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JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Temas de

Nuestra América

 

 

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“BIBLIOTECA AMAUTA”

LIMA-PERÚ

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA UNIDAD DE LA AMERICA INDO-ESPAÑOLA*

 

 

Los pueblos de la América española se mue­ven, en una misma dirección. La solidaridad de sus destinos históricos no es una ilusión de la literatura americanista. Estos pueblos, realmen­te, no sólo son hermanos en la retórica sino también en la historia. Proceden de una matriz única. La conquista española, destruyendo las culturas y las agrupaciones autóctonas, uniformó la fisonomía étnica, política y moral de la América Hispana. Los métodos de colonización de los españoles solidarizaron la suerte de sus colo­nias. Los conquistadores impusieron a las po­blaciones indígenas su religión y su feudalidad. La sangre española se mezcló con la sangre in­dia. Se crearon, así, núcleos de población crio­lla, gérmenes de futuras nacionalidades. Luego, idénticas ideas y emociones agitaron a las colo­nias contra España. El proceso de formación de los pueblos indo-españoles tuvo, en suma, una trayectoria uniforme.

 

La generación libertadora sintió intensamente la unidad sudamericana. Opuso a España un frente único continental. Sus caudillos obede­cieron no un ideal nacionalista, sino un ideal americanista. Esta actitud correspondía a una necesidad histórica. Además, no podía haber na­cionalismo donde no había aún nacionalidades. La revolución no era un movimiento de las po­blaciones indígenas. Era un movimiento de las poblaciones criollas, en las cuales los reflejos de la Revolución Francesa habían generado un hu­mor revolucionario.

 

Mas las generaciones siguientes no continuaron

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 6 de Diciembre de 1924. Reproducido en El Universitario, Buenos Aires, Diciembre de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

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por la misma vía. Emancipadas de España, las antiguas colonias quedaron bajo la presión de las necesidades de un trabajo de formación na­cional. El ideal americanista, superior a la rea­lidad contingente, fue abandonado. La revolu­ción de la independencia había sido un gran acto romántico; sus conductores y animadores, hom­bres de excepción. El idealismo de esa gesta y de esos hombres había podido elevarse a una altura inasequible a gestas y hombres menos ro­mánticos. Pleitos absurdos y guerras criminales desgarraron la unidad de la América Indo-Es­pañola. Acontecía, al mismo tiempo, que unos pueblos se desarrollaban con más seguridad y velocidad que otros. Los más próximos a Europa fueron fecundados por sus inmigraciones. Se beneficiaron de un mayor contacto con la civi­lización occidental. Los países hispano-america­nos empezaron así a diferenciarse.

 

Presentemente, mientras unas naciones han li­quidado sus problemas elemen-tales, otras no han progresado mucho en su solución. Mientras unas naciones han llegado a una regular organización democrática, en otras subsisten hasta ahora den­sos residuos de feudalidad. El proceso del desa­rrollo de todas estas naciones sigue la misma dirección; pero en unas se cumple más rápidamente que en otras.

 

Pero lo que separa y aisla a los países hispa­no-americanos, no es esta diversidad de horario político. Es la imposibilidad de que entre na­ciones incompletamente formadas, entre nacio­nes apenas bosquejadas en su mayoría, se con­certe y articule un sistema o un conglomerado internacional. En la historia, la comuna precede a la nación. La nación precede a toda sociedad de naciones.

 

Aparece como una causa específica de disper­sión la insignificancia de vínculos económicos hispano-americanos. Entre estos países no existe casi comercio, no existe casi intercambio. Todos ellos son, más o menos, produc-tores de materias primas y de géneros alimenticios que envían a Europa y Estados Unidos, de donde reciben, en cambio, máquinas, manufacturas, etc. Todos tie‑

 

 

 

 

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nen una economía parecida, un tráfico análogo. Son países agrícolas. Comercian, por tanto, con países industriales. Entre los pueblos hispano-americanos no hay cooperación; algunas veces, por el contrario, hay concu-rrencia. No se nece­sitan, no se complementan, no se buscan unos a otros. Funcionan económicamente como colonias de la industria y la finanza europea y norteamericana.

 

Por muy escaso crédito que se conceda a la concepción materialista de la historia, no se pue­de desconocer que las relaciones económicas son el principal agente de la comunicación y la ar­ticulación de los pueblos. Puede ser que el hecho económico no sea anterior ni superior al hecho político. Pero, al menos, ambos son consustanciales y solidarios. La historia moderna lo enseña a cada paso. (A la unidad germana se llegó a través del zollverein.* El sistema adua­nero, que canceló los confines entre los Estados alemanes, fue el motor de esa unidad que la derrota, la post-guerra y las maniobras del poincarismo no han conseguido fracturar, Austria-Hungría, no obstante la heterogeneidad de su contenido étnico, constituía, también, en sus últimos años, un organismo económico. Las nacio­nes que el tratado de paz ha dividido de Austria-Hungría resultan un poco artificiales, malgrado la evidente autonomía de sus raíces étnicas e históricas. Dentro del imperio austro-húngaro la convivencia había concluido por soldarlas económicamente. El tratado de paz les ha dado autonomía política pero no ha podido darles autonomía económica. Esas naciones han tenido que buscar, mediante pactos aduaneros, una res­tauración parcial de su funcionamiento unitario. Finalmen-te, la política de cooperación y asisten­cia internacionales, que se intenta actuar en Eu­ropa, nace de la constatación de la interdepen­dencia económica de las naciones europeas. No propulsa esa política un abstracto ideal pacifis­ta sino un concreto interés económico. Los pro­blemas de la paz han demostrado la unidad

 

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* Acuerdo aduanero.

 

 

 

 

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económica de Europa. La unidad moral, la uni­dad cultural de Europa no son menos evidentes; pero sí menos válidas para inducir a Europa a pacificarse).

 

Es cierto que estas jóvenes formaciones na­cionales se encuentran desparra-madas en un con­tinente inmenso. Pero, la economía es, en nues­tro tiempo, más poderosa que el espacio. Sus hilos, sus nervios, suprimen o anulan las distan­cias. La exigüidad de las comunicaciones y los transportes es, en América indo-española, una consecuencia de la exigüidad de las relaciones económicas. No se tiende un ferrocarril para sa­tisfacer una necesidad del espíritu y de la cultura.

 

La América española se presenta prácticamente fraccionada, escindida, balcanizada.* Sin embar­go, su unidad no es una utopía, no es una abstrac­ción. Los hombres que hacen la historia hispa­no-americana no son diversos. Entre el criollo del Perú y el criollo argentino no existe diferen­cia sensible. El argentino es más optimista, más afirmativo que el peruano, pero uno y otro son irreligiosos y sensuales. Hay, entre uno y otro, diferencias de matiz más que de color,

 

De una comarca de la América española a otra comarca varían las cosas, varía el paisaje; pero casi no varía el hombre. Y el sujeto de la historia es, ante todo, el hombre. La economía, la política, la religión, son formas de la realidad humana. Su historia es, en su esencia, la his­toria del hombre.

 

La identidad del hombre hispano-americano encuentra una expresión en la vida intelectual. Las mismas ideas, los mismos sentimientos cir­culan por toda la América indo-española. Toda fuerte personalidad intelectual influye en la cul­tura continental. Sarmiento. Martí, Montalvo no pertenecen exclusiva-mente a sus respectivas patrias; pertenecen a Hispano-América. Lo mismo que de estos pensadores se puede decir de Dario, Lugones, Silva, Nervo, Chocano y otros poetas. Rubén Darío está presente en toda la literatura hispano-americana. Actualmente, el pensamiento

 

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* Se refiere a la artificial separación de los países que conforman los Balcanes.

 

 

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de Vasconcelos y de Ingenieros tiene una reper­cusión continental. Vascon-celos e Ingenieros son los maestros de una entera generación de nuestra América. Son dos directores de su mentalidad.

 

Es absurdo y presuntuoso hablar de una cul­tura propia y genuinamente americana en germi­nación, en elaboración. Lo único evidente es que una literatura vigorosa refleja ya la mentalidad y el humor hispano-americanos. Esta literatura -poesía, novela, crítica, sociología, historia, filo­sofía- no vincula todavía a los pueblos; pero vincula, aunque no sea sino parcial y débilmen­te, a las categorías intelectuales.

 

Nuestro tiempo, finalmente, ha creado una co­municación más viva y más extensa: la que ha establecido entre las juventudes hispano-ameri­canas la emoción revolucionaria. Más bien espi­ritual que intelectual, esta comunica-ción recuer­da la que concertó a la generación de la inde­pendencia. Ahora como entonces, la emoción re­volucionaria da unidad a la América indo-española. Los intereses burgueses son concurrentes o rivales; los intereses de las masas no. Con la Revolución Mexicana, con su suerte, con su idea­rio, con sus hombres, se sienten solidarios todos los hombres nuevos de América. Los brindis pacatos de la diplomacia no unirán a estos pueblos. Los unirán, en el porvenir, los votos históricos de las muchedumbres.

 

UN CONGRESO DE ESCRITORES HISPANO-AMERICANOS*

 

Edwin Elmore, escritor de inquieta inteligen­cia y de espíritu fervoroso, propugna la reunión de un congreso libre de intelectuales hispano-americanos. El anhelo de Elmore no se detiene, naturalmente, en la mera aspiración de un con­greso. Elmore formula la idea de una organiza­ción del pensamiento hispano-americano. El con­greso no sería sino un instrumento de esta idea. La iniciativa de Elmore merece ser seriamente examinada y discutida en la prensa. Luis Ara‑

 

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* Publicado en Mundial: Lima, 19 de Enero de 1925.

 

 

 

 

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quistain ha abierto este debate, en El Sol de Ma­drid, en un artículo en el cual declara su adhesión a la iniciativa. Los comentarios de Araquis­tain tienden, además, a precisarla y esclarecerla. Elmore habla de un congreso de intelec-tuales. Araquistain restringe «este equívoco y a veces presuntuoso vocablo a su acepción corriente de hombres de letras». La adhesión de Araquistain es entusiasta y franca. «El solo encuentro -escribe Araquistain- de un grupo de hombres pro­cedentes de una veintena de naciones, dedicados por profesión a algunas de las formas más deli­cadas de una cultura, a la creación artística o al pensamiento original, y ligados, sobre todo per­sonalismo, por un sentimiento de homogeneidad espiritual, multiforme en sus variedades nacionales e indivi-duales, sería ya un espléndido prin­cipio de organización. No hay inteligencia mutua ni obra común si los hombres no se conocen antes como hombres».

 

En el Perú, la proposición de Elmore difun­dida desde hace algunos meses entre los hom­bres de letras de varios países hispano-america­nos, no ha sido todavía debidamente divulgada y estudiada. No he leído, a este respecto, sino unas notas de Antonio G. Garland -intelectual rea­cio por temperamento y por educación a toda criolla "conjuración del silencio"- aplaudiendo y exaltando el congreso propuesto.

 

Me parece oportuno y conveniente participar en este debate hispano-americano, aunque no sea sino para que la contribución peruana a su éxi­to, por la pereza o el desdén con que nuestros intelectuales se comportan generalmente ante estos temas, no resulte demasiado exigua. La cues­tión fundamental del debate —la organización del pensamiento hispano-americano— reclama atención y estudio, lo mismo que la cuestión ac­cesoria -la reunión de un congreso dirigido a este fin-. A su examen deben concurrir todos los que puedan hacer alguna reflexión útil. No se trata, evidentemente, de un vulgar caso de compilación o de cosecha de adhesiones. Una reco-lección de pareceres, más o menos unánimes y uniformes, sería, sin duda, una cosa muy pobre

 

 

 

 

 

 

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y muy monótona. Sería, sobre todo, un resultado demasiado incompleto para la noble fatiga de Edwin Elmore. Que opinen todos los escritores, los que comparten y los que no. comparten las esperanzas de Elmore y de los fautores de su ini­ciativa. Yo, por ejemplo, soy de los que no las comparten. No creo, por ahora, en la fecundidad de un congreso de hombres de letras hispano-americanos. Pero simpatizo con la discusión de este proyecto. Juzgo, por otra parte, que polemi­zar con una tesis es, tal vez, la mejor manera de estimularla y hasta de servirla. Lo peor que le podría acontecer a la de Elmore sería que todo el mundo la aceptase y la suscribiese sin ningu­na discrepancia. La unanimidad es siempre infecunda.

 

Me declaro escéptico respecto a los probables resultados del Congreso en proyecto. Mi escep­ticismo no tiene, por supuesto, las mismas razo­nes que las del poeta Leopoldo Lugones. (Ha dicho Elmore, quien ha interrogado a muchos in­telectuales hispano-americanos, que Lugones se ha mostrado «si no por completo, casi del todo escéptico en cuanto a la idea». Más tarde, Lugones, en una fiesta literaria del Centenario de Ayacucho, nos ha definido explícita y claramen­te su actitud espiritual -actitud inequívocamen­te nacio-nalista, reaccionaria, filofascista- sobre la cual podía habernos antes inducido en error la colaboración del poeta argentino en la Sociedad de las Naciones).

 

Pienso, en primer lugar, que el sino de estos congresos es el de concluir des-naturalizados y desvirtuados por las especulaciones del íbero-americanismo profesional. Casi inevitablemente, estos congresos degeneran en vacuas academias, esterilizadas por el íbero-americanismo formal y retórico de gente figurativa e histrionesca. Cierto que Elmore propone un "congreso libre" y que Araquistain agrega, precisando el término, "libre, es decir, fuera de todo patrocinio oficial". Pero el propio Aráquistain sostiene, en seguida, que «no estaría demás invitar a las organizaciones de hombres de letras ya existentes: Sociedades de Autores Dramáticos, Asociaciones de Escritores,

 

 

 

 

 

 

 

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P.E.N. Clubs de Lengua Castellana y Portugue­sa, Asociaciones de la Prensa, etc.». La hetero­geneidad de la composición del congreso aparece, pues, prevista y admitida desde ahora por los mismos escritores de homogeneidad espiritual. Los cortesanos intelectuales del poder y del di­nero invadirían la Asamblea adulterándola y mistificándola. Porque, ¿cómo calificar, cómo filtrar a los escritores? ¿Cómo decidir sobre su ca­pacidad y título para par-ticipar en el Congreso?

 

Estas no son simples objeciones de procedi­miento o de forma. Enfocan la cuestión misma de la posibilidad de actuar, práctica y eficazmente, la inicia-tiva de Edwin Elmore. Yo creo que ésta es la primera cuestión que hay que plantearse. Que conviene averiguar, previamente, antes de avanzar en la discusión de la idea, si existe o no la posibilidad de realizarla. No digo de realizarla en toda su pureza y en toda su integridad, pero si, al menos, en sus rasgos esenciales, La deformación práctica de la idea del Congreso de Escri-tores Hispano-Americanos traería aparejada ineluctablemente la de sus fines y la de su fun­ción. De una asamblea intelectual, donde preva­leciese numérica y espiritualmente la copiosa fauna de grafómanos y retores tropicales y mega-lómanos, que tan propicio clima encuentra en nuestra América, podría salir todo, menos un esbozo vital de organización del pensamiento his­pano-americano. Meditelo Edwin Elmore, a quien estoy seguro que el fin preocupe mucho más que el instrumento.

 

Viene luego otra cuestión: la de la oportuni­dad. Vivimos en un período de plena beligeran­cia ideológica. Los hombres que representan una fuerza de renovación no pueden concertarse ni confundirse, ni aun eventual o fortui-tamente, con los que representan una fuerza de conservacion o de regresión. Los separa un abismo histórico. Hablan un lenguaje diverso y no tienen una in­tuición común de la historia. El vínculo intelec­tual es demasiado frágil y hasta un tanto abstrac­to. El vinculo espiritual es, en todo caso, mucho más potente y válido.

 

 

 

 

 

 

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¿Quiere decir esto que yo no crea en la urgen­cia de trabajar por la unidad de Hispano-Amé­rica Todo lo contrario. En un artículo reciente, me he declarado propugnador de esa unidad. Nuestro tiempo -he escrito- ha creado en la América española una comunicación viva y extensa: la que ha establecido entre las juventudes la emoción revolucionaria. Más bien espiritual que intelectual, esta comunicación recuerda la que concertó a la generación de la independencia.

 

Pienso que hay que juntar a los afines, no a los dispares. Que hay que aproximar a los que la historia quiere que estén próximos. Que hay que solidarizar a los que la historia quiere que sean solidarios. Esta me parece la única coordinación posible. La sola inteligencia con un preciso y efectivo sentido histórico.

 

Hablar vaga y genéricamente de la organiza­ción del pensamiento hispano-americano es, hasta cierto punto, fomentar un equívoco. Un equí­voco análogo al de ese íbero-americanismo de uso externo que todos sabemos tan artificial y tan ficticio; pero que muy pocos nos negamos explí­citamente a sostener con nuestro consenso. Creando ficciones y mitos, que no tienen siquiera el mérito de ser una grande, apasionada y sincera utopía, no se consigue, absolutamen-te, unir a estos pueblos. Más probable es que se consiga separarlos, puesto que se nubla con confusas ilu­siones su verdadera perspectiva histórica.

 

Conviene considerar estos temas con un crite­rio más objetivo, más realista. Por haber sido tratados casi siempre superficial o románticamen­te, apenas están desflorados. Dejo para otro día la cuestión de la posibilidad y de la necesidad de organizar el pensamiento hispano-americano. Creo indispen-sable, ante todo, formular una in­terrogación elemental. ¿Existe ya un pensa-mien­to característicamente hispano-americano? He aquí un punto que debe esclarecer este debate.

 

 

 

 

 

 

 

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¿EXISTE UN PENSAMIENTO HISPANO-AMERICANO?*

 

I

 

Hace cuatro meses, en un artículo sobre la idea de un congreso de intelec-tuales íbero-americanos, formulé esta interrogación. La idea del congreso ha hecho, en cuatro meses, mucho camino. Apa­rece ahora como una idea que, vaga pero simul­táneamente, latía en varios núcleos intelectuales de la América indo-íbera. Como una idea que germinaba al mismo tiempo en diversos centros nerviosos del continente. Esquemática y embrio­naria todavía, empieza hoy a adquirir desarrollo y corporeidad.

 

En la Argentina, un grupo enérgico y volitivo se propone asumir la función de animarla y rea­lizarla. La labor de este grupo tiende a eslabo­narse con la de los demás grupos íbero-america­nos afines. Circulan entre estos grupos algunos cuestionarios que plantean o insinúan los temas que debe discutir el congreso. El grupo argentino ha bosquejado el programa de una "Unión Lati­no-Americana". Existen, en suma, los elementos preparatorios de un debate, en el discurso del cual se elaborarán y se precisarán los fines y las bases de este movimiento de coordinación o de organización del pensamiento hispano-america­no como, un poco abstractamente aún suelen de­finirlo sus iniciadores.

 

II

 

Me parece, por ende, que es tiempo de consi­derar y esclarecer la cuestión planteada en mi mencionado artículo. ¿Existe ya un pensamiento caracterís-ticamente hispano-americano? Creo que, a este respecto, las afirmaciones de los fautores de su organización van demasiado lejos. Ciertos conceptos de un mensaje de Alfredo Palacios a la juventud universitaria de Ibero-América, han inducido, a algunos temperamentos excesivos y

 

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* Publicado en Mundial: Lima, 19 de Mayo de 1925. Reproducido en El Argentino: La Plata, 14 de Junio de 1925

 

 

 

 

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tropicales, a una estimación exorbitante del va­lor y de la potencia del pensa-miento hispano-­americano. El mensaje de Palacios, entusiasta y optimista en sus aserciones y en sus frases, como convenía a su carácter de arenga o de proclama, ha engendrado una serie de exageraciones. Es indispensable, por ende, una rectificación de esos conceptos demasiado categóricos.

 

«Nuestra América -escribe Palacios- hasta hoy ha vivido de Europa tenién-dola por guía. Su cultura la ha nutrido y orientado. Pero la última guerra ha hecho evidente lo que ya se adivinaba: que en el corazón de esa cultura iban los gérme­nes de su propia disolución». No es posible sorprenderse de que estas frases hayan estimulado una interpretación equivocada de la tesis de la decadencia de Occidente. Palacios parece anun­ciar una radical independiza-ción de nuestra América de la cultura europea. El tiempo del verbo se presta al equívoco. El juicio del lector simplista deduce de la frase de Palacios que "hasta ahora la cultura europea ha nutrido y orientado" a América; pero que desde hoy no la nutre ni orienta más. Resuelve, al menos, que desde hoy Europa ha perdido el derecho y la capacidad de influir espiritual e intelec-tualmente en nuestra joven América. Y este juicio se acentúa y se exa­cerba, inevitablemente, cuando, algunas líneas después, Palacios agrega que "no nos sirven los caminos de Europa ni las viejas culturas" y quie­re que nos emanci-pemos del pasado y del ejem­plo europeos.

 

Nuestra América, según Palacios, se siente en la inminencia de dar a luz una cultura nueva. Extremando esta opinión o este augurio, la revista Valoracio-nes habla de que «liquidemos cuentas con los tópicos al uso, expresiones agónicas del alma decrépita de Europa».

 

¿Debemos ver en este optimismo un signo y un dato del espíritu afirmativo y de la voluntad creadora de la nueva generación hispano-ameri­cana? Yo creo reconocer, ante todo, un rasgo de la vieja e incurable exaltación verbal de nuestra América. La fe de América en su porvenir no necesita alimentarse de una artificiosa y retórica

 

 

 

 

 

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exageración de su presente. Está bien que América se crea predestinada a ser el hogar de la futura civilización. Está bien que diga "Por mi raza hablará el espíritu".* Está bien que se con­sidere elegida para enseñar al mundo una verdad nueva. Pero no que se suponga en vísperas de reemplazar a Europa ni que declare ya fene­cida y tramontada la hegemonía intelectual de la gente europea.

 

La civilización occidental se encuentra en cri­sis; pero ningún indicio existe aún de que resul­te próxima a caer en definitivo colapso. Europa no está, como absurdamente se dice, agotada y paralítica. Malgrado la guerra y la post-guerra conserva su poder de creación, Nuestra América continúa importando de Europa ideas, libros, máquinas, modas. Lo que acaba, lo que declina, es el ciclo de la civilización capitalista. La nueva forma social, el nuevo orden político, se están plasmando en el seno de Europa. La teoría de la decadencia de Occidente, producto del laboratorio occidental, no prevé la muerte de Europa sino de la cultura que ahí tiene sede. Esta cultu­ra europea, que Spengler juzga en decadencia, sin pronosticarle por esto un deceso inmediato, sucedió a la cultura greco-romana, europea tam­bién. Nadie descarta, nadie excluye la posibilidad de que Europa renueve y se transforme una vez más. En el panorama histórico que nuestra mirada domina, Europa se presenta como el con­tinente de las máximas palingenesias.** Los ma­yores artistas, los mayores pensadores contempo­ráneos, ¿no son todavía europeos? Europa se nu­tre de la savia universal. El pensamiento europeo se sumerge en los más lejanos misterios, en las más viejas civilizaciones. Pero esto mismo demuestra su posibilidad de convalecer y renacer.

 

III

 

Tornemos a nuestra cuestión. ¿Existe un pen­samiento característicamente hispano-americano?

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* Lema creado por José Vasconcelos para la Universidad Nacional de México.

** Resurrecciones, regeneraciones.

 

 

 

 

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Me parece evidente la existencia de un pensa­miento francés, de un pensa-miento alemán, etc., en la cultura de Occidente. No me parece igualmente evidente, en el mismo sentido, la existen­cia de un pensamiento hispano-americano.Todos los pensadores de nuestra América se han edu­cado en una escuela europea. No se siente en su obra el espíritu de la raza. La producción inte­lectual del continente carece de rasgos propios. No tiene contornos originales. El pensamiento hispano-americano no es generalmente sino una rapsodia compuesta con motivos y elementos del pensamiento europeo. Para comprobarlo basta revistar la obra de los más altos representantes de la inteligencia indo-íbera.

 

El espíritu hispano-americano está en elabora­ción. El continente, la raza, están en formación también. Los aluviones occidentales en los cuales se desarrollan los embriones de la cultura hispa­no o latino-americana, -en la Argentina, en el Uruguay, se puede hablar de latinidad— no han conseguido consustanciarse ni solidarizarse con el suelo sobre el cual la colonización de América los ha depositado.

 

En gran parte de Nuestra América constituyen un estrato superficial e independiente al cual no aflora el alma indígena, deprimida y huraña, a causa de la brutalidad de una conquista que en algunos pueblos hispano-americanos no ha cam­biado hasta ahora de métodos. Palacios dice: «So­mos pueblos nacientes, libres de ligaduras y ata­vismos, con inmensas posibilidades y vastos hori­zontes ante nosotros. El cruzamiento de razas nos ha dado un alma nueva. Dentro de nuestras fron­teras acampa la humanidad. Nosotros y nuestros hijos somos síntesis de razas». En la Argentina es posible pensar así; en el Perú y otros pueblos de Hispano-América, no. Aquí la síntesis no exis­te todavía. Los elementos de la nacionalidad en elaboración no han podido aún fundirse o soldarse. La densa capa indígena se mantiene casi totalmente extraña al proceso de formación de esa peruanidad que suelen exaltar e inflar nues­tros sedicentes nacionalistas, predicadores de un nacionalismo sin raíces en el suelo peruano,

 

 

 

 

 

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aprendido en los evangelios imperialistas de Eu­ropa, y que, como ya he tenido oportunidad de remarcar, es el sentimiento más extranjero y pos­tizo que en el Perú existe.

 

IV

 

El debate que comienza debe, precisamente, esclarecer todas estas cuestiones. No debe prefe­rir la cómoda ficción de declararlas resueltas. La idea de un congreso de intelectuales íbero-ame­ricanos será válida y eficaz, ante todo, en la medida en que logre plantearlas, El valor de la idea está casi íntegramente en el debate que suscita.

 

El programa de la sección Argentina de la bos­quejada Unión Latino-Americana, el cuestionario de la revista Repertorio Americano de Costa Rica y el cuestionario del grupo que aquí trabaja, por el congreso, invitan a los intelectuales de nues­tra América a meditar y opinar sobre muchos problemas fundamentales de este continente en formación. El programa de la sección Argentina tiene el tono de una declaración de principios. Resulta prematuro indudablemente. Por el mo­mento, no se trata sino de trazar un plan de trabajo, un plan de discusión. Pero en los tra­bajos de la sección Argentina alienta un espíri­tu moderno y una voluntad renovadora. Este es­píritu, esta voluntad, le confieren el derecho de dirigir el movimiento. Porque el congre-so, si no representa y organiza la nueva generación his­pano-americana, no representará ni organizará absolutamente nada.

 

EL IBERO-AMERICANISMO Y PAN-AMERICANISMO*

 

El íbero-americanismo reaparece, en forma es­porádica, en los debates de España y de la América española. Es un ideal o un tema que, de vez en vez, ocupa el diálogo de los intelectuales del

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* Publicado en Mundial: Lima, 8 de Mayo de 1925.

 

 

 

 

 

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idioma (Me parece que no se puede llamarlos, en verdad, los intelectuales de la raza).

 

Pero ahora, la discusión tiene más extensión y más intensidad, En la prensa de Madrid, los tópicos del ibero-americanismo adquieren, actualmente, un interés conspicuo. El movimiento de aproximación o de coordinación de las fuerzas intelectuales ibero-americanas, gestionado y propugnado por algunos núcleos de escritores de nuestra América, otorga en estos días, a esos tópicos, un valor concreto y relieve nuevo.

 

Esta vez la discusión repudia en muchos casos, ignora al menos en otros, el íbero-americanismo de protocolo. (Ibero-americanismo oficial de don Alfonso, se encarna en la borbónica y decorativa estupidez de un infante, en la cortesana medio­cridad de un Francos Rodríguez). El íbero-ameri­canismo se desnuda en el diálogo de los inte­lectuales libres, de todo ornamento diplomá-tico. Nos revela así su realidad como ideal de la ma­yoría de los representantes de la inteligencia y de la cultura de España y de la América indo-íbera.

 

El pan-americanismo, en tanto, no goza del favor de los intelectuales. No cuenta, en esta abs­tracta e inorgánica categoría, con adhesiones es­timables y sensibles. Cuenta sólo con algunas simpatías larvadas. Su existencia es exclusivamente diplomática. La más lerda perspicacia descubre fácilmente en el pan-americanismo una túnica del imperialismo norteamericano. El pan-americanismo no se manifiesta como un ideal del Continente; se manifiesta, más bien, inequívocamente, como un ideal natural del Imperio yan­qui. (Antes de una gran Democracia, como les gusta calificarlos a sus apologistas de estas lati­tudes, los Estados Unidos constituyen un gran Imperio). Pero, el pan-americanismo ejerce -a pesar de todo esto o, mejor, precisamente por todo esto- una influencia vigorosa en la América indo-íbera. La política norteame-ricana no se preocupa demasiado de hacer pasar como un ideal del Continente el ideal del Imperio. No le hace tampoco mucha falta el consenso de los intelec­tuales. El pan-americanismo borda su propagan-

 

 

 

 

 

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da sobre una sólida malla de intereses. El capi­tal yanqui invade la América indo-íbera. Las vías de tráfico comercial pan-americano son las vías de esta expansión. La moneda, la técnica, las máquinas y las mercaderías norteame-ricanas predominan más cada día en la economía de las na­ciones del Centro y Sur. Puede muy bien, pues, el Imperio del Norte sonreírse de una teórica independencia de la inteligencia y del espíritu de la América indo-española. Los intereses eco­nómicos y políticos le asegurarán, poco a poco, la adhesión, o al menos la sumisión, de la mayor parte de los intelectuales. Entre tanto, le bastan para las paradas del pan-americanismo los pro­fesores y los funciona-rios que consigue movili­zarle la Unión Pan-Americana de Mr. Rowe.

 

II

 

Nada resulta más inútil, por tanto, que entretenerse en platónicas confron-taciones entre el ideal íbero-americano y el ideal pan-americano. De poco le sirve al íbero-americanismo el número y la calidad de las adhesiones inte-lectuales. De menos todavía le sirve la elocuencia de sus lite­ratos. Mientras el íbero-americanismo se apoya en los sentimientos y las tradiciones, el pan-americanismo se apoya en los intereses y los ne­gocios. La burguesía íbero-americana tiene mucho más que aprender en la escuela del nuevo Imperio yanqui que en la escuela de la vieja na­ción española. El modelo yanqui, el estilo yanqui, se propagan en la América indo-ibérica, en tanto que la herencia española se consume y se pierde.

 

El hacendado, el banquero, el rentista de la América española miran mucho más atentamente a Nueva York que a Madrid. El curso del dólar les interesa mil veces más que el pensamiento de Unamuno y que La Revista de Occi-dente de Ortega y Gasset. A esta gente que gobierna la economía y, por ende, la política de la América del Centro y del Sur, el ideal íbero-americanista le importa poquísimo. En el mejor de los casos se siente dispuesta a desposarlo juntamente con

 

 

 

 

 

 

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el ideal pan-americanista. Los agentes viajeros del panamericanismo le parecen, por otra parte, más eficaces, aunque menos pintorescos, que los agentes viajeros -infantes académicos- del íbe­ro-americanismo oficial, que es el único que un burgués prudente puede tomar en serio.

 

III

 

La nueva generación hispano-americana debe definir neta y exactamente el sentido de su opo­sición a los Estados Unidos. Debe declararse ad­versaria del Imperio de Dawes y de Morgan; no del pueblo ni del hombre Norteamérica-nos. La historia de la cultura norteamericana nos ofrece muchos nobles casos de independencia de la in­teligencia y del espíritu. Roosevelt es el deposita­rio del espíritu del Imperio; pero Thoreau es el depositario del espíritu de la Humanidad. Henry Thoreau, que en esta época, recibe el homenaje de los revolucionarios de Europa, tiene también derecho a la devoción de los revolucionarios de Nuestra América. ¿Es culpa de los Estados Uni­dos si los íbero-americanos conocemos más el pensamiento de Theodore Roosevelt que el de Henry Thoreau? Los Estados Unidos son ciertamente la patria de Pierpont Morgan y de Henry Ford; pero son también la patria de Ralph-Waldo Emerson, de Williams James y de Walt Withman. La nación que ha producido los más grandes ca­pitanes del industrialismo, ha producido así mis­mo los más fuertes maestros del idealismo con­tinental. Y hoy la misma inquietud que agita a la vanguardia de la América Española mueve a la vanguardia de la América del Norte. Los pro­blemas de la nueva generación hispano-america­na son, con variación de lugar y de matiz, los mismos problemas de la nueva generación norteamericana. Waldo Frank, uno de los hombres nuevos del Norte, en sus estudios sobre Nuestra América, dice cosas válidas para la gente de su América y de la nuestra.

 

Los hombres nuevos de la América indo-ibérica

 

 

 

 

 

 

 

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pueden y deben entenderse con los hombres nue­vos de la América de Waldo Frank. El trabajo de la nueva generación íbero-americana puede y debe articularse y solidarizarse con el trabajo de la nueva generación yanqui. Ambas genera­ciones coinciden. Los diferencia el idioma y la raza; pero los comunica y los mancomuna la misma emoción histórica. La América de Waldo Frank es también, como nuestra América, ad­versaria del Imperio de Pierpont Morgan y del Petróleo.

 

En cambio, la misma emoción histórica que nos acerca a esta América revolucionaria nos separa de la España reaccionaria de los Borbones y de Primo de Rivera. ¿Qué puede enseñarnos la Es­paña de Vásquez de Mella y de Maura, la Espa­ña de Pradera y de Francos Rodríguez? Nada; ni siquiera el método de un gran Estado indus­trialista y capitalista. La civilización de la Potencia no tiene su sede en Madrid ni en Barce­lona; la tiene en Nueva York, en Londres, en Berlín. La España de los Reyes Católicos no nos interesa absolutamente. Señor Pradera, señor Francos Rodríguez, quedaos íntegra-mente con ella.

 

IV

 

Al íbero-americanismo le hace falta un poco más de idealismo y un poco más de realismo. Le hace falta consustanciarse con los nuevos ideales de la América indo-ibérica. Le hace falta insertarse en la nueva realidad histórica de estos pueblos. El pan-americanismo se apoya en los intereses del orden burgués; el íbero-ameri­canismo debe apoyarse en las muchedumbres que trabajan por crear un orden nuevo. El íbero-americanismo oficial será siempre un ideal aca­démico, burocrático, impotente, sin raíces en la vida. Como ideal de los núcleos renovadores, se convertirá, en cambio, en un ideal beligerante, activo, multitudinario.

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA AMERICA LATINA Y LA DISPUTA BOLIVIANO-PARAGUAYA*

 

La facilidad suramericana, tropical, con que dos países del Continente han llegado a la moviliza­ción y a la escaramuza, nos advierte que las ga­rantías de la paz en esta parte del mundo son mucho menores de lo que, por optimismo exce­sivo, nos habíamos acostumbrado a admitir. Sud-América como Centro-América, si nos atenemos a este aviso repentino, pueden convertirse en cualquier instante en un escenario balcánico. Un choque de patrullas, un cambio de invectivas, basta -si hay de por medio uno de esos pleitos de confines, que en nuestra América reemplazan a las cuestiones de minorías nacionales- para que dos pueblos lleguen a la tragedia.

 

La paz, como acabamos de ver, no tiene fia­dores. Ni los Estados Unidos ni la Sociedad de las Naciones, en caso de inminencia guerrera, van más allá del ofrecimiento amistoso de sus buenos servicios. El pacto Kellogg, el espíritu de Locarno** no tienen -para América menos aún que para Europa- sino un valor platónico, di­plomático. La paz carece no sólo de garantías materiales -el desarme- sino de garantías ju­rídicas. Si los combates paraguayos y bolivianos no hubiesen coincidido con la celebración de la Conferencia Pan-Americana de Conciliación y Arbitraje, en Washington, habría faltado el orga­nismo capaz de mediar con autoridad entre los dos países. El Gobierno de Washing-ton y la So­ciedad de las Naciones se neutralizan cortésmen­te; el monroísmo descubre su sentido negativo, su función yanqui, no americana. Estados Unidos encuentra en una revolución como la de Nicara­gua motivo suficiente para intervenir con sus barcos, sus aviones y su marinería; pero, ante un conflicto armado entre dos países hispano-ameri­canos, siente la necesidad de no rebasar el límite de la más estricta y prudente neutralidad.

 

Los problemas de política interna concurren a hacer extremamente peligrosa cualquiera fric‑

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 22 de Diciembre de 1928.

** Conferencia de paz que siguió a la guerra de 1914.

 

 

 

 

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ción. En el caso de Bolivia, la situación del go­bierno de Siles parece haber jugado un rol de­cisivo en el inflamiento y exageración de la cues­tión creada por el ataque paraguayo. (Ataque que habría estado precedido de la incursión de tropas bolivianas en territorio situado bajo la au­toridad del Paraguay. No discuto los comunicados oficiales. Los términos de la controversia no interesan a mi comentario). El gobierno de Siles es un gobierno de facción, que tiene como adversarios no sólo a los que lo fueron del gobierno de Saavedra, sino también a una gran parte de los saavedristas. Su estabilidad depende del ejér­cito. Su política internacional tiene que entonarse, por ende, a un humor militarista. El llamamiento a las armas, el grito de la patria en peligro han sido, muchas veces, en la historia, ex­celentes recursos de política oligárquica. En Bolivia, Siles ha asido la oportunidad para consti­tuir un mi-nisterio de concentración que ensan­cha las bases partidaristas de su política. Esca­lier y Abdón Saavedra se han puesto a sus órde­nes. Don Abdón, ruido-samente expulsado a poco de la ascensión de Siles al poder, ha regresado a Bolivia. Puede suceder que, con todo esto, los riesgos para el porvenir se compliquen y acre­cienten. Que el frente interno, la concordia de los partidos, signifique para el gobierno de Siles la amenaza de un caballo de Troya. Pero las oli­garquías hispano-americanas han vivido siempre así, alternando la violencia con la astucia, girando contra el porvenir.

 

Sin estos elementos de excitación artificial, agravados por temperamentos más o menos pa­téticos, más o menos propensos al vértigo bélico, sería inconcebible el que una escaramuza de fron­teras, un choque de patrullas -es decir un epi­sodio corriente de la vida internacional de este Continente donde las fronteras no están aún bien solidificadas y definidas- pudiese ser considerado seriamente como un motivo de movilización y de guerra.

 

Los riesgos de conflicto armado se explican, sin duda, mucho más en Europa superpoblada, dividida en múltiples nacionalidades —nacionali‑

 

 

 

 

 

 

 

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dades reales y distintas— forzada mientras sub­sista el orden vigente a un difícil equilibrio. En este Continente latino-americano que, con ex­cepción del Brasil, habla un único idioma, y que no tiene luchas ni competencias tradicio-nales, las rivalidades que enemistan a los pueblos, y que pueden precipitarlos en la guerra son, al lado de las diferencias europeas, menudas querellas provincianas.

 

Lo más inquietante, por esto, en los últimos acontecimientos, es que no hayan suscitado en la opinión pública de los pueblos latino-americanos, una enérgica, instantánea, compacta y unánime afirmación pacifista. La defensa de la Paz ha sido dejada a la prensa, a los gobiernos. Y la acción oficial, sin el requerimiento público, no agota nunca sus recursos. Tal vez la sorpresa ha dominado y paralizado a las gentes. Quizás los pueblos no han salido todavía del estupor. Oja­lá sea ésta la explicación de la calma pública. El deber de la inteligencia, sobre todo, es, en Latino-América, más que en ningún otro sector del mun­do, el de mantenerse alerta contra toda aventura bélica. Una guerra entre dos países latino-ame­ricanos sería una traición al destino y a la mi­sión del Continente. Sólo los intelectuales que se entretienen en plagiar los nacio-nalismos europeos pueden mostrarse indiferentes a este deber. Y no es por pacifismo sentimental, ni por abstrac­to humanitarismo, que nos toca vigilar contra todo peligro bélico. Es por el interés elemental de vivir prevenidos contra la amenaza de la balca­nización de nuestra América, en provecho de los imperialismos que se disputan sordamente sus mercados y sus riquezas.

