sido con los que aun perma-necían en la ciudad. Con los que mañana partirían a su vez a las trincheras. Podría suponerse, asi­mismo, que las mujeres han tratado de comba­tir y boy-cotear la guerra. Las mujeres, no hay que olvidarlo, son tradicionalmente, pacifistas. Aristófanes en su deliciosa comedia "Lisístrata" nos cuenta cómo en cierta ocasión las mujeres griegas obligaron a los hombres a concluir una

 

 

 

 

 

 

 

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guerra. Fue un complot original y eficaz. Acon­sejadas y dirigidas por Lisís-trata, acordaron todas las mujeres cerrar a sus maridos la puer­ta de la alcoba nupcial hasta que la paz no fue­ra hecha. Nuestras contemporáneas no han imi­tado exactamente a las hermosas de Aristófa­nes. En vez de negarse a sus maridos, se han dado a quienes no lo eran. Pero esto se debe, sin duda alguna, a la diferencia entre una y otra guerra. En la remota guerra griega el fren­te estaba muy pronto a la ciudad. En la recien­te guerra mundial no. No podía, luego, ejerci­tarse con iguales resultados una análoga pre­sión femenina. El procedimiento coercitivo, ha sido, por consiguiente, distinto; pero la ideología que lo ha inspirado ha sido, seguramente, la misma que inspiró a las mujeres de Aristófa­nes. Una ideología pacifista. Y nadie puede ne­gar que Lisístrata y sus compañeras son mu­jeres beneméritas a la humanidad. Anticipándo­se en muchos siglos a Tolstoy y Wilson, lucharon por la paz y el desarme de los pueblos. Y para obtener este resultado no idearon una so­ciedad de las nacio-nes, sino un medio mucho más sencillo y rápido. Un medio tan adelantado y moderno como su ideal, pues representa la primera aplicación del principio de huelga que registra la historia.

 

Volvamos al divorcio.

 

Sostienen sus adversarios que ninguna razón, ninguna, puede justificar su adopción en Italia. Los países que lo han ensayado, dicen, no están contentos con él.

 

Todo lo contrario, en esos países, tan fer­vorosa como fue la campaña para establecerlo, es hoy la campaña por abolirlo. El experimen­to del divorcio ha sido, pues, negativo. El di­vorcio ha fracasado. ¿Y es hoy, -se preguntan los adversarios del proyecto socialista-, hoy que sabemos que el divorcio es una fuente de males y desventuras que lo vamos a adoptar en Italia?

 

El partido católico está, naturalmente, a la

 

 

 

 

 

 

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vanguardia de la cruzada contra el divorcio. Los "populares" anuncian que esta será su platafor­ma electoral en las próximas elecciones muni­cipales. Que asociarán la suerte del partido en las elecciones a la suerte del divorcio en la opi­nión pública. Y que probarán así que la mayoría ciudadana no quiere el divorcio.

 

El divorcio puede tener, por ende, graves repercusiones políticas. El partido "popular" desea que los partidos liberales, con los cuales colabora en el gabinete, le ayudaran a rechazar en la cámara el proyecto socialista. Y los liberales por causas doctrinarias y programáti­cas, se muestran más inclinados que a sumar sus votos a los de los populares, a sumarlos a los de socialistas. Puesto en seguida en vota­ción, el divorcio sería aprobado por una gran ma-yoría. Aprobación que podría soliviantar a los populares hasta el punto de llevarlos a pro­vocar una crisis ministerial.

 

Y acontece, por otra parte, que sobre el di­vorcio no se discute, polemiza y pelea únicamente en los países como Italia, donde no exis­te. También se discute, polemiza y pelea sobre él en los países donde existe. Y es que en los países donde no existe, se trata de probar su necesidad; y en los países donde existe se tra­ta de probar su conveniencia. En Francia Henri Bordeaux pasa de la novela al artículo de pe­riódico para intensificar su propaganda. El tema del divorcio asume así los caracteres pavo­rosos de un tema del que no nos vamos a ver libres jamás. Y esto, en verdad, es muy alar­mante.

 

Se puede prever, sin embargo, que malgrado Henry Bordeaux, el divorcio acabará por ser universal. Para las gentes el divorcio significa, por lo menos, un derecho más. Y a un derecho más las gentes no sabrán renunciar nunca. Aunque no les sirva absolutamente para nada.

 

Yo soy partidario del divorcio, más que por altas razones filosóficas, por una menuda razón

 

 

 

 

 

 

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accesoria. Porque noto que sus más encarnizados enemigos son las mujeres. Y, claro, deduz­co que si a las mujeres no les conviene que exis­ta el divorcio, es porque a los hombres tal vez nos conviene.

 

A menos que, -cosa muy probable-, no le convenga a nadie que exista, así como tampoco le conviene a nadie que no exista. Porque, desen­gañémonos, con divorcio o sin divorcio, la hu­manidad continuará siendo tan desventurada co­mo ahora.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MUJERES DE LETRAS DE ITALIA*

 

 

En el elenco de la literatura italiana contem­poránea figuran varias mujeres. Y, afortunadamente, para gloria del arte y regalo de la hu­manidad inteligente esas mujeres son, en su mayoría, artistas auténticas, artistas "pur sang", algo no muy frecuente en las mujeres que escriben. La literatura es, como se sabe, uno de los sectores artísticos más asaltados por el dile­tantismo femenino. El diletantismo masculino no es menos osado y abundante; pero tiene la ventaja de ser mucho menos peligroso. La acción higiénica de las leyes de selección depu­ra de él automáticamente, sin ningún embara­zo, el organismo literario. Los hombres no dis­ponen de las seducciones ni de los privilegios de las mujeres para resistir la acción de es­tas leyes: Mientras tanto el diletantismo feme­nino se presenta al combate armado de todas las prerrogativas acordadas a la mujer por la tradición, la galantería, etc., etc. Mediocrísimas escritoras igualan en reputación y notoriedad, transitoriamente por lo menos, a escritores se­lectísimos, por razón de su sexo, que no de sus prosas ni de sus versos. En la literatura francesa tenemos, vecino aún, el caso de Luisa Colet. Una vulga-rísima poetisa que conquistó largo renombre no por escribir mal cincuenta volúmenes desabridos sino por conocer bien la alcoba de todos los literatos ilustres que tenían alcoba.

 

El caso Luisa Colet no es un caso típico y regional de la literatura francesa. Es un caso endémico en casi todos los climas literarios. Pero las diletantes tipo Luisa Colet de aptitudes

 

 

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* Fechado en Florencia, 28 de junio de 1920; publicado en El Tiempo, Lima. 12 de octubre de 1920.

 

 

 

 

 

 

 

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y características esencialmente galantes, no son tan numerosas como las diletantes de aptitudes y características esencialmente domésticas y ca­seras. Como las diletantes líricas que toman la literatura como un "adorno" y que piensan con mentalidad de señorita de diez y ocho años, que para ella no se necesita capacidad mayor que para el crochet o el pirograbado. A esta segun-da angelical jerarquía pertenecen las diletan­tes del parnaso criollo redimido por sólo una que otra verdadera mujer de letras. Por ejem­plo aquella a quien están dedicadas estas líneas.

 

La más interesante de las mujeres de letras de Italia es Ada Negri. Esta Ada Negri es un valor artístico digno de ser tan altamente coti­zado como la con-desa de Noailles y la Rachilde, las dos más extraordinarias mujeres de letras de la Francia contemporánea.

 

Ada Negri fue en su juventud maestra de escuela. Una pequeña maestra de escuela elemen­tal. Una "maestrina" de escasa idoneidad peda­gógica, que soñaba vagamente, con la mirada en la pizarra gris y con la mano sobre la rizada testa de su "bambino" predilecto. Sus primeros versos fueron pobres y desvaídos de forma; pero brillaba ya en ellos la divina chispa sagrada. De la enseñanza elemental pasó Ada Negri a la poesía. De la poesía pasó al ma-trimo­nio. Se casó con un rico industrial lombardo. Pero su matrimonio duró pocos años. El marido de Ada Negri era, probablemente, un perfecto indus-trial lombardo de alma fenicia, burguesa y adiposa. Dios me libre, sin embar-go, de la hua­chafería de agobiar de atributos prosaicos la figura milanesa de este marido para dar una explicación lírica a la incompatibilidad de caracteres y a la separación subsiguiente. Prefie­ro creer, simplemente, que Ada Negri y su ma­rido se cansaron de amarse, ya que también el marido de una poetisa tiene el derecho a can­sarse de amar a su mujer.

 

Los libros de Ada Negri son numerosos. Les titulan "Fatalitá" (1892), "Tempeste" (1894),

 

 

 

 

 

 

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"Maternitá" (1906), "Dal Profondo" (1910), "Eliseo" (1914), "La Solitarie" (1918), "Il Libro di Mara" (1919). Este último es uno de los que más placen, emocionan y sorprenden.

 

Una nota bibliográfica decía hace poco que a Ada Negri puede llamársela gran poeta en vez de gran poetisa. Y, en verdad, Ada Negri merece la distin-ción. Su poesía ha sido siem­pre la poesía de una mujer; pero no ha sido la poesía de una poetisa. Parece, pues, más expresivo de su superioridad el título de poeta que el título de poetisa.

 

Y es que los versos de las poetisas generalmente no son versos de mujer. No se siente en ellos sentimiento de hembra. Las poetisas no ha­blan como mu-jeres. Son, en su poesía, seres neutros. Son artistas sin sexo. La poesía de la mujer está dominada por un pudor estúpido. Y carece por esta razón, de hu-manidad y de fuerza. Mientras el poeta muestra su "yo", la poetisa esconde y mistifica el suyo. Envuelve su alma, su vida, su verdad, en las grotescas tú-nicas de lo convencional.

 

En la novela la mujer vale más que en la poesía. Y es que la mujer cuando es objetiva, suele ser natural y atrevida. Cuando es subjeti­va, no. Ama la verdad cuando describe las sen­saciones ajenas; se avergüenza de ella, cuando des-cribe las sensaciones propias. Las desfigura, las oculta, las calla. No tiene el valor de sen­tirse artista, de sentirse creadora, de sentirse superior a la época, a la vulgaridad, al medio. Se siente, por el contrario, una mujer depen­diente como las demás de su tiempo, de su so­ciedad y de su educación.

