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JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Peruanicemos

al

Perú

 

 

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“BIBLIOTECA AMAUTA”

LIMA-PERÚ

 

 

 

 

 

 

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POETAS NUEVOS Y POESIA VIEJA*

 

Los juegos florales me han comunicado con la nueva generación de poetas perua­nos. Mis andanzas y mis estudios cosmopolitas me tenían desconectado de las cosas y de las emociones que aquí se riman. Hoy no me creo todavía muy enterado de la calidad ni del número de los poetas jóvenes; pero sí de la temperatura y del humor de su poesía. Naturalmente, los juegos florales no han atraído a todos los poetas nuevos. Los más íntimos, los más recatados, los más originales, les han rehusado hurañamente su contribución.

 

Parcialmente comprendo y comparto el sentimiento que los ha alejado de la fiesta. Los juegos florales son una ceremonia pro­vinciana, cursi, medieval. Aquí resultan, además, una costumbre extranjera y posti­za. Me explico que su coreografía anacróni­ca no seduzca a todos los poetas. El fallo del jurado último no debe ser tomado, por consiguiente, como un juicio sumario sobre la poesía de la última generación.

 

Fuera de los juegos florales he conoci­do varios poetas que merecen ser tratados de otra suerte. Sobre ninguno de ellos se

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 31 de Octubre de 1924.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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puede decir aún una palabra definitiva. Sus personalidades están en formación. Pero nos han dado ya algunas anticipaciones muy nobles de su porvenir. Luis Berninzone po­see una fantasía poderosa que no necesita sino encontrar una forma menos retórica y un gusto menos ornamental. Armando Ba­zán, que apenas si ha tenido algún furtivo contacto con el público, es ya un intérprete hondo del sentimiento trágico de la vida. Juan Maria Merino Vigil acusa en sus ver­sos y en su prosa un temperamento lírico y panteísta de insólitos matices. Juan Luis Ve­lásquez, niño-poeta o poeta-niño, tiene la divina incoherencia de los inspirados. Hay en su pequeño libro algunos bellos disparates y dos o tres notas admirables. Jacobo Hur­witz no debe ser juzgado por su incipiente libro, que contiene, sin embargo, algunas emociones originales y sutiles. Magda Portal es algo muy raro y muy precioso en nuestra literatura: una poetisa. Mario Chávez gusta del funambulismo agresivo y pintoresco de los futuristas. Su poesía es un cohetes de luces policromo y estridente. En torno mío se habla mucho y muy bien de Juan José Lora; inédito hasta ahora. Y pro­bablemente, el número de los poetas de esta generación es mayor aún. Yo no intentó enumerarlos ni calificarlos a todos en mi elenco.

 

No nos faltan poetas nuevos. Lo que nos falta, más bien, es nueva poesía. Los juegos florales reunieron, sobre la mesa del jurado, un muestrario exiguo de baratijas senti­mentales, de ripios vulgares y de trucos desacreditados. La monotonía de este paisaje poético movió, sin duda, a Luis Alberto Sán‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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chez a negar en su vigoroso discurso que la tristeza sea el elemento esencial de nuestra poesía. Esta poesía, dice Sánchez, no es triste sino melancólica. Triste es Vallejo; pero no Ureta. Yo agrego que, más que melancó­lico, el tono de nuestra poesía es hipocon­dríaco. Pero no acepto la tesis de que estos versos sean extraños al ambiente. No es cier­to que nuestra gente sea alegre. Aquí no hay ni ha habido alegría. Nuestra gente tiene casi siempre un humor aburrido, asténico y gris. Es jaranera pero no jocunda. La jara­na es una de las formas de su astenia. Nos falta la euforia, nos falta la juventud de los occidentales. Somos mis asiáticos que europeos. ¡Qué vieja, qué cansada; parece esta joven tierra sudamericana al lado de la an­ciana Europa! No es posible saberlo, no es posible sentirlo, sino cuando, en un ambien­te occidental, confrontamos nuestra psicolo­gía con la psicología europea. El europeo tiene una espontánea aptitud orgánica para creer que la vida es bella; nosotros para suponerla triste, aburrida, pesada. "La vita e bella e degna di essere magnificamente vissuta" dice D'Annunzio y su frase refleja el optimismo de su pueblo apasionado, volup­tuoso y panteísta. El criollo es insensible a la ingenuidad de los "lieder" alemanes y es­candinavos. No entiende la efusión, la plenitud con que el europeo se entrega integro, sin reserva a la alegría y al placer de una fiesta. Tampoco sabe que el europeo con la misma efusión y la misma plenitud se da entero a la vida. Aquí la embriaguez es me­lancólica o pendenciera y los borrachos, sin saber por qué, lloran o riñen. Aunque una convención literaria y ridícula nos anexe a

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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la raza latina -¡latinos, nosotros!- nues­tra alma, amarilla o cetrina no frater-nizará jamás con el alma blonda de los occidentales. Nunca comprendemos el valor eufórico del cielo azul ni de los verdes racimos del Litium. Hasta la voluptuosidad, hasta el placer son aquí un poco malhumorados y desconten-tos. Eros es regañón y agridulce. Nuestra gente, parece, casi siempre fastidiada, desalentada, nostálgica. Flotan los chistes sobre una laguna enferma, sobre una palude de tedio.

 

La tristeza, como todas las cosas, tiene sus calidades y sus jerarquías. Nuestra gente padece de una tristeza superficial e insí­pida. Por eso, Luis Alberto, la llama me­lancolía. Por la literatura la vida europeas ha pasado una gélida ráfaga de pesimismo y de desesperanzas. Andrehiew, Gorky, Block, Barbu-sse:, son tristes. El mismo Pirandello, en su actitud escéptica y relativista, también lo es. El humorismo y el escepticismo contemporáneos son amargos. Aparecen como la sonrisa de un alma desencantada. Pero los criollos no son tristes así. No son tampoco desesperada, trágica, wertherianamente tristes. Nuestra poesía no ha destilado, por eso, el acre zumo, las "gotas amargas" de la poesía de José Asunción Silva; las raíces de la melancolía criolla, sobre todo de la melancolía limeña, no son muy profundas ni muy excelsas. Sus gérmenes son la pobreza, la anemia, la limitación, el provincianismo del ambiente. La gente, tiene aquí muy modestos horizontes espiri­tuales y materiales. Y es, en parte, por esta causa trivial, que se aburre y bosteza Está

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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además demasiado nutrida de malas lectu­ras españolas. Abundan en nuestra poesía mediocres rapsodias de motivos musicales flamencos o castellanos. El clima y la me­teorología deben influir también en esta crónica depresión de las almas. La melancolía peruana es la neblina persistente e invenci­ble de un trópico sin gran sol y sin grandes tempestades. El Perú no es solo Lima; en el Perú hay coma en otros Países, otros y tra­montos suntuosos, cielos azules, nieves cán­didas, etc. Pero Lima da el ejemplo e impo­ne las modas. Su irradiación sobre la vida espiritual de las provincias es intensa y constante. Sólo los temperamentos fuertes -César Vallejo, Cesar Rodríguez, etc,- sa­ben resistir a su influencia mórbida. Finalmente, ¿no será acaso esta melancolía un simple producto biliar? "En el amor y en otras cosas de menor cuantía todo depende de la digestión" dice Luis C. López. Lo evi­dente es que vivimos dentro de un círculo vicioso. La poesía melancólica aburre a la gente y el aburrimiento de la gente segrega poesía melancólica. A algunos de nuestros poetas les convendría confesarse con un mé­dico y, como en los versos de Silva, decirle: "Doctor, un desencanto de la vida, etc.". El médico les daría, también como en los ver­sos de Silva, varios consejos higiénicos y un diagnóstico doloroso.

 

Es cierto que el mundo moderno anda neurasténico y un poco cansado, pero la neurastenia de las grandes urbes es de otro género y es además muy compleja, muy honda y muy pintoresca. La neurastenia de nuestra gente es artificial y monótona. Su

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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cansancio es -cansancio de los que no han hecho nada.

 

Y no es el caso de hablar de modernis­mo. El modernismo no es sólo una cuestión de forma, sino, sobre todo, de esencia. No es modernista el que se contenta de una au­dacia o una arbitrariedad externas de sintaxis o de metro. Bajo el traje huachafa­mente nuevo; se siente intacta la vieja sus­tancia. ¿Para qué trasgredir la gramática si los ingredientes espirituales de la poesía son los mismos de hace veinte o cincuenta amos? "Il faut être absolument moderne", cómo decía Rimbaud; pero hay que ser mo­derno espiritualmente: Aquí se respira, ge­neralmente, en los dominios del arte y la inteligencia, un pasadismo incurable y en­fermizo. Nuestros poetas se refugian, voluptuosamente, en la evocación y en la nostal­gia más pueriles, como si su contorno actual careciese de emoción y de interés. No osan domar la belleza sino cuando la suponen suficientemente doméstica. El futurismo, el dadaísmo; el cubismo, son en las grandes urbes un fenómeno espontáneo,  un produc­to genuino de la vida. El estilo nuevo de la poesía es cosmopolita y urbano. Es la espuma de una civilización ultrasensible y quintaesenciada. No es asequible por ende a un ambiente provinciano. Es una moda que no encuentra aquí los elementos nece­sarios para aclimatarse. Es el perfume, es el efluvio lírico del espíritu humorista, es­céptico, relativista de la decadencia burgue­sa. Esta poesía, sin solemnidad y sin dra­maticidad, que aspira a ser un juego, un deporte, una pirueta, no florecerá entre no­sotros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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No es tampoco el caso de hablar de decadencia de la poesía peruana. No decae sino lo que alguna vez ha sido grande. Y una rápida investigación nos persuadirá de que la poesía de ayer no era mejor que la poesía de hoy. Los poetas de hoy no usan como los de ayer, unas melenas muy largas y unas camisas muy sucias. Su higiene y su estéti­ca han ganado mucho. Las brisas y los barcos de occidente traen un polen nuevo. Al­gunos artistas de la nueva generación comprenden ya que la torre de marfil era la triste celda de un alma exagüe y anémica. Aban­donan el ritornello gris de la melancolía, y se aproximan al dolor social que les descu­brirá un mundo menos finito. De estos artis­tas podemos esperar una poesía más huma­na, más fecunda, más espontánea, más bio­lógica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PASADISMO Y FUTURISMO*

 

Luis Alberto Sánchez y yo hemos cons­tatado recientemente que uno de los ingredientes, tanto espirituales como formales, de nuestra literatura y nuestra vida es la melancolía. Bien. Pero otro, menos negligi­ble tal vez, es el pasadismo. Estos elemen­tos no coinciden arbitraria o casualmente. Coinciden porque son solidarios, porque son consustanciales, porque son consanguíneos. Son dos aspectos congruentes de un solo fenómeno, dos expresiones manco-mu­nadas de un mismo estado de ánimo. Un hombre aburrido, hipocondríaco, gris, tien­de no solo a renegar el presente y a deses­perar del porvenir sino también a volverse hacia el pasado. Ninguna ánima, ni aún la más nihilista, se contenta ni se nutre únicamente de negaciones. La nostalgia del pasado es la afirmación de los que repudian el presente. Ser retrospectivos es una de las consecuencias naturales de ser negativos. Podría decirse, pues, que la gente peruana es melancólica porque es pasadista y es pasadista porque es melancólica.

 

Las preocupaciones de otros pueblos son más o menos futuristas. Las del nuestro casi siempre tácita o explícitamente pasadistas. El futuro ha tenido en esta

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 28 de noviembre de 1924

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tierra muy mala suerte y ha recibido muy injusto trato. Un partido de carne, menta­lidad y traje conservadores fue apodado par­tido futurista. El diablo se llevó en hora bue­na a esa facción estéril, gazmoña, impoten­te. Mas la palabra "futurista" quedó desde entonces irremediablemente desacreditada. Por eso, no hablamos ya de futurismo sino, aunque suene menos bien, de porveniris-mo. Al futuro lo hemos difamado temerariamen­te atribuyéndole relaciones y concomitan­cias con la actitud política de la más pasadista de nuestras generaciones.

 

El pasadismo que tanto ha oprimido y deprimido el corazón de los peruanos es, por otra parte, un pasadismo de mala ley. El período de nuestra historia que más nos ha atraído no ha sido nunca el período in­caico. Esa edad es demasiado autóctona, de­masiado nacional, demasiado indígena para emocio-nar a los lánguidos criollos de la República. Estos criollos no se sienten, no se han podido sentir, herederos y descendien­tes de lo incásico. El respeto a lo incásico no es aquí espontáneo sino en algunos ar­tistas y arqueólogos. En los demás es, más bien, un reflejo del interés y de la curiosidad que lo incásico despierta en la cultura europea. El virreinato, en cambio, está más próximo a nosotros. El amor al virreinato le parece a nuestra gente un sentimiento distinguido, aristocrático, elegante. Los bal­cones moriscos, las escalas de sedas, las "tapadas", y otras tonterías, adquieren ante sus ojos  encanto, un prestigio, una seduc­ción exquisitas. Una literatura decadente, artificiosa, se ha complacido de añorar, con

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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inefable y huachafa ternura, ese pasado pos­tizo y mediocre. Al gracejo, a la coquetería de algunos episodios y algunos personajes de la colonia, que no deberían ser sino un amable motivo de murmuración, les han sido conferidos por esa literatura un valor estético, una jerarquía espiritual, exorbitantes, artificiales, caprichosos. Los temas y los dramatis personae del virreinato no han sido abandonados a los humoristas a quie­nes pertenecían, por antonoma-sia, sus motivos cómicos y sus motivos galantes y ca­sanovescos, don Ricardo Palma hizo de ellos un uso adecuado e inteligente, contán­donos con su malicia y su donaire limeños, las travesuras de los virreyes y de su clien­tela. La Calesa de la Perricholi, que Antonio Garland ha traducido con fino esmero y gus­to gentil es otra pieza que se mantiene dentro de los mismos límites discretos. Toda esa literatura estaba y está muy bien. La que está mal es esa otra literatura nostál­gica que evoca con unción y gravedad las aventuras y los chismes de una época sin grandeza. El fausto, la pompa colonial son

una mentira. Una época fastuosa, magnífica, no se improvisa, no nace del azar. Menos aún desaparece sin dejar huellas. Cree­mos en la elegancia de la época "rococo" porque tenemos de ella, en los cuadros de Watteau y Frago-nard, y en otras cosas más plásticas y tangibles, preciosos testimonios físicos de su existencia. Pero la colonia no nos ha legado sino una calesa, un caserón, unas cuantas celosías y, varias supersticiones. Sus vestigios son insignifican-tes. Y no se diga que la historia del virreinato fue demasiado fugaz ni Lima demasiado chica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pequeñas ciudades italianas guardan, como vestigio de trescientos o dos-cientos años de historia medieval, un conjunto maravilloso de monumentos y de recuerdos. Y es na­tural. Cada una de esas ciudades era un gran foco de arte y de cultura.

 

Adorar, divinizar, cantar el virreinato es, pues, una actitud de mal gusto. Los lite­ratos e intelectuales que, movidos por un aristocratismo y un estetismo ramplones, han ido a abastecerse de materiales y de musas en los caserones y guardarropías de la colonia, han cometido una cursilería lamentable. La época "rococo" fue de una aris­tocracia auténtica. Francia, sin embargo, no siente ninguna necesidad espiritual de res­taurarla. Y las escenas de la revolución jacobina, la música demagógica de la marsellesa, pesan mucho más en la vida de Francia que los melindres y los pecados de Madame Pompadour. Aquí, debemos conven­cernos sensatamente de que cualquiera de los modernos y prosaicos buildings de la ciudad, vale estética y prácticamente más que todos los solares y todas las celosías co­loniales. La "Lima que se va" no tiene ningún valor serio,         perfume poético, aunque Gálvez se esfuerce         por demos-trarnos, elocuentemente, lo contrario. Lo lamentable no es que esa Lima vaya, sino que no se haya ido más de prisa.

 

El doctor Mackay, en una conferencia, se refirió discretamente al pasadismo dominante en nuestra  intelectualidad. Pero empleó, tal vez por cortesía, un  término inexacto. No habló de "pasadismo" sino de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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"historicismo". El historicismo es otra cosa. Se llama historicismo una notoria co­rriente de filosofía de la historia. Y si por historicismo, se entiende la aptitud para el estudio histórico, aquí no hay ni ha habido historicismo. La capacidad de comprender el pasado es solidaria de la capacidad de sentir el presente y de inquietarse por el porvenir. El hombre moderno no es sólo el que más ha avanzado en la reconstrucción de lo que fue, sino también el que más ha avanzado en la previsión de lo que será.

 

El espíritu de nuestra gente es, pues, pasadista; pero no es histórico. Tenemos algunos trabajos parciales de exploración his­tórica, más no tenemos todavía ningún gran trabajo de síntesis. Nuestros estudios histó­ricos son, casi en su totalidad, inertes o fal­sos, fríos o retóricos.

 

El culto romántico del pasado es una morbosidad de la cual necesitamos curarnos. Oscar Wilde, con esa modernidad admi­rable que late en su pensa-miento y en sus libros, decía: "El pasado es lo que los hom­bres no habrían debido ser; el presente es lo que no deberían ser". Un pueblo fuerte, una gran generación robusta no son nunca plañideramente nostálgicos, no son nunca retrospectivos. Sienten, plenamente, fecun­damente, las emociones de su época. "Quien se entretenga, en idealismos provincianos -escribe Oswald Spengler, el hombre de mayor perspectiva histórica de nuestro tiem­po- y busque para la vida estilos de tiempos pretéritos, que renuncie a comprender la historia, a vivir la historia, a crear la historia".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Una de las actitudes de la juventud, de la poesía, del arte y del pensamiento peruanos que conviene alentar es la actitud un po­co iconoclasta que, gradual-mente, van adqui­riendo. No se puede afirmar hechos e ideas nuevas si no se rompe definitivamente con los hechos e ideas viejas. Mientras algún e cordón umbilical nos una a las generacio­nes que nos han precedido, nuestra genera­ción seguirá alimentándose de prejuicios y de supersticiones. Lo que este país tiene de vital son sus hombres jóvenes; no sus mestizas antiguallas. El pasado y sus pobres residuos son, en nuestro caso, un patrimonio demasiado exiguo; El pasado, sobre, todo, dispersa, aisla, separa, diferencia demasia­do los elementos de la nacionalidad, tan mal combinados, tal mal concertados todavía. El pasado nos enemista. Al porvenir le toca darnos unidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LO NACIONAL Y LO EXOTICO*

 

Frecuentemente se oyen voces de aler­ta contra la asimilación de ideas extranje­ras. Estas voces denuncian el peligro de que se difunda en el país una ideología inade­cuada a la realidad nacional. Y no son una protesta de las supersticiones y de los prejuicios del difamado vulgo. En muchos ca­sos, estas voces parten del estrato inte­lectual.

 

Podrían acusar una mera tendencia pro­teccionista, dirigida a defender los produc­tos de la inteligencia nacional de la concurrencia extranjera. Pero los adversarios de` la ideología exótica sólo rechazan las impor­taciones contrarias al interés conservador. Las importaciones útiles a ese interés no les parecen nunca malas, cualquiera que sea su procedencia. Se trata, pues, de una simple actitud reaccionaria, disfrazada de nacio­nalismo,

 

La tesis en cuestión se apoya en algu­nos frágiles lugares comunes. Más que una tesis es un dogma. Sus sostenedores demuestran, en verdad, muy poca imaginación. Demuestran, además, muy exiguo conoci­miento de la realidad nacional. Quieren que

 

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* Publicado en Mundial, 9 de diciembre do 1924.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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se legisle para el Perú, que se piense y se escriba para los peruanos y que se resuelva nacionalmente los problemas de la peruanidad, anhelos que suponen amenazados por las filtraciones del pensamiento europeo. Pero todas estas afirmaciones son demasia­do vagas y genéricas. No demarcan el límite de lo nacional y lo exótico. Invocan abstractamente una peruanidad que no inten­tan, antes, definir.

 

Esa peruanidad, profusamente insinua­da, es un mito, es una ficción. La realidad nacional esta menos desconectada, es menos independiente de Europa, de lo que suponen nuestros nacionalistas. El Perú contemporáneo se mueve dentro de la órbita de la civilización occidental. La mistificada realidad nacional no es sino un segmento, una parcela de la vasta realidad mundial. Todo lo que el Perú contemporáneo estima lo ha recibido de esa civilización que no sé si los nacionalistas a ultranza calificarán también de exótica. ¿Existe hoy una ciencia, una filosofía, una democracia, un arte, exis­ten máquinas, instituciones, leyes, genuina y característicamente peruanos? ¿El idioma que hablamos y que escribimos, el idioma siquiera, es acaso un producto de la gente peruana?

 

El Perú es todavía una nacionalidad en formación. Lo están construyendo sobre los inertes estratos indígenas, los aluviones de la civilización occidental. La conquista española aniquiló la cultura incaica. Destruyó el Perú autóctono. Frustró la única peruanidad que ha existido. Los españoles extirparon

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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del suelo y de la raza todos los elementos vivos de le cultura indígena. Reemplazaron la religión incásica con lar religión católica romana. De la cultura incásica no dejaron sino vestigios muertos.          Los descendientes los conquistadores y colonizadores constituyeron el cimiento del Perú actual. La independencia fue realizada por esta población criolla. La idea de la libertad no brotó espontáneamente de nuestro suelo; su germen nos vino de fuera. Un acontecimiento europeo, la revolución francesa, engendró la independencia americana. Las raíces de la gesta libertadora se alimentaron de la ideología de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Un artificio histórico clasifica a Túpac Amaru como un precursor de la independencia peruana. La revolución de Túpac Amaru la hicieron los indígenas; la revolución de la independencia la hicieron los criollos. Entre ambos acontecimientos no hubo consanguinidad espiritual ni ideológica. A Europa, de otro lado, no le debimos sólo la doctrina de nuestra revolución, sino también la posibilidad de actuarla. Conflagrada y sacudida, España no pudo, primero, oponerse válidamente a la libertad de sus colonias. No pudo, más tarde, intentar su reconquista. Los Estados Unidos declararon su solidaridad con la libertad de la América española. Aconteci-mientos extranjeros en suma, siguieron influyendo en los destinos hispano-americanos. Antes y después de la revolución emancipadora, no faltó gente que creía que el Perú no estaba preparado para la independencia. Sin duda, encontraban exóticas la libertad y democracia. Pero la historia no le da razón a esa gen‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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te negativa y escéptica, sino a la gente afir­mativa, romántica, heroica, que pensó que son aptos para la libertad todos los pueblos que saben adquirirla.

 

La independencia aceleró la asimilación de la cultura europea. El desarrollo del país ha dependido directamente de este proceso de asimilación. El indus-trialismo, el maqui­nismo, todos los  resortes materiales del pro­greso nos han llegado de fuera. Hemos to­mado de Europa y Estados Unidos todo lo que hemos podido. Cuando se ha debilitado nuestro contacto con el extranjero, la vida nacional, se ha deprimido. El Perú ha quedado así insertado dentro del organismo de la civilización occidental.

 

Una rápida excursión por la historia peruana nos entera de todos los elemen-tos extranjeros que se mezclan y combinan en nuestra formación nacional. Contrastándolos, identificándolos, no es posible insistir en aserciones arbi-trarias sobre la peruanidad. No es dable hablar de ideas políticas nacionales.

 

Tenemos el deber de no ignorar la realidad nacional; pero tenemos también el deber de no ignorar la realidad mundial. El Perú es un fragmento de un mundo que sigue una trayectoria solidaria. Los  pueblos con más aptitud para el progreso son siempre aquellos con más aptitud para aceptar las consecuencias de su civilización y de su época. ¿Qué se pensaría de un hombre que rechaza-se, en el nombre de la peruanidad, el aeroplano, el radium, el linotipo, consi-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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derándolos exóticos? Lo mismo se debe pen­sar del hombre que asume esa actitud ante las nuevas ideas  y los nuevos hechos hu­manos.

 

Los viejos pueblos orientales a pesar de las raíces milenarias de sus institu-ciones, no se clausuran, no se aislan. No se sienten independientes de la historia europea. Turquía, por ejemplo, no ha buscado su renovación en sus tradiciones islámicas; sino en las corrientes de la ideología occi­dental. Mustafá Kemal ha agredido las tra­diciones. Ha despedido de Turquía al kalifa y a sus mujeres. Ha creado una república de tipo europeo. Este orientamiento revolu­cionario e iconoclasta no marca, naturalmente, un período de decaden-cia, sino un período de renacimiento nacional. La nueva Turquía, la herética Turquía de Kemal ha sabido imponerse, con las armas y el espíritu, el respeto de Europa. La ortodoxa Tur­quía, la tradicionalista Turquía de los sultanes sufría, en cambio, casi sin protesta, todos los vejámenes y todas las expolia-cio­nes de los occidentales. Presentemente, Turquía no repudia la teoría ni la técnica de Europa; pero repele los ataques de los eu­ropeos a su libertad. Su tendencia a occidentalizarse no es una capitulación de su nacionalismo.

 

Así se comportan antiguas naciones po­seedoras de formas políticas, sociales y reli­giosas propias y fisonómicas. ¿Cómo podrá, por consiguiente el Perú, que no ha cumplido aún su proceso de formación nacional, ais­larse de las ideas y las emociones europeas?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un pueblo con voluntad de renovación y de crecimiento no puede clausurarse. Las relaciones internacionales de la inteligencia tienen que ser, por fuerza, librecambistas. Ninguna idea que fructifica, ninguna idea que aclimata, es una idea exótica. La propagación de una idea no es culpa ni es mérito de sus asertores; es culpa o es mérito de la historia. No es romántico pretender adap-tar el Perú a una realidad nueva. Más romántico es querer negar esa realidad acu­sándola de concomitancias con la realidad extranjera: Un sociólogo ilustre dijo una vez que en estos pueblos sudamericanos falta "atmósfera de ideas". Sería insensato enra­recer más esa atmósfera con la persecución de las ideas que, actualmente, están fecun­dando la historia humana. Y si místicamente, gandhianamente, deseamos separarnos y desvincularnos de la "satánica civilización europea", como Gandhi la llama, debemos clausurar nuestros confines no sólo a sus teorías sino también a sus máquinas para volver a las costumbres y a los ritos incásicos. Ningún nacionalista criollo, aceptaría, seguramente, esta extrema consecuencia de su jingoismo. Porque aquí el nacionalismo no brota de la tierra, brota de la raza. El nacionalismo a ultranza es la única idea efectivamente    exótica y  forastera que aquí se propugna. Y que, por forastera y exótica, tiene muy poca chance de difundirse en el conglomerado nacional.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL PROBLEMA PRIMARIO DEL PERU*

 

 

Antes de que se apaguen los ecos de la conmemoración de la figura y de la obra de Clorinda Matto de Turner, antes de que se dispersen los delegados del cuarto con­greso de la raza indígena, dirijamos la mirada al problema funda-mental, al problema primario del Perú. Digamos algo de lo que diría cierta-mente Clorinda Matto de Turner si viviera todavía. Este es el mejor homenaje que podemos rendir los hombres nuevos, los hombres jóvenes del Perú, a la memoria de esta mujer singular que, en una época más cómplice y más fría que la nues­tra, insurgió noblemente contra, las injusti­cias y los crímenes de los expoliadores de la raza indígena.

 

La gente criolla, la gente metropolitana, no ama este rudo tema. Pero su tendencia a ignorarlo, a olvidarlo, no debe contagiarse. El gesto del avestruz que, amenazado, esconde bajo el ala la cabeza, es demasiado estólido. Con negarse a ver un problema, no se consigue que el problema desaparezca. Y el problema de los indios es el problema de más de las tres cuartas partes de la población del Perú. Es el problema de la mayoría.

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 6 de febrero de 1925

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Es el problema de la nacionalidad. La escasa disposición de nuestra gente a estudiarlo y a enfocarlo honradamente es un signo de Pereza mental y, sobre todo, de insensibili­dad moral.

 

Virreinato, desde éste y otros puntos, de vista, aparece menos culpable que la República. Al Virreinato le corresponde, originalmente, toda la responsabili-dad de la miseria y la depresión de los indios. Pero, en ese tiempo inquisito-rial, una gran voz humanitaria, una gran voz cristiana, la de fray Bartolomé dé las Casas, defendió vi­brantemente a loa indios contra 1os metodos brutales de los colonizadores. No ha ha­bido en la Republica un defensor tan eficaz y tan porfiado de: la raza aborigen.

 

Mientras el Virreinato era un régimen medieval y extranjero, la República es for­malmente un régimen peruano y liberal. Tie­ne, por consiguiente, la república deberes que no tenía el virreinato. A la República le tocaba elevar la condición del indio. y contrariando este deber, la República ha pauperizado al indio, ha agravado su depresión y ha exasperado su miseria. La República ha significado para los indios la ascensión de una nueva clase dominante que se ha apropiado sistemáticamente de sus tierras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

         

 

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En general, en el encomendero español había, frecuentemente, algunos hábitos nobles de señorío. El encomendero criollo tiene todos los defectos del plebeyo y ninguna de las virtudes del hidalgo. La servidumbre del indio, en suma, no ha disminuido bajo la República. Todas las revueltas, todas las tempestades del indio, han sido ahogadas en sangre. A las reivindicaciones desesperadas del indio les ha sido dada siempre una respuesta marcial. El silencio de la puna ha guardado luego el trá­gico secreto de estas respuestas. La Repúbli­ca ha restaurado, en fin, bajo el título de conscripción vial, el régimen de las mitas. Contra esta restauración no han protestado, naturalmen-te, nuestros nacionalistas. Jorge Basadre, un joven escritor de vanguar­dia, ha sido uno de los pocos que han sentido el deber de denunciar, -en un estudio moderado y discreto que resulta sin embar­go una tremenda requisitoria-, el verdade­ro carácter de la conscripción vial, Los re­tóricos del nacionalismo no han imitado su ejemplo.

 

La República, además, es responsable de haber aletargado y debilitado las energías de la raza. La insurrección de Túpac Amaru probó, en las postrime-rías del virrei­nato, que los indios eran aún capaces de combatir por su libertad. La independencia enervó esa capacidad. La causa de la reden-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ción del indio se convirtió en una especulación demagógica de algunos caudillos. Los partidos criollos la inscribieron en su programa. Adormecieron así en los indios la voluntad de luchar por sus reivindicaciones.

 

Pero, aplazando la solución del proble­ma indígena, 1a República ha aplazado la realización de sus sueños de progreso. Una política realmente nacional puede prescindir del indio, no puede ignorar al indio. El indio es el cimiento de nuestra nacionalidad en formación. La opresión enemista al indio con la civilidad. Lo anula, prácticamente, como elemento de progreso. Los que empobrecen y deprimen al indio, empobrecen y deprimen a la nación. Explotado, befado, embrutecido, no puede el indio ser un creador de riqueza. Desvalorizarlo, depre­ciarlo como hombre equivale a desvalorizarlo, a depreciarlo como productor. Solo cuando el indio obtenga para sí el rendimiento de su trabajo, adquirirá la calidad de consumidor y productor que la economía de una nación moderna necesita en todos los indi­viduos. Cuando se habla de la peruanidad, habría que empezar por investigar si esta peruani-dad comprende al indio. Sin el indio no hay peruanidad posible. Esta verdad debería ser válida, sobre todo, para las personas de ideología meramente burguesa, demo-liberal y nacionalista. El lema de todo nacionalismo, a comenzar del nacionalismo de Charles Maurras y L'Action Française, dice: "Todo lo que es nacional es nuestro".