 

*  *  *

 

Mi artículo del número anterior de Varieda­des,* -por consideraciones que en cuanto impor­tan atención a mis escritos no tengo sino que agradecer- no ha podido pasar sin protesta de mi distinguido amigo don Alberto, Ostria Gutié‑

 

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* Este artículo lo publicó José Carlos Mariátegui en Va­riedades, el 29 de Diciembre de 1928, con motivo de una carta que le

 

 

 

 

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rrez, Ministro de Bolivia. Mis opiniones, sobre la cuestión boliviano-paraguaya, en general, no se avienen sin duda con los términos diplomáticos de los comunicados oficiales de Bolivia ni del Paraguay: me sitúo, ante este, como ante cual­quier otro acontecimiento internacional, en un terreno de interpretación, no de crónica. Indago, quizá con alguna audacia, por razones de tem­peramento y de doctrina, lo sustancial, diversa y opuestamente a la diplomacia que tiene que contentarse con lo formal. Me es imposible, por tanto, discutir con el Sr. Ostria Gutiérrez, in­sistiendo en mis apreciaciones. El Sr. Ostria Gu­tiérrez, concede, en riguroso acuerdo con sus deberes de diplomático, todo su valor oficial, a convenciones que mi juicio, libre de toda tra­ba, rebasa totalmente. Así, para el señor Ostria

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enviara el señor Alberto Ostria Gutiérrez, Ministro de Bolivia, cuyo texto es el siguiente;

Lima, 24 de Diciembre de 1928.

Señor don José Carlos Mariátegui.

Ciudad.

Mí distinguido amigo:

Sin pretender discutir los términos del comentario que, acerca del, reciente conflicto boliviano-paraguayo, publi­ca Ud., en el último número de la revista Variedades y que me merece el más alto respeto por venir de Ud., me permito en honor a la verdad, expresarle lo siguiente:

1º- Que la situación del gobierno del doctor Siles no ha jugado ningún rol en dicho conflicto, motivado solamente por el sorpresivo ataque al Fortín "Vanguardia", que ha sublevado muy justificadamente el sentimiento patriótico de todos los bolivianos.

2º- Que el gobierno del doctor Sitas no es un gobierno de facción, pues con él colaboran dos partidos de opinión, el Nacionalista y el Republicano, además de varios emi­nentes hombres públicos de los otros partidos políticos,

3º- Que si bien en Bolivia como en todas partes del Mundo el ejército contribuye a la estabilidad del go­bierno, cumpliendo así uno de sus fines, que es el man­tenimiento del orden público, el señor Siles, no "se ha asido -como Ud. por error afirma- a la oportunidad pa­ra constituir un gabinete de concentración" (cosa que pudo haber hecho a su voluntad y en cualquier momen­to) sino que, dando evidente prueba del mas elevado pa­triotismo, ha realizado lo que el renunciamiento a los intereses de la política interna aconsejaba realizar en una hora de prueba: la unificación nacional, para afron­tar, con el concurso de todos, el peligro de la guerra. En esta virtud, la formación del gabinete de concentra­ción no ha obedecido, pues, al deseo de atraer a los parti­dos de oposición, sino al deber de defender el país contra la agresión extranjera.

Rogándole hacer públicas estas aclaraciones y agrade­ciéndole anticipadamente, me repito su atento y seguro servidor.

Alberto Ostria Gutiérrez,
Ministro de Bolivia.

 

 

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Gutiérrez, el gobierno del señor Siles no es un gobierno de facción porque reposa en dos partidos; pero para mí, estos dos partidos, uno de los cuales se ha formado precisamente al calor de este gobierno y tiene, por tanto, una discuti­ble identidad, no son sino una facción de la bur­guesía boliviana. Sabemos demasiado el valor que se puede conceder a los partidos en nuestra política suramericana, tan dominada por los per­sonalismos. Los partidos, en estos escenarios, se componen y descomponen con asombrosa faci­lidad en torno de las personalidades. Poco representaba la fuerza gubernamental de los na­cionalistas y republicanos -divididos los últi­mos en dos ramas-, ante la oposición de Saave­dra, Montes, Escalier, etc., que ahora se estre­chan la mano, aunque no sea sino precariamen­te, en un frente único, del que se beneficia, tam­bién por el momento, el gobierno del señor Siles. El señor Ostria Gutiérrez, en su íntima consciencia de intelectual, convendrá en que los dos estamos en nuestro papel, con una circunstancia en mi favor: la de que mi crítica no está emba­razada por obligaciones ni responsabilidades de funcionario. Siento una gran amistad por el pue­blo boliviano, por sus buenos intelectuales, con algunos de los cuales cultivo las mejores rela­ciones: pero no tengo ninguna simpatía por el gobierno del señor Siles, como no la tendría por el gobierno de un Escalier, un Montes, etc.

 

Esta explicación de mis puntos de vista, me exime de toda réplica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA REVOLUCIÓN MEXICANA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MÉXICO Y LA REVOLUCION*

 

 

La dictadura de Porfirio Díaz produjo en Mé­xico una situación de superficial bienestar eco­nómico, pero de hondo malestar social. Porfirio Díaz fue en el poder un instrumento, un apo­derado y un prisionero de la plutocracia mexicana. Durante la revolución de la Reforma y la revolución contra Maximiliano, el pueblo me­xicano combatió a los privilegios feudales de la plutocracia. Abatido Maximiliano, los te­rratenientes se adueñaron en Porfirio Díaz de uno de los generales de esa revolución liberal y nacionalista. Lo hicieron el jefe de una dictadura militar burocrática destinada a sofocar y reprimir las reivindicaciones revolucionarias. La política de Díaz fue una política esencialmente plutocrática. Astutas y falaces leyes despojaron al indio mexicano de sus tierras en beneficio de los capitalistas nacionales y extran-jeros. Los ejidos,** tierras tradicionales de las comunidades indígenas, fueron absorbidos por los latifundios. La clase campesina resultó totalmente proleta­rizada. Los plutócratas, los latifundistas y su clientela de abogados e intelec-tuales constituían una facción estructuralmente análoga al civilis­mo peruano, que dominaba con el apoyo del capital extranjero al país feudalizado. Su gendarme ideal era Porfirio Díaz. Esta oligarquía llamada de los "científicos" feudalizó a México. La sostenía marcialmente una numerosa guar­dia pretoriana. La amparaban los capitalistas extranjeros tratados entonces con especial favor. Los alentaba el letargo y la anestesia de las masas, transitoria-mente desprovistas de un ani­mador, de un caudillo. Pero un pueblo, que tan

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 5 de Enero de 1924.

** Cooperativas campesinas de tipo comunitario.

 

 

 

 

 

 

 

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porfiadamente se había batido por su derecho a la posesión de la tierra, no podía resignarse a este régimen feudal y renunciar a sus reivindi­caciones. Además, el crecimiento de las fábricas creaba un proletariado industrial, al cual la inmigración extranjera aportaba el polen de las nuevas ideas sociales. Aparecían pequeños nú­cleos socialistas y sindicalistas. Flores Magón, desde Los Ángeles, inyectaba en México algunas dosis de ideología socialista. Y, sobre todo, fermen­taba en los campos un agrio humor revoluciona­rio. Un caudillo, una escaramuza cualquiera po­dían encender y conflagrar al país.

 

Cuando se aproximaba el fin del séptimo período de Porfirio Díaz apareció el caudillo: Francisco Madero. Madero, que hasta aquel tiempo fue un agricultor sin significación política, pu­blicó un libro anti-reeleccionista. Este libro, que fue una requisitoria contra el gobierno de Díaz, tuvo un inmenso eco popular. Porfirio Díaz, con esa confianza vanidosa en su poder que ciega a los déspotas en decadencia, no se preocu­pó al principio de la agitación suscitada por Madero y su libro. Juzgaba a la personalidad de Madero una personalidad secundaría e im­potente. Madero, aclamado y seguido como un apóstol, suscitó en tanto, en México, una cauda­losa corriente anti-reeleccionista. Y, la dictadu­ra, alarmada y desazonada, al fin, sintió la necesidad de combatirla violentamente. Madero fue encarcelado. La ofensiva reaccionaria dis­persó al partido anti-reeleccionista; los "cien­tíficos" restablecieron su autoridad y su domi­nio; Porfirio Díaz consiguió su octava reelec­ción; y la celebración del Centenario de Mé­xico fue una faustuosa apoteosis de su dictadura. Tales éxitos llenaron de optimismo y de confianza a Díaz y su bando. El término de este gobierno, estaba, sin embargo, próximo. Puesto en libertad condicional, Madero fugó a los Estados Unidos, donde se entregó a la or­ganización del movimiento revolucionario. Oroz­co reunió, poco después, el primer ejército insu­rreccional. Y la rebelión se propagó velozmente. Los "científicos" intentaron atacarla con armas

 

 

 

 

 

 

 

 

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políticas Se declararon dispuestos a satisfacer la aspiración revolucionaria. Dieron una ley que cerraba el paso a otra reelección Pero esta ma­niobra no contuvo el movimiento en marcha. La bandera anti-reeleccionista era una bandera contingente. Alrededor de ella se concentraban todos los descon-tentos, todos los explotados, todos los idealistas. La revolución no tenía aún un programa; pero este programa empezaba a bosquejarse Su primera reivindicación concre­ta era la reivindicación de la tierra usurpada por los latifundistas.

 

La plutocracia mexicana, con ese agudo instinto de conservación de todas las plutocracias, se apresuró a negociar con los revolucionarios. Y evitó que la revolución abatiese violentamente a la dictadura En 1912, Porfirio Díaz dejó el gobierno a de la Barra, quien presidió las elec­ciones. Madero llegó al poder a través de un compromiso con los "científicos". Aceptó, consi­guientemente, su colaboración. Conservó el an­tiguo parlamento. Estas transacciones, estos pac­tos, lo enflaquecieron y lo socavaron. Los "cien­tíficos" saboteaban el programa revolucionario y aislaban a Madero de los estratos sociales de los cuales había reclutado su proselitismo y se preparaban, al mismo tiempo, a la reconquista del poder. Acechaban el instante de desalojar a Madero invalida-do, y minado, de la Presidencia de la República. Madero perdía rápidamente su base popular. Vino la insurrección de Félix Díaz. Y tras ella vino la traición de Victoriano Huer­ta, quien sobre los cadáveres de Madero y Pino Suárez asaltó el gobierno. La reacción "cientí­fica" apareció victoriosa. Pero el pronunciamien­to de un jefe militar no podía detener la marcha de la Revolu-ción Mexicana Todas las raíces de esta revolución estaban vivas. El general Ve­nustiano Carranza recogió la bandera de Ma­dero. Y, después de un período de lucha, expul­só del poder a Victoriano Huerta. Las reivindi­caciones de la Revolución se acentuaron y defi­nieron mejor. Y México revisó y reformó su Carta Fundamental, de acuerdo con esas reivin­dicaciones. El articulo 27 de la Reforma Cons-

 

 

 

 

 

 

 

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titucional de Querétaro declara que las tierras corresponden originariamente a la nación y dis­pone el fraccionamiento de los latifundios. El artículo 123 incorpora en la Constitución mexi­cana varias aspiraciones obreras: la jornada má­xima, el salario mínimo, los seguros de invalidez y de retiro, la indemni-zación por los accidentes de trabajo, la participación de las utilidades.

 

Mas Carranza, elegido Presidente, carecía de condiciones para realizar el programa de la Re­volución. Su calidad de terrateniente y sus compromisos con la clase latifundista lo estorbaban para cumplir la reforma agraria. El reparto de tierras, prometido por la Revolución y ordenado por la reforma constitucional, no se produjo. El régimen de Carranza se anquilosó y se burocratizó gradualmente. Carranza, pretendió, en fin, designar su sucesor. El país, agitado incesantemente por las facciones revolucionarias, insur­gió contra este propósito, Carranza, virtualmente destituido, murió en manos de una banda irregular Y bajo la presidencia provisional de De la Huerta, se efec-tuaron las elecciones que condujeron a la presidencia al General Obregón

 

El gobierno de Obregón ha dado un paso resuelto hacia la satisfacción de uno de los más hondos anhelos de la Revolución ha dado tie­rras a los campesinos pobres, A su sombra ha florecido en el Estado de Yucatán un régimen colectivista. Su política prudente y organizadora ha normalizado la vida de México, Y ha indu­cido a los Estados Unidos al reconocimiento mexicano.

 

Pero la actividad más revolucionaria y tras­cendente del gobierno de Obregón ha sido su obra educacional. José Vasconcelos, uno de los hombres de mayor relieve histórico de la América contemporánea,* ha dirigido una reforma extensa y radical de la instrucción pública. Ha usado los más originales méto-dos para disminuir el analfabetismo; ha franqueado las universidades a las clases pobres; ha difundido co­mo un evangelio de la época, en todas las es‑

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* Cabe señalar que Vasconcelos ha cambiado el sentido de su significación histórica, al adoptar en los últimos años un credo político conservador y retrógrado

 

 

 

 

 

 

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cuelas y en todas las bibliotecas, los libros de Tolstoy y de Romain Rolland; ha incorporado en la Ley de Instrucción la obligación del Estado de sostener y educar a los hijos de los incapa­citados y a los huérfanos; ha sembrado de escuelas, de libros y de ideas la inmensa y fecunda tierra mexicana.

 

LA REACCION EN MEXICO*

 

Objetivamente considerado el conflicto religio­so en México resulta, en verdad, un conflicto político. Contra el gobierno del General Calles, obligado a defender los principios de la Revo­lución. insertados desde 1917 en la Constitución mexicana, más que el sentimiento católico se revela, en este instante, el sentimiento conser­vador. Estamos asistiendo simplemente a una ofensiva de la Reacción.

 

La clase conservadora terrateniente, desalojada del gobierno por un movimiento revolucio­nario cuyo programa se inspiraba en categóri­cas reivindicaciones sociales, no se conforma con su ostracismo del poder. Menos todavía se resig­na a la continuación de una política que -aunque sea con atenuaciones y compromisos- ac­túa una serie de principios que atacan sus inte­reses y privilegios. Por tanto, las tentativas reac­cionarias se suceden. La reacción, naturalmente, disimula sus verdaderos objetivos. Trata de aprove-char las circunstancias y situaciones desfavo­rables al partido gubernamental. La insurrección encabezada por el General De la Huerta fue, hace tres años, su última ofensiva armada. Ba­tida en otros frentes, presenta ahora batalla a la Revolución en el frente religioso.

 

No es el gobierno de Calles el que ha pro­vocado la lucha. Por el contrario, acaso para atemperar las prevenciones suscitadas por su reputación de radical incandescente, Calles se ha mostrado en el gobierno más preocupado de la estabilización y afianzamiento del régimen que de su programa y origen revolucionarios. En vez

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* Publicado en Variedades: Lima, 7 de Agosto de 1926.

 

 

 

 

 

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de acelerar el proceso de la Revolución Mexica­na, como se esperaba de parte de muchos, el gobierno de Calles lo ha contenido y sofrenado. La extrema izquierda, que no ahorra censuras a Calles, denuncia al laborismo que su gobierno representa como un laborismo archidomesticado.

 

Por consiguiente, la agitación católica y reac­cionaria no aparece creada por una política ex­cesivamente radical del gobierno de Calles. Apa­rece, más bien, alentada por una política trans­accional que ha persuadido a los conservadores del declinamiento del sentimiento revolucionario y ha separado del gobierno a una parte del proletariado y a varios intelectuales izquierdistas

 

El proceso del conflicto revela plenamente su fondo político. México atravesaba un período de calma cuando los altos funcionarios eclesiásticos anunciaron de improviso, y en forma resonante, su repudio y su descono-cimiento a la Constitu­ción de 1917. Esta era una declaración de beligerancia. El gobierno de Calles comprendió que preludiaba una activa campaña clerical contra las conquistas y los principios de la Revolución. Tuvo que decidir, en consecuencia, la aplicación integral de los artículos constitucionales relati­vos a la enseñanza y el cultos. El clero, mante­niendo su actitud de rebeldía, no ocultó su vo­luntad de oponer una extrema resistencia al Es­tado. Y el gobierno quiso entonces sentirse ar­mado suficientemente para imponer la ley. Na­ció así ese decreto que amplía y reforma el Código Penal Mexicano estableciendo graves san­ciones contra la trasgresión y la desobediencia de las disposiciones constitucionales.

 

Este es el decreto contra el cual insurge el cle­ro mexicano, suspendiendo los servicios religio­sos en las iglesias e invitando a los fieles a una política de no cooperación, disminución de sus gastos al mínimo posible a fin de reducir en lo posible su cuota al Estado. El rigor de algunas disposiciones, verbi gratia, la que prohíbe el uso del hábito religioso fuera de los templos, es, sin duda, excesivo. Pero no se debe olvidar que se trata de una ley de emergencia reclamada al gobierno por la necesidad política, más que por

 

 

 

 

 

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el compromiso programático o ideológico de apli­car, en el terreno de la enseñanza y del culto, los principios de la Revolución.

 

La Iglesia invoca esta vez en México un pos­tulado liberal: la libertad religiosa. En los paí­ses donde el catolicismo conserva sus fueros de confesión del Estado, rechaza y execra este mis­mo postulado. La contradicción no es nueva. Desde hace varios siglos la Iglesia ha aprendido a ser oportunista. No se ha apoyado tanto en sus dogmas, como en sus transacciones. Y, por otra parte, el ilustre polemista católico, Louis Veinllot, definió hace tiempo la posición de la Iglesia frente al liberalismo en su célebre respuesta a un liberal que se sorprendía de oírle clamar por la libertad: «En nombre de tus Princi-pios, te la exijo; en nombre de los míos, te la niego».

 

Pero en la historia de México, desde los tiem­pos de Juárez hasta los de Calles, le ha tocado al clero combatir y resistir las reivindicaciones populares. La Iglesia ha contrastado siempre en México, en nombre de la tradición, a la libertad. Por ende, su actitud de hoy no se presta a equí­vocos. La mayoría del pueblo mexicano sabe demasiado bien que agitación clerical es esen­cialmente agitación reaccionaria.

 

El Estado mexicano, pretende ser, por el mo­mento, un estado neutro laico. No es del caso dis­cutir su doctrina. Este estudio no cabe en un comentario rápido sobre la génesis de los actua­les acontecimientos mexicanos. Yo, por mi parte, he insistido demasiado respecto a la decadencia del Estado liberal y al fracaso de su agnosticis­mo para que se me crea entusiasta de una polí­tica meramente laicista. La enseñanza laica, co­mo otra vez he escrito, es en sí misma una gastada fórmula liberal.

 

Pero el laicismo en México -aunque subsistan en muchos hombres del régimen residuos de una mentalidad radicaloide y anticlerical- no tiene ya el mismo sentido que en los viejos Estados burgueses. Las formas políticas y sociales vigen­tes en México no representan una estación del liberalismo sino del socialismo. Cuando el pro-

 

 

 

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ceso de la Revolución se haya cumplido plenamente, el Estado mexicano no se llamará neu­tral y laico sino socialista.

 

Y entonces no será posible considerarlo anti-religioso. Pues el socialismo es, también, una religión, una mística. Y esta gran palabra reli­gión, que seguirá gravitando en la historia hu­mana con la misma fuerza de siempre, no debe ser confundida con la palabra Iglesia.

 

LA GUERRA CIVIL EN MEXICO*

 

La palabra revolución ha perdido en América, en un siglo de motines y pro-nunciamientos, la acepción que reivindica para ella la historia contemporánea. Así, por pura rutina verbal, se lla­ma ahora movimiento revolucionario al movi­miento reaccionario que capitanea en México el General Arnulfo Gómez, candidato a la presiden­cia de esa República.

 

No se dispone aún de suficientes datos para conocer y apreciar exactamente el verdadero proceso de este episodio de guerra civil. La ver­sión más autorizada de los sucesos es, sin duda, la contenida en los comunicados del Gobierno Mexicano. Es cierto que los comunicados de gue­rra, destinados a conseguir efectos políticos y militares, constituyen un testimonio de parte en un instante de vehemente beligerancia. Tie­nen en mira determinados objetivos estratégi-cos. Sin embargo, mucho menos crédito deben me­recer al espectador neutral, las agencias telegrá­ficas yanquis, las cuales disimulan muy poco su antipatía por el régimen que preside Calles. Ni el cable ni la cinematografía yanquis desperdi­cian ninguna ocasión de exhibir a México con el cuchillo entre los dientes.

 

Pero esta relativa carencia de datos cabales y de fuentes verídicas no concier-ne sino a la parte exterior o procesal de los hechos: En cuanto al sentido y la esencia de éstos, quien conoz­ca la historia de la Revolución Mexicana, y no haya soltado el hilo conductor, no se extraviará

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 15 de Octubre de 1927.

 

 

 

 

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fácilmente en el capcioso dédalo de las noticias cablegráficas.

 

No caben equívocos ni confusiones respecto del carácter de la insurrección contra Calles. Los generales Serrano y Gómez pertenecían al campo revolucionario. Prestaron al régimen surgido de la Revolución beneméritos servicios. Pero, desde que la oligarquía los empujó a una lucha a muer­te contra Calles y Obregón, se dejaron arrastrar insensiblemente al campo reaccionario. El caso de ambos no era sino la repetición, a cuatro años de distancia, del caso de Adolfo de la Huerta.

 

Hace cuatro años, la candidatura de Adolfo de la Huerta, ministro de Obregón, apareció en oposición a la candidatura de Calles, pretendien­do representar, también y mejor, la corriente revolucionaria. Mas, esta afinidad, no era cierta sino en teoría. En la práctica, la causa de De la Huerta, se diferenció inmediatamente de la cau­sa de Calles. Mientras éste reclutaba el grueso de sus adeptos entre los obreros y campesinos y aceptaba sus puntos de vista hasta granjearse una extensa reputación de bolchevique, en torno de aquél se encontraban los elementos de dere­cha del régimen revolucionario, a los cuales, no tardaron en agregarse fuerzas típicamente con­servadoras. Y cuando De la Huerta se puso a la cabeza de una insurrección adoptó un progra­ma claramente reaccionario. En el ostracismo, la trayectoria de este político, apresuró su orien­tamiento reaccionario como era inevitable que sucediese. Ahora, De la Huerta, no aspira a otra cosa que a ganar la confianza de la clase pro­pietaria para unificarla contra el programa gu­bernamental

 

Aparentemente las candidaturas de Serrano y Gómez, nacían de anhelo de mantener incólume uno de los principios de la Revolución Mexicana, el de la no reelección. "Sufragio efectivo, no reelección", es el lema del régimen emanado del movimiento popular que comenzó abatiendo el despotismo de Porfirio Díaz. Pero en verdad, ésta no es le reivindicación capital de la Revolución Mexicana, fue su palabra de orden inicial. Nada más. Derrocado Porfirio Díaz, la Revolución en-

 

 

 

 

 

 

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sanchó su significación y dilató su horizonte. La Constitución de 1917 incorporó, definitivamente, en su programa dos puntos fundamentales: la nacionalización de la propiedad de la tierra y el reconocimiento de los derechos del trabajo. A partir de entonces, la Revolución adquirió el conte-nido social y la misión histórica que señalan su rumbo en la etapa abierta por el Gobierno de Obregón. Por esto, sus jefes tienen que atender hoy más a sus principios sociales que a su lema político.

 

Habría sido, sin duda, mejor que los elementos revolucionarios hubiesen encontrado otro hom­bre para reemplazar a Calles. La elección del ex-Presidente no sería propiamente una reelección como pretenden sus adver-sarios, aunque se le acerca o parece mucho. De toda suerte, puede generar la sospecha de que dos generales se es­tán turnando en la Presidencia del Estado Me­xicano.

 

Pero no me propongo esclarecer esto. El hecho de que las principales fuerzas populares del blo­que que sostiene el gobierno de Calles, eviden­temente capacitadas para escoger el mejor camino, se hayan pronunciado por la candidatura del General Obregón, permite suponer que no se trata de una designación arbitraria. (La política no está regida por fórmulas abstractas sino por realidades concretas). Y si el General Obregón resulta por ahora el único sucesor posible de Calles, a juicio de su partido, no hay por qué convertir en una montaña infranqueable el prin­cipio de la no reelección. De lo que se trata, ante las últimas noticias de México, es de establecer el carácter reaccionario de la rebelión de Se­rrano y Gómez.

 

La violencia de la represión debe ser juzgada dentro del cuadro integral de la lucha política mexicana. En cada país, en esta lucha, dos fuerzas chocan decisivamente. Al Gobierno mexicano no se le puede, en justicia, negar el derecho a usar contra sus enemigos las armas que éstos es­tán resueltos a emplear contra él. No sería de estos rigores que tendrán que responder Calles y Obregón ante la historia, sino del acierto con

 

 

 

 

 

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que hayan servido e interpretado a las masas revolucionarias que los sostienen y del grado en que hayan sido fieles a su destino histórico.

 

OBREGON Y LA REVOLUCION MEXICANA*

 

El General Obregón, asesinado diecisiete días después de su elección como Presidente de Mé­xico, condujo a la Revolución Mexicana en uno de sus períodos de más definida y ordenada ac­tividad realizadora. Tenía porte, temple y do­nes de jefe. Estas condiciones le consintieron presidir un gobierno que, con un amplio consen­so de la opinión, liquidó la etapa de turbulencias y contradicciones, a través de las cuales el proceso revolucionario mexicano concretó su senti­do y coordinó sus energías. El gobierno de Obre­gón repre-sentó un movimiento de concentración de las mejores fuerzas revolucionarias de Méxi­co. Obregón inició un período de realización firme y sagaz de los principios revolucionarios; apoyado en el partido agrarista, en los sindicatos obreros y en los intelectuales renovadores. Bajo su gobierno, entraron en vigor las nuevas normas constitucionales contenidas en la Carta de 1917. La reforma agraria -en la cual recono­ció avisadamente Obregón el objetivo capital del movimiento popular- empezó a traducirse en actos. La clase trabajadora consolidó sus posicio­nes y acrecentó su poder social y político. La acción educacional, dirigida y animada por uno de los más eminentes hombres de América, José Vasconcelos, dió al esfuerzo de los intelectuales y artistas una aplicación fecunda y creadora.

 

La política gubernamental de Obregón logró estos resultados por el acierto con que asoció, a sus fines, la mayor suma de elementos de recons­trucción. Su éxito no se debió, sin duda, a la virtud taumatúrgica del caudillo. Obregón robus­teció el Estado surgido de la Revolución, preci­sando y asegurando su solidaridad con las más extensas y activas capas sociales. El Estado, con su gobierno, se proclamó y sintió órgano del pue‑

 

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* Publicado en Variedades; Lima, 21 de Julio de 1923.

 

 

 

 

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blo, de modo que su suerte y su gestión dejaban de depender del prestigio personal de un caudi­llo, para vincularse estrechamente con los intere­ses y sentimientos de las masas. La estabilidad de su gobierno descansó en una amplia base po­pular. Obregón no gobernaba a nombre de un partido, sino de una concentración revoluciona­ria, cuyas diversas reivindicaciones constituían un programa. Pero esta aptitud para unificar y disciplinar las fuerzas revolu-cionarias, acusaba precisamente sus cualidades de líder, de con­ductor.

 

La fuerza personal de Obregón procedía de su historia de General de la Revolución. Esta fuerza era debida, en gran parte, a su actuación militar. Pero el mérito de esta actuación, se apreciaba por el aporte que había significado a la causa del pueblo. La foja de servicios del General Obregón tenía valor para el pueblo por ser la de un General de la Revolución que, al enorgullecerse de sus 800 kilómetros de cam­paña, evocaba el penoso proceso de una epopeya multitudinaria.

 

Obregón era hasta hoy el hombre que merecía más confianza a las masas. En pueblos como los de América, que no han progresado políticamen­te lo bas-tante para que sus intereses se traduz­can netamente en partidos y programas, este fac­tor personal juega todavía un rol decisivo. La Revolución Mexicana, además, atacada de fuera por sus enemigos históricos, insidiada de dentro por sus propias excrecencias, cree necesitar aún en su cabeza a un jefe militar, con autoridad bas­tante para mantener a raya a los reaccionarios, en sus tentativas armadas. Tiene la experien­cia de muchas deserciones, detrás de las cuales ha jugado la intriga de los reaccionarios, astu­tamente infiltrada en los móviles personales y egoístas de hombres poco seguros, situados accidentalmente en el campo revolucionario por el oleaje del azar. El caso de Adolfo de la Huerta, dando la mano a los reaccionarios, des­pués de haber participado en el movi-miento con­tra Carranza y haber ocupado provisoriamente

 

 

 

 

 

 

 

 

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el poder, ha sido seguido a poca distancia por el de los generales Serrano y Gómez.

 

Por esto, al aproximarse el término del mandato de Calles, la mayoría de los elementos re­volucionarios designó al General Obregón para su sucesión en la presidencia. Esto podía dar a muchos la impresión de que se establecía un turno antipático en el poder. De la resistencia a esta posibilidad, se aprove-charon las candidatu­ras Serrano y Gómez, trágicamente liquidadas hace algunos meses. Pero la fórmula Obregón, para, quien examinase objetiva-mente los fac­tores actuales de la política mexicana, aparecía dictada, por razones concretas, en defensa de la Revolución.

 

Obregón no era, ciertamente, un ideólogo, pero en su fuerte brazo de soldado de la Revolu­ción podía apoyarse aún el trabajo de definición y experimen-tación de una ideología. La reac­ción lo temía y lo odiaba, no sin intentar halagarlo a veces con la interesada insinuación de suponerlo más moderado que Calles. Moderado y prudente era sin duda Obregón, mas no pre­cisamente en el sentido que la reacción sospe­chaba. Su moderación y su prudencia, hasta el punto en que fueron usadas, habían servido a la afirmación de las reivindi-caciones revoluciona­rias, a la estabilización del poder popular.

 

Su muerte agranda su figura en la historia de la Revolución Mexicana. Quizá su segundo go­bierno no habría podido ser tan feliz como el primero. El poder engríe a veces a los hombres y embota su instinto y su sensibilidad políticas.

 

En los hombres de una revolución, que care­cen de una fuerte disciplina ideológica, es fre­cuente este efecto. La figura de Obregón se ha salvado de este peligro. Asesinado por un faná­tico, en cuyas cinco balas se ha descargado el odio de todos los reaccionarios de México, Obre­gón concluye su vida, heroica y revolucionariamente. Obregón queda definitivamente incor­porado en la epopeya de su pueblo, con los mis­mos timbres que Madero, Zapata y Carrillo. Su acción y su vida pertenecieron a una época de violencia. No le ha sido dado, por eso, termi-

 

 

 

 

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nar sus días serenamente. Ha muerto como murieron muchos de sus tenientes, casi todos sus soldados. Pertenecía a la vieja guardia de una generación educada en el rigor de la guerra ci­vil, que había aprendido a morir, más bien que a vivir, y que había hecho instintivamente suya sin saberlo una idea que se adueña con facilidad de los espíritus en esta edad revolucionaria: "vive peligrosamente".

 

 

LA LUCHA ELECCIONARIA EN MEXICO*

 

La situación eleccionaria mexicana se presen­ta esta vez más compleja que hace un año cuando, próxima la terminación del mandato del Ge­neral Calles, se concentraron las fuerzas políti­cas que sostenían al gobierno alrededor de la candidatura del General Obregón, contra las candidaturas anti-reelecionistas de los generales Serrano y Gómez. Entonces, la formación de un frente único obregonista aseguraba la victoria del bloque popular, defensor de los Prin-cipios de la Revolución, que había gobernado desde la desaparición de Carranza. Más bien, el bando anti-reeleccionista concurriría dividido a la vota­ción. La CROM (Confederación Regional Obre­ra Mexicana), represen-tada en el gobierno de Calles por su famoso líder Luis Morones, Minis­tro de Industria, Comercio y Trabajo, apoyaba a Obregón, quien a su fuerza personal de cau­dillo sumaba la completa adhesión del haz de fuerzas populares, representativas del sentido clasista y doctrinal de la Revolución. La amena­za insurreccional de Gómez y Serrano, dramáti­camente liquidada con el fusilamiento de ambos candidatos, sirvió para afirmar y reforzar la unidad revolucionaria. Las divisiones y quere­llas internas de este bloque eran ya inquietantes; pero la autoridad de Obregón conseguía dominarlas temporal-mente, siendo sin duda este factor el que había aconsejado la designación de un candidato contra el cual iba a invocarse los

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 5 de Enero de 1929.

 

 

 

 

 

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principios y orígenes anti-reeleccionistas de la Revolución Mexicana.

 

Asesinado Obregón, la ruptura sobrevino violentamente. Los elementos adversos a los labo­ristas aprovecharon la oportunidad para atacar a Morones, atribuyéndole la responsabilidad del crimen. En momentos en que la excita-ción pú­blica hacía sumamente peligrosa esta acusación, estos elementos se lanzaron al asalto de las po­siciones políticas de la CROM, empleando, con extremo encarnizamiento, el arma que el azar ponía a su alcance. El propio Presidente Calles, que había tenido siempre a su lado a la CROM, dio la impresión de ceder a la ofensiva contra los laboristas. Morones tuvo que dejar el Minis­terio de Industria, Comercio y Trabajo, y hasta se anunció su viaje al extranjero, deportado o fugitivo.

 

De julio a hoy el cisma no ha cesado de ahon­darse. Morones no se ha intimidado. Después de un período de prudente reserva, ha reapare­cido en su puesto de combate, al frente de la CROM, en cuya IX convención nacional, últimamente reunida, ha replicado agresivamente al ataque de sus adversarios. Parece ya imposible que se reconstituya el frente único que, con Obre­gón a la cabeza, ganó las elecciones de 1928. Los enemigos de la CROM tienen en sus manos el poder y lo emplean en cuanto pueden contra esta organización obrera. «Ser elemento de la CROM es ser candidato a presidio en las tres cuartas partes de la República», ha dicho Moro­nes en un exaltado discurso en la convención la­borista, dirigiéndose a Calles, a quien ha reconocido como el único amigo de la CROM en el período difícil atravesado por los laboristas desde julio.

 

La presencia y el discurso de Calles en la convención de la CROM han venido a añadir un elemento de complicación en la lucha política. En momentos en que se hace fuego graneado contra Morones y los laboristas, Calles ha decla-rado en su asamblea que nada ni nadie puede romper sus lazos sentimentales y doctrinarios con la organización obrera. Aunque el discurso

 

 

 

 

 

 

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de Calles no haya sido muy explícito, tiene, so­bre todo por la oportunidad en que ha sido pro­nunciado, el valor de un acto de solidaridad con los laboristas, muy importante si se tiene en cuenta el rol político que, por su actuación y antecedentes, tocará seguir al ex-Presidente.

 

La designación de candidatos a la presiden­cia por las convenciones nacionales no ha sido hecha todavía. Pero ya empiezan las convencio­nes regionales o de partido a preparar esa de­signación proclamando sus respectivos candida­tos. La eliminación final, en la medida en que sea posible, lo harán las convencio-nes naciona­les. Pero, mientras esta vez es posible que los anti-reeleccionistas se agrupen en torno de un candidato único, que tal vez sea Vasconcelos, la división del bloque obregonista de 1928 se mues­tra ya irremediable. La CROM irá probablemente sola a la lucha, con Morones a la cabeza. El partido constituido por los obregonistas, y en general por los elementos contrarios a los labo­ristas, y que se declaran legítimos continuadores y representantes de la Revolución, arrojando sobre la CROM la tacha de reaccionaria, presen­tará un candidato propio, acaso comprometido personalmente por esta polémica.

 

Entre los candidatos de esta tendencia, con ma­yor proselitismo, uno de los más indicados hasta ahora es el general Aarón Sáenz, Gobernador del Estado de Nueva León. Aarón Saenz comenzó su carrera política en 1913, enrolado en el ejérci­to revolucionario en armas contra Victoriano Huerta. Desde entonces, actuó siempre al lado de Obregón, cuya campaña eleccionaria dirigió en 1928. Ministro de Calles, dejó su puesto en el gobierno federal para presidir la administración de un Estado, cargo que conserva hasta hoy. Su confesión protestante puede ser considerada por muchos como un factor útil a las relaciones de México con Estados Unidos. Porque en los últi­mos tiempos, la política mexicana ante los Es­tados Unidos ha acusado un retroceso que parece destinado a acentuararse, si la presión de los intereses capitalistas desarrollados dentro del ré­gimen de Obregón y Calles, en la que hay que

 

 

 

 

 

 

 

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buscar el secreto de la actual escisión, continúa imponiendo la línea de conducta más concorde con sus necesidades.

 

Vasconcelos se ha declarado pronto para ir a la lucha como candidato. Aunque auspiciado por el partido anti-reeleccionista, y probablemente apoyado por elementos conservadores que ven en su candidatura la promesa de un régimen de tolerancia religiosa, puede ganarse a una buena parte de los elementos disidentes o descontentos que la ruptura del frente obregonista de 1928 deja fuera de los dos bandos rivales. Por el hecho de depender de la concentración de fuerzas heterogéneas, que en la anterior campaña eleccio-naria se manifestaran refractarias a la uni­dad, su candidatura, en caso de ser confirmada, no podrá representar un programa concreto, de­finido. Sus votantes tendrían en cuenta sólo las cualidades intelectuales y morales de Vascon­celos y se conformarían con la posibilidad de que en el poder puedan ser aprovechadas con buen éxito. Vasconcelos pone su esperanza en la juventud. Piensa que mientras esta juventud adquiere madurez y capacidad para gobernar México, el gobierno debe ser confiado a un hom­bre de la vieja guardia a quien el poder no haya corrompido y que preste garantías de proseguir la línea de Madero. Sus fórmulas políticas, como se ve, no son muy explícitas. Vasconcelos, en ellas, sigue siendo más metafísico que político y que revolucionario.

 

La prosecusión de una política revolucionaria, que ya venía debilitándose por efecto de las contradicciones internas del bloque gobernante, aparece seria-mente amenazada. La fuerza de la Revolución residió siempre en la alianza de agra­ristas y laboristas, esto es de las masas obreras y campesinas. Las tendencias conservadoras, las fuerzas burguesas, han ganado una victoria al insidiar su solidaridad y fomentar su choque. De ahí que las organizaciones revolucionarias de izquierda trabajan ahora por una asamblea na­cional obrera y campesina, encaminada a crear un frente único proletario. Pero estos aspectos de la situación mexicana, serán materia de otro

 

 

 

 

 

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artículo. Por el momento no me he propuesto sino señalar las condiciones generales en que se inicia la lucha eleccionaria.

 

PORTES GIL CONTRA LA CROM*

 

Ninguna duda es ya posible acerca de la ten­dencia reaccionaria de la política del Presidente Provisorio de México. La ofensiva contra la C.R.O.M. (Confederación Regional Obrera Mexi­cana), aunque disimule con un lenguaje demagó­gico sus verdaderos móviles, no se propone otra cosa que abatir o disminuir el poder político de las masas obreras. Objetivo inequívocamente contrarrevolucionario que ninguna retórica pue­de ocultar ni disfrazar.

