3

 

 

JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Escena

Contemporánea

 

 

 

1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“BIBLIOTECA AMAUTA”

LIMA-PERÚ

1964

 

 

 

 

11

 

 

La benévola instancia de algunos amigos me decide a recoger en un libro una parte de mis artículos de los dos últimos años sobre "figuras y aspectos de la vida mundial".

 

Agrupadas y coordinadas en un volumen, bajo el título de "La Escena Contemporánea", no pretenden estas impresiones, demasiado rápidas o demasiado fragmentarias, componer una explicación de nuestra época. Pero contienen los elementos primarios de un bosquejo o un ensayo de interpretación de esta época y sus tormentosos problemas que acaso me atreva a intentar en un libro más orgánico.

 

Pienso que no es posible aprehender en una teoría el entero panorama  del mundo contemporáneo. Que no es posible, sobre todo, fijar en una teoría su movimiento. Tenemos que explorarlo y conocerlo, episodio por episodio, faceta por faceta. Nuestro juicio y nuestra imaginación se sentirán siempre en retardo respecto de la totalidad del fenómeno.

 

Por consiguiente, el mejor método para explicar y traducir nuestro tiempo es, tal vez, un método un poco periodístico y un poco cinematográfico.

 

He ahí otra de las razones que me animan a dar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

12

 

 

a la imprenta estos artículos. Casi todos se han publicado en "Variedades".* Sólo cinco de esta serie han aparecido en "Mundial".**

 

Al revisarlos y corregirlos no he tocado su sustancia. Me he limitado a algunas enmiendas formales, como la supresión de los puntos de referencia inmediatos del instante en que fueron escritos. Para facilitar y ordenar su lectura los he asociado y ensamblado según el tema.

 

Sé muy bien que mi visión de la época no es bastante objetiva ni bastante anastigmática. No soy un espectador indiferente del drama humano. Soy, por el contrario, un hombre con una filiación y una fe. Este libro no tiene más valor que el de ser un documento leal del espíritu y la sensibilidad de mi generación. Lo dedico, por esto, a los hombres nuevos, a los hombres jóvenes de la América indo-íbera.

 

José Carlos Mariátegui.

 

Lima, MCMXXV.

 

 

--------------

* Véase el Índice Onomástico.

** ídem.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

13

 

 

BIOLOGIA DEL FASCISMO

 

 

MUSSOLINI Y EL FASCISMO

 

 

FASCISMO y Mussolini son dos palabras consustanciales y solidarias. Mussolini es el anima­dor, el líder, el duce* máximo del fascismo. El fascismo es la plataforma, la tribuna y el carro de Mussolini. Para explicarnos una parte de este episodio de la crisis europea, recorramos rápidamente la historia de los fasci** y de su caudillo.

 

Mussolini, como es sabido, es un político de procedencia socialista. No tuvo dentro del socia­lismo una posición centrista ni templada sino una posición extremista e incandescente. Tuvo un rol consonante con su temperamento. Porque Musso­lini es, espiritual y orgánicamente, un extremista. Su puesto está en la extrema izquierda o en la extrema derecha. De 1910 a 1911 fue uno de los líderes de la izquierda socialista. En 1912 dirigió la expulsión del hogar socialista de cuatro di­putados partidarios de la colaboración ministerial: Bonomi, Bissolati, Cabrini y Podrecca. Y ocupó entonces la dirección del Avanti*** Vinie­ron 1914 y la Guerra. El socialismo italiano reclamó la neutralidad de Italia. Mussolini, inva­riablemente inquieto y beligerante, se rebeló contra el pacifismo de sus correligionarios. Propugnó la intervención de Italia en la guerra. Dio, inicialmente, a su intervencionismo un punto de vista revolucionario. Sostuvo que extender y

 

--------------

* Duce, voz italiana de origen latino, de dux, jefe en la República medioeval de Venecia. Este nombre se arrogó Mussolini para significar su pretensión de conductor del fascismo.

** Fasci, del latín fax, haz. Se refiere aquí a la agrupa­ción política.

*** Avanti, nombre del diario socialista italiano.

 

 

 

 

14

 

 

exasperar la guerra era apresurar la revolución europea. Pero, en realidad, en su intervencio­nismo latía su psicología guerrera que no podía avenirse con una actitud tolstoyana* y pasiva de neutralidad. En noviembre de 1914, Mussolini abandonó la dirección del Avanti y fundó en Milán Il Popolo d'Italia para preconizar el ataque a Austria. Italia se unió a la Entente.** Y Mussolini, propagandista de la intervención, fue también un soldado de la intervención.

 

Llegaron la victoria, el armisticio, la desmovili­zación. Y, con estas cosas, llegó un período de desocupación para los intervencionistas. D'An­nunzio nostálgico de gesta y de epopeya, acometió la aventura de Fiume. Mussolini creó los fasci di combatimento: haces o fajos de combatientes. Pero en Italia el instante era revolucionario y socialista. Para Italia la guerra había sido un mal negocio. La Entente le había asignado una magra participación en el botín. Olvidadiza de la contribución de las armas italianas a la victoria, le había regateado tercamente la posesión de Fiume. Italia, en suma, había salido de la guerra con una sensación de descontento y de desencanto. Se realizaron, bajo esta influencia, las elecciones. Y los socialistas conquistaron 155 puestos en el parlamento. Mussolini, candidato por Milán, fue estruendosamente batido por los votos socialistas.

 

Pero esos sentimientos de decepción y de depresión nacionales eran propicios a una violenta reacción nacionalista. Y fueron la raíz del fascis­mo. La clase media es peculiarmente accesible a los más exaltados mitos patrióticos. Y la clase media italiana, además, se sentía distante y adversaria de la clase proletaria socialista. No le perdonaba su neutralismo. No le perdonaba los altos salarios, los subsidios del Estado, las leyes sociales que durante la guerra y después de ella había conseguido del miedo a la revolución. La

 

--------------

* Referencia al novelista ruso Alexei Konstantinovich, Conde de Tolstoy, que predicaba un tipo de cristianismo de no resistencia al mal y aceptación del dolor del hombre.

** La Entente es el nombre que adoptó la alianza de Inglaterra, Francia y Rusia zarista contra Alemania.

 

 

 

15

 

 

clase media se dolía y sufría de que el proletariado, neutralista y hasta derrotista, resultase usufructuario de una guerra que no había querido. Y cuyos resultados desvalorizaba, empequeñecía y desdeñaba. Estos malos humores de la clase media encontraron un hogar en el fascismo. Mussolini atrajo así la clase media a sus fasci di combatimento.

 

Algunos disidentes del socialismo y del sindicalismo se enrolaron en los fasci aportándoles su experiencia y su destreza en la organización y captación de masas. No era todavía el fascismo una secta programática y conscientemente reaccionaria y conservadora. El fascismo, antes bien, se creía revolucionario. Su propaganda tenía matices subversivos y demagógicos. El fascismo, por ejemplo, ululaba contra los nuevos ricos. Sus principios -tendencialmente republicanos y anticlericales- estaban impregnados del confusionismo mental de la clase media que, instintivamente descontenta y disgustada de la burguesía, es vagamente hostil al proletariado. Los socialistas italianos cometieron el error de no usar sagaces armas políticas para modificar la actitud espiritual de la clase media. Más aún. Acentuaron la enemistad entre el proletariado y la piccola borghesia,* desdeñosamente tratada y mo­tejada por algunos hieráticos teóricos de la or­todoxia revolucionaria.

 

Italia entró en un período de guerra civil. Asus­tada por las chances de la revolución, la bur­guesía armó, abasteció y estimuló solícitamen­te al fascismo. Y lo empujó a la persecución tru­culenta del socialismo, a la destrucción de los sindicatos y cooperativas revolucionarias, al que­brantamiento de huelgas e insurrecciones. El fas­cismo se convirtió así en una milicia numerosa y aguerrida. Acabó por ser más fuerte que el Estado mismo. Y entonces reclamó el poder. Las brigadas fascistas conquistaron Roma. Mussoli­ni, en "camisa negra",** ascendió al gobierno,

 

--------------

* Piccola borghesia, estrato social que comprende a los individuos situados entre el proletariado y la burguesía: pequeña burguesía.

** La camisa negra era el uniforme fascista.

 

 

 

 

16

 

 

constriñó a la mayoría del parlamento a obe­decerle, inauguró un régimen y una era fascistas.

 

Acerca de Mussolini se ha hecho, mucha novela y poca historia. A causa de su beligerancia política, casi no es posible una definición obje­tiva y nítida de su personalidad y su figura. Unas definiciones son ditirámbicas y cortesanas; otras definiciones son rencorosas y panfletarias. A Mussolini se le conoce, episódicamente, a tra­vés de anécdotas e instantáneas. Se dice, por ejemplo, que Mussolini es el artífice del fascismo. Se cree que Mussolini ha "hecho" el fascismo. Ahora bien, Mussolini es un agitador avezado, un organizador experto, un tipo vertiginosamen­te activo. Su actividad, su dinamismo, su tensión, influyeron vastamente en el fenómeno fascista. Mussolini, durante la campaña fascista, hablaba un mismo día en tres o cuatro ciudades. Usaba el aeroplano para saltar de Roma a Pisa, de Pisa a Bolonia, de Bolonia a Milán. Mussolini es un tipo volitivo, dinámico, verboso, italianismo, sin­gularmente dotado para agitar masas y excitar muchedumbres. Y fue el organizador, el anima­dor, el condottiere* del fascismo. Pero no fue su creador, no fue su artífice. Extrajo de un estado de ánimo un movimiento político; pero no mo­deló este movimiento a su imagen y semejanza. Mussolini no dio un espíritu, un programa, al fascismo. Al contrario, el fascismo dio su espíritu a Mussolini. Su consustanciación, su identifica­ción ideológica con los fascistas, obligó a Musso­lini a exonerarse, a purgarse de sus últimos re­siduos socialistas. Mussolini necesitó asimilar, absorber el antisocialismo, el chauvinismo de la clase media para encuadrar y organizar a ésta en las filas de los fasci di combatimento. Y tuvo que definir su política como una política reaccionaria, anti-socialista, anti-revolucionaria. El caso de Mussolini se distingue en esto del caso de Bonomi, de Briand y otros ex-socialistas.**

 

--------------

* Condottiere, conductor. Nombre que se daba a los jefes de bandas durante la época histórica del Renacimiento y que se aplica a los jefezuelos políticos.
** Colaboracionistas con los ministerios burgueses. Briand representó, en Francia, esta tendencia.

 

 

17

 

 

Bonomi, Briand, no se han visto nunca forzados a romper explícitamente con su origen socialista. Se han atribuido, antes bien, un socialismo mí­nimo, un socialismo homeopático. Mussolini, en cambio, ha llegado a decir que se ruboriza de su pasado socialista como se ruboriza un hombre maduro de sus cartas de amor de adolescente. Y ha saltado del socialismo más extremo al conser­vatismo más extremo. No ha atenuado, no ha reducido su socialismo; lo ha abandonado total e integralmente. Sus rumbos económicos, por ejemplo, son adversos a una política de interven­cionismo, de estadismo, de fiscalismo. No acep­tan el tipo transaccional de Estado capitalista y empresario: tienden a restaurar el tipo clásico de Estado recaudador y gendarme. Sus puntos de vista de hoy son diametralmente opuestos a sus puntos de vista de ayer. Mussolini era un convencido ayer como es un convencido hoy. ¿Cuál ha sido el mecanismo o proceso de su conversión de una doctrina a otra? No se trata de un fenómeno cerebral; se trata de un fenómeno irracional. El motor de este cambio de actitud ideológica no ha sido la idea; ha sido el senti­miento. Mussolini no se ha desembarazado de su socialismo, intelectual ni conceptualmente. El socialismo no era en él un concepto sino una emoción, del mismo modo que el fascismo tampoco es en él un concepto sino también una emo­ción. Observemos un dato psicológico y fisonó­mico: Mussolini no ha sido nunca un cerebral, sino más bien un sentimental. En la política, en la prensa, no ha sido un teórico ni un filósofo sino un retórico y un conductor. Su lenguaje no ha sido programático, principista, ni científico, sino pasional, sentimental. Los más flacos dis­cursos de Mussolini han sido aquéllos en que ha intentado definir la filiación, la ideología del fas­cismo. El programa del fascismo es confuso, con­tradictorio, heterogéneo: contiene, mezclados péle-méle,* conceptos liberales y conceptos sin­dicalistas. Mejor dicho, Mussolini no le ha dic-

 

--------------

* Confusamente.

 

 

 

 

 

 

 

18

 

 

tado al fascismo un verdadero programa; le ha dictado un plan de acción.

 

Mussolini ha pasado del socialismo al fascis­mo, de la revolución a la reacción, por una vía sentimental, no por una vía conceptual. Todas las apostasías históricas han sido, probablemente, un fenómeno espiritual. Mussolini, extremista de la revolución ayer, extremista de la reacción hoy, nos recuerda a Juliano. Como este Empe­rador, personaje de Ibsen y de Mjerowskovs­ky, Mussolini es un ser inquieto, teatral, aluci­nado, supersticioso y misterioso que se ha sen­tido elegido por el Destino para decretar la persecución del dios nuevo y reponer en su retablo los moribundos dioses antiguos.

 

 

D'ANNUNZIO Y EL FASCISMO

 

D'Annunzio no es fascista. Pero el fascismo es d'annunziano. El fascismo usa consuetudinariamente una retórica, una técnica y una postura d'annunzianas. El grito fascista de "¡Eia, eia, alalá!" es un grito de la epopeya de D'Annunzio. Los orígenes espirituales del fascismo están en la literatura de D'Annunzio y en la vida de D'Annunzio. D'Annunzio puede, pues, renegar del fascismo. Pero el fascismo no puede renegar de D'Annunzio. D'Annunzio es uno de los creadores, uno de los artífices del estado de ánimo en el cual se ha incubado y se ha plasmado el fascismo.

 

Más aún. Todos los últimos capítulos de la historia italiana están saturados de d'annunzia­nismo. Adriano Tilgher en un sustancioso ensayo sobre la Tersa Italia* define el período pre-bélico de 1905 a 1915 como "el reino incontestado de la mentalidad d'annunziana, nutrida de recuer­dos de la Roma imperial y de las comunas ita­lianas de la Edad Media, formada de naturalis­mo pseudopagano, de aversión al sentimentalis‑

 

--------------

* La Terza Italia o Tercera Italia. Después de la Impe­rial o romana y de la del Renacimiento. Véase el artículo sobre "Las tres Romas" de J. C. Mariátegui en El Alma Matinal y Otras Estaciones del Hombre de hoy.

 

 

 

19

 

 

mo cristiano y humanitario, de culto a la vio­lencia heroica, de desprecio por el vulgo profano curvado sobre el trabajo servil, de diletantismo kilometrofágico con un vago delirio de grandes palabras y de gestos imponentes". Durante ese período, constata Tilgher, la pequeña y la me­dia burguesía italiana se alimentaron de la re­tórica de una prensa redactada por literatos fracasados, totalmente impregnados de d'annun­zianismo y de nostalgias imperiales.

 

Y en la guerra contra Austria, gesta d'annun­ziana, se generó el fascismo, gesta d'annunziana también. Todos los líderes y capitanes del fas­cismo provienen de la facción que arrolló al go­bierno neutralista de Giolitti y condujo a Italia a la guerra. Las brigadas del fascismo se llamaron inicialmente haces de combatientes. El fas­cismo fue una emanación de la guerra. La aventu­ra de Fiume y la organización de los fasci fueron dos fenómenos gemelos, dos fenómenos sincrónicos y sinfrónicos. Los fascistas de Musso­lini y los ardite* de D'Annunzio fraternizaban. Unos y otros acometían sus empresas al grito de "¡Eia, eia, alalá!" El fascismo y el fiumanismo se amamantaban en la ubre de la misma loba como Rómulo y Remo. Pero, nuevos Rómulo y Remo también, el destino quería que uno matase al otro. El fiumanismo sucumbió en Fiume aho­gado en su retórica y en su poesía. Y el fascis­mo se desarrolló, libre de la concurrencia de todo movimiento similar, a expensas de esa in­molación y de esa sangre.

 

El fiumanismo se resistía a descender del mundo astral y olímpico de su utopía, al mundo contingente, precario y prosaico de la realidad. Se sentía por encima de la lucha de clases, por encima del conflicto entre la idea individualista y la idea socialista, por encima de la economía y de sus problemas. Aislado de la tierra, perdido en el éter, el fiumanismo estaba condenado a la evaporación y a la muerte, El fascismo, en cam­bio, tomó posición en la lucha de clases. Y, ex­plotando la ojeriza de la clase media contra el proletariado, la encuadró en sus filas y la llevó

 

--------------

* Así se llamaban los secuaces de D'Annunzio.

 

 

 

20

 

 

a la batalla contra la revolución y contra el so­cialismo. Todos los elementos reaccionarios, todos los elementos conservadores, más ansiosos de un capitán resuelto a combatir contra la re­volución que de un político inclinado a pactar con ella, se enrolaron y concentraron en los ran­gos del fascismo. Exteriormente, el fascismo con­servó sus aires d'annunzianos; pero interiormen­te su nuevo contenido social, su nueva estruc­tura social, desalojaron y sofocaron la gaseosa ideología d'annunziana. El fascismo ha crecido y ha vencido no como movimiento d'annunziano sino como movimiento reaccionario; no como in­terés superior a la lucha de clases sino como in­terés de una de las clases beligerantes. El fiu­manismo era un fenómeno literario más que un fenómeno político. El fascismo, en cambio, es un fenómeno eminentemente político. El condo­lieri del fascismo tenía que ser, por consiguien­te, un político, un caudillo tumultuario, plebis­citario, demagógico. Y el fascismo encontró por esto su duce, su animador en Benito Musso­lini, y no en Gabriel D'Annunzio. El fascismo necesitaba un líder listo a usar, contra el pro­letariado socialista, el revólver, el bastón y el aceite castor. Y la poesía y el aceite castor son dos cosas inconciliables y disímiles.

 

La personalidad de D'Annunzio es una personalidad arbitraria y versátil que no cabe dentro de un partido. D'Annunzio es un hombre sin filiación y sin disciplina ideológicas. Aspira a ser un gran actor de la historia. No le preocupa el rol sino su grandeza, su relieve, su estética. Sin embargo, D'Annunzio ha mostrado, malgrado su elitismo y su aristocratismo, una frecuente e instintiva tendencia a la izquierda y a la revolución. En D'Annunzio no hay una teoría, una doctrina, un concepto. En D'Annunzio hay sobre todo, un ritmo, una música, una forma. Mas este ritmo, esta música, esta forma, han tenido, a veces, en algunos sonoros episodios de la historia del gran poeta, un matiz y un sentido revolucionarios. Es que D'Annunzio ama el pasado; pero ama más el presente. El pasado lo provee y lo abastece de elementos decorativos,

 

 

 

 

 

 

 

21

 

 

de esmaltes arcaicos, de colores raros y de je­roglíficos misteriosos. Pero el presente es la vida. Y la vida es la fuente de la fantasía y del arte. Y, mientras la reacción es el instinto de con­servación, el estertor agónico del pasado, la revolución es la gestación dolorosa, el parto sangriento del presente.

 

Cuando, en 1900, D'Annunzio ingresó en la Cámara italiana, su carencia de filiación, su falta de ideología, lo llevaron a un escaño conserva­dor. Mas un día de polémica emocionante entre la mayoría burguesa y dinástica y la extrema izquierda socialista y revolucionaria, D'Annun­zio, ausente de la controversia teorética, sensi­ble sólo al latido y a la emoción de la vida, se sintió atraído magnéticamente al campo de gra­vitación de la minoría. Y habló así a la extrema izquierda: "En el espectáculo de hoy he visto de una parte muchos muertos que gritan, de la otra pocos hombres vivos y elocuentes. Como hombre de intelecto, marcho hacia la vida". D'An­nunzio no marchaba hacia el socialismo, no mar­chaba hacia la revolución. Nada sabía ni quería saber de teorías ni de doctrinas. Marchaba sim­plemente hacia la vida. La revolución ejercía en él la misma atracción natural y orgánica que el mar, que el campo, que la mujer, que la juven­tud y que el combate.

 

Y, después de la guerra, D'Annunzio volvió a aproximarse varias veces a la revolución. Cuando ocupó Fiume, dijo que el fiumanismo era la causa de todos los pueblos oprimidos, de todos los pueblos irredentos. Y envió un telegrama a Lenin. Parece que Lenin quiso contestar a D'Annunzio. Pero los socialistas italianos se opu­sieron a que los Soviets tomaran en serio el gesto del poeta. D'Annunzio invitó a todos los sindi­catos de Fiume a colaborar con él en la elabo­ración de la constitución fiumana. Algunos hom­bres del ala izquierda del socialismo, inspirados por su instinto revolucionario, propugnaron un entendimiento con D'Annunzio. Pero la buro­cracia del socialismo y de los sindicatos recha­zó y excomulgó esta proposición herética, de­clarando a D'Annunzio un diletante, un aven­turero. La heterodoxia y el individualismo del

 

 

 

 

 

 

22

 

 

poeta repugnaban a su sentimiento revoluciona­rio. D'Annunzio, privado de toda cooperación doctrinaria, dio a Fiume una constitución retórica. Una constitución de tono épico que es, sin duda, uno de los más curiosos documentos de la literatura política de estos tiempos. En la portada de la Constitución del Arengo del Carnaro están escritas estas palabras: "La vida es bella y digna de ser magníficamente vivida". Y en sus capítulos e incisos, la Constitución de Fiu­me asegura a los ciudadanos del Arengo del Car­naro, una asistencia próvida, generosa e infinita para su cuerpo, para su alma, para su imagina­ción y su músculo. En la Constitución de Fiu­me existen toques de comunismo. No del mo­derno, científico y dialéctico comunismo de Marx y de Lenin, sino del utópico y arcaico comunis­mo de la República de Platón, de la Ciudad del Sol de Campanella y de la Ciudad de San Ra­fael de John Ruskin.

 

Liquidada la aventura de Fiume, D'Annunzio tuvo un período de contacto y de negociaciones con algunos líderes del proletariado. En su villa de Gardone, se entrevistaron con él D'Aragona y Baldesi, secretarios de la Confederación General del Trabajo. Recibió también la visita de Tchicherin, que tornaba de Génova a Rusia. Pa­reció entonces inminente un acuerdo de D'An­nunzio con los sindicatos y con el socialismo. Eran los días en que los socialistas italianos, desvinculados de los comunistas, parecían próximos a la colaboración ministerial. Pero la dictadura fascista estaba en marcha. Y, en vez de D'An­nunzio y los socialistas, conquistaron la Ciudad Eterna Mussolini y los "camisas negras".

 

D'Annunzio vive en buenas relaciones con el fascismo. La dictadura de las "camisas negras" flirtea con el Poeta. D'Annunzio, desde su reti­ro de Gardone, la mira sin rencor y sin antipa­tía. Pero se mantiene esquivo y huraño a toda mancomunidad con ella. Mussolini ha auspiciado el pacto marinero redactado por el Poeta que es una especie de padrino de la gente del mar. Los trabajadores del mar se someten voluntariamente. Y a su imperio. El

 

 

 

 

 

 

 

23

 

 

poeta de "La Nave" ejerce sobre ellos una auto­ridad patriarcal y teocrática. Vedado de legislar para la tierra, se contenta con legislar para el mar. El mar lo comprende mejor que la tierra.

 

Pero la historia tiene como escenario la tierra y no el mar. Y tiene como asunto central la po­lítica y no la poesía. La política que reclama de sus actores contacto constante y metódico con la realidad, con la ciencia, con la economía, con todas aquellas cosas que la megalomanía de los poetas desconoce y desdeña. En una época normal y quieta de la historia D'Annunzio no ha­bría sido un protagonista de la política. Porque en épocas normales y quietas la política es un negocio administrativo y burocrático. Pero en esta época de neo-romanticismo, en esta época de renacimiento del Héroe, del Mito y de la Ac­ción, la política cesa de ser oficio sistemático de la burocracia y de la ciencia. D'Annunzio, tie­ne, por eso, un sitio en la política contemporá­nea. Sólo que D'Annunzio, ondulante y arbitra­rio, no puede inmovilizarse dentro de una secta ni enrolarse en un bando. No es capaz de marchar con la reacción ni con la revolución. Menos aún es capaz de afiliarse a la ecléctica y sagaz zona intermedia de la democracia y de la reforma.

 

Y así, sin ser D'Annunzio consciente y espe­cíficamente reaccionario, la reacción es paradó­jica y enfáticamente d'annunziana. La reacción en Italia ha tomado del d'annunzianismo el ges­to, la pose y el acento. En otros países la reac­ción es más sobria, más brutal, más desnuda. En Italia, país de la elocuencia y de la retórica, la reacción necesita erguirse sobre un plinto suntuosamente decorado por los frisos, los bajo relieves y las volutas de la literatura d'annun­ziana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

24

 

LA INTELIGENCIA Y EL ACEITE DE RICINO

 

El fascismo conquistó, al mismo tiempo que el gobierno y la Ciudad Eterna, a la mayoría de los intelectuales italianos. Unos se uncieron sin reservas a su carro y a su fortuna; otros, le dieron un consenso pasivo; otros, los más prudentes, le concedieron una neutralidad benévola. La In­teligencia gusta de dejarse poseer por la Fuer­za. Sobre todo cuando la fuerza es, como en el caso del fascismo, joven, osada, marcial y aven­turera.

 

Concurrían, además, en esta adhesión de inte­lectuales y artistas al fascismo, causas especí­ficamente italianas. Todos los últimos capítulos de la historia de Italia aparecen saturados de d'annunzianismo. "Los orígenes espirituales del fascismo están en la literatura de D'Annunzio". El futurismo* -que fue una faz, un episodio del fenómeno d'annunziano- es otro de los ingre­dientes psicológicos del fascismo. Los futuristas saludaron la guerra de Trípoli** como la inauguración de una nueva era para Italia. D'Annunzio fue, más tarde, el condottiere espiritual de la intervención de Italia en la guerra mundial. Futuristas y d'annunzianos crearon en Italia un hu­mor megalómano, anticristiano, romántico y re­tórico. Predicaron a las nuevas generaciones -como lo han remarcado Adriano Tilgher y An­tonio Labriola- el culto del héroe, de la violen­cia y de la guerra. En un pueblo como el ita­liano, cálido, meridional y prolífico, mal conte­nido y alimentado por su exiguo territorio, exis­tía una latente tendencia a la expansión. Dichas ideas encontraron, por tanto, una atmósfera fa­vorable. Los factores demográficos y económicos coincidían con las sugestiones literarias. La clase media, en particular, fue fácil presa del espíritu

 

--------------

* El Futurismo se llamó a un movimiento artístico apa­recido en Paris en 1909. Su inspirador y guía fue Fe­lipe T. Marinetti. (Ver I. O.).

** Se refiere a la declaratoria de guerra que, en 1911, hizo Italia a Turquía, en la que aquélla se apodero de Trípoli

 

 

 

 

 

 

25

 

d'annunziano. (El proletariado, dirigido y contro­lado por el socialismo, era menos permeable a tal influencia). Con esta literatura colaboraban la filosofía idealista de Gentile y de Croce y todas las importaciones y transformaciones del pensamiento tudesco.

 

Idealistas, futuristas y d'annunzianos sintie­ron en el fascismo una obra propia. Aceptaron su maternidad. El fascismo estaba unido a la ma­yoría de los intelectuales por un sensible cordón umbilical. D'Annunzio no se incorporó al fascis­mo, en el cual no podía ocupar una plaza de lu­garteniente; pero mantuvo con él cordiales rela­ciones y no rechazó su amor platónico. Y los futuristas se enrolaron voluntariamente en los ran­gos fascistas. El más ultraísta de los diarios fas­cistas, L'Impero* de Roma, está aún dirigido por Mario Carli y Emilio Settimelli, dos sobrevivientes de la experiencia futurista. Ardengo Soffici, otro ex-futurista, colabora en Il Popolo d'Italia.** el órgano de Mussolini. Los filósofos del idealismo tampoco se regatearon al fascismo. Giovanni Gentile, después de reformar fascísti­camente la enseñanza, hizo la apología idealista de la cachiporra. Finalmente, los literatos solita­rios, sin escuela y sin capilla, también reclamaron un sitio en el cortejo victorioso del fascis­mo. Sem Benelli, uno de los mayores represen­tantes de esa categoría literaria, demasiado cau­to para vestir la "camisa negra", colaboró con los fascistas, y sin confundirse con ellos, aprobó su praxis y sus métodos. En las últimas eleccio­nes, Sem Benelli fue uno de los candidatos cons­picuos de la lista ministerial.

 

Pero esto acontecía en los tiempos que aún eran o parecían de plenitud y de apogeo de la gesta fascista. Desde que el fascismo empezó a declinar, los intelectuales comenzaron a rectifi­car su actitud. Los que guardaron silencio ante la marcha a Roma sienten hoy la necesidad de procesarla y condenarla. El fascismo ha perdido una gran parte de su clientela y de su séquito

 

--------------

* Ver I. O.

** Ver I. O.

 

 

 

 

 

26

 

 

intelectuales. Las consecuencias del asesinato de Matteotti* han apresurado las defecciones.

 

Presentemente se afirma entre los intelectua­les esta corriente anti-fascista. Roberto Bracco es uno de los líderes de la oposición democráti­ca. Benedetto Croce se declara también anti-fascista, a pesar de compartir con Giovanni Gentile la responsabilidad y los laureles de la filo­sofía idealista. D'Annunzio que se muestra hu­raño y malhumorado, ha anunciado que se reti­ra de la vida pública y que vuelve a ser el mis­mo "solitario y orgulloso artista" de antes. Sem Benelli, en fin, con algunos disidentes del fas­cismo y del filofascismo, ha fundado la Liga. Itálica con el objeto de provocar una revuelta moral contra los métodos de los "camisas negras".

 

Recientemente, el fascismo ha recibido la adhe­sión de Pirandello. Pero Pirandello es un hu­morista. Por otra parte, Pirandello es un pequeño burgués, provinciano y anarcoide, con mucho ingenio literario y muy poca sensibilidad política. Su actitud no puede ser nunca el síntoma de una situación. Malgrado Pirandello, es evidente que los intelectuales italianos están disgustados del fascismo. El idilio entre la inteligencia y el acei­te de ricino ha terminado.

 

¿Cómo se ha generado esta ruptura? Conviene eliminar inmediatamente una hipótesis: la de que los intelectuales se alejan de Mussolini porque éste no ha estimado ni aprovechado más su colaboración. El fascismo suele engalanarse  de retórica imperialista y disimular su carencia de principios bajo algunos lugares comunes litera­rios; pero más que a los artesanos de la palabra ama a los hombres de acción. Mussolini es un hombre demasiado agudo y socarrón para rodearse de literatos y profesores. Le sirve más un estado mayor de demagogos y guerrilleros, expertos en el ataque, el tumulto y la agitación. Entre la cachiporra y la retórica, elige sin dudar la cachiporra. Roberto Farinacci, uno de los líderes actuales del fascismo, el principal actor de su última asamblea nacional, no es sólo un

 

--------------

* Véase el I. O. y el siguiente artículo de J. C. Mariátegui sobre “La Teoría Fascista” (pág. 28).

 

 

 

27

 

 

descomunal enemigo de la libertad y la demo­cracia sino también de la gramática. Pero estas cosas no son bastantes para desolar a los inte­lectuales. En verdad, ni los intelectuales esperaron nunca que Musolini convirtiese su gobierno en una academia bizantina, ni la prosa fascista fue antes más gramatical que ahora. Tampoco pasa que a los literatos, filósofos y artistas, a la Artecracia como la llama Marinetti, le horrori­cen demasiado la truculencia y la brutalidad de la gesta de los "camisas negras". Durante tres años las han sufrido sin queja y sin repulsa.

 

El nuevo orientamiento de la inteligencia ita­liana es una señal, un indicio de un fenómeno más hondo. No es para el fascismo un hecho grave en sí, sino como parte de un hecho mayor. La pérdida o la adquisición de algunos poetas, como Sem Benelli, carece de importancia tanto para la Reacción como para la Revolución. La inteligencia, la artecracia, no han reaccionado contra el fascismo antes que las categorías so­ciales, dentro de las cuales están incrustadas, sino después de éstas. No son los intelectuales los que cambian de actitud ante el fascismo. Es la burguesía, la banca, la prensa, etc., etc., la misma gente y las mismas instituciones cuyo con­senso permitieron hace tres años la marcha a Roma. La inteligencia es esencialmente oportu­nista. El rol de los intelectuales en la historia resulta, en realidad, muy modesto. Ni el arte ni la literatura, a pesar de su megalomanía, dirigen la política; dependen de ella, como otras tantas actividades menos exquisitas y menos ilus­tres. Los intelectuales forman la clientela del orden, de la tradición, del poder, de la fuerza, etc., y, en caso necesario, de la cachiporra y del acei­te de ricino. Algunos espíritus superiores, algunas mentalidades creadoras escapan a esta regla; pero son espíritus y mentalidades de excepción. Gente de clase media, los artistas y los literatos no tienen generalmente ni aptitud ni elan* revolucionarios. Los que actualmente osan insurgir contra el fascismo son totalmente inofen­sivos. La Liga Itálica de Sem Benelli, por ejem-

 

 

--------------

* Impulso, aptitud o espíritu.

 

 

 

28

 

 

plo, no quiere ser un partido, ni pretende casi hacer política. Se define a sí misma como "un vinculo sacro para desenvolver su sacro programa: por el Bien y el Derecho de la Nación Itálica: por el Bien y el Derecho del hombre itálico". Este programa puede ser muy sacro, como dice Sem Benelli; pero es, además, muy vago, muy gaseoso, muy cándido. Sem Benelli, con esa nostalgia del pasado y ese gusto de las frases arcaicas, tan propios de los poetas mediocres de hoy, va por los caminos de Italia diciendo como un gran poeta de ayer: ¡Pace, pace, pace!* Su impotente consejo llega con mucho retardo.

 

 

LA TEORIA FASCISTA

 

La crisis del régimen fascista, precipitada por el proceso Matteotti, ha esclarecido y precisado la fisonomía y el contenido del fascismo.

 

El partido fascista, antes de la marcha a Roma, era una informe nebulosa. Durante mucho tiempo no quiso calificarse ni funcionar como un partido, El fascismo, según muchos "camisas negras" de la primera hora, no era una facción sino un movimiento. Pretendía ser, más que un fenómeno político, un fenómeno espiritual y sig­nificar, sobre todo, una reacción de la Italia vencedora de Vittorio Veneto** contra la política de desvalorización de esa victoria y sus consecuen­cias. La composición, la estructura de los fasci, explicaban su confusionismo ideológico. Los fas­ci reclutaban sus adeptos en las más diversas categorías sociales. En sus rangos se mezclaban estudiantes, oficiales, literatos, empleados, no­bles, campesinos, y aun obreros. La plana mayor del fascismo no podía ser más policroma. La com­ponían disidentes del socialismo como Mussolini y Farinacci; ex-combatientes, cargados de meda­llas, como Igliori y De Vecchi; literatos futuristas

 

--------------

* ¡Paz, paz, paz!

** Vittorio Veneto, lugar donde los Italianos, ayudados por los aliados, derrotaron a los austrogermanos, en 1918, vísperas del derrumbe alemán, durante la I Guerra Mundial.

 

 

29

 

 

exuberantes y bizarros como Filippo Marinetti y Emilio Settimelli; ex-anarquistas de reciente conversión como Massimo Rocca; sindicalistas corno Cessare Rossi y Michele Bianchi; republi­canos mazzinianos como Casalini; fiumanistas como Giunta y Giuriati; y monarquistas ortodo­xos de la nobleza adicta a la dinastía de Savoya. Republicano, anticlerical, iconoclasta, en sus orí­genes, el fascismo se declaró más o menos agnós­tico ante el régimen y la iglesia cuando se con­virtió en un partido.

 

La bandera de la patria cubría todos los con­trabandos y todos los equívocos doctrinarios y programáticos. Los fascistas se atribuían la repre­sentación exclusiva de la italianidad. Ambicio­naban el monopolio del patriotismo. Pugnaban por acaparar para su facción a los combatientes y mutilados de la guerra. La demagogia y el oportunismo de Mussolini y sus tenientes se beneficiaron, ampliamente, a este respecto, de la maldiestra política de los socialistas, a quienes una insensata e inoportuna vociferación antimi­litarista había enemistado con la mayoría de los combatientes.

 

La conquista de Roma y del poder agravó el equívoco fascista. Los fascistas se encontraron flanqueados por elementos liberales, democráti­cos, católicos, que ejercitaban sobre su mentali­dad y su espíritu una influencia cotidiana ener­vante. En las filas del fascismo se enrolaron, además, muchas gentes seducidas únicamente por el éxito. La composición del fascismo se tornó espiritual y socialmente más heteróclita. Mu­ssolini no pudo por esto, realizar plenamente el golpe de Estado. Llegó al poder insurreccionalmente; pero buscó, en seguida, el apoyo de la mayoría parlamentaria. Inauguró una política de compromisos y de transacciones. Trató de lega­lizar su dictadura. Osciló entre el método dicta­torial y el método parlamentario. Declaró que el fascismo debía entrar cuanto antes en la le­galidad. Pero esta política fluctuante no podía cancelar las contradicciones que minaban la uni­dad fascista. No tardaron en manifestarse en el fascismo dos ánimas y dos mentalidades antité-

 

 

 

 

 

 

30

 

 

ticas. Una fracción extremista o ultraísta propugnaba la inserción integral de la revolución fascista en el Estatuto del Reino de Italia. El es­tado demo-liberal debía, a su juicio, ser reemplazado por el Estado fascista. Una fracción revisionista reclamaba, en tanto, una rectificación más o menos extensa de la política del partido. Condenaba la violencia arbitraria de los ras de provincias. Los ras, como se designa a los jefes o condottieri regionales del partido fascista, ejercían sobre las provincias una autoridad medioeval y despótica. Contra el rasismo, con­tra el escuadrismo,* insurgían los fascistas revisio-nistas. El más categórico y autorizado líder revisionista, Massimo Rocca, sostuvo ardorosas polémicas con los líderes extremistas. Esta polé­mica tuvo vastas proyecciones. Se quiso fijar y definir, de una y otra parte, la función y el idea­rio del fascismo. El fascismo que hasta entonces no se había cuidado sino de ser acción, empezaba a sentir la necesidad de ser también una teoría. Curzio Suckert asignaba al fascismo una ánima católica, medioeval, anti-liberal, anti-renacentis­ta. El espíritu del Renacimiento, el protestantis­mo, el liberalismo, era descrito como un espíritu disolvente, nihilista, contrario a los intereses es­pirituales de la italianidad. Los fascistas no reparaban en que, desde sus primeras aventuras, se habían calificado, ante todo, como asertores de la idea de la nación, idea de claros orígenes renacentistas. La contradicción no parecía em­barazarlos sobremanera. Mario Pantaleoni y Mi­chele Bianchi hablaban, por su parte, del pro­yectado Estado fascista como un Estado sindical. Y los revisionistas, de su lado, aparecían teñidos de un vago liberalismo. Las tesis de Massi­mo Rocca suscitaron la protesta de todos los ex­tremistas. Y Massimo Rocca fue ex-confesado oficialmente por la secta fascista como un he­reje peligroso. Mussolini no se mezclaba en estos debates. Ausente de la polémica, ocupaba virtualmente en el fascismo una posición cen‑

 

 

--------------

* Nombre de las subdivisiones en las que se repartía la organización del partido fascista y que se distinguían por sus métodos de acción violenta.

 

 

 

 

 

31

 

 

trista. Interrogado, cuidaba de no comprometerse con una respuesta demasiado precisa. "Después de todo, ¿qué importa el contenido teóri­co de un partido? Lo que le da la fuerza y la vida es su tonalidad, es su voluntad, es el áni­ma de aquéllos que lo constituyen".

 

Cuando el trabajo de definición del fascismo había llegado a este punto, sobrevino el asesi­nato de Matteotti. Al principio Mussolini anunció la intención de depurar las filas fascistas. Esbo­zó, en un discurso en el Senado, bajo la presión de la tempestad desencadenada por el crimen, un plan de política normalizadora. A Mussolini le urgía en ese instante satisfacer a los elementos liberales que sostenían su gobierno. Pero todos sus esfuerzos por domesticar la opinión pú­blica fracasaron. El fascismo comenzó a perder sus simpatizantes y sus aliados. Las defecciones de los elementos liberales y democráticos que, en un principio, por miedo a la revolución socialista, lo habían flanqueado y sostenido, aislaron gradualmente de toda opinión no fascista al go­bierno de Mussolini. Este aislamiento empujó al fascismo a una posición cada día más beligeran­te. Prevaleció en el partido la mentalidad extremista. Mussolini solía aún usar, a veces, un lenguaje conciliador, con la esperanza de que­brantar o debilitar el espíritu combativo de la oposición; pero, en realidad, el fascismo volvía a una táctica guerrera. En la siguiente asamblea nacional, del partido fascista, dominó la ten­dencia extremista que tiene en Farinacci su con­dottiere más típico. Los revisionistas, encabezados por Bottai, capitularon en toda la línea. Lue­go, Mussolini nombró una comisión para la refor­ma del Estatuto de Italia. En la prensa fascista, reapareció la tesis de que el Estado demo-libe­ral debía ceder el paso al Estado fascista-uni­tario. Este estado de ánimo del partido fascista tuvo su más enfática y agresiva manifestación en el rechazo de la renuncia del diputado Giun­ta del cargo de Vicepresidente de la Cámara. Giunta dimitió por haber demandado el Procu­rador del Rey autorización para procesarlo como responsable de la agresión al fascista disidente

 

 

 

 

 

 

 

32

 

 

Cesare Forni. Y la mayoría fascista quiso ampa­rarlo con una declaración estruendosa y explí­cita de solidaridad. Tal actitud no pudo ser mantenida. La mayoría fascista, en una votación pos­terior, la rectificó a regañadientes, constreñida por una tempestad de protestas. Mussolini nece­sitó emplear toda su autoridad para obligar a los diputados fascistas a la retirada. No consiguió, sin embargo, impedir que Michele Bianchi y Fa­rinacci se declararan descontentos de esta ma­niobra oportunista, inspirada en consideraciones de táctica parlamentaria.

 

El super-fascismo, el ultra-fascismo, o como quiera llamársele, no tiene un solo matiz. Va del fascismo rasista* o escuadrista de Farinacci al fascismo integralista de Michele Bianchi y Curzio Suckert. Farinacci encarna el espíritu de las escuadras de camisas negras que, después de entrenarse truculentamente en los raids pu­nitivos contra los sindicatos y las cooperativas socialistas, marcharon sobre Roma para inaugu­rar la dictadura fascista. Farinacci es un hom­bre tempestuoso e incandescente a quien no le interesa la teoría sino la acción. Es el tipo más genuino del ras fascista. Tiene en un puño a la provincia de Cremona, donde dirige un diario Cremona Nuova** que amenaza consuetudina­riamente a los grupos y políticos de oposición con una segunda "oleada" fascista. La primera "olea­da" fue la que condujo a la conquista de Roma. La segunda "oleada", según el léxico acérrimo de Farinacci, barrería a todos los adversarios del régimen fascista en una noche de San Bartolo­mé. Ex-ferroviario, ex-socialista, Farinacci tiene una psicología de agitador y de condottiere. En sus artículos y en sus discursos anda a cachipo­rrazos con la gramática. La prensa de oposición remarca frecuentemente esta característica de su prosa. Farinacci confunde en el mismo odio feroz la democracia, la gramática y el socialismo. Quiere ser, en todo instante, un genuino camisa negra. Más intelectuales, pero no menos apoca­lípticos que Farinacci, son los fascistas del diario

 

--------------

* De ras, jefezuelos regionales del fascismo.

** Ver I. O.

 

 

 

 

33

 

 

L'Impero de Roma. Dirigen este diario dos es­critores procedentes del futurismo, Mario Carli y Emilio Settimelli, que invitan al fascismo a li­quidar definitivamente el régimen parlamenta­rio. L'Impero es delirantemente imperialista. Armada del hacha del lictor,* la Italia fascista tiene, según L'Impero, una misión altísima en el actual capítulo de la historia del mundo. Tam­bién preconiza L'Impero la segunda oleada fas­cista. Michele Bianchi y Curzio Suckert son los teóricos del fascismo integral. Bianchi bos­queja la técnica del estado fascista que concibe casi como un trust vertical de sindicatos o cor­poraciones. Suckert, director de La Conquista dello Stato,** discurre filosóficamente.

 

Con esta tendencia convive, en el partido fas­cista, una tendencia moderada, conservadora, que no reniega el liberalismo ni el Renacimiento, que trabaja por la normalización del fascismo y que pugna por encarrilar el gobierno de Mussolini dentro de una legalidad burocrática. Forman el núcleo de la tendencia moderada los antiguos nacionalistas de L'Idea Nazionale*** absorbidos por el fascismo a renglón seguido del golpe de Estado. La ideología de estos nacionalistas es más o menos la misma de la vieja derecha libe­ral. Pávidos monarquistas, se oponen a que el golpe de estado fascista comprometa en lo menor las bases de la monarquía y del Estatuto. Federzoni, Paolucci, representan esta zona tem­plada del fascismo.

 

Pero, por su mentalidad, por su temperamento y por sus antecedentes los fascistas del tipo de Federzoni y de Paolucci son los que menos en­carnan el verdadero fascismo. Se trata, en su caso, de prudentes y mesurados conservadores. Ningún romanticismo exorbitante, ninguna de­sesperada nostalgia del Medioevo, los saca de quicio. No tienen psicología de condottieri. Fari­nacci, en cambio, es un ejemplar auténtico de fascista. Es el hombre de la cachiporra, provin‑

 

--------------

* Hacha del lictor: era el símbolo que llevaba el antiguo magistrado romano llamado lictor. De ahí que simbó­licamente exprese el poder.

** Ver I. O.

*** Ver I. O.

 

 

34

 

 

ciano, fanático, catastrófico, guerrero, en quien el fascismo no es un concepto, no es una teo­ría, sino, tan sólo, una pasión, un impulso, un grito, un "alalá".

 

 

LOS NUEVOS ASPECTOS DE LA BATALLA FASCISTA

 

El fascismo es la reacción, como casi todos lo saben o casi todos creen saberlo. Pero la com­pleja realidad del fenómeno fascista no se deja captar íntegramente en una definición simplista y esquemática. El Directorio* también es la reac­ción. Y, sin embargo, no se puede estudiar la reacción en el Directorio como en el fascismo. No sólo por desdén de la estupidez fanfarrona y condecorada de Primo de Rivera y de sus se­cuaces. No sólo por la convicción de que estos mediocrísimos tartarines** son demasiado insigni­ficantes y triviales para influir en el curso de la historia. Sino, sobre todo, porque el fenómeno reaccionario debe ser considerado y analizado ahí donde se manifiesta en toda su potencia, ahí donde señala la decadencia de una democracia antes vigorosa, ahí donde constituye la antítesis y el efecto de un extenso y profundo fenómeno revolucionario.

 

En Italia, la reacción nos ofrece su experimen­to máximo y su máximo espectáculo. El fascis­mo italiano representa, plenamente, la anti-revo­lución o, como se prefiera llamarla, la contra-re­volución. La ofensiva fascista se explica, y se cumple, en Italia, como una consecuencia de una retirada o una derrota revolucionaria. El régimen fascista no se ha incubado en un casino. Se ha plasmado en el seno de una generación y se ha nutrido de las pasiones y de la sangre de una espesa capa social. Ha tenido, cual animador, cual caudillo, a un hombre del pueblo, intuitivo, agu­do, vibrante, ejercitado en el dominio y en el

 

--------------

* Se llamó Directorio a la etapa de la dictadura del Ge­neral Miguel Primo de Rivera, en España. Duró del año de 1923 al 1930.

** De Tartarín de Tarascón, novela de A. Daudet y en la que satiriza a los franceses del Sur por sus fantasías y bravuconadas.

 

 

 

35

 

 

comando y en la seducción de la muchedumbre, nacido para la polémica y para el combate y que, excluido de las filas socialistas, ha querido ser el condottiere, rencoroso e implacable, del anti-socialismo y ha marchado a la cabeza de la anti-revolución con la misma exaltación guerrera con que le habría gustado marchar a la cabeza de la revolución. El régimen fascista, finalmente, ha sustituido, en Italia, a un régimen parlamentario y democrático mucho más evolucionado y efec­tivo, que el asaz embrionario y ficticio liquidado, o simplemente interrumpido, en España, por el general Primo de Rivera. En la historia del fas­cismo, en suma, se siente latir activa, compacta y beligerante, la totalidad de las premisas y de los factores históricos y románticos, materiales y espirituales de una anti-revolución. El fascismo se formó en un ambiente de inminencia revolu­cionaria —ambiente de agitación, de violencia, de demagogia y de delirio— creado física y mo­ralmente por la guerra, alimentado por la crisis post-bélica, excitado por la revolución rusa. En este ambiente tempestuoso, cargado de electrici­dad y de tragedia, se templaron sus nervios y sus bastones, y de este ambiente recibió la fuerza, la exaltación y el espíritu. El fascismo, por el concurso de estos varios elementos, es un movimien­to, una corriente, un proselitismo.

 

El experimento fascista, cualquiera que sea su duración, cualquiera que sea su desarrollo, apa­rece inevitablemente destinado a exasperar la crisis contem-poránea, a minar las bases de la so­ciedad burguesa, a mantener la inquietud post-bélica. La democracia emplea contra la revolu­ción proletaria las armas de su criticismo, su ra­cionalismo, su escepticismo. Contra la revolución moviliza a la Inteligencia e invoca la Cultura. El fascismo, en cambio, al misticismo revolucio­nario opone un misticismo reaccionario y nacio­nalista. Mientras los críticos liberales de la revolución rusa condenan en nombre de la civi­lización el culto de la violencia, los capitanes del fascismo lo proclaman y lo predican como su propio culto. Los teóricos del fascismo niegan y detractan las concepciones historicistas y evolu-

 

 

 

 

 

 

 

36

 

 

cionistas que han mecido, antes de la guerra, la prosperidad y la digestión de la burguesía y que, después de la guerra, han intentado renacer reen­carnadas en la Democracia y en la Nueva Liber­tad de Wilson y en otros evangelios menos pu­ritanos.

 

El misticismo reaccionario y nacionalista, una vez instalado en el poder, no puede contentarse con el modesto oficio de conservar el orden capitalista. El orden capitalista es demo-liberal, es parlamentario, es reformista o transformista. Es, en el terreno económico o financiero, más o menos internacionalista. Es, sobre todo, un orden consustancial con la vieja política. ¿Y qué mis­ticismo reaccionario o nacionalista no se amasa con un poco de odio o de retractación de la vieja política parlamentaria y democrática, acusada de abdicación o de debilidad ante la "dema­gogia socialista" y el "peligro comunista"? ¿No es éste, tal vez, uno de los más monótonos ritornellos* de las derechas francesas, de las derechas alemanas, de todas las derechas? Por consiguien­te, la reacción, arribada al poder, no se confor­ma con conservar; pretende rehacer. Puesto que reniega el presente, no puede conservarlo ni con­tinuarlo: tiene que tratar de rehacer el pasado. El pasado que se condensa en estas normas: prin­cipio de autoridad, gobierno de una jerarquía, religión del Estado, etc. O sea las normas que la revolución burguesa y liberal desgarró y destru­yó porque entrababan el desarrollo de la econo­mía capitalista. Y acontece, por tanto que, mientras la reacción se limita a decretar el ostracismo de la Libertad y a reprimir la Revolución, la burguesía bate palmas; pero luego, cuando la reac­ción empieza a atacar los fundamentos de su po­der y de su riqueza, la burguesía siente la ne­cesidad urgente de licenciar a sus bizarros de­fensores.

 

La experiencia italiana es extraordinariamen­te instructiva a este respecto. En Italia, la bur­guesía saludó al fascismo como a un salvador. La Terza Italia cambió la garibaldina camisa roja por la mussoliniana camisa negra. El capital

 

--------------

* Repetir el principio infatigablemente.

 

 

 

 

37

 

 

industrial y agrario financiaron y armaron a las brigadas fascistas. El golpe de estado fascista ob­tuvo el consenso de la mayoría de la Cámara. El liberalismo se inclinó ante el principio de auto­ridad. Pocos liberales, pocos demócratas, rehu­saron enrolarse en el séquito del Duce. Entre los parlamentarios, Nitti, Amendola, Albertini. Entre los escritores, Guglielmo Ferrero, Mario Missiroli, algunos otros. Los clásicos líderes del liberalismo, —Salandra, Orlando, Giolitti— con más o menos intensidad, concedieron su, confianza a la dictadura. Transitoriamente, la adhe­sión o la confianza de esa gente resultó embara­zosa para el fascismo; le imponía un trabajo de absorción, superior a sus fuerzas, superior a sus posibilidades. El espíritu fascista no podía actuar libremente si no digería y absorbía antes el espí­ritu liberal. En la imposibi-lidad de elaborarse una ideología propia, el fascismo corría el ries­go de adoptar, más o menos atenuada, la ideolo­gía liberal que lo envolvía.

 

La tormenta política desencadenada por el asesinato de Matteotti aportó una solución para este problema. El liberalismo se separó del fas­cismo. Giolitti, Orlando, Salandra, Il Giornale d'Italia,* etc., asumieron una actitud de oposición. No siguieron al bloque de oposición a su retiro del Aventino.** Permanecieron en la Cámara. Parlamentarios orgánicos, no podían hacer otra cosa. El fascismo quedó aislado. A sus flancos no continúan sino algunos liberales-nacionales y al­gunos católicos-nacionales, esto es, los elementos más nacionalistas y conservadores de los anti­guos partidos.

 

Las oposiciones esperaban forzar así al fascis­mo a dejar el poder. Pensaban que, hecho el vacío a su alrededor, el fascismo caería automáti­camente. Los comunistas combatieron esta ilu­sión. Propusieron a la oposición del Aventino su constitución en parlamento del pueblo. Frente al parlamento, fascista de Montecitorio*** debía fun‑

 

--------------

* Ver I. O.

** Una de las colinas romanas donde se hallaba el edi­ficio que sirvió de refugio a la oposición parlamen­taria antifascista.

*** Lugar donde sesionaba el Parlamento italiano.

 

 

 

38

 

 

cionar el parlamento anti-fascista del Aventino. Había que llevar, a sus últimas consecuencias po­líticas e históricas, el boicot de la Cámara. Pero ésta era, franca y neta, la vía de la revolución. Y el bloque del Aventino no es revolucionario. Se siente y se proclama normalizador. La in­vitación comunista no pudo, pues, ser aceptada. El bloque del Aventino se contentó con plantear la famosa cuestión moral la oposición aventinia­na rehusaba volver a la Cámara mientras ejer­ciesen el poder, cubiertos por el voto de su ma­yoría, los hombres sobre quienes pesaba la res­ponsabilidad del asesinato, de Matteotti, responsa­bilidad que bajo un gobierno fascista, la justicia se encontraba coactada para esclarecer y exa­minar.

 

Mussolini respondió a esta declaración de intransigencia con una maniobra política. Envió a la Cámara un proyecto de ley electoral. En la práctica parlamentaria italiana este trámite precede y anuncia la convocatoria a elecciones po­líticas. ¿Se abstendrían también los partidos del Aventino de concurrir a las elecciones? El bloque se ratificó en su intransigencia. Insistió en la tacha moral. La prensa de oposición publicó un memorial de Cessare Rossi, escrito por éste antes de su arresto, en el cual el presunto mandante del asesinato de Matteotti acusa a Mussolini. La tacha estaba documentada. Pero la dialéctica de la oposición reposaba en un equívoco. La cues­tión moral no podía dominar la cuestión políti­ca. Tenía, antes bien, que suceder lo contrario. La cuestión moral era impotente para decidir al fascismo a marcharse del gobierno.

 

Mussolini se lo recordó a la oposición en su acre discurso del 3 de enero en la Cámara. El preámbulo de su discurso fue la lectura del ar­ticulo 47 del Estatuto de Italia que otorga a la Cámara de Diputados el derecho de acusar a los Ministros del Rey y de enviarlos ante la alta Cor­te de Justicia. "Pregunto formalmente -dijo- si en esta Cámara o fuera de aquí existe alguien que se quiera valer del artículo 47". Y, luego, con dramática entonación, reclamó para si todas las responsabilidades del fascismo. "Si el fas‑

 

 

 

 

 

 

39

 

 

cismo —declaró— no ha sido sino óleo de ricino y cachiporra, y no una pasión soberbia de la me­jor juventud italiana, ¡a mí la culpa! Si el fas­cismo ha sido una asociación de delinquir, bien, ¡yo soy el jefe y el responsable de esta asocia­ción de delinquir! Si todas las violencias han sido el resultado de un determinado clima histó­rico, político y moral, bien, ¡a mí la responsabi­lidad, porque este clima histórico, político y mo­ral lo he creado yo!" Y anunció, en seguida, que en cuarentiocho horas la situación quedaría acla­rada. ¿Cómo ha cumplido su palabra? En una manera tan simple como notoria. Sofocando casi totalmente la libertad de prensa. La oposición, privada casi de la tribuna de la prensa, resulta perentoria y rudamente invitada a tornar a la tribuna del parlamento. En el Aventino se prepara ya el retorno a la Cámara.