 

El problema del indio, que es el problema del Perú, no puede encontrar su solución en una fórmula abstractamente huma-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nitaria. No puede ser consecuencia de un movimiento filantópico. Los patronatos de caciques y de rábulas son una befa. Las ligas del tipo de la extinguida Asociación Pro-Indígena son una voz que clama en el desierto. La Asociación Pro-Indígena no llegó siquiera a convertirse en un movimiento. Su acción se redujo, gradualmente; a la ac­ción generosa, abnegaba, nobilísima, perso­nal, de Pedro S. Zulen. Como experimento, el de la Asociación Pro-Indígena fue un ex­perimento negativo. Sirvió para contrarres­tar, para medir, la insensibilidad moral de una generación y de una época.

 

La solución del problema del indio tiene que ser una solución social. Sus realizadores deben ser los propios indios. Este con­cepto conduce a ver en la reunión de los congresos indígenas un hecho histórico. Los congresos indígenas no representan todavía un programa; pero representan ya un movimiento. Indican que los indios comienzan a adquirir conciencia colectiva de su situa­ción. Lo que menos importa del congreso indígena son sus debates y sus votos. Lo tras­cendente, lo histórico es el congreso en sí mismo. El congreso como afirmación de la voluntad de la raza de formular sus reivindi-caciones. A los indios les falta vinculación nacional. Sus protestas han sido siempre re­gionales. Esto ha contribuido, en gran parte, a su abatimiento. Un pueblo de cuatro millones de hombres, consciente de su número, no desespera nunca de su porvenir: Los mismos cuatro millones de hombres, mientras no son sino una masa inorgánica, una muchedumbre dispersa, son  incapaces

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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de decidir su rumbo histórico1. En el Con­greso indígena, el indio del norte se ha en­contrado con el indio del centro y con el indio del sur. El indio, en el congreso, se ha comunicado, además, con los hombres de la vanguardia de la capital. Estos hombres lo tratan como a su hermano. Su acento es nuevo, su lenguaje es nuevo también. El indio reconoce en ellos, su propia emoción. Su emoción de sí mismo se ensancha con este contacto. Algo todavía muy vago, todavía muy confuso, se bosqueja en esta nebulosa humana, que contiene probablemente, seguramente, los gérmenes del porvenir de la nacionalidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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1 El texto de este artículo, desde el tercer párrafo, hasta aquí, se encuentra reproducido, con pequeñas modificaciones en 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, "El Problema del Indio. Sumaria revisión histórica", págs. 46-49. Volumen 2, de la primera serie Popular (N. de los E.).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VIDAS PARALELAS: E. D. MORAL – PEDRO S. ZULEN*

 

 

 

 

¿Quién, entre nosotros, debería haber escrito el elogio del gran profesor de idea­lismo E. D. Morel? Todos los que conozcan los rasgos esenciales del espíritu de E. D. Morel responderán, sin duda, que Pedro S. Zulen. Cuando, hace algunos días, encontré en la prensa europea la noticia de la muer­te de Morel, pensé que esta "figura de la vida mundial" pertenecía, sobre todo, a Zulen. Y encargué a Jorge Basadre de comunicar a Zulen que E. D. Morel había muerto. Zulen estaba mucho más cerca de Morel que yo. Nadie podía escribir sobre Morel con más adhesión a su personalidad ni con más emo­ción de su obra.

 

 

Hoy esta asociación de Morel a Zulen, se acentúa y se precisa en mi con-ciencia. Pienso que se trata de dos vidas paralelas. No de dos parejas sino, únicamente de dos vidas paralelas, dentro del sentido que el concepto de vidas paralelas tiene en Plutar­co. Bajo los matices externos de ambas vidas, tan lejanas en el espacio, se descubre la

 

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 6 de   de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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trama de una afinidad espiritual y de parentesco ideológico que las aproxima en el tiempo y en la historia. Ambas vidas tienen de común, en primer lugar, su profundo idealismo. Las mueve una fe obstinada en la fuerza creadora del ideal y del espíritu. Las posee el sentimiento de su predestinación para un apostolado humanitario y altruista. Aproxima e identifica, además, a Zulen y Morel una honrada y proba filiación democrática. El pensamiento de Morel y de Zulen aparece análogamente nutrido de la ideolo­gía de la democracia pura,

 

Enfoquemos los episodios esenciales de la biografía de Morel.

 

Antes de la guerra mundial, Morel ocu­pa ya un puesto entre los hombres de vanguardia de la Gran Bretaña. Denuncia im­placablemente los métodos brutales del ca­pitalismo en África y Asia. Insurge en defensa de los pueblos coloniales. Se convier­te en el asertor más vehemente de los de­rechos de los hombres de color. Una civili­zación que asesina y extorsiona a los indígenas de Asia y África es para Morel una ci­vilización criminal. Y la voz del gran europeo no clama en el desierto. Morel logra movilizar contra el imperialismo despótico y marcial de Occidente a muchos espíritus libres, a muchas con-ciencias independien­tes. El imperialismo británico encuentra uno de sus más implacables jueces en este austero fautor de la democracia. Más tarde, cuando la fiebre bélica, que la guerra difunde en Europa, trastorna e intoxica la inteligencia occidental, Morel es uno de los in-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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telectuales que se mantiene fieles a la causa de la civilización. Milita activa y heroicamente en ese histórico grupo de conscien­tious objectors que, en plena guerra, afirma valientemente, su pacifismo. Con los más puros y altos intelectuales de la Gran Breta­ña -Bernard Shaw, Bertrand Russell, Normal Angell, Israel Zangwill- Morel defien­de los fueros de la civilización y de la inteligencia frente a la guerra y la barbarie. Su propaganda pacifista, como secretario de la Union of Democratic Control, le atrae un proceso. Sus jueces lo condenan a seis me­ses de prisión en agosto de 1917. Esta con­dena tiene, no obstante el silencio de la prensa, movilizada militarmente, una extensa repercusión europea. Romain Rolland escri­be en Suiza una vibrante defensa de Morel: "Por todo lo que sé de él, -dice- por su actividad anterior a la guerra, por su apos­tolado contra los crímenes de la civilización en África, por sus artículos de guerra, muy raramente reproducidos en las revistas sui­zas y francesas, yo lo miro como un hombre de gran coraje y de fuerte fe. Siempre osó servir la verdad, servirla cínicamente, sin cuidado de los peligros ni de los odios acumulados contra su persona y, lo que es mucho más raro y más difícil, sin cuidado de sus propias simpatías, de sus amistades, de su patria misma, cuando la verdad se encontraba en desacuerdo con su patria. Desde este punto de vista, él es de la estirpe de todos los grandes creyentes: cristianos de los primeros tiempos, reformadores del siglo de los combates, librepensadores de las épocas heroicas, todos aquellos que han puesto por encima de todo su fe en la ver-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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dad, bajo cualquier forma que ésta se les presente, o divina, o laica, sagrada siem­pre". Liberado, Morel reanuda su campaña. Mejores tiempos llegan para la Union of Democratic Control. En las elecciones de 1921 el Independent Labour Party opone su candidatura a la de Winston Churchill, el más agresivo capataz del antisocialismo  británico, en el distrito electoral de Dundee. Y, aunque todo diferencia a Morel del tipo de político o de agitador profesional, su victoria es completa. Esta victoria se repite en las elecciones de 1923 y en las elecciones de 1924. Morel se destaca entre las más cons-picuas figuras intelectuales y morales del Labour Party. Aparece, en todo el vasto escenario mundial, como uno de los asertores más ilustres de la Paz y de la Democra­cia. Voces de Europa, de América y del Asia reclaman para Morel el premio Nóbel de la paz. En este instante, lo abate la muerte.

 

"La muerte de E. D. Morel -escribe Paul Colin en Europe- es un capítulo de nuestra vida que se acaba y uno de aquellos en los cuales pensaremos más tarde con fer­viente emoción. Pues él era, con Romain Rolland, el símbolo mismo de la Indepen­dencia del Espíritu. Su invencible optimis­mo, su honradez, indomable, su modestia calvinista, su bella intransigencia, todo concurría a hacer de este hombre un grúa, un consejero un jefe espiritual".

 

Como dice Colin, todo un capitulo de la historia del pacifismo termina con E. D. Mo­rel. Ha sido Morel un de los últimos grandes idealistas de la democra-cia. Pertenece

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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a la categoría de los hombres que, heroicamente, han hecho el proceso del capitalis­mo europeo y de sus crímenes; pero que no han podido ni han sabido ejecutar su con­dena.

 

II

 

Reivindiquemos para Pedro S. Zulen, ante todo, el honor y el mérito de haber salvado su pensamiento y su vida de la influencia de la generación con la cual le tocó convivir en su juventud. El pasadismo de una generación conservadora y hasta tra­dicionalista que, por uno de esos caprichos del paradojal léxico criollo, es apodada hasta ahora generación "futurista" , no logró depositar su polilla en la mentalidad de este hombre bueno e inquieto. Tampoco lo­graron seducirla el decadentismo y el este­tismo de la generación "colónida". Zulen se mantuvo al margen de ambas generaciones. Con los "colónidas" coincidía en la admira­ción al poeta Eguren; pero del "colonidismo" lo separaba absoluta-mente su humor austero y ascético.

 

La juventud de Zulen nos ofrece su pri­mera analogía concreta con E. D. Morel, Zu­len dirige la mirada al drama de la raza peruana. Y, con una abne-gación nobilísima, se consagra a la defensa del indígena. La Secretaría de la Asociación Pro-Indígena absorbe, consume sus energías. La reivindi­cación del indio es su ideal. A las redaccio­nes de los diarios llegan todos los días las denuncias de la Asociación. Pero, menos afortunado que Morel en la Gran Bretaña, Zulen no consigue la adhesión de muchos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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espíritus libres a su obra. Casi solo la con­tinúa, sin embargo, con el mismo fervor, en medio de la indiferencia de un ambiente gélido. La Asociación Pro-Indígena nos sirve para constatar la imposibilidad de resolver el problema del indio mediante patronatos o ligas filantrópicas. Y para medir el grado de insensibilidad moral de la conciencia criolla.

 

Perece la Asociación Pro-Indígena; pero la causa del indio tiene siempre en Zulen su principal propugnador. En Jauja, a donde lo lleva su enfermedad, Zulen estudia al indio y aprende su lengua. Madura en Zu­len, lentamente, la fe en el socialismo. Y se dirige una vez a los indios en términos que alarman y molestan la cuadrada estupidez de los caciques y funcionarios provincianos. Zulen es arrestado. Su posición frente al problema indígena se precisa y se define más cada día. Ni la filosofía ni la Universi­dad lo desvían, más tarde, de la más fuerte pasión de su alma.

 

Recuerdo nuestro encuentro en el Ter­cer Congreso Indígena, hace un año. El es­trado y las primeras bancas de la sala de la Federación de Estudiantes estaban ocu­padas por una policroma multitud indíge­na. En las bancas de atrás, nos sentábamos los dos únicos espectadores de la Asamblea. Estos dos únicos espectadores éramos Zulen y yo. A nadie más había atraído este debate. Nuestro diálogo de esa noche aproxi­mó definitivamente nuestros espíritus.

 

Y recuerdo otro encuentro más emocio­nado todavía: el encuentro de Pedro S. Zu‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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len y de Ezequiel Urviola, organizador y delegado de las federaciones indígenas del Cuzco, en mi casa, hace tres meses. Zulen y Urviola se complacieron recíprocamente de conocerse.   "El problema indígena -dijo Zulen- es el único problema del Perú".

 

Zulen y Urviola no volvieron a verse. Ambos han muerto en el mismo día. Ambos, el intelectual erudito y universitario y el agitador oscuro, parecen haber tenido una misma muerte y un mismo sino.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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DON PEDRO LÓPEZ ALIAGA*

 

 

I

 

Don Pedro López Aliaga era de la bue­na y vieja estirpe romántica. No le atrajo nunca la Civilización de la Potencia. Guardó siempre en su ánima la nostalgia de la Civilización de la Sabiduría. No quiso ser político ni comer-ciante. Tuvo gustos solariegos. Y amó, con hidalga distinción espi­ritual, cosas que su generación amó muy poco: la música, la pintura. Fue amigo de Baca Flor, de Astete, de Valle Riestra. Baca Flor le hizo aquel retrato que queda como el mejor documento de la personalidad de don Pedro. En ese retrato, don Pedro parece un caballero de otra edad. El continente, el ademán, la barba, la mirada, pertenecen a un evo en que don Pedro habría prefe­rido vivir.

 

 

II

 

López Aliaga visitó París, por primera vez en una época en que París era la ciudad de la bohemia de Mürger. La urbe ignoraba todavía un elemento, una sensación de la vida moderna: la velocidad. El boulevard no conocía casi sino el paso del fiacre, digno y

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 3 de abril de 1925

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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grave como el de un decaído y noble señor. En el pescante, el cochero, con sombrero de copa, tenía el mismo aire grave y digno. Nada auguraba aún el escándalo de los tranvías y de los automóviles. La carretilla de mano de Crainquebille no habría encontrado en la rue Montmartre un policía tan preocupado de la circulación como el que hizo conocer la justicia burguesa. Y, por consi­guiente, la vida del humilde personaje de Anatole France se habría ahorrado un dra­ma. A don Pedro le gustaba París así. París le reveló a Berlioz. Y don Pedro permaneció fiel, todo su vida, a Berlioz y a los fiacres. Era con sus cocheros con sombrero de copa como a don Pedro le complacía evocar París cuando, en los últimos años, le toca­ba atravesar, entre el estruendo de mil claxons, la Plaza de la Opera.

 

Como Ruskin, don Pedro no amaba la máquina. Como Ruskin, no habría querido que las sirenas y las hélices de botes a vapor violasen los dormidos canales de Venecia. Detestaba los túneles, los "elevado­res", los rascacielos. Todos, los alardes ma­teriales del Progreso le eran antipáticos. No se sentía cómodo en medio de la moderni­dad, pero tampoco era el suyo un espíritu medieval. Más que la penumbra gótica le atraía la luz latina. Entre todas las épocas habría elegido, probablemente, para su vida, el Renacimiento. En esto don Pedro no coincidía absolutamente con Ruskin. A don Pedro le seducía no sólo el arte del Renacimiento sino también el arte barroco. Tintoretto era uno de sus predilectos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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III

 

La música fue uno de sus grandes amores. Poseía, en música, un gusto ecléc-tico. No le interesaba, como a otros, una música. Le interesaba la música. Ningún genio, ningún estilo, ninguna escuela acapararon, como en otros amadores de este arte, la to­talidad de su admiración. Palestrina, Haen­del, Beethoven, Wagner, Berlioz, no le im­pedían comprender y estimar a Debu-ssy, a Strauss. En la música italiana de hoy esti­maba los más modernos: a Casella, a Malipiero. La música rusa era, últimamente, una de sus músicas dilectas.

 

La cultura musical limeña le debe mas de lo que generalmente se conece. Don Pe­dro fue uno de los fundadores y uno de los animadores sustantivos de la Sociedad Fi­larmónica. A la Sociedad Filarmónica y a la Academia Nacional de Música dio, durante mucho tiempo, una colaboración eminente. Don Pedro no era responsable de la anemia de ambas instituciones. Le correspondía, en cambio, el mérito de haber inspirado, con recto espíritu, sus comienzos.

 

IV

 

Este hombre bueno, noble, sentimental, no pudo, naturalmente, conquistar el éxito, No lo ambicionó siquiera. Asistió, sin envi­dia, con una sonrisa, al encumbramiento de sus más mediocres contemporáneos. Mientras los hom-bres de su generación escalaban las más altas posiciones, en la política, don Pedro gastaba sus veladas en líricas empresas y románticos trabajos. Escribía

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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críticas musicales. Discurría sobre tópicos del arte y de la vida. Dialogaba con su fra­ternal amigo el pintor Astete.

 

La mala política le tendió una vez sus redes. Don Pedro, solicitado amistosa-mente por don Manuel Candamo, aceptó ser nombrado Prefecto de Huánuco. Pero Romaña, presidente entonces, quiso conversar con el joven candidato de Candamo. Y descubrió, en el coloquio, que don Pedro no era del paño de las "bonnes a tout faire" de la política. El nombramiento resultó misteriosamente torpedeado en el consejo de ministros. Don Pedro se salvo de ser prefecto Y se salvó, por ende, de llegar a diputado o a ministro.

 

 

V

 

En Roma, durante dos años, don Pedro frecuentó estudios, exposiciones y tertulias de artistas. El escultor Ocaña y yo fuimos, muchas veces, compa-ñeros de sus andanzas. Don Pedro adquiría cuadros, esculturas, ob­jetos de arte. Enriquecía su colección de pintura italiana. Reparaba sus Amatos, sus Guarnerius y sus otros y viejos y nobles instrumentos de música. De estas andanzas no lo distraían sino los conciertos del Augusteo.

 

Conocí, entonces, en este ambiente, bajo esta luz, a don Pedro López Aliaga. Pronto, nos estimamos recíprocamente. Mi temperamento excesivo, mi ideología revolucionaria, no asustaban a don Pedro. Discutíamos, polemizá-bamos, sin conseguir casi nunca que nuestras ideas y nuestros gustos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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se acordasen. Pero, por la pasión y la sin­ceridad que poníamos en nuestro diálogo, nos sentíamos muy cerca el uno del otro hasta cuando nuestras tesis parecían mas irreductiblemente adversarias y opuestas. No he conocido, en la misma burguesía peruana, a ningún hombre de tolerancia tan inteligente.

 

Ahora que don Pedro López Aliaga ha muerto, sé que he perdido a uno de mis me­jores amigos. Sé, también, que Lima ha per­dido a uno de los representantes más puros de su vieja estirpe. Don Pedro no ha sido, en su generación, un hombre de talla común. Quedan en su casa, de ambiente solariego, diversos testimonios de la distinción de su espíritu, de sus aficiones y hasta de sus manías: sus cuadros, sus estatuas, sus instru­mentos musicales, sus libros. Su colección de cuadros -en la cual se cuentan un Tin­toretto, dos Claude Lorrain- es, probablemente, la más valiosa colección que existe en Lima. Con menos de la décima parte del esfuerzo invertido en formar esta colección, don Pedro habría podido formar un latifundio. Pero don Pedro no puso nunca ningún empeño en devenir millonario, Prefirió se­guir siendo sólo un gentilhombre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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UN CONGRESO MAS PANAMERICANO QUE CIENTIFICO*

 

La idea de un congreso continental de todas las ciencias, me parece, ante todo, una idea demasiado presuntuosa y panamerica­na. La organización de un congreso de estas dimensiones es una empresa de la cual úni­camente los norteamericanos, armados de sus extraordinarios instrumentos de publi­cidad y de réclame, pueden ser los managers. Los norteamericanos disponen, al menos, de los medios de usar en la organización de un congreso científico continental la misma técnica que en la organización de un espectáculo de box en Madison Square Garden. Europa, discreta, sabia, no nos ofrece modelos para estos rascacielos de cartón-piedra. Los congresos científicos de Europa. -congresos internacionales y no europeos- son congresos de una discipli­na o de un grupo de disciplinas científicas. No son estos congresos ómnibus que, vanidosamente, se proponen abarcar todos los ámbitos de la ciencia.

 

Estos congresos, de mastodóntica estatura y feble organismo constituyen un producto típico del rastacuerismo americano. Denuncian, muy clara y nítida-mente nues-

 

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* Publicado en Mercurio Peruano, Nº 81-82, marzo-abril de 1925, págs. 136-140.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tro espíritu y nuestra mentalidad de "nue­vos ricos". Acusan su origen y su inspira­ción yanquis en la tendencia a funcionar co­mo un trust de todas las ciencias.

 

 

Pero, como no se trustifica la ciencia con la misma facilidad que el petróleo, estos congresos tienen siempre magros resul­tados. Los del Tercer Congreso Científico Pan-Americano han sido, naturalmente, más magros que de cos-tumbre. La organización del congreso ha carecido en este país, de modestos recursos, de los poderosos resortes de propaganda de que habría dispuesto en los Estados Unidos o en la Argentina. Ha sufrido, además, todas las influen-cias mór­bidas de la política criolla. El Congreso, por estas y otras razones, no ha conseguido in­teresar sino a un número de hombres de ciencia de América. El mérito, la calidad y hasta el número de los trabajos no han correspondido al volumen de la asamblea. No han correspondido siquiera al plan del co­mité organizador. (Plan germinado y madu­rado, dicho sea de paso, en una uni-versidad mediocre y pávida, recomendaba a la deli­beración de la ciencia americana no pocos temas elementales e insignificantes)1. La verdadera élite intelectual de América ha estado casi totalmente ausente del Congre‑

 

 

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1 Nota de la redacción de Mercurio Peruano.- Recordamos a nuestros lectores que las opiniones de los colaboradores de Mercurio Peruano son exclusivamente individuales. Sin embargo queremos en este caso dejar constancia de nuestra disconformidad con la apreciación que de paso formula sobre nuestra Universidad el distinguido autor de este artículo, y aclarar el hecho de que la Universidad se ha abstenido de concurrir a este Congreso por motivos que todos conocen.

 

 

 

 

 

 

 

 

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so. No han concurrido a este congreso los mayores representantes del pensa-miento iberoamericano. Tampoco han concurrido los mayores representantes de la ciencia y las universidades norteamericanas. El Ter­cer Congreso Científico Pan-Americano ha tenido necesidad de anexarse dos profesores españoles, Jiménez de Asúa y Vicente Gay, para ornamentar un poco su tribuna.

 

No obstante esta anécdota, el Congreso ha sido, naturalmente, más pan-americano que científico. El congreso ha funcionado bajo la inspiración burocrática de la Ofici­na de la Unión Pan-Americana y de los am­biguos ideales del señor Rowe. Basta una sumaria revisión de sus votos para adqui­rir esta convicción. Uno de esos votos acuer­da la fundación en Washington de una Uni­versidad Americana puesta bajo los auspi­cios de la Unión Pan-Americana; otro propone la creación de una Universidad Pan-Americana en Panamá y le nombra la misma hada madrina; otra pide a la taumatúr­gica Unión, para todos los países del conti­nente, una ley modelo sobre el control de la leche. La misma tendencia late en una serie de mociones que declaran la necesidad de uniformar pan-americanicamente en el conti­nente colombino, todas las cosas, todos los procedimientos y todas las ideas. Según las conclusiones del Congreso, todo aspira en América a ser uniformado: los sistemas de educación, la enseñanza de la historia. las escuelas artísticas, las unidades de medida, los reglamentos de farmacia, el comercio de drogas, la nomenclatura zoológica y bo­tánica, la protección de los animales, etc.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La unidad de América resulta definida, con inefable simplismo, como una mera cuestión de reglamentos, como un asunto de ordinaria administración. La América indo-ibera es invitada formalmente a adop­tar, en todo, el patrón yanqui. La personali­dad de cada nación, de cada grupo étnico, debe disolverse en un internacionalismo bu­rocrático y pan-americano administrado y tutelado por los Estados Unidos.

 

El balance del Congreso no puede ser más pobre. Descontados los votos de aplau­so, las recomendaciones insulsas y otros fru­tos negligibles, la labor del Congreso aparece muy exigua. No han faltado, ni podían faltar, algunas válidas contribuciones indi­viduales. No han faltado sin duda, seccio­nes que han trabajado probamente. Pero estos resultados parciales no salvan el conjunto. El porcentaje de tesis y de debates ramplones es exorbitante. Algunas seccio­nes no han funcionado sino ficticiamente. La sección de Economía Social, que se ha­bía propuesto resolver algunos temas ar­duos, se ha contentado con una actividad y una colaboración inverosímilmente raquíti­cas. Ningún tópico nuevo, ningún tópico fun­damental, aparece en el elenco de los traba­jos reunidos. La labor de la Sección de Edu­cación parece más volumi-nosa; pero tampo­co ha enfocado sino unos pocos puntos de su programa. No abordando siquiera el debatido tema de la orientación clásica o realista de la enseñanza, aunque su ánima con­servadora y el afán rastacuero de coquetear con cualquiera moda reaccionaria -refor­ma Berard o reforma Gentile- no le han

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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permitido abstenerse de recomendar la res­tauración del latín en la segunda enseñanza. La vuelta al latín, el "ritorno all'antico", ha sido uno de los ideales larvados, uno de los votos instintivos de la gente que en esta pan-americana adunanza ha hecho sobre los tópicos de educación un poco de academia y un poco de retórica. Por un curioso fenóme­no de desorientación y de ineptitud, un Con­greso Científico y Pan-Americano ha votado por el clasicismo en la enseñanza. En vez de aconsejarles a estos jóvenes países, enfermos de retórica, una educación técni­ca y realista, les ha aconsejado una educa­ción clásica. Y no ha sido éste el único voto anecdótico de la Sección de Educa-ción. He aquí otro: "El Tercer Congreso Científico Pan-Americano recomien-da que a los cursos de Historia Literaria, se les reconozca como finalidad la formación de un definido con­cepto estético literario". Voto típico de ma­gister mediocre, cargado de pedantería, hinchado de dogmatismo. El Congreso no quie­re que en los colegios y en las universida­des americanas se estudie y explore diver­sos conceptos estéticos, sino que se adopte uno uniforme, único, máximo, sobre medi­da. Que se le declare el concepto estético por antonoma-sia. La libertad artística asus­ta a la fauna tropical. La cátedra pan-ame­ricana aspira a sistematizar y a mecanizar el arte. América necesita una norma uniforme de creación estética más o menos del mismo modo que necesita una norma uni­forme de control de la leche (Voto LXII del Congreso). Mientras en Europa el arte se dispersa en cien estilos, cien escuelas y cien conceptos, en América debe conformarse

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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con un sólo estilo, una sola escuela y un sólo concepto. No se diga que de-formo, an­tojadizamente, una conclusión aislada de la Sección de Educación. Se trata de un conjunto orgánico, o articulado al menos, de vo­tos de la misma tendencia. Otro voto determina, por ejemplo, los materiales de los neo-estilos americanos y propugna la regla­mentación de las construcciones urbanas dentro de esos neo-estilos. El Congreso Científico y Pan-Americano se imagina que un estilo artístico es una cosa que se decre­ta y se impone por bando. Cree probablemente, que el arte griego, o el arte gótico, o el arte rococó surgieron en virtud de un reglamento. En otra conclusión, se habla del internacionalismo estético de la escuela americana. Pero, ¿cuál es la escuela ameri­cana? ¿Dónde está la escuela americana? ¿Es un producto indo-sajón? ¿Es un pro­ducto indo-ibero? ¿O es un producto pan-americano? Las escuetas fórmulas, las en­fáticas recetas del Congreso Científico no definen ni precisan nada. Puesto que la escuela americana no existe, tenemos que suponer que el Congreso Científico no intenta sino prever su existencia. El Congreso, aunque científico, aunque pan-americano, no ignora, seguramente, que los artistas de América no han creado todavía una escuela americana, ni que la heterogenei-dad espiri­tual y física de América se opone, por ahora, a que prospere un estilo continental.

 

Fijemos otra característica fisonómica del Tercer Congreso Científico Pan-America­no. Este Congreso no ha producido casi sino recomendaciones. Pobre en especulaciones,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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pobre en hipótesis, pobre en ideas, se ha permitido un lujo exorbitante de votos, de deseos y de augurios. Se ha complacido en recomendar, intermina-blemente, estudios, procedimientos, institutos, investigaciones. El elenco de estos votos es un documento fehaciente de la incipiencia de la ciencia ame-ricana. Todo está por estudiar, todo está por investigar en esta jactanciosa Améri­ca, cuya fauna tropical declara la inminente superación de la vieja Europa.

 

Malgrado su afición pan-americana al alarde, el propio Congreso no ha podido abstenerse de confesar con modestia la ju­ventud de la ciencia de América. En uno de los votos que más inconfundiblemente refle­jan su mentalidad burocrática, el Congreso recomienda "que los gobiernos de todas las naciones del nuevo mundo estimulen la pro­ducción de estudios científicos entre sus profesores universitarios, a fin de acrecentar el acervo de los conocimientos locales". El Congreso Científico Pan-Americano coloca, sin duda, en el mismo rango, los medios de estimular la producción científica y los medios de aumentar la producción de ostras.

 

En conclusión, se puede decir que la ciencia americana ha ganado bien poco con su Tercer Congreso. Todas las magras utili­dades de la feria han sido para el pan-ameri­canismo del Profesor Rowe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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HACIA EL ESTUDIO DE LOS PROBLEMAS PERUANOS*

 

 

En el haber de nuestra generación se puede y se debe ya anotar una virtud y un mérito: su creciente interés por el conoci­miento de las cosas peruanas. El peruano de hoy se muestra más atento a la propia gente y a la propia historia que el peruano de ayer. Pero esto no es una consecuencia de que su espíritu se clausure o se confine más dentro de las fronteras. Es, precisamente, lo contrario. El Perú contemporáneo tiene mayor contacto con las ideas y las emocio­nes mundiales. La voluntad de renovación que posee a la humanidad se ha apoderado, poco a poco, de sus hombres nuevos. Y de esta voluntad de renovación nace una urgente y difusa aspiración a entender la realidad peruana.

 

Las generaciones pasadas no se caracte­rizaron únicamente por una escasa com­prensión de nuestros problemas sino tam­bién por una débil comunicación con su épo­ca histórica. Apuntemos, en su descargo, un hecho: la época era diferente. Después de una larga epopeya revolucionaria, se esta­bilizaba y desarrollaba en el Occidente un régimen y un orden que entonces parecían

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 10 de julio de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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más o menos definitivos. El mundo, por otra parte, no se hallaba tan articu-lado como ahora. El Perú no aparecía tan incorporado como hoy en la historia o en la órbita de la civilización occidental.

 

Los intelectuales, en su mayor parte, componían una sumisa clientela de los he­rederos o los descendientes de la feudalidad colonial. Los intereses de esta casta les im­pedían descender de su desdeñoso y frívo­lo parnaso a la realidad profunda del Perú. Y quienes se rebelaban, instintiva o cons­cientemente, contra estos intereses de cla­se, no hundían tampoco la mirada en la rea­lidad social y económica. Su ideología -o su fraseología- se alimentaba de las abstracciones de la literatura de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

 

El radicalismo, por ejemplo, se agotó en un verbalismo panfletario, no exento de benemerencia, pero condenado a la esterili­dad. El pierolismo, que arribó al poder, apo­yado en las masas, se mostró más gaseoso aún en su doctrina. Piérola, de otro lado, hizo una administración civilista en sus cua­tro años de presidente constitucional. Su partido, a causa de este compromiso, se separó espiritualmente de la clase que, en sus primeras jornadas, pareció representar.

 

Le Pérou Contemporain de Francisco García Calderón estudió el Perú con un cri­terio más realista que el de las anteriores generaciones intelectuales. Pero García Cal­derón esquivó en Le Pérou Contemporain toda investigación audaz, todo examen atre‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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vido. Su libro se limitó a constatar, con un optimismo civilista, la existencia en el Perú de fuerzas de progreso. Las conclusiones de este estudio no tuvie-ron en cuenta lo que yo mismo insisto en llamar la realidad profunda del Perú. García Calderón se contentaba, en 1906, con recetarnos el gobierno de una oligarquía ilustrada y práctica. Y con proponernos que nos preparásemos a aco­modar nuestra vida a las ventajas de un fe­rrocarril pan-americano que su previsión juzgaba entonces próximo a conectar, de norte a sur, el continente y que, veinte años después, aparece todavía como una perspec­tiva lejana. La historia ha querido que, antes que el ferrocarril pan-americano, atra­viesen la historia del Perú otras avalanchas.