 

Y, precisamente, es todo lo que hay en ella de mujer lo que una poetisa debía poner en su arte.

 

"Il Libro di Mara" presenta este aspecto de la personalidad de Ada Negri. Es el libro de la mujer que llora al amante muerto. Pero que lo llora no en versos plañideros, ni en elegías

 

 

 

 

 

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románticas. No. El duelo de esta mujer no es el duelo de siemprevivas, cres-pones y epitafios. Esta mujer llora la viudez de su corazón, la viudez de su existencia, y la viudez de su cuer­po. El "Libro di Mara", al mismo tiempo que un libro de dolor, es un libro de pasión y de voluptuosidad. De una voluptuo-sidad mística que el dolor espiritualiza. Todo es puro, todo es casto, todo es inmaterial en el lenguaje, en las imágenes, en los ritmos.

 

Las primeras voces son voces de angustia y de opresión que reclaman al amado muerto. Lue­go estas voces se apagan. La poetisa no se quejará más. En espera del día en que se abrirán para ella las puertas del misterioso reino donde se unirá con el esposo, vivirá sólo para evocarlo, para evocar sus besos, para evocar su amor. Para sentirse como antes, besada por su boca, tocada por sus manos, llamada por su voz y mirada por sus ojos. Para vivir de nuevo los días pasados, en un divino delirio de la fantasía y de los sentidos. Para conti-nuar, poseída, amada, acariciada.

 

En "I1 Libro di Mara" sobresale otro aspec­to de la personalidad de Ada Negri: su poten­cia dramática. Ada Negri, que es una intérpre­te profunda de la vida, es una intérprete profunda del dolor. Este genio dramático es atribu­to de la mujer italiana. Pensemos en Eleonora Duse, la trágica ilustre de ayer. Pense-mos en María Melato, la trágica ilustre de hoy.

 

Algunas poesías de "Il Libro di Mara", lle­gan a un grado extraordinario de intensidad. Son extrañamente obsesionantes y misteriosas. Quiero copiar aquí una de las más bellas, "Il Muro". Y no me atrevo, por supuesto, a tradu­cirla. Hela aquí.

 

"Alto e il muro che friancheggia la mia strada, e la sua

vendida rettilinea si profunga nell'infinito.

Lo accende il sole come un raggio enorme,

lo imbianca la luna come un sepolcro.

Di giorno, di notte, pesante, inflesible, santo it tuo passo

di lá del muro.

 

 

 

 

 

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So che sea li, e mi cerchi e mi vouti, pallido de pallore (marmoreo

che avevi l'ultima volta ch'lo ti divi.

So che set li; ma peria non trovo da secrudere, brecca non (posso

sacavare.

Parallela al tuo paseo lo camino, senz-altro udire, senz,

altro seguire che quedo solo richiamo;

sperando encontarti, ella fine, guarverti beata nel viso,

sonrirte beata sui cuore,

Ma il termine sempre e piú lungo, e in me non v'ha

fibra che non sia stanca;

ed il tuo passo di lá del muro al escande a martello sul

battito defile mie arteria".

 

Esta poesía es admirable, el símbolo posee en todo instante una fuerza maravillosa. Se ve el "muro", ese "muro" que el sol enciende y "que la luna emblanquece como un sepulcro" y pegada se ve marchar a una mujer pálida, magra y enlutada. Y se siente los pasos de al­guien que marcha también al otro lado. De al­guien que está muy cerca y muy lejos a un tiempo. Tan cerca que se perciben sus pasos. Tan lejos que no se puede escuchar su voz, ni ver su rostro espectral. El "muro", esta vez co­mo todas, parece infinito. No se sabe dónde ni en qué momento acabará; pero se sabe que aca­ba. Se sabe, porque, como dicen los versos de Ada Negri, se oyen los pasos de los que avan­zan del otro lado paralelamente a nosotros.

 

La poesía de Ada Negri ha evolucionado mucho de su primera época a su época actual. A medida que se ha perfeccionado y purificado como forma. Su temperamento ha encontrado expresión cada día más desenvuelta y musical en el verso libre que en el verso clásico. Ada Negri es hoy una de las cultoras más finas de la forma modernista.

 

Otras dos interesantes mujeres de letras son Grazia Deledda y Amalia Gu-glielminetti.

 

Grazia Deledda es novelista. Pero una novelista de alma ricamente poética. Tiene una dulzura muy femenina su visión de la vida. Ha publicado muchos libros de cuentos y novelas, entre otras  "Colombi e Sparvieri", "Canne al ven-

 

 

 

 

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to", "La colpe altruit", "Marianna Sirca". Sus obras son en total veinte, edita-das entre el año 1900 y el año último. Han sido traducidas a diversas lenguas.

 

Amalia Guglielminetti es una escritora de personalidad más compleja, más moderna, más siglo veinte. Refleja la mujer de su tiempo. En­tre mil nove-cientos cuatro y mil novecientos diez y nueve ha publicado diez libros. Casi todos libros de versos, uno que otro de cuentos y una comedia. Se reprueba la frivolidad que frecuentemente domina en sus páginas; pero esa frivolidad es sugestiva y característicamente femenina.

 

Además, la Guglielminetti es otra de las poetisas que vierten en sus versos, sin timidez ni hipocresía, sus sensaciones de mujer. Algunas de sus composicio-nes serán, sin duda alguna, audaces para las gentes gazmoñas. Me acuerdo de una titulada "Ilattini". En ella evoca una mañana de abril. No sabe si fue el año en que dejó las monjas de su convento, si fue el año anterior, si fue el año siguiente. Esa mañana, abril se despertó con el alma ligera, ella con su peque-ño corazón opreso. La noche los había mecido a abril invierno, a ella niña. Y de esa mañana ella cuenta: "Io aprile ciglia fatta gio­vinetta, tu apristi i cieli fatto primavera". Y de esa mañana ella agrega: "Ormai ero colei que sa ed aspetta e a qualche avido sguardo sussul­tavo".

 

Estas mujeres de letras no son tan conoci­das entre nosotros como Carolina Invernizio. Y es natural. Para Carolina Invernizio hay un enorme y permanen-te público de cocineras en todas partes del mundo. Para Ada Negri no hay ni puede haber, ni aun dentro de las señoritas de "élite", un público igualmente apasionado. Las señoritas de "élite" están, por lo común, muy ocupadas con la lectura de Ricardo de León que escribe tan bonito y de Paul Bourget que escribe en francés. Pero a Ada Negri le basta para ser inmortal que haya en la tierra un

 

 

 

 

 

 

 

 

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alma capaz de comprenderla. Un verso de Val­delomar, uno de los muchos bellos versos de Valdelomar, dice que "para salvarnos del olvi­do basta que un alma nos comprenda". Y es cierto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL MATRIMONIO Y EL AVISO ECONOMICO*

 

 

El aviso económico, que sirve muchas veces para buscar una cocinera y otras veces para ofrecer una ama de llaves, el vil aviso económi­co, el ínfimo aviso económico, sirve también en la actualidad para buscar novia y para ofrecerla. Cotidianamente aparecen en los diarios avi­sos como estos: "Viudo de cua-renta y ocho años, sin hijos, afectuoso y rico, desea contraer ma­trimonio con señorita de treinta años, de bue­na familia y de pelo castaño": "Capitán de arti­llería, distinguido, elegante, desea conocer, con fin matrimonial, señorita de veintidós a veinti­cinco años, con cuatrocientos mil francos de dote". "Viuda joven, bella y tiernísima, excelente ama de casa, desea casarse con viudo o soltero de sólida posición económica. Acompañar a carta detallada fotografía restituible".

 

La gama de los avisos matrimoniales es va­riadísima. Como son variadísimas las condiciones de los novios en oferta y demanda. Hay siem­pre en los diarios novios y novias de todas cla­ses. Hoy atrae la mirada curiosa del lector una huérfana rica, recién salida de un colegio de monjas, a quien su inocencia angélica no impi­de soñar impacientemente con el matrimonio. Mañana, una viuda hábil, experta y entrenada para el matrimonio como un "race-horse" para la carrera. Pasado mañana, una solterona que camina a la cuarentena y que juega su última carta matrimonial en la cuarta plana de un dia­rio de la tarde. Esta solterona será absolutamente modesta en la enumeración de las condi‑

 

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* Fechado en Roma, octubre de 1920; publicado en El Tiem­po, Lima, 14 de noviembre de 1920.

 

 

 

 

 

 

 

 

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ciones apetecidas. Apenas si insinuará una pe­queña preferencia. Por los bigo-tes rubios ver­bigracia.

 

No hay que ver, por supuesto, en esta no­vísima aplicación del aviso eco-nómico, una mo­da ni una veletería arbitraria. Hay que ver, más bien, una consecuencia de la vida moder­na. En estos tiempos y en estas ciudades las gentes tienen cada día menos ocasión de tra­tarse y conocerse bien. Algunos hombres viven tan a prisa que les falta tiempo para detenerse a elegir novia. Y estos hombres, el día en que la necesitan ¿por qué no van a solicitarla por me-dio de un aviso? Un aviso los puede colocar delante de una inmensa variedad de novias. Delante de un muestrario completo y surtido.

 

Se dirá que asistimos a una desvalorización sentimental del matrimonio. Bien. Pero esta desvalorización no es reciente. Es muy anterior a los avisos matri-moniales. Hasta ayer se había cui­dado de ocultarla, de disimularla un poco. Se sabía que el matrimonio era una cuestión de interés; pero no se decía esto en voz alta. Mientras que ahora sí. Ahora se pregona públicamen­te que el matri-monio es un negocio. (Un mal negocio generalmente, conviene agregar).

 

Ocurre simplemente que en el terreno matri­monial, como en todo, domina hoy una orien­tación práctica contra la cual protestarán en ma­sa las gentes senti-mentales, y con ellas yo; pero que reposa en las desagradables verdades de la vida. Como la mayoría de las orientaciones prác­ticas. Las gentes están dema-siado desencantadas respecto al amor. En la eternidad del amor no cree ya nadie. Ni siquiera los enamorados, que son las gentes más a propósito para creer tonterías. Se quiere, por esto, dar al matrimo­nio una base más estable, menos movediza que el amor.