 

La responsabilidad e iniciativa de esta políti­ca no pertenecen a Portes Gil, quien obedece, en su gestión, a factores superiores a su crite­rio personal. He aquí otro hecho no menos cierto. Portes Gil no ha cambiado, por una súbita inspiración, la actitud del gobierno ante la CROM. Su nombramiento como Presidente Provisorio ha estado decidido por las fuerzas contrarias a la CROM, desarrolladas en el bloque gobernante en los últimos años El proceso de incubación de este gobierno empezó cuando los más ani­mosos enemigos de la CROM lanzaron contra su líder Morones la acusación de ser el ma-quiavélico instigador del asesinato del General Obre­gón. Desde ese instante, el frente popular que gobernaba México, a nombre de los principios de la Revolución, quedó definitivamente roto. La ascensión al poder de los llama-dos obregonistas tenía que conducir a la revolución a la crisis a que hoy asistimos.

 

Durante los gobiernos de Obregón y Calles, la estabilización del régimen revolucionario había sido obtenida en virtud de un pacto tácito en­tre la pequeña burguesía insurgente y la orga­nización obrera y campesina para colaborar en un terreno estrictamente reformista. Podía se­guirse usando contra los ataques reaccionarios,

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* Publicado en Variedades: Lima, 19 de Enero de 1929.

 

 

 

 

 

 

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una fraseología radical, destinada a mantener vivo el entusiasmo de las masas. Pero todo ra­dicalismo debía, en realidad, ser sacrificado a una política normalizadora, reconstructiva. Las conquistas de la Revolución no podían ser consolidadas sino a este precio. La CROM surgida y crecida bajo el caudillaje revolucionario -su acta bautismal es la de la Convención Obrera de Saltillo en 1918- carecía de capacidad y de ambición para dominar material e intelec-tualmente en el gobierno, tanto en la época de la primera elección de Obregón como en la época de la elección de Calles. En 1926, sus adherentes que, en el Congreso de Saltillo no habían su­mado sino 7,000, ascendían sólo a 5,000. Todo el proceso de desarrollo de la CROM, se ha cumplido bajo los gobiernos de Obregón y Ca­lles, a los cuales sostenía, a la vez que recibía las garantías indispensables para su trabajo de organización de las masas obreras y campesinas dentro de sus cuadros. En el momento de su máxima moviliza-ción, la CROM calculaba sus efectivos en dos millones de afiliados. Su fun­ción política -a pesar de su representación en el gobierno- no estaba en relación con su fuer­za social. Pero no le habría sido posible consti­tuir y acrecentar ésta, en tan poco tiempo, sin el concurso de una situación Excep-cional, como la de México y su gobierno después de largos años de victoriosa agitación revolucionaria.

 

Bajo este régimen, no sólo se habían desarro­llado las fuerzas obreras, canalizadas en direc­ción reformista, sino también las fuerzas del ca­pital y la burguesía. Las energías más inexper­tas de la reacción se habían consumido en el intento de atacar la Revolución desde fuera. Las más sagaces operaban dentro de la Revolución, en espera de que sonase la hora de una acción termidoriana.*

 

El Estado Mexicano no era, ni en la teoría ni en la práctica, un Estado socialista. La Revolu­ción había respetado los principios y las formas del capitalismo. Lo que este Estado tenía de

 

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* Revanchista: Robespierre fue derrocado por sus ene­migos el 9 de Termidor.

 

 

 

 

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socialista consistía en su base política obrera. Por moderada que fuese su política, la CROM como organización de clase, tenía que acentuar día a día su programa de socialización de la ri­queza. Pero, al mismo tiempo que la clase obre­ra, se solidificaba dentro del régimen creado por la Revolución, la clase capitalista. Y ésta tenía en su favor una mayor madurez política. Los elemen-tos pequeño-burgueses, los caudillos mi­litares de la Revolución, colocados entre las dos influencias, tenían que ceder regularmente a la influencia capitalista.

 

Así se ha ido preparando el conflicto que ha hecho explosión: un poco precipitado, con el asesinato del Presidente electo General Obregón, el único caudillo que habría podido prolongar, des­pués de Calles, el compromiso entre las dos fuerzas rivales.

 

La CROM entra en combate en condiciones y momentos desfavorables. Su estado mayor refor­mista -Morones y sus tenientes- no puede pa­sar de una práctica pacífica, legal, evolucionista, a la lucha contra el poder. Morones ha pronun­ciado, en la última convención de la CROM, dis­cursos ardorosos y polémicos; pero en ellos no ha llegado a la afirmación del derecho y la voluntad de la clase obrera de tomar en sus manos el gobierno, apenas su situación y fuerzas se lo consientan. Se ve bien claramente que Morones no renuncia a su oportunismo, y que confía más en la posibilidad de explotar las divisiones y rivalidades entre los caudillos que en la posibi­lidad de llevar a las masas obreras a una política netamente revolucionaria. El recurso de llevar a Calles a la convención ha sido una maniobra de este género de estrategia.

 

Tiene, por esto, mucha trascendencia y signi­ficación el esfuerzo que des-pliegan varios orga­nizaciones obreras revolucionarias, independien­tes de la CROM, por establecer un frente único proletario, que comprenda todos los sectores ac­tivos, a través de una asamblea nacional cam­pesina. El grito de orden del Partido Comunista y de las agrupaciones obreras y campesinas que lo siguen es éste: "¡Viva la CROM! ¡Abajo su

 

 

 

 

 

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Comité Central!". Todas las fuerzas obreras son llamadas en auxilio de la CROM, en su lucha contra la ofensiva reaccionaria. Se condena toda inclinación intransigente a dar vida a una nueva central. Se comprende que la CROM cons­tituye un punto de partida, que el proletariado no debe perder.

La Revolución afronta su más grave prueba. Y México es hoy, más que nunca, el campo de una experiencia revolucionaria. La política de clases entra en ese país en su etapa más inte­resante.

 

 

ORIGENES Y PERSPECTIVAS DE LA INSURRECCION MEXICANA*

 

El período eleccionario es en México, por ex­celencia, un período insu-rreccional. El equilibrio entre los elementos sociales y políticos del fren­te revolucionario, que, bajo la administración de caudillos como Obregón y Calles, consiguió es­tabilidad, falla, apenas la proximidad de la reno­vación presidencial anuncia el predominio de al­gunos de esos elementos, y el fracaso de las ex­pectativas de los otros, en un instante en que se encuentran vigilantes y excitadas las ambicio­nes de todos. La crónica establece, de modo evi­dente, esta periodicidad de la crisis insurrecional.

 

En 1923, consagrada la candidatura del Gene­ral Plutarco Elías Calles por el Presidente sa­liente General Obregón, Adolfo de la Huerta, que había ejercido provisoriamente el poder, des­pués del derrocamiento de Carranza, acaecido también en período eleccionario, se lanzó a la revuelta. De la Huerta había formado parte, ba­jo el gobierno de Obregón, del frente revolu­cionario; pero, descartado como candidato, no trepidó en aceptar un papel netamente reaccionario, con el objeto de movilizar a su favor las fuerzas conservadoras. En 1927, dos generales del mismo bloque gubernamental, Gómez y Se­rrano, se pusieron a la cabeza del movimiento anti-reeleccionista; y, próximas las elecciones, en

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* Publicado en Variedades: Lima, 27 de Marzo de 1929.

 

 

 

 

 

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las que la candidatura del ex-Presidente Obre­gón contaba con el apoyo activo de Calles y el Gobierno, recurrieron, a su turno, a la insurrec­ción. Probable-mente Obregón habría logrado mantener la difícil unidad, bastante minada ya, del frente revolucionario, durante su mandato presidencial. Asesinado por la bala de un fanáti­co, quedó abierta otra vez, con la sucesión pre­sidencial, la etapa de las revueltas armadas.

 

El frente revolucionario -alianza variopinta, conglomerado heterogéneo, dentro del cual el crecimiento de un capitalismo brioso, agudizando el contraste de los diversos intereses sociales y políticos, rompía un equilibrio y una unidad con­tingentes, creados por la lucha contra la feuda­lidad y el porfirismo- entró en una crisis que preparaba un cisma más extenso que los ante­riores. Sobrevenida la ruptura con Morones y la CROM, la acción de los factores de escisión del Partido Revolucionario, más propiamente desig­nado por el término de partido obregonista, en el sentido de su correspondencia con una era caudillista y militar de la Revolución Mexicana, siguió conspirando contra la estabilidad guber­namental. El Partido Nacional Revolucionario nació con un defecto congénito. Después de la agi­tación anti-laborista, se reveló el carácter meramente simbólico y temporal de la bandera obre­gonista. El candidato Gilberto Valenzuela, asu­mió una actitud agresiva contra Calles y su clien­tela. Y la lucha entre los dos candidatos del obre­gonismo, Ortiz Rubio y Aarón Sáenz, por ganar la mayoría en la convención del partido, desbordó los límites de dos postulaciones proviso­rias, sometidas incondicionalmente a la resolu­ción mayoritaria. Los partidarios de Aarón Sáenz se quejaban de que se emplease a favor de Ortiz Rubio, para conseguir su designación por la asam­blea, manejos desleales. Calles, que al principio había parecido inclinado a Sáenz, puso su influencia al lado de Ortiz Rubio, con decepción y resen-timiento de muchos. Una parte del Parti­do Reeleccionista, en fin, aclamando a Vasconcelos, había ido a buscar a su candidato, ya no en los rangos asaz desacreditados de los generales

 

 

 

 

 

 

 

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proclives a la seducción en el proceso revolucio­nario, sino en la fama de sus galones cívicos, acentuada por su actividad como Ministro de Educación Pública del gobierno de Obregón.

 

Dentro de este conflicto de intereses y de am­biciones inconciliables, no es asombroso que los elementos que se sienten vencidos en el terreno eleccio-nario, apelen a la revuelta. La defección de Escobar, Aguirre, Topete y otros generales, demuestra que abunda en el partido que, por haber representado a la Revolución, se llama re­volucionario, la ralea oportunista y ambiciosa de Gómez y Serrano. Cualesquiera que sean los disfraces de que se revista, es indudable que esta insurrección tiene el mismo carácter contrarrevo­lucionario de las insurrecciones de Adolfo de la Huerta en 1923 y de Gómez y Serrano en 1927. Por esto, el gobierno de Portes Gil, a pesar de que él mismo se encaminaba con sus ataques a la CROM a una posición revisionista y termi-do­riana, ha visto reconstituirse a su lado, contra los insurrectos, el sacudido y disgregado frente único revolucionario.

 

Al encargar a Calles el Ministerio de Guerra, Portes Gil ha realizado una maniobra esencialmente política. Calles cuenta con las simpatías de la CROM, con cuyos jefes Portes Gil anda enemistado. El General Amaro, anterior Ministro de Guerra, en cambio, es uno de los generales abiertamente acusados por los obreros revolucio­narios como profiteurs* de la Revolución, man­comunados por su interés de nuevos terratenien­tes con la clase proletaria. Calles es más un cau­dillo que un militar. Se usa contra la insurrec­ción su influencia política, sus dotes de mando más que sus cualidades técnicas.

 

Estos hechos hacen casi imposible que la in­surrección prospere. Aun en el caso de que Es­cobar, Topete y demás jefes rebeldes obtuviesen momentáneas ventajas militares sobre los fede­rales, el gobierno de Portes Gil y Calles estaría siempre en aptitud de reanudar la ofensiva con grandes fuerzas, muy superiores moral y mate-

 

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* Aprovechadores, oportunistas.

 

 

 

 

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rialmente a las que puede movilizar la revuel­ta. Escobar, Topete y sus secuaces carecen de atmósfera popular. Sus oportunistas ofrecimien­tos de libertad de cultos, y otras maniobras de fondo netamente contrarrevolucio-nario, no pue­den granjearles el ambiente sin el cual ningún golpe de Estado puede llegar a imponerse en un país como México. No se trata de una revolución, sino de un motín contrarrevolucionario, cuyo único programa posible es el que, en caso de victoria, le prestan los grupos conservadores desalojados del poder a la caída de Porfirio Díaz. El triunfo de un general reaccionario no sería hoy menos precario que el de Victoriano Huerta. La Revolución, aunque desgarrada por sus contrastes internos, es ahora más fuerte que en­tonces.

 

La extrema izquierda, de un lado, y el Partido anti-reeleccionista de Vascon-celos, de otro, han publicado, según anuncia el cable, sendos manifiestos condenando la revuelta. No se ha recibi­do ninguna noticia sobre la actitud de los labo­ristas, pero es indudable que tiene que ser ro­tundamente adversa a una intentona en la que están mezcladas personas que se señalaron por su encar-nizamiento en la ofensiva contra la CROM y Morones que siguió al asesinato de Obregón. Los revoltosos, por consiguiente, no representan sino la contrarrevolución en sus peores aspectos.

 

Y esto los descalifica totalmente.

 

LA REACCION EN MEXICO*

 

Portes Gil sigue haciendo contramarchar a la Revolución Mexicana. Obtuvo la victoria sobre la insurrección militar de Escobar, Aguirre, etc., mediante una gran movilización de las masas revolucionarias -obreras y campesinas-. Pero, en seguida, mientras de una parte se ha apre­surado a hacer la paz con el clero, de otra parte ha iniciado la ofensiva contra la extrema iz­quierda. Algunos de los mismos agraristas, que

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* Publicado en Mundial: Lima. 6 de Setiembre de 1929.

 

 

 

 

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se pusieron a la cabeza de las masas campesi­nas para defender la Revolución contra los ge­nerales que la traicionaron, alzando repentinamente la bandera de la Reacción, han caído aba­tidos no por las balas de los cristeros,1 sino por las balas de las tropas federales.

 

El pacto con la Iglesia, que siguió al pacto con el capitalismo yanqui, expresa nítidamente el carácter del gobierno interino del licenciado Portes Gil, a quien ni estas transacciones, ni la persecución de la vanguardia obrera y cam­pesina, impiden por supuesto emplear, en sus arengas al país, un lenguaje pródigo todavía en términos revolucionarios.

 

Pascual Ortiz Rubio, candidato del partido gu­bernamental, se prepara sin duda a continuar en el poder la política del licenciado Portes Gil. La fractura del antiguo frente revolucionario, sostenedor de Obregón en la última lucha electoral, ha consentido a Vasconcelos, candidato anti-reeleccionista, una extensa e imponente demostración de fuerza en varios Estados. La lucha política, por tanto, se anuncia tenaz y profun­da. El próximo gobierno tendrá que hacer frente a dos fuertes corrientes de oposición: la de de­recha y la de izquierda. A la primera procurará quebrantarla con nuevas concesiones a los intereses que representa. A la segunda, resistirá simultáneamente con las armas de la represión y la demagogia. Pero, en este difícil equilibrio, le será imposible seguir haciendo figura de go­bierno "revolucionario"

 

LA LUCHA ELECCIONARIA EN MEXICO*

 

No hay que sorprenderse de la violencia ac­tual de la lucha eleccionaria en México. Esta lu­cha empezó con la tentativa desgraciada de los generales Gómez y Serrano, hace dos años, fren­te a la candidatura de Obregón. El asesinato de Obregón, victorioso en las ánforas, después de la radical eliminación de sus competidores, rea‑

 

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1 Milicias campesinas organizadas por el clero.

**Publicado en Mundial: Lima, 27 de Setiembre de 1929

 

 

 

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brió con sangriento furor esta batalla que de­bía haber concluido entonces con el escrutinio. La insurrección de Escobar, Aguirre y otros, el fusilamiento de Guadalupe Rodríguez y Salva­dor Gómez, la persecución de comunistas y agra­ristas, etc., no han sido más que etapas de una batalla, en la que el gobier-no interino de Portes Gil, surgido de la fractura del frente revolucionario, no ha sido ni habría podido ser árbitro. Los sucesos de Torreón, Jalapa, Orizaba, Córdo­ba y Ciudad de México corresponden a esta at­mósfera de extremo y acérrimo conflicto.

 

Presentada por el Partido Anti-reeleccionista la candidatura de José Vascon-celos, representa­ba originariamente el sentimiento conservador, la disidencia intelectual. El partido obregonis­ta detentaba aún, indeciso entre las candida­turas de Aarón Sáenz y el ingeniero Ortiz Ru­bio, el título de Partido Revolu-cionario. Había aparecido ya la candidatura del bloque obrero y campesino, en oposición cerrada a todos los postulantes de la burguesía; pero este mismo movi­miento, que reivindicaba la autonomía del pro­letariado en la lucha política, indicaba que la Revolución Mexicana seguía adelante y que la extensión de su frente resistía la separación eta­rificadora de fuerzas que, hasta entonces, habían combatido juntas. Rehecho el frente único obre­gonista, ante la insurrección militar de Escobar y sus colegas, Portes Gil y el Partido Nacional Revolucionario, que ya había elegido como su candidato al ingenie-ro Ortiz Rubio, hicieron largo uso de un lenguaje de agitación popular contra-revolucionario que les restituía su anti­guo rol

 

Pero desde que, debelada la insurrección mi­litar, el gobierno interino de Portes Gil ha virado rápidamente a la derecha, se ha producido un despla-zamiento de fuerzas. Puestos casi fue­ra de la ley los comunistas, el bloque obrero y campesino no ha podido continuar activamen­te su campaña. Las masas han reconocido en Portes Gil, y, por consiguiente, en su candidato, a los representantes de intereses políticos cada vez más distintos y extraños a la Revolución Me

 

 

 

 

 

 

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xicana. Vasconcelos, en el poder, no haría más concesiones que Portes Gil al capitalismo y al clero. Hombre civil, ofrece mayores garantías que su con-tendor del Partido Nacional Revolu­cionario de actuar dentro de la legalidad, con sentido de político liberal. Puesto que la Revo­lución Mexicana se encuentra en su estadio de revolución democrático-burguesa, Vasconcelos puede significar, contra la tendencia fascista que se acentúa en el Partido Nacional Revoluciona­rio, un período de estabilización liberal. Vascon­celos, por otra parte, se ha apropiado del sen­timiento anti-imperialista, reavivado en el pue­blo mexicano por la abdicación creciente del gobierno ante el capitalis-mo yanqui. Gradualmente la candidatura de Vasconcelos, que apareció como un movimiento de impulso derechis­ta, se ha convertido en una bandera de liberalis­mo y anti-imperialismo.    

 

El programa de Vasconcelos carece de todo sig­nificado revolucionario. El ideal político nacio­nal del autor de La Raza Cósmica parece ser de un administrador moderado. Ideal de pacificador que aspira a la estabilización y al orden. Los in­tereses capitalistas y conservadores sedimentados y sólidos están prontos a suscribir, en todos los países, este programa. Económica, social, po­líticamente, es un programa capitalista. Pero desde que la pequeña burguesía y la nueva bur­guesía tienden al fascismo y reprimen violen­tamente el movimiento proletario, las masas re­volucionarias no tienen por qué preferir su per­manencia en el poder. Tienen, más bien, que -sin hacerse ninguna ilusión respecto de un cambio del cual ellas mismas no sean autoras- contri-buir a la liquidación de un régimen que ha abandonado sus principios y faltado a sus compromisos.

 

Portes Gil y Ortiz Rubio no acaudillan, por otra parte, una fuerza muy compacta. Dentro del partido obregonista se manifiestan incesante­mente grietas profundas. No hace mucho, se descubrió, según parece, señales de conspiración dentro del mismo frente gubernamental. Morones y los labo-ristas no perdonan a los obregonistas

 

 

 

 

 

 

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el encarnizamiento de su ataque, en las postrime­rías del gobierno de Calles, su licenciamiento del poder, el aniquilamiento de la CROM. Ursulo Galván, expulsado del partido comunista, busca sin duda una bandera al servicio de la cual po­ner la influencia que aún conserve entre los agraristas.

 

El panorama político de México se presenta, pues, singularmente agitado e incierto. La gue­rra civil puede volver a encender en cualquier momento sus hogueras en la fragosa y ardiente tierra mexicana.

 

AL MARGEN DEL NUEVO CURSO DE LA POLITICA MEXICANA*

 

La observación atenta de los acontecimientos de México está destinada a esclarecer, a teóricos y prácticos del socialismo latinoamericano, las cuestiones que tan frecuentemente embrollan y desfiguran la interpretación diletantesca de los superamericanistas tropicales. Tanto en tiempos de flujo revolucionario, como de reflujo reaccio­nario, y tal vez más precisa y níti-damente en éstos que en aquéllos, la experiencia histórica iniciada en México por la insurrección de Madero y el derribamiento de Porfirio Díaz, suministra al observador un conjunto precioso y único de pruebas de la ineluctable gravitación capitalista y burguesa de todo movimiento político dirigido por la pequeña burguesía, con el confusionismo ideológico que le es propio.

 

México hizo concebir a apologistas apresurados y excesivos la esperanza tácita de que su revolución proporcionaría a la América Latina el patrón y el método de una revolución socialista, regida por factores esencialmente latino-americanos, con el máximo ahorro de teorización europeizante. Los hechos se han encargado de dar al traste con esta esperanza tropical y mesiá­nica. Y ningún crítico circunspecto se arriesgaría hoy a suscribir la hipótesis de que los cau‑

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* Publicado en Variedades: Lima, 13 de Marzo de 1930.

(Último artículo de JCM, nuestro)

 

 

 

 

 

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dillos y planes de la Revolución Mexicana con­duzcan al pueblo azteca al socialismo.

 

Luis Araquistain, en un libro escrito con evi­dente simpatía por la obra del régimen político que conoció y estudió en México hace dos años, a nada se siente tan obligado por el más elemental deber de objetividad que a des-vanecer la leyenda de la "revolución socialista". Este es, más específica y sistemáticamente, el objeto de una serie de artículos del joven escritor peruano Esteban Pavletich, que desde 1926 está en directo contacto con los hombres y las cosas de México. Los propios escritores, adictos o aliados al régimen, admiten que no es, por el momento, un Estado socialista lo que la política de este régimen tiende a crear. Froylán C. Manjarrez, en un estudio aparecido en la revista Crisol, pretende que, para la etapa de gradual transi-ción del capitalismo al socialismo, la vida «nos ofre­ce ahora esta solución: entre el Estado capitalista y el Estado socialista hay un Estado intermedio: el Estado como regulador de la economía nacional, cuya misión corresponde al concepto cristiano de la propiedad, triunfante hoy, el cual asigna a ésta funciones sociales...». Lejos de todo finalismo y de todo determinismo, los fascistas se atribuyen en Italia la función de crear, precisamente, este tipo de Estado nacio­nal y unitario. El Estado de clase es condenado en nombre del Estado superior a los intereses de las clases, conciliador y árbitro, según los casos, de esos intereses. Eminentemente peque­ño-burgueses, no es raro que esta idea, afirmada ante todo por el fascismo, en el proceso de una acción inequívoca e inconfundiblemente contrarrevolucionaria, aparezca ahora incorporada en el ideario de un régimen político, surgido de una marejada revolucionaria. Los pequeño-burgueses de todo el mundo se parecen, aunque unos se remonten sucesivamente a Maquiavello, el Medioevo y el Imperio Romano y otros sue­ñen cristianamente en un concepto de la propiedad que asigna a ésta funciones sociales. El Estado regulador de Froylán C. Manjarrez no es otro que el Estado fascista. Poco importa que

 

 

 

 

 

 

 

 

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Manjarrez prefiera reconocerlo en el Estado ale­mán, tal como se presenta en la Constitución de Weimar.

 

Ni la Carta de Weimar ni la presencia del Partido Socialista en el gobierno han quitado al Estado alemán el carácter de Estado de clase, de Estado demo-burgués. Los socialistas alema­nes, que retrocedieron en 1918 ante la revolu-ción -actitud que precisamente tiene su expresión formal en la Constitución de Weimar- no se proponen más que la transformación lenta, prudente, de este Estado, que saben dominado por los intereses del capitalismo. La colabo-ración ministerial es impuesta, según explican líderes reformistas como el belga Vandervelde, por la necesidad de defender en el gobierno, con­tra la prepotencia del capitalismo, los intereses de la clase trabajadora, y por la cuantía y res­ponsabilidad de la representación parlamenta­ria socialista. Inci-dentes como el de la exclusión del gobierno del social-demócrata Hilferding, Mi­nistro de Finanzas, a consecuencia de su conflic­to con Schacht, dictador del Reichbank y fidu­ciario de la gran burguesía financiera, bastan, por otra parte, para recordar a los socialistas alemanes el poder real de los intereses capitalis­tas en el gobierno y las condiciones prácticas de la colaboración social-demócrata.

 

Lo que categoriza y clasifica al Estado alemán es el grado en que realiza la democracia burguesa. La evolución política de Alemania no se mide por los vagos propósitos de nacionaliza­ción de la economía de la Carta de Weimar, sino por la efectividad conseguida por las institu­ciones demo-burguesas: sufragio universal, par­lamentarismo, derecho de todos los partidos a la existencia legal y a la propaganda de su doc­trina, etc.

 

El retroceso de México, en el período siguiente a la muerte de Obregón, la marcha a la derecha del régimen de Portes Gil y Ortiz Rubio, se aprecian, igualmente, por la suspensión de los derechos democráticos reconocidos antes a los elementos de extrema izquierda. Persiguiendo a los militantes de la Confederación Sindical Uni‑

 

 

 

 

 

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taria Mexicana, al Partido Comunista, al Socorro Obrero, a la Liga Anti-Imperialista, por su crítica de las abdicaciones ante el imperia­lismo y por su propaganda del programa prole­tario, el gobierno mexicano reniega la verdade­ra misión de la Revolución Mexicana: la susti­tución del régimen porfirista despótico y semi-feudal por un régimen democrático burgués.

 

El Estado regulador, el Estado intermedio, de­finido como órgano de la transición del capita­lismo al socialismo, aparece concretamente como una regresión. No sólo no es capaz de garantizar a la organización política y económica del pro­letariado las garantías de la legalidad demo-burguesa, sino que asume la función de atacarla y destruirla, apenas se siente molestado por sus más elementales manifestaciones. Se procla­ma depositario absoluto e infalible de los ideales de la Revolución. Es un Estado de mentali­dad patriar-cal que, sin profesar el socialismo, se opone a que el proletariado -esto es la clase a la que históricamente incumbe la función de actuarlo- afirme y ejercite su derecho a luchar por él, autónomamente de toda influencia bur­guesa o pequeño-burguesa.

 

Ninguna de estas constataciones discute a la Revolución Mexicana su fondo social, ni dismi­nuye su significación histórica. El movimiento político que en México ha abatido el porfirismo, se ha nutrido, en todo lo que ha importado avan­ce y victoria sobre la feudalidad y sus oligar­quías, del sentimiento de las masas, se ha apo­yado en sus fuerzas y ha estado impulsado por un indiscutible espíritu revolucionario. Es, bajo todos estos aspectos, una extraordinaria y alec­cionadora experiencia. Pero el carácter y los ob­jetivos de esta revolución, por los hombres que la acaudillaron, por los factores económicos a que obede-ció y por la naturaleza de su proceso, son los de una revolución democrático-burguesa. El socialismo no puede ser actuado sino por un partido de clase; no puede ser sino el resultado de una teoría y una práctica socialistas. Los inte­lectuales adherentes al régimen, agrupados en la revista Crisol, toman a su cargo la tarea de "de-

 

 

 

 

 

 

 

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finir y esclarecer la ideología de la Revolución". Se reconoce, por consi-guiente, que no estaba de­finida ni esclarecida. Los últimos actos de repre­sión, dirigidos en primer término contra los re­fugiados políticos extranjeros, cubanos, venezo­lanos, etc., indican que este esclarecimiento va a llegar con retardo. Los políticos de la Revo­lución Mexicana, bastante distanciados entre ellos por otra parte, se muestran cada día menos dis­puestos a proseguirla como revolución demo­crático-burguesa. Han dado ya máquina atrás. Y sus teóricos nos sirven, en tanto, con facundia latinoamericana, una tesis del Estado regulador, del Estado intermedio, que se parece como una gota de agua a otra gota a la tesis del Estado fascista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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AUTORES Y LIBROS AMERICANOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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"SEIS ENSAYOS EN BUSCA DE NUESTRA EXPRESION",

POR PEDRO HENRIQUEZ UREÑA*

 

 

Diversos signos anuncian la liquidación inmi­nente de la demagogia super-americanista, de la declamación ultraista, en que han coincidido en nuestra América el mesianismo de algunos re­formadores políticos y sociales impro-visados en las jornadas de la insurrección universitaria y el futurismo de otros tantos poetas, provincianamente persuadidos de la originalidad y criolledad de sus mediocrísimas rapsodias de los "is­mos" europeos. Esta liquidación nos exonerara del tributo a uno que otro tácito "maestro de la juventud", de gestos y palabras estrictamente en­tonados a la más confusa exaltación post-béli­ca; pero nos conducirá, en cambio, a una esti­mación exacta, a una ponderación útil de los hombres que verdaderamente ejercen en Lati­no América una función crítica y docente. Pe­dro Henríquez Ureña, el autor de estos Seis ensayos en busca de nuestra expresión que quiero señalar hoy a la atención de mis lectores, es sin duda uno de los escritores que con más sentido de responsabilidad y mayores dotes de talento y cultura cumplen esa función.

 

En Henríquez Ureña se combinan la disciplina y la mesura del crítico estudioso y erudito con la inquietud y la comprensión del animador que, exento de toda ambición directiva, alienta la esperanza y las tentativas de las generaciones jóvenes. Henríquez Ureña sabe todo lo que valen el aprendizaje escrupuloso, la investigación atenta, los instrumentos y métodos de trabajo de una cultura acendrada; pero aprecia, igualmen­te, el valor creativo y dinámico del impulso ju‑

 

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* Publicado en Mundial: Lima, 28 de Junio de 1929.

 

 

 

 

 

 

 

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venil, de la protesta antiacadémica y de la afir­mación beligerante. Su simpatía y su adhesión acompañan a las vanguardias en la voluntad de superación y en el esfuerzo constructivo. De ninguna crítica me parece tan necesitada la actividad literaria de estos países como de la que Pedro Henríquez Ureña representa con tanto estilo individual.

 

En su nuevo libro, que agrega un título más a la selectísima biblioteca argentina dirigida por Samuel Glusberg, Henríquez Ureña reúne traba­jos dispersos -artículos, conferencias, prólogos- que no obedecen en parte a la intención central de la obra.

 

Los ensayos Hacia el nuevo teatro y Veinte años de la literatura en los Estados Unidos, ex­celentes como panorama de uno y otro tópico, podían formar parte de otro libro. No diré que son ajenos al espíritu mismo de estas medita­ciones "en busca de nuestra expresión", pero sí que pertenecen con más propiedad a otro grupo de ensayos del autor. Han sido incluidos en estos "seis ensayos" por la dificultad editorial acusadora de nuestra pobreza -de organizar en volú­menes autónomos la investigación de un ensa­yista como Henríquez Ureña.

 

Los dos primeros ensayos: El descontento y la promesa: en busca de nuestra expresión y Cami­nos de nuestra historia literaria, contienen lo más esencial del libro. En esos dos nutridos y sólidos escritos, Henríquez Ureña logra un planteamien­to de los problemas de nuestra literatura y de su orientación, mucho más eficaz y hondo que el que embrollada o vagamente esbozan, sin tan precisos resultados, enteros volúmenes de histo­riografía y crítica literaria. Las conclusiones de Henríquez Ureña son, como todas, susceptibles en muchos puntos de desarrollo y rectificación; pero revelan algo que no es frecuente en nues­tra crítica: un criterio superior y seguro. Hen­ríquez Ureña tiene las cualidades del humanista moderno, del crítico auténtico. Sus juicios no son nunca los del impresionista ni los del escolásti­co. La consis-tencia de su criterio literario, no es asequible sino al estudioso que al don innato

 

 

 

 

 

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del buen gusto une ese rumbo seguro, esa no­ción integral que confieren una educación y un espíritu filosóficos Henríquez Ureña confirma y suscribe el principio de que la crítica litera­ria no es una cuestión de técnica o gusto, y de que será siempre ejercida, subsidiaria y superfi­cialmente, por quien carezca de una concepción filosófica e histórica. El hedonismo tanto come el eruditismo y el preceptivismo, están definidamente relegados a una condición inferior en la crítica. No es posible el crítico sin tecnicismo y sin sensibilidad especí-ficamente literarios, pero se clasificará invariablemente en una categoría secundaria al crítico que con la ciencia y el gus­to no posea un sentido de la historia y del uni­verso, una weltanschauung.*

 

Henríquez Ureña reacciona contra el superarne­ricanismo de los que nos aconsejan cierta clausu­ra o, por lo menos, cierta resistencia a lo europeo, con mística confianza en el juego exclusivo y excluyente de nuestras energías criollas y autóc­tonas. «Todo aislamiento es ilusorio -remarca el autor de 6 ensayos en busca de nuestra expresión-. La historia de la organización espiritual de nuestra América, después de la emancipación política, nos dirá que nuestros propios orientadores fueron, en momento oportuno, europei-zantes: Andrés Bello, que desde Londres lanzó la decla­ración de nuestra independencia literaria, fue mo­tejado de europeizante por los proscriptos argen­tinos veinte años después, cuando organizaba la cultura chilena; y los más violentos censores de Bello, de regreso en su patria, habían de empren­der, a su turno, tareas de europeización, para que ahora se lo afeen los devotos del criollismo puro». Pero Henríquez Ureña reconoce, al mismo tiempo, la función de "la energía nativa". Más aún, la rei­vindica como factor primario de toda creación americana. Formamos parte del mundo latino y, por ende, del occidental; pero los lazos que supo­ne esta filiación «no son estorbos defini-tivos pa­ra ninguna originalidad, porque aquella comuni­dad tradicional afecta sólo a las formas de la cul‑

 

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* Concepción del mundo.

 

 

 

 

 

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tura mientras que el carácter original de los pue­blos viene de su fondo espiritual, de su energía nativa». Y esta energía quizá en ningún ameri­cano actúa tanto como en los que pugnan por europeizar u occidentalizar América. «No creo -declara Henríquez Ureña- en la realidad de la querella de Fierro contra Quiroga. Sarmiento, como civilizador, urgido de acción, atenaceado por la prisa, escogió para el futuro de su patria el atajo europeo o norteame-ricano en vez del sendero criollo, informe todavía, largo, lento, interminable tal vez o desembocando en callejón sin salida; pero nadie sintió mejor que él los soberbios ímpetus, la acre originalidad de la barbarie que aspiraba a destruir. En tales opo­siciones y en tales decisiones está el Sarmiento aquilino: la mano inflexible escoge; el espíritu amplio se abre a todos los vientos. ¿Quién com­prendió mejor que él a España, la España cuyas malas herencias quiso arrojar al fuego, la que visitó "con el santo propósito de levantarle el proceso verbal", pero que a ratos le hacía agi­tarse en ráfagas de simpatía?».

 

¿A qué atribuir la imperfección, la incipien­cia, la pobreza de nuestra litera-tura? Henríquez Ureña no busca la explicación en la raza, ni en el clima, ni en los modelos, ni en el demonio del romanticismo o del europeísmo. El arte y la li­teratura no florecen en sociedades larvadas o inorgánicas, oprimidas por los más elementales y angustiosos problemas de crecimiento y estabilización. No son categorías cerradas, autónomas, independientes de la evolución social y política de un pueblo. Henríquez Ureña se coloca a este respecto en un terreno materialista e histórico. Distingue dos Américas, la buena y la mala. La primera es la que ha conseguido organizar aproximadamente su existencia, según las reglas de la civilidad occidental; la segunda es la que se debate aún en la contradicción, entre las formas y exigencias de esta cultura y los densos rezagos tribales o feudales de la América primi­tiva o colonial. Y la literatura no escapa a una u otra influencia. «Las naciones serias van dando forma y estabilidad a su cultura y en ellas las

 

 

 

 

 

 

 

 

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letras se vuelven actividad normal, mientras tanto, en "las otras naciones", donde las institu­ciones de cultura, tanto elemental como superior, son víctimas de vaivenes políticos y del desor­den económico, la literatura ha comenzado a fla­quear. Ejemplos: Chile, en el siglo XIX, no fue uno de los países hacia donde se volvían con mayor placer los ojos de los amantes de las letras; hoy sí lo es. Venezuela tuvo durante cien años, arrancando nada menos que de Bello, li­teratura valiosa, especialmente en la forma: abundaba el tipo del poeta y del escritor dueño del idioma, dotado de facundia. La serie de tiranías ignorantes que vienen afligiendo a Vene­zuela desde fines del siglo XIX -al contrario de aquellos curiosos "despotismos ilustrados" de antes, como el de Guzmán Blanco- han deshe­cho la tradición intelectual: ningún escritor de Venezuela menor de cincuenta años disfruta de reputación en América».

 

Henríquez Ureña discurre con admirable luci­dez sobre la naturaleza de los problemas litera­rios y artísticos. «Nuestros enemigos -escribe- al buscar la expresión de nuestro mundo, son la falta de esfuerzo y la ausencia de disciplina, hi­jos de la pereza y la incultura, o la vida en per­petuo disturbio y mudanza, llena de preocupa­ciones ajenas a la pureza de la obra: nuestros poetas, nuestros escritores, fueron las más veces, en parte son todavía, hombres obligados a la ac­ción, la faena política y hasta la guerra, y no faltan entre ellos los conductores e iluminadores de pueblos». Pero más certera y magistral es su diagnosis en estas palabras finales del libro: «En el pasado nuestros enemigos han sido la pereza y la ignorancia; en el futuro, sé que sólo el esfuer­zo y la disciplina darán la obra de expresión pura. Los hombres del ayer, en parte los del pre­sente, tenemos excusa: el medio no nos ofrecía sino cultura atrasada y en pedazos; el tiempo nos lo han robado empeños urgentes, unas veces altos, otras humildes. Y, sin embargo, hasta fi­nes del siglo XIX nuestra mejor literatura es obra de hombres ocupados en "otra cosa": liber-tadores, presidentes de república, educadores de

 

 

 

 

 

 

 

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pueblos, combatientes de toda especie. La cala­midad han sido los ociosos: esos poetas románti­cos, cuyo único oficio conocido era el de hacer versos, pero que eran incapaces de poner seriedad en la obra. Y lo que antes se veía en los románticos, ¿no se ve ahora en sus descendien­tes bajo designaciones distintas?». Es difícil comentar el libro de Henríquez Ureña sin ceder, a cada paso, a la tentación de citar textualmente sus palabras. He trascrito, hasta ahora, párrafos que dan una idea precisa del mérito y del contenido de su última obra. Si estas trascripciones contribuyen a despertar el interés del público sobre tan excelente libro, habré alcanzado lo que me propongo en este rápido comentario.

 

"INDOLOGIA" POR JOSE VASCONCELOS*

 

Nadie se ha imaginado el destino de América con tan grande ambición ni tan vehemente es­peranza, como José Vasconcelos en el prefacio de la Raza Cósmica, cuya tesis esencial encuen­tra explicación y desarrollo admirables en In­dología, el último libro del pensador mexicano. El objeto del Nuevo Mundo, según esta tesis que aspira más bien a ser una profecía, es la crea­ción de una cultura universal. En el suelo de América, se confundirán todas las razas, para producir la raza cósmica. Concluye con la cultura occidental, que se caracteriza ya por su fuer­za expansiva y su ideal ecuménico, la edad de las culturas particulares. La misión de Améri­ca es el alumbramiento de la primera civilización cosmopolita. Universalidad, dice Vasconce­los, debe ser nuestro lema.

 

Indología, desborda así los límites de una "in­terpretación de la cultura íbero-americana", que es como nos viene presentada, para tocar los de una utopía en la más pura acepción del voca­blo. Y por esto no es el libro de un sociólogo ni de un historiador ni de un político, siendo sin embargo, a un tiempo, historia, sociología, polí­tica, por ser el libro de un filósofo. La filosofía recobra aquí su clásica función de ciencia uni

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* Publicado en Variedades: Lima, 22 de Octubre de 1922.