 

Víctor Andrés Belaúnde, en su juven­tud, reaccionando un poco contra la mediocridad universitaria, reclamó una orienta­ción más realista y más peruana en la ense­ñanza superior. Pero Belaúnde no perseveró en este camino. Después de algunas escara­muzas, desistió de esta actitud beligerante. Hoy el Mercurio Peruano no dice ningu­na de las cosas que Belaúnde dijo, en su juventud, sobre la vieja Universidad. Más aún, se siente obligado a decir al margen de un artículo mío, que no se le suponga solidario con una frase de ese artículo acerca de San Marcos. (Declaración, de otro lado, super­flua, puesto que al público no se le ocurri­rá nunca sospechar en el Mercurio Peruano concomitancia o solidaridad con mis ideas. El público sabe bien que la responsa­bilidad de mis ideas es totalmente mía. Que esta responsabilidad no compromete, en nin-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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guna forma, a las revistas que muy cortés y muy gentilmente me cuentan entre sus colaboradores).

 

Pertenece a nuestra época la tendencia a penetrar, con mayor élan, en las cosas y los problemas peruanos. Este movimiento se esbozó, primero, en la literatura. Valde­lomar, no obstante su elitismo y su aristo­cratismo literarios, extrajo sus temas y sus emociones más delicadas de la humilde y rústica tierra natal. No ignoró, en su lite­ratura, como los melindrosos literatos de antaño, las cosas y los tipos plebeyos. Por el contrario, los buscó y los amó, a pesar de su inspiración decadente y un tanto d'anunnziana.

 

La Plaza del Mercado fue un día el tema de su humorismo y de su literatura. Pos­teriormente, César Falcón en su Plantel de Inválidos, reunió varios preciosos retazos de vida peruana. Y, como Valdelomar, supo manifestar un alegre desdén por los temas "distinguidos". La literatura se ha teñido, así, cada vez más de indigenismo. Los libros de López Albújar, de Luis E. Valcárcel y de Augusto Aguirre Morales, sobre los cuales me propongo escribir próxima-mente, son otros tantos documentos de este interesante fenómeno.

 

En la investigación científica, en la es­peculación teórica, se nota la misma ten­dencia. César Ugarte se ocupa, con sagaci­dad e inteligencia, del problema agrario, Ju­lio Tello estudia, con penetración, la raza. Honorio Delgado, según mis noticias, tiene

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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el propósito de emprender, metódicamente, un extenso e intenso estudio de la psicolo­gía indígena. Jorge Basadre y Luis Alberto Sánchez, en sus ensayos históricos, abando­nan la rutina de la anécdota y de la cróni­ca. Les preocupa la interpretación de los hechos; no su agnóstico relato. Jorge Basa­dre es autor de un estudio sobre la conscrip­ción vial que señala un camino y un método a sus compañeros de la vanguardia uni­versitaria. Y, recientemente, ha inaugurado en la Universidad Popular un curso de His­toria Social del Perú. Un curso original, un curso nuevo, en el cual pondrá a prueba su aptitud para la investi-gación y la interpre­tación. A propósito de la Universidad Popu­lar, no se debe olvidar que Haya de la Torre, uno de nuestros hombres nuevos, ha prestado, oreando ese centro de cultura, el mejor servicio al estudio de la "realidad profun­da del Perú". El internacionalista siente, mejor que muchos naciona-listas, lo indíge­na, lo peruano. Lo indígena, lo peruano, que no es el esprit del jirón de La Unión ni de las tertulias limeñas, sino una cosa mucho más honda y mucho más trascendente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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UN PROGRAMA DE ESTUDIOS SOCIALES Y ECONOMICOS*

 

 

El debate sobre los tópicos del nacio­nalismo me parece una ocasión no sólo para tratar, en las páginas de esta revista, en su­cesivos artículos próximos, algunos temas del Perú que desde hace tiempo ocupan mi pensamiento, sino también para bosquejar desde ahora las bases de un programa de estudios sociales y económicos, hacia cuya elaboración creo que tienden los represen-tantes, más afines en ideas, de la nueva ge­neración. Pienso, como dije en mi artículo del viernes último, que una de las caracte­rísticas de esta generación es su creciente interés por el conocimiento de las cosas peruanas. Y pienso, igualmente, que otra de sus características es una naciente aptitud para coordinar y concretar sus esfuerzos en una obra común.

 

El criollo, como es notorio, ha heredado del español su individualismo. Pero el áspe­ro individualismo ibero no ha conservado al menos, en este trópico, su recia fibra ori­ginal. Injertado en la psicología indígena, ha degenerado, en un egotismo estéril y mór­bido. El peruano, por ende, no resulta indi­vidualista sino simplemente anarcoide. En

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 17 de julio de 1925

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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el intelectual, este defecto se exaspera y se exacerba. En la historia peruana, no se en­cuentra ningún eficaz ejemplo de coopera­ción intelectual. El radicalismo, que aproxi­mó temporalmente a algunos intelectuales, no supo dejarnos un conjunto más o menos orgánico de estudios o siquiera de opiniones. Pereció sin dejarnos más literatura que la de su jefe.

 

En la nueva generación, en cambio, se advierte mucha menos dispersión y mucho menos egotismo. Los jóvenes tienden a agru­parse; tienden a enten-derse. La obra del in­telectual de vanguardia no quiere ser un mo­nólogo. Se propaga, poco a poco, la convic­ción de que los hombres nuevos del Perú deben articular y asociar sus esfuerzos. Y de que la obra individual debe convertirse, voluntaria y conscientemente, en obra colectiva.

 

La exploración y la definición de la rea­lidad profunda del Perú no son posibles sin cooperación intelectual. En esto se declaran de acuerdo todos los intelectuales jóvenes con quienes yo he considerado y discutido el tema del presente artículo. Y de estas conversaciones ha brotado espontánea la idea de la creación de un centro o ateneo de estudios sociales y económicos. El nombre es lo de menos. Lo que a todos nos im­porta es el fin.

 

El estudio de los problemas peruanos exige colaboración y exige, por ende, disci­plina. De otra suerte, tendremos interesantes y variados retazos de la realidad nacio‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nal; pero no tendremos un cuadro de la rea­lidad entera. Y la colaboración y la disci­plina no pueden existir sino como conse­cuencia de una idea común y de un rumbo solidario. En consecuencia, no sólo es natu­ral sino necesario que se junten únicamente los afines. Los hombres de idéntica sensibi­lidad e idéntica inquietud. La heterogenei­dad es enemiga de la cooperación. Y, sobre todo, en este caso, no se trata de inaugurar una tribuna de polémica bizantina sino de forjar un instrumento de trabajo positivo y orgánico.

 

El proyecto en gestación quiere que al­gunos intelectuales, movidos por un mismo impulso histórico, se asocien en el estudio de las ideas y de los hechos sociales y eco­nómicos. Y que apliquen un método cientí­fico al examen de los problemas peruanos. Este segundo orden de investigación requie­re un trabajo de seminario. Por consiguien­te, el proyectado grupo tendría que dividirse en secciones. Una sección de Economía Peruana, una sección de Sociología Peruana, una sección de Educación, serían las prin­cipales. Cada sección elaboraría, dentro de las normas generales, su propio programa. Para cada tema se designaría un relator que expondría, primero a sus compañeros, lue­go al público, sus conclusiones. El trabajo estaría sometido a un sistema. Pero este sistema, destinado a obtener una libre cooperación, no disminuiría el carácter y la responsabilidad individuales de las tesis.

 

Entre los problemas de la Economía Peruana, hacia cuyo estudio se encuentra

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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más obligada la nueva generación, se desta­ca el problema agrario. La propie-dad de la tierra es la raíz de toda organización social, política y económica. En el Perú, en parti­cular, esta cuestión domina todas las otras cuestiones de la economía nacional. El pro­blema del indio es, en último análisis, el pro­blema de la tierra. Sin embargo, la docu­mentación, la bibliografía de este tema no pueden hasta hoy ser más exiguas. El debate de este tema, que debería conmover inten­samente la conciencia nacional, no preocu­pa sino a algunos estudiosos. Un Ateneo de Estudios Sociales y Económicos lo transformaría en el mayor debate nacional.

 

Yo no pretendo, dentro del limitado ámbito de un artículo, trazar el plan de or­ganización y de trabajo de este Ateneo de Estudios Sociales y Económicos. Como digo más arriba, este artículo no tiene por ob­jeto más que esbozar sus lineamientos. El programa mismo tiene que ser fruto de una intensa coopera-ción. Hacia esta cooperación se encaminan los intelectuales jóvenes.

 

La nueva generación quiere ser idealis­ta. Pero, sobre todo, quiere ser realista. Está muy distante, por tanto, de un nacionalis­mo declamatorio y retórico. Siente y piensa que no basta hablar de peruanidad. Que hay que empezar por estudiar y definir la reali­dad peruana. Y que hay que buscar la reali­dad profunda: no la realidad superficial.

 

Este es el único nacionalismo que cuen­ta con su consenso. El otro nacio-nalismo no es sino uno de los más viejos disfraces del más descalificado conservantismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL HECHO ECONOMICO EN LA HISTORIA PERUANA*

 

 

Los ensayos de interpretación de la his­toria de la República que duermen en los anaqueles de nuestras bibliotecas coinciden, generalmente, en su desdén o su ignorancia de la trama económica de toda política. Acusan en nuestra gente una obstinada in­clinación a no explicarse la historia perua­na sino romántica o novelescamente. En cada episodio, en cada acto, las miradas buscan el protagonista. No se esfuerzan por percibir los intereses o las pasiones que el personaje representa. Mediocres caciques, ramplones gerentes de la política criolla son tomados como forjadores y animadores de una realidad de la cual han sido modestos y opacos instrumentos. La pereza mental del criollo se habitúa fácilmente a prescindir del argumento de la historia peruana: se contenta con el conocimiento de sus drama­tis personae.

 

El estudio de los fenómenos de la histo­ria peruana se resiente de falta de realismo. Belaúnde, con excesivo optimismo, cree que el pensamiento nacional ha sido, durante un largo período, señaladamente positivista. Llama positivista a la generación universi‑

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 14 de agosto de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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taria que precedió a la suya. Pero se ve obli­gado a rectificar en gran parte su juicio reconociendo que esa generación universita­ria adoptó del positivismo lo más endeble y gaseoso -la ideología-; no lo más sólido -el método-. No hemos tenido siquiera una generación positivista. Adoptar una ideología no es manejar sus más superfluos lugares comunes. En una corriente, en una escuela filosófica, hay que distinguir el ideario del faseario.

 

 

Por consiguiente, aun un criterio meramente especulativo debe complacerse del creciente favor de que goza en la nueva ge­neración el materialismo histó-rico. Esta di­rección ideológica sería fecunda aunque no sirviera sino para que la mentalidad perua­na se adaptara a la percepción y a la com­prensión del hecho económico.

 

Nada resulta más evidente que la im­posibilidad de entender, sin el auxilio de la Economía, los fenómenos que dominan el proceso de formación de la nación peruana. La economía no explica, probablemente, la totalidad de un fenómeno y de sus conse­cuencias. Pero explica sus raíces. Esto es cla­ro, por lo menos, en la época que vivimos. Época que si por alguna lógica aparece regida es, sin duda, por la lógica de la Eco­nomía.

 

La conquista destruyó en el Perú una forma económica y social que nacían espon­táneamente de la tierra y la gente perua­nas. Y que se nutrían completa-mente de un sentimiento indígena de la vida. Empezó, du‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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rante el coloniaje, el complejo trabajo de creación de una nueva economía y de una nueva sociedad. España, demasiado absolu­tista, demasiado rígida y medieval, no pudo conseguir que este proceso se cumpliera bajo su dominio. La monarquía española pretendía tener en sus manos todas las lla­ves de la naciente economía colonial. El desarrollo de las jóvenes fuerzas económi­cas de la colonia reclamaba la ruptura de este vínculo.

 

Esta fue la raíz primaria de la revolu­ción de la independencia. Las ideas de la re­volución francesa y de la constitución norteamericana encontraron un clima favorable a su difusión en Sud-América, a causa de que en Sud-América existía ya, aunque fuese embrionariamente, una burguesía que, a causa de sus necesidades e intereses econó­micos, podía y debía contagiarse del humor revolucionario de la burguesía europea. La independencia de Hispano América no se habría realizado, ciertamente, si no hu­biese contado con una generación heroi­ca, sensible a la emoción de su época, con capacidad y voluntad para actuar en estos pueblos una verdadera revolución. La inde-pendencia, bajo este aspecto, se presenta como una empresa romántica. Pero esto no contradice la tesis de la trama económica de la revolución de la independencia. Los conductores, los caudillos, los ideólogos de esta revolu-ción no fueron anteriores ni su­periores a las premisas y razones económi­cas de este acontecimiento. El hecho inte­lectual y sentimental no fue anterior al hecho económico1.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El hecho económico encierra, igualmen­te, la clave de todas las otras fases de la his­toria de la república. En los primeros tiem­pos de la independencia, la lucha de faccio­nes y jefes militares aparece, por ejemplo, como una conse-cuencia de la falta de una burguesía orgánica. En el Perú la Revolu­ción hallaba, menos definidos, más retra­sados que en otros pueblos Hispanoamé-rica­nos, los elementos de un orden liberal y bur­gués. Para que este orden funcionase más o menos embrionariamente tenía que cons­tituirse una clase capitalista vigorosa. Mientras esta clase se organizaba, el poder esta­ba a merced de los caudillos militares2. Estos caudillos, herederos de la retórica de la revolución de la independencia, se apoyaban a veces temporalmente en las reivin­dicaciones de las masas, desprovistas de toda ideología, para conquistar o conservar el poder contra el sentimiento conservador y reaccionario de los descendientes y suce­sores de los encomenderos españoles. Cas­tilla, verbigra-cia, el más interesante y re­presentativo de estos jefes militares, agitó con eficacia la bandera de la abolición del impuesto a los indígenas y de la esclavitud de los negros. Aunque, naturalmente, una vez en el poder, necesitó dosificar su programa a una situación política dominada por los intereses de la casta conservadora, a la que indemnizó con el dinero fiscal el daño que le causaba la emancipación de los esclavos.

 

El gobierno de Castilla, marcó además, la etapa de solidificación de una clase capi­talista. Las concesiones del Estado y los be‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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neficios del guano y del salitre crearon un capitalismo y una burguesía. Y esta clase, que se organizó luego en el civilismo, se mo­vió muy pronto a la conquista total del po­der3. La guerra con Chile interrumpió su predominio. Restableció durante algún tiem­po las condiciones y las circunstancias de los primeros años de la república. Pero la evolución económica de nuestra post-gue­rra le franqueó, poco a poco, nuevamente el camino.

 

La guerra con Chile tuvo también una raíz económica. La plutocracia chilena, que codiciaba las utilidades de los negociantes y del fisco peruanos, se pre-paraba para una conquista y un despojo. Un incidente, de orden económico, idénticamente, le propor­cionó el pretexto de la agresión.

 

No es posible comprender la realidad peruana sin buscar y sin mirar el hecho económico. La nueva generación no lo sabe, ta1 vez, de un modo muy exacto. Pero lo siente de un modo muy enérgico. Se da cuenta de que el problema fundamental del Perú, que es el del indio y de la tierra, es ante todo un problema de la economía peruana. La actual economía, la actual sociedad peruana tienen el pecado original de la conquista. El pecado de haber nacido y haberse formado sin el indio y contra el indio.

 

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1, 2, 3. Estos fragmentos son citados en 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, "Esquema de la Evolución Económica", págs. 16, 17 y 22, Volumen 2, de le primera serie Popular (N. de los E.).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL ROSTRO Y EL ALMA DEL TAWANTINSUYU*

 

 

En los diversos escritos que componen su reciente libro De la Vida Inkaica, Luis E. Valcárcel nos ofrece, en trozos tallados dis­tintamente, -leyenda, novela, ensayo- una sola y cabal imagen del Tawantinsuyu. El libro de Valcárcel no es un pórtico monolí­tico. Valcárcel ha labrado amorosamente piedras de diferente porte. Pero luego ha sabido combinarlas y ajustarlas en un blo­que único. La técnica de su arquitectura es la misma de los quechuas. ¿Quién dice que se ha perdido el secreto indígena de soldar y juntar las piedras en un monumento gra­nítico? Valcárcel lo guarda en el fondo de su subconciencia y lo usa con sigilo aborigen en su literatura.

 

Este libro, en el cual late una emoción persistente e idéntica, así cuando su prosa es poemática como cuando es crítica, contiene los elementos de una interpretación total del espíritu de la civilización incaica. Valcárcel recons-truye imaginativamente el Tawantinsuyu en una mayestática mole de

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 11 de setiembre de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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piedra. Ahí están todos los rostros, todos los perfiles, todos los contornos del Imperio. Valcárcel suprime de su obra el detalle bal­dío y la esfumatura prolija. Su visión es una síntesis. Y, como en el arte incaico, en su libro, la imagen del Imperio es esquemáti­ca y geométrica.

 

En las páginas del escritor cuzqueño se siente, ante todo, un hondo lirismo indíge­na. Este lirismo de Valcárcel, en concepto de otros comentaristas, perjudicará tal vez el valor interpretativo de su libro. En con­cepto mío, no. No sólo porque me parece deleznable, artificial y ridícula la tesis de la objetividad de los historiadores, sino, porque considero evidente el lirismo de todas las más geniales reconstrucciones históri­cas. La historia, en gran proporción, es puro subjetivismo y, en algunos casos, es casi pura poesía. Los sedicentes historiadores objetivos no sirven sino para acopiar pa­cientemente, expurgando sus amarillos fo­lios e infolios, los datos y los elementos que, más tarde, el genio lírico del reconstructor empleará, o desdeñará, en la elaboración de su síntesis, de su épica.

 

Sobre el pueblo incaico, por ejemplo, los cronistas y sus comentadores han escri­to muchas cosas fragmentarias. Pero no nos han dado una verdadera teoría, una comple­ta concepción de la civilización incaica. Y en realidad, ya no nos preocupa demasia­do el problema de saber cuántos fueron los incas ni cuál fue la esposa predilecta de Huayna Capac, cuyo romance erótico no nos interesa sino muy relativamente. Nos preo­-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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cupa, más bien, el problema de abarcar ín­tegramente, aunque sea a costa de secun­darios matices, el panorama de la vida que­chua. Por esto, los ensayos de interpreta­ción que Valcárcel define y presenta como "algunas captaciones del espíritu que la ani­mó", poseen un fuerte y noble interés.

 

Valcárcel, henchido de emoción que­chua, parece destinado a escribir el poe-ma del pueblo del sol más que su historia. Su libro no es en ningún instante una crítica. Es siempre una apología. Tiene una cons­tante entonación de canto. Domina su pro­sa y su pensamiento el afán de poetizar la historia del Tawantinsuyu y la vida del indio. Pero esta lírica exaltación logra acercarnos a la íntima verdad indígena mucho más que la gélida crítica del observador ecuánime. Valcárcel interpreta a su pueblo con la misma pasión que los poetas judíos interpre­tan al Pueblo del Señor.

 

 

II

 

Si Valcárcel fuese un racionalista y un positivista, de esos que exasperan la ironía de Bernard Shaw, nos hablaría, después de calarse las gruesas gafas del siglo XIX, de "animismo" y de "totemismo" indígenas. Su erudita investiga-ción habría sido, en ese caso, un sólido aporte al estudio científico de la religión y de los mitos de los antiguos peruanos. Pero entonces Valcárcel no ha­bría escrito, probablemente, "Los hombres de piedra". Ni habría señalado con tan religiosa convicción, como uno de los rasgos esenciales del sentimiento indígena, el fran-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ciscanismo del quechua. Y, por consiguien­te, su versión del espíritu del Tawantinsuyu no sería total.

 

La teoría del "animismo" nos enseña que los indios, como otros hombres primiti­vos, se sentían instintivamente inclinados a atribuir un ánima a las piedras. Esta es, cier­tamente, una hipótesis muy respetable de la ciencia contemporánea. Pero la ciencia mata la leyenda, destruye el símbolo. Y, mientras la ciencia, mediante la clasificación del mito de los "hombres de piedra" como un simple caso de animismo, no nos ayuda eficazmente a entender el Tawantinsuyu, la leyenda o la poesía nos presentan, cuajado en ese símbolo, su sentimiento cósmico.

 

Este símbolo está preñado de ricas sugestiones. No sólo porque, como dice Valcár­cel, ese símbolo expresa que el indio no se siente hecho de barro vil sino de piedra pe­renne, sino sobre todo porque demuestra que el espíritu de la civilización inkaica es un producto de los Andes.

 

El sentimiento cósmico del indio está íntegramente compuesto de emociones andinas. El paisaje andino explica al indio y explica al Tawantinsuyu. La civilización in­kaica no se desarrolló en la altiplanicie ni en las cumbres. Se desarrolló en los valles templados de la sierra -Valcárcel, certe­ramente, lo remarca-. Fue una civilización crecida en el regazo abrupto de los Andes. El Imperio Inkaico, visto desde nuestra épo­ca, aparece en la lejanía histórica como un monumento granítico. El propio indio tie­ne algo de la piedra. Su rostro es duro co‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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mo el de una estatua de basalto. Y, por esto, es también enigmático. El enigma del Ta­wantinsuyu no hay que buscarlo en el indio. Hay que buscarlo en la piedra. En el Tawan­tinsuyu, la vida brota de los Andes.

 

La ciencia misma, si se le explota un poco, coincide con la poesía respecto a los orígenes remotos del Perú. Según la palabra de la ciencia, el Ande es anterior a la floresta y a la costa. Los aludes andinos han formado la tierra baja. Del Ande han des­cendido, en seculares avalanchas, la piedra y la arcilla, sobre las cuales fructifican aho­ra los hombres, las plantas y las ciudades.

 

Y la dualidad de la historia y del alma peruanas, en nuestra época, se precisa así como un conflicto entre la forma histórica que se elabora en la costa y el sentimiento indígena que sobrevive en la sierra hondamente enraizado en la naturaleza. El Perú actual es una formación costeña. La nueva peruanidad se ha sedimentado en la tierra baja. Ni el español ni el criollo supieron ni pudieron conquistar los Andes. En los Andes, el español no fue nunca sino un pio­neer o un misionero. El criollo lo es tam­bién hasta que el ambiente andino extin­gue en él al conquistador y crea, poco a poco, un indígena. Este es el drama del Perú contemporáneo. Drama que nace, como es­cribí hace poco, del pecado de la Conquista. Del pecado original trasmitido a la República, de querer constituir una sociedad y una economía peruana "sin el indio y contra el indio".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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III

 

Pero estas constataciones no deben con­ducirnos a la misma conclusión que a Valcárcel. En una página de su libro, Valcárcel quiere que repudiemos la corrompida, la decadente civilización occidental. Esta es una conclusión legítima en el libro lírico de un poeta. Me explico, perfectamente, la exalta-ción de Valcárcel. Puesto en el camino de la alegoría y del símbolo, como medio de entender y de traducir el pasado, es natural pretender, por el mismo camino, la búsque­da del porvenir. Mas, en esta dirección, los hombres realistas tienen que desconfiar un poco de la poesía pura.

 

Valcárcel va demasiado lejos, como casi siempre que se deja rienda suelta a la ima­ginación. Ni la civilización occidental está tan agotada y putrefacta como Valcárcel supone; ni una vez adquirida su experiencia, su técnica y sus ideas, el Perú puede renun­ciar místicamente a tan válidos y preciosos instrumentos de la potencia humana, para volver, con áspera intransigencia, a sus an­tiguos mitos agrarios. La Conquista, mala y todo, ha sido un hecho histórico. La Repú­blica, tal como existe, es otro hecho histó­rico. Contra los hechos históricos poco o nada pueden las especulaciones abstractas de la inteligencia ni las concepciones puras del espíritu. La historia del Perú no es sino una parcela de la historia humana. En cua­tro siglos se ha formado una realidad nue­va. La han creado los aluviones de Occiden­te. Es una realidad débil. Pero es, de todos modos, una realidad. Sería excesivamente romántico decidirse hoy a ignorarla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL PROGRESO NACIONAL Y EL CAPITAL HUMANO*

 

 

I

 

Los que, arbitraria y simplísticamente, reducen el progreso peruano a un problema de capital áureo, razonan y discurren como si no existiese, con derecho a prioridad en el debate, un problema de capital hu­mano. Ignoran u olvidan que, en historia, el hombre es anterior al dinero. Su concep­ción pretende ser norteamericana y positi­vista. Pero, precisamente, de nada acusa una ignorancia más total que del caso yanqui.

 

El gigantesco desarrollo material de los Estados Unidos, no prueba la potencia del oro sino la potencia del hombre. La riqueza de los Estados Unidos no está en sus bancos ni en sus bolsas; está en su población. La historia nos enseña que las raíces y los impulsos espirituales y físicos del fenómeno norteameri-cano se encuentran íntegramente en su material biológico. Nos enseña, ade­más, que en este material el número ha sido menos importante que la calidad. La levadura de los Estados Unidos han sido sus pu‑

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 9 de octubre de 1923.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ritanos, sus judíos, sus místicos. Los emigrados, los exiliados, los perseguidos de Europa. Del misticismo ideológico de estos hom­bres desciende el misti-cismo de la acción que se reconoce en los grandes capitanes de la industria y de la finanza norteamericanas. El fenómeno norteamericano aparece, en su origen, no sólo cuantitativo sino, también cualitativo.

 

Pero este es otro tema. No me interesa, por el momento, para otra cosa que para de­nunciar el punto de partida falso, irreal, del materialismo, al mismo tiempo grosero y utopista, de quienes parecen imaginarse que el dinero ha inventado a la civilización, incapaces de comprender que es la civilización la que ha inventado al dinero. Y que la cri­sis y la decadencia contemporáneas empeza­ron justamente, cuando la civilización co­menzó a depender casi absolutamente del dinero y a subordinar al dinero su espíritu y su movimiento.

 

El error y el pecado de los profetas del progreso peruano y de sus programas han residido siempre en su resistencia o inepti­tud para entender la primacía del factor bio­lógico, del factor humano sobre todos los otros factores, si no artificiales, secunda­rios. Este es, por lo demás, un defecto co­mún a todos los nacionalismos cuando no traducen o representan sino un interés oli­gárquico y conservador. Estos nacionalis­mos, de tipo o trama fascista, conciben la Nación como una realidad abstracta que suponen superior y distinta a la realidad concreta y viviente de sus ciudadanos. Y,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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por consiguiente, están siempre dispuestos a sacrificar al mito el hombre.

 

En el Perú hemos tenido un nacionalis­mo mucho menos intelectual, mucho más rudimentario e instintivo que los nacionalis­mos occidentales que así definen la Nación. Pero su praxis, si no su teoría, ha sido na­turalmente la misma. La política peruana -burguesa en la costa, feudal en la sierra- se ha caracterizado por su desconocimiento del valor del capital humano. Su rectifica­ción, en este plano como en todos los demás, se inicia con la asimilación de una nueva ideología. La nueva generación siente y sabe que el progreso del Perú será ficticio, o por lo menos no será peruano, mientras no cons­tituya la obra y no signifique el bienestar de la masa peruana, que en sus cuatro quin­tas partes es indígena y campesina.

 

 

II

 

Uno de los aspectos sustantivos del pro­blema del capital humano es el aspecto mé­dico-social. En el haber de nuestra escasa bi­bliografía, tenemos que anotar, sobre este tema, un libro interesante. Se titula Estu­dios sobre Geografía Médica y Patología del Perú. Sus autores son dos médicos inteli­gentes y trabajadores, ambos funcionarios de sanidad, los doctores Sebastián Lorente y Raúl Flores Córdova. Este libro, en más de seiscientas páginas, densas de datos y de cifras, estudia documentadamente la reali­dad médico-social del Perú.

 

Los autores se muestran, por supuesto, optimistas en su esfuerzo y en su esperanza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pero el método positivo no consiente, en la investigación, engañosas ilusiones. La verdad de nuestra situación sanitaria emerge del libro precisa y categórica. Los índices de la mortalidad y de la morbilidad son en el Perú excesivos. El capital humano se mantiene casi estacionario. En la costa, el palu­dismo y la tuberculosis; en la sierra, el ti­fus y la viruela; en la selva, todos los mor­bos del trópico y el pantano, minan la po­blación exigua de la repúbli-ca. No se tiene una cifra exacta de la población. Pero la ci­fra, comúnmente aceptada, de cinco millo­nes, basta para constatar la debilidad y la lentitud de nuestro crecimiento demográfi­co. La mortalidad infantil es uno de sus más terribles y trágicos frenos. En Lima y en el Callao mueren antes de llegar a un año de edad la cuarta parte de los niños. En los pueblecitos rurales de la costa el índice de la mortalidad infantil es mayor aún. Tengo a la vista la estadística demográfica del distri­to de Pativilca del primer semestre del año en curso que acusa una mortalidad superior a la natalidad.

 

En el prefacio de su libro, los doctores Lorente y Flores Córdova escriben que "el panorama médico-social nos presenta en toda su magnitud y en toda su gravedad nues­tro problema sanitario". Su estudio no exagera, en ningún caso, la realidad; tal vez, en alguno, la atenúa. Lo que ensombrece el espíritu cuando se lee este volumen, -que ojalá arribara a las manos de todos los que tan fácilmente se equivocan respecto a la jerarquía o la gradación de los problemas nacionales-, no es el juicio, moderado siem­-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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pre, de los autores, sino el dato desnudo, la observación objetiva, la constata-ción anas­tigmática.

 

 

III

 

No me toca ocuparme del mérito teóri­co, del valor científico de estos Estudios so­bre Geografía Médica y Patología del Perú, Su estimación pertenece, exclusivamente, a los profesionales, a los competentes. Pero, sin invadir campos de crítica ajenos, quiero señalar su utilidad y su importancia como documento actual y autorizado de la "reali­dad profunda" del Perú. Me parece evidente, por otra parte, que los doctores Lorente y Flores Córdova, han hecho un trabajo de sistemación y de computación singularmen­te merito-rios en un medio como el nuestro donde los hombres de estudio difícilmente intentan especulaciones de esta magnitud.

 

El libro de los doctores Lorente y Flores Córdova no está destinado únicamente al ámbito profesional. Interesa a todos los estudiosos. Su lectura es un viaje por un Perú menos pintoresco, pero más real del que otros libros nos describen o nos disfrazan.

 

 

IV

 

Los doctores Lorente y Flores Córdova no se contentan en su libro con acopiar, con­frontar y clasificar datos preciosos. Solici­tan, formal y premiosamente, una mayor atención para el tema del capital humano. "El problema que requiere en el Perú, más urgentemente, una solución orgánica y efi-

 

 

 

 

 

 

 

 

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caz -escriben- es el problema sanitario, no sólo porque cada día prevalece y se arrai­ga más en la conciencia de la época el con­cepto de que la defensa de la salud pública es un deber primordial de todo Estado mo­derno, sino, sobre todo, porque ningún otro concepto corresponde con mayor exactitud a apre-miantes y evidentes exigencias de la realidad peruana".

 

Esto es cierto, pero incompleto. El pro­blema sanitario no puede ser consi-derado aisladamente. Se enlaza y se confunde con otros hondos problemas peruanos del dominio del sociólogo y del político. Los males, los morbos, de la sierra y de la costa, se alimentan principalmente de miseria y de ignorancia. El problema, a poco que se le penetre, se transforma en un problema eco-nómico, social y político. Pero a los dis­tinguidos higienistas, autores de la "Geogra­fía Médica del Perú", no les tocaba este aná­lisis. Su diagnóstico del mal tenía que ser solamente médico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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NACIONALISMO Y VANGUARDISMO*

 

EN LA IDEOLOGIA POLITICA

 

I

 

Es posible que a algunos recalcitrantes conservadores de incontestable buena fe los haga sonreír la aserción de que lo más peruano, lo más nacional del Perú contempo­ráneo es el sentimiento de la nueva generación. Esta es, sin embargo, una de las ver­dades más fáciles de demostrar. Que el conservan-tismo no pueda ni sepa entenderla es una cosa que se explica perfectamente. Pero que no disminuye ni oscurece su evidencia.