 

En un reciente artículo de la revista Gerar­chia,* titulado "Elogio a los Gregarios", Musso­lini revista marcialmente las peripecias de la ba­talla. Polemiza con la oposición. Y exalta la dis­ciplina de sus tropas. "La disciplina del fascismo -escribe- tiene verdaderamente aspectos de re­ligión". En esta disciplina reconoce "el ánimo de la gente que en las trincheras ha aprendido a conjugar, en todos los modos y tiempos, el verbo sagrado de todas las religiones: obedecer" y "el signo de la nueva Italia que se despoja una vez por todas de la vieja mentalidad anarcoide con la intuición de que únicamente en la silenciosa coordinación de todas las fuerzas, a las órdenes toria".

 

Aislado, bloqueado, boicoteado, el fascismo deviene más beligerante, más combativo, más intransigente. La oposición liberal y democrática lo ha devuelto a sus orígenes. El ensayo reac­cionario, libre del lastre que antes lo entrababa y enervaba interiormente, puede ahora cumplirse en toda su integridad. Esto explica el interés que, como experiencia histórica, tiene para sus contemporáneos la batalla fascista.

 

El fascismo, que durante dos años se había a Noulens. El consejo de guerra acordó la rea‑

 

--------------

* Ver I. O.

 

 

 

40

 

 

contentado casi con representar en el poder el papel de gendarme del capitalismo, pretende hoy reformar sustancialmente el Estatuto de Italia. Se propone, según sus líderes y su prensa, crear el Estado fascista. Insertar la revolución fascis­ta en la Constitución italiana. Una comisión de dieciocho legisladores fascistas, presidida por el filósofo Giovanni Gentile, prepara esta reforma constitucional. Farinacci, líder del extremismo fascista, llamado en esta emergencia a la se­cretaría general del partido, declara que el fas­cismo "ha perdido dos años y medio en el po­der". Ahora, liberado de la pesada alianza de los liberales, purgado de los residuos de la vieja política, se propone recuperar el tiempo per­dido. Todos los capitanes del fascismo hablan un lenguaje más exaltado y místico que nunca. El fascismo quiere ser una religión. Giovanni Gentile en un ensayo sobre los "caracteres religio­sos de la presente lucha política", observa que "hoy se rompen, en Italia, a causa del fascismo, aquellos que parecían hasta ayer los más sóli­dos vínculos personales de amistad y de fami­lia". Y de esta guerra, el filósofo del idealismo no se duele. El filósofo del idealismo es, desde hace algún tiempo, el filósofo de la violencia. Recuerda, en su ensayo, las palabras de Jesu­cristo: Non veni pacem mitters, sed gladium. Ignem veni mittere in terrain.* Y remarca, a propósito de la cuestión moral, que "esta tona­lidad religiosa de la psicología fascista ha ge­nerado la misma tonalidad en la psicología anti-fascista".

 

Giovanni Gentile, poseído de la fiebre de su facción, exagera ciertamente. En el Aventino no ha prendido aún la llama religiosa. Menos aún ha prendido, ni puede prender, en Giolitti. Gio­litti y el Aventino representan el espíritu y la cultura demo-liberales con todo su escepticis­mo, con todo su racionalismo, con todo su criti­cismo. La lucha presente devolverá al espíritu liberal un poco de su antigua fuerza combativa. Pero no logrará que renazca como fe, como pa‑

 

--------------

* No vine a traer paz, sino guerra. Vine a poner fuego sobre la tierra

 

 

 

 

 

41

 

 

sión, como religión. El programa del Aventi­no y de Giolitti es la normalización. Y por su mediocridad, este programa no puede sacudir a las masas, no puede exaltarlas, no puede con­ducirlas contra el régimen fascista. Sólo en el misticismo revolucionario de los comunistas se constatan los caracteres religiosos que Gentile descubre en el misticismo reaccionario de los fas­cistas. La batalla final no se librará, por esto, entre el fascismo y la democracia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

42

 

 

 

 

LA CRISIS DE LA DEMOCRACIA

 

 

 

WILSON

 

TODOS los sectores de la política y del pensa­miento coinciden en reconocer a Woodrow Wil­son una mentalidad elevada, una psicología aus­tera y una orientación generosa. Pero tienen, co­mo es natural, opiniones divergentes sobre la trascendencia de su ideología y sobre su posición en la historia. Los hombres de la derecha, que son tal vez los más distantes de la doctrina de Wilson, lo clasifican como un gran iluso, como un gran utopista. Los hombres de la izquierda, lo consideran como el último caudillo del libera­lismo y la democracia. Los hombres del centro lo exaltan como el apóstol de una ideología cla­rividente que, contrariada hasta hoy por los egoísmos nacionales y las pasiones bélicas, con­quistará al fin la conciencia de la humanidad.

 

Estas diferentes opiniones y actitudes señalan a Wilson como un líder centrista y reformista. Wilson no ha sido, evidentemente, un político del tipo de Lloyd George, de Nitti ni de Caillaux. Más que contextura de político ha tenido contex­tura de ideólogo, de maestro, de predicador. Su idealismo ha mostrado, sobre todo, una base y una orientación éticas. Mas éstas son modalida­des de carácter y de educación. Wilson se ha di­ferenciado, por su temperamento religioso y uni­versitario, de los otros líderes de la democra­cia. Por su filiación, ha ocupado la misma zona política. Ha sido un representante genuino de la mentalidad democrática, pacifista y evolu­cionista. Ha intentado conciliar el orden viejo con el orden naciente, el internacionalismo con el nacionalismo, el pasado con el futuro.

 

 

 

 

 

 

 

 

43

 

 

Wilson fue el verdadero generalísimo de la victoria aliada. Los más hondos críticos de la guerra mundial piensan que la victoria fue una obra de estrategia política y no una obra de estrategia militar. Los factores psicológicos y políticos tuvieron en la guerra más influencia y más importancia que los factores militares. Adriano Tilgher escribe que la guerra fue ganada "por aquellos gobiernos que supieron condu­cirla con una mentalidad adecuada, dándole fines capaces de convertirse en mitos, estados de ánimo, pasiones y sentimientos populares" y que "nadie más que Wilson, con su predicación cuá­quero-democrática, contribuyó a reforzar en los pueblos de la Entente la persuasión de la jus­ticia de su causa y el propósito de continuar la guerra hasta la victoria final" Wilson, realmente, hizo de la guerra contra Alemania una guerra santa. Antes que Wilson, los estadistas de la Entente habían bautizado la causa aliada como la causa de la libertad y del derecho. Tardieu en su libro La Paz, cita algunas declaraciones de Lloyd George y Briand que contenían los gérme­nes del programa wilsoniano. Pero en el lenguaje de los políticos de la Entente había una entonación convencional y diplomática. El lenguaje de Wilson tuvo, en cambio, todo el fuego religioso y todo el timbre profético necesarios para emocionar a la humanidad. Los Catorce Puntos ofrecieron a los alemanes una paz justa, equitativa, generosa, una paz sin anexiones ni indemnizaciones, una paz que garantizaría a todos los pueblos igual derecho a la vida y a la felicidad. En sus proclamas y en sus discursos, Wilson decía que los aliados no combatían con­tra el pueblo alemán sino contra la casta aris­tocrática y militar que lo gobernaba.

 

Y esta propaganda demagógica, que tronaba contra las aristocracias, que anunciaba el gobier­no de las muchedumbres y que proclamaba que "la vida brota de la tierra", de un lado fortifi­có en los países aliados la adhesión de las ma­sas a la guerra y de otro lado debilitó en Alemania y en Austria la voluntad de resistencia y de lucha. Los catorce puntos prepararon el que-

 

 

 

 

 

 

 

44

 

 

brantamiento del frente ruso-alemán más efi­cazmente que los tanques, los cañones y los soldados de Foch y de Díaz, de Haig y de Pershing. Así lo prueban las memorias de Ludendorf y de Erzberger y otros documentos de la derrota alemana. El programa wilsoniano estimuló el hu­mor revolucionario que fermentaba en Austria y Alemania; despertó en Bohemia y Hungría anti­guos ideales de independencia; creó, en suma, el estado de ánimo que engendró la capitulación.

 

Mas Wilson ganó la guerra y perdió la paz. Fue el vencedor de la guerra, pero fue el ven­cido de la paz. Sus Catorce Puntos minaron el frente austro-alemán, dieron la victoria a los aliados; pero no consiguieron inspirar y domi­nar el tratado de paz. Alemania se rindió a los aliados sobre la base del programa de Wilson; pero los aliados, después de desarmarla, le im­pusieron una paz diferente de la que, por boca de Wilson, le habían prometido solemnemente. Keynes y Nitti sostienen, por esto, que el tra­tado de Versalles es un tratado deshonesto.

 

¿Por qué aceptó y suscribió Wilson este tra­tado que viola su palabra? Los libros de Keynes, de Lansing, de Tardieu y de otros historiadores de la conferencia de Versalles explican di­versamente esta actitud. Keynes dice que el pen­samiento y el carácter de Wilson "eran más bien teológicos que filosóficos, con toda la fuer­za y la debilidad que implica este orden de ideas y de sentimientos". Sostiene que Wilson no pudo luchar contra Lloyd George y Clemenceau, ági­les, flexibles, astutos. Alega que carecía de un plan tanto para la Sociedad de las Naciones co­mo para la ejecución de sus catorce puntos. "Ha­bría podido predicar un sermón a propósito de todos sus principios o dirigir una magnífica ple­garia al Todopoderoso para su realización. Pero no podía adaptar su aplicación concreta al es­tado de cosas europeo. No sólo no podía hacer ninguna proposición concreta sino que a muchos respectos se encontraba mal informado de la si­tuación de Europa". Actuaba orgullosa-mente ais­lado, sin consultar casi a los técnicos de su séquito, sin conceder a ninguno de sus lugarte-

 

 

 

 

 

45

 

nientes, ni aún al coronel House, una influen­cia o una colaboración reales en su obra. Por tanto, los trabajos de la conferencia de Versalles tuvieron como base un plan francés o un plan inglés, aparentemente ajustados al programa wil­soniano, pero prácticamente dirigidos al preva­lecimiento de los intereses de Francia e Ingla­terra. Wilson, finalmente, no se sentía respaldado por un pueblo solidarizado con su ideología. Todas estas circunstancias lo condujeron a una serie de transacciones. Su único empeño consis­tía en salvar la idea de la Sociedad de las Na­ciones. Creía que la creación de la Sociedad de las Naciones aseguraría automáticamente la co­rrección del tratado y de sus defectos.

 

Los años que han pasado desde la suscripción de la paz han sigo adversos a la ilusión de Wil­son. Francia no sólo ha hecho del tratado de Versalles un uso prudente sino un uso excesivo. Poincaré y su mayoría parlamentaria no lo han empleado contra la casta aristocrática y militar alemana sino contra el pueblo alemán. Más aún, han exasperado a tal punto el sufrimiento de Alemania que han alimentado en ella una atmósfera reaccionaria y jingoísta, propicia a una restauración monárquica o a una dictadura mi­litar. La Sociedad de las Naciones, impotente y anémica, no ha conseguido desarrollarse. La demo-cracia asaltada simultáneamente por la revo­lución y la reacción, ha entrado en un período de crisis aguda. La burguesía ha renunciado en algunos países a la defensa legal de su dominio, ha apostatado de su fe democrática y ha enfren-tado su dictadura a la teoría de la dictadura del proletariado. El fascismo ha administrado, en el más benigno de los casos, una dosis de un litro de aceite castor a muchos fautores de la ideolo­gía wilsoniana. Ha renacido ferozmente en la humanidad el culto del héroe y de la violencia. El programa wilsoniano aparece en la historia de estos tiempos como la última manifestación vital del pensamiento democrático: Wilson no ha sido, en ningún caso, el creador de una ideología nue­va sino el frustrado renovador de una ideología vieja.

 

 

 

 

 

 

 

 

46

 

 

LA SOCIEDAD DE LAS NACIONES

 

Wilson fue el descubridor oficial de la idea de la Sociedad de las Naciones. Pero Wilson la extrajo del ideario del liberalismo y de la de­mocracia. El pensamiento liberal y democrático ha contenido siempre los gérmenes de una aspi­ración pacifista e internacionalista. La civiliza­ción burguesa ha internacionalizado la vida de la humanidad. El desarrollo del capitalismo ha exigido la circulación internacional de los pro­ductos. El capital se ha expandido, conectado y asociado por encima de las fronteras. Y, durante algún tiempo ha sido, por eso, libre-cambista y pacifista. El programa de Wilson no fue, en consecuencia, sino un retorno del pensamiento bur­gués a su inclinación internacionalista.

 

Pero el programa wilsoniano encontraba, fatalmente, una resistencia invencible en los intere­ses y anhelos nacionalistas de las potencias vencedo-ras. Y, por ende, estas potencias lo sabotearon y frustraron en la conferencia de la paz. Wil­son, constreñido a transigir por la habilidad y la agilidad de los estadistas aliados, pensó entonces que la fundación de la Sociedad de las Naciones compensaría el sacrificio de cualquiera de sus Catorce Puntos. Y esta obstinada idea suya fue descubierta y explotada por los perspicaces políticos de la Entente.

 

El proyecto de Wilson resultó sagazmente deformado, mutilado y esterilizado. Nació en Versalles una Sociedad de las Naciones endeble, li­mitada, en la cual no tenían asiento los pueblos vencidos, Alemania, Austria, Bulgaria, etc., y en la cual faltaba, además, Rusia, un pueblo de ciento treinta millones de habitantes, cuya pro­ducción y cuyo consumo son indispensables al comercio y a la vida del resto de Europa.

 

Más tarde, reemplazado Wilson por Harding, los Estados Unidos abandonaron el pacto de Versalles. La Sociedad de las Naciones, sin la inter-

 

 

 

 

 

 

47

 

 

vención de los Estados Unidos, quedó reducida a las modestas proporciones de una liga de las potencias aliadas y de su clientela de pequeñas o inermes naciones europeas, asiáticas y ameri­canas. Y, como la cohesión de la misma Entente se encontraba minada por una serie de intereses rivales, la Liga no pudo ser siquiera, dentro de sus reducidos confines, una alianza o una aso­ciación solidaria y orgánica.

 

La Sociedad de las Naciones ha tenido, por todas estas razones, una vida anémica y raquítica. Los problemas económicos y políticos de la paz no han sido discutidos en su seno, sino en el de conferencias y reuniones especiales. La Liga ha carecido de autoridad, de capacidad y de juris­dicción para tratarlos. Los gobiernos de la Entente no le han dejado sino asuntos de menor cuantía y han hecho de ella algo así como un juzgado de paz de la justicia internacional. Al­gunas cuestiones trascendentes -la reducción de los armamentos, la reglamentación del trabajo, etc.,- han sido entregadas a su dictamen y a su voto. Pero la función de la Liga en estos campos se ha circunscrito al allegamiento de mate­riales de estudio o a la emisión de recomenda­ciones que, a pesar de su prudencia y pondera­ción, casi ningún gobierno ha ejecutado ni oído. Un organismo dependiente de la Liga -la Oficina Internacional del Trabajo- ha sancionado, por ejemplo, ciertos derechos del trabajo, la jor­nada de ocho horas entre otros; y, a renglón seguido, el capitalismo ha emprendido, en Alema­nia, en Francia y en otras naciones, una ardorosa campaña, ostensiblemente favorecida por el Estado, contra la jornada de ocho horas. Y la cuestión de la reducción de los armamentos, en cuyo debate la Sociedad de las Naciones no ha avanzado casi nada, fue en cambio, abordada en Washington, en una conferencia extraña e indife­rente a su existencia.

 

Con ocasión del conflicto ítalo-greco, la Socie­dad de las Naciones sufrió un nuevo quebranto. Mussolini se rebeló altisonantemente contra su autoridad. Y la Liga no pudo reprimir ni mode-

 

 

 

 

 

 

48

 

 

rar este ácido gesto de la política marcial e im­perialista del líder de los camisas negras.

 

Los fautores de la democracia no desesperan, sin embargo, de que la Sociedad de las Naciones adquiera la autoridad y la capacidad que le fal­tan. Funcionan actualmente en casi todo el mun­do agrupaciones de propaganda de las finalidades de la Liga, encargadas de conseguir para ella la adhesión y el respeto reales de todos los pue­blos. Nitti propugna su reorganización sobre estas bases: adhesión de los Estados Unidos e incorporación de los países vencidos. Keynes mis­mo, que tiene ante la Sociedad de las Naciones una actitud agudamente escéptica y desconfia­da, admite la posibilidad de que se transforme en un poderoso instrumento de paz. Ramsay Mac Donald, Herriot, Painlevé, Boncour, la colocan bajo su protección y su auspicio. Los corifeos de la democracia dicen que un organismo como la Liga no puede funcionar eficientemente sino des­pués de un extenso período de experimento y a través de un lento proceso de desarrollo.

 

Mas las razones sustantivas de la impotencia y la ineficacia actuales de la Sociedad de las Na­ciones no son su juventud ni su insipiencia. Proceden de la causa general de la decadencia y del desgastamiento del régimen indivi-dualista. La posición histórica de la Sociedad de las Naciones es, precisa y exactamente, la misma posición his­tórica de la democracia y del liberalismo. Los políticos de la democracia trabajan por una tran­sacción, por un compromiso entre la idea conser­vadora y la idea revolucionaria. Y la Liga con­gruentemente con esta orientación, tiende a conciliar el nacionalismo del Estado burgués con el internacionalismo de la nueva humanidad. El conflicto entre nacionalismo e internacionalismo es la raíz de la decadencia del régimen individualista. La política de la burguesía es nacionalista; su economía es internacionalista. La tragedia de Europa consiste, justamente, en que renacen pa­siones y estados de ánimo nacionalistas y guerreros, en los cuales encallan todos los proyectos de asistencia y de cooperación internacionales encaminadas a la reconstrucción europea.

 

 

 

 

 

49

 

 

Aunque adquiriese la adhesión de todos los pueblos de la civilización occidental la Sociedad de las Naciones no llenaría el rol que sus inven­tores y preconizadores le asignan. Dentro de ella se reproducirían los conflictos y las rivalidades inherentes a la estructura nacionalista de los Es­tados. La Sociedad de las Naciones juntaría a los delegados de los pueblos; pero no juntaría a los pueblos mismos. No eliminaría los contrastes y los antagonismos que los separan y los enemistan. Subsistirían, dentro de la Sociedad, las alianzas y los pactos que agrupan a las naciones en bloques rivales.

 

La extrema izquierda mira en la Sociedad de las Naciones una asociación de Estados burgue­ses, una organización internacional de la clase dominante. Mas los políticos de la democracia han logrado atraer a la Sociedad de las Naciones a los líderes del proletariado social-democrático. Alberto Thomas, el Secretario de la Oficina In­ternacional del Trabajo, procede de los rangos del socialismo francés. Es que la división del cam­po proletario en maximalismo y minimalismo tiene ante la Sociedad de las Naciones las mismas expresiones características que respecto a las otras formas e instituciones de la democracia.

 

La ascensión del Labour Party* al gobierno de Inglaterra, inyectó un poco de optimismo y de vigor en la democracia. Los adherentes de la ideología democrática, centrista, evolucionista, predijeron la bancarrota de la reacción y de las derechas. Constataron con entusiasmo la descom­posición del Bloque Nacional francés, la crisis del fascismo italiano, la incapacidad del Directorio español y el desvanecimiento de los planes putschistas** de los pangermanistas alemanes.

 

Estos hechos pueden indicar, efectivamente, el fracaso de las derechas, el fracaso de la reac­ción. Y pueden anunciar un nuevo retorno al sistema democrático y a la praxis evolucionista. Pero otros hechos más hondos, extensos y gra­ves revelan, desde hace tiempo, que la crisis

 

--------------

* Labour Party o Partido Laborista.

** Revolucionarios violentos.

 

 

50

 

 

mundial es una crisis de la democracia, sus mé­todos y sus instituciones. Y que, a través de tan­teos y de movimientos contradictorios, la organi­zación de la sociedad se adapta lentamente a un nuevo ideal humano.

 

 

LLOYD GEORGE

 

Lenin es el político de la revolución; Musso­lini es el político de la reacción; Lloyd George es el político del compromiso, de la transacción, de la reforma. Ecléctico, equilibrista y mediador, igualmente lejano de la izquierda y de la dere­cha, Lloyd George no es un fautor del orden nuevo ni del orden viejo. Desprovisto de toda adhesión al pasado y de toda impaciencia del porvenir, Lloyd George no desea ser sino un ar­tesano, un constructor del presente. Lloyd Geor­ge es un personaje sin filiación dogmática, sec­taria, rígida. No es individualista ni colectivista; no es internacionalista ni nacionalista. Acaudilla el liberalismo británico. Pero esta etiqueta de li­beral corresponde a una razón de clasificación electoral más que a una razón de diferenciación programática. Liberalismo y conservadorismo son hoy dos escuelas políticas superadas y deformadas. Actualmente no asistimos a un conflicto dia­léctico entre el concepto liberal y el concepto conservador sino a un contraste real, a un choque histórico entre la tendencia a mantener la organización capitalista de la sociedad y la ten­dencia a reemplazarla con una organización so­cialista y proletaria.

 

Lloyd George no es un teórico, un hierofante de ningún dogma económico ni político; es un conciliador casi agnóstico. Carece de puntos de vista rígidos. Sus puntos de vista son provisorios, mutables, precarios y móviles. Lloyd George se nos muestra en constante rectificación, en permanente revisión de sus ideas. Está, pues, inhabilitado para la apostasía. La apostasía supone traslación de una posición extremista a otra posición antagónica, extremista también. Y

 

 

 

 

 

 

51

 

 

Lloyd George ocupa invariablemente una posi­ción centrista, transaccional, intermedia. Sus mo­vimientos de traslación no son, por consiguiente, radicales y violentos sino graduales y mínimos. Lloyd George es, estructuralmente, un político posibilista. Piensa que la línea recta es, en la po­lítica como en la geometría, una línea teórica e imaginativa. La superficie de la realidad política es accidentada como la superficie de la Tierra. Sobre ella no se pueden trazar líneas rectas sino líneas geodésicas. Loyd George, por esto, no busca en la política la ruta más ideal sino la ruta más geodésica.

 

Para este cauto, redomado y perspicaz políti­co el hoy es una transacción entre el ayer y el mañana. Lloyd George no se preocupa de lo que fue ni de lo que será, sino de lo que es.

 

Ni docto ni erudito, Lloyd George es, antes bien, un tipo refractario a la erudición y a la pe­dantería. Esta condición y su falta de fe en toda doctrina lo preservan de rigideces ideológi­cas y de principismos sistemáticos. Antípoda del catedrático, Lloyd George es un político de fina sensibilidad, dotado de órganos ágiles para la percepción original, objetiva y cristalina de los hechos. No es un comentador ni un espectador sino un protagonista, un actor consciente de la historia. Su retina política es sensible a la impresión veloz y estereoscópica del panorama circundante. Su falta de aprehensiones y de escrúpulos dogmáticos le consiente usar los procedimientos y los instrumentos más adaptados a sus intentos. Lloyd George asimila y absorbe instantáneamente las sugestiones y las ideas útiles a su orientamiento espiritual. Es avisado, sagaz y flexiblemente oportunista. No se obstina jamás. Trata de modificar la realidad contingente, de acuerdo con sus previsiones, pero si encuentra en esa realidad excesiva resistencia, se contenta con ejercitar sobre ella una influencia mínima. No se obceca en una ofensiva inmatura. Reserva su insistencia, su tenacidad, para el instante propicio, para la coyuntura oportuna. Y está siempre pronto a la transacción, al compromiso. Su

 

 

 

 

 

 

 

52

 

 

táctica de gobernante consiste en no reaccionar bruscamente contra las impresiones y las pasiones populares, sino en adaptarse a ellas para encauzarlas y dominarlas mañosamente.

 

La colaboración de Lloyd George en la Paz de Versalles, por ejemplo, está saturada de su oportunismo y su posibilismo. Lloyd George comprendió que Alemania no podía pagar una indemnización excesiva. Pero el ambiente delirante, frenético, histérico, de la victoria, lo obligó a adherirse, provisoriamente, a la tesis contraria. El contribuyente inglés, deseoso de que los gastos bélicos no pesasen sobre su renta, mal informado de la capacidad económica de Alemania, quería que ésta pagase el costo integral de la guerra. Bajo la influencia de ese estado de ánimo, se efectuaron las elecciones, presurosamente convocadas por Lloyd George a renglón seguido del armisticio. Y para no correr el riesgo de una derrota, Lloyd George tuvo que recoger en su programa electoral esa aspiración del elector inglés. Tuvo que hacer suyo el programa de paz de Lord Northcliffe y del Times,* adversarios sañudos de su política.

 

Igualmente Lloyd George era opuesto a que el Tratado mutilase, desmem-brase a Alemania y engrandeciese territorialmente a Francia. Percibía el peligro de desorganizar y desarticular la economía de Alemania. Combatió, por consiguiente, la ocupación militar de la ribera izquierda del Rhin. Resistió a todas las conspiraciones francesas contra la unidad alemana. Pero, concluyó tolerando que se filtraran en el Tratado. Quiso, ante todo, salvar la Entente y la Paz. Pensó que no era la oportunidad de frustrar las in­tenciones francesas. Que, a medida que los es­píritus se iluminasen y que el delirio de la victoria se extinguiese, se abriría paso automáticamente la rectificación paulatina del Tratado. Que sus consecuencias, preñadas de amenazas para el porvenir europeo, inducirían a todos los vencedores a aplicarlo con prudencia y lenidad. Keynes en sus Nuevas consideraciones sobre las consecuencias económicas de la Paz comenta así es‑

 

--------------

Ver I. O.

 

 

 

 

 

53

 

 

ta gestión: "Lloyd George ha asumido la res­ponsabilidad de un tratado insensato, inejecutable en parte, que constituía un peligro para la vida misma de Europa. Puede alegar, una vez admitidos todos sus defectos, que las pasiones ignorantes del público juegan en el mundo un rol que deben tener en cuenta quienes conducen una democracia. Puede decir que la Paz de Versalles constituía la mejor reglamentación provisoria que permitían las reclamaciones populares y el carácter de los jefes de Estado. Puede afirmar que, para defender la vida de Europa, ha consagrado durante dos años su habilidad y su fuerza a evitar y moderar el peligro".

 

Después de la paz, de 1920 a 1922, Lloyd George ha hecho sucesivas concesiones formales, protocolarias, al punto de vista francés: ha aceptado el dogma de la intangibilidad, de la infalibilidad del Tratado. Pero ha trabajado perseverantemente para atraer a Francia a una política tácitamente revisionista. Y para conseguir el olvido de las estipulaciones más duras, el abandono de las cláusulas más imprevisoras.

 

Frente a la revolución rusa, Lloyd George ha tenido una actitud elástica. Unas veces se ha erguido, dramáticamente, contra ella; otras veces ha coqueteado con ella a hurtadillas. Al principio, suscribió la política de bloqueo y de intervención marcial de la Entente. Luego, convencido de la consolidación de las instituciones rusas, preconizó su reconocimiento. Posteriormente, con verbo encendido y enfático, denunció a los bolcheviques como enemigos de la civilización.

 

Tiene Lloyd George en el sector burgués, una visión más europea que británica -o británica y por esto europea- de la guerra social, de la lucha de clases. Su política se inspira en los intereses generales del capitalismo occidental. Y recomienda el mejoramiento del tenor de vida de los trabajadores europes, a expensas de las poblaciones coloniales de Asia, África, etc. La revolución social es un fenómeno de la civilización capitalista, de la civilización europea. El régimen capitalista -a juicio de Lloyd George- debe

 

 

 

 

54

 

 

adormecerla, distribuyendo entre los trabajadores de Europa una parte de las utilidades obtenidas de los demás trabajadores del mundo. Hay que extraer del bracero asiático, africano, australiano o americano los chelines necesarios para aumentar el confort y el bienestar del obrero europeo y debilitar su anhelo de justicia social. Hay que organizar la explotación de las naciones coloniales para que abastezcan de materias primas a las naciones capitalistas y absorban íntegramente su producción industrial. A Lloyd George, además, no le repugna ningún sacrificio de la idea conservadora, ninguna transacción con la idea revolucionaria. Mientras los reaccionarios quieren reprimir marcialmente la revolución, los reformistas quieren pactar con ella y negociar con ella. Creen que no es posible asfixiarla, aplastarla, sino, más bien, domesticarla.

 

Entre la extrema izquierda y la extrema dere­cha, entre el fascismo y el bolchevismo, existe todavía una heterogénea zona intermedia, psico­lógica y orgánicamente democrática y evolucio­nista, que aspira a un acuerdo, a una transacción entre la idea conservadora y la idea revoluciona­ria. Lloyd George es uno de los líderes sustan­tivos de esa zona templada de la política. Al­gunos le atribuyen un íntimo sentimiento dema­gógico. Y lo definen como un político nostálgico de una posición revolucionaria. Pero este juicio está hecho a base de datos superficiales de la per­sonalidad de Lloyd George. Lloyd George no tie­ne aptitudes espirituales para ser un caudillo revolucionario ni un caudillo reaccionario. Le falta fanatismo, le falta dogmatismo, le falta pasión. Lloyd George es un relativista de la polí­tica. Y, como todo relativista, tiene ante la vida una actitud un poco risueña, un poco cínica, un poco irónica y un poco humorista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

55

 

 

EL SENTIDO HISTORICO DE LAS ELECCIONES INGLESAS DE 1924

 

Seria y objetivamente consideradas, las elec­ciones inglesas de 1924 son un hecho histórico mucho más trascendente, mucho más grave que una mera victoria de los viejos tories.* Signifi­can la liquidación, definitiva acaso, del secular sistema político de los whigs** y los tories. Este sistema bipartito funcionó, más o menos rít­micamente, hasta la guerra mundial. La post-guerra aceleró el engrosamiento del partido la­borista y produjo, provisoriamente, un sistema tripartito. En las elecciones de 1923 ninguno de los tres partidos consiguió mayoría parlamenta­ria. Llegaron así los laboristas al poder que han ejercido controlados no por una sino por dos opo­siciones. Su gobierno ha sido un episodio tran­sitorio dependiente de otro episodio transitorio: el sistema tripartito.

 

Con las nuevas elecciones no es sólo el gobier­no lo que cambia en Inglaterra. Lo que cambia, sobre todo, íntegramente, es el argumento y el juego de la política británica. Este argumento y ese juego no son ya una dulce belige-rancia y un cortés diálogo entre conservadores y liberales. Son ahora un dramático conflicto y una acérrima polémica entre la burguesía y el proletariado. Hasta la guerra, la burguesía británica domina­ba íntegramente la política nacional, desdoblada en dos bandos, en dos facciones. Hasta la guerra, se dio el lujo de tener dos ánimas, dos mentali­dades y dos cuerpos. Ahora ese lujo, por primera vez en su vida, le resulta inasequible. Estos terribles tiempos de carestía la constriñen a la economía, al ahorro, a la cooperación.

 

Los que actualmente tienen derecho para sonreír son, por ende, los críticos marxistas. Las elecciones inglesas confirman las aserciones de

 

--------------

* Nombre que se da al Partido Conservador Inglés.

** Nombre que se da al Partido Liberal inglés.

 

 

 

 

 

56

 

la lucha de las clases y del materialismo histó­rico. Frente a frente no están hoy, como antes, dos partidos sino dos clases.

 

El vencido no es el socialismo sino el libera­lismo. Los liberales y los conservadores han ne­cesitado entenderse y unirse para batir a los la­boristas. Pero las consecuencias de este pacto las han pagado los liberales. A expensas de los libe­rales, los conservadores han obtenido una mayoría parlamentaria que les consiente acaparar solos el gobierno. Los laboristas han perdido diputaciones que los conservadores y liberales no les han disputado, esta vez, separada sino manco­munadamente. El conchabamiento de conservadores y liberales, ha disminuido su poder parla­mentario; no su poder electoral. Los liberales, en tanto, han visto descender junto con el número de sus diputados el número de sus electores. Su clásica potencia parlamentaria ha quedado prác­ticamente anulada. El antiguo partido liberal ha dejado de ser un partido de gobierno. Privado hasta de su líder Asquith, es actualmente una exigua y decapitada patrulla parlamentaria.

 

Este es, evidentemente, el sino del liberalismo en nuestros tiempos. Donde el capitalismo asu­me la ofensiva contra la revolución, los liberales son absorbidos por los conservadores. Los li­berales británicos han capitulado hoy ante los tories, como los liberales italianos capitularon ayer ante los fascistas. También la era fascista se inauguró con el consenso de la mayoría de la clase burguesa de Italia. La burguesía deserta en todas partes del liberalismo.

 

La crisis contemporánea es una crisis del Estado demo-liberal. La Reforma protestante y el liberalismo han sido el motor espiritual y político de la sociedad capitalista. Quebrantando el régimen feudal, franquearon el camino a la economía capitalista, a sus instituciones y a sus máquinas. El capitalismo necesitaba para prosperar que los hombres tuvieran libertad de conciencia y libertad individual. Los vínculos feudales estorbaban su crecimiento. La burguesía abrazó, la, doctrina liberal. Armada de

 

 

 

 

 

 

 

57

 

 

esta doctrina, abatió la feudalidad y fundó la de­mocracia. Pero la idea liberal es esencialmente una idea crítica, una idea revolucionaria. El libe­ralismo puro tiene siempre alguna nueva libertad que conquistar y alguna nueva revolución que proponer. Por esto, la burguesía, después de ha­berlo usado contra la feudalidad y sus tentativas de restauración, empezó a considerarlo excesivo, peligroso e incómodo. Mas el liberalismo no puede ser impunemente abandonado. Renegando de la idea liberal, la sociedad capitalista reniega de sus propios orígenes. La reacción conduce como en Italia a una restauración anacrónica de méto­dos medioevales. El poder político, anulada la de­mocracia es ejercido por condottieri y dictadores de estilo medioeval. Se constituye, en suma, una nueva feudalidad. La autoridad prepotente y caprichosa de los condottieri -que a veces se sienten cruzados, que son en muchos casos gente de mentalidad rústica, aventurera y marcial- no coincide, frecuentemente, con los intereses de la economía capitalista. Una parte de la burguesía, como acontece presentemente en Italia, vuelve con nostalgia los ojos a la libertad y a la demo­cracia.

 

Inglaterra es la sede principal de la civiliza­ción capitalista. Todos los elementos de este orden social han encontrado allí el clima más con­veniente a su crecimiento. En la historia de In­glaterra se conciertan y combinan, como en la historia de ningún otro pueblo, los tres fenóme­nos solidarios o consan-guíneos: capitalismo, pro­testantismo y liberalismo. Inglaterra es el único país donde la democracia burguesa ha llegado a su plenitud y donde la idea liberal y sus conse­cuencias, económicas y administrativas, han alcan­zado todo su desarrollo. Más aún. Mientras el li­beralismo sirvió de combustible del progreso ca­pitalista, los ingleses eran casi unánimemente liberales. Poco a poco, la misma lucha entre con­servadores y liberales perdió su antiguo sentido. La dialéctica de la historia había vuelto a los conservadores algo liberales y a los liberales algo conservadores. Ambas facciones continuaban chocando y polemizando, entre otras cosas, por-

 

 

 

 

 

 

 

58

 

 

que la política no es concebible de otro modo. La política, como dice Mussolini, no es un mo­nólogo. El gobierno y la oposición son dos fuerzas y dos términos idénticamente necesarios. So­bre todo, el Partido Liberal alojaba en sus ran­gos a elementos de la clase media y de la clase proletaria, espontáneamente antitéticos de los elementos de la clase capitalista, reunidos en el Partido Conservador. En tanto que el Partido Li­beral conservó este contenido social, mantuvo su personalidad histórica. Una vez que los obreros se independizaron, una vez que el Labour Party entró en su mayor edad, concluyó la función his­tórica del Partido Liberal. El espíritu crítico y revo-lucionario del liberalismo trasmigró del Parti­do Liberal al partido obrero. La facción, escindida primero, soldada después, de Asquith y Lloyd George, dejó de ser el vaso o el cuerpo de la esen­cia inquieta y volátil del liberalismo. El libera­lismo, como fuerza crítica, como ideal renovador se desplazó gradual-mente de un organismo enve­jecido a un organismo joven y ágil. Ramsay Mac Donald, Sydney Webb, Phillipp Snowden, Tres hombres sustantivos del ministerio laborista de­rrotado en la votación, proceden espiritual e ideológica-mente de la matriz liberal. Son los nuevos depositarios de la potencialidad revolucionaria del liberalismo. Prácticamente los liberales y los conservadores no se diferencian en nada. La palabra liberal, en su acepción y en su uso burgue­ses, es una palabra vacía. La función de la bur­guesía no es ya liberal sino conservadora. Y, jus­tamente, por esta razón, los liberales ingleses no han sentido ninguna repugnancia para concha­barse con los conservadores. Liberales y conser­vadores no se confunden y uniforman al azar, sino porque entre unos y otros han desaparecido los antiguos motivos de oposición y de contraste.

 

El antiguo liberalismo ha cumplido su trayec­toria histórica. Su crisis se manifiesta con tanta evidencia y tanta intensidad en Inglaterra, pre­cisamente porque en Inglaterra el liberalismo ha arribado a su más avanzado estadio de plenitud. No obstante esta crisis, no obstante su gobierno conservador, Inglaterra es todavía la nación más

 

 

 

 

 

 

59

 

 

liberal del mundo. Inglaterra es aún el país del libre cambio. Inglaterra es, en fin, el país donde las corrientes subversivas prosperan menos que en ninguna parte y donde, por esto, es menor su persecución. Los más incandescentes oradores comunistas ululan contra la burguesía en Trafal­gar Square y en Hyde Park, en la entraña de Londres. La reacción en una nación de este gra­do de democracia no puede vestirse como la reac­ción italiana, ni puede pugnar por la vuelta de la feudalidad con cachiporra y camisa negra. En el caso británico, la reacción es tal, no tanto por el progreso adquirido, que anula, como por el pro­greso naciente, que frustra o retarda.

 

El experimento laborista, en suma, no ha sido inútil, no ha sido estéril. Lo será, acaso, para los beocios que creen que una era socialista se pue­de inaugurar con un decreto. Para los hombres de pensamiento no. El fugaz gobierno de Mac Do­nald ha servido para obligar a los liberales y a los conservadores a coaligarse y para liquidar, por ende, la fuerza equívoca de los liberales. Los obreros ingleses, al mismo tiempo, se han curado un poco de sus ilusiones democráticas y parla­mentarias. Han constatado que el poder guber­namental no basta para gobernar al país. La prensa es, por ejemplo, otro de los poderes de que hay que disponer. Y, como lo observaba hace pocos años Caillaux, la prensa rotativa es una industria reservada a los grandes capitales. Los laboristas, durante varios meses, han estado en el gobierno; pero no han gobernado. Su posición parlamentaria no les ha consentido actuar, sino en algunos propósitos preliminares de la política de recons-trucción europea, compartidos o admi­tidos por los liberales.

 

Los resultados administrativos del experimen­to han sido escasos; pero los resultados políticos han sido muy vastos. La disolución del Partido Liberal predice, categóricamente, la suerte de los partidos intermedios, de los grupos centristas. El duelo, el conflicto entre la idea conservadora y la idea revolu-cionaria, ignora y rechaza un tercer término. La política, como todas las cosas, tiene únicamente dos polos. Las fuerzas que están ha-

 

 

 

 

 

 

60

 

 

ciendo la historia contemporánea son también solamente dos.

 

 

NITTI

 

Nitti, Keynes y Caillaux ocupan el primer rango entre los pioneros y los teóricos de la política de "reconstrucción europea". Estos estadistas propugnan una política de asistencia y de coo­peración entre las naciones y de solidaridad en­tre las clases, Patrocinan un programa de paz in­ternacional y de paz social. Contra este progra­ma insurgen las derechas que, en el orden internacional, tienen una orientación imperialista y conquistadora y, en el orden doméstico, una orientación reaccionaria y antisocialista. La aver­sión de las extremas derechas a la política bau­tizada con el nombre de "política de reconstruc­ción europea" es una aversión histérica, delirante y fanática. Sus clubs y sus logias secretas con­denaron a muerte a Walther Rathenau que apor­tó una contri-bución original, rica e inteligen­te al estudio de los problemas de la paz. La figura de Nitti es una alta figura europea. Nitti no se inspira en una visión local sino en una visión europea de la política. La crisis italiana es enfocada por el pensamiento y la investigación de Nitti sólo como un sector, como una sección de la cri­sis mundial. Nitti escribe un día para el Berli­ner Tageblatt* de Berlín y otro día para la Uni­ted Press de Nueva York. Polemiza con hombres de París, de Varsovia, de Londres.

 

Nitti es un italiano meridional. Sin embargo, no es el suyo un temperamento tropical, frondo­so, excesivo, como suelen ser los temperamen­tos meridio-nales. La dialéctica de Nitti es sobria, escueta, precisa. Acaso por esto no conmueve mucho al espíritu italiano, enamorado de un lenguaje retórico, teatral y ardiente. Nitti, como Lloyd George, es un relativista de la política, No es accesible al sectarismo de la derecha ni al sec­tarismo de la izquierda. Es un político frío, cere-

 

--------------

* Ver I. O.

 

 

 

 

61

 

 

bral, risueño, que matiza sus discursos con no­tas de humorismo y de ironía. Es un político que a veces, cuando gobierna, por ejemplo, fa dallo spirito,* como dicen los italianos. Pertenece a esa categoría de políticos de nuestra época que han nacido sin fe en la ideología burguesa y sin fe en la ideología socialista y a quienes, por tanto, no repugna ninguna transacción entre la idea nacionalista y la idea internacionalista, entre la idea individualista y la idea colectivista. Los con­servadores puros, los conservadores rígidos, vitu­peran a estos estadistas eclécticos, permeables y dúctiles. Execran su herética falta de fe en la infalibilidad y la eternidad de la sociedad bur­guesa. Los declaran inmorales, cínicos, derrotis­tas, renegados. Pero este último adjetivo, por ejemplo, es clamorosamente injusto. Esta generación de políticos relativistas no ha renegado de nada por la sencilla razón de que nunca ha creído ortodoxamente en nada. Es una generación es­tructuralmente adogmática y heterodoxa. Vive equidistante de las tradiciones del pasado y de las utopías del futuro. No es futurista ni pasadis­ta, sino presentista, actualista. Ante las institu­ciones viejas y las instituciones venideras tiene una actitud agnóstica y pragmatista. Pero, re­cónditamente, esta generación tiene también una fe, una creencia. La fe, la creencia en la Civili­zación Occidental. La raíz de su evolucionismo es esta devoción íntima. Es refractaria a la reac­ción porque teme que la reacción excite, estimu­le y enardezca el ímpetu destructivo de la revo­lución. Piensa que el mejor modo de combatir la revolución violenta es el de hacer o prometer la revolución pacífica. No se trata, para esta ge­neración política, de conservar el orden viejo ni de crear el orden nuevo: se trata de salvar la Civilización, esta Civilización Occidental, esta abendlaendische Kultur** que, según Oswald Splenger, ha llegado a su plenitud y, por ende, a su decadencia. Gorki, justamente, ha clasificado a Nitti y a Nansen como a dos grandes espíritus

 

--------------

* Traducción literal: hace del espíritu.

** Cultura de Occidente.

 

 

 

 

 

 

62

 

 

de la Civilización europea. En Nitti se percibe, en efecto, a través de sus escepticismos y sus re­lativismos, una adhesión absoluta: su adhesión a la Cultura y al Progreso europeos. Antes que ita­liano, se siente europeo, se siente occidental, se siente blanco. Quiere, por eso, la solidaridad de las naciones europeas, de las naciones occiden­tales. No le inquieta la suerte de la Humanidad con mayúscula: le inquieta la suerte de la hu­manidad occidental, de la humanidad blanca. No acepta el imperialismo de una nación europea sobre otra; pero sí acepta el imperialismo del mundo occidental sobre el mundo cafre, hindú, árabe o piel roja.

 

Sostiene Nitti, como todos los políticos de la reconstrucción, que no es posible que una po­tencia europea extorsione o ataque a otra, sin daño para toda la economía europea, para toda la vitalidad europea. Los problemas de la paz han revelado la solidaridad, la unidad del organismo económico de Europa. Y la imposibilidad de la restauración de los vencedores a costa de la des­trucción de los vencidos. A los vencedores les está vedada, por primera vez en la historia del mundo, la voluptuosidad de la venganza. La recons-trucción europea no puede ser sino obra, co­mún y mancomunada, de todas las grandes na­ciones de Occidente. En su libro Europa senza pace,* Nitti recomienda las siguientes soluciones: reforma de la Sociedad de las Naciones sobre la base de la participación de los vencidos; revisión de los tratados de paz; abolición de la comisión de reparaciones; garantía militar a Francia; condonación recíproca de las deudas inter-aliadas, al menos en una proporción del ochenta por ciento; reducción de la indemnización alemana a cua­renta mil millones de francos oro; reconocimien­to a Alemania de la cancelación de veinte mil millones como monto de sus pagos efectuados en oro, mercaderías, naves, etc. Pero las páginas crí­ticas, polémicas, destructivas de Nitti son más sólidas y más brillantes que sus páginas cons­tructivas. Nitti ha hecho con más vigor la des­cripción de la crisis europea que la teorización

 

--------------

* Europa sin paz.

 

 

 

 

 

63

 

 

de sus remedios. Su exposición del caos, de la ruina europea es impresio-nantemente exacta y objetiva; su programa de reconstrucción es, en cambio, hipotético y subjetivo.

 

A Nitti le tocó el gobierno de Italia en una época agitada y nerviosa de tempestad revolu­cionaria y de ofensiva socialista. Las fuerzas proletarias estaban en Italia en su apogeo. Ciento cincuenta diputados socialistas ingresaron en la Cámara, con el clavel rojo en la solapa y las estrofas de La Internacional en los labios. La Confederación General del Trabajo, que representa a más de dos millones de trabajadores agremiados, atrajo a sus filas a los sindicatos de funcio­narios y empleados del Estado. Italia parecía madura para la revolución. La política de Nitti, ba­jo la sugestión de este ambiente revolucionario, tuvo necesariamente una entonación y un gesto demagógicos. El Estado abandonó algunas de sus posiciones doctrinarias, ante el empuje de la ofen­siva revolucionaria. Nitti dirigió sagazmente esta maniobra. Las derechas, soliviantadas y dramáti­cas, lo acusaron de debilidad y de derro-tismo. Lo denunciaron como un saboteador, como un desvalorizador de la autoridad del Estado. Lo invitaron a la represión inflexible de la agita­ción proletaria. Pero estas grimas, estas aprehen­siones y estos gritos de las derechas no conmo­vieron a Nitti. Avizor y diestro, comprendió que oponer a la revolución un dique granítico era provocar, tal vez, una insurrección violenta. Y que era mejor abrir todas las válvulas del Estado al escape y al desahogo de los gases explosivos, acu­mulados a causa de los dolores de la guerra y los desabrimientos de la paz. Obediente a este con­cepto, se negó a castigar las huelgas de ferro­viarios y telegrafistas del estado y a usar rígidamente las armas de la ley, de los tribunales y de los gendarmes. En medio del escándalo y la cons­ternación de las derechas, tornó a Italia, amnistiado, el líder anarquista Enrique Malatesta. Y los delegados del Partido Socialista y de los sin­dicatos, con pasaportes regulares del gobierno, marcharon a Moscú para asistir al congreso de la Tercera Internacional. Nitti y la monarquía

 

 

 

 

64

 

 

flirteaban con el socialismo. El director de La Nazione* de Florencia me decía en aquella épo­ca: «Nitti lascia andares.** Ahora se advierte que, históricamente, Nitti salvó entonces a la burgue­sía italiana de los asaltos de la revolución. Su po­lítica transaccional, elástica, demagógica, estaba dictada e impuesta por las circunstancias histó­ricas.

 

Pero, en la política como en la guerra, la po­pularidad no corteja a los generalísimos de las grandes retiradas, sino a los generalísimos de las grandes batallas. Cuando la ofensiva revolucio­naria empezó a agotarse y la reacción a contraatacar, Nitti fue desalojado del gobierno por Gio­litti. Con Giolitti la ola revolucionaria llegó a su plenitud, en el episodio de la ocupación de las usinas metalúrgicas. Y entraron en acción Mu­ssolini, los camisas negras y el fascismo. Las izquierdas, sin embargo, volvieron todavía a la ofensiva. Las elecciones de 1921, malgrado las guerrillas fascistas, reabrieron el parlamento a ciento treintaiséis socialistas. Nitti, contra cuya candidatura se organizó una gran cruzada de las derechas, volvió también a las Cámaras. Varios diarios cayeron dentro de la órbita nittiana. Apa­recieron en Roma Il Paese e Il Mondo.*** Los socialistas, divorciados de los comunistas, estu­vieron próximos a la colaboración ministerial. Se anunció la inminencia de una coalición social-democrática dirigida por De Nicola o por Nitti. Pero los socialistas, escisionados y vacilantes, se detuvieron en el umbral del gobierno. La reac­ción acometió resueltamente la conquista del po­der. Los fascistas marcharon sobre Roma y ba­rrieron de un soplo al raquítico, pávido y medroso Ministerio Facta. Y la dictadura de Mussolini dispersó a los grupos demócratas y liberales.

 

La burguesía italiana, después, se ha uni­formado oportunistamente de camisa negra. Pero oportunista, menos flexible que Lloyd George, no se ha plegado a las pasiones actuales de la

 

--------------

* Ver I. O.

** Nitti deja caminar.

*** Ver I. O.

 

 

 

65

 

 

muchedumbre. Se ha retirado a su vida de estu­dioso, de investigador y de catedrático.

 

El instante no es favorable a los hombres de su tipo. Nitti no habla un lenguaje pasional sino un lenguaje intelectual. No es un líder tribunicio y tumultuario. Es un hombre de ciencia, de uni­versidad y de academia. Y en esta época de neo-romanticismo, las muchedumbres no quieren es­tadistas sino caudillos, no quieren sagaces pen­sadores, sino bizarros, míticos y taumatúrgicos capitanes.

 

El programa de reconstrucción europea propuesto por Nitti es típicamente el programa de un economista. Nitti, saturado del pensamiento de su siglo, tiende a la interpretación económica, positivista, de la historia. Algunos de sus críticos se duelen precisamente de su inclinación sistemá­tica a considerar exclusivamente el aspecto eco­nómico de los fenómenos históricos, y a descui­dar su aspecto moral y psicológico. Nitti cree, fundadamente, que la solución de los problemas económicos de la paz resolvería la crisis. Y ejer­cita toda su influencia de estadista y de líder pa­ra conducir a Europa a esa solución. Pero, la di­ficultad que existe, para que Europa acepte un programa de cooperación y de asistencia interna­cionales, revela, probablemente, que las raíces de la crisis son más hondas e invisibles. El oscureci­miento del buen sentido occidental no es una causa de la crisis, sino uno de sus síntomas, uno de sus efectos, una de sus expresiones.

 

AMENDOLA Y LA BATALLA LIBERAL EN ITALIA

 

La personalidad de Giovanni Amendola nos interesa, no sólo por la notoriedad mundial que debe este líder del Aventino a las cachiporras fascistas, sino, sobre todo, por su original relieve en el mundo del liberalismo italiano. En Amen­dola la democracia no es una fórmula retórica, co­mo en la mayoría de los políticos transformis­tas* de la Terza Italia. En Amendola la demo‑

--------------

* Transformistas: políticos que pregonizan el cambio de la sociedad capitalista utilizando las vías parlamentarias.

 

 

66

 

 

cracia es una idea dinámica que, contrastada y perseguida encarnizadamente por el fascismo, readquiere un poco de su primitiva beligerancia y de su decaída combatividad. Amendola perte­nece al reducido sector de demo-liberales italia­nos que no renegaron de su liberalismo, ante el fascio littorio* cuando Mussolini y sus camisas negras conquistaron la Ciudad Eterna. Mientras Giolitti, Orlando y todos los políticos del trans­formismo, que ahora parlamentaria y tardíamen­te insurgen en defensa de la libertad, se enrolaban en el séquito del fascismo, olvidando la acé­rrima requisitoria fascista contra la vieja política y sus decrépitos especimenes, Amendola prefirió obstinarse en la aserción intransigente de sus principios democráticos.

 

Su historia política corresponde enteramente a la post-guerra. Amendola no se ha formado po­líticamente en la clientela de Giolitti, ni de nin­gún otro líder clásico de la democracia pre-bé­lica. Procede de un núcleo y de un hogar de intelectuales que han dado a Italia varias de sus figuras contemporáneas. "En 1904 -escribe Gi­rolamo Lazzeri, en el prefacio de un libro de Amendola, La democracia después del 6 de abril de 1924- apenas cumplidos los veinte años, par­ticipaba en el movimiento renovador del florentino Leonardo; luego, cuatro años después, era del grupo de la Voce,** en el cual emergía por un equilibrio más sólido frente a los otros amigos, muchos de quienes estaban destinados a caer de lleno en el error del fascismo o a vivir en sus márgenes en una situación de complicidad moral. La posición de Amendola en el grupo de la Vo­ce era, en el fondo, la posición de un solitario: entre la inquietud y las contradicciones de Pa­pini, la superficial divulgación de Prezzolini, el impresionismo lírico de Soffici, actitudes todas meramente literarias, Amendola se muestra casi aparte por sí mismo, por la seriedad y la soli­dez de la indagación filosófica, por la constante

 

--------------

* Hace referencia a los lictores que eran los funcionarios encargados de preceder a los magistrados de la antigua Roma. Ahora se trata de las bandas que abrieron paso al fascismo.

** Ver I. O.

 

 

 

 

67

 

 

preocupación de la realidad, vista con límpida pupila, no de literato sino de hombre. Así, mientras que la rabia de renovación a la cual tendía el movimiento de la Voce, era desenfrenada inquie­tud literaria entre sus amigos, en Amendola era problema espiritualmente sentido, tanto en línea filosófica como en línea histórica. Su obra de fi­lósofo y particularmente los lineamientos de su sistema ético, como resultan de la serie de estu­dios publicados en 1911 en Anima -la revista que dirigió con Papini- están ahí para demos­trarlo, ofreciendo al crítico la clave de toda la personalidad del futuro hombre político".

 

Amendola, después de una actividad destacada de periodista político, que lo incorporó oficialmente en los rangos de la democracia, entró en el parlamento en 1919. Empezó entonces la carre­ra de político, que en dos ocasiones las cachipo­rras fascistas han querido cortar trágicamente. El parlamento, del cual le tocó a Amendola formar parte, fue la tempestuosa asamblea a la que el sufragio italiano envió 156 diputados socialistas y 101 diputados populares.* Amendola ocupó desde el primer momento un puesto de combate en el grupo nittiano, esto es en el sector reformista y radical de la burguesía italiana. Fue, pues, uno de los colaboradores de esa política de transac­ciones y de com-promisos, actuada por Nitti para detener la revolución, que debía parecer después, a la misma burguesía salvada de esta suerte, de­magógica y derrotista.

 

En la evolución de la burguesía hacia el fas­cismo, que comenzó con el gobierno de Giolitti, Amendola se mantuvo hostil al fascio littorio. Tuvo, no obstante, que formar parte, como Minis­tro de las colonias, del desdichado ministerio de Facta, último esfuerzo gubernamental de los gru­pos consti-tucionales. No se le puede, sin embar­go, hacer por esto ningún cargo. Preveía Amen­dola la conquista ineluctable e inexorable del po­der por los fascistas, si los fautores de la demo­cracia no concertaban y concentraban sus fuer‑

--------------

* Populares: pertenecientes al Partido del Centro o ca­tólico de Dom Sturzo. (Ver el ensayo de J. C. Mariá­tegui acerca de "La Democracia Católica", pág. 87).

 

 

 

 

 

68

 

 

zas en el parlamento y en el gobierno. El fraca­so de esta postrera tentativa no es culpa suya.

 

 

En la presente batalla liberal, Amendola tiene una función principal. Es el líder de la oposición del Aventino. De la variopinta oposición del Aventino, como en su lenguaje polémico la llama Mussolini. El episodio del Aventino está en li­quidación. La secesión parlamentaria se ha reve­lado impotente para traer abajo la dictadura fas­cista. Y a los parlamentarios del bloque del Aventino no se les ocurre, de acuerdo con sus hábitos, que se pueda combatir a un gobierno sino parla­mentariamente. El experimento les parece, pues, terminado. El camino revolucionario no es de su gusto. Tampoco es del gusto de Amendola. Pero entre la gente del Aventino, Amendola tiene al menos el mérito de una consistencia ideológica y de una arrogancia personal, muy poco frecuentes en la desvaída fauna liberal. Améndola ha sido uno de los condottieri de la batalla del Aventino. Hasta el último momento ha resistido con ener­gía la vuelta al parlamento.