 

 

 

 

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versal, que domina y contiene todas las cien­cias y que se siente destinada, no sólo a expli­car e iluminar la vida, sino a crearla, proponién­dole las metas de una incesante superación. El filósofo retorna a una tradición en que encon-tramos a Platón y su República, para aplicar todas las conquistas del cono-cimiento a la con­cepción de un arquetipo o plan superior de so­ciedad y de civilización.

 

Esta concepción, por la libertad y la audacia con que se mueve en el tiempo, se coloca fuera del alcance de la crítica, forzada a contentarse con el análisis de sus materiales históricos y científicos. El secreto de la arquitectura imaginada con estos materiales, no se entrega sino parcialmente o fragmenta-riamente. Es un secreto del espíritu creador.

 

Vasconcelos construye su tesis sin cuidarse de sistematizarla con lógica rigurosa y pedante. Su procedimiento no conduce a la formalización rígida. Y su obra, tiene por esto, como él lo anhela, más de musical que de arquitectóni-ca. El pensamiento de Vasconcelos, afronta los riesgos de los más intrépidos vuelos; pero se complace siempre en retornar a la naturaleza y a la vida, de las cuales extrae su energía. El concepto se mezcla en sus obras con el relato, la impresión, la poesía. Su prosa, tiene un contagioso calor lírico. Cada idea nos descubre, en seguida, en Vasconcelos, su raíz, su proceso -estoy casi por decir que su biografía-. Por esto, el gran mexicano, no nos ofrece nunca tesis frías ideas con­geladas, sino un pensamiento móvil, viviente; cálido, expresado con su fluencia y su movimiento. Y, por esto, también, su obra tiene en parte un carácter marcadamente autobiográfico -como sucede en el prólogo de Indología y las crónicas de viaje de La Raza Cósmica- que proviene de una profunda adhesión, más que al concepto mismo, a las percepciones que lo nutren, a la natu­raleza que le presta matiz y emoción, al hecho que le comu-nica dinamismo y le atribuye objeto.

 

¿Cómo llega Vasconcelos a su teoría de la mi­sión de América: cultura univer-sal y raza cós­mica? Para entender bien esta concepción hay

 

 

 

 

 

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que conocer sus leyes, su andamiaje teórico. Vas­concelos, los expone así: «La primera hipótesis que tomo para organizar el concepto de nuestros ideales colectivos, y que me sirve como de hélice propulsora en el vuelo del pensa-miento ha­cia el futuro, es mi teoría de los tres estados de la civilización. Veo el problema del mundo, no ya subdividido en misiones parciales que a cada raza y a cada período histórico ha correspondido desarrollar, sino englobado en tres grandes ci­clos, hacia los cuales ha venido convergiendo la historia y cuya consecución todavía no al­canzamos a mirar. Esos tres grandes ciclos son: el materialista, el intelectualista y el estético. No insistiré en el desarrollo de esta tesis, que ya varias veces he procurado esbozar y definir. Insisto solamente en asentarla y añado que la historia de cada una de las grandes civilizaciones podría demostrarnos la aparición sucesiva de cada una de estas épocas que se caracterizan por el predominio, ya de uno, ya de otro de los factores que sirven de base a la diferenciación. El período militar, que corres-ponde al régimen de tribu; el período del intercambio, las convencio­nes y los arreglos inteligentes, que corresponde al desarrollo de las instituciones y de la civili­zación, y, finalmente, el período estético que co­rresponde a la concep-ción emotiva, religiosa y artística de la vida. Tercer período, que ha sido para todas las grandes culturas como una meta, no obstante que todas, hasta hoy, han decaído antes de alcanzarla. Han decaído porque la co­rrupción interna, al traicionar las normas supe­riores, las ha puesto otra vez a merced del apetito y la incredulidad en el ideal».

 

Nuestra civilización no ha cumplido aún, se­gún Vasconcelos, su ciclo intelec-tual, dividido por el autor de Indología en tres períodos: el del abogado, el del economista y el del ingeniero. El primero corresponde al de la elaboración del derecho y la sujeción a sus leyes de las re­laciones de los individuos como de los pueblos. El segundo debe conducir al sometimiento del capital a los fines colectivos; al triunfo de los técnicos de la economía sobre los capitanes de

 

 

 

 

 

 

 

 

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la industria privada; vale decir a la realización del socialismo. El tercero será el período de la técnica, de la ingeniería, del dominio de todas las fuerzas y resistencias de la naturaleza, por la ciencia aplicada. (Vasconcelos haría justicia a Lenin, si reconociera al genial revolucionario la gloria de haber soñado, como nadie antes que él, en esta etapa, cuando planeaba con ilumi-nado empeño la electrificación de Rusia).

 

Pero estos períodos progresan sin duda para­lelamente. Más optimista que Vasconcelos, yo pienso que de los dos últimos -el del econo­mista y el del ingeniero- el mundo contempo­ráneo nos presenta ya logradas anticipaciones. Aunque Vasconcelos, con una falta de justicia y de lucidez que consternan en una mente como la suya se incline a negarlo, la obra de la Re­volución Rusa representa un gigantesco esfuer­zo de racionalización de la economía. Y el avan­ce heroicamente ganado por Rusia hacia el so­cialismo -en medio de un mundo hostil, dentro del cual ni aún los filósofos más atrevidos en su previ-sión del porvenir son capaces de mirarla sin prejuicios- nos indica que no tocará a Es­tados Unidos, sino a la Unión Soviética, la rea­lización del some-timiento del dinero y la pro­ducción a los principios de la economía y la jus­ticia sociales.

 

La ausencia que los espíritus de la nueva generación tenemos que constatar, con un poco de tristeza y desencanto, en la obra de Vasconcelos, es la au-sencia de un sentido más agudo y des­pierto de lo presente. La época reclama un idea­lismo más práctico, una actitud más beligeran­te. Vasconcelos nos acompaña fácil y generosamente a condenar el presente, pero no a entenderlo ni utilizarlo. Nuestro destino es la lucha más que la contemplación. Esta puede ser una limitación de nuestra época, pero no tenemos tiempo para discutirla, sino apenas para acep­tarla. Vasconcelos coloca su utopía demasia-do lejos de nosotros. A fuerza de sondear en el fu­turo, pierde el hábito de mirar en el presente. Conocemos y admiramos su fórmula: "Pesimismo de la realidad; optimismo del ideal. Pero obser-

 

 

 

 

 

 

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vando la posición a que lleva al que la profesa demasiado absolutamente, preferimos sustituirla por esta otra: "Pesimismo de la realidad; opti­mismo de la acción". No nos basta condenar la realidad, queremos transformarla. Tal vez esto nos obligue a reducir nuestro ideal; pero nos en­señará, en todo caso, el único modo de realizarlo. El marxismo nos satisface por eso: porque no es un programa rígido sino un método dia­léctico.

 

Estas observaciones no niegan ni atenúan el valor de la obra de Vasconcelos como aporte a una revisión revolucionaria de la historia. Vas­concelos tiene como historiador y sociólogo jui­cios magistrales. Es imposible, por ejemplo, no suscribir el siguiente: "Si no hubiese tantas otras causas de orden moral y de orden físico que ex­plican perfectamente el espectáculo aparentemente desesperado del enorme progreso de los sajones en el Norte y el lento paso desorientado de los latinos en el Sur, sólo la comparación de los dos sistemas de los regímenes de propiedad, bastaría para explicar las razones del contras-te: En el Norte no hubo reyes que estuviesen dispo­niendo de la tierra ajena como de cosa propia. Sin mayor "gracia" de parte de sus monarcas y más bien en cierto estado de rebelión moral con­tra el monarca inglés, los colonizadores del Norte fueron desarrollando un sistema de propiedad privada, en el cual cada quien pagaba el precio de su tierra y no ocupaba sino la extensión que podía cultivar. Así fue que en lugar de enco­miendas hubo cultivos y en vez de una aristo­cracia guerrera y agrícola, con timbres de tur­bio abolengo real, abolengo cortesano de ab­yección y homicidio, se desarrolló en el Norte una aristocracia de la aptitud, que es lo que se llama democracia, una democracia que en sus comienzos, no reconoció más preceptos que los del lema francés: "libertad, igualdad, frater­nidad".

 

Pienso, empero, que el juicio de Vasconcelos sobre la diferencia esencial entre la sociedad fundada en el Norte por los sajones y la fundada en el Centro y Sur por los íberos, no está

 

 

 

 

 

 

 

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exento de cierto romanticismo. Lo que fundamentalmente distingue a ambas sociedades no es una raza ni una tradición diversas. Es más bien el hecho de que con los sajones vino la Reforma, esto es la revolución espiritual de la cual debía hacer todo el fenómeno capitalista e industrialista, mientras que con los españoles vino el Medio Evo, esto es la subsistencia de un espíritu incompa-tible con un nuevo principio de propiedad, libertad y progreso. El Medio Evo ha­bía ya dado todos sus frutos espirituales y ma­teriales. La conquista fue la última cruzada. Con los conquistadores se acabó la grandeza espa­ñola. Des-pués no alumbró sino en el misticismo de algunas grandes almas religiosas. Coincido con Vasconcelos en la estimación de la obra ci­vilizadora de las misiones del coloniaje. La reconocí ya hace algún tiempo a propósito de la función de algunas congregaciones en la agri­cultura y la educación práctica de los indígenas, en un ensayo sobre la evolución de la economía peruana. Pero deduzco todos los factores de es­tancamiento latinoamericano de la medio-evali­dad española. España es una nación rezagada en el progreso capitalista. Hasta ahora, España no ha podido aún emanciparse del Medio Evo. Mientras en Europa Central y Oriental han sido abatidos, como consecuencia de la guerra, los últimos bastiones de la feudalidad, en España se mantienen todavía en pie, defendidos por la mo­narquía. Quienes ahondan hoy en la historia de España, descubren que a este país le ha faltado una cumplida revolución liberal y burguesa. En España el tercer estado no ha logrado nunca una victoria definitiva. El capitalismo aparece cada vez más netamente como un fenómeno consus­tancial y solidario con el liberalismo y con el protestantismo. Este no es propiamente un prin­cipio ni una teoría sino más bien una observa­ción experimental o empírica. Se constata que los pueblos en los cuales el capitalismo -indus­trialismo y maquinismo- ha alcanzado todo su desarrollo, son los pueblos anglo-sajones, liberales y protestantes. Sólo en estos países la civi­lización capitalista se ha desarrollado plenamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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España es, entre las naciones latinas, la que menos ha sabido adaptarse al capitalismo y al li­beralismo. La famosa decadencia española, a la cual exegetas románticos atribuyen los más diversos y extraños orígenes, consiste simplemen­te en esta incapacidad. El clamor por la euro­peización de España, ha sido un clamor por su asimilación demo-burguesa y capitalista. Lógica-mente, las colonias formadas por España en América, tenían que resentirse de la misma de­bilidad. Se explica perfectamente el que las colo­nias de Inglaterra, nación destinada a la hege­monía en la edad capitalista, recibiesen los fermen-tos y las energías espirituales y materiales de un apogeo, mientras las colonias de España, nación encadenada a la tradición de edad aris­tócrata, recibían los gérmenes y las taras de una decadencia.

 

Está en lo justo Vasconcelos cuando denuncia la tesis de la superioridad absoluta de la raza blanca como un prejuicio imperialista de los anglo-sajones. La América Latina necesita su­perar este prejuicio que comporta también el de la inferioridad de todo mestizaje. Vasconcelos pone en el mestizaje, su es-peranza de una raza cósmica. Pero exagera cuando atribuye al espí­ritu de la colonización española el cruzamien­to de la sangre ibera con la sangre india. Los colonizadores sajones llegaron a Norte América con sus familias. No encontraron, además, un pueblo con tradición y cultura. El conquistador es-pañol, tuvo que tomar como mujer a la india. Y halló en América dos culturas avanzadas y respetables: al Norte, la azteca; al Sur, la que­chua.

 

"LOS DE ABAJO" DE MARIANO AZUELA*

 

México tiene la clave del porvenir de la América india. Por esta posesión, el pueblo azteca ha pagado, sin cicatería ni parsimonia, el tributo de su sangre. Tuvo don de profecía Vasconcelos,

 

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* Publicado en: Variedades el 21 de Enero de 1928. Y reproducido en Amauta Nº 12: Lima, Febrero de 1928.

 

 

 

 

 

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cuando escogió el lema de la Universidad mexi­cana: "Por mi raza hablará el espíritu". En Mé­xico se exaltan y se agrandan prodigiosamente las posibi-lidades creadoras de nuestra América. El pueblo que primero ha hecho una revolución es el primero que esta haciendo un arte, una li­teratura una escuela Pueden sonreír los que suponen que la literatura es una categoría indepen­diente de la política del espacio y el tiempo El poder de creación es uno solo. Una época revo­lucionaria es creadora por excelencia. Es una época de alta tensión en la cual todas las energías y todas las potencias de un pueblo -políticas, económicas, artísticas, religiosas- logran su máximo grado de exaltación.

 

La pintura, la escultura, la poesía de México son las más vitales del conti-nente. Las de otros pueblos hispano-americanos presentan, en algu­nos casos, individualidades y movimientos su­gestivos y ejemplares; pero las de México tie­nen la fuerza vital del fenómeno orgánico y colectivo. Las distingue su savia popular, su im­pronta mexicana.

 

La Revolución Mexicana ha tenido, en litera­tura, su período de poesía. Período de cantos a la Revolución. (El "estridentismo" es su batalla literaria característica y Maples Arce su poeta representativo). Los de abajo, la novela de Ma­riano Azuela, parece ser signo de que la revo­lución entra, también, en literatura, en su pe­ríodo de prosa. La novela, el relato, fijarán más duradera y profundamente que el verso el carác­ter y la emoción de la epopeya revolu-cionaria.

 

Los de abajo no es todavía la novela de la Revolución A esta novela no será posible llegar sino a través de tentativas preparatorias. Azue­la nos revela en su libro tan sólo un lado, un contorno de la Revolución. No desfila, delante de nosotros, el ejército de la Revolución, sino una de sus columnas volantes. La versión de Azuela, robusta, honrada, violenta, se detiene en la gue­rrilla, en la escaramuza, en el episodio.

 

Los personajes de Los de abajo están reclu­tados entre los franco tiradores o montoneros de la Revolución, no entre sus soldados regulares.

 

 

 

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El protagonista Demetrio Macias, que capitanea una banda de montañeses, por ser el más valien­te, el más hombre de todos, anda a salto de mata, en armas contra la ley, porque está fuera de la ley como todos sus compañeros. Si sus andanzas lo convierten en general villista es, más que por su instinto de guerrillero, por la astucia del aventurero Luis Cervantes, profiteur* de la guerra civil.

 

Macias, cuenta así su historia y la de su banda:

 

«Yo soy de Limón, muy cerca de Moyahua, del puro cañón de Juchipila. Tenía mis casas, mis vacas y un pedazo de tierra para sembrar, es decir que nada me faltaba. Pues, señor, noso­tros los rancheros, tenemos la costumbre de ba­jar al lugar cada ocho días, Oye uno su misa, oye el sermón, luego va a la plaza, compra sus cebollas, sus jitomates y todas las encomiendas. Después entra uno con sus amigos a la tienda de Primitivo López a hacer las once. Se toma la copita; a veces, es uno condescendiente y se deja cargar la mano y se le sube el trago, y le da su mucho gusto. Todo está bueno, porque no se ofende a nadie. Pero que comiencen a meterse con usted; que el policía pasa y pasa, arrima la oreja a la puerta; que al comisario o a los auxiliares se les ocurra quitarle a usté su gusto... ¡Claro, hombre! Usté no tiene la sangre de orchata, usté lleva el alma en el cuer­po, a usté le da coraje, usté se levanta y les dice su justo precio. Si entendieron, santo y bueno, a uno lo dejan en paz, y en eso paró todo. Pero hay veces que quieren hablar ronco y golpeado... y uno es machito de por si… y no le cuadra que nadie le pele 1os ojos... Y, si, señor, sale la daga, sale la pistola... ¡Y lue­go vamos a correr la sierra hasta que se les ol­vida el difuntito!»

 

«Bueno, ¿qué pasó con don Mónico? ¡Faceto!. muchísimo menos que con los otros; ¡ni siquie­ra vio correr el gallo!... Una escupida en las barbas por entro-metido y pare usté de contar… Pues con eso ha habido para que me eche encima a la Federación, Usté ha de saber del chis‑

 

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* Aprovechador.

 

 

 

 

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me ese de México, donde mataron al señor Ma­dero y a otro, a un tal Félix o Felipe Díaz, ¡qué sé yo! Bueno, pues el mismo don Mónico fue en persona a Zacatecas a traer escolta para que me agarraran. Que diz que yo era maderista y que me iba a levantar. Pero como no faltan amigos, hubo quien me lo avisara a tiempo, y cuando los federales vinieron a Limón, yo ya me había pelado. Después vino mi compadre Anastasio, que hizo una muerte y, luego, Pan­cracio, la Codorniz y muchos amigos y cono­cidos. Después se nos han ido juntando más, y ya ve; hacemos la lucha como podemos».

 

La guerrilla de Demetrio Macias sucumbe en una emboscada, en la misma sierra donde tiem­po atrás deshizo a una columna de federales. La acción de la novela constituye un capitulo del episodio villista. Su naturaleza de episodio es patente hasta por el desenlace. El episodio necesita terminar; la historia es siempre una continuación y un comienzo. La revolución está hecha de muchos episodios como el de Los de abajo, pero está hecha también y sobre todo, de un gran caudal de anhelos y de impulsos po­pulares y, después de mucho estrellarse y desbordarse, se abrió el hondo cauce por el cual corre ahora. La guerrilla es un arroyo que baja de la sierra, para perderse a veces; la revolu­ción, un gran río que confuso en sus orígenes, se ensancha y precisa en su amplio curso.

 

Pero Los de abajo, los montoneros de Mariano Azuela, pertenecen siempre a la revolución. La revolución no puede renegarlos. El montonero, ese hombre listo y bravo que merodeaba por la sierra fuera de la ley, sirvió para medir la miseria y la esclavitud del peón, del campesino, oprimido por la ley. La revolución que, desde antes de serlo, sembró de esperanzas y de anhe­los el país, tenía el don de imponer su verbo y de prestar su fe a sus combatientes. El pro­pio profiteur Luis Cervantes, el bachiller arri­bista que escapa a Estados Unidos con el botín de los saqueos, después de entregar a Ma-

 

 

 

 

 

 

 

 

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cías a la mujer que lo quiere y lo sigue, obe­dece inconscientemente a una fuerza superior a él. A pesar de su desvergüenza y de su fuga, es un servidor de la revolución. El aprovecha a la revolución pero la revolución lo aprove­cha también a él. ¿No es él quien descubre a Macias que su aventura puede insertarse en su gran movimiento y consagrarse a una gran cau­sa? («Mentira que usté ande aquí por don Mónico el cacique; usté anda aquí por don Motra, el caciquismo que asola toda la nación. Somos elementos de un movimiento social que tiene que concluir por el engrandecimiento de nues­tra patria. Somos instrumentos del destino para la reivindicación de los sagrados derechos del pueblo. No peleamos por derrocar a un asesino miserable, sino contra la tiranía misma. Eso es lo que se llama luchar por principios, tener ideales. Por ellos luchan Villa, Natera, Carran­za; por ellos estamos luchando nosotros...»). La revolución necesitaba estos tinterillos, estos bachilleres, aunque luego la desertasen y trai­cionasen. Si era posible un Luis Cervantes, era posible también un Atilio Montañés, el obscuro maestro elemental que dictó el programa agraris­ta a Emiliano Zapata, expresando la más vigo­rosa reivindicación: de las masas mexicanas.

 

Nada de esto disminuye, por cierto, el mérito de la obra de Mariano Azuela, gran precursor de la novela americana.

 

Los de abajo, no le debe artísticamente nada a ninguna literatura. Azuela la ha creado ínte­gramente con materiales mexicanos. Para algo la revolución de su patria es tan rica en ma­teria y en espíritu.

 

Pero si se quiere buscarle una equivalencia a esta sobria y fuerte novela, en otra literatura revolucionaria, se podría tal vez encontrarla en cierto grado, en los Cuentos de la Caballería Roja de Babel y, en otro sentido, en Los Tejo-nes de Leonov. Equivalencia he escrito y no pareci­do ni afinidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

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"LA REVOLUCION MEXICANA" POR LUIS ARAQUISTAIN*

 

El tiempo de "ricorso" en que se encuentra desde hace algunos meses la Revolución Mexi­cana -vencida la reacción militar, con el acti­vo concurso de los obreros y campesinos, el Presidente provisorio, licenciado Portes Gil, ha creído políticamente oportunas y hábiles no po­cas concesiones a los intereses reaccionarios, a expensas de las masas revolucionarias- aleja un poco del lector actual el libro de Araquis­tain, que alcanza al momento en que, asesinado Obregón, el presidente Calles afirmó su deci­sión irrevocable de dejar la presidencia al tér­mino de su periodo legal y pronunció una formal condena del caudillaje. La revolución mexi­cana, según sus palabras, era lo suficientemente fuerte y adulta para proseguir sin la brújula de un jefe providencial. La constatación de esta madurez sugería a Araquistain las siguientes reflexiones:

 

«La muerte de Obregón no hará retroceder la historia. En el estado presente de la evolución social de México, ningún hombre, por grande que sea, es indispensable. Ya no conducen los individuos sino las masas organizadas por la revolución de 1919. El héroe ahora es la nueva sociedad que se está forjando y que producirá cuantos líderes le sean precisos. El magnicidio resulta inútil. Un fanático o un sicario no puede detener la marcha ascendente de un pueblo que busca su libertad con tanto ahínco y a costa de tanta sangre».

 

De ese instante a hoy, el panorama político de México se ha modificado sensiblemente. Ara­quistain dejó a la Revolución en su "línea de Obregón". Algunas posiciones habían sido aban­donadas y algunas esperanzas habían sido li­cenciadas, bajo la conminatoria de los hechos; pero las conquistas de los artículos 27 y 123 de la Constitución eran irrenunciables. La línea de Obregón no se ha mostrado más inexpugnable que la línea de Hindenburg. Con la muerte de

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 11 de Setiembre de 1929.

 

 

 

 

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Obregón, se produjo la fracturó del frente único revolucionario. Morones y los laboristas, fueron condenados al ostracismo del poder. Empezó una lucha entre el obregonismo y la Crom. El Par­tido Comunista que había sostenido la candida­tura de Obregón, reivindicó su derecho a una política autónoma, aprestándose para las cam­pañas de la candidatura de Rodríguez Triana y del block obrero y campesino. La insurrec­ción reaccionaria de los generales Escobar, Agui­rre, etc., exigió la temporal soldadura del fren­te revolucionario. Todas las fuerzas obreras y campesinas fueron llamadas al combate contra la ofensiva reaccionaria. La tentativa de estos jefes militares que tan seriamente amenazó al poder, como la de Gómez y Serrano, no había sido posible exclusivamente por la ambición pre­toriana de sus caudillos, sino por el estímulo de fuerzas anti-revolucionarias, actuantes en el cam­po mismo de la Revolución. Debelada la revuel­ta, el gobierno provisorio de Portes Gil, no extraño al influjo de estas fuerzas, inauguró una política íntimamente inspirada en la tendencia a reducirlas a la obediencia y a la disciplina por medio de una serie de concesiones a los intere­ses que traducían. Esta política en breve plazo, ha conducido al abandono de la antigua línea revolucionaria. El gobierno de México ha pactado primero con el imperialismo, en seguida con el clero. No ha retrocedido ante el desarme violento de las mismas masas de campesinos que lo habían ayudado a destruir las tropas de los cabecillas reaccionarios. Ha fusilado a organizadores y líderes de estas masas como José Guada­lupe Rodríguez. Persigue a los comunistas y a los agraristas, como cualquier fascismo balcáni­co. Una de las condiciones tácitas de paz con las derechas es la represión de la extrema izquier­da. Podría decirse que el gobierno de Portes Gil ha batido la insurrección reaccionaria, para apro­piarse en seguida de su programa. El código de trabajo, significa una radical rectificación de la política obrera animada por el espíritu del ar­tículo 27 de la Constitución. Rectificación ope­rada con astucia jurídica, pero inspirada neta‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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mente en el interés capitalista. La capitulación ante los petroleros, desvanece las ilusiones del "Estado anti-imperialista".

 

Eudocio Ravines -joven escritor peruano, que ha logrado en Europa, en un severo aprendizaje que ojalá tuviera imitadores en nuestros estu­diantes de fuera, una admirable madurez- avi­zoraba hace pocos meses, desde su mirador de París, el "thermidor mexicano".

 

Pero este "ricorso", si nos distancia bastante del período a que corresponden las sagaces in­dagaciones de Luis Araquistain, no disminuyen el valor de su libro, la primera visión panorá­mica de una Revolución rencorosamente difamada por la propaganda imperialista y conservadora. Araquistain previene en más de un pasaje, al lector de juicios sumarios, contra toda ilusión excesiva.

 

«Contra lo que se ha dicho tantas veces -apun­ta- la Revolución Mexicana no es socialista. No intenta crear, como en Rusia, una propiedad agraria común, sino una propiedad individual, co­mo en Francia». La Revolución Mexicana se cla­sifica históricamente como una revolución demo­crático-burguesa que, atacando el latifundio, por su inmovilidad feudal, en virtud de las leyes del crecimiento capitalista y de la necesidad po­lítica de apoyarse en las rei-vindicaciones de las masas, mantiene intacto el principio de la propiedad privada». «En última instancia -dice Ara­quistain- la Revolución Mexicana se ha limitado a suprimir ese concepto básico de la propie­dad absoluta y a sustituirlo con otro concepto más moderno: que toda forma de propiedad es sólo legítima como servicio, como función so­cial, y que si un propietario no sabe cumplir con esa función, la sociedad, por el instrumento del Estado, tiene el derecho y aun el deber de desposeerle y traspasar la propiedad a un pro-pietario más competente o más probo». Pero en el reparto de tierras el nuevo régimen mexi­cano ha avanzado muy despacio. Araquistain consigna en su libro las cifras de la adjudicación de tierras a los ejidos. «Las tierras repartidas en diez años, de 1916 a 1926, fueron 3'158,875 hec-

 

 

 

 

 

 

 

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tareas en una superficie total de 196'230,000 hec­táreas, o sea el 1.8 por 100. No es para alarmar a nadie. Los jefes de familia beneficiados por esos repartos, fueron poco más de 300,000 en una población agrícola aproximada de cuatro millo­nes de habitantes. Los repartos provisionales en este tiempo fueron de 2'525,849 hectáreas. Como se ve, la Revolución dista aun mucho de estar completa» Esto es, en el hecho, lo mismo que sostienen los revolucio-narios del block obrero-campesino, en su campaña por llevar adelante la Revolución, aunque Araquistain no suscribiría ciertamente ninguno de los principios teóricos de su programa. La política agraria de los gobier­nos surgidos del movimiento que formuló sus principios en la Constitución del 17, ha sido, en la práctica, moderada y transaccional.

 

Pero sus mismos modestos resultados, que, co­mo observa Araquistain, «no han impedido que los expropiados hayan puesto y sigan poniendo el grito en el cielo», no habrían sido posibles sin la acción armada de las masas campesinas. Ma­dero, después de haber derrocado a Porfirio Díaz, no supo comprender las reivindicaciones de Za­pata. Carranza, elevado al poder por las fuerzas populares revolucionarias, sublevadas con­tra el traidor Victoriano Huerta, no tendió a otra cosa que a la restauración del porfirismo. Ara­quistain lo anota con penetración y objetividad.

 

«La Revolución Mexicana es una réplica a los que, en el campo de la burguesía, calumnian o mistifican ese movimiento popular americano, más social que político, como admite Araquis­tain, aunque detenido en su estadio político, donde pugnan por fijarlo los intereses capitalistas». Y este carácter de defensa, de plaidoyer* hace que Araquistain exagere, a veces, su esfuerzo por reconciliar la Revolución Mexicana con la opi­nión conservadora. Emplea, en el curso de su alegato, afirmaciones extremas, de gusto paradojal, como éstas: "Las grandes revoluciones, rara vez

 

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* Alegato judicial.

 

 

 

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pretenden otra cosa que reanudar una gran tra­dición olvidada o abolida inicuamente". "La Re­volución Mexicana es una obra patriótica y en el fondo conservadora, como todas las revolucio­nes auténticas". Sin duda, una revolución con­tinúa la tradición de un pueblo, en el sentido de que es una energía creadora de cosas e ideas que incorpora definitivamente en esa tradición en­riqueciéndola y acrecentándola. Pero la revolu­ción trae siempre un orden nuevo, que habría sido imposible ayer. La revolución se hace con materiales históricos; pero, como diseño y como función, corresponde a necesidades y propósitos nuevos.

 

Araquistain, que es uno de los escritores de la España moderna que con más perspicacia y com­prensión -y también con más simpatía y ge­nerosidad- aborda los problemas de Hispano-América, consigue, con todo, una interpre-tación exenta de prejuicios a los que la mayoría de sus colegas sería, sin duda, propensa.

 

Su sentimiento de español, no le impide fallar adversamente a España en más de un punto. Sin dificultad, comprende Araquistain lo que distin­gue a la colonización anglo-sajona de la espa­ñola. A la América española, la emi-gración vino "a vivir del indio, a mantenerle en estado servil para que el militar, el clérigo, el encomende­ro y el funcionario pudieran organizarse en un régimen de castas privilegiadas". Y no se hace ilusiones sobre la función del emigrante español en el mantenimiento del espíritu de hispanidad en América. Piensa que el "emigrante español es el obstáculo más grande a una aproxi-mación es­piritual entre España y las repúblicas hispano-americanas. Su escasa ilustración, sus ambicio­nes puramente utilitarias, su tosquedad de modales, su espíritu anacrónico, a fuerza de ser ul­traconservador, que le impide compren-der la evo­lución social y política de América; su desdén por los nativos del país, como si todavía siguie­ran siendo los indios con plumas del Descubri­miento y él un Hernán Cortés o un Pizarro re-

 

 

 

 

 

 

 

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divivos, todo esto levanta una infranqueable ba­rrera de mutuas refracciones psicológicas entre españoles y americanos". Ciertamente, el emi­grante español no es siempre así; pero Araquis­tain no elabora su juicio a base de casos sin­gulares.

 

Y su condición de intelectual, no le estorba para darse cuenta de las respon-sabilidades de la intelligentzia en el sabotaje o la resistencia a la Revolución en México. Los escritores mexicanos, en su mayoría, se han adherido a la Revolución porque no les ha quedado otro camino. La exis­tencia de algunos grupos de escritores revolucio­narios no desmiente, sino más bien aviva por reacción y contraste, el conservantismo de la guardia vieja intelectual y aun de su descen­dencia. «Los más van en la cabalgata —apunta Araquistain— pero en el corazón y la cabeza es­tán lejos. Los de mejor buena fe creen que una revolución hecha por campesinos y obreros y dirigida por generales impro-visados y por estadistas que antes fueron agricultores o maestros de escuela, no puede ser bastante seria. Como acontece a menudo, por pobreza de imaginación muchos intelectuales se quedan a la zaga de la historia de su tiempo y de su país».

 

Y en otro capítulo escribe: «La Universidad es indispensable; pero, cuando se piensa que todos los hombres que han hecho y están haciendo la Revolución Mexicana, con raras excepciones, son autodidactos y que, al contrario, los hombres in­cubados en la Universidad, los licenciados en diversas Humanida-des, han sido y muchos siguen siendo los peores enemigos del nuevo régimen, no es para envanecerse de la llamada cultura humanista». Más sensibilidad histórica han mos­trado, acaso, los artistas, los pintores. Tal vez el más justiciero homenaje del hermoso y honrado libro de Araquistain es -con el tributado a la memoria de Emiliano Zapata, el "Espartaco de México"- el rendido a Diego Rivera, pintor genial, el más grande expresador en sus frescos, ya universalmente famosos, del sentido social de la Revolución Mexicana.

 

 

 

 

 

 

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UN LIBRO DE DISCURSOS Y MENSAJES DE CALLES*

 

La Editorial Cervantes de Barcelona acaba de publicar en su Biblioteca de Actualidades Po­líticas, un libro que reúne ordenadamente los principales discursos y mensajes del Presidente de México, General Plutarco Elías Calles. Esta compilación que lleva el título de México ante el Mundo ha sido hecha por una interesante mujer mexicana, la escritora Esperanza Velásquez Bringas. Comprende los documentos de la vida polí­tica del General Calles desde la presentación formal de su candidatura a la presidencia hasta las últimas campañas de su gobierno. Y preten­de condensar y definir la ideología del Presi­dente mexicano, cuya figura se destaca con su­gestivo relieve en el escenario de América.

 

No es frecuente en documentos como los com­pilados en este libro, la expresión cabal y níti­da del pensamiento de un político. Un candida­to, un presidente, tienen que acordar las decla­raciones a las circunstancias concretas dentro de las cuales se mueven. Sólo cuando hablan en nombre de una revolución pueden trasgredir los límites del lenguaje oficial. Este es, en cierto gra­do, el caso del General Calles. Y digo en cierto grado, porque la batalla eleccionaria y guber­namental del General Calles corresponde a un período de estabilización y defensa del régimen revolucionario mexicano, esto es, de adaptación sagaz a las condiciones ambientales; más bien que de afirmación enérgica de las reivindica­ciones populares. De suerte que a nadie puede sorprender el carácter un poco impreciso que, desde el punto de vista doc-trinal, tienen a veces, por evidentes razones de oportunidad, los concep­tos del estadista mexicano.

 

Sin embargo, ni la mesura ni la discreción oficiales, disminuyen ni oscurecen el sentido re­volucionario de su política. Calles, se siente, en todo instante, un mandatario de la Revolución. En ninguno de sus discursos atenúa su posición ni rehuye sus responsabilidades de revoluciona-

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 9 de Julio de 1927.

 

 

 

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rio. Su gobierno quiere, ante todo, apoyarse en el proletariado.

 

«Cuando comprendí -ha dicho una vez Ca­lles- que la Revolución, por azares de las lu­chas políticas, ponía en mis manos, no el estan­darte de una campaña presidencial sin más fi­nalidad que alcanzar el poder, sino la bandera sagrada de un programa de reformas sociales, no quise más aliados que las clases trabajadoras, que firmemente comprendo, son las únicas de acción y de firmeza en este país, y las únicas en quienes depositar nuestras esperanzas de que sabrán construir una nación fuerte y feliz». Y en el mismo discurso, agrega declarando su fe en la nueva generación mexicana: «La juventud, toda generosidad y nobleza, sin los pequeños egoísmos de la edad madura, sin los prejuicios de la vejez, es la que tiene que orientarse según los nuevos ideales para manejar, mañana, con su talento y con su esfuerzo, el gran movimiento de los trabajadores».

 

Calles no cree que su gobierno sea la meta de la Revolución. Lo reconoce sólo como una de sus estaciones o de sus fases. La realización de los ideales má-ximos del movimiento mexica­no pertenece a la juventud, vale decir, al futu­ro. Contrariamente a lo que piensan siempre so­berbiamente los caudillos de antiguo tipo, Ca­lles no se siente un providencial, menos aún un taumaturgo. Sabe que en su gobierno no culmi­na el magno capítulo de la historia mexicana abierto por la revolución agrarista. No ambiciona más que cumplir, íntegra y honradamente, su misión histórica, sin preocuparse demasiado de su grado de grandeza,

 

Este realismo, esta lealtad, constituyen eviden­temente la mayor prueba de la altitud de Calles. Quien en la historia no exagera declamatoriamente su rol, casi siempre está seguro de jugar un rol trascendente. A Calles sus batallas contra el imperialismo yanqui y contra la reacción con­servadora, le bastan para considerar cumplida su misión esencial. En el poder, no se ha conten­tado con una pasiva actividad administrativa: ha continuado la revolución mexicana y ha de-

 

 

 

 

 

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venido resueltamente sus conquistas y sus prin­cipios contra el ataque sola-pado o violento de los elementos reaccionarios.

 

El programa agrario de Calles tiende decidi­damente al establecimiento de la pequeña propiedad. La adjudicación de tierras a los pueblos o aldeas, como propiedad comunal, no le parece un medio de organización socialista de la agri­cultura, sino más bien, una vía hacia la consti­tución de un sistema individualista. «Los ejidos -dice Calles- como propiedad común de los pueblos, significan a mi modo de ver, el primer paso hacia la pequeña propiedad rural. Necesi­tamos una legislación completa que garantice la imposibilidad de acaparamiento de parcelas de ejidos, al mismo tiempo que asegure la perma­nencia de las mismas en poder del trabajador. Es de esperar que más tarde se dictaran leyes que autoricen la división de los ejidos en parcelas de propiedad individual. El trabajo en co­mún de los ejidos no creo que pueda originar grandes estímulos ni producir, frecuentemente, mas que desavenencias entre los vecinos; esto es, como dejo dicho en mi concepto, una forma transitoria para preparar el advenimiento de la pequeña propiedad». Este criterio acusa en Ca­lles una orientación liberal que no armoniza con el ideal de la nueva generación de asentar la economía del continente sobre bases socialistas. La política agraria de Calles no mira a la edu­cación de las masas rurales para la explotación de la tierra por medio de cooperativas. Bajo este aspecto resulta evidente su limitación, que re­sulta un poco extraña si se tiene en cuenta la amplia confianza que Calles deposita en el porvenir y su consiguiente resistencia a atribuir a las medidas presentes un carácter absoluto y per­manente. Pero, en este mismo campo, Calles reconoce el contenido clasista del agrarismo me­xicano, cuando opone irreconciliablemente sus reivindicaciones a los privilegios de la gran propiedad. "Los reaccionarios y la aristocracia lati­fundista y conservadora del país, se llaman fuerzas vivas a sí mismas y pretenden tener un de­recho hereditario o casi divino para seguir diri-

 

 

 

 

 

 

 

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giendo este pueblo por el que nada han hecho fuera de explotarlo despiada-mente y tenerlo siempre sumergido en la ignorancia para que se les entregue más indefenso. ¿Qué han hecho estos latifundistas del Bajío, por la agricultura na­cional? ¿Dónde están las obras de irrigación que constituyeron para asegurar sus cultivos? ¿Dón­de los adelantos de la mecánica agrícola que im­portaron y de que ya gozan la mayoría de los países de la tierra, al grado que puedan venir a competirlo en baratura con sus propios pro­ductos agrícolas?" A través de las palabras de Calles se descubre los estrechos puntos de contacto o afinidad del problema agrario de Méxi­co con el problema agrario del Perú.

 

El estadista mexicano se reclama invariablemente como un hombre culto e idealista, de gran sensibilidad histórica y amplia perspectiva hu­mana. Su biografía desvanece al punto, cualquier recelo que pueda inspirar su grado de general. Calles no debe a este grado su figuración en la historia de su patria y del Continente. No se pue­de hablar de militarismo al enjuiciar su obra de gobierno. Lo que tiene Calles de militar está su­bordinado y determinado por lo que tiene de revolucionario. Este general de la Revolución Mexicana fue en su juventud maestro de escue­la; su carrera pública se conforma a este noble origen. Así cuando fue gobernador del Estado de Sonora, su obra fue de educador. El presu­puesto de ingresos del Estado era de tres millo­nes quinien-tos mil pesos y de éstos, dos millo­nes seiscientos mil pesos se gastaban en la ins­trucción pública.

 

Su libro México ante el Mundo es, ante todo, el documento de un hombre de acción. No se debe buscar en él la obra de un ideólogo. En Calles lo que hay que seguir atentamente es la acción; no la doctrina. Calles representa una etapa de la Revolución Mexicana. Y éste es tí­tulo bastante para que estu-diemos, con interés profundo, los fundamentos concretos de su polí­tica constructiva y realizadora.

