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JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ideología

y

Política

 

 

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“BIBLIOTECA AMAUTA”

LIMA-PERÚ

 

 

 

 

 

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DEL AUTOR

 

A manera de introducción, publicamos la si­guiente información preparada par José Carlos Mariátegui sobre su actividad política y que fue llevada por los delegados peruanos al Congreso Constitu-yente de la Confederación Sindical Lati­noamericana de Montevideo (mayo, 1929) y a la Primera Conferencia Comunista Latinoameri-cana de Buenos Aires (junio, 1929).

 

Sobre los problemas nacionales, puede con­sultarse, para apreciar la labor de Mariátegui, además de su libro 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, los artículos no com­prendidos en este libro publicados en la revista "Mundial" de 1925 a 1929, en la sección "Pe­ruanicemos al Perú" o bajo el rubro "Motivos Polémicos"; la polémica con Luis Alberto Sán­chez ("Mundial" y "Amauta" N° 7); la tesis so­bre el problema indígena (N° 25 de "Amauta") y otras notas publicadas en la sección "El Pro­ceso del Gamonalismo" de la misma revista; el artículo "Sobre el problema indígena" transcrito en el N° 1 de "Labor", escrito para la agenda Tass de Nueva York y traducido y publicado por la famosa revista "The Nation", de Estados Uni­dos*, que incorporó con esta transcripción a Ma­riátegui en el número de sus colaboradores.

 

Prepara actualmente un libro sobre política e ideología peruana, que será la exposición de sus puntos de vista sobre la Revolución Socia­lista en el Perú y la critica del desenvolvimien­to político y social del país, y bajo este aspecto la continuación de la obra cuyos primeros jalo­nes son los 7 Ensayos, en los que algunos han

 

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* Incluido en 7 ENSAYOS, a partir de la tercera edición, en el capítulo "El Problema del Indio". Biblioteca Amauta, Lima, abril de 1952.

 

 

 

 

 

 

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querido buscar una teorización política, algo que absolutamente no se proponían, como se com­prueba desde el prologo o advertencia al lector. Los 7 Ensayos no son sino la aplicación de un método marxista para los ortodoxos del mar­xismo insuficientemente rígido en cuanto recono­ce singular impor-tancia al aporte soreliano, pero que en concepto del autor corresponde al verdadero moderno marxismo, que no puede dejar de basarse en ninguna de las grandes adquisiciones del 900 en filosofía, psicología, etc.

 

El trato de Mariátegui con los tópicos nacio­nales no es, como algunos creen, posterior a su regreso de Europa. Es evidente que en Europa se ocupó particularmente en estudios de política, economía, sociología, filosofía, etc. De su viaje data su asimilación al marxismo. Pero no hay que olvidar que a los catorce o quince años em­pezó a trabajar en el periodismo y que, por consi-guiente, a partir de esa edad tuvo contacto con los acontecimientos y cosas del país, aunque carecía para enjuiciarlos de puntos de vista siste­máticos. Durante varios años, trabajo como re­dactor parlamentario de "La Prensa" primero, y de "El Tiempo" después, en época en que la vi­da parlamentaria interesaba mucho más al pu­blico y en que el cargo de redactor parlamenta­rio era más estimado. Y "La Razón", diario fun­dado por Mariátegui en colaboración con Fal­cón, en 1919, hizo la campana por la reforma universitaria, puso ampliamente sus columnas a disposición del grupo que la animó y dirigió, apoyó el movimiento obrero de 1919, en la for­ma en que se consigna en el folleto de Martinez de la Torre "El Movimiento Obrero en 1919"; y efectuó una importante agitación de los empleados, hasta que desapareció por haber roto el contrato de impresión en virtud del cual se im­primía en los talleres de "La Tradición", la em-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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presa tipográfica de ese nombre, por orden del Arzobispo de Lima, a quien movieron a este pa­so consideraciones políticas de obsecuencia al leguiísmo.

 

La orientación socialista de Mariátegui tiene su punto de arranque en la publicación a media­dos de 1918 de la revista "Nuestra Época", in­fluida por la "España" de Araquistain, que murió al segundo número a consecuencia de un artículo antiarmamentista de Mariátegui que los oficiales de la guarni-ción de Lima estimaron ofensivo para el ejercito, por lo que realizaron una manifestación violenta en la imprenta de "El Tiempo", contra su au-tor. Este hecho pro­dujo una crisis en las relaciones de Mariátegui con la dirección de "El Tiempo", en cuyos ta­lleres se imprimía "Nuestra Épo-ca", y aun con la redacción de la revista, cuyos miembros no apreciaron igualmente el incidente".*

 

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* Ricardo Martínez de la Torre, al transcribir estas notas, agrega lo siguiente: "Los originales a que se refiere Mariátegui y que serían la "exposición de sus puntos de vista so­bre la Revolución Socialista en el Perú", fueron remitidos periódicamente a César Falcón, en Madrid, quien había que­dado en editarlos. Muerto Mariátegui, Martínez de la Torre escribió a Falcón para que le informara del estado del libro que se le había encomendado. Falcón jamás dio cuenta de estos originales, declarando a su llegada a Lima, que no los había recibido. Esto es muy extraño. El envío se fue ha­ciendo por partes durante más de un año. Hay que lamen­tar que este trabajo de Mariátegui haya desaparecido" (Ri­cardo Martínez de la Torre, Apuntes para una Interpreta­ción Marxista de la Historia Social del Perú, Tomo II, Capítulo Octavo, "Cómo Organi-zamos el Partido", págs. 402 a 404. Empresa Editora S.A., Lima, 1948.      

 


 

 

 

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I

TESIS IDEOLÓGICAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL PROBLEMA DE LAS RAZAS EN LA AMERICA LATINA*

 

I. PLANTEAMIENTO DE LA CUESTION

 

El problema de las razas sirve en la América Latina, en la especulación intelectual bur­guesa, entre otras cosas, para encubrir o igno­rar los verdaderos problemas del continente. La crítica marxista tiene la obligación impostergable de plantearlo en sus términos reales, desprendiéndolo de toda tergiversación casuista o pedante. Económica, social y políticamente, el problema de las razas, como el de la tierra, es, en su base, el de la liquidación de la feudalidad.

 

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* "El problema de las razas en la América Latina" com­prende dos partes, clara-mente diferenciables: la primera, "I. Planteamiento de la cuestión" (págs. 21 a 46 de esta edición), escrita totalmente por José Carlos Mariátegui; y la segunda, desde la introducción a "II. Importancia del problema racial" hasta el fin de la tesis (págs. 46 a 86), en cuya redacción, sobre el esquema básico de Mariátegui, el doctor Hugo Pesce aporto la mayor parte del texto.

 

La tesis, en conjunto, fue presentada y discutida en la Primera Conferencia Comu-nista Latinoamericana realizada en Buenos Aires en junio de 1929, y reproducida en el libro El Movimiento Revolucionario Latino Americano. Versiones de la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana (págs. 263 a 291), editado por la Revista "La Correspondencia Sud­americana" de Buenos Aires, publicación oficial del Secre­tariado Sudamericano de la Internacional Comunista. Esta presentación en conjunto de la tesis reproduce solo un ter­cio de la primera parte (I. Planteamiento de la cuestión) e interpola en la segunda (II. Importancia del problema racial) los dos tercios restantes, ensamblados a las secciones escritas por Hugo Pesce quien, a su vez, incorporó algunos párrafos de trabajos afines llevados por delegados de otros países a la Conferencia. Para mantener la unidad de conjunto de la segunda parte, conservamos en la recopi­tación esta forma de presentación, que repite parte de la primera en el contexto refundido por Hugo Pesce (con excep­ción del cap. V. Situación económico-social de la población indígena del Perú, que reproduce textualmente la sección

 

 

 

 

 

 

 

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Las razas indígenas se encuentran en la Amé­rica Latina en un estado clamoroso de atraso y de ignorancia, por la servidumbre que pesa sobre ellas, desde la conquista española. El interés de la clase explotadora, -española pri­mero, criolla despues-, ha tendido invariable­mente, bajo diversos disfraces, a explicar la con­dición de las razas indigenas con el argumen­to de su inferioridad o primitivismo. Con es­to, esa clase no ha hecho otra cosa que repro­ducir, en esta cuestión nacional interna, las razones de la raza blanca en la cuestión del tra­tamiento y tutela de los pueblos coloniales.

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respectiva de la primera parte, como se señala en el lugar correspondiente y que por lo tanto se omite).

La primera parte de la tesis, que se refiere casi exclu­sivamente al problema indígena peruano, fue llevada en su integridad al Congreso Constituyente de la Confederación Sindical Latino Americana efectuada en Montevideo en ma­yo de 1929, y reproducida en el libro Bajo la Bandera de la C.S.L.A. (Imprenta La Linotipo, Montevideo, 1929, págs. 147 a 159) con el titulo "El Problema Indígena". Esta mis­ma primera parte apareció reproducida en AMAUTA, Nº 25 (Julio-Agosto de 1929) con el título "El Problema Indígena" en la sección "Panorama Móvil". De esta ultima fuen­te hemos tornado la primera parte (I. Planteamiento de la cuestión), considerando que es la única que alcanzó a revisar el autor. La segunda parte (desde II. Importancia del problema racial), de la mencionada versión de la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana. Ricardo Martínez de la Torre, en su importante revisión documentaria contenida en los 4 tomos de Apuntes para una Interpretación Marxista de Historia Social del Perú (Empresa Editora Pe­ruana, Lima, 1947-1949), reproduce la tesis completa en el Capítulo Octavo del Tomo II ("Como organizamos el par­tido", págs. 434 a 466); y la primera parte en "La Con­federación General de Trabajadores del Perú", (Tomo III, págs. 16 a 29).

La tesis sobre "El problema de las razas en la América Latina" fue discutida en la sesión del 8 de junio. El doc­tor Hugo Pesce, a nombre del grupo socialista peruano y representante personal de José Carlos Mariátegui, abrió la reunión con las siguientes palabras: "Compa-ñeros: Es la primera vez que un Congreso Internacional de los Partidos Comunistas dedica su atención en forma tan amplia y especificas al problema racial en la América Latina.

"La tarea de nuestro Congreso, por lo que a este pun­to se refiere, consiste en estudiar objetivamente la realidad y enfocar según los métodos marxistas, los problemas que ella encierra, para poder llegar a su solución revolucionaria a través de una táctica clara y eficiente, establecida para

 

 

 

 

 

 

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El sociólogo Vilfredo Pareto, que reduce la raza a sólo uno de los varios factores que de­terminan las formas del desenvolvimiento de una sociedad, ha enjuiciado la hipocresía de la idea de la raza en la política imperialista y es­clavizadora de los pueblos blancos en los si­guientes términos: "La teoría de Aristóteles so­bre la esclavitud natural es también la de los pueblos civiles modernos para justificar sus conquistas y su domino sobre pueblos llama­dos por ellos de raza Inferior. Y como Aristóte­les decía que existen hombres naturalmente es­clavos y otros patrones, que es convenien-te que aquellos sirvan y estos manden, lo que es ade­más justo y provechoso para todos; parecida­mente los pueblos modernos, que se gratifican

 

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este caso particular de acuerdo con la línea general de la Internacional Comunista.

"Los elementos que nos permiten conocer la realidad en todos los aspectos de la cuestión racial, son principalmen­te de orden histórico y de orden estadístico. Ambos han sido insuficientemente estudiados y dolosamente adultera­dos por la crítica burguesa de todas las épocas y por la criminal despreocupación de los gobiernos capitalistas.

"Sólo en estos últimos años asistimos a la aparición de unos estudios diligentes e imparciales destinados a revelarnos en su auténtico aspecto los elementos que consti-tuyen entre nosotros el problema racial. Recién han comenzado a aparecer los trabajos serios de crítica marxista que reali­zan un estudio concienzudo de la realidad de estos países, analizan su proceso económico, político, histórico, étnico, prescindiendo de los moldes escolásticos y académicos y plantean los problemas actuales en relación con el hecho fundamental, la lucha de clases. Pero esta labor recién se ha iniciado y se refiere tan sólo a algunos países. Para la mayoría de los países de la América Latina, los com­pañeros delegados de los respectivos Partidos se han en­contrado con material insuficiente o falsificado: así se expli­ca cómo los aportes informativos a esta Conferencia hayan evidenciado necesariamente un contenido escaso y, en algunos casos, un carácter confuso en la orientación con respecto al problema de las razas.

"Este informe, destinado a proporcionar material y orientación para la discusión en el Congreso, ha sido ela­borado utilizando los aportes de los compañeros de todas las delegaciones; creo que, por lo tanto, reflejara en distin­ta medida, las adquisiciones y las deficiencias señaladas, proporcionalmente al grado de su entidad en cada país de la América Latina". Nota de los Editores.

 

 

 

 

 

 

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ellos mismos con el epíteto de civilizados, dicen existir pueblos que deben naturalmente domi­nar, y son ellos, y otros pueblos que no menos naturalmente deben obedecer y son aque­llos que quieren explotar; siendo justo, conve­niente y a todos provechoso que aquellos man­den, éstos sirvan. De esto resulta que un inglés, un alemán, un francés, un belga, un italiano, si lucha y muere por la patria es un héroe; pe­ro un africano si osa defender su patria con­tra esas naciones, es un vil rebelde y un trai­dor. Y los europeos cumplen el sacrosanto de­ber de destruir los africanos, como por ejem­plo en el Congo, para enseñarles a ser civilizados. No falta luego quien beatamente admira esta obra "de paz, de progreso, de civilidad". Es necesario agregar que, con hipocresía verda­deramente admirable, los buenos pueblos civi­les pretender hacer el bien de los pueblos a ellos sujetos, cuando los oprimen y aun los des­truyen; y tanto amor les dedican que los quie­ren "libres" por la fuerza. Así los ingleses libe­raron a los indios de la "tiranía" de los raia, los alemanes liberaron a los africanos de la "tiranía" de los reyes negros, los franceses liberaron a los habitantes de Madagascar y, pa­ra hacerlos más libres, mataron a muchos reduciendo a los otros a un estado que sólo en el nombre no es de esclavitud; así los italianos liberaron a los árabes de la opresión de los tur­cos. Todo esto es dicho seriamente y hay hasta quien lo cree. El gato atrapa al ratón y se lo come, pero no dice que hace esto por el bien del ratón, no proclama el dogma de la igual­dad de todos los animales y no alza hipócri­tamente los ojos al cielo para adorar al "Pa­dre común" ("Trattato di Sociologia Genera­le", Vol. II).

 

La explotación de los indígenas en la Améri­ca Latina trata también de justificarse con el pretexto de que sirve a la redención cultural y moral de las razas oprimidas.

 

La colonización de la América Latina por la

 

 

 

 

 

 

 

 

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raza blanca no ha tenido, en tanto, como es fá­cil probarlo, sino efectos retardatarios y de­primentes en la vida de las razas indígenas. La evolución natural de estas ha sido interrumpi­da por la opresión envilecedora del blanco y del mestizo. Pueblos como el quechua y el azteca, que habían llegado a un grado avanzado de organización social, retrogradaron, bajo el régi­men colonial, a la condición de dispersas tribus agrícolas. Lo que en las comunidades indígenas del Perú subsiste de elementos de ci­vilización es, sobre todo, lo que sobrevive de la antigua  organización autóctona. En el agro feudalizado, la civilización blanca no ha creado focos de vida urbana, no ha significado siempre siquiera industrialización y maquinismo: en el latifun-dio serrano, con excepción de ciertas estancias ganaderas, el dominio del blanco no representa, ni aun tecnológicamente, ningún pro­greso respecto de la cultura aborigen.

 

Llamamos problema indígena a la explotación feudal de los nativos en la gran propiedad agraria. El indio, en el 90 por ciento de los ca­sos, no es un proletario sino un siervo. El ca­pitalismo, como sistema económico y político, se manifiesta incapaz, en la América Latina, de edificación de una econo-mía emancipada de las taras feudales. El prejuicio de la inferioridad de la raza indígena, le consiente una explotación máxima de los trabajos de esta raza; y no es­ta dispuesto a renunciar a esta ventaja, de la que tantos provechos obtiene. En la agricultu­ra, el establecimiento del salariado, la adopción de la maquina, no borran el carácter feudal de la gran propiedad. Perfeccionan, simplemente, el sistema de explotación de la tierra y de las masas campesinas. Buena parte de nuestros burgueses y "gamonales" sostiene calurosamen­te la tesis de la inferioridad del indio: el pro­blema indígena es, a su juicio, un problema étnico cuya solución depende del cruzamiento de la raza indígena con razas superiores extran­jeras. La subsistencia de una economía de ba­ses feudales se presenta, empero, en inconcilia-

 

 

 

 

 

 

 

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ble oposición con un movimiento inmigratorio suficiente para producir esa transformación por el cruzamiento. Los salarios que se pagan en las haciendas de la costa y de la sierra (cuando en estas últimas se adopta el salario) descar­tan la posibilidad de emplear inmigrantes euro­peos en la agricultura. Los inmigrantes campe­sinos no se avendrían jamás a trabajar en las condiciones de los indios; solo se les podría atraer haciéndolos pequeños propietarios. El in­dio no ha podido ser nunca reemplazado en las faenas agrícolas de las haciendas costeñas sino con el esclavo negro o el "cooli" chino. Los planes de colonización con inmigrantes europeos tienen, por ahora, como campo exclusivo, la región boscosa del Oriente, conocida con el nom­bre de Montaña. La tesis de que el problema indígena es un problema étnico no merece si­quiera ser discutida; pero conviene anotar has­ta que punto la solución que propone esta en desacuerdo con los intereses y las posibilidades de la burguesía y del gamonalismo, en cuyo seno encuentra sus adherentes.

 

Para el imperialismo yanqui o ingles, el valor económico de estas tierras sería mucho menor, si con sus riquezas naturales no poseyesen una población indígena atrasada y miserable a la que, con el concurso de las burguesías nacio­nales, es posible explotar extremamente. La his­toria de la industria azucarera peruana, actual­mente en crisis, demuestra que sus utilidades han reposado, ante todo, en la baratura de la mano de obra, esto es en la miseria de los brace­ros. Técnicamente, esta industria no ha estado en ninguna época en condiciones de concurrir con la de otros países en el mercado mundial. La distancia de los mercados de consumo, gra­vaba con elevados fletes su exportación. Pero todas estas desventajas eran com-pensadas lar­gamente por la baratura de la mano de obra. El trabajo de esclavizadas masas campesinas, albergadas en repugnantes "rancherías", priva­das de toda libertad y derecho, sometidas a una Jornada abrumadora, colocaba a los azu-

 

 

 

 

 

 

 

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careros peruanos en condiciones de competir con los que, en otros países, cultivaban mejor sus tierras o estaban protegidos por una tari­fa proteccionista o más ventajosamente situa­dos desde el punto de vista geográfico. El capi­talismo extranjero se sirve de la clase feudal para explotar en su provecho estas masas cam­pesinas. Mas, a veces, la incapacidad de estos latifundistas (herederos de los prejuicios, so­berbia y arbitrariedad medioevales) para llenar la función de jefes de empresa capitalista, es tal que aquel se ve obligado a tomar en sus pro­pias manos la administración de latifundios y centrales. Esto es lo que ocurre, parti-cularmen­te, en la industria azucarera, monopolizada ca­si completamente en el valle de Chicama por una empresa inglesa y una empresa alemana.

 

La raza tiene, ante todo, esta importancia en la cuestión del imperialismo. Pero tiene tam­bién otro rol, que impide asimilar el proble­ma de la lucha por la independencia nacional en los países de la América con fuerte porcen­taje de población indígena, al mismo problema en el Asia o el África. Los elementos feudales o burgueses, en nuestros países, sienten por los indios, como por los negros y mulatos, el mis­mo desprecio que los imperialistas blancos. El sentimiento racial actúa en esta clase dominan­te en un sentido absolutamente favorable a la penetración imperialista. Entre el senor o el bur­gués criollo y sus peons de color, no hay nada de común. La solidaridad de clase, se suma a la solidaridad de raza o de prejuicio, para hacer de las burguesías nacionales instrumentos dóci­les del imperialismo yanqui o britanico. Y este sentimiento se extiende a gran parte de las cla­ses medias, que imitan a la aristocracia y a la burguesía en el desden por la plebe de color, aunque su propio mestizaje sea demasiado evidente.

 

La raza negra, importada a la América Lati­na por los colonizadores para aumentar su po­der sobre la raza indígena americana, llenó pa-

 

 

 

 

 

 

 

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sivamente su función colonialista. Explotada ella misma duramente, reforzó la opresión de la ra­za indígena por los conquistadores españoles. Un mayor grado de mezcla, de familiaridad y de convivencia con éstos en las ciudades coloniales, la convirtió en auxiliar del domino blan­co, pese a cualquier ráfaga de humor turbulen­to o levantisco. El negro o mulato, en sus ser­vicios de artesano o doméstico, compuso la ple­be de que dispuso siempre más o menos incon­dicionalmente la casta feudal. La industria, la fábrica, el sindicato, redimen al negro de esta domesticidad. Borrando entre los proletarios la frontera de la raza, la conciencia de clase ele­va moral, históricamente, al negro. El sindicato significa la ruptura definitiva de los hábitos serviles que mantienen, en cambio, en é1 la con­dición de artesano o criado.

 

El indio por sus facultades de asimilación al progreso, a la técnica de la producción moder­na, no es absolutamente inferior al mestizo. Por el contrario, es, generalmente, superior. La idea de su inferioridad racial esta demasiado desa­creditada para que merezca, en este tiempo, los honores de una refutación. El prejuicio del blan­co, que ha sido también el del criollo, respecto a la­ inferioridad del indio, no reposa en ningún hecho digno de ser tomado en cuenta en el estudio científico de la cuestión. La cocama­nía y el alcoholismo de la raza indígena, muy exagerados por sus comentadores, no son otra cosa que consecuencias, resultados de la opre­sión blanca. El gamonalismo fomenta y explo­ta estos vicios, que bajo cierto aspecto se ali­mentan de los impulsos de la lucha contra el dolor, particularmente vivos y operantes en un pueblo subyugado. El indio en la antigüedad no bebió nunca sino "chicha", bebida fermentada de maíz, mientras que desde que el blanco im­plantó en el continente el cultivo de la caña, be­be alcohol. La producción del alcohol de caña es uno de los mas "saneados" y seguros nego­cios del latifundismo, en cuyas manos se encuen-

 

 

 

 

 

 

 

 

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tra también la producción de coca en los va­lles cálidos de la montaña.

 

Hace tiempo que la experiencia japonesa de­mostró la facilidad con que pueblos de raza y tradición distintas de las europeas, se apropian de la ciencia occidental y se adaptan al uso de su técnica de producción. En las minas y en las fábricas de la Sierra del Perú, el indio cam­pesino confirma esta experiencia.

 

Y ya la sociología marxista ha hecho justi­cia sumaria a las ideas racistas, producto todas del espíritu imperialista. Bukharin escribe en "La théorie du materialisme historique": "La teoría de las razas es ante todo contraria a los hechos. Se considera a la raza negra como una raza "inferior", incapaz de desarrollarse por su naturaleza misma. Sin embargo, está probado que los antiguos representantes de esta raza negra, los kushitas, habían creado una civilización muy alta en las Indias (antes que los hindúes) y en Egipto. La raza amarilla, que no goza tam­poco de un gran favor, ha creado en la perso­na de los chinos una cultura que era infinita­mente más elevada que las de sus contemporá­neos blancos; los blancos no eran entonces sino unos niños en comparación con los chinos. Sa­bemos muy bien ahora todo lo que los griegos antiguos tomaron a los asirio-babilonios y a los egipcios. Estos hechos bastan para probar que las explicaciones sacadas del argumento de las razas no sirven para nada. Sin embargo, se nos puede decir: Quizá tenéis razón; pero, ¿podéis afirmar que un negro medio iguale por sus cua­lidades a un europeo medio? No se puede res­ponder a esta cuestión con una salida como la de ciertos profe-sores liberales: todos los hom­bres son iguales; según Kant la personalidad humana constituye un fin en si misma; Jesucristo enseñaba que no había ni Helenos ni Judíos, etc. (ver, por ejemplo, en Khvestov: "es muy probable que la verdad este de lado de los de­fensores de la igualdad de los hombres"... "La Théorie du processus historique"). Pues, tender

 

 

 

 

 

 

 

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a la igualdad de los hombres, no quiere decir reconocer la igualdad de sus cualidades, y, de otra parte, se tiende siempre hacia lo que exis­te todavía, porque otra cosa sería forzar una puerta abierta. Nosotros no tratamos por el mo­mento de saber hacia que se debe tender. Lo que nos interesa es saber si existe una diferen­cia entre el nivel de cultura de los blancos y de los negros en general. Ciertamente, esta di­ferencia existe. Actualmen-te los "blancos" son superiores a los otros. ¿Pero, que prueba esto? Prueba que actualmente las razas han cambia­do de lugar. Y esto contradice la teoría de las razas. En efecto, esta teoría reduce todo a las cualidades de las razas, a su "naturaleza eterna". Si fuera así esta "naturaleza" se habría hecho sentir en todos los periodos de la historia. ¿Que se puede deducir de aquí? Que la "naturaleza" misma cambia constantemente, en relación con las condiciones de existencia de una raza dada. Estas condiciones están determinadas por las re­laciones entre la sociedad y la naturaleza, es de­cir, por el estado de las fuerzas productivas. Por tanto, la teoría de las razas no explica absoluta­mente las condiciones de la evolución social. Apa­rece aquí claramente que hay que comenzar su análisis por el estudio del movimiento de las fuerzas productivas" ("La théorie du materia­lisme historique" p. 129 a 130).

 

*   *   *

 

Del prejuicio de la inferioridad de la raza indígena, empieza a pasarse al extremo opues­to: el de que la creación de una nueva cultu­ra americana será esencialmente obra de las fuerzas raciales autóctonas. Suscribir esta tesis es caer en el más ingenuo y absurdo misticis­mo. Al racismo de los que desprecian al indio, porque creen en la superioridad absoluta y per­manente de la raza blanca, sería insensato y pe­ligroso oponer el racismo de los que superesti­man al indio, con fe mesiánica en su misión co­mo raza en el renacimiento americano.

 

 

 

 

 

 

 

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Las posibilidades de que el indio se eleve ma­terial e intelectualmente depen-den del cambio de las condiciones económico-sociales. No están determinadas por la raza sino por la economía y la política. La raza, por si sola, no ha despertado ni despertarla al entendimiento de una idea emancipadora. Sobre todo, no adquiriría nunca el poder de imponerla y realizarla. Lo que asegura su emancipación es el dinamismo de una economía y una cultura que portan en su entraña el germen del socialismo. La raza In­dia no fue vencida, en la guerra de la conquis­ta, por una raza superior étnica o cualitativa­mente; pero si fue vencida por su técnica que estaba muy por encima de la técnica de los aborígenes. La pólvora, el hierro, la caballería, no eran ventajas raciales; eran ventajas técnicas. Los españoles arribaron a estas lejanas comarcas porque disponían de medios de navegación que les consentían atravesar los océanos. La navegación y el comercio les permitieron más tarde la explotación de algunos recursos naturales de sus colonias. El feudalismo español se superpuso al agrarismo indígena, respe­tando en parte sus formas comunitarias; pero esta misma adaptación creaba un orden extático, un sistema económico cuyos factores de es­tagnación eran la mejor garantía de la servi-dumbre indígena. La industria capitalista rompe este equilibrio, interrumpe este estancamiento, creando nuevas fuerzas productoras y nuevas relaciones de producción. El proletariado crece gradualmente a expensas del artesanado y la servidumbre. La evolución económica y social de la nación entra en una era de actividad y con­tradicciones que, en el plan ideológico, causa aparición y desarrollo del pensamiento so­cialista.

 

En todo esto, la influencia del factor raza se acusa evidentemente insignificante al lado de la influencia del factor economía, -producción, técnica, ciencia, etc.-. Sin los elementos mate­riales que crea la industria moderna, o si se quie-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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re el capitalismo, ¿habría posibilidad de que se esbozase el plan, la intención siquiera de un Es­tado socialista, basado en las reivindicaciones, en la emancipación de las masas indígenas? El dinamismo de esta econo-mía, de este régimen, que torna inestables todas las relaciones, y que con las clases opone las ideologías, es sin duda lo que hace factible la resurrección indígena, he­cho decidido por el juego de fuerzas económi­cas, políticas, culturales, ideológicas, no de fuer­zas raciales. El mayor cargo contra la clase do­minante de la república es el que cabe formu­larle por no haber sabido acelerar, con una in­teligencia más liberal, más burguesa, más capi­talista de su misión, el proceso de transformación de la economía colonial en economía ca­pitalista. La feudalidad opone a la emancipa­ción, al despertar indígena, su estagnación y su inercia; el capitalismo, con sus conflictos, con sus instrumentos mismos de explotación, empu­ja a las masas por la vía de sus reivindicaciones, la conmina a una lucha en la que se capacitan material y mentalmente para presidir un orden nuevo.

 

El problema de las razas no es común a to­dos los países de la América Latina ni presen­ta en todos los que lo sufren las mismas pro­porciones y caracteres. En algunos países latino­americanos tiene una localización regional y no influye apreciablemente en el proceso social y económico. Pero en países como el Perú y Bo­livia, y algo menos el Ecuador, donde la ma­yor parte de la población es indígena, la rei­vindicación del indio es la reivindicación popu­lar y social dominante.

 

En estos países el factor raza se complica con el factor clase en forma que una política revolucionaria no puede dejar de tener en cuen­ta. El indio quechua o aymara ve su opresor en el "misti", en el blanco. Y en el mestizo, únicamente la conciencia de clase, es capaz de des­truir el hábito del desprecio, de la repugnancia por el indio. No es raro encontrar en los pro-

 

 

 

 

 

 

 

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pios elementos de la ciudad que se proclaman revolucionarios, el prejuicio de la inferioridad del indio, y la resistencia a reconocer este prejuicio como una simple herencia o contagio men­tal del ambiente.

 

La barrera del idioma se interpone entre las masas campesinas indias y los núcleos obreros revolucionarios de raza blanca o mestiza.

 

Pero, a través de propagandistas indios, la doctrina socialista, por la naturaleza de sus rei­vindicaciones, arraigara prontamente en las ma­sas indígenas. Lo que hasta ahora ha faltado es la preparación sistemática de estos propagandis-tas. El indio alfabeto, al que la ciudad corrompe, se convierte regularmente en un auxi­liar de los explotadores de su raza. Pero en la ciudad, en el ambiente obrero revolucionario, el indio empieza ya a asimilar la idea revolucionaria, a apropiarse de ella, a entender su valor como instrumento de emancipación de esta ra­za, oprimida por la misma clase que explota en la fábrica al obrero, en el que descubre un hermano de clase.

 

El realismo de una política socialista segura y precisa en la apreciación y utilización de los hechos sobre los cuales le toca actuar en es­tos países, puede y debe convertir el factor ra­za en factor revolucionario. El Estado actual en estos países reposa en la alianza de la clase feu­dal terrateniente y la burguesía mercantil. Aba­tida la feudalidad latifundista, el capitalismo urbano carecerá de fuerzas para resistir a la creciente obrera. Lo representa una burguesía mediocre, débil, formada en el privilegio, sin espíritu combativo y organizado que pierde cada día mas su ascendiente sobre la fluctuante ca­pa intelectual.

 

*   *   *

 

La crítica socialista ha iniciado en el Perú el nuevo planteamiento del problema indígena, con la denuncia y el repudio inexorables de to­-

 

 

 

 

 

 

 

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das las tendencias burguesas o filantrópicas a considerarlo como problema administrativo, jurídico, moral, religioso o educativo ("7 Ensayos de interpretación de la Realidad Peruana": El problema indígena, por J. C. Mariátegui). Las conclusiones sobre los términos económicos y políticos en que se plantea en el Perú, y por analogía en otros países latinoame-ricanos de nu­merosa población indígena, esta cuestión y la lucha proletaria por resolverla, son las siguien­tes en nuestra opinión:

 

1. Situación económico-social de la población indígena del Perú

 

No existe un censo reciente que permita sa­ber exactamente la proporción actual de la po­blación indígena. Se acepta generalmente la afirmación de que la raza indígena compone las cua­tro quintas partes de una población total calcu­lada en un mínimo de 5'000,000. Esta apreciación no tiene en cuenta estrictamente la raza, sino más bien la condición económico-social de las masas que constituyen dichas cuatro quin­tas partes. Existen pro-vincias donde el tipo indígena acusa un extenso mestizaje. Pero en estos sectores la sangre blanca ha sido completa­mente asimilada por el medio indígena y la vi­da de los "cholos" producidos por este mestiza­je no difiere de la vida de los indios propia­mente dichos.

 

No menos del 90 por ciento de la población indígena así considerada, trabaja en la agricul­tura. El desarrollo de la industria minera ha traído como consecuencia, en los últimos tiem­pos, un empleo creciente de la mano de obra indígena en la minería. Pero una parte de los obreros mineros continúan siendo agricultores. Son indios de "comunidades" que pasan la ma­yor parte del año en las minas; pero que en la época de las labores agrícolas retornan a sus pequeñas parcelas, insuficientes para su subsistencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

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En la agricultura subsiste hasta hoy un régi­men de trabajo feudal o semi-feudal. En las ha­ciendas de la sierra, el salariado, cuando exis­te, se presenta tan incipiente y deformado que apenas si altera los rasgos del régimen feudal. Ordinariamente los indios no obtienen por su trabajo sino una mezquina parte de los frutos. (V. en "7 Ensayos de la Realidad Peruana", en el capítulo sobre el Problema de la Tierra, los diferentes sistemas de trabajo empleados en la Sierra). El suelo es trabajado en casi todas las tierras de latifundio en forma primitiva; y no obstante que los latifundistas se reservan siem­pre las mejores, sus rendimientos, en muchos casos, son inferiores a los de las tierras "comu­nitarias". En algunas regiones las "comunida­des" indígenas conservan una parte de las tie­rras; pero en proporción exigua para sus necesidades, de modo que sus miembros están obligados a trabajar para los latifundistas. Los propietarios de los latifundios, dueños de enor­mes extensiones de tierras, en gran parte incul­tivadas, no han tenido en muchos casos interés en despojar a las "comuni-dades" de sus propie­dades tradicionales, en razón de que la comu­nidad anexa a la hacienda le ha permitido a ésta contar con mano de obra segura y "propia". El valor de un latifundio no se calcula só­lo por su extensión territo-rial, sino por su población indígena propia. Cuando una hacienda no cuenta con esta población, el propietario, de acuerdo con las autoridades, apela al reclu-tamiento forzoso de peones a quienes se remune­ra miserablemente. Los indios de ambos sexos, sin exceptuar a los niños, están obligados a la prestación de servicios gratuitos a los propietarios y a sus familias, lo mismo que a las auto­ridades. Hombres, mujeres y niños se turnan en el servicio de los "gamonales" y autoridades, no sólo en las casas-hacienda, sino en los pue­blos o ciudades en que residen éstos. La pres­tación de servicios gratuitos ha sido varias ve­ces prohibida legalmente; pero en la práctica subsiste hasta hoy, a causa de que ninguna ley puede contrariar la mecánica de un orden feu-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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dal, si la estructura de este se mantiene intacta. La ley de conscripción vial ha venido a acen­tuar en estos últimos tiempos la fisonomía feu­dal de la sierra. Esta ley obliga a todos los individuos a trabajar semestralmente seis días en la apertura o conservación de caminos o a "re­dimirse" me-diante el pago de los salarios con­forme al tipo fijado de cada región. Los indios son, en muchos casos, obligados a trabajar a gran distancia de su residencia, lo que los obli­ga a sacrificar mayor número de días. Son objeto de innumerables expoliaciones por parte de las autoridades, con el pretexto del servicio vial, que tiene para las masas indígenas el carácter de las antiguas mitas coloniales.

 

En la minería rige el salariado. En las mi­nas de Junín y de La Libertad, donde tienen su asiento las dos grandes empresas mineras que explotan el cobre, la "Cerro de Pasco Copper Corporation" y la "Northern", respectivamente, los trabajadores ganan salarios de S/. 2.50 a S/. 3.00. Estos salarios son, sin duda, elevados, respecto a los inverosímilmente ínfimos (veinte o treinta centavos) que se acostumbran en las haciendas de la sierra. Pero las empresas se aprovechan en todas las formas de la atrasada condición de los indígenas. La legislación social vigente es casi nula en las minas, donde no se observan las leyes de accidentes del trabajo y jornada de ocho horas, ni se reconoce a los obreros el derecho de asociación. Todo obrero acusado de intento de organización de los tra­bajadores, aunque sólo sea con fines culturales o mutuales, es inme-diatamente despedido por la empresa. Las empresas, para el trabajo de las galerías, emplean generalmente a "contratistas", quienes con el objeto de efectuar las labores al menor costo, actúan como un instrumento de explotación de los braceros. Los "contratistas", sin embargo, viven ordinariamente en condición estrecha, abrumados por las obligaciones de sus adelantos que hacen de ellos deudores permanentes de las empresas. Cuando se produce un accidente del trabajo, las empresas burlan, por

 

 

 

 

 

 

 

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medio de sus abogados, abusando de la miseria e ignorancia de los indígenas, los derechos de estos, indemnizándolos arbitraria y míseramente. La catástrofe de Morococha, que costó la vi­da de algunas docenas de obreros, ha venido últimamente a denunciar la inseguridad en que trabajan los mineros. Por el mal estado de algu­nas galerías y por la ejecución de trabajos que tocaban casi al fondo de una laguna, se produ­jo un hundimiento que dejó sepultados a muchos trabajadores. El número oficial de las victimas es 27; pero hay fundada noticia de que el numero es mayor. Las denuncias de algunos periódicos, influyeron esta vez para que la Compañía se mostrase más respetuosa de la ley de lo que acostumbra, en cuanto a las indemni­zaciones a los deudos de las víctimas. Últimamente, con el objeto de evitar mayor descon­tento, la Cerro de Pasco Copper Corporation, ha concedido a sus empleados y obreros un aumento del 10 por ciento, mientras dure la actual cotización del cobre. En provincias apar­tadas como Cotabambas, la situación de los mi­neros es mucho más atra-sada y penosa. Los "gamonales" de la región se encargan del reclutamiento forzoso de los indios, y los salarios son miserables.