 

Para conocer cómo siente y cómo pien­sa la nueva generación, una crítica leal y se­ria empezará sin duda por averiguar cuá­les son sus reivindicaciones. Le tocará cons­tatar, por consiguiente, que la reivindicación capital de nuestro vanguardismo es la rei­vindicación del indio. Este hecho no tolera mistificaciones ni consiente equívocos.

 

 

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* Publicado inicialmente en dos partes ("Nacionalismo y Van­guardismo", Mundial, Lima, 27 de noviembre de 1925. y "Nacionalismo y vanguardismo en la literatura y en el arte", Mundial, Lima, 4 de diciembre de 1925), fue fusionado por el autor, en el original que conservamos, en la forma en que se presenta en esta compilación (N. de los E.).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Traducido a un lenguaje inteligible pa­ra todos, inclusive para los conservado-res, el problema indígena se presenta como el problema de cuatro millones de peruanos. Expuesto en términos nacionalistas, -insospechables y ortodoxos- se presenta co­mo el problema de la asimilación a la na­cionalidad peruana de las cuatro quintas partes de la población del Perú.

 

¿Cómo negar la peruanidad de un idea­rio y de un programa que proclama con tan vehemente ardimiento, su anhelo y su vo­luntad de resolver este problema?

 

 

II

 

Los discípulos del nacionalismo monarquista de "L'Action Française" adoptan, probablemente la fórmula de Maurras: "Todo lo nacional es nuestro". Pero su conser­vantismo se guarda mucho de definir lo na­cional, lo peruano. Teórica y prácticamen­te, el conservador criollo se comporta como un heredero de la colonia y como un des­cendiente de la conquista. Lo nacional, pa­ra todos nuestros pasadistas, comienza en lo colonial. Lo indígena es en su sentimiento, aunque no lo sea en su tesis, lo pre-nacional. El conservantismo no puede concebir ni ad­mitir sino una peruanidad: la formada en los moldes de España y Roma. Este senti­miento de la peruanidad tiene graves conse-cuencias para la teoría y la práctica del propio nacionalismo que inspira y engen­dra. La primera consiste en que limita a cua­tro siglos la historia de la patria peruana. Y cuatro siglos de tradición tienen que pa‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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recerle muy poca cosa a cualquier naciona­lismo, aun al más modesto e iluso. Ningún nacionalismo sólido aparece en nuestro tiempo como una elaboración de sólo cua­tro siglos de historia.

 

Para sentir a sus espaldas una antigüedad más respetable e ilustre, el nacio-nalis­mo reaccionario recurre invariablemente al artificio de anexarse no sólo todo el pasado y toda la gloria de España sino también todo el pasado y la gloria de la latinidad. Las raíces de la nacionalidad resultan ser hispá­nicas y latinas. El Perú, como se lo repre­senta esta gente, no desciende del Inkario autóctono; desciende del imperio extranje­ro que le impuso hace cuatro siglos su ley, su confesión y su idioma.

 

Maurice Barrés en una frase que vale sin duda como artículo de fe para nuestros reaccionarios, decía que la patria son la tie­rra y los muertos. Ningún nacionalismo pue­de prescindir de la tierra. Este es el drama del que en el Perú, además de acogerse a una ideología importada, representa el espíritu y los intereses de la conquista y la colonia.

 

 

III

 

En oposición a este espíritu, la vanguar­dia propugna la reconstrucción peruana so­bre la base del indio. La nueva generación reivindica nuestro verdadero pasado, nues­tra verdadera historia. El pasadismo se con­tenta, entre nosotros con los frágiles recuer­dos galantes del virreinato. El vanguardis­mo, en tanto, busca para su obra materiales

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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más genuinamente peruanos, más remotamente antiguos.

 

Y su indigenismo no es una especula­ción literaria ni un pasatiempo románti-co. No es un indigenismo que, como muchos otros, se resuelve y agota en una inocua apo­logía del Imperio de los Incas y de sus faus­tos. Los indigenistas revolucionarios, en lu­gar de un platónico amor al pasado incaico, manifiestan una activa y concreta solidari­dad con el indio de hoy.

 

Este indigenismo no sueña con utópi­cas restauraciones. Siente el pasado como una raíz, pero no como un programa. Su concepción de la historia y de sus fenóme­nos es realista y moderna. No ignora ni ol­vida ninguno de los hechos históricos que, en estos cuatro siglos, han modificado, con la realidad del Perú, la realidad del mundo.

 

 

IV

 

Cuando se supone a la juventud sedu­cida por mirajes extranjeros y por doctrinas exóticas, se parte, seguramente, de una interpretación superficial de las relaciones entre nacionalismo y socialismo. El socia­lismo no es, en ningún país del mundo, un movimiento anti-nacional. Puede parecerlo, tal vez, en los imperios. En Inglaterra, en Francia, en Estados Unidos, etc., los revoluciona-rios denuncian y combaten el impe­rialismo de sus propios gobiernos. Pero la función de la idea socialista cambia en los pueblos política o económicamente coloniales. En esos pueblos, el socialismo adquie‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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re, por la fuerza de las circunstancias, sin renegar absolutamente ninguno de sus prin­cipios, una actitud nacionalista. Quienes si­gan el proceso de las agitaciones nacionalis­tas riffeña, egipcia, china, hindú, etc., se ex­plicarán sin dificultad este aspecto, totalmente lógico, de la praxis revolucionaria. Observarán, desde el primer momento, el carácter esencialmente popular de tales agi­taciones. El imperialismo y el capitalismo de Occidente encuentran siempre una resis­tencia mínima, si no una sumisión comple­ta, en las clases conservadoras, en las castas dominantes de los pueblos coloniales. Las reivindicaciones de independencia nacional reciben su impulso y su energía de la masa popular. En Turquía, donde se ha operado en los últimos años el más vigoroso y afor­tunado movimiento nacionalista, se ha po­dido estudiar exacta y cabalmente este fe­nómeno. Turquía ha renacido como nación por mérito y obra de su gente revoluciona­ria, no de su gente conservadora. El mismo impulso histórico que arrojó del Asia Menor a los griegos, infligiendo una derrota al imperialismo británico, echó de Constan­tinopla al Kalifa y a su corte.

 

Uno de los fenómenos más interesantes, uno de los movimientos más extensos de esta época es, precisamente, este nacionalismo revolucionario, este patriotismo revolucionario. La idea de la nación -lo ha dicho un internacionalista- es en ciertos períodos históricos la encarnación del espíritu
de libertad. En el Occidente europeo, donde la vemos más envejecida, ha sido, en su origen y en su desarrollo, una idea revolu-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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cionaria. Ahora tiene este valor en todos los pueblos, que, explotados por algún impe­rialismo extranjero, luchan por su libertad nacional.

 

En el Perú los que representan e inter­pretan la peruanidad son quienes, conci-biéndola corno una afirmación y no corno una negación, trabajan por dar de nuevo una patria a los que, conquistados y someti­dos por los españoles, la perdieron hace cuatro siglos y no la han recuperado todavía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EN LA LITERATURA Y EN EL ARTE

 

I

 

En el terreno de la literatura y del arte, quienes no gusten de aventurarse en otros campos percibirán fácilmente el sentido y el valor nacionales de todo positivo y autén­tico vanguardismo. Lo más nacional de una literatura es siempre lo más hondamente re­volucionario. Y esto resulta muy lógico y muy claro.

 

Una nueva escuela, una nueva tenden­cia literaria o artística busca sus puntos de apoyo en el presente. Si no los encuentra perece fatalmente. En cambio las viejas escuelas, las viejas tendencias se contentan de representar los residuos espirituales y formales del pasado.

 

Por ende, sólo concibiendo a la nación como una realidad estática se puede supo­ner un espíritu y una inspiración más na­cionales en los repetidores y rapsodas de un arte viejo que en los creadores o inventores de un arte nuevo. La nación vive en los precursores de su porvenir mucho más que en los supérstites de su pasado.

 

 

II

 

He tenido ya ocasión de sostener que en el movimiento futurista italiano no es posi-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ble no reconocer un gesto espontáneo del ge­nio de Italia y que los icono-clastas que se proponían limpiar Italia de sus museos, de sus ruinas, de sus reliquias, de todas sus co­sas venerables estaban movidos en el fon­do por un profundo amor a Italia.

 

El estudio de la biología del futurismo italiano conduce irremediablemente a esta constatación. El futurismo ha representado, no como modalidad literaria y artística, sino como actitud espiritual, un instante de la conciencia italiana. Los artistas y escritores futuristas, insurgiendo estrepitosa y destempladamen-te contra los vestigios del pa­sado, afirmaban el derecho y la aptitud de Italia para renovarse y superarse en la lite­ratura y en el arte.

 

Cumplida esta misión, el futurismo cesó de ser, como en sus primeros tiempos, un movimiento sostenido por los más puros y altos valores artísticos de Italia. Pero sub­sistió el estado de ánimo que había susci­tado. Y en este estado de ánimo se preparó, en parte, el fenómeno fascista, tan acendrada-mente nacional en sus raíces según sus apologistas. El futurismo se hizo fascista porque el arte no domina a la política. Y so­bre todo porque fueron los fascistas quienes conquistaron Roma. Mas, con idéntica faci­lidad, se habría hecho socialista, si se hu­biese realizado, victoriosamente, la revolución proletaria. Y en este caso, su suerte ha­bría sido diferente. En vez de desapa-recer definitivamente, como movimiento o escue­la artística, (esta ha sido la suerte que le ha tocado bajo el fascismo), el futurismo ha-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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bría logrado entonces un renacimiento vigo­roso, El fascismo, después de haber explo­tado su impulso y su espíritu, ha obligado al futurismo a aceptar sus principios reac­cionarios, esto es a renegarse a sí mismo teórica y prácticamente. La revolución, en tanto, habría estimulado y acrecentado su voluntad de crear un arte nuevo en una so­ciedad nueva.

 

Esta ha sido, por ejemplo, la suerte del futurismo en Rusia, El futurismo ruso constituía un movimiento más o menos gemelo del futurismo italiano. Entre ambos futu­rismos existieron constantes y estrechas relaciones. Y así como el futurismo italiano siguió al fascismo, el futurismo ruso se adhirió a la revolución proletaria. Rusia es el único país de Europa donde, como lo constata con satisfacción Guillermo de Torre, el arte futurista ha sido elevado a la catego­ría de arte oficial.

 

En Rusia esta victoria no ha sido obte­nida a costa de una abdicación. El futuris­mo en Rusia ha continuado siendo futuris­mo. No se ha dejado domesticar como en Italia. Ha seguido sintiéndose factor del porvenir. Mientras en Italia el futurismo no tie­ne ya un sólo gran poeta en plena beligerancia iconoclasta y futurista, en Rusia Ma­yakowski, cantor de la revolución, ha alcan­zado en este oficio sus más perdurables triunfos.

 

 

III

 

Pero para establecer más exacta y pre­cisamente el carácter nacional de todo van-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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guardismo, tornemos a nuestra América. Los poetas nuevos de la Argentina constituyen un interesante ejemplo. Todos ellos están nutridos de estética europea. Todos o casi todos han viajado en uno de esos vagones de la Compagnie des Grands Expres Européens que para Blaise Centrars, Valery Larbaud y Paul Morand son sin duda los vehículos de la unidad europea además de los elementos indispensables de una nueva sensibilidad literaria.

 

Y bien. No obstante esta impregnación de cosmopolitismo, no obstante su concep­ción ecuménica del arte, los mejores de estos poetas vanguardistas siguen siendo los más argentinos. La argentinidad de Giron­do, Güiraldes, Borges, etc., no es menos evi­dente que su cosmopolitismo. El vanguar­dismo literario argentino se denomina "mar­tinfierrismo". Quien alguna vez haya leído el periódico de ese núcleo de artistas, Martín Fierro, habrá encontrado en él al mismo tiempo que los más recientes ecos del arte ultra moderno de Europa, los rnás auténti­cos acentos gauchos.

 

¿Cuál es el secreto de esta capacidad de sentir las cosas del mundo y del terruño? La respuesta es fácil. La personalidad del artista, la personalidad del hombre, no se realiza plenamente sino cuando sabe ser su­perior a toda limitación.

 

 

IV

 

En la literatura peruana, aunque con menos intensidad, advertimos el mismo fe‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nómeno. En tanto que la literatura peruana conservó un carácter conservador y acadé­mico, no supo ser real y profundamente peruana. Hasta hace muy pocos años, nuestra literatura no ha sido sino una modesta colonia de la literatura española. Su transfor­mación, a este respecto como a otros, empieza con el movimiento "Colónida". En Valdelomar se dio el caso de literato en quien se juntan y combinan el sentimiento cosmopolita y el sentimiento nacional. El amor snobista a las cosas y a las modas eu­ropeas no sofocó ni atenuó en Valdelomar el amor a las rústicas y humildes cosas de su tierra y de su aldea. Por el contrario, contribuyó tal vez a suscitarlo y exaltarlo.

 

Y ahora el fenómeno se acentúa. Lo que más nos atrae, lo que más nos emociona tal vez en el poeta César Vallejo es la trama indígena, el fondo autóctono de su arte. Va­llejo es muy nuestro, es muy indio. El hecho de que lo estimemos y lo comprenda­mos no es un producto del azar. No es tampoco una consecuencia exclusiva de su ge­nio. Es más bien una prueba de que, por estos caminos cosmopolitas y ecuménicos, que tanto se nos reprochan, nos vamos acer­cando cada vez más a nosotros mismos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EDWIN ELMORE*

 

 

I

 

 

Era Edwin Elmore un hombre nuevo y un hombre puro. Esto es lo que nos toca decir a los que en la generación apodada "futurista" vemos una genera-ción de hom­bres espiritual e intelectualmente viejos y a los que nos negamos a considerar en el es­critor solamente la calidad de la obra, separándola o diferenciándola de la calidad del hombre.

 

Elmore supo conservarse joven y nuevo al lado de sus mayores. Lo distin-guían y lo alejaban cada vez más de éstos su élan y su sed juveniles. El espíritu de Elmore no se conformaba con antiguas y prudentes ver­dades. Su inteligencia se negaba a petrifi­carse en los mismos mediocres moldes en que se congelaban las de los pávidos doctores y letrados que estaban a su derecha. Elmore quería encontrar la verdad por su propia cuenta. Toda su vida fue una búsqueda,

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 6 de noviembre de 1925 con el titulo "La tragedia del sábado"; sin el párrafo inicial, que se refiere a la condición de Elmore de colaborador de esa revista y al trágico desenlace de la disputa entre Elmore y Chocano, fue reproducida en Repertorio Americano, San José (Costa Rica), 25 de enero de 1926, con el título "Edwin Elmore". De este último texto, que consideramos definitivo, hemos tomado el presente artículo (N. de los E.).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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un peregrinaje. Interrogaba a los libros, in­terrogaba a la época. Desde muy lejos presintió una verdad nueva. Hacia ella Elmore se puso en marcha a tientas y sin guía. Nin­guna buena estrella encaminó sus pasos. Sin embargo, extraviándose unas veces, equivo­cándose otras, Elmore avanzó intrépido.

 

Llegó así Elmore a ser un hombre y un escritor descontento de su clase y de su am­biente. El caso no es raro. En las burgue­sías de todas las latitudes hay siempre almas que se rebelan y mentes que protestan.

 

 

II

 

Se explica perfectamente, el que Elmore no alcanzase como escritor el mismo éxi­to, la misma notoriedad, que otros escri­tores de su tiempo. Para el gusto y el inte­rés de las gentes inclinadas a admirar úni­camente una retórica engolada y cadencio­sa, una erudición solemne y arcaica o un sentimentalismo frívolo y musical, los temas y las preocupaciones de Elmore carecían en lo absoluto de valor y de precio. Elmore, como escritor, resultaba desplazado y extraño. Las saetas del superficial humo­rismo de un público empeñado en ser ante todo elegante y escéptico, tenían un blanco en el idealismo de este universitario que predicaba el evangelio de don Quijote a un auditorio de burocráticos Pachecos y aca­démicos Sanchos.

 

El conservantismo de los viejos -vie­jos a pesar, muchas veces, de sus mejillas rosadas y tersas- miraba con recelo y con

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ironía el afán de Elmore de encontrar una ruta nueva. La inquietud de Elmore le parecía a toda esta gente una inquietud curiosamente absurda. El optimismo panglossiano y adiposo de los que perennemente se sen­tían en el mejor de los mundos posibles no podía comprender el vago pero categórico deseo de renovación que movía a Elmore. ¿Para qué inquietarse, -se preguntaba- por qué agitarse tan bizarramente?

 

Procedente de una escuela conservadora y pasadista, Elmore tenía la audacia de examinar con simpatías ideas nuevas. No propugnaba abiertamente el socialismo; pero lo señalaba y estudiaba ya como el ideal y la meta de nuestro tiempo. Elmore se colo­caba por sí mismo fuera de la ortodoxia y del dogma de la plutocracia.

 

 

III

 

El conflicto de la vida de Edwin Elmore era este. Elmore -corno otros intelec-tuales- se obstinaba en la ilusión y en la esperanza de hallar colaboradores para una renovación en una generación y una clase natural e íntimamente hostiles a su idealis­mo. Se daba cuenta del egoísmo y de la superficialidad de sus mayores; pero no se decidía a condenarlos. Pensaba que "la ley del cambio es la ley de Dios"; pero preten­día comunicar su convicción a los herederos del pasado, a los centinelas de la tra­dición. Le faltaba realismo.

 

En el fondo, su mentalidad era típicamente liberal. Una burguesía inteligente y

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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progresista habría sabido conservarlo en su seno. Elmore temía demasiado el secta­rismo. Era un liberal sincero, un liberal am­plio, un liberal probo. Y, por consiguiente, comprendía el socialismo; pero no su disci­plina ni su intran-sigencia. En este punto la ideología revolucionaria se mantuvo inasequible e ininteligible a Elmore. Y en este punto, por ende, se situó casi siempre el tema de mis conversaciones con él. Yo me esforzaba por demostrarle que el idealismo social para ser práctico, para no agotarse en un esfuerzo romántico y anti-histórico, necesita apoyarse concretamente en una clase y en sus reivindicaciones. Y yo sentía que su espíritu, prisionero aún de un idea­lismo un poco abstracto, pugnaba por acep­tar plenamente la verdad de su tiempo. Su último trabajo, "El Nuevo Ayacucho", pu­blicado en el número de Mundial del cen­tenario, es un acto de fe en su generación.

 

 

IV

 

En los libros de Unamuno aprendió quijotismo. Elmore era uno de los muchos discípulos que Unamuno, como profesor de quijotismo, tiene en nuestra América. Sus predilecciones en el pensamiento hispáni­co -Unamuno, Alomar, Vasconcelos- re­flejan y definen su temperamento. Elmore trabajaba noble-mente por un nuevo ibero-americanismo. Concibió la idea de un congreso libre de intelectuales ibero-america­nos. Y, como era propio de su carácter, puso toda su actividad al servicio de esta idea. Tenía una fe exaltada en los destinos del mundo y la cultura hispánicas. Había adop-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tado el lema: "Por mi raza hablará el espí­ritu". Repudiaba todas las formas y todos los disfraces del ibero-americanismo oficial.

 

Su ibero-americanismo se alimentaba de algunas ilusiones intelectuales, como tuve ocasión de remarcarlo en mis comenta­rios sobre la idea del congreso de escritores del idioma1; pero, gradualmente, se pre­cisaba cada día más como un sentimiento de juventud y de vanguardia.

 

 

V

 

Ante su cadáver, hablemos y pensemos con alteza y dignidad. Puesto que Elmore fue un enamorado del sueño de Bolívar, digamos la frase bolivariana: "Se ha derra­mado la sangre del justo". Callemos lo demás.

 

Su muerte decide su puesto en la histo­ria y la lucha de las generaciones. Edwin Elmore, asertor de la fe de la juventud, per­tenece al Perú Nuevo. Solidario con Elmore en esa fe, yo saludo con respeto y con devo­ción su memoria. Sé que todos los hombres de mi generación y de mi ideología se descubren, con la misma emoción, ante la tum­ba de este hombre nuevo y puro.

 

 

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1 Ver el artículo "Un congreso de escritores hispano-america­nos" en Temas de Nuestra América, págs. 17-21, tomo 12 de la primera colección Popular (N. de los E.).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL IDEALISMO DE EDWIN ELMORE*

 

 

I

 

El mejor homenaje que podemos ren­dir a Edwin Elmore quienes lo conoci-mos y estimamos es, tal vez, el de revelarlo. Su firma era familiar para todos los que en­tre nosotros tienen el que Valery Larbaud risueñamente llama "ce vice impuni, la lec­ture". Pero Elmore pertenecía al número de aquellos escritores de quienes se dice que no han "llegado" al público. El públi­co no ignora en estos casos las ideas, las actitudes del escritor; pero ignora un poco al escritor mismo. Edwin Elmore no había buscado ninguno de los tres éxitos que en nuestro medio recomiendan a un intelec­tual a la atención pública: éxito literario, éxito universitario, éxito periodístico. Y en su obra dispersa e inquie-ta, no está toda su personalidad. Su personalidad no ha sa­cudido fuertemente al público sino en su muerte.

 

Digamos sus amigos, sus compañeros, lo que sabemos de ella. Todos nuestros recuerdos, todas nuestras impresiones hon­ran, seguramente, la memoria del hombre

 

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* Publicado en Mercurio Peruano, Lima, Nos. 89-90, noviembre-diciembre de 1925.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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y del escritor. Lo presentan como un inte­lectual de fervoroso idealismo. Como un in­telectual que sentía la necesidad de dar a su pensamiento y a su acción una meta generosa y elevada.

 

Personalidad singular, y un poco extraña, en este pueblo. Se reconocía en Elmore los rasgos espirituales de su estirpe anglo-sajona. Tenía de los anglo-sajones el libe­ralismo. El espíritu religioso y puritano. El temperamento más bien ético que estético. La confianza en el poder del espíritu.

 

 

II

 

Este hombre de raza anglo-sajona qui­so ser un vehemente asertor de ibero-ame­ricanismo. "El genio ibero, la raza ibera, -decía- renace en nosotros, se renueva en América".

 

Pensaba que la cultura del porvenir de­bía ser una cultura ibérica. Más aún. Creía que este renacimiento hispánico estaba ya gestándose.

 

Yo le demandaba las razones en que se apoyaba su creencia, mejor dicho su predic­ción. Yo quería hechos evidentes, signos contrastables. Pero la creencia de Elmore no necesitaba de los hechos ni de los sig­nos que yo le pedía. Era una creencia re­ligiosa.

 

—Usted tiene la fe del carbonero— le dije una vez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Y el me respondió sonriendo que sí. Su fe era, en verdad, una fe mística. Pero, pre­cisamente, por esto, era tan fuerte y honda. En sus ojos iluminados leí la esperanza de que la fe obraría el milagro.

 

 

III

 

Como mílite de esta fe, como cruzado de esta creencia, Edwin Elmore servía la idea de la celebración de un congreso de intelectuales ibero-americanos. No lo movía absolutamente, -como podían suponer los malévolos, los hostiles- ninguna ambición de notoriedad internacional de su nombre. Lo movía más bien, como en todas las empresas de su vida, la necesidad de gastar su energía por una idea noble y alta.

 

En nuestras conversaciones sobre el tema del congreso comprendí lo acendrado de su  liberalismo. Elmore no sabía ser intolerante. Yo le sostenía que el congreso, para ser fecundo, debía ser un congreso de la nueva generación. Un congreso de espí­ritu y de mentalidad revolucionarias. Por consiguiente, había que excluir de él a todos los intelectuales de pensamiento y áni­mo conservadores.

 

Elmore rechazaba toda idea de exclu­sión.

 

—Ingenieros -me decía- piensa co­mo usted. Quiere un congreso casi sectario. Yo creo que debemos oir a todos los hom­bres de elevada estatura mental. Debernos oir aun a los hombres aferrados a la tra-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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dición y al pasado. Antes de repudiarlos, antes de condenarlos, debemos escucharlos una última vez.

 

Había instantes en que admitía la lógi­ca de mi intransigencia. Pero, luego, su li­beralismo reaccionaba.

 

 

IV

 

Edwin Elmore no podía concebir que un individuo, una categoría, un pueblo, viviesen sin un ideal. La somnolencia criolla y sensual del ambiente lo deses-peraba. "No hacemos nada por salir del marasmo!" -clamaba. Y mostraba todos los días, en sus palabras y en sus actos, el afán de "ha­cer algo".

 

La gran jornada del 23 de Mayo le descubrió al proletariado. Elmore empezó en­tonces a comprender a la masa. Empezó en­tonces a percibir en su oscuro seno la lla­ma de un ideal verdaderamente grande. Sintió que el proletariado, además de ser una fuerza material, es también una fuerza espiritual. En los pobres encontró lo que acaso nunca encontró en los ricos.

 

 

V

 

Lo preocupaban todos los grandes pro­blemas de la época. Sus estudios, sus inquietudes no son bastante conocidos, Elmore se dirigía muy poco al público. Se diri­gía generalmente a los intelectuales. Su pen­samiento está más en sus cartas que en artí­culos. Se empeñaba en recordar a los inte‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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lectuales los deberes del servicio del Espí­ritu. Esta era su ilusión. Este era su error. Por culpa de esta ilusión y de este error, la mayor parte de su obra y de su vida queda ignorada. Elmore pretendía ser un agitador de intelectuales, No reparaba en que para agitar a los intelectuales, hay que agitar pri­mero a la muchedumbre.

 

 

VI

 

Por invitación suya escribí, en cinco artículos, una "introducción al problema de la educación pública". Elmore trabajaba por conseguir una contribución sustancio­sa de los intelectuales peruanos al debate o estudio de los temas de nuestra América planteado por la Unión Latino-Americana de Buenos Aires y por Repertorio Americano de Costa Rica. Dichos artículos han mere­cido el honor de ser reproducidos en diver­sos órganos de la cultura americana. Quiero, por esto, dejar constancia de su origen. Y declarar que los dedico a la memoria de Elmore.

 

Recuerdo que en una de nuestras con­versaciones me dijo:

 

—He resuelto mi problema personal, el problema de mi felicidad, casándome con la mujer elegida. Ahora me siento frente al problema de mi generación.

 

Yo traduje así su frase:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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—Mi vida ha alcanzado sus fines indi­viduales. Ahora debe servir un fin social. Estoy pronto.

 

Estaba, en verdad, pronto para ocupar su puesto de combate. Cuando le ha tocado probarlo, ha dado entera su vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL PROBLEMA DE LA ESTADISTICA*

 

Cuando se estudia cualesquiera de los problemas nacionales, se tropieza invaria­blemente con un obstáculo que tiene a su vez la categoría de un problema: la falta de estadística. En el Perú no sabemos, por ejemplo, cuántos somos. Es decir no sabe­mos lo más elemental para el conocimien­to del propio país. A los que nos piden la cifra de la población actual del Perú tene­mos que responderles con el censo del 76 ó con el cálculo de la Sociedad Geográfica del 96. La última cifra de que disponemos, ade­más de ser sólo aproximada, tiene fecha de hace treinta años.

 

 

Esta cifra, por no constituir el resultado de un censo oficial, no es aceptada por nadie sin beneficio de inventario. Estudios de geografía del Perú apare-cidos en los últimos veinte años fijan una cifra menor. Lo que no quiere decir que, a juicio de sus autores, la población del Perú ha decrecido sino que el cálculo de la Sociedad Geográfica les parece demasiado inseguro.

 

 

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 1º de enero de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un nuevo censo general está decretado desde hace algún tiempo. Estas líneas no se proponen absolutamente solicitarlo. Descuentan su realización dentro de un breve plazo. El tópico que enfocan no es el del censo sino, en general, el de la estadística.

 

El día, sin duda próximo, en que, des­pués de una complicada movilización de hombres y de dinero, tengamos censo, no tendremos todavía estadística. En los países donde existe estadística, no hay necesidad de empadronar a los habitantes para saber cuántos son. En el Perú, aún después de empadronarlos, no lo sabremos exactamen­te. Porque quedarán siempre fuera de todo padrón las tribus nómadas de la montaña, respecto a cuyo número los geógrafos no po­drán, por mucho tiempo, informarnos ve­rídicamente.

 

 

II

 

¿Hace falta remarcar que un país que no conoce su demografía, tampoco conoce su economía? No se puede saber lo que un país produce, consume .y ahorra si se ignora esta cosa fundamental: la población. Todos los estudios, todas las previsiones sobre países como Alemania, Francia, Italia, etc., antes de formular cualquiera teoría, antes de propugnar cualquiera orientación averi­gua el movimiento demográfico, su ritmo y su proceso.

 

En un país donde no se puede contar a los hombres, menos aún se puede contar la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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producción. Se desconoce el primero de sus factores: el factor humano, el factor trabajo.

 

Desde hace algunos años tenemos en el Perú una Dirección General de Estadística que, claro está, funciona últimamente. Mer­ced a la labor de este departamento se pu­blica anualmente un "Extracto Estadístico del Perú". Pero para esta obra no se dispo­ne, materialmente, sino de los pocos datos que puede suminístrale el mecanismo de nuestra organización. A la Dirección de Es­tadística no es posible pedirle milagros. Se mueve dentro de un ámbito limitado. Y, so­bre todo, su objeto no es crear la estadísti­ca sino compilarla u ordenarla.

 

El "Extracto Estadístico" no nos dice en 1925, sobre la población del Perú, más de lo que nos dijo en 1896 la Sociedad Geo­gráfica. Es un conjunto de datos en su ma­yor parte fragmentarios. Sus lagunas son inverosímiles.

 

Falta estadística del trabajo y de la pro­ducción industriales. La estadística agríco­la es exigua. Se refiere casi exclusivamente a la producción de caña, algodón, arroz. No sólo la pequeña producción sino casi toda la producción de la sierra y la montaña escapa a todo control. No existe una estadís­tica de la propiedad agraria que permita saber, aproximadamente al menos, la proporción de grandes, medios y pequeños pro­pietarios. El "Extracto Estadístico" no nos dice nada de cosas elementales. No nos ofrece los números índices del costo de la vida. Y apenas si señala el movimiento demográfico de unas cuantas ciudades.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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III

 

Esta falta de Estadística depende, sin duda, de que el Perú es aún, como escribió hace varios años Víctor Maúrtua, un "país inorgánico". La estadística requiere, preci­samente, lo que Maúrtua, en su juicio pre­ciso y exacto, echaba de menos en el Perú: organicidad. La estadística es un efecto, una consecuen-cia, un resultado. No puede ser elaborada artificialmente. Representa un signo de organicidad y de organización.

 

En un país organizado y orgánico, cada comuna funciona como una célula viva del Estado. No es posible, por consiguien­te, que el Estado ignore nada de la pobla­ción, del trabajo, de la producción, del consumo. Lo que se sustrae a su control es muy insignificante y adjetivo.

 

Pero en el Perú todos sabemos bien lo que son los municipios y hasta qué punto se puede hablar de municipios. El Estado no controla sino una parte de la población. Sobre la población indígena su autoridad pasa por intermedio y al arbitrio de la feu­dalidad o el gamonalismo. Y la propia feu­dalidad, si impone a los indios una servi­dumbre, no puede ni sabe imponerles nin­guna organización. Si se explora la sierra, se descubre enseguida formas e institucio­nes supérstites de un régimen o de un orden que se considera absoluta y definitivamente cancelado desde la dominación española.