 

Lo que distingue a Amendola del resto de los demo-liberales de todos los climas es, como re­sulta de todos estos episodios de su carrera polí­tica, la vehemencia y la beligerancia que tiene en su teoría y en su práctica la vieja idea liberal. El líder del Aventino cree de veras en la demo­cracia, con ese inquebrantable empecinamiento de los pequeños burgueses, nutridos de la filosofía de dos siglos de apogeo de la civilización occi­dental. Y, como Wilson hablaba de una nueva li­bertad, este discípulo y lugarteniente de Nitti habla de una nueva democracia.

 

Su ilusión reside justamente en este concepto. La nueva democracia de Amendola es tan qui­mérica como la nueva libertad de Wilson. Es siempre, en la forma y en el fondo, a pesar de cualquier superficial apariencia, la misma demo­cracia capitalista y burguesa que se siente cru­jir, envejecida, en nuestra época. Amendola dice preferir el futuro al pasado. Pero se niega a imaginar que el futuro de la humanidad y de Italia no sea democrático. El pensamiento de Amendola es la expresión de la recalcitrante

 

 

 

69

 

mentalidad de una pequeña burguesía, sorda a todas las notificaciones de la historia.

 

El fracasado experimento del Aventino podría, sin embargo, haber sido una lección más eficaz para este rígido y honesto liberal. Contra el mé­todo reaccionario, como ese experimento lo ha demostrado, el método democrático no puede na­da. Mussolini se ríe de las maniobras parlamen­tarias. Para los diputados demasiado molestos, como Matteotti o como Amendola, los camisas ne­gras tienen armas bien tundentes. Amendola, agredido y apaleado dos veces, lo sabe personal y eficientemente.

 

Instintivamente, Amendola ha sentido muchas de estas cosas. El retiro de la oposición del parlamento fue un gesto de entonación y virtualidad revolu-cionarias. Constituía la declaración de que contra Mussolini no era ya posible batirse parla­mentaria y legalmente. El Aventino representaba la vía de la insurrección. Mas los diputados del Aventino no tenían nada de revolucio-narios. Su objetivo no era sino la normalización. Su actitud secesionista se nutría de la esperanza de que, a la simple maniobra de abandono del parla-mento, la minoría bastase para obligar a Mussolini a la rendición. Una vez desvanecida esta esperanza, a toda esta gente no le ha quedado más remedio que decidirse a reingresar melancólicamente en su Cámara.

 

No existe otro camino para los partidarios de la reforma y del compromiso. A Amendola le cuesta un poco de trabajo explicárselo, porque en él chocan su psicología de hombre de combate y su ideario de fautor del parlamento. La impoten­cia en que se debate en Italia su partido es la impotencia en que se debate, en todo el mundo, la vieja democracia. En Amendola, es cierto, la democracia enseña el puño apretado y enérgico. Pero no  por eso es menos impotente.

 

 

JOHN MIAYNARD KEYNES

 

Kepnes no es líder, no es político, no es siquie­ra diputado. No es sino director del Manchester

 

 

70

 

 

Guardian* y profesor de Economía de la Univer­sidad de Cambridge. Sin embargo, es una figura de primer rango de la política europea. Y, aunque no ha descubierto la decadencia de la civi­lización occidental, la teoría de la relatividad, ni el injerto de la glándula de mono, es un hombre tan ilustre y resonante como Spengler, como Einstein y como Voronoff. Un libro de estruen­doso éxito, Las consecuencias económicas de la Paz, propagó en 1919 el nombre de Keynes en el mundo.

 

Este libro es la historia íntima, descarnada y escueta de la conferencia de la paz y de sus escenas de bastidores. Y es, al mismo tiempo, una sensacional requisitoria contra el tratado de Versalles y contra sus protagonistas. Keynes denun­cia en su obra las deformidades y los errores de ese pacto y sus consecuencias en la situación eu­ropea.

 

El pacto de Versalles es aún un tópico de ac­tualidad. Los políticos y los economistas de la reconstrucción europea reclaman perentoriamen­te su revisión, su rectificación, casi su cancela­ción. La suscripción de ese tratado resulta una cosa condicional y provisoria. Estados Unidos le ha negado su favor y su firma. Inglaterra no ha disimulado a veces su deseo de abandonarlo. Key­nes lo ha declarado una reglamentación temporal de la rendición alemana.

 

¿Cómo se ha incubado, cómo ha nacido este tratado deforme, este tratado teratológico? Key­nes, testigo inteligente de la gestación, nos lo explica. La Paz de Versalles fue elaborada por tres hombres: Wilson, Clemenceau y Lloyd George. -Orlando tuvo al lado de estos tres estadistas un rol secundario, anodino, intermitente y opaco. Su intervención se confinó en una sentimental defensa de los derechos de Italia-. Wilson am­bicionaba seriamente una paz edificada sobre sus catorce puntos y nutrida de su ideología demo­crática. Pero Clemenceau pugnaba por obtener una paz ventajosa para Francia, una paz dura, áspera, inexorable. Lloyd George era empujado en análogo sentido por la opinión inglesa. Sus

 

--------------

* Ver I. O.

 

 

 

71

 

 

compromisos eleccionarios lo forzaban a tratar sin clemencia a Alemania. Los pueblos de la Entente estaban demasiado perturbados por el placer y el deliquio de la victoria. Atravesaban un perío­do de fiebre y de tensión nacionalistas. Su inteli­gencia estaba oscurecida por el pathos.* Y, mientras Clemenceau y Lloyd George representaban a dos pueblos poseídos, morbosamente, por el deseo de expoliar y oprimir a Alemania, Wilson no representaba a un pueblo realmente ganado a su doctrina, ni sólidamente mancomunado con su beato y demagógico programa. A la mayoría del pueblo americano no le interesaba sino la liqui­dación más práctica y menos onerosa posible de la guerra. Tendía, por consiguiente, al abandono de todo lo que el programa wilsoniano tenía de idealista. El ambiente aliado, en suma, era adverso a una paz wilsoniana y altruista. Era un ambiente guerrero y truculento, cargado de odios, de rencores y de gases asfixiantes. Wilson mismo no podía sustraerse a la influencia y a la suges­tión de la "atmósfera pantanosa de París". El estado de ánimo aliado era agudamente hostil al programa wilsoniano de paz sin anexiones ni in­demnizaciones. Además Wilson, como diplomá­tico, como político, era asaz inferior a Clemen­ceau y a Lloyd George. La figura política de Wilson no sale muy bien parada del libro de Key­nes. Keynes retrata la actitud de Wilson en la conferencia de la paz como una actitud mística, sacerdotal. Al lado de Lloyd George y de Clemenceau, cautos, redomados y sagaces estrategas de la política, Wilson resultaba un ingenuo maestro universitario, un utopista y hierático presbite­riano. Wilson, finalmente, llevó a la conferen­cia de la paz principios generales, pero no ideas concretas respecto de su aplicación. Wilson no conocía las cuestiones europeas a las cuales es­taban destinados sus principios. A los aliados les fue fácil, por esto, camuflar** y disfrazar de un ropaje idealista la solución que les convenía. Cle­menceau y Lloyd George, ágiles y permeables, trabajaban asistidos por un ejército de técnicos y

 

--------------

* Desorden, perturbación.

** Enmascarar.

 

 

 

 

 

72

 

 

de expertos. Wilson, rígido y hermético, no te­nía casi contacto con su delegación. Ninguna per­sona de su entourage,* ejercitaba influencia so­bre su pensamiento. A veces una redacción astu­ta, una maniobra gramatical, bastó para esconder dentro de una cláusula de apariencia inocua una intención trascendente. Wilson no pudo defender su programa del torpedamiento sigiloso de sus colegas de la conferencia.

 

Entre el programa wilsoniano y el tratado de Versalles existe, por esta y otras razones, una contradicción sensible. El programa wilsoniano garantizaba a Alemania el respeto de su integri­dad territorial, le aseguraba una paz sin multas ni indemnizaciones y proclamaba enfáticamente el derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos. Y bien. El Tratado separa de Alemania la región del Sarre, habitada por seiscientos mil teu­tones genuinos. Asigna a Polonia y Checoeslo­vaquia otras porciones de territorio alemán. Au­toriza la ocupación durante quince años de la ri­bera izquierda del Rhin, donde habitan seis mi­llones de alemanes. Y suministra a Francia pretexto para invadir las provincias del Ruhr e instalarse en ellas. El tratado niega a Austria, re­ducida a un pequeño Estado, el derecho de asociarse o incorporarse a Alemania. Austria no pue­de usar de este derecho sin el permiso de la So­ciedad de las Naciones. Y la Sociedad de las Na­ciones no puede acordarle su permiso sino por unanimidad de votos. El Tratado obliga a Alemania, aparte de la repa-ración de los daños cau­sados a poblaciones civiles y de la reconstruc­ción de ciudades y campos devastados, al reem­bolso de las pensiones de guerra de los países aliados. La despoja de todos sus bienes negocia­bles, de sus colonias, de su cuenca carbonífera del Sarre, de su marina mercante y hasta de la propie-dad privada de sus súbditos en territorio aliado. Le impone la entrega anual de una canti­dad de carbón, equivalente a la diferencia entre la producción actual de las minas de carbón fran­cesas y la producción de antes de la guerra. Y

 

--------------

* Séquito.

 

 

 

 

 

73

 

 

la constriñe a conceder, sin ningún derecho a re­ciprocidad; una tarifa aduanera mínima a las mercaderías aliadas y a dejarse invadir, sin nin­guna compensación, por la producción aliada. En una palabra, el Tratado empo-brece, mutila y de­sarma a Alemania y, simultáneamente, le deman­da una enorme indemnización de guerra.

 

 

Keynes prueba que este pacto es una violación de las condiciones de paz, ofrecidas por los alia­dos a Alemania para inducirla a rendirse. Alemania capituló sobre la base de los catorce puntos de Wilson. Las condiciones de paz no debían, por tanto, haberse apartado ni diferenciado de esos catorce puntos. La conferencia de Versalles habría debido limitarse a la aplicación, a la for­malización de esas condiciones de paz. En tanto, la conferencia de Versalles impuso a Alemania una paz diferente, una paz distinta de la ofreci­da solemnemente por Wilson. Keynes califica esta conducta como una deshonestidad monstruosa.

 

 

Además, este tratado, que arruina y mutila a Alemania, no es sólo injusto e insensato. Como casi todos los actos insensatos e injustos, es peli­groso y fatal para sus autores. Europa ha menes­ter de solidaridad y de cooperación internaciona­les, para reorganizar su producción y restaurar su riqueza. Y el tratado la anarquiza, la fraccio­na, la conflagra y la inficiona de nacionalismo y jingoísmo.* La crisis europea tiene en el pacto de Versalles uno de sus mayores estímulos morbo­sos. Keynes advierte la extensión y la profundi­dad de esta crisis. Y no cree en los planes de reconstrucción, "demasiado complejos, demasiado sentimentales y demasiado pesimistas". "El enfer­mo -dice- no tiene necesidad de drogas ni de medicinas. Lo que le hace falta es una atmósfe­ra sana y natural en la cual pueda dar libre curso a sus fuerzas de convalecencia". Su plan de reconstrucción europea se condensa, por eso, en dos proposiciones lacónicas: la anulación de las deudas interaliadas y la reducción de la indem­nización alemana a 36,000 millones de marcos. Keynes sostiene que éste es, también, el máxi‑

 

--------------

* Patriotería.

 

 

 

74

 

 

mum que Alemania puede pagar.

 

 

Pensamiento de economista y de financista, el pensamiento de Keynes localiza la solución de la crisis europea en la reglamentación económica de la paz. En su primer libro escribía, sin embar­go, que "la organización económica, por la cual ha vivido Europa occidental durante el último medio siglo, es esencialmente extraordinaria, inestable, compleja, incierta y temporaria". La crisis, por consiguiente, no se reduce a la exis­tencia de la cuestión de las reparaciones y de las deudas interaliadas. Los problemas económicos de la paz exacerban, exasperan la crisis; pero no la causan íntegramente. La raíz de la crisis está en esa organización económica "inestable, com­pleja, etc." Pero Keynes es un economista bur­gués, de ideología evolucionista y de psicología británica, que necesita inocular confianza e in­yectar optimismo en el espíritu de la sociedad capitalista. Y debe, por eso, asegurarle que una solución sabia, sagaz y prudente de los proble­mas económicos de la paz removerá todos los obs­táculos que obstruyen, actualmente, el camino del progreso, de la felicidad y del bienestar humanos.

 

 

EL DEBATE DE LAS DEUDAS INTER-ALIADAS

 

Nadie puede asombrase de que, seis años des­pués de la suscripción del pacto de Versalles, las potencias aliadas no hayan podido aún ponerse de acuerdo con Alemania respecto a la ejecución de ese tratado. El mismo plazo no ha sido bas­tante para que las potencias aliadas se hayan puesto de acuerdo entre ellas. No ha sido bastante siquiera para que se hayan puesto de acuerdo consigo mismas. En ninguna de las potencias ven­cedoras se entienden las gentes sobre el mejor método de liquidar las consecuencias de la gue­rra. Las divide, primero, la lucha de clases. Las sub-divide, luego, la lucha de los partidos. La cla­se gobernante, o sea la clase burguesa, no tiene un programa común. Cada líder, cada grupo, se aferra a su propio punto de vista. El desacuerdo, en una palabra, se multiplica hasta el infinito.

 

 

 

75

 

 

Nitti llama a esto "la tragedia de Europa". Los problemas políticos se enlazan, en la retina del político italiano, con los problemas económicos. Y, en último análisis, la crisis económica, política y moral se convierte en una crisis de la civiliza­ción europea. Keynes, menos panorámico, no ve casi en esta crisis sino "las consecuencias econó­micas de la paz". Entre los dos más ilustres y tenaces propugnadores de una política de recons­trucción, el acuerdo, por consiguiente, no es com­pleto. La diferencia de temperamento produce una diferencia de visión. Keynes reacciona, ante la crisis, como economista; Nitti reacciona, ade­más, como político. Y la opinión misma de estos hombres no es hoy rigurosamente la de hace cin­co o cuatro años. Las consecuencias económicas de la paz se han modificado o se han complicado definitivamente. El pensamiento de quienes pretenden arreglarlas, dentro de una perfecta coherencia, ha tenido que modificarse o complicarse. No ha podido dejar de adaptarse a los nuevos hechos. Y a veces ha debido, en apariencia al menos, contradecirse.

 

A propósito de las deudas inter-aliadas, uno de los más enredados problemas de la paz, Key­nes ha sido acusado, recientemente, de una con­tradicción. En sus estudios sobre este problema Keynes había arribado a la conclusión de que las deudas inter-aliadas debían ser condonadas. En un artículo último, ha abandonado virtualmente esta conclusión. Como ciudadano británico, como hombre práctico, Keynes se encuentra frente a un hecho nuevo. Inglaterra ha reconocido su deu­da a los Estados Unidos. Más aún, ha empezado a amortizarla. La cuestión de las deudas interaliadas ha quedado, por consiguiente, planteada en términos distintos. Keynes no ha cambiado de opinión acerca de las deudas interaliadas; pero sí ha cambiado de opinión acerca de la posibili­dad de anularlas.

 

Keynes acepta totalmente la tesis del tesoro francés, de que las deudas interaliadas no son deudas comerciales sino deudas "políticas". Su propia tesis es mucho más radical. Piensa Key-

 

 

 

 

 

 

76

 

 

nes que, en verdad, no se trata de deudas pro­piamente dichas. "Cada uno de los aliados -escribe- arrojó en el conflicto mundial todas sus energías. La guerra fue, como dicen los america­nos, al ciento por ciento. Pero, sabiamente y jus­tamente, cada uno de los aliados no empleó sus fuerzas del mismo modo. Por ejemplo el esfuerzo de Francia fue principalmente militar. Relativamente al número de hombres que, en proporción a su población, puso en el campo, y por el hecho de que parte de su territorio fue ocupado por el enemigo, Francia no contaba, después del primer año de guerra, con suficientes fuerzas económicas para equipar su ejército y alimentar su población de suerte de poder seguir combatiendo. El esfuerzo militar inglés si bien importantísimo, no fue tan grande como el francés; el esfuerzo naval británico fue, en tanto, mayor que el fran­cés; y el financiero fue también más vasto porque tuvimos, antes de la intervención americana, que emplear toda nuestra riqueza y toda nuestra fuerza industrial en ayudar, equipar y alimentar a los aliados. El esfuerzo americano fue princi­palmente financiero". Keynes sostiene que a la causa común cada potencia aliada dio todo lo que pudo. Unos aportaron más hombres que vituallas; otros aportaron más dinero que hombres. El di­nero, en suma, no era prestado por un aliado a otro. Era simplemente movilizado de un frente financiero a otro, en servicio de una campaña común. ¿Por qué entonces se hablaba oficialmen­te de créditos o de préstamos y no de subsidios? Porque así lo exigía la necesidad de que los fon­dos fueran administrados con mesura. El tesoro inglés o el tesoro norteamericano no tenían otro medio de controlar al tesoro francés o al tesoro italiano, y de evitar los despilfarros del capital interaliado. "Si cada uno de los funcionarios aliados -observa Keynes- hasta aquéllos dotados de menor sentido de responsabilidad o de menor poder de imaginación, hubiese sabido que gastaba dinero de otro país, los incentivos a la economía habrían sido menores de lo que fueron". Y ésta no es una interpretación personal de Keynes de la conducta financiera de Inglate‑

 

 

 

 

 

 

 

 

77

 

 

rra y de Norte América. Durante la guerra, Key­nes ha sido un alto funcionario del tesoro británi­co. En consecuencia, ha estado enterado de toda la trastienda de la política financiera de su país.

 

Pero Keynes, que reafirma de modo tan ine­quívoco y explícito su convicción de que las deu­das inter-aliadas no son tales deudas, no insiste ya en proponer su condonación. "Mirando al pa­sado -explica- creo que habría sido un acto de alta política y de sabiduría de parte de Inglate­rra si, al día siguiente del armisticio, hubiese anunciado a los aliados que todas sus deudas quedaban olvidadas desde ese día. Ahora no es via­ble tal línea de conducta. Los ingleses se han comprometido a pagar a Norte América medio millón de dólares al día por sesenta años". Una solución del problema no puede prescindir de este hecho. Mientras Inglaterra pague a los Es­tados Unidos, no renunciará a ser pagada tam­bién por Francia e Italia. No se avendrá tampoco a que los Estados Unidos concedan a estas dos potencias un tratamiento de favor. ¿Qué hacer entonces? Keynes cree que la base de un arreglo podría ser la siguiente: la aplicación, al servicio de las deudas inter-aliadas, de una parte de la suma anual que Francia e Italia reciben de Alemania, conforme al plan Dawes.* Una tercera parte, por ejemplo.

 

El debate de las deudas ínter-aliadas ha en­trado así en una nueva fase. Francia ha formu­lado, oficialmente, la distinción entre sus deudas comerciales y sus deudas políticas. Esto quie­re decir que el pago de las deudas comerciales será arreglado comercialmente, mientras que el pago de las deudas políticas será arreglado po­líticamente. El tema de las deudas inter-aliadas reemplaza al de las reparaciones. Francia, durante el gobierno del Bloque Nacional, no se ocupó casi sino de su acreencia contra Alemania. Liqui­dada en Londres, por el plan Dawes, la ilusión de que las reparaciones darían para todo, Francia se ve ahora obligada a ocuparse de su deuda a In‑

 

--------------

* Charles Dawes, político y economista norteamericano, propuso un plan para el pago de las deudas alemanas de la Primera Guerra Mundial.

 

 

 

 

78

 

 

glaterra y a los Estados Unidos. Sus aliados le re­cuerdan cortésmente su cuenta.

 

En Inglaterra y en los Estados Unidos preva­lece, en el gobierno, un criterio firmemente adverso a la condonación. El programa mínimo de Francia e Italia solicita una reducción de la deu­da interaliada, proporcional a la reducción de la deuda Alemana. Los propugnadores de la condonación se sienten más o menos abandonados por Keynes, en esta campaña. Y, por esto, reaccionan contra su última actitud. ¿Keynes mantiene ín­tegramente su concepto sobre las deudas inter-aliadas? Si, lo mantiene íntegramente. ¿Por qué entonces admite ahora la necesidad de que esas deudas, que su argumentación declara inexisten­tes, sean reconocidas? Keynes responde que la cuestión ha sido modificada, de hecho, por los pa­gos de Inglaterra. Un hombre de estado inglés no puede obstinarse rígidamente en un principio. Escapada la oportunidad de aplicar el principio, hay que resignarse a sacrificarlo en parte. Pero los contradictores de Keynes no creen que, efec­tivamente, la oportunidad de anular las deudas inter-aliadas haya pasado. La dialéctica del eco­nomista británico no los persuade a este respecto. Inglaterra ha comenzado a pagar su deuda a los Estados Unidos. Mas la política del tesoro britá­nico no puede comprometer la política del tesoro francés ni del tesoro italiano. El tesoro británico paga no sólo porque le es posible pagar sino, sobre todo, porque le conviene pagar. Empezan­do el servicio de su deuda, Inglaterra ha mejo­rado su crédito y ha saneado su moneda. La li­bra esterlina, cotizada antes a 3.80 en Nueva York, se cotiza ahora a 4.84. Inglaterra ha hecho una operación ventajosa. Y la ha hecho por su propia cuenta, sin consultar a sus aliados. ¿Cómo puede oponerse a que sus aliados, por su propia cuenta también, repudien una deuda ficticia? La razón de que Inglaterra, obedeciendo a un inte­rés distinto y concreto, no la ha repudiado es por lo menos insuficiente.

 

La única razón válida es la de que Francia e Italia necesitan usar su crédito en Inglaterra y los Estados Unidos y, por consiguiente, no pue‑

 

 

 

 

 

 

79

 

den exigir de estas potencias más de lo que se demuestran dispuestas a conceder. Francia e Ita­lia no tienen bastante independencia financiera para prescindir de los servicios de la finanza an­glo-americana. Les tocará, por consiguiente, acep­tar, más o menos atenuado y disimulado, un plan Dawes que dejará subsistentes las deudas inter-aliadas. O sea uno de los problemas de la paz que alimentan la crisis europea.

 

 

EL PACTO DE SEGURIDAD

 

El Occidente europeo busca un equilibrio. Hasta ahora ninguna receta conservadora ni refor­mista consigue dárselo.

 

Francia quiere una garantía contra la revan­cha alemana. Mientras esta garantía no le sea ofrecida, Francia velará armada con la espada en alto. Y el ruido de sus armas y de sus alertas no dejará trabajar tranquilamente a las otras naciones europeas. Europa siente, por ende, la necesidad urgente de un acuerdo que le permita reposar de esta larga vigilia guerrera. La propia Francia que, a pesar de sus bélicos chanteclers,* es en el fondo una nación pacífica, siente tam­bién esta necesidad. El peso de su armadura de guerra la extenúa.

 

El eje de un equilibrio europeo son las rela­ciones franco-alemanas. Para que Europa pueda convalecer de su crisis bélica, es indispensable que entre Francia y Alemania se pacte, si no la paz, por lo menos una tregua. Pero esta tregua nece­sita fiadores. Francia pide la fianza de la Gran Bretaña. De esto, que es lo que se designa con el nombre de pacto de seguridad, se conversó ya entre Lloyd George y Briand en Cannes. Mas a la mayoría parlamentaria del bloque nacional un pacto de seguridad, en las condiciones enton­ces esboza-das, le pareció insuficiente. Briand fue reemplazado por Poincaré, quien durante un largo plazo, en vez de una política de tregua, hizo una política de guerra.

 

--------------

* Cantantes populares, simbolizados en el gallo francés.

 

 

 

 

80

 

 

Cuando el experimento laborista en Inglaterra y las elecciones del 11 de mayo en Francia* engendraron la ilusión de que se inauguraba en Europa una era social-democrática, renació la moda de todas las grandes palabras de la democracia: Paz, Arbitraje, Sociedad de las Naciones, etc. En está atmósfera se incubó el protocolo de Ginebra que, instituyendo el arbitraje obligato­rio, aspiraba a realizar un anciano ideal de la de­mocracia, El protocolo de Ginebra correspondía plenamente a la mentalidad de una política cu­yos más altos conductores eran Mac Donald y Herriot.

 

Liquidado el experimento laborista, se ensom­breció de nuevo la faz de la política europea. El protocolo de Ginebra, que no significaba la paz ni representaba siquiera la tregua, fue enterrado. Se volvió a la idea del pacto de seguridad. Briand, Ministro de Negocios Extranjeros del mi­nisterio de Poincaré, reanudó el diálogo interrum­pido en Cannes. On revient toujour a ses pre­miers amours.**

 

Pero la discusión demostró que, para un pacto de seguridad, no basta el acuerdo exclusivo de Inglaterra, Francia, Alemania y Bélgica. No se trata sólo de la frontera del Rhin. Las naciones que están al otro lado de Alemania, y que el tra­tado de paz ha beneficiado territorialmente, a ex­pensas del imperio vencido, exigen la misma ga­rantía que Francia. Polonia y Checoeslovaquia pretenden estar presentes en el pacto. Y Francia, que es su protectora y su madrina, no puede de­sestimar la reivindicación de esos estados. Por otra parte Italia, dentro de cuyos nuevos confi­nes el tratado de paz ha dejado encerrada una minoría alemana, reclama el reconocimiento de la intangibilidad de esa frontera. Y se opone a todo pacto que no cierre definitivamente el camino a la posible unión política de Alemania y Austria.

 

--------------

* En 1924, triunfó el cartel de las Izquierdas, anticipo del Frente Popular de 1936.

** Se vuelve siempre al primer amor.

 

 

 

 

 

81

 

 

Alemania, a su turno, se defiende. No quiere suscribir ningún tratado que cancele su derecho a una rectificación de sus fronteras orientales. Se declara dispuesta a dar satisfacción a Fran­cia, pero se niega a dar satisfacción a toda Eu­ropa.

 

Para Alemania, suscribir un tratado, en el cual acepte como definitivas las fronteras que le señaló la paz de Versalles, equivaldría a suscribir por segunda vez, sin la presión guerrera de la primera, su propia condena. Durante la crisis post-bélica, mucho se ha escrito y se ha hablado sobre la incalificable dureza del tratado de Versalles. Los políticos y los ideólogos, propugnadores de un programa de reconstrucción europea, han repetido, hasta lograr hacerse oír por mucha gente, que la revisión del tratado de Versalles es una condición esencial y básica de un nuevo equilibrio internacional. Esta idea ha ganado mu­chos prosélitos. La causa de Alemania en la opi­nión mundial ha mejorado, en suma, sensiblemente. Es absurdo, por todas estas razones, pretender que Alemania refrende, sin compensación, las condiciones vejatorias de la paz de Versalles. El estado de ánimo de Alemania no es hoy, de otro lado, el mismo de los días angustiosos del armisticio. Las responsabilidades de la guerra se han esclarecido en los últimos seis años. Alema­nia, con documentación propia y ajena, puede probar, en una nueva conferencia de la paz, que es mucho menos culpable de lo que en Versalles parecía.

 

Los políticos de la democracia y, de la refor­ma aprovechan del tema del pacto de seguridad para proponer a sus pueblos una meta: la orga­nización de los Estados Unidos de Europa. Únicamente -dicen- una política de cooperación internacional puede asegurar la paz a Europa. Pero la verdad es que no hay ningún indicio de que las varias burguesías europeas, intoxicadas de nacionalismo, se decidan a adoptar este cami­no. Inglaterra no parece absolutamente inclinada a sacrificar algo de su rol imperial ni de su egoís­mo insular. Italia, en los discursos megalómanos

 

 

 

 

 

 

 

82

 

 

del fascismo, reivindica consuetudinariamente su derecho a renacer como imperio.

 

Los Estados Unidos de Europa aparecen, pues, en el orden burgués, como una utopía. Aun en el caso de que el tratado de seguridad obtenga la adhesión leal de todos los Estados de Europa, quedará siempre fuera de este sistema o de este compromiso la mayor nación del continente: Ru­sia. No se constituirá por tanto una asociación destinada a asegurar la paz sino, más bien, a organizar la guerra. Porque, como una consecuen­cia natural de su función histórica, una liga de estados europeos que no comprenda a Rusia tiene que ser, teórica y prácticamente, una liga contra Rusia. La Europa capitalista tiende cada día más a excluir a Rusia de los confines morales de la civilización occidental. Rusia, por su parte, sobre todo desde que se ha debilitado su esperanza en la revolución europea, se repliega hacia Oriente. Su influencia moral y material crece rápidamente en Asia. Los pueblos orientales, desde hace mucho tiempo, se interesan más por el ejemplo ruso que por el ejemplo occidental. En estas condicio­nes, los Estados Unidos de Europa, si se consti­tuyesen, reemplazarían el peligro de una guerra continental por la certidumbre de un descomunal conflicto entre Oriente y Occidente.

 

 

EL IMPERIO Y LA DEMOCRACIA YANQUIS

 

Con Mr. Coolidge y Mr. Dawes en el gobierno de los Estados Unidos, no es posible esperar que la causa de la libertad y de la democracia wil­sonianas progresen gaya y beatamente como los brindis de Ginebra auguraban. Las elecciones norteamericanas han sancionado la política de Mr. Hughes y Mr. Coolidge. Política nacionalista, imperialista, que aleja al mundo de las generosas y honestas ilusiones de los fautores de la liga wilsoniana.

 

Los Estados Unidos, manteniendo una actitud imperialista, Cumplen su destino histórico. El im‑

 

 

 

 

 

83

 

 

perialismo, como lo ha dicho Lenin, en un panfleto revolucionario, es la última etapa del capi­talismo. Como lo ha dicho Spengler, en una obra filosófica y científica, es la última estación polí­tica de una cultura. Los Estados Unidos, más que una gran democracia son un gran imperio. La forma republicana no significa nada. El creci­miento capitalista de los Estados Unidos tenía que desembocar en una conclusión imperialista. El capitalismo norteamericano no puede desarro­llarse más dentro de los confines de los Estados Unidos y de sus colonias. Manifiesta, por esto, una gran fuerza de expansión y de dominio. Wil­son quiso noblemente combatir por una Nueva Libertad; pero combatió, en verdad, por un nuevo imperio. Una fuerza histórica, superior a sus de­signios, lo empujó a la guerra. La participación de los Estados Unidos en la guerra mundial fue dictada por un interés imperia-lista. Exaltando, elocuente y solemnemente, su carácter decisivo, el verbo de Wilson sirvió a la afirmación del Im­perio. Los Estados Unidos, decidiendo el éxito de la guerra, se convirtieron repentinamente en árbitros de la suerte de Europa. Sus bancos y sus fábricas rescataron las acciones y los valores nor­teamericanos que poseía Europa. Empezaron, en seguida, a acaparar acciones y valores europeos. Europa pasó de la condición de acreedora a la de deudora de los Estados Unidos. En los Estados Unidos se acumuló más de la mitad del oro del mundo. Adquiridos estos resultados, los yanquis sintieron instin-tivamente la necesidad de defen­derlos y acrecentarlos. Necesitaron, por esto, li­cenciar a Wilson. El verbo de Wilson, los emba­razaba y molestaba. El programa wilsoniano, útil en tiempo de guerra, resultaba inoportuno en tiempo de paz. La Nueva Libertad, propugnada por Wilson, convenía a todo el mundo, menos a los Estados Unidos. Volvieron, así, los republica­nos al poder.

 

¿Qué cosa habría podido inducir a los Estados Unidos a regresar, aunque no fuera sino muy ti­bia y parcamente, a la política wilsoniana? El candidato demócrata Davis era un ciudadano pru­dente, un diplomático pacato, sin la inquietud ni

 

 

 

 

 

 

84

 

 

la imaginación de Wilson. Los Estados Unidos podían haberle confiado el gobierno sin peligro para sus intereses imperiales. Pero Coolidge ofre­cía más garantías y mejores fianzas. Coolidge no se llama sino republicano, en tanto que Davis se llama demócrata, denominación, en todo caso, un poco sospechosa. Davis, tenía, además, el defec­to de ser orador. Coolidge, en cambio, silencioso, taciturno, estaba exento de los peligros de la elocuencia. Por otra parte, en el partido demó­crata quedaba mucha gente impregnada todavía de ideas wilsonianas. Mientras tanto, el partido republicano había conseguido separarse de sus Lafollette, esto es de sus hombres más exube­rantes e impetuosos. Lafollette, naturalmente, era para el capitalismo y el imperialismo norteameri­canos un candidato absurdo. Un disidente peligroso, un desertor herético de las filas republicanas y de sus ponderados principios.

 

La elección de Mr. Calvin Coolidge no podía sorprender, por ende, sino a muy poca gente. La mayor parte de los espectadores y observadores de la vida norteamericana la preveía y la aguardaba. Aparecía evidente la improba-bilidad de que los Estados Unidos, o mejor dicho sus capitalistas, quisiesen cambiar de política. ¿Para qué podían querer cambiarla? Con Coolidge las cosas no andaban mal. A Coolidge le faltaba estatura histórica, relieve mundial. Pero para algo había periódicos, agencias y escritores listos a inventarle una personalidad estupenda a un candidato a la Presidencia de la República. La biografía y la personalidad reales de Coolidge tenían pocas cosas de qué asirse; pero los periódicos, agencias y escritores descubrieron entre ellas una verda­deramente preciosa: el silencio. Y Coolidge nos ha sido presentado como una gran figura silen­ciosa, taciturna, enigmática. Es la antítesis de la gran figura parlante, elocuente, universitaria, de Wilson. Wilson era el Verbo; Coolidge es el Si­lencio. Las agencias, los periódicos, etc., nos di­cen que Coolidge no habla, pero que piensa mucho. Generalmente estos hombres mudos, tacitur­nos, no callan porque les guste el silencio sino porque no tienen nada que decir. Pero a la hu‑

 

 

 

 

 

 

85

 

 

manidad le agrada y le atrae irresistiblemente todo lo que tiene algo de enigma, de esfinge y de abracadabra. La humanidad suele amar al verbo; pero respeta siempre el silencio. Además, el silencio es de oro. Y esto explica su prestigio en los Estados Unidos.

 

Es cierto que si los Estados Unidos son un im­perio son también una democracia. Bien. Pero lo actual, lo prevaleciente en los Estados Unidos es hoy el imperio. Los demócratas representan más a la democracia; los republicanos representan más el imperio. Es natural, es lógico, por consi-guiente, que las elecciones las hayan ganado los republicanos y no los demócratas.

 

El imperio yanqui es una realidad más eviden­te, más contrastable que la democracia yanqui. Este imperio no tiene todavía muchas trazas de dominar el mundo con sus soldados; pero sí de dominarlo con su dinero. Y un imperio no nece­sita hoy más. La organización o desorganización, del mundo, en esta época, es económica antes que política. El poder económico confiere poder político. Ahí donde los imperios antiguos desem­barcaban sus ejércitos, a los imperios modernos les basta con desembarcar sus banqueros. Los Estados Unidos poseen, actualmente, la mayor parte del oro del mundo. Son una nación ple­tórica de oro que convive con naciones desmo­netizadas, exhaustas, casi mendigas. Puede, pues, dictarles su voluntad a cambio de un poco de su oro. El plan Dawes, que los Estados europeos juz­gan salvador y taumatúrgico, es, ante todo, un plan de la banca norteamericana. Morgan fue el empresario y el manager* de la conferencia de Londres. Los fautores de la política de recons­trucción europea hablan de los Estados Unidos como de un árbitro. Los libros de Nitti, verbigracia, empiezan o concluyen con un llamamien­to a los Estados Unidos para que acudan en auxi­lio de la civilización europea.

 

--------------

* Director, impulsor dinámico de una idea o un acto.

 

 

 

 

 

 

86

 

 

Pero los Estados Unidos no son, como querrían, un espectador de la crisis contemporánea sino uno de sus protagonistas, Si a Europa le intere­san los acontecimientos norteamericanos, a los Estados Unidos no le interesan menos los aconte­cimientos europeos. La bancarrota europea signi­ficaría para los Estados Unidos el principio de su propia bancarrota. Norte América se ve forzada, por eso, a seguir prestando dinero a sus deudores europeos. Para que Europa le pague al­gún día, Norte América necesita continuar asis­tiéndola financieramente. No lo hace, naturalmente, sin exigir garantías excepcionales. Fran­cia obtuvo, con Poincaré, un préstamo de la banca norteamericana, a condición de reducir sus gastos y aumentar sus impuestos. Alemania, a cambio de la ayuda financiera que le acuerda el plan Dawes, se somete al control de los Estados Unidos.

 

Norte-América no puede desinteresarse de la suerte de Europa. No puede encerrarse dentro de sus murallas económicas. Al revés de Europa, los Estados Unidos sufren de plétora de oro. La ex­periencia norteamericana nos enseña que si la falta de oro es un mal, el exceso de oro casi es un mal también. La plétora de oro origina encareci­miento de la vida y abaratamiento del capital. El oro es fatal al mundo, en la tragedia contemporá­nea, como en la ópera wagneriana.

 

El empobrecimiento de Europa representa pa­ra la finanza y la industria norteamericanas la pérdida de inmensos mercados. La miseria y el desorden europeos disminuyen las exportaciones norteamericanas. Producen una crisis de desocu­pación en la agricultura y en la industria yanquis. La desocupación a su turno exaspera la cuestión social. Crea en el proletariado un estado de ánimo favorable a la propagación de ideas revolu­cionarias.

 

Malgrado la victoria electoral de los republica­nos, malgrado su valor de afirmación imperialista y conservadora, es evidente que se difunde en los

 

 

 

 

 

 

 

87

 

Estados Unidos un humor revolucionario. Varios hechos denuncian que los Estados Unidos no son, a este respecto, tan inexpugnables ni tan inmu­nes como algunos creen. El orientamiento de los obreros americanos adquiere rumbos cada vez más atrevidos. Los pequeños farmers,* pauperi­zados por la baja de los productos agrícolas, de­sertan definitivamente de los rangos de los viejos partidos.

 

También en los Estados Unidos el antiguo sistema bipartito se encuentra en crisis. La can­didatura Lafollete ha roto definitivamente el equilibrio de la política tradicional. Anuncia la aparición de una tercera corriente. Esta corriente no ha encontrado todavía su forma ni su expre­sión; pero se ha afirmado como una poderosa fuerza renovadora. A la nueva facción es absur­do augurarle un destino análogo al de la que, hace varios años, se desprendió del partido republicano para seguir a Roosevelt. Los elemen­tos menos representativos de su proselitismo son los republicanos cismáticos. Lafollette, ha sido, ante todo y sobre todo, un candidato de grupos agrarios y laboristas. Y, además de ésta, otra co­rriente más avanzada, siembra en los Estados Unidos ideas e inquietudes renovadoras.

 

LA DEMOCRACIA CATOLICA

 

El compromiso entre la Democracia y la Igle­sia Católica, después de haber cancelado y curado rencores recíprocos, ha producido en Europa un partido político de tipo más o menos internacio­nal que, en varios países, intenta un ensayo de reconstrucción social sobre bases democráticas y cristianas,

 

Esta democracia católica o catolicismo demo­crático ha prosperado, marcadamente, en la Eu­ropa Central. En Alemania, donde se llama cen­tro católico, uno de sus grandes conductores, Erzberger, que murió asesinado por un panger-

 

--------------

* Agricultores, campesinos o propietarios agrícolas,

 

 

 

 

88

 

manista, tuvo una figuración principal en los pri­meros años de la república, En Austria gobier­nan los demócratas católicos, En Francia, en cam­bio, los católicos andan dispersos y mal avenidos. Algunos, los de la nobleza orleanista,* militan en los rangos de Maurras y L`Action Française.** Otros, de filiación republicana, se diluyen en los partidos del bloque nacional. Otros, finalmente, siguen una orientación democrática y pacifista. El líder de estos últimos elementos es el diputado Marc Sagnier, propugnador, fervoroso y místico, de una reconciliación franco-alemana.

 

Pero ha sido en Italia donde la democracia ca­tólica ha tenido una actividad más vigorosa, co­nocida y característica que en ningún otro pue­blo. La concentró y la movilizó hace cinco años, con el nombre de partido popular o populista, Dom Sturzo, un cura de capacidad organizadora y de sagaz inteligencia. Y el sumario de su histo­ria, ilustra claramente el carácter y el contenido internacionales de esta corriente política.

 

Antes de 1919 los católicos italianos no intervenían en la política como partido. Su confe­sionalismo se lo vedaba. Los sentimientos de la resistencia y de la lucha contra el liberalismo, autor de la unidad italiana bajo la dinastía de la casa Saboya, estaban aún demasiado vivos. El li­beralismo aparecía aún un tanto impregnado de espíritu anticlerical y masónico. Los católicos se sentían ligados a la actitud del Vaticano ante el estado italiano. Entre los católicos y los liberales, un pacto de paz había sedado algunas acérrimas discrepancias. Más entre unos y otros se interpo­nía el recuerdo y las consecuencias del Veinte de Setiembre** histórico.

 

La guerra, liquidada con escasa ventaja para Italia, preparó el retorno oficial de los católicos a la política italiana. Las antiguas facciones li­berales, desacreditadas por los desabrimientos de

--------------

* Partidarios de los descendientes de Luis Felipe de Orleans, rey en 1830 por una revolución contra Carlos X, de la Casa de Borbón.

** Ver I. O.

*** El 20 de Setiembre de 1870 las tropas de Garibaldi en­traron a Roma, batiendo a la guardia pontificia y consumando la unidad política del Estado italiano.

 

89

 

 

la paz, habían perdido una parte de su autoridad. Las masas afluían al socialismo, decepcionadas de la idea liberal y de sus hombres. Dom Sturzo aprovechó la ocasión para atraer una parte del pueblo a la idea católica, convenientemente mo­dernizada y diestramente ornamentada con mo­tivos democráticos. Tenía Dom Sturzo regimen­tados ya en ligas y sindicatos a los trabajadores católicos, que, si eran minoría en la ciudad, abun­daban y predominaban a veces en el campo. Es­tas asociaciones de trabajadores, a los cuales Dom Sturzo y sus tenientes hablaban un lenguaje un tanto teñido de socialismo, fueron la base del Partido Popular. A ellas se superpusieron los elementos católicos de la burguesía y aun muchos de la aristocracia, opuestos antes a toda acepta­ción formal del régimen fundado por Víctor Ma­nuel, Garibaldi, Cavour y Mazzini.

 

El nuevo partido, a fin de poder colaborar li­bremente con este régimen, declaró en su programa su independencia del Vaticano. Pero esta era una cuestión de forma. Se trataba, teórica y prácticamente, de un grupo católico, destinado a usar su influencia política en la reconquista por la Iglesia de algunas posiciones morales -la Escuela sobre todo- de las cuales la habían desa­lojado cincuenta años de política demo-masónica.

 

Favorecido por las mismas circunstancias am­bientales y las mismas coyunturas políticas que auspiciaron su nacimiento, el partido católico ita­liano obtuvo una estruendosa victoria en las elec­ciones de 1919. Conquistó cien asientos en la Cámara. Pasó a ser el grupo más numeroso en el parlamento, después de los socialistas dueños de ciento cincuentaiséis votos. La colaboración de los populares resultó indispensable para el sostenimento de un gobierno monárquico. Nitti, Gio­litti, Bonomi y Facta se apoyaron, sucesivamente, en esta colaboración. El Partido Popular era la base de toda combinación ministerial. En las elecciones de 1921 los diputados populares aumentaron de 101 a 109. El volumen político de Dom Sturzo, secretario general y líder de los po­pulares, creció extraordinariamente.

 

 

 

 

 

 

90

 

 

Pero la solidez del partido católico italiano era contingente, temporal, precaria. Su composición ostensiblemente heterogénea contenía los gérme­nes de una escisión inevitable. Los elementos derechistas del partido, a causa de sus intereses eco­nómicos, tendían a una política antisocialista. Los elementos izquierdistas, sostenidos por nume­rosas falanjes campesinas, reclamaban, por el contrario, un rumbo social-democrático. La cohe­sión, la unidad de la democracia católica italiana dependían, consiguientemente, de la persistencia de una política centrista en el gobierno. Apenas prevaleciera la derecha reaccionaria o la izquier­da revolucionaria, el centro, eje del cual eran los populares, tenía que fracturarse.

 

Con el desarrollo del movimiento fascista, o sea de la amenaza reaccionaria, se inició, por esto, la crisis del Partido Popular. Miglioli y otros líde­res de la izquierda católica trabajaron a favor de una coalición popular-socialista llamada a reforzar decisivamente la política centrista y evo­lucionista. Una parte del Partido Socialista, aban­donado ya por los comunistas, era igualmente fa­vorable a la formación de un bloque de los popu­lares, los socialistas y los nittianos. Se advertía, en uno y otro sector que sólo este bloque podía resistir válidamente la ola fascista. Pero los es­fuerzos tendientes a crearlo eran neutralizados, de parte de los populares por la acción de la co­rriente conservadora, de parte de los socialistas por la acción de la corriente revolucionaria, re­beldes ambas a juntarse en un cauce centrista.

 

Más tarde, la inauguración de la dictadura fas­cista, el ostracismo de la política democrática, dieron un golpe fatal al partido de Dom Sturzo. Los populares capitularon ante el fascismo. Le dieron la colaboración de sus hombres en el go­bierno y de sus votos en el parlamento. Y esta colaboración trajo aparejada la absorción por el fascismo de las capas conservadoras del Partido Popular. Mediante una política de coqueterías con el Vaticano y de concesiones a la Iglesia en la enseñanza, Mussolini se atrajo a la derecha cató­lica. Sus ataques a las conquistas de los trabajadores y sus favores a los intereses de los capita‑

 

 

 

 

 

 

91

 

 

listas, engendraron, en cambio, en la zona obre­ra del Partido Popular una creciente oposición a los métodos fascistas. A medida que se acercaban las elecciones, esta crisis se agravaba.

 

Actualmente, la democracia católica italiana está en pleno período de disgregación. La dere­cha se ha plegado al fascismo. El centro, obedien­te a Dom Sturzo, ha reafirmado su filiación de­mocrática.

 

La posición histórica de los partidos católicos en los otros países es sustan-cialmente la misma. La fortuna de esos partidos está indisolublemente ligada a la fortuna de la política centrista y de­mocrática. Ahí donde esta política es vencida por la política reaccionaria, la democracia católica languidece y se disuelve. Y es que la crisis políti­ca contemporánea no es, en particular, una crisis de la democracia irreligiosa sino, en general, una crisis de la democracia capitalista. Y, en conse­cuencia, de nada le sirve a ésta reemplazar su traje laico por un traje católico. En estas cosas, como en otras, el hábito no hace al monje.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

92

 

 

 

HECHOS E IDEAS DE LA REVOLUCION RUSA

 

 

TROTSKY *

 

TROTSKY no es sólo un protagonista sino tam­bién un filósofo, un historiador y un crítico de la Revolución. Ningún líder de la Revolución puede carecer, naturalmente, de una visión panorámi­ca y certera de sus raíces y de su génesis. Lenin, verbigracia, se distinguió por una singular fa­cultad para percibir y entender la dirección de la historia contemporánea y el sentido de sus acon­tecimientos. Pero los penetrantes estudios de Le­nin no abarcaron sino las cuestiones políticas y económicas. Trotsky, en cambio, se ha interesado además por las consecuencias de la Revolución en la filosofía y en el arte.

 

Polemiza Trotsky con los escritores y artistas que anuncian el advenimiento de un arte nuevo, la aparición de un arte proletario. ¿Posee ya la Revolución un arte propio? Trotsky mueve la ca­beza. "La cultura -escribe- no es la primera fase de un bienestar: es un resultado final". El proletariado gasta actualmente sus energías en la lucha por abatir a la burguesía y en el trabajo de resolver sus problemas económicos, políticos, educacionales. El orden nuevo es todavía dema­siado embrionario e incipiente. Se encuentra en un periodo de formación. Un arte del proletariado no puede aparecer aún. Trotsky define el de­sarrollo del arte como el más alto testimonio de la vitalidad y del valor de una época. El arte del

 

--------------

*Publicado en Variedades, Lima, 19 de abril de 1924. Véanse los ensayos que aparecen en Figuras y Aspec­tos de la Vida Mundial.

 

 

 

 

 

 

93

 

 

proletariado no será aquél que describa los epi­sodios de la lucha revolucio-naria; será, más bien, aquél que describa la vida emanada de la revolución, de sus creaciones y de sus frutos. No es, pues, el caso de hablar de un arte nuevo. El ar­te, como el nuevo orden social, atraviesa un pe­ríodo de tanteos y de ensayos. "La revolución encontrará en el arte su imagen cuando cese de ser para el artista un cataclismo extraño a él". El arte nuevo será producido por hombres de una nueva especie. El conflicto entre la realidad mo­ribunda y la realidad naciente durará largos años. Estos años serán de combate y de malestar. Sólo después que estos años transcurran, cuando la nueva orga-nización humana esté cimentada y ase­gurada, existirán las condiciones necesarias para el desenvolvimiento de un arte del proletariado. ¿Cuáles serán los rasgos esenciales de este arte futuro? Trotsky formula algunas previsiones. El arte futuro será, a su juicio, "inconciliable con el pesimismo, con el escepticismo y con todas las otras formas de postración intelectual. Estará lleno de fe creadora, lleno de una fe sin límites en el porvenir". No es ésta, ciertamente, una tesis arbitraria. La desesperanza, el nihilismo, la mor­bosidad que en diversas dosis contiene la litera­tura contemporánea son señales características de una sociedad fatigada, agotada, decadente. La juventud es optimista, afirmativa, jocunda; la ve­jez es escéptica, negativa y regañona. La filosofía y el arte de una sociedad joven tendrán, por consiguiente, un acento distinto de la filosofía y del arte de una sociedad senil.

 

El pensamiento de Trotsky se interna, por estos caminos, en otras conjeturas y en otras inter­pretaciones. Los esfuerzos de la cultura y de la inteligencia burguesas están dirigidos principalmente al progreso de la técnica y del mecanis­mo de la producción. La ciencia es aplicada, so­bre todo, a la creación de un maquinismo cada día más perfecto. Los intereses de la clase domi­nante son adversos a la racionalización de la pro­ducción; y son adversos, por ende, a la raciona­lización de las costumbres. Las preocupaciones de la humanidad resultan, sobre todo, utilitarias.

 

 

 

 

 

 

94

 

 

El ideal de nuestra época es la ganancia y el aho­rro. La acumulación de riquezas aparece como la mayor finalidad de la vida humana. Y bien. El orden nuevo, el orden revolucionario, racionali­zará y humanizará las costumbres. Resolverá los problemas que, a causa de su estructura y de su función, el orden burgués es impotente para so­lucionar. Consentirá la liberación de la mujer de la servidumbre doméstica, asegurará la educa­ción social de los niños, libertará al matrimonio de las preocupaciones económicas. El socialismo, tan motejado y acusado de materialista, resulta, en suma, desde este punto de vista, una reivindi­cación, un renacimiento de valores espirituales y morales, oprimidos por la organización y los métodos capitalistas. Si en la época capitalista prevalecieron ambiciones e intereses materiales, la época proletaria, sus modalidades y sus institu­ciones se inspirarán en intereses e ideales éticos.

 

La dialéctica de Trotsky nos conduce a una previsión optimista del porvenir del Occidente y de la Humanidad. Spengler anuncia la decaden­cia total de Occidente. El socialismo, según su teoría, no es sino una etapa de la trayectoria de una civilización. Trotsky constata únicamente la crisis de la cultura burguesa, el tramonto de la sociedad capitalista. Esta cultura, esta sociedad, envejecidas, hastiadas, desaparecen; una nueva cultura, una nueva sociedad emergen de su entra­ña. La ascensión de una nueva clase dominante, mucho más extensa en sus raíces, más vital en su contenido que la anterior, renovará y aumentará las energías mentales y morales de la humanidad. El progreso de la humanidad aparecerá entonces dividido en las siguientes etapas principales: an­tigüedad (régimen esclavista); edad media (ré­gimen de servidumbre); capitalismo (régimen del salario); socialismo (régimen de igualdad social). Los veinte, los treinta, los cincuenta años que du­rará la revolución proletaria, dice Trotsky, mar­carán una época de transición.

 

¿El hombre que tan sutil y tan hondamente teoriza, es el mismo que arengaba y revistaba al ejército rojo? Algunas personas no conocen, tal

 

 

 

 

 

 

 

95

 

 

vez, sino al Trotsky de traza marcial de tantos retratos y tantas caricaturas. Al Trotsky del tren blindado, al Trotsky Ministro de Guerra y Gene­ralísimo, al Trotsky que amenaza a Europa con una invasión napoleónica. Y este Trotsky en verdad no existe. Es casi únicamente una invención de la prensa. El Trotsky real, el Trotsky verdade­ro es aquél que nos revelan sus escritos. Un libro da siempre de un hombre una imagen más exac­ta y más verídica que un uniforme. Un genera­lísimo, sobre todo, no puede filosofar tan huma­na y tan humanitariamente. ¿Os imagináis a Foch, a Ludendorf, a Douglas Haig en la actitud mental de Trotsky?

 

La ficción del Trotsky marcial, del Trotsky na­poleónico, procede de un solo aspecto del rol del célebre revolucionario en la Rusia de los Soviets: el comando del ejército rojo. Trotsky, como es notorio, ocupó primeramente el Comisariato de Negocios Extranjeros. Pero el sesgo final de las negociaciones de Brest Litowsk* lo obligó a aban­donar ese ministerio. Trotsky quiso que Rusia opusiera al militarismo alemán una actitud tols­toyana: que rechazase la paz que se le imponía y que se cruzase de brazos, indefensa, ante el adversario. Lenin, con mayor sentido político, prefirió la capitulación. Trasladado al Comisariato de Guerra, Trotsky recibió el encargo de or­ganizar el ejército rojo. En esta obra mostró Trotsky su capacidad de organizador y de reali­zador. El ejército ruso estaba disuelto. La caída del zarismo, el proceso de la revolución, la liqui­dación de la guerra, produjeron su aniquilamien­to. Los Soviets carecían de elementos para recons­tituirlo. Apenas si quedaban, dispersos, algunos materiales bélicos. Los jefes y oficiales monar­quistas, a causa de su evidente humor reacciona­rio, no podían ser utilizados. Momentáneamente, Trotsky trató de servirse del auxilio técnico de las misiones militares aliadas, explotando el in­terés de la Entente de recuperar la ayuda de

 

--------------

* Lugar de las negociaciones de paz entre Rusia bolche­vique y Alemania kaiseriana y donde se firmó la paz entre ambos países, con ocasión de la Primera Gue­rra Mundial.

 

 

 

 

96

 

Rusia contra Alemania. Mas las misiones alia­das deseaban, ante todo, la caída de los bolche­viques. Si fingían pactar con ellos era para socavarlos mejor. En las misiones aliadas Trotsky no encontró sino un colaborador leal: el capitán Jac­ques Sadoul,* miembro de la embajada francesa, que acabó adhiriéndose a la Revolución, seduci­do por su ideario y por sus hombres. Los Soviets, finalmente, tuvieron que echar de Rusia a los diplomáticos y militares de la Entente. Y, domi­nando todas las dificultades, Trotsky llegó a crear un poderoso ejército que defendió victoriosamen­te a la Revolución de los ataques de todos sus enemigos externos e internos. El núcleo inicial de este ejército fueron doscientos mil voluntarios de la vanguardia y de la juventud comunistas. Pero, en el periodo de mayor riesgo para los Soviets, Trotsky comandó un ejército de más de cinco millones de soldados.

 

Y, como su ex-generalísimo, el ejército rojo es un caso nuevo en la historia militar del mundo. Es un ejército que siente su papel de ejército revolucio-nario y que no olvida que su fin es la defensa de la revolución. De su ánimo está ex­cluido, por ende, todo sentimiento específica y marcialmente impe-rialista. Su disciplina, su orga­nización y su estructura son revolucionarias. Aca­so, mientras el generalísimo escribía un artículo sobre Romain Rolland, los soldados evocaban a Tolstoy o leían a Kropotkin.

 

LUNATCHARSKY

 

La figura y la obra del Comisario de Instruc­ción Pública de los Soviets se han impuesto, en todo el mundo occidental, a la consideración de la propia burguesía. La revolución rusa fue de­clarada, en su primera hora, una amenaza para la Civilización. El bolchevismo, descrito como una horda bárbara y asiática, creaba fatalmente, se­gún el coro innumerable de sus detractores, una atmósfera irrespirable para el Arte y la Ciencia. Se formulaban los más lúgubres augurios sobre el

 

--------------

*Ver el artículo de J. C. Mariátegui, en la página 147, sobre el caso de Jacqués Sadoul.