 

Un hombre o una mujer que van a casarse, se preocupan, sobre todo, de que los intereses de su novia o de su novio sean concordes con

 

 

 

 

 

 

 

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los suyos. Procuran asegurar a su matrimonio la mayor solidaridad posible. Y no se confían absolutamente en la solidaridad del amor. Saben que la solida-ridad determinada por el amor no dura sino lo que dura el amor que, regular-mente, dura muy poco. Un matrimonio es una alianza fundada en una sabia coordinación de intereses.

 

Estos intereses no son únicamente intereses económicos. Son también intere-ses sociales, in­tereses psicológicos y hasta intereses estéticos. Se cree que de la armonía, de la reciprocidad, de la correspondencia de todos estos intereses depende la solidaridad conyugal. Imaginémonos una mujer cuyo ideal sea un marido que tenga los ojos muy azules y las pestañas muy largas y soñadoras y que se ponga chaqué los domin­gos. E imaginémonos, que esta mujer se case con un hombre, muy apreciable bajo sus otros aspectos, pero sin ojos azules, sin pestañas largas y finalmente, sin chaqué. ¿No es verdad que la paz de este matrimonio, la digestión de este marido y la honradez de esta mujer estarán eternamente amenazadas por todos los hombres de chaqué y ojos azules, aun por los más des­preciables? El amor puede desviar momentáneamente a una persona de su interés estético; pero nada más que momentáneamente.

 

Se trata, pues, en estos tiempos, de confor­mar, acordar, coordinar el matrimo-nio hasta donde sea dable, con la condición, psicología, conveniencia, ideali-dad, gusto y sazón de las partes contratantes. Se trata por ende de sustraerle de la influencia arbitraria y traviesa del amor que tan caprichosamente desvía a las gentes de sus intereses. Se trata, por otra parte, de apuntarlo y reformarlo, precaviéndolo con­tra los sentimientos revolucionarios que lo amenazan.

 

Lo más probable es, naturalmente, que mo­dernizando el matrimonio, que orientándolo cien­tíficamente y que saturándolo de positivismo, se le conduzca a la ruina. El amor es vegetativo y todopoderoso. Su revancha será terrible y

 

 

 

 

 

 

 

 

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diabólica. Consistirá en el enseñoreamiento del amor, con todas sus miserias y con todas sus alegrías, sobre los escombros de la santa, vieja y respetable institución del matrimonio. Pero por ahora no se piensa esto; Por ahora no se piensa sino en armonizar el matrimonio con el espíritu práctico del presente. En que el ma­trimonio sea para todos y para cada uno un buen "affaire".

 

Y dentro de esta tendencia nada más natu­ral que el empleo del aviso econó-mico. Puesto que el matrimonio se moderniza en sí, tiene que modernizarse, igualmente, en sus medios. ¿Se indignan las gentes sentimentales? ¿Dicen que eso del aviso económico no, que eso del aviso económico es el colmo del prosaismo? Estas po­bres y buenas gentes, carecen de razón. Hay que hacerles entender, sin tardanza, dos cosas. Primera, que ya nadie, ni los poetas, hablan de prosaismo. Y segunda que, para tranquilidad de las almas demasiado sus-ceptibles, también al empleo matrimonial del aviso económico se le puede encontrar, buscándosele, un lado senti­mental y un aspecto lírico.

 

Según un ilustre mito, el hombre y la mu­jer son las mitades de un solo ser perfecto y armonioso. Son dos mitades que se buscan a tientas, sin encontrar-se, sin reconocerse. Coti­dianamente, mitades diferentes se unen y se repelen. Vuelven a unirse y vuelven a repelerse. (Un mito, como se ve, que explica, por otra parte, la imposibilidad de la paz matrimonial y la fugacidad del amor). Ahora bien. ¿No sería más probable que esas dos mitades que vengan, cie­gas y desventuradas, se encontrasen con la ayu­da de un aviso en el perió-dico que sin ayuda alguna? ¿Si un aviso económico puede servirnos para recuperar un "fox-terrier" perdido, no puede servirnos, asimismo, para recu-perar a nuestra mitad desconocida y misteriosa? Yo, co­mo periodista, siento el deber de responder afir­mativamente. Y siento, sobre todo, el deber de asumir la defensa del aviso, aunque se trate del aviso económico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LOS AMANTES DE VENECIA*

 

 

Sobre el amor de Alfredo de Musset y Jorge Sand se ha escrito muchos libros. Los primeros fueron, naturalmente, uno de Alfredo de Musset y otro de Jorge Sand. Pero ni éstos, por razo­nes obvias, ni los demás que los han seguido, por razones abstrusas, son una historia comple­ta y verídica del famoso amor. El único libro que parece serlo es "Los Amantes de Venecia" de Charles Mau-rras, que acaba de ser reeditado.

 

En una estancia de un hotel del Lido, con las ventanas abiertas al panorama de Venecia y a la música de góndolas de la Laguna, he leído esta novísima edi-ción de la obra de Maurras. Ha sido esta una lectura casual. Pero yo he re-suelto imaginármela intencionada. Porque es absolutamente necesario que, en estos días de setiembre en que Venecia está poblada de gentes que vienen a veranear en la playa del Lido, y que no se preocupan de la historia de la repú-blica de los dux, algún peregrino más o menos sentimental se acuerde de los pobres amantes que aquí vivieron los capítulos más inten­sos de su novela.

 

El autor de "Los Amantes de Venecia" es el mismo Charles Maurras, que dirige "L'Action Française". El mismo escritor mancomunado con el inso-portable chauvinista León Daudet en la literaria empresa de predicar a los Fran-ceses la vuelta a la monarquía. Es, por ende, un tipo a quien habi-tualmente detesto. Pero esta vez me resulta simpático. Su libro es agradable. Tan agra-dable, que leyéndole se olvida uno del edi­torialista de la absurda "Action Française".

 

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* Fechado en Venecia, setiembre de 1920; publicado en El Tiempo, Lima, 11

de enero de 1921.

 

 

 

 

 

 

 

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Los otros biógrafos de los "Amantes de Venecia" no han sabido ser impar-ciales. Charles Maurras sabe serlo en todo su libro. No defien­de ni detracta a ninguno de los amantes. Su jus­ticia al hablar de uno y otro es tal, que los musetistas lo acusan de admirador de Jorge Sand y los sandistas de partidario de Musset.

 

La historia del amor de Musset y Jorge Sand apasiona todavía a mucha gente de Francia. Y en otros tiempos, como es sabido, apasionaba a más gente aún. Tiempos ha habido en que se po­lemizaba calurosamente sobre los más ínti-mos particulares del ilustre "menage". De un lado se sostenía, por ejemplo, cosas como ésta. Que Musset y Jorge Sand no debían ser llamados los "Amantes de Venecia", porque en Venecia, si bien habían estado juntos, no habían sido efectivamente amantes. Y de otro lado, como es natural, se sos-tenía lo contrario. Y se citaba testimonios que acreditaban que en Venecia Musset y la Sand habían compartido el mismo lecho más de una noche. Charles Maurras, pre­cisamente, habla de una carta de Jorge Sand, en que se alude a "que fue cerrada la puerta que comunicaba su dormitorio con el de Musset", para demostrar que esa puerta había estado abierta en un principio.

 

El libro de Maurras relata, repito, con mucha imparcialidad los diversos episodios del célebre amor. Pero el autor no puede evitar que su obra pruebe que Musset hizo lamentablemen­te el ridículo. Y que, mientras Jorge Sand apa­rece en su obra como una mujer inteligente y simpática al par que pérfida y aviesa, Alfredo de Musset aparezca como un adolescente candelejón y tonto.

 

La novela de Alfredo de Musset y Jorge Sand puede sintetizarse así:

 

Jorge Sand fue amante de Musset antes de separarse oficialmente de su marido, el barón de Dudevant. Había ya sido amante de Jules Sandeau y de Merimée. Esta pluralidad de amantes no quiere decir, por supuesto, que Jor‑

 

 

 

 

 

 

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ge Sand fuera una hetaira. Quiere decir que Jorge Sand tenía el corazón de-masiado grande, generoso y hospitalario, esto es "casi incapaz del sentimiento que la generalidad de las gentes llaman amor". "Dos clases de personas -escribe Maurras- parecen ser inadaptadas al amor, las primeras por una falta de sensibili­dad; las segundas por un exceso de este don de sentir y de seguir el sentimiento".

 

Desde el primer capítulo aparecieron en la novela de amor de Musset y ma-dame Dudevant las querellas y los pleitos. Cuando las dirigie­ron a Venecia, -después de haber saboreado el amor metropolitanamente en París y georgica­mente en Fontainebleau- no fue en viaje de lu­na de miel ni mucho menos. Como que hay quie­nes aseguran que habían ya dejado de ser amantes y que no eran sino dos buenos amigos. Venecia, como se sabe, ejercitó todo su encanto en el espíritu de Jorge Sand. Su inquieto cora­zón estaba, pues, muy propenso a palpitar por el primer veneciado plácido que se le aproximase. Este veneciano fue el doctor Pagello, llamado a asistir a Alfredo de Musset, atacado por una impertinente enfermedad. El doctor Pagello era un vigoroso y joven ejemplar de la fauna veneciana. Jorge Sand, aunque sinceramente preo-cupada por la mala salud de su amante y fatigada por las vigilias pasadas al pie de su lecho, no podía dejar de apreciar estas cualida­des. Y como tampoco podía limitarse a apre­ciarlas, se enamoró de ellas. Fue así como Jor­ge Sand, al mismo tiempo que moría de ansie­dad por Musset, moría de amor por el doctor Pagello. El pobre Musset, delirante en su cama, no estaba en aptitud de ad-vertirlo. Y ni aún el doctor Pagello, cuya temperatura y clarivi­dencia eran normales, supo advertirle oportunamente. Jorge Sand tuvo que declarársele en la forma más explícita posible. Su declaración no fue verbal sino escrita. No por ser la declara­ción de una escritora, sino por ser la declara­ción de una mujer que apenas hablaba el idio­ma del hombre amado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hay que felicitarse de que esta carta de Jor­ge Sand haya sido dada a luz, porque constitu­ya, sin duda alguna, su página más maravillo­sa. "Tú eres extranjero -dice en sustancia Jor­ge Sand a Pagello- tú no entiendes mi lengua y yo sé demasiado mal la tuya para que po­damos comprendernos. Y, siendo de patria, de razas, de costumbres diferentes, aunque pudié­semos comunicar nuestro pensamiento por el lenguaje, nuestros corazones continuarán siem­pre distantes el uno del otro". Luego ella interro­ga con vehemencia: "¿Quién eres tú? ¿Qué pue­des ser para mí? ¿Se te ha educado tal vez en la convicción de que las mujeres no tienen cora­zón? ¿Sabes tú que también tienen uno? ¿Eres tú, cristiano, musulmán civilizado, bárbaro? ¿Eres tú un hombre? ¿Qué hay en ese pecho masculino, en ese ojo de león, en esa frente so­berbia?". El cuestio-nario se hace, después, más concreto. Jorge Sand pregunta a Pagello si es idealista o carnal en amor, bruto o poeta; si, cuando su amante se duerme entre sus brazos, sabe quedar despierto para mirarla, rogar a Dios y llorar; si los placeres del amor lo dejan jadeante y embrutecido o si lo arrojan en un éxtasis divino. Enseguida ella le agrega: "Yo no sé si tu vida pasada, si tu carácter ni lo que los hombres que te conocen, piensan de ti. No importa. Yo te amo, yo te amo sin saber si yo podré estimarte, y yo te amo porque tú me gustas".