 

El problema de la estadística no pre­senta, por tanto, menos complejidad que

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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los otros problemas nacionales. No se pue­de avanzar gran cosa en su solución mientras no se avance otro tanto en una solu­ción esencial de problemas más graves. Este problema, como todos, no se deja aislar, no se deja incomunicar. Cuando se resuel­van los problemas fundamentales de nues­tra organización, se resolverá también éste de un modo integral. Antes no.

 

Es evidente, sin embargo que entre tanto, se podría hacer muchísimo más de lo que se hace. Lo que del Perú se sabe esta­dísticamente está muy lejos de lo que es po­sible saber. Así como es factible, por ejem­plo, el censo, son factibles muchas otras co­sas. Nada excusa la falta de cuadros del mo­vimiento demo-gráfico de todas las ciudades. Nada excusa tampoco la falta de números índices del costo de la vida siquiera en las principales. Por lo menos, los mayores cen­tros de producción, de trabajo y de comer­cio del Perú deberían tener ya una verda­dera estadística.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ECONOMIA COLONIAL*

 

 

El año económico de 1925 nos ha recor­dado de nuevo que toda la economía de la costa y, por ende, del Perú nacido de la con­quista, reposa sobre dos bases que, físicamente, no pueden parecerle a nadie asaz só­lidas: el algodón y el azúcar, Esta consta­tación carece sin duda de valor para los hombres prácticos. Pero la visión de los hombres prácticos está siempre demasiado dominada por las cosas de la superficie pa­ra ser verdaderamente profunda. Y, en al­gunas cuestiones, la teoría cala más hondo que la experiencia.

 

La teoría, además, interviene mucho más de lo que se piensa, en conceptos apa­rentemente empíricos y objetivos. El mun­do, por ejemplo, cree en la solidez de la eco­nomía británica no tanto por lo que le di­cen las cifras de su comercio sino porque sabe que la base de esta economía es el car­bón. Y su confianza en el resurgimiento de la economía alemana tiene seguramente análogos motivos. La prueba está en que esa confianza sólo se ha quebrantado cuando se ha visto amenazado o socavado uno

 

 

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 8 de enero de 1936.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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de los cimientos de Alemania: el carbón y el hierro.

 

La metáfora que es, evidentemente, una necesidad más bien que un gusto nos ha habituado a representarnos una sociedad, un Estado, una economía, etc., como un edi­ficio. Esto explica la preocupación inevita­ble del cimiento.

 

En el discurso del 1925 por otra parte, ha sido la naturaleza -no la teoría- la que nos ha revelado la poca consistencia del azúcar y del algodón como bases de una eco­nomía. Ha bastado que llueva extraordina­riamente para que toda la vida económica del país se resienta. Una serie de cosas, que mucha gente se había acostumbrado ya a mirar como adquisiciones definitivas del progreso peruano, han resultado dependien­tes del precio del azúcar y del algodón en los mercados de New York y Londres.

 

 

II

 

El Perú es, prevalentemente, un país agrícola. No obstante el crecimiento de la producción minera, los productos agrícolas y animales siguen constituyendo la mayor parte de nuestras exportaciones. Y, mientras casi toda la producción minera está destinada a la exportación, una buena parte de la producción agropecuaria es absor­bida por el país mismo. Teniendo en cuen­ta este dato, el valor de la producción mi­nera queda muy debajo del valor de la pro­ducción agrícola. Pero el suelo no produce aún todo lo que la población necesita para

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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su subsistencia1. El capítulo más alto de nuestras importaciones es el de "víveres y especies": Lp. 3'620,235 en el año 1924. Esta cifra, dentro de una importación total de dieciocho millones de libras, denuncia uno de los problemas de nuestra economía. No es posible la supresión de todas nuestras im­portaciones de "víveres y especies"; pero sí de sus más fuertes renglones. El más grueso de todos es el de la importación de trigo y harina que en 1924 ascendió a más de doce millones de soles.

 

Un Interés urgente y claro de la econo­mía peruana exige desde hace mucho tiem­po que el país produzca el trigo necesario para el pan de su población. Si este objetivo hubiese sido ya alcanzado, el Perú no ten­dría que seguir pagando al extranjero doce o más millones de soles al año por el pan de cada día.

 

¿Por qué no se ha resuelto este proble­ma de nuestra economía? No es sólo porque el Estado no se ha preocupado aún de hacer una política de subsis-tencias. Tampo­co es porque el cultivo de la caña y el de algodón son los más adecuados al suelo y al clima de la costa. Uno sólo de los llanos interandinos -que algunos kilómetros de ferrocarril y de caminos abrirían al tráfi­co- puede abastecer superabundantemente de trigo, cebada, etc., a toda la población del Perú.

 

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1 A partir de este párrafo, todo lo contenido en la II parte de este artículo está reproducido en 7 Ensayos, "El Problema de la Tierra", págs. 98 y 99, Volumen 2, de la primera serie Popular (N. de los E.)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El obstáculo, la resistencia a una solu­ción, se encuentra en la estructura misma de la economía peruana. La economía del Perú es una economía colonial. Su movi­miento, su desarrollo, están subordinados a los intereses y a las necesidades de los mer­cados de Londres y de New York. Estos mercados miran en el Perú un depósito de materias primas y una plaza para sus manu-facturas. La agricultura peruana obtiene, por eso, créditos y transportes sólo para los productos que puede ofrecer con ventaja en los grandes mercados. La finanza extran­jera se interesa un día por el caucho, otro día por el algodón, otro día por el azúcar. El día en que Londres pueda recibir un producto, a mejor precio, y en cantidad sufi­ciente, de la India o del Egipto, abandona instantáneamente a su propia suerte a sus proveedores del Perú. Nuestros latifundis­tas, nuestros terratenientes, cualesquiera que sean las ilusiones que se hagan de su independencia, no actúan en realidad sino como intermediarios o agentes del capita­lismo extranjero.

 

 

III

 

Esta dependencia de la economía peruana se deja sentir en toda la vida de la nación. Con un saldo favorable en su co­mercio exterior, con una circulación mone­taria sólidamente garantizada en oro, el Perú, a causa de esa dependen-cia, no tiene, por ejemplo, la moneda que debía tener. A pesar del superávit en el comercio exte­rior, a pesar de las garantías de la emisión fiduciaria, la libra peruana se cotiza con un

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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23 ó 24% de descuento. ¿Por qué? En esto, como en todo, aparece el carácter colonial de nuestra economía. El saldo del comercio exterior, a poco que se le analice, resulta ficticio. Las naciones europeas tienen "im­portaciones invi-sibles" que equilibran su balanza comercial: remesas de los inmigrantes, beneficios de las inversiones en el ex­tranjero, utilidades de la industria del turismo, etc. En el Perú, como en todos los países de economía colonial, existen, en cam­bio, "exportaciones invisibles". Las utilida­des de la minería, del comercio, del transporte, etc., no se quedan en el Perú. Van, en su mayor parte, en forma de dividendos, in­tereses, etc., al extranjero. Para recuperarlas, la economía peruana necesita pedirlas en préstamo.

 

Y así, en cada uno de los trances, en cada uno de los episodios de la expe-riencia histórica que vamos cumpliendo, nos encontramos siempre de frente al mismo problema: el problema de peruanizar, de nacionalizar, de emancipar nuestra economía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA CONSCRIPCION VIAL*

 

I

 

A propósito de diversos temas, he sos­tenido reiteradamente la tesis de la prioridad del problema del indio en la gradación de los problemas nacionales. Y a propósi­to del regionalismo he precisado esa tesis afirmando que a la nueva generación no le importaba la descentralización administra­tiva sino en la medida en que pudiese ser­vir a la redención del indio. Este es tam­bién, lógicamente, el punto de vista desde el cual creo que se debe considerar la cues­tión de la conscripción vial1.

 

La historia de la aplicación de esta ley la presenta con demasiada evidencia como un instrumento o un motivo de expoliación de la raza indígena. Aunque éste no sea su espíritu, la conscripción vial no representa, práctica y concre-tamente, otra cosa que un arma del gamonalismo, del feudalismo, contra el más extenso estrato social del Perú. Desde la abolición de la contribución de in­dígenas -una de las benemerencias de Cas‑

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 5 de marzo de 1926.

1 Véase, a este respecto, 7 Ensayos, "El Problemas del Indio, Sumaria revisión histórica", págs. 44.49, Volumen 2 de la primera serie Popular (N. de los E.).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tilla- ninguna otra carga ha pesado tan du­ramente sobre las espaldas de la raza.

 

La conscripción vial es una mita. En países donde la democracia iguala, por lo menos teórica y jurídicamente a los hom­bres, la conscripción vial puede aparecer co­mo un servicio de todos los individuos ap­tos. En nuestro país, por su estructura eco­nómico-social, no puede constituir sino la servidumbre de una clase y de una raza. Se dirá que esto depende de la dificultad de obtener la aplicación recta de la ley. Pero es que no debe hablarse a este respecto de dificultad; debe hablarse de imposibilidad. Nadie que conozca medianamente la reali­dad peruana puede creer posible que esta ley deje de ser empleada contra el indio. El abuso resulta, en este caso, absolutamente inevitable.

 

El simple hecho de que la conscripción vial haya sido establecida en la sierra desde su promulgación, y que su extensión a la costa haya requerido un plazo de varios años, es un hecho que expresa bien claramente el carácter de ley anti-indígena de esta ley que, de otro lado, no promete resolver el problema de la vialidad.

 

 

II

 

Jorge Basadre ha expuesto hace dos años, en un estudio que lo enaltece, la génesis de esta ley. A su sanción por el parlamento no se arribó después de un examen, más o menos atento, de su trascendencia doctrinal ni de su valor práctico. Como

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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acontece casi siempre en el Perú, la elabo­ración de esta ley no tuvo un proceso cohe­rente y orgánico. El proyecto no encarna­ba una orientación ni un programa del go­bierno de entonces. Su única levadura fue el entusiasmo meritorio ciertamente, del in­geniero don Enrique Coronel Zegarra, sena­dor de la república, por una política de via­lidad. El señor Coronel Zegarra, logró contagiar a la mayoría de sus colegas de parlamento su esperanza en la cons-cripción vial. Y el congreso, sin más estudio que el unila­teral y fragmentario de sus comisiones, la adoptó después de un desganado y superficial debate.

 

El servicio vial obligatorio no es, natu­ralmente, un producto del numen de sus le­gisladores y propugnadores peruanos. El Perú lo ha tomado íntegra y literalmente en préstamo de países social y políticamente diversos. Se trata de uno de esos trasplan­tes, de una de esas copias de que está plagada nuestra historia. ¿Por qué no se ha denun­ciado su exotismo con la misma aprensión con que se denuncia el de las filtraciones de una nueva ideología? Por la sencilla ra­zón de que este trasplante, esta copia, no solamente no contrasta ni molesta a los in­tereses conservadores sino, por el contra­rio, los favorece. No faltará, tal vez, quien defendiendo la conscripción vial, invoque la tradición económico-política del Perú. ¿Una vuelta a la mita no es una vuelta a nuestro pasado? ¡Qué importa que este pasado sea el pasado colonial! La colonia y su herrumbre tienen todavía bastantes cantores. Quedan aún demasiados supérs-tites del más recal­citrante pasadismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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III

 

Nadie discute, nadie contesta el argu­mento de que el problema de la economía peruana es, en gran parte, un problema de vías de transporte. Pero esto no basta como defensa de la conscripción vial. Un estudio concienzudo de la experiencia de este servi­cio y de sus posibilidades inmediatas con­duciría, seguramente, a la convicción de que a este precio de dolor y sufrimiento de su raza aborigen no comprará el Perú la so­lución de tal problema. No es necesa-rio ser un técnico para darse cuenta, al respecto, de estos hechos fundamenta-les: 1º.- Que las obras efectuadas distrital y provincialmen­te mediante este reclutamiento no respon­den, sino en muy aislados casos, a un cri­terio técnico. 2°.- Que su ejecución está su­bordinada a la ignorancia unas veces, al in­terés otras, de las gentes inexpertas que las dirigen. 3º.- Que el servicio vial, por consi­guiente, representa desde este punto de vista rigurosa-mente objetivo y utilitario, un despilfarro de energía y de trabajo humanos.

 

Si en economía lo inteligente y lo cien­tífico es evitar toda pérdida de energía, todo malgastamiento de trabajo, el servicio vial obligatorio resulta condenado hasta por el mismo criterio, meramente económi­co y materialista sobre el que, en aparien­cia, se apoya. El desequilibrio entre el esfuerzo y el resultado no puede ser mayor. El Perú moviliza durante doce días al año a todos sus hom-bres aptos, entrabando y atacando actividades sin duda más repro‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ductivas, para alcanzar un insignificante, y en parte efímero progreso en la construc­ción de su red de caminos vecinales. (La apertura de los caminos nacionales y regio­nales, por motivos múltiples, es una empre­sa superior a los medios de la conscrip­ción vial).

 

 

IV

 

Contra la conscripción vial se pronun­cian, por ende, la razón moral y la razón práctica. La protesta contra este servicio, o esta mita, plantea, además, una cuestión de derecho. Una ley necesita reposar, en el con­senso, o, por lo menos, en la tolerancia de la opinión. Y la resistencia a la conscrip­ción vial no deja lugar a dudas sobre el sentimiento público respecto a este servi­cio. La raza indígena cuando ha sido invi­tada a hablar, ha hablado en términos dema-siado categóricos. El congreso indíge­na, entre otras reivindicaciones, formuló hace dos años la de la derogación de esta ley. El indio, la sierra, se han decla-rado con­tra la conscripción vial. La costa, que no la sufre ni la sufrirá jamás con el mismo ri­gor que la sierra, está votando también en contra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA HISTORIA ECONOMICA SOCIAL*

 

La contribución de César A. Ugarte al estudio de la economía peruana se resume y ordena, por el momento, en un libro que llega con evidente oportunidad. Por pri­mera vez en el Perú, para la interpretación de la historia y los problemas nacionales, se explora y analiza de preferencia su estra­to económico; y por primera vez también, una generación verdaderamente idealista, superando el romanticismo degenerado y retórico de sus mediocres antecesores, en vez de entretenerse en la requisitoria o la apología de hombres y palabras, esclarece realísticamente el juego complejo de las ac­ciones de que esos hombres y esas palabras no son sino el síntoma y el signo. Nunca como ahora se planteó el debate de los pro­blemas nacionales en un terreno preva-lentemente económico.

 

El Bosquejo de Historia Económica del Perú de Ugarte no tiene antece-dentes en nuestra historiografía. Ugarte ha trabajado en un terreno apenas desbrozado todavía. Las recopilaciones de documentos oficiales no consti-tuyen sino un índice -incompleto por otra parte- de la historia de las finanzas del Estado. La dispersión y el desorden

 

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 10 de diciembre de 1926.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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de los datos disponibles estorban, además, toda tentativa de explicación metódica y or­gánica de nuestra economía. Estas circuns­tancias enaltecen y avaloran el esfuerzo de Ugarte que, con tan honrado concepto de su respon-sabilidad, dicta el curso de histo­ria económica y financiera del Perú en la Facultad de Ciencias Políticas.

 

Por ahora Ugarte no nos da sino un bos­quejo, un esquema de la historia económi­ca nacional que, en lo tocante a las finanzas del Estado, se detiene en la administra­ción de Piérola. Pero de su probada capaci­dad de estudioso y de investigador debemos esperar con confianza una obra cabal. Ugar­te nos anuncia ya un estudio de la historia financiera de los últimos cinco años. Su "Bosquejo" representa únicamente una etapa vencida de su labor.

 

En este libro encontramos, como es ló­gico, todas las características de su tempe­ramento y su personalidad intelectual: me­sura en el juicio, prudencia en las proposi­ciones, relativismo en el criterio. Mi since­ridad me obliga a declarar que éstas son cualidades que constato con aprecio pero sin entusias-mo. Pienso que Ugarte extrema sus virtudes, casi hasta el punto de esterili-zarlas. Su preocupación de equilibrio, de discreción, de cautela, resultan en él, a la postre, una preocupación desmesurada, ex­cesiva. El exceso de prudencia aparece tan peligroso como todos los otros excesos que cuidadosamente esquiva o evita. Se podría decir que el exceso de Ugarte es su extremo afán de medida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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De este afán se resiente, en mi opinión, el "Bosquejo". La exposición es casi siem­pre justa y exacta: pero las conclusiones son con frecuencia débiles y difusas. El empeño de abarcar, objetiva y panorámicamen­te todas las faces de un fenómeno, condu­ce a veces a Ugarte a reproducir parcialmente alguno de sus principales aspectos, a medir de soslayo alguna de sus dimensio­nes. Ugarte, por ejemplo, concretamente no define los rasgos sustantivos de la econo­mía de la República. No denuncia categó­ricamente la subsistencia de su subestruc­tura feudal.

 

Muestra una apresión exagerada res­pecto al materialismo histórico, atribuyén-dole una interpretación unilateral de la his­toria. Mi marxismo, en esta materia, ten­dría que hacerle algunos reproches. Pero prefiero aguardar la ocasión en que Ugarte nos precise y aclare mejor sus reservas. No es posible deducir su alcance de una breve restricción teórica de su concepto sobre la influencia del factor económico.

 

En la gradación que Ugarte establece para los factores de un fenómeno, su pru­dente tendencia a mantenerse dentro de un estricto eclecticismo, tiene a veces el efec­to de relegar el factor fundamental o, por lo menos, de suponerle equivalencia con fac­tores secundarios y aún extraños. Ugarte escribe, verbi-gracia, que "el clima debilitante de la Costa, que favoreció la molicie de los españoles y criollos, alejó al indio". Bien sabemos que lo que alejó al indio de la costa, decidiendo la importación de esclavos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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negros, no fue precisamente el clima sino el método de colonización de los españoles, que en tres siglos diezmó a la raza autócto­na. No hace falta atribuir a la Naturaleza lo que debe atribuirse exclusivamente al ré­gimen económico y político de los coloni­zadores. La población indígena de la costa, antes de la Conquista, fue bastante nume­rosa para permitir el trabajo de una exten­sión de tierra mucho mayor que la cultivada después, bajo la colonia y bajo la Repú-blica. Los vestigios de canales de irrigación lo demuestran plenamente en varios puntos de la costa.

 

De igual modo, cuando examina las causas de la incipiencia de la industria fabril en el Perú, Ugarte olvida una que, sin embargo, tiene especial valor como dato del carácter colonial de nuestra economía, la falta del interés del capital extranjero en fomentar esta clase de trabajo. Las grandes firmas, importadoras y exportadoras, controlan y dominan nuestra economía. Y, mientras en su interés está evidentemente la explotación del país, como fuente de ma­terias primas, no está en cambio la implan­tación en él de industrias manufactureras. Más ventajoso les es continuar como inter­mediarias de sus importaciones. Hechas estas salvedades, no es posible dejar de reconocer que el Bosquejo de Historia Eco­nómica de Ugarte ofrece a los estudiosos, a la vez que un buen esquema de la evolu­ción de nuestra economía, un conjunto de observaciones inteligentes y sagaces. Tiene Ugarte, en su libro, certeros juicios. Recti­fica, con ponderación, pero con firmeza, al‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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gunos conceptos que podríamos llamar de circulación forzosa, que hasta ahora entur­bian el criterio histórico de nuestras gentes. Apunta que con Piérola, en 1895, tuvi­mos "un presidente netamente conservador, lleno de prudencia, de respeto a las insti­tuciones tradicionales y a la ley"; y que "sus principios no eran más que vagas afirmacio­nes y elementales nociones tocantes a la administración pública que cualquier partido habría suscrito". Agrega que en la decla­ración de principios del partido demócra­ta "no hay conceptos precisos ni penetrantes observaciones sobre los problemas eco­nómicos del país" y que "olvida tres grandes problemas sociales: el problema indíge­na, el problema agrario y el problema obrero". Me parece que no se necesita más para descalificarlo completamente.

 

No pondré punto final a estas rápidas líneas sobre el libro de Ugarte sin confesar que quisiera que su trabajo intelectual no se limitase al ejercicio de sus excep­cionales aptitudes críticas. La característi­ca y la debilidad de la época que declina han sido, evidentemente, el criticismo y el escepticismo en que se había remansado su pensamiento. Por fortuna, Ugarte, cuya inteligen-cia y cultura son tan estimadas, está demasiado cerca de los sentimientos y los ideales de nuestra generación para que su pasión pueda serle indiferente. Su libro no nos ofrece sino los frutos de su serena y laboriosa estación de cate-drático. Pero no disminuye mi certidumbre de que lo vere­mos pronto en una posición más activa y militante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ASPECTOS DEL PROBLEMA INDIGENA*

 

Recientemente1, Dora Mayer de Zulen, cuya inteligencia y carácter no son aún bas­tante apreciados y admirados, ha hecho, con la honradez y mesura que la distinguen, el balance del interesante y meritorio ex­perimento que consti-tuyó la Asociación Pro-Indígena2. La utilidad de este experimento resulta plenamente demostrada por quien fue, en mancomunidad y solidaridad habi­lísimas con el generoso espíritu precursor de Pedro S. Zulen, su heroica y porfiada animadora. La Pro-Indígena sirvió para aportar una serie de funda-mentales testi­monios al proceso del gamonalismo, determinando y precisando sus tremendas e im­punes responsabilidades. Sirvió para promover en el Perú costeño una corriente pro-indígena, que preludió la actitud de las ge­neraciones posteriores. Y sirvió, sobre todo, para encender una esperanza en la tiniebla andina, agitando la adormecida conciencia indígena.

 

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 17 de diciembre de 1926.

1 Se refiere al articulo "Lo que ha significado la Pro-indíge­na", publicado en Amauta, Año 1, Número 1, pág. 22, Lima, setiembre de 1926 (N. de los E.).

2 J.C.M. alude a este artículo al comentar la aparición del Grupo Resurgimiento en el Cuzco: léase "La nueva cruzada pro-indígena", en Ideología y Política, págs. 165, Volumen 13, de la primera serie Popular (N. de los E.).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pero, como la propia Dora Mayer, con su habitual sinceridad, lo reconoce, este ex­perimento se cumplió más o menos comple­tamente: dio todos, o casi todos, los frutos que podía dar. Demostró que el problema indígena no puede encontrar su solución en una fórmula abstractamente humanitaria, en un movimiento meramente filantrópico. Desde este punto de vista, como ya una vez lo he dicho, la Pro-Indígena es en cierta forma, un experimento negativo, pues tuvo como principal resultado, el de registrar o constatar la insensibili-dad moral de las pa­sadas generaciones.

 

Ese experimento ha cancelado definiti­vamente la esperanza o, mejor, la utopía de que la solución del problema indígena sea posible mediante una reacción de la clase necesariamente mancomunada con el gamo­nalismo. El Patronato de la Raza, instituido por el Estado, está ahí para testimoniarlo con su estéril presencia.

 

La solución del problema del indio tie­ne que ser una solución social. Sus realizadores deben ser los propios indios. Este con­cepto conduce a ver, por ejemplo, en la reu­nión de los congresos indígenas un hecho histórico. Los congresos indígenas, desvir­tuados en los dos últimos años por el burocra-tismo, no representan todavía un programa; pero sus primeras reuniones señalaron una ruta comunicando a los indios de las diversas regiones. A los indios les falta vinculación nacional. Sus protestas han sido siempre regio-nales. Esto ha contribuido en gran parte a su abatimiento. Un pueblo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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de cuatro millones de hombres, conscien­te de su número no desespera nunca de su porvenir. Los mismos cuatro millones de hombres mientras no sean sino una masa inorgánica, una muchedumbre dispersa, se­rán incapaces de decidir un rumbo histó­rico1.

 

En la estimación del nuevo aspecto del problema indígena que se bosqueja con las reivindicaciones balbuceantes y confusas pero, cada vez más extensas y concretas que formulan los propios indígenas, Dora Mayer está sustancial-mente de acuerdo conmigo, cuando escribe que "ya era tiempo que la raza misma tomara en manos su propia de­fensa porque jamás será salvado el que fuese incapaz de actuar en persona en su sal­vación". Y en la propia aprecia-ción del va­lor de la Pro-Indígena también acepta mi principal punto de vista, cuando apunta que "en fría concreción de datos prácticos, la Asociación Pro-indígena significa para los historiadores lo que Mariátegui supone: un experimento de rescate de la atrasada y es­clavizada raza indígena por medio de un cuerpo protector extraño a ella que gratui­tamente y por vías legales ha procurado servirle como abogado en sus reclamos ante los poderes del Estado''2.

 

Ya no es tiempo de pensar en ensayar otra vez el método así definido. Se imponen

 

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1 Este parágrafo está transcrito, con pequeñas modificaciones, en 7 Ensayos, "El Problema del Indio. Sumaria revisión histórica", pág. 49, Volumen 2, de la primera serie Popular (N. de los E.).

2 En la nota 5 de "El Problema del Indio. Su nuevo planteamiento", 7 Ensayos, pág. 41, Volumen 2, de la primera se­rie Popular (N. de los E.).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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otros caminos. Y esto no lo afirman sólo los conceptos sino los hechos que requieren ahora nuestro examen. Las reivindicacio­nes indígenas, el movi-miento indígena, que hasta hace dos años tuvieron un extraordi­nario animador en un oscuro indio, Ezequiel Urviola, rechazan la fórmula humanitaria y filantrópica. Valcárcel escribe: "Pro-indíge­na, Patronato, siempre el gesto del señor para el esclavo, siempre el aire protector en el semblante de quien domina cinco siglos. Nunca el gesto severo de justicia, nunca la palabra de justicia, nunca la palabra viril del hombre honrado, no vibraron jamás los truenos de bíblica indignación. Ni los po­cos apóstoles que en tierra del Perú nacie­ron, pronunciaron jamás la santa palabra regeneradora. En femeniles espasmos de compasión y piedad para el pobrecito indio oprimido, trascurre la vida y pasan las ge­neraciones. No hay un alma viril que grite al indio ásperamente el sésamo salvador. Concluya una vez por todas la literatura lacrimosa de los indigenistas. El campesino de los Andes desprecia las palabras de consuelo".

 

El problema indígena no puede, pues, ser considerado hoy con el criterio de hace pocos años. La historia parece marchar a prisa en nuestro país, como en el resto del mundo, de dos lustros a esta parte. Muchas concepciones, buenas y válidas hasta ayer no más, no sirven hoy casi para nada. Toda la cuestión se plantea en términos radicalmente nuevos, desde el día en que la palabra reivindicación ha pasado a ocupar el primer lugar en su debate.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PRINCIPIOS DE POLITICA AGRARIA NACIONAL*

 

Como un apéndice o complemento del estudio del problema de la tierra en el Perú, a que puse término en el número anterior de Mundial, estimo oportuno exponer, en un esquema sumario, los lineamientos que, de acuerdo con las proposiciones de mis estudios, podía tener dentro de las condi­ciones históricas vigentes, una política agra­ria inspirada en el propósito de solucionar orgáni-camente ese problema1. Este esquema se reduce necesariamente a un cuerpo de conclusiones generales, del cual queda ex­cluida la consideración de cualquier aspec­to particular o adjetivo de la cuestión, en­focada sólo en sus grandes planos.

 

1.- El punto de partida, formal y doc­trinal, de una política agraria socialista no puede ser otro que una ley de nacionaliza­ción de la tierra. Pero, en la práctica, la na­cionalización debe adaptarse a las necesi­dades y condiciones concretas de la econo­mía del país. El principio, en ningún caso, basta por sí sólo. Ya hemos experimentado cómo los principios liberales de la Cons­titución y del Código Civil no han sido sufi‑

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 1º de julio de 1927.

1 Véase "El Problema de la Tierra", 7 Ensayos págs. 50-101, Volumen 2 de la primera serie Popular (N. de los E.).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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cientes para instaurar en el Perú una eco­nomía liberal, esto es capitalista, y cómo, a despecho de esos principios, subsisten hasta hoy formas e institu-ciones propias de una economía feudal. Es posible actuar una política de nacionalización, aún sin incor­porar en la carta constitucional el princi­pio respectivo en su forma neta, si ese esta­tuto no es revisado integralmente. El ejem­plo de México es, a este respecto, el que con más provecho puede ser consultado. El artículo 27º de la Constitución Mexicana define así la doctrina del Estado en lo tocante a la propiedad de la tierra: "1.- La propiedad de las tierras y aguas comprendi­das dentro de los límites del territorio na­cional, corresponde originariamente a la Nación, la cual ha tenido y tiene el dere­cho de trasmitir el dominio de ellos a los particulares, constituyendo la propiedad privada. 2.- Las expropiaciones sólo po­drán hacerse por causa de utilidad pública y mediante indemnización. 3.- La Nación tendrá en todo tiempo el derecho de impo­ner a la propiedad privada las modalidades que dicte el interés público, así como el de regular el aprovechamiento de los elemen­tos naturales susceptibles de apropiación, para hacer una distribución equitativa de la riqueza pública y para cuidar de su con­servación. Con ese objeto se dictará las medidas necesarias para el fraccionamien­to de los latifundios; para el desarrollo de la pequeña propiedad; para la creación de nuevos centros que sean indispensables pa­ra el fomento de la agricultura y para evi­tar la des-trucción de los elementos naturales y de los daños que la propiedad pueda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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sufrir en perjuicio de la sociedad. Los pue­blos, rancherías y comunidades que carez­can de tierras y aguas, o no las tengan en cantidades suficientes para las necesidades de su población tendrán derecho a que se les dote de ellas, tomándolas de las propie­dades inmediatas, respetando siempre la pequeña propiedad. Por tanto, se confirman las dotaciones de terrenos que se hayan hecho hasta ahora de conformidad con el de­creto de 6 de marzo de 1915. La adquisi­ción de las propiedades particulares nece­sarias para conseguir los objetos antes ex­presados, se considerará de utilidad pública".

 

2.- En contraste con la política for­malmente liberal y prácticamente gamona-lista de nuestra primera centuria, una nue­va política agraria tiene que tender, ante todo, al fomento y protección de la "comuni­dad" indígena. El "ayllu", célula del Estado incaico, sobreviviente hasta ahora, a pesar de los ataques de la feudalidad y del ga­monalismo, acusa aún vitalidad bastante para conver-tirse, gradualmente, en la célula de un Estado socialista moderno. La acción del Estado, como acertadamente lo propo­ne Castro Pozo, debe dirigirse a la transfor­mación de las comunidades agrícolas en cooperativas de producción y de consumo. La atribución de tierras a las comunidades tiene que efectuarse, naturalmente, a expen­sas de los latifundios, exceptuando de toda expropia-ción, como en México, a los peque­ños y aun a la de medianos propietarios, si existe en su abono el requisito de la "pre­sencia real". La extensión de tierras disponi­bles permite reservar las necesarias para

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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una dotación progresiva en relación conti­nua con el crecimiento de las comunidades. Esta sola medida aseguraría el crecimiento demográfico del Perú con mayor propor­ción que cualquiera política "inmigrantis­ta" posible actualmente.

 

3.- El crédito agrícola, que sólo contro­lado y dirigido por el Estado puede impul­sar la agricultura en el sentido más conve­niente a las necesidades de la agricultura nacional, constituiría dentro de esta políti­ca agraria el mejor resorte de la producción comunitaria. El Banco Agrícola Nacional acordaría la preferencia a las operaciones de las cooperativas, las cuales, de otro lado, serían ayudadas por los cuerpos técnicos y educativos del Estado para el mejor trabajo de sus tierras y la instrucción industrial de sus miembros.

 

4.- La explotación capitalista de los fundos en los cuales la agricultura esté industrializada, puede ser mantenida mientras continúe siendo la más eficiente y no pierda su aptitud progresiva; pero, tiene que quedar sujeta al estricto control del Estado en todo lo concerniente a la obser­vación de la legislación del trabajo y la hi­giene pública, así como a la participación fiscal en las utilidades.