 

 

 

 

97

 

porvenir de la cultura rusa. Todas estas conjetu­ras, todas estas aprehensiones, están ya liquidadas. La obra más sólida, tal vez, de la revolución rusa, es precisamente la obra realizada en el te­rreno de la instrucción pública. Muchos hom­bres de estudio europeos y americanos, que han visitado Rusia, han reconocido la realidad de esta obra. La revolución rusa, dice Herriot en su libro La Russie Nouvelle,* tiene el culto de la ciencia. Otros testimonios de intelectuales igualmente distantes del comunismo coinciden con el del estadista francés. Wells clasifica a Lunat­charsky entre los mayores espíritus constructivos de la Rusia nueva. Lunatcharsky, ignorado por el mundo hasta hace siete años, es actualmente un personaje de relieve mundial.

 

La cultura rusa, en los tiempos del zarismo, estaba acaparada por una pequeña elite.** El pueblo sufría no sólo una gran miseria física sino también una gran miseria intelectual. Las proporciones del analfabetismo eran aterradoras. En Petrogrado el censo de 1910 acusaba un 31% de analfabetos y un 49 por ciento de semianalfabe­tos. Poco importaba que la nobleza se regalase con todos los refinamientos de la moda y el arte occidentales, ni que en la uni-versidad se debatie­se todas las grandes ideas contemporáneas. El mujik,*** el obrero, la muchedumbre, eran ex­traños a esta cultura.

 

La revolución dio a Lunatcharsky el encargo de echar las bases de una cultura proletaria. Los materiales disponibles para esta obra gigantesca, no podían ser más exiguos. Los soviets tenían que gastar la mayor parte de sus energías materiales y espirituales en la defensa de la revolución, atacada en todos los frentes por las fuerzas reac­cionarias. Los problemas de la reorganización económica de Rusia debían ocupar la acción de

 

--------------

* La Rusia Nueva. (Hay traducción castellana). Léase el articulo "Dos Testimonios", de J. C. Mariátegui (pag. 103).

**Traducción literal: lo escogido, lo selecto. Véase el articulo sobre "El Problema de las Elites" de J. C. Mariátegui en El Alma Matinal y Otras Estaciones del Hombre de Hay.

*** El campesino pobre, el siervo. Se diferencia del kulak en que éste era campesino rico.

 

 

98

 

del bolchevismo. Lunatcharsky contaba con pocos auxiliares. Los hombres de ciencia y de letras casi todos los elementos técnicos e intelectuales de la burguesía saboteaban los esfuerzos de la revolución. Faltaban maestros para las nuevas y antiguas escuelas. Finalmente, los episodios de violencia y de terror de la lucha revolucionaria mantenían en Rusia una tensión guerrera hostil a todo trabajo de reconstrucción cultural. Lu­natcharsky asumió, sin embargo, la ardua faena. Las primeras jornadas fueron demasiado duras y desalentadoras. Parecía imposible salvar todas las reliquias del arte ruso. Este peligro desespe­raba a Lunatcharsky. Y, cuando circuló en Petrogrado la noticia de que las iglesias del Kremlin y la catedral de San Basilio habían sido bombar­deadas y destruidas por las tropas de la revolu­ción, Lunatcharsky se sintió sin fuerzas para con­tinuar luchando en medio de la tormenta. Des­corazonado, renunció a su cargo. Pero, afortuna­damente, la noticia resultó falsa. Lunatcharsky obtuvo la seguridad de que los hombres de la revolución lo ayudarían con toda su autoridad en su empresa. La fe no volvió a abandonarlo.

 

El patrimonio artístico de Rusia ha sido ín­tegramente salvado. No se ha perdido ninguna obra de arte. Los museos públicos se han enri­quecido con los cuadros, las estatuas y reliquias de colecciones privadas. Las obras de arte, mono­polizadas antes por la aristocracia y la burguesía rusas, en sus palacios y en sus mansiones, se ex­hiben ahora en las galerías del Estado. Antes eran un lujo egoísta de la casta dominante; aho­ra son un elemento de educación artística del pueblo.

 

Lunatcharsky, en éste como en otros campos, trabaja por aproximar el arte a la muchedumbre. Con este fin ha fundado, por ejemplo, el Prolet­cult, comité de cultura proletaria, que organiza el teatro del pueblo. El Proletcult, vastamente difundido en Rusia, tiene en las principales ciu­dades una actividad fecunda. Colaboran en el Proletcult, obreros, artistas y estudiantes, fuer­temente poseídos del afán de crear un arte revo

 

 

 

 

 

 

 

 

99

 

 

lucionario. En las salas de la sede de Moscú se discuten todos los tópicos de esta cuestión. Se teoriza ahí bizarra y arbitrariamente sobre el ar­te y la revolución. Los estadistas de la Rusia nueva no comparten las ilusiones de los artistas de vanguardia. No creen, que la sociedad o la cultura proletarias puedan producir ya un arte propio. El arte, piensan, es un síntoma de ple­nitud de un orden social. Mas este concepto no disminuye su interés por ayudar y estimular el trabajo impaciente de los artistas jóvenes. Los ensayos, las búsquedas de los cubistas, los ex­presionistas y los futuristas de todos los matices, han encontrado en el gobierno de los soviets una acogida benévola. No significa, sin embargo, este favor, una adhesión a la tesis de la inspiración revolucionaria del futurismo. Trotsky y Lunat­charsky, autores de autorizadas y penetrantes cri­ticas sobre las relaciones del arte y la revolu­ción, se han guardado mucho de amparar esa tesis. "El futurismo -escribe Lunatcharsky- es la continuación del arte burgués con ciertas ac­titudes revolucionarias. El proletariado cultivará también el arte del pasado, partiendo tal vez directa-mente del Renacimiento, y lo llevará ade­lante más lejos y más alto que todos los futuris­tas y en una dirección absolutamente diferente". Pero las mani-festaciones del arte de vanguardia, en sus máximos estilos, no son en ninguna parte tan estimadas y valorizadas como en Rusia. El sumo poeta de la Revolución, Mayavskovsky, procede de la escuela futurista.

 

Más fecunda, más creadora aún es la labor de Lunatcharsky en la escuela. Esta labor se abre paso a través de obstáculos a primera vista insuperables: la insuficiencia del presupuesto de instrucción pública, la pobreza del material escolar, la falta de maestros. Los soviets, a pesar de todo, sostienen un número de escuelas varias veces mayor del que sostenía el régimen zarista. En 1917 las escuelas llegaban a 38,000. En 1919 pasaban de 62,000. Posteriormente, muchas nue­vas escuelas han sido abiertas. El Estado comu­nista se proponía dar a sus escolares alojamien­to, alimentación y vestido. La limitación de sus

 

 

 

 

 

 

 

 

100

 

recursos no le ha consentido cumplir íntegramente esta parte de su programa. Setecientos mil niños habitan, sin embargo, a sus expensas, las escuelas asilos. Muchos lujosos hoteles, muchas mansiones solariegas, están transformadas en co­legios o en casas de salud para niños. El niño, según una exacta observación del economista francés Charles Gide, es en Rusia el usufructua­rio, el profiteur* de la revolución. Para los revo­lucionarios rusos el niño representa realmente la humanidad nueva.

 

En una conversación con Herriot, Lunatchars­ky ha trazado así los rasgos esenciales de su po­lítica educacional: "Ante todo, hemos creado la escuela única. Todos nuestros niños deben pasar por la escuela elemental donde la enseñanza du­ra cuatro años. Los mejores, reclutados según el mérito, en la proporción de uno sobre seis, siguen luego el segundo ciclo durante cinco años. Des­pués de estos nueve años de estudios, entrarán en la Universidad. Esta es la vía normal. Pero, para conformarnos a nuestro programa proleta­rio, hemos querido conducir directamente a los obreros a la enseñanza superior. Para arribar a este resultado, hacemos una selección en las usi­nas entre trabajadores de 18 a 30 años. El Es­tado aloja y alimenta a estos grandes alumnos. Cada Universidad posee su facultad obrera. Treinta mil estudiantes de esta clase han segui­do ya una enseñanza que les permite estudiar para ingenieros o médicos. Queremos reclutar ocho mil por año, mantener durante tres años a estos hombres en la facultad obrera, enviarlos después a la Universidad misma". Herriot decla­ra que este optimismo es justificado. Un investi­gador alemán ha visitado las facultades obreras y ha constatado que sus estudiantes se mostraban hostiles a la vez al diletantismo y al dogmatis­mo. "Nuestras escuelas -continúa Lunatcharsky­- son mixtas. Al principio la coexistencia de los dos sexos ha asustado a los maestros y provoca­do incidentes, Hemos tenido algunas novelas mo

 

--------------

* Beneficiario.

 

 

 

 

 

 

 

 

101

 

 

lestas. Hoy, todo ha entrado en orden. Si se ha­bitúa a los niños de ambos sexos a vivir juntos desde la infancia, no hay que temer nada incon­veniente cuando son adolescentes. Mixta, nuestra escuela es también laica. La disciplina misma ha sido cambiada: queremos que los niños sean edu­cados en una atmósfera de amor. Hemos ensa­yado además algunas creaciones de un orden más especial. La primera es la universidad destinada a formar funcionarios de los jóvenes que nos son designados por los soviets de provincia. Los cursos duran uno o tres años. De otra parte, he­mos creado la Universidad de los pueblos de Oriente que tendrá, a nuestro juicio, una enorme influencia política. Esta Universidad ha recibi­do ya un millar de jóvenes venidos de la India, de la China, del Japón, de Persia. Preparamos así nuestros misioneros".

 

El Comisario de Instrucción Pública de los So­viets es un brillante tipo de hombre de letras. Moderno, inquieto, humano, todos los aspectos de la vida lo apasionan y lo interesan. Nutrido de cultura occidental, conoce profunda-mente las diversas literaturas europeas. Pasa de un ensayo sobre Shakespeare a otro sobre Maiakovski. Su cultura literaria es, al mismo tiempo, muy antigua y muy moderna. Tiene Lunatcharsky una comprensión ágil del pasado, del presente y del futuro. Y no es un revolucionario de la última sino de la primera hora. Sabe que la creación de nuevas formas sociales es una obra política y no una obra literaria. Se siente, por eso, po­lítico antes que literato. Hombre de su tiempo, no quiere ser un espectador de la revolución; quiere ser uno de sus actores, uno de sus prota­gonistas. No se contenta con sentir o comentar la historia; aspira a hacerla. Su biografía acusa en él una contextura espiritual de personaje his­tórico.

 

Se enroló Lunatcharsky, desde su juventud, en las filas del socialismo. El cisma del socialismo ruso lo encontró entre los bolcheviques, contra

 

 

 

 

 

 

 

 

102

 

 

los mencheviques.* Como a otros revolucionarios rusos, le tocó hacer vida de emigrado. En 1907 se vio forzado a dejar Rusia. Durante el proceso de definición del bolchevismo, su adhesión a una fracción secesionista, lo alejó temporalmente de su partido; pero su recta orientación revolu­cionaria lo condujo pronto al lado de sus camaradas. Dividió su tiempo, equitativamente, entre la política y las letras. Una página de Romain Rolland nos lo señala en Ginebra, en enero de 1917, dando una conferencia sobre la vida y la obra de Máximo Gorki. Poco después, debía em­pezar el más interesante capítulo de su biogra­fía: su labor de Comisario de Instrucción Pú­blica de los Soviets.

 

Anatolio Lunatcharsky, en este capítulo de su biografía, aparece como uno de los más altos ani­madores y conductores de la revolución rusa. Quien más profunda y definitivamente está re­volucionando a Rusia es Lunatcharsky. La coer­ción de las necesidades económicas puede modi­ficar o debilitar, en el terreno de la economía o de la política, la aplicación de la doctrina co­munista. Pero la supervivencia o la resurrección de algunas formas capitalistas no comprometerá, en ningún caso, mientras sus gestores conserven en Rusia el poder político, el porvenir de la re­volución. La escuela, la universidad de Lunat­charsky están modelando, poco a poco, una hu­manidad nueva. En la escuela, en la universidad de Lunatcharsky se está incubando el porvenir.

 

 

--------------

* Minoría. El Partido Social Demócrata Ruso, ilegalizado por el gobierno zarista, se dividió en dos ramas, a raíz de un Congreso en Londres (1903). Lenin, apoyado por al mayoría, integró a los bolcheviques; sus con­trarios, la minoría, a los mencheviques, igualmente minimalistas en sus reivindicaciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

103

 

 

DOS TESTIMONIOS

 

Se predecía que Francia sería la última en reconocer de jure* a los Soviets. La historia no ha querido conformarse a esta predicción. Después de seis años de ausencia, Francia ha retornado, finalmente, a Moscú. Una embajada bolchevique funciona en París en el antiguo palacio de la Embajada zarista que, casi hasta la víspera de la llegada de los representantes de la Rusia nueva, alojaba a algunos emigrados y diplomáticos de la Rusia de los zares.

 

Francia ha liquidado y cancelado en pocos me­ses la política agresivamente antirusa de los gobiernos del Bloque Nacional. Estos gobiernos habían colocado a Francia a la cabeza de la reac­ción antisovietista. Clemenceau definió la posi­ción de la burguesía francesa frente a los Soviets en una frase histórica: "La cuestión entre los bolcheviques y nosotros es una cuestión de fuer­za". El gobierno francés reafirmó, en diciembre de 1919, en un debate parlamentario, su intran­sigencia rígida, absoluta, categórica. Francia no quería ni podía tratar ni discutir con los Soviets. Trabajaba, con todas sus fuerzas, por aplastarlo. Millerand continuó esta política. Polonia fue armada y dirigida por Francia en su guerra con Rusia. El sedicente gobierno del general Wran­gel, aventurero asalariado que depredaba Cri­mea con sus turbias mesnadas, fue reconocido por Francia como gobierno de hecho de Rusia. Briand intentó en Cannes, en 1921, una mesurada recti­ficación de la política del Bloque Nacional res­pecto a los Soviets y a Alemania. Esta tentativa le costó la pérdida del poder. Poincaré, sucesor de Briand, saboteó en las conferencias de Géno­va y de La Haya toda inteligencia con el gobier­no ruso. Y hasta el último día de su ministerio se negó a modificar su actitud. La posición teórica

 

--------------

* De acuerdo a las normas del Derecho Internacional Público.

 

 

 

 

 

 

 

 

104

 

 

y práctica de Francia había, sin embargo, mudado poco a poco. El gobierno de Poincaré no pretendía ya que Rusia abjurase su comunismo para obtener su readmisión en la sociedad europea. Convenía en que los rusos tenían derecho para darse el gobierno que mejor les pareciese. Sólo se mostraba intransigente en cuanto a las deudas rusas. Exigía, a este respecto, una capitulación plena de los Soviets. Mientras esta capitulación no viniese, Rusia debía seguir exclui-da, ignorada, segregada de Europa y de la civilización occiden­tal. Pero Europa no podía prescindir indefinidamente de la cooperación de un pueblo de ciento treinta millones de habitantes, dueño de un te­rritorio de inmensos recursos agrícolas y mineros. Los peritos de la política de reconstrucción europea demostraban cuotidianamente la necesidad de reincorporar a Rusia en Europa. Y los es­tadistas europeos, menos sospechosos de rusofilia, aceptaban, gradualmente, esta tesis. Eduardo Be­nes, Ministro de Negocios Extranjeros de Che­coeslovaquia, notoriamente situado bajo la influencia francesa, declaraba, a la Cámara checa: "Sin Rusia, una política y una paz europeas no son posibles". Inglaterra, Italia y otras potencias concluían por reconocer de jure el gobierno de los Soviets. Y el móvil de esta actitud no era, por cierto, un sentimiento filobolchevista. Coin­cidían en la misma actitud el laborismo inglés y el fascismo italiano. Y si los laboristas tienen pa­rentesco ideológico con los bolcheviques, los fas­cistas, en cambio, aparecen en la historia contemporánea como los representantes característicos del antibolchevismo. A Europa no la empu­jaba hacia Rusia sino la urgencia de readquirir mercados indispensables para el funcionamiento normal de la economía europea. A Francia sus intereses le aconsejaban no sustraerse a este mo­vimiento. Todas las razones de la política de blo­queo de Rusia habían prescrito. Esta política no podía ya conducir al aislamiento de Rusia sino, más bien, al aislamiento de Francia.

 

Propugnadores eficaces de esta tesis han sido Herriot y De Monzie. Herriot desde 1922 y de

 

 

 

 

 

 

105

 

 

Monzie desde 1923 emprendieron una enérgica y vigorosa campaña por modificar la opinión de la burguesía y la pequeña burguesía francesas respecto a la cuestión rusa. Ambos visitaron Rusia, interrogaron a sus hombres, estudiaron su régi­men. Vieron con sus propios ojos la nueva vida rusa. Constataron, personalmente, la estabilidad y la fuerza del régimen emergido de la revolu­ción. Herriot ha reunido en un libro, La Rusia Nueva, las impresiones de su visita. De Monzie ha juntado en otro libro, Del Kremlin al Luxem­burgo, con las notas de su viaje, todas las piezas de su campaña por un acuerdo francoruso.

 

Estos libros son dos documentos sustantivos de la nueva política de Francia frente a los So­viets. Y son también dos testimonios burgueses de la rectitud y la grandeza de los hombres y las ideas de la difamada revolución. Ni Herriot ni De Monzie aceptan, por supuesto, la doctrina co­munista. La juzgan desde sus puntos de vista burgueses y franceses. Ortodoxamente fieles a la democracia burguesa, se guardan de incurrir en la más leve herejía. Pero, honestamente, reconocen la vitalidad de los Soviets y la capacidad de los líderes soviéticos. No proponen todavía en sus libros, a pesar de estas constataciones, el reconocimiento inmediato y completo de los So­viets. Herriot, cuando escribía las conclusiones de su libro, no pedía sino que Francia se hiciese representar en Moscú. "No se trata absolutamente -decía- de abordar el famoso problema del reconocimiento de jure que seguirá reservado". De Monzie, más prudente y mesurado aún, en su dis­curso de abril en el senado francés, declaraba, pocos días antes de las elecciones destinadas a arrojar del poder a Poincaré, que el reconoci­miento de jure de los Soviets no debía preceder al arreglo de la cuestión de las deudas rusas. Proposiciones que, en poco tiempo, resultaron de­masiado tímidas e insuficientes. Herriot, en el poder, no sólo abordó el famoso problema del reconocimiento de jure: lo resolvió. A De Monzie le tocó ser uno de los colaboradores de esta so­lución.

 

 

 

 

 

 

 

 

106

 

Hay en el libro de Herriot mayor comprensión histórica que en el libro de De Monzie. Herriot considera el fenómeno ruso con un espíritu más liberal. En las observaciones de De Monzie se constata, a cada rato, la técnica y la mentalidad del abogado que no puede proscribir de sus há­bitos el gusto de chicanear un poco. Revelan, ade­más, una exagerada aprehensión de llegar a con­clusiones demasiado optimistas. De Monzie con­fiesa su "temor exas-perado de que se le impute haber visto de color de rosa la Rusia roja". Y, ocupándose de la justicia bolchevique, hace constar que describiéndola "no ha omitido ningún trazo de sombra". El lenguaje de De Monzie es el de un jurista; el lenguaje de Herriot es, más bien, el de un rector de la democracia, saturado de la ideología de la Revolución Francesa.

 

Herriot explora, rápidamente, la historia rusa. Encuentra imposible com-prender la Revolución Bolchevique sin conocer previamente sus raíces espirituales e ideológicas. "Un hecho tan violento como la revolución rusa -escribe- supone una larga serie de acciones anteriores. No es, a los ojos del historiador, sino una consecuencia". En la historia de Rusia, sobre todo en la historia del pensamiento ruso, descubre Herriot claramen­te las causas de la revolución. Nada de arbitrario, nada de antihistórico, nada de romántico ni arti­ficial de este acontecimiento. La Revolución Ru­sa, según Herriot ha sido "una conclusión y una resultante". ¡Qué lejos está el pensamiento de Herriot de la tesis grosera y estúpidamente sim­plista que calificaba el bolchevismo como una trágica y siniestra empresa semita, conducida por una banda de asalariados de Alemania, nutrida de rencores y pasiones disolventes, sostenida por una guardia mercenaria de lansquenetes chinos! "Todos los servicios de la administración rusa -afirma Herriot- funcionan, en cuanto a los jefes, honestamente" ¿Se puede decir lo mismo de muchas democracias occidentales?

 

No cree Herriot, como es natural en su caso, que la revolución pueda seguir una vía marxista. "Fijo todavía en su forma política, el régimen

 

 

 

 

 

 

 

107

 

sovietista ha evolucionado ya ampliamente en el orden económico bajo la presión de esta fuerza invencible y permanente: la vida". Busca He­rriot las pruebas de su aserción en las modali­dades y consecuencias de la nueva política eco­nómica rusa. Las concesiones hechas por los So­viets a la iniciativa y al capital privados, en el comercio, la industria y la agricultura, son ano­tadas por Herriot con complacencia. La justicia bolchevique en cambio le disgusta. No repara He­rriot en que se trata de una justicia revoluciona­ria. A una revolución no se le puede pedir tri­bunales ni códigos modelos. La revolución formula los principios de un nuevo derecho; pero no codifica la técnica de su aplicación. Herriot además no puede explicarse ni éste ni otros as­pectos del bolchevismo. Como él mismo agudamente lo comprende, la lógica francesa pierde en Rusia sus derechos. Más interesantes son las pá­ginas en que su objetividad no encalla en tal escollo. En estas páginas Herriot cuenta sus conversaciones con Kamenef, Trotsky, Krassin, Ry­koff, Dzerjinski, etc. En Dzerjinski reconoce un Saint Just eslavo. No tiene inconveniente en comparar al jefe de la Checa,* al Ministro del Inte­rior de la Revolución Rusa, con el célebre perso­naje de la Convención francesa. En este hombre, de quien la burguesía occidental nos ha ofrecido tantas veces la más sombría imagen, Herriot en­cuentra un aire de asceta, una figura de icono. Trabaja en un gabinete austero, sin calefacción, cuyo acceso no defiende ningún soldado.

 

El ejército rojo impresiona favorablemente a Herriot. No es ya un ejército de seis millones de soldados como en los días críticos de la contrarrevolución. Es un ejército de menos de ochocien­tos mil soldados, número modesto para un país tan vasto y tan acechado. Y nada más extraño a su ánimo que el sentimiento imperialista y con­quistador que frecuentemente se le atribuye. Remarca Herriot una disciplina perfecta, una mo­ral excelente. Y observa, sobre todo, un gran en

 

--------------

* Policía de Seguridad del Estado Soviético durante los primeros años de la Revolución.

 

 

 

 

 

 

 

108

 

 

tusiasmo por la instrucción, una gran sed de cul­tura. La revolución afirma en el cuartel su cul­to por la ciencia. En el cuartel, Herriot advierte profusión de libros y periódicos; ve un pequeño museo de historia natural, cuadros de anatomía; halla a los soldados inclinados sobre sus libros. "Malgrado la distancia jerárquica en todo obser­vada -agrega- se siente circular una sincera fraternidad. Así concebido el cuartel se convierte en un medio social de primera importancia. El ejército rojo es precisamente una de las creacio­nes más originales y más fuertes de la joven re­volución".

 

Estudia el libro de Herriot las fuerzas económi­cas de Rusia. Luego se ocupa de sus fuerzas mo­rales. Expone, sumariamente, la obra de Lunat­charsky. "En su modesto gabinete de trabajo del Kremlin, más desnudo que la celda de un monje, Lunatcharsky, gran maestro de la uni­versidad sovietista", explica a Herriot el estado actual de la enseñanza y de la cultura en la Ru­sia nueva. Herriot describe su visita a una pina­coteca. "Ningún cuadro, ningún mueble de arte ha sufrido a causa de la Revolución. Esta colec­ción de pintura moderna rusa se ha enriquecido notablemente en los últimos años". Constata He­rriot los éxitos de la política de los Soviets en el Asia, que "presenta a Rusia como la gran libertadora de los pueblos del Oriente". La conclusión esencial del libro es ésta: "La vieja Rusia ha muerto, muerto para siempre. Brutal pero lógi­ca, violenta, mas consciente de su fin, se ha pro­ducido una Revolución hecha de rencores, de su­frimientos, de cóleras desde hacía largo tiempo acumuladas".

 

De Monzie empieza por demostrar que Rusia no es ya el país bloqueado, ignorado, aislado, de hace algunos años. Rusia recibe todos los días ilustres visitas. Norte América es una de las na­ciones que demuestra más interés por explorarla y estudiarla. El elenco de huéspedes norteamericanos de los últimos tiempos es interesante: el profesor Johnson, el ex-gobernador Goodrich, Meyer Blomfield, los senadores Wheeler, Brook-

 

 

 

 

 

 

 

109

 

 

khart, William King, Edwin Ladde, los obispos Blake y Nuelsen, el ex-Ministro del Interior Sécy Fall, el diputado Frear, John Sinclair, el hijo de Roosevelt, Irving Bush, Dodge y Dellin de la Standard Oil. El cuerpo diplomático residente en Moscú es numeroso. La posición de Rusia en el Oriente se consolida día a día. De Monzie entra, en seguida, a examinar las manifestaciones del resurgimiento ruso. Teme a veces engafíarse; pero, confrontando sus impresiones con las de los otros visitantes, se ratifica en su juicio. El representante de la Compañía General Transatlán­tica, Maurice Longe, piensa como De Monzie: "La resurrección nacional de Rusia es un hecho, su renacimiento económico es otro hecho y su deseo de reintegrarse en la civilización occidental es innegable". De Monzie reconoce también a Lunatcharsky el mérito de haber salvado los tesoros del arte ruso, en particular del arte religioso. "Jamás una revolución -declara- fue tan respetuosa de los monumentos". La leyenda de la dictadura le parece a De Monzie muy exagerada. "Si no hay en Moscú control parlamentario, ni libre opinión para suplir este control, ni sufra­gio universal, ni nada equivalente al referendum suizo, no es menos cierto que el sistema no inviste absolutamente de plenos poderes a los co­misarios del pueblo u otros dignatarios de la república". Lenin, ciertamente, hizo figura de dic­tador; pero "nunca un dictador se manifestó más preocupado de no serlo, de no hablar en su pro­pio nombre, de sugerir en vez de ordenar". El se­nador francés equipara a Lenin con Cromwell. "¡Semejanza entre los dos jefes -exclama-, pa­rentesco entre las dos revoluciones!" Su crítica de la política francesa frente a Rusia es robusta. La confronta y compara con la política inglesa. Halla en la historia un antecedente de ambas po­líticas. Recuerda la actitud de Inglaterra y de Francia ante la revolución americana. Canning interpretó entonces el tradicional buen sentido político de los ingleses. Inglaterra se apresuró a reconocer las repúblicas revolucionarias de América y a comerciar con ellas. El gobierno francés, en tanto, miró hostilmente a las nuevas repúblicas

 

 

 

 

 

 

 

110

 

hispano-americanas y usó este lenguaje: "Si Eu­ropa es obligada a reconocer los gobiernos de hecho de América, toda su política debe tender a hacer nacer monarquías en el nuevo mundo en lugar de esas repúblicas revolucionarias que nos enviarán sus principios con los productos de su suelo". La reacción francesa soñaba con mandarnos uno o dos príncipes desocupados. Ingla­terra se preocupaba de trocar sus mercaderías con nuestros productos y nuestro oro. La Francia republicana de Clemenceau y Poincaré había he­redado, indudable-mente, la política de la Francia monárquica del vizconde Chateaubriand.

 

Los libros de De Monzie y Herriot son dos só­lidas e implacables requisitorias contra esa polí­tica francesa, obstinada en renacer, no obstante su derrota de mayo. Y son, al mismo tiempo, dos documentados y sagaces testimonios de la bur­guesía intelectual sobre la Revolución Bolche­vique.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

111

 

 

ZINOVIEV Y LA TERCERA INTERNACIONAL

 

 

Periódicamente, un discurso o una carta de Gregorio Zinoviev saca de quicio a la burguesía. Cuando Zinoviev no escribe ninguna proclama, los burgueses, nostálgicos de su prosa, se encar­gan de inventarle una o dos. Las proclamas de Zinoviev recorren el mundo dejando tras de sí una estela de terror y de pavura. Tan seguro es el poder explosivo de estos documentos que su empleo ha sido ensayado en la última campaña electoral británica. Los adversarios del laborismo descubrieron, en vísperas de las elecciones, una es­peluznante comunicación de Zinoviev. Y la usaron, sensacionalmente, como un esti-mulante de la voluntad combativa de la burguesía. ¿Qué ho­nesto y apacible burgués no iba a horrorizarse de la posibilidad de que Mac Donald continuara en el poder? Mac Donald pretendía que la Gran Bretaña prestara dinero a Zinoviev y a los demás comunistas rusos. Y, entre tanto, ¿qué hacía Zinoviev? Zinoviev excitaba al proletariado bri­tánico a la revolución. Para la gente bien infor­mada, el descubrimiento carecía de importancia. Desde hace muchos años Zinoviev no se ocupa de otra cosa que de predicar la revolución. A veces se ocupa de algo más audaz todavía: de organi­zarla. El oficio de Zinoviev consiste, precisamen­te, en eso. ¿Y cómo se puede honradamente que­rer que un hombre no cumpla su oficio?

 

Una parte del público no conoce, por ende, a Zinoviev sino como un formidable fabricante de panfletos revolucionarios. Es probable hasta que compare la producción de panfletos de Zinoviev con la producción de automóviles de Ford, por ejemplo. La Tercera Internacional debe ser, pa­ra esa parte del público, algo así como una deno­minación de la Zinoviev Co. Ltd., fabricante de manifiestos contra la burguesía.

 

Efectivamente, Zinoviev es un gran panfletis­ta. Mas el panfleto no es sino un instrumento po-

 

 

 

 

 

112

 

 

lítico. La política en estos tiempos es, necesariamente, panfletaria. Mussolini, Poincaré, Lloyd George son también panfletistas a su modo. Ame­nazan y detractan a los revolucionarios, más o menos como Zinoviev amenaza y detracta a los capitalistas. Son primeros ministros de la bur­guesía como Zinoviev podría serlo de la revolu­ción. Zinoviev cree que un agitador vale casi siempre más que un ministro.

 

Por pensar de este modo, preside la Tercera Internacional, en vez de desempeñar un comisa­riato del pueblo. A la presidencia de la Tercera Internacional lo han llevado su historia y su ca­lidad revolucionarias y su condición de discípulo y colaborador de Lenin.

 

Zinoviev es un polemista orgánico. Su pensa­miento y su estilo son esencial-mente polémicos Su testa dantoniana y tribunicia tiene una pe­renne actitud beligerante. Su dialéctica es ágil, agresiva, cálida, nerviosa. Tiene matices de iro­nía y de humour. Trata, despiadada y acérrimamente, al adversario, al contradictor.

 

Pero es Zinoviev, sobre todo, un depositario, de la doctrina de Lenin, un continuador de su obra. Su teoría y su práctica son, invariablemen­te, la teoría y la práctica de Lenin. Posee una his­toria absolutamente bolchevique. Pertenece a la vieja guardia del comunismo ruso. Trabajó con Lenin, en el extranjero, antes de la revolución Fue uno de los maestros de la escuela marxista rusa dirigida por Lenin en París.

 

Estuvo siempre al lado de Lenin. En el comien­zo de la revolución hubo, sin embargo, un ins­tante en que su opinión discrepó de la de su maestro. Cuando Lenin decidió el asalto del po­der, Zinoviev juzgó prematura su resolución. La historia dio la razón a Lenin. Los bolcheviques conquistaron y conservaron el poder. Zinoviev recibió el encargo de organizar la Tercera Inte:nacional.

 

Exploremos rápidamente la historia de esta Tercera Internacional desde sus orígenes.

 

La Primera Internacional fundada por Marx y

 

 

113

 

Engels en Londres, no fue sino un bosquejo, un germen, un programa. La realidad internacional no estaba aún definida. El socialismo era una fuerza en formación. Marx acababa de darle con­creción histórica. Cumplida su función de trazar las orientaciones de una acción internacional de los trabajadores, la Primera Internacional se su­mergió en la confusa nebulosa de la cual había emergido. Pero la voluntad de articular interna­cionalmente el movimiento socialista quedó formulada. Algunos años después, la Internacional reapareció vigorosamente. El crecimiento de los partidos y sindicatos socialistas requería una coordinación y una articulación internacionales. La función de la Segunda Internacional fue casi únicamente una función organizadora. Los par­tidos socialistas de esa época efectuaban una la­bor de reclutamiento. Sentían que la fecha de la revolución social se hallaba lejana. Se propusie­ron, por consi-guiente, la conquista de algunas reformas interinas. El movimiento obrero adqui­rió así un ánima y una mentalidad reformistas. El pensamiento de la socialdemocracia lassallia­na* dirigió a la Segunda Internacional. A conse-cuenciá de este orientamiento, el socialismo re­sultó insertado en la demo-cracia. Y la Segunda Internacional, por esto, no pudo nada contra la guerra. Sus líderes y secciones se habían habi­tuado a una actitud reformista y democrática. Y la resistencia a la guerra reclamaba una actitud revolucionaria. El pacifismo de la Segunda In­ternacional era un pacifismo extático, platónico, abstracto. La Segunda Internacional no se encon­traba espiritual ni material-mente preparada pa­ra una acción revolucionaria. Las minorías socialistas y sindicalistas trabajaron en vano por empujarla en esa dirección. La guerra fracturó y disolvió la Segunda Internacional. Únicamente algunas minorías continuaron representando su tradición y su ideario. Estas minorías se reunie­ron en los congresos de Khiental y Zimmerwald, donde se bosquejaron las bases de una nueva or-

 

--------------

* Ver Lassalle Fernando en el I. O.

 

 

 

 

 

 

 

 

114

 

 

ganización internacional. La revolución rusa im­pulsó este movimiento. En marzo de 1919 quedó fundada la Tercera Internacional. Bajo sus ban­deras se han agrupado los elementos revolucio­narios del socialismo y del sindicalismo.

 

La Segunda Internacional ha reaparecido con la misma mentalidad, los mismos hombres y el mismo pacifismo platónico de los tiempos prebélicos. En su estado mayor se concentran los lí­deres clásicos del socialismo: Vandervelde, Kauts­ky, Bernstein, Turati, etc. Malgrado la guerra, estos hombres no han perdido su antigua fe en el método reformista. Nacidos de la democracia, no pueden renegarla. No perciben los efectos his­tóricos de la guerra. Obran como si la guerra no hubiese roto nada, no hubiese fracturado nada, no hubiese interrumpido nada. No admiten ni comprenden la existencia de una realidad nueva. Los adherentes a la Segunda Internacional son, en su mayoría, viejos socialistas. La Tercera In­ternacional, en cambio, recluta el grueso de sus adeptos entre la juventud. Este dato indica, me­jor que ningún otro, la diferencia histórica de ambas agrupaciones.

 

Las raíces de la decadencia de la Segunda In­ternacional se confunden con las raíces de la decadencia de la democracia. La Segunda Interna­cioanl está totalmente saturada de preocupacio­nes democráticas. Corresponde, a una época de apogeo del parlamento y del sufragio universal. El método revolu-cionario le es absolutamente ex­traño. Los nuevos tiempos se ven obligados, por tanto, a tratarla irrespetuosa y rudamente. La juventud revolucionaria suele olvidar hasta las benemerencias de la Segunda Internacional co­mo organizadora del movimiento socialista. Pero a la juventud no se le puede, razonablemente, exigir que sea justiciera. Ortega y Gasset, dice, que la juventud "pocas veces tiene razón en lo que niega, pero siempre tiene razón en lo que afirma". A esto se podría agregar que la fuerza impulsora de la historia son las afirmaciones y no las negaciones. La juventud revolucionaria no

 

 

 

 

 

 

 

115

 

 

niega, además, a la Segunda Internacional sus derechos en el presente. Si la Segunda Interna­cional no se obstinara en sobrevivir, la juven­tud revolucio-naria se complacería en venerar su memoria. Constataría, honradamente, que la Se­gunda Internacional fue una máquina de organi­zación y que la Tercera Internacional es una máquina de combate.

 

Este conflicto entre dos mentalidades, entre dos épocas y entre dos métodos del socialismo, tiene en Zinoviev una de sus dramatis personae.* Más que con la burguesía, Zinoviev polemiza con los socialistas reformistas. Es el crítico más acre y más tundente de la Segunda Internacional. Su crítica define nítidamente la diferencia históri­ca de las dos internacionales. La guerra, según Zinoviev, ha anticipado, ha precipitado mejor dicho, la era socialista. Existen las premisas econó­micas de la revolución proletaria. Pero falta el orientamien-to espiritual de la clase trabajadora. Ese orientamiento no puede darlo la Segunda Internacional, cuyos líderes continúan creyendo, como hace veinte años, en la posibilidad de una dulce transición del capitalismo al socialismo. Por eso, se ha formado la Tercera Internacional. Zinoviev remarca cómo la Tercera Internacional no actúa sólo sobre los pueblos de Occidente. La revolución -dice- no debe ser europea sino mundial. "La Segunda Interna-cional estaba li­mitada a los hombres de color blanco; la Terce­ra no subdivide a los hombres según su raza". Le interesa el despertar de las masas oprimidas del Asia. "No es todavía -observa- una insurrección de masas proletarias; pero debe serlo. La corriente que nosotros dirigimos libertará todo el mundo".

 

Zinoviev polemiza también con los comunistas que disienten eventualmente de la teoría y la práctica leninistas. Su diálogo con Trotsky, en el partido comunista ruso, ha tenido, no hace mucho, una resonancia mundial. Trotsky y Preobra­jenski, etc., atacaban a la vieja guardia del par-

 

--------------

* Personajes dramáticos.

 

 

 

 

 

 

116

 

tido y soliviantaban contra ella a los estudiantes de Moscú. Zinoviev acusó a Trotsky y a Preo­brajensky de usar procedimientos demagógicos, a falta de argumentos serios. Y trató con un poco de ironía a aquellos estudiantes impacientes que "a pesar de estudiar El Capital de Marx desde hacía seis meses, no gobernaban todavía el país". El debate entre Zinoviev y Trotsky se resolvió favorablemente a la tesis de Zinoviev. Sostenido por la vieja y la nueva guardia leni­nista, Zinoviev ganó este duelo. Ahora dialoga con sus adversarios de los otros campos. Toda la vida de este gran agitador es una vida polémica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

117

 

 

LA CRISIS DEL SOCIALISMO

 

 

EL LABOUR PARTY

 

LA historia del movimiento proletario inglés, es sustancialmente la misma de los otros movi­mientos proletarios europeos. Poco importa que en Inglaterra el movimiento proletario se haya llamado laborista y en otros países se haya llamado socialista y sindicalista. La diferencia es de adjetivos, de etiquetas, de vocabulario. La praxis proletaria ha sido más o menos uniforme y pareja en toda Europa. Los obreros europeos han seguido, antes de la guerra, un camino idén­ticamente reformista. Los historiadores de la cuestión social coinciden en ver en Marx y Lassa­lle a los dos hombres representativos de la teo­ría socialista: Marx, que descubrió la contradic­ción entre la forma política y la forma econó­mica de la sociedad capitalista y predijo su ine­luctable y fatal decadencia, dio al movimiento proletario una meta final: la propiedad colectiva de los instrumentos de producción y de cambio. Lassalle señaló las metas próximas, las aspira­ciones provisorias de la clase trabajadora. Marx fue el autor del programa máximo. Lassalle fue el autor del programa mínimo. La organización y la asociación de los trabajadores no eran posi­bles si no se les asignaba fines inmediatos y con­tingentes. Su plataforma, por esto, fue más lassalliana que marxista. La Primera Internacio­nal se extinguió apenas cumplida su misión de proclamar la doctrina de Marx. La Segunda Interna-cional, tuvo en cambio, un ánima reformista y minimalista. A ella le tocó encuadrar y enro­lar a los trabajadores en los rangos del socialis-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

118

 

 

mo y llevarlos, bajo la bandera socialista, a la conquista de todos los mejoramientos posibles dentro del régimen burgués: reducción del ho­rario de trabajo, aumento de los salarios, pensio­nes de invalidez, de vejez, de desocupación y de enfermedad. El mundo vivía entonces una era de desenvolvimiento de la economía capitalista. Se hablaba de la Revolución como de una pers­pectiva mesiánica y distante. La política de los partidos socialistas y de los sindicatos obreros no era, por esto, revolucionaria sino reformista. El proletariado quería obtener de lo burguesía todas las concesio-nes que ésta se sentía más o menos dispuesta a acordarle. Congruentemente, la acción de los trabajadores era principalmente sindical y económica. Su acción política se confundía con la de los radicales burgueses. Carecía de una fisonomía y un color nítidamente clasis­tas. El proletariado inglés está colocado prácticamente sobre el mismo terreno que los otros pro­letariados europeos. Los otros proletariados usaban una literatura más revolucionaria. Tributaban frecuentes homenajes a su programa máxi­mo. Pero, al igual que el proletariado inglés, se limitaban a la actuación solícita del programa mínimo. Entre el proletariado inglés y los otros proletariados europeos no había, pues, sino una diferencia formal, externa, literaria. Una diferen­cia de temperamento, de clima y de estilo.

 

La guerra abrió una situación revolucionaria. Y desde entonces, una nueva corriente ha pugnado por prevalecer en el proletariado mundial. Y desde entonces, coherentemente con esa nueva corriente, los laboristas ingleses han sentido la necesidad de afirmar su filiación socialista y su meta revolucio-naria. Su acción ha dejado de ser exclusivamente económica y ha pasado a ser pre­valentemente política. El proletariado británico ha ampliado sus reivin-dicaciones. Ya no le ha interesado sólo la adquisición de tal o cual ventaja económica. Le ha preocupado la asunción total del poder y la ejecución de una política ne­tamente proletaria. Los espectadores superficia­les y empíricos de la política y de la historia se

 

 

 

 

 

 

 

119

 

 

han sorprendido de la mudanza. ¡Cómo! -han exclamado- ¡estos mesurados, estos cautos, estos discretos laboristas ingleses resultan hoy so­cialistas! ¡Aspiran también, revolucionariamente, a la abolición de la propiedad privada del suelo, de los ferrocarriles y de las máquinas! Cierto, los laboristas ingleses son también socialistas. Antes no lo parecían; pero lo eran. No lo parecían porque se contentaban con la jornada de ocho horas, el alza de los salarios, la protección de las cooperativas, la creación de los seguros sociales. Exacta-mente las mismas cosas con que se contentaban los demás socialistas de Europa. Y porque no empleaban, como éstos, en sus mítines y en sus perió-dicos, una prosa incandescen­te y demagógica.

 

El lenguaje del Labour Party es hasta hoy evo­lucionista y reformista. Y su táctica es aún demo­crática y electoral. Pero esta posición suya no es excep-cional, no es exclusiva. Es la misma posi­ción de la mayoría de los partidos socialistas y de los sindicatos obreros de Europa. La élite, la aristocracia del socialismo proviene de la escue­la de la Segunda Internacional. Su mentalidad y su espíritu se han habituado a una actividad y un oficio reformistas. Sus órganos mentales y es­pirituales no consiguen adaptarse a un trabajo revolu-cionario. Constituye una generación de funcionarios socialistas y sindicales, desprovistos de aptitudes espirituales para la revolución, conformados para la colaboración y la reforma, im­pregnados de educación democrática, domes-ticados por la burguesía. Los bolcheviques, por esto, no establecen diferencias entre los laboristas in­gleses y los socialistas alemanes. Saben que en la socialdemocracia tudesca no existe mayor ím­petu insurreccional que en el Labour Party. Y así Moscú ha subvencionado al órgano del Labour Party The Daily Herald. Y ha autorizado a los comunistas ingleses a sostener electoralmente a los laboristas.

 

El Labour Party no es estructural y propiamente un partido. En Inglaterra la actividad po-

 

 

 

 

 

 

 

 

120

 

 

lítica del proletariado no está desconectada ni funciona separada de su actividad económica. Am­bos movimientos, el político y el económico, se identifican y se consustancian. Son aspectos soli­darios de un mismo organismo. El Labour Party resulta, por esto, una federación de partidos obreros: los laboristas, los independientes, los fabia­nos, antiguo núcleo de intelectuales, al cual per­tenece el célebre dramaturgo Bernard Shaw. Todos estos grupos se fusionan en la masa laboris­ta. Con ellos colabora, en la batalla, el partido comunista, formado por los grupos explícitamente socialistas del proletariado inglés.

 

Se piensa sistemáticamente que Inglaterra es refractaria a las revoluciones violentas. Y se agrega que la revolución social se cumplirá en Inglaterra sin convulsión y sin estruendo. Algu­nos teóricos socialistas pronostican que en

In­glaterra se llegará al colectivismo a través de la democracia. El propio Marx dijo una vez que en Inglaterra el proletariado podría realizar pacífi­camente su programa. Anatole France, en su li­bro Sobre la piedra inmaculada, nos ofrece una curiosa utopía de la sociedad del siglo XXII la humanidad es ya comunista; no queda sino una que otra república burguesa en el África; en Inglaterra la revolución se ha operado sin sangre ni desgarramientos; mas, Inglaterra socialista conserva sin embargo la monarquía.

 

Inglaterra, realmente, es el país tradicional de la política del compromiso. Es el país tradicio­nal de la reforma y de la evolución. La filosofía evolucionista de Spencer y la teoría de Darwin sobre el origen de las especies son dos productos típicos y genuinos de la inteligencia, del clima y del ambiente británicos.

 

En esta hora de tramonto de la democracia y del parlamento, Inglaterra es todavía la plaza fuerte del sufragio universal. Las muchedumbres, que en otras naciones europeas, se entrenan para el putsch y la insurrección, en Inglaterra se

 

 

 

 

 

 

121

 

 

aprestan para las elecciones como en los mas beatos y normales tiempos prebélicos. La beli­gerancia de los partidos es aún una beligerancia ideológica, oratoria, electoral. Los tres grandes partidos británicos -conservador, liberal y la­borista- usan como instrumentos de lucha la prensa, el mitin, el discurso. Ninguna de esas facciones propugna su propia dictadura. El go­bierno no se estremece ni se espeluzna de que centenares de miles de obreros desocupados des­filen por las calles de Londres tremolando sus banderas rojas, cantando sus himnos revolucio­narios y ululando contra la burguesía. No hay en Inglaterra hasta ahora ningún Mussolini en cultivo, ningún Primo de Rivera en incubación.

 

Malgrado esto, la reacción tiene en Inglaterra uno de su escenarios centrales. El propósito de los conservadores de establecer tarifas proteccio­nistas es un propósito esencial y característicamente reaccionario. Representa un ataque de la reacción al liberalismo y al librecambismo de la Inglaterra burguesa. Ocurre sólo que la reacción ostenta en Inglaterra una fisonomía británica, una traza británica. Eso es todo. No habla el mis­mo idioma ni usa el mismo énfasis tundente que en otros países. La reacción, como la revolución, se presenta en tierra inglesa con muy sagaces ademanes y muy buenas palabras. Es que en In­glaterra, ciudadela máxima de la civilización ca­pitalista, la mentalidad evolucionista-democráti­ca de esta civilización está más arraigada que en ninguna otra parte.

 

Pero esa mentalidad está en crisis en el mun­do. Los conservadores y los liberales ingleses no tienden a una dictadura de clase porque el ries­go de que los laboristas asuman íntegramente el poder aparece aún lejano. Mas el día en que los laboristas conquisten la mayoría, los conservadores y los liberales, se coaligarían y se soldarían instantáneamente. La unión sagrada de la época bélica renacería. Dicen los liberales que Inglaterra debe rechazar la reacción conservado-

 

 

 

 

 

 

122

 

 

ra y la revolución socialista y permanecer fiel al liberalismo, a la evolución, a la democracia. Pero este lenguaje es eventual y contingente. Ma­ñana que la amenaza laborista crezca, todas las fuerzas de la burguesía se fundirán en un solo haz, en un solo bloque, y acaso también en un solo hombre.

 

 

EL SOCIALISMO EN FRANCIA

 

 

El socialismo se dividía en Francia, hasta fines del siglo pasado, en varias escuelas y diversas agrupaciones. El Partido Obrero, dirigido por Guesde y Lafargue, representaba oficialmente el marxismo y la táctica clasista. El Partido Socialista Revolucionario, emanado del blanquismo,* encarriaba la tradición revolucionaria francesa de la Comuna. Vaillant era su más alta figura. Los independientes reclutaban sus prosélitos, más que en la clase obrera, en las categorías intelec­tuales. En su estado mayor se daban cita no po­cos diletantes del socialismo. Al lado de la figu­ra de un Jaurés se incubaba, en este grupo, la figura de un Viviani.

 

En 1898, el partido obrero provocó un movi­miento de aproximación de los varios grupos so­cialistas. Se bosquejaron las bases de una entente.** El proceso de clarificación de la teoría y la praxis socialistas, cumplido ya en otros países, necesitaba liquidar también en Francia las arti­ficiales diferencias que anarquizaban aún, en capillas y sectas concurrentes, las fuerzas del so­cialismo. En el sector socialista francés había nueve matices; pero, en realidad no había sino dos tendencias: la tendencia clasista y la tenden­cia colabora-cionista. Y, en último análisis, estas dos tendencias no necesitaban sino entenderse sobre los límites de su clasismo y de su colabo­racionismo para arribar fácilmente a un acuerdo. A la tendencia clasista o revolucionaria le toca

 

--------------

* De Louie Auguste Blanqui. (Ver el I. O.).

** Entendimiento.

 

 

 

 

 

123

 

 

ba reconocer que, por el momento, la revolución debía ser considerada como una meta distante y la lucha de clases reducida a sus más moderadas manifestaciones. A la tendencia colaboracio­nista le tocaba conceder en cambio, que la cola­boración no significase, también por el momento, la entrada de los socialistas en un ministerio bur­gués. Bastaba eliminar esta cuestión para que la vía de la polarización socialista quedase fran­queada.

 

Sobrevino entonces un incidente que acentuó y exacerbó momentáneamente esta única discre­pancia sustancial. Millerand, afiliado a uno de los grupos socialistas, aceptó una cartera en el ministerio radical de Waldeck Rousseau. La ten­dencia revolucionaria reclamó la ex-confesión de Millerand y la descalificación definitiva de toda futura participación socialista en un ministerio. La tendencia colaboracionista, sin solidarizarse abiertamente con Millerand, se reafirmó en su tesis, favorable, en determinadas circunstancias, a esta participación. Briand que debía seguir, poco después, la ruta de Millerand, maniobraba activamente por evitar que un voto de la mayoría cerrase la puerta de la doctrina socialista a nue­vas escapadas ministeriales. Pero, entre tanto, algo se había avanzado en él camino de la con­centración socialista. Los grupos, las escuelas, no eran ya nueve sino únicamente dos.

 

A la unificación se llegó, finalmente, en 1904. La cuestión de la colaboración ministerial fue examinada y juzgada en agosto de ese año, en suprema instancia, por el congreso socialista in­ternacional de Amsterdam. Este congreso repu­dió la tesis colaboracionista. Jaurés -que hasta ese instante la sustentó honrada y sinceramente- con un gran sentido de su responsabilidad y de su deber se inclinó, disciplinado, ante el voto de la Internacional. Y, como consecuencia de la decisión de Amsterdam, los principios de un entendimi-ento entre la corriente dirigida por Jaurés y la corriente dirigida por Guesde y Vaillant que­daron, en las subsecuentes negociaciones, fácilmente estableci-dos. La fusión fue pactada y se-

 

 

 

 

 

 

 

 

124

 

 

liada, definitivamente, en el congreso de París de abril de 1905. En el curso del año siguiente, el Partido Socialista se desembarazó de Briand, atraído desde hacía algún tiempo al campo de gravitación de la política burguesa y los sillones ministeriales.

 

Pero la política del partido unificado no siguió, por esto, un rumbo revolu-cionario. La uni­ficación fue el resultado de un compromiso entre las dos corrientes del socialismo francés. La co­rriente colaboracionista renunció a una eventual intervención directa en el gobierno de la Terce­ra República; pero no se dejó absorber por la corriente clasista. Por el contrario, consiguió suavizar su antigua intransigencia. En Francia, como en las otras democracias occidentales, el es­píritu revolucionario del socialismo se enervaba y desfibraba en el trabajo parlamentario. Los votos del socialismo, cada vez más numerosos, pe­saban en las decisiones del Parlamento. El parti­do socialista jugaba un papel en los conflictos y en las batallas de la política burguesa. Prac­ticaba, en el terreno parlamentario, una política de colaboración con los partidos más avanzados de la burguesía. La fuerte figura y el verbo elo­cuente de Jaurés imprimían a esta política un austero sello de idealismo. Mas no podían darle un sentido revolucionario que, por otra parte, no tenía tampoco la política de los demás partidos socialistas de la Europa occidental. El espíritu revolucionario había trasmigrado, en Francia, al sindicalismo. El más grande ideólogo de la revo­lución no era ninguno de los tribunos ni de los escritores del Partido Socialista. Era Jorge Sorel, creador y líder del sindicalismo revolucionario, crítico penetrante de la degeneración parlamen­taria del socialismo.

 

Durante el período de 1905 a 1914, el partido socialista francés actuó, sobre todo, en el terre­no electoral y parlamentario. En este trabajo, acrecentó y organizó sus efectivos; atrajo a sus rangos a una parte de la pequeña burguesía; educó en sus principios, asaz atenuados, a una numerosa masa de intelectuales y diletantes. En

 

 

 

 

125

 

 

las elecciones de 1914, el partido obtuvo un mi­llón cien mil votos y ganó ciento tres asientos en la Cámara. La guerra rompió este proceso de crecimiento. El pacifismo humanitario y estáti­co de la socialdemocracia europea se encontró de improviso frente a la realidad dinámica y cruel del fenómeno bélico. El Partido Socialista francés sufrió, además, cuando la movilización marcial comenzaba, la pérdida de Jaurés, su gran líder. Desconcertado por esta pérdida, la histo­ria de esos tiempos tempestuosos lo arrolló y lo arrastró por su cauce. Los socialistas franceses no pudieron resistir la guerra. No pudieron tampoco, durante la guerra, preparar la paz. Acabaron colaborando en el gobierno. Guesde y Sem­bat formaron parte del ministerio. Los jefes del socialismo y del sindicalismo sostuvieron mansamente la política de la unión sagrada. Algu­nos sindicalistas, algunos revolucionarios, opu­sieron, solos, aislados, una protesta inerme a la masacre.

 

El Partido Socialista y la Confederación Gene­ral del Trabajo se dejaron conducir por los acon­tecimientos. Los esfuerzos de algunos socialistas europeos por reconstruir la Internacional no lo­graron su cooperación ni su consenso.

 

El armisticio sorprendió, por tanto, debilitado, al Partido Socialista. Durante la guerra, los socialistas no habían tenido una orientación propia. Fatalmente, les había correspondido, por tanto, seguir y servir la orientación de la burguesía. Pe­ro en el botín político de la victoria no les tocaba parte alguna. En las elecciones de 1919, a pesar de que la marejada revolucionaria nacida de la guerra empujaba a su lado a las masas descontentas y desilusionadas, los socialistas perdieron varios asientos en la Cámara y muchos sufragios en el país.

 

Vino, luego, el cisma. La burocracia del Par­tido Socialista y de la Confederación General del Trabajo carecía de impulso revolucionario. No podía, por ende, enrolarse en la nueva Interna­cional. Un estado mayor de tribunos, escritores, funcionarios y abogados que no habían salido to-

 

 

 

 

 

126

 

 

davía del estupor de la guerra, no podía ser el estado mayor de una revolución. Tendía, forzo­samente, a la vuelta a la beata y cómoda existen­cia de demagogia inocua y retórica, interrumpi­da por la despiadada tempestad bélica. Toda esta gente se sentía normalizadora; no se sentía re­volucionaria. Pero la nueva generación socialis­ta se movía, por el contrario, hacia la revolución. Y las masas simpatizaban con esta tendencia. En el Congreso de Tours de 1920 la mayoría del par­tido se pronunció por el comunismo. La minoría conservó el nombre de Partido Socialista. Quiso continuar siendo, como antes, la S.F.I.O. (Sec­ción Francesa de la Internacional Obrera). La mayoría constituyó el partido comunista. El dia­rio de Jaurés, L'Humanité,* pasó a ser el órga­no del comunismo. Los más ilustres parlamenta­rios, los más ancianos personajes, permanecie­ron, en cambio, en las filas de la S. F. I. O. con León Blum, con Paul Boncour, con Jean Lon­guet.

 

El comunismo prevaleció en las masas; el so­cialismo en el grupo parlamen-tario.