 

Pero donde están encerradas toda la belleza, toda la poesía, toda la emoción inmensas de la carta, es en las frases siguientes: "Si tu fueses un hombre de mi patria, yo te interrogaría y tú me responderías; pero yo seré tal vez más des-venturada todavía, porque entonces, tú podrías engañarme. Tú, tú, como eres, no me mentirás, no me harás vanas promesas ni falsos juramen­tos. Tú me amarás como tú puedes amar. Lo que yo he buscado en vano en los otros, no lo en­contraré quizá en tí, pero podré creer que tú lo posees. Las miradas y las caricias de amor, que me han mentido siempre, tú me las dejarás

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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explicar como yo quiera, sin añadir a ellas palabras mentirosas. Yo podré interpretar tu ensueño y hacer hablar elocuentemente tu silen­cio. Yo atribuiré a tus acciones la intención que yo te desearé. Yo no quisiera saber tu nom­bre. ¡Escóndeme tu alma! ¡Que yo pueda creerla siempre bella!". Esta carta fue escrita por Jorge Sand en presencia de Pagello. Pagello la miraba escribir y apasionadamente sin com­prender. Y cuando ella metió las hojas dentro de un sobre en blanco, y sin decirle una palabra, puso el sobre en sus manos, Pagello pre­guntó a quién debía entregarlo. Entonces Jor­ge Sand quitó el sobre de las manos para es­cribirle encima. "Al estúpido de Pagello".

 

Consecuencia natural de esta carta fue que Jorge Sand y el médico de Venecia se enten­dieran no sólo en el terreno sentimental sino en otros terrenos limí-trofes. Musset, en tanto, mejoraba, lo que probablemente, eliminaba de la conciencia de madame Dudevant y de Page­llo todo remordimiento. Después de todo -pen­saba acaso- sea cierto que traicionaban a Musset; pero no era menos cierto que lo trai­cionaba después de haberle salvado la vida con su amor y sus desvelos. Pero, con la salud, Musset recuperó la facultad de darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Un día notó que al pasar tras un biom-bo Jorge Sand y Pagello se demoraban el tiempo necesario a dos amantes para abrazarse furtivamente. Otro día sorprendió a Jorge Sand escribiendo a es-condidas una carta. Otro día se fijó en que el saloncito donde Jorge Sand y Pagello habían tomado té la noche anterior sólo había una taza, lo que indica-ba inequívocamente, que habían bebido amarteladamente de una misma taza de té. Es­tas cosas pusieron terriblemente furioso al con­valesciente poeta. Pero Jorge Sand se dio maña para convencerlo de que ella era una mujer ado­rable y de que él era un loco y un miserable al dudar de su lealtad. Y de que debía pedirle perdón de rodillas. Jorge Sand consiguió finalmente que Alfredo de Musset se marchase solo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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a Francia y la dejase gustar libremente la viri­lidad de Pagello. Más todavía. Parece que Al­fredo de Musset, alma cándida y buena, en una escena prepa-rada por Jorge Sand con refinada astucia, unió antes de partir las manos de su ex-amante y de su médico, diciéndoles: "Uste­des se aman. Sean felices". Lo cierto es que, después de su regreso a Francia. Musset mantu­vo tierna corres-pondencia con Jorge Sand, quien le encargó que le mandase de París un frasco de patchouli, su perfume preferido. Muy tarde comprendió Musset, el rol que Jorge Sand le había hecho jugar. Antes, los "Amantes de Venecia", cambiaron muchas cartas de recíprocas y románticas acusaciones. En las suyas Jorge Sand negó siempre haberse entregado a Pagello antes que Musset partiese. Se empeñó, además, en presentar a Musset como el que había arran­cado a Page-llo la confesión de su amor por ella. Y sostuvo, especialmente, que fue muy dueña de hacer lo que hizo, porque había dejado de pertenecer a Musset cuan-do abrió los bra­zos a Pagello. En una de sus cartas se encuen­tra esta pregunta: "¿Era yo tuya entonces?".

 

Yo creo que las gentes ilustres tienen, sin duda alguna, el mismo derecho que las gentes anónimas para que se respete la puerta de su corazón y de su dor-mitorio. Yo creo que no basta para descubrir así las intimidades espirituales y físicas de dos amantes, la excusa de que se trata de dos escritores famosos. Pero carez­co de la austeridad necesaria para abstenerme, por mi parte, de contribuir con un artículo de periódico a la notoriedad de esas intimidades.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ITALIA, EL AMOR Y LA TRAGEDIA PASIONAL*

 

 

Italia es un país exaltadamente sentimental. La nota cotidiana de los periódi-cos son las tragedias de amor. Las gentes matan o se matan por amor con una facilidad extraordinaria. Cuando se viene de un clima espiritual diverso, no se puede menos que exclamar: ¡Pero aquí toman el amor en serio!

 

Porque esa es la sensación del recién llegado; que en Italia se toma en serio el amor. Lo que quiere decir que también es su sensación que en el resto del mundo no pasa lo mismo. Y no, por supuesto, a causa de que en el resto del mundo se tome en serio cosas mucho más interesantes; sino a causa de que, por lo gene­ral, ya no se toma en serio absolutamente nada.

 

En Italia, según algunas opiniones, la fre­cuencia de las tragedias de amores es una cues­tión de posición geográfica. Pero no entremos en consideraciones científicas. Constatemos, más bien, que la tragedia de amor es frecuente en Italia porque el amor es, asimismo, frecuente. No hay en las gentes ninguna propensión par­ticular a llevar su amor hasta la tragedia; pis­toletazo o cuchi-llada. Hay, únicamente, una propensión; la propensión de amar locamente. (Propensión que podríamos llamar cardíaca, si esta palabra no fuera tan exclusiva). Se mata por amor, porque se ama. Porque se ama apasionada-mente, arrebatadamente, delirantemente. Porque, sin duda alguna, las gentes saben amar aquí como no se ama tal vez en ninguna parte. En un amor suelen ver el principio y el fin de su vida.

 

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* Fechado en Florencia, 30 de julio de 1920; publicado en El Tiempo, Lima, 23 de enero de 1921.

 

 

 

 

 

 

 

 

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En estos tiempos podría sospecharse que las tragedias de amor estuviesen en conexión con la turbación psíquica producida por la guerra. Podría suponerse que el espíritu épico anacró­nicamente resucitado por la guerra se refleja­ba también en el amor. Podría creerse que con­comitantemente con otros excesos más o menos morbosos aparecía un exceso dramático en el amor.

 

Pero no. En Italia se ha amado siempre de esta manera. Hace un siglo, Stend-hal adoraba a Italia precisamente por su adorable pasionalidad. El prefacio de "La Cartuja de Parma", verbigracia, es una apología de la pasionalidad Italia-na. Stendhal se duele en él de que en Fran­cia las gentes no sean capaces de amar como en Italia.

 

Italia era, pues, en los lejanos días de Sten­dhal, tan romántica como en nues-tros días. Y, seguramente, más romántica aún.

 

Y tal modalidad psicológica se manifiesta en todas las expresiones del alma italiana. En la literatura, por ejemplo, influye señaladamente. La novela italiana es una novela a base de amor. Y el teatro es un teatro a base de amor tam­bién. Y si se desciende a un género folletinesco e industrial de la litera-tura, el cinematógrafo, se encuentra, naturalmente, mayor rotundidad y mayor acentuación en esta característica. Las películas cinematográficas italianas son a base de amor solamente. Francisca Bertini es una eterna heroína del amor. Los empresarios y los libretistas cinematográficos la obligan a amar sin des-canso en todas las formas posibles. Co­sa que la tendría quizá muy empalagada si no representara para ella un sueldo anual de un millón de liras y una cele-bridad de novela de Carolina Invernizio.

 

Ahora bien. ¿Merece el amor ser tan tropi­calmente sentido y tan altamente valorizado? He ahí una pregunta que mejor sería no formularse cuando se está próximo a solidarizarse con

 

 

 

 

 

 

 

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Stendhal en la alabanza de la pasionalidad ita­liana. Pues, en verdad, la vida enseña que el amor no representa en ella la más trascenden­tal, y que mucho menos representa lo único trascendental como les parece a los enamorados en estado febril. Más todavía. El amor no es decisivo en la vida. Puede serlo a veces; pero no lo es siempre. No lo es sino por excepción.

 

Veamos el amor en un libro contemporáneo. En un libro por cuyas páginas la vida pase obje­tiva, natural y verdadera. En un libro donde no se le mistifique ni se le artificialice. En un li­bro, además, donde hallemos todos los capitales de una historia humana. Por ejemplo, en "Los Tres", de Máximo Gorki. No-taremos que el amor tiene en esas tres vidas tangentes de la gran novela una significación más episódica que sustantiva.