 

La industria ha penetrado muy escasamente en la Sierra. Esta representada principalmente por las fábricas de tejidos del Cuzco, donde la producción de excelentes calidades de lana es el mayor factor de su desarrollo. El personal de estas fábricas es indígena, salvo la dirección y los jefes. El indio se ha asimilado perfectamente al maquinismo. Es un operario atento y so­brio, que el capitalista explota diestramente. El ambiente feudal de la agricultura se prolonga a estas fábricas, donde cierto patriarcalismo que usa a los protegidos y ahijados del amo como instrumentos de sujeción de sus compañeros, se opone a la formación de conciencia clasista.

 

En los últimos años, al estímulo de los precios de las lanas peruanas en los mercados

 

 

 

 

 

 

 

 

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extranjeros, se ha iniciado un proceso de indus­trialización de las haciendas agropecuarias del Sur. Varios hacendados han introducido una técnica moderna, importando reproductores extran­jeros, que han mejorado el volumen y la cali­dad de la producción, sacudiéndose del yugo de los comerciantes intermediarios, estableciendo anexamente en sus estancias molinos y otras pequeñas plantas industriales. Por lo demás, en la Sierra, no hay más plantas y cultivos indus­triales, que los destinados a la producción de azúcar, chancaca y aguardiente para el consu­mo regional.

 

Para la explotación de las haciendas de la Cos­ta, donde la población es insuficiente, se recurre a la mano de obra indígena serrana en considera­ble escala. Por medio de "enganchadores" las grandes haciendas azucareras y algodoneras, se proveen de los braceros necesarios para sus labores agrícolas. Estos braceros ganan jornales, aun­que ínfimos siempre, muy superiores a los que se acostumbran en la Sierra feudal. Pero, en cambio, sufren las consecuencias de un traba­jo extenuante, en un clima cálido, de una al­imentación Insuficiente en relación con este tra­bajo y del paludismo endémico en los valles de la Costa. El peón serrano difícilmente escapa al paludismo, que lo obliga a regresar a su región, muchas veces tuberculoso e incurable. Aunque la agricultura, en esas haciendas está industria­lizada (se trabaja la tierra con métodos y má­quinas modernas y se benefician los productos en "ingenios" o centrales bien equipados), su ambiente no es el del capitalismo y el salaria­do en la industria urbana. El hacendado conserva su espíritu y práctica feudales en el trata­miento de sus trabajadores. No les reco-noce los derechos que la legislación del trabajo estable­ce. En la hacienda no hay más ley que la del propietario. No se tolera ni sombra de asociación obrera. Los empleados niegan la entrada a los individuos de quienes, por algún motivo, desconfía el propietario o el administrador. Du­rante el colonia-je, estas haciendas fueron tra-

 

 

 

 

 

 

 

 

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bajadas con negros esclavos. Abolida la esclavi­tud, se trajo coolíes chinos. Y el hacendado clásico no ha perdido sus hábitos de negrero o de señor feudal.

 

En la Montaña o floresta, la agricultura es todavía muy incipiente. Se emplea los mismos sistemas de "enganche" de braceros de la Sie­rra; y en cierta medida se usa los servicios de las tribus salvajes familiarizadas con los blancos. Pero la Montaña tiene, en cuanto a régi­men de trabajo, una tradición mucho más sombría. En la explotación del caucho, cuando este producto tenía alto precio, se aplicaron los más bárbaros y criminales procedimientos esclavis­tas. Los crímenes del Putumayo, sensacionalmente denunciados por la prensa extranjera, constituyen la página más negra de la historia de los "caucheros". Se alega que mucho se exageró y fantaseó en el extranjero alrededor de estos crímenes, y aun que medió en el origen del es­cándalo una tentativa de chantaje, pero la verdad está perfectamente documentada por las in­vestigaciones y testimonios de funcionarios de la justicia peruana como el juez Valcárcel y el fiscal Paredes que comprobaron los métodos esclavis­tas y sanguinarios de los capataces de la casa Arana. Y no hace tres años, un funcionario ejemplar, el doctor Chuqui-huanca Ayulo, gran defen­sor de la raza indígena -indígena él mismo-­ fue exonerado de sus funciones de fiscal del de­partamento de Madre de Dios a consecuencia de su denuncia de los métodos esclavistas de la mas poderosa empresa de esa región.

 

Esta sumaria descripción de las condiciones económico-sociales de la población indígena del Perú, establece que al lado de un reducido mero de asalariados mineros y un salariado agrícola aun incipiente, existe, mas o menos ate­nuado en el latifundio, un régimen de servidumbre; y que en las lejanas regiones de la Montaña, se somete, en frecuentes casos, a los aborígenes a un sistema esclavista.

 

 

 

 

 

 

 

 

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2. La lucha indígena contra el gamonalismo

 

Cuando se habla de la actitud del indio ante sus explotadores, se suscribe generalmente la impresión de que, envilecido, deprimido, el indio es inca-paz de toda lucha, de toda resistencia. La larga historia de insurrecciones y asonadas indígenas y de las masacres y represiones consiguientes, basta por sí sola para desmentir esta impresión. En la mayoría de los casos las su­blevaciones de indios han tenido como origen una violencia que los ha forzado incidentalmen­te a la revuelta contra una autoridad o un hacenda-do; pero en otros casos no ha tenido este carácter de motín local. La rebelión ha segui­do a una agitación menos incidental y se ha pro­pagado a una región más o menos extensa. Pa­ra reprimirla, ha habido que apelar a fuerzas considerables y a verdaderas matanzas. Miles de indios rebeldes han sembrado el pavor en los "gamonales" de una o más provincias. Una de las sublevaciones que, en los últimos tiempos, asu­mió proporciones extraordinarias, fue la acaudi­llada por el mayor de ejercito Teodomiro Gutiérrez, serrano mestizo, de fuerte porcentaje de sangre indígena, que se hacía llamar Rumima­qui y se presentaba como el redentor de su ra­za. El mayor Gutiérrez había sido enviado por el gobierno de Billinghurst al departamento de Puno, donde el gamonalismo extremaba sus exac­ciones, para efectuar una investigación respec­to a las denuncias indígenas e informar al go­bierno. Gutiérrez entró entonces en íntimo con­tacto con los indios. Derrocado el Gobierno de Billinghurst, pensó que toda perspectiva de rei­vindicaciones legales había desaparecido y se lanzó a la revuelta. Lo seguían varios millares de indios, pero, como siempre, desarmados e inde-fensos ante las tropas, condenados a la dispersión  o a la muerte. A esta sublevación han se­guido las de La Mar y Huancané en 1923 y otras meno-res, sangrientamente reprimidas todas.

 

En 1921 se reunió, con auspicio gubernamen­tal, un congreso indígena al que concurrieron

 

 

 

 

 

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delegaciones de varios grupos de comunidades. El objeto de estos congresos era formular las reivindicaciones de la raza indígena. Los delega­dos pronunciaban, en quechua, enérgicas acusa­ciones contra los "gamonales", las autoridades, los curas. Se constituyó un comité "Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo". Se realizó un congre­so por ano hasta 1924, en que el gobierno per­siguió a los elementos revolucionarios indígenas, intimidó a las delegaciones y desvirtuó el espíritu y objeto de la asamblea. El congreso de 1923, en el que se votaron conclusiones in­quietantes para el gamonalismo como las que pedían la separación de la Iglesia y el Estado y la derogación de la ley de conscripción vial, había revelado el peligro de estas conferencias, en las que los grupos de comunidades indígenas de diversas regiones entraban en contacto y coordinaban su acción. Ese mismo año se ha­bía constituido la Federación Obrera Regional Indígena que pretendía aplicar a la organización de los indios los principios y métodos del anar­co-sindicalismo y que estaba, por tanto, desti­nada a no pasar de un ensayo; pero que representaba de todos modos un franco orientamiento revolucionario de la vanguardia indígena. Desterrados dos de los líderes indios de es­te movimiento, intimidados otros, la Federación Obrera Regional. Indígena quedó pronto reduci­da a solo un nombre. Y en 1927 el gobierno de­claró disuelto el propio Comité Pro-Derecho Indígena Tahuantisuyo, con el pretexto de que sus dirigentes eran unos meros explotadores de la raza cuya defensa se atribuían. Este comité no había tenido nunca mas importancia que la anexa a su participación en los congresos indígenas y estaba compuesto por elementos que carecían de valor ideológico y personal, y que en no pocas ocasiones habían hecho protestas de adhesión a la política guber-namental, conside­rándola pro-indigenista; pero para algunos "gamonales" era todavía un instrumento de agita­ción, un residuo de los congresos indígenas. El gobierno, por otra parte, orientaba su política en el sentido de asociar a las declaraciones pro-

 

 

 

 

 

 

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indigenistas, a las promesas de reparto de tie­rras, etc., una acción resuelta contra toda agita­ción de los indios por grupos revolucionarios o susceptibles de influencia revolucionaria.

 

La penetración de ideas socialistas, la expre­sión de reivindicaciones revolucio-narias, entre los indígenas, han continuado a pesar de esas vicisitudes. En 1927 se constituyó en el Cuzco un grupo de acción pro-indígena llamado "Gru­po Resur-gimiento". Lo componían algunos intelectuales y artistas, junto con algunos obreros cuzqueños. Este grupo publicó un manifiesto que denunciaba los crímenes del gamonalismo. (Véase Amauta 6). A poco de su constitución uno de sus principales dirigentes, el doc­tor Luis E. Valcárcel, fue apresado en Arequi­pa. Su prisión no duró sino algunos días; pero, en tanto, el Grupo Resurgimiento era definiti­vamente disuelto por las autoridades del Cuzco.

 

3. Conclusiones sobre el problema indígena y las tareas que Impone

 

El problema indígena se identifica con el problema de la tierra. La ignorancia, el atraso y la miseria de los indígenas no son, repetimos, sino la consecuencia de su servidumbre. El latifun­dio feudal mantiene la explotación y la domina­ción absolutas de las masas indígenas por la clase propietaria. La lucha de los indios con­tra los "gamonales" ha estribado invariablemen­te en la defensa de sus tierras contra la absorción y el despojo. Existe, por tanto, una ins­tintiva y profunda reivindicación indígena: la reivindicación de la tierra. Dar un carácter organi-zado, sistemático, definido, a esta reivindica­ción es la tarea que tenemos el deber de reali­zar activamente.

 

Las "comunidades" que han demostrado ba­jo la opresión mas dura condiciones de resisten­cia y persistencia realmente asombrosas, representan en el Perú un factor natural de socialización de la tierra. El indio tiene arraigados habi-

 

 

 

 

 

 

 

 

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tos de cooperación. Aún cuando de la propiedad comunitaria se pasa a la apropiación individual y no sólo en la Sierra sino también en la Costa, donde un mayor mestizaje actúa contra las cos­tumbres indígenas, la cooperación se mantiene; las labores pesadas se hacen en común. La "comunidad" puede transformarse en cooperativa, con mínimo esfuerzo. La adjudicación a las "comunidades" de las tierras de los latifundios, es en la Sierra la solución que reclama el problema agrario. En la Costa, donde la pro­piedad es igualmente omnipotente, pero donde la propiedad comunitaria ha desaparecido, se tiende inevitablemente a la individualización de la propiedad del suelo. Los "yanaconas", es­pecie de aparceros duramente explotados, deben ser ayudados en sus luchas contra los propie­tarios. La reivindicación natural de estos "yanaconas" es la del suelo que trabajan. En las haciendas explotadas direc-tamente por sus pro­pietarios, por medio de peonadas, reclutadas en parte en la Sierra, y a las que en esta parte falta vínculo con el suelo, los términos de la lu­cha son distintos. Las reivindicaciones por las que hay que trabajar son: libertad de organiza­ción, supresión del "enganche", aumento de los salarios, jornada de ocho horas, cumplimiento de las leyes de protección del trabajo. Só1o cuando el peón de hacienda haya conquistado estas cosas, estará en la vía de su emancipación definitiva.

 

Es muy difícil que la propaganda sindical pe­netre en las haciendas. Cada hacienda es, en la Costa, como en la Sierra, un feudo. Ninguna asociación que no acepte el patronato y tutela de los propietarios y de la administración, es tolerada; y en este caso sólo se encuentran las asociacio­nes de deporte o recreo. Pero con el aumento del tráfico automovilístico se abre poco a poco una brecha en las barreras que cerraban antes la hacienda a toda propaganda. De ahí la im­portancia que la organización y movilización activa de los obreros del transporte tiene en el desarrollo del movimiento clasista en el Perú.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Cuando las peonadas de las haciendas, sepan que cuentan con la solidaridad fraternal de los sindi­catos y comprendan el valor de estos, fácilmente se despertara en ellas la voluntad de lucha que hoy les falta y de que han dado pruebas más de una vez. Los núcleos de adherentes al trabajo sindical que se constituyan gradualmente en las haciendas, tendrán la función de explicar a las masas sus derechos, de defender sus intereses, de representarlos de hecho en cualquier recla­mación y de aprovechar la primera oportunidad de dar forma a su organización, dentro de lo que las circunstancias consientan.

 

Para la progresiva educación ideológica de las masas indígenas, la vanguardia obrera dis­pone de aquellos elementos militantes de raza india que, en las minas o los centros urbanos, particularmente en los últimos, entran en con­tacto con el movimiento sindical y político. Se asimilan sus principios y se capacitan para jugar un rol en la emancipación de su raza. Es frecuen­te que obreros procedentes del medio indígena, regresen temporal o definitivamente a este. El idioma les permite cumplir eficazmente una misión de instructores de sus hermanos de raza y de clase. Los indios campesinos no entenderán de veras sino a individuos de su seno que les hablen su propio idioma. Del blanco, del mestizo, desconfiaran siempre; y el blanco y el mestizo a su vez, muy difícil-mente se impondrán el arduo trabajo de llegar al medio indígena y de llevar a él la propaganda clasista.

 

Los métodos de autoeducación, la lectura re­gular de los órganos del movimiento sindical y revolucionario de América Latina, de sus opúsculos, etc., la corres-pondencia con los compañeros de los centros urbanos, serán los medios de que estos elementos llenen con éxito su misión educadora.

 

La coordinación de las comunidades de indígenas por región, el socorro de los que su­fren persecuciones de la justicia o la policía (los

 

 

 

 

 

 

 

 

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"gamonales" procesan por delitos comunes a los indígenas que les resisten o a quienes quieren despojar), la defensa de la propiedad comunita­ria, la organización de pequeñas bibliotecas y centros de estudios, son activi-dades en las que los adherentes indígenas a nuestro movimien­to deben tener siempre actuación principal y dirigente, con el doble objeto de dar a la orientación y educación clasista de los indígenas directivas serias y de evitar la influencia de ele­mentos desorientadores (anarquistas, demagogos reformistas, etc.).

 

En el Perú, la organización y educación del proletariado minero es con la del proleta­riado agrícola una de las cuestiones que in­mediatamente se plantean. Los centros mine­ros, el principal de los cuales (La Oroya) esta en vías de convertirse en la mas importante central de beneficio en Sud-América, constitu­yen puntos donde ventajosamente puede operar la pro-paganda clasista. Aparte de representar en si mismos importantes concen-traciones prole­tarias con las condiciones anexas al salariado, acercan a los braceros indígenas a obreros in­dustriales, a trabajadores procedentes de las ciu­dades, que llevan a esos centros su espíritu y principios clasistas. Los indígenas de las minas, en buena parte continúan siendo campesinos, de modo que el adherente que se gane entre ellos es un elemento ganado también en la clase cam­pesina.

 

La labor, en todos sus aspectos, será difícil; pero su progreso dependerá fundamentalmente de la capacidad de los elementos que la reali­cen y de su apreciación precisa y concreta de las condiciones objetivas de la cuestión indígena. El problema no es racial, sino social y económico; pero la raza tiene su rol en él y en los medios de afrontarlo. Por ejemplo, en cuanto sólo mili-tantes salidos del medio indígena pue­den, por la mentalidad y el idioma, conseguir un ascendiente eficaz e inmediato sobre sus compañeros.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Una conciencia revolucionaria indígena tardará quizás en formarse; pero una vez que el indio haya hecho suya la idea socialista, le servirá con una disciplina, una tenacidad y una fuerza, en la que pocos proletarios de otros medios podrán aventajarlo.

 

*  *  *

 

El realismo de una política revolucionaria, segura y precisa, en la apre-ciación y utilización de los hechos sobre los cuales toca actuar en estos países, en que la población indígena o ne­gra tiene proporciones y rol importantes, puede y debe convertir el factor raza en un factor revolucio-nario. Es imprescindible dar al movi­miento del proletariado indígena o negro, agrícola e industrial, un carácter neto de lucha de cla­ses. "Hay que dar a las poblaciones indígenas o negras esclavizadas -dijo un compañero del Brasil- la certidumbre de que solamente un gobierno de obreros y campesinos de todas las ra­zas que habitan el territorio, los emancipará verdaderamente, ya que éste solamente podrá extin­guir el régimen de los latifundios y el régimen industrial capitalista y librarlos definitivamen­te de la opresión imperialista".

 

II. IMPORTANCIA DEL PROBLEMA RACIAL

 

El problema de las razas no es común a to­dos los países de América Latina, ni presenta en todos los que lo sufren, las mismas propor­ciones y caracteres.

 

Mientras en algunos países tiene reducida importancia o una localización regional que ha­cen que no influya apreciablemente en el proceso social económico, en otros países el problema racial se plantea en forma terminante.

 

Veamos la distribución geográfica y las prin­cipales características de los tres grandes gru­pos raciales de América Latina.

 

 

 

 

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1.  Indios incásicos y aztecas

 

Los indios "incásicos" ocupan, casi sin solución de continuidad, formando conglomerados bastante compactos, un vasto territorio que se extiende en varios estados.

 

Estos indios, en su mayoría "serranos", ocu­pan principalmente regiones andinas en la "sie­rra" o en las grandes mesetas, extendiéndose en la sierra del Perú, del Ecuador, del Norte de Chile, en Bolivia, en algunos territorios del Nor­te de la Argentina.

 

La economía de estos indios esta prevalente­mente ligada a la tierra que ellos cultivan des­de tiempos inmemoriales.

 

Viven en un clima frío y son prolíficos: las destrucciones intensas de la época colonial y el extenso mestizaje que había mermado enorme­mente su número, no han podido impedir que se volviera a producir un considera-ble aumento de la población, que sigue hoy día a pesar de la explotación a que están sometidas.

 

Hablan idiomas propios, ricos y matizados, afines entre ellos, siendo los principales el Que­chua y el Aymara.

 

Su civilización tuvo épocas de esplendor no­tables. Hoy día conserva resi-duos importantes de aptitudes pictóricas, plásticas y musicales.

 

Estos indios, principalmente en el Perú y Bo­livia donde constituyen del 60 al 70 por ciento de la población, en Ecuador y en Chile, donde también forman masas importantes, están en la base de la producción y de la explotación capi­talista y dan lugar, por lo tanto, a un proble­ma de fundamental importancia.

 

En Perú, Ecuador y Chile y parte de Boli­via, donde están ligados a la agricultura y ganadería, sus reivindicaciones son principalmente de carácter agrario.

 

 

 

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En Bolivia y algunas regiones de la sierra del Perú, donde son Princi-palmente explotados en las minas, tienen derecho a la conquista de las reivindicaciones proletarias.

 

En todos los países de este grupo, el factor raza se complica con el factor clase, en forma que una política revolucionaria no puede dejar de tener en cuenta. El indio Quechua y Aymara, ve su opresor en el "misti", en el blanco. Y en el mestizo, unicamente la conciencia de clase es capaz de destruir el hábito del desprecio, de la repugnancia por el indio. No es raro encontrar entre los propios elementos de la ciudad que se proclaman revolucionarios, el prejuicio de la inferioridad del indio y la resistencia a reconocer este prejuicio como una simple herencia o con­tagio mental del ambiente.

 

La barrera del idioma se interpone entre las masas campesinas indias y los núcleos obreros revolucionarios de raza blanca o mestiza. El sol­dado es, generalmente, indio y una parte de la confianza que tiene la clase explo-tadora en el ejército, como sostén en la lucha social, nace de que sabe al soldado indio más o menos insen­sible al llamado de la solidaridad de clase, cuan­do se le emplea contra las muchedumbres mesti­zas y urbanas.

 

Pero, a través de propagandistas indios, la doctrina socialista, por la natura-leza de sus rei­vindicaciones, arraigará prontamente en las ma­sas indígenas.

 

Un escritor pseudo pacifista burgués, Luis Guilaine, que considera al estrato indio en la América Latina como las masas de las que nace­rá el impulso que podrá derrocar al imperialis­mo yanqui, agrega: "La propaganda bolchevis­ta, presente en todas partes, los ha mas o menos alcanzado y ellos les son accesibles por una propensión atávica, ya que el principio comunista principalmente ha sido la base de la organización social del imperio de los Incas" (L'Ame­rique Latine et I'imperialisme americain, pág.

 

 

 

 

 

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206, Paris, 1928). La miopía intelectual que caracteriza a los nacionalistas franceses, cuando tratan de imponer su propio imperialismo al norte-americano, parece disiparse hasta permitir­les divisar un hecho tan evidente. ¿Sería posible que nosotros dejáramos de reconocer el rol que los factores raciales indios han de representar en la próxima etapa revolucionaria de América Latina?

 

Lo que hasta ahora ha faltado es la preparación sistemática de propagan-distas indios. El in­dio alfabeto, al que la ciudad corrompe, se convierte regularmente en un auxiliar de los explo­tadores de su raza. Pero en la ciudad, en el ambiente obrero revolucionario, el indio empie­za ya a asimilar la idea revolucionaria, a apro­piarse de ella, a entender su valor como instru­mento de emancipación de esta raza oprimida por la misma clase que explota en la fábrica al obrero, en el que descubre un hermano de clase.

 

Los indios del "Grupo Azteca" ocupan gran parte de México y de Guatemala, donde consti­tuyen gran mayoría de la población. Su evolución histórica y su alta civilización son bastan­te conocidas. Su economía y sus características, así como su importancia social y su rol actual, son análogos a las de los indios "incásicos". Su importancia en un sentido "puramente racial" es negada por el delegado de México, quien afirma "no existir un problema del indio en México (salvo en el Estado de Yucatán), sino existir la lucha de clases".

 

2. Indígenas (selvícolas)

 

Estos indígenas, que reciben frecuentemente el nombre de "salvajes", son étnicamente muy diferentes de los que anteceden.

 

Están distribuidos casi exclusivamente en las regiones forestales y fluviales del continente, de clima cálido, particularmente en algunos estados de Centro América, en Colombia (Chibchas) y Venezuela (Muyscas). En las Guayanas, en la

 

 

 

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región amazónica del Perú llamada "Montana" (Campas), en el Brasil y Paraguay (Guaraní), en Argentina y Uruguay (Charrúas).

 

Su diseminación, por pequeños grupos, en las inmensas regiones selvosas, y en su nomadismo ligado a las necesidades de la caza y de la pes­ca, desco-nociendo casi la agricultura, son carac­teres netamente opuestos a los de los indios incásicos.

 

Su civilización antigua no alcanzó probable­mente, sino un nivel muy bajo. Sus idiomas y dialectos numerosos, en general pobres, en términos abs-tractos, su tendencia a la destrucción numérica de la raza, también son caracteres opuestos a los de los indios incásicos.

 

Su identidad con respecto a la población es, en general, de reducida importancia; sus contac­tos con la "civilización" y su rol en la estructura económica de cada país muy escaso cuan­do no inexistente. Donde la colonización Ibérica no los ha destruido directamente, la raza en estado puro ha sufrido reducciones decisivas por obra del mestizaje intenso, como especialmente sucedió en Colombia, donde se cuenta el 2 por ciento de indígenas puros y el 89 por ciento de mestizos; como sucedió en el Brasil, donde los indígenas "selvícolas" constituyen poco más del 1 por ciento al lado de un 60 por ciento de "mamelucos" o mestizos.

 

En el Brasil, los términos actuales del proble­ma indio y su importancia han sido evaluados, y expuestos, por el delegado de ese país, en los siguien-tes términos: "En el Brasil el indio no soportó la esclavitud a la que los colonizadores quisieron someterlo y no se adaptó a las labores agrícolas. Hubiera vivido siempre de la ca­za y de la pesca. Sus nociones de agricultura eran reducidísimas. Le era imposible fijarse en un solo punto de la tierra de un día a otro, des­de que el nomadismo fuera hasta enton-ces el rasgo predominante de su carácter. Los jefes de las "bandeiras" comprendieron esto y pasaron

 

 

 

 

 

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a atacar de preferencia, en el siglo XVII, las "reducciones" de los jesuitas, las que se componían de indios mansos, aclimatados hasta cierto punto a los trabajos de la minería y de la agri­cultura bajo el influjo de métodos diferentes como la sugestión religiosa. Pero las luchas eran encarnizadas por demás y la travesía de los "sertones" con los indios reclutados a la fuerza resultaba dificilísima y penosa, lo que acarreaba casi siempre el desperdicio de la mayor parte de la carga humana arrastrada por los "bandei­rantes". Los que llegaban vivos al Litoral, caían en poco tiempo bajo el peso de los arduos traba­jos a que los sometían. Los que escapaban de las garras del conquistador, se internaban en las florestas lejanas.

 

"No hay cálculos exactos, o siquiera aproxi­mados, dignos de fe, sobre la población indígena del Brasil, sobre la época del descubrimien­to. Se puede afirmar, mientras, sin temor a errar, que por lo menos dos tercios de la población ha desaparecido hasta llegar a nuestros días, ya sea por el cruzamiento con los blan­cos, ya sea por la mortandad que hacían entre nativos los colonizadores, en su afán de con­quistar esclavos y abrir caminos para las minas del interior. Según una apreciación optimista del General Cándido Rondón, Jefe del Servicio de Protección a los Indios, existen actualmente en el país cerca de 500,000 selvícolas (indios). Es­tos viven en tribus poco numerosas, enteramen­te segregados de la civilización del Litoral y pe­netran cada vez más en las florestas, a medi­da que los latifundistas van extendiendo sus do­minios hasta las tierras ocupadas por aquellas.

 

"Hay una institución oficial que protege teóri­camente a los indígenas. Pero es en vano que se trate de encontrar en la repartición central algún informe sobre trabajos prácticos realizados por dicho Instituto. Este no ha publicado, hasta hoy, un solo informe concreto sobre sus acti­vidades.

 

"En el Brasil, los pocos millares de indios

 

 

 

 

 

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que conservan sus costumbres y tradiciones, vi­ven aislados del proletariado urbano, siendo im­posible su contacto en nuestros días con la van­guardia proletaria y su consecuente incorporación al movimiento revolucionario de las masas proletarias".

 

Creo que para muchos de los países de América Latina que incluyen escasos grupos de indios "selvícolas", el problema presenta, aproximada­mente, el mismo aspecto que en el Brasil.

 

Para otros países, en los que los indígenas "selvícolas" constituyen un por-centaje mas ele­vado dentro de la población, y, sobre todo, están incluidos en el proceso de la economía nacional, generalmente agrícola, como en Para-guay, en las Guayanas y otros, el problema presenta los mismos aspectos que ofrecen los indios aztecas o los incásicos en México, en el Perú, y en los otros países o regiones del mismo grupo, aspectos ya apuntados en su entidad y rasgos especiales.

 

3. Los negros

 

Además de las dos razas indígenas, se encuen­tra en proporciones notables en la América Latina, la raza negra.

 

Los países donde predomina son: Cuba, gru­po antillano y Brasil.

 

Mientras la mayoría de los indios está liga­da a la agricultura, los negros en general se en­cuentran trabajando preferentemente en las industrias. En cualquier caso, están en la base de la producción y de la explotación.

 

El negro, importado por los colonizadores, no tiene arraigo a la tierra como el indio, casi no posee tradiciones propias, le falta idioma pro­pio, hablando el castellano, o el portugués o el francés o el ingles.

 

En Cuba, los negros constituyen porcentaje sumamente elevado de la población, así como en muchos de los países antillanos, están con fre-

 

 

 

 

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cuencia distribuidos en todas las clases sociales, e integran también, aunque en numero escaso, las clases explotadoras; esto se observa mas acentuadamente en Haití y Santo Domingo, cu­yas burguesías son casi exclusivamente negras, especialmente en el primer país.

 

En el Brasil, el negro puro es relativamen­te escaso, pero los negro-mulatos, que consti­tuyen un 30 por ciento de la población, son nu­merosos en todo el litoral y se encuentran es­pecialmente concentrados en algunas regiones, como en Para. Los mulatos "claros" también son muy numero-sos. He aquí lo que refiere al respec­to el compañero delegado del Brasil:

 

"Gran parte de la población del litoral brasileño, esta compuesta por mulatos; el tipo del ne­gro puro, es, hoy, muy raro. El cruzamiento se hace cada día más intensamente, produciendo ti­pos cada vez mas claros desde que no vienen al país desde cerca de medio siglo inmigrantes negros.

 

"El preconcepto contra el negro asume reduci­das proporciones. En el seno del proletariado, este no existe. En la burguesía, en ciertas ca­pas de la pequeña burguesía, este mal se deja percibir. Se traduce en el hecho de que, en esas esferas, se ve con simpatía la influencia del indio en las costumbres del país, y con cierta ma­la voluntad, la influencia del negro. Tal actitud no proviene, entre tanto, de un verdadero odio de razas, como en los Estados Unidos, sino del hecho de que, en el extranjero, muchas veces se refieren al país llamándolo con una evidente intención peyora-tiva, "país de negros". Esto vie­ne a excitar la vanidad patriótica del pequeño burgués, que protesta, esforzándose en demos­trar lo contrario. Pero es común ver a ese mis­mo pequeño burgués, en fiestas nacionales, exal­tando el valor de sus ascendientes africanos.

 

"Se debe anotar aún, que hay innumerables negros y mulatos ocupando cargos de relieve en el seno de la burguesía nacional.

 

 

 

 

 

 

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"Se deduce de allí que no se podrá hablar en rigor, en el Brasil, de precon-ceptos de razas. Es claro que el Partido debe combatirlo en cual­quier circuns-tancia siempre que él aparezca. Pe­ro es necesaria una acción permanente y sistemática por cuanto muy raramente se manifiesta.

 

"La situación de los negros, en el Brasil, no es de naturaleza tal como para exigir que nues­tro Partido organice campañas reivindicatorias para los negros, con palabras de orden especia­les".

 

En general, para los países en que influyen grandes masas de negros, su situación es un fac­tor social y económico importante. En su rol de explotados, nunca están aislados, sino que se en­cuentran al lado de los explotados de otros co­lores. Para todos se plantean las reivindicaciones propias de su clase.

 

4. Conclusiones

 

En la América Latina, que encierra mas de 100 millones de habitantes, la ma-yoría de la po­blación esta constituida por indígenas y negros. Pero hay más: ¿Cuál es la categoría social y económica de estos? Los indígenas y negros están en su gran mayoría, incluidos en la clase de obreros y campesinos explotados, y forman la casi totalidad de la misma.

 

Esta última circunstancia sería suficiente pa­ra poner en plena luz toda la importancia de las razas en la América Latina, como factor revolu­cionario. Pero hay otras particularidades que se imponen frente a nuestra consideración.

 

Las razas aludidas se encuentran presentes en todos los Estados y constituyen una inmensa capa que con su doble carácter común, racial y de explotados, esta extendida en toda América Latina, sin tener en cuenta las fronteras artifi­ciales mantenidas por las burguesías nacionales y los imperialistas.

 

Los negros, que son afines entre sí por la ra-

 

 

 

 

 

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za; los indios, que son afines entre si por la raza, la cultura y el idioma, el apego a la tie­rra común; los indios y negros que son en co­mún, y por igual, objeto de la explotación más intensa, constituyen por estas múltiples razo­nes, masas inmensas que, unidas a los proletarios y campesinos explo-tados, mestizos y blancos, tendrán por necesidad que insurgir revoluciona­riamente contra sus exiguas burguesías naciona­les y el imperialismo mons-truosamente parasita­rio, para arrollarlos, cimentando la conciencia de clase, y establecer en la América Latina el go­bierno de obreros y campesinos.

 

III. POLITICA COLONIAL BURGUESA E IMPERIALISTA FRENTE A LAS RAZAS

 

Para el imperialismo yanqui e inglés, el valor económico de estas tierras sería mucho menor si con sus riquezas naturales, no poseyesen una población indígena atrasada y miserable, a la que con el concurso de las burguesías nacionales, es posible explotar extremadamente. La historia de la industria azucarera peruana, actualmente en crisis, demuestra que sus utilidades han reposa­do, ante todo, en la baratura de la mano de obra, esto es, en la miseria de los braceros. Técnicamente esta industria no ha estado en época algu­na en condiciones de competir con los otros paí­ses en el mercado mundial. La distancia de los mercados de consumo gravaba con elevados fle­tes su exportación. Pero todas estas desventajas eran compensadas largamente por la baratura de la mano de obra. El trabajo de esclavizadas masas campesinas, albergadas en repugnantes "rancherías", privadas de toda libertad y dere­cho, sometidas a una jornada abrumadora, co­locaba a los azucareros peruanos en condicio­nes de competir con los que, en otros países, cultivaban mejor sus tierras o estaban protegi­dos por una tarifa proteccionista o mas ventajosamente situados desde el punto de vista geográfico. El capitalismo extranjero se sirve de la

 

 

 

 

 

 

 

 

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clase feudal para explotar en su provecho es­tas masas campesinas; mas, a veces, la incapaci­dad de estos latifundistas herederos de los pre­juicios, soberbia y arbitrariedad medievales, pa­ra llenar la función de jefes de empresas capi­talistas, es tal, que aquel se ve obligado a tomar en sus propias manos la administración de latifundios y centrales. Esto es lo que ocurre, par­ticularmente, en la industria azucarera, monopo­lizada casi completamente en el valle Chicama por una empresa inglesa y una empresa alemana.

 

Partiendo del concepto de la "inferioridad" de la raza, para llevar a cabo una explotación in­tensa, los poderes coloniales han buscado una serie de pretextos jurídicos y religiosos para legitimar su actitud.

 

Demasiado conocida es la tesis del Papa Ale­jandro VI, quien, como representante de Dios en la tierra, dividía entre los reyes católicos de Es­paña y Portugal, el poderío de la América Lati­na, con la condición de que se erigieran en tuto­res de la raza indígena. Estos indígenas, en su calidad de "idólatras", no podían gozar de los mismos derechos que los leales súbditos de las majestades católicas. Por otro lado, no era po­sible sancio-nar "de derecho" la fórmula anticris­tiana de la esclavitud. Surgió entonces la fórmu­la hipócrita del tutelaje con una de sus expresiones económicas, entre las mas representati­vas, que fue la "encomienda". Los españoles más aptos fueron elegidos "encomende-ros" de distin­tos territorios que com-prendían numerosa pobla­ción india. Su misión era doble. En el orden espiritual, debían convertir de todos modos los indios a la fe católica; los medios de persua­sión le eran facilitados cada vez que fuera necesa-rios, por los doctrineros. En el orden tempo­ral, la tarea era más sencilla todavía; cada "en­comienda" debía proporcionar a la corona un tributo correspondiente, sin perjuicio de que el encomendero sacara también para sí la cantidad que creyera conveniente. Mas adelante veremos las caracte-rísticas especificas de las "encomien-

 

 

 

 

 

 

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das" y el proceso por el que constituyeron un método legal de expolia-ción de las tierras de los indígenas, echando los fundamentos de la pro­piedad colonial y semi-feudal que subsiste has­ta la actualidad.

 

Es necesario subrayar aquí, en este mismo proceso, un factor importante de sometimiento de las poblaciones aborígenes al poderío económico y político de los invasores. La raza invaso­ra que apareció protegida por armadura casi in­vulnerable, montada de manera maravillosa so­bre anima-les desconocidos, los caballos, comba­tiendo con armas que arrojaban fuego; esta ra­za que derribó, en pocas decenas de años, y luego sometió rápidamente, un inmenso imperio como el incaico o numerosas tribus como la de los indios selvícolas brasileños, uruguayos, paragua­yos, tenía lógicamente un gran ascendiente para imponer sus dioses y su culto sobre las ruinas de los templos incaicos, sobre los vencidos mi­tos de la religión del sol y del fetichismo antropomórfico de los demás indios.