 

5.- La pequeña propiedad encuentra po­sibilidades y razones de fomento en los va­lles de la costa o la montaña, donde existen factores favorables económica y socialmen­te a su desarrollo. El "yanacón" de la costa, cuando se han abolido en él los hábitos,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tradiciones de socialismo del indígena, pre­senta el tipo en formación o tran-sición del pequeño agricultor. Mientras subsista el problema de la insuficien-cia de las aguas de regadío, nada aconseja el fraccionamien­to de los fundos de la costa dedicados a cul­tivos industriales con sujeción a una técni­ca moderna. Una política de división de los fundos en beneficio de la pequeña propie­dad no debe ya, en ningún caso, obedecer a propósitos que no miren a una mejor producción.

 

6.- La confiscación de las tierras no cultivadas y la irrigación o bonificación de las tierras baldías, pondrían a disposición del Estado extensiones que serían destinadas preferentemente a su colonización por medio de cooperativas técnicamente capacitadas.

 

7.- Los fundos que no son explotados directamente por sus propietarios, -perte­necientes a grandes rentistas rurales impro­ductivos-, pasarían a manos de sus arren­datarios, dentro de las limitaciones de usu­fructo y extensión territo-rial por el Estado, en los casos en que la explotación del suelo se practicase conforme a una técnica in­dustrial moderna, con instalaciones y capi­tales eficientes.

 

8.- El Estado organizaría la enseñanza agrícola, y su máxima difusión en la masa rural, por medio de las escuelas rurales pri­marias y escuelas prácticas de agricultura o granjas escuelas, etc. A la instrucción de los

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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niños del campo se le daría un carácter ne­tamente agrícola.

 

 

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No creo necesario fundamentar estas conclusiones que se proponen, única-mente, agrupar en un pequeño esbozo, algunos li­neamientos concretos de la política agraria que consienten las presentes condiciones históricas del país, dentro del ritmo actual de la historia en el continente. Quiero que no se diga que de mi examen crítico de la cuestión agraria peruana se desprenden sólo conclusiones negativas o proposiciones de un doctrinarismo intransigente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ASPECTOS ECONOMICO-SOCIALES DEL PROBLEMA SANITARIO*

 

 

Las deliberaciones de la Conferencia Sanitaria Pan-americana, confieren la más viva actualidad al tema de la sanidad públi­ca. El problema sanitario, por sus relacio­nes con sus más fundamentales problemas de toda nación, ha dejado de constituir un tópico reservado exclusivamente a los hi­gienistas. No hay hombre de Estado ni programa político, en nuestra época, que no reconozca al factor demográfico toda la im­portancia que evidentemente tiene. La po­lítica tiene hoy un sentido mucho más vital, un contenido mucho más biológico que en otros tiempos. Su antigua concepción acusaba la preocu-pación obstinada del héroe de la élite; su concepción moderna se caracteriza, en cambio, por la preocupación de la masa. A pesar de todos los signos reaccionarios, es evidente que el Estado contemporáneo, aun en los casos en que acaparan su representación personalidades absorbentes y centralizadoras, -como sucede, por ejemplo, en el Estado fascista-, tiene forzosamente que actuar una política de masas. Este hecho explica mejor que cualquier otro el rango alcanzado por la

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 4 de noviembre de 1927.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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higiene pública en la labor de los gobiernos y el pensamiento de los estadistas.

 

Políticamente, el socialismo ha incluido de manera decisiva en la nueva valoración del capital humano. El progreso científico, en este campo, no ha hecho sino corroborar y ratificar el progreso político, demostran­do la estrecha solidaridad que, pese a la gravitación conservadora y democrática de las academias, existe a tal punto que se pue­de decir que el descubrimiento de la masa, no habría sido posible sin la afirmación ideológica socialista. A partir del momento en que la masa, por su propio impulso, ha entrado en la historia, todas las actitudes clásicas de la inteligencia han caído en descrédito. Y el primer valor de la ciencia ha comenzado a ser su valor social.

 

Este movimiento encuentra su más pre­cisa expresión en la política de los dos es­tados que más antitéticamente representan la realidad actual: sovietismo y fascismo. El esfuerzo más enérgico y significativo de los Soviets es, incon-testablemente, el que persigue el mejoramiento material e intelec­tual del trabajador. Las más originales y re­volucionarias instituciones de la asistencia social, corresponden hoy a Rusia, por razo­nes sustancialmente políticas. La transfor­mación de los palacios de invierno de la aristocracia en casas de reposo para los obreros surmenados, ofrece, desde este punto de vista, el ejemplo más típico, aunque no sea, naturalmente el hecho que mejor expresa la orientación médico-social del nue­vo Estado, cuya acción está dirigida, ante

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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todo, a la protección de la maternidad y de la infancia. El niño, según el gran economis­ta francés Charles Guide, es el máximo usu­fructuario de la revo-lución. El fascismo, por su parte, no obstante su espontánea in­clinación a un sentido romántico de la polí­tica, se ve obligado a admitir también que la mayor riqueza de Italia, es su capital hu­mano. Mussolini, guiado por su agudo rea­lismo, supera tal vez a todos los estadistas de la Europa capitalista en la apreciación del factor demográfico. Su discurso del 26 de mayo anuncia una total revisión de la po­lítica italiana en lo que concierne a demografía y nata-lidad. Prevalecía en Italia hasta hace poco el concepto de que Italia tenía una natalidad excesiva. Mussolini sostiene lo contrario. A la idea de que los italianos son muchos opone la idea de que, más bien, son pocos. "Hablemos claro, -ha dicho propugnando un impuesto a los matrimo­nios infecundos y otras medidas- ¿qué co­sa son cuarenta millones de italianos fren­te a noventa millones de germanos y a doscientos millones de eslavos?" Todas las ambiciones imperialistas del fascismo recla­man una estimación especial del capital hu­mano y de sus posibilidades de crecimiento. El soñado imperio no es posible sin una ancha base demográfica. Y el número no basta. La superioridad biológica de una nación tiene que medirse cuantitativa y cualitativamente.

 

En el Perú, se constata una compren­sión cada vez más amplia del problema sa­nitario. Venciendo las resistencias defensi­vas del conservantismo y la rutina de nues-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tras "clases ilustradas", los higienistas avan­zan visiblemente en la faena de formar "conciencia sanitaria", como suele decirse. Conceptos e instituciones modernas de asis­tencia social, comienzan a adquirir entre nosotros carta de ciudadanía. Pero, lógicamente, la propaganda y el estudio de los hi­gienistas se sitúa en un plano específico y técnico. Y, lo mismo que el problema de la instrucción, el problema de la sanidad ne­cesita ser examinado en sus relacio-nes con el medio económico-social. De otro modo, es imposible llegar a su esclarecimiento integral.

 

En esta labor, que escapa a la órbita particular de los técnicos de la Higiene Pú­blica, nos toca participar a todos los que nos ocupamos, con objetivos de interpreta­ción profunda e íntima, de los problemas nacionales.

 

Cabe, por ejemplo, señalar la influen­cia que tienen en la cuestión de la salubri­dad rural la supervivencia del viejo régi­men y espíritu latifundistas. El hacendado colonial de antiguo tipo, ha heredado de sus abuelos un criterio feudal, casi esclavista, en abierto conflicto con la valoración moder­na del capital humano. La mentalidad del "negrero" no se sintió condenada por la abo­lición de la esclavitud, dado que se le ofre­ció la oportunidad y los medios de subsis­tir al autorizarse el comercio de coolies. Por el bienestar del bracero aborigen, provenien­te en gran parte de la sierra, esto es de re­giones donde impera aún la servidumbre, el latifundista no manifiesta hoy un interés

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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mayor que antaño por el bienestar del ne­gro o del chino. Las rancherías infectas, el bajo tenor de vida del bracero y su familia, el rigor de un trabajo sobre el cual no se ejerce todavía ningún contralor, así lo demuestran. Los documentos oficiales revelan que a pesar de la reiteradas y celosas ins­tancias de la Dirección de Salubridad, son muy pocas las haciendas en las cuales se obedece las disposiciones de ley contra el paludismo. Y es que la sanidad tiene que triunfar no sólo de la natural tendencia de las empresas a obtener los mayores rendi­mientos con los menores gastos, sino tam­bién del espíritu del señor feudal reacio a considerar al bracero humilde como a un hombre con derecho a un racional e higié­nico tenor de vida.

 

 

Si los más apremiantes problemas de la salubridad de la costa, son el de la bubó­nica y el del paludismo, resulta excepcio­nalmente grave esta resistencia del latifun­dio a cooperar con las autoridades sanita­rias en la protección eficaz de la salud de los trabajadores. Poco se avanza con extir­par la peste de las ciudades, mientras sub­sisten sus focos rurales. Parece averiguado que las apariciones violentas de la bubóni­ca en los centros urbanos de la costa se deben, generalmente, a enfermos provenientes del campo.

 

La eficacia de la acción médico-social en la sierra, no se presenta menos vinculada a la modificación de las condiciones económi­co-sociales ahí subsistentes. Sabemos bien

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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que la miseria y la ignorancia del indio, dependen, ante todo, de su servi-dumbre. Y que el higienista, como el educador, no pueden, por ende, cumplir plenamente su misión, en tanto que les toque chocar con este factor de depresión y embrutecimiento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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HETERODOXIA DE LA TRADICION*

 

He escrito al final de mi artículo "La reivindicación de Jorge Manrique"1: Con su poesía tiene que ver la tradición, pero no los tradicionalistas. Porque la tradición es, con­tra lo que desean los tradicionalistas, viva y móvil. La crean los que la niegan para re­novarla y enriquecerla. La matan los que la quieren muerta y fija, prolongación de un pasado en un presente sin fuerza, para incorporar en ella su espíritu y para meter en ella su sangre.

 

Estas palabras merecen ser solícitamen­te recalcadas y explicadas. Desde que las he escrito, me siento convidado a estrenar una tesis revolucionaria de la tradición. Hablo, claro está, de la tradición entendida como patrimonio y continuidad histórica.

 

¿Es cierto que los revolucionarios la reniegan y la repudian en bloque? Esto es lo que pretenden quienes se contentan con la gratuita fórmula: revolucionarios iconoclas­tas. Pero, ¿no son más que iconoclastas los revolucionarios? Cuando Marinetti invitaba a Italia a vender sus museos y sus monu­mentos, quería sólo afirmar la potencia

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 25 de noviembre de 1927.

1 Compilado en El Artista y la Época, págs. 126, tomo 6 de la primera Colección Popular (N. de los E.).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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creadora de su patria, demasiado oprimida por el peso de un pasado abruma-doramen­te glorioso. Habría sido absurdo tomar al pie de la letra su vehemente extremismo. Toda doctrina revolucionaria actúa sobre la realidad por medio de negaciones intransi­gentes que no es posible comprender sino interpretán-dolas en su papel dialéctico.

 

Los verdaderos revolucionarios, no proceden nunca como si la historia empezará con ellos. Saben que representan fuerzas históricas, cuya realidad no les permite com­placerse con la ultraísta ilusión verbal de inaugurar todas las cosas. Marx extrajo del estudio completo de la economía burguesa, sus principios de política socialista. Toda la experiencia industrial y financiera del capitalismo, está en su doctrina anti-capi­talista. Proudhon, de quien todos conocen la frase iconoclasta, mas no la obra prolija, cimentó sus ideales en un arduo análisis de las instituciones y costumbres sociales, exa­minando desde sus raíces hasta el suelo y el aire de que se nutrieron. Y Sorel, en quien Marx y Proudhon se reconcilian, se mostró profundamente preocupado no sólo de la formación de la conciencia jurídica del pro­letariado, sino de la influencia de la orga­nización familiar y de sus estímulos morales, así en el mecanismo de la producción como en el entero equilibrio social.

 

No hay que identificar a la tradición con los tradicionalistas. El tradicionismo -no me refiero a la doctrina filosófica sino a una actitud política o sentimental que se resuelve invariablemente en mero conser‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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vantismo- es, es verdad, el mayor enemi­go de la tradición. Porque se obstina inte­resadamente en definirla como un conjun­to de reliquias inertes y símbolos extintos. Y en compendiarla en una receta escueta y única.

 

La tradición, en tanto, se caracteriza precisamente por su resistencia a dejarse aprehender en una fórmula hermética. Co­mo resultado de una serie de experiencias, -esto es de sucesivas transformaciones de la realidad bajo la acción de un ideal que la supera consultándola y la modela obede­ciéndola-, la tradición es heterogénea y contradictoria en sus componentes. Para reducirla a un concepto único, es preciso contentarse con su esencia, renunciando a sus diversas cristalizaciones.

 

Los monarquistas franceses constru­yen toda su doctrina, sobre la creencia de que la tradición de Francia, es fundamentalmente aristocrática y monárquica, idea con­cebible únicamente por gentes enteramente hipnotizadas por la imagen de la Francia de Carlo Magno. René Johannet, reaccionario también, pero de otra estirpe, sostiene que la tradición de Francia es absolutamente burguesa y que la nobleza, en la que depositan su recalcitrante esperanza Maurras y sus amigos, está descartada como clase dirigente desde que, para subsistir, ha tenido que aburguesarse. Pero el cimiento social de Francia son sus familias campesinas, su artesanado laborioso. Está averiguado el papel de los descamisados en el período cul­minante de la revolución burguesa. De ma-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nera que si en la praxis del socialismo fran­cés entrara la declamación nacionalista, el proletariado de Francia podría también descubrirle a su país, sin demasiada fatiga, una cuantiosa tradición obrera.

 

Lo que esto nos revela es que la tradi­ción aparece particularmente invocada, y aun ficticiamente acaparada por los menos aptos para recrearla. De lo cual nadie debe asombrarse. El pasadista tiene siempre el paradójico destino de entender el pasado muy inferiormente al futurista. La facultad de pensar la historia y la facultad de hacerla o crearla, se identifican. El revoluciona­rio, tiene del pasado una imagen un poco subjetiva acaso, pero animada y viviente, mientras que el pasadista es incapaz de representárselo en su inquietud y su fluencia. Quien no puede imaginar el futuro, tampo­co puede, por lo general, imaginar el pasado.

 

No existe, pues, un conflicto real entre el revolucionario y la tradición, sino para los que conciben la tradición como un museo o una momia. El conflicto es efectivo sólo con el tradicionalismo. Los revolucio­narios encarnan la voluntad de la sociedad de no petrificarse en un estadio, de no inmovilizarse en una actitud. A veces la so­ciedad pierde esta voluntad creadora, para­lizada por una sensación de acabamiento o desencanto. Pero entonces se constata, inexorablemente, su envejecimiento y su decadencia.

 

La tradición de esta época, la están ha­ciendo los que parecen a veces negar, icono‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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clastas, toda tradición. De ellos, es, por lo menos, la parte activa. Sin ellos, la sociedad acusaría el abandono o la abdicación de la voluntad de vivir reno-vándose y superán­dose incesantemente.

 

Maurice Barrés legó a sus discípulos una definición algo fúnebre de la Patria. "La Patria es la tierra y los muertos". Ba­rras mismo era un hombre de aire fúnebre y mortuorio, que según Valle Inclán, seme­jaba físicamente un cuervo mojado. Pero las generaciones post-bélicas están frente al dilema de enterrar con los despojos de Ba­rras su pensamiento de "paysan" solitario dominado por el culto excesivo del suelo y de sus difuntos o de resignarse a ser ente-rrada ella misma después de haber sobrevivido sin un pensamiento propio nutrido de su sangre y de su esperanza. Idéntica es su situación ante el tradicionalismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA TRADICION NACIONAL*

 

Para nuestros tradicionalistas, la tradi­ción en el Perú es, fundamentalmente, colo­nial y limeña. Su conservantismo, pretende imponernos, así, una tradición más bien es­pañola que nacional. Ya he apuntado en mi anterior artículo que siempre el tradiciona­lista mutila y fracciona la tradición en el Perú y el interés clasista y político de nues­tra casta feudal.

 

Mientras ha dominado en el país la mentalidad colonialista, hemos sido un pue­blo que se reconocía surgido de la conquis­ta. La conciencia nacional criolla obedecía indolentemente al prejuicio de la filiación española. La historia del Perú empezaba con la empresa de Pizarro, fundador de Lima. El Imperio Incaico no era sentido sino co­mo prehistoria. Lo autóctono estaba fuera de nuestra historia y, por ende, fuera de nuestra tradición.

 

Este tradicionalismo empequeñecía a la nación, reduciéndola a la población crio­lla o mestiza. Pero, impotente para reme­diar la inferioridad numérica de ésta, no po­día durar mucho.

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 2 de diciembre de 1927.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Se puede decir del Perú lo que Waldo Frank dice de Norte América: que es todavía un concepto por crear. Mas ya sabemos definitivamente, en cuanto al Perú, que este concepto no se creará sin el indio. El pa­sado incaico ha entrado en nuestra histo­ria, reivindicado no por los tradicionalistas sino por los revolucionarios. En esto con­siste la derrota del colonialismo, sobrevi­viente aún, en parte, como estado social -feudalidad, gamonalismo-, pero batido para siempre como espíritu. La revolución ha reivindicado nuestra más antigua tradición.

 

Y esto no tiene nada de insólito, y ni siquiera nacional no como un utópico ideal de restauración romántica, sino como una reintegración espiritual de la historia y la patria peruanas. Reintegración profundamente revolucionaria en su intención y su trascendencia.

 

A una crítica familiarizada con las con­ciliaciones de la revolución y la tradición, el indigenismo de los vanguardistas perua­nos no les parece arbitrario. Comentando el primer número de la revista Amauta, "La Fiera Letteraria" se complacía de que su vanguardismo se armonizase con la más anciana tradición nacional.

 

Este criterio, por otra parte, no asoma en la crítica sólo ahora. La filosofía post-he­geliana de la historia, tiende espontánea y naturalmente, a la misma conciliación. Hace ya algunos años, Mario Missiroli, la formu­ló en términos absolutos: "La revolución

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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está ya contenida en la tradición. Fuera de la tradición, no está sino la utopía. He aquí porqué Marx injertando su teoría en el gran tronco del pensamiento moderno concebi­rá al proletariado como salido del regazo de la burguesía, y, liquidando toda la de­mocracia anterior, afirmará que la lucha de clases en vez de asesinar a la burguesía ca­pitalista acelera su desarrollo; y Jorge So­rel perfeccionando la doctrina del filósofo de Tréveris propugnará la misma solución catastrófica".

 

La tradición nacional se ha ensanchado con la reincorporación del incaísmo, pero esta reincorporación no anula, a su turno, otros factores o valores defini-tivamente in­gresados también en nuestra existencia y nuestra personalidad como nación. Con la conquista, España, su idioma y su religión entraron perdurablemente en la historia peruana comunicándola y articulándola con la civilización occidental. El Evangelio, como verdad o concepción religiosa, valía ciertamente más que la mitología indígena. Y, más tarde, con la revo-lución de la Independen­cia, la República entró también para siempre en nuestra tradición.

 

El tradicionalismo, el colonialismo, no han perdonado nunca a la República su ori­gen y su alcance revolucionarios. Hoy este es ya un tópico completamente superado. Las responsabilidades de la República no son responsabilidades del régimen republi­cano sino del régimen colonial, que su prác­tica -y no su doctrina- dejó subsistente. La República, contra lo que pretenden, arti-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ficiosa y reaccionariamente sus retardados críticos, no fue un acto romántico. La justi­fican no sólo cien años de experiencia na­cional, sino, sobre todo, la uniformidad con que impuso a toda América esa forma polí­tica, el movi-miento solidario de la indepen­dencia, que es absurdo enjuiciar separadamente del vasto y complejo movimiento liberal y capitalista del cual recibió rum­bo e impulso. La monarquía constitucional, representó en Europa una fórmula de tran­sacción y equilibrio entre la tradición aris­tocrática y la revolución burgue-sa. Pero en Europa la tradición aristocrática y en América, desde la conquista, que condenó al ostracismo lo autóctono, esa tradición no era indígena sino extranjera.

 

Nada es tan estéril como el proceso a la historia, así cuando se inspira en un intran­sigente racionalismo, como cuando reposa en un tradicionalismo estático. "Indiestro non si torna".

 

Cuando se nos habla de tradición na­cional, necesitamos establecer previa-mente de qué tradición se trata, porque tenemos una tradición triple. Y porque la tradición tiene siempre un aspecto ideal -que es el fecundo como fermento o impulso de pro­greso o superación- y un aspecto empírico, que la refleja sin contenerla esencialmente. Y porque la tradición está siempre en creci­miento bajo nuestros ojos, que tan frecuen­temente se empeñan en quererla inmóvil y acabada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA CRISIS DE LA BENEFICENCIA Y LA

CUESTION DE LOS ASISTENTES*

 

 

El criterio con que la Beneficencia Pu­blica de Lima ha balanceado su presupues­to deficitario, es singularmente expresivo de lo poco que se adapta y aviene esa anciana institución a sus fines de asistencia social. Puesta en el trance de hacer economía, la Beneficencia ha comenzado por la de los míseros haberes de los asistentes y exter­nos de los hospitales. Es decir por una econo-mía que no sólo resulta la del bizcochue­lo del loro, sino la más inconcebible en una institución cuyo objeto principal es, preci­samente, la asistencia hospitalaria. El fac­tor técnico es, -sin duda-, el más impor­tante en tal servicio; pero la resolución de la Beneficencia lo presenta como el menos estimado por esta corporación.

 

Del déficit y la penuria de la Beneficia, los asistentes y externos de los hospitales, no son, por supuesto, mínimamente responsables. Los sueldos de los asistentes apenas llegan a cinco libras mensuales. La Beneficencia, ha mantenido, en este servi­cio, con el celo más conservador y la tacañería más recalcitrante, una escala de suel­dos que data probablemente de la época

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 23 de marzo de 1928.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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colonial. Todos los servidores de esta insti­tución han obtenido progresivos aumentos. Nadie objetará, por cierto, la justicia de estos aumentos; pero todos tendrán que sorprenderse de que la Beneficencia no los haya hecho extensivos a los médicos y practi­cantes. La asistencia necesita un personal técnico antes que un personal burocrático. El personal técnico, sin embargo, se había con-formado hasta ahora con una remune­ración exigua, de la cual la Beneficencia se ha acordado sólo para reducirla o cerce­narla.

 

Las propinas -hay que llamarlas así- de los estudiantes que prestan sus servicios como externos, y aun como internos, en los hospitales, en un país donde no existen bol­sas de estudios, constituyen un modesto y parcial sucedáneo de los medios con que se cuenta en otras partes para ayudar en su carrera a los estudiantes pobres. Su supre­sión o reducción no se explicaría en ningún caso; pero se explica menos aún decretada por la Beneficencia. La razón de economía no es bastante para justificar una medida de esta natura-leza que, de otro lado, no será sin duda suficiente para sacar a la Beneficencia de los apuros a que la ha con­ducido una administración imprevisora. La rebaja de los egresos tendría, necesariamente, que detenerse siempre ante renglo­nes manifiestamente intangibles.

 

Es lógico y honrado que la Beneficen­cia se esfuerce por acomodar sus gastos a sus recursos. Pero su plan de economías no puede obedecer a un criterio puramente ad‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ministrativo y financiero. Una Sociedad de Beneficencia no debe ni puede olvidar jamás su objeto, su función. Si no le es posi­ble cumplirlos de otro modo que rebaján­dolos y amputándolos, tiene el deber de confesar y aceptar su fracaso. Porque a la Beneficencia se le podría haber disculpado su incapacidad orgánica para amoldarse a un entendimiento democrático de la asisten­cia social; se le podría haber disculpado su marcha remolona y acha-cosa hacia metas inaccesibles a sus gastadas fuerzas e incompatibles con sus hábitos sedentarios; pero no se le puede disculpar su déficit y su falencia. Lo menos que cabía exigir de la Beneficencia era parsimonia en los gastos, puntualidad en los presupuestos, pru­dencia en las empresas. En materia médico-social, su competencia tenía que ser muy elemental y modesta; pero siquiera en ma­teria administrativa, podía suponérsele amaestrada por la experiencia. Su considerable patrimonio la ponía a cubierto de estre­checes.

 

La crisis económica de la Beneficencia, por sus efectos en los servicios hospitala­rios, indica claramente que esa institución ha llegado, cargada de años y de beneme­rencias, a la edad de la jubilación forzosa. Las instituciones, como los individuos, en­vejecen. La Beneficnecia no puede evadir su destino. Su ancianidad y su patriotismo, no son títulos bastantes para que se le prorrogue una misión que desde hace tiempo no está en aptitud de desem-peñar. Hoy se encuentra en la imposibilidad de pagar cin­co libras mensuales a los médicos asisten-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tes. Con los años, -por eficaz que sea la ges­tión de su actual director- sus dificultades y sus tropezones tendrán que multipli­carse. Si algún servicio se quiere reservar a la Beneficencia para conservarla por al­gún tiempo más como una reliquia históri­ca, que se le encargue la asistencia de los ancianos indi-gentes y de los mendigos. Esta sería tal vez una ocupación adecuada a su tradición y a sus aficiones. Pero los hos­pitales deben pasar a manos mas seguras y robustas.

 

La supresión de los haberes de los asis­tentes, como en general la crisis eco-nómica de la Beneficencia, refleja un estado de decadencia orgánica que ni el más milagroso taumaturgo acertaría a curar con el palia­tivo de las economías. Con el ahorro, la Be­neficencia no ha hecho más que ponerse a dieta. Pero ni éste ni otro tratamiento lo­grarán rejuvenecerla y vigorizarla. Lo menos que hay que hacer con ella, de urgen­cia, es aliviarla de trabajo y de responsa­bilidades.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EN TORNO AL TEMA DE LA INMIGRACION*

 

 

La Conferencia Internacional de Inmi­gración de La Habana, invita a consi-derar este asunto en sus relaciones con el Perú. Parecen liquidados, por fortuna, los tiem­pos de política retórica en que, extraviada por las fáciles lucubraciones de los programas de partido y de gobierno, la opinión pública peruana se hacía excesivas o desmesuradas ilusiones sobre la capacidad del país para atraer y absorber una inmigra­ción importante. Pera el problema de la inmigración no está aún seria y científicamente estudiado, en ninguno de sus dos as­pectos: ni en las posibilidades del Perú de ofrecer trabajo y bienestar a los inmigrantes, en grado de determinar una constante y cuantiosa corriente inmigratoria a sus suelos, ni en las leyes que regulan y encau­zan las corrientes de inmigración y su apro­vechamiento por los pueblos escasamente poblados.

 

Las restricciones a la inmigración vigentes en los Estados Unidos desde hace

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 13 de abril de 1928. Apareció también en Amauta, Nº 13, marzo de 1928, en la sección "La Vida Económica", con el titulo de "Inmigración": además de pequeñas enmiendas al escrito de Mundial, se agregó algunos párrafos, que se han incluido en este articulo (N. de los E.).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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algunos años, ha mejorado un tanto la po­sición de los demás países de América en lo concerniente al interesamiento de los in­migrantes por sus riquezas y recursos. Pero este es un factor general y pasivo del cual tienen muy poco que esperar los países que no se encuentren en condiciones de asegurar a los inmigrantes perspectivas análogas a las que convirtieron a Norte América en el más grande foco de atrac­ción de la inmigración mundial.

 

Estados Unidos ha sido, en el período en que afluían a su territorio fabulosas ma­sas de inmigrantes, una nación en el más vigoroso, orgánico y unánime proceso de crecimiento industrial y capitalista que re­gistra la historia. El inmigrante de aptitu­des superiores, hallaba en Estados Unidos el máximo de oportunidades de prosperi­dad o enriquecimiento. El inmigrante mo­desto, el obrero manual, encontraba, al menos, trabajo abundante y salarios elevados, que en caso de no asimilación le consentían repatriarse después de un período más o menos largo de paciente ahorro. La Argen­tina y el Brasil, además de las ventajas de su situación sobre el Atlántico, han presen­tado, en otra proporción y distinto marco, parecido proceso de desenvolvimiento capi­talista. Y, por esta razón, se han beneficiado de los aluviones de inmigración occiden­tal en escala mucho mayor que los otros pueblos latinoamericanos.

 

El Perú, en tanto, no ha podido atraer masas apreciables de inmigrantes por la sencilla razón de que, -no obstante su le‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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yenda de riqueza y oro-, no ha estado eco­nómicamente en condiciones de solicitarlas ni de ocuparlas. Hoy mismo, mientras la co­lonización de la montaña, que requiere la solución previa y costosa de complejos problemas de vialidad y salubridad, no cree en esa región grandes focos de trabajo y producción, la suerte del inmigrante en el Perú, es muy aleatoria e insegura. Al Perú no pue­den venir, sino en muy exiguo número, obreros industriales. La industria peruana es incipiente y sólo puede remunerar me­dianamente a contados técnicos. Y tampo­co pueden venir al Perú campesinos y jor­naleros. El régimen de trabajo y el tenor de vida de los trabajadores indígenas del campo y las minas, están demasiado por debajo del nivel material y moral de los más mo­destos inmigrantes europeos. El campesino de Italia y de Europa central no aceptaría jamás el género de vida que puedan ofrecerle las mejores y más prosperas haciendas del Perú. Salarios, vivienda, ambiente mo­ral y social, todo le parecería miserable. Las posibilidades de inmigración polaca, -a pe­sar de ser Polonia uno de los países de ma­yor movimiento emigratorio, a causa de su crisis económica-, están circunscritas co­mo se sabe a la montaña, a donde el inmi­grante vendría como colono -vale decir como pequeño propietario- y no como bracero. Las leyes de reforma agraria que, después de la guerra, han liquidado en la Europa Central y Oriental -Checoslova­quia, Rumania, Bulgaria, Grecia, etc.- los privilegios de la gran propiedad agraria, hacen más difícil que antes la inmigración de los campesinos de esos países a pueblos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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donde no rijan mejores principios de jus­ticia distributiva. El trabajador del campo de Europa, en general, no emigra sino a los países agrícolas donde se ganan altos sala­rios o donde existen tierras apropiables. Ni uno ni otro es, por el momento, el caso del Perú.

 

Las obras de irrigación en la costa, -en tanto que una reforma agraria y del régi­men de trabajo no se lleve a cabo-, no parecen tampoco destinados a acelerar la inmigración mediante la colonización de las tierras habilitadas para el cultivo. El dere­cho de los yanacones y comuneros a la pre­ferencia en la distribución de estas tierras, se impone con fuerza incontestable. No ha­bría quien osara proponer su postergación en provecho de inmigrantes extranjeros.

 

La montaña, por grande que sea el opti­mismo que infunda intermitentemente la fortuna de sus pioners, -cuyos innumera­bles fracasos y penurias tienen siempre menos resonancia- presentará por mucho tiempo los inconvenientes de su insalubri­dad y su incomunicación. El inmigrante se aviene cada día menos a los riesgos de la selva inhóspita. La raza de Robinson Cru­soe se extingue a medida que aumentan las ventajas de la convivencia social y civilizada. Y no aun las razones de patriotismo logran triunfar del legítimo egoísmo indivi­dual, en orden a las empresas de coloniza­ción. Italia no ha logrado dirigir a sus colo­nias africanas ni las corrientes rumanas ni los capitales que fácilmente parten a América, con grave peligro de desnacio-naliza‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ción, como bien lo siente el fascismo, que se imagina encontrar un remedio en prerroga­tivas incompatibles con la soberbia y el in­terés de los estados que reciben y necesitan inmigrantes.

 

Por las condiciones sociales y económi­cas del país, mucho más que por su situa­ción geográfica, se explica el que la inmigra­ción que de preferencia ha recibido, haya sido inmigración amarilla. Sólo el coolí chino ha podido trabajar en las haciendas peruanas, en condiciones semejantes al indio. La agricultura peruana no pudo rete­ner en sus labores al bracero japonés que, a menos que se arraigue como colono o arren­datario, la deserta apenas le es posible pa­ra dedicarse al pequeño comercio, o algún oficio o industria.