 

 

 

 

 

 

 

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"EL NUEVO DERECHO" DE ALFREDO PALACIOS*

 

El Dr. Alfredo Palacios, a quien la juventud hispano-americana aprecia como a uno de sus más eminentes maestros, ha publicado este año una segunda edición de El Nuevo Derecho. Aunque las nuevas notas del autor enfocan algunos aspectos recientes de esa materia, se reconoce siempre en la obra de Palacios un libro escrito en los primeros años de la paz, cuando el mundo, arrullado todavía por los ecos del mensaje wilso­niano, se mecía en una exal-tada esperanza de­mocrática. Palacios ha sido siempre más que un socialista, un demócrata, y no hay de qué sorprenderse si en 1920 compartía la confianza en­tonces muy extendida, de que la democracia con­ducía espontáneamente al socialismo. La demo­cracia burguesa, amenazada por la revolución en varios frentes, gustaba entonces de decirse y creerse democracia social, a pesar de que una parte de la burguesía prefería ya el lenguaje y la práctica de la vio-lencia. Se explica, por esto, que Palacios conceda a la Conferencia del Trabajo de Washington y a los principios de legisla­ción internacional del trabajo incorporados en el tratado de paz, una atención mucho mayor que a la Revo-lución Rusa y a sus instituciones. Palacios se comportaba en 1920, frente a la Revo­lución, con mucha más sagacidad que la gene­ralidad de los social-demócratas. Pero veía en las conferencias del trabajo, más que en la Revo-lución Soviética, el advenimiento del derecho socialista. Es difícil que mantenga esta actitud hoy que Mr. Albert Thomas, Jefe de la Oficina Inter-nacional del Trabajo -esto es, del órgano de las conferencias de Washington, Ginebra, etc. - acuerda sus alabanzas a la política obrera del Estado fascista, tan enérgicamente acusado de mixtificación y fraude reaccionario por el Dr. Palacios, en una de las notas que ha añadido al tex­to de El Nuevo Derecho.

 

Este libro, sin embargo, conserva un notable valor como historia de la formación del dere‑

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 30 de Junio de 1928.

 

 

 

 

 

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cho obrero hasta la paz wilsoniana. Tiene el mérito de no ser una teoría ni una filosofía del "nuevo derecho", sino principalmente un suma­rio de su historia. El Dr. Sánchez Viamonte que prologa la segunda edición, observa con acierto: «No obstante su estructura y contenido de tratado, el libro del doctor Palacios es más bien un sesudo y formidable alegato en defensa del obrero, explicando el proceso histórico de su avan­ce progresivo, logrado objetiva-mente en la le­gislación por el esfuerzo de las organizaciones proletarias y a través de la lucha social en el campo económico. No falta a este libro el tono sentimental un tanto dramático y, a veces épico, desde que, en cierto modo, es una epopeya; la más grande y trascendental en todas, la más humana, en suma: la epopeya del trabajo. Por eso, supera el tratado puramente técnico del es­pecialista, frío industrial de la ciencia, que aspira a resolver matemática-mente el problema de la vida».

 

Palacios estudia los orígenes del "nuevo dere­cho" en capítulos a los que el sentimiento apo­logético, el tono épico como dice Sánchez Viamonte, no resta objetividad ni exactitud magis­trales. El sindicato, como órgano de la con-ciencia y la solidaridad obreras, es enjuiciado por Palacios con un claro sentido de su valor histó­rico. Palacios se da cuenta perfecta de que el prole-tariado ensancha y educa su conciencia de clase en el sindicato mejor que en el partido. Y, por consiguiente, busca en la acción sindical, antes que en la acción parlamentaria de los partidos socialistas, la mecánica de las conquis­tas de la clase obrera.

 

Habría, empero, que reprocharle, a propósito del sindicalismo, su injustifi-cable prescindencia del pensamiento de Georges Sorel en la investigación de los elementos doctrinales y críticos del derecho proletario. El olvido de la obra de So­rel -a la cual está vinculado el más activo y fecundo movimiento de continuación teórica y práctica de la idea marxista- me parece parti­cularmente remarcable por la mención despro­porcionada que, en cambio, concede Palacios a

 

 

 

 

 

 

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los conceptos jurídicos de Jaurés. Jaurés -a cuya gran figura no regateo ninguno de los mé­ritos que en justicia le pertenecen- era esen­cialmente un político y un intelectual que se movía, ante todo, en el ámbito del partido y que no podía evitar en su propaganda socialista, atento a la clientela pequeño-burguesa de su agru­pación, los hábitos mentales del oportunismo parlamen-tario. No es prudente, pues, seguirlo en su empeño de descubrir en el código burgués principios y nociones cuyo desarrollo baste para establecer el socialismo. Sorel, en tanto, extraño a toda preocupación parlamentaria y partidista, apoya directamente sus concepciones en la ex­periencia de la lucha de clases. Y una de las ca­racterísticas de su obra -que por este solo hecho no puede dejar de tomar en cuenta ningún historiógrafo del "nuevo derecho"- es precisamente su esfuerzo por entender y definir las creaciones jurídicas del movimiento proletario. El genial autor de las Reflexiones sobre la vio­lencia advertía -con la autoridad que a su jui­cio confiere su penetrante interpretación de la idea marxista- la "insuficiencia de la filosofía jurídica de Marx" aunque acompañase esta ob­servación de la hipótesis de que "por la expre­sión enig-mática de dictadura del proletariado, él entendía una manifestación nueva de ese Volks­geist* al cual los filósofos del derecho 'histórico reportaban la formación de los principios jurí­dicos". En su libro Materiales de una teoría del proletariado, Sorel expone una idea -la de que el derecho al trabajo equivaldrá en la concien­cia proletaria a lo que es derecho de propiedad en la conciencia burguesa- mucho más impor­tante y sustancial que todas las eruditas especu­laciones del profesor Antonio Menger. Pocos aspectos, en fin, de la obra de Proudhon -más significativa también en la historia del proleta­riado que los discursos y ensayos de Jaurés-­ son tan apreciados por Sorel como su agudo sen­tido del rol del sentimiento jurídico popular en un cambio social.

 

La presencia en la legislación demo-burguesa

 

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* Espiritu popular.

 

 

 

 

 

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de principios, como el de "utilidad pública", cuya aplicación sea en teoría suficiente para ins­taurar, sin violencia, el socialismo, tiene realmente una importancia mucho menor de la que se imaginaba optimistamente la elo-cuencia de Jaurés. En el seno del orden medioeval y aris­tocrático, estaban, asimismo, muchos de los ele­mentos que más tarde debían producir, no sin una violenta ruptura de ese marco histórico, el orden capitalista. En sus luchas contra la feuda­lidad, los reyes se apoyaban frecuentemente en la burguesía, reforzando su creciente poder y estimulando su desenvolvimiento. El derecho romano, fundamento del código capitalista, rena­ció igualmente bajo el régimen medioeval, en contraste con el propio derecho canónigo, como lo constata Antonio Labriola. Y el municipio, célula de la democracia liberal, surgía también dentro de la misma organización social. Pero na­da de esto significó una efectiva transformación del orden histórico, sino a partir del momento en que la clase burguesa tomó revolucionariamente en sus manos el poder. El código burgués requirió la victoria política de la clase en cuyos intereses se inspiraba.

 

Muy extenso comentario sugiere el nutrido vo­lumen del Dr. Palacios. Pero este comentario me llevaría fácilmente al examen de toda la con­cepción reformista y demócrata del progreso so­cial. Y ésta sería materia excesiva para un artícu­lo. Prefiero abordarla, sucesivamente, en algunos artículos sobre debates y tópicos actuales de re­visionismo socialista.

 

Pero no concluiré sin dejar constancia de que Palacios se distingue de la ma-yoría de los refor­mistas por la sagacidad de su espíritu crítico y el equilibrio de su juicio sobre el fenómeno re­volucionario. Su reformismo no le impide expli­carse la revolución. La Rusia de los Soviets -a pesar de su dificultad para apreciar integralmen­te la obra de Lenin- tiene en el pensamiento de Palacios la magnitud que le niegan generalmente regañones teóricos y solemnes profesores de la social-democracia. Y en su libro, se revela honradamente contra la mentira de que

 

 

 

 

 

 

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el derecho "nazca con tanta sencillez como una regla gramatical".

 

JOSE INGENIEROS*

 

Nuestra América ha perdido a uno de sus más altos maestros. José Ingenieros era en el Conti­nente uno de los mayores representantes de la Inteligencia y el Espíritu. En Ingenieros, los jó­venes encontraban, al mismo tiempo, un ejem-plo intelectual y un ejemplo moral. Ingenieros supo ser, además de un hombre de ciencia, un hom­bre de su tiempo. No se contentó con ser un catedrático ilustre; quiso ser un maestro. Esto es lo que hace más respetable y admirable su figura.

 

La ciencia, las letras, están aún, en el mundo, demasiado domesticadas por el poder. El sabio, el profesor, muestran generalmente, sobre todo en su vejez, un alma burocrática. Los honores, los títulos, las medallas, los convierten en humildes funcionarios del orden establecido. Otros secre­tamente repudian y desdeñan sus instituciones; pero, en público, aceptan sin protesta la ser-vidumbre que se les impone. La ciencia tiene co­mo siempre un valor revo-lucionario; pero los hombres de ciencia no. Como hombres, como individuos, se conforman con adquirir un valor académico. Parece que en su trabajo científico agotan su energía. No les queda ya aptitud para concebir o sentir la necesidad de otras renova­ciones, extrañas a su estudio y a su disciplina. El deseo de comodidad, en todo caso, opera de un modo demasiado enérgico sobre su concien­cia. Y así se da el caso de que un sabio de la jerarquía de Ramón y Cajal deje explotar su nombre por los chambelanes de una monarquía decrépita. O de que Miguel Turró se incorpore en el séquito del general libertino que juega desde hace dos años en España el papel de dictador.

 

José Ingenieros pertenecía a la más pura ca‑

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* Publicado en Variedades: Lima, 7 de Noviembre de 1925, reproducido en Repertorio Americano, tomo XII 94, San José de Costa Rica, 25 de Enero de 1926.

 

 

 

 

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tegoría de intelectuales libres. Era un intelectual consciente de la función revolucionaria del pen­samiento. Era, sobre todo, un hombre sensible a la emoción de su época. Para Ingenieros la ciencia no era todo. La ciencia, en su convicción, tenía la misión y el deber de servir al progreso social.

 

Ingenieros no se entregaba a la política. Seguía siendo un hombre de estudio, un hombre de cátedra. Pero no tenía por la política entendida como conflicto de ideas y de intereses sociales, el desdén absurdo que sienten o simulan otros in­telectuales, demasiado pávidos para asumir la responsabilidad de una fe y hasta de una opinión. En su Revista de Filosofía, que ocupa el primer puesto; entre las revistas de su clase de Ibero­-américa, concedió un sitio especial al estudio de los hechos y las ideas de la crisis política contemporánea y, parti-cularmente, a la explicación del fenómeno revolucionario.

 

La mayor prueba de la sensibilidad y la pe­netración históricas de Ingenieros me parece su actitud frente a la post-guerra. Ingenieros per­cibió que la guerra abría una crisis que no se podía resolver con viejas recetas. Comprendió que la reconstrucción social no podía ser obra de la burguesía sino del prole-tariado. En un ins­tante en que egregios y robustos hombres de ciencia no acertaban sino a balbucear su miedo y su incertidumbre, José Ingenieros acertó a ver y a hablar claro. Su libro Los Nuevos Tiempos es un documento que honra a la inteligencia íbero-americana.

 

En la revolución rusa, la mirada sagaz de In­genieros vio, desde el primer momento, el prin­cipio de una transformación mundial. Pocas revistas de cultura han revelado un interés tan inteligente por el proceso de la revolución rusa como la revista de José Ingenieros y Aníbal Ponce. El estudio de Ingenieros sobre la obra de Lunatcharsky en el comisariato de educación pública de los Soviets, queda como uno de los primeros y más elevados estudios de la ciencia occidental respecto al valor y al sentido de esa obra.

 

 

 

 

 

 

 

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Esa actitud mental de Ingenieros correspon­día al estado de ánimo de la nueva generación. Presenta, por tanto, a Ingenieros, como un maes­tro con capacidad y ardimiento para sentir con la juventud, que, como dice Ortega y Gasset, si rara vez tiene razón en lo que niega, siempre tienen razón en lo que afirma. Ingenieros transfor­mó en raciocinio lo que en la juventud era un sentimiento. Su juicio aclaró la consciencia de los jóvenes, ofreciendo una sólida base a su vo­luntad y a su anhelo de renovación.

 

La formación intelectual y espiritual de Inge­nieros correspondía a una época que los "nue­vos tiempos" venían, precisamente, a contrade­cir y rectificar en sus más fundamentales con­ceptos. Ingenieros, en el fondo, permanecía demasiado fiel al racionalismo y al criticismo de esa época de plenitud del orden demo-liberal. Ese racionalismo, ese criticismo, conducen generalmente al escepticismo Son adversos al pathos de la revolución.

 

Pero Ingenieros comprendió, sin duda, su ocaso. Se dio cuenta, seguramente, de que en él enve­jecía una cultura. Y, consecuentemente, no desa­lentó nunca el impulso ni la fe de los jóvenes -llamados a crear una cultura nueva- con reflexiones escépticas. Por el contrario, los esti­muló y fortaleció siempre con palabra enérgica, Como verdadero maestro, como altísimo guía, lo presentan y lo definen estos conceptos: «Entu­siasta y osada ha de ser la juventud: sin entu­siasmo no se sirven hermosos ideales, sin osadía no se acometen honrosas empresas. Un joven sin entusiasmo es un cadáver que anda; está muerto en vida, para sí mismo y para la sociedad. Por eso un entusiasta, expuesto a equivocarse, es preferible a un indeciso que no se equivoca nunca. El primero puede acertar; el segundo no po­drá hacerlo jamás. La juventud termina cuando se apaga el entusiasmo... La inercia frente a la vida es cobardía. No basta en la vida pensar un ideal; hay que aplicar todo el esfuerzo a su reali-zación... El pensamiento vale por la acción social que permite desarrollar».

 

En torno de José Ingenieros y de su ideario

 

 

 

 

 

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se constituyó en la República Argentina el grupo Renovación que publica el "boletín de ideas, li­bros y revistas" de este nombre, dirigido por Gabriel S. Moreau, y que sirve de órgano ac­tualmente a la Unión Latinoamericana. Y, en general, el pensamiento de Ingenieros ha tenido una potente y extensa irra-diación en toda la nue­va generación hispanoamericana. La Unión Latino-americana, que preside Alfredo Palacios, apa­rece, en gran parte, como una concepción de Ingenieros.

 

No revistemos melancólicamente la bibliogra­fía del escritor que ha muerto para tejerle una corona con los títulos de sus libros. Dejemos este proce-dimiento a las notas necrológicas de quienes del valor de Ingenieros no tienen otra prueba que sus volúmenes. Más que los libros importa la significación y el espíritu del maestro.

 

OLIVERIO GIRONDO*

 

Este Oliverio sudamericano y humorista no se parece al hamletiano y melancólico Oliverio amigo de Juan Cristóbal. No es probable que, como el agonista de la noche de Romain Rolland, le toque morir en un primero de mayo luctuoso.

 

Girondo es un poeta de recia figura gaucha. La urbe occidental ha afinado sus cinco o más sentidos; pero no los ha aflojado o corrompido. Después de emborracharse con todos los opios de Occidente, Girondo no ha variado en su sus­tancia. Europa le ha inoculado los bacilos de su escepticismo y de su relativismo. Pero Girondo ha vuelto intacto e indemne a la pampa.

 

Esta gaya barbarie, que la civilización occi­dental no ha logrado domesticar, diferencia su arte del que, en ánforas disparatadas, símiles a las suyas, se envasa y se consume en las urbes de Occidente. En la poesía de Girondo el bor­dado es europeo, es urbano, es cosmopolita. Pero la trama es gaucha.

 

La literatura europea de vanguardia —aunque esto disguste a Guillermo de Torre— re‑

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* Publicado en Variedades: Lima, 15 de Agosto de 1925,

 

 

 

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presenta la flora ambigua de un mundo en decadencia. No la llamaremos literatura "fin de siglo" para no coincidir con Eugenio d'Ors. Más sí le llamaremos literatura "fin de época". En las escuelas ultramodernas se descompone, se anarquiza y se disuelve el arte viejo en exaspe­radas bús-quedas y trágico-cómicas acrobacias. No son todavía un orto; son, más bien, un tra­monto. Los celajes crepusculares de esta hora preanuncían sin duda algunos matices de arte nuevo, pero no su espíritu. El humor de la literatura contemporánea es mórbido. Girondo lo sabe y lo siente. Yo suscribo sin vacilar su jui­cio sobre Proust: «Las frases, las ideas de Proust, se desarrollan y se enroscan, como anguilas que nadan en piscinas de acuarios; a veces deformadas por un efecto de refracción, otras anudadas en acomplamientos viscosos, siempre envuel­tas en esa atmósfera que tan sólo se encuentra en los acuarios y en las obras de Proust».

 

El oficio de las escuelas de vanguardia -de estas escuelas que nacen como los hongos- es un oficio negativo y disolvente. Tienen la fun­ción de disociar y de destruir todas las ideas y todos los sentimientos del arte burgués. En vez de buscar a Dios, buscan el átomo. No nos con­ducen a la unidad; nos extravían por mil rutas diversas, desesperadamente individuales, en el dédalo finito y befardo. Sus ácidos corroen los mitos ancianos. Esto es lo que la función de las escuelas ultramodernas tiene de revolucionario. El frenesí con que se burlan de todas las solem­nes alegorías retóricas. Ninguna cosa del mundo burgués les parece respetable. Detractan y dis­gregan con sutiles burlas la eternidad burguesa y el absoluto burgués. Limpian la superficie del Nove-cientos de todas las heces, clásicas o román­ticas, de los siglos muertos. Cuando se haya lle­vado Judas todos los ripios y todas las metáfo­ras de la literatura burguesa, el arte y el mun­do recuperarán su inocencia.

 

Han empezado ya a recuperarla en Rusia. El poeta de la revolución, Vladi-miro Maiacovski, vástago del futurismo, habla a los hombres un lenguaje trágico. Guillermo de Torre se da cuen-

 

 

 

 

 

 

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ta en su apología de las literaturas europeas de vanguardia de que "voces de un acento puro, noble y dramático sobresalen entre el coro de voces algo irónico y humorístico que forman los demás poetas de Europa".

 

¿Pertenece la voz de Oliverio Girondo a este coro? No sé por qué me obstino en la convic­ción de que Girondo es de otro paño. Pienso que la burla no es sino una estación de su iti­nerario, un episodio de su romance. Por ahora, hace bien en no tomar en serio las cosas.

 

Sus Veinte poemas para ser leídos en el tranvía y sus Calcomanías pueden ser desdeñados por una crítica asmática y pedante. A pesar de esta crítica. Girando es uno de los valores más inte­resantes de la poesía de Hispanoamé-rica. Entre una aria sentimental del viejo parnaso y una "greguería" acérrima y estridente, Oliverio Gi­rondo nos ofrece al menos versiones verídicas de la realidad. He aquí una escena de la proce­sión de Sevilla: «Los caballos -la boca enjabo­nada cual si se fueran a afeitar- tienen las ancas lustrosas, que las mujeres aprovechan para arre­glarse la mantilla y averiguar, sin darse vuelta, quien unta una mirada en sus caderas».

 

Para algunos esta poesía tiene el grave de­fecto de no ser poesía. Pero ésta no es sino una cuestión de paladar. La poesía, materia preciosa, no está presente en el cuarzo poético sino en muy mínimas proporciones. Lo que ha mudado no es la poesía sino la cristalización. El elemen­to poético se mezcla, en la obra de los poetas contemporáneos, a ingredientes nuevos. Uno de esos ingredientes es, por ejemplo, el humorismo. Los que están habituados a degustar la poesía sólo en las clásicas salsas retóricas, no pueden digerí la en los poemas de Girondo. Y tienen que asombrarse de que la crítica moderna clasifique a Girondo como un hondo y genuino poeta. Re­mitamos a los hesitantes a los "nocturnos" de Girondo, donde encontrarán emociones poéticas como las siguientes: «Hora en que los muebles viejos aprovechan para sacarse las mentiras, y en que las cañerías tienen gritos estrangulados, como si se asfixiaran dentro de las paredes».

 

 

 

 

 

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«A veces se piensa, al dar vuelta a la llave de la electricidad, en el espanto que sentirán las sombras, y quisiéramos avisarles para que tuvie­ran tiempo de acurrucarse en los rincones. Y a veces las cruces de los postes telefónicos, sobre las azoteas, tienen algo de siniestro y uno qui­siera rozarse a las paredes, como un gato o como un ladrón».

 

Por mi parte, cambio de buen grado estas síntesis, estos comprimidos -que en mis ratos de excursión por las nuevas pistas de la lite­ratura, me complazco en chupar como bombo­nes- por toda la barroca y tropical épica y toda la medio-cre y delicuescente lírica que prosperan todavía en nuestra América.

 

"CAMINO DE SANTIDAD" POR JULIO NAVARRO MONZO*

 

Navarro Monzó es, en la América Latina, un elocuente y erudito predicador de religiosidad. Su empeño de suscitar inquietudes espirituales y religiosas en esta América de Catolicismo jesuí­tico y burocrático, significa una reacción contra el positivismo mediocre, el escolasticismo rudi­mentario y el culto mecánico que impera en nues­tros pueblos.

 

El catolicismo culminó en la España de los místicos y de Loyola. La fe que conquistó a esta América fue la más combativa, ardorosa, en­cendida. Pero, superpuesta a los mitos indíge­nas, acomodada a una sociedad sensual y mestiza, no conservó en las colonias hispanas, co­mo no conservó en la misma España, su impulso místico. La Contrarreforma condenaba a los países que la adoptaban a renunciar al secreto íntimo de la nueva economía y de la nueva políti­ca de Occidente. España aceptó, reclamó, con vehemente y apasionada fidelidad al Medioevo, este destino. Sus colonias lo heredaban pasivamente sin pathos, sin heroísmo, sin tragedia. Y así, mientras el catolicismo español puede pro­ducir todavía un espíritu y un pensamiento reli‑

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 8 de Setiembre de 1928.

 

 

 

 

 

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giosos, tan acendrados y patéticos, como los de Unamuno, el catolicismo latinoamericano alcanza su grado más alto en la ortodoxia relativa, en el pragmatismo sagaz de Gabriela Mistral, si no en el tolstoyanismo orientalista de Vasconcelos. La alta especulación religiosa -y aun filosófica- no entra casi en el trabajo intelectual de los latinoamericanos; y, en todo caso, constituyen un ejercicio laico más bien que religioso, co­mo lo indican los nombres citados El latino-americano no siente, sino en una medida muy ínfima, el problema religioso y moral de la cul­tura. O se contenta gregaria y formalmente con las soluciones simples y rígidas del catecismo elemental. O sé adapta a un escepticismo frívolo, vacuo, estéril, extraño a toda meditación filosófica, proclive a toda abdicación moral.

 

En esta atmósfera trivial y sorda, la propaganda de Navarro Monzó tiene el mérito y la uti­lidad de todo excitante espiritual. A gentes que se mueven según la mecánica de la civilización occidental pero ajenas a sus cómo y a sus por qué, ausentes de su sentido y de su drama, Na­varro Monzó trata de interesarlas en la búsque­da y el entendimiento de los valores espirituales. La evolución religiosa de la humanidad, es el tema constante de sus libros, conferencias y ar­tículos. La primacía de lo espiritual, es la con­clusión de su enseñanza.

 

Camino de Santidad, contiene los elementos esenciales del pensamiento de Navarro Monzó, estrechamente emparentado con diversas noto­rias posiciones de la filosofía contemporánea en la explicación del fenómeno místico. El racio­nalismo ochooentista resolvía la religión en la filosofía. El pragmatismo y el vitalismo del no­vecientos, prefieren reconocer la autonomía de la religión. «Como Samuel Butler fue el primero en insinuar -escribe Navarro Monzó en Camino de Santidad- lo divino en la naturaleza no es sino un esfuerzo de superación que parece tra­tar de realizar sus pensamientos, modelos eter­nos, en el devenir de las cosas; un torrente as­cendente que, tanteando, ensayando, equivocán­dose y volviendo a empezar, se abre paso lenta‑

 

 

 

 

 

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mente, creando formas cada vez más bellas, más perfectas, seres cada vez más inteligentes; una voluntad que hace irrupción en los cataclismos primeros hasta hallar en el hombre un instru­mento bastante imperfecto aún pero cada vez más consciente y, por ende, más dócil a sus cons­tantes designios de bien». El fenómeno místico, la experiencia religiosa, son estudiados por Na­varro Monzó lejos de cualquier dogmatismo con­fesional. Toda fe religiosa marca una etapa de la ascensión humana. El concepto de Dios no ha permanecido estático. El Dios de la cristian­dad no es el de la Biblia. «Dios no es ya una entidad terrible, el Señor del Sinaí, Yahveh de los Ejércitos, que fulmina a los hombres con sus rayos y tiñe sus vestidos en sangre humana pi­soteando los pueblos en las batallas, como un viñatero estruja bajo sus pies las uvas en el lagar. El profeta lo compara a una madre y, no satisfecho aún, en nombre de Él, dice al pue­blo judío: "tú me has esclavizado con tus pecados y me has cansado con tus iniquidades". No es el Dios trascendente que escribe su ley sobre tablas de piedra. Es algo inmanente, solidario con la humanidad, que busca grabar sus mandatos en los corazones en tablas de carne, como querían Jeremías y Ezequiel. Es una fuerza que busca realizar sus designios en el curso de la historia pero que nada puede sin la cooperación del hombre, que se siente coartado por la obs­tinación humana». Y más adelante, reitera Na­varro Monzó esta definición de la divinidad, apo­yándose en los escritos joaninos. «Su autor -dice- como todos los demás autores del Nuevo Testamento, vieron en Jesús una revelación po­sitiva de lo Divino, y el Dios que se revela en el Cristo no es, naturalmente, la Divinidad des­nuda de todo atributo, trascen-dente e inefable de la cual nos habla Lao Tse, Plotino y Eckhart. No es el supremo misterio descubierto por la me­tafísica, sino la Inteligencia que se manifiesta ordenando todas las cosas, la Bondad que las rige: el Padre, en una palabra, del cual habla tanto y tan insuperablemente el Sermón de la Montaña».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Filosóficamente, el pensamiento de Navarro Monzó no avanza un paso más allá de la filosofía racionalista, y antes bien se detiene con sagaz reserva ante sus últimas conclusiones, acaso porque una categórica y explícita negación de toda trascendencia, rompería la cuerda tensa que enlaza su propaganda con el protestantismo. No llega tampoco al individualismo absoluto de Unamuno en La Agonía del Cristianismo, que tan exaltadamente se revela contra el pretendido cristianismo social, cuando afirma que "la cris­tiandad exige una soledad perfecta" y que "El ideal de la cristiandad es una cartuja que aban-dona padre y madre y hermanos por el Cristo y renuncia a fundar una familia, a ser marido y padre". Y, práctica e históricamente, Navarro Monzó, aunque proclama que la Nueva Refor­ma es un hecho, no se evade del ámbito ideo-lógico del protestantismo. De su obra, puede de­cirse que es una preparación para la herejía, pero que no es aún la herejía; que es el anun­cio de un evangelio, pero no es el evangelio to­davía. Camino de Santidad es una invitación al misticismo; pero no como lo han sido todos los movimientos religiosos, a un tipo determinado de misticismo. «Hay un poco de misticismo -escribe Navarro Monzó- en el amor de la fami­lia, en el sacrificio diario que un hombre hace por los suyos. Hay más misticismo todavía en el interés que se toma por los intereses generales: en la solidaridad de clase, en el desarrollo de la cultura, en la dignidad de su gremio, en el buen nombre de su profesión. Mayor es todavía el misticismo que implica el patriotismo cuando éste no es apenas huera y retórica patriotería, cuando lleva a los supremos sacrificios de todas aquellas cosas que, en la rutina de la vida diaria, el hombre considera inestimables. Pero si palabras tales como Justicia, Verdad, Bien, llegan a ser consideradas como valores absolutos frente a los cuales palidecen todos los demás valores; si un hombre se halla dispuesto a sacrificar su posición y la de su familia, a colocarse frente a los prejuicios de su clase, a enfrentarse aún con su misma patria para defender uno de aque‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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llos valores en contra de un pueblo entero apa­sionado y enloquecido, es indudable que se ha­lla en las cumbres mismas del Misticismo».

 

Pero en la prédica de Navarro Monzó hay de­masiada diplomacia para que sea verdaderamen­te mística. Es una propaganda entonada a la ten­dencia "moder-nist" -empleando el término con que se le bautiza en el campo católico- de conciliar la religión con la ciencia, la tradición con la modernidad. Es el Libre Cristianismo, tan acé­rrimamente descalificado por el Papini tremen­damente hereje y religioso de 1910 y definido por él en sus Polemiche Religiose como "una suerte de libre pensamiento porque niega toda organización religiosa y reduce la religión a una imprecisa fe en el indefinido Dios panteístico y a las obras socialmente buenas". («Es el libre pensamiento -agregaba Papini- que bien co­nocemos con un poco más de Cristo y un poco menos de coherencia. Ese libre pensamiento de los países nórdicos más pegados a la idea de una religión constituida, como el libre pensamiento es el libre cristianismo de los países latinos que cuando comienzan a desvertirse no se paran hasta que no se quedan desnudos»).

 

Desde hace mucho tiempo, Navarro Monzó ha descartado radicalmente la posibilidad de exten­der a Latinoamérica el Protestantismo. «Cuando los mismos países reformados -sostenía hace va­rios años en otro libro- están sintiendo la ne­cesidad de una Nueva Reforma, lo mejor que pue­den hacer los países latinos es buscar ellos mis­mos su propia Reforma, una Reforma que corres­ponda a las necesidades mentales y sociales del hombre del siglo XX, en lugar de aceptar servilmente los frutos de la Reforma llevada a cabo por los pueblos del Norte hace ya cuatro siglos». Pero Navarro Monzó no precisa esta nueva Reforma -sus proposiciones al respecto son muy genéricas y elásticas-. Y, en todo caso, no se ve cómo la Nueva Reforma podría encontrar su sede en pueblos que han ignorado totalmente la primera Reforma y que no han sentido su nece-

 

 

 

 

 

 

 

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sidad. El modernismo -esto es una nueva co­rriente peculiar de los países católicos y latinos- sería, si la América Latina se moviese hacia un cisma, un modelo mucho más apropiado y pró­ximo.

 

Persuadido de que es tarde para esperar su aclimatación en la América Latina, el Protestan­tismo nos recomienda -por boca de estos pro­pagandistas no ortodoxos- no sus propios dogmas, que reconoce ya bastante envejecidos, sino los principios probables de una presunta Nueva Reforma. No es, así, sin duda, como se ha presentado en la historia ninguna gran herejía, des­tinada a conver-tirse en un dogma o una reli­gión. La primera condición del hereje creador y fecundo es su beligerancia, su intransigencia. Los héroes de la Reforma Protestante desafiaron la hoguera, la ex-comunión, el infierno. No es po­sible creer, por muy indulgente y optimista que uno sea, en una Nueva Reforma diplomáticamente predicada desde las tribunas de la YMCA.

 

La Reforma representó, en el orden religioso, la ruptura no sólo con Roma y el Papado, sino con el orden medioeval, con la sociedad feudal. La Nueva Reforma, si ha de venir, tendrá que surgir a su vez en abierto contraste con el orden burgués, con la sociedad capitalista. El Protes­tantismo ha sido y es la religión y la moral del capitalista, del gran capitalismo. No se concibe una nueva Reforma que no comience por enten­der esta solidaridad.

 

Si Navarro Monzó se colocara en el mismo te­rreno que Unamuno, podría inhibirse de conocer y enjuiciar estos problemas. Pero aunque polí­ticamente, como natural desarrollo de la idea li­beral y protestante, no parezca distante del anar­quismo, su concepción está perfectamente cla­sificada dentro de las varias formas del cristia­nismo social. Navarro Monzó no quiere separar la religión de la vida, ni que lo espiritual igno­re lo temporal. Para Julián Benda, he aquí, sin duda otro, caso de Clerc qui trahi.*

 

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* "La intelectualidad traidora",

 

 

 

 

 

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LA BATALLA DE "MARTIN FIERRO"*

 

La rotunda negativa con que Martín Fierro ha respondido, bajo la firma de Rojas Paz, Mo­linari, Borges, Pereda Valdés, Olivari, Ortelli y algunos otros de sus colaboradores, a una ex-temporánea invitación de La Gaceta Literaria de Madrid, refresca mi simpatía por este ague­rrido grupo de escritores argen-tinos y su animado periódico. Hace tres años, Oliverio Girondo -traído a Lima por su afán de andariego y en función de embajador de la nueva generación argentina- me hizo conocer los primeros núme­ros del intrépido quincenario que desde enton­ces leo sin más tregua que las dependientes de las distracciones del servicio postal.

 

Mi sinceridad me obliga a declarar que Martín Fierro me parecía en sus últimas jornadas menos osado y valiente que en aquellas que le ga­naron mi cariño. Le notaba un poco de aburge­samiento, a pesar del juvenil desplante que en­contraba siempre en sus columnas polémicas. (El espíritu burgués tiene muchos capciosos desdoblamientos). Martín Fierro, a mi juicio, caía en el frecuente equívoco de tomar por señales de revolución las que son, más bien, señales de decadencia. Por ejemplo, cuando a propósito de Beethoven, dijo: "debemos defender nuestra pe­queñez contra los gigantes, si es preciso", adoptó la actitud conformista, esto es burguesa, de los que, obedeciendo a una necesidad espiritual del viejo orden político y económico, repudian icono-clastas el pasado en nombre de un reveren­te acatamiento al presente. El ambicioso futuris­mo de otros días degenera así en un engreído presentismo, inclinado a toda suerte de indul­gencias con los más mediocres frutos artísticos si los identifica y cataloga como frutos de la es­tación.

 

La función de Martin Fierro en la vida lite­raria y artística de la Argentina, y en general de Hispanoamérica, ha sido sin duda una fun­ción revolucionaria. Pero tendería a devenir conservadora si la satisfacción de haber reem‑

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 24 de Setiembre de 1927.

 

 

 

 

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plazado a los valores y conceptos de ayer por los de hoy, produjesen una peligrosa y megaló­mana superestimación de éstos. Martín Fierro, por otra parte, ha reivindicado, contra el juicio europeizante y académico de sus mayores, un valer del pasado. A esta sana raíz debe una bue­na parte de su vitalidad. Su director Evar Mén­dez lo recuerda oportunamente en un ponderado balance de su obra publicado en la Exposición de la Actual Poesía Argentina de P. J. Vignale y César Tiempo (Editorial Minerva, Buenos Aires, 1927). (Martín Fierro -escribe Evar Mén­dez- tiene por nombre el de un poema que es la más típica creación del alma de nuestro pueblo. Sobre esa clásica base, ese sólido fundamento -nada podría impedirlo-, Edificamos cualquie­ra aspiración con capacidad de toda altura».

 

El activo de Martín Fierro está formado por todos los combates que ha librado obedeciendo a su tradición que es tradición de lucha. Y que por arrancar de "la más típica creación" del alma popular argentina no puede avenirse con un concepto antisocial del arte y mucho menos con una perezosa abdicación de la cultura ante las corrientes de moda. El pasivo está com-puesto, en parte, de las innumerables páginas dedicadas, verbigracia, a Valery Larbaud que, juzgado por estos reiterados testimonios de admiración, po­dría ocupar en la atención del público más sitio que Pirandello. Evar Méndez está en lo cierto cuando recapitulando la experiencia martinfie­rrista apunta lo siguiente: «la juventud aprendió de nuevo a combatir; la crisis de opinión y de crítica fue destruida; los escritores jóvenes ad­quirieron el concepto de su entidad y respon­sabilidad».

 

Por todo esto me complace, en grado máximo, la cerrada protesta de los escritores de Martín Fierro contra la anacrónica pretensión de La Ga­ceta Literaria de que se reconozca a Madrid como "meridiano intelectual de Hispanoamérica". Está actitud nos presenta vigilantes, despiertos y comba-tivos frente a cualquiera tentativa de res­tauración conservadora. Contra la tardía reivin­dicación española, debemos insurgir todos los

 

 

 

 

 

 

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escritores y artistas de la nueva generación his­panoamericana.

 

Borges tiene cabal razón al afirmar que Ma­drid no nos entiende. Sólo al precio de la rup­tura con la Metrópoli, nuestra América ha empe­zado a des-cubrir su personalidad y a crear su destino. Esta emancipación nos ha costado una larga fatiga. Nos ha permitido ya cumplir libremente un vasto experi-mento cosmopolita que nos ha ayudado a reivindicar y revalorar lo más nuestro, lo autóctono. Nos proponemos realizar empresas más ambiciosas que la de enfeudarnos nuevamente a España.

 

La hora, de otro lado, no es propicia para que Madrid solicite su reconoci-miento como metró­poli espiritual de Hispanoamérica. España no ha salido todavía completamente del Medioevo. Peor todavía: por culpa de su dinastía borbónica se obstina en regresar a él. Para nuestros pueblos en crecimiento no representa siquiera el fenó­meno capitalista. Carece, por consiguiente, de títulos para reconquistarnos espiritualmente. Lo que más vale de España -Don Miguel de Unamuno- está fuera de España. Bajo la dictadura de Primo de Rivera es inconcebiblemente opor­tuno invitarnos a reconocer la autoridad supre­ma de Madrid. El "meridiano intelectual de His­panoamérica" no puede estar a merced de una dictadura reaccionaria. En la ciudad que aspire a coor-dinarnos y dirigirnos intelectualmente ne­cesitamos encontrar, si no espíritu revoluciona­rio, al menos tradición liberal. ¿Ignora la Gace­ta Literaria que el General Primo de Rivera negó libertad de palabra al profesor argentino Mario Sáenz y que la negará invariablemente a todo el que lleve a España la repre-sentación del pen­samiento de América?

 

Nuestros pueblos carecen aún de la vincula­ción necesaria para coincidir en una sola sede. Hispanoamérica es todavía una cosa inorgánica. Pero el ideal de la nueva generación es, precisamente, el de darle unidad. Por lo pronto hemos establecido ya entre los que pensamos y senti­mos parecidamente, una comunicación fecunda. Sabemos que ninguna capital puede imponer

 

 

 

 

 

 

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artificialmente su hegemonía a un Continente. Los campos de gravitación del espíritu hispano-americano son, por fuerza, al norte México, al sur Buenos Aires. México está físicamente un poco cerrado y distante. Buenos Aires, más co­nectada con los demás centros de Sudamérica, reúne más condiciones materiales de Metrópoli. Es ya un gran mercado literario. Un "meridia­no intelectual", en gran parte, no es otra cosa.

 

Martín Fierro, en todo caso, tiene mucha más "chance" de acertar que La Gaceta Literaria.

 

LA BATALLA DEL LIBRO*

 

Organizada por uno de los inteligentes y la­boriosos editores argentinos, Samuel Glusberg, se ha realizado recientemente en Mar del Plata la Expo-sición Nacional del Libro. Este aconteci­miento -que ha seguido a poca distancia a la Feria Internacional del Libro- ha sido la ma­nifestación más cuantiosa y valiosa de la cultura argentina. La Argentina ha encontrado, de pron­to, en esta exposición, el vasto panorama de su literatura. El volumen imponente de su producción literaria y científica le ha sido presentada, en los salones de la exposición, junto con la extensión y progreso de su movimiento editorial.