 

El rumbo general de los acontecimientos eu­ropeos favoreció, más tarde, un resurgimiento del antiguo socialismo. La creciente revolucionaria declinaba. Al período de ofensiva proletaria seguía un período de contraofensiva bur-guesa. La esperanza de una revolución mundial inmediata se desvanecía. La fe y la adhesión de las masas volvían, por consiguiente, a los viejos jefes. Ba­jo el gobierno del Bloque Nacional, el socialismo reclutó en Francia muchos nuevos adeptos. Ha­cia un socialismo moderado y parlamentario afluían las gentes que, en otros tiempos hubie­sen afluido al radicalismo. La S. F. I. O., coali­gada con los radicales socialistas en el Bloque de Izquierdas, recuperó en mayo de 1924 todas las diputaciones que perdió en 1919 y ganó, además, algunas nuevas. El Bloque de Izquierdas asumió el poder. Los socialistas no consideraron oportu­no formar parte del Ministerio. No era todavía el caso de romper con la tradición anticolabora-

 

--------------

* Ver I. O.

 

 

 

 

 

127

 

 

cionista -formalmente anticolaboracionista- de los tiempos prebélicos. Por el momento bastaba con sostener a Herriot, a condición de qué Herriot cumpliese con las promesas hechas, en las jor­nadas de mayo, al electorado socialista.

 

En su congreso de Grenoble, en febrero últi­mo, los socialistas de la S. F. I. O. han debatido el tema de sus relaciones con e1 radicalismo. En esa reunión, Longuet, Ziromsky y Braque han  acusado a Herriot de faltar a su programa y han reprobado al grupo parlamentario socialista su lenidad y su abdicación ante el ministerio. Por boca de esos tres oradores, una gruesa parte del proselitismo socialista ha declarado su voluntad de permanecer fiel a la táctica clasista. Pero, al mismo tiempo, ha reaparecido acentuadamente en el socialismo francés la tendencia a la cola­boración ministerial, expulsada en otro tiempo con Millerand y Briand. León Blum, que como attaché** de Marcel Sembat ha conocido ya la tibia y plácida temperatura de los gabinetes mi­nisteriales, ha pedido a los representantes del co­laboracionismo un poco de paciencia. Les ha re­cordado que sostener un ministerio no tiene los riesgos ni las responsabilidades de formar parte de él. Los socialistas, según Blum, no deben ir al gobierno como colaboradores de los radicales.  Deben aguardar que madure la ocasión en que acapararán solos el poder. Al calor de un gobierno del bloque de izquierdas, los socialistas adquirirán la fuerza nece-saria para recibir el poder de manos de sus aliados de hoy. Movido por esta esperanza, el Partido Socialista se ha decla­rado en Grenoble  a favor del bloque de izquier­das, contra la reacción y contra el bolchevismo. Lo que equivale a decir que se ha declarado fran­camente democrático.

 

--------------

*Agregado, adjunto para fines especiales.

 

 

 

 

 

 

 

 

128

 

 

JAURES Y LA TERCERA REPUBLICA

 

La figura de Jaurés es la más alta, la más no­ble, la más digna figura de la Troisiéme Republi­que. Jaurés procedía de una familia burguesa. Debutó en la política y en el parlamento en los rangos del radicalismo. Pero la atmósfera ideológica y moral de los partidos burgueses no tardó en disgustarle. El socialismo ejercía sobre su espíritu robusto y combativo una atracción irresistible. Jaurés se enroló en las filas del prole­tariado. Su actitud, en los primeros tiempos, fue colaboracionista. Creía Jaurés que los socialistas no debían excluir de su programa la colaboración con un ministerio de la izquierda burguesa. Mas, desde que la Segunda Internacional, en su con­greso de Amsterdam, rechazó esta tesis sostenida por varios líderes socialistas, Jaurés acató disci­plinadamente este voto. León Trotsky, en un sa­gaz ensayo sobre la personalidad del gran tribuno, escribe lo siguiente: "Jaurés había entrado en el partido hombre maduro ya, con una filosofía idealista comple-tamente formada. Esto no le im­pidió curvar su potente cuello (Jaurés era de una complexión atlética) bajo el yugo de la disciplina orgánica y varias veces tuvo la obligación y la ocasión de demostrar que no solamente sabia mandar sino también someterse".

 

Jaurés dirigió las más brillantes batallas par­lamentarias del socialismo francés. Contra su parlamentarismo, contra su democratismo, insur­gieron los teóricos y los agitadores de la extrema izquierda proletaria. George Sorel y los sindicalistas denunciaron esta praxis** como una defor­mación del espíritu revolucionario del marxismo. Mas el movimiento obrero, en los tiempos prebélicos, como se ha dicho muchas veces, no se inspiró en Marx sino en Lassalle. No fue revo­lucionario sino reformista. El socialismo se desa-

 

--------------

* Tercera República. Francia ha conocido cuatro repú­blicas en diferentes etapas históricas.

** En griego significa acción.

 

 

 

 

129

 

rrolló insertado dentro de la democracia. No pu­do, por ende, sustraerse a la influencia de la mentalidad democrática. Los líderes socialistas tenían que proponer a las masas un programa de acción inmediata y concreta, como único medio de encuadrarlas y educarlas dentro del sociali­smo. Muchos de estos líderes perdieron en este trabajo toda energía revolucionaria, La praxis sofocó en ellos la teoría. Pero a Jaurés no es posible confundirlo con estos revolucionarios domesticados. Una personalidad tan fuerte como la suya no podía dejarse corromper ni enervar por el ambiente democrático. Jaurés fue reformista como el socialismo de su tiempo, pero dio siempre a su obra reformista una meta revolucio­naria.

 

Al servicio de la revolución social puso su in­teligencia profunda, su rica cultura y su indoma­ble voluntad. Su vida fue una vida dada íntegramente a la causa de los humildes. El libro, el periódico, el parlamento, el mitin, todas las tribu­nas del pensamiento fueron usadas por Jaurés en su larga carrera de agitador. Jaurés fundó y dirigió el diario L'Humanité, perteneciente en la actualidad al Partido Comunista. Escribió mu­chos volúmenes de crítica social e histórica. Rea­lizó, con la colaboración de algunos estudiosos del socialismo y de sus raíces históricas, una obra potente: la Historia Socialista de la Revolución Francesa.

 

En los ocho volúmenes de esta historia, Jaurés y sus colaboradores enfocan los episodios y el panorama de la Revolución Francesa desde puntos de vista socialistas. Estudian la Revolución como fenómeno social y como fenómeno econó­mico, sin ignorarla ni disminuirla como fenóme­no espiritual. Jaurés, en esta obra, como en toda su vida, conserva su gesto y su posición idealis­tas. Nadie más reacio, nadie más adverso que Jau­rés a un materialismo frío y dogmático. La críti­ca de Jaurés proyecta sobre la Revolución del 89 una luz nueva. La Revolución Francesa adquiere en su obra un contorno nítido. Fue una

 

 

 

 

 

 

 

 

130

 

 

revolución de la burguesía, porque no pudo ser una revolución del prole-tariado. El proletariado no existía entonces como clase organizada y cons-ciente. Los proletarios se confundían con los bur­gueses, en el estado llano, en el pueblo. Care­cían de un ideario y una dirección clasistas. Sin embargó, durante los días polémicos de la revo­lución, se habló de pobres y ricos. Los jacobinos, los babouvistas* reivindicaron los derechos de la plebe. Desde muchos puntos de vista la revolu­ción fue un movimiento de sans culottes.** La Re­volución se apoyó en los campesinos que consti­tuían una categoría social bien definida. El pro­letariado urbano estaba representado por el artesano en el cual prevalecía un espíritu pequeño-burgués. No había aún grandes fábricas, grandes usinas. Faltaba, en suma; el instrumento de una revolución socialista. El socialismo, además, no había encontrado todavía su método. Era una nebulosa de confusas y abstractas utopías. Su germinación, su maduración, no podían produ­cirse sino dentro de una época de desarrollo capi­talista. Así como en la entraña del orden feudal se gestó el orden burgués, en la entraña del orden burgués debía gestarse el orden proletario. Finalmente, de la revolución francesa emanó la primera doctrina comunista: el babou-vismo.

 

El tribuno del socialismo francés, que demar­có así la participación material y espiritual del proletariado en la revolución francesa, era un idealista, pero no un utopista. Los motivos de su idealismo estaban en su educación, en su tem­peramento, en su psicología. No se avenía con su mentalidad un socialismo esquemática y se­camente materialista. De allí, en parte, sus contrastes con los marxistas. De allí su adhesión honrada y sincera a la idea de la democra­cia. Trotsky hace una definición muy exacta de Jaurés en las siguientes líneas: "Jaurés entró en la arena política en la época más sombría de la Tercera República, que no contaba entonces sino una quincena dé años de existencia y que, des-

 

--------------

* ver Baboeut Cayo Graco en el I. O.

** Esto es, sin las bragas o calzones que usaban los miembros de la nobleza. El pueblo usaba pantalones.

 

 

 

131

 

provista de tradiciones sólidas, tenía que luchar contra enemigos poderosos. Luchar por la Repú­blica, por su conservación, por su depuración, he aquí la idea fundamental de Jaurés, la que inspira toda su acción. Buscaba Jaurés para la República una base social más amplia; quería llevar la República al pueblo para hacer del Es­tado republicano el instrumento de la economía socialista. El socialismo era para Jaurés el solo medio seguro de consolidar la República y el solo medio posible de completarla y terminarla. En su aspiración infati-gable de la síntesis idealista, Jaurés era, en su primera época, un demócrata pronto a adoptar el socialismo; en su última épo­ca, un socialista que se sentía responsable de toda la democracia".

 

El asesinato de Jaurés cerró un capítulo de la historia del socialismo francés. El socialismo de­mocrático y parlamentario perdió entonces a su gran líder. La guerra y la crisis post-bélica vi­nieron más tarde a invalidar y a desacreditar el método parlamentario. Toda una época, toda una fase del socialismo, concluyó con Jaurés.

 

La guerra encontró a Jaurés en su puesto de combate. Hasta su último instan-te, Jaurés trabajó, con todas sus fuerzas, por la causa de la paz Su verbo ululó contra el gran crimen en Paris y en Bruselas. Únicamente la muerte pudo aho­gar su elocuente voz acusadora.

 

Le tocó a Jaurés ser la primera víctima de la tragedia. La mano de un oscuro nacionalista, ar­mada moralmente por L'Action Française y por toda la prensa reaccionaria, abatió al hombre más grande de la Tercera República. Más tarde, la Tercera República debía renegarlo absolviendo al asesino.

 

 

EL PARTIDO COMUNISTA FRANCES

 

El Partido Comunista Francés nació de la misma matriz que los otros partidos comunistas de Europa. Se formó, durante los últimos años de

 

 

 

 

 

 

 

132

 

 

la guerra, en el seno del socialismo y del sindica­lismo. Los descontentos de la política del Partido Socialista y de la Confederación General del Tra­bajo -los que en plena guerra osaron condenar la adhesión del socialismo a la "unión sagrada" y a la guerra- fueron su primera célula. Hubo po­cos militantes conocidos entre estos precursores. En esta minoría minúscula, pero dinámica y com­bativa, que concurrió a las conferencias de Zim­merwald y Kienthal, es donde se bosquejó, em­brionaria e informe todavía, una nueva Internacional revolucionaria. La revolución rusa esti­muló el movimiento. En torno de Loriot, de Mo­natte y de otros militantes, se concentraron nu­merosos elementos del Partido Socialista y de la Confederación General del Trabajo. Fundada la Tercera Internacional, con Guilbeaux y Sadoul como represen-tantes de los revolucionarios fran­ceses, la fracción de Monatte y de Loriot plan­teó categóricamente, en el Partido Socialista Francés, la cuestión de la adhesión a Moscú. En 1920, en el congreso de Strasbourg, la tenden­cia comunista obtuvo muchos votos. Sobre todo, atrajo a una parte de sus puntos de vista a una tendencia centrista que, encabezada por Cachin y Frossard, constituía el grueso del Partido So­cialista. El debate quedó abierto. Cachin y Fro­ssard hicieron una peregrinación a Moscú donde el espectáculo de la revolución los conquistó totalmente. Esta conversión fue decisiva. En el Congreso de Tours, reunido meses después que el anterior, la mayoría del Partido Socialista se pronunció por la adhesión a la Tercera Internacional. El cisma se produjo en condiciones fa­vorables al comunismo. Los socialistas conservaron el nombre del antiguo partido y la mayor parte de sus parlamentarios. Los comunistas he­redaron la tradición revolucionaria y la propie­dad de L'Humanité.

 

Pero la escisión de Tours no pudo separar, de­finitiva y netamente, en dos grupos absolutamente homogéneos, a reformistas y revoluciona­rios, o sea a socialistas y comunistas. Al nuevo Partido Comunista había trasmigrado una buena

 

 

 

 

 

 

 

133

 

parte de la mentalidad y del espíritu del viejo Partido Socialista. Muchos militantes habían dado al comunismo una adhesión sólo sentimental e inte-lectual que su saturación democrática no les consentía mantener. Educados en la escuela del socialismo prebélico, no se adaptaban al método bolchevique. Espíritus demasiado críticos, dema­siado racionalistas, demasiado enfants du siécle, no compartían la exaltación religiosa, mís­tica, del bolchevismo. Su trabajo, su juicio, un poco escépticos en el fondo, no correspondían al estado de ánimo de la Tercera Internacional. Este contraste engendró una crisis. Los elementos de origen y de psicología reformistas tenían que ser absorbidos o eliminados. Su presencia para­lizaba la acción del joven partido.

 

La fractura del Partido Socialista fue seguida de la fractura de la Confede-ración General del Trabajo. El sindicalismo revolucionario, nutrido del pensamiento de Jorge Sorel, había represen­tado, antes de la guerra, un renacimiento del es­píritu revolucionario y clasista del proletariado, enervado por la práctica reformista y parlamen­taria. Este espíritu había dominado, al menos formalmente, hasta la guerra, en la C.G.T. Pero en la guerra la C.G.T. se había comportado como el Partido Socialista. Con la crisis del so­cialismo sobrevino, por consiguiente, terminada la guerra, una crisis del sindicalismo. Una parte de la C.G.T. siguió el socialismo; la otra parte siguió al comunismo. El espíritu revolucionario y clasista estaba representado, en esta nueva fase de la lucha proletaria, por las legiones de la Tercera Internacional. Varios teóricos del sindicalis­mo revolucionario lo reconocían así. Jorge Sorel, crítico acerbo de la degeneración reformista del socialismo, aprobaba el método clasista de los bolcheviques, mientras que algunos socialistas, negando a Lenin el derecho de considerarse or­todoxamente marxista, sostenían que su persona­lidad acusaba, más bien, la influencia soreliana.

 

--------------

* Hijos del siglo, hijos de su época.

 

 

 

 

 

 

 

134

 

La C.G.T. se escindía porque los sindicatos ne­cesitaban optar entre la vía de la revolución y la vía de la reforma. El sindicalismo revoluciona­rio cedía su puesto, en la guerra social, al comu­nismo. La lucha, desplazada del terreno económi­co a un terreno político, no podía ser gobernada por los sindicatos, de composición inevitablemen­te heteróclita, sino por un partido homogéneo. En el hecho, aunque no en la teoría, los sindicalis­tas de las dos tendencias se sometían a esta ne­cesidad. La antigua Confederación del Trabajo obedecía la política del Partido Socialista; la nue­va Confederación (C. G. T. U.) obedecía la polí­tica del Partido Comunista. Pero también en el campo sindical debía cumplirse una clasificación, una polarización, más o menos lenta y laboriosa, de las dos tendencias. La ruptura no había resuel­to la cuestión: la había planteado solamente.

 

El proceso de bolcheviquización del sector comunista francés impuso, por estos motivos, una serie de eliminaciones que, naturalmente, no pudieron realizarse sin penosos desgarramientos. La Tercera Internacional, resuelta a obtener dicho resultado, empleó los medios más radicales. De­cidió, por ejemplo, la ruptura de todo vínculo con la masonería. El antiguo Partido Socialista -que en la batalla laica, en los tiempos prebélicos, había sostenido al radicalismo- se había enlazado y comprometido excesivamente con la burguesía radical, en el seno de las logias. La francmasonería era el nexo, más o menos visi­ble, entre el radicalismo y el socialismo. Escindi­do el Partido Socialista, una parte de la influen­cia francmasónica se trasladó al Partido Comu­nista. El nexo, en suma, subsistía. Muchos mili­tantes comunistas que en la plaza pública com­batían todas las formas de reformismo, en las lo­gias fraternizaban con toda suerte de radicaloi­des. Un secreto cordón umbilical ligaba todavía la política de la revolución a la política de la reforma. La Tercera Internacional quería cor­tar este cordón umbilical. Contra su resolu-ción, se rebelaron los elementos reformistas que alo­jaba el partido. Frossard, uno de los peregrinos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

135

 

convertidos en 1920, secretario general del comité ejecutivo, sintió que la Tercera Internacional le pedía una cosa superior a sus fuerzas. Y escribió, en su carta de dimisión de su cargo, su célebre je no peux pas.* El partido se escisionó. Fro­ssard, Lafont, Meric, Paul Louis y otros elementos dirigentes constituyeron un grupo autónomo que, después de una accidentada y lánguida vida, ha terminado por ser casi íntegramente reabsorbido por el Partido Socialista.

 

Estas amputaciones no han debilitado al par­tido en sus raíces. Las elecciones de mayo fueron una prueba de que, por el contrario, las bases po­pulares del comunismo se habían ensanchado. La lista comunista alcanzó novecientos mil votos. Estos novecientos mil votos no enviaron a la Cámara sino veintiséis militantes del comunismo, porque tuvieron que enfrentarse solos a los votos combinados de dos alianzas electorales; el Blo­que Nacional y el Cartel de Izquierdas. El parti­do ha perdido, en sus sucesivas depuraciones, al­gunas figuras; pero ha ganado en homogeneidad. Su bolcheviquización parece conseguida.

 

Pero nada de esto anuncia aún en Francia una inmediata e inminente revo-lución comunista. El argumento del "peligro comunista", es, en parte, un argumento de uso externo. Una revolución no puede ser predicha a plazo fijo. Sobre todo, una revolución no es un golpe de mano. Es una obra multitu-dinaria. Es una obra de la historia. Los comunistas lo saben bien. Su teoría y su praxis se han formado en la escuela y en la experiencia del materialismo histórico. No es probable, por ende, que se alimenten de ilusiones.

 

El partido comunista francés no prepara nin­gún apresurado y novelesco asalto del poder. Trabaja por atraer a su programa a las masas de obreros y campe-sinos. Derrama los gérmenes de su propaganda en la pequeña burguesía. Emplea, en esta labor, legiones de misioneros. Los doscientos mil ejemplares diarios de L'Humanité

 

--------------

* Yo no puedo.

 

 

 

 

 

136

 

difunden en toda Francia sus palabras de orden. Marcel Cachin, Jacques Doriot, Jean Renaud, André Berthon, Paul Vaillant Couturier y André Marty, el marino rebelde del Mar Negro, son sus líderes parlamentarios.

 

Una rectificación. O, para decirlo en francés una mise au point.* En el vocabulario comunis­ta, el término parlamentario no tiene su acepción clásica. Los parlamentarios comunistas no parlamentan. El parlamento es para ellos únicamen­te una tribuna de agitación y de crítica.

 

 

LA POLITICA SOCIALISTA EN ITALIA

 

La historia del socialismo italiano se conecta, teórica y prácticamente, con toda la historia del socialismo europeo. Se divide en dos períodos bien demarcados: el período pre-bélico y el pe­ríodo post-bélico. Enfoquemos, en este estudio, el segundo período, que comenzó, definida y netamente, en 1919, cuando las consecuencias econó­micas y psicológicas de la guerra y la influencia de la revolución rusa crearon en Italia una situa­ción revolucionaria.

 

Las fuerzas socialistas llegaron a ese instante unidas y compactas todavía. El partido socialista italiano, malgrado la crisis y las polémicas intes­tinas de veinte años, conservaba su unidad. Las disidencias, las secesiones de su proceso de for­mación -que habían eliminado sucesivamente de su seno el bakuninismo** de Galleani, el sin­dicalismo soreliano*** de Enrique Leone y el re­formismo colaboracionista de Bissolati y Bonomi- no habían engendrado, en las masas obreras, un movimiento concurrente. Los pequeños grupos que, fuera del socialismo oficial, trabajan por atraer a las masas a su doctrina, no significaban para el partido socialista verdaderos grupos com-

 

--------------

* Advertencia o llamada.

** Ver Bakunin Miguel en el I. O.

*** Ver Sorel George en el I. O.

 

 

 

 

 

137

 

 

petidores. Los reformistas de Bissolati y de Bonomi no constituían, en realidad, un sector socialista. Se habían dejado absorber por la democra­cia burguesa. El Partido Socialista dominaba en la Confederación General del Trabajo, que reu­nía en sus sindicatos a dos millones de trabajadores. El desarrollo del movimiento obrero se en­contraba en su plenitud.

 

Pero la unidad era sólo formal. Maduraba en el socialismo italiano, como en todo el socialismo europeo, una nueva conciencia, un nuevo espíri­tu. Esta nueva conciencia, este nuevo espíritu, pugnaban por dar al socialismo un rumbo revo­lucionario. La vieja guardia socialista, habituada a una táctica oportunista y democrática, defen­día, en tanto, obstinadamente su política tradi­cional. Los antiguos líderes, Turati, Treves, Mo­digliani, D'Aragona, no creían arribada la hora de la revolución. Se aferraban a su viejo método. El método del socialismo italiano había sido, hasta entonces, teóricamente revolucionario; pero prácticamente reformista. Los socialistas no ha­bían colaborado en ningún ministerio; pero desde la oposición parlamentaria habían influido en la política ministerial. Los jefes parlamentarios y sindicales del socialismo representaban esta praxis. No podían, por ende, adaptarse a una táctica revolucionaria.

 

Dos mentalidades, dos ánimas diversas, que convivían dentro del socialismo, tendían cada vez más a diferenciarse y separarse. En el congreso socialista de Bolonia (octubre de 1919) la polémi­ca entre ambas tendencias fue ardorosa y acérri­ma. Mas la ruptura pudo aún ser evitada. La tendencia revolucionaria triunfó en el congreso. Y la tendencia reformista se inclinó, disciplinada-mente, ante el voto de la mayoría. Las elec­ciones de noviembre de 1919 robustecieron luego la autoridad y la influencia de la fracción victo­riosa en Bolonia. El Partido Socialista obtuvo, en esas elecciones, tres millones de sufragios. Ciento cincuentiséis socialistas ingresaron en la Cámara. La ofensiva revolucionaria, estimulada por este éxito, arreció en Italia tumul-tuosamente.

 

 

 

 

 

 

138

 

 

Desde casi todas las tribunas del socialismo se predicaba la revolución. La monarquía liberal, el estado burgués, parecían próximos al naufra­gio. Esta situación favorecía en las masas el pre­valecimiento de un humor insurreccio-nal que anulaba casi completamente la influencia de la fracción reformista. Pero el espíritu reformista, latente en la burocracia del partido y de los sin­dicatos, aguardaba la ocasión de reaccionar. La ocasión llegó en agosto de 1920, con la ocupación de las fábricas por los obreros metalúrgicos. Este movimiento aspiraba a convertirse en la prime­ra jornada de la insurrección. Giolitti, jefe enton­ces del gobierno italiano, advirtió claramente el peligro. Y se apresuró a satisfacer la reivindica­ción de los metalúrgicos aceptando, en principio, el control obrero de las fábricas. La Confedera­ción General del Trabajo y el Partido Socialista, en un dramático diálogo, discutieron si era o no era la oportunidad de librar la batalla decisiva. La supervivencia del espíritu reformista en la mayoría de los funcionarios y conductores del proletariado italiano -aún en muchos de los que, intoxicados por la literatura del Avanti, se suponían y se proclamaban revolucionarios incan­descentes- quedó evidenciada en ese debate. La revolución fue saboteada por los líderes. La mayoría se pronunció por la transacción. Esta reti­rada quebrantó, como era natural, la voluntad de combate de las masas. Y precipitó el cisma socialista. El Congreso de Livorno (enero de 1921) fue un vano intento por salvar la unidad. El empeño romántico de mantener, mediante una fór­mula equívoca, la unidad socialista, tuvo un pé­simo resultado. El partido apareció, en el Con­greso de Livorno, dividido en tres fracciones: la fracción comunista, dirigida por Bórdiga, Terra­cini, Gennari, Graziadei, que reclamaba la rup­tura con los reformistas y la adopción del progra­ma de la Tercera Internacional; la fracción cen­trista encabezada por Serrati, director del Avan­ti que, afirmando su adhesión a la Tercera In­ternacional, quería, sin embargo, la unidad a ul­tranza; y la fracción reformista que seguía a Tu‑

 

 

 

 

 

 

 

139

 

 

rati, Treves, Prampolini y otros viejos líderes del socialismo italiano. La votación favoreció la tesis centrista de Serrati, quien, por no romper con los más lejanos, rompió con los más próximos. La fracción comunista constituyó un nuevo partido. Y una segunda escisión empezó a incubarse.

 

Ausentes los comunistas, ausentes la juventud y la vanguardia, el partido socialista quedó bajo la influencia ideológica de la vieja guardia. El núcleo centrista de Serrati carecía de figuras in­telectuales. Los reformistas, en cam-bio, conta­ban con un conjunto brillante de parlamentarios y escritores. A su lado estaban, además, los más poderosos funcionarios de la Confederación Ge­neral del Trabajo. Serrati y sus fautores acapa­raban, formalmente, la dirección del Partido So­cialista; pero los reformistas se aprestaban a recon-quistarla sagaz y gradualmente. Las eleccio­nes de 1921 sorprendieron así escindido y desga­rrado el movimiento socialista. A la ofensiva revolucionaria, detenida y agotada en la ocupación de las fábricas, seguía una truculenta contra-ofensiva reaccionaria. El fascismo, armado por la plutocracia, tolerado por el gobierno y cortejado por la prensa burguesa, aprovechaba la retirada y el cisma socialistas para arremeter contra los sindicatos, cooperativas y municipios proletarios. Los socialistas y los comunistas concurrieron a las elecciones separadamente. La burguesía les opu­so un cerrado frente único. Sin embargo, las elec­ciones fueron una vigorosa afirmación de la vita­lidad del movimiento socialista. Los socialistas conquistaron ciento veintidós asientos en la Cámara; los comunistas obtuvieron catorce. Juntos, habrían conservado seguramente su posición electoral de 1919. Pero la reacción estaba en marcha. No les bastaba a los socialistas disponer de una numerosa representación parlamentaria. Les urgía decidirse por el método revolucionario o por el método reformista. Los comunistas ha­bían optado por el primero; los socia-listas no ha­bían optado por ninguno. El Partido Socialista, dueño de más de ciento veinte votos en la Cámara, no podía contentarse con una actitud pe-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

140

 

 

rennemente negativa. Había que intentar una u otra cosa: la Revolución o la Reforma. Los refor­mistas propusieron abiertamente este último camino. Propugnaron una inteligencia con los po­pulares y los liberales de izquierda contra el fas­cismo. Sólo este bloque podía cerrar el paso a los fascistas. Mas el núcleo de Serrati se negaba a abandonar su intransigencia formal. Y las masas que lo sostenían, acostumbradas durante tanto tiempo a una cotidiana declamación maximalista, no se mostraban, por su parte, asequibles a ideas colaboracionistas. El reformismo no había tenido aún tiempo de captarse a la mayoría del partido. Las tentativas de colaboración en un bloque de izquier-das resultaban prematuras. Encallaban en la intransigencia de unos, en el ham­letismo* de otros. Dentro del Partido Socialista reaparecía el conflicto entre dos tendencias incompatibles, aunque esta vez los términos del contraste no eran los mismos. Los reformistas te­nían un programa; los centristas no tenían nin­guno. El partido consumía su tiempo en una po­lémica bizantina. Vino, finalmente, el golpe de estado fascista. Y, tras de esta derrota, otra frac­tura. Los centristas rompieron con los reformis­tas. Constituyeron los primeros el Partido Socialista Maximalista y los segundos el Partido So­cialista Unitario.

 

La batalla antifascista no ha unido las fuerzas socialistas italianas. En las últimas elecciones, los tres partidos combatieron independientemen­te. A pesar de todo mandaron a la Cámara, en conjunto, más de sesenta diputados. Cifra cons­picua en un escrutinio del cual salían completa­mente diezmados los grupos liberales y demo­cráticos.

 

Presentemente, los unitarios y los maximalis­tas forman parte de la oposición del Aventino. Los unitarios se declaran prontos a la colabo­ración ministerial. Su máximo líder, Filippo Turati, preside las asambleas de los aventinistas. La batalla antifascista ha atraído a las filas socialistas unitarias a muchos elemen-tos pequeño-bur‑

 

--------------

* De Hamlet, personaje dubitativo, vacilante, de la celebre y homónima obra de Shakespeare.

 

 

 

 

141

 

 

gueses de ideología democrática, disgustados de la política de los grupos liberales. El contenido social del reformismo ha acentuado así su color pequeño-burgués. Los socialistas unitarios con­servan, por otra parte, su predominio en la Confederación General del Trabajo que, aunque que­brantada por varios años de terror fascista, es todavía un potente núcleo de sindicatos. Finalmente, el sacrificio de Matteotti, una de sus más nobles figuras, ha dado al Partido Socialista Uni­tario un elemento sentimental de popularidad.

 

Los maximalistas han sufrido algunas defec­ciones. Serrati y Maffi militan ahora en el co­munismo. Lazzari, que representa la tradición proletaria clasista del socialismo italiano, trabaja por la adhesión de los maximalistas a la políti­ca de la Tercera Internacional. Los maximalis­tas se sirven, en su propaganda, del prestigio del antiguo P.S.I. (Partido Socialista Italiano) cuyo nombre guardan como una reliquia. Han heredado el diario Avanti, tradicional órgano socialista. No hablan a las masas el mismo lenguaje demagógico de otros tiempos. Pero continúan sin un programa definido. De hecho, han adoptado provisoriamente el del bloque de izquierdas del Aventino. Programa más bien negativo que afirmativo, puesto que no se propone, realmente, construir un gobierno nuevo, sino casi sólo abatir al gobierno fascista. A los maximalistas les falta además, como ya he observado, elementos inte­lectuales.

 

Los comunistas, que reclutan a la mayoría de sus adherentes en la juventud proletaria, siguen la política de la Tercera Internacional. No figu­ran, por eso, en el bloque del Aventino, al cual han tratado de empujar a una actitud revolu­cionaria, invitándolo a funcionar y deliberar co­mo parlamento del pueblo en oposición al parlamento fascista.

 

Se destacan en el estado mayor comunista el ingeniero Bórdiga, el abogado Terracini, el pro­fesor Graziadei, el escritor Gramsci. El comu­nismo obtuvo en las elecciones del año pasado

 

 

 

 

 

 

 

142

 

 

más de trescientos mil sufragios. Posee en Milán un diario: Unitá. Propugna la formación de un frente único de obreros y campesinos.

 

La división debilita, marcadamente, el movi­miento socialista en Italia, Pero este movimiento que ha resistido victoriamente más de tres años de violencia fascista, tiene intactas sus raíces vitales. Más de un millón de italianos (unitarios maximalistas, comunistas) han votado por el so­cialismo, hace un año, a pesar de las brigadas de camisas negras, Y los augures de la política italiana coinciden, casi unánimemente, en la previsión de que será la idea socialista, y no la idea demo-liberal, la qua dispute el porvenir al fas­cio littorio.

 

 

EBERT Y LA SOCIAL-DEMOCRACIA ALEMANA

 

Ebert representa toda una época de la social-democracia alemana. La época de desarrollo y de envejecimiento de la Segunda Internacional. Dentro del régimen capitalista, arribado a su ple­nitud, la organización obrera no tendía sino a conquistas prácticas. El proletariado usaba la fuerza de sus sindicatos y de sus sufragios para obtener de la burguesía ventajas inmediatas. En Francia y en otras naciones de Europa apareció el sindicalismo revolucionario como una reacción contra este socialismo domesticado y parlamenta­rio, Pero en Alemania no encontró el sindicalis­mo revolucionario un clima favorable. El movi­miento socialista alemán se insertaba cada vez más dentro del orden y del Estado burgueses.

 

La social-democracia alemana no carecía de figuras revolucionarias. Karl Liebknecht, Rosa Luxemburgo, Franz Mehring, Kautsky y otros mantenían viva la llama del marxismo. Mas la

 

 

 

 

 

 

 

 

143

 

 

burocracia del Partido Socialista y de los sindi­catos obreros estaba compuesta de mesurados ideólogos y de prudentes funcionarios, impreg­nados de la ideología de la clase burguesa. El proletariado creía ortodoxamente en los mismos mitos que la burguesía la Razón, la Evolución, el Progreso. El magro bienestar del proletariado se sentía solidario del pingüe bienestar del capi-talismo. El fenómeno era lógico. La función re­formista había creado un órgano reformista. La experiencia y la práctica de una política oportu­nista habían desadaptado, espiritual e intelectualmente, a la burocracia del socialismo para un tra­bajo revolucionario.

 

La personalidad de Ebert se formó dentro de este ambiente. Ebert, enrolado en un sindicato, ascendió de su rango modesto de obrero ma­nual al rango conspicuo de alto funcionario de la social-democracia. Todas sus ideas y todos sus actos estaban rigurosamente dosificados a la temperatura política de la época. En su tempe­ramento se adunaban las cualidades y los de­fectos del hombre del pueblo, rutinario, realista y práctico. Desprovisto de genio y de elan, do­tado sólo de buen sentido popular, Ebert era un condottiere perfec-tamente adecuado a la actividad prebélica de la social-democracia. Ebert conocía y comprendía la pesada maquinaria de la social-democracia que, orgullosa de sus dos millones de electores, de sus ciento diez diputados, de sus cooperativas y de sus sindicatos, se contentaba con el rol que el régimen monárquico-capitalista le había dejado asumir en la vida del Estado ale­mán. El puesto de Bebel, en la dirección del partido socialista, quizá por esto permanecía vacante. La social democracia no necesitaba en su dirección un líder. Necesitaba, más bien, un me­cánico. Ebert no era un mecánico; era un tala­bartero. Pero para el caso un talabartero era lo mismo, si no más apropia-do. Los viejos teóricos de la social-democracia -Kautsky, Bernstein, etc.- no tenían talla de conductores. El partido socialista los miraba como a ancianos oráculos, como a venerables depositarios de la erudición

 

 

 

 

 

 

 

 

 

144

 

socialista; pero no como a capitanes o caudillos. Y las figuras de la izquierda del partido, Karl Liebknecht, Rosa Luxemburgo, Franz Mehring, no corres-pondían al estado de ánimo de una mayoría que rumiaba mansamente sus reformas.

 

La guerra reveló a la social-democracia todo el alcance histórico de sus compromisos con la burguesía y el Estado. El pacifismo de la social-democracia no era sino una inocua frase, un pla­tónico voto de los congresos de la Segunda In­ternacional. En realidad, el movimiento socialista alemán estaba profundamente permeado de sentimiento nacional. La política refor-mista y parlamentaria había hecho de la social-democra­cia una rueda del Estado. Los ciento diez dipu­tados socialistas votaron en el Reichstag* a fa­vor del primer crédito de guerra. Catorce de estos diputados, con Haase, Liebk-necht y Ledebour a la cabeza, se pronunciaron en contra, dentro del grupo; pero en el parlamento, por razón de dis­ciplina, votaron con la mayoría. El voto del gru­po parlamentario socialista se amparaba en el concepto de que la guerra era una guerra de defensa. Más tarde, cuando el verdadero carácter de la guerra empezó a precisarse, la minoría se negó a seguir asociándose a la responsabilidad de la mayoría. Veinte diputados socialistas se opusieron en el Reichstag a la tercera demanda de créditos de guerra. Los líderes mayorita-rios, Ebert y Scheideman, reafirmaron entonces su solidaridad con el Estado. Y, desde ese voto, pu­sieron su autoridad al servicio de la política im­perial. La minoría fue expulsada del partido.

 

La derrota obligó a la burocracia del socialis­mo alemán a jugar un papel superior a sus apti­tudes espirituales. Sobrevino un acontecimiento histórico que jamás habían supuesto tan cercano sus pávidas previsiones: la revolución. Las ma­sas obreras, agitadas por la guerra, animadas por el ejemplo ruso, se movieron resueltamente a la conquista del poder. Los líderes social-democrá-

 

--------------

* Antiguo nombre del Parlamento alemán.

 

 

 

 

 

145

 

 

ticos, los funcionarios de los sindicatos, empujado por la marea popular, tuvieron que asumir el gobierno.

 

Walter Rathenau ha escrito que "la revolución alemana fue la huelga general de un ejército ven­cido". Y la frase es exacta. El proletariado alemán no se encontraba espiritualmente preparado pa­ra la revolución. Sus líderes, sus burócratas, du­rante largos años, no habían hecho otra cosa que extirpar de su acción y de su ánima todo impulso revolucionario. La derrota inauguraba un período revolucionario antes que los instru­mentos de la revolución estuviesen forjados. Ha­bía en Alemania, en suma, una situación revo­lucionaria; pero no había casi líderes revolucio­narios ni conciencia revolucionaria. Liebknecht, Rosa Luxemburgo, Mehring, Joguisches, Leviné, disidentes de la minoría -que, convertida en Partido Socialista Independiente, sé mantenía en una actitud hamlética, indecisa, vacilante- reu­nieron en la Spartacusbund* a los elementos más combativos del socialismo. Las muchedum­bres comenzaron a reconocer en la Spartacusbund el núcleo de una verdadera fuerza revolucio-naria y a sostener, insurreccionalmente, sus reivindi­caciones.

 

Les tocó entonces a Ebert y a la social-demo­cracia ejercer la represión de esta corriente revo­lucionaria. En las batallas revolucionarias de enero y marzo de 1919 cayeron todos los jefes de la Spartacusbund. Los elementos reaccio-narios y monárquicos, bajo la sombra del gobierno social-democrático, se organizaron marcial y fascísti­camente con el pretexto de combatir al comunis­mo. La república los dejó hacer. Y, naturalmente, después de haber abatido a los hombres de la revolución, las balas reaccionarias empezaron a abatir a los hombres de la democracia. Al ase­sinato de Kurt Eisner, líder de la revolución bávara, siguió el de Haase, líder socialista indepen­diente. Al asesinato de Erzberger, líder del par­tido católico, siguió el de Walter Rathenau, líder

 

--------------

* Spartacusbund: Liga de Espartaco. Nombre del Parti­do Comunista Alemán fundado por Carlos Liebknecht.

 

 

 

 

 

 

146

 

 

del partido demócrata.

 

La política social-demócrata ha tenido en Alemania resultados que desca-lifican el método re­formista. Los socialistas han perdido, poco a po­co, sus posiciones en el gobierno. Después de haber acaparado íntegramente el poder, han con­cluido por abandonarlo del todo, desalojados por las maniobras reaccionarias. El último gabinete se ha constituido sin su visto bueno. Y ha señalado el principio de una revancha de la Reacción.

 

El fuerte partido de la revolución de noviem­bre es hoy un partido de oposi-ción. Sus efectivos no han disminuido. Los diputados socialistas al Reichstag son ahora ciento treinta. Ningún otro partido tiene una representación tan numerosa en el parlamento. Pero esta fuerza parlamentaria no consiente a los socialistas controlar el poder. La defensa de la democracia burguesa es, pre­sentemente, todo el ideal de los hombres que en noviembre de 1918 creyeron fundar una demo­cracia socialista.

 

La responsabilidad de esta política no perte­nece, por supuesto, totalmente, a Friedrich Ebert. Como se ha comportado Ebert en la Presidencia de la República se habría comportado, sin duda, cualquier otro hombre de la vieja guardia social-democrática. Ebert ha personificado en el gobier­no el espíritu de su burocracia.

 

El sino de Ebert no era un sino heroico. No era un sino romántico. Ebert no estaba hecho del paño de los grandes reformadores. Nació para tiempos normales; no para tiempos de excepción. Ha usado todas sus fuerzas en su jornada. No podía ser sino el Kerensky de la revolución alemana. Y, no es culpa suya si la revolución alemana, después de un Kerensky, no ha tenido un Lenin.

 

 

 

 

 

 

 

 

147

 

 

EL CASO JACQUES SADOUL

 

Enfoquemos el caso Jacques Sadoul. El nom­bre del capitán Jacques Sadoul, a fuerza de ser repetido por el cable, es conocido en todo el mundo. La figura es menos notoria. Merece, sin embargo, mucho más que otras figuras de oca­sión, la atención de sus contemporáneos. Henri Barbusse la considera "una de las más claras fi­guras de este tiempo". Sadoul es, según el autor de El Fuego, uno de los luchadores que debe­mos amar más. André Barthon, su abogado ante el Consejo de Guerra, cree que Sadoul "ha sido un momento de la conciencia humana".

 

Un Consejo de Guerra condenó a muerte a Sa­doul en octubre de 1919; un Consejo de Guerra lo ha absuelto en 1925. Sadoul no ha sido amnis­tiado como Caillaux por una mayoría parlamen­taria amiga. La misma justicia militar que ayer lo declaró culpable, hoy lo ha encontrado ino­cente. La rehabilitación de Sadoul es más com­pleta y más perfecta que la rehabilitación de Caillaux.

 

¿Cuál era el "crimen" de Sadoul? "Mi único crimen -ha dicho Sadoul a sus jueces militares de Orleáns- es el de haber sido clarividente contra mi jefe Noulens". Toda la responsabilidad de Sadoul aparece, en verdad, como la responsa­bilidad de una clarividencia.

 

Sadoul, amigo y colaborador de Alberto Tho­mas, Ministro de Municiones y de Armamentos del gobierno de la unión sagrada, fue enviado a Rusia en setiembre de 1917. El gobierno de Ke­rensky entraba entonces en su última fase. Su suerte preocupaba hondamente a los aliados. Ke­rensky se había revelado ya impotente para dominar y encauzar la revolución. Incapaz, por consiguiente, de reorganizar y reanimar el frente ru­so. La embajada francesa, presidida por Noulens, estaba íntegramente compuesta de diplomáticos de carrera, de hombres de gran mundo. Esta gen-

 

 

 

 

 

 

148

 

 

te, brillante y decorativa en un ambiente de co­tillón y de intriga elegantes, era, en cambio, ab­solutamente inadecuada a un ambiente revolu­cionario. Hacía falta en la embajada un hombre de espíritu nuevo, de inteligencia inquieta, de juicio penetrante. Un hombre habituado a enten­der y presentir el estado de ánimo de las mu­chedumbres. Un hombre sin repugnancia al de­mos* ni a la plaza, con capacidad para tratar las ideas y a los hombres de una revolución. El capi­tán de reserva Jacques Sadoul, socialista moderado, poseía estas condiciones. Militaba en el Parti­do Socialista. Pero el Partido Socialista formaba entonces parte del ministerio. Intelectual, abo­gado, procedía, además, de la misma escuela so­cialista que ha dado tantos colaboradores a la burguesía. En la guerra, había cumplido con su deber de soldado. El gobierno francés lo juzgó, por estas razones, aparente para el cargo de agre­gado político a la embajada.

 

Mas sobrevino la Revolución de Octubre. A Sa­doul no le tocó ya actuar cerca de un gobierno de mesurados y hamletianos demócratas, como Kerensky, sino cerca de un gobierno de osados y vigorosos revolucionarios como Lenin y Trots­ky, detestable para el gusto de una embajada que, naturalmente, culti-vaba en los salones la amistad del antiguo régimen. Noulens y su séquito, en riguroso acuerdo con la aristocracia ru­sa, pensaron que el gobierno de los Soviets no podía durar. Consideraron la Revolución de Oc­tubre como un episodio borrascoso que el buen sentido ruso, solícitamente estimulado por la di­plomacia de la Entente, se resolvería muy pron­to a cancelar. Sadoul se esforzó vanamente por iluminar a la embajada. Noulens no quería ni podía ver en los bolcheviques a los creadores de un nuevo régimen ruso. Mientras Sadoul trabajaba por obtener un entendimiento con los So­viets, que evitase la paz separada de Rusia con Alemania, Noulens alentaba las conspiraciones de los más estólidos e ilusos contra-revoluciona­rios. La Entente, a su juicio, no debía negociar

 

--------------

*Al pueblo, a la multitud.

 

 

 

 

149

 

con los bolcheviques. Puesto que la descomposi­ción y el derrumbamiento de su gobierno eran inminentes, la Entente debía, por el contrario, ayudar a quienes se proponían apresurarlos. Hasta la víspera de la paz de Brest Litowsk, Sadoul luchó por inducir a su embajador a ofrecer a los Soviets los medios económicos y técnicos de con­tinuar la guerra. Una palabra oportuna podía detener aún la paz separada. Los jefes bolchevi­ques capitulaban consternados ante las brutales condiciones de Alemania. Habrían preferido com­batir por una paz justa entre todos los pueblos beligerantes. Trotsky, sobre todo, se mostraba favorable al acuerdo propugnado por Sadoul. Pero el fatuo embajador no comprendía ni per­cibía nada de esto. No se daba cuenta, en lo ab­soluto de que la revolución bolchevique, buena o mala, era de todas maneras, un hecho histó­rico, Temeroso de que los informes de Sadoul impresionasen al gobierno francés, Noulens se guardó de trasmitirlos telegráficamente.

 

Los informes de Sadoul llegaron, sin embargo, a Francia. Sadoul escribía, frecuentemente, al Ministro Albert Thomas y a los diputados socialistas Longuet, Lafont y Pressemane. Estas cartas fueron oportunamente conocidas por Clemenceau. Pero no lograron, por supuesto, atenuar la feroz hostilidad de Clemenceau contra los Soviets. Cle­menceau opinaba como Noulens. Los bolchevi­ques no podían conservar el poder. Era fatal, era imperioso, era urgente que lo perdiesen.

 

Clemenceau dio la razón a su embajador. Sa­doul se atrajo todas las cóleras del poder. La embajada estuvo a punto de mandarlo en comisión a Siberia, como un medio de desembara­zarse de él y de castigar la independencia y la honradez de sus juicios. Lo hubiera hecho si una grave circunstancia no se lo hubiera desaconse­jado. El capitán Sadoul le servía de pararrayos en medio de la tempestad bolchevique. A su som­bra, a su abrigo, la embajada maniobraba contra el nuevo régimen. Los servicios de Sadoul, convertido en un fiador ante los bolcheviques, le resultaban necesarios. Mas el juego fue finalmente descubierto. La embajada tuvo que salir

 

 

 

 

 

 

150

 

 

de Rusia.

 

La revolución, en tanto, se había apoderado cada vez más de Sadoul. Desde el primer ins­tante, Sadoul había comprendido su alcance his­tórico. Pero, impregnado todavía de una ideolo­gía democrática, no se había decidido a aceptar su método. La actitud de las democracias alia­das ante los Soviets se encargó de desvanecer sus últimas ilusiones democráticas. Sadoul vio a la Francia republicana y a la Inglaterra liberal, ex-aliadas del despotismo asiático del zar, encarni­zarse rabiosamente contra la dictadura revolu­cionaria del proletariado. El contacto con los lí­deres de la revolución le consintió, al mismo tiempo, aquilatar su valor. Lenin y Trotsky se revelaron a sus ojos y a su conciencia, en un momento en que la civilización los rechazaba, como dos hombres de talla excepcional. Sadoul, poseído por la emoción que estremecía el alma rusa, se entregó gradualmente a la revolución. En julio de 1918 escribía a sus amigos, a Longuet, a Thomas, a Barbusse, a Romain Rolland: "Como la mayor parte de nuestros camaradas franceses, yo era antes de la guerra un socialista refor­mista, amigo de una sabia evolución, partidario resuelto de las reformas que, una a una, vienen a mejorar la situación de los trabajadores, a aumentar sus recursos materiales e intelectuales, a apresurar su organización y a multiplicar su fuer­za. Como tantos otros, yo vacilaba ante la respon­sabilidad de desencadenar, en plena paz social (en la medida en que es posible hablar de paz social dentro de un régimen capitalista), una cri­sis revolucionaria, inevitablemente caótica, costosa, sangrienta y que, mal conducida, podía estar destinada al fracaso. Enemigos de la violen­cia por encima de todo, nos habíamos alejado poco a poco de las sanas tradiciones marxistas. Nuestro evolucionismo impenitente nos había lle­vado a confundir el medio, esto es la reforma, con el fin, o sea la socialización general de los medios de producción y de cambio. Así nos ha­bíamos separado, hasta perderla de vista, de la única táctica socialista admisible, la táctica re­-

 

 

 

 

 

 

 

 

151

 

 

volucionaria. Es tiempo de reparar los errores cometidos".

 

Noulens y sus secretarios denunciaron en Fran­cia a Sadoul como un funcionario desleal. Les urgía inutilizarlo, invalidarlo como acusador de la incomprensión francesa. Clemenceau ordenó un proceso. El Partido Socialista designó a Sa­doul candidato a una diputación. El pueblo era invitado, de este modo, a amnistiar al acusado. La elección habría sido entusiasta. Clemenceau decidió entonces inhabilitar a Sadoul. Un consejo de guerra se encargó de juzgarlo en contumacia y de sentenciarlo a muerte.

 

Sadoul tuvo que permanecer en Rusia. La am­nistía de Herriot, regateada y mutilada por el Senado, no quiso beneficiarlo como a Caillaux y como a Marty. Sobre Sadoul continuó pesando una sentencia de muerte. Pero Sadoul compren­dió que era, a pesar de todo, el momento de volver a Francia. La opinión popular, suficientemente informada sobre su caso, sabría defenderlo. A su llegada a París, la policía procedió a arrestarlo. Protestó la extrema izquierda. El go­bierno respondió que Sadoul no estaba compren­dido en la amnistía. Sadoul pidió que se reabrie­ra su proceso. Y en enero último compareció ante el Consejo de Guerra. En esa audiencia, Sa­doul habló como un acusador más bien que como un acusado. En vez de una defensa, la suya fue una requisitoria. ¿Quién se había equivocado? No por cierto él, que había predicho la duración y que había advertido la solidez del nuevo régi­men ruso. No por cierto él, que había preconizado una cooperación franco-rusa, recíprocamente respetuosa del igual derecho de ambos pueblos a elegir su propio gobierno, admitida ahora, en cierta forma, con la reanudación de las relacio­nes diplomáticas. No; no se había equivocado él; se había equivocado Noulens. El proceso Sadoul se transformaba en cierta forma en un proceso a Noulens. El Consejo de Guerra acordó la rea­pertura del proceso y la libertad condicional de Sadoul. Y luego pronunció su absolución. La his­toria se había anticipado a este fallo.

 

 

 

 

 

 

 

 

152

 

 

LA REVOLUCION Y LA INTELIGENCIA

 

 

EL GRUPO CLARTE*

 

LOS dolores y los horrores de la gran gue­rra han producido una eclosión de ideas revo­lucionarias y pacifistas. La gran guerra no ha tenido sino escasos y mediocres cantores. Su literatura es pobre, ramplona y oscura. No cuenta con un solo gran monumento. Las mejores páginas que se han escrito sobre la guerra mun­dial no son aquéllas que la exaltan, sino aqué­llas que la detractan. Los más altos escritores, los más hondos artistas han sentido; casi unánime-mente, una aguda necesidad de denunciarla y maldecirla como un crimen monstruoso, como un pecado terrible de la humanidad occi­dental. Los héroes de las trincheras no han en­contrado cantores ilustres. Los portavoces de su gloria, desprovistos de todo gran acento poé­tico, han sido periodistas y funcionarios. Poin­caré -un abogado, un burócrata- ¿no es aca­so el cantor máximo de la victoria francesa? La contienda última -contrariamente a lo que dicen los escépticos- no ha significado un re­vés para el pacifismo. Sus efectos y sus influen­cias han sido, antes bien, útiles a las tesis pa­cifistas. Esta amarga prueba no ha disminuido al pacifismo; lo ha aumentado. Y, en vez de deses-perarlo, lo ha exasperado. (La guerra, ade­más, fue ganada por un predicador de la paz: Wilson. La victoria tocó a aquellos pueblos que creyeron batirse porque esta guerra fuese la última de las guerras). Puede afirmarse que se ha inaugurado un período de decadencia de la guerra y de decadencia del heroísmo bélico, por lo menos en la historia del pensamiento y del arte. Ética y estéticamente, la guerra ha perdido mucho terreno en los últimos años. La humanidad ha cesado de considerarla bella. El heroísmo bélico no interesa como antes a los

 

--------------

* Claridad.

 

 

 

 

 

 

153

 

 

artistas. Los artistas contemporáneos prefieren un tema opuesto y antitético: los sufrimientos y los horrores bélicos. El Fuego quedará, proba­blemente, como la más verídica crónica de la contienda. Henri Barbusse como el mejor cro­nista de sus trincheras y sus batallas.

 

La inteligencia ha adquirido en suma, una actitud pacifista. Pero este pacifismo no tiene en todos sus adherentes las mismas consecuen­cias. Muchos intelectuales creen que se puede asegurar la paz al mundo a través de la ejecución del programa de Wilson. Y aguardan resultados mesiánicos de la Sociedad de las Na­ciones. Otros intelectuales piensan que el viejo orden social, dentro del cual son fatales la paz armada y la diplomacia nacionalista, es impo­tente e inadecuado para la realización del ideal pacifista. Los gér-menes de la guerra están alo­jados en el organismo de la sociedad capitalista. Para vencerlos es necesario, por consiguien­te, destruir este régimen cuya misión histórica, de otro lado, está ya agotada. El núcleo central de esta tendencia es el grupo clartista que acau­dilla, o, mejor dicho, representa Henri Barbusse.

 

Clarté, en un principio, atrajo a sus rangos no sólo a los intelectuales revo-lucionarios sino también a algunos intelectuales estacionados en el ideario liberal y democrático. Pero éstos no pudieron seguir la marcha de aquéllos.

 

Barbusse y sus amigos se solidarizaron cada vez más con el proletariado revolucionario. Se mezclaron, por ende, a su actividad política. Llevaron a la Internacional del Pensamiento hacia el camino de la Internacional Comunista. Esta era la trayectoria fatal de Clarté. No es posible entregarse a medias a la Revolución. La revolución es una obra política. Es una reali­zación concreta. Lejos de las muchedumbres que la hacen, nadie puede servirla eficaz y válidamente. La labor revolucionaria no puede ser ais­lada, individual, dis-persa. Los intelectuales de verdadera filiación revolucionaria no tienen más remedio que aceptar un puesto en una acción

 

 

 

 

 

 

154

 

 

colectiva. Barbusse es hoy un adherente, un soldado del Partido Comunista Francés. Hace algún tiempo presidió en Berlín un congreso de anti­guos combatientes. Y desde la tribuna de este congreso dijo a los soldados fran-ceses del Ruhr que, aunque sus jefes se lo ordenasen, no debían disparar jamás contra los trabajadores alemanes Estas palabras le costaron un proceso y habría podido costarle una condena. Pero pronunciarlas era para él un deber político.

 

Los intelectuales son, generalmente, reacios a la disciplina, al programa y al sistema. Su psi­cología es individualista y su pensamiento es heterodoxo. En ellos, sobre todo, el sentimiento de la individualidad es excesivo y desbor-dante. La individualidad del intelectual se siente casi siempre superior a las reglas comunes. Es frecuente, en fin, en los intelectuales el desdén por la política. La política les parece una activi­dad de burócratas y de rábulas. Olvidan que así es tal vez en los períodos quietos de la historia, pero no en los periodos revolucionarios, agitados, grávidos, en que se gesta un nuevo estado social y una nueva forma política. En estos períodos la política deja de ser oficio de una rutinaria casta profesional. En estos periodos la política rebasa los niveles vulgares e invade y domina todos los ámbitos de la vida de la humanidad. Una revolución representa un grande y vasto in­terés humano. Al triunfo de ese interés superior no se oponen nunca sino los prejuicios y los pri­vilegios amenazados de una minoría egoísta. Ningún espíritu libre, ninguna mentalidad sensible, puede ser indiferente a tal conflicto. Actualmen­te, por ejemplo, no es concebible un hombre de pensamiento para el cual no exista la cuestión social. Abundan la insensibilidad y la sordera de los intelectuales a los problemas de su tiem­po; pero esta insensibilidad y esta sordera no son normales. Tienen que ser clasificadas como ex­cepciones patológicas. "Hacer política -escribe Barbusse- es pasar del sueño a las cosas, de lo abstracto a lo concreto. La política es el trabajo efectivo del pensamiento social; la política es la

 

 

 

 

 

 

 

155

 

 

vida. Admitir una solución de continuidad entre la teoría y la práctica, aban-donar a sus propios esfuerzos a los realizadores, aunque sea concediéndoles una amable neutralidad, es desertar de la causa humana".