 

No descuidaron los invasores el desprestigio que las armas habían dado a la cruz y rápidamente procedieron a encadenar las conciencias, al mismo tiempo que esclavizaban los cuerpos. Esto facilitaba enormemente el sometimiento económico, objeto primordial de los súbditos católicos. En este proceso es interesante apuntar los resultados obtenidos por los inva-sores. Don­de el dominio ciego y brutal no lograba sino diezmar a los aborígenes en forma alarmante para la producción, bajaba el rendimiento de es­ta, hasta el punto de requerir la importación de la raza africana, especialmente para el trabajo de las minas, raza que, por otra parte, resultó inepta para esa labor. Donde la penetración lle­vada a cabo en forma más sagaz y fomentada por la decidida protección de la corona, miraba en adueñarse de las conciencias, las congrega­ciones religiosas lograron establecer plantacio­nes florecientes hasta en el corazón de las sel­vas, donde, si el indio no dejaba de ser explo-

 

 

 

 

 

 

 

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tado igualmente en beneficio de los invasores, la producción se elevaba y acrecentaba cada vez más el monto de los beneficios. El ejemplo histórico de las colonias jesuitas en el Brasil, Paraguay, así como de las colonias que otras congregaciones religiosas establecieron en las selvas del Perú, es bastante demostrativo a este respecto. Hoy día, el influjo religioso no deja de ser un factor importante de sometimiento de los indios a las "autoridades" civiles y religiosas con la diferencia de que la torpeza de éstas, habiéndolas hoy día elevado al campo del robo descarado, de las puniciones corporales, de los comercios más vergonzosos, ha logrado dar inicio a un sentimiento de repulsión para el cura, además que para el juez, sentimiento que se ha­ce cada día más evidente y que ha estallado más de una vez en revueltas sangrientas.

 

Un gran sector de los curas, aliados a las burguesías nacionales, sigue empleando sus armas, basado en el fanatismo religioso que va­rios siglos de propaganda han logrado hacer arraigar en los espíritus sencillos de los indios. Sólo una conciencia de clase, sólo el "mito" revolucionario con su profunda raigambre económica, y no una infecunda propaganda anti-clerical, lograran substituir los mitos artificiales impuestos por la "civilización" de los invasores y mantenidos por las clases burguesas, herederas de su poder.

 

El imperialismo inicia a su vez, en la Améri­ca Latina, una tentativa para dar también en este sentido una base sólida y más amplia a su poderío nefasto. Las misiones metodistas y anglicanas, los centros deportivos moralizadores de la Y.M.C.A., han logrado penetrar hasta en las sierras del Perú y de Bolivia, pero con éxi­to absolutamente despreciable y sin posibilidad de extender su acción. Un enemigo encarnizado que esa penetración encuentra, es el mismo cura de aldea, quien ve de manera peligrosa mer­mar su influencia espiritual y los conse-cuentes réditos pecuniarios. Hubo casos en que el cura

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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aldeano logró obtener el apoyo de las autorida­des civiles y desterrar definiti-vamente a la mi­sión protestante "anti-católica".

 

Otros factores ligados al carácter social de los explotados han sido empleados por el colo­niaje y continuados por un gran sector de la burguesía y el imperialismo. El desprecio para el indio y el negro ha sido inoculado por el blanco, con todos los medios, al mestizo. No es infrecuen­te notar esta misma actitud en mestizos cuyo origen indio es demasiado evidente y cuyo por­centaje de sangre blanca se hace difícil recono­cer. Este desprecio que se ha tratado de fomen­tar dentro de la misma clase trabajadora, crece considerablemente a medida que el mestizo ocupa grados mas elevados respecto a las últimas capas del proletariado explotado, sin que por eso disminuya la honda barrera que los separa del patrón blanco.

 

Con iguales fines, la feudalidad y la burguesía han alimentado entre los negros un senti­miento de honda animadversión para los indios, facilitado, como ya hemos dicho, por el rol que pasó a llenar el negro en los países de escasa pobla-ción india; de artesano, de doméstico, de vigilante, siempre al lado de los patrones, go­zando de cierta familiaridad que le confería el "derecho" a despreciar todo lo que su patrón despreciaba.

 

Otra ocasión que los explotadores nunca han despreciado, es la de crear riva-lidades entre gru­pos de una misma raza. El imperialismo ameri­cano nos da un clarísimo ejemplo de esta táctica, en la rivalidad que logró crear entre los negros residentes en Cuba y los que allí vienen periódicamente de Haití y de Jamaica para traba­jar, impelidos por las duras condiciones de su país de procedencia.

 

Tampoco algunos sectores intelectuales iden­tificados con la burguesía, han dejado de buscar más armas para denigrar a los indios hasta ne­gando veracidad a los caracteres mas salientes de su proceso histórico.

 

 

 

 

 

 

 

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No faltando quien se dedicara a escribir tra­bajos pseudo-históricos, para tratar de demos­trar que no se puede hablar de estructura comunitarias entre los indios incaicos. Esta gente, des­de luego, desmentida en forma probativa por la gran mayoría de análogos sectores burgueses, pretendía cerrar los ojos a la existencia de mi­llares de comunidades en Perú, Bolivia, Chile, en las que siguen viviendo millones de indios, después del derrumba-miento del orden público, dentro del que estaban encuadradas, después de tres siglos de coloniaje, después de un siglo de expoliación feudal bur-guesa y eclesiástica. La tarea de pulverizar estas tesis absurdas, llena­da en gran parte por la misma crítica burguesa, será tomada a su cargo por la naciente crítica marxista de este problema, de cuyos estudios históricos ya tenemos luminosos signos en la América Latina.

 

Más adelante detallaré los principales carac­teres que tuvo y tiene el colec-tivismo primitivo en los indios incásicos.

 

Más es mi deber señalar aquí, que una de las tareas más urgentes de nues-tros Partidos, es la de la revisión inmediata de todos los  datos históricos actuales acumulados por la critica feudal y burguesa, elaborados en su provecho por los departamentos de estadística de los es­tados capitalistas, y ofrecidos a nuestra conside­ración en toda su deformación impidiendo con­siderar exactamente los valores que encierran las razas aborígenes primitivas.

 

Sólo el conocimiento de la realidad concreta, adquirido a través de la labor y de la elabora­ción de todos los Partidos Comunistas, puede darnos una base sólida para sentar condiciones sobre lo existente, permitiendo trazar las direc­tivas de acuerdo con lo real. Nuestra investiga­ción de carácter histórico es útil, pero más que todo debemos, controlar el estado actual y senti­mental, sondear la orientación de su pensamien­to colectivo, evaluar sus fuerzas de expansión y de resistencia; todo esto, lo sabemos, esta con­dicionado por los antecedentes históricos, por

 

 

 

 

 

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un lado, pero, principalmente, por sus condicio­nes económicas actuales. Estas son las que de­bemos conocer en todos sus detalles. La vida del indio, las condiciones de su explotación, las po­sibilidades de lucha por su parte, los medios mas prácticos para la penetración entre ellos de la vanguardia del proletariado, la forma mas apta en que ellos puedan constituir su organiza­ción; he aquí los puntos fundamentales, cuyo conocimiento debemos perseguir para llenar acertadamente el cometido histórico que cada Partido debe desenvolver.

 

La lucha de clases, realidad primordial que reconocen nuestros partidos, reviste indudable­mente características especiales cuando la inmen­sa mayoría de los explotados está constituida por una raza, y los explotadores pertenecen ca­si exclusivamente a otra.

 

He tratado de demostrar algunos de los pro­blemas esencialmente raciales que el capitalis­mo y el imperialismo agudizan, algunas de las debilidades, también, debido al atraso cultural de las razas, que el capitalismo explota en su exclusivo beneficio.

 

Cuando sobre los hombros de una clase pro­ductora, pesa la mas dura opresión económica, se agrega aún el desprecio y el odio de que es victima como raza, no falta mas que una com­prensión sencilla y clara de la situación, para que esta masa se levante como un solo hombre y arroje todas las formas de explotación.

 

IV. DESARROLLO ECONOMICO-POLÍTICO INDIGENA DESDE LA ÉPOCA INCAICA HASTA LA ACTUALIDAD

 

Las comunidades

 

Antes de examinar cual es el estado econó­mico social de las poblaciones indígenas y en que forma existe la institución mas caracteri-

 

 

 

 

 

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zada de su civilización, las "comunidades", creo útil trazar un breve bosquejo de su formación y de su desarrollo histórico y tratar de investi­gar las causas de su subsistencia y persistencia dentro y contra estructuras económicas sociales antagónicas.

 

Anteriormente a la vasta organización del Imperio Incaico, existió entre las poblaciones aborígenes que ocupaban el inmenso territorio, un régimen de comunismo agrario.

 

Desde que las tribus primitivas pasaron del nomadismo a la residencia fija, en la tierra, dando origen a la agricultura, se constituyó un régimen de propiedad y usufructo colectivos de la tierra, organizado por grupos que constitu­yeron las primeras "comunidades", establecién­dose la cos-tumbre del reparto de la tierra se­gún las necesidades de la labranza.

 

El imperio incaico de los quechuas, al formar­se y extenderse progresiva-mente, ya sea por in­termedio de la guerra, ya sea por anexiones pacificas, encontró en todas partes este orden económico existente. Sólo necesidades administra­tivas y políticas, tendientes a reforzar el poder del control central en el vasto imperio, impul­saron al gobierno de los Incas a orga-nizar en forma especial ese régimen comunista que fun­cionaba desde un tiempo muy lejano en todo el territorio del imperio.

 

El poder económico y político del Estado, en el imperio incaico, residía en el Inca, pues su régimen de gobierno era centralista. Todas las riquezas, como las minas, las tierras, el ganado, le pertenecían. La propiedad privada era desco­nocida. Las tierras se dividían en tres partes: una al Sol, una al Inca y una al Pueblo. Todas las tierras eran cultivadas por el Pueblo. De pre­ferencia se atendía a las tierras del Sol. Luego la de los ancianos, viudas, huérfanos y de los soldados que se hallaban en servicio activo. Después es el pueblo que cultivaba sus propias tie­rras, y tenía la obliga-ción de ayudar al vecino.

 

 

 

 

 

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Tras esto se cultivaban las tierras del Inca. Así como fue repartida la tierra, se repartió toda cla­se de riquezas, minas, ganados, etc. Es de adver­tir que el estado incaico no conocía el dinero. Una disposición muy sabia determinaba que to­do déficit en las contribuciones del Inca se pu­diese cubrir con lo que encerraba el granero del Sol. La economía del gobierno producía sobran­tes. Estos se destinaban a los almacenes, que en la época de escasez, eran proporcionados a los individuos sumidos en la miseria por sus enfer­medades o por sus desgracias. Así se establece que gran parte de las rentas del Inca, volvían después, por uno u otro concepto, a las manos del pueblo. Las tierras eran repartidas en lo­tes que se entre-gaban anualmente: por cada miembro de familia de ambos sexos se agrega­ba una porción igual. Nadie podía enajenar las tierras ni aumentar sus posesiones. Cuando alguien moría, la tierra volvía al Inca. Estos repartos se hacían todos los años, a fin de tener siempre presente, a la vista del pueblo, que aquellas tierras pertenecían únicamente al Inca, el cual podía entregarlas al pueblo en la forma indicada.

 

Hay quien sostiene que anteriormente al im­perio, en algunas regiones, se iban manifestando en las reparticiones periódicas, una insisten­cia a persistir en la atribución del mismo lote de terreno a la misma familia, tendencia cuya propagación fue impedida por la autoridad teocrática del Inca, pero que logró desaparecer du­rante el imperio, dando lugar hasta a la división del lote a la muerte del padre, entre los hijos, sin que esto significara propiedad indi-vidual (puesto que falta el derecho de testar libremen­te y la facultad de enajenar), pero si, propiedad familiar, germen de la propiedad individual: a esto, según historiadores ecuatorianos, ya hu­bieron llegado algunas indios de ese territorio, en la época de la conquista.

 

Asimismo, se quiere acentuar por parte de al­gunos escritores el carácter de la naciente feu-

 

 

 

 

 

 

 

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dalidad, paralelo a la tendencia hacia la propie­dad individual que hubiera tenido el poder de los jefes militares, curacas o reyezuelos, caci­ques, etc., que no formaban parte de la comuni­dad, poseían la tierra en propiedad familiar y sólo la autoridad del Inca refrenaba su desarro­llo hacia la propiedad individual.

 

También se quiso ver en "la guerra de sucesión entre Huascar y Atahualpa, el anuncio de grandes querellas y conflictos: la lucha u oposición de la monarquía con la nobleza".

 

Todas estas observaciones, algunas de las cua­les, las referentes al feudalismo, fueron aplicadas también a México, tenderían a trazar un cuadro de la evolución histórica indoamericana, muy análogo al que corresponde al mismo período de la historia europea y asiática. Por otro lado, también afirmarían que la evolución natural del colectivismo indígena, hubiera con-ducido, a tra­vés de dos grandes fenómenos paralelos -transformación de la propiedad colectiva en familiar e individual, formación del feudalismo- a insti­tuciones análogas a los Burgos y municipios, de no haber sido por la influencia del imperio teocrático que impidió ese libre desenvolvimiento, a diferencia de análogos poderes en Europa. La conquista había precipitado y acelerado la cristalización del feudo, pasado al español, y de la propiedad privada indígena residual dentro de la comunidad o dentro de la familia en formas coexistentes.

 

Evidentemente, es sugestiva toda esta serie de hipótesis; hay hechos que pare-cen confirmar­las. Pero ¿cómo podemos extender a todas las colectividades incásicas estas conclusiones? ¿Cómo podemos explicar, dentro del violento proce­so de la conquista, de la formación de "reducciones", de los cambios vastos y, profundos realizados por las "composiciones", la persistencia, de las comunidades? ¿Cuál momento mas pro­picio tuvieron estas, después, para evolucionar en el sentido indicado, que los decretos de las nuevas republicas, tendientes todos, directamen-

 

 

 

 

 

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te a la formación de la propiedad privada? Verdaderamente, no creo que se pueda afirmar que el carácter del colectivismo primitivo ha sido el de evolucionar a la propiedad privada, cuando las comunidades, que han seguido siendo ata­cadas y fragmentadas por todas partes, por un siglo más de explotación burguesa republicana, subsisten en un numero tan grande y asoman su cuerpo vigoroso y siempre joven a los albo­res de una nueva etapa colectivista.

 

Mas volvamos a seguir el desarrollo de las comunidades que formaban el substratum de la colectividad incaica a fines del siglo XV.

 

La llegada de los españoles

 

Rompe la armonía política y económica del imperio. El régimen colonial que se estableció luego, desorganizó y aniquiló la economía agra­ria incai-ca, siendo reemplazada por una economía de mayores rendimientos. Bajo una aristo­cracia indígena, los nativos componían una na­ción de 10 millo-nes de hombres, con un estado eficiente y orgánico, cuya acción arribaba a to­dos los ámbitos de su soberanía. Bajo el régimen colonial, los nati-vos se redujeron a una dispersa y anárquica masa de 1 millón de hombres caídos en la servidumbre y el "feudalis­mo". La ambición de los con-quistadores y sobre todo de la corona por el metal precioso, envió al mortífero trabajo de las minas, grandes ma­sas habituadas a las labores de la agricultura, tan rápidamente que en tres siglos se redujeron a la décima parte.

 

Las comunidades indígenas, durante este pe­riodo, sufrieron una modi-ficación, dejando el gobierno, que antes residía en el Inca, confiado a personeros integrantes de cada "ayllu". Las "Leyes de Indias" ampara-ban a la propiedad indígena y reconocían su organización comunista. A pesar de esto, se establecieron las encomiendas, las mitas, el ponguaje. Los encomenderos que recibieron tierras, indios, etc., con la obliga-

 

 

 

 

 

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ción de instruirlos, se convirtieron con el tiem­po en grandes propietarios semi-feudales.

 

El advenimiento de la Republica no transforma substancialmente la economía del país. Se produce un simple cambio de clases: al gobierno cortesano de la nobleza española, sucedio el gobierno de los terratenientes, encomen-deros y profesionales criollos. La aristocracia mestiza empuña el poder, sin ningún concepto económico, sin ninguna visión política. Para los cua­tro millones de indios, el movimiento de emancipación de la metrópoli pasa desapercibido. Su estado de servidumbre persiste desde la con­quista hasta nuestros días no obstante las leyes dictadas para "protegerlos" y que no podían ser aplicadas mientras la estructura económica de supervivencia feudo-terrateniente persista en nuestro mecanismo social.

 

La nueva clase gobernante, ávida y sedienta de riquezas, se dedica a agrandar sus latifundios a costa de las tierras pertenecientes a la comu­nidad indígena, hasta llegar a hacerlas desaparecer en algunos departamen-tos. Habiéndoseles arrebatado la tierra que poseían en común to­das las familias integrantes del ayllu, estas han sido obligadas a buscar trabajo, dedicándose al yanaconazgo (parceleros) y a peones de los la­tifundistas que violentamente los despojaron.

 

Del ayllu antiguo no queda sino uno que otro rasgo fisonómico, étnico, costumbres, practicas religiosas y sociales, que con algunas pequeñas variaciones, se les encuentra en un sinnúmero de comunidades que anteriormente constituye­ron el pequeño reino o "curacazgo". Pero si de esta organización, que entre nosotros ha sido la institución política intermediaria entre el ayllu y el imperio, han desaparecido todos sus elementos coactivos y de solidaridad, el ayllu o co­munidad, en cambio, en algunas zonas poco desarrolladas, ha conservado su natural idiosin­crasia, su carácter de institución casi familiar, en cuyo seno continuaron subsistiendo después

 

 

 

 

 

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de la Conquista los principales factores constitutivos.

 

Las comunidades reposan sobre la base de la propiedad en común de las tierras en que vi­ven y cultivan y conservan, por pactos y por la­zos de consanguinidad que unen entre sí a las diversas familias que forman el ayllu. Las tie­rras de cultivos y pastos pertenecientes a la co­munidad, forman el patrimonio de dicha colec­tividad. En ella viven, de su cultivo se mantie­nen, y los continuos cuidados que sus miembros ponen a fin de que no les sean arrebatadas por los poderosos vecinos u otras comuni-dades, les sirven de suficiente incentivo para estar siem­pre organizados, constituyendo un solo cuerpo. Por hoy, las tierras comunales pertenecen a todo el ayllu o sea al conjunto de familias que for­man la comunidad. Unas están repartidas y otras continúan en calidad de bien raíz común, cuya administración se efectúa por los agentes de la comunidad. Cada familia posee un trozo de tie­rra que cultiva, pero que no puede enajenar porque no le pertenece: es de la comunidad.

 

Por lo general, hay dos clases de tierras, unas que se cultivan en común para algún "san­to" o comunidad y las que cultiva cada familia por separado.

 

Pero no sólo en la existencia de las comuni­dades se revela el espíritu colectivista del indígena. La costumbre secular de la "Minka" sub­siste, en los territorios del Perú, de Bolivia, del Ecuador y Chile; el trabajo que un parcelero, aunque no sea comunero, no puede realizar por falta de ayudantes, por enfermedad u otro mo­tivo análogo, es realizado merced a la cooperación y auxilio de los parceleros confinantes, quie­nes a su vez reciben parte del producto de la cosecha, cuando su cantidad lo con-siente, u otro auxilio manual en una próxima época.

 

Este espíritu de cooperación que existe fue­ra de las comunidades, se manifiesta en formas especiales en Bolivia, donde se establecen mu-

 

 

 

 

 

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tuos acuerdos entre indígenas pequeños propie­tarios pobres, para labrar en común el total de las tierras y repartir en común el producto. Otra forma de cooperación que también se observa en Bolivia es la que se realiza entre un indio pequeño propietario en los alrededores de la ciudad, sin nada más que su tierra, y otro indio que vive en la ciudad, en calidad de pequeño artesano o asalariado relativamente bien remu­nerado; este ultimo no dispone de tiempo, pero puede en una u otra forma conseguir las semillas y los instrumentos de labranza que faltan; el primero aporta la tierra y su labor personal; en la época de la cosecha se reparte el produc­to según la proporción establecida de antemano.

 

Estas y otras formas de cooperación extra­comunitaria junto con la existencia de numero­sas comunidades (en el Perú cerca de 1,500 comunidades con 30 millones de hectáreas, cultiva­das aproximadamente por 1'500,000 comuneros; en Bolivia un numero aproximadamente igual de comunidades, con menos comuneros, siendo arrancados muchos de ellos a la tierra para las minas), comunidades que en algunas regiones dan un rédito agrícola superior a la de los lati­fundios, atestiguan la vitalidad del colectivismo incaico primitivo, capaz mañana de multiplicar sus fuerzas, aplicadas a latifundios industria-lizados y con los medios de cultivo necesarios.

 

El VI Congreso de la I. C. ha señalado una vez más la posibilidad, para pueblos de economía rudimentaria, de iniciar directamente una organización económica colectiva, sin sufrir la larga evolución por la que han pasado otros pueblos. Nosotros creemos que entre las pobla­ciones "atrasadas", ninguna como la población indígena incásica, reúne las condiciones tan fa­vorables para que el comunismo agrario primi­tivo, subsistente en estructuras con-cretas y en un hondo espíritu colectivista, se transforme, bajo la hegemonía de la clase proletaria, en una de las bases más sólidas de la sociedad colecti­vista preconizada por el comunismo marxista.

 

 

 

 

 

 

 

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V. SITUACION ECONOMICO-SOCIAL DE LA POBLACIÓN INDIGENA DEL PERU*

 

VI. SITUACIÓN ECONOMICO-SOCIAL DE LA POBLACIÓN INDÍGENA DE LOS DEMÁS PAÍSES

 

Para las poblaciones indígenas de tipo "incásico" o "azteca", que viven en grandes masas en los estados que he señalado y que forman par­te inte-grante y básica de la economía de las respectivas naciones que las in-fluyen, el rol económico y la condición social en todos sus aspec­tos son análogos a los que ya hemos visto existir en el Perú.

 

Caben, sin embargo, algunas observaciones particulares sobre cada país, requiriéndolo diferencias especificas propias de ellos.

 

En Bolivia, cuyo porcentaje de población indígena es sensiblemente igual al del Perú, el indígena sufre, no sólo la misma explotación, sino también el mismo desprecio de parte del blanco y del mestizo (casi no existen negros en Bolivia -el 0.2 por ciento- para solidarizarse en esto con el blanco). Esto provoca, como en el Perú, el mismo sentimiento por parte del indígena hacia todo lo que no sea de su raza y la desconfianza para el blanco, más fuerte aun si se le nota algún carácter "oficial", relacionado con el poder gubernamental o administrativo. Pero en Bolivia es impor-tante señalar un carácter fun­damental, de orden económico, que señala una diferencia respecto al Perú. Mientras en el Perú, el número de los indios mineros no alcanza al 2 por ciento sobre el total de los indígenas, en Bolivia, es mucho más elevado, constituyendo ellos un fuerte proleta-riado indio, que no sólo llegará a sentir más fuertemente su conciencia de clase, sino que permitirá en la actualidad

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* Este capítulo aparece íntegramente en: 1. Situación económico-social de la población indígena del Perú (págs. 34 a 39 de la presente edición). Nota de los Editores.

 

 

 

 

 

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llevar a cabo una propaganda mucho mas efi­ciente que en medio de los demás indios agrícolas.

 

En Chile, a este respecto también existen condiciones mas favorables que en el Perú. En Ecuador, la masa indígena es esencialmente agrícola. Asimis-mo en las provincias del norte de la Argentina.

 

En México, contrariamente a los países arriba mencionados, no existe animadversión hacia el indio. El porcentaje de indios puros es tan fuerte y sobre todo el mestizaje tan extenso que las características raciales indias son características nacionales. Hubo presidentes de la Re­publica, ge-nerales y estadistas de pura cepa indígena, y el indio no encuentra las resistencias espirituales o burdas que pesan sobre él, de otras naciones.

 

En Guatemala y en algunos otros estados centroamericanos, el problema racial se aproxi­ma, por las mismas razones, más a las condicio­nes de México, que al de las naciones del gru­po incásico. En esos estados, como en México, no existe el problema indígena en el sentido "racial" de la palabra.

 

Examinemos ahora las condiciones económico-sociales de las poblaciones indígenas de ti­po "selvícola". Una vez más, subrayo que el he­cho de que el sector "civilizado" de América Latina no tenga amplios conocimientos al res­pecto, no justifica de ninguna manera nuestra despreocupación hacia esas poblaciones: al contrario, plantea el deber de estudiar suficiente­mente sus condiciones para poder formular con algún acierto, las constata-ciones objetivas que nos permitan formular una táctica adecuada.

 

He señalado a grandes rasgos las regiones que habitan y los caracteres específicos que las diferencian profundamente, en la actualidad, de los grupos incásicos o azteca.

 

 

 

 

 

 

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Es interesante apuntar un hecho. Estas razas, en algunos casos impor-tantes, son las que más han contribuido a la formación étnica de las naciones que se han formado en su territo­rio, habiendo dado lugar a un mestizaje intensísimo con los invasores, reduciéndose a grupos sumamente escasos y al mismo tiempo segrega dos del litoral y de su economía y cultura. Es­to se observa de la manera más manifiesta en Colombia, donde representa menos de un 2 por ciento a un 86 por ciento aproximadamente de mestizos; en Brasil, donde alcanzan poco más de 1 por ciento frente a un 66 por ciento de "mamelucos" (sin comprender a los mulatos). Toda esta cooperación biológica les ha valido la absorción casi completa de su raza y la reducción de los núcleos "puros" al estado de "salvajes".

 

En otras naciones, sus contactos con los in­vasores han sido breves y vio-lentos. Los indios selvícolas, en su mayoría, se han retirado al interior y no han contribuido sino con cantidades ínfimas al mestizaje, como sucedió en Ecuador, en el Perú, en el Uruguay y en otros estados.

 

En ambos casos, el resultado para los gru­pos "puros" ha sido auténtico. En economía y cultura han quedado aislados, limitados a un te­rritorio cada vez menor y cada día más reduci­do, por obra de los invasores o de los mismos mestizos desde la conquista, con ritmo incesan­te, hasta nuestros días.

 

La economía de estos indios, en la mayoría de los casos nómades, esta circunscrita a la caza y a la pesca. Pero hay grupos de indios, los que han podido encontrar terrenos aptos para la labranza, que están dedicados a la agricul­tura y sienten duramente la falta de tierra, especialmente cuando en nuestros días se les si­gue arrebatando terrenos en las zonas limítrofes con la "civilización" litoral.

 

Es lógico afirmar que sus reivindicaciones naturales consisten en exigir la devolución de toda la tierra que puedan cultivar.

 

 

 

 

 

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Otras tribus de indios, en la cuenca fluvial del Amazonas, han sido alcan-zados por la garra famélica de los explotadores blancos o mestizos y esclavizados para los trabajos de recolección de la madera o extracción del "caucho". He referido, hablando de la región de la Montaña del Perú, los abusos ignominiosos allí cometidos, que llegaron a trascender los límites de los bosques y tuvieron resonancia mundial, sin lograr producir el castigo de los culpables, sino, al contrario, la punición de los defensores del indio.

 

Estos casos, en una u otra forma, subsisten en el Perú, en Colombia, en el Brasil, en las Guayanas y llegará el día en que el proletariado ayude a estos indios a redimirse definitivamen­te del régimen esclavista.

 

VII. SITUACIÓN ECONÓMICO-POLÍTICA DE LA POBLACIÓN NEGRA

 

Al hablar de la importancia de la raza ne­gra en el continente, he señalado su distribu­ción geográfica y sus características principales.

 

El rol económico del negro esta en general prevalentemente ligado a la industria y dentro de ésta, principalmente a la industria de la elaboración de los productos agrícolas. En Cuba, la cantidad de los negros asalariados agrícolas, no difiere mucho a la de los asalariados industria­les.

 

El negro, en América Latina, no sufre el mis­mo desprecio que en Estados Unidos; donde siem­pre hay resistencia de parte de las otras razas para establecer contacto con él, lo que no se traduce en disposiciones o cos-tumbres de aisla­miento limitadoras, bajo este concepto, de su li­bertad. Tampoco encuentra arraigo el prejuicio de inferioridad o incapacidad para ciertas ocu­paciones, ya que la constatación de todos los días demuestra que el negro puede llenar muy bien todas las funciones sociales toda vez que

 

 

 

 

 

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no se le impide prepararse para ellas. En el Bra­sil, el preconcepto para el negro casi no exis­te, debido a que su porcentaje de mulatos lle­ga a cerca del 40 por ciento.

 

De la constatación de su rol económico y de sus condiciones sociales, se desprende el hecho de que en la América Latina, en general, el problema negro no asume un acentuado aspecto racial.

 

Su rol económico de productor, al lado del trabajador mestizo y blanco, lo hace asimilarse a el en la explotación que sufre y en la lucha que libra para su emancipación de la opresión capitalista.

 

VIII. SITUACION ECONOMICA Y SOCIAL DE LOS MESTIZOS Y MULATOS

 

Aunque los mestizos y mulatos no constitu­yen una raza propiamente dicha, creo que inte­gran el problema étnico, por las diferencias raciales que los separan de los negros, indios y blancos.

 

El mestizaje, en un sentido amplio de la pa­labra, reviste aspectos dife-rentes en cada país.

 

Hay países, como en Colombia, donde se ha realizado entre dos razas, la blanca y la indígena, produciendo la casi desaparición de esta ultima y dando lugar a la formación de un mes­tizaje intenso y extenso (cerca del 85 por cien­to de la población).

 

En otros países, como el Brasil, también hu­bo un mestizaje intenso de los invasores con los aborígenes que condujo a la casi desapari­ción de la raza indígena "pura", pero en el intervino además un tercer factor, la raza negra importada. Es sumamente difícil en el Brasil di­vidir a los mestizos en tres categorías como se ha pretendido: indios-blancos, negros-blancos, indios-negros. Lo cierto es que estos tipos se

 

 

 

 

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han fundido repetidamente, dando lugar a una gama de tipos raciales que va desde el negro puro, a través del mulato y del mameluco, has­ta el blanco.

 

Sin embargo, el negro y el blanco puro se encuentran en acentuada mi-noría frente a la población de mulatos y a la de los "mamelu­cos" que la aventaja algo en el número, entre los cuales es posible establecer una diferencia manifiesta.

 

En el Perú, el mestizaje entre dos razas, abar­ca también una escala de individuos bastante rica en tipos mestizos. En Chile, Argentina, Uruguay, el mestizaje es mucho menos acentuado.

 

La población mestiza y mulata en la América Latina se encuentra repar-tida en todas las capas sociales, dejando siempre, sin embargo, a la raza blanca el predominio dentro de la cla­se explotadora.

 

Después del indio y del negro, ocupa un pues­to bastante importante dentro de la clase pro­letaria. No tiene absolutamente reivindicaciones sociales propias, salvo el libertarse del desprecio que el blanco hace pesar sobre él. Sus reivindi­caciones económicas se confunden con las de la clase a que pertenece.

 

En las naciones donde constituyen la casi to­talidad de la población, su existencia como pro­letariado y campesinado numeroso les depara un rol importante en la lucha revolucionaria.

 

IX. CARÁCTER DE LA LUCHA SOSTENIDA POR LOS INDÍGENAS Y LOS NEGROS

 

La lucha que los indígenas desde los días de la conquista han sostenido contra los invasores, ha tenido varias fases ligadas a sus condiciones económicas, a los sistemas de explotación y a la fuerza política de los poderes opresores. Ha tenido sus épocas de remisión y sus períodos de intensificación violenta.

 

 

 

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Los indios mexicanos, mayas, toltecas, ya­quis, etc., siempre se han dis-tinguido por su espíritu de combatividad y han constituido elementos de inseguridad para todos los gobiernos que los oprimían o prescindían de ellos. Todos conocen el rol importantísimo que jugaron en la revolución mexicana, logrando, con su triunfo, obtener, aunque en forma limitada, algunas tie­rras y la satisfacción de algunas reivindicacio­nes peculiares de ellos. Hoy día mismo, sin go­zar de las posibilidades de expansión que les competen, con importantes aspiraciones insatisfechas, constituyen un factor revolucionario con­siderable.

 

En el Perú, los indios, según una estadística de 1920, han realizado el 98 por ciento de sus levantamientos por motivos ligados a la tierra.

 

Pasaré a detallar el movimiento indio contra el "gamonalismo" o feuda-lismo en el Perú, lo que podrá dar una idea bastante aproximada de la lucha que ellos sostienen en Bolivia, Ecuador y otros países.

 

Cuando se habla de la actitud del indio frente a sus explotadores se suscribe generalmente la impresión de que, envilecido, deprimido, el indio es incapaz de toda lucha, de toda resis­tencia. La larga historia de insurrecciones y aso­nadas indígenas y de las masacres y represio­nes consiguientes, basta, por sí sola, para desmentir esta impresión. En la mayoría de los ca­sos, las sublevaciones de indios han tenido co­mo origen una violencia que los ha impulsado incidentalmente a la revuelta contra una auto­ridad o un hacendado; pero, en otros casos, han tenido un carácter de motín local. La rebelión ha seguido a una agitación menos incidental y se ha propagado a una región más o menos exten­sa. Para reprimirla, ha habido que apelar a fuerzas considerables y a verdaderas matanzas. Mi­les de indios rebeldes han sembrado el pavor en los gamonales de una o más provincias. Una de las sublevaciones que en los últimos tiempos asumió proporciones extraordinarias, fue la acau-

 

 

 

 

 

 

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dillada por el mayor de ejército Teodomiro Gu­tiérrez, serrano mestizo, de fuerte porcentaje de sangre indígena, que se hacia llamar Rumimaqui y se presentaba como un redentor de su ra­za. El mayor Gutiérrez había sido enviado por el gobierno de Billinghurst al departamento de Puno donde el gamonalismo extremaba sus exacciones, para efectuar una investigación respecto a las denuncias indígenas e informar al gobierno. Gutiérrez entró entonces en íntimo con­tacto con los indios. Derrocado el gobierno de Billinghurst, pensó que toda perspectiva de rei­vindicaciones legales había desaparecido y se lanzó a la revuelta. Lo seguían varios millares de indios, pero, como siempre, desarmados e in­defensos ante las tropas, con-denados a la dispersión o a la muerte. A esta sublevación han seguido las de La Mar y Huancané en 1923 y otras menores, sangrientamente reprimidas todas.

 

En 1921 se reunió, con el auspicio guberna­mental, un congreso indígena, al que concurrie­ron delegaciones de varios grupos de comuni­dades. El objeto de este congreso era formular las reivindicaciones de la raza indígena. Los de­legados pronunciaban en quechua enérgicas acusaciones contra los gamonales, las autoridades, los curas. Se constituyó un comité "Pro Derecho Indígena Tahuantinsuyo". Se realizó un congre­so por año hasta 1924, en que el gobierno per­siguió a los elementos revolucionarios indígenas, intimidó a las delegaciones y desvirtuó el espíritu y objeto de la asamblea. El Congreso de 1923, en que se votaron conclusiones inquietan­tes para el gamonalismo como las que pedían la separación de la iglesia y el Estado, y la dero­gación de la ley de conscripción vial, había re­velado el peligro de estas conferencias, en las que los grupos de comunidades indígenas de di­versas regiones entraban en contacto y coordina­ban su acción. Ese mismo año se había consti­tuido la Confederación Regional Indígena que pretendía aplicar a la organización de los Indios los principios y métodos del anarco-sindicalismo y que estaba condenada, por tanto, a no pasar

 

 

 

 

 

 

 

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de un ensayo, pero que presentaba de todos mo­dos una franca orientación revolucionaria de la vanguardia indígena. Desterrados dos de los lí­deres indios de este movimiento, intimidados otros, la Federación Obrera Indí-gena quedó pronto reducida a sólo un nombre. Y en 1927, el Gobierno declaró disuelto el propio Comité Pro Derecho Indígena Tahuantinsuyo, con el pretexto de que sus dirigentes eran unos meros explotadores de la raza cuya defensa se atri­buían. Este Comité no había tenido nunca mas importancia que la anexa a su participación en los Congresos indígenas y estaba compuesto por elementos que carecían de valor ideológico y personal y que en no pocas ocasiones había he­cho protestas de adhesión a la política gubernamental, considerándola pro-indigenista, pero pa­ra algu-nos gamonales, era todavía un instrumen­to de agitación, un residuo de los congresos indígenas. El gobierno, por otra parte, orientaba su política en el sentido de asociar a las decla­raciones pro-indígenas, a las promesas de reparto de tierras, etc., una acción resuelta contra toda agitación de los indios por grupos revolu­cionarios o susceptibles de influencia revolucio­naria.

 

La penetración de ideales socialistas, la expre­sión de reivindicaciones revo-lucionarias entre los indígenas, han continuado a pesar de esas vicisitudes.

 

En 1927 se constituyó en el Cuzco un grupo de acción pro-indígena llamado "Grupo Resurgi­miento". Lo componían algunos intelectuales y artistas, junto con algunos obreros cuzqueños. Este grupo publicó un manifiesto que denuncia­ba los crímenes del gamonalismo. A poco de su constitución, uno de sus principales dirigentes, el doctor Luis E. Valcárcel, fue apresado en Are­quipa. Su prisión no duró sino algunos días; pe­ro, en tanto, el grupo Resurgimiento era defini­tivamente disuelto por las auto-ridades de Cuzco.