 

Veamos el amor en un libro antiguo. En el libro más perdurable y más altí-simo de la lite­ratura española. En "Don Quijote". Advertire­mos que el amor ocupa en "Don Quijote" un puesto secundario y que esto no disminuye la humanidad de la obra. El amor del ingenioso hidalgo es una consecuencia de su locura. Don Quijote no enloquece por estar enamorado. Se enamora por estar loco. El amor en el libro de Cervantes está, pues, en la categoría de sim-ple síntoma de un desequilibrio mental. Por otra parte, el amor de Don Quijote no es, realmen­te, amor. Es una ilusión de amor. Es una auto-sugestión erótica. Don Quijote no se enamora efectivamente, en ningún momento. Se enamora sólo cuando recuerda que un caballero andante debe estar enamorado y que él ha descuidado tan importante particular. Se enamora por ser en todo tal como los caballeros descritos en los libros de caballería. Si don Quijote hubiera leído en los libros de caballería que habían exis­tido muy famosos caballeros andantes sin amor y sin dama, habría dudado muchísimo para ena­morarse. Y si hubiera leído que los caballeros andantes no habían menester de enamorarse, no

 

 

 

 

 

 

 

 

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se habría enamorado por ningún motivo. Con lo cual se habría ahorrado la desventura de que los desagradecidos y villanos galeotes lo agra­viasen y tundiesen por haberles dado la orden imperiosa de que, en agradecimiento de su li­bertad, fuesen a contar a Dulcinea la hazaña cumplida por su caballero en su nombre y obse­quio. El amor tiene en Don Quijote, como aca­bamos de ver, además de un puesto adjetivo, un sentido irónico, burlesco y socarrón.

 

Pero, sin embargo, no sería razonable que estas consideraciones enfriasen nuestro entusias­mo de espectadores por la pasionalidad del amor en Italia. Preferible es -aunque personalmente optemos en trances de amor por la moderación y la prudencia-, que como Stendhal, admire­mos y queramos a Italia, sobre todo sus virtudes y excelencias por su capacidad de amar con locura. Porque, después de todo, es nece­sario que haya en el mundo quien sepa amar con heroísmo y sin ponderación, medida ni apasionamientos. De otra manera, el mundo sería de una aburrida y detestable monotonía espiritual. Y, finalmente, habría el peligro de que, falto de un conservatorio, de un vivero, de una almáciga, el amor sentimental por lo menos en sus jerarquías heroicas, temerarias y épicas, se extinguiese gradualmente como esas especies zoológicas que enrarecen poco a poco asesinadas por los cazadores, por la civilización y por el tiempo. Y de que un día en que se pensase que no había existido jamás. Y que los hijos de nuestros hijos, criaturas más escépticas que nosotros, no pudiesen oír sin soltar la risa, que la historia de Romeo y Julieta era una historia auténtica y que había sido posible amar así en la época de sus bisabuelos...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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REFLEXIONES SOBRE FLORENCIA*

 

 

El tranvía sube al Piazzale Michelangelo. El Piazzale Michelangelo es una terraza que Flo­rencia, vanidosa y coqueta como una mujer bo­nita, usa para contemplarse a sí misma desde cincuenta metros de altura, en medio de una alameda que asciende serpeando a las colinas de más allá del Arno, muy cerca de la solita­ria Basílica de San Uriniato, de la vieja torre donde Galileo, proba-blemente en una noche co­mo ésta, se apercibió de que la tierra daba vuel­tas. Viajan en el tranvía dos parejas de enamo­rados, de enamorados parecidas a todas las parejas de enamorados del mundo. Viaja, además, una inglesa que mira la luna con sus imperti­nentes por un ventanillo del tranvía. Yo había tenido la ambición insensata de ser el único en subir al Piazzale esta noche de luna. Había olvi­dado que la noche de luna en el Piazzale no podía ser atrayen-te sólo para mí. Que tenía que serlo también para otras gentes, para los ena­morados y las inglesas, por ejemplo. Y un mie­do ilógico se adueña de mí actualmente. ¿No su­birán hoy al Piazzale todos los enamorados y todas las inglesas de Florencia?

 

Pienso, en seguida, que debe ser agradable estar enamorado esta noche. Lo mismo piensa, sin duda alguna, la inglesa que tan pertinazmen­te mira la luna. Yo debería enamorarme de la inglesa por algunos momentos. Pero no es po­sible, ni siquiera por algunos momentos enamo­rarse de una mujer que mira la luna con sus impertinentes. No es posible, ni razonable.

 

Me invade una tentación rara. La tentación de preguntarle a la inglesa. Señora, usted viene a "gozar del fresco", ¿no es cierto? Es que no

 

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* Fechado en Florencia, en 1920; publicado en El Tiempo, Lima, 2 de febrero de 1921.

 

 

 

 

 

 

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por qué se me ocurre que esta inglesa no siente otro deseo que el de "gozar el fresco" y lamenta que en el Piazzano den "retreta". Lo que puede ser una suposición injusta y temeraria.

 

Nos acercamos al Piazzale. El tranvía entra chillando con todas sus fuerzas en la última curva de la ondulada alameda. La inglesa no mi­ra más la luna. Mira tal vez el tranviero. Apa­rece la silueta del David de Miguel Ángel dominando el Piazzale silenciosa y evangélicamente.

 

* * *

 

Yo he visto muchas veces Florencia desde este mismo sitio. ¿Por qué enton-ces, me parece, que por primera vez la veo ahora? Seguramen­te porque por primera vez la veo de noche. Y de noche, este panorama de la ciudad es más vivo, más intenso, más comprensible que de día. De día hay algo que no permite apreciarlo ínte­gramente: la luz del sol. La luz del sol impide ver bien las cosas. ¡Es siempre tan violenta, tan extremada, tan excesiva! De noche, en cambio, la ciudad enciende sus propias luces. Sus pro­pias luces la dibujan, la dividen, la limitan, la coloran. Y, en las noches como ésta, la luz de la luna influye en el paisaje de la ciudad, pero influye sagaz, discreta y sabiamente. No lo cambia, no lo modifica. Lo hace plena y nítidamen­te visible, sobre un fondo luminoso y bajo un cielo plácido.

 

Las luces de una ciudad son admirablemen­te expresivas en las gradaciones de su distri­bución, de su intensidad, de su matiz. En los su­burbios se dispersan, se apagan, se desvanecen. En el centro se afestivan. Por ejemplo, nadie puede indicar mejor la plaza Víctor Manuel en el panorama nocturno de Florencia que ese nú­cleo de luces próximo al Domo. Mirar ese nú­cleo de luces es sentir toda la vista de la plaza Víctor Manuel, es asomarse a las terrazas llenas de gente de sus cafés-concierto. Es escuchar la música de Madame Thebes. Es percibir el silen­cio de un episodio cinematográfico en que Al­berto Capozi mata a Francisca Bertini o Francisca Bertini mata a Alberto Capozi.

 

 

 

 

 

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Además, cada una de las luces de la ciudad parece tener su personalidad y su fisonomía. No son iguales una a otras. Esa luz es blanca, res­plandeciente y vaporosa como una dama en tra­je de soirée. Es una luz de teatro, de music-hall o de carrousel. Esa otra es amarilla, miserable, anémica. Es una luz de arrabal, una luz en torno de la cual giran y giran sucios coleópteros y vaga-bundas libélulas. Esa otra es roja. Es una luz de vía férrea, eternamente vigi-lante y vagamente dramática como su vecino y amigo el ga­ritero. Esa otra es una luz que corre y grita ebria de gasolina. Es la luz de un automóvil. ¿Y esas otras luces que se reflejan en las aguas del Arno? ¿Son luces coquetas que se miran en el espejo? ¿O son luces suicidas que se arrojan en el río como se arroja a veces una virgen ro­mántica que se mata por amor o un pobre dia­blo que se mata por hambre? Son las luces más misteriosas, más conmovedoras; más inquietantes. Yo estoy seguro que en las noches de invier­no sufren frío. Yo las he visto entonces tem­blar con el fondo del agua torva.

 

¿Por qué estas luces metropolitanas despier­tan en mi alma el recuerdo de otras luces y, por ende, de otra noche de verano y de otro paisa­je sereno? Esas otras luces no eran luces de gas, de electricidad ni de petróleo. Eran las pequeñas, errantes, fugitivas y versátiles luces de las luciérnagas. Las únicas luces que alumbraban el bosque de abetos de Vallombrosa. Usted, Zi Uciceri, había perdido su collar. Usted no sabía dónde. Pero lo buscaba usted en el bosque porque suponía usted naturalmente, que si lo ha­bía perdido dentro del hotel no había peligro alguno. Nadie se lo robaría. En cambio, si lo ha­bía perdido en el bosque podrían robárselo, al amanecer, las cigarras. Tienen tan mala fama de ociosas las pobres cigarras. La noche estaba lle­na de luciérnagas. Y los ojos de usted, sus ro­mánticos ojos de alemana no encontraron el collar, pero soña-ron acaso, que el bosque se transformaba en un bosque wagneriano donde erra­ba, sonámbula y angustiada una princesa nibe-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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lunga. Usted semejaba, en verdad, la dulce pro­tagonista de una leyenda nór-dica. Las luciérna­gas volaban con ese vuelo graciosamente incier­to, íntima-mente leve, que describe la "Maripo­sa" de Grieg. Y había en su actividad una pro­sa rara como si también ellas buscaran algo. Buscaban el collar de usted probablemente. Porque las luciérnagas la amaban a usted esa noche. Yo lo dudé en un instante en que usted se inclinó a mirar el suelo. Yo había creído que en ese instante todas las luciérnagas del bosque, todas las luciérnagas del mundo, desde las más cercanas hasta las más distantes correrían a ilu­minar el trecho de ruta que los ojos de usted exploraban. Y me sorprendió que no fuera así. Que mientras usted escrutaba el suelo las lu­ciérnagas continuasen vagan-do sin concierto. Pero después pensé que era que las luciérnagas sa­bían que su collar no estaba donde usted se había detenido y por donde,a ellas habían pa-sado. Si usted hubiera adivinado mi pensamiento me hubiera dicho que yo disculpaba a las lu­ciérnagas. Y que las luciérnagas eran efectivamente descor-teses y malas como yo había pen­sado al principio. Todo, por supuesto, para que yo le replicara que no, que usted se engañaba, que las luciérnagas la ama-ban con todo su corazón porque usted era bella, muy bella, más noble que la noche melodiosa en el bosque in­somne.