 

Hasta hoy, no obstante el número de sus edi­toriales, la Argentina no exporta sus libros sino en muy pequeña escala. Las editoriales y libre­rías españolas mantienen, a pesar del naciente esfuerzo editorial de algunos países, una hegemonía absoluta en el mercado hispanoamericano. La circulación del libro americano en el Conti­nente, es muy limitada e incipiente. Desde un punto de vista de libreros, los escritores de La Gaceta Literaria estaban en lo cierto cuando de­claraban a Madrid meridiano literario de His­panoamérica. En lo que concierne a su abastecimiento de libros, los países de Sudamérica con­tinúan siendo colonias españolas. La Argentina es, entre todos estos países, el que más ha avan­zado hacia su emancipación, no sólo porque es

 

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* Publicado en Mundial: Lima, 30 de marzo de 1928.

 

 

 

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el que más libros recibe de Italia y Francia, sino sobre todo porque es el que ha adelantado más en material editorial. Pero no se han creado todavía en la Argentina empresas o asocia­ciones capaces de difundir las ediciones argen-tinas por América, en competencia con las libre­rías españolas. La compe-tencia no es fácil. El li­bro español, es generalmente más barato que el libro argentino. Casi siempre, está además mejor presentado. Técnicamente, la organización edi­torial y librera de España se encuentra en con­diciones supe-riores y ventajosas. El hábito fa­vorece al libro español en Hispano-américa. Su circulación está asegurada por un comercio me­canizado, antiquísimo. El desarrollo de una nue­va sede editorial requiere grandes bases finan­cieras y comerciales.

 

Pero esta sede tiene que surgir, a plazo más o menos corto, en Buenos Aires. Las editoriales ar­gentinas operan sobre la base de un mercado como el de Buenos Aires, el mayor mercado de Hispanoamérica. El éxito de Don Segundo Sombra y otras ediciones, indica que Buenos Aires puede absorber en breve tiempo la tirada de una obra de fina calidad artística. (No hablemos de las obras del señor Hugo Wast). La expansión de las ediciones argentinas, por otra parte, se inicia espontáneamente. Las traducciones publicadas por Gleizer, Claridad, etc., han encontrado una ex­celente acogida en los países vecinos. Los libros argentinos son, igualmente, muy solicitados. Glusberg, Samet y algún otro editor de Buenos Aires ensanchan cada vez más su vinculación continental. La expansión de las revistas y pe­riódicos bonaerenses señala las rutas de la ex­pansión de libros salidos de las editoriales ar­gentinas.

 

La Exposición del Libro Nacional, plausiblemente provocada por Glusberg, con agudo senti­do de oportunidad, es probablemente el acto en que la Argen-tina revisa y constata sus resultados y experiencias editoriales, en el plano nacional, para pasar a su aplicación a un plano continen­tal. Arturo Cancela, en el discurso inaugural de la Exposición, ha tenido palabras significativas.

 

 

 

 

 

 

 

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«Poco a poco -ha dicho- se va diseñando en América el radio de nuestra zona de influencia intelectual y no está lejano el día en que, realizando el ideal romántico de nuestros abuelos, Buenos Aires llegue a ser, efectivamente, la Ate­nas del Plata. Este acto de hoy es apenas un bosquejo de esa apoteosis, pero puede ser el pró­logo de un acto más trascendental. El libro ar­gentino está ya en condiciones de merecer la atención del público en las grandes ciudades de trabajo. Por su pasado, por su presente y por su futuro, el libro argentino merece una escena más amplia y una consagración más alta».

 

De este desarrollo editorial de la Argentina -que es consecuencia no sólo de su riqueza eco­nómica sino también de su madurez cultural- tenemos que com-placernos como buenos ameri­canos. Pero de sus experiencias podemos y debemos sacar, además, algún provecho en nues­tro trabajo nacional. El índice libro, como he tenido ya ocasión de observarlo más de una vez, no nos per-mite ser excesivamente optimistas so­bre el progreso peruano. Tenemos por resolver nuestros más elementales problemas de librería y bibliografía. El hombre de estudio carece en este país de elementos de información. No hay en el Perú ni una sola biblioteca bien abasteci­da. Para cualquier investigación, el estudioso carece de la más elemental bibliografía. Las librerías no tienen todavía una organización técnica. Se rigen de un lado por la demanda, que corres­ponde a los gustos rudimentarios del público, y de otro lado por las pautas de sus proveedores de España. El estudioso necesitaría disponer de enormes recursos para ocuparse por sí mismo de su bibliografía. Invertiría en este trabajo un tiempo y una energía robados a su especulación intelectual.

 

Poco se considera y se debate, entre nosotros, estas cuestiones. Los intelec-tuales parecen más preocupados por el problema de imprimir sus no muy nutridas ni numerosas obras, que por el problema de documentarse. Los libreros trabajan desorientados, absorbidos por la fatiga diaria de defender el negocio. Tenemos ya una fiesta

 

 

 

 

 

 

 

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o día del libro, en la cual se colecciona para las bibliotecas escolares fondos que son aplicados sin ningún criterio por una de las secciones más ru­tinarias del Ministerio de Instrucción; pero más falta nos haría, tal vez, establecer una feria del libro, que estimulara la actividad de editores, autores y libreros y que atrajera más seria y disciplinadamente la atención del público y del Estado sobre el más importante índice de cultu­ra de un pueblo.

 

EDWARDS BELLO, NOVELISTA*

 

Joaquín Edwards Bello confirma con su obra la tendencia de la literatura chilena a lograr su madurez en la novela, en el relato. La lírica -en prosa y verso- predomina excesivamente en la mayor parte de las literaturas sud-americanas. Chile tiene poetas que influyen diversa y acen­tuadamente en el espíritu hispanoamericano: Ga­briela Mistral, Pablo Neruda, Vicente Hui-dobro. Pero la fruta de estación de su literatura es, más bien, la novela. Con la novela entra una literatu­ra en su edad adulta.

 

El Roto, novela de la cual nos ha dado una edición definitiva, completamente revisada, la Editorial Nascimento, acusaba ya, a un vigoroso novelista. El asunto revelaba su simpatía por lo popular, su robusta vocación de biógrafo de tipos sociales, su violenta liberación de decadentes supersticiones antiplebe-yas. En su sondaje de los bajos fondos de la vida social chilena, no lo asus­taba lo más animal y soterráneo. El Roto es un análisis del turbio limo del subur-bio. «Se trata -anuncia Edwards Bello en un breve prefacio- de la vida del prostíbulo chileno, que tuvo un sentido social profundo, por la constancia con que influyó en el pueblo y por el carácter aferradamente nacional de sus componentes. En pocas partes de Ibero-América tuvo el pueblo una manifes-tación tan personal. La vida alegre chilena

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 19 de Diciembre de 1928. Y reproducido en Amauta: Lima, Noviembre-Diciembre de 1928.

 

 

 

 

 

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extravasó triunfalmente a Bolivia, Perú y otros países del Continente. Pueril sería hacer ascos a este fenómeno de vitalidad. Ahora que se cerraron los salones donde las asiladas sonreían ceremoniosamente; ahora que se apagaron esas cuecas tamboreadas, este libro adquiere un va­lor especial de documento. Es una reconstitu­ción apasionada de vida popular que se extin­gue. Los personajes están fuertemente abocetados. Clorinda, Esmeraldo, son criaturas espe­cificas del arrabal, a las que el novelista se ha acercado con curiosidad y ternura, sagaces y alertas sus pupilas de artista, de creador. Pero la obra no está plenamente realizada. Tiene, a ratos, fallas, fisuras, por las cuales se entrome­ten, de vez en cuando, tópicos de artículos de fondo. La intención del autor se hace a veces ostensible, por medios que no son estrictamente los de la expresión artística. Al dominio diestro, fácil, seguro de estos medios, no llega Edwards Bello sino en el Cap Polonio, novela corta, de trama turística, de atmósfera móvil y trans-atlán­tica. Edwards Bello es, en el Cap Polonio, por la sensibilidad viajera y cosmopolita, un Paul Morand suramericano; pero un Paul Morand ma­tinal, sin delicuescencia, de savia araucana, con el brío de una juventud todavía fresca y aven­turera, en el fondo romántic. El color de sus descripciones, el tono de sus personajes, es estival y mediterráneo, con cierta alegría mari­nera, de playa, antípoda de esa emoción de acuá­rium, mórbida, chinesca, de las "noches". La Pa­radita tiene un poco de la vivacidad brutal de la Bien Plantada. Se diferencia de la Bien Plantada, porque ignoramos sus raíces. El autor nos la presenta, pasajera del Cap Polonio, separada de su naturaleza, ausente de su contorno. En su encuentro hay ese elemento de imprecisión, de continencia y de fugacidad, que interviene en las impresiones del turista.

 

En El Chileno en Madrid, novela de mayor aliento, reaparece la experiencia turística, la ac­titud nómada de Edwards Bello. El chileno no

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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es lo más vital de la novela. Su drama carece de verdadera tensión. Lo que vive, con energía, con voluntad, con pasión, es Madrid, esta esta­ción de su viaje, en que su chilenismo se des­vanece un poco, quizá para siempre. El chileno es un pretexto para mostrarnos Madrid en contraste o en roce con una sensibilidad surameri­cana. Carmen, doña Paca, la Angustias, Mandu­jano, el Curriquiqui, tienen en la novela una presencia más resuelta, más rotunda, en todo instante, que Pedro Wallace el chileno hispani­zado y que Julio Assensi el español chileniza­do. Estos personajes están absolutamente logrados: han encontrado a su autor. (Que ha ido a descubrirlos desde Suramérica). Pedro trata de reanudar su vida, Hay en su existencia una rup­tura, un desgarramiento que le impide gozar ampliamente su actualidad. Entre su presente y su alma; se interpone una nostalgia que amor­tigua su choque con las cosas y frustra su po­sesión del mundo. Pedro va a Madrid a la re­cherche du temps perdu,* Una mujer española, femenina, doméstica, maternal y un hijo -su pa­sado, su juventud- son el centro de gravitación de su alma. Mientras no regrese a ellos, no recobrará su equilibrio. Chileno puro, pasa por la novela con un aire de deraciné.** Lo aqueja un vago momadismo. Por esto, se adhiere ávidamen­te a un Madrid castizo, antiguo, tradicional.

 

La nota más acendrada de la novela es una amorosa reivindicación de este Madrid. Y ésta delata de nuevo, el sedimento romántico de Edwards Bello. Ningún español habría sentido aca­so, con tanta ternura, lo castizo madrileño. El español, por tradicionalista que sea, no puede consentirse los mismos placeres caros, dulces, filiales que un turista suramericano, sentimen­tal, artista, con dinero.

 

Pero, artística, estéticamente, en el caso de Edwards Bello, este sentimiento no deja sino ganancia: una bella novela. Una novela que, por otra parte, no será a la larga más que una es­tación de su itinerario de viajero y artista.

 

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* A la búsqueda del tiempo perdido.

** Desarraigado.

 

 

 

 

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LA AVENTURA DE TRISTAN MAROF*

 

Un Don Quijote de la política y la literatura americanas, Tristán Marof, o Gustavo Navarro, como ustedes gusten, después de reposar en Are­quipa de su última aventura, ha estado en Lima, algunas horas, de paso para La Habana. ¿Dónde había visto yo antes su perfil semita y su barba bruna? En ninguna parte, porque la barba bruna de Tristán Marof es de improvisación recien­te. Tristán Marof no usaba antes barba. Esta barba varonil, que tan antigua parece en su cara mística e irónica, es completamente nueva. Lo ayudó a escapar de su confinamiento y a asi­larse en el Perú. Ha formado parte de su dis­fraz; y, ahora, tiene el aire de pedir que la dejen quedarse donde está. Es una barba espontá­nea, que no obedece a ninguna razón sentimen­tal ni estética, que tiene su origen en una razón de necesidad y utilidad y que, por esto mismo, ostenta una tremenda voluntad de vivir; y re­sulta tan arquitectónica y decorativa.

 

La literatura de Tristán Marof. -El Ingenuo Continente Americano, Sue-tonio Pimienta, La Justicia del Inca, etc.- es como su barba. No es una literatura premeditada, del literato que busca fama y dinero con sus libros. Es posible que Tristán Marof ocupe más tarde un sitio eminen­te en la historia de la literatura de Indo-Améri­ca. Pero esto ocurrirá sin que él se lo proponga. Hace literatura por los mismos motivos porque hace política; y es lo menos literato posible. Tie­ne sobrado talento para escribir volúmenes esmerados; pero tiene demasiada ambición para contentarse con gloria tan pequeña y anacrónica. Hombre de una época vitalista, activista, román­tica, revolucio-naria -con sensibilidad de caudillo y de profeta- Tristán no podía encontrar digna de él sino una literatura histórica. Cada libro suyo es un documento de su vida, de su tiempo. Documento vivo; y, mejor que documento, acto. No es una literatura bonita, ni cuidada, sino vital, económica, pragmática. Como la barba

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 3 de Marzo de 1928.

 

 

 

 

 

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de Tristán Marof, esta literatura se identifica con su vida, con su historia.

 

Suetonio Pimienta es una sátira contra el tipo de diplomático rastacuero y advenedizo que tan liberalmente produce Sur y Centro América. Di­plomático de origen electoral o "revolucionario" en la acepción suramericana del voca-blo. La Jus­ticia del Inca es un libro de propaganda socialista para el pueblo boliviano. Tristán Marof ha sentido el drama de su pueblo y lo ha hecho suyo. Podía haberlo ignorado, en la sensual y bu­rocrática comodidad de un puesto diplomático o consular. Pero Tristán Marof es de la estirpe romántica y donquijotesca que, con alegría y pa­sión, se reconoce predestinada a crear un mun­do nuevo.

 

Como Waldo Frank -como tantos otros ameri­canos entre los cuales me incluyo-, en Europa descubrió a América. Y renunció al sueldo diplo­mático para venir a trabajar rudamente en la obra iluminada y profética de anunciar y rea­lizar el destino del Continente. La policía de su patria -capitaneada por un intendente escapado prematuramente de una novela posible de Tristán Marof- lo condenó al confinamiento en un rincón perdido de la montaña boliviana. Pero así como no se confina jamás una idea, no se confina tampoco a un espíritu expansivo e incoercible como Tristán Marof. La policía paceña podía haber encerrado a Tristán Marof en un baúl con doble llave. Corno un fakir, Tristán Marof habría desaparecido del baúl, sin violentarlo ni fracturarlo, para reaparecer en la frontera, con una barba muy negra en la faz pá­lida. En la fuga, Tristán Marof habría siempre ganado la barba.

 

A algunos puede interesarlos el literato; a mi me interesa más el hombre. Tiene la figura pró­cer, aquilina, señera, de los hombres que nacen para hacer la historia más bien que para escri­birla. Yo no lo había visto nunca; pero lo había encontrado muchas veces. En Milán, en París, en Berlín, en Viena, en Praga, en cualquiera de las ciudades donde, en un café o un mitin, he tropezado con hombres en cuyos ojos leía la más

 

 

 

 

 

 

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dilatada y ambiciosa esperanza. Lenines, Trots­kys, Mussolinis de mañana. Como todos ellos, Marof tiene el aire a la vez jovial y grave. Es un Don Quijote de agudo perfil profético. Es uno de esos hombres frente a los cuales no le cabe a uno duda de quedarán que hablar a la poste­ridad. Mira a la vida, con una alegre confianza, con una robusta seguridad de conquistador. A su lado, marcha su fuerte y bella compañera. Dul­cinea, muy humana y muy moderna, con ojos de muñeca inglesa y talla walkyria.

 

Le falta a este artículo una cita de un libro de Marof. La sacaré de La Justicia del Inca. Escogeré estas líneas que hacen justicia sumaria de Alcides Argue-das: «Escritor pesimista, tan huér­fano de observación económica como maniático en su acerba crítica al pueblo boliviano, Arguedas tiene todas las enfermedades que cataloga en su libro: hosco, sin emoción exterior, tímido hasta la prudencia, mudo en el parlamento, gran elogiador del general Montes. Sus libros tie­nen la tristeza del altiplano, Su manía es la de­cencia. La sombra que no lo deja dormir, la plebe. Cuando escribe el pueblo boliviano está enfermo, yo no veo la enfermedad. ¿De qué está enfermo? Viril, heroico, de gran pasado, la única enfermedad que lo carcome es la pobreza».

 

Este es Tristán Marof. Y ésta es mi bienvenida y mi adiós a este caballero andante de Suda­mérica.

 

SANÍN CANO Y LA NUEVA GENERACION*

 

Sanín Cano coincide, sin duda, con Bernard Shaw, en la apreciación del periodismo. No aspira al título de ensayista ni de filósofo, porque le basta el título de periodista. Y si periodismo es todo lo que pretende Bernard Shaw, el es­critor colombiano se contenta con una clasifi­cación que no oscurece ni disminuye sus mé­ritos de pensador y polígrafo.

 

Urge convenir en que el descrédito del perio­dista, particularmente el de América, resulta justificado, El periodismo ejercido generalmente

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* Publicado en Variedades: Lima, 8 de Octubre de 1927

 

 

 

 

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por una muchedumbre más o menos anónima de diletantes, aparece como un género que no requiere ninguna preparación cultural y ninguna aptitud literaria. El periodista se supone el de­recho de discurrir de todo sin estar enterado de nada. Frente a una cuestión económica o a una doctrina social, no se siente jamás embarazado por su ignorancia. Lo sostiene una confianza excesiva en que la ignorancia de sus lectores sea aún mayor. El socialismo, señaladamente, sufre en la prensa las más inverosímiles desfiguracio­nes por obra de gentes de las cuales no sólo se puede decir que no han leído nunca a Marx, Engels, Lasalle ni Sorel, sino que serían absolutamente incapaces de entenderlos.

 

Pero se registra ya un movimiento de reivin­dicación de la profesión de periodista. Esta rei­vindicación no se reduce, por supuesto, al vo­cinglero empeño de Henri Béraud de demostrar que un reportero puede escribir tan bien como el mejor literato. (Las mediocres novelas de Henri Béraud, en verdad, no lo prueban todavía). El artículo del escritor responsable y calificado desaloja crecientemente de la prensa a la divagación inepta del gacetillero. El público dis­tingue cada vez mejor las varias jerarquías de periodistas.

 

Esta rectificación debe mucho, en el sector hispánico, a la obra de Sanín Cano, que ha contribuido poderosamente a elevar el comentario y la crítica periodísticos, con visible influencia en la educación del público y en especial del que no llega al libro.

 

Al período del apogeo del "cronista", durante el cual la predilección de los lectores fue aca­parada por escritores del tipo de Gómez Carrillo, ha seguido un período de apogeo del ensayista. Lo que demuestra que al lector no le basta ya la sola anécdota.

 

Se destaca frecuentemente, como uno de los rasgos mayores de Sanín Cano, su humorismo. La aparición de este "filósofo de la risa" según Araquistain —quien corrobora un concepto de Armando Donoso a propósito de Arturo Cance-

 

 

 

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la—, es uno de los signos de maduramiento li­terario de Hispanoamérica.

 

El agudo escritor colombiano es, sin disputa, un humorista. Pero su hu-morismo no es su cua­lidad sustantiva, ni la que más lo distingue en­tre los pensadores del Continente. A pesar de su humorismo -él diría que pre-cisamente a causa de su humorismo- Sanin Cano se singulariza por su pensamiento circunspecto, coherente y hondo. Su gesto de escéptico no le impide guardar una leal y honrada devoción a algunas ideas fundamentales, verbigracia la idea de la libertad. La ironía, el humor, en ningún momento restan se­riedad ni unidad a su pensamiento. Sanín Cano se comporta siempre como un espíritu construc­tivo, que asume, libre, pero fielmente, una mi­sión docente en la evolución intelectual de estos pueblos. No lo atrae el aposto-lado; pero quiere cumplir sin alarde y sin desplante una obra de orientador y educador.

 

La labor de Sanín Cano, forma parte del mag­no esfuerzo que hacen las mentes más lúcidas de Hispanoamérica por dotar a nuestros pueblos de la "atmósfera de ideas" que fundadamente ha echado de menos en ellos la crítica europea. Se le debe una divulgación eficaz -y a veces una versión original- de las ideas y hechos más conspicuos de los últimos lustros. Y este trabajo se ha caracte-rizado por la autonomía austera, aunque sonriente, de su espíritu.

 

El trato íntimo con el pensamiento occidental, no ha descastado a este escritor de América, que, desde su juventud, explora los más diversos ca­minos de la literatura de Europa. Cada vez que opina sobre un problema de América, lo hace con acendrado sentimiento de americano. Su ejemplo nos decide a creer que existe ya una es­tirpe de "buenos americanos" en vías de afir­mar su per-sonalidad y de llenar su función con la misma excelencia que la estirpe de los "bue­nos europeos".

 

La cultura británica -y quizá también el es­píritu británico- han dejado su hue-lla en la producción de Sanín Cano, pero sin enflaquecer su savia ni deformar su sensibilidad de hispano‑

 

 

 

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americano. No se le puede reprochar ninguna abdicación de su independencia al juzgar las co­sas y los hombres anglo-sajones. El espectáculo de la hege-monía anglo-sajona, encuentra en Sa­nín Cano un estudioso cauto que no pierde nunca su equilibrio. Inglaterra no lo deslumbra. Y esto no traduce frialdad sino mesura.

 

No creo mucho en su escepticismo. Sé que procede de una generación pon-derada que, con Rodó, se impuso el gusto de la línea ateniense (Sa­nín Cano, sin embargo, no es muy indulgente con algunos aspectos del patrimonio greco-roma­no. Véase su ensayo Bajo el signo de Marte).

 

La generación de hoy, por razones de época, piensa y obra con un ritmo más acelerado. Le torea acompasarse a una hora de violencia. Pero, sal­vada esta diferencia de pulsación espiritual, pue­de reconocer en Sanín Cano un pre-cursor y un maestro por su pasión de verdad .y de justicia.

 

Ante el fenómeno norteamericano, Sanín Cano ha tenido siempre una actitud de vigilante de­fensa de la autonomía y de la personalidad de la América Latina. Hace poco incitaba a su país a la previsión de los peligros de los préstamos yanquis.

 

Pocas actitudes de su pensamiento, a mi juicio, definen su ambición como la justicia que hace a Brandes en estas palabras: «La muerte de Brandes priva a la idea de la libertad de su más alto representante y de su más asiduo y eficaz defensor en los últimos sesenta años. Mientras otras inteligencias ochocen-tistas, claudicaron y se rindieron, escondiendo en pliegues de sutil ironía su escepticismo en materia de libertades, Brandes perseveró siempre dedicado a los prin­cipios formulados ruidosamente con estupenda claridad y hermosura en su conferencia del año setenta». Me complace el haber coincidido con Sanín Cano en la estimación del que yo también considero como el mayor mérito del pensador escandinavo.

 

A Sanín Cano, sus pósteros* le reconocerán el mismo mérito de haberse conservado fiel al pen­samiento liberal y progresista, en una época en

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* Descendientes.

 

 

 

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que, turbados por atracción reaccionaria, lo renegaba la mayoría de sus más veteranos militantes,

 

"LEVANTE", POR BLANCA LUZ BRUM*

 

Hace poco en una conversación sobre tópicos literarios, un poeta amigo y yo registrábamos la decadencia de los buhos y los gatos en la poesía. El ciclo del decadentismo fin de siglo se cierra con la depreciación absoluta de estos animales en el mercado literario. Desde la victo­ria de la máquina la fauna en general anda de capa caída Hemos regresado al antropocentrismo, convale-cientes de lo que Freud llama la humillación cosmológica de la teoría de Copérnico y la humillación biológica de la teoría de Darwin. La poesía moderna tiene una predicción sintomática: la metáfora antropomórfica.

 

Pero no menos evidente y mucho más considerable es la decadencia del ocaso, del tramonto, del poniente. Desde que Spengler desarrolló su tesis sobre el untergang** del Occidente, estos temas literarios no se cotizan así Debe haber en esto algo de defensa instintiva No se menciona la cuerda en casa del ahorcado Spengler enfocó todas las caras de la decadencia Agotó la cuestión a tal punto que cuando Ortega y Gasset nos habló del "alma desen-cantada" y del "ocaso de las revoluciones", su réquiem encontró al mundo ávido de ilusión y de esperanza,

 

Por esto tal vez el alba es ahora el tema predilecto Ramón Gómez de la Serna hace de su título de "descubridor del alba" la mejor garantía de su modernidad y Blaise Cendrars, en el libro en que nos cuenta su viaje a Formosa, confiesa también su preferencia por los ortos y cierta desconfianza hacia los ocasos:

 

«Les couehers de soleil des tropiques

Qui c'est vrai c'est esplendide

Mais je prefere de beaucoup les levers [de soleil

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* Publicado en Mundial Nº 342 Lima, 1º de Enero de 1927

** Decadencia.

 

 

 

 

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L'aube

Je n'en rate pas une».*

El libro que Blanca Luz Brum acaba de pu­blicar está de acuerdo con este aspecto de la sensibilidad contemporánea. Levante es, por an­tonomasia, un título de hoy. Y esta actitud es muy propia de Blanca Luz. Su poesía, no obstante la angustia que a ratos la empaña, es su fuerte grito de la vida. No ha venido Blanca Luz al Perú a anunciarnos la muerte del poeta Parra del Riego, sino su vida, su inmortalidad.

 

Levante llega en su hora. La técnica de Blan­ca Luz es todavía un poco insegura y agreste. Pero en todas sus canciones se reconoce la voz de una verdadera poetisa.

 

Blanca Luz no es sólo de la tierra de Delmi­ra Agustini; es también de su estirpe. Es un alma encendida, apasionada, dionisíaca. Por esto la siento tan fraterna y amiga. Su dolor, su drama no la han vencido, no la han amargado. Su poesía no es la monótona queja, la plañi­dera elegía sobre la tumba del esposo. Es que su alma no ha perdido la divina fuerza de crear y esperar. Tal vez nada la expresa como estos versos:

«Yo sé que está la copa

de mi vida trizada

por Dios

y para Dios trunca

y sin embargo sigo la ruta

más porfiada

y espero más que nunca».

La poesía de Blanca Luz no es producto de retorta. Es espontánea y transparente como el agua de un manantial. Brota de la tierra, brota de su cuerpo, brota de sus sentidos alucinados. Hunde su raíz ávida en la vida. Probablemente porque soy un exaltado, yo amo sobre todo su exaltación. Como amo su panteísmo.

 

Constato finalmente que en sus versos hay lo menos posible de literatura, de artificio, de escuela.

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* "A los crepúsculos de los trópicos / En verdad esplen­dentes / Prefiero sus levantes / El alba / Que no tengo".

 

 

 

 

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POLÍTICA IBERO-AMERICANA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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POLÍTICA URUGUAYA*

 

 

El Uruguay es, entre las repúblicas surameri­canas, la que ha sabido encontrar mejor su equi­librio político. El régimen demo-liberal que casi en todas estas repúblicas ha tenido tan poca fortuna, en el Uruguay ha logrado desarrollarse normalmente. El artífice de esta obra, José Batlle Ordóñez, es hispano-americano, no es el estimado, por esto, como uno de los primeros es­tadista del Continente.

 

Battle Ordóñez, el líder de la más perfecta de­mocracia tipo caudillo de nuestra América. Su rasgo más característico es su comprensión de que para que una empresa tan grande no bastaba un hombre y hacía falta un partido. Todo lo que se ha hecho en el Uruguay en los últimos veinti­cinco años lleva el sello de su personalidad. Pero la superioridad de Battle reside en su esfuerza por crear una democracia que pudiese funcionar sin caudillos. Más que de su propio destino his­tórico, pareció siempre preocupado del de su partido.

 

El Partido Colorado tiene su origen en la independencia uruguaya. Desde la fundación de la república la lucha política se libra en el Uru­guay entre blancos y colorados. Pero ha sido Batlle quien le ha dado al Partido Colorado lo que podríamos llamar su estilo histórico. Batlle lo ha dirigido con ese impulso progresista, beli­gerante, constructivo, ardoroso, casi juvenil que lo distingue entre los partidos liberales del Con­tinente. A Batlle no le ha satisfecho, no le ha contentado como a un caudillo cualquiera, una vic­toria fácil. El poder no ha enervado nunca su combatividad. Por el contrario la ha estimulado. En el gobierno no se ha conformado jamás con

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 19 de enero de 1927.

 

 

 

 

 

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conservar, Ha querido y ha sabido crear, reno­var y destruir. El oficio del gendarme adusto del orden social, que bastó por ejemplo a la ambi­ción de Porfirio Díaz, para la de Batlle Ordóñez tenía que resultar mezquino y corto.

 

Los "blancos" reclutan sus principales fuerzas en el campo. Constituyen un partido de raíces feudales, Los "colorados", en cambio, domi­nan en la ciudad. Representan un programa bro­tado del burgo. El régimen demo-liberal, pre-senta, por esto, en el Uruguay, un carácter tan orgánico. Su dirección, su gobierno, no han estado a cargo de una oligarquía de latifundistas y estancie-ros de tradición feudal y agraria sino de una facción de gente de burgo con savia y mente urbanas. El gobierno de los colorados, bajo Batlle Ordóñez, ha sido el gobierno de la ciu­dad. Probablemente de este hecho político depende esa fisonomía de "ciudadela colorada" con que se le conoce; generalmente, a Montevideo.

 

Batlle Ordóñez ha sido esencialmente un go­bierno demo-liberal Pero el destino de todo li­beralismo auténtico es preparar el camino al so­cialismo. También el socialismo es un fenómeno fundamentalmente urbano. La vanguardia socialista esta formada en todas partes por el pro­letariado industrial.

 

Por otra parte, Batlle ha encabezado dentro de su partido -naturalmente heterogéneo por contener diversas categorías sociales- a la facción avanzada y renovadora y no ha trepidado en sacrificar la unidad de los "colorados" cuando lo ha exigido la necesidad de marchar adelante. Este caso se dio hace varios años, cuando Batlle y la vanguardia del Partido Colorado empeñaron la famosa batalla por el ejecutivo colegiado, cer­tero y rudo golpe de un caudillo genial al cau­dillismo mediocre. Los elementos conservadores y remolones del partido se negaron como se sa­be a aceptar esta reforma y se produjo una escisión que puso en peligro el predominio colorado. Batlle no retrocedió ante la ruptura, La lucha por el ejecutivo colegiado es en su historia la más hermosa y gallarda de todas las jornadas.

 

Las últimas elecciones, cuyo éxito nos ha sido

 

 

 

 

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confusamente comunicado por el cable, han obli­gado a los colorados a unirse. Y según recientes noticias. Batlle ha ganado una vez más la bata­lla. Pero la victoria ha sido dura. El Partido Co­lorado llega al término de su misión histórica. La democracia, en crisis en el mundo, no puede exceptuarse de esta suerte en el Uruguay. Batlle sostiene dignamente su vieja bandera. Pero se siente ya su fatiga. El socialismo despliega en el Uruguay a todo viento la bandera que fla­mea en el mundo sobre una gran marejada hu­mana. En las últimas elecciones, ha tenido el Uruguay un candidato comunista a la presiden­cia. Un hecho que señala el lugar del Uruguay en la historia del sufragio.

 

 

LA BATALLA ELECTORAL DE LA ARGENTINA*

 

Dos grandes bloques electorales se disputarán la presidencia de la república en las próximas elecciones argentinas: el radicalismo, irigoyenis­ta y el radica-lismo antipersonalista. El primero sostendrá la candidatura del ex Presidente Hipó­lito Irigoyen que, muy de acuerdo con la estra­tegia irigoyenista, no ha sido proclamada ofi­cialmente todavía, pero que desde hace mucho tiempo deja sentir su presencia silenciosa y dra­mática en la escena eleccionaria. El segundo bloque, en el cual se coaligan "anti-personalistas" y conservadores, votará por la candidatura Melo-Gallo, acordada en la reciente convención del radicalismo anti-personalista después de una porfiada competencia entre los doctores Melo y Ga­llo, que se resolvió con la designación del uno para la presidencia y del otro para la vicepre­sidencia.

 

Concurrirán además a las elecciones, con can­didatura propia, el Partido So-cialista y el Par­tido Comunista. Pero, la concurrencia de am­bos, sólo tiene por objeto afirmar su autonomía ante los dos bloques burgueses. El comunismo conforme a su práctica mundial asistirá a las

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*Publicado en Variedades: Lima, 11 de Febrero de 1928.

 

 

 

 

 

 

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elecciones con meros fines de agitación y pro­paganda clasistas. El Partido Socialista debili­tado por un cisma, socavado por el irigoyenismo en algunos sectores de Buenos Aires, su plaza fuerte electoral, y afligido por la pérdida de su jefe Juan B. Justo, una de las más altas figuras de la política argentina de los últimos tiempos, se prepara para una movilización, en la cual le costará mucho trabajo mantener las cifras de su electorado. Se trabaja por rehacer su unidad. Es probable que, a pesar de la rivalidad entre los grupos directores en contraste, se arribe a un acuerdo. Pero siempre, soldada o no a tiempo, la escisión perjudicará irreparablemente la posición del Partido en el escrutinio.

 

De los bandos burgueses, el radicalismo irigo­yenista es, al menos formal-mente, el más homo­géneo y compacto. Tiene la fuerza de la unidad de comando y la sugestión de un caudillo, de vi­goroso ascendiente personal. Mas, en verdad, la composición social del irigoyenismo es más variada que la del anti-personalismo. El irigoye­nismo representa el capital financiero, la burgue­sía industrial y urbana y se apoya en la clase media y aún en aquella parte del proletariado a la cual el socialismo no ha conseguido aún im­poner su concepción clasista. Es la izquierda del antiguo radicalismo; propugna una política re­formista que hace casi inútil el programa social-democrático, prolonga el viejo equívoco radical de que en los países donde el capitalismo se en­cuentra en crecimiento, conserva sus resortes his­tóricos. Irigoyen, el caudillo taciturno y silencioso, es la figura más conspicua de la burguesía argentina. Pertenece a esa estirpe de políticos de gran autoridad personal que, aún entre los países de más avanzada evolución demo-liberal de Sudamérica, se benefician hasta hoy de la tradición caudillista.

 

La coalición anti-personalista tiene sus bases en la burguesía agropecuaria, y en los elementos conservadores y tradicionalistas; pero emplea aún, en su propaganda, palabras y conceptos del antiguo radicalismo que le consienten captarse a las fracciones de la pequeña burguesía urbana

 

 

 

 

 

 

 

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adversa y reacias al irigoyenismo. Cuenta con el favor del actual presidente, señor Alvear, a raíz de cuya ascensión al poder se produjo la ruptura entre las dos ramas del radicalismo. Dis­pone de poderosos órganos de prensa y de nu­merosas clientelas electorales en provincias.

 

Se dice que Alvear ha rechazado recientemen­te, proposiciones de paz de Irigoyen, quien, se­gún esta noticia, habría prometido retirar su can­didatura, a cambio del desestimiento de Melo y de Gallo, candidatos anti-personalistas. Es evi­dente, en todo caso, que Alvear reconoce a Melo y Gallo como los candidatos de su partido y que pondrá al servicio de esta fórmula electoral todo su poder.

 

El régimen demo-liberal se presenta en la República Argentina, robusto y sólido aún. La es­tabilización capitalista de Occidente que, como ya he tenido ocasión de observar, resulta hasta cier­to punto -no obstante la parte que en ella tie­ne el fenómeno fascista- una estabilización de­mocrática, preserva a la democracia argentina de cercanos peligros. Pero se registran, con todo, desde hace algún tiempo, signos precursores de que el descrédito ideológico de la democracia y del liberalismo se propaga también en la repú­blica del sur. Las apologías a la dictadura no es­casean, ni Lugones es el único intelectual que ha tomado francamente partido por la reacción. Tam­bién Manuel Gálvez y otros se entretienen en la alabanza y justificación de los gobiernos de fuer­za. Un diario de izquierda -aunque sumamente heterodoxo- como Crítica, ha ini-ciado la revi­sión del juicio nacional sobre Rosas, mediante una encuesta en la cual han sido invitados a opi­nar intelectuales notoriamente empeñados en reivindicar la fama del famoso déspota. Y, por su parte, los intelectuales izquierdistas de la nueva generación no esconden su absoluto escepticis­mo respecto al porvenir de la democracia.

 

De las elecciones próximas probablemente no saldrá comprometido el régimen de sufragio en la República; pero seguramente tampoco saldrá robustecido. Pero la crítica reaccionaria y revo-

 

 

 

 

 

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lucionaria sacará de estas elecciones una expe­riencia considerable.

 

En cuanto a los posibles resultados del escru­tinio, todo pronóstico parece aventurado. El par­tido antipersonalista cuenta con enormes recur­sos electo-rales. Pero, por el ascendiente de su figura de caudillo, la victoria de Irigoyen no sería para nadie una sorpresa.

 

POLITICA ARGENTINA*

 

El gobierno de Irigoyen hace frente a una opo­sición combativa, en la que hay que distinguir dos frentes bien diversos. Las requisitorias de los conser-vadores, del antipersonalismo y de la Liga Patriótica, son de la más neta filiación reac­cionaria. Su beligerancia se alimenta del resen­timiento de los variados intereses unificados alrededor de la fórmula Melo-Gallo. Estos intereses no le perdonan al irigoyenismo su victoria abru­madora en la batalla electoral. Irigoyen, en el poder, ha decepcionado a muchos de los que espe-raban no se sabe qué milagros de su demagó­gica panacea populista. En la lucha de clases, su gobierno hace sin disimulos la política de la burguesía industrial y mercantil. El proletariado, por consiguiente, lo reconoce como un gobier­no de clase.

 

La reducción de la burocracia, la redistribu­ción de los emplees públicos, crea un ejército de cesantes y desocupados que actúa como activo elemento de agitación antiirigoyenista. Esto sirve a la oposición conservadora para elevar a un rango espectacular la escaramuza parlamentaria. Pero la verdadera oposi-ción de clase y de doc­trina es la que se delinea, con carácter cada vez más acentuado y propio, en el proletariado.

 

LA PERSPECTIVA DE LA POLITICA CHILENA**

 

En una época como la nuestra; en que el mun­do entero se encuentra más o menos sacudido

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* Publicado en Mundial: Lima, 11 de Octubre de 1929.

** Publicado en Mundial: Lima, 13 de Febrero de 1925.

 

 

 

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y agitado, la inquietud revolucionaria que fer­menta en Chile no constituye, por cierto, un fe­nómeno solitario y excepcional. Nuestra Améri­ca no puede aislarse de la corriente histórica contemporánea. Los pueblos de Europa, Asia y África están casi únicamente estremecidos. Y por América pasa, desde hace algunos años, una onda revolucionaria que, en algunos pueblos, se vuelve marejada. Con diferencia de intensidad, que corresponden a diferencias del clima social y político, la misma crisis histórica madura en todas las naciones. Crisis que parece ser crisis de crecimiento en unos pueblos y crisis de deca-dencia en otros; pero que en todos tiene, seguramente, raíces y funciones solidarias. La crisis chilena, por ejemplo, es, como otras, sólo un seg­mento de la crisis mundial.

 

En la América indo-española se cumple, gra­dualmente, un proceso de liquidación de ese régimen oligárquico y feudal que ha frustrado, durante tantos años, el funcionamiento de la de­mocracia formalmente inaugurada por los legis­ladores de la revolución de la independencia. Los reflejos de los acontecimientos europeos han acelerado, en los últimos años, ese proceso. En la Argentina, verbigracia, la ascensión al poder del Partido Radical canceló el dominio de las viejas oligarquías plutocráticas. En México, la revolución arrojó del gobierno a los latifundis­tas y a su burocracia. En Chile, la elección de Alessandri, hace cinco años, tuvo también un sentido revolucionario.