 

Las luchas llevadas a cabo por los negros en

 

 

 

 

 

 

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la América Latina, nunca han tenido ni podrán tener un carácter de lucha nacio-nal. Raramen­te dentro de sus reivindicaciones ha habido algu­nas de carácter puramente racial.

 

Sus luchas, en el Brasil, en Cuba, en las Anti­llas, han sido llevadas a cabo para suprimir las puniciones corporales, para elevar sus condicio­nes de vida, para mejorar su jornal. En los últimos tiempos han luchado también para defen­der sus derechos de organización.

 

En las regiones del Brasil en las que el For­dismo ha abandonado su careta filantrópica, pa­ra revelar, una vez más, en forma distinta su carácter de feroz explotación, los proletarios ne­gros luchan junto con los demás proletarios pa­ra defenderse contra la opresión brutal que nive­la bajo su yugo esclavista a los trabajadores de distinto color.

 

En todos los países los negros tienen que lu­char por sus reivindicaciones de carácter pro­letario más fuertemente que contra los prejui­cios y los abusos de que son victimas como negros.

 

Es ese el carácter que se destaca cada día con más precisión en la lucha lleva-da aca­bo por los trabajadores negros contra la opre­sión capitalista e imperialista.

 

X. CONCLUSIONES Y TAREAS FUNDAMENTALES

 

El informe que antecede ha tratado de señalar a grandes rasgos los aspectos generales que presenta el "problema de las razas" en la América Latina, la importancia que las razas tienen en la demografía y en la producción y sus principales características raciales, las condicio­nes económicas y sociales en que se encuentran las poblaciones de raza indígena o negra, y es­bozado su desarrollo histórico y económico y sus relaciones con el imperialismo; los mestizos o mulatos, el nivel político que dichas razas han

 

 

 

 

 

 

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alcanzado en el carácter de las luchas que sos­tuvieron, así como las reivin-dicaciones que han perseguido en el curso de las mismas.

 

Con todos estos elementos, aunque apuntados en forma sucinta e incompleta, es posible tratar de encarar las soluciones que el problema de las razas requiere, y establecer, en consecuen­cia, las tareas que incumben a los Partidos Co­munistas de la América Latina.

 

Este problema presenta un aspecto social innegable, en cuanto la gran mayoría de la cla­se productora está integrada por indios o ne­gros; por otro lado, este carácter está muy des­virtuado, por lo que se refiere a la raza negra. Esta ha perdido contacto con su civilización tradicional y su idioma propios, adop-tando íntegramente la civilización y el idioma del explotador; esta raza tampoco tiene arraigo histórico profundo en la tierra en que vive, por haber sido importada de África. Por lo que se refiere a la raza india, el carácter social conserva en mayor medida su fisonomía, por la tradición li­gada a la tierra, la sobrevivencia de parte im­portante de la estructura y de su civilización, la conservación del idioma y muchas costumbres y tradiciones, aunque no de la religión.

 

El aspecto puramente racial del problema, por lo que a ambas razas se refiere, se encuen­tra también fuertemente disminuido por la pro­porción del mestizaje y por la presencia de es­tas mismas capas mestizas y hasta de elementos blancos, en unión con los elementos indios y negros, dentro  de la clase proletaria, dentro de la clase de los campesinos pobres, dentro de las clases que se encuentran en la base de la producción y son mayormente explotadas.

 

He señalado todos los casos en que el indio y el negro que pasan a llenar una función más privilegiada en la producción, pierden completa­mente el contacto con su raza, tendiendo, cada vez más, a llenar una función explotadora; he

 

 

 

 

 

 

 

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señalado todos los casos en que el indio, sin ele­var su nivel económico, sólo por el hecho de ha­ber abandonado forzosamente su terruño (por haber sido expulsado de sus tierras o por el ser­vicio militar) y haber entrado en contacto con la civilización blanca, queda desconectado para siempre de su propia raza, pugna por borrar to­dos los rasgos que a ella lo ligan, y tiende a con­fundirse con el blanco o mestizo, primero en los hábitos y costumbres, y mas tarde, si le es po­sible, en la explotación de sus hermanos de raza.

 

Todos los factores señalados, si no quitan por entero el carácter "racial" al problema de la si­tuación de la mayoría de los negros o indios oprimi-dos, nos demuestran que actualmente el aspecto principal de la cuestión, es "económico y social" y tiende a serlo cada día más, dentro de la clase básicamente explotada de elementos de todas las razas. Las luchas desa-rrolladas por los indios y negros confirman este punto de vista.

 

Habiendo llegado a este punto las constata­ciones, se plantea con toda claridad el carácter fundamentalmente económico y social del pro­blema de las razas en la América Latina y el deber que todos los Partidos Comunistas tienen de impedir las desviaciones interesadas que las burgue-sías pretenden imprimir a la solución de este problema, orientándolo en un sentido exclu­sivamente racial, asimismo como tienen el deber de acentuar el carácter económico-social de las luchas de las masas indígenas o negras explo­tadas, destruyendo los prejuicios raciales, dando a estas mismas masas una clara conciencia de clase, orientándola a sus reivindi-caciones concre­tas y revolucionarias, alejándolas de soluciones utópicas y evidenciando su identidad con los pro­letarios mestizos y blancos, como elementos de una misma clase productora y explotada.

 

Queda así clarificado, una vez más, el pensa­miento revolucionario frente a las campañas por la pretendida política actual de los indios y negros.

 

 

 

 

 

 

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La I. C. combatió, por lo que a la raza ne­gra se refiere, estas campañas que tendían a la formación del "sionismo negro" en la América Latina.

 

Del mismo modo, la constitución de la raza India en un estado autónomo, no conduciría en el momento actual a la dictadura del proletaria­do indio ni mucho menos a la formación de un estado indio sin clase, como alguien ha preten­dido afirmar, sino a la constitución de un Esta­do indio burgués con todas las contradicciones internas y externas de los Estados burgueses.

 

Solo el movimiento revolucionario clasista de las masas indígenas explo-tadas podrá permitir­les dar un sentido real a la liberación de su ra­za, de la explotación, favoreciendo las posibili­dades de su auto-determinación política.

 

El problema indígena, en la mayoría de los casos, se identifica con el problema de la tierra. La ignorancia, el atraso y la miseria de los indígenas, no son sino la consecuencia de su ser­vidumbre. El latifundio feudal mantiene la explotación y la dominación absoluta de las masas indígenas por la clase propietaria. La lucha de los indios contra los gamonales, ha estribado in­variablemente en la defensa de sus tierras con­tra la absorción y el despo-jo. Existe, por tan­to, una instintiva y profunda reivindicación indígena: la reivindicación de la tierra. Dar un carácter organizado, sistemático, defi-nido, a es­ta reivindicación, es la tarea en que la propa­ganda política y el movimiento sindical tiene el deber de cooperar activamente.

 

Las "comunidades", que han demostrado ba­jo la opresión más dura condi-ciones de resisten­cia y persistencia realmente asombrosas, representan un factor natural de socialización de la tierra. El indio tiene arraigados hábitos de cooperación. Aun cuando de la propiedad comunita­ria se pasa a la propiedad individual, y no sólo en la sierra sino también en la costa, donde un ma­yor mestizaje actúa contra las costumbres indí-

 

 

 

 

 

 

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genas, la cooperación se mantiene, las labores pe­sadas se hacen en común. La "comunidad" puede transformarse en cooperativa, con mínimo es­fuerzo. La adjudicación a las "comunidades" de la tierra de los latifundios, es, en la sierra, la solución que reclama el problema agrícola. En la costa, donde la gran propiedad es también omni­potente, pero donde la propiedad comunitaria ha desaparecido, se tiende inevitablemente a la individuali-zación de la propiedad del suelo. Los "yanaconas", especie de aparceros duramente ex­plotados, deben ser ayudados en su lucha con­tra los propie-tarios. La reivindicación natural de estos "yanaconas" es la del suelo que trabajan. En las haciendas explotadas directamente por sus propietarios, por medio de peonadas, reclu­tadas en parte en la sierra, y a las que en esta parte falta vínculo con la tierra, los términos de la lucha son distintos. Las reivindicaciones por las que hay que trabajar son: libertad de orga-nización, supresión de "enganche", aumen­to de salarios, jornada de ocho horas, cumpli­miento de las leyes de protección del trabajo. Solo cuando el peón de hacienda haya conquis­tado esas cosas, estará en la vía de su eman-cipación definitiva.

 

Es muy difícil que la propaganda sindical o política penetre en las ha-ciendas. Cada hacien­da es en la costa un feudo. Ninguna asociación, que no acepte el patronato y la tutela de los pro­pietarios y la administración, es tolerada, y en este caso, solo se encuentran las asociaciones de deporte o recreo. Pero con el aumento del trafi­co automovilístico se abre poco a poco una bre­cha en las barreras que cerraban antes las haciendas a toda propaganda. De ahí la importan­cia que la organización y movilización activa de los obreros del transporte tiene en el desa­rrollo de la movili-zación clasista. Cuando las peonadas de las haciendas sepan que cuentan con  la solidaridad fraternal de los sindicatos y comprendan el valor de estos, fácilmente desper­tara en ellas la voluntad de lucha que hoy les

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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falta. Los núcleos de adherentes al trabajo sin­dical que se constituyen, gradualmente, en las haciendas, tendrán la función de explicar en cualquiera reclamación y de aprovechar la pri­mera oportunidad de dar forma a su organización, dentro de lo que las circunstancias con­sientan.

 

Para la progresiva educación ideológica de las masas indígenas, la van-guardia obrera dispone de aquellos elementos militantes de la raza india que en las minas o en los centros urbanos, par­ticularmente en los últimos, entran en contac­to con el movimiento sindical, se asimilan a sus Princi-pios y se capacitan para jugar un rol en la emancipación de su raza. Es frecuente que obreros procedentes del medio indígena, regre­sen temporal o definitivamente a este. El idioma les permite cumplir eficazmente una misión de instructores de sus hermanos de raza y de clase. Los indios campesinos no entenderán de veras sino a individuos de su seno, que les hablen en su propio idioma. Del blanco, del mestizo, des­confiaran siem-pre; y el blanco y el mestizo, a su vez, muy difícilmente se impondrán el difícil trabajo de llegar al medio indígena y de llevar a él la propaganda clasista.

 

Los métodos de auto-educación, la lectura re­gular de los órganos del movi-miento sindical y revolucionario de América Latina, de sus opúsculos, etc., la correspondencia con los compañeros militantes, serán los medios de que estos ele­mentos llenen con éxito su misión educadora.

 

La coordinación de las comunidades indígenas por regiones, el socorro de los que sufren persecuciones de la justicia o policía (los ga­monales procesan por delitos comunes a los indígenas que se resisten o a quienes quieren des­pojar), la defensa de la propiedad comunitaria, la organización de pequeñas bibliotecas y cen­tros de estudios, son actividades en las que los adherentes indígenas al movimiento sindical, de­ben tener siempre actuación principal y dirigen-

 

 

 

 

 

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te, con el doble objeto de dar a la orientación y educación clasistas de los indígenas, directivas serias y de evitar la influencia de elementos deso-rientadores (anarquistas, etc.).

 

En el Perú, en Bolivia, la organización y edu­cación del proletariado minero, es una de las cuestiones que inmediatamente se plantean. Los centros mineros constituyen puntos donde ventajosamente puede dejar sentir su ascendiente la propaganda sindical. Aparte de representar en si mismos importantes concentraciones proleta­rias, con las condiciones anejas al salariado, acercan los braceros indígenas a los obreros industriales, a trabajadores procedentes de las ciudades, que llevan en esos centros, su espíritu y principios clasistas. Los indígenas de las minas, en buena parte, continúan siendo campesi­nos, de modo que el adherente que se gane entre ellos, es un elemento ganado de la clase campesina.

 

La publicación de periódicos para los campe­sino indígenas y de periódicos para los mineros, es una de las necesidades de la propaganda sin­dical en ambos sectores. Aunque la raza indígena es analfabeta en su gran mayoría, estos pe­riódicos, a través de los indígenas alfabetos, ejercitarían una influencia creciente sobre el prole­tariado de las minas y del campo.

 

La labor, en todos sus aspectos, será difícil, pero su progreso dependerá fundamentalmente de la capacidad de los elementos que la realicen y de su apreciación precisa y concreta de las condiciones objetivas de la cuestión indígena. El problema no es racial, sino social y económico; pero la raza tiene su rol en él y en los medios de afrontarlo. Por ejemplo, en cuanto solo mili­tantes salidos del medio indígena pueden, por la mentalidad y el idioma, conseguir un ascendien­te eficaz e inmediato sobre sus compañeros.

 

Una conciencia revolucionaria indígena tar­dara quizás en formarse, pero una vez que el indio haya hecho suya la idea socialista, la ser-

 

 

 

 

 

 

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virá con una disciplina, una tenacidad y una fuerza, en la que pocos proleta-rios de otros medios podrán aventajarlo.

 

Del mismo modo puede afirmarse que a me­dida que el proletariado negro adquiera concien­cia de clase, a través de la lucha sostenida pa­ra conseguir sus reivindicaciones naturales de clase explotada, realizándolas con la acción re­volucionaria en unión del proletariado de otras razas, en esa misma medida los trabajadores negros se habrán librado efectivamente de los factores que los oprimen como razas "inferio­res".

 

Encarado en esta forma el problema y plan­teada así su solución, creo que las razas en la América Latina tendrán un rol sumamente importante en el movimiento revolucionario que, encabezado por el proletariado, llegara a cons­tituir en toda la América Latina, el gobierno obrero y campesino, cooperando con el proleta­riado ruso en la obra de emancipación del pro­letariado de la opresión burguesa mundial.

 

En base de estas conclusiones, creo que se pueden y deben plantear en la siguiente forma o en otra análoga elaborada por el Congreso las reivin-dicaciones de los trabajadores indios o ne­gros explotados:

 

I.- Lucha por la tierra para los que la traba­jan, expropiada sin indemneza-ción.

 

a) Latifundios de tipo primitivo: fragmenta­ción y ocupación por parte de las comunidades colindantes y por los peones agrícolas que las cultivan, posiblemente organizados en forma co­munitaria o colectiva.

b) Latifundios de tipo industrializado: ocupación por parte de los obreros agrícolas que los trabajan, organizados en forma colectiva.

c) Los parceleros propietarios que cultivan su tierra, quedaran en posesión de las mismas.

 

II.- Formación de organismos específicos:

 

 

 

 

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sindicatos, ligas campesinas, bloques obreros y campesinos, ligazón de estos mismos por enci­ma de los prejuicios raciales, con las organiza­ciones urbanas.

 

Lucha del proletariado y del campesinado indígena o negro, para las mismas reivindicaciones que constituyen el objetivo de sus hermanos de clase perte-necientes a otras razas.

 

Armamento de obreros y campesinos para conquistar y defender sus reivin-dicaciones.

 

III.- Derogación de leyes onerosas para el in­dio o el negro: sistemas feudales esclavistas, conscripción vial, reclutamiento militar, etc.

 

Únicamente la lucha de los indios, proleta­rios y campesinos, en estrecha alianza con el proletariado mestizo y blanco contra el régimen feudal y capitalista, pueden permitir el libre desenvolvimiento de las características raciales indias (y especialmente de las instituciones de tendencias colec-tivistas) y podrá crear la liga­zón entre los indios de diferentes países, por encima de las fronteras actuales que dividen antiguas entidades raciales, conduciéndolas a la autonomía política de su raza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PUNTO DE VISTA ANTI-IMPERIALISTA*

 

 

1º- ¿Hasta qué punto puede asimilarse la si­tuación de las repúblicas latino-americanas a la de los países semi-coloniales? La condición económica de estas repúblicas, es, sin duda, semi-colonial, y, a medida que crezca su capitalismo y, en consecuencia, la penetración imperialista, tiene que acen-tuarse este carácter de su econo­mía. Pero las burguesías nacionales, que ven en la cooperación con el imperialismo la mejor fuente de provechos, se sienten lo bastante dueñas del poder político para no preocuparse seriamente de la soberanía nacional. Estas burgue­sías, en Sud América, que no conoce todavía, salvo Panamá, la ocupación militar yanqui, no tienen ninguna predisposición a admitir la ne­cesidad de luchar por la segunda independencia, como suponía ingenuamente la propaganda apris­ta. El Estado, o mejor la clase dominante no echa de menos un grado más amplio y cierto de autonomía nacional. La revo-lución de la Independencia está relativamente demasiado próxi­ma, sus mitos y símbolos demasiado vivos, en la conciencia de la burguesía y la pequeña burguesía. La ilusión de la soberanía nacional se conserva en sus principales efectos. Pretender que en esta capa social prenda un sentimiento de naciona-lismo revolucionario, parecido al que en condiciones distintas representa un factor de

 

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* Tesis presentada a la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana (Buenos Aires, junio de 1929). Se ha repro­ducido de El Movimiento Revolucionario Latino Americano (Editado por La Correspondencia Sudamericana). La misma versión aparece en el Tomo II de la obra de Martínez de la Torre (págs. 414 a 418). Fue leída por Julio Portocarrero en circunstancias en que se debatía "La lucha anti-impe­rialista y los problemas de táctica de los Partidos Comu­nistas de América Latina". Al término de su lectura, el delegado peruano señaló: "Compañeros: Así escribe el com­pañero José Carlos Mariátegui cuando formula su tesis so­bre anti-imperialismo, analizando antes el estado económico y social del Perú...". Nota de los Editores.

 

 

 

 

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la lucha anti-imperialista en los países semi-co­loniales avasallados por el imperialismo en los últimos decenios en Asia, sería un grave error.

 

Ya en nuestra discusión con los dirigentes del aprismo, reprobando su ten-dencia a proponer a la América Latina un Kuo Min Tang, como mo­do de evitar la imitación europeísta y acomo­dar la acción revolucionaria a una apreciación exacta de nuestra propia realidad, sosteníamos hace más de un año la siguiente tesis:

 

"La colaboración con la burguesía, y aun de muchos elementos feudales, en la lucha anti-imperialista china, se explica por razones de ra­za, de civilización nacional que entre nosotros no existen. El chino noble o burgués se siente entrañablemente chino. Al desprecio del blanco por su cultura estratificada y decrépita, corres­ponde con el desprecio y el orgullo de su tradi­ción milineria. El anti-imperialismo en la China puede, por tanto, descansar en el sentimiento y en el factor nacionalista. En Indo-América las circunstancias no son las mismas. La aristora­cia y la burguesía criollas no se sienten solidarizadas con el pueblo por el lazo de una histo­ria y de una cultura comunes. En el Perú, el aristócrata y el burgués blancos, desprecian lo popular, lo nacional. Se sienten, ante todo, blan­cos. El pequeño burgués mestizo imita este ejem­plo. La burguesía limeña fraterniza con los capitalistas yanquis, y aún con sus simples empleados, en el Country Club, en el Tennis y en las calles. El yanqui desposa sin inconveniente de raza ni de religión a la señorita criolla, y ésta no siente escrúpulo de nacionalidad ni de cultura en preferir el matrimonio con un individuo de la raza invasora. Tampoco tiene este escrúpulo la muchacha de la clase media. La "huachafita" que puede atrapar un yanqui empleado de Grace o de la Foundation lo hace con la satisfacción de quien siente elevarse su condición social. El factor nacionalista, por estas razones objetivas que a ninguno de ustedes escapa seguramente, no es decisivo ni fundamental en la lucha anti-

 

 

 

 

 

 

 

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imperialista en nuestro medio. Sólo en los paí­ses como la Argentina, donde existe una burgue­sía numerosa y rica, orgullosa del grado de ri­queza y poder en su patria, y donde la persona­lidad nacional tiene por estas razones contor­nos más claros y netos que en estos países re­tardados, el anti-imperialismo puede (tal vez) penetrar fácilmente en los elementos burgueses; pero por razones de expansión y crecimiento ca­pitalistas y no por razones de justicia social y doctrina socialista como es nuestro caso".

 

La traición de la burguesía china, la quie­bra del Kuo Min Tang, no eran todavía conoci­das en toda su magnitud. Un conocimiento ca­pitalista, y no por razones de justicia social y doctrinaria, demostró cuan poco se podía confiar, aún en países como la China, en el senti­miento nacionalista revolucionario de la bur­guesía.

 

Mientras la política imperialista logre "ma­néger" los sentimientos y formali-dades de la so­beranía nacional de estos Estados, mientras no se vea obligada a recurrir a la intervención armada y a la ocupación militar, contará absoluta-mente con la colaboración de las burguesías. Aunque enfeudados a la econo-mía imperialista, estos países, o más bien sus burguesías, se considerarán tan dueños de sus destinos como Ru­mania, Bulgaria, Polonia y demás países "depen­dientes" de Europa.

 

Este factor de la psicología política no debe ser descuidado en la estimación precisa de las posibilidades de la acción anti-imperialista en la América Latina. Su relegamiento, su olvido, ha sido una de las características de la teorización aprista.

 

2°- La divergencia fundamental entre los ele­mentos que en el Perú aceptaron en principio el Apra -como un plan de frente único, nunca co­mo partido y ni siquiera como organización en marcha efectiva- y los que fuera del Perú la de­finieron luego como un Kuo Min Tang latino-

 

 

 

 

 

 

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americano, consiste en que los primeros perma­necen fieles a la concepción económico-social re­volucionaria del anti-imperialismo, mientras que los segundos explican así su posición "Somos de izquierda (o socialistas) porque somos anti-imperialistas". El anti-imperialismo resulta así elevado a la categoría de un programa, de una actitud política, de un movimiento que se basta a sí mismo y que conduce, espontáneamente, no sabemos en virtud de qué proceso, al socialis­mo, a la revolución social. Este concepto lleva a una desorbitada superestimación del movi­miento anti-imperialista, a la exage-ración del mito de la lucha por la "segunda independencia", al romanticismo de que estamos viviendo ya las jornadas de una nueva emancipación. De aquí la tendencia a reemplazar las ligas anti-imperialistas con un organismo político. Del Apra, concebida inicialmente como frente único, como alianza popular, como bloque de las clases oprimidas, se pasa al Apra definida como el Kuo Min Tang latinoamericano.

 

El anti-imperialismo, para nosotros, no cons­tituye ni puede constituir, por si solo, un programa político, un movimiento de masas apto para la conquista del poder. El anti-imperialis­mo, admitido que pudiese movilizar al lado de las masas obreras y campesinas, a la burgue­sía y pequeña burguesía nacionalistas (ya he­mos negado terminantemente esta posibilidad) no anula el antagonismo entre las clases, no suprime su diferencia de intereses.

 

Ni la burguesía, ni la pequeña burguesía en el poder pueden hacer una política antiimperia­lista. Tenemos la experiencia de México, donde la pequeña burguesía ha acabado por pactar con el imperialismo yanqui. Un gobierno "naciona­lista" puede usar, en sus relaciones con los Es­tados Unidos, un lenguaje distinto que el gobier­no de Leguía en el Perú. Este gobierno es francamente, desenfadadamente pan-americanista, monroista; pero cualquier otro gobierno bur­gués haría, prácticamente, lo mismo que él, en

 

 

 

 

 

 

 

 

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materia de empréstitos y concesiones. Las inver­siones del capital extranjero en el Perú crecen en estrecha y directa relación con el desarrollo económico del país, con la explotación de sus ri­quezas naturales, con la población de su territorio, con el aumento de las vías de comunica­ción. ¿Qué cosa puede oponer a la penetración capitalista la más demagógica pequeña-burgue­sía? Nada, sino palabras. Nada, sino una tempo­ral borrachera nacionalista. El asalto del poder por el anti-imperialismo, como movimiento de­magógico populista, si fuese posible, no repre­sentaría nunca la conquista del poder, por las masas proletarias, por el socialismo. La revolu­ción socialista encontraría su más encarnizado y peligroso enemigo, -peligroso por su confu­sionismo, por la demagogia-, en la pequeña burguesía afirmada en el poder, ganado mediante sus voces de orden.

 

Sin prescindir del empleo de ningún elemen­to de agitación antiimperialista, ni de ningún medio de movilización de los sectores sociales que eventualmente pueden concurrir a esta lu­cha, nuestra misión es explicar y demostrar a las masas que sólo la revolución socialista opon­drá al avance del imperialismo una valla defini­tiva y verdadera.

 

3°- Estos hechos diferencian la situación de los países Sud Americanos de la situación de los países Centro Americanos, donde el imperia­lismo yanqui, recurriendo a la intervención armada sin ningún reparo, provoca una reacción pa­triótica que puede fácilmente ganar al anti-im­perialismo a una parte de la burguesía y la pe­queña burguesía. La propaganda aprista, condu­cida personal-mente por Haya de la Torre, no parece haber obtenido en ninguna otra parte de América mayores resultados. Sus prédicas confusionistas y mesiánicas, que aunque pretenden situarse en el plano de la lucha económica, ape­lan en reali-dad particularmente a los factores raciales y sentimentales, reúnen las condi-ciones necesarias para impresionar a la pequeña bur-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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guesía intelectual. La formación de partidos de clase y poderosas organiza-ciones sindicales, con clara consciencia clasista, no se presenta destinada en esos países al mismo desenvolvimiento inmediato que en Sud América. En nuestros paí­ses el factor clasista es más decisivo, está más desarrollado. No hay razón para recurrir a vagas fórmulas populistas tras de las cuales no pueden dejar de prosperar tendencias reacciona­rias. Actualmente el aprismo, como propaganda, está circunscrito a Centro América; en Sud América, a consecuencia de la desviación populista, caudillista, pequeño-burguesa, que lo definía co­mo el Kuo Min Tang latinoamericano, está en una etapa de liquida-ción total. Lo que resuel­va al respecto el próximo Congreso Anti-imperialista de París, cuyo voto tiene que decidir la unificación de los organismos anti-imperialistas y establecer la distinción entre las plataformas y agitaciones anti-imperialistas y las tareas de la competencia de los partidos de clase y las organizaciones sindicales, pondrá término abso­lutamente a la cuestión.

 

4º- ¿Los intereses del capitalismo imperialis­ta coinciden necesaria y fatal-mente en nuestros países con los intereses feudales y semifeudales de la clase terrateniente? ¿La lucha contra la feudalidad se identifica forzosa y completa-men­te con la lucha anti-imperialista? Ciertamente, el capitalismo imperialista utiliza el poder de la clase feudal, en tanto que la considera la clase política-mente dominante. Pero, sus intereses eco­nómicos no son los mismos. La pequeña burgue­sía, sin exceptuar a la más demagógica, si atenúa en la práctica sus impulsos más marcadamente nacionalistas, puede llegar a la misma estrecha alianza con el capitalismo imperialista. El capital financiero se sentirá más seguro, si el poder está en manos de una clase social más numerosa, que, satisfaciendo ciertas reivindicacio­nes apremiosas y estorbando la orientación clasis­ta de las masas, está en mejores condiciones que la vieja y odiada clase feudal de defender los intereses del capitalismo, de ser su custodio y su

 

 

 

 

 

 

 

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ujier. La creación de la pequeña propiedad, la expropiación de los latifundios, la liquidación de los privilegios feudales, no son contrarios a los intereses del imperialismo, de un modo inmedia­to. Por el contrario, en la medida en que los rezagos de feudalidad entraban el desenvolvi­miento de una economía capi-talista, ese movi­miento de liquidación de la feudalidad, coincide con las exigencias del crecimiento capitalista, promovido por las inversiones y los técnicos del imperialismo; que desaparezcan los grandes la­tifundios, que en su lugar se constituya una economía agraria basada en lo que la demagogia burguesa llama la "democratización" de la propiedad del suelo, que las viejas aristocracias se vean desplazadas por una burguesía y una pe­queña burguesía más poderosa e influyente -y por lo mismo más apta para garantizar la paz social-, nada de esto es contrario a los intere­ses del imperialismo. En el Perú, el régimen le­guiísta, aunque tímido en la práctica ante los intereses de los latifundistas y gamonales, que en gran parte le prestan su apoyo, no tiene nin-gún inconveniente en recurrir a la demagogia, en reclamar contra la feudalidad y sus privilegios, en tronar contra las antiguas oligarquías, en promover una distribución del suelo que hará de cada peón agrícola un pequeño propietario. De esta demagogia saca el leguiísmo, precisamente, sus mayores fuerzas. El leguiísmo no se atreve a tocar la gran propiedad. Pero el movimiento natural del desarrollo capitalista -obras de irri­gación, explotación de nuevas minas, etc.- va contra los intereses y privilegios de la feudali­dad. Los latifundistas, a medida que crecen las áreas cultivables, que surgen nuevos focos de tra­bajo, pierden su principal fuerza: la disposición absoluta e incondicional de la mano de obra. En Lambayeque, donde se efectúan actualmente obras de regadío, la actividad capitalista de la comisión técnica que las dirige, y que presi­de un experto norteamericano, el ingeniero Sutton, ha entrado prontamente en conflicto con las conveniencias de los grandes terratenientes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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feudales. Estos grandes terratenientes son; principalmente, azucareros. La amenaza de que se les arrebate el monopolio de la tierra y el agua, y con él el medio de disponer a su antojo de la población de trabajadores saca de quicio a esta gente y la empuja a una actitud que el gobier­no, aunque muy vinculado a muchos de sus ele­mentos, califica de subversiva o anti-gobiernista. Sutton tiene las características del hombre de empresa capitalista norteamericano. Su mentali­dad, su trabajo, chocan al espíritu feudal de los latifundistas, Sutton ha establecido, por ejem­plo, un sistema de distribución de las aguas, que reposa en el principio de que el dominio de ellas pertenece al Estado; los latifundistas con­sideraban el derecho sobre las aguas anexo a su derecho sobre la tierra. Según su tesis, las aguas eran suyas; eran y son propiedad absoluta de sus fundos.

 

5º- ¿Y la pequeña burguesía, cuyo rol en la lucha contra el imperialismo se superestima tanto, es como se dice, por razones de explotación económica, necesariamente opuesta a la penetra­ción imperialista? La pequeña burguesía es, sin duda, la clase social más sensible al prestigio de los mitos naciona-listas. Pero el hecho económico que domina la cuestión, es el siguiente: en países de pauperismo español, donde la pe­queña burguesía, por sus arraigados prejuicios de decencia, se resiste a la proletarización; donde ésta misma, por la miseria de los salarios no tiene fuerza económica para transformarla en parte en clase obrera; donde imperan la empleomanía, el recurso al pequeño puesto del Es­tado, la caza del sueldo y del puesto "decente"; el establecimiento de grandes empresas que, aunque explotan enormemente a sus empleados nacionales, representan siempre para esta clase un trabajo mejor remunerado, es recibido y con­siderado favorable-mente por la gente de clase me­dia. La empresa yanqui representa mejor suel­do, posibilidad de ascensión, emanci-pación de la empleomanía del Estado, donde no hay porvenir sino para los especuladores. Este hecho

 

 

 

 

 

 

 

 

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actúa, con una fuerza decisiva, sobre la concien­cia del pequeño burgués, en busca o en goce de un puesto. En estos países, de pauperismo espa­ñol, repe-timos, la situación de las clases medias no es la constatada en los países donde estas clases han pasado un período de libre concu­rrencia, de crecimiento capitalista propicio a la iniciativa y al éxito individuales, a la opresión de tos grandes monopolios.

 

 

*  * *

 

En conclusión, somos anti-imperialistas porque somos marxistas, porque somos revolucio­narios, porque oponemos al capitalismo el so­cialismo como sistema antagónico, llamado a su­cederlo, porque en la lucha contra los imperia­lismos extranjeros cumplimos nuestros deberes de solidaridad con las masas revolucionarias de Europa.

 

 

Lima, 21 de mayo de 1929.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ANTECEDENTS Y DESARROLLO DE LA ACCIÓN CLASISTA*

 

 

Las primeras manifestaciones de propaganda ideológica revolucionaria son en el Perú las que suscita, a principios del siglo actual, el pensamiento radical de González Prada. Poco después de que González Prada se separa definitiva-mente de la política, fracasado el experimento del Partido Radical, aparecen los primeros grupos libertarios. Algunos obreros, que se interesan por estas ideas entran en contacto con González Prada, a quien su decepción de la lucha política empuja a una posición anárquica. Se constituyen pequeñas agrupacio-nes libertarias que se limitan a iniciar la propaganda de sus ideas, sin propo-nerse por el momento ninguna otra acción. González Prada colabora, con pseudónimo o sin firma en eventuales hojas acrátas: "Los Parias", "El Ham-briento". Algunos radicales y masones, amigos de Gonzáles Prada, simpatizan con esta propaganda, sin comprometerse de frente en ella. Aparecen otras hojas efímeras: "Simiente Roja", etc. La única que llega a adquirir permanen-cia es "La Protesta" que da su nombre al primer grupo anárquico de acción persistente.

 

La Federación de Panaderos "Estrella del Perú", se presenta como el primer gremio en el cual influyen las ideas revolucionarias. Es en una actuación de los panaderos donde González Prada pronuncia, el 1º de Mayo de 1905, Su discurso sobre los Intelectuales y el Proletariado, reproducido en el No. 8 de "Labor".

 

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* Documento presentado al Congreso Constituyente de la Confederación Sindical Latino Americana, Montevideo, mayo de 1929. Reproducido en Apuntes para una Interpretación Marxista de Historia Social del Perú, de Ricardo Martínez de la Torre, tomo II, pág. 404 a 409.

 

 

 

 

 

 

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El movimiento billinghurista obtiene la adhesión de algunos elementos participantes en estas escaramuzas ideológicas; el más importante de ellos es un ex-libertario, Carlos del Barzo, artesano que más tarde interviene en el intento de organización de un Partido Socialista y que figura alguna vez como candidato obrero a una diputación por Lima. El billinghurismo tuvo a su lado, asimismo, al líder de las huelgas portuarias de esa época, Fernando Vera; pero, al asimilárselo, hizo de él un "capitulero". Bajo el gobierno de Billing-hurst el mutualismo amarillo, al servicio de todos los gobiernos se prestó a una actitud de cordialidad con los obreros chilenos. Una comisión de estas socie-dades obreras, auspiciada por el gobierno, visitó Chile, donde se cambiaron entre representantes más o menos falsos de uno y otro proletariado palabras de reconciliación y amistad. El grupo anárquico del Perú que trabajaba entonces por dar vida a una Federación Regional Obrera Peruana, envió a Chile, desco-nociendo a la delegación oficial, visada por el billinghurismo, al obrero Otazú, que en el país del Sur fue recibido por trabajadores de la misma filiación. Se puede decir, pues, que las primeras manifestaciones de internacionalismo de los peruanos corresponde a este tiempo. Y hay que tener siempre en cuenta, en el primer caso, su carácter de manifestaciones conectadas con la política de la cancillería, en tratos con la de Chile para arreglar la cuestión de Tacna y Arica.

 

Derribado Billinghurst, contra el gobierno Militar de Benavides, González Prada publica un semanario: "La Lucha"; y Carlos del Barzo, "El Motín"; pero ambos periódicos representan sólo una protesta contra el régimen militar, una requisitoria contra sus abusos. Por la filiación ideológica de sus directores, cabe sin embargo relacionarlos con el movimiento social. Del Barzo sufre prisión y deportación; y González Prada un juicio de imprenta.

 

Bajo el gobierno de Pardo, los efectos de la

 

 

 

 

 

 

 

 

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guerra europea en la situación económica influyen en la agitación social y en el orientamiento ideológico. Un grupo sindicalista predomina sobre los ácratas en la labor entre las masas. Barzo dirige algunas huelgas de zapateros y orga-niza el sindicato de trabajadores de esta industria en la capital. La propaganda anarco-sindicalista penetra en la campiña de Huacho, produciendo una agita-ción sangrientamente reprimida por las autoridades de Pardo. La lucha por las 8 horas en 1918 consiente a los anarco-sindicalistas llevar su propaganda a las masas en forma intensa. El gremio textil, animador la lucha, adquiere un rol influyente en la acción clasista. Son ya varios los estudiantes que han entrado en relación con los grupos obreros avanzados. Frente a la lucha por las 8 horas se produce una declaración oficial de la Federación de Estudiantes de simpatía con las reivindicaciones obreras. La masa de los estudiantes no tenía la menor idea del alcance de estas reivindicaciones y creía que el rol de los universita-rios era el de orientar y dirigir a los obreros.