 

Mi pensamiento abandona Vallombrosa, aban­dona sus luciérnagas, abandona a Zi Mimi y re­gresa a Florencia. Encuentra una insólita fuer­za invocadora en la cúpula de la catedral, en el campanario de Giotto y en la torre alineada del Palacio de la Señora. Y me atribuyo tam­bién a la noche. La noche borra un poco la Florencia moderna. Relieva, en tanto la Floren­cia antigua. De noche hay en Florencia algo de la Florencia de Lorenzo el Magnífico y de Gerónimo Savonarola. El alma de Florencia sale a la superficie. Y se muestra más y mas a medida que cesa el ruido de los tranvías, de los automóviles y de todas esas abominables máquinas que ahuyentan y espantan las sombras

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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del pasado. En algunas callejas resucita furtiva-mente la Florencia de antes. Los viejos palacios recobran su fisonomía feudal. Se respira la atmósfera de la Edad Media. Se susurra sin que­rerlo un verso de la Divina Comedia. Y se siente el riesgo inminente de tropezarse con la som­bra del Dante al voltear una esquina.

 

Yo amo el Piazzale por sus cipreses. Por sus altos cipreses que señalan la ruta de San Urinia­to al Monte. Y que son como una teoría de monjes en marcha al convento. El ciprés es un árbol augusto. Es más bello que el Apolo de Belve-de­re y más profundo que los Diálogos de Platón. Su línea es más elegante que la del pino. La lí­nea del pino es un poco geométrica. La línea del ciprés es siempre estatuaria. Y su color tiene la austeridad de su espíritu y la majestad de su forma. Es un verde solemne. Es un verde oscu­ro como el que se encuen-tra en los mármoles preciosos de la Capilla de los Médicis. Gótico, místico, ascético, su flacura evoca a veces la flacura de San Gerónimo y de Santa María Egipsíaca. Y como es el árbol del misterio, es el árbol de la noche. De noche su sombra semeja una sombra humana. Es la sombra de un magno Don Quijote, embozado y pensativo, sin escudero, sin armas, sin arnés y sin cabalgadura.

 

Pero en este Piazzale no hay sólo una hilera de cipreses. No sólo hay un David de bronce copia del David de mármol de Miguel Angel. Hay también un "tea-room". Yo sé que no exis­te un lugar bello e ilustre sin "tea-rooms Y que es universal la tendencia de asociar el pla­cer estético y el té con pasteles. Pero, sin em­bargo, un "tea-room" en esta noche de luna me parece innecesario e impertinente. ¿Qué hace aquí un "tea-room", Dios mío? Suena en el "tea-room", como una carcajada, la música de un "One steap". Y esta música extingue de un golpe el silencio del Piazzale. A su conjuro aparece ululando un automóvil. El Piazzale se puebla de ruidos y de gentes. Y arriba, en el cielo, la luna se muere de tristeza.

 

 

 

 

 

 

 

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LA ULTIMA PELICULA DE. FRANCISCA BERTINI*

 

 

Cansada de ganar dos millones al año, de ser una mujer famosa, de posar para el cinema­tógrafo y sobre todo, de estar soltera. Francisca Bertini ha resuelto casarse. Uno de estos días de primavera se vestirá cándidamente de blan­co como en las películas. Pero esta vez no pa­ra casarse, como en las películas, con un novio de cinema, sino para casarse de veras con un novio auténtico, y efectuar con él un viaje de bodas lo más auténtico posible.

 

Para el público ésta será su última película. Para Francisca Bertini puede ser que lo sea también. Y, en realidad, será su película más vivida y mejor senti-da. Lo único que el pú­blico se quedará sin ver. Y en la que ella, des­pués de haber representado tantas comedias y tantos dramas ajenos, empezará a repre-sentar exclusivamente su propia comedia o su propio drama.

 

Francisca Bertini anuncia, con este motivo, que abandona el arte. En los periódicos esto de que abandona el arte es, como todo, una frase. En ella es una corrección. Francisca Bertini está segura de que dice la verdad diciendo que abandona el arte. Y más aún. Está segura de que para la crónica del arte su retiro es un suceso de interés. Porque para ella el arte es el cinema. Y porque ella cree sinceramente ser una artista, una gran artista.

 

Y es muy natural. Una mujer bonita a quien todo el mundo llama gran artista y a quien su

 

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* Fechado en Roma, abril de 1921; publicado en El Tiempo, Lima. 18 de junio de 1921.

 

 

 

 

 

 

 

 

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empresario, por esta razón, paga dos millones al año no puede dejar de estar convencida de serlo. Y no puede dejar de estimarse infinitamente más artista que muchas gentes calificadas como tales: poetas, pintores, escritores y otras suertes de pobres diablos, de quienes na­die se ocupa, cuyo retrato no publican los pe­riódicos y que, además, se mueren de hambre. En especial los poetas deben parecerle artísticamente muy inferiores. Porque mientras ella, por ejem-plo, tiene muchas liras, los poetas, general­mente, no tiene sino una sola lira. Y una lira qué, no obstante su abolengo parnasiano, está peor cotizada que las liras billete del Banco de Italia.

 

Como la celebridad posee sus halagos y más halagos aún que la celebridad poseen los millo­nes, es probable que Francisca Bertini se ape­ne un poco de dejar el cinema tan temprano. Pero, por otra parte, le contentará mucho trans-formarse burguesamente en una señora casada, tener un marido de su gusto y sazón, satisfacer su napolitana pereza y sus demás napolitanas voluptuosida-des y poner a prueba su meridio­nal aptitud para los bambinos.

 

Las chicas de los viernes de moda limeñas, leales admiradoras de Francisca, se imaginarán a este respecto cosas muy románticas. Supon­drán a Francisca líricamente enamorada del ci­nematógrafo y sentimentalmente afligida de que sea incompatible con su programa matrimonial. ¡No se hagan ilusiones las chicas de los viernes de moda¡ Francisca Bertini, a quien rodean imaginati-vamente de un marco de poesía, es sin duda, una mujer práctica como un pulpero que entre un cuadro de Tiziano y un plato de ma­carrones preferirá seguramente los macarrones si el cuadro de Tiziano no representase, por su valor comercial, la seguridad de comer maca­rrones toda la vida.

 

Evidentemente, Francisca es un buen ejem­plar de mujer napolitana. Y, como tal, merece toda la admiración masculina y, por ende, to-

 

 

 

 

 

 

 

 

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da la envidia femenina. Pero, por lo demás, no hay mucho que idealizar en ella. Es la Caroli­na Invernizio del arte dramático. En su géne­ro es la primera; pero su género es el folletín cinematográfico.

 

Ha tenido la suerte de ser artista de cinema. He ahí todo. La "diva" cinemato-gráfica es la artista privilegiada de estos tiempos. Es la única artista que puede trabajar a un mismo tiempo para millares de públicos. Es la única que puede ganarse una celebridad relámpago. La artista de teatro necesita, para captarse a un público, llegar personalmente hasta él. Necesi­ta tener con él un contacto directo. No está por esto, en aptitud física de dominar a todos los públicos del mundo. Su fama es una obra de proceso lento y gradual, por mucho que la ace­leren con su velocidad de treinta mil ejempla­res por hora los rotativos de los grandes diarios.

 

Igualmente, la reputación del literato se extiende poco a poco. Para alcanzar la celebri­dad el literato tiene que haber escrito mucho. Y tiene que haber escrito algo fundamentalmen­te suyo, original, emocionante, nuevo. Y debe aguardar después para ser universalmente cono­cido y preciado, que su obra sea tradu-cida a todas las lenguas sustantivas.

 

La artista cinematográfica, en tanto, posa en la misma escena para todo el mundo. Su arte no ha menester de traductores, intermediarios ni exegetas. Nada la separa de la más lejarta gente de la tierra. Ni el idioma, ni el tiempo ni el espacio. En consecuencia, todos los públicos son tributarios suyos. Todos contribuyen a su bienestar, a su riqueza.

 

Finalmente, la artista cinematográfica es una improvisada. Casi sin prepara-ción alguna arri­ba a un primer puesto. Es una coupletista, una modelo, una mecanógrafa cualquiera favorecida generalmente por algún Mecenas elegante y obscuro.

 

Francisca Bertini es la mejor prueba de la

 

 

 

 

 

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fácil celebridad de la actriz de cinema. Veinte dramas de adulterios, flirts, celos, revólver, cuchillos o veneno, le han dado más renombre que veinte tomos de poesía de Ada Negri. Proba­blemente en Lima, casi nadie sabe quién es Ada Negri. Como casi nadie tiene mayor noticia de María Melato, la gran actriz italiana contempo­ránea. En cambio, nadie ignora un film de Francisca Bertini.

 

Porque está escrito que, mientras el desti­no de muchos artistas geniales sea no tener techo, pan ni camisa, las Francisca Bertini del mundo viajen en "vagon-lit", se vistan donde Paquin, posean palacios, automóviles y caballos de ca-rrera, beban los vinos del Rhin, de Chipre y de Falerno, y gocen de los más regalados sibaritismos y las más muelles sensualidades y se casen, -si en su programa de vida entra el matrimonio- con el varón que más les guste y satisfaga. Para divorciarse de él cuando cese de gustarles y satisfacerles.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ASPECTOS VIEJOS Y NUEVOS DEL FUTURISMO*

 

 

El futurismo ha vuelto a entrar en ebulli­ción. Marinetti, su sumo sacerdote, ha reanudado su pintoresca y trashumante vida de confe­rencias, andanzas, pro-clamas, exposiciones y es­cándalos. Algunos de sus discípulos y secuaces de las históricas campañas se han agrupado de nuevo en torno suyo.

 

El período de la guerra produjo un período de tregua del futurismo. Primero, porque sus corifeos se trasladaron unánimemente a las trincheras. Segundo, porque la guerra coinci­dió con una crisis en la facción futurista. Sus más ilustres figuras -Govoni, Papini, Palazzes­chi- se había apartado de ella, me-nesterosos de libertad para afirmar su personalidad y su ori­ginalidad indivi-duales. Y estas y otras disiden­cias habían debilitado el futurismo y habían comprometido su salud.