 

II

 

Alessandri usó, en su campaña electoral, una vigorosa predicación anti-oligárquica. En sus arengas a la "querida chusma", Alessandri se sen­tía y se decía el candidato de la muchedumbre. El pueblo chileno, fatigado del dominio de la plutocracia "pelucona", estaba en un estado de ánimo propicio para marchar al asalto de sus posiciones. El proletariado urbano, más o menos permeado de socialismo y sindicalismo, repre-

 

 

 

 

 

 

 

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sentaba un vasto núcleo de opinión adoctrinada.

 

Los efectos de la crisis económica y financie­ra de Chile, que amenazaban pesar exclusivamente sobre las masas populares, si el poder con­tinuaba acaparado por la oligarquía conservado­ra, excitaban a las masas a la lucha. Todas estas circunstancias concurrieron a suscitar una exten­sa y apasionada movilización de las fuerzas po­pulares contra el bloque conservador. El bloque de izquierdas, acaudillado por Alessandri, obtu­vo así una tumultuosa victoria electoral. Pero esta victoria de demócratas y radicales chilenos, por sus condiciones y modalidades históricas, no resolvía la cuestión política chilena. En primer lugar, la solución de esta cuestión política no po­día ser, lisa y beatamente, una solución electo­ral. Luego, la adquisición de la presidencia de la república, no confería al bloque alessandrista todos los poderes del gobierno. Los grupos con­servadores, numerosamente representados en el parlamento, se preparaban a torpedear sistemá­ticamente toda tentativa de reforma contraria a sus intereses de clase. Armados de una prensa poderosa, conservaban intactas casi todas las po­siciones de un prolongado monopolio que el go­bierno les había consentido conquistar. Y, de otro lado, movilizadas demagógicamente durante las elecciones, las masas populares no estaban dispuestas a olvidar sus reivindicaciones. Antes bien, tendían a precisarlas y extremarlas con ánimo cada vez más beligerante y programa cada vez más clasista.

 

La ascensión de Alessandri a la presidencia de la república, por todas estas razones, no marca­ba el fin sino el comienzo de una batalla. Tenía el valor de un episodio. La batalla seguía más exasperada y más violenta.

 

Alessandri se veía en la imposibilidad de rea­lizar, parlamentariamente, su plan de reformas sociales y económicas. Lo paralizaba la resisten­cia activa del bloque conservador y la resisten­cia pasiva de los elementos indecisos o apocados de su propio bloque liberal, conglomerado he­teróclito,* dentro del cual se constataba la exis­tencia de intereses e ideas encontradas y con‑

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* Irregular, caprichoso.

 

 

 

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tradictorias. Y Alessandri, prisionero de sus prin­cipios democráticos, carecía de temperamento y de impulso revolucionarios para actuar dictato­rialmente su programa.

 

III

 

Los hechos se encargaron de demostrar a los radicales chilenos que los cauces legales no pue­den contener una acción revolucionaria. El mé­todo democrático de Alessandri, mientras por una parte resultaba impotente para constreñir a los conservadores a mantenerse en una actitud es­trictamente constitucional; por la otra, abría las válvulas de las legítimas aspiraciones de la iz­quierda. Amenaza-da en sus intereses, la pluto­cracia se aprestaba a conquistar el poder me­diante un golpe de mano.

 

Vino el movimiento militar. La historia íntima de este movimiento no está aún perfectamente esclarecida. Pero, a través de sus anécdotas, se percibe que el espíritu de la juventud militar no sólo repudiaba la idea de una vuelta del antiguo régimen, sino que reclamaba la ejecución del programa radical com-batido por la coalición con­servadora y saboteado por una parte de la misma gente que rodeaba a Alessandri. La juven­tud militar insurgió en defensa de este progra­ma. Fueron los almirantes y generales, coludidos con los conser-vadores, quienes reformaron prác­ticamente las reivindicaciones del ejército. Los conservadores habían empujado al ejército a la insurrección a fin de recoger de sus manos, des­pués de un intermezzo militar, la perdida pre-sidencia de la república. Contaban, para el éxito de esta maniobra, con la colaboración de Altami­rano y de la capa superior del ejército, profun­damente saturada de una ideología conservado­ra. Confiaban, además, en la posibilidad de que la caída de Alessandri quebrantase el bloque de izquierda, cuyas figuras espirituales e ideológi­cas aparecían evidentes a todos los ojos.

 

Mas, contrariamente a estas previsiones, el es­píritu revolucionario estaba vivo y vigilante. Las izquierdas, en vez de disgregarse, se reconcentraron rápida-mente. El pueblo respondió a su

 

 

 

 

 

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llamamiento. La junta de gobierno del General Altamirano, ramplona copia del directorio espa­ñol, descubrió su burdo juego. Su concomitan­cia con la plutocracia chilena quedó claramente establecida. Y la juventud militar se decidió a liquidar el engaño. Un golpe de mano fue recti­ficado o anulado con otro golpe de mano. (Ru­dos golpes ambos para los pávidos e ilusos aser­tores de la legalidad a ultranza).

 

IV

 

Ahora, la vuelta de Alessandri al poder, plantea aparentemente la cuestión política en los mismos términos que antes. Pero la realidad es otra, No se sale en vano de la legalidad, sea en el nombre de un interés reaccionario, sea en el nombre de un interés revolucionario. Y una re­volución no termina hasta que no crea una le­galidad nueva. Hacia ese fin se mueven los re­volucionarios chilenos. Por eso, se habla de con­vocatoria a una asamblea constituyente. Los li­berales moderados trabajarán por convertir esta asamblea en una academia de retórica política que revise prudente e inocuamente la Constitu­ción; pero los elementos de vanguardia tratarán de empujar a la asamblea a un voto y a una ac­titud revolucionarias.

 

El problema económico de Chile no admite equívocos compromisos entre las derechas y las izquierdas. Una solución conservadora echaría sobre las espaldas de las clases pobres todo el peso, de la normalización de la hacienda chilena. Y las clases populares agitadas por las actuales corrientes ideológi-cas, no se resignan a aceptar esa solución. Sostienen, por esto, a los partidos de la alianza liberal.

 

Y, por el momento, han ganado la batalla.

 

EL IMPERIALISMO YANQUI EN NICARAGUA*

 

Ni aún quienes ignoran los episodios y el espí­ritu de la política de Estados Unidos en Centro

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* Publicado en Variedades: Lima, 22 de Enero de 1927.

 

 

 

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América pueden, ciertamente, tomar en conside­ración las razones con que el señor Kellog pre­tende excusar la invasión del territorio de Ni­caragua por tropas yanquis. Pero quienes recuer­dan el desenvolvimiento de esa política en los últimos cinco o cuatro lustros, pueden, sin duda, percibir mejor la absoluta coherencia de esta in­tervención armada en los sucesos domésticos de Nicara-gua con los fines y la praxis notorios de esa política de expansión.

 

Hace ya muchos años que los Estados Unidos han puesto los ojos en Nicara-gua y son varias las oportunidades en que, con análogos pretextos, han puesto las manos sobre su formal autonomía.

 

Roosevelt, el "fuerte cazador", notificó a Nicaragua, cuando la gobernaba el presidente Zelaya, el propósito de los Estados Unidos de convertir San Juan en un canal interoceánico y de esta­blecer una base naval en el golfo de Fonseca. Pero este plan, de clara intención imperialista, en­contró natural-mente viva resistencia en la opi­nión nicaragüense. El Presidente Zelaya no pudo hacer ninguna concesión al gobierno norteameri­cano a éste respecto. Los Estados Unidos no ob­tuvieron de este capataz de la política nicara­güense sino un tratado de amistad. Mas, en se­guida, sus agentes se entregaron a la faena de organizar las revueltas de las cuales, al amparo de los fusiles yanquis, debía brotar un gobierno obediente al imperialismo del Norte.

 

Este objetivo fue alcanzado, definitivamente, con la formación del gobierno de Adolfo Díaz, servidor incondicional del capitalismo yanqui. En defensa de este régimen, repudiado vigorosamen­te por el sentimiento público, inter-vinieron en­tonces como ahora, las tropas americanas, apenas su estabilidad apareció seriamente amenazada. Y del gobierno de Díaz obtuvieron los Estados Uni­dos el tratado que apetecían.

 

El canciller que firmó este tratado, Chamorro, heredó el poder. Los intereses norteamericanos en Nicaragua permanecieron durante algunos años bien guardados. Pero, el sentimiento popu­lar, en continuo fermento, acabó por arrojar a este agente del imperialismo yanqui. Desde en-

 

 

 

 

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tonces, Estados Unidos, o mejor dicho su gobier­no, sintió la necesidad de intervenir de nuevo en Nicaragua. El presidente que ahora tratan de imponer a este pueblo los cañones norteamerica­nos, es Adolfo Díaz. Sacasa, vicepresi-dente legal, representa, por dimisión del presidente, la Cons­titución y el voto de Nicaragua.

 

Es muy fácil a la prensa americana, presentar a los pueblos de Centro América en perpetua agi­tación revolucionaria. Mucho menos fácil le es, por cierto, escamotear a las miradas del mundo la participación principal de los yanquis en esta agitación revoltosa. Estados Unidos tiene interés en mantener dividida y conflagrada a Centro América. La necesaria confederación de las pe­queñas repúblicas centroamericanas encuentra en Norte América a sus mayores enemigos. Cuando hace seis años dicha confederación fue intentada, las maquinaciones yanquis se encargaron de frus­trarla. Nicaragua, cuyo gobierno estaba entonces completamente enfeudado a la política yanqui, constituyó el eje y el hogar de la maniobra im­perialista contra la libre unión de los estados de Centro América.

 

La acentuación del expansionismo norteameri­cano, en estos momentos, es perfectamente lógi­ca. Europa se encuentra presentemente en un pe­ríodo de "estabilización capitalista". Reorganiza, por ende, su minado imperio en África, Asia, etc. De otro lado, Estados Unidos es empujado a la afirmación de su predominio de los mercados, las vías de tráfico y los centros de materias primas, por su natural impulso de su desarrollo industrial y financiero. Si el capitalismo norteamericano no consigue acrecentar sus dominios, entrará irremisiblemente en un período de crisis. Estados Unidos sufre ya las con-secuencias de su plétora de oro y de su superproducción agrícola e industrial. Su banca y sus industrias necesitan impe­riosamente asegurarse mayores mercados. El des­pertar de la China, que, después de tantos años de colapso moral, reacciona resueltamente contra el dominio extranjero, pone en peligro uno de los campos de los cuales el imperialismo yanqui pugna por desalojar gradualmente al imperialis‑

 

 

 

 

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mo británico y al imperialismo japonés. Estados Unidos necesita, más que nunca, volverse hacia el Continente Americano, donde la guerra le ha consentido desterrar en parte la antes omnipoten­te influencia de Inglaterra.

 

Estas razones impiden a la opinión latinoame­ricana considerar el conflicto de Nicaragua como un conflicto al cual son extraños sus intereses. La solidaridad con Nicaragua, representada y defen­dida por el gobierno constitucional de Sacasa, se manifiesta, por esto, sin reservas.

 

Y del juicio continental, más aún que los desmanes del imperialismo yanqui, salen condenadas las traiciones de los caciques centroamericanos que se ponen en su servicio.

 

LAS ELECCIONES EN ESTADOS UNIDOS Y NICARAGUA*

 

La elección de Mr. Herbert Hoover estaba prevista por la mayoría de los expertos de que, en estos casos, disponen los Estados Unidos para un minu-cioso cómputo de las probabilidades electo­rales de cada partido.

 

La pérdida de algunos votos por el Partido Demócrata en el "sólido Sur" no es una sorpre­sa. No había pasado inadvertida para los obser­vadores la posibi-lidad de que el intransigente sentimiento protestante que prevalece en los Estados del Sur, acarrease en algunos, contra la tradición demócrata de ese electorado, la victo­ria del Partido Republicano.

 

Tampoco es, en rigor, una sorpresa el triun­fo de Hoover en el Estado de Nueva York. En las votaciones presidenciales, el Estado de Nue­va York ha sido normalmente republicano. En esta votación la fuerte "chance" de Smith en Nueva York, dependía de su popularidad perso­nal, a la que ha debido su elección, en tres opor­tunidades, como gobernador de este Estado. La reñida lucha entre republicanos y demócratas en Nueva York, demuestra lo fundado de la es­peranza de Al Smith de ganar para su causa los

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*Publicado en Variedades: Lima, 10 de Noviembre de 1928.

 

 

 

 

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45 votos decisivos que Hoover, en impresionante duelo, ha conservado para su partido.

 

Al Smith ha tenido una buena votación en todo el país. En todos los Estados dudosos, el por­centaje de votos obtenido por Smith excede considerablemente al alcanzado por el candidato de­mócrata en la elección de 1924. El Partido De­mócrata ha efectuado una magnífica moviliza­ción electoral. A esta briosa ofensiva contra el poder republicano, ha contribuido en gran parte el ascen-diente personal de Al Smith. Pero esto no obsta para atribuir a la personalidad de Al Smith una buena parte de los estímulos que han ayudado a la victoria republicana. La elección de un católico antiprohibicionista encontraba resis-tencias enormes en dos grandes corrientes del sentimiento yanqui: el protes-tantismo y el prohi­bicionismo, Republicano protestante, prohibicio­nista, Hoover está bajo este triple aspecto bajo la tradición presidencial de los Estados Unidos. Hoover ha ganado los votos de Estados, en los que, como en Nueva York, aproximadamente, la "chance" de Al Smith era, a juicio de los ex­pertos, muy grande. El cable subraya su victoria en Missouri, Maryland, Wisconsin y Montana. En estos Estados, Smith ha disputado vigorosamen­te la mayoría a Hoover; pero como en Nueva York, el escrutinio eleva así a la presidencia de los Estados Unidos en reemplazo de Mr Calvin Coolidge, a aquel de sus líderes que promete actuar la más enérgica política capitalista. El rol asumido por el Imperio Yanqui en la política mundial, después de la gran guerra, exigía esta elección, Hoover siente este rol mucho más y mejor que Smith. Como apuntaba en mi ante­rior artículo, Hoover tiene una perfecta educa­ción imperialista de hombre de negocios. En sus discursos, asoma francamente el orgullo del destino imperial de Norte América. En su política no pesarán las consideraciones democráticas que ha­brían influido en el gobierno de Al Smith. El estilo de Woodrow Wilson queda de nuevo licen­ciado. Estados Unidos necesita, en este período de máxima afirmación internacional de su capi­talismo, un hombre como Herbert Hoover. El

 

 

 

 

 

 

 

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perfecto hombre de estado en un imperio de trust y monopolios, es, sin duda, el perfecto hom­bre de negocios.

 

Es interesante que las elecciones de Nicaragua hayan coincidido casi, en el tiempo, con las elec­ciones de Estados Unidos. Nicaragua, electoralmente es, por el momento, un sector de la polí­tica norteamericana. Desde que el Vicepresiden­te Sacasa y el General Moncada, jefes de la opo­sición liberal, pactaron con los yanquis, los libe­rales nicaragüenses resbalaron al campo de gra­vitación de los intereses norteamericanos. El úni­co camino de resistencia activa al dominio yan­qui, era el camino heroico de Sandino. El Parti­do Liberal no podía tomarlo.

 

Desde que la bandera de la lucha armada quedó exclusivamente en manos de Sandino y de su aguerrida e intrépida legión, la solución li­beral se presentó como la mejor para el interés norteamericano. Los políticos conservadores, co­nocidos por su antigua adhesión a la política yanqui, eran dentro del per-sonal de posibles go­bernantes, los menos apropiados para la pacifica­ción de Nicaragua. La elección de un conserva­dor habría tenido el aspecto de una imposición o un escamoteo electorales.

 

Pero estas ventajas de la solución liberal no se habrían mostrado tan clara-mente si Sandino no hubiese mantenido impertérrito, su actitud rebelde. La presidencia de un liberal tiene la fun­ción de reducir al mínimo los estímulos capaces de alimentar la hoguera sandinista. Moncada, en el poder, debe testimoniar la neutralidad yan­qui, la corrección de las elecciones, la plenitud de la soberanía popular. La democracia, en este caso, sirve mejor que la dictadura.

 

El General Moncada no hará, ciertamente, una política sustancialmente distinta de la que de­senvolverían un Chamorro o un Díaz. Pero sal­vará mejor las formas de la independencia nica­ragüense. El nombre de su partido no está tan comprometido, ante la opinión de Nicaragua y del Continente latinoame-ricano, como el nombre del Partido Conservador. Aquí está, más que en

 

 

 

 

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la impopularidad de los conservadores, la clave de su tranquila victoria.

 

POLITICA COLOMBIANA*

 

En Colombia, los conservadores no están menos divididos que los liberales. La vecindad de las elecciones ha revelado la acritud del conflicto interno del Partido Conservador. La candidatura del General Vásquez Cobos, se opone irreducti­blemente a la del poeta Guillermo Valencia. La fractura del Partido Liberal es desde hace tiem­po más notoria y visible, aunque no sea sino por-que, en la oposición, el cisma de un partido cobra más estridente evidencia.

 

El General Vásquez representa, hasta por el grado marcial, la misma tendencia que el Gene­ral Rengifo, instigador famoso de la última "ley heroica" contra el movimiento socialista colom­biano. Los bonos de esta tendencia se cotizan algo bajos desde la agitación estudiantil y popu­lar que obligó últimamente al doctor Abadía y a otro de sus ministros a pedir su dimisión al Ge­neral Rengifo. Los dos generales, Vásquez y Ren­gifo, quieren la dictadura,

 

Guillermo Valencia, en política tan conservadora como en poesía, después de algunos tropos y algunas erratas de su ya cancelada juventud, lleva su ortodoxia reaccionaria hasta la pena de muerte. Pero los Primos de Rivera en barbecho apremian al Partido Conservador a decidirse por una prosa menos académica, sin tantas reminis­cencias de Parnaso.

 

El gobierno del doctor Abadía parece inclinarse por un sucesor civil. El "vasquizmo" acusa a uno de sus ministros de abusar de su función para maniobrar en el partido contra la candida­tura del General Vásquez. El doctor Abadía no se ha desprendido del General Rengifo, sino cuando las muche-dumbres se lo han exigido en las calles de Bogotá en términos bastante pe-rentorios. Bajo este aspecto, su gobierno no puede haberse mostrado más complaciente con la ma‑

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* Publicado en Mundial: Lima, 23 de Agosto de 1929.

 

 

 

 

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nera fascista. Mas, los acontecimientos últimos, deben haberlo reafirmado en la preferencia del hombre de toga o de pluma.

 

GUILLERMO VALENCIA Y VASQUEZ COBOS*

 

Los dos candidatos conservadores -Guillermo Valencia y Vásquez Cobo- continúan en Colom­bia irreductiblemente sostenidos por sus parti­darios del Congreso. De hecho, el Partido Conser­vador se presenta escisionado ante el problema presidencial. Valencia ha obtenido la mayoría en la votación de los representantes a congreso de su partido. Pero los 45 representantes que han votado por Vásquez Cobo se manifiestan resuel­tos a luchar hasta el fin por su candidato. El Partido Liberal, en minoría en el congreso, no tendrá candidato. Frente al dilema Valencia o Vásquez Cobo, es probable que, con ciertas condiciones y ante el significado ostensible que ha dado a la candidatura del General la recomen­dación del Arzobispo de Bogotá, se decida a con­currir a la victoria del candidato civil. Los li­berales andan divididos; pero son, aún así, una fuerza. El Partido Socialista Revolucionario, que los reemplaza cada vez más como partido de iz­quierda, no cuenta, puesto casi fuera de la ley, con representación parlamentaria ni con prensa.

 

Las razones del Arzobispo de Bogotá para apo­yar a Vásquez Cobo, son, en orden a la política internacional, las mismas que ha tenido para vetar a Concha.

 

Vásquez Cobo, no es persona ingrata a los Es­tados Unidos, a cuyo canciller Root le tocó salu­dar cortésmente, a nombre del gobierno colom­biano, vivo aún el resentimiento por la desmem­bración de Panamá, cuando ese activo gerente del panamericanismo visitó la América Latina en jira oficial. Concha, que como ministro repre­sentó una política de celosa reivindicación de los intereses colombianos frente a Norte América, no está en el mismo caso. Su elección como pre­sidente de la república podría perjudicar a la re‑

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* Publicado en Mundial: Lima, 6 de Setiembre de 1929.

 

 

 

 

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conciliación yanqui-colombiana. La razón de Es­tado es decisiva pera los políticos de la Iglesia.

 

Valencia, en las últimas semanas, quizá en parte a consecuencia de la fiso-nomía abiertamen­te dictatorial y reaccionaria que ha mostrado la candidatura de su opositor, apoyado por el ex Ministro de Guerra Rengifo, el hombre de la ley "heroica" y de la represión de Santa Marta, parece haber ganado terreno. La votación así lo demuestra.

 

INSTANTANEA DEL PANORAMA ELECCIONARIO DE COLOMBIA*

 

Colombia se acerca, con la elección de presi­dente de la república, a la última etapa de su larga experiencia conservadora. El proceso elec­cionario está descubriendo la irremediable crisis, la apresurada descomposición del partido que desde hace mucho tiempo detenta el poder en Colombia. Los conserva-dores se mantienen divi­didos en rededor de dos candidaturas irreconci­liables: la del General Alfredo Vásquez Cobo y la del poeta Guillermo Valencia. Una facción que tiende ostensiblemente a la política dictatorial, al gobierno fuerte, a todo lo que quería hacer el truculento represor de las huelgas de la región bananera, el ministro de la ley "heroica", Gene­ral Rengifo, se separa de la facción que, por temor a la aventura, por apego al estilo siempre algo acadé-mico del conservadorismo colombiano, encuentra su hombre en Guillermo Valencia. En esta batalla, los dos bandos comprometen todas sus fuerzas, empeñan todos sus recursos. El Arzobispo de Bogotá, Monseñor Perdomo, ha ungido la candidatura de Vásquez Cobo con la gracia eclesiástica, contra-riando una tradición con­servadora y católica codificada en magnífica proa por don Marcos Fidel Suárez, que quiere clero neutral en la lucha eleccionaria. Y, mientras las dos corrientes conservadoras chocan, en el parlamento se acusa al ex Ministro de Guerra, General Rengifo, llamado a rendir cuentas no

 

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* Publicado en Variedades: Lima, 25 de Setiembre de 1929.153

 

 

 

 

 

 

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sólo de los desmanes de sus subordinados, exci­tados por su estridente alalá fascista, sino tam­bién de despilfarros y fraudes, cubiertos con su respon-sabilidad de ministro. El partido, el clero, el ejército, están simultáneamente en causa. Los tres aparatos de la política conservadora, se pre­sentan des-compuestos, detonantes; los tres han roto con él estilo clásico de un conser-vadorismo que siempre ha abundado en rectores ortodoxos y en latinistas arcádicos.

 

Un juicio simplista podría definir a Vásquez Cobo como el más conservador y a Guillermo Va­lencia como el más liberal de los candidatos con­servadores. Pero esto sería una interpretación su­maria, propia de gentes que se atienen a datos tan convencionales como la indumentaria y la profesión. Vásquez Cobo, es, sin duda, un reac­cionario a quien entusiasma la idea de emplear en el poder la manera fuerte y marcial, propues­ta por Rengifo. Pero, por su misma veleidad tropical de aspirante a un destino dictatorial o fascista, Vásquez Cobo es propenso al uso de la demagogia, como lo han sido, por lo demás, todos los absolutistas de filiación clerical e hispánica. Un editorial de Universidad, la revista de Ger­mán Arciniegas —tribuna de Sanín Cano, López de Mesa, Armando Solano y otros intelectuales colombianos altamente cotizados en Hispano-América— insisten en lo que hay en la designa­ción de Vásquez Cobo de gusto por la aventura. La entiende como un modo de `"invitar al país a que juegue, a que se haga jugador, a que tire la carta de Vásquez Cobo como se tira un dado, con la esperanza de que salgan suertes y que no salgan ases". «Una de las características de nues­tro tiempo -agrega el comentador de Universi­dad- puesto bajo la presión de la desesperanza, es la de apuntarse a la cifra en que menos se puede confiar, para arriesgar más y sentir ma­yores emociones. Es una manera de ser tahures y de sustraerse a las leyes matemáticas de las probabilidades, que los colombianos odiamos conocer porque nos obliga a pensar en un vivir modesto y disciplinado. Tenemos algo del genio español, que se lanzaba a la aventura más azaro-

 

 

 

 

 

 

 

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sa y enigmática, a la aventura del Dorado, pero que no ha podido organizarse nunca en una forma científica para el trabajo consciente y para la disciplina constante». Bajo este aspecto, la repul­sa de Universidad es una repulsa de gente de orden. Guillermo Valencia, hasta por su condición de literato, pertenece a esa estirpe de hu­manistas y oradores que tanto se he acordado siempre con el gusto del conservatismo colom­biano. Su candidatura, aunque esté auspiciada por elementos que aspiran a cierto cambio de hombres y de sistemas dentro del dominio con­servador, está más a tono que la de Vásquez Co­bo con el estilo y la tradición de su partido. Y, según tópicos de su progra-ma, trasmitidos por el cable, Valencia no está, en el fondo, menos contagiado de filofascismo que el General Vás­quez Cobo. Los hombres de letras, son en esto, más proclives al desvarío y al plagio que los hombres de espada o de negocios. De la hora de la espada, el primero en hablar en Sudamérica ha sido un poeta, varón pacífico, contemplativo y sedentario por excelencia. Valencia, por ejem­plo, no ha dejado de hacer suyo el más retórico pensamiento de Mussolini: el del retorno al agro, el del descongestionamiento de la urbe.

 

Para un letrado, en el fondo patriarcal y pro­vinciano, de Popayán, es éste un gesto fácil. Su gobierno sería el de una clase de terratenientes, de filiación muy española y católica, que se arru­llaría a sí misma con su ideal de pueblo agríco­la, mientras el capitalismo imperialista explotaba sus mejores riquezas, y en primer término, la fuerza de trabajo sus manos proletarias. Y en cuanto a rigor en la represión, el poeta Gui­llermo Valencia no iría muy a la zaga del General Vásquez Cobo. Universidad ha refrescado la memoria de los colombianos con documentos, co­mo los discursos pronunciados por Antonio José Restrepo en 1925, señalando a Valencia como persecutor de libros y de ideas bajo la dictadura del General Reyes. El discurso de Valencia en el

congreso del mismo año defendiendo la pena capital, certifica la aptitud y complacencia del le‑

 

 

 

 

 

 

 

 

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trado conservador para emplear su verbo en servicio de la fuerza.

 

La crisis de la política conservadora en Co­lombia, por otra parte, no se expresa toda en estos signos de crisis de partido. Sanín Cano me escribía no hace mucho que la situación actual de su país se parecía mucho a la del Perú en los tiempos del guano y del salitre, con la dife­rencia de que lo que aquí se derrochaba enton­ces, procedía de una riqueza real. Universidad trata con severidad este aspecto de la adminis­tración del Dr. Abadía Méndez. En 1924, "en ple­no régimen de la farándula de la trapacería", los gastos de la República ascendían a $ 38'913,540. El Dr. Abadía prometió entonces una política de prudencia y de mesura. «Los hechos contradijeron sus palabras -escribe el editorialista de Universidad-. De $ 38'913,540 que se gastaron el año 24, pasó el nuevo mandatario a gastar en 1928 la suma de 110'812,702, es decir un aumento neto de más de setenta millones de pesos o sea de 184 por 100, consumido estérilmente en empresas bizarras, enterrando millones en los ferrocarriles manejados sin orden, sin plan, sin técnica, como lo fueron indicando los azares de la política».

 

Contra esta política, se agitan en Colombia los liberales, divididos en dos corrientes, una inte­lectual, que se contenta con el ejercicio de su facultad crítica, otra impulsiva, movida en parte por cierta nostalgia de los tiempos de beligeran­cia heroica del liberalismo, y que por esto representa mejor quizá la tradición del partido. Pero el liberalismo formal, doctrinario, ha enve­jecido en Colombia como en todas partes. Y la función liberal, en su verdadero sentido histórico, ha pasado a otro campo, a otro partido. Al par­tido que está ahora en sus tiempos de beligeran­cia heroica: el socialismo revolucionario.

 

LA ABSTENCION LIBERAL EN COLOMBIA*

 

El Partido Liberal colombiano, contra lo que esperaban algunos, ha decidido en su convención

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* Publicado en Mundial: Lima, 22 de Noviembre de 1929.

 

 

 

 

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no presentar candidato en las próximas eleccio­nes presidenciales. Insiste en su actitud absten­cionista de 1925, fundándose siempre en el escru­tinio fraudu-lento del 21, pero ateniéndose, pro­bablemente, a nuevas perspectivas. Ha habido, sin embargo, una tendencia eleccionaria y han figurado como pro-bables candidatos dos liberales conspicuos, diplomáticos ambos: el Dr. Fabio Lozano y el Dr. Enrique Olaya Herrera. Esta tendencia corresponde, segura-mente, a la frac­ción pacifista del Partido Liberal, dividido en dos corrientes, una de las cuales, nostálgica de empresas bizarras, preconiza la vida revo-lucionaria, mientras la otra se inclina a la conquista legal de la opinión.

 

Los liberales más avanzados ideológicamente son los que recomiendan este segundo camino; los partidarios de la violencia y la ofensiva no han evolucionado nada doctrinalmente y tien­den a la revolución por cierto tradicionalismo de grupo. Pero, prácticamente, son éstos los que tienen una posición más fiel al liberalismo. Y les tocaría, por tanto, ser designados como fracción de izquierda, Porque no tiene en verdad valor práctico, en nuestro tiempo, un liberalismo inte­lectual y académico, por grandes que sean las coqueterías en que se entretenga especulativamente con el socialismo. El ideario liberal carece en el novecientos, como cuerpo de doctrina, de valor revolucionario, No se concibe ya, fren­te a los regímenes franca o larvada-mente fascis­tas, sino al liberal de acción.

 

La mayoría liberal se propone, sin duda, apro­vechar de la lucha entre dos candidatos conser­vadores, para reforzar su influencia sobre las ma­sas, cada día más ganadas al socialismo. El Par­tido Conservador se presenta a la "votación es­cindido en dos grupos y dos candidaturas incon­ciliables. Gui-llermo Valencia y Vásquez Cobo se disputarán la presidencia con extremo encono. Es probable que en un sector intelectual y paci­fista del Partido Liberal prevalezca un humor más o menos favorable a Valencia ante el dilema Valencia o Vásquez Cobo. Pero Valencia tie­ne el favor oficial. Y esto ha obligado a los libe‑

 

 

 

 

 

 

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rales a coincidir en algunos movimientos con los partidarios de Vásquez Cobo, en pugna con el gobierno. La estrategia del liberalismo en esta época es sumamente difícil y contradictoria. La experiencia del Partido Liberal colombiano mues­tra bien este aserto.

 

 

LAS ELECCIONES COLOMBIANAS*

 

Ha concluido el gobierno de los conservadores en Colombia. En apariencia, los liberales han ga­nado las elecciones a causa de que los conservadores se presentaron divididos en ellas. Pero no hay que atenerse a lo aparencial en la estimación de los fenómenos históricos. La división no ha­bría sido posible sin una grave y honda crisis de la política conservadora. Es a esta crisis a la que los conservadores deben su derrota eleccio­naria. El cisma del partido, el antagonismo de valencistas y vasquistas, no era sino un síntoma.

 

El gobierno conservador tendía, frente a la agitación social y política del país, a una políti­ca fascista. El acto más significativo de la administración del Dr. Abadía ha sido la "ley he­roica" que niega a la acción política clasista del proletariado las libertades que la Constitución del Estado acuerda a la expre-sión de todos los programas e ideologías. La represión sanguina­ria de las huelgas de las bananeras no ha sido otra cosa que la aplicación a la lucha contra las reivindicaciones proletarias de los principios fas­cistas en que se inspiraba esa ley de excepción. El General Rengifo, Ministro de Guerra del Dr. Abadía hasta los acontecimientos que impu­sieron su caída, no ha disi-mulado sus propósitos fascistas. Se ha ofrecido en todos los tonos a la clase conservadora para el aplastamiento de las fuerzas revolucionarias. Es uno de esos Martínez Anido hispano-americanos que sueñan con los honores de gendarmes de la reacción. El General Vásquez Cobo era el candidato de su tendencia. En los primeros tiempos sonó el del propio Ren­gifo como el de un posible candidato. Pero Ren‑

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* Publicado en Mundial: Lima, 15 de Febrero de 1930,

 

 

 

 

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gifo había caído demasiado estruendosamente, repudiado por las masas, en las manifestaciones que forzaron al Dr, Abadía a licenciar a sus más belicosos y comprometedores ministros. Vásquez Cobo, además, a juicio de un mayor número de conservadores, reunía mejores aptitudes para de­senvolver un programa equivalente.

 

Pero no todos los conservadores se inclinaban a este método. La mayoría del partido está aún formada por gente parsimoniosa, reacia a salir de las viejas normas del conservatismo clásico. La escisión del partido ha sido, por esto, inevi­table.

 

Los liberales no estaban dispuestos a presen­tar candidato. Hace algunas semanas creían que su mejor política era, una vez más, la abstención. Una rama del partido entendía la abstención co­mo el preámbulo de una acción insurreccional.

 

El declinio de los conservadores, el descrédito creciente de su método gubernamental, reforza­ba crecientemente al Partido Liberal. Los liberales se aprestaban a recoger la herencia del go­bierno. Pero había discrepancias sobre la mejor manera de apresurar la sucesión. El triunfo de Olaya Herrera en las elecciones es el triunfo de la tendencia pacifista y conciliadora del partido. A Olaya Herrera le ha preocupado, ante todo, la conveniencia de presentarse como un candidato nacional, como un hombre exento de espíritu de facción.

 

Los intereses imperialistas juegan un rol pri­mordial en la política colombiana. Uno de los más sonoros incidentes de la designación de los candidatos conser-vadores, fue, como se sabe, el veto del Dr. Concha por sus antecedentes de canciller que defendió celosamente la soberanía na­cional frente a la agresiva política yanqui. Vás­quez Cobo representaba ostensiblemente una política favorable al capitalismo norteamericano. También, bajo este aspecto, aunque muy discre­ta y atenuadamente, Valencia encarnaba la tra­dición conservadora. Olaya Herrera, ex embaja­dor en Washington, tiene toda la simpatía de los intereses de Estados Unidos. Sus declaraciones,

 

 

 

 

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a este respecto, han sido por lo demás explí­citas.

 

El proletariado colombiano ha afirmado en las elecciones su orientamiento clasista votando por la candidatura de Alberto Castrillón, líder de la huelga de las bananeras. El Partido Socialista Revolucionario no se ha hecho ninguna ilusión respecto a su fuerza electoral al presentar esta candidatura. Ha querido únicamente proclamar la autonomía de la política obrera.

 

EL MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO VENEZOLANO*

 

Aunque el cable se resienta respecto de la vida venezolana de una especial sordera, ninguna duda es ya posible sobre la acentuación de la lucha revo-lucionaria en Venezuela. La insurrección prende en diversos puntos de Venezuela, con au­dacia y energía cada vez mayores. La organiza­ción militar y policial -obra a la que consagró el cacique de Maracay sus más entrenadas ener­gías- funciona aún en la patria de Bolívar con suficiente precisión para sofocar las tentativas aisladas. Pero extinguida en un punto, la insu­rrección reaparece, al poco tiempo, en otro, con renovado brío.

 

Desde hace algún tiempo, la descomposición del régimen de Gómez es evidente. Dentro de la propia facción gubernamental, se acusaron acres discrepancias entre los que pensaban que no ha­bía nada que cambiar en el sistema de gobierno y entre los que sentían la necesidad de acomodar la política del régimen a una táctica menos quie­tista y asiática. Después de algunos meses de incertidumbre, se anunció el propósito de Gómez de retirarse de la presidencia. Se sabía desde luego, lo que un voluntario aban-dono de la presidencia por parte del hombre de Maracay podía signifi­car. Gómez en su castillo, con títulos y funciones de jefe del ejército, no dejaría de ser nunca el cacique omnipotente de su país.

 

El título de presidente de la república no agre‑

 

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* Publicado en Mundial: Lima, 30 de Agosto de 1929

 

 

 

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ga nada a su poder efectivo. Cumplido el perío­do presidencial de Gómez, se produjo un cambio en el reparto de los papeles. El "benemérito ge­neral" no quiso conservar sino el mando del ejér­cito. Pero, cauto siempre, exigió que se refor­mara la constitución de suerte que el presidente de la república no estorbase al jefe del ejército, ni aún formalmente.

 

Mas no es esto lo verdaderamente nuevo ni importante en la situación actual, sino la pre­sencia en la escena del Partido Revolucionario Venezolano. Los exilados del proletariado y de la inteligencia, han creado en el extranjero, a tra­vés de un largo proceso de concentración, este organismo de lucha política que dirige y coordi­na las reivindicaciones de las masas. Contra el régimen de Gómez, no está ya en armas un cau­dillo de aleatorio éxito, sino un partido, organi­zado en el extranjero, con buen aprendizaje de los métodos de lucha antifascistas. El Secretario General del Partido Revolucionario, licenciado Gustavo Machado, ha sido uno de los jefes de la expedición que desembarcó en Coro, después de apoderarse atrevidamente de las armas existentes en Curazao. Y bien, Machado tiene una im­portante foja de servicios como dirigente del movimiento antiimperialista centroamericano y mexicano. Ha representado en México a Sandino, en el período más bizarro y resonante de la empresa del guerrillero nicaragüense.

 

El golpe de mano de Curazao revela el arrojo de los revolucionarios al mismo tiempo que la cuidadosa preparación de su plan. La principal dificultad para una insurrección de masas en Venezuela es la falta de armas. Los revo-lucionarios no pueden procurárselas sino asaltando los depósitos de las guarniciones militares. Tienen además que combinar la toma de las armas con la irrupción de los grupos que aguardan desar­mados cerca de las fronteras la hora de entrar en combate. El 10 de junio último, el grupo que en Curazao obedecía al General Urbina y al li­cenciado Machado, aprehendieron a las autori­dades de la isla y se adueñaron de las armas guardadas en su fortaleza. En seguida, captura‑

 

 

 

 

 

 

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ron el vapor mercante "Maracaibo" de la línea "D. Roja" y en él se trasladaron a la Costa de Coro, con todas las armas y provisiones de que habían podido abastecerse. Desembarcados en Coro, dominaron fácilmente a la guarnición, tomando a su jefe el General Laclé, que fue luego ejecutado.

 

Cuando se realizó el golpe de Curazao tres levantamientos se habían produ-cido casi simul­táneamente en Venezuela: uno en el Centro, en­cabezado por el General Borges; otro en el Orien­te, dirigido por el General Ferrer y por un coro­nel del ejército de Sandino, Carlos Aponte; y el tercero en Occidente, acaudillado por el General Gabaldón. Únicamente respecto a este último nos han faltado noticias cablegráficas.

 

La toma de Cumaná, aunque se ha resuelto en un desastre para los revolucio-narios, según los telegramas de Caracas publicados el martes por los diarios, es signo de que el movimiento con­tinúa tenaz, empleando la estrategia de presen­tar combate a las fuerzas de Gómez en distintos frentes.

 

LA LEY MARCIAL EN HAITI*

 

No se han modificado los métodos de Estados Unidos en la América colonial. No pueden mo­dificarse  La violencia no es empleada en los paí­ses sometidos a la administración yanqui por causas accidentales. Tres hechos señalan en el último lustro la acentuación de la tendencia mar­cial de la política nortea-mericana en esos países: la intervención contra la huelga de Panamá, la ocupación y la campaña de Nicaragua y la re­ciente declaratoria del estado de sitio en Haití. La retórica de buena voluntad es impotente ante estos hechos.