 

El experimento de la colonización de la montaña con inmigrantes alemanes, y que se detuvo en la colonia del Pozuzo, demues­tra la dificultad de asimilar inmigración de esa procedencia. Los colonos del Pozuzo se han enquistado en esa región, sin mezclarse con la población nacional, más por un sentido de raza, comunidad y civilización que por la escasez de comunicaciones con los centros poblados. El inmigrante alemán, por otra parte, es generalmente obrero in­dustrial. Si no puede venir al Perú como co­merciante o técnico, no encuentra una si­tuación proporcionada a sus aptitudes y as­piraciones.

 

Inglaterra, por razones de su crisis de desocupación, es el país que acusa, en la es-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tadística, una emigración más cuantiosa. Pero ya hemos hecho también, con el más negativo resultado, el ensayo de la inmigra­ción inglesa. Hubo que devolver a su patria a los inmigrantes que vinieron y que, como era natural, regresaron completamente de­cepcionados.

 

La inmigración europea que más fácilmente se ha adaptado al país, ha sido la ita­liana. Pero, por las razones ya expresadas, no encuentra en las condiciones económico-sociales del Perú estímulos para su creci­miento. Conforme a un resumen estadísti­co que tenemos a la vista, la colonia ita­liana del Perú sumaba en 1871, 1,321, per­sonas. En diez años aumentó a 10,000 para bajar a 4,511 en el período de depresión económica que siguió a la guerra con Chile. En 1911, se elevaba a 12,000 y de entonces a acá sólo ha crecido en mil personas. La inmigración italiana, en general, se compone en su mayor parte de campe-sinos. Ocupan el segundo, tercero y cuarto lugar en su número, los artesanos, jornaleros y albañiles, respectivamente.

 

España es otro de los principales países de inmigración, el cuarto en 1925 según los datos estadísticos de la Oficina Internacio­nal de Trabajo de Ginebra que publicamos más abajo. Pero también la inmigración es­pañola se compone particularmente de cam­pesinos. La Argentina y Cuba son los países donde pueden obtener remuneración atra­yente en el trabajo agrícola. El Perú no sólo está muy lejos; está además social y eco­nómicamente retardado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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He aquí las cifras de inmigración trans­océanica de 1925, según la Oficina Interna­cional de Trabajo de la Sociedad de las Naciones:

 

 

Gran Bretaña                            140,594

Italia                                         104,421

Alemania                                    62,563

España                                       55,544

Polonia                                       38,649

Irlanda                                        30,181

Portugal                                      21,575

 

 

El estudio de la estadística de emigra­ción, así como de la composición de las co­rrientes migratorias europeas, conduce a la conclusión de que el Perú tiene que resolver muchos problemas sociales y económi­cos antes que el de la inmigración. Una es­tadística de desocupados, y mejor aún, una estadística del trabajo, es, por lo pronto indispensable, para conocer la verdadera ca­pacidad actual del país a este respecto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA POLEMICA DEL AZUCAR

 

COMO SE PLANTEA  LA CUESTION FUNDAMENTAL*

 

 

El tono asaz agrio y estridente que usa la Sociedad Nacional Agraria en su polémi­ca con los periódicos que han hecho obser­vaciones, muy moderadas por cierto, al me­morial sobre la crisis de la industria azuca­rera, trasluce cierta nostalgia de tiempo en que, intacto el poder del civilismo, el comi­té de esa industria era, en último análisis, el gobierno mismo de la nación. De enton­ces a hoy, la economía y la política del país se han modificado. Han surgido nuevos inte­reses, nuevas industrias; el azúcar ha pasado a tercer y cuarto término en la estadís­tica de nuestras exportaciones; el grupo económico de los azucareros ha visto decaer, en el mismo grado su potencia; otras categorías lo han sustituido en el predomi­nio. Mientras duraron las buenas cotizacio­nes, o la esperanza de que retornaran, la industria azucarera, como a sí mismo se llama, pudo vivir de su pasado. Hoy, esfumada esa esperanza, y colocada en el tran­ce de solicitar el subsidio del Estado, le es imposible disimular su mal humor. La difí­cil represión de su disgusto, es seguramente

 

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 4 de mayo de 1929.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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la causa de ese aire ofendido con que res­ponde a sus interlocutores.

 

Los azucareros pretenden que el Estado los subvencione para afrontar airosa-mente una crisis que los sorprende impre­parados, por culpa, en no pequeña parte, de su gestión técnica y financiera. Para esta demanda, alegan razones que, dentro de su criterio económico son sin duda atendibles. Pero quieren, a más, que no sean públicamente, controvertidas. Y porque no ocurre así, su personero se muestra acérrimamen­te fastidiado.

 

Los dineros que la industria azucarera pide que sean empleados en su servicio son, sin embargo, los dineros públicos. Los más modestos contribuyentes, los más humildes ciudadanos, tienen incontestable derecho a exponer, sobre ese empleo, las consideracio­nes que les parezcan de su conveniencia. (No hable-mos ya de los periódicos, a los que hay que suponer representantes de co­rrientes, de tendencias de la opinión) He aquí algo que para cualquiera que gestione un subsidio fiscal, debería ser obvio.

 

Para quienes estén familiarizados con los aspectos de nuestra psicología social y política, el tono ácido y perentorio de los azucareros no puede, empero, ser motivo de sorpresa. Corresponde, perfectamente, al arrogante estilo de hacendados que este gru­po de latifundistas ha acostumbrado siem­pre en sus relaciones con sus compatriotas.

 

Pero esto no es sino la parte formal de la cuestión y, aunque se presta a muy en‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tretenido psicoanálisis, no puede restar, por el momento, mayor lugar a la atención que debemos a la parte sustancial.

 

La industria azucarera, como conjunto de empresas privadas, confiesa tácitamente su quiebra. No le es posible subsistir sin el subsidio del Estado. Su demanda de asis­tencia, plantea esta cuestión: ¿Existen sufi­cientes razones de interés colectivo para sos­tener a esta industria, en sus actuales con­diciones, a costa de un cuantioso gravamen al tesoro público? Los azucareros están quizá demasiado habituados a hablar a nom­bre de la agricultura nacional. Pero desde hace algún tiempo, los hechos se oponen a este hábito. El azúcar, desde 1922, ha perdi­do el primer puesto en la estadística de nuestras expor-taciones agrícolas. El algo­dón lo ha sustituido en ese puesto; y, si se tiene en cuenta el crecimiento de los culti­vos de algodón a expensas de los de caña, junto con las perspectivas pesimistas del mercado azucarero, el despla-zamiento parece definitivo. No es, pues, el caso de presentar la crisis de los azucareros como la crisis de nuestra economía agraria. El algo­dón y el azúcar son sólo los productos de exportación de la agricultura costeña. La agricultura provee, ante todo, al consumo de la población. Esa no es la producción registrada puntualmente por las estadísticas, ni la representada por los hacendados de la Sociedad Nacional Agraria; pero es la más importante. La estadística de nuestras im­portaciones, demuestra que por sustancias alimen-ticias y bebidas pagamos anualmente al extranjero más de cuatro millones de li-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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bras, esto es aproximadamente lo mismo que nos reporta la venta del azúcar en el exterior. Y esto quiere decir que en un desa­rrollo de la agricultura y la ganadería, y las industrias anexas, dirigido a la satisfacción de las necesidades de nuestro consumo ac­tual, podemos encontrar la compensación de cualquier baja en la exportación de azú­car. No estamos en presencia, bajo ningún punto de vista, de la crisis de una indus­tria a la que se pueda estimar como una ba­se insustituible de nuestra economía.

 

Que esa industria, -no obstante el fa­vor de que por notorias razones político-sociales ha gozado y los años de prosperi­dad que ha conocido durante el período bélico-, no ha sabido organizarse técnica y financieramente en modo de resistir a una crisis como la que hoy confronta, es un hecho que, aunque sea displicente y aburridamente, tienen que admitir los propios azu­careros. Las posibilidades de concurrencia, con otros centros productores en distantes mercados de consumo, han residido, -re­siden todavía-, en el bajo costo de produc­ción, léase en los salarios ínfimos, en el mi­serable standard de vida de las masas tra­bajadoras de nuestras haciendas. La cues­tión del aprovecha-miento de los subproduc­tos está intacta. El consejo de que se busque en su solución uno de los medios de asentar la industria azucarera en cimientos estables, ha sido recibido por el señor Ba­sombrío casi como una recomenda-ción hos­til e impertinente. Y si la industria azuca­rera está en riesgo de quedar reducida, co­mo extensión a los límites de los valles de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La Libertad, donde las dos grandes centrales de beneficio son las de "Casagrande" y "Cartavio", resulta que las negociaciones nacionales se han dejado batir en toda la línea por sus competidoras extranjeras.

 

En estas condiciones, ¿qué interés na­cional, qué razón económica puede existir para mantener, mediante subsidios del fis­co, esto es mediante un sacrificio de los contribuyentes, la gestión privada de la in­dustria azucarera? Si esta industria está muy lejos de representar el bienestar de la población trabajadora a la que debe sus utilidades pasadas; si en su período de creci-miento y prosperidad no ha manifestado aptitud para resolver sus problemas técni­cos y financieros; si ahora mismo, tomando las objeciones y el debate de su deman­da de subsidio como una enfadosa interven­ción de la curiosidad pública en asuntos de su fuero exclusivo, acusa lo poco que ha evolucionado la mentalidad de sus dirigentes; no se ve la conveniencia que puede ha­ber en concederle, sin la garantía de que será suficiente para ayudarla a superar su crisis, la subvención que solicita. Ha llegado, más bien, el caso de que se considere una cuestión más amplia y seria: la de la oportunidad de ir a la nacionalización de esa industria, como único medio seguro y racional de evitar que sus vicisitudes futu­ras se reflejen dañosamente en la econo­mía general del país. El Estado, económicamente, tiene ya en el Perú bastante solven­cia para una empresa de esta magnitud.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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"ANTE EL PROBLEMA AGRARIO PERUANO" POR ABELARDO SOLIS*

 

La más profunda de las transformacio­nes que se advierte en el pensamiento na­cional, es el desplazamiento de los tópicos políticos por las cuestiones económicas. Ra­zonar sobre economía es siempre razonar políticamente, pero pasando de lo formal a lo sustancial. En el Perú, donde se ha dis­currido con exceso respecto a las formas políticas, se ha meditado, en cambio, bien poco acerca de las realidades económicas. Esta preocupación aparece únicamente aho­ra y es sin duda el mejor signo de una nue­va mentalidad (así como el más severo cargo contra la Universidad civilista, y parti­cularmente contra su extinta Facultad de Ciencias Políticas -que jamás produjo un político científico- es el que formula en la exposición de motivos del Estatuto Universitario el Ministro de Instrucción Pública doctor Oliveira cuando deja expresa cons­tancia de que para establecer la Facultad de Ciencias Económicas ha habido que buscar profesores sin grado académico en la Banca, la Admi-nistración Pública, etc., porque la antigua facultad, en largos años, no había servido para formar economistas).

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 21 de diciembre de 1928. Reproducido en Amauta, Nº 20, enero de 1929, en la sección "Libros y Revista", págs. 100-102.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Comentando el Bosquejo de Historia Económica del Perú del doctor César A. Ugarte tuve ocasión hace dos años de regis­trar el creciente orientamiento de las nue­vas generaciones hacia los estudios econó­micos. Ahora me ofrece oportunidad para reiterar esta observación el reciente libro del doctor Abelar-do Solís: Ante el Problema Agrario Peruano.

 

El problema de la tierra domina nues­tra realidad económica. No importa, por consiguiente, que en su exposición Solís tra­te los aspectos jurídicos y legales más que los aspectos propiamente económicos. Basta que su especulación, en vez de un tema constitucional o político -régimen presi­dencial o parlamen-tario, unitario o federati­vo, etc.-, haya abordado un tema que pertenece ante todo a la economía nacional y que, por tanto, no figuraba antes en la orden del día de la Universidad.

 

La contribución del doctor Solís al debate de esta cuestión es oportuna, inteli-gente y honrada. Su crítica de la tendencia individualista de la legislación republicana, enfoca con severo realismo los efectos adversos a la propiedad indígena de este libe­ralismo formal, impotente ante el latifun­dio, funesto para la "comunidad". Solís lle­ga a esta proba conclusión, valiosísima co­mo testi-monio de un hombre de leyes y có­digos -y que por sí sola certifica la recti­tud y superioridad de su espíritu-: "El pro­blema agrario no ha sido jamás un proble­ma de legislación, sino un problema vital que no podía resolverse mediante recetas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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legalistas". La inclinación legalista a las reformas administrativas, que tantos estímu­los encontró en el verbalismo de las viejas generaciones, es categóri-camente abando­nada. Se busca, al fin, la clave de la situa­ción social y por ende política del Perú, en el carácter y el uso de la propiedad de la tierra. Y desaparece la aprensión por las medidas revolucionarias y radicales. Estudiando los orígenes del latifundio en el Perú, Solís escribe que "hay que insistir en señalar el carácter inicial de usurpación violenta en la apropiación individual de la tierra, es decir, hay que referirse a su raíz histó­rica, por lo mismo que en el transcurso de los acontecimientos humanos son los propietarios a su vez como descendientes de los primeros terratenientes y mantenedores de la usurpación, por éstos realizada quienes suelen manifestar una contradictoria y aco­modaticia repugnancia por los métodos de expropia-ción violenta, puestos en práctica en las revoluciones que han logrado resti­tuir en la posesión y usufructo de la tierra a los que la cultivan, esos trabajadores cam­pesinos, verdaderos descendientes de los primitivos agricultores que fueron despo­seídos por los fundadores del latifundio". Observación de rigurosa exactitud histórica que escandalizará, sin embargo, a los defen­sores intransigentes y ortodoxos de los derechos de los propietarios.

 

El punto de vista de que parte Solís pa­ra denunciar los errores de la legis-lación re­publicana, en su tendencia a disolver la "co­munidad", lo mueve a superestimar un tanto la dirección opuesta en la legislación y la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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práctica coloniales. No conviene olvidar que la propiedad comunitaria y la propiedad feudal se conciliaban teórica y prácticamente. Reconocer a las "comunidades" el derecho de conservar sus propiedades era un modo de vincular al campesino a la tierra. Si la propiedad comunitaria ha subsistido hasta hoy, no obstante su indefensa posición legal, propicia a la expansión de la gran propiedad, ha sido sin duda por la observación empírica de que el valor de un latifundio dependía de su riqueza en hombres y de que para fomentar ésta no era prudente des­pojar del todo a los indios de sus tierras y, en todo caso, había que devolverles su uso mediante el "yanaconazgo". De la extre­ma y retórica requisitoria contra la praxis colonial, no se debe pasar al término opuesto.

 

Solís dedica sendos artículos a la uni­versalidad del movimiento agrario, a la reforma agraria en México, en Rusia y en Che­coslovaquia. La vulgarización de estas reformas es evidentemente indispensable tanto para incitar a las gentes a considerar nuestra cuestión agraria, sin suponerla una invención de teorizantes y revolucionarios, cuanto para confrontar nuestra situación agraria con la de esos países antes de su nueva política y aprovechar las sugestiones de sus respectivas experiencias. La informa­ción de Solís no alcanza a hechos y estudios recientes que le habrían conducido a con­clusiones más completas. Así, en lo que concierne al éxito del parcelamiento de Che­coslovaquia habría sido interesante que su crítica hubiese tenido en cuenta los hechos que mueven al doctor Adam Rose, catedrá‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tico de política agraria de la Universidad de Varsovia, a constatar:

 

"1°.- Que el porcentaje de obreros que llegaron a ser propietarios como con-secuen­cia de la reforma es más elevado en Checos­lovaquia que en Alemania, pero se mantiene, sin embargo, demasiado bajo:

 

"2º.- Que hasta los obreros que llegan a comprar un lote obtienen en la ma-yoría de los casos, muy poca tierra para empren­der una explotación racional;

 

"3º.- Que cerca de la mitad de los obreros no han obtenido más socorro que una indemnización que les ayudó a vivir sin tra­bajar durante algunos meses, o hasta du­rante un año, pero que no debería consi­derarse como una verdadera solución del problema que nos ocupa".

 

Las conclusiones finales del libro de Solís se condensan en las siguientes proposi­ciones: "La organización y definición del derecho de posesión de la tierra; la supre­sión de los monopolios de tierras, para ha­cer efectivo el prin-cipio de que tienen de­recho a ellas, sólo los que las cultivan; la reglamenta-ción de la explotación de la tie­rra por las asociaciones y los individuos; tales serán las principales normas consti­tucionales del Estado y de la legislación agraria peruana", "Sustituir al hacendado por la colectividad de trabajadores rurales, continuando intensificada y mejorada la ex­plotación agrícola, supri-miendo, en benefi­cio de la colectividad de trabajadores y del

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Estado, la renta obtenida exclusivamente por el terrateniente: he aquí la primordial cuestión concreta de lo que tratamos". Es­tas proposiciones anulan la discrepancia con algunas consideraciones del estudio de Solís, menos entonadas a un concepto eco­nómico y socialista del problema. Hay allí una fórmula por concretar que puede ser una base de acuerdo para quienes estu-dian la cuestión con móviles prácticos y criterio positivo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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"LA LITERATUA PERUANA" POR LUIS ALBERTO SANCHEZ*

 

No es posible enjuiciar aún íntegramen­te el trabajo de Luis Alberto Sánchez, en esta historia de La Literatura Peruana, conce­bida como un "derrotero para una historia espiritual del Perú", por la sencilla razón de que no se conoce sino el primer volumen. Este volumen expone las fuentes biblio-gráficas de Sánchez, el plan de su trabajo, el criterio de sus valoraciones; y estudia los factores de la literatura nacional: medio, raza, influencias. Pre-senta, en suma, los ma­teriales y los fundamentos de la obra de Sán­chez. El segundo tomo nos colocará ante el edificio completo.

 

Sánchez, desde sus Poetas de la Colo­nia, se ha entregado a esta labor de historiógrafo y de investigar con una seriedad y una contracción muy poco frecuentes en­tre nosotros. El escritor peruano tiende a la improvisación fácil, a la divagación bri­llante y caprichosa. Nos faltan investigadores habituados a la disciplina de semina­rio. La Universidad no los forma todavía; la atmósfera y la tradición intelectual del país no favorecen el desenvolvimiento de las vocaciones individuales. Es la genera‑

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 24 de agosto de 1928.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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cion universitaria de Sánchez -lo certifi­can los trabajos de Jorge Guillermo Leguía, Jorge Basadre, Raúl Porras Barrenechea, Manuel Abastos-, aparece, como una reac­ción, ese ascetismo de la biblioteca que en los centros de cultura europeos alcanza gra­dos tan asombrosos de recogimiento y concen-tración. Esto es, sin duda, algo anotado ya justicieramente en el haber de la que, de otro lado, puede llamarse, en la historia de la Universidad, "genera-ción de la Reforma".

 

Desde un punto de vista de hedonismo estético, de egoísmo crítico, no es muy en­vidiable la fatiga de revisar la producción literaria nacional y sus apostillas y comenta­rios. Mis más tesoneras lecturas de este gé­nero corresponden, por lo que me respec­ta, a los años de rabioso apetito de mi ado­lescencia, en que un hambre patriótico de conocimiento y admiración de nuestra lite­ratura clásica y romántica me preservaba de cualquier justificado aburrimiento. Des­pués, no he frecuentado gustoso esta litera­tura, sino cuando el acicate de la indagación política e ideológica me ha consentido recorrer sin cansancio sus documentos repre­sentativos. Mi aporte a la revisión de nues­tros valores literarios, -lo que yo llamo mi testimonio en el proceso de nuestra literatu­ra- está en la serie de artículos que sobre autores y tendencias he publicado en esta misma sección de Mundial, y que, orga­nizados y ensamblados, componen uno de los 7 ensayos de interpretación de la reali­dad peruana, que dentro de pocos días entregaré al público.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Porque, descontado el goce de la bús­queda, hay poco placer crítico y artístico en este trabajo. La historia literaria del Perú consta, en verdad, de unas cuantas persona­lidades, algunas de las cuales, -de Melgar a Valdelomar - no lograron su expresión plena, mientras otras como don Manuel González Prada, se desviaron de la pura creación artística, solicitadas por un deber histórico, por una exigencia vital de agita­ción y de polémica políticas. Este parece ser un rasgo común a la historia literaria de toda Hispano-América. "Nuestros poetas, nuestros escritores, -apunta un excelente crítico, Pedro Henríquez Ureña- fueron las más veces, en parte son todavía, hombres obligados a la acción, la faena política y hasta la guerra y no faltan entre ellos los conductores e iluminadores de pueblos". La materia resulta, por tanto, mediocre, desi­gual, escasa, si el crítico no renuncia ascé­ticamente a sus derechos de placer estético. Y no todos tienen la fuerza de este renuncia-miento que es casi una penitencia. Para afanarse en establecer, con orden riguroso, la biografía y la calidad de uno de nuestros pequeños clásicos y de nuestros pequeños románticos, precisa -haciéndose tal vez cierta violencia a sí mismo- persuadirse previamente de su importancia, hasta exagerarla un poco.

 

La historia erudita, bibliográfica y bio­gráfica, de nuestra literatura, como la de todas las literaturas hispano-americanas, tiene, por esto, el riesgo de aceptar cierta inevitable misión apologética, con sacrifi­cio del rigor estimativo y de la verdad crí-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tica. La crítica artística, y por tanto la his­toria artística, -ya que como piensa Be­nedetto Croce se identifican y consustan­cian- son subrogadas por la crónica y la biografía. Las cumbres no se destacan casi de la llanura, en un panorama literario mi­nucioso y detallado. No cumple así esta cla­se de historia su función de guiar eficazmente las lecturas y de ofrecer al público una jerarquía sagaz y justa de valores. Hen­ríquez Ureña, ante este peligro, se pronun­cia por una norma selectiva: "Dejar en la sombra populosa a los mediocres; dejar en la penumbra a aquellos cuya obra pudo ha­ber sido magna, pero quedó a medio ha­cer: tragedia común en nuestra América. Con sacrificios y hasta injusticias sumas es como se constituyen las constelaciones de clásicos en todas las literaturas. Epicarmo fue sacrificado a la gloria de Aristófanes; Georgias y Protágoras a las iras de Platón. La historia literaria de la América españo­la debe escribirse alrededor de unos cuantos nombres centrales: Bello, Sarmien-to, Montalvo, Martí, Darío, Rodó".

 

El género mismo de las historiografías literarias nacionales o generales, se encuen­tra universalmente en crisis, reservado a usos meramente didácticos y cultivado por críticos secundarios. Su época específica es la de los Schlegel, Mme. Staël, Chateau­briand, De Sanctis, Taine, Brunetiere, etc. La crítica sociológica de la literatura de una época culmina en los seis volúmenes de las Corrientes principales de la literatura del si­glo diecinueve de Georges Grandes. Después de esta obra, cae en progresiva decaden‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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cia. Hoy el criterio de los estudiosos se orienta por los ensayos que escritores como Croce, Tilgher, Prezzolini, Gobetti en Italia; Kerr en Alemania; Benjamín Crémieux, Al­bert Thibaudet, Ramón Fernández, Valery Larbaud, etc., en Francia, han consagrado al estudio monográfico de autores, obras y corrientes. Y respecto a las personalidades contemporáneas, se consulta con más gus­to y simpatía el juicio de un artista como André Gide, André Suárez, Israel Zangwill, y aún de un crítico de partido como Mau­rrás o Massis, que el de un crítico profesio­nal como Paul Souday. Se registra, en todas partes, una crisis de la crítica literaria, y en particular de la crítica como historia por su método y objeto. Croce, constatando este hecho, afirma que "la verdadera forma lógi­ca de la historiografía literario-artística es la característica del artista singular y de su obra y la correspondiente forma didascálica del ensayo y la monografía" y que "el ideal romántico de la historia general, nacional o universal sobrevive sólo como un ideal abstracto; y los lectores corren a los ensayos y a las monografías o leen las mismas historias generales como compilacio­nes de ensayos y de monografías o se limi­tan a estudiarlas o consultarlas como ma­nuales".

 

Pero en el Perú donde tantas cosas es­tán por hacer, esta historia general no ha sido escrita todavía; y, aunque sea con retardo, es necesario que alguien se decida a escribirla. Y conviene felicitarse de que asu­ma esta tarea un escritor de la cultura y el talento de Luis Alberto Sánchez, apto para

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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apreciar corrientes y fenómenos no orto­doxos, antes que cualquier fastidioso y pe­dante seminarista, amamantado por Cejador u otro preceptista ultramarino o ameri­cano.

 

Esperamos, con confianza, el segundo tomo de la obra de Sánchez, que contendrá su crítica propiamente dicha, y por tanto su historia propiamente dicha, de obras y personalidades. Del mérito de esta crítica, depende la apreciación del valor y eficacia del método adoptado por Sánchez y explicado en el primer tomo. La solidez del edifi­cio será la mejor prueba de la bondad de los andamios.

 

En tanto, tengo que hacer una amistosa rectificación personal a Sánchez: Al refe­rirse a mi "proceso de la literatura perua­na", deduce las fuentes de mis citas y aún esto incompletamente. Cuando conozca com­pleto, y en conjunto, mi estudio, comproba­rá, que, con el mismo criterio conque enjuicio sólo los valores-signos, en lo que concierne a la crítica y a la exégesis, comento los documentos representativos y polémi­cos. No tengo, por supuesto, ninguna vani­dad de erudito ni bibliógrafo. Soy, por una parte, un modesto autodidacto y, por otra parte, un hombre de tendencia o de partido calidades ambas que yo he sido el primero en reivindicar más celosamente. Pero la me­jor contribución que puedo prestar al rigor y a la exactitud de las referencias de la obra de Sánchez, es sin duda la que concierne a la explicación cabal de mí mismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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"EL PUEBLO SIN DIOS" POR CERSAR FALCON*

 

Escrita en 1923, esta novela no alcanza a muchas nuevas adquisiciones del espíri­tu y el estilo de César Falcón, a quien nada singulariza tanto como un pensamiento en incesante elaboración, en impetuoso movi­miento. Conozco la preparación espiritual de estas páginas, presurosa, febrilmente es­critas por Falcón en Madrid, poco después de que nos despidiéramos en la Friedrich Banhof de Berlín, él para regresar a Espa­ña, yo para volver al Perú. Habíamos pasado juntos algunos densos y estremecidos días de historia europea: los de la ocupa­ción del Ruhr. La cita para esta última jor­nada común nos había reunido en Colonia. La atracción del drama renano, esa atrac­ción del drama, de la aventura a la que ni él ni yo hemos sabido nunca resistir, nos llevó a Essen, donde la huelga ferroviaria nos tuvo bloqueados algunos días. Nos habíamos entregado sin reservas, hasta la últi­ma célula, con una ansia subconsciente de evasión, a Europa, a su existencia, a su tra­gedia. Y descu-bríamos, al final sobre todo, nuestra propia tragedia, la del Perú, la de

 

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* Publicado en Mundial, Lima, 8 de febrero de 1929. Reproducido después en Amauta, Nº 21, febrero-marzo de 1929, en la sección "Libros y Revistas", págs. 102-103.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hispano-América. El itinerario de Europa había sido para nosotros el del mejor, y más tremendo, descubrimiento de América. Falcón estaba en la más angustiada tensión de este descubrimiento, cuando escribió en Madrid, sin dejar las cuartillas, hasta no concluir la última, su Pueblo sin Dios. Litera-riamente, su libro se resiente de la furia periodística, del estado emocional en que fue compuesto. Tiene una rotundidad y un esquematismo de panfleto. Falcón habría pensado que traicionaba su intento, su pa­sión, si se dejaba ganar, escribiendo, por el deliquio estético.

 

Pero si el tono, la manera del libro tie­nen que ver con el instante en que fue es­crito, si como factura artística no corres­ponde seguramente a la actualidad de Fal­cón, la idea germinal, la energía céntrica de El Pueblo sin Dios, continúan enriquecidas acrecentadas, exasperadas, en el fondo del pensa-miento del autor. Todas las emocio­nes, todos los impulsos de que está hecho este libro, han seguido operando en él, acen­tuándose, a medida que Falcón ha avanzado en el severo esfuerzo de superarse, de disciplinarse con la pedago-gía exigente de la civilización anglo-sajona.

 

¿Por qué complejo y difícil proceso, el criollo bromista, bohemio y gaudente, pro­clive a la sensualidad y al desorden, nulamente invitado a este esfuerzo por el am­biente limeño, se elevó primero, venciendo su propia intoxicación literaria y decadente, a la abstracción de la doctrina socialista, se contagió enseguida del más puro y rigo‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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rista mesianismo -el de la revolución del 19, como la llama André Chamson-  para consagrarse luego, sin aflojar su labor pe­riodística, a una empresa como la de His­toria Nueva? El caso de este escritor, mo­vido siempre por la más noble inquietud, que ha encontrado en el trabajo atento, austero, creador, ese equilibrio moral y reli­gioso, que ni la educación ni el ambiente pudieron comunicarle, merecerá siempre ser citado como uno de los más singulares casos de superación de todas las barreras.

 

El Pueblo sin Dios es un testimonio de acusación. Falcón y yo coincidimos en este destino de la requitoria, del procesamiento. Al super-americanismo de los que, recayen­do en el exceso declamatorio, el juicio su­perficial de las viejas generaciones, se ima­ginan construir con mensajes y arengas una Amé-rica nueva, soberbiamente erguida fren­te a una Europa disoluta y decadente, pre­ferimos la valuación estricta de nuestras posibilidades, la denuncia impla-cable de nuestros defectos, el aprendizaje obstinado, la adquisición tesonera de las virtudes y los valores sobre los cuales descansa la civili­zación europea. Desconfiamos del mestizo explosivo, exteriorizante, inestable, despro­visto espiritualmente de los agentes impon­derables de una sólida tradición moral.

 

El relato de Falcón es la versión since­ra, fiel de sus propias impresiones de una ciudad de provincia, estagnada, somnolien­ta, groseramente material, tristemente alcó­holica y rijosa. El juez prevaricador e inmoral, el subprefecto analfabeto y matón,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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-pequeño, larvado y oscuro Primo de Ri­vera en barbecho, con su bastón de dicta­dor en la maleta-, el hacendado sórdido y acaparador, el cacique provincial, todos los personajes de El Pueblo sin Dios, corres­ponden a especies bien definidas de la criolledad. Un relente de baja y torpe sensua-lidad, sin idealización, sin alegría, sin refi­namiento, flota pesadamente en la atmósfe­ra del burgo mestizo. Poblaciones que no continúan la línea autoctóna y en las que no reaparece sino negativa y deformadamente el perfil indígena. Y que tampoco conservan, en su fondo espiritual, la filia­ción española, medieval, católica. Pueblo sin Dios las llama Falcón. Podría llamarlas, un poco más abstractamente, "Pueblo sin Absoluto". Pueblo del que no puede decirse que es conservador, porque su espíri­tu no está honda, vitalmente adherido a na­da. Pueblo al que, por esta misma razón, le costará un esfuerzo terrible llegar a ser revolucionario. Porque el revolucionario es, en último análisis, un ordenador; y sólo los pueblos donde se da una fuerte fibra con­servadora, se da también una verdadera fibra revolucionaria.