 

Tras de una aparente repugnancia estética de la política se disimula y se esconde, a veces, un vulgar sentimiento conservador. Al escritor y al artista no les gusta confesarse abierta y explí­citamente reaccionarios. Existe siempre cierto pudor intelectual para solidarizarse con lo viejo y lo caduco, Pero, realmente, los intelectuales no son menos dóciles ni accesibles a los prejui­cios y a los intereses conservadores que los hom­bres comunes. No sucede, única-mente, que el po­der dispone de academias, honores y riquezas suficientes para asegurarse una numerosa clientela de escritores y artistas. Pasa, sobre todo, que a la revolución no se llega sólo por una vía fríamente conceptual. La revolución más que una idea, es un sentimiento. Más que un concepto, es una pasión. Para comprenderla se necesita una espontánea actitud espiritual, una especial capa­cidad psicológica. El intelectual, como cualquier idiota, está sujeto a la influencia de su ambiente, de su educación y de su interés. Su inteligencia no funciona libremente. Tiene una natural incli­nación a adaptarse a las ideas más cómodas; no a las ideas más justas. El reaccionarismo de un intelectual, en una palabra, nace de los mismos móviles y raíces que el reaccionarismo de un ten­dero, El lenguaje es diferente; pero el mecanismo de la actitud es idéntico.

 

Clarté no existe ya como esbozo o como prin­cipio de una Internacional del Pensamiento. La Internacional de la Revolución es una y única. Barbusse lo ha reconocido dando su adhesión al comunismo. Clarté subsiste en Francia como un núcleo de intelectuales de vanguardia, entregado a un trabajo de preparación de una cultura pro­letaria. Su proselitismo crecerá a medida que madure una nueva generación. Una nueva genera­ción que no se contente con simpatizar en teo­ría con las reivindicaciones revolucionarias, sino que sepa, sin reservas mentales, aceptarlas, que-

 

 

 

 

 

156

 

 

rerlas y actuarlas. Los clartistas, decía antes Bar­busse, no tienen lazos oficiales con el comunismo; pero constatan que el comunismo internacional es la encarnación viva de un sueño social bien concebido. Clarté ahora no es sino una faz, un sector del partido revolucionario. Significa un esfuerzo de la inteligencia por entregarse a la re­volución y un esfuerzo de la revolución por apo­derarse de la inteligencia. La idea revoluciona­ria tiene que desalojar a la idea conservadora no sólo de las instituciones sino también de la men­talidad y del espíritu de la humanidad. Al mis­mo tiempo que la conquista del poder, la Revo­lución acomete la conquista del pensamiento.

 

 

HENRI BARBUSSE

 

El caso de Barbusse es uno de los que mejor nos instruyen sobre el drama de la inteligencia contemporánea. Este drama no puede ser bien comprendido sino por quienes lo han vivido un poco. Es un drama silencioso, sin espec-tadores y sin comentadores, como casi todos los grandes dramas de la vida. Su argumento, dicho en pocas y pobres palabras, es éste: la Inteligencia, dema­siado enferma de ideas negativas, escépticas, disolventes, nihilistas, no puede ya volver, arrepen­tida, a los mitos viejos y no puede todavía acep­tar la verdad nueva. Barbusse ha sufrido todas sus dudas, todas sus vacilaciones. Pero su inquie­tud ha conseguido superarlas. En su alma se ha abierto paso una nueva intuición del mundo. Sus ojos, repentinamente iluminados, han visto un "resplandor en el abismo". Ese resplandor es la Revolución. Hacia él marcha Barbusse por la senda oscura y tempestusoa que a otros aterra.

 

Los libros de Barbusse marcan las diversas es­taciones de la trayectoria de su espíritu. Los pri­meros libros de Barbusse, Pleureuses,* versos, y Les Suppliants,** novela, son dos estancias me­lancólicas de su poesía, son dos datos de su juven­tud. Su arte madura en L'Enfer*** y en Nous Au‑

 

--------------

* Ver I. O.

** Ver I. O.

*** Traducido al castellano con el titulo "El Infierno".

 

 

 

 

157

 

 

tres,* libros desolados, pesimistas, acerbos. La poesía barbussiana llega al umbral de estos tiem­pos procelosos con una pesada carga de tristeza y desencanto. L'Enfer tiene un amargo acento de desesperanza. Pero el pesimismo de Barbusse no es cruel, no es corrosivo, como, por ejemplo, el de Andreiev. Es un pesimismo piadoso, es un pe­simismo fecundo. Barbusse constata que la vida es dolorosa y trágica; pero no la maldice. Hay en su poesía, aún en sus más angustiosas pere­grinaciones, un amor, una caridad infinitos. Ante la miseria y el dolor humano, su gesto está siempre llenó de ternura y de piedad por el hom­bre. El hombre es débil, es pequeño, es miserable, es a veces grotesco. Y precisamente por esto no debe ser befado, no merece ser detractado.

 

Esta era la actitud espiritual de Barbusse cuando vino la guerra: Barbusse fue uno de sus actores anónimos, uno de sus soldados ignotos. Es­cribió con la sangre de la gran tragedia una do­lorosa crónica de las trincheras: El Fuego. Le Feu, describe todo el horror, toda la brutalidad, todo el fango de la guerra, de esa guerra que la locura de Marinetti llamaba "la única higiene del mundo". Pero, sobre todo, El Fuego es una protesta contra la matanza. La guerra hizo de Barbusse un rebelde. Barbusse sintió el deber de trabajar por el adveni-miento de una sociedad nueva. Comprendió la ineptitud y la esterilidad de las actitudes negativas. Fundó entonces el gru­po Claridad, germen de una Internacional del Pensamiento. Clarté fue, en un principio, un hogar intelectual donde se mezclaban, con Henri Barbusse y Anatole France, muchos vagos pacifis­tas, muchos indefinidos rebeldes. La misma es­tructura espiritual tenía la Asociación Republica­na de Ex-combatientes, creada también por Bar­busse para reunir alrededor del ideal pacifista a todos los soldados, a todos los vencidos de la guerra. Barbusse y Clarté siguieron la idea pa­cifista y revolucionaria hasta sus últimas conse­cuencias. Se dieron, se entregaron cada vez más a la Revolución.

 

--------------

* Ver I. O.

 

 

 

158

 

 

A este período de la vida de Barbusse perte­necen La Lueur dans l'Abime* y Le Couteau en­tre les Dents.** El Cuchillo entre los Dientes es un llama-miento a los intelectuales, Barbusse recuer­da a los intelectuales el deber revolucionario de la Inteligencia. La función de la Inteligencia es creadora. No debe, por ende, conformarse con la subsistencia de una forma social que su crítica ha atacado y corroído tan enérgicamente. El ejér­cito innumerable de los humildes, de los pobres, de los miserables, se ha puesto resueltamente en marcha hacia la Utopía que la Inteligencia, en sus horas generosas, fecundas y videntes, ha conce­bido. Abandonar a los humildes, a los pobres, en su batalla contra la iniquidad es una deserción cobarde. El pretexto de la repugnancia a la po­lítica es un pretexto femenino y pueril. La polí­tica es hoy la única grande actividad creadora. Es la realización de un inmenso ideal humano. La política se ennoblece, se dignifica, se eleva cuando es revolucionaria. Y la verdad de nues­tra época es la Revolución. La revolución que era para los pobres no sólo la conquista del pan, sino también la conquista de la belleza, del arte, del pensamiento y de todas las complacencias del espíritu.

 

Barbusse no se dirige, naturalmente, a los in­telectuales degradados por una larga y mansa servidumbre. No se dirige a los juglares, a los bufones, a los cortesanos del poder y del dinero. No se dirige a la turba inepta y emasculada de los que se contentan, ramplonamente, con su oficio de artesanos de la palabra. Se dirige a los intelectuales y artistas libres, a los intelectuales y artistas jóvenes. Se dirige a la Inteligencia y al Espíritu.

 

 

LES ENCHAINEMENTS***

 

¿Les Enchainements, el nuevo libro de Henri Barbusse, es una novela o un poema? He ahí una cuestión que preocupa a la crítica. La crítica

--------------

* "Un resplandor en el abismo".

** "El cuchillo entre los dientes.

*** Los Encadenamientos. (Traducción literal).

 

 

 

 

 

159

 

 

necesita, ordinariamente, antes de juzgar una obra, entenderse sobre su género. Pero, en este caso, la averiguación me parece un poco banal. Les Enchainements no se deja encerrar en nin­guna de las casillas de la técnica literaria. Bar­busse nos advierte en el prefacio de su obra de la dificultad de clasificarla. Como un Dante de su época, el poeta de Le Feu ha descendido al abismo del dolor universal. Ha penetrado en la realidad profunda de la historia. Ha interrogado a las muchedumbres de todas las edades. Y luego, ha reconstruido, encadenando sus episodios, la unidad de la tragedia humana. Para escribir este poema o esta novela, ha tenido que "aventurarse en un plan nuevo". "Cuando he ensayado con­densar la evocación múltiple -escribe- me ha parecido tocar a tientas formas de arte diver­sas: la novela, el poema, el drama y aun la gran perspectiva cinematográfica y la eterna tentación del fresco".

 

Se encuentra realmente, en Les Enchainements, elementos de todos estos medios de expresión artística. El nuevo libro de Barbusse no se ajus­ta a ninguna receta. Paul Souday lo anexa al género del Fausto de Goethe y de Las Tentacio­nes de San Antonio de Flaubert. Su sagacidad crítica esquiva los riesgos de una clasificación más específica.

 

En Les Enchainements la novela es un pretexto. El protagonista es un pretexto también. El poeta. Serafín Tranchel no vive casi su vida actual. Revive su vida de otros siglos. Es un caso de indi­viduo en quien se despierta la memoria ancestral. Barbusse aplica en su novela, una teoría cientí­fica. La teoría de que "todas las impresiones sin excepción no solamente quedan inscritas, en po­tencia y en estado latente, en el cerebro, sino que se trasmiten integralmente de individuo a individuo". Y aquí surge, seguramente, para algunos, otra cuestión de procedimiento estético. ¿Se debe hacer intervenir a la ciencia en una obra de imaginación? El debate seria superfluo. La cuestión resulta impertinente, extraña, des­plazada. Una obra de estas proporciones tenía que

 

 

 

 

 

160

 

 

llevar el sello de la época y de la civilización a que pertenece. Tenía que representar la sensibili­dad y cultura de un hombre de Occidente. Criatu­ra de su siglo, Barbusse no podía explicarse sino científicamente las reminiscencias, los recuerdos ancestrales de su personaje. De otra suerte habría flotado en la atmósfera de la novela algo de eso­térico, algo de sobrenatural que habría deformado sus líneas. Ninguno de los ingredientes del laboratorio de Maeterlinck podía servir a Bar­busse. La convención empleada simplifica, además, extremamente la arquitectura de Les En­chainements. Las visiones, las evocaciones de Serafín Tranchel se suceden, nítidas, lúcidas, plásticas, sin ningún nexo artificioso. Barbusse nos conduce parsimoniosamente por el Infierno, el Cielo y el Purgatorio. Su técnica suprime el viaje. De una edad nos hace pasar a otra edad. En cada episodio, en cada cuadro, el mismo dra­ma reaparece, dentro de un decorado distinto, No hay transiciones, no hay intervalos extraños a ese drama. Esto es lo que Les Enchainemenis tie­nen de cinematográfico, en la acepción noble de este adjetivo. Pero cada episodio, cada cuadro no es una titilante y fugitiva visión cinematográfica. Es un gran fresco. Las figuras no son escultóricas como las de los frescos de Miguel Angel. Tienen más bien esa especie de vaguedad de los frescos de Puvis de Chavannes. Esa especie de vaguedad que tienen casi siempre los protagonistas barbussianos.

 

La técnica toda de Les Enchainements, si se ahonda en su génesis, es esencial y típicamente barbussiana. Barbusse emplea en esta obra el método de sus obras anteriores. Le Feu no es tampoco una novela. Es una crónica de las trin­cheras. Es un relato del horror bélico. El proce­dimiento de Les Enchainements está, si se quie­re, bosquejado en L'Enfer. El personaje, más que como un actor, se comporta como un espectador del drama humano que, por ser el drama de todos, es también su propio drama. Pero no hay en él solamente un espectador, sino, sobre todo, un iluminado, un vidente. Bajo las apariencias falaces de la vida, sus ojos aprehenden una eterna

 

 

 

 

 

 

 

 

181

 

 

verdad trágica. En todos los hechos que contempla late una emoción idéntica.

 

Nuestra época aparecía, literariamente, como una época de decadencia del género épico. Bar­busse, sin embargo, ha escrito una obra épica. Épica porque se inspira en un sentimiento multi­tudinario. Épica porque tiene el acento de una canción de gesta. Nada importa que, al mismo tiempo, sea lírica como un evangelio. La precep­tiva ha deformado demasiado el sentido de lo épico y de lo lírico, con sus rígidas y escuetas de­finiciones. La épica renace. Pero no es ya la misma épica de la civilización capitalista. Es la épi­ca larvada, e informe todavía, de la civilización proletaria. El literato del mundo que tramonta no logra casi asir sino lo individual. Su litera­tura se recrea en la descripción sutil de un estado de alma, en la degustación voluptuosa de un pecado o de un goce, en un juego mórbido de la fantasía. Literatura psicológica. Literatura psico­analítica que elige sus sujetos en la costra en­ferma del planeta. Para el literato de la revo­lución existen otras categorías humanas y otros valores universales. Su mirada no descubre sólo los seres de excepción de la superficie. Vuela hacia otros ámbitos. Explora otros horizontes. El artista de la revolución siente la necesidad de in­terpretar el sueño oscuro de la masa, la ruda gesta de la muchedumbre. No le interesa, exclu­siva y enfermizamente, el caso; le interesa, pa­norámica y totalmente, la vida. La vieja épica era la exaltación del héroe; la nueva épica será la exaltación de la multitud. En sus cantos, los hombres dejarán de ser el coro anónimo e igno­rado del hombre.

 

Vivimos todavía demasiado presos, dentro de los confines de una literatura decadente y mori­bunda, para presentir o concebir los contornos y los colores de un arte nuevo, en embrión, en po­tencia apenas. El propio Barbusse procede, por ejemplo, de una escuela decadente de cuya influencia no puede hasta ahora liberarse del todo. Mas Les Enchainemenis no es un fenómeno so­litario en la historia contemporánea. Aparecen desde hace tiempo signos precursores de un ar-

 

 

 

 

 

 

162

 

 

te que, como las catedrales góticas, reposará so­bre una fe multitudinaria. En algunos poemas de Alejandro Blok -enfant du siécle como Bar­busse- en Los Escitas, verbigracia, se siente ya el rumor caudaloso de un pueblo en marcha. Vladimir Mayaskowski, el poeta de la revolu­ción rusa, preludia, más tarde, en su poema 150'000,000 una canción de gesta. Los animadores del nuevo teatro ruso ensayan en Moscú representaciones en que intervienen millares de personas y que Bertrand Russell compara con los Misterios* de la Edad Media por su carácter imponente y religioso. El siglo del Cuarto Estado, el siglo de la revolución social, prepara los ma­teriales de su épica y de sus epopeyas. ¿La misma guerra mundial no ha reclamado acaso el máximo homenaje para un símbolo de la masa: el soldado desconocido?

 

Ningún literato de Occidente manifiesta en su arte, la misma ternura por el hombre, la misma pasión por la muchedumbre que Henri Barbusse. El autor de L'Enfer, no se muestra atraído por el personaje. Se muestra atraído por los hombres. El argumento de todas las páginas es el drama humano. Drama uno y múltiple. Drama de todas las edades. Barbusse reivindica, con infinito amor, con vigorosa energía, la gloria humilde de la muchedumbre. «Es la cariátide -escribe- que ha cargado sobre su cuello toda la historia dorada de los otros».

 

En Les Enchainements este sentimiento aflora a cada instante. "Busca la aventura prodigiosa del número... Las multitudes que hacen la gue­rra... Las multitudes que hacen las cosas...  El número ha cambiado la faz de la naturaleza. El número ha producido las ciudades. Las masas oscuras son la base de las montañas, el mundo se ensombrece gradualmente como una tempes­tad. Las líneas convergentes de las rutas, los tráficos y las expediciones se hunden en los ba­jos fondos, de los cuales se extrae la fuerza, la vida y la alteza misma de los reyes. Yo veo, se‑

 

--------------

* Representaciones teatrales de tipo religiosa.

 

 

 

 

 

163

 

 

mihundida en la tierra, semiahogada en el aire, a la cariátide".

 

Este sentimiento constituye el fondo del nuevo libro de Barbusse. Les Enchainements es el dra­ma de la cariátide. Es la novela de este Atlas que porta el mundo sobre sus espaldas curvadas y sangrantes. Y este sentimiento distingue la épica de Barbusse de la épica antigua, de la épica clá­sica. Barbusse ve en la Historia lo que los demás tan fácilmente ignoran. Ve el dolor, ve el sufri­miento, ve la tragedia. Ve la trama oscura y grue­sa sobre la cual, olvidándola y negándola, bor­dan algunos hombres sus aventuras y su fama. La historia es una colección de biografías ilustres. Barbusse escruta sus dessous.* En su libro todas las grandes ilusiones, todos los grandes mitos de la humanidad dejan caer su máscara. La revela­ción divina, la palabra rebelde, no han perdu­rado nunca puras. Han sido, por un instante, una esperanza. Han parecido renovar y redimir al mundo. Pero, poco a poco, han envejecido. Se han petrificado en una fórmula. Se han desva­necido en un rito. "La verdad no ha prevalecido contra el error sino a fuerza de parecérsele".

 

El ritmo del libro es doloroso. Sus visiones, como las de L'Enfer, son acerbamente dramáti­cas. Pero, libro pesimista como todos los de los profetas, como todos los de las religiones, Les Enchainements encierra una iluminada y supre­ma promesa. La verdad no ha triunfado antes porque no ha sabido ser la verdad de los pobres. Ahora se acerca, finalmente, el reino de los po­bres, de los miserables, de los esclavos. Ahora la verdad viene en los brazos rudos de Espartaco. "El pueblo que del hombre no tenía sino el olor y que el hombre forzaba a no pensar sino con su carne; el número, anónimo como la tierra y como el agua, el gran muerto ha adquirido conciencia de sí mismo". Barbusse escucha la música furiosamente dulce de la Revolución. "He aquí —exclama— que vibra sonora esta cosa, este espectáculo: Debout les damnés de la te-

 

--------------

* Debajo. Aquí debe entenderse como interioridades.

 

 

 

 

 

164

 

 

rre!"* El libro se cierra con una invocación a todos los hombres: Par sagesse, par pitié, revol­tez vous.**

 

¿Ha escrito Barbusse una obra maestra, su obra maestra? Otra pregunta impertinente. Les En­chainements es un libro de excepción que no es posible medir con las medidas comunes. Su puesto en la historia de la literatura no depende de su contingente mérito artístico que es, por supuesto, altísimo. Depende de que llegue o no a ser un evangelio de la Revolución, una profecía del porvenir. Y de que consiga encender en muchas almas la llama de una fe y crispar muchos puños en un gesto de rebeldía.

 

ANATOLE FRANCE

 

El crepúsculo de Anatole France ha sido el de una vida clásica. Anatole France ha muerto lenta y compuestamente, sin prisa y sin tormento, como él, acaso, se propuso morir. El itinerario de su carrera fue siempre el de una carrera ilus­tre. France llegó puntualmente a todas las esta­ciones de la inmortalidad. No conoció nunca el retardo ni la anticipación. Su apoteosis ha sido perfecta, cabal, exacta, como los períodos de su prosa. Ningún rito, ninguna ceremonia ha dejado de cumplirse. A su gloria no le ha faltado nada: ni el sillón de la Academia de Francia ni el Pre­mio Nóbel.

 

Anatole France no era un agnóstico en la gue­rra de clases. No era un escritor sin opiniones políticas, religiosas y sociales. En el conflicto que desgarra la sociedad y la civilización contempo­ráneas no se había inhibido de tomar parte. Anatole France estaba por la revolución y con la re­volución. "Desde el fondo de su biblioteca -como decía una vez un periódico francés- bendecía las empresas de la gran Virgen". Los jóvenes lo amábamos por eso.

 

Pero la adhesión a France, en estos tiempos de acérrima beligerancia, va de la extrema derecha

 

--------------

* De pie, los malditos del mundo.

**  Por prudencia, por piedad, insurreccionaos.

 

 

165

 

 

a la extrema izquierda. Coinciden en el acata­miento al maestro reaccionarios y revolucionarios.

 

No han existido, sin embargo, dos Anatole France, uno para uso externo de la burguesía y del orden, otro para regalo de la revolución y sus fautores. Acontece, más bien, que la personalidad de Anatole France tiene diversos lados, diver­sas facetas, diversos matices y que cada sector del público se consagra a la admiración de su escorzo predilecto. La gente vieja, la gente moderada ha frecuentado, por ejemplo La Rotisserie de la Reine Pedauque* y ha paladeado luego, como un licor aristocrático, Les opinions de Jero­me Coignard.** La gente nueva, en tanto, ha gus­tado de encontrar a France en compañía de Jau­rés o entre los admiradores de Lenin.

 

Anatole France nos aparece un poco más com­plejo, un poco menos simple del France que nos ofrecen generalmente la crítica y sus lugares comunes. France ha vivido siempre en un mismo clima, aunque han pasado por su obra diversas influencias. Ha escrito durante más de cincuenta años, en tiempos muy versátiles, veloces y torna­dizos. Su producción, por ende, corresponde a las distintas estaciones de su época heteróclita y cosmopolita. Primero acusa un gusto parnasiano, ático, preciosista; en seguida obedece una inten­ción disolvente, nihilista, negativa; luego adquiere la afición de la utopía y de la crítica social. Pero bajo la superficie ondulante de estas mani­festaciones, se advierte una línea persistente y duradera.

 

Pertenece Anatole France a la época indecisa, fatigada, en que madura la decadencia burgue­sa. Sus libros denuncian un temperamento edu­cado clásicamente, nutrido de antigüedad, curado de romanticismo, amanerado, elegante y bur­lón. No llega France al escepticismo y al rela­tivismo actuales. Sus negaciones y sus dudas tie­nen matices benignos. Están muy lejos de la desesperanza incurable y honda de Andreiev, del pesimismo trágico de El Infierno de Barbusse y

 

--------------

*El figón de la Reina Patoja.

** Las opiniones de Jerónimo Coignard.

 

 

166

 

 

de la burla acre y dolorosa de Vestir al desnu­do y otras obras de Pirandello. Anatole France huía del dolor. Era la suya un alma griega, ena­morada de la serenidad y de la gracia. Su car­ne era una carne sensual como la de aquellos pretéritos abates liberales, un poco volterianos, que conocían a los griegos y los latinos más que el evangelio cristiano y que amaban, sobre todas las cosas, la buena mesa. Anatole France era sen­sible al dolor y a la injusticia. Pero le disgustaba que existieran y trataba de ignorarlos. Ponía so­bre la tragedia humana la frágil espuma de su ironía. Su literatura es delicada, transparente y ática como el champagne. Es el champagne me­lancólico, el vino capitoso y perfumado de la decadencia burguesa; no es el amargo y áspero mosto de la revolución proletaria. Tiene contor­nos exquisitos y aromas aristocráticos. Los títulos de sus libros son de un gusto quintaesenciado y hasta decadente: El Estuche de Nácar, El Jar­dín de Epicuro, El Anillo de Amatista, etc. ¿Qué importa que bajo la carátula de El Anillo de Amatista se oculte una procaz intención anticle­rical? El fino título, el atildado estilo, bastan para ganar la simpatía y el consenso de la opinión burguesa. La emoción social, el latido trágico de la vida contemporánea quedan fuera de esta lite­ratura. La pluma de France no sabe aprehenderlos. No lo intenta siquiera. El ánima y las pasio­nes de la muchedumbre se le escapan. "Sus finos ojos de elefante" no saben penetrar en la entraña oscura del pueblo; sus manos pulidas juegan feli-namente con las cosas y los hombres de la su­perficie. France satiriza a la burguesía, la roe, la muerde con sus agudos, blancos y maliciosos dientes; pero la anestesia con el opio sutil de su estilo erudito y musical, para que no sienta de­masiado el tormento.

 

Se exagera mucho el nihilismo y el escepticis­mo de France que, en verdad, son asaz leves y dulces. France no era tan incrédulo como parecía. Im-pregnado de evolucionismo, creía en el progreso casi ortodoxamente. El socialismo era para France una etapa, una estación del Progreso. El valor científico del socialismo lo conmo‑

 

 

 

 

 

 

 

167

 

 

vía más que su prestigio revolucionario. Pensa­ba France que la Revolución vendría; pero que vendría casi a plazo fijo. No sentía ningún deseo de acelerarla ni de precipitarla. La revolución le inspiraba un respeto místico, una adhesión un poco religiosa. Esta adhesión no fue, ciertamente, un episodio de su vejez. France dudó durante mucho tiempo; pero en el fondo de su duda y de su negación latía una ansia imprecisa de fe. Nin­gún espíritu, que se siente vacío, desierto, deja de tender, finalmente, hacia un mito, hacia una creencia. La duda es estéril y ningún hombre se conforma estoicamente con la esterilidad. Anato­le France nació demasiado tarde para creer en los mitos burgueses; demasiado temprano para rene­garlos plenamente. Lo sujetaban a una época que no amaba, el pesado lastre del pasado, los sedi­mentos de su educación y su cultura, cargados de nostalgias estéticas. Su adhesión a la Revolu­ción fue un acto intelectual más bien que un acto espiritual.

 

Las izquierdas se han complacido siempre de reconocer a Anatole France como una de sus fi­guras. Sólo con motivo de su jubileo, festejado por toda Francia,, casi unánimemente, los inte­lectuales de la extrema izquierda sintieron la ne­cesidad de diferenciarse netamente de él Clarté, negó "al nihilista sonriente, al escéptico florido", el derecho al homenaje de la revolución. "Nacido bajo el signo de la democracia —decía Clarté—Anatole France queda inseparablemente unido a la Tercera República". Agregaba que "las pe­queñas tempestades y las mediocres convulsiones de ésta" componían uno de los principales mate­riales de su literatura y que su escepticismo "pe­queño truco al alcance de todas las bolsas y de todas las almas, era en suma el efecto de la me­diocridad circundante".

 

Pero, malgrado estas discrepancias y oposicio­nes, nada más falso que la imagen de un Anatole France muy burgués, muy patriota, muy aca­démico, que nos aderezan y sirven las cocinas de la crítica conservadora. No, Anatole France no era tan poca cosa. Nada le habría humillado y afligido más en su vida que la previsión de me-

 

 

 

 

 

 

168

 

recer de la posteridad ese juicio. La justicia de los pobres, la utopía y la herejía de los rebeldes, tuvieron siempre en France un defensor. Drey­fusista* con Zolá hace muchos años, clartista con Barbusse hace muy pocos años, el viejo y ma­ravilloso escritor insurgió siempre contra el viejo orden social. En todas las cruzadas del bien ocupó su puesto de combate. Cuando el pue­blo francés pidió la amnistía de Andrés Marty, el marino del Mar Negro que no quiso atacar Odesa comunista, Anatole France proclamó el heroísmo y el deber de la indisciplina y la deso­bediencia ante una orden criminal. Varios de sus libros, Opiniones Sociales, Hacia los Nuevos Tiem­pos, etc., señalan a la humanidad las vías del so­cialismo.

 

Otro de sus libros Sobre la Piedra Blanca, que tiende el vuelo hacia el porvenir y la utopía, es uno de los mejores documentos de su personali­dad. Todos los elementos de su arte se concier­tan y combinan en esas páginas admirables. Su pensamiento, alimentado de recuerdos de la an­tigüedad clásica, explora el porvenir distante desde un anciano proscenio. Las dramatis personae de la novela, gente selecta, exquisita e intelec­tual, de alma al mismo tiempo antigua y mo­derna, se mueven en un ambiente grato a la lite­ratura del maestro. Uno es un personaje autén­ticamente real y contem-poráneo, Giacomo Boni, el arqueólogo del Foro Romano, a quien más de una vez he encontrado en alguna aula o en al­gún claustro de Roma. El argumento de la novela es una plática erudita entre Giacomo Boni y sus contertulios. El coloquio evoca a Galión, gober­nador de Grecia, filósofo y literato romano, que habiéndose encontrado con San Pablo, no supo entender su extraño lenguaje ni presentir la re­volución cristiana. Toda su sabiduría, todo su talento fracasaban ante el intento, superior a sus fuerzas, de ver en San Pablo algo más que un judío fanático, absurdo y sucio. Dos mundos estuvieron en ese encuentro frente a frente sin

 

--------------

* Partidario de la revisión del proceso que condenó injustamente al capitán Alfredo Dreyfuss.

 

 

 

 

 

 

 

169

 

conocerse y sin comprenderse. Galión desdeñó a San Pablo como protagonista de la Historia; pero la Historia dio la razón al mundo de San Pa­blo y condenó el mundo de Galión. ¿No hay en este cuadro una anticipación de la nueva filosofía de la Historia? Luego, los personajes de Anatole France se entretie-nen en una previsión de la futura sociedad proletaria. Calculan que la revolu-ción llegará hacia el fin de nuestro siglo.

 

La previsión ha resultado modesta y tímida. A Giacomo Boni y a Anatole France les ha tocado asistir, en el tramonto dorado de su vida, al orto sangriento de la revolución.

 

 

LA REVISION DE LA OBRA DE ANATOLE FRANCE

 

En los funerales de Anatole France, todos los estratos sociales y todos los sectores políticos qui­sieron estar representados. La derecha, el centro y la izquierda, saludaron la memoria del ilustre hombre de letras. Los sobre-vivientes del pasado, los artesanos del presente y los precursores del porvenir coincidieron, casi unánimes, en este homenaje fúnebre. La vieja guardia del partido co­munista francés escoltó por las calles de París los restos de Anatole France. Hubo pocas abstencio­nes. Pravda, órgano oficial de Rusia sovietista, declaró que en la persona de Anatole France la vieja cultura tendía la mano a la humanidad nueva.

 

Pero este casi armisticio que, en una época de aguda beligerancia, colocaba la figura de Anatole France por encima de la guerra de clases, no duró sino un segundo. Fue sólo la ilusión de un ar­misticio. Algunos intelectuales de extrema dere­cha y de extrema izquierda sintieron la necesi­dad de esclarecer y de liquidar el equívoco. La juventud comunista francesa negó su voto a la gloria del maestro muerto. En un número espe­cial de Clarté, cuatro escritores clartistas defi­nieron agresivamente la posición antifrancista de su grupo. Y, por su parte, los representantes ortodoxos de la ideología reaccionaria, católica y

 

 

 

170

 

tradicionalista, separándose de Charles Maurras, rehusaron su acatamiento a Anatole France, a quien no podían perdonar, ni aún in extremis,* el sentimiento anticristiano y anticlerical que cons­tituye la trama espiritual de todo su arte.

 

De esta revisión de la obra de Anatole France, únicamente las críticas de la extrema izquierda tienen verdadero interés histórico. Que la Aristo­cracia y el Medioevo excomulguen a Anatole France, por su paganismo y su nihilismo, no pue­de sorprender absolutamente a nadie. Anatole France no fue nunca un literato en olor de san­tidad católica y conservadora. Su filiación socialista situaba, normalmente, a France al lado del proletariado y de la revolución. France era co­múnmente designado como un patriarca de los nuevos tiempos. La sola crítica nueva, la sola crí­tica iconoclasta que se formula contra su perso­nalidad literaria es, por consiguiente, la que le discute y le cancela este título.

 

El documento más autorizado y característico de esta crítica es el panfleto de Clarté. Anatole France, como es notorio, dio su nombre y su ad­hesión al movimiento clartista. Suscribió con Henri Barbusse los primeros manifiestos de la Internacional del Pensamiento. Se enroló entre los defensores de la Revolución rusa. Se puso al flanco del comunismo francés. Su vejez, su fatiga, su gloria y su arterioesclerosis no le consintieron seguir a Clarté en su rápida trayectoria. Clarté marchaba aprisa, por una vía demasiado ruda, hacia la revolución. La culpa no era de Anatole France ni de Clarté. France per-tenecía a una épo­ca que concluía; Clarté a una época que comen­zaba. La historia, en suma, tenía que alejar a Clarté de Anatole France y de su obra.

 

La obra de France encuentra su más severo tribunal en el grupo de intelec-tuales organizado o bosquejado bajo su auspicio. Esta circunstancia confiere a la crítica de Clarté un valor singular.

 

Marcel Fourrier no cree que se pueda estable­cer una distinción entre France hombre de letras y France hombre político. Clarté no puede pro­nunciarse sobre una obra, cualquiera que esta

--------------

* En último término.

 

 

171

 

 

obra sea, sin examinarla desde un punto de vista social. "Sobre este plano -escribe- y con pleno conocimiento de causa, nosotros repudiamos la obra de France. Estamos animados en esta revis­ta por una preocupación demasiado viva de pro­bidad intelectual para poder hablar diversamen­te a un público que apreciará nuestra franqueza. La obra de France niega toda la ideología proleta­ria de la cual ha brotado la Revolución Rusa. Por su escepticismo superior y su retórica untuosa, France se halla singularmente emparentado a todo el linaje de socialistas burgueses". Luego es­tudia Fourrier los móviles y los estímulos de la conducta de France en dos capítulos sustantivos de la historia francesa: la cuestión Dreyfus y la gran guerra. En ambos instantes, France sostuvo la política de la «unión sagrada». Su gaseoso paci­fismo capituló ante el mito de la guerra por la Democracia. A este pacifismo no tornó sino des­pués de 1917 cuando Romain Rolland, Henri Bar­busse y otros hombres habían suscitado ya una corriente pacifista.

 

El oportunismo mundano de Anatole France es acremente condenado por Jean Bernier. Con mordacidad y agudeza maltrata la estética del maestro, que "ajusta sus frases, combina sus proporciones y carda sus epítetos", perenne-mente fiel a un gusto mitad preciosista, mitad parnasiano. "El hombre, sus instintos y sus pasiones, sus amores y sus odios, sus sufrimientos y sus esfuerzos, todo esto resulta extraño a esta obra". Bernier se opone, con tanta vehemencia como Fourrier, a toda tentativa de anexar la literatura de Anatole France a la ideología de la revolución.

 

Otro de los escritores de Clarté, Edouard Berth, discípulo remarcable de Jorge Sorel, ve en Anatole France uno de los representantes típicos del fin de una cultura. Piensa que las dos familias espirituales, en que se ha dividido siempre la Francia burguesa, han tenido en Barrés y en Anatole France sus últimos representantes. La cul­tura burguesa -dice- ha cantado en la obra de ambos escritores su canto del cisne. Observa Berth que nadie ama tanto al maestro como "cier-

 

 

 

 

 

 

172

 

tas mujeres, judías cerebrales, grandes burguesas blasées,* a quienes el epicureísmo, aliado a un misticismo florido y perfumado y a un revolu­cionarismo distinguido, hace el efecto de una ca­ricia inédita; y ciertos curas en quienes el cato­licismo es hijo del Renacimiento y de Horacio más que del Evangelio, prelados untuosos, finos humanistas y diplomáticos consumados de la cor­te romana".

 

Anatole France ha sido considerado siempre como un griego de las letras francesas. Contra este equívoco insurge George Michael, otro es­critor de Clarté, que desnuda la Grecia postiza de los humanistas franceses. La Grecia, que estos helenistas admiran y conocen, es la Grecia de la decadencia. Anatole France, como todos ellos, se ha complacido y se ha deleitado en la evocación voluptuosa de la hora decadente, retórica, escép­tica, crepuscular, de la civilización helénica.

 

Tales impresiones sobre el arte de Anatole France venían madurando, desde hace algún tiem­po en la conciencia de los intelectuales nuevos. Ahora ad-quieren expresión y precisión. Pero, lar­vadas, bosquejadas, se difundían en la inteligen­cia y en el espíritu contemporáneos, especialmen­te en los sectores de vanguardia, desde el comien­zo de la crisis post-bélica. A medida que esta cri­sis progresaba se sentía en una forma más cate­górica e intensa que Anatole France correspondía a un estado de ánimo liquidado por la guerra. Malgrado su adhesión a Claridad y a la Revolu­ción rusa, Anatole France no podía ser conside­rado como un artista o un pensador de la huma­nidad nueva. Esa adhesión expresaba, a lo sumo, lo que Anatole France quería ser; no lo que Anatole France era.

 

También de mi alma, como de otras, se borra­ba poco a poco la primera imagen de Anatole France. Hace tres meses, en un artículo escrito en ocasión de su muerte, no vacilé en clasificar a Anatole Franee como un literato fin de siglo. "Pertenece -dije- a la época indecisa, fatigada, de la decadencia burguesa".

 

--------------

* Cansadas, hastiadas.

 

 

173

 

 

Pienso, sin embargo, que la requisitoria de Clarté es, en algunos puntos, como todas las re­quisitorias, excesiva y extremada. En la obra de Anatole France es ciertamente, vano y absurdo buscar el espíritu de una humanidad nueva. Pero lo mismo se puede decir de toda la literatura de su tiempo. El arte revolucionario no precede a la Revolución. Alejandro Blok, cantor de las jor­nadas bolcheviques, fue antes de 1917 un literato de temperamento decadente y nihilista. Arte decadente también, hasta 1917, el de Mayaskowski. La literatura contemporánea no se puede librar de la enfermiza herencia que alimenta sus raíces. Es la literatura de una civilización que tramonta. La obra de Anatole France no ha podido ser una aurora. Ha sido, por eso, un crépúsculo.

 

 

MAXIMO GORKI Y RUSIA

 

Máximo Gorki es el novelista de los vagabun­dos, de los parias; de los miserables. Es el nove­lista de los bajos fondos, de la mala vida y del hambre. La obra de Gorki es una obra peculiar, espontánea, representativa de este siglo de la mu­chedumbre, del Cuarto Estado y de la revolución social. Muchos artistas contemporáneos extraen sus temas y sus tipos de los estratos plebeyos, de las capas inferiores. El alma y las pasiones bur­guesas son un tanto inac-tuales. Están demasiado exploradas. En el alma y las pasiones proleta­rias, en cambio, existen matices nuevos y líneas insólitas.

 

La plebe de las novelas y de los dramas de Gor­ki no es la plebe occidental. Pero es auténticamente la plebe rusa. Y Gorki no es sólo un na­rrador del romance ruso, sino también uno de sus protagonistas. No ha hecho la revolución rusa; pero la ha vivido. Ha sido uno de sus críticos, uno de sus cronistas y uno de sus actores.

 

Gorki no ha sido nunca bolchevique. A los in­telectuales, a los artistas, les falta habitualmente la fe necesaria para enrolarse facciosa, disciplinada, sectariamente, en los rangos de un partido. Tienden a una actitud personal, distinguida y ar­bitraria ante la vida. Gorki, ondulante, inquieto,

 

 

 

174

 

 

heterodoxo, no ha seguido rígidamente ningún programa y ninguna confesión política. En los primeros tiempos de la revolución dirigió un dia­rio socialista revolucionario: la Novaia Yzn.* Este diario acogió con desconfianza y enemistad al régimen sovietista. Tachó de teóricos y de uto­pistas a los bolcheviques. Gorki escribió que los bolcheviques efectuaban un experimento útil a la humanidad, mortal para Rusia. Pero la raíz de su resistencia era más recóndita, más íntima, más espiritual. Era un estado de ánimo, un estado de erección contrarrevolucionaria común a la mayoría de los intelectuales. La revolución los trataba y vigilaba como a enemigos latentes. Y ellos se mal-humoraban de que la revolución, tan bulliciosa, tan torrentosa, tan explosiva, turbase descortésmente sus sueños, sus investigaciones y su discursos. Algu-nos persistieron en este estado de ánimo. Otros se contagiaron, se inflamaron de fe revolucionaria. Gorki, por ejemplo, no tardó en aproximarse a la revo-lución. Los Soviets le encargaron la organización y el rectorado de la casa de los intelectuales. Esta casa, destinada a salvar la cultura rusa de la marea revolucionaria, albergó, alimentó y proveyó de elementos de es­tudio y de trabajo a los hombres de ciencia y a los hombres de letras de Rusia. Gorki, entregado a la protección de los sabios y los artistas rusos, se convirtió así en uno de los colaboradores sus­tantivos del Comisario de Instrucción Pública Lunatcharsky.

 

Vinieron los días de la sequía y de la escasez en la región del Volga. Una cosecha frustrada empobreció totalmente, de improviso, a varias provincias rusas, debilitadas y extenuadas ya por largos años de guerra y de bloqueo. Muchos mi­llones de hombres quedaron sin pan para el in­vierno. Gorky sintió que su deber era conmover y emocionar a la humanidad con esta tragedia inmensa. Solicitó la colaboración de Anatole France, de Gerardo Hauptmann, de Bernard Shaw y de otros grandes artistas. Y salió de Rusia, más lejana y mas extranjera entonces que nunca, para hablar a Europa de cerca. Pero no

 

--------------

* Ver I. O.

 

 

 

 

 

 

175

 

 

era ya el vigoroso vagabundo, el recio nómade de otros tiempos. Su vieja tuberculosis lo asaltó en el camino. Y lo obligó a detenerse en Alema­nia y a asilarse en un sanatorio. Un gran europeo, el sabio y explorador Nansen, recorrió Eu­ropa demandando auxilios para las provincias fa­mélicas. Nansen habló en Londres, en París, en Roma. Dijo, bajo la garantía de su palabra insos­pechable y apolítica, que no se trataba de una responsabilidad del comunismo, sino de un fla­gelo, de un cataclismo, de un infortunio. Rusia, bloqueada y aislada, no podía salvar a todos sus hambrientos. No había tiempo que perder. El in­vierno se acercaba. No socorrer inmediatamente a los hambrientos era abandonarlos a la muerte. Muchos espíritus generosos respondieron a este llamamiento. Las masas obreras dieron su óbolo. Mas el instante no era propicio para la caridad y la filantropía. El ambiente occidental estaba de­masiado cargado de rencor y de enojo contra Ru­sia. La gran prensa europea acordó a la campaña de Nansen un favor desganado. Los estados europeos, insensibilizados, envenenados por la pa­sión, no se consternaron ante la desgracia rusa. Los socorros no fueron proporcionados a la mag­nitud de ésta. Varios millones de hombres se sal­varon; pero otros varios millones perecieron. Gor­ky, afligido por esta tragedia, anatematizó la crueldad de Europa y profetizó el fin de la civi­lización europea. El mundo -dijo- acaba de constatar un debilitamiento de la sensibilidad moral de Europa. Ese debilitamiento es un sínto­ma de la decadencia y degeneración del mundo occidental. La civilización europea no era únicamente respetable por su riqueza técnica y mate­rial sino también por su riqueza moral. Ambas fuerzas le habían conferido autoridad y prestigio ante el Oriente. Venidas a menos, nada defiende a la civilización europea de los asaltos de la bar­barie.

 

Gorki escucha una interna voz subconsciente que le anuncia la ruina de Europa. Esta misma voz le señala al campesino como a un enemigo implacable y fatal de la revolución rusa. La re­volución rusa es una obra del proletariado urba-

 

 

 

 

 

 

 

176

 

 

no y de la ideología socialista, esencialmente ur­bana también. Los campesinos han sostenido a la revolución porque ésta les ha dado la posesión de la tierra. Pero otros capítulos de su programa no son igualmente inteligibles para la mentalidad y el interés agrarios. Gorki desespera de que la psicología egoísta y sórdida del campesino llegue a asimilarse a la ideología del obrero urbano. La ciudad es la sede, es el hogar de la civilización y de sus creaciones. La ciudad es la civilización misma. La psicología del hombre de la ciudad es más altruista y más desinteresada que la psico­logía del hombre de campo. Esto se observa no sólo en la masa campesina sino también en la aristocracia cam-pesina. El temperamento del la­tifundista agrario es mucho menos elástico, menos ágil y menos comprensivo que el del latifundista industrial, Los magnates del campo están siempre en la extrema derecha; los magnates de la banca y de la industria prefieren una posición centrista y tienden al pacto y al compromiso con la revo­lución. La ciudad adapta al hombre al colectivis­mo; el campo estimula bravíamente su indivi­dualismo. Y por esto, la última batalla entre el individualismo y el socialismo se librará, tal vez, entre la ciudad y el campo.

 

Varios estadistas europeos comparten, implíci­tamente, esta preocupación de Gorki. Caillaux, verbigracia, mira con inquietud y aprensión la tendencia de los campesinos de la Europa Cen­tral a independizarse del industrialismo urbano. Resurge en Hungría la pequeña industria rural. El campesino vuelve a hilar su lana y a forjar su herramienta. Intenta renacer una economía medio-eval, una economía primitiva. La intuición, la visión de Gorki coincide con la constatación, con la verificación del hombre de ciencia.

 

Yo he hablado con Gorki de esta y otras cosas en diciembre de 1922 en el Neue Sanatorium de Saarow Ost. Su alojamiento estaba clausurado a todas las visitas extrañas, a todas las visitas insólitas. Pero María Feodorowna, la mujer de Gorki, me franqueó sus puertas. Gorki no habla sino ruso, María Feodo-rowna habla alemán, fran­cés, inglés, italiano

 

 

 

 

 

 

177

 

 

En ese tiempo Gorki escribía el tercer tomo de su autobiografía. Y comenzaba un libro sobre hombres rusos.

 

- ¿Hombres rusos?

- Si; hombres que yo he visto en Rusia; hom­bres que he conocido; no hombres célebres, sino hombres interesantes.

 

Interrogué a Gorki acerca de sus relaciones con el bolchevismo. Algunos periódicos preten­dían que Gorki andaba divorciado de sus líde­res. Gorki me desmintió esta noticia. Tenía la in­tención de volver pronto a Rusia. Sus relaciones con los Soviets eran buenas, eran normales.

 

Hay en Gorki algo de viejo vagabundo, algo de viejo peregrino. Sus ojos agudos, sus manos rústicas, su estatura un poco encorvada, sus bigo­tes tártaros. Gorki no es físicamente un hombre metropolitano; es, más bien, un hombre rural y campesino. Pero no tiene un alma patriarcal y asiática como Tolstoy. Tolstoy predicaba un co­munismo campesino y cristiano. Gorki admira, ama y respeta las máquinas, la técnica, la ciencia occidentales, todas las cosas que repugnaban al misticismo de Tolstoy. Este eslavo, este vagabun­do es, abstrusa y subconscientemente, un devoto, un fautor, un enamorado del Occidente y de su civilización.

 

Y, bajo los tilos de Saarow Ost, a donde no llegaban los rumores de la revolución comunista ni los alalás de la reacción fascista, sus ojos en­fermos y videntes de alucinado veían con angus­tia aproximarse el tramonto y la muerte de una civilización maravillosa.

 

ALEJANDRO BLOK

 

En 1917 el Occidente ignoraba todavía al ma­yor poeta ruso del siglo XX. La revolución comu­nista se lo reveló. Los poemas inspirados a Blok por la revolución -Los Escitas y Los Doce- fueron los primeros poemas suyos traducidos y difundidos en varias lenguas occidentales. La ce­lebridad de Blok empezó con estos poemas. Los públicos occidentales de 1920 se interesaban más

 

 

 

 

178

 

 

por el bolchevique que por el poeta. Y Blok, en verdad, no era bolchevique. Sobre todo, no lo había sido nunca antes de 1918. En cambio era, y había sido siempre, un poeta. Una curiosidad y una inquietud, comunes a todos los intelectua­les y a todos los artistas rusos de su tiempo, lo habían acercado a grupos y revistas que se ocu­paban de temas sociales y políticos. Pero su psi­cología y su temperamento no le habían consen­tido sentir, apasionada y exaltadamente, la polí­tica y sus problemas. Su pensamiento político era oscuro y confuso. Blok daba a veces la impresión de razonar reaccionaria-mente. En los últimos años perteneció a la izquierda del partido socialista revolucionario. No militó nunca en el partido bolchevique. Poeta simbolista, su arte se nutrió, antes de la revolución, de nostalgias aristocrá­ticas.

 

Su más intensa vida intelectual y artística tras­currió entre dos fechas culmi-nantes de la histo­ria de este siglo: 1905 y 1917. Estas dos fechas encierran el período en el cual se incubó la revo­lución bolchevique. El fracaso de la revolución de 1905 creó en Rusia una atmósfera sentimental de pesimismo y de desesperanza. La literatura rusa de ese tiempo es trágicamente nihilista y negativa. Es la literatura de una derrota. Se cla­sifica como uno de los docu-mentos de esa crisis del alma rusa una novela de Arzibachev: Sanin. Esta y otras novelas de Arzibachev. El Extremo Límite, por ejemplo, reflejan un humor enfermo y neurótico. Pasan por sus escenas sombras de dolientes suicidas. Y en este mundo abúlico y al­cohólico, discurre insolente y befardo, un perso­naje cínico y sensual que se propone vivir super-humanamente. Crisis de individualismo y de pe­simismo disolventes y corrosivos. Andreiev y sus agonistas son también un producto de esta neu­rastenia.

 

Blok, principalmente, se parecía a uno de esos personajes atormentados, místicos y débiles de Sanin. Tal es, por lo menos, el retrato que de él nos han ofrecido, después de su muerte, algunos contemporáneos suyos. Z. Hippius, que trató a Blok entre 1901 y 1918, nos cuenta algunos capí‑

 

 

 

 

 

179

 

 

tulos de su romance. Blok, en el croquis de la Hippius, es un gran enfant* hiperestésico, bueno, un poco triste, preocupado por todo lo indecible, desprovisto de voluntad y de impulso. La Hippius presiente en él, desde los primeros encuentros, un hombre dulcemente trágico. Su vida se anun­cia gris, pálida, estéril. Y Blok acepta este destino sin rebeldía y sin protesta. Una de las caracte­rísticas de su psicología parece ser, según el relato de la Hippius, la no defensa. El matrimonio, la filosofía, el alcohol y, un poco la política, se combinan, más tarde, en su destino. Hay un ins­tante, sin embargo, en que la vida y el alma de Alejandro Blok se iluminan súbitamente. Es el instante en que su esposa le da un hijo. Su exis­tencia adquiere entonces una pulsación nueva. Cesa, por un momento, de ser una existencia sin objeto y sin espe-ranza. Pero el niño nace con­denado a muerte. Y muere a los diez días de su nacimiento. El destino del poeta vuelve a ensom­brecerse. Blok parte para un viaje. El viaje es para su tristeza un alcohol nuevo. Blok se embriaga, se abandona, se fastidia. Retorna a Petrogrado más lunático y más taciturno que antes. Llegan los tiempos de la guerra. Viene, después, la revolución. Y, por segunda vez, Blok descubre una estrella. La Hippius, contrarrevolucionaria acérrima y rencorosa, nos dice que en esos días Blok hablaba como en los días del nacimiento de su hijo. La revolución era otra cosa que nacía en su vida y, acaso, en parte de su vida. El dormido elan vital de Blok despertó para ordenar al poeta que se entregase íntegro a la revolución. Fue por este camino que Alejandro Blok, poeta simbolista, de espíritu y estirpe aristocráticos, se sumó al bolchevismo. La pobre Hippius llama a esta repentina, imperiosa e irresistible inspiración, "su caída". Su "profunda y dolorosa caída" escribe la Hippius, con una compasión conmovedo­ramente sincera y estúpida.

 

Los días más exaltados, más febriles, más intensos de la vida y la poesía de Alejandro Blok fueron, sin duda, los de la revolución. Pero para

 

--------------

* Infante, niño.

 

 

 

 

 

 

 

180

 

 

el poeta de Los Doce y de Los Escitas este acon­tecimiento arribó demasiado tarde. Blok no podía ya rehacer su vida. La revolución reclamaba es­fuerzos heroicos. Blok sintió, muy pronto que en este esfuerzo, en esta tensión, se rompían su alma y su cuerpo exhaustos. En la llama devorado­ra de la revolución se quedó la última brizna de su voluntad. Blok murió en 1921, deshecho, que­brado, vencido por el postrer esfuerzo.

 

Máximo Gorki ha escrito últimamente su recuerdo de Blok. Este recuerdo está casi totalmen­te ocupado por un diálogo de Gorki y Blok en un jardín de Petrogrado. Diálogo en el cual Blok se mostró, como siempre, torturado, obsesionado por su afán de discutir y comprender el sentido de la vida, de la muerte, del amor. Gorki interrogado, respondió que estos eran pensamientos íntimos que él guardaba para sí. "Hablar de mí mismo es un arte sutil que yo no poseo". Blok se exasperó: "Usted esconde lo que usted piensa del espíritu de la verdad. ¿Por qué?" Y, después de un rato de divagación neurasténica, tornó a interrogar a Gorki: "¿Qué piensa usted de la inmortalidad, de la posibilidad de la inmortalidad?" La respuesta metafísicamente materialista de Gorki le pareció un poco ininteligible y un poco humorística. Lue­go, barajó sombríamente algunas ideas penetrantes, pero inútiles para componer una concepción positiva de la vida. Y cayó en una desolación acerba. "¡Si nosotros pudiéramos cesar completamente de pensar aunque no fuese sino durante diez años! Extinguir este fuego engañador que nos atrae siempre más adentro en la noche del mundo y escuchar con nuestro corazón la armo­nía universal. El cerebro, el cerebro... Es un órgano poco seguro, monstruo-samente grande, monstruosamente desarrollado. Hinchado como un bocio". Blok se planteaba a sí mismo incesan­temente todas las cuestiones. Una de las que más le preocupaba, en los últimos tiempos, era la de la posición y el deber de los intelectuales frente a la revolución social. Blok sabía y sentía cuál era el mal de los intelectuales. Reconocía en él su propio mal. Lo definía, lo diag-nosticaba con una clarividencia trágica de alucinado. No igno‑

 

 

 

 

 

 

181

 

 

raba absolutamente nada de su debilidad y su impotencia. En uno de sus ensayos, revelados al Occidente después de su muerte, explica así su tragedia: "La línea que separa a los intelectuales del pueblo de Rusia, ¿es verdade-ramente una lí­nea infranqueable? En tanto que subsista esta barrera los intelectuales están condenados a errar, a agitarse vanamente, a degenerar en un círculo sin salida. La inteligencia no tiene, ninguna ra­zón de renegarse a sí misma mientras, no crea que pueda haber en esta actitud una directa ne­cesidad vital. No solamente le es imposible renegarse sino que puede confirmar todas sus fla­quezas, hasta la flaqueza del suicidio. ¿Qué re­plicaré yo a un hombre a quien conducen al sui­cidio las exigencias de su individualismo, de su demonismo, de su estética o, en fin, la muy co­rriente inducción de la desesperanza y de la an­gustia? ¿Qué objetaré, si yo mismo amo la estética, el individualismo y la desesperanza; si yo mismo, como él, soy un intelectual? ¿Si no hay en mí nada que yo pueda amar más que esta predilección amorosa del individualismo, más que mi angustia que acompaña siempre, como una sombra, esta predilección?" Y precisa Blok en el mismo ensayo, el contraste entre el alma del in­telectual y el alma de las masas: "Si los intelec­tuales se impregnan cada día más de la volun­tad de muerte, el pueblo desde tiempos lejanos porta en sí la voluntad de vida. Se comprende, pues, por qué aún el incrédulo se dirija a veces hacia el pueblo pidiéndole la fuerza de vivir: obra simplemente por instinto de conservación, pero encuentra el silencio, el desprecio, una in­dulgente piedad: es detenido ante la línea inac­cesible; se rompe tal vez contra algo más terri­ble que lo que podía prever". El poeta de Los Doce y de Los Escitas quiso, en estos poemas, ser el poeta de la revolución rusa. No fue su culpa si no pudo serlo por mucho tiempo. Su alma había absorbido, en treintiocho años, todos los venenos de una época de decadencia. Y su conciencia, lú­cida y sensible, se sentía irremediablemente en­venenada.

 

Pero su destino quiso que su poesía saludara

 

 

 

 

 

 

 

 

182

 

 

el alba de la época nueva. El poeta tuvo, al final de su existencia, un instante de exaltación y de plenitud. Después, se irguió ante él la barrera infran-queable. Las manos transidas de Blok, torcían ya, tal vez, la cuerda del suicidio, cuando arribó sola la muerte.

 

 

GEORGE GROSZ

 

George Grosz, reputado como uno de los ma­yores dibujantes de Alemania, desconcierta con su agresividad a los públicos europeos. Merece ser pre-sentado como el autor de la más vehemen­te requisitoria que, en los últimos tiempos, se haya pronunciado contra la vieja Alemania.

 

Grosz ha hecho el retrato más genial y más crudo de la burguesía tudesca. Sus dibujos desmidan el alma de los junckers,* los banqueros, los rentistas etc. De toda la adiposa y ventruda gente a la cual el pobrediablismo de otros artistas respeta y saluda servilmente como a una élite. Grosz define, mejor que ningún artista, mejor que ningún literato, mejor que ningún psi­quiatra, los tipos en quienes se concreta la deca­dencia espiritual, la miseria psíquica de una cas­ta agotada y decrépita. Es un psicólogo. Es un psicoanalista.

 

La psicología de sus personajes acusa constan­temente una baja sensualidad. El lápiz de Grosz estudia todos los estados y todos los gestos de su libídine. Libídine de dinero y libídine carnal. En la atmósfera de sus restaurants, de sus casinos, de sus cabarets, flota un relente de sensua­lidad exasperada. El repleto schieber,** delante de la mesa donde ha cenado en la grata compa­ñía de una amiga pingüe, degusta su champaña con un regüeldo de digestión obscena.