 

En Haití, como en los otros países, la ocupa­ción militar está amparada por un grupo de hai­tianos investidos por la fuerza imperialista de la representación legal de la mayoría. Los enemigos de la libertad de Haití, los traidores de su inde‑

 

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* Publicado en Mundial: Lima, 13 de Diciembre de 1929.

 

 

 

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pendencia, son sin duda los que más repugnan al sentimiento libre americano. Hispano Améri­ca tiene ya larga experiencia de estas cosas. Empieza a comprender que lo que la salvará no son las admoniciones al imperialismo yanqui, sino una obra profunda y sistemática de defensa, rea­lizada con firmeza y dignidad, en la que tendrá de su lado a las fuerzas nuevas de los Estados Unidos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I N D I C E O N O M A S T I C O

 

ABADIA MENDEZ, Miguel (1867-1947).- Político y perio­dista colombiano. Presidente de la República (1926).

AGUSTINI, Delmira (1890-1914).- Poetisa uruguaya. Obras El libro blanco, Los cantos de la mañana y Los cálices vacíos.

ALESSANDRI PALMA, Arturo (1868-1950).- Político y ora­dor chileno. Presidente de la República (1921), fue de­rrocado por un golpe militar, pero una nueva insurrec­ción le restituyó el poder. Desterrado por la dictadura de Ibáñez, al volver a Chile, en 1932, ganó otra vez la silla presidencial.

ALTAMIRANO, Ignacio Manuel (1834-1893).- Literato y político mexicano. Combatió la dictadura de Santa Ana, y fue ardoroso partidario de Juárez. Obras: Clemencia, El zarco y Navidad en las montañas.

ALVEAR, Marcelo (1868-1942).- Estadista argentino. Fundó el Partido Unión Cívica Radical. Presidente de la República (1922).

ARAQUISTAIN, Luis (1886).- Literato, diplomático y pe­riodista español. Obra: Las columnas de Hércules, El archipiélago maravilloso (novelas) y España en el cri­sol, El peligro yanqui (ensayos).

ARCINIEGAS, Germán (1900).- Ensayista, político, bió­grafo y crítico colombiano. Obra: Gonzalo Jiménez de Quesada, Los comuneros, Biografía del Caribe, Los ale-manes en la conquista de América, El estudiante de la mesa redonda, América, tierra firme, América mágica, etcétera.

AZUELA, Mariano (1873-1952).- Escritor mexicano. Obra: Los de abajo, Mala yerba, La luciérnaga, La marchanta, Sendas perdidas, Nueva burguesía, etc. Ganó en 1949 el Premio Nacional de Literatura.

BABEL, Isaac (1894).- Escritor ruso cuyas novelas am­bientan el período de la Revolución Bolchevique.

BATLLE ORDOÑEZ, José (1856-1919).- Político y perio­dista uruguayo. Fue elegido (1903-1907) Presidente de la República.

BEETHOVEN, Ludwig van (1770-1827).- Genial músico ale­mán. Innovador del arte musical, se caracteriza por su dramatismo y su fuerza, Todas sus creaciones, en ma­yor o menor grado, son extraordinarias. Son singulares aportes a la música sus sinfonías, conciertos y sonatas.

BELLO, Andrés (1786-1863).- Filólogo y crítico venezo­lano. Fundó y dirigió El censor americano, Biblioteca Americana y Repertorio Americano. Rector de la Uni­versidad de Chile. Obra: Principios de Ortología, Aná­lisis ideológicos de los tiempos de la conjugación y Gra­mática de la lengua castellana.

BENDA, Jules (1867).- Literato francés. Ensayista nota­ble, criticó las ideas de Bergson y predicó a favor de la intervención de los intelectuales en la vida social. Ha escrito numerosos libros y fundado prestigiosas y com­bativas revistas.

 

 

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BERAUD, Henri (1885).- Escritor y periodista francés. Ga­nó el "Premio Goncourt".

BORGES, Jorge Luis (1900).- Insigne cuentista, poeta y ensayista argentino. Obra: El idioma de los argentinos, Historia de la eternidad, Ficciones, El Aleph, La brújula y la muerte, etc. Borges es un maestro de la literatura de ficción y un estilista notable. En 1945 ganó el Pre­mio de Honor de la Sociedad de Escritores Argentinos.

BRANDES, George (1842-1927).- Crítico literario e histo­riador danés. Son singularmente importantes sus estu­dios sobre Taine y sobre las modernas literaturas europeas, así como sus monografías de Napoleón, Voltaire, Julio César, etc.

BRUM, Blanca Luz.- Poetisa uruguaya contemporánea. En 1925 se casó en Montevideo con el poeta peruano Juan Parra del Riego. Obra: Las llaves ardientes, Le­vante, Atmósfera arriba y Cantos de la América del Sur.

BUTLER, Samuel (1835-1902).- Escritor inglés cuyo libro, Erewhon, es considerado la primera de las utopías mo­dernas. Obra: El camino de la luz y Noras de libros.

CALLES, Elías Plutarco (1877-1945).- Político mexicano. Presidente de la República (1924-1928).

CARRANZA, Venustiano (1859-1920).- General y político mexicano. Senador y Gobernador, durante la dictadura de Porfirio Díaz, abrazó luego la causa de Madero. Co­mo caudillo del Partido Constitucional, propicia un programa de reforma agraria y nacionalizaciones que le granjea el odio de los Estados Unidos. Fue electo Presidente de la República en 1917, pero una revuelta militar-conservadora pone fin a su mandato y muere asesinado.

CENDRARS, Blaise (1887).- Escritor y cineasta francés contemporáneo. Obra: Panamá y Kodak (poesía) y J´ai tué, Las confesiones de Dan Jack, Al Capone, Pequeños cantos negros, El fin del mundo (prosa).

CONCHA, José Vicente (l867-1929).- Político colombiano. Presidente de la República (1914).

COOLIDGE, Calvin Cary (1872-1933).- Presidente de los Estados Unidos (1925-1929). Es el segundo de la triada republicana de la década del 20. Los otros dos fueron Harding y Hoover. Su gobierno fue de prosperidad económica. Restableció las buenas relaciones con México.

COPERNICO, Nicolai (1473-1543).- Astrónomo polaco cuya revolucionaria teoría demostró que los planetas giraban alrededor del sol describiendo órbitas en el mismo sen­tido, aunque situadas en diversos planos en relación con el centro solar. Expuso su certero pensamiento en su célebre obra La revolución de las árbitas celestes.

CHAMORRO, Emiliano.- Político conservador y militar ni­caragüense. Presidente de la República (1916).

CHOCANO, José Santos (1875-1934).- Poeta peruano, ada­lid del movimiento modernista. Su vida azarosa y aven­turera terminó en Santiago de Chile, donde fue asesi­nado. Obra: Alma América, Iras Santas, En la aldea, Selva virgen, etc. Ver Peruanicemos al Perú y 7 Ensayos.

DARIO, Rubén (1867-1916).- Gran poeta y prosista nica­ragüense, fundador de la corriente literaria modernista.

 

 

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Su verdadero nombre era Félix Rubén García y Sar­miento. Sus libros más connotados son: Azul, Prosas profanas y otras poemas, Cantos de vida y esperanza.

DARWIN, Charles (1809-1882).- Naturalista inglés. Desde 1831 a 1836 realizó un viaje de carácter científico a bor­do del navío Beagle. De 1839 a 1846 publicó las obser­vaciones de su viaje. Pero la obra que conmovió a la ciencia de su tiempo fue El origen de las especies (1859) donde expone el evolucionismo, o sea, la transformación selectiva de las especies.

DAWES, Charles G. (1865-1951).- Economista norteameri­cano. Premio Nóbel de la Paz (1926). El Plan Marshall de la segunda post-guerra vendría a ser el equivalente histórico del Plan Dawes de la primera.

DIAZ, Félix (1873-1922).- General y político mexicano.

DIAZ, Porfirio (1828-1915).- Soldado de México en la in­vasión norteamericana de 1847. Opositor a la dictadu­ra de Santa Ana, que lo persiguió. Héroe nacional en la guerra contra la invasión francesa. Partidario de Juárez. Retirado a la vida privada, la abandona cuando, al frente de sus tropas, derroca al Presidente Lerdo de Tejada. Presidente de la República desde 1877 hasta 1911.

DONOSO, Armando (1886).- Escritor y periodista chileno. Obra: Los poetas nuevos de Chile, Bilbao y Sarmiento, Los nuevos valores.

ECKART, Johannes (1260? - 1327?).- Filósofo alemán, fue el primero en cultivar una mística especulativa. Padre dominico, Llegó a ser Vicario General de Bohemia. Su pensamiento religioso dio conocimiento a otras sectas, enriqueciendo notablemente la mística católica de Alemania.

EMERSON, Raph Waldo (1803-1882).- Poeta, ensayista, y moralista norteamericano. Obra: Ensayos (dos series) y Poemas.

ENGELS, Federico (1820-1895).- Filósofo y economista ale­mán, fundador, junto con Carlos Marx, del socialismo científico, en unión de quien redactó el Manifiesto Co­munista. Secretario General de la primera Asociación Internacional de Trabajadores y Jefe de la Segunda In­ternacional Socialista. Sufrió persecuciones por sus ideas políticas. Sus obras más famosas son: Anti-During, Dia­léctica de la Naturaleza y El origen de la familia, la propiedad y el Estado. Publicó los volúmenes II y III de la obra de Carlos Marx, El Capital.

GALVEZ, Manuel (1882).- Escritor argentino. En 1935 ganó el Premio Nacional de Literatura de su país. Obra: Irigoyen, Rosas, Sarmiento (biografías); Nacha Regules, La ciudad pintada de rojo, La muerte en las calles (novelas).

GALLO, Vicente (1873-1942).- Político y jurisconsulto ar­gentino.

GIRONDO, Oliverio (1891).- Poeta argentino. Obra: Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, Calcomanías, Espantapájaros, Campo nuestro (1946), etc.

GOMEZ CARRILLO, Enrique (1873-1927).- Escritor guate­malteco. Fue considerado "el príncipe de los cronistas". Su libro En el corazón de la tragedia obtuvo el primer

 

 

 

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premio de la Academia Francesa en 1917. Dejó nume­rosos libros de viaje y ágiles ensayos.

GOMEZ DE LA SERNA, Ramón (1881).- Fecundo y origi­nal escritor español y creador de las greguerías.

GOMEZ, Juan Vicente (1864-1935).- Militar y político ve­nezolano. En 1910 se convierte en Presidente efectivo. En 1914 se hace entregar el poder por diez años más. En 1321 resultó nuevamente "elegido" y "reelegido" en 1929; pero renunció al cargo. Con todo, en 1931, acepta su elección con carácter vitalicio y gobierna hasta el día de su muerte.

GUZMAN BLANCO, Antonio (1829-1899).- Político y dic­tador venezolano. Gobernó, con breves interludios, desde 1870 hasta 1887.

HENRIQUEZ UREÑA, Pedro (1884-1946).- Literato y cri­tico dominicano. Ensayista notable, dictó cursos y conferencias en universidades de América Latina y Es­tados Unidos. Entre sus enterados libros destacan: Antología de la versificación rítmica, La versificación irregular en la poesía castellana, Tablas cronológicas de la literatura española, Curso de literatura de Hispano-América, etc.

HINDENBURG, Paul von (1847-1934).- Militar y político alemán. Presidente de la República (1921). Postuló su reelección, venciendo a Adolfo Hitler por escaso margen de votos: 1928. La creciente fuerza del nazismo lo obligó a nombrar Canciller a Hitler. Falleció al poco tiempo.

HOOVER, Herbert Clark (1874).- Destacado político yan­qui. Presidente de los Estados Unidos (1928).

HUERTA, Victoriano (1845-1916).- General v dictador me­xicano.

HUIDOBRO, Vicente (1893-1948).- Poeta chileno. Junto con el poeta Reverdy, lanzó una nueva tendencia poé­tica: el creacionismo, cuya revista emblema fue Creation. Volvió a su patria para emprender nuevamente viaje a los Estados Unidos, donde compuso la película Caglios­tro, que resultó premiada en ese país. Su influencia es grande en la moderna poesía latinoamericana. Obra: Temblor de cielo, Torre de Eiffel (en verso); y Sátiro o el poder de las palabras, Mío Cid Campeador (en pro­sa), etc.

INGENIEROS, José (1877-1925).- Pensador argentino. Sus obras más difundidas son: El hombre mediocre, La psi­copatología en el arte, Las fuerzas morales. Su pensa­miento ejerció gran influencia en la llamada genera­ción latinoamericana del 18, o de la Reforma Uni­versitaria. Ver Temas de Nuestra América.

IRIGOYEN, Hipólito (1850-1933).- Político argentino, líder del Partido Radical. Luego de fructífera experiencia parlamentaria, organiza la famosa revolución de agos­to de 1890. Presidente de la República (1916). En 1928 es elegido otra vez Presidente, pero su nueva gestión gubernativa no contó con el apoyo popular, siendo de­rrocado en 1930 por el general Uriburu.

JAMES, Williams (1842-1910).- Filósofo y psicólogo norteamericano. Propugna la filosofía de la experiencia, fundando el primer laboratorio de psicología experimental

 

 

 

 

 

 

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en América. Crea el pragmatismo, o filosofía de bases y fines prácticos. Sus ideas las aplica tanto en el campo psicológico, como en el educativo y religioso. Junto con Carl Lange. formuló la teoría "James-Lange" que señala a los fenómenos fisiológicos como causa de los es­tados emocionales "no lloramos porque estamos tristes, sino que estamos tristes porque lloramos".

JAURES, Jean (1859-1914).- Político socialista francés. Fundador del diario L'Humanité. Fue asesinado, por oponerse a la Primera Guerra Mundial, en la víspera de la iniciación del conflicto. Ver La Escena Contempo­ránea.

JUSTO, Juan B. (1865-1925).- Escritor y médico argenti­no. Fundador del Partido Socialista argentino. En 1919 fue Vicepresidente del Congreso Socialista Internacional de Berna. Obra: El socialismo argentino, La teoría cien­tífica de la historia y la política argentina, El programa socialista del campo, Contraversi con Ferri, El realismo ingenuo. etc

LABRIOLA, Antonio (1843-1904).- Filósofo italiano influí­do por Hegel y, principalmente, por Marx.

LAO TSE.- El más importante pensador de la antigua China. Ha sido imposible fijar la época en que vivió, fluctuando los datos al respecto entre los siglos 4 y 6 antes de Jesucristo. Su pensamiento, distinto al de Con­fucio, parece inspirado en la filosofía hindú, principalmente en la de los Upanishads. Dejó un célebre libro de máximas: Tao-teh-king. Sus discípulos, desarrollan-do sus ideas, crearon el Taoísmo Filosófico.

LARBAUD, Valery (1881).- Escritor francés. Obra: Fermi­na Márquez, A. O. Barnabooth, Juanita azul, blanco, París de Francia y Sous l'invocation de Saint Jeróme.

LASALLE, Ferdinand (1825-1864).- Filósofo y economista alemán. Influído primero por Louis Blanc y luego por Carlos Marx. Tomó parte en la revolución proletaria de 1848-49. Se concentró, principalmente, en el estudio de "salario". Partiendo de algunos postulados económicos de Ricardo, formuló su propia ley, conocida como "ley de bronce del salario". Dejó importantes obras y fue un defensor apasionado del sufragio universal.

LENIN (1870-1924).- Político ruso. Su verdadero nombre fue Vladimir Ilich Ulianov. Jefe del comunismo ruso. Fundador del Partido Comunista bolchevique. Jefe de la Revolución que llevó al poder a su partido. Funda­dor de la III Internacional. Desarrollo el marxismo, aplicándolo a la etapa imperialista. Dejó gran número de libros, entre ellos: ¿Qué hacer?, Materialismo y Em­piriocriticismo, El imperialismo: etapa superior del capitalismo, etc. Junto con Marx y Engels, constituye la autoridad máxima en la filosofía del materialismo his­tórico.

LEONOV (1899).- Novelista ruso. Su reconocida cultura clásica la ha empleado en reflejar, principalmente, el efecto de la Revolución Bolchevique en la vida del campesino. En 1946 se le otorgó el Premio Lenin. Sus obras principales son: Bassuki (Tejones), Vos (El la­drón) y Doroga na Okean (El camino hacia el Océano).

 

 

 

 

 

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LOPEZ DE MESA, Luis (1884).- Político, médico y ensa­yista colombiano. Ha sido Ministro de Educación y de Relaciones Exteriores. Obra: La civilización contempo­ránea y De cómo se ha formado la nación colombiana.

LOYOLA, Ignacio de (1491-1536).- Su verdadero nombre es Yñigo López de Recalde. Fundador de la Compañía de Jesús, figura principal de la Contra-Reforma española, fue declarado Santo por el Papa Gregorio XV en 1622. Militar de profesión, al ser heri­do dejó las armas para dedicarse a su tarea apostólica. Escribió uno de los más notables libros de la mística universal: Ejercicios espirituales y redactó la Constitu­ción de la Orden religiosa que fundara.

LUGONES, Leopoldo (1874-1938).- Poeta argentino. Obra: Las montañas del oro, Los crepúsculos del jardín, Odas seculares, Lunario sentimental (poesía); El ángel de la sombra (novela) y algunos cuentos.

LUNATCHARSKY, Anatol (1875-1933).- Político e intelec­tual ruso. Desde 1917 hasta 1929 ocupó el cargo de Comisario del Pueblo en Instrucción Pública, dedicándose a salvar los tesoros de arte, obra que le valió la estimación de la inteligencia mundial. Su libro Don Qui­jote libertado fue traducido al español Ver La Escena Contemporánea.

MADERO, Francisco (1873-1913).- Político mexicano, se opuso a una nueva reelección de Porfirio Díaz. Su ase­sinato por Huerta, Díaz, Mondragón y Reyes le ungió apóstol.

MAPLES ARCE, Manuel (1898).- Poeta mexicano. Obra: Canción desde un aeroplano, Andamios interiores, Urbe; super-poema bolchevique, Poemas interdictos y Memo­rial de la sangre.

MARTI, José (1835-1895).- Héroe de la independencia de Cuba y escritor. Vida incansablemente dedicada a la libertad de su país: siembra su accionar en México, Guatemala y los Estados Unidos. Consecuente con su prédica, muere combatiendo en la batalla de Entre Ríos. Obra: Ismaelillo, Versos sencillos e innumerables ensa­yos y crónicas ejemplares

MARTINEZ, Anido (1862-1938).- Político y militar español.

MARX, Karl (1818-1883).- Filósofo alemán Fundador del socialismo científico: base ideológica del movimiento co­munista actual. Redactó el primer Manifiesto Comunis­ta, ayudado por Engels. Obra: El Capital, etc.

MAURA, Miguel (1887).- Político español

MAXIMILIANO, Fernando (1832-1867).- Archiduque de Austria. En 1864 aceptó la corona de México que le ofrecieron algunos grupos de ese país con el respaldo de Napoleón III. Pero la guerra patriótica desatada por Benito Juárez y el incumplimiento de Napoleón III ante la amenaza de enemistarse con los Estados Unidos, determinaron su derrota política y militar. Junto con su esposa Carlota y sus generales más adictos, fue fusi­lado en Querétaro. Dejó dos voluminosos libros sobre hechos y meditaciones históricos.

 

 

 

 

 

 

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MELO, Leopoldo (1869).- Jurisconsulto y político argen­tino.

MENDEZ, Evar (1888).- Poeta argentino. Obra: Palacios de ensueño, Canción de la vida en vano y Las horas alu­cinadas.

MISTRAL, Gabriela (1889-1957).- Poetisa chilena cuyo nombre verdadero fue Lucila Godoy. Premio Nóbel de Literatura en 1945. Obra: Sonetos de la muerte, Deso­lación, Tala y Recados.

MOLINARI, Ricardo (1898).- Poeta argentino. Obra: El imaginero, Mundos de la madrugada, El alejado (1944) y Esta hora obscura del aire (1950). Premio Nacional de Literatura (1958).

MONCADA, José Maria (1867-1945).- General y estadista nicaragüense.

MONTALVO, Juan (1833-1889).- Escritor ecuatoriano de ideas liberales. Polemista encendido y virulento, sufrió persecuciones y destierros. Su actividad extraordinaria, sus libelos, sus condiciones de orador personalísimo y sus libros Siete tratados, Geometría Moral y Las cati­linarias le dieron gran fama durante su vida. Pero fue la publicación de su obra póstuma, Capítulos que se le olvidaron a Cervantes: ensayo de imitación de un libro inimitable, lo que le da un lugar de privilegio entre los grandes prosistas del idioma.

MORAND, Paul (1888).- Escritor francés nacido en Rusia. Su ingenio y su don descriptivo le crearon un prestigio extraliterario. Con Abierto de noche y Cerrado de noche obtuvo universal renombre, pues logró expresar la Europa de la primera tras-guerra mundial, con mayor éxito que algún otro novelista de su generación. Los viajes le arrancaron otros testimonios. Ha escrito teatro y poesía.

MORGAN, John Pierpont (Jr.) (1867-1943).- Financiero norteamericano. Durante la primera guerra mundial concurrió a los empréstitos de la Entente hechos en los Estados Unidos, y en 1924 prestó gran apoyo para la valorización del franco francés. Se le considera el realizador económico del "Plan Dawes".

MUSSOLINI, Benito (1883-1943).- Político italiano. Fundador del fascismo. Fue primero socialista y expulsado de sus filas por sus ideas bélicas e intervencionistas. Conquistado el poder por sus partidarios, gobernó a Ita­lia con el título de Duce desde 1922 hasta su falleci­miento en 1943. Murió asesinado por el pueblo anti-fascista en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial.

NAVARRO MONZO, Julio (1882-1943).- Escritor español. Obra: Renacimientos místicos en la tragedia europea, Camino de Santidad, La evolución religiosa en el mun­do antiguo.

NERUDA, Pablo (1904).- Poeta y político chileno, su ver­dadero nombre es Neptali Reyes. Se le considera el más grande poeta vivo de la lengua castellana. A su primera etapa, caracterizada por un fino romanticismo, prosiguió una segunda, donde su poesía se hace hermética y mar-

 

 

 

 

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cada por los signos surrealistas. A su primera etapa co­rresponde Crepusculario y 20 poemas de amor y una canción desesperada; a su segunda etapa, sus libros de Residencia en la tierra. Su contacto con la guerra civil española marca su estadio de transición, insinuado ya formalmente en su obra Tentativa del hombre infinito. A este período transitorio corresponde España en el cora­zón. Su tercera, y hasta hoy última etapa, está marcada por su adhesión al ideario comunista, correspondien­do a ella Canto General y Odas Elementales.

NERVO AMADO (1870-1919).- Poeta mexicano. Obra: Los jardines interiores, Serenidad y El estanque de los lotos. Después de su muerte se pudieron conocer sus obras más importantes: La amada inmóvil y El arquero divino.

OBREGON, Álvaro (1880-1928).- Político y militar mexi­cano. Se unió a Madero para luchar contra Porfirio Díaz, y luego a Carranza, del que llegó a ser Ministro de Guerra. Presidente de la República (1920). En 1928 fue nuevamente candidato triunfante a la Presidencia de la República, pese a un dispositivo constitucional contrario a la reelección. Antes de ejercer el cargo fue asesinado.

OLAYA HERRERA, Enrique (1881-1937).- Político colom­biano, Presidente de la República (1930).

OLIVARIO, Nicolás (1902).- Escritor argentino. Obra: El gato escaldado (Premio oficial de Poesía) y Los poemas rezagados.

ORS, Eugenio d' (1882).- Filósofo y critico español. Obra: Glosario, La bien plantada, Tres horas en el Museo del Prado, El secreto de la filosofía, Oceanografía del tedio, etc.

ORTEGA Y GASSET, José (1883-1955).- Filósofo y escri­tor español, cuyo pensamiento discurrió por los más diversos problemas de nuestra época. Ejerció una gran influencia en el actual humanismo crítico. Sus obras más notables son: El tema de nuestro tiempo, España Invertebrada, Meditaciones del Quijote, La deshuma­nización del Arte, La rebelión de las masas, etc. Fundó y animó por largo tiempo La Revista de Occidente, compendio vivido de las preocupaciones de su hora. Ver Figuras y Aspectos de la Vida Mundial.

PALACIOS, Alfredo (1880).- Político, catedrático y escri­tor argentino. Obra: La fatiga y sus proyecciones sociales, El Nuevo Derecho, Soberanía y socialización de in­dustrias, Estadistas y poetas.

PAPINI, Giovanni (1881-1956).- Escritor italiano. En forma póstuma obtuvo el "Lapicero de Oro": máximo ga­lardón literario de Italia. Famoso por sus crisis religio­sas, reflejadas en sus libros, como: Memorias de Dios, Historia de Cristo y Lo que el demonio me dijo.

PIRANDELLO, Luigi (1867-1929).- Dramaturgo y novelista italiano. Premio Nóbel de Literatura (1934). Su obra cumbre, Seis personajes en busca de autor, transformó la técnica teatral contemporánea

PLATON (427-347 a.C.).- Filósofo griego, su nombre ver­dadero fue Aristocles. Entre sus obras principales Figu-

 

 

 

 

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ran: Apología de Sócrates, Critón, Diálogos, El Banquete o Simposion, La República, etc.

PLOTINO.- Filósofo griego. Vivió, probablemente, entre los años 200 y 270. Interesado por las filosofías orien­tales, viajó a Persia y después se estableció en Roma donde, con la ayuda del Emperador Galieno, preten­dió fundar la ciudad ideal de Platón. Los enunciados básicos de su doctrina los reunió su discípulo Porfirio en la obra Las Enéadas.

PONCE, Aníbal (1890-1938).- Escritor y catedrático argen­tino, destacada figura del marxismo latinoamericano. En Buenos Aires dirigió la Revista de Filosofía y fundó la revista Dialéctica. Desterrado a México, continuó en ese país su labor intelectual. Obra: Educación y lucha de clases, Ambición y angustia de los adolescentes, De Erasmo a Romain Rolland, Psicología de la adolescen­cia, Sarmiento, etc.

PORTES GIL, Emilio (1891).- Político mexicano. A la muerte de Obregón se le encargó provisionalmente la Presidencia de la República (1928-1930). Durante su gobierno se agudizó el problema religioso, buscando él un Concordato con la Santa Sede. Es autor del nuevo Código Civil de México y del libro El conflicto entre el poder civil y el clero.

PRADERA, Víctor (1872-1936).- Político falangista español. Obra: Fernando el Católico y los falsarios de la His­toria, El Estado Nuevo.

PRIMO DE RIVERA, Miguel (1870-1930).- General español. Dio un golpe de Estado en 1923. Su dictadura duró hasta 1930. Se llamó El Directorio. Ver Figuras y Aspectos de la Vida Mundial.

PROUDHON, Pierre Joseph (1809-1865).- Economista y político francés. Su libro en el que sostiene que la propie­dad privada es un robo, inicia esa larga lucha que fue su vida. Por sus ataques a Napoleón III fue encarcelado (1849-1825?) y enviado luego al destierro. Su obra, Siste­ma de Contradicciones Económicas, ejerció una gran influencia en el movimiento sindical de su época. Proudhon fue el primero en exponer la idea de la "lucha de clases". Sus seguidores se llamaron "mutualistas".

PROUST, Marcel (1871-1922).- Novelista francés. Obra: En busca del tiempo perdido. En esta obra, que ha merecido innúmeros análisis, han visto algunos la influencia de Bergson y Freud. Lo evidente es que ella constituye, a la par que una fórmula original de la no­velística, el más serio documento de la crisis de la so­ciedad mercantil. Con justeza, se le ha comparado con La Comedia Humana de Balzac. Pero, mientras Balzac retrata una sociedad que adviene -la burguesa-, Proust disecciona su desaparición. Es uno de los grandes nove­listas de nuestra época.

RAMON Y CAJAL, Santiago (1852-1934).- Sabio medico, escritor y catedrático español, ha enriquecido como po­cos la Histología. Obtuvo el Premio Nóbel en 1906 Obra: Elementos de Histología normal y de técnica micro­gráfica y Memorias.

 

 

 

 

 

 

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RAVINES, Eudocio (1899).- Político y periodista peruano, ex dirigente del Partido Comunista. Obra: El camino de Yenán y La Gran Estafa, Trabaja, actualmente, como apasionado defensor del capitalismo.

RESTREPO, Antonio José (1855-1933).- Escritor y políti­co colombiano. Obras: Fuego graneado, Prosas medu­lares y Cancionero de Antioquía.

RIVERA, Diego (1866-1957).- Pintor mexicano. Rivera, Orozco y Siqueiros, constituyen la triada máxima del "muralismo mexicano", movimiento de gran resonancia en la plástica mundial. Su pintura es directa, con un claro contenido nacionalista y popular, y, en varios casos, francamente revolucionaria. Se distingue, tam­bién, por su notable colorido. Sus principales obras se hallan en el Palacio Nacional, en el Ministerio de Edu­cación y en la Escuela de Agricultura de Chapingo.

RODO, Enrique (1872-1917).- Ensayista y catedrático uru­guayo. Obra: Liberalismo y jacobinismo y Motivos de Proteo y Ariel.

ROJAS PAZ, Pablo (1896).- Escritor argentino. Obra: Hombres grises, Hasta aquí, no más, El patio de la noche, Biografía de Buenos Aires, Alberdi, el ciudadano de la soledad. En 1942 ganó el Premio Nacional de Li­teratura.

ROLLAND, Romain (1866-1944).- Escritor francés. Premio Nóbel de Literatura (1915). Gran humanista y apóstol del pacifismo, ejerció gran influencia espiritual entre los escritores de su tiempo. Obra: Juan Cristóbal, La fuente encantada, Dantón, Los lobos, Beethoven, etc.

ROOSEVELT Teodoro (1852-1919).- Presidente de los Es­tados Unidos de 1901 a 1909. Propulsó la violenta políti­ca expansiva de su país. Sin embargo, le adjudicaron el Premio Nóbel de la Paz en 1905.

ROOT, ELIHU (1845-1937).- Estadista norteamericano. Ob­tuvo el Premio Nobel de la Paz en 1912, Obra: Hombres y policías.

ROSAS, Juan Manuel de (1793-1877).- Tirano argentino. Militar en sus inicios, se hizo partidario decidido de las tesis federalistas, implantando en su patria una dictadura que se prolongó prácticamente 25 años. Fueron sus adversarios los hombres más ilustres de su tiempo.

SAAVEDRA, Abdón (1872-1942).- Jurisconsulto y político boliviano. Es autor del Código de Minas que rigió largo tiempo en su país.

SACASA, Juan (1874-1946).- Político, médico y catedráti­co nicaragüense. Resultó electo Vicepresidente de la República, cargo que ejerció desde 1925 hasta 1928, Pre­sidente de la República (1933-1936). Fue derrocado por Somoza,

SANDINO, César Augusto (1893-1934).- Héroe nicaragüen­se. Siendo agricultor, se plegó a la revolución de Sacasa contra el gobierno conservador de Díaz. Después del acuerdo de Tipitapa, impuesto a Nicaragua por los Estados Unidos, Sandino protestó contra la intervención armada de Norteamérica y sostuvo durante 6 años una heroica lucha de guerrillas contra el ejército invasor. En 1933 llegó a un acuerdo transitorio con el gobierno

 

 

 

 

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nicaragüense; pero, al poco tiempo, en una celada, fue asesinado por los agentes de Somoza.

SANÍN CANO, Baldomero (1861-1958).- Escritor y periodis­ta colombiano. Rector de la Universidad de Cauca. Se le otorgó el "Premio Lenin de la Paz". Obra: La civi­lización manual, Indagaciones e Imágenes, Divagacio­nes filológicas, Tipos, obras, ideas.

SARMIENTO, Domingo F. (1811-1888).- Insigne estadista, escritor y pedagogo argentino. Siendo muy joven com­batió a Quiroga y luego emprendió su larga y brillante oposición a la tirana de Rosas, la que le costó repeti­das persecuciones, en una de las cuales se refugió en Chile. Al retornar a su patria fundó su célebre perió­dico El Zonda, siempre oposicionista. Caída la dictadu­ra ejerció la diplomacia, siendo luego electo Presidente de la República. Aunque sus obras completas suman 51 volúmenes, el libro que le ha dado fama es Facundo o la civilización y la barbarie.

SHAW, Bernard (1856-1950).- Dramaturgo y socialista in­glés. Premio Nóbel de Literatura (1952), Obra: Pigma­lión, Santa Juana, La Comandante Bárbara, Retorno a Matusalén, La otra isla de John Bull, Hombre y Super-hombre, etc. Gran propulsor del teatro realista y de problemática social,

SILVA, José Asunción (1801-1896).- Poeta colombiano con­siderado uno de los iniciadores del Modernismo en América.

SOREL, George (1847-1922).- Sociólogo francés. Defensor del sindicalismo revolucionario. Su obra más importante es Reflexiones sobre la violencia. Ver Defensa del Marxismo.

SPENGLER. Oswaldo (1880-1938).- Filósofo alemán. Céle­bre por su libro La decadencia de Occidente.

SUAREZ, Marco Fidel (1855-1927).- Estadista y escritor co­lombiano. Obra: Sueños de Luciano Pulgar.

THOMAS, Albert (1878-1932).- Político y periodista fran­cés.

THOREAU, Henry (1817-1862).- Escritor norteamericano. Vivió largas temporadas en bosques desolados creando una literatura donde alienta su amor a la naturaleza y su credo individualista. Obra: Walden, or life in the Woods (su diario en la soledad), Un yanqui en Canadá y Poemas de la Naturaleza.

TORRE, Guillermo de (1902).- Ensayista y crítico espa­ñol. Obra: Manifiesto ultraísta vertical, Literaturas eu­ropeas de vanguardia, Examen de conciencia o proble­mas estéticos de la nueva generación, Valoración literaria del existencialismo. Problemática de la Literatu­ra, etc.

UNAMUNO, Miguel de (1864-1936).- Literato, lingüista, fi­lólogo y ensayista español, cuyo pensamiento brillante, contradictorio y poderoso, ejerció notable influencia entre sus contemporáneos y generaciones siguientes. Extraordinario conocedor de la lengua castellana, enri­queció la filología de nuestro idioma. Sus virajes re­ligiosos y políticos fueron siempre motivo de violentísimas polémicas. En su erudita y copiosa producción sobresalen: La agonía del Cristianismo, El sentimiento

 

 

 

 

 

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trágico de la vida, Vida de Don Quijote y Sancho (li­bros de ensayo); Nada menos que todo un hombre, Nie­bla (novelas); Fedra (teatro). Teresa; rimas de un poeta desconocido (poesía), etc.

URBINA, Luis G (1868 1934).- Poeta, cuentista y ensayista mexicano. Obra: Lámparas de agonía, Glosario de la vida vulgar y Los últimos pájaros. Cuentos vividos y crónicas soñadas, La literatura mexicana durante la guerra de la independencia, Bajo el sol y frente al mar y Luces de España.

VALENCIA, Guillermo (1873-1943).- Poeta, político y humanista colombiano, Rector de la Universidad de Cauca. Obras; Poesías (1898), Ritos (1914) y Poemas (1917)

VASCONCELOS, José (1882-1959).- Escritor y político mexicano, Se afilió a la lucha de Madero contra Porfirio Díaz y desempeñó brillantemente el Ministerio de Edu­cación de su país, Obra: El monismo estético (1919), La raza cósmica (1925), Indología 1927), Ulises Criollo (1935) y El Pro-consulado,

VAZQUEZ DE MELLA, Juan (1861-1928).- Político español.

VIGNALE, Pedro Juan (1903): Poeta y periodista argenti­no. Obra: Naufragio y un viaje por tierra firme, Can­ciones para los niños olvidados y Exposición de la ac­tual poesía argentina: antología realizada conjuntamen­te con César Tiempo.

WAST, Hugo (1883).- Novelista argentino. Su nombre ver­dadero es Gustavo Martínez Zuviría. Obra: Flor de durazno, La casa de los cuervos, Ciudad turbulenta, ciu­dad alegre, Desierto de piedra. Ha obtenido la Medalla de Oro de la Real Academia Española y el Gran Premio de la Literatura Argentina.

WHITMAN, Walt (1819-1892).- Poeta norteamericano. El inaugura una nueva etapa en la poética universal. Cantor del naciente capitalismo progresivo y del hombre y sus cuotidianos oficios; propulsor de un nuevo vitalis­mo y de una nueva moral naturalista. Sus obras fundamentales son Hojas de hierba y Canto a mí mismo.

WILSON, Woodrow (1856-1924).- Político norteamericano, Como Presidente se mostró imperialista: por medio de clara presión separó a Panamá de Colombia y desembarcó en México a la infantería de marina Declarada la Primera Guerra Mundial, durante cuyo lapso fue ree­legido vaciló bastante antes de decidir el ingreso de Estados Unidos en la contienda Pero al final de ésta se convirtió en primerísima figura mundial mediante sus famosos 14 puntos. Inspirador de la Sociedad de las Naciones obtuvo el Premio Nóbel de la Paz.

ZAPATA, Emiliano (1883-1919).- Revolucionario mexicano. Se alzó en armas contra Porfirio Díaz, favoreciendo el triunfo de Madero Su actitud prendió en las masas populares y, después de su muerte, se empezaron a dic­tar las primeras leyes de Reforma Agraria.

 

 

 

 

 

 

 

 

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INDICE

 

Nota Editorial                                                                           5

Presentación                                                                             7

 

La Unidad de le América Indo-española,                                    13

Un Congreso de escritores hispanoamericanos                           17

¿Existe un pene amiento hispano-americano?                    22

El Ibero-americanismo y Pan-americanismo                               26

La América Latina y la disputa boliviano-paraguaya                    31

 

LA REVOLUCION MEXICANA

México y la Revolución                                                             39

La reacción en México                                                              43

La guerra civil en México                                                          46

Obregón y la Revolución Mexicana                                           49

La lucha eleccionaria en México                                                52

Portes Oil contra la C.R.O.M                                                    56

Orígenes y perspectivas de la insurrección mexicana                  59

La reacción en México                                                              62

La lucha eleccionaria en México                                                63

Al margen del nuevo curso de la política mexicana           66

 

AUTORES Y LIBROS AMERICANOS

Seis ensayos en busca de nuestra expresión, por

Pedro Henriquez Ureña                                                             73

Indología, por José Vasconcelos                                               78

Los de abajo, de Mariano Azuela                                               84

La Revolución Mexicana, por Luis Araquistain                           89

Un libro de Discursos y Mensajes de Calles                               95

El Nuevo Derecho, de Alfredo Palacios                                     99

 

 

 

 

 

 

 

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José Ingenieros                                                                         103

Oliverio Girondo                                                                       106

Camino de Santidad, por Julio Navarro Monzó                          109

La batalla de "Martin Fierro"                                                     115

La Batalla del Libro                                                                   118

Edwards Bello, novelista                                                           121

La aventura de Tristán Maros                                                    124

Sanan Cano y la nueva generación                                             126

Levante, por Blanca Luz Brum                                                  130

 

 

POLITICA IBERO-AMERICANA

 

Política uruguaya                                                                      135   

La batalla electoral de la Argentina                                             137

Política argentina                                                                      140

La perspectiva de la política chilena                                           140   

El imperialismo yanqui en Nicaragua                                          144

Las elecciones en Estados Unidos y Nicaragua                          147

Política colombiana                                                                  150

Guillermo Valencia y Vásquez Cobos                                        151

Instantánea del panorama eleccionario de Co­lombia                   152

La abstención liberal en Colombia                                             155

Les elecciones colombianas                                                      157

El movimiento revolucionario venezolano                                   159

La Ley Marcial en Haití                                                             161

 

INDICE ONOMÁSTICO                                                         163

 

 

 

 

 

 

Cuarta edición, mayo de 1975