 

Sólo el hispanoamericano que ha vivi­do en el burgo francés, alemán, italiano, bri­tánico, etc., puede comprender el vacío, la informidad del burgo mestizo. En el indus­trial, el Ford o el Rockefeller, lo mismo que en el agitador, el Red o el Debs, de Estados Unidos, es imposible no identificar la herencia, aumen-tada, sublimada, del purita­no. ¡Y qué antigüedad y continuidad tienen en el revolucionario alemán, francés, italia­no, los sentimientos y la entonación! Los

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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motivos de su acción, de su heroísmo, de su fe han cambiado, con el curso de la civili­zación y la historia, pero su espíritu se ha templado en esa terca lucha secular, en esa disciplina ancestral y perseverante, a las que debe su tradición espiritual e ideológi­ca. Colas Breugnon, puede encarar el desti­no con esa seguridad, rabelaisianamente acompasada por su franca risa celta, que tan vigorosamente resuena en su novela, ¡no, su biografía! Se le siente respaldado por una estirpe de macizos artesanos. Su oficio le viene de la época de las corpora­ciones. El más puro y mejor descendiente del tomista aristotélico, del dominio racio­nalista, es, sin duda, el enérgico y poderoso dialéctico del socialismo, que tan exento nos parece en su discurso de todo lastre con-servador. Una tradición dinámica ha mantenido en la estirpe, a través de generaciones qui­zá humildes y oscuras, este don de absolu­to, este poder de creación y de ideal.

 

Falcón se siente "otro desesperado del pueblo de Dios". Probablemente no se enga­ña. ¡No sabe él hasta qué punto las pági­nas de su relato han exacerbado mi preo­cupación más dramática y profunda! Fal­cón ha escrito este libro, fuerte y sincero, con su sangre.

 

Hay en él más pasión, más dolor por el Perú que en todo lo que aquí se bautiza con el nombre convencional y equívoco de na­cionalismo. Pero, por esto mismo, no en­contrará mucho consenso ni mucha resonan­cia. Lo que no impedirá a César Falcón se­guir siendo uno de los hombres que dan fe de la presencia espiritual del Perú en el Mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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"LA CASA DE CARTON" POR MARTIN ADAN*

 

De la publicación de este libro soy un poco responsable; pero como todas mis res­ponsabilidades acepto y asumo ésta sin re­servas. Amanecida en una carpeta de esco­lar, esta novela se asomó por primera vez

 

 

 

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* Colofón a la novela de Martín Adán, Impresiones y Encua­dernaciones "Perú", Lima, 1928. Publicado también en Amauta. Nº 25, mayo-junio de 1928, en la sección "Libros y Revis­tas", pág. 41. Con motivo de la publicación de un fragmento de este libro en Amauta (Nº 10, diciembre de 1927), escri­bió J.C.M. la siguiente nota: "Estas páginas pertenecen a un libro de Martín Adán, -prosador y poeta peruano-, que se titula también La Casa de Cartón. Martín Adán es un debutante que desde su ingreso en nuestra asamblea lite­raria se sienta con desenfado entre los primeros. No tenemos ningún empeño en revelarlo, porque es de los que revelan solos. Su presentación no necesita padrinos. Aunque acaba de llegar, Martín Adán tiene ya el aire desenvuelto de un antiguo camarada. No diremos siquiera a qué generación pertenece, para que nadie afirme que le abrimos un crédito excesivo e imprudente a la "nueva generación". Su ficha bibliográfica está todavía en blanco. Pero La Casa de Cartón es un documento autobiográfico: memorias novelescas de la adolescencia estudiosa y aplicada, aunque un poco imperti­nente, de un colegial que, a pesar suyo, ganó siempre en sus exámenes las más altas notas. Si todo debut es un exa­men, Martín Adán tiene asegurado otro 20. Su nombre, se­gún él, reconcilia el Génesis con la teoría darwinia-na. Le hemos objetado, privadamente, que Martín se llaman los monos sólo en Lima y el Barranco y que Adán es un pa­tronímico inverosímil. Más si Martín Adán se llama así realmente, no cabe duda que se trata de un humorista y hereje de nacimiento. Lo sacarnos al público en flagrante herejía. La primera consecuencia de este debut será, acaso, una expulsión de la A.S.J. Lo deploraríamos mucho porque Martín Adán, además de ser una persona muy bien educada, como los demócratas equívocos de Don Nicolás de Piérola, cuando "no se sienten tales, se marchan solos".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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al público desde las ventanas de Amauta, tres anchos trapecios inkaicos como los de Tamputocco, de donde están mensurando el porvenir los que mañana partirán a su conquista. Martín Adán no es propiamente vanguardista, no es revolucionario, no es in­digenista. Es un personaje inventado por él mismo, de cuyo nacimiento he dado fe, pero de cuya existencia no tenemos todavía más pruebas que sus escritos. El autor de Ramón es posterior a su caricatura, contra toda ley biológica y contra toda ley lógica de causa y efecto. Las cuartillas de la nove­la estaban escritas mucho antes de que la necesidad de darles un autor produjese esa conciliación entre el Génesis y Darwin que su nombre intenta. (Constituían una lite­ratura adolescente y clandestina, paradóji­camente albergado en el regazo idílico de la Acción Social de la Juventud). Más aún, por humorismo Martín Adán se dice reacciona­rio, clerical y civilista. Pero su herejía evi­dente, su escepticismo contumaz, lo contradicen. El reaccionario es siempre apasio­nado. El escepticismo es ahora demobur­gués, como fue aristocrático cuando la bur­guesía era creyente y la aristocracia enci­clopedista y volteriana. Si el civilismo no es ya capaz sino de herejía, quiere decir que no es capaz de reacción. Y yo creo que la he­rejía de Martín Adán tiene este alcance; y, por esto, me he apresurado a registrarla como un signo, Martín Adán no se preocu­pa, sin duda, de los factores polí-ticos que, sin que lo sepa, deciden su literatura. He aquí, sin embargo, una novela que no ha­bría sido posible antes del experimento bi­llinghurista, de la insurrección "colónida",

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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de la decadencia del civilismo, de la revolu­ción del 4 de julio y de las obras de la Foun­dation. No me refiero a la técnica, al estilo, sino al asunto, al conte-nido. Un joven de gran familia, mesurado, inteligente, carte­siano, razonable como Martín Adán, no se habría expresado jamás irrespetuosamente de tantas cosas antiguamente respetables; no habría denunciado en términos tan vivaces y plásticos a la tía de Ramón, veraneante y barranquina, ni la habría sacado al pú­blico en una bata de motitas, acezante, es­tival e íntima con su gato y su negrita; no habría dejado de pedirle un prólogo a don José de la Riva Agüero o al doctor Luis Va­rela y Orbegoso ni habría dejado de mos­trarse un poco doctoral y universitario en una tesis, llena de citas, sobre don Felipe Pardo o don Clemente Althaus, o cualquier otro don Felipe o don Clemente de nues­tras letras. Sus propios padres no habrían cometido la temeraria imprudencia de ma­tricularlo en un colegio alemán de donde tenía que sacar, junto con unas calcoma­nías de Herr Oswaldo Teller, cierta escru­pulosa consideración por Darwin, la ciencia ochocentista y sus teorías recónditamente liberales, protestantes y progresistas. Creci­do años atrás, Martín Adán se habría edu­cado en el Colegio de la Recoleta o los Jesuitas, con distintas consecuencias. Su ma­trícula fiel en las clases de un liceo alemán, corresponde a una época de crecimiento capitalista, de demagogia anticolonial, de de­rrumbamiento neogodo, de enseñanza de las lenguas sajonas y de multiplicación de las academias de comercio. Época vagamen­te preparada por el discurso del doctor Vi-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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llarán contra las profesiones liberales, por el discurso del doctor Víctor Maúrtua so­bre el progreso material y el factor econó­mico y por las confe-rencias de Oscar Víctor Salomón, en Hyde Park, sobre el Perú y el capital extranjero; pero concreta, social, material y políticamente representada por el leguiísmo, las urbanizaciones, el asfalto, los nuevos ricos, el Country Club, etc. La literatura de Martín Adán es vanguardista porque no podía dejar de serlo; pero Martín Adán mismo no lo es aún del todo. El buen viejo Anatole France, inveterado corruptor de menores, malogró su inocencia con esos libros de prosa melódica en que todo, hasta el cinismo y la obscenidad, tiene tanta com­postura, erudición y clasicismo. Y Anatole France no es sino un demoburgués de París deliberadamente desencantado, profesionalmente escéptico, pero lleno de un supersti­cioso respeto al pasado de una ilimitada esperanza en el porvenir; un pequeño bur­gués del Sena, que desde su juventud pro­dujo la impresión de ser excesiva y habitualmente viejo -viejo por comodidad y espí­ritu sedentario-. Martín Adán está todavía en la estación anatoliana, aunque ya empie­ce a renegar estos libros que lo iniciaron en la herejía y la escepsis. En su estilo, or­denado y elegante sin arrugas ni desga-rramientos, se reconoce un gusto absolutamente clásico. En algunas de las páginas de La Casa de Cartón hay a ratos hasta cierta morosidad azoriniana. Y ni en las páginas más recientes se encuentra alucinación ni pathos su-prarrealista. Martín Adán es de la estirpe de Cocteau y Radiguet más que de la estirpe de Morand y Giraudoux. En la li‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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teratura le ocurre lo que en el colegio: no puede evitar las notas de aprove-chamiento. Su desorden está previamente ordenado. Todos sus cuadros, todas sus estampas, son veraces, verosímiles, verdaderas. En La Casa de Cartón hay un esquema de biografía del Barranco o, mejor, de sus veranos. Si la biografía resulta humorística, la culpa no es de Martín Adán sino del Barranco. Mar­tín Adán no ha inventado a la tía de Ramón ni su bata ni su negrita; todo lo que él describe existe. Tiene las condiciones esenciales del clásico. Su obra es clásica, racional, equilibrada, aunque no lo parezca. Se le siente clásico, hasta en la medida en que es anti-romántico. En la forma acusa a veces el ascendiente de Eguren; mas no en el es­píritu. En Martín Adán es un poco egurenia­no el imaginero, pero sólo el imaginero. An­ti-romántico -hasta el momento en que escribimos estas líneas, como dicen los periodistas- Martín Adán se presenta siempre reacio a la aventura. "No te raptaré por na­da del mundo. Te necesito para ir a tu lado deseando raptarte. ¡Ay del que realiza su deseo!". Pesimismo cristiano, pragmatismo católico que poéticamente se sublima y con­forta con palabras del Eclesiastés. Mi amor a la aventura es probablemente lo que me separa de Martín Adán. El deseo del hom­bre aven-turero está siempre insatisfecho. Cada vez que se realiza, renace más grande y ambicioso. Y cuando se camina de noche al lado de una mujer bella hay que estar siempre dispuesto al rapto. Algunos lecto­res encontrarán en este libro un desmentido de mis palabras. Pensarán que la publica­ción de La Casa de Cartón a los diecinueve

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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años, es una aventura. Puede parecerlo, pero no lo es. Me consta que Martín Adán ha tomado todas sus precauciones. Pública un libro cuyo éxito está totalmente asegurado. Y sin embargo, lo publica en una edición de tiraje limitado, antes de afrontar en una edición mayor al público y la crítica. Escritor y artista de raza, su aparición tiene el consenso de la unanimidad más uno. Es tan ecléctico y herético, que a todos nos reconci­lia en una síntesis teosóficamente cósmica y monista. Yo no podía saludar su llegada sino a mi manera: encontrando en su lite­ratura una corroboración de mis tesis de agitador intelectual. Por esto, aunque no quería escribir sino unas cuantas líneas, me ha salido un acápite largo como los edito­riales del doctor Clemente Palma. Si a Mar­tín Adán se le ocurre atribuirlo al pobre Ra­món, como sus "poemas Underwood", ha­brá logrado una reconciliación más difícil que la del Génesis y Darwin.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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DEFENSA DEL DISPARATE PURO*

 

Martín Adán toca en estos versos el dis­parate puro que es, a nuestro parecer, una de las tres categorías sustantivas de la poe­sía contemporánea. El disparate puro cer­tifica la defunción del absoluto burgués. Denuncia la quiebra de un espíritu, de una filosofía, más que de una técnica. En una época clásica, espíritu y técnica mantienen su equilibrio. En una época revolucionaria, romántica, artistas de estirpe y contextura clásica corno Martín Adán, no aciertan a conservarse dentro de la tradición. Y es que entonces, formalmente, la tradición no exis­te sino como un inerte conjunto de módu­los secos y muertos. La verdadera tradición está invisible, etéreamente en el trabajo de creación de un orden nuevo. El disparate puro tiene una función revolucio-naria porque cierra y extrema un proceso de disolución. No es un orden -ni el nuevo ni el viejo-; pero sí es el desorden, proclamado como única posibilidad artística. Y -hecho de gran relieve psicológico- no puede sustraerse a cierto ascendiente de los términos, símbolos y conceptos del orden nuevo. Así, Martín Adán, obedeciendo a su sentido ra­cionalista y clásico, traza en el paisaje un

 

 

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* Nota de Amauta (Nº 13, marzo de 1928) escrita por J.C.M. Para el poema "Gira de" Martín Adán.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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camino marxista y decide sindicar a los chopos. Otras comparaciones o analogías no le parecerían ni lógicas, ni eficaces, ni mo­dernas. Una tendencia espontánea al orden aparece en medio de una estridente expre­sión de desorden.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL ANTI-SONETO*

 

 

Ahora si podemos creer en la defunción definitiva, evidente, irrevocable del soneto. Tenemos, al fin la prueba física, la constan­cia legal de esta defunción: el anti-soneto. El soneto que no es ya soneto, sino su nega­ción, su revés, su crítica, su renuncia. Mientras el vanguardismo se contentó con decla­rar la abolición del soneto en poemas cubis­tas, dadaístas y expresionistas, esta jorna­da de la nueva poesía no estaba aún totalmente vencida. No se había llegado todavía sino al derrocamiento del soneto: faltaba su ejecución. El soneto, prisionero de la re­volución, espiaba la hora de corromper a sus guardianes; los poetas viejos, con máscara de juventud, rondaban capciosa-mente en torno de su cárcel, acechando la oportuni­dad de libertarlo; los propios poetas nuevos, fatigados ya del jacobinismo del verso libre, empeza-ban a manifestar a ratos una tími­da nostalgia de su autoridad clásica y lati­na. Existía la amenaza de una restauración especiosa y napoleónica: termidor de la república de las letras. Jaime Torres Bodet, en su preciosa revista Contemporáneos, inició últimamente una tentativa formal de regreso al soneto, reivindicado así en la más

 

 

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* Nota de Amauta (Nº 17, setiembre de 1928) escrita por J.C.M. a propósito de la publicación de los poemas de Martín Adán Itinerario de Primavera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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tórrida sede de América revolucionaria. Hoy, por fortuna, Martín Adán realiza el, anti-soneto. Lo realiza, quizá, a pesar suyo, movido por su gusto católico y su don tomista de reconciliar el dogma nuevo con el orden clásico. Un capcioso propósito reac­cionario. Lo que él nos da, sin saberlo, no es el soneto sino el anti-soneto. No bastaba atacar al soneto de fuera como los vanguar-distas: había que meterse dentro de él, como Martín Adán, para comerse su entraña hasta vaciarlo. Trabajo de polilla, proli­jo, secreto, escolástico. Martín Adán ha intentado introducir un caballo de Troya en la nueva poesía; pero ha logrado introducirlo, más bien, en el soneto, cuyo sitio conclu­ye con esta maniobra, aprendida a Ulyses, no el de Joyce sino el de Homero. Golpead ahora con los nudillos en el soneto cual si fuera un mueble del Renacimiento; está per­fectamente hueco; es cáscara pura. Barroco, culterano, gongorino, Martín Adán salió en busca del soneto, para descubrir el anti-so­neto, como Colón en vez de las Indias en­contró en su viaje la América. Durante el tiempo que ha trabajado benedictinamente en esta obra, ha paseado por Lima con un sobretodo algo escolástico, casi teológico, totalmente gongorino, como si expiara la travesura de colegial de haber intercalado entre caras ortodoxas su perfil sefardí y su sonrisa semita y aguileña. El anti-soneto anuncia que ya la poesía está suficientemen­te defendida contra el soneto: en largas pruebas de laboratorio, Martín Adán ha descubierto la vacuna preventiva. El anti-sone­to es un anti-cuerpo. Sólo hay un peligro: el de que Martín Adán no haya acabado sino

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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con una de las dos especies del soneto: el soneto alejandrino. El soneto clásico, toscano, auténtico es el de Petrarca, el ende­casílabo. Por algo, Torres Bodet lo ha pre­ferido en su reivindicación. El alejandrino es un metro deca-dente. Si nuestro amigo, ha dejado vivo aún el soneto endecasílabo, la nueva poesía debe mantenerse alerta. Hay que rematar la empresa de instalar al disparate puro en las hormas de la poesía clásica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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POESIA Y VERDAD

 

PRELUDIO DEL RENACIMIENTO DE JOSE MARIA EGUREN*

 

 

El proceso literario del Perú nos ofre­ce un derecho que podemos ejercitar sin peligro de competencia: el del homenaje a José María Eguren. Queremos ejercitarlo precisamente porque hasta  ahora ningún grupo, ninguna revista literaria lo ha reivin­dicado para sí. Ni Eguren buscó nunca con su arte el homenaje público, ni Amauta ha sido empresaria de ninguno. Estos dos antecedentes garantizan la libertad y la jus­ticia con que juntamos en las páginas si­guientes los elogios que la nueva generación dedica, con inobjetable sinceridad, al grande y querido poeta.

 

Muerto González Prada, Eguren es el único entre nuestros mayores a quien pode­mos testimoniar una admiración sin reser­vas. En ningún otro encontra-mos los mis­mos puros dotes de creador. Y como nin­guna consagración acaparadora o interesada compromete la independencia de su arte, podemos rodearlo con orgullo y con énfasis.

 

 

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* Publicado en Amauta, como introducción al número de homenaje a José María Eguren (Nº 21, febrero-marzo de 1929, pág. 11 y 12).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Al don genial de la creación, Eguren unió siempre la pureza de una vida poética. No traficó nunca con sus versos, ni recla­mó para ellos laureles oficiales ni académi­cos. Es difícil en el Perú ser tan fiel a una vocación y a un destino. Porque lo sabemos. Eguren nos parece más ejemplar y único.

 

Sin programa, sin ceremonia, sin rito, sin motivo, fuera de toda razón conmemo­rativa y cronológica, Amauta ha convidado a algunos de sus colaboradores litera­rios a participar en este insólito homenaje, para el que no hemos querido esperar, por no restarle modestia y repentinismo, los mensajes de adhesión de César Vallejo. Cé­sar Falcón, Alberto Hidalgo, Enrique Bustamante y Ballivián, Armando Bazán, Blan­ca Luz Brum, Magda Portal y otros amigos ausentes, que habrían sido de los primeros en acudir a nuestra cita.

 

Esto, en fin, no es un homenaje sino un reconocimiento, una salutación. Si a Eguren le gustara el estruendo criollo, lo llamaría­mos albazo. Porque, si de aquí está proscri­ta la pirotecnia, en su sentido municipal y jaranero, es con la alegría matinal del alba como la juventud prefiere acercarse a este decorador mágico de la noche.

 

Después de la larga y señera vigilia, Eguren vela alerta todavía. Tiene la sombra de una fatiga azul en los párpados; pero guarda intacta la lumbre de sus pupilas de cazador de imágenes. Nos ha dado quizá, todos sus versos: pero nos reserva aún la sor‑

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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presa de su prosa, que será siempre poesía. Poesía y Verdad, como decía Goethe.

 

La evasión de la realidad lo ha conser­vado puro Tiene entera la inocencia del poeta muy semejante en su caso a la del ni­ño, pero que no debe ser entendida restric­tivamente, sino como elemento estético y creativo. (Porque es riesgoso exagerar la idea de Eguren infante. A lo largo de su conversación gentil, se hace siempre el descubrimiento de su malicia). Jorge Basadre termina su magnífica versión de Eguren, con la advertencia de que su elogio es tam­bién una elegía. Pero Eguren, física y estéticamente, está en la madurez. Su poesía empieza sólo ahora a influir en las cosas. El Country Club decora sus campos de te­nis con la retama, la pálida flor del campo limeño que Eguren amó el primero. Es to­davía poco; pero en todo lo que podemos exigir al gusto anglo-sajón de la civilización del asfalto. Al borde de las pistas de automóviles, la niña-flor de Eguren, la ginestra amarilla, es la primera victoria de su poesía.

 

No: no nos sentimos delante de un ocaso. Si a Eguren se le hubiese acabado la ju­ventud, podría haberla recobrado en noso­tros. Queremos a toda costa incluirlo en nuestra esperanza, afirmando que no sólo es pasado sino también futuro. Y que aquí Amauta preludia algo que podríamos lla­mar así: Renaci-miento de José María Eguren.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PEREGRIN CAZADOR DE FIGURAS*

 

Eguren es el imaginero por excelencia. Recorriendo su poesía, es fácil advertir cuándo tienen de imágenes plásticas sus imágenes verbales. Desde "el mirador de la fantasía", Eguren ha vivido en incesante descubrimiento de una realidad animada, -plástica y musical-, hecha sobre todo de figuras, de marionetas.

 

Para la captación de esta realidad, le bastaba como instrumento la palabra, la poesía. Pero Eguren tiene una necesidad casi sensual de visualizar sus sueños y sus me­táforas. Se podría decir que ha visto todo lo que ha escrito. Lo ha visto, porque lo ha encontrado en la naturaleza o porque lo ha creado como juguete. Desde este punto de vista, sería erróneo atenerse demasiado a las frases poéticas en que da la impresión de moverse en una atmósfera de pura abstracción. Parece a primera vista que espi­ritualiza la realidad; pero, más bien, mate­rializa el sueño. Por esto, cuando habla del Dios cansado, tiene que reforzar la idea un poco abstracta de que "el ritmo pierde", con atributos materiales, plásticos, visuales de su decadencia. Para que los seres vivan plenamente, Eguren necesita concebirlos en bulto: línea, volumen y color.

 

 

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* A propósito de la labor pictórica de Eguren, J.C.M. anotó así la repro-ducción de algunos de sus dibujos en Amauta (N° 21, febrero-marzo de 1929, pág. 16).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El paisaje para Eguren se resuelve, ge­neralmente, en una figura. Un árbol puede ser un gnomo o un mochuelo; la malsana, un ave; la noche, una luciérnaga.

 

Eguren ha pintado estas impresiones, que también están en sus versos, donde su imaginación creadora se siente naturalmen­te más libre, más suprema. Sus dibujos y sus cuadros son poemáticos. Los valores plásticos están subordina-dos, en ellos, a los valores poéticos. Pero no hay que tomarlos como ilustra-ciones de sus poemas. De nada está tan distante su intención como de esto. Los poemas, en general, no son susceptibles de ilustración; y los de Eguren menos que todos. Lo que Eguren ha pintado tiene al lado de lo que ha escrito, una existencia subsi­diaria, pero autónoma.

 

Y tampoco ha bastado a Eguren, en su indagación, la pintura: ha apelado a la fotografía. No a la fotografía profesional, ordi­naria, sino a una fotografía suya, egurenia­na. El propio Eguren es el constructor de sus cámaras, las más pequeñas del mundo. Sus retratos, sus carinas, sus paisajes, sus nocturnos fotográficos son inverosímilmente diminutos. (Nos tenemos que contentar con la reproducción agrandada de algunos retratos). Y en el tratamiento de sus placas, Eguren emplea una técnica poética. Según el paisaje o la persona, emplea uranio, mer­curio, selenium, etc.

 

Publicamos en este número de Amauta las siguiente siete acuarelas de Eguren: "Un beso", "La niña de la Foca", "Árboles de la Noche", "Gnomo", "Las Torres de Nácar", "El Conde" y "Últimos días".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CUENTOS PERUANOS*

 

 

Se trata, otra vez, de una antología. Pero por compilar aún y a cuyo éxito es po­sible, por esto, que los críticos y bibliógra­fos autorizados concurran oportunamente con sus sugestiones. El material es nuestro; el antologista y el editor extranjero. Tal vez la primera presentación, a todo lujo, en un gran escenario extranjero, de la literatura peruana.

 

Waldo Frank, el admirable pensador y, artista norteamericano, tiene encargo de la casa editorial "Doubleday Dorian" de Nue­va York de compilar una antología de cuen­tos peruanos que, traducida bajo la direc­ción del autor de España Virgen aparecerá en inglés en una edición confeccionada con el esmero gráfico y lanzada con la oportuni­dad certera de las grandes ediciones yan­quis. Un volumen de cuentistas argentinos, publicado por la misma editorial, ha con­quistado totalmente al público a que esta­ba destinada.

 

El encargo de Waldo Frank, en ambos casos, no puede estar más justificado. Wal‑

 

 

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* Publicado en Mundial. Lima, 19 de julio de 1929, integrando, con otras notas breves, un "Pequeño filme de la actua­lidad literaria y artística.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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do Frank, gran hispanista, corno lo acredita su España Virgen, es entre los escritores norteamericanos el más atento al movimien­to vital y creativo de Hispano-América. Su reciente libro The Re-Discovery of America, próximo a aparecer en español -como Our America, la obra que la antecede y preludia y que un cultísimo e inteligente compañero, J. Eugenio Garro, ha traducido para "Ba­bel" de Buenos Aires-, señala el interés y el aprecio de Waldo Frank por el arte de México, y el Perú. Actualmente Frank visita México, invitado por su Universidad Central, y en el otoño próximo visitará la Argentina, llamado por la Universidad de Buenos Aires. Tiene la intención de visitar entonces, de regreso a Estados Unidos, el Cuzco, Arequi­pa, Puno y Lima, con el objeto de adquirir un conocimiento directo de los restos de la antigua civilización peruana1.

 

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1 La visita a Lima de Waldo Frank fue comentada en Amauta (Nº 27, noviembre-diciembre de 1929) con la siguiente nota: "WALDO FRANK EN LIMA. La invitación de cuatro dece­nas de escritores, catedráticos y artistas, agrupados con este objeto sin compromiso de institución ni tendencia, ha traído a Lima en la primera quincena de diciembre a Waldo Frank El ilustre autor de Nuestra América y España Virgen, de El Redescubrimiento de América y Salmos de Rahab y City Block era ya un amigo de nuestra vanguardia intelectual, a la que su presencia en Buenos Aires no podía dejar de sugerir la idea de esta invitación. Su visita al Perú ha refrendado y acrecentado estos lazos.

 

"Frank, como lo saben cuantos han leído un libro suyo, tiene el don de la juventud y la esperanza. En una época en que gana la atención de la gente la fácil y brillante especula-ción de los maestros del desencanto y el escepticismo Waldo Frank, por profunda vocación de pensador y artista ha escogido la tarea difícil de exigir de América, la satisfacción de la promesa de un nuevo mundo. Y comunica a sus ideas, en sus conferencias y en sus libros, su fuerte cordialidad humana.

 

"No podemos expresar nuestro juicio sobre Waldo Frank. -que aún no nos ha dicho todo su mensaje- al margen de la noticia sumaria de su visita a Lima y de sus cuatro

 

 

 

 

 

 

 

 

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El relato no es el género literario que más ha florecido en el Perú. La novela peruana -tema concienzudamente estudiado por Luis Alberto Sánchez en el volumen que publicó últimamente en compañía de Jorge Basadre- no ha salido de su infan­cia. Es lo más balbuceante e incipiente de nuestra literatura. Pero existe material bas­tante para una colección de cuentos y le­yendas que represente con decoro el relato peruano en una serie como la inaugurada por la antología de cuentos argentinos. Se

 

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magníficas conferencias. Por mirársele de un sólo lado, es ya frecuente que se ofrezca, en críticas premiosas y festina­tarias, una imagen incompleta y deformada de su obra. Publi-caremos en un número próximo un comentario sobre su último libro. El Redescubrimien-to de América; que enfocará el tema principal de esta obra singular.

 

"Libremente convidado y fraternamente acogido, sin la intervención enfadosa de institu-ciones ni protocolo, Waldo Frank paseó Lima, conoció a sus hombres, interrogó a sus costumbres, sin itinerario previo, según su gusto de novelis­ta, enamorado de la calle. Era así sin duda como prefería visitarnos. Porque él no hacía este viaje para dar conferencias y recoger aplausos y homenajes, sino para conocer a Hispano-América.

 

"Contra su deseo, tuvo que sacrificar la visita al Cuzco, que lo habría detenido al menos dos semanas más en el Perú. De La Paz se dirigió a Arequipa, donde debía tomar horas después el avión para Lima. Tampoco pudo en su viaje al norte detenerse en Chiclayo ni en Piura.

 

"Las intelectuales y artistas invitantes lo agasajaron con un banquete al que se adhirieron varios otros escritores. La Nueva Revista Peruana lo festejó en La Punta con un almuerzo al que asistieron sus redactores y colaboradores. Y los colaboradores de Amauta lo rodea-ron una tarde, bohe­mia y cordialmente, en el Café Diana, en un té que la Rondalia Piurana alegró con sus tonderos y resbalosas. En la casa de José Carlos Mariátegui, que es la de Amauta, lo despedimos la víspera de su partido. Queríamos hacerle conocer las canciones y danzas del Perú. La Rondalla Piura­na, gentil y deferente siempre con Amauta, tocó las mejo­res piezas de su repertorio. Y un conjunto de música y baile indígenas dirigido por el maestro Béjar Pacheco, trajo a nuestra casa y a la presencia de Frank, algunas anima-

 

 

 

 

 

 

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pensó, al principio, en un volumen de cuen­tos incaicos; pero, con buen acuerdo, se abandonó este proyecto por el de un volu­men de cuentos peruanos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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das notas del folklore serrano. Cerró el programa un número que podemos llamar propio: una danza indígena eje­cutada por Adela Tarnawieski -de estirpe de artistas- con fino sentimiento artístico. Frank se regocijó mucho de que hubiéramos escogido para despedirle estas voces, ritmos y colores del Perú indio y criollo".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ÍNDICE

 

 

Nota Editorial                                                                           5

De los Editores                                                                         7

Prólogo por César A. Guardia Mayorga                                     9

Poetas nuevos y poesía vieja                                                     21

Pasadismo y futurismo                                                              29

Lo nacional y lo exótico                                                            35

El problema primario del Perú                                                   41

Vidas paralelas: E. D. Morel - Pedro S. Zulen                             47

Don Pedro López Aliaga                                                           55

Un congreso más panamericano que científico                           61

Hacia el estudio de los problemas peruanos                               69

Un programa de estudios sociales y económicos                        75

El hecho económico en la historia peruana                                 79

El rostro y el alma del Tawantisuyu                                            85

El progreso nacional y el capital humano                                    91

Nacionalismo y vanguardismo:

En la ideología politice                                                    97

En la literatura y en el arte                                                103

Edwin Elmore                                                                           109

El idealismo de Edwin Elmore                                                   115

El problema de la estadística                                                     121

Economía colonial                                                                    127

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

230

 

 

La conscripción vial                                                                  133

La historia económica social                                                      139

Aspecto del problema indígena                                                 145

Principios de política agraria nacional                                        149

Aspectos económico-sociales del problema sanitario                 155

Heterodoxia de la tradición                                                        161

La tradición nacional                                                                 167

La crisis de la Beneficencia y la cuestión de los asistentes           171

En torno al tema de la inmigración                                             175

La polémica del azúcar                                                              183

"Ante el problema agrario peruano" por Abelardo Solís             189

"La Literatura Peruana" por Luis Alberto Sánchez                      195

"El Pueblo sin Dios" por César Falcón                                      201

"La Casa de Cartón" por Martín Adán                                       207

Defensa del disparate puro                                               213

El anti-soneto                                                                  215

Poesía y Verdad

Preludio del renacimiento de José María Eguren               219

Peregrin cazador de Figuras                                             223

Cuentos peruanos                                                                     225

 

 

 

Décima primera edición, enero de 1986.