 

En este tiempo, se inicia en la redacción del diario oposicionista, "El Tiempo", muy popular entonces, un esfuerzo por dar vida a un grupo de propaganda y concentración socialistas. La dirección del periódico, ligada a los grupos polí-ticos de oposición, es extraña a este esfuerzo, que representa exclusivamente el orientamiento hacia el socialismo de algunos jóvenes escritores, ajenos a la política, que tienden a imprimir a las campañas del diario un carácter social. Estos escritores son César Falcón, José Carlos Mariátegui, Humberto del Águila y algún otro que, unidos a otros jóvenes intelectuales afines, publican a mediados de 1918 una revista de combate: "Nuestra Época". Un artículo anti-armamentista de Mariátegui provoca una violenta protesta de los oficia1es del ejército que en numeroso grupo, invaden la redacción de "El Tiempo" donde trabaja el articulista para agredirlo. "Nuestra Época" no trae un programa socialista; pero aparece como un esfuerzo ideológi-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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co y propagandístico en este sentido. A los dos números, cesa de publicarse, desaprobada por la empresa periodística a la que prestan sus servicios sus principales redactores; pero éstos prosiguen en sus gestiones por crear un Comité de Propaganda Socialista. Se une a ellos otro redactor de "El Tiempo", Luis Ulloa procedente del antiguo partido radical, quien con motivo de sus campañas periodísticas contra los "hambreadores del pueblo" se relaciona con los sindicalistas. Se constituye el Comité con la adhesión de Del Barzo y algunos obreros próximos a él y de los dos grupos de estudiantes, (ya profe-sionales algunos) que ha tomado parte hasta entonces en la agitación obrera. El grupo tiende a asimilarse todos los elementos capaces de reclamarse del socialismo sin exceptuar aquellos que provienen del radicalismo gonzález-pradista y se conservan fuera de los partidos políticos. Una parte de los elementos que lo componen, dirigida por Luis Ulloa, se propone la inmediata transformación del grupo en partido; la otra parte, en la que se cuentan pre-cisamente los iniciadores de su fundación, sostienen que debe ser mantenido como Comité de Propaganda y Organización Socialistas, mientras su presencia no tenga arraigo en las masas. El período no es propio para la organización socialista; algunos de los elementos del comité redactan un periódico: "Germinal", que adhiere al movimiento leguiísta; Mariátegui, Falcón y sus compañeros se separan, finalmente, del grupo que acuerda su aparición como partido el l° de Mayo de 1919.

 

Al mismo tiempo que estas gestiones, algunos elementos procedentes del billinghurismo y otros, por cuenta de un ex-demócrata, presunto candidato a la presidencia de la república, efectúan otras por crear un Partido Obrero. Propuesta al comité socialista la fusión de ambos grupos, la rechaza. El acto inaugural del Partido es fijado para el 1° de Mayo de 1918; pero reunida una asamblea popular, convocada por los promotores de este partido en un teatro de la capital, Gutarra orador sindicalista denuncia

 

 

 

 

 

 

 

 

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la trastienda política y eleccionaria de sus gestiones y saca a la multitud a la calle en son de demostración clasista.

 

La tentativa del partido socialista fracasa porque a la manifestación del l° de Mayo de 1919 sigue la gran huelga general del mismo mes. (Véase "El Movimiento Obrero en 1919" por Ricardo Martínez de la Torre) en la que los dirigentes de ese grupo evitan toda acción, abandonando a las masas y, tomando, más bien, una actitud contraria a su acción revolucionaria. Ausente Luis Ulloa del país y muerto Carlos del Barzo, el comité del partido se disuelve sin dejar huella alguna de su actividad en la conciencia obrera.

 

El movimiento estudiantil de la reforma universitaria acerca, en la misma forma que en otros países latinoamericanos, la vanguardia estudiantil al proletariado. El Primer Congreso de Estudiantes del Cuzco, celebrado en 1919, acuerda la creación de las universidades populares; y en 1921 el grupo de vanguardia de este congreso, encabezado por Haya de la Torre, funda la Universidad Popular González Prada en Lima y Vitarte. El Congreso Obrero de Lima aprueba un voto de adhesión a la obra de cultura popular de estas universidades. Pero los obreros no confían mucho en la perseverancia de los estudiantes; y para no suscitar ningún recelo, las universidades populares se abstienen de todo trabajo de orientación ideológica del proletariado. De otro lado, la mayoría de los estudiantes de las U.P. carece de esta orientación; en lo tocante a la cuestión social va a aprender, más bien que a enseñar, al lado del proletariado. Un cambio se inicia con la acción del 23 de Mayo, dirigida y animada por la U. P. con el concurso de los obreros organizados. Mariátegui regresa en este tiempo de Europa con el propósito de trabajar por la orga-nización de un partido de clase. Las U.P. que están en su apogeo, con motivo de las jornadas del 23 de Mayo, le ofrecen su tribuna y él la acepta. Desarrolla un

 

 

 

 

 

 

 

 

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curso de conferencias sobre la crisis mundial, en la que explica el carácter revolucionario de esta crisis. Los anarquistas se muestran hostiles a esta propaganda, sobre todo por la defensa de la revolución rusa a que en parte se contrae; pero Mariátegui obtiene la solidaridad de la U.P. y de sus adherentes más entusiastas de las organizaciones obreras. Como órgano de la juventud libre, pero más exactamente de las U.P. comienza a publicarse en abril de 1923 "Claridad". Su orientación es "clartista"; corresponde, sobre todo, al espíritu de la agitación estudiantil. Deportado Haya de la Torre, con ocasión del descubrimiento de una conspiración de los partidarios de don Germán Leguía y Martínez, que sirve de pretexto para castigar su acción del 23 de Mayo acusándole falsamente de relación con políticos del viejo régimen, en los días en que se cajeaba el N° 4 de "Claridad", Mariátegui asume su di-rección. El N° 5 señala el principio de un franco orientamiento doctrinario en el que "Claridad" abandona el tono estudiantil. Desde ese número, "Claridad" aparece como órgano de la Federación Obrera Local. Perseguida por la policía, el proletariado organizado ha querido ampararla con su solidaridad formal. Mariátegui inicia la organización de una sociedad editora obrera para la publicación de la revista, y con vistas a la de un diario; pero en este tiempo se enferma gravemente y escapa a la muerte a costa de la amputación de la pierna derecha.

 

De fines de 1924 a principios de 1925 la represión de la vanguardia estudiantil se acentúa. Son deportados los más activos de los elementos de la U.P. y la Federación de Estudiantes: Herrera, Bustamante, Rabines, Hurwitz, Terreros, Lecaros, Seoane, Heysen, Cornejo, Pavletich, etc. También se deporta al secretario de la Federación Obrera Local Arcelles y a dos de los dirigentes de la organización indígena. Las actividades de la U.P. son, sin embargo, man-tenidas por un grupo animoso y perseverante. Empieza, en este período, a discutirse la fundación del Apra, a instancias de su iniciador Haya de al Torre, que

 

 

 

 

 

 

 

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desde Europa se dirige en este sentido a los elementos de vanguardia del Perú. Estos elementos aceptan, en principio, el Apra, que hasta por su título se presenta como una alianza o frente único.

 

En setiembre de 1926, como órgano de este movimiento, como tribuna de "definición ideológica", aparece "Amauta". La Federación Obrera Local convoca a un segundo Congreso Obrero. Mariátegui, director de "Amauta", en una carta a este congreso, que carece de un trabajo serio de preparación, advierte la inoportunidad de un debate de tendencias doctrinarias, proponiendo la organización de los trabajadores con un programa de "unidad proletaria", la constitución de una central nacional basada en el principio de "lucha de clases". Pero las tendencias llevan al Congreso sus puntos de vista, empe-ñándose una discusión desordenada sobre la doctrina clasista a la que debía adherir el proletariado organizado. Es este el instante que el Ministro de Gobierno de entonces, interesado en aumentar su importancia política, ame-nazada por las rivalidades de círculos, con una actuación sensacional, escoge para una represión en gran estilo. En la noche del 5 de junio, se sorprende aparatosamente una reunión de la sociedad editora obrera "Claridad", a la que se había citado como de ordinario por los periódicos. La misma noche se apresa en sus domicilios a los más conocidos y activos militantes de las organizaciones obreras y algunos intelectuales y universitarios. Una informa-ción oficial anuncia, en todos los diarios, la detención de todas estas personas en una reunión, presentada como clandestina. El Ministro de Gobierno Manchego Muñoz afirma, sin empacho, que ha descubierto nada menos que un complot comunista. El órgano civilista "El Comercio", reducido al silencio desde los primeros tiempos del gobierno leguiísta, y conocido por sus vin-culaciones con la plutocracia del antiguo régimen, aprueba editorialmente esta represión así como las medidas que le siguen: clausura de "Amauta", cierre de los ta-

 

 

 

 

 

 

 

 

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lleres de la Editorial Minerva donde se imprimía por cuenta particular de sus redactores-editores, detención de José Carlos Mariátegui a quien, dadas sus condiciones de salud, se aloja en el Hospital Militar de San Bartolomé. Cerca de 50 militantes fueron llevados a la isla de San Lorenzo; muchos más sufrieron breve detención en los calabozos de la policía; otros, perseguidos, tuvieron que ocultarse. La policía notificó a los que quedaban en libertad que la Federación Obrera Local, la Federación Textil y otras organizaciones del mismo carácter, debían ser consideradas disueltas y que toda actividad sindicalista estaba severamente prohibida. No dejaron de manifestar su aplauso a estas medidas, igual que "El Comercio", que no tuvo reparo en complacerse expresamente de la supresión de "Amauta", los elementos mutualistas amarillos, incondicionalmente a órdenes de éste como de todos los gobiernos, así como un sedicente y flamante "partido laborista", fundado por algunos empleados cesantes y arribistas, con la cooperación de unos pocos artesanos. Pero era tan desproporcionada, respecto de los vaguísimos e indi-viduales papeles que pretendía documentarla, la especie de la "conspiración comunista para destruir el orden social", que poco a poco, no obstante estar cerrados los periódicos a toda información imparcial, se desvaneció la impresión que en los primeros instantes produjera. Solo encontró acogida en la prensa una breve carta dirigida por Mariátegui desde el Hospital Militar desmintiendo rotunda y precisamente, en todas sus partes, la invención policial.

 

Dos profesores de la U.P. Carlos M. Cox y Manuel Vásquez Díaz fueron deportados al norte. En la misma dirección habían sido embarcados antes Magda Portal y Serafín Delmar. Y cuatro meses más tarde, cuando no quedaba en el público, vestigio de recuerdo del complot, se puso en libertad a los presos de San Lorenzo. En diciembre de 1927, reapareció "Amauta", que de otro modo "abría reanudado su publicación en Buenos Aires.

 

 

 

 

 

 

 

 

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La represión de junio entre otros efectos tiene el de promover una revisión de métodos y conceptos y una eliminación de los elementos débiles y desorien-tados, en el movimiento social. De un lado se acentúa en el Perú la tendencia a una organización, exenta de los residuos anarcosindicales, purgada de "bohe-mia subversiva"; de otro lado aparece clara la desviación aprista. Uno de los grupos de deportados peruanos, el de México, propugna la constitución de un Partido Nacionalista Libertador; Haya define al Apra como el Kuo Min Tang latinoamericano. Se produce una discusión en la que se afirma definitivamente la tendencia socialista doctrinaria adversa a toda fórmula de populismo dema-gógico e inconcluyente y de caudillaje personalista. Los documentos adjuntos ilustran los términos y resultados de este debate, a partir del cual el movi-miento izquierdista peruano entra en una etapa de definitiva orientación. "Amauta", en su N° 17, el de su segundo aniversario, declara cumplido el proceso de "definición ideológica", afirmándose categóricamente, marxista. En noviembre de 1918, aparece "Labor" como periódico de extensión de la obra de "Amauta", para convertirse gradualmente en órgano de la reorganización sindical.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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II

 

ESCRITOS POLÍTICOS Y SINDICALES

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL 1º DE MAYO Y EL FRENTE ÚNICO*

 

 

El 1° de Mayo es, en todo el mundo, un día de unidad del proletariado revo-lucionario, una fecha que reúne en un inmenso frente único internacional a todos los trabajadores organizados. En esta fecha resuenan, unánimemente obedecidas y acatadas, las palabras de Carlos Marx: "Proletarios de todos los países, uníos". En esta fecha caen espontáneamente todas las barreras que diferencian y separan en varios grupos y varias escuelas a la vanguardia proletaria.

 

El 1° de Mayo no pertenece a una Internacional es la fecha de todas las Internacionales. Socialistas, comunistas y libertarios de todos los matices se confunden y se mezclan hoy en un solo ejército que marcha hacia la lucha final.

 

Esta fecha, en suma, es una afirmación y una constatación de que el frente único proletario es posible y es practicable y de que a su realización no se opone ningún interés, ninguna exigencia del presente.

 

A muchas meditaciones invita esta fecha internacional. Pero para los traba-jadores peruanos la más actual, la más oportuna es la que concierne a la necesidad y a la posibilidad del frente único. Últimamente se han producido algunos intentos seccionistas. Y urge entenderse, urge concretarse para impedir que estos intentos prosperen, evitando que socaven y que minen la naciente vanguardia proletaria del Perú.

 

Mi actitud, desde mi incorporación en esta vanguardia, ha sido siempre la de un fautor convencido, la de un propagandista fervoroso del frente único. Recuerdo haberlo declarado en una

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* Publicado en “El Obrero Textil”, Año 5, Nº 59, Lima, 1º de mayo de 1924.

 

 

 

 

 

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de las conferencias iniciales de mi curso de historia de la crisis mundial. Respondiendo a los primeros gestos de resistencia y de aprensión de algunos antiguos y hieráticos libertarios, más preocupados de la rigidez del dogma que de la eficacia y la fecundidad de la acción, dije entonces desde la tribuna de la Universidad Popular: "Somos todavía pocos para dividirnos. No hagamos cuestión de etiquetas ni de títulos."

 

Posteriormente he repetido estas o análoga palabras. Y no me cansaré de reiterarlas. El movimiento clasista, entre nosotros, es aún muy incipiente, muy limitado, para que pensemos en fraccionarle y escindirle. Antes de que llegue la hora, inevitable acaso, de una división, nos corresponde realizar mucha obra común, mucha labor solidaria. Tenemos que emprender juntos muchas largas jornadas. Nos toca, por ejemplo, suscitar en la mayoría del proletariado peruano, conciencia de clase y sentimiento de clase. Esta faena pertenece por igual a socialistas y sindicalistas, a comunistas y libertarios. Todos tenemos el deber de sembrar gérmenes de renovación y de difundir ideas clasistas. Todos tenemos el deber de alejar al proletariado de las asambleas amarillas y de las falsas "instituciones representativas". Todos tenemos el deber de luchar contra los ataques y las represiones reaccionarias. Todos tenemos el deber de defender la tribuna, la prensa y la organización proletaria. Todos tenemos el deber de sostener las reivindicaciones de la esclavizada y oprimida raza indígena. En el cumplimiento de estos deberes históricos, de estos deberes elementales, se encontrarán y juntarán nuestros caminos, cualquiera que sea nuestra meta última.

 

El frente único no anula la personalidad, no anula la filiación de ninguno de los que lo componen. No significa la confusión ni la amalgama de todas las doctrinas en una doctrina única. Es una acción contingente, concreta, práctica. El programa del frente único considera exclusivamente la realidad inmediata, fuera de to-

 

 

 

 

 

 

 

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da abstracción y de toda utopía. Preconizar el frente único no es, pues, preconizar el confusionismo ideológico. Dentro del frente único cada cual debe conservar su propia filiación y su propio ideario. Cada cual debe trabajar por su propio credo. Pero todos deben sentirse unidos por la solidaridad de clase, vinculados por la lucha contra el adversario común, ligados por la misma voluntad revolucionaria, y la misma pasión renovadora. Formar un frente único es tener una actitud solidaria ante un problema concreto, ante una necesidad urgente. No es renunciar a la doctrina que cada uno sirve ni a la posición que cada uno ocupa en la vanguardia, la variedad de tendencias y la diversidad de matices ideológicos es inevitable en esa inmensa legión humana que se llama el proletariado. La existencia de tendencias y grupos definidos y precisos no es un mal; es por el contrario la señal de un período avanzado del proceso revolucionario. Lo que importa es que esos grupos y esas tendencias sepan entenderse ante la realidad concreta del día. Que no se esterilicen bizantinamente en exconfesiones y excomuniones recíprocas. Que no alejen a las masas de la revolución con el espectáculo de las querellas dogmáticas de sus predicadores. Que no empleen sus armas ni dilapiden su tiempo en herirse unos a otros, sino en combatir el orden social sus instituciones, sus injusticias y sus crímenes.

 

Tratemos de sentir cordialmente el lazo histórico que nos une a todos los hombres de la vanguardia, a todos los fautores de la renovación. Los ejemplos que a diario nos vienen de fuera son innumerables y magníficos. El más reciente y emocionante de estos ejemplos es el de Germaine Berthon. Germaine Berthon, anarquista, disparó certeramente su revólver contra un organizador y conductor del terror blanco por vengar el asesinato del socialista Jean Jaurés. Los espíritus nobles, elevados y sinceros de la revolución, perciben y respetan, así, por encima de toda barrera teórica, la solidaridad histórica de sus esfuerzos y de sus obras. Pertenece

 

 

 

 

 

 

 

 

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a los espíritus mezquinos, sin horizontes y sin alas, a las mentalidades dogmáticas que quieren petrificar e inmovilizar la vida en una fórmula rígida, el privilegio de la incomprensión y del egotismo sectarios.

 

El frente único proletario, por fortuna, es entre nosotros una decisión y un anhelo evidente del proletariado. Las masas reclaman la unidad. Las masas quieren fe. Y, por eso, su alma rechaza la voz corrosiva, disolvente y pesi-mista de los que niegan y de los que dudan, y busca la voz optimista, cordial, juvenil y fecunda de los afirman y de los que creen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MENSAJE AL CONGRESO OBRERO*

 

 

El primer Congreso Obrero de Lima, rea­lizó, dentro de sus medios, su objeto esencial, dando vida a la Federación Obrera Local, célu­la, núcleo y cimiento de la organización de la clase trabajadora del Perú. Su programa natu­ral, modesto en apariencia, se reducía a este paso. El desarrollo, el trabajo de la Federación Obrera Local, durante estos cinco años, demues­tran que en esa asamblea, los trabajadores de vanguardia de Lima, a través de inseguros tan­teos, supieron encontrar, finalmente, su camino.

 

El segundo Congreso llega a su tiempo. Ha tardado un poco; pero no sería justo reprochar esto a sus organizadores. Y sus fines son, lógi­camente, nuevos y propios. Se trata ahora de dar un paso más y hay que saberlo dar con resolución y acierto.

 

La experiencia de cinco años de trabajo sin­dical en Lima debe ser revisada y utilizada. Proposiciones y debates que en 1922 habrían sido prematuros e inoportunos, pueden ser hoy abor­dados con los elementos precisos de juicio alle­gados en este período de lucha. La discusión de las orientaciones, de la praxis, no es nunca tan estéril como cuando reposa exclusivamente sobre abstracciones. La historia de los últimos años de crisis mundial, tan grávidos de reflexiones y enseñanzas para el proletariado, exige de sus conductores un criterio realista. Hay que despo­jarse radicalmente de viejos dogmatismos, de desacreditados prejuicios y de arcaicas supers­ticiones.

 

El marxismo, del cual todos hablan pero que

 

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* Publicado en "Amauta", Nº 5, Año II, enero de 1927 (págs. 35 y 36), con motivo del Segundo Congreso Obrero de Lima.

 

 

 

 

 

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muy pocos conocen y, sobre todo, comprenden, es un método fundamen-talmente dialéctico. Esto es, un método que se apoya íntegramente en la realidad, en los hechos. No es, como algu­nos erróneamente suponen, un cuerpo de prin­cipios de consecuencias rígidas, iguales para todos los climas históricos y todas las latitudes so­ciales. Marx extrajo su método de la entraña misma de la historia. El marxismo, en cada país, en cada pueblo, opera y acciona sobre el ambien­te, sobre el medio, sin descuidar ninguna de sus modalidades. Por eso, después de más de medio siglo de lucha, su fuerza se exhibe cada vez más acrecentada. Los comunistas rusos, los laboristas ingleses, los socialistas alemanes, etc. se reclaman igualmente de Marx. Este solo hecho vale contra todas las objeciones acerca de la validez del método marxista.

 

El sindicalismo revolucionario, cuyo máximo maestro es Jorge Sorel, -menos conocido tam­bién por nuestros obreros que sus adjetivos y mediocres repetidores, parafraseadores y falsifi­cadores-, no reniega absolutamente la tradición marxista. Por el contrario, la completa y la amplía. En su impulso, en su esencia, en su fer­mento, el sindicalismo revolucionario constitu­yó precisamente un renacimiento del espíritu revolucionario, esto es marxista, provocado por la degeneración reformista y parlamentaria de los partidos socialistas. (De los partidos socialis­tas; no del Socialismo). Jorge Sorel se sentía idénticamente lejano de los domesticados socialistas del parlamento que de los incandescentes anarquistas del motín y la violencia esporádicos.

 

La crisis revolucionaria abierta por la gue­rra ha modificado fundamentalmente los térmi­nos del debate ideológico. La oposición entre socialismo y sindicalis-mo no existe ya. El antiguo sindicalismo revolucionario, en el mismo país donde se pretendía más pura y fielmente soreliano -Francia-, ha envejecido y degenerado, no más ni menos que el antiguo socialismo parlamentario, contra el cual reaccionó e insurgió.

 

 

 

 

 

 

 

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Una parte de ese sindicalismo es ahora tan re­formista y está tan aburguesado como el socia­lismo de derecha, con el cual tiernamente colabora. Nadie ignora que la crisis post-bélica rom­pió a la C.G.T. (Confederación General del Tra­bajo Francesa) en dos fracciones, de las cuales una trabaja al lado del Partido Socialista y otra marcha con el Partido Comunista. Viejos líde­res sindicales, que hasta hace poco se llenaban la boca con los nombres de Pelloutier y Sorel, cooperan ahora con los más domesticados po­líticos reformistas del socialismo.

 

La nueva situación ha traído, pues, una nue­va ruptura o mejor, una nueva escisión. El es­píritu revolucionario no está ahora representado por quienes lo representaron antes de la gue­rra. Los términos del debate han cambiado totalmente. Jorge Sorel, antes de morir, tuvo tiem­po de saludar la revolución rusa como la auro­ra de una edad nueva. Uno de sus últimos es­critos es su "Defensa de Lenin".

 

Repetir los lugares comunes del sindicalismo pre-bélico, frente a una situación esencialmente diversa, es obstinarse en una actitud superada. Es comportarse con absoluta prescindencia del acelerado y convulsivo proceso histórico de los últimos años. Sobre todo cuando los lugares comunes que se repiten no son los del verdadero sindicalismo soreliano, sino los de su mala tra­ducción española o, más bien, catalana. (Si hay algo que aprender del sindicalismo anarquizante de Barcelona, es sin duda la lección de su fracaso).

 

El debate programático, entre nosotros, no tiene, además, por qué perderse en divagaciones teoréticas. La organización sindical no necesita de etiquetas, sino de espíritu. Ya he dicho en "Amauta" que este es un país de rótulos. Y aquí quiero repetirlo. Extraviarse en estériles debates principistas, en un proleta-riado donde tan dé­bil arraigo tienen todavía los principios, no serviría sino para desorganizar a los obreros cuando de lo que se trata es, justamente, de orga­nizarlos.

 

 

 

 

 

 

 

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El lema del congreso debe ser la unidad pro­letaria.

 

Las discrepancias teóricas no impiden concer­tarse respecto de un programa de acción. El frente único de los trabajadores, es nuestro objetivo. En el trabajo de constituirlo, los tra­bajadores de vanguardia tienen el deber de dar el ejem-plo. En la jornada de hoy, nada nos divide: todo nos une.

 

El Sindicato no debe exigir de sus afiliados sino la aceptación del principio clasista. Dentro del Sindicato caben así los socialistas reformis­tas como los sindicalistas, así los comunistas co­mo los libertarios. El Sindicato constituye, fun­damental y exclusivamente, un órgano de clase. La praxis, la táctica, dependen de la corriente que predomine en su seno. Y no hay por qué des-confiar del instinto de las mayorías. La ma­sa sigue siempre a los espíritus creadores, realistas, seguros, heroicos. Los mejores prevale­cen cuando saben ser verdaderamente los me­jores.

 

No hay, pues, dificultad efectiva para enten­derse acerca del programa de la organización obrera. Están demás todas las discusiones bi­zantinas sobre metas remotas. El proletariado de vanguardia tiene, bajo los ojos, cuestiones con-cretas: la organización nacional de la clase trabajadora, la solidaridad con las reivindica­ciones de los indígenas, la defensa y fomento de las instituciones de cultura popular, la cooperación con los braceros y yanaconas de las haciendas, el desarrollo de la prensa obre­ra, etc., etc.

 

Estas son las cuestiones que deben preocu­parnos capitalmente. Los que provoquen escisio­nes y disidencias, en el nombre de principios abstractos, sin aportar nada al estudio y a la solución de estos problemas concretos, traicio­nan consciente o inconscientemente la causa proletaria.

 

Al segundo Congreso Obrero le toca echar las

 

 

 

 

 

 

 

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bases de una confederación general del trabajo que reúna a todos los sindi-catos y asociacio­nes obreras de la república que se adhieran a un programa clasista. El objeto del primer con­greso fue la organización local; el del segundo debe ser, en lo posible, la organización nacional.

 

Hay que formar conciencia de clase. Los orga­nizadores saben bien que en su mayor parte los obreros no tienen sino un espíritu de corpora­ción o de gremio. Este espíritu debe ser ensan­chado y educado hasta que se convierta en es­píritu de clase. Lo primero que hay que superar y vencer es el espíritu anarcoide, individualis­ta, egotista, que además de ser profundamente antisocial, no constituye sino la exasperación y la degeneración del viejo liberalismo bur-gués; lo segundo que hay que superar es el espíritu de corporación, de oficio, de categoría.

 

La conciencia de clase no se traduce en de­clamaciones hueras y estrepitosas. (Resulta su­mamente cómico oír, por ejemplo, protestas de internacionalismo delirante y extremista a un hombre, atiborrado de revolucionarismo libresco, que no se ha liberado a veces, en su conduc­ta y en su visión prácticas, de sentimientos y móviles de campanario y de burgo).

 

La conciencia de clase se traduce en solida­ridad con todas las reivindica-ciones fundamentales de la clase trabajadora. Y se traduce, además, en disciplina. No hay solidaridad sin dis­ciplina. Ninguna gran obra humana es posible sin la mancomunidad llevada hasta el sacrificio de los hombres que la intentan.

 

Antes de concluir estas líneas quiero deciros que es necesario dar al prole-tariado de vanguar­dia, al mismo tiempo que un sentido realista de la historia, una voluntad heroica de creación y de realización. No basta el deseo de mejoramiento, el apetito de bienestar. Las derrotas, los fracasos del prole-tariado europeo tienen su ori­gen en el positivismo mediocre con que pávidas burocracias sindicales y blandos equipos parla-

 

 

 

 

 

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mentarios cultivaron en las masas una menta­lidad sanchopancesca y un espíritu poltrón. Un proletariado sin más ideal que la reducción de las horas de trabajo y el aumento de los centa­vos del salario, no será nunca capaz de una gran empresa histórica. Y así como hay que elevarse sobre un positivismo ventral y grosero, hay que elevarse también por encima de sentimien­tos e intereses negativos, destructores, nihilis­tas. El espíritu revolucionario es espíritu cons­tructivo. Y el proletariado, lo mismo que la burguesía, tienen sus elementos disolventes, corrosi­vos, que inconscientemente trabajan por la disolución de su propia clase.

 

No discutiré en detalle el programa del congreso. Estas líneas de saludo no son pauta sino una opinión. La opinión de un compañero inte­lectual que se esfuer-za por cumplir, sin fáciles declamaciones demagógicas, con honrado senti­do de su responsabilidad, disciplinadamente, su deber.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ADMONICION DEL 1º DE MAYO*

 

La conmemoración del 1º de Mayo, ha ido adquiriendo, en el proceso de la lucha por el so­cialismo, un sentido cada vez más profundo y preciso. Hace ya mucho tiempo que no se redu­ce a la conmemoración de los mártires de Chicago. Ese fue su punto de partida. Desde 1888 en que el Congreso de París instituyó esta con­memoración, el proletariado mundial ha reco­rrido una parte considerable del camino que conduce a la realización de sus ideales de clase. En este tiempo, se han sucedido, en su historia, muchas jornadas de luto y también muchas jor­nadas de gloria. La clase obrera ha entrado en su mayor edad. La crónica de su ascensión eco­nómica y política, registra siempre grandes acon­tecimientos, que impiden al proletariado limi­tar la significación del 1º de .Mayo a una sola efemérides. La experimentación, la actuación del socialismo ha empezado desde 1918. Quedan aún por ganar las más difíciles y largas batallas. Pero, en la lucha, la clase obrera acrecenta ince­santemente su capacidad para crear un nuevo orden: el orden socialista.

 

El 1º de mayo, afirma todos los años la so­lidaridad internacional de los traba-jadores. Es la fecha internacional, universal por excelencia. En su celebración coinciden las avanzadas del proletariado de los cinco continentes. En este hecho reside su mayor significación revoluciona­ria. Lo sienten bien los nacionalismos reacciona­rios cuando, como el fascismo, en Italia, se empeñan en proscribir esta fecha del sentimien­to de la clase trabajadora. Empeño inútil, porque nada dará un carácter más religioso y profundo a la conmemoración del 1º de mayo en el espíritu de cada obrero, que la persecución y condenación reaccionarias. El fascismo está

 

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Publicado en "Labor", Nº 8, pág. 2, Lima, 1º de mayo de 1929.

 

 

 

 

 

 

 

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resucitando en Italia la edad heroica de 1as ca­tacumbas. Este día transcurre hoy en Italia, sin comicios, sin huelga, sin himnos revolucionarios, sin banderas rojas; pero en mil hogares escon­didos se jura, con más fervor y resolución que nunca, la fe en el socialismo.

 

Hay que desterrar del 1º de mayo, todo lo que en mucho ha tenido, y tiene todavía, el rito mecánico de simple efemérides. La lucha por el socialismo no se nutre de evocaciones dolientes o coléricas ni de esperanzas exaltadas. Es, antes que nada, acción concreta, realidad pre­sente. Trabajan por el adveni-miento de una so­ciedad nueva los que todo el año disciplinada, obstinada-mente, combaten por el socialismo; no los que en ésta u otra fecha sienten un momen­táneo impulso de motín o asonada.

 

Para nuestra Vanguardia obrera, cada 1º de mayo representaría muy poco si no señalara una etapa en su propia lucha por el socialismo. Año tras año, esta fecha plantea cuestiones concre­tas, actuales. ¿Cuáles han sido los resultados y la experiencia de la acción desarrollada? ¿Cuá­les son las tareas del porvenir? El problema que hoy se presenta, en primer plano, es sin duda, un problema de organización. La vanguardia obrera tiene el deber de impulsar y dirigir la organización del proletariado peruano, misión que reclama un sentido de responsabilidad, al cual no es posible elevarse sino en la medida en que se rompa con el individualismo anarcoide, con el utopismo explosivo e inter-mitente de los que antes, guiando a veces las masas, se imaginaban que se les conduce hacia un orden nuevo con la sola virtud de la negación y la protesta. Reivindiquemos íntegra, absolutamen­te, el derecho de asociación de los trabajadores, su libertad de organización legal, en las ciuda­des, las minas y las haciendas. Y asumamos la tarea de que la reclamación de este derecho, sea la afirmación de una capacidad. He aquí la obra por cumplir; he aquí la misión por absolver. Que el 1º de mayo sirva esta vez para que, com­prendiéndolo, afirmemos, sin inútil declama-ción, la voluntad y la aptitud de realizarlas.

 

 

 

 

 

 

 

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EL CONGRESO SINDICAL LATINO‑AMERICANO

DE MONTEVIDEO*

 

 

En los días en que se imprime este número de "AMAUTA" se realiza en Montevideo el Con­greso Sindical Latino-Americano, convocado para acordar las bases de la Confederación Sindical Latino-Americana. Acontecimiento sin precedente en la historia del proletariado de la América Latina, este congreso inaugura una era de solida­ridad y de coordinación efectivas en las relacio­nes de las organizaciones proletarias del conti­nente. La comunidad de intereses y de proble­mas de las masas explotadas de la América Latina crea, por fin, una asociación internacio­nal de sus sindicatos, inspirada en la voz de orden marxista: "¡Proletarios de todos los países, uníos!"

 

Las manifestaciones de internacionalismo obrero estaban reducidas, hasta este suceso, en la escala continental, a la farsa periódica de los congresos patro-cinados por la Federación Americana del Trabajo: pan-americanismo labo­rista que no representaba otra cosa que los in­tereses del imperialismo yanqui y en el que no participaban las organizaciones de espíritu revolucionario.

 

Adelantándose a las maniobras de la interna­cional amarilla de Amsterdam y del Bureau In­ternacional del Trabajo de Ginebra para cons­tituir, con el concurso de las organizaciones re­formistas, la C.O.P.A., las vanguardias proletarias de la América Latina se han dado cita en Mon­tevideo para, después de discutir atentamente las cuestiones sindicales de estos países, dar vida a la Confederación Sindical Latino-Americana.

 

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* Publicado en "Amauta", Nº 23, pág. 91, mayo de 1929, en la sección "Movimiento Sindical" de "Panorama Móvil".

 

 

 

 

 

 

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Las principales organizaciones obreras de la América Latina están repre-sentadas en el Con­greso de Montevideo. Ocupa entre ellas el pri­mer lugar la nueva central de México, (Confe­deración Sindical Unitaria), en la que, a raíz de la disgregación de la C.R.O.M. se han agrupado sindicatos que reúnen a más de 100,000 obreros y más de 300,000 campesinos. Colombia, el Brasil, Cuba, Ecuador, Venezuela, Uruguay, Argenti­na, Chile, Bolivia, Paraguay, y el Perú, toman parte en la conferencia con delegaciones que representan efecti-vamente a las masas trabajadoras. Cerca de 800,000 obreros organizados de la América Latina han enviado sus personeros a este Congreso, cuyas delibe-raciones están destinadas a tener una gran influencia en el orien­tamiento clasista del proletariado latinoame­ricano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MANIFIESTO A LOS TRABAJADORES DE LA REPÚBLICA LANZADO POR EL COMITÉ PRO 1° DE MAYO*

 

 

El 1º de mayo ha sido, es y será, más que el motivo de recordación de la masacre de Chicago, el día en que el proletariado de todo el Universo efectúa el balance de sus activida­des y el recuento de sus acciones, para, des­pués de una crítica sincera, marcar el camino a seguir en el nuevo año a comenzar.

 

El Proletariado del Perú, también tiene esta obligación, y por eso después de estudiar una a una sus luchas, después de estudiar día a día, sus movimientos, podemos declarar que el ba­lance arroja un enorme déficit. ¿Y en qué nos fundamos para decir esto? En las acciones de los Sindicatos, en las acciones de las Federacio­nes; dentro del año hemos tenido una serie de movimientos mal planteados y peor conducidos. En la totalidad de los Sindicatos y Fede-racio­nes ha habido un marcado retroceso, hemos visto cómo en la mayoría de estos Sindicatos y Federaciones, los obreros han sido despojados por los patronos de sus más preciosas conquis­tas, hemos visto cómo los patronos con su inso­lencia inaudita han querido negar la organiza­ción, y en muchos casos lo han logrado, aunque momentáneamente, desoyendo y descono­ciendo toda comisión de reclamos, toda comi­sión de obreros que han querido poner coto a sus abusos cotidianos, hemos visto, en fin, có­mo los trabajadores han tenido que "aguantar" resignadamente tanto abuso, tanta iniquidad pa­tronal. ¿Pero por haber visto todas estas cosas podemos decir que el proletariado ha perdido

 

 

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* Publicado en "Labor", Nº 8, pág. 8, Lima, 1º de mayo de 1929.

 

 

 

 

 

 

 

 

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su fe, que las masas han perdido su entusias­mo? No; el proletariado sigue siendo el mismo, las masas no se han despojado de su sed de jus­ticia, no se han despojado de sus ansias reivin­dicatorias; lo que ha pasado, y pasa, es que no han tenido dirección, que no ha habido evolución dentro de su organiza-ción. Mientras la burguesía se ha armado de todos sus adelantos reaccio­narios, el proletariado sigue actuando como ayer, con sus mismas organizaciones a la "antigua". Y de ahí sus fracasos, de ahí sus retrocesos. Pero esta situación no puede seguir así, es pre­ciso que el Proletariado reaccione, es preciso que reconstruya sus organismos, pero dentro de un criterio clasista; es preciso que el proletariado cree sus cuadros sindicales a base de la orga­nización de empre-sa, a base de la organización por industria; no podemos seguir con organis­mos a base de oficios, la experiencia mundial precisamente nos demuestra que esta forma de organización ya ha llenado su rol dentro de la revolución social; hoy vivimos la era de la máquina, hoy que el capitalismo da su formidable ofensiva con sus siste-mas de racionalización, el proletariado tiene que re-concentrarse, tiene que centralizarse, y esto tiene que hacerlo a base de los comités de empresa, de los comités de fábri­cas, y hoy más que nunca, porque ya vemos que dentro del horizonte proletario asoma la sombra siniestra del oportunismo, del reformismo bur­gués. Tanta es la despreocupación de las masas que ha habido patrón que ha querido aprove­charse de la situación creando cajas mutuales, y asociaciones para el fomento del mutualismo, forma ésta de colaboración que el proletariado no puede aceptar. Y no porque toda asistencia social tiene que tenerla el proletariado mediante la conquista del Seguro Social, mediante la creación de fondos destinados para la jubilación y cesantía y enfermedades; pero estos fondos no pueden ser creados con el jornal del obrero, que harto sabemos que es un jornal de hambre, es­tas con-quistas tiene que efectuarlas el proleta­riado al igual que la jornada de ocho horas, es

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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decir mediante una fuerte organización de cla­se. Y como esta conquista tiene el proletariado muchas que efectuar y aún más que defender las que ha conseguido. ¿Pero todas estas rei­vindicaciones y conquistas puede efectuarlas el obrero de la ciudad solo? Sería absurdo creerlo. El obrero de la ciudad tendrá que dar el ejemplo, organizándose. Pero no podrá sostener sus luchas solo. Y es preciso que ayudemos a organizarse a los campesinos, a esos miles de asalariados para los cuales no hay leyes de acci­dentes de trabajo, ni jornada de ocho horas; te­nemos que fomentar y ayudar la organización de los mineros, de los obreros de los yacimientos petroleros, quienes hasta ahora no disfrutan sino de una sola "libertad": la de morirse de ham­bre y miseria; tenemos que despertar de su le­targo a los marinos mercantes, a los peones ex­plotados. Tenemos, en fin, que unirnos con todo el proletariado de la República para emprender nuestras conquistas. De ahí que al hablar de organización nueva, tenemos que comprender que es a base de su centralización en una cen­tral única del proletariado, que se constituya nuestra Confederación Nacional. Pero aquí surge también otro problema. El proletariado tuvo su Federación Regional, su Federación Local, nues­tra gloriosa Federación Obrera Local de Lima, organismos estos que fracasaron debido en parte a la desidia de nosotros mismos, pero más que todo por haber sido construidos dentro de un criterio que no correspon-día a nuestro medio, a nuestro modo de ser. Y fracasaron por estar moldeados dentro de un criterio anarco­sindical, que en su afán de mante-nerse "puros" actuaban hasta cierto punto dentro de un marco de ilegalidad, cosa que aprovechó hábilmente la burguesía y el Estado para caer sobre ésta en la forma que todos conocemos; de ahí la necesidad de reaccionar contra esos imperati­vos, porque ya hemos visto sus fracasos; tenemos que reaccionar contra el sistema anarco­sindical, y situarnos dentro de nuestro medio y nuestras posibilidades de organización. ¿Y có‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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mo reaccionar? En la forma que hemos apun­tado, es decir, creando nuestra Central y situán­donos dentro del marco que señalan las leyes del Estado, para de esa manera actuar en el terreno de la legalidad y concretarnos a nues­tra organización con las garantías que tiene que disfrutar todo organismo oficial-mente reconocido.