 

Mas, pasada la guerra, Marinetti ha podido reclutar nuevos adeptos en la mu-chedumbre de artistas jóvenes, ávidos de innovación y ebrios de modernismo. Y ha encontrado, naturalmente, un ambiente más propicio a su propaganda. El instante histórico es revolucionario en todo sentido.

 

Esta vez el futurismo se presenta más o menos amalgamado y contundido con otras escue­las artísticas afines: el expresionismo, el dadais­mo, etc. De ellas lo separan discrepancias de programa, de táctica, de retórica, de origen o, sim-plemente, de nombre. Pero a ellas lo une la

 

 

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* Fechado en Roma, abril de 1921; publicado en El Tiempo, Lima, 3 de agosto de 1921.

 

 

 

 

 

 

 

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finalidad renovadora, la bandera revolucionaria. Todas estas facciones artís-ticas se fusionan ba­jo el común denominador de arte de vanguardia.

 

Hoy, el arte de vanguardia medra en todas las latitudes y en todos los climas. Invade las exposiciones. Absorbe las páginas artísticas de las revistas. Y hasta empieza a entrar de punti­llas en los museos de arte moderno. La gente sigue obstinada en reírse de él. Pero los artis­tas de vanguardia no se desalientan ni se soli­viantan. No les importa ni siquiera que la gente se ría de sus obras. Les basta que se las compre. Y esto ocurre ya. Los cuadros futuris­tas, por ejemplo, han dejado de ser un artícu­lo sin cotización y sin demanda. El público los compra. Unas veces porque quiere salir de lo común. Otras veces porque gusta de su cuali­dad más comprensible y externa: su novedad decorativa. No lo mueve la comprensión sino el snobismo. Pero en el fondo este snobismo tiene el mismo proceso del arte de vanguardia. El hastío de lo académico, de lo viejo, de lo cono­cido. El deseo de cosas nuevas.

 

El "futurismo" es la manifestación italiana de la revolución artística que en otros países se ha manifestado bajo el título de cubismo, expresionismo, dadaísmo. La escuela futurista, al igual que esas escuelas, trata de universa-lizarse. Porque las escuelas artísticas son imperia­listas, conquistadoras y expansivas. El futurismo italiano lucha por la conquista del arte europeo en concurrencia con el cubismo hilarizan­te, el expresionismo germano y el dadaísmo no­vísimo. Que a su vez vienen a Italia a disputar al futurismo la hegemonía en su propio suelo.

 

La historia del futurismo es más o menos conocida. Vale la pena, sin embar-go, resumirla brevemente.

 

Data de 1906 los síntomas iniciales. El pri­mer manifiesto fue lanzado desde París tres años más tarde. El segundo fue el famoso ma­nifiesto contra el pobre "claro de luna". El ter-

 

 

 

 

 

 

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cero fue el manifiesto técnico de la pintura futurista. Vinieron en seguida el manifiesto de la mujer futurista, el de la escultura, el de la li­teratura, el de la música, el de la arquitectura, el del teatro. Y el programa político del futu-rismo.

 

El programa político constituyó una de las desviaciones del movimiento, uno de los errores mortales de Marinetti. El futurismo debió mantenerse dentro del ámbito artístico. No porque el arte y la política sean cosas incompati­bles. No. El grande artista no fue nunca apo­lítico. No fue apolítico el Dante. No lo fue Byron. No lo fue Víctor Hugo. No lo es Bernard Shaw., No lo es Anatole France. No lo es Romain Rolland. No lo es Gabriel D'Annunzio. No lo es Máximo Gorki. El artista que no siente las agitaciones, las inquietudes, las ansias de su pueblo y de su época, es un artista de sensibilidad mediocre, de comprensión anémica. ¡Qué el diablo confunda a los artistas benedic­tinos, enfermos de megalomanía aristocrática, que se clausuran en una decadente torre de marfil!

 

No hay, pues, nada que reprochar a Mari­netti por haber pensado que el artista debía te­ner un ideal político. Pero si hay que reírse de él por haber supuesto que un comité de artis­tas podía improvisar de sobremesa una doctri­na política. La ideología política de un artista no puede salir de las asambleas de estetas. Tie­ne que ser una ideología plena de vida, de emo­ción, de humanidad y de verdad. No una con­cepción artificial, literaria y falsa.

 

Y falso, literario y artificial era el progra­ma político del futurismo. Y ni si-quiera podía llamarse, legítimamente, futurista, porque esta­ba saturado de sentimiento conservador malgra­do su retórica revolucionaria. Además, era un programa local. Un programa esencialmente ita­liano. Lo que no se compagi-naba con algo esen­cial en el movimiento: su carácter universal.  No era con-gruente juntar a una doctrina artís‑

 

 

 

 

 

 

 

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tica de horizonte internacional una doctrina po­lítica de horizonte doméstico.

Errores de dirección como éste sembraron el cisma en el futurismo. El público creyó, por ello, en su fracaso. Y cree en él hasta ahora. Pero tendrá que recti-ficar su juicio.

 

Algunos iniciadores del futurismo, Papini, Go­voni, Palazzeschi, no son ya futuristas oficiales. Pero continuarán siéndolo a su modo. No han renegado del futurismo; han roto con la escue­la. Han disentido de la ortodoxia futurista.

 

El fracaso es pues, de la ortodoxia, del dog­matismo; no del movimiento. Ha fracasado la desviada tendencia a reemplazar el academicis­mo clásico con un academicismo nuevo. No ha fracasado el grito de una revolución artística. La revolución artística está en marcha. Son muchas sus exageraciones, sus des-templanzas, sus desmanes. Pero es que no hay revolución me­surada, equili-brada, blanda, serena, plácida. Toda revolución tiene sus horrores. Es natural que las revoluciones artísticas tengan también los suyos. La actual está, por ejemplo, en el perío­do de sus horrores máximos...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA PINTURA ITALIANA EN LA ULTIMA EXPOSICION*

 

 

Acaba de clausurarse la primera exposición bienal de Roma. Con esta expo-sición Roma ha celebrado el cincuentenario como capital del Rei­no de Italia.

 

Y, sobre todo, se ha lanzado a la reconquis­ta de su antigua hegemonía en el arte italiano.

 

Esta primera bienal no ha podido ser internacional como las grandes e ilustres bienales de Venecia. Pero lo será la segunda. Roma quiere volver a ser el centro de la actividad artística de Italia. De hoy en adelante tendrá, como Venecia, su exposición bienal. Un año se congrega­rán los artistas en Venecia y otro año se con­gregarán en Roma. La bienal de Roma competi­rá con la bienal de Venecia. Y tratará de qui­tarle la supremacía.

 

Roma mira con descontento desde hace algún tiempo el crecimiento artístico de Milán. Que Milán sea un gran foco comercial e industrial no le importa ni le preocupa absolutamente, Roma no envidia a Milán sus fábricas ni sus usi­nas. Es demasiado aristocrática para no desde­ñar a una ciudad prosaicamente manufacturera. Pero, en cambio, Roma tiene celos del engran­decimiento de Milán como foco artístico. Milán debería ser a juicio de Roma, sólo una me-trópo­li de trabajadores y negociantes: no una me­trópoli de artistas. El arte no debería vivir en una ciudad de chimeneas.

 

Y es que Roma, evidentemente, no se da cuenta de que Milán es un gran centro artísti‑

 

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* Fechado en Roma, setiembre de 1921; publicado en El Tiempo, Lima, 27 de noviembre de 1921.

 

 

 

 

 

 

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co e intelectual precisamente porque es un gran centro industrial y capitalís-tico. Roma fue la sede máxima del arte italiano cuando fue la ciu­dad de los papas o de los emperadores.

 

Ahora que no es la ciudad de los papas ni de los emperadores, ni es tampoco una me­trópoli comercial, le falta poder de atracción y su historia no son títulos bastantes. Actualmen­te la clientela de los artistas es la burguesía industrial. Los artistas tienen, pues, que vivir y trabajar donde vive y trabaja esa burguesía. Las metrópolis modernas son, ante todo, metrópolis industria-les y trabajadoras.

 

Pero dejemos a Roma, a la cara, buena y grande Roma, con sus celos y con sus ilusiones. Y ocupémonos un poco de su primera exposi­ción bienal.

 

Esta primera bienal romana no ha sido tan sólo un mitin de los artistas Italia-nos contem­poráneos. Para su mayor solemnidad y fausto, ha sido, al mismo tiempo, una exposición de la producción pictórica de los últimos cincuenta años de la vida italiana. Ha sido, en suma, la síntesis artística del primer cin-cuentenario del Reino Unido de Italia, capital Roma.

 

Fattori, Segantini, Previati, Morelli, Costa, los más altísimos pintores de los cincuenta años de unidad italiana han llenado con sus cuadros, su nombre y su gloria las salas de la exposición. Y han desalojado un poco de ella, por ende, de la atención pública, a los artistas contemporáneos.

 

La exposición ha resultado más retrospectiva que actual. De manera que no ha servido mucho para la clarificación de los valores artísti­cos del día.

 

Ha servido, más bien, para una minuciosa crítica de los valores artísticos del cincuente­nario. Los críticos se han ocupado preferentemente de las salas re-trospectivas.

 

De esta revisión crítica, Segantini, Previati y Fattori, salen consagrados como los sumos artis-

 

 

 

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tas de estos cincuenta años. Se ha estudiado, comentado y analizado, especial-mente, a Segan­tini y a Previati que, en su tiempo, fueron los menos compren-didos naturalmente por ser los más audaces y los más nuevos.

 

Segantini y Previati fueron divisionistas. Ambos poseyeron, particularmente, un gran gus­to decorativo; pero Segantini poseyó, también, mucho y muy fino sentimiento de la naturale­za. Varios de sus cuadros son únicamente simbolis-tas y decorativos; pero otros son intensa y palpitantemente realistas. Previati, mientras tanto, fue siempre un pintor de pintura abs­tracta y literaria. Un inteli-gente artista me decía con mucha exactitud, visitando conmigo la exposición, que Previati fue, más que un pintor, un ilustrador.

 

Sus cuadros, en efecto, son grandes ilustra­ciones. Las figuras, los colores, las líneas, son arbitrarias e imaginativas. La característica del conjunto es esen-cialmente decorativa.