 

No es George Grosz, sin embargo, un caricatu­rista. Su arte no es bufo. Ante uno de sus dibu‑

--------------

* Casta guerrera militar alemana.

** Bandeja.

 

 

 

183

 

 

jos, no es el caso de hablar de caricatura. Geor­ge Grosz no deforma, cómica-mente, la naturale­za. La interpreta, la desviste, con una terrible fuerza para poseer y revelar su íntima verdad. Pertenece este artista a la categoría de Goya. Es un Goya explosivo. Un Goya moderno. Un Goya revolucionario. En esta época se le podría clasificar teóricamente dentro del superrealis­mo. René Arcos, a propósito de esta clasificación, escribe que para designar su ten-dencia la palabra realismo le parece ampliamente suficiente. "Si algunos han creído que este vocablo merecía pasar al retiro -opina- es porque no ha encon­trado todavía servidores dignos de él. Nadie pen­sará siquiera sostener que los artistas y escritores de la época naturalista no se han contado entre los menos realistas. Todos casi se han detenido en la apariencia exterior de los seres y de las co­sas. El realismo se encuentra aún en sus comien­zos. Me refiero al realismo interior, al intra­realismo, si esta palabra no asusta".

 

Superrealista o realista, George Grosz es un artista del más alto rango. Su dibujo, de una sim­plicidad infantil, es, al mismo tiempo, de una fuerza de expresión que parece superar todas las posibilidades. Cuenta Grosz que la manera de los niños lo sedujo siempre. En este rasgo de su arte se reconoce y se identifica uno de los sentimien­tos que lo emparentan con el expresionismo y, en general, con las escuelas del arte ultra-moderno.

 

Piensa Grosz que un impulso revolucionario mueve al verdadero artista. El verdadero artista trabaja sin preocuparse del gusto y del consenso de su época. Le importa poco estar de acuerdo con sus contemporáneos. Lo que le importa es estar de acuerdo consigo mismo. Obedece a su ins­piración individual. Produce para el porvenir. Deja su obra al fallo de las generaciones futuras. Sabe que la humanidad cambiará. Se siente des­tinado a contribuir con su obra a este cambio.

 

En sus primeros tiempos, Grosz se entregó, co­mo otros artistas nacidos bajo el mismo signo, a un escéptico y desesperado individualismo. Se encastilló en una enfermiza super-estimación del

 

 

 

 

 

 

 

184

 

 

arte. Sufrió una crisis de aguda y acérrima misan­tropía. Los hombres, según su pesimista filosofía de entonces, se distinguían en dos especies: malvados e imbéciles. La guerra modificó totalmente su ególatra y huraña concepción de la vida y de la humanidad. "Muchos de mis camara­das -dice Grosz- acogían bien mis dibujos, com­partían mis sentimientos. Esta constatación me produjo más placer que la recompensa de un amateur* cualquiera de cuadros, que podía apre­ciar mi trabajo únicamente bajo el punto de vista especulativo. En esa época yo empecé a dibujar no sólo porque en esto encontraba una com-placencia sino porque otros participaban de mi estado de espíritu. Comencé a ver que exis­tía un fin mejor que el de trabajar para sí o pa­ra los comerciantes de cuadros".

 

El caso Grosz, desde este punto de vista, se semeja al caso Barbusse. Como Barbusse, Grosz procedía de una generación escéptica, individualista y negativa. La guerra le enseñó un camino nuevo. La guerra le reveló que los hombres que repudian y condenan el presente no están solos. En las trin-cheras, Grosz descubrió a la humani­dad. Antes no había conocido sino a su sedicente élite; la costra muerta e inerme que flota sobre la superficie de las aguas inquietas y vivientes. "Hoy -declara Grosz- ya no odio a los hombres sin distinción; hoy, odio vuestras malas institu­ciones y sus defensores. Y si tengo una esperan­za es la de ver desaparecer estas instituciones y la clase que las protege. Mi trabajo está al servicio de esta esperanza. Millones de hombres la comparten conmigo: millones de hombres que no son evidentemente amateurs de arte, ni mecenas, ni mercaderes de cuadros».

 

Este arte -del cual el público elegante y la crítica burguesa no perciben y admiran sino los elementos formales y exteriores, el humorismo, la técnica, la agresividad, la penetración- se ali­menta de una emoción religiosa, de un sentimien­to místico. La fuerza de expresión de Grosz nace

 

--------------

* Aficionado

 

 

 

 

185

 

de su fe, de su pathos. El escritor italiano ItaloTavolato constata, acerta-damente, que la obra de Grosz se eleva a un dominio metafísico. "El bur­gués -dice- tal como lo entiende Grosz, equiva­le al pecador del mito cristiano, símbolo el uno y el otro de la imperfección orgánica, personifi­caciones irresponsables de los defectos de la crea­ción, productos de una experiencia frustrada de la naturaleza. Y si, como lo quieren todas las re­ligiones, el primero, y el único deber del hombre es la perfección, es decir el genio, el burgués es en este caso aquel que no ha tenido el ánimo de conquistar un rango superior en la humanidad, que no ha sabido adueñarse de algunas partículas de la sustancia divina, que por el contrario se ha resignado y fosilizado a medio camino".

 

Es esto lo que diferencia a George Grosz de otros artistas de las escuelas de vanguardia. Es esto lo que da profundidad a su realismo. La ma­yor parte de los expresionistas, de los futuris­tas, de los cubistas, de los superrealistas,* etc., se debaten en una búsqueda exasperada y estéril que los conduce a las más bizarras e inútiles aventuras. Su alma está vacía; su vida está de­sierta. Les falta un mito, un sentimiento, una mística, capaces de fecundar su obra y su inspi­ración. Les preocupa el instrumento; no les preo­cupa el fin. Una vez hallado, el instrumento no les sirve sino para inventar una nueva escuela. Grosz es un poco super-realista, un poco dadaís­ta, un poco futurista. Pero a ninguna de estas escuelas -en ninguna de las cuales su genio se deja encasillar- le debe los ingredientes espiri­tuales, los elementos superiores de su arte.

 

 

MARINETTI Y EL FUTURISMO

 

El futurismo no es -como el cubismo, el ex­presionismo y el dadaísmo- únicamente una escuela o una tendencia de arte de vanguardia. Es,

 

--------------

* Ver los ensayos de José Carlos Mariátegui, del capitulo "Tópicos de arte moderno" en El Artista y la Época.

 

 

 

186

 

 

sobre todo, una cosa peculiar de la vida Italiana. El futurismo no ha produ-cido, como el cubismo, el expresionismo y el dadaísmo, un concepto o una forma definida o peculiar de creación artís­tica. Ha adoptado, parcial o total-mente, conceptos o formas de movimientos afines. Más que un esfuerzo de edificación de un arte nuevo ha repre­sentado un esfuerzo de destrucción del arte viejo. Pero ha aspirado a ser no sólo un movimiento de renovación artística sino también un movi­miento de renovación política. Ha intentado casi ser una filosofía. Y, en este aspecto, ha tenido raíces espirituales que se confunden o enlazan con las de otros fenómenos de la historia contemporánea de Italia.

 

Hace quince años del bautizo del futurismo. En febrero de 1909, Marinetti y otros artistas sus­cribieron y publicaron en París el primer mani­fiesto futurista. El futurismo aspiraba a ser un movimiento internacional. Nacía, por eso, en Pa­rís. Pero estaba destinado a adquirir, poco a po­co, una fisonomía y una esencia fundamentalmen­te italianas. Su duce, su animador, su caudillo, era un artista de temperamento italianísimo: Ma­rinetti, ejemplar típico de latino, de italiano, de meridional. Marinetti recorrió casi toda Europa. Dio conferencias en París, en Londres, en Petrogrado. El futurismo, sin embargo, no llegó a aclimatarse duradera y vitalmente sino en Ita­lia. Hubo un instante en que en los rangos del futurismo militaron los más sustanciosos artistas de la Italia actual: Papini, Govoni, Palazeschi, Folgore y otros. El futurismo era entonces un im­petuoso y complejo afán de renovación.

 

Sus líderes quisieron que el futurismo se con­virtiese en una doctrina, en un dogma. Los suce­sivos manifiestos futuristas tendieron a definir esta doctrina, este dogma. En abril de 1909 apa­reció el famoso manifiesto contra el claro de lu­na. En abril de 1910 el manifiesto técnico de la pintura futurista, suscrito por Boccioni, Carrá, Russolo, Balla, Severini, y el manifiesto contra Venecia pasadista. En enero de 1911 el manifiesto de la mujer futurista por Valentine de Saint Point. En abril de 1912 el manifiesto de la escul‑

 

 

 

 

 

 

 

187

 

 

tura futurista por Boccioni. En mayo el manifies­to de la literatura futurista por Marinetti. En pin­tura, los futuristas plantearon esta cuestión: que el movi-miento y la luz destruyen la materiali­dad de los cuerpos. En música, iniciaron la ten­dencia a interpretar el alma musical de las muchedumbres, de las fábricas, de los trenes, de los transatlánticos. En literatura, inventaron las palabras en libertad. Las palabras en libertad son una literatura sin sintaxis y sin coherencia. Mari­netti la definió como una obra de «imaginación sin hilos».

 

En octubre de 1913 los futuristas pasaron del arte a la política. Publicaron un programa políti­co que no era, como los programas anteriores, un programa internacional sino un programa italia­no. Este programa propugnaba una política extranjera "agresiva, astuta, cínica". En el orden exterior, el futurismo se declaraba imperialista; conquistador, guerrero. Aspiraba a una anacróni­ca restauración de la Roma Imperial. En el orden interno, se declaraba antiso-cialista y anticlerical. Su programa, en suma, no era revolucionario sino reaccionario. No era futurista, sino pasadista. Concepción de literatos, se inspiraba sólo en ra­zones estéticas.

 

Vinieron, luego, el manifiesto de la arquitectu­ra futurista y el manifiesto del teatro sintético futurista. El futurismo completó así su programa ómnibus. No fue ya una tendencia sino un haz, un fajo de tendencias. Marinetti daba a todas es­tas tendencias un alma y una literatura comu­nes. Era Marinetti en esa época uno de los personajes más interesantes y originales del mundo occi-dental. Alguien lo llamó «la cafeína de Eu­ropa».

 

Marinetti fue en Italia uno de los más activos agentes bélicos. La literatura futurista aclamaba la guerra como la «única higiene del mundo». Los futuristas excitaron a Italia a la conquista de Tri­politania. Soldado de esa empresa bélica, Mari­netti extrajo de ella varios motivos y ritmos para sus poemas y sus libros. Mafarka, por ejemplo, es una novela de ostensible y cálida inspiración africana. Más tarde, Marinetti y sus secuaces se

 

 

 

 

 

188

 

 

contaron entre los mayores agitadores del ataque a Austria.

 

La guerra dio a los futuristas una ocupación adecuada a sus gustos y aptitudes. La paz, en cambio, les fue hostil. Los sufrimientos de la gue­rra generaron una explosión de pacifismo. La ten­dencia imperialista y guerrera declinó en Italia. El Partido Socialista y el Partido Católico ganaron las elecciones e influyeron acentuadamente en los rumbos del poder. Al mismo tiempo inmi­graron a Italia nuevos conceptos y formas artísti­cas francesas, alemanas, rusas. El futurismo cesó de monopolizar el arte de vanguardia. Carrá y otros divulgaron en la revista Valori Plastici* las novísimas corrientes del arte ruso y del arte alemán. Evolá fundó en Retina una capilla da­daísta. La casa de arte Bragaglia y su revista Cronache di Attualitá,** alojaron las más selectas expresiones del arte europeo de vanguardia. Ma­rinetti, nerviosamente dinámico, no desapareció ni un minuto de la escena. Organizó con uno de sus tenientes, el poeta Cangiullo, una temperada de teatro futurista. Disertó en París y en` Roma  sobre el tactilismo. Y no olvidó la política. El bolchevismo era la novedad del instante. Mari­netti escribió Más allá del comunismo. Sostuvo que la ideología futurista marchaba adelante de la ideología comunista. Y se adhirió al movimien­to fascista.

 

El futurismo resulta uno de los ingredientes es­pirituales e históricos del fascismo. A propósito de D'Annunzio, dije que el fascismo es d'annun­ziano. El futurismo, a su vez, es una faz del d'an­nunzianismo. Mejor dicho, d'annunzianismo y ma­rinettisimo son aspectos solidarios del mismo fenó-meno. Nada importa que D'Annunzio se pre­sente como un enamorado de la forma clásica y Marinetti como su destructor. El temperamento de Marinetti es, como el temperamento de D'An­nunzio, un temperamento pagano, estetista, aris­tocrático, individualista. El paganismo de D'An‑

 

--------------

* Valores plásticos. (Ver el I. O.).

** Crónica de actualidad. (Ver I. O.).

 

 

 

 

189

 

 

nunzio se exaspera y extrema en Marinetti. Mari­netti ha sido en Italia uno de los más sañudos adversarios del pensamiento cristiano. Antonio Labriola considera acertadamente a Marinetti co­mo uno de los forjadores psicológicos del fascis­mo. Recuerda que Marinetti ha predicado a la ju­ventud italiana el culto de la violencia, el despre­cio de los sentimientos humanitarios, la adhesión a la guerra, etc.

 

Y el ambiente fascista, por eso, ha propiciado un retoñamiento del futurismo. La secta futuris­ta se encuentra aún en plena actividad. Marinetti vuelve a sonar bulliciosamente en Italia con mo­tivo de su libro sobre Futurismo y Fascismo. En un escrito de este libro, publicado ya en su revista Noi,* reafirma su filiación nietzschana y ro­mántica. Preconiza el advenimiento pagano de una Artecracia. Sueña con una sociedad organi­zada y regida por artistas, en vez de esta sociedad organizada y regida por políticos. Opone a la idea colectivista de la Igualdad la idea individualista de la Desigualdad. Arremete contra la Justicia, la Fraternidad, la Democracia.

 

Pero políticamente el futurismo ha sido absor­bido por el fascismo. Dos escritores futuristas, Settimelli y Carli, dirigen en Roma el diario L'Impero, extremistamente reaccionario y fascis­ta. Settimelli dice en un artículo de L'Impero que "la monarquía absoluta es el régimen más per­fecto". El futurismo ha renegado, sobre todo, sus antecedentes anticlericales e iconoclastas. Antes, el futurismo quería extirpar de Italia los museos y el Vaticano. Ahora, los compromisos del fascis­mo lo han hecho desistir de este anhelo. El Fas­cismo se ha mancomunado con la Monarquía y con la Iglesia. Todas las fuerzas tradicionalistas, todas las fuerzas del pasado, tienden necesaria e históricamente a confluir y juntarse. El futuris­mo se torna, así, paradójicamente pasadista. Bajo el gobierno de Mussolini y las camisas negras, su símbolo es el fascio littorio de la Roma Imperial.

 

--------------

* Ver I. O.

 

 

 

 

 

 

 

 

190

 

 

EL MENSAJE DE ORIENTE

 

ORIENTE Y OCCIDENTE

 

La marea revolucionaria no conmueve sólo al Occidente. También el Oriente está agitado, inquieto, tempestuoso. Uno de los hechos más ac­tuales y trascendentes de la historia contempo­ránea es la transformación política y social del Oriente. Este período de agitación y de gravidez orientales coincide con un período de insólito y recíproco afán del Oriente y del Occidente por conocerse, por estudiarse, por comprenderse.

 

En su vanidosa juventud la civilización occi­dental trató desdeñosa y alta-neramente a los pue­blos orientales. El hombre blanco consideró ne­cesario, natural y lícito su dominio sobre el hom­bre de color. Usó las palabras oriental y bárbaro como dos palabras equivalentes. Pensó que úni­camente lo que era occidental era civilizado. La exploración y la colonización del Oriente no fue nunca oficio de intelectuales, sino de comerciantes y de guerreros. Los occi-dentales desembarcaban en el Oriente sus mercaderías y sus ametralladoras, pero no sus órganos ni sus aptitudes de investigación, de interpretación y de captación espirituales. El Occidente se preocupó de consumar la conquista material del mundo oriental; pero no de intentar su conquista moral. Y así el mundo oriental conservó intactas su mentalidad y su psicología. Hasta hoy siguen frescas y vitales las raíces milenarias del islamismo y del bu­dismo. El hindú viste todavía su viejo khaddar.* El japonés, el más saturado de occidentalismo de los orientales, guarda algo de su esencia sa­muray.**

 

Pero hoy que el Occidente, relativista y escép­tico, descubre su propia decadencia y prevé su

 

--------------

* Traje nacional hindú.

** Casta guerrera del Japón.

 

 

 

 

 

191

 

 

próximo tramonto, siente la necesidad de explo­rar y entender mejor el Orien-te. Movidos por una curiosidad febril y nueva, los occidentales se internan apasionadamente en las costumbres, la historia y las religiones asiáticas. Miles de artis­tas y pensadores extraen del Oriente la trama y el color de su pensamiento y de su arte. Europa acopia ávidamente pinturas japonesas y esculturas chinas, colores persas y ritmos indosta­nos. Se embriaga del orien-talismo que destilan el arte, la fantasía y la vida rusas. Y confiesa casi un mórbido deseo de orientalizarse.

 

El Oriente, a su vez, resulta ahora impregnado de pensamiento occidental. La ideología europea se ha filtrado abundantemente en el alma orien­tal. Una vieja planta oriental, el despotismo, agoniza socavada por estas filtraciones. La China, republicanizada, renuncia a su muralla tradicio­nal. La idea de la democracia, envejecida en Eu­ropa, retoña en Asia y en África. La Diosa Li­bertad es la diosa más prestigiosa del mundo co­lonial, en estos tiempos en que Mussolini la declara renegada y abandonada por Europa. ("A la Diosa Libertad la mataron los demagogos", ha dicho el condottiere de los camisas negras). Los egipcios, los persas, los hindúes, los filipinos, los marroquíes, quieren ser libres.

 

Acontece, entre otras cosas, que Europa cosecha los frutos de su predicación del período bé­lico. Los aliados usaron durante la guerra, para soliviantar al mundo contra los austro-alemanes, un lenguaje demagógico y revolucionario. Proclamaron enfática y estruendosamente el dere­cho de todos los pueblos a la independencia. Presentaron la guerra contra Alemania como una cruzada por la democracia. Propugnaron un nue­vo Derecho Internacional. Esta propa-ganda emo­cionó profundamente a los pueblos coloniales. Y terminada la guerra, estos pueblos coloniales anunciaron, en el nombre de la doctrina europea, su voluntad de emanciparse.

 

Penetra en el Asia, importada por el capital europeo, la doctrina de Marx. El socialismo que, en un principio, no fue sino un fenómeno de la civilización occidental, extiende actualmente su

 

 

 

192

 

 

radio histórico y geográfico. Las primeras Internacionales obreras fueron únicamente institucio­nes occidentales. En la Primera y en la Segunda Internacionales no estuvieron representados sino los proletarios de Europa y de América. Al Con­greso de fundación de la Tercera Internacional en 1920 asistieron, en cambio, delegados del Parti­do Obrero Chino y de la Unión Obrera Coreana. En los siguientes congresos han tomado parte diputaciones persas, turquestanas, armenias. En agosto de 1920 se efectuó en Bakú, apadrinada y provocada por la Tercera Internacional, una con­ferencia revolucionaria de los pueblos orientales. Veinticuatro pueblos orientales concurrieron a esa conferencia. Algunos socialistas europeos, Hilfer­ding entre ellos, reprocharon a los bolcheviques sus inteligencias con movimientos de estructura nacionalista. Zinoviev, polemizando con Hilfer­ding, respondió: "Una revolución mundial no es posible sin Asia. Vive allí una cantidad de hom­bres cuatro veces mayor que en Europa. Europa es una pequeña parte del mundo". La revolución social necesita históricamente la insurrección de los pueblos coloniales. La sociedad capitalista tiende a restaurarse mediante una explotación más metódica y más intensa de sus colonias polí­ticas y econó-micas. Y la revolución social tiene que soliviantar a los pueblos coloniales contra Europa y Estados Unidos, para reducir el número de vasallos y tributarios de la sociedad capitalista.

 

Contra la dominación europea sobre Asia y África conspira también la nueva conciencia mo­ral de Europa. Existen actualmente en Europa muchos millones de hombres de filiación pacifista que se oponen a todo acto bélico, a todo acto cruento, contra los pueblos coloniales. Consi­guientemente, Europa se ve obligada a pactar, a negociar, a ceder ante esos pueblos. El caso turco es, a este respecto, muy ilustrativo.

 

En el Oriente aparece, pues, una vigorosa vo­luntad de independencia, al mismo tiempo que en Europa se debilita la capacidad de coactarla y sofocarla. Se constata, en suma, la existencia de las condiciones históricas necesarias para la li­beración oriental. Hace más de un siglo, vino de

 

 

 

 

193

 

 

Europa a estos pueblos de América una ideolo­gía revolucionaria. Y, conflagrada por su revolu­ción burguesa, Europa no pudo evitar la indepen-dización americana engendrada por esa ideo­logía. Igualmente ahora, Europa, minada por la revolución social, no puede reprimir marcialmente la insurrección de sus colonias.

 

Y, en esta hora grave y fecunda de la historia humana, parece que algo del alma oriental transmigrara al Occidente y que algo del alma occi­dental transmigrara al Oriente.

 

GANDHI

 

Este hombre dulce y piadoso es uno de los ma­yores personajes de la historia contemporánea. Su pensamiento no influye sólo sobre trescientos veinte millones de hindúes. Conmueve toda el Asia y repercute en Europa. Romain Rolland, que descontento del Occidente se vuelve hacia el Oriente, le ha consagrado un libro. La prensa eu­ropea explora con curiosidad la biografía y el escenario del apóstol.

 

El principal capítulo de la vida de Gandhi empieza en 1919. La post-guerra colocó a Gandhi a la cabeza del movimiento de emancipación de su pueblo. Hasta entonces Gandhi sirvió fielmente a la Gran Bretaña. Durante la guerra colaboró con los ingleses. La India dio a la causa aliada una importante contribución. Inglaterra se había comprometido a concederle los derechos de los demás «Dominios». Terminada la contienda, Ingla­terra olvidó su palabra y el principio wilsoniano de la libre determinación de los pueblos. Refor­mó superficialmente la administración de la In­dia, en la cual acordó al pueblo hindú una parti­cipación secundaria e inocua. Respondió a las quejas hindúes con una 'represión marcial y cruenta. Ante este tratamiento pérfido, Gandhi rectificó su actitud y abandonó sus ilusiones. La India insurgía contra la Gran Bretaña y reclama­ba su autonomía. La muerte de Tilak había puesto la dirección del movimiento nacionalista en las manos de Gandhi, que ejercía sobre su pue­blo un gran ascendiente religioso. Gandhi acep-

 

 

 

194

 

 

tó la obligación de acaudillar a sus compatrio­tas y los condujo a la no cooperación. La insu­rrección armada le repugnaba. Los medios debían ser, a su juicio, buenos y morales como los fines. Había que oponer a las armas británicas la resistencia del espíritu y del amor. La evangé­lica palabra de Gandhi inflamó de misticismo y de fervor el alma indostana. El Mahatma* acentuó, gradualmente, su método. Los hindúes fueron invitados a desertar de las escuelas y las universidades, la administración y los tribunales, a tejer con sus manos su traje khaddar, a rechazar las manufacturas británicas. La India gandhiana tornó, poéticamente, a la "música de la rueca". Los tejidos ingleses fueron quemados en Bom­bay como cosa maldita y satánica. La táctica de la no cooperación se encaminaba a sus últimas consecuencias: la desobediencia civil, el rehusamiento del pago de impuestos. La India parecía próxima a la rebelión definitiva. Se produjeron algunas violencias. Gandhi, indignado por esta falta, suspendió la orden de la desobediencia ci­vil y, místicamente, se entregó a la penitencia. Su pueblo no estaba aún educado para el uso de la satyagraha, la fuerza-amor, la fuerza-alma. Los hindúes obedecieron a su jefe. Pero esta retirada, ordenada en el instante de mayor tensión y mayor ardimiento, debilitó la ola revoluciona­ria. El movimiento se consumía y se gastaba sin combatir. Hubo algunas defecciones y algunas di­sensiones. La prisión y el procesamiento de Gan­dhi vinieron a tiempo. El Mahatma dejó la di­rección del movimiento antes de que éste decli­nase.

 

El Congreso Nacional indio de diciembre de 1923 marcó un descenso del gandhismo. Prevaleció en esta asamblea la tendencia revolucionaria de la no cooperación; pero se le enfrentó una ten­dencia derechista o revisionista que, contrariamente a la táctica gandhista, propugnaba la par­ticipación en los consejos de reforma; creados por Inglaterra para domesticar a la burguesía hindú. Al mismo tiempo apareció en la asamblea, eman‑

 

--------------

* En hindú, el "alma grande", apelativo con que se designaba a Gandhi.

 

 

 

 

 

 

195

 

 

cipada del gandhismo, una nueva corriente re­volucionaria de inspiración socialista. El progra­ma de esta corriente, dirigido desde Europa por los núcleos de estudiantes y emigrados hindúes, proponía la separación completa de la India del Imperio Británico, la abolición de la propiedad feudal de la tierra, la supresión de los impuestos indirectos, la nacionalización de las minas, ferrocarriles, telégrafos y demás servicios públicos, la intervención del Estado en la gestión de la gran industria, una moderna legislación del trabajo, etc., etc. Posteriormente, la escisión continuó ahondándose. Las dos grandes facciones mostra­ban un contenido y una fisonomía clasistas. La tendencia revolucionaria era seguida por el pro­letariado que, duramente explotado sin el ampa­ro de leyes protectoras, sufría más la dominación inglesa. Los pobres, los humildes eran fieles a Gandhi y a la revolución. El proletariado indus­trial se organizaba en sindicatos en Bombay y otras ciudades indostanas. La tendencia de de­recha, en cambio, alojaba a las castas ricas, a los parsis,* comerciantes, latifundistas.

 

El método de la no cooperación, saboteado por la aristocracia y la burguesía hindúes, contrariado por la realidad económica, decayó así, poco a po­co. El boycot** de los tejidos ingleses y el retorno a la lírica rueca no pudieron prosperar. La in­dustria manual era incapaz de concurrir con la industria mecánica. El pueblo hindú, además, te­nía interés en no resentir al proletariado inglés, aumentando las causas de su desocupación, con la pérdida de un gran mercado. No podía olvidar que la causa de la India necesita del apoyo del partido obrero de Inglaterra. De otro lado, los funcionarios dimisionarios volvieron, en gran parte, a sus puestos. Se relajaron, en suma, todas las formas de la no cooperación.

 

Cuando el gobierno laborista de Mac Donald lo amnistió y libertó, Gandhi encontró fraccionado y disminuido el movimiento nacionalista hindú. Poco tiempo antes, la mayoría del Congreso Na‑

 

--------------

* Practicantes de la religión de Zoroastro.

** Práctica de lucha social que consiste en evitar toda relación con el castigado.

 

 

 

 

196

 

 

cional, reunido extraordinariamente en Delhi en setiembre de 1923, se había declarado favorable al partido Swaraj, dirigido por C. R. Das, cuyo programa se conforma con reclamar para la India los derechos de los «Dominios» británicos, y se preocupa de obtener para el capitalismo hindú sólidas y seguras garantías,

 

Actualmente Gandhi no dirige ni controla ya las orientaciones políticas de la mayor parte del nacionalismo hindú. Ni la derecha, que desea la colaboración con los ingleses, ni la extrema iz­quierda, que aconseja la insurrección, lo obede­cen. El número de sus fautores ha descendido. Pero, si su autoridad de líder político ha decaído, su prestigio de asceta y de santo no ha cesado de extenderse. Cuenta un periodista cómo al retiro del Mahatma afluyen peregrinos de diversas ra­zas y comarcas asiáticas. Gandhi recibe, sin ce­remonias y sin protocolo, a todo el que llama a su puerta. Alrededor de su morada viven cente­nares de hindúes felices de sentirse junto a él.

 

Esta es la gravitación natural de la vida del Mahatma. Su obra es más religiosa y moral que política. En su diálogo con Rabindranath Tago­re, el Mahatma ha declarado su intención de introducir la religión en la política. La teoría de la no cooperación está saturada de preocupacio­nes éticas. Gandhi no es, verdaderamente, el cau­dillo de la libertad de la India, sino el apóstol de un movimiento religioso. La autonomía de la In­dia no le interesa, no le apasiona sino secunda­riamente. No siente ninguna prisa por llegar a ella. Quiere, ante todo, purificar y elevar el alma hindú. Aunque su mentalidad está nutrida, en parte, de cultura europea, el Mahatma repu­dia la civilización de Occidente. Le repugna su materialismo, su impureza, su sensualidad. Como Ruskin y como Tolstoy, a quienes ha leído y a quienes ama, detesta la máquina. La máquina es para él el símbolo de la «satánica» civilización oc­cidental. No quiere, por ende, que el maquinismo y su influencia se aclimaten en la India. Com­prende que la máquina es el agente y el motor de las ideas occidentales. Cree que la psicología indostana no es adecuada a una educación euro‑

 

 

 

 

 

197

 

 

pea; pero osa esperar que la India, recogida en sí mismas elabore una moral buena para el uso de los demás pueblos. Hindú hasta la médula, piensa que la India puede dictar al mundo su propia disciplina. Sus fines y su actividad, cuando persiguen la fraternización de hinduístas y ma­hometanos o la redención de los intocables, de los parias, tienen una vasta trascendencia política y social. Pero su inspiración es esencialmente reli­giosa.

 

Gandhi se clasifica como un «idealista práctico». Henri Barbusse lo reconoce, además, como un verdadero revolucionario. Dice, en seguida, que "este término designa en nuestro espíritu a quien, habiendo concebido, en oposición al orden políti­co y social establecido, un orden diferente, se consagra a la realización de este plan ideal por medios prácticos" y agrega que "el utopista no es un verdadero revolucionario por subversivas que sean sus sinrazones". La definición es exce­lente. Pero Barbusse cree, además, que "si Lenin se hubiese encontrado en lugar de Gandhi, hu­biera hablado y obrado como él". Y esta hipótesis es arbitraria. Lenin era un realizador y un realista. Era, indiscutiblemente, un idealista prácti­co. No está probado que la vía de la no coope­ración y la no violencia sea la única vía de la emancipación indostana. Tilak, el anterior líder del nacionalismo hindú, no habría desdeñado el método insurreccional. Romain Rolland opina que Tilak, cuyo genio enaltece, habría podido enten­derse con los revolucionarios rusos. Tilak, sin em­bargo, no era menos asiático ni menos hindú que Gandhi. Más fundada que la hipótesis de Bar­busse es la hipótesis opuesta, la de que Lenin habría trabajado por aprovechar la guerra y sus consecuencias para liberar a la India y no ha­bría detenido, en ningún caso, a los hindúes en el camino de la insurrección. Gandhi, dominado por su temperamento moralista, no ha sentido a veces la misma necesidad de libertad que sentía su pueblo. Su fuerza, en tanto, ha dependido, más que de su predicación religiosa, de que ésta ha ofrecido a los hindúes una solución para su esclavitud y para su hambre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

198

 

 

La teoría de la no cooperación contenía muchas ilusiones. Una de ellas era la ilusión medio­eval de revivir en la India una economía superada. La rueca es impotente para resolver la cuestión social de ningún pueblo. El argumento de Gandhi -"¿no ha vivido así antes la India?"- es un argumento demasiado antihistórico e inge­nuo. Por escéptica y desconfiada que sea su ac­titud ante el Progreso, un hombre moderno re­chaza instintivamente la idea de que se pueda volver` atrás. Una vez adquirida la máquina, es difícil que la humanidad renuncie a emplearla. Nada puede contener la filtración de la civiliza­ción occidental en la India. Tagore tiene plena razón en este incidente de su polémica con Gan­dhi. "El problema de hoy es mundial. Ningún pueblo puede buscar su salud separándose de los otros. O salvarse juntos o desaparecer juntos".

 

Las requisitorias contra el materialismo occi­dental son exageradas. El hombre del Occidente no es tan prosaico y cerril como algunos espíri­tus contemplativos y extáticos suponen. El so­cialismo y el sindicalismo, a pesar de su concep­ción materialista de la historia, son menos mate­rialistas de lo que parecen. Se apoyan sobre el interés de la mayoría, pero tienden a ennoblecer y dignificar la vida. Los occidentales son místi­cos y religiosos a su modo. ¿Acaso la emoción revolucionaria no es una emoción religiosa? Acon­tece en el Occidente que la religiosidad se ha desplazado del cielo a la tierra. Sus motivos son humanos, son sociales; no son divinos. Pertenecen a la vida terrena y no a la vida celeste.

 

La ex-confesión de la violencia es más ro­mántica que la violencia misma. Con armas solamente morales jamás constreñirá la India a la burguesía inglesa a devolverle su libertad. Los honestos jueces británicos reconocerán, cuantas veces sea necesario, la honradez de los apóstoles de la no cooperación y del satyagraha;* pero se­guirán condenándolos a seis años de cárcel. La revolución no se hace, desgraciadamente, con

 

--------------

* Término inventado por Gandhi para expresar su mo­vimiento de defensa de la verdad no haciendo sufrir al adversario, sino sufriendo uno mismo.

 

 

199

 

 

ayunos. Los revolucionarios de todas las latitu­des tienen que elegir entre sufrir la violencia o usarla. Si no se quiere que el espíritu y la inte­ligencia estén a órdenes de la fuerza, hay que re­solverse a poner la fuerza a órdenes de la inteli­gencia y del espíritu.

 

RABINDRANATH TAGORE

 

Uno de los aspectos esenciales de la personali­dad del gran poeta hindú Rabindranath Tagore es su generoso internacionalismo. Internacionalis­mo de poeta; no de político. La poesía de Tago­re ignora y condena el odio; no conoce y exalta sino el amor. El sentimiento nacional, en la obra de Tagore, no es nunca una negación; es siempre una afirmación. Tagore piensa que todo lo hu­mano es suyo. Trabaja por consustanciar su alma en el alma universal. Exploremos esta región del pensamiento del poeta. Definamos su posición ante el Occidente y su posición ante Gandhi y su doctrina.

 

La obra de Tagore contiene varios documentos de su filosofía política y moral. Uno de los más interesantes y nítidos es su novela La Casa y el Mundo. Además de ser una gran novela humana, La Casa y el Mundo es una gran novela hindú. Los personajes -el rajá Nikhil, su esposa Bima­la y el agitador nacionalista Sandip- se mueven en el ambiente del movimiento nacionalista, del movimiento swadeshi como se llama en lengua indostana y como se le designa ya en todo el mundo. Las pasiones, las ideas, los hombres, las voces de la política gandhiana de la no coopera­ción y de la desobediencia pasiva pasan por las escenas del admirable romance. El poeta benga­lí, por boca de uno de sus personajes, el dulce rajá Nikhil, polemiza con los fautores y asertores del movimiento swadeshi. Nikhil pregunta a Sandip: "¿Cómo pretendéis adorar a Dios odiando a otras patrias que son, exactamente como la vues­tra, manifestaciones de Dios?" Sandip responde que "el odio es un complemento del culto". Bima­la, la mujer de Nikhil, siente como Sandip: "Yo

 

 

 

 

 

 

200

 

 

quisiera tratar a mi país como a una persona, llamarlo madre, diosa, Durga; y por esta persona yo enrojecería la tierra con la sangre de los sacri­ficios. Yo soy humana; yo no soy divina". Sandip exulta: "¡Mirad, Nikhil, cómo la verdad se hace carne y sangre en el corazón de una mujer! La mujer sabe ser cruel: su violencia es semejante a la de una tempestad ciega, terrible y bella. La violencia del hombre es fea porque alimenta en su seno los gusanos roedores de la razón y el pensamiento. Son nuestras mujeres quienes sal­varán a la patria. Debemos ser brutales sin vaci­lación, sin raciocinio".

 

El acento de Sandip no es, por cierto, el acento de un verdadero gandhiano. Sobre todo cuando Sandip invocando la violencia, recuerda estos ver­sos exaltados: "¡Ven, Pecado espléndido - que tus rojos besos viertan en nuestra sangre la púr­pura quemante de su flama! - ¡Has sonar la trompeta del mal imperioso - y teje sobre nues­tras frentes la guirnalda de la injusticia exul­tante!"

 

No es este el lenguaje de Gandhi; pero si pue­de ser el de sus discípulos. Romain Rolland, es­tudiando la doctrina swadeshi en los discípulos de Gandhi, exclama: "Temibles discípulos! ¡Cuanto más puros, son más funestos! ¡Dios preserve a un gran hombre de estos amigos que no aprehenden sino una parte de su pensamiento! Codificán­dolo, destruyen su armonía".

 

El libro de Romain Rolland sobre Gandhi resume el diálogo político entre Rabindranath Tagore y el Mahatma. Tagore explica así su internacionalismo: "Todas las glorias de la humanidad son mías. La Infinita Personalidad del Hombre (como dicen los Upanishads*) no puede ser rea­lizada sino en una grandiosa armonía de todas las razas humanas. Mi plegaria es porque la India represente la cooperación de todos los pue­blos del mundo. La Unidad es la Verdad. La Uni­dad es aquello que comprende todo y por consi­guiente no puede ser alcanzada por la vía de la negación. El esfuerzo actual por separar nuestro

 

* Libros Sagrados hindúes (siglo VI a. de J.C.).

 

 

 

 

 

201

 

 

espíritu del espíritu del Occidente es una tenta­tiva de suicidio espiritual. La edad presente ha estado potentemente poseída por el Occidente. Esto no ha sido posible sino porque al Occidente ha sido encargada alguna gran misión para el hombre. Nosotros, los hombres del Oriente, tene­mos aquí algo de qué instruirnos. Es un mal sin duda que, desde hace largo tiempo, no hayamos estado en contacto con nuestra propia cultura y que, en consecuencia, la cultura del Occidente no esté colocada en su verdadero plano. Pero decir que es malo seguir en relaciones con ella signifi­ca alentar la peor forma de un provincianismo, que no produce sino indigencia intelectual. El problema de hoy es mundial. Ningún pueblo pue­de hallar su salud separándose de los otros. O salvarse juntos o desaparecer juntos".

 

Propugna Rabindranath Tagore la colabora­ción entre el Oriente y el Occi-dente. Reprueba el boycot a las mercaderías occidentales. No espera un taumatúrgico resultado del retorno a la rueca. "Si las grandes máquinas son un peligro para el espíritu del Occidente, ¿las pequeñas máquinas no son para nosotros un peligro peor?" En estas opiniones, Rabindranath Tagore, no obs­tante su acendrado idealismo, aparece, en verdad, más realista que Gandhi. La India, en efecto, no puede reconquistar su libertad, aislándose místi­camente de la ciencia y las máquinas occidenta­les. La experiencia política de la no cooperación ha sido adversa a las previsiones de Gandhi. Pero, en cambio, Rabindranath Tagore parece ex­traviarse en la abstracción cuando reprocha a Gandhi su actividad de jefe político. ¿Proviene este reproche de la convicción de que Gandhi tie­ne un temperamento de reformador religioso y no de jefe político, o más bien de un simple desdén ético y estético por la política? En el primer caso, Tagore tendrá razón. En mi estudio sobre Gandhi he tenido ya ocasión de sostener la tesis de que la obra del Mahatma, más que política, es moral y religiosa, mientras que su fuerza ha dependido no tanto de su predicación religiosa, co­mo de que ésta ha ofrecido a los hindúes una so­lución para su esclavitud y para su hambre o,

 

 

 

 

 

 

 

202

 

 

mejor dicho, se ha apoyado en un interés político y económico.

 

Pero, probablemente, Tagore se inspira sólo en consideraciones de poeta y de filósofo. Tago­re siente menos aún que Gandhi el problema político y social de la India. El mismo Swaraj (homo rule*) no le preocupa demasiado. Una revolución política y social no le apasiona. Tagore no es un realizador. Es un poeta y un ideólogo. Gandhi, en esta cuestión, acusa una intuición más profunda de la verdad. "¡Es la guerra! -dice- ¡Que el poeta deponga su lira! Cantará después". En este pasaje de su polémica con Tagore, la voz del Ma­hatma tiene un acento profético: "El poeta vive para el mañana y querría que nosotros hiciése­mos lo mismo... ¡Hay que tejer! ¡Que cada uno teja! ¡Que Tagore teja como los demás! ¡Que queme sus vestidos extranjeros! Es el deber de hoy. Dios se ocupará del mañana. Como dice la Gila:** ¡Cumplid la acción justa!" Tagore en verdad, parece un poco ausente del alma de su pue­blo. No siente su drama. No comparte su pasión y su violencia. Este hombre tiene una gran sen­sibilidad intelectual y moral; pero, nieto de un príncipe, ha heredado una noción un poco solariega y aristocrática de la vida. Conserva dema­siado arraigado, en su carne y en su ánima, el sentimiento de su jerarquía. Para sentir y com­prender plenamente la revolución hindú, el movi­miento swadeshi, le falta estar un poco más cer­ca del pueblo, un poco más cerca de la historia.

 

Tagore no mira la civilización occidental con la misma ojeriza, con el mismo enojo que el Ma­hatma. No la califica, como el Mahatma, de "sa­tánica". Pero presiente su fin y denuncia sus pe­cados. Piensa que Europa está roída por su ma­terialismo. Repudia al hombre de la urbe. La hipertrofia urbana le parece uno de los agentes o uno de los signos de la decadencia occidental. Las Babilonias modernas no lo atraen; lo con­tristan. Las juzga espiritualmente estériles. Ama la vida campesina que mantiene al hombre en contacto con "la naturaleza fuente de la vida".

 

--------------

* Gobierno propio.

** Canción literaria hindú.

 

 

203

 

 

Se advierte aquí que, en el fondo, Tagore es un hombre de gustos patriar-calmente rurales. Su impresión de la crisis capitalista, impregnada de su ética y de su metafísica, es, sin embargo, pe­netrante y concreta. La riqueza occi-dental, según Tagore, es una riqueza voraz. Los ricos de Occi­dente desvían la riqueza de sus fines sociales. Su codicia, su lujo, violan los límites morales del uso de los bienes que administran. El espectácu­lo de los placeres de los ricos engendra el odio de clases. El amor al dinero pierde al Occidente. Tagore tiene, en suma, un concepto patriarcal y aristocrático de la riqueza.

 

El poeta supera, ciertamente, en Rabindranath Tagore, al pensador. Tagore es, ante todo y so­bre todo, un gran poeta, un genial artista. En ningún libro contemporáneo hay tanto perfume poético, tanta hondura lírica, como en Gitangali. La poesía de Gitangali es tersa, sencilla, campe­sina. Y, corno dice André Gide, tiene el mérito de no estar embarazada por ninguna mitología. En La Luna Nueva y en El Jardinero se encuen­tra la misma pureza, la misma sencillez, la misma gracia divina. Poesía profundamente lírica. Siem­pre voz del hombre. Nunca voz de la multitud. Y, sin embargo, perennemente grávida, eternamen­te henchida de emoción cósmica.

 

 

LA REVOLUCION TURCA Y EL ISLAM

 

La democracia opone a la impaciencia revolu­cionaria una tesis evolucionista: "la Naturaleza no hace saltos". Pero la investigación y la expe­riencia actuales contradicen, frecuentemente, esta tesis absoluta. Prosperan tendencias anti-evo­lucionistas en el estudio de la biología y de la historia. Al mismo tiempo, los hechos contempo­ráneos desbordan del cauce evolucionista. La guerra mundial ha acelerado, evidentemente, en­tre otras crisis, la del pobre evolu-cionismo. (Apa­recido en este tiempo, el darwinismo habría en­contrado escaso crédito. Se habría dicho de él que llegaba con excesivo retraso).

 

Turquía, por ejemplo, es el escenario de una

 

 

 

 

 

204

 

 

transformación vertiginosa o insólita. En cinco años, Turquía ha mudado radicalmente sus ins­tituciones, sus rumbos y su mentalidad, Cinco años han bastado para que todo el poder pase del Sultán al Demos y para que en el asiento de una vieja teocracia se instale una república demo-liberal y laica. Turquía, de un salto, se ha uni­formado con Europa, en la cual fue antes un pue­blo extranjero, impermeable y exótico. La vida ha adquirido en Turquía una pulsación nueva. Tiene las inquietudes, las emociones y los proble­mas de la vida europea. Fermenta en Turquía, casi con la misma acidez que en Occidente, la cues­tión social. Se siente también ahí la onda comu­nista. Contemporáneamente, el turco abandona la poligamia, se vuelve monógamo, reforma sus ideas jurídicas y aprende el alfabeto europeo. Se incorpora, en suma, en la civilización occidental. Y al hacerlo no obedece a una imposición extraña ni externa. Lo mueve un espontáneo impul­so interior.

 

Nos hallamos en presencia de una de las tran­siciones más veloces de la historia. El alma turca parecía absolutamente adherida al Islam, totalmente consustanciada con su doctrina. El Islam, como bien se sabe, no es un sistema únicamente religioso y moral sino también político, social y jurídico. Análogamente a la ley mosaica, El Co­rán* da a sus creyentes normas de moral, de de­recho, de gobierno y de higiene. Es un código uni­versal, una construcción cósmica. La vida turca tenía fines distintos de los de la vida occidental. Los móviles del occidental son utilitarios y prác­ticos; los del musulmán son religiosos y éticos. En el derecho y las instituciones jurídicas de una y otra civilización se reconocía, por consiguiente, una inspiración diversa. El Califa del islamismo conservaba, en Turquía, el poder temporal. Era Califa y Sultán. Iglesia y Estado constituían una misma institución. En su superficie empezaban a medrar algunas ideas europeas, algunos gérme­nes occidentales. La revolución de 1908 había sido

 

--------------

* Libro que contiene las revelaciones que Mahoma supuso recibidas de Dios, y que es fundamento de la religión mahometana.

 

 

 

 

 

205

 

 

un esfuerzo por aclimatar en Turquía el libera­lismo, la ciencia y la moda europeas. Pero el Co­rán continuaba dirigiendo la sociedad turca. Los representantes de la ciencia otomana creían, ge­neralmente, que la nación se desarrollaría den­tro del islamismo. Fatim Effendi, profesor de la Universidad de Estambul, decía que el progreso del islamismo "se cumpliría no por importaciones extranjeras sino por una evolución interior". El doctor Chehabeddin Bey agregaba que el pueblo turco, desprovisto de aptitud para la especula­ción, "no había sido nunca capaz de la herejía ni del cisma" y que no poseía una imaginación bas­tante creadora, un juicio suficientemente crítico para sentir la necesidad de rectificar sus creen­cias. Prevalecían, en suma, respecto al porvenir de la teocracia turca, previsiones excesivamente optimistas y confiadas. No se concedía mucha trascendencia a las filtraciones del pensamiento occidental, a los nuevos intereses de la econo­mía y de la producción.

 

Revistemos rápidamente los principales episo­dios de la revolución turca.

 

Conviene recordar, previamente, que, antes de la guerra mundial,* Turquía era tratada por Eu­ropa como un pueblo inferior, como un pueblo bárbaro. El famoso régimen de las capitulaciones acordaba en Turquía, a los europeos, diversos privilegios fiscales y jurídicos. El europeo gozaba en la nación turca de un fuero especial. Se halla­ba por encima de El Corán y de sus funciona­rios. Luego, las guerras balcánicas dejaron muy disminuidas la potencia y la soberanía otomanas. Y tras de ellas vino la Gran Guerra. Su sino ha­bía empujado a Turquía al lado del bloque aus­tro-alemán. El triunfo del bloque enemigo pareció decidir la ruina turca. La Entente miraba a Tur­quía con enojo y rencor inexorables. La acusaba de haber causado un prolongamiento cruento y peligroso de la lucha. La amenazaba con una punición tremenda. El propio Wilson, tan sensible al derecho de libre determinación de los pueblos, no sentía ninguna piedad por Turquía. Toda la ter‑

 

--------------

* Se refiere a la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

 

 

 

 

206

 

 

nura de su corazón universitario y presbiteriano estaba acaparada por los armenios y los judíos. Pensaba Wilson que el pueblo turco era extraño a la civilización europea y que debía ser expelido para siempre de Europa. Inglaterra, que codicia­ba la posesión de Constantinopla, de los Darda­nelos y del petróleo turco, se adhería naturalmen­te a esta predicación. Había prisa de arrojar a los turcos al Asia. Un ministerio dócil a la voluntad de los vence-dores se constituyó en Constantino­pla. La función de este ministerio era sufrir y aceptar, mansamente, la mutilación del país. La somnolienta ánima turca eligió ese instante dra­mático y dolorosa para reaccionar. Insurgió, en Anatolia, Mustafá Kemal Pachá, jefe del ejército de esa región. Nació la Sociedad de Trebizonda para la defensa de los derechos de la nación. Se formó el gobierno de la Asamblea Nacional de Angora. Aparecieron, sucesivamente, otras fac­ciones revolucionarias: el ejército verde, el grupo del pueblo y el Partido Comunista. Todas coinci­dían en la resistencia al imperialismo aliado, en la descalificación del impotente y domesticado gobierno de Constantinopla y en la tendencia a una nueva organización social y política.

 

Esta erección del ánimo turco detuvo, en parte, las intenciones de la Entente. Los vencedores ofrecieron a Turquía en la conferencia de Sévres una paz que le amputaba dos terceras partes de su territorio, pero que le dejaba, aunque no fuese sino condicionalmente, Constantinopla y un reta­zo de tierra europea. Los turcos no eran expulsados del todo de Europa. La sede del Califa era respetada. El gobierno de Constantinopla se resignó a suscribir este tratado de paz. Mustafá Ke­mal, a nombre del gobierno de Anatolia, lo re­pudió categó-ricamente. El tratado no podía ser aplicado sino por la fuerza.

 

En tiempos menos tempestuosos, la Entente ha­bría movilizado contra Turquía su inmenso poder militar. Pero era la época de la gran marea re­volucionaria. El orden burgués estaba demasiado sacudido y socavado para que la Entente lanzase sus soldados contra Mustafá Kemal. Además, los intereses británicos chocaban en Turquía con los

 

 

 

 

 

207

 

 

intereses franceses. Grecia, largamente favoreci­da por el trabajo de Sévres, aceptó la misión de imponerlo a la rebelde voluntad otomana.

 

La guerra greco-turca tuvo algunas fluctuacio­nes. Mas, desde el primer día, se contrastó la fuer­za de la revolución turca. Francia se apresuró a romper el frente único aliado y a negociar y pac­tar la cooperación rusa. La ola insu-rreccional se extendió en Oriente. Estos éxitos excitaron y for­talecieron el ánimo de Turquía. Finalmente, Mus­tafá Kemal batió al ejército griego y lo arrojó del Asia Menor. Las tropas kemalistas se aprestaron para la liberación de Constantinopla, ocu­pada por soldados de la Entente. El gobierno bri­tánico quiso responder a esta amenaza con una actitud guerrera. Pero los laboristas se opusie­ron a tal propósito. Un acto de conquista no contaba ya, como habría contado en otros tiempos, con la aquiescencia o la pasividad de las masas obreras. Y esta fase de la insurrección turca se cerró con la suscripción de la paz de Lausanne que, cancelando el tratado de Sévres, sancionó el derecho de Turquía a permanecer en Europa y a ejercitar en su territorio toda su sobe-ranía. Cons­tantinopla fue restituida al pueblo turco.

 

Adquirida la paz exterior, la revolución inició definitivamente la organización de un orden nue­vo. Se acentuó en toda Turquía una atmósfera re­volucionaria. La Asamblea Nacional dio a la na­ción una constitución democrática y repu-blicana. Mustafá Kemal, el caudillo de la insurrección y de la victoria, fue designado Presidente. El Califa perdió definitivamente su poder temporal. La Iglesia quedó separada del Estado. La religión y la política turcas cesaron de coincidir y confun­dirse. Disminuyó la autoridad de El Corán sobre la vida turca, con la adopción de nuevos métodos y conceptos jurídicos.

 

Pero seguía en pie el Califato. Alrededor del Califa se formó un núcleo reaccionario. Los agen­tes británicos maniobraban simultáneamente en los países musulmanes a favor de la creación de un Califato dócil a su influencia. El movimiento reaccionario comenzó a penetrar en la Asamblea Nacional. La Revolución se sintió acechada y se

 

 

 

 

 

 

208

 

 

resolvió a defenderse con la máxima energía. Pasó rápidamente de la defensiva a la ofensiva. Procedió a la abolición del Califato y a la secula­rización de todas las instituciones turcas.

 

Hoy Turquía es un país de tipo occidental. Y esta fisonomía se irá afirmando cada día más. Las condiciones políticas y sociales emanadas de la revolución estimularán el desarrollo de una nue­va economía. La vuelta a la monarquía teocráti­ca no será materialmente posible. La civilización occidental y la ley mahometana son inconci­liables.

 

El fenómeno revolucionario ha echado hondas raíces en el alma otomana. Turquía está enamo­rada de los hombres y las cosas nuevas. Los ma­yores enemigos de la revolución kemalista no son turcos. Pertenecen, por ejemplo, al capitalismo inglés. El Times de Londres comentaba senil y lacrimosamente la supresión del Califato, "una institución tan ligada a la grandeza pasada de Turquía". La burguesía occidental no quiere que el Oriente se occidentalice, Teme, por el contra­rio, la expansión de su propia ideología y de sus propias instituciones. Esto podría ser otra prue­ba de que ha dejado de representar los intereses vitales de la Civilización de Occidente.

 

 

EL SEMITISMO Y EL ANTISEMITISMO

 

EL SEMITISMO

 

UNO de los fenómenos más interesantes de la post-guerra es el del renaci-miento judío. Los fau­tores del sionismo hablan de una resurrección del pueblo de Israel. El pueblo eterno del gran éxodo se siente designado, de nuevo, para un gran rol en la historia. El movimiento sionista no acapara toda la actividad de su espíritu. Mu­chos judíos miran con desconfianza este movi­miento, con-trolado y dirigido por la política im­perialista de Inglaterra. El renacimiento judío es un fenómeno mucho más vasto. El sionismo no constituye sino uno de sus aspectos, una de sus corrientes.

 

 

 

209

 

Este fenómeno tiene sus raíces próximas en la guerra. El programa de paz de los aliados no pudo prescindir de las viejas reivindicaciones is­raelitas. El pueblo judío era en la Europa Orien­tal, donde se concentraban sus mayores masas, un pueblo paria, condenado a todos los vejáme­nes. La civilización burguesa había dejado sub­sistente en Europa, entre otros residuos de la Edad Media, la inferioridad jurídica del judío. Un nuevo código internacional necesitaba afir­mar y amparar el derecho de las poblaciones is­raelitas. Inglaterra, avisada y perspicaz, se dio cuenta oportuna de la conveniencia política de agitar, en un sentido favorable a los aliados, la antigua cuestión judía. La declaración Balfour proclamó, en noviembre de 1917, el derecho de los judíos a establecer en la Palestina su hogar na­cional. La propaganda wilsoniana robusteció, de otro lado, la posición del pueblo de Israel. El pa­pel representado en la guerra y en la paz por los Estados Unidos -la nación que más liberalmen­te había tratado a los judíos en los tiempos pre-bélicos- influyó de un modo decisivo en favor de las reivindicaciones israelitas. El tratado de paz puso en manos de la Sociedad de las Nacio­nes la tutela de Israel.

 

La paz inauguró un período de emancipación de las poblaciones israelitas en la Europa Orien­tal. En Polonia y en Rumania, el Estado otorgó a los judíos el derecho de ciudadanía. El movi­miento sionista anunció, a todos los dispersos y vejados hijos de Israel, la reconstrucción en Pa­lestina de la patria de los judíos. Pero la resurrec­ción israelita se apoyó, sobre todo, en la agitación revolucionaria nacida de la guerra. La revolución rusa no sólo canceló, con el régimen zarista, los rezagos de desigualdad jurídica y política de los judíos: colocó en el gobierno de Rusia a varios hombres de raza semita. La revolución alemana, con la ascensión de la social-democracia al poder, se caracterizó por la misma consecuencia. En el estado mayor del socialismo alemán militaban, desde los tiempos de Marx y Lassalle, muchos israelitas.

 

Tanto la política de la reforma como la política

 

 

 

 

 

 

 

 

210

 

de la revolución, se presentaron, así, más o menos conectadas con el renacimiento judío. Y esto fue motivo de que la política de la reacción se tiñese en todo el Occidente de un fuerte color antise­mita. Los nacionalistas, los reaccionarios, denun­ciaron en Europa la paz de Versalles como una paz inspirada en intereses y sentimientos israe­litas. Y declararon al bolchevismo una sombría conjuración de los judíos contra las instituciones de la civili-zación cristiana. El antisemitismo ad­quirió en Europa, y aun en Estados Unidos, una virulencia y una agresividad extremadas. El sio­nismo, simultá-neamente, en el ánimo de algunos de sus prosélitos, se contagiaba del mismo humor. Trataba de oponer a los innumerables nacionalis­mos occidentales y orientales un nacionalismo ju­dío, inexistente antes de la crisis post-bélica.