 

Para efectuar todos estos trabajos tenemos que contar con los medios de propaganda, y nin­guno puede ser más efectivo ni más practico que la prensa obrera. Debemos crearla, auspiciarla y estimularla; reaccionar contra el criterio que algunos compañeros tienen de hacer que sus Sindicatos no tomen números (con la mu­letilla de "que debemos de crear conciencia por otros me-dios, no podemos aceptar periódico porque nos comprometemos"). Debemos de reaccio­nar contra este criterio estrecho porque si algo nos hace daño es esta muletilla, y al esgrimirla nos hacemos cómplices de la situación ayudando inconscientemente a la burguesía y haciéndo­nos sospechosos de complicidad manifiesta con los patrones. Por esto debemos crear nuestra prensa; cada federación debe tener su órgano, cada sindicato su vocero. Es preciso que el pro­letariado, lo mismo que se acostumbra a com­prar el periódico burgués, deba comprar, leer y difundir el periódico de su clase. Porque así como la burguesía tiene su prensa, el proletariado debe tener la suya, que es la única que po­drá defender sus intereses, denunciar los abu­sos que con los trabajado-res se comete y servi­rá como el mejor medio, por hoy, de hacer propaganda de organización.

 

El Comité Pro 1º de Mayo en este día plantea, pues, al proletariado la nece-sidad que tiene de asociarse, de organizarse férreamente por in­dustrias, por empresa, no solamente en nuestro ambiente local, sino nacional. Las exigen-cias e imperativos de la hora presente demandara de cada trabajador, de cada marino, asalariado, mi­nero y campesino, la obligación de luchar por su

 

 

 

 

 

 

 

 

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organización, por sus organismos de clase, creando su Central (Confederación General de Traba­jadores del Perú), reaccionando contra métodos antiguos, haciéndonos reconocer oficialmente, no para colaborar con nadie, sino para obtener ma­yor libertad de acción y contener el avance reac­cionario de la burguesía, para defender nuestros salarios, para defender nuestras conquistas.

 

El Comité Pro 1º de Mayo cumple pues con lanzar esto al proletariado de la República y lo conmina a luchar por sus conquistas más inme­diatas, que son: libertad de reunión, libertad de organización, libertad de prensa obrera, liber-tad de imprenta proletaria. Son estas las conquistas más inmediatas que tiene que efectuar el prole­tariado de una manera general, aparte de sus defensas económicas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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HACIA LA CONFEDERACION GENERAL DE TRABAJADORES

DEL PERU*

 

 

El manifiesto dirigido el 1° de Mayo a los trabajadores de la República por el Comité 1º de Mayo, constituido por siete importantes organi­zaciones obreras (Federación de Chóferes, Fede­ración Textil, Federación Ferroviaria, Fede-ración Gráfica, Federación de Motoristas y Conductores, Unificación de Cerveceros de Backus y Johnston, Federación de Yanacones), planteando en términos concretos la cuestión de una cen­tral nacional, basada en el principio de la uni­dad proletaria, ha tenido enorme y eficaz reso­nancia en las masas obreras del país. Publicado por "Labor" y en hojas sueltas, circuló profusa-mente. Su llamamiento para la formación de la Confederación General de Trabajadores del Perú, fue discutido en la asamblea obrera celebrada en la Federación de Chóferes el mismo 1º de Mayo. Ahí quedó acordada la creación del comi­té provisional organizador de la Confederación, dándose mandato al Comité 1º de Mayo para in­vitar a los sindicatos a designar sus delegacio­nes. La primera reunión de estas delegaciones se realizó el 17 de mayo. En esta fecha, que desde ahora adquiere el carácter de fecha históri‑

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* Publicado en "Amauta", Nº 23, págs. 91-92, mayo de 1929, en la sección "Movimiento Sindical" de "Panorama Móvil".

La lectura cuidadosa de los artículos sobre temas sin­dicales de J.C.M. compilados en este volumen, conduce, en­tre otras afirmaciones sustanciales, a la reiteración del autor de la urgencia de la organización del proletariado, a nivel nacional, en una central sindical: la Confederación General de Trabajadores del Perú. Correspondió a Mariá­tegui la creación de la C.G.T.P., la preparación de su pri­mer Manifiesto, y los primeros pasos efectivos de su acción clasista, como se puede comprobar con los documentos que siguen a esta primera nota. Sobre este particular puede revisarse el T. III ("La Confederación General de Traba­jadores del Perú") de Apuntes para una Interpretación Marxista de Historia Social del Perú por Ricardo Martínez de la Torre. Nota de los Editores.

 

 

 

 

 

 

 

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ca para el proletariado peruano, se constituyó formalmente el comité provi-sional de la Confe­deración General de Trabajadores del Perú.

 

La cuestión que, por los hechos de todos co­nocidos, no pudo resolver el segundo Congreso Obrero, ha sido así abordada con espíritu rea­lizador y programa certero, por las organizacio­nes que suscriben el manifiesto del 1° de Mayo, que abandonando la fraseología pseudo-revolu­cionaria de los que hacían de esta fecha una simple conmemoración retórica, conmina al pro­letariado de la república a luchar por estas con­quistas inmediatas: libertad de organización, li­bertad de reunión, libertad de prensa obrera.

 

"AMAUTA" expresa su solidaridad fraterna a la vanguardia obrera del Perú en su esfuerzo, seguramente sostenido por las masas, de organi­zar, con un programa de unidad proletaria, la central del proletariado peruano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA CENTRAL SINDICAL DEL PROLETARIADO PERUANO*

 

 

El Comité provisional de la Confederación General de Trabajadores del Perú ha iniciado sus labores. Hasta la fecha, todas las organiza­ciones obreras de efectivos importantes y exis­tencia real participan en este trabajo de consti-tución de una central obrera peruana. Habla­mos, se entiende, de las organiza-ciones de ca­rácter sindical, las únicas, además, que representan gremios y masas. Los "amarillos", los mer­cenarios, servidores incondicionales de la burgue­sía, no entran ni entrarán jamás para nada en nuestros cálculos: no han representado nunca al proletariado industrial ni campe-sino, sino a fluc­tuantes agrupaciones de artesanos sin principios.

 

La formación del Comité provisional de la C.G.T.P. constituye el primer esfuerzo para es­tablecer seriamente una central sindical unitaria que unifique y dirija todas las fuerzas proleta­rias del país. La Federación Obrera Regional Peruana, surgida de la agitación de Mayo de 1919, no llegó a funcionar como organismo nacional, ni intentó la obra de propaganda y organización que presupone una verdadera central. Por esto, reconociendo los límites dentro de los cuales se desenvolvía en realidad la actividad de los sin­dicatos de la capital, se adoptó en el primer Con­greso Obrero el acuerdo de constituir la Fede­ración Obrera Local. La lógica tarea del segundo Congreso Obrero, debió ser, en 1927, el debate y votación de las resoluciones destinadas a dar vida a una central nacional. La cuestión fi‑

 

 

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* Publicado en "Amauta", Nº 24, junio de 1929, págs. 89 y 90, en la sección "Movimiento Sindical" de "Panorama Móvil".

 

 

 

 

 

 

 

 

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guraba en la orden del congreso y algo se avan­zó en el sentido de considerarla y resolverla; pero el debate suscitado en torno de una cuestión erróneamente planteada -la orientación doctri­nal- y la represión de junio, malograron, como es sabido, el éxito de este segundo congreso.

 

La necesidad de constituir una central se ha dejado sentir más marcadamente en los dos años transcurridos desde entonces. El acuerdo que el desarrollo de la acción clasista exigía a princi­pios de 1927 del segundo Congreso Obrero de Lima, se impone hoy más perentoria y apremiantemente que nunca. El movi-miento obrero sale de su etapa anarco-sindical, aleccionado por la experiencia de sus luchas y derrotas, para en­trar en una etapa en que un sentido clasista de la organización obrera prevalece sobre el anti­guo sentido corporativo, aun no del todo venci­do, y que impedía al proletariado industrial de Lima y el Callao darse cuenta de que mientras no ligara sus reivindicaciones con las del pro­letariado de provincias -industrial, minero y campesino-, ayudando a éste a organizarse, so­bre la base del principio clasista, la más ardua y trascendental tarea estaría íntegramente por abordar.

 

No faltan militantes aferrados a la idea de que la organización de sindicatos en la Repúbli­ca debe preceder a la de una central nacional. Sin duda, todo mili-tante debe trabajar, dentro de la industria a que pertenece, por aprovechar los elementos y oportunidades de agrupación sin­dical. Pero la central tiene, precisamente, por objeto ayudar a los obreros, en todo lugar y en toda industria, a organizarse sindicalmente. Más fácil será avanzar en esta labor, a base de la soli­daridad de los sindicatos existentes, que repre­sentan a masas considerables y conscientes, que sin un organismo ni un programa de con-centra­ción. Esta es una verdad evidente e incontesta­ble. El funcionamiento de una central, basada en el principio de lucha de clases y de "unidad pro­letaria", eliminando el peligro de los debates mal

 

 

 

 

 

 

 

 

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llamados ideológicos, que tanto han dividido hasta hoy a la vanguardia proletaria, sirve además para evitar desviaciones -momentáneas sin duda- como la que ha habido que deplorar últi­mamente en la directiva de la Fede-ración de Chóferes, al contemplar la cuestión del servicio vial con un criterio completamente corporativo, al renunciar a su tradición de lucha contra el "amarillismo" y el "lacayismo" del Centro Unión de Chóferes, etc.

 

Por fortuna, la comprobación de la necesi­dad de que el proletariado peruano cuente con una central unitaria se abre paso cada día más en la conciencia de las masas. La actividad del comité de la C.G.T.P. corresponde no sólo a la determinación del núcleo que inició la concen­tración de la que emanó el comité 1º de mayo y su manifiesto a la clase trabajadora, sino a una necesidad objetiva, a una exigencia evidente de la acción clasista.

 

Ha comenzado a recibir el comité provisional de la C.G.T.P. adhesiones de los grupos obreros de provincias. A medida que se conozcan en toda la República los objetivos de la central en orga­nización, tiene que acentuarse esta corriente de solidaridad de las masas trabajadoras del país con la fuerte vanguardia agrupada en la Confederación.

 

Por cierto, sería prematuro pretender de esta central, que debe hacer frente a tareas urgentes de constitución, la atención inmediata y efi­ciente de los conflictos que se producen en fá­bricas o industrias. La Confederación General de Trabajadores del Perú necesita existir formal y orgánicamente para cumplir su función en todos sus aspectos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA CONFEDERACION GENERAL DE TRABAJADORES DEL PERU*

 

 

El comité provisional de la Confederación Ge­neral de Trabajadores del Perú, ha continuado, con éxito, sus trabajos de organización. El Pro­yecto de Estatutos que publicamos en el Nº 9 de "Labor", y cuyo estudio y discusión se reco­mienda a todas las organizaciones adherentes o por adherir, ha sido ya discutido y aprobado por el comité. Con el voto de las organizaciones adhe-rentes, pasará a ser la carta fundamental de la C.G.T.P.

 

Llamamos la atención sobre este proyecto, que expresa amplia y completa-mente los fines de la Confederación General de Trabajadores del Perú, a todas las organizaciones obreras o campesinas de la República, a las comunidades indígenas, y a los grupos obreros que trabajan por dar vida, en la industria, las minas, los transportes, etc., a sus órganos sindicales. Que todos, sin excepción ni reservas, se pongan en comunicación con esta central, la primera que sobre base tan sólida y precisa, y con un programa que comprende a toda la clase trabajadora de la República, surge en el Perú con el ca­rácter de central unitaria nacional. El lema de la Confederación es "la unidad proletaria". Nin­guna dis-tinción ideológica puede ser motivo pa­ra que una asociación gremial, situada en el te­rreno clasista, rehuse su adhesión y su concurso a la nueva central, que responde a una nece­sidad evidente de la situación obrera.

 

Publicamos a continuación el texto de los Es­tatutos.

 

 

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* Publicado en "Labor", Nº 10, pág. 8, Lima, 10 de se­tiembre de 1929, en la sección Vida Sindical.

 

 

 

 

 

 

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ESTATUTOS DE LA CONFEDERACION GE­NERAL DE TRABAJADORES DEL PERU

DE LOS FINES

Art. 1.- La "Confederación General de Trabajadores del Perú", es la Central Unitaria de las organizaciones sindicales del proletariado del Perú.

Art. 2.- La C.G.T.P. se propone:

a) Agrupar en el terreno económico a todos los asala­riados del país, para la defensa de sus derechos, intereses y reivindicaciones.

b) Orientar y estimular el desarrollo del movimiento sindical mediante la propaganda oral y escrita, conduciendo a los desorganizados a inscribirse en sus respectivos sindicatos, y si estos no existen crearlos.

c) Estrechar relaciones de solidaridad con el movimien­to obrero Latino americano, por medio de la Confedera­ción Sindical Latino Americana.

d) Desarrollar la conciencia de clase de los obreros.

e) Organizar conferencia y labores de educación prole­taria, colaborar en la lucha contra el analfabetismo, auspi­ciar escuelas y cursos de enseñanza técnica, publicar pe­riódicos, revistas, libros.

CONSTITUCION

Art. 3.- La C.G.T.P., está constituida:

a) Por los sindicatos obreros del país regularmente constituidos y conforme al principio clasista obrero.

b) Por las Federaciones Obreras Locales y Regionales.

c) Por las Federaciones Obreras Nacionales de Industrias.

d) Por las Federaciones o Ligas campesinas.

e) Por las Federaciones de Comunidades Indígenas.

Art. 4.- Toda organización adherente a la C.G.T.P., es­tará representada en ella mediante una delegación en la proporción siguiente:

a) Hasta cien cotizantes con un delegado.

b) De cien a quinientos cotizantes con dos delegados.

c) De quinientos a mil cotizantes con tres delegados.

d) De mil a dos mil cotizantes con cuatro delegados.

e) A partir de dos mil cotizantes un delegado más por mil o fracción.

Art. 5.- La CG.T.P., está representada y administrada:

a) Por un Comité Confederal (cuerpo de delegados).

b) Por un Comité Ejecutivo, compuesto por un Secre­tario General, un Secretario del Exterior, un Secretario de Propaganda, un Secretario de asuntos campesinos, un Se­cretario de asuntos indígenas, un Secretario de Actas, un Tesorero, un Contador.

Art. 6.- Las decisiones sobre la marcha de la Confede­ración, serán tomadas por la Asamblea de delegados, que sesionará una vez por mes.

Art. 7.- Podrán verificarse sesiones extraordinarias, cuando lo solicite por escrito una organización adherente, indi

 

 

 

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cándose expresamente el objeto de la sesión, y asimismo cuando lo estime necesario el Comité Ejecutivo, o lo acuerde la asamblea de delegados.

Art. 8.- El Comité Ejecutivo sesionará ordinariamente una vez por semana y en caso de conflicto tantas como sea necesario.

Art. 9.- Para auxiliar el trabajo del Comité Ejecutivo, el Comité Confederal puede designar todas las comisiones que crea necesarias; las permanentes serán: de Propaganda, de Organización, de Estadística, de Cultura, de Solidaridad, de Prensa, Económica, Juvenil, Femenina, Campesina e Indíge­na. Cada comisión trabajará bajo la responsabilidad y di­rección de un miembro del Comité Ejecutivo.

Art. 10.- Las organizaciones regionales o locales de la república, podrán delegar su representación en obreros mi­litantes de la capital.

 

FONDOS

 

Art. 1l.- Los fondos de la C.G.T.P., estarán constitui­dos:

a) Por las cotizaciones ordinarias de las instituciones adherentes a razón de dos centavos mensuales por traba­jador organizado.

b) Por las cotizaciones extraordinarias de las mismas.

c) Por las erogaciones de militantes, cajas mutuales, cooperativas, etc.

d) Por el producto de la venta de publicaciones confederales, y por todos los fondos arbitrados por la Comi­sión Económica.

Art. 12.- La cuota será pagada directamente por los tra­bajadores organizados en su respectiva organización. Para tal efecto la C.G.T.P., distribuirá mensualmente la canti­dad de estampillas que crea necesaria cada organización, la cual quedará adherida en el recibo de pago que otorga cada entidad.

Art. 13.- Las cotizaciones deben de venir acompañadas de la boleta de estadística en la que se detallará la can­tidad de afiliados que cuente la organización, las cotizacio­nes habidas durante el mes respectivo, los desocupados, las bajas, y federados nuevos.

Art. 14.- Se exime del pago de cotización a aquellas organizaciones que por motivo de huelga hayan agotado sus recursos. En tal caso el libro de la C.G.T.P., en el mes de referencia indicará con una H. el estado de huelga.

 

DE LOS CONGRESOS

 

Art. 15.- La C.G.T.P., celebrará un Congreso ordinario cada dos años y extraordinariamente cuando el C.C.N. lo crea necesario, o lo soliciten la tercera parte de las orga­nizaciones adherentes al corriente de sus pagos con la Caja Central. En caso extraordinario el C.C.N. podrá adelan­tar o postergar la fecha del Congreso.

Art. 16.- La Orden del Día de los Congresos será defini­tivamente establecida por el C.C.N. y comunicada a los sin‑

 

 

 

 

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dicatos con tres meses de anticipación.

Art. 17.- El Comité Ejecutivo publicará al menos con ocho días de anticipación a la realización del Congreso, el informe general y económico de sus gestiones.

Art. 18.- Participarán en el Congreso, todas las organi­zaciones adherentes a la C.G.T.P, y las invitadas a hacerse representar por acuerdo del Comité Ejecutivo.

Art. 19.- El reglamento especial del Congreso, determinará las condiciones de asistencia y funcionamiento.

 

FEDERACIONES LOCALES

Art. 20.- En toda localidad donde hayan constituidas tres organizaciones adheridas a la C.G.T.P., estas deberán de constituir por sí propias o con el concurso del C.C.N. la Federación Local correspondiente.

Art. 21.- Son funciones de las Federaciones Locales:

a) Desarrollar una propaganda sindical activa para agru­par en los sindicatos a todos los obreros de la localidad.

b) Unificar la acción de los obreros de la localidad pa­ra la defensa más eficaz de la dignidad e intereses de la clase proletaria.

c) Secundar en todas sus partes la obra de organización y solidaridad general que realiza la C.G.T.P., en todo el país.

Art. 22.- La Federación Local independientemente de las cuotas que cada sindicato abona a la C.G.T. P., podrá fijar conforme a sus propias necesidades y de acuerdo con el Comité Confederal Nacional, la cuota que estime necesaria para atender a su propio presupuesto.

 

FEDERACIONES REGIONALES

Art. 23.-En todos los departamentos donde hayan hasta siete organizaciones federales o tres federaciones locales, deberán constituirse en Federación Regional, en idéntica forma y para llenar los mismos fines que las federaciones locales en el radio de la región.

 

FEDERACIONES NACIONALES DE INDUSTRIAS

Art. 24.-Los sindicatos de una determinada industria existente en las diversas locali-dades del país, deben de vincularse íntimamente creando en cada caso la respectiva Federación Nacional de Industria.

 

DE LAS HUELGAS Y LA SOLIDARIDAD

Art. 25.-Antes de decretar un movimiento huelguístico importante o que amenace tener serias derivaciones o com­prometer a otros sindicatos, toda organización deberá de ponerlo en conocimiento del Comité Ejecutivo de la C.G.T.P., comunicando los antecedentes y proceso del conflicto; de­cretado el movimiento podrán intervenir en el Comité de huelga uno o más delegados en calidad de consejeros.

Art. 26.-Cuando una huelga sostenida por determinada

 

 

 

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organización haya provocado conflicto de solidaridad en otras entidades, estas deberán de intervenir en el Comité de Huel­ga de la primera, y en la orientación de la lucha en general.

Art. 27.- Todo pedido de solidaridad a los sindicatos de la C.G.T. P., deberán de presentarse por intermedio de esta Central. (Se exceptúa los casos de imposibilidad mani­fiesta y de carácter extraordinario).

 

DISCIPLINA

 

Art. 28.- Todo sindicato debe de regirse por un reglamento interno que no esté en contradicción con los presen­tes reglamentos.

Art. 29.- Los sindicatos que sin causa justificada dejen de abonar tres meses consecutivos sus cuotas a la caja cen­tral de la C.G.T.P., serán privados del derecho de voto previa comunicación del Comité Ejecutivo pronunciamien­to del C.C.N.

Art. 30.- Todo delegado que falte a dos sesiones con­secutivas sin causa justificada será requerido para una más puntual asistencia, y la tercera falta cesará en sus fun­ciones comunicándose este hecho a su organización res­pectiva.

Art. 31.- Será expulsado del seno de la C.GT P. todo miembro que traicione un movimiento obrero.

Art. 32.-Cualquier medida disciplinada tomada por los sindicatos debe de ser comunicada al Comité Ejecutivo, ante el cual pueden apelar él, o los interesados; en última ins­tancia podrán apelar al Comité Confederal Nacional,

 

REFERENDUM

 

Art. 33.-El Comité Ejecutivo podrá someter a la delibe­ración de los sindicatos adherentes todos aquellos asun­tos graves y extraordinarios que afecten los intereses generales de la organización.

Art. 34.-En todos los casos el Comité Ejecutivo, infor­mará ampliamente de las causas que motivaron una reso­lución sobre las cuestiones que se someten a referéndum y comunicará inmediatamente el resultado.

 

PERIÓDICO

 

Art. 35.-La C.G.T.P., tendrá su órgano central oficial, y su redacción estará a cargo de la comisión de prensa.

 

LABEL CONFEDERAL

 

Art. 36.-Cada una y todas las organizaciones adheren­tes a la C.G.T.P., deberá usar en todos sus documentos el Label Confederal de la Central, con las iniciales C.G.T.P. Además y en cada caso debajo del título respectivo será colocada la leyenda (Adherida a la "Confederación General de Trabajadores del Perú")

 

 

 

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DISPOSICIONES GENERALES

 

Art. 37.-Toda iniciativa de reforma de la carta orgáni­ca de la C.G.T.P., deberá ser presentada ante el Comité Ejecutivo con tres meses de anticipación al Congreso. El C.C.N. remitirá a los sindicatos cualquier proyecto de mo­dificación de la carta orgánica, dos meses antes de el Con­greso para su deliberación.

Art. 38.-La Confederación General de Trabajadores del Perú, es indisoluble mientras haya organizaciones que la sostengan.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MANIFIESTO DE LA "CONFEDERACIÓN

GENERAL DE TRABAJADORES DEL PERU"

A LA CLASE TRABAJADORA DEL PAIS*

 

 

La creación de la Central del Proletariado Peruano, cierra una serie de intentos de la cla­se trabajadora por dar vida a una Federación Unitaria de los gremios obreros. En 1913, surge la "Federación Marítima y Terrestre", con sede en el Callao, y un subcomité en Lima, que des­pués de librar diferentes luchas desaparece en el año de 1915. En 1918, con ocasión de la lu­cha por la jornada de las ocho horas, se creó el Comité "Pro Ocho Horas", que llevó el movi­miento hasta su culminación. Al año siguiente, se creó el Comité "Pro Aba-ratamiento de las Subsistencias", naciendo de este Comité, la "Fe­deración Regional Peruana", que convocó el Pri­mer Congreso Obrero en 1921. En 1922 esta Fe­deración, se transformó en "Federación Obrera Local de Lima", organización que, aunque por el nombre parecía destinada únicamente a los obreros de Lima, se preocupó de los problemas de los obreros de provincias, conociendo y plan­teando reclamaciones a favor de los obreros de Huacho, campesinos de Ica, cuando la masacre de Parcona, lo mismo que cuando las masacres de indígenas de Huancané y la Mar. La heren­cia anarco-sindical, que prevalecía en ella, restó eficacia a sus actividades, originándose serios conflictos por la supremacía "ideológica", que culminaron en el Congreso Obrero Local de

 

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* Reproducido de Apuntes para una interpretación Marxis­ta de Historia Social del Perú, de Ricardo Martínez de la Torre, T. III ("La Confederación General de Trabajadores del Perú"), págs. 70 a 81. Este documento, en cuya inspi­ración y redacción participó principalmente J.C.M., fue preparado con el concurso del núcleo organizador de la C.G.T.P., con Avelino Navarro entre los más activos. Está es­crito en un lenguaje directo, con capacidad de comunicación a todos los niveles y de fácil acceso para las masas de trabajadores. Nota de los Editores.

 

 

 

 

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1926. Este Congreso, pese a la desorientación de los congresales que emplearon tres semanas en discusiones sobre la "orientación ideológica", aprobó una moción que trataba de la transfor­mación de la Local, en "Unión Sindical Perua­na". Esta resolución que al hacerse efectiva hu­biera producido un gran avance del movimien­to sindical, no pudo llevarse a la práctica, tanto por el poco apoyo que le prestaron las organi­zaciones en disolución como por la represión del mes de junio, que terminó con el Congreso y Federación Local. Mientras, en Lima, se trataba de dar vida a una Central Sindical, los obreros de provincias trabajaban en el mismo sentido, creándose en Ica la "Federación de Campesinos", en Puno la "Federación Regional del Sur", y en Trujillo, el "Sindicato Regional del Trabajo". Pero es solo el Comité Pro Primero de Mayo, de este año, el que sienta las bases para la constitución de la Central del Proletariado Peruano. El manifiesto que lanzó (reproducido en "LABOR" Nº 8) con esta ocasión, fue un llamamiento al proletariado para la creación de su Central. El nacimiento de nuestra Central no es pues obra de la casualidad, sino de todo un proceso que ha seguido el Proletariado Perua­no, en su esfuerzo de reivindicación. Las asam­bleas populares del día 30 de abril y 1º de mayo, efectuadas en el local de los compañeros chóferes de Lima, aproba-ron las conclusiones siguien­tes para la creación de nuestra Central. 1.- Lu­char por la creación de un frente único sindi­cal sin distinción de tendencias en una Central Única de Proletariado. 2.- Luchar por la crea­ción y sostenimiento de la Prensa Proletaria. 3.- Luchar por la libertad de asociación, de reu­nión, de prensa, de tribuna. 4.- Defender y ha­cer respetar las leyes que se refieren al traba­jador, hoy groseramente violadas por la reac­ción capitalista. Para aplicar estas conclusiones las asambleas autorizaron con su voto unánime al Comité Pro 1º de Mayo a que siguiera los trabajos de organización con el nombre de Comité "Pro Confederación General de Trabajado‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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res del Perú". Este Comité ensanchó su radio de acción al Callao, y el día 17, de mayo, se efectuaba la sesión en que quedó constituido el Comité Provisio-nal de la "Confederación Gene­ral de Trabajadores del Perú", integrado por delegados de las Federaciones de Chauferes, Textil, Yanaconas, y Unificación de Obreros Cerveceros, por Lima; Federación de Obreros Ferroviarios de Chosica, Federación de Tripulantes del Ca­botaje, Sociedad de Estibadores, y Sindicato de Trabajadores en Madera, por el Callao. Nacida así nuestra Confe-deración, y contando con la adhesión de la Sociedad Marítima Confederada, Unificación de Cerveceros Callao, Sociedad de Albañiles, Gremio de Fide-leros y Molineros, So­ciedad del Ferro-Carril Inglés, Industriales del Mercado del Callao, y Federación de Panaderos del Perú, más algunas del Centro y Norte, nos dirigimos a los obreros y campesinos del país, para que respon-diendo al llamado histórico de nuestra clase, procedan a crear la organización sindical, tanto en la fábrica, empresa, minas, puertos, como en las haciendas, valles y comu­nidades.

 

Hasta el presente se ha hablado siempre de organización pero en un sentido general, sin que los trabajadores hayan podido darse cuenta del tipo de organización de clase que reclama la defensa de sus intereses. La "Confede-ración Ge­neral de Trabajadores del Perú", aborda este problema delineando a grandes rasgos la forma de organización, por la cual luchará incesantemente. La situación general del país, con su in­cipiente desarrollo industrial en las ciudades, carácter feudal del latifundismo en la costa y en la sierra, ha impedido hasta el presente el desen­volvimiento clasista del proletariado. El artesanado ha recurrido a sus sociedades mutuales, viendo en ellas el único tipo de asociación obre­ra. Pero hoy que se operan grandes concentra­ciones de masas proletarias, en las minas, puer­tos, fábricas, ingenios, plantaciones, etc., este tipo de organización, que ha correspondido a la etapa del artesanado, decae dando paso al siste‑

 

 

 

 

 

 

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ma sindical. ¿Cuáles son las ventajas de la orga­nización sindical? La organiza-ción sindical en primer término tiene la ventaja de que permi­te la agrupación de todos los obreros que tra­bajan en una misma empresa, o industria, en un solo organismo sin distinción de raza, edad, sexo, o creencias, para la lucha por su mejoramiento económico, para la defensa de sus inte­reses de clase. En segundo lugar, destierra el burocratismo establecido por el sistema mutual, que entrega todo el maquinismo director en manos del presidente, que en muchos casos no es ni obrero. En tercer lugar adiestra al obrero a manejar sus intereses por sí mismo educando y desarrollando su espíritu de clase, deste-rrando al intermediario que casi siempre resulta un político oportunista. Y en cuarto lugar siendo una organización de defensa económica, resuelve todos los problemas económicos de los trabajadores, con la formación, bajo su super-vigilancia, de cajas mutuales, cooperativas, etc., que no son más que secciones del sindicato, como lo es la sección de deportes obreros, de cultura, de solida-ridad, artística, biblioteca, etc. Estas son las ventajas fundamentales de la organización sin­dical (sin que sean todas). Por eso, la Confede­ración lanza esta palabra de orden, frente al problema de la organización: la constitución de sindicatos de trabajadores, de empresa, fábri­ca, minas, marítimos, agrícolas, e indígenas. La palabra sindicato no enuncia una fórmula cerra­da. Bien sabemos que hay sitios donde no se puede establecer sindicatos, ya por falta de fa­brica, empresas, etc., o porque el solo anuncio de la palabra sindicato, siembra la alarma por los prejuicios y rezagos del ambiente. En ese caso hay que estable-cer unificaciones de oficio varios, asociaciones, o sociedades, que respondan a un sentido de clase, es decir organizaciones creadas, sostenidas, y dirigidas por obreros, sin la intervención de políticos o patrones, ni aún a título de presidentes o socios honorarios. El obrero debe de bastarse en la representa-ción y defensa de sus intereses sin necesidad de recu‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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rrir a compromisos que a la postre lo tienen que agobiar.

 

La organización sindical nace pues como una fuerza propia del proletariado que tiene que afrontar y resolver múltiples problemas de cla­se, entre los que se delinean los que tratamos en seguida.

 

Problemas del proletariado Industrial. Racionalización

 

El avance del capital financiero no encuentra mejor cauce por donde prospe-rar, que la explo­tación incesante de la clase trabajadora. El sistema actual de la racionalización de la indus­tria, nos demuestra cómo organiza la burguesía su sistema de explotación. Esta explotación la encontramos en las grandes compañías, (men­cionaremos entre otras la "Fred T. Ley y Compañía"), las cuales para su mejor "desenvolvi­miento" hacen tabla rasa de los derechos que asisten a los trabajadores, con el sistema em­pleado de destajos y "contratistas". Estos inter­mediarios para sacar su jornal que peligra ante la competencia "profesional" reciben a trabajadores, que se someten por un salario ínfimo a trabajar 9 y 10 horas diarias. El sistema implantado por la Frederik Snare Comp., en las obras portuarias del Callao, al pagar a los tra­bajadores a tanto la hora, (los peones ganan 25 centavos la hora, sin distinción de domingos o días feriados), los obliga a trabajar 10 y 12 horas diarias para llevar a su hogar un jornal que les sirve para no morirse de hambre. El sistema, en fin, de las grandes Compañías Ferrocarrileras que pagan por kilometraje, de las empresas mineras con sus sistemas de contratas creando capataces, etc. de las fábricas textiles, de maderas, empresas eléctricas, etc., con su sistema de piezas y destajos, son otros tantos métodos implantados por la racionalización de la industria. Los trabajadores, ante la carencia de trabajo unos, y ante la perspectiva de un centavo más otros, no reflexionan en el peligro de someterse a estos métodos y, cuando lo pal‑

 

 

 

 

 

 

 

 

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pan, como se encuentran desorganizados no tie­nen quién los defienda y ampare. La sección del trabajo del Ministerio de Fomento, conoce ya un sinnúmero de reclamos de esta índole, reclamos que no pueden ser todos desde que los que reclaman son sólo los más "audaces". Ante este problema no cabe pues sino la organización de las masas explotadas en sólidos sin-dicatos. A la vez que constatamos el régimen de explotación en que se debate el obrero de la ciudad, tene­mos que hacer constar la forma inhumana como es tratado y pagado el marino nacional, sin una reglamentación de salarios, sin medidas que lo defiendan de la voracidad del armador. El mari­no mercante nacional sufre una serie de priva­ciones y vejámenes: el trato soez de que hacen gala los capitanes y pilotos de buques, el sala­rio irrisorio que perciben (fluctúa de 25 a 50 soles al mes), las ningunas garantías de seguri­dad de algunos buques, hacen no ya odiosa sino imposible la vida a estos compañeros. Los mari­nos encontrarán amparo únicamente en su orga­nización, en la organización nacional a base de los comités de buques y de puertos.

 

Problema de la juventud

 

Hasta el presente el problema de la juven­tud obrera no ha sido planteado entre noso­tros, aún más, muchos no le dan importancia, pero si nos detenemos a estudiarlo veremos de manera concluyente que no puede quedar relegado y que la organización de la juventud nos dará una fuerza más activa para nuestras luchas. Consideremos a los jóvenes aprendices que tra­bajan en los talleres, fábricas, etc., y veremos cómo son explotados por el "patrón" desde el momento de su ingreso. Primeramente veremos en los talleres, que por carecer de las nociones propias del "oficio" tienen que desempeñar comisiones domésticas y otras tantas, aún en casa del "patrón" que no tienen nada que hacer con el oficio que van a aprender. La jornada de la­bor para los aprendices en el mejor de los ca­sos es de 10 horas, pero hay talleres donde tra-

 

 

 

 

 

 

 

 

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bajan hasta las 10 y 11 de la noche, es decir que se trabaja 14 horas diarias. El jornal ini­cial, si se prescinde de los que trabajan sin re­cibir nada, es de 80 centavos, o 1 sol, jornal que no varía hasta que a juicio del "patrón" el apren-diz ya es oficial; su jornal entonces sube hasta dos soles, vale decir que cuando un joven llega a oficial puede reemplazar al operario y competir con él en la ejecución de los trabajos, en una proporción de 50 ó 60 por ciento. Gene­ralmente los oficiales sirven de reemplazo para que los vean que ya saben trabajar y de esta ma­nera los jefes de talleres disponen de un perso­nal que reemplazando a los trabajadores califi­cados de "operarios" no llegan a ganar sino el 40 ó 50 por ciento del salario de éstos. Si nos encontramos con estos cuadros en los talleres en que, por la forma de trabajo que realizan, se encuentran muchas veces a la vista del públi­co, pensemos cómo pueden ser tratados los jóve­nes en las "fábricas" pequeños boliches, en el campo donde el arrendatario o dueños de huer­tas tienen a su servicio, por cada trabajador adulto, dos o tres "cholitos" que trabajan igual que los "cholos" grandes, pero que tienen la ventaja de comer menos y ganar menos tam­bién. En las minas, y empresas encontramos a los jóvenes tanto o peor explotados que en los talleres o huertas. Pero donde la explotación de la juventud llega al colmo, es induda-blemente en la propia casa del burgués. Ahí lo encontra­mos desempeñando las funciones de mandadero, ama seca, cocinera, lavandera, en fin todas las funciones propias de los "sirvientes" traba­jando desde las seis de la mañana hasta las diez u once de la noche, hora en que terminan sus labores para ir a dormir en su "cama" (que mejor la tiene el can en la casa del burgués). La forma de "reclutamiento" de estos "cholitos" nos demuestra también el espíritu medioeval de nuestra burguesía: un latifundista o gamonal manda desde sus "dominios" a criaturas arran­cadas a sus padres so pretexto de que las mandan a leer y escribir a casa de sus familiares,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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compadres, o amigos, de la ciudad, donde los hallamos descalzos, semi desnudos, y con las consabidas "costuras" en la cabeza, señales todas del buen "trato" que les dan. El salario que ga­na esta masa juvenil son los zapatos y ropa vieja, del "niño" y cinco o diez centavos, como propina a la semana. Los trabajadores conscien­tes, vale decir sindicados, tienen que afrontar de lleno este problema, el problema de la juven­tud, que es el problema de todos los explotados. Su tratamiento, su enfocamiento dentro de las luchas reivindica-cionistas, debe de ser una tarea asumida con toda la atención que merece, instituyendo dentro de cada sindicato la sección juvenil donde disfruten los jóvenes de los mis­mos derechos que los trabajadores adultos; in­tegradas por los más jóvenes y más entusiastas compañeros, estas secciones serán las que tra­tarán y resolverán los problemas propios de la juventud obrera.