 

Fattori, en cambio, fue un pintor de extraordinario realismo. Y en sus retratos y paisa­jes se aduna a una interpretación verista un admirable sentido de la belleza y la armonía.

 

Esta doble aptitud pictórica hace de él el pintor más completo y más sugestivo del lapso abarcado por la bienal romana.

 

Entre los pintores de la generación nueva, representados en la exposición, fal-ta un tipo igualmente vigoroso y representativo.

 

Los pintores premiados, Constantini, Cascia­ro y Carena, son los que más abundante obra han exhibido. Y bien. El primero, Constantini, es en la obra exhibida, un ilustrador de la gue­rra. Pero un ilustrador sin hondura, sin emo­ción y sin sinceridad. Sus impresiones de la guerra constituyen una literatura folletinesca de las trincheras. No se siente en ellas la gran tragedia. Son una colección de cartelones arti­ficiosos, melodramáticos y grandilocuentes.

 

 

 

 

 

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Casciaro, el segundo de los premiados es un eficaz copiador de los paisajes meridionales de la Ischia. Nada más, Su obra es una abrumadora monotonía. Y Carena aunque está dotado de un sentimiento mucho mas profundo, va­riado del campo y del campesino, tampoco revela excepcionales dotes de originali-dad y ro­bustez.

 

Las figuras del retablo contemporáneo siguen siendo, pues, las figuras ya un-gidas. Las figuras "hors concours". Las figuras consagradas. Entre las cuales la de Mancini conserva hasta ahora el primer puesto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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UN LIBRO NOTABLE: "IL PERU" DEL CONDE PERRONE*

 

 

El Conde José María Perrone de San Martino, de la Sociedad de America-nistas del Perú, es uno de aquellos hombres de ciencia de Europa enamorados románticamente del estudio de la antigua civilización americana. Hace mu-chos años que este estudio lo apasiona. Desde un viaje que en su mocedad hizo a la América del Sur, a donde no lo llevaron, como a casi todos los euro-peos, finalidades utilitarias y mercanti­les, sino, como a muy pocos, como a Raymon­di y Markham por ejemplo, una curiosidad y un interés exclusiva-mente científico.

 

Durante ese viaje, el Conde Perrone conoció el Perú. Estuvo en el Cuzco, en Puno, en Are­quipa. En las ruinas de Sacsayhuaman y del Tiahuanaco. Y co-menzó a recoger libros y documentos de la historia de la civilización peruana. De vuelta a Europa, se dedicó con gran ardi­miento y sumo método, a inves-tigaciones exten­sas y propias. A los peruanos que visitan Roma, y que no pasan por ella como los turistas de las peregrinaciones baratas de la Cook's Agency, les da la grata sorpresa de encontrar aquí, tan lejos del país, una persona de admira­ble talento que sabe quechua y que posee una rica cultura peruana.

 

Sus largos años de trabajo inteligente y per­severante le han suministrado material para un libro: "Il Perú", cuyo primer volumen, editado por la casa Alfieri Lacroix, acaba de aparecer. Este libro está dedicado al Presidente de la Re

 

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Publicado en El Tiempo, Lima. 23 de abril de 1922.

 

 

 

 

 

 

 

 

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pública. Ha empezado ya a interesar a los es­tudiosos de Italia. Y mucho va a hablarse y es­cribirse, seguramente, sobre él, en los medios científicos de Francia, Alemania e Inglaterra, en los cuales el Conde Perrone es conocido.

 

"Il Perú" del Conde Perrone es el Perú incai­co. El Perú colonial aparece en uno de los ca­pítulos finales de la obra; pero muy secunda­ria y accesoriamente observado y tratado.

 

Los títulos de los capítulos, traducidos a con­tinuación, permiten formarse una idea del contenido del libro: I.- Leyendas sobre el origen del hombre y de su civilización en América. - II.- La Atlántida. Confusas reminiscencias de comunicaciones entre el Viejo y el Nuevo Conti­nente. - III.- Don Cristóbal Colón. El descu­brimiento de América. - IV.- Don Francisco de Pizarro. La conquista del Perú. - V.- Lengua quechua y aimará. Gramática, literaria, quipus. - VI.- Leyenda, prehistoria e historia del Perú. Cronología de sus emperadores antes de la con­quista. – VII.- Religión, dogma, jerarquía, cul­to. - VIII.- Instituciones civiles. Usos y costum­bres de una sociedad de la época de bronce, sin moneda. - IX.- Los súbditos del imperio incai­co. - X.- Construc-ciones. Templos, fortalezas, ca­sas, sepulcros. Puentes. Caminos. Canales de Irrigación. - XI.- Artes y Oficios. - XII.- Cien­cias. Medicina, astronomía, astrología, zodiaco, división del tiempo. - XIII.- Las religiones de Centro América. - XIV.- Civilización mejicana.-XV.- Civilización mueshca. - XVI.- Los arauca­nos. - XVII.- Civilizaciones americanas sud-orientales. Reasunto de las religiones asiáticas. - XVIII.- Dominación española en el Perú. La época colonial. - XIX.- Guerra de la Indepen­dencia.

 

El Conde Perrone, como se ve, ha incluido en su obra algunos capítulos sobre las otras ci­vilizaciones americanas. Y es que su esfuerzo tiende no solo a di-fundir el conocimiento del Perú antiguo en Europa sino también a escla­recer el origen del hombre americano y de su civilización.

 

 

 

 

 

 

 

 

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La obra del Conde Perrone es una importante contribución al estudio de esta trascendental cuestión. El Conde Perrone descarta la tesis de la autoctonía del hombre americano. Autócto­nas son las hormigas -me decía una vez-; no los hombres.

 

Pero tampoco la tesis de que el hombre ame­ricano procede del Asia le parece sólida y per­suasiva. Se parte -observa- del principio de que el hombre ameri-cano sea bastante más re­ciente que el hombre asiático, mientras podría, muy bien, no serlo. Existen muchos indicios de que el hombre americano es muy antiguo. Y, además, el hombre marcha con el sol, de orien­te a occidente. ¿Por qué, pues, no podría ser el hombre americano el origen del hombre asiáti­co? La tesis es revolucionaria. Pero el Conde Perrone demuestra que es digna de ser seriamente considerada y analizada por los hombres de ciencia. Si el ori-gen de la población ame­ricana fuese únicamente de remotas inmigracio­nes se explica por qué estas inmigraciones no lle­varon a América sus animales domésticos. El hombre -apunta el Conde Perrone- emigra con sus animales. ¿Cómo es entonces que los animales domésticos característicos del Asia faltan hoy y han faltado siempre en América? Muchas otras consideraciones no menos sugestivas expone el Conde Perrone en apoyo de la tesis que plantea. Una de ellas es la de los cambios geológicos que han modificado la tierra y que pueden ha­ber borrado la huella de remotas comunicacio­nes que, si subsistiesen, indicarían la provenien­cia del hombre americano. Otra es, repito, la que todas las investigaciones practicadas convencen al estudioso de que el hombre america­no es mucho más antiguo de lo que generalmente se cree.

 

Pero no cabe dentro de un artículo periodís­tico de las limitadas proporciones del presen­te, el examen, y mucho menos la crítica, de los originales argumen-tos del Conde Perrone sobre tan alto tema. El objeto de estas líneas es muy modesto. Estas líneas son tan sólo el anuncio

 

 

 

 

 

 

 

 

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de la aparición del primer volumen de un inte­resante libro europeo sobre el Perú antiguo. Una ligera noticia de su factor, y una más ligera no­ticia de su contenido, para el público peruano y, principalmente, para los hombres de estudio peruanos.

 

Es a estos a quienes toca discutir y polemi­zar sobre "Il Perú" del Conde Pe-rrone de San Martino. Además, es menester esperar, para tal cosa, la aparición del segundo volumen de la obra, y, hasta cierto punto también, su traduc­ción española.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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INDICE

 

Nota Editorial                                                                                     5

Prólogo por Estuardo Núñez                                                               9

 

I

 

La Entente y los Soviets                                                                      37

Los culpables de la guerra                                                                   43

Las fuerzas socialistas italianas                                                            48

La Entente y Alemania                                                                         55

El Partido Popular Italiano                                                                  59

La Sociedad de las Naciones                                                              64

La Conferencia de Spa                                                                        68

Benedetto Croce y el Dante                                                                 72

Aspectos del Problema Adriático                                                        75

El Estatuto del Estado Libre de Fiume                                                 79
El Gabinete Giolitti y la cámara. El arreglo ítalo-yugoeslavo                  84

El precio politico del pan                                                                    90

D'Annunzio, después de la epopeya                                                    94

El cisma del socialismo                                                                      

Víspera de elecciones                                                                         100

El programa electoral de Nitti                                                               104

El Conde Karolyi, expulsado por bolchevique                                     108
Algo sobre fascismo. ¿Qué es, que quiere, que se propone hacer?                 111

Escenas de guerra civil                                                                        115

La prensa italiana                                                                                119

Los problemas de la paz                                                                     124

Cómo está compuesta la nueva cámara                                                128

La Entente en discordia                                                                       132

Los programas de Salandra y Orlando                                                 135

El Vaticano y el Quirinal                                                            138

Tendencias de la nueva cámara                                                            141

La casa de los ciegos de guerra                                                                     145

Aspectos de la crisis ministerial                                                           148

Nueva faz del problema de Irlanda                                                       152
El Partido Socialista Italiano y la Tercera Internacional                         156

La paz interna y el "fascismo"                                                             160

El hambre en Rusia                                                                             163
La última crisis italiana. Crisis de gobierno y crisis de cámara               166

La figura europea de Nitti                                                                    170

 

 

 

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II

 

La santificación de Juana de Arco y la mujer francesa                          177

La señora Lloyd George, la justicia y la mujer                                      181

El divorcio en Italia                                                                             185

Mujeres de letras de Italia                                                                    190

El matrimonio y el aviso económico                                                    197

Los Amantes de Venecia                                                                              201

Italia, el amor y la tragedia pasional                                                     207

Reflexiones sobre Florencia                                                                211

La última película de Francisca Bertini                                                 216

Aspectos viejos y nuevos del Futurismo                                              220

La pintura italiana en la última exposición                                             224

Un libro notable: "Il Peru" del Conde Perrone                                      228

 

 

 

 

 

 

Tercera edición, Lima, 1975.