 

Para un observador objetivo de esta crisis, la función de los judíos en la política reformista y en la política revolucionaria resultaba perfectamente explicable. La raza judía, bajo el régimen medioeval, había sido mirada como una raza ré­proba. La aristocracia le había negado el dere­cho de ejercer toda profesión noble. Esta exclu­sión había hecho de los judíos en el mundo una raza de mercaderes y artesanos. Había impedido, al mismo tiempo, la diseminación de los judíos en los campos. Los judíos, obligados a vivir en las ciudades, del comercio, de la usura y de la industria, quedaron solidarizados con la vida y el desarrollo urbanos. La revolución burguesa, por consiguiente, se nutrió en parte de savia judía. Y en la formación de la economía capitalista les tocó a los judíos, comerciantes e industriales ex­pertos, un rol principal y lógico. La decadencia de las "profesiones nobles", la transformación de la propiedad agraria, la destrucción de los privi­legios de la aristocracia, etc., dieron un puesto dominante en el orden capitalista al banquero, al co-merciante, al industrial. Los judíos, prepa­rados para estas actividades, se beneficiaron con todas las manifestaciones de este proceso histó­rico, que trasladaba del agro a la urbe el dominio de la economía. El fenómeno más característico de la economía moderna -el desarrollo del capi-

 

 

 

 

 

 

211

 

 

tal financiero- acrecentó más aún el poder de la burguesía israelita. El judío aparecía, en la vida económica moderna, como uno de los más adecuados factores biológicos de sus movimientos sustantivos: capitalismo, indus-trialismo, urbanis­mo, internacionalismo. El capital financiero, que tejía por encima de las fronteras una sutil y re­cia malla de intereses, encontraba en los judíos, en todas las capitales del occidente, sus más ac­tivos y diestros agentes. La burguesía israelita, por todas estas razones, se sentía mancomunada con las ideas y las instituciones del orden democrático-capitalista. Su posición en la econo­mía la empujaba al lado del reformismo burgués. (En general, la banca tiende, en la política, a una táctica oportunista y democrática que colin­da a veces con la demagogia. Los banqueros sos­tienen, normalmente, a los parti-dos progresistas de la burguesía. Los terratenientes, en cambio, se enrolan en los partidos conservadores). El re­formismo burgués había creado la Sociedad de las Naciones, como un instrumento de su atenuado internacionalismo. Coherente con sus intereses, la burguesía israelita tenía lógicamente, que sim­patizar con un organismo que, en la práctica, no era sino una criatura del capital financiero.

 

Y como los judíos no se dividían únicamente en burguesía y pequeña burguesía sino además en proletariado, era también natural que en gran número resultasen mezclados al movimiento so­cialista y comunista. Los judíos que, como raza y como clase, habían sufrido doblemente la injus­ticia humana, ¿podían ser insensibles a la emo­ción revolucionaria? Su tempe-ramento, su psico­logía, su vida, impregnados de inquietud urbana, hacían de las masas israelitas uno de los combus­tibles más próximos a la revolución. El carácter místico, la mentalidad catastrófica de la revolu­ción, tenían que sugestionar y conmover, señala­damente, a los individuos de raza judía. El jui­cio sumario y simplista de las extremas derechas no tomaba casi en cuenta ninguna de estas cosas. Prefería ver en el socialismo una mera elaboración del espíritu judío, sombríamente alimen-

 

 

 

 

 

 

 

212

 

 

tada del rencor del ghetto* contra la civilización occidental y cristiana.

 

El renacimiento judío no se presenta como el renacimiento de una nacio-nalidad. No se presen­ta tampoco como el renacimiento de una religión. Pretende ser, más bien, el renacimiento del ge­nio, del espíritu, del sentimiento judío. El sio­nismo -la reconstrucción del hogar nacional ju­dío- no es sino un episodio de esta resurrección. El pueblo de Israel, "el más soñador y el más práctico del mundo", como lo ha calificado un es­critor francés, no se hace exageradas ilusiones respecto a la posibilidad de reconstituirse como nación, después de tantos siglos, en el territorio de Palestina.

 

El tratado de paz, en primer lugar, no ha po­dido dar a los judíos los medios de organizarse e instalarse libremente en Palestina. Palestina, conforme al tratado, constituye fundamentalmen­te una colonia de la Gran Bretaña. La Gran Bre­taña considera al sionismo como una empresa de su política impe-rialista. En los seis años transcu­rridos desde la paz, no se han establecido en Pa­lestina, según las cifras de La Revue Juive** de Paris, sino 43,500 judíos. La inmigración a Palestina, sobre todo durante los primeros años, ha estado sometida a una serie de restricciones po­liciales de Inglaterra. Las autoridades inglesas han cernido severamente en las fronteras, y antes de las fronteras, a los inmigrantes. En las masas judías de Europa y América, por otra parte, no se ha manifestado una voluntad realmente viva de repoblar la Palestina. La mayor parte de los inmigrantes procede de las regiones de la Europa Oriental, donde la existencia de los judíos, a causa de las circunstancias económicas o del sentimiento antisemita, se ha tornado difí­cil o incómoda. Las masas judías se encuentran, en su mayoría, demasiado acostumbradas al tenor y al estilo de la vida urbana y occidental para adaptarse, fácilmente, a las necesidades de una colonización agrícola. Los judíos son generalmen­te industriales, comerciantes, artesanos, obreros;

 

--------------

* Barrios donde residían los judíos.

** Ver I. O.

 

 

 

 

 

213

 

 

y la organización de la economía de Palestina tiene que ser obra de traba-jadores rurales. A la reconstrucción del hogar nacional judío en Palestina se opone, además, la resistencia de los ára­bes, que desde hace más de doce siglos poseen y pueblan ese territorio. Los árabes de Palestina no suman sino 800,000. Palestina puede alojar al menos una población de cuatro a cinco millones. De otro lado, como escribe Charles Gide, los ára­bes "han hecho de la Tierra Prometida una Tie­rra Muerta". El ilustre economista les recuerda "el versículo de El Corán que dice que la tierra pertenece a aquel que la ha trabajado, irrigado, vivificado, ley admirable, muy superior a la ley romana, que nosotros hemos heredado, que funda la propiedad de la tierra sobre la ocupación y la prescripción". Estos argumentos están muy bien. Pero, por el momento, prescinden de dos hechos: 1º) Que los israelitas no componen presentemen­te más que el diez por ciento de la población de Palestina, y que no es probable una fuerte acele­ración del movimiento inmigratorio judío; y 2º) Que los árabes defienden no sólo su derecho al suelo sino también la independencia de Arabia y de Mesopotamia y en general del mundo musul­mán, atacado por el imperialismo británico.

 

Los propios intelectuales israelitas, adheridos al sionismo, no exaltan gene-ralmente este movi­miento por lo que tiene de nacionalista. Es nece­sario, dicen, que los judíos tengan un hogar na­cional, para que se asilen en él las poblaciones judías "inasimilables", que se sienten extranje­ras e incómodas en Europa. Estas poblaciones ju­días inasimilables -que son las que viven encerradas en sus ghettos (barrios de israelitas), boi­coteadas por los prejuicios antisemitas de los eu­ropeos, en la Europa central y occidental-, representan una minoría del pueblo de Israel. La mayoría, incorporada plenamente en la civiliza­ción occidental, no la desertaría, no la abando­naría seguramente para marchar, de nuevo, a la conquista de la Tierra Prometida.

 

Einstein halla el mérito del sionismo en su po­der moral. "El sionismo -escribe- está en camino de crear en Palestina un centro de vida es-

 

 

 

 

 

 

214

 

 

piritual judía". Y agrega: "Es por esto que yo creo que el sionismo, movimiento de apariencia nacionalista, es, en fin de cuentas, benemérito a la humanidad".

 

El renacimiento judío, en verdad, existe y vale, sobre todo, como obra espiritual e intelectual de sus grandes pensadores, de sus grandes artis­tas, de sus grandes luchadores. En el elenco de colaboradores de La Revue Juive se juntan hom­bres como Albert Einstein, Sigmund Freud, Geor­ges Brandes, Charles Gide, Israel Zangwill, Wal­do Frank, etc. En el movimiento revolu-cionario de Oriente y Occidente, la raza judía se encuen­tra numerosa y brillantemente representada. Son estos valores los que en nuestra época dan al pueblo de Israel derecho a la gratitud y a la ad­miración humanas. Y son también los que le re­cuerdan que su misión, en la historia moderna, como lo siente y lo afirma Einstein, es principalmente una misión internacional, una misión hu­mana.

 

 

EL ANTISEMITISMO

 

El renacimiento del judaísmo ha provocado en el mundo un renacimiento del antisemitismo. A la acción judía ha respondido la reacción anti-semita. El antisemitismo, domesticado durante la guerra por la política de la "Unión Sagrada", ha recuperado violentamente en la post-guerra su an­tigua viru-lencia. La paz lo ha vuelto guerrero. Esta frase puede parecer de un gusto un poco pa­radójico. Pero es fácil convencerse de que tra­duce una realidad histórica.

 

La paz de Versalles, como es demasiado noto­rio, no ha satisfecho a ningún nacionalismo. El antisemitismo, como no es menos notorio, se nu­tre de nacionalismo y de conservantismo. Cons­tituye un sentimiento y una idea de las derechas. Y las derechas, en las naciones vencedoras y en las naciones vencidas, se han sentido más o menos excluidas de la paz de Versalles. En cambio, han reconocido en la trama del tratado de paz algunos hilos interna-cionalistas. Han reconocido

 

 

215

 

 

ahí, atenuada pero inequívoca, la inspiración de las izquierdas. Las derechas francesas han de­nunciado la paz como una paz judía, una paz pu­ritana, una paz británica. No han temido contradecirse en todas estas sucesivas o simultáneas ca­lificaciones. La paz -han dicho- ha sido dictada por la banca internacional. La banca interna­cional es, en gran parte, israelita. Su principal sede es Londres. El judaísmo ha entrado, en fuerte dosis espiritual, en la formación del puritanis­mo anglo-sajón. Por consiguiente, nada tiene de raro que los intereses israelitas, puritanos y bri­tánicos coincidan. Su convergencia, su solidari­dad, explican por qué la paz es, al mismo tiempo, israelita, puritana y británica.

 

No sigamos a los escritores de la reacción fran­cesa en el desarrollo de su teoría que se remonta, por confusos y abstractos caminos, a los más le­janos orígenes del puritanismo y del capitalismo. Contentémonos con constatar que, por razones seguramente más simples, los autores de la paz admitieron en el tratado algunas reivindicaciones israelitas.

 

El tratado reconoció a las masas judías de Po­lonia y Rumania los derechos acordados a las minorías étnicas y religiosas, dentro de los Estados adherentes a la Sociedad de las Naciones. En virtud de esta estipulación, quedaba de golpe abo­lida la desigualdad política y jurídica que la per­sistencia de un régimen medioeval había mantenido a los israelitas en los territorios de Polonia y Rumania. En Rusia la revolución había cance­lado ya esa desi-gualdad. Pero Polonia, recons­tituida como nación en Versalles, había here-dado del zarismo sus métodos y sus hábitos antisemi­tas. Polonia, además, alojaba a la más numerosa población hebrea del mundo. Los israelitas ence­rrados en sus ghettos, segregados celosamente de la sociedad nacional, sometidos a un pogrom* permanente y sistemático, sumaban más de tres millones.

 

En ninguna parte existía, por ende, con tanta

 

--------------

* Nombre dado a los motines contra los judíos en Rusia zarista. Hoy se aplica a toda persecución contra los judíos.

 

 

216

 

 

intensidad un problema judío. En ninguna na­ción las resoluciones de Versalles a favor de los judíos suscitaban, por la misma causa, una mayor agitación antisemita. El rol que le tocó a Polo­nia en la política europea de la post-guerra per­mitió que el poder cayera bajo el control del an­tisemitismo. Colocada bajo la influencia y la di­rección de Francia, en un instante en que domi­naba en Francia la reacción, Polonia recibió el encargo de defender y preservar el Occidente de las filtraciones de la revolución rusa. Esta políti­ca tuvo que apoyarse en las clases conservadoras, y que alimentarse de sus prejuicios y de sus ren­cores antijudíos. El hebreo resultaba invariablemente sospechoso de inclinación al bolchevismo.

 

Polonia es hasta hoy el país de más brutal an­tisemitismo. Ahí el antisemitismo no se manifies­ta sólo en la forma de pogroms cumplidos por las turbas jingoístas. El gobierno es el primero en resistir a las obligaciones de la paz. Una re­ciente información de Polonia dice a este respec­to: "El antisemitismo gubernamental y social parece acentuarse en Polonia. Hasta ahora las leyes de excepción legadas a Polonia por la Rusia zarista no han sido abrogadas".

 

Otro foco activo de antisemitismo es Rumania. Este país contiene igualmente una fuerte minoría israelita. Las persecuciones han causado un éxodo. Una gran parte de los inmigrantes que afluyen a Palestina proceden de Rumania. El número de israelitas que quedan en Rumania se acerca, sin embargo, a 755,000. Como en toda Europa, los hebreos componen en Rumania un estrato urbano. Y, en Rumania como en otras na­ciones de Europa Oriental, la legislación y la ad­ministración se inspiran principalmente en los intereses de las clases rurales. No por esto los judíos son menos combatidos dentro de las ciu­dades, demasiado saturadas naturalmente de sen­timiento campesino. El nacionalismo y el conser­vantismo rumanos no pueden perdonarles la ad­quisición del derecho de ciudadanía, el acceso a las profesiones liberales. El odio antisemita mon­ta su guardia en las universidades. Se encarniza contra los estudiantes israelitas. Reclama la adop‑

 

 

 

 

 

 

 

217

 

ción del Numerus Clasus, que consiste en la res­tricción al mínimo de la admisión de israelitas en los estudios universitarios.

 

El Numerus Clasus rige desde hace tiempo en Hungría, donde a la derrota de la revolución co­munista siguió un período de terror antisemita. La perse-cución de comunistas, no menos feroz que la persecución de cristianos del Imperio Romano, se caracterizó por una serie de pogroms. Los judíos, bajo este régimen de terror, perdie­ron prácticamente todo derecho a la protección de las leyes y los tribunales. Se les atribuía la responsabilidad de la revolución sovietista. ¿Un israelita, Bela Khun, no había sido el presidente de la República Socialista Húngara? Este hecho parecía suficiente para condenar a toda la raza judía a una truculenta represión. No obstante el tiempo trascurrido desde entonces, el furor an­tisemita no se ha calmado aún. El fascismo hún­garo lanza periódicamente sus legiones contra los judíos. Sus desmanes -cometidos en nombre de un sedicente cristianismo- han provocado última-mente una encendida protesta del Cardenal Csernoch, Príncipe Primado de Hungría. El Car­denal ha negado indignadamente a los autores de esos "actos abominables" el derecho de invo­car el cristianismo para justificar sus excesos. "De lo alto de este sillón milenario -ha dicho- yo les grito que son hombres sin fe ni ley".

 

En Europa Occidental el antisemitismo no tie­ne la misma violencia. El clima moral, el medio histórico, son diversos. El problema judío revis­te formas menos agudas. El antisemitismo, ade­más, es menos potente y extenso. En Francia se encuentra casi localizado en el reducido aunque vocinglero sector de la extrema derecha. Su hogar es L'Action Française. Su sumo pontífice, Charles Maurras. En Alemania, donde la revolu­ción suscitó una acre fermentación antijudía, el antisemitismo no domina sino en dos partidos: el Deutsche national* y el fascista. El racismo que tiene en Luddendorf su más alto condottiere mi­ra en el socialismo una diabólica elaboración del

 

--------------

* Alemán Nacional.

 

 

 

 

 

 

 

 

218

 

 

judaísmo. Pero en la misma derecha un vasto sector no toma en serio estas supersticiones. En el Volks Partei* milita casi toda la plutocracia -industrial y financiera- israelita.

 

La reacción, en general, tiene, sin embargo, en todo el mundo, una tendencia antisemita. Is­rael combate en los frentes de la democracia y de la Revolución. Un escritor antisemita y reaccio­nario, Georges Batault, resume la situación en esta fórmula: "En tanto que los judíos internacio­nales juegan a dos cartas -Revolución y Socie­dad de las Naciones- el antisemitismo juega a la carta nacionalista". El mismo escritor agrega que del sionismo se puede esperar una solución del problema judío. Los nacionalismos europeos trabajan por crear un nacionalismo judío. Porque piensan que la constitución de una nación judía libraría el mundo de la raza semita. Y, sobre todo, porque no pueden concebir la historia sino como una lucha de nacionalismos enemigos y de imperialismo beligerantes.

 

 

 

 

 

--------------

* Partido del Pueblo.

 

 

 

 

 

 

F I N

 

 

 

 

 

 

 

219

 

INDICE  ONOMASTICO

 

ALBERTINI, Juan B. (1769-1831).- Literato alemán. Jefe espiritual de una secta religiosa checa. Sus estudios teo­lógicos rezuman su preocupación por la enseñanza re­ligiosa.

AMENDOLA, Giovanni (1882-1926).- Político italiano anti-fascista. Ministro de Colonias en 1922 y, luego, parla­mentario. Abandonó toda función pública para dirigir la lucha contra Mussolini. Murió en el exilio, como consecuencia de un atentado. Dejó escritos dos libros, siendo el más difundido Una batalla liberal.

ANDREYEV, Leonidas Nicolás (1871-1919).- Novelista y dramaturgo ruso de estilo realista. Entre sus obras fi­guran: Los siete ahorcados, Judas y Memorias de un hombrecito durante la Gran Guerra.

ASQUITH, Herbert Henry (1852-1928).- Político inglés, di­rigente del Partido Liberal. Propició, en lo exterior, la política expansionista de su país, y, en lo interior, la adopción de medidas democráticas. Formuló la declara­toria de guerra contra Alemania, en 1914.

BABOEUF, Cayo Grace (1760-1797).- Político galo de la Revolución Francesa. Concibió una utopía para repar­tir la tierra y las riquezas entre todos. Fue guillotinado.

BAKUNIN, Miguel (1814-1876).- Anarquista ruso. Fundó la Alianza de la Democracia Socialista y los Hermanos In­ternacionales. Entre sus obras destacan: Dios y el Es­tado, El Catecismo Revolucionario y Los Principios de la Revolución.

BALFOUR, Arthur James (1848-1930).- Político conserva­dor inglés. Como Ministro de Negocios Extranjeros en el Gabinete de Lloyd George formuló una declaración, que lleva su nombre, prometiendo un hogar nacional a los judíos.

BARBUSSE, Henri (1873-1935).- Novelista francés. En la contienda bélica europea (1914-1918) obtuvo dos veces la Cruz de Guerra, escribiendo, con su experiencia de soldado, su libro El Fuego, ganador de altos premios li­terarios. Militante del Partido Comunista. Otras novelas suyas son: El Infierno y Con el cuchillo entre los dien­tes. Fue gran admirador de José Carlos Mariátegui.

BARRES, Maurice (1862-1923).- Literato y político francés de ideas derechistas. Entre sus producciones más apre­ciadas se citan: Los desarraigados (su obra fundamen­tal, en 3 tomos), El Greco y los secretos de Toledo (profundo análisis de la psicología española) y La colina inspirada.

BAZILE, Jules (1845-1922).- Llamado Guesde. Fue uno de los más destacados dirigentes del socialismo francés.

BENELLI, Sem (1875-1949).- Poeta y dramaturgo italiano. Entre sus poemas cabe citarse El nuevo tiempo, y entre sus piezas de teatro: La Gorgona, Orfeo y Proserpina, y la más representada: La cena de la burla.

 

 

 

 

 

 

 

320

 

 

BENES, Eduardo (1884-1948).- Uno de los padres de la República de Checoeslovaquia. Dirigió la lucha contra el nazismo, cuando los alemanes invadieron su país,

BLANQUI, Auguste de Louis (1805-1884).- Revolucionario francés de tendencias extremistas, se opuso a toda co­laboración con la burguesía. Tuvo destacado papel du­rante la revuelta de la Comuna de Paris, en 1870.

BLOCK, Alejandro (1880-1921).- Gran poeta ruso. Se adhi­rió a la triunfante revolución comunista. Son célebres sus poemas: Los Doce y Los Escitas.

BLUM, León (1872-1950).- Político francés socialista. Can­didato del Frente Popular, en 1936 llegó a ser Presidente del Consejo de Ministros. Se opuso a toda concesión al nazismo, Estuvo preso durante la ocupación alemana. Ha dejado numerosos escritos sociológicos y critica teatral,

BONCOUR, Paul Joseph (1873).- Político francés. Desem­peñó múltiples cargos diplomáticos.

BONTEMPELLI, Massimo (1878).- Escritor italiano. Aunque practica también la poesía, el teatro y el ensayo, es, fundamentalmente un novelista de gran humor. En­tre sus obras figuran: La vida intensa y La última Eva. En 1950 fue excluido del Senado de su país, al que fue­ra electo en 1948, por sus ideas fascistas.

BRANDES, George (1842-1927).- Crítico literario e histo­riador danés. Son singularmente importantes sus estu­dios sobre Taine y sobre las modernas literaturas europeas, así como sus monografías de Napoleón, Voltaire, Julio César, etc.

BRIAND, Aristide (1862-1932).- Estadista francés de ideas avanzadas. Fundó con Jaurés La Humanidad (L'Huma­nité), órgano del comunismo francés. Siendo Ministro de Instrucción Pública y Cultos, separó a la Iglesia del Es­tado. Candidato a la Presidencia de la República en 1931. Obtuvo el Premio Nóbel de la Paz, en 1926. Ver Figuras y Aspectos de la Vida Mundial y El Artista y la Época.

CAILLAUX, Joseph (1863-1944).- Político francés de ideas contradictorias y vida accidentada. Protagonizó diversos duelos a muerte. Ver Figuras y Aspectos de la Vida Mundial.

CAMPANELLA, Tommaso (1568-1639).- Filósofo italiano del Renacimiento: Escribió la famosa utopía La Ciudad del Sol, precursora de ideas sociales más avanzadas e inspirada en el Imperio Socialista del Incario.

CANNING, George (1770-1827).- Ministro inglés de Nego­cios Extranjeros, se opuso a que las naciones europeas mediatizasen la emancipación de los países sudameri­canos.

CARDUCCI, Josue de (1836-1907).- Escritor italiano, ob­tuvo el Premio Nóbel de Literatura en 1906. Ensayista, de importantes y numerosos trabajos de crítica artística y popular. A este último género pertenecen su Himno a Satanás y su Oda bárbara.

CAVOUR, Camilo de ((1810-1861).- Político italiano de tendencia liberal. Se le considera, conjuntamente con Garibaldi y Víctor Manuel II, forjador de la unidad de la Italia actual.

 

 

 

 

 

221

 

 

CLEMENCEAU, George (1841-1920).- Político francés de oratoria agresiva, por lo cual le apodaban El Tigre. Pri­mer Ministro desde noviembre de 1917 a enero de 1920, fue uno de los artífices de la victoria aliada en la Pri­mera Guerra Mundial. Ver Figuras y Aspectos de la Vida Mundial.

COOLIDGE, Calvin Cary (1872-1933).- Presidente de los Estados Unidos (1925-1929). Es el segundo de la triada republicana de la década del 20. Los otros dos fueron Harding y Hoover. Su gobierno fue de prosperidad eco­nómica. Restableció las buenas relaciones con México.

CROCE, Benedetto (1866-1952).- Filósofo idealista italia­no. Buscó identificar la filosofía con la historia. Son valiosos sus aportes a la Estética. Permaneció siempre en contra del fascismo y dirigió, hasta fines de 1947, el Partido Liberal italiano. (Ver Figuras y aspectos de la vida mundial).

CROMWELL, Oliver (1599-1658).- Jefe de la secta protes­tante inglesa, los puritanos. En 1648 derrocó al rey Carlos I y ordenó su muerte. Se hizo llamar Lord Protec­tor, gobernando con este título hasta el fin de sus días.

CHAUTEBRIAND, Francois René (1768-1848).- Literato y político francés. Se opuso a la Revolución Francesa. Sus libros principales son El genio del Cristianismo y sus Memorias de Ultratumba, verdadero compendio de su época.

D'ANNUNZIO, Gabriel (1863-1938).- Poeta y dramaturgo italiano. Su verdadero nombre es Gaetano Rapagneta. Tuvo su propio grupo de ideología fascista: los arditi. Destacan en su producción: La ciudad muerta, El supli­cio de San Sebastián, La hija de Iorio y La antorcha escondida. (Ver Figuras y Aspectos de la Vida Mundial).

DAVIS, Norman (1878-1944).- Financiero norteamericano. Asesor del Presidente Wilson en la Conferencia de la Paz, celebrada al finalizar la guerra del 14. Sub-Secreta­rio de Estado en 1920. Presidente de la Cruz Roja Nor­teamericana.

DAWES, Charles G. (1865-1951).- Economista norteameri­cano. Premio Nóbel de la Paz (1926). El Plan Marshall de la segunda post-guerra vendría a ser el equivalente histórico del Plan Dawes de la primera.

EBERT, Friederich (1871-1925).- Presidente de la Repúbli­ca Germana. En 1905 fue Jefe del Partido Social Demó­crata Alemán. Al finalizar la primera guerra europea, se opuso a la insurrección comunista de Kiel, protagoni­zada por la marina. Presidente del Reich, fue muy atacado tanto por el comunismo como por el fascismo. (Ver La Escena Contemporánea).

EINAUDI, Luigi (1874).- Economista y político italiano. Primer Presidente de la República Italiana Moderna.

EINSTEIN, Alberto (1879-1951).- Eminente sabio alemán. Fundador de la Física moderna. Premio Nóbel de Física en 1821. Autor de la Teoría de la Relatividad. Sus postulados sirven de base para la ciencia del átomo de nuestra época.

ENGELS, Federico (1820-1895).- Filósofo y economista ale­mán, fundador, junto con Carlos Marx, del socialismo científico, en unión de quien redactó el Manifiesto Co-

 

 

 

 

 

 

222

 

 

munista. Secretario General de la primera Asociación Internacional de Trabajadores y Jefe de la Segunda In­ternacional Socialista. Sufrió persecuciones por sus ideas políticas. Sus obras más famosas son: Anti-During, Dia­léctica de la Naturaleza y El origen de la familia, la propiedad y el Estado. Publicó los volúmenes II y III de la obra de Carlos Marx, El Capital.

ERZBERGER Matías (1871-1921).- Político católico ale­mán. Antimilitarista, denunció los engaños del Alto Mando germano durante la I Guerra Mundial. Lo ase­sinaron los partidarios del nacional-socialismo, o hitle­ristas.

ESPARTACO (113-7 a.C.).- Jefe de una famosa rebelión de esclavos que hizo estremecer al poderoso Imperio Romano. Fue dominado y muerto.

FARINACCI, Roberto (1839-1945).- Político italiano. Pasó del socialismo al fascismo radical. Por sus delitos so­ciales fue condenado a muerte por un Tribunal Popu­lar, al producirse la derrota fascista. Ver Figuras y As­pectos de la Vida Mundial.

FERRERO, Guillermo (1871-1942).- Historiador y sociólogo italiano. Yerno del penalista Lambroso. Tuvo que aban­donar su cátedra por orden del fascismo.

FERRI, Enrico (1856-1929).- Penalista, político y catedrá­tico italiano, a quien se le considera el creador de la criminología. Obra: Sociología Criminal.

FLAUBERT, Gustavo (1784-1846).-Gran novelista román­tico francés. Su obra más conocida es Madame Bovary, retrato del hastío y el deseo provincianos.

FRANCE, Anatole (1844-1924).- Escritor francés, cuyo ver­dadero nombre es Anatole Francois Thibault. Premio Nobel de Literatura en 1921. Se caracteriza por su per­fección de forma y su irónico escepticismo. En su copio­sa obra sobresalen: El jardín de Epicuro, La azucena roja, La isla de los pingüinos (novelas) y El Genio Latino (reunión de sus ensayos).

FRANK, Waldo (1889).- Escritor norteamericano. Lo fun­damental de su tarea literaria versa sobre la América Latina y España, cuya faz y problemas ha intentado captar en libros tan difundidos como: Nuestra América, Ustedes y nosotros, En la selva americana, España Vir­gen, etc. (Ver El Alma Matinal).

FREUD, Sigmund (1856-1939).- Médico y neurólogo aus­triaco. Creador del Psicoanálisis, teoría basada en la se­xualidad del ser humano y sus represiones y deforma­ciones. Sus estudios sentaron las bases para la moder­na ciencia que se ocupa de los transtornos mentales y nerviosos. Escribió numerosas obras en las cuales expu­so su pensamiento. (Ver Defensa del Marxismo y El Ar­tista y la Época).

FOCH, Ferdinand (1851-1929).- Mariscal de Francia y Gran Bretaña. Miembro de la Academia Francesa. Generalísi­mo de las fuerzas francesas durante la Primera Guerra Mundial. Estratega triunfante contra el ejército alemán. Dejó varios libros: Los principios de la guerra, De la conducción de la guerra, Elogio de Napoleón y Memorias para servir a la historia de la Gran Guerra.

 

 

 

 

 

 

223

 

 

GARIBALDI, José (1807-1882).- Guerrillero y patriota ita­liano. Forjador activo de la unidad italiana en1848. Recorrió y vivió en América del Sur; estuvo de paso por El Callao.

GAROFALO, Rafael (1852-1934).- Penalista y criminólogo italiano. Escribió Criminología.

GENTILE, Giovanni (1875-1944).- Filósofo italiano. Apli­có sus ideas al campo educativo durante el régimen fascista.

GHANDI, Mahatma (1869-1948).- Jefe del nacionalismo hindú. Contribuyó como nadie a la independencia de la India. Murió asesinado por un fanático en Nueva Delhi. Predicaba la política de "no violencia".

GIDE, André (1869-1951).- Novelista, dramaturgo y ensa­yista francés. Entre sus libros más notables se hallan: El inmoralista, Los alimentos terrestres, Los monederos falsos y su Diario. (Ver Signos y Obras).

GIDE, Charles. (1847-1932).- Economista francés, propul­sor del cooperativismo moderno. Dio a la imprenta nu­merosos libros especializados: Principios de Economía Política, La cooperación, Historia de las doctrinas eco­nómicas, Las sociedades cooperativas de consumo, etc. Fundó la Revista de Economía Política de París y la Escuela de Nimes que desarrolla hasta hoy sus postulados económicos.

GIOLITTI, Giovanni (1842-1928).- Político italiano. Intentó mantener la neutralidad de Italia durante la gue­rra de 1914-1918. Presidió el Consejo de Ministros en 1921, antes de la ola fascista. Ver Figuras y Aspectos de la Vida Mundial.

GIRAUDOUX, Jean (1882-1944).- Dramaturgo y poeta fran­cés, cultivó una literatura lírica y fantástica. Sus piezas teatrales más representadas son Judith, El Apolo de Bellas y Ondine.

GOETHE, Juan Wolfgang (1749-1832).- Escritor alemán. Autor de Fausto, la obra clásica de la literatura ger­mánica. Otro libro suyo, Werther, inicia el romanticismo europeo. Es uno de los genios literarios.

GORKI, Máximo (1869-1936).- Seudónimo de Alexel Maxi­minovich Pieckov que significa "el amargo". Gran no­velista ruso de estilo realista. Apoyó el régimen bolche­vique. La Madre, Ex-hombres y Mis universidades son sus libros más difundidos. (Ver Signos y Obras).

GOYA, Francisco de (1746-1828).- Pintor español naturalista. Forma con el Greco y Velásquez la gran triada de pintores españoles. Son notables sus cuadros de la guerra española contra Napoleón: Los fusilamientos de Madrid y sus grabados.

GROSZ, George (1893).- Pintor y dibujante alemán, fusti­gó en sus caricaturas el nacionalismo hitlerista. Vive ac­tualmente en los Estados Unidos.

HAIG, Douglas (1861-1928).- General inglés. Jefe de las tropas de la Gran Bretaña en la Primera Guerra Mun­dial. Estratega victorioso contra Alemania.

HARDIN, Warren G. (1865-1923).- Presidente de los Es­tados Unidos de 1920 a 1924. Atacó a la Liga de las Na­ciones. Firmó, prescindiendo de los aliados, un Tratado

 

 

 

 

 

224

 

 

de Paz con Alemania. Convocó una Conferencia en Washington para la limitación de los armamentos, sin consecuencias.

HAUPTMANN, Gerhard (1862-1946).- Dramaturgo alemán. Sus obras constituyen, en gran parte, una violenta de­nuncia contra la explotación capitalista. Destaca entre ellas, La Weber. Premio Nóbel de Literatura en 1912.

HERRIOT, Edouard (1872-1956).- Político y escritor fran­cés. Alcalde de Lyon desde 1904 hasta su muerte, salvo el período de la ocupación alemana. Presidente del Con­sejo de Ministros en varias ocasiones. Como jefe del Par­tido Radical propició la unión de las izquierdas.

HOUSE, Edward (1858-1938).- Militar norteamericano que actuó como representante de Wilson en los tratados preliminares a la Conferencia de Versalles.

IBSEN, Enrique (1828-1906).- Dramaturgo noruego. Los personajes de sus obras lo señalan como un precursor de la psicología moderna. Sus obras mismas lo acredi­tan como el fundador del moderno teatro de ideas o de tesis y del teatro de problemática social. Entre sus dramas se citan: Espectros, Peer Gynt, La casa de mu­ñecas, El niño Eyolf, Hedda Gabler, etc.

ISTRATI, Panait (1884-1937).- Escritor rumano, vagabun­do y bohemio. Intentó suicidarse por desesperación y hambre. La oportuna intervención de Romain Rolland, a quien escribió antes de su acto frustrado, lo rescató. Su novela más famosa es Kyra Kyralina. (Ver El Artis­ta y la Época).

JAURES, Jean (1859-1914).- Político socialista francés. Fundador del diario L'Humanité. Fue asesinado, por oponerse a la Primera Guerra Mundial, en la víspera de la iniciación del conflicto. (Ver La Escena Contempo­ránea).

JULIANO (332-363 a.C.).- Emperador romano llamado El Apóstata que, pese a haber sido educado en el cristia­nismo, abjuró de él y retornó al paganismo.

KAMENEF (1883-1936).- Político ruso. Dirigente del Par­tido Comunista bolchevique. Larga etapa de su vida estuvo preso y desterrado. Al triunfar la Revolución Comunista ocupó altos cargos políticos y estatales. Gran panfletista. Su nombre verdadero fue Liov Borisovich.

KERENSKI (1881).- Político ruso. Al triunfar la revuelta contra el zar fue nombrado Presidente del Consejo de Ministros del Estado Revolucionario. Derrocado por la Revolución Comunista huyó al extranjero. Vive actualmente en Londres. Ha escrito un libro de memorias: La catástrofe.

KEYNES, Maynard John (1883-1946).- Economista inglés de reputación mundial. Criticó el Tratado de Versalles en su aspecto económico. Sus ideas han contribuido al desarrollo de la economía moderna.

KROPOTKIN, Alexievich Pedro (1842-1921).- Aristócrata anarquista ruso.

LABRIOLA, Antonio (1843-1904).- Filósofo italiano influi­do por Hegel y, principalmente, por Marx.

LAFARGUE, Paul (1842-1911).- Yerno de Marx y heredero de sus escritos. Luchó a favor del proletariado francés.

 

 

 

225

 

 

LENIN (1870-1924),- Político ruso. Su verdadero nombre fue Vladimir Ilich Ulianov. Jefe del comunismo ruso. Fundador del Partido Comunista bolchevique. Jefe de la Revolución que llevó al poder a su partido. Funda­dor de la III Internacional. Desarrolló el marxismo, aplicándolo a la etapa imperialista. Dejó gran número de libros, entra ellos: ¡Qué hacer?, Materialismo y Em­piriocriticismo, El imperialismo: etapa superior del ca­pitalismo, etc. Junto con Marx y Engels, constituye le autoridad máxima en la filosofía del materialismo his­tórico

LIEBKNECHT, Karl (1871-1919).- Jefe del Partido Comu­nista alemán, Diputado al Reichstag, apoyó abiertamente la revolución comunista en Rusia. Estuvo preso varios años. Sus partidarios se llamaban "espartaquis­tas" y combatían al socialismo moderado. Murió durante una insurrección popular.

LUDENDORF, von Erico (1885.1937).- General alemán de la I Guerra Mundial, Sus éxitos militares lo llevaron e participar en política, propiciando una religión nacio­nalista y racista.

LUXEMBURGO, Rosa (1870-1919).- Revolucionaria co­munista. Aunque nacida en Polonia, adoptó la ciuda­danía alemana y fue líder del Partido Comunista ale­mán. Apoyó a Karl Liebknecht en la lucha de los "espartaquistas". Estuvo presa varios años. Murió durante una insurrección popular. Es famoso su libro ¿Reforma o Revolución?

LLOYD, George David (1863-1945).- Político inglés del Partido Liberal. Primer Ministro en 1916, llevó la guerra contra Alemania con gran energía. Defendió hábilmen­te los intereses de Inglaterra en la Conferencia de la Paz de Versalles. Ver Figuras y Aspectos de la Vida Mundial.

MAC DONALD, Ramsay (1866-1937).- Estadista inglés. Im­pulsor del Partido Laborista, cuya jefatura ocupó en varias ocasiones. Se opuso a la entrada de Inglaterra a la contienda del 14-18. Muy combatido por sus ideales pacifistas. Apoyó el Plan Dawes y estableció rela­ciones con la Unión Soviética. Dejó varios libros: El movimiento socialista, Parlamento y Revolución, etc. Ver Figuras y Aspectos de la Vida Mundial.

MACCHIAVELLO, Nicola (1469-1527).- Hombre de estado florentino. Gran político y escritor dejó la obra con­siderada como el breviario moderno de la política: El Príncipe.

MAETERLINCK, Maurice (1862-1949).- Novelista y drama­turgo belga. Premio Nóbel de Literatura en 1911. Sus primeros libros nos entregaron su preocupación por el misterio, la muerte y lo desconocido. Sus últimos, no revelan la existencia íntima de la naturaleza, principalmente de los animales. Es célebre su obra La vida de las abejas.

MAIACOVSKI, Vladimiro (1894-1930).- Poeta ruso. Cantor de la Revolución Comunista, renovó la estética tradicio­nal. En su primera etapa fue futurista y a ella pertene­ce su célebre poema La nube en pantalones. Sus obras

 

 

 

 

 

 

 

 

226

 

 

completas se han publicado en castellano. Su poema más difundido es Formidable. Cultivó el drama y el ensayo.

MALATESTA, Enrique (1853-1922).- Revolucionario italia­no de ideas anarquistas. Firmaba con el Seudónimo de Robert Fritz. Expulsado de Italia y Francia, se estableció en Londres, influyendo grandemente en el anar­quismo de su época. Escribió varias obras: En tiempo de elecciones, Entre campesinos, La anarquía, etc.

MANZONI, Alejandro (1785-1873).- Escritor italiano de es­píritu romántico. Su libro, Los novios, le dio fama mundial.

MARINETTI, Filippo (1876-1944).- Poeta italiano, fundó el Movimiento Futurista, cuyo Manifiesto primigenio apareció en el Fígaro de París en 1909, y cuyos mejores frutos se hallan en la revista Poesía, fundada por él y su grupo. Su movimiento propiciaba una imaginación ilimite, destrucción de la sintaxis y el culto de lo vital y lo fonético. Sus libros más representativos son Zang-Tumb-Bunmb y Futurismo y Fascismo.

MATTEOTTI, Giacomo (1885-1924).- Profesor y parlamen­tario italiano. Fue asesinado por el fascismo, originando este hecho un resonante proceso público, con grave detrimento político y moral para el régimen. Ver Fi­guras y Aspectos de la Vida Mundial.

MARX, Karl (1818-1883).- Filósofo alemán. Fundador del socialismo científico: base ideológica del movimiento co­munista actual. Vivió perseguido por varios años. Re­dactó el primer Manifiesto Comunista, ayudado por Engels. Su obra básica, en tres tomos, es El Capital.

MAURRAS, Charles (1868-1953).- Político francés de ideas monárquicas y fascistas. Dirigió el periódico L'Action Française. Consejero de Petain durante la última ocu­pación alemana de Francia. Finalizada la guerra, fue condenado a prisión por colaboracionista. (Ver Signos y Obras).

MAZZINI, José (1805-1872).- Revolucionario italiano de ideas liberales y utópicas. Contribuyó a la actual uni­dad italiana.

MILLERAND, Alejandro (1859-1943).- Político francés que sucedió a Clemenceau.

MJRESKOWSKI, de Demetrio (1861-1941).- Novelista ruso. Autor, entre otras, de la novela La muerte de los dioses, sobre el tema de Juliano el Apóstata.

MOMMSEN, Teodoro (1817-1903).- Historiógrafo alemán dedicado, principalmente, al estudio del Imperio Romano. Su obra en seis volúmenes: Romische Geschichte, es considerada maestra en su género. Obtuvo el Premio Nóbel de Literatura en 1902.

MORGAN, John Pierpont (Jr.) (1867-1943).- Financiero norteamericano. Durante la primera guerra mundial concurrió a los empréstitos de la Entente hechos en los Estados Unidos, y en 1924 prestó gran apoyo para la valorización del franco francés. Se le considera el realizador económico del "Plan Dawes". (Ver Dawes Charles).

MUSSOLINI, Benito (1883-1943).- Político italiano. Fun‑

 

 

 

 

 

 

 

227

 

 

dador del fascismo. Fue primero socialista y expulsado de sus filas por sus ideas bélicas e intervencionistas. Conquistado el poder por sus partidarios, gobernó a Ita­lia con el título de Duce desde 1922 hasta su falleci­miento en 1943. Murió asesinado por el pueblo anti-fascista en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial.

NITTI, Francisco (1868-1953).- Político italiano liberal. Salvó a su patria del desastre económico que siguió a la Primera Guerra Mundial. Los alemanes lo encerraron en un campo de concentración por haber combatido al nazismo.

NORTHCLIFFE, Lord (1865-1942).- Su nombre completo es Alfred Ch. W. Harmsworth. Periodista y político conser­vador inglés. Fue director de The Times, el más impor­tante diario británico.

OIETTI, Ugo (1871-1945).- Escritor italiano. Novelista, dra­maturgo y crítico de arte. Destacan en su producción: Retrato de un artista italiano (novela), El matrimonio de Casanova (obra teatral), El retrato italiano de 1500 al 1800 (estudio pictórico).

ORLANDO, Manuel Víctor (1860-1931).- Político italiano, representó a su patria en la Conferencia para el Tra­tado de Versalles, en 1919. Se le acusó, posteriormente, de no haber sabido cumplir con su  delicada tarea.

PANZINI, Alfredo (1863-1939).- Escritor italiano discípulo de Carducci, famoso por su fino humorismo. Entre su vasta producción cabe citar: Pequeña historia del gran mundo, La linterna de Diógenes y La bella historia de Orlando enamorado y furioso.

PAPINI, Giovanni (1881-1956).- Escritor italiano. En forma póstuma obtuvo el "Lapicero de Oro": máximo ga­lardón literario de Italia. Famoso por sus crisis religio­sas, reflejadas en sus libros, como: Memorias de Dios, Historia de Cristo y Lo que el demonio me dijo.

PLATON (427-347 a.C.).- Filósofo griego; su nombre ver­dadero fue Aristocles. Entre sus obras principales figu­ran: Apología de Sócrates, Critón, Diálogos, El Banquete o Simposion, La República, etc.

PETRARCA, Francisco (1304-1374).- Escritor humanista italiano, precursor del Renacimiento. Creador del soneto renacentista. Su obra poética de mayor mérito la reunió en Canzoniere, donde destacan sus sonetos a Laura, su amada ideal.

PERSHING, John Joseph (1860-1948).- General norteame­ricano. Luchó contra los apaches y en la guerra contra. España (1898). Jefe de las fuerzas norteamericanas en la Primera Guerra Mundial. Presidió la Comisión del Plebiscito de Tacna y Arica. Dejó un libro: Mis expe­riencias en la Gran Guerra.

PIRANDELLO, Luigi (1867-1929).- Dramaturgo y novelista italiano. Ganó el Premio Nóbel de Literatura en 1934. Su obra cumbre, Seis personajes en busca de autor, transformó la técnica teatral contemporánea.

POINCAIIE, Raymond (1860-1934).- Presidente de la República Francesa durante la I Guerra Mundial. (Ver Fi­guras y Aspectos de la Vida Mundial).

 

 

 

 

 

 

 

228

 

 

PREZZOLINI, Giusseppe (1882).- Escritor italiano. Fundó con Papini la revista Leonardo, y luego, solo, La Voz, desde la cual defendió el sindicalismo socialista. Ensa­yista. Entre sus obras están: Benedetto Croce, La teoría sindicalista, La cultura italiana, Vida de Macchiavello, etc.

PRIMO DE RIVERA, Miguel (1870-1930).- General español. Dio un golpe de Estado en 1923. Su dictadura duró hasta 1930. Se llamó El Directorio. (Ver Figuras y Aspectos de la Vida Mundial).

PUVIS DE CHAVANNES, Pierre (1824-1898).- Pintor fran­cés anti-académico.

RATHENAU, Walther (1867-1922).- Financista y político alemán. Inventor de procedimientos electroquímicos y dirigente de grandes empresas industriales. Ministro de Reconstitución Nacional (1921). Ministro de Asuntos Extranjeros. Fue asesinado por un grupo de naciona­listas, por su nacionalidad judía.

RIENZO, Nicolás (1313-1354).- Tribuno romano que luchó contra la tiranía de su época. Orador notable.

ROLLAND, Romain (1866-1944).- Escritor francés, ganó el Premio Nóbel de Literatura en 1915. Gran humanista y apóstol del pacifismo, ejerció gran influencia espiri­tual entre los escritores de su tiempo. Dejó, entre otros libros notables, dos obras básicas: Juan Cristóbal y La fuente encantada.

ROOSEVELT, Teodoro (1852-1919).- Presidente de los Es­tados Unidos de 1901 a 1909. Propulsó la violenta políti­ca expansiva de su país. Sin embargo, le adjudicaron el Premio Nóbel de la Paz en 1905.

RUSKIN, John de (1819-1900).- Escritor inglés. Se le con­sidera el fundador de la estética moderna de su patria. Su producción sobrepasa los 50 volúmenes. Las piedras de Venecia y Pintores Modernos son sus obras más di­vulgadas.

RUSSELL, Bertrand (1872).- Científico y escritor británi­co, encarcelado por pacifista durante la I Guerra Mun­dial. Obtuvo el Premio Nóbel de Literatura en 1950. Eminente lógico, matemático, ensayista y filósofo.

SAINT JUST, Luis Antonio (1767-1794).- Revolucionario francés partidario de Robespierre. Votó a favor de la muerte inmediata y sin apelación de Luis XVI. Miem­bro del Triunvirato del Comité de Salud Pública. Fue guillotinado.

SALANDRA, Antonio (1853-1931).- Conservador italiano. Como Presidente del Consejo de Ministros, en 1915, de­claró la guerra a los Imperios Centrales.

SHAW, Bernard (1856-1950).- Dramáturgo inglés. Premio Nóbel de Literatura en 1952. Entre sus piezas más difundidas figuran: Pigmalión, Santa Juana, La Coman­dante Bárbara, Retorno a Matusalén, La otra isla de John Bull, Hombre y Superhombre, etc. Gran propulsor del teatro realista y de problemática social. Fue un so­cialista moderado pero intransigente.

SHELLEY, Percy Bysshe (1792-1822).- Poeta inglés y ada­lid de la escuela romántica. Combatió la opresión y el

 

 

 

 

 

 

229

 

 

colonialismo de su tiempo. En su obra, destacan los poemas de gran aliento: Queen Mab, La revuelta del Islam y Adonais.

SOREL, George (1847-1922).- Sociólogo francés. Defensor del sindicalismo revolucionario. Su obra más importante es Reflexiones sobre la violencia. (Ver Defensa del Marxismo).

SPENCER, Herbert (1820-1903).- Sociólogo inglés; aplicó al campo social sus propias ideas evolucionistas. Obra: Principios de Sociología, etc.

SPENGLER, Oswaldo (1880-1936).- Filósofo alemán. Céle­bre por su libro La decadencia de Occidente.

STENDAHL (1783-1842).-Su verdadero nombre es Henri Beyle. Notable novelista francés. Su libro más popula­rizado es Rojo y Negro.

STURZO, Luigi (1871).- Cura italiano, fundador de la Democracia Cristiana. Combatió al fascismo con su Partido Popular. Al finalizar la segunda guerra mun­dial fundó con Alcides de Gasperi el Partido Demócrata-Cristiano.

TAGORE, Rabindranath (1861-1941).- Notable escritor hindú, ganador del Premio Nóbel de Literatura en 1903. Su fina prosa y sentido poético le hicieron escribir libros como El Jardinero, y sus preocupaciones filosóficas, de origen orientalista, obras como El sentido de la vida.

TARDIEU, André (1876-1945).- Político y escritor francés. Presidente del Consejo de Ministros de Francia. Varias veces ministro en diversas carteras, fue un decidido partidario de Clemenceau. Periodista notable, firmaba muchos de sus artículos con el seudónimo de George Villiers. Sus libros más comentados fueron La paz y La hora de la decisión.

TCHICHERIN (1880-1937).- Aristócrata ruso. Sirvió a la Revolución comunista rusa, de 1917 a 1930, como Minis­tro de Relaciones Exteriores.

THOMAS, Albert (1878-1932).- Político francés. Funciona­rio de la Sociedad de las Naciones, como Director de la Oficina Internacional del Trabajo.

TILGHER, Adriano (1887-1941).- Crítico y filósofo ita­liano. Gran defensor de Pirandello, a cuyo triunfo con­tribuyó. Entre sus libros más notables se cita Relativis­mo contemporáneo.

TURATI, Augusto (1888).- Secretario General del fascis­mo. Diputado del mismo partido. Sufrió prisión al fi­nalizar la Segunda Guerra Mundial.

TZARA, Tristán (1896).- Poeta francés contemporáneo de origen rumano. Fue el principal forjador del "dadaís­mo", movimiento pesimista y estridente de la pots-guerra del 18 que propiciaba una actitud anárquica y antiartística. Publicó y escribió el Primer Manifiesto Dadaísta y dio al movimiento su libro de poesía más representativo: Primera aventura celeste de M. Antypy­rine. Posteriormente se adhirió al surrealismo, dando a la imprenta, entre otros libros y poemas, Dialéctica de la poesía y Surréalisme et l'aprés-guerra.

VAILLANT, Edouard (1840-1915).-Político francés, famo­so por sus virajes políticos.

 

 

 

 

 

230

 

 

VANDERVELDE, Emilio (1866-1938).- Político belga de ideología socialista. Jefe del socialismo de su país. Parlamentario en varios períodos. Miembro del Ejecuti­vo de la Internacional Socialista. Ministro de Estado. Representó a Bélgica en la Conferencia de la Paz de 1925 y suscribió el Pacto de Locarno. Pacifista, intentó reducir a seis meses el servicio militar en su país. Dejó varios libros. Entre ellos: La cuestión agraria en Bélgica. Ver Defensa del Marxismo.

VINCI, Leonardo de (1452-1519).- Genial inventor y artis­ta del Renacimiento.

VIVIANI, René (1863-1925).- Diputado socialista francés, se caracterizó por ser defensor de la colaboración con la burguesía. Fue Ministro y Presidente del Consejo de Ministros en diferentes oportunidades. Ver Figuras y Aspectos de la Vida Mundial.

VORONOFF, Sergei (1866-1915).- Célebre médico ruso que pretendía haber hallado, mediante el injerto de glán­dulas de monos, el secreto para prolongar la vida hu­mana.

WEBB, Sydney (1859-1947).- Economista inglés. Pese a per­tenecer a la nobleza -era Barón de Pass-Field- se hizo socialista. Miembro del Ejecutivo del Partido Laborista. Ministro de Colonias. Fue uno de los fundadores de la Sociedad Fabiana, donde se agruparon notables per­sonalidades de su tiempo. Dejó numerosos libros. Entre ellos: El socialismo en Inglaterra, Historia de las Unio­nes Obreras, Soviets comunistas: ¿una nueva civili­zación?, etc.

WELLS, George Herbert (1868-1946).- Novelista inglés, de­dicado a las utopías fantásticas y científicas. Predicó un ateísmo optimista. Muchos de sus vaticinios se han cumplido. Escribió numerosísimos libros. Destacan en su producción: La guerra de los mundos, El hombre invisible, Breve historia del mundo, Una utopía moder­na, etc.

WILSON, W. Thomas (1856-1924).- Presidente de los Es­tados Unidos desde 1912 hasta 1919. Declaró la guerra a los Imperios Centrales en 1917.

WRANGEL, Pedro (1879-1928).- General ruso zarista. El gobierno francés de la época le pagó para que comba­tiese al régimen comunista recién instalado, en 1917, e invadió la Unión Soviética al frente de un ejército mer­cenario, siendo derrotado.

ZINOVIEV, Gregorio (1883-1936).- Político ruso. Dirigente del Partido Comunista bolchevique. Presidente de la Tercera Internacional. Combatió tanto a Trotski como a Stalin. Murió fusilado. Dejó dos libros: Biografía de Lenin y Leninismo contra el trotskismo (escrito en compañía de Stalin y Kamenef).

ZOLA, Emilio (1840-1902).- Novelista francés, jefe de la escuela literaria naturalista. Ardiente defensor del ca­pitán Dreyfus, publicó un folleto famoso, Yo acuso, que ayudó grandemente a restablecer la inocencia del citado militar. Entre sus obras más famosas se citan: La bestia humana, Germinal, Fecundidad, etc.

 

 

 

 

 

 

 

 

INDICE

 

Nota Editorial                                                                                     5

 

Presentación                                                                                                  7

 

I.- BIOLOGIA DEL FASCISMO                                                                 13

 

Mussolini y el fascismo                                                                                   13

D'Annunzio y el fascismo                                                                                18

La Inteligencia y el aceite de ricino                                                                  24

La Teoría Fascista                                                                                          28

Los nuevos aspectos de la batalla fascista                                                       34

 

II.- LA CRISIS DE LA DEMOCRACIA                                                      42

 

Wilson                                                                                                           42

La Sociedad de las Naciones                                                                         46

Lloyd George                                                                                                 50

El sentido histórico de las elecciones inglesas de 1924                                     55

Nitti                                                                                                               60

Amendola y la batalla liberal en Italia                                                   65

Johan Maynard Keynes                                                                                  69       

El Debate de las deudas interaliadas                                                               74

El pacto de seguridad                                                                         79

El Imperio y la Democracia Yanquis                                                   82

La Democracia Católica                                                                                 87

 

III.- HECHOS E IDEAS DE LA REVOLUCION RUSA                             92

 

Trotsky                                                                                                          92

Lunatcharsky                                                                                                 96

Dos testimonios                                                                                              103

Zínoviev y la Tercera Internacional                                                                  111

 

IV.- LA CRISIS DEL SOCIALISMO                                                          117

 

El Labour Party                                                                                              117

El Socialismo en Francia                                                                                 122

Jaurés y la Tercera República                                                             128

El Partido Comunista francés                                                              131

La Política Socialista en Italia                                                              136

Ebert y la social-democracia alemana                                                  141

El caso Jacques Sadoul                                                                                  147

 

 

 

 

232

 

V.- LA REVOLUCION Y LA INTELIGENCIA                                          152

 

El Grupo "Clarté"                                                                                           152

Henri Barbusse                                                                                              156

"Les Enchainements"                                                                           158

Anatole France                                                                                              164

La revisión de la obra de Anatole France                                                        169

Máximo Gorki y Rusia                                                                                   173

Alejandro Blok                                                                                              177

George Grosz                                                                                                182

Marinetti y el futurismo                                                                                   185

 

VI.- EL MENSAJE DE ORIENTE                                                                190

 

Oriente y Occidente                                                                                       190

Gandhi                                                                                                           193

Rabindranath Tagore                                                                                      199

La Revolución Turca y el Islam                                                                       203

 

VII.- SEMITISMO Y ANTISEMITISMO                                                    208

 

El Semitismo                                                                                                  208

El Antisemitismo                                                                                             214

 

INDICE ONOMASTICO                                                                             219

 

 

 

 

 

 

LA PRESENTE SEXTA EDICIÓN DE LA ESCENA CONTEMPORÁNEA DE JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI SE TERMINÓ DE IMPRIMIR EN LOS TALLERES GRÁFICOS DE LA LIBRERÍA EDITORIAL "MINERVA" - MIRAFLORES, SITOS EN GONZALEZ PRADA 553 - 557 DEL DISTRITO DE SURQUILLO, EN AGOSTO DE 1975 (REG. IND. 7006)