 

Problema de la mujer

 

Si las masas juveniles son tan cruelmente explotadas, las mujeres proletarias sufren igual o peor explotación. Hasta hace muy poco la mu­jer proletaria tenía circunscripta su labor a las actividades domésticas en el hogar. Con el avan­ce del industrialismo entra a competir con el obrero en la fábrica, taller, empresa, etc., des­terrando el prejuicio que la encerraba a hacer vida conventual. Si la mujer avanza en la vía de su emancipación en un terreno democrático-burgués, en cambio este hecho suministra al capitalista mano de obra barata a la par que un se­rio competidor al trabajador masculino. Así la vemos en las fábricas textiles, galleterías, lavanderías, fábricas de envases y cajas de cartón, jabones, etc., en que desempeñando las mismas funciones que el obrero, desde el manejo de la máquina hasta la más mínima ocupación, gana siempre de 40 a 60 por ciento menos que el varón. Al mismo tiempo que la mujer se adies­tra para desempeñar funciones en la industria, penetra también a las actividades de oficinas,

 

 

 

 

 

 

 

 

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casas comerciales, etc., compitiendo siempre con el hombre y con gran provecho de las empre­sas industriales que obtienen una baja aprecia­ble de los salarios y aumento inmediato de sus ganancias. En la agricultura y las minas encon­tramos a la mujer proletaria en franca compe­tencia con el trabajador, y donde quiera que in­vestiguemos encontramos a grandes masas de mujeres explotadas prestando sus servicios en toda clase de actividades. Toda la defensa de la mujer que trabaja está reducida a la Ley 2851, que por su reglamentación deficiente por cierto, pese al espíritu del legislador, en la práctica no llena sus fines, y por lo tanto no impide la explotación de que es víctima la obrera. En el proceso de nuestras luchas sociales el proleta­riado ha tenido que plantear reivindicaciones precisas en su defensa; los sindicatos textiles, que son los que hasta hoy más se han preocu­pado de este problema, aunque deficientemente, en más de una ocasión han ido a la huelga con el objeto de hacer cumplir disposiciones que, estando enmarcadas en la Ley, los gerentes se han negado a cumplir. Tenemos capitalistas, (como el "amigo" del obrero, señor Tizón y Bueno), que no han trepidado en considerar como "delito" el hecho que una trabajadora haya dado indicios de que iba a ser madre. "delito" que ha determinado su despedida violenta para elu­dir las disposiciones de la Ley. En las gallete­rías la explotación de la mujer es inicua. Fe de esta aserción pueden darla los compañeros textiles y chóferes, de Lima, que en gesto solidario sostuvieron la reclamación planteada por el personal de la Compañía A. Field, en 1926. El gran incremento de las pequeñas lavande-rías, cu­yos propietarios, nacionales, asiáticos, europeos, no vacilan en ajustar más el anillo opre­sor de sus obreras exige mayor atención y ayuda a estas compañeras. (En 1926. formaron en Lima, su Federación de Lavanderas, entidad que desapareció por la poca cooperación que le pres­taron los compa-ñeros, y el rezago de prejuicio, de muchas compañeras). Las pequeñas indus-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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trias, fábricas de tapas de lata, envases, cajas de cartón, jabonerías, talleres de moda, produc­tos químicos, (la misma Intendencia de Guerra, con su sistema de trabajo que da a coser las prendas de la tropa a domicilio, pagando pre­cios irrisorios), etc., son centros de explotación despiadada de la mujer. En las haciendas, "des­pajando", "garroteando", "apañando algodón", etc., en las minas acarreando metales y demás faenas, la mujer es tratada poco menos que co­mo bestia de carga. Todo este cúmulo de "ca­lamidades" que pesa sobre la mujer explotada, no puede resolverse, sino es a base de la orga­nización inme-diata; de la misma manera que los sindicatos tienen que construir sus cuadros juveniles, deben de crear sus secciones femeninas, donde se educarán nuestras futuras militantes.

 

Problema del proletariado agrícola

 

Las condiciones de vida de las grandes ma­sas de trabajadores agrícolas, exigen también una mejor atención. En su tratamiento empíri­co se le ha confundido con el problema cam­pesino, cosa que precisa distinguir para no caer en el mismo error. ¿Quiénes forman el prole­tariado agrícola? Las grandes masas de traba­jadores, que rinden sus esfuerzos, en haciendas, huertas, chácaras, plantaciones, etc., dependien­do de la autoridad del "patrón", ejercida por el ejército de caporales, mayordomos, apuntadores y administradores, percibiendo un jornal por día o "tarea", viviendo en míseras covachas, esos son los trabajadores agrícolas. Estos trabajadores que desde las 4 de la mañana tienen que le­vantarse para pasar "lista", que trabajan hasta que cae el Sol, en sus faenas de lamperos, gaña­nes, regadores, sembradores, cortadores de caña, etc., unos al jornal y otros a "tarea" perci­biendo jornales, desde 60 centavos las mujeres y jóvenes, hasta 2.20 los adultos, no han disfru­tado hasta el presente salvo muy raras excep­ciones, (hacienda Santa Clara, Naranjal, Puente

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Piedra), de organizaciones que velen por sus inte­reses de clase; de ahí que para el trabajador agrícola es lo mismo que si no existiera Leyes de ocho horas, de Accidentes del Trabajo, de la Mujer y El Niño, etc. Los asalariados agrícolas que trabajan en las haciendas, (verdaderos latifundios), explotados miserablemente, padecien­do (por falta de cumplimiento de las disposi­ciones Sanitarias) de enfermedades como el pa­ludismo, (que debe declararse como enfer­medad profesional), percibiendo jornales de hambre, no podrán mitigar sus padecimientos, sino es por medio de su organización. No es po­sible en este manifiesto dar a conocer todas las arbitrariedades que padecen los trabajadores de nuestros valles y haciendas. Son tan agobiantes y tan penosas las condiciones de vida, que más de un periodista liberal, se ha hecho eco de ellas en las columnas de los periódicos de provin­cias, y en Lima en las informaciones de "El Mundo".

 

Precisa pues la formación de los cuadros sin­dicales formados por trabajadores agrícolas, pa­ra dar vida a los Comités de Hacienda, a los "Sindicatos de Trabajadores Agrícolas".

 

Problema campesino

 

El problema campesino guarda cierta simili­tud objetiva con el problema agrícola, en rela­ción a las faenas que representa, a la vez se iden­tifica con el problema indígena, por ser un pro­blema de la tierra, por lo tanto su trata-miento requiere un cuidado especial. Existen en el país diferentes tipos de campesinos, el "colono" o "compañero", que trabaja la tierra sólo para partir con el "patrón" sus productos o cosechas, el yanacón, que toma las tierras en arriendo (cuyo pago exige la mayoría de los hacendados en quintales de algodón) y el dueño de pequeñas parcelas de tierra, herencia de sus antepa-sados, etc.; son diversos tipos de campesinos, pero que tienen problemas comunes que resolver. En nuestro medio hay organizaciones de campesi­nos como la que existe en Ica, la "Federación de

 

 

 

 

 

 

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Campesinos de Ica", y en Lima, la "Federación General de Yanaconas"; además a lo largo de la costa existen pequeñas sociedades de regan­tes. Pero la gran masa de campesinos se encuen­tra desorganizada, los problemas que tiene que resolver son múltiples, pero los más saltantes, los más inmediatos son: baja de arriendo de la tierra, libertad de sembrar la sementera que más les convenga, repartición equitativa del agua de regadío, atajo al despojo de tierra, ha­cer valer el derecho de pagar el arrendamiento en moneda nacional, etc.; para el enfocamiento y resolución de estos problemas precisa la orga­nización campesina de la educación de las ma­sas en su rol de clase, y su concentración en ligas campesinas, en comunidades campesinas, que tiendan a la creación de la "Federación Na­cional de Ligas Campesinas".

 

Problema Indígena

 

Si el problema agrícola y campesino requie­re una gran atención, el problema indígena no puede quedar a la zaga. Al ahondar este pro­blema veremos el enlazamiento que tiene con el problema agrícola, campesino y minero, etc. De ahí que al tratar este problema desde el punto de vista sindical tiene que hacerse a base de la organización, de la educación clasista. El pro­blema indígena está ligado al problema de la tierra, y en su solución no podrá avanzarse si no es a base de la organización de las masas indígenas. El indio en nuestras serranías tra­baja de 6 a 7 meses al año, tiempo que por lo general dura la siembra y cosecha de sus pro­ductos. En los meses restantes, se dedica a tra­bajar, en los latifundios serranos y minas, unos, y otros en las haciendas de la costa, haciéndose de inmediato trabajador agrícola. Esta forma de emigración temporal concurre a exigir que se le preste toda la atención necesaria desde el punto de vista sindical. Los sindicatos, del proleta­riado agrícola, y de los mineros, tendrán una carga pesada en las tareas impuestas por la afluencia temporal de estas masas indígenas, y

 

 

 

 

 

 

 

 

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su educación por el sindicato será tanto más pe­sada también cuanto menos sea su sentido de clase. Precisa, pues, una gran labor en las co­munidades y ayllus, etc., donde deben de esta­blecerse bibliotecas, comisiones de enseñanza que luchen contra el analfabetismo, (el analfa­betismo se puede decir que es una lacra social de la raza indígena), secciones de deportes, etc., que estando a cargo de compañeros preparados, desarrollen una enseñanza activa que tienda a capacitarlos en su rol de clase, explicándoles su condición de explotados, sus derechos y los medios de reivindicarlos. De esta manera el indio será un militante del movimiento sindical, esto es soldado que luche por la liberación social de su clase. El objetivo de las comunidades será pues, la capacitación de sus componentes, y la federación de todas las comunidades en un solo frente de defensa común.

 

Inmigración

 

La afluencia cada día mayor de trabajadores inmigrantes exige que tampoco se deje de lado este problema en la organización sindical. Las organizaciones sindicales no pueden estar im­buidas de falsos prejuicios nacionalistas porque estos prejuicios favorecen íntegramente al capitalismo, que siempre encontrará elementos dóci­les entre los compañeros inmigrantes para en­frentarlos a los trabajadores "nativos" haciéndo­los desempeñar labores de crumiros y rompehuelgas. Puesto que nos agrupamos bajo prin­cipios que nos dicen "trabajadores del mundo, uníos" debemos de proceder a dar cabida en nuestros sindicatos a todos los trabajadores, asiáticos, europeos, americanos, o africanos, que reconociendo su condición de explotados, ven en el sindicato su organismo de representación y defensa; precisa que los sindicatos destaquen comisiones de militantes que, confundiéndose con los trabajadores "extran-jeros", estudien sus con­diciones de vida y sus necesidades, para plantearlas en los sindicatos, los cuales defenderán con todo interés las reivindicaciones de estos

 

 

 

 

 

 

 

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compañeros, englobándolas en los pliegos de re­clamos que presenten a las empresas. De esta manera conquistaremos a las masas de trabajadores inmigrantes, a la par que conseguiremos más de un militante consciente para nuestra organización.

 

Leyes sociales

 

El trabajador peruano hasta el presente no está aún amparado por leyes sociales eficaces. El decreto dado en 1919, sobre jornada de ocho horas, la ley de accidentes de trabajo, y la ley de protección a la mujer y el niño, apenas si son conatos de esta legislación. El decreto de las ocho horas que fue arran-cado, por la fuerza solidaria del proletariado de la capital en 1919, hasta el presente sólo ha sido cumplido en determinados sectores, en una que otra fábrica donde la fuerza de la organización de los tra­bajadores ha impedido su violación, pero des­pués, comenzando por las pequeñas fabriquitas que existen en Lima, como las de envases, cajas de cartón, zapatos, jabones, lavanderías, talleres de moda, sucursales de panaderías, etc., y lle­gando a las más grandes empresas, todas hacen tabla rasa de sus disposiciones. Con el proceso de la racionalización de la industria, esta burla se hace más descarada. Las Empre-sas Eléctri­cas Asociadas, en sus trabajos han adoptado últimamente el sistema de contratas (que no emplean ellas solas pues como ya hemos visto lo emplean otras compañías) y a tal efecto han establecido una escala de precios sobre sus dis­tintos trabajos que ha sido presentada a los obreros más calificados o más antiguos, con el dilema de su aceptación o despedida inmediata de las labores. El obrero que acepta esta tarifa de hecho se vuelve contratista, perdiendo su antigüedad, a la vez que los pocos beneficios que la legislación le acuerda. El memorial últi­mamente presentado por los obreros ferrovia­rios, también de-muestra palmariamente el no cumplimiento por las empresas ferrocarrileras de la jornada de ocho horas. La forma de pago

 

 

 

 

 

 

 

 

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de algunas fábricas y empresas (Sanguinetti y Dasso, Frederick Snare Comp.), a tanto la hora, es otra forma de burla por parte del capital. Pero si esto constatamos en Lima y Callao, pen­semos ahora cómo se cumplirá la jornada de ocho horas en las haciendas, minas, y demás in­dustrias y empresas establecidas en el territo­rio nacional. La Ley de Accidentes del Trabajo no es menos violada que la de las ocho horas. En las obras portuarias del Callao, en los bu­ques de la marina mercante nacional, en las ha­ciendas, en las minas, en las empresas petrole­ras, en fin en todas las pequeñas fábricas que existen fuera de la capital, no sólo no se cum­ple sino que se persigue con encarnizamiento a todo aquel que trate de darla a conocer a los trabajadores. La revisión y perfeccionamiento de esta Ley, es algo que interesa a toda la cla­se trabajadora. Una Ley dada en una época en que las exigencias de la vida no eran las de hoy, es claro que no podía establecer en forma equitativa, la escala de indem-nización necesaria. Por ejemplo, de acuerdo con la ley el obrero recibe como indemnización en caso de acciden­te, el 33 por ciento de su salario. Ahora, si con­sideramos la escala de salarios actuales, cuyo término medio podemos establecerlo en tres soles, veremos que el obrero recibe como indemnización 99 centavos diarios, (el salario de los peones fluctúa desde 60 centavos en la sierra, 1.20 en las haciendas, hasta 2 y 2.50 en la capi­tal, y de los obreros calificados de 3 a 6 soles diarios) cantidad que no puede satisfacer el presu-puesto de un hogar, bastante elevado con el encarecimiento de las subsisten-cias. Además la Ley establece como máximo de salario, para ate­nerse a ella, el de 100 soles mensuales, es de­cir, 4 soles diarios, de manera que en el mejor de los casos el obrero recibe de acuerdo con la Ley, 1.32, cantidad que es nece-sario remarcar hasta qué punto resulta insuficiente para el sostenimiento de un hogar. El obrero no cuenta hasta hoy con ninguna disposición que lo ampare, en caso de enfermedad, muerte (natural), vejez,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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despedida, etc. La dación de una Ley, de Seguros Sociales, que contemple todos estos casos, estableciendo en la constitución de los fondos la contri-bución en partes iguales del Capitalista y el Estado, es algo que reclama y exige el obrero al hablar de las Leyes Sociales. La Ley de pro­tección a la mujer y al niño, tampoco se puede decir que satisface las necesidades de la mu­jer proletaria, ni menos que se respete en sus términos vigentes. Ya hemos visto cuando se trata de este problema, la forma corno la mu­jer sufre y cómo es tratada en la fábrica, taller, empresas, campos, etc. El cumplimiento de ésta como de cualquier otra Ley, no puede quedar subordinado a la acción individual de los obreros, precisa disposiciones terminantes, a la vez que la entrega del control a la organización obrera como única forma de hacer efectivos los derechos legales. Por lo demás la "Confedera­ción General de Trabajadores del Perú", no es la única que adopta este punto de vista sobre las leyes de nuestra legislación social; coincide con los que han sostenido campa-ñas periodísti­cas, criticando y dando a conocer las deficien­cias e incumpli-miento de las mismas,

 

Conclusiones

 

Estudiados someramente los problemas fun­damentales de nuestra organiza-ción conviene referirse a la cuestión de la legalidad de la orga­nización que preconizamos y promovemos. Las condiciones de explotación y régimen semi es­clavista en las nueve décimas partes del Perú, hacen que los trabajadores al organizarse pien­sen en esta cuestión. Nuestra burguesía siempre ha visto en la organización obrera el "fantasma" que ha de poner coto a su régimen de explota­ción, y ha creado en torno de ella, arbitrarias leyendas. El Gobierno del Perú, como firmante del tratado de Versalles, ha reconocido el de­recho a la organización sindical de los trabajadores. Aún más, tiene establecido en el Minis­terio de Fomento, una sección a cargo del reco­nocimiento de las instituciones. La "Confedera-

 

 

 

 

 

 

 

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ción General de Trabajadores del Perú" sostiene el principio de que el sindicato para existir legal y jurídicamente, no necesita sino el acuer­do de sus asociados (pero esto no obsta para que pida su reconocimiento oficial a fin de ampararse en la legalidad). La Confederación reivindica para la organización obrera en todas las industrias y labores, el derecho a la existen­cia legal, y a la debida personería jurídica, pa­ra la representación y defensa de los intereses proletarios. Los problemas de la masa trabajadora, por lo demás no pueden resolverse ni siquiera conocerse si no es por medio de la orga­nización, de un organismo que exprese sus ne­cesidades, que estudie las deficiencias de nues­tro régimen social, que exponga y sostenga las reclamaciones de todos los trabajadores del Perú. El problema de la creación de la Central del proletariado peruano, a más de su justifi­cación histórica, tiene el de la representación genuina de la clase explotada de nuestro país. Ella no nace por un capricho del azar, nace a través de la experiencia adquirida en las luchas pasadas y como una necesidad orgánica de la masa explotada del Perú. La representación del obrero nacional hasta el presente ha sido escamoteada por falsas agrupaciones "representati­vas" que, como la Confederación Unión Univer­sal de Artesanos, y Asambleas de Sociedades Unidas, (formadas por sociedades de dudosa existencia unas, y otras carentes del espíritu de clase que anima a las or-ganizaciones de masa, por lo mismo que sus actividades se concretan a las mutuales sin preocuparse de la defensa económica porque ese no es su rol) se han atribuido tal representación sin el consenso de los que ellas creen re-presentar. La representación del obrero nacional corresponde a una Central, formada de abajo para arriba, es decir por orga­nismos nacidos en las fábricas, talleres, minas, empresas marítimas y terrestres, por los traba­jadores agrícolas y campesinos, por las grandes masas de indios explotados. Una Central que cuente con estos elementos, que albergue en su

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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seno a los sindicatos obreros del país, será la única que tendrá derecho a hablar en nombre de los trabajadores del Perú. La "Confederación General de Traba-jadores del Perú" cumpliendo con su función de tal, precisa las reivindicacio­nes inmediatas por las cuales luchará apoyada por las masas de proletarios, en defensa de sus intereses:

 

a) Respeto y cumplimiento de la jornada de ocho horas, para el trabajador de la ciudad, el campo y las minas.

 

b) Jornada de 40 horas semanales para las mujeres y menores de 18 años.

 

c) Amplio derecho de organización obrera.

 

d) Libertad de imprenta, de prensa, de reu­nión y de tribuna obrera.

 

e) Prohibición del empleo gratuito del trabajo de los aprendices.

 

f) Igual derecho al trabajo, igual tratamien­to y salario para todos los obreros, adultos y jóvenes, sin distinción de nacionalidad, raza o color, en todas las industrias y empresas; y

 

g) La "Confederación General de Trabajadores del Perú", expuestos el proceso de su crea­ción, y las reivindicaciones por las cuales lu­chará, recomienda a todos los trabajadores, a los representantes de organizaciones obreras, que en el día se pongan en contacto con esta Central comunicando sus direcciones, explicando sus problemas por resolver, a la vez que acordando su adhesión. Recomienda también la discusión y voto del proyecto de Reglamento (publicado en "LABOR" Nº 9).

 

La dirección provisional de la Central es (ca­lle de Cotabambas Nº 389, Lima), Casilla de co­rreo Nº 2076, Lima.

 

¡VIVA LA ORGANIZACION DE LOS TRABA­JADORES DE LA CIUDAD Y DEL CAMPO!

 

 

 

 

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¡VIVA EL DERECHO DE ORGANIZACION, DE TRIBUNA, DE PRENSA, DE REUNION!

 

¡VIVA LA UNION EFECTIVA DE LOS TRA­BAJADORES DEL PERU!

 

¡VIVA LA "CONFEDERACION GENERAL DE TRABAJADORES DEL PERU"!.

 

 

El Comité Ejecutivo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ESTATUTOS Y REGLAMENTOS DE LA "OFICINA DE AUTOEDUCACION OBRERA*

 

ESTATUTOS

 

1º.- La "Oficina de Auto-Educación Obrera" es el organismo oficial de cultura proletaria de la Confederación General de Trabajadores del Perú.

 

2°.- La "Oficina de Auto-Educación Obrera" es­tará constituida por compa-ñeros idóneos en las materias de cuya enseñanza se encargan.

 

3°.- La "Oficina de Auto-Educación Obrera" adopta como programa el for-mulado en la tesis sobre auto-educación obrera que publican el N° 8 de "Labor" y el Nº 24 de "Amauta".

 

Para la admisión de un nuevo miembro de la oficina, se observará la siguiente regla: pre­sentación del candidato por tres miembros y voto favorable de dos tercios del total.

 

4º.- La "Oficina de auto-educación Obrera" tiene su sede en Lima, y procurará establecer oficinas en provincias, bajo su dirección.

 

REGLAMENTO

De la Secretaría General.

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* J.C.M., en su misión de organizar el movimiento sin­dical peruano con la creación de la C.G.T.P., se impuso concomitantemente la tarea de informar y formar a los mi­litantes obreros revolucionarios y a las masas campesinas. Así, al lado de LABOR, periódico de información e ideas, -extensión de AMAUTA, revista de doctrina-, planeó la organización de la "Oficina de Auto-Educación Obrera", adaptando los criterios educativos de la Inter-nacional Sin­dical Roja. Esta auto-educación consistía en la formación básica, con asesora-miento permanente, de los alumnos, con fomento de la iniciativa y sin los riesgos del auto-didac­tismo espontáneo y asistemático. La auto-educación se orga­nizaba de acuerdo a un plan determinado, con centros consultivos, material educativo y dirección metodológica supervisada. (Ver AMAUTA, Nº 24, junio de 1929, págs. 85 a 88). Nota de los Editores.

 

 

 

 

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5°.- La representación y ejecución General de la "Oficina de Auto-Educación Obrera" corres­ponde al Secretario General.

 

6°.- Colaborará con el Secretario General, un Secretario de Comunicaciones, que tendrá a su cargo el contralor de la correspondencia no administrativa, de conformidad con las instruc­ciones que reciba del Secretario General.

 

DE LA ADMINISTRACION

 

7º.- El movimiento administrativo de la "Ofici­na de Auto-Educación Obrera" correrá a cargo de un Secretario de Administración, quien ma­nejará también la correspondencia que le res­pecta.

 

DE LAS CLASES. DE LOS PROFESORES

 

8º.- La "Oficina de Auto-Educación Obrera" tendrá dos secciones, una de cursos elementa­les y otra de cursos superiores. La primera es­tará formada por los cursos siguientes: Histo­ria del Perú, Geografía del Perú, Historia Uni­versal, Geografía Universal, Castellano y Sindi­calismo.

 

La segunda estará formada por los cursos si­guientes: Sociología, Historia de las Ideas So­ciales, Economía, Biología y Sindicalismo.

 

9°.- Un profesor regentará cada curso.

 

DE LA JUNTA GENERAL

 

10°.- La reunión de profesores constituye la Junta General, a base de cuyas decisiones se regirá la "Oficina de Auto-Educación Obrera".

 

11°.- Siendo por disciplina inobjetables las órdenes impartidas por la Secretaría General, estas sólo serán revisables por la Junta General.

 

12º.- La Junta General votará medidas disci­plinarias por mayoría, inclusive la separación de los profesores.

 

 

 

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13°.- La Junta General de la "Oficina de Auto-Educación Obrera", hará la renovación anual de su Comité en la primera semana de mayo, pu­diendo reemplazarlos en cualquier momento, si lo considera necesario.

 

 

Lima, junio de 1929.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PRINCIPIOS PROGRAMÁTICOS DEL PARTIDO SOCIALISTA*

 

El programa debe ser una declaración doc­trinal que afirme:

 

l°.- El carácter internacional de la economía contemporánea, que no consiente a ningún país evadirse a las corrientes de transformación sur­gida de las actuales condiciones de producción.

 

2°.- El carácter internacional del movimiento revolucionario del proletariado. El Partido Socialista adapta su praxis a las circunstancias concretas del país; pero obedece a una amplia visión de clase y las mismas circuns-tancias nacionales están subordinadas al ritmo de la historia mun­dial. La revolución de la independencia hace más de un siglo fue un movimiento solidario de todos los pueblos subyugados por España; la re­volución socialista es un movimiento mancomu­nado de todos los pueblos oprimidos por el ca­pitalismo. Si la revolución liberal, nacionalista por sus principios, no pudo ser actuada sin una estrecha unión entre los países sudamericanos, fácil es comprender la ley histórica que, en una época de más acentuada interdependencia y vinculación de las naciones, impone que la re­volución social, internacionalista en sus princi­pios, se opere con una coordinación mucho más disciplinada e intensa de los partidos proleta­rios. El manifiesto de Marx y Engels condensó el primer principio de la revolución proletaria en la frase histórica: "¡Proletarios de todos los países, uníos!".

 

3º.- El agudizamiento de las contradicciones

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* Este esquema de un Programa del Partido Socialista Peruano fue encargado a José Carlos Mariátegui por el Co­mité Organizador en octubre de 1928. Se reproduce de Apuntes para una Interpretación Marxista de Historia So­cial del Perú, de Ricardo Martínez de la Torre, Tomo II, págs. 398 a 402, Empresa Editora Peruana S.A., Lima, 1948. Nota de los Editores. 

Redactado por José Carlos Mariátegui, en octubre de 1928, y aprobado en el Comité Central del partido, a comienzos de 1929 (nota del Partido Comunista del Perú).

 

 

 

 

 

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de la economía capitalista. El capitalismo se desarrolla en un pueblo semi-feudal como el nuestro; en instantes en que, llegado a la etapa de los monopo-lios y del imperialismo, toda la ideología liberal, correspondiente a la etapa de la libre concurrencia, ha cesado de ser válida. El imperialismo no consiente a ninguno de estos pueblos semi-coloniales, que explota como mercados de su capital y sus mercancías y como depósitos de materias primas, un programa económico de nacionalización e industrialismo; los obliga a la especialización, a la monocultura (petróleo, cobre, azúcar, algodón, en el Perú), sufriendo una permanente crisis de artículos manufacturados, crisis que se deriva de esta rígida determinación de la producción nacional, por factores del mercado mundial capitalista.

 

4º.- El capitalismo se encuentra en su estadio imperialista. Es el capitalismo de los monopolios, del capital financiero, de las guerras imperialistas por el acaparamiento de los mercados y de las fuentes de materias brutas. La praxis del socialismo marxista en este período es la del marxismo-leninismo. El marxismo-leninismo es el método revolucionario de la etapa del imperialismo, y de los monopolios. El Partido socialista del Perú lo adopta como método de lucha.

 

5º.- La economía pre-capitalista del Perú republicano que, por la ausencia de una clase burguesa vigorosa y por las condiciones nacionales e internacionales que han determinado el lento avance del país por la vía capitalista no puede liberarse bajo el régimen burgués, enfeudado a los intereses capitalistas, coludido con la feudalidad gamonalista y clerical, de las taras y rezagos de la feudalidad colonial.

 

El destino colonial del país reanuda su proceso. La emancipación de la eco-nomía del país es posible únicamente por la acción de las masas proletarias, solidarias con la lucha antiimperialista mundial. Sólo la acción proletaria puede estimular primero y realizar después las tareas de la revolución democrático-burguesa

 

 

 

 

 

 

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que el régimen burgués es incompetente para desarrollar y cumplir.

 

6º.- El socialismo encuentra, lo mismo en la, subsistencia de las comunidades que en las grandes empresas agrícolas, los elementos de una solución socia-lista de la cuestión agraria, solución que tolerará en parte la explotación de la tierra por los pequeños agricultores, ahí donde el yanaconazgo o la pequeña propiedad recomienden dejar a la gestión individual, en tanto que se avanza en la gestión colectiva de la agricultura, las zonas donde ese género de explota-ción prevalece. Pero esto, lo mismo que el estímulo que se presta al libre resurgimiento del pueblo indígena, a la manifestación creadora de sus fuerzas y espíritu nativo, no significa en lo absoluto una romántica y antihistórica tendencia de construcción o resurrección del socialismo incaico, que corres-pondió a condiciones históricas completamente superadas y del cual sólo quedan como factor aprovechable dentro de una técnica de producción perfectamente científica, los hábitos de cooperación y socialismo de los campesinos indígenas. El socialismo presupone la técnica, la ciencia, la etapa capitalista, y no puede importar el menor retroceso en la adquisición de las conquistas de la civilización moderna, sino, por el contrario, la máxima y metódica aceleración de la incorporación de estas conquistas en la vida nacional.

 

7º.- Sólo el socialismo puede resolver el problema de una educación efecti-vamente democrática e igualitaria, en virtud de la cual cada miembro de la sociedad reciba toda la instrucción a que su capacidad le dé derecho. El régimen educacional socialista es el único que puede aplicar plena y sistema-ticamente los principios de la escuela única, de la escuela del trabajo, de las comunidades escolares y, en general, de todos los ideales de la pedagogía revolucionaria contemporánea, incompatible con los privilegios de la escuela capitalista, que condena a las clases pobres a la inferioridad cultural y hace de la ins-

 

 

 

 

 

 

 

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trucción superior el monopolio de la riqueza.

 

8º.- Cumplida su etapa democrático-burguesa, la revolución deviene, en sus objetivos y su doctrina, revolución proletaria. El partido del proletariado, capacitado por la lucha para el ejercicio del poder y el desarrollo de su propio programa, realiza en esta etapa las tareas de la organización y defensa del orden socialista.

 

9º.- El Partido socialista del Perú es la vanguardia del proletariado, la fuerza política que asume la tarea de su orientación y dirección en la lucha por la realización de sus ideales de clase.

 

REIVINDICACIONES INMEDIATAS (1)

     Reconocimiento amplio de la libertad de asociación, reunión y prensa obreras.

Reconocimiento del derecho de huelga para todos los trabajadores. Abolición de la conscripción vial.

     Sustitución de la ley de la vagancia por los artículos que consideraban específicamente la cuestión de la vagancia en el anteproyecto del Código Penal puesto en vigor por el Estado, con la sola excepción de esos artículos incompatibles con el espíritu y el criterio penal de la ley especial.

     Establecimiento de los Seguros Sociales y de la Asistencia Social del Estado.

     Cumplimiento de las leyes de accidentes de trabajo, de protección del trabajo de las mujeres y menores, de las jornadas de ocho horas en las faenas de la agricultura.

     Asimilación del paludismo en los valles de la costa a la condición de enfermedad profesional con las consiguientes responsabilidades de asistencia para el hacendado.

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(1) Anexos al programa se publicarán proyectos de tesis sobre la cuestión indígena, la situación económica, la lucha antiimperialista, que, después del debate de las secciones y de las enmiendas que en su texto introduzca el Comité Central, quedarán definitivamente formuladas en el Primer Congreso del Partido. Desde el manifiesto, el Partido dirigirá un llamamiento a todos sus adherentes, a las masas trabajadoras, para trabajar por las siguientes reivindicaciones inmediatas (nota del Partido Comunista del Perú).

 

 

 

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     Establecimiento de la jornada de siete horas en las minas y en los trabajos insalubres, peligrosos y nocivos para la salud de los trabajadores.

     Obligación de las empresas mineras y petroleras de reconocer a sus trabajadores de modo permanente y efectivo, todos los derechos que le garantizan las leyes del país.

     Aumento de los salarios en la industria, la agricultura, las minas, los transportes marítimos y terrestres v las islas guaneras, en proporción con el costo de vida y con el derecho de los trabajadores a un tenor de vida más elevado.

     Abolición efectiva de todo trabajo forzado o gratuito, y abolición o punición del régimen semi-esclavista en la montaña

     Dotación a las comunidades de tierras de latifundios para la distribución entre sus miembros en proporción suficiente a sus necesidades.

     Expropiación, sin indemnización, a favor de las comunidades, de todos los fundos de los conventos y congregaciones religiosas.

     Derecho de los yanaconas, arrendatarios, etc., que trabajen un terreno más de tres años consecutivos, a obtener la adjudicación definitiva del uso de sus parcelas, mediante anualidades no superiores al 60% del canon actual de arrendamiento. Rebaja al menos en un 50% de este canon, para todos los que continúen en su condición de aparceros o arrendatarios.

     Adjudicación a las cooperativas y a los campesinos pobres, de las tierras ganadas al cultivo por las obras agrícolas de irrigación.

     Mantenimiento, en todas partes, de los derechos reconocidos a los empleados por la ley respectiva.  Reglamentación, por una comisión parti-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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daria, de los derechos de jubilación en forma que no implique el menor menoscabo de los establecidos por la ley.

 

     Implantación del salario y del sueldo mínimo.

 

     Ratificación de la libertad de cultos y enseñanza religiosa al menos en los términos del artículo constitucional y consiguiente derogatoria del último decreto contra las iglesias no católicas. Gratuidad de la enseñanza en todos sus grados.

 

     Estas son las principales reivindicaciones por las cuales el Partido socialista luchará de inmediato. Todas ellas responden a perentorias exigencias de la emancipación material e intelectual de las masas. Todas ellas tienen que ser activamente sostenidas por el proletariado y por los elementos conscientes de la clase media*.

   

     Los grupos estrechamente ligados que se dirigen hoy al pueblo por medio de este manifiesto, asumen resueltamente, con la conciencia de un deber y una responsabilidad históricas, la misión de defender y propagar sus principios y mantener y acrecentar su Organización, a costa de cualquier sacrificio. Y las masas trabajadoras de la ciudad, el campo y las minas y el campesinado indígena, cuyos intereses y aspiraciones representamos en la lucha política, sabrán apropiarse de estas reivindicaciones y de esta doctrina, combatir perseverante y esforzadamente por ellas y encontrar, a través de esta lucha, la vía que conduce a la victoria final del socialismo.

 

¡Viva la clase obrera y campesina del Perú!

¡Viva el proletariado mundial!

¡Viva la revolución social!

     

* En el original iba el párrafo siguiente: “La Libertad del Partido para actuar públicamente, al amparo de la constitución y de las garantías, que ésta acuerda a los ciudadanos para crear y difundir sin restricciones su prensa, para realizar sus congresos y debates, es un derecho reivindicado por e1 acto mismo de la fundación pública de esta agrupación”. Desde el acuerdo del 20 de marzo de 1930, este párrafo perdió toda vigencia. (nota del PCP)

 

 

 

 

 

 

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LA NUEVA CRUZADA PRO-INDIGENA*

 

Acaba de nacer en el Cuzco una asociación de trabajadores intelectuales y manuales -pro­fesores, escritores, artistas, profesionales, obreros, campesinos- que se propone realizar una gran cruzada por el indio. Se llama Grupo Resurgimiento. Figuran en el elenco de sus fundadores los hombres representativos del indigenis­mo cuzqueño: Luis E. Valcárcel, J. Uriel García, Luis F. Paredes, Casiano Rado, Roberto La To­rre, etc. Y en las primeras sesiones del grupo han quedado incorporados otros fautores del renacimiento indígena: Francisco Choquehuanca Ayulo, Dora Mayer de Zulen, Manuel Quiroga, Julio C. Tello, Rebeca Carrión, Francisco Mosta‑

 

 

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* Publicado en "El Proceso del Gamonalismo", Boletín de Defensa Indígena de "Amauta", Nº 5, Lima, Enero de 1927. Con "La nueva cruzada Pro-Indígena" dio comienzo J.C.M. al Nº 1 de este Boletín (incorporado después a la Revista como sección eventual de "Panora-ma Móvil"), con una nota de presentación que dice así:

"A partir de este número, "Amauta" publicará men­sualmente un boletín de protesta indí-gena, destinado a de­nunciar los crímenes y abusos del gamonalismo y, de sus agentes.

"Nuestro boletín se propone únicamente la acusación documentada de los desmanes contra los indios, con el do­ble propósito de iluminar la conciencia pública sobre la tragedia indígena y de aportar una nueva serie de testi­monios al juicio, al proceso del gamonalismo.

"Los indígenas que individual o colectivamente sufran un vejamen o una expoliación, pueden hacerla conocer por medio de este boletín, que facilitándoles un instrumento de denuncia pública, les permitirá conseguir, al menos, una sanción moral para sus expolia-dores. Todas las denuncias deben venir garantizadas por las firmas de los interesados, lega-lizadas notarialmente en los casos en que esto sea po­sible. La publicación será gratuita.

"No nos encargamos absolutamente de gestiones ante las oficinas públicas. Nuestro objeto es documentar concretamente el proceso contra los gamonales. Para esta labor contamos con el concurso entusiasta de nuestra estimada co­laboradora Dora Mayer de Zulen y de los buenos supérsti­tes de la extinta Asociación Pro-Indígena". Nota de los Editores.

 

 

 

 

 

 

 

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jo y nuestro gran pintor José Sabogal. Faltan aún varios más, entre otros César Vallejo, Antenor Orrego, Enrique López Albujar, Víctor R. Haya de la Torre, Julián Palacios, Gamaliel Churata, Alejandro Peralta, Jorge Basadre, J. Eulo-gio Garrido. Pero lo que ha quedado for­mado es sólo el núcleo inicial que, poco a po­co, reforzará sus rangos con las demás personas que, en el actual período histórico, repre­sentan la causa del indio, en sus diversos aspec­tos. Yo me siendo particularmente honrado por mi incorporación.

 

El Grupo Resurgimiento no aparece intem­pestivamente. Su constitución tiene su origen inmediato en la protesta provocada en el Cuzco por recientes de-nuncias de desmanes y cruelda­des del gamonalismo. Pero ésta es únicamente la causa episódica, accidental. El proceso de ges­tación del Grupo viene de más lejos. Se confun­de con el del movimiento espiritual e ideológico suscitado por los que, partiendo de afines prin­cipios o comunes sentimientos, piensan, como ya una vez he dicho, que "el progreso del Perú será ficticio, o por lo menos no será peruano, mientras no constituya la obra y no represente el bienestar de la masa peruana, que en sus cuatro quintas partes es indígena y campesina".

 

Este movimiento anuncia y prepara una profunda transformación nacional. Quienes lo con­sideran una artificial corriente literaria, que se agotará en una declamación pasajera, no perci­ben lo hondo de sus raíces ni lo universal de su savia. La literatura y la ideología, el arte y el pensamiento nuevos, tienen en el Perú, dentro de la natural y conveniente variedad de tempe­ramentos y perso-nalidades, el mismo íntimo acento sentimental. Se cumple un complejo fe­nómeno espiritual, que expresan distinta pero coherentemente la pintura de Sabogal y la poe­sía, de Vallejo, la interpretación histórica de Valcárcel y la especulación filosófica de Orrego, en todos los cuales se advierte un espíritu pur­gado de colonialismo intelectual y estético. Por

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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los cuadros de Sabogal y Camilo Blas y los poe­mas de Vallejo y Peralta, circula la misma san­gre. En los apóstrofes de Valcárcel, de Haya de la Torre y de Gamaliel Churata se encuentra idéntico sentimiento. Los identifica hasta cierta entonación mesiánica.

 

Y el fenómeno nacional no se diferencia ni se desconecta, en su espíritu, del fenómeno mun­dial. Por el contrario, de él recibe su fermento y su impulso. La levadura de las nuevas reivin­dicaciones indigenistas es la idea socialista, no como la hemos heredado instintivamente del extinto Inkario sino como la hemos aprendido de la civilización occidental, en cuya ciencia y en cuya técnica sólo romanticismos utopistas pueden dejar de ver adquisiciones irrenunciables y magníficas del hombre moderno.

 

De la presencia de un espíritu renovador, pa­lingenésico, que se nutre a la vez de sentimiento autóctono y de pensamiento universal, tenemos presentemente muchas señales. Más o menos simultáneamente, han aparecido las revistas "AMAUTA" y "La Sierra" en Lima, "La Puna" en Ayaviri, "Facha" en Arequipa (todas no traen el mismo verbo, pero todas quieren expresar la misma verdad); nos ha dado Alejandro Peralta su libro "Ande" que lo señala como el poeta occidental, moderno, de los Andes "orientales" primitivos, hieráticos; y se ha fundado en el Cuz­co el Grupo Resurgimiento que motiva este co­mentario.

 

Hace tres semanas -justamente cuando se constituía este Grupo- escribía yo en "Mun­dial" que, terminado y liquidado el experimen­to de la Asociación Pro-Indígena, cuyo balance ha hecho con tanta lealtad su generosa animadora Dora Mayer de Zulen, las reivindicaciones de la raza habían entrado en una nueva fase y habían adquirido más amplio alcance, de modo que el antiguo método "pro-indígena", de fondo humanitario y filantrópico no era ya, absolutamente, válido.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Conforme a esta convicción, me parece evi­dente que el Grupo Resurgimiento, que llega a su debido tiempo, inicia una nueva experiencia, propia de la nueva situación histórica. Hasta en el hecho de que la voz reivindicatriz parta esta vez del Cuzco creo ver un símbolo. La sede lógi­ca de la Asociación Pro-Indígena era Lima. La sede natural del Grupo Resurgimiento es el Cuzco.

 

Este grupo, con muy buen acuerdo, en su estatuto, que por lo demás hay que considerar sólo como un boceto o un esquema, incomple­to todavía, no nos presenta un cuerpo de propo­siciones definitivas sobre el problema indígena. Se limita a declarar su solidaridad espiritual y práctica con el indio. Y declara que "mientras se concrete y defina la ideología del nuevo indio, que debe operar su transformación espiritual, enunciando y resolviendo el problema del resur­gimiento indígena", se ocupará en la realización de fines inmediatos de defensa, educación y confraternidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL PROLETARIADO CONTRA LA GUERRA

 

LA 15ª CONMEMORACION DE LA DECLARATORIA DE GUERRA DE 1914*

 

La vanguardia obrera no ha querido que la conmemoración de la declaratoria de guerra de 1914 se redujese este año a las sólitas paradas del pacifismo internacional, a las inocuas efu­siones de lágrimas y palabras de los retóricos de la fraternidad humana sobre la tumba de Jean Jaurés. Las amenazas de guerra se han mostrado, en el último año, demasiado próxi­mas para que el realismo de una vanguardia operante, que mira de frente a los hechos, sin temor de llamarlos por sus nombres, se acomo­de a la fácil repetición de esas vaguísimas de­claraciones pacifistas. El proletariado mundial ha sentido el deber de, hacer esta vez de la con­memoración de la trágica fecha una unánime, disciplinada, multitudinaria demostración contra la guerra.

 

Y la represión que el franco anuncio del ca­rácter que este año tendría la movilización del proletariado contra la guerra, ha suscitado en diversos países, es la prueba más terminante de la respuesta que las burguesías se proponen dar, en caso de inminencia bélica, a la protesta obrera. Dirigir un llamamiento a las masas tra­bajadoras para que vigilen alertas contra la insidia imperialista, contra el armamentismo, con­tra la explotación de las querellas y de los recelos entre los pueblos, significa para la burguesía internacional complotar contra el orden, incitar a la rebelión. ¿Qué mejor confesión podían ha­cer los Estados burgueses de lo que verdadera‑

 

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* Del Boletín de "Labor", Lima, lº de agosto de 1929.

 

 

 

 

 

 

 

 

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mente representan sus pactos y palabras de paz y de la solidaridad entre una política armamen­tista y belicosa, apenas disimulada por uno que otro postizo, y los intereses y los propósitos del capitalismo imperialista?

 

El proletariado mundial sabe que los votos platónicos de paz, que las condena-ciones genéri­cas de la guerra, de nada sirven. Innumerables había pronunciado la Segunda Internacional, en sus congresos y manifiestos, antes de 1914. Nin­guna estorbó la deserción de los jefes reformis­tas, la traición a los solemnes pactos a que hasta la víspera de la declaratoria de guerra se ha­bía adherido. Los partidos socialistas y las agru­paciones sindicales no pudieron hacer nada con­tra la gran masacre.

 

Por eso hoy se trata de organizar la resisten­cia a la guerra, a base de la experiencia aleccio­nadora de 1914-18, advirtiendo a las masas respec­to a todos y cada uno de los peligros de guerra, denunciando la impotencia y la ficción de los tratados y convenios imperialistas de desarme y de no agresión, oponiendo a la práctica arma­mentista -que desmiente tan inmediatamente la bella teoría antibélica o pacifista- la más vigo­rosa y metódica crítica, acrecen-tando los lazos de fraternidad y solidaridad entre los pueblos, defendiendo contra todas las acechanzas y ma­quinaciones al primer estado socialista, la pri­mera unión de repúblicas obreras y campesinas.

 

Nada más contagioso que la tendencia a elu­dir la seria y objetiva estimación de los peli­gros bélicos. La experiencia de 1914, a este res­pecto, parece haber sido completamente inútil. Son muchos los que se imaginan que por el solo hecho de ser demasiado destructora y horrible y estar reprobada por una nueva conciencia mo­ral, entre cuyos signos habría que contar el pac­to Kellog y el espíritu de Locarno, la guerra no puede desencadenarse más en el mundo.

 

Pero el examen de la economía y de la po-

 

 

 

 

 

 

 

 

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lítica mundiales condena inapelablemente esta pa­siva confianza en vagas o ficticias fuerzas mo­rales. La lucha entre los imperialismos rivales mantiene viva la amenaza bélica en el mundo. Y el odio a la U.R.S.S. hará que se olviden todas las protestas pacifistas apenas recién llegado el instante de atacarla militarmente.

 

Acabamos de asistir, con ocasión de la ruptu­ra entre la Rusia revolucionaria y la China mi­litarista y feudal -ruptura preparada por el im­perialismo capitalista- a la espontánea caída de las máscaras del legalismo, del pacifismo y del "patriotismo" burgueses. Las potencias que, en respuesta a las violencias de los "boxers", de las que no podía ser responsable el Estado y menos aún el pueblo chino, enviaron a la China la expedición punitiva del general Walder-see y le impusieron enseguida la oprobiosa obligación de pagar el costo de esta guerra criminal, han hecho esta vez todo lo que han podido para excusar la violación de un tratado internacional, el desconocimiento de la inmunidad consular, la apro­piación violenta de un ferrocarril, la prisión y la expulsión en masa de funcionarios y huéspedes de una nación amiga. El grueso, fácil, barato pretexto de la propaganda comunista ha servi­do una vez más para justificar algo que, si hu­biese estado dirigido contra alguno de los grandes Estados capitalistas de Europa no se ha­bría dejado de calificar como un acto de lesa civilización, como una muestra de la barbarie china. Y los oficiales rusos "blancos", que se han declarado dispuestos a combatir al lado de los chinos contra Rusia, han descubierto lo que vale la palabra "patriotismo" para estos misera­bles deshechos de la guardia zarista. La Santa Rusia era, para ellos, el Zar y su vergonzoso ré­gimen; no es la patria el pueblo ruso que, liquidando una autocracia degenerada, vencida en 1904 por el Japón, y en 1917 por los austro-ale­manes, se ha dado el gobierno más conforme con sus intereses y sus ideales y ha realizado con su revolución, el esfuerzo más grandioso de la historia contemporánea.

 

 

 

 

 

 

 

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El año transcurrido después de la última conmemoración de la guerra, ha sido un año de evi­dente y clamoroso recrudecimiento de la amena­za guerrera. La guerra ha estado a punto de estallar en Sur América, entre Bolivia y el Pa­raguay. Y ahora, con el conflicto ruso-chino, fo­mentado por los intereses imperialistas, reapa­rece el peligro bélico en Oriente. El proletariado, por tanto, hace bien en velar porque no sorprenda a los pueblos, inertes e ilusionados con un 1914, la guerra reaccionaria, la guerra imperialista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA FEDERACION AMERICANA DEL TRABAJO Y LA AMERICA LATINA*

 

Cuando los sindicatos de espíritu y tradición clasista de Europa o de la América Latina cali­fican a la Federación Americana del Trabajo co­mo el más obediente instrumento del capitalis­mo norteamericano, no falta quienes temen que se exagere. Los poderosos medios de propaganda de que dispone la Fede-ración Pan-Americana del Trabajo le consienten, si no conquistar, neutralizar al menos algunos sectores de la opinión popular.

 

Pero la propia Federación Americana del Trabajo se encarga con sus actos de destruir toda duda acerca de su rol. Últimamente el cable, ha registrado rápi-damente la noticia de que la cen­tral de los sindicatos reformistas de U.S.A. ha tomado netamente posición contra la inmigra­ción latinoamericana a su país. El panamerica­nismo de los obreros de la Federación no se di­ferencia mínima-mente del de los banqueros de Wall Street. La solidaridad de clase es algo que, pese a la retórica de la Confederación Pan-Americana del Trabajo, ignora radicalmente su política. Los sucesores de Gompers no tienen incon­veniente en estrechar periódicamente las manos rudas y oscuras de los delegados de los obreros del Sur en una cita pan-americana; pero rehúsan absolutamente ad-mitir su competencia en sus propios mercados de trabajo. Los tratan, en esto, como a los demás inmigrantes. No, quie­ren obreros latinoamericanos en su país, Les basta con convocarlos en Washington o La Habana, para afirmar su hegemonía sobre ellos, Las conferencias panamericanas del trabajo no son sino un aspecto de la diplomacia imperialista,

 

 

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* Publicado en "Mundial", en la sección "Lo que el ca­ble no dice'', Lima, 25 de octubre de 1929,

 

 

 

 

 

 

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Eso lo saben, en la América Latina, todos los sindicatos obreros dignos de este nombre. Y lo prueba el hecho de que para las paradas de la Confederación Pan-Americana del Trabajo, los líderes del reformismo yanqui no cuenten sino con amorfos o ficticios agregados fácilmente ma­nejables. La única central importante de la América Latina que participaba en las conferencias panameri-canas del trabajo era la C.R.O.M. Y la C.R.O.M. obedecía en esto a razones de estra­tegia nacional que Luis Araquistain ha enfocado nítidamente. La C.R.O.M. creía ganar, por este medio, el apoyo de la Federación Americana del Trabajo en la política yanqui para la Revolución Mexicana. Hoy no sólo los factores de la políti­ca mexicana han cambiado: la C.R.O.M., que al­canzara con el gobierno de Calles su más alto grado de apogeo, está casi deshecha. Primero, la ofensiva de las fuerzas que enarbolaron, muer­to Obregón, la bandera del obregonismo; ense­guida, la agrupación de las masas obreras y campesinas en una nueva central, -la que repre­sentó al proletariado mexicano en el congreso sindical de Montevideo-, han anulado el anti­guo valor de la C.R.O.M. Morones viaja por Europa, en momentos en que se discute y vota en el parlamento del país el Código del Trabajo del Licenciado Portes Gil. La C.R.O.M. asistirá a la próxima conferencia panamericana del trabajo, con sus efectivos enormemente reducidos, con su autoridad completamente disminuida.

 

Y habrá que averiguar lo que piensan los obreros de México del panameri-canismo que actúan las uniones amarillas de U.S.A., al votar por el cierre de las fronteras yanquis a las inmi­graciones del sur.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PRENSA DE DOCTRINA Y PRENSA DE INFORMACION*

 

 

Con su gran hebdomadario "Monde", Henri Barbusse reanuda, en cierto modo, el experimento de "Clarté" primera época. El comité director de "Monde" está compuesto por Einstein, Gorki, Upton Sinclair, Manuel Ugarte, Unamuno, León Bazalgette, M. Morhardt y León Werth. No es, pues, un comité de partido. Pero tampoco es un comité heterogéneo, Todos los grandes es­critores que lo constituyen, tienen ante los pro­blemas de hoy un gesto más o menos semejante o análogo, dentro de sus diferencias de tem­peramento y disciplina. Todos son hombres de izquierda, en la acepción general de esta cla­sificación, quizás un poco abstracta.

 

"Monde" no habría sido posible sin la serie de ensayos que significó la existencia de "Clarté", desde su aparición como órgano de una Internacional del Pensamiento, hasta su transforma­ción en una revista doctrinal de extrema izquier­da: "La Lutte de Classes". El experimento "Clar­té", como el de la frustrada Internacional de la Inteligencia, ha probado la imposibilidad de obtener de la cooperación de un sector muy amplio, y por tanto fuertemente matizado, de intelectua­les de izquierda, una acción doctrinal bien con­certada. Unamuno no podría suscribir, en mu­chos puntos, el pensamiento de Barbusse, mili­tante del comunismo, del mismo modo que a Morhardt no sería sensato exigirle una adhesión rigurosa a las ideas de Upton Sinclair en "El libro de la Revolución". Pero Morhardt, que ha aportado al proceso de las responsabi-lidades de la gran guerra un testimonio documentado y vi-

 

 

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* Publicado en "Labor", Nº 2, Año I, pág. 2. Lima, 24 de noviembre de 1928.

 

 

 

 

 

 

 

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goroso, tiene por este lado un estrecho contac­to con sus colegas del comité director, pareci­damente al sabio Einstein que si, consagrado a otras disciplinas intelectuales, no milita en los rangos del marxismo, colabora en cambio abier­tamente con los revolucionarios en la lucha contra el imperialismo. La línea doctrinal es fun­ción de partido. Los intelectuales, en cuanto in­telectuales, no pueden asociarse para establecerla. Su misión, a este respecto, debe conten-tarse con la aportación de elementos de crítica, in­vestigación y debate.

 

Mas, si se ha demostrado imposible, sobre estas bases demasiado extensas, una revista de doctrina, no está en el mismo caso una revis­ta de información. Y este es el carácter de "Monde", que se presenta como hebdomadario de información literaria, artística, científica, económi­ca y social. Periódico de combate, periódico con filiación, porque lucha contra todas las fuerzas y tendencias reaccionarias; pero no de partido, porque representa la cooperación de muchos es­critores y artistas, solidarios sólo en la oposi­ción a las corrientes regresivas y, con menor intensidad y eficacia, en la adhesión a los es­fuerzos por crear un orden nuevo.

 

El periódico de partido tiene una limitación inevitable: la de un público y un elenco propios. Para los lectores extraños a su política, no tie­ne generalmente sino un interés polémico. Este hecho favorece a una prensa industrial que mientras se titula prensa de información y, por ende, neutral, en realidad es la más eficaz e insidiosa propagandista de las ideas y hechos conser­vadores y la más irresponsable mistificadora de las ideas y hechos revolucionarios.

 

Hace absoluta falta, por esto, dar vida a pe­riódicos de información, dirigidos a un públi­co muy vasto, que asuman la defensa de la civi­lidad y del orden nue-vo, que denuncien implacablemente la reacción y sus métodos y que agrupen, en una labor metódica, al mayor número de escritores y artistas avanzados. Estos

 

 

 

 

 

 

 

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periódicos son susceptibles de adaptación progre­siva al tipo industrial, si el criterio administra­tivo se impone al criterio docente, y de desvia­ción refor-mista, si los absorbe gradualmente la corriente democrática, con sus resque-mores y prejuicios anti-revolucionarios. Pero, de toda suerte, constituyen una empresa que es necesa­rio acometer, sin preocuparse excesivamente de sus riesgos.

 

La presencia de Henri Barbusse, revolucio­nario honrado, de gran corazón e inteligencia, en la dirección de "Monde", es una garantía de que esta revista, no obstante la liberalidad que se permite en la elección de sus colaboradores, sa­brá mantenerse en su línea inicial. Barbusse en­cuentra, por sus antecedentes, por su talento, por su obra, un largo crédito de confianza en todos los sectores revolucionarios. La extrema izquierda de sus compañeros de "Clarté" -bajo cuya dirección y responsabilidad se cumplió la segunda etapa de este experimento- le reprocha su insuficiente marxismo. Pero es ésta una cues­tión juzgada ya, con incontestable competencia, por la crítica rusa. La formación intelectual de Barbusse, aumenta el valor de su adhesión a la causa revolu-cionaria, acrecienta el alcance de su ruptura con el viejo orden social.

 

La encuesta que "Monde" ha abierto sobre la literatura proletaria, suscitando un extenso debate internacional', debe la amplitud que desde el primer mo-mento ha alcanzado, al carácter no sectario, no partidista de este periódico. En esta encuesta participa una gama intelectual que va de André Breton y la revolución "surrealis­te" a Paul Souday, crítico del "Temps". "Monde" no admite que la literatura proletaria sea una palabra vana. Tiene sus puntos de vista propios. Pero esto no le impide desear y provocar un debate exhaustivo, consultando las más variadas opiniones. Sólo así es dable a un periódico inte­resar a grandes sectores de público.

 

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Véase en el Nº 1 de "Labor" las opiniones de André Luton, Lu Durtain, Jean Cocteau, León Werth, Waldo Frank, Franca André, Vandervelde y Unamuno.

 

 

 

 

 

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Hispano-América tiene una representación autorizada y prestigiosa en el comité de "Monde". Así el nombre de Manuel Ugarte como el del gran don Miguel de Unamuno, que da tan edificante y magnífico ejemplo de fidelidad a los deberes de la inteligencia, no encuentran sino simpatías y respeto en los pueblos de idioma español. "Monde" está destinado a conseguir un eco fecun-do en la conciencia del continente hispánico.

 

* * *

 

Las anteriores consideraciones son pertinen­tes para la explicación de nuestro experimento de "Amauta" y "LABOR"

 

Entre nosotros, "Amauta" se orienta cada vez hacia el tipo de revista de doc-trina. "LABOR" que, de una parte es una extensión de la labor de "Amauta", de otra parte tiende al tipo de pe­riódico de información. Su función no es la misma. Como la información, especialmente en nues­tro caso, no puede ser entendida en el estrecho sentido de crónica de sucesos, sino sobre todo como crónica de ideas, "LABOR" tiene respec­to a su público, que desea lo más amplio posi­ble -nuestro periódico, quincenario por el mo­mento, semanario apenas su difusión lo consien­ta, está dirigido a todos los trabajadores manua­les e intelectuales-, obligaciones de ilustración integral de las cuestiones y movimientos contem­poráneos, que una revista doctrinal desconoce. Así se explica perfectamente el que, sin adherir a la corriente que Romain Rolland acaudilla con tan eminente autoridad moral e intelectual, ha­yamos publicado en el primer número de este periódico el último capítulo de Romain Rolland sobre Tolstoy y su obra; y el que en nuestros números sucesivos, cumpliendo honradamente nues­tro deber de vulgarización e información, acen­tuemos acaso esta liberalidad, especialmente cuando se trate de opiniones y temas que no encuentran fácil acogida en la gran prensa, a pesar de su derecho a la atención pública.

 

 

 

 

 

 

 

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NUESTRA REIVINDICACION PRIMARIA: LIBERTAD DE ASOCIACION SINDICAL*

 

 

Desde mi primer contactó, hace ya más de cinco años, con los sindicatos obreros de Lima, he sostenido que la más urgente y primordial de las reivin-dicaciones de clase era la del derecho y la libertad de asociación obrera. Los sindicatos obreros que existen en Lima, son en su ma­yoría sindicatos de fábrica, surgidos de la es­pontánea necesidad de los trabajadores de un centro de trabajo más o menos importante de asociarse para su defensa, y que en esta necesi­dad, al mismo tiempo que en un grado creciente de consciencia clasista, en la lenta formación de "élites" obreras, encuentra los elementos de su desa-rrollo. Pero estas garantías naturales, estos factores dinámicos del derecho de asociación, en su forma más elemental e inevitable, no son inherentes sino a la industria, y por razones de emancipación de la consciencia proletaria, y de importancia numérica del proletariado industrial, se puede decir que sólo a la industria de la ca­pital y su contorno. Sobre la agricultura y la minería, sigue pesando un régimen feudal, casi esclavista. En las haciendas, en las minas, el de­recho de asociación es prácticamente ignorado. La iniciativa de asociar a los obreros con fines sindicales, es ahí una idea subversiva, delictuosa.

 

El derecho de asociación, en caso de conser­var alguna apariencia, está redu-cido a la toleran­cia -y, en algunas partes, ¿por qué no?, al pa­trocinio por parte de los empleadores- de ino­cuos casinos, centros sociales, clubs deportivos. Los patrones, en las haciendas y en las minas, han reglamentado a su modo, arbitraria y anti‑

 

 

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Publicado en "Labor", Nº 6, Año I, pág, 2, Lima, 2 de fe­brero de 1929.

 

 

 

 

 

 

 

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constitucionalmente, el derecho de asociación, hasta anularlo prácticamente, o convertirlo en un instrumento más de tutela y dominio de los trabajadores. En muchas haciendas, según mis datos, hasta el establecimiento de una caja mutual está prohibido. Se ve en él la amenaza, el germen de una forma más avanzada y orgánica de asociación y solidaridad obreras. El patrón controla los alimentos, las opiniones, la instruc­ción, -no ¡la ignorancia!-, de sus braceros. La fatiga, -sabido es que se burla escandalosamen­te la jornada legal de ocho horas, pues los pa­trones de minas y haciendas viven fuera de la legalidad-, la incultura, el alcoholismo, aseguran la sujeción de las miserables masas trabajadoras. La asociación las despertaría, las redimirla. Va, absoluta-mente, contra el interés patronal. Y, por consiguiente, no se le tolera.

 

Y este mismo desprecio por el derecho de asociación, se extiende a la indus-tria de provin­cias, donde el amo, asistido por cierto número de servidores domesticados e incondicionales, somete a sus trabajadores a un despotismo pri­mitivo, ante el cual el más tímido intento de asociación autónoma se presentarla como una rebelión.

 

En la propia industria de la capital, la liber­tad sindical está sujeta a las restricciones que todos sabemos; y hasta no hace mucho el sin­dicato ha sido tenido como sinónimo de club te­rrorista. Los obreros de una fábrica pueden reu­nirse y deliberar; pero desde que la organiza­ción se extiende a una industria entera, desde que asciende a un plano mayor, deviene sos­pechosa.

 

La libertad de organización, el derecho de asociación que la ley sanciona: he ahí la reivin­dicación primaria de nuestras clases trabajadoras. Hay que con-quistar, a todo trance, esta libertad; hay que afirmar, en todo instante, este derecho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PRESENTACION A "EL MOVIMIENTO OBRERO EN 1919"*

 

 

Con este documentado y sencillo estudio so­bre la huelga general de mayo de 1919, Ricardo Martínez de la Torre pone la primera piedra de una obra, a cuya ejecución deben contribuir todos los estudiosos de la cuestión social en el Perú. El movimiento proletario del Perú no ha sido reseñado ni estudiado todavía. Los conquis­tadores, los virreyes, los caudillos, los generales, los literatos, las revoluciones, de este país, en­cuentran fácilmente abundantes, aunque no siem­pre estimables, biógrafos. La crónica de la lu­cha obrera está por escribir.

 

La faena no es, en verdad, fácil. Los documen­tos de las reivindicaciones proletarias andan dispersos en hojas sueltas o eventuales y en papeles inéditos, que nadie se ha cuidado de colec­cionar. En la prensa diaria, cerrada ordina-riamente al clamor de los obreros revolucionarios, es raro hallar otra cosa que una sistemática jus­tificación de las peores represiones. Por consi­guiente, para reconstruir la crónica de una huelga, de una jornada sindical, hay que inte-rrogar a testigos generalmente imprecisos en sus ver­siones, expurgar la información confusa y hostil -simple comunicado policial en la mayoría de los casos- de los diarios, buscar entre los mi­litantes quienes conserven ejemplares de los vo­lantes y periódicos proletarios. Martínez de la Torre ha empezado su trabajo con el "paro de las subsistencias", no sólo por tratarse de la más considerable batalla del proletariado de Lima y el Callao, sino por la versión casi completa que de este suceso y de sus antecedentes y conse‑

 

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* Presentación del folleto El Movimiento Obrero en 1919, de Ricardo Martínez de la Torre, Ediciones "Amauta", 1928.

 

 

 

 

 

 

 

 

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cuencias, encuentra en "La Razón", el diario que durante poco más de tres meses dirigimos y sos­tuvimos en 1919 César Falcón y yo, y que, iniciado ya nuestro orientamiento hacia el socialismo, combatió al flanco del proletariado, con ánimo de "simpatizante", en esa vigorosa movilización de masas.

 

Esta circunstancia, y la de haber instado yo muchas veces a algunos compañe-ros a ocuparse en la tarea a la cual se entrega hoy Martí­nez de la Torre con una voluntad y un ardimien­to muy suyos, me autorizan a escribir estas bre­ves palabras preliminares para su trabajo, que inaugura una serie especial en las ediciones de "Amauta".

 

La información documental de Martínez de la Torre, en este trabajo, es bas-tante completa. El proceso del "paro de las subsistencias", cuya experiencia condujo al proletariado a su pri­mera tentativa de organización sindical nacional, bajo el principio de la lucha de clases, está aquí explicado en sus principales factores y aspectos.

 

Los juicios del autor sobre el confusionismo y desorientación de que fatalmen-te se resentía la acción obrera, en esa jornada y sus prelimina­res, me parecen demasiado sumarios. Martínez de la Torre no tiene a veces en cuenta el tono incipiente, balbuceante, instintivo de la acción clasista de 1919. Después de su victoriosa lucha por la jornada de ocho horas, es esa la prime­ra gran agitación del proletariado de Lima y el Callao, de carácter clasista. La dirección del movimiento, no puede presentar la línea severamen­te sindical, revolucionaria, que Martínez de la Torre echa de menos en ella. Por su juventud, Martínez de la Torre no aporta un testimonio personal de la lucha del 19. Juzga los hechos a la distancia, sin relacionarlos suficientemente con el ambiente histórico dentro del cual se pro­dujeron. Prefiero hallarlo intransigente, exigente, impe-tuoso, a hallarlo criollamente oportunis­ta y equívoco. Pero a condición de no omitir este reclamo a la objetividad, en mi comentario,

 

 

 

 

 

 

 

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obligado a establecer que el mérito de este tra­bajo no está en su parte crítica presurosamen­te esbozada.

 

Los escritores que concurrimos a la propa­ganda y la crítica socialistas en el Perú, tene­mos el deber de reivindicar, como historiógra­fos, las grandes jorna-das del proletariado nacio­nal. La de Mayo de 1919 es una de ellas. Nuestro joven y estimado compañero, debuta con acierto al elegirla para su primer ensayo de his­toriografía de la lucha de clases en el Perú.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PREFACIO A "EL AMAUTA ATUSPARIA"*

 

El rasgo más nuevo y significativo de la his­toriografía peruana contempo-ránea es, ciertamente, el interés por los acontecimientos, antes ignorados o desdeñados, de nuestra historia so­cial. La historia del Perú republicano ha sido escrita ordinaria y casi invariablemente como historia política, en la acepción más restric­tiva y criolla de este término. Su concepción y su factura sufren la limitación de un sentimiento de "Corte", de un espíritu burocrático y capita-lino, que convierte la historia política del país en la crónica de sus cambios de go­bierno, de su administración pública y de las crisis y sucesos que más directa y visiblemen­te determinan una y otros. Se comienza a escri­bir nuestra historia social al impulso de fuerzas ajenas y superiores -así ocurre siempre- a las del propio desarrollo de la historiografía como disciplina científica. Y no es extraño, por esto, que la tarea no esté reservada exclusivamente a los historiógrafos profesionales.

 

Ernesto Reyna, autor de esta crónica de la sublevación indígena de 1885, no es un historiógrafo sino un narrador, un periodista. "El Amau­ta Atusparia" tiene de relato y de reportaje más que, de ensayo historiográfico. Me consta que Reyna, trabajador alacre y hombre fervoroso, se ha documentado escrupulosa-mente. Los datos acopiados para este folleto constituyen un prolijo trabajo de información. Pero antes de revisar en la Biblioteca Nacional colecciones de periódicos, Reyna había interrogado a los sobrevivientes de la sublevación, a los supérstites del terror indígena y del terror reaccionario; había

 

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* Presentación de El Amauta Atusparia, por Ernesto Reyna, Ediciones "Amauta", Lima, 1930.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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recorrido, buscando sus huellas borradas y oscuras, el camino de la insu-rrección, hasta amar su escenario y entender su difícil lenguaje; había sentido, en fin, con profunda simpatía, su tema. Lo dice en las breves líneas de epílogo de la narración, en las que, como otros nos expo­nen el método de su trabajo, Reyna nos ofre­ce su explicación vital. La solidaridad con los indios que en 1925 protestaban en Huaráz con­tra la conscripción vial, -esa "mita" republi-cana que echa sobre las espaldas de la población indígena, afligidas por una nueva explotación no menos odiosa que el "tributo personal", el peso de una política de vialidad, desprovista de perspicacia económica y técnica- consintió a Reyna situarse histórica y sentimentalmente. Co­mo estos indios, se agitaban y quejaban en 1885 contra los "trabajos de la República" y el "tributo per-sonal" los que la violencia de un prefec­to iglesista provocó y empujó a la revuelta. Martín Miranda, flagelado en 1925 por incitar a la masa indígena a la protesta, acercó a Reyna al protagonista, azotado y befado, de la insurrec­ción de 1885. "Los azotes dados al compañero Martín, los sentí en carne viva". ¡Qué brotada de lo más hondo y humano, me parece esta frase!

 

Debemos a la identificación sentimental de Reyna con su tema, -más quizás que a sus dotes de narrador descubiertos no al azar por este trabajo, más todavía que a su gusto de idea­lizar un poco románticamente el episodio y los personajes-, la vida y la emoción que circulan por el relato. En una época en que prospera, en la literatura europea, la biografía novelada, sin ninguna preocupación literaria ni historia gráfica, Reyna no ha encontrado modo más cer­tero de revivir la sublevación de Atusparia que la crónica novelada. Los centinelas celosos de los fueros de la erudición y el dato, regañarán por esta intervención de la fantasía en los dominios de la historia; pero la historia misma en este caso, se anotará una ganancia. Se lee, ade­más, esta crónica como si se leyera una novela,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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antes que por su estilo, por la novedad del asun­to y sus "dramatis personae" en nuestro esque­ma mental de la historia del Perú. ¿Atusparia?? ¿Ushcu Pedro? ¡Qué insólitos y novelescos nos parecen, por la distancia, por la niebla que nos separaba de su escenario! El coronel Callirgos, el abogado Mosquera, "El Sol de los Incas", nos son indispensables como mediadores, como puntos de referencia, para aseguramos de la histo­ricidad del drama.

 

Reyna ha hecho, repito, la crónica novelada de la insurrección de Atusparia. Tal vez, en la estación en que se encuentra nuestra historiografía social, no era posible reconstruir diversamente el acontecimiento. Vendrá después el es­tudio crítico-histórico que nos explicará la sig­nificación de esta revuelta en la lucha de la po­blación indígena del Perú contra sus opresores.

 

El indio, tan fácilmente tachado de sumisión y cobardía, no ha cesado de rebelarse contra el régimen semi-feudal que lo oprime bajo la República como bajo la Colonia. La historia so­cial del Perú registra muchos acontecimientos como el de 1885; la raza indígena ha tenido mu­chos Atusparia, muchos Ushcu Pedro. Oficialmente, no se recuerda sino a Tupac Amaru, a título de precursor de la revolución de la inde­pendencia, que fue la obra de otra clase y la victoria de otras reivindicaciones. Ya se escribi­rá la crónica de esta lucha de siglos. Se están descubriendo y ordenando sus materiales.

 

La derrota de Atusparia y Ushcu Pedro es una de las muchas derrotas sufridas por la raza in­dígena. Los indios de Ancash se levantaron con­tra los blancos, protestando contra los "traba­jos de la República", contra el tributo personal. La insurrección tuvo una clara motivación eco­nómico-social. Y no es el menor mérito de Rey­na el haberla hecho resaltar, en primer térmi­no, al comienzo de su relato. Pero, cuando la revuelta aspiró a transformarse en una revolu­ción, se sintió impotente por falta de fusiles, de

 

 

 

 

 

 

 

 

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programa y de doctrina. La imaginación del pe­riodista Montestruque, criollo romántico y mi­metista, pretendió remediar esta carencia con la utopía de un retorno: la restauración del impe­rio de los incas. El oportunismo del abogado Mosquera, cacerista, alcohólico y jaranero, quería incorporar la sublevación de Huaráz en el proceso de la revuelta de Cáceres. La dirección del movimiento osciló entre la desatada fanta­sía tropical de Montestruque y el pragmatismo rabulesco y prefectural de Mosquera. Con un ideólogo como Montestruque y un tinterillo co­mo Mosquera, la insurrección indígena de 1885 no podía tener mejor suerte. El retorno román­tico al Imperio Incaico no era como plan más anacrónico que la honda y el rejón como armas para